La fábula de cada día, o el hombre sin cabeza: Traducido por Román Bermejo López-Muñiz
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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Nanos BALAORITIS, La fábula de cada día, o el hombre sin cabeza Traducido por Román Bermejo López-Muñiz NOTA INTRODUCTORIA Nanos Balaoritis, nace en Lausana (Suiza) el 5.7.1921. Estudió Derecho, en Atenas, Filología Inglesa, en Londres y `Hautes Etudes’ en la Sorbona. En 1939 la revista Nea Grámmata acoge sus primeros poemas. Por entonces, es uno de la media docena de poetas que, según O. Elytis, son los únicos que se iniciaron de verdad en los misterios gozosos del surrealismo, con sus medio-tertulias literarias medio-jolgorios, en casa de A. Empirikos. De 1954 a 1960 pertenece al círculo de André Breton. Fue empleado de la B.B.C. en Londres (1944-52) y catedrático de literatura comparada en la Universidad de San Francisco (1968-75); despúes ha trabajado en París (1976-83) y Montreal. Obra: POESÍA: Lo esencial de sus primeros treinta años de producción está reunido en Poiímata, Poemas, (1944-74), 1982. Terre de Diamant, (1978). First Bloom, (1980). Hi Poupoulenia Exomológisi, La confesión de plumón, (1982). Merikés Gynaikes, Algunas mujeres, (1982). Sto kato kato tis grafís, En el fondo de todo, (1986). Ho Énchromos Stylografos, La estilográfica de colores (1986). TEATRO: To Koútsoro, El tocón (1959). NARRATIVA: Ho prodotis tou graptoú logou, El traidor a la palabra escrita, (1980). Ho Diamantenios Galineftís, El serenador diamantino, (1981). Hi Dolofonía, El asesinato premeditado (1984). Ho Thisavrós tou Xerxi, El tesoro de Jerjes. Ho homilón Píthikas, El mono parlante, (1986). My Afterlife Guaranteed (1990). NOVELA: Apó ta kókkala vgalmeni, Sacada de los huesos (1982). CRÍTICA LITERARIA: Andreas Empirikos (1989). Gia mia Theoría tis Grafis, (Hacia una teoría de la escritura). CAP. I: LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS Una mañana el señor Talmúdez –David Talmúdez Ioaquímez– se despertó sin cabeza. Se rompió la cabeza intentando acordarse de dónde la había dejado. Le fue imposible. “Me habrán decapitado mientras dormía”, se dijo; y se levantó para lavarse la cara y los dientes. Se había olvidado de que no tenía ni dientes ni cara. “Me cago en ros”, pensó, “maldita costumbre”. En la escalera se encontró con la asistenta, que se desmayó antes de que pudiera abrir la boca. “Esto pasa de castaño oscuro”, se dijo, “tengo que hacer algo”. Pero no sabía qué hacer. Al final, decidió que lo mejor sería ir al médico, a pedirle consejo. Así pues, salió a coger el autobús para ir al médico. En el autobús nadie se atrevió a decir nada; porque a todos les parecía que se habían vuelto locos. Al sacar billete, el cobrador se lo dio sin coger el dinero, de puro nervios. - 1 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Una mujer, que iba a subir al autobús, al verlo bajar, soltó un berrido; y cayó patas arriba. Era una solterona que toda su vida había soñado decapitar a un hombre. Su conmoción fue tan violenta que tuvieron que estar dándole aire durante una hora entera, hasta que se recuperó. CAP. II Entretanto, el señor Talmúdez ha llegado a la casa del médico. “El doctor hoy no recibe”, le dice la enfermera, sin espantarse nada. Estaba, como ven, acostumbrada a cosas así. “Carajo”, dijo para sí el señor Talmúdez, “¿ahora qué hago?” “Es mejor que vaya usted a Objetos Perdidos, a denunciar la pérdida de su cabeza. Si ha venido por eso, el médico no podrá hacer nada por usted. “Seguro que hay algún asunto de faldas por medio”, añadió, “que le ha hecho perder la cabeza”. Según bajaba la escalera, el señor Talmúdez pensó que la enfermera era insolente y desvergonzada inmiscuyéndose así en su vida privada, y volvió a subir para amonestarle que la próxima vez se ocupara de sus propios asuntos. Pero la enfermera, que era apetitosa y joven le calló la boca, aunque ya no tenía, con un beso; y le dijo que le ayudaría ella misma “a recuperar su cabeza”; y le dio cita para aquella misma noche a las ocho, para salir juntos y buscarla. De esta manera, el señor Talmúdez se fue satisfecho de su consulta al médico. CAP. III Al señor Talmúdez le disgustaban los sobreentendidos. Le gustaba lo de dos y dos son cuatro. Por eso, antes de perder la cabeza, no trataba con sujetos sospechosos, que se pasan todo el día en los cafés. Se compró un periódico e intentó leer. Pero, ¿cómo iba a leer, si ya no tenía ojos? En vano intentaba sujetarse las gafas sobre su inexistente nariz o en las orejas. Finalmente, se vio obligado a sostenerlas con la mano; y terminó por dejar la lectura para otro momento. Al camarero, que creía soñar y se frotaba los ojos para ver si dormía o estaba despierto, le pidió un sándwich de jamón. Pero cuando se lo trajo, se dio cuenta de que no tenía dientes para masticarlo; y no tuvo más remedio que echárselo al gollete tal como estaba. Esto le resultó muy molesto; y además, estuvo mucho rato sintiendo el sándwich en el estómago. Se juró que no volvería a tomar nada sólido antes de recuperar la cabeza. CAP. IV Cuando Margarita Fuentevieja, señora de Talmúdez, volvió a casa de una visita a una prima suya en el campo y no encontró allí a su marido, David Talmúdez Joaquímez, se inquietó. “Qué raro”, se dijo, “debe de pasar algo, porque no sale nunca por las mañanas. Seguro que ha vuelto a perder la cabeza”. La dilatada experiencia matrimonial había hecho que Margarita de Talmúdez adivinara cada movimiento de su marido, antes de que él mismo llegara a sospecharlo. Naturalmente, buscando un poco, enseguida encontró la cabeza debajo de la cama. La puso en un cestillo; la metió en la nevera, para que no se estropeara; y se puso a esperar que volviera su marido. No era la primera vez que perdía la cabeza; así que la señora de Talmúdez se puso a tejer calcetines para su hijo, que por entonces se hallaba en el ejército haciendo el servicio militar. - 2 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 CAP. V El señor Talmúdez estaba convencido de ser un gran genio, lo mismo que otros son grandes comerciantes o grandes armadores. Estaba seguro de que en los periódicos de todo el mundo lo ponía y se comentaba, aunque nadie se lo creyera; y de que además salía su fotografía. Desde luego, ahora que habían publicado que era la única persona del planeta tierra sin cabeza, las cosas iban a marchar muy bien. Esperaba con impaciencia la tirada de la tarde para ver si hablaban de él. “El Astro de la Noche” no decía nada, ni “El Mundo de la Tarde”, ni “La Luz Vespertina”. Sólo le quedaba una esperanza: “La Chimenea” no dejaría escapar un caso semejante. Lo abrió con manos temblorosas y leyó: “Según parece corre de nuevo el rumor de que el hombre sin cabeza ha aparecido por segunda vez este año en nuestra ciudad. Los que difunden tales majaderías sin duda hace tiempo que ellos mismos han perdido sus cabezas y no se han percatado de ello. La estupidez corta cada día más cabezas; y la credulidad siega las masas con hoz de segador. Lo repetimos de una vez por todas: No existe el hombre sin cabeza, ni ha existido ni existirá jamás, a no ser que algunos se refieran de esta bien formada y fantasmal forma a Kazán = (To) Tzakis1. Decidió contestar inmediatamente. Pidió recado de escribir y empezó: Estimada “Chimenea”: ¡ E x i s t o ! El Hombre sin Cabeza Terminó: “Si lo ponen en duda, envíen a uno de sus periodistas mañana al café “La Gran Disculpa”. Estaré allí y le concederé una entrevista. Ruego que se halle asimismo presente el fotógrafo. H.s.C. Lo dobló, pegó el sobre con agua del vaso y lo mandó por correo. CAP. VI Hacia las ocho pasó por allí la enfermera. “¿Todavía no la encontró?”, le dice. “No”, le dice, “la estaba esperando”. “¿Dónde buscamos?” “No sé”. “¿Entonces, por qué deseaba encontrarse conmigo?” 1Esta alusión a la insensatez del escritor Nikos Kazadzakis (al que, ya anciano, N. Valaoritis pudo llegar a conocer en su adolescencia) alude también a su altivez; ya que la expresión “ser de chimenea” (dzaki) significa “ser de alcurnia”. - 3 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 “¡Para ir juntos al teatro!” “¿Qué ponen?” “Podemos ver la obra nueva que ponen en el “Teatro de la Idea”: “Fue el gato a bailar, y le cortaron la cola; porque bailaba muy mal...”2 “¡Qué buena idea! ¡Vamos!” “¿No desearía cenar antes?” “Sí vayamos a picar algo antes”. Se pusieron morados: ¡qué pollos, qué pescados, qué langostas, qué caviares! El señor Talmúdez había decidido desmelenarse. Estaba, es verdad, en ayunas desde por la mañana. El teatro, cuando llegaron, estaba cerrado. “Hoy es martes” dijo estoicamente el señor Talmúdez, “lo había olvidado”. “¿A dónde vamos ahora?” preguntó la enfermera. “A mi pisito a tomar una copa”, dijo el señor Talmúdez. “Jamás de los jamases”, contestó la enfermera, haciéndose la juiciosa; aunque sabía desde el principio que irían a parar allí. “Está bien”, dijo con indiferencia el señor Talmúdez, “Otra vez será”. “Nada de `otra vez’, o ahora o nunca”. “¿Cómo podría convencerla?” “Convénzame, tómeme a la fuerza”. “Pero, dado que Ud. no quiere...” “Finjo que no quiero, bobo. En el fondo me muero de ganas, pero no puedo dejar que se note. Me da vergüenza. ¿Qué no diría de mí después Ud. a sus amigos?” “No tengo amigos”, dijo el señor Talmúdez. Tengo una mujer, una hija y un hijo”. Fueron; pero lo que hicieron permanecerá secreto. El taxista pidió doble tarifa; porque el cliente no llevaba cabeza. “Ten cuidado, no vayas a perder la tuya por una chiquilla; como yo hoy, la mía”, le dice el señor Talmúdez. “No te preocupes colega, ¿total, por una cabeza?... para mí eso es coser y cantar”. “¿Podrías coserme a mí una?” “¿Una qué?” “Una cabeza. Yo no sé donde conseguirlas”. “Es un decir, hombre, no te lo tomes a pecho”. “¡Qué tiempos estos, que no puede ni bromear uno un poco!”, suspiró; se embolsó la tarifa doble y se marchó. 2 Versos de una canción infantil tradicional. - 4 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 CAP. VII Aquella noche, al volver el Sr. Talmúdez a casa, su mujer lo miró fijamente. “Estás un poco pálido”, le dice. “¿Qué has andado haciendo otra vez? ¿Barrabasadas?” “Nnno”, con un nudo en la garganta el Sr. Talmúdez. “Nnnada.” Con su mujer siempre balbuceaba un poquito. La señora Talmúdez blandió su dedo: “¿Dónde has estado, que has vuelto a perder la cabeza?” “No sé dónde”, dijo, como un niño quejumbroso, el señor Talmúdez. “¿Si no estuviera yo para encontrártela, qué harías?” Y le sirve la cabeza en el cesto. “Póntela enseguida antes de que te vea alguien”, le dice. Como un perro mojado, el señor Talmúdez se puso la cabeza en el cuerpo, igual que otros se ponen el sombrero. “Dios mío”, pensó. “Mañana “La Chimenea” volverá a cantar victoria a costa mía”. Porque una vez que había encontrado su cabeza, tenía que esperar mucho tiempo hasta volver a perderla. Ya que nadie pierde voluntariamente su propia cabeza. Estas cosas ocurren siempre “en contra de nuestra mejor voluntad”. - 5 -