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Los judios sefarditas de Tesalónica en los relatos de Yorgos Ioanu (1927-1085): Las tumbas judías, Las Incantadas y La cama

López Jimeno, María del Amor

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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 LOS JUDÍOS SEFARDITAS DE TESALÓNICA EN LOS RELATOS DE YORGOS IOANU (1927-1985) The Sephardi Jews of Thesalonica in the tales by Giorgos Ioannu (1927-1985) Amor LÓPEZ JIMENO Universidad de Valladolid 1.-PRELIMINARES: LA FIGURA DE Y. IOANU EN EL MARCO DE LA LITERATURA GRIEGA CONTEMPORÁNEA* Yorgos Ioanu es una de las figuras más relevantes y peculiares de la literatura griega contemporánea, genuino representante de la llamada “Escuela de Tesalónica”, con características comunes e inconfundibles, en la que se incluirían otros conocidos escritores como Vasilis Vasilicós, Kostas Tajtsís, o Yorgos Jimonás. La ciudad macedonia tiene algo especial, un elemento “diferenciador”, una brillante continuidad histórica de la que carece Atenas y que da a sus habitantes un legítimo orgullo e incluso cierto desdén hacia la capital. Tesalónica disfruta aún hoy de una dinámica actividad cultural, política y económica que le asegura un protagonismo ineludible, tanto en el panorama griego, como de toda la región. Los escritores tesalonicenses tienen, pues, una cierta “denominación de origen” que los caracteriza y distingue, terreno en el que no nos podemos adentrar ahora. La tradicional rivalidad entre ambas ciudades se ha querido traspasar al campo literario, hasta extremos a veces exagerados, acusando a autores como el propio Ioanu de un injusto provincianismo1. Allí nació Ioanu en noviembre de 1927, en el seno de una familia de refugiados, procedente de la Tracia Oriental. Estudió Historia y Arqueología en la Universidad Aristótelica, en cuya Cátedra de Historia Antigua trabajó temporalmente, hasta ganar su plaza en la Enseñanza Secundaria, tras recorrer Atenas y varias provincias. En 1962 es enviado a Banghâzi (Libia), donde funda el Instituto Griego. Yorgos Ioanu comienza su andadura literaria como poeta, con una pequeña colección: Ηλιοτρóπια (Girasoles, 1954), a la que sigue Τα χíλια δέντρα (Los Mil Arboles, 1964), –nombre de un famoso pinar a las afueras de Tesalónica, también llamado Seij-Suj–2. A la vez aparece su primer libro de relatos en prosa, Για ένα φιλóτιμο (1964), aclamado por crítica y público, lo que le anima a * Agradecemos sinceramente a la familia del autor la aportación de los datos biográficos. 1 E. Mavronitis, "Ερωτἠϖματα για επαρχιακἠϖ λογοτεχνιϖα" Διαβἁϖζω 10, 1978, 30-39. "Yorgos Ioanu. Literatura provinciana: interrogantes y aporías. Las mezclas de seguridad y el conversador desnudo. La patología provinciana y el entusiasmo folclórico. Elecciones provincianas: otros caminos." 1977, reed. 1978 y 1986. 2 Durante la ocupación los alemanes establecieron aquí un campamento de adiestramiento de perros para perseguir a los de la resistencia. Vid. el relato "Los perros de Seij-Súj", de su libro La única herencia. - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 abandonar la poesía y cultivar este género en exclusiva. En él escribe el resto de su producción: H Σαρκοφάγος (1971), Hμóνη κληρονομιά (1974), Το δικó μας αíμα (1978), Επιτάφιος θρήνος (1980), Ομóνοια 1980 (1980) Κοιτάσματα (1981), Πολλαπλά κατάγματα (1981), Εφήβων και μή (1982), Καταπακτή (1982), Εύφλεκτη χώρα (1982), y Η πρωτεύουσα των προσφύγων (1984). Publica, además, la obra de teatro para niños Το αυγó τη κóτας, (1981), representada en el Teatro Nacional. Póstumamente aparecería la "lectura infantil" Ο Πíκος και η Πíκα (1986). Ioanu se preocupó también de recuperar la tradición popular griega, escribiendo introducciones, comentarios y glosarios. Recopiló y editó la canción popular, verdadero pilar de la literatura neogriega, los cuentos y el teatro de sombras: Τα δημοτικά μας τραγούδια (1966) y Παραλογές3 (1970), Μαγικά παραμύθια του Ελληνικού λαού (1966), y Παραμύθια του λαού μας (1973) y Καραγκιóζης4 (1971-72), respectivamente. Trasladó además obras del griego clásico al moderno, con los respectivos comentarios: la tragedia de Eurípides Ifigenia entre los Tauros (1969), el Libro XII de la Antología Palatina, titulado "Musa infantil de Estratón" (Στράτωνος Μούσα Παιδική, 1980), y abordó la edición, con introducción y comentario, del Diario de Filippos S. Dragumis, (1984). Tradujo además algunos capítulos de las Confesiones de San Agustín, así como la Germania de Tácito (1981), del latín. Sus estudios sobre la literatura griega se completaron con el ensayo sobre Papadiamantis, Kavafis y Lapaciotis5, titulado El amor de la naturaleza (Ο της φύσεως έρως, 1985). Pero su presencia en el panorama literario griego no se agota con su creación propia y sus estudios: desde 1978 hasta su muerte sacó adelante casi en solitario la revista Φυλλάδιο (Fascículo), (8 números), además de colaborar con regularidad en otras revistas y periódicos. En 1982 se grabó el disco Κέντρο Διερχομένων, con versos de Yorgos Ioanu y música de N. Mamankaki. Grabó además una cinta magnetofónica leyendo algunos de sus propios textos: Ο Ιωάννου διαβάζει τον Ιωάννου. Algunos músicos han aprovechado sus poemas para sus canciones, que artistas como Elefcería Arvanitaki han puesto de moda incluso en nuestro país6. En 1971 se establece de manera definitiva en Atenas, donde fallecería el 16 de febrero de 1985. 1.1. Hombre de amplia cultura y formación humanista, filólogo, poeta, profesor y etnógrafo, Ioanu pertenece a una generación literaria que empieza a publicar por los años 50. Criados entre la IIª Guerra Mundial y la civil, mostrarán una acusada sensibilidad hacia la delicada situación sociopolítica de su país y en muchos de ellos su compromiso político se aúna con una voluntad de renovar las formas expresivas en el terreno literario. En el caso de Ioanu, esta renovación se traduce 3 Tipo de canción popular “narrativa”, por lo general breve y de hondo dramatismo, que relata algún suceso histórico o leyenda. 4 El popular teatro de sombras, editado por Ioanu. 5 Napoleón Lapaciotis (1888-1943), poeta del 20, seguidor de Oscar Wilde en sus primeros poemas, melancólico y desesperado en los últimos, al estilo de su coetáneo Kariotakis. 6 En mayo de 1999 actuó en el WOMAD en Cáceres y en septiembre en Salamanca. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 en el impulso a un género específico, en paralelo a la profundización en las raíces de la literatura popular griega. En cuanto a su creación propia, Ioanu dio sus primeros pasos como poeta, y destacó como ensayista y etnógrafo, pero el género con que se le identifica en Grecia es el relato breve, que él mismo denomina πεζογραφήματα (prosas). Este nuevo género, así como los fundamentos estéticos de que lo dotó Ioanu, han ejercido hasta la actualidad una vigorosa influencia en la prosa griega. Sus relatos tienen una impronta inconfundible: narrador en primera persona, tono confidencial, pseudobiográfico, cargado de ironía, frases breves, concisas, abundantes expresiones populares, personajes variopintos, anécdotas a veces intrascendentes... Escenas, en definitiva, de una vida cotidiana, pero en un entorno poco habitual: el de la guerra, la ocupación extranjera, las penurias posteriores, los dramas familiares, la soledad individual, el aislamiento de la gran ciudad... Todo ello con el trasfondo de una ciudad: Tesalónica. 2. Ioanu es un autor estrechamente vinculado a su ciudad, pero no vamos a detenernos ahora en este tema, sino en unos personajes muy concretos que desde bien pronto se ganaron la simpatía e incluso la amistad del autor, y que tienen remotos vínculos con nosotros: los judíos. Tesalónica acogió, a partir del siglo XV, gran número de judíos expulsados de la España cristianizada por los Reyes Católicos. Allí encontraron su hogar estos hermanos repudiados, que, asombrosamente, conservaron intacta su lengua, sus tradiciones, su amor por Sefarad y tal vez, la esperanza de retornar algún día, que se fue diluyendo a medida que se integraban en su nueva patria. En Tesalónica, que era la segunda ciudad en importancia durante el Imperio Bizantino y encrucijada entre Oriente y Occidente, encontraron terreno apropiado para reconstruir sus vidas, acostumbrados a la pluralidad cultural, étnica, y religiosa. Desde entonces y aun después, ya bajo dominio otomano, hasta principios de este siglo, se mantuvo esta situación plural y heterogénea. Tras las Guerras Balcánicas (1912-13) y la integración de la ciudad en el Estado griego, los sefarditas siguieron constituyendo una minoría próspera y perfectamente enraizada. Así permanecieron hasta otra expulsión, más radical, más brutal, más definitiva: la de los nazis, a mediados de este siglo, que acabaron con ellos con eficacia alemana7. Apenas quedan hoy sefarditas en Tesalónica, pero los que sobreviven conservan su larga y doliente memoria en una magnífica biblioteca, en una recóndita sinagoga en el corazón de la ciudad, junto a la emblemática Plaza de Aristóteles y sobre todo, un hermoso castellano de resonancias medievales. Ioanu, que sentía debilidad por todos los personajes desvalidos, marginales, perdedores, convivió desde niño con la presencia de judíos tesalonicenses. En su vecindario encontró ese amigo inolvidable de la infancia, Isos, cuya joven vida quedó truncada por el exterminio nazi. Los judíos protagonizan varios de sus relatos. Ofrecemos aquí tres de ellos, altamente representativos del estilo del autor y conmovedores por su tono y contenido. Pertenecen a sus dos primeras colecciones: Por amor propio (“Las tumbas judías”) y El sarcófago (“La cama”, “Las Incantadas”), y nos sitúan en los años de su difícil adolescencia. 7Vid. R. Molho, “La destrucción de los judíos de Tesalónica” Raíces 33, 1997-98, 23-29 y F. Ambatzopulu, “El testimonio del Holocausto en la literatura griega” ibidem 30-36. - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 En el primero de ellos, que parece un anticipo de “El sarcófago”, que dará título a su siguiente colección, las tumbas se convierten en nido de amores clandestinos. El segundo es una buena muestra de la ironía típica de Ioanu, que se burla de su propia credulidad y las supersticiones y creencias arraigadas en su propia familia. Finalmente, “La cama” es un emotivo homenaje a su entrañable amigo y vecino Isos. En los tres casos el misterio que planea, los mensajes cifrados al lector y el abrupto y enigmático final nos dejan un poso de sorpresa, amargura y reflexión. Estamos seguros de que el lector español encontrará muchos elementos familiares y esperamos que su profunda emotividad nos acerque un poco a estos parientes lejanos injustamente olvidados. 3. Obra de Y. Ioanu Poesía: 1954 Ηλιοτρóπια, Girasoles 1963 Τα χíλια δέντρα (Los Mil Árboles) Relatos: 1964 Για ένα φιλóτιμο, Por amor propio 1971 Η Σαρκοφάγος, El sarcófago 1974 Η μóνη κληρονομιά, La única herencia 1978 Το δικó μας αíμα, Nuestra sangre 1980 Ομóνοια 1980, Omonia 1980 1980 Επιτάφιος θρήνος, Lamento funerario 1981 Κοιτάσματα, Sedimentos 1981 Πολλαπλά κατάγματα Fracturas múltiples 1982 Εφήβων και μη, Efebos y no 1982 Εύφλεκτη χώρα, País inflamable 1984 Η πρωτεύουσα των προσφύγων La capital de los refugiados Ensayos: 1966 Τα δημοτικά μας τραγούδια (Nuestra canción popular), 1966 Μαγικά παραμύθια του Ελληνικού λαού (Cuentos mágicos del pueblo griego) 1970 Παραλογές, 1971-72 Καραγκιóζης (Karanguiosis, 3 tomos) 1973 Παραμύθια του λαού μας (Cuentos de nuestro pueblo) 1985 Ο της φύσεως έρως El amor de naturaleza (sobre Papadiamantis, Kavafis y Lapaciotis). Otras: 1981 Το αυγó της κóτας, El huevo de gallina (obra de teatro infantil) 1984 Αλεξάνδρεια 1916, Alejandría 1916 (Diario) Traducciones de Ioanu: - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 Le sarcophage, trad. M. Volkocitch, Paris, Climats, 1992. Good Friday Vigil, trad. P. Mackridge - J. Wilkox, Atenas, Kedros, 1995. El sarcófago, trad. R. Bermejo - E. Ibáñez - A. López, Valladolid, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 19988. 4. Bibliografía complementaria Δώρου Θεοδούλου, Γιώργου Ιωάννου + 13-12-43 en Νεοελληνική Λογοτεχνíα. Οι εξεγήσεις στα συνέδρια ποíησης και πεζογραφíας, Λευκωσι α, 1991, 327-333ϖ. Ν. Τριανταφυλλóπουλος, ”Ενας επιτάφιος με τον τρóπo του Γ. Ιωάννου, + 1312-43”, Νεοελληνική Παιδεíα 17, 1989, 134-142. Γ. Αράγης, ”Το λογοτεχνικó πεζογραφικó έργο του Γ. Ιωἁννου, Φιλóλογος 43, 1986, 22-32. Αλ. Κοτζιάς Μεταπολεμική πεζογράφοι, Αθήνα, Κέδρος, 1982, 42-54. Μ. Κουμανταρέας, ”Σκέφτομαι τον Ιωάννου” en Πλανοδιος Σαλπιγκτης Κέδρος, Αθήνα, 1989, 157-171. A. López Jimeno, “Un relato de Yorgos Ioanu (1927-1985): +13-12-43, de la colección Por amor propio (Για ένα φιλóτιμο, 1964)” Fortunatae 9, 1997, 41-57. Δ. Μαρωνíτης, Ερωτήματα για την επαρχιακή λογοτεχνíα, Διαβάζω 10, 1978, 30-39. Π. Μουλλάς, “Γ. Ιωάννου: Για νεα φιλóτιμο”, Εποχές 26, 1965, 72-74. VV.AA. Οδóς Πανóς 86-87, 1996 (monográfico). L. Politis, Historia de la literatura griega moderna, trad. esp. G. Núñez, Madrid, 1994, 180 y 269. Απ. Σαχíνης, Μεσοπολεμικοí Πεζογράφοι, 1979, 151-155. 8 Candidata al Premio Nacional de Traducción en Grecia y al Premio Nacional de la Asociación de Editores Universitarios en España, ambos en 1999. - 5 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 LAS TUMBAS JUDÍAS En aquella época, sobre el pecho de alguno de nosotros había empezado a dibujarse una negra cruz de vello. Los que la tenían se distinguían también por otras marcas comunes, como si estuvieran predestinados a algo especial. La mayoría de las veces, por un solo gesto adivinaba al que estaba predestinado. Después comenzaba el seguimiento y normalmente lo corroboraba todo, cuando, tarde o temprano, coincidía que nos llevaban al baño. Al principio, cuando entrábamos, revolucionábamos a la gente con las risas y chillidos varios, pero en cuanto nos quitábamos el uniforme del todo y empezaba a correr el agua, se producía un profundo silencio. Las miradas de unos cuantos perdían la corrección. Los predestinados, sin embargo, me daba la impresión de que hacían intentos desesperados por perderse entre el montón y librarse. Entre ellos estaban, como en todas partes, los más pudorosos y los más silenciosos. Esfuerzo baldío. Después lo olvidábamos todo y tras el rancho vespertino cogía a mi amigo y solíamos dirigirnos hacia la Ramona. Y él, como todos los predestinados, inmediatamente se dejaba llevar. Entre las callejuelas de la Ramona, en aquellos viejos cafés, en los fumaderos de opio, detrás de las tapias con hierros viejos, siempre había unas cuantas mujeres esperando. Eran todas idénticas: gordas y entraditas en años. Cuando ellas estaban ya echadas a perder, nosotros éramos aún una chispa en los ojos de nuestro padre. Me fijaba sobre todo en dos cosas mientras nos apretujábamos en la oscuridad: sus besuconeos y la pequeña iglesia bizantina que emergía entre las barracas. El otro, no sé qué pensaba, pero sé qué hacía, porque la mayoría de las veces formábamos cooperativa. Una noche elegí una reja de entre las tapias de todo tipo, sin duda de las casas derruidas. Empecé a acudir incluso antes de que anocheciese. Me pasaba horas sentado, escarbando, trabé amistad con los jefes, que me miraban extrañados. Al principio creyeron que iba a comprar, después que era del gremio, herrero o dibujante. Les contesté vagamente que estaba interesado. Nos quedábamos en la Ramona hasta que anochecía del todo. Después, si no había luna, nos dirigíamos hacia las tumbas judías. La verdad es que muchas veces, en el camino, nos hacían proposiciones evidentes y se nos pegaban descaradamente. No aceptamos nunca, pero nuestra alma se sentía atraída. De todos modos, tras la negación, yo recaudaba aquellas miradas furiosas. Poco a poco dejábamos atrás las luces y el tráfico. Como si nos hundiéramos. Pero, por más espesa que fuera la oscuridad, nuestros uniformes blancos resaltaban. No habíamos llegado aún y en torno a nosotros comenzaban las sombras. Sentías la soledad llena de gente que resollaba. Dicen que en cuanto cae la tarde les entra un no sé qué. Abandonan casas, familia, todo, y se lanzan por cientos de todas las direcciones. Cada noche se juegan el todo por el todo. No está en su mano hacer otra cosa. El marino o el soldado, en su pobre corazón, tienen muchos incentivos. El uniforme aporta automáticamente muchas garantías. Es joven, robusto y no tiene un duro, y además no es policia. En realidad todo eso puede no ser verdad, a excepción de lo primero, que es, al fin y al cabo, lo fundamental. Los enamorados de verdad evitan, naturalmente, este sitio. No les motiva la agonía del lugar. Se nos acercaban, más que acercarnos nosotros. Después repetían las frases preestablecidas. Es duro vagar en la noche por lugares por los que, en el fondo, sientes un profundo respeto. Es como portarse mal en tu propia casa, en donde te rodean cosas que tocan constantemente las - 6 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 personas más queridas por ti o tus hermanos pequeños. Yo intentaba al menos que nos alejáramos lo más posible del muro que separaba la Universidad del cementerio. Además había innumerables fosas: los judíos no desentierran nunca a sus muertos. Las tumbas eran fosas rectangulares construidas hacia dentro. El ladrillo, duro y brillante, ascendía simétricamente como filas de jabón rojo del de lavar. Esta pared interior sobresalía unos palmos sobre el suelo y así, cuando se colocaba encima la losa de una pieza, formaba un horno auténtico. En vez de bajarlos desde arriba podrían haberlos horneado también por el costado. La losa tenía grabados motivos alusivos al oficio del muerto: zapatos, sombreros, dentaduras, tenedores, palas de horno, barriles, pies y manos, muchas veces incluso hombres desnudos. Muchos motivos los entendía de inmediato, cuando jugaba allí de pequeño. Otros, sin embargo, eran tan simbólicos que no podía explicarlos. Los coches fúnebres, recuerdo, iban tirados por dos, cuatro o seis caballitos negros, cubiertos de la cabeza a los pies con negros atavíos. Cuando pasaba aquella cosa encapuchada, sólo veías 8, 16 ó 24 patas subir y bajar al compás. Cuando se detenía para descender al muerto, era exactamente igual que una mesa preparada para comer y de la que se vieran sólo las patas bajitas bajitas por debajo del mantel. Los arreos tenían en las esquinas la estrella de David bordada con ribetes blancos. En lo alto de la cabeza de los caballos habían colocado unas alas blancas. Toda aquella interminable superficie desnuda se balanceaba y chirriaba feroz y proféticamente los mediodías del verano, en medio de una dulce fetidez embriagadora. Ni flores ni cipreses plantan jamás los judíos. Tras el gran cataclismo9 de la ocupación empezaron a desbaratar por completo las tumbas de los judíos. La mayor parte de los ladrillos y las lápidas la cogieron las iglesias. Rascaban las aprovechables, borrando las letras, o las volvían del revés, y así servían como estelas para reclinatorios, incluso para relieves. Sólo que muchas de ellas tienen aún manchas de grasa. Solían estar regordetes, los judíos. Ibamos tan a menudo que al final frecuentábamos las mismas sepulturas. Lancé después la sugerencia y quedábamos dentro de las fosas. Las mujeres nos esperaban allí, acostadas o sentadas. Pero cuando llegábamos nosotros antes, las esperábamos sentados fuera, cada uno en su tumba. Veía la silueta de mi amigo recortada entre el resplandor de las luces de la Feria de Muestras o de los fuegos artificiales, y pensaba cuánta razón tiene Tsarujis10 cuando pone alas a los marinos que pinta. En cuanto mi amiguete se perdía, bajaba yo también a mi tumba, muchas veces solo. Mi chica, por llamarla de alguna manera, no era tan asidua; yo, sin embargo, no lo reconocía. Es más, me preocupaba de manchar un poco con tierra determinados lugares estratégicos para tener yo también algo que sacudirme cuando salíamos a la luz. Al regreso iba siempre callado. El otro reía a carcajadas, contaba detalles. Sin sospecha ninguna y completamente entregado a su destino, no se daba cuenta en absoluto del montaje. Una noche habló de un mirón. Como si lo acechara alguien; evidentemente no lo había visto. De repente dejó de venir conmigo. Iba por las noches al puerto y se metía desnudo en el mar. Sacaba municiones de las barcazas hundidas. Putas y aduaneros eran ya sus compañías. Nada importaba, no podía importar. 9 El término utilizado en griego, γιἀϖγμα , alude a un juego infantil que consiste en tirar las cosas que sobran (juguetes, cromos) al aire, para que las recojan otros niños. 10 Yanis Tsarujis (1910-1989), pintor, director de teatro y escritor de El Pireo. - 7 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 LAS INCANTADAS11 No hace mucho que leí en un extraño libro sobre el Monumento de las Hechiceras, Las Incantadas, como las llamaban los judíos sefarditas de nuestra ciudad. Vi también cuantos bocetos se han salvado: una construcción ornamentada con kores y otras esculturas, enterrada entre casas y casuchas justo ahí, en una esquina de la actual Plaza de los Juzgados. Nos levantaron, por supuesto, también estas reliquias, hace aproximadamente un siglo, y ahora se encuentran, tiradas quién sabe dónde, en el Museo del Louvre. Y sin embargo, yo juraría que estas cosas las he visto con mis propios ojos en pie, en su sitio. Pues incluso con el nombre, cuando lo oí por vez primera, se calentó mi corazón. Me parece haber vivido en otros tiempos en estas casas, que formaban un círculo y fueron finalmente barridas por el gran incendio12. Y no sólo eso, sino que creo recordar también la gran iglesia de San Nicolás, que también se quemó en el 17, es decir, bastantes años antes de que yo naciera. Sus candiles iban y venían ellos solos tiempo antes de que estallara el gran incendio, que fue con toda seguridad provocado por los sempiternos tecnócratas estúpidos, para limpiar de una buena vez el barrio turco de chabolas de hojalata. Ahora que, si junto con las barracas se quemaron también obras maestras, eso poco les conmovió a esos descerebrados. Su ideal es el asfalto y el cemento: tal es su sensibilidad. Paseando una tarde con mi abuela dentro de la ermita que se construyó después sobre el mismo recinto sagrado de San Nicolás, vi llorar a las imágenes del iconostasio. Lo dije sin pensar, pero inmediatamente me arrepentí. Por poco no organizan una procesión las viejas del barrio, que se morían por esas cosas. En este lugar, pero también en mi interior, algo pasa. Y no pido a nadie que me crea. Incluso ahora, cuando paso por allí o pienso en él, me invade el miedo. Me vuelvo loco por contactos de otro tipo. Dando vueltas al asunto, pronto dejé de hablar de lo que veía u oía. Lo sobrellevaba yo solo. Bien entrada la noche oía dulces voces conocidas, pronunciaban mi nombre. Al principio salía confiado al patio enlosetado en mármol de la casa turca con el gran moral. Naturalmente no aparecía nadie. Por fortuna no abrí nunca el pico. Podía haber perdido, dicen, el habla o la razón. Algún santo me protegía. Aún no han cesado las voces del todo, pero se han espaciado. No son tan frecuentes como antaño, con las poluciones nocturnas. Las voces desconocidas no me daban tanto miedo cuanto me estremecían mis propias voces, mi delirio nocturno, dentro de mi abarrotada habitación. Desde pequeño había aprendido a precintar mi alma antes de dormir. Sellé mi alma y dejé incluso de tener sueños. Llevo años sin soñar nada. De vez en cuando creo haber visto algo confuso. Colores, sonidos, figuras, a otro ritmo, lento e insípido, dirigiéndose a penetrar una dentro de la otra. Suelo tener fiebre, cuando veo tales cosas. Más cosas, puedo decir, he visto en sueños o, por mejor decir, he sentido, en los calurosos mediodías que por las noches, en verano, paseando intencionadamente por los claros del bosque, 11 Sic en el original. 12 Se refiere al de 1917, que destruyó gran parte de la ciudad antigua. - 8 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 lejos de las sombras, siento que absorbo la energía del calor directamente en mis venas, como si estuvieran unidas al sol. Me encuentro muchas veces en el centro de pequeños torbellinos. Paseo al sol para medir la temperatura. Si siento que el tiempo se presenta bochornoso y a punto de descargar tormenta, corro a casa, cierro puertas, cuarterones, ventanas, y enciendo la estufa, intentando convencer -al fin y al cabo, ¿a quién?- de que no puede haber tormenta con este frío. Creo que algo consigo con todo esto. Más tarde me entró la manía de hacer milagros, más bien influjos, de lejos. Aislado como vivía, daba una importancia desmesurada a un buenos días o a una mirada que me hubiera dirigido alguien, quizás días antes. Recreaba las circunstancias, sopesaba los factores, analizaba la cordialidad de la voz o el brillo de la mirada, y cuando llegaba a la conclusión de que no me equivocaba, −y cuanto más hermoso era el rostro, tanto más creía no equivocarme− traía mentalmente ante mí la figura, concentraba mi pensamiento en la cara, intentando infundirle el deseo de hacernos amigos o amantes, cosa que muchas veces, diríase que hasta conseguía. Lo cierto, de todos modos, era que yo mismo me empapaba y bien de deseos, y terminaba siempre con visiones cada vez más realistas. Bastaba un sonido exterior, una tos, para poner en marcha todo el mecanismo de la excitación. Esto, por más que suene irracional o ridículo, aún me sucede alguna vez, aunque ahora de forma algo diferente. Cuando miro o tengo cerca una cara bonita desconocida o nunca antes vista, intento insuflarle un deseo erótico. Penetro dentro de su cuerpo, acaricio sus miembros con suavidad, casi haciéndole cosquillas, especialmente cuando quiero dar un tono allegro y no dramático -que, pobre de mí, es el único verdaderoa mis deseos. Y creo que mis rostros acaban por sentir algo, aunque no lo manifiesten. Lo compruebo cuando después me los encuentro en otra parte, y distingo en su mirada el consabido fulgor. ¿Medio loco? Ojalá que loco entero, tal y como se habían puesto las cosas. Pero por desgracia, no lo estaba. Tengo la cabeza bien amueblada, como también aquella parienta mía cercana que hasta sus 95 no había dejado de ver visiones, hacer amuletos, interpretar los sueños y dar a las muchachas leche materna para que embadurnaran a escondidas a los chicos. También yo sé muchas cosas de éstas, conjuros y antídotos. No temo yo las brujerías. Ella también veía visiones, pero siempre optimistas y bellas. En la Guerra de Albania había sido ya el no va más. Con tres hijos en combate tenía que sostenerse primero a sí misma. Una tarde, en una vigilia en Los Doce Apóstoles y mientras todos los fieles estaban arrodillados, vio descender lentamente sobre el altar un casco dentro de una columna de luz. Comenzó a hablar en voz alta y a señalar -el cura, de rodillas, se había calladohasta que vieron el casco todas las mujerucas, que se habían arrodillado y se golpeaban el pecho. Al día siguiente trajo un medium a su casa, que dijo a todas las mujeres que sus maridos y sus hijos estaban bien y pronto regresarían. Y efectivamente, la mayoría regresaron, pero algunas todavía los están esperando. Pero yo también bien que la recuerdo, gracias a aquel cansancio que me había invadido, cuando, en la mili, me pasaba casi toda la noche excavando en su patio, cerca de las Aérides13, en busca, decía, de la cerda con los siete lechoncitos de oro que, según había visto en sueños, estaban debajo. Creía a pies juntillas que básicamente por esta cerda los arqueólogos removían el mundo. Habíamos trancado la puerta del patio y excavábamos sin parar, un inquilino visionario al que había acogido a su vera, y yo. A excepción de unos pedazos de vasijas y la base de una columna no encontramos nada más, pero yo sigo creyendo que allí tiene que haber algo importante, no, claro está, la cerda de oro. Y cuando las excavaciones avancen en esa dirección, me encantaría estar por 13 Torre de los vientos, en el Agora de Atenas. Antigua clepsidra (reloj de agua). - 9 -