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Robert Margerit, El tesoro de Morgan, Traducción de Manuel Pereira, Barcelona, Edhasa (Narrativas históricas, 1997, 278 pp.). Es traducción de L´ile des perroquets (París, Phébus, 1984)

Pérez Lacarta, Ana María

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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 Robert Margerit, El tesoro de Morgan. Traducción de Manuel Pereira, Barcelona, Edhasa, Narrativas históricas, 1997, 278 pp. Es traducción de L'île des perroquets [Paris, Phébus, 1984]. Ana María PÉREZ LACARTA Universidad de Valladolid Primera y, hasta el momento, única obra de Robert Margerit (1910-1988) traducida al castellano, esta novela de aventuras nace de la imaginación de un escritor prolífico y polifacético que ejerció el periodismo durante mucho tiempo y dedicó toda su vida a la literatura. Artista en el sentido amplio de la palabra, este hombre que construía las maquetas de los barcos que aparecen en sus relatos, modelaba y trazaba la figura de sus propios personajes, es autor de novelas tales como Mont-Dragon, Par un été torride, Le Dieu nu, Le château des Bois-Noirs, Les amants, La terre aux loups o La Révolution, algunas de las cuales han obtenido importantes premios en su país –Prix Renaudot 1951 y Grand prix de l’Académie française 1963– y han sido traducidas al sueco, al portugués o al japonés. Dispuesto siempre a salvar los obstáculos que le pudieran presentar los distintos géneros narrativos, este lemosín de adopción supo hacer frente asimismo a los problemas que le plantéo la primera edición de L’île des perroquets. La historia de su publicación es en sí misma una aventura: unos meses antes de la Segunda Guerra Mundial, la editorial Mercure de France recibe las cerca de ochocientas páginas del manuscrito que Robert Margerit nunca pudo recuperar, pues se extraviaron durante la Ocupación alemana. En 1942 corren tiempos difíciles, el régimen de Vichy intensifica su presión sobre la línea editorial de Le Populaire du Centre y algunos periodistas se ven obligados a abandonar la redacción del periódico; no obstante, la dirección, preocupada por sus empleados e interesada en mantenerlos «en activo», funda la editorial À la Pyramide; para no levantar sospechas, ésta necesita publicar algunos libros, de manera que el autor, echando mano del recuerdo y de las notas que conservaba, compone la versión que hoy conocemos y que, según el protagonista de su novela autobiográfica e inédita Singulier pluriel (1970), difiere bastante de la que escribió en primer lugar: del relato surrealista que transcurría a la vez en el París de François Villon, en el mar de las Antillas del siglo XVII y en el muelle des Chartrons de 1937 tan sólo quedan algunas descripciones del cayo de los Papagayos, de la Alameda del Mar, el Alcázar y la fiesta de los Locos de Cumaña. Las circunstancias en las que fue redactado el texto, que hoy podemos leer en castellano, contribuyeron en buena medida a determinar el tono de L’île des perroquets: en una época particularmente sombría para la Historia de Francia, en la que los ciudadanos, privados de libertad, carecían de alicientes, Margerit pone a su alcance exóticos mundos que les permiten alejarse de la - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 realidad y soñar despiertos. En la actualidad, los lectores que, cansados de la monotonía cotidiana, deseen viajar a otros espacios y a otros tiempos, también pueden evadirse y disfrutar con las peripecias que le ocurren a Antoine. El narrador y actor principal de la novela nos cuenta una historia de piratas que, además de los ingredientes típicos de este tipo de relatos, presenta algunas peculiaridades que la convierten en una obra singularmente atractiva. Condenado por un crimen que no ha cometido, el protagonista huye y se encuentra casualmente con unos caballeros de fortuna que le admiten en su barco. Así comienza una obra que, desde las primeras hasta las últimas páginas, tiene garantizado el suspense, dado que el autor de El tesoro de Morgan sabe cómo mantener despierta nuestra curiosidad: la intriga está organizada de tal forma que el lector ansía pasar al episodio siguiente y, cuando parece que las reflexiones y las descripciones del narrador hacen disminuir la tensión, en realidad se está exacerbando intencionadamente su avidez. Antoine emprende un viaje iniciático que, al igual que la estructura de la novela, será circular y comportará una serie de pruebas que le permitirán alcanzar la madurez y volver a su país natal; si bien, en esta fase de su itinerario vital contará con el apoyo de diversos guías que le ayudarán a enfrentarse a todo tipo de adversidades. Este libro que adopta la forma de un testamento autobiográfico, hallado por los hijos del personaje principal tras su muerte, es un homenaje a La isla del tesoro y a Robinson Crusoe. Margerit demuestra que no sólo conoce perfectamente los textos de Robert-Louis Stevenson y Daniel Defoe sino también sus fuentes de inspiración; no obstante, se mantiene a prudente distancia de sus modelos y compone una pieza original que es fruto de su desbordante imaginación y de un minucioso trabajo de documentación. El diario que Antoine escribe en el cayo y los papagayos del título francés recuerdan inmediatamente al naúfrago de Defoe. Los dos narradores hablan de su desolación al llegar a la isla y de la lucha por la vida, insisten en el valor de los restos recuperados del naufragio y hacen un inventario de recursos naturales. El protagonista de Margerit no está solo como Robinson, por ello va a rehacer más fácilmente la historia de la civilización universal: con sus compañeros construye un refugio que les proteja de las inclemencias del tiempo, sale a cazar, explora la isla, se convierte en agricultor y ganadero y empieza a construir una embarcación para poner fin a su cautiverio; pero la violencia de una tormenta primaveral, la llegada de los caníbales y las lluvias nocivas del otoño ponen de manifiesto la veleidad de la fortuna. Las semejanzas son evidentes, sin embargo, una lectura comparativa tendría que ocuparse de las peculiaridades de la obra de Margerit. Robinson concibe una manera de acabar con los antropófagos que posteriormente desecha, aunque a los protagonistas de El tesoro de Morgan les da buen resultado: la única superviviente de la matanza es una india que calmará su apetito carnal. El naúfrago de Defoe parece un ser asexuado, si bien, el autor de L’île des perroquets encuentra dos siglos más tarde una solución satisfactoria a este problema. El pirata que se queda con la mujer en el cayo cuando los demás se marchan tiene todo lo que necesita para ser feliz, de ahí que no quiera volver al mundo civilizado. En L’Émile, Rousseau propugna la vuelta al estado de naturaleza y recomienda a los jóvenes la lectura de Robinson Crusoe, aunque encuentra numerosas alusiones a la religión y a la moral que él habría suprimido. Margerit sigue las indicaciones del célebre filósofo y prescinde del carácter moralizante de la novela de Defoe. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 Por lo que respecta a La isla del tesoro, hay que decir que Robert Margerit toma prestados algunos personajes de Stevenson; no obstante, los rejuvenece y les da mayor consistencia sicológica: respetando la identidad que el célebre escritor de Edimburgo les había conferido, el autor francés se inventa el pasado de Billy Bones, George Merry e Israel Hands y da vida al viejo Flint. Disfruta profundizando en el carácter de los filibusteros como cuando, en las noches de su adolescencia, se entretenía modificando el destino de los malvados de las novelas de Jules Verne. Para mayor coherencia, Antoine y sus amigos pasan por algunos lugares mencionados en el relato publicado en 1883 y viajan a bordo del Walrus, el barco que aquí se asociaba al nombre del jefe de la banda. Las referencias a Morgan, pirata real que vivió en el siglo XVII, también otorgan verosimilitud a la obra y nos sitúan en el tiempo y, en cuanto al espacio, la ubicación de la isla margeritiana es menos misteriosa que la de Stevenson. Ambos dibujaron previamente este territorio antes de describirlo y enterraron en él un tesoro, si bien en la obra inglesa es el leitmotiv y en la del siglo XX aparece por casualidad en la segunda parte. Habitualmente los personajes femeninos no juegan un papel importante en los relatos que cuentan las hazañas de hombres intrépidos, pero en El tesoro de Morgan su intervención es decisiva: la muerte de Marion desencadena la acción, Soledad transforma y libera a Antoine y el destino de toda la tripulación del Walrus depende de Mañuela, mujer fatal que rivaliza en maldad con el propio Flint. La fascinación que ejerce la prosa pictórica de Margerit proviene de la amplitud de la gama de colores utilizados en sus descripciones y de sus increíbles dotes para impresionar nuestros sentidos. Los marcos por él elegidos son muy variados, aunque habría que destacar el exotismo de las Antillas y de las ciudades coloniales del Caribe: las precisiones sobre la flora, la fauna y la climatología de la región, sobre el Carnaval, los autos de fe de la Inquisición y la vida cotidiana de los habitantes de las islas, los míticos tesoros enterrados en diversos puntos de la zona, los piratas famosos y los conquistadores de la época demuestran la enorme capacidad de trabajo de un hombre que gustaba de consultar todo tipo de documentos. Además hay que añadir que Margerit utiliza con propiedad palabras de argot, términos de lenguas extranjeras y expresiones marineras. El hecho de que el narrador sea asímismo el actor principal refuerza la veracidad de la historia e intensifica la emoción del lector, quien, a la vez que Antoine, se sumerge en el universo de los caballeros de fortuna. A través de los diálogos y las reflexiones del protagonista descubrimos la verdadera vida de los Hermanos de la Costa: sus códigos de honor, sus penalidades, su crueldad y su disciplina, la marca negra, el contrato de fletamiento, los días de calma chicha, los distintos tipos de filibusteros, etc. La pintura realista de las pasiones humanas y las concepciones filosóficas del autor sobre la existencia, la libertad y la injusticia social equilibran el peso de los elementos románticos de la novela. El tesoro de Morgan debería formar parte de nuestras bibliotecas privadas y figurar en el capítulo de las historias de la literatura universal dedicado a Defoe, Stevenson, Conrad, Melville, Salgari, Mac Orlan o Verne. Para aquellos que todavía no conocen el universo imaginario de Robert Margerit por razones lingüísticas, la traducción al castellano de esta sugerente novela de aventuras les brinda la oportunidad de cruzar el océano y adentrarse en territorios míticos. El trabajo llevado a cabo por Manuel Pereira es digno de elogio, pues demuestra que, para expresar con precisión lo que el autor quiere decir, se documenta no sólo sobre la vida en las islas del Caribe y las costumbres de los piratas de la época en que se sitúa la novela, sino también sobre las peculiaridades de las - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 distintas lenguas que aparecen en L’île des perroquets: sus comentarios filológicos sobre la jerga de los caballeros de fortuna, sobre vocablos castellanos, voces de un dialecto o un habla regional de Francia y frases en inglés son muy útiles y sus aclaraciones sobre el manejo y los aparejos del barco, muy ilustrativas. El traductor es fiel al texto original en francés, pero el título toma otros derroteros: ya sea por razones comerciales o porque al público hispanohablante le seducen más los tesoros y las andanzas de un pirata famoso, lo cierto es que el exotismo y el simbolismo del enunciado elegido por Robert Margerit para presentarnos su obra1 no han sido respetados, lo cual parece más propio del cine que de la literatura. 1 Reeditada en la colección «libretto» de la editorial Phébus en septiembre de 1999. - 4 -