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Los ideales hispanos en la tregua de 1609 y en el momento actual : Universidad Literaria de Valladolid, Discurso inaugural del año académico 1937-1938 / Julián Mª Rubio Esteban.

Rubio Esteban, Julián María

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t - ','" , ~' Julián M.a r~ubio ,.>l, Los ideales hispanos en la tregua de 160Q el momento actual y en , , I , . 1 ! ) , I ; I I . !. Talleres Ti!)()flr:ílico" «Cue~la» Macíao Picavea, '10, \'alladolid 1937 s ",~ . leído en la .í 1 \'. DiSCLlfS() Universidad L,iterarin de Valladolill en la ~ol(,lllnf' al)crtura del curso :\cadr-mico de 1Q37 aH)3S <" :tS_'rr) BiCe Im~~rlmimrWI~i~rOO~IIM!llilll 5>0 O O O 4 O 8 O 8 8 " • d,," lJnivC'rsidad Literaria de \!alladol¡d J)i~(·ur~o inall¡~ural del ano académico I<) 3 -;:- 1 <) 3 8 l-1os ideales bispanos en la tregua de 160Q y en el momento actual Por Julián M.~ Ruhio Sstcban ViC'e-R('C'tor y Catedr;ítico de la Facultad de Fil()~()fh y L'h-;¡s Tallt"l"e~ T¡!lOgr;ífieos «Clle~t-:\>' i'v1"l'í"H I-)¡l',,\'ea. ,¿O P-----~-------------------~~-~~--=-====~--=.='--~~--------~- .•------------------------------------ 4 ;0. 41 ~ ---_~_------- ._-------- I·~xl'cl en l ísi IJ1 () c...c - 1J '-JCIl or '\.('('tur: Un famoso escritor contemporáneo. de gran relieve cultural. ha acertado a plasmar en bella y limpia prosa. los momentos más culminantes de nuestra España imperial, bajo el expresivo y acertado título de «Defensa de la Hispanidad». Con frase sugestiva y evocadora, ha logrado llegar a la raíz íntima del sentimiento nacional y de los ideales hispanos en el siglo XVI (1). Con motivo de la solemnidad que hoy celebramos, me atrevo a hollar la brillante estela de este pulcro escritor. no con vano e injustificado afán de que mis palabras alcancen la soberana virtualidad de las suyas, sino con el noble deseo de imitarle en lejanía -literaria e histórica -, trazando en esquema rápido la silueta de un momento de la España pretérita, en el que un crujido interno, medular -¿el primero?- . cuartea los sólidos cimientos - ideales - sobre los que se asentaba el ingente edificio político de la monarquía española, levantado con vigor admirable por los Reyes Católicos, el Emperador Carlos V y Felipe 11. A falta de una pluma capaz de brindar primores y bellezas que, aun siendo hondamente sentidos, no (1) R. de Maeztu. «Defensa de la Hispanidad». Madrid, 1934. dU p -8- -9acertaría a expresar sino torpemente, llamaré en mi auxilio, para que me ayuden a la evocación, viejos papeles que saliendo de sus vetustos anaqueles, nos hablen con clara y expresiva voz del sentir, del pensar y del hacer de nuestros mayores, para ver si entre ellos y yo logramos revivir el momento histórico en que se inicia, con los albores de un siglo - el XVII-, el ocaso, muy tenue todavía, de nuestro poderío y grandeza. La Historia nos enseña cómo los pueblos han alcanzado la plenitud de su desenvolvimiento a impulso de grandes ideales colectivos, hondamente arraigados y fervorosa mente sentidos por la m a sa popular. La creación y enraizamiento de estos ideales, unas veces se logra de manera espontánea y natural, naciendo del pueblo mismo; otras, son iniciados por individualidades fuertes, de gran potencia creadora que, o los forjan utilizando anhelos subconscientes que viven en el alma popular, o son fruto de sus inteligencias singulares y dinámicas que los crean e imponen, logrando que el pueblo los acoja y haga suyos, dándoles así el necesario refrendo para su desarrollo. Mucho es el que un pueblo cuente, en determinados momentos de su historia, con ideales colectivos que orienten su vida en un sentido progresivo y le estimulen con viveza a seguir sin desmayo el rudo y fatigoso camino que conduce a una mayor potencia política, riqueza material, intelectualidad más fecunda y, en definitiva, a una espiritualidad más perfecta. Pero la existencia de estos ideales no basta para que la transformación se produzca y se alcance la gloria y el triunfo; es preciso que, al servicio de estos ideales, como supremos exégetas suyos y hasta como encarnación viva de los mismos, haya un hombre o una serie de I I l' I I I ellos que, puestos al frente de las funciones rectoras del país. sientan exquisitamente estos ideales, los desarrollen con energía, los mantengan .en momentos de desmayo. los defiendan contra todo ataque o influencias que tiendan a desvirtuarlos , logren mantencrlos y les den la continuidad necesaria para ir conquistando baluarte tras baluarte, hasta lograr que imperen plenamente, triunfen y se obtengan con ellos los resultados beneficiosos que encierran en su ser. Precisamente porque los grandes ideales colectivos tienen un largo período de gestación y sólo al cabo de vivir años y años, quizás siglos, en recatada intimidad, se hacen ostensibles, convirtiéndose en brillantes lurninares que orientan y guían la vida de un pueblo, es por lo que toman gran fuerza y vitalidad y transmiten su esencia más pura de generación en generación y siglo tras siglo, con leves variaciones de matiz, que los perfilan y esttlizan. Su mayor o menor permanencia guarda proporción directa con la espiritualidad que los anima, por ello los de carácter religioso prevalecen más tiempo que los políticos. y éstos más que los que propugnan un mejoramiento material. En cambio, los hombres a quienes el destino ha reservado funciones rectoras en relación con estos ideales, siendo sus verdaderos animadores, apenas con su-vida logran cubrir una pequeña etapa de la existencia de aquéllos; se suceden unos a otros con relativa rapidez y, como rara vez anima al sucesor idéntico espíritu que al antecesor, estos cambios suelen ser peligrosos y comprometen la continuidad de los ideales. desviánclolos de su ruta normal unas veces, bastar deán dolos otras y quebrándolos finalmente. Cualidad indispensable que debe poseer todo ideal t -10 - - 11histórico para ser viable y conseguir que prevalezca, es la de ser proporcionado a las fuerzas y posibilidades de que dispone el pueblo que ha de realizarlo; esta delicada misión cuantitativa no la lleva en sí, las más de las veces, el ideal de que se trate; son los hombres-guías los que cuidadosamente deben determinar la extensibilidad del mismo, con arreglo a normas de prudencia y mesura. Una extensión excesiva revelará, si se quiere, un noble y ambicioso deseo de un triunfo más amplio y general; podrá Iograr se de momento una superación sobre los primitivos límites, pero este esfuerzo excesivo y desproporcionado, restará energías para mantener lo logrado y se iniciará inevitable y rápidamente la decadencia, no del ideal en sí mismo, pero sí del ideal a través de cuantos lo comparten y propugnan. No suele ser un ideal único el que guía la vida de un pueblo en una etapa determinada de su historia; varios ideales coexisten simultáneamente y orientan el desenvolvimiento de un país en sus aspectos más variados y fundamentales; pues bien, estos ideales, dentro de su diversidad, deben formar un conjunto armónico, sin disonancias graves, para que puedan desarrollarse conjunta y paralelamente; no uno a costa de otro, sino que cada cual con su ritmo no impida o dificulte el de los demás. La lucha de ideales dentro de una nación, puede desembocar en una guerra civil y ser de resultados tan trágicos como ésta, cuando aquéllos son antagónicos y se contraponen con violencia. Todavía, una lucha de ideales llevada noble y lealmente puede ser fecunda y lograrse con ella la depuración mutua y determinar el triunfo del mejor; pero, en general, y con la pasión que suelen poner los hombres en esta clase de colisiones, la esterilidad es el fruto más probable de las mismas. con la consiguiente merma de fuerzas vitales. Rara vez son duraderos los ideales que se forjan en un pueblo cuando su realización se ha de lograr a costa de la integridad espiritual o material dt~ otros pueblos, porque el triunfo implica sumisión violenta y ésta no es llevadera largo tiempo. Tal ocurre con los ideales políticos de carácter internacional que, en el fondo egoísta y ambicioso que suelen encerrar, llevan también los gérmenes de su ruina próxima. Existe, desde luego, una diferencia esencial entre los ideales colectivos de tipo nacional y los de carácter internacional; los primeros son más verdaderos que los segundos; quizás la realización de éstos sea, en determinadas circunstancias, más rápida y hacedera que la de aquéllos, por lo mismo que su incubación y desarrollo se pueden, en cierto modo improvisar, cosa que no ocurre con los nacionales. Como hemos dicho ya, los ideales nacionales son obra del esfuerzo colectivo de un pueblo en generaciones sucesivas; los ideales internacionales son fruto, generalmente, de individualidades poderosas, capaces de hacer brotar un ideal, que ellas realizan y con ellas muere. ._-----.-"'---- ~-~--~--------- -13 - Se observa hoy un vigoroso movimiento intelectual que tiende, no sólo a valorar ideales pretéritos estimandolos debidamente, sino a utilizar la fuerza oculta que todavía conservan muchos de ellos, para modernizarlos y utilizarlos en servicio de un futuro próximo. Es éste un noble afán de juventud, romántico y desinteresado, que exige grandes alientos. Los ideales contemporáneos del viejo mundo están en quiebra y las naciones se debaten angustiosa mente por hallar nuevas formas y soluciones para los gravísimos problemas de todo orden que la realidad plantea con crudeza, y que las fórmulas y sistemas que han venido imperando, desde principios del siglo XIX, no logran resolver ya. Cada nación se afana en hallar la nueva ruta salvadora, en la que pueda encauzarse la vida de su pueblo, en un futuro inmediato. En España vibra y se agita esta misma inquietud, y. como consecuencia lógica, la España imperial o imperialista tiene un eco de actualidad. Una crítica serena y justa de nuestro pasado, más concretamente, de nuestros siglos XVI y XVII -tan nacionales, tan españoles -, debe ser el punto de arranque para llegar a una valoración exacta de los ideales que, de una manera genuina, influyeron en nuestros destinos. La obra es ardua y complicada. No es escaso el acerbo bibliográfico pertinente a esta materia, pero al seleccionar la producción hay que desechar gran parte de lo publicado en razón a su falta de rigor históricocientífico. No es que a la historia se deba encomendar exclusivamente esta labor revisionista, pero sí guiados por ella, en su sentido más puro e imparcial, debemos extraer de fuentes auténticas las normas que rigieron nuestra vida espiritual, política, diplomática, intelectual, económica y artística; es preciso conocer los hechos en sus causas, desarrollo y consecuencias; hay que ahondar en el estudio de los mismos para discernir el nexo que les da sentido de unidad y continuidad; concretar cuáles fueron los ideales colectivos que informaron la vida nacional en las dos centurias citadas y seguirlos en toda su trayectoria. No basta conocer los ideales; no debe satisfacernos determinar su origen y formación, para realízar un estudio abstracto de ellos, estudio que, sin carecer de valor, resultaría insuficiente; es necesario seguir los paso a paso, tanto cuando con ellos se alcanzan triunfos inmarcesibles Y el nombre de España preside el mundo, como cuando, con ellos también, en franca decadencia nuestro país. sobrevienen desastres abrumadores. Quizás pudiera afirmarse que, del estudio de las desgracias e infortunios q u e España sufrió en el siglo XVII, se pueden obtener mayores enseñanzas que de los grandes triunfos alcanzados en la centuria anterior. Es preciso conocerlo todo, llegando con el escalpelo de la crítica a lo más recóndito, sin temor a que al resplandecer la verdad, se derrumben con estrépito ideas arraigadas, tópicos manoseados y creencias mal fundadas; que se pongan en el yunque de la historia y se depuren las auténticas virtudes y los vicios y defectos de los españoles de aquel entonces. F a -14No se pretende con esto volver al pasado; aunque lo intentásemos no lo podríamos lograr y sería además pelígrosístrno. Se busca sencillamente inspiración en el pasado para organizar un porvenir. Con acierto afirmó Ganivet que: «cuanto en España se construya con carácter nacional, debe estar sustentado sobre los sillares de la tradición. Esto es lo lógico y esto es lo noble ...» (1). «Lo esencial en la historia -añade más adelante - es el ligamen de los hechos con el espíritu del país donde han tenido lugar, sólo a este precio se puede escribir una historia verdadera, lógica y útil» (2). Otro escritor contemporáneo afirma, que: «El ímpetu sagrado de que se han de nutrir los pueblos que ya tienen valor universal, es su corriente histórica» (3). y todo esto, no con una finalidad estrecha, con miras a un solo aspecto, o unos cuantos de los que integran la vida nacional. sino con un sentido amplísimo, tanto como amplia y extensa sea la vida de nuestro pueblo, abarcando las manifestaciones todas de la nación, sus facetas múltiples y hasta sus matices, a fin de obtener un resultado integral y armónico, en el que puestos a contribución todos los recursos y fuerzas ya conocidos o en potencia, se pueda lograr el máximo rendimiento, y una vez conseguido, mantenerlo, para lo cual es preciso no llevar nuestras ambiciones más allá de lo que podamos soportar con holgura, como tampoco dejar de utilizar todas las posibilidades, porque ello nos conduciría a sentirnos insatisfechos. (1) Ganivet. «Idearíurn», pág. 29. (2) Idern, pág. 90. (3) R. de ¡vraeztu. «Defensa de la Hispanidad». pág. 8. l'1adrid, año 1934. Como necesario antecedente, vamos a exponer con brevedad y en esbozo los principales ideales colectivos que nutren la vida española, desde fines del siglo xv, hasta que se extingue la dinastía austriaca en 1700. España con los Reyes Católicos, sale de la Edad Media después de haber cumplido los ideales que caracterizan a esta interesante etapa histórica: reconquista y formación de la nacionalidad española. La primera constituye un ideal genuina y exclusivamente españo] , que se logra plenamente en 1492, con la conquista de Granada. La formación de las nacionalidades, es un problema de tipo europeo occidental en el que España participa intensamente y se logra en su aspecto fundamental, al unirse Castilla y Aragón, en virtud del matrimonio de los Reyes Católicos. España entra en la Edad Moderna y, como ocurre en todo gran período histórico, surgen los ideales que han de caracterizada y con arreglo a los cuales se ha de desenvolver. Los Reyes Católicos, fieles intérpretes del sentir nacional y conscientes de la misión histórica que el momento les impone, son los grandes forjadores de nuestros ideales colectivos propiamente peninsulares; no es que los inventen, en el sentido estricto y material de la palabra, pues en este caso su virtualidad hubiera sido mediocre y su duración exigua; los forjan, los plasman, los concretan y para hacerla recogen anhelos populares, deseos apenas exteriorizados, nobles arubi- -29Al lado de estos grandes ideales nacionales. y como natural secuela de ellos. se forman o surgen una serie de valores morales que sirven de complemento a aquéllos y que llegan rápidamente y con carácter de gran generalidad y extensión al pueblo español. No podemos detenernos a hacer un examen detallado de ellos. Bastará con su enumeración y una levísima glosa. La monarquía. las instituciones. el Estado. en una palabra. adquieren un prestigio nunca igualado; la realeza impone respeto y la frase de que la persona de los reyes es sagrada e inviolable no es una mera fórmula. Este prestigio y respeto rebasa nuestras fronteras y de él participa Europa. Se desarrolla un entusiasmo sorprendente por las empresas bélicas; en servicio de ellas surge ese magnífico ejército español. asombro del mundo del siglo XVI y que tan acertadamente interpreta Azorin , al decir: «La vida militar es espíritu. Los factores más formidables en la guerra son los espirituales. El poder militar de España ha sido grande. cuando sus ejércitos. sus generales. sus soldados. sentían entusiasmo por un ideal. .. » (1). El español del siglo XVI. siente orgullo y vanidad de serlo , y esta idea arraiga de tal manera que ha de perdurar aún en los tiempos en que por nuestra decadencia ya no había motivos para blasonar de ello con altivez. En relación con 10 anterior. se forma un elevadisimo concepto del poderío y grandeza de España. que a las veces puede parecer hasta excesivo. «¿Cuál era el concepto de la gloria en el siglo xvt? ¿Qué es la gloria para un español de esa centuria y de tiempos posteriores? La gloria suprema es la gloria de la acción ... » (1). «No necesitábamos para nada a Europa. Europa' éramos nosotros y no los demás pueblos. o por lo menos lo éramos tanto nosotros - y lo seguimos siendo - como las demás naciones. Nuestro ideal era tan elevado y legítimo como el ideal de los demás países europeos» (2). (1) Azorín, ob. cit .. pág. 163. (2) Idern. pág. 188. (1) Azorín. «Una hora de España». pág. 129. -........,..---- ---~ - ~-...,----~---_.~---~.~-- - .. . ~ - 31Con estos ideales y valores, España alcanza en el siglo xvr su máxima grandeza; quizás el momento cumbre del l1amado imperio español se pueda situar hacia el año 1580, porque es en este momento, a raíz de quedar incorporado Portugal a la monarquía española, cuando se alcanza la plenitud en el sentido político, que es el predominante. ¿Después ... ? (1). La centuria citada se cierra sin que ningún signo exterior acuse todavía decadencia; hay, sí, síntomas de inquietud: Flandes. Inglaterra, estado económico de España ... ¿Se logrará combatir con acierto estos prodromos hasta extínguirlos totalmente y restablecer la situación? ¿Se aprecia alguna mel1a en los grandes ideales expuestos? Éstos permanecen inalterables e inalterados al parecer, se han utilizado y desarrollado durante un siglo; los rectores de los mismos han estado a la altura de ellos y de la misión que la historia les encomendó. En el reinado del hijo y sucesor de Felipe Il, se da por iniciada la decadencia de España y del imperio español. ¿Qué ha pasado? ¿Encierra verdad tal afirmación? ¿Qué manifestación pública, exterior, oficial, hay de esta decadencia que implique la quiebra de los ideales hispanos? Esto último es lo que va a constituir el tema central de este esbozo histórico, que ni remotamente tiene pretensiones de cosa acabada ni definitiva. sino de modesta aportación, si a tal llega su valor, para esclarecer el momento en que, por así decirlo, toma estado oficial y sale a flor de tierra la decadencia española. (1) Ortega y Gasset, dice: «de 1580hasta el día, cuanto en España acontece es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe 11. El año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de España es ascendente y acumulatíva; desde ella hasta nosotros es decadente y díspersíva. El proceso de desintegración avanza en riguroso orden de la periferia al centro». España ínvertebrada, pág. 47 • - 33Quien recorra históricamente el reinado de Felipe I1I; quien ahonde en el estudio de la personalidad política y psicológica de los hombres de gobierno que rigieron los destinos de España entre 1598 y 1621, creo que obtendrá, entre otras, la dolorosa consecuencia de que ni este monarca ni sus ministros sintieron, sino muy tibiamente y con desgana, los ideales nacionales; y desde luego, no supieron o no acertaron a mantenerlos enhiestos y a defenderlos debidamente, preparando así su ruina. Fué Felipe III un príncipe de inteligencia menos que mediocre; de dotes políticas escasas, de voluntad fácilmente dominable, más apto para ser gobernado que para regir los destinos de la todavía primera monarquía europea; de una religiosidad sincera, sí, pero rayana en fanatismo pacato, lo que no impidió que su corte, alegre y despreocupada, perdiera el tono de grandeza que había poseído en tiempo de Carlos 1, o el de severa austeridad que le había impreso Felipe 11.Apenas el joven monarca lograba cubrir tal carencia de condiciones con un porte majestuoso y digno, no exento de grandeza externa, pero que para tenerla realmente debía haber respondido a una realidad efectiva, que no existía ya. Aún la corte de España asombra a embajadores y visitantes extranjeros, siendo por su lujo, complicada etiqueta y grandiosas ceremonias, la primera de Europa. Aún el pueblo sigue considerando al monarca con un respeto casi divino, y sus resoluciones no sólo no se discuten, sino que se acatan como si provinieran de una autoridad infalible. Todo en este reinado es fachada, faramalla cortesana. lujo con que ocultar desaciertos políticos, mientras interiormente el edificio del imperio español cruje sordamente en sus cimientos, surgen grietas po lítícas en sus paredes maestras y es sometido a un saqueo sistemático por una gavilla de políticos y burócratas rapaces, Y todo esto ocurre ante la inconsciente indiferencia del soberano, a quien en nínqún momento se le ve un atisbo de reacción. Del juicio emitido sobre un monarca. fácilmente puede presagíarse el que han de merecer sus hombres de gobierno. ¿Pero es que siquiera merecen este nombre los que actuaron en el reinado de Felipe III? Certeramente se designa al duque de Lerma con el título de favorito, en contadas ocasiones se le puede dar el de ministro. y menos el de primer ministro, en el digno sentido con que deben interpretarse tales denominaciones, Fué favorito desde el día primero en que comenzó el reinado. su voluntad prevaleció en todos los asuntos de gobierno; con violencia apartó de los puestos de mando a los leales servidores de Felipe 11. que representaban la experiencia y la continuidad. Y todo. ¿para qué? Pues para satisfacer un orgullo y una vanidad. exentos de otros méritos; para imponer su voluntad sobre quien no la poseía - [brava empresa! -. y para colocar en los altos cargos a familiares y paniaguados, convirtiendo el gobierno de España en una clientela inepta y rapaz. dócil a los caprichos y ambiciones del favorito, ¿Fué Lerma un político? De los veinte años que ejerció omnímodamente el poder. ¿se pueden extraer algunas normas u orientaciones que justifiquen tan prolongado ejercicio y otorguen a su personalidad algún relieve. no ya parejo y proporcionado al objeto a que se aplica. 3 ea $ ¡a; J2 ; r . Q 1- ; $ q - 34-- - 3Ssino sencillamente estimable? A mi modesto juicio hay que responder con una negativa amplia, y es de advertir, que esta contestación no es subjetiva propiamente, sino inspirada y derivada de las enseñanzas que arrojan los documentos. En el duque de Lerma hay que distinguir dos aspectos en el ejercicio del poder: el primero, de carácter en cierto modo privado, pero predominante, que consiste en supeditar el interés público al suyo particular y que se tradujo en un afán inmoderado de atesorar riquezas, rentas, cargos y honores hasta amasar una fortuna fabulosa y convertirse en el personaje más importante del reino. Para ello no reparó en medios, ni en procedimientos; hombre sin escrúpulos, esquilmó al país en beneficio propio, y lo que es más grave, permitió que cuantos gozaban de su confianza se enriquecieran en forma pareja e igualmente desvergonzada. Se traficaba con todo; en importantes asuntos, estrictamente políticos, hay que buscar su razón de ser, en el interés económico que de ellos alcanzaba al favorito y a sus secuaces. Latrocinio tan prolongado y extenso, no sólo supuso una merma modesta en la hacienda nacional, sino que se puede considerar como una de las causas de mayor entidad de la ruina económica de España en este reinado, y así lo reconocen autores contemporáneos y modernos. Que los caudales de España y América se volcaran en la política de hegemonía que propugnaron Carlos V y Felipe 11, podrá ser un hecho discutible y merecer juicios contradictorios, pero siempre alcanzará una justificación respetable; pero que estos tesoros sirvieran preferentemente para enriquecer ministros, burócratas y pícaros ... , esto no puede hallar excusa posible. El otro aspecto se refiere a la, labor de Lerma como gobernante. En la política interior no se aprecia un atisbo de orientación definida respecto a ningún problema, se vive al día; las circunstancias del momento, al hacerse perentorias, imponen una solución cualquiera, que al no ser previamente madurada, sus consecuencias son siempre imprevisibles en bien o en mal: no es la voluntad del gobernante la que marca el rumbo, puesto que carece de sentido rector, se limita a sortear las incidencias que surgen en una ruta indecisa, sin finalidad próxima ni remota. Sin embargo, Lerma es un buen piloto en el turbio mar de las intrigas palaciegas, ya que pudo mantener a flote la nave de su favor durante veinte años a despecho de cuantos la combatieron. La única satisfacción que bajo su mando se dió a un ideal nacional fué la discutida expulsión de los moriscos, con la que se logró completamente la unidad espiritual de Ia península; y aún en este caso no deja de apuntar grave sospecha, al considerar que la expulsión, de importantes consecuencias económicas para España, resultó un pingüe negocio para el favorito. En cuanto a su politica exterior, la opinión que más abunda afirma que tuvo una marcada orientación pacifista, dimanada de haber pertenecido Lerma en su juventud al partido de Ruy Górnez de Silva, príncipe de Eboli; pero es tal la distancia que separa a ambos personajes, que es muy comprometido afirmar que el uno sea el continuador del otro. Eboli representa una política pacifista que merece el respeto y el temor de las potencias, mientras que la de Lerma es obligada, no por criterio, sino impuesta por las circunstancias Y con mengua de la dignidad nacional. Es una política de impotencia, le falta visión para comprender los proble- - 36mas ínternacton ales y tener una orientación respecto de ellos; le faltan medios para sostener la acción guerrera. la debilidad es manifiesta. Tuvo la fortuna. puramente casual. que una mano criminal privara de la vida a Enrique IV de Francia. cuando este monarca se iba a lanzar a una acción europea contra la casa de Austria que difícilmente hubiera podido resistir una España regida por Felipe III y Lerma. Mucho menos lisonjero es el juicio que merecen un Rodrigo Calderón. un Pedro Franqueza, un Pereira, un Uceda y tantos más, que participaron infaustamente en el gobierno de España durante este r~inado. Páginas atrás. hemos señalado como ideal pol ít ico, preponderante sobre los demás, el de hegemonía europea; éste, como todos. tiene su base de sustentacíón , la cual. aunque integrada por varios elementos, tiene uno fundamental: Flandes. La dominación española en Flandes tiene un alcance y una significación extraordinarios. El territorio flamenco es de un valor político y estratégico tan decisivos. que sin su dorninio difícilmente hubieran logrado los monarcas españoles su predominio en Europa. Esta opinión no es de ahora, en el siglo XVI hubo conciencia de ella y diversos escritores lo hicieron notar así. Los reyes, los diplomáticos y los generales supieron apreciar debid amente su posesión. Flandes fué el campo de batalla más frecuentado de la Edad Moderna por su 'posición central entre las potencias europeas. Para España este dominio era de incalculable trascendencia: desde Flandes podía atacar a Francia e Inglaterra o recibir los golpes bélicos que desde estas naciones se le dirigieran, sin que nuestra península sufriera lo más mínimo con ello. Flandes fué el baluarte más avanzado en el septentrión. para contrarrestar los progresos de la Reforma. España es europea por Flandes. En demostración de todo ello existe un argumento de gran fuerza: mientras España domina en Flandes, es la primera entre todas las potencias; cuando esta posesión comienza a ser discutida. menoscabada y se van perdiendo girones de ella, España inicia su decadencia política y su rango de gran potencia decrece; cuando Flandes se pierde, España pasa a una categoría completamente secundaria dentro del concierto político del viejo continente. ; -- 38 - - 39Ante esta realidad. se explica que Carlos 1 luche por el ducado de Borgoña para aumentar con él sus dominios de Flandes; se justifica el que un Felipe 11combata con denuedo a los secesionistas flamencos a fin de conservar incólume tan vital posesión. No es oportuno hacer aquí una historia detallada de la génesis y desarrollo de la rebelión flamenca en tiempo de Felipe 11. pero sí es preciso señalar algunos antecedentes para lo que luego se ha de tratar. Toda la comprensión que los flamencos mostraron para con Carlos 1 y su política. se convirtió en recelo y oposición contra Felipe 11y la suya. sin que exista más justificación que el cambio de persona. pues Felipe 11no innovó nada ni en los fines ni en los procedimientos. es fiel continuador de su padre ... pero es español. La gravedad de la rebelión de Flandes no está en la rebelión misma. pues ya se comprende que por mucho que hubiera sido el esfuerzo de las provincias alzadas, tarde o temprano tenían que ser vencidas. Está en que, desde el principio. la cuestión de Flandes se convierte en problema europeo con el doble matiz político y religioso: el primero. porque siendo este territorio la base de la supremacía de España en Europa, apoyar a los insurgentes equivalía a combatir el poderío español; el segundo, porque Flandes es el punto neurálgico de la lucha entre la religión católica y las iglesias reformadas, que habían conseguido numerosos prosélito s entre los habitantes de este país, si bien la mayoría continuó fiel al catolicismo, y el tolerar España el calvinismo o el luteranismo en los Países Bajos, hubiera supuesto tanto como renunciar a la defensa del catolicismo en Europa. Así se explica la simpatía con que fué vista la sedición flamenca por Francia. Inglaterra, los príncipes protestantes alemanes y los países escandinavos, y el apoyo moral. económico y militar que le prestaron desde el momento de su iniciación. Felipe II. por prestigio de España. por garantía de la hegemonía europea y por defender el catolicismo. tenía que combatir a los rebeldes. La contienda que se entabló fué muy violenta. como lo son todas las de carácter religioso y las que envuelven un ideal de independencia. En los prodromos de la sedición. Felipe II mostróse transigente en todos los aspectos, excepto en uno: el religioso. lo cual no puede extrañar a nadie que considere que para el monarca español la defensa del catolicismo lo es todo, aunque comprometa sus propios reinos. Lo que sí se observa en el curso de la rebelión, durante todo el reinado. es la ausencia de un criterio fijo para combatida. y ello es atribuible exclusivamente a Felipe II. ya que Alba. Requesens, don Juan de Austria y Farnesio , son simples mandatarios que se limitan a cumplir las instrucciones emanadas de Madrid y el Escorial. Durante los treinta últimos años del reinado de Felipe 11. Flandes consumió la inmensa mayoría de las rentas de España y nuestros famosos tercios combatieron con denuedo. mandados por la flor de nuestros generales: Flandes se convirtió en la pesadilla de España. Viendo el monarca español que el fin de su vida se aproximaba y que su continuado esfuerzo había resultado estéril para vencer la rebelión flamenca. quiso buscar una solución adecuada a tan espinoso problema. que sin que implicara renuncia a los ideales que España venía propugnando. alejara esta cuestión de nuestra península y se diera una satisfacción amplia al deseo de independencia que anidaba en el corazón de todos los - 40flamencos, rebeldes y leales. Díóles soberano propio en la persona de su hija Isabel Clara Eugenía. que había de casar con su primo el Car denal-Archiduque Alberto, con el compromiso de seguir les ayudando hasta que se lograra la pacificación. Este acto de Felipe 11,con el que cierra su reinado y la primera etapa de la guerra de Flandes, ha sido díversamente interpretado: desde aquellos que suponen que la cesión de la soberanía equivale al reconocimiento de la derrota española, hasta los que simplemente consideran que el fin perseguido fué aislar el problema flamenco de los que España tenía sobre sí y quitar motivo a las potencias, simpatizantes con los rebeldes por odio a España, para seguir favoreciéndoles. Sería absurdo admitir escuetamente el primer punto de vista, pero hay en él un fondo de razón innegable y es la imposibilidad de apaciguar la rebelión; esta realidad y el deseo que expresa la segunda de las opiniones expuestas, es lo que indudablemente determinó a Felipe 11 a ceder los Países Bajos con la obligación moral y material de apoyar en su gestión a los nuevos soberanos, demostrando con ello .que España no se desentendía de mantener y defender los ideales que envolvía el problema flamenco. ¿Fué acierto o error la decisión de Felipe II? En términos absolutos ni una cosa ni otra. Todo dependería de la capacidad que demostraran los nuevos soberanos de Flandes y el rey de España. Es lo cierto que la cuestión de Flandes entró en una fase plena de interés y cuyos resultados habían de suponer un avance para la resolución definitiva del problema, ya fuera en sentido favorable al punto de vista español, ya contrario a él y en beneficio de los holandeses. '. Al mismo tiempo comenzaron su gestión Felipe III en España y Alberto de Austria en Flandes; a las condiciones personales del primero nos hemos referido ya; el segundo muy pronto acreditó que no tenía temperamento para ser el hombre de Estado que Felipe Il había pensado: político mediocre, escaso de iniciativas, general muy deficiente, temperamento débil, no reunía en verdad ninguna de las condiciones que la situación de Flandes exigía imperiosamente; aquel gobierno resultaba desproporcionado a las fuerzas, posibilidades y capacidad de Alberto. Ganosos como estaban de alcanzar su total independencia con régimen propio, ninguna impresión produjo en los holandeses rebeldes la presencia en los Países Bajos de los nuevos soberanos. La guerra por tanto hubo de continuar. El archiduque, enfrentado con l-Iaurícío de Nassau, gran general, curtido por largos años de lucha, experimentó una serie de fracasos militares, algunos tan graves como el de las dunas de Níewport. Pronto se evidenció que para poder continuar la guerra tenía España que soportar la carga de la misma: ejército y dinero. Así vino a resultar que España había enajenado la soberanía y dominio de Flandes y tuvo que hacerse cargo nuevamente de tan costosísima empresa, llena de preocupaciones y pesadumbre moral. El archiduque Alberto dejó de inspirar confianza en la corte de Madrid y entre los propios flamencos leales. El mando. militar dado con carácter supremo a Ambrosio Spínola puso de manifiesto esta incapacidad Ysirvió de alivio a la situación. '1, terne 'rMbiht''ifÓtt' 1',') "**",,' .~.~. i $. a ( . $; j ; ; re t ; . la 4 $ i : Q r· - 42I~ .. ,. . , ¡ - 43Spínola fué el mayor prestigio militar que España tuvo en el primer cuarto del siglo XVII; en tres años logró restablecer la situación y obtuvo ventajas considerables sobre los holandeses, pero el esfuerzo que España tuvo que realizar para ello fué extraordinario, y a la sazón -1605 - la elasticidad militar y económica de España habían llegado a un extremo imposible de superar. La situación de los holandeses no era más halagadora: fatigados por cuarenta años de lucha, con el temido Spínola enfrente y con Francia e Inglaterra, sus auxiliares, en cordiales relaciones diplomáticas con España. Resultado, que en los dos bandos beligerantes había un íntimo deseo, no exteriorizado todavía, de llegar a una solución pacífica, cuyo logro aparecía también erizado de dificultades. Con un doloroso esfuerzo por parte de España, aún tuvo aliento Spínola para proyectar y ejecutar la campaña del año 1606. En la corte de Felipe III, considerábanse ya punto menos que reincorporados los Países Bajos, y la persona del archiduque, sobre no inspirar confianza ninguna, debía ser vigilada estrechamente para evitar que intentara alzarse con las provincias leales, en el caso de fallecer Isabel Clara. En la interesante instrucción secreta que se dió a Spínola en España, en relación con lo últimamente indicado, descubría Felipe III el deseo de poner término a la contienda con los holandeses, por medio de una paz o tregua larga; suponía que lo segundo sería admitido sin dificultad por el enemigo y «para encaminarlo, sin que se entienda que acá se desea, convendrá usar de mucha destreza» (1). La campaña de 1606 produjo la conquista del fuerte de Grol y de la plaza de Rímberg¡ agotados rápidamente los recursos económicos y fatigado el ejército, Spínola cesó en las operaciones militares. (1) Instrucción publicada por A. Rodríguez Villa. Ambrosía Soinota, primer marqués de los Balbases, pág. 124 Y siguientes. i s ;z. Q 4 ti q $13 - 45- (1) Desde el punto de vista español ha sido principalmente estudiada por A. Rodríguez Villa. Ambrosía Spinola, primer marqués de los Balbases. En esta monografía se hace el estudio biográfico del gran caudillo genovés; utilízanse numerosos documentos, que el autor inserta casi siempre íntegramente, limitándose a unirlos con leves engarces, pero sin el menor intento de reconstrucción histórica propiamente dicho. Ciertamente los documentos son muy expresivos, y Rodríguez Villa seleccionó con acierto los que atañen a su biografiado, pero todo lo que no se refiere personalmente a éste, ha sido desatendido; y así ocurre que siendo Spínola uno de los principales negociadores de la tregua, su intervención está bien tratada, pero lo que la negociación representa en sí. la trascendencia que la discusión de la misma y el tratado tienen para la historia de este reinado, esto apenas se roza, y es, en mi opinión, de gran interés determinar la posición de España ante la tregua, la cual puede estudiarse en las consultas del Consejo de Estado. no utilizadas apenas por Rodríguez Villa. deza. Como, a nuestro entender, los puntos principales que se discuten y acaban por integrar la tregua, coinciden con estos ideales, vamos a estudiar la posición que adoptó el gobierno español, cómo fué desarrollada y el resultado final que se obtuvo. Es positivo que entre los flamencos, rebeldes y leales, y los españoles, existía cansancio general por la cruenta guerra que venían sosteniendo hacía más de un tercio de siglo; en los rebeldes, porque el espíritu comercial. pacífico por tanto, predominaba sobre el político. siquiera fuera éste tan importante como que envolvía la libertad religiosa y la independencia; en los leales. porque el único ideal que en ellos podía influir no era propiamente nacional sino español. y éste, nunca sentido sincera ni ardorosamente, estaba muy entibiado por la terrible contienda cuyas consecuencias eran los primeros en sufrir. En los españoles - fijémonos solamente en su más alta representación: Felipe 11I.Consejo de Estado, Archiduques y Spínolapor el convencimiento íntimo de que 10 que no se había podido lograr en tanto tiempo. con tanto poder y con abundantes elementos. no se había de conseguir ya careciendo de medios para siquiera sostener la situación. Sobre esta base. que ofrecía la realidad respectiva de los beligerantes. se podía iniciar una negociación: la diplomacia iba a sustituir a las armas. A fines del año 1606 se iniciaban gestiones oficiosas para llegar a una suspensión de hostilidades. Spínola se hizo eco de ellas. comunicando a Madrid que los holandeses pretendían obtener una simple tregua; le parecía aceptable la idea. siempre que los holandeses abandonasen el comercio de las Indias orientales. aunque se les , . concediera el de España. Al dar por terminada el marqués de Spínola la campaña del año 1606, puede decirse que virtualmente se puso fin a la guerra entre españoles y holandeses, ya que comenzaron a concertarse suspensiones de hostilidades de corto plazo, que se renovaron una tras otra, mientras trabajosamente se negociaba un arreglo definitivo. paz o tregua firme. por varios años. No vamos a seguir paso a paso esta negociación. pues además de ser conocida en parte (1), no interesa en su detalle a nuestra finalidad. que se refiere concretamente a determinar la influencia que la tregua de los doce años tuvo en los ideales colectivos que el pueblo español y sus reyes venían manteniendo y defendiendo hacía más de un siglo. y con los cuales España y el imperio español habían alcanzado el apogeo de su gran- - - 46El efecto que estas primeras comunicaciones produjeron en Madrid nos es conocido por una consulta de la Junta de tres (1). En ella el Comendador mayor de León se apresura a declarar que «la tregua es la cosa más conveniente que puede desearse» y estima oportunísima la condición de que los holandeses abandonen el comercio de las Indias y se les dé, como compensación, el de España, y «agora - añade - no aurá que hablar en el puncto de la religión, pues con no decir nada queda entendido que no se les ha de permitir que hagan escándalo contra ella de ninguna manera». Es tan vivo el deseo de terminar la guerra que el Comendador no puede menos de decir: «no se haga caso de reputación y querer que nos rueguen, 'porque las ocasiones se pierden ...». Alude a la falta de medios que existe, tal que apenas se puede subvenir a las necesidades más perentorias, debiendo advertirse de ello a Spínola con gran secreto, a fin de que procure se haga la tregua antes del verano. El conde de Miranda estimaba la iniciativa de tregua por los holandeses como «caso de milagro», «providencia del cielo», cuando se iban a reducir las provisiones que de España se enviaban a Flandes, esta tregua, añadía, «es tan conveniente que se podría salir a rescibir COnla cruz yagua vendíta», pero no había que dárselo a entender a los rebeldes para que no echasen de ver lo mucho que se deseaba. Don Pedro Franqueza, conde de Villalonga, no mostraba tanto alborozo, pues creía se trataba de una habilidad de Spínola para con la tregua salvar su responsabilidad militar y su hacienda, ambas comprometidas en la guerra; rece- (1) Consulta al Rey. de la Junta de tres. 16 enero 1607. Arch. Gen. de Simancas. Estado. Leg. 2025, fol. 5. - 47laba que los holandeses trataban de engañar al Archiduque, «Principe que no tiene r esolucíon» , pero reconocía que con los medios de que podría disponer para la próxima campaña no lograría hacer más que guerra defensiva «porque no se puede más». El propio monarca, en nota marginal a la consulta, declaraba que «no se puede dejar de admitir la plática de treguas que tanto combiene». Este documento es suficientemente expresivo de lo que se pensaba acerca de la situación de Flandes por aquellos elementos de la corte de España cuya opinión había de ejercer influjo decisivo en las resoluciones de gobierno. Este inmoderado deseo de paz no es más que el reconocimiento de la impotencia para continuar la guerra. y esto sin eufemismos, con un lenguaje francamente derrotista y sin decoro alguno. [Así hablaban los colaboradores de Lerma! Más hábiles los holandeses, disimulaban sus deseos de tregua y declaraban tener por buena y justa la causa que propugnaban, manifestando que los Archiduques --y por tanto Felipe IIIno podían pretender cosa ninguna de aquellas provincias, ni alegar el menor derecho sobre ellas, como no fuera el fundado en la fuerza y en la guerra; por tanto, no estaban dispuestos a entrar en negociación si no era sobre la base del reconocimiento de las provincias de Holanda como Estados libres (1). La dirección política de las provincias llevábala a la sazón el famoso hombre de gobierno Olden Barnewelt, quien hábilmente marcaba la pauta y la base para el comienzo de las negociaciones, o sea (1) Copia de la respuesta que dieron los Estados de Holanda a Wittenhorst. La Haya, 27 enero 1607. Arch. Gen. Sím . Estado. Leg. 2289, fol. 117. Q.¡¿ $ - 61- $. ; :: I.U $ 4 - 60prmcípros de marzo, decía: «Si V. M. no está resuelto de hacer la paz de otra manera, no hay que decir más, sólo suplicar a V. M., pues no hay esperanca de poderlo alcancar , se sirva de mandar hacer luego las provisiones para la guerra»; creía ésta inevitable, pues aunque el pueblo holandés deseaba la paz, no la querían sus dirigentes y la opinión de éstos era decisiva (1). Parejo juicio daba el' presidente Richardot al Archiduque, al decir que, en los holandeses «va creciendo la obstinación en tal manera que veo que muy en breve se habrá de hablar claro para que Su Magestad y V. A. se resuelvan o a paz o a rompimiento», añadía que no estaban dispuestos a prescindir de la navegación de las Indias, y que dentro de las fórmulas de arreglo presentadas a esta cuestión la menos perjudicial para España era la de que, por vía de una tregua, se concertasen los años que podían seguir navegando y comerciando en las Indias (2). Durante todo el mes de marzo prosiguieron las delíberaciones sin que se adelantara un solo paso hacia la conclusión de la paz o de la tregua, debido a que cada delegación mantenía íntegramente sus puntos de vista. De todo lo actuado, y por diferentes conductos, llegó noticia a Madrtd: para examinar la situación reunióse el Consejo de Estado, que emitió consulta, interesante por muchos conceptos, y más en particular el voto de algunos consejeros que ponían al vivo la comprometida situación a que se había llegado. Fué el primero en dar su voto el Comendador mayor de León. quien manifestó que las pretensiones de los rebeldes hallaban embajadores de las potencias que simpatizaban con los holandeses: de Francia, Inglaterra. Dinamarca, Conde Palatino. Marqués de Br andernburgo y Landgrave de Hesse, que habían sido enviados especialmente para actuar cerca de la conferencia. Iniciáronse las reuniones el 7 de febrero y apenas verificados los poderes. los holandeses exigieron seguridad de que el punto de libres había de ser mantenido íntegramente. Abierta discusión sobre el tráfico y navegación de las Indias, los representantes de las Provincias se mostraron disconformes para su aceptación, alegando los grandes intereses económicos que tenían en las Orientales, sobre todo la Compañía de las Indias, que llevaba actuando varios años y tenía compromiso adquirido de hacerlo durante veinte; aveníanse a no comerciar en los territorios del rey de España, pero no en los de las Indias que no le pertenecían; propusieron diversas fórmulas. que Spínola y sus compañeros no creyeron prudente admitir sin consu lta , demorando por unos días esta cuestión. Enterados los diputados del Archiduque del acuerdo que en diciembre último habían adoptado las Províncias, y al cual se ha hecho ya referencia, no se atrevieron a proponer el de la religión. dejándolo para el final, y plantearon el de límites. Los holandeses quisieron obligar a una exposición previa de todas las cuestiones a discutir. en lo que cautamente no consintió Spínola. No llevaba la conferencia un mes de actuación y ya Spínola, por lo ocurrido en las primeras sesiones y por la actitud 'e instrucciones que mostraban los de las Provincias, auguró un completo fracaso; por ello al dar cuenta a Felipe III de los trabajos realizados hasta '-.' . (1) Carta de Spínola a Felipe IlI. La Haya. 5 marzo 1608. R. Villa. ob. cit., pág. 216 y sigo "(21 Carta de Ríchardot al Archiduque. La Haya, 4 marzo 1608. A G. S. Estado, lego 2290. fol. 68. -- 62 - '1 ~ ..•. '; -_ .._,- p - 63eran injustas y contra razón. ya que ninguna potencia se había atrevido a pedir que se le hicieran concesiones en los dominios que España tenía en ultramar; que si se concedía lo que los holandeses pretendían. sería tanto como entregarles la navegación de las Indias orientales; culpaba al Archiduque de haberse anticipado a concederles la libertad antes de entrar en la negociación del tratado; reconocía las pelígro sas consecuencias de otorgar lo que los holandeses pedían, pero mostraba su pusilanimidad al decir que «si se les niega. es romper, y echárnoslos a cuestas estando armados y poderoSOScon las ayudas que tienen y aunque huviera más caudal dudara de enviar la resolución». Proponía que nuestros diputados tratasen de persuadir a los holandeses de 10 excesivo de sus demandas, e inclinar a nuestro favor a los representantes extranjeros, «y con esto gozar lo más que se pudiere del verano que entra para que no se rompa, procurando prorrogar la tregua de mes en mes»; es decir. dar largas a la situación sin más finalidad que la de ganar tiempo y sin tener cuenta que con ello se afianzaba más y más la posición de los rebeldes. ¡Donoso lenguaje en un consejero de Estado! [Qué contraste con la dignidad política que había imperado durante todo el siglo anterior! No mostraba mayor energía el marqués de Velada en su voto, ya que consideraba fatal para España cualquiera que fuera el camino que se tomase, «por que si se rompe] la guerra, se antevé lo que de ella puede resultar, y si se aceta la paz con las condiciones que pretenden los rebeldes, reconoce que es dar entrada a la navegación de las Indias ... ; si se rompe, V. M. no puede hazer la guerra como conviene ... y ansí lo que conviene es ir entreteniendo la plática dando tiempo al tiempo». Como ocurrió ya en consultas anteriores. el condestable de Castilla, al dar su voto en la presente, .mostró un mayor sentido de dignidad. y con crudeza expuso su criterio, sin cuidarse de lanzar graves acusaciones de carácter personal y generr,t, que, frecuentemente, no siempre, son acertadas. En la consulta que examinamos, su voto es de gran interés (1). Declaraba con desenfado que Felipe 11Ihabía sido engañado por el Archiduque y por Spíno la , al asegurar éstos que serían admitidos los puntos de la religión y de la navegación de las Indias; no carece de valor la afirmación de que las Provincias Unidas representaban una potencia marítima superior a la de España; se negaba a admitir transacción ninguna en los dos puntos referidos, y que al no aceptarse se debía ir a la guerra de nuevo, pues siempre sería más honroso perderlos en la lucha, que cederlos voluntariamente; si el Archiduque quería concertarse con los rebeldes, que 10 hiciera por su cuenta, sin mezclar a (1) «El condestable de Castílla, que tiene por buen consejo que los comisarios que tratan las pazes no sean interesados en la guerra, por que los que traen las manos en las armas nunca desean la paz, y los que la desean nunca proponen medios de guerra; el Archiduque deseará la navegación de las Indias por que le está muy bien, y el marqués spínola por que quiere descansar y verse libre de las dificultades y peligros de la guerra y assi todos engañan a V. M. 9 le an. gdo embarcando en estos negocios mañosamente, dando al principio por llano lo del exercícío público de la religión y navegación de las Indias, que agora se ve es todo vano, y lo que de ello ha resultado es hauerse deshecho el exército, y lo que los rebeldes pretenden es tener derechamente el trato de las Indias ygual con V. M. !J como más poderosos en la mar saldrán con lo que quísíeren introduciendo en ellas la heregía con que vendrá V. M. a perder la mayor grandeza de su monarquía. Y cree que, cuando se les niegue, se contentaran con lo que se ha hecho con los reyes de Francia y ynglaterra. El dar tiempo al tiempo será bien, pero esto a de ser de manera que el Sr. Archiduque y el marques spínola entiendan que V. M. está resuelto de romper si no se viene en lo que .i ;. ( 4 $ : ,. _ 1 - 64- - 6SEl conde de Alba trataba de conciliar las dos tendencias expuestas en el Consejo, y aducía el hecho de que él había conocido Flandes en situaciones rni litar es más precarias que la actual y se salió de ellas airosamente; por ello ahora había que poner la voluntad y la decisión en allegar medios para hacer la guerra, siquiera con carácter defensivo, y así «aunque se pierdan los estados peleando, no se perderán las Indias». y para !o primero recomendaba entretener la negociación cuanto se pudiere. En este largo Consejo volvió a tornar la palabra el Comendador mayor, para dar una prueba más de su encogimiento y temor a los holandeses, al proponer que se hicieran preparativos militares, «pero con disirnulación, porque esto no altere más los ánimos de los rebeldes y los confirme en su desconfianza». Después de lo que vemos fué esta consulta y la actitud de los consejeros, excepto uno, hay que consíderar con rubor que los más altos negocios de la monarquía estaban encomendados a personas pusilánimes y sin apenas noción del sentido de responsabilidad: siendo como eran estos consejeros devotos seguidores del omnipotente favorito, a él hay que atribuir la inspiración de estos pareceres. Desde Flandes se enviaron a España numerosos informes relativos a los puntos de vista que sostenían los holandeses, con el fin de que aquí se tuviera completa información, particularmente en lo relativo a la navegación de las Indias. De diez años atrás. los holandeses habían comenzado a comerciar directamente con las Indias orientales, e intensificando su acción económica en ellas, habían logrado crear l:uantiosos intereses. España poco había hecho por S España en tal deshonor; para salvar la dignidad y los dominios de la monarquía no había más que disponerse para la guerra. Ciertamente, este lenguaje del condestable era bastante más digno que el de sus compañeros, si bien no reparaba en la situación de la Hacienda. El duque del Infantado se limitaba a exponer su quejumbroso lamento de que las cosas hubieran llegado a situación tan lastimosa, y no apuntaba más solución que la tan repetida de prolongar la negociación. No aportaba mayores luces el cardenal confesor, sentía «dolor de corazón» por lo que acontecía y por la pérdida de reputación consiguiente, «pero la hazienda es muy corta y la armada está deshecha; muestra la posibilidad de transigir en lo de las Indias»; respondiendo a su condición declaraba que lo que se perdiese por defender la religión siempre significaría que el rey había «curnplido con dios y consigo mismo y con la reputación del mundo». se ha declarado y ordenado acerca de los dos puntos de la religión y navegación de las Indias, pues lo mismo que pretenden los rebeldes pretendió el rey de ynglaterra y él lo avisó a V. M. y que su parecer era que no se les concediese aunque se huuíese de romper y V. M. lo aprovó; todos los medios que proponen son perniciosos. pues no puede resultar dellos sinó perder las Indias y es de menos ynconveniente hazer lo que an hecho otros príncipes que se an visto revájados que a sido a más no poder. perderse dando voluntariamente a sus enemigos lo que les pedían. Que se escriva al Sr. Archíduque y al marques spínola maravillandose V. M. de lo que escriven y advirtiéndoles de lo que ha dicho el Comendador mayor de León; y si pidieren lo que no se puede proveer y díxere su alteza que si no se provee se concertará, hágalo allá sin que se entienda que V. M. tiene parte en ello, pues lo demas será perderse vergonfi:osamente. Preparese V. M. y atienda a las cosas de la guerra sin dexarlas de la mano, véalas y as sista a ellas con extraordinario cuydado, por que si no perderá la tierra que pisa». Minuta de consulta del Consejo de Estado. sin fecha (marzo. abrtlr). 1608. Archivo general de Simancas, Estado. lego 2138. fol. 39 y 40. : ,; lO $; , r t i 4 1 ~'r·\ -~- ~ -~- combatir esta navegación pirática y cor saria , 110 obstante las pérdidas considerables y de todo orden que ocasionaba a la hacienda y a la economía de Portugal. Por esto. en la conferencia de que nos venimos ocupando. la posición de España en lo que a la navegación y comercio de las Indias se refiere era débil. se limitaba a alegar su derecho de monopolio sobre las posesiones que pertenecían a la corona y sobre la navegación de los mares que las bordeaban. cuando los hechos demostraban que no había sido capaz de defender este derecho adecuadamente ni de impedir la citada navegación. En cambio. los holandeses. al derecho de España. oponían el de libertad de los mares. argumentando que el mar estaba abierto a todos y que nadie lo podía ni debía señorear; y frente a los intereses de España ponían de manifiesto los que ellos habían creado. que suponían en flota. hombres y capital, mayor cantidad que la que desde aquí se empleaba. No hay que decir que los representantes de Inglaterra y Francia apoyaban a las Provincias Unidas en este punto. ya que les interesaba abrir un portillo en el gran monopolio comercial que España disfrutaba. Para más completa ilustración de la corte española. un miembro de la delegación que actuaba en La Haya. el P. Comisario general de los Franciscos. fray Juan Noyen, fué enviado a Madrid. tanto para informar detenidamente del curso de la conferencia. como para obtener resoluciones definitivas de Felipe III con las cuales proseguir y ultimar 'la negociación de paz. Llegó a la corte en los primeros días de mayo de 1608 y presentó al duque de Lerma sendos pareceres sobre los puntos principales en torno a los cuales giraba la díscusión. Respecto al de la religión decía, que si con tan larga guerra no se había podido obtener que en las Provincias Unidas se restaurase el ejercicio público y libre de la misma. sería cosa de pensar sí por medios pacíficos se podría obtener. Señalaba los tres obstáculos que se oponían a este punto: el haber puesto Felipe III la palabra Religión en el poder que envió para que comenzase la negociación. a lo que respondieron las Provincias manifestando que romperían la plática en cuanto se pretendiese el ejercicio público y libre de la misma; que el rey de Francia había persuadido a los Estados que no admitiesen cosa alguna para los católicos a propuesta del monarca español ni del Archíduque; y. que si se permitía algo a los católicos considerarían menoscabada su libertad los holandeses. Para solucionar esta situación el P. Noyen presentó las siguientes posibilidades de arreglo para obtener el ejercicio de la religión: por vía de concierto. lo cual ahora parecía imposible; que los holandeses como libres. lo concediesen espontáneamente a los católicos; y. que por concierto en las paces se acordase diferir el tratar de la religión hasta la comunicación que habría dentro de un año para fijar los límites. Creía esto último lo más acertado, y que si entonces no se lograba tampoco. sería ocasión de adoptar una resolución radical. En el problema de la navegación de las Indias, que trataba prolijamente, hizo resaltar el caudal. hombres y barcos que en ella empleaban los holandeses; no acertaba a proponer fórmula ninguna, pero sí insinuó la, poco consistente, posibilidad de que al hacerse paz o tregua, en pocos años los holandeses acabasen por abandonar espontáneamente aquella navegación, ya que J - 68- - 69su principal ganancia eran las presas yrobos yentonces no los tendrían (1). No es de suponer que fray Juan Noyen en los papeles de que dejamos hecha referencia, hablase por cuenta propia, sino que se limitar-a a trasmitir en forma adecuada el sentir del Archiduque y de su delegación en La Haya. El deseo de paz era demasiado claro, ni se disfrazaba siquiera, ya que respecto a lo de las Indias se insinuaba que no podía hacerse hincapié en ello con probabilidades de éxito, y lo de la religión debía posponer se al logro de la paz. Este es el criterio que en realidad predominaba en las provincias flamencas leales, y se explica que así fuese porque a ellas en nada les afectaba la cuestión de las Indias, y en el aspecto religioso, cuarenta años de guerra eran experiencia más que sobrada de que no cabía imposición en este sentido, y este convencimiento había abierto camino a ideas de tolerancia. Ya es, en cambio, más extraño que el Archiduque participase plenamente de este criterio, pues por su educación, formación política netamente española y por el origen de su soberanía, debía estar más cerca del sentir español que no clel flamenco, aunque flamencos fueran sus súbditos. La posición de España no hay duda respecto a la que debía ser, de acuerdo con su tradición y sus ideales, pero en el estado de penuria en que se hallaba y puesta en la ruta de hacer concesiones importantísírnas negligentemente, no se podía asegurar cuál sería el resultado definitivo ... Para examinar las últimas noticias de Flandes, la información de Fray Juan Noyen y tomar las resoluciones pertinentes, se reunió el Consejo de Estado a 10 de mayo de 1608. Conviene advertir que, algunas semanas antes, se había acordado enviar a París, cerca del rey Enrique IV, a don Pedro de Toledo con misión especial por suponer que la arriscada actitud de los holandeses obedecía a la protección y reciente liga que con ellos había establecido el citado monarca. La consulta que el Consejo emitió no pudo ser más peregrina; tras de reconocer que los holandeses pretendían cosas exorbitantes yde acusar a sus dirigentes de «graues crímines de lesa Magestad diuina y humana», proponían no dar respuesta. por ahora, a estas cuestiones, sino entretener la negociación, sin negar ni conceder, hasta ver lo que resultaba de la gestión de don Pedro de Toledo en París. Que al Archiduque ya Spíno la se les escribiese diciendo que había que estudiar detenidamente las propuestas; que procurasen prorrogar la tregua y no romper la plática'; yque, igualmente, se entretuviese en Madrid al P. Noyen, hasta que llegasen noticias de París. El condestable de Castí lla consideró la gravedad de los puntos propuestos y creyó debían ser examinados «por personas pláticas que aqui no las hay ... Si V. M. tuviera en flandes hombres pláticos y desynteresados que trataran los negocios libres de vnterés propio, fuera de parecer que se les remitiera que vieran estos papeles y apuraran las materias yconsultaran sobre ellas, pero los más de los que las tratan son .los primeros de quien se deue recatar» (1). Esta declaración de incompetencia y de desconfianza se comenta por sí sola y bien expresiva mente por cierto. (1) Papeles presentados al duque de Lerma por el P. Comisario general. fray Juan Neyens, sobre el estado de la negociación con los rebeldes. A, G. S. Estado. leg. 2290. fol. 198. Madrid. 6 mayo 1608. (1) Minuta de consulta del Consejo de Estado. l'ladrid. 10 mayo 1608, ;\. O. S. Estado. leg. 2138. fol 37 y 38. - 70Cuando se consideraba la situación más crítica, los holandeses, no sólo espontáneamente. sino contra el parecer de los representantes de las potencias que con ellos simpatizaban, acordaron prorrogar la tregua con los Archíduques por todo el año 1608, lo cual fué de suma conveniencia para nuestros intereses políticos y militares, colocados ambos en difícil trance. No obstante esta prórroga, era propósito de las Provincias Unidas resolver el éxito Ofracaso de la conferencia de la paz en un plazo de dos meses, razón por la cual no licenciaron su ejército (1). Mientras en Flandes se esperaba con impaciencia el regreso del P. Noyen, trayendo los despachos que encerrasen el criterio definitivo de España en materia de paz, la corte de Madrid con su acostumbrada lentitud, en esta ocasión premeditada, dejaba pasar el tiempo sin resolver. Los delegados del Archiduque en La Haya, entretenían hábilmente a los representantes de las Provincias y a los embajadores extranjeros, celebrando reuniones y conversaciones privadas para trabajar los ánimos y predisponerlos en favor de nuestros puntos de vista. Habíase tenido noticia de la misión que don Pedro de Toledo llevaba a París, y para cambiar impresiones sobre ella y conocer la posición política del representante francés en orden a la paz, el presidente Richardot, de acuerdo con Spínola, visitó al embajador francés Janin. La conversación que ambos sostuvieron fué muy sustanciosa: manifestó el francés el mal efecto que producían las dilaciones de la corte española, motivo por el cual los holandeses se inclinaban a dar (1) Carta de Spínola a Felipe III. La Haya. 21 mayo 1608. A. G. S. Estado. leg 2290. fol. 223. r~. ----~~------------------------ - 71por terminada la conferencia; dijo también, que no esperaba resultado favorable de la gestión de don Pedro de Toleclo, especialmente en punto a enlaces matrimoniales entre príncipes de ambas cortes, pues Enrique IV no abandonaría a sus amigos los holandeses por un proyecto de matrimonio que , dada la corta edad de los contrayentes, resultaba por demás incierto. Insistió -, Janin en la conveniencia de concertar cuanto antes la paz, y al preguntar le Richardot si podía contar con su apoyo en lo de la religión, respondió el francés que su rey nada podía en este punto, ni creía que los holandeses 10 concediesen, razón por la cual no creía que se llegara a la paz. Para evitar el rompimiento que esto supondría, insinuó Janin que la única solución viable era concertar una tregua de cinco o seis años, a la que él prestaría apoyo, y si se alcanzaba, entonces sería ocasión de negociar el punto de la religión con el apoyo de Francia. El juego de Enrique IV era claro, halagar a los holandeses con la obtención de la tregua conservando así su amistad, para luego, a título de rey crístianísimo, ayudar a España en el punto de la religión. Aún añadió Janin que, esta tregua debía concertarse desde luego a base de libertad y soberanía para las Provincias, y que si lo de la navegación de las Indias no se conseguía establecerlo de manera favorable al punto de vista español, podía luego mejorarse por el procedímiento que indicaba para la religión (1). Hemos concedido a esta conversación cierto relieve por la influencia indudable que ejerció en la actitud de (1) Sumario del razonamiento del Presidente Ríchardor con el Presidente jennín en La Baya a 13 de junio 1608. A. G. S. Estado. lego 2290. {ol. 275. -72los beligerantes, pues de aquí adelante puede afir marsc que se fué alejando la posibilidad de llegar a la paz, y en cambio se fué abriendo camino la idea de establecer una tregua larga. 1- ¡, " 1) '. En la pintoresca villa de Lerma, a donde fué Felipe III en compañía del favorito, señor de ella, a pasar unos días de apacible descanso lejos de la calurosa corte, fué'" donde se tomó a 15 de julio de 1608, la tan esperada resolución relativa a la negociación de la paz en Flandes. Los largos meses empleados en reflexionar acerca de ella no fueron perdidos. La respuesta fué digna, honrosa y hasta transigente, si se tienen en cuenta las círcunstancias de una parte y la reputación de España por otra. Es éste uno de los pocos momentos que en el curso de esta negociación, se vuelve por los fueros de la dignidad, harto maltrecha, y se ponen los ojos en los altos intereses e ideales de España. En famosa carta al Archiduque Alberto, razonaba serenamente el monarca español acerca de los puntos fundamentales sobre que debía descansar la paz, que, caso de ser rechazados, la harían imposible; si bien, ante el fracaso. se iniciaba la posibilidad de hacer nueva gestión para obtener una tregua larga (1). Arnphamente se autorizaba al Archiduque para clausular las numerosas cuestiones que los rebeldes habían propuesto, para fijarse principalmente en los problemas de la religión y de la navegación de las Indias, considerando todavía como más sustancial el primero. Consideraba Felipe III que no cumpliría con Dios, ni con su propia estimación, si concediese la soberanía a las (1) Minuta de carta de Felipe III al Archíduquc. Lcrma. 15 julio 1608. A. G. S. Estado. lego 2226. fol. 94. -------------------------------------------,-----. .. ----------------~---------------- I - 74- -75 - Provincias Unidas por otro precio que no fuese el del ejercicio público y libre de la religión católica, por lo tanto, su «última e ynconmutable resolución era: que si los de las Provincias Unidas viniesen en que todas y en cada una dellas aya el servicio público y libre de nuestra fe catholica y Romana, para todos los que en ella quisieren vivir y morir. .. vendré en cederles la sober anidad que de las dichas Provincias me pertenece por razon del directo dominio, para que los naturales y moradores dellas gozen della y sean libres por todo el tiempo que durare el dicho exercicio». Advertía que el aceptar esto no suponía nada contra la libertad de los holandeses, porque consideraba que las cosas de la religión eran distintas de las que afectaban al gobierno político de los pueblos. Recomendaba al Archiduque que la resolución de este punto no fuese demorada para más adelante, pues sería muy peligroso, «y es mucho de maravillar que aya personas de sentimiento cathólico que les parezca medio conveniente», ya que no había razón para que dentro de un año se hiciera lo que ahora se negaba. Reconocía que, dada la situacíón de la hacienda española se debía evitar el rompimiento, pero ni ésta ni otra causa había de ser parte «para faltar en un solo punto a lo que se deve a Dios v a su honra y gloria», aunque se arriesgasen los Estados de la monarquía, y si se perdiese lo que se pretende ganar «para mi - dice el rey - sería gran ganancia el aver cumplido con mis obligaciones». En cuanto a la navegación de las Indias, rechazaba conceder a los rebeldes algunos años a título de recoger las haciendas que en ellas tenían, porque era su decisión que «ni por un solo día se les debe conceder la dicha navegación», ya que haciéndolo nunca se les hallaría dispuestos. a abandonarla; 10 único que admitiría era que los holandeses cargasen sus haciendas en navíos portugueses y una vez en Lisboa las llevasen a sus provincias; si esto les pareciese inadmisible se podría autorizar que las trajesen en los navíos que ellos tenían en las Indias, y rechazado esto también, se podría usar de un expediente que se enviaba en papel aparte, pero en último término (1). De no ser aceptados estos dos puntos en la forma expuesta, y venidos los holandeses a rompimiento, se podría ensayar la forma de tregua larga, propuesta por Janin a Richardot, y que fuera el propio embajador francés quien tomase la iniciativa de ella para con los diputados holandeses. Creía que la fórmula de tregua larga era más viable que la de paz y sería acogida con simpatía por Francia e Inglaterra. Claro es que, siendo la tregua una cosa temporal, la soberanía que en ella se les concediese lo sería también, a cambio del ejercicio de la religión. Recomendaba finalmente al Archiduque que sus representantes no se excediesen un solo punto de cuanto se contenía en esta resolución. Con esta carta, diéronse al P. Noyen los despachos pertinentes y pudo emprender su regreso a Flandes, después de una demora de cerca de tres meses en la corte española. Durante este tiempo, la conferencia de la paz estuvo virtualmente suspendida, no obstante los frecuentes apremios y amenazas de los diputados de las Provincias; algunos embajadores, entre ellos el de Francia, abandonaron La Haya yendo a sus cortes respectivas en busca de nuevas instrucciones. (1) El papel a que se hace referencia no hemos tenido la fortuna de hallar lo. u; - 76-- r -77A príncíptos de agosto la resolución de Felipe III estaba en poder del Archiduque, quien la trasmitió rápidamente a sus diputados. Éstos no consideraron pertinente declararla a los holandeses mientras no se hallara de regreso Janin. pues estimaron interesante conocer la opinión de éste y el apoyo que estaba autorizado a prestarle. El 14 de agosto llegó Janin, quien fué seguidamente abordado por algunos representantes del Archiduque que le dieron a conocer la resolución de Felipe III; manifestó que su rey deseaba la paz, pero temía que no se llegase a ella «pues se le hazen algo duras en ser tan firmes, las dos condiciones de Religión y Indias» que el rey de España quería imponer (1). Reunióse junta de delegados el día 20, y en ella declararon solemnemente los del Archíduque la resolución venida de España; oyéronla en silencio los hol andeses y manifestaron que, antes de responder, precisaban consultar a los Estados generales. No se demoró largamente la respuesta. que fué entregada tres días después. Extensamente se hacía historia en esta contestación, de todo lo negociado hasta el momento, haciendo resaltar que ellos habían luchado por su libertad, y que, sobre la base de ella habían comenzado los tratos. Que en toda ocasión habían manifestado con lealtad sus aspiraciones y puntos de vista, mientras que de parte del Archiduque y especialmente del rey de España no se había procedido con la misma rectitud y deseo de llegar a buen fin, como se evidenciaba en la vacilante conducta de los delegados del primero, y en la sinuosa y poco clara política del gobierno de Madrid. No obstante haberles dado nurnerosos motivos para romper toda negociación. ellos. en su deseo de paz, habían prorrogado una y otra vez la suspensión de hostilidades. Vinienoo , finalmente. a los términos de la resolución última del monarca español. en consideración a la forma en que ella venía, se veían precisados a declarar que no podía seguir adelante la plática de la paz. por ser inadmisible la forma en que pretendían imponer los puntos de la religión y de la navegación de las Indias (1). La conferencia de la paz. en consecuencia, había fracasado definiti vamen te. Si en principio se puede afirmar que la situación no estaba en trance de madurez para concluir la paz, ya que la posición de los beligerantes respecto a los dos famosos puntos era inconciliable, hay que convenir que ni los españoles. ni los holandeses, ni los súbditos del Archiduque deseaban la reanudación de la guerra. Interpretando este sentir general. y hay que suponer que previo acuerdo privado con ambas delegaciones, los embajadores acreditados en La Haya redactaron una extensa nota que entregaron a los Estados generales de las Provincias el 27 de agosto, en la que lamentando el fracaso de la conferencia, proponían el concierto de una tregua larga en las siguientes condiciones: reconocimiento de las Provincias como Estados libres, comercio libre con España y las Indias por el tiempo de la duración de la tregua, reteniendo lo que al presente poseyeran los holandeses, más otros puntos de menor importancia. Reconocían los embajadores los obstáculos que, para (1) Carta descifrada del secretario Mancicidor a Andrés de Prada. La Haya. 21 agosto 1608. A. G. S. Estado. lego2290. fol. 325. (1) Papel que dieron los Estados de Olanda a nuestros diputados en 23 agosto 1608. A. G. S. Estado. lego 2290. fol. 276. - 78r í....., '--!- .í . - 79aceptar estas condiciones, opondrían Felipe III y el Archiduque, pero creyendo que esta resistencia podría s'er vencida, exhortaban a las Provincias él que no rechazaran esta posibilidad de avenencia, teniendo en cuenta que la deseaban las potencias firmantes y que de volverse a las armas, no podrían proporcionarles los socorros prestados en otras ocasiones. Advertían, finalmente, que en términos semejantes se dirigían a los representantes del Archiduque (1). La delegación del Archiduque no halló del todo satisfactoria esta propuesta, pues la hubieran deseado más general y sin puntualizar tanto las condiciones que, en verdad, favorecían demasiado a los holandeses, pero el embajador Janin advirtió a Spínola que de no hacerlo así, los diputados holandeses romperían toda negociación. A este respecto, el presidente Richardot creía que lo de las Indias se podría convenir, pues parecía que el rey de España estaba dispuesto a que por tratado de tregua cada uno quedase con lo que tenía, con hostilidad si era preciso, y que lo del punto de libres estribaría en poderlo clausular de tal manera que no se hiriesen los sentimientos de España y se diese satisfacción a las Provincias (2). Entróse en un estado de cierta confusión, porque ni los holandeses se daban por satisfechos con la propuesta de los embajadores, ni la delegación del Archiduque se atrevia a resolver sin consultar con España. Menudearon los cabildeos, entrevistas y correspondencia rápida Con Bruselas; Spínola perseguía una tregua llana, sin coridiciones, lo cual era rechazado de plano por los holandeses que suponían que ello equivalía a rendirse en manos de Felipe 1II, y, exasperados por este fatigoso forcejeo, manifestaron a nuestros diputados que si por todo el mes de septiembre no podían mejorar las condiciones, a fines del mismo tendrían que abandonar La Haya. Esta actitud venía a reflejar el estado de ánimo existente en algunas provincias, especialmente en Zelanda donde ya ni se quería hablar de tregua (1). El Archiduque, trató de remediar la situación ordenando a sus delegados propusieran la tregua larga con el punto de libres, en la forma concedida en la suspensión vigente, sin hacer mención del rey de España y sin que quedase éste obligado a ratificar; si esto fracasaba podían retirarse de La Haya (2). Este propósito no alcanzó fortuna y la irritabilidad de los holandeses llegó a manifestarse en forma tan violenta que los representantes del Archiduque vieron apedreadas sus viviendas y fueron insultados gravemente por el pueblo (3). Al finalizar el mes de septiembre, la delegación abandonó La Haya, reintegrándose a Bruselas. Puntualmente se fué comunicando a Madrid todo lo acontecido en La Haya, desde la reunión tenida por los delegados el 20 de agosto, hasta la salida de los representantes del Archiduque. No sorprendieron demasiado a Felipe 111 y a sus ministros y consejeros estas notí- (1) Papel que los Embaxadores que están en la Haya han dado a los Estados sobre la tregua, A. G. S. Estado, leg. 2290. fol. 279, (2) Carta descifrada de Ríchardot al Archiduque. La Haya. 29 agosto 1608. A. G, S. Estado, leg. 2290, fol. 278. \1) La plática que tuvo Janin con el Presidente Richardot. 14 septiembre 1608, A. G. S, Estado, leg. 2290. fol. 272. Carta de Spínola al Archiduque, 15 septiembre 1608. Véase: R. Villa. ob. cit., páginas 223 y sigo (2) Carta del Archiduque a Ríchardot. Bruselas, 20 septiembre 1608. A. G. S. Estado, leg. 2290, fol. 175, (3) Carta de Hurtunio Ugarte a Andrés de Prada. Bruselas, 28 septiembre 1608, A. G. S, Estado, lego 2290, fol. 183. - 92- - 93como «a enfermo desahuciado, a quien no se han de negar mientras vive las medicinas que el arte ordena». Aún así consideraba que el desear demasiado la paz es contra la reputación de los príncipes y de los imperios, y que tanto la paz como la tregua con los holandeses, quedando por libres y soberanos, son «indignas de la grandeza de Vuestra Magestad». El condestable de Castilla íué de parecer que el rey debía mantener la resolución tomada en Lerrna: que en caso de reanudarse la guerra, con buen orden y dirección se podían lograr efectos menos calamitosos de los que exageradamente se exponían por el P. Brizuela y algunos consejeros. Aunque él no era partidario de la tregua, afirmaba que la diferencia de palabras que hay entre la que se proponía ahora y las consignadas en la anterior de ocho meses y en las ratificaciones, no era sustancial y no había por tanto que detenerse en ello, si al fin la tregua se había de hacer; él era partidario de volver a las hostilidades. He aquí un caso de consecuencia y de lógica; y es perfectamente explicable la ninguna importancia que concedía a que la soberanía se cediese con unas u otras palabras, lo grave, lo intolerable, lo vergonzoso, era concederla. El duque del Infantado discurrió en términos parejos a los demás consejeros; creía inadmisible la tregua y conveniente volver a la guerra, haciendo el esfuerzo económico preciso; estimaba necesario poner en Flandes dos personas prácticas y de experiencia, una para el mando y reformación del ejército y otra para regir austeramente la hacienda. Brevísimo en su intervención el conde de Alba, se mostró partidario de concluir rápidamente la tregua. Puso fin a esta famosa reunión del Consejo el duque de 300.000 ducados cada mes y 400.000 de extraordinario, «por que no ay rincón que no esté andado y querer que se pida al reyno tampoco puede ser tras el servicio pasado, que con tanto amor hizo, que no será poco que lo cumpla, según el estado en que se halla». Ponía término a su peroración lamentando haber tenido que decir cosas tan penosas, pero su lealtad al trono le obligaba a exponer la realidad y que, juzgándo la , pudiera resolver el soberano. . Ante el voto del duque de Lerma no se puede sentir duda de ningún género: preséntase en él la situación en extremo crítica, sin dinero, sin ejército y con superioridad naval de parte del enemigo; ante ello la religión, la navegación de las Indias, la soberanía, son cosas secundarias, hay que ir a la tregua -no hacía falta que él pronunciara las ,Palabras - como único recurso. ¿Es consecuencia este voto de los informes del P. Brizuela? Probablemente, no. Lerma hasta entonces había tratado de revestir la posición de España con el ropaje de los viejos ideales nacionales, pero nada más que en apariencia, puesto que de años atrás estaba convencido de que nuestro porvenir en los Países Bajos estaba en quiebra política, militar, económica y religiosa. Lo que sí hizo fué aprovechar la ocasión que le brindaba la memoria del confesor del Archiduque, para quitarse la capa de hipocresía que había mantenido hasta entonces, y presentar como única solución la tregua sin reparar en las condiciones. Descubría Lerma con este proceder la ficción que había envuelto toda su gestión politica. Después de la expresiva opinión del favorito, el cardenal de Toledo al dar su voto, comenzó por reconocer que ya el negocio de Flandes había que tratarlo l. - 94- - 95Lerma, para rogar que en los días sucesivos volviese a celebrar sesiones en las que se tratara de las particularidades del negocio - examinada ya la parte general del mismobien si se hacia la tregua o se reanudaba l~ guerra (1). La consulta que acabamos de examinar fué decisiva para la actitud definitiva de Felípe III en los negocios de Flandes. No obstante el tono mediocre de la generalídad de los pareceres, en casi todos ellos la dignidad y reputación de la monarquía ejercen influencia, en el sentido de no aconsejar una transacción que se estima vergonzosa; en los del omnipotente favorito y el conde de Alba, claramente derrotistas, se propugna el abandono de las posiciones hasta entonces mantenidas, posiciones en armonía con los ideales nacionales y se aconseja la tregua. En tiempos de favoritismo como el presente, la consulta en sí resultaba ineficaz, la voluntad del valido estaba por encima de la institución, de los intereses y de los ideales de España. ¿Pero, es que acaso éstos eran sentidos por Lerma? ¿Tenía, por ventura, el valido conciencia de la responsabilidad histórica que contraía al dar su voto? No debió quedar satisfecho el duque de Lerma de la última reunión del Consejo de Estado, en la que al fin y a la postre no había logrado sumar al suyo más que el voto del conde de Alba. Puesto ya en la ruta de hacer prevalecer su voluntad, hizo mayor acopio de informes y argumentos, además de resoluciones tomadas, para exhibirlos ante el Consejo nuevamente reunido el 22 de s eenero. Ante él presentó una consulta del Consejo de Hacienda, en la que se decía la imposibilidad de re!lnir los 68.000 ducados necesarios para levantar y conducir las sesenta compañías de infantería que Felipe III había ordenado. Se decía que el único medio de obtener algún dinero era recurriendo a los Fúcares o a los banqueros genoveses. Pedía Lerma al Consejo se manifestase deterrnínadamente en favor de la guerra o de la tregua, ésta en la forma expuesta por el P. Brizuela. No solía deliberar casi nunca el Consejo sobre propuestas concretas y menos formuladas por un consejero, aunque fuese ministro, e indudablemente por esto, debió sentirse coaccionado. En sus votos, el Comendador mayor, el marqués de Velada, el cardenal de Toledo y el duque del Infantado, plegábanse con mansa docilidad al parecer del favorito. Éste, encastillado en la penuria de medios, extraía fáciles argumentos para demostrar que el ir a la guerra equivalía a atraer sobre España una serie de desastres, cuyas consecuencias podían rebasar los Estados de Flandes y afectar a los demás de la monarquía; no era ya tiempo, según afirmaba, de intentar la reforma del gobierno y ejército de Flandes: que aun siendo la tregua mala podían de ella obtenerse mejores resultados que de la guerra; proponía, en fin, que se cursaran órdenes a los Países Bajos, autorizando para que en trance de ruptura concluyera la tregua el Archiduque. En tono de reto, terminaba su voto diciendo: «y si a alguno paresciere lo contrario y que es mejor bolver a la guerra, busque modo como proveer de lo necesario para ella». El único en mantenerse digno frente a Lerrna, fué el condestable de Castilla, quien haciendo honor al criterio que siempre había sostenido, aún halló nuevos e interesantes l~~:'. .;~ ) i; ~'. (1) Consulta del Consejo de Estado, 17 enero 1609. (Carpeta). Sobre las cosas de Flandes, acerca de lo que representó fray Iñígo de Brízuela, confesor de S. A. el Archiduque Alberto, sobre paces. treguas o guerra. A. G. S. Estado, lego626. fol. 1 al 3. -96 - -97 - argumentos para combatir la tregua y romper la guerra (1). Por si el gobierno de Madrid no estuviera ya franca, mente inclinado en favor de la tregua, recíbíéronse cartas del Archíduque en las que daba cuenta de que la actitud de las Provincias Unidas hacías e de día en día más peligrosa, siendo su última exigencia que antes de ser concluida la tregua, tenía Felipe III que reconocerlas como soberanas y libres Reunido urgentemente el Con, sejo para trat~r ésta y otras cuestiones, los consejeros, sin usar ya de los remilgos y vacilaciones observados en las consultas anteriores, apremiaron para que se concluyera la tregua en la forma propuesta por el Archíduque, «sin alterar cosa ninguna». Lerrna, con inaudita desfachatez, culpaba ahora al Archiduque, no sólo de estar dispuesto a hacer la tregua sin tener con si, deracíón a Felipe 111. sino de haber buscado la colaboración del rey de Francia contra España. El condestable debió presenciar con íntima satisfacción esta situación, harto lamentable para España, que debería haber llenado de rubor al monarca, al valido y a sus sumisos consejeros (2). Aún se reunió una vez más el Consejo de Estado para ratificar por unanimidad (el condestable de Castílla parece que no asistió a esta sesión) lo que se debía responder al P. Brizuela, o sea que se concluyese la tregua en la forma y palabras que éste había propuesto, por ser notoria la falta de medios de la hacienda española para intentar otra cosa (1). Como resumen de tan prolijas deliberaciones. en 29 de enero de 1609, se daba oficialmente al P. Brizuela la contestación que debía transmitir al Archiduque, y en la que, haciendo leve historia de las incidencias diplomáticas ocurridas en los últimos meses, y teniendo en cuenta la crítica situación de la hacienda española, se decía: «... se contenta Su Magestad de venir en la tregua que por parte de sus Altezas propuso el Presidente Ríchardote. que es en la forma siguiente: que sus Altezas. assí en su nombre como en el de Su Magestad se contentan tratar una tregua de diez años con los estados de las provincias unidas. en calidad y como teniendolos por payses, prouincias y estados libres. sobre los quales Su Magestad y sus Altezas no pretenden nada. con que para la ratificación que Su Magestad huuiere de hazer de esta tregua se saquen los ocho meses de tiempo que el Sr. Archiduque dize en la carta de su mano de los 7 deste y más si más se pudíere» (2). Ninguna advertencia se hacía respecto a las con di, ciones en que debía pactarse la tregua; la corte de Madrid. como ya 10 estaba la de Bruselas. se entregaba a merced de los holandeses, dispuesta a aceptarlo todo (1) Consulta del Consejo de Estado. 22 enero 1609. Sobre lo que el duque de Lerma propuso acerca de las cosas de Flandes. A. G. S. Estado. lego 626. fol. 4. (2) Consulta del Consejo de Estado. 2S enero 1609. A. G. S. Estado. lego 626. fol. 7. Es curioso que en esta consulta sólo dió su parecer el Comendador mayor. pues a él se adhirieron todos; en ella se dice a Felipe III. debe reprender al Archiduque su conducta al quejarse de que por seguir la voluntad de España está en trance de perder sus Estados. cuando gracias al cuantioso y desinteresado auxilio que desde aquí se ha prestado. ha podido mantenerse en ellos durante diez años. (1) Consulta del Consejo de Estado. 23 enero 1609. Sobre las cartas del señor Archiduque Alberto de mano propia y de la ajena de siete de enero y otras del Marqués don Pedro de Toledo de X. A. G. S. Estado. leg.. 626. fol. S. (2) Lo que se ha de responder a fray Iñígo de Brizuela en la materia de la tregua con los Rebeldes. En Madrid a 29 enero 1609. A. G. S. Estado. lego 2227. fol. 15. 7 - 98antes de llegar a rompimiento. La gran monarquía española, el imperio español, se doblegaban ante unas minúsculas provincias, que durante cuarenta años habían resistido con fortuna el formidable empuje de la primera potencia europea. Los hombres de gobierno del Archiduque y de Felipe III y aun estos mismos, estaban dispuestos a tratar de igual a igual con los llamados, hasta este momento, rebeldes holandeses. Adelantándose el Archiduque a la resolución del monarca español; previendo quizás que no había más salida posible que la por él preconizada, comunicó a las Provincias Unidas que sus diputados irían a reunirse con los de ellas 'en los primeros días de febrero. El P. Brizuela hizo rápidamente el viaje desde Madrid a Flandes, pues el12 del mes indicado obraba ya en poder de Spínola la última disposición de Felipe III, que el general genovés estimó como la más conveniente al real servicio. Las deliberaciones comenzaron seguidamente y se llevaron con gran rapidez, en la ciudad de Amberes. Asistieron, de una y otra parte, los mismos representantes que concurrieron a la conferencia de la paz en La Haya. Intervinieron activamente en la negociación de las diversas cláusulas. los embajadores acreditados cerca de las Provincias Unidas. No surgieron dificultades graves en el curso de las conversaciones; para algunas propuestas nuevas que hicieron los holandeses, la delegación del Archiduque envió a Bruselas a uno de sus miembros para que Alberto resolviera, sin dar siquiera cuenta de ellas al embajador español, marqués de Guadalest. Por una carta de éste a Felipe III sabemos que los holandeses pretendieron que en la tregua fueran comprendidos los reyes de la India. con los que ellos tenían amistad y guerra el monarca español; que éste. no pudiera aumentar sus dominios en las Indias orientales y que permitiera libremente la navegación en ellas. -100 - -101 - Merced a la gestión de Guadalest, el Archiduque no autorizó tales concesiones. Comunicaba también nuestro embajador, que el punto de la libertad y soberanía se había aceptado con las mismas palabras puestas en la última resolución venida de Madrid (1). También Spínola comunicaba a Felipe 11I en los últimos días de marzo que, asentado en forma satísfactoria el punto de libres, la tregua no tardaría en concluirse, y tan segura la consideraba, que hablaba ya de la conveniencia de licenciar tropas para obtener algún alivio económico. En efecto, el día 9 de abril de 1609 se firmaba en Amberes un tratado de tregua por doce años entre el Archiduque y Felipe III y las Provincias Unidas de Holanda; cuatro días después, era ratificado por el Archiduque, haciéndose público en Amberes el día 14 y siendo acogido por el pueblo con grandes muestras de alegría. El tratado iba precedido de un preámbulo en el que se hacía breve referencia a las negociaciones habidas desde la suspensión de armas por ocho meses; se nombraban los representantes que de una y otra parte habían intervenido en la negociación, citándose sus títulos y honores. El texto de la tregua se componía de treinta y siete cláusulas o artículos. Las materias más importantes tratadas en ellos eran las siguientes: Los Archiduques por sí y en nombre de Felipe 11Itrataban con las Provincias Unidas «en calidad y como teniendoles por payses, Provincias y Estados libres, sobre los cuales ellos no pretenden nada» (artículo 1). La tregua sería de doce años de duración, durante los cuales cesaría todo acto de hostilidad, así por tierra como por mar (art. 2). Por todo este tiempo, cada parte contratan te quedaría en posesión de lo que actualmente tenía, pudiendo comunicarse libremente los habitantes de una y otra y comerciar por mar y por tierra, «Lo qual todavía el dicho Sr. Rey entiende ser restrenido y lirnítado en los Reynos, payses, tierras y señorios que tiene y posee en Europa y otros lugares y mares donde los sugettos de los Reyes y Príncipes que son sus amigos y alliados tienen el dicho tráffico, y en quanto a los lugares, villas, puertos y surgídores que tiene fuera de los límites susodichos, los dichos señores Estados y sus sugettos no podran exercer ay algun tráffico sin perrnisión expresa del dicho Sr. Rey» (arts. 3 y 4). Con esto parecía prohibírseles el comercio y navegación con las Indias, pero este efecto quedaba desvirtuado al añadir que: «bien podrán hazer el tráffico si les parece bien en los Países de todos los otros Príncipes, potentados y pueblos que se lo quererán permitir, aun fuera de los dichos limites, sin que el dicho Sr. Rey.. dé algún estorbo». Con este añadido, prácticamente los holandeses podían seguir haciendo la carrera de las Indias orientales. Se concedían a los holandeses los mismos derechos y prerrogativas que disfrutaban los ingleses para las relaciones comerciales con los territorios de la monarquía española, y no se les impondrían mayores derechos y gravámenes (arts. 6 y 7). Otros artículos, puntualizaban estas relaciones mercantiles (del 8 al 12). Se devolverían los bienes embargados o confiscados durante la guerra, o se darían las indemnizaciones pertinentes cuando se hubieren vendido. Esta cuestión, (1) Carta de Guadalest a Felipe III. Bruselas 23 marzo 1609. A. G. S. Estado. lego 2291. fol. 27. -102 - muy complicada de suyo, tuvo que ser clausulada en varios artículos (del 13 al 27); aunque esta devolución era recíproca, el beneficio para los súbditos del Archíduque y para los españoles, era de escasa consideración, únicamente la Iglesia católica obtendría restituciones de importancia, en cambio, la casa de Nassau, la nobleza holandesa y numerosos particulares que habían perdido sus bienes por la rebeldía, los recobrarían ahora. Los que con motivo de la guerra se hubiesen alejado de los territorios de Flandes, podrían volver libremente a ellos sin ser inquietados (art. 28). Se establecía la prohibición de levantar nuevas fortalezas (art. 29). Intangibílídad de los miembros y bienes de la casa de Nassau (art. 30). Las contravenciones que se hicieran respecto a la tregua, serían juzgadas en el lugar donde se produjeran (art. 31). Serían declaradas nulas todas las disposiciones «hechas por odio de la guerra» (art. 32). Libertad, sin rescate, a los prisioneros de guerra (art. 34). Promesa de no hacer nada en contra o en perjuicio del presente tratado (art. 35). Ratificación por el Archiduque y las Provincias en el término de cuatro días, y en el de tres meses por Felipe III (art. 36) (1). Tal es el tratado de tregua que puso término, por doce años, a la sangrienta contienda mantenida durante cuarenta y dos por España y las provincias rebeldes. Objetivamente considerado, representaba un triunfo indiscutible para los holandeses: era la legitimación de su rebeldía. Antes de obtener de este tratado las consecuencias lógicas que de él se derivan en relación con España y sus ideales nacionales y formular juicio acerca (1) Artículos de la tregua hecha en Amberes a 9 de abril de 1609. A. O. S. Estado. lego 2291. fol. 92. -103 - del mismo, completemos documental mente el término de este gran problema. Para que la tregua adquiriese plena validez legal, precisaba la expresa ratificación del monarca español. Temiendo el Archiduque, y con motivo, que se ofreciera resistencia por Felipe III para admitir todo lo acordado y en la forma que se había clausulado, dispuso que partiera para España su confesor P. Brizuela, quien tanto éxito había alcanzado en su misión anterior, y del que se esperaba que en la ocasión presente conseguiría desvanecer las dudas que se ofreciesen en la corte española y obtendría la deseada ratificación. En efecto, llegó a Madrid el confesor a fines de mayo; halló el ambiente de la corte profundamente alterado y poco propicio a conceder la ratificación de la tregua, por entender que se habían excedido nuestros representantes en hacer concesiones demasiado generosas a los holandeses, sin conseguir, en lógica reciprocidad, las garantías que la reputación y los altos intereses de la monarquía exigían imperiosamente. El P. Brizuela, redactó y presentó a Felipe III una memoria exponiendo la necesidad de hacer la ratificación. Decía, que si lo que suponía mayor violencia era la concesión de la soberanía, podían ponerse en la ratificación las siguientes palabras: «Pero bien se entiende que. aunque nos hemos contentado de tratar con las dichas provincias en calidad y como teniéndolas por libres, sobre las quales no pretendemos nada, no por esto les cedemos ni queremos cederles la soberanidad, ni haberlos libres para siempre, pero durante la tregua los trataremos como tales». Presumía el P. Brizuela como probable que Holanda no admitiría esta forma de ratificación y rompería la guerra. Advertía el confesor \ 1 -104 - -105 - que sí en enero España no tenía medios para hacer la guerra y la situación del ejército era deficientísima, ahora se estaba en condiciones peores para intentarla, por tanto, insistía en la conveniencia de hacer la ratificación llana del tratado de tregua (1). Para examinar el informe del P. Brizuela, reunióse el Consejo de Estado el día primero de junio. No podían convencer los argumentos del confesor a los consejeros, pero la realidad tenía en sí más fuerza, y aunque se reconoció que en el tratado se habían hecho concesiones para las que no se había autorizado al Archíduque, se votó que no cabía remedio a ello y que por tanto procedía hacer la ratificación en términos generales. El condestable de Castilla insistió en que había grande exceso al concederles lo de la navegación y comercio «con lo que se pierde la mayor grandeza de la monarquía y se habren las puertas a la heregía», pero en virtud de las circunstancias se avenía también a que se ratificase el tratado (2). Siguiendo una costumbre muy arraigada en la corte española, desde que comenzó a reinar Felipe 11, como recurso el más apropiado para la religiosidad y debilísima voluntad de Felipe m, éste convocó una junta de teólogos para que, según conciencia, dictaminara acerca de la ratificación de la tregua. Concurrieron a esta reunión, el cardenal de Toledo, los confesores del rey y del Archiduque, más otros «consejeros graves». Se · t examinó minuciosamente todo lo actuado en relación con Flandes, desde el advenimiento del monarca; se citó - el detalle es de interés - que de once años a esta parte se habían gastado para las guerras de Flandes cuarenta y dos millones; se midieron todos los argumentos y razones pertinentes a la tregua; se convino en que con la hacienda exhausta no se podía intentar la guerra, aparte de que con ella había gran peligro de que se acabase de perder la religión católica en aquellos Estados; concluye la noticia de esta reunión con estas palabras: «De manera que aunque en la dicha junta hubo diversos pareceres, los más fueron de que se ratificase la dicha tregua como se ha hecho en la forma que se verá por su copia, que es como ha parecido más conveniente, supuesto las dificultades referidas» (1). La disparidad de criterios manifestada en la Junta de teólogos hizo que la siempre vacilante voluntad de Felipe m, dudase una vez más, y, aún quizás a sabiendas de que el Consejo de, Estado se había de mantener '-por influjo de Lermaen su pasiva y vergonzosa posición de admitir los hechos y otorgar la ratificación llana de la tregua, lo convocó nuevamente para el 27 de junio. La consulta que con esta ocasión y motivo se emitió carecería de novedad si, en el preámbulo, no hubiera. algunos datos curiosos, y en el texto de la misma no hubiera aprovechado el digno condestable de Castilla la ocasión, como lo hizo, para formular la crítica más dura, acerba y exacta que quepa suponer respecto a la tregua, sin respeto para nadie, con su "I~ .'" ',~' · ¿- ;' · ~. (1) Exposición de fray Iñigo de Brizuela a Felipe 1II. A. G. S. Estado, lego 2138, fol. 9. (2) Consulta del Consejo de Estado, 1.° junio 1609. Sobre los papeles que ha dado fray Iñígo de Brizuela en lo de la ratificación de la tregua y reformación de Flandes. A. G. S. Estado, lego 2138, fol. 7 al 13, (1) Lo que ha pasado en las pláticas de la tregua con los de las islas de Olanda y Zelanda y lo que por parte de S. M. se ha hecho en ello. A. G. S. Estado, lego 2291, fol. 91. -106 - -107 - habitual lenguaje crudo, descarnado y de enorme fuerza de expresión. Los datos eran: que en Flandes en once años se habían gastado 33.488.565 ducados, sin contar cuatro millones y medio más de intereses y otras cantidades pendientes de pago, con lo que la cifra total se aproximaba a la que se había señalado en la Junta de teólogos; se indicaba también que, para satisfacer las necesidades y exigencias del año en curso vendría a faltar más de millón y medio de ducados; con ello se quería poner de manifiesto el gigantesco sacrificio económico que se había venido realizando en Flandes y la imposibilidad de poder hacer frente a una nueva guerra; por cierto que el Comendador mayor al considerar en su voto esta situación económica aseguraba «que la real hazienda de V. M. no solo está como la muestran los papeles que se han visto y lo dicen los pláticos della, pero mucho peor». El condestable comenzó diciendo que su conciencia era la que le había obligado a adoptar la actitud que venía sosteniendo en relación con las negociaciones de Flandes. Haciendo historia de cómo se habían iniciado las conversaciones con los holandeses, puso de relieve la conducta vacilante e insegura del gobierno español, a quien pareciéndole excesivas las concesiones hechas por el Archiduque, y no obstante la formal resolución tomada en Lerma, se había venido transigiendo en todo, hasta en lo más fundamental y básico. Que los acuerdos de mantener a toda costa la religión habían sido comunicados oficialmente al Papa, aprobados con entusiasmo por éste y divulgados por toda Europa. «Trátase agora - añadíade confirmar la tregua, que assí la llaman, aunque no lo es... sin querer que se haga en ella memoria de la religión»; y esto lo hacía un soberano que había hecho «profesión de amparar y defender la Iglesia cathóÚca, no solamente en sus estados, pero fuera de ellos». Denunciaba que se habían dado «cien mil ducados de las provisiones de los pobres y ambrientos soldados, por gratificación de Vuestra Magestad a los Embaxadores de Principes que nos han metido la lanca, con que en los que no son íntimos en los consejos de Vuestra Magestad se confirmará la opinión de que no se ha hecho en flandes cosa que acá no se aya aprobado y aún agradecido». Que con las concesiones comerciales que se les hacen por la tregua a los holandeses introducirán la herejía en territorios hasta ahora libres de ella, y no se les podrá impedir que tal hagan puesto que se les autoriza en derecho a ir donde antes no podían; así «se abre ancha puerta para llegar a lo que con tanta razón y conveniencia estaba reservado a Castellanos y Portugueses por costumbre assentada y llana y leyes de ambos Reynos y concesiones de los Sumos Pontífices en orden a las cosas espirituales ... ; por ninguna otra cosa se justifica tanto el derecho de Vuestra Magestad a todas aquellas conquistas descubiertas y por descubrir, como por la obligación de mantenellas obedientes a la Iglesia cathólica y assí no sabe como Vuestra Magestad, sin decaer de este derecho y grave escrúpulo de conciencia pueda alargar en eso la mano sin voluntad de los Sumos Pontífices». No admitía que se pretendiese justificar la tregua con la falta de hacienda, y menos que se presentase como concesión graciosa todo lo que han dejado de exigir los holandeses, con todo lo cual lo que se ha pretendido y pretende es engañar al monarca y al pueblo I , ...... ---------.---....,........_~-----_. --.- - 108 - -109 - cier Luis Werreyken a La Haya, quien el 29 de julio la entregó a los Estados Generales. El presidente de la junta la hizo leer, devolviéndola al audiencier para que la tradujese, Ymanifestó que una vez la estudiasen los diputados, mostrarían los Estados su conformidad o disconformidad. La J unta de Estados despachó numerosas copias de la ratificación a todas las provincias, diputados, a Mauricio de Nassau y a los reyes de Francia e Inglaterra. No sin que surgieran discrepancias -la más grave fué la de pretender reciprocidad para que se diera buen trato en los territorios del Archiduque y de Felipe III a los que pertenecieran a la religión reformadalas provincias fueron enviando su aprobación al texto de la ratificación, con excepción de Zelanda, que se negó a ello porfiadamente. Nuevas gestiones lograron reducir a esta provincia; los monarcas antes citados no opusieron ningún reparo. El 23 de agosto, siete diputados, uno por cada provincia, concurrieron a la residencia del audiencier Werreyken para manifestarle que la ratificación había sido aceptada por las Provincias Unidas de Holanda (1). Con esta última ceremonia quedó definitivamente establecida la tregua de los doce años. español. Apuntaba las fatales consecuencias que podrían derivarse, no sólo para los Estados obedientes de Flandes, sino para las provincias y dominios de Italia y aún para la propia España. «Por todas estas razones y otras muchas - concluía-, perseveraba en su parecer de que los tres puntos de la religión, soberanía y contratación de las Indias, se havrian de mejorar antes de venir Vuestra Magestad en la confirmación de la tregua, y que en último tranze, quando mas no se pudiere, tendría por mas decente y seguro perder con las armas en la mano, lo que agora se les da con tanta indecencia ... » (1). Pocos días después, en Segovía, a 7 de julio, se firmaba por Felipe 1II la ratificación de la tregua, declaranda el monarca español que: «loa, aprueba, confirma y ratifica la dicha tregua, en quanto la dicha cossa le puede tocar y manda que se guarde y cumpla enteramente por su parte lo contenido en la dicha escritura y capitulación por todo el tiempo que la dicha tregua durase y así lo certifica y esperando que durante la tregua han de hacer los dichos Estados Unidos buen tratamiento a los cathólicos que entre ellos residen, promete y asegura en fee y palabra real de guar~ darlo y cumplirlo puntualmente y no hazer cosa en contrario» (2). Ante el retraso de la corte española en enviar a Flandes la ratificación de la tregua, corrieron rumores en aquellos Estados de que no la aprobaría Felipe III. Llegada que fué, el Archiduque la envió con el audien- (1) Papel sobre lo ocurrido en la ratificación de la tregua. A. G. S. Estado, leg. 2291, fo\. 252. (1) Consulta del Consejo de Estado, 27 junio 1609. Sobre lo de la ratificación de la tregua. A. G. S. Estado, lego 626, fol. 156. (2) Forma de ratificación de la tregua con los de Olanda y Zelanda. A. G. S. Estado, lego 2291, fols. 90 y 91. Hemos visto, siquiera sea en esbozo, lo que fué la negociación de la tregua, durante los dos largos años en que tuvo lugar su desarrollo, y cuál fué su fin. Considerándola en conjunto y con cierta perspectiva, podemos seguir mejor las grandes líneas directrices dé la misma y situar con más acierto la posición de los principales elementos que en ella intervienen. Felipe III y el duque de Lerma, más éste que aquél, desde un principio estuvieron francamente decididos a que la guerra terminase, no bastando a disimular este propósito sus altisonantes protestas de defender el honor, prestigio y reputación de la monarquía, pues lo evidencian -aunque otra cosa parezca por la famosa carta de 15 de julio de 1608la amplitud de poderes que confirieron al Archiduque, la facilidad con que vinieron en acceder a las concesiones que éste hizo por su cuenta y que levantaron gritos de hipócrita indignación en el rey y en el favorito; el nefasto, pero preconcebido procedimiento de alargar la negociación meses y meses, haciendo que la situación empeorase y se hiciera más crítica, para verse al fin como obligados y violentados a admitir lo que el enemigo quería; no mostraron ni dieron la impresión en momento alguno de saber lo que se había de hacer; vivían de las circunstancias, con un criterio vacilante y errátil, sin norte ni dirección fija; y cuando llegó el momento supremo de no poder continuar esta política de inestabilidad, quisieron cargar vergonzosamente la responsabilidad de la situación a que se había llegado, a las segundas -111 - figuras, que si aparecen como primeras es por dejación y abandono de este puesto de los que debieran ocuparlo: acumularon argumentos y recargaron las tintas del mal estado del ejército y de la hacienda, para demostrar que se veían forzados a aceptar lo que el enemigo imponía y que su dignidad -falsarechazaba, porque no se podía hacer otra cosa. Sírvíóles a maravilla de escudo con que ocultar sus errores y debilidades, el Consejo de Estado, supremo y prestigioso organismo en materias internacionales y de Estado; pero la autoridad de esta institución dependía en aquel entonces de la que tuvieran y supieran darle los reyes con su ejemplo, y en tiempos como éste en que el poder real se entregaba vilmente en manos de un favorito rapaz e inepto, el Consejo de Estado era un instrumento más del valido, al que sirve mansa y dócilmente, siendo sus opiniones y votos, expresados en las consultas, fiel reflejo de lo que piensa y quiere aquél. Una excepción honrosa hay que hacer entre los que figuran como consejeros de Estado en los años en que tiene lugar esta negociación: el condestable de Castilla. Es el único que tiene, desde el principio al fin, un criterio fijo y elevado, que podría ser acertado. equivocado o interesado (como suponía Isabel Clara Eugenia), pero que lo mantuvo lealmente. sin doblegar se en ningún momento a la voluntad del favorito. y 10 expuso y lo defendió con energía. tesón y hasta con violencia. sin cuidarse del efecto que pudieran producir sus opiniones en el rey y en Lerma. La infanta Isabel Clara. en una carta a Lerrna, aseguraba que esta actitud del condestable respondía a que sus informaciones procedían de amigos y parientes que estaban vivamente interesados en que la guerra de I < ~. ., ,. ·, · ; T "o • o " - ". ~ .- ~l - 124 -'".- - 125 - i iban a sepultar definitivamente todo cuanto nos'; otras muchas, fecundadas con ríos de la más noble quedaba de nuestros viejos y gloriosos ideales, de sangre hispana, y esmaltadas por heroísmos y laurenuestra tradición y de nuestra cultura. para entreles inmarcesibles. Lo que se escriba de aquí en garnos inermes 1110raly materialmente, a una horda adelante, no debe ni puede desmerecer de lo ya grosera y selvática, infrohumana, alucinada por estampado; un afán de superación ilimitado, debe siniestros resplandores provenientes de la Europa inspirar a los españoles para realizar totalmente la orientaL, magna obra comenzada Tened bien presente, aunque Esta pobre labor mía de rememorar los hechos de ....• a buen seguro no necesitáis de mi estímulo, que el nuestra historia, en un momento de crisis para '¡. entusiasmo, el viril empuje con que se está recennuestra grandeza, finalizaba ya cuando vióse súbita1 quistando nuestra España, y la enseñanza que se ha mente interrumpida, Para gloria de España, para ¡ dado al mundo, no pueden decaer ni defraudar. Está ejemplo del mundo, el 18 de julio de 1936 se producía . costando el triunfo demasiada sangre, vertida a sranáioso alzamiento nacional, iniciado precisamente I raudales con generosidad muy española, para que aqui, en Valladolid. en la que fué sede de la España el fruto que de ella se obtenga no corresponda al imperial, difundiéndose seguidamente, de manera ingente esfuerzo realizado. muy especial e igualmente admirable por todos los . Hasta la fecha antes indicada, se había venido territorios del antiguo reino de Castilla, a cuyo lado, soñando en recato, bajo terrible y cruel amenaza. sin una vacilación, con arrollador empuje figuraron Hoy ya, no. España se ha recobrado a sí misma, también Navarra, la tradicional. y Aragón, firme España se ha salvado, España se ha convertido en y tesonero baluarte siempre de todo lo español, 1, inexpugnable baluarte de la civilización. Por ello, de~ostránd~se aSÍ, una vez más, que =: tres viejos ¡ij este entusiasmo patriótico que a todos nos en:-barga, remos constituueri la verdadera España, la España . tiene que prevalecer. ¡Ay del que se atreva a intentar que en momentos de peligro, se alza cual coloso para • desnaturalizado! decir al mundo que vive, que vibra, que es inmortal, Este santo fervor salido de la raíz de España, de porque su fe en sí misma y en Dios la sostienen la España grande, de la España imperial -que yo enhiesta y firme. añoraba al escribir las primeras páginas de este El 18 de julio de 1936, repito, se comenzó a escribir discurso-«, tiene que ser la norma que nos oriente en forma admirable, con un fervor quizás más ericeny guíe en nuestra actuación presente, inmediata y dido que el que alentó nuestras más grandes gestas futura. una nueva página de historia, cuyas primeras frases i Soñemos], pero C011 los ojos de la inteligencia y ya merecen ser grabadas en mármoles y bronces. del corazón bien abiertos. Plasmemos estos sueños en A esta página inicialmente gloriosa, se han ido realidades tangibles; rehagamos nuestros gloriosos añadiendo, en el curso de esta. guerra de redención, ideales, asentándolos sobre bases inconrnouibles, e -126 - inspirados por ellos construyamos la España grande, única, libre y católica. Permllidine unos consideraciones más. Si vuestra benevolencia hacia mí, os lleva a posar la vista sobre las páginas de mi discurso, y a meditar sobre ellas, creo que obtendréis dos enseñarizas. Los ideales con los que España levantó el ingente edificio de su grandeza, con los que se colocó a la cabeza del mundo civilizado, y por los que se convirtió en rectora del mundo durante la centuria décimosexta, son, salvando la distancia del tiempo, semejantes, iguales podríamos decir, a los que en lo actualidad han enfervorizado al pueblo español sano de espíritu, lanzándole a la tremenda pugna de esta SOl1tOcruzada que vivimos. El mismo anhelo creador, idéntica nobleza en el propósito, la misma augusta ambición que animó a nuestros mayores; semejante espirituaiidcui, los mismos caracteres de amplitud y generalidad. El entronque no puede ser más directo, ni más auténtico. La soldadura de esta España imperial con aquélla, es tan firme y robusta como si no hubiera existido solución de continuidad externa, por que en lo interno, se puede afirmar que la esencia más pura de aquella España y de aquellos ideales ha pervivido, sin que la corriente histórica se haya interrumpido de entonces a acá, en la mayor parte de los españoles. Para que esta soldadura u este entronque resulten más fuertes y duraderos no olvidéis que han fraguado con la sangre de la mejor juventud de España. Hoy se lucha, como entonces, por restaurar la •• -127 - unidad espiritual, puesta en trance de ruina por unos cuantos malos españoles, que volviendo la espalda despectivamente a nuestra tradición secular - veinte siglos de continuidad católica admirable - han pretendido descristianizar nuestro país, sustituyendo su espiritualidad por un materialismo grosero e incivil. Hoy nos debatimos, como hace siglos, por rehacer la unidad política de España, lograda entonces por el brioso esfuerzo de los Reyes Católicos, apagando ahora los focos separatistas creados, mantenidos y fomentados ortiiicialmente por unos logreros de la política, a quienes el nombre sagrado de España venía demasiado grande para sus fines inconfesables, y así, fraccionando políticamente a España, dar entrada a la anarquía y permitir que nuestra península fuera arruinada, mediatizada y, en definitiva, dirigida por ocultos poderes y extrañas potencias, con grave mengua y quizás, pérdida total, de nuestra independencia. Así también, pugnamos hoy por construir un Estado fuerte, digno, poderoso, con el que poder afrontar los problemas de todo orden que el desenvolvimiento de la vida nacional tiene planteados, y que habrán. de resolverse sobre la triple base de austeridad, disciplina y autoridad, a las que se sometan incondicionalmente clases e intereses de todo orden. Se aboga, finalmente, por la idea imperial, de tan rancio abolengo en nuestra historia, pero detrás de la cual no se esconde uno ambición política de expansión territorial improvisada, sino que se aspira a rehacer el Imperio espiritual - intercontinental, casi ccu ménico= que Espuiia alcanzó en el siglo XVi. -128 - -129 - Por todo esto lucha h01] la España nacional 1] de la misma manera que vemos tangiblemente ~-en emoción continuada=, cómo el Caudillo de esta España nos conduce sabia 1] certera mente a la victoria, hemos de mantener todos ciega confianza en Dios 1] en él para que se alcance pronto el triunfo decisivo, final, que ponga término (l esta terrible contienda. La enseñanza que creo también se deduce del modesto trabajo por mí realizado, es la de saber cómo y por qué entraron en quiebra estos grandes ideales de España, y quiénes fueron los que determinaron este infausto suceso que de tres siglos atrás viene pesando sobre España con el nombre de «decadencia». Habréis podido observar que aquellos ideales cuando se inicia su descaecer, no estaban gastados, ni envejecidos, ni menos achacosos, estaban vivos, enhiestos, firmes, pero unos cuantos hombres, con falta de conciencia y responsabilidad históricas, con una ambición baja, rastrera, personal, egoísta, supeditaron los sagrados intereses de la patria a los suyos particulares y personales. Surge así el desequilibrio entre los ideales y quien debe rnantenerlos; falla éste, y fatalmente quiebran aquéllos. Pues bien, de esta enseñanza se debe deducir que todos, gobernantes y gobernados, debemos permanecer fieles a los ideales que nos han hecho vibrar estremecidamente, sin una vacilación, sin sombra de duda, con una firmeza y unanimidad tan robustas, tan amplías, como en lo humano se pueda lograr. Los españoles, en el curso de nuestra historia, hemos demostrado en numerosas ocasiones, de las que se guarda imperecedero recuerdo, que sabemos ::s;~. . ~. ".'< morir gallardarnente, alegremente por la defensa de un ideal. En la guerra actual, los españoles de la España nacional, haciendo honor a nuestros más preclaros héroes históricos, individual y colectivamente estamos haciendo el sacrificio de nuestras vidas -y todos estamos dispuestos a darla= por el triunfo de los ideales que propugnamos. Ningún sacrificio más excelso que aquel que exige nuestra propia vida; pero sabed que, si para que triunfe un ideal hay que sacrificarle unos millares de vidas, para que prevalezca hay que vivir para él consagrándole su existencia todos los que sobrevivan. Advertid que si es más heroico morir por el ideal, es quizás más dificil vivir perseveranternertte en él y por él. En muchas ocasiones los hombres de España han muerto por un ideal, pero en contados momentos han sabido vivir por lo que otros han hecho la ofrenda de su vida. En la ocasión presente es absolutamente preciso que las vidas que está costando esta guerra de redención, sean plenamente fecundas, es decir, que muramos y vivamos todos por la misma causa. Morir por el ideal. Vivir para que el ideal triunfe, prevalezca y perdure. 1. .. *** Pecaría gravemente de ingratitud si silenciara algo que me brota del alma y que es de justicia decir. Quiero que mis postreras palabras sean para nuestra Universidad y para nuestros estudiantes. La Universidad de Valladolid, en el movimiento redentor de España, ha dado 1] sigue dando lo mejor de ella: sus estudiantes, que ya en el Ejército, ua en la Mílícia Nacional que con él colabora, están ocu9 -130- -131pando puesto de honor. Vosotros, estudiantes, estáis cumpliendo con vuestro deber luchando por España y para España; con vuestra colaboración personal, vigorosa, pletórica de patriotismo, con vuestra sangre, con vuestras vidas heroicas, estáis contribuyendo gene' rosa y gallardatnenie a la victoria. Seguid curnpliendo este sacrosanto deber. Para los que han caído, un recuerdo emocionado y una oración. i Honor y gloria a los héroes universitarios! Vuestros nombres pertenecen ya al más glorioso y excelso patrimonio histórico de nuestra Escuela. A los que seguís combatiendo, que el ejemplo de vuestros compañeros, muertos por Dios y por la Patria, os anime y enfervorice para obtener el triunfo final. Aunque mi representación personal y académica, sea la más modesta, creo poder afirmar que la Universidad de Valladolid, de secular y brillante tradición y haciendo honor a ella, presta y ha de prestar a la nueva España su apoyo caluroso y encendido, su colaboración más resuelta, imitando, en nuevo reflejo imperial y superando, si es posible, la obra de aquellos juristas, médicos y humanistas de la vieja Escuela vallisoletana del siglo XVI, que tanto enriquecieron con sus sabias doctrinas el acervo cultural de España 11 del mundo. Para la magna obra de levantar la nueva España, la Universidad de Valladolid pide plaza también. Al iniciarse el Movimiento Nacional la Universidad de Valladolid se adhirió explícita e incondicionalmente a él, mostrando su deseo de colaboración y ayuda en todo cuanto su personal académico y medios científicos lo permitiesen. No fué un ofrecimiento vano, sus cuatro Facultades han venido prestando con la máxima diligencia y fervor patriático, estirnabilisimos servicios, de todo orden, a la Causa Nacional. Si sus aulas han permanecido cerradas para la labor académica habitual, porque la guerra llamó a los estudiantes a combatir, estas mismas aulas se abrieron seguidamente para que diversos servicios de carácter militar se establecieran en ellas. Y nuestras cátedras y nuestros laboratorios, y nuestras bibliotecas han funcionado activisimarnente, e incluso tuvo lugar un extenso curso de Conferencias sobre «Cultura española», que fué seguido con extraordinario interés por numerosísimos oyentes. La acción de la Universidad no se ha contraído exclusivamente a su recinto. Bajo la acertada dirección del Excmo. Sr. Rector D. José M. a González de Echévarri se ha atendido debidamente a cuantos problemas relacionados con la Enseñanza, en todos sus grados, se han planteado en el Distrito Universitario, problemas de gran delicadeza muchos 'de ellos, y que en su totalidad han exigido una actividad y competencia en la Autoridad Académica que excede a todo elogio. Es digna de mencionarse la interesante labor realizada por las Comisiones Universitarias, en aauellos territorios del Distrito que han padecido el dominio rojo-separatista, las cuales han investigado con todo detenimiento y escrupulosidad los daños ocasionados en los monumentos artísticos, en las bibliotecas y museos, así como las sacrílega s ofensas cometidas en iglesias y monasterios. Toda esta admirable labor, que han verificado dignos compañeros, será en breve publicada con amplios justificantes documentales y fotográficos. • • $( . t -132 - Al lograrse la total reconquista y liberación de las provincias que componen el Distrito Universitario, a fines del pasado mes de agosto, a propuesta del Excmo. Sr. Rector, el Claustro de Profesores, en sesión solemne, acordó unánimemente nombrar Rector Honorario de esta Universidad al Excmo. Señor D. Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado, Generalísimo de nuestro Ejército, queriendo expresar con tal designación, no sólo un merecido galardón a sus constantes y heroicas victorias, sino nuestra adhesión incondicional a todo cuanto él representa en España y por España. ¡Jóvenes universitarios! [Estudiantes todos! ¡Jóvenes de España! Siempre os ha pertenecido de derecho el porvenir. Ahora, sobre éste, tenéis en vuestras briosas manos el presente, que tan valientemente estáis conquistando. Sed dignos de la misión que la Providencia ha puesto en vosotros y llevadla, como estoy seguro que lo haréis, a feliz término. Mientras el fragor de la lucha continúe, mientras el clarín de guerra os llame, acudid con el pecho abierto a pelear por España. Cuando la contienda termine, cuando ua no os demande el clarín, por haber tornado su sonido en suave llamada de paz, entonces, volved a.la Universidad. que os acogerá con maternal efusión, para estudiar, para laborar, para que con vuestro esfuerzo intelectual coloquéis el nombre de España 1) a España misma en el lugar excelso que le corresponde. Valladolid, octubre, 1937.