Psicología jurídica : violencia y víctimas
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ÍNDICE Presentación……………………………………………………………………………………………. 5 BLOQUE I. VIOLENCIA EN MENORES……………………………………………………………... 7 Las Consecuencias de la Violencia Interparental en la Infancia (Ana Isabel Sani)..............9 Menores Agresores Sexuales (María Blanch)........................................................................19 Un Estudio de la Conducta Desviada y la Socialización en Menores (Mª José Vázquez y Alicia Carballal) .........................................................................................................................29 Autoconcepto y Locus de Control, su Incidencia en el Comportamiento Antisocial en Menores (Mª José Vázquez y Mercedes Novo) ......................................................................35 Psicopatología y Comportamiento Desviado en Alumnos de Secundaria (Mercedes Novo, Mª José Vázquez y Alicia Carballal).............................................................................41 El Autoconcepto como Variable Moduladora del Comportamiento Antisocial en una Muestra de Menores (Mercedes Novo y Alicia Carballal) .....................................................47 Violencia en la Intimidad de los Jóvenes: Prevalencia y Dinámicas (Sónia Caridade y Carla Machado)..........................................................................................................................51 Estudio Empírico sobre las Creencias y las Percepciones de los Niños sobre la Violencia (Ana Isabel Sani y Rui Abrunhosa Gonçalves)......................................................................63 Conductas Inadaptadas: Conducta Antisocial y Consumo de Drogas en Adolescentes Palestinos sin Responsabilidad Penal (Sofián EL-ASTAL)................................................. 69 BLOQUE II. VIOLENCIA DOMÉSTICA………………………………………..……………..……..,87 Abordajes Inter-Culturales de la Violencia Familiar: Teoría e Investigación (Carla Machado y Ana Rita Conde).....................................................................................................89 Influencia de la Satisfacción con la Pareja en las Actitudes hacia la Violencia Doméstica (Inmaculada Valor-Segura y Francisca Expósito)..................................................................99 Creencias y Prácticas de los Jueces sobre la Violencia Conyugal (Sónia Martins y Carla Machado)..................................................................................................................................105 Percepciones y Prácticas de los Médicos sobre la Violencia en la Intimidad (Olga Cruz, Marlene Matos y Carla Machado)...........................................................................................113 Actitudes Sexistas y Aceptación de la Violencia en las Relaciones Íntimas en una Muestra de Población Reclusa (Francisca Expósito y Miguel Moya)................................125 Violencia de Género en Relaciones de Pareja Durante la Adolescencia: Análisis Diferencial del Cuestionario de Violencia entre Novios (Cuvino) (Luís Rodríguez, Mª Ángeles Antuña, Fco. Javier Rodríguez, Fco. Javier Herrero y Victoria E. Nieves).........133 Riesgo y Resiliencia en el Abuso Sexual: Historias de Coraje y Resistencia (Carla Antunes y Carla Machado).....................................................................................................143 Creencias de los Profesionales de Salud: El Abuso en la Intimidad y las Prácticas Educativas Parentales (Carla Machado y Marlene Matos)..................................................151 Independencia Económica de la Mujer: ¿Amenaza o Liberación? Nuevas Perspectivas para el Estudio de la Violencia Doméstica (Francisca Expósito, Mª Carmen Herrera e Inmaculada Valor-Segura)......................................................................................................161 Apoyo Social Percibido por las Mujeres Maltratadas por su Pareja. Análisis a través de Informes de Mujeres Supervivientes (Fco. Javier Rodríguez, Fco. Javier Herrero, Victoria E. Nieves, Luís Rodríguez, Mª Ángeles Antuña y Cristina Estrada) ..................................167 Intergeneracionalidad en el Maltrato de la Mujer por su Pareja. Análisis a través de Informes de Mujeres Supervivientes (Fco. Javier Rodríguez, Fco. Javier Herrero, Victoria E. Nieves, Luís Rodríguez, Mª Ángeles Antuña y Cristina Estrada) ..................................175 La Intervención de los Psicólogos en Navarra con las Víctimas de Delitos: Desde la Intervención Urgente hasta el Alta Terapéutica (Juana Mª Azcárate, Mª José Rodríguez de Armenta y Rosa Páez).............................................................................................................187
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 5 Presentación El estudio de la violencia, sus consecuencias y el tratamiento y prevención de la conducta delictiva han sido los tópicos que más atención han recibido de la Psicología Jurídica. La importancia del problema es de tal magnitud y complejidad que requiere de la complementariedad de múltiples perspectivas de actuación tal como la legal, criminológica, sociológica o la médica, y, sólo muy recientemente, se ha incorporado la psicológica (téngase en mente que se puede considerar que fue el tema que fija los cimientos, en el S. XVIII, de la Psicología Jurídica, con las obras de Muench o Schaumann pero estos temas ya fueron objeto de explicación e intervención de las otras disciplinas desde tiempos casi inmemorables). No es síntoma de arrogancia resaltar que los avances más relevantes alcanzados en la explicación, tratamiento y prevención de la conducta violenta en toda su extensión en el siglo pasado vinieron de la mano de la Psicología y, más específicamente, de la Psicología Jurídica. Así, los programas de éxito en la prevención individual, social y comunitaria son originarios de la Psicología Jurídica, al igual que los tratamientos efectivos del comportamiento antisocial y delictivo. No obstante, sólo muy recientemente la Psicología Jurídica se ha orientado a la cara olvidada de la violencia, la víctima. Nuevamente, las aportaciones más innovadoras e importantes para el tratamiento, reparación y restitución a la víctima, tal como la mediación o los programas de reconciliación víctima-agresor, proceden de la Psicología Jurídica. Todo ello sin olvidar que el tratamiento psicológico de la víctima es per se propio de la Psicología. Pero las demandas que se nos formulan no paran de crecer a lo que se suma un efecto de contexto tanto legal como social. Por ello, continuamente estamos obligados a dar soluciones a problemas que se nos plantean. Este manual, en consonancia con las necesidades de este momento histórico, arroja luz, desde una óptica académica y profesional, a los interrogantes en términos del comportamiento antisocial y delictivo, y de la victimología que la sociedad nos plantea. Valencia, enero de 2007. Los editores.
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 7 Bloque I Violencia en Menores
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 9 LAS CONSECUENCIAS DE LA VIOLENCIA INTERPARENTAL EN LA INFANCIA Autora: Ana Isabel Sani Institución: Universidad Fernando Pessoa, Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Portugal Introducción La violencia interparental, por sí sola, puede no afectar directamente el ajuste del niño. Esta puede alcanzar, por ejemplo, las relaciones interpersonales del niño y sus expectativas sociales, que por su parte tendrán un impacto en su ajuste. Esto significa, por lo tanto, que además de los procesos y mecanismos involucrados en la violencia (Sani, 1999), otros factores pueden influenciar el nivel de ajuste del niño, ocasionando variaciones en el impacto. Sobre éste no existe, de hecho, un estereotipo reactivo del niño a la violencia en el espacio doméstico, detectándose reacciones bastante dispares. Planteamiento de problema Las reacciones de los niños expuestos a la violencia interparental varían considerablemente. Sin embargo, la variedad de problemas referidos por los investigadores es notablemente homogénea. Las reacciones del niño ante este tipo de violencia no son más que un esfuerzo para enfrentar acontecimientos aterrorizadores y imprevisibles. Por este motivo, no podemos afirmar que exista un patrón típico del niño para acobardarse a esta situación. A semejanza de lo que acontece con niños abusados físicamente, las reacciones de los niños que presencian frecuentemente la violencia en la familia, pueden incluir disrupciones en los patrones normales de desarrollo, que resultan en problemas al nivel del ajuste cognitivo, emocional y comportamental (Emery, 1989; Jaffe, Wolfe y Wilson, 1990). Además de eso es importante salientar que los efectos de la exposición en el niño no resultan tan solo de la práctica de actos de violencia (efectos directos), sino también de un conjunto de condicionantes, que modifican las relaciones familiares tornándolas disruptivas, produciendo efectos indirectos en el ajuste del niño. Discusión Efectos directos de la exposición a la violencia Varios estudios (ej. Cummings y Davies, 1994; Margolin, 1998) con niños que estuvieron expuestos a la violencia conyugal muestran que éstos presentaban, bien problemas de internalización (ej. ansiedad, depresión, miedos), bien de externalización (ej. rabia, agresividad, fugas de casa). Estos problemas afectan a su capacidad de empatía, de interpretación de situaciones sociales, al establecimiento de relaciones interpersonales, la resolución de problemas, la realización académica, la competencia y la integración social. Los niños que viven en una situación de violencia familiar pueden exhibir algunas áreas-problema que se relacionan únicamente con esta experiencia. Algunas veces esas áreas-problema no son inmediatamente evidentes, a no ser que sea requerida del niño información específica o estas sean observadas en situaciones particulares. Estas áreasproblema pueden ser denominadas de síntomas “sutiles”, porque muchas veces requieren una investigación cuidadosa para que sean detectadas. Se encuentran clasificadas en tres áreas mayores: (a) respuestas y actitudes acerca de la resolución del conflicto; (b) transferencia de responsabilidad por la violencia; (c) conocimiento y competencias para poderse confrontar con
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 10 los incidentes violentos (Jaffe y otros, 1990). Los niños que crecen en familias violentas aprenden lecciones importantes sobre cómo resolver los conflictos, utilizando la violencia como estrategia para resolver conflictos al nivel de las relaciones íntimas. Los comportamientos violentos son así una forma efectiva de mantener el control y el poder. Estos niños pueden asumir una responsabilidad exagerada, creyendo que su comportamiento puede ocasionar los conflictos parentales o que deben prevenir la violencia, distrayendo al ofensor y protegiendo la víctima. Otra cuestión es la seguridad que el niño intenta preservar, muchas veces, sin los conocimientos y las competencias básicas que lo ayuden a conseguirla, pero aún con esos conocimientos y competencias, deben tomar la decisión de hacer o no uso de ello, pues algunos niños saben lo que tienen que hacer, pero por innumerables razones se paralizan para la acción. Reacciones emocionales: En los niños más pequeños, las consecuencias de la exposición al conflicto interparental pueden traducirse en dificultades emocionales significativas, tales como agresividad, ansiedad, baja autoestima, confusión, culpa, depresión, inseguridad, aislamiento, miedo, reacciones de evitación, y vergüenza (Burrington, 1999; Sudermann y Jaffe, 1999). Muchos de los problemas emocionales de estos niños tienen lugar, también, por referencia a los otros y lo que éstos podrán pensar, decir o hacer. Ésto está muy relacionado con el código del silencio, implícita o explícitamente formulado, y que dicta que el abuso no puede ser revelado a personas externas a la familia (Sudermann y Jaffe, 1999). Una de las reacciones comunes es la vergüenza por tener que esconder la violencia, y la confusión por tener que mantener el secreto en la familia (Jaffe, Wolfe y Wilson, 1990). Por esa razón, difícilmente traen amigos para su casa, raramente celebran acontecimientos festivos (ej. aniversarios) y no discuten cuestiones familiares con los compañeros. Con alguna confusión, estos niños se dan cuenta de que sus vidas difieren de las vidas de los compañeros y se sienten desprotegidos, de ahí que algunos mantengan la fantasía de que alguien descubra lo que ocurre y los salve (Davidson 1978, cit. Jaffe, Wolfe y Wilson, 1990; Davidson 1978, cit. Margolin, 1998). Estos niños pueden también sentirse responsabilizados por prevenir o por tener que hacer algo para parar los conflictos violentos. Sin embargo, su incapacidad para hacer frente a la situación desencadena en ellos, muchas veces, sentimientos de culpa, tanto más evidentes, si el contenido de las discusiones está relacionado con características del niño (Sani, 2002). En estas circunstancias algunos niños prefieren no interferir directamente en los conflictos, solicitando ayuda exterior a la familia, también como forma de protegerse y evitar así agravar la situación. Los niños se sienten, muchas veces, confusos y divididos por un sentimiento de lealtad, entre proteger la madre y el continuar respetando y temiendo el padre, que representa la autoridad en la familia (Jaffe y otros, 1990). El niño puede sentirse responsable de la seguridad de su madre, ahí que pueda adaptar su vida para protegerla. No raras veces se niegan, por eso, a ir a la escuela y más tarde reciben el diagnóstico de fobia “escolar” (Jaffe y Geffner, 1998). Otras veces van, pero la presencia de quejas somáticas (ej. dolores de cabeza, de estómago) son una razón para poder volver a casa junto a sus madres. En algunas circunstancias, las madres intentan disuadir a los hijos de mostrar ese tipo de comportamiento debido a su propio aislamiento, depresión y incapacidad de interponer algunos límites al niño (Jaffe y Geffner, 1998). A propósito de las fobias, Magee (1999) presenta un estudio muy interesante sobre los efectos de experiencias de vida negativas en la génesis de este tipo de perturbaciones, mostrando que la experiencia de violencia familiar puede influenciar la aparición de fobias específicas, en general a través de procesos psicosociales (ej. percepción de amenaza). Por ejemplo, una niña que se identifica con un progenitor que es verbalmente amenazado puede sentirse personalmente amenazada (Magee, 1999). La imprevisibilidad de los episodios violentos hace que el niño experimente una gran ansiedad y miedo, ante la expectativa del episodio siguiente. Los niños más pequeños pueden no querer separarse de los padres, pues aprendieron que viven en un mundo imprevisible (Marans y Adelman, 1997). Muchos de los niños expuestos a la violencia interparental relatan incontables miedos como el miedo a la oscuridad, miedo a dormir solo y otros muchos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 11 relacionados con la situación, como miedo a las armas o el miedo de perder el control, a causa de su deseo de represalia contra el ofensor (Lehmann, 2000). La inseguridad sentida perjudica el regular de sus emociones y resulta en niveles elevados de reactividad emocional, ocasionando, por ejemplo, que aún de noche estos niños estén alerta ante cualquier señal de aviso de violencia. La violencia a que el niño es expuesto debilita su sentimiento de acogida en la familia (Cummings, 1998), llevando a que éste pase gran parte del tiempo en la escuela, distraído y sin dispensar gran atención a las tareas escolares (Jaffe y otros, 1990). De un modo general, la experiencia de violencia destruye la creencia acerca de la capacidad parental de la víctima para proteger y tornar segura la vida del niño. El progenitor abusado puede ser visto por el niño como incapaz de dar protección y seguridad y fracasar igualmente en funcionar como ‘un amortiguador’ contra el trauma, comprometiendo así el establecimiento de una vinculación segura (Lawson, 2001). Los niños inseguros pueden tener dificultades en regular sus emociones y muestran una gran incapacidad para confiar en los otros y crear relaciones próximas con los demás (Dutton, 2000). La ambivalencia de sentimientos es sentida también por muchos niños que experiencian, por ejemplo, la falta del padre y la necesidad de reciprocidad afectiva padre - hijo, aún sabiendo que su comportamiento hacia la madre es errado y intolerable. Algunos niños pueden echar en falta al padre y preocuparse por su bienestar, pero al mismo tiempo sienten miedo de él (Sudermann, Jaffe y Watson, 1996). Con la entrada en la adolescencia, la mezcla de sentimientos por la madre es algo que también los perturba. Los jóvenes pueden sentir simpatía y apoyo, pero simultáneamente se sienten resentidos y no respetan a veces a las madres, debido a la opinión que tienen sobre las elecciones de estas (Sudermann, Jaffe y Watson, 1996). La experiencia de exposición a la violencia afecta también el niño en su autoestima y en la confianza en el futuro y en los otros (Jaffe y otros, 1990; Margolin, 1998). El desarrollo social del niño se puede estar comprometido porque está demasiado triste, ansioso o preocupado para participar o porque su tendencia para usar estrategias agresivas en la resolución de problemas interpersonales puede hacerle impopular, sintiéndose así rechazado (Sudermann y Jaffe, 1999). Por otro lado, el aislamiento a que muchos de estos niños están sometidos, como estrategia del ofensor para evitar el conocimiento de la situación, disminuye las oportunidades de desarrollar sus intereses extracurriculares y amistades fuera del sistema familiar (Wolfe y Korsch, 1994). En contrapartida, para algunos jóvenes que desarrollan relaciones íntimas, la violencia pasa a formar parte de sus propias vidas, o porque van tolerando las amenazas y violencia de lo(a) compañero(a) que ejerce control a través de su comportamiento, o porque ellos propios encuentran en la violencia una forma de ejercer poder. El estudio de las reacciones emocionales del niño a los conflictos interparentales, incluye también las interpretaciones cognitivas de esos eventos (Jaffe y otros, 1990). Ésto nos permite percibir por qué algunos niños no reaccionarán emocionalmente, tal vez porque interpreten el acontecimiento como insignificante o trivial. En alternativa, la percepción de gran riesgo para la madre o para los niños, puede ocasionar reacciones emotivas extremas. La interpretación de los eventos es realizada con base en pistas situacionales, pero también emocionales. Tales interpretaciones son, muchas veces, influenciadas por la presencia de declaraciones verbales de culpa (ej. un adulto culpa el otro por el conflicto), interpretaciones previas de conflictos similares y circunstancias observables (ej. injurias). Según Van der Kolk (1987, cit. Jaffe, Wolfe y Wilson, 1990) estas interpretaciones parecen ser importantes para determinar las estrategias de afrontamiento del niño ante acontecimientos igualmente estresantes en un futuro próximo. Reacciones Cognitivas: Sobre todo en edades muy tempranas, los padres asumen el papel, extremadamente importante, de desarrollar modelos educativos, propiciando a los niños un conjunto de aprendizajes, capaces de orientarlos en el futuro. El niño expuesto a la violencia interparental rápidamente aprende que la violencia puede ser usada en las relaciones humanas como estrategia para resolver conflictos (Kaplan, Hendriks, Black y Blizzard, 1994; Carlson, 1990, Wolfe, Wekerle, Reitzel y Gough, 1995, cit. Margolin, 1998). El objetivo de la violencia es
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 19 MENORES AGRESORES SEXUALES Autora: María Blanch Rouanet Institución: Colegio Oficial de Psicólogos Introducción La agresión sexual es un importante y serio problema en la sociedad actual por el número de víctimas, la frecuencia de los ataques y las consecuencias de la victimización a corto y largo plazo. Noticias sobre delitos contra la libertad sexual, son cada día más habituales en los medios de comunicación; prensa, televisión. Hechos de por sí tristes y dolorosos, especialmente si acaban con la vida de las víctimas. Todos recordamos de los últimos cuatro años, la violación y el brutal asesinato de una madrileña de 23 años por un grupo de jóvenes, en los que tres de ellos, eran adolescentes, o bien la de la estudiante de 14 años, que fue violada y asesinada por su compañero de clase, de 15 años de edad; asimismo fue noticia en la provincia de Alicante, el apaleamiento y violación de un menor disminuido psíquico a manos de adolescentes. Sucesos que producen alarma social y hacen reflexionar, sobre qué es lo que está ocurriendo últimamente para que cada vez, gente más joven, realice estos actos tan violentos. Por otra parte, estamos conociendo en las historias de las últimas agresiones sexuales perpetradas por adultos, como la de las dos policías muertas en Tarragona o la de las menores de 15 años de Andalucía, que sus perpetradores cometieron sus primeras agresiones, cuando eran adolescentes, encontrando datos en las investigaciones que ratifican esta idea, con porcentajes del 50 %. Asimismo sabemos que si estas personas no reciben tratamiento, pueden cometer hasta 380 abusos a lo largo de su vida. Debemos entender que la adolescencia es la etapa del ciclo vital, donde los menores realizan las tareas básicas y fundamentales para su desarrollo normalizado, entre ellas encontramos la consolidación de su propia identidad, la búsqueda de la autonomía e interdependencia de los padres, el definir su proyecto de vida y finalmente establecer unas relaciones de pareja. Es un grave error la creencia de que los rasgos violentos de una conducta sexual infantil constituyen una mera experimentación o no son importantes a esta edad. Si no hay una intervención temprana, los estudios muestran que la conducta abusiva sexual es cada vez más grave. Además de los costes humanos en términos de angustia y sufrimientos emocional y físico con este tipo de delitos, se incurre en costes económicos elevados como resultado de la involucración del sistema de justicia juvenil en el bienestar del niño. En los delitos contra la libertad sexual, una de las maneras más eficaces de reducir el número de denuncias y de víctimas es proporcionar un tratamiento específico a los perpetradores, en particular a los agresores menores de edad penal por el potencial preventivo que su rehabilitación representa. La sociedad y las personas implicadas más directamente con este tema como jueces, fiscales, educadores, psicólogos, no pueden sorprenderse y desviar la mirada hacia otro lado, como si no pasara nada, esperando que el tiempo haga olvidar lo sucedido.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 20 Todo lo expuesto explicita la urgente necesidad de intervenir con los adolescentes que abusan sexualmente, sobre todo si se quiere trabajar desde el camino de la prevención, y por el otro, elaborar terapias que les den la oportunidad de cambiar su actual estigma de abusadores sexuales. Atender a adolescentes que han realizado conductas de abuso supone trabajar para evitar reincidencias y proteger a las víctimas. La labor con los menores, tiene la ventaja de intervenir en un momento de su vida, que se caracteriza especialmente por su capacidad de cambio, donde la personalidad está todavía desarrollándose y donde pueden existir grados de control externo por parte de los padres y educadores. Sólo a través de estudios serios sobre la población, podremos ir conociendo las características propias de los menores, la evolución de los delitos contra la libertad sexual, la importancia de la variable sexo en la comisión de estas conductas antisociales, así como la influencia del grupo de amigos. Método Nuestra investigación estudia a los menores agresores sexuales en la Provincia de Valencia, entre los años 2001 y 2004, entendiendo por menor al sujeto entre 14 y 18 años. Este estudio se ocupa de dos niveles de análisis, el primero adopta un enfoque descriptivo de la tipologia del delito, frecuencia, sexo, edad y realización de la conducta, sólo o acompañado por el grupo de pares, mientras que en el segundo descendemos a un plano psicosocial más cercano a la realidad colectiva y personal de los sujetos, en el que se analizan variables relacionadas con la personalidad de los menores agresores y con la víctima. Estas dos perspectivas ilustran los dos grandes objetivos de nuestra investigación: a) Recoger la incidencia y evolución de la delincuencia sexual de menores en la Provincia de Valencia durante el periodo señalado. b) Obtener información sobre los aspectos psicosociales que caracterizan a los menores agresores sexuales. Existen numerosos trabajos realizados en nuestro país de los abusadores sexuales adultos. Sin embargo, estudios de menores agresores sexuales hay pocos. En este sentido, nuestra investigación pretende rellenar no sólo esta laguna, sino focalizar la atención en la importancia del tratamiento especializado de estos menores, para la reinserción en la sociedad. Muestra y Procedimiento Hemos contado con dos tipos de muestra. Una muestra T, que vamos a denominar Total, y otra P que vamos a denominar Parcial. Primeramente, vamos a describir la muestra T que consta de 258 sujetos. Los datos para el estudio, se han obtenido de las bases de datos de la Fiscalía de Menores de Valencia. La selección de la muestra, se hizo de los menores que durante los años 2001 a 2004 habían sido registrados en la Fiscalía de Menores de Valencia por delitos contra la libertad sexual. Para el estudio descriptivo de la muestra P, hemos utilizado aquellos menores que después de ser valorados por el Ministerio Fiscal, han sido derivados al Equipo Técnico de Menores para su evaluación psicosocial. La muestra P consta de 65 sujetos. Se han descartado aquellas denuncias que no cumplían los requisitos de la edad con relación a la ley que en aquel momento estaba en vigor, y aquellas denuncias en las que no había pruebas suficientes, para continuar con el proceso de instrucción.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 21 Diseño La muestra T que se ha definido en el punto anterior, va a constar de cinco variables que vamos a describir a continuación: a) Tipo de delito: tipificado según el código penal en agresión sexual y abuso sexual. Agresión sexual- (Art. 178) el que atentare contra la libertad sexual de otra persona, con violencia o intimidación será castigado como responsable de agresión sexual. Cuando la agresión sexual consista en acceso carnal por vía vaginal anal o bucal, o introducción de objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación (Art. 179). Abuso sexual- (Art. 181) el que sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado como responsable de abuso sexual. b) Año: año en el que se le incoa expediente al menor por la Fiscalía de Menores. c) Sexo: dicotomizado en varón y hembra. d) Solo/acompañado: si cometen el delito solos o acompañados por otros. En la muestra P, se va a recoger una variable relacionada con el agresor: 1,- Comisión de otros delitos: si los menores agresores han cometido otros delitos tipificados en el código penal. En la investigación, hemos planteado las siguientes hipótesis, al tener acceso únicamente a los datos recogidos por la Fiscalía de Menores y a los expedientes psicosociales que elabora el Equipo Técnico. Primera hipótesis: Los menores varones cometerán más delitos contra la libertad sexual que las menores mujeres. Segunda hipótesis: Los menores agresores sexuales tenderán a cometer delitos contra la libertad sexual acompañados por grupos de pares antes que de manera solitaria. Tercera hipótesis: Los menores denunciados por delitos contra la libertad sexual realizarán más abusos sexuales que agresiones sexuales. Resultados A continuación realizamos una descripción, de los resultados obtenidos de las variables analizadas de la muestra Total. Delitos contra la libertad sexual Delitos contra la libertad sexual en la provincia de Valencia por años. Cómo previamente se indicó, recogimos los expedientes de cuatro años (2001-2004) de los menores agresores sexuales denunciados en la Fiscalía de Menores de Valencia. La distribución de frecuencias y porcentajes para los distintos años es de la siguiente forma: En el año 2001 tuvieron lugar 27 delitos, con un porcentaje del 10,47 del total de delitos cometidas durante los años 2001 al 2004. En el 2002 se realizaron 61 delitos, con un
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 22 porcentaje de 23,64; en el 2003, 83 delitos con un porcentaje de 32,17 y en el 2004 se dieron 87 delitos que representan el 32,72%. Como podemos observar, el número de delitos se incrementó significativamente del año 2001 al 2002. En el año 2003, hubo un incremento del 10% con respecto al año anterior y finalmente en el año 2004, se mostraron unos valores muy semejantes al año anterior. En definitiva, se muestra una evolución creciente de los delitos contra la libertad sexual perpetrado por menores, si bien en este último periodo de tiempo, el incremento ha sido menor. Delitos contra la libertad sexual en la provincia de Valencia por años y sexo En el año 2001 se realizaron 26 delitos contra la libertad sexual por menores varones, lo que supone el 96,30% de los delitos de ese año y 1 delito perpetrado por menores mujeres, correspondiendo a un porcentaje del 3,70%; en el 2002, 56 delitos por varones con un porcentaje del 91,8% y 5 por mujeres con un porcentaje del 8,2%; en el año 2003, 70 delitos realizados por varones con un porcentaje del 84,3% y 13 por mujeres con un 15,66% y finalmente en el año 2004 se obtienen 82 delitos por varones con un porcentaje del 94,25 % y 5 por mujeres con un 5,75 %. En el año 2003, hubo un incremento significativo de delitos por mujeres, sin embargo en el año 2004 vuelven a reducirse los delitos. Las denuncias a varones van incrementándose progresivamente del año 2001 al 2004. Delitos contra la libertad sexual en la provincia de Valencia por rangos de edad y solo/acompañado. Los niños inferiores a 14 años tienden a cometer los delitos solos, con un porcentaje del 54,90% frente a un 45,10% que van acompañados por sus grupos de pares. En los sujetos de 14 y 16 años no se observan diferencias entre ir solos o acompañados, obteniendo porcentajes del 48,72% frente al 51,28% que van acompañados. El intervalo comprendido entre 16 y 18 años, tienden a realizar este tipo de actos solos representando el 70,27% en contraposición de un 29,73 % que van en compañía. En definitiva, podemos decir que los sujetos inferiores a 14 y de 16 a 18 años suelen cometer los delitos sexuales solos. Delitos de agresión sexual Delitos de agresión sexual en la provincia de Valencia por años. En el año 2001, se encontraron 18 delitos con un porcentaje del 11,31 del total de delitos de agresiones sexuales cometidos durante los años 2001 al 2004. En el 2002, existen 47 delitos con un porcentaje del 27,98; en el 2003, 55 delitos con un porcentaje del 32,74 y en el 2004 se dieron 47 delitos que corresponden al 27,98%. Observamos que el número de delitos de agresiones sexuales se incrementó notablemente del año 2001 al 2002. En el año 2003, hubo un incremento del 4,84% con respecto al año anterior y en el año 2004, bajaron los delitos de agresión sexual. Delitos de agresión sexual en la provincia de Valencia por años y sexo.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 23 En el año 2001, existe un porcentaje del 94,74% de delitos de agresión sexual por varones y el 5,26% por mujeres; en el 2002, el 89,36% es perpetrado por varones y el 10,64% por mujeres; en el año 2003, un 90,91% de delitos es por varones y un 9,09% por mujeres y finalmente en el año 2004, el 97,87% es realizado por varones y un 2,13% por mujeres. Detectamos que los porcentajes de varones que son autores de estos delitos de agresión sexual, son siempre mayores que los de mujeres. Los delitos por varones van incrementándose progresivamente del año 2001 al 2004. Delitos de agresión sexual en la provincia de Valencia por rangos de edad y solo/acompañado. Los niños inferiores a 14 años tienden a cometer los delitos de agresión sexual solos, con un porcentaje del 60,71% en contraposición a un 39,2% que van acompañados por sus grupos de pares. Los sujetos de 14 a 16 suelen realizar las agresiones acompañados, obteniendo un porcentaje del 57,41% frente a un 42,59% que lo llevan a cabo solos. En el intervalo comprendido entre 16 y 18 años, realizan las agresiones solos representando el 67,74%, en relación con un 32,26% que van acompañados. Podemos decir que los sujetos inferiores a 14 y los de 16 a 18 años suelen cometer las agresiones sexuales solos y los menores de 14 a 16 acompañados por su grupo de pares. Delitos de abuso sexual Delitos de abuso sexual en la provincia de Valencia por años. En el año 2001, se detectaron 8 delitos de abusos sexuales, con un porcentaje del 8,89% del total de delitos cometidos durante los años 2001 al 2004. En el 2002, 14 delitos con un porcentaje de 15,56; en el 2003, 28 delitos con un porcentaje de 31,11 y en el 2004 se recogieron 40 delitos que corresponden al 44,44%. Observamos que el número de delitos de abusos sexuales se ha ido incrementando de manera progresiva desde el año 2001 al 2004. Delitos de abuso sexual en la provincia de Valencia por años y sexo. En el año 2001 y en el 2002 existe un porcentaje del 100% a favor de los varones que realizan delitos de abuso sexual, en el año 2003 el 71,43% de los delitos son perpetrados por varones y un 28,57% por mujeres y finalmente en el año 2004 el 90% por varones y el 10% por mujeres. Detectamos que los porcentajes de varones que realizan delitos de abuso sexual, son siempre mayores que el de mujeres, encontrando dos años, en los que no hay ninguna mujer que cometa esos delitos Los abusos sexuales realizados por varones van incrementándose progresivamente del año 2001 al 2004. Delitos de abuso sexual en la provincia de Valencia por rangos de edad y solo/acompañado .
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 24 En los niños inferiores a 14 años, no se obtienen datos significativos de si realizan el abuso solos o acompañados, teniendo porcentajes del 47,83% de menores que van solos y un 52,17% que van acompañados. Los sujetos de 14 a 16 suelen realizar los abusos solos teniendo un porcentaje del 62,50% frente a un 37,50% de acompañados. En el intervalo comprendido entre 16 y 18 años, realizan los abusos solos representando el 83,33%, en relación con un 16,67% que van acompañados. Podemos decir que los sujetos de 14 a 16 y de 16 a 18 años suelen cometer los abusos sexuales solos. Comisión de otros delitos. Con respecto a los datos obtenidos de la muestra P, los exponemos a continuación. El mayor porcentaje lo encontramos en menores que no presentan otros hechos tipificados en el código penal como delitos con un 70,77% frente a un 29,23% que si han realizado otro tipo de actos antisociales (robos, lesiones..). Se observa que los menores que cometen delitos contra la libertad sexual, no realizan otro tipo de delitos. Discusión Retomando las hipótesis que nos plantemos en un principio, a partir de los datos recogidos en la Fiscalía de menores y de la información obtenida en el Equipo Técnico, vamos a contrastar los resultados obtenidos en cada uno de ellos, al mismo tiempo que entraremos en la discusión teórico planteada. Siguiendo el orden presentado en el planteamiento de las hipótesis: Hipótesis 1: “los menores varones cometerán más delitos contra la libertad sexual que las menores mujeres”. Efectivamente en nuestros resultados aparece esta constante tanto en las gráficas de abusos, como de agresiones, observando que existen diferencias de porcentajes entre ambos sexos, a favor de los menores varones. Importante destacar que los porcentajes de abusos en mujeres, son mayores que en agresiones, por lo que podemos decir, que las ofensoras si realizan este tipo de actos, no emplean tanta violencia o intimidación como los hombres. Todos los estudios revisados tanto en adultos como en menores en relación con este tema, son contundentes en cuanto a los resultados obtenidos. Hablando de delincuencia en general y concretamente de delincuencia sexual, siempre encontramos mayor incidencia de perpetradores varones que de mujeres. La primera y más obvia respuesta a la pregunta de quiénes son los que cometen agresiones sexuales, es que son varones. La literatura recogida al respecto apoya el contenido de estos resultados Hayed, (1992), Johnson (1998) Glasgow y col (1994), Pratt, R. Patel, E.Greydanus y col. en (1999). Marshall, Laws y Barbaree, (1990) indicaron que entre el 85 y el 95 por ciento de los delincuentes sexuales identificados son o bien varones adultos o bien varones adolescentes, así mismo Barbaree, Marshall y Hudson, (1993) apoyan esta idea. Hunter, (2000) refiere que la mayoría de los casos parecen involucrar a perpetradores adolescentes masculinos. E, Barbaree, William L. Marshall y Stephen M. Hudson, (1993) refieren que hay muchas menos abusadoras que hombres, y menos aún violadoras. Lane y LobanovRostovsky, (1997) encontraron que las mujeres representaban tan solo del 5-8% de los ofensores sexuales juveniles en tres estudios acerca de la incidencia a nivel estatal conducido en los años 80,
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 25 Hipótesis 2: los menores agresores sexuales tenderán a cometer delitos contra la libertad sexual acompañados por grupos de pares antes que de manera solitaria. Si tenemos en cuenta el tipo de delito, ya sea agresión o abuso y los rangos de edad, observamos que los niños inferiores a 14 años tienden a realizar los abusos acompañados y las agresiones sexuales solos. Los sujetos de 14 a 16 años, ejecutan los abusos solos y las agresiones acompañados y la última franja de edad de 16 a 18 años, cometen tanto los abusos como agresiones solos. Por todo ello, no podemos verificar nuestra hipótesis, ya que no todos los delitos contra la libertad sexual se harán acompañados. Es importante resaltar, las diferencias que existen entre estos menores, que encontrándose en el periodo evolutivo de la adolescencia, experimentan de diferente forma según la edad en que se encuentren, los delitos contra la libertad sexual. La Dra. Eldridge, (2000) aportó datos en el que los adolescentes tienden a realizar los delitos solos, sin embargo según Javier Urra (2002) cuando un niño comprendido en la edad penal comete su agresión suele hacerlo en grupo, con el objeto de que la responsabilidad quede diluida en la colectividad. Hipótesis 3: los delincuentes juveniles cometen más agresiones sexuales que abusos: en nuestros resultados podemos observar que entre el 2001 y el 2004, el número de agresiones sexuales es mayor que el de abusos. El total de las agresiones asciende a 167, habiéndose mantenido en los últimos tres años. Sin embargo el número total de abusos es de 90, que ha ido incrementándose año tras año; Por todo ello podemos ratificarnos en nuestra hipótesis. Walter Ramirez, (2002) explica que en su mayoría los delitos cometidos por adolescentes son de abusos deshonestos en un 76,5% mientras que los delitos de violación tan solo existen en porcentajes del 23,5%. Dentro de los primeros cabe destacar las caricias de las partes genitales del niño, masturbación, exposición de genitales, contacto sexual no genital, eyaculación sobre el menor y sexo oral. Los datos estadísticos aportados por la asociación Save the Children, indican que tan solo el 34% de los menores que protagoniza un ataque sexual ejercerá una violencia física brutal. Sin embargo el Comité de estudio y tratamiento de la violencia infanto juvenil del Hospital Nacional de Niños (CEINA) indica que ha aumentado la incidencia de ofensores sexuales juveniles con conductas violentas en un 50% y con conductas no violentas en aproximadamente un 11%. A lo largo de nuestro estudio, hemos querido analizar más de cerca ciertas variables relacionadas con el tema de los agresores sexuales juveniles y comprobar varias hipótesis, planteadas de antemano en la investigación. Los hallazgos encontrados, nos llevan a concluir que existe una evolución creciente de delitos contra la libertad sexual y que en la muestra analizada, los menores agresores sexuales son mayoritariamente de sexo masculino, y tienden a cometer más agresiones sexuales que abusos. Otros resultados, nos revelan que los sujetos entre 16 y 18 años tienden a realizar tanto los abusos como las agresiones sexuales solos. Son menores, que se ven menos influenciados por sus iguales, ya que en este periodo de la adolescencia su personalidad está más consolidada, por lo que preparan y ejecutan este tipo de actos contra la libertad sexual de manera solitaria. Se detecta que estos sujetos denunciados por hechos contra la libertad sexual, no suelen cometer otro tipo de actos antisociales como robos, lesiones o hurtos. Nuestra responsabilidad debe basarse en intervenir con el menor abusado y/o su familia, pero fundamentalmente intervenir y trabajar con el abusador, ya que es una intervención focalizada en las dos partes del delito, que nos permitirá abordar el tema en su
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 26 globalidad, ya que como describe la literatura, sino existe esa terapia concreta, irán cometiendo más hechos a lo largo de su vida. En la actualidad, existen pocos tratamientos específicos para menores agresores sexuales en la Provincia de Valencia, a pesar de incrementarse el número de delitos sexuales con esta población, teniendo cifras en el año 2001 del 10,47% y en el año 2004 del 33,72%. Una revisión de los estudios acerca del tema, nos muestra que los programas que existen para satisfacer las necesidades percibidas en los menores agresores sexuales, han aplicado frecuentemente el conocimiento y las intervenciones diseñadas para los agresores adultos, sin considerar los temas de desarrollo y las necesidades específicas de los adolescentes. En el trabajo con adultos abusadores, la tarea puede ser vista como desarrollar un control de por vida de la propensión a la reincidencia, con estos menores, en cambio, el foco está más en la vuelta a un camino de desarrollo más normativo, ya que se trata a la persona antes de presentar un patrón atrincherado. Es importante adentrarnos en las raices de la familia para poder cambiar y reedificar nuevos conceptos y formas de ver el mundo en nuestros jóvenes, que nos permita brindarles las oportunidades de nuevas formas de vinculación y relación. La familia sigue siendo el primer vehículo de socialización, por ello la necesidad de fortalecer esta estrucutra y evitar el deterioro afectivo y ausencia de comuniación que existe en estos momentos. Este deterioro provoca que los adolescentes busquen aún más fuera de su contexto familiar, apoyo y contención. Así mismo, hay necesidad de proporcionar a los menores información apropiada acerca del sexo y la sexualidad desde los centros escolares, la familia y los medios de comunicación. Se debe poner énfasis no simplemente en el sexo, el control de la natalidad, o las enfermedades de transmisión sexual, sino también incluir información acerca de los sentimientos, la identidad, la intimidad, la construcción de la relación, sobre el poder y el control, acerca del hostigamiento sexual, el consentimiento, la fuerza y sobre unas relaciones sexuales basadas en la confianza y el placer sin abuso o daño. Hay que eliminar estereotipos sexuales dañinos, la sexualización de los niños y los jóvenes, la explotación indebida de la sexualidad masculina y femenina, y la imágenes sexuales violentas. Este tipo de investigaciones acerca de la la tipología de los delincuentes, sus características, la elección de sus victimas, los tipos de abusos, etc., nos puede servir para realizar programas de tratamiento específicos, disminuir las carencias de los programas que existen en la actualidad y ayudar a estos menores a trabajar paso a paso su conducta abusiva, corrigiendo la baja autoestima, la falta de empatía, el déficit del control de impulsos y las distorsiones cognitivas que dan permiso y perpetúan esta manera de interactuar. Referencias Barbaree, H.E; Marshall, W.L., 1990, Outcome of comprehensive cognitive-behavioural treatment programs. En W.L Marshall, D. R Laws y H.E. Barbaree (eds.), Handbook of sexual assault: issues, theories, and treatment of the offender. Nueva York Barbaree, H. E., Marshall, W. L. y Hudson, S. M. (Eds.) (1993): The juvenile sex offender, Nueva York: Guilford Press. CEINA. Comité de estudio y tratamiento de la violencia infanto juvenil del hospital Nacional de niños. Estadísticas de los años 2001 y 2002. Hunter, J.A. 2000, Understanding juvenile sex offenders: research findings and guidelines for effective management and treatment. Juvenile justice fact sheet. Charlottesville, VA: University of Virginia Press. Lane, S., y Lobanov-Rostovsky, C. (1997).. Special populations: children, families, the developmentally disabled, and violent youth. En G.D Ryan y S.L. Lane (Eds.), Juvenile sexual offending: causes, consequences, and correction. San Francisco, CA: JosseyBass Publishers. Urra. J.. El agresor sexual y la víctima.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 27 Walter Ramírez M. (2002). Caracterización de los ofensores sexuales juveniles: experiencia de la clínica de adolescentes del hospital nacional de niños. Acta Pediatrica Costarricense,
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 35 AUTOCONCEPTO Y LOCUS DE CONTROL, SU INCIDENCIA EN EL COMPORTAMIENTO ANTISOCIAL EN MENORES Autoras: Mª José Vázquez(1) Mercedes Novo(2) Institución: (1) Departamento AIPSE, Universidad de Vigo (2) Departamento de Psicología Social, Básica y Metodología, Universidad de Santiago de Compostela Introducción Las conductas antisociales de los jóvenes son un problema social en auge, así lo denotan las estadísticas que revelan, según el Instituto de Estudios de la Seguridad Pública, un incremento de los actos delictivos y de la gravedad de los mismos (Garrido, 2005). De hecho, entre el 1992 y 2003, la tasa de delincuencia juvenil ha aumentado 40 puntos; siendo cada vez más habitual la violencia en las infracciones cometidas. Se aprecia un aumento de los robos con violencia o intimidación (hasta un 92,2%), los tirones (41%), las lesiones (83%) y los homicidios (21,1%). Esta circunstancia resalta la relevancia de llevar a cabo estudios científicos sobre esta temática, que ayuden a esclarecer cómo se pueden interrumpir las reacciones en cadena en el curso de desarrollo de la delincuencia juvenil y qué opciones ayudan a llevar un estilo de vida prosocial. A nuestro entender, coincidiendo con diversos autores (i.e., Arce, Fariña y Vázquez, 2006; Farrington y Coid, 2003; Loeber y Farrington, 1998; Loeber y Stouthamer-Loeber, 1998), las conductas delictivas forman parte de un patrón más amplio de desarrollo desviado que se inicia con conductas antisociales de tipo disruptivo. Si bien los comportamientos antisociales se refieren a hechos que no están tipificados en el código penal, los delictivos aluden a infracciones que requieren la actuación del Tribunal de Menores (Seisdedos, 2000). Cabe precisar que ambas conductas evidencian distintas manifestaciones de la misma desviación subyacente; cuyo rasgo distintivo es la magnitud de su progreso hacia conductas más graves, a lo largo del tiempo. La evolución de tales conductas está mediatizada, entre otros, por factores como el autoconcepto y el locus de control (Garrido, 1993). Ambos pueden actuar simultáneamente como factores de protección y de riesgo (Garrido, 2005); dado que su déficit, facilita la adquisición de comportamientos desajustados (Ross y Fabiano, 1985), y su presencia, sirve de protector contra la adquisición del mismo (Lösel y Bender, 2003). Asumiendo estas premisas, delimitaremos, antes de adentrarnos en el trabajo que aquí presentamos, cómo refleja la literatura la incidencia de los factores psicológicos mentados sobre la conducta desviada. La teoría del aprendizaje social, entre otras, apoya la tesis de que determinadas percepciones y cogniciones que uno tiene de sí mismo pueden facilitar la aparición de conductas antisociales, así como la consolidación de conductas delictivas (Garrido, 2005). Zara (2000) estima que los individuos que siguen cometiendo delitos tienen una auto-representación más arraigada a la delincuencia (autoconcepto retrospectivo). Efectivamente, la alteración de la identidad afecta al análisis retrospectivo de su historia y de sus experiencias previas, ya que la percepción y la atribución del significado se efectúan desde el rol de desviado (Garrido, Stangeland y Redondo, 1999). Dicho proceso de identificación desarrolla unos mecanismos psicológicos que le permiten neutralizar su autoconcepto negativo, racionalizando su conducta como un acto no desviado. Estos mecanismos de defensa ayudan a consolidar su rol anticonvencional y refuerzan su comportamiento antisocial. Sobre la base de este planteamiento, se postula que el autoconcepto actúa como un esquema cognitivo o como una estructura activa en el procesamiento de la información (Greenwald y Partkanis, 1984); de hecho, constituye la piedra angular para el logro de un adecuado equilibrio psicológico y de un desarrollo personal satisfactorio, así como para la adquisición de conductas adaptadas y
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 36 saludables (v. gr., Baron y Byrne, 1998). En este caso, se ha encontrado sistemáticamente un autoconcepto bajo, entre las diversas tipologías de desviados (i.e., Arce, Fariña, Seijo, Novo y Vázquez, 2005; Becoña y Vázquez, 2001; Evans, Levy, Sullenberger y Vyas, 1991; Garaigordobil, Álvarez y Carralero, 2004). Siguiendo la perspectiva cognitiva se estima que el modo en que las personas piensan, perciben y valoran la realidad, y más concretamente, la forma en que utilizan los procesos atributivos, influye en la conducta antisocial (Garrido, 2005; Garrido y López, 1995). Afirmación no baladí, si se tiene en cuenta que desde hace tiempo la vinculación entre el locus de control y ajuste personal ha sido asumida por la literatura, considerando más trascendente cómo se percibe, que la objetividad del hecho en sí (Garrido, 1993). En este sentido, se ha formulado un estilo de atribución: interno al individuo y otro externo al individuo (Rotter, 1966). Ahora bien, aunque no se ha constatado sistemáticamente una relación entre inadaptación social y externalidad (Arce, Fariña, Seijo, Novo y Vázquez, 2005); las teorías explicativas precisan que los delincuentes, con mayor frecuencia que otros grupos, tienden a negar la responsabilidad de sus actos, explicándolos como si éstos dependieran de otras personas o de circunstancias que están fuera de su control (Arce, Fariña y Novo, 2003). Es por ello que tienden a exculparse y a asumir mayores riesgos, considerando que el resultado final se debe al azar o a la suerte (Garrido, 1993). Esta forma sesgada de procesar la información va a dificultar el aprendizaje tanto de las experiencias negativas como de las positivas y, en consecuencia, imposibilita la regulación interna de la conducta. A tal efecto, se estima que la externalidad facilita la reincidencia de las conductas inadaptadas (Peterson y Leigh, 1990), al tiempo que provoca una menor efectividad en el tratamiento (p.e., Beleña y Báguena, 1993). A tenor de lo expuesto, este trabajo pretende analizar la relación entre el factor comportamientos (disruptivos vs. delictivos) y el autoconcepto y el locus de control. En otras palabras, estudiaremos si estos factores psicológicos están vinculados a las conductas desviadas, y qué implicaciones pueden tener tales resultados en las propuestas de prevención e intervención con menores en riesgo. Método Participantes En este estudio utilizamos una muestra de 150 menores de edades comprendidas entre 12 y 21 años, de los cuales 65 mantienen conductas disruptivas en el ámbito escolar y 85 manifiestan conductas delictivas. En cuanto al género, el 88,1% son varones y el 11,9 % son mujeres. Instrumentos de medida Para poder conocer las diversas representaciones y valoraciones que los menores tienen acerca de sí mismos se ha utilizado la Escala de Autoconcepto Forma A de Musitu, García y Gutiérrez (1991), que mide cuatro subtipos de autoconcepto: el escolar, el emocional, el familiar y el social. Además, con el fin de comprobar el tipo de atribución causal que utiliza el individuo para relacionar su propio comportamiento con sus consecuencias se recurre a la escala de locus de control de Rotter (1966). Esta prueba se estructura en torno a 29 ítems, constando cada uno de ellos de dos enunciados contrapuestos en la dimensión, uno de tipo interno y otro externo. Por otra parte, los profesores tutores de los institutos de enseñanza secundaria (IES) informan a través de una escala tipo Likert del comportamiento disruptivo de los menores. Y la conducta delictiva se tipifica considerando aquellos menores que están cumpliendo alguna medida judicial.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 37 Procedimiento En la realización de esta investigación han colaborado los educadores de los centros de reforma, así como los equipos directivos y los docentes de los IES. Además, la implementación de la pruebas ha sido autorizada por las diferentes Administraciones Autonómicas con competencias en menores y por los directores de los centros o programas. Resultados Locus de control y conductas disruptivas vs. conductas delictivas No se observan diferencias en los procesos atributivos entre los menores con comportamientos antisociales y delictivos, F(1;148)=3,48; ns; T.E.=.,023. Esto es, los procesos atribucionales, en esta muestra concreta, no manifiestan un valor predictivo significativo sobre las conductas desviadas. Autoconcepto y conductas disruptivas vs. conductas delictivas Obtuvimos diferencias en el autoconcepto entre menores con comportamientos delictivos y disruptivos Fmultivariada(4;145)=93,08; p<,001; T.E.=,720, En otras palabras, el curso de desarrollo de la delincuencia influye en el autoconcepto de los menores, al verificarse que éste difiere según se hallen o no al inicio de la carrera delictiva. Asimismo, los efectos univariados para el factor comportamientos (disruptivos vs. delictivos) nos informan de diferencias en el autoconcepto emocional, social, escolar y familiar (véase la Tabla 1). Lo cual indica que los subtipos de autoconcepto se presentan de forma diferente en los menores en riesgo (comportamientos disruptivos vs. comportamientos delictivos). Con relación al autoconcepto escolar (Mdisruptivos= 17,29 vs M delictivos= 19,84) y al social (Mdisruptivos= 2,52 vs Mdelictivos= 7,2) hallamos que los menores con conductas disruptivas informan de una autovaloración más baja o negativa, en comparación con el grupo de menores de reforma. En otras palabras, los menores infractores presentan, contrariamente a lo esperado, un autoconcepto escolar y social más positivo que los menores con conductas disruptivas. Este resultado podría deberse a la eficacia del tratamiento que los menores infractores reciben o bien a que presentan una disfunción cognitiva de su autoevaluación escolar y social, siendo esta hipótesis más probable. Por otro lado, cabe señalar que los menores con conductas disruptivas presentan un autoconcepto emocional (Mdisruptivos= 26,26 vs Mdelictivos= 17,31) y familiar (Mdisruptivos= 14,01 vs Mdelictivos= 9,75) más alto o positivo que los menores con conductas delictivas. Lo que permite inferir que la valoración del autoconcepto emocional y familiar, tal y como cabria esperar, decrece a medida que los menores transitan de comportamientos antisociales a delictivos. Tabla 1, Efectos inter-sujetos terciados por el factor comportamientos (disruptivos vs. delictivos). Variable MC F p eta2 Mdisruptivos Mdelictivos Escolar 238,19 24,43 ,000 ,142 17,29 19,84 Social 1043,68 232,69 ,000 ,611 2,52 7,2 Emocional 1306,47 120,2 ,000 ,448 26,26 17,31 Familiar 669,2 89,97 ,000 ,378 14,01 9,75 G.L.(1;148); Mdisruptivos= media del grupo comportamientos disruptivos; Mdelictivos= media del grupo comportamientos delictivos. Discusión y conclusiones
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 38 Con el propósito de realizar una lectura más realista de las conclusiones que se extraen de este estudio, es preciso efectuar una autocrítica de los resultados aquí mostrados. Se ha de señalar, en primer lugar, que la fuente de datos procede exclusivamente de autoinformes, con la consiguiente distorsión de la medida inherente a los mismos. En segundo lugar, que de los anteriores resultados no se puede inferir una relación causa-efecto. Y, por último, se ha de considerar que la generalización directa de estos datos a otros contextos no es posible dada la idiosincrasia del mismo. Teniendo presente estas salvedades procemos a discutir los datos. Estos resultados no confirman la relación entre las conductas desviadas y los procesos atributivos, por lo tanto no nos permite replicar la hipótesis que sostienen autores como Arce, Fariña y Novo (2003); Fuller, Permelee y Carrol (1982); Peterson y Leigh (1990) que estiman que el locus de control externo es un facilitador del comportamiento antisocial. Aun teniendo en cuenta estos datos, consideramos, como Garrido (2005), que es necesario entrenar a los menores en procesos atributivos para que puedan controlar de forma realista cualquier situación; ya que, de esta forma, se fortalecen las habilidades cognitivas y, en consecuencia, mejora la competencia psicosocial de los mismos. De hecho, la habilidad de los menores para resolver problemas interpersonales va a depender, entre otros aspectos, de que sean capaces de discernir los problemas que están dentro de su control de aquellos que caen fuera. Por lo tanto, la intervención sobre los procesos atributivos coadyuva a incrementar la resiliencia de los menores en riesgo, puesto que contribuye a mejorar su capacidad para procesar la información, de forma más objetiva. Ahora bien, estos hallazgos corroboran, en línea con la literatura precedente, la relación entre autoconcepto y comportamiento desviado (v. gr., Bhagat y Fraser, 1970; Werner y Smith, 1992). A su vez, comprobamos, al igual que Vermeiren, Bogaerts, Ruchkin, Deboutte y Schwab-Stone (2004), que los subtipos de autoconcepto se presentan de forma diferente en los menores con conductas desviadas. Más concretamente, se observa que la imagen escolar y social es más negativa en los menores con comportamientos disruptivos, en contraste con los que presentan conductas delictivas. Este resultado puede explicarse basándose en la hipótesis de que poseen una concepción distorsionada de su autovaloración de la imagen social y escolar debido a que el grupo con el que se comparan son menores desadaptados o a que la evaluación no es objetiva. Estos datos coinciden, en parte, con los hallazgos de Bynum y Weiner (2002), quienes encontraron que los adolescentes que cometen actos delictivos con violencia presentaban un autoconcepto alto; tal resultado según explican los autores podría deberse a que interpretaban su conducta delictiva como apropiada. En este sentido, Garrido (2005) afirma que una percepción positiva de sí mismo protege del crimen cuando va unida a valores prosociales y una percepción no distorsionada de la realidad. No obstante, ésta eleva la posibilidad de aparición o persistencia de conductas desviadas cuando va unida a valores antisociales y a una percepción distorsionada o sesgada de la realidad social. Así pues, de lo expuesto anteriormente, se extraen las siguientes implicaciones para prevenir las conductas delictivas: en primer lugar, se ha de fortalecer en los menores con conductas disruptivas el autoconcepto escolar, favoreciendo la integración y la autoeficacia escolar (Gutiérrez y Musitu, 1985; Musitu, García y Gutiérrez, 1991). Además, se ha de robustecer el autoconcepto social, propiciando las autopercepciones de éxito y eficacia en la resolución de conflictos (Infante, Trianes, Blanca, Escobar y Fernández, 2005). En segundo lugar, se ha de intervenir sobre los menores infractores trabajando la reflexión, la indagación y la formación, no sólo de “quien soy” en términos estáticos, sino también en torno al pasado, al futuro, a la realidad que le rodea y a las expectativas que posee, haciendo especial hincapié en la redefinición de las cogniciones de la autovaloración de la imagen escolar y social. También, se observa que la valoración del autoconcepto emocional y familiar es más negativa a medida que los menores transitan de comportamientos antisociales a delictivos. A tenor de estos resultados, estimamos que una vía adecuada para prevenir la escalada del comportamiento disruptivo y evitar la recaída de los menores infractores consistiría en llevar a cabo programas que potencien las tres funciones del autoconcepto emocional señaladas por Fivush, Berlin, McDermott, Mennuti-Washburn y Cassisy (2003): la autodefinición, que aborda el tipo de persona emocional que se define; la autorregulación, que se refiere al modo de expresar y compartir las emociones propias con los demás y, por último, el afrontamiento, que alude a la forma de enfrentarse y de resolver las emociones negativas y positivas. A este
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 39 respecto, cabe referenciar que el desarrollo de la inteligencia emocional facilita el logro de tales competencias emocionales (Fernández-Berrocal y Ramos, 2002). Por otra parte, estos datos sugieren que se debe mejorar la percepción que tienen de su familia los menores en riesgo (Hirschi, 1969; Torrente y Rodríguez, 2004); para ello, las escuelas de padres y los programas de entrenamiento deben favorecer la satisfacción familiar y las relaciones paterno-filiales (Eddy, Reid y Fetrow, 2000). En efecto, la literatura sugiere que disponer una buena relación con los padres, así como una red de adultos prosociales con los que vincularse, puede proteger a los menores de los efectos nocivos de un ambiente adverso, al proporcionarles el apoyo emocional necesario para neutralizarlos (Garrido, 2005; Hirschi, 1969). Con base en lo expuesto anteriormente, concluimos que se ha de actuar sobre ambos grupos para evitar la reincidencia de los menores infractores y la aparición de las conductas delictivas en los menores con comportamientos disruptivos. Lo cual implica desarrollar programas de intervención que integren, en sus diseños, estrategias que potencien o generen un autoconcepto positivo en los distintos componentes del mismo, de tal modo que les sirva de protector ante las presiones para el desajuste social. En este caso, el Entrenamiento AutoInstruccional ha mostrado ser muy efectivo en el robustecimiento de un autoconcepto positivo entre delincuentes y personas con diversos desórdenes de conducta en el control de impulsos, llevándolos a la reducción de conductas antisociales, así como al cumplimiento de las tareas escolares, de auto-cuidado, y de las demandas sociales (Arce y otros, 2005; Snyder y White, 1979). Referencias Arce, R., Fariña, F. y Novo, M. (2003). Evaluación de menores en proceso de tratamiento por comportamiento antisocial. En F. Fariña y R. Arce (Eds.), Avances en torno al comportamiento antisocial, evaluación y tratamiento (pp. 127-149). Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Arce, R., Fariña, F. y Vázquez, Mª J. (Febrero, 2006). Inadaptación y comportamiento antisocial en menores desde el ámbito judicial y escolar: implicación en los programas de prevención. Comunicación presentada en el VII Congreso Virtual de Psiquiatría. Interpsiquis 2006. Arce, R., Fariña, F., Seijo, D., Novo, M. y Vázquez, Mª J. (2005). Contrastando los factores de riesgo y protectores del comportamiento desviado en menores: implicaciones para la intervención. Premios de investigación educativa 2004. Madrid: CIDE. Baron, R. A. y Byrne, D. (1998). Psicología social. Madrid: Prentice Hall Ibérica. Bhagat, M. y Fraser, W. I. (1970). Young offenders’ images on self and surroundings: a semantic enquiry. British Journal of Psychiatry, nº 117, 381-387. Becoña, E. y Vázquez, F. L. (2001). Heroína, cocaína y drogas de síntesis. Madrid: Síntesis. Beleña, M. A. y Báguena, M. J. (1993). Nivel de reincidencia y diferencias individuales en motivación e inteligencia en mujeres delincuentes. En M. García (Comp.), Psicología social aplicada en los procesos jurídicos y políticos (pp. 145-151). Sevilla: Eudema. Bynum, E. y Weiner, R. (2002). Self-concept and violent delinquency in urban African-American adolescent males. Psychological reports, 90(2), 477-486. Eddy, J. M., Reid, J. B. y Fetrow, R. A. (2000). An elementary school-based prevention program targeting modifiable antecedents of youth delinquency and violence: linking the interests of families and teachers (LIFT). Journal of emotional and behavioral disorders, 8(3), 165-176. Evans, R. C., Levy, L., Sullenberger, T. y Vyas, A. (1991). Self concept and delinquency: The on-going debate. Journal of offender rehabilitation, 16(3-4), 59-74. Fariña, F., Arce, R., Novo, M., Seijo, D. y Vázquez, Mª J. (2005). Estudio de la incidencia de las variables psicológicas, sociales y cognitivas dentro del contexto escolar. Premios de investigación educativa 2003. Madrid: CIDE Farrington, D.P. y Coid, J. W. (2003). Early Prevention of adult antisocial behavior. Australia Cambridge: Cambridge University Press. Fernández-Berrocal, P. y Ramos, N. (2002). Corazones inteligentes. Barcelona: Kairós. Fivush, R., Berlin, L. J., McDermott, J., Mennuti-Washburn, J. y Cassisy, J. (2003). Functions of parent-child reminiscing about emotionally negative events. Memory, 11(2), 179-192.
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 41 PSICOPATOLOGÍA Y COMPORTAMIENTO DESVIADO EN ALUMNOS DE SECUNDARIA Autoras: Mercedes Novo(1) María José Vázquez(2) Alicia Carballa(1) Institución: (1) Departamento de Psicología Social, Básica y Metodología, Universidad de Santiago de Compostela (2) Departamento AIPSE, Universidad de Vigo Introducción La relación entre patología y comportamiento desviado se ha abordado desde tres perspectivas diferenciadas. Una primera aproximación prentede dilucidar si este comportamiento encubre una patología; en este sentido, se apunta concretamente, desde las investigaciones basadas en el estudio de casos, a la psicosis (v. gr., Hodgins y otros, 1996). Ahora bien, esta contingencia debe valorarse con cautela dado que estos estudios presentan deficiencias metodológicas (O’Kane y Bentall, 2000): emplean muestras psiquiátricas, o datos policiales o judiciales, cuando es claro que no todas las personas con sintomatología psiquiátrica reciben tratamiento, ni las estadísticas oficiales de arrestos y sentencian judiciales evidencian la magnitud de este problema. Es más, los efectos se diluyen si se contrarrestase la influencia de otras variables (Bonta, Law y Hanson, 1998; Monahan y Steadman, 1994). Una segunda aproximación compara los protocolos de evaluación clínica a través de autoinformes de sujetos inadaptados con otros adaptados, mostrándose un perfil discriminativo sólamente configurado por la escala de psicopatía (Pd) (Blackburn, 1993). Un tercer acercamiento se ha focalizado en el estudio de los síntomas, sobre todo de las alucinaciones psicóticas (p.e., Taylor, 1993) atendiendo al efecto de contexto tal como la comorbilidad o el consumo de sustancias asociado con el comportamiento antisocial (p.e., Swanson y otros, 1996). Si bien algunos autores como Loeber, Green y Lahey (2003) han planteado que la comorbilidad se acompañaría de un mayor poder explicativo, lo cierto es que estos resultados están todavía por definir. En este sentido, no hemos encontrado referencias de investigaciones que aborden con relación al riesgo de conducta antisocial, el estudio completo de síntomas de las diversas enfermedades mentales. No obstante, determinadas formas de desviación social como la drogodependencia, aparecen asociadas a perfiles concretos de patología clínica (Funes y Romaní, 1985; Kramer y Cameron, 1975). En cualquier caso, las revisiones de la literatura informan de dicha asociación, tal y como aparece recogida en los criterios diagnósticos de los diversos manuales de clasificación de las enfermedades mentales de la APA (véase, a modo de ejemplo, Bartol, 1999, pp. 134-145). En suma, el estudio entre los sujetos de riesgo de los perfiles clínicos, como potenciales predecesores de los desórdenes de conducta y comportamiento antisocial, todavía sin abordar en profundidad, augura relevantes contribuciones. Método Participantes La muestra estaba conformada por un total de 380 menores con edades comprendidas entre los 10 y los 16 años, con una edad media de 11,51 años (Sx=1,27). Por géneros, 198
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 42 (51,2%) eran varones y 182 (47,9%) mujeres. Por otro lado, cabe señalar que 178 sujetos provenían de centros de alto riesgo. Diseño Se planificó un diseño factorial completo 2X2 (riesgo social X riesgo familiar), ambos con dos niveles, alto vs. bajo, sobre la medida de patología. Los niveles del factor riesgo social, alto vs. bajo riesgo, fueron determinados por la Administración; por su parte el riesgo familiar, autoevaluado por los menores, tenía por objeto el control del riesgo familiar, alto vs. bajo para la inadaptación social. Instrumentos de medida Lista de Comprobación de Síntomas - 90-R: (SCL-90-R) (Derogatis, 1977, 2002) Esta escala se utilizó para medir el grado de patología que pudiera tener el sujeto. Se compone de 90 ítem que miden 9 dimensiones: Somatización, Obsesión compulsiva, Susceptibilidad interpersonal, Depresión, Ansiedad, Hostilidad, Ansiedad Fóbica, Ideación Paranoide y Psicoticismo. Además, posibilita la medida de tres índices globales, a saber: Severidad Global, Malestar Referido a Síntomas Positivos y Total de Síntomas Positivos. Medida del comportamiento inadaptado Por su parte, para medir la conducta inadaptada se ha utilizado una escala tipo Likert, creada ad hoc, que ha sido cumplimentada por los tutores. Procedimiento Las evaluaciones efectuadas en pases colectivos, contaron con la preceptiva autorización de los Equipos Directivos de los respectivos centros, así como de la Administración correspondiente Resultados y Conclusiones Ejecutado un MANOVA 2 X 2 (riesgo social X riesgo familiar), los resultados evidenciaron en la patología un efecto significativo para el factor riesgo social, Fmultivariada (9;147)=2,1; p<,05; eta2=,114; 1-ß =,858, pero no así para el factor riesgo familiar, Fmultivariada (9;147)=1,43; ns; eta2=,081; 1-ß =,669, ni para la interacción de ambos, Fmultivariada (9;147)=,96; ns; eta2=,056; 1-ß =,466. En resumen, el factor riesgo social explica el perfil patológico de los menores, dando cuenta del 11% de la varianza, si tenemos en cuenta que estamos evaluando la patología, pero no así el factor riesgo familiar. Además, ambos factores tienen efectos independientes. Los efectos univariados, que se pueden apreciar en la Tabla 1, revelan diferencias mediadas por el factor riesgo social en las variables clínicas susceptibilidad, depresión, ansiedad, hostilidad, ansiedad fóbica, ideación paranoide y psicoticismo. Concretamente, los menores de alto riesgo social dibujan un perfil clínico que se caracteriza por una mayor susceptibilidad interpersonal, depresión, ansiedad, hostilidad, ansiedad fóbica, ideación paranoide y psicoticismo. La patología clínica en la que difieren los menores de alto riesgo de los de bajo, conforma una estructura facilitadora de la desviación social: inferioridad, inseguridad, faltos de motivación, hostiles, egocéntricos, aprehensivos, agresivos e irritables, y con comportamientos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 43 de evitación. Por su parte, el perfil clínico1 de los menores de riesgo social (283,45) refleja, en su dimensión primaria, una estructura de personalidad obsesiva, con una elevación en paranoidismo que probablemente sea debida a una “alienación adolescente”, ésto es, distanciamiento emocional y desorientación; con sentimientos de inferioridad (i.e., susceptibilidad interpersonal). Además y como característica de la dimensión secundaria, están faltos de motivación (i.e., depresión), se entiende, a tenor de los otros resultados, que en la integración, social, familiar y escolar; y, por extensión, en la social. Tabla 1, Efectos univariados en la patología para el factor riesgo social. Variable MC F p eta2 1-ß Malto Mbajo Somatización 1,6 3,77 ,054 ,024 ,488 ,87 ,62 Obsesivo-compulsivo 1,05 1,98 ,161 ,013 ,288 1,2 ,99 Susceptibilidad 3,38 6,47 ,012 ,040 ,715 1,03 ,67 Depresión 3,84 9,6 ,002 ,058 ,869 1,01 ,62 Ansiedad 3,61 8,13 ,005 ,050 ,809 ,94 ,56 Hostilidad 2,18 4,32 ,039 ,027 ,542 ,83 ,54 Ansiedad fóbica 4,3 10,93 ,001 ,066 ,908 ,77 ,36 Ideación paranoide 4,98 10,56 ,001 ,064 ,898 1,05 ,61 Psicoticismo 2,92 5,93 ,016 ,037 ,677 ,93 ,6 G.L. (1;155); Malto= media del grupo de riesgo social alto; Mbajo= media del grupo de riesgo social bajo. Los efectos inter-sujetos (véanse en la Tabla 2) dan cuenta de diferencias en las variables clínicas somatización, obsesivo-compulsivo, susceptibilidad interpersonal, depresión, ansiedad y hostilidad, terciadas por el factor riesgo familiar. Sucintamente, los menores de alto riesgo familar presentan una mayor somatización, obsesivo-compulsivo, susceptibilidad interpersonal, depresión, ansiedad y hostilidad. Tabla 2. Efectos univariados en la patología para el factor riesgo familiar. Variable MC F p eta2 1-ß Mbajo Malto Somatización 2,84 6,7 ,011 ,041 ,730 ,58 ,91 Obsesivo-compulsivo 2,43 4,56 ,034 ,029 ,565 ,94 1,25 Susceptibilidad 2,92 5,59 ,019 ,035 ,651 ,68 1,02 Depresión 2,86 7,16 ,008 ,044 ,758 ,65 ,98 Ansiedad 2,84 6,39 ,012 ,040 ,710 ,58 ,92 Hostilidad 2,28 4,53 ,035 ,028 ,562 ,54 ,84 Ansiedad fóbica ,19 ,47 ,494 ,003 ,105 ,52 ,61 Ideación paranoide 1,48 3,13 ,079 ,020 ,420 ,71 ,95 Psicoticismo 1,9 3,85 ,052 ,024 ,496 ,63 ,9 G.L. (1;155); Mbajo= media del grupo de riesgo social alto; Malto= media del grupo de riesgo social bajo. De este modo, el perfil clínico (234,85) que distingue a los menores de riesgo familiar de los de no-riesgo, exhibe una dimensión primaria configurada por un cuadro obsesivocompulsivo, acompañado de depresión y susceptibilidad interpersonal. De éste, se infiere un predominio de una personalidad obsesivo-compulsiva, con carencia de motivación para la integración (v. gr., social, familiar y escolar) y sentimientos de inferioridad. La dimensión secundaria, integrada por ideación paranoide y ansiedad, informa de “alienación adolescente”, ésto es, distanciamiento emocional y desorientación, a la vez que de agresividad. Discusión Los dos perfiles de los menores de riesgo son consistentes con las previsiones sobre el comportamiento antisocial (p.e., Hare, 1985) ya que en ellos destaca la hostilidad, la depresión, entendida como falta de motivación para la integración, hostilidad y alineación. Las repercusiones psicológicas de los perfiles dibujados por los menores de alto riesgo social y 1 El perfil clínico se construye a partir de las 5 puntuaciones más elevadas, siendo las 3 primeras la dimensión primaria y las siguientes la secundaria.
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 51 VIOLENCIA EN LA INTIMIDAD DE LOS JÓVENES: PREVALENCIA Y DINÁMICAS Autoras: Sónia Caridade Carla Machado Institución Departamento de Psicologia, Universidade do Minho, Portugal Introducción Violencia en el enamoro: prevalencía y género La violencia ocurrida en el contexto de una relación íntima ha merecido grande destaque por parte de la comunidad científica en general. Aunque, la literatura en este dominio se centre mayoritariamente en el contexto universitario (ej., Cleveland, Herrera y Stuewig, 2003), se sabe que este tipo de victimación tiende a desencadenarse igualmente y con alguna frecuencia en otros contextos formativos (especialmente al nivel de la enseñanza secundaria) (ej., Cano, Avery-Leaf, Cascardi y 0’Leary, 1998). Los varios indicadores de prevalencia provenientes de los estudios internacionales que comprueban esta realidad y algunos (ej., Sudermann y Jaffe, 1993 cit. Wekerle y Wolfe, 1999) estiman que la prevalencia de la violencia (sobre todo física y sexual) entre los estudiantes insertadoss en la enseñanza secundaria se situará entre el 10 y el 25%. Si atendiéramos al contexto universitario, encontraremos niveles similares de prevalencia. Así y consonante los estudios, los actos abusivos entre los estudiantes universitarios podrán situarse entre el 20 y el 30% (ej., Cate, Henton, Koval Christopher y Lloyd, 1982 cit. ibidem), pudiendo alcanzar el 50% (ej., Commis, 1985 cit. Carlson, 1999). Los estudios más recientes (ej., El’ Hearn y Margolin, 2000 cit. Kaura y Allen, 2004) realizados en contextos universitarios revelan que un 30% a un 60% de estos jóvenes experienciaron, por lo menos una vez, violencia física en sus relaciones afectivas. En Portugal se ha asistido en los últimos años a un incremento de la investigación en esta área, aunque casi que exclusivamente centrada en el contexto universitario. Así, los estudios (ej., Machado, Matos y Moreira, 2003; Paiva y Figueiredo, 2004; Caridade y Machado, sometido para publicación; Matos, Caridade, Silva y Machado, sometido para publicación) realizados en este dominio comprueban que los jóvenes universitarios tienden a adoptar conductas violentas en la intimidad. Machado, Matos y Moreira (2003) constataron que, en el conjunto de los sujetos que estaban envueltos en relaciones intimas, un 15,5% refirieron haber sido víctimas de por lo menos un acto abusivo y un 21,7% admitieron haber adoptado este tipo de conductas en relación a sus compañeros amorosos. De igual modo, Paiva y Figueiredo (2004) verificaron que la agresión psicológica es el tipo de abuso más reportado en la muestra (53,8 – 50,8%), seguido de la coerción sexual (18,9 – 25,6%) y del abuso físico sin secuelas (16,7 – 15,4%), siendo el abuso físico con secuelas menos frecuente (3,8 – 3,8%). Una de las cuestiones que más polémica ha generado en esta área se relaciona con la distribución en términos de género relativamente a la perpetración/victimización de este tipo de abuso en la intimidad. Si en lo que concierne a la victimación marital parece existir algún consenso de que el abuso es perpetrado casi que exclusivamente por el hombre especialmente cuando se considera el daño causado, el mismo ya no se verifica cuando se atiende al contexto de enamoro. Entre los jóvenes adolescentes, los padrones de violencia parecen presentarse menos diferenciados en términos de género (Martin, 1990 cit. Wekerle y Wolfe, 1999). Los estudios (ej., Avery-Leaf, Cacardi, El’Leary y Cano, 1997; Foshee y otros, 1996 cit. ibidem) que buscan analizar los comportamientos de victimización y perpetración en la adolescencia, encuentran patrones mutuos de violencia, con ambos géneros perpetrando y sosteniendo el abuso físico, sexual y emocional. Paralelamente, otros autores (ej., Kurz, 1995 cit. Katz, Kuffel y Coblentz, 2002) contrarían esta lectura, defendiendo la existencia de diferencias de género en la perpetración del comportamiento violento, como consecuencia de la socialización
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 52 diferenciada entre hombres y mujeres. Según estos (ej., Avni, 1991 cit. ibidem) son esencialmente los factores socio-culturales (ej., las actitudes patriarcales masculinas) que permiten predecir la violencia en la intimidad de los jóvenes. Finalmente, hay estudios (ej., Caspaldi y Crosby, 1997 cit. Katz y otros, 2002) que sostienen que las mujeres comienzan más frecuentemente el comportamiento violento en las relaciones íntimas que los hombres. Así, tiendo por base una muestra de estudiantes de la enseñanza secundaria, constaron que un 51% de los participantes estaban envueltos en algún tipo de agresión, siendo que en un 17% de los casos el agresor era de sexo femenino y sólo un 4% de los casos envolvían agresores de sexo masculino. En paproximadamente el 30% de los casos, la violencia era recíproca. Análogamente, un estudio realizado por Katz, Kuffel y Coblentz (2002) comprueba que las mujeres también asumen actos de violencia (aunque poco significativa) y que los hombres también pueden ser objeto de este tipo de abuso en el contexto de sus relaciones íntimas. Para explicar la perpetración femenina, algunos estudios (ej., Foshee, 1996; El’Keefe, 1997 cit. Feiring, Deblinger, Hoch-Espada y Haworth, 2002) establecen que muchas mujeres adoptan comportamientos violentos como estrategia de auto-defensa, siendo que los actos violentos tienen repercusiones más severas sobre éstas. Género, tipologías e impacto de la violencia El abuso en las relaciones íntimas puede incluir varías formas de agresión, desde la violencia física, psicológica hasta la coerción sexual. Varías evidencias (ej., Graddis, 2000; Levy, 1997 cit. Kuffel y Katz, 2002; Kuffel y Katz, 2002) descriptivas de las agresiones ocurridas en la intimidad de los jóvenes, establecen que la violencia física, psicológica y sexual tiende a coexistir. Comparativamente a lo que ocurre en el contexto marital, la violencia en las relaciones íntimas se diferencia por, frecuentemente, comprender “actos menos severos” (ej., Magdol y otros, 1997; Machado y otros, 2003). Efectivamente, algunos estudios (ej., El’Hearn y Margolin, 2000; El’Leary, 1996 cit. Kaura y Allen, 2004) evidencian que las formas más severas de violencia (ejemplo, palizas, asaltos envolviendo el uso de armas, objetos cortantes) han sido reportadas sólo en un 3% de los casos con estudiantes universitarios. Resultados similares fueron encontrados en otros estudios (ej., Magdol y otros, 1997) que reiteran que este tipo de violencia raramente es perpetrado en el contexto de la intimidad de los jóvenes y cuando ocurre no supera los 2%. Los comportamientos abusivos más comunes incluyen: tirar, empujar, bofetear, tirar con algún objeto al compañero (ej., Henton y otros, 1983; Riggs y otros, 1990 cit. Katz y otros, 2002). Estos tipos de comportamientos pueden ser encetados por ambos sexos, sin embargo, se detectan diferencias de género en lo que concierne a la severidad del abuso perpetrado. Generalmente, las mujeres tienden a declarar más violencia severa practicada por su compañero y subsiguientemente más injurias físicas, que el género opuesto (ej., Foshee, 1996 cit. ibidem). También a nivel nacional, Machado y colaboradoras (2003), en un estudio realizado en un campus universitario, verificaron que los comportamientos usualmente perpetrados/recibidos en las relaciones actuales de los participantes implicaban “formas menores” de violencia (ej., insultar, denigrar, gritar, amenazar). Las autoras constataron igualmente, y aunque fuera perceptible la existencia de actos de naturaleza más severa (ejemplo, puñetazos, patadas, coger del cuello, amenazas con armas, actos sexuales forzados), que la tasa de violencia severa era reducida en ambos sexos. Es de destacar que, a pesar de que la violencia en las relaciones íntimas juveniles se relaciona usualmente con "formas menores" de violencia, también es posible que en estos contextos existan formas de abuso más severas. Son también sorprendentes los números de violencia sexual en las relaciones íntimas juveniles. La realización de un estudio (Koss y Cleveland, 1997), apoyado en una muestra representativa de estudiantes universitarios, evidenció que un 53% de los estudiantes de sexo femenino ya habían sufrido algún tipo de coerción sexual en sus vidas, en que un 12% revelaron tentativa de violación y un 15% refirieron haber sido violadas. Estos estudios documentan la indiscutible realidad de que el sexo femenino es la víctima preferente de las formas más severas de violencia (expresamente de la violencia sexual). Concomitantemente, otros estudios (Makepeace, 1986 cit. Cleveland y otros, 2003; Katz y otros, 2002) muestran que, aunque ambos géneros puedan ser victimados en el contexto de sus relaciones íntimas juveniles, el abuso tiene un mayor impacto emocional sobre
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 53 las mujeres. Algunos (ej., Katz y otros, 2002) consideran que esta diferenciación adviene, sobre todo, del significado (negativo) que estas atribuyen a los episodios abusivos, de la calidad de la relación y del carácter intimidatorio de la violencia (que las impide de ser asertivas para con sus compañeros, después de un acto violento). El incremento de la sumisión o pasividad reduce la posibilidad de la víctima de comunicar directa y eficazmente sus necesidades y preferencias a su compañero. Violencia, creencias y actitudes culturales Aunque en los últimos años se haya asistido a una proliferación de los estudios (esencialmente cuantitativos) sobre los números de la violencia en las relaciones íntimas juveniles, son aún parcas las evidencias empíricas (abordajes cualitativos) que proporcionen una comprensión más detallada sobre el contexto (ej., significados, creencias, motivaciones, consecuencias) en que este tipo de abuso ocurre. Algunos autores (ej., Lavoie, Robitaille y Hébert, 2000) que se han dedicado a este tipo de investigaciones han destacado como factor céntrico en estas experiencias el hecho de que muchos jóvenes no perciban los actos violentos, de que son objeto, como abusivos. Paralelamente, Lavoie y colaboradores (2000), en su estudio, además de que constaten la amplia dimensión del fenómeno en la sociedad, verificaron igualmente que muchos adolescentes tienden a culpabilizar las víctimas por la ocurrencia de los incidentes abusivos (ej., provocación, características individuales). Efectivamente, la literatura ha venido a alertar que las actitudes y creencias que tienden a legitimar el comportamiento abusivo constituyen los principales factores responsables por el mantenimiento de la relación violenta en el tiempo (Carlson, 1999). Las experiencias personales adquiridas en el periodo de enamoro, así como la tolerancia a la violencia son considerados por algunos (ej., Flynn, 1987 cit. Carlson, 1999) como precedentes de una relación marital futura violenta. Todavía es de destacar que esta relación entre actitudes y comportamientos violentos en las relaciones íntimas no parece ser tan directa cuanto se podría suponer, denotándose alguna controversia a este nivel. Por un lado, los estudios más cuantitativos (ej., O’ Keefe, 1997 cit. Price, Byers and Dating Violence Research Team, 1999; Machado, Matos y Moreira, 2003) denuncian la existencia de una baja concordancia, de ambos géneros, con el uso del comportamiento violento en las relaciones íntimas. Por otro lado, Price, Byers y el Dating Violence Research Team (1999) consideran que, aunque en minoría, un número significativo de jóvenes revelan el uso de algún tipo de violencia en las relaciones íntimas. Estudios más recientes (cf. Schumacher y Slep, 2004) corroboran la existencia de una relación, modesta pero significativa, entre actitudes y comportamientos violentos en la intimidad de los jóvenes: tanto los adolescentes como los adultos, que tienden a validar el abuso en la intimidad, reportan haber perpetrado actos violentos en sus relaciones. De igual modo, en el estudio ya mencionado, realizado al nivel nacional por Machado y colaboradoras (2003) y, pese a que los niveles globales de legitimación hayan sido bajos, se constató algún nivel de concordancia con las creencias tolerantes hacia la violencia, siendo esta más evidente entre el sexo masculino y entre los agresores. Así, los hombres suscriben más la creencia de que la violencia podrá ser justificable en función de los comportamientos de las mujeres, consideran más importante preservar la privacidad familiar y creen que la violencia podrá ser atribuida a causas externas y fuera del control del agresor (ejemplo, el alcohol o la pobreza), minimizando más la "pequeña violencia" en el contexto de las relaciones íntimas. Otro trabajo desarrollado por Jackson, Cram y Seymour (2002) en que se buscó analizar la forma como los jóvenes percibían (ejemplo, significaciones atribuidas, consecuencias en la relación) los actos abusivos perpetrados en el ámbito de sus relaciones íntimas, concluyó que, contrariamente a las mujeres, los hombres tendían a expresar algunos sentimientos positivos hacia la violencia. De acuerdo con los autores, en la base de estos resultados residen dos explicaciones posibles: o los hombres no sufren los episodios abusivos como tal o, entonces, tienden a legitimar y a tolerar más este tipo de actos violentos. Los resultados más consistentes sobre las diferencias de género, en lo que concierne a la legitimación y tolerancia de la violencia en las relaciones íntimas juveniles, surgen esencialmente asociados a la perpetración de una forma más específica y severa de este tipo de victimación, que es la violencia sexual. Por ejemplo, el estudio de Trauman, Tokar y Fisher (1996), un análisis de la relación entre papeles de género masculino y la violación ocurrida en la intimidad, constató que usualmente los hombres que manifiestan más papeles tradicionales
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 54 de género tienden, igualmente, para corroborar las actitudes y creencias legitimadoras de la violencia sexual. En el análisis de la dimensión de las actitudes y creencias subyacentes al comportamiento violento en las relaciones de intimidad, las percepciones de los jóvenes acerca de lo que podrá constituir abuso en la intimidad son de crucial importancia. Otro paso en la comprensión de la forma como los jóvenes entienden lo que podrá constituir un comportamiento abusivo o no, fue dado por Carlson (1999), a través de la realización de un estudio que envolvió el uso de viñetas. El autor verificó que determinadas variables contextuales (ej., severidad del abuso) y características socio-demográficas (ej., edad, género) parecen influenciar los juicios de los jóvenes relativamente a los actos abusivos. Más específicamente, los actos más severos de violencia predicen niveles más elevados de abuso; el género influencia las creencias acerca de lo que constituye abuso y, aún, los estudiantes incluidos en niveles más avanzados de formación presentan una mayor consciencia sobre lo que podrá ser o no un acto abusivo. De referir que, según los autores, este tipo de jóvenes se encontraban incluidos en programas profesionales (de trabajo social y educación) lo que les habrá permitido crear algún entrenamiento acerca de la inadecuación de la violencia interpersonal, afectando positivamente sus juicios. Un otro estudio (Feiring, Deblinger, HochEspada y Haworth, 2002) promovido en el sentido de determinar el uso del comportamiento agresivo en las relaciones íntimas y la aprobación de actitudes legitimadores de este tipo de comportamientos, concluyó que, generalmente, las mujeres tienden a reportar más la perpetración de la violencia física y los hombres tienden más a legitimar la agresión, así como sostienen más frecuentemente actitudes sexuales disfuncionales. Concomitantemente, este estudio permitió evidenciar el impacto de los niveles de formación de los jóvenes en la determinación de sus creencias abusivas, especialmente de las actitudes sexuales disfuncionales, con los estudiantes, al nivel del secundario, al legitimar más frecuentemente este tipo de comportamientos/actitudes. Tal podrá suceder del hecho de los estudiantes en niveles de formación más iniciales que dispongan de menos experiencia a este nivel y como tal concordaran más con este tipo de mitos. En contrapartida, los estudiantes más viejos poseen una mayor consciencia para la necesidad de que no sostuvieran este tipo de actitudes, repudiadas socialmente (Feiring y otros, 2002). Método Objetivos El presente estudio tuvo como objetivos primordiales conocer la forma como los jóvenes perciben los diferentes tipos de abuso (física, psicológica y sexual) ocurridos en el contexto de sus relaciones íntimas, así como recoger datos sobre la frecuencia de estos comportamientos abusivos. Más concretamente, se visaba los siguientes objetivos: a) describir las actitudes de los jóvenes relativamente a la violencia contra sus compañeros íntimos, buscando identificar el grado de tolerancia/legitimación en relación con esta problemática y los factores que predicen su ocurrencia; b) establecer la frecuencia de las diferentes formas de violencia en las relaciones íntimas juveniles, del punto de vista de la víctima y del ofensor; c) estudiar la relación entre actitudes y comportamientos violentos en las relaciones de intimidad; d) identificar factores socio-demográficos (ej., sexo, edad) y formativos (ej., año de formación, tipo de curso) asociados a las creencias y comportamientos violentos en las relaciones íntimas. Muestra La investigación en esta área estableció la enseñanza universitaria como un contexto preferente para el estudio del fenómeno de la violencia en las relaciones íntimas (ej., Cleveland, Herrera y Stuewig, 2003). Similarmente, algunos estudios reportan que este tipo de violencia parece ocurrir aún durante los años más iniciales de formación, expresamente, al nivel del secundario (ej., Cano y otros, 2003). En este ámbito y atendiendo a esta realidad, optamos por incluir en la muestra no sólo alumnos de la enseñanza universitaria como también alumnos al nivel de la formación profesional. Así, 232 jóvenes frecuentaban la enseñanza universitaria, entre los cuales 110 en el curso de psicopedagogía, 88 en educación social y 34 de educador(a) de infancia. Los restantes 274 alumnos se incluyan en la formación profesional.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 55 En la totalidad, participaron en este estudio 685 jóvenes, la gran mayoría, 515 (un 75%) de sexo femenino y 168 (un 25%) de sexo masculino, con una media de edades de 19 años. En relación al grado académico, de los 227 que frecuentaban la enseñanza profesional, 107 se encontraban en el 1º año, 67 en el 2º año y 53 en el 3º año. Los que frecuentaban la enseñanza universitaria (453), 194 pertenecían al 1º año, 175 al 2º año, 55 al 3º año y 29 al 4º año. De los participantes, la gran mayoría (658), como esperado, son solteros, 17 casados y 4 divorciados. En el nivel socio-económico de la muestra (clasificado de acuerdo con Graffar), un número substancial de participantes se encuentran distribuidos por el nivel inferior (198), medio-inferior (127) y medio (119), siendo que sólo 57 en el nivel medio superior y 13 en el nivel superior. Cuanto a su situación actual, la mayoría de los jóvenes (418) mantienen actualmente una relación íntima, 228 no mantiene ninguna relación actual, pero ya tuvo en el pasado, 34 nunca enamoraron y 5 no revelaron su situación. Instrumentos Los instrumentos utilizados en este estudio fueron dos versiones de instrumentos construidos por Machado, Matos y Gonçalves (2001) para la evaluación de las actitudes y comportamientos hacia la violencia conyugal: la ECVC - 2 (Escala de creencias sobre la violencia en las relaciones íntimas), que es constituido por 25 ítems, siendo que su nota total mide el grado de legitimación/tolerancia hacia la violencia en las relaciones íntimas. A través del análisis factorial previa de la ECVC se identificaron 4 factores que explican un 48,1% de su varianza: “legitimación de la violencia por el comportamiento de la mujer”, “legitimación de la violencia por la privacidad familiar”, “legitimación de la violencia por su atribución la causas externas” y “legitimación de la violencia por la normalización de agresiones menores”. Ante el instrumento, el sujeto evaluado tiene la posibilidad de responder a través de una escala de likert de 5 puntos (ejemplo, desde “discuerdo totalmente” hasta “concuerdo totalmente”). El IVC - 2 (Inventario de comportamientos de violencia en las relaciones íntimas) permite determinar: los números de la violencia física, abuso emocional y sexual perpetrados y recibidos por parte de compañeros afectivos y aún, la identificación de la frecuencia con que ocurren estas diferentes manifestaciones de violencia y la distinción de su incidencia en el momento actual y en el recorrido de la vida. En relación a cada uno de los 21 comportamientos listados, es pedido a los sujetos que refieran: a) si ya adoptaron o no en el contexto de su actual y/o anterior relación afectiva; b) si el actual y/o anterior compañero(a) ya los adoptó en relación a sí. En caso de respuesta afirmativa, el sujeto es aún cuestionado sobre la frecuencia de ocurrencia del comportamiento abusivo. Resultados Creencias legitimadoras de los actos abusivos De un modo general, los participantes del estudio evidencian un bajo nivel de concordancia con las creencias legitimadoras de la violencia estudiadas por la ECVC-2. Pese a esta evidencia, se detectan diferencias de género altamente significativas (t=10,29; gl=220; p=0,000), con el género masculino a testificar una mayor legitimación o tolerancia del abuso ocurrido en la intimidad. Tales diferencias son perceptibles tanto en lo que concierne al nivel global de concordancia con la violencia, como en lo que se refiere a cada uno de los factores que componen la ECVC-2. Más específicamente, los participantes de sexo masculino tienen mayor tendencia a considerar que la violencia podrá ser justificable en función de ciertas conductas de la mujer (t=9,50; gl=216; p=0,000), a enfatizar la preservación de la privacidad familiar (t=10,41; gl=237; p=0,000), a atribuir más el abuso la causas externas y ajenas al control del agresor (t=8,65; gl=643; p=0,000) y, aún, tienden más a banalizar y a normalizar la pequeña “violencia”, considerando que su ocurrencia es común, normal, pero poco severa (t=7,54; gl=225; p=0,000).
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 56 Paralelamente, se constató que los estudiantes más viejos manifiestan niveles más bajos de aceptación o tolerancia al abuso perpetrado en sus relaciones íntimas (r=-0,32; p=0,000). Esta disminución de la tolerancia a la violencia asienta en un menor apoyo que reciben las afirmaciones relacionadas con la noción de provocación o merecimiento de la mujer (r=-0,19; p=0,000), con la preservación de la privacidad familiar (r=-0,19; p=0,000), con la atribución externa de la culpa por los actos violentos (r=-0,33; p=0,000) y con la devaluación de la pequeña “violencia” (r=-0,17;p=0,000). De igual modo, se denotó una reducción de la legitimación de la violencia a medida que los estudiantes avanzan en su recorrido escolar (F= 46,26; gl=7; p=0,000). Generalmente, los alumnos de la enseñanza profesional evidencian una mayor concordancia con las creencias abusivas comparativamente con los alumnos de la enseñanza universitaria. Aún de entre los estudiantes de la enseñanza profesional, los alumnos en años más iniciales de la formación profesional (1º año) presentan una mayor tolerancia y aceptación del abuso íntimo, desvaneciéndose esta tolerancia a medida que progresan del 1º para el 2º y de éste para el 3º año. El mismo se sucede en el caso de los alumnos universitarios, con los estudiantes del 1º año a reportaren niveles más elevados de legitimación de la violencia en sus relaciones afectivas. Los alumnos de la enseñanza universitaria no se diferencian entre sí, aunque los del curso de psicopedagogía se distingan de los alumnos del curso de educador(a) de infancia y de los alumnos del curso de educación social, en el sentido de una menor atribución del abuso a causas externas y fuera del control del ofensor (ejemplo, alcohol o la pobreza). Sobre la relación entre el nivel socio-económico de los participantes y la mayor o menor tolerancia a la violencia perpetrada en sus relaciones íntimas, se refiere que en general, los participantes provenientes de niveles socio-económicos más desfavorecidos (nivel medio inferior) tienden a patentar una mayor concordancia con el uso de la violencia (F= 8,44; gl=5; p=0,000) comparativamente con los otros participantes. Los estudiantes de nivel socioeconómico más elevado muestran una menor legitimación del abuso, sucediéndose los estudiantes insertados en el nivel medio-superior y los del nivel medio. Esta diferenciación permaneció en el análisis de los diferentes tipos de creencias que soportan la legitimación del abuso íntimo, verificándose que los alumnos provenientes de niveles socio-económicos más elevados son, en todos los factores, aquellos que demuestran valores más bajos de aceptación de la violencia. Los participantes del nivel socio-económico inferior revelan una mayor legitimación de la violencia en todos los factores, siendo que tal diferenciación es sobre todo evidente por la importancia dada a la privacidad familiar, por la noción de provocación y merecimiento de la mujer y aún, por la menor normalización de la violencia. De la generalidad de los participantes envueltos en relaciones intimas actuales, un 27% reportan haber sido víctimas de por lo menos un acto abusivo durante el último año y un 33% admiten haber adoptado este tipo de conductas en relación a su compañero. Si atendiéramos a los diferentes tipos de violencia analizados por el IVC-2, se verifica que, en la victimización, los comportamientos emocionalmente abusivos, coercitivos o intimidatorios se elevan (con un 22,3% de los casos), comparativamente con los comportamientos físicamente abusivos (en un 15% de los casos). Esta diferenciación, aunque menor, es igualmente revelada al nivel de la perpetración de estas formas específicas de abuso, en que un 24% relatan haber perpetrado abuso emocional y un 22% de los estudiantes aluden haber usado violencia física en sus relaciones intimas actuales. Si ampliáramos nuestro análisis a las relaciones afectivas anteriores, los porcentajes, en términos de victimización y perpetración global, disminuyen substancialmente, con sólo un 1,5% a que mencionen comportamientos de victimización por el compañero y un 1,5% a que reconozcan el recurso la conductas abusivas. Esta reducción se mantiene igualmente en la victimización y perpetración de los comportamientos abusivos específicos, designadamente, se encuentran porcentajes análogos entre los comportamientos físicos de victimación por el compañero (en un 1,5% de los casos) y la perpetración de este tipo de actos violentos (en un 1,5% de los casos). Similarmente, la perpetración del abuso emocional no excede los un 1,1% de los casos y sólo un 1,4% declaran haber sido objeto de este tipo de victimación por parte de sus compañeros íntimos, en el pasado. Relativamente a las diferencias de género, 105 participantes del sexo femenino mencionan haber adoptado conductas violentas en sus
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 57 relaciones actuales, mientras que sólo 32 de sus pares de sexo masculino admiten lo mismo. Pero, tales diferencias no se evidencian estadísticamente significativas (c2=0,4; gl=1; p=0,306). De modo similar y en lo que concierne al estatuto de las víctimas, no se detectan diferencias de género (c2=1,9; gl=1; p=0,112), con 87 mujeres y 25 hombres a que reporten haber sido objeto de algún tipo de victimación en sus relaciones actuales. También, en lo que respeta a las relaciones anteriores, más elementos de sexo femenino (54) verbalizan recurrir a comportamientos violentos, que elementos de sexo masculino (27). Se verifica todavía que no existen diferencias de género estadísticamente relevantes (c2=2,2; gl=1; p=0,094). Ya en lo que concierne a la victimización ocurrida en las relaciones anteriores, los hombres (un 55%) se diferencian en el sentido de una mayor victimización, comparativamente con las mujeres (un 38%) (c2=4,4; gl=1; p=0,027). Un análisis específico de los diferentes tipos de comportamientos (emocionales y físicos) perpetrados/recibidos en las relaciones actuales, no detecta diferencias de género prominentes. Sin embargo, en lo que reporta a las relaciones anteriores, se verifica la presencia de diferencias estadísticamente relevantes cuando se considera el abuso emocional (c2=5,2; gl=1; p=0,018), en que, proporcionalmente, más participantes de sexo masculino (un 43%) refieren haber adoptado comportamientos emocionalmente abusivos, coercitivos o intimidatorios por parte del compañero amoroso, que los de sexo femenino (un 26%). El mismo ya no se sucede cuando se analiza la victimización de este tipo de comportamientos. Pese aunque, más mujeres (74) que hombres (19) afirmen haber sido objeto de este tipo de violencia en el pasado, estas diferencias no se muestran estadísticamente significativas (c2=0,61; gl=1; p=0,263). Cuando se analiza la ocurrencia del abuso físico, tanto para la victimización como para la práctica de actos de esta naturaleza, sólo se registran diferencias de género significativas en lo que concierne a la victimación de comportamientos físicamente abusivos (c2=4,3; gl=1; p=0,034), con un 27% de hombres y un 14% de mujeres. El mismo no se sucede al nivel de la perpetración de este tipo de comportamientos en las relaciones anteriores y, aunque más hombres (23%) que mujeres (14%) consideren haber perpetrado este tipo de abuso, tal distinción no es estadísticamente significativa (c2=2,5; gl=1; p=0,090). Victimación, perpetración y tolerancia del abuso íntimo Cuando comparamos ofensores con no ofensores y víctimas con no víctimas se constata que estos se diferencian significativamente en el grado de tolerancia a la violencia, particularmente en sus relaciones actuales (t=-3,44; gl=348; p=0,001; t=-2,99; gl=318; p=0,003, respectivamente), en que tanto los ofensores como las víctimas, demuestran poseer un mayor grado de soporte a las creencias sociales utilizadas para justificar o disculpar el abuso ocurrido en la intimidad. Más específicamente, ofensores y víctimas más que los participantes sin estos "estatutos" atribuyen la violencia a la conducta de la mujer (t=-3,76; gl=225; p=0,000; t=-2,64; gl=186; p=0,009, respectivamente), consideran más importante la privacidad familiar (t=-2,42; gl=222; p=0,01; t=-2,72; gl=333; p=0,007), localizan más la fuente de violencia en factores externos a la su conducta (t=-2,63; gl=356; p=0,009; t=-3,24; gl=324; p=0,001) y, aún, propenden más a normalizar más la agresión “menor” (t=-5,41; gl=370; p=0,000; t=-3,09; gl=170; p=0,002). En lo que concierne a las relaciones pasadas no se registran diferencias estadísticamente prominentes entre no ofensores y ofensores, con respecto a la mayor o menor aceptación del uso de la violencia (t=-1,84; gl=134; p=0,068). Sin embargo, los ofensores tienden más a minimizar la pequeña violencia (t=-2,56; gl=125; p=0,012). Ya en relación al estatuto de las víctimas, éstas se diferencian claramente de las no víctimas, en el sentido de una mayor legitimación de la violencia (t=-2,27; gl=134; p=0,025). Más específicamente, las víctimas consideran que la violencia podrá ser más justificable en función de determinadas conductas de las mujeres (t=-2,84; gl=132; p=0,005) y minimizan más la pequeña “violencia” (t=-2,94; gl=124; p=0,004). Discusión
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 58 De un modo general, los resultados obtenidos evidencian que en las actitudes los participantes de este estudio revelan una baja concordancia con las creencias legitimadoras del uso de la violencia en sus relaciones íntimas. Esta realidad es de resto comprobada por otras evidencias empíricas producidas en este dominio (Machado, Matos y Moreira, 2003). En la base de estos resultados estará, en nuestro entender, una otra constatación de este estudio y que se relaciona con la tendencia de los estudiantes, a medida que avanzan en su recorrido escolar, para que manifiesten una menor conformidad con las creencias sociales sustentadoras del abuso en la intimidad. De acuerdo con algunos autores (Feiring y otros, 2002), los estudiantes pertenecientes en niveles de formación más avanzados poseen una mayor consciencia sobre lo que podrá o no constituir un acto abusivo, así como sobre la necesidad de que no sostuvieran este tipo de actitudes repelidas socialmente. Es de reseñar que los programas de prevención que han sido implementados en las escuelas, aunque en bajo número, podrán igualmente contribuir para esta menor legitimación de la violencia. Una otra explicación podrá advenir de la mayor maduración decurrente de la edad, del nivel de desarrollo de los jóvenes (ejemplo, pensamiento más abstracto, mayor perspectiva del otro), así como por el desafío suscitado por la propias relaciones íntimas que induce, por veces, una mayor conciencia, madurez relacional y capacidad de reflexión y crítica sobre estas temáticas (Matos, Machado, Caridade y Silva, sometido para publicación). Efectivamente, en el presente estudio se constata que los alumnos más jovenes (y, por lo tanto, también aquellos que frecuentan la enseñanza profesional) tienden a evidenciar una mayor aceptación o tolerancia ante el abuso íntimo. Esta evidencia podrá ser aún mejor comprendida si consideramos el hecho de que este grupo de jóvenes que frecuentan la enseñanza profesional, generalmente, inician su primera relación íntima durante este periodo y como tal aún no poseen experiencia y madurez relacional adecuadas, que les permitan tener una actitud de cuestionamiento de muchas creencias sociales que disculpan el abuso íntimo. Una otra evidencia que importa acentuar y que ha sido ampliamente comprobada por otras evidencias empíricas (ej., Machado y otros, 2002; Price, Byers y Dating Violence Research Team, 1999, Matos, Machado, Caridade y Silva, sometido para publicación), se prende con la mayor legitimación de la violencia perpetrada en las relaciones afectivas por parte del género masculino. A este nivel las cuestiones socio-culturales asumen especial destaque, por el impacto que aún hoy tienen en la socialización diferenciada entre hombres y mujeres. Refiérase de hecho, que algunos autores (ejemplo, Worcester, 2002) consideran que el análisis de las conductas violentas debe ser localizada en un contexto social, histórico y económico, donde hombres y mujeres desempeñan diferentes papeles y tienen oportunidades distinguidas, así como diferentes posiciones sociales. En este ámbito, se destaca la tendencia histórica, en el caso del género masculino, para la disculpa de ciertos comportamientos de falta de control y aún abusivos, fundamentados con base en factores externos (ejemplo, comportamiento de la mujer, alcohol) y subsiguiente legitimación de la violencia. Aún en lo que respeta a las creencias legitimadores de la violencia en las relaciones íntimas y tal como ya constatado en el estudio con la población universitaria (cf. Machado y otros, 2003), en el estudio en cuestión, los hombres suscriben más la creencia de que la violencia podrá ser justificable en función de la conducta de las mujeres, consideran más importante asegurar la privacidad familiar y creen más que la violencia podrá ser atribuida a causas externas y fuera de lo controlo del agresor (ejemplo, el alcohol o la pobreza), aminorando más la "pequeña violencia" en el contexto de las relaciones íntimas. Concomitantemente, otros (ej., Felm, 1994 cit. Wolfe, Wekerle y Scott, 1996) preconizan que los hombres se auto-perciben como poseyendo tres veces más poder que sus compañeras, actuando en conformidad con los modelos dominantes en la cultura. Evidencian, así, una postura de poder, competitividad y controlo, esperando encontrar en sus relaciones la perpetuación de estos papeles de género tradicionales. En lo que concierne a la frecuencia de los actos de violencia encontrados en las relaciones íntimas actuales, los datos corroboran la realidad ya divulgada por otros estudios empíricos, tanto internacionales (ej., Cleveland, Herrera y Stuewig, 2003; El’ Hearn y Margolin, 2000 cit. Kaura y Allen, 2004), como nacionales (ej., Machado y otros, 2003; Paiva y Figueiredo, 2004), de que un porcentaje significativo de estudiantes adoptan conductas violentas en el contexto de sus relaciones íntimas. De entre los diferentes tipos de comportamientos recibidos/perpetrados en las relaciones afectivas actuales, los actos emocionalmente abusivos, coercitivos o intimidatorios se sobreponen al uso de
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 59 comportamientos físicamente abusivos. Esta evidencia podrá, de cierto modo, ir de encuentro a los estudios empíricos (ej., Magdol y otros, 1997; Machado y otros, 2003) que defienden que, en estos contextos, el abuso tiende a comprender “agresiones menores”. Sin embargo, conviene no devaluar la presencia de soporte empírico que sostiene una cierta tendencia para la escalada de este tipo de comportamientos hasta la edad adulta (Wekerle y Wolfe, 1999). Una otra dimensión que importa destacar se relaciona con la ausencia de diferencias de género relevantes, tanto en la perpetración, como en la victimación de la violencia en las relaciones íntimas actuales. Estos resultados vienen a reforzar la tesis proferida por otros autores (e., Magdol y otros, 1997; Straus, 2004), de que el abuso en el contexto de enamoro, muchas veces, comprende cambios mutuos de agresiones. En la reflexión de estos datos, importa no olvidar que la gran mayoría de los estudios que apuntan hacia un tipo de violencia simétrica, son mayoritariamente de naturaleza cuantitativa y, por lo tanto, no comprenden cuestiones sobre el contexto, las consecuencias, las motivaciones, las intenciones y reacciones que confinan a los comportamientos abusivos. Algunas tentativas (Molidor y Folman’s, 1998 cit. Worcester, 2002) en el sentido de explicar estos datos revelan que, pese a que no existen diferencias de género cuantitativas en la perpetración de los comportamientos abusivos, del punto de vista cualitativo estos se diferencian. Defienden así, que del análisis del contexto y de las consecuencias del abuso perpetrado, resulta que las mujeres experimentan más niveles elevados de violencia severa y reacciones emocionales más acentuadas comparativamente con los hombres. Otras explicaciones plausibles emanan de la literatura y acrecientan que la perpetración del abuso femenino se circunscribe a aquello que se podrá designar de actos “menores” de violencia (ej., Magdol y otros, 1997), y que las mujeres recurren, muchas veces, a la violencia en contextos de retribución o auto-defensa (ej., Machado y otros, 2003). Finalmente, interesa comentar una otra dimensión de los resultados obtenidos y que se prende con la preocupante constatación de la relación existente entre victimación, perpetración y tolerancia al abuso en la intimidad de los jóvenes. En este dominio, la literatura documenta que las actitudes y creencias que tienden a justificar y/o disculpar el comportamiento violento son en buena parte responsables por la subsistencia de la relación violenta en el tiempo (Carlson, 1999). De este modo, la minimización y normalización de la pequeña violencia evidenciada en el estudio, tanto por los agresores como por las víctimas, en las relaciones anteriores, podrá de cierto modo explicar la continuidad de la conducta abusiva por parte de los agresores, así como el mantenimiento de las víctimas en la relación dado que, muchas veces, confunden abuso con amor y celos o simplemente minimizan estos episodios como irrelevantes y pasajeros, creyendo en su capacidad de cambiar lo(a) compañero(a). Conclusiones La realización de este estudio, aunque con evidentes limitaciones al nivel de la generalización, permitió corroborar las evidencias ya disponibles sobre la violencia en las relaciones íntimas entre los jóvenes, extendiendo nuestro conocimiento de este fenómeno también a los grupos más jóvenes (enseñanza secundaria y profesional). Aunque se haya verificado una tendencia positiva para reprobar este tipo de abuso ocurrido en la intimidad, los indicadores de frecuencia niegan una disminución de las conductas violentas y alertan para la necesidad de promoverse cada vez más acciones preventivas en este dominio, apostando en la prevención primaria junto de los jóvenes adolescentes y en la formación de los agentes educativos (padres, profesores). Refiérase, de hecho, que la literatura (ej., Smith, White y Holland, 2003) anuncia la fase de la adolescencia como siendo un periodo de elevado riesgo para la violencia en las relaciones íntimas y en este ámbito, aboga la implementación de los programas de prevención junto de este tipo de población para así acautelar la revictimización en el contexto universitario. No obstante la pertinencia y contribución de este estudio, importa reflejar sobre algunas limitaciones que condicionaron los resultados y las inferencias que de ellos podemos extraer. Una primera limitación se prende, desde inmediatamente, con las cuestiones da la muestra, más específicamente, el hecho de que no dispusiéramos de una muestra equitativa (en lo que concierne al género). Sería también útil que las futuras investigaciones usaran muestras más diversificadas, comprendiendo otros contextos socioculturales (ejemplo, jóvenes que no concluyeron el recorrido escolar, jóvenes en la enseñanza secundaria) y socio-económicos (ejemplo, otros grupos étnicos).
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 66 (Factor 1Abuso Físico), alpha = 0,86 (Factor 2 - Abuso Emocional), alpha = 0,79 (Factor 3 - Coerción) y alpha =0,73 (Factor 4 - Control). A escala ECCV mostró una consistencia interna de alpha = 0,84 y una distribución por cuatro factores que explican un 34% de la varianza total de los resultados. Los 32 ítems de esta escala que enuncian posibles razones para la violencia se encuentran así repartidos por el Factor 1 (Determinantes socioculturales) que presenta un valor de consistencia interna de alpha = 0,77, por el Factor 2 (Determinantes Individuales) con un alpha = 0,68, por el Factor 3 (Determinantes Educativos) con un valor de alpha = 0,66 y finalmente el Factor 4 (Etiología da violencia) con un valor de alpha = 0,54. Relativamente a la escala CPIC que fue traducida y adaptada encontramos un coeficiente alfa = 0,90 y una estructura factorial con tres factores, tal como en el estudio original aunque con diferencias que pueden ser explicadas a partir de las diferencias culturales de los sujetos involucradas en el estudio con este instrumento. El porcentaje de varianza total explicada con estos tres factores se mostró muy satisfactorio (un 72,8%). Cuanto a la designación de los factores el primero reúne las subescalas Intensidad, Frecuencia, Resolución y Eficacia en el confronto siendo por eso denominado de Propiedades del conflicto y Eficacia en el Coping (por la inclusión de esta última dimensión en el estudio portugués). Relativamente a los otros dos factores decidimos mantener las denominaciones del estudio original; y así el Factor 2 fue designado de Amenaza, porque representa unívocamente la dimensión que la compone en el estudio original. El tercero factor fue denominado de Culpa, pues la asociación encontrada es la misma que en el estudio original, una vez que reúne las subescalas Culpa y Contenido del conflicto. El análisis de la consistencia interna de la escala, tomando solamente los factores retenidos, reveló valores satisfactorios de alfa = 0,89 para el Factor 1 (Propiedades del conflicto y Eficacia en el Coping), alfa = 0,80 para el factor 2 (Amenaza) y alfa = 0,71 para el Factor 3 (Culpa). En lo que respeta a estudio comparativo, este comprobó la sensibilidad de los instrumentos e validó algunas suposiciones sobre el papel de las representaciones de los niños sobre la violencia al nivel de la adaptación psicológica. Comprobamos que la experiencia de exposición a la violencia en la familia puede estar en la base de la formación de creencias distorsionadas sobre la violencia interpersonal. Algunas de estas creencias, pueden a su vez, estar sostenidas por argumentos socioculturales, menos usados por el grupo 1, No obstante, otros factores (ej., individuales y educativos) pueden determinar el sentido de esas creencias. A ese nivel no fueron encontradas diferencias significativas entre niños de los dos grupos (grupo 1 y grupo 2). El análisis de los resultados nos llevó a considerar la presuposición del doble efecto, de construcción y de desconstrucción, de la exposición a la violencia en la formación de las creencias del sujeto. Tal presuposición apoyaría la explicación de por qué los niños del grupo 1, presentan ante algunos aspectos ideas más distorsionadas sobre la violencia interpersonal, que los niños del grupo 2. Otra constatación fue que los menores del grupo 2 presentan generalmente percepciones de culpa y amenaza más negativas sobre los conflictos interparentales, que los niños del grupo 1, Este resultado revela el impacto negativo que la violencia interparental puede tener en la adaptación psicológica del menor. No obstante, los resultados obtenidos al analizar estas dimensiones no fueron suficientemente claros, por lo que es necesario efectuar una revisión de las variables, de añadir otras variables, y por último, de complementar los estudios con otras metodologías y otros métodos y técnicas. Por fin, a través del estudio cualitativo, que consistió en el estudio de casos de dos niños expuestos a la violencia interparental, se verifico la existencia de algunas divergencias entre las percepciones entre madre y el menor sobre la violencia interparental. También se identifico la existencia de una variabilidad experiencial dentro de cada caso a lo largo del tiempo y de algunos mecanismos que pueden, en determinadas edades, ayudar a comprender esa mutabilidad (Sani, 2004). A partir del estudio de casos concluimos que el análisis de las representaciones internas del menor sobre los conflictos interparentales nos ayuda a comprender mejor su adaptación psicológica y a clarificar cuáles serán las futuras áreas de intervención terapéutica.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 67 Conclusión Este trabajo tiene como base los principios de la investigación-participativa (Erasmie y Lima, 1989) que compromete y co-responsabiliza al investigador en el proceso de investigación. La literatura apunta los cuidados en la realización de los estudios en el área de la victimación infantil, por lo que se intento llevar a cabo un estudio que obedeciera a estos criterios. El uso simultáneo de metodologías cuantitativas y cualitativas supone en un trabajo complejo y un de sus mayores problemas, pero al mismo tiempo permite la creación de un conocimiento mas profundo de este tópico. El recurso a múltiples fuentes de datos, la comparación de grupos y el uso de múltiples métodos de análisis constituyen, también formas de comprender mejor este problema. Por fin, este proyecto representa un esfuerzo en el desarrollo de instrumentos de evaluación para el estudio de la relación entre exposición a la violencia interparental y algunos aspectos cognitivos, de modo que se pueda comprender la adaptación psicológica del menor expuesto a situaciones de violencia interparental. Referencias Charmaz, K. (1995). Grounded theory. En J. A. Smith, R. Harré y L. V Langenhove (eds.), Rethinking methods in psychology (pp. 27 - 49). Londres: Sage Publications. Cummings, E. M., Goeke-Morey, M. C. y Dukewich, T. L. (2001). The study of relations between marital conflict and child adjustment: challenges and new directions for methodology. En J. H. Grych y F. D. Fincham (eds.), Interparental conflict and child development (pp. 39 - 63). Cambridge: Cambridge Press. Erasmie, Th. y Lima, L. (1989). Investigação e projectos de desenvolvimento em educação. Braga: Universidade do Minho. Ericksen, J. R. y Henderson, A. D. (1998). Diverging realities. Abused women and their children. En. J. C. Campbell (Ed.), Empowering survivors of abuse. Health care for battered women and their children (pp. 138 - 155). Thousand Oaks: Sage Publications. Grych, J. H., Seid, M. y Fincham, F. D. (1992). Assessing marital conflict from child’s perspective: the children’s perceptions of interparental conflict scale. Child Development, 63, 558 - 572. Lehmann, P. (2000). Posttraumatic stress disorder (PTSD) and child witness to mother-assault: a summary and review. Children and Youth Services Review, 22 (3/4), 275 - 306. Rennie, D., Phillips, J. y Quartaro, G. (1988). Grounded theory: a promising approach to conceptualization in psychology? Canadian Psychology, 29(2), 139 - 150, Sani, A. I. (2000). A experiência subjectiva de crianças vítimas e testemunhas de crimes. Dissertação de Mestrado não publicada. Instituto de Educação e Psicologia, Universidade do Minho. Sani, A. I. (2002). As crianças e a violência. Representações de crianças vítimas e testemunhas de crime. Coimbra: Quarteto Editora. Sani, A. I. (2003). As crenças, o discurso e a acção: as construções de crianças expostas à violência interparental. Dissertação de Doutoramento não publicada. Universidade do Minho. Sani, A. I. (2004). O discurso de crianças expostas à violência interparental – Estudo Qualitativo. Psychologica, 36, 109 - 130, Sani, A. I. Escala de Sinalização do Ambiente Natural Infantil (S.A.N.I.). En L. S. Almeida, M. R. Simões, C. Machado y M. Gonçalves (coord.), Avaliação Psicológica: instrumentos validados para a população portuguesa. (Vol. III) Coimbra: Quarteto Editora. En Prensa. Straus, M. A. (1992). Children and Violence. Children as witnesses to marital violence: a risk factor for lifelong problems among a nationally representative sample of american men and woman. Report of the twenty-third Ross Routable on Critical Approaches to Common Pediatric Problems. Columbus, Ohio: Ross Laboratories Straus, M. A., Hamby, S. L., Boney-McCoy, S. y Sugarman, D. B. (1996). The revised Conflict Tactics Scales (CTS2). Development and preliminary psychometric data. Journal of Family Issues. 17(3), 283 - 316. Straus, M. A. y Ulman, A. (Visitado 2000, Julio 26). Violence by children against mothers in relation to violence between parents and corporal punishment by parents. Journal of
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 69 CONDUCTAS INADAPTADAS: CONDUCTA ANTISOCIAL Y CONSUMO DE DROGAS EN ADOLESCENTES PALESTINOS SIN RESPONSABILIDAD PENAL Autora: Sofián EL-ASTAL Institución: Universidad de AL-AZHAR (GAZA-Palestina) Introducción El abordaje de los problemas de la adolescencia y juventud ha tomado actualmente un nuevo énfasis por el creciente protagonismo juvenil en la vida social, su presencia en el ámbito del consumo y la enorme trascendencia de los aspectos vinculados a la delincuencia y a la drogadicción (López Latorre, Alba Robles y Garrido Genovés, 2005; Becedóniz y Rodríguez, 2004; Garrido, 2004; Serrano, EL-ASTAL y Faro, 2004; Martínez Álvarez, Fuentes Martín, Ramos Vergeles y Hernández Martín, 2003; Martínez-Lorca y Alonso-Sanz, 2003; Villar Torres, Luengo, Gómez-Fraguela, y Romero, 2003; Luengo, Sobral, Romero y Gómez-Fraguela, 2002; GarcíaPablos de Molina, 1999; EL-ASTAL, 1998; Mirón, Serrano, Godás y Rodríguez, 1997; Sherman, L. W. y otros, 1997). Los cambios de conductas sociales, la crisis de valores, el ajuste social, etc. son algunos de los problemas que a esta edad se presentan con gran intensidad y repercusión de cara al futuro (Serrano, Godás, Rodríguez y Mirón, 1996; Serrano, EL-ASTAL y Faro, 2004). Con Berthelot (1988), concebimos la socialización como un proceso de adquisición -por parte del niño y, más ampliamente, por parte de los miembros del grupode los conocimientos y saber hacer que son necesarios en el contextos de interacción social para establecer lazos sociales. Los viejos y clásicos tópicos acerca de la socialización han cambiado. El interés reside ahora en los procesos a través de los cuales un niño (y, en general, toda persona) construye su identidad social y llega a ser un miembro autónomo de los grupos a los que pertenece. La investigación sobre el proceso de socialización y la referida a problemas de conductas antisociales son aspectos que aparecen muy unidos. Familia, escuela, grupo de iguales y comunidad son los ejes socializadores de la vida del niño y del adolescente, con un nivel muy alto de determinación sobre sus propias actitudes y conductas. Las variables psicológicas y sociológicas que configuran estos ámbitos, constituyen actualmente los temas sobre los que versa la mayor parte de los estudios de las revistas especializadas y sobre los que inciden de modo prioritario los programas de intervención social (EL-ASTAL, 1998). Desde el punto de vista social, con el término delincuencia quiere expresarse una conducta nociva para el bienestar de la sociedad. Esta definición, sin embargo, no llega a precisar unos límites bien definidos. En realidad, la delincuencia juvenil constituye un término legal. En la mayoría de los estados, el delincuente juvenil es un individuo que no ha cumplido los 18 años acusado de violación de la ley. En este sentido, puede comprenderse fácilmente que la inmensa mayoría de los adolescentes "difíciles" no podrán ser incluidos oficialmente en la categoría de delincuentes juveniles. En un sentido más amplio del vocablo, nuestras escuelas y otras instituciones sociales han de enfrentarse con toda la inmensa gama de adolescentes "difíciles", incluyendo en ellos los que normalmente se consideran como delincuentes. De un modo u otro, y a pesar de la falta de clarificación conceptual, la explicación de las conductas antisociales ha generado una enorme cantidad de literatura científica. Las teorías del Control Social, la teoría de la Asociación Diferencial, las teorías del Aprendizaje Social, y la
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 70 teoría del etiquetado o formulaciones más generales, ofrecen elementos conceptuales y un notable apoyo empírico para dar cuenta, en buena medida, de ellas (véase EL-ASTAL, 1998). El consumo de alcohol y otras drogas, especialmente en los últimos decenios, se ha convertido en parte de la vida de muchos jóvenes de todo el mundo. Esta tendencia ha sido presentada en gran cantidad de estudios (Villa, Sirvent, Ovejero, Rodríguez, Hernández y Jiménez, 2005; Sánchez-Carbonell, 2004; Martínez, Fuertes, Ramos y Hernández, 2003; Martínez-Lorca y Alonso-Sanz, 2003; Plan Nacional sobre Drogas, 2003; Rodrigues y otros, 2001; Kloep, Hendry, Ingebrigtsen, Glendinning y Espness, 2001; Gosselin, Larocque, Vitaro y Gagnon, 2000; Observatorio Español sobre Drogas, 2000; Matos y otrosl., 2000; Mirón y otros, 1997; Luengo y otros, 1996). Bajo la común denominación de "drogas" se incluye un conjunto muy amplio de sustancias que modifican elementos perceptivos y comportamentales de los individuos y provocan en ellos estados de dependencia (O.M.S., 1973). Probablemente, los tres efectos más comunes que producen las drogas sean la dependencia física, la dependencia psíquica y la tolerancia (Luengo, Otero-López, Romero y otros, 1996; Sáiz, González, Paredes y otros, 2001; Martínez-Lorca y Alonso-Sanz, 2003). La primera se manifiesta en que la habituación es tal que se necesita la droga de manera imperiosa, de modo que su privación produce trastornos fisiológicos. La dependencia psíquica supone un deseo obsesivo y siempre renovado de consumirla. Finalmente, la tolerancia es la capacidad que el organismo adquiere para adaptarse a la sustancia, generando una tendencia a aumentar el consumo para conseguir los efectos experimentados inicialmente (Clausen, 1976). Más allá de la clasificación que adoptamos, parece claro que no sólo las llamadas comúnmente "drogas" lo son, sino que también debe incluirse el tabaco y el alcohol. Sin embargo, no resulta menos cierto que sus efectos van a depender de la cantidad y tipo de droga consumida. Finalmente, la consideración de drogas legales e ilegales, si bien no afecta a su peligrosidad, hace que la percepción social y las conductas requeridas para su consecución sean absolutamente diferentes (EL-ASTAL, 1998). Dentro de las distinciones que suele hacerse para definir bien el campo de las drogas no es ocioso mencionar los diversos tipos de consumo, ya que existe cierta tendencia a considerar drogadicto a todo consumidor, lo que obviamente no es correcto, estigmatiza indebidamente y dificulta la clarificación necesaria en un tema tan complejo como éste. Al respecto, el consumo puede ser meramente episódico, tener un carácter experimental o tratarse de una práctica sistemáticamente y habitual (O.M.S., 1973). Asimismo, muchos estudios sostienen que las pautas de consumo se desarrollan de una manera secuencial, aunque sea discutible los factores o mecanismos que determinan tal evolución. Parece, pues, importante analizar las etapas iniciales del consumo, su eventual desarrollo y las variables que inciden en él (EL-ASTAL, 1998; Luengo y otros, 1996; Serrano y otros, 1994; Otero-López, Mirón y Luengo, 1991). Las drogas forman parte, de un modo u otro, del escenario de la juventud, incluso más que de la misma adolescencia. Pero no porque ésta sea normalmente una etapa de contacto, se trata de un momento menos importante, dada la dimensión evolutiva antes reseñada. La adolescencia es, sin duda, un momento especialmente proclive para el comienzo e instalación de tales hábitos. Y ello en razón a las características propias de esta etapa del desarrollo personal, tales como la necesidad y búsqueda de nuevas experiencias, la expresión de la propia autonomía, el cuestionamiento de las reglas sociales, la tendencia a conductas grupales, etc. (Serrano y otros, 1994). Al igual que lo ocurrido con la conducta antisocial, se han asociado muchos factores al uso de drogas, incluyendo la condición socioeconómica (tomar drogas es más común en los grupos marginales); los antecedentes familiares (hay un mayor índice de uso de drogas en las familias con problemas, donde los adultos también las toman o en las que existe ningún compromiso
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 71 religioso); el rendimiento escolar (su uso también es más elevado entre los jóvenes que sacan malas notas); factores psicológicos (el consumo de drogas es mayor entre los jóvenes que tienen poca autoestima); actitudes (los que no tienen puntos de vista tradicionales también suelen tomar más drogas); conducta (entre los que violan la ley en otros aspectos); y factores relacionados con los trastornos emocionales (entre los que están deprimidos o angustiados y cuya vida está repleta de acontecimientos vitales) (Newcomb y Bentler, 1988). Por ello, hemos llevado a cabo un estudio con el que pretendíamos alcanzar dos objetivos: 1) analizar la frecuencia de realización de conductas antisociales y de consumo de drogas entre la juventud palestina, y 2) analizar la relación entre estas conductas y las características personales y de los entornos de socialización de estos jóvenes. Método Muestra La muestra total de este estudio la componen 1004 adolescentes comprendidos entre los 14 y 18 años de la franja de Gaza (Palestina). La unidad primaria de muestreo ha sido el centro educativo. Asimismo, el muestreo ha sido proporcional basándose en los datos oficiales del ministerio de Educación palestino. Los criterios de proporcionalidad han sido: sexo, edad y hábitat. El muestreo fue aleatorio, estratificado y proporcional. El nivel de confianza es del 95,5% y el margen de error del 3,13%. Instrumento de medida y Variables Para los análisis de datos de este trabajo los comportamientos centrales a estudiar serían la conducta social y el consumo de drogas legales e ilegales. La conducta antisocial se evaluó utilizando el Cuestionario de Conductas Antisociales (Mirón, 1990) que incluye ítems de 5 tipos de conducta: Conducta contra normas, vandalismo, agresiones a personas, robo y tráfico de drogas. Para cada ítem el sujeto debe informar de la frecuencia con la que realiza la conducta (Nunca, de 1 a 5 veces, de 6 a 10 veces, más de 10 veces). El consumo de drogas se evaluó preguntando a los adolescentes la frecuencia de consumo (Nunca, 1 ó 2 veces, algunas veces al año, varias veces al mes, varias veces a la semana, todos los días) de cada una de las sustancias incluidas en el estudio: Tabaco, alcohol, cannabis, heroína, cocaína, inhalantes y drogas médicas (anfetaminas y tranquilizantes). Además hemos evaluado todo un conjunto de variables que hacen referencia a 1) las características sociodemográficas: edad, sexo, nivel socioeconómico y lugar de residencia; 2) variables personales: valores instrumentales y finales; 3) características de los entornos de socialización: relación afectiva familiar, apoyo y control del padre y de la madre, relación con iguales desviados y no desviados, satisfacción y rendimiento escolar, satisfacción con el vecindario y creencias y comportamientos religiosos; y 4) otras conductas sociales de los jóvenes: actividades de tiempo libre, sexualidad y comportamiento político. Procedimiento Una vez seleccionados los centros, y después de los permisos pertinentes, se pasaba el cuestionario a los chicos y chicas en horario lectivos. Inicialmente se les pedía su colaboración para participar en una investigación sobre un tema relacionado con gran interés para ellos. Con el fin de disminuir los efectos de deseabilidad social, el cuestionario era anónimo, se pasaba en grupo y por el investigador personalmente. Análisis de datos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 72 Se realizaron análisis descriptivos que proporcionaron la distribución de frecuencias, las puntuaciones medias y la desviación típica de cada una de las variables. Por razones de pertinencia o de claridad, los datos se expresaron frecuentemente mediante porcentajes. Para comprobar la existencia de diferencias estadísticas entre los grupos con relación a las variables, hemos utilizado, según los casos, la prueba (t) de Student, el análisis de varianza (ANOVA), la prueba de Lawshe-Baker, la prueba de Kolmogorov-Smirnov y la prueba de KruskalWallis. Para el análisis de la covarianza entre las variables, nos hemos servido de la Correlación. Finalmente, para realizar análisis predictivos hemos utilizado el Análisis de Regresión Múltiple. Resultados Conducta antisocial Como tónica general, los datos que a continuación referimos nos presentan a los adolescentes poco "antisociales", manifestando haber infringido en muy escasa medida las normas sociales presentadas (Ver Tabla 1). Tabla 1, Puntuaciones medias relativas a conductas antisociales. ROBO AGRESIÓN CONTRA NORMAS VANDALISMO VENTA DROGAS M. TOTAL 0,220 1,672 1,399 0,492 0,050 MUJERES 0,078 0,728 0,458 0,260 0,024 HOMBRES 0,364 2,633 2,355 0,724 0,076 14 AÑOS 0,181 1,479 1,231 0,386 0,047 15 AÑOS 0,527 2,130 1,634 0,783 0,138 16 AÑOS 0,177 1,508 1,219 0,442 0,045 17 AÑOS 0,093 1,716 1,458 0,480 0,020 18 AÑOS 0,247 1,682 1,679 0,381 0,012 RURAL 0,560 1,685 1,500 0,443 0,180 PERIFERIA 0,211 1,716 1,283 0,564 0,047 CENTRO 0,132 1,575 1,538 0,402 0,014 Rango robo: 0-11; Rango agresión: 0-15; Rango contra normas: 0-18; raNgo vandalismo: 0-9; Rango venta de drogas: 0-6. Los resultados son bastante congruentes con trabajos parecidos en contextos culturales distintos al nuestro. Téngase en cuenta que estamos operando con una muestra muy amplia, representativa de la población adolescente Palestina. Ello no obsta para que existan bolsas o grupos de adolescentes delincuentes que, aunque de pequeño peso numérico, puedan constituir un problema inquietante para la convivencia. Tampoco es posible desechar de plano una cierta deseabilidad social en las respuestas, de modo que los sujetos aminoren la frecuencia de sus conductas prohibidas, dado el carácter rechazable de las mismas. No obstante, es obvio que la gran mayoría de los adolescentes está ajustada socialmente. Lo lógico era encontrar lo que tenemos delante. Un estudio como el que hemos realizado debe poner de manifiesto que no estamos ante una población delincuente o predelincuente, pero también evidencia (y esto es lo central) que ya puede rastrearse indicios o tendencias hacia la antisocialidad. En la Tabla 1 se observa que las conductas relativas a la venta de drogas, robo y al vandalismo resultan prácticamente inexistentes. Las conductas de agresión y los "comportamientos contra normas" siendo todavía muy infrecuentes, ya comienzan a aparecer. Con objeto de averiguar si las anteriores puntuaciones marcaban diferencias estadísticamente significativas entre los sexos, las distintas edades y los distintos lugares de residencia de los sujetos en las variables que configuran las conductas antisociales (robo,
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 73 agresión, contra normas, vandalismo y venta de drogas), llevamos a cabo los análisis oportunos a tal efecto. Téngase en cuenta que los datos no se distribuyen normalmente, optamos por la utilización de algunas pruebas no paramétricas dependiendo de cada caso. Así pues utilizamos la prueba de Kolmogorov-Smirnov para contrastar las diferencias entre ambos sexos; y la prueba de Kruskall-Wallis para contrastar las diferencias entre las distintas edades y hábitats. Los análisis diferenciales realizados evidencian de modo inequívoco, para algunas conductas antisociales diferencias significativas entre hombres y mujeres, siempre a favor de los primeros (Robo: K-S=1,943; p<,0,001; Agresión: K-S=6,779; p<,0,000; Contra Normas: KS=7,731; p<,0,000). De modo que, sin duda, puede afirmarse que los adolescentes varones se caracterizan por ejecutar conductas antisociales en mayor medida que las adolescentes mujeres. Sin embargo, en las demás conductas antisociales no se aprecian diferencias significativas (Vandalismo: K-S=1,087; p<,0,188; Venta de Drogas: K-S=0,413; p<,0,996). Por otra parte, es interesante lo que acontece cuando consideramos la variable edad. En general, no hay diferencias entre los grupos en función de la edad. Aunque en algunos casos aparezcan diferencias, no se trata de algo estable y perfectamente delimitado (Chi Cuadrado =6,2786; p<,0,1793). No obstante, el grupo de sujetos de 15 años presenta puntuaciones más elevadas que las de los demás grupos en todos los tipos de conductas antisociales examinadas (excepto en la conducta antisocial de "Contra Normas" que la presentan los sujetos de 18 años). En algunos casos, estas diferencias son significativas estadísticamente (Robo: K-S = CHI CUADRADO =10,4739; p<,0,0332; Vandalismo: K-S = CHI CUADRADO =12,6710; p<,0,0130; Venta de Drogas: K-S = CHI CUADRADO =14,9346; p<,0,0048) y en otros casos no aparece así (Agresión: K-S = CHI CUADRADO =2,8023; p<,0,5914; Contra Normas: K-S = CHI CUADRADO =6,7991; p<,0,1469). Pero lo interesante es la consideración de la tendencia. Posiblemente, los 15 años constituyen un punto de inflexión en la conducta desviada del adolescente. Cuando se analizan las diferencias relativas a las conductas antisociales, tomando la puntuación global de los distintos lugares de residencia, se observan diferencias significativas (CHI CUADRADO =4,6576; p<,0,0974). Dichas diferencias están localizadas entre los sujetos que habitan las zonas rurales y el centro de las grandes ciudades (K-S = 1,339; p<,0,055). Así mismo, se ha realizado un análisis de regresión múltiple (Stepwise), que permita conocer las variables asociadas a las conductas antisociales, y el conjunto de ellas que puedan predecirla. Utilizamos como variable criterio las conductas antisociales, en su puntuación global, y que, hipotéticamente, son susceptibles de presentar algún grado de relación con el comportamiento antisocial en la adolescencia y resultaron significativas en los análisis de correlación (un total de 20). Estas variables están recogidas en la Tabla 2. Tabla 2 1,- RELACIÓN FAMILIAR 2.- CONTROL DEL PADRE 3.- CONTROL DE LA MADRE 4.- EL VALOR "SER RESPONSABLE" 5.- EL VALOR "SER LÓGICO" 6.- EL VALOR "ARMONIA INTERNA" 7.- EL VALOR "LEY Y ORDEN" 8.- IGUALDAD SEXUAL 9.- TOLERANCIA SEXUAL 10,- ASERTIVIDAD 11,- AUTOESTIMA 12.- SOCIABILIDAD 13.- ANTINORMATIVIDAD GRUPAL 14.- SATISFACCION LUGAR DE RESIDENCIA 15.- COHESIÓN VECINAL 16.- INSATISFACCION PERSONAL 17.- SATISFACCION ESCOLAR GENERAL 18.- EL VALOR "DINERO Y BIENES MATERIALES" 19.- EL VALOR "RELIGIÓN" 20,- POWERLESSNESS Los resultados aparecen recogidos en la Tabla 3.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 74 En la ecuación del análisis de regresión aparecen algunas variables más, pero con un peso ya insignificante y con una mínima capacidad de aumentar el coeficiente de determinación. Notase que el porcentaje de varianza explicada no es demasiado alto (36%) y que las variables forman un conjunto muy consistente y muy rico psicológicamente, como luego veremos. Tabla 3. VARIABLES DE LA ECUACION COEFICIENTE BETA 1,- ANTINORMATIVIDAD GRUPAL 2.- SATISFACCIO LUGAR DE RESIDENCIA 3.- TOLERANCIA SEXUAL 4.- SATISFACCION ESCOLAR GENERAL 0,531475 0,142016 0,119108 -0,088551 Los índices mostrados por el análisis de regresión fueron: R = 0,60416; R cuadrado = 0,36501; R cuadrado ajustada =0,35811, Consumo de drogas Consumo de tabaco. Aunque en el Cuestionario General la escala correspondiente va de 0 a 5 puntos en función del grado de consumo, a efectos de mayor expresividad vamos a presentar los datos del siguiente modo: Por una parte, los relativos a los puntos 1 y 2 de la escala, lo que vamos a categorizar como "consumo esporádico"; por otra parte, los puntos 3, 4 y 5, que puede entenderse como "consumo frecuente". Ello permite una presentación más expresiva de los datos y una interpretación más integrada de los mismos. Tabla 4. Puntuaciones del consumo de tabaco. NUNCA CONSUMO ESPORÁDICO CONSUMO FRECUENTE M. TOTAL 65,3 30,2 4,5 MUJERES 83,1 16,3 0,6 HOMBRES 47,4 44,2 8,4* 14 AÑOS 76,0 21,6 2,4 15 AÑOS 70,7 26,4 3,0 16 AÑOS 71,5 23,6 4,9 17 AÑOS 53,8 41,0 5,4 18 AÑOS 52,9 38,8 8,3* RURAL 76,6 17,1 6,3 PERIFERIA 69,3 27,8 2,8 CENTRO 56,2 37,5 6,3* Los números indican porcentajes Una mera lectura de los resultados relativos a la muestra total ya son muy esclarecedores: un pequeño porcentaje (4,5%) casi insignificante fuma frecuentemente, más del 65% no lo ha consumido nunca y el porcentaje restante lo ha probado (ver Tabla 4). Cuando realizamos las correspondientes pruebas de diferencias según el consumo frecuente, hallamos lo siguiente: a) Los chicos fuman significativamente más que las chicas (p<,0,01). b) A lo largo de la edad se produce un aumento del consumo (p<,0,01). Y los sujetos de 18 años son los que más consumen. c) Por último, la comparación en función del lugar de residencia (Área rural/ciudad pequeña, ciudad grande/centro y ciudad grande/barrio) muestra diferencias importantes. Los jóvenes que viven en las grandes
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 75 ciudades consumen más tabaco que los que viven en las zonas rurales (p<,0,01). Con objeto de profundizar en el sentido del hábitat de fumar, hemos realizado un análisis de regresión múltiple, tomando como variable criterio consumo de tabaco y como predictoras aquellas variables incluidas en la investigación y fueron significativas en el análisis de correlación (un total de 16) sobre las que podríamos establecer asociaciones hipotéticamente (Tabla 5). Tabla 5. 1,- RELACIÓN FAMILIAR 2.- CONTROL DEL PADRE 3.- CONTROL DE LA MADRE 4.- SOCIABILIDAD 5.- ANTINORMATIVIDAD GRUPAL 6.-SATISFACCION LUGAR DE RESIDENCIA 7.- COHESIÓN VECINAL 8.- ASERTIVIDAD 9.- AUTOESTIMA 10,- EL VALOR "RELIGIÓN" 11,- EL VALOR "ARMONIA INTERNA" 12.- EL VALORES "SER RESPONSABLE" 13.- IGUALDAD SEXUAL 14.- EL VALOR "TOLERANCIA SEXUAL" 15.- INSATISFACCION PERSONAL 16.- SATISFACCION ESCOLAR GENERAL Los resultados aparecen recogidos en la Tabla 6. Tabla 6. VARIABLES DE LA ECUACION COEFICIENTE BETA 1,- ANTINORMATIVIDAD GRUPAL 2.- VALOR RELIGIÓN 3.- ASERTIVIDAD 4.- CONTROL DE LA MADRE 5.- AUTOESTIMA 0,337447 -0,141182 0,158445 -0,112509 -0,119284 Los índices mostrados por el análisis de regresión fueron: R = 0,44030; R cuadrado = 0,19386; R cuadrado ajustada =0,18337 Consumo de alcohol Si bien en el Cuestionario General hemos asignado dos ítems relativos al consumo de alcohol, diferenciando cerveza y vino de los licores, con objeto de tener una visión menos dispersa y más integrada, hemos agrupado los datos provenientes de dichos items. Además, en vez de expresar las puntuaciones con base en sus valores medios, hemos optado por traducirlos en porcentajes, de modo que el la Tabla 7 se recoge los porcentajes de individuos que manifiestan un contacto con el alcohol (una o dos veces, y varias veces al año) y aquellos de un consumo esporádico (varias veces al mes, y varias veces a la semana). Tabla 7. Puntuaciones sobre consumo de alcohol CONTACTO M. TOTAL 3,1 MUJERES 1,2 HOMBRES 4,0* 14 AÑOS 0,6 15 AÑOS 3,0 16 AÑOS 2,6 17 AÑOS 2,6 18 AÑOS 6,0* RURAL 2,7 PERIFERIA 1,7 CENTRO 3,8* Los números indican porcentajes Los datos relativos a la muestra total proporcionan una instantánea de la adolescencia en su conjunto: un 97% no consumió nunca y el pequeño porcentaje restante como mucho ha tenido contacto con alcohol. Por otra parte, el análisis de las diferencias entre los grupos considerados refleja lo siguiente:
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 82 La comparación por edad indica que, en general, el contacto con el alcohol es llevado a cabo por adolescentes de 18 años. Este es un dato interesante si tenemos en cuenta que esta es la edad en la que los jóvenes están en la mayoría de edad. Por otra parte, la aparición del contacto a esta edad reside, probablemente, en la pérdida progresiva de control familiar y la aparición de influencias provenientes de muy distintos ámbitos sociales. No obstante, también con respecto al lugar de residencia, se constata que los adolescentes que residen en el centro de las grandes ciudades han tenido contacto con el alcohol más que otros lugares. Probablemente, se debe a la cercanía de los lugares de venta, y por consiguiente tendrán más oportunidades de contactar con ellos. Los resultados del análisis de regresión, a pesar de que el valor de la varianza explicada es bajo, pero no despreciable, muestran que el consumo de alcohol se asocia positivamente a la existencia de un marco grupal que propicie este tipo de conductas. También el consumo se asocia positivamente con relaciones familiares negativas. En tercer y último lugar, por lo que toca al consumo de drogas, y antes de nada parece necesario señalar que el comportamiento de los adolescentes ante las sustancias conocidas vulgarmente como "drogas", desde los porros hasta la heroína, tienen un peso marginal desde un punto de vista cuantitativo (concretamente, 0,2% en cannabis, el mismo porcentaje en cocaína, y 0,1 en heroína). Con lo cual se niega que pueda haber adolescentes adictos a este tipo de drogas, e incluso que haya ámbitos sociales o geográficos donde el consumo sea importante. Las diferencias referidas a este contacto se dan al nivel de sexos, edades y hábitats. Las mujeres nunca han tenido contacto con este tipo de drogas. Probablemente, debido a la menor libertad femenina y a la existencia de mayores restricciones para moverse en círculos donde sea frecuente el contacto. Merece una mayor atención, a nuestro entender, este otro resultado: el hecho de que los sujetos de 15 años son el porcentaje más alto que tuvo contacto con las drogas. La importancia de esta conclusión es doble: por una parte, se puede considerar como edad de inicio al consumo. Téngase en cuenta, la no existencia de consumo antes de esta edad. Y por otra, esta misma edad es la que más realizaba las conductas antisociales. Por consiguiente, al estar hablando del inicio en el consumo de drogas ilegales, este resultado, puede tener un valor epidemiológico y apunta a la necesidad de iniciar las campañas de prevención a esta edad o un poco antes. Por otra parte, la edad de 18 años como el segundo grupo que ha mantenido contacto con las drogas, no se puede obviarse. La explicación más lógica, contrastada por otros estudios (Serrano y otros, 1994; EL-ASTAL, 1998; Faro, 2001), reside en la disminución del control familiar por considerarse mayor de edad, y la aparición de influencias provenientes de muy distintos ámbitos sociales. En lo que se refiere al consumo de inhalantes. Se observa, en relación con las otras drogas ilegales vistas en este estudio, un aumento del consumo. Probablemente, por ser fáciles de adquirir. Cuando analizamos el consumo en relación con el sexo, de nuevo encontramos que los chicos han mantenido mayor contacto que las mujeres. En relación con la edad, se constata un incremento lineal en el contacto con los inhalantes hasta los 17 años y luego desciende ligeramente. Probablemente, este aumento se debe a la búsqueda de sensaciones, y a los 18 años empiezan a darse cuenta de los efectos peligrosos de estas sustancias sobre la salud, y por consiguiente, disminuye el contacto. Finalmente, el hecho de encontrar que el mayor consumo se realiza en el centro de las grandes ciudades. Probablemente, se debe, como señalamos anteriormente en el consumo de alcohol, a la cercanía de los lugares de venta.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 83 Por lo que respecta a las drogas legales (anfetaminas y tranquilizantes), al igual que el caso anterior, el consumo es notable. En relación con el sexo, se produce todo lo contrario que encontramos en el caso de los inhalantes, es decir, globalmente, la mujer ha mantenido mayor contacto que el varón. Probablemente, la mujer experimentó por la creencia de que esta droga mejora determinadas habilidades físicas y psicológicas. Por otra parte, la edad se relaciona con el contacto, observándose un menor contacto en la adolescencia temprana (14 años). Probablemente, se debe al mayor control familiar sobre esta edad. Finalmente, habría que subrayar, el hecho de que los adolescentes del centro de las grandes ciudades tuvieron el menor contacto que los distintos hábitats. Probablemente, por prestar mayor atención a otras drogas. Y por último, los tranquilizantes. Es la droga más consumida por los adolescentes. Así, observamos más del 20% de los sujetos de 18 años, mantuvo contacto. Probablemente, se debe a la situación de estrés en que encuentran estos sujetos por encontrarse en el último curso del instituto donde se decide su paso a la universidad. Finalmente, podemos concluir que la adolescencia es la edad en la que se produce mayoritariamente el inicio en el consumo de estos nocivos productos. En segundo lugar, no todos los patrones de consumo y las variables demográficas (edad y sexo) tienen la misma trascendencia en la adolescencia. Finalmente, los factores de riesgo pueden encontrarse en diversos ámbitos: desde el punto de vista escolar, motivados por una mala adaptación al centro o la escasa integración en su actividad, el bajo rendimiento y la ausencia de expectativas, de las propias características personales de cada alumno, tales como la falta de autonomía, baja autoestima, falta de responsabilidad o la poca tolerancia a la frustración, e incluso en el propio ámbito familiar, a través de una excesiva protección, la falta de comunicación o situaciones familiares conflictivas, mientras que también en las relaciones con el grupo, a través de una posición de debilidad frente al grupo, o excesiva dependencia, pueden encontrarse factores de riesgo a tener en cuenta. Así pues, la familia, la escuela y la propia sociedad constituyen los ejes básicos a la hora de diseñar y desarrollar los programas y estrategias de actuación de cara a prevenir las drogodependencias entre los jóvenes, para lo cual también es fundamental un estrecho conocimiento y control de los factores de riesgo, como señalamos anteriormente, que pueden provenir, del medio educativo, de las características personales del individuo, de sus relaciones con el grupo, del entorno familiar o incluso de determinantes socioculturales. Referencias Becedóniz, C. y Rodríguez, F. J. (2004). Los factores primarios de éxito. Informe realizado para Instituto de Atención a la Infancia del Principado de Asturias. Berthelot, J. M., (1988). Reflexions sur la pertinence du concept de socialisation. En Analyses des modes de socialisation, IRESE, Univ. L. Lumiére, Lyon 2. Clausen, J.A. (1976). Drug Abuse. In Merton, R. y Nisbet, R. (Eds.). Contemporary Social Problems. Harcourt: Nueva York EDIS (1981). La Marginación Social del Menor. Madrid: Dirección General de la Juventud EDIS (1985). El consumo de drogas en España. Madrid: Cruz Roja Española. EDIS (1989). El consumo de drogas en Galicia. Santiago: Xunta de Galicia. EL-ASTAL, S. (1998). Análisis psicológico de la adolescencia. Perfil psicosocial del adolescente palestino. Tesis Doctoral. Universidad de Santiago de Compostela. Elliot, D. S., Huizinga, D. y Ageton, S.S. (1982). Explaining delinquency and drug use. National Youth Survey Project Report, No. 21, Colorado: Behavioral Research Institute Boulder. Elzo, J., Andrés Orizo, F., González Blasco, P., Del valle, I. (1994). Jóvenes españoles 94. Madrid: Ediciones SM. Fariña, F. y Arce, R. (2003). Avances en torno al comportamiento antisocial evaluación y tratamiento. Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos sociales.
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 87 Bloque II Violencia Doméstica
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 89 ABORDAJES INTER-CULTURALES DE LA VIOLENCIA FAMILIAR: TEORÍA E INVESTIGACIÓN Autoras: Carla Machado Ana Rita Conde Dias Institución: Departamento de Psicologia, Universidade do Minho, Portugal Introducción La literatura sobre la violencia intrafamiliar ha sido relativamente omisa en cuanto a las influencias culturales sobre este fenómeno (Lesvesque, 2001; Campbell, 1999). Aunque existan propuestas de abordajes ecológicos a los malos tratos, y que la mayoría de los textos conceptuales mencione la influencia de las actitudes culturales sobre la violencia, raros son los autores que se dedican más detalladamente sobre esta dimensión y más raros aún los estudios empíricos que abordan específicamente la dimensión cultural de estas conductas. Más recientemente, varios autores han reclamado la necesidad de una mayor atención a las cuestiones culturales, enfatizando, entre otros aspectos, las dificultades de definición y de evaluación de los malos tratos incrementadas por la variabilidad cultural, la hiperrepresentación de los grupos desfavorecidos y minoritarios entre la población objeto de la intervención judicial (Abney, 2002) y la intersección del género, de la clase y de la raza en la experienciación de la marginalización y de la violencia. Tal conciencia tiene también conducido a un creciente número de autores preocupados con la cuestión de la calificación cultural de los técnicos, es decir, con la necesidad de que éstos estén preparados para entender, lo mejor posible, la visión del mundo de los sujetos con los cuales lidian, adaptando sus prácticas a tales especificidades culturales (ibidem). Aunque no sea enteramente claro en lo que consiste, o deberá consistir tal adaptación, atendamos, por ahora, a la forma como estos tipos de preocupaciones tienen dado lugar a estudios más atentos a la dimensión cultural de la violencia familiar. Cultura y violencia Modelos de influencia y tipos de estudios Aunque la forma más obvia de pensar en la relación entre cultura y violencia sea, probablemente, la noción de que las prácticas violentas son estimuladas por actitudes culturales que les son favorables o, por lo menos, tolerantes, Levesque (2001) considera cuatro otros modos por los cuales la cultura puede afectar la violencia: la definición de lo que es o no una conducta abusiva, las formas y niveles de relato de los malos tratos sufridos, el impacto de los abusos vivenciados y el significado que les es atribuido. El análisis de estas diferentes dimensiones no ha sido igualmente abordado por los estudios, siendo que la mayoría de las investigaciones conducidas en contexto occidental se ha organizado en torno a la identificación de la frecuencia de la violencia familiar, del análisis de sus correlatos sociodemográficos y psicológicos y del estudio de sus efectos (Machado, en prensa). Más recientemente, varias tentativas han existido para extender este perfil de estudios a otros contextos geográficos y grupos étnicos, resultando en una literatura que ya va siendo abundante, aunque poco sistemática, sobre los niveles de malos tratos familiares en otros países y variables que les están asociadas. El grado de sensibilidad cultural de estos estudios varía, no obstante, de forma substancial, desde aquellos que sólo replican, en espacios geográficos diferentes, los modelos de investigación occidentales, a los que intentan interpretar sus resultados de frecuencia en el contexto cultural del estudio. Este es, por veces discutido a partir de presuposiciones genéricas no estudiadas empíricamente (ejemplo, el colectivismo en
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 90 los contextos asiáticos o el machismo en las comunidades hispánicas), pero otros estudios analizan de forma más detallada las creencias y prácticas culturales de grupos o regiones específicas. Así, podemos, de nuestro punto de vista, agrupar los estudios culturales en tres grandes categorías: a) los estudios antropológicos o etnográficos, casi siempre de naturaleza cualitativa y usualmente centrados en pequeñas comunidades preindustriales; b) los estudios interétnicos, que comparan diferentes grupos étnicos que residen en un mismo contexto geográfico; y c) los estudios interculturales, que buscan obtener indicadores sobre las tasas y actitudes cuanto a la violencia en diferentes países y regiones del globo. Pasemos, pues, a una revisión, aunque sin pretensiones de exhaustividad, de los diferentes modelos de investigación y sus resultados, centrándonos, por una cuestión de brevedad, en la violencia conyugal ejercida por los hombres contra las mujeres. Estudios antropológicos y etnográficos Según Brown (1999) es aún posible establecer, dentro de los estudios antropológicos, una diferenciación adicional: los estudios de tipo correlacional (que buscan asociar los niveles de violencia documentados en diferentes contextos con las condiciones de vida ahí vividas) y los estudios descriptivos centrados en comunidades específicas. Globalmente, los estudios antropológicos han documentado la amplia diseminación del fenómeno de la violencia contra las mujeres - mucho más que de los malos tratos infantiles - habiendo mismo autores (Campbell, 1999) que consideran una variable universal. Levinson (1989), en su análisis de 90 sociedades campesinas y de pequeña dimensión, refiere que la violencia conyugal alcanzaba por lo menos ocasionalmente, un 84,5% de las sociedades estudiadas: ocurría en casi todas las parejas un 18,8%, en la mayoría un 29,9%, en una minoría de bodas un 37,8% y nunca o raramente un 15,5%. A pesar de esta generalización del problema, los estudios han identificado claramente diferentes perfiles de victimación: Counts (1990 cit. Campbell, 1999), por ejemplo, distingue entre "wife beating" (agresiones más puntuales y de menor gravedad, existentes en la gran mayoría de las sociedades) y "wife battering" (actos severos y recurrentes de violencia y controlo masculino). Por su parte, Levinson (1989) distingue sociedades donde la agresión sólo es tolerada en situaciones de adulterio, otras donde es aceptada en caso de que sea percibida como merecida (por ejemplo, por el incumplimiento de deberes por parte de la mujer) y, finalmente, grupos culturales donde la agresión conyugal es tolerada de modo indiferenciado. Según el autor, aunque las primeras situaciones sean muy comunes, la tolerancia indiscriminada de la violencia es substancialmente más rara. Tales datos son corroborados por la afirmación de Campbell (1999) de que la mayoría de las culturas dispone de algún tipo de normas reguladoras de la violencia, estableciendo parámetros dentro de los cuáles ésta es considerada aceptable y no suscita intervención exterior, pero permitiendo esta interferencia cuando la agresión es claramente percibida como excesiva, peligrosa o inmotivada. Del punto de vista de los factores que predicen los malos tratos, estos estudios han relacionado la violencia conyugal con el estatuto inferior de la mujer, la violencia social generalizada, los celos sexuales masculinos, el aislamiento de la mujer y la centralidad de las alianzas masculinas en el tejido social. En lo que es probablemente el más sólido estudio antropológico correlacional publicado, Levinson (1989) refiere cuatro factores culturales que predicen la violencia conyugal: la desigualdad económica entre sexos, el recurso usual a la violencia como forma de resolución de los conflictos, la autoridad masculina en casa y la imposibilidad de divorcio. Por otro lado, los estudios antropológicos tienen también valorado la existencia de factores protectores contra la violencia conyugal, como sean la visibilidad pública de la actividad doméstica, la existencia de sanciones inmediatas y percibidas como correctas (que pueden ir desde castigos legales a la represalia familiar o creencia en una sanción divina), la disponibilidad de estructuras de apoyo para las mujeres que quieran abandonar la boda, y la existencia de redes de solidaridad femenina (Campbell, 1999). Es, todavía, de destacar el
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 91 papel ambivalente de las relaciones entre mujeres, que pueden ser fuertemente protectoras (Levinson, 1989), pero también un estímulo y una fuente de legitimación de la violencia. Tal es el caso, por ejemplo, cuando la jerarquía de género está asociada a una fuerte jerarquía etaria y cuando la cultura valora en extremo la subordinación y la castidad femenina, siendo que frecuentemente las mujeres más viejas estimulan o legitiman la violencia contra las más jóvenes, tanto para que preserven su aceptabilidad social (ejemplo, mutilación genital femenina por parte de las madres para que se mantenga el valor social de las hijas), como para que refuercen su estatuto personal e intereses familiar (exigencia de dotes y de subordinación de la prometida a la suegra, asociada a agresiones en caso de incumplimiento de estos deberes) (Campbell, 1999). Estudios interétnicos Frecuentemente los datos nacionales de frecuencia son presentados como un todo, olvidando las variaciones regionales, de clase o étnicas. Algunos estudios recientes tienen, sin embargo, buscado diferenciar las tasas de violencia familiar entre diferentes grupos étnicos de un mismo país, estableciendo una conexión de estos indicadores con las tradiciones y prácticas culturales específicas de cada grupo. El estudio de Malley-Morrison y Hines (2004) es, a nuestro ver, uno de los mejores ejemplos de este tipo de investigación, distinguiendo cuatro grupos étnicos minoritarios en los EUA - los indios americanos, los afro-americanos, los hispánicos/latinos y los asiáticos-americanos. Según estos autores, las comunidades nativas americanas están aún poco estudiadas en lo que concierne a esta temática, en buena parte debido a las resistencias generadas por una historia de dominación y exclusión. Así, no hay indicadores seguros que permitan comparar las tasas de frecuencia de esta comunidad con las restantes. Del punto de vista de los factores que predicen y que se correlacionan con la violencia, el alcohol es uno de los más frecuentemente mencionados. Esta relación es, todavía, obscurecida por la elevada tasa de consumo de alcohol en este grupo étnico como un todo, cuando comparado con otros. Comparativamente con la comunidad india, el grupo étnico africano ha recibido substancial atención. Eso resulta en la afirmación común de que este grupo tiende a ser más tolerante en relación a la agresión física intrafamiliar, excepto contra los ancianos (MalleyMorrison y Hines, 2004). En lo que concierne específicamente a las mujeres, estos autores consideran que tendencialmente éstas ocupan un papel céntrico en la familia y que la tradición cultural es de relativa igualdad y respeto (afirmación, como veremos adelante, no corroborada por otros estudios en países africanos). Hay, todavía, indicadores preocupantes de violencia conyugal en estas familias, superiores a los verificados en otras comunidades, lo que podrá, por lo menos en parte, ser fruto de la asociación entre etnia y nivel socioeconómico. Es evidente que la confirmación de esta hipótesis está condicionada por la pobreza surge como un predictor importante de las agresiones más severas entre la comunidad africana. Hay, por otro lado, una vigilancia diferencial de estas comunidades por parte de los profesionales, lo que podrá llevar al relato aumentado de prácticas toleradas o ignoradas en otras comunidades. La comunidad latina ha venido también a ser estudiada, aunque sean insuficientes los datos para permitir afirmar certezas en cuanto a las diferencias en las tasas de frecuencia de los malos tratos, entre ésta y los restantes grupos étnicos de los EUA. Factores socioeconómicos y “estresores” comunitarios, asociados a la marginalización social, podrán contribuir para la violencia en esta comunidad, a la semejanza del verificado con los grupos africanos. Dimensiones de naturaleza cultural, tales como el familiarismo (preservación de la familia y protección contra intrusiones externas), machismo (concepción de honra y masculinidad asiente en la jerarquía), marianismo (concepción de la mujer como repositorio de honra, fuerza espiritual y auto-sacrificio), fatalismo (creencia en el destino y en la ausencia de autodeterminación) y el fuerte catolicismo son también ampliamente relacionadas con la violencia familiar en este grupo étnico. Por su parte, otros factores históricos, como la migración, discriminación y racismo también son asociados a la creación de condiciones para la violencia, expresamente a través de la disolución de los lazos familiares de soporte, del
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PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 99 INFLUENCIA DE LA SATISFACCIÓN CON LA PAREJA EN LAS ACTITUDES HACIA LA VIOLENCIA DOMÉSTICA Autoras: Inmaculada Valor-Segura Francisca Expósito Jiménez Institución: Universidad de Granada Introducción La aproximación a los datos epidemiológicos sobre la violencia de género son indudables referencias de la necesidad de abordar esta problemática, dado que reflejan una situación que resulta cuanto menos, sorprendente. Muy relacionadas con la forma en la que explicamos el mundo que nos rodea, y por tanto, la manera en la que hacemos determinadas atribuciones, están las creencias que mantenemos respecto a nuestro objeto de percepción, creencias arraigadas al sistema social del que procedemos e influenciadas por el estado emocional en el que nos encontremos. Si bien la mayoría de la literatura sobre el tema se ha esforzado en apuntar diferentes factores que pudieran estar a la base de la violencia de género, desde el abuso de sustancias o alcohol, situación de desempleo en la familia, o incluso un patrón de celos patológicos, lo cierto es que éstos son sólo algunos de los factores que contribuyen a que se desencadene el acto brutal que asoma a la luz pública. Todas ellas son variables generadoras de estrés que, afrontadas negativamente, podrían justificar la presencia de los malos tratos, aunque ciertamente ninguna de ellas pueden tomarse como causas que por sí mismas sean capaces de explicar el hecho. Una de las principales líneas de investigación en relación con la violencia doméstica va encaminada a examinar la relación de ésta con la satisfacción marital/conflicto marital. Holtaling y Sugarman (1990) mostraron que niveles altos de conflicto marital estaban significativamente asociados con un incremento en la probabilidad de agresión a la mujer. Sin embargo, Coleman y Straus (1986) encontraron que el conflicto marital tenía un efecto independiente de la violencia de género. Por su parte, Corrales (1975) mostró que las relaciones en las que las mujeres eran dominantes, son además las que suelen tener los menores índices de satisfacción marital. La satisfacción marital parece jugar un papel moderador tanto en la toma de decisión en la pareja como en la precipitación de situaciones de violencia, sobre todo cuando no existe acuerdo en las decisiones que se han de adoptar (Babcock, Waltz, Jacobson, y Gottman, 1993). Se ha postulado que la dependencia de la esposa en la relación marital está también asociada con altos niveles de violencia (Kalmuss y Straus, 1982). Posteriormente Kalmuss y Straus (1989) estimaron una relación entre la dependencia marital e incidentes de violencia mostrando que la dependencia marital refuerza la probabilidad con que la mujer tolerará abusos físicos de sus maridos. Barrón y MartínezIñigo (1999) apuntan que las mujeres han sido socializadas para tolerar las adversidades que afectan a sus relaciones, cosa que no ocurre en los hombres (González y Santana, 2001). El propósito de nuestra investigación es por tanto examinar la reacción social que suscita la violencia en el seno doméstico y reflexionar acerca de los niveles de tolerancia que nuestra sociedad mantiene ante esta problemática y de qué manera la situación personal en la que nos encontremos afecta al modo en que percibimos realidades tan aterradoras como es la violencia contra las mujeres.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 100 Objetivos e Hipótesis El objetivo fundamental de esta investigación es analizar variables relacionadas con el estado emocional del participante (satisfacción, unión afectiva y grado de influencia en la relación de pareja) y la valoración social que se haga de la violencia doméstica. Hipótesis 1: Análisis exploratorio del papel que la satisfacción en la relación de pareja de los participantes jugaba en la percepción de los episodios agresivos. Pretendemos comprobar si factores personales tales como la satisfacción, unión afectiva y el grado de influencia en la relación de pareja podrían ser factores importantes a la hora de hacer una valoración de un episodio de violencia. Inferimos que la satisfacción podría ejercer algún tipo de influencia a la hora de justificar una agresión. Hipótesis 2: Esperamos encontrar diferencias en la forma en la que los participantes van a percibir los episodios descritos en función del grado de influencia que ejerce la pareja. En este sentido, esperamos que aquellas personas con niveles más altos de dependencia en su relación de pareja realicen una valoración menos negativa ante el episodio de violencia descrito que aquellos con niveles más bajos de influencia en su relación de pareja, especialmente en las mujeres. Método Participantes La muestra estuvo compuesta por 700 participantes con edades comprendidas entre 11 y 82 años, con una media de 27,01 (SD = 12,91). El 39,6% de la muestra estuvo compuesta por hombres y el 60,4% por mujeres. La situación sentimental de nuestros participantes en el momento de contestar la batería de cuestionarios, fue la siguiente: el 81,3% mantienen o habían mantenido una relación de pareja. La puntuación media del nivel de religiosidad de los participantes fue de 4,27 (SD= 2,15). El 19,5% se consideraban moderadamente religiosos, un 17,1% nada religioso en absoluto y tan sólo un 1,3% de los participantes se consideraban extremadamente religiosos. Instrumentos Se construyo un cuestionario que incluía entre otras, las siguientes medidas: 1. Características sociodemográficas. Se preguntaba a los participantes el sexo, edad, nivel de estudios realizados, situación laboral, grado de religiosidad, situación sentimental o de pareja. 2. A continuación se presentaba un episodio que correspondía a la transcripción real de una llamada realizada por una mujer a un teléfono de atención a víctimas donde narraba un ataque agresivo por parte de su marido. 3. Listado de medidas sobre Actitudes hacia el episodio de agresión contra la mujer: “¿cree que la mujer ha contado los hechos como ocurrieron?”, “¿Cree que exagera los hechos?”, “¿Cree que ella provocó la pelea de alguna manera?”, “¿Cómo de grave considera el episodio descrito?”, “¿Qué grado de control cree que tiene la mujer sobre lo ocurrido?”, “¿En qué medida considera que la mujer ha podido tener parte de culpa en lo que ha ocurrido?”, “¿En qué medida considera que el hombre ha podido tener parte de culpa en lo que ha ocurrido?”, “¿En qué medida le parece a usted que la agresión está justificada?”, “¿Qué probabilidad cree que existe de que la agresión vuelva a repetirse?”. Todas las preguntas fueron contestadas mediante una escala tipo Likert de siete puntos en la que 1 reflejaba total grado de acuerdo y 7 total grado de desacuerdo. Algunos ítems fueron invertidos para evitar el sesgo de respuesta. 4. Una medida sobre la Relación de pareja que incluye dos ítems: “¿Cuál es el grado de unión afectiva que tiene con su pareja?” el formato de respuesta fue mediante una escala tipo Likert de siete puntos, donde 1 indicaba muy bajo grado de unión afectiva y 7 muy alto. El otro ítem fue: “En general, ¿Cómo de satisfecho/a está con su relación?” cuyo formato de
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 101 respuesta fue también tipo Likert de siete puntos, donde 1 indicaba nada satisfecho y 7 muy satisfecho. 5. Para medir el grado de Influencia que ejerce la pareja, utilizamos una subescala de una medida más general, el Closseness Relationships Inventory (Berscheid, Snyder y Omoto, 1989) que consiste en 9 ítems: mi pareja…”Influye en mi seguridad económica”, “Influye en las cosas importantes de mi vida”, “No influye en cómo gasto el dinero”, “No influye ni ha influido en el trabajo que he elegido”, “Influye o influirá en el tiempo que dedico a mi trabajo”, “Influye en el tipo de reuniones y acontecimientos sociales a los que asisto”, “Influye en lo que pienso de mí mismo”, “Influye en la frecuencia con que veo a mis amigos/as y en el tiempo que paso con ellos/as”, “No influye en cómo empleo mi tiempo libre”. El formato de respuesta fue mediante una escala tipo Likert de siete puntos, donde 1 indica totalmente en desacuerdo y 7 totalmente de acuerdo. Obtuvimos una consistencia interna de ,52, siendo ésta para la escala global de ,84 (34 ítems) (Berscheid y cols., 1989) Procedimiento Todos los participantes accedieron a contestar la batería de cuestionarios individualmente a petición del personal colaborador de manera voluntaria durante el curso académico 2001-2002. Se les garantizaba la confidencialidad absoluta en el manejo de los datos. Resultados Los resultados descriptivos mostraron, respecto al grado de unión afectiva con su pareja, que el 53,5% de los participantes manifestaba tener un grado de unión “muy alto” mientras que tan sólo un 1,3% manifestaban un grado de unión afectiva “muy bajo”. En lo referente al grado de satisfacción con la pareja, el 47% de la muestra manifestaba estar “muy satisfecho” frente al 1,5% que manifestó estar “nada satisfechos”. Hipótesis 1, Para poder determinar cuáles de estas medidas resultan ser buenos predictores a la hora de justificar un episodio de violencia, realizamos un Análisis de Regresión Múltiple en el que incluimos simultáneamente como variables predictoras la edad, nivel de estudios, el grado de unión afectiva con su pareja, la satisfacción con la relación y el grado de influencia total que ejerce la pareja. Esta última variable consistió en la puntuación media total de la Influencia que ejerce la pareja, subescala que pertenece a la escala general Closeness Relationships Inventory (Berscheid y otros, 1989). La variable dependiente que utilizamos fue la justificación de la agresión. Todas las variables incluidas en el análisis explicaron el 7% de la varianza (R2 = ,070), F (6,467)= 5,78, p<,001). Tabla 1. Factores individuales como predictores ante la justificación de una agresión. Beta t Sig. Edad -,044 -,95 ,344 Estudios -,211 -4,48 ,000 Grado de unión afectiva ,030 ,45 ,651 Grado de satisfacción -,183 -2,78 ,006 Grado de Influencia total -,017 -,37 ,710 Como podemos observar en la tabla 1, obtuvimos puntuaciones beta significativas solo en dos de las variables predictoras introducidas: nivel de estudios y el grado de satisfacción
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 102 con la relación. De tal modo que tanto una variable como otra podrían estar influyendo a la hora de juzgar una situación de violencia doméstica. Hipótesis 2. Para comprobar las diferencias en la forma en la que van a percibir los episodios descritos en función del grado de influencia que ejerce la pareja, procedimos a calcular la puntuación mediana de la escala Influencia que ejerce la pareja que resultó ser de 4,33. Esta nos sirvió como punto de corte para crear dos grupos, de manera que un grupo estuvo compuesto por aquellos participantes con puntuaciones por debajo de la mediana (baja influencia) y otro, por los que obtuvieron puntuaciones en la escala por encima de la mediana (alta influencia). Se utilizaron como variables dependientes el listado de actitudes hacia el episodio agresivo. Como podemos observar en la Tabla 2, obtuvimos diferencias significativas en dos de las variables dependientes estudiadas pero sólo en las mujeres tal y como esperábamos. Los resultados muestran una tendencia a justificar en mayor medida el episodio agresivo por parte de aquellas mujeres que mantienen un alto grado de influencia con su pareja que aquellas mujeres con niveles bajos de dependencia marital. Aunque en sólo dos de las medidas obtuvimos diferencias significativas, el resto de medidas siguen la misma tendencia, es decir, el grupo formado por los participantes con altos niveles de influencia marital otorga mayor culpa y mayor control a la víctima del episodio agresivo en comparación con el grupo de baja influencia. Tabla 2. Puntuaciones medias de mujeres en las diferentes medidas analizadas en función del grado de Influencia en la pareja Baja influencia Media SD Alta influencia Media SD F Sig. ¿Cree que la mujer provocó la agresión…? 1,66 1,13 1,81 1,29 1,07 ,302 ¿Grado de control cree que tiene la mujer…? 2,20 1,33 2,56 1,56 4,38 ,037 ¿Cree que la mujer exagera contando los hechos…? 1,93 1,24 1,99 1,22 ,141 ,707 ¿…culpa de la mujer en lo ocurrido?” 1,71 1,06 2,01 1,24 4,60 ,033 ¿…culpa del hombre lo ocurrido? 6,16 1,28 6,11 1,22 ,101 ,750 Discusión La violencia masculina ha sido tolerada tradicionalmente como algo natural y trasmitida mediante la educación, lo que ha ocasionado el que exista una cierta aceptación social de la violencia o al menos, no haya un rechazo rotundo. La sociedad responde ante situaciones de violencia tratando de buscar posibles provocaciones de la víctima convirtiéndola en responsable de su propia victimización cuando son agredidas por sus maridos y/o compañeros. Consistente con literatura previa los resultados mostraron que variables tales como la satisfacción podría ser un predictor indirecto a la hora de legitimar una agresión. Aunque no estaba contemplado en nuestras hipótesis principales, hemos observado que la educación funciona como variable predictora a la hora de justificar un episodio agresivo. Estos resultados han sido encontrados en otras investigaciones como las realizadas por Fareley, Steeh, Krysan,
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 103 Jackson y Reeves, (1994) que constatan que a mayor nivel de educacion, actitudes menos perjuiciosas en general. Como hemos observado la dependencia marital influye en la manera en la que percibimos un episodio de violencia y especialmente en el caso de las mujeres, los resultados han mostrado que niveles mas altos de dependencia marital se tiende justificar de alguna manera un episodio agresivo, otorgándole mayor culpabilidad y control a la víctima y minimizando la culpa del agresor. Una explicación ante este resultado es el importante papel que siguen jugando los roles tradicionales muy interiorizados y arraigados aún en la sociedad, especialemente en las mujeres. Roles que resaltan el papel tradicional que el hombre ha desempeñado tanto en la sociedad como en la familia al que se le estaba permitido el uso del castigo físico para mantener el orden y al que había que satisfacerle sus necesidades, debilitando de esta manera la resistencia de la mujer ante la desigualdad. En un estudio realizado por Walker (1999), esta autora encontró que las mujeres víctimas de malos tratos provenían de familias con valores muy tradicionales respecto a los roles de género. Los resultados del presente estudio muestran la importancia de evaluar el papel de las atribuciones realizadas ante una situación de violencia para entender cuáles son los procesos que están mediando, influyendo o incluso manteniendo una situación de las características de esta problemática social. Es preciso, pues, una transformación de los valores más tradicionales que siguen manteniendo una visión desigual de los derechos y dignidad de hombres y mujeres (Expósito y Moya, 2005). Referencias Babcock, J., Waltz, J., Jacobson, N. y Gottman, J. (1993). Power and violence: The relation between communication patterns, power discrepancies, and domestic violence. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 61, 40-50, Barrón, A. y Matínez-Iñigo, D. (1999). Atribuciones de causalidad y responsabilidad en una muestra de casados y divorciados. Psicothema, 11, 551-560, Berscheid, E., Snyder, M. y Omoto, A.M. (1989). The Relationships Closseness Inventory: Assesing the closeness of interpersonal relationships. Journal of Personality and Social Psychology, 57, 792-807. Coleman, D. H. y Straus, M.A. (1986). Marital power, conflict, and violence in a nationally representative sample of American couples. Violence and Victims, 1, 141-157. Corrales, R.G. (1975). Power and satisfaction in early marriage. En R.E. Crowell y D.H. Olson (Eds.), Power in families (pp. 197-216). Nueva York: Wiley. Expósito, F., y Moya, M. (2005). Violencia de género. En F. Expósito y M. Moya (Coord.), Aplicando la Psicología Social. Madrid: Editorial Pirámide. Farley, R., Steeh, C., Krysan, M., Jackson, T., y Reeves, K. (1994). Stereotypes and segregation: Neighborhoods in the Detroit area. American Journal of Sociology, 100, 750-780, González, R. y Santana, J. D. (2001). La violencia en parejas jóvenes. Psicothema, 13, 127131, Hotaling, G. T. y Sugarman, D. B. (1990). A risk marker analysis of assaulted wives. Journal of Family Violence, 5, 1-13. Kalmus, D.S. y Straus, M.A. (1982). Wife’s marital dependency and wife abuse. Journal of Marriage and the Family, 44, 277-286. Kalmus, D.S. y Straus, M.A. (1989). Wife’s marital dependency and wife abuse. En M.A. Straus y R. H. Gelles (Eds). Physical Violence in American Families. New Brunswick, NJ: Transaction Publishers. Walker, L. (1999). The battered woman syndrome. Springer, Nueva York.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 104
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 105 CREENCIAS Y PRÁCTICAS DE LOS JUECES SOBRE LA VIOLENCIA CONYUGAL Autoras: Sónia Martins Carla Machado Institución: Departamento de Psicologia, Universidade do Minho, Portugal Introducción De tribunal para tribunal, de juez para juez ha sido documentado la existencia de diferencias dramáticas en la forma como las mujeres agredidas son tratadas; la discrepancia entre la legalidad instituida en el Código Penal y la legalidad practicada; y la necesidad de que los encuentros entre las víctimas y que los jueces sean comprendidas en un amplio contexto social (Ptacek, 1999). Esto ocurre, en parte, porque el acto de juzgar es complejo y tiene un fuerte componente subjetivo. Hay estudios que demuestran que, en la elaboración de un veredicto, son ponderadas variables, entre las cuales la evaluación de cuestiones relacionadas con “fantasmas” culturales, muchas veces imperceptibles a primera vista (Schullofer, 1998; cit Ferreira, 2003), que conducen a una gran disparidad en las sentencias jurídicas decretadas por diferentes jueces, en juicios de casos semejantes. Silveira (2001, cit APMJ, 2001: 17), señala que la ley referente a los malos tratos físicos y psicológicos, sobre todo el nº 2 del artº 152º, es «simple, vaga y lacónica», lo que exacerba esta divergencia. Estos hechos llevan algunos autores a que afirmen que los éxitos a nivel legal son altamente dependientes de las actitudes individuales (p.e., Ford, Rompf, Fargher y Weisenful, 1995; cit Marlin y Ruso, 1999) y de los valores personales de los jueces (Sobral, 1997) y no tanto de preceptos legales previamente establecidos. OsWard (1992, cit Fernandes, 2003), por ejemplo, especifica que en las sentencias finales de los jueces, se pueden encontrar además de características jurídicas, provenientes del “pensamiento legal” adquirido en la formación académica, características personales, como valores y actitudes. Martins (1999), por su parte, refiere que la complejidad de las situaciones, la no formación específica de los jueces en determinadas área, las actitudes y valores propios y la experiencia anterior, pueden originar abordajes románticos, inadecuados, ambiguas, sin carácter preventivo y efectiva protección. Otros estudios (Ej.: Debuyst, 1986; cit Ferreira, 2003) muestran que, a veces, los jueces en vez buscar evaluar hechos, enfatizan las evidencias que van al encuentro de sus creencias y de su construcción de la realidad, siendo que cuanto más se apartan esas evidencias de su “certeza” (de su lectura de la realidad), menos creíble se hace la acusación (La Free, 1980; cit Ferreira, 2003). Además de eso, gran parte de la literatura existente, transmite la idea de que el sistema de justicia criminal es menos efectivo para las víctimas de violencia conyugal que para otras víctimas, en la medida en que continúa a perpetuar actitudes culpabilizadoras de la víctima; a banalizar la violencia conyugal; y, a contribuir para que las víctimas perciban el sistema judicial como más una traba (Byrne y otros, 1999). El sistema judicial ha recibido también duras críticas, relativas al hecho de ser negligente en la detención de futuros actos de violencia; menospreciar un gran porcentaje de las reivindicaciones de las violaciones de las órdenes de protección; por no condenar con la prisión a muchos de los agresores violan dichas órdenes; y por, generalmente, fallar en la asistencia a los pedidos de respuesta urgente de las víctimas (Buzawa y Buzawa, 1985; cit Buzawa y Buzawa, 1996). Han sido igualmente reprobadas: la escasísima aplicación de las penas previstas y la lentitud de los tribunales (APMJ, 2001), así como el hecho del sistema de justicia tender a centrarse más en los derechos del acusado que en los de la víctima (Peters, 1998; cit Machado y Gonçalves, 2002). Siendo así, acaba por fallar en la protección de la víctima y promover la reincidencia, en la medida que contribuye para la legitimidad e impunidad atribuida al comportamiento maltratante. Investigaciones que intentaron examinar lo que está en el origen de este fracaso, enumeraron como principales problemas: el descrédito en el relato de la mujer (Hartley, 2003); la desvalorizacion de la experiencia de la mujer maltratada por la propia ley, y que es reforzada tanto por los oficiales de justicia como por los jueces; la postura de los policías frente a las detenciones; y, el mito consensual de que ambos cónyuges son
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 106 igualmente responsables por el comportamiento violento (Busch, Robertson y Lapsley, 1993; cit Marlin y Russo, 1999). Otros autores (Ej. Belknap, 1995; Hart, 1993; Stalans y Finn, 1995; cit Byrne y otros, 1999), señalan que estas víctimas son negativamente discriminadas en el proceso de justicia criminal y apuntan como estando en el origen de este tratamiento, diferencial e injusto, las actitudes y creencias de los profesionales que incorporan este sistema. Así, la policía, el ministerio público y los jueces han sido descritos como conservadores en sus actitudes culpabilizadoras de la víctima y, consecuentemente, de impunidad del ofensor, creyendo que la mujer provoca el abuso y/o que, esta debe ser capaz de controlar a su agresor (Hart, 1993; cit Byrne y otros, 1999). A partir de esta revisión, con este estudio se pretende: (a) Comprender el fenómeno de la violencia conyugal a partir de una población de jueces. El objetivo fue intentar acceder a los significados y perspectivas de estos profesionales en relación con este tipo de crimen; (b) Descubrir cómo conjugan los principios legales con su visión particular de la realidad, en la tentativa de comprender cómo la subjetividad del juez afecta la percepción del crimen y la forma como aborda los casos de violencia; (c) Intentar conocer cual el mensaje que los jueces, en nombre de la Ley y del Pueblo, pasan para las víctimas, ofensores y sociedad en general; y, (y) En última análisis, se pretende encontrar posibles cambios que se puedan aplicar al sistema de justicia criminal Portugués y abrir, así, camino para futuros estudios. De ahí la preferencia por métodos cualitativos y la opción de conducir el estudio en una «lógica exploratoria, como medio de descubrimiento y de construcción de un esquema teórico de comprensión» (Maroy, 1995; cit Machado, 2004: 179). Para el efecto, las cuestiones que se formularon tuvieron que ser construidas con flexibilidad y libertad para explorar el fenómeno en profundidad, permaneciendo sin embargo, susceptibles de reformulación y refinamiento a medida que la propia investigación fuera evolucionando. Estas cuestiones, que nos colocábamos en el inicio de este estudio y que orientaron nuestra intervención, son: ¿Los jueces, siendo miembros de la misma comunidad cultural, están inmunes a la influencia de las actitudes socialmente dominantes cuando están ante un caso de violencia conyugal?, ¿Será que los mitos y actitudes imperantes en el discurso social se manifiestan en su discurso profesional?, ¿Como será que los jueces, intencionalmente o no, pueden reforzar posturas prescritivas de legitimación de violencia conyugal? Método El estudio fue conducido con una muestra de conveniencia, compuesta por ocho jueces, de ambos sexos (4 jueces y 4 juezas), con edades comprendidas entre los 30 y los 50 años de edad, todos con experiencia en el juicio de casos de violencia conyugal. En relación con los instrumentos, usamos la entrevista cualitativa (Fontana y Frey, 1996; cit Machado, 2004), por sus características de no directividad, no estructuración, no patronización y apertura. Así procedemos a la construcción de un breve guión sobre los temas a abordar, compuesto por tres partes: una primera en que se pretende caracterizar las percepciones de estos profesionales acerca del fenómeno (Ej. definición, etiología, dinámicas, etc.); una segunda, que visa caracterizar sus representaciones en torno a la Justicia (Ej. la correspondencia entre el número de crímenes practicados, los que llegan a tribunal y los que figuran en las estadísticas oficiales, etc.); y, una tercera, en que fueron cuestionados sobre sus prácticas en el juicio de estos crímenes (Ej.: principales dificultades, factores ponderados en la evaluación de la credibilidad del testimonio y en la ponderación de la pena). Fue a través de estos tópicos que procedemos a la realización de las entrevistas, garantizando que fueran conducidas según la misma línea orientadora. Tuvimos el cuidado de incentivar la elaboración de las respuestas y de devolver a los participantes aspectos que nos parecieron menos claros y solicitar su clarificación, sin interrumpirlos dejando proseguir la “conversación” consonante la interacción que se fue estableciendo. Todas las entrevistas fueron grabadas con la debida autorización de los entrevistados. La “grounded analysis”, cuyo principio orientador es la inducción (Glaser y Strauss, 1967; cit Machado, 2004), fue la metodología de investigación que nos sirvió de referencia en la conducción de este estudio cualitativo. Así, después de realizadas y transcritas las entrevistas en su totalidad, procedemos al proceso de codificación y análisis de los datos. Se
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 107 fueron construyendo categorías inductivamente a partir de los datos, tomando la frase como unidad de análisis, siendo que cada unidad fue atribuida a tantas categorías cuanto necesarias. Las categorías fueron siendo sistemáticamente refinadas y definidas al largo de todo el proceso de categorización y a medida que los datos fueron siendo introducidos. Después de un análisis exhaustivo de las categorías y de una constante comparación entre ellas se alcanzó una saturación teórica. En el final restaron cuatro tipos de categorías: C: consensuales (en que se encuadran todos los participantes), T: típicas (donde se encuadran un 50% o más), P: particulares (que reúnen más que un participante pero menos del 50%) e I: idiosincráticas (sólo se reportan a un sujeto). Por último, usamos como estrategias de validación de los resultados: (a) Mantener la calidad descriptiva y la proximidad de los significados verbalizados por los participantes (Strauss y Corbin, 1994, cit Machado, 2004), usando un abordaje inductivo, una presentación detallada de los resultados y la ilustración de cada categoría con expresiones de los participantes; (b) Conferir visibilidad al proceso de investigación (Mishler, 1990; cit Machado, 2004), documentando todas las categorías; (c) Certificar la transparencia de la investigación (Miles y Hubermam, 1994; cit Machado, 2004), haciendo posible que el lector siga el proceso de construcción de nuestros resultados y tomar decisiones informadas sobre la credibilidad que estos le merecen; y, (d) Procedemos a consulta de los participantes (ibidem). Resultados Percepciones del fenómeno, prácticas profesionales y representaciones de la justicia Representaciones del crimen: En lo que respeta a la definición, todos los entrevistados ofrecieron descripciones centradas en la violencia física y verbal/psicológica – lo que es comprensible, si tuviéramos en consideración que el Código Penal Portugués tipifica separadamente los crímenes sexuales. Seis se refirieron a la continuidad de esta violencia, destacando que “los malos tratos para que sean considerados como un sólo crimen exigen una conducta agresiva, que sea continuada y grave”. Sin embargo, dos (cuatro después de su consulta) ponderaron la posibilidad de también “poder existir este crimen mismo con una conducta aislada desde que ella, por sí sola, asuma gravedad, crueldad e inadecuación en términos sociales” que lo justifique. Sin embargo, cuando son cuestionados en mayor profundidad sobre las cuestiones de “continuidad” y “gravedad” requeridas para que la violencia conyugal sea considerada crimen, lo que sobresalió de su discurso fue la información de que “como la ley no define”, “como no hay un criterio”, existen “divisiones en esa materia”. Relativamente al agente del crimen, figura la imagen del hombre con hábitos alcohólicos que es claramente la que más ocupa el imaginario de los sujetos. Cincos sujetos (seis después de su consulta) hicieron también referencia al hecho de este poder provenir de cualquier clase social, mientras que solo sólo señalaron la posibilidad de este pertenecer a las clases sociales más desfavorecidas. En lo que se refiere a la víctima, y a la semejanza de lo que ha sido descrito en la literatura, también en nuestro estudio la mujer aparece enunciada como la víctima preferente. Además de eso, y aunque seis hubieran considerado que ésta puede provenir de cualquier escalafón de la sociedad, creen que generalmente son mujeres dependientes económicamente del cónyuge. Relativamente a las explicaciones enunciadas como estando en la génesis del crimen, se destaca el hecho de: (a) siete sujetos refieren el consumo de alcohol por parte del agresor como “el principal factor responsable por la mayor parte de este tipo de violencia” y, uno de éstos, el consumo por parte de la víctima apuntado como un factor que, consecuentemente, libera el maltratante de la responsabilidad por el comportamiento violento; (b) seis sujetos mencionan el aprendizaje y la interiorización de valores y normas de conducta imperantes en el medio familiar y socio-cultural en que el individuo creció. Transmiten la idea de que, en ese contexto inmediato, éste puede aprender no sólo estrategias maltratantes, pero también valores morales que viabilizan los comportamientos violentos, potenciando, así, su reproducción; y, (c) cuatro sujetos (cinco después de su consulta) consideran causas de naturaleza intrínseca al propio agente del crimen, por tratarse de personas “malas”, “enfermas”. En lo que respecta a los motivos que llevan a las víctimas a permanecer en una relación violenta, constatamos que: (a) el miedo fue referido por todos los miembros del grupo, aunque se registraron diferentes apreciaciones
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 114 raramente cuestionadas acerca del abuso (Hamberger et al., 2004; Hathaway, Willis y Zimmer, 2002; Koss et al., 2001). Los médicos evocan algunos obstáculos para no cuestionar sobre el abuso: (a) consideran que las pacientes demuestran poca gana para relatar el abuso y para cambiar su situación, (b) entienden que disponen de formación inadecuada acerca de la problemática y que hay una falta de intervenciones efectivas, y aún (c) que no disponen de tiempo, revelan falta de comodidad personal en tratar ese tema y miedo de ofender las pacientes (Brown y Sas, 1994, Sugg y Inui, 1992, cit. Hathaway et al., 2002). Además, algunos médicos pueden no sentirse responsables por atender a esa problemática, pues creen que sus actitudes ante la etiología de la violencia conyugal pueden llevarlos a considerar que éste es un problema social o relacional y no médico (Matos, en prensa). Por otro lado, por veces los médicos disminuyen la violencia en los relatos clínicos, encaminan la ayuda para los problemas psicosociales pero no cuidan de la protección de la mujer, fracasan en el seguimiento clínico de estas víctimas y enfatizan la manutención de la familia en perjuicio de la seguridad personal (Gondolf, 1998; Jasinski y Williams, 1998). Por último, algunos médicos demuestran actitudes de culpa de la víctima, lo que disminuye su motivación para lidiar con este tema (Gondolf, 1998; Mahoney et al., 2001). Existen otros factores, relacionados con las propias víctimas, que contribuyen para las reducidas tasas de revelación y para la parca identificación de estos casos (y.g., miedo de represalias, vergüenza, falta de reconocimiento del abuso, percepción de poco apoyo) (Hathaway et al., 2002; Matos, 2002). Pero no podemos todavía dejar de destacar que las respuestas inadecuadas de estos profesionales contribuyen para la victimación secundaria de estas mujeres y consecuentemente para una destrucción en escalada, pues las desaniman de buscar ayuda, refuerzan sus sentimientos de aislamiento y desánimo y validan las quejas del ofensor de que el problema está en ella (Stark y Flitcraft, 1996; Gondolf, 1998). No obstante, un otro estudio constató que los médicos se envuelven también en prácticas y percepciones adecuadas acerca de la violencia conyugal. En ese estudio se concluyó que la mayoría de los profesionales despistaba por rutina pacientes con lesiones acerca de la existencia de violencia conyugal. Las intervenciones más usuales incluían mostrar preocupación ante su seguridad, encaminar hacia un refugio o para aconsejar y documentar a través de informe médico. Cuestionar sobre la existencia de armas en casa y denunciar a la policía eran preocupaciones menos frecuentes, aunque más habituales entre los médicos con más formación sobre el tema (Rodriguez, Bauer, McLoughlin y Grumbach, 1999, cit. Matos, 2002). De un modo general, los protocolos orientadores de la intervención clínica en la violencia de la pareja recomiendan la señalización y identificación sistemática de posibles casos, la evaluación de la situación, la realización de un plan de seguridad y del diagnóstico, y una la intervención que incluya recomendaciones de tratamiento, eventual encaminamiento y documentación (Stark y Flitcraft, 1996; Campbell, 1998; Gondolf, 1998; Stark, 2001). Por todo lo que ha sido resaltado, el presente trabajo buscó caracterizar las percepciones, las actitudes y las prácticas de los médicos portugueses sobre la violencia en la intimidad. Método Muestra Este estudio envolvió un proceso de muestra a priori: los participantes fueron, intencionalmente, seleccionados en función de la información que nos podrían facultar sobre el fenómeno en asunto y en función de dos criterios que consideramos relevantes para aumentar la diversidad de la muestra: integración de médicos de diferentes géneros y contexto de trabajo. Pretendíamos, fundamentalmente, que la muestra fuese representativa de la experiencia a que esta investigación procuraba acceder (Morse, 1994, cit. Machado, 2004). En la tabla 1 están caracterizados los participantes de este estudio. Procedimiento
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 115 A los médicos (er tabla 1 para despcripción) se les soicitaba la colaboración para participar en un estudio sobre la forma en cómo entendían la violencia en la pareja y su papel profesional ante ese fenómeno. Nuestra intención era comprender, con detalle, el fenómeno a partir de la perspectiva de los participantes. Entonces, optamos por realizar un análisis del contenido de las entrevistas. Tabla 1, Género Experiencia profesional (en años) Contexto de trabajo predominante Experiencia de atención de casos de violencia en la pareja (N) Formación específica sobre violencia conyugal 1 Femenino 26 Gabinete Médico-Legal 50 Inexistente 2 Femenino 23 Centro de Salud 3 Inexistente 3 Femenino 24 Centro de Salud 3 Inexistente 4 Femenino 29 Centro de Salud 30 Inexistente 5 Masculino 24 Centro de Salud 3 Inexistente 6 Masculino 27 Centro de Salud 7 Inexistente 7 Masculino 29 Gabinete MédicoLegal 500 Inexistente 8 Masculino 24 Gabinete MédicoLegal 10 Inexistente 9 Masculino 31 Hospital Más de 20 Inexistente 10 Masculino 20 Clínica Privada y Prisión Más de 50 Inexistente Instrumentos de medida Teniendo en consideración los objetivos exploratorios y descriptivos de este estudio, fue construida una entrevista semiestructurada, sobre las creencias y prácticas de los médicos en torno de la violencia conyugal, compuesta por dos partes: una primera en que se pretendía caracterizar las percepciones de estos profesionales acerca del fenómeno (ejemplo, definición, etiología, dinámicas) y una segunda en que eran cuestionados sobre sus prácticas cuando se enfrenatn a este problema (ejemplo, relevancia de su papel, metodologías de evaluación y de la intervención, eventuales dilemas éticos y dificultades prácticas). La entrevista construida para el efecto ocurrió en uno único momento de evaluación. Resultados Definición de violencia en la pareja La violencia en la intimidad fue definida, consensualmente, entre los participantes, como contemplando las manifestaciones de abuso físico y psicológico (ejemplo, insultos, amenazas, coacción, tentativa de aislar la víctima y restringir su libertad). Ya la violencia sexual fue referida sólo por un médico (ejemplo, “mucha falta de cariño de los hombres para las mujeres, las usan como objeto sexual”). No obstante cuatro participantes entendieron que la violencia psicológica y física “son igualmente importantes”, otros tres consideraron mayor el impacto del abuso psicológico. Mitad de los participantes admitieron dificultades en diferenciar los casos graves, moderados y ligeros. Sin embargo, la mayoría de los participantes eligió criterios objetivos para esa diferenciación (ejemplo, distinción en términos del tipo de agresión y secuelas). Algunos criterios subjetivos fueron también referidos por cuatro participantes: “esa distinción depende de quien está envuelto, de la educación…puede ser grave una bofetada y para otra persona ya no ser”. En resumen, para la definición de casos graves, la mayoría de los participantes utilizaron el criterio de la violencia causar problemas de salud serios que exigen tratamiento médico y/o colocar la vida en riesgo. Los casos moderados fueron definidos por tres
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 116 participantes como aquellos en que las secuelas no son muy graves y no exigen gran tratamiento médico: “cuando la persona resuelve el problema en casa sin necesitar de tratamiento”. Los casos ligeros fueron definidos por tres participantes como “la vieja bofetada”. Otro participante los definió como “los insultos al cónyuge” y otro se ha referido a esos como los casos en que “los cónyuges no se apoyan”. Causas de la violencia en la pareja La mayoría de los participantes consideraba que la violencia en la intimidad “tiene muchas causas”. El abuso de alcohol y/u otras drogas por el agresor, así como la falta de condiciones sociales de las familias (ejemplo, “situaciones de desempleo”; “falta de recursos económicos”) fueron las causas más comúnmente asociadas a este fenómeno. Las patologías y/o características psicológicas del agresor (ejemplo, “en estos casos estamos a lidiar con personalidades perturbadas”; “...la esquizofrenia, la depresión”; “hay personas que son más violentas y agresivas”) fueron también referidas como una de las causas por la mayoría de los participantes. Mitad de los participantes identificaron ciertos aspectos del background cultural como estando en el origen de la violencia conyugal, argumentando mayoritariamente las cuestiones de la legitimación, tradición, instrucción y modelación familiar y cultural: “es aquella historia, casa de padres, escuela de hijos, que casi que es normal llevar, hasta estás llena de suerte porque él ni te bate mucho”. La infidelidad y la falta de confianza entre los cónyuges fueron, específicamente, identificadas por tres participantes como una de las causas de esta violencia. Finalmente, la falta de amor fue referida solamente por un médico. Naturaleza de la violencia en la pareja Todos los participantes mantuvieron que la violencia en la intimidad puede ser causada por múltiples factores. La consideraban un problema, simultáneamente, social, psicológico y médico. La orden de presentación de estos factores refleja la importancia que les fue atribuida, pues todos los participantes definieron esta violencia como un problema más “del ámbito de la psicología y de las ciencias sociales”. Es aún consensual que es el impacto que la violencia conyugal genera en la salud, la razón por la cual la consideran también como un problema médico (ejemplo, "el problema es médico más en términos de las lesiones que provoca, pero de resto es más social y psicológico”). Papel del médico en la violencia conyugal Mitad de los médicos consideraban importante valorar estos casos, reportándose a la necesidad de que atiendan al impacto que este fenómeno provoca en la salud: “hay muchas manifestaciones psíquicas y algunas aún somáticas (...) que dependen de la inestabilidad familiar que la violencia genera y que nosotros tenemos que atender”. Fue enfatizada la necesidad de que los médicos desarrollen un trabajo de asociación “con los servicios de psicología y sociales”, pues consideran que “psicólogos y sociólogos están más preparados”. Dos de estos participantes añadieron, específicamente, la necesidad de prevenir la victimación secundaria (ejemplo, “cuando una persona viene a quejarse... está abriendo mucho su intimidad, por lo tanto, espera recibir algún apoyo y muchas veces sólo se quejan al médico, pero tampoco quieren pasar de allí”), hasta porque consideran que “si no somos nosotros, muchas veces ya no hay nadie, en términos de apoyo psicológico y psiquiátrico, en estas aldeas”. ¿Hay una víctima típica? La existencia de la mujer como “víctima tipo” de la violencia en la pareja es consensual entre los participantes. Además, la mayoría de los participantes definió esa víctima como una mujer típicamente introvertida, infeliz y con múltiples quejas y secuelas. Solo uno de estos participantes añadió el padrón recurrente de la violencia en la pareja y el coraje de las víctimas, “lo que más me ha aparecido es la mujer que dice que fue batida desde ahí no sé cuántos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 117 años, que es siempre una infeliz y que esta vez arregló coraje para participar y venir a hacer un examen médico aquí en el Gabinete Médico-Legal”. Otros dos añadieron la falta de recursos, físicos, económicos e intelectuales, como características de la víctima en la pareja (ejemplo, “poco fuerte físicamente, también muchas veces no consiguen asegurar una independencia solas y por lo tanto acaban por someterse”; “con alguna limitación intelectual y sin capacidad volitiva”). En una segunda dimensión de su caracterización, referido por dos participantes, la mujer abusada es caracterizada como alguien que intenta “camuflar y desvalorizar la situación”. Otro participante elaboró un tercer perfil de víctima: la mujer que no estabiliza el equilibrio de la pareja. Seis participantes reportaran las razones que consideran conducir las víctimas a ocultar muchas veces los abusos y a permanecer en las relaciones abusivas. La vergüenza fue el motivo referido por mitad de los médicos, seguido del miedo de represalias y de las cuestiones culturales de tolerancia y legitimación de esta violencia, referidas por tres participantes (ejemplo, “muchas veces ellas también culturalmente van aceptando y se dejan maltratar”). La percepción de la falta de recursos para lidiar con la situación, el auto culpabilidad y la tentativa de proteger los hijos fue un motivo referido por un número reducido de participantes. Relativamente al tipo de ayuda que las víctimas buscan junto de los servicios de salud, solamente tres médicos reflejaron sobre esta cuestión: buscar tratamiento de las lesiones y apoyo para que se protejan y para que sepan cómo lidiar con los hijos fueron los motivos mencionados. Tres participantes se pronunciaron también sobre los servicios donde, en su opinión, es más probable encontrar estas víctimas: las urgencias, el centro de salud y las especialidades médicas de “ortopedia, cirugía y psiquiatría”. ¿Hay un agresor tipo? Consensualmente los médicos asocian el agresor en la pareja al hombre. La mayoría de los participantes lo describió como un hombre con hábitos de consumo de alcohol y/o de otras drogas. Dentro de esta descripción, cuatro participantes acrecentaron la buena “constitución física” y el carácter rudo y/o “exhibicionista” como características del típico agresor (ejemplo, “grosero”; “machista”). Solo un médico añadió que “el agresor también puede aparentar dos caras, ante la sociedad transmite una apariencia y en casa es otro”. La existencia de una profesión poco diferenciada y de un nivel cultural y económico bajo fue una característica añadida al perfil ya mencionado por dos otros participantes. Otro perfil del agresor tipo, aunque referido por un número reducido de médicos, los caracteriza como hombres con “personalidades antisociales, con los llamados locus de control externo”. El tercer perfil, mencionado solo por un participante, describe el agresor tipo como un hombre con pocas responsabilidades y que se disculpa, “es el que llega a casa tarde, sin estar a trabajar y no da atención a los gravámenes familiares y aún intenta culparlos de lo que él es responsable”. Procedimientos de identificación Dos participantes transmitieron la idea de que la identificación médica de los casos de violencia es reducida: “durante un día de consultas, casi de certeza que tenemos una mujer que fue agredida y que nos pasa, o porque ella no dice o porque nosotros no supimos oír lo que ella quiso decir”. La mayoría de los participantes afirmó que “los casos que tuve fueron las víctimas que relataron”. Si sospechan de violencia en la pareja, aunque el Gabinete de Médico-Legal (G.M.L.) tiene estipulados ciertos procedimientos, la mayoría de los participantes afirmó que cuestiona la paciente sobre esa posibilidad. Tres participantes admitieron cuestionar sólo algunas veces: “debía cuestionar...pero muchas de las veces, francamente, no cuestiono”. Uno de estos participantes esclareció que sólo cuestiona en ciertos contextos, por ejemplo, cuando hay un ambiente confidencial. Otros dos añadieron diferentes motivos para que sólo cuestionaran puntualmente: la falta de tiempo, la percepción de incapacidad para ayudar las víctimas, los constreñimientos en explorar este tema. Un otro participante esclareció que cuando sospecha de esta problemática, alerta la enfermera que trabaja consigo “para que nos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 118 quedemos atentas” y encamina el caso para la psicóloga del centro de salud. Sobre posibles indicadores del abuso, la mayoría de los participantes se demostró alerta para las señales físicas (ejemplo, “hematomas”). Ocho de los participantes identificaron también “señales indirectas”: aspectos de la postura y de la comunicación de la víctima en la consulta (ejemplo, “cuando una persona solicita una consulta o esgrime una situación que la justifique y se pone a dar vueltas, exgrimiendo que no hay nada, es porque está llamando la atención por otra cosa”; “el modo como están en la consulta (...) muy calladas, intentan huir a ciertas preguntas”). Percepciones sobre sus prácticas Fue admitido consensualmente por los participantes que “no suelo denunciar” los casos de violencia en la pareja. A excepción de los G.M.L., pues “la denuncia ya está hecha”, hay diferentes motivos por los cuáles estos médicos no denuncian: tres no denuncian por que consideran que el médico no puede sustituir la víctima (ejemplo, “la persona también tiene que resolver las cosas, no voy a andar con ellas a lo pego”) y otros tres alegaron el hecho de la víctima que no quisiera (ejemplo, “a las veces la víctima pide expresamente no hacerlo”). Dos médicos refirieron la indecisión de la víctima (ejemplo, “si hiciera la denuncia, ella era capaz de después decir que no fue así y yo me quedaría sin saber lo que hacer”) y otros dos afirmaron que “no denuncio en casos que no considero tan graves”. Otro participante esclareció que no denuncia pues “mi código deontológico no me permite (…) no puedo denunciarlo, porque el secreto médico es ley y yo no puedo ultrapasarlo”. Aunque, sea típico entre los médicos no denunciar criminalmente estos casos, cinco identificaron situaciones en que denuncian. Tres admitieron denunciar “casos serios y graves y en que la víctima también quiera la ayuda” y otros tres denuncian cuando es necesario proteger personas incapaces de hacerlo por sí mismas: “si fuera una persona que no estuviera dentro de sus facultades (…) o menores o que se tengan deficiencias mentales u otra perturbación”. Solo un médico afirmó que “como médico de salud pública (…) denuncio siempre que es necesario porque es un crimen público”. Cuando lidian con casos de violencia conyugal, los procedimientos más comunes entre los médicos son apoyar y aconsejar la víctima, en términos de su protección (ejemplo, “ayudarla a hacer un análisis de la situación y si ella llegara a la conclusión que no está bien, pensar qué soluciones tenemos”, “ayudarla a contornear la situación de forma a protegerse”). Otra práctica igualmente típica de estos médicos es encaminar estos casos (ejemplo, servicios de psicología y sociales). Sólo dos refirieron encaminar hacia el tribunal y un médico esclareció que, en su caso, el encaminamiento es hecho para personas llave de la comunidad (ejemplo, “el padre”). Sin embargo, tres participantes admitieron no proceder al encaminamiento de estos casos (ejemplo, “en el centro de salud encamino, pero en el gabinete [médico-legal] no se encamina, sólo hacemos la evaluación del daño (…) pero no hay cualquier tipo de apoyo”. Otro de esos participantes esclareció que sólo encamina si la víctima lo desease. La mayoría de los participantes cuestiona la víctima sobre la historia de los malos tratos. La mayoría refirió también proceder al tratamiento médico convencional y esclareció que es importante acompañar la víctima aunque “sin caminar a su frente” (ejemplo, “las personas o están motivadas y van hacia el frente y les doy apoyo, o entonces no podemos ser nosotros a decir ‘vaya hacia frente o haga esto’, porque después las personas se apartan”). Fue también referida por la mayoría la necesidad de multidisciplinar en el abordaje de estos casos. Hay después prácticas muy específicas: cuatro participantes refirieron la práctica de elaborar un informe médico, tres participantes acostumbran hablar con el agresor, tres solicitan habitualmente un examen de salud y dos participantes averiguan si los intereses de los menores están protegidos. Sobre la señalización por rutina, pocos profesionales se pronunciaran. Dos participantes la consideraron poco útil, porque consideran que sería abusivo e invasor: “hacer aún más con que las víctimas se retrajeran y nunca más intentaran contar”. Sólo una médica consideró esta señalización útil, aunque añadiera que “concuerdo con esa señalización por rutina dependiendo del abordaje (…) dejarlas a pensar…no ser muy frío, pero tampoco muy invasor, pero abrir espacio…mostrarles que estamos alerta”. Percepciones sobre el éxito o fracaso de intervenciones anteriores
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 119 La mayoría de los participantes manifestaron que “el fracaso es muy grande”, “son casos que son muy frustrantes”. Todavía, cuatro participantes hicieron referencia a casos de éxito y tres médicos percibirán algún éxito en sus intervenciones anteriores: “tuve un caso de éxito relativo (…) porque los malos tratos físicos acabaron, pero me quedo en la duda si es una familia que se organizó”. Sin embargo, sólo un médico consiguió identificar los factores que considera responsables por ese éxito: “cuando envío para tribunal o cuando hago los internamientos compulsivos, como delegado de salud pública, muchas veces resulta”. Sobre las gratificaciones resultantes de estos casos, cuatro médicos refirieron motivos distintos: “la mayor gratificación es percibir que la víctima consiguió dar una rumbo diferente a la su vida, tuvo el coraje de dejar de ser víctima”; “la única gratificación que tengo es que merezco la confianza de las personas”; “yo considero siempre un éxito por lo menos la obtención de insight en relación con el problema”. Cuestiones éticas El abordaje de casos de violencia en la intimidad suscita dilemas éticos para la mayoría de los médicos. Uno de los dilemas más típicos es la confidencialidad, “en aquella situación en que la víctima acabó por confesar, pero pide, casi exige, que nada me quede escrito ni sea hecho”. Dos de estos participantes también refirieron, como dilema, que “una relación médicopaciente tiene que ser una relación de confianza. Si la víctima niega, el médico tiene que aceptar, aunque desconfíe”. Sobre la forma como concilian esos dilemas éticos, mitad de los participantes admitieron optar por “mantener la confidencialidad”, no denunciando: “si pedirme ayuda para denunciar lo haré, sino no voy a traicionar la confianza que tiene en mí”. Dificultades prácticas La mayoría de los médicos admitió que se depara con varias dificultades prácticas cuando lidian con estos casos. En primero lugar, relatan las dificultades personales y profesionales: “poca formación”, “dificultad de tratar la mujer agredida”, falta de formación específica, “una cierta incapacidad” y falta “de vocación” en el abordaje de estos casos, un cierto constreñimiento de los médicos en cuestionar sobre la violencia: “nosotros hasta tenemos miedo de explorar ese lado, hasta porque muchas veces son personas formadas y nosotros nos quedamos constreñidos de preguntar ‘¿Mire, y la señora lleva?’”. En según lugar, la mayoría de los médicos identificó aún la falta “de tiempo”, el “elevado número de procesos” y la falta de otros profesionales y apoyos relevantes en estos casos, interrupciones de las consultas, el acompañamiento del agresor de la víctima a la consulta, falta de condiciones físicas y espaciales. La mayoría de los participantes identificó también la poca motivación de las víctimas para relatar los abusos (ejemplo, “...encubren mucho”; “muchas veces niegan que fueron víctimas y dicen que se cayeron”), la indecisión y pasividad de las víctimas (“es el querer y el no querer”). Un médico refirió el “masoquismo de la víctima” y otro su bajo nivel intelectual (ejemplo, “las dificultades tienen a ver con la inteligencia de las personas. Es muy más fácil tratar esta situación y obtener colaboración y resolución de un problema cuando el enfermo que nos aparece es alguien inteligente”). Sobre las formas que anticipan para ultrapasar estas dificultades, fue referido respetar siempre la postura de la víctima, acautelar la privacidad en la forma de atender, el encaminamiento y la necesidad de aumentar el número de profesionales disponibles para que apoyen en estos casos. Discusión Para los médicos entrevistados, la violencia conyugal integra sobretodo el abuso psicológico y físico. Se negligencian otros tipos de violencia incluidos en la definición de esta
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 120 problemática, por ejemplo la violencia sexual (AMA, 1992, cit. Koss, Ingram y Pepper, 2001). Desconocemos si se debe al hecho de que no la reconocen o que la integran en otra tipología (ejemplo, física), puesto que esas manifestaciones tienden a coexistir. A partir de una revisión de estudios, Koss y colaboradores (2001) refieren precisamente que las mujeres que son víctimas de agresiones físicas están especialmente vulnerables al abuso sexual (26 a 52%) no obstante este todavía sea menos participado. De cualquier forma, sería importante que estos profesionales sustentasen un concepto más amplio de la violencia íntima para que la sepan reconocer en sus múltiplas manifestaciones (ejemplo, actos, omisiones, uso de los hijos, minimización de la víctima, control económico). Otro aspecto ausente en sus discursos es el hecho de que no referen la continuidad de esas situaciones, algo que tipifica también este crimen, designadamente en Portugal: en 39% de los casos, la violencia sentida perpetuarse por un periodo superior a 10 años (Lisboa, Carmo, Vicente y Nóvoa, 2003). Casi mitad de los participantes está de acuerdo que la violencia psicológica y la violencia física son igualmente relevantes en el impacto que causan y tres reconocen que la violencia psicológica puede acarrear mayores consecuencias. La literatura documenta precisamente que la violencia psicológica puede resultar en un comprometimiento más severo de la víctima, todavía en una dimensión más difícil de medir. La depresión es, sin duda, uno de los principales motivos que conducen las mujeres victimadas a procurar los servicios de apoyo (Campbell, 1995, cit. Gondolf, 1998), a par de las perturbaciones de ansiedad (Plichta, 1997, cit. Campbell, 1998). Es significativa la dificultad de algunos participantes en diferenciar los casos a partir de su gravedad. La mayoría acaba por elegir criterios objetivos - tipo de agresión, gravedad de las lesiones - y subjetivos – percepción de la víctima. Sin embargo, a pesar de entender que existen formas de violencia más sutil y padrones más severos, cuando se trata de evaluar la gravedad de los casos, hay otros criterios que deberían también merecer la atención de los médicos, tales como la frecuencia de la violencia perpetrada y el riesgo de comportamiento homicida y suicida. Es consensual entre los médicos entrevistados que, para la génesis de la violencia conyugal, concurren múltiplos factores. La noción de que no existen causas únicas está también ampliamente difundida en la literatura sobre el tema. Todavía, los participantes en sus discursos dan particular destaque a las explicaciones intra-individuales: el abuso del alcohol y/u otras drogas es la causa más comúnmente asociada a este fenómeno, seguida de las condiciones sociales y de las patologías (ejemplo, depresión) y/o características psicológicas (ejemplo, agresividad). Esa evidencia, asociada a la descripción que hacen del agresor típico, coloca la posibilidad de estos sujetos repartieren algunos mitos sociales, sobre todo que “el abuso de alcohol y otras drogas causan violencia conyugal”. Sin embargo, los estudios tienen venido a desmitificar esa idea de la asociación del alcohol a la violencia. El consumo de alcohol no es condición suficiente para que el abuso ocurra (Miller y Welford, 1997, cit. Fleury, 2002) y la mayor parte de los episodios violentos ocurre cuando el compañero no está alcoholizado (Leonard y Blane, 1992, cit. Duarte, 2000). La ingesta está asociada a mayores índices de violencia (Flagan, 1990, cit. Mahoney y otros, 2001), a los malos tratos más severos y aquellos que resultan en mayores daños (Coleman, 1980, cit. Matos, 2001), hace con que su presencia deba ser evaluada por los profesionales. Para Schifrin y Waldron (1992) los esfuerzos para probar la relación causal alcohol-violencia reflectan la tendencia de la sociedad para concebir los malos tratos como un comportamiento individual patológico. Ese argumento “patologizante” condiciona las víctimas, haciéndolas creer que el agresor es más un hombre enfermo que abusivo y que, una vez resuelto el alcoholismo, la violencia cesará. La perpetuación de ese mito entre los profesionales envuelve riscos idénticos. Además, estos sujetos podrán compartir el mito de que “los agresores tienden a ser asociados a la enfermedad mental”, o que contrasta una vez más con los dados de la literatura. Edleson, Eisikovits, Guttman y Sela-Amit (1991) afirman que la asociación entre perturbaciones psiquiátricas y violencia conyugal no ha sido documentada con suceso. Algunos autores sustentan el papel de la psicopatología y de los trazos de personalidad entre los agresores es pequeño (Campbell y Landerburger, 1995), que la presencia de psicopatología será la causa apenas de 10% de los actos abusivos (Straus, 1980, cit. Jasinky, 2001; Walker, 1994), que la mayoría de los ofensores no se encaja en ninguna categoría de desorden mental y que los estudios que tentaron aislar un perfil homogéneo del agresor conyugal masculino fallaron (Koss y otros, 1994, cit. Buzawa y
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 121 Buzawa, 1999). Otro mito que podrá estar presente en la forma de pensar de estos médicos es el de que “la violencia en la pareja solo ocurre en familias de bajo nivel socioeconómico y educacional”. Esa noción ha sido contrariada por los estudios interculturales que muestran que se trata de un problema difuso entre las varias sociedades (Levinson, 1989) y todavía por los estudios en Portugal (Lourenço, Lisboa y Pais, 1997) que enfatizan este fenómeno como transversal. Mitad de los médicos no deja de destacar el papel de la cultura y del modelo familiar en la ocurrencia de estas situaciones. La literatura confiere también amplío soporte a la influencia de los discursos culturales (Mahoney, Williams y West, 2001) y a la transmisión intergeneracional para la ocurrencia de la violencia (Hotaling y Sugarman, 1990, cit. Doerner y Lab, 1995). La percepción consensual de la violencia como un fenómeno de género es congruente con varios estudios (Koss y otros, 2001; Mahoney y otros, 2001), inclusive estudios realizados en Portugal (Estadísticas A.P.A.V., 2004). Todavía, la mayoría de los participantes caracteriza la víctima de malos tratos a partir de un discurso de déficit: es alguien con humor deprimido (ejemplo, infeliz) y/o pasiva faz al abuso (se esconde, minimiza). Para uno de los médicos, su “perfil” puede inclusive causar su propia victimación. Esta última concepción demuestra una postura de culpabilidad de la víctima, por su actitud de “provocación”. Esas ideas pueden reflectarse, de diversas formas, en una actuación poco útil por parte de los médicos: reducir su motivación para lidiar con esta problemática, incapacitar el reconocimiento de las capacidades y de los recursos de la mujer, minimizar el poder de su intervención en torno del cambio y hacerlos sentirse menos responsables por atender estos casos (ejemplo, Mahoney y otros, 2001; Matos, en prensa). Es el impacto de la violencia en la salud de la mujer que convierte la violencia conyugal en un problema también médico. En consecuencia, los participantes consideran que mientras, profesionales deben valorizar y atender a la problemática. Con todo, consideran que la violencia conyugal es un problema sobretodo del ámbito de la Psicología y de las Ciencias Sociales, consideradas áreas privilegiadas para lidiar con estos casos. Esas reservas a lo largo de sus discursos nos llevan a cuestionar si la valorización que estos médicos confieren a su papel se refleja en su práctica o si se limita solamente a sus discursos. Por ejemplo, el facto de dos participantes aceptaren que, por veces, no cuestionan la mujer sobre la violencia conyugal, solamente de sospecharen, demuestra una cierta disonancia entre sus creencias y prácticas. Es todavía inquietante que apenas dos médicos se muestren conscientes de que su actuación inadecuada puede representar una experiencia de victimación secundaria para estas pacientes. La importancia de un trabajo de equipo fue algo también evidente en los discursos de los médicos. Eso se refleja muchas veces en el encaminamiento de estos casos para otros profesionales que consideran más especializados. La necesidad de ese encaminamiento es todavía justificada por la falta de formación, incapacidad y/o falta de vocación. Parece, con todo, que esa dinámica surge por veces más como un intento de justificar una postura menos activa de los médicos, que por una preocupación efectiva en asegurar la calidad del apoyo prestado. Este argumento es, además, corroborado por la afirmación de una participante, “derivar a la APAV para nosotros también es un escape”. Así, aunque sea consensual la idea de que el problema de los malos tratos a la mujer por el compañero exige un abordaje en varios niveles e interdisciplinar, es importante que ese argumento nos sirva para encubrir las insuficiencias de algunos de los subsistemas de apoyo, que deberían estar activamente envueltos en la respuesta a los malos tratos. La análisis de los discursos de los médicos nos lleva a suponer que algunos serán más influenciados en su práctica por los conceptos del modelo biomédico (ejemplo, defienden una focalización en los síntomas y en la enfermedad). Ese modelo no los prepara para que consideren el contexto social de los pacientes. Por contrario, al situar el foco en los síntomas físicos, conduce al fracaso en el reconocimiento de la causa real de los síntomas (ignorando el contexto). Muchas veces, debido a ese posicionamiento de algunos de los profesionales, las dificultades de las víctimas son consideradas del foro mental (Koss et al., 2001). Otros médicos entrevistados parecen orientar su actuación por el modelo biopsicosocial: cuando se afirma que un médico de familia se debe preocupar con el bienestar de la familia, lo que implica no apenas
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 122 la ausencia de enfermedad pero también ausencia de otros factores adversos como la violencia. Solo una minoría reconoce que la identificación de las situaciones de violencia conyugal por los médicos es escasa. Los casos identificados resultan habitualmente de la revelación espontánea de la víctima, no obstante la mayoría de los médicos opte por cuestionar siempre que existe una sospecha. Tres profesionales admiten, con todo, no cuestionar sus pacientes acerca del abuso, a pesar de reconocer esa necesidad. Algunos de estos dados van de encuentro a lo que es vehiculado en la literatura (ejemplo, Hamberger y otros, 2004; Hathaway y otros, 2002; Koss y otros, 2001): la reducida identificación y tratamiento de estos casos por los médicos. Stark y Flitcraft (1996, cit. Stark, 2001) refieren que, mismo cuando los médicos consideran que es su responsabilidad detectar estos casos, a penas uno de cada veinte lo hace. Las dificultades reconocidas por los participantes en lidiar con casos de violencia conyugal son, en su mayoría, coincidentes con los obstáculos que la literatura en ese dominio también refiere. Los argumentos frecuentemente evocados por los médicos para no cuestionar a cerca del abuso son (Sugg y Inui, 1992, Brown y Sas, 1994, McGrath y otros, cit. Hathaway y otros, 2002): considerar que las pacientes demuestran poca voluntad para revelar y para alterar su situación y por eso intentan ocultar los abusos, se muestran indecisas y/o pasivas; sentirse incapaces de lidiar con el fenómeno, falta de formación y de intervenciones efectivas; experimentar falta de tiempo, desconsuelo personal, constreñimientos y miedo de ofender las pacientes al abordar el tema. A pesar de todo, la mayoría de los participantes reconoce varias señales indicadoras de violencia, también apuntados en la literatura: señales físicas y señales relativas a la postura y comunicación de la víctima durante las consultas (ejemplo, uso frecuente de los servicios de salud; privación o atrasos en la obtención de cuidados necesarios; lesiones incompatibles con la explicación suministrada; falta de comodidad en hablar de las lesiones y/o tentativa de minimizarlas; postura tensa durante la consulta y presencia constante en la consulta de un compañero muy “preocupado” o agresivo (Stark, 2001, Matos, en prensa). A partir de sus discursos, pudimos todavía concluir que, en general, los médicos entrevistados desenvuelven prácticas y percepciones consideradas adecuadas por la literatura (Rodriguez et. al., 1999, cit. Matos, en prensa): la mayoría cuestiona las pacientes cuando hay una sospecha; interroga la víctima sobre la historia de los malos tratos; procede al tratamiento médico, al apoyo y aconseja la víctima (ejemplo, revelando preocupación, atendiendo a su seguridad), con el cuidado de no asumir una postura directiva pero antes autónoma; elabora descripciones médicas y procede al necesario encaminamiento. Las propuestas actuales realzan la necesidad de trabajarse sobre la experiencia de victimación y trabajar el empowerment de la víctima (Walker, 1994). Stark (2001) afirma que el «objetivo de la intervención clínica en la violencia es prevenir la progresión de los problemas, sobre todo restituyendo el sentido de control de la víctima sobre sus recursos materiales, relaciones sociales y ambiente físico» (p. 365). Los prestadores de cuidados deberían asegurar la reducción de los principales efectos de la violencia, a través del tratamiento médico y de la intervención en crisis, con monitorización progresiva. Deberían aún suministrar información relevante (ejemplo, la naturaleza criminal, la ausencia de culpa de las víctimas, la quiebra de la idea de caso único, las opciones en la comunidad, el riesgo en que están envueltas). Es fundamental también una planificación centrada en el paciente y la articulación con otras instituciones para posibilitar la denuncia y el encaminamiento eficiente (Jasinski y Williams, 1998; Stark, 2001; Matos, en prensa). Las prácticas que estos médicos implementan están, además, consideradas apropiadas por las víctimas de violencia conyugal (Hathaway y otros, 2002). Estas refieren la importancia de que los médicos demuestren conocimiento sobre la violencia conyugal, usen afirmaciones educativas y adopten una actitud de respeto, no evaluativo, demuestren que creen en ellas y que tienen interés en ayudarlas. Las mujeres sobresalían aún la necesidad de que dispongan de tiempo para oírlas y cuestionar sobre el abuso, pero sin presionar el relato ni cuestionar muchos detalles, respetando la confidencialidad. La importancia de que los médicos atribuyan prioridad al abuso, que suministren encaminamientos relacionados con la violencia y que se preocupen con la seguridad de la víctima y otras necesidades inmediatas fueron también referidas. Igualmente realzada fue la importancia de que documenten los casos, que permanezcan disponibles, que promuevan el desarrollo de una relación positiva y que usen materiales sobre la violencia
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 123 conyugal en sus locales de trabajo (Campbell, 1994; Rodríguez y otros, 1996, cit. Hathaway y otros, 2002). A pesar de estos médicos relejan que es innecesaria la creación de un protocolo, y algunos la consideraren hasta poco útil, algunas organizaciones internacionales han publicado documentos con las líneas orientadoras en ese dominio para la práctica de los profesionales de salud (Hamberger y otros, 2004). Por ejemplo, “la Asociación Médica Americana recomienda la señalización de la violencia de la pareja en todos los servicios de entrada en el sistema de salud (AMA, 1992, cit. Koss y otros, 2001). Por su vez, McLeer, Anwar, Herman y Macquiling (1989, cit. Koss y otros, 2001) refieren que, con la implementación de un protocolo especifico de evaluación, las tasas de identificación aumentaron de 5,6% para 30%. Algunos autores sustentan que sin este procedimiento es poco probable que los médicos cuestionen sobre el posible abuso (Gondolf, 1998; Hamberger y otros, 2004). Por norma, los médicos participantes no denuncian los casos de que tienen conocimiento, en parte porque consideran que esa decisión debe partir de la víctima, no obstante situaciones en que denuncian (ejemplo, gravedad elevada, incapacidad de protección). Algunas de las razones que les impiden denunciar pueden relacionarse con el hecho de que desconocen el marco jurídico de este fenómeno (ejemplo, solo un médico ha referido que se trata de un crimen público) y con el difícil equilibrio que reconocen entre la cuestión del sigilo profesional y la denuncia. Ante este dilema, los médicos optan normalmente por respetar el sigilo profesional. Otra limitación a la denuncia es la dificultad revelada en saber cómo cuestionar y lidiar con la víctima ante su postura, por veces, defensiva. Casi todos los médicos fueron incapaces de reflejar en sus discursos los factores que podrían conducir al éxito de sus intervenciones en este campo. Por fin, uno de los aspectos a destacar se relaciona con la necesidad de formación de los médicos para actuar en este dominio, insuficiencia además reconocida por los participantes. Algunos estudios evidencian precisamente que los comportamientos y actitudes de los médicos parecen sufrir el impacto de ciertas variables (ejemplo, género, años de servicio), explícitamente de la formación en violencia conyugal. En su estudio, Easteal y Easteal (1992) concluirán que la formación específica sobre el tema introduce cambios en los médicos: los que la recibieron demostraban más probabilidad de creer en aconsejar las víctimas, de reportar los casos a la policía, de creer en la prisión como sanción para los agresores, de creer que las víctimas deberían ser ayudadas y que no son responsables por la violencia. También Hamberger y colaboradores (2004) defienden que los profesionales de salud consideran la formación útil y que esta ejerce un impacto positivo en sus juicios de autoeficacia y en la valoración de su papel profesional en la identificación y ayuda a estas víctimas. Además, en términos institucionales, hay que hacer una mayor investida en las condiciones de atención a esas pacientes (ejemplo, condiciones profesionales, físicas y espaciales para se escuchar y cuidar aquellas que lidian con el abuso en la pareja). Referencias Campbell, J. C. (1994). Child abuse and wife abuse: The Connections. Medical Medicine Journal. Campbell, J. C. (1995). Assessing dangerousness: Violence by sexual offenders, batterers, and child abusers. Thousand Oaks: Sage. Campbell, J. C. (1998). Making the health care system an empowerment zone for battered women: Health consequences, policy recommendations, introduction and overview. In J. C. Campbell (Ed.), Empowering survivors of abuse (pp. 3-22). Thousand Oaks: Sage. Easteal, P. W. y Easteal, S. (1992). Attitudes and Practices of Doctors toward Spouse Assault Victims: An Australian Study. Violence and Victims, 3, 217-227. Springer Publishing Company. Gondolf, E. W. (1998). Assessing woman battering in Mental Health Services. Thousand Oaks: Sage. Hamby, S. (1998). Partner violence: Prevention and Intervention. In J. L. Jasinski y L. M. Williams (Eds.), Partner Violence. A comprehensive review of 20 years of research. (pp. 210-258). Thousand Oaks: Sage.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 130 muestra poseen ciertas creencias y actitudes que les hagan más vulnerables a involucrarse en algún tipo de conflicto interpersonal, incluidos los que se refieren a su relación con el género femenino. En segundo lugar, y dado que el propósito de la investigación era analizar las diferencias entre personas que estuvieran cumpliendo condena por delitos de violencia doméstica frente a los que lo están por otro tipo de delitos, realizamos una serie de comparaciones mediante ANOVAs. De las trece medidas incluidas en el análisis de varianza solo obtuvimos diferencias significativas en función del delito cometido en tres de ellas. Una de estas medidas dependientes fue la Aceptación de la violencia, F (134,6)= 2,20, p=,047, de manera que quienes manifestaron una mayor aceptación de la violencia fueron los sujetos que se encontraban cumpliendo condena por delito de violencia doméstica (1,46) mientras que los que puntuaron menos en dicha escala fueron los que se encontraban cumpliendo condena por delitos económicos (1,15). También se observaron diferencias significativas en las tres medidas sobre sexismo, tanto en el Sexismo Ambivalente [F (131,6)= 2,16, p=,051] siendo los que obtuvieron una mayor puntuación los que cumplían condenan por lesiones y violencia doméstica (3,11 y 2,96 respectivamente) y los que menor puntuación obtuvieron fueron los que cumplían condena por delitos económicos (1,96). Respecto al Sexismo benévolo, los sujetos que obtuvieron mayores puntuaciones fueron los que habían cometido delitos contra la libertad sexual (3,55), violencia doméstica (3,509 y lesiones (3,46) mientras que los que menos puntuaban en la escala fueron los que cumplían condena por delitos económicos (2,06), F (131,6)= 2,41, p=,030, Se obtuvo F parcialmente significativa en el Sexismo Hostil, F (1301,6)= 1,89, p=,087, siendo los más sexistas hostiles los que cumplían condena por lesiones (2,75) y los que menos de nuevo los que habían cometido delitos contra la salud publica (1,78) o delitos económicos (1,87). Con el fin de conocer la relación entre las diferentes variables utilizadas (Individuales vs. Ideológicas), realizamos un análisis correlacional con el total de la muestra. Los resultados muestran que, el tener un estilo de apego seguro no correlaciona con ninguna de las demás medidas incluidas en el análisis. Mientras que tener un estilo de apego Independiente correlaciona con Autoestima (r=-,23, p<,01) y Bienestar (recuérdese que a mayor puntuación menor bienestar) (r=,24, p<,01). Tener un estilo de apego preocupado o inseguro correlaciona con la calidad de la relación de pareja (r=-,29, p<,01), además de con la Aceptación de la violencia (r=,21, p<,05), sexismo hostil (r= ,19, p<,05) y pensamientos distorsionados acerca del maltrato (r= -,21, p,05). Por último, el estilo de apego Miedoso o temeroso correlacionó con Bienestar (r=,17, p<,05), con la calidad de la relación (r=-,24, p<,05) y con el sexismo hostil (r=,18, p<,05). Quisimos comprobar si el patrón de correlaciones era diferente en función del tipo de delito, fundamentalmente nos interesaba comparar la población que había cometido delitos de violencia doméstica (y sexual). Obtuvimos correlaciones significativas entre aquellos con un estilo de apego miedoso y el bienestar percibido (r=,43, p<,05) y entre la aceptación de la violencia con el estilo de apego seguro (r=,33, p<,05) y con el preocupado o inseguro (r=,33, p< ,05). Entre los sujetos que estaban encarcelados por lesiones no se encontraron correlaciones significativas. Por último, y dado que nuestro objetivo principal era tratar de indagar cuáles eran las variables (individuales vs. ideológicas) que mejor predicen la violencia contra las mujeres, realizamos una serie de análisis de regresión por pasos, de modo que en el primer paso introdujimos las variables individuales: estilos de apego, autoestima, bienestar y calidad en la relación y en el segundo paso, las principales medidas ideológicasdominancia social, sexismo hostil y benévolo. Como variables criterio, las medidas relacionadas con la aceptación de la violencia contra la mujer: escala de aceptación de la violencia, inventario de actitudes sexuales, inventario de conductas sexuales, pensamientos distorsionados acerca de la mujer y escala de creencias en el maltrato. Realizamos un análisis para una cada de las variables criterio. Los resultados muestran que:
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 131 a) Cuando la variable dependiente fue Creencias en el maltrato, la varianza explicada en el primer paso por el modelo de regresión fue de 6% (p= n.s.), mientras que cuando se introdujeron en el segundo paso las variables de tipo ideológico (dominancia social, sexismo hostil y benévolo), la varianza explicada fue de 42,9% (F= 11,08, p=,00). Las puntuaciones beta que alcanzaron el nivel de significatividad fueron la dominancia social (beta= -,30, p=,00) y el sexismo hostil (beta=-,48, p=,00). b) Cuando la variable dependiente fue las puntuaciones en el Inventario de Actitudes Sexuales negativas, la varianza explicada en el primer paso del modelo de regresión lineal por pasos fue de 1% (p= n.s.), mientras que cuando se introdujeron en el segundo paso las variables de tipo ideológico (dominancia social, sexismo hostil y benévolo), la varianza explicada fue de 27% (F= 6,30, p=,00). Las puntuaciones beta que alcanzaron el nivel de significatividad fueron la dominancia social (beta= -,33, p=,00) y el sexismo hostil (beta= -,32, p=,00). c) Cuando la variable dependiente fue la puntuación en el Inventario de Conducta sexual negativa, la varianza explicada en el primer paso del modelo de regresión lineal fue de 7% (p= n.s.), mientras que cuando se introdujeron en el segundo paso las variables de tipo ideológico (dominancia social, sexismo hostil y benévolo), la varianza explicada fue de 15% (F= 2,32, p=,01). La puntuación beta que alcanzó el nivel de significatividad fue la dominancia social (beta= ,23, p=,01). d) Cuando la variable dependiente fue Pensamientos distorsionados acerca de las mujeres, la varianza explicada en el primer paso del modelo de regresión lineal fue de 0,4% (p= n.s.), mientras que cuando se introdujeron en el segundo paso las variables de tipo ideológico (dominancia social, sexismo hostil y benévolo), la varianza explicada fue de 24% (F= 5,59, p=,00). Las puntuaciones beta que alcanzaron el nivel de significatividad fueron la dominancia social (beta= -,32, p=,00) y el sexismo hostil (beta=-,29, p=,00). De esta forma queda probada la hipótesis de que son las variables ideológicas, en mayor medida que las individuales y/o de personalidad, las que mejor predicen el uso de la violencia contra las mujeres. No obstante, y dado que hemos incluido varias medidas de tipo ideológico, pensamos que sería conveniente seguir realizando análisis que nos arrojaran datos más concluyentes. En esta ocasión las variables predictoras fueron las medidas ideológicasdominancia social, sexismo hostil y benévolo y las variables criterio las mismas utilizadas en los análisis previos. Los resultados mostraron en todos los casos (excepto en la Aceptación de la Violencia que la F no fue significativa) que las variables predictoras cuyas betas fueron significativas fueron la Dominancia Social y el Sexismo Hostil. Discusión De los análisis realizados con este grupo extraído de la población reclusa podemos considerar que las medidas utilizadas en nuestro estudio han resultado ser buenas predictoras de la aceptación de la violencia en las relaciones interpersonales íntimas. En comparación con otros estudios realizados con anterioridad, encontrábamos que la población general esta mejor preparada para vivir al margen de la violencia mientras que los datos sobre la población reclusa apuntaban y apuntan a que el uso de la violencia sea una formula válida para solucionar los conflictos habituales en las relaciones íntimas. Un resultado que, aunque esperábamos encontrar no deja de ser curioso, es el hecho de que las personas que están cumpliendo condena por delitos de violencia doméstica difieran de aquellos que están cumpliendo condena por delitos contra la salud pública o delitos económicos en aquellas medidas relacionadas con el mantenimiento de creencias y actitudes negativas hacia las mujeres como grupo (medidas de sexismo, fundamentalmente). Por otra parte, el sexismo hostil se relaciona con tener un estilo de apego inseguro (r=,19, p<,05) así como con el estilo de apego miedoso o temeroso (r=,18, p<,05), estilos
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 132 ambos que pueden tener una gran influencia en el tipo de relaciones románticas que se establecen. Por otro lado, el sexismo hostil también se relaciona con la dominancia social (r=,35, p<,01), con el mantener unas actitudes sexuales negativas (r=,40, p<,01) así como con tener pensamientos distorsionados acerca de la mujer (r=-,41, p<,01) y del maltrato (r=-,57, p<,01). Una vez más parece confirmarse la concepción de este tipo de sexismo como una creencia que refleja una visión negativa de las mujeres. En lo que atañe a uno de nuestros principales intereses, la predicción de la violencia hacia las mujeres, hemos de señalar que en general, son las variables de tipo ideológico, en mayor medida que las de tipo individual y/o psicológico, las que predicen tales creencias y conductas negativas hacia la mujer y que éstas fueron fundamentalmente la dominancia social y el sexismo hostil. Contrariamente a lo que algunos autores mantienen, lo que diferencia a un maltratador de un no maltratado, no son variables de tipo individual (estilo de apego, autoestima, la percepción de bienestar con su vida, etc.) sino más bien la diferencia parece estar en el tipo de creencias que unos y otros mantienen acerca de las mujeres y a los comportamientos que son aceptables en la solución de problemas, por otra parte inevitables en las relaciones interpersonales íntimas. Este trabajo constituye un paso dentro de un estudio más ambicioso en el que estamos inmersos. Consideramos que, salvando las limitaciones que sabemos tiene nuestro trabajo, nos ha permitido obtener información que resulta de gran interés no solo en cuanto al diseño de medidas de tratamiento que pudieran aplicarse a reclusos condenados por delitos de género, sino también en el diseño de posibles medidas de prevención que pudiera llegar a una gran parte de la población en general. Referencias Blascovich, J. y Tomaka, J. (1991). Measures of self-esteem. En J.P. Robinson, P. R. Shaver y L. W. Wrightsman (Eds.), Measures of Personality and Social Psychological Attitudes (pp. 115-160). San Diego, Ca.: Academic Press. Echeburúa, E. y Fernández-Montalvo, J. (1997). Tratamiento cognitivo-conductual de hombres violentos en el hogar: un estudio piloto. Análisis y Modificación de Conducta, 23, 355384. Expósito, F., Moya, M. y Glick, P. (1998). Sexismo ambivalente: medición y correlatos. Revista de Psicología Social, 13(2), 159-169. Kristiansen, C. M. y Giulietti, R. (1990). Perceptions of wife abuse. Effects of gender, attitudes toward women, and just-world beliefs among college students. Psychology of Women Quarterly, 14, 177-189. Lenton, R. L. (1995). Power versus feminist theories of wife abuse. Canadian Journal of Criminology, 37 (3),305-330, Pratto, F., Sidanius, J., Stallworth, L. M. y Malle, B. F. (1994). Social dominance orientation: A personality variable predicting social and political attitudes. Journal of Personality and Social Psychology, 67, 741–763. Rosenberg, M. (1965). Society and the adolescent self-image. Princenton, NJ: Princenton University Press. Saltzman, J. (1992). Equidad y género. Cátedra: Madrid. Saunders, Lynch, Grayson y Linz (1987). Inventario acerca del maltrato a la mujer. Violence and victims, 2 (1), 39-58.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 133 VIOLENCIA DE GÉNERO EN RELACIONES DE PAREJA DURANTE LA ADOLESCENCIA: ANÁLISIS DIFERENCIAL DEL CUESTIONARIO DE VIOLENCIA ENTRE NOVIOS (CuViNo) Autores: Luís Rodríguez Franco(1) Mª Ángeles Antuña Bellerín(1) Fco. Javier Rodríguez Díaz(2) Fco. Javier Herrero Díez(2) Victoria E. Nieves Iglesias(3) Institución: (1) Universidad de Sevilla (2) Universidad de Oviedo (3) Psicóloga de CAVASYM (Gijón) Introducción Hoy en día no es necesario destacar la relevancia, a todos los niveles, de la violencia de género (González Menéndez y Santana Hernández, 2001; Rodríguez, Fernández Ríos, Herrero y otros, 2005). Prueba de ello son los recursos financieros, sociales y legales que se ponen a su disposición. Sin embargo, los resultados de ellos no son los inicialmente previstos, o al menos no son los apetecidos, hasta el momento. Así, las cifras de denuncias y muertes (en ningún caso los indicadores únicos, ni a veces los más representativos, debido al sufrimiento familiar que provoca la violencia de este tipo) siguen manteniéndose o aumentando (en cualquier caso, siguen existiendo) a pesar de los años de esfuerzos que llevamos puestos en marcha (Rennison, 2000; Tjaden y Thoennes, 1998; Tucker Halpern, Young y otros, 2004). La mayoría de las investigaciones que se llevan a cabo sobre la violencia de género (de cuya conveniencia conceptual no hablaremos en este momento), lo hacen sobre aspectos y procesos contemporáneos o simultáneos al maltrato: se publican informes acerca del efecto que las amenazas del agresor surten sobre la autoestima de la víctima o su decisión de permanecer con el agresor, o del papel que juegan las restricciones sociales y financieras, o la relevancia de las amenazas, el apoyo social y un muy largo etcétera, es decir, en la explicación de la violencia, habitualmente empleamos variables que en el momento de la evaluación de la víctima o su agresor se hayan presentes. Este planteamiento, aún válido, se encuentra limitado por cuanto que tiende a desestimar o relegar a un segundo plano experiencias pasadas, tanto del agresor como de la víctima, que pueden estar jugando un papel muy relevante en el momento del maltrato actual. Nuestra hipótesis es: hay que plantear el estudio de la violencia de género con anterioridad al mantenimiento de las relaciones (conyugales o no) más estables en la edad adulta (Rodríguez Franco, Antuña y Rodríguez, 2001). Ello, pues, implica analizar tres aspectos poco abordados hasta el momento: a) La primera sería identificar las acciones constitutivas de violencia de género en edades previas, como la adolescencia; es decir, cuando se inician relaciones afectivas entre géneros de forma relativamente estable. En este sentido, las relaciones durante el noviazgo constituirían una buena representación de ello. Sin embargo, las conductas violentas entre iguales (como las denominadas de bullying), quedarían excluidas al no existir tal relación afectiva, intencional, voluntaria y relativamente duradera, que mencionábamos con anterioridad. b) Por otro lado, implicaría señalar y adaptar las posibles conductas que pueden ser constitutivas de maltrato, bien distinto al conyugal, al entorno del noviazgo. Evidentemente, la frecuencia de aparición y la relevancia de las amenazas sobre los hijos que aparecen con frecuencia en la violencia conyugal son bien distintas durante
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 134 las relaciones de noviazgo. De esta manera, podríamos incluir otras conductas distintivas como la delegación irrespetuosa y sexista de las responsabilidades sociales (colegios, tareas caseras, etc), familiares (cuidados de los hijos), económicas (formas de distribución y organización de los gastos familiares), etc. Sin embargo, otras menos relevantes en la violencia conyugal adquieren una especial significación durante las relaciones de noviazgo, lo cual en ningún caso implica la inexistencia de importancia en el otro caso. c) Aunque habitualmente se comenta en los informes científicos comportamientos y hábitos propios y más o menos característicos de los agresores, por último, poco se ha analizado el estudio de las actitudes o la predisposición (sea tolerancia o aceptación) ante ciertos comportamientos propios de la violencia de género. Tan importante nos parece en la explicación de la violencia de género el que aparezca un tipo de maltrato físico, como las actitudes que tanto los agresores como las víctimas desarrollan hacia ellos. Por ejemplo, es estadísticamente significativo que los novios varones denominen con nombres de genitales a sus parejas, mientras que lo contrario ocurre de forma más infrecuente. En cuanto a tocamientos sexuales no deseados, la interpretación es igualmente sexista - cambiante según el género al que nos refiramos -. Finalmente, dos últimas anotaciones. Consideramos que, aunque existan expresiones explícitas del maltrato (más manifiestas en la física), la violencia de género puede tener una expresión amorfa y muy sutil; por ejemplo, la conducta de castigo físico a los hijos puede ser un medio utilizado por algunos padres varones de ‘educación’ filial y nada más, aunque tal violencia hacia los hijos a veces no es más que una forma más de maltrato indirecto a la mujer esposa o compañera. En este sentido, consideramos que el maltrato puede tener una naturaleza amorfa, siendo el contexto y las intenciones las que logren adscribir ciertos comportamientos a conductas de maltrato o no (Corr y Jackson, 2001; Gold, Sinclair y Balge, 1999; Marcus y Swett, 2003). La segunda tiene más que ver con los tipos de violencia que habitualmente consideramos: la física y la psicológica. Evidentemente son y se expresan de forma distinta: en la actualidad una mujer que reciba una expresión de violencia física, sin haber sido victimizada psicológicamente de forma previa, difícilmente mantendrá las relaciones con su agresor. Hay que ser conscientes también que la violencia psicológica es usualmente más tolerada que la física, motivo por el que el maltrato suele iniciarse por la primera y tiende a invisibilizarse (Gracia Fuster, 2002; Lisa, Locke y Richman, 1999) En cuanto a la distinción de ambas (violencia física y psíquica) aparecen ciertas dudas a la hora de adscribir ciertos comportamientos a un tipo o a otro. No cabe duda que el medio utilizado para someter a una mujer a una violación es de naturaleza física, pero tampoco nos cabe duda que el medio no coincide con el tipo de maltrato. Así pues, en este ejemplo, aunque los medios sean de naturaleza física, el tipo de maltrato sería dual, tanto físico como psicológico. Por demás, cuando nos referimos a estos tipos de maltrato estamos empleando una terminología jurídica y legal que, aunque relacionada con la psicológica, no tienen por qué coincidir (Martínez, 2005; Pico, 2005). En definitiva, nuestro estudio tiene como objetivo a largo plazo analizar los índices de prevalencia de violencia doméstica en las relaciones de noviazgo adolescentes, en tanto se logre determinar los tipos de violencia que pueden ser establecidos en este tipo de relaciones interpersonales. Método Muestra El cuestionario se aplicó a un total de 1238 parejas de novios adolescentes de las provincias de Sevilla, Asturias y Huelva, en el contexto académico. Para este estudio hemos utilizado únicamente las respuestas de 706 mujeres con edades comprendidas entre los 16 y 21 años (x: 18,53; DT: 1,55). El único requisito para su incorporación a la base de datos fue la
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 135 de haber mantenido una relación de noviazgo en los últimos seis meses, siempre y cuando su duración fuese superior a un mes. En cuanto a los niveles educativos representados en la muestra nos encontramos con los estudios de Secundaria (6,9%), Bachiller (31,9%), F.P.I y II (19,6%) y Universitarios (41,9%). Instrumento de Evaluación El estudio se realiza mediante el diseño de un cuestionario ad hoc, el cual incluye comportamientos que se entiende son constitutivos de violencia de género en edad adolescente. Se compone de 60 ítems que deben ser contestados en formato likert, de frecuencia de cinco opciones, como aparece en el anexo I. Complementariamente se incluyen preguntas adicionales, en el caso de que las mujeres contestaran afirmativamente a la pregunta ¿Te has sentido maltratada?, que tratan de indagar el tiempo en que se produjo la problemática, su duración, los intentos de ruptura, el nivel de contacto que se mantenía con el agresor, el conocimiento acerca de la violencia entre novios en otras parejas, etc. (el análisis de estos ítems excede los objetivos del estudio). Del mismo modo, cada una de las conductas del cuestionario exige una respuesta en función del grado de molestia que ocasionaba a la víctima dichos comportamientos, se produjera de hecho o no; es decir, se pretendía no solo analizar la existencia de comportamientos abusivos, sino también el nivel de tolerancia hacia ellos. Este segundo tipo de respuesta, se estructura igualmente en un formato tipo Likert de intensidad. Procedimiento El análisis de estos datos se aborda mediante el paquete estadístico SPSS 13,0 para Windows. El procedimiento seguido implica, en primer lugar, el conteo de las frecuencias referidas a los comportamientos abusivos, en las relaciones de pareja adolescentes, al mismo tiempo que se busca identificar la visualización del maltrato a nivel diferencial –diversidad a considerar por edades y nivel educativo -. A continuación se trata de determinar la estructura factorial del cuestionario ‘ad hoc’, elaborado por los autores, mediante un análisis factorial de componentes principales con rotación varimax, tomando como criterio para la extracción y asignación de factores: autovalores iguales o superiores a uno, saturaciones factoriales de ,40 o superiores y porcentaje de varianza explicada por los factores de 4% o superior. Se plantea, por último, la correlación entre las puntuaciones directas de los factores que conforman la estructura factorial del cuestionario, al mismo tiempo que un análisis de varianza (ANOVA) con el objeto de contrastar la utilidad de cada uno de los factores de acuerdo con la percepción de maltrato en las relaciones de novios adolescentes. Resultados El hecho de percibir las relaciones interpersonales en la pareja adolescente como propias de considerarse de maltrato va a ser contestado afirmativamente por un 6,2% de la muestra. Un análisis más detallado aparece en la tabla 1, donde se muestra la distribución por niveles educativos, lo que nos permite observar que los porcentajes varían en función de éste - entre el 2,7% en Bachiller y el 8,4% en el ámbito universitario-. Los resultados que identifican la estructura factorial del cuestionario aparecen en la tabla 3. La matriz factorial resultante identifica 8 factores, que explican en su conjunto el 44,69% de la varianza, al mismo tiempo que constata una primera apreciación: la estructura factorial es compleja (mucho más que la correspondiente a la clasificación jurídica de Violencia Física y Psicológica). En consecuencia, en adolescentes y post-adolescentes hay que matizar la distinción legal de los dos tipos de violencia de género. El análisis por edades nos refiere una situación parecida (Tabla 2): distribución de las frecuencias estadísticamente significativa (x2: 15,18; p<,0,05), en el sentido de presentar un incremento a partir de los 19 años hasta alcanzar el 14,5% a la edad de 21 años
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 136 Tabla 1, Distribución por niveles educativos, de mujeres que se han sentido maltratadas en la relación de noviazgo. Nivel de estudios Secundaria Bachiller FPI o ciclo grado medio FPII o ciclo grado superior Universitarios Total Recuento 45 220 45 81 271 662 no % 93,8% 97,3% 93,8% 92,0% 91,6% 93,8% Recuento 3 6 3 7 25 44 ¿Te has sentido maltratada? sí % 6,3% 2,7% 6,3% 8,0% 8,4% 6,2% Total Recuento 48 226 48 88 296 706 Tabla 2. Distribución por edad, de mujeres que se han sentido maltratadas en la relación de noviazgo. ¿Te has sentido maltratada? No si Total Recuento 73 4 77 16 % 94,8% 5,2% 100,0% Recuento 135 4 139 17 % 97,1% 2,9% 100,0% Recuento 134 5 139 18 % 96,4% 3,6% 100,0% Recuento 107 6 113 19 % 94,7% 5,3% 100,0% Recuento 148 14 162 20 % 91,4% 8,6% 100,0% Recuento 65 11 76 EDAD 21 % 85,5% 14,5% 100,0% Recuento 662 44 706 Total % 93,8% 6,2% 100,0% Los factores resultantes ofrecen varianzas explicadas con porcentajes similares entre sí (oscilando en los ocho factores entre el 6,59 y 4,84), lo que descarta que la percepción del maltrato por parte de los adolescentes tenga un carácter general, sino más bien todo lo contrario. Es decir, existe una estructura en agrupaciones de comportamientos distintivos y limitados. El primero de ellos lo hemos denominado “Violencia por Coerción” (7 items, alfa: 0,82), que, utilizando el diccionario de la RAE, se definiría como: ‘presión ejercida sobre alguien para forzar su voluntad o su conducta’. Este factor se encuentra representado por comportamientos muy explícitos (como amenazar con suicidarse si la novia deja la relación y la manipulación a través de mentiras) y otros como poner a prueba el amor de la pareja, a través de trampas para comprobar si le engaña, y hablar sobre relaciones que el novio imagina que tiene su pareja. El segundo factor lo relacionamos con la “violencia sexual” (6 ítems, alfa: 0,82). Este identificará comportamientos sexistas-sexuales, como los juegos sexuales no deseados por la mujer, sentirse obligada a realizar determinados actos y tocamientos sexuales. El tercer factor evidencia la desestimación de la condición de mujer, por lo que lo hemos denominado “Violencia de Género” (6 ítems, alfa: 0,79). Este factor incluye conductas de burla y sentimientos sexistas de superioridad. El cuarto factor identifica la forma de “violencia instrumental”, ésto es, la utilización de medios indirectos con el objetivo de infligir daños o sufrimiento a la mujer. En este caso, se refieren robos de objetos queridos, lanzamientos de objetos e insultos (5 ítems, alfa: 0,74).
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 137 Tabla 3. Matriz factorial Rotada. Se ha omitido las saturaciones inferiores a 0,40 Contenido de los ítems (extracto) I II III IV V VI VII VIII Pone a prueba amor, fidelidad, con trampas ,677 Habla sobre relaciones que imagina tienes ,665 Amenaza con suicidarse si la dejas ,662 Te ha retenido ,538 Te manipula con mentiras ,533 Invade tu espacio/privacidad ,435 No puedes discutir porque está enfadada/o ,435 Te sientes obligado a mantener sexo para no dar explicación ,715 Insiste en tocamientos que no quieres ,713 Te ha tratado como objeto sexual ,679 Te sientes forzado a determinados actos sexuales ,673 No tiene en cuenta tus sentimientos sobre sexo ,589 Te fuerza a desnudarte ,500 Se burla de mujeres/varones en general ,739 Actúa/piensa que los de otro sexo son inferiores ,700 Ha ridiculizado, insultado a las mujeres ,685 Desprestigia tu condición hombre/mujer ,656 Critica tu sexualidad ,603 Ridiculiza tus creencias, religión, clase ,561 Te ha robado ,845 Te quita llaves del coche o dinero ,808 Te ha lanzado objetos ,591 ,423 Te hizo endeudar ,546 Te insulta en presencia de amigos/familiares ,432 Te ha golpeado ,745 Te ha abofeteado, empujado, zarandeado ,649 Te ha herido con objeto ,634 Te estropea objetos queridos ,629 Llega tarde, no cumple lo prometido, con pareja ,738 No reconoce responsabilidad sobre la relación ,622 Impone reglas según su conveniencia ,617 Ignora tus sentimientos ,541 Te humilla en público ,691 Te critica, subestima, humilla ,600 Ridiculiza tu forma de expresarte ,546 Te critica, insulta, grita ,476 No te ha ayudado cuando necesitabas ,444 Te ridiculiza, insulta por tus ideas ,427 ,440 Te niega sexo afecto cómo forma de enfado ,741 Te niega apoyo, afecto como castigo ,702 Amenaza con abandonarte ,557 Deja de hablar o desaparece para demostrar enfado ,475 La “violencia física” (factor V) aparece representada con golpes, empujones, heridas o, de forma indirecta, a través del daño a objetos con significación emocional para la víctima (4 ítems, alfa: 0,76). El sexto factor refiere la “violencia por desapego”. Este incluye comportamientos relacionados con una actitud de indiferencia y descortesía hacia la pareja y sus sentimientos (4 ítems, alfa: 0,73) El séptimo es la “violencia por humillación” (6 ítems, alfa: 0,80). Este factor agrupa los comportamientos de críticas personales dirigidas contra la autoestima y orgullo personal de la pareja, dejadez y denegación de apoyo y conductas tendentes a rebajar la estimación de una persona. A diferencia del factor violencia de género, en este factor las críticas se personalizan no tanto en la condición de mujer de la pareja sino en la propia persona. El octavo, y último factor, lo denominamos “violencia por castigo emocional” (4 ítems, alfa: 0,69). Este factor refiere las demostraciones de enfado ficticias por parte del varón, que resultan poco adaptativas y no convenientes en una relación de pareja. En cualquier caso, este tipo de reacciones en el varón no deberían incluirse habitualmente en el repertorio de situaciones habituales en situaciones de pareja.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 138 El planteamiento realizado nos lleva a sostener que los distintos tipos de maltrato, aunque diferenciados, deberían presentar unos altos índices de correlación. Ello vendría a demostrar que la violencia contra la pareja, cuando se ejerce, se hace de forma generalizada, lo que se constata en la tabla 4: los factores se hallan significativamente correlacionados entre sí. Estos resultados los interpretamos en el sentido de que si bien es posible diferenciar agrupaciones de comportamientos que implican distintos tipos de maltrato, éstos no aparecen de forma aislada, sino dentro de un conjunto que conductas relacionadas con la violencia. Esta conclusión está en la línea de aquellas que aparecen cuando se relaciona la violencia física y psicológica en las relaciones de Violencia Doméstica padecida por mujeres adultas (Martínez, 2005; Pico, 2005). Tabla 4. Matriz de correlaciones de Pearson entre los factores del Cuestionario Coerción Sexual Género Instrumental Físico Desapego Humillación Sexual ,423(**) Genero ,474(**) ,498(**) Instrumental ,321(**) ,400(**) ,419(**) Físico ,386(**) ,386(**) ,398(**) ,563(**) Desapego ,510(**) ,461(**) ,447(**) ,254(**) ,241(**) Humillación ,519(**) ,527(**) ,584(**) ,501(**) ,463(**) ,587(**) Castigo Emocional ,546(**) ,338(**) ,293(**) ,201(**) ,269(**) ,469(**) ,447(**) ** p< 0,01 (bilateral) Finalmente, al proceder a establecer las diferencias entre los factores obtenidos por la consideración de sentirse maltratada, o no, la víctima (véase tabla 5), los resultados confirman la existencia de diferencias estadísticamente significativas en todos los factores de nuestro cuestionario. Tabla 5. Análisis de Varianza (ANOVA) con el objeto de contrastar la utilidad para discriminar la percepción de maltrato en las relaciones de novios adolescentes. Suma de cuadrados gl Media cuadrática F Sig. Inter-grupos 747,561 1 747,561 58,099 ,000 Intra-grupos 7449,981 579 12,867 Coerción Total 8197,542 580 Inter-grupos 246,585 1 246,585 50,789 ,000 Intra-grupos 3417,970 704 4,855 sexual Total 3664,555 705 Inter-grupos 229,425 1 229,425 36,148 ,000 Intra-grupos 4461,804 703 6,347 genero Total 4691,228 704 Inter-grupos 28,024 1 28,024 33,428 ,000 Intra-grupos 588,521 702 ,838 instrumental Total 616,545 703 Inter-grupos 45,128 1 45,128 33,000 ,000 Intra-grupos 961,360 703 1,368 Físico Total 1006,488 704 Inter-grupos 131,633 1 131,633 23,902 ,000 Intra-grupos 3866,105 702 5,507 Desapego Total 3997,737 703 Inter-grupos 382,205 1 382,205 66,036 ,000 Intra-grupos 4063,044 702 5,788 Social Total 4445,249 703 Inter-grupos 184,845 1 184,845 53,236 ,000 Intra-grupos 2444,426 704 3,472 Emocional Total 2629,271 705
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 139 Discusión y Conclusiones Como venimos constatando, día a día, en el análisis e intervención actual para hacer frente a la realidad de la violencia de género no basta con adoptar medidas correctoras o terapéuticas que sean contemporáneas al proceso de violencia. Frente a ello, contemplamos como necesaria la implementación de estrategias encaminadas a la prevención, dado que consideramos que los comportamientos y actitudes hacia este tipo de violencia empiezan a arraigar durante las primeras relaciones interpersonales intergéneros (Garrido, 2005; Ovejero y Rodríguez, 2005). En nuestro caso, nos hemos centrado en las relaciones de novios en la adolescencia y primeros años de la juventud, más concretamente en edades comprendidas entre los 16 y 21 años. Por otro lado, consideramos que los tipos de violencia descritos en el campo legal (física y psicológica), no corresponden necesariamente a una clasificación psicológica, en la que debemos incluir procesos, actitudes y comportamientos propios de la violencia (Rodríguez, Fernández Ríos, Herrero y otros, 2005; Rodríguez Franco, Antuña y Rodríguez, 2001). Aunque aparecen relativamente diferenciados, forman un único complejo proceso de violencia, en el que la aparición de uno difícilmente puede explicarse satisfactoriamente sin acudir a más (Estrada Pineda, 2005). Para justificar el estudio de la violencia de género en la adolescencia, en primer lugar, se hace necesario analizar su prevalencia. Los datos aportados en nuestro estudio, que arrojan cifras en torno al 6%, varían en función de la edad en la que se ha mantenido las relaciones de novios. Estos resultados, en la línea de los obtenidos en otras investigaciones (Fisher, Culen y Turner, 2000; Rennison y Welchans, 2000; Trujado Ruiz y Mata Velásquez, 2002); Tucker Halpern, Young y otros, 2004; …), detectan una tendencia creciente a medida de que lo hace la edad de las mujeres encuestadas. Este dato no es ni nuevo ni desconocido, aunque desafortunadamente es obviado o relegado a un segundo plano de forma excesivamente frecuente en la intervención tanto optimizadora como primaria (González Méndez y Santana Hernández, 2001; Rodríguez, Fernández Ríos, Herrero y otros, 2005; Rodríguez Franco, Antuña y Rodríguez, 2001). En otras palabras, los fracasos educativos referidos y centrados en los recursos para el desarrollo de unas relaciones interpersonales satisfactorias sobre el sentimiento del amor (Garrido, 2005), llevarán a implementar relaciones de dependencia basadas tanto en el control como la obediencia o el poder de uno sobre el otro, donde no tiene ya cabida la convivencia sin violencia (Ovejero, Rodríguez, 2005) Los factores identificados por nuestro cuestionario permiten señalar distintos tipos de violencia que de forma más explícita o implícita aparecen en estas edades, corroborando la hipótesis de la multidimensionalidad - la variedad de maneras y formas (algunas notablemente sutiles e incluso amorfas) a través de las cuales empieza a elaborarse ese complejo proceso de la violencia - de la violencia de género (Corr y Jackson, 2001; Nadkarni y Grubin, 2000; O’Hare y O’Donohue, 1998). De igual manera, los indicadores de fiabilidad de los factores pueden considerarse satisfactorios, al mismo tiempo que cada una de las escalas diferencian de forma estadísticamente significativa a las adolescentes que se han sentido maltratadas por sus novios. Los resultados obtenidos, de esta manera, nos llevan a considerar el cuestionario como un instrumento útil y a ser utilizado como elemento inicial de despistaje de la violencia de género en las relaciones interpersonales de parejas jóvenes, adolescentes. Por ello, intencionalmente hemos acortado la longitud del cuestionario de los 62 ítems iniciales a los 41 actuales, siendo conscientes que ello es únicamente un primer paso y que queda mucho por hacer: por ejemplo, analizar las actitudes ante este tipo de comportamientos, con el objetivo de visibilizar el maltrato encubierto, del que habla Gracia Fuster (2002), en las relaciones interpersonales de amor en las parejas adolescentes. Para terminar, hay que señalar que es preciso ir más allá de detectar la existencia de violencia de género en parejas de novios y/o demostrar la complejidad de dicho tipo de violencia, es decir, necesitamos hacer visibles las actitudes que la sostienen y la realidad comportamental asociada a ella, siempre y cuando queramos hacer frente y cambiar esta realidad de desigualdad de género.
PSICOLOGÍA JURÍDICA. VIOLENCIA Y VÍCTIMAS 146 Del análisis de contenido de los discursos de los participantes, emergen la vergüenza, la culpa y el miedo, como efectos predominantes. La vergüenza (y.g., estigmatización, miedo de rechazo), surge como consecuencia emocional llave en las narrativas suscitadas (y.g., “para mí, fue la vergüenza”; “que iban a hablar de eso muchas veces, que cuando yo pasara en la calle iban a mirarme con pena”) y desempeñó un papel determinante en el mantenimiento del secreto (y.g., “no fui capaz de hablar… por vergüenza”; (la vergüenza decía) “que yo no debía contar”). La culpa aparece también como un tema recurrente en las historias analizadas. Las víctimas resilientes atribuyen claramente la responsabilidad por el abuso al perpetrador (y.g., “Como es de mayor edad debía haber pensado más antes de haberme hecho eso, debía haber pensado que yo era un menor”), surgiendo sin embargo, la referencia discursiva a la autoculpabilización por el abuso o por la incapacidad de que lo eviten/que paren (y.g., “hubiera pedido socorro o gritaba por alguien, podía haber evitado eso”; “podíamos haber huido”), por el mantenimiento del secreto y la incapacidad de poner fin al abuso (y.g., “podíamos haber contado hace más tiempo”; de la primera vez que él intentó hacer conmigo sexo podía haber dicho”); y, en un caso del abuso intrafamiliar, por las consecuencias de la revelación y alteraciones familiares decurrentes como el divorcio de los padres y condena del padre (y.g., “si no hubiera contado mi padre no había ido aunque”; “culpa por mi madre trabajar mucho”). El miedo surge también como un efecto común en las narrativas proferidas; sin embargo parece asumir una menor significación para los participantes en términos de impacto. Surge esencialmente asociado a la revelación del abuso, funcionando como inhibidor (“y.g., “Para guardar algún tiempo el secreto, podía darle alguna cosa y matar mis padres…. y relacionado con las consecuencias de la revelación (y.g., “y lo que iba a acontecer posteriormente”). El sentimiento de traición, producido por la ruptura de una relación de confianza por una figura próxima, es otro tema que caracteriza la experiencia de victimación (y.g., “Porque él se hacía de amigo pero después nos engañaba”; “él era nuestro amigo, nos defendía siempre y después…”). Tal como sería de esperar, este tema parece asumir mayor significado en el caso de abuso intrafamiliar, constituyéndose como un efecto reforzador de la dimensión de pérdida resultante de la experiencia abusiva. Esta percepción del abuso como engaño/trampa parece influenciar las representaciones que las víctimas tienen del mundo y/o de los otros (y.g., “el mundo no es tan bueno como parece (…) las personas no son todas iguales”). De igual modo, emergen algunos aspectos/efectos relacionados con la identidad y orientación sexual. Uno de los participantes masculinos expresa miedo cuanto a la homosexualidad, traducido por una preocupación acerca del potencial de venir a hacerse homosexual, como resultado del abuso (y.g., dice que cuando el problema lo afecta le llama “gay”). La participante femenina evidencia alguna ansiedad en relación a relaciones futuras, más específicamente, miedo de no encontrar un compañero que acepte la historia de abuso o de ser rechazada (y.g., “creo que nunca voy poder tener un novio que no vaya a saber lo que se pasó”; “(…) un novio que supiera eso, dejaría de estar enamorado de mi… por vergüenza”). En las historias narradas por las víctimas resilientes, fue posible constatar que el problema se instaló con mayor intensificación en el periodo post-revelación. A la excepción de un participante, las víctimas refieren que el problema “aumentó/creció” después de la revelación (y.g., “mandaba más después de haber contado”; “pensaba que iba a ayudar pero empeoró”) y fue enflaqueciendo progresivamente a lo largo del tiempo. Analizando las narrativas proferidas, es posible constatar que la estigmatización, alimentada por los discursos sociales en relación con el abuso, fue el principal factor de precipitación/agudización del cuadro sintomático en la fase post-revelación (y.g., “yo antes no pensaba que íbamos que haya tantos problemas (…) pero después el problema se quedó mayor”). De los discursos sociales, emerge esencialmente la negación del abuso y culpabilización de la víctima (y.g., “Ah, él no era capaz de hacer eso, era mucho amigo”; “Porque algunas personas no creían en nosotros, los llamaban mentirosos”). Momentos de excepción
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