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Apuntes sobre la «crítica» literaria en España en las primeras décadas del siglo XVII

Alonso Veloso, María José

Abstract

Durante las primeras décadas del siglo XVII se registra en España un interesante auge de los comentarios «críticos», formulados por los poetas en soportes diversos y mucho antes del nacimiento «oficial» de la crítica literaria, en la centuria siguiente. Asistemáticos, subjetivos y ligados a polémicas literarias del momento como la poesía cultista o la comedia nueva, utilizan de modo interesado (o desdeñan resueltamente) las rígidas teorías poéticas procedentes del pasado, ya incapaces de albergar las novedades de la literatura contemporánea. Esta pujante marea «crítica», que emerge de entre la preceptiva y se funda más en el criterio del gusto que en las normas clásicas, puede interpretarse como indicio del progresivo desmoronamiento de una actividad preceptista que no sobrevivió a la edad moderna

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[355] AnMal, XXXIV, 2, 2011, págs. 355-396 APUNTES SOBRE LA «CRÍTICA» LITERARIA EN ESPAÑA EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XVII María José Alonso Veloso Universidad de Santiago de Compostela Tras algunas dudas, René Wellek y Austin Warren titularon Theory of Literature su célebre manual de 19481. Buscaron una denominación funcional para abarcar un heterogéneo saber académico dentro del cual delimitaron tres ramas: literary theory (poetics), criticism (evaluation of literature) y literary history. La traducción española de 1959, auspiciada y prologada por Dámaso Alonso, adoptó por título Teoría literaria, denominación que diluía la diferencia entre theory of literature y literary theory, es decir, entre un conjunto variado de saberes y una rama con objetivo definido. Por aquellos años existían en España cátedras de Gramática general y Crítica literaria, denominación esta última que fue luego reemplazada por la de Teoría de la literatura. En uno y otro caso el legislador parecía tener en mente una disciplina semejante a la literary theory, es decir, el estudio de fundamentos metodológicos y principios generales, pero en la práctica se ha desembocado en algo muy próximo a la theory of literature, es decir, un abanico muy variado de saberes imprecisamente relacionados entre sí. Aunque, en líneas generales, se acepta la triple distinción formulada por Wellek y Warren, su desdibujamiento en la práctica académica española ha terminado por restar precisión a los términos2, difuminando la necesaria distinción entre el estudio de lo general y lo particular. 1 Cito por la tercera edición, Brace and World, New York / Harcourt, 1956. 2 No entra en mis objetivos abordar problemas similares en otras lenguas. 356 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso A diferencia de la preceptiva, que no sobrevivió a la edad moderna, la crítica literaria no ha dejado de cobrar importancia. Wellek sitúa su nacimiento en torno a 1750, con los comentarios de Voltaire, Diderot, Johnson, Vico, Lessing o Goethe3, basándose en una interpretación poco restrictiva del término: Tomo el término «crítica» en sentido amplio, para abarcar no sólo opiniones sobre libros y autores particulares, crítica «de enjuiciamiento», crítica profesional, ejemplos de buen gusto literario, sino también, y principalmente, lo que se ha pensado sobre los principios y teoría de la literatura, su naturaleza, función y efectos; sus relaciones con las demás actividades humanas; sus tipos, procedimientos y técnicas; sus orígenes e historia (i, págs. 7-8). Pero hay fundadas razones para fijar su origen siglos atrás. En el caso concreto de la literatura española hay interesantes atisbos en la época medieval, y un mayor desarrollo en el Renacimiento y Barroco. A causa de la confusión señalada anteriormente no se le ha prestado la atención que merece, pero es imprescindible aplicar el sintagma «crítica literaria» a determinados aspectos de un pasado dominado por la preceptiva teórica, si se desea entender correctamente la evolución de la reflexión en torno a la literatura y su incidencia en la creación artística. En 1971 José Manuel Blecua publicó un artículo titulado «Estructura de la crítica literaria en la Edad de Oro»4. Sin mencionar a Wellek y Warren ni buscar precisiones terminológicas, se interesó por las opiniones que esporádicamente habían formulado algunos escritores a través de cauces tan diversos como prólogos, poemas, sátiras, memoriales, vejámenes y similares, inducidos por motivos no sólo retóricos o estilísticos, sino también morales, políticos o personales. Denominó crítica a ese conjunto de opiniones que a) se centraban en la literatura contemporánea, b) valorándola en términos subjetivos y c) apoyándose en un análisis intrínseco más o menos exhaustivo. La novedad de Blecua estriba en haber llamado la atención sobre un tipo de reflexión literaria menor, asistemática, ajena a la tradición de las preceptivas y muy ligada a las polémicas literarias del momento, generalmente desatendida por quienes, a la manera del Pinciano y Cascales, formulaban preceptos y establecían principios con validez general apoyándose en la teoría y la práctica de la antigüedad clásica. Considero que conviene deslindar tres tipos de manifestaciones diferentes sobre la literatura, matizadas por mil modulaciones posibles, que en esta época se entrecruzan con frecuencia y pueden manifestarse a través de cauces genéricos también diversos: 3 R. Wellek, Historia de la crítica moderna (1750-1950), i, Gredos, Madrid, 1969, pág. 11. 4 Recogido después en Sobre el rigor poético en España y otros ensayos, Ariel, Barcelona, 1977, págs. 59-72, por donde cito. 357 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa 1) En primer lugar, obras de marcado carácter preceptivo, como las de Pinciano, Cascales o González de Salas, que toman como referencia principal la literatura clásica y, sólo en pequeña medida, la vulgar. Herencia de un género cultivado con profusión en el siglo xvi, se conciben como tratados de poética y abordan el hecho literario con distintas ópticas. Hay poéticas generales como las de Alonso López Pinciano, Philosophia antigua poética (1595), compendio aristotélico que aborda cuestiones claves como la mímesis y la verosimilitud o la poesía frente a la historia; Luis Alfonso de Carvallo, Cisne de Apolo (1602), quien, en forma de diálogo, reflexiona sobre el fenomeno poético, el binomio enseñanza / deleite, la disposición o el natural del poeta; o Francisco Cascales, quien, en Tablas poéticas (1617), sintetiza primero las teorías aristotélicas, horacianas e italianas sobre imitación y verosimilitud, poesía e historia, poesía y verso, para pasar después a las especies de composición poética (épica, lírica y dramática). Sobre poesía en verso trataron Juan Díaz Rengifo, en Arte poética española (1592), quien compila y adapta a los preceptistas italianos (Scaligero), y se refiere a la oposición entre natura et ars, lo real y lo posible o la materia de la poesía; o Juan Caramuel, en Primus Calamus (1663). Entre las incursiones normativas sobre teatro, que combinaron preceptiva aristotélica y comedia nueva, pueden reseñarse la Nueva idea de la tragedia antigua (1633) de José Antonio González de Salas, una poética aristotélica flexible a los logros de la comedia nueva; la Idea de la comedia de Castilla (1635) de José Pellicer, que muestra la conciliación entre preceptiva y práctica en la comedia; o la poética teatral tardía de Bances Candamo, Teatro de teatros (1689-1694)5. 2) En segundo lugar, hay que mencionar diversos tratados que, siendo fieles a la modalidad de la preceptiva de raigambre y contenido clasicista, deslizan juicios subjetivos sobre autores, corrientes o géneros contemporáneos. En este último supuesto, muy frecuente, la crítica se inmiscuye dentro de las preceptivas, desdibujando sus fronteras, como sucede en la Elocuencia española de Jiménez Patón (1604), que contiene juicios críticos sobre numerosos autores españoles, entre ellos Lope de Vega; o en las Cartas filológicas (1634) de Cascales, donde se aborda la oposición a la oscuridad de Góngora, se incluye una laudatio de Lope o se trata sobre el conceptismo, corriente a la que consagrará Baltasar Gracián su Agudeza y arte de ingenio (1642, 1648), también con referencias críticas al ingenio gongorino. Un texto como el Libro de la erudición poética (1611) de Luis Carrillo y Sotomayor o el Discurso poético (1624) de Juan de Jáuregui, en defensa del concepto ingenioso, parecen encajar mejor dentro de este grupo misceláneo, pues entremezclan juicios críticos sobre la poesía de su tiempo pero mantienen una cierta voluntad prescriptiva. Y Lope de Vega 5 Rico García (J. M. Rico García, «“Sin poetas hay poéticas”: los tratados de preceptiva literaria y el canon en el siglo xvii», en B. López Bueno [dir.], El canon poético en el siglo xvii, Universidad de Sevilla, 2010, 93-123, pág. 95) ya advierte que «los tratados sistemáticos se escriben en el primer lustro del siglo», así como del «efímero interés por la preceptiva literaria y su repentino ocaso», hechos que analiza a la vista de las ediciones de los títulos principales, su pequeña difusión y su escasa incidencia, también en la configuración del canon (págs. 99-106 y sigs.). 358 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso concibe su Arte Nuevo de hacer comedias (1609) —peculiar preceptiva que es tal conceptualmente y posee un notable componente teórico, aunque de signo contrario a las de su tiempo, preferentemente aristotélicas— para justificar su propia producción dramática, desdibujando las fronteras entre discurso preceptivo y discurso crítico6. Frente a las preceptivas, estos textos «híbridos» se muestran más directamente implicados en las principales polémicas literarias de las primeras décadas del siglo. Aunque con planteamiento diferente y desde la óptica de la preceptiva, Rico García (2010, pág. 94) ya se refirió al Libro de la erudición poética y al Discurso poético como «obras completamente distintas [...] se ocupan de describir el estado de la poesía de su tiempo [...] pero tienen finalidad prescriptiva». Frente a las preceptivas, estos textos «híbridos» se muestran más directamente implicados en las principales polémicas literarias de las primeras décadas del siglo. 3) En tercer lugar, están los comentarios críticos no sistemáticos sobre la literatura de la época, contenidos en soportes diversos: los preliminares, las cartas, ciertos textos circunstanciales, los escritos para alguna academia y, por supuesto, los propios textos literarios se convierten en soporte idóneo de reflexiones que se pueden considerar auténticos ejercicios críticos; críticos, porque, entendidos en sentido amplio, abarcan tanto opiniones sobre obras individuales cuanto ideas acerca de la función y las técnicas o la evolución de la literatura. Estos textos transparentan además polémicas enconadas de la época en torno a la poesía cultista o la comedia nueva, que desdeñó las normas dramáticas clásicas, pero también sus ideas sobre géneros de reciente irrupción como la novela. Las abundantes aproximaciones a la materia literaria, de contenido teórico aparente a veces, pueden ser fugaces incursiones interesadas en los preceptos para fundamentar una práctica poética propia que, en tantas ocasiones, forzó los límites de las normas. Este análisis se centrará especialmente en esta tercera categoría, los textos críticos, y tomará como principales exponentes de tal actividad a dos «escritores críticos» solamente, Lope de Vega y Quevedo, cuya intensa participación en la actividad artística y en las polémicas teóricas los convierte en testimonios del mayor interés, pues requeriría una monografía dar noticia de todos los autores que contribuyeron a sentar las bases de la incipiente crítica literaria. Lope de Vega, uno de los autores más representativos del xvii, en especial en los últimos años de su vida, que coinciden con la cuarta década del siglo, 6 Recuérdense sólo como ejemplo los versos «me pedís que escriba / arte de hacer comedias en España / donde cuánto se escribe es contra el arte» (vv. 133-135); «pues contra el arte / me atrevo a dar preceptos, y me dejo / lle[v]ar de la vulgar corriente adonde / me llamen ignorante Italia, y Francia. / Pero, ¿qué puedo hacer si tengo escritas / con una que he acabado esta semana / cuatrocientas y ochenta y tres comedias? / Porque fuera de seis, las demás todas / pecaron contra el arte gravemente. / Sustento en fin lo que escribí, y conozco / que aunque fueran mejor de otra manera, / no tuvieran el gusto que han tenido / porque a veces lo que es contra lo justo / por la misma razón deleita el gusto» (vv. 363-375). 359 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa por la variedad y abundancia de sus comentarios; y Quevedo, por sus peculiares circunstancias biográficas y literarias de estos años, objeto y autor de invectivas, empeñado en diluir su imagen burlesca en tratados morales y religiosos, a través de una prolífica labor de prologuista, aprobador y censor legal de textos contemporáneos7. Y ahora se propone sólo un esbozo; queda para trabajos ulteriores el análisis en profundidad, también de otros escritores de la época. Poesía. La polémica anticultista Género no mencionado por Aristóteles, la lírica recibe aportaciones teóricas de relieve en el siglo xvii, como la preceptiva de Cascales, las Tablas poéticas (1617), donde se analiza la poesía lírica como uno de los cinco tipos in specie, tras la epopeya, las épicas menores, la tragedia y la comedia8. La reflexión y opinión sobre los géneros poéticos cuenta con antecedentes tan ilustres como las Anotaciones de Herrera a la poesía de Garcilaso (1580), eje central de una proyectada Poética y una de las más relevantes aproximaciones teóricas a la poesía lírica en tratados del Siglo de Oro español. Aunque el proyecto no culminado de Herrera consistía en proponer una teoría del lenguaje poético a partir de los versos del toledano, el análisis de éste que le habría servido de punto se partida se ciñe sólo a los géneros poéticos cultivados por Garcilaso, y no aborda por tanto la épica y la dramática, constituyentes ineludibles de una «Poética» general al uso9. El tema polémico al que los escritores de las primeras décadas del xvii prestaron su pluma con más frecuencia fue la llegada, y los efectos, de la nueva poesía cultista auspiciada por Luis de Góngora, un asunto que motivó la mayoría de sus reflexiones sobre cuestiones de estilo, amparadas en principios de la retórica clásica que constituían la base de la formación en los centros de enseñanza de la época. Como es bien conocido, la difusión del Polifemo y las Soledades provocó respuestas de distinto signo: en nombre de la cultura académica, autores como Pedro de Valencia reclaman que no exagere los recursos; 7 Aunque con un enfoque diferente del de este artículo, pues se refiere a la configuración del canon, interesa la reciente publicación dirigida por B. López Bueno, El canon poético en el siglo xvii. Véanse especialmente los siguientes artículos, además del ya mencionado de Rico García: P. Ruiz Pérez, «Género y autores: el giro en la cuestión de la poesía», págs. 269-303; F. J. Álvarez Amo, «Significado y función de los catálogos de poetas españoles del siglo xvii», págs. 305-322; F. B. Pedraza Jimenez, «Lope de Vega y el canon poético», págs. 367-394; A. Carreira, «Góngora y el canon poético», págs. 395-420; R. Cacho Casal, «Quevedo y el canon poético español», págs. 421-451; y A. Pérez Lasheras, «Gracián y la recepción del canon poético», págs. 453-474. 8 F. de Cascales, Tablas poéticas (ed. de B. Brancaforte), Espasa Calpe, Madrid, 1975; A. García Berrio, Introducción a la poética clasicista. Comentario a las «Tablas poéticas» de Cascales, Cátedra, Madrid, 2006. 9 Véase B. López Bueno (dir.), Las «Anotaciones» de Fernando de Herrera. Doce estudios, Universidad de Sevilla, 1997. 360 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso desde perspectivas proclives a la poesía culta, como la de Jáuregui, se rechaza la acentuación de las complejidades de la tradición italiana; otras reacciones contrarias defienden la complejidad conceptual, intelectual, frente a la puramente verbal, como en el caso de Quevedo; y Góngora recibe ataques también desde posiciones que desean preservar lo autóctono español; por su parte, ciertos partidarios de Góngora (el abad de Rute, Angulo, Pulgar, Espinosa Medrano...) formulan réplicas de tono teórico contra Jáuregui o Cascales. Y tal ambiente polémico desemboca en la práctica, a través de la labor de crítica literaria desarrollada por autores como Díaz de Rivas, Manuel de Ponce, Pellicer o Salcedo Coronel, en un comentario verso a verso de las obras de Góngora, elevado así a la condición de clásico reservada a unos pocos autores latinos, italianos o españoles como el propio Garcilaso. Dejando al margen los textos centrales de la contienda, bien conocidos, las ideas de ella derivadas tiñeron cartas, preliminares y obras literarias, durante el período de máxima difusión del Polifemo y las Soledades gongorinos, en la segunda década del xvii, pero también tras la muerte de su creador e incluso mediada la centuria. La importancia de tal preocupación se aprecia bien en los prólogos de numerosas obras, en los cuales las disquisiciones críticas acostumbran a recalar en el problema de la oscuridad poética derivada de diversos vicios elocutivos. El epistolario de Góngora contiene interesantes ejercicios críticos muy estudiados, como el «Parecer» de don Francisco de Córdoba sobre las Soledades de 1614: amparado en las preceptivas clásicas, disecciona tal obra, exponiendo sus defectos, en especial la oscuridad por exceso de tropos o la falta de perspicuidad. Sin ánimo de analizar exhaustivamente la destacada intervención de Lope de Vega en esta polémica literaria10, el esbozo que sigue permite apreciar que su criterio es bastante uniforme a lo largo de varias décadas de juicios críticos dispersos, por lo general articulados para defender su propia «llaneza»11: el problema fundamental se encuentra en los imitadores y no tanto en el creador del fenómeno; la oscuridad, rasgo fundamental de los cultistas, subvierte los principios de la tradición literaria castellana y los propios preceptos clásicos, soporte 10 Existen abundantes estudios que tratan de forma general la polémica cultista y otros, particulares, referidos al papel de Lope de Vega en la misma. Para este apartado y las ideas poéticas antes expuestas, interesan especialmente los estudios de Xavier Tubau, Una polémica literaria. Lope de Vega y Diego de Colmenares, Universidad de Navarra / Editorial Iberoamericana, Pamplona / Madrid, 2007; y L. López Grigera, «Teorías poéticas de Lope de Vega», Anuario Lope de Vega, 4, 1998, págs. 179-191. Con un enfoque diferente del de este trabajo, la tradición crítica sobre su obra ha abordado numerosas aproximaciones a sus ideas literarias, aunque todavía no existe una revisión global que tenga en cuenta los contextos en que se produjeron, como ya advirtió Tubau (pág. 31). Véanse los estudios clásicos sobre esta cuestión de Menéndez Pelayo, Morel-Fatio, Entrambasaguas, Romera-Navarro, Menéndez Pidal, Fernández Montesinos, Froldi, Rozas o Serés. 11 El término se lo adjudica el propio Lope; en ciertos momentos practica la oscuridad cultista. 361 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa de las poéticas que proliferaban en la época, así como las virtudes retóricas de la elocución. Los textos de Lope mencionan con frecuencia a Góngora, tanto cuando la polémica cultista estaba en su apogeo como posteriormente12. Aunque lo más frecuente es que alabe al cordobés y critique los desatinos de sus seguidores, sus cartas personales contienen los ejemplos más significativos de comentarios irónicos y despectivos sobre el creador de la poesía cultista: «Tú no eres más que voz y, fuera de eso, nada» (Carta de Lope a Góngora, i, pág. 323)13. En carta a él atribuida y dirigida a Luis de Góngora quizá en 1613 (i, páginas 299-300)14, describe las Soledades como «un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas» y tilda su léxico de «jerigonza»; en un tono marcadamente irónico, apunta la posible atribución falsa de la obra o su condición de broma, al tiempo que intenta persuadir al autor de que no pretenda «alabanza por inventor de dificultar la construcción del romance» y amonesta que las novedades sólo son buenas «en cuanto tienen de útil, honroso y deleitable». En otra carta tal vez de 1614 (i, págs. 316-324), también de autoría dudosa, Lope de Vega, tras referirse a la «miscelánea cuatrilingüe» de Góngora, apunta ya algunos de los temas básicos de la polémica cultista: la imposibilidad de escribir bien en lengua que no es la propia; la destrucción de las cualidades de la poesía castellana, en concreto la concisión de las redondillas y la autonomía de sentido del endecasílabo; y la conveniencia de que la dificultad sea consecuencia del contenido y no de la forma, entre otros. A propósito de la dignidad de la literatura latina, que Góngora habría pretendido emular, recuerda Lope que «de ninguno de ellos [Cicerón y Virgilio] se ha dicho jamás que es intrincado y confuso, y de las Soledades lo dicen casi todos en general» (pág. 322), de ahí que se hubiesen apercibido «de comento» (pág. 322) antes de salir en público. Otro escrito datado entre 1616 y 1617 mitiga un tanto las críticas contra Góngora, autor de «elegante poesía», «único ingenio y inimitable» (i, pág. 376) aunque aquejado de malos imitadores como sucedió a Justo Lipsio, desviándolas hacia sus imitadores: «mochuelos que aquí le imitan bárbara y atrevidamente». El epistolario de Lope ofrece aun otro texto, de 1621, en el que un aparente elogio inicial se convierte en vituperio: Góngora vuelve a escribir en su lengua, cuando ésta se le presenta en forma de visión, con una figura desastrada y quejosa por el daño infligido: 12 Luis de Góngora falleció en 1627; tras su muerte, se produjo una reacción antigongorista que prolongó el debate sobre sus innovaciones, como se aprecia en las reflexiones críticas de Lope y sus contemporáneos. 13 Todas las referencias que incluya a cartas de Lope de Vega proceden de Sliwa Krzysztof (Cartas, documentos y escrituras del Dr. Frey Lope Félix de Vega Carpio, Juan de la Cuesta, Newark / Delaware, 2007). 14 Aunque estas cartas dirigidas a Góngora y de atribución incierta se han fechado en algún momento entre los años 1615 y 1616, R. Jammes (Luis de Góngora, Soledades, ed. de R. Jammes, Castalia, Madrid, 1994) adelantó las fechas a 1613-1614, y expresó sus dudas sobre la autoría de Lope (págs. 624-625). 362 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso Un soneto vide de don Luis; agradóme: escribe ya en lengua castellana, que dicen que se le apareció una noche, vestida de remiendos de diversos colores, y le dijo: «Hombre de Córdoba, mira cuál estoy por tu causa, los pies errantes, el rostro mentido, los ojos brillantes, las manos ministrantes, ostentando remiendos y emulando girigonzas. Vuélvete a tus exordios; restitúyeme la llaneza de Herrera y Laso». Con la cual estupenda visión habla ya en nuestra lengua (ii, pág. 616). Tal vez se pueda suponer que estas reflexiones estaban más próximas al juicio del hombre y escritor Lope que las enunciadas en textos de carácter menos biográfico, incluso cuando usan el artificio de la primera persona. En las obras literarias, donde Lope aparece velado bajo una voz poética o un narrador, la crítica no acostumbra a ser tan directa, tal vez por el carácter más público de estos textos: si se menciona a Góngora, se alaba su genio literario; si se desea denunciar los males de la poesía cultista, no se le nombra directamente. Así, en Laurel de Apolo, se incluye una alabanza y hasta se cita el primer verso del Polifemo (ii, vv. 305-316); la cautela llega al punto de elogiar a uno de sus imitadores: «la docta escuridad, cuanto elegante, / del andaluz gigante [...] que don García Coronel ha sido [...] que Góngora también [...] de sus secretos le dejó su llave» (vv. 297-315). En La Filomena, (Epístola cuarta «A don Diego Félix Quijada y Riquelme», vv. 64-75), sin nombrarle, se alude a Góngora dentro de un elogio más amplio de figuras destacadas de la literatura que marcaron el camino a los demás. Pero las referencias más explícitas al poeta cordobés se hallan en la Respuesta de Lope de Vega Carpio a un Papel que escribió un señor destos reinos a Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía, integrados también en La Filomena. En este texto, Lope pone un cuidado exquisito en diferenciar las prácticas erradas de los seguidores de Góngora y las novedades por él introducidas, para mostrar una rendida admiración (irónica y fingida, o tal vez sincera) ante su genio poético: califica su ingenio como el «más raro y peregrino» (pág. 876), equiparable a los de Séneca y Lucano; recuerda sus obras tempranas «en aquel estilo puro» que imitaron los poetas de su época por su, «erudición y dulzura», al tiempo que alaba su propósito posterior de «enriquecer el arte y aun la lengua con [...] exornaciones y figuras» (pág. 877), un objetivo que en su opinión alcanzó plenamente. El problema de este gran ingenio equiparable a Sócrates, repite Lope, son sus ignorantes seguidores (págs. 877 y 884). La conclusión de la Respuesta no puede ser más elocuente: Lope de Vega termina con un soneto en alabanza de Góngora «para que mejor vuestra excelencia entienda que hablo de la mala imitación, y que a su primero dueño reverencio» (pág. 887). Unos años más tarde, en la Epístola séptima dirigida a un indefinido «señor destos reinos» de La Circe, reconoce que «su ingenio es como el sol» aunque califica su estilo «como las nubes», en alusión a la oscuridad (pág. 1261-1262). Lo mismo sucede en Laurel de Apolo (vv. 181-208), donde emplea el sarcasmo 363 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa para denostar a los malos imitadores de Góngora, calificado como «divino». Lope retomará, ya al final de su vida, a través del personaje César de La Dorotea, la mencionada distinción entre Góngora y sus seguidores (iv, ii, págs. 747-752). La objeción fundamental de Lope de Vega ante las novedades de la poesía cultista es la oscuridad de la expresión, una dificultad criticable porque procede de la forma y no de la materia tratada. Herrera trazó nítidamente esta distinción, en un pasaje en el cual equipara la claridad de Garcilaso a la de Virgilio (h 78, pág. 342)15. Este asunto se puede considerar central en las ideas literarias del escritor —ya lo había sido en las preceptivas clásicas, pero también lo era en autores coetáneos como Quevedo o Jáuregui—16, relacionado con su defensa de la claridad de la poesía tradicional castellana. Se propone como modelo a Garcilaso de la Vega en un fragmento de La Dorotea, donde se ofrece una definición de «poeta culto» como aquel que escribe con claridad: Aquel poeta es culto que cultiva de suerte su poema que no deja cosa áspera ni escura [...]. A mí me parece que al nombre culto no puede haber etimología que mejor le venga que la limpieza y el despejo de la sentencia libre de la escuridad (iv, ii)17. Una vez más, la Respuesta al Papel incluida en La Filomena contiene alguno de los más interesantes pasajes críticos a propósito de este tema y en relación con la transposición o hipérbaton; Juan de Mena, Boscán, Garcilaso y Fernando de Herrera se proponen como modelos de una corriente poética contrapuesta en la que se inscribe la propia poesía de Lope (págs. 880 y 887). La Circe, encabezada por una dedicatoria al Conde de Olivares en la cual el escritor pone sus textos al servicio «de los que estiman la claridad y pureza de nuestra lengua, cuya gramática en algunos ingenios padece fuerza» (pág. 935), reitera ideas similares: el Lope crítico esgrime la «doctrina castellana» del Lope poeta para conjurar las «tinieblas» del estilo cultista18. 15 Cito las Anotaciones de Herrera por la edición de Gallego Morell (Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, Gredos, Madrid, 1972). Véase también la larga digresión de Herrera a propósito de la traslación, en la que se refiere a la oscuridad debida, entre otras causas, al uso de palabras «inusitadas y bárbaras» (h 17, págs. 318-320); en otro lugar menciona el riesgo de confusión derivado del hipérbaton (h 55, pág. 334). 16 Véanse sobre este asunto A. Azaustre Galiana, «Cuestiones de poética y retórica en los preliminares de Quevedo a las poesías de Fray Luis de León», La Perinola, 7, 2003, págs. 61-102; y M. J. Alonso Veloso, «La virtud retórica de la claridad en los preliminares literarios de Lope de Vega y Quevedo», Anuario Lope de Vega, 11, 2005, págs. 9-28. 17 En esta obra abundan las críticas a la oscuridad cultista; véanse también ii, v, pág. 641 y v, iii, pág. 807. 18 «Con la sentencia quiero que me espante, / de dulce verso y locución vestida, / que no con la tiniebla extravagante. / [...]. Allí nos acusó de barbarismo / gente ciega vulgar, y que profana / lo que llamó Patón culteranismo. / Yo voy con la dotrina castellana, [...] por fácil senda, permitida y llana; / y tengo para mí que quien se aleja / de la opinión de ingenio tan divino, / la luz del sol por las tinieblas deja» (Epístola cuarta a «Francisco de Herrera Maldonado», vv. 290-304). «¿Qué 370 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso este hablar barbaro»; o el suelo esmalto de rotos lazos (soneto xxxix, página 202): «esmaltar de rotos lazos no se dice bien...». En otros casos se reprueban expresiones de otras lenguas —no vos nego (soneto xxxiv, pág. 194): «gallega manera io vos juro»—; voces nuevas —ufania (soneto xxxix, pág. 202): «ufania no es feliz novedad»—; términos antiguos —i yuso (pág. 219): «voz antigua por debajo»—; o expresiones redundantes, como en i alço osado en alto (soneto xxxix, pág. 202): «Alzar en alto es locucion vulgar i sobrada porque [...] no puede ser alçar en bajo». Ello no le impide emitir ciertos juicio positivos que tal vez haya que interpretar en clave irónica: Sino valgo este bien (pág. 128), «esto es elegante»; i pone freno al mar; que no s’estienda resonante (pág. 219): «admirable imitacion de Homero con eficaces palabras»; mustio (soneto li, pág. 222): «voz felizmente introducida». Quevedo incluso somete a lima estilística versos y casi la totalidad de un poema, como se observa en las versiones alternativas que ofrece, por ejemplo, para los sonetos lxxxi (pág. 268) o xlv (pág. 377). Quevedo también introdujo diversas reflexiones críticas en la traducción de la Retórica de Aristóteles de Hermolao Barbaro (Basilea, 1547). El ejemplar con sus anotaciones autógrafas muestra su interés por aspectos elocutivos; aunque en muchos casos se limita a glosar pasajes aristotélicos, interesan aquellos en los que opta por hacer alguna aportación crítica contra vicios de la poesía cultista, por ejemplo a propósito de la ambigüedad: Ambiguidad. empedocles ase de huir la Ambiguedad, si no se haz[e] a proposito porque afectada es mala, por que ai algunos que no teniendo que dezi[r] para disimular la pobreza del cauda[l] train cosas de inzierto entendimiento para que parezca qu[e] dizen algo. Vizio familiar a los Poetas i de que empedocles vso vnicamente porque con grandes rodeos diuierte [la] intencion. i engaña los oientes. e[n] esto le imitaron en españa. profesa[n]dolo d. Luis de Gongora, i Hortensio (pág. 314 [443]). Al propio interés de estos comentarios29 se suma el hecho de que se insertan en una preceptiva, la aristotélica; Quevedo, que comenta reglas clásicas 29 En el ejemplar se hallan otras notas «críticas»: «no ai arte de pronunziar [ni] que es acomodar la voz a las cosas, i della las acciones para que se bea lo que se dize que muebe, lo que no haze si se oie solamente. esta Arte de la accion, i pronunziazion haze que las vozes se [oigan] i se bean, i que los afectos interiores tomen cuerpo visible, asi lo digo io» (pág. 294 [403]); «Poetas usan de palabras humildes, i auezes impropias, i poco acomodadas. aqui ai defensa del Ariosto (pág. 298 [413]); «Reprehende a Sophocles las clausulas no solo se an de acabar con comprehensiones, i periodos sino tambien con sentidos. io añado determinados (pág. 327 [460]); «Homero admira Aristoteles que debiendose regular el numero por el modo Homero dixo tantas cosas as contado quantas es conveniente contal que es varon sabio, i prudente. i dize que es digno de advertenzia que el Poeta no quiso significar el jenero, i la calidad de las cosas, sino el numero. en el exçeso deste numero prudente advierto io que pecco Lucano con nimiedad, i otros. (pág. 378 [529]). Añádanse otras referencias sobre el uso de palabras deshonestas o los tipos de oración «fría», por ejemplo la composición de muchos nombres en uno, la variedad de lenguas o las traslaciones. 371 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa proyectando su aplicación a la literatura de su tiempo, se convertiría así en ejemplo paradigmático de la usual derivación de la teoría poética hacia la crítica de géneros o autores contemporáneos30. La preferencia de Lope y Quevedo por este tipo de crítica es, no obstante, signo común de una época en la que la polémica anticultista centró el interés de todos. Remontándonos a las décadas primeras del siglo, candente aún la controversia anticultista, el prólogo de las Rimas de Juan de Jáuregui (Sevilla, 1618) es reproche contra ciertas poesías contemporáneas [...] desalmadas, que no tienen fundamento ni traza de asunto esencial y digno, sino sólo un cuerpo disforme de pensamientos y sentencias vanas, sin propósito fijo, ni trabazón y dependencia de partes. Vemos otras que sólo contienen un adorno o vestidura de palabras, un paramento o fantasma sin alma ni cuerpo [...]. Así que no pretendan estimación alguna los escritos afeitados, con resplandor de palabras, si en el sentido juntamente no descubren mucha alma y espíritu, mucha corpulencia y nervio (pág. 233)31. Francisco de Rioja elogió por extenso a Fernando de Herrera en la edición de sus Versos de 1619, con argumentos propios de esta polémica, aunque en este caso rasgos que en ciertos autores cultistas eran objeto de censura se convierten en mérito por la pericia poética del escritor: un ornato que no oscurece ni oculta la hermosura (pág. 481) o la transposición motivada y, por tanto, digna de admiración (pág. 484). Del mismo tipo es el juicio emitido por Luis de la Carrera en el prólogo a los Triunfos divinos de Lope de Vega (Madrid, 1625), autor que en su opinión «ha mostrado la fertilidad de su ingenio con admirable dulzura y elegancia, conseguida en sus versos sin estropear la lengua, a quien ahora la oscuridad afectada tiene tan ofendida, que siendo para deleitar atormenta» (pág. 252). Desde la óptica contraria, los preliminares de la edición de Rimas y prosas de Gabriel Bocángel (Madrid, 1627) intentan deslindar la usual asociación entre culto y oscuro: [...] no pasaré en silencio la ignorancia de algunos, que por verse quizá remotos del estilo grande, dicen mal de lo culto, como si hubiese algo bueno en la poesía si no es lo culto [...] y digo que nadie confunda lo culto con lo escuro, que lo escuro no es culto, sino inculto, y lo claro 30 En el Anticlaudiano de Alain de Lille (Basilea, 1536) mostró interés, con subrayados y anotaciones, por pasajes en los que se trata del estilo de Enio, «tenebrosi carminis» (i, pág. 7, vv. 158-165); y el de Ovidio, Lucano, Virgilio y la sátira (ii, pág. 36, vv. 361-362). 31 Cito algunos preliminares por A. Porqueras Mayo, El prólogo en el manierismo y barroco españoles, csic, Madrid, 1968. 372 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso está sujeto igualmente a ser malo, si no es grande, ni puede ser bueno, sólo porque es claro (pág. 259). Ya en la década de 1630, aparte de los conocidos prólogos de Quevedo a las obras de fray Luis de León o Francisco de la Torre o las reflexiones de Lope de Vega en los preliminares de las Rimas de Tomé de Burguillos, puede mencionarse a quienes intentan engrandecer la memoria de Góngora, enalteciendo a alguno de sus más eminentes discípulos. Tal es el caso de José Pellicer en su edición póstuma de las obras de Anastasio Pantaleón de Ribera (Madrid, 1631), donde incluye, además de una interesante relación de sus autores predilectos (pág. 271), juicios como el que sigue: Habiendo asistido Anastasio al orador más célebre deste siglo, comunicó al mayor poeta, bebiéndole a don Luis de Góngora el espíritu y el estilo [...]. Lo más alto de la oración se llama poesía, lo medio oratorio, lo bajo vulgar [...]. Atar a números y obligar a sonoridad muchas palabras, no formará poesía. La elegancia sí [...]. Los que miran la poesía por el lado de dulce echan menos la claridad. No quieren buscarla, sino que los busque y no saben que el agua del mar es más dulce en lo profundo. Condición es de lo precioso vivir escondido. Lo vulgar a los ojos está de todos. Llegó poco ha este estilo a España; no le aconteció antes a la edad latina. No es haber degenerado la poesía, sino llegar a perfección (pág. 268). Y el de García de Salcedo Coronel, en su edición de las Soledades (Madrid, 1636), donde alaba al introductor de la poesía cultista y critica los excesos en los que incurrieron sus seguidores: Muchos han culpado la obscuridad de d. l. con que hizo menos fácil la sentencia, siendo la claridad una de las partes esenciales de la oración, pero ninguno puede negar que fue el primero de nuestros poetas, que huyendo de las frases vulgares enriqueció nuestra lengua con voces que realzaron la poesía castellana (humildísima hasta su tiempo), debiendo España a su osadía y autoridad la mayor alteza de sus locuciones, y no porque algunos (queriendo inconsideradamente seguir esta nueva senda) se han precipitado en la bárbara confusión de inexplicables errores, usurpándose (bien que con impropiedad) el nombre de cultos, es digno de vituperio quien llegó por ella a la inmortalidad (pág. 276). A imitación de Quevedo, quien propuso la reforma de la república literaria ante el agotamiento de sus recursos en Premáticas del desengaño contra los poetas güeros (1605), texto después incluido en el Buscón (1626)32, Vélez de 32 «Esta seta infernal de hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores del vocablo y volteadores de razones han pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos hecho del que nos hicieron en la 373 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa Guevera describió, en El diablo Cojuelo (1641), la sesión de una academia literaria en la cual la lectura de las «Premáticas y ordenanzas que se han de aguardar en la ingeniosa Academia Sevillana» permite considerar aún viva la polémica anticultista: Primeramente se manda que todos escriban con voces castellanas, sin introducillas en otras lenguas, y que el que dijere fulgor, libar [...] idilio, ni otras desta manera, ni introdujere posposiciones desatinadas, quede privado de poeta por dos academias, y a la segunda vez confiscadas sus sílabas y arados de sal sus consonantes, como traidores a su lengua materna» (pág. 175); «Iten, que los poetas más antiguos se repartan por sus turnos a dar limosna [...] a poetas vergonzantes que piden de noche, y a recoger los que hallaren enfermos comentando o perdidos en las Soledades de don Luis de Góngora (pág. 177)33. La pervivencia de las opiniones críticas, no preceptivas, sobre la dificultad se aprecia de modo nítido en una obra más tardía, la Neapolisea de Francisco de Trillo y Figueroa (Granada, 1651), cuyo prólogo es una extensa refutación contra Quevedo, González de Salas y otros anticultistas34. Parece pertinente mencionar al menos los juicios emitidos por críticos de la centuria siguiente, por ejemplo Pedro Estala, quien proscribe el Polifemo, el Panegírico al Duque de Lerma y las Soledades de Góngora —como, por otra parte, habían hecho tantos de sus contemporáneos— en la edición de su Poesía. La razón: no haber querido «contenerse en los límites que prescriben la naturaleza y arreglado juicio», abriendo «sendas no trilladas hasta entonces de ninguno» —no incurrieron en tal vicio Garcilaso, Hurtado de Mendoza, los Argensolas y Quevedo— y constituyéndose por cabeza de la secta dicha vulgarmente culteranismo [...] extraviando consigo a muchos» (pág. 175), como Villamediana, Soto de Rojas o Paravicino. «El tiempo [...] ha calificado las Soledades y el Polifemo como una producción extravagante, en quien reinan manzana. Y, por cuanto el siglo está pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas de Nabuco» (ii, 3, pág. 119). 33 E. Vélez de Guevara, El diablo cojuelo (ed. E. Rodríguez Cepeda), Cátedra, Madrid, 2007. 34 «Mayormente conociendo adónde tira [González de Salas], así por su natural, como por amigo íntimo de aquellos que tanto escarnecieron la sagrada cultura del honor de nuestra Andalucía, don Juan de Jáuregui y don Francisco de Quevedo, ingenios cual todos saben en aqueste ministerio» (pág. 207). «Acaben ya de entender que no es para sus plumas cosa heroica, escriban sus equívocos, sátiras, comedias y puerilidades, y dejen al grande don Luis de Góngora, y a quien (si puede ser que le haya) algo imitare su estilo, jamás de otro alcanzado» (pág. 209). «Tales poemas como los de Lope, Arcilla, Rufo, Valdivieso, Zárate, el Pinciano, Cueva, Barahona de Soto, y otros semejantes, bien sean latinos, o vulgares de cualquiera idioma, son buenos para quien camina a paso llano, sin querer resbalar en parte alguna» (pág. 210). Tales referencias siguen a una declaración inicial en la que manifiesta que no aprueba la oscuridad pero sí la cultura, «y ésta —afirma— no puede jamás ser clara». 374 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso la hinchazón, la oscuridad, la afectación y todos los desórdenes de una imaginación caldeada excesivamente» (pág. 177), sentenciaba este crítico literario. Sus juicios muestran acusadas coincidencias con los de Velázquez en su edición dieciochesca de la poesía de Francisco de la Torre. Así Lope, como Quevedo, pretendían de este modo combatir a Góngora, y a otros malos poetas de su siglo, que habían empezado a corromper la lengua, y la poesía castellana con el uso de voces bárbaras, y obscuras, con frecuentes latinismos, con un estilo hinchado, y lleno de un vano estrépito, con imitaciones frívolas, afectadas, e impertinentes, y con los demás vicios propios del lenguaje, y estilo, que en aquel tiempo se llamaba Culto, y del cual tantas veces se burlaron uno, y otro autor (edición de la poesía de Francisco de la Torre, discurso de Luis Joseph Velázquez, Madrid, 1753, pág. xvii). [...] que sólo por ellas deberá reputarse Quevedo como uno de nuestros mejores poetas, y digno de componer el Parnaso español con Garcilaso, Padilla, Villegas, los Argensolas, fray Luis de León, y otros, aunque pocos, que en todos tiempos serán reputados como los únicos maestros de la buena poesía castellana (Luis Joseph Velázquez, pág. xx). El canon esbozado reitera aquel perfilado por Lope y Quevedo en sus escritos críticos del siglo anterior, consolidando su posición a la cabeza de la mejor poesía castellana deudora de Garcilaso. La comedia nueva El fenómeno de la comedia nueva suscitó también abundantes textos críticos. El género dramático mereció la principal aportación «teórica» de Lope, un hecho relacionado con su amplísima producción de comedias y el reconocimiento popular que sus obras consiguieron. El Arte nuevo de hacer comedias35, publicado en 1609 en el volumen de las Rimas, toma como punto de partida las preceptivas neoaristotélicas para exponer sus propias ideas sobre el teatro, en un momento en que éstas ya habían sido consagradas por un éxito rotundo en los escenarios: pese a llamarle «arte» (conjunto de preceptos), Lope de Vega ofrece, más que una preceptiva estricta, una explicación sobre su práctica teatral, sobre su modo de encarar cuestiones polémicas como el respeto a las tres unidades o la mezcla tragicómica. Aparte de este texto, el único concebido con cierto carácter teórico, consagrado a un género y estructurado de un modo sistemático —con la ayuda de una clara estructura retórica del discurso—, el escritor introduce consideraciones críticas sobre la comedia 35 Este texto se encuentra entre los que han suscitado más análisis críticos. Véase al respecto J. M. Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, sgel, Madrid, 1976. 375 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa en cartas, preliminares, textos poéticos y narrativos o prólogos de sus Partes de comedias, donde despliega breves reflexiones a propósito de la «comedia nueva» que él fundó. Abundan los comentarios relativos a la recepción de sus comedias o las de sus contemporáneos; Lope, crítico similar al de nuestros días, da noticia del éxito o el fracaso de la obra, proponiendo un juicio implícito o explícito de la misma36. En cartas que por su propio género acentúan la impresión de cercanía a su autor, Lope también alude a disposiciones legales relacionadas con el espectáculo teatral37. En otros casos, reflexiona sobre su propio oficio y da noticia sobre la trayectoria de otros autores de comedias38. Aunque no son catálogos de dramaturgos, estas pinceladas críticas sitúan los textos teatrales en el mismo momento de su creación y representación, por medio de juicios que transparentan las ideas de Lope sobre esa parte de la producción literaria de su tiempo y hasta propician opiniones generales sobre el teatro contemporáneo, por ejemplo en La Circe (Epístola tercera, «A Juan Pablo Bonet», vv. 292-300). La crítica de Lope sobre el género dramático tiene notables precedentes en España, entre los cuales se puede citar el «Prohemio» a la Propalladia de Torres Naharro, de 1517, o el Ejemplar poético de Juan de la Cueva, de 1606. Y, más interesantes por emitir juicios sobre su historia inmediata, sobre su propia producción teatral y sobre autores contemporáneos como el propio Lope de Vega, el «Prólogo al lector» de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos de Miguel de Cervantes, de 1615; y el Viaje entretenido de Agustín de Rojas, de 1624, quien incluye en la loa ocho un catálogo de ingenios desde los orígenes y, en el siguiente diálogo, una explicación de las ocho especies de compañías de representantes de su tiempo. A través de todos ellos es posible seguir la evolución, la historia más inmediata del género, y comprender así por qué «las comedias en España no guardan el arte [...] yo las proseguí en el estado que las hallé, sin atreuerme a guardar los precetos, porque con aquel rigor de ninguna manera fueran oídas de los españoles» (El peregrino en su patria, pág. 119). Justificación 36 Por ejemplo, en carta de 1604 sobre las representaciones de Morales y los silbidos que cosecha su comedia La rueda de la Fortuna (i, pág. 111); sobre las obras de Liñán y las tragedias de Lupercio (i, pág. 180); o sobre las comedias de Alarcón y Godínez, que no gozan del aplauso popular (Carta de Lope, 1628, ii, pág. 710). 37 En concreto, a la suspensión de las representaciones teatrales por la muerte de la reina (i, pág. 181). En La Dorotea (iv, ii), a las denuncias y controles que en el siglo xvii provocó la supuesta inmoralidad de muchas representaciones. 38 Cartas de Lope de Vega, 1620, i, pág. 579; y Carta de Lope de Vega, 1630, ii, pág. 730. A la manera de los chascarrillos que aun ahora salpican las crónicas periodísticas de algún espectáculo, su epistolario incluye referencias sobre la equivocación cometida por el actor al recitar un soneto de una comedia de Lope (Carta de Lope, 1619-1620, ii, pág. 559); refleja el mundo de los actores y compañías teatrales (Carta de Lope, 1633, ii, págs. 744-745), elemento imprescindible para garantizar el éxito de la comedia; o proporciona datos sobre los concursos habituales en el seno de las academias literarias (ii, págs. 705-706). 376 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso de su propia producción equivalente a las ideas esbozadas en la poética dramática del Arte nuevo y a la de ciertos preliminares de sus comedias39. En las primeras décadas del siglo xvii abundan los juicios críticos sobre autores, obras y el propio género dramático, todas coincidentes al atribuir la monarquía dramática a Lope. Uno de los testimonios tempranos más significativos se incluye en Los cigarrales de Toledo, de Tirso de Molina (1621), donde don Alejo profiere una acalorada defensa de la ruptura de las unidades clásicas: «ha guardado las leyes de lo que ahora se usa» (pág. 225): ¿Qué mucho que la comedia, a imitación de entrambas cosas, varíe las leyes de sus antepasados, e injiera industriosamente lo trágico con lo cómico, sacando una mezcla apacible de estos dos encontrados poemas, y que, participando de entrambos, introduzca ya personas graves, como la una, y ya jocosas y ridículas, como la otra? (pág. 228) Explicación genérica que concluye con una alabanza de Lope de Vega y su comedia nueva: La excelencia de nuestra española Vega, honra de Manzanares, Tulio de Castilla y Fénix de nuestra nación, los hace ser tan conocidas ventajas en entrambas materias [...] que la autoridad con que se les adelanta es suficiente para derogar sus estatutos. Y habiendo él puesto la Comedia en la perfección y sutileza que agora tiene, basta para hacer escuela de por sí, y para que los que nos preciamos de sus discípulos nos tengamos por dichosos de tal maestro, y defendamos constantemente su doctrina contra quien con pasión la impugnare. Que si él, en muchas partes de sus escritos, dice que el no guardar el arte antiguo lo hace por conformarse con el gusto de la plebe —que nunca consintió el freno de las leyes y preceptos—, dícelo por su natural modestia, y porque no atribuya la malicia ignorante a arrogancia lo que es política perfección. Pero nosotros [...] es justo que dél como reformador de la comedia nueva, y a ella, como más hermosa y entretenida, los estimemos, lisonjeando al tiempo, para que no borre su memoria (págs. 229-230)40. Quevedo, que cultivó escasamente el género dramático, parece haberse interesado críticamente por él, como lo muestran ciertas descripciones burlescas de las prácticas dramáticas de tono «costumbrista». Así, en la Premática del desengaño inserta en el Buscón, limita «a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan las trazas con papeles o cintas» (ii, 3, pág. 122); y muestra las mañas de Pablos 39 Véase, por ejemplo, la dedicatoria a Juan Bautista Marini, en la comedia Virtud, pobreza y mujer. 40 La cita procede del «Cigarral primero», ed. de L. Vázquez Fernández, Castalia, Madrid, 1996. 377 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa como representante, con juicios explícitos sobre las comedias de su tiempo y los malos poetas: Representamos una comedia de un representante nuestro; que yo me admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega. Y está ya de manera esto, que no hay autor que no escriba comedias ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega, y Ramón, no había otra cosa (iii, 9, pág. 210). El reconocimiento al magisterio de Lope de Vega será constante y se intensificará en la década de 1630, por ejemplo en el prólogo de Quevedo a la Comedia Eufrosina (Madrid, 1631): Con grande gloria de la virtud y buen ejemplo, se han escrito en España, con nombre de comedias [...] historias y vidas, que a la virtud y al valor enseñan y mueven con más fuerza que otra alguna cosa; como se ve con admiración en las de Lope de Vega Carpio, tan dignas de alabanza en el estilo y dulzura, afectos y sentencia, como de espanto por el número, demasiado para un siglo de ingenios, cuanto más para uno solo. A quien en esto siguen dichosamente muchos que hoy escriben este entretenimiento decente a soberanas ocupaciones (A. Porqueras, pág. 151). La Perinola (1633), invectiva contra la obra Para todos de Montalbán (1632), incluye un análisis jocoso de sus comedias y autos sacramentales, donde unas mujeres de rasgos caricaturescos convierten al autor en «retacillo de Lope de Vega» (págs. 465-466), que roba textos a otros. Ya cerca del final, Quevedo ofrece un sintético canon de la literatura de esos tiempos: «y deje las novelas para Cervantes; y las comedias a Lope, a Luis Vélez, a don Pedro Calderón y a otros» (pág. 478). Juicios críticos sobre la prosa Lope de Vega incluyó la mayoría de sus opiniones sobre la novela, género nuevo y sin referentes en la antigüedad aunque sí en el entorno inmediato de Lope —por ejemplo Cervantes y sus Novelas ejemplares—, en las Novelas a Marcia Leonarda (1621-1624)41. Pese a la brevedad de los prólogos, que concentran 41 Sobre esta obra, abundan los estudios que abordan cuestiones genéricas o de técnica narrativa. Véase, por ejemplo, Marina Scordilis Brownlee (The Poetics of Literary Theory, José Porrúa Turanzas, Madrid, 1981), quien pone en relación a Lope de Vega y Cervantes, respecto a la comedia y la novela. 378 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso buena parte de sus reflexiones, sorprende la abundancia de datos sobre su propia concepción del género. Al principio de Las Fortunas de Diana, la primera de ellas y la única que no se publicó en La Circe, reconoce la novedad de la petición formulada por Marcia para que escriba una novela, género «más usado de italianos y franceses que de españoles»42, antes de trazar una historia, novelada, del mismo, que parte de los cuentos orales, cuyas fábulas equivalen a «caballerías» («hechos grandes de caballeros valerosos»), en las que los españoles fueron «ingeniosísimos». Tras mencionar a «El Boardo, el Ariosto y otros» italianos que cultivaron el género en verso, Lope se adentra en su derivación contemporánea en España y se siente obligado a mencionar al artífice de la novela española, pero su elogio aparente de Cervantes se difumina cuando niega a sus creaciones la cualidad de «ejemplares»43, como también hizo Avellaneda44. Tal apreciación está lejos de ser inocua, porque sus textos son «entretenidos», pero carecen de la enseñanza moral que la tradición clásica había considerado necesaria en el arte poético. Son, además, ataque directo contra quien señalaba, en el «Prólogo al lector» de la edición de la Novelas ejemplares de 1613, «Heles dado nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». Idea central de Lope sobre la novela es la verosimilitud, principio aristotélico al que se refirió también Cervantes en el Quijote o en las Novelas ejemplares. Este concepto acostumbra a relacionarse con la distinción entre «fábula» o prosa de ficción e «historia» o prosa histórica, entre la libertad creadora para inventar relatos ficticios (aunque verosímiles) y la obligación del historiador de ceñirse a la verdad, a los hechos ocurridos45. Abundan las reflexiones sobre el tema en las Novelas a Marcia Leonarda46, y se aborda más 42 Cito por la edición de A. Carreño, op. cit., pág. 103. 43 «Y aunque en España también se intenta, por no dejar de intentarlo todo, también hay libros de novelas, de ellas traducidas de italianos y de ellas propias en que no le faltó gracia y estilo a Miguel de Cervantes. Confieso que son libros de grande entretenimiento y que podrían ser ejemplares, como algunas de las Historias trágicas del Bandello, pero habían de escribirlos hombres científicos, o por lo menos grandes cortesanos» (págs. 104-106). 44 Recuérdese que Avellaneda afirmó, en un pasaje muy próximo al de Lope: «sus novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas»; Cervantes, en el prólogo de la segunda parte del Quijote se mostró agradecido por haber dicho que «mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo». 45 Sobre este asunto, véanse A. Castro (El pensamiento de Cervantes, Imp. Revista de Filología Española, Madrid, 1925, págs. 23-45 [facsímil: Crítica, Barcelona, 1987]), E. C. Riley (Teoría de la novela en Cervantes, Taurus, Madrid, 1971, págs. 255-307) y Tubau (op. cit., páginas 23-27 y nota 18). 46 «[...] yo gusto de que vuestra merced no oiga cosas que dude; que esto de novelas no es versos cultos» (La desdicha por la honra, pág. 198); «¿para qué se fatiga el que sólo tiene obligación de contar lo que pasó?, que aunque parece novela, debe de ser historia» (Lope de Vega, La prudente venganza, en Novelas a Marcia Leonarda, ed. de A. Carreño, pág. 277); «esta no es historia sino una cierta mezcla de cosas que pudieron ser, aunque a mí me certificaron que eran muy ciertas, y como dijo el poeta antiguo castellano [el marqués de Santillana]: Las cosas de admiración / no las cuentes, / porque no saben las gentes / cómo son» (Guzmán el Bravo, pág. 303); «Y advierta 379 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa brevemente en El peregrino en su patria (págs. 428-429) o en la dedicatoria a Juan de Arguijo de las Rimas de 1602 (págs. 277-278)47; en la última escena de La Dorotea, la Fama concluye: «no quiso el poeta faltar a la verdad, porque lo fue la historia» (v, xi, pág. 834). Con una aparente pátina preceptiva, las opiniones de Lope buscan sólo justificar su propia literatura. Otro principio fundamental es la varietas, origen de deleite para el lector. A él apela el escritor cuando, en las comedias, incluye metros y estrofas diversos; cuando, en textos en prosa, introduce versos48 o relatos cortos intercalados, a la manera de Cervantes en el Quijote49; y, en obras misceláneas, para justificar su contenido heterogéneo, como en el prólogo de La Filomena, donde se muestra convencido de que «no perderá por la variedad, de que tanto se alaba la naturaleza, y Tulio al divino Platón» (pág. 573). Y en La Dorotea, donde a la advertencia de Felipa «o se escribe verso o prosa», responde Fernando: «sentencia y belleza bien pueden estar juntas; que son como discreción y hermosura» (iii, viii, pág. 720). Por otra parte, Lope comenta algunos de sus recursos y técnicas narrativas, cuyo objetivo puede ser la verosimilitud del discurso, la suspensión del lector a la espera de un desenlace a veces concebido como anagnórisis aristotélica, o el mero entretenimiento. Aunque en algún caso se trata de ideas ya previstas en las poéticas clásicas a propósito de géneros cultivados en la Antigüedad, el escritor reflexiona sobre su uso y efecto en la forma nueva de la novela. En Las fortunas de Diana existe una moderna reafirmación de independencia y un alegato de la originalidad del artista50. vuestra merced que no repito otra vez este nombre porque me güelgo de hablar arábigo, sino por no exceder de las palabras de esta ocasión; así me precio del rigor de la verdad a ley de buen novelador» (Guzmán el Bravo, pág. 319). 47 Donde indica que «aquella prosa es poética, que, a diferencia de la historial, guarda su estilo, como se vee en el Sanazaro» (pág. 277); que «La Arcadia es historia verdadera, que yo no pude adornar con más fábulas que las poéticas» (pág. 278), además de no ser «infructuosa», esto es, que encierra alguna enseñanza moral. Aunque las alusiones a la verosimilitud de la fábula se concentran en las Novelas a Marcia Leonarda, Lope prodigó apelaciones al lector para hacerle ver que su discurso no era historia y, por tanto, no debía ceñirse a la verdad histórica. 48 «[...] una noche cantaron así (porque vuestra merced descanse de tan prolija prosa en la diferencia de los versos)», dice en Guzmán el Bravo, pág. 332. 49 «[...] en este género de escritura ha de haber una oficina de cuanto se viniere a la pluma, sin disgusto de los oídos aunque lo sea de los preceptos. Porque ya de cosas altas, ya de humildes, ya de episodios y paréntesis, ya de historias, ya de fábulas, ya de reprehensiones y ejemplos, ya de versos y lugares de autores, pienso valerme para que ni sea tan grave el estilo que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte que le remitan al polvo los que entienden» (La desdicha por la honra, págs. 182-183). 50 Cuando pondera, a propósito de su arte de «novelar» y su relato, que «por lo menos yo sé que no la ha oído, ni es traducida de otra lengua» (pág. 107), explica, ante las imaginadas protestas de Marcia por haber «descuidado la novela» (pág. 157), que «muchas veces hace esto mismo Heliodoro con Teágenes, y otras con Clariquea, para mayor gusto del que escucha, en la suspensión de lo que espera» (pág. 157). En la misma novela (págs. 174-175) aún volverá a justificar la demora en el desarrollo narrativo en aras de una mayor credibilidad del desenlace, que, 386 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso Con posterioridad a Lope, otros autores elaboraron relaciones de ingenios. Entre ellos ocupa un lugar destacado Saavedra Fajardo y su República literaria (1655), alegoría satírica en cuya cuarta parte desfilan escritores españoles enjuiciados por Herrera. Antonio Enríquez Gómez, por su parte, reúne poetas y dramaturgos de los siglos xvi y xvii, antes de referirse a los títulos de sus obras y a su propia trayectoria literaria (págs. 214-216), en Sansón Nazareno (Ruan, 1656). Un caso peculiar es Hospital das letras, apólogo dialogal cuarto, del portugués Francisco Manuel de Melo (1657), quien reúne en una biblioteca, por determinación de Apolo, al italiano Bocalino, al belga Justo Lipsio y al español Francisco de Quevedo, para que hagan juicios críticos sobre las obras allí guardadas y sus autores, que, en el caso de España, son los principales ingenios barrocos. La mera selección de personajes capaces de hacer tal valoración comporta ya una lectura crítica del pasado inmediato. Quevedo no fue muy aficionado a este tipo de elogios múltiples, si se exceptúa su temprana historia de la literatura romance en el capítulo cuarto de España defendida (1609): su canon, reducido, de autores predilectos, españoles o grecolatinos, sagrados o profanos, se mantiene casi inalterado a lo largo de su trayectoria literaria y acostumbra a incluirse, por lo general de modo selectivo y razonado, en sus textos preliminares. En cambio, dibuja abundantes panorámicas acerca del oficio de poeta —como Lope de Vega a propósito de la abundancia, su falta de rigor, los plagios y la escasa profesionalidad de los impresores—, cuya peculiaridad consiste en integrarse por lo general dentro de un relato burlesco. Estas reflexiones críticas, deudoras de la sátira de estados y oficios, pese a desfigurar la realidad con retratos caricaturescos e hiperbólicos, tienen el interés de incidir en ciertos abusos literarios de los que Quevedo parece desear distanciarse. Siguiendo un orden cronológico, cabe recordar la ya mencionada Premática del desengaño contra los poetas güeros (1605) y el correspondiente pasaje del Buscón (ii, 3, págs. 119-122); las más breves referencias contenidas en Premática del Tiempo (pág. 89), Vida de Corte (pág. 324) y Papeles de las cosas corrientes en la Corte —«poetas de diferentes estofas, pero todos envergonzantes» (pág. 382); los fragmentos incluidos en Sueños y discursos (1627), en concreto en Sueño del Juicio Final (pág. 211) y Sueño del Infierno (págs. 323-325); y especialmente Discurso de todos los diablos (1628), donde Quevedo contrapone, tal vez distanciándose de ambas, dos clases de picardía literaria por medio de las figuras del «Poeta de los pícaros» y el «Poeta de los cultos» (págs. 529-535), el primero de los cuales argumenta: ¿Es mejor andar gastando auroras en mejillas y perlas en lágrimas, como si se hallasen detrás de la puerta? Y estando España sin un real de plata, ¿gastalla en fuentes y en cuellos torneados, valiendo a setenta por ciento, y sin que se vea una onza gastada en lámparas por los poetas, obras a otros que ni se han visto ni se han oído. De manera que es abominable por lo que añade, por lo que quita, por lo que dice, por lo que calla» (págs. 477-478). 387 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa teniendo repartidos millones en orejas y testuces? [...] ¿Y llámanme a mí poeta de pícaros porque sin gasto ni daño alegro y entretengo, barato y brioso, [...] No, sino escribiré coruscos, lustros, joven, construyendo, adunco, poro con trisulca, alcuza, naqueracuza; y libando aljófar con si bien, erigiendo piras, canoro concento en liras (págs. 532-534). Lo uno es culto y lo otro pimienta; cuál hará mejor caldo, dígalo un cocinero. Ello, yo bien puedo ser el poeta de los pícaros, mas ellos son los pícaros poetas, y por lo menos a mí no me veda la Inquisición ni tengo examinadores; y míreseme bien mi causa, que yo soy el mejor de todos. Y Dios me haga bien con mis seguidillas y jacarandinas, que no me entiendo en octavas ni con esotras historias, ni se hallará que haya dicho mal de otro poeta (pág. 535). Tanto en esta última obra como en las anteriores la sátira contra el oficio, distante del hombre y poeta Quevedo por medio de locutores burlescos interpuestos, contribuye a hacer patente el desgaste acusado de las distintas fórmulas y tópicos literarios —de manera muy acusada los de la tradición petrarquista— ya en la tercera década del xvii. Los juicios críticos de los escritores no se limitaron en las primeras décadas del siglo xvii a los géneros y temas precedentes61, pero el recorrido por la poesía cultista, la comedia nueva y la prosa permiten una aproximación a aquellas cuestiones que fueron objeto preferente de la crítica y observar cómo este tipo de juicios corrieron paralelos a las innovaciones literarias más notables de la época, no a las disquisiciones teóricas clásicas sobre la Literatura, si bien acabaron por contagiarlas. Recapitulación: de la preceptiva a la crítica Los autores franceses, ingleses, italianos y alemanes de la segunda mitad del siglo xviii, con los que Wellek ejemplificaba el nacimiento de la disciplina, ensayaron métodos críticos —por ejemplo, las consideraciones de Voltaire sobre Shakespeare, Racine o Dante—, que se pueden considerar próximos a los de ciertos escritores españoles del Siglo de Oro no considerados en su análisis. De la heterogeneidad y precocidad con que se manifiestan tales ideas críticas en el contexto europeo es testimonio, por ejemplo —en Francia y a fines del siglo xvi—, Michel de Montaigne, quien practica una reveladora síntesis entre crítica literaria y ensayo, subgénero que es habitual vehículo de difusión de la crítica literaria postpreceptista: varios de sus ensayos contienen 61 Sólo a modo de ejemplo, abundaron también las reflexiones por ejemplo sobre la épica, como se aprecia en los preliminares compendiados por Porqueras Mayo (op. cit.) y procedentes de las obras de Cristóbal de Mesa a La restauración de España; la Jerusalén conquistada de Lope de Vega; Bernardo de Valbuena al Bernardo; Díaz-Callecerrada al Endimión; Trillo de Figueroa a la Neapolisea; o Armendáriz a la traducción de Jáuregui sobre la Farsalia. 388 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso reflexiones muy personales y subjetivas, dependientes de sus gustos, en las que desgrana su impresión sobre escritores, antiguos y modernos62, los sonetos de un amigo poeta63, o su propio estilo64. En la producción literaria de este período histórico en España, pueden ser entendidas como crítica —como lo hizo José Manuel Blecua— algunas de las «ideas estéticas» entresacadas por Menéndez Pelayo ya en el siglo xix65. Así lo sugieren diversos trabajos que abordaron la teoría poética de Quevedo (C. Cuevas, 2003, págs. 191-208)66 y de Luis Carrillo Sotomayor (A. Costa, 1984, págs. 29-56)67, la teoría de la novela en Cervantes (E. C. Riley, 1971) o la de la égloga (A. Egido, 1985), aunque su perspectiva haya sido más teórica que crítica. Riley señaló: Hay escritores, hay críticos y hay escritores-críticos. Cervantes fue uno de estos últimos. No escribió ningún tratado o discurso sobre la poesía como Torcuato Tasso, ningún arte poética en verso como el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega. Con todo, su obra literaria embebe un sustancioso compendio de teoría y crítica literaria68. Y Egido parafraseó oportunamente la afirmación de López Pinciano (Philosophia antigua poética 3, pág. 228) «sin poética hay poetas», evocando el divorcio entre teoría y práctica de la literatura ya constatado por A. Vilanova (1968, iii, pág. 559): «todas las innovaciones estéticas que arraigan en la literatura española de los siglos xvi y xvii se desarrollan con absoluta independencia de las teorizaciones de los preceptistas», afirmación tal vez demasiado tajante —pues los escritores-críticos de la época nunca perdieron de vista los preceptos, esgrimidos muchas veces de modo sólo aparente o interesado, 62 En el titulado «De los libros», muestra predilección por los libros antiguos, «más sólidos y sustanciosos», frente a los modernos; el ensayo perfila un canon individual de autores cuya subjetividad reconoce el propio Montaigne (ii, x). 63 Véase el ensayo «Veintinueve sonetos de Esteban de La Boëtie» (i, xxviii). 64 En «Consideración sobre Cicerón», inserta un juicio estilístico sobre sus propios escritos (i, xxxix). 65 Aunque con planteamientos metodológicos propios de su época, M. Menéndez Pelayo habló de «crítica literaria de nuestra edad de oro, mucho más fecunda y poderosa que cuanto acertaríamos nosotros a encarecer» (1974, i, pág. 684), para referirse a ciertos pensamientos de Cervantes, Tirso, Lope o Quevedo «sobre su arte». Xavier Tubau vio a Lope como «poeta que forma parte de esa historia literaria sobre la que está emitiendo juicios críticos» (op. cit., pág. 114). 66 El artículo de Cristóbal Cuevas reconstruye la teoría poética de Quevedo, cuyo modelo fue Luis de León, en defensa de la claridad y como contrapartida de la estética cultista. 67 Véanse las publicaciones de Angelina Costa en torno a este autor, en especial las relativas a su Libro de la erudición poética, como la de 1984 (La obra poética de Luis Carrillo y Sotomayor, Diputación Provincial de Córdoba), págs. 29-56, cuyo segundo capítulo se dedica a la teoría poética del escritor. 68 La cita procede de «Cervantes: teoría literaria», publicado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: <http://www.cvc.cervantes.es/obref/quijote/introduccion/prologo/riley.htm> 389 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa como pretexto—, pero evoca con claridad el distanciamiento de las prácticas literarias respecto a las normas consagradas al que me refería antes. Las apreciaciones críticas de los escritores del xvii no constituyen una novedad en nuestra historia literaria, pues tenían tras sí notables precedentes en la tarea crítica ya desde la Edad Media. Atrás quedaban las consideraciones que sobre el género teatral habían hecho Torres Naharro o Juan de la Cueva, opinando sobre las transformaciones de una fórmula clásica incapaz ya de dar respuesta a las necesidades de su tiempo. De centurias anteriores procedían reflexiones sobre la poesía, con una breve historia de sus orígenes en España, y el carácter esencial o accidental del verso, incluidas en el Proemio y Carta al Condestable de Portugal, del marqués de Santillana69; las apreciaciones de Juan de Mena70; las Anotaciones de Fernando de Herrera a la poesía de Garcilaso, con juicios críticos sobre su obra y la de otros autores a propósito de cuestiones como el decoro, la oscuridad poética y el uso de las figuras retóricas; o las consideraciones de Juan de Valdés para revalorizar las lenguas vulgares frente al dominio literario del latín en etapas anteriores, en Diálogo de la lengua71. Las reflexiones críticas que ciertos autores salpicaron en sus textos, ya al comienzo del siglo xvii y especialmente en la cuarta década del mismo, tuvieron como objetivo fundamental emitir juicios de valor sobre la literatura de su tiempo. Su ejercicio crítico surge tanto en una obra literaria de cualquier género como, con especial insistencia, en textos preliminares y en la correspondencia, un tipo de escrito más próximo al autor real, sin voces literarias interpuestas. Pero más que el tema o el soporte, interesa destacar cómo en todos los casos la «crítica» emerge de entre la preceptiva; cómo los discursos que la contienen se fundan más en el criterio subjetivo del gusto que en las normas clásicas. En la época en que Lope prodigaba reflexiones críticas en sus textos, Cervantes, frustrado autor de comedias, se adjudicaba innovaciones dramáticas como la reducción de cinco a tres jornadas y disertaba sobre el estado actual del género, proponiendo un breve catálogo de autores destacados, además de teorizar y hacer juicios críticos sobre la novela; Jáuregui intervenía en la polémica cultista con el Antídoto contra la pestilente poesía de Las soledades, Quevedo vertía comentarios críticos contra la poesía gongorina en sus preliminares literarios o se distanciaba irónicamente de la contienda, imaginando la disputa entre el Poeta de los Cultos y el Poeta de los Pícaros, en Discurso de todos los diablos. Lope de Vega sostuvo durante toda su vida una actividad crítica, que, además de teñir las más variadas modalidades literarias, se caracterizó por un 69 Véase el Proemio y Carta de Íñigo López de Mendoza al condestable de Portugal. 70 La coronación del marqués de Santillana incluye muestras de esta labor crítica incipiente. 71 Valdés se sumó a la tradición crítica española con consideraciones críticas incluidas en el Diálogo de la lengua. 390 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso uso «interesado» de los juicios: éstos suelen referirse a cuestiones polémicas en las que jugó un papel protagonista, como la irrupción de la poesía cultista frente al estilo «llano» representado por él mismo o la nueva comedia que revolucionó texto y espectáculo teatral. La producción literaria de Quevedo muestra una creciente preocupación por la crítica literaria, más acusada en las últimas décadas de su vida y que se canalizó en dos tipos fundamentales de textos —preliminares literarios o legales y obras literarias de carácter burlesco—, abarcando tres ámbitos preferentes: la polémica anticultista y la defensa de la claridad; el estilo prosístico, con una defensa de la brevedad y la expresión lacónica senequista; y la producción dramática contemporánea. Su mayor interés crítico parece acentuarse a finales de la década de 1620, coincidiendo con las denuncias que sufren sus obras ante la Inquisición y con la difusión de invectivas literarias que intentan desacreditarle como escritor y hasta como católico ortodoxo: la Venganza de la lengua española (1629), El retraído de Juan de Jáuregui (1635) o el Tribunal de la justa venganza (1635), textos que tal vez le empujaron no sólo a prodigar tratados morales y religiosos, sino también a exhibir su erudición y juicio crítico, a profundizar en su faceta de severo censor de la literatura de su tiempo. Sin dejar de tener en cuenta los antecedentes mencionados, tal vez sea posible postular que en las décadas iniciales de la centuria se intensificaron los perfiles de una crítica aun incipiente, pero imprescindible para que pueda producirse, ya en el siglo xviii, esa desintegración del gran sistema de la crítica neoclásica a la que se refirió Wellek. Éste aludió al divorcio entre la rigidez de los principios neoclásicos defendidos en el ámbito teórico y la maleabilidad de las prácticas literarias concretas, cuando señaló «el profundo abismo entre teoría y práctica que se abre a lo largo de la historia literaria» (1969, i, pág. 16). Y así fue en España, donde muchos autores, mirando de soslayo las preceptivas de corte aristotélico y horaciano, enunciaron normas propias a la vista de sus escritos o los de sus contemporáneos; justificaron o desdeñaron la literatura de su tiempo. Pese a beber siempre de aquellas fuentes clásicas o, con más frecuencia, de recopilaciones de fragmentos o sentencias asimiladas durante la etapa escolar,72 se apartaron de ellas con frecuencia, con propuestas nuevas. En el Siglo de Oro español, la mirada crítica de tantos autores sobre creaciones contemporáneas contribuyó a legitimar o, al menos, a favorecer el debate en torno a prácticas literarias muy alejadas ya de los preceptos y autores clásicos. Es cierto que sus reflexiones carecen del carácter sistemático de la crítica practicada en España a finales del siglo xviii, por Pedro Estala73 por ejemplo, en advertencias, respuestas, prólogos o discursos sobre Francisco de Figueroa, los Argensola, Herrera, Jáuregui o Góngora, pero también lo es que 72 Para el caso de Lope de Vega, Xavier Tubau (op. cit., págs. 13-14) se refirió recientemente a estas prácticas. 73 Véase Prefacios y artículos de crítica literaria (ed. de Mª E. Arenas), Diputación de Ciudad Real, 2006. 391 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa los juicios de aquél no se hicieron desde la óptica de un escritor protagonista de los fenómenos literarios. Y es en este punto donde puede cobrar más valor la distinción con que comenzábamos, como base de una hipótesis. Con sus difusas fronteras, las tres categorías teórico-críticas diferenciadas transparentarían en estas décadas un momento crucial de contaminación y cambio en la historia literaria, de transición desde las perspectivas más preceptivas hasta las más críticas, apreciables estas últimas en textos de valor singular justamente entre los años 20 y 40 del siglo xvii: sobreviven las preceptivas clásicas, especialmente al inicio del siglo, como prolongación del anterior; al tiempo, las rígidas estructuras del pasado se van diluyendo en «pseudopreceptivas» que, teñidas por las novedades y polémicas, se deslizan, ocasionalmente o de modo reiterado, hacia el ámbito crítico (según J. M. Rico, «la teoría literaria fue seleccionando modelos de discursos más acordes con los tiempos», 2010, pág. 105); y, en fin, se produce una decidida irrupción de la actividad crítica, tal vez inconsciente pero desasida ya de la preceptiva, no aislada en autores u obras concretas como en la Edad Media y el Renacimiento, sino latente en buena parte de los escritos de la época, especialmente en la tercera y cuarta década, cuando las novedades ya son un hecho y no sólo un tanteo, cuando existe una cierta distancia crítica de los autores implicados en los cambios. Tal vez los abundantes textos de incómoda clasificación, que curiosamente parecen más norma que excepción en el contexto de la época, sean indicio conspicuo del progresivo desmoronamiento de una actividad preceptiva que no sobrevivió a la edad moderna, relegada por la pujante marea de la crítica. La teoría poética, la preceptiva, no resultaba un instrumento ágil para captar las peculiaridades literarias, especialmente en momentos de transformación profunda de los géneros como la operada en las primeras décadas del xvii, un hecho patente en las consideraciones de ciertos preceptistas sobre autores de la época, incapaces de comprender sus propuestas, constreñidos por las rigideces preceptivas heredadas del pasado. Así se explica también que, desde la Poética de Luzán (1737 y 1789), fuera imposible entender y valorar las aportaciones del siglo anterior: su proemio es contundente cuando relaciona la escasez de preceptivas poéticas con la «errada presunción» (pág. 149) de autores —Lope de Vega, Calderón...— que, fiados sólo de su talento natural, desdeñaron la instrucción preceptiva. Aunque salva de la condena general los tratados de Cascales y González de Salas, pues siguen «en todo» y comentan «la Poética de Aristóteles», su juicio detecta en el texto del segundo el propósito de «criticar alguno de los errores de su tiempo [...] en aquella tan general corrupción de la poesía» (pág. 151). Esto es, le muestra como crítico incapaz de contener su poética en los márgenes estrictos de la preceptiva; como le sucede con el Arte nuevo, que, según dice, «escribió Lope de Vega para apoyar la novedad de sus comedias», libro indigno de «suplir la falta de semejantes tratados», por su oposición «a la razón y a las reglas de Aristóteles» (pág. 152). 392 AnMal, xxxiv, 2, 2011 maría josé alonso veloso Cabe proponer que los lectores con juicio preceptivo no podían construir el canon de los grandes escritores del Barroco, tarea posible únicamente desde el juicio crítico74. El encomio de Góngora o Lope de Vega sólo podría haberse producido, y de hecho se produjo, desde el criterio del gusto, desde la valoración personal, esto es, desde la crítica y no desde la preceptiva. Sin poéticas, habría habido poetas; sin los juicios de nuestros poetas, no habría existido la crítica literaria en el siglo xvii. 74 Por citar sólo un caso, García Berrio recorre las teorías antiguas sobre la oscuridad en Introducción a la poética clasicista: Cascales; cuando al final se detiene en los juicios de Cascales sobre Góngora, ya de carácter más «crítico», lo condena por no haber comprendido a Góngora. Se puede postular que tal vez no podría haberlo elogiado desde su óptica preceptista (comentario al «Texto 20», 234-253, pág. 252). 393 AnMal, xxxiv, 2, 2011 apuntes sobre la «crítica» literaria en españa BIBLIOGRAFÍA Alonso Veloso, Mª J., «La virtud retórica de la claridad en los preliminares literarios de Lope de Vega y Quevedo», Anuario Lope de Vega, 11, 2005, págs. 9-28. ——, «Quevedo en sus lecturas: anotaciones autógrafas y subrayados en cuatro impresos de la Biblioteca de Menéndez Pelayo», Manuscrt.cao, 2010, 52, págs., 2010 (<http://www.edobne.com/manuscrtcao/m-j-alonso-quevedo-en-sus-lecturas.../>). ——, «Quevedo, lector del Anticlaudiano de Alain de lille. Noticia sobre nuevas anotaciones autógrafas», La Perinola, 14, 2010, págs. 277-303. Artigas, M., «Un opúsculo inédito de Lope de Vega. El AntiJáuregui del Licenciado D. Luis de la Carrera», Boletín de la Real Academia Española, 12, 1925, págs. 587-605. 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