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Días de convalecencia : colección de poesías y novelas originales / de Manuela Cambronero

Cambronero de la Peña, Manuela María

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GA. 45. 768 BIBLIOTECA UNIVERSITARIA DE SANTIAGO 01337503 u DIAS DE tODVAlECENCU. DIAS DE COmLECEHia Colección de poesías y novelas originales DE D/ MANEELA ■(■, CORTtiÁ IMMDfTA DE DON DOMINOO PÜGA, 1852. A Don Ixorenzo Caballero en prueba de su cariíío, su esposa, fa ^utorti. — 7 — CAPITULO I. E l reloj del castillo de Tremblay acababa de dar las doce, la noche estaba serena y Ja luna con su luz dulce y melan  cólica alumbraba las cuestas y las llanuras en donde reinaba el mas profundo silencio. El castillo de Tremblay y el de Uvolf elévanse á media legua de distancia ambos en la cima de una montaña, semejando á dos jigantes 'guardadores de los pueblos inmediatos. Los habitantes de Tremblay estaban entregados al sueño menos uno; velaba en un torreón Erminia que de pie y con los brazos cruzados tenia la vista lija en Uvolf. Cualquier observador que dirigiese los ojos hacia el mismo objeto habría visto una sombra á la libia luz de la luna; movíase de vez en cuando apareciendo de diversa forma, colosal algunas veces, pequeña é informe otras, no podia adivinarse á punto lijo si era hombre ó muger ; inmóvil á ralos como la estatua de un sepulcro, rápida como el relám  pago otras andaba sin dirección como una persona distraída y agoviada de un pensamiento que absorve toda su atención sin dejar libre paso á ninguna otra idea. Erminia de Trem  blay, la encantadora Erminia, objeto de admiración por su belleza y virtudes, observaba con dolor aquella sombra ó rease UXJVERS1DADE DE SANTIAGO u — 8 — Jidad y sin saber porque no podía apartar sus miradas de Uvolf y recordaba su infancia con lodos sus hechizos; la in  fancia que tan gratos recuerdos nos deja y que se presenta a nuestra imaginación como un sueño delicioso. ¡Cuantas ve  ces había recorrido aquellos desiertos salones . Aquel castillo, testigo de sus juegos infantiles, era entonces objeto de mil conjeturas á cual mas raras, y aun ella misma pensaba en el con curiosidad; sí, pensaba, porque creía que dentro de sus muros había algún sér que padecía ........ tal vez su corazón estaba despedazado como el suyo ..... ¡pobre Jo^ en. apenas contaba diez y ocho años , en su pasado nada recordaba que pudiera halagarla, y en su porvenir solo veía el sepu ero: víctima de un amor que nunca había sido correspondido, abrasada por el fuego de los celos, vivía sola como la flor que nace entre la arena; indiferente a todo parecía una hoja desprendida del árbol que se mueve a impulso del Mentó es  perando el momento de ser pisada y hecha polvo; pero en medio de su martirio nadie había conocido lo que pasaba en su corazón, el mismo objeto de su carino lo ignoraba, respe  taban su melancolía y nadie procuraba sabcir sus pesares... La infeliz durante el día tenia que ahogar su Jolory aparecei i anquila va que no podía ser feliz, pero por la noche ¡ah! cuantas veces en tanto que lodos dormían ella sola con una lampara en la mano cruzaba largas galerías sin dirección alguna, olías sentada en una torre contemplaba el purísimo cielo y los pom  posos árboles del bosque que rodeaba el castillo..... alh sola daba curso á sus lágrimas y meditaba, si, meditaba sobre su funestísimo porvenir. ¡Ay ! cuando nos oprime una pena que por vérgüenza ó temor no podemos confiar, cuando nos vemos rodeados de personas felices que no comprenden nuestros pesa  res los sufrimos en silencio y los ocultamos en lo mas profun  do de nuestro corazón. Erminia no tenia mas amigas que su hermana ; siempre juntas y de buen carácter las dos, se amaban con un estremo que rayaba en locura ; pero Isaura tranquila, feliz, no notaba el abatimiento de Erminia, y la infeliz joven pasaba su existencia entregada á la tristeza mas profunda. CAPZTUI.O 11. E n r iq u e , conde de Uvolf, que apenas contaba veinte años, debia casarse con Isaura, hija del barón de Tremblay y here  dera de sus inmensas riquezas , cuando tuviera algunos años mas, pues entonces había cumplido los diez; debiendo por esta causa retrasarse el casamiento algunos años y deseando el conde unir la gloria al lustre de su nacimiento, dispuso ir á Jerusalen con varios caballeros de las cercanías : marchó después de haber recibido la bendición de su futuro suegro y dejó en su poder á su hermano Arturo, de la misma edad que Isaura. En vano esperó el barón los cuatro años que ha  bía dado de término á Enrique, en vano preguntó á algunos de los que con él partieron , nadie sabia cual habia sido su suerte ; por último , á los ocho años de su marcha se presen  tó el paje de un caballero y trajo la noticia de su muerte. El barón lloró mucho é Isaura también , pero como todo en este mundo es perecedero pronto secaron las lágrimas ; y viendo que Arturo amaba á Isaura con todo el ardor que hay á los diez y nueve años y habia entrado en posesión de los bienes del condado de Uvolf, se dispuso su enlace para el año si  guiente , época que el enamorado joven esperaba con impa- 2 u — 10 — ciencia. Isaura no le amaba, pero acostumbrada á verle desde su infancia y admiradora de sus virtudes, veiaacercarse el día sin placer es cierto, pero también sin pesar. Por aquel tiempo un suceso en estremo raro llamó la aten  ción de todos. Un caballero de aventajada estatura vestido de negro con las armas del mismo color y acompañado de un page llegó á Uvolf preguntando por el conde; así que es  tuvo en su presencia sin querer alzarse la visera entregó á Arturo una carta de su hermano escrita tres años antes y concebida en estos términos: «Hermano mió; cuando recibas estos renglones trazados con mano trémula, ya no existiré; el dador es un caballero desgraciado sin bienes de fortuna á quien le he debido la existencia en mas de una ocasión ; le dejo en pago mi casti  llo de Uvolf, el cual le entregarás, debiendo trasladarte al de nuestros abuelos, media legua mas allá. Te se presentará cubierto el rostro , pero no le preguntes nada , respeta su si  lencio y su dolor ; en el ejército le conocemos por el Caballero negro. Si Isaura es tan bella como lo era al tiempo de mi partida, deseo que sea tu esposa. Adios hermano querido , no me olvides en tus oraciones.» Enrique de Uvolf. La última voluntad de Enrique se cumplió con exactitud, se trasladó Arturo á otro castillo y Uvolf fué habitado por el caballero desconocido. Varias hablillas corrieron por aque  llos contornos relativas al nuevo personage; decían unos que era un joven hermoso y desgraciado que lloraba la muerte de su querida ; aseguraban otros ser un hombre mal  vado que vivía de aquel modo en espiacion de sus crímenes; nadie iba á su castillo , con nadie hablaba y solo le veian los pobres en cuyas miserables chozas recibían mil socorros que mandaba con el criado ; si el caballero se presentaba era para preparar algunas drogas siempre saludables ó para derramar u — 11 — la paz en medio de las familias que se hubiera introducido la discordia; pocas palabras empleaba, pero eran tan per  suasivas , tan dulcísimo su acento , que los sencillos aldeanos no podían resistir á él. Al principio llamó mucho la atención y escitó la curiosi  dad de los nobles; mas eran tantos los bienes que hacia, tanto el entusiasmo que inspiraba entre los necesitados, que ofen  derle en lo mas mínimo, hubiera sido causa de fatales con  secuencias; ademas, todo lo borra el tiempo, y al cabo de seis meses apenas se hablaba de él, y su existencia pasaba desaper  cibida á no ser por los muchos que favorecía y un corto nú  mero de personas entusiastas por lodo lo que lleva un viso misterioso y novelesco. , . En un principio se le había espiado en sus paseos solita  rios; por todas parles se veia seguido de mil curiosos que deseaban entablar conversación, pero él sabia desentenderse perfectamente. Entre los caballeros de aquellas cercanías Al  fredo de Gistierna era el mas orgulloso y cruel para sus súbditos ; sabiendo que algunos habían recibido socorros del generoso desconocido, se encolerizó eslremadamente y les ame  nazó de mil maneras , pero no le hicieron el menor caso ; fué á Uvolf y le negaron la entrada; furioso como un león an  duvo errante por las inmediaciones del castillo hasta que la suerte le deparó la satisfacción de ver salir á su enemigo; paróse delante de él y le impidió el paso ; ofendido el caba  llero le preguntó: — ¿Podré saber porque motivo no me dejais continuar mi camino? , — Porque me acomoda así, le respondió. _Hacéis mal , pues cuando me estorba algún objeto lo des  vío con mi lanza. Y al mismo tiempo la puso en acción de herir. — ;Me amenazáis? — Y os castigaré si no me dais esplicacion de la causa que os hace obrar así. — Yo soy Alfredo de Gistierna. — 12 — — Me lo figuré por vuestros modales nada corteses. 1 os prohíbo la entrada en las casas de mis vasallos, ellos no necesitan recibir vuestras limosnas, soy su amo y á nadie mas que á mí deben recurrir en todos sus apuros. — i o socorro á todo el que está necesitado ; si visitaseis sus casas y vierais la miseria en que se hallan me darías gracias en vez de reprender mis acciones; y si fuerais para ellos me  nos mezquino no tendrían que recibir algunos bocados de pan de manos de un desconocido como yo y ......... — ¡Callad! dijo Alfredo ciego de cólera; sois un insolente y me dan impulsos de castigaros cual mereceis. — ¿Y qué castigo os parece que merezco? — El de cortaros la lengua , señor mió , para que no vol  váis á insultar á ningún caballero. — Creo que quien ha insultado el primero habéis sido vos; y creo también que si una lengua se corlase esta larde seria la vuestra , señor de Gistierna. — Valiente estáis por demas; y ya que tanto habíais de  fendeos. — No puedo, hay una infeliz que padece horriblemente, en este momento me está esperando, si por casualidad me ma  tabais ya no podría salvarla; con que así perdonad. y metiendo espuelas al caballo, partió con la velocidad del rayo. , Gistierna atribuyó la retirada del caballero al miedo que le había infundido su presencia y así lo contaba en todas parles. Muchas semanas pasaron cuando una noche en que volvía del castillo de Tremblay , al salir del bosque encontró al ca  ballero que lo esperaba; púsose delante de él y enristrando su lanza le dijo: — Señor de Gistierna , hoy no tengo ninguna palabra que cumplir , hoy la vida ó la muerte me es igual ; con que así disponeos y nos daremos algunas estocadas si os place. Gistierna se sorprendió un poco porque no contaba con aquel encuentro; mas reponiéndose al punto respondió: i — 15 — — Yo siempre estoy dispuesto á castigar osados ... cuan  do gustéis. Arremetieron los dos con igual furia , pero sea por la estraordinaria fuerza del desconocido ó porque la suerte quiso favorecerle en aquel instante, lo cierto es que al empuje de su lanza lo levantó de la silla y fué rodando por el suelo. Su cabeza herida contra una piedra principió á brotar sangre, el Caballero negro se apeó, y acercándose le dijo: — Ya veis lo que puedo, señor de Gistierna; ya veis qüe hoy no os tengo miedo, me parece que para prueba es bas  tante , esta aventura quedará guardada entre los dos , ningún testigo nos ha observado, soy caballero y sabré cumplir mi palabra. Dijo; y subiendo lijero sobre su caballo partió á todo esca  pe para Uvolf. Alfredo no olvidó nunca aquel lance y lomó un odio estremado á su vencedor ; desde aquel instante dia y noche estaba meditando el modo de vengarse. u ijNivr.KMunu OH SAN IIACC — 14 — CAPITULO ML G r a n d e s fiestas se preparan en Tremblay; los salones es  tán perfectamente iluminados ; desde la mañana no dejan de llegar caballeros en trage de fiesta ; cruje el puente levadizo al sentir el paso de belicosos caballos y dentro se oye gran movimiento; al caer el sol se iluminan las torres con luces de mil colores, y varios trovadores alraidos por la fiesta llegan al castillo pulsando sus melodiosas arpas. El salón principal estaba lleno de hermosas y caballeros ; óbrense las puertas , y acompañadas de algunos pages aparecieron las dos bijas del barón, Isaura y Erminia. Llevaba la primera un vestido de gasa blanca bordado de oro, los brazos descubiertos y la torneada garganta; sus ca  bellos de un castaño oscuro estaban perfectamente rizados y rodeaba su cabeza una corona de espigas de oro y de diaman  tes; era de estatura elevada, magesluosa presencia y nobles movimientos ; la tez blanca y trasparente , y en las megillas tenia el color delicado de la rosa ; sus ojos de un azul turquí eran espresivos , sus labios de carmín dejaban ver al sonreirse unos dientes blancos y perfectamente iguales ; sus modales eran imponentes y algo severos ; de modo , que al verla ade- u — la — lantarse por medio del salón , al ver la atención con que todos la saludaban, cualquiera la habría tomado por una reina. Erminia llevaba un vestido de seda morado sembrado de estrellas de plata, y sus cabellos negros como el ébano no tenían mas adorno que una pequeña flor natural de color blanco que ella misma había cultivado en una linda ma  ceta. Su estatura era colosal pero bien proporcionada aunque un poco inclinada hácia el suelo , sea por su elevación ó efec  to de su abatimiento continuo; su rostro de un blanco mate, sus ojos negros y dulces , las cejas del mismo color y perfec  tamente arqueadas; en su semblante habia tanta dulzura, tanta bondad, era su voz tan tierna, tan espresiva, que ins  piraba un interés estremado; era (le un talento muy superior al de su hermana, pero carecía de aquella desenvoltura, aque  lla facilidad en preguntar y responder al mismo tiempo; aquella animación y gracia con que Isaura cautivaba en sus redes (permítasenos esta espresion) á todo el que la veía. Er  minia tenia desconfianza en lodo lo que hacia, temblando á la menor palabra; temerosa de disgustar, no lucia el delica  do talento con que la naturaleza la habia adornado; disgus  tada hasta el estremo de su existencia huia de toda diversión y rara vez se presentaba en público. Asi que entraron en el salón, las músicas resonaron estre  pitosamente; varios caballeros rodearon á Isaura en tanto que Erminia fué á sentarse al lado de una gótica ventana; la in  feliz no bailaba nunca , la era vergonzoso verse siempre tan alta ó mas que su pareja ; algunas veces habia oido en voz baja varias palabras alusivas á su crecer desmesurado, y la pobre joven habia sentido rasgarse su corazón. Desde su asiento habia visto á su hermana lanzarse en medio del baile con Arturo de Uvolf, el barón de Tremblay habia anunciado que dentro de tres meses se efectuaría su boda : Erminia oyó aquellas palabras con la sonrisa pálida que la era habitual, pero su corazón habia latido con violencia; ella adoraba á Uvolf y su hermana se lo robaba, tenia que ser testigo de su felicidad y esta idea la asesinaba ........ ¡ay! si Isaura le bu- u — 1G — hiera amado como ella tal vez no habría sido tan cruel su martirio , pero no le quería y sin amor no podía hacerle fe  liz. - Sentada Erminia entre los tapices que medio ocultaban la entana, miraba tristemente tantos objetos que veian y gozaban ; pensaba que solo ella sufria, mas no era asi : al lado de otra ventana estaban conversando Alfredo de Gistierna y Hugo de Aseli. J — Ya lo o ís , Alfredo, decía Hugo, pasados tres meses Isaura se casará con Arturo. lo Aeremos, respondió Alfredo: tres meses tienen mu  chos días y ¡se puede discurrir tanto! ......... te juro que no se casará; ¡oh, estoy loco de celos! Déjate de tonterías, ¿no hallarás entre tanta hermosa otra que te agrade mas? — No; y luego es punto de honor; se la he pedido tres veces al barón y siempre me la ha negado; una porque era demasiado joven , otra porque pensaba casarla con Arturo y la última diciendo que Isaura no me profesaba el menor afec  to. ¡Y he de sufrir que sea su dueño ese muñeco, que hace un ano jugaba todavia con un caballito de madera! — Si ella le prefiere ......... — Isaura no es capaz de amar á nadie. — ¿Porqué no te diriges á Erminia? 1 o no soy aficionado á gigantes. ¿Sabes para lo que me gustaría esa muchacha? para colocarla en el panteón de mi castillo sobre la tumba de mi madre. * — Es hermosa. — Ya se que la amas un poco. — Con toda mi alma; ¡es tan dulce, tan bella! fi ue haces que no se la pides á su padre? no eres conde ni barón , pero eres noble y rico. — Me despreciaría. — ¿Porqué? — Porque ha desairado á otros de mas mérito que yo. — ¿Y si te amase en secreto? — No lo creas, en vano he venido varias veces á Tremblay, u — 25 — por distracción tuya ó poco cuidado al tomarla ; si se desho  jó la hermosa flor que cortaste, tal vez haría algunos dias que estaba abierta, y aunque conservase el color fresco y hermoso , sus hojas medio desprendidas cayeron al menor movimiento, es cosa natural. — Tú lo crees así , pero yo .. ¿qué quieres? tengo miedo y no se porqué . — Vamos , no seas niña , ven con nosotros. — Perdona, Isaura, no iré. Erminia era tan firme en todas sus resoluciones que su her  mana no quiso insistir; sabia por esperiencia que no había de alcanzar nada. Una y otra guardaron silencio , Isaura ha  bló la primera. — Y bien Erminia, la dijo, hace pocas noches mi padre anunció mi enlace con Arturo de Uvolf y todavía no me has dado la enhorabuena: ¿acaso no te agrada esta boda? Erminia hizo un esfuerzo para sonreirse y se sonrió lige  ramente, al cabo de un momento respondió. — ¿Y qué he de decirte, hermana mia? hace tanto tiempo que está dispuesta esa unión y he oido hablar de ella tantas veces ...... — Con todo, quisiera saber si te agrada ó no. — ¿Porqué ha de desagradarme, querida Isaura? Arturo es un joven amable, rico, bondadoso, de un talento esquisito, querido de sus vasallos, envidiado de las hermosas... ¿Qué mas cualidades apreciables ha de reunir para hacer feliz á la rica heredera de Tremblay? ademas, te ama con un delirio, dijo dejando escapar á pesar suyo un suspiro , que raya en locura; y si tú le correspondes con igual pasión tu vida será muy feliz. — ¿Lo crees asi? ■ — Lo creo. — Yo también auguro bien de este matrimonio , estoy tran  quila respecto á mi porvenir. El ruido de la puerta que se abría cortó la conversación; volvieron la cabeza y vieron al barón y al conde de Uvolf. u — 24 — . — Vamos, hijas mías, dijo el primero; Arturo nos ha he  cho esperar un ralo, aprovéchenlos las horas de sol que nos quedan. . Isaura se levantó con ligereza; Erminia permaneció sentada. — ¿Qué haces? la dijo el señor de Tremblay, ¿nonos acompañas ? — No, padre mió. — ¿Por qué? . , — Estoy algo indispuesta, sabéis también mi poca afición á salir del castillo ; mas si lo mandáis , querido padre , os da  ré gusto sin titubear. — ¿Os parece, señor de Uvolf, que se puede violentar en lo mas mínimo á una criatura tan bondadosa como mi Erminia? Vamos , quédate pues si asi lo quieres. Los tres se despidieron de Erminia y se dirigieron á la sa lida del castillo; el barón y el conde montaban dos caballos negros como el ébano , y en medio iba Isaura sobre otro tan blanco como la nieve; dos criados caminaban detrás de ellos. Después de cruzar el puente, el paso de los caballos ya no fué tan igual como en un principio ; Isaura y el conde se sepa  raron un poco del barón; Arturo bajando la voz dijo: — Me esperabais con impaciencia, Isaura? — Si, Arturo. — Yo no podia estar sin veros , ¡ se me hacen tan largos los ratos que paso lejos de vos! ¡deseo tanto que llegue el momento en que nos unamos para no separarnos nunca!.... Decidme, querida, ¿os animan los mismos deseos que á mi? ¡ah! veo que no, isaura; en vano vuestra boca me ha jura  do amor mil veces, vuestro corazón no lo ha sentido. — ¿Tenéis mal humor, querido mió? — No , pero estoy triste. — ¿Os he dado algún motivo de enojo desde ayer? decidme. — Vos no me dais motivo de enojo y esto es lo que me de  sespera; siempre os encuentro tranquila, sosegada... en una palabra nunca habéis tenido celos porque no me amais como jo os amo. S( UNIVTRSIT di ; sant u u — 25 — — Vos, Arturo, tenéis celos de todo, porque sois algo capri  choso y siempre estáis descontento; ¡comprendéis el amor de un modo tan raro!... ¿No habéis dicho mil veces (pie no hay mayor felicidad que amar y ser amado? pues yo no com  prendo por felicidad oslar siempre azorado , envidioso de lo  do el que se acerca al objeto querido, desconfiando de sus palabras, observando sus movimientos y siempre temblando por el temor de perderle ..... Vos sois asi, Arturo, pero á mí, que la naturaleza me dio mas calma , mas alegría , dejadme gozar y no me martiricéis. ¿Creéis que si no os amase me casaría con vos? ¿creéis que el respeto que tengo á mi padre me ha arrancado mi promesa? pues os engañáis, ahora mis  mo, si por un accidente cualquiera conociese yo que este en  lace nos perjudicaba á uno de los dos, con la misma sereni  dad que os hablo en este momento diria: señor Arturo de L volf, nopuedo ser vuestra esposa; y no lo seria, podéis creerlo. — Callad, callad por el cielo, dijo Arturo poniéndose pá  lido; vos me matareis. — No lo creáis. — ¡Oh, Isaura! sufro mucho; cuanto mas sé acerca el ins  tante de nuestra unión mas tiemblo ..... tengo un presenti  miento horrible, que me destroza el corazón; en vano procuro pensar en la felicidad que me aguarda, siento una voz inte  rior que me repite á todas horas esta palabra : jamás. Tan triste fué el acento con que la pronunció que Isaura se estremeció ligeramente, le alargó la mano con cariño y le dijo sonriendo: — Callad, Arturo, padezco cuando os veo asi, no queráis con vuestra tristeza privarme del placer que tengo en estar con vos. Arturo la dió gracias por aquellas palabras con una mira  da llena de ternura y guardó silencio algunos momentos; después dijo mas tranquilo. — Perdonadme, querida Isaura, perdonadme por lo mucho que os amo.... ¡ay! ojalá os quisiera un poco menos, tal vez seria mejor para ambos. . 4 se U'JIVhUSlDAl) di : samiiag c di : COMiX ’ iS'ii . • — 26 — Habían llegado al fin del bosque cuando el barón les dijo. — ¿Volvemos, hijos mios? — Lo que gustéis , respondieron los dos. — Volvamos, la pobre Erminia está sola y deseo verla ya, su melancolia me desconsuela. Se dirigieron hacia el castillo, el barón iba diez ó doce pa  sos delante para que los jóvenes hablasen con libertad y los criados caminaban detrás á bastante distancia. La noche se acercaba y apenas había claridad en medio de aquella espe  sura ; pero acostumbrados á cruzar aquel sitio casi todos los dias, caminaban tranquilos y sin temor ..... mas ¿qué ruido les sorprende y les hace estremecer? ¿por qué se detienen de pronto? ocho guerreros salen por medio de las ramas. Artu  ro sacó la espada y la dirigió al pecho de uno que se le había puesto al frente, mas paró el golpe con el escudo y voló por los aires hecha pedazos; rápido como el relámpago cogió la lanza, pero al mismo tiempo su caballo cayó al suelo, un traidor le habia dado un hachazo en las patas y el noble ani  mal vino á tierra oprimiendo á su amo con su peso. Su de  sesperación llegó á su término, Isaura desmayada habia sido colocada en un caballo y un guerrero de aventajada estatura la sostenía con un brazo mientras con el otro se defendía del barón que le atacaba con la rabia del tigre herido; aquella lucha era desigual, Arturo cogido del suelo habia sido atado fuertemente, los criados fríos espectadores de aquella escena estaban de acuerdo con los raptores, de suerte que el desgra  ciado barón, abrumado de fatiga y cubierto de heridas aun  que leves, tuvo que ceder al número y vió alejarse á los infames que le robaban su idolatrada hija. Asi que partieron desató al pobre Arturo que pálido /le rabia, frenético, desesperado y sin escuchar al barón, montó en el caballo de éste y partió á escape en busca de su querida. Pocos minutos habia caminado cuando distinguió en el suelo dos bultos á un lado del camino, estremecióse de espanto y echó pie á tierra, pero ¡cuál fué el horror que se apoderó de él! al reconocer los cadáveres de los criados que u — 27 — les habían sido traidores ! que en vez del oro que les ofrecie  ron solo recibieron en pago de su maldad la muerte! Partió otra vez con la esperanza de alcanzar pronto á Isaura y li  brarla ó morir. Hirió sus oidos el paso de un caballo que venia hacia él, volvió la cabeza y no pudo distinguir al ginete , pero pasado un momento se llenó de sorpresa al reconocer al Caballero negro. De repente le vino el pensamiento de que quizá seria cómplice del rapto al verle ir en aquella dirección, paróse delante de él y le preguntó colérico. — ¿Dónde vais? — A buscaros , contestó cortesmente. — ¿A buscarme? me alegro mucho, asi como asi tengo gana de verter sangre y principiaré por verter la vuestra. — No permita Dios, noble Arturo, que comelaisuna acción tan villana ; pero no gastemos el tiempo en palabras inútiles, se donde vais , acabo en este instante de hablar con el barón y vengo para ayudaros; tened confianza en mí, Arturo, no creáis que soy un traidor, partamos y libremos del peligro «n que se halla vuestra prometida esposa. — Partamos, dijo medio fascinado por la voz mágica del Caballero. La noche era oscura y fria, oian hacia rato el ruido de sus -enemigos pero no los distinguían; Arturo y su compañero iban rápidos como dos meteoros, los caballos no podían mas. — Animo, ánimo, decia el Caballero negro, ya los alcan  zamos. El aire llevó hasta sus oidos los gritos de Isaura que había recobrado los sentidos ; el conde al oirla dió un doloroso ge  mido. — ¡ La van á matar ! esclamó con desesperación ¡ la van á matar y no puedo defenderla ! Los raptores hicieron alto cuando vieron tan cerca de ellos sus perseguidores. Arturo se abalanzó al que llevaba su querida, pero fué detenido por otros dos que le estorbaron el paso. Resonaban los golpes en la oscuridad, el conde había se U'JIVhKSlDAI): DK SAN I b\GO di : COMPOSTI u — 28 — herido mortalmente á dos cuando acometido por la espalda iba á recibir un tremendo golpe á no ser por el Caballero ne  gro que ligero como el viento y semejante al genio del bien llegó á su socorro ; del primer tajo derribó uno al suelo y dando un revés al segundo le corló la diestra que cayó en tierra con la espada empuñada todavía. Horrible era aquel combate en medio de las tinieblas, herían algunas veces sin saber á quien; (al esa la oscuridad de aquella funestanoche. Seis hombres estaban ya fuera de combate, gracias al valor he  roico del habitante misterioso de Uvolf, solo quedaban dos combatientes; arrojóse el Caballero negro sobre el que tenia á Isaura, valiente era por demás; con los dientes sostenía la brida, con un brazo á la joven y con el otro se defendía de  sesperadamente. Al acercarse á él el caballero le tiró un tajo, pero resbaló en la coraza y no recibió el menor daño; mas diestro el desconocido le apuntó hacia el costado y encontran  do la juntura de la armadura le clavó la espada. El infeliz abrió los brazos y soltó á su prisionera que cogió como por encanto el Caballero negro; al caer el herido dió un grito sor  do y murmuró: — Maldito seas, hombre ó demonio , el diablo me conserve la vida hasta vengarme de ti. — Muy a aria es la fortuna, Gistierna, contestó el descono  cido ; y tal vez le se cumplirán tus deseos. El contrario con quien se defendía Arturo había huido co  bardemente, el Caballero negro le entregó la desmayada seño  ra diciendo: — Esta joven os pertenece , llevadla vos. Arturo iba á cogerla cuando abrió ella los ojos, dirigió en derredor suyo una miraba vaga y esclamó: — ¡Virgen santa! ¿dónde estoy? — Al lado de vuestro amante, la respondió el Caballero. ¡Ah ! vos no sois mi Arturo, dijo queriendo separarse de su libertador. ¿Dónde está Arturo? Arturo, llevadme al lado de mi padre y de mi hermana. Su voz era en estremo débil , el conde la puso en su caba- — SO  llo y ya iban á caminar cuando volviéndose Isaura hacia ei Caballero dijo eslremadamente agitada. — ¿Quién es ese hombre? — El amigo de mi hermano Enrique, el que os ha dado la libertad y me ha salvado la vida. , — ¡El!... ¡oh Dios mió!... gracias, gracias, continuó mi  rándole , mi padre os recompensará. — Mi recompensa, señora, contestó tristemente, está en*la buena acción que he hecho; nada mas quiero ni deseo. — ¿Nuestra amistad tampoco? Isaura no tuvo respuesta y siguieron el camino. De repen  te el Caballero se paró, Arturo le llamó y pasados pocos mo  mentos le vieron llegar á pie. ¿Qué os ha sucedido? — He perdido mi caballo, le es imposible dar un paso mas y lo siento... ¡pobre animal! he corrido con él muchas le  guas y muchos paises y al fin le veo espirar... disimulad mi sentimiento, pero el (pie vive como yo la compañía de un animal tan noble como mi Rayo es apreciable por demas. Volvió la cabeza para mirarle aun otra vez y dió un prolon  gado suspiro. Arturo echó pie á tierra , se puso á su lado y los dos ca  minaban juntos escoltando á la rica heredera de Tremblay. Al llegar al fin del bosque que rodeaba el castillo hallaron varios criados con luces que caminaban en todas direcciones; en un grupo iba el barón pálido, desencajado, con la cabeza y un brazo vendado. Imposible seria querer dar una idea del gozo tan verdadero que sintió aquel noble anciano al abrazar á su hija querida que creia perdida para siempre. Después que pasaron los primeros trasportes se dirigieron á Tremblay; pocos pasos habían andado cuando Isaura mi  rando en derredor no vió al Caballero negro; volvió la ca  beza y le vió á bastante distancia apoyado en el. tronco de un árbol : la hija del barón separándose de la comitiva fué hácia él precipitadamente y le dijo conmovida : — Noble caballero, diréis y con razón que somos unos in- UMIVHHSIDADI di : sam i iag < > di : cOMPClSn u — 50 — gratos, pero de buena fé creimos que nos seguíais también. ¿No queréis honrar nuestro castillo con vuestra presencia? ¿no queréis que mi hermana vea al noble joven á quien le debo la libertad y el honor? Nada me debeis, señora, no me deis gracias, yo me vuel  vo á Uvolf. ' — ¿Con que nos dejais? — Ya no es necesaria mi presencia... si algún dia estáis en peligro contad con mi brazo, Isaura, por vos verteré la última gota de mi sangre... Adios. Iba á partir cuando acercándose el barón le dijo: ¿Os vais asi sin darme vuestra mano? — Tomadla. Y la alargó con galantería. — ¿Y no sabremos siquiera vuestro nombre? — ¡ Mi nombre!., señor barón, yo no tengo nombre, y ha  ce muchos años que solo me conocen por el Caballero negro. Hizo una respetuosa cortesía y se marchó; en vano le su  plicaron que admitiese un caballo, no pudieron lograrlo y pronto se perdió entre los árboles del bosque. — 51 — CAPITULO V. Ya había desaparecido el barón de Tremblay con su hija, ya no se oia el mas ligero ruido , todo permanecía en absoluto silencio, silencio que solo era interrumpido por el leve susurro de las hojas que se mecian á impulso de la blanda brisa de la noche. El Caballero negro seguia caminando rápidamente pisando malezas y saltando surcos, pero nada sentía al parecer: pa  róse de repente, se quitó el pesado casco y respiró con espansion, dirigió después una mirada hacia Tremblay, dió un suspiro y se encaminó á Uvolf. La puerta principal estaba cerrada de continuo, el Caballero y su criado entraban por otra construida en la muralla é inmediata á ella tenian su modesta habitación; el resto del edificio permanecía desierto. Cuando llegó á la puerta que hemos dicho antes, tocó una pequeña corneta que siempre llevaba consigo é inmediata  mente se presentó en el umbral de ella el negro Ali, el Ca  ballero le habló algunas palabras en un idioma desconocido y se retiró el criado volviendo á los pocos instantes con un cofrecilo de metal que entregó á su amo; en seguida cerró la puerta y los dos tomaron distintos caminos, el Caballero u — 52 — en busca del herido Gisüerna , Ali á avisar á sus criados pa  ra que fueran por él. Nuestro héroe echó á andar con velocidad, pero faltaba media legua para llegar al sitio del combate; buscaba sin embargo las sendas que pudieran conducirle mas pronto al lugar deseado sin hacer caso del mal camino; por último y después de correr bastante rato, las muchas pisadas de los caballos, la tierra humedecida con la sangre le anunció que había llegado al término de su viaje. La luna saliendo en aquel momento alumbró con su luz plateada tres cuerpos que yacían inanimados y entre ellos no lardo en reconocer al or  gulloso Gistierna; inclinóse hacia el, le quitó el casco y la coraza y sintió su respiración lenta y congojosa; alzóle la cabeza , le colocó en una posición mas cómoda y le descubrió la herida; abrió entonces el cofrecito y sacó de él varios bál  samos desconocidos en aquellos países y blancas vendas de finísimo lino. Lavó la herida con una agua que llevaba en un pomo de plata, aplicó después el jugo de unas yerbas y co  locó el vendaje con la mayor habilidad y soltura cual si toda su vida hubiera practicado aquella ocupación. Al cabo de pocos momentos abrió el herido los ojos, miró en derredor con asombro y dijo con una voz en estremo débil: — Tengo frió. Dejó caer la cabeza sobre el hombro del Caballero y se apoderó de él un fuerte desmayo; entonces su libertador sa có una botellila de cristal traída de Siria y la aplicó á la na  riz del enfermo que abrió de nuevo los ojos, se incorporó con el mayor trabajo y repitió: — Tengo frió. Hizo una pausa y continuó. — ¿Qué sitio es este? paréceme que no estoy en mi dormi  torio. Gulnaro, Gulnaro, (este era el nombre de su paje fa  vorito) ¿dónde está Isaura? ¿la has conducido á mi castillo? Viendo que nadie le respondía volvió el rostro con traba  jo, pero era tanta su debilidad que no conoció al hombre que tenia á su lado. El Caballero se apartó para examinar á — 59 — CAPITULO VI. Sentado en un sillón con la frente apoyada en ambas ma  nos, hallábase el anciano barón de Tremblay; Isaura delante <le él le miraba con ternura, y la melancólica Erminia á al  gunos pasos de distancia derramaba amargas lágrimas que ro  daban silenciosas por sus pálidas megillas. Ya hacia rato que guardaban profundo silencio, cuando el barón clavando sus ojos en Isaura, la dijo en estremo conmovido: — ¡ Pobre hija mia ! ¡ cuánto debes sufrir en este instante! — Si, padre mió, padezco mucho; pues aunque • no os ha  béis esplicado con demasiada claridad , creo que la herida de Arturo que tan sencilla pareció en un principio se presenta peligrosa, tal vez mortal: — Has acertado, si no muere perderá el brazo derecho y esto es horrible. — Mientras él se salve, dijo Erminia sollozando, ¿qué im  porta que tenga un brazo de menos? el que le ame de veras lo mismo le querrá ahora que después. Isaura no respondió , quizá no pensaba como su hermana. Después de un instante dijo: — ¡Pero por qué no han de salvarle! — 40 — — No podrán , hija mia , hombres muy hábiles están á su cabecera y con todo no pueden curarle. — ¡Ah! dijo Erminia, ¡si lo viera el Caballero negro ! Isaura exhaló un gemido y esclamó: — Mi hermana tiene razón, es preciso ir á buscarle. — He estado ya dos veces pero en vano , nadie ha respon  dido á mis voces; y ademas, varios caballeros délos que rodean el lecho del moribundo no han aprobado mi acción. — ¿Y que nos importa eso? esclamó Erminia, ¿por darles gusto le dejaremos morir? - — Tiene razón , dijo Isaura , es preciso que vea al enfermo. — ¿Y si se obstina en no responder? — No dejaremos de llamar. — Volveré, hija mia, pero será inútil. — Yo os acompañaré y estoy segura que á mi voz no será insensible. — Bendita seas , Dios se apiade de ti. Erminia ahogó algunos sollozos, también hubiera querido acompañarlos para unir sus ruegos á los de su padre y her  mana... mas ¡ay! no se atrevió á decirlo y les vió partir con el alma despedazada por el dolor. Pocos minutos después de la conversación que acabamos de citar, el barón de Tremblay, su hija y un criado caminaban sobre tres hermosos caballos con dirección á Uvolf. Pronto se aparecieron á los tres viageros sus gigantescas torres alumbradas por un sol claro y brillante , Isaura dió un suspiro y dijo enjugando una lágri  ma que humedecía sus párpados: — Padre mió, he aqui una hora semejante á aquella en que vinimos á Uvolf para despedir á Enrique. — Es verdad , estaba claro y apacible como este ; aquel dia vimos por última vez á su ilustre señor y tal vez hoy sea también el último del único vástago que queda de tan anti  gua familia... me lo dice el corazón. — Permitid que os diga que en este momento no están acordes nuestros corazones, yo creo que el ángel tutelar de nuestra casa le librará de la muerte. — 41 — — El cielo quiera que aciertes. — Estoy segura de ello, si, muy segura, él le dará la sa  lud y ¡cuánto le deberemos! ¿qué recompensa será bastante? ¡ah ninguna, ninguna! Dejo de hablar; pero su agitación era lanía que tuvo que poner la mano sobre el pecho porqué la ahogaban los violen  tos lalidos.de su agradecido corazón; su padre se alegraba interiormente del fuego con que había pronunciado aquellas palabras creyendo descubrir en ellas un violento amor hacia Arturo. ¿Se engañaría en aquel instante el honrado barón? Estaban ya al pie del castillo, bajaron de los caballos y dándoselos al criado se apoyó Isaura en el brazo de su padre y se dirigieron á la puerta, pero estaba cerrada; el barón dió dos golpes y se abrió repentinamente apareciendo tras ella un negro de facciones horribles ; Isaura dió un paso hacia él y preguntó: — Tu amo, ¿está en el castillo? El negro se encogió de hombros y la miró con atención, después pronunció varias palabras ininteligibles para el barón y su bija. — ¿Tu amo? volvió á preguntar levantando mas la voz. El criado hizo un gesto de disgusto y se disponía á cerrar la puerta ; fiero Isaura que conoció su acción pasó el umbral de un sallo y le dijo casi sin aliento: — Si es que comprendes nuestras palabras di por Dios á tu amo que dos desgraciados desean hablarle y (fue no se aleja  rán de aqui sin verle. Ln ruido de pasos se percibió en aquel momento y el ha  bitante de Uvolf se presenló á su visla. — ¡Vos pór aqui! dijo conmovido; he conocido vuestra voz y salgo fiara que dictéis órdenes á vuestro humilde criado. Isaura iba á hablarle, fiero enmudeció á su vista y solo pensaba en contemplar su gallarda figura y oir aquella voz <¡ue conmovía todo su sér. El barón tomó la palabra y le dijo: — Noble caballero , venimos á suplicaros que ya que os de bemos el honor nos deis la tranquilidad que hemos perdido. G se UNIVCRSIDAT ¡ DI. SANTIAGO DJÍCOMPOS'I u — 42 — — ¿Y puedo acaso, señor barón? — ¡ Oh ! si podéis , si ; salvad la vida al noble conde de Uvolf que se halla próximo al sepulcro. — ¿Tan peligrosa es su herida? — Mortal. — ¿Desea él que yo le vea? — No es el quien envia á buscaros ; hace dos dias que tie  ne un delirio espantoso, pero mis hijas y yo que conocemos el mérito de las drogas que aplicáis en las heridas, os pedimos encarecidamente que vengáis á Uvolf. — Se el peligro de Arturo, señor de Tremblay; y se tam  bién que rodean su lecho varios enemigos mios aunque en nada les he ofendido ; hace dos dias fui al castillo y me nega  ron la entrada, insistí en verle y me arrojaron de alli lla  mándome loco y charlatán y me digeron que guardase mis brebages para los pobres, pues el conde de Uvolf no los había menester. — ¡Bárbaros ! dijo Isaura sin poder ocultar su cólera. Ignoraba esa aventura, observó el de Tremblay, pero no tengáis cuidado, yo haré que enmudezcan los insolentes que os han tratado de un modo tan descortés; venid y si le saivais dais la vida á un hijo mió, ya sabéis que es el esposo futuro de esta desconsolada doncella que os implora. El Caballero clavó sus ojos en Isaura y esta bajó los su  yos avergonzada de las palabras de su padre , como si fuera un crimen amar al amigo de su infancia. El desconocido en  tró en el castillo , dió una voz y al momento se presentó el negro trayendo de la brida al valiente Rayo, subió sobre él rápidamente y dijo mirando al anciano: — Vamos á ver al conde. — No, le contestó, primero dejaremos á mi hija en Trem  blay. Y siguieron la senda que conducía á su castillo. Isaura y el Caballero negro iban delante y guardaban si  lencio; sufría la joven cierto embarazo y mal estar que no podía esplicarse asi misma, quería hablar y no tenia voz ni palabras ; por último al llegar al medio del bosque dijo: u - — 45 ¡Que recuerdos tan dolorosos tiene este sitio para mi! aquí fué donde me robaron. — iristes deben ser con efecto, dijo él en tono que parti  cipaba de lúgubre y de irónico; porque en aquella noche re  cibió Arturo la herida que tan postrado le tiene. Isaura sintió el calor que subía á su rostro, después un trio glacial se apoderó de todo su cuerpo y un temblor nervio  so agitó sus miembros un instante, el caballero continuó: — Mucho pasásteis aquella noche aunque fué compensado con la dicha de volver al castillo en compañía de vuestro fu turo esposo. — Y la vuestra, contestó con presteza. — Poco os importoba la mía y en prueba de ello que me dejasteis solo y desamparado. Cada palabra del desconocido era un puñal que penetraba hasta el corazón de Isaura , bajó la cabeza y á pesar suyo sintió que caían dos lágrimas de sus ojos. — leneis razón, dijo después de una pausa, pero debeis recordar que os pedí perdón de mi falta. Lo recuerdo , señora , y viviré eternamente agradecido. — ¡Ojalá pudiera haceros un servicio igual al queme ha  béis hecho vos ! — ¿Quién sabe si tendré que pediros algo? — Entonces vereis como no he olvidado cuanto os debo. — No me olvidéis, Isaura, no anhelo por hoy otra recom  pensa , acordaos del pobre solitario que para todo el mundo vs indiferente. — No lo creáis, hay muchos que os estiman. — No, Isaura, nadie me ama, los mismos á quien socor  ro me desprecian y estoy condenado á pasar mi existencia so  lo. aislado, sin mas compañía que la sombra del tiempo que pasó cuyos recuerdos me siguen á todas horas... ¡ah! porque he sido feliz en mi juventud. — Luego, ¿ya sois viejo? — Tengo pocos años, pero puedo decir que he envejecido y que se han marchitado para siempre las flores de mi primavera, u _ 44 — — Si supiera vuestras penas tal vez podría daros algún con  suelo; ¿por qué no me conífais los accidentes desagradables que han amargado vuestra existencia? , , — Temed el dia en que sepáis mi historia, porque será inuy fatal para los dos. — Me hacéis temblar, yo quisiera veros feliz. — No se presenta á todos tan risueño el destino como á vos. — No soy tan feliz como imagináis. — Ahora no, mas en pasando el peligro de Arturo... — Habrá otro mayor, caballero, otro que me espanta mas que la muerte. — ¡Infeliz! murmuró él por lo bajo. Dios lo ha dispues  to asi. ¿ Queteneis, continuó mas alto, vos que sois adoraba de todo ’ el que llega á veros, que se disputan hastaMuestras miradas y que no hay caballero en las cercanías que no haya pedido vuestra ihano á pesar del compromiso que tenéis con el conde de Uvolf? — Pues á pesar de todo sufro mucho... mi corazón presien  te desgracias muy grandes y, no lo dudéis, llegarán. Estaban próximos á Tremblay; Erminia (|iie desde una torre los había visto venir estaba ya al otro lado del puente > se acercó I su hermana para ayudarla á bajar ; pero se quedó admirada de la palidez que tenia en el rostro y al to  car su mano la halló ardiente como un volcan. — ¡Con que va! la dijo alborozada; ¡ay! entonces se sal  vará. Isaura se volvió hácia el caballero, quería hablarle y no hallaba palabras para espresarse, miró á su padre y después de un momento de silencio le dijo: — ¿Vohereis pronto, querido padre? — Tanto como me sea posible. — Pues no os detengáis, esclamó Erminia impaciente. — Vamos, dijo el barón al Caballero. Acercóse este á Isaura y en voz baja de modo que ella sola pudiese oirle, — No olvidéis, la dijo, que voy á ver al conde solo porque — 45 — vos me lo mandáis, soy muy avaro y tal vez pronto os pida la recompensa de este favor. Dijo, y sin darla tiempo para responder partió como un rayo con el anciano barón. Las dos jóvenes entraron en el castillo y se dirigieron silenciosas á la sala de labor, las dos se sen  taron á un bastidor en el cual se veia una rica banda á me  dio bordar; trabajaban con indiferencia, pues ambas tenían ocupada la imaginación por diversos pensamientos que las bacian olvidar su labor; por último apoyando Isaura la frente en las manos esclamó con estremada agitación: — ¡Dios mió, cuanto padezco! — ¡Que! ¿desconfías de la cura? — ¿De la cura? contesto distraída , ¡ah! si, continuó en  cendiéndose como una amapola , debía pensar en Arturo pero en este momento estaba muy lejos de mi memoria. ' — ¿Es posible (pie te olvides de él en un momento en que estará luchando entre la vidayla muerte? ¿cuando puede ser que no volvamos á verle nunca cerca de este bastidor en don  de tantas veces nos ha entretenido con bellísimas historias? — llenes razón , quizá no le veremos mas. Y las dos her  manas echaron á llorar amargamente. Al cabo de un ralo dejaron los asientos, cogiéronse de la mano y subieron á una torre para ver el camino que debia traer su padre ya que no podía verse el castillo que habitaba Arturo, la hacia un cuarto de hora que esperaban y nadie asomaba por el camino, el sol se ocultaba detras de los mon  tes... el dia iba á concluir. Eyminia dió un suspiro. - — ¡Que larde es va! sí padre no viene pronto nos será im  posible distinguirle; y con todo no puedo alejarme de aqui... ¡ah ! si estuviera alli, dijo señalando á Uvolf, le veríamos des= de que saliera del castillo y podría hacer una seña que sig  nifícase (*l estado del pobre Arturo. — ¡Oh! yo estoy tranquila respecto á su restablecimiento. — ¡Ay! si yo estuviera segura de que no moriría, dijo Erminia intériormente, no derramaría lágrimas... ¿Será posible que mi hermana le ame mas que yo?... ¡oh! no puede ser. S( UNIVERSID? di : samia < or COMPOS u — 46 — Un caballero apareció en el camino. — ¡Mi padre! gritó Erminia levantándose, Isaura la siguió y pensaba al mismo tiempo: — ¡Viene solo! Llegaron al puente como dos flechas y se arrojaron en bra  zos de su padre , él las cubrió de besos y las dijo con alegria: — ¡ Buena nueva ! — ¿Se ha salvado? esclamaron las dos. — No se da la vida tan de repente á un moribundo , pero con ayuda de Dios le salvará. — ¡Ah! dijo Erminia levantándolos ojos al cielo , gracias. Dios mió, gracias. Y su hermana inclinando la cabeza sobre el pecho mur  muró: — ¡Como no ha de estar en mi memoria , si es el ángel sal  vador de mi familia ! • Y los tres entraron en el castillo. ! -f . S ' ■ <4 * M .a-..,: i" ' ‘ Y?» ' u — 47 — Gran movimiento hay en Tremblay, álzase en la plaza de armas una inmensa gradería construida de madera, solo fal  taban quince dias para las bodas de Isaura y Arturo y los va  lientes jóvenes de las cercanías querían lucir su valor en un torneo; todos los vasallos del barón estaban ocupados, el buen anciano de una parte á otra los animaba con sus dulces palabras y algún ligero regalito que los operarios tomaban con trasporte. Concluyéronse los trabajos la víspera del dia señalado para la fiesta y todos se fueron á descansar pensan- <|o en el siguiente. Llegó por lin, ya estaban ocupadas las gradas cuando un rey de armas leyó el siguiente pregón. En  trarían en el circo todos los caballeros que quisieran, Arturo de Uvolf defendía el campo; si derribaba á tres seria pre  miado como vencedor , mas si era vencido por otro caballero entonces aquel tendría que derribar igual número si se pre  sentaba, y en caso de que no compareciese seria premiado el último que venciera. ■ Isaura , reina de la fiesta , tributaria el premio que consistia en una banda de seda carmesí preciosa  mente bordada por las dos hermosas hijas del barón. Llegó la hora : en una grada un poco separada de las otras u — 48 — se presentó el barón de Tremblay con sus dos hijas y varias señoras de aquellas inmediaciones todas envueltas entre sedas y pedrerías. Isaura, elegantemente vestida de gasa de plata con un riquísimo velo, estaba algo pálida y no brillaban sus ojos como otras veces radiantes de felicidad ; Erminia,- vestida de gasa azul con una corona en la cabeza de llores blancas, estaba débil y abatida: su sonrisa era mas triste que de cos  tumbre y su mirada vagaba por todas partes sin lijarse en ningún objeto, Se oyó una corneta y entró en la plaza el conde Arturo con armas doradas, una banda blanca bordada de plata se  mejante al vestido de su querida, plumas blancas y encar  nadas y un caballo negro y brillante como el azabache. Por divisa traia en el escudo un cupido á quien una bella iba á encadenar con este letrero: Me rindo solo con verle. Dió una vuelta al circo con aire marcial en medio de las aclamaciones que tributaban á su gentil presencia, Isaura sintió un movi  miento de orgullo al ver el entusiasmo que escilaba y la po  bre Erminia abogó en su pecho un prolongado suspiro. Ya hacia algunos minutos que paseaba y el público comenzaba á impacientarse cuando sonó de nuevo el clarín y entró el joven Hugo de Aseli perfectamente vestido. Sus armas también do  radas bollaban como el oro, traía una banda de seda azul bordada de blanco, un penacho de plumas blancas y azules y por divisa se veia en el escudo sobre fondo azul un ramo de rosas blancas y por debajo el siguiente mote: Blanca ij pura cual nosotras. Montaba un caballo castaño ligero como el viento. Así que entró resonaron gritos de alegria, el joven dió una vuelta por la plaza, saludó con finura á Isaura y Erminia y vino á encontrar al conde de Uvolf que ya lo esperaba. Des  pués de haberse puesto á una distancia regular bajaron las lanzas y arremetieron con furia ; las dos volaron por los aires hechas pedazos. Arturo quedó inmóvil sobre la silla, pero Hugo mas débil que su contrario no pudo resistir tan tremen  do golpe y cayó en la arena. Salió del circo, dieron á Uvolf DI - SAN HA< u — 55 — estraño y voy á dar al instante una clara esplicacion. Hace mucho tiempo que vino á habitar el castillo de Uvolf un aventurero á quien todos conocemos por el Caballero negro; nadie fijó en él su atención porque creimos que seria un des  graciado que buscaba la soledad , en su consecuencia no se le causo molestia alguna; hace tiempo que por motivos que mi delicadeza no me permite descubrir principié á sospechar de él , traté de espiarle y no tardé en descubrir parte de sus horribles tramas; él se había grangeado la amistad de nues  tros vasallos por medio de mil bajezas que es inútil decir y les infundía el .odio contra nosotros porque asi convenia per  fectamente á sus pérfidos planes ; pero como yo no lo perdia de vista y pasaba noches enteras al rededor de su castillo, observé que contra lo que dice el vulgo de que nadie ha pe  netrado en el interior de su vivienda , llegaban varios hom  bres á pie y á caballo , vestidos exactamente como nuestro héroe y permanecían con él hasta que venia el dia; cuando pasaban cerca de mí me escondía con cuidado , pero anoche que á pesar del frió también fui , me habia acercado tanto que pude oir estas palabras , dichas por el Caballero negro, al tiempo que despedia tres ó cuatro. «Con que, amigos, si  lencio y confianza ; el mayor número de esos rústicos aldea  nos es nuestro, preciso es que demos una lección á los no  bles que se burlan del Caballero negro ; hasta pasados cuatro dias á media noche.» Aterrado quedé de espanto al oirlo, por un instante creí que soñaba, pero después vi claramente una horrible cons  piración que se tramaba contra nosotros y es preciso evitarla á todo trance haciendo trizas á ese hombre que nos aborrece sin saber por qué. Atónitos quedaron los oyentes, pero ninguno parecía ani  mado de los mismos deseos que Alfredo , asi es que guarda  ron un absoluto silencio; furioso al ver tanta frialdad esclamó: — ¡ Nadie quiere seguirme ! pues bien yo solo quitaré pie  dra á piedra hasta que no quede del castillo de Uvolf ni si  quiera los cimientos. se U'JIVKUSlDADh u — 56 — — No, dijo un pariente de Gistierna (pie estaba furioso desde (pie le había vencido en el torneo , yo le seguiré y aun  que mi brazo es débil siempre te ofrece un apoyo. — Gracias, le contestó, nunca había dudado de ti. ¿No hay mas que nos acompañen? — ¿Yo, dijo un joven que dependía absolutamente del pa  riente de Gistierna; estoy pronto á seguiros y ansiaba esta ocasión , detesto al Caballero negro por razones muy podero  sas, pero yo solo ¿qué podía hacer? nada, sufrir y callar. Aunque lodos ignoraban las infamias que Alfredo había espuesto como seguras era motivo para que dudasen ; ademas, en este mundo, mejor nos inclinamos á creer el mal que el bien, y aunque ninguno de ellos había recibido del Caballero negro la menor ofensa, decían tres que era un infame y an  tes de un cuarto de hora mas de la mitad habian jurado ven  garse ; pero entre los que no se habian decidido estaba Hugo de Ascli. No dejó de chocar su silencio á su amigo y le pre  guntó: — ¿Que dices tú, mi buen amigo? — Que poco curado todavía de la dislocación no me hallo á propósito para guerrear. La frialdad con que pronunció estas palabras le dejaron helado, no obstante repitió: — ¿ Tú (pie siempre me has acompañado me dejarás ahora? — Te he acompañado es verdad y tal vez en empresas tan absurdas como esta , pero aun cuando no dejo de creer lo que has dicho, tampoco quiero asegurarlo ciegamente; y luego hubo un dia en que el Caballero negro me prestó un favor y yo no lo olvido nunca; ojalá que todos tuvieran tanta me  moria como yo. Al concluir estas palabras fijó sus ojos en Alfredo que no pudo menos de bajar los suyos algo confuso. El tono de Hugo dió algo que cabilar á varios de los presentes y uno de ellos observó: — Verdaderamente señores nos vamos á meter en una em  presa de la cual no sabemos el resultado; el Caballero negro u — 57 — decís, señor de Gistierna, que es un conspirador, y hay tam  bién quien asegura que es un santo; yo no quiero ni creer lo uno ni lo otro, pero como á mí directamente nada me ha hecho ni en pró ni en contra, no quisiera tampoco meterme con él. — ¿Le tenéis miedo? preguntó Alfredo. — No, caballero, yo no temo á nadie y he dado de ello hartas pruebas, eso es un insulto del cual no tomo satisfac  ción porque lo desprecio. Varios caballeros trataron de apaciguarlos y con efecto lo lograron, pues Gistierna no tenia gana de desafíos en una ocasión en que veía cercana su venganza: algunos de ellos se disculparon y no entraron en aquel pacto, pero la mayor parte enojados con las palabras de Gistierna juraron lomar venganza. Después de hablar del asunto mas de una hora , quedaron convenidos que irían á los dos días y al toque de oraciones y le intimarían la órden de abandonar el castillo antes de media noche; y de no hacerlo lomarian las medidas que parecieran mas convenien  tes al señor de Gistierna. Acordado esto se retiraron todos y solo quedó en el salón Hugo de Aseli. Alfredo le miró con ojo escudriñador, mas viendo que el rostro de su amigo es  tada tranquilo le dijo asi: — Y bien ¿podré saber el motivo de haberte revelado con  tra mí? — ¡Yo revelarme contra ti! ¡que disparate! has hecho una proposición que no me gusta , no he querido admitirla y na  da mas. — Pero ¿no te opondrás á'ella? — No-por cierto. — Quiero echar de aqui á ese hombre. — Haces mal. — ¿Por qué? — Porque es quitar un padre á los pobres, mi vencedor á los valientes. — Mucho entusiasmo tienes por él. 8 se U'JIVHUSlDADh di : ^ amiia GO u — 58 — — Le admiro y le respeto. , , — Ese es un insulto dirigido á mí ; ¿lo oyes? á mí que te he preferido á todos mis amigos. — No, Gistierna, si has tenido conmigo alguna deferencia es porque te he servido como un juguete, porque siempre he estado sumiso al menor de tus mandatos ; pero hoy que te conozco bien y que veo que tu corazón no sabe agradecer los favores que recibe , he decidido dejar del todo tu amistad: esta misma noche parto de aqui , he determinado hacer un largo viage y es probable que en mucho tiempo no me vuel  vas á ver. Adios, señor de Gistierna; y sin hacer caso de Al  fredo que lo llamaba salió corriendo del salón. Echó á correr su amigo tras él, pero no pudo alcanzarle, mandó ensillar su caballo y salió del castillo, pero la noche era horrible y no pudo hallar en aquellas soledades la senda que seguía Hugo. se UNIVURSIDADI DI.SANTLAGf u — 59 — CAPITULO IXe Asi que salió Hugo del castillo, dejó á un lado el camino y después de andar algunos instantes se paró al pié de un árbol ; senlia á corla distancia el paso de "Un caballo y no dudó fuese su amigo que lo seguía rabioso de ver que no había querido detenerse á pesar de sus ruegos ; caia la nieve tan espesa que era imposible ver ningún objeto á la distancia de dos pasos, de manera que Alfredo estuvo muy cerca de él sin imaginar siquiera que se hallaba tan próximo al objeto de sus pesquisas: después de algunos minutos sintió que vol  vía con dirección al castillo, entonces volvió á subir en su caballo y siguió andando sin saber la dirección que llevaba. Miraba á todos lados, pero le era imposible descubrir nada; continuamente estaba cayendo en hondos barrancos y temien  do esponer su vida volvió á apearse y andaba sumamente despacio, llevando al caballo de la brida; hacia un frió in  tenso, la nieve era cada vez mas espesa y en vano Aseli al  zaba los ojos al cielo pues solo se presentaban á su vista los blancos copos que caian sin interrupción. Al cabo de tres cuartos de hora de camino la nieve principió á caer con me  nos abundancia, y pasados pocos momentos descubrió á un se ijWVKKSlDADK u — 60 — lado las alias torres de Trembray; entonces volvió á subir en el caballo y como podía ya distinguir algo el camino an  daba con mas rapidez. Continuamente volvía la cabeza teme  roso de que le siguieran y desbaratasen sus planes, pero con una noche tan cruel ¿quién había de atreverse á lanzarse en medio de aquellos caminos solitarios? el mismo Gistierna á pesar de su valor había tenido miedo y ya estaba agitándose en su blando lecho y meditando los planes de su venganza; Ilugo en medio de la nieve y la soledad no padecía tanto co  mo él. . Después de un rato llegó al pié de los muros de Uvolf, buscó la pequeña puerta por la cual se comunicaba el Caba  llero negro y su criado y dió dos golpes con la lanza, pero nadie le respondió ; ya esperaba esto Aseli y no se sorprendió por aquel silencio, bajó del caballo y llamó mas fuerte que la vez primera, mas tampoco obtuvo respuesta; esperó un instante pero aquel edificio parecía desierto , en su interior no se oia el mas leve ruido. Cansábase de esperar y sentía que sus miembros se iban entumeciendo, se acercaba lo mas que podia á su caballo para recibir el calor de su cuerpo, pero á pesar de todo conocía que se hallaba en un peligro inminente.... y ¿qué habia de hacer? haber pasado aquella noche para volverse sin cumplir el voto que se habia impueto era imposible; Hugo mas queria morir que retroceder. Lla  mó otra vez con tan fuertes y repelidos golpes que retumba  ban con estruendo por el interior y esterior del edificio, el joven creyó oir una puerta que se abría y una voz que reco  noció al momento le preguntó: — ¿Quién viene á estas horas á turbarme el sueño? — Un amigo, respondió Aseli. — ¿Su nombre? preguntó el de adentro. — Hugo de Aseli. — ¿Y que me quiere el caballero Hugo? — Por de pronto un poco de lumbre para no espirar de frió, después daros un aviso. — ¿Venís solo? u — 61 — — Con mi leal caballo. — ¿Lo juráis? — Por la cruz de mi espada. Entonces sintió hablar en voz baja, y después de algunos segundos descorrieron los cerrojos y apareció en el umbral de la puerta el Caballero negro armado de punta en blanco y su negro pago ; se dieron las manos con carino y viendo el es  tado en que se hallaba el joven , lo condujo dé la mano hasta una sala en tanto que él criado llevaba al caballo á hacer compañía al valiente Rayo. La sala en que entro Hugo era grande y tria , no habia mas muebles que un lecho sencillo y algunos asientos toscos de madera; en un rincón se veia to  davía la lumbre á medio apagar, acerco á Hugo y después de haberle ayudado á sentar el mismo Caballero echó en el hogar algunos trozos de madera que por lo seca principiaron á arder con prontitud; el desconocido cogió de un aparador un vaso de vidrio , lo llenó de un licor espirituoso y se lo dió á Hugo que lo bebió sin descansar , lo acercó mas á la lumbre y el pobre joven conoció que se reanimaban sus fuer  zas y que debia otra vez la vida al Caballero negro; dirigióle una mirada llena de gratitud y le dijo: — ¡Cuanto os debo! ¿cómo podré pagaros tanto favor? — Paréceme, le dijo el Caballero, que habéis dicho antes de entrar que teníais que darme un aviso. — Es verdad. — ¿Y por eso solo os habéis puesto en camino con un tiem  po tan malo? — Si , amigo mió , por eso nada mas. — ¡ Y me dais gracias cuando soy yo quien debe vivir eter  namente agradecido! — Sabed que Alfredo de Gistierna os tiende un lazo, en el cual hubierais caído si no hubiera estado yo en el secreto. — Y ¿por qué? Alfredo me aborrece y en vano cavilo por averiguar la causa que ha dado origen á ese odio. — Pasado mañana al sonar la oración vendrá á üvolf con varios caballeros que se han unido á él , os intimarán la ór- u — 62 — den de marchar de aqui antes de media noche y si no lo eje  cutáis temo que os suceda alguna desgracia. — ¿Y os ha participado sus planes? — Si , pero no he querido ser de su partido y vengo á pre  veniros de todo. — Pero de cualquier modo que se mire siempre hacéis una traición á vuestro amigo. — No es mi amigo quien os persigue. — Gracias, joven , estimo vuestro aviso, no me encontrarán, porque pasado mañana habia pensado no estar aqui... pron  to quedará tranquilo. — ¿Qué, dejais á Uvolf? — ¿Y qué he de hacer en él? ese hombre hace tiempo que me persigue y concluiria por asesinarme. — ¡Ah, si! tenéis razón, os asesinaría si pudiera. Aqui no estáis bien , lo conozco ; venios á mi castillo , él es fuerte , tie  ne altísimas murallas y si nos atacan le defenderemos hasta perder la última gola de sangre: sino os agrada este plan, mirad , he determinado hacer un viage , venid y viviremos como dos hermanos. — ¡Cuan bueno sois! esclamó el Caballero negro cogiéndo  le una mano ¡y que noble es vuestro corazón! estimo mucho ese ofrecimiento, no lo admito porque he tomado una reso  lución y no retrocedo nunca; me honráis demasiado ofrecién  dome una amistad de hermanos; yo, Aseli, estoy condenado á vivir siempre solo, á no tener un amigo en quien poder depositar mis pesares. Inclinó la cabeza y exhaló un suspiro, Hugo le miraba en  ternecido, después acercándose mas á él le dijo ruborizándose: — ¿Habéis sufrido mucho? ¡ay! yo también arrastro una existencia muy penosa, si, sabedlo, amo desesperadamente y no soy correspondido. — ¿Vos, Hugo? ¿y qué corazón es tan cruel que no palpi  ta al contemplar esa frente tan pura y tan hermosa? — La hija del . barón de Tremblay. — ¡Isaura! preguntó precipitadamente. — 65 — — No, Erminia, que es mas bella que la esperanza y tan rándida como una paloma. — ¿Y sabe vuestro amor? , , — Demasiado , caballero , pero la es de todo punto indife  rente. — ¡ Desgraciado ! — Quiero huir de ella, el tiempo y la ausencia lo borra todo. — Si, amigo mió, el tiempo es un magnífico artista que todo lo desfigura... pienso lo mismo que vos. — Me alegro que seáis de mi diclámen, pero observo que se acerca el día, la nieve del todo ha cesado y os estoy pri  vando del sueño ..... Adios, continuó levantándose, os doy gracias por la dulce hospitalidad que me habéis dado. — El cielo os guie, dijo el Caballero apretándole la mano, no os olvidéis de mí , Hugo , que yo también me acordaré de vos, porque sois bueno, porque debiais ser feliz y el destino jío I o os ha legado sinsabores. — Espero, dijo Hugo, que cuando vuelva de mi viage culti  varé mas vuestra amistad. Si , le respondió con melancólico acento ; siempre el Caba  llero negro tendrá de vos un dulcísimo recuerdo. Hugo le contempló en silencio algunos instantes, después subiendo con ligereza sobre su caballo partió como un rayo por aquellas sendas solitarias. se UNIVERSIDADC or SAN HAGO u — 64 — CAPITULO Era una noche tempestuosa , el viento silbaba con estruen  do y los pomposos árboles de los bosques se desgajaban con increible furor. En un espacioso salón donde se veian inmensidad de retra  tos, hallábase Erminia de Tremblay contemplando con embe  leso uno que representaba á una señora elegantemenle vestida; en sus facciones se notaba mucha semejanza con la hermosa joven y como á su lado estuviese el barón, desde luego se adivinaba ser la difunta condesa muerta en la flor de su edad. Rato hacia que miraba aquel rostro pálido y melancólico , cuando acercándose mas al lienzo dijo y al mismo tiempo brilló en sus ojos una lágrima. — Madre mia ; tú eres la única que escucha mis suspiros y mis quejas, yo he implorado tu favor con el fin de que me dieras ánimo para sufrir mi suerte ; conozco madre querida que mi valor se acaba y no podré ocultar mi angustia , en vano pro  curo estar tranquila y sonreír ..... ¡afi! la sonrisa se hiela en mis labios y siento en mi corazón un torcedor horroroso ; yo amo mas que nunca , no es culpa mia , demasiadas veces lie querido desterrar de mi mente la memoria de Arturo, ¡ay S( UN1VERSII&DE DE 5tiQ»E O u — 71 — respondedme por piedad á las preguntas que voy á haceros. — ¿Sois libre? — Tanto como el pájaro que cruza el viento. — ¿Noble? — Como vos. — Pues entonces, qué motivo nos impide amarnos? — Vos no me conocéis. — ¿Y qué importa? si la naturaleza no os dotó de un ros  tro interesante en pago teneis muy bello el corazón y yo no busco mas ; si sois pobre quizá no habrá en el mundo otra heredera mas rica que yo , y á menos que en vuestra vida haya defectos de aquellos que no se borran nunca, os amaré como os amo en este instante. — No recuerdo haber cometido ninguna acción vergonzosa, he hecho todo el bien que he podido, hace algunos años que esa ha sido mi sola felicidad. — ¡Oh! cada vez estoy mas tranquila respecto á vos, mi padre no desaprobará mi elección, se lo descubriré to  do y ...... — Guardaos de hacerlo, Isaura, y ya que os empeñáis sea lo quequereis; pero, amiga mia, continuó hincando en tierra una rodilla, no me maldigáis nunca y pensad en que os he amado mucho. Escuchad, dijo levantándose, mañana á esta hora venid á la capilla que yo os esperaré en ella, mañana conoceréis al Caballero negro y sabréis su historia, y después... — ¿Podrémos libremente amarnos? — Ño, después nos separaremos para no volver á vernos jamás. — ¡ Me hacéis volver loca ! . — Basta ya, os estoy haciendo padecer y yo también tengo el alma partida de dolor; nunca, nunca comprendereis los martirios que he sufrido desde que os amo , pero lodos juntos no pueden igualar á lo que padezco en este momento. Adios, hasta mañana. — Adios, tened esperanza, todavía nos están reservados dias de paz y de ventura. — 72 — — Jamás, murmuró él; y cogiendo una mano á la joven la oprimió contra su pecho y se perdió entre las columnas de la capilla. Isaura se retiró á su cuarto deseando y temien  do el instante de conocer al Caballero negro. u S( UNIVCRSID ' — 75 CAPITULO XL ¡Cuán rápidas pasan las horas felices y cuán largas y peno  sas son aquellas en que esperamos un suceso que ha de deci dir del resto de nuestra existencia! Isaura, abrasada por una ardiente calentura, se agitaba en su lecho sin poder hallar un instante de reposo; continuamente tenia en su memoria al Caballero negro, algunas veces se llenaba de temor al re  cordar sus palabras y otras las creia falsas y preveía un de  senlace feliz. Levantóse antes de romper el dia, vagó como una sombra por todo el castillo y cuando se acercó al lecho de su padre para darle los buenos días se admiró el buen an  ciano de su estremada palidez. En vano la hicieron mil pre  guntas sobre su salud, á todos respondió que estaba buena y se esforzó durante el dia por sonreiry estar festiva, pero de  masiado conocían lodos lo cambiado que estaba su rostro y su carácter. Cuando llegó la noche una agitación horrible destrozaba su pecho, las horas eran insoportables, cada mi  nuto la parecía un siglo... pero todo llega, vino el momento de retirarse, entró en su cuarto, se acostó y asi que se mar  chó la doncella vistióse precipitadamente y con vacilante pa- * so se dirigió á la capilla. AI entrar un estremecimiento 10 — 74 ■ — nervioso agitó todos sus miembros y por un movimiento in  voluntario dió algunos pasos para retroceder, mas pasado aquel momento de espanto siguió con paso firme hasta el al  tar: ya la esperaba el Caballero negro. — ¿Hace mucho que estáis aqui? preguntó alborozada. — Algunas horas. — ¡Cómo tanto tiempo! — Me he visto precisado á huir de Uvolf, señora, tuve se  creto aviso de que Gistierua y otros caballeros pensaban ha  cerme una visita; si no hubiera dado palabra de venir esta noche le habría esperado , pero me fué imposible y el camino subterráneo de que os he hablado me dió paso franco y esta capilla seguro asilo. , — ¡Ah! siempre Gistierna contra vos; y ¿qué os querrían; — Sin duda matarme. — ¡Que horror! — Solo han hallado el castillo desierto. — ¿Y vuestro criado? — Mi criado y mi caballo en el bosque me esperan. — ¿Y á donde habitareis desde mañana? porque en Uvolf no estáis seguró. — El mundo es muy grande , señora ; y dos hombres y un caballo ocupan poco lugar. — ¿Os acordáis, dijo Isaurá deseando variar de conversa  ción , del objeto que nos ha traído á este sitio? — Si , prometí contaros mi historia ; pero conociendo que me faltaría el valor os traigo un pequeño resúmen de ella; y al mismo tiempo la entregó un rollo de pergamino. Los dos guardaron silencio algunos instantes , Isaura pade  cía mucho. . — Y bien, le dijo, me prometisteis que hoy os conocería El caballero no dió respuesta. — ¿Qué tenéis? esclamó ella juntando sus manos , estoy temblando. — Isaura , repuso él con triste acento , yo os amo con locu  ra y veo que voy á perderos. — 75 — — Siempre lo mismo; ¿no tenéis confianza en.mí? ¿á qué viene ese temor cuando yo os quiero tanto ó mas que vos me queréis á mí? — Esta posición es penosísima,respondió, no se puede vivir asi, os estoy martirizando... concluyamos de una vez. ¿ojió á la joven por el brazo y la acercó á la lámpara, Isaura temblaba como la hoja en el árbol y estaba pálida como la cera. — Juradme, la dijo sollozando, juradme, Isaura, que os acor  dareis de mí sin horror; no pido que me améis porque esto es imposible , pero cuando alguna vez cruce por vuestra ima  ginación la memoria del Caballero negro , derramad alguna lágrima por él. Y aproximándose mas á la luz continuó: Puesto que así lo queréis, mirad. Alzó la visera que volvió á bajar inmediatamente, Isaura dió un grito espantoso y cayó destallecida en el suelo; el Ca  ballero dió un profundo suspiro, enjugó una lágrima que brotaron sus ojos y después de colocar á su amada sobre una alfombra se alejó diciendo: — Adios ilusiones y esperanzas, adios para siempre. Al llegar á la puerta secreta , volvióse otra vez para darle un eterno adios , púsose de hinojos y dijo con desgarrador acento: — ¡Dios mió! hacedla tan feliz como yo soy desgraciado. Y á paso lento se alejó. Cuando Isaura volvió á la vida se halló en su lecho ; su padre y su hermana estaban á la cabecera, el barón lloroso y Erminia pálida como un cadáver. Isaura se incorporó en el ¡echo y alargó los brazos á su hermana; precipitóse en ellos y esclamó conmovida: . ' — ¡ Cuánto has sufrido, alma mia, y cuánto hemos penado viéndote ! Acordóse entonces de los papeles que la diera el Caballero y en estremo asustada preguntó: ' — ¿Quién me ha encontrado? 1)1. ( OMPOMI u — 76 — — Yo, hija mía, respondió el barón, yo que impaciente por verte me levanté temprano; voy á tu cuarto y no te encuen  tro, pregunto y todos ignoraban donde estabas!... frenético te busqué por todas parles y por último te encontré en la capilla desmayada á los pies del altar. — ¿No había ninguna otra persona? — No, Isaura, solamente hallé cerca de ti un pergamino enrollado. — ¿Lo habéis leído? — Si, bija mía, si. — ¡Por Dios decidme lo que contiene! — ¿No los has leido tú? — No, padre mió. — ¡Otro tormento mas! ¿con que ignoras quién es el Caba  llero negro? — Lo ignoro absolutamente. — ¿No recuerdas haberle visto nunca? — Jamás , anoche por primera vez se alzó la visera , su horrible rostro causó mi desvanecimiento... me acuerdo como si fuera un sueño , en su rostro no hay nada que se aseme  je al hombre , es una cosa informe y asquerosa que no se puede esplicar. — En otro tiempo, dijo Erminia llorando, le vimos muy hermoso. — ¡Quién es! preguntó Isaura, dímelo, mira que sino voy á morir... no me bagas padecer este suplicio. — Pues escucha su historia. Isaura guardó silencio y Erminia leyó asi: «Isaura, os prometí un estracto de mi vida y poco puedo añadir á lo que sabéis: soy el conde Enrique de Uvolf. — ¡Enrique de Uvolf! esclamó Isaura, y un largo desma  yo se apoderó de ella. Vuelta en sí, suplicó á su hermana continuase la lectura y siguió de esta manera. a Ya sabéis mi viage á Tierra Santa, pero ignoráis por que — 77 — accidente me he puesto de un modo tan espantoso. No quiero cansaros con la relación de mis viages, solo os diré que en un encuentro que tuvimos con los sarracenos caí herido, una porción de caballos pasaron por encima y me mutilaron hor  rorosamente; recogido por unos árabes luí trasportado á su tienda y por medio de los mayores cuidados me devolvieron la salud. Ya me figuraba lo horrible que estaría mi semblan  te por lo que me habían dicho los que me cuidaban , mas nunca pude figurarme que llegase á tanto estremo. El pri  mer dia que dejé el lecho , débil y eslenuado me dirigí á la orilla de una fuente, pero al mirarme en su purísima onda, al contemplar mi rostro capaz de causar pavor, al hombre mas intrépido, di con mi cuerpo en el suelo y allí me hallaron al  gunas horas después. Desde entonces la idea del suicidio me perseguía á todas horas , pero habiéndolo conocido los árabes en cuya casa estaba no me perdían de vista y á fuerza de bue  nos consejos me hicieron desistir de tal empeño: me dediqué á conocer las plantas medicinales y hacia una vida triste y solitaria. Poco después, el deseo de ver otra vez mi patria, de pisar el antiguo castillo de Uvolf, en donde había visto la primera luz y descansaban las cenizas de mis padres, me hizo aban  donar aquel clima y me presenté en Tremblay. ¡Cuántas veces pasé cerca de mi hermano con el corazón desgar  rado por la pena! ¡cuántas veces tuve impulsos de ar  rojarme en sus brazos y decirle: soy tu hermano, soy el que cuidó de tu infancia; pero después de tantos años ¿quién me habría reconocido? ademas, al mismo Arturo le habría causado horror y repugnancia. Yo ape  nas conservaba idea de vos, roas desde que os vi por primera vez no pude alejaros de mi memoria; la suerte me propor  cionó serviros varias veces \ el cielo os inspiró hácia mi una pasión que solo os ha proporcionado sinsabores; si. Isaura, nuestro amor nos ha hundido en un abismo sin fondo del cual yo no saldré jamás. Cuando leáis estos renglones ya estaré lejos de vos . no me — 78 — busquéis porque será en vano; no atentaré contra mi existen  cia, os lo juro; y deseo que me olvidéis. Adios, Isaura, vuestro hasta la muerte. E n r iq u e d e U v o l f . Al concluir la lecturaErminia lloraba, el barón estaba su  mamente abatido, solo Isaura conservaba su serenidad. — Padre mió, dijo después de un instante de silencio; ya sabéis el estado de mi corazón , yo amaba con locura al Ca  ballero negro, juzgad ahora como amaré al desgraciado En  rique. Mi unión con Arturo es imposible pues no me casaré nunca. Su voz era solemne y el barón conoció que no había réplica, inclinóse hacia ella y la dijo conmovido: — Tu voluntad se cumplirá. ■ Salió del aposento y mandó venir á Arturo para noticiarle todo lo ocurrido, el joven lloró con amargura por su pobre hermano y el barón viendo su dolor no se atrevió á decirle la negativa de Isaura; mas él adivinándolo, dijo con sere  nidad: , — Vuestra hija hace tiempo que me miraba con frialdad, sin duda desde que principió su pasión por Enrique ; él es mas digno que yo de ser amado y la perdono si me retira su palabra. — ¡Joven generoso! esclamó el barón; ¿cómo pagaros tan  ta nobleza? — ¿No teneis otra hija? — Si , Erminia que es un ángel. — Pues consultad su corazón y si está libre yo haré su fe  licidad. Cuatro meses después de la escena que acabamos de descri  bir se celebró la boda de Arturo y Erminia; el lector juzgará la alegría de la joven que tan triste porvenir esperaba. Artu  ro y el barón hicieron las mayores pesquisas para buscar al Caballero negro, pero todo fué inútil. Isaura pidió por gracia que la permitiesen vivir en Uvolf, guardaba como una reli- Si UN1VERSI di : san n u — 79 — quia cuantos muebles halló que hablan pertenecido á su ido  latrado Enrique y no pasaba un dia sin rogar á Dios por él: murió á los dos años en brazos de Arturo y Erminia que se amaban con delirio. Hugo de Ascli volvió de su viaje y curado ya de su pasión por Erminia se casó con una señorita de la familia de Tremblay. Solo nos resta decir la suerte de Gistierna que no fué nada dichosa, pues murió en un desafio poco antes de la muerte de Isaura. FIN. UNlVTRSlDADi: DI. SANTIAGO u se UNIVLRSII 'DC or or mMPí sníÁ u Joven vate, hermano mió, con tus plácidos cantares disipaste mis pesares, y de esperanza sonrio. Entusiasmada escuché los acentos de tu lira, y á la musa que me inspira con humildad invoqué. ¡Lloras como yo también! ¡ no halla tu pena consuelo ! ¿cruzas este triste suelo sin amparo y sin sostén? ¿Hallaste en tu camino falsedades por amores, por placeres sinsabores, y en vez de rosa un espino? ¿Tan desgraciada es tu historia, tan tormentosa y sombria, que no recuerdas un dia de venturosa memoria? Eres infelice, si, siempre sufriendo , penando; pasas Ja vida llorando ..... yo también lloro por ti. Tu tierna amiga seré; y en la noche solitaria mi religiosa plegaria por tu dicha elevaré. Sepa yo con alegría se UNIVCRS1DADL DL SANTIAGO u — 8 — que si estoy por ti rogando, de mí te estás acordando con dulce melancolía. Si á gozar de blanda brisa vas á el prado seductor, corta siquiera una flor para la pobre poetisa. Sea mi suerte cruel, ó en placeres consecuente tejeré para tu frente mil coronas de laurel. — -<Xxí^$.^yTK»- — u — 9 — A mi amiga la señorita ^oña ^nfonut ^tífortíti Hoy hace cuatro años que fué tu partida, quedó sin consuelo mi alma oprimida por tristes recuerdos; huyeron los dias de paz y ventura contigo, querida; adios cara Antonia, adios tierna amiga. Si acaso paseo por la fresca orilla del claro arroyuelo, mi pecho se agita; ¡ ay ! triste repaso en la mente mia horas de contento, de gloria, de dicha, que disfruté al lado de mi dulce amiga. Si voy por el prado 12 se UNIVCRS1DADC DL SANTIAGO u — 10 — contemplo abatida la flor perfumada que mece la brisa, y el árbol frondoso dó el pájaro anida: me cansan sus pios, su grata armonía, pues no me acompaña mi querida amiga, Si el cielo se cubre de nube sombría, y el triste relámpago silencioso brilla; si el viento furioso con estruendo silva, tiendo á todos lados mi azorada vista, te llamo , y no vienes adorada amiga. Y en tanto que lloro, ¿recuerdas, mi vida, las frescas mañanas, las noches tranquilas que unidas gozamos de tanta delicia? no olvides te ruego la fé prometida, y exhala un suspiro por tu fiel amiga. — — ------- Sf UNIXTRSB nr SAxrr, u — 11 — Cae á torrentes la lluvia, Brama el viento con furor. Vagan perdidas las aves Llenas de miedo y terror: Corre joven musulmán Sobre fogoso bridón, Y sostiene entre sus brazos. Con entusiasmo y amor, A una muger castellana Tan hermosa como el sol. La oprime contra su pecho, La cubre con su albornoz, Y maldice á la tormenta Que en tan mal tiempo llegó. Leves suspiros exhala La cristiana, él los oyó, Y con voz dulce y sonora Estas palabras habló. — ¡Lloras, almamia, lloras! ¡ Te burlas de mi pasión ! No sabes con qué delirio se UNJVLRSIDADU di : sax hago u — 12 — Te adora mi corazón. Ven á Córdoba la bella, Enjuga el llanto por Dios, Que una vida de placeres Sabré prepararte yo: Tendrás esclavas, hermosas, Que desean con ardor, Ceñir tu frente de nieve Con perlas de gran valor. . Verás bosques encantados, Flores de célico olor, Arroyuelos cristalinos Que convidan á el amor. — Muy deliciosa es sin duda, La cautiva respondió, La suerte que me ofrecéis Mas ¿puedo aceptarla? no. Mi religión me prohíbe Que admita ese loco amor. — Dame al menos esperanza. — No debo amaros señor. — Esa es mucha crueldad. ¡Ah! sin ti, ¿qué he de hacer yo? — Olvidarme. — Olvidarte ! No olvida quien bien amó: Nazarena, amada mia, Mírame, ten compasión. — ¿Compadeceros?... ¡ah nunca! — Perdóname. — Mi perdón No recaerá sobre el monstruo Que causa mi perdición. — Eres inflexible. — Mucho. — Y orgullosa. — Mas que vos. — Pues yo te veré humillada...., — Primero muerta señor. El moro guardó silencio, S( UNMRSID DE SANTJA u — 15 — Mas de repente volvió Las riendas á su caballo Y otro camino tomó. Largo rato caminaron, Ya la tormenta cesó, Huyen las nubes sombrías Y asoma pálido el sol. El musulmán generoso Con violenta agitación, Le dijo á su prisionera, A la que ama con ardor. — Ya eres libre nazarena, Te devuelvo con dolor La libertad que deseas: ¿Qué importa.que muera yo? Huyo al árido desierto Allí ocultaré mi amor; No quiero que me maldigas, Prefiero tu compasión. Mi ventura, mi esperanza En un momento acabó; F l u í rápida y pasagera Como el brillo de una flor. Calla y parle : la cristiana Hácia él los brazos tendió. Detente, espera, le dijo, Escucha mi confesión; Yo te adoro, ¿á qué ocultarlo? Solo á ti mi pecho amó: ¡Ay! y si fueras cristiano, Mi mano, mi corazón, Tuyo seria al momento. Idolatrado Almanzor. — ¡Me amabas y lo ocultabas! Ya mi tormento cesó. — Separémonos, querido, se UNIVERSIDADC or SAN HAGO u — 14 — Recibe mi último adios. Almanzor la mira absorto. Nótase algo de feroz En su mirada de fuego En su aire amenazador. Por fin en llanto prorumpe , Loco á sus pies se arrojó. — Triunfas muger adorada, Enagenado esclamó. De qué sirven los palacios, El brillo y el esplendor, Los perfumes de la Arabia, Las alfombras del Mogol, Si separado de ti, Separado de tu amor, Riquezas, poder y gloria Todo me causará horror? Tú eres la hourí seductora Que á mi pecho fascinó, Serás mía.... estaba escrito. El destino se cumplió: Una cabaña á tu lado Será mi dicha mayor, No mas música deseo Que tu acento encantador, Ni mas gloria que adorarte, Ser tu esposo y protector. Pocas semanas después El bautismo recibió, Y un anciano sacerdote, A su querida le unió. — 45 — JIÍPROVISAfilON. Se acerca á su fin el dia, El sol ya se va ocultando. Despareció la alegría, ¥ las sombras van llegando. ¡Ay! cuando tu luz se aleja fíente el pecho una atliccion... Falso amigo que nos deja Angustiado el corazón. Brilla con tus resplandores El arroyo su cristal, Que se esconde entre las flores Cual trasparente fanal Con su canto Delicioso El gracioso Ruiseñor; Cruza el campo Dilatado Perfumado. Por la flor, u — 16 — ‘ Sin ti gime en la espesura El pintado colorin: Para él pierde la hermosura El balscámico jardín. Y al distinguir los retlejos De tu brillo esplendoroso, Te saluda desde lejos Con su trino melodioso. Deja el ramage frondoso Que de lecho le sirvió, Y en un dia tempestuoso Del huracán le libró. Vive alegre Y es dichoso, Delicioso Su existir, Sin que amargue Su contento Ni un momento El porvenir. u — 25 — te llamaba , no me olas, dime: ¿tú no padecías? — Mucho be sufrido también. Dos años en el horror de la guerra ¡ay Dios! sin verle, en vano llamé á la muerte, mas ¡ah! no oyó mi clamor. Pero ya soy venturoso, ya no deseo morir, porque espero un porvenir de placeres y reposo. Esperemos: vendrá un dia que esa frente celestial, ciña corona ducal. ¿No respondes alma mia? — Tengo una pena, un pesar, ¡oh ! si vieras que aíliccion oprime á mi corazón, di, ¿me dejarás de amar? — ¡Olvidarte yo! jamas: no puede ser, Leonor; te lo juro por mi honor, cada instante te amo mas. — Tu cariño es tan precioso, que sin él sucumbiria; pero antes me vengaría del modo mas horroroso. — No querida, no mi hermosa, desecha todo temor; UNIVCRS1DADC DL SANTIAGO u se — 24 — ¡es tan sincero mi amor! ¿todavía estás dudosa? — ¡ Ay ! es preciso creerte para poder existir, mas ya es hora de partir. — Mañana volveré á verte. Y subiendo con presteza sobre el fogoso bridón, lleno de dulce ilusión juró de nuevo firmeza. Y rápido de alli huyó en tanto que su adorada estuvo inquieta, agitada, mientras su carrera oyó. 11. NUEVO AMOR. Por un salón elegante Se pasea apresurado, Enrique, el enamorado De la bella Leonor. Está triste, pensativo, Padece en aquel instante, Y es que esfera delirante Nuevas de su nuevo amor. Se abre la gótica puerta Y entra un page respetuoso; Se acerca Enrique gozoso se UN1VERS) ' \DC or S4NTI ".$8^ i>r COM*" ' A — 25 — Sonriendo de placer. Porque una carta divisa En manos de su criado, La coje precipitado Y se apresura á leer. — ¡Qué felice soy esclama: Ella me quiere, me adora, Pronto será la señora De mi mano y corazón. Yo la amaré eternamente, ¡Ay Ferran! soy tan dichoso! ¡Qué existir tan delicioso! Huyó de mí la aQiccion. — Señor ¿ya no os acordáis? ¿Habéis tal vez olvidado Un juramento sagrado Que os une á otra muger? — ¿Leonor quizá? ¡qué locura! Hace un año no la veo. — Muchas desdichas preveo. — Yo no la puedo querer. Hubo un tiempo, lo confieso, Me deslumbró su belleza; Admiraba su terneza, Su constancia, su pasión, Pero ser su esposo , nunca: Si á una vasalla se ama, Solo se tiene por dama ...... • Aquello fué una ilusión. Quien son sus padres , se ignora: Su nacimiento es oscuro; Y el mió Ferran tan puro Que nunca encontró rival. 14 u — 26 — Yo un duque ¿y pudo creer Que un dia su esposo fuera? Ha sido sueño, quimera, Un casamiento ideal. Que pongan en las almenas Mil banderas de colores, Guirnaldas de frescas flores, Luces en gran profusión. Adornad las galerías, Gasta Ferran mucho oro; ¡ Oh Elvira mia te adoro Con todo mi corazón ! Parle el paje : queda Enrique Esíasiado en su ventura, Todo es placer y dulzura Si piensa en el porvenir. Goza si , pobre inocente, De ese mágico beleño; Porque la dicha es un sueño, La realidad es sufrir. Para encontrar un instante De placer y de reposo Que el pecho anhela angustioso, ¡ Cuánto es preciso penar ! ¡Ay! al mundo nos lanzamos Buscando esa dicha hermosa, Que solo es sombra engañosa...... Nacimos para llorar. III. BODA Y MUIRTE. El cielo está encapotado, — 27 — brama el viento con furor, un relámpago ha brillado del trueno fiel precursor. Víctimas del huracán las banderas de colores, envueltas en polvo van con las guirnaldas de flores. Vuela el ave temerosa, huye de la tempestad, y al fin muere congojosa ...... horrible noche en verdad. Del trueno el ronco estampido no se escucha en el salón, donde se halla reunido el lujo y la confusión. Y en noche tan espantosa se confunde en el festín, la sonrisa de la hermosa y la voz del paladín. Enrique se ha desposado con su Elvira encantadora, á quien contempla estasiado repitiendo que la adora. Huyendo de la tormenta, lleno de miedo y terror, en el salón se presenta un hermoso trovador. Dirige en su derredor honda y furtiva mirada, se UNIVCRS1DADC DE SANTIAGO — 28 — y se retrata el dolor en su frente marchitada, Pero rápida pasó como pasa una esperanza, y á sus lábios asomó una risa de venganza. — Canta joven trovador, muchas voces le dijeron. — Canta una canción de amor, otras tantas repitieron. Cojió la preciosa lira, sono sus cuerdas veloz; mirando á Enrique y Elvira, canto con célica voz. En vano de mí has huido, Fementido, Yo tu carrera alcancé, Y en el colmo de tu dicha La desdicha Con alegría lancé. Ya no hay piedad en mi alma, Dulce calma Nunca á gozar volveré, Y solo viendo sin vida A tu querida, Con delirio reiré. Yo traspasaré su pecho A despecho De tu orgullo sin igual, Y en vez de aromas y flores, se UN1VERSII ir orsaxifA ) DI 1 COMPÍ' 1IA u — 29 — De dolores Será su lecho nupcial. — Cesa, cesa, trovador, gritó Enrique enfurecido; cesa, ó teme mi furor, ese canto maldecido. Huye al momento traidor; ó de la negra melena, te he de colgar de una almena, y allí canta tu dolor. — ¡Ah! si no estás satisfecho dijo el cantor aflijido, clava tu acero en mi pecho, que no exhalaré un gemido. Un dia fuiste mi amante, me juraste eterno amor. ¿No recuerdas mí semblante? mírame, soy Leonor. Enrique compadecido á un lado la faz volvió, y el trovador atrevido á Elvira un puñal hundió. Exhala un ¡ay! lastimero, la mira el duque asustado, y vé el mortífero acero en su seno sepultado. Leonor ha huido al momento; pero en su busca se lanzan; todo es bulla , movimiento, u se UNIVTRSIDADE DE SAN TIAGO — 50 — y al asesino no alcanzan. Las voces de fuego , fuego, se estienden por el salón, y desaparece luego tan brillante reunión. Enrique no observa nada; con mudo y atroz dolor, contempla la frente pálida del objeto de su amor. Pero el humo le acongoja; levantando á su querida, desesperado se arroja á buscar una salida. Pálida y llena de espanto preséntase Leonor; derraman sus ojos llanto, pero llanto de dolor. — ¿Dónde vas furia infernal? ¿te has satisfecho cruel? — Causándote tanto mal á un juramento soy fiel. Y el cielo compadecido de mi suerte desgraciada, con un rayo ha destruido tu gloria que era envidiada. •' Enrique, vengo á salvarte esponiendo mi existir. — Vienes si , pero á saciarle SI UN1VERSII or SAXIlr — 51 — ¡en mi horroroso sufrir. — Ven conmigo , deja á Elvira, mira que vas á morir. — ¿Dejarla?,noque respira. . — Ven , aun podemos huir. — Vete, vete, Leonor. — Se acerca el fuego ¿lo ves? — Maldito sea tu amor! — Pues perezcamos los tres. Un instante se miraron, Enrique después huyó, sus pisadas resonaron ...... ningún ruido mas se oyó. u — 52 — ¡La Tengo perlas y diamantes Relumbrantes, Ciñe corona mi sien; Tengo sedas y bordados Delicados, Ambar y coral también. Cien esclavas me acompañan Y me bañan En esencia de clavél, Llamándome fresca rosa, Primorosa, Luz y encanto del vergel. La palmera me da sombra; Y en la alfombra Del espléndido jardín, Me reclino entre las flores De colores, Y el blanquísimo jazmin. Aunque no soy africana, Soy sultana, Y me adora mi señor, DI" SANTIÁC orcoMPOsi íá u — 59 — De yerba y flores bordado Que estiende por la pradera? ¿No vienen los ruiseñores A cantar en el pensil Sus desgraciados amores Y al compás de sus clamores Se abre la rosa gentil? ¡Quién sabe! pronto tal vez Volverá tu primavera Con su hermosa brillantez: Renacerá tu altivez Qu^há dos siglos pereciera. Pues rápida como el viento Suele variar la fortuna; Y al que llenó de contento Arrebata en un momento Sus dichas una por una. Si no luces cual un dia Ni prestas rayos á el sol, Goza de paz y alegria. Son tus hijos todavia Gloria del suelo español. ROJAM I EL RUISEÑOR. Esliendo Fevo sus rayos Esmaltados Por el ameno vergel, Luce con sus resplandores Los colores El jaspeado clavel. Paseando está Rdjana Mas galana Quela acacia y el jazmín Y deshoja desdeñosa Blanca rosa, Que fué encanto del jardín. Cubre su hechicera frente Trasparente Ligero velo de tul , De perlas y oro cuajado ; Que bordado En la opulenta Estambul. Se inclina el árbol frondoso Oloroso Ante tan rara beldad , En tanto que ella afligida Y abatida — 41 — Llora su infelicidad. — ¿De que me sirve la vida Si oprimida Está el alma de pesar? Para mí no brilló un dia De alegría. Es mi destino llorar. Tengo un padre cariñoso, Bondadoso, Me hizo dueña de este eden; Soy reina del bosquecillo Y el. sotillo De este magnífico aren: Cien coronas de esmeraldas Y guirnaldas Vi ceñidas en mi sipn, Tengo esclavas primorosas Que afanosas Desean todas mi bien. Mas nada alivia mi pena Ni serena Mi angustiado corazón, En vano he pedido al cielo Algún consuelo, Un término á mi adicción. Di pintada mariposa, Siempre hermosa, Dime dulce ruiseñor, ¿Qué le falta á mi ventura, A mi hermosura? Y el ave responde — Amor. 16 u — 42 — Brisa que vagas por el prado hermoso. Pájaros que cantáis en la enramada, Mariposa feliz, flor perfumada, Arroyo cristalino y bullicioso : Ninfas del valle, sol esplendoroso, Nubes purpúreas, luna plateada, Huid, llegad en marcha apresurada A la orilla del Betis delicioso. Y si halláis á el amigo que amo tanto Decidle por piedad cuanto he sufrido; - Que por él derramé copioso llanto Creyendo su cariño destruido. Fué en otro tiempo mi amistad su encanto..,., Hoy yace sepultada en el olvido. u LA BELLA ZORA. i. Huyó la noche sombría : después de la oscuridad el claro y sereno dia , inspira dulce alegría, consuelo, felicidad. Está en la rama saltando el amante ruiseñor con sonora voz cantando, y al compás de su eco blando abre su cáliz la flor. ¿Quién no contempla estasiado tan deliciosa mañana? ¿quién no mira entusiasmado el arroyo plateado y la linda flor temprana? Insensible á tal belleza — 44 — joven guerrero cruzó aquel edén con presteza, y su bridón con fiereza el tierno lirio tronchó. Entre sus brazos llevaba una hechicera beldad que fascinado miraba, y ella, entretanto lloraba su perdida libertad. La hermosa y sensible Zora fué por traición separada del amante á quien adora: la infeliz suspira y llora, por su patria idolatrada. No se le oculta al cristiano, pues conoce por su mal; un amor ciego , tirano, que le persigue inhumano con la imágen de un rival. Dice — hermosa , enjuga el llanto, cese , cese , tu aflicción, ¡vida mia! te amo tanto, ¡ goza á tu lado un encanto mi llagado corazón l Di ¿ suspiras por Granada ó por tu joven señor? ¿por la campiña esmaltada que sin ti está marchitada? piensa solo en mi dolor. No te acuerdes del cruel u — 45 — que á mil bellas halagaba: yo seré tu esclavo fiel, y te amaré mas que él, porque Zaide no te amaba. Tengo alcázares hermosos que se elevan en León con murallas y con fosos: de soldados valerosos, tengo un lucido escuadrón. Y verás con que bravura los gallardos caballeros, con que gracia y que soltura cubiertos de su armadura, dan al aire sus aceros. Y tú en un trono sentada mas hermosa que el amor, de cien doncellas rodeada, entregarás sonrosada lindo premio al vencedor. Si yo alcanzára ese honor, alma mia , blanca rosa, ¡ y en premio de mi valor viera una risa de amor en tu boca deliciosa ! — No puede inspirarme amor ni mi cariño merece, quien me sumió en el dolor: tu vista me causa horror, y mi desventura crece. ¿Qué me importan tus castillos. — 46 — tus valientes caballeros? son mejor mis bosquecillos poblados de pajarillos, acacias y limoneros. ¡Ah! mírame con piedad, no me lleves á León; vuélveme la libertad; que ella es la felicidad de mi triste corazón. A Granada volveré; " y en mi jardín encantado bellas flores cortaré, y mil ramos formaré para mi Zaide adorado. — Ese Zaide tan querido no le volverás á ver: es un necio, un atrevido, y á Santiago he prometido que su sangre he de verter. Dejó el cristiano de hablar , largo silencio guardaron: vuelve la hermosa á llorar, el amante á suspirar, y el camino continuaron. ,11. Triste y pálida la luna ostenta su débil brillo: no se ve nube ninguna; y ha sonado ya la una — 47 — en el reló de un castillo. Y su lugúbre tañido en los aires se perdió como se pierde el gemida, del infeliz aüigido . que al viento sus ayes dió. ¿Quién es aquel embozada que cruza por el camino al parecer agitado? ¿es un mendigo, un soldado, ó quizas un peregrino? Le cubre largo ropage, mas se vé su noble frente por entre el verde ramaje que abunda en aquel paraje, y su alfanje reluciente. A el castillo se llegó; un postigo se ve abierto; , con un hombre alli se halló, que en silencio lo llevó á un aposento entreabierto, Una dama está sentada traspasada de dolor; tristísima es su mirada; es una flor marchitada por el viento destructor. Al estrangero ha mirado con visible agitación; y al ver á su Zaide amado á sus pies arrodillado, — 48 — le oprime en su corazón. , — ¡Bien mió! ¿cómo te atreves?.. K ¿cómo asi espones tu vida? ¡ si te vieran los aleves ! ¿Tiemblas? ¡ay! la vista vuelves? — Tranquilízate querida. — Mas ¿cómo hasta aquí llegaste? — Un criado soborné. — ¿Y nadie á tu paso bailaste? ¿teá engañado ó le engañaste? dímelo todo... híiblame. — Anduve errante y perdido por los bosques y olivares; cuanto , ¡ mi vida ! be sufrido pero al fin Alá me ha oído, y fin pone á mis pesares. Sígueme fragante rosa; maldigamos al cristiano, azucena candorosa:- porque eres tú tan preciosa, como el ha sido tirano. En sus brazos la levanta y se dispone á salir: pocos pasos adelanta, cuando una voz que le espanta de pronto se deja oír. Un guerrero entra furioso, desnuda su fino acero; ella da un grito horroroso; el moro está silencioso se UNIVLRSin. DE DLSANIV O Dl.( OMPÍV U IA u — 5 — CAPÍTULO PRIMERO. E n una noche de Agosto de 1424, salían á la una de la madrugada del palacio de D. Juan II dos hombres envueltos en largas capas negras. El cielo estaba cubierto de espesas nubes y una lluvia menuda humedecía las calles de \ aliadolid, pero los dos personages de que hablamos , sin que el agua les arredrase, caminaban de prisa y en silencio, bus  cando los sitios mas solitarios de la ciudad. 1 a distante de palacio dijo el que venia detrás : — Fresquila está la noche. — Si, por Dios, contestó su compañero. _ ¡Qué lodos y qué oscuridad! á cada instante teme uno romperse la cabeza contra una esquina. __ Mejor que tú pudiera rompérmela yo , pues voy delante. — ¡ Locura ha sido por cierto salir de casa con este tiempo. — Siempre es bueno cuando hay necesidad. — ;Con que ya no era posible esperar un dia mas. — Ño, tú sabes como yo el cuidado que tendrá Ines con mi larga ausencia. — Quince dias ...... . , • — Para quien ama es un siglo. Apostaría cualquier cosa UNIVCRSJDADC Q SANTIAGO u — 4 — á que te Labia dado cita alguna hermosa dama : si es asi puedas tener paciencia por esta noche; día vendrá qué mientras yo repase los dulcísimos versos del desgraciado Ma  clas , tú estarás en amorosa plática sin que me ofenda por ello. ' ‘ ¿Qué me importa la cita de una dama cuando se trata de vos . Carlos , habéis juzgado muy mal ; si siento el rigor de esta noche, sabe el cielo que no es por mí. Iranquilízale, generoso amigo; dentro de pocos momen  tos vere brillar «inte mis ojos una aurora que me foscina y que me hace olvidar la incomodidad de este camino. Si es asi, vamos mas aprisa para hallar cuanto antes esa claridad deslumbradora. - Al concluir estas palabras se detuvieron ; estaban en la calle de Ruiz Hernández, frente á una casa de fachada sen  cilla; adelantóse el que habló primero y llamó despacito, guardando en cada golpe cierto intermedio estudiado. Al punto se abrió la puerta con sigilo, y apareció dentro del zaguán una matrona de rostro moreno y ojos negros de estraordinario brillo. Buenas noches, dijo, y volvió á cerrar asi que estuvie  ron dentro los dos hombres. Cárlos arrojó la capa al suelo, sacudió las plumas blancas de su sombrero y poniendo un pie en el primer peldaño de la escalera, dijo á la dueña : — Limpiadme los zapatos, Irene; estoy perdido de lodo. — -leneis razón, voy, voy al instante; y con su propio "vestido tintó el calzado del caballero. Paseábase su amigo en tanto, dirigiendo á hurtadillas miradas burlonas al ver tal solicitud, y de vez en cuando clavaba su mirada en su com  pañero, que apenas representaba veinte años. Era de eleva  da estatura, rostro pálido y ojos azules llenos de bondad, aunque entonces manifestaban un poco de impaciencia. — ¡Acabarás con mil santos! dijo no pudiendo contenerse; creo que lo que has hecho es ensuciarme mucho mas. — ¡Pues ya! ¿Se os iigura que no lo entiendo; ¡qué genio teneis!... Ya están. u — 5 — Bueno > respondió con mal tono ; y como hombre acos  tumbrado á recorrer aquella casa , subió de dos saltos la es  calera, aunque sin hacer el menor ruido. — ¡Válganme las once mil vírgenes! esclamó la dueña acercándose con una luz: ¡qué prisa lleva! se va á romper las narices contra algún esquinazo. — Ya parará, contestó el otro recogiendo la capa de Cáelos. Después embozándose en la suya de modo que apenas se le veia el rostro, entró en una sala baja, sentóse en un viejo sillón , apoyó el codo en una mesa y cerró los ojos aparen  tando dormir para evitar así las preguntas de su compa  ñera. Dejémosle esperar y sigamos al joven rubio. Después de subir la escalera y cruzar un largo pasadizo, entró en una sala alumbrada solamente por la luz que salía de un pequeño gabinete cuya puerta estaba abierta dejando ver su interior. En el fondo habia una mesa con una bugía, y al lado recostada en un sillón una muger de 17 á 18 años. Llevaba un vestido morado con mangas cortas, que dejaban descubiertos los brazos de estraordinaria blancura pero de  masiado flacos; su rostro blanco también, era pálido y me  lancólico , y sus negros ojos tenian una espresion de profunda tristeza: en sus mejillas hundidas y los labios casi blancos, se conocía que una enfermedad lenta y horrorosa la consu  mía. Su hermosa garganta no tenia ningún adorno, y su es  palda estaba medio cubierta por una porción de rizos casta  ños que caian descuidados en todas direcciones. Con un brazo apoyado en la mesa y la megilla en la mano , estaba contemplando un cuadro que representaba á la Virgen del Cármen. Desde luego se conocía que el rostro de la joven habia servido de modelo: sin embargo, notábase alguna di  ferencia : el de la Virgen estaba animado por un color de rosa algo débil, y en su boca aparecía una sonrisa hechicera; color y sonrisa habían desaparecido del original : era una flor sin aroma, un dia sin sol... habia sido un ángel, pero solo era ya su sombra. 48 u — G — Cárlos apareció en el umbral de la puerta , la hermosa se levantó, le alargó su mano y volvió á dejarse caer en el sillón diciendo con voz débil: — Cárlos, Cárlos mío, ¡cuánto deseaba verte! El estrechó entre las suyas la mano calenturienta de su amada y se sentó á su lado. — Inés, la dijo con tierno acento; yo también deseaba es  tar á tu lado, porque aqui está la felicidad. — ¡Quince dias sin verle, ingrato! cuando sabes que no puedo vivir sin ti. — ¿Crees que yo no he padecido en este tiempo? ¿Dudas de mi amor? — No, pero cuando veo que pasan semanas, meses, y nada dices á mi primo de nuestra relación , temo que algún moti  vo poderoso le lo impida... ¡ah! bien sabes cuánto me espongo recibiendo tus visitas: si él llegase á descubrirlo, todo el cariño que me profesa no seria bástanle para librarme de su furor. — Todavía es preciso esperar algunos meses , bien mió. — ¿No sabe lu madre que me amas? — Si. — ¿Y qué, quieres ser mi esposo? — También. — Pues luego ¿qué te detiene? — Asuntos de familia... ya le lo he dicho en varias ocasio  nes; pero no temas, yo cumpliré mi palabra, lo juro. — Si me olvidáras moriria de dolor; y morir tan joven y amando tanto, Cárlos, seria horroroso. — Aleja de ti , hermosa mia , toda idea de amargura. ¡ Cor  re el tiempo tan veloz! — A tu lado si , pero lejos es insoportable. — Cuando se tiene esperanza ...... — Algunas veces lloro, pero otras, si recuerdo que llegará un dia en que á la faz del mundo dirás: «esta es mi esposa, es la compañera que he elegido para mi felicidad,» entonces mis penas se mitigan y veo brillar un rayo de consuelo. . u — 1 — — Pues bien, ten siempre ese pensamiento, no olvides el porvenir que te espera. — ¡Si vieras (pie placer tendria en conocer á tu madre!... ¿Lo desea ella también? ¿Dónde podré hallarla, amigo mió? ¡Con que delirio la estrecbaria entre mis brazos! ¡ay! yo no lie conocido á la mia, Carlos, el cielo me privó desde mi nacimiento de recibir sus dulces caricias... ¡oh! y que triste es pasar la infancia sin una madre que nos guie y nos con  suele... Do quiera que volvamos los ojos, encontramos un vacío inmenso que ningún cariño puede llenar. Feliz tú (pie puedes ver á la luya , contarla tus amores y dormir sobre su seno. ¿Es cierto? • Carlos dió un suspiro, y echó sobre Inés una mirada tier  na y dolorosa. Cogió entre sus manos su hermosa cabeza, la miró fascinado un momento, imprimió un beso en su frente, y quedó abismado en profunda meditación. Tenia la vista lija en el suelo, á sus labios asomaba una sonrisa amarga y su respiración era congojosa. ¿Le oprimen remordimientos, ó tiene deseos de venganza? La pasión que le domina es vio  lenta , abrasadora... ¡oh, cuánto debe padecer! y ¿quién es capaz de descubrir lo que se encierra en aquel corazón de pocos años? Inés le miraba fijamente. — Qué tienes? le dijo, te veo distraído, taciturno... ¿Des  contento y á mi lado? ea, vuelve hácia mí tus ojos, vea yo en ellos pintada una felicidad igual á la que disfruto. «Pien  sa en el porvenir» me decías hace un instante, y yo te re  cuerdo tus propias palabras. — Es verdad, hermosa, tienes mucha razón... Mira, prosi  guió con ardor , yo moriría el (ha (pie me despreciaras , por  que le adoro ; tu amor es mi vida , es el aire que respiro ; veo tu amor en el celeste cielo, en las flores que me dan sus per  fumes, en las aguas del cristalino arroyuelo, en el árbol (pie me cubre con sus ramas... en lodo, en fin, cuanto se pre  senta á mi vista. — Cárlos, yo creo tus palabras, y al oirle olvido todas mis — 8 — ¡tenas, hasta la muerte que pálida y descarnada veo cons  tantemente vagar á mi alrededor. — ¡Tanto me amas! repítelo mil veces. — Tú lo sabes aunque no lo pronuncien mis labios; te quiero desde que te vi por primera vez, cuando no sabia á que familia pertenecías; solo procuré saber si eras libre, para entregarte mi corazón. • — Ese amor tan desinteresado y puro , es mi mayor feli  cidad, vida y alma mia. ¿Qué sacrificio me pedirías que dejára de hacer por ti? mi esperanza, mi gloria, todo eres tú, Inés, y sin ti aborrezco la existencia. — Lo único que te pido , Cárlos , es que no retardes nues  tra unión; lo deseo porque no habrá en el mundo otro mas feliz que tú; seré tan buena, te amaré tanto, que nunca tendrás que arrepentirte de haberme escojido por esposa. Yo á tu lado, rejuveneceré como las flores con el aire y el sol ; marcharemos de aqui á otro clima mas dulce , recobra  ré mi salud , volverá á mi semblante la alegría ...... ¡oh qué dichosos seremos, querido de mi corazón! ¿Verdad que los ángeles envidiarán nuestra ventura? — Creo, respondió Cárlos con aire sombrío , que el cuadro que has trazado es demasiado hermoso para este mundo donde caminamos sobre espinas y envueltos siempre en un loco torbellino. ¿Y si tus esperanzas se frustrasen? — Si no me olvidas todo se realizará. — ¡Olvidarte yo, Inés! ¿olvidar tu amor tan puro como el perfume de las flores?... ¡ah! no, no puede ser y aun  que el destino alzase entre nosotros una muralla cuya altu  ra nos fuese imposible medir, siempre tu imágen viviría en mi memoria como el mas grato recuerdo de mi juven  tud: sí, tú me seguirás constantemente hasta la hora de mi muerte , y para ti será mi postrer suspiro. Dejó de hablar, inclinó su cabeza hasta apoyarla en el hombro de su querida y guardaron silencio algunos instan  tes; después, levantándose él precipitadamente y pasando u — 9 — la mano por su frente como para apartar de sí ideas tris  tes, dijo con tono algo jovial: — Y bien, querida, ¿no me das nada esta noche? — ¡Oh, sí! ya no me acordaba. Y abriendo una pequeña caja que habia sóbrela mesa, sacó de ella un clavel encarnado. — Mira, un clavel, dijo componiendo las hojas algo aja  das; me lo trajo Irene esta mañana, y porque no lo viera mi primo y se lo llevara, le guardé en esta cajita; y, el pobrecilo, viéndose en prisión tan estrecha, ha recojido sus hojas : cuida de ponerlo en agua fresca y tráemelo cuan  do esté marchito. . , Al acabar la última palabra le dió un beso y lo depositó en manos de Carlos, que lo puso al lado de su corazón. Un reloj dió las dos en aquel momento. — Las dos, dijo él levantándose, es preciso que nos se  paremos. — ¡Tan pronto! — No hay otro remedio. — ¿Cuándo volveremos á vernos? — En pasando ocho dias. Y dándola un beso en la frente, salió despacito de la sala. Ya le esperaba su amigo al pié de la escalera , le puso la capa sobre los hombros , la dueña abrió la puerta , y los dos se alejaron rápidamente. Pocos minutos hacia que caminaban, cuando Cáelos vol  vió la cabeza y le pareció que un hombre los seguía : no hizo caso , pero como observára que iba constantemente detrás, se detuvo, y vio con sorpresa que se paraba también; ya no pudo callar y dijo á su compañero: — Una persona nos sigue. — No puede ser. — ¿No puede ser, y camina cuando nosotros y se ha de  tenido asi que nos ha visto inmóviles? ¡Vive Dios! que estoy por acercarme á él y acuchillarle. — Cárlos , cuidado , no hay que comprometerse. , — Es verdad, contestó con acento triste, es preciso sufrir y callar. Sígame quien le dé la gana. — 10 — — Tal vez sea algún rival. — ¿Rival?... ¡ah! dices bien; Inés es demasiado hermo  sa para vivir ignorada y tendrá mil adoradores ...... — A los cuales despreciará. — También es cierto ; la desgraciada me adora con deli  rio y yo en pago ...... — ¡Qué! ¿no la correspondéis con igual pasión? — ¡Oh! sí, la amo, pero labraré su eterna desventura y esta idea me asesina. — ¡A qué desconsolaros asi por una cosa que pronto la olvidareis ! Cárlos no respondió , porque estaban á la puerta de pa  lacio , y entraron sin observar que la persona que los habia seguido , estaba á pocos pasos medio oculta en una esquina, y que sin duda supo buscar un camino mas corto, pues llegó dos minutos antes. Los miró con atención , y asi que los vió desaparecer, dando una patada en el suelo, dijo con voz medio ahogada por la rabia: — ¡El es , no me habia engañado ! AI concluir estas palabras , echó á andar con rapidez , y se dirigió á casa de Inés; cuando llegó sacó una llave, abrió la puerta con cuidado, y después de cerrarla por dentro, subió la escalera con sigilo, entró en la sala, se acercó a la puerta íel gabinete, miró por la cerradura, y contempló un momento á Inés dormida en el sillón : después exhalando un prolongado suspiro, buscó á tientas otra puerta y entró á una habitación, en medio de la cual habia una mesa con varios libros abiertos y papeles en desorden : apagó una bugia que ardia sobre ella, se arrojó vestido en el lecho, y allí derramó lágrimas como un niño. — 11 — CAPÍTULO SEGUNDO. Pálida y débil estaba Inés á la mañana siguiente, cuando se abrió la puerta del gabinete y entró un joven de elevada estatura y aire noble : su rostro era moreno claro , pero bastante pálido , y sus ojos negros fascinadores , estaban ro deados de una ojera color de violeta que derramaba en todo su semblante un tinte de melancolia ; tenia las cejas perfectamente arqueadas y en su frente que se alzaba al  tanera, se veían algunas arrugas causadas tal vez por pa decimientos morales: el conjunto de su figura mas bien gracioso que lleno de perfección , no podía menos de agra  dar; y el que oía su voz tan armoniosa como el canto de los ruiseñores y otras veces lánguida como los suspiros de la brisa , no le olvidaba nunca. . Adelantóse con paso lento hácia la joven que se sonrio con tristeza al verle , la tomó el pulso y después de obser  varla algunos instantes dijo sentándose á su lado: — Se ha aumentado la liebre. — ¡Sí! contestó ella con un ligero estremecimiento, yme sentía tan buena, que por eso me he vestido muy tem  prano. — 12 — — ¿De veras, Inés? y al mismo tiempo la dirigió una mirada escudriñadora que hizo temblar á la pobre niña. — ¿Lo dudas Felipe? — Si , porque cualquiera conoceria que has pasado la no  che sin dormir. — Yo ...... — Tranquilízate, alma mía, no te alteres por Dios, pero no quieras ocultarme lo que yo sé, lo que yo he visto. -¡Tú! — Sí, yo; anoche á la una entraron en casa dos hom  bres y salieron después de una hora. ¿Te atraverás á des  mentirme? — ¡Perdón! dijo cayendo de rodillas á los pies de su primo. — Alza del suelo , ángel de Dios ; no es á ti á quien debo reprender. ¿Verdad que tú no querías que viniera á casa ese hombre? ¿verdad que fuiste seducida por Irene? ¡ah! dime que eres inocente y todo te lo perdono. — Felipe , dijo pasándole el brazo al rededor de su cuello, yo no sé mentir: ¿por qué he de culpar á otro? yo sola soy la criminal... ¡le amo! — Bien está , contestó él apartando con desdén el brazo de Inés; bien está, pero déjame: ¡ah! tú no sabes el daño que me hacen tus caricias. — ¿Desprecias mi cariño? — Tú eres la que desprecia el mió. — Yo te quiero mucho, Felipe, tú eres mi hermano, mi protector, mi único amigo. — Si , pero al amigo , al protector y al hermano , hay que dejarles para seguir al esposo. — ¿Me crees capaz de tener valor para separarme de ti? no, amigo mió, tú estarás siempre á mi lado. — ¿Para ser testigo de la felicidad de otro? ¿para morir de celos: ¡ay! que pronto has olvidado tus promesas. — ¡ Por piedad !... — Te acuerdas, prosiguió él sin escucharla, de aquella no  u