Discurso inaugural del curso académico de 1886 a 1887 / por el doctor Valeriano Menéndez Conde
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•'•V DEL CURSO ACADÉMICO POR EL DOCTOR ©©^[ d )E ? CANÓNIGO MAGISTRAL DE LA S. A. M. I. CATEDRAL DE SANTIAGO Y CATEDRÁTICO DE ORATORIA Y PATROLOGÍA. SANTIAGO Imp. del Seminario Conciliar Central 1886 se UNIVF.RSIDADF DE SAN HAOO DE COMPOSTELA
se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DL COMPOSTUA
índole especial de esta clase de solemnidades literarias /í^ííS'Gexije de suyo que ála consideración de la juventud esco lar, del cuerpo de Profesores y demás distinguidísimas personas que á ellas suelen asistir, se presente un trabajo científico, digno de la importancia del establecimiento, cuya representación se lleva, de la superior ilustración del auditorio al cual se dirije la pa labra, y del Prelado que al acto preside. Parece además, muy natural y plausible, que este trabajo ver se acerca de alguna de las cuestiones propias de la asignatura que explica el Profesor encargado de presentarlo; pero aun cuando las importantes cuya lección se me ha encomendado presenten al in genio investigador inmensos horizontes que estudiar y vastísipao campo en donde lucir su virilidad y energía, no ha de ser este el terreno en donde distraiga vuestra atención benévola. Otro será el objeto de mi discurso; que siempre la ley de las circunstancias se impone ála inteligencia, y las necesidades contemporáneas recla man otra clase de estudios. Bien sabéis, señores, que en nuestros días se agitan mil y mil cuestiones de suma importancia en el orden social y religioso; cuestiones en que debemos fijar vivase UNIX'FRSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
— 4- mente nuestra atención, puesto que altísimos intereses depen den de la solución que reciban; y una de ellas será la síntesis de las breves y sencillas reflexiones que constituirán mi pobre dis curso literario. Hela aquí: Hay en todas las lenguas una palabra mal definida y peor apli cada, correspondiente á una idea seductora, que ejerce poderosa influencia sobre los espíritus, da vida á grandes y gloriosas em presas, inspira nobilísimos y heróicos hechos, y es también madre fecunda de perniciosos errores y de monstruosas iniquidades: esta palabra es en nuestro idioma L ib e r t a d . Esta palabra expresa en el orden especulativo una verdad psico lógica indubitable, y en el orden práctico un sentimiento justo y una aspiración legítima y una importantísima base para establecer de una manera conveniente las múltiples relaciones que deben unir á los hombres que viven en sociedad. Pero cuando la verdad espe culativa es mal entendida, ó cuando la mala fé de los hombres abusa de ella para fines torcidos ó malvados, se convierte en terri ble elemento de trastornos y fecundísima fuente de todo género de desdichas. El error capital consiste en considerarla como una independen cia absoluta, que el hombre no tiene, ni es posible que tenga por su misma condición esencial, que es en vano pretender modificar. En virtud de esta lamentable confusión de ideas se quiere dar á la libertad humana mayor extensión de la que realmente tiene, y aplicarla á todas las esferas, en que nuestra existencia se mueve: sin límites ni restricciones de género alguno. Libertad de pensa miento, libertad de conciencia, libertad de asociación, libertad de imprenta, libertad de la tribuna, libertad de la cátedra... para todo se pretende tenerla de derecho, y para todo se la reclama de he cho: únicamente no sé por qué anomalía no se pide igualmente la libertad de acción, pues es consecuencia inevitable de las otras, y si hay alguna razón para pedir aquellas, la misma, cuando menos, milita en favor de ésta; y si para rechazar ésta existen verdade ros motivos, los mismos tienen que existir para rechazar aquellas. u se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE commwt ma
— 5 — En realidad todas son admisibles y todas deben ser amparadas, atendidas y respetadas en cuanto son necesarias ó convenientes para la verdad y el bien; pues en este sentido constituyen derechos sacratísimos, de los cuales ninguna autoridad, ninguna ley puede despojar al hombre; antes bien la autoridad y la ley tienen la mi sión y el deber de reconocerlos y acatarlos, y protejerlos en su ejer cicio. Pero en la medida y extensión que pretenden atribuir á esas libertades los apasionados defensores de la moderna escuela política en ellas basada, son absurdas, quiméricas, perniciosas y como ta les deben ser combatidas y rechazadas no solo en nombre de la Religión, sino también en el de la sana Filosofía. A esta conclusión llegaríamos muy pronto y muy fácilmente con solo exponer y fijar con claridad y exactitud el concepto de la libertad según los hechos de que nos da cuenta nuestra propia con ciencia, que son datos preciosos y decisivos para definir y resolver la cuestión. Pero no es mi intento ocuparme solo en generalida des; sino descender á una de las aplicaciones que de la libertad pretende hacerse con evidente injusticia y con inmenso perjuicio de respetabilísimos intereses. Hablo de lo que podemos llamar, y se ha llamado ya, libertad de la ciencia; cuestión que me parece de al guna oportunidad por los recientes escándalos á que ha dado lugar en nuestra patria; y de grande interés por las gravísimas conse cuencias de orden práctico que á ella están ligadas. Ved, pues, re ducido á términos concretos el tema del presente discurso: «La l ib e r t a d d e l a c ie n c ia , en cuanto significa la ausencia de toda traba para la razón individual que á investigaciones cientificas se consa gra , es inadmisible desde el punto de vista de la ciencia misma 1 y más aún desde el punto de vista de la Religión: justificación de la conducta de los católicos que la impugnan.^ - se UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA u
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es. Exorno. Sr., y á más de triste duro, que los verdaderos defensores de la libertad verdadera; los que la asignamos al espíritu del hombre como una facultad que radica en su misma esencia; los que la sostenemos como un hecho indubitable de que nos da irrecusable testimonio la con ciencia; los que en ella creemos como en un dogma religioso, fun damento necesario del orden moral, de la responsabilidad de las malas acciones y del mérito de las buenas; los que en la prác tica la reclamamos como un derecho y una necesidad para tra bajar con fruto en la realización de los grandes destinos del género humano, no solo en la eternidad, sino también en el tiempo; los que profesamos una religión, á cuya influencia se debe el arraigo, y casi podemos decir el establecimiento, de la li bertad en el mundo ..... triste es, decía, que en vez de recibir la gloria que por tales servicios merecemos, tengamos, al contrario, que arrostrar la impopularidad de aparecer á los ojos de muchos como favorecedores de un despotismo odioso y forjadores de pesa das é ignominiosas cadenas para cautivar y oprimir, no ya el cuer po, sino el espíritu, la razón, la inteligencia de nuestros semejan tes; mientras que los falsos apóstoles de la misma libertad, que en realidad la matan y deshonran con las absurdas pretensiones que u se UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTFI A
-14- en cuanto á moral, y tan ignorante como Sócrates en cuanto á la naturaleza, del alma. Fuera ya inútil proseguir. Si en los esplendores que irradian de la Academia y del Liceo hay tan grandes manchas é intermi tencias ¿qué buscaremos en lo sucesivo? No; no prosigamos: ú pocos pasos tropezaríamos con el Tonel donde se alberga el jefe de la es cuela. cínica sin más luz que la de una linterna; ¡pobre filosofía!; — luego tendríamos que escuchar llenos de fastidio el charlatanismo insustancial de los megarenses; luego viene la incertidumbre del pirronismo; luego el fango de Epicuro. Y nos encontraríamos de nuevo á oscuras y en el lodo, según la gráfica expresión del sabio Prelado de Salamanca. Fuera también inútil que de Grecia pasáramos á Roma para proseguir nuestras investigaciones, porque la ilustración de Roma de Grecia fué importada, y su análisis nos daría el mismo resulta do. En todas partes y en todos tiempos encontramos lo mismo: al gunos puntos luminosos, algunos resplandores débiles y fugaces en un horizonte vastísimo donde siempre dominan las tinieblas. No es esto desconocer ni despreciar lo mucho bueno en que no nos hemos fijado al pasar, porque no hacía á nuestro objeto, y en cuya contemplación seguramente hubiéramos podido detenernos con placer; no es esto negar lo que hay de verdad en la decantada cultura de los siglos de Pericles y de Augusto y en la también in negable de otros tiempos y lugares, á más de Roma y Atenas, don de las artes se cultivaron con éxito y alcanzaron un grado de es plendor admirable; tampoco es aplicable lo dicho á las ciencias ex perimentales, de cálculo y observación, que hicieron indudables progresos y útiles conquistas. Pero en las ciencias propiamente ra cionales, en las de mayor trascendencia é importancia, que por más ideales y abstractas que parezcan tendrán siempre una influencia capital y decisiva en la dirección de la especie humana; en la mo ral, sobre todo, que tiene tan inmediata y directa aplicación á la vida práctica, no se ha dado un paso en firme. Respecto al origen y naturaleza del hombre, á sus destinos en el tiempo y en la eterni dad, á sus funciones y deberes sociales y á sus relaciones con Dios,
— 15 — apenas se ha hecho más que involucrar, confundir, desfigurar y oscurecer las primitivas verdades; apenas se ha dicho otra cosa que inepcias y extravagancias, absurdos y blasfemias. Algunas verdades que por su sencillez están al alcance de todos, ó que por su viva claridad se destacan á la vista de las inteligencias menos perspicaces; débiles vislumbres de otras más lejanas y difíciles que solo alcanzaron á entrever los genios más precla ros; algunas máximas que parecen más puras y elevadas por que contrastan con los disolventes principios comunmente ad mitidos ..... hé aquí todo. Es decir: unas cuantas perlas de más ó menos brillo, esparcidas aquí y allá, en medio de inmensos montones de fango: esto es lo que se encuentra en los que con más ahinco y mejores disposiciones consagraron su vida al estudio de las ciencias más nobles y elevadas. El mundo marchaba cierta mente á oscuras y por entre lodo hasta que se dignó descender á él Aquel que de sí mismo dijo, y lo ha demostrado, que era el camino, la luz y la verdad. De todos estos hechos y consideraciones tiempo es ya que deduz camos una conclusión. A la vista salta, según ellos, que la razón libre, es decir, con sus solas fuerzas y naturales recursos, no es ca paz de los progresos científicos de que se jactan los partidarios de esa libertad, y que proclamar la libertad de la ciencia en el sentido en que hoy se proclama, es pedir su deshonra y su muerte. Que las pretendidas trabas impuestas por la fé católica, contra las cuales tanto se ha declamado y se declama, lejos de constituir una rémora para los progresos de la ciencia, son más bien poderosos auxiliares de la razón para promoverlos y realizarlos, como ha demostrado la experiencia de los siglos cristianos en frente de la experiencia de los siglos anteriores al cristianismo, y como puede demostrarse además y muy fácilmente examinando la naturaleza misma de la féyde la razón. Obligados á prestar un asentimiento firmísimo á las verdades reveladas, entre las cuales hay muchas que la razón no puede al canzar por sí misma, y otras que no puede comprender aun después de reveladas, puesto que son superiores, pero no contrarias, á la se UNlVFRStDADF DE SANTIAGO nr compost f i a
-16 - razón, tenemos en todas ellas un sólido punto de apoyo para producir movimiento; un principio fijo sobre el cual descanse todo un sis tema; una base inconmovible para sostener el grandioso edificio de la. ciencia; un punto de partida con la dirección marcada para evitar los extravíos del pensamiento en sus atrevidos vuelos; una esplendorosísima antorcha para iluminar los espacios que recorre y distinguir con claridad los objetos sobre los cuales dirije sus inves tigaciones. Y no creo que á esto se pueda oponer en serio el pasmoso ade lanto que en nuestra edad han alcanzado las ciencias, á pesar de que muchos de los más ilustres sabios ni han tomado la fé por punto de partida, ni la han tenido en cuenta para nada, antes bien la rechazan y combaten unos 'con altivez desdeñosa, y otros con odio reconcentrado y furioso. Esta observación cae al suelo y se desvanece como débil som bra con solo recordar los siguientes hechos: 1 ." Que tales adelantos que yo reconozco gustoso, y admiro y aplaudo con entusiasmo sincero, pertenecen á las llamadas cien cias naturales para las cuales no negamos á la razón aptitud pro pia ílespués del conveniente desarrollo, y le reconocemos una liber tad omnímoda mientras no pretenda invadir ajeno campo, dedu ciendo conclusiones que no pertenecen al dominio de esas ciencias, confundiendo, por ejemplo, la Fisiología con la Sicología. Pero en las ciencias propiamente filosóficas; en la Metafísica, y en las que hoy se llaman morales y políticas, los filósofos incrédulos de nues tros tiempos valen poco más, y lo mismo pudiéramos decir algo menos, que los antiguos, bastando para convencerse de ello pasar rápidamente la vista, por los libros de cualquiera de los que hacen más ruido y más en boga están. 2 0 Que, sea cualquiera el grado de perfección á que han lle gado las ciencias, no puede negarse que los creyentes han sido los iniciadores del movimiento, han comunicado el impulso, enseñado el camino y quitado los obstáculos. 3 .° Que en todo género de estudios hasta los más abstrusos y elevados; y en todos los adelantos verdaderamente útiles, los cató- u se UN1VLRSIDADE ! DE SANTIAGO DE COMPOSTFI Ai
— 17 — líeos han figurado siempre con ventaja y tienen en ellos por lo menos tan buena parte como los incrédulos; y si en alguna época ó en alguna región determinada aparecen en menor número entre los ilustres cultivadores de las ciencias naturales, es porque la con ducta de los mismos incrédulos les obliga á ejercitar su actividad intelectual en otra clase de estudios más importantes. 4 .° Que los progresos de que se jactan los enemigos de la fé como obtenidos sin el concurso de ésta en el estado de in dependencia y rebelión en que se constituyeron, son en gran par te debidos á la misma fé. Habiendo tenido la fortuna de na cer en medio de una sociedad formada por el cristianismo que dió vida y fuerza, á las más nobles ideas y á las más grandes y prove chosas instituciones, desarrolladas ya ’ unas ya otras conveniente mente; asimilándose sin que de ello se aperciban los elementos de una civilización espléndida, educados tal vez en un establecimiento que la Iglesia de Cristo erigiera, tal vez bajo la dirección de un sacerdote, se sintieron con fuerzas para marchar libres y solos y para, realizar grandes cosas, que injustamente se atribuyen á sí mismos. — ¡Es claro! El débil niño necesita por mucho tiempo de los tiernos cuidados y amantes desvelos de la madre, sin los cuales mil veces pereciera; pero á favor de ellos se hace fuerte y robusto, y puede prescindir de la que con tanto afán se los prodigara, y puede ser tan ingrato que la abandone y la olvide, y aun que la in jurie y maltrate. Pero ¿dejará de ser cierto que á ella lo debe todo? ¡Es claro; sí! ¿Pues no lo ha de ser? Después que el sol ha iluminado la tierra, cualquiera que tenga vista distingue fácilmente los obje tos colocados dentro del círculo á que su potencia visual alcanza. ¿Pero los distinguiría lo mismo en medio de noche sombría, ó solo con la tenue y vacilante luz de las estrellas? Paréceme, Excmo. Señor, dejar suficientemente demostrado que los partidarios de la ciencia Ubre tendrían poco de qué congra tularse si lograran ver por completo realizadas sus pretcnsiones; porque la libertad de la ciencia es la libertad de la razón del yugo santo de la fé; y la razón libre del yugo de la fé, es la razón aban donada á'sus fuerzas y recursos naturales, y con sus solas fuer- 3 UN1VERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
-18 — zas y recursos no ha podido conseguir más que muy pobres resulta dos en el espacio de muchos siglos, y los que ha conseguido des pués, son en su mejor parte debidos á la influencia de la fé de la cual se la quiere emancipar. — Pasemos, pues, á examinar la cues tión desde otros puntos de vista, y fijémonos primeramente en los funestos, verdaderamente espantosos resultados que esa libertad produciría, y de hecho produce, en el orden social. Yo no acierto á volver de mi asombro, cuando observo que teo rías y sistemas tan esencialmente perturbadores como éste llegan á constituir parte del credo de algunas escuelas, á las cuales per tenecen hombres, que parecen sérios y formales y animados de rec ta intención y de laudables propósitos; y que sin embargo profe san esta especie de dogmas, no ya como doctrinas meramente es peculativas, sino que pretenden aplicarlas á la dirección de.las cos tumbres, á la constitución de las familias y á la gobernación de los pueblos. Yo comprendo que á espaldas de la Ley y á despecho de los tribunales se digan desatinos y se cometan infamias, como siempre ha sucedido y sucederá: comprendo que las leyes y las instituciones sean objeto de ataques brutales por parte de turbas amotinadas, impelidas de malas pasiones, ó seducidas y extravia das por ambiciosos perversos, que de ellas se sirven para el logro de sus aspiraciones. Pero que ante la Ley y de la Ley misma se venga á reclamar como un derecho la libertad de desatinar y de cometer infamias ..... esto no puedo comprenderlo, y no puedo me nos de preguntarme á mí mismo si la sociedad en que esto sucede estará atacada de vértigo y de locura, y destinada á hundirse muy pronto en los abismos que ella misma se está cavando. ¡Libertad de la ciencia! Es decir: libertad de la razón para des barrar á su antojo, — como sabemos que desbarra, muy especial mente en aquellas materias en que se muestran parte interesada las pasiones, á cuyas exigencias suele someterse cobardemente, cual mísera esclava; libertad de la pluma para trasladar al papel sus locos desvarios y lanzarlos á todos los vientos y trasmitir su lo cura á las pobres gentes sin instrucción ni discernimiento; libertad de la palabra para pervertir y corromper los corazones que incauta-
— 19 — mente se confían al pretendido sabio, que tiene la misión de educar á la juventud ..... ¿No es esto lo que la libertad de la ciencia signi fica? ¿No es esto lo que se pretende? Y si es esto ¿cuáles habrán de ser los resultados? Al considerar la cuestión bajo este respecto, y dejando, como antes, á la fantasía que preste auxilio á la inteligencia sensibili zando las ideas, paréceme que nos podemos imaginar que el hom bre de la ciencia, libre, que se lanza á las regiones de lo desconoci do, siquiera vaya en busca de ia verdad, sin las alas de la fé, cae precipitado á los pozos del abismo; y agitando sus turbias y cena gosas aguas, infesta la atmósfera con los corrompidos miasmas y mefíticos vapores que de ellas se desprenden: ó que jugando im prudente con el fuego por entre montones de materia inflamable produce devastador incendio: ó que por investigar curioso el secre to de las operaciones divinas sobre la naturaleza, sin tomar las de bidas precauciones y sin valerse de los oportunos auxiliares, abre la puerta del antro misterioso en que están encerrados los vientos; los cuales precipitándose con desencadenada furia sobre el mar y sobre la tierra, levantan asoladoras tempestades y barren como leves plumas todos los objetos que van encontrando al paso: que destapa, en fin, cual muchacho travieso, sin reflexión ni juicio, la funesta caja de la cual salen en confuso tropel todos los males que á la humanidad afligen, sin que le sea dado guardar siquiera la esperanza, que dicen hallarse en el fondo. _ Son, en efecto, incalculables en número y de incalculable gra vedad los males que á la sociedad sobrevendrían, si prevaleciesen y dominasen tales doctrinas. Por confesión de uno de los mis mos filósofos, y de los más insignes por cierto, no hay ab surdo que no haya sido proclamado ó defendido por alguno de ellos; y lo mismo puede afirmarse, examinando sus obras, que no hay virtud que no haya sido despreciada ó escarnecida, ni vicio que no haya sido glorificado, ni crimen para el cual no se haya pre sentado justificación ó excusa en nombre de la razón y de la ciencia. La ciencia libre es muy capaz de proclamar y defender que ^GO u se UN1VERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTFI
-20 — justifica los medios.» Y si hay derecho para proclamar y defender esta máxima, ¿con qué derecho se reprende, se reprime ó se castiga al que, poniéndola en práctica, cuando en su camino tropieza con alguien que le estorba afila el puñal y se lo clava en el pecho para llegar al logro de sus deseos, aunque sea pasando por sobre un cadáver? La ciencia libre es muy capaz de proclamar y defender que «la propiedad es el robo.» Y si para esta proclamación y defensa se reconoce derecho, ¿por qué no se ha de reconocer igualmente para despojar al que alguna cosa posee, aunque para realizar el despojo sea necesario emplearla fuerza, ó valerse de astucias, asechanzas y mentiras? La ciencia libre es muy capaz de proclamar y defender que la autoridad paterna, ó la autoridad política ó la de otro orden cual quiera es una tiranía. Y entonces ¿en virtud de qué principio se puede condenar la rebelión; qué garantías quedan para la paz y se guridad públicas, y sobre qué bases ha de establecerse el orden social? — Ninguna queda más que la fuerza bruta, tanto más deshon rosa, cuanto más necesario se hace su empleo para el régimen de seres inteligentes; y que dentro del sistema queme he propuesto combatir, jamás puede legitimarse, porque es una inconsecuencia monstruosa. Para invocar en su apoyo los sagrados intereses que tiene que defender, es necesario condenar de antemano aquella teoría que los ataca y destruye. ¿Cómo los pretendidos sabios han de tener derecho para establecer los principios y no han de tener lo para sacar las consecuencias y llevarlas á la práctica los que por ellos son enseñados? ¿A qué conducen si no sus enseñan zas? ¿Y por qué ellos han de disfrutar de completa impunidad, y han de incurrir en responsabilidad criminal los que se aprovechan de sus lecciones? — ¿Tiene más parte en el crimen, si lo hay, la inteli gencia que propone y dirige, ó el brazo que ejecuta? Es, pues, evidente que la teoría de la ciencia libre., lógica mente desenvuelta y llevada hasta sus últimas consecuencias, perturba el orden moral, político y social, hasta tal punto que, dominando ella, la sociedad caería en los abismos de la diso se UN1VERSIDADE DE SANTIAGO I DF. COMEOS! I '.A
— 21 — lución, y no tardaría en sufrir una muerte horrible, de la cual no se libra, sino por virtud de las sanas doctrinas que contradicen aquella, por el buen sentido de las gentes que no le hacen caso, y por una inconsecuencia de sus mismos partidarios: inconse cuencia, que, á pesar de su monstruosidad, podríamos llamar feliz, si fuera bastante á contrarrestar sus efectos; pero por desgracia los efectos se sienten, y son por demás lamentables, á pesar de la inconsecuencia y de las otras causas que se les oponen. Prescindamos ya, por no alargar demasiado este modesto tra bajo, de otro inconveniente gravísimo, para la misma ciencia, con el cual no puede menos de tropezar, viviendo, como pretende, emancipada de los principios déla Religión. Tal es el escepticismo en que ha caído ya en diferentes épocas, y en que no puede dejar de caer, faltándole á la razón el conocimiento de las verdades re veladas, que le sirvan de base para levantar el edificio de la cien cia, y dé luz y dé guía en sus peligrosas excursiones; porque hay muy pocas verdades del dominio de la razón que se impongan por su evidencia y sean universalmente reconocidas; porque ninguna razón individual, aunque sea de un gran genio, tiene por sí mis ma autoridad bastante para imponerse á las de los otros; porque lo que á uno parece verdad inconcusa, no pasa para otro de mera opinión, ó tal vez es rechazada como error grosero; y en el caos inmenso de encontrados sistemas y opiniones reina por necesidad la duda. . Pero supongamos por un momento que ni existe el peligro del excepticismo, ni los otros inconvenientes que antes hemos exami nado: que las ciencias viven, progresan y brillan esplendorosamen te divorciadas de la Religión y libres de sus trabas y hasta de su influencia, y que lejos de perjudicar á los intereses de la sociedad, hacen por sí solas la felicidad del hombre sobre la tierra. Aun en este caso no podríamos admitir ni tolerar la teoría de la ciencia li bre; porque esta teoría tiene que buscar su fundamento en el orden sicológico, y en el orden sicológico no tiene ninguno; antes bien, si recurrimos á él demostraremos directamente y como se dice en las escuelas, á pñori^ que es radicalmente falsa. — Vivámoslo. se UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTF1 j
-22- La libertad de la ciencia supone por necesidad la libertad de pensa miento, de la cual es hija legítima, aunque, en cierto modo, de peor condición que su madre. ¿Pero á qué se reduce la libertad de pensa miento tan cacareada por el racionalismo antirreligioso y de la cual tan enormemente se abusa? Distínguense en el alma racional una porción de actos, modificaciones ó estados, cuyo análisis y deter minación es harto difícil, y en este momento se nos haría demasia do enojoso, pero de los cuales sabemos todos lo suficiente para diri mir la cuestión que se ventila. Recíbese la impresión, concíbese la idea, verifícase la percepción; y según lo que de estos elementos resulta se forma el juicio. Pues bien; téngase presente cuántas ideas se ocurren sin ningún esfuerzo de la inteligencia y sin que la vo luntad tome parte alguna; y sobre todo cuántas impresiones se re ciben sin buscarlas y sin poder dejar de recibirlas; y de este modo se verá muy claro que, aúnen los casos en que hay necesidad de ejercitar las fuerzas del espíritu de una manera reflexiva, analizan do, comparando y combinando, para llegar á una conclusión dedu cida según las leyes del raciocinio, el juicio que formamos no es siempre el resultado de nuestra libre elección, sino por el contrario las más de las veces lo determinan los datos que al entendimiento se presentan independientemente de la voluntad. Y aun sucede que la voluntad libre no puede ejercer á veces influencia alguna en la formación del juicio, porque hay proposiciones cuya evi dencia se impone, y tan pronto como son enunciadas ó se pre sentan á la razón las ideas correspondientes á los términos con que se enuncian, la razón las abraza con tal firmeza que se hace imposible obligarla a que las rechace. En vano nos esforzaríamos por persuadirnos á nosotros mismos de que tres y dos no son más que cuatro; de que la parte es mayor que el todo; de que las tinie blas son luz y la luz tinieblas, y así de otras verdades ya del orden puro de las ideas, ya también del de los hechos. ¿A quése reduce, pues, vuelvo á preguntar, la tan cacareada libertad del pensamiento? A que el alma humana puede ejercitar su actividad pensadora en estos ó los otros objetos, libremente escogi dos entre los infinitos que pueden ser objeto de la misma; puede
— 2§ — buscar de intento impresiones de un género determinado y evitar las de otro; puede aceptar sin examen ideas que se le presentan con apariencias seductoras, y rechazar otras que atentamente examinadas serían más aceptables; puede en aquellos mismos asuntos en que tiene lugar la meditación y el discurso, pero cuya evidencia no se impone, escoger, entre varias conclusiones, la que más le plazca; puede, para legitimar la elección, llamar en su au xilio á las pasiones que ejercen en estos casos una influencia gran dísima y casi siempre funesta; puede cerrar los ojos á la luz y acu mular sombras hasta sobre verdades clarísimas. Y es preciso reco nocer también que este poder es superior á todos los demás poderes humanos, en cuanto ninguno de estos puede arrebatárselo, ni so breponérsele, ni contrarrestarlo más que de una manera indirecta y poco eficaz: que el pensamiento del hombre encerrado en estrecha cárcel y cargado de pesadas cadenas, puede, sin embargo, remon tarse á las más grandes alturas y extenderse por todos los espacios; y la fuerza material del mundo entero empleada contra un solo hombre, no será capaz de hacerle pensar de diferente modo. — No negaré tampoco que este campo que queda á la libertad del pensa miento humano es vastísimo, pero... aquí precisamente es donde de bemos fijar nuestra atención para reducirle á sus verdaderos, lími tes. — Este es su poder material, digámoslo así, por más que se trate de cosas del espíritu, pero no es su poder legítimo. Uno es que el hombre pueda pensar como quiera y lo que quiera en much<)s ca sos y respecto de muchos asuntos, y otro es que tenga derecho para pensar como quiera y lo que quiera. Contra la verdad y contra el bien habrá poder, pero nunca habrá derecho, y en la confusión de estas dos cosas está toda la fuerza de los fanáticos defensores de la libertad ele pensamiento. Mísero y despreciable sofisma, que no merece siquiera los honores de una refutación seria. Si el tránsito del poder al derecho fuera legítimo ¿por qué se quejarían los sabios librepensadores de que el poder público les hiciese descender de la cátedra y tratase de enfrenar con férrea mordaza, no ya solo la len gua que destila veneno, sino cualquiera que no habla á su gusto? Si el tránsito del poder al derecho es legítimo en el orden del pense UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOST®