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La cultura africanista en el Ejército español (1909-1975)

Iglesias Amorín, Alfonso

Abstract

La mentalidad militar española del siglo XX no puede entenderse sin el componente del “africanismo”. Los intereses económicos, estratégicos y de otra índole en el norte de África propiciaron desde el siglo XIX un interés cada vez mayor por la colonización de Marruecos que se materializó en 1912 con el establecimiento del Protectorado español. Este territorio se iba a convertir en la práctica casi en un “feudo” de los militares, un territorio en el que podían ejercer su poder sin apenas intromisión de los políticos. Este entorno fue muy favorable para que se generasen mentalidades diferenciadas en buena parte de los hombres que allí servían. Así, el término africanismo, que se había usado para referirse a los individuos que defendían los intereses españoles en el norte de África, pasó a emplearse sobre todo para lo relacionado con esta mentalidad militar. Habitualmente se ha asimilado el concepto “africanismo” a una ideología ultraconservadora y a ideas políticas antidemocráticas, compartidas por oficiales que ansiaban hacer una rápida carrera militar basada en “méritos de guerra”, y que compartían prácticas y discursos violentos enraizados en la experiencia bélica. Tras clarificar conceptualmente el concepto de “africanismo”, este artículo explora el impacto a largo plazo de esa mentalidad militar en la historia de España.

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La cultura africanista en el Ejército español (1909-1975) The Africanist Culture in the Spanish Army (1909-1975) Alfonso Iglesias Amorín Universidade de Santiago de Compostela [email protected] Recibido: 25-IV-2016 Aceptado: 5-IX-2016 Resumen La mentalidad militar española del siglo XX no puede entenderse sin el componente del “africanismo”. Los intereses económicos, estratégicos y de otra índole en el norte de África propiciaron desde el siglo XIX un interés cada vez mayor por la colonización de Marruecos que se materializó en 1912 con el establecimiento del Protectorado español. Este territorio se iba a convertir en la práctica casi en un “feudo” de los militares, un territorio en el que podían ejercer su poder sin apenas intromisión de los políticos. Este entorno fue muy favorable para que se generasen mentalidades diferenciadas en buena parte de los hombres que allí servían. Así, el término africanismo, que se había usado para referirse a los individuos que defendían los intereses españoles en el norte de África, pasó a emplearse sobre todo para lo relacionado con esta mentalidad militar. Habitualmente se ha asimilado el concepto “africanismo” a una ideología ultraconservadora y a ideas políticas antidemocráticas, compartidas por oficiales que ansiaban hacer una rápida carrera militar basada en “méritos de guerra”, y que compartían prácticas y discursos violentos enraizados en la experiencia bélica. Tras clarificar conceptualmente el concepto de “africanismo”, este artículo explora el impacto a largo plazo de esa mentalidad militar en la historia de España Palabras clave: Africanismo, Ejército español, Siglo XX. Abstract The Spanish military mentality in the twentieth century cannot be understood without the component of “Africanism”. Since the nineteenth century, economic, strategic and other interests in Northern Africa led to a growing interest in the colonization of Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 DOI: 10.14198/PASADO2016.15.04 Morocco, which materialized in 1912 with the establishment of the Spanish Protecto - rate. This territory became in fact a “stronghold” of the military, a territory where they could exercise their power with little interference from politicians. It favored the emergence of a distinctive mentality among a good number of men serving in this environment. Thus, the term “Africanism”, which had been so far used to refer to individuals who defended Spanish interests in North Africa, turned out to be used mainly to refer to this military mentality. Usually, the term “Africanism” has been traditionally used to refer to ultraconservative ideology and antidemocratic political ideas, then shared by officers eager to achieve military promotion on the basis of war merit. They also shared violent practices and ideals rooted in their war experience. After clarifying the concept of “Africanism”, this article explores the long-term impact of this military mentality in Spanish history. Keywords: Africanism, Spanish Army, 20th Century. Introducción: una palabra con muchos matices El término “africanista”, que estrictamente define al estudioso de cualquier ma - teria relacionada con África, se usó desde mediados del XIX para referirse a quienes defendían intereses de España en el norte de África (ya fuesen comerciales, estratégicos o de otra índole) y buscaban la implicación del Estado para hacer posible su realización. Ya en el siglo XX, su significado fue de nuevo reducido para referirse a una determinada élite militar forjada en las campañas de Marruecos1. Ante las habituales confusiones entre estas dos acepciones, María Rosa de Madariaga ha diferenciado entre “africanistas” y “africanomilitaristas” en el seno del Ejército. El primer grupo incluiría militares como el teniente coronel Gabriel Morales, el coronel Emilio Blanco Izaga o los altos comisarios José Ma - rina y Francisco Gómez Jordana, cuyas actuaciones y opiniones sobre Marrue - cos estaban en la línea de los africanistas del XIX: mayor respeto por la población marroquí, un amplio conocimiento de la realidad social y cultural del Protectorado y preferencia por las soluciones pacíficas. Los “africanomilitaristas”, como Francisco Franco, José Sanjurjo, Emilio Mola, José Millán-Astray o Juan Yagüe, se caracterizaron en general por el objetivo de una rápida carrera militar, menor cultura e ideas políticas antidemocráticas2, y su aportación sería fundamental para el bando sublevado durante la Guerra Civil. Sebastian Bal - four y Pablo La Porte han establecido una división similar, aunque englobando a todos estos militares dentro del término “africanistas”, y distinguiendo den- Alfonso Iglesias Amorín 1. VILLALOBOS, Federico, El sueño colonial. Las guerras de España en Marruecos, Barcelona, Ariel, 2004, p. 55. 2. MADARIAGA, María Rosa, Los moros que trajo Franco. La intervención de tropas coloniales en la Guerra Civil Española, Barcelona, Editorial Martínez Roca, 2002, p. 44. 100 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 tro de ellos a los “civilistas”, con Marina y Jordana a la cabeza, que creían más en la labor pacífica y que entre 1913 y 1918 controlaron la Alta Comisaría, el máximo órgano de la administración española en el Protectorado3. El término “africanista” en este sentido más amplio se ha contrapuesto al de “juntero”, que hacía referencia a los miembros y militares afines a las Juntas de Defensa. Desde estas asociaciones se consideraba injusto el trato de favor a los que ascendían rápidamente en Marruecos, abogando porque se pusiera fin a las recompensas por méritos de guerra y se volviese a los ascensos por antigüedad4. La dualidad se estableció sobre todo por los enfrentamientos de 1921 y 1922, pero los límites entre ambos grupos eran difusos, y hubo militares, como José Riquelme, que se podrían incluir en ambos. El africanismo se convirtió en una tendencia con cierta influencia en la política española desde la Guerra de África de 1859-18605, pero su relevancia en el Ejército fue marginal, y apenas aparecen militares entre los africanistas más destacados del siglo XIX (Francisco Coello, José Gómez de Arteche, Julio Cervera, Felipe Ovilo o Emilio Bonelli serían los principales)6. Sin embargo, tras la guerra de Melilla de 1893 y la derrota en Cuba en 1898, con la repatriación de una numerosa oficialidad colonial, Marruecos se convertía en una interesante opción para quienes querían seguir realizando una rápida carrera militar y obtener ascensos por méritos de guerra. En este contexto, el debilitamiento del Imperio marroquí tras la muerte del sultán Muley Hassán en 1894 abriría la puerta a un mayor intervencionismo de las potencias europeas en Marruecos, especialmente de España y Francia. El Protectorado marroquí: Un “feudo” de los militares en el que surgió una nueva mentalidad La Guerra del Barranco del Lobo en 1909 y el establecimiento del Protectorado español desde 1912 cambiaron totalmente la situación, pues España comenzó a tener una presencia militar permanente fuera de las fronteras de Ceuta y La cultura africanista en el Ejército español 3. BALFOUR, Sebastian y LA PORTE, Pablo, “Spanish Military Cultures and the Moroccan Wars, 1909-36”, en European History Quarterly, vol. 30 (2000). 4. ALONSO IBÁÑEZ, Ana Isabel, Las Juntas Militares de Defensa (1917-1922), Madrid, Ministerio de Defensa, 2004. 5. También en el plano cultural y mental, como una manifestación de lo que Edward Said definió como orientalismo: SAID, E.: Orientalismo, Madrid, Debate, 2002 (original de 1978). Sobre este término y sus implicaciones también hay un intenso debate que desborda las intenciones de este artículo. 6. Para la contextualización del africanismo Vid. PEDRAZ MARCOS, Azucena, Quimeras de África. La Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas: el colonialismo español a finales del siglo XIX, Polífemo, Madrid, 2004. 101 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 Melilla, los contingentes desplegados crecieron y el Ejército iba a ser el principal administrador de ese territorio. Estos aspectos generaron un entorno favorable para que dentro de las fuerzas armadas se formase una “cultura africanista” y creciese la brecha entre la sociedad civil (que en su mayoría no comulgaba con las luchas en Marruecos) y un Ejército que se iba a sentir a menudo poco arropado, minusvalorado y escasamente reconocido en una labor que consideraba fundamental para el país. Por tanto, es desde la década de 1910 cuando podemos hablar del africanismo como una mentalidad diferenciada dentro del Ejército. Una mentalidad con algunas características comunes que compartían la mayor parte de sus miembros, aunque también muy heterogénea, por lo que se pueden encontrar en ella diferentes ideologías, concepciones contrapuestas de cómo gestionar el Protectorado o actitudes muy variadas hacia la guerra y hacia el enemigo. Una característica común de los africanistas era su permanencia voluntaria en África, algo claramente diferenciador cuando la mayor parte de la oficialidad y todavía más de la tropa intentaba eludir ese destino. Aunque las motivaciones podían ser varias, resulta evidente que la búsqueda de beneficios personales, como condecoraciones y mejores salarios, estaba a la orden del día, y solo entre 1909 y 1913 se concedieron 132.925 condecoraciones y 1.587 ascensos “por méritos de guerra”7. Unas cifras abrumadoras que avalan el argumento de que las campañas de esta etapa se emprendieron más por el deseo de los militares que por motivos estratégicos o comerciales8. Sin embargo, no todos los que estaban voluntariamente en Marruecos eran africanistas, y el artillero Antonio Cordón, en sus valiosas memorias, señalaba que en su círculo distinguían entre africanistas y “caponíferos”; los primeros buscaban hacer carrera allí, mientras que los segundos evitaban el combate y solo querían vivir bien y cobrar9. Aún así, no todas las motivaciones eran tan “materialistas”, y podían existir una predilección por Marruecos, un fuerte patriotismo, deseos aventureros, o el interés por dejar atrás otro tipo de vida y empezar de nuevo, entre otras. Otra particularidad que distingue a los africanistas de los militares peninsulares está relacionada con los conocimientos sobre tácticas militares especialmente adaptadas a una guerra colonial en un territorio geográfica y climatológicamente bastante complicado. Esto ayudó a generar una conciencia basada en Alfonso Iglesias Amorín 7. PANDO, Juan, Historia secreta de Annual, Barcelona, Altaya, 2008, p. 41. 8. Por ejemplo MORALES LEZCANO, Víctor, El colonialismo hispano-francés en Marruecos (1898-1927), Universidad de Granada, Granada, 2002, p. 165. 9. CORDÓN, Antonio, Trayectoria (Recuerdos de un artillero), Colección Ebro, París, 1971, p.74. 102 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 un estilo de vida y un sentido de la profesión diferentes, que provocaba un sentimiento de superioridad. También consideraban Marruecos como una escuela práctica del Ejército, la única en la que éste podía curtirse en combate real, y por ello a menudo veían con recelo a los militares que no habían pasado por dicha escuela10. Por otro lado se generaron fuertes lazos de camaradería y lealtad entre ellos, incrementados por compartir la experiencia de guerra. La mentalidad africanista no se entiende sin una vocación colonial, sin un sentimiento de estar a gusto en ese entorno. La oficialidad destinada en Marrue - cos gozaba de un poder y una libertad a los que no podrían optar en la Penín - sula. El Protectorado se convirtió en su feudo, a pesar de los intentos de la clase política por darle una orientación más civil. Como ha señalado Gabriel Cardona, buena parte de la oficialidad destinada en el Protectorado se sentía cómoda en aquel territorio, “organizado como un gran campamento, sin oposición política ni opinión civil”11. Ramón Criado destacó que esta idiosincrasia es la que de verdad define al militar africanista, más que su apego afectivo a una tierra o a unos intereses materiales, pues en África, a diferencia de otras regiones, el militar no poseía bienes inmobiliarios ni más familia que la que lo acompañase en sus destinos. Pero era en ese entorno en donde de verdad se sentía valorado y donde se aceptaba su autoridad también fuera de los cuarteles, por eso a menudo el retorno a la Península significaba “el derrumbamien- to de su seguridad, el ahogo en la mediocridad y el aislamiento en sus barrios donde solo se tratan familias de militares, manteniendo las jerarquías y las relaciones de los cuarteles”12. Éste es un aspecto fundamental, y hablar solo de sueldos y ascensos como se hace a menudo resulta una simplificación claramente errónea. A estos aspectos se sumaba la creencia en una “misión” trascendental para la patria 13, ya fuera por argumentos geopolíticos (como el reiterado miedo a quedar rodeada por Francia) u otros más etéreos relacionados con la “gloria nacional”, el resurgir del Imperio o las presuntas virtudes marciales de la raza hispana, que enlazaban con una fuerte conciencia patriótica española. En el plano ideológico, predominaba el pensamiento conservador, siendo frecuente la orientación de extrema derecha. Esto se complementaba con una visión negativa del sistema parlamentario y la política en general, que se convertía en animadversión respecto a fuerzas como el anarquismo o el socialismo. La cultura africanista en el Ejército español 10. Vid. por ejemplo FRANCO, Francisco, Diario de una bandera, Doncel, Madrid, 1976, p. 71. 11. CARDONA, Gabriel, El problema militar en España, Madrid, Albor, 2005 p. 129. 12. CRIADO, Ramón, Sáhara, pasión y muerte de un sueño colonial, París, Ruedo Ibérico, 1977, p. 29. 13. BALFOUR, Sebastian y LA PORTE, Pablo, “Spanish Military Cultures.., p. 312. 103 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 Tanto la Guerra de Cuba como las campañas de Marruecos hicieron visible el antimilitarismo de estos grupos, aumentando los recelos en un Ejército que sobre todo a partir de la Semana Trágica los comenzó a comparar con los enemigos exteriores. La continuidad de la guerra no hizo sino ampliar estas divergencias, y desde 1917 con la Revolución Rusa se añadió el miedo al bolchevismo, que como iremos viendo se convirtió en otro elemento básico del pensamiento africanista. Finalmente, podemos apuntar que, aunque el rechazo a la sociedad civil se orientaba fundamentalmente a esos sectores de izquierda, había un lamento general por la indiferencia y rechazo de la mayor parte de la opinión pública a la colonización, que Emilio Mola achacaba al “disparate” de educar a las masas en una “engañosa teoría pacifista”14. La vertiente más militarista del africanismo compartía estas características generales, pero añadía otras que nos permiten hablar de un subgrupo diferenciado, destacando su defensa de la guerra a ultranza y de que el control del Protectorado solo se podía conseguir sometiendo a las cabilas. Manifestaban un cierto deseo imperialista que hacía obligada la conquista, aunque alegasen un presunto afán civilizador. Además de esta belicosidad, los africanistas militaristas tenían en general pocos reparos a la hora de emplear métodos muy violentos. A pesar de un habitual respeto por el enemigo –al que conocían de primera mano y por tanto sin muchos de los prejuicios que tenía la mayor parte de la sociedad española–, la dureza de las campañas hizo que cada vez tuviesen menos impedimentos para tratarlo con extrema dureza. Se ha hablado a menudo también de la menor formación y cultura de los oficiales africanistas militaristas en comparación con otros grupos del Ejército15. Aunque encontramos evidentes excepciones, con oficiales doctos, que hablaban idiomas y con una formación variada –a veces incluso en el extranjero–, en general se presenta un desinterés por la cultura e incluso un rechazo hacia la intelectualidad. En este aspecto puede haber una cierta relación con la procedencia mayoritaria de las armas de Caballería e Infantería, cuyos miembros tenían una preparación técnica e intelectual inferior a las de Artillería o Estado Mayor, por ejemplo. Respecto a la ideología, al pensamiento conservador y un nacionalismo extremo había que añadir ideas políticas antidemocráticas, que permitían contemplar como normal la solución armada para enfrentarse a los problemas del país. Todo esto permitirá entroncar fácilmente con el fascismo, aunque en origen no exista una vinculación. Alfonso Iglesias Amorín 14. MOLA, Emilio, Dar Akobba: páginas de sangre, de dolor y de gloria, Madrid, Doncel, 1977 (original de 1924), p. 9. 15. Vid. por ejemplo MADARIAGA, María Rosa, Los moros que trajo Franco, p. 44. Madariaga ha sido criticada en obras de autores más conservadores por esta afirmación. 104 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 Finalmente, tenemos que referirnos a la fundación del Tercio de Extranjeros en 1920, porque este cuerpo, iniciativa personal del comandante José Millán- Astray, se iba a convertir en el cénit del pensamiento africanista militarista. Sus miembros –y especialmente sus mandos– compartían en general las características anteriores con mayor homogeneidad que cualquier otro cuerpo del ejército, añadiendo una exaltación de la muerte en combate, de la fuerza y la virilidad, llevando además la violencia contra el enemigo a un extremo que podía existir en el resto del Ejército, pero que no era la norma de una forma tan evidente –solo la oficialidad de Regulares compartía ideas similares al Tercio–. Entre los miembros de la Legión –no tanto entre sus oficiales– eran habituales los criminales, convictos o personas de oscuro pasado, siendo para mu - chos una vía de escape en la que no tenían que ocultar sus tendencias más problemáticas. El hecho de que el despliegue de este cuerpo se produjese poco antes del desastre de Annual, que supuso una importante brutalización de la guerra, fue un elemento favorable para que los mandos permitiesen las conductas más violentas. La Legión se haría famosa por sus masacres, incluso contra civiles, y generó una mística de la violencia asumida internamente y difundida sin pudor hacia la opinión pública. Uno de los aspectos más conocidos de la mentalidad legionaria es su visión mitificada de la muerte, que ocupaba un lugar central en el credo legionario incluyendo su lema de “viva la muerte”, y su importancia en el plano discursivo fue enorme. No obstante, es fundamental que nos preguntemos si esa mitificación era un recurso para motivar a las tropas y “de cara a la galería”, o si realmente estaba interiorizada por los soldados. Aunque las muchas crónicas y relatos favorables a la Legión refrendan esa perspectiva, llegando a lo que López Barranco ha definido como un “necrófilo deseo de morir” 16; si analizamos relatos de fuera nos encontramos a menudo con la sensación opuesta. Sirvan como ejemplo dos referencias al fundador de la Legión, José Millán-As - tray, famoso por sus “heridas de guerra” y exaltado por los hagiógrafos del Tercio como un valiente sin miedo a la muerte: El general Batet señalaba en uno de sus informes: Compárense estas conductas con la del teatral y payaso Millán, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehúye su puesto (el coronel Serrano Oribe del 60 y el Gral. Berenguer Don. Federico pueden dar fe de ello si quieren estar bien con su honor y su conciencia) y explota de la manera más inicua una heri- La cultura africanista en el Ejército español 16. LÓPEZ BARRANCO, Juan José, El Rif en armas. La narrativa española sobre la guerra de Marruecos (1859-2005), Madrid, Mare Nostrum, 2006, p. 349. 105 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 da que en cualquier otro hubiera sido leve y por condescendencia del médico llega a ser grave y le cuesta al Estado 9.135,00 pts. El Comte. Sánchez Recio puede hablar de esto, pues fue testigo presencial de escenas verdaderamente cómicas17. En una línea de desmitificación similar, Antonio Cordón recordaba en sus me - morias que había visto a Millán Astray en la camilla después de ser herido Na - dor “pálido y callado, y no dando gritos de “¡Viva la Legión!” como inventaron luego sus numerosos amigos y jaleadores, los periodistas que llevaba siempre como cortejo“18. Pero también reconocía la gran habilidad de Millán Astray para la propaganda, que favoreció la popularidad de su unidad militar, y que se complementaba con unos símbolos, liturgia y actos teatrales pensados al detalle19. Como afirmaba Ernesto Giménez Caballero: “les han envuelto en tal aura romántica, que sin querer inspiran atracción estos hombres, aunque muchos de ellos no son más que pobres diablos”20. Éstos y otros testimonios nos hacen dudar de la mentalidad real de los legionarios y huir de estereotipos. Algunos serían más temerarios, y el Tercio se caracterizó por sus numerosas bajas y por combatir en vanguardia, pero que esa exaltación de la muerte estuviese interiorizada por la mayoría de sus miembros resulta algo poco creíble. Lo que está claro es que formar parte de la Legión era una experiencia que difícilmente no condicionaba las formas de pensar y actuar. El propio Antonio Cordón reflejaba en sus memorias algunos de estos cambios: A algunos oficiales que yo había conocido antes de que se alistaran en la Legión los vi después convertidos en otros hombres moralmente distintos, jactanciosos, chulos, bebedores la mayoría, siempre alardeando de valientes (a ellos, según su expresión, “no se les ladeaba el gorro al oír silbar las balas”) de crueldad con el enemigo y con sus propios soldados, pletóricos de una desenfrenada ambición de ascensos y recompensas21. Las malas relaciones de la Legión con otras unidades derivaron en buena medida de estas actitudes, a las que se añadía una clara sensación de superioridad y un fanatismo difícil de encontrar en el resto del Ejército. Alfonso Iglesias Amorín 17. RAGUER, H., El General Batet, Barcelona, Publicacions de l’abadia de Monserrat, 1994, p. 65. 18. CORDÓN, Antonio, Trayectoria..., p. 88. 19. MADARIAGA, María Rosa, Los moros que trajo Franco, p. 46. 20. GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto, Notas marruecas de un soldado, Planeta, Barcelona, 1983 (original de 1923), p. 48. 21. CORDÓN, Antonio, Trayectoria..., p. 87. 106 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 El desastre que lo cambió todo En 1921 tuvo lugar el desastre de Annual, la mayor derrota colonial de una potencia europea en territorio africano, saldada con alrededor de 10.000 militares españoles muertos y la pérdida de casi toda la región oriental del Pro - tectorado, que había costado varios años ocupar. La debacle supuso un enorme impacto para la sociedad española y para el régimen político de la Restaura - ción, que nunca se recuperó del tremendo golpe sufrido. Pese a que pueda parecer contradictorio, el desastre reforzó a un africanismo que cada vez estaba más consolidado como una mentalidad diferenciada dentro del Ejército. Aunque era obvio que en los africanistas recaía buena parte de la responsabilidad del desastre, su participación en la costosa recuperación del terreno perdido hizo que crecieran las simpatías de buena parte de la sociedad y sus apoyos entre los políticos. La idea de que el Ejército de África podía ser el futuro salvador de una patria en decadencia se extendía cada vez más, sobre todo entre sectores conservadores. Pero aún así muchos oficiales africanistas se sentían incomprendidos por unos políticos inoperantes y una sociedad que no parecía entender el valor de su sacrificio. Franco señalaba en su Diario de una bandera que el país vivía apartado de la acción del Protectorado y miraba con indiferencia los sacrificios de un Ejército que día a día pagaba su “tributo de sangre”, y esa insensibilidad generaba una insatisfacción interior de la oficialidad22. El desastre también cambió la percepción del enemigo y la forma de hacer la guerra. Sin embargo, en nuestra opinión no se puede hablar de una nueva imagen del moro, que ya históricamente se había considerado cruel y traidor, y cuyas prácticas violentas en campaña eran bien conocidas; ni de una nueva forma de hacer la guerra, pues muchos testimonios recogen una violencia extrema empleada por el Ejército español con anterioridad al desastre. Un buen ejemplo fue la “guerrilla de la muerte”23, un grupo de penados mandados por el capitán Francisco Ariza en la campaña de Melilla de 1893. Famosos por sus rifles no reglamentarios, sus navajas de muelle de Albacete o sus colecciones de miembros amputados al enemigo, gozaron de bastante “buena prensa” hasta que la mutilación de un confidente moro supuso su disolución y el fusilamiento de José Farreny, que la había perpetrado, un hecho que en su momen- to generó un importante debate. La cultura africanista en el Ejército español 22. FRANCO, Francisco, Diario de una bandera..., p. 71. 23. Denominada así cuando el pueblo fue conociendo sus “correrías nocturnas”. GUERRERO, Rafael, Crónica de la Guerra del Riff, Maucci, Barcelona, 1895, p. 271. 107 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 por una actuación que también afectó a la población civil. Las discrepancias del resto del Ejército con los métodos africanistas se reflejaron en los enfrentamientos de Yagüe con el general López Ochoa, al que acusó de dar un “trato humanitario” a los rebeldes y al que amenazó por haber aceptado pactar con éstos que la Legión y los Regulares fuesen en retaguardia44, así como por ordenar fusilar algunos legionarios y al menos seis moros de Regulares por desmanes cometidos, que incluyeron la decapitación y diversas mutilaciones a presos, así como violaciones, asesinatos y saqueos45. El embrutecimiento del Ejército en las guerras coloniales comenzaba a notarse fuera de éstas, en lo que iba a ser un claro precedente de la Guerra Civil, como también lo fue el papel de Franco, que consolidó su imagen de líder entre los africanistas y la derecha española, que vio además al Ejército como un posible salvador de la patria contra el “desorden” de la República46. Ideologías coloniales para una Guerra Civil Lo que acabamos de ver en la represión de la Revolución de Asturias se repitió a gran escala desde 1936 en la Guerra Civil. Un conflicto total en el que uno de los bandos en liza estaba encabezado por lo más destacado de la oficialidad africanista, y movilizó a miles de soldados del Ejército de África (incluyendo marroquíes) para luchar en la Península, lo que hizo que la Guerra Civil adquiriese rápidamente aires de campaña colonial47. En principio, las tácticas usadas en Marruecos funcionaron bien en la primera fase de la guerra en zonas como Andalucía o Extremadura, pero se mostraron ineficaces al llegar a Madrid y en general las tropas africanas no estaban preparadas para la guerra urbana, lo que obligó a incorporar nuevas estrategias. Lo que sí se mantuvo durante toda la guerra fue el alto nivel de violencia que se había convertido en algo estructural en Marruecos. Ya en las primeras Alfonso Iglesias Amorín 44. Según varios autores llegó a encañonarlo con su pistola, por lo que estuvo a punto de ser procesado. ARCE, Carlos de: Historia de la Legión Española, Barcelona, Mitre, 1984, pp. 199-201; 45. Para uno de los mejores testimonios sobre las atrocidades véase la investigación del diputado Félix Gordón Ordás, en GARCÍA GÓMEZ, Emilio, Asturias 1934. Historia de una tragedia, Zaragoza, Pórtico, 2009, p. 347 y ss. 46. La derecha no tuvo en cuenta los diversos militares republicanos que lucharon también para sofocar la revuelta: CARDONA ESCANERO, Gabriel, El problema militar..., p. 164. 47. Según Balfour llegaron a movilizarse 78.504 marroquíes en el Ejército sublevado, casi la décima parte de la población del Protectorado: BALFOUR, Sebastian, Abrazo mortal: De la guerra colonial a la Guerra Civil en España y Marruecos (1909-1939), Barcelona, Península, 2002, p. 570. 114 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 horas de la sublevación en Marruecos fueron fusilados numerosos militares favorables a la República, evidenciando que además de la victoria se buscaba la eliminación física del enemigo. Esto se generalizó pronto a todo el territorio español, demostrando nuevamente que se estaba más cerca de las dinámicas de una guerra colonial. Al igual que en Asturias en 1934, las tropas de la Legión y los Regulares fueron las que dejaron más muestras de su brutalidad, en lugares tan alejados como Asturias, Cataluña, Extremadura o Andalucía48. El caso más paradigmático fue el de Badajoz, donde hubo asesinatos, saqueos, violaciones y castraciones, probadas por las fotografías que hicieron oficiales alemanes de los cadáveres amputados con los genitales en la boca, una práctica que había sido habitual en el desastre de Annual y que había indignado a la opinión pública. Franco ordenó que se detuvieran estos rituales moros por el impacto propagandístico que generaban, aunque nunca cesaron del todo49, y no podemos saber si el líder de los sublevados censuraba esta práctica o solo le preocupaba que se hiciese pública. Muchos mandos permitieron y fomentaron estas actuaciones, llegando incluso a la normalidad y orgullo con la que Queipo de Llano se refería por radio a las violaciones: Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombres. De paso, también, a las mujeres de los rojos; que ahora, por fin, han conocido hombres de verdad, y no castrados milicianos. Dar patadas y berrear no las salvará50. También hay diversas pruebas de que mandos sublevados consentían el pillaje, habiendo incluso testimonios de mercadillos montados por los Regulares para vender objetos robados, como sucedió en Córdoba51. Con estos elementos se puede afirmar que la experiencia colonial en Ma - rruecos influyó directamente en la Guerra Civil, no solo por el importante aporte militar del Protectorado, sino por la persistencia de una mentalidad forjada al calor de una larga y dura experiencia bélica. Incluso para veteranos que nada tuviesen de africanistas, el haberse acostumbrado a una violencia brutal en la campaña colonial haría más fácil reproducir esa misma violencia en un escena- La cultura africanista en el Ejército español 48. Vid. por ejemplo SOLÉ I SABATÉ, Josep María; VILLARROYA, Joan, “Mayo de 1937 - abril de 1939” en JULIÁ, Santos (coord.), Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, Temas de Hoy, 1999, pp. 193 y 234. Se da cuenta de soldados de Regulares ejecutados por cometer asesinatos y violaciones. 49. REIG TAPIA, Alberto, Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu, Alianza, Madrid, 1994 p. 114. 50. MARTÍN MÁRQUEZ, Susan, Desorientaciones. El colonialismo español en África y la performance de identidad, Bellaterra, Barcelona, 2011, p. 234. 51. MORENO, Francisco, “La represión de la posguerra” en JULIÁ, Santos (coord.): Víctimas de la Guerra..., p. 343. 115 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 rio diferente. Por otro lado, esta campaña rompió la distinción entre el hogar y el frente, y toda la población comprobó los horrores de la guerra. Naturalmente, por muy favorables al uso de la violencia que fuesen algunos militares del bando sublevado, la propaganda no podía permitirse ensalzar los actos atroces como hacía Queipo de Llano, y se culpaba al enemigo, al “terror rojo”, de lo peor de la guerra, en buena medida gracias a la manipulación y la censura. Por otra parte, había que vencer los recelos a la utilización de tropas marroquíes en territorio peninsular, aunque para los africanistas el moro había dejado de ser un enemigo para convertirse en un importante aliado, incluso un “hermano”. Algunos oficiales africanistas lucían orgullosos símbolos marroquíes, como el coronel José Enrique Varela, que durante toda la guerra continuó llevando la chilaba de los Beni Urriaguel; o los arengaban con gritos de “¡Viva Marruecos!” o “¡Viva el sultán!”, como el comandante Tomás García Figueras52. Para el resto de la población, se hicieron carteles en los que aparecían positivamente retratados, en la prensa se ensalzaba su disciplina y sus valerosas acciones o se publicaron ensayos en los que se defendía su nuevo papel recurriendo incluso a justificaciones históricas53. Después de siglos siendo el enemigo, esta imagen del “moro amigo” más positiva que nunca se mantendría tras la victoria sublevada54. El africanismo como ideología dominante: la dictadura La victoria de los sublevados en la Guerra Civil llevó a sus principales oficiales, especialmente a Francisco Franco, a gobernar España. Así el pensamien- to africanista se convertía en dominante, en una peculiar imbricación con el fascismo, el nacionalcatolicismo y otros pensamientos conservadores, dando lugar a la ecléctica ideología franquista. El Ejército fue uno de los pilares del régimen y su militarismo y exaltación de la guerra convirtió las campañas de Marruecos en un modelo de virtud y heroísmo, destacando la Legión y sus líderes, que se erigieron en ensalzados referentes para el nuevo Estado. El fin de la guerra no supuso el fin de la represión, y algunas unidades del Ejército de África se mantuvieron en la Península, sobre todo para luchar contra la guerrilla. El régimen aprovechaba el miedo que estas tropas generaban para desmotivar a una resistencia con la que no se tuvieron escrúpulos. Alfonso Iglesias Amorín 52. MADARIAGA, María Rosa, Los moros que trajo Franco, pp. 84 y 348. 53. Entre estos últimos destacó ASÍN PALACIOS, Miguel, “Por qué lucharon a nuestro lado los musulmanes marroquíes”, Madrid, 1940. 54. Vid. MARTÍN CORRALES, Eloy, La imagen del magrebí en España, Barcelona, Bellaterra, 2002. 116 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 La política española se vio claramente influida por el pensamiento africanista, y también el discurso, como se aprecia en la historiografía franquista. De hecho, su autor más prolífico respecto a Marruecos fue Tomás García Figueras, militar e investigador incansable que dejó una vasta colección bibliográfica y documental sobre la historia de Marruecos y el Protectorado español55. El suyo sería un ejemplo de africanista según todas las definiciones del término. Entre las principales características de la historiografía franquista podemos destacar un omnipresente paternalismo hacia el pueblo marroquí dominado; una visión anticomunista que sitúa a este enemigo en las principales luchas del país, incluida la de Marruecos; constante exaltación del Ejército; minimización de la oposición popular a las campañas y exageración del apoyo a las mismas; duras críticas a los partidos de izquierda por hipotecar la acción en África, al impedir disponer de los medios necesarios; duras críticas a franceses e ingleses por los agravios contra España; así como a los políticos liberales y republicanos por su incompetencia y desidia; o un tratamiento ensalzador y acrítico de la labor española en Marruecos. También se incrementó la presencia del mito andalusí en el discurso de los militares africanistas, utilizado para incrementar la legitimidad de España y para que los españoles fuesen vistos como alguien “de casa”56. Este pensamiento africanista, institucionalizado hasta el punto de que podemos hablar de un “africanismo de Estado”, se intentó inculcar a la población a través de medios como la educación, con un papel importante para Marruecos en los manuales escolares57; o el cine, colaborando el Gobierno en la producción de películas como ¡Harka! (1941) o La llamada de África (1952), considerada como uno de los colofones del pensamiento africanista español. De todos modos, el pensamiento africanista fue cambiando como la propia dictadura para adaptarse al contexto interior e internacional, lo que nos permite distinguir entre tres etapas bien diferenciadas. La primera llegaría hasta 1945 y coincidiría con la II Guerra Mundial. En ella las circunstancias del conflicto favorecieron la aparición de un discurso en tono imperialista en el que se reclamaba con fuerza Gibraltar, territorios en La cultura africanista en el Ejército español 55. Actualmente sus fondos están depositados en la Biblioteca Nacional, en la que componen la sección África, con más de 6.000 volúmenes, 30.000 fotografías y muchos otros materiales. 56. Expresión de GIL BENUMEYA, Rodolfo, Andalucismo africano, Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1953, p. 124. Para un análisis de este discurso Vid. GONZÁLEZ ALCANTUD, José Antonio, Lo moro. Las lógicas de la derrota y la formación del estereotipo islámico, Barcelona, Anthropos, 2002, p. 188 y ss. 57. Vid. CASTILLEJO CAMBRA, Emilio, Mito, legitimación y violencia simbólica en los manuales escolares de Historia del franquismo, Madrid, UNED, 2008. 117 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 África e incluso en el sur de Francia58. Destacaron influyentes ensayos como Reivindicaciones de España, publicado en 1941 por José Areilza y Fernando Cas - tiella y que tuvo pronto una segunda edición. Son obras en las que se respira el sueño imperial del régimen, el deseo de que España se convierta en un poderoso Estado colonial, un cierto desdén hacia Inglaterra o Francia, una afirmación de la “españolidad” de Marruecos o una exaltación del desinteresado y generoso colonialismo español. Esta mentalidad estuvo a punto de llevar a la entrada de la dictadura en la II Guerra Mundial, pero la negativa alemana en Hendaya tuvo mucho que ver en la neutralidad59. Al final, estas esperanzas de reavivar las viejas glorias imperiales solo se materializaron en la ocupación de Tánger entre 1940 y 1945, y el resto de proyectos se mostraron como completamente irreales. De todos modos, las ideas imperialistas no eran compartidas por todo el africanismo, al menos de cara a la opinión pública, y muchos mantuvieron el discurso del Protectorado fraternal y la ayuda desinteresada60, que será casi el único posible desde 1945. La victoria aliada daría lugar a una segunda etapa, en la que la retórica imperialista no desapareció, pero dejó de ser un programa que se quería llevar a cabo, para quedar reducida a un modo de idealizar las glorias pasadas de España. La oficialidad africanista moderó sus intervenciones, y la hermandad con el pueblo marroquí o el ensalzamiento de la obra protectora centraron un discurso que iba a servir para afianzar las relaciones con los países árabes, fundamentales para España en un contexto de aislamiento internacional. El régimen iba a usar el Protectorado como escaparate de su labor y como factor de prestigio, algo que llenaba de orgullo a los africanistas, que lo consideraban una obra suya. La moderación del discurso africanista no era contradictoria con la defensa de la “españolidad” de Marruecos, algo tan fuertemente implantado en los militares del Protectorado que a muchos les hacía difícil pensar en una posible independencia de Marruecos. Aun así, se dieron facilidades al nacionalismo marroquí que generaron discrepancias en el Ejército. La independencia de Marruecos en 1956 abriría la tercera y última etapa. Fue un durísimo golpe para el africanismo, que se iba a ver privado de su “joya de la corona”, del motivo mismo de su existencia, mucho antes de lo Alfonso Iglesias Amorín 58. Vid. por ejemplo CORDERO TORRES, José María, Aspectos de la misión universal de España, Madrid, Ediciones de la Vicesecretaría de Educación Popular, 1942, p. 17. 59. LOSADA MÁLVAREZ, Juan Carlos, Ideología del Ejército Franquista (1939-1959), Madrid, Istmo, 1990, p. 166. 60. Por ejemplo GARCÍA FIGUERAS, Tomás, Marruecos. La acción de España en el norte de África, Barcelona, Ediciones FE, 1939, p. 290. 118 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 esperado61. Para muchos de estos militares era un tema de honor personal, y resultaba muy difícil olvidar lo que había costado conquistar esa zona para perderla solo 30 años después. Por eso, 1956 fue uno de los años más complicados para la dictadura, pues dentro de uno de sus pilares, el Ejército, existía un notable rechazo a la retirada de Marruecos, y ésta produjo una crisis moral de la oficialidad. Franco entendía esa mentalidad, pero era consciente de que la independencia era inevitable. Su indudable africanismo, bien conocido en el Ejército, ayudó a limitar el disenso. Un africanista tan convencido como Muñoz Grandes definió el abandono de Marruecos una “acertada decisión” que “iba contra sus más arraigados sentimientos”62. A pesar del trauma que supuso la pérdida de Marruecos, y la repatriación de decenas de miles de soldados, el discurso del Ejército se modificó rápidamente, pasándose de una defensa de la “españolidad” de Marruecos a afirmar sin ambages que todo se había hecho preparándolo para su independencia. Este ejercicio de cinismo sería complementado con numerosos artículos y ensayos dominados por la nostalgia y la melancolía, en los que se decía adiós con tristeza a aquellas tierras, abandonadas con orgullo al considerar que se había cumplido con creces el deber civilizador. Solo un año después de la independencia de Marruecos la última guerra colonial de España, la de Sahara-Ifni, volvió a generar problemas internos en el Ejército sin que trascendieran a la opinión pública. El repliegue de los puestos interiores del Sahara, que dejaba a la población nativa a su suerte, generó debates entre la oficialidad que seguía en los territorios africanos y la que decidía la política a seguir desde la Península63, que cada vez parecía más alejada a pesar de sus orígenes africanistas. En 1958 los territorios del África Occidental Española eran convertidos en provincias españolas, en un claro intento por perpetuar su dominio, y la descolonización recomendada por la ONU fue respondida con que aquellos territorios no eran colonias64. Guinea y el Sahara eran las únicas posesiones que le quedaban a España, y el último refugio de los africanistas que querían seguir viviendo en un entorno como el La cultura africanista en el Ejército español 61. Franco reconoció en privado en enero de 1956 que a Marruecos le quedarían unos 25 años para estar preparado para la independencia. FRANCO SALGADO-ARAÚJO, Fran - cisco, Mis conversaciones..., pp. 188 y 201. 62. TOGORES, Luis Eugenio, Muñoz Grandes: Héroe de Marruecos, general de la División Azul, Madrid, La esfera de los libros, 2007, p. 401. 63. MANRIQUE GARCÍA y José María; MOLINA FRANCO, Lucas: Ifni-Sáhara 1958. San - griento combate en Edchera, Valladolid, Galland Books, 2008, p. 27. 64. Así lo afirmaba por ejemplo García Figueras respecto al Sahara: GARCÍA FIGUERAS, T.: La acción africana de España en torno al 98 (1860-1912). Tomo II, Madrid, CSIC, 1966, p. 427. 119 Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 15, 2016, pp. 99-122 que dio origen a su particular mentalidad. Aunque había militares como Carrero Blanco, que querían que la gestión de estos territorios fuese un asun- to político, otros como Muñoz Grandes insistían que debían ser cosa de los militares. El caso es que el peso del Ejército de África dentro del español siguió mermando, y quedó más como un recuerdo de otra época, aunque sobrevivió hasta casi el mismo final de la Dictadura en el Sahara Occidental, el lugar donde unos pocos miles de hombres conservaban la nostalgia del último sueño colonial español. La cultura africanista, pese a su relativamente corta existencia, fue una mentalidad con una influencia extraordinaria en el Ejército español del siglo XX. No solo cambió la forma en la que los militares veían la guerra y el colonialismo, sino que además tuvo una clara vertiente práctica que condicionó la presencia española en África y la propia política del país. Culminando con su consolidación como parte del pensamiento franquista, que fue el que definió el rumbo de España durante casi medio siglo. BIBLIOGRAFÍA ALONSO IBÁÑEZ, Ana Isabel, Las Juntas Militares de Defensa (1917-1922), Madrid, Ministerio de Defensa, 2004. 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