Tratado de la oración y meditación / por San Pedro de Alcántara
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BIBLIOTECA UNIVERSITARIA DE SANTIAGO 00052084 , DE ' ACIÓN Y MEDITACIÓN.
tr / t ^ do DE LA O«ACI<5 ix y medit ac ió pí POR S. PKDRO os DE LA ORDEN DE S. FRANCISCO T FJKDADOR DE LA REFORMA ALCANTARINA. (Con Jas licencias necesarias) SANTIAGO. Imprenta de E l E c o F iu n c is c a n o .
1 S. Erna. Urna, el C a i :¡> i ^ a l F a yá , A h zo bispo d e S a n t ia g o , .se ha digna lo conceder c ien dús d e ind : l - g en c ia A los que 'eyeren á lo niém s un capiliilo de este Tratado, por cada vez que lo hicieren. u se
cual, aunque no es más que una sola virtud, nos habilita y mueve á todas las otras virtudes, y es como un estí mulo general para todas ellas. Y si quieres ver como es verdad, mira cuán abiertamente lo dice San Buenaventura por estas palabras (i): «Si qitieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias des la vida^ se as hombre de oración. Si quieres alcan zar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigoseas hombre de oración. Si quieres mortificar tu pro pia voluntad pon todas sus aficiones y apetitos , seas hombre de oración. Si quie res conocer las astucias de Satanás y defenderte de sus engaños^ seas hombre de oración. Si quieres -oidir alegremente^ y caminar con suavidad por el ca mino de la penitencia y del trabajo^ se as hombre de oración. Si quieres ojear de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados., se as hombre de oración. Si la quieres sustentar con la grosura de la devoción^ (1) S. Bonav. de vita Christi.
jy traerla sieiHj>re llena ele buenos pen samientos 3' deseos, seas hombre de ora ción. Si quieres fortalecer j/ confirmar tu corasón en el camino de Dios, seas hombre de oración. Finalmente, si quie res desarraigar de tu ánima todos los vicios, 3' plantar en su lugar las virtu des, seas hombre de oración; porque en ella se recibe la unción, y gracia del Espíritu Santo, la cual enseña todas las cosas. Y demás de esto, si quieres su bir á la alteza de la contemplación,y gozar de los dulces abrazos del Esposo, ejercítate en la. oración, porque este es el camino por do sube el ánima á la contemplación y gusto de las cosas celes tiales. ¿.Ves, pues, de cuánta virtud y poder sea la oración"? Y para prueba de todo lo dicho (dejado aparte el testimo nio de las Escrituras Di-vinas), esto basta agora por suficiente probanza que habernos oído y visto, y vemos cada día muchas personas simples, las cuales han alcanzado todas estas cosas susodichas y otras mayores, mediante el ejercicio de la oración. Hasta aquí son palabras de San Buenaventura. Pues ¿qué tesoro, qué tienda se puede hallar más rica, ni
— 13 — más llena que ésta? Oye también lo que dice á este propósito otro muy re- ¿.•¡oso y santo Doctor (i) hablando de esta misma virtud: En la oracton se alínibia el ánima de los pecados, apa ciéntase la caridad, certijica.se la Je, fortalécese la esperanza, alegrase el esblritu, derritense las entrañas, P ur jJ ‘ " case el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, renuétanse los sentidos, reparase la vir tud enflaquecida, despídese la tibie za, consúmese el orín de los picios, y en ella no fallan centellas vivas de deseos del Cielo, entre las cuales arde la llama del divino amor. Granaos son Zas excelencias de la. oración, gran des son sus privilegios, á ella se d-esc ubren atentos los oídos de Dios, ksto basta agbfa para qué en alguna ma nera se vea el fruto de este santo ejer cicio. (1) ¿ Lorenzo Justiniano. In Ligno vita-: Dc orationc, eap. 2.
CAPÍTULO II. DE LA MATERIA DE LA MEDITACIÓN. de cu ? nto fruto sea !a ora ción y meditación, veamos agora cuales se z an las cosas que debe mos meditar. A lo cual se responde, que por cuanto este santo ejercicio se oidena á criar en nuestros corazo nes amor y temor de Dios, y guarda de sus Mandamientos, aquella será más conveniente materia de este ejercicio, que más hiciere á este propósito. Y aunque sea verdad que todas las co sas criadas y todas las espirituales sa gradas nos muevan á esto; pero, gene ralmente hablando, los Misterios de nuestra Fe (que se contienen en el Sím bolo, que es el Credo) son los más eficaces y provechosos para esto. Por
— 1 5 — que en él se trata de los beneficios di vinos, del Juicio final, de las penas del Infierno, y de la Gloria del Paraíso, que son grandísimos estímulos para mover nuestro corazón al amor y temor de Dios; y en él también se trata la Vida, y Pasión de Cristo nuestro Salvador, en la cual consiste todo nuestro bien. Estas dos cosas señaladamente se tra tan en el Símbolo, y estas son las que más ordinariamente rumiamos en la me ditación; por lo cual con mucha razón se dice, que el Símbolo es la materia propísima de este santo ejercicio, aun que también lo será para cada uno lo que más moviere su corazón al amor y temor de Dios. Pues según esto, para introducir á los nuevos y principiantes en este ca mino (á los cuales conviene dar el man jar como digesto, y masticado), seña laré aquí brevemente dos maneras de meditaciones para todos los días de la semana: unas para la noche, y otras para la mañana, sacadas por la mayor parte de los Misterios de nuestra Fe; para que así como damos á nuestro cuerpo dos refecciones cada día, así también
las demos al ánima, cuyo pasto es la meditación, y consideración de las co sas divinas. De estas meditaciones, las unas son de los Misterios de la Saq-rada Pasión y Resurrección de Cristo, y las otras de los otros Misterios que ya dijimos. Y quien no tuviere tiempo para recocerse dos veces al día, á lo menos podrá una semana meditar los unos Misterios, y otra los otros; ó que darse con solos los de la Pasión y Vi da de Jesucristo (que son los más prin cipales), aanqué los otros no conviene que se dejen al principio de la conver sión, porque son más convenientes pa ra éste tiempo, donde principalmente se requiere temor de Dios, dolor y detes tación de los pecados. Szgíícnsc Zas primeras siete Meditaciones para los días de la semana. 5-21 limes. Este día podrás entender en la me moria de los pecados, y en el conocí-
— i7 — miento de tí mismo, para que en lo uno veas cuantos males tienes, y en lo otro como ningún bien tienes que no sea de Dios, que es el medio por do se alcanza la humildad, madre de todas las vir tudes. . Para esto debes primero pensar en la muchedumbre de los pecados de la vi da pasada, especialmente en aquellos que hiciste en el tiempo que menos co nocías á Dios. Porque si lo sabes bien mirar, hallarás que se han multiplicado sobre los cabellos de tu cabeza, y que viviste en aquel tiempo como un gentil, que no sabe que cosa es Dios. Discu rre, pues, brevemente por todos los diez mandamientos, y por los siete pecados mortales, y verás que ninguno de ellos hay en que no hayas caído muchas ve ces, por obra ó por palabra ó pensa miento. ' Lo segundo, discurre por todos los beneficios divinos y por los tiempos de la vida pasada, y mira en que los has empleado; pues de todos ellos has de dar cuenta á Dios. Pues, dime ahora, ¿en qué gastaste la niñez? ¿En qué la moce dad? ¿En qué la juventud? ¿En qué, fi2 u
— 18 — nalmente, todos los días de la vida pa sada? ¿kn qué ocupaste los sentidos cor porales, y las potencias del ánima que I jos. te dio para que le conocieses y sirMcses. ¿En qué se emplearon tus ojos sino en ver la vanidad? ¿En qué tus oi dos, sino en oír la mentira, y en qué tu lengua, sino en mil maneras de juramen tos y murmuraciones, y en qué tu gusto \ tu o er ) tu tocar, sino en regalos v blanduras sensuales? ' ' ¿Cómo te aprovechaste de los Santos Sacramentos, que Dios ordenó para tu remedio? ¿Como le diste gracias por sus beneficios? ¿Cómo respondiste a sus ins piraciones? ¿En qué empleaste la salud \ Lis fuerzas, y las habilidades de natu raleza y los bienes que dicen de fortu na, y los aparejos y oportunidades para bien vivir? ¿Qué cuidado tuviste de tu piojimo que Dios te encomendó, v de aquellas obras de misericordia que te señalo para con él? ¿Pues qué responde rás en aquel día de la cuenta, cuando ios te diga (i): cuciría de tic mayoraoinia y de ia cuenta que te entre (IJ Luc. cap. 1G, v. 2. u
— 1 9 — ^uc; porque ya no quiero que trates más & en ella. ¡O árbol seco y aparejado para los eternos tormentos! ¡qué responderás en aquel día, cuando te pidan cuenta de todo el tiempo de tu vida, y de todos los puntos y momentos de ella! Lo tercero, piensa en los pecados que has hecho y haces cada día, después que abriste más los ojos al conocimien to de Dios, y hallarás que todavía vive en ti A dan con muchas de las raíces y costumbres antiguas. Mira cuán desaca tado eres para con Dios, cuán ingrato á sus beneficios, exán rebelde á sus inspiraciones, cuán perezoso para las cosas de su servicio, las cuales nunca haces, ni con aquella presteza y diligen cia, ni con aquella pureza de intención que debías, sino por otros respetos é intereses del mundo. Considera, otrosí, cuán duro eres pa ra con el prójimo, y cuán piadoso para contigo, cuán amigo de tu propia volun tad, y de tu carne, y de tu honra, y de todos tus intereses. Mira como todavía eres soberbio, ambicioso, airado, súpi to, vanaglorioso, envidioso, malicioso, regalado, mudable, liviano, sensual, ami u
--- 20 --- go de tus recreaciones, y conversacio nes y risas y parlerías. Mira, otrosí, cuán inconstante eres en los buenos propósitos, cuán inconsiderado en tus palabras, cuán desproveído en tus obras, y cuán cobarde, y pusilánime para cualesquier graves negocios. Lo cuarto, considerada ya por este orden la muchedumbre de tus pecados, considera luego la gravedad de ellos para que veas como por todas partes es crecida tu miseria. Para la cual debes primeramente considerar estas tres cir cunstancias en los pecados de la vida pasada; conviene á saber: (contra quién pecaste? (por qué pecaste) (^ en qué ma nerapecaste). Si miras ¿contra quién pe caste/ hallarás que pecaste contra Dios, cuya bondad y majestad es infinita, y cuyos beneficios, y misericordias para con el hombre sobrepujan las arenas de la mar; mas ¿por qué causa pecaste? por un punto de honra, por un deleite de bestias, por un cabello de interés, y mu chas veces sin interés, por sola costum bre, y desprecio de Dios. Mas ¿en qué manera pecaste? con tanta facilidad, con tanto atrevimiento, tan sin escrúpulo, u
puntos^ _y -momentos de tiempos crece mos. j' descrecemos sin jamás permane cer en uñ mismo estado, jy como esto que ahora estamos hablando, trazando y escudriñando . se está quitando de nues tra -vida, no dudara llamar á mcestai carne heno, y toda su gloria como la flor del campo El que ahora es mno de teta, súbitamente se hace muchacho; y el muchacho, mozo; y el mozo muy haina llega á la vejez; y primero se halla viejo, que se maraville de ver como ya no es mozo. Y la mujer hermosa que llevaba tras sí las manadas de los mozuelos locos, muy presto descubre la frente arada con arrugas; y la que antes era amable, de ahí á poco viene á ser abo rrecible. , _ Lo quinto, considera cuán enganosa sea (que por ventura es lo peor que tiene, pues á tantos engaña, y tantos y tan ciegos amadores lleva tras sí) pues siendo fea, nos parece hermosa; siendo amarga, nos parece dulce; siendo breve á cada uno la suya, le parece larga, y siendo tan miserable, parece tan ama- (1) Supcr Isai. 40. v. 6. u
— 28 — ble, que no hay peligro, ni trabajo á que no se pónganlos hombres por ella, aun que sea con detrimento de la vida per durable, haciendo cosas por do vengan á perder esta. Lo sexto, considera como demás de ser tan breve, etc. (según está dicho), eso poco que hay de vida, está sujeto á tantas miserias, así del ánima, como del cuerpo, que todo ello no es otra cosa sino un valle de lágiimas, y un piélago de infinitas miserias. Escribe San Jeró nimo, que Xerxes, aquel poderosísimo Rey, que derribaba los montes, y alla naba los mares, como se subiese á un monte alto á ver desde allí un ejército que tenía ayuntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice que se paró á llorar. Y preguntado por que lloraba, respondió: Lloro^ porque de aquí á cien años no estará vivo nin guno de cuantos allí veo presentes (i). ;O si pudiésemos (dice San Jerónimo) su birnos á alguna atalaya^ que desde allá pudiésemos ver toda la ' tierra debajo de nuestros pies! Desde ahí verías las caí- (1) Ad Elcliodom. Epist. GO, núm. 18 . tomo 1°. u
— 29 — das y miserias de todo el mundo, y gen tes destruidas por gentes, y reinos por reinos. Verías como á unos atormentan, á otros matan; unos se ahogan en la mar, otros son llevados cautivos. Aquí verás, bodas, allí llanto, aquí matar unos, allí morir otros; unos abundar en riquezas, j.' otros mendigar. Y finalmente, verías no "solamente al ejercito de Xerxes, sino á lodos los hombres del mundo que ahora son; los cuales de aquí á pocos días acabarán.D Discurre por todas las enferme dades v trabajos de los cuerpos huma nos, y por todas las aflicciones y cuida dos de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los estados, como en todas las edades de los hombres; y verás aun más claro, cuantas sean las miserias de esta vida, pues que viendo tan claramente cuán poco es todo lo que el mundo puede dar, más fácilmente me nosprecies todo lo que hay en él. , , K todas estas miserias, sucede la últi ma, que es morir, la cual así para lo del cuerpo, como para lo del ánima, es la última de todas las cosas terribles; pues el cuerpo será en un punto despo jado de todas las cosas; y del ánima se u
— 30 — ha de determinar entonces lo que para siempre ha de ser. Todo esto te dará á entender cuan breve y miserable sea la gloria del mun do (pues tal es la vida de los mundanos sobre que se funda), y por consiguiente cuan digna sea ella de ser hollada y me nospreciada. 1F31 iniéi e colcs. Este día pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provecho sas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría, como para huir el pecado, como también para comenzar con tiempo á aparejarse para la hora de la cuenta. Piensa, pues, primeramente cuan in cierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en que -día ni en que lugar, ni en que esta do te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobreve nir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella. Lo segundo, piensa en el apartamienu
— 3 i — to que allí habrá, no solo entre todas las cosas, que se aman en esta vida, sino también entreel ánima,yel cuerpo, com pañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por gránele mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de^todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los amigos, y del padre, y de la madre, y de los hijos, y de esta luz y aire co mún, y finalmente de todas las cosas? Si un buey dá bramidos cuando lo apar tan de otro buey con quien araba, ¿qué bramido será el de tu corazón, cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste á cuestas el yugo de las cargas de esta vida? Considera también la pena que el hombre allí recibe, cuando se le repre senta en lo que han de parar el cuerpo y el anima después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede ca ber otra suerte mejor que un hoyo de siete pies en largo, en compañía de los otros muertos; mas del ánima no sabe cierto lo que será, ni que suerte le ha u
— 32 — de caber. Esta es una de las mayores congojas que allí se padecen: saber que hay gloria, y pena para siempre; y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cual de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber. 1 ras esta congoja se sigue otra no menor, quees la cuenta que allí se tiene de dar, la chal es tal, que hace temblar aun á los muy esforzados. De Arsenio se escribe, que estando ya para morir comenzó á temer. Y como sus discípulos le dijesen: «.Padrea y tú ahora temes 1 . Respondió: Hijos^ no es nuevo en mí este temor, porque siempre -uiyí con él (i). Allí, pues, se le representan al hombre todos los pecados de la vida pa sada, como un escuadrón de enemigos, que vienen á dar sobre él; y los más grandes, y en que mayor deleite reci bió, esos se representan más vivamente, y son causas de mayor temor. O cuán amarga es allí la memoria del deleite pasado, que en otro tiempo parecía tan dulce! Por cierto con mucha razón dijo el sabio: No mires al vino cuando (1) En su vida. u
— 33 — cuando está rubio., y cuando resplandece en el 'vidrio su color; porque aunque al tiempo de beber parece blando^ mas á la postre muerde como culebra^ y derrama su ponzoña como basilisco (i). Estas son las heces de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; este es el dejo que tiene aquel cáliz de Babilonia, por defuera dorado. Pues el hombre miserable vién dose cercado de tantos acusadores, co mienza á temer la tela de este juicio, y á decir entre sí: miserable de mí que tan engañado he vivido, y por tales caminos he andado ¿qué será de mí ahora en este juicio? Si San Pablo dice, que lo qzte el hombre hubiere sembrado^ eso cogerá; yo que ninguna otra cosa he sembrado sino obras de came^ (qué espero coger de aquí sino corrupción) (2) Si San Juan dice, que en aquella soberana ciudad^ que es toda oro limpio^ no ha de entrar cosa sucia., (qué espera quien tan sucia y tan torpemente ha vivido) (3). (1) Prob. 23 v 31, 32. (2) Ad Gal. 6, v. 8. (3) Apoc. 21 v, 27. 3 u
— 34 — , Después de esto suceden los Sacra mentos de la Confesión, Comunión y de la Extrema-Uución, que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel trabajo; y así en este,, como en otros, debes considerar las an sias y congojas que el hombre allí pa decerá por haber vivido mal, y cuanto quisiera haber llevado otro camino, y (]ué vida haría entonces si le diesen tiempo para eso, y como allí se esforza rá á llamar á Dios, y los dolores y la priesa de la enfermedad apenas le darán lugar. Mira también aquellos postreros ac cidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte, cuan espantosos son y cuan para temer. Le vántase el pecho, enronquécese la voz, muérense los píes, yélanse lasrodillas, afílanse las narices, húndense los ojos, párase el rostro difunto, y luego la len gua no acierta á hacer su oficio; final mente, con la gran priesa del ánima, que se parte, turbados todos los senti dos pierden su valor y su virtud. Mas sobre todo el ánima es lá que allí pade ce los mayores trabajos; porque allí está u
— 35 — batallando y agonizando, parte por la salida, y parte por el temor de la cuenta que se le apareja; porque ella natural mente rehúsa la salida, y ama la estada, v teme la cuenta. " Salida ya el ánima de las carnes, aun te quedan dos caminos por andar: el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el ánima hasta la determinación de su causa, considerando lo que á cada una de es tas partes acaecerá. Mira, pues, cual queda el cuerpo después que su ánima lo desampara, y cual es aquella noble vestidura que le aparejan para enterrar lo, y cuan presto procuran echarlo de casa. Considera su enterramiento con todo lo que en el pasará, el doblar de las campanas, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sen timiento de los amigos, y finalmente to das las particularidades que allí suelen acaecer hasta dejar el cuerpo en la se pultura, donde quedará sepultado en aquella tierra de perpetuo olvido. Dejado el cuerpo en la sepultura, vete luego en pos del ánima, y mira el u
—36 — camino que llevará por aquella nueva región, y en lo que finalmente parará y cómo será juzgada. Imagina que estás ya presente á este juicio, y que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el car go, y descargo de todo lo recibido has ta el cabo de la agujeta. Allí se pedirá cuenta de la vida, de la hacienda, de la familia, de las inspiraciones de Dios, de los aparejos que tuvimos para bien vi vir, y sobre todo de la sangre de Cristo; y allí será cada uno juzgado según la cuenta que diere de lo recibido. El jueves. Este día pensarás en el juicio final, para que con esta consideración se des pierten en tu ánima aquellos dos afec tos que debe tener todo fiel cristiano, conviene saber: Temor de Dios y abo rrecimiento del pecado. Piensa, pues, primeramente cuan te rrible será aquel día en el cual se averi guarán las causas de todos los hijos de u
— 43— délos demonios. Allí las orejas, que se dieron á oir mentiras y torpedades, oirán perpetuas blasfemias y gemidos. Allí las narices, amadoras de perfumes, y olores sensuales, serán llenas de into lerable hedor. Allí el gusto, que se re calaba con diversos manjares y golosi nas, será atormentado con rabiosa ham bre y sed. Allí la lengua murmuradora v blasfema, será amargada con hiel de dragones. Allí el tacto amador de rega los y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, que dice Job, del no Cocyto (i), y entre los ardores y llamas del fuego. Allí la imaginación padecerá con la aprehensión de los dolores pre sentes, la memoria con la recordación de los placeres pasados, el entendimien to con la representación de los males advenideros, y la voluntad con grandí sima iras y rabias, que los malos ternán contra Dios. Finalmente, allí se harán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar; porque, como dice San Gregorio, allí habrá frío, que uo se pue da sufrirfuego que no se pueda apagar^ (I) Job. 21, V. 33.
— 44 — gitsano inmortal, hedor intolerable, ti nieblas palpables, asotes de atormenta dores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bie nes (i). Pues dime ahora, si el menor de todos estos males que hay acá, aunque se padeciese por muy pequeño espacio de tiempo sería tan recio de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda está muchedumbre de males en to dos los miembros y sentidos interiores y esteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que puedan sentir, ni encarecer esto como es? , Pues no es esta la mayor de las penas que allí se pasan: otra hay sin compara ción mayor, que es la que llaman los teólogos pena de daño, la cual es haber de carecer para siempre de la vista de Dios, y de su gloriosa compañía, por que tanto es mayor una pena, cuanto priva al hombre de mayor bien; y pues Dios es el mayor bien de los bienes, asi (1) Lib. 9, Moral. 46. u
—45 — carecer de él, será el mayor mal de los males, cual de verdad es este. Estas son las penas que generalmen te competen á todos los condenados. Mas allende estas penas generales, hay otras particulares que allí padecerá ca da uno conforme á la calidad de su de lito. Porque una será allí la pena del soberbio, y otra la del emvidioso, y otra la del avariento, y otra la del luju rioso, y así los demás. Allí se tasará el dolor conforme al deleite recibido, y la confusión conforme á la presunción, y soberbia, y la desnudez conforme á la de masía y abundancia, y el hambre y sed conforme al regalo, y la hartura pasada. A todas estas penas sucede la eterni dad del padecer, que es como el sello, y la llave de todas ellas; porque todo esto aun sería tolerable si fuese finito, por que ninguna cosa es grande si tiene fin. Mas pena que no tiene fin, ni alivio, ni declinación, ni diminución, ni hay espe ranza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la dá, ni el que la padece, sino que es como un destierro preciso, y co mo un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar u
de juicio á quien atentamente lo consi dera. Esta es, pues, la mayor de las penas, que en aquel malaventurado lugar se padecen; porque si estas penas hubie ran de durar por algún tiempo limitado, aunque fuera mil años, ó cien mil años^ ó como dice un Doctor, «sz esperasen qne se Jialnan de acabar en agotándose toda el agua del mar Océano^ sacando cada mil años una sola gota del mar, aun esto les sería algún linaje de consue lo; mas esto no es así, sino que sus pe nas compiten con la eternidad de Dios, y la duración de su miseria con la dura ción de la divina gloria; en cuanto Dios viviere, ellos morirán y cuando Dios de jare de ser el que es, dejarán ellos de ser lo que son. Pues en esta duración, en esta eternidad querría yo, hermano mió, que hincases un poco los ojos de la consideración; y que como animal limpio rumiases ahora este paso dentro de tí, pues clama en su Evangelio aque lla eterna verdad, diciendo: Él cielo j/ la tierra faltarán; mas mis palabras no faltarán (i). (1) Math. 24 25
El sábado. Este día pensarás en la gloria de los bienaventurados, para que por aquí se mueva tu corazón al menosprecio del mundo y deseo de la compañía de ellos. Pues para entender algo de este bien, puedes considerar estas cinco cosas en tre otras que hay en el; conviene á sa ber: la excelencia del lugar, el gozo de la compañía, la visión de Dios, la gloria de los cuerpos, y finalmente, el cumpli miento de todos los bienes que allí hay. Primeramente, considera la excelen cia del lugar, y señaladamente la gran deza del que es admirable, porque cuan do el hombre lee en algunos graves au tores, que cualquiera de las estrellas del cielo es mayor que toda la tierra, y aun que hay algunas de ellas de tan notable grandeza, que son noventa veces mayo res que toda ella; y con esto alza los ojos al cielo, y ve en él tanta muche dumbre de estrellas, y tantos espacios vacíos; donde podrían caber otras tan tas y muchas más, ¿cómo no se espanta?
-48- ¿cómo no queda atónito, y fuera de sí considerando la inmensidad de aquel lu gar y mucho más la de aquel soberano oenor que la crió? Pues la hermosura de él no se puede explicar con palabras, porque si en este vaHe de lágrimas, y lugar de destierro crio Dios cosas tan admirables, y de tanta hermosura, ¿qué habrá criado en aquel lugar, que es aposento de su glo na, trono de su grandeza, palacio de su Majestad, casa de sus escogidos y pa raíso de todos los deleites? ' Después de la excelencia del luo-ar considera la nobleza de los moradores de el, cuyo número, cuya santidad, cu yas riquezas y hermosura excede todo lo que se puede pensar. San Juan dice, que es tan grande ¿a muchedumbre de tos escogidos, que nadie basta para poder contarlos (i). San Dionisio dice, que es tan grande el número de los ángeles, que excede sin comparación al de todas cuantas cosas materiales hay en la tie rra (2). Santo Tomás dice, que así (O Apoc. 5, v. 7. (2) Lib, Ccelcsto Hierarch. 9. u
— 49 — como la grandeza de los cielos excede á la de la tierra sin proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus glo riosos excede á la de todas las cosas materiales, que hay en este mundo, con esta misma ventaja (i). Pues ¿qué cosa puede ser más admirable? Por cierto, cosa es esta, que si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos á todos los hombres. Y si cada uno de aquellos bienaventurados espíritus, aunque sea el menor de ellos, es más hermoso de ver que todo este mundo visible ¿qué será ver tanto número de espíritus tan hermosos, y ver las perfecciones, y ofi cios de cada uno de ellos? Allí discu rren los Angeles, ministran los Arcán geles, triunfan los Principados, y alégranse las Potestades, se enseñorean las Dominaciones, resplandecen las \'irtudes, relampaguean los Tronos, lucen los Querubines y arden los Serafines, y todos cantan alabanzas á Dios. Pues si la compañía y comunicación de los bue nos es tan dulce y amigable, ¿qué será tratar allí con tantos buenos, hablar (1) 1*. Pet. y 58, art. 3. 4 U
con los Apóstoles, conversar con los Profetas, comunicar con los Mártires y con todos los escogidos? Y si tan grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será go zar de la compañía y presencia de Aquel á quien alaban las estrellas de la maña na, de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan, ante cuyo merecimiento se arrodillan los Angeles y todos aquellos espíritus soberanos? ¿qué será ver aquel Bien universal en quien están todos los bienes, y aquel mundo en quien están todos los mundos, y aquel que siendo Uno es todas las cosas, y siendo simplicísimo abraza las perfecciones de todas? Si tan grande cosa fué oir, y ver al rey Salomón, que decía la reina de Saba: Bienaventurados los que asisten delante de ti^^ozan de tu sabiduría (i). ¿Qué será ver aquel sumo Salomón, aquella eterna sabiduría, aquella infinita gran deza, aquella inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre? Esta es la gloria esencial de los Santos, este el último fin y puerto de todos r uestros deseos. (1) III Regam. 10, v. 8.
— 5 I — Considera, después de esto, la gloria de los cuerpos, los cuales gozarán de aquellos singulares dotes, que son sutiIcsn, ligereza, iin^asibilid.ad.^ y claridad^ la cual será tan grande, que cada uno de ellos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre. Pues si no habiendo más de un sol en medio del cielo, basta para dar luz y alegría á todo este mun do, ¿qué harán tantos soles y lámpa ras como allí resplandecerán? ¿Pues qué diré de todos los otros bienes que allí hay? Allí habrá salud sin enfermedad, libertad sin servidumbre, hermosura sin fealdad, inmortalidad sin corrupción, abundancia sin necesidad, sosiego sin turbación, seguridad sin temor, conoci miento sin error, hartura sin hastío, ale gría sin tristeza, y honra sin contradic ción. Allí será, dice san Agustín, ver dadera. la gloria, donde ninguno será alabado por error, ni por lisonja. Allíserá verdadera la honra, la cual, ni se negará al digno, ni se concederá al indig no. Allí será verdadera la paz, donde ni de sí, ni de otro será el hombre molesta do. El premio de la virtud será el mismo que dió la virtud, y se prometió por gau se
— 52 — lardón de ella, el cual se verá sinjin^ se amará sin hastío^ y se alabará sin cansancio. Allí el lugar es ancho^ hermo so. resplandeciente, j' seguro; la compa ñía mu.^ buena, y agradable; el tiempo de una manera: no hay distinto en tarde y mañana, sino continuado con una sim ple eternidad. Allí habrá perpetuo vera no. que con elfrescor y aire del Spíritu Santo siempre florece. Allí todos se ale gran. todos cantan y alaban á aquel su mo dador de todo, por cuya largueza viven y reinan para siempre. ¡Oh ciudad celestial, morada segura, tierra donde se halla todo lo que deleita: pueblo sin Tnurmuración. vecinos quietos, y hombres sin ninguna necesidad!¡Oh. si se acaba se ya es ta contienda, y se concluyesen los días de mi destierro! ¡cuando llegará este día) ¡Cuando vendré, y pareceré ante la cara de mi Dios! (i) (1) De Civil Dei. lib. 22. cap. 30. ----- •"GíS-ySlQr* ------ u
— 59 — ción de estas cosas, para que así se funden más en las virtudes y afectos susodichos. CAPÍTULO IV. DS IAS OTRAS SIETE M EDI TACIOMES DE LA SAGRADA PASIÓ.Í, Y MANERA QUE HADEMOS DE TENER EN MEDITARLA. ^^^ espu és de estas, se siguen las ^^^otras siete meditaciones de la sa- ^"-^^grada Pasión, Resurrección y As censión de Cristo, á las cuales se podrán añadir los otros pasos principales de su vida sacratísima. Aquí es de notar, que seis cosas se han de meditar en la pasión de Cristo. La grandeza de sus dolores , para compa decernos de ellos. La gravedad de nues tro pecado^ que es la causa^ para abo rrecerlo. La grandeza del beneficio^ para agradecerlo. La excelencia de la divina bondad caridad^ que allí se descubre^ para amarla. La conveniencia del misterio^ para maravillarnos de él. Y la mu chedumbre de las virtudes de Cristo^ que
allí resplandecen,para imitarlas. Pues conforme á esto, cuando vamos medi tando, debemos ir inclinando nuestro corazón, unas veces á compasión de los dolores de Cristo, pues fueron los ma yores del mundo, así por la delicadeza de su cuerpo, como por la grandeza de su amor, como también por padecer sin ninguna manera de consolación, como en otra parte está declarado. Otras ve ces debemos tener respecto á sacar de aquí motivos de dolor de nuestros pe cados, considerando que ellos fueron la causa de que él padeciese tantos y tan graves dolores como padeció. Otras ve ces debemos sacar de aquí motivos de amor y agradecimiento, considerando la grandeza del amor que él por aquí nos descubrió, y la grandeza del beneficio que nos hizo, redimiéndonos tan copio samente, con tanta costa suya y tanto provecho nuestro. Otras veces debemos levantar los ojos á pensar la conveniencia del medio que Dios tomó para curar nuestra mise ria, esto es, para satisfacer por nuestros soberbia, é inducirnos al menosprecio del mundo, al amor de la cruz, de la po-
I — 6i — breza, de la aspereza, de las injurias, y de todos los otros virtuosos y honestos trabajos. . Otras veces debemos poner los ojos en los ejemplos de sus virtudes: en su mansedumbre, paciencia, obediencia, misericordia, pobreza, aspereza, cari dad, humildad, benignidad, modestia, y en todas las otras virtudes, que en to das sus obras y palabras, más que las estrellas en el cielo, resplandecen, para imitar algo de lo que en él vemos, por que no tengamos ocioso el espíritu y gracia, que de él para esto recibimos, y así caminemos á él por él. Esta es la más alta, y la más provechosa manera que hay de meditar la Pasión de Cristo, que es por vía de imitación, para que por ella vengamos ála transformación, y así podamos ya decir con el Apóstol: Vico yo, ya no yo, mas Dice en mi Cristo (i). Demás de esto, conviene en todos es tos estos pasos tener á Cristo ante los ojos presente, y hacer cuenta que le te nemos delante, cuando padece; y tener cuenta, no solo con la historia de su Pa- (1) Ad Galat. 2, 20.
— Ó2 --- sión, sino también con todas las circuns tancias de ella, especialmente en estas cuatro. (Quien padece)(por quienpadece? (cómo padece) (por qué causa padece) ¿Quién padece? Dios todopoderoso, infi nito, inmenso, etc. ¿Por quién padece? Por la más ingrata y desconocida cria tura del mundo. ¿Cómo padece? Con grandísima humildad, caridad, benig nidad, mansedumbre, misericordia, pa ciencia, modestia, etc. ¿Por qué causa padece? No por algún interés suyo, ni merecimiento nuestro, sino por solas las entrañas de su infinita piedad y miseri cordia. Demás de esto, no se contente el hombre con mirar lo que por defuera padece, sino mucho más lo que padece por dentro, porque mucho más hay que contemplar en el ánima de Cristo, que en su cuerpo, así en el sentimiento de sus dolores, como en los otros efectos y consideraciones que en ella haya. ~ Presupuesto, pues, ahora este peque ño preámbulo, comenzamos á repetir y poner por orden los misterios de esta sagrada Pasión. -- ------------ u
Sígnense las otras siete meditaciones de la Sagrada Pasión. K1 limes. Este día, hecha la señal de la cruz, con la preparación que adelante se pone, se ha de pensar el lavatorio de los pies, y la Institución del Santísimo Sa cramento. Considera pues, ó ánima mía, en esta cena á tu dulce y benigno Jesús, y mira el ejemplo inestimable de humildad que aquí te dá, levantándose de la mesa y lavándoles los pies á sus discípulos. ¡Oh buen Jesús! ¿qué es eso que haces? ¡Oh dulce Jesús! ¿por qué tanto se humilla tu Majestad? ¿Qué sintieras, ánima mía, si vieras allí á Dios arrodillado ante los pies de los hombres, y ante los pies de Judas? ¡Oh cruel! ¿cómo no te ablanda el corazón esa tan grande humildad? ¿có mo no te rompe las entrañas esa tan grande mansedumbre? ¿es posible, que
tú hayas ordenado de vender este man sísimo Cordero? ¿es posible que no te hayas ahora compungido con este ejem plo? ¡Oh blancas y hermosas manos! ¿có mo podéis tocar pies tan sucios y abo minables? ¡Oh purísimas manos! ¿como no teneis asco de lavar los pies en lodados en los caminos y trato de vues tra sangre? ¡Oh Apóstoles bienaventu rados! ¿cómo no tembláis viendo tan grande humildad? Pedro, ¿qué haces? ¿por ventura consentirás que el Señor de la Majestad te lave los pies? Maravi llado y atónito San Pedro, cómo viese al Señor arrodillado delante de sí, co menzó á decir: e '7>í, Señor, me lavas á mí los £ íes? (i) ¿No eres tú el Hijo de Dios vivo? ¿no eres tú el Criador del mundo, la hermosura del cielo, el paraíso de los Angeles, el remedio de los hombres, el resplandor de la gloria del Padre ’ la fuente de la sabiduría de Dios en las ’ al turas? Pues tú me quieres á mí lavar los pies? ¿tú Señor de tanta majestad y glo ria, quieres entender en oficio de tan gran bajeza? (1) Joan. 13, 6. u
Considera también, como en acaban do de lavar los pies, los limpia con aquel sagrado lienzo de que estaba ceñi do; y sube mas arriba con los ojos del ánima, y verás allí representado el misrío de nuestra Redención: mira como aquel lienzo recogió en sí toda la inmun dicia de los pies sucios, y así ellos que daron limpios, y el lienzo quedaría todo manchado y sucio, después de hecho este oficio. ¿Qué cosa más sucia que el hombre concebido en pecado, y qué cosa más limpia y más hermosa que Cristo concebido de Espíritu Santo? Blanco^ 3? colorado es mi ainado^ dice la Esposa, _y escogido entre millares (1). Pues este, tan hermosoy tan limpio, qui so recibir en sí todas las manchas y fealdades de nuestras ánimas; y dejándo las limpias y libres de ellas, él quedó como lo ves en la cruz, amancillado y afeado con ellas. Después de esto, considera aquellas palabras con que dió el fin el Salvador á esta historia, diciendo: Ejemplo os he dado, para que como Yo lo hice, así vo- (1) Caiit. 5, 10. S u
— 66 — soíros lo liabais, (i). Las cuales pala bras, no solo se han de referir á este paso y ejemplo de humildad, sino tam bién á todas las obras y vida de Cristo, porque ella es un perfectísimo dechado de todas las virtudes, especialmente de la que en este lugar se nos representa. De la histitlición del Santísimo Sacramento. Para entender algo de este misterio, has de presuponer, que ninguna lengua criada puede declarar la grandeza del amor que Cristo tiene á su esposa la Iglesia, y por consiguiente á cada una de las ánimas que están en gracia, por que cada una de ellas es también espo sa suya. Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida y ausen tarse de su esposa la Iglesia, porque esta ausencia no le fuese causa de olvi do, dejóle por memorial este Santísimo Sacramento en que se quedaba él mis mo, no queriendo que entre él, y ella hubiese otra prenda, que despertase su memoria, sino solo él. Quería también (1) Joan. 13. U|
— 67 — el Esposo en esta ausencia tan larga dejar á su Esposa compañía, porque no se quedase sola; y dejóle la de este Sa cramento, donde se queda él mismo, que era la mejor compañía que le podía dejar. Quería también entonces ir á pa decer muerte por la Esposa y redimirla, y enriquecerla con el precio de su san gre. Y porque ella pudiese cuando qui siese gozar de este tesoro, dejóle las llaves de él en este Sacramento; porque, como dice San Crisóstomo, todas las ve ces que nos llegamos á debemos pen sar que llegamos á poner la boca en el costado de Cristo, y bebemos de aquella preciosa sangre y nos hacemos partici pantes de él^y Deseaba, otrosí, este ce lestial Esposo, ser amado de su Esposa con grande amor; y para esto ordenó este misterioso bocado, con tales pala bras consagrado, que quien dignamen te lo recibe, luego es tocado y herido de este amor. Quería también asegurarla, y darle prendas de aquella bienaventurada he rencia de la gloria, para que con la (1) Homil. 84, in Joan. u
esperanza de este bien, pasase alegre mente por todos los otros trabajos, y asperezas de esta vida. Pues para que la Esposa tuviese cierta y segura la espe ranza de este bien, dejóle acá en pren das este inefable tesoro, que vale tanto como todo lo que allá se espera, para que no desconfiase que se le dará Dios en la gloria, donde vivirá en espíritu, pues no se le negó en este valle de lá grimas, donde vive en carne. Quería también á la hora de su muer te hacer testamento, y dejar á la Esposa alguna manda señalada para su reme dio; y dejóle esta que era la más pre ciosa y provechosa, que le pudiera dejar, pues en ella se deja á Dios. Que ría, finalmente, dejar á nuestras ánimas suficiente provisión, y mantenimien to con que viviesen, porque no tiene menor necesidad el ánima de su pro pio mantenimiento para vivir vida espi ritual, que el cuerpo del suyo para la vida corporal. Pues para esto, ordenó este tan sabio Médico, el cual tan bien tenía tomados los pulsos de nuestra fla queza, este Sacramento; y por esto lo or denó en especie de mantenimiento, para
— 75 — 151 miéi ’ coles. Este día pensarás en la presentación del Señor, ante el Pontífice Caifas, y en los trabajos de aquella noche, y en la negación de San Pedro y azotes á la columna. Primeramente considera, como de la primera casa de Anas llevan al Señor á la del Pontífice Caifas-, donde será razón que lo vayas acompañando, y allí verás eclipsado el Sol de Justicia, y escupido aquel divino rostro, en que desean mi rar los Ángeles. Porque como el Salva dor siendo conjurado por el nombre del Padre que dijese quien era, respon diese á esta pregunta lo que convenía, aquellos que tan indignos eran de tan alta respuesta, cegándose con el res plandor de tan grande luz, volviéronse contra él como perros rabiosos, y allí descargaron sobre él todas sus iras y rabias. Allí todos á porfía le dan bofeto nes, y pescozones; allí le escupen con sus infernales bocas en aquel divino ros tro; allí le cubren los ojos con un paño, u
-7^- dándole bofetadas en la cara, y juegan con él, diciendo: ,AcUmna quién te dio (i). ¡Oh maravillosa humildad y papaciencia del Hijo de Dios! ¡Oh hermo sura de los Angeles! ¿era ese rostro para escupir en él?. Al rincón más des preciado suelen volver los hombres la cara para escupir, ¿y en todo ese pala cio no se halló otro lugar más despre ciado que tu rostro para escupir en él? ¿Cómo no te humillas con este ejemplo, tierra y ceniza? • Después de esto, considera los traba jos que el Salvador pasó toda aquella noche dolorosa, porque los soldados que lo guardaban escarnecían de él, como dice San Lucas, y tomaban por medio para vencer al sueño de la noche estar burlando y jugando con el Señor de la Majestad. Mira, pues, ánima mía, cómo tu dulcísimo Esposo está puesto como blanco á las saetas de tantos gol pes y bofetadas como allí le daban. ¡Oh noche cruel! ¡Oh noche desasosegada, en la cual, mi buen Jesús, no dormías, ni dormían los que tenían por descanso (1) Math. 26, V, 28 — Luc. 22, v. 64. u
— n — atormentarte! La noche fue ordenada, para que en ella todas las criaturas to masen reposo, y los sentidos y miem bros cansados de los trabajos del día descansasen; y ésta toman ahora los malos para atormentar todos tus miem bros y. sentidos, hiriendo tu cuerpo, afligiendo tu ánima, atando tus manos, abofeteando tu cara, escupiendo tu ros tro, atormentando tus oídos, porque en el tiempo en que todos los miembros suelen descansar, todos ellos en tí pe nasen, y trabajasen. ¡Qué maitines estos tan diferentes de los que en aquella ho ra te cantarían los coros de los Angeles en el cielo! Allá dicen: ¡Santo, Santo! Acá dicen: ¡Muera, muera! ¡Crucifícalo, crucifícalo! ¡Oh Angeles del paraíso, que las unas y las otras voces oíais, ¿qué sentíades, viendo tan mal trata do en la tierra Aquel, á quien vosotros con tanta reverencia tratáis en el cielo? ¿qué sentíades viendo que Dios tales cosas padecía por los mismos que tales cosas hacían? ¿quién jamás oyó tal ma nera de caridad, que padezca uno muer te, por librar de la muerte al mismo que se la da?
- 7 8Crecieron sobre esto los trabajos de aquella noche dolorosa con la negación de San Pedro, aquel tan familiar amigo, aquel escogido para ver la gloria de la Transfiguración, aquel entre todos hon rado con el principado de la Iglesia; ése primero que todos, no una, sino tres ve ces, en presencia del mismo Señor, jura, y perjura, que no lo conoce, ni sabe quien es. ¡Oh Pedro, ¿tan mal hombre es ese que ahí esta, que por tan gran ver güenza tienes aun haberlo conocido? Mira que eso es condenarle tú primero que los Pontífices, pues das á entender que él sea persona tal, que tú mismo te deshonras de conocerlo. ¿Pues que ma yor injruia puede ser que esa? Volvióse entonces el Salvador^ y miró a Pedro ( i). A ’ ánsele los ojos tras aquella oveja, que se le había perdido. ¡Oh vista de mara villosa virtud! ¡Oh vista callada, mas grandemente significativa! Bien enten dió Pedro el lenguaje y las voces de aquella vista, pues las del gallo no basta ron para despertarlo, y estas sí. Mas no solamente hablan, sino también obran <1) Luc. 22, v. 16. u
— 79 — los ojos de Cristo; y las lágrimas de Pe dro lo declaran, las cuales no manaron tanto de los ojos de Pedro, cuanto de los de Cristo. Después de todas estas injurias, con sidera los azotes, que el Salvador pade ció á la columna, porque el juez, visto que no podía aplacar la furia de aque llas, infernales fieras, determinó hacer en El un tan famoso castigo, que basta se para satisfacer á la rabia de aquellos tan crueles corazones, á fin que conten tos con esto, dejasen de pedirle la muer te. Entra, pues, ahora ánima mía con el espíritu en el pretorio de Pilato, y lleva contigo las lágrimas aparejadas, que se rán bien menester para lo que allí verás y oirás. Mira como aquellos crueles y viles carniceros desnudan de sus vesti duras al Salvador con tanta inhumani dad, y como 1'21 se deja desnudar de ellos con tanta humildad, sin abrir la boca, ni responder palabra á tantas des cortesías, como allí le harían. Mira como luego atan aquel santo cuerpo á una columna, para que así lo pudiesen he rir á su placer, donde y como ellos más quisiesen. Mira cuán solo estaba el Se u
ñor de los Ángeles entre tan crueles verdugos, sin tener de su parte, ni pa drinos, ni valedero, que hiciesen por El; ni aun siquiera ojos, que se compa deciesen de EL Mira como luego co mienzan con grandísima crueldad á des cargar sus látigos, y disciplinas sobre aquellas delicadísimas carnes, y como se añaden azotes sobre azotes, llagas so bre llagas, y heridas sobre heridas. Allí verías luego ceñirse aquel sacratísimo cuerpo de cardenales, rasgarse los cue ros, reventar la sangre, y correr á hilos por todas partes. Mas sobre todo esto ¿qué seria ver aquella tan grande llaga, que en medio de las espaldas estaría abierta, adonde principalmente caian todos los golpes? Considera luego, acabados los azotes, como el Señor se cubriría, y como anda ría por todo aquel pretorio buscando sus vestiduras en presencia de aquellos crueles carniceros, sin que nadie le sir viese, ni proveyese de ningún lavatorio, ni refrigerio de los que se suelen dar á los que así quedan llagados. Todas estas son cosas dignas, de grande sentimiento, agradecimiento, y consideración. u
— 8i — El jueves. Este día se ha de pensar la coronación de espinas y el Ecce-Homo y como el Salvador llevó la cruz á cuestas. A la consideración de estos pasos tan dolo rosos nos convida la Esposa en el li bro de los Cantares por aquestas pala bras: Salid, hijas de Sion^ y mirad al rey Salomón con la corona, qite le coronó su inadre en el día de su desposorio y en el dia de la alegría de su corazón (i). ¡Oh ánima mía, ¿qué haces? ¡Oh corazón mío, ¿qué piensas? ¡Lengua mía, ¿cómo has enmudecido? ¡Oh dulcísimo Salva dor mío, cuando yo abro los ojos y miro este retablo tan doloroso, que aquí se me pone delante, el corazón se me parte de dolor! ¿Pues cómo, Señor? ¿no bastaban ya los azotes pasados y la muerte venidera, y tanta sangre derra mada, sino que por fuerza habían de sa car las espinas la sangre de la cabeza, á quien los azotes perdonaron? Pues para que sientas algo, ánima mía, de este paso tan doloroso, pon primero
— 82 — ante tus ojos la imagen antigua de este Señor, y la gran excelencia de sus vir tudes, y luego vuelve á mirar de la ma nera que aquí está. Mira la grandeza de su hermosura, la mesura de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su autoridad, su mansedumbre, su serenidad y aquel aspecto suyo de tanta veneración. Y después que así le hubieres mirado, y deleitádote de ver una tan acabada fi gura, vuelve los ojos á mirarlo tal cual aquí lo ves, cubierto con aquella púr pura de escarnio, la caña por cetro real en la mano, y aquella horrible diadema en la cabeza, aquellos ojos mortales, aquel rostro difunto, y aquella figura toda borrada con la sangre y afeada con las salivas, que por todo el rostro estaban tendidas. Míralo todo de den tro y fuera, el corazón atravesado con dolores, el cuerpo lleno de llagas, de samparado de sus discípulos, persegui do de los judíos, escarnecido de los sol dados, despreciado de los pontífices, desechado del rey inicuo, acusado in justamente, y desamparado de todo fa vor humano. Y no pienses esto como cosa ya pasada sino como presente; no u
-8 3 - como dolor ajeno, sino como tuyo pro pio. Te pondrás á tí mismo en el lugar del que padece, y mira lo que sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza, te hincasen muchas y muy agu das espinas, que penetrasen hasta los huesos; ¿y qué digo espinas? Una sola punzada de un alfiler que fuese, apenas lo podrías sufrir. Pues ¿qué sentiría aquella delicadísima cabeza con este linajede tormentos? Acabada la coronación y escarnios del Salvador, tomólo el juez por la mano, así como estaba tan maltratado y sacándolo á vista del pueblo furioso, díjoles: Ecce-Homo (i). Como si dijera: si por envidia le procurábais la muerte, véislo aquí tal, que no está para tenerle envidia, sino lástima. Temíais no se hi ciese rey, véislo aquí tan desfigurado, que apenas parece hombre. De estas manos atadas, ¿qué os temeis? A este hombre azotado, ¿qué más le deman dáis? Por aquí puedes entender, ánima mía, qué tal saldría entonces el Salvador, (1) Joan. 13, 15.
-8 4 - pues el juez creyó que bastaba la figura que allí traía, para quebrantar el cora zón de tales enemigos. En lo cual pue des bien entender, cuán mal caso sea no tener un cristiano compasión de los do lores de Cristo, pues ellos eran tales, que bastaban, según el juez creyó, para ablandar unos tan duros corazones. Pues como Pilato viese que no bas taban las justicias que se habían hecho en aquel santísimo Cordero para aman sar el furor de sus enemigos, entró en en el pretorio y asentóse en el tribu nal para dar final sentencia en aquella causa. Ya estaba á las puertas aparejada la cruz, ya asomaba por lo alto aquella temerosa bandera, amenazando la cabe za del Salvador. Dada ya, pues, y pro mulgada la sentencia cruel, añaden los enemigos una crueldad á otra, que fue cargar sobre aquellas espaldas, tan mo lidas y despedazadas con los azotes pasados, el madero de la cruz. No re husó con todo esto el piadoso Señor esta carga, en la cual iban todos nues tros pecados, sino antes la abrazó con suma caridad y obediencia por nuestro amor. u
que para esto tenían hecho, y como se gún eran crueles los ministros, al tiempo de asentar, la dejaron caer de golpe, y así se extremecería todo aquel santo cuerpo en el aire y se rasgarían más los agujeros de los clavos, que sería cosa de intolerable dolor. Pues, ¡Oh Salvador y Redentor mío! ¿qué corazón habrá tan de piedra que no se parta de dolor (pues en este día se partieron las piedras) considerando lo que padeces en esa cruz? Cercádote han, Señor, dolores de muerte, y en vestido han sobre tí todos los vientos y olas del mar. Atollado has en el pro fundo de los abismos, y no hallas so bre qué estribar. El Padre te ha de samparado, ¿qué esperas, Señor, de los. hombres? Los enemigos te dan grita, los amigos te quiebran el corazón, tu ánima está afligida y no admites con suelo por mi amor. Duros fueron cier to mis pecados, y tu penitencia lo de clara. Véote, Rey mío, cosido con un madero; no hay quien sostenga tu cuer po sino tres garfios de hierro; de ellos cuelga tu sagrada carne, sin tener otro refrigerio. Cuando cargas el cuerpo so-
bre los pies, desgárranse las heridas de los pies con los clavos, que tienen atra vesados; cuando lo cargas sobre las ma nos desgárranse las heridas de las ma nos con el peso del cuerpo. Pues la santa cabeza atormentada y enflaque cida con la corona de espinas ¿qué al mohada la sostendría? ¡Oh cuan bien em pleados fueran allí vuestos brazos, sere nísima Virgen, para este oficio; mas no servirán ahora allí los vuestros, sino los de la cruz. Sobre ellos se reclinará la sa grada cabeza cuando quisiere descan sar, y el refrigerio que de ellos recibirá, será hincarse más las espinas por el cecelebro. Crecieron los dolores del Hijo con la presencia de la Madre, con los cuales no menos estaba su corazón crucificado de dentro, que el sagrado cuerpo lo es taba de fuera. Dos cruces hay para tí, ¡Oh buen Jesús! en este día: una para el cuerpo y otra para el ánima: la una es de pasión, laotra de compasión: la una traspasa el cuerpo con clavos de hierro y la otra tu ánima santísima con clavos de dolor. ¿Quién podría, ¡Oh buen Je sús! declarar lo que sentías, cuando u
— 93 — considerabas las angustias de aquella ánima santísima (la cual tan de cierto sabías estar contigo crucificada en la cruz) cuando veías aquel piadoso cora zón traspasado y atravesado con cuchi llo de dolor; cuando tendías los ojos sangrientos y mirabas aquel divino ros tro cubierto de amarillez de muerte; y aquellas angustias de su ánimo sin muerte, ya más que muerto; y aquellos ríos de lágrimas, que de sus purísimos ojos salían; y oías los gemidos, que se arrancaban de aquel sagrado pecho, ex primidos con el peso de tan gran dolor? Después de esto, puedes considerar aquellas siete palabras que el Señor habló en la cruz. De las cuales, la pri mera fue: Padre perdona á éstos qne no saben lo que hacen (i). La segunda al ladrón: Ho^ serás conmigo en el pa raíso (2). La tercera á su Madre santí sima: Mujer , he ahí á tu Hijo (3). La cuarta: Sed tengo (4). La quinta: Dios mío^ Dios mío., (por qué me desampa- (1) Lnc. 23, v. 34. (2) Luc. 23, v. 43. (3) Joan. 19 v. 28. (4) Job, 19, v. 28. u
vaste) (i). La sexta: Acabado es (2). La sétima: Padre^ en tus manos encomiendo mi espíritu (3). Mira, pues, ánima mía, con cuanta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos al Padre; con cuanta misericordia recibió al ladrón que le confesaba; con qué entrañas en comendó la piadosa Madre al amado Discípulo; con cuanto ardor y sed mos tró que deseaba la salud de los hom bres; con cuan dolorosa voz derramó su oración, y pronunció su tribulación ante el acatamiento divino; como llevó hasta el cabo tan perfectamente la obediencia del Padre; y como finalmente le enco mendó su espíritu y se resignó todo en sus benditísimas manos. Por donde pa rece como en cada una de estas pala bras está encerrado un singular docu mento de virtud. En la primera se nos encomienda la caridad para con los ene migos. En la segunda la misericordia para con los pecadores. En la tercera la piedad para con los padres. En la cuarta el deseo de la salud de los próji- (1) Math. 27, V. 46. (2) Joan. 13, v. 30. (3) Luc. 23, v. 46. u
— 95 — mos. En la quinta la oración en las tri bulaciones y desamparos de Dios. En la sexta la obediencia y perseverancia. Y en la sétima la perfecta resignación en las manos de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección. El sáJbado. Este día se ha de contemplar la lan zada que se dió al Salvador, y el des cendimiento de la cruz, con el llanto de nuestra Señora y oficio de la sepultura. Considera, pues, como habiendo ya espirado el Salvador en la cruz y cumplídose el deseo de aquellos crueles enemigos, que tanto deseaban verlo muerto, aun después de esto no se apa gó la llama de su furor, porque con todo esto se quisieron más vengar y en carnizar en aquellas santas reliquias que quedaron, partiendo y echando suertes sobre sus vestiduras, y rasgando su sa grado pecho con una lanza cruel. ¡Oh crueles ministros! ¡Oh corazones de hie rro! ¿Tan poco os parece lo que ha pade cido el cuerpo vivo, que no le queréis perdonar aun después de muerto? ¿Qué u
rabia de enemistad hay tan grande, que no se aplaque cuando ve al enemigo muerto delante de sí? ¡Alzad un poco esos crueles ojos, y mirad aquella cara mortal, aquellos ojos difuntos, aquel caimiento de rostro, y aquella amarillez y sombra de muerte, que aunque seáis más duros que el hierro y que el dia mante, y que vosotros mismos, viéndolo os amansareis! Llega, pues, el ministro con la lanza en la mano, y atraviésala con gran fuerza por los pechos desnu dos del Salvador. Extremecióse la cruz en el aire con la fuerza del golpe, y sa lió de allí agua, y sangre, con que se sanan los pecados del mundo. ¡Oh río, que sales del paraiso, y riegas con tus corrientes toda la sobrehaz de la tierra! ¡Oh llaga del costado precioso, hecha más con el amor de los hombres, que con el hierro de la lanza cruel! ¡Oh puer ta del cielo, ventana del paraiso, lugar de refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos, sepultura de peregrinos, nido de las palomas sencillas, y lecho florido de la esposa de Salomón! ¡Dios te salve, llaga del Costado precioso, que llagas los devotos corazones, herí-
— 97 — da, que hieres las ánimas de los justos, rosa de inefable hermosura, rubí da precio inestimable, entrada para el co razón de Cristo, testimonio de suamor y prenda de la vida perdurable! Después de esto considera, como aquel mismo día en la tarde llegaron aquellos dos santos varones José y Nicodemus, y arrimadas sus escaleras á la cruz, descendieron en brazos el cuerpo del Salvador. Como la Virgen vió que acabada ya la tormenta de la pasión, lle gaba el sagrado cuerpo á tierra, aparé jase ella para darle puerto seguro en sus pechos y recibirlo de los brazos de la cruz en los suyos. Pide, pues, con grande humildad á aquella noble gente, pues que no se había despedido de su Hijo, ni recibido de Él los postreros abrazos en la cruz al tiempo de su par tida, que la dejen ahora llegar á El, y no quieran que por todas partes crezca su desconsuelo, si habiéndoselo quita do por un cabo los enemigos vivo, aho ra los amigos se lo quitan muerto. Pues cuando la Virgen le tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh Angeles de la paz, 7 u
llorad con esta sagrada Virgen! ¡Llorad cielos, llorad estrellas del cielo, y todas las criaturas del mundo acompañad el llanto de Maria! Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuerte mente en sus pechos (para solo esto le quedaban fuerzas) mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júnta se rostro con rostro, tíñese la cara de la sacratísima Madre con la sangredel Hijo, y riégase la del Hijo con lágrimas de la Aladre. ¡Oh dulce Aladre! ¿lis esc, por ventura, vuestro dulcísimo Hijo? ¿Es ese el que concebiste con tanta glo ria, y pariste con tanta alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros gozos pasa dos? ¿Donde se fueron vuestras alegrías antiguas? ¿Donde está aquel espejo de hermosura en que os mirávades? Llora ba otrosí el santo Evangelista, y abraza do con el santo cuerpo de su Alaestro, decía ¡Oh buen Alaestro y Señor mío! ¿Quién me enseñará'de aquí en adelan te? ¿A quién iré con mis dudas? ¿En cu yos ¡lechos descansaré? ¿Quién me dará parte de los secretos del cielo? ¿Que mudanza ha sido esta tan extraña? ¿An teanoche me tuviste en tus sagrados" pe
— 99 — chos, dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel tan grande beneficio te niéndote en los míos muerto? ¿Esté es el rostro que yo vi trausfigurado en el monte Tabor? ¿Es esta aquella figura más clara que el sol de mediodía? Lloraba también aquella santa peca dora, y abrazada con los pies del Salva dor, decía: ¡Oh lumbre de mis ojos y re medio de mi ánima! si me viere fatigada de los pecados, ¿quién me recibirá? ¿Quién curará mis llagas? ¿Quién res ponderá por mí? ¿Quién me defenderá de los Fariseos? ¡Oh cuán de otra ma nera tuve yo estos pies, y los lavé cuan do en ellos me recibiste! ¡Oh amado de mis entrañas! ¿quién me diese ahora, que yo muriese contigo? ¡Oh vida de mí .'mima! ¿cómo puedo yo decir que te amo, pues estoy viva, teniéndote delan te de mis ojos muerto? De esta manera lloraban y lamenta ban toda aquella santa compañía, re gando y lavando con lágrimas el cuerpo sagrado. Llegada, pues, ya la hora de la sepultura, envuelven el santo cuerpo en una sábana limpia, atan su rostro con un sudario, y puesto encima de un le-
— roo --- cho, caminaban con El al lugar del mo numento, y allí depositan aquel precio so tesoro. El sepulcro se cubrió con una losa, y el corazón de la Madre con una oscura niebla de tristeza. Allí se despi de otra vez de su Hijo; allí comienza de nuevo á sentir su soledad, allí se ve ya desposeída de todo su bien; allí se le queda el corazón sepultado, donde que daba su tesoro. El Este día podrás pensar la descendida del Señor al limbo, y el aparecimiento á nuestra Señora, á la santa Magdalena y á los discípulos. Y después el miste rio de su gloriosa Ascensión. Cuanto á lo primero considera, cuán grande sería el alegría que aquellos san tos Padres del limbo recibirían este día con la visitación y presencia de su Liber tador, y que gracias y alabanzas le da rían por esta salud tan deseada y espe rada. Dicen los que vuelven desde las Indias Orientales á España, que tienen por bien empleado todo el trabajo de la navegación pasada, por el alegría que
ñas cosas, y seguirse después otras que están anejas y son como vecinas de ellas. Porque primeramente, antes que en tremos en la meditación, es necesario aparejar el corazón para este santo ejer cicio, que es como quien templa la vihue la para tañer. , Después de la preparación, se sigue la lección del paso que se ha de medi tar en aquel día, según el repartimiento de los días de la semana, como arriba lo tratamos. Lo cual sin duda es necesa rio á los principios, hasta que el hom bre sepa lo que ha de meditar. Después de la meditación, se puede seguir un devoto hacimiento de gracias por los beneficios recibidos, y un ofre cimiento de toda nuestra vida, y de la de Cristo nuestro Salvador, en recom pensa de ellos. , , La última parte es la petición, que propiamente se llama oración, en la cual pedimos todo aquello que conviene, así para nuestra salud, como para la de nuestros prójimos y de toda la Iglesia. Estas seis cosas pueden entrevenir en la oración, las cuales, entre otros pro-
— io8 — vechos, tiene también este: que dan al Hombre más copiosa materia de medi tar, poniéndole delante todas estas dife rencias de manjares, para que si no pu diere comer de uno, coma de otro; y para que si en una cosa se le acabare el hilo de la meditación, entre luego en otra, donde se le ofrezca otra cosa en que meditar. bien veo, que ni todas estas partes, ni esta orden es siempre necesaria, mas todavía servirá esto á los que comien zan, para que tengan alguna orden é hilo por donde se puedan al principio regir i por esto de ninguna cosa, que aquí dijere, quiero que se haga ley per petua, ni regla general; porque mi in tento no fué hacer ley sino introduc ción, para imponer á los nuevos en este camino, en el cual, después que hubie ren entrado, el uso y la experiencia, y mucho mas el Espíritu Santo, les ense nara lo demás. u
— iO9 — CAPÍTULO VI. DS IA PREPAR4CIÓX QUE SE REQUIERE PARA ANTES DE ENTRAR EN LA ORACIÓN. ■tV • < - í 5 ^£ h o r a sera “ ien q ue tratemos en J^$P a rticular de cada una de estas partes susodichas, y primero de la preparación, que es primera de todas. Puesto de rodillas en el lugar de la oración, en pie, ó en cruz, ó postrado, sentado si de otra manera no pudiese estar, hecha primero la señal de la cruz, recogerá su imaginación, y apartarla há de todas las cosas de esta vida, levanta rá su entendimiento arriba, conside rando que lo mira nuestro Señor. Y es tará allí con aquella atención y reveren cia, como que realmente le tuviese presente, y con un general arrepenti miento de sus pecados, si es la oración de la mañana, dirá la confesión general; y si es la oración de la noche, examina rá su conciencia de todo lo que aquel u
— I IO — día ha pensado, hablado, obrado, v oído, y del olvido que de nuestro Señor ha tenido; y doliéndose de los defectos de aquel día y de todos los de la vida pasada, y humillándose delante la Di vina Majestad, ante quien esta, dirá aquellas palabras del santo Patriarca: Habtave á im Senor^ aunque sea polvo y (i); y luego dirá aquellos versos del Salmo: vi tí levanté mis ojos, que. moras en los cielos. Así como los ojos de los siervos están puestos en las manos de sus seí'zores, y como los ojos de la sierva en las manos de su seftora, así están, pztestos ni tes tros ojos en. nuestra. Señor, esperando que haya misericordia de nosotros (2). Ten misericordia de nosotros, Señor; ten misericordia de nosotros. Gloria Patri, etc. Y porque no somos, Señor, po derosos para pensar cosa buena de nuestra parte, sino que toda nuestra su ficiencia es de Dios, ni nadie puede in vocar dignamente el Nombre de Jesús, sino con favor del Espíritu Santo. Por (1) Gen. 19, V. 27. (2) Ps. 122, v. 1. u
tanto: l z e7t, oh dulcísimo Espíritu., j/ cnvía desde el cielo los rayos de tu lus. Ven^ oh Padre de los pobres. V c j i ^ oh dador de las lumbres. Ven lumbre de los corasones . Ven consolador muy bueno , y dul ce huésped de n uestra ánima y dulce re frigerio de ella. En el trabajo, su. descan so; en el ardor del estío, su templama; y en. las lágrimas, su. consuelo. Oh lus beatísima, hinche lo íntimo del corazón de tus fieles (i). y L . Emitía spiritum ttium, et creabuntur. «/. El renovabis faoiem torce. Oratio. Dcus qui corda fidelium etc. Dicho esto, suplicará luego á nuestro Señor, que le de gracia, para que esté allí con aquella atención y devoción, y con aquel recogimiento interior, y con aquel temor y reverencia, que conviene para estar ante tan Soberana Majestad, y que así gaste aquel tiempo de la ora ción, que salga de ella con nuevas fuer zas y aliento, para todas las cosas de su servicio, porque la oración, que no pare luego este fruto, muy imperfecta es y de muy bajo valor. (1) Secuencia de la Misa de Pentecostés.
---- 112 ----- CAPÍTULO VIL DE LA LECCIÓN. 3 ^ o n c l u id a la preparación, se sigue lluego la lección de lo que se ha áde meditar en la oración. La cual no ha de ser apresurada ni corrida, sino atenta y sosegada, aplicando á ella, no solo el entendimiento para entender lo que se lee, sino mucho más la voluntad, para gustar lo que se entiende. Y cuan do hallaré algún paso devoto, detén gase algo más en él, para mejor sentirlo; y no sea muy larga la lección, porque se dé más tiempo á la meditación, que es tanto de mayor provecho, cuanto ru mia y penetra las cosas más despacio, y con más afectos; pero cuando tuviere el corazón tan distraído que no puede en trar en la oración, puédese detener algo más en la lección, ó ayuntar en uno la lección con la meditación, leyendo un paso y meditando sobre él, y luego otro u
— ii3 — y otro de la mesma manera; porque yendo de esta manera atado el entendi miento á las palabras de la lección, no tiene tanto lugar de derramarse por di versas partes, como cuando va libre y suelto. Aunque mejor sería pelear en desechar los pensamientos, y perseve rar y luchar, como otro Jacob, toda la noche en el trabajo de la oración. Por que al fin, acabada la batalla, se alcanza la victoria, dando nuestro Señor la de voción, ú otra gracia mayor, la cual nunca se niega á los que fielmente pelean. CAPÍTULO VIII. DE LA MEDITACIÓ. ’ f. sigue después de la lección, la meditación del paso que habernos , leído. Y ésta unas veces es de cosas que se pueden figurar con la ima ginación, como son todos los pasos de la vida y pasión de Cristo, el juicio final, el infierno y el paraíso. Otras es 8 u
de cosas, que pertenecen más al enten dimiento que á la imaginación, como es la consideración de los beneficios de Dios, de su bondad y misericordia, ó cualquiera otra de sus perfecciones. Esta meditación se llama intelectual, y la otra imaginaria. Y de la una y de la otra, solemos usar en estos ejercicios, según que la materia de las cosas lo re quiere. Y cuanto á la meditación imagi naria, habernos de figurar cada cosa de estas, de la manera que ella es, ó de la manera que pasaría, y hacer cuenta que en el propio lugar donde estamos, pasa todo aquello en presencia nuestra, por que con esta representación de las co sas, sea más viva la consideración y sen timiento de ellas; y aun imaginar que pasan estas cosas dentro de nuestro co razón es mejor, que pues caben en él ciudades y reinos, mejor cabrá la repre sentación de estos misterios; y ayudará esto mucho para traer el ánima reco gida, ocupándose dentro de sí misma, como abeja dentro de su corcho, en la brar su panal de miet; porque ir con el pensamiento á Jerusalén á meditar las cosas que allí pasaron en sus propios
— ii5 — lugares, es cosa que suele enflaquecer y hacer daño á las cabezas; y por esta misma razón, no debe el hombre hincar mucho la imaginación en las cosas que piensa, por no fatigar la naturaleza con esta vehemente aprensión. CAPÍTULO IX. DEL HACIMIEHTO DE GRACIAS. ?= c a sa d a la meditación, se sigue el . ^^hacimiento de gracias; para, lo ^í^cual se debe tomar ocasión de la meditación pasada, haciendo gracias á nuestro Señor, por el beneficio que en aquella noche nos hizo. Como, si la me ditación fue de la Pasión, debe dar gra cias á nuestro Señor, porque nos redi mió con tantos trabajos; y si fue de los pecados, porque nos esperó tanto tiem po á penitencia; y si de las miserias de esta vida, por las muchas de que nos ha librado; y si del paso de la muerte, por que lo libró de los peligros de ella, y es peró á penitencia. Y si de la gloria del
— 1 16 — paraíso, porque le crió para tanto bien; v así de lo demás. , , ' Con estos beneficios juntará todos los otros de que arriba tratamos, que son el beneficio de la creación, conser vación, redención, vocación, etc. A así dará gracias á nuestro Señor, porque le hizo á su imagen y semejanza, y le dtó memoria, para que se acordase de El, entendimiento, para que le conociese, \ voluntad, para que le amase; y porque le dió un Ángel, que le guardase de tantos trabajos y peligros y tantos pe cados mortales, y de la muerte cuando estaba en ellos, que no fue menos que librarlo de la muerte eterna; y porque tuvo por bien de tomar nuestra natura leza y morir por nosotros; y porque le hizo nacer de padres cristianos, y le dió el sagrado Bautismo, y en él le dió su gracia y prometió su gloria, y le reci bió por hijo adoptivo; y porque le dió armas para pelear contra el demonio, el mundo y la carne en el Sacramento de la Confirmación; y porque se le dio á si mismo en el Sacramento del Altar; y porque le dió el Sacramento de la Peni tencia para tornar á cobrar la gracia u
— 123 — verdadera sabiduría; la humildad es el fundamento de todas las virtudes; la pa ciencia es armadura contra los golpes y encuentros del enemigo; la obedien cia es una muy agradable ofrenda, don de el hombre ofrece á sí mismo á Dios en sacrificio; la discreción es los ojos con que el alma vé y anda todos sus ca minos; y la fortaleza, los brazos con que hace todas sus obras; la pobreza de es píritu y desprecio del mundo son fun damento principalísimo de la pureza de intención; y la pureza de intención, la que refiere y endereza, todas las obras á Dios. Lo tercero pidamos luego las otras virtudes, que demás de ser ellas de suyo muy principales sirven para la guarda de estas mayores, como son la templanza en comer y beber, la modera ción de la lengua, la guarda de los sentidos, la mesura y composición del hombre exterior, la suavidad y buen ejemplo para los prójimos, el rigor y aspereza para consigo, con otras virtu des semejantes. Después de esto, acabe con la peti ción del amor de Dios; y en ésta se deu
— I2 4 — tenga y ocupe la mayor parte del tiem po, pidiendo al Señor esta virtud con entrañables afectos y deseos, pues en ella consiste todo nuestro bien; y podrá decir así: Petición especia/ del amor de Dios. «Sobre todas estas virtudes, dame. Señor, gracia, para que te ame yo con todo mi corazón, con toda mi ánima, con todas mis fuerzas, y con todas mis entrañas, como tú lo mandas. ¡Oh toda mi esperanza, toda mi gloria, todo mi refugio y alegría! ¡Oh el más amado de los amados! ¡Oh Esposo florido, Esposo suave, Esposo melifluo! ¡Oh dulzura de mi corazón! ¡Oh vida de mi ánima y des canso alegre de mi espíritu! ¡Oh hermo so y claro día de la eternidad, serena luz de mis entrañas y paraíso florido de mi corazón! ¡Oh amable principio mío y suficiencia mía!» «Apareja, Dios mío; apareja, Señor, una agradable morada para tí en mí, para que según la promesa de tu santa palabra, vengas á mí y reposes en mí. Mortifica en mí todo ío que desagrada
— 125 — á tus ojos, y hazme hombre según tu corazón. Hiere, Señor, lo más íntimo de mi ánima con las saetas de tu amor, y embriágala con el vino de tu perfecta caridad. ¡Oh! ¿cuando será esto? ¿Cuan do te agradaré en todas las cosas? , Cuándo estará muerto todo lo que hay contrario á tí en mí? ¿Cuándo seré del todo tuyo? ;Cuándo dejaré de ser mío? .Cuándo ninguna cosa fuera de tí vivirá en mí? ; Cuándo ardentísimamente te amaré? ¿Cuándo me abrasará la llama de tu amor? ¿Cuándo estaré todo derre tido y traspasado con tu eficacísima suavidad? ¿Cuándo abrirás á este pobre mendigo, y le descubrirás el hermosísi mo reino tuyo, que está dentro de mí, el cual eres tú con todas tus riquezas? /Cuándo me arrebatarás, anegarás, tras portarás y esconderás en tí, donde nun ca más parezca? ¿Cuándo, quitados to dos los impedimentos y estorbos, me harás un espíritu contigo, para que nunca ya me pueda más apartar de tí?» «¡Oh amado, amado, amado de mi ánima!jOh dulzura, dulzura de mi cora zón! ¡Óyeme Señor, no por mis mere cimientos sino por tu infinita bondad! u
Enséñame, alúmbrame, enderézame y ayúdame en todas las cosas, para que ninguna cosa haga, ni diga, sino lo que fuere á tus ojos agradable. ¡Oh Dios mío, amado mío, entrañas mías, bien de mi ánima! ¡Oh amor mío dulce! ¡Oh deleite mío grande! ¡Oh fortaleza mía váleme, luz mía guíame!» «¡Oh Dios de mis entrañas! ¿porqué no te das al pobre? Hinches los cielos y la tierra ¿y mi corazón dejas vacío? Pues vistes los lirios del campo, y guisas de comer á las avecillas, y mantienes los gusanos; ¿porqué te olvidas de mí, pues á todos olvido por tí? ¡Tarde te conocí, Bondad infinita! ¡Tarde te amé, Hermo sura tan antigua y tan nueva! ¡Triste del tiempo que no te amé! ¡Triste de mí, pues no te conocía! ¡Ciego de mí, pues no te veía! ¡Estabas dentro de mí, y yo andaba á buscarte por de fuera! Pues aunque te hallé tarde, no permitas, Se ñor, por tu divina clemencia, que jamás te deje.» «Y porque una de las cosas que más te agradan y más hiere tu corazón, es tener ojos para saberte mirar, dame, Se ñor, esos ojos con que te mire; conviene
— 127 — saber: ojos de paloma sencillos, castos v vergonzosos; ojos humildes y amoro sos; ojos devotos y llorosos; ojos aten tos y discretos, para entender tu volun tad y cumplirla; para que mirándote yo con estos ojos, sea de tí mirado con aquellos otros con que miraste áSan Pe dro cuando le hiciste llorar su pecado; con aquellos con que miraste al hijo pródigo, cuando le saliste á recibir y le diste beso de paz; con aquellos con que miraste al publicano, cuando él no osaba alzar los suyos al cielo; con aquellos con que miraste á la Magda lena, cuando ella lavaba tus pies con las lágrimas de los suyos; finalmente, con aquellos con que miraste á la Es posa en los cantares, cuando le dijiste: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres, tus ojos son de paloma; para que agra dándote de los ojos y hermosura de mi ánima, les des aquellos arreos de virtu des y gracias, con que siempre te pa rezca hermosa.» ■ . , . «¡Oh altísima, clementísima, benignísi ma Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu San to un solo Dios verdadero, enséñame, enderézame y ayúdame, Señor, en todo! u
--- 128 --- ¡Oh Padre todopoderoso, por la gran deza de tu infinito poder, asienta y con firma mi memoria en tí, é hínchela de santos y devotos pensamientos! ¡Oh Hi jo santísimo, por la eterna sabiduría tuya, clarifica mi entendimiento, y adór nalo con el conocimiento de la suma verdad, y de mi extremada vileza. ¡Oh Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, por tu incomprensible bondad, traspasa en mí toda tu voluntad, y en ciéndela con un tan gran fuego de amor, que ningunas aguas lo puedan apagar! ¡Oh Trinidad sagrada, único Dios mío y todo mi bien! ¡Óh si pudiese yo alabarte y amarte, como te alaban y aman todos los Angeles! ¡Oh si tuviese yo el amor de todas las criaturas, cuán de buena gana te lo daría y traspasaría en tí, aunque ni este bastaría para amar te como tu mereces! Tú solo te puedes dignamente amar y dignamente alabar, porque tú solo comprendes tu incom prensible bondad, y así tu solo la pue des amar cuanto ella merece, de manera que en solo ese divinísimo pecho se guarda justicia de amor. u
— 129 — «¡Oh María, María, María, Virgen san tísima, Madre de Dios, Reina del cielo, Señora del mundo, Sagrario del Espíritu Santo, Lirio de pureza, Rosa de pacien cia, Paraiso de deleites, Espejo de cas tidad, Dechado de inocencia; ruega por este pobre desterrado y peregrino, y parte con él de las sobras de tu abun dantísima caridad! ¡Oh vosotros, bien aventurados Santos y Sabias, y voso tros bienaventurados Espíritus, que así ardeis en el amor de vuestro Criador; y señaladamente vosotros Serafines, que abrasais los cielos y la tierra con vues tro amor, no desamparéis este pobre y miserable corazón, sino alimpiadlo, co mo los labios de Isaías, de todos sus pe cados, y abrasazlo con la llama de ese vuestro ardentísimo amor, para que solo á este Señor ame, á El solo bus que, en El solo repose y more en los siglos de los siglos! Amén». 9 u
.. — i SOCAPÍTULO XII. DZ ALGUNOS AVISO > QUE SE IEBÉK TBXER EN ESTE SANTO EJERCICIO. " ‘ U! ' o d o lo que hasta aquí se ha di- 'o'^K^cho, sirve para dar materia de ^¡Tígrcónsideración, que es una de las principales partes de este negocio, por que la menor parte de la gente tiene su ficiente materia de consideración; y así ■ por falta de ella faltan muchos en este ejercicio. Ahora diremos sumariamen te la manera y forma que en esto se podrá tener. Y aunque de esta materia el principal maestro sea el Espíritu Santo, pero todavía la experiencia nos ha mostrado ser necesarios algunos aviI sos en esta ¡jarte, porque el camino para ir á Dios es arduo, y tiene necesi dad de guía, sin la cual mtichos andan mucho tiempo perdidos y descamina dos. u
— T3I — Primer aviso. Sea, pues, el primer aviso éste: que cuando nos pusiéremos á considerar al guna cosa de las susodichas, en los tiempos y ejercicios determinados, no debemos estar tan atados á ella que tengamos por mal hecho salir de aque lla á otra, cuando halláremos en esta más deyoción, más gusto, ó más prove cho, porcpie como el fin de todo esto sea" la devoción, lo que más sirviere para este fin, eso se ha de tener por lo me jor. Aunque esto no se debe hacer por livianas causas, sino con ventaja cono cida. zYsimismo, si en algún paso de su oración ó meditación sintiere más gus to ó devoción que en otro, deténgase en él todo el espacio que le durare este afecto, aunque todo el tiempo del reco gimiento se le vaya en eso. Porque como el fin de todo esto sea la devo ción, como dijimos, yerro sería buscar en otra parte con esperanza dudosa, lo que ya tenemos en las manos cierto. u
— r 3 2 — Segundo aviso. Sea el segundo, que trabaje el hom bre por escusar en este ejercicio la de masiada especulación del entendimien to; y procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad, que con especulaciones del entendimiento. Porque sin duda, no aciertan este camino los que de tal ma nera se ponen en la oración á meditar los misterios divinos, como si los estu diasen para predicar, lo cual mas es de rramar el espíritu que recogerlo, y an dar mas fuera de sí, que dentro de sí. De donde nace, que acabada su ora ción, se quedan secos y sin jugo de de voción, y tan fáciles y ligeros para cualquier liviandad, como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad los tales no han orado, sino parlado y estu diado, que es un negocio bien diferente de la oración. Deberían los tales consi derar que en este ejercicio más nos lle gamos á escuchar, que á parlar. Pues para acertar en este negocio, llegúese el hombre con corazón de viejecica igu
— 139 — seja que tomemos para este santo ejer cicio el más largo espacio que pudié remos. Y mejor sería un largo rato (¡ue dos cortos, porque si el espacio es bre ve, todo él se gasta en sosegar la ima ginación y quietar el corazón, y des pués de ya quieto, levantémonos del ejercicio, cuando hubiéramos de comen zar. 'I descendiendo más en particular á limitar este tiempo, paréceme qye todo lo que es ¡nonos de hora y núdia^ ó dos horas, es corto plazo para la oración, porque muchas veces se pasa más que mediíi hora en templar la vihuela, y en quietar, como dije, la imaginación, y todo el otro espacio es menester para gozar del fruto de la oración. Verdad es, que cuando este ejercicio se tiene después de algunos otros santos ejerci cios, como es después de maitines, ó después de haber oído, ó dicho Misa, ó después de alguna devota lección, ú oración vocal, más dispuesto se halla el corazón para este negocio, y así como en leña seca, muy más presto se enciende este fuego celestial. También el tiempo de la madrugada sufre ser u
— 140 — más corto, porque es el m;ís aparejado de cuantos hay para este oficio. Mas el que fuere pobre de tiempo por sus mu chas ocupaciones, no deje de ofrecer su cornadillo con la pobre viuda en el tem plo (i), porque si esto no queda por su negligencia, aquel que todas las criatu ras provee conforme á su necesidad y naturaleza, proveerá á él también según la suya. Sétimo aviso. Conforme á este documento, se da otro semejante á él, y es que cuando el ánima fuere visitada en la oración, ó fuera de ella, con alguna particular visi tación del Señor, que no la deje pasar en vano, sino que se aproveche de aque lla ocasión que se le ofrece, porque es cierto que con este viento navegará el hombre más en una hora, que sin él en muy muchos días. Así se dice que lo hacía san Francisco, de quien escri be san Buenaventura que era tan parti cular el cuidado que en esto tenía, que si andando camino lo visitaba nuestro (ij Lúe. ‘ 21, v. 2. „ u
— i4i — Señor con alguna particular visitación, hacía ir delante los compañeros, y él estábase quedo hasta acabar de rumiar y dijerir aquel bocado que le venía del cielo (i). Los que así no lo hacen sue len comunmente ser castigados con es ta pena: que no hallen á Dios cuando lo buscaren, pues cuando El los bus caba no los halló. Octavo aviso. El último y más principal aviso sea, que procuremos en este santo ejercicio de juntar en uno la meditación con la contemplación, haciendo de la una es calón para subir á la otra, para lo cual es de saber que el oficio de la medita ción es considerar con estudio y aten ción las cosas divinas, discurriendo de unas en otras para mover nuestro cora zón á algún afecto y sentimiento de ellas, que es como quien hiere un pe dernal para sacar alguna centella de él. Mas la contemplación es haber yá sa cado esta centella, quiero decir: haber (1) En su vida. u
— 142 — ya hallado este afecto y sentimiento que se buscaba, y estar con reposo y silencio, gozando de él, no con muchos discursos ó especulaciones del entendi miento, sino con una simple vista de la verdad, por lo cual dice un santo Doc tor, que la meditación discurre con tra bajo y con fruto; mas la contemplación sin trabajo y con fruto; la una busca, la otra halla; una rumia el manjar, la otra lo gusta; la una discurre y hace consi deraciones, la otra se contenta con una simple vista de las cosas, porque tiene ya el amor y gusto de las cosas; final mente, la una es como medio, la otra como fin; la una como movimiento y camino, y la otra como término de este camino y movimiento. De aquí se infiere una cosa muy co mún, que enseñan todos los maestros de la vida espiritual, aunque poco enten dida de los que la leen, conviene saber: que así como alcanzado el fin cesan los medios, como tomado el puerto cesa la navegación, así cuando el hombre, me diante el trabajo de la meditación, lle gare al reposo y gusto de la contempla ción, debe por entonces cesar de aqueu
lia piadosa y trabajosa inquisición; y contento con una simple vista y me moria de Dios, como si lo tuviese pre sente, gozar de aquel afecto que se le dá, ora sea de amor, ora sea de admira ción, ó de alegría ó cosa semejante. La razón porcjuc esto se aconseja es por que como el fin de todo este negocio consista más en el amor y afectos de la voluntad, que en la especulación del entendimiento, cuando ya la voluntad está presa y tomada de este afecto, de bemos éscusaf todos los discursos y especulaciones del entendimiento, en cuanto nos sea posible, para que nues tra ánima con todas sus fuerzas se em plee en esto, sin derramarse por los actos de otras potencias. Y por eso aconseja un doctor, que así como el hombre se sintiere inflamar del amor de Dios, debe luego dejar todos estos dis cursos y pensamientos por muy altos que parezcan, no porque sean malos, sino porque entonces son impeditivos de otro bien mayor, que no es otra cosa más que cesar el movimiento, llegado el término, y dejar la meditación por amor de la comtemplación. Lo cual se-
— 144 — ñaladamente se puede hacer al fin de todo ejercicio, que es después de la pe tición del amor de Dios de que arriba tratamos; lo uno porque se presupone ya entonces que el trabajo del ejercicio pasado habrá parido algún afecto y sentimiento de Dios, pues como dice él Sabio: más 'vale el fia. de la oración^ que el principio (i); y lo otro, porque des pués del trabajo de la meditación y ora ción, es razón que el hombre dé un poco de huelga al entendimiento, y le deje reposar en los brazos de la contem plación. Pues en este tiempo deseche el hombre todas las imaginaciones que se le ofrecieren, acalle el entendimiento, quiete la memoria y fíjela en nuestro Señor, considerando que está en su presencia, no especulando por entonces cosas particulares de Dios; conténtese con el conocimiento que de El tiene por fe, y aplique la voluntad y el amor, pues éste, aun solo, le abraza, y en él está el fruto de toda la meditación; y el entendimiento es casi nada lo que de Dios puede conocer, y puédele amar (1) Ereles. 7, v. 7. u
— i45 — mucho la voluntad. Enciérrese, pues, dentro de sí mismo en el centro de su ánima, donde está la imagen de Dios, y allí esté atento á El, como quien escu cha al que habla de alguna torre alta, ó como que le tuviese dentro de su cora zón, y como que en todo lo criado no hubiese otra cosa sino sola ella y solo El. Y aun de sí misma y de lo qüe hace se había de olvidar, porque como decía uno de aquellós padres: aquella es j>erfecta oración^ donde el que está orando^ no se acuerda que está orando (i). Y no solo al fin del ejercicio, sino también al medio, y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño espiritual, cuan do está como adormecido el entendi miento de la voluntad, debemos hacer esta pausa y gozar de este beneficio, y volver á nuestro trabajo, acabado de di gerir y gustar aquel bocado, así como hace el hortelano cuando riega una hera, que después de llena de agua de tiene el hilo de la corriente y deja em papar y difundirse por las entrañas de (1) Casian. collat., et Dipni. Areop. capitulo 2.° IO u
la tierra seca la que ha recibido; y esto hecho, torna á soltar el hilo de la fuen te, para que aun reciba más y más, y quede mejor regada. Mas lo que en tonces el ánima siente, lo que goza, la luz y la hartura y la caridad y paz que recibe, no se puede explicar con pala bras, pues aquí está la paz, que excede todo sentido, y la felicidad que en esta vida se puede alcanzar. Algunos hay tan tomados del amor de Dios que apenas han comenzado á pensar en él, cuando luego la memoria de su dulcedumbre los derrite las en trañas, los cuales tienen tan poca nece sidad de discursos y consideraciones para amarle, como la madre ó la esposa, para regalarse con la memoria de su hijo ó esposo, cuando le hablan de el; y otros, que no solo en el ejercicio de la oración, sino fuera de él, andan tan absortos y tan empapados en Dios, que de todas las cosas y de sí mismos se olvidan por El; porque si esto puede muchas veces el amor carnal de un perdido, ¿cuanto más lo podrá el amor de aquella infinita hermosura, pues no es menos poderosa la gracia, que la na-
— 147 — turaleza, y que la culpa? Pues cuando esto el ánima sintiere, en cualquier par te de la oración que lo sienta, en ningu na manera lo debe deshechar, aunque todo el tiempo del ejercicio se gastase en esto sin rezar ó meditar las otras cosas que tenía determinadas, sino fue sen de obligación; porque así como dice san Agustín: que se ka de dejar la oración vocal^ cuando alguna -ue^fuese iinfediinento de la devoción; así también se debe dejar la meditación^ cuando fue se impedimento de la contemplación (i). Donde también es mucho de notar, que así como nos conviene dejar la me ditación por la afección, para subir de menos á más; así por el contrario á ve ces convendrá dejar la afección por la meditación, cuando la afección fuese tan vehemente que se temiese peligro á la salud perseverando en ella, como muchas veces acaece á los que sin este aviso se dan á estos ejercicios, y los to man sindiscrección, atraídos con la fuer za de la divina suavidad. Y en tal caso como este, dice un doctor, que es buen (1) In Inchird. u
— 148 — remedio sacar algún afecto de compa sión, meditando un poco en la Pasión de Cristo, ó en los pecados y miserias del mundo, para aliviar y desahogar el corazón. FIN DÉ LA PRIMERA PARTE. u