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Los Benedictinos de Monforte / por Antolín López Peláez (Acarinto Gerenio)

López Peláez, Antolín

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se nr coMPoSirti DE SANTIAGO 01 l os jemos de momt e LOS HEMIM DE MSFORTE (OBRA PREMIADA EN EL CERTAMEN DE DICHA CIUDAD) POR EL ídmii. (A.cai ’ into Gerenio) 5) í . siv SiMionei y. Sic. mv Scotoaia, 9sota3o S)oiH¿itico 3cSu Saivtida9, ‘ 3\LcKyvíttat • 3c. ía. S. 3. S. 3» ¿ligo, cV&ofjiot c^í Somiivatio, élícaSe Sío»vano, eapatíáu3cJConot, Stc3ica3ot 3c S. 91L., 9K-i>íon-oco ¿l poitófico. 61ca3¿niico SotssípoitSiotvtc. 3e ía» 3o Ca JCiotocia, 3¿ SBíífa» ¿lite» 3c San ffccnanSo, tj Sevillana 3o cBuonao ¿etsa», Socio 9o ta ¿lítijtico-Cligucotóg'ica-íBaxcotoncaa, fia pifian JConozatio 3ctaSanta 6a»a, 34103 Sinocaí, oto. CORUÑA ' IMPRENTA Y LIBRERÍA DE E. CABRÉ REAL 30 Y GALERA 23 H895 u SC dc sant iago — li  les viera desarrollarse cou aquella maravillosa florescencia que en el siglo XIII, el siglo más grande de la historia, se dejó ver pomposa y lo  zana en las severas páginas de la Suma teológi  ca; mostró la variedad brillantísima de sus for  mas y de sus colores en las florestas literarias del Paraíso perdido, y halló su expresión más ade  cuada en los poemas de piedra de las catedrales góticas, cuyas lineas ondulantes, como las llamas de un incendio, cuyas espirales retorcidas, ima  gen de los desesperados esfuerzos con que inten  tábase realizar el ideal de la belleza, y cuyas al  tísimas torres elevadas al cielo, como brazos gi  gantescos de una generación de titanes, revelan el espíritu esforzado, idealista y fervoroso de sus constructores. Cada casa benedictina tenia su biblioteca, que se consideraba como una de las piezas más princi  pales y se rodeaba de fuertes muros, cubriéndola con espesas bóvedas, para preservarla de las lla  mas en caso de incendio: los volúmenes más in  teresantes solían estar sujetos á la pared con du  ras cadenas, para librarlos de la rapacidad, que si lograba arrancarlos de su sitio, quedaba ella ama  u rrada con otras más terribles, con las de la exco  munión mayor, temida entonces como nunca. Para buscar una obra curiosa, para enriquecer la librería con un volumen interesante, hacían los benedictinos viajes largos, difíciles y penosos, sin reparar en gastos ni en sacrificios de ninguna especie, con el fin no sólo de recrear su espíritu é ilustrar su inteligencia con la lectura, sino que también para trasmitirlos á la posteridad, librán  dolos de la destrucción á que se exponían en las casas de los particulares, en aquellos tiempos de espantosa confusión y de continuas revueltas. Es cosa que admira leer los catálogos de las bibliotecas benedictinas en el largo período de la Edad IMedia. Según Hurter, la abadía de Croyland poseía en el siglo XI nada menos que tres mil volúmenes. Dos siglos después la de Glastonebury se enorgullecía legítimamente con su se  lecta colección de cuatrocientos tomos, entre los que se encontraban muchos de poesía y de histo  ria romana. En aquel mismo tiempo se veían entre los doscientos cuarenta y siete infolios del convento de Benedictbeuren las obras de Horacio, de Vir  — 13 — o-ilio, de Lucano y de Salustio. El de San Miguel., cerca de Bamberga, era famoso por su riquísima biblioteca, que guardaba inestimables tesoros li  terarios de la antigüedad clásica, asi pagana co  mo cristiana, sin que apenas dejase de tener re  presentación en ella ninguno de los poetas latinos. Aun con todo, apesar del exquisito cuidado que ponían los monjes en la adquisición y custodia de los libros más interesantes, ya fueran de autores católicos, ya de gentiles y aun de herejes, se han perdido, para desdicha de las letras, .millares de Volúmenes, que sólo conocemos por los encomios y ponderaciones con que los encarecieron sus coe  táneos. ¿Qué seria, si no hubieran existido desde principios del siglo VI, sin interrupción, millares de personas esparcidas por toda la redondez de la tierra y viviendo en lugares apartados y seguros, para, según la regla que se habían obligado ú cumplir, dedicarse, libres de los cuidados y de las ambiciones del mundo, con todo el ardor y cons  tancia de quien espera por sus trabajos eterna recompensa, á recoger y copiar ejemplares de obras importantes, entonces muy raros y de gran  dísimo precio? u — 14 — No había ningún monasterio de importancia, " que no tuviera su scriptorium, oficina de la inte  ligencia, donde se suplía la falta del arte de im  primir, con un trabajo tan ilustrado como conti  nuo y con un esmero y una asiduidad que han hecho para siempre famosa la paciencia benedicti  na. Recoger manuscritos sin procurar su reprodución, era sólo preservar de la ruina por algún tiempo á la ciencia. Hombres de sacrificio y de abnegación, no enriquecían, lo diremos otra vez, sus bibliotecas los benedictinos para su exclusiva instrucción y deleite. Si, durante aquellos siglos de sequía y esterilidad del ingenio humano, reco  gían en las profundidades de sus monasterios los hilos de agua de la tradición, depurándola del lo  do de la heregía, era para formar manantial abundantísimo, cuyos limpios raudales, encauza  dos y dirigidos convenientemente ’ , llevaran la fecundidad y la vida á los más apartados paí  ses. Juntaban en uno los haces dispersos de la luz de la inteligencia; mas para hacerlos pa  sar por la lente convergente de su estudio, for  mando potente foco, cuyos rayos deslumbrado  res pudieran romper las densas tinieblas de igno  u rancia y de barbarie que envolvían al mundo. Mientras unos se dedicaban á desmontar bos  ques, á canalizar torrentes y á construir ciudades, sus compañeros de hábito, profesorea antes quizá de las entonces desiertas academias, ó nobles de la más ilustre prosapia, olvidados de todo lo existen - , te para consagrarse no más que á Dios y al porve  nir de la ciencia, consumían la mayor parte de las horas del día, y todos los días del año y todos los años de una existencia que solía prolongarse no  tablemente, sentados ante un pupitre copiando có  dices con esmero tan exquisito, con perfección tan acabada y adornándolos á veces con iluminacio  nes, miniaturas, letras capitales y viñetas tan hermosas, que no hay palabras para ponderar de  bidamente su belleza y elegancia. A veces la vida entera de un hombre no basta  ba para dar término á la reproducción de un códi  ce: el que había escrito el Inclplt líber, fórmula generalizada por el Doctor Máocimo y nuestro compatriota Orosio, no siempre podía llegar al Ea:- plicit ' fehclter] y al bajar á la tumba, cedía el puesto y el grapH'tum, el calamus ó el arundo á otro compañero; y así, añadiendo vidas á vidas, — 16se lograba dar cima á trabajos que son el asombro de este siglo ligero del vapor y de la electricidad. En ocasiones el scriptor ponía su firma al fin del volumen trasladado; pero era lo más frecuente omitirla, escribiendo en su lugar sencilla y con  movedora acción de gracias al Ser Supremo. Para aquellos hombres de superior y extraordinario temple de alma eran lo de menos, en comparación con el cumplimiento del deber, los elogios de la posteridad. Al lado de su mesa de escribir veían al ángel custodio con dorada pluma en la mano,, consignando por modo imborrable con áureos ca  racteres sus actos de abnegación y de sacrificio; y tenían por averiguado é indiscutible que las go  tas de sudor vertidas en beneficio de la humani  dad y de la ciencia, un Dios, para quien nada pasa inadvertido, las trocaba en brilladores dia  mantes que resplandecerían indefectiblemente en su diadema de triunfo. Como la oscura abeja que en las largas horas, del crudo invierno labra solitariamente panal sa  brosísimo, así la Orden benedictina, en la intermi  nable noche de la Edad Media, gastó todas sus fuerzas y energías en libar en las flores de la u - 11 - erudición clásica el jugo vital de la ciencia, que, elaborado y trasformado convenientemente en la soledad y en el silencio, había de ser alimento dulcísimo para las futuras generaciones, algunas de las cuales, sin embargo, despreciarían á quie  nes, sin interés ninguno humano, y solamente por su amor al prójimo, conservaron y perfeccionaron el sustento de la inteligencia en beneficio de las más remotas edades. El virgiliano Sic vos, non vobis, mellilicatis, apes, es aplicable exactamente á los antiguos benedictinos. El viajero que, en alas del vapor, atraviesa las montañas, cruza los torrentes y salva los precipi  cios, no suele acordarse de la falange de obreros que consumieron su vida en las entrañas de la tie  rra, horadando los peñascos y construyemlo el tú  nel por donde vuela la locomotora suprimiendo las distancias. Cuando se ve en el Océano la isla madrepórica, cubierta de hermosura, encantada la vista con su belleza, no se atiende al sinnúmero de pólipos que la formaron. Hoy que está al alcan  ce de una mediana fortuna el adquirir rica biblio  teca, y tantos medios hay para consultar sin grau dispendio ni trabajo toda clase de libros, es difí3 u - 18 - cil formarse idea exacta de la incesante y prolon  gada labor que emplearon los benedictinos al obje  to de enriquecer sus librerías y trasmitir á la pos  teridad cuantiosa suma de conocimientos, base in  dispensable para levantar el majestuoso edificio que enorgullece con justicia á la ciencia eontemporánea. A la vez que las obras de la antigüedad, aten  dían con singular esmero los benedictinos á con servar, fijándolos por medio de la escritura, los hechos más notables de sus contemporáneos. Las crónicas de los monjes de San Benito son insusti  tuibles en algunas épocas, y si por un momento se prescindiese de ellas, faltaría el hilo de Ariadna para salir del laberinto inextricable de lo pasado; denso velo de tinieblas cubriría puntos muy culminantes de la historia, y quedarían en la narración inmensas lagunas muy difíciles de llenar por otro medio. Hay en ellas un fondo de sinceridad, un cierto candor infantil, tal acento de convicción y tanto cuidado en no alterar á sabien  das la verdad, que por esto sólo podría perdonár  seles las muchas faltas que, á la luz de la crítica moderna, cometen en la forma y en la sustancia de u — 19 — la narración. No se comprende cómo algunos histo  riadores, por ejemplo, Vicetto, en su Historia de Galicia, olvidando todo el bien que han merecido de las ciencias históricas, por no más que haber puesto á Jas veces mayor diligencia en contar los sucesos religiosos, que no los políticos y militares, dirigen feroces y brutales recriminaciones á los benedictinos, que no pudieron sustraerse a las in  fluencias del medio ambiente literario de su épeca, y debían no perder de vista que la brevedad era necesaria, si habían de sacarse muchas copias á fin de que el libro, con el correr del tiempo, no vi  niera á perderse. La imparcialidad nos obliga á advertir lo que, por otra parte, no es. necesario, teniendo en cuenta que el hombre no deja de serlo por cubrirse con un hábito religioso, ni pierden su brío las pasio  nes con encerrarlas en la soledad de un claustro: los benedictinos no en todas partes ni igualmente en todos los tiempos se conservaron fieles á su misión civilizadora y á la austeridad de la sapien  tísima regla que les impuso el santo patriarca. Es horrible la descripción que varios Concilios, como los de Trosly y de Metz, hacen del estado de la u vida religiosa en determinadas épocas. Pero una singular providencia velaba por el esplendor de esta Orden, y, á la corrupción, no tardaba en se  guir una completísima y general reforma. Decaída ya á principios del siglo VIII la disci  plina monástica, á consecuencia de los trastornos sociales de aquel tiempo, encontró en San Bonifa  cio un restaurador ilustre, á quien debieron su ori  gen los famosos conventos de Hersfeld y de Fulda, en Alemania. La necesidad de nueva reforma se dejó sentir bien pronto, y entonces un segundo Benito, el de Aniana, hizo reflorecer en la Orden las virtudes que ilustraron su cuna. Empero la restauración más importante, por su influencia extensísima y por su larga duración, debióse á los monjes cluniacenses, en cuyos prime  ros abades, Bernón, Odón, Aymar, Mayeul, Odilón y Hugo, parecía resucitada, con el celo de los apóstoles, la austeridad de los primitivos anaco  retas, por lo que muy pronto numerosos monaste  rios de toda la cristiandad, sin excluir á España, se pusieron bajo su dirección y dependencia. Dos siglos más tarde vino la tibieza y languidez, que produjo en breve una saludable reacción, ini  O r ig en d el M o n a st er io Costumbre es, seguida generalmente por los historiadores particulares, al llegar á la investi  gación del comienzo de la institución de que tra  tan, buscarlo en la más remota antigüedad., per  diéndose en un mar de conjeturas, y fundando sus deducciones en los datos más obscuros é . insigni  ficantes. Ancho campo tendría para ello el que quisiera fijar la' época precisa en que los benedictinos fun  daron su célebre casa en la cima del castro Luctonio; pues nada se consigna en las escrituras au- — 28 — ténticas antiguas, único medio para satisfacer la natural curiosidad que inspira este punto. Quizá no sucedería lo propio, si no se hubieran quemado ya antes del siglo XII los instrumentos - del archivo del monasterio. Este incendio de im  portantes documentos consta de una escritura de D. Ramón de Borgoña, marido de D. n Urraca, hi  ja de Alfonso VI, en que se hace de nuevo al convento merced de muchas posesiones donadas por los reyes, cuyas escrituras habían sido pasto de las llamas. La confirmación del conde D. Ra  món se hizo y escribió en el año 1094, no en el de 1074, como dice equivocadamente Tepes: pues en este año aun no gobernaba á Galicia el de Bor  goña. No obstante este incendio, pudieron llegar á la posteridad algunas escrituras en que se hace men  ción del monasterio: una de ellas es tanto más cu  riosa, cuanto que refiere uno de los -juicios de Dios tan usados en aquella época de barbarie, que so  lían hacerse ó sumergiendo al acusado en agua fría, para que demostrara su inocencia sobrena  dando, ó permitiéndole vindicarse por la fuerza de las armas en duelo singular. A veces se usaba pa  u — 29 — ra el mismo efecto la prueba ¿le la cruz, ¿le que hablan las Capitulare^ de los reyes Francos, con  sistente en tener los brazos extendidos mientras se rezaba alguna oración: y el juicio ¿leí pan -y queso, que explica Du-Cange en su G-losario', di  ciendo que se reducía á que si .comían de una vez cierta cantidad dé queso y pan benditos, quedaban absueltos de todas las imputaciones. Pero las pruebas más usuales se hacían por el fuego: á ve  ces se calentaba agua y en ella, después de varias ceremonias, metía el brazo el acusado, quedando libre si salía sin lesión ni señal alguna: en otras, ocasiones el que quería mostrarse inculpable, de  bía tener en la mano, sin quemadura, un hierro ar  diendo, ó pasar con los pies desnudos sobre carbo  nes encendidos, como hizo Santa Cunegunde, al decir de Surio: < ’ > atravesar por medio de las lla  mas, lo que efectuó el venerable Pedro Igneo, abad de Valle Umbroso, para convencer de simoníaco al arzobispo de Florencia. Los benedictinos acostumbraban á emplear la prueba del agua fría — una de las más humanas, — como refiere su mismo historiador Mabilouio: el concilio triburense parece poner entre las pruebas u — 30 — admitidas como canónicas, las del hierro candente y del agua hirviendo; pero la Iglesia romana siem  pre rechazó todas las ordolias y bárbaras purifi  caciones vulgares, y se hallan en las Decretales terminantemente reprobadas. Nada tenía de extraño que en tales pruebas, si tal vez se exceptúa la del agua fría de los benedic  tinos, el acusado no probase nada á su favor; por eso es de notar que en la escritura á que nos refe  rimos., se consigne que, verificada á presencia del público la prueba caldaria con un tal Macedonio, éste salió ileso, según aseguran haberlo visto 25 testigos mayores de toda excepción. En el referido documento, escrito en la era de 953 ó séase año de 915, se hace ya relación de la iglesia de San Vi  cente in Castro Luctonio Aún existe otro instrumento más antiguo donde se menciona el convento de San Vicente del Pino de Monforte, entonces dicho de castro Luctonio; y es el famosísimo que principia por estás pala  bras: Era 829. Unctus est in Regno prodictus rex Magnas Alfonsus, el cual, según Ambrosio de Mo  rales, fue extendido en tiempo de Alfonso II ó sea á principios del siglo IX; pero aunque se haya reu — 31 — d actado siendo rey Alfonso III, siempre resulta grande la antigüedad del convento que allí se nombra. Consta, pues, evidentemente, que el monasterio monfortino estaba fundado antes del siglo IX; que es anterior, por tanto, á la gran restauración monástica llevada á feliz término en Galicia du  rante la última centuria; y que no será aventura  do suponer que su existencia en los comienzos mismos de la reconquista se debe á que ya en la época visigótica habría allí alguna fundación mo  nástica. Se explica que, por la devoción al glorioso San Vicente, el convento, á él consagrado, llevara su nombre; pero no es tan íácil averiguar por qué se le llama del pino - , pudo ser en razón de que en tal lugar hubiera algún pino corpulento y notable, ó porgue lo elevado del sitio le hace parecer un pi  náculo: el nombre de Pino se refiere mas bien al castro que no al convento; y así en la escritura de D. a Gontroda se dice que este se hallaba editicado en Castro Luctonio por nombre Pino, in castro lactonio, <iuod (Licitur Pino. Aunque no consta que se deba á los reyes su u - 32 - fundación, por lo mismo que éstu se envuelve en las obscuras sombras características de remota an  tigüedad, por los muchos privilegios con que le distinguió la regia munificencia, lleva justamente el monasterio el nombre de real, y nada más fre  cuente en sus documentos que consignarse" esta expresión, San Vicente el Keal del Pino. II E l A ba d É spa sa n d ó La falta de documentos, consecuencia de las al  teraciones de los tiempos, de la incuria de los hom  bres, y xíltimamenté de la barbarie de los moder  nos revolucionarios españoles, que, más inconsideíados que las mismas hordas de Atila, arrojaron á las llamas ó dispersaron á los cuatro vientos las venerables reliquias literarias de los siglos feuda  les, han hecho que hayan quedado, en la obscuridad muchos nombres de prelados de San Vicente del Pino, que indudablemente tendrían gloriosos títu  u — 34 — los á la estimación y al respeto de las futuras ge  neraciones. Del mismo modo que en la larga época de la re  conquista se pensaba más en pelear que en escri  bir, en ganar palmo á palmo la perdida patria, que en consignar los títulos por los que ésta debía ser reconocida á tantos generosos campeones y esfor  zados adalides que derramaron su sangre en aras del patriotismo, así los religiosos, convencidos de que sus buenas obras se escribían en el libro ce  lestial de la vida, y sus trabajos serían recompen  sados eternamente por el que no deja sin premio la acción más insignificante, no se curaban de los elogios que de ellos pudieran hacer las generacio  nes por venir, y en esta su humildad profundísi  ma ha de buscarse una de las causas de la obscuri  dad que rodea ciertos hechos por. otra parte impor  tantísimos. Uno de los abades de San Vicente del Pino, de quienes se conservan más memorias, es el ilustre Espasando: éste es el que firmó en 932 la escritu  ra, en que, siendo obispo de Compostela Sisnando, dieron mucha hacienda para la iglesia del Apóstol los nobles Dagaredo y Tintasindo. Tamu bien se encuentra su nombre con el del venerable Tranquila, abad de San Esteban de Rivas del Sil, y los de varios obispos, en el instrumento por el que Adelfio hace á Sainos donación de grandes riquezas. En la famosa escritura de donación otor  gada por Santa Ilduara, madre de San Rosendo, al convento de Celanova, con los obispos Rudesindo, Bisando, León, Diego, Sigila, Ermógio, Obeco, Ermegildo, Salomón, y Ero, suscribe asi  mismo Espasando, abad de San Vicente del Pino. El hecho más notable de este abad ó prelado fue el tomar parte en el Concilio de Oviedo, en tiempo del rey D. Alfonso, firmar sus actas, y ob  tener para su monasterio grandes exenciones, no  table jurisdicción y señaladísimos privilegios. Como en Oviedo, con objeto de erigir su cate  dral en metropolitana, hubo dos concilios, según opinión muy probable, y el Alfonso 'que entonces reinaba, lo mismo pudo ser el Casto que el Mag  no, es dudoso, en que tiempo vivió Espasando, atendiendo á este dato únicamente. Ambrosio de Morales, diligentísimo registrador de archivos y bibliotecas, y crítico, para su tiempo, en gran manera concienzudo, cree que el Concilio - 36 - de que se trata, se celebró en el reinado del se  gundo Alfonso, y que nuestro Esposando floreció por los años de 830. El privilegio de Monforte que consiguió Espasando en el Concilio de Ovie  do, habla efectivamente, al principio, de Alfonso II; mas esto no prueba en manera alguna que en su tiempo se hubiese escrito. Fijando la atención en él, se nota que, desde la mitad, trata de otro so  berano, de Alfonso III, cosa natural si se atiende á que su objeto es advertir, en breves frases y sin guardar un método riguroso, por qué caminos y maneras llegó el convento á poseer su amplia ju  risdicción. La circunstancia de llamarse Juan al Papa que entonces gobernaba la nave de Pedro, basta para mostrar que el concilio no se celebró en tiempo de Alfonso II, en el cual no hubo nin  gún Pontífice de aquel nombre. Si el Concilio á que asistió Espasando en Oviedo, se hubiera jun  tado reinando Alfonso II, como se le ve poniendo su firma en documentos hechos un siglo después, habría que venir á la consecuencia de que el tal abad era una especie de Matusalén. Es, pues, in  dudable que Espasando ilustró con sus virtudes el reinado de Alfonso III. u III E l C onvento en c o men d a d o y a n eja d o Las encomiendas, contra las que tanto se ha declamado, consideradas en absoluto, no pueden aprobarse, ni desaprobarse, como nota muy bien Rigaut, en sus preciosos comentarios sobre las re  glas de la Cancelaría pontificia. Que una iglesia se encomiende temporalmente á un clérigo, por ejemplo, mientras no se la dé un Pastor efectivo, nada tiene de chocante, ni de re  prensible; y así lo hizo en la diócesis, denominada ad Forum Cornelu, el gran padre San Ambrosio: — 44 — del mismo modo, se hallan casos de conventos en  comendados en el concilio 3.° de Orange, Cuando algunas catedrales eran destruidas, co  mo sucedió á tantas en España con motivo de la invasión de los sarracenos, parecía natural que á los obispos de ellas se les diese el gobierno de monasterios poderosos, para que se sustentaran decentemente con sus rentas y ejercieran á la vez el ministerio episcopal; lo cual hizo con muchos Prelados el gran Pontífice San G-regorio. Tampoco ha de reprenderse el que si un clérigo benemérito no podía mantenerse con las rentas de su beneficio, se le pusiera al frente de alguna ca  sa religiosa, á fin de que gozara de parte de sus emolumentos. De la misma manera, cuando algún monasterio, en su parte mora), venía á decaer lastimosamente, y no se encontraba remedio más del caso, no podía parecer inoportuno, ni arbitrario, el que se diera su dirección á otros clérigos capaces de res  tituir la perdida disciplina y hacer florecer con vigor y lozanía la justa observancia monástica. Los Papas, al encomendar los monasterios á clérigos que no pertenecían ni á la comunidad, ni — 45 — á la orden.ni al monacato, obraban completamente dentro de sus atribuciones: pues en ellas está el distribuir los bienes eclesiásticos, — sobre los cua  les tienen, por lo menos, el dominio alto ó de so  beranía, — entre las personas sagradas, del modo y en la forma que les parezca más conveniente. Lejos de favorecer el mí mero excesivo de enco  miendas, los Pontífices trataron de disminuirlas y de quitai* las que constituían un verdadero abuso. Más de una vez se opusieron á las pretensiones de los Príncipes en esta parte. Clemente V quiso se aboliesen cuantas se habían concedido inconsi  deradamente; y Benedicto XII mandó suprimir todas las que advirtió redundaban en notable per  juicio de los monasterios. Pero es justo confesar que mientras estuvo la Santa Sede en Francia, en aquellos tiempos que llaman felices los escritores ultrapirenáicos, y fue  ron una inmensa calamidad para la Iglesia, pa  tentizando que los Obispos de Roma conviene que estén con independencia absoluta, en la Ciudad Eterna, las encomiendas llegaron á ser una ver  dadera plaga, se multiplicaron escándalosamente y con dolor de los buenos, gracias á la rapacidad u inaudita y al increíble descoco de los curiales franceses que rodeaban á la córte pontificia du  rante el cautiverio de Avignón. De los abades comendatarios, unos no tenían de superiores religiosos más que el cobro de las pin  gües rentas, sin cuidarse de residir en los. monas  terios; y los que allí vivían, por lo comtin, era con el exclusivo objeto de sacar más ganancia, inves  tigando y explotando por sí las fuentes de pro  ducción. A veces los tales abades ni siquiera eran clérigos: los reyes solían nombrar á sus soldados, bajo el especioso pretexto de que, con los produc  tos, mantuviesen la gente en pié de guerra contra los enemigos de la religión cristiana: y no pocos monasterios, á favor de los trastornos y desquicia  miento social de la época, vinieron á parar á ma  nos de seglares, consumándose así su total ruina. El monasterio de Monforte, no obstante su an  tigüedad, su historia y sus privilegios, no pudo librarse de la peste de las encomiendas, que infes  taba con su pernicioso contagio las órdenes mo  násticas, y llegó á causar los mayores desastres, singularmente en los siglos XV y XVII. Quizá sus mismas riquezas fueron la causa motora, exci- — 47 — tando los codiciosos instintos de hidalgos y ricoshomes, quienes, durante no poco tiempo, se apode  raron de las rentas de la comunidad, á título de encomienda. • Los males que por ello se siguieron, no son pa  ra contarse: aquel monasterio tan floreciente, tan observante y tan rico, estuvo á punto de ver su total irreparable ruina. Lo que en otras circunstancias se hubiera teni  do por una gran desgracia, fue lo que contribuyó á levantar la prosperidad del monasterio, que á tan lastimoso estado había venido en manos de legos comendatarios. Se le anejó al priorato del Cebrero, y de este modo sus rentas principiaron á ser bien empleadas, dedicándose al sostenimiento del famo  so hospital y alberguería que, en obsequio de los que caminaban por aquellas asperezas y de los que iban en peregrinación á Santiago, tenían allí los benedictinos. Por Bula de 1496, expedida á instancia de los Reyes Católicos por el Papa español Alejandro VI, se anejó el Priorato del Cebrero y con él, por consiguiente, San Vicente del Pino, al monasterio de San Benito el Real de V alladolid. se VNIVCRSfDADC — 48 - La agregación de los conventos benedictinos al de la capital de Castilla, si bien muy ventajosa para la causa del cristianismo y de la orden, no hizo ganar mucho á cada uno de ellos en particu  lar, y más si se trata de los de Galicia. Como la unión es la fuerza, vis imita fortior, la Congrega  ción formada por los monasterios de la orden be  nedictina, se hizo poderosa y respetable, y se ha  lló con recursos para conseguir sus fines: hubo más uniformidad de miras; y fué más fácil la co  rrección de costumbres y la conservación de la austeridad primitiva, por la edificación mutua, por la frecuente y periódica renovación de los su  periores, y por la vigilancia y castigo que ejercía un jefe experimentado y revestido de la mayor autoridad. En cambio, perdieron así su independencia los monasterios, faltándoles con ella uno de los gér  menes más fecundos del esfuerzo individual y de las iniciativas rápidas y vigorosas: su historia se confundió, como las gotas de agua en el Océano, con la narración general de los hechos de la Con  gregación: faltóles el sabor local, la fisonomía pro  pia, los rasgos característicos que antes los distiu- — 49 — guían y hacían á cada uno acreedor á atención es  pecial: la venida de abades extraños á la región, ajenos á la historia del país, desligados de las tra  diciones de la comunidad, fué parte á que los mo  nasterios, cortados todos como por un mismo pa  trón, dejaran de tener vida propia para convertir  se en ruedas sin importancia ó muy secundarias de una máquina potente é inmensa, en miembros lánguidos de un organismo pletórico absorbente y centralizado! ’ : las propiedades monacales se con  servaron; pero sus rendimientos no solían quedar en la región que los producía, sino que iban á dis  tribuirse en lejanas tierras ó á recogerse y guar  darse en la casa generalicia. San Vicente del Pino fué uno de los pocos mo  nasterios gallegos que ganaron con la reforma. El poder de la Congregación le puso á cubierto de los dardos de sus particulares enemigos; las rapi  ñas de los legos encontraron un valladar insupe  rable en la energía ilustrada del general de la or  den: con los monjes venidos á él del observante convento real de Valladolid, recibió sangre joven y generosa aquel cuerpo anémico y enflaquecido; se infundió nueva y vivificante savia en el árbol 7 se UNrarscixüt coMro-sni.' u - 50 - carcomido y expuesto á caer en tierra: repoblóse el monasterio, alcanzando sus habitadores una respe  table cifra; y sus rentas, merced á una buena ad  ministración y al reconocimiento y recobro de las antiguas posesiones, aumentaron notablemente. Anejado ya el monasterio á la Congregación de Valladolid, fue cuando se construyó la actual iglesia, de la que dice un historiador del siglo pasado que es una de Zas mejores de GaUdét. Tie  ne en efecto la ventaja de que su estilo de transi  ción del ojival no se halle afeado con mezclas de otros diferentes, como ocurre en la mayor parte de los edificios religiosos; su bóveda de nervadu  ra complicada y de robusta crucería, tiene no pe  queña elevación; y son muy airosos sus tres ábsi  des y muy amplio el crucero de forma latina. El retablo del altar mayor se hizo dos siglos más tar  de que la actual iglesia, en el XVIII; y, para ser de aquella época en que tan depravado estaba el gusto, puede calificarse de notable. Los monjes dieron una prueba de su amor á las artes, ador  nando el templo con gran número de cuadros, mu  chos de los cuales han ido desapareciendo: entre los existentes, merece citarse por su magnitud, y u — 51 — de él hace mención Murguia, el martirio de San Lorenzo, y, por la propiedad del colorido, el retra  to del cura de Torbeo, que se cree haber ayudado á costear el edificio; y con esculturas tan intere  santes como el grupo de Santa Ana, que parece trabajado antes de anejarse el convento al real de Valladolid, y entraña singular importancia para el estudio del desarrollo del arte regional. Atrae también las miradas, por su antigüedad y perfec  ción, la adoración de los monjes á la Virgen. La pureza de la arquitectura del templo es más de notar, porque, como dice D. n Emilia Pardo Bazán, en su precioso libro De mi tierra, mientras los franciscanos, ligados á su dama y señora la Pobreza, viviendo de las limosnas que recogían, no introdujeron modificaciones en los primitivos edificios construidos del XIII al XIV, y por eso hoy se conservan los conventos de menores tal cual se fundaron, los benedictinos, dueños de pin  gües rentas, persuadidos de que debían dar traba  jo y fomentar el desarrollo artístico, á cada paso reconstruían y adornaban sus casas con la sun  tuosidad propia de quien no sólo dispone de ri  quezas, sino de tiempo y espacio, y vive en épocas - 52 — más apacibles que esta nuestra de hoy, que todo lo apresura y malogra. No entramos en más detalles acerca del edificio que antiguamente fue San Vicente del Pino, por  que no los creemos objeto de la presente memoria. Sobre este asunto escribió hace años en el pe • riódico católico de Lugo, un bien meditado artí  culo, el Sr. D. Bartolomé Teijeiro, de la Academia de San Fernando. La revolución engendrada por el odio satánico á la Iglesia de Cristo, arrojó de sus casas á los frailes que eran su gloria y su corona de honor, y les arrebató sus propiedades, á las cuales tenían títulos tan legítimos ó más que cualquier otro ha  cendado, abriendo así el camino á los ataques contra la propiedad colectiva, contra las socieda  des de crédito y compañías anónimas, principio de la incesante batalla entre el capital y el traba  jo, entre el dominio de la riqueza y el dominio de la fuerza y del número: la reacción religiosa que Dios, en los designios amorosos de su Providen  cia, ha venido preparando y acentuando en nues  tra patria, no ha hecho aún que los benedictinos, á quienes tanto debe Monforte, vuelvan á habitar u palos, á no defenderse en querer coger piedras.» Pretendiendo el donado, que llevaba la cruz de San Vicente del Pino, llegar hasta el Colegio, los jesuítas «lo resistieron y con disputas de unos y otros echaron dicha cruz en tierra»; cuyos lan  ces, dicen los testigos, que «fueron de mucho es  cándalo.» En el siglo XVII se llevó también á la Au  diencia un pleito sobre el uso de una colgadura, que al convento de los franciscanos de Monforte había dejado la condesa deLemos, D. n Catalina de Zúñiga. Las concesiones jurisdiccionales que obtuvo San Vicente del Pino, datan de muy antiguo, aun  que no sea fácil determinar cual ha de tenerse por la primera. Desde el Concilio de Oviedo, ejercieron pacífi  camente los abades de Monforte su jurisdicción en la tierra de Lemos, hasta los años de 1232, en cu  yo tiempo el obispo de Lugo D. Martín y su ca  bildo les movieron cuestión, para dirimir la cual, se nombró por árbitros amigables á unos canóni  gos de Mondoñedo, que determinaron cediese el Monasterio á la Mitra 13 iglesias. — 60 — .San Vicente tenía Bulas de Inocencio III, de Julio II y de Eugenio IV, por las cuales su ju  risdicción se extendía ad loca, castra, jura... et ad omnia lona; cum libértate totali ab autoritate, potestate, dominio, ditione, jurisditione, visitatioue et reformatione episcoporum. Hacia el siglo IX, por ol Concilio de Oviedo, se le concedió jurisdicción espiritual sobre más de 40 iglesias. Con los trastornos de los tiempos y las diferen  tes demarcaciones de los obispados, en el siglo XVI no quedaban sujetas á la jurisdicción del Monasterio más que las iglesias de la población, otras cuatro cuyos beneficios le estaban anejos, y las 28 (1) del arcedianato, que poseían los Abades. ■ (1) Las iglesias del Arcedianato de Monforte eran: San Cosme de Linares; Santa María de Bamorto; San Cosme de Tiolleda: San Juan de Tor; Santa Maria de Toiriz; Santalla de Toiriz; San Román; San Salvador de More  da; Sanjillao de Tor; San Gibrián davide; San Andrés de Dentriz; San Martin de Gándara; San Cisclo de Guyade; - Santa Maria de la Penela; Santa Marina del Monte; Santal!a de Caneda; Sanfiz de Villamarín; Santa Maria de Pozabales: San Mamés de Vilachá; San Pedro de Sindrán; San Estéban de las Nocedas; San Salvador de Cirisa; San Martin de Vastos, y San Salvador de Pedroso. u — 61 — " La jurisdicción de éstos en las referidas iglesias era. al principio, ordinaria, y de visita, en todas . las causas, sin que de sus fallos se pudiera apelar al Obispo, ni al Metropolitano, sino solamente al Papa. Una de las causas más curiosas en que tuvo que entender el Vicario Provisor del Abad de San Vicente del Pino, fué la de Magdalena das Pereiras, por otro nombre la Vedoreira de Canide. Esta mujer, de oficio labradora, se dedicaba .á dar adivinaciones y hacer toda clase de remedios, creyendo que, por dos veces, se le había aparecido el Espíritu Santo en figura de paloma y le había enseñado unas yerbas con las que podría sanar todas las enfermedades. Tanta era la fama que había cogido y la fé que se la tenía, que el mismo Conde de Lemos, habiéndole faltado del aparador un salero de plata sobredorada, la envió un cria  do con dos reales, preguntándole quién se lo había hurtado, á lo que contestó la adivinadora, y pare  ce no se equivocó, que la alhaja hallábase en el arcón de las castañas; si bien el Conde la mandó «que no usase de aquel trato», obedeciendo á lo •pual, rehpsó la Vedoreira responder á unas cria- . u — 62 — das que querían averiguar quién las había quita  do unos vestidos. El Vicario de los benedictinos la puso en la cárcel el año de 1646, cuando ella tenía cerca de sesenta de edad; mas como se trataba de causa perteneciente al Santo Tribunal de la In  quisición, fue presentada, al hacer su visita á Monforte, al inquisidor D. Antonio Ozores, acu  sándosela, según la relación que se hizo al Su  premo Consejo, de que había dado un hechizo para que cierto hombre no dejara de casarse con una joven con la que sostenía relaciones ilí  citas. . Uno de los testigos en la causa manifestó que yendo por segunda vez un labrador á consultar á la bruja, «la halló llorosa, porque decía la quería prender cierto comisario, como Vicario de los frai  les benitos de Monforte, y consolándola, ella res  pondió que no la podían hacer ningún agravio sino porque adivinaba.» Se la llevó á las cárceles secretas en 4 de Mayo de 1650, donde, entre varias cosas, declaró lo si  guiente, que hace á nuestro caso: <y porque un cura la había venido preguntando quién le había — 63 — quebrado una cosa, y le respondió ella que no era mujer que supiese esas artes ni otras... la denun  ció delante del Vicario de los frailes de Monforte, el cual la reprendió.» La extensión del poder jurisdiccional de los abades se limitó ya bastante en el siglo XX I. En todas las iglesias, así del distrito aba  cial, como del arcedianato, tenían antes juris  dicción absoluta, de la cual no cabía apelación, ni al obispo, ni al Metropolitano y si solo al Papa. Pero en 1547, el obispo Sr. Suárez de Carvajal, les puso pleito, y, fuese por sentencia ó por con cordia, la jurisdicción se hizo acumulativa y al  ternativa la visita. Publicado el Concilio de Trento en iM, fun  dándose en él, el obispo quiso visitar la iglesia del Monasterio; con lo cual se siguió un largo pleito en Roma, que perdió el prelado con costas que importaron 90 escudos de oro. Puso de nuevo pleito con el mismo motivo el obispo Otadui, de lo cual resultó hacerse con él concordia en 1594. El conocimiento de todas las causas declaróse u - <54 - perteneciente por igual, á -prevención, (1) al obis  po y al con vento, sin apelación de uno á otro, pe  ro sí al arzobispo de Santiago: la visita de las iglesias del arcedianato de Monforte se hacia ya por turno, perteneciendo un año al Prelado de la Catedral, y otro al Prelado del convento. En 28 de Noviembre de 1596 entre el mismo Obispo y el Abad Fr. Jerónimo Marión, en vista de los muchos gastos, según confesión de ellos, que hubo con los continuados litigios, se hizo se  gunda concordia, por la que: l.° se dejaba al mo  nasterio la jurisdicción sobre el arcedianato: 2." la jurisdicción de Monforte se tendría cumulativa  mente: 3.° todas las causas de que conociese el Abad, serian apelables al Obispo: 4." los anejos de dicho monasterio se servirían por clérigos secula  res con nombramiento del Abad y examen y apro  bación del Obispo: 5.° si sobre las apelaciones que se interpusieren ante el Obispo, se suscitase al  gún pleito, habría de seguirlo éste con el Metro  politano. . (1) La precención, en este caso, consistía en que podía juzgar una causa, el que primero citase, pusiera secues  tro ó encarcelara. u — 65 — ' Como el Abad no presentó dentro del plazo pre  fijado la aprobación del general, y además, contra lo que creía el Prelado derecho exclusivo de la Mitra, había promulgado censuras pro rebús perditis, el Obispo, dos años después, declaró anula  da la concordia; en lo que no vino de buena vo  luntad el Superior de San Vicente. Mientras conservaron los Abades su jurisdic  ción sobre todo el Arcedianato llamado de Monforte, todos los clérigos de él venían los tres últi  mos viernes de cuaresma, y el tercer día de las Letanías, después de haber andado en procesión con los religiosos por el claustro, á la cámara aba  cial: y tenían una especie de Sínodo, á que daban el nombre de capítulo de corrección de costumbres. En el siglo XVII perdió el monasterio casi en  teramente la jurisdicción sobre el Arcedianato monfortino, quedándole, en unión con el" Obispo, sobre la villa y arrabales de Monforte, y privati - vamente en San Martín de Doade, San Pedro de Valverde, San Pedro de Rivas Alvas, San Mamés de Villachá y Santa Lucía de Gontín: la vi  sita de estas iglesias correspondía al Abad exclu  sivamente, el cual seguía poniendo, como antes, 9 u SC - 66 - . arcipreste, amovible ad mitum, para todo el arcedianadgo. • El Abad era el que daba á los monjes la apro  bación para administrar sacramentos; y ponía y quitaba por sí, en las iglesias del convento y de los anejos beneficios, clérigos que administrasen el pasto espiritual, los que, por reformas hechas en la disciplina eclesiástica, debían obtener del Obis  po la aprobación para poder ejercer la cura de almas, quedando, no obstante, sujetos privativa  mente á la corrección del Abad. Este, además, tenía la presentación in solidum de diez curatos, que eran: Santa Marina de Monte, Santa María de Penela, San Martiño, Santa María de Se  to ventos, . San Cebrián de la Vid, San Miguel de Marcelá, San Acisclo de Gullade, Santiago de Rivas Pequeñas, San Fiz de Villamarín y San Cosme de Linares. Antes del Concilio de Trento no sólo presentaba el Abad estos curatos, sino que daba la colación é institución canó  nica. Por la concordia hecha con el Obispo Carvajal, en 1605, perdió mucha jurisdicción el monasterio; y con ella principia lo que podemos llamar el ter  u — 67 — cero de los cuatro estados que, en sus vicisitudes, aparecen claramente definidos. El más rudo golpe lo recibió á principios del pasado siglo la jurisdicción del monasterio. Ver  daderamente, hay que confesar que enel estado á que habían llegado las cosas, era un bien que se acortara grandemente la jurisdicción de los Aba  des, ya que se había iniciado, desde el concilio de Trento, un movimiento de opinión favorable a la autoridad de los Obispos, la cual trataban de ro  bustecer los Romanos Pontífices, disminuyendo las atribuciones de los regulares exentos. Con mo  tivo de los triunfos alcanzados por la potestad episcopal, y del terreno ganado palmo á palmo en la porfiada y muchas veces centenar disputa, ha  bía dos Audiencias en Monforte (1) representan  tes de dos poderes, no siempre amigos, amén del (1) Un nombramiento de Vicario de Monforte hecho por el Sr. Buruaga en 1767, decía asi: «Por cuanto es propio y correspondiente á nuestra Dig  nidad nombrar un Juez Ecónomo en la villa de Monforte de Lemos, que conozca en todas las causas así civiles co  mo criminales en dicha villa y que administre justicia pri  vativa y acumulativamente, á quien se la pida...» — 68 — avasallador predominio jurisdiccional de los Con  des: los choques de competencia entre ambas eran frecuentes, y deplorables por más de un motivo; de donde, según confesión escrita de un Obispo y un Abad, con haber tantos tribunales de justi  cia, lo que resultaba era que ésta no se adminis  traba, ni parecía por ninguna parte en tierra de Lemos. En atención á ello, sin duda, los Abades con  sintieron en ceder lo que por tantas centurias tan obstinadamente habían defendido; comprometién  dose el monasterio á dejar del todo su jurisdicción in yerpetuum á la Mitra, «con el derecho de visitar en dicha villa como en cualquiera otra iglesia del Obispado,» según reza la escritura confirmatoria del pacto; sin que le quedase al Abad más juris  dicción «que la que tiene por sí cualquier Prela  do regular.» Seria también de cuenta del monas  terio abonar «todas las cargas y derechuras de visita,» que no eran pocas ni pequeñas en aque  llos tiempos. Todas las causas civiles, criminales, beneficíales y matrimoniales, serian de la exclusi  va competencia del Obispo. El cura de San Vi  cente debía leer, como los otros párrocos, al ofer  u — 75 — tiino vastos desiertos ó incultas montañas que, al poco, con el sudor de los benedictinos, se fecundi  zaban y convertían en hermosas vegas y en pro  ductivos campos. Los benedictinos del convento de Fulda des  montaron diez y seis leguas de circunferencia, y muy pronto tuvieron diez y ocho mil casas de campo: los de San Benito-Polironés en Italia, cul  tivaban la tierra con tres mil pares de bueyes. Del mismo modo que el espectáculo de tantos miles de hombres consagrados á Dios y quizá en el siglo pertenecientes á la primera nobleza, que pasaban toda la vida removiendo terrones y ma  nejando la azada, debió contribuir á que los seño  res feudales perdiesen su horror á los trabajos de la agricultura, que se conceptuaban propios no más que de siervos, asi, fue muy favorable á la economía rural y á la conservación y multiplica  ción de los animales de labranza, el que no pudie  ran comer carne los benedictinos, tan numerosos, que había muchos conventos que tenían á más de mil frailes cada uno. El vizconde de Chateaubriand da testimonio de que aun en su tiempo no habían perdido los bene  u — 76 — dictinos su genio útil y en gran manera laborioso, y que las mejores labranzas, los cultivadores más ricos, los más bien mantenidos y menos vejados obreros, los aperos de trabajo de perfección más notable, los ganados más lucidos y los cortijos más bien cuidados se encontraban en las abadías, viniendo á ser de este modo los frailes los verda  deros padres de la agricultura, ya como labrado  res ellos mismos, ya como maestros de los labra  dores. Las mismas monjas benedictinas, de quienes tanto se ha murmurado al hablar de los conven  tos dúplices, se dedicaron, en cuanto podían, á la agricultura: de las de Montreuil-les-Dames cuen  ta Hernán, que no sólo cosían ó hilaban, sino que ocupábanse en desmontar los espinos de la Selva. El P. Sarmiento, en su inédita obra ¿le 630 plie  gos, hace muchas y en su mayoría muy atinadas observaciones, para mostrar cuan útil era la rique  za de los benedictinos, combatida por varios abo  gados de la Coruña. A cada casa benedictina, escribe el Sr. Villaamil y Castro, en su Crónica de la provincia de u — 77 - Lugo (1), á propósito de San Vicente del Pino, seguía constantemente un burgo ó pequeña aldea, «en la que se acomodaban las personas necesa  rias para ciertas funciones mecánicas del monas  terio.» En aquella época turbulenta, en que nada hu  mano se respetaba, las cercanías de las casas ha  bitadas por los ministros de Dios y por los hom  bres consagrados perpétuamente á su servicio, eran el lugar más seguro para llevar una vida relativamente tranquila. Los mismos enemigos de nuestra religión que distinguían con su odio más feroz á los monjes, muchas veces sentían ante ellos igual terror que á las puertas de Roma en presencia de San León Magno sintió Atila, el im  placable jefe de las bandas salvajes de los hunos, y libraban del saqueo y de la muerte á sus vasa  llos y á sus pueblos. Los reyes, que veían en las fundaciones monásticas el medio más seguro de afirmar y afianzar el imperio del orden y de la virtud, concedían á los que viviesen en sus tierras toda suerte de franquicias y exenciones. Los que (1) P. 70. u — 78 — estaban expuestos á la continua á ser víctimas de las rapacidades y de la insolencia de los avaros y orgullosos reyezuelos del feudalismo, sentían re  nacer la tranquilidad, al hacerse súbditos de las abadías y verse protegidos por el báculo pastoral, respetado ordinariamente entonces por los mismos que no refrenaban sus corceles, ni volvían la espa  da á la vaina ante consideración alguna. De este modo fueron agrupándose los caseríos á la sombra sagrada de los santuarios monacales, como lo habían estado en otros tiempos alrededor de los recintos religiosos de los celtas: la campana que congregaba á los monjes en el coro á rezar las alabanzas divinas, llamaba á la sociedad y á la unión á los dispersos del Guadalete y á los que, fugitivos de los moros, se escondían en las selvas: cada convento que se fundaba era un núcleo de resistencia contra el invasor, un oasis en aquellos vastos desiertos sembrados de ruinas, un centro á donde convergían y donde se j untaban para los fines de la sociedad los que, dejándose llevar del exagerado individualismo de las razas del Norte, combatían aisladamente en la defensa de sus ho  gares contra el enemigo común . u La hoy ciudad de Monforte és la prueba más convincente de lo que venimos diciendo. Rodrigo Mendez de Silva (1) asienta que Mon  forte de Lemos debió sus principios, 1170 años antes de la era cristiana, á los griegos en tiempos de Teucro, Astiír, Anfiloco, Diómedes y compa  ñía. ' . Lo indubitable es que hacia su sitio actual es  tuvo edificada la capital de los Lemavos, de que hablan los geógrafos é historiadores de Roma, nombre que indica á las claras una procedencia céltica; pues en este idioma, según Bullet, lemán significa territorio fértil, lo cual cuadra perfecta  mente á la tierra monfortina; á más de que, en sentir del P. Florez, pudieron los celtas, al impo  nerle este nombre, querer aludir á su ciudad lemomcense, hoy Limoge.s, en Francia, situada, co  mo Monforte, sobre una colina, y teniendo á sus pies igualmente un valle fértil y un abundante río. La cabeza de los lemavos, según el geógrafo an  tiguo Ptolomeo, se llamaba Dactonio, que, como (1) De la población de España. - 80' - dice Gándara (1) y es evidente, corresponde á la presente población monfortina, aunque Abraham Ortelio, sin razón ninguna, quiere que Vivero sea la Dactonio famosa. La pálabra Lemavos con que los geógrafos gen  tiles distinguían ya á los habitantes de la tierra donde se asentó el monasterio de San Vicente del Pino, fué poco á poco corrompiéndose. En el instrumento otorgado por el rey Alfonso, en el siglo IX, á favor del monasterio benedicti  no, se llama al país térra de Lemabus. En el documento por , el cual el rey Fernando II en el concilio de Salamanca de 1178 señala las per  tenencias de la catedral de Lugo, enumera á Deomundi, Vaer y Ator in Lemabus. Fernando III, confirmando, en 1231, un privi  legio de su padre el rey Alfonso, añade á las di  chas parroquias las de Cancellata, Envoadt y Ventosa, que se hallaban igualmente in térra de Lemos. . Ya antes se ve llamado al territorio monfortino tierra de Lemos, como en la concordia entre la (1) Palmas y triunfos de Galicia - 81 - iglesia de Oviedo y la de Lugo confirmada por Alfonso Vil en 1154, El Papa Eugenio en la carta que escribió, y fué copiada en el Líber fidei de Braga, al pueblo de Monforte, llaína á éste pópulo de Lentos. En la escritura de D. Froila, de que hablare* mos luego, se llama á Lomos, Leznabiise. Lemus por Lentos también fué muy usado. Risco pretende que se le antepuso el nombre de Castro, como se hizo con otras ciudades, v. g. Cas* trojeríz y Castrobilivio, hoy Naro, por la costum  bre introducida de llamar castro á todo pueblo co  locado en alguna eminencia; pero no está en lo cierto el docto historiador, pues si á dactonio se llama castro, es porque en realidad era un castriun en la época romana: todo indica haber sido un campo fortificado, y de grande importancia es  tratégica, sin duda por las condiciones naturales de defensa, como lo fueron Proendos y Ravela en sus inmediaciones, donde se han descubierto res  tos de mosaico y de fuertes murallas. La primera escritura en que se llama castro á dactonío es una del año 1080, por la que D. a Gontroda Guudisalviz hace donación de varias ha  ll 82 — ciencias á los benedictinos. El nombre Dactonio fué corrompiéndose, principalmente quizá por in  curia de los copiantes, convirtiéndose en lactonio, lictonio, luctonio, actonio y autonio. Sobre los restos de esta fortaleza, se levantó el monasterio, y no tardaría mucho en haber casas á su derredor, como con todos sucedía, las cuales, aumentando en número y juntándose unas con otras, formarían pueblo, contribuyendo á ello no poco la devoción en que eran tenidos los monjes y el deseo de morar junto á los venerables siervos de Dios. En el año de 1104 los reyes D. Alfonso y doña Constanza y los infantes D. a Urraca y D. Ramón dieron á D. Froilán Diez y á su esposa D. n Este  fanía Sánchez el señorío de los territorios de Sa  rria y de Demos: los benedictinos donaron á los nuevos señores las tierras cerca djl monasterio, que les pidieron para edificar en ellas; y el Abad Miguel dispuso sabiamente, de acuerdo con ellos, que se celebrasen con frecuencia ferias y se pro  curara viniesen muchas personas á habitar las vi  viendas que §e estaban construyendo. Agradecido D. Froilán, hizo tres casas para los monjes, y u — 83 — mostró de otras maneras su profundo reconoci  miento, como lo da á entender por estas sus pala  bras propias del latín bárbaro de la época: Ut sciatis guanta et (¿ualia bona fecimus ad, ipsum locum Sancti Vincentii, et ad radicem ipsius montis Lemobuse, edificare populaturam in hereditatem ipsius Monastcrii per consensúan ipsius Abba Michael et ceterorum. Firman este instrumento, con los reyes y prín  cipes, el conde Regenando, varios obispos y los abades Gudesteo, Beremundo y Beliulfo: por las inscripciones se echa de ver que anduvo equivoca  do Yepes, al señalar por fecha de esta escritura el año 1074; puesto que Alonso VI, que la firma co  mo rey de Toledo, no conquistó esta ciudad hasta el 1085, ni en 1074 era D. Ramón Conde de Gali  cia, ni entonces eran obispos todos los firmantes como tales. La equivocación nació de haber leido en la fe  cha, era MCXII, 1.112, sin fijarse en que la x te  nía el rasguillo ó virgulilla que le hace valer 40, debiendo leer, era 1142, ó sea, año 1104. Generalmente los que copiaron los becerros, no atendieron á la virgulilla, abreviatura de la L, y u — 84: — * dieron así lugar á mil equivocaciones, de lo cual es buen ejemplo la famosa historia del arzobispo D. Rodrigo. Ambrosio de Morales, á pesar de ha  ber leído tantos centenares de instrumentos en le  tra gótica, parece que no hizo ó advertencia ó ca  so del antedicho signo, viéndose muchas veces, por esta causa, perplejo y confuso sin poder atinar con la fecha verdadera de los sucesos que refiere, y teniendo, para evitar anacronismos palpables, que tomar los eras por arlos, sin que en ocasiones le valiera este remedio para no incurrir en con  tradicciones manifiestas, por la diferencia que hay entre 30 y 38, que añaden respectivamente la vir  gulilla y la era. En Galicia, sobre todo, donde se conservó tanto tiempo el uso de la letra gótica, es muy frecuente en los instrumentos la virgulilla, y lo mismo en las inscripciones lapidarias y en los documentos en lengua del país. Pero que antes de la fecha indicada había ya vecinos en Monforte, lo prueba un instrumento hecho gobernando á Galicia D. Ramón y Doña Urraca, cuando aún vivía la reina D. a Constanza, que murió en el año de 1092, donde se habla de la iglesia parroquial de Santa María de Regla, u — 91 — en la historia, á causade la ignorancia ó de la cre  dulidad de los cronistas, ofreciendo, de esta suer  te, á la crítica no pequeño óbice para obtener y depurar la verdad de los hechos. San A ícente del Pino ha dado también pretex  to á una leyenda muy extendida, que, para mu  chos, despojándola de algunos atavíos con que la engalanó y desfiguró la caprichosa fantasía de los poetas, tiene el carácter de incontrovertible ver  dad histórica, y ha servido de tema para novelas como el Secreto de una tumba, de D. Manuel Amor Meilán, y poemas como ¡Leuda de horrore! de D. Galo Salinas, y Corona de fuego, del poeta D. Nicolás Taboada. He aquí, en sustancia, á qué viene á reducirse el relato de un escritor y poeta (1) acerca de este punto: L n conde de Lemos fué llamado por el rey Alfonso X á guerrear con la morisma, dejando, entretanto, á su hija única, al cuidado de su deudo el Abad de San A ícente. Este se enamoró, hasta la locura, de la pudorosa y linda joven, y, para lo  grar sus criminales intentos, valióse de un narcó- (1) D. Galo Salinas y Rodríguez. u — 92 - tico que le proporcionó un judio de Monforte, y de la complicidad del aya de aquélla. A fin de evitar que se conociera la deshonra de la hija del conde y el causante de ella, concluyó por envenenarla, coincidiendo su entierro con la llegada del de Lemos, que volvía cargado de laureles. Descubierto á poco el delito, por confesión de un paje á quien en la horádela muerte se lo había revelado la cómpli  ce del Abad, propúsose el conde tomar una venganza feroz y horripilante: convidó á un festín en su castillo á los nobles de sus estados, al que presidia el superior de San Vicente del Pino; al final ma  nifestó la traición de éste, y «...mentres que ús sujeitan ó Abade Os outros, con teazas e martelos, Colocaron n-a testa do perjuro A mitra feita brasa, roxa, ardendo... O sangre pol-o rostro, escachoante, Produz un aturrante chesporreo... O frade se retorce n-o seu potro... ¡E ó fin todo termina! Cai un corpo E a yalma vai rindir con tas ó Eterno.» La base de todo cuanto se ha fingido y dispaUN? < TR$l — 93 — ratado con ocasión de la leyenda popular de San Vicente del Pino, es la imposición de una corona de hierro candente á un Abad de Monforte por un Conde de Lemos. En los tiempos revueltos y bár  baros del feudalismo se desarrollaron tragedias horribles y espantosas, y hubo episod^s, que pa  san para la crítica con autoridad de cosa juzgada, los cuales aún hoy espeluznan y horripilan con sólo su recuerdo, - pero no es fácil encontrar mucho que se parezca á esta escena repugnante de salva  jismo brutal. La época en que se dice sucedió este hecho sor  prendente, no está muy lejos de nosotros: por apa  gados y perdidos que se supongan los instintos de humanidad, no es posible que una venganza tan singular por los personajes de ella y por la manera ferocísima con que fue intentada, no lla  mara poderosamente la atención pública, dejando de consignarse en las narraciones de los cronistas y en los versos de los trovadores. Aunque el crimen del Abad fuera tan enorme como quiera imaginarse, el haber tomado el Conde la justicia por su mano, y con crueldad tan inau  dita, en un sacerdote y señor tan poderoso, á la se TMIVCRSIDABE IC CGKPSS7CLA u - 94: — vez que tan respetado y lleno de privilegios y exenciones, como eran los prelados todos del con  vento benedictino de Monforte, no hubiese dejado de promover protestas.de parte de la misma Santa Sede y de arrancar un grito de indignación de toda la ord^i; y aunque el de Lemos era uno de los magnates de más cuenta, y su espada pesaba mucho en la balanza de los negocios políticos, su mismo poder le traía envidia y enemistades, y sus émulos no desperdiciarían ocasión tan oportuna para lanzar sobre él las iras de la Córte: de lo que tampoco hay en los documentos el menor vesti  gio. Por lo mismo que los abades y los condes monfortinos no se hallaban siempre en la mejor har  monía, aquéllos estaban interesados en conservar la memoria auténtica de ultraje tan horrible, que seria un borrón eterno en el escudo condal, haría mirar con prevención á los descendientes de per  sonaje tan bárbaramente cruel, y como creíbles y fáciles, tratándose de condes monfortinos, los ex  cesos y abusos de que con sobrada frecuencia se quejaban los monjes de San Vicente: se compren  de, en todo caso, que éstos callaran en vida del u — 9o — que la quitó á su abad, y que si el asesino fue tan atrozmente ultrajado, omitieran ó desfiguraran la causa del homicidio; pero en una ó en otra forma, en uno lí otro tiempo, ¿cómo se explica, ni se con  cibe, que descuidaran el consignar un suceso que debió ser tan ruidoso, y más notable que el cual, ninguno, ciertamente, podía referirse? Los histo  riadores benedictinos, cuya paciencia en revolver archivos, desempolvar legajos y descifrar documen  tos, h¿ llegado á ser proverbial, y cuya escrupu  losidad en transcribir toda clase de noticias inte  resantes no podía ser más grande, ¿cómo hubieran pasado en el más absoluto silencio suceso de tanta monta, ocurrido en una de sus más importantes casas? ' Una leyenda parecida se halla en los pueblos de Alemania, y bienpudo ser que la trajesen á Galicia los peregrinos teutónicos que cruzaban el país en dirección á Santiago, y que, más adelan  te, se la diese carta de naturaleza española, ave  cindándola en Monforte, donde tan vivos y fre- ’ cuentes eran los altercados entre condes y abades. Se ha querido afirmar que se conservaba la tumba del Abad de la mitra encendida, y que en u se VNIVCfiSIDAIiC - 96 — los huesos del cráneo se notaba aún la señal de la quemadura, y que en la piedra del sepulcro decla  raba todo el caso una inscripción. La caja mortuo  ria de referencia se halla en el lado izquierdo de la nave, bajo un arco de medio punto, cerca de la puerta principal: es casi lo único que se conserva del templo anterior, y al verlo guardado en el presente, se conoce la importancia que los monjes le daban, y que razones muy especiales debían existir para tener en la nueva iglesia aquella sola sepultura; pero ni dentro hay algo que sirva para confirmación de la inverosímil patraña, ni la ins  cripción exterior dice otra cosa sino que en la era MCCCLXXII, el dia 20 de Noviembre, murió D. Diego García, Abad. Las circunstancias contradictorias de que se presenta revestido este hecho extraordinario y los anacronismos que hay en el relato tradicional de él, no probarán nada, si se quiere, contra su exis  tencia; pero las razones que anteriormente hemos apuntado, bastan para hacer ver que carece de to  do fundamento histórico la famosa narración, de que ya en el siglo pasado daba cuenta mi bene  dictino. u — 97 — La horrible leyenda de la mitra de fuego, con tada por poetas y novelistas, se parece mucho, en su primera parte, á la que se refiere de Garin, el ermitaño de Monserrat, que abusó de la confianza en él depositada por el Conde de Cataluña. La tradición popular que hoy existe en Monforte y hemos oido de labios de muchas personas, es bien distinta en cuanto á la causa de la ven  ganza del conde, pues afirma que éste tomó una determinación tan bárbara, resentido de que los monjes no le permitieran abrir una puerta en lo alto de la iglesia del convento, para, desde el pa  lacio, que está muy próximo, hecho un pasadizo, ir á una tribuna sin bajar á la calle. Tan falsa es una narración como otra; pero lo que anda en boca del pueblo, es menos increíble. En honor de la verdad, debe consignarse que en Monforte apenas se conoce la leyenda que prime  ro expusimos y ha sido tan explotada por novelis-^ tas y poetas. No sucede lo propio con la segunda versión, que para muchos no puede ponerse en duda. •No todos tienen por abad, de la mitra candente al que hállase enterrado en la actual iglesia. 13 u — 98 — Dicen algunos que el nombre de aquel desgra  ciado religioso no era Fr. Diego García, sino fray Pedro Pardo, que rigió á San Vicente desde 1409 á 1413, si bien el Sr. Teijeii-o le hace vivir un si  glo más tarde. Hay quien ha oido á ancianos de Monforte, que habían ellos aún visto junto á la puerta de la iglesia parroquial de la Régoa, que era de la ju  risdicción de los benedictinos, el sepulcro del abad Pardo, al cual conjetúrase no se le enterró en San Vicente, por no excitar las iras de los con  des, que tenían su palacio contiguo al monaste  rio, más aún que lo está el actual, con hallarse tanto. Mas, concedido que, hasta los últimos tiempos, hasta su demolición, si se quiere, había en la Ré  goa un sepulcro, y supongamos que no hubiese otro de un abad de San Vicente, ¿de dónde se de  duce que murió por habérsele puesto un hierro ardiendo en la cabeza en forma de corona ó de mitra? ¿No podía construírsele un mausoleo por otra causa que por morir defendiendo los derechos de la comunidad?"¿Cómo ésta no halló oportuni  dad, alguna vez, de grabar sobre la tumba la re- — 99 — lación de aquel singular y extraordinario suceso? Y si lo hizo y hasta ha poco se conservó el sepul  cro, ¿es posible que no se hubiese copiado y tras  mitido una inscripción tan por todos conceptos curiosa é interesante? También se dice que un religioso exclaustrado de San Vicente afirmaba que el pleito entre el Abad y el Conde, sobre construir un viaducto pa  ra comunicar la iglesia con el palacio, motivo de la venganza del señor de Lemos, se conservó has  ta la expulsión de los monjes, época eu que, por los años del 20 al 23, desapareció del archivo. Es muy extraño que, habiéndose conservado tantos otros pleitos, fuera precisamente á desapa  recer uno tan curioso que, sobre todo, no viviendo ya en Lemos los condes, á nadie perjudicaba, y á cuantos tienen afición al estudio de la historia convenía salvar. De haberse escrito tal causa, seguramente se haría alusión á ella en algunos de los pertenecien  tes á las muchas que se siguieron en la Audien  cia por disputa de derechos entre Condes y Aba  des, y allí se hallan archivadas; cosa que no su  cede. u — 100 — Si se ' tuviera, á lo menos, un testimonio dé aquel litigio, que trajo por consecuencia el asesi  nato del Abad, ó si llevada á cabo la exclaustra  ción primera, cualquier religioso de San \ Ícente hubiese declarado bajo su firma haberlo visto en alguna ocasión, otra sería la fuerza del argumen  to de los que dicen que el Abad de la mitra de fuego era venerado como santo en la comuni  dad. Por lo que hace al conde que asesinó al abad, la tradición verdaderamente popular en Monforte dice que se arrepintió y fue perdonado, imponién  dosele como penitencia el edificar el convento monfortino de San Antonio: lo cual constituye un gra  ve anacronismo. La tradición, que podemos llamar poética, le su  pone devorado por los remordimientos, que no da  ban tregua á su afligido espíritu. Hasta en esto no es original la leyenda, lo cual no quiere decir que sea plagiada. Así lo hace notar el Diputado á Cortes por flortosa, Sr. Maluquer Viladot, en La Renaixensa, cuyas son estas palabras, después de haber dicho que la tal leyenda es ana llegenda ^ólt sobada. ■ u — 107 — 'Teniendo esto advertido, y más que pudiera de  cirse, compréndese que sería empresa temeraria la de los benedictinos osando levantar bandera contra bandera, valiéndose de sus riquezas cuan  tiosas, de sus numerosos vasallos y de su poder moral incalculable, para vencer y ahuyentar los feroces lobos que campaban en el escudo de los Osorios, dueños de propiedades inmensas: ni lo permitía tampoco su instituto informado por el espíritu de paz, de humildad y de mortificación. Justo es confesar, no obstante, que más de una vez la necesidad de defender sus legítimos dere  chos y sus bienes, que eran el alimento del pobre, obligó á los religiosos á mantener con porfía y con empeño obstinado largos pleitos origen de dis  cordias y rencillas; y que, con alguna frecuencia, los señores feudales del estado de Lemos, preten  dieron avasallar y subyugar á sus caprichos á los monjes que vivían en la casa contigua á su es  pléndido palacio. Nosotros rechazamos por apócrifa y de ningún valor positivo , la leyenda de la mitra de fuego, pero la creemos admisible en parte, como símbolo poético exagerado de los brutales atropellos con — 108 — que la fiera rudeza de los condes maltrataría én más de una ocasión á aquellos venerables siervos del Altísimo. Hubo un tiempó en que la. crítica histórica no existía ni aún en el nombre, y las fic  ciones más absurdas, forjadas en cerebros calentu  rientos y desequilibrados, pasaban en autoridad de cosa juzgada desde la hora y punto que se po  nían en molde: la reacción vino pronto, para bien de la ciencia de lo pasado; pero fue más allá de sus justos límites, mostrándose la crítica entonces quisquillosa y severa en exceso, desechando, por accesorios y pegadizos imposibles, hechos probadós y evidentes, y poniendo en entredicho los ele  mentos valiosos de la tradición y de la poesía: hoy, paralelamente al progreso de la filosofía de la historia, se ha desarrollado con notable creci  miento el espíritu de observación y de análisis aplicado al estudio de las edades pretéritas, y gra  cias á él se pasan por finísimo tamiz los sedimen  tos y arenas que los aluviones de los siglos traje  ron hasta nosotros, para buscar, entre tantos ob  jetos despreciables, los granos de oro con que haya de hacerse los fuertes eslabones de la preciosa ca  dena que al presente une el tiempo pasado, raíz é u — 109 — imagen de lo futuro. Tradiciones que, para el es  cepticismo frívolo y superficial de la anterior cen  turia, eran objeto de desdén, cuando no de burla y escarnio, atraen hoy las miradas de los sabios, que encuentran en ellas un gran fondo de verdad y la clave fecunda y maravillosa de buen número de enigmas y obscurísimos misterios inapeables é imposibles de descifrar con las solas luces de los áridos é indigestos cronicones. Para nosotros, la leyenda del Abad cruelmente asesinado, y colgado de la torre del homenaje, hasta que la cuerda, á los rigores de la intemperie, vino á romperse, y el cuerpo, devoradas las carnes por las aves de rapi  ña, cayó al fondo del foso del castillo, encierra muy importantes enseñanzas, y trasmitió de gene  ración en generación, abultado por la fantasía de los uoetas, el recuerdo vivo de las contiendas en  tre señores y abades, suscitadas en gran parte por la codicia de aquellos á quienes no podían mel nos de tentar los riquísimos predios de los religio  sos, y tal vez desfiguradas, y atribuidas al mal proceder de éstos, por la"adulación de trovadores serviles, corrompidos y venales. Sea de ello lo que quiera, es lo indubitable que u — 110 — de datos fehacientes consta no haber sido en todo tiempo tan amistosas como convendría, las rela  ciones, entre el convento y el castillo. Muy bien pudiera tomarse en sentido figurado lo que escri  bía Yepes, el grave, clásico y majestuoso cronista: «Como los Condes tienen allí vecino su palacio, está el convento algo estrecho y angosto, y se pa  san en aquel sitio algunas incomodidades.» En cambio, notaba Risco, en el siglo último, «su tem  plo es uno de los mejores de Galicia, y se halla con todo el ornato necesario para las funciones de iglesia, que en él se celebran con grau solemnidad y magnificencia.» • Y en verdad que los Señores de Lemos tenían mucho por qué ser deferentes con los religiosos. Para levantar en la falda del monte viviendas don  de habitasen numerosos vasallos, hubieron de pe  dir á los monjes les cediesen terreno en que edifi  car. Su mismo'palacio estaba fundado sobre una posesión del monasterio. La iglesia de San Anto  nio, que contuvo las más notables sepulturas de la casa, estaba igualmente, hasta que el salvajismo brutal é inconcebible de la revolución la puso por tierra, en sitio donado por el convento con la nada onerosa condición de que pagaran los Condes anualmente cinco tegas de centeno, cinco marave  dís de renta y foro perpétuo. El primer gobernador de Lemos y Sarria don Froilán Diez, nombrado por D. Alfonso VI, se mantuvo en paz con los monjes en el largo tiempo, desde 1080 á lili, que presidió en Monforte; y fue gran amigo' del Abad Miguel, á quien hizo en retorno muy notables favores. Su sucesor D. Rodrigo Velaz, inquieto, incons  tante y revoltoso, que tanto suena en la historia de los disturbios de su siglo, y tanto puso á prue  ba la paciencia de los Obispos de Mondoñedo y de los religiosos de Lorenzana, seguramente, no da  ría poco que hacer y quizá que sentir á sus veci  nos los frailes de Monforte. Para que pueda juzgarse de las violencias y atropellos cometidos por algunos señores de la tie  rra de Lemos, bastará citar el documento que mandó hacer y firmó el Conde D. Rodrigo en el año lili. En él confiesa que arrebatado de dia  bólico furor, saliendo fuera de si misino, con mano armada, cayó sobre la iglesia de Santa Ma  ría de Toral, en el territorio de Ventosa, y la de- — 11-2 - liiolió en parte y redujo el resto á cenizas, por lo que deseando tener á Dios propicio, en compo  sición del sacrilegio, daba al Obispo de Lugo, Juan, y á sus sucesores, la iglesia de San Salva  dor de Sarria á fin de que Dios, en vista ds esta donación ad saluten animte mere eidere non dedignetur. Otras varias cuestiones tuvieron los condes con los Obispos, por donde pueden colegirse las que habría con el monasterio. El Señor de Cabrera y Ribera, el infante D. Fe  lipe, Pertiguero Mayor de Santiago, mandó hacer una fortaleza sobre la puerta de San Pedro de la ciudad de Lugo, que era del señorío del Obispo, dando asi lugar á reclamaciones que motivaron el que D. Felipe prometiera por documento pxíblico, en 1327, entregar la fortaleza, al tiempo de su muerte, al Obispo de Lugo. Pocos años después, otro Señor de Cabrera y Pertiguero de Santiago, D. Ferrán Ruiz, conde de Lemos, donó, por escritura hecha en 13G6, al Obispo lucense D. Fr. Pedro López de A guiar los cotos de San Payo de Diomonde y Belsar, por moytos daños, et destruimentos gue receben en as u — 113 — heredades, é casares da sua Iglesia de Lago por inin, é por mifia voz. Don Ramón de Borgoña, yerno de Alfonso VII, tuvo que confirmar los derechos, privilegios y po  sesiones de San Vicente del Pino, porque, como él mismo dice en el instrumento de referencia, sus enemigos habían hecho desaparecer las escrituras del archivo; á lo cual, probablemente, no serían ajenos los condes, como más interesados que nadie en la disminución de las incontables franquicias y prerrogativas de que gozaban los benedictinos de Monforte. A los diez años de haber otorgado, en 1139, D. Alfonso VII, llamado el Emperador, al Abad don Ero y á sus sucesores la tercera parte de la población y de los derechos reales de las ferias y de los mercados que se celebraban cada mes, ya se vió en la precisión de confirmar solemnemente el privilegio concedido; prueba de que enemigos poderosos, y nadie como los condes, se oponían á la ejecución de las mercedes reales. Las disensiones y rozamientos debieron ser ma  yores desde que la villa de Monforte vino á ser cabeza y capital de todo el condado y tierra de 15 u — 114 - Lemos. De este importante estado - tomaron pose  sión los Fernández de Castro, como antes se dijo; y aunque algunas veces fueron desposeídos de él, siendo preciso, por ejemplo, que el mismo Alfon  so el Sabio se lo devolviera á D. Pedro Fernández de Castro, lo cual no impidió que pronto Fernán Ruiz de Castro tuviera que recobrarlo á punta de espada, puede decirse que siempre fueron los due  ños de Monforte: unida á ellos por vínculos ma  trimoniales la poderosa familia de los Osorios y emparentados con los reyes de León y de Castilla, sólo los Andrades podían ser sus adversarios en toda la región gallega; y durante los siglos XIII y XIV, si su lealtad no se lo hubiera impedido, habrían fácilmente logrado labrarse un trono y hacer libre é independiente á Galicia. La proximidad de tan altos y valerosos seño  res no podía dejar de traer a las veces por con  secuencia disgustos y daño á los monjes; por  que, como dice el señor Murguía, «la vecindad del poderoso nunca es provechosa al que no lo es tanto.» De las desavenencias entre los condes de Lemos y los abades de San Vicente puede formarse ideau — 115 — por los pleitos que sostuvieron y existen archiva  dos en el General de Galicia. Sólo en el siglo XVI, por no hablar de los si  guientes, hubo varios litigios sostenidos, por am  bas partes con empeño y tenacidad dignos de me  jor causa. La jurisdicción, principalmente, sobre los cotos de Valverde y Doade, dió lugar á vivas controversias con los condes, y de un modo parti  cular con D. Rodrigo Osorio: sirvió también de motivo para otros pleitos, que se hallan igualmen  te en el Archivo General de Galicia, entre la comuni lad y el Alcalde Mayor de Monforte, Don Francisco Bello de Araujo, en lo que se refiere al coto de Doade, y de aquélla con Antonio y Juan Hermida y otros vecinos, sobre el coto de Valverde. La pesca del rio Cabe y el disfrute de sus ace  ñas se disputó reciamente entre la abadía y el condado, de lo cual es curioso ejemplo el pleito que de aquel siglo se conserva. El derecho de portazgos, en tierras de Lemos, que ejercían condes y abades, por la diversa inte  ligencia que se le daba y por no convenir acerca *de la extensión de sus límites respectivos, ocasio  u se — 116 — nó un choque entre las dos autoridades privilegia  das, de que da testimonio el ruidoso pleito del si  glo indicado, cuyos autos, señalados con las letras G. L. y el número 5, se guardan en el Archivo de la Coruña. Quizá tampoco seria ajena la mano de los con  des al pleito que promovió el convento de San Antonio de Padua, por ellos fundado, á los monjes benedictinos, sobre la parroquialidad de Monforte y el derecho de enterrar en el cementerio de San Vicente á todos los que morían sin hacer testa  mento. Algunos de estos pleitos duraron muchos años, siguiéndose por todos los trámites judiciales hasta la última apelación: y sabiéndose cuanto suelen amargar los ánimos y alterar los corazones las controversias que se ventilan en los tribunales, por esto sólo se echa ya de ver hasta que pun  to debieron ser tirantes las relaciones entre los que tenían señorío temporal en la misma pobla  ción y contiguas las casas, enfrente la una de la otra. * Pero no siempre fueron igualmente grandes y profundas las diferencias que separaban y diviu — 123 - de la sentencia dada por el abad contra los cléri  gos Jerónimo Al vare? y Antonio, que habían mal  tratado de obra á Pedro de Gaibor: por cierto que de lo que éste, natural de Monforte, más se que  jaba, era que le hubiesen llamado iud-w; el Provi  sor libró despacho de inhibición. En 23 de Mayo de 1562, el Abad condenó al presbítero D. Francisco Correa, por haber matado á Jácome Rodríguez, á mandar decir 150 misas por el alma del interfecto, la mitad en San Vicen  te y la otra mitad en San Antonio, veinte mil maravedís para la viuda, y suspensión de misa por un año, durante el cual debía permanecer en la cárcel del convento; fugóse de ella el asesino, y se prendió entonces á su fiador Juan Correa, quien protestó judicialmente del hecho. Las contiendas entre Obispos y Abades datan de muy antiguo en Monforte. Examinando los voluminosos legajos de plei  tos que en gran mímero se conservan en va  rios archivos, y principalmente en el de Ha  cienda de esta capital, encontramos ya del año 1506 una transacción forzosa entre los litigan  tes, por la que salía perdiendo la Mitra, á u — 124 — la cual se impusieron, además, fuertes costas. Desde entonces fueron muy frecuentes los dis  gustos, á que daban ocasión los cambios de disci  plina, que respecto de las exenciones monacales se venían efectuando en la Iglesia. En l.° de Junio de 1529 Francisco de Omberos, Notario Apostólico, respondiendo á una pro  visión librada por D. Juan Marquina, Abad del monasterio de Junquera de Espadañado, á pedi  mento de los Abades de Samos, de San Esteban de Rivas del Sil y de Fr. Juan de San Cibrián, Abad, de Monforte, contra el Sr. Ribera, Obispo de Lu  go, mandó á éste, autoritate apostólica, pena de excomunión mayor, que en adelante no molestase á dichos Abades y no los visitara á ellos ni á sus casas, y que dentro de tres días, por sí ó por pro  curador, se presentase en Orense. En 1544, hallándose cerca de Monforte, en la visita, el Obispo Carvajal, enviáronle á decir los benedictinos, que sabían pensaba ir á visitar el convento y le rogaban desistiese de su propósito, por ser contra derecho: á lo que respondió el Pre  lado, que iría «y si le cerrasen las puertas las rompería.» u — 125 — El dia 25 de Septiembre, estando la comunidad en la capilla de San Miguel, entró el Obispo, se puso estola y roquete, fue al altar mayor diciendo que principiaba la visita, y sacó el ara del altar manifestándola á los circunstantes: á cuyo tiempo la comunidad prorrumpió en estas voces: «Ay de Dios; ay del Papa y el rey: ay de la justicia, que el Sr. Obispo nos fuerza en visitarnos...» El Pre  lado descerrajó la custodia para ver como estaba el Sacramento, y el Abad repitió las mismas vo  ces, y rogó á los circunstantes, que subiesen al Presbiterio, á ver lo qu,e se hacía; pero se les echó á empellones, y un criado del Obispo dió un empu  jón al Abad y trató de maltratarle con un candelero, y se hizo rodar por las gradas á varios monjes. Estando el Obispo confirmando en la iglesia del convento, llegaron las escrituras que habían pedi  do á Sainos los monjes, y las leyeron allí mismo á presencia de todos en voz alta, para que se viese la sinrazón del Prelado. El mismo día, hallándose el Obispo en el con  vento franciscano de San Antonio, se presentó el Abad de San Vicente, Fr. Alonso de Berrea, reu — 126 — quiriéndole que diera por nulo todo lo hecho, pues, de lo contrario, quedaría incurso en excomunión. El Obispo contestó que de los privilegios que le habían mostrado y en que se fundaba la exención» unos teman «especie de falsedad» y le era dudosa la autenticidad de otros. Dicho Prelado quiso poner pila bautismal y Sa  cramento en la Régoa, nombrando cura y señalan - do feligreses: opúsose el convento, por ser aquella iglesia ermita suya: el 23 de Octubre de 1544, yendo un monje, como de costumbre, á decir misa en la Régoa, encontró á la puerta dos hombres ar  mados que le impidieron la entrada. El 6 de Di  ciembre dijo misa en la mentada iglesia el sacer  dote, vecino de Monforte, Juan Ares Armesto, como párroco nombrado por el Obispo, y en ella anunció que los monjes estaban excomulgados, y que no se podía recibir de manos de ellos los Sa  cramentos. Al día siguiente fué un fraile á decir misa, y estándose poniendo el alba, se la quitó el Armesto, diciendo que en el altar mayor de Nues  tra Señora de la Régoa nadie decía misa sino el nombrado por el Obispo: con lo cual el fraile gritó el acostumbrado Ai/ de Dios, u — 127 — El día 14, estando el referido Armesto para de  cir misa en la Régoa, se presentaron dos monjes, uno de ellos el juez conservador, advirtiendo á los asistentes, que no la oyeran, por ser de un exco  mulgado: con lo que, irritado Armesto, se fue con  tra ellos, teniendo puestas las vestiduras sagra  das, y les «dió algunos empujones.» Dos días más tarde, al ofertorio de la misa, el mismo Armesto leyó una excomunión del Obispo contra los antiguos feligreses de San Vicente, que no quisieran serlo de la Régoa. Poco después, una noche, de oi;den del Obispo, se rompieron las puertas de la Régoa «y con grande alboroto y escándalo entraron ‘ una pila muy crecida para hacerla parroquia.» El Provisor del convento declaró incurso en excomunión á Juan Ares Armesto: se le notificó el despacho un domingo, estando para celebrar la Santa Misa, á cuyo tiempo, se lee en un pleito, «empezó á estornudar abriendo la boca y diciendo que ya el diablo salía fuera del cuerpo.» Siendo obispo de Lugo el ilustre escritor señor Velosillo, en 1572, tuvo lugar el siguiente desa  gradable suceso: el Prelado mandó leer en la iglese — 128 — sia de San Vicente una paulina^ ó sea un edicto de excomunión contra el que no devolviera lo ro  bado; el abad, Er. Benito Subirá, no permitió la lectura, alegando los privilegios de su Orden y una decisión de la Rota Romana en que se conde  naba al obispo de Lugo á pagar 90 ducados de oro, por impedir la jurisdicción de San A Ícente del Pino. En 12 de Noviembre de aquel mismo año, .Gregorio XIII expidió unas Letras Apostó  licas inhibiendo á los abades de Monforte del co  nocimiento de las causas de la jurisdicción epis  copal; pero los frailes respondieron que dichas Le  tras habían sido ganadas con siniestra relación. Al año siguiente se dictó sentencia, sin permitir apelación, declarando al abad incurso en exco ■ munión mayor y penándole con la multa de 500 ducados, pagaderos en 6 días, de los cuales, 300 se destinarían á ayuda' de sufragar los gastos de la guerra contra el turco. No escarmentado con ello el abad, un año des  pués, precisamente al día siguiente del en que se le notificó un mota proprio de Su Santidad revo  cando varios privilegios de las Religiones, y re  cordando que, según el Concilio de Trento, no se u podía dirigir la divina palabra sin licencia del diocesano, hizo ante sí predicar á un monje en la Régoa, y luego, al ofertorio, manifestó al público que el obispo y el Provisor estaban excomulgados, y que jio se debía ni podía tratar ni comunicar con ellos: conducta que parecerá menos extraña, teniendo advertido que en aquellos tiempos, y en los próximos siguientes, había quienes declaraban á su prójimo por separado de la comunión ecle  siástica con tanta facilidad como aquel vicario de Alcalá, que excomulgó al rector de la Universidad, por una cuestión de precedencia en una procesión, siendo á su vez excomulgado, á causa de ello y en vista de la queja del Claustro, por el comenda  dor de la Merced; ó como el cura de Fuensalida, que declaró al alcalde incurso nada menos que en las terribles censuras de la Bula in Coena Domini por mandar un alojado á una casa en que vivía un presbítero. El obispo de Lugo envió un propio á hacer el em plazamiento" del abad; mas le prendieron los mon  jes y le quitaron el despacho. Al fin, se dió, por querella de fuerza, Real Auto ordinario previnien  do al obispo que no perturbase al abad y á los mon* — 130 — jes en el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica ; Por cierto que á este abad, que tanto y tan afor  tunadamente luchó con el obispo de Lugo, se le formó después causa en el provisorato, por aman  cebamiento. En 1577, siendo obispo todavía el Sr. Velo sillo, yendo en su nombre el canónigo Robles á visitar la iglesia de Régoa, la halló cerrada de orden de los monjes, quienes no se la quisieron abrir. En 1588 se resistió el cura de San Esteban de Reocedas á la visita del abad como Arcediano: por lo cual éste le declaró incurso en excomunión é irregularidad, imponiéndole también una fuerte multa: con cuyo motivo tomó cartas en el asunto el obispo. Al año siguiente, se procedió de oficio por el Prelado lucense, D. Juan Ruiz de Villarán, contra el abad D. Alonso de Prado, por visitar el arcedianato de Monforte sin su permiso: en 21 de Di  ciembre del mismo año sucedió que, hallándose el Prelado en San Vicente, junto al altar mayor, en su estrado, para oir la Tercia, la empezó el monje fray Iñigo de Hefmosilla, á quien mandó entonces el Obispo «echar del coro.» — 131 — Un año más tarde se formó expediente á un re  ligioso de San Vicente del Pino, que, al explicar las indulgencias ganadas por los que habían acom  pañado el Santísimo Viático, añadió 40 días de parte del Abad. En el mismo año de 1590 se siguió causa en el Provisorato de Lugo, al monje de San Vicente fray Iñigo Hermosilla, anteriormente nombrado, por adulterio. Al año siguiente, yendo el Obispo á visitar el cementerio de la Régoa, se le requirió para que no entrara en la iglesia en calidad de visitador; se cerró la puerta principal y se colocaron allí algu  nos religiosos; pero «agarrándoles y rompiéndoles los hábitos algunos criados y capellanes de su Ilustrísima, con unas tenazas y martillos desqui  ciaron la cerradura» y una vez dentro, el Obispo mandó publicar un edicto del Santo Tribunal. En cambio, segiín deposición de varios testigos, los monjes que á la puerta estaban, trataron indeco  rosamente á su Reverendísima, y subiéndose dos á un banco dentro de la iglesia, dijeron les parecía que el Obispo sentía mal de las Letras Apostóli  cas, de lo que él dió parte al Nuncio de Su Santiu se UNP/IRSCtWC — 132 — 4ad, quien remitió la causa á la S. Congregación, mandando desde luego que el Obispo remitiera al Abad un fraile que había hecho prender. El Papa Sixto V, en el mismo año, expidió unas Letras mandando que los benedictinos de Monforte no se opusieran á la visita episcopal. El Abad, Fr. Diego de Viana, contestó á la inti  mación, diciendo que obedecía al Papa; pero que, si el Obispo pasaba á hacer la visita «protestaba la apelación y real auxilio de fuerza». Y cuando fue allá el Obispo, cerraron las puertas de la igle  sia, «tocando las campanas á alboroto», por lo cual su Ilustrísima de nuevo los declaró excomulgados, á la vez que ellos, los religiosos, hacían lo mismo con él y sus acompañantes. En 1595 surgieron varias cuestiones entre el Obispo y los frailes; siendo la principal la causa seguida al Abad Fr. Martín. Corral, porque visita  ba las cofradías de legos y, en la función principal de la villa, permitió que el predicador — un Padre jesuíta — le pidiese de rodillas la bendición, estan  do él sentado bajo dosel muy lujoso recibiendo in  cienso. En 1596, siendo Obispo el Sr. Otadui, hubo u — 139 — la Concepción, que en el mundo era una de las principales señoras de la corte de España. Princi  pió el Obispo la visita de la testamentaria en 1686 y tuvo que suspenderla por habérsele notifi  cado una inhibitoria del Nuncio; pero como pare  ce que «había sido ganada con siniestra relación por parte del abad de San Vicente», el mismo Nuncio la mandó levantar. Sucedió entonces, que mientras el Obispo man  daba á los testamentarios, bajo pena de excomu  nión, le mostrasen las cuentas, lo prohibía bajo la misma pena el abad; acudieron, en tan extraño ca  so, los albaceas al juez metropolitano, y éste man  dó al Obispo, so pena de entredicho, que suspen  diese las censuras; á lo que contestó el Prelado que apelaba de las penas que se le imponían y protestaba «el real auxilio de fuerza.» En 1689 estaban ya dispuestos los testamenta  rios á rendir cuentas al Obispo, y hallándose re  unidos con este objeto, el Notario de los benedicti  nos les hizo saber que incurrían en excomunión, si la presentaban á otro que al Abad. El Obispo, en  tonces, excomulgó á éste y á sus Notarios, por per  turbadores de la jurisdicción episcopal: mas ellos, se uNtymsctxDc XOMtOSJtU u — 140 — á su vez, excomulgaron al capellán de las monjas, por no llevar á San Vicente las cuentas; y á un criado del Obispo; cuando iba á fijar en la puerta del monasterio benedictino una anulatoria de las censuras abaciales, «le agarraron y prendieron, poniéndole en rigurosas prisiones, en donde le tu  vieron algunos días;» y, lo mismo que el Corregi  dor y testamentarios excomulgados por el Obispo, menospreciaron la excomunión. Dada cuenta de todo al Nuncio por el Abad, en 17 de Diciembre de 1G89, mandó al Obispo, que ’ , no continuara la visita de la testamentaría; el Prelado le suplicó que revocase su mandato, pues, de lo contrario, apelaba. En 17 de Marzo del año siguiente, el representante del Papa levantó la inhibitoria que había puesto al Obispo en la visi  ta de la testamentaría; pero, queriendo continuar  la, dijeron los albaceas, que habían recibido unas letras Totales para que no diesen visita ni á él, ni al Abad de San Vicente, sino al Obispo más pró  ximo. En el mismo año, habiéndose quejado los bene  dictinos de que, no obstante hallarse en pleito en la Rota con el Obispo, sobre la última concordia, u — 141 éste les molestaba y les había puesto censuras, el Auditor Sr. Caprara le mandó que se diese por inhibido de conocer en semejante causa, y que, bajo fuertes penas, compareciese, por sí ó median  te procurador, en el término de 30 días, para com  pulsar ciertos papeles: á lo cual respondió el Obis  po, que el Abad, para ganar dichas Letras, había hecho siniestra relación. En 28 de Diciembre de 1692, el Abad de San Vicente promulgó un edicto de pecados públicos, para que las personas que algo supiesen se lo no  ticiaran sopeña de excomunión mayor; fué á visi  tar la iglesia del hospital de Sancti Spiritus; y ordenó, en 7 de Noviembre, bajo pena de excomu  nión, que en el plazo de seis días, las personas que tuviesen A su cuidado obras pías le diesen visita desde la última de 1690: de todo lo cual protestó en forma el juez eclesiástico puesto por la Mitra en Montorte. La concordia última de que tenemos noticia, fué la de 1707 entre el Obispo Bustos y el Abad Ruiloba. Al año siguiente, traducida al latín, fué presentada á la Sagrada Congregación del Conci  lio por el Procurador general de la orden y se re- — 142 — initió á informe del Cardenal Ferrari: en 1709 aún estaba pendiente de resolución. Una vez con  firmada, el cura de Penela y sus feligreses, á quienes interesaba más de cerca, la recibieron con vivas protestas y grande oposición. Cuando se pactó esta concordia, el pleito que entre la Abadía y la Mitra se había seguido por sus trámites legales en todos los tribunales com  petentes acerca del derecho de visita, estaba ya en la Rota; y se conoce que el Obispo lo daba allí por perdido, puesto que se preparaba á buscar manera de nueva apelación. • A fin de que lo pactado se cumpliera irrevoca  blemente, y la buena harmonía fuese duradera y estable, además de los juramentos y solemnidades de rúbrica en estos casos, se comprometieron las partes á que, si una movía pleito sobre las cues  tiones transigidas, ó rehusaba poner en ejecución alguno de los puntos acordados, pagaría á.la otra 22.000 reales y daría otros tantos para la guerra contra infieles. Fue ésta muy sabia disposición; porque, en la concordia efectuada eii tiempo de Paulo V, se ha  bía dispuesto que en oaso de duda sobre su inteli  u — 143 — gencia, el Obispo de Valladolid, ó el de Falencia, como delegados de la Sede Apostólica, para evitar nuevas contiendas, conocieran y decidiesen suma  riamente, sin permitir recurso ni apelación de ningún género; pero aquel remedio ideado para cortar los pleitos, no bastó, y éstos continuaron en los años siguientes, como ya hemos visto, dando lugar á causas muy debatidas en la curia romana, algunas de las que, formando muchas páginas, he  mos visto editadas por las imprentas de las Con  gregaciones respectivas á que se llevaron. Después de algunos años pasados en paz, turba  da solamente por cuestiones de etiqueta entre los monjes y el vicario del Obispo . en Monforte, en 1723, el Abad acudió á la Rota, manifestando que, sin embargo de las decisiones de los Cardenales Nelcio, Cerro y Caprara á favor del monasterio, el Obispo, Sr. Santa María, al hacer la visita de Monforte, se había propasado «á más de lo que concernía ad. citrant animar-um:» en vista de este escrito, la Rota mandó al Obispo, que comparecie  se en el término de 60 días, y se le prohibió que innovase cosa alguna en la jurisdicción, bajo pena de entredicho y de multa de mil duros de oro. A u — 144 — lo que contestó el Obispo, que obedecia, poniendo á la vez pleito á los benedictinos, que se siguió en Roma, sobre facultad para leer en San Vicente el edicto de pecados públicos. A pesar de lo que hemos rebuscado, no encon  tramos documento alguno relativo á San Vicente, en la segunda mitad del último siglo. Es probable que, durante ese tiempo, combatida la iglesia española por las absorbentes y despóti  cas intrusiones del regalismo y amenazada por las doctrinas del filosofismo francés, que llevaban su virus ponzoñoso á todos los países europeos, rei  nara, para bien de ambos y á fin de atender á la defensa de más altos intereses, la paz, que nunca debiera haberse alterado, entre los monjes y los Obispos. En 1798 fue, si no estamos equivocados, cuan  do los Abades de San Vicente perdieron en abso  luto la jurisdicción sobre, la iglesia de la Régoa, por la cual tantas disensiones hubo. ■ u s IX E l C a bil d o l u c en se y l a C o mu n id a d B en ed ic t in a No sólo como Senado y Consejo del Obispo, que son los Cabildos todos, en frase del Concilio tridentino, sino por la mancomunidad de los intere  ses de la mesa capitular y del Prelado, en anterio  res épocas, en las frecuentes discordias entre obis  pos y abades, tuvo la corporación que tomar una parte muy activa, apenas comprensible hoy, que el poder de los Cabildos es menos que una sombra de su pasada esplendorosa grandeza. Como, por otra parte, el Cabildo de Lugo ejerií ) — 146 — cía una jurisdicción verdaderamente notable, visi  tando un año la mitad y al otro lo restante de la diócesis; uniendo, dando y permutando beneficios; teniendo por mitad con el Obispo el señorío de Lugo y de sus alrededores, y jurisdicción conten  ciosa para toda suerte de juicios y la criminal privativamente y en primera instancia; y ejecu  tando multitud de actos jurisdiccionales en diver  sos puntos del obispado, se explica (pie, por razón de los límites de sus atribuciones, tuviese algunas diferencias y discordias con el también muy po  deroso convento de Monforte; de lo que hay va  rias noticias en los libros de actas de la corpora  ción capitular. Aun después del Concilio de Tiento, que tanto limitó las exenciones, hubo algunas controversias. A últimos del mismo siglo XVI se promovió un largo pleito con motivo de la extensión del dere  cho de visita, en que llevó el monasterio la peor parte; sin embargo, los gastos ocasionados con tantos incidentes fueron tales que el Dean tuvo que prestar de su peculio 200 reales al Arcediano de Dozón, representante judicial del Cabildo, para acabar de seguir el litigio. u — 147 — Las contiendas entre el convento y el Obispo D. Juan Bravo Lusprillo, acerca de la respectiva jurisdicción, llegaron á un grado tal que, como atrás se dijo, los frailes publicaron ' y fijaron un manifiesto declarándole excomulgado. Entonces el Cabildo, dando una muestra de su afecto al Prela  do, á quien tanto debe la Cofradía de Nxtestra Se  ñora la Grande, como en tonces se llamaba á la ex  celsa Patrón a de Lugo, determinó, en 3 de Octu  bre de 1654, mandar un propio al lugar donde se hallaba el Sr. Bravo, «ofreciéndole asistencia en todo lo que fuese menester» A los pocos días, «los frailes de Monforte trajeron xuez contra el señor Obispo» . En vista de lo cual, el Cabildo, á pro  puesta del canónigo deán, tuvo la fina y delicada atención de escribir al aflijido Prelado, «para su consuelo, si gusta de la asistencia de algunos se  ñores Prebendados ó de otra cualquiera diligen  cia». A principios del siglo pasado, el Cabildo creyó ver en la entonces proyectada concordia entre el Abad y el Obispo, un perjuicio notable páralos intereses de la corporación, y resolvió otorgar po  der «para la contradicción en la Curia Romana.» u — 148 — Mas luego se trató de resolver el asunto pacífieamente. Se exigió y consiguió del . Abad que, para compensar el producto de las cudrias que la mesa capitular percibía en las vacantes de los dos cura  tos que se intentaba unir á San Vicente del Pino, pagaría éste 300 reales cada año, «dejando en pié cualquiera pensión que haya». Propuso asimismo el Cabildo que dándosele el beneficio de Santa María de Sietevientos, con la facultad de poner vicario atl nutum, abonaría los gastos de la Bula de unión,y entraría en la concordia que planeaba el Prelado. Vino en ello de buen grado el Abad, y el día 25 de Mayo de 1707, se dió poder al Docto  ral y al Magistral, «para otorgar dicha concordia con toda la solemnidad necesaria.» Cuarenta} 7 cinco años después, el monasterio pretendió permuta de jurisdicción, consignando los propuestos artículos en un papel que, en cabil  do de 11 de Enero, se acordó corriese' «por casa de cada señor capitular para enterarse de él». Parécenos que el Abad no llegó á conseguir lo que deseaba. Los abades de Monforte, lo mismo que los de Samos, y como los de Celanova en Orense, eran u