La verdadera apología de Sócrates
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Kostas Várnalis LA VERDADERA APOLOGÍA DE SÓCRATES Introducción, traducción y notas de Francisco Morcillo Ibáñez
Kostas Várnalis LA VERDADERA APOLOGÍA DE SÓCRATES Introducción, traducción y notas de Francisco Morcillo Ibáñez Traducción revisada por Moschos Morfakidis Ilustraciones de Carmen Fuentes Escribano Granada, 2003 Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Grupo de Investigación Estudios de la Civilización Griega, Medieval y Moderna. Universidad de Granada
Biblioteca de Autores Neogriegos Director: Moschos Morfakidis DATOS DE PUBLICACIÓN: Francisco Morcillo Ibáñez Kostas Varnalis: La verdadera apología de Sócrates pp. 114 1. Narrativa. 2. Pervivencia del mundo clásico en la Grecia Moderna. 3. Literatura Griega Moderna. © CENTRO DE ESTUDIOS BIZANTINOS, NEOGRIEGOS Y CHIPRIOTAS C/ Gran Vía 9-2º. 18001 Granada. Tel. y Fax: (+34)958 220 874. © Eugenia Várnalis © De la traducción: Francisco Morcillo Ibáñez Primera edición: 2003 Depósito Legal: GR 418/2003 ISBN: 84-95905-03-5 Impreso en España - Printed in Spain La edición de este libro ha sido financiada parcialmente por el Ministerio de Cultura de Grecia Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra sin la preceptiva autorización.
A mis padres, sin la menor duda.
Kostas Várnalis 16 Su temprana posición en el campo de los demoticistas le lleva a traducir obras clásicas. La primera, Las Bacantes de Eurípides, data de 1910. Seguirán más traducciones de Eurípides además de Esquilo, Sófocles, Aristófanes, Jenofonte, Semónides, Flaubert, Molière y otros. Como dato curioso para el mundo hispano, realizó también una traducción – adaptación de Don Quijote de la Mancha de Cervantes.
Comentario a La verdadera apología de Sócrates “La verdadera apología de Sócrates”, escrita en 1931 y editada en 1932, reafirma la fama de Várnalis. Para muchos críticos es la obra maestra del autor. N. Yokarinis8 confiesa que se encuentra en el campo de los que consideran que el realismo de Várnalis puede ser antisocial y antieducativo, pero reconoce la fuerza de esta obra, su sentimiento y su personalidad, sus bellas y claras palabras que hacen del autor uno de los mejores de su época. Várnalis tan sólo decía que escribió la obra para ganar dinero e insultar9. “Critico quiere decir me burlo” dice el Sócrates de Várnalis. El uso de la sátira es una de las armas más comentadas en este autor por amigos y detractores, por críticos y estudiosos. Como refiere Darío Fo en su obra Misterio Bufo cuando cita un pensamiento de Mao Tse-Tung: “La sátira es el arma más eficaz que el pueblo ha tenido en sus manos para comprender por sí mismo, dentro de su propia cultura, todas las triquiñuelas y prevaricaciones de los señores”. Para Palamás, la burla es la musa de Várnalis, es juego y arte, va unida firmemente al conocimiento de la Antigüedad que se resalta en el autor. La elección que hizo Várnalis de los autores para traducir fue hecha con plena conciencia. Tradujo a Eurípides, el trágico con la filosofía de la búsqueda de la verdad para comprender los problemas del mundo. El estilista Várnalis tradujo a Flaubert y el realista Várnalis se acercó a Sócrates desde las obras de Jenofonte y no de Platón. Como Platón, Jenofonte quiso mantener la memoria de su maestro. Pero mientras que el Sócrates que nos dejó Platón es más Platón, Jenofonte con sus Recuerdos de Sócrates y su Apología nos dio un Sócrates que es más Sócrates. 8 γιοΚΑρινης, Ν.: «Η αληθινή απολογία του Σωκράτη», Προσκυνητής, Atenas, 1991, pp. 253-255. 9 v. n. 7.
Kostas Várnalis 18 Partiendo, pues, de Jenofonte, Várnalis quería ver con mayor realismo al gran filósofo de la Antigüedad y su época, y escribir él otra Apología, la verdadera, como él mismo la llama. Con la diferencia de que las palabras que pone en boca de Sócrates no son palabras de éste, sino del mismo Várnalis. Sócrates no es, aquí, más que una simple máscara que encaja perfectamente en la cara del autor. Sócrates y Várnalis, dos personalidades con sus propios démones. La intención de Várnalis es dar vida a sus ideas de una forma estética, es decir, con la forma directa de la máscara. La obra de Várnalis (sobre todo La verdadera apología de Sócrates, La luz que quema y El diario de Penélope) es un claro ejemplo del uso del mito por el realismo socialista: basar la historia en los mitos pero reinterpretarlos con un material actual para cauterizar mejor las heridas de la sociedad burguesa y con la sátira candente levantar las conciencias10. Para Dimitri Glinós es el drama de la vida humana el tema principal en las que él considera las obras más marxistas, las tres obras más grandes de Várnalis: La luz que quema, Esclavos asediados y La verdadera Apología de Sócrates11. En esta última obra Várnalis resume la amargura que ya había mostrado en La luz que quema y en Los esclavos sitiados. Es muy difícil levantar la conciencia de un pueblo demasiado aferrado a sus tradiciones, un pueblo cuyo primer instinto es traicionar o acabar con los que intentan un cambio (Prometeo, Jesús, Sócrates...). Sócrates habla ante un pueblo adormecido. El poeta es “la campana que suena en el vacío. Nadie comprende qué dice”.12 Esta situación llena de desesperanza al hombre 10 ζορμπΑλΑς, Σταύρος: “Τέχνη και Κοινωνία”, Μαρξισμός και Λογοτεχνία στην Ελλάδα) Réthymno, 1987. 11 γληνος, Δ.: «Το φως που καίει», Προσκυνητής, Atenas, 1991, pp. 292-302. 12 λΑμπριδης, Μανόλης: “Il gran rifiuto, Επιθεώρηση Τέχνης 2”, Μαρξισμός και Λογοτεχνία στην Ελλάδα) Réthymno, 1987.
19 La verdadera apología de Sócrates consciente. Várnalis ve a la masa como una fuerza infrautilizada, sobre la que no ha actuado el soplo del renacimiento13. Várnalis reconoce a Sócrates como el Hombre. Bajo la alegría de la expresión, la sátira y la burla, vemos una sana esperanza contenida de que llegue un futuro de pureza de alguna parte, aunque sea bajo el aullido de los bárbaros14. El Sócrates varnálico es optimista con respecto al futuro de la Humanidad; en el rostro de la revolución (los escitas) ve el factor subjetivo que sanará de nuevo a la sociedad, aprendiendo a perseguir la explotación, y que creará la nueva civilización15. 13 ΒουρνΑς, Τάσος: “Φαινόμενα Διαλεκτικού, Εκλεκτικισμού, ο κ. Μανόλης Λαμπρίδης και η Παρακμή”, Μαρξισμός και Λογοτεχνία στην Ελλάδα) Réthymno, 1987. 14 πΑπΑτςώνης, Τ. Κ.: «Η αληθινή απολογία του Σωκράτη», Προσκυνητής, Atenas, 1991, pp. 250-252. 15 πΑπΑΚώνςτΑντινος, Θ.: «Αληθινή απολογία του Σωκράτη», Προσκυνητής, Atenas, 1991, pp. 263-265.
Las otras apologías Las supuestas “Apologías” que le escribieron amigos y discípulos, todas son ficciones de la fantasía de éstos, puntillosos intentos de demostrar cómo Sócrates era inocente, la Ley era justa y los jueces rectos y honrados atenienses que cometieron... un error; y como únicos culpables los tres malvados que acusaron al desventurado. (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, 0, 10) Esto es lo que nos cuenta Várnalis de las otras Apologías. Por supuesto que nos encontramos elementos de las otras apologías, la de Platón y la de Jenofonte, así como de Recuerdos de Sócrates, también de Jenofonte, pero Várnalis quiere distanciarse de esas apologías y ofrecernos una obra original donde sus ideas se manifiesten abiertamente. La Apología de Várnalis no sigue el esquema de sus predecesoras. Aquí y allá aparecen elementos dispersos que podemos encontrar sobre todo en Platón o Jenofonte, siendo este último autor el más utilizado por Várnalis como fuente. Podemos entresacar algunos de esos elementos que nos sirvan de ejemplo: Como en Platón, Apología, 36, Sócrates ofrece una alternativa a las penas habituales, y así, donde ya eran manifiestos, Várnalis aumenta el sarcasmo y la ironía en La verdadera apología de Sócrates, 0, 6. De la mención que hace Sócrates de las veces que, ya en su pasado, estuvo cerca de una muerte injusta, cuando se enfrentaba su razón con la “razón” del Estado, sea cual fuere, en Platón, Apología, 32, Várnalis da por sabidas muchas partes de la historia y es más parco en la explicación de los hechos (La verdadera apología de Sócrates, I, 12). Sócrates escapó de la muerte en esas ocasiones que menciona, pero ahora sabe que va a morir. Y ésta no es una muerte justa, reflexión en la que coinciden Platón, Jenofonte y Várnalis: Platón, Apología, 41; Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 4, VIII; Jenofonte, Apología; Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, I, 15.
Kostas Várnalis 22 Describe Jenofonte a Sócrates como el mejor y el más feliz de los hombres (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 4, VIII) y así lo leemos en Várnalis, con su peculiar estilo (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 4). El tema de la acusación de ateo a Sócrates es evidente que no podía faltar en ninguna de las apologías. Pero es en el tema de las relaciones de Sócrates con la religión donde encontramos alguna afinidad más notable (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, I), (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 8), o en ese otro pasaje de Jenofonte que nos habla de las adoraciones a diversos elementos de la naturaleza (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, I), (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 9). Cercano al tema religioso nos encontramos con el demon de Sócrates (Platón, Apología, XIX), un punto más de sátira aprovechado por Várnalis (Várnalis, La verdadera Apología de Sócrates, V, 1 y 2). Otra de las acusaciones que se le hicieron a Sócrates, la de corrupción de los jóvenes, también la encontramos reflejada en las tres obras. Platón amplía más el tema, Jenofonte y Várnalis son más concisos (Platón, Apología, X y ss.) (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, II) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 12). Dentro de esta última acusación se mencionaba el tema de la relación de Sócrates con Alcibiades (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, II) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 13). Otros personajes salen a colación a lo largo de la obra, algunos como Terámenes y su apodo (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, II, 3), extraído de Jenofonte (Helénicas, II, 3 – 31). La relación de Sócrates con el trabajo es tratada de forma algo diferente según la caracterización que cada uno de los autores hace del personaje (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, II)
23 La verdadera apología de Sócrates (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 6). De todas formas, cuando Várnalis describe diferentes facetas de Sócrates, con mucho sigue a Jenofonte en el tema de la frugalidad del personaje: (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, II) (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, III) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 7); en las costumbres cotidianas, donde Várnalis se muestra más extenso y poético que los otros autores (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, I) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 10, 14, 26); en el círculo de amistades de Sócrates, su habitual grupo de amigos con los que se encuentra en al ágora (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, II) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 15). Sócrates se aleja de los sofistas en el tema del cobro de las lecciones y enseñanzas, hecho que vemos reflejado en Platón, Jenofonte y Várnalis (Platón, Apología, IV) (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 1, VI) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 18) y en su relación con ellos se nos recuerda el episodio de la aparición de Sócrates en una obra de Aristófanes, Las Nubes, donde no salía muy bien parado (Platón, Apología, 19) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 25). Las relaciones de Sócrates con el mundo femenino, sobre todo las referencias a sus dos mujeres, Jantipa y Mirto, pueden tener muy variadas fuentes, desde Diógenes Laercio (que recoge la noticia de Aristóteles) hasta la Suda. En Jenofonte (Banquete, II) leemos sobre el mal carácter de Jantipa (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 4, 13). Pero son las conversaciones con la hetera Teodota las que tienen un antecedente más claro en Jenofonte (Recuerdos de Sócrates, 3, XI) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, IV, 1). El divino Apolo, el dios de Delfos, entroniza a Sócrates como el más sabio de todos los hombres (Platón, Apología, V) (Várnalis,
Kostas Várnalis 24 La verdadera apología de Sócrates, IV, 4-5) y el viejo filósofo comienza una peculiar búsqueda de alguien más sabio entre los políticos, los poetas y los artesanos (Platón, Apología, VI y VII); búsqueda que en Várnalis se ve reflejada especialmente en el enfrentamiento con el político de turno (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, III, 15 y ss.). El final de la obra sí que difiere del de la Apología de Platón, que nos relata un desenlace sereno, con un Sócrates que acaba el juicio charlando tranquilamente con sus amigos. Várnalis nos ofrece un final brusco, con una caótica salida de los jueces y un Sócrates abandonado de todos, un final muy satírico pero lleno de amargura y pesimismo (Platón, Apología, 39 - 42) (Várnalis, La verdadera apología de Sócrates, V, 8).
La traducción El primer escollo con el que se enfrenta aquel que se propone traducir a Várnalis es el lenguaje utilizado por el autor. La obra está escrita en demótico y el héroe, sin llegar a mostrarse grosero, habla con simpleza, con claras palabras como se escuchan en las conversaciones cotidianas de los hombres de las clases sociales bajas. Porque el libro está escrito para éstos y a éstos se pretende educar16, de ahí que nos hayamos permitido, en ocasiones, el uso de “incorrecciones” que reflejen el habla popular escogida por el autor (“to” por todo, “na” por nada, “pos” por pues, etc.) El campo léxico es muy variado y muchos términos son procedentes del Norte de Grecia, con profusión de turquismos y términos de argot. Muchos nombres geográficos o patronímicos son “actualizados” o bien utiliza denominaciones poco habituales. Así denomina Koúlouri a Salamina, el Cabo Sunio es el Cabo Kolonas, paleomoraitas o moraitas son los lacedemonios o espartanos. Muchos de los nombres de los barrios de Atenas son también contemporáneos, como Plaka, Gudí, Kolonaki, Kifisiá... Sin embargo, otros adjetivos o nombres que se refieren a personas o hechos más actuales son teñidos con un tinte de antigüedad. Así los rusos son denominados con el gentilicio de escitas. Han sido traducidas al castellano las citas en griego clásico en el original, conservando las comillas que coloca el autor o el formato de letra en cursiva, y marcándolas con una nota, señalando, en su caso, su procedencia. Hemos optado por su traducción pensando que de esta forma no se rompe el ritmo de la narración. 16 ΚΑλΑγρΑς, Ιππότης: «Η αληθινή απολογία του Σωκράτη», Προσκυνητής, Atenas, 1991, pp. 256-257.
Kostas Várnalis 32 fondo y a todos los hubiera cubierto el agua dos cuerpos de altura. Conteniendo todos el aliento, clavaron los ojos sobre Sócrates, curiosos por ver con qué artimañas intentaría burlar la Ley. § 3. Cuando a medianoche se para el molino, se despierta el molinero. Sócrates, con todo este silencio que le oprimió, inflexible y total, ni se despertó ni se movió. Entonces un discípulo lo agarró de la manga: “¡Maestro!, tu turno”. Solamente entonces el Maestro se volvió y vio desconcertado toda aquella caterva. Le costó recordar cómo quinientas fieras lo habían rodeado enfurecidas. Sonrió picaronamente entre su espesa barba, se medio levantó un instante, y mirando sobre la mesa las dos ollas20 (una de bronce y otra de madera), las dos graves y ensombrecidas, como si tuvieran alma y lo odiaran también ellas, murmuró: “¡También yo esperaba que vosotros, atenienses, os defendierais!”. Se sentó de nuevo y comenzó otra vez a restregarse su rodilla izquierda. 20 Urnas de votación para los veredictos en los juicios.
Kostas Várnalis 34 § 4. Los jueces se enfadaron con este comportamiento grosero y se miraron muy rápidamente entre ellos. Durante tanto tiempo les había achicharrado un sol de plomo con la esperanza de pasarlo bien, al fin, con este viejo de mal agüero. Lo verían necio y humillado ante la orgullosa y omnisciente Ley. Y he aquí ahora que les estropeó la fiesta. Pero les molestó más el que en este momento despreciara el mayor bien de la democracia: primero, que te defiendas, y después, que te rajen. Y como cuando zurras a un niño y este no llora, te emperras y le zurras más; así también ellos se emperraron y para hacer que sintiese su fuerza, en su primera votación lo sacaron culpable de los tres crímenes de los que lo acusaban los tres paladines de la Virtud. § 5. Sócrates, cuando escuchó su veredicto hizo: “¡Mm!”. Y cuando le preguntaron después (de acuerdo con la Ley), qué castigo escogía, muerte o destierro, meneó su calva de aquí para allá y no respondió nada. § 6. Entonces el ujier se acercó y le volvió a gritar con fuerza en sus oídos. Sócrates, que si sí que si no, se levantó de nuevo con desgana, y les dijo: “Vale, vuestros dos castigos son justos y beneficiosos para mí y para vosotros. Sin embargo yo preferiría un tercero”. “¿Cuálo?, ¿cuálo?” gritó todo el mundo alegremente. “Ya sea que os beneficié o que os perjudiqué echadme ahora, que he envejecido, al Holgadero. Así vosotros os guardaréis de mí y yo descansaré de vosotros. Y dejad cada mañana en mi puerta (sin verme y sin que yo os vea) aquellas bonitas tortas de miel, calientes y esponjosas, que durante tantos siglos dais fervientemente a la serpiente sagrada de Erecteo21, el hijo de la Virgen Atenea. Porque creo que yo os hice mayor bien y menor mal que cualquier tipo de bicho divino”. 21 Héroe ateniense cuyo mito está ligado a los orígenes de la ciudad.
35 La verdadera apología de Sócrates § 7. Los jueces, unos toscos campesinos que por cualquier cosa blasfemaban contra lo divino, rieron, con todo su corazón, cuando escucharon esta inesperada broma de Sócrates. Y esperaron que les soltara otras. Y aquél, al poco: “Y ya que tengo, según parece, el juicio más correcto, conviene que yo reciba también los sueldos de todos vosotros”. § 8. ¡Ay, ay! ¡Lo que pasó entonces! Los jueces se enrabiaron. Unos levantaron los bastones, otros agarraron piedras y otros se lanzaron contra las rejas, con sus diez uñas sacadas para desgarrarlo, y todos gritaban a la vez, de forma que no pillabas palabra alguna. Mira que pedirles los tres óbolos, ¡su honrado esfuerzo! ¿Por esto, pues, dejaron su trabajo hombres de bien, y candonguearon todo el día para defender a la patria? Y no era, por supuesto, por el dinero... pero les pedía que delinquieran. Y aunque quisieran, ni ellos tenían el derecho de regalar su paga, ni el estado de privársela... ¡Jo, qué cara el tío, además de ateo y traidor! ¡Ya se va a enterar! Por esto, ya que el mismo Sócrates no elegía la clase de su castigo le condenaron ellos, en su segunda votación (otra vez de acuerdo con la Ley), a beber el veneno. § 9. Justo entonces brilló entero de ánimo y fuerza. Sencillo y ágil, como lo conocía la mayoría en sus borracheras, en las broncas y en la guerra, se puso firmemente en la tribuna y, entornando sus pícaros ojos, dijo muy lentamente esto que estáis a punto de leer más abajo. § 10. Las supuestas “Apologías” que le escribieron amigos y discípulos, todas son ficciones de la fantasía de éstos, puntillosos intentos de demostrar cómo Sócrates era inocente, la Ley era justa y los jueces rectos y honrados atenienses que cometieron... un error; y como únicos culpables los tres malvados que acusaron al pobrecillo.
PRIMERA PARTE ¿Qué hora es?... ¡Pasado mediodía!... ¡Seis horitas exactas y no he escuchado nada! Los años, veis, me han endurecido el oído... Si Ulises hubiera tenido mi defecto no se hubiera esforzado en calafatear sus orejas con cera y en ser atado al mástil para no escuchar el sensual canto de la muerte. De camino, ya que hablamos de ello, la muerte resonó más hondamente dentro de su alma y después la escuchaba durante toda su vida. § 2. Pero anque tuviese diez oídos y todos ellos buenos, ni así podría escuchar. Me quedé en blanco delante de vuestra grande y vistosa multitud. Me parecía que estaba en el otro mundo, y que me juzgaban, ya muerto, quinientos Plutones. Por esto sonreía humildemente. ¡Era por miedo, correncia y estupidez! ¡Ay!... siento que dentro de mi alma se sobresalta mi pundonor patriótico. ¡También yo tengo estas grandes virtudes! Y verdaderamente, donde se enraíza esta Tríada (estupidez, correncia y miedo) allí también la Ley tiene poder y el pueblo es feliz. § 3. No escuché, pues, nada porque s’ había parado mi cerebro. En otro tiempo se solía viajar muy lejos, a un país exótico, al que nunca se acercaron pájaro ni barco alguno porque no existe en ninguna parte. De allí se volvía de nuevo siempre lleno de estruendos, deslumbramientos y dolores insoportables. ¡Era el país de las Ideas, oh atenienses! Y quien entra en él una vez, sufre la desgracia de Tiresias22 cuando vio a Palas Atenea desnuda del todo. ¡Se ciega para siempre! § 4. Pero ahora, últimamente, mi mente se comporta como las mulas, que se encuentran de pronto ante un cortado precipicio o sobre un puente podrido. Recula, se clava, se obstina y no quiere 22 Célebre adivino mitológico del ciclo tebano, cegado por Palas por haberla visto accidentalmente desnuda.
Kostas Várnalis 38 avanzar ni medio palmo más allá de mi nariz. ¡Y me obliga a agacharme para mirar mi nariz! ¡Un mundo entero! ¡Inmensidad de fealdad, es decir, de verdad! Me entra un mareo y las sienes me golpean como martillos. ¡Cosa extraña! vemos dioses, ideas, sueños, pasados, futuros y ¡no vemos nuestra nariz, atenienses! Ahora comprendo que verdaderamente es sabio aquél que consigue verla y entenderla. Y yo ni siquiera había sospechado nunca que existe y aunque todos se burlaban de mí, que era aplastada como la del mono y la del cabrito. No escuché nada, pues, porque durante todo este tiempo estudiaba mi nariz para ser sabio. § 5. Seguro que exagero. ¡No puede ser que no haya escuchado nada! Mi oído me pillaba, de vez en cuando, algún insulto de los acusadores o alguna blasfemia vuestra. Y me reía en mis adentros con las burlonas respuestas que me venían. Pero no podía decirlas en ese momento; la ley prohíbe interrumpir al orador. Así, me contenía también yo para decíroslo de una vez para siempre al final, como cuando uno se aprieta, se contiene y da largas en las noches invernales, cuando llueve y sopla el viento de la nevada, para salir al patio a hacer aguas. Pero cuando llegó mi turno para hablar, olvidé lo que os iba a decir y me dio pereza intentar recordarlo. § 6. Pero aquello que escuché mejor fue vuestra sentencia de muerte. La conocía desde antes, porque tenía plena confianza en la decadencia de nuestro tiempo. Y si no la hubiera sabido no habría sido difícil comprenderla. Vuestros ojos soñolientos y vuestros bostezos lo atestiguaban claramente. No era, pues, necesario poner ese pedazo de pregonero para berrearme en mis oídos. Y aunque no estuvierais con sueño, también me ajusticiaríais. ¡Mirad a los acusadores! Guapos, ricamente vestidos, ¡personajes importantes! ¡Patriotas con pedigrí! ¡Caciques, soles de la Democracia!... ¡Y miradme a mí! ¡Qué pinta!, andrajoso, desaliñado, cenizo, inútil,
39 La verdadera apología de Sócrates un completo tío mierda y “¡el más sabio de todos los hombres!”23 ¡Dónde esconderme? ¡Que se abra la tierra y me trague!... También yo, si estuviera en vuestro lugar, me avergonzaría de no condenarme a mí mismo a muerte y a un despiadado vergajazo, y consideraría las dos cosas como un gran honor. § 7. ¡Sin embargo su alma supera en mucho a su aspecto y a su vestido en belleza y riqueza! ¿Por qué se dignaron a pedir mi muerte? ¡Por el bien del estado! Ellos no ganan nada tanto si muero como si vivo. Ni las tierras, que no tengo, quisieran embolsárselas baratas en la subasta; ni para obligarme a darles dinero para retirar la denuncia (¿dónde lo encontraría?); ni tampoco, claro está, les apremia que se quede viuda la vieja Jantipa24, para casármela con alguno de los tres (¡vaya ganga!). Con mi caída, oh atenienses, querían apuntalar dentro de vuestra alma la Virtud, que se tambalea. Avanzadilla del pueblo, si no fuesen honestos y limpios ellos serían los acusados y yo el acusador. § 8. ¿Quién no se deslumbra ante el todopoderoso curtidor Anito? ¡El bravo general! Lo enviasteis con treinta naves a salvar Niocastro25 y él se escondió por aquí, por el cabo Maliá26 (el viento en contra), hasta que cayera la fortaleza y salvara su pellejo. Su avío, ves, le hace pensar más en el pellejo que en el “caído por la patria”. Y después cuando fue juzgado por traidor, ¡demostró cuán gran estratega era! Él, que teme por su vida para el dinero, no temió por el dinero para su vida. Así, los jueces de entonces lo declararon inocente, como convenía a éste, a las costumbres de la democracia y al viento contrario, que se lo puso tan cómodo. 23 En griego clásico en el original. 24 Mujer de Sócrates, con la que tuvo un hijo: Lámprocles. 25 Pilos, ciudad de Mesenia, en la bahía de Navarino (mar Jónico). 26 Cabo situado en el Golfo de Corinto, divide los golfos de Itea y Antikira.
Kostas Várnalis 40 § 9. Solamente no le perdono que pagase una mina entera a Polícrates27, el procurador judicial, para que le escribiese la acusación que os recitó como un comediante. ¿Y no vino a mí, el cristiano este, para que le montara una mejor (al menos más espabilada) y por la mitad de precio? Si con dos palabras que os dije en mi defensa conseguí enrabiaros y que me condenéis a muerte, hubiera conseguido mucho más acusándome yo mismo, como lo hago ahora. Y este dinero me haría falta para comprar el veneno de la mejor marca, y para hacerme mi caja de nogal, ¡así reviente la señora Socratesa, que nunca en su vida me tuvo aprecio! § 10. ¿Y Licón el orador? ¿Habéis visto alguna vez un orador que sea solamente “un mono público”? Por esto también vosotros lo hicisteis general y le confiasteis que guardara Épactos28. Pero éste, sabiendo qué significa patriotismo, vendió la fortaleza a los enemigos “por treinta monedas”. Y después le creísteis también a él eso de que no pudo hacer ná contra el Destino, al que hasta los dioses se someten, en vez de decir: ¡Muerte al dinero, que gobierne también el Destino! Y este glorioso salvador hace leyes que dominan la vida, el honor y la propiedad del pueblo, es decir, la suya propia, y que matan a los traidores, es decir, ¡a los indignos de vender la patria! § 11. Y aunque estos dos presuman que son con razón “amantes de la ciudad”, está también un tercero, “amado de la ciudad”: “Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitceo29, contra Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alópece30... Pena: ¡La muerte!” El perfumado Meleto, poeta desconocido y famoso 27 (s. IV a. C.) Profesor ateniense de retórica. Autor de una Acusación contra Sócrates y de otras piezas de género epidíctico. 28 Utilizado en vez de Naupacto (Lepanto), ciudad de Grecia Continental, en la orilla septentrional del Golfo de Corinto. 29 Demo de Atenas. 30 Demo de Atenas.
41 La verdadera apología de Sócrates “fulano”. Sin embargo, ¡un tío de verdad! Aceptó, por unos pocos cuartos, el suscribir él también la acusación y enfrentarse él solo ante el peligro, si acaso me declararais inocente, de ser acusado de “injuria”, como si tuviese algo que perder el muchacho. § 12. Frente a éstos, yo no hice nada para la patria. Ni traicioné a Niocastro, ni vendí Épactos, ¡ni en las corrientes del Cefiso31 me entregué a los misterios de la Afrodita masculina! Y cuantas veces me cargasteis a la fuerza con algún cargo público, yo iba en contra de las costumbres de los demás arcontes y de los gustos del pueblo, ya sea porqu’ era un atravesado, ya porqu’ era un hombre recto. Y antes de que os cubráis de gloria vosotros dándome muerte, por los pelos otras tres veces me ocurriría la misma broma, dos en los buenos años de la democracia y una con los treinta tiranos32. Pero aunque no fuera tan grande la pinta de los acusadores y tan pequeñita la mía, bastaría vuestra propia sabiduría e infalibilidad para ser condenado. Sois seleccionados con las habas, ¡blanca, negra!, uno a uno. ¡”Jueces de Zeus”! Sólo alma y cerebro. Sin imaginación y sin inútiles minucias. ¡Una y fuera! Por esto también sacáis la sentencia de muerte con la misma facilidad que os sacáis un moco con los dedos y lo pegáis allí onde os sentáis. § 13. Mira Virtuoso de Plaka33, presidente de la asociación para la protección de la Moralidad, que no permite que dos perros se junten en la calle, pero entrega ocultamente su mujer a sus novios (¡a los de él mismo!), ¡y él mira! Mira Cerdino de Lepsina34, redondo del todo por delante y por detrás, y requeteblanco por dentro y 31 Río de la cuenca de Atenas. 32 Gobierno oligárquico que en el 404 instauró en Atenas un régimen de terror. 33 Barrio de la ciudad de Atenas, situado en la ladera de la Acrópolis. 34 Utilizado en vez de Eleusina, ciudad cercana a Atenas.
Kostas Várnalis 48 comprenderíais y me pagaríais. Pero ahora me escuchabais decir a menudo, sonriendo, que “no sé nada”. ¡No sé nada!... Esto no lo comprendéis... ¡De manera que soy un perfecto Maligno!... ¡Un fulano es capaz de todo!... § 6. Yo ponía a los demás a decir lo mismo y a creer realmente que lo que saben ¡es mentira!... Y a buscar para encontrar la verdad. Pero vosotros, atenienses, primero os preocupasteis y después os enfurecisteis... ¿Hasta dónde llegaría este asunto? Sabéis que cuanto menos piensa tanto más sesudo es el ciudadano, y cuanto menos habla tanto más libre. ¿Y si, de repente, así porque sí, con el busca que te busca, Quijada encontrase que es más justo comer que ayunar? ¿Y si no le bastase esta locura, sino que comenzase a pregonarlo a voces? Antes, pues, que estallase la tempestad quisisteis parar los malos vientos. Pero los malos vientos (... ¡los buenos!) los habían traído los sofistas. Yo, entonces, como una miserable Opinión Pública, les ladraba y les mordía el trasero... Sin embargo, para acabar conmigo me encasquetasteis el sambenito de que yo era ¡el sofista de los sofistas!... ¡Ojalá lo fuera!... § 7. Y para acabar conmigo más fácilmente me encasquetasteis también otro sambenito: ¡que era ateo!... ¡Ojalá lo fuera!... Tenéis al ateísmo como el medio más seguro para irritar al Perro e incitarlo a defender con sus dientes vuestros distintos bienes. A los enemigos de vuestra felicidad, muy sabiamente, los hacéis enemigos personales del Perro. Para libraros de Alcibiades46, al que el pueblo quería y admiraba por su belleza, por su riqueza y su lascivia, lo acusasteis de ateo. Y el pueblo, el Perro, olvidó sus amores y lo persiguió hasta el final del mundo. Porque le 46 (h. 450 - 404 a. C.) Político y general ateniense, sobrino de Pericles. Discípulo de Sócrates. Acusado de la mutilación de los Hermes huyó a Esparta. Asesinado por el sátrapa persa Farnabazo, por orden de los Treinta.
49 La verdadera apología de Sócrates enseñasteis a esperar su felicidad del cielo, ¡y a no pedírosla a vosotros! ¡Pues si le coges la esperanza del nada, se lo coges todo!, ¡y te destroza! § 8. Si llegarais a mi casa, veríais en la pared iconos colgados, la candela encendida, nuestras coronas nupciales dentro de sus estuches de hojalata. Y en la iglesia me veríais besar la mano del cura. ¿No os bastaba esto? ¡Qué os importaba si yo creía o dejaba de creer? Basta con que pareciera creyente... La verdad, como no quería jaleos con Jantipa ni con el Perro, la Masa, la dejaba disfrazar las paredes con iconos. Besaba también la mano del cura ante los demás para chincharlo: “¡Mecachis”, decía él, “este descreído me sobrepasa en tartufismo!”. § 9. Yo decía que existía dentro de mí un demon que me conducía. ¡Tenía que decirlo para que, de alguna manera, expliquen los simples por qué mi mente sobrepasaba las mentes de los demás!... ¡No quiere decir que con esto yo destrozaba la religión! Existen tantos pequeños dioses (¡como hormigas!... ) que ni los contamos jamás ni sabemos sus nombres... Y si en cada fuente, en cada árbol, en cada agujero anida un pequeño dios, ¿por qué no iba a anidar también dentro de Sócrates, que para los dioses es una madriguera más digna que un pedrusco, que un charco, que un leño de estufa... y que cualquier agujero? Y si dentro de cada loco entra algún dios que lo enloquece, ¿por qué no iba a entrar también en el sabio Sócrates para hacerlo más sabio? Y si todas las enfermedades, la embriaguez, el dormir, el soñar, la muerte, y hasta el estornudo y la tos son dioses, ¿por qué no iba a serlo también la Burla?
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51 La verdadera apología de Sócrates § 10. Aceptemos que fuera mi demon un nuevo diosecillo... Hasta aquí cada cura castrado del Oriente trae y os sirve algún descarado dios como Sabacio47, Cotitó48 y Afrodito y vosotros los recibís y los adoráis de buena gana. Y si por tales dioses os ponéis faldas y pantaloncitos con encajes y danzáis poseídos, balanceando como mujeres vuestro vientre y vuestras ancas; y si encontráis una cosa que agrada a Dios el consagrar a vuestras esclavas y esclavos, a vuestras hijas e incluso a vosotros mismos a Afrodita, a Atenea, a Apolo y entregaros como “cuerpos sagrados” a los chulos, para que trapicheen y gorroneen los Kérices49, los Eumólpidas50 y demás parentela curil, ¿qué os molestó mi humilde demon, que vivía, prudente y ordenado, dentro de mí y me aconsejaba, quizás, para encontrar lo correcto, sin pasar la bandeja ni pedir templos ni sacrificios? Ni tampoco os obligaba a descalzonaros en su honor. Y al fin y al cabo, cuando yo muera también él se irá conmigo, ¡para no volver de nuevo los dos, nunca más, a vuestro maldito país! § 11. He aquí qué dicen ahora en su interior los mejores cabezas de familia de entre vosotros: Festejo cuatrocientos días al año, me emborracho, me revuelco en el fango, zurro a mi mujer, desvalijo el cepillo de la iglesia, hago contrabando, vendo timando en el peso, tomo falsos juramentos, soy un soplón, ¡y no molesto a nadie! ¡No voy a enseñar a los demás el ateísmo! Puede que yo no crea, pero ¿y la muchedumbre?... Los ridículos gusanos del campo, los engrasados ratones del puerto, los 47 Dios frigio cuyo culto tiene carácter orgiástico. Asimilado con frecuencia a Dioniso. 48 Diosa de la impureza, cuyos misterios eran tan licenciosos, que se tenía gran cuidado de ocultarlos a los ojos del público. Sus sacerdotes eran tenidos por los hombres más infames. Alcibiades se inició en estos misterios. 49 Familia de sacerdotes de Atenas, los “Heraldos”, se dedicaban a determinados rituales eleusinos. 50 Familia de Eléusis, dedicada a los ritos de dicha ciudad.
Kostas Várnalis 52 famélicos perros del mercadillo, si pierden la fe en Dios ¿quién los refrenará? ¡Que primero se les eduque!... ¡Para hoy es un asunto prematuro!... La religión, o sea, es el cimiento de la patria y de la moral. El pueblo sin el temor de Dios ¡se echará a pillar los dineros y las propiedades, los “esfuerzos” de los demás y a empalar a sus carceleros!... No conviene, no queréis que os imite el pueblo. Le arrojáis a sus pies mi desgraciado cadáver para que no olvide que el ateísmo es el mayor pecado... § 12. ¡Pero estropeaba también la moral! ¡Seducía a los niños! ¿Qué niños? Tós mis alumnos habían pasado los cuarenta... Y no eran “alumnos”, eran amigos míos... Si los niños me seguían, no podía echarlos... Los niños quieren bromas y risas... Filosofías y cosas así no las aguantan, ¡toman el pelo al maestro, se hartan y hacen novillos!... Les enseñaba, decís, que tienen el derecho de atar y zurrar a sus padres cuando éstos se emborrachan y pierden su dinero en el juego y en las mujeres, y cuando chocheen o enloquezcan. Estas cosas no se las decía a los niños, ¡se las decía a los padres! Hay, pienso, alguna diferencia. § 13. Me diréis: “¿Y Alcibiades? ¿No tenías como alumno a Alcibiades?”. ¡Y quién soportaría el no tenerlo? Un bello muchacho, rico, vivaracho, de familia distinguida, un poco alocado, testarudo e indómito, pero listísimo, — ¡el muchacho más despierto de Atenas! ¡Ah! ¡Mucho más fuerte que yo!... Entrenaba mi alma cerca de él para que ella venciera sus pasiones... para que no se inmutara ante la riqueza, la belleza y la juventud... Por lo tanto, yo era su alumno y no él el mío. Y llegué a creer y a pregonar que el amor espiritual, es decir, el no natural, ¡limpia el alma y extrae las ideas!... Por esto, también, yo gritaba que tienen que cerrarse las tabernas y los templos de Afrodita. Vamos, entonces se enfadaron los tesoreros públicos y la parentela curil, porque se reducirían sus ingresos. Y me acusaron de querer destruir... ¡la familia griega!...
53 La verdadera apología de Sócrates § 14. ¿Qué? ¿Era peligroso para la Democracia? ¡Peligroso yo, y vosotros democracia!... Pero a los peligrosos, ¡oh atenienses!, no los juzgan. Los reverencian doblando el espinazo o los asesinan de una puñalada trapera. Y cuantos pueden llegar a ser peligrosos un día, porque los estima el pueblo, os adelantáis y los desterráis. Si yo fuera peligroso, pondríais algunos drogotas para acuchillarme, sobornaríais a mis cocineros para que me echaran veneno en la comida, en el vino, en el café... Un peligroso ni es juzgado ni se defiende... Juzga y mata. ¡Porque ocupa el poder! Y sólo cuando lo pierde entonces podéis juzgarlo, si os atrevéis... ¡y si lo pilláis! § 15. Peligrosos eran Pisístrato51 y sus hijos52, Alcibiades, los Treinta. También lo hubieran sido Cilón53 si hubiera conseguido tomar el poder, y Arístides54 si hubiese sido menos “justo” y más canalla. Tales hombres os roban, os matan, os destierran, incluso os llaman “traidores”. ¡Y vosotros sin rechistar! Y si yo, en lugar de parlotear en el mercadillo, matara a unos cuarenta mil de vosotros, y aposentara a los enemigos en Tatoi55, para que pillaran vuestros animales, cortaran vuestros olivos y vuestras viñas, quemaran vuestros campos, y vosotros murierais de hambre y peste, como animales, encerrados en la Fortaleza; y si desterrara a algunos miles de vosotros, a los más ricos, para meter mano en sus propiedades; y si abriendo las puertas de la ciudad 51 (560 - 527 a. C.) Primer tirano de Atenas. 52 Hipias e Hiparco. 53 Noble ateniense que, hacia el 630 a. C., conspiró para ser tirano de Atenas. 54 Estratega y hombre de estado ateniense. Combatió con éxito en Maratón. Condenado al ostracismo en 484 a. C. Llamado después a Atenas, organizó la Confederación de Delos, y fijó la contribución de cada uno de sus miembros, lo cual le valió el sobrenombre de “Justo”. 55 Barrio de Atenas donde estaba situado el Palacio Real.
Kostas Várnalis 54 dejase entrar a los paleomoraitas56, a los sofianos, y a cualquier otro cabrón, para que me sentaran sobre vuestro cogote como un salvador, ¿quién se atrevería a decir ni pío? ¿y a juzgarme? Todos los aventureros correrían junto a mí y se convertirían en mis lamerones. Y los “buenos patriotas” golpearían sus huecas cabezotas contra la pared, porque no llegaron primeros a hacerlo peor ellos mismos y a enriquecerse más. § 16. ¡No! No temisteis a Sócrates, sino que quisisteis asustar a los demás con su muerte. Vuestra democracia no se mantiene bien sobre sus pies. Las largas murallas de Atenas y del Pireo yacen en el suelo hechas una pena. Barcos, no tenéis. “Aliados” que paguen gabela para zampárosla, no tenéis. Con todas las matanzas y destierros que habéis hecho, se esconden entre vosotros muchos que añoran los buenos tiempos de la tiranía; porque ahora pierden cuanto ganaban entonces, como también vosotros intentáis sacar de nuevo cuanto perdisteis entonces. El que está en el ajo teme el cambio; y el caído lo desea con ganas y lo prepara de cualquier manera. La pobre gente se queda en medio y paga los platos rotos; lo pasa lo mismo de mal con los regímenes ilegales que con los legales, o con la tiranía que con la libertad. Para que no comprenda y no se oponga le contáis mentiras y la asustáis. Hay pueblos que viven en los bosques, no tienen leyes, se comen sus piojos y, sin embargo, aman su libertad. ¡Pueblos bárbaros! Nosotros vivimos en el más bello estado del mundo, tenemos las leyes más sabias, no nos comemos nuestros piojos y amamos a los bribones que nos comen. § 17. Los Treinta mataban y robaban sin excusas. Suprimieron leyes, tribunales, asambleas —¡la soberanía del pueblo! Y formaron su propio parlamento con matones y navajeros. “¡A éste lo matamos nosotros!” —una palabra y ya está. Sabían que 56 Término usado en vez de lacedemonios o espartanos.
55 La verdadera apología de Sócrates estarían poco tiempo y se daban prisa. Vosotros queréis estar para siempre y os valéis de excusas. Y por esto pensasteis restringir los derechos políticos solamente para cuantos tienen propiedades y son de familia bien, para retener lejos del Tesoro Público a cinco mil pobres. Aquellos impidieron la libertad de palabra y la enseñanza de la retórica; vosotros vais a impedir la libertad de pensamiento y la enseñanza de la filosofía. De aquellos tomasteis el barato y rápido medio de muerte, la hedionda hierba que hoy me dais a beber. Vuestra democracia es, como veis, una tiranía enmascarada. § 18. “Nosotros no conocemos procuradores. Aplicamos las leyes”, escucho a alguien que grita. Y yo os digo: ¡Solamente si hubieseis infringido la ley no habríais cometido una injusticia conmigo! Porque el objetivo de las leyes no es castigar a los culpables sino a las víctimas, e impedir a los que han sido robados que roben también ellos. Ley quiere decir voluntad de los poderosos e impotencia de los abúlicos. “La justicia no es otra cosa que el interés del más fuerte”57. Así más o menos hasta yo solo me lo olí, pero aquel Polo58 se me adelantó y lo campaneó y me obligó a contradecirle. En nuestro idioma “mejor” también significa poderoso. Solón59 no tuvo ningún reparo en alabarse a sí mismo de que trajo el orden a un estado turbulento: “con la autoridad, combinando fuerza y justicia”60. Pero, en otras palabras, aseguró con la fuerza la justicia, es decir, el interés de los poderosos. 57 Platón, República, 338.c.1. 58 (s. V - IV a. C.) Sofista siciliano, de Agrigento, es uno de los personajes que participan en el diálogo platónico de Gorgias. 59 (640 - h. 560 a. C.) Político ateniense, legislador y poeta. 60 Solón, 24D. Aristóteles, La constitución de los atenienses, 12.4.18.
Kostas Várnalis 56 § 19. ¿Y quiénes son los poderosos? No aquellos que tien los cuerpos más fuertes y entrenados: los luchadores61, Milón62, Heracles, Heracles el cerebro de mosquito, que con todos sus brazos de acero se convirtió en el juguete de una tía, en una damisela con rueca y vestidos63. Ni aquellos que tienen los cerebros más fuertes e inútiles: filósofos, poetas satíricos y tós los misántropos y viejos maniáticos. Ni aquellos que tien las almas más fuertes: un Prometeo, un Leónidas, un Cinegiro64, personajes míticos, ¡seres de la fantasía de los miedosos! Los poderosos, en todo lugar y en todo momento son los ladrones. § 20. ¿”Cuentos”?... ¡venga, pues, os voy a contar también un cuento para que descanséis! Érase una vez unos ladrones de la primera ciudad del mundo, que cuando se enriquecieron lo suficiente decidieron arreglar su vida. Rodearon al resto de los pobres de la ciudad y cuando los juntaron en la plaza les dijeron: “¡Arriba las manos! Queremos vuestro bien. No os cogeremos vuestras palas, vuestros picos, vuestras azuelas, vuestras alforjas, vuestras espuertas con vuestras gachas, vuestras agujereadas camisas con piojos y vuestras chozas sin suelo que hacen agua cuando llueve. ¡Sois libres! —(¡arriba las manos!). Libres para vivir como os dé la gana, para ganar, juntar unos ahorrillos, emborracharse, bailar, engendrar y morir. Nosotros os enseñaremos... ¡las verdades! Os daremos una rica fantasía y un corazón sensible; os daremos hasta un alma inmortal. Y aquél de vosotros al que le agrade, ¡podrá escribir 61 Aquí Várnalis utiliza un término que denomina a los competidores de lucha turca. 62 (s. VI a. C.) Atleta de Crotona, seis veces vencedor en los juegos Olímpicos y otras tantas en los Píticos. 63 Se refiere al episodio de Ónfale, reina de Lidia, y sus relaciones con el héroe. 64 Hermano de Esquilo, combatió y cayo en la batalla de Maratón (490 a. C.) en un valiente intento de apoderarse de una nave persa.
57 La verdadera apología de Sócrates poemas, fabricar teorías y cubrirse de gloria! ¡Vosotros seréis el pueblo soberano! Nosotros solamente os gobernaremos. Nos ocuparemos de la seguridad de vuestra vida, de vuestro honor y de vuestras propiedades —en una palabra, de vuestra libertad. Vosotros trabajaréis como queráis, lo que queráis y cuando queráis. Nosotros os daremos trabajo, con tal que se encuentre, y vosotros nos daréis vuestros sueldos. Y para que no penséis que os perjudicamos, pagaremos también nosotros el mismo impuesto al Estado —¡a nosotros mismos! § 21. «Tanto vosotros como nosotros tendremos sobre nuestras cabezas a los mismos dioses, que os ordenarán a vosotros trabajar y no comer, y a nosotros sentarnos y comer. Tanto nosotros como vosotros tendremos sobre nuestras cabezas las mismas leyes, que nosotros os daremos y vosotros votaréis como diputados y las aplicaréis como jueces frente a vosotros mismos. Y para que no caigan sobre nosotros piratas y bandoleros de otras tierras y mares, que se apoderen de vuestros ahorros y os cojan como esclavos a vosotros, a vuestras mujeres y a vuestros hijos, os armaremos, os entrenaremos, para que podáis defender a vuestros dioses, a vosotros mismos y a nosotros, es decir, a la patria. Morir vosotros para que vivamos nosotros. Y ya que vosotros solos no podríais pensar en vuestro provecho y protegeros a vosotros mismos, os obligaremos a la fuerza (¡arriba las manos!). Sólo una cosa os prohibimos: que uno robe a otro. Porque podríais robarnos incluso a nosotros.” § 22. Así pues, el pueblo trabajaba libremente y libremente pensaba. Y cantaba alegremente en las tabernas como el mirlo en la rama (¡en la jaula!). Y sus salvadores se tumbaban panza arriba en calientes palacios durante el invierno y bajo floridos árboles en verano —y un montón de bellas mujercitas les despiojaban el cogote y les soplaban en las sienes (¡es muy útil!). Su felicidad era la fuerza de la patria, y su desvergüenza una purificación. Y
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65 La verdadera apología de Sócrates § 11. ¡El verano! La época dorada de los pobres... Sólo el verano vivía de lleno en mi cuerpo y en mi pensamiento. Todo mi ser gritaba y crujía alegremente como un álamo en la colina, lleno de destellos, pájaros y cigarras. Y en la raíz, mi alma enroscada, con la cabeza clavada en lo alto, ¡se calentaba al sol y bajaba más veneno a los canales de sus dientes! Y ¡ay de aquél al que mordiera!... Fuisteis, pues, a condenarme en el esplendor del verano, ¡en Mayo con las flores!... ¡Justo en el momento en el que tengo el mayor veneno!... Si fuera invierno no diría palabra. Pero ahora me divierto y disfruto mordiéndoos. Aquí Sócrates tragó saliva, tosió dos o tres veces y continuó. Contó en el tribunal un día de su vida. § 12. Durante toda la noche, tumbado en el patio sobre capotes y sacos bajo las estrellas, no podía cerrar un ojo: mosquitos, chinches e ideas. Los mosquitos me los enviaban las estrellas, los chinches el muro (la casa es antigua, pues), las ideas la malicia. ¡Ésta es, creo, nuestro elemento divino! Mi mente trabaja: y cuando me adormezco sigue trabajando... Rumio las conversaciones del día, las pongo en orden, las aclaro. Entonces encuentro las más mortales réplicas, las que ensartaré por la mañana en el Ágora... Espera y verás lo que voy a hacerte, señor Mengano... Poco a poco se tranquilizan mis adentros y muy despacio se cierran pesadamente mis ojos. Nada más enrojecerse las mejillas de la Aurora salto arriba como un gallito y comienzo a charlotear: a fastidiar a Jantipa... § 13. Después de traerme murmurando mi vinillo mañanero dentro de un cuenco de barro va al pozo y sube agua. Endespués me derrama el cubo lleno en plena cabeza. Y mientras me seco muy deprisa con las mangas y me peino la barba con los dedos... ella arrecia su cantinela. “No me has dejado dormir en toda la noche. Pataleabas, roncabas, rechinabas tus dientes y apestabas a
Kostas Várnalis 66 ajo. ¿No te dan vergüenza al menos los niños?” (Todos dormimos en el patio, echados por el suelo, uno junto a otro). Venga, entonces yo saco las alas, le pico en el brazo... y ¡carretera! Si no me insulta muy de mañana ¡estaré avinagrado y desganado todo el día!... § 14. Antes de que avance media caña el sol, corto una punta de albahaca y me largo de casa. Una pareja de gorriones se asusta repentinamente y trazan en el aire dos líneas luminosas desde los excrementos de la calle hasta la copa del melocotonero de al lado. Doblo a la derecha y echo campo a través... huertos... arroyos... para respirar profundamente... para desahogarme... Se escuchan a lo lejos, en las carreteras, los primeros carros que bajan a Atenas llenos de verduras frescas y frutas. Al poco, en el empedrado de las callejuelas se mezclan las herraduras de las acémilas con el trápala de los arrieros. Palanganas y bidones vacían agua enjabonada y fregados donde se tercie. Toses seniles y gargajos restallan sobre las cabezas de los Dioses... ¡Los carcamales! Despertándose antes del amanecer van a juzgar o a reunirse en la asamblea por los cuartos... A medida que bajo al mercadillo, nubes de moscas, polvaredas, meados humeantes y un humano olor de garañón contaminan el virginal día. § 15. Columbro arrejuntados en la Stoa70 a Colias, Priftis, Dedés, Guicas, Dedeguicas... ¡a los grandes hombres! Está también con ellos el señor Mengano. Y si no está, llegará. Me arrimo y doy los buenos días. Les cuento las noticias más importantes del día: lo del burro de Meletis, que rompió su cuerda anoche y se largó corriendo por Turkovuniá71, persiguiendo a una rolliza contorsionista; lo del vino del tío Cristos, que se avinagró y el médico no podía curarlo; lo de la de Lambrós el cura, que 70 Edificio situado al norte del ágora ateniense. 71 Una de las colinas de Atenas.
67 La verdadera apología de Sócrates puso en pie de guerra al barrio porque el pepino que le dio ayer el tendero ¡era pequeño y muy amargo! § 16. ¿Y quién era este Sr. Mengano? El sofista, el político, el poetastro. Cuantos se imaginan que son famosísimos y tienen como orgullo el decir mentiras. Los liaba. No porque quisiera parecer mejor que ellos. No vale la pena que uno sea primero o último entre los últimos que creen que son primeros. Los aplastaba, como aplastamos los chinches... ¡es decir, no buscamos mejorar ni salvar a los vecinos o a las futuras generaciones de los griegos! Solamente un lobo, el de Gubbio72, consiguió mejorar, ser temeroso de Dios y no comer carne viva, sino... achicoria cocida, que bajaba y la compraba muy temprano en el Mercado de Verduras. Por la más baja plebe, por vosotros, solamente sentía lástima. Vuestra mente, el corazón y la acción no son propiamente vuestros: sentís, chaneláis y hacéis lo que interesa a los Lobos. Los Lobos os enseñaron que es justo y deseo de los dioses el que ellos coman carne humana, y vosotros achicoria cocida —¡y eso si la encontráis! § 17. Los sofistas... ¡Que grandeza! Venían de muy lejos. Altos, regordetes, alegres. Como grandes viajeros podían llegar a ser en una semana unos verdaderos atenienses de pura cepa. Vistiendo rojos mantos, sembrados de estrellas doradas, rizados y maquillados ante el espejo, avanzaban lenta y solemnemente como reyes, con sus bastones tallados y con pomo de marfil. Nos tomaban por provincianos —¿y acaso no lo éramos? Su pronunciación de afuera hacía su habla cantarina y melosa. Así el ceceo de los afilados labios o el ligero bizqueo de los ojos juguetones hacen a las coquetas jovencitas más pícaras y más deseadas. Cada una de sus palabras la aporreaban en vuestros oídos, como los cambistas aporrean los doblones sobre la piedra, 72 El lobo de San Francisco de Asís. Gubbio es una ciudad de Italia.
Kostas Várnalis 68 pero a vosotros no os importaba distinguir las verdaderas de las falsas. El Pegaso de su retórica os subía orgulloso a la infinita profundidad de las alturas, y vuestro corazón, como la cueva del Penteli73, doblaba y triplicaba su eco. Perdiendo la tierra en vuestros pies, perdíais al final hasta vuestro propio yo, haciéndoos como las sombras del Mundo de los Muertos. Cuando entonces yo les preguntaba de pronto: “¿Tenéis derechos políticos para gritar tanto?” se les venía abajo la función. Y vosotros desde las alturas en que navegabais caíais de cabeza sobre las rocas de la tierra y os hacíais añicos, como las tortugas del viejo Esopo74. ¿Era, entonces, para no tragarme? § 18. A mí, por supuesto, me importaban un bledo mis derechos políticos. Nunca en mi vida fui a votar: a elegir yo solo qué ladrón me robará y qué verdugo me golpeará. Hablaba así a los sofistas para que vosotros os enfadarais y yo me burlase. Los sofistas se cotizaban bien... Cinco minas... ¡Cincuenta y dos mil quinientos dracmas de los de ahora! Esto quiere decir que su sabiduría valía tanto. Por el precio comprendes el valor de la mercancía. Yo, mi pobre conocimiento lo regalaba gratis y nadie lo aceptaba. Esto quiere decir que no valía nada. Pero quiere decir también alguna otra cosa: al insistir en dároslo a la fuerza y con peligro de mi vida, algún enemigo vuestro me estaría pagando. ¡Propaganda! ¡Los eslavos me pagaban por desarmar la máquina idealística del estado! Pero por poder ridiculizar la omnisciencia de sofistas tan cojonudos, no quiere decir que yo tenía razón, sino que era más artero y más astuto que ellos mismos. Podía hacer negro lo blanco. Señal de los tiempos... Cuando con los cambios de régimen y las traiciones contaminasteis cada significado de justicia me echasteis a mí la culpa. ¡Yo, con mi enseñanza y mis burlas sacudí dentro del alma de cada uno de los ciudadanos su fe en las leyes! 73 Montaña del Ática, cercana a Atenas. 74 Se refiere a la fábula de La tortuga y el águila.
69 La verdadera apología de Sócrates § 19. ¡Era entonces, también yo, uno de los sofistas! ¡Ojalá! Tengo como un peso en mi alma el que burlándome de su retórica teatral al mismo tiempo ataqué sus grandes verdades... Cuando por fin conseguí expulsarlos me senté y reflexioné sobre sus supuestos. ¡Qué desastre dentro de mí! Siento mucho no haber tenido tiempo para abrir mi alma al mundo, ¡antes de que vosotros me la cubráis para siempre con una braza de tierra! ¡Ea! al final de mi defensa os soltaré las tarántulas que hierven dentro de mí desde hace tiempo. § 20. Y he aquí que arriba el político. Por delante van sus ojos chispeantes y por detrás él mismo. Antes de que pise el pie, prueba las tablas del puente con sus ojos, como el mulo. Tose secamente para que nos volvamos a mirarlo. Junto a nosotros están algunos amigos suyos. Le damos los buenos días y él se acerca, estrecha nuestras manos muy cordialmente y con fuerza. Con esta fuerte mano sostiene el timón de la Nave. ¡Nos ama y se sacrifica por nosotros! En atención nuestra le mete mano al erario público, para darnos a nosotros; y en atención nuestra pisotea las leyes, para salvarnos. Él nos enseñó a tomar falsos juramentos en el juzgado y a no mantener nuestra palabra en los tratos. Porque es un señorón, es también un gran general. Si vencieran los soldados, el se cubriría de gloria. Pero si fracasaran, a él no le pasaría nada. No tendría la culpa. Tendrían la culpa... os diré más adelante quienes tendrían la culpa. Y si entregara el ejército a los enemigos y les vendiera las fortalezas y huyera el primero de todos, ¿quién podría acusarlo? ¡Él era el Acusador Público! Si me desprendía de la pandilla y me presentaba ante él y le decía: “Señor Teodoro75, ¿por qué eres una escoria?”, sus ojitos se hundían profundamente dentro de sus órbitas, como los ratones a los que asusta el gato. Se quedaba helado el señor Teodoro. ¿Qué señor Teodoro? ¡Licón y Anito, hombre! 75 Alusión a Teodoro Pángalos, general que dio un golpe de estado en 1925 y bajo cuyo gobierno Várnalis fue cesado de su puesto de profesor.
Kostas Várnalis 70 § 21. Enseguida la cosa se pone fea. He aquí que sus amigos y sus matones se arremangan. Lo miran de reojo a los ojos para que les haga la señal. Pero éste no está tan flojo. Toma mi conversación como una broma. Rompe a reír. ¿Sabéis por qué? Mira mis gruesos brazos que han zurrado a muchos hasta ahora. Además, se han juntado a mi alrededor otros muchos para ponerse de mi parte. No son filósofos, no son amigos míos: son también escorias como él. Son sus enemigos políticos. Se aleja riendo con los suyos. “¡Anda con cuidado!”, dice en sus adentros, “que yo te la haré allí donde no te lo esperes”. § 22. Los más zalameros de éstos miraban como halagarme para que no les insultara. Me aclamaban “filósofo máximo” y me enviaban a casa todo tipo de agasajos: huevos rojos y bollos por Pascua; lechones en Año Nuevo; arpilleras con yogur de Manolada76 en Febrero; codornices de Mani77 en Julio; y en mi santo dentones, higos, garrafas de vino y flores. Yo lo devolvía todo... aunque gritase Jantipa que soy un bobo. ¡Por el amor de Dios! ¡Querían cerrarme la boca! Reventaría... Una vez, además, algún poderoso de entre ellos me envió como esclavos a dos negritos de ciento sesenta meses, que no sabían griego, cabellos rizados, dientes nacarados, brazaletes de oro y pendientes... ¡”Para hacerlos”, me escribía, “filósofos”! Los envolví con media sábana (estaban en cueros) y los devolví de nuevo. ¿Quién los alimentaría? Muchos conocen esta historia. Aquel día todo Kolonaki78 se puso en pie. Salieron de sus casas y de sus tiendas y se alinearon en las aceras para verlos pasar cogiditos de la mano... ¿y qué diréis que cotilleaban sobre mí después? ¡Sócrates los echó porque quería que fuesen blancos! 76 Pueblo del distrito de Ilía, al noroeste del Peloponeso. 77 Región del sur del Peloponeso. 78 Barrio de Atenas a las faldas del monte Licaveto.
71 La verdadera apología de Sócrates § 23. Pericles, cuando oyó que se producía tanta conversación sobre mí, mandó a Aspasia para que me llamara a su palacio. Y ella me envió a Alcibíades. ¿Podía yo hacer un feo a este buen mozo y a la gran señora? Fui con el propósito de armarla. Pero en todo lo que les decía no me ponían objeción alguna. Y cuando critiqué a “Zeus Olímpico” por cuantas románticas fanfarronadas os dijo en su Epitafio, meneó riendo su puntiaguda calva y me incitaba a rajar de sus enemigos y a contar chistes verdes. Y Aspasia, riendo también ella, me acariciaba con sus divinos dedos como lirios esta vieja pelliza de aquí, que veis, y me decía en voz baja: “¡Quítatela, pobrecillo, te la remendaré!...” Me dedicaban grandes atenciones y me escuchaban con recogimiento y admiración. Pero no es por esto por lo que no insulté también a Pericles. Me dio su palabra de que se pondría de acuerdo dentro de poco con los moraitas79 y terminaría la guerra... Ahora lo veo, se burlaba de mí. El único que se ha burlado de mí en mi vida. Si viviera ¡aún haría la guerra!... ¡Poder y guerra no pueden ser separados!... Creo que me salí del tema... Cháchara de viejo... ¡Perdonadme! § 24. ¿Y los poetas? Pitonisas masculinas que conversan con los dioses, como viejos compadres... Ajustados de cintura, contoneantes y con ojos rasgados, allí por donde pasan esparciendo aromas y sonoras carcajadas, se paran de pronto, desencajan los ojos y miran los astros en pleno mediodía. En aquel momento bajan mensajeros de los Dioses ¡y los invitan al Olimpo de la Estupidez!... Allí se emborrachan y aquí profetizan. Con la magia de los versos nos rescatan de las ataduras de la vanidad. Ellos dan eternidad a lo que tocan con su aliento. ¡Gracias a éstos el mundo se vuelve mejor y reinan en la tierra el alma y Dios! En buena hora como Meleto... Pues cuando yo les 79 Por extensión, habitantes del Peloponeso. Moriá o Morea es otra denominación del Peloponeso, utilizada a partir de la Cuarta Cruzada (1204).
Kostas Várnalis 72 veía y les saludaba: “¿Por qué te me pones agridulce, Maruja?” Naturalmente se enfadaban también éstos y sus amigos. Y mira que las cosas han ido a derechas, Maruja - Meleto fue mi primer mortal acusador. § 25. Mientras tanto me escribían epigramas punzantes que daban vueltas por los callejones, los pueblos... Tanto que, una vez, Aristófanes, el único al que le pegaba ser poeta porque era misántropo y gruñón, me puso en escena... ¡Protagonista de “Las Nubes”! La gente se reía y yo presumía... ¡tanto que me obligaron a subirme sobre una silla para verme! Desde entonces me convertí en un hombre “importante”. Toda Grecia hablaba de mí... Antes no me conocían bien ni me tenían en cuenta. Después de la representación me cogieron los amigos y fuimos a la taberna a festejar mi fama. Nos pusimos como una cuba y cantamos un montón de canciones melancólicas. Al amanecer volví a casa... Caminaba de puntillas para que no me oliera Jantipa. ¡Pero qué! Saltó p’ arriba y empezó la reprimenda... “¿Sabes?”, le digo, “desde hoy soy el hombre más grande de todo... el mundo (así le dije para calmarla). Y tú, que me tratabas a patadas... Me subieron a escena...” Se frotó los ojos, se paró un poco y después, por primera vez en su vida, me abrazó, me besó y me dijo: “Mi tesoro”. Pero antes que llegase la mañana se arrepintió: “A ver si encuentras algún trabajo; te colocas... y que dejes esto... viejo pervertido... ¡analfabeto!”. § 26. Esto que os he contado no pasaba todos los días lo mismo. La mayor parte de las veces buscaba huir de la gente... Bajar hasta la mar multiforme y tornadiza, ¡la amante insaciable!. Caer dentro, abrazarla e ir profundo... muy profundo en compañía de
73 La verdadera apología de Sócrates las Nereidas80 y los Tritones81. Revolcarme después en la ardiente arena, recostarme boca arriba al sol y bailarlo como una pelota sobre mi hinchado vientre... Tomaba entonces los callejones retirados y marchaba de pared en pared hasta las Puertas Itonías82. Allí me paraba sobre un pie y me quitaba uno de los zapatones y después sobre el otro pie y me quitaba el segundo zapatón. Los apretaba los dos bajo el sobaco —para que no se desgastasen las suelas en balde, —y un dos, un dos, bajaba hasta Falero83. Alguna vez me ocurría el pisar alguna mierda (¡estaban llenos de ellas los barrios y los callejones!). “¡Por el Perro!” murmuraba. “Mejor pisar mierdas que tropezar todo el día con mendigos y timadores, «¡Griegos entre los Griegos!»”. 80 Divinidades marinas hijas de Nereo. Personificaban, tal vez, las olas del mar. 81 Seres divinos marinos que forman parte del cortejo de Poseidón. Se les representa con la parte superior del cuerpo de hombre y la inferior de pez. 82 Puertas de la muralla de Atenas, mencionadas por Platón en Axioco. 83 El segundo y más antiguo puerto de Atenas.
Kostas Várnalis 80 madre, etc.”90. Así, sumergido el pueblo en azules neblinas, en la inexistencia del pensamiento y del deseo, no podrá mover su lengua, ni su mente ni sus manos. § 12. El alma, que se encuentra en la más absoluta altura atrapada en una danza con las esencias eternas, tiembla si la rozan las leyes de la naturaleza y de los hombres: ¡fealdad, relatividad y desgaste! El cuerpo se sostiene clavado en el barro y el alma siempre está ausente... No siente dolor, no sufre, no se le perjudica. No se resiste porque es libre. Con el aguijón de mi filosofía, golpeando a los ingenuos en su espinazo, los paralizaba y así aseguraba la juerga de los espabilados. ¿Por qué os dio por matarme? ¡Veo a las ciudades del futuro, oh atenienses! Divinizan el hambre, el dolor y la estupidez; doran y alimentan con piñones y nueces a los curanderos que timan al pueblo para que desprecie la materia y aguarde una recompensa... “¡en el mundo del espíritu!”. § 13. Si me equivocaba en la teoría, no me equivocaba en la crítica de los hombres públicos. Y éstos, para acabar conmigo de una vez por todas, me tacharon de ateo. Sócrates se burla de los dioses y crispa todo su poder contra el estado. Por mi causa se retiraron los dioses de Atenas y dejaron la roca de la Acrópolis y la Acrópolis de vuestras almas a las uñas y los dientes de las Erinias91. Si descargase algún aguacero con granizo y arruinase la siembra; y si cayese tizón en los cereales, filoxera en las viñas, gorgojo en las habas y en las judías; y si la viruela destrozase las gallinas, la glosopeda a las vacas, paperas a los caballos; y si el fuego prendiese alguna barriada y los pobres se quedasen en la calle; y si la borrasca se mantuviera dos o tres semanas en el 90 En griego clásico en el original. 91 Divinidades violentas representas como genios alados, con serpientes entremezcladas en su cabellera, y llevando en la mano antorchas o látigos.
81 La verdadera apología de Sócrates Mar Negro y retuviera los barcos con el trigo y el atún y tuviese hambre la gente; y si llegase el triste mensaje de que “nuestros muchachos” han sido vencidos en el extremo de la tierra y las madres se enlutaran, — ¿quién tendría la culpa? § 14. ¡Quién más que los ateos! Si no hubiera enrabiado a los inmortales con mi filosofía, ¿nos hubiesen enviado la peste del 430 a. C.? ¡Pero por aquel entonces yo no filosofaba! Si el hijo de Clinias92 con su pandilla no hubiera roto las cabezas de los Hermes en vez de romper las vuestras, que buscabais grandezas, ¿hubiéramos sufrido la desgracia de Sicilia? Y si los generales de las Arginusas93 no fuesen ateos, ¿volcaría Némesis los mares para que no pudiesen recoger a los ahogados? Y ya que yo les declaré inocentes, ¿os acordáis?, se abrieron los cielos para arrojar agua hirviente para escaldarnos, pero... ¡se compadecieron (¡los cielos!) de los Treinta Tiranos!... He aquí, pues, quiénes tenían la culpa de todos los zamarrazos, como os prometí que os contaría en la Tercera Parte, § 20 de mi discurso. § 15. Así, con mi ateísmo y mi traición servía de sobra a la Patria y la Religión... ¡a cuantos se alimentaban de las tetas de estas grandes ideas! Políticos, curas, maestros cargaban sobre mis espaldas cada una de sus incompetencias e infamias, cada daño de los elementos naturales ¡todos los reveses del Destino! Cuando yo falte buscarán para encontrar algún otro Sócrates para bautizarlo en la sagrada pila bautismal de la opinión pública como ateo y traidor. Les hace falta para arrojarlo a las fauces de la muchedumbre furiosa como víctima expiatoria cada vez que 92 Alcibiades. 93 Grupo de islas del mar Egeo, donde los atenienses destruyeron la flota de Esparta en 406 a. C. Los atenienses condenaron a sus estrategas, a quienes una tempestad había impedido salvar a los náufragos y enterrar a los muertos. Sócrates fue el único de los pritanos que se negó a presentar la propuesta de condena.
Kostas Várnalis 82 se las vean negras. El rebaño no podría vivir ni un momento sin Lobos, ni los Lobos sin ateos ni traidores. § 16. Todos refunfuñáis que el mundo se ha estropeado. ¿Qué mundo? ¿Las montañas y el cielo? ¡No corren peligro! ¿Los dos o tres ateos? Los rajáis y enseguida se arreglan las cosas. He aquí el mundo: son vuestras señorías, oh atenienses. Todas vuestras usanzas, escritas y no escritas: el temor a los dioses, el respeto a las leyes, amor al bueno y la virilidad se pudren como montones de carroña en el Abismo como compañía de los esclavos matados. Mentira, robo y deshonor, he aquí los “démones” del Estado, —¡”la riqueza de adentro”! — que os llevan alto. Y después salió mi propio demon (“nuevo demon”) para revivir las carroñas insuflando con la caña de la filosofía en sus vientres el “espíritu de la verdad”, para erigirles ideas puras, intactas de los caprichos del tiempo y de los hombres, ¡dentro de la Mente infinita! § 17. A los movimientos ciegos del alma, si empiezas a hacerlos mandatos de la lógica, es decir, a trasladarlos de la imitación inconsciente y la costumbre al pensamiento iluminado y la voluntad, ya los has matado. Sin embargo, aún así yo os beneficiaba. Puesto que dejáis que los ratones de las minas y de los retretes roan las “grandes substancias”, yo os aconsejaba que no debéis burlaros y pavonearos por esto, ¡pensando que el más claro tramposo es también el ateniense más listo! Os enseñaba por vuestro provecho a honrar sus nombres y a reverenciar su sombra delante de las mujeres, los niños y los esclavos, para que no se animen y bajen algún día al ágora ¡y actúen peor que vosotros! ¡Os enseñaba que debéis ser irreverentes y violar la ley en el nombre de los dioses y de las leyes! § 18. ¡Cómo me voy a acordar de todo ahora! No olvido que tú, tú, ese y aquél... tós vosotros estabais de acuerdo en lo que os decía y agachabais vuestra vacía cabeza ante la Lechuza y
83 La verdadera apología de Sócrates Momo94. Sólo tres palabras me bastan para mostrar cuánto trabajé por el bien de la Patria, por la división de los ciudadanos en saciados y bobos. 1º) ¡Demostré que nuestra alma es inmortal! ¡Existe, así pues, el alma! ¡En su favor existen (es decir, deben existir) estado—leyes y curas—dioses! El temor a los dioses y a las leyes nos retiene para no perder nuestra alma... ¡y no ir a la cárcel! ¡Atenienses! ¡Si no existiese el estado no existirían ni dioses ni curas ni siquiera alma inmortal! Los castigados por la vida debemos tener fe en que disfrutaremos y reinaremos eternamente, — ¡basta conque muramos primero! No se puede volver a tomar con nuestras manos lo que nos cogen los señores con la fuerza y la astucia — es decir, con nuestras propias armas y con nuestro propio voto. A ellos los castigarán los dioses en el otro mundo. Se cocerán en la caldera llena de brea durante toda la eternidad. Si los castigamos nosotros, nos volveremos malos y entonces perderemos nuestra alma ¡y nos coceremos nosotros en la caldera! 2º) No eran palabras al viento, esta enseñanza mía era una piedra angular de mármol. Por esto le di forma cuadrada: “¡prefiero que se me cometa injusticia a cometerla yo!”. Esta piedra angular se fija mejor en la arena y en el agua: ¡en las almas de los débiles! Cuanto más humillado el hombre, tanto más indeciso; cuanto más cansado, tanto menos respira, piensa y se enoja. Se necesitan ánimo y confianza en ti mismo para oponerte a la injusticia — ¡y mucho más todavía para ser injusto! Enseñado a temer no quieres temer más. Te abandonas a la dulzura de la abulia, al egoísmo del dolor. Y no sólo te quedas quieto para que te cojan cuanto no tienes, sino que ni siquiera tocas lo poco que tienes: ayunas de tu propia comida, bebida y mujeres, odias el sol, el mar, el aire del bosque y el movimiento, y añoras la enfermedad, las torturas, la suciedad, el silencio y la muerte para ir al paraíso. “El 94 Personificación del Sarcasmo.
Kostas Várnalis 84 dolor edifica”. Alzaba, pues, al cielo la alegría del dolor como estandarte del rebaño. Para cuantos no pueden soportar el dolor se han encargado las leyes de Solón; construyeron apartadas iglesias de Afrodita Pandemos95. Allí dentro cada uno compra muy barato la perfección, es decir, el olvido de uno mismo. 3º) Dije la misma opinión de otro modo: “nadie es malo voluntariamente”96. Esto quiere decir: no castiguéis a los injustos, porque... cometeréis injusticia contra ellos. ¡Son inocentes! ¡No saben que hacen mal! ¡Paciencia! Cuando les enseñemos cuál es el bien y el mal, abandonarán el mundo la maldad y la injusticia y reinará la bondad... Se necesitan escuelas. Y las escuelas las construirán los injustos. ¿Sabéis por qué? El bien, la justicia y el deber son su bolsa. Pues ellos mismos enseñarán a los hijos del pueblo a no oponerse a la injusticia cuando crezcan. § 19. Así mi filosofía sostenía el régimen de la desigualdad, “el interés del poderoso”. Naturalmente ¡no debéis matarme por esto! Los futuros estados sabrán mejor cuál es su trabajo. Ambón, Pupitre, Periódico y Porra trabajarán como hermanos para separar a los ciudadanos en saciados y bobos y para armonizar lo incompatible con la “armonía de las clases”. De esta armonía me puse como el primer maestro. Aunque me matéis por ateo. Mis propias lecciones pasado mañana los cristianos las convertirán en su religión. Me honrarán como profeta de su Dios y pintarán mi jeta en sus iglesias con una ancha corona dorada alrededor de mis vedijas. 95 Diosa del amor vulgar. 96 En griego clásico en el original.
QUINTA PARTE ¡Mi demon no era una criatura del Infierno que se atrincheró dentro de mi alma, para poneros zancadillas y para gafaros! ¡Era algo peor! No era nuevo, como, se supone, lo conocieron los acusadores. Era la antiquísima conciencia del Rebaño, la esclavitud original, que ataba mi alma con las vuestras para retenerlas erguidas, indestructible fortaleza del estado de los injustos. No era ningún ángel guía que me iluminaba; era un ángel guardián de la Mentira pública, que me cegaba. Era “el interés del poderoso”97 convertido dentro de mí en la voz y en el deseo de los dioses y de la Razón. Era la amenaza mística y de ultratumba “¡No!” y “¡Atrás!”. Era vuestro propio demon, atenienses, — mucho peor, porque era también más poderoso. § 2. ¡Que si lo odio, dice! ¡Ah! si pudiera entregarlo a vuestro ardor patriótico para sacarle los ojos; para cortarle la nariz y las orejas; para verterle aceite chisporroteante y sal gorda en sus heridas; para clavarle herraduras en sus pies con espigas; para atarlo a un palo y rociándolo con petróleo y brea prenderle fuego ¡como si fuera un turco! Él me arreaba y me aguijoneaba uncido al carro de la Democracia de los “mejores”98. Él me hacía andar dormido como los caballos el camino recto de la costumbre — y no descarriarme. Él me hacía zarandear a los sin ley y burlarme de ellos, en vez de burlarme y arruinar las leyes; humillar a los ignorantes, en vez de compadecerme de ellos. Pero ahora lo busco y no lo encuentro. Me ha arrumbado desde hace bastantes meses, atenienses. Volverá de nuevo una vez que yo muera, a la Dirección General de Seguridad ¡para entregar su informe y ser ascendido! 97 Ver 57 98 En griego clásico en el original.
Kostas Várnalis 88 § 3. Cuando Pericles nos decía que la fuerza y la buena vida del estado es la salvación (buena vida y fuerza) de los desdichados, yo no quería admitir que se burlaba. ¿Qué entendía al decir ciudad? ¿Todos nosotros? Seguramente no. Si todos nosotros somos felices nadie tiene necesidad de salvarse. Se refería claramente a los pocos ricachones y políticos; en una palabra, los espabilados. Cuando aquellos comen, nosotros nos saciamos; y cuando aquellos atesoran, nosotros nos enriquecemos; y cuando aquellos no se hacen más ricos, nosotros nos empobrecemos más; y cuando la fortuna de aquellos está en peligro, ¡a nosotros se nos quita el sueño!... Como veis, el primer político y ricachón de Atenas, ante los ojos de la muchedumbre harta de mentiras, elevó sin vergüenza la deshonra de los pocos a deber, grandeza y gloria de los muchos, — ¡la Patria! Había guerra entonces y debíamos dar nuestra vida para los “mejores”, si queríamos salvar nuestra hambre inmemorial y nuestro sueño dichoso, ¡para hacerlo eterno!... ¿Habéis comprendido? Bien seguro. Porque os lo explico. Pero aquel entonces mi voz interior del rebaño, — el demon — no me dejaba sentirlo. Encontraba, desde luego, que el viejo nos lo contaba bien, porque estaba de acuerdo con... ¡la Lógica absoluta! § 4. Cuando comencé a desvariar y a sospechar que no juzgo correctamente y que mi cerebro hace aguas, vuestro ángel de la guarda se apretó la faja, abrió sus alas y voló rechinando sus dientes. ¡Za!... ¡Pero tampoco me tranquilicé! Nada más irse me empezó a roer otra carcoma. El arrepentimiento por el mal que hice a los de mi tiempo y a los hombres venideros mientras la injusticia y la mentira gobernasen el mundo. Noche y día me atormentaba. ¡Debía arreglar el mal! Y he aquí lo que hubiera hecho si no os hubieseis anticipado para matarme: Su garganta se secó. Pidió un vaso de agua, pero ¿dónde encontrar un vaso y agua? Un gracioso le gritó: “¿por qué no te
89 La verdadera apología de Sócrates tragas la clepsidra para que acabemos de una vez?”. Carcajadas y alboroto. Muchos, que dormían, se sobresaltaron molestos y comenzaron a gruñir. Otros se pusieron en pie e hicieron una señal al ujier para que les dijera cuánta agua quedaba todavía dentro del cántaro. El ujier se inclinó por encima y después, alzando su mano derecha, deslizó dos o tres veces el pulgar sobre el segundo nudillo del índice. Sócrates tragó saliva y continuó. § 5. Por todo lo que enseñé deberíais hacerme de oro y reverenciarme. Por esto que haría, si viviera, deberíais, con razón, no sólo matarme, sino machacarme vivo en el mortero como el tirano Nearco99 machacará a Zenón100 de Elea, para que aprenda a enseñar la virtud cuanto quiera pero sin mencionar las canalladas de los principales. Deberíais cortarme la lengua como el rey Antípatro101 cortará la lengua de Hipérides102 el orador, para que aprenda que puede traicionar a su patria pero no pega el insultar al extranjero que paga... Yo sería realmente muy peligroso para la clase pública, para el “interés del poderoso”. Y que echarais mi cadáver lejos, en el golfo Corintio o en algún barranco del Citerón103 — “que no sea enterrado en tierra ática”104. ¡No existe mayor deshonra y traición que el decir la verdad!... 99 (s. V a. C.) Tirano que se hizo con el poder en Elea y condenó a tortura y muerte a Zenón. 100 (nacido h. 490 a. C.) Filósofo y poeta griego nacido en Elea, alumno de Parménides. Várnalis menciona el episodio de su muerte sacado de Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos. 101 (397 - 319 a. C.) Gobernador de Macedonia durante la expedición de Alejandro Magno contra los Persas. Tras la muerte del conquistador (323), los griegos se sublevaron, pero Antípatro venció su rebelión. Nombrado regente en 321. 102 (389 - 322 a. C.) Orador y hombre de estado ateniense, contemporáneo de Demóstenes. Incitó a los atenienses a la sublevación contra Macedonia. Condenado a muerte por orden de Antípatro. 103 Montaña en los límites de Beocia, Ática y el istmo de Corinto. 104 En griego clásico en el original.
Kostas Várnalis 96 Completamente solo, así pues, Sócrates, con su gran mente y con el punzante látigo de la burla en la mano, frente a quinientos deshechos de su época, ¡de la época clásica! Despreciando profundamente y como siempre la imbecilidad, la falta de educación y la vileza de esta cuadrilla de jueces que son todos ellos órganos inconscientes de la violencia y del interés de los señores, todos ellos inútiles y holgazanes, que viven a costa del tesoro público y que se arreglan vendiendo sus conciencias en el mercadillo a cuantos pagan más, les echa en cara y con los dos puños llenos de cada burla y de cada insulto que le trae al pensamiento y a la boca su “postrer” conocimiento de la realidad social. Insultos, burlas, todo ¡“por encima del hombro”! ¿Por qué “por encima del hombro”? Porque él mismo es un hombre superior. Es decir, un hombre sin debilidades personales, que tiene la bravura de espíritu para autoexaminarse, autoanalizarse y autocriticarse con la misma severidad que examina, analiza y critica a los demás. Mi Sócrates no niega a los demás para “colocarse” él mismo. No es del gremio de los actuales intelectuales negativos, que todos ellos, charlatanes heroicos o cabezas de chorlito garrapateadores del papel son “tomados” por una fogosa indignación, ¡porque ellos tienen todas las virtudes y cualidades y los demás ninguna!... Mi Sócrates, echando abajo y burlándose de sus propios errores y vilezas en la esfera de la vida espiritual, obtiene el derecho moral de sacudir y burlarse de los demás por sus errores y sus vilezas. Pero para que comprendieran sus burlas y sus insultos los toscos pueblerinos de Mesogeo, los sucios holga-zanes del mercadillo ateniense, debía Sócrates bajar su pensamiento al nivel de sus oyentes, hacerlo plática de pueblo y de mercadillo y subir el volumen de su voz para que le escuchen, para que le atiendan todos estos “sacerdotes de Temis”, que echados al sol dormitan y bostezan porque no tienen ninguna otra cosa en su mente que cuándo se acabará el agua de la clepsidra, es decir, cuándo se parará la defensa del desahuciado, para desparramarse fuera, y
97 La verdadera apología de Sócrates embolsarse su paga de jueces, sus dinerillos, que al cambio actual hacen arriba o abajo 250 dracmas en billetes. ¡No les importa en absoluto las elevadas dudas filosóficas “qué es lo justo, qué lo injusto, qué lo verdadero, qué lo falso, qué lo bueno, qué lo malo, qué lo hermoso, qué lo sórdido” y otras tonterías semejantes! Con la rebaja del pensamiento o con la elevación de la voz Sócrates demuestra a sus jueces que no matan a un enemigo de la sociedad de las sanguijuelas, sino a un defensor de dicha sociedad; los gobernantes posteriores, les dice, pagarán a cualquier precio por encontrar tales defensores de su violencia. Y, para hacerles comprender mejor cuándo habría sido realmente culpable y “merecedor de muerte para la ciudad” (“para la ciudad” = para el interés de la democracia), les explica que solamente si anunciaba la revolución social de los esclavos y de los ciudadanos pobres contra la ética y el patriotismo del conducto intestinal, contra la prostitución de las ideas, e intentaba establecer la democracia de los muchos, sin clases sociales, lo justo, la ética y el heroísmo del trabajo, entonces sería... merecedor del patíbulo... ¡”para la ciudad”!. Entonces los jueces se rascan la testa y entreabriendo sus ojos adormecidos preguntan: “¿y quién será ese que nos va a poner a trabajar sin que queramos?”, “Los escitas” responde Sócrates. Estos “escitas” no son los rusos, como piensan muchos, sino los partidos comunistas de cada lugar. Estos cambiarán así el mundo, de forma que solamente viva quien quiera trabajar. Expliqué como nació en mi cabeza y con qué intención fue escrita “La verdadera apología de Sócrates”. Ahora, si la obra triunfó por su aspecto literario, yo... no me meto. Yo expliqué hasta ahora solamente cómo llegaron a aparecer mis obras, no si llegaron a ser buenas. Rehuí este escollo, no por no presentar el triste espectáculo de un escritor que se autoadmira, sino para no someterme a la dolorosa prueba de juzgarlas yo mismo. Porque “más sabe en su casa el necio que el sabio en la del vecino” (1935)
INDICE DE NOMBRES Afrodita 41, 51, 52, 84 Alcibiades 22, 29, 48, 52, 53, 60, 71, 91 Alcidamante 95 Alexiou 12 Alópece 40 Amaliada 11 Anaxágoras 76 Anito 31, 39, 69 Anquialo 11 Antípatro 89 Apolo 23, 51, 59, 77 Argalastí 11 Arginusas 81 Arístides 53, 61 Aristófanes 16, 23, 72 Aristóteles 23, 55, 94, 95 Aspasia 61, 71 Atenas 11, 13, 25, 26, 40, 41, 42, 51, 52, 53, 54, 60, 66, 68, 70, 73, 76, 80, 88, 90, 91, 105, 106, 107, 108 Atenea 37, 51 Atzémidas 54 Bertoldo 47 Bósforo Cimerio 90 Calias 60 Cefiso 41 Cervantes 16 Cilón 53 Cinegiro 56 Citerón 89 Cleón 42 Clinias 81 Corintio 89 Cotitó 51 Crítias 29, 46
Kostas Várnalis 100 Critón 60 Daskalio 91 Delfos 23, 76 Delmuzos 11, 12 Demócrito 93 Dimitrov 95 Diógenes Laercio 23, 89 Don Quijote 16 Empédocles 76 Épactos 40, 41 Epicuro 93 Erecteo 34 Erinias 80 escitas 91 Escitia 90 Esopo 68 Espartanos 25, 54 Esquilo 11, 16, 56 Eumólpidas 51 Eurípides 16, 17, 76 Falero 73 Filipópolis 11 Flaubert 16, 17 Gide 13 Glinós 12, 13, 18 Grecia 12, 25, 29, 40, 46, 72, 105, 106, 107 Gubbio 67 Gudí 25, 60 Heliea 29 Heracles 56 Hipérides 89 Itonías 73 Jantipa 23, 39, 49, 60, 61, 65, 70, 72 Jenofonte 16, 17, 18, 21, 22, 23, 45, 61, 93 Jesús 18 Kapandriti 90 Kazantzakis 12
101 La verdadera apología de Sócrates Keratiá 12 Kérices 51 Kifisiá 25, 42 Kolonaki 25, 70 Kolonas 25, 90, 91 Kolono 42 Koúlouri 25, 90 Koúndoura 90, 91 Kouvará 91 Lacedemonios 25, 54 Lalo 12 Larisa 11 Laurion 91 Leónidas 56 Lepsina 41 Licón 31, 40 Loxias 77 Maliá 39 Mani 70 Manolada 70 Marx 93 Mégara 12 Meleto 31, 40, 71 Mesogeo 96 Milón 56 Mirtita 61 Mirto 23 Mitilene 13 Moatsu 12 Moliere 16 Momo 83 Moraitas 25, 71 Moscú 13 Nauplio 12 Nearco 89 Némesis 46, 81 Nereidas 73
Kostas Várnalis 102 Nilo 90 Niocastro 39, 41 Pablo 94 Palamás 15, 17 Paleomoraitas 25, 54 Pángalos 13, 69 París 12, 13 Pegaso 68 Penélope 15, 18 Penteli 68, 91 Pericles 60, 71, 88 Pireo 12, 42, 54, 91 Pisístrato 53 Pitágoras 76 Pitceo 40 Plaka 25, 41 Platón 17, 21, 22, 23, 24, 46, 55, 60, 73, 92, 93 Plutones 37 Polícrates 40 Polo 55 Pritaneo 45 Prometeo 18, 56 Protágoras 60 Pyrgos 11 Ramnunte 91 Rumelia 11 Sabacio 51 Salamina 25, 90 Saratsis 11 Saulo 94 Semónides 16 Sicilia 81 Simplégades 47 Sócrates 12, 15, 17, 18, 19, 21, 29, 31, 32, 34, 35, 40, 45, 47, 49, 54, 65, 70, 75, 80, 81, 89, 92, 93, 94, 95, 96, 97 Sófocles 16, 76, 78 Sofronisco 40
103 La verdadera apología de Sócrates Solón 55, 84 Sorbona 12 Sotiriadis 11 Stoa 66 Suda 23 Sunio 25, 90 Tatoi 53 Temis 96 Teodota 23, 61, 75 Terámenes 22, 46 Tiresias 37 Torgler 95 Trasíbulo 29 Treinta 29, 53, 54, 81 Triantafylidis 12 Tritones 73 Turkovuniá 66 Ulises 37 Várnalis 11, 12, 13, 15, 17, 18, 19, 21, 22, 23, 24, 25, 27, 29, 56, 69, 89, 90, 91, 107, 108 Volos 11 Yokarinis 17 Zenón 89 Zeus 41, 71, 76
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