Factores empíricos en la conformación del canon literario
Abstract
El canon es en lo esencial una nómina de autores tradicionalmente aceptada. Su valor radica en el papel desempeñado en la propia historia literaria. Sin embargo, no puede ser aceptado de forma acrítica. Cuando es necesario aquilatarlo, puede ser útil recurrir a factores contrastables empíricamente que corrijan el sesgo del mismo en virtud de aspectos pertinentes para el estudio sociohistórico de la literatura. Las variables (algunas de ellas de tipo bibliométrico) que aquí se propone tener en cuenta son: la trascendencia histórica de su influjo, su grado de representatividad de las corrientes dominantes en un período dado, sus innovaciones estéticas, sus niveles de visibilidad e impacto coetáneos y su índice de productividad
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Studia Aurea, 5, 2011: 49-70 Factores empíricos en la conformación del canon literario Alberto Montaner Frutos Universidad de Zaragoza* [email protected] Fecha de recepción: 14/04/2011, Fecha de publicación: 25/04/2011 <URL: http://www.studiaaurea.com/articulo.php?id=195 > Resumen El canon es en lo esencial una nómina de autores tradicionalmente aceptada. Su valor radica en el papel desempeñado en la propia historia literaria. Sin embargo, no puede ser aceptado de forma acrítica. Cuando es necesario aquilatarlo, puede ser útil recurrir a factores contrastables empíricamente que corrijan el sesgo del mismo en virtud de aspectos pertinentes para el estudio sociohistórico de la literatura. Las variables (algunas de ellas de tipo bibliométrico) que aquí se propone tener en cuenta son: la trascendencia histórica de su influjo, su grado de representatividad de las corrientes dominantes en un período dado, sus innovaciones estéticas, sus niveles de visibilidad e impacto coetáneos y su índice de productividad. Palabras clave Canon literario. Factores empíricos. Indicadores bibliométricos. Influjo histórico. Innovación estética. Visibilidad. Impacto. Productividad. Abstract Empirical factors in the making of a literary canon The canon is essentially a traditionally accepted list of authors. Its value lies in its role in literary history itself. However, it cannot be accepted uncritically. When it is necessary to clarify it, it may be useful to employ empirically testable factors to correct its bias by using issues relevant to the socio-historical study of literature. Variables here proposed (including several bibliometric ones) are: the historical significance of an author’s influence, how representative is an author of the literary movements of a given period, his or her aesthetic innovations, visibility and impact levels and rate of productivity. * El presente trabajo se enmarca en las actividades del Proyecto del Plan Nacional de I+D+i del Ministerio de Ciencia e Innovación (con subvención de Fondos Feder) FFI2009-13058: FEHTYCH. Agradezco a Fernando Montaner sus aportaciones en la discusión téorica.
50 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 Key words Literary canon. Empirical factors. Bibliometric indicators. Historical influence. Aesthetic innovation. Visibility. Impact. Productivity. Justificar la necesidad de seleccionar un elenco de autores no puede hacerse, a mi juicio, de forma absoluta, sino únicamente relativa a lo que, en términos económicos (que no economicistas) sería el problema de la limitación de los recursos y la consecuente exigencia de dar un orden de prioridad a las necesidades, algo que, en el campo de los estudios literarios, se manifiesta sobre todo cuando se trata de organizar una programación docente o de elaborar un compendio o epítome histórico-literario. Piénsese, por ejemplo en las contribuciones panorámicas de Uría (2000) sobre el mester de clerecía, de Rubio Cremades (2001) sobre la novela realista y naturalista en España o, con más razón (por lo que hace a los problemas aquí tratados), de Romero (1994) sobre el Romanticismo español. En tales casos, junto al papel de la síntesis, representado por los temas dedicados a movimientos y a géneros, se encuentra el del análisis, que obliga a realizar una selección de autores concretos para su incorporación a un repertorio o a un temario necesariamente restrictivos. Esta selección determinará no sólo la relación de escritores tratados, sino el tipo de atención que se les debe prestar, dado que no se les puede dedicar a todos el mismo espacio o tiempo. No se trata, pues, de una mera criba, sino de una inevitable jerarquización. Ésta queda en buena parte determinada por una nómina heredada, establecida en razón de criterios socioculturales posiblemente heterogéneos, pero no por ello menos eficaces al respecto, y que están vinculados a la institucionalización social de la literatura: «Hoy [...] pensamos que la historia de la literatura refleja los avatares de una institución (que tiene sus facetas lingüísticas, económicas, de control ideológico, de formación escolar...) y la cambiante constitución de un canon de escritores y tendencias, vivido como patrimonio propio de una comunidad. Y en tal sentido, la historia de la literatura cobra —como disciplina académica y como objeto de interés público— una nueva legitimidad».1 1. Alvar, Mainer y Navarro (1997: 11). Véase una exposición más detallada en Pozuelo Yvancos y Aradra Sánchez (2000), así como las reflexiones críticas (gnoseológicas y epistemológicas) de Maestro (2010: 37-43). Realizan también interesantes comentarios al respecto, partiendo de la evolución del canon hispánico en aspectos y casos concretos, Galván (2001), Romero (2006: 99-107 y 169-192) y Escobar (2007).
Factores empíricos en la conformación del canon literario 51 5151 Studia Aurea, 5, 2011 Ahora bien, si la «canonización autorial» se asienta claramente sobre una base social e histórica que no puede en ningún caso desdeñarse, porque ha marcado tanto el devenir de los gustos literarios como el de los mecanismos sociales relacionados con la categoría sociocultural de literatura, es obvio que, por ello mismo, implica cierto componente parcialmente arbitrario. Por ello, aun partiendo ineludiblemente del canon establecido, a la hora de plantearse una programación o una síntesis histórico-literaria deben tenerse en cuenta otros factores, que permitan una reconsideración crítica de la nómina y jerarquía recibidas. Desde luego, ello no puede hacerse apelando al dudoso papel del juicio estético propugnado por algunos defensores de la teoría del canon,2 en especial Bloom (1995), quien defiende que éste es «una elección entre textos que compiten por sobrevivir», hecha «por autores de aparición posterior que se sienten elegidos por figuras anteriores concretas» (p. 30). Tal «elección estética» (p. 32) debe basarse en la «supremacía estética», que a su vez depende de «la suma de la extrañeza y la belleza» (p. 13), o bien se «irrumpe en el canon por la fuerza estética, que se compone primordialmente de la siguiente amalgama: dominio del lenguaje metafórico, originalidad, poder cognitivo, sabiduría y exuberancia en la dicción» (p. 39), y ello pese a reconocer que «el yo individual es el único método y el único criterio para percibir el valor estético» (p. 33). En cuanto a éste, aunque no se explica cómo, «es engendrado por una interacción entre los artistas, una influencia que es siempre una interpretación» (p. 34), con lo que volvemos al principio, en una sospechosa circularidad. La objeción fundamental a esta justificación «esteticista» es que el gusto, aunque no sea arbitrario, tampoco es objetivo. Fruto de pautas socioculturales (derivadas en parte de la existencia de sucesivos cánones artísticos) combinadas inextricablemente con circunstancias tan personales como intransferibles, el juicio estético es esencialmente subjetivo y aunque pueda explicarse históricamente, no puede fundamentarse ontológicamente, a menos que se participe del concepto eidético de Belleza, al modo platónico. Aun de aceptarse esta base metafísica, la filología, que es una disciplina fenoménica (o fenomenológica, en el sentido que se le da al término en Física), no podría dar cuenta de ella. Por supuesto, ello no significa prescindir del aspecto estético de la literatura como de algo inasequible, sino enfocarlo adecuadamente, separando la comprensión de esa dimensión estética del juicio sumarísimo destinado a incluir o excluir un determinado nombre del canon o a situarlo a una altura u otra del mismo, lo cual es, a mi juicio, improcedente en los estudios literarios (cf. Montaner, 2003: 312-315: y 2010: 200-207). Ahora bien, justamente al no apelar directamente a una valoración estética, quedan abiertas otras posibilidades de reconsiderar el canon en términos que 2. Esta orientación es característica de los teóricos estadounidenses (cf. Pozuelo Yvancos y Aradra Sánchez, 2000: 33-61), pues otras teorías que han tratado del canon, como la de los polisistemas, se han preocupado más bien de cómo surge éste y apuntan, por el contrario, hacia consideraciones historicistas más cercanas al planteamiento aquí defendido (Pozuelo Yvancos y Aradra Sánchez, 2000: 77-120).
52 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 resulten de algún modo ponderables, incluso si no resultan siempre estrictamente cuantificables. Dicho en otros términos, a factores empíricos distintos del mero aluvión histórico, potencialmente amorfo, o del subjetivo criterio del gusto, del cual, como reza la vieja y sabia máxima, non est disputandum. En este sentido, y aunque no comparta su caracterización específica del «ámbito de actuación literatura» como un tipo especial de comunicación,3 considero que Schmidt (1991) acierta plenamente al plantear que «las declaraciones de la teoría [literaria] deben ser empíricamente comprobables y hacer referencia al ámbito de actuación social “literatura”» (p. 17) y que «la investigación científico-literaria debe salir del rincón de las llamadas ciencias del espíritu que le fue asignado desde W. Dilthey hasta J. Habermas y necesita una base teóricocientífica explícita y adecuada a sus intereses de investigación» (p. 29), lo que se consigue, entre otras cosas, en virtud del postulado de comprobabilidad: «sus problemas y resultados [...] son comprobables intersubjetivamente, es decir, están formulados sobre una base empírica y con la ayuda de argumentos que no contradicen los fundamentos de la lógica formal» (p. 31). Sin embargo, dicho autor no explica de qué forma(s) pueden contrastarse las hipótesis con el registro factual (o base empírica); es decir, se mantiene eminentemente en el plano teorético, sin descender a su engarce metodológico con los datos con los que tales hipótesis habrían de contrastarse. Por mi parte, considerando que algunos de los factores capaces de influir en la conformación del canon son susceptibles de cuantificación, me valdré de algunos postulados de la bibliometría, en su concepción prístina de modelo matemático destinado a formalizar algunos fenómenos estudiados en el ámbito de la historia y la sociología de la ciencia,4 y no, desde luego, como técnica sustitutiva del análisis cualitativo en el ámbito de la evaluación de la producción científica (mediante factores, generalmente mal calculados y empleados, como los índices de impacto y de citas), aplicación aberrante, hoy generalizada por las diversas y solapadas agencias de (presunta) evaluación de la calidad científica, pero que los propios fundadores de la disci3. Según lo había anticipado ya Mukařovský (1977: 317), al señalar que «En este lenguaje [el poético] la actualización adquiere a veces una máxima intensidad, de tal modo que eclipsa la comunicación en tanto que finalidad de la expresión y se convierte en algo que tiene la finalidad en sí mismo; su objetivo no es el de servir a la comunicación, sino el de destacar en primer plano el propio acto de expresión». No obstante, la manera en que el semiótico checo justifica esta relegación de lo comunicativo, mediante el concepto de desautomatización, como opuesto al de actualización, no resulta convincente, dado que exige un tipo de lectura crítica o, de otro modo, rupturista que no es generalizable al conjunto de la recepción literaria. 4. Véase un interesante ejemplo consagrado a la propia Filología Española en Urbano et al. (2005), quienes, sin embargo, incurren en el error metodológico de mezclar criterios descriptivos con juicios de valor, del tipo «se ha de considerar un signo de normalidad y de calidad en el currículum de un investigador de estas áreas la presencia de publicaciones de ambas categorías» (p. 444, el subrayado es mío), es decir, tanto de monografías como de artículos en publicaciones periódicas de tipo científico o académico.
Factores empíricos en la conformación del canon literario 5� 5�5� Studia Aurea, 5, 2011 plina denunciaron en su momento (cf. Callon, Courtial y Penan, 1993: 47, y Katz 1999: 1-2). Antes de desarrollar los aspectos en los que parece posible aplicar ciertos criterios empíricos como modo de selección y jerarquización de los autores (en términos puramente históricos y no de valor, como queda dicho), es preciso hacer una consideración previa sobre lo que cabría denominar un factor correctivo anterior a dicha tarea. En general, un canon no se establece en términos puramente individuales, es decir, relativo a los autores considerados de forma exenta, sino que se relaciona igualmente con el que antes he denominado plano de la síntesis y singularmente aparece subordinado a la periodización. Aunque no voy a entrar a cuestionar este peliagudo aspecto, he de señalar que, al margen de la validez de divisiones concretas y siempre teniendo en cuenta que rara vez se producen transformaciones bruscas, por lo que hay que tener en cuenta fases de transición, la distinción de (que no compartimentación en) períodos me parece una operación legítima en la historia cultural.5 De todos modos, a los efectos más pragmáticos de los que aquí me ocupo, basta constatar la relación que se establece (pero no de modo homogéneo) entre periodización y determinación del canon. En el caso de las divisiones consagradas en la historiografía de la literatura española y susceptibles de traducirse en los manuales o programas docentes correspondientes, a saber, Edad Media (siglos xi-xv), Siglo o Edad de Oro (siglos xvi y xvii) y Edad Contemporánea (siglos xviii, xix y xx, al que sirve de apéndice, en su caso, lo que llevamos del xxi),6 conviene plantearse una cuestión conexa: la de la extensión que, en número de temas o lecciones, debe tener cada una de dichas etapas, dado que a su vez ello repercutirá en la selección y tipo de atención de que serán objeto los autores correspondientes a cada una de las mismas. Habida cuenta de su duración, resultaría lógico dedicar a todas una extensión semejante, salvo a la primera, que debería ser más amplia, por abarcar más tiempo. Esto resulta razonable, siempre que no se aplique de un modo proporcional, pues entonces a la Edad Media debería consagrarse más de un tercio de los temarios o programas. El otro parámetro que habría de considerarse es 5. Véanse los fundamentos, aunque también las limitaciones, de la periodización histórica en Frutos (1991: 373-389). Para la discusión del concepto mismo de período literario, puede verse además Guillén (1989: 119-138). 6. Susceptibles de dividirse, en propuestas más detalladas, en Edad Media (subdivisible a su vez en Plena y Baja Edad Media, aunque es criterio que no suele aplicarse), Renacimien to, Barroco, Ilustración-Neoclasicismo, Romanticis mo-Rea lismo, Moder nismo-Vanguardia y el aún más obvio cajón de sastre de la Guerra y Postguerra. En la práctica, especialmente de la planificación docente, se ha solido recurrir a una cómoda, pero problemática (aunque no completamente arbitraria) división secular, a asignatura por siglo, salvo en el caso medieval, si bien la implantación de la reforma a la boloñesa está llevando a la consagración de modelos alternativos, aún de resultado incierto. Para una panorámica crítica de esta división, véanse Tacca (1985) y Mainer (1993), así como las reflexiones de Romero (2006: 29-34).
54 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 el de la producción propia de cada período. En ese sentido, resulta claro que la citada época posee una menor densidad, al menos en obras conservadas, lo que actuará de factor de corrección a la hora de aplicar el criterio cronológico antedicho.7 De cualquier forma, las bibliografías no son aún lo suficientemente completas como para establecer una cuantificación ajustada de cada período, lo que impide aplicar estrictamente este criterio. Por otra parte, éste no constituye por sí solo un parámetro realmente adecuado, si lo que se pretende es dar una visión de conjunto, dado que en ella se efectúa una selección y el número total de obras y autores comentados no suele diferir significativamente de una etapa a otra, al menos a tenor de los programas docentes a los que he tenido acceso a lo largo de mi carrera profesional. Pese a ello, la práctica manualística ha tendido a cierto desequilibrio en su reparto por temas. Sirvan de punto de referencia las representativas obras coordinadas por Jones (1973-1984), Rico (1980-1992), Ferreras (1987-1992), Canavaggio (1994-1995) y, aún en curso de publicación, Mainer (2010-2011). Su distribución en términos de extensión temática puede advertirse en el siguiente gráfico: 8 7. El importante papel de la oralidad en el Medioevo, así como la mayor dificultad para la elaboración de ejemplares, dada la carestía de los materiales de escritorio y la lentitud del proceso de copia, han hecho que se pierda una parte no desdeñable de las obras del período, por lo que la relativa escasez de textos literarios en comparación con las épocas posteriores no se debe únicamente a una menor producción de los mismos. Véanse al respecto el trabajo pionero de Deyermond (1976-1977), su expansión (lamentablemente inconclusa) en Deyermond (1995) y las explicaciones sugeridas por Smith (1984). No obstante, los progresos de la investigación van haciendo aflorar constantemente obras nuevas, perdidas en archivos y bibliotecas o que simplemente habían pasado desapercibidas (cf. Montaner, 2005). Especialmente, el ámbito de la prosa se ha visto notablemente enriquecido en las últimas décadas, como puede advertirse en el monumental compendio de Gómez Redondo (1998-2007). En conjunto, puede verse también Alvar y Lucía (2002). 8. Los porcentajes se han calculado partiendo de la extensión en páginas dedicada a cada período. He de advertir que he prescindido de los suplementos en el caso de la obra dirigida por Rico, así como de los vols. XXVII-XXXVI de la serie coordinada por Ferreras, por caer fuera del ámbito específico de la literatura española. En cuanto a la obra dirigida por Jones, he repartido en dos mitades la extensión dedicada conjuntamente a la Edad de Oro, para facilitar la comparación. Además debe tenerse en cuenta que la edición original inglesa (Jones, 19711972) carecía del tomo 6/2: Literatura actual, añadido en la versión española. Por otra parte, dado que la serie de Ferreras quedó inconclusa (pues no vieron la luz cuatro de los veintiséis volúmenes indicados), para poder ofrecer una cuantificación lo menos desviada posible, he asignado a cada volumen faltante la media aritmética de la extensión de los demás correspondientes al mismo período. En cuanto a la obra coordinada por Mainer, quedan tres volúmenes por publicar, a los que he atribuido, para hacer una aproximación, la media de páginas calculada a partir de los vols. III, V y VI, puesto que el VII (con 1216 pp.) se desvía demasiado del promedio.
Factores empíricos en la conformación del canon literario 55 5555 Studia Aurea, 5, 2011 Siglo XX Siglo XIX Siglo XVIII Siglo XVII Siglo XVI Edad Media Jones Rico Ferreras Canavaggio Mainer 0 5 10 15 20 25 30 35 40 45 Reparto por épocas en los manuales Diagrama porcentual comparativo Según se puede apreciar, existe un marcado desnivel en la mayoría de estas obras, que conducen a una mayor o menor hipertrofia de la etapa actual, mientras que otras épocas, singularmente la Edad Media y el siglo xviii, quedan en franca desventaja. No creo que tal irregularidad en la distribución quede suficientemente justificada en términos de relevancia cultural de la producción reciente respecto del total de la historia literaria española, por más que el período que abarca desde finales del siglo xix al segundo tercio del siglo xx constituya, en expresión justamente consagrada, la Edad de Plata de nuestras letras.9 9. Para la génesis y alcance de esta designación, véase Mainer (1983: 11-16). En todo caso, parece obvio que la fragmentación de la actividad literaria más cercana en múltiples corrientes falsea un tanto la percepción de la literatura contemporánea, que la historiografía futura tenderá sin duda a reducir, al ganar en perspectiva de conjunto. Nótese a este respecto que la diferencia que media entre el teatro de Lucas Fernández y el de Juan de la Cueva supera con mucho la que pueda ofrecerse entre Un drama nuevo de Tamayo y la Historia de una escalera de Buero, en términos de constitución escénica, estructura dramática y elementos específicos de la teatralidad. En este sentido, parece probable que, a la larga, todo el período que va desde el modernismo (e incluso desde sus raíces becquerianas) a la postmodernidad, incluida la ruptura, a menudo más aparente que real, de las vanguardias, pueda llegar a subsumirse en un sólo movimiento de conjunto, aunque distinguiendo diversas fases o variedades internas, como las que pueden darse dentro del mester de clerecía o de la poesía barroca. Apuntaba ya en esta línea Gullón (1969:
56 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 Incluso si se pudiera demostrar que en el ámbito literario se cumple el aserto realizado por la sociología de la ciencia respecto de la comunidad científica, a saber, que en la actualidad está vivo casi el noventa por ciento de todos los investigadores que en el mundo han sido,10 esto no podría justificar tales desequilibrios. En efecto, la diferente significación histórica de cada etapa respecto del conjunto de la historia literaria española, en caso de que la misma pudiera realmente baremarse, no bastaría para apoyar una desigualdad llevada a esos extremos, porque el enfoque historiográfico debe conjugar armónicamente el discurrir diacrónico con los cortes sincrónicos, y éstos, en sí, precisan de similares recursos explicativos, cuya exposición requiere una cantidad semejante de espacio o de tiempo.11 Tampoco puede, a mi juicio, ampararse dicha postura en los desequilibrios de la propia investigación literaria, que se ha orientado con mayor dedicación a la literatura contemporánea.12 En efecto, este factor será determinante en un repertorio bibliográfico y quizá incluso sea adecuado en un estado de la cuestión con antología crítica, como es la obra coordinada por Rico, pero no parece adecuado en un manual, temario o programa que pretenda atenerse a las obras en sí y no a un mero balance de la investigación realizada. Sin embargo, tampoco postulo que sea preciso un reparto igualita9-12) y ha vuelto sobre la cuestión Mainer en sus notas a la edición revisada de Brown (1983: 35). 10. Se trata del «principio de contemporaneidad» de la ciencia, que tiene su base en la «ley» del crecimiento exponencial de la misma; vid. Terrada y Peris (1988: 14) y cf. Coll-Vinent y Bernal (1990: 19-21). La extrapolación de este dato al ámbito literario resulta sumamente arriesgada si se tiene en cuenta que la investigación científica depende en alta medida de la infraestructura disponible y que la «ley» del aumento exponencial de la comunidad científica exige que la inversión en equipamiento responda a la misma pauta. En cambio, la actividad literaria no requiere, en el caso extremo, más que la propia memoria para llevarse a cabo. Si a esto se añade que en diversas épocas la creación literaria ha sido una actividad social de buen tono (recuérdese la poesía cortesana del siglo xv o los poemas de álbum y abanico en el siglo xix), lo que no es hoy el caso, se comprenderá que la actual proliferación de textos literarios no supera necesariamente (salvo quizá en el número de publicaciones) las cotas de épocas pretéritas, al menos en relación al total de la población existente (es decir, en términos de «escritores per cápita»). Es posible, no obstante, que la creciente «cultura de blog» haga variar esta percepción, pero (incluso sin entrar a discutir qué parte de esa producción puede considerarse literaria), esto no cambiaría la cuestión de fondo. 11. Aquí es de aplicación lo que de un modo más general señala Frutos (1991: 336-387): «Cierto que la perspectiva temporal de la historia resulta falseada, aun partiendo del punto de vista del presente. Este punto de vista exige que los tiempos más cercanos, situados en primer término, se vean mayores que los lejanos. Pero esta diferencia, naturalmente exigida, y con la que se supera la pura objetividad sintetizándola con el observador, no permite la distancia enorme que el cuadro tradicional de las edades presenta entre la brevedad con la que se habla de la edad antigua y la extensión de las otras tres. [...] Insisto en que la extensión material puede, y aun debe, ser mayor en las edades más ricamente conocidas, pero salvando siempre la extensión temporal que realmente les corresponde». 12. Entendiendo aquí el adjetivo según su uso como etapa histórica, es decir, desde la Revolución Francesa en adelante. Cf. las observaciones preliminares de Mainer (1980: xxii).
Factores empíricos en la conformación del canon literario 57 5757 Studia Aurea, 5, 2011 rio de los temarios entre sus secciones mayores, sino uno equitativo, basado en los parámetros de duración, nivel de producción literaria y (hasta donde sea posible determinarla) importancia relativa dentro del conjunto histórico. Por todo ello, resulta conveniente mantener una proporción adecuada entre las distintas secciones destinadas a las grandes etapas de la evolución literaria española, que, teniendo en cuenta los principios expuestos, podría plasmarse, aunque de forma meramente orientativa, en el siguiente diagrama, basado en las anteriores reflexiones, combinadas con mi propia experiencia docente y que se acerca bastante al reparto adoptado por Canavaggio (1994-1995), aunque corrigiendo su leve escora hacia el siglo xx: (20,00%) (15,00%) (16,00%) (15,00%) (16,00%) (18,00%) Siglo XX Siglo XIX Siglo XVIII Siglo XVII Siglo XVI Edad Media Solventada, espero, esta cuestión previa, cuya resolución anula en cierto modo la interferencia de la periodización respecto de las restricciones selectivas en la nómina de autores y obras, podemos centrarnos en los aspectos concretos del canon histórico-literario. En un enfoque diacrónico, uno de los factores que sin duda resulta primordial es la importancia relativa en la evolución (que no progreso) del sistema literario. A este respecto, resulta ilustrativa la clasificación de Doležel (1969: 14-19), que divide a los autores en context-free writers o autores originales que se sitúan al margen del contexto, context-sensitive writers o autores sensibles al contexto, en el cual se incardinan como parte de una corriente, y context-bound
64 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 estudios literarios, pero tales categorías pueden adaptarse, creo que útilmente, tomando en cuenta dos factores. Uno es de cuantificación relativamente sencilla (aunque en la práctica no siempre viable, por lo laboriosa): la difusión de su obra, que a su vez puede medirse directamente por el número de las ediciones y la tirada de las mismas (o la frecuencia y duración de sus representaciones, en el caso del teatro), e indirectamente por la frecuencia con que se cita o parafrasea a un autor por parte de sus contemporáneos.19 El otro resulta de mensuración más compleja, pues se trata del prestigio del que goza un autor en un momento dado, lo que sin duda condiciona su «impacto» sobre el cuerpo social, incluso independientemente del número de citas que se hagan de su obra o de la cantidad de sus publicaciones. Ambos índices, de visibilidad e impacto, serán obviamente altos si se toman en consideración autores a la vez muy leídos y afamados, que son los que solemos clasificar como «de primera fila», y de nuevo la figura del Fénix viene a las mientes de forma espontánea. En el caso de escritores poco divulgados, pero muy apreciados en ciertos círculos, obtendríamos una menor visibilidad, pero con un marcado impacto (al menos en determinadas sectores), lo que viene a corresponder a los autores «de culto». Finalmente, habrá otros «de consumo», cuya presencia en determinados medios (piénsese, para la literatura contemporánea, en el periodismo) los dota de una alta visibilidad, pero cuyo impacto puede verse mermado, bien sincrónicamente por un aprecio que no sea proporcional a su divulgación (aunque aquí, como he señalado arriba, es preciso distinguir la valoración del público de la de la crítica), bien diacrónicamente, por carecer de huella duradera. Este último caso, no obstante, exige un factor de corrección, puesto que un alto nivel de impacto coetáneo puede haberse contrarrestado por una ulterior postergación, que no puede interferir con el análisis de la función desempeñada por ese autor en sincronía. Es el caso, por ejemplo, de fray Antonio de Guevara, tan influyente en su época como olvidado posteriormente, y a quien un estudio ponderado de la prosa áurea debe otorgar un relieve acorde al que le correspondía en sincronía. Algo semejante sucede (Callon, Courtial y Penan, 1993: 47). Como índice de visibilidad, Price ha propuesto «el logaritmo de las citas recibidas por un autor», lo cual es un indicador más sutil que la mera cantidad total (vid. López López, 1996: 37). Por otro lado, el «factor de impacto» referido, no a un autor concreto, sino a una revista científica, es «a figure for the relative frequency with which the journal’s ‘average paper’ has been cited. [...] The impact factor (IPF) is a better measure for the scientific importance of a journal than the total number of citations because it takes the total number of publications into account» (Egghe y Rousseau, 1990: 255). Puede verse una propuesta mucho más elaborada, pero lamentablemente desatendida, en Katz (1999: 6-8). 19. En este terreno sería de utilidad considerar el «modified approach to algorithmic historiography [...] used to investigate the changing influence of the work of Conrad Hal Waddington» por McCain (2008), todavía dentro del ámbito de la sociología de la ciencia (Waddington, fallecido en 1975, fue un paleontólogo y genetista escocés, pionero en biología del desarrollo y uno de los fundadores de la biología de sistemas), pero con una perspectiva diacrónica que podría ser útil a los fines aquí perseguidos.
Factores empíricos en la conformación del canon literario 65 6565 Studia Aurea, 5, 2011 con Zorrilla, en quien se suman una elevada visibilidad, un altísimo índice de producción y un notable nivel coetáneo de impacto, pero que ha sido completamente relegado a los puestos bajos del canon en virtud del escaso aprecio que ha suscitado posteriormente, lo que, de suyo, es irrelevante para comprender la función de su obra en su contexto original de producción, difusión y recepción (o consumo, si se prefiere). En resumen, partiendo del canon admitido (que implica el conocimiento de determinados autores, aunque no de modo acrítico), los criterios que, en la medida de lo posible, se habrían de tener en cuenta a la hora de seleccionar y jerarquizar a los autores, cuando ello sea pertinente, habrían de ser, por orden de importancia: la trascendencia histórica de su influjo (es decir, la medida en que sus propuestas estéticas, desde el nivel del estilo hasta el del género, han marcado la evolución de las prácticas literarias subsecuentes), su grado de representatividad de las corrientes dominantes en un período dado, sus innovaciones estéticas, sus niveles de visibilidad e impacto coetáneos (pues los que operan en diacronía corresponden al primer factor analizado) y su grado de productividad. La conjunción de un número mayor o menor de estas variables se traduciría, en consecuencia, en el principal determinante del tipo de atención prestada a un autor, aspecto muy importante en la organización de un temario no ya selectivo, sino necesariamente restrictivo, como sólo le cabe ser al que se adecue a las exigencias de una obra de síntesis, de un manual universitario o de una programación docente. Por supuesto, no estoy postulando una reducción de la historia de la literatura a una pura sociología de base cuantitativa. En este terreno no se trata tanto de realizar estadísticas concretas (aunque serán muy bienvenidas en aquellos casos en que resulten factibles), cuanto de dotar del adecuado fundamento conceptual a categorías que ya en parte, aunque de forma tácita y asistemática, se están aplicando en la historiografía literaria. Por lo demás, las precedentes reflexiones no pretenden sustentar un canon con una validez absoluta; de hecho, ni siquiera pretenden validar la idea misma del canon como aspecto fundamental del estudio de la literatura. En efecto, todo canon adolece de un determinado grado de arbitrariedad y, desde una perspectiva global, el ideal de los estudios literarios sería poder abandonarlo y explicar todos los fenómenos de los que se ocupa, desde la propia existencia de la categoría cultural literatura hasta la menos conocida de sus manifestaciones concretas, es decir, la obra literaria de apariencia más insignificante. En tal caso, los factores empíricos aquí explorados no actuarían ya como elementos de criba, sino simplemente como rasgos caracterizadores que permiten situar a un autor u obra dados en unas determinadas coordenadas sociohistóricas, generadas por la intersección de sincronía y diacronía. Ahora bien, apelando a dos viejas y acertadas máximas, el aforismo hipocrático Ars longa, vita brevis, y el adagio evangélico Messis quidem multa, operarii autem pauci, esta utopía resulta inalcanzable, y si en la práctica de la investigación el proponer una nómina cerrada de autores u obras cae en el absurdo de ponerle puertas al
66 Alberto Montaner Frutos Studia Aurea, 5, 2011 campo, en ocasiones como las planteadas ya al inicio de estas líneas, en las cuales resulta inevitable realizar una selección en cuanto al número y establecer una jerarquía en cuanto a la atención prestada, criterios como los aquí propuestos pueden ayudar a que el canon no lo constituyan únicamente los apilados restos del naufragio del tiempo, sino que se conforme a partir de una propuesta justificada y puesta al servicio del fin último de la disciplina, que no es otro que explicar la literatura como conjunto y las producciones que individualmente la integran.
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