La comunicabilidad del juicio estético en la Critica del juicio : arte y sociedad
Abstract
This article places the problem of the interpretation of Kant's Critique of Judgement systematically and historicaily. The enlightment worked towards an autonomous aesthetic, trying to establish the figure of the genius and to characterize the judgement of taste. Kant culminated these attempts justifying the objectivity of taste: aesthetical universality and necessity lay on the harmony of the subject's faculties, which, besides opening doors to aesthetical pleasure and concrete expressions of any judgement of taste, refers to a representation of knowledge in general.
Full text
Enrahonar 19, 1992 / 21-39 La comunicabilidad del juicio estético en la Crítica del juicio. Arte y sociedad Raúl Gabás ABSTRACT This article places the problem of the interpretation of Kant's Critique of Judgement systematically and histoncally. The enlightment worked towards an autonomous aesthetic, trying to establish the figure of the genius and to characterize the judgement of taste. Kant culminated these attempts justifying the objectivity of taste: aesthetical universality and necessity lay on the harmony of the subject's faculties, which, besides opening doors to aesthetical pleasure and concrete expressions of any judgement of taste, refers to a representation of knowledge in general. 1. Introducción No sé en qué lugar del corazón humano ha nacido la polaridad entre naturaleza e historia. Lo cierto es que, mirando a los siglos precedentes, durante doscientos años, por lo menos, la balanza de la mente se ha decantado hacia la historia, mientras que en la actualidad parece como si el peso iniciara un retorno hacia la naturaleza. Los grandes sistemas del idealismo alemán, en el fondo, se debatieron por el equilibrio entre la cuna del ser naciente y el trono de una historia aposentada en su meta. Real-ideal en Schelling, el espíritu que, según Hegel, desarrolla su propia naturaleza a través de la historia, la asintótica posición absoluta del yo en Fichte, la teleología de la naturaleza versus la sociedad reconciliada en Marx, que no por mero lapsus de mi pluma ha de incluirse entre los epígonos del idealismo alemán, son todas ellas configuraciones de una historia que se curva sobre la naturaleza ideal del universo. El tema que desarrollaremos nos llevará a la cuestión de si Kant, maestro de todos los autores citados, les transmitió ya la doctrina de la idealidad que atrae como fin porque actúa eficientemente en lo que ya es. Como todo problema importante, también el de la relación entre naturaleza e historia en Kant, entre Crítica de la razón pura y Critica de la razón práctica, con la Crítica del juicio como mediadora, ha de verse a la luz del juego de ostensión y ocultación que el númeno mantiene a través del fenómeno. Nada tiene de extraño que autores tan cercanos
22 1 Enrahonar 19, 1992 Raúl Gabás a Kant como Schopenhauer y Heidegger hayan centrado la exégesis del mundo en la ocultante desocultación. La mirada más inmediata a la naturaleza y a la historia nos muestra una constante actividad desfiguradora. No hay correlación tan permanente como aquella por la que lo hediondo de la naturaleza se hace flor y el impulso de los deseos más ocultos e inconfesados se convierte en bello resplandor del estrato que propulsa la normatividad social. ¿Es todo esto un juego tan astuto como absurdo al «como si», o está en obra a través de ello una identidad no identificada? He optado por el aspecto de la «comunicación», no sólo en razón de preferencias personales, sino también por la persuasión de que el juicio estético encuentra su explicación última por la referencia a la «comunicación ideal», expresión que, en esencia, antes que a Habermas podría atribuirse a Kant. Por ello, a manera de estrella polar, lo suprasensible que hay en el fondo de nuestra naturaleza orienta toda actividad histórica que merezca llamarse humana. Sirva lo dicho de pauta para abrimos paso a través de los textos kantianos, selva virgen en ciertos pasajes y gramática recargada en otros. 2. Libre juego de facultades como fundamento de la comunicabilidad En la definición de lo bello nos conduce Kant a través de la analogía con las formas del juicio: cualidad, cantidad, relación y modalidad. En su intento de adentrarse por las sendas de lo bello, la primera base que él asienta con firmeza es el hecho de que el juicio estético no se refiere a la objetividad de los objetos, sino a la subjetividad del sujeto, no es un juicio de conocimiento, sino de agrado subjetivo. Para distiguir si algo es bello o no, no referimos la representación al objeto a través del entendimiento en orden a un conocimiento, sino que, a través de la imaginación (quizá unidas con el entendimiento), referimos la representación al sujeto y a su sentimiemto de gusto y disgusto. Por tanto, el juicio de gusto no es un juicio cognoscitivo, o sea, no es lógico, sino que es estético. Advierto que entiendo por juicio estético aquel cuyo fundamento determinante no puede ser sino subjetivo. (Así comienza el parágrafo primero) En esta primera piedra angular queda esculpida la frase lapidaria: Cualitativamente lo bello es una «satisfacción sin ningún tipo de interés.» Lo cual significa que: El juicio de gusto es meramente contemplativo, o sea, es un juicio indiferente a la existencia de un objeto, y se limita a unir la índole del mismo con el sentimiento de gusto o disgusto. (Kritik der Urteilskraft, Hamburgo, Meiner, 1974, p. 46; en adelante abreviaré esta esta obra como UK) Queda así establecido que lo bello hace una epojé, sit venia verbi, de la existencia del objeto y está referido a un sentimiento del sujeto. Si queremos captar la intención latente que guía a Kant, no puede pasarnos desapercibida su adverten-
La comunicabilidad del juicio estético en la Crítica deljiricio. Arte y sociedad Emahonar 19, 1992 / 23 cia de que solamente el gusto de lo bello, a diferencia del deleite sensible y del bien moral, constituye una satisfacción desinteresada y «libre». Sin duda la palabra «libre» ha de entenderse en el sentido de que lo bello no conduce hacia fuera de nosotros (ni a la sensación estimulante, ni a una ley exterior). Puesto que de un juego se trata en la belleza, Kant tiene que buscarle un segundo jugador para desarollar el drama de la obra. El primero es «la subjetividad del juicio de belleza», que aprisionaría lo bello en el mero individuo. A través del momento de la cantidad nos conduce Kant hacia la paradoja de una subjetividad que es simultáneamente individual y universal. Lo bello es lo que, sin concepto, es representado como objeto de una satisfacción universal. (Título del parágrafo 6) ¿Qué lógica nos permite pasar de lo privado a lo público? Kant ha practicado antes una epojé de la existencia del objeto. Ahora prescinde de la existencia del sujeto, en tanto la existencia implica una relación con el mundo físico. Puesto que quien juzga se siente enteramente libre de cara a la complacencia que dedica al objeto, no puede hallar razones privadas como fundamento de la complacencia ..., y por eso ha de considerarla fundada en lo que puede presuponerse en todos los demás. (UK, 48, parág. 6) Más adelante, 6 parág. 40, UK, 145) dirá: Para ello abstraemos de las limitaciones casuales que se adhieren a nuestro juicio. Esto implica prescindir de lo material, de la sensación y atender a las peculiaridades formales. ¿Qué tiene que ver la subjetividad más radical con la universalidad? Kant desarrolla esta cuestión mediante la idea de un «libre juego de facultades y su relación con un conocimiento en general». A su vez, esta idea implica dos aspectos: el sentimiento de agrado producido por la concordancia entre entendimiento e imaginación, y el juego concordante de las representaciones de la imaginación (intuiciones) con las del entendimiento. Lo comunicado directamente en el juicio estético es el sentimiento. Pero, a su vez, este sentimiento es fruto de la coherencia entre las representaciones. Citemos algunos de los textos más importantes: Nada puede ser universalmente comunicado más que el conocimiento y la representación, en cuanto pertenece al conocimineto ... Sólo mediante el conocimiento tiene la representación un punto de relación universal con el cual la facultad de representación de todos está obligada a concordar. Pero si el fundamento determinante del juicio sobre esta comunicabilidad universal de la representación ha de pensarse de manera meramente subjetiva, a saber, sin un concepto del objeto, entonces este fundamento no puede ser otro que el estado de ánimo que se da en la relación recíproca de las facultades representativas, en tanto ellas refieren una representación al conocimiento en general. (UK, 55, parág. 9)
24 1 Enrahonar 19, 1992 Raúl Gabás Hay en la Crítica del juicio muchísimos textos que expresan esto mismo. Uno de los más matizados es el del parágrafo 21, donde leemos: Si pueden comunicarse los conocimientos, también ha de poderse comunicar de manera general el estado de ánimo, es decir, la concordancia (Stimmung) de las facultades cognoscitivas para un conocimiento en general, y, por cierto, aquella proporción que es necesaria para una representación (por la que nos es dado un objeto), para hacer de allí conocimiento, porque sin ésta, como condición subjetiva del conocimiento, no podría brotar el conocimiento como efecto. Y esto sucede siempre cuando un objeto dado por medio de los sentidos pone en actividad la imaginación para la conjunción de lo múltiple. y ésta pone en actividad al entendimiento para la unidad de lo multiple en conceptos. Esta concordancia de las facultades cognoscitivas tiene una proporción diferente según la diversidad de los objetos que son dados. Y tiene que haber una proporción en la que esta relación sea la mejor para ambas facultades cognoscitivas de cara a un conocimiento en general (de objetos dados). Y esta concordancia sólo puede determinarse por el sentimiento, no por los conceptos. (UK, 80) Así pues, sólo será compatible con la libre legalidad del entendimiento (que se llama también finalidad sin fin) y con la peculiaridad de un juicio de gusto, una legalidad sin ley y una concordancia subjetiva de la imaginación con el entendimiento, sin una concordancia objetiva, pues entonces la representación es referida a un determinado concepto de un objeto. (UK, 83, nota al parágrafo 22) Deja Kant en estos textos muchas preguntas abiertas. ¿El sentimiento estético es expresión de la proporción óptima de las facultades para el conocimiento? LES el gusto estético condición subjetiva del conocimiento? ¿Qué significa conocimiento en general? ¿Qué da la relación con el conocimiento, el aspecto del sentimiento de agrado, o la concordancia de las representaciones como tales en cuanto creadoras de posible objetividad? Felipe Marzoa, en Releer a Kant, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 119 SS, obligado por su interpretación de la «raíz común», tiende unilateralmente a centrar lo estético en la representación como tal. Allí dice, por ejemplo: Hay una conformidad a concepto en general, una conformidad a regla en general, un finalismo en general, pero no hay regla, concepto o fin. (p.120) Y un poco más abajo leemos: Decir que la figura es bella es reconocer que, ciertamente, hay figura, por lo tanto, unidad, orden y concierto, y, a la vez, que no es posible encontrar el concepto, la regla, el universal que expresa este orden y concierto. Si se considera así lo bello, entra en concurrencia con el conocimiento, se queda en una especie de conocimiento mutilado. Si esto fuera así, la explicación de la universalidad de lo bello por la relación con el conocimiento, sería inconciliable con aquellos pasajes donde Kant explica esta universalidad por su referencia a un concepto indeterminado, el cual hace que la dimensión moral penetre en
La comunicabilidad del juicio estético en la Crítica del juicio. Arte y sociedad Enrahonar 19, 1992 125 el juicio estético. El concepto o la regla que está de por medio en el juicio estético no se refiere tanto a la construcción de la representación, cuanto al principio de unificación de las facultades. ¿Cuál es, pues, la relación de lo bello con el conocimiento? Kant dice: La universal comunicabilidad subjetiva de la manera de representación en un juicio de gusto, puesto que debe producirse sin presuponer un concepto determinado, no puede ser otra cosa que el estado de ánimo en el libre juego de la imaginación y del entendimiento (en tanto concuerdan entre sí. tal como se requiere para un conocimiento en general). Y esto es así en el sentido de que somos conscientes de que esta adecuada relación subjetiva, que se requiere para un conocimiento en general, debe tener validez para todos y, en consecuencia, ha de ser universalmente comunicable, pues todo conocimiento determinado descansa siempre en tal relación como condición subjetiva. (UK, 56, parág. 9) Nos ayuda a precisar la cuestión otro texto contenido en la <<Introducción» a la Crítica del juicio: Si con la mera aprehensión de la forma de un objeto de la intuición, sin relación del mismo con un concepto para un conocimiento determinado va unida una complacencia, con ello la representación no es referida al objeto, sino solamente al sujeto; y el agrado no puede expresar sino la adecuación del objeto con las facultades cognoscitivas que están en juego en el juicio reflexionante, y en tanto están allí, o sea, sólo puede expresar una finalidad formal subjetiva del objeto. Pues dicha aprehensión de la formas en la imaginación no puede producirse nunca sin que el juicio reflexionante, aunque sea sin intención, las compare por lo menos con su facultad de referir intuiciones a conceptos. (UK, 27, «Introducción», VII) Aquí vemos que no se trata de una referencia directa de las representaciones estéticas a las cognoscitivas, sino de una comparación o analogía entre la relación de facultades en lo estético y la que se da en el conocimiento. Lo comparado no es la representación como germen de objetividad, sino el estado subjetivo en uno y otro caso. La comunicabilidad de lo estético guarda relación con lo cognoscitivo, pero se agota en esa relación. Es coherente con lo dicho la afirmación, que Kant considera clave, según la cual no precede el agrado producido por la representación y luego se reconoce la comunicabilidad universal, sino que, más bien, [. . .] la capacidad de comunicación general del estado de ánimo en la representación dada, en cuanto condición subjetiva del juicio de gusto, ha de estar como base en el mismo, y tener como consecuencia la complacencia en el objeto. (UK, 27, parág. 9) Kant considera cuestión menor la de cómo nos concienciamos de la concordancia de las facultades, por sentimiento (sensación interior), o intelectualmente por la conciencia de nuestra actividad intencionada. Y se pronuncia claramente por lo primero (UK, 57). La exposición kantiana va decantándose más y más hacia la primacía de la co-
26 1 Enrahonar 19, 1992 Raúl Gabás ~nunicabilidad. Habla de esto con decisión y cautela a la vez. ¿Qué es y qué valor tiene esa apelación a un gusto común? Kant dice: «Es una idea», «se propone hacer que otros lleguen a concordar», constituye una invitación más que una exigencia (UK, 54, final del parág. 8). La argumentación que conduce hacia el fundamento comunicativo de la belleza va acompañada de una reiterativa insistencia en la libertad. Así, por ejemplo, cuando estudia el juicio de gusto según la relación y lo define como «finalidad sin fin». Allí la belleza se distancia del concepto, de lo objetivo, del fin, de las formas fijas (primacía de la belleza libre frente a la adherente). para afirmarse en la finalidad formal subjetiva, en el sentido de que no tiene una meta fijada y de que el libre juego de la subjetividad no topa con el «límite» del concepto objetivo. Precisamente esta libertad de lo bello tiene valor comunicativo. Así, pues, nada más que la finalidad subjetiva en la representación de un objeto, sin fin alguno (ni objetivo ni subjetivo), y por consiguiente, la mera forma de la finalidad en la representación, mediante la cual un objeto nos es dado, puede constituir la satisfacción que juzgamos, sin concepto, como universalmente comunicable, y, por tanto, el fundamento de determinación del juicio de gusto. A veces Kant dice grandes cosas en pequeños incisos, cuando el tema tratado es otro. Por ejemplo, en el parágrafo 16, hablando de la unión del agrado estético con el intelectual, escribe: Por lo cual lo bello se hace utilizable para lo bueno ... Y aquel estado de ánimo que se conserva a sí mismo y tiene validez universal subjetiva, es sometido a aquella manera de pensar que sólo puede conservarse por un fatigoso propósito, si bien tiene validez universal objetiva. (UK, 71) Este texto, que constituye un nuevo testimonio de que Kant deshoja lo bello por el camino de la libertad, expresa un anhelo de romper los lazos de lo objetivo en el juego de lo bello. 3. El sentido común Kant, en el parágrafo 17 (titulado «Sobre el ideal de la belleza))) lanza un conjunto temático cuyo esclarecimiento se hará esperar hasta que el autor de la obra aborde la «dialéctica del juicio estético» (parágrafos 55-60). El consenso implicado en lo bello puede referirse a los hombres que viven en la actualidad, por ejemplo, a los estilos de final de siglo, o bien a ciertas obras (naturales o artísticas) consideradas bellas a través de todos los tiempos (Discóbolo, Dorífero, Pieta ...). ¿Hay un sentir común y un canon universal de belleza? A este respecto Kant escribe: La concordia, en la medida de lo posible, de todos los tiempos y pueblos en lo tocante a este sentimiento en la representación de ciertos objetos, es el criterio em-
La cornunicabilidad del juicio estético en la Critica del juic~o. Ane y sociedad Enrahonar 19, 1992 127 pírico, aunque débil y apenas suficiente para la sospecha, de la procedencia de un gusto así acreditado con ejemplos del fundamento profundamente escondido, común a todos los hombres, de la concordia en el juicio de las formas bajo las cuales se le dan objetos. (UK, 72, parág. 17) ¿Qué es ese fundamento profundamente escondido de la concordia en el juicio de las formas bajo las cuales se dan los objetos? ¿Y qué objetos son éstos? En el encauzamiento provisional del tema, Kant advierte que, en el caso del ideal de belleza, no estamos ante una belleza vaga y pura, sino ante una belleza en parte intelectualizada, es decir, fijada por el concepto de la finalidad objetiva. El modelo o prototipo del gusto es una mera idea que cada uno debe producir por sí mismo. En este contexto hace Kant la aclaración: Idea significa propiamente un concepto de la razón, e ideal significa la representación de un ser individual como adecuado a una idea. (UK, 73, parág. 17) Y luego escribe: Sólo el hombre, que tiene en sí mismo el fin de su existencia, que puede determinar sus fines por la razón, es capaz de un ideal de la belleza, lo mismo que en su persona como inteligencia la humanidad es la única capaz del ideal de perfección entre todos los objetos en el mundo. (UK, 74) Kant distingue dos aspectos en el ideal: la forma de la especie encarnada en un individuo; y, segundo: Las ideas de la razón, que convierte los fines de la humanidad, en tanto no pueden representarse sensiblemente, en principio de enjuiciamiento de su forma (entiendo: forma de la humanidad; otra lectura: de «una forma»), forma a través de la cual se revelan las ideas, a manera de un efecto en el fenómeno. (UK, 74) Al final del parágrafo (17) el autor pone ejemplos de la expresión de la moral en lo estético: bondad de alma, quietud, fortaleza en los rasgos de la figura. Queda preparado así el terreno para pasar al cuarto momento, el de la modalidad de la belleza, donde Kant se esfuerza por encontrar algún tipo de necesidad para lo bello. Continúa aquí el tema del segundo momento, el de la universalidad del agrado, que allí quedaba resuelto por el «libre juego de facultades». Ahora se trata de mostrar que, si bien la adhesión al juego libre es también libre, sin embargo, implica una cierta necesidad. En este contexto trata Kant del «sentido común» como condición de la necesidad de un juicio de gusto. El sentido común estético (Gemeinsinn) se distingue de la sana razón humana (gemeiner Verstand), ya que el primero se basa en un sentimiento, mientras que la segunda se basa en conceptos. «El sentido común estético es el efecto del libre juego de nuestra facultades cognoscitivas.» Kant muestra que ha de poderse suponer un sentido común porque, si nuestro conocimiento es comunicable, también ha de poderse comunicar el estado de
28 1 Enrahonar 19, 1992 Raúl Gabás ánimo producido por la buena proporción entre las facultades. Pero en el parágrafo siguiente (22) Kant hace la sorprendente aclaración de que el «sentido común» ha de justificar para hacer juicios en los que decimos, no que los demás asentirán, sino que «han de asentir» (sollerz). Y a continuación escribe: El sentido común es una mera norma ideal. bajo cuyo presupuesto un juicio que coincidiera con ella, y la complacencia en un objeto expresada en dicho juicio, podna con razón convertirse en regla para todos. Pues, si bien el principio es sólo subjetivo, sin embargo, se supone como subjetivo universal (como una idea necesaria para todos), y en lo que se refiere a la unanimidad de todos los que juzgan, podna exigir una coincidencia objetiva, general, por así decirlo, con tal de que estuviéramos seguros de haber subsumido rectamente bajo él. (UK, 81, parág. 22) Kant no se pronuncia más concretamente sobre el status de dicha «norma ideal)) y deja en suspenso la cuestión de si de hecho se da tal sentido común como principio constitutivo de la posibilidad de la experiencia, o bien un principio superior de la razón nos lo convierte solamente en principio regulativo de cara a «producir en nosotros un sentido común para fines superiores)). O sea, deja abierta la cuestión de si el gusto es originario y natural, o solamente la idea de una facultad artificial (küastlich) que todavía debe conseguirse, de modo que un juicio de gusto, con su exigencia de asentimiento general, de hecho sería solamente una exigencia de la razón de producir semejante concordia en la manera de sentir (UK, 82, parág. 22). Kant está preocupado por la unidad total de las facultades cognoscitivas. Cuando habla de lo bello considera fundamentalmente la relación entre entendimiento e imaginación, con alguna alusión transitoria a la razón. En cambio, cuando aborda lo sublime, estas alusiones a la razón se convierten en pauta directiva. Ya al principio de la «Analítica de lo sublime», dando Kant por sentado que tanto lo bello como lo sublime agradan por sí mismos, escribe: El agrado no está ligado a una sensación, como en el deleite, ni a un determinado concepto, como en el caso de la complacencia en el bien; y, sin embargo, está referido a conceptos, aunque sin determinación de cuáles son éstos. En consecuencia, el agrado está vinculado a la mera exposición (representación) o a la facultad de la misma, a una representación en la que la facultad de exposición o imaginación en una intuición dada es considerada en concordancia con la facultad de los conceptos del entendimiento o de la razón, como promotora de éstos. (UK, 87, parág. 23) Y un poco más abajo leemos: De modo que lo bello parece tomarse para la exposición de un concepto indeterminado del entendimiento, y lo sublime parece tomarse para la exposición de un concepto indeterminado de la razón. (Ibid.) Sobre lo sublime dice Kant tajantemente que, hablando con propiedad,
La con~unicabilidad del juicio estético en la Crítica dei~riicio. Arte y sociedad Enrahonar 19. 1992 / 29 se refiere tan sólo a ideas de la razón; y allí el ánimo se ve obligado a dejar la sensibilidad y ocuparse con ideas que encierran una finalidad más elexlada. (UK, 89). Si lo bello natural guarda una relación con la finalidad de la naturaleza, lo sublime, en cambio, se desmarca de tal finalidad y hace sensible en nosotros una finalidad totalmente independiente de la naturaleza. (Ibid.) Como admirado de su propio proceso de reflexión, Kant comenta: Aquí es sorprendente que, aun cuando no tenemos ningún interés por el objeto, es decir, nos resulta indiferente la existencia del mismo, sin embargo, la mera magnitud del objeto, incluso cuando es considerado como informe, pueda llevar consigo un agrado universalmente comunicable, y, por tanto, contiene la conciencia de una finalidad subjetiva en el uso de nuestras facultades de conocer. Pero el agrado no se debe al objeto, pues éste puede ser carente de forma, a diferencia de lo que sucede en lo bello. donde el juicio reflexionante se siente teleológicamente concordante en relación con el conocimiento en general, sino que se debe a la ampliación de la imaginación en sí misma.(UK. 93, parág. 25) Lo sublime es el despertar de lo suprasensible en nosotros, y sólo porque se puede pensar, demuestra una facultad del ánimo que supera toda medida de los sentidos (UK, 94, final del parág. 25) Una misma imaginación lleva dos tipos de juego libre, uno con el entendimiento, otro con la razón: El juicio estético, en lo bello, refiere la imaginación en su libre juego al entendimiento para concordar con los conceptos de éste en general (sin determinación de los mismos); en el aprecio de una cosa como sublime refiere la imaginación a la razón para concordar con las ideas de ésta (sin determinar cuáles). (UK, 100, parág. 26) Diríase que sólo en lo bello se da la concordancia de facultades, ya que en lo sublime la imaginación encuentra dificultades para la exposición de la idea de la razón, del todo. Pero ese mismo juicio de inadecuación concuerda con nuestra naturaleza, en cuanto es una ley para nosotros el esfuerzo hacia las ideas de la razón. Hay, pues, en lo sublime una finalidad subjetiva en medio de la oposición. Si lo bello es una armonía «sentida» de la facultades representativas, lo sublime es el sentimiento del ánimo que se capta a sí mismo más allá de lo representable. Así, pues, la sublimidad no está encerrada en cosa alguna de la naturaleza, sino en nuestro propio ánimo, en cuanto podemos adquirir la conciencia de que somos superiores a la naturaleza dentro de nosotros, y por ello también a la naturaleza fuera de nosotros (en cuanto penetra en nosotros). (UK, 110, parág. 28, final)
36 / Enrahonar 19, 1992 Raúl GabQs vado). Pero, por otra parte, ha de haber fundamentos del juicio cuya validez no sea meramente privada. Kant soluciona la antinomia mostrando que el concepto no es tomado en el mismo sentido en ambas máximas. Para preparar la solución distingue entre ((concepto determinable» y concepto «indeterminado» en sí y al mismo tiempo «indeterminable». Es del primer tipo el concepto del entendimiento, ((determinable* (nota: no dice determinado) por medio de predicados de la intuición sensible. Y es de la segunda clase el concepto trascendental de razón de lo suprasensible, que está en la base de toda aquella intuición y que no puede ser determinado ulteriormente de manera teórica. (UK, 197, parág. 57, la ed., 235; en la primera edición falta «teóricamente») Establecida esa distinción, vuelve Kant a los dos polos, que antes he llamado «jugadores», del juicio estético. Éste, en cuanto privado, habla de una satisfacción mía (individual). Pero, en tanto reivindica la anuencia de otros, ha de tener como base algún concepto. Ahora bien, dice Kant, se trata de un concepto que no se deja determinar por intuición, de un concepto mediante el cual no se puede conocer nada, ni obtener ninguna prueba para el juicio del gusto. ¿Qué concepto es éste? Kant responde: Un concepto así es el mero y puro concepto de razón de lo suprasensible, que está como base del objeto (y también del sujeto que juzga) como objeto de los sentidos, o sea, como fenómeno. (UK, 198. parág. 57, la ed., 236) Y añade: Si no tomáramos en consideración este punto de vista, no podría salvarse la validez universal. Allí mismo escribe: El fundamento de determinación del juicio de gusto quizá está en el concepto de lo que puede considerarse como estrato suprasensible de la humanidad. (Ibid.) Si volvemos la mirada a la Crítica de la razón pura, veremos que allí lo suprasensible es aplicado a la cosa en sí, pensada a través del entendimiento puro, la cual constituye un concepto límite que tiende a limitar la pretensión de la sensiblidad de ser la única forma de intuición. Y en la Crítica del juicio (e.c., p. 289, parág. 81; la ed., 374), Kant escribe:
La cornunicabilidad del juicio estético en la Crítica del jilicio. Arte y sociedad Enrahonar 19, 1992 137 Bajo la teleología, un producto de la naturaleza es considerado como instrumento de una causa que obra intencionadamente, a cuyos fines la naturaleza está subordinada en sus leyes mecánicas. Kuestra razón no comprende la manera de unir ambas causalidades. La idea de la teleología radica en el sustrato suprasensible de la naturaleza, acerca del cual nada podemos determinar afirmativamente, sólo que es la esencia en sí de la que sólo conocemos su aparición (fenómeno). En otro pasaje leemos: El ámbito de la naturaleza y el concepto de libertad ... están separados por el abismo que media entre lo suprasensible y los fenómenos. (UK, 33. introdución IX; la ed. LIV) En el parágrafo 26 (UK, 100, l." ed., 94) nos dice Kant que la imaginación no puede resumir el todo absoluto de la naturaleza y que ese todo conduce la naturaleza a un estrato suprasensible, que está en la base de ella y a la vez en la de nuestra capacidad de pensar. Y en la nota 11, después del parágrafo 57 (UK, 244, l." ed., 244), escribe: La razón exige lo incondicionado, que no puede encontrarse si se considerara que lo sensible pertenece a las cosas en sí y si no se subordinara, más bien, como mera aparición a algo suprasensible (el sustrato inteligible de la naturaleza fuera de nosotros y en nosotros). (Cf. además en el mismo sentido Crítica de la razón pura, A 801, B829; A 801, B 829) Veamos ahora la solución de la antinomia del gusto. Según Kant la tesis debena decir: El juicio de gusto no se funda en conceptos determinados; y la antítesis: Pero se funda en un concepto, aunque indeterminado (a saber, el del sustrato suprasensible de los fenómenos UK, 199, parág. 57, 1" ed., 237). Y este parágrafo termina con las palabras: Las antinornias nos fuerzan contra voluntad a ver más allá de lo sensible y buscar en lo suprasensible el punto de unificación de todas nuestras facultades a priori; porque no queda ninguna otra salida para hacer concordar la razón en sí misma. La solución final del enigma, o, si ustedes prefieren, el desenlace de este drama intelectual se encuentra en la nota 1 que sigue al parágrafo 57 («Solución de la antinomia del gusto»). He de confesar que la traducción del texto transcrito a continuación no me ha resultado fácil. Cito: De acuerdo con esto, el genio puede explicarse también por la facultad de ideas estéticas. Con ello se indica a la vez la razón de que en los productos del genio sea la naturaleza (del sujeto), y no un fin reflexivo, lo que da la regla al arte (a la producción de lo bello). En efecto, recordemos que lo bello no debe juzgarse por conceptos, sino por la concordancia final de la imaginación con la facultad de los
38 1 Eiirahonar 19, 1992 Raúl Gabás conceptos en general. Consecuentemente, a aquella finalidad estética, pero incondicional en el arte bello, que ha de alzar la pretensión legítima de agradar a cualquiera, no puede servirle de patrón subjetivo de medida una regla o un precepto, sino solamente lo que es mera naturaleza en el sujeto, pero no puede comprenderse bajo reglas o conceptos, a saber, el estrato suprasensible de todas sus facultades (que no alcanza ningún concepto del entendimiento), y, por tanto, aquello en relación con lo cual lo inteligible de nuestra naturaleza nos ha señalado como fin último hacer concordantes todas nuestras facultades cognoscitivas. Y sólo así es también posible que el arte bello, al que no se le puede prescribir ningún principio objetivo, tenga como base a priori un principio~subjet~vo, y, sin embargo, universalmente válido. (UK, 202 SS., la ed., 242) No por cansarles, sino por mayor precisión, quiero añadir otro texto, que es concordante con el anterior, pero pone en primer plano la dimensión moral. Digo: lo bello es el símbolo de la moralidad, y sólo bajo este aspecto (el de una relación que es natural a cualquiera, y que atribuye a cualquier otro como deber) agrada con la pretensión de asentimiento de todo otro. Y en ello el ánimo es a la vez consciente de un cierto ennoblecimiento y elevación sobre la mera receptividad de un agrado por estímulos de los sentidos y estima también el valor de otros según una máxima semejante de su juicio. Esto es lo inteligible; y, según mostraba el parágrafo anterior, hacia ello mira el gusto; para esto, en efecto, concuerdan incluso nuestras facultades superiqres de conocimiento ... En esto el juicio no se ve sometido a una heteronomía. El mismo da la ley de cara a los objetos de un agrado tan puro.. . El juicio se ve referido a lo suprasensible, donde la facultad teorética está ligada en unidad con la práctica en una forma común y desconocida. (UK, 214, parág. 59, la ed., 259) No debe pasarnos desapercibido que el texto citado contiene al principio la palabra «símbolo». Kant contrapone los símbolos de las ideas a los esquemas de las categorías, por más que a veces los símbolos sean llamados esquemas en un sentido amplio. En el símbolo la reflexión sobre un objeto intuitivo es aplicado a un concepto totalmente diferente. Lo moral se refleja en lo estético sólo simbólicamente, pero se refleja allí; y este reflejo es constitutivo del gusto, a manera de una anticipación de la unión entre las facultades. Y por la conexión estrecha, aunque no directa, de lo estético con lo moral, se explica que: La propedéutica de todo arte bello ... no parece radicar en preceptos, sino en el cultivo de las fuerzas del ánimo mediante aquellos conocimientos previos que se llaman humaniora, sin duda porque lo humano significa, por una parte, el sentimiento general de simpatía (participación) y, por otra parte, la facultad de poderse comunicar en lo más íntimo (innigst) de manera general; estas cualidades juntas constituyen la sociabilidad (Geselligkeit; 27 3' ed. Gliickseligkeit) adecuada a la humanidad, por lo cual se distingue ésta de la limitación animal. (UK, 216; la ed., 262, parág. 60, «Apéndice») Sólo si la sensibilidad es puesta en concordancia con el sentimiento moral, el gusto auténtico puede asumir una determinada forma inmutable. (UK. 127,217, final del parág. 60)
La comunicabilidad del juicio estético en la Crírica del jnicio. Arte y sociedad Enrahonar 19, 1992 139 Esa analogía simbólica ejerce una función mediadora entre lo sensible y lo moral. Dice Kant: El gusto hace posible la transición sin salto violento del estímulo sensible al interés moral habitual, en cuanto representa la imaginación también en su libertad como final (zwecknzassig) para el entendimiento y enseña a encontrar agrado libre en los objetos de los sentidos también sin estímulo sensible. (Final del parágrafo 59) La estética de Schiller podría considerarse como una exégesis de esta afirmación kantiana. 6. Conclusión ¿Con qué fórmula puedo unificar los textos citados? Antes de responder pregunto de nuevo. ¿Dónde está el Kant que se había granjeado fama de solipsista? El juicio de gusto no sólo es comunicable, sino que precisamente la estructura comunicativa constituye su esencia. El gusto mira siempre a la distinción entre privado y público. Por tanto, el juicio está a la raíz del habla. El habla muestra lo preparado en el enlace del juicio. Sin el juicio de comunicabilidad ni nuestra lengua ni nuestra gramática conocerian el silencio y el punto. El enlace del juicio está precedido por la reflexión de que los demás son enlazables en él (por lo menos como norma ideal). El juicio estético es como una conversación oculta entre las facultades. En este diálogo comparece también la idea moral, que, como autonomía de todos en la razón, se simboliza en la concordia de las facultades y las invita a esta concordia mediante la formación del gusto. En lo estético también lo moral entra en el reino de las representaciones. Por eso la estética tiene un pie en lo teórico y otro en lo práctico. En su finalidad sin fin o legalidad sin ley anuncia una universalidad sin coacción. Está latente en la Crítica del juicio la idea de que la comunicación se realiza en el medio de la libertad, como una libertad que se abre a otra libertad. Para ello la sensibilidad dispersante tiene que elevarse a una forma superior de unidad, que en el fondo es una misma libertad incondicionada, común a todos (en cuanto suprasensible). De esta fuerza del origen brota lo bello. Lo bello es lo sensible tocado por la libertad.