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Tiempo y etemidad: una reflexión a partir de la Enéada 111 de Plotino Mariano L. Rodríguez ABSTRACT (Time and Eternlty. a Reflexion from Plotinus's Ennead 111) The treatise 111-7 of the Enneads develops in the context of the Platonic Timaeus. For Plotinus, etemity is a reality closer to us than the time. Etemity is not just a concept, but a value; it makes the eternal vulnerable. Eternity belongs to the Nous, not to the One. The venerability of this eternal Nous constitutes him a subject, no simply an object. Plotinus doesn't avoid the idea of «present» relating to the etemity of the Nous. This category relates Nous with life: he is an etemal life. Plotinus examines the threee main theories about time: a) time as movement; b) time as a certain quality of movement; c) the Aristotelic correlation of time and movement. The locus of the time is in the Plotinian system the World Soul. Temporality means a real degradation. The Soul looks toward the future, longing for it in the time. Sensibility, memory and discursive reasoning are the forms of knowledge proper to the temporality. The paper concludes with comprehensive references to Nietzsche's GotzenDammerung, to Wittgenstein, to Friedench and to a picture of Dalí. El punto de partida del presente trabajo, el tratado séptimo de la Enéada 111, se desarrolla a través de constantes referencias al Timeo platónico. Quedaba allí establecida una doble, y tajante, demarcación de índole a la vez ontológica y gnoseológica: a un lado de la línea se colocaba el ser verdaderamente real, siempre idéntico a sí mismo, aprehendido por la intuición de la razón humana; del otro lado se extendía ese ser relativo, que no existe jamás realmente, y que es objeto de la opinión vinculada a la sensación irracional. Como vemos, no es sino en el mismo centro de la demarcación platónica donde aparece toda la temática del tiempo y la etemidad. Porque entre el ser y el devenir, y entre la verdad y la mera creencia, encontramos una misma relación; de modo que nacer y morir, en tanto que salir de la nada para retomar a ella, equivale a no-ser realmente, mientras que ser en sentido estricto, y sereterno, serían en rigor dos formas diferentes de expresar la misma cosa. Este mundo del nacimiento y de la muerte, donde todo lo que emerge de la nada lo hace necesariamente por la acción de una causa (lo que atestigua. dicho sea de paso, su falta de autonomía, su escasa autosuficiencia), no es más, en definitiva, que la imagen adulterada de otro mundo, el verdadero.
46 1 Enrahonar 18, 1992 Manano L. Rodrigucz En este preciso momento hace intervenir Platón a la providencia de Dios, a fin de hacer narrativamente inteligible la relación especular que se da entre ambos cosmos. Nuestro mundo actual, donde transcurre dolorosamente el tiempo, ser vivo provisto de alma (como atestiguan los movimientos siderales), ha sido fabricado así por un obrero supremo, el demiurgo, que se esforzó por dar una réplica lo más ajustada posible del ser y su eternidad. Pero no se puede negar que el material dejaba mucho que desear (cualquiera de nosotros lo puede comprobar en las dolencias de su pobre cuerpo), resultando que un mundo engendrado sólo toleraba la eternidad del Modelo en cuanto imitación o irnagelz móvil, una imagen que progresa según las leyes de los números. Brevemente, pues: el tiempo ha nacido con el cielo. a fin de que, nacidos a una, se disuelvan también al mismo tiempo, si alguna vez se han de deshacer: y ha sido hecho sobre el modelo de la substancia eterna, de forma que se pareciera lo más posible, según su capacidad. Pues el modelo es ser por toda la eternidad, y el cielo, por el contrario, desde el comienzo y a lo largo de la duración, ha sido, es y será'. Importa no pasar por alto el hecho de que el Alma del Mundo no sólo es principio de movimiento del universo, sino también principio de orden del mismo: podemos definirla como inteligibilidad del mundo sensible por medio de la matemática2. El sol, la luna y las estrellas marcan el paso del tiempo, localizándose aquí la posibilidad de una cierta comprensión racional de este mundo nuestro. El tiempo ha nacido, desde luego, con el universo de la muerte, pero eso no impide que constituya también, a través del Alma del Mundo, el punto de unión con la eternidad del Modelo. El razonamiento de Platón continúa avanzando, hasta llegar al reconocimiento de la necesidad de una tercera especie de ser, particularmente oscura y confusa, la chora, que es el soporte y la nodriza para todas las cosas, el Lugar, un equivalente de la matena. Esta matena corporal, por lo demás, va a desempeñar un papel destacado en el sistema plotiniano: la madre-receptáculo, al igual que el padre-modelo, no puede morir. Sólo el hljo-naturaleza, que media entre ambos, está sometido al yugo atroz de la temporalidad. Al trazar las líneas maestras del método con el que se dispone a investigar el tiempo y la eternidad, Plotino parece aceptar como evidente el esquema del Timeo. Así lo hace, no obstante su declaración en el sentido de que el juicio propio habrá de tasar y determinar el valor de las tesis de los esclarecidos filósofos antiguos, en vez de aceptarlas acríticamente como dogmas de fe. Eternidad y tiempo son realidades diferentes, incluso antitéticas. Pero, a la vez, constituyen cosas semejantes, con esa semejanza que une la copia y su modelo. Dados estos dos presupuestos, que nos hacen pensar en la afirmación hegeliana de que Plotino es un filósofo en sentido estricto, y no un místico 1. Timeo, 38a-39b. 2. Cfr. MONTSERRAT, J., «El Timeo: de la política a la ciencia a través de la imaginación», en Enruhonar. Quuderns de Filosoja (12), 1985, p. 37.
Tiempo y eternidad: a partir de la Enéada IíI de Plotino Enrahonar 18, 1992 147 extravagante, el camino que se abre ante nosotros sólo puede ser éste: examinar primeramente la eternidad, puesto que en ella ha de encontrarse la solución al enigma del tiempo; y, una vez nos hayamos hecho con la naturaleza de éste, habremos de ir de nuevo hasta el modelo para confirmar nuestro hallazgo (y quién sabe si para arrojar luz sobre el ser mismo del original). Lo que sin duda sorprende en todo este discurso antiguo es que se haga radicar en el tiempo el verdadero problema, tomándose de este modo la eternidad, si bien no como algo evidente de suyo, sí como más familiar y cercano a la humanidad que nos constituye. Emerge así la profunda perplejidad ante la realidad del tiempo, esa inasibilidad que tanto impresionaría, andando el tiempo precisamente, a Agustín de Hipona. O del modelo a su imagen, o de la imagen a su modelo. Resulta que devenir sin cesar constituye una manera de asemejarse a la inmutabilidad. Paradójica manera, por cierto. La copia es, por definición, engendrada, y habiendo nacido, rehúsa la eternidad sensu stricto, tan sólo puede aspirar a ese triste remedo que es el tiempo. Pensando en el Alma del Mundo, y en el orden y la medida que la matemática hace posibles, podríamos afirmar que el platonismo y la ciencia moderna sólo conocen estas dos direcciones de un mismo método. Original y copia, lo perfecto y lo impuro, como el experimiento galileano de los planos inclinados y la incontrolable variabilidad empírica de los procesos naturales, constituyen demarcaciones esenciales de nuestro pensamiento occidental. Esquemas que siempre volvemos a encontrar en todos los niveles imaginables de la reflexión. ¿Es pensable tal vez una ontología que prescinda absolutamente de tales esquemas? Sería, ante todo, una ontología amoral, en el sentido de desprovista de valoraciones, impertémta ante el hecho de la muerte. Algo sin duda diferente del simple cambio de sentido de la valoración, aunque puede ser que esta operación represente una etapa previa necesaria, antes del reconocimiento, desde una perspectiva lo más omnicomprensiva posible, de la radical inanidad de todas las valoraciones humanas. 1. Eternidad En un primer acercamiento, Plotino se apresta a situar la eternidad en alguno de los ámbitos que configuran su total esquema ontológico. Nos vemos de este modo enfrentados al «movimiento» de procesión y conversión que transcurre desde el Uno hasta los reflejos de las almas individuales que determinan la materia. Lo que aquí interesa subrayar es la índole tan peculiar de la argumentación plotiniana, puesto que opera, desde el principio, desde un punto de vista valorativo-moral, a través de la constatación del «hecho» de que nosotros imaginamos y pensamos la eternidad como algo venerable3. 3. Cfr. Etzéuda m, 7, 2, pp. 172 y 173.
48 / Enrahonar 18.1992 Mariano L. Rodriguez Así que, si aceptamos este pensamiento nuestro como dotado de un valor objetivo firme e inconmovible, será preciso desalojar a la eternidad tanto del ámbito inefable del Uno como de la esfera material de los seres naturales. Lo cual sin duda significará que hemos de llevar toda nuestra atención sobre el terreno del ser propiamente tal, es decir, sobre la naturaleza inteligible que emanó del acto de audacia, de la tolma, del Uno. El orden de la multiplicidad inteligible no se halla sujeto, en definitiva, a las vicisitudes propias del ser temporal. Ese cosmos que se instituye en el partirretomar que tiene al Uno como su sola inspiración, se encuentra por encima de toda distensión y disminución. Ciertamente que la misma naturaleza del Uno no está en lugar ni en tiempo alguno, pero sólo en el sentido de que las distinciones comunes de lo visible y lo inteligible se borran por completo en Él, permaneciendo así ajeno e indiferente a la oposición de tiempo y eternidad. Lo que se halla más allá de lo inteligible, más allá del ser, no puede ser calificado de «venerable», porque no es ningún objeto frente al que nos sea dado situarnos. Por lo demás, evidentemente, no hay para Plotino nada digno de veneración en la autonomía de las almas que dan vida al mundo de los sentidos. Su voluntad de alteridad sin conversión, desde el momento en que supone un extremo alejamiento respecto del único principio, representa antes bien una prueba de que el poder del mal, correspondiente a la materia, se está ejerciendo directamente sobre las almas4. Pensamos como venerable, por consiguiente, sólo al cosmos de la Inteligencia. Sin embargo, semejante conclusión no implica en modo alguno que orden inteligible y eternidad sean idénticos: aunque uno y otra contengan las mismas cosas, las Ideas, el primero las contiene como si fueran sus partes, mientras que la segunda pertenece por entero a cada una de ellas (por eso llamamos eterna a cada una)5. La lógica de la valoración plotiniana se nos aparece como un tanto siniestra. En su origen pertenece desde luego al sujeto filosofante, pero termina por engancharse al objeto, haciéndolo tanto más absoluto, tanto más autónomo, cuanto mayor haya sido su intensidad inicial. Al final, el objeto termina por convertirse en auténtico sujeto, pues nos determina y nos rige, limitándonos por nuestra parte a hincamos de rodillas ante él, a venerarlo y amarlo. Que el objeto participe de la eternidad significa en cierto sentido (que más adelante será preciso contradecir), que los seres humanos sólo sabemos adorar a lo radicalmente inhumano. Es el nuestro un amor en el que nos aniquilamos, un amor que siempre nos lleva a la unidad y a la identidad, a la estática beatitud de lo que siempre es y reposa en sí. ;Y sólo porque nuestra vida aparece desgarrada por la diferencia, y constituida por el dolor que es el tiempo! 4. Cfr. BALADI, Y., La Petisée de Plotin. P.C.F., París 1970, pp. 71 y SS. 5. Cfr. Enéada III,7, 2, pp. 172 y 173.
Tiempo y etetiiidad: a partir de la EriPada iII de Plotino Enrahonar 18. 1992 1 19 La búsqueda plotiniana de la eternidad, una vez que tiene la seguridad de dónde ha de desplegarse, empieza rechazando la concepción vulgar que hace de la eternidad la mera duración infinita. Semejante noción supone en realidad modelar la eternidad según las líneas básicas de la temporalidad, hacer de ella una propiedad, por ejemplo como hizo Aristóteles, del movimiento circular de los astros. La idea común de eternidad ve en ésta una especie del tiempo, cuando el método que nuestro filósofo se ha propuesto seguir recorre justamente la dirección contraria. No me refiero, claro está, a lo que sucede ininterrumpidamente en el tiempo, sino a lo que nosotros pensamos cuando hablamos de lo que es eterno6. La eternidad es «algo» del mundo inteligible. Y decir sin más que consiste en la estabilidad de éste no sería sino caer en las garras de la tautología. La eternidad hace referencia, más bien, a la estabilidad de la esencia, lo cual significa que contiene en sí la unidad, a diferencia del tiempo. De manera que pensar la eternidad como unidad estable será lo mismo que pensarla como diferente del tiempo, lo mismo por tanto que pensarla adecuadamente: Afirmamos, pues, de la eternidad que permanece en la unidad; lo cual quiere indicar que participa del reposo, pero no que sea el reposo en sí7. Es decir, aquí lo esencial es la idea de unidad, siendo la de estabilidad una necesaria consecuencia suya. En la naturaleza inteligible hay vida, pero una vida cuyo movimiento no excluye el reposo, una alteridad que es al mismo tiempo identidad. Porque los seres inteligibles son múltiples, pero forman una unidad: el Uno es omnipresente, y esto hace que cada ser sea, a su manera, la totalidad de los seres. Es la inmediatez del Uno lo que determina que la vida de la Inteligencia sea eternidad. Se trataría de una vida-pensamiento que no va de un objeto a otro, de una vida-pensamiento que es a la vez todas las cosas. Una tal existencia perfecta e indivisible podría ser caracterizada, venciendo un tanto así la innegable perplejidad que despierta en nosotros, desde la perspectiva divina de un presente continuo. Este punto está siempre en lo presente, y no cuentan para él ni lo pasado ni lo futuro: es lo que es, y eso mismo es siempre8. Sin duda que el presente es una dimensión del tiempo. Pero un presente desconectado por completo del pasado y del futuro, un presente por tanto absoluto, poco o ningún rastro conservaría de genuina temporalidad. Si Plotino acierta a pensar la eternidad desde el presente, lo hace así porque tiene siempre en mente una vida total, una vida perfecta que jamás es fragmento o parte. Se 6. Cfr Enéada 111, 7, 2, p. 173. 7. Cfr. Enéada In, 7, 2. p. 174. 8. Cfr. Eiléada UI, 7. 2, p. 175.
SO / Enrahonar 18.1992 Maiano L. Rodríguez trataría de un presente no escumdizo, como el del tiempo. Con ello es fiel a su convicción de que el modelo es diferente de su imagen. La concepción plotiniana de la eternidad, una vez más deja ver su raíces axiológicas cuando identifica a ésta con el uno-y-todo, es decir, con una vida que discurre en estrecha proximidad al Bien en sí, en un mínimo de distanciamiento. Esta paradójica vida total, constituye, en efecto, la esencia de la eternidad buscada. Se trata del ser estable que no admite cambios en el futuro y que tampoco ha cambiado en el pasado: esto es la etemidad. Lo que se encierra en los Iíinites del ser tiene una vida presente que es toda ella plena e indivisible. He aquí la etemidad que nosotros buscamos9. Ser eterno significaría serlo, no carecer de cosa alguna. En tales condiciones, bien se ve, no hay futuro posible: ¿cómo iba a perder ser, por otra parte, lo que desde «siempre» lo es todo? Conceder futuro a las Ideas, los verdaderos seres, equivaldría a precipitarlos en el abismo de la nada, contraviniendo la prohibición de Parménides. Del mismo modo que arrebatar el mañana a los seres engendrados sena los mismo que hundirlos en el no-ser definitivo. Por eso Plotino llama bienaventurados a los seres eternos: donde no hay futuro no hay deseo, donde no hay futuro uno es todo lo que puede ser, está dado de una vez por todas y sin condiciones. Para ser siempre, y aei on es el nombre mismo de la eternidad, es requisito indispensable una absoluta autosuficiencia, no inclina?.se jamás hacia otro. Eternidad y vida divina, por tanto. se identifican, vida infinita, que nada pierde de sí. En conclusión, sería necesario afirmar que ser-eterno es, simplemente, lo que es, lo que es en sentido estricto y riguroso. Sólo tenemos un después, y contamos con él, porque hay algo en nosotros que carece de ser. Esta vida que vamos desviviendo constituiría tan sólo el signo de la otra, esa que es presencia total y estabilidad perfecta, esa que es todo lo que puede ser. La idea de ser es incompatible con la de temporalidad: ser propiamente tal no pueas jamás ser A o ser B, sino sólo, necesariamente, serlo todo. Es la totalidad justo lo contrario del tiempo. La actualidad excluye de raíz todo ser-luego. Pero, jcómo habría de entenderse una vida que no vaya de un objeto a otro? ¿Y cómo, un pensamiento radicado fuera del horizonte de la temporalidad? Tal vez, la única perfección concebible aquí sea la que caracteriza y distingue al cadáver. Tal vez se den en este punto la mano el anhelo de la plenitud absoluta y el afán de muerte. Tal vez haya sólo muerte más allá del tiempo. Y hasta aquí podría el tiempo mismo constituirse sólo sobre el telón de fondo de la muerte. Los atributos esenciales del ser plotiniano parecen albergar un sentido sumamente contradictorio. ¿Quizás fuera mejor decir una carencia de sentido? Porque una cosa que no mantuviera relación alguna con ninguna otra cosa, que no «inclinara» a otra naturaleza, en suma, la cosa divina, sería precisamente una no-cosa, un no-ser, un pedazo de nada.
Tiempo y eternidad: a partir de la Eriéada 111 de Plotino Enrahonar 18, 1992 / 51 Naturalmente que Plotino se enfrenta a la dificultad gnoseoantropológica de toda esta doctrina. Hablamos de cosas eternas, pero todo lo que nos rodea se encuentra irremediablemente sumergido en el tiempo, incluyendo desde luego a los cuerpos, las pasiones y los deseos. Hay, por consiguiente, algo en nosotros, diferente del cuerpo y de la pasión, que participa de la eternidad. ¿Cómo íbamos a estar en contacto con la etemidad si nos fuera enteramente ajena? Ni siquiera nuestro lenguaje, eso que a primera vista nos diferencia de las bestias, puede desenvolverse en el ámbito de lo eterno, él que para expresar cualquier cosa necesita tomar una parte después de otra. Tampoco lo consigue nuestra conciencia, que es una mera sensación interior que exige por tanto una cierta distancia temporal no el consciente ni el lingüístico, el que pertenece a la patria divina donde no existen ni el ayer ni el mañanalo. Se pasa por alto, en todo esto, la posibilidad de que la voz del otro mundo no sea más que el reverso o el negativo del de aquí abajo, por mucho que resuene misteriosamente dentro de nosotros. Porque siempre ha sido digna de asombro la habilidad portentosa que el hombre tiene para construir conceptos, simplemente poniendo cabeza abajo el testimonio de su propia experiencia. Además, ¿por qué no íbamos a poder hablar de cosas que nos son enteramente extrañas? Otra cosa es que hablemos con sentido, por lo menos con sentido denotativo. Está muy claro que nuestra imaginación acostumbra a hacerlo, sobre todo de aquello que se contrapone a lo que conocemos por familiaridad. De todos modos, además la felicidad era para los antiguos un amor sin miseria, algo tan extraño como una imposibilidad realísima. 2. Tiempo Antes de pasar, como su mismo método exige, a derivar la naturaleza del tiempo de la definición ya obtenida de la eternidad, Plotino emprende un análisis de las diferentes doctrinas antiguas sobre la cuestión de la temporalidad. Lo hace con el propósito explícito de confrontarlas críticamente con las razones propias. Así, clasifica las teorías anteriores sobre el tiempo en tres grupos diferentes, que, sin embargo, tienen en común algo muy importante: relacionar estrechamente el tiempo con el movimiento, dejando por lo tanto «fuera de toda razón» el hacer del tiempo algo propio del reposo". Hay quienes identifican el tiempo con el movimiento mismo. Unas veces se refieren con ello a un movimiento determinado; otras, al movimiento del universo en su conjunto. Pero esto no es posible, a los ojos de nuestro pensador, pues no está claro que el tiempo es aquello en que se da el movimiento, pero no, en absoluto, el movimiento mismo. Lo que llamamos «movimiento», en efecto, se halla siempre en el tiempo, pero no es el tiempo. Ello se manifiesta en el 10. Cfr. HADOT, P., Plotin ou la simplicité du regard. Plon, París 1963, pp. 35 y SS. 11. Para todo lo que sigue cfr. Enéuda IiI, 7, 8, pp. 182-185.
52 1 Enrahonar 18, 1992 Mariano L. Rodríguez hecho de que el movimiento puede cesar en cualquier momento, pero el tiempo sigue discurriendo en todo caso. Bien es verdad que el movimiento del universo no se interrumpe jamás, pero, de nuevo, una cosa es el movimiento de la esfera, y otra muy distinta el tiempo que dura tal movimiento. Además si todo esto es así, Plotino considera que, con mucha más razón, el tiempo no podrá ser la esfera misma. Con ello despacha a los que opinan, dentro del segundo grupo, que el tiempo es algo movido. Como no podía ser de otro modo, los más numerosos son los que sostienen que el enigma de la temporalidad ha de resolverse estableciendo que el tiempo no es más que «algo» propio del movimiento. Plotino objeta a la tesis según la cual el tiempo es el intervalo del movimiento que, como no todos los movimientos tienen el mismo intervalo, habría que concluir que existen muchos tiempos diferentes. Y en caso de que se respondiese, por parte de los defensores de esta postura, que se trata en realidad del intervalo del movimiento del universo, con ello iríamos a parar a la tesis anterior que identifica, sin más, tiempo y movimiento universal. No es el movimiento que se manifiesta en un intervalo, como tampoco es el intervalo, el tiempo mismo, sino que, como anteriormente, hay que decir que ambos se dan en el tiempo. Dedica Plotino el capítulo noveno del tratado a discutir la concepción aristotélica del tiempo, cuya influencia en el modo occidental de ver el mundo nunca podrá subrayarse en exceso. Tiempo y movimiento serán, para el estagirita, interdefinibles, lo cual atestigua su esfuerzo por analizar el concepto de tiempo sin hacer de él una sombra de la realidad verdadera que es la eternidad, al modo platónico. «El tiempo es la medida del movimiento según el antes y el después», como leemos en Física 220a. Aparte de que no sea la manera de medir el movimiento anómalo o desordenado, Plotino llega a la conclusión de que decir que el tiempo mide movimientos no es, ni muchísimo menos, decir qué es efectivamente el tiempo. La teoría aristotélica sobre el tiempo puede resultar en principio convincente, sobre todo si suponemos un movimiento local uniforme. Pero esto no impide que, al final, uno acabe sumido de nuevo en la perplejidad. ¿Y cómo tomaremos el número diez si prescindimos de pensar en los caballos que cuenta, o cómo la medida podrá tener una naturaleza antes de haber medido nada? ¿NO debe ocurrir lo mismo con el tiempo, que es una medida? Porque si el tiempo tomado en sí mismo es un número, ¿en qué podrá diferir entonces de un número como, por ejemplo, el diez, o de cualquier otro número compuesto de unidades? Y si es una medida continua, tendrá que ser una medida determinada, como por ejemplo un codo12. Por otra parte, ¿cómo podría relacionarse el tiempo, que en verdad es infinito, con un número? Lo más inaceptable, para Plotino, de la posición aristotélica es que nos conduce directamente a la afirmación de un tiempo relativo: jes que acaso no existiría el tiempo antes de que un sujeto pensante
Tiempo y eternidad: a partir de la Enéada 111 de Plotino Emahonar 18, 1992 153 procediese a medir el movimiento? Por este camino podría llegarse al absurdo de afirmar que el tiempo no es más que producto de nuestro pensamiento. El balance de las soluciones tradicionales aparece, al cabo, sumamente decepcionante. Exceptuando, eso sí, al Platón del Timeo, Plotino se percata de que ninguna de ellas es utilizable. Se dispone, en consecuencia, a seguir su propio camino. «Siguiendo una tradición procedente del Tirneo, que considera el Alma como intermediaria entre el mundo sensible y el mundo inteligible, Plotino va a hacer del Alma la realidad que explique la producción del mundo sensible.»13 Es en esta nueva hipóstasis del Alma del Mundo, precisamente, y en sus operaciones productivas, donde habrá de ponerse esa realidad que es el tiempo. Queda la temporalidad localizada, por consiguiente, en la misma raíz del universo sensible que habitamos. No contaba el tiempo para los seres inteligibles. Lo cual, desde luego, no significa que, cuando Plotino se pregunte «de qué caída surgió el tiempo»14, se esté refiriendo, con este planteamiento por otra parte tan revelador, a que el tiempo fuera engendrado después del mundo de las Ideas. Lo que quiere decir es que la realidad temporal es lógicamente posterior a la eterna, que por naturaleza viene a continuación de ésta, del mismo modo que el mundo sensible natural se dispone y se ordena con una posterioridad onto-lógica respecto del cosmos inteligible. La copia es siempre posterior al Modelo, aunque aquí en absoluto puede tratarse, como es evidente, de una relación temporal entre ambos planos de ser. Como a la Inteligencia, la realidad que corresponde al Alma del Mundo es la de la contemplación. Sólo que ésta contempla el orden de la Inteligencia, mientras que la Inteligencia misma es contemplación del Uno. Y, por descontado, un paso adelante en la procesión implica siempre un avance de la debilitación, una nueva degradación con respecto a la potencia absoluta original. Hay, sin embargo, una razón para el advenimiento de la tercera hipóstasis plotiniana: el Alma del Mundo es la expresión de la inteligencia, su difusión y verbo exterior. Aquí radica el sentido de la actividad generativa que le es propia. Semejante extraposición de los objetos sensibles se traducirá en espacialidad y temporalidad. Ya la inteligencia expresaba el poder del Uno, pero como una especie de verbo inmanente15. En virtud de su ser contemplativo, el Alma del Mundo mantiene una estrecha relación con el Uno, por mediación del mundo inteligible al que está unidad. Desde este punto de vista, se despliega como creación de un universo de cuerpos celestes, de un cosmos, que no comporta ni cambio ni contingencia 13. CIRILO FLOREZ, M., «Platino, de metafísica del ser a la del sentido*, en Los filósofos y sus filosofía 1, Vicens Vives, Barcelona 1983, pp. 169-196, p. 179. 14. Enéada ID, 7, 11, p. 190. 15. Cfr. BALADI, N,, op. cit. pp. 66-67.