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Filosofía de la apuesta y la simulación

Farré, Luís

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Farré, Luís

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FILOSOF~A DE LA APUESTA Y LA SIMULACIÓN Luis FARRÉ «No pensar como los otros nos coloca en una situación desagradable. No pensar como los demás quiere decir, simplemente, que se piensa. Los demás, que se hacen la ilusión de que piensan, adoptan, en realidad, sin reflexionar, los slogans que circulan, o bien se asimilan a las pasiones absorbentes que ellos mismos se niegan a analizar .» (Eugkne Ionesco. ) Merecen atención y consideración muchos de los problemas y consiguientes reflexiones de los denonlinados nuevos filósofos franceses. Evidencian un agudo sentido crítico, prestos a aplicarlo a la actualidad cultural que les parece ingrata y, en múltiples oportunidades, degradante. Alardean de su disconformidad y la expresan recia y abiertamente, sin miedo a equívocas interpretaciones de quienes plácidamente descansan conformes en lo habitual. Anida en ellos un espíritu de rebelión que merece interpretación adecuada, pues conviene diferenciar entre rebeldía y revolución. La última puede ser tumultuosa, escasamente reflexiva e incluso destructiva por obedecer a impulsos momentáneos o pasionales; la rebeldía, en cambio, responde a un hondo y amargo desagrado anímico. La rebeldia nace a veces por exigencias del espíritu enfrentado al vilipendio o manoseo de elevados valores irrenunciable~. Varios de estos nuevos filósofos, si no todos, deben ser más bien clasificados como rebeldes, no como revolucionarios. Francia, a través de su rica historia, ofrece modelos de esta noble rebeldía. Sistemas filosóficos y políticos, quizá ideados en otros países, asentados en Francia, pierden su rigidez, sometidos a severos análisis críticos que los desmenuzan y entresacan lo aprovechable o dignificante, para luego demostrar la existencia de tendencias que amagan peligros deshumanizantes; voz de alarma contra la excesiva sistematización que amuralla y apenas tolera el vuelo liberador. Así han procedido con el idealismo, el materialismo, el existencialismo y el psicoanálisis. Esta modalidad, digamos esta noble rebeldía, creo distingue muy reciamente a los integrantes de la nueva filosofía. No encajan en la común clasificación de derechas e izquierdas, insumisos a ideologías que pretenden haber acertado con soluciones definitivas. Siempre cabe, así opinan, el interrogante de la duda. Admitirán y se adecuarán a lo quizá perentoriamente necesario; pero conservan el derecho y la posibilidad de ulteriores interrogaciones, a su parecer más apropiadas, que las pueden hacer trastabillar y hasta descalificar. Esta actitud, expresa en lo moral, político y filosófico, equivale a la conclusión a que habría llegado la ciencia en los tiempos modernos: no disponemos sino de hipótesis actualmente atendibles y prácticas, pues la vida debe proseguir, expuesta a futuros cambios más convincentes y apropiados. Existiríamos en un mundo de seguridades provisorias. El hombre, en otros términos, reacciona desde la firmeza de su espíritu contra lo externo y sensible que definitivamente intenta encauzarlo. Desde el siglo pasado, sobre todo con el positivismo y el materialismo, predomina la exterioridad, el encanto de lo sensible. El hombre, expuesto a vicisitudes conformadas por tendencias consideradas filosóficas, pierde firmeza, entregado, por lo tanto, al manoseo moral y político. Jacques Derrida, entre otros, destaca e impone la diferencia (différence) que descabeza principios, desarticula amodorramientos pecatos y ofrece soluciones aparentemente imposibles. Invita al encuentro de la individualidad, de aquello único que distingue lo humano de cuanto lo rodea e intenta subyugarlo. No atribuye la crisis a que estamos sometidos culpando a la economía o a la política; es radicalmente humana. La educación se ha centralizado en el desarrollo de la inteligencia y en el aprendizaje de un saber enciclopédico, bastante ajenos al pensar y al comprender. Lo mismo que no hace poco dijera en nuestro país (Argentina) Jean Fourastié, cuando afirmaba apreciar la educación no por el material didáctico que proporcionara, sino más bien como ejercicio para alcanzar un buen entrenamiento de las funciones mentales. Guy Lardreau y Christian Jambet, al analizar la función de la inteligencia, sin negar su necesidad, la notan insuficiente. No la inquietan los primeros principios ni los fines últimos. Demorada en lo visible y experimentable transcurre entre las cosas y los acontecimientos, carente de profundidad. Al otorgarle un predominio excesivo, quedamos expuestos al balanceo inconstante, víctimas de cuanto ofrezca el momento en cualquier orden de la cultura. La inteligencia flota entre las olas de una actualidad que quizá encanta, pero cuyos maleficios ignoramos. La tumultuosa y multifacética vida actual sería en gran parte su obra y convertiría a la mayoría de los hombres, sin darnos cuenta de ello, en sus víctimas. La inteligencia a solas deslumbra, pero sus fulgores no perduran. CONTRA FREUD Y MARX Estos filósofos apuntan con sus críticas a los ismos con que los adoctrinaron, principalmente el marxismo y el freudismo; formaron o pretendieron formar nuestro ambiente cultural, atrofiando la capacidad pensante. Jean Marie Benoist y Cornelius Castoriadis, sobre todo el último, desarticulan a fondo el marxismo. Sería una ideología más, a pesar de todas sus afirmaciones en contrario, esto es, un conjunto de ideas que no esclarecen la realidad, sino que la ocultan. Por de pronto, desvían la acción autónoma de las masas, al articularlas e institucionalizarlas, impregnándolas de autoalienación. El afán cientificista del marxismo, afirma Jean-Paul Dollé, muy presente en Lenin y otros expositores de Marx, retarda la expresión de lo genuinamente humano: sentirse suyo en la autosatisfacción de vivir. Que no nos hablen de estructuras y superestructuras. Precisamos un enfrentamiento total para aliviar el desencuentro del hombre consigo mismo y con el tipo de cultura que nos han impuesto. André Glucksmann afirma, quizá con exageración, que no existe diferencia entre nuestra civilización y los campos de concentración, sean nazis o soviéticos. Nuestra civil;- zación actúa como una máquina monstruosa que está pulverizando vidas humanas. Me parece menos acertada la crítica que, especialmente Gilles Deleuze y Jean-Francois Lyotard, formulan al freudismo. A su parecer no habría diferencia fundamental entre Freud y Marx, ambos clasificados entre los opresores de lo humano. Ciertamente reprimen al hombre; pero ¿ello significa que debe darse rienda suelta a todo deseo? Indicaría, con muy escasa diferencia, reducirse al dominio de los instintos. En tal caso, desaparece lo humano. Ya Henri Bergson, por quien Gilles Deleuze siente simpatía, enseñaba que el instinto es gregario, aglutinante, mientras que el pensamiento singulariza. Y el pensamiento debe ser capaz de ejercer la represión, de lo contrario quedará confundido y anulado en lo común y multitudinario. Hay aciertos en las críticas que formulan a las más conocidas corrientes ideológicas contemporáneas, aunque, a veces, ofrecen soluciones que inciden o amenazan incidir en los mismos peligros. Contra la represión, propician la expansión. Pero una expansión incontrolada corre peligro de anular la tan ensalzada diferencia. Si damos rienda suelta al deseo subconsciente insatisfecho, <no caeremos en algo similar a la náusea descrita por Jean-Paul Sartre: una viscosidad que se está expandiendo, uniforme y repugnante? Lo humano desciende a vegetal o a puramente animal. Aciertan, en parte, en sus críticas a determinados aspectos de la cultura, sin excluir a los santones más venerados. Tal vez los estudios de Paul Ricoeur los hubiera adoctrinado para una hermenéutica más ponderada, librada de decaer, sin darse cuenta de ello, en peligros similares a los que condenan en Marx, Freud y sus seguidores. UNA CRfTICA A FONDO Imponíase, por lo tanto, una reconsideración crítica del movimiento; de alguien que, simpatizante, evitara decaer en un aquietamiento anulador. Cercano, pero que tomara distancias para entrever, en el análisis de palabras y conceptos, peligrosas concesiones a lo reprobado. Guy Lardreau y Christian Jambet en su libro L'Ange asumen esta difícil tarea. Exhiben una vigilancia crítica muy dinámica, continua búsqueda y, en varios casos, superación. Voz aguda y alertante, dice uno de sus expositores franceses, cIamante desde el desierto de Auxerre. Firman sus propias contribuciones, sin que ello obste a que adivinemos un plan conjunto evidente en cada uno de sus aportes. La mayoría de los sistemas tienden a la unificación; no escapan a esta tendencia incluso quienes confiesan animosidad a los propósitos definitivamente salvadores de teóricos modernos. Como si en ellos finalizara la lucha por la búsqueda de lo mejor, plácidamente aquietados el entendimiento y la voluntad. Equivale a encasillar y endurecer el dinamismo humano. Guy Lardreau y Christian Jambet, sin abusar del vocablo diferencia, señalan la necesidad de mante- nerla frente a todo propósito o doctrina que quisiera nublarla. Consideran utópico esperar un momento en el que quizá conseguiremos soluciones definitivas. La finitud, diríamos en otros términos, vive en lo transitorio, alerta para lo mejor que ahora, y quizá siempre, nos oculta el porvenir. La vida es lucha, pues debemos abrirnos paso entre reclamos, atracciones y opresiones frecuentemente indignas. La diferencia del hombre ante lo vegetativo y lo animal estriba en su poder de resistencia y oposición al instinto. Debe ser capaz de manejar con plena energía el si y el no, según sean las circunstancias. Esta capacidad queda debilitada y, a veces, aun anulada por sistemas muy en boga que favorecen lo instintivo o nos unifican en lo sociológico: tendencias que exageran la anihilidad presente en el hombre o la necesidad de la convivencia. En ambos casos predomina la unificación con innegables peligros para la diferencia. Dos vocablos, ausentes en la filosofía tradicional, sorprenden de continuo en el libro: señor y rebelde. El señor, maitre en francés, abarca una capacidad expresiva ausente en la versión castellana: trabaja para la total deshumanización, tanto en los actos que impone como también en el manejo del sentimiento y del pensamiento. Aspira a la reducción completa, pues nzajtre, además de dueño y señor, significa también maestro, educador; nos asimila a sus propósitos en actos y pensamientos. Lo regula y ordena todo, a través del tiempo y de los cambios sociales, pues el señor coquetea muy halagadoramente tanto con las izquierdas como con las derechas. Los cambios son sólo aparentes; el señorío prevalece. Su opositor es el rebelde (~ebelle) con propósitos mucho más claros y decididos que los implicados en el vocablo revolución. La rebeldía es tenaz, persistente, profunda. «Es necesario, afirman, llevar a cabo todo lo contrario de lo que nos dicen en los discursos de liberación, precisamos separar totalmente el señor y la rebelión». Muchos intelectuales razonan, ajustan, inmovilizan; el pensador, en cambio, sostiene y vive la liberación. No hay acuerdo posible entre el señorío avasallante y la rebelión vigilante. La intrínseca maldad del señorío queda manifiesta en el hecho de que sólo excepcionalmente exhibe sus intenciones; sobre todo, en los tiempos modernos, utiliza el vocabulario y los gestos de la rebeldía. La apariencia, le semblant, le es imprescindible. Triunfa, pero jamás con palabras y hechos de sinceridad. La revolución erótica, propiciada por Freud y manejada por el señorío, atrajo y sometió; invita a que flotemos sexualmente en un mundo de apariencias engañosas. Jacques Lacan estabiliza y amodorra, con su teotía del lenguaje, al afirmar que sólo hay un lenguaje posible a nuestra elección. Utilizan ademanes y vocablos abstractos; expertos en casuística embrollan con su charla. Contra la totalidad uniformante del señorío se yergue el desafío de la apuesta (pari) rebelde, luchadora, desenmascarante. Cuando hay apuesta, existe dualidad; compromiso pleno a favor de uno en contra de otro. Niega las pretensiones señoriales; introduce el conflicto, inmune a sus engaños. Desgarra apariencias, conculca sistemas y políticas para guiar a la liberación plena. No hay solución, opinan, en la antinomia entre señor y rebelde, apariencia y apuesta. Serían coeternos. La rebeldía ha apostado a favor de la libertad del hombre, cuestionada tanto por el freudismo como por el marxismo. La libertad es un problema que, no menos en el que la afirma como en el que la niega, conserva siempre residuos de duda. Si pudiéramos resolverla teóricamente, nos sería evidente la condición humana. La humanidad ha decidido de hecho a favor de la libertad, aunque no siempre procedió en consecuencia; por eso ha progresado y se ha distanciado de la pura animalidad. El fatalismo y el determinismo engendran inercia y conformismo. INTIMIDAD Y CRITICA INSUFICIENTES Merece atenta consideración el planteamiento de nuestros dos pensadores. No ahincan la causa de la deshumanización en estructuras, superestructuras y otros aspectos particulares de la cultura. El hombre, ya al nacer, va creciendo en un mundo organizado, admitiendo mucho, pues debe convivir; pero también, si quiere formarse dignamente, resistiendo y oponiéndose. Si piensa y compara, no dejará de observar y distinguir lo admisible y lo rechazable; hombre, y no un ser puramente instintivo, asume la eventualidad de su existencia. Nuestros autores, sin embargo, no teclean en lo superficial, común y cotidiano. Adoptan una decisión básica, que no puede sino ser apuesta, pues carece de evidencia: actuar en libertad, esencia de la hombría, contra el fatalismo determinista. Proclaman su individual diferencia responsable y apuestan definitivamente por su libertad frente a insinuosas y sinuosas captaciones de toda índole que intentan desnaturalizar. Reconforta esta hidalga decisión en medio de cierta intelectualidad que psicológica y sociológicamente propicia un hombre reducido y condicionado. Saben Guy Lardreau y Christian Jambet, y deberían saberlo también los propulsores de sistemas deterministas, que nos ha sido negada la evidencia de nuestro ser. Más allá de toda muy razonada sistematización, asoma siempre el diablillo de la duda. Ejercitamos el más fundamental acto humano cuando decidimos proceder y elegir como libres, razonamientos aparte. Interesa la vivencia, el goce de ir realizándonos, siendo administradores de nuestros actos. Verum ipsum factum, lo verdadero está en la facticidad, enseñaba Vico. La acción repetida y enérgica engendra la convicción. Kant, en su Critica de la razón práctica, entrevió como presupuesto no evidente a la razón, pero indispensable a la condición humana, el ser libre, pues los primerísimos y últimos principios escapan al intelecto humano. Exigen, enseña Heidegger, un viraje completo, similar a la decisión de fe. Una fe activa, decidida, sincera que sedimenta la convicción. Nuestros dos autores franceses utilizan a veces, para explicarse, el vocablo conversión, salto audaz y decidido ante las tentaciones del acomodo, la dejadez o la sumisión. Algunos hombres y cierta cultura tienden, a veces con las mejores intenciones, a envolvernos y asimilarnos; desnaturalizan nuestro yo en un nosotros que opina, habla y actúa impulsado por resortes ajenos. Contra las oscilantes atracciones de lo visible, la espiritual decisión de lo invisible. A Guy Lardreau y Christian Jambet les duele la fatiga de nuestro mundo detalladamente tecnificado y, víctima de una publicidad que se impone por slogans y un cansancio repetitivo. Cuando quieren ofrecernos modelos discordantes con esta índole de mundanidad acuden a modelos de un rechazo total, apartamiento, retiro al desierto donde, así parecen creerlo, no existe la tentación. Detallan las actitudes j1 convicciones de los cenobitas y anacoretas cristianos! quienes abominaban los halagos de Bizancio y Alejandría, lejos en la soledad, para el encueiltro de sí mismos en Dios. Parecen ignorar, sin embargo, que Pacomio, el cenobita, entre muchos otros, luchaba de continuo contra los recuerdos sensuales y lujuriosos de la despreocupada Alejandría. La mundanidad rechazada se nos ha metido tan adentro que sólo podemos mantenerla a raya mediante el ejercicio de una libertad firme. Guy Lardreau y Christian Jambet dudan considerar a Jesús como el más excelso modelo, a mi parecer, de una libertad indoblegable a los halagos e injusticias de la cultura, moral, política y cualquier otro aspecto. Una mejor exégesis, creo, les hubiera evidenciado que Jesús apostó definitivamente en contra de una humanidad deshumanizante; aunque no prefirió el desierto. Sólo se imponía espacios transitorios de aislamiento para avivar una autenticidad que enfrentaba al fariseísmo hipócrita, a la política opresiva y a la inmoralidad degradante. Vivía una libertad auténtica, adoctrinaba y, sobre todo, actuaba frente a las apariencias de poderes transitorios. Por eso lo crucificaron: por ser y vivir responsablemente digno y enseñar a la humanidad a seguir esta ruta, abierta a la trascendencia invisible, pero espiritualmente actuante en la intimidad. Sin embargo, bien analizados los puntos principales de la obra de Guy Lardreau y Christian Jambet, creo que podríamos considerarlos cristianos vergonzantes disfrazados de laicismo. En caso de que acierte, ¿no equivaldría ello a una concesión lamentable a las engañosas apariencias de una cultura que tiende a refrenar los impulsos abiertos y gozosos de una auténtica libertad que enfrenta al mundo? Ante el advenimiento del Angel, los sistemas muestran sus debilidades y compromisos; o comprueban su transitoriedad. Permanece el hombre, consciente y responsable de sí mismo y de los demás. Horno uiator, hombre en tránsito, como decían los medievales, que debe realizarse en el transcurso de su corta existencia. Distanciándose de aquéllos a los cuales Pablo reprochó «comamos y bebamos que mañana moriremos», el Angel de Guy Lardreau y Christian Jambet apuesta contra utopías adormece- doras o contra el sometimiento a deseos que no son sino instintos propios de una naturaleza degradada. Puesto que el dualismo existe en nosotros, hay que saber negarse para comprometerse con lo más noble. Creo que ahí está la apuesta contra las apariencias que quieren dominarnos. «He venido a traer fuego sobre la tierra y cuánto desearía que estuviera encendido.. .» (Lucas 12:40). ACLARACIONES El presente ensayo, con leves correcciones, ha sido publicado en la sección cultural del diario La Nación (Buenos Aires, 26 de marzo de 1978). La denominada nueva filosofía francesa concentró mi atención precisamente porque, en parte, respondía a tendencias e inquietudes mías, presentes en mi labor docente y escrita. La reflexión y el atento estudio, debilitado quizás un inicial entusiasmo, me abandonaba a un dejo de insatisfactoria duda, anhelante de más recientes y convincentes búsquedas. Mi aquietamiento intelectual nunca ha sido demasiado firme, ya en los años de mis estudios secundarios y superiores en España. Actitud que me acumuló serios reproches, sobre todo en las instituciones religiosas donde me formara. Esta disconformidad me impulsó a buscar, todavía joven, más amplias perspectivas en Argentina. Aquí también, mi actitud agudamente crítica desagradó con frecuencia; aunque nadie me ha replicado seriamente. Y debo reconocer, agradecido, que en varios círculos universitarios y cultos he encontrado amplia comprensión y simpatía. Mi tesis doctoral, Teoria de los valores y filossfia antigua (Universidad Nacional de Tucun~án, 1957) realizada bajo la dirección del eminente helenista, Dr. Rodolfo Mondolfo, cuando todavía perduraba el fervor por la asiología es, a la vez, crítica de teorías, a mi parecer insuficientes, y de una presunta novedad doctrinal, según opinaba José Ortega y Gasset, a pesar de estar muy explícita, a mi parecer, en los grandes pensadores de la antigüedad. En una beca que se me otorgó para realizar estudios en Estados Unidos me interesó el pensamiento del filósofo hispanoamericano Jorge Santayana, a quien más adelante conocí personalmente en Roma. Elegante y sutil, comprueba la precariedad de los grandes sistemas filosóficos (véase mi libro Vida y pensamiento de Jorge Santayana, Ediciones Verdad y Vida, Madrid, 1953). En el Primer Congreso Nacional Argentino de Filosofia, celebrado en Mendoza, en 1949, algunos colegas me estimularon a que escribiera sobre tendencias y evolución de la filosofía en Argentina durante el presente siglo, hasta 1950 (Cincuenta años de filosofia en Argentina, 1900-1950, Peuser, Buenos Aires, 1958). El libro desagradó, aunque jamás me replicaron seriamente, a quienes se creían depositarios de una presunta firmeza filosófica, a pesar de estar encasillados en una actualidad pasajera. En una nueva edición de la obra, sin renunciar a sus propósitos críticos, ampliamos el contenido desde los inicios del filosofar, en la época colonial, hasta la modernidad, contando con la muy eficaz colaboración de la doctora Celina A. Lértora-Mendoza (La Filosofía en AYgentina, Cinae, Buenos Aires, 198 1). Creo que el filosofar es un proceso con transitorios descansos aquietantes. Frecuentemente lo que consideramos original, no es sino repetición, con nuevo vocabulario, de sistemas antiguos; aunque admito que pueden existir atisbos novedosos que estimulan a proseguir. Pero me parece no difícil, sino imposible, que el verdaderamente amante de la filosofía se entregue al descanso con el pretexto de haber ya logrado lo definitivo. Esta actitud dubitativa me ha mantenido muy alerta en los últimos años, sobre todo desde que me jubilé como profesor universitario. No es desánimo, sino continuo impulso para un más elevado esclarecimiento, crítica, depuración, búsqueda incesante, estímulo: horizonte avizorado, jamás definitivamente logrado. No es pesimismo que desaliente, sino sincero reconocimiento de la propia finitud. Esta actitud ante la filosofia me ha incitado a análisis que he venido exponiendo en estos últimos años. Es evidente en mi libro Libertad y Riesgo (La Aurora, Buenos Aires, 1976). Impulso que desarrollo en varios ensayos, sobre todo en uno próximo a aparecer en La Nación, «Yo y circunstancias». Es evidente en mi Antropologia Filosófica, en las dos primeras ediciones españolas; y muy explícitamente en la tercera que se presentará en la Exposición Internacional del Libro en Buenos Aires, en el próximo abril, por Editorial Tres Tiempos de la misma ciudad. Directamente me refiero al tema en un libro que quizá titule Transitoriedad y Espiritu. La tercera edición de mi Antropologia Filosófica finaliza con el siguiente párrafo: «Con razón ha podido afirmarse que el hombre es un ser todavía no acabado. Ignoramos lo que ahora esencialmente es, porque no sabemos donde apunta y lo que será el día de mañana. Aunque sí conjeturamos, por las lecciones del pasado, la trayectoria que, más o menos, deberá seguir. Ha llegado al ser actual no por acaso o por una serie de fortuitas coincidencias, sino gracias a un ritmo de esfuerzo y progreso constantes, aunque turbado por decadencias y fracasos. Ha ido conquistando siempre mayor racionalidad, más dominio del mundo y una clarificación más pura de la trascendencia,» Buenos Aires, febrero de 1984.