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El Dilema Norte-Sur al inicio del siglo XXI

Cazorla Pérez, José

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Cazorla Pérez, José

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EL DILEMA NORTE-SUR AL INICIO DEL SIGLO XXI José Cazorla Universidad de Granada WP núm. 199 Institut de Ciències Polítiques i Socials Barcelona, 2002 2 El Institut de Ciències Polítiques i Socials fue creado en 1988 como consorcio entre la Universitat Autònoma de Barcelona y la Diputació de Barcelona. El Institut está adscrito a la Universitat Autònoma de Barcelona. “Working Papers” publica trabajos en elaboración, con el objetivo de facilitar su discusión científica. La inclusión de los mismos en esta serie no limita su ulterior publicación por el autor, que mantiene la integridad de sus derechos. Este trabajo no puede ser reproducido sin el permiso del autor. © José Cazorla Diseño: Toni Viaplana Imprenta: A.bis c/ Leiva, 3, baixos. 08014 Barcelona ISSN: 1133-8962 DL: B-8.997-2002 3 INTRODUCCIÓN El presidente de Indonesia, Sukarno, quien está siendo recordado actualmente con cierta frecuencia, recibió en los años 50 a un grupo de productores de cine norteamericanos, a los que sorprendió al decirles: “Vds. son unos revolucionarios”. Al observar las caras de estupor de aquellos capitalistas, que esperaban cualquier calificativo, menos aquel, Sukarno sonrió y continuó diciendo: “No, no exagero. Digo que Vds. son unos revolucionarios porque con sus películas, que la gran mayoría de este pueblo ve a menudo, Vds. están introduciendo en él ideas que resultan peligrosas. Vds. les presentan un mundo, el occidental, el de Estados Unidos, en el que como lo más natural del mundo, cualquier persona normal dispone de automóvil propio, vivienda, electrodomésticos, viajes y otras comodidades que aquí, en Indonesia, sólo muy pocos y muy ricos tienen a su disposición. De manera que inevitablemente acaban teniendo ideas que van a perturbar el funcionamiento normal de esta sociedad. Aquí carecemos de las posibilidades de Vds., y ¿cómo le explico yo a cientos de millones de personas algo tan complicado como son las diferencias de desarrollo en el mundo actual?”. Cuando a comienzos del siglo XXI, más de cien millones de personas simultáneamente están intentando escapar de sus países de origen y marchar a otros más prósperos, el problema que hace ya medio siglo apuntaba Sukarno ha empezado a convertirse en una realidad cotidiana. Nosotros los españoles tenemos quizás más motivos que otros países occidentales para interesarnos y aún preocuparnos, porque sencillamente somos la frontera sur de una Europa que constituye el sueño, o si queremos, el escaparate de una prosperidad a la que, a su vez, cientos de millones ansían acceder. Ese viejo proverbio de que no hay nada nuevo bajo el sol no es del todo cierto. Hay muchas novedades sin precedentes históricos en este mundo. Así, armas de destrucción masiva, una población mundial de volumen sin precedentes, unas tecnologías que cambian cada día, y también hay unas aspiraciones en muchos pueblos que han sido desconocidas hasta hace poco, que hoy crecen sin parar, y sin que obtengan respuesta adecuada de sus supuestos interlocutores. Hay muchas cosas nuevas bajo el sol que nos alumbra. CAMBIO, EMPLEO Y DIVERSIDAD GEOGRÁFICA En muchos lugares del mundo, especialmente en el Mediterráneo, Asia y Latinoamérica, se han venido produciendo en los últimos tiempos fuertes corrientes migratorias rural-urbanas y no menos hacia el exterior, que en parte se explican a través de un doble juego de cambio de valores y posibilidades de empleo1. Por una parte, una cultura, de “fabricación” y origen abrumadoramente urbanos, potenciada por los medios de masas, incide despiadadamente sobre un medio rural poco seguro de sus propios valores, en que éstos se han degradado o se están olvidando, y en el cual los jóvenes no pocas veces contemplan como antiguallas los que sus padres o sus abuelos consideraban poco menos que como sagrado, en cuanto intangible y transmitido de generación en generación. La aceleración del cambio social ha producido un brusco salto que hace mucho más difícil que nunca la coparticipación en 4 unos mismos valores, entre familiares cuya diferencia de edad a menudo no es superior a dos o tres décadas. Por otro lado, coadyuva en forma decisiva a esta corriente migratoria la creciente escasez de puestos de trabajo en el medio rural, potenciada a menudo por la mecanización, en el caso del Mediterráneo Norte, o del fuerte incremento demográfico, en otros muchos lugares del mundo. Resultado este a su vez del conocido fenómeno de la disminución de las tasas de mortalidad (sobre todo infantil), y del mantenimiento de altas tasas de natalidad. Pero el factor más decisivo en esta situación, su causa más honda, radica en una fuerte desigualdad social, derivada de una defectuosa distribución de “los medios de empleo”. Y es que la mera existencia de una fuerte “distancia social” entre los estratos más altos y más bajos de una sociedad cualquiera, resultante de una acumulación de riqueza en aquellos, potencia motivaciones que en otras condiciones sabemos por experiencia que no surgen. De hecho, la aceleración del cambio ha producido con frecuencia una especie de polarización entre los dos extremos de muchas sociedades no desarrolladas. Persisten a la vez abundantes rasgos muy tradicionales en el medio rural, mientras que en el extremo opuesto la gran metrópolis ofrece una casi infinita variedad de los aspectos más modernos, y a veces más chocantes de nuestra civilización. Y el abrumador peso de la cultura impuesta y dirigida desde la urbe no consigue romper esa polarización, que en ocasiones tiene consecuencias contrarias, dificultando la asimilación social y política del inmigrante rural a la gran ciudad, y marginándolo en sus hábitos. Es más, en casos como el de México, tal desequilibrio ha constituido durante años “la clave de la estabilidad burguesa” de aquella sociedad. Sólo desde ese ángulo puede entenderse la permanencia durante 74 años del PRI en el poder. Ahora bien, ese desequilibrio no puede mantenerse por tiempo indefinido. O se acometen decididamente en dicho país reformas profundas, que el nuevo Gobierno de comienzos del siglo XXI aún no ha realizado, estimulando la verdadera participación, o habrán de atenerse a las previsibles consecuencias. Las reformas “cosméticas” sólo contribuyen a medio plazo a empeorar la situación. Por otra parte, nadie duda de que el marchar a la ciudad (o a un país desarrollado), ofrece oportunidades e incentivos, especialmente de orden laboral, que en su localidad de origen o no existían o se encontraban fuera de su alcance. Incluso el promedio mismo de duración de la vida se prolonga2. Pero no es menos cierto que la gran mayoría de quienes en el mundo menos desarrollado emigran a las ciudades carecen de especialización y aun de niveles de educación, más que en un grado a menudo ínfimo. Lo cual les excluye del mercado de trabajo, a la vez que, al carecer de capacidad adquisitiva, incrementan los costos de una serie de servicios públicos, disminuyen las posibilidades de formación de capital y a veces distorsionan las tendencias de la expansión industrial. Son muchos los que en el medio urbano permanecen en el límite de la subsistencia. Si observamos la estructura de clases de las grandes urbes en Latinoamérica y Asia frente a la de los países avanzados, comprobamos una importante diferenciación cualitativa. En éstos, por ejemplo en la Unión Europea, las clases medias son muy numerosas en las ciudades e incluso constituyen con gran frecuencia las tres cuartas partes o más de la población. Por el contrario, en las metrópolis de países 5 menos desarrollados, una proporción de la mitad o más de sus habitantes coincide con los status y los ingresos más bajos. Las grandes masas de población, concentradas en superficies relativamente reducidas, en condiciones de rápido cambio social simultáneas a la provocación de expectativas, y en situación de marginalidad, ofrecen todas las condiciones previas a la aparición de la inestabilidad política. Pensemos por ejemplo en la ineludible aspiración al uso de una vivienda en condiciones de siquiera una mínima dignidad. Según datos de los años 80, más de la mitad de los habitantes de México carecían de capacidad económica para hacer frente al costo de la construcción de la vivienda más barata posible. Esta proporción subía a los dos tercios de la población en Ahmedabad, Madrás y Nairobi. En El Cairo, aproximadamente un millón de personas habita en los mausoleos del antiguo cementerio. En muchas grandes ciudades se da, en fin, el fenómeno de una reducida clase social con un altísimo nivel de vida, unas clases medias relativamente poco numerosas, pero con un nivel aceptable, y una gran masa urbana en condiciones ínfimas. Rodeado todo ello a su vez de un medio rural en el que los medios de subsistencia son todavía más bajos. EXPECTATIVAS Y DEMANDAS El proceso de globalización ha conferido un predominio sin precedentes a una reducida elite que controla la producción del espacio y de los servicios que le son inherentes. Como contrapartida, un gran número de ciudadanos ha ido paulatinamente -y hoy masivamenteadquiriendo una conciencia de privación relativa, que se ha generalizado en el mundo menos desarrollado. Dicha conciencia es resultado no sólo de la escasez de tales servicios, sino aún más importante, del hecho de que tales ciudadanos se consideran con derecho a recibirlos. Cosa a la que en la estructura tradicional, es decir en sus inmediatos antecesores, o incluso en su localidad de origen, simplemente no se aspiraba. El nivel de expectativas crece cuando mejoran algo las condiciones de vida, y sobre todo al poderse establecer comparaciones inmediatas con capas sociales urbanas situadas “más arriba”. Las expectativas se ven particularmente estimuladas por los efectos de los medios de comunicación de masas, en especial la televisión, que ofrecen constantes estímulos al consumo y por la complejidad misma de la sociedad, que aparte determinados bienes y servicios básicos, contribuye a diversificar las apetencias, los gustos y las aspiraciones. De aquí que en otros momentos hayamos usado la expresión “efecto escaparate”. En las sociedades agrarias tradicionales, una serie de valores clave, tales como educación, patrimonio, ingresos, status y poder se correlacionan estrechamente. Es decir, la extrema desigualdad origina una fuerte acumulación de recursos políticos en la cúspide de la estructura social, y prácticamente ningunos en su base. Pero en los países que verdaderamente se encuentran “en vías” de desarrollo, al producirse el cambio social y la industrialización de los centros urbanos, las recompensas y privilegios comienzan a distribuirse en forma diferente. Así, se inicia la reasignación de recursos políticos, que en la sociedad tradicional eran monopolio de elites muy reducidas y que se autoperpetuaban. En ciertos procesos de modernización, la participación política queda menos influida 6 por factores de status personal, ya que entran en juego intereses colectivos que son resultado a la vez de las nuevas funciones que asume el Estado. Las demandas pueden tener tanta trascendencia -especialmente las surgidas en centros metropolitanosque se terminen por procesar no ya a nivel local sino nacional, o incluso internacional, como ocurre en la Unión Europea. En estas sociedades en vías de modernización, los antiguos sistemas de valores se hunden, sobre todo en la segunda generación de emigrantes o habitantes urbanos, siendo sustituidos por otros grupos de referencia no tradicionales que adquieren un valor decisivo. Así, la familia, la agrupación religiosa, el poder establecido, los grandes propietarios, son reemplazados por los “iguales” (que a menudo son los supuestos representantes de la cultura “joven”), los burgueses o los protagonistas “lanzados” por los medios de masas. Se ha dicho que muchos procesos de radicalización política “dependen del resultado de una carrera ente la urbanización, que eleva el nivel de aspiraciones para un número cada vez mayor de personas, y la industrialización, que las satisface” (Dillon Soares, 1967). De lo que no cabe duda es del retraso con que se vienen satisfaciendo algunas de las crecientes demandas de la población menos pudiente y más numerosa de las metrópolis del llamado tercer mundo, por parte de los poderes en ellas establecidos. Muchas veces, tales demandas ni siquiera son respondidas, no ya parcialmente satisfechas. Los altos costos de los servicios públicos, de las infraestructuras urbanas, y de las propias viviendas, suponen una diferencia cada vez mayor con respecto a sus respectivas demandas. Ello, por no entrar en el agravamiento de tal diferencia como resultado de la frecuente corrupción de las Administraciones públicas. Como ha señalado Tangri (1971), “si bien es cierto que muchos de los problemas económicos, sociales y políticos de las economías desarrolladas derivan del hecho de que la ideología va muy por detrás de la tecnología, no lo es menos que los problemas de las zonas subdesarrolladas se agudizan debido a que la ideología va por delante de la tecnología”. Casos flagrantes de esta última aseveración los tenemos desde hace años ante nuestra propia vista. Así, a comienzos de los 80 me decían en México que, al paso a que iba el crecimiento de la ciudad (provocado por la alta natalidad, baja mortalidad y fuerte inmigración), los 18 millones que entonces habitaban en la ciudad se aproximarían a los 30 millones en el “lejano” año 2000. Hace unos meses volví, y los demógrafos me confirmaron que aproximadamente 28 millones convertían a México en la ciudad más grande del mundo a comienzos del siglo XXI. Y precisamente uno de sus mayores problemas era el que me anunció un ingeniero municipal. Hace ya casi veinte años me dijo que la energía eléctrica que en aquel momento consumía la totalidad del país sería necesaria en el 2000 sólo para elevar , con bombas de impulsión, el consumo de agua que requeriría la ciudad gigante prevista para ese momento. Datos muy recientes me han confirmado allí mismo tal aserto. Un caso similar surgió de la conversación anteriormente mencionada. Otro técnico del municipio de Lima se encontraba presente, y filosóficamente declaró que al menos en México hay petróleo, lo que significa una importante riqueza natural (explotada desde luego por las grandes petroleras norteamericanas). Pero en Perú no hay energía fósil, y a comienzos del XXI es previsible que los problemas de masificación sean insolubles. Por ejemplo, añadió, la ciudad de Lima ha aguantado 7 hasta el límite un tráfico circulatorio que ya desborda la capacidad de aquellas calles que los españoles trazaron en su fundación. Así que en algún momento de la primera década del XXI, anunció, la circulación rodada se colapsará, y con ella, la ciudad. Algo perplejos, el mexicano y yo le preguntamos: “¿Y qué piensan Vds. hacer?”: “Pues yo no tengo problema”, respondió, “pienso irme a vivir dentro de poco a Miami”. Así se ven los toros desde la barrera, pensé. Este tipo de círculo vicioso origina resultados que no es exagerado calificar de inhumanos. En los primeros años setenta autores norteamericanos calcularon que había más probabilidades de muerte para una madre abortante en la India que para un soldado en el campo de batalla de Vietnam. A la inversa, la regulación moderna de la natalidad ha llegado en países como España al extremo de pasar de una fecundidad de casi tres hijos por mujer fértil a comienzos de los 70, a -como es bien sabido1,2 hijos a finales de los 90. Lo que no resulta tan conocido es la sofisticación de tales prácticas entre nosotros: en ese momento, el 85% de las españolas tituladas superiores daban a luz en marzo, con objeto de asegurarse los cuatro meses de maternidad, más otro de vacaciones de verano. Una notable diferenciación más con los países poco desarrollados. Consecuencia de la situación generalizada en éstos, más o menos conocida en sus detalles por la población “de a pie”, es el convencimiento -especialmente en los jóvenesde que no hay porvenir alguno en el país y que por tanto sólo queda la opción de marcharse. Es el que hemos denominado “efecto escaparate”. O dicho de otro modo, ya no se da -como en la antigüedadun sentimiento subsidiario de satisfacción al contemplar cómo “ellos” disfrutan. Bien conocido es el caso de las multitudes que se agolpaban en las rejas de Versalles para ver cómo se divertía la Corte, mientras el buen pueblo pasaba hambre. La actitud es ahora opuesta: “¿Por qué 'ellos' sí y yo no?”. Esa es precisamente la diferencia básica entre una sociedad estamental y una sociedad de clases. ELITE URBANA Y CAMBIO POLÍTICO Refiriéndose a los Estados Unidos, Isard (1975) dijo que “las decisiones que la elite ha adoptado han sido cada vez menos perceptivas de las necesidades de las masas dentro de los límites políticos de la ciudad. Así por ejemplo, la elite, en su ambiente cuidadosamente protegido, ha conseguido eludir los rasgos indeseables de la vida urbana, tales como los atascos de tráfico, el ruido, el polvo y la delincuencia... Incluso hoy, esa elite no toma lo bastante en consideración los costos sociales, en rápido aumento, del crecimiento incontrolado. Dichos costos se originan en su mayor parte en quienes no tienen más elección que residir dentro de las zonas menos deseables de las ciudades”. Y añadía Isard: “la elite sólo toma conciencia de estas poco deseables transformaciones mucho después de que se han hecho visibles, cuando obviamente es demasiado tarde para remediarlas, o en todo caso, lo serán a costos económicos excesivamente altos”; y cabría añadir: y costos humanos imposibles de evaluar. Lo paradójico es que, para resolver estos problemas, se exige proporcionalmente un mayor esfuerzo y una mayor aportación económica a quienes siendo menos pudientes los sufren más, y a la vez son quienes menos responsabilidad tienen en haberlos causado, y quienes menos beneficios obtienen de sus causas. Dicho de otro modo, el peso de la renovación urbana recae precisamente sobre aquellos que 8 menos han contribuido al deterioro de la ciudad. Durante largo tiempo, y todavía hoy, las masas de muchos países han sido tratadas en forma equivalente a un pueblo colonizado extranjero, a la manera en que dos naciones diferentes se encontrarían en una relación de dependencia y subordinación. Ello se refuerza hoy con las consecuencias de la globalización, que deja en manos de empresas extranjeras la mayor parte de los procesos industriales y de distribución de bienes y servicios. La alianza del capital nacional y del exterior da lugar a que el mayor poder de compra de las clases medias de diversos países latinoamericanos o asiáticos se sustente en el empobrecimiento relativo de grandes masas de población. Se trata de un proceso que tiende a acentuar y generalizar la desigualdad económica, y por tanto el descontento social. Consecuencia de todo ello ha sido durante largo tiempo un poder permanentemente represivo, y una izquierda condenada a la sumisión o la impugnación total del sistema. El comportamiento imitativo de las clases medias de estos países respecto a los valores y el estilo de vida de la clase alta, produce una profunda quiebra, situada entre ambos niveles por un lado, y por otro un gran volumen de población urbana en condiciones precarias, además de las masas campesinas. No es preciso ir tan lejos como Latinoamérica para encontrar este tipo de situaciones, con sus consecuencias de agitaciones políticas -como la de Chiapasy de migraciones masivas, como las que, desde hace bastantes años, tratan de cruzar el Río Grande. Ambos resultados de la fuerte desigualdad, del incremento de la distancia entre población y producción, y de la corrupción política, los presenciamos cotidianamente a sólo 14 kilómetros de distancia, o sea la anchura del Estrecho de Gibraltar. El reino de Marruecos ha sufrido en sus medios urbanos importantes sacudidas desde los años 70, que a punto estuvieron incluso de acabar con la vida de Hassan II. Por otro lado, y con la misma procedencia, desde hace unos quince años venimos recibiendo por el Mediterráneo crecientes inmigraciones clandestinas, que convierten a Marruecos desde los años 90 en principal fuente de inmigrantes a España. Sin poder entrar aquí en mayores detalles, hay una larga serie de indicadores que no sólo marcan fuertes diferencias entre ambos países, sino que demuestran un creciente alejamiento entre ellos en aspectos significativos. Así por ejemplo, entre 1989 y 2025 la población marroquí se duplicará, pasando de 24 millones a 50, mientras el índice de incremento vegetativo español es negativo; las tasas brutas de natalidad de Marruecos son triples que las de España; la mortalidad infantil 8,5 veces superior; las expectativas de vida, una quinta parte menos; los adultos analfabetos diez veces más, y la renta per capita, 13 veces inferior. Una de las claves más importantes radica en que la población crece bastante más aprisa que la creación de empleo, con lo que la cifra de paro aumenta día a día sin perspectiva clara de que mejore. Lo cual induce a los jóvenes a marcharse a Europa, como sea, al carecer de horizonte personal o económico alguno, problema que -en menor medidaacucia incluso a una parte de los universitarios. Si a esto añadimos que la “distancia social” entre ambos extremos de la estratificación es enorme, que el “efecto escaparate” de las televisiones españolas es allí muy importante, que la clase alta marroquí no se muestra precisamente sensible a los preocupantes problemas del su país, que la deuda exterior supera los 20.000 millones de dólares y que la nueva monarquía no ha acometido las reformas urgentes que se esperaban, no es de extrañar la preocupación con que la Unión Europea mira hacia su frontera Sur, en la que Andalucía se encuentra en primera fila. Tampoco es de desdeñar el conflicto 9 larvado que suponen las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, y que en cualquier momento puede aflorar con más o menos violencia, según las conveniencias del Majzén. El singular precedente de la “marcha verde” de hace un cuarto de siglo debe hacer reflexionar sobre las posibles variedades de dicho conflicto. EL CONTRASTE ENTRE PRODUCCIÓN Y POBLACIÓN A partir del final de la segunda guerra mundial, un número apreciable de países inició más o menos espontáneamente políticas de reducción de la natalidad, con objeto de equilibrar la economía nacional. Así ocurrió con casi todos los países de régimen socialista, y otros como Japón o India. Japón disminuyó a la mitad su natalidad con rapidez inusitada, y a partir de 1980, China, como es sabido, aplicó un drástico sistema basado en el hijo único por pareja, en base a fuertes sanciones fiscales a los infractores. Algunas de sus consecuencias han sido trágicas, al promoverse indirectamente el infanticidio femenino. Con objeto de disminuir la presión de la población sobre los recursos (con frecuencia mal distribuidos, a su vez), algunos países han facilitado la emigración de su propia población por diversos métodos, incluido, por ejemplo en el caso de Marruecos, el favorecimiento tácito de las autoridades a la emigración clandestina, cuando no su participación activa en ella. El Banco Mundial ha venido desde hace tiempo publicando periódicamente informes sobre el desarrollo mundial, cuyos datos permiten ilustrar con bastante claridad la dicotomía poblaciónproducción. También es posible predecir ciertas tendencias a plazo medio, dentro de los límites que la prudencia estadística aconseja. En el Atlas 1984 de dicho Banco aparecían datos concernientes a unos 170 territorios y Estados, reconocidos por Naciones Unidas en dicha fecha, de los que hemos seleccionado algunos referentes a la población y las rentas per capita, para dos conjuntos de países. Nuestro propósito es ilustrar las aseveraciones que hasta aquí hemos hecho, respecto a las circunstancias económicas de la población de las zonas menos desarrolladas, comparándolas con las más avanzadas. Para ello hemos escogido sólo dos grupos de países: los que se encuentran en la parte superior y en la inferior del ranking mundial, respectivamente, para ofrecer un contaste más acusado entre unos y otros. A tal efecto prescindimos, pues, del voluminoso grupo de los que llamaríamos “intermedios”, por ejemplo, la antigua URRS y España, así como de los grandes exportadores de petróleo, debido a la peculiaridad de la composición de su principal ingreso, derivado por así decir de un “monocultivo” que les aleja del concepto usual de “desarrollados”, y que requiere una apreciable diversificación de los recursos. Excluimos igualmente el caso especial de China, no ya por las consecuencias del brusco cambio de su natalidad, ya comentado, sino por la escasa fiabilidad de sus estadísticas de producción, en todo caso, aparentemente características de un crecimiento acumulativo sostenido. Los diecinueve países desarrollados que se encontraban en cabeza de la clasificación mundial en 1982 incluían principalmente a Estados Unidos, Canadá, Islandia, Australia, Benelux, RFA y Francia3. Su población total era de 723 millones de habitantes, cuyo lento crecimiento era de sólo el 0,6% anual (en algunos casos nulo, o incluso negativo). Proyectando las correspondientes cifras, calculé entonces que para el 2000 supondrían unos 780 millones de habitantes. Como se puede ver en la tabla