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Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador

Vilar, Pierre

Abstract

Vilar, Pierre

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Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador Pierre Vilar Las páginas que siguen constituyen un resumen de varias charlas realizadas en el Instituto Francés de Barcelona, en la Universidad Autónoma y en el Estudi General de Lleida: una sobre el tema ''¿Puede hacerse la historia de un país sin simpatía?", otra sobre el tema 'El historiador ante su tiempo: jobjetividad y subjetividad, neutralidad o participación?", la tercera, inscrita en el marco de un encuentro entre historiadores franceses de Cataluña y jóvenes historiadores catalanes, se centra básicamente en recuerdos personales, y la cuarta se refiere, contrariamente, a una cuestión de método: cómo establecer una relación óptima entre las diversas áreas posibles del trabajo histórico: historia local, historia regional, historia nacional, historia de conjuntos más amplios (continentes, océanos, etc.), historia "mundial" que corre el riesgo de convertirse en filosofia. Es inútil reiterar que se trata de charlas, más o menos refundidas para evitar las repeticiones, y que estos textos tienen importancia para mí únicamente en la medida en que son transmisores de mis sentimientos personales de gratitud y afecto hacia mis amigos los catalanes. 1. ¿Puede hacerse la historia de un país sin simpatía? La pregunta, que me fue formulada de esta manera: ¿Puede hacerse la historia de un país sin simpatía?, me sorprendió, me interesó, pero reconozco que es una pregunta difícil, porque cada una de sus palabras plantea un problema fundamental. 1 1 0 PIERRE VILAR Primer problema: ¿Qué es "hacer historia de ... "; es mucho menos simple que pretender únicamente "hacer historia". /' Segundo problema: ¿Qué es "un país"? De hecho la palabra es cómoda cuando uno no se atreve a decir "nación", y cuando no se puede decir "estado". Estoy estudiando desde hace cincuenta años este juego lingüístico y no estoy seguro aún de haberlo agotado por completo. Tercer problema: ¿Qué es la "simpatía"? "Sufrir con...", "estar a gusto con...". Esto es válido para las personas. Pero, ¿qué es "sufrir" o "estar a gusto" "con un país"? Existen, es verdad, días privilegiados en los que un fenómeno de unanimismo puede hacernos creer en una unanimidad, en la personalidad de un grupo. Pero, ¿puede hablarse de "simpatía" hacia un grupo en sí? Oi con mis propios oidos cómo en una reunión restringida de historiadores, Juan XXlIl decía en francés al delegado español: "dicen que no quiero a España; no es a España a quien yo no quieroJ'. Eran los tiempos del franquismo. A la salida de la audiencia se nos recomend6 "NO COMMENT". Pero esto es ya antiguo y se puede olvidar esta recomendación. ¡Qué lección de historia! Así pues centraré la primera de mis reflexiones sobre este último problema: la "simpatía". El asunto tiene relación con la más vieja discusión alrededor de la historia: la exigencia de una objetividad, la evidencia de una subjetividad por parte del historiador. Quiero evocar al respecto, mis recursos de estudiante, y también un diálogo entre Henri-lrénée Marrou y yo que tiene relación con nuestro problema. En primer lugar mi más antiguo recuerdo de la Sorbona. Se remonta a 1925. Se nos había aconsejado asistir a unos seminarios de orientación, en los que podríamos encontrar algunas ideas para investigar, algun día. Esta fue mi ocasión de escuchar a dos hombres, especie de símbolos, cada uno en su generación, de dos actitudes ante la historia: Charles Seignobos, teórico (más que practicante) de una estricta objetividad positivista, y Albert Mathiez, temperamento volcánico, practicante (en absoluto teórico) de una historia apasionada, proclamador de "simpatías" y "antipatías". Las clases de Mathiez eran una representación del mejor teatre. Pese a su culto a Robespierre, sabía encarnar a Danton mejor que Depardieu. Ciertamente yo le admiraba, pero seguía desconfiado, inquieto. Ante Seignobos no hubo duda. Me irritó desde el primer momento. Nos decía: jóvenes, vais a elegir un tema de estudio; ante todo, ¡que no os guste! Porque si os interesa es que teneis alguna visión preconcebida de él, y no lo trataríais como historiadores. La idea de consagrar mi juventud, tal vez mi vida, a alguna cosa que me resultara indiferente, me horrorizó. Reaccioné contra Seignobos así, sin haber sufrido la más minima influencia de lo que llamarían posteriormente "la escuela de los Annales", adversaria sistemática de una historia del "pe- RECUERDOS Y REFL.EXIONES SOBRE EL OFICIO ... 11 ~ queño hecho real". Quiero decirlo porque, con demasiada frecuencia se clasifica a la gente a partir de las "influencias". Los "Annales" han influido sobre mí más tarde, pero siempre a partir de mis propias elecciones. Ellos cristalizaron y determinaron aspiraciones comunes. El hecho de que un puro relato político, por reinos o ministerios, merecía poco el bello nombre de "Historia" éramos muchos los que lo pensábamos. No juraría, sin embargo, que Seignobos lo ignorase. Y, a la inversa, Mathiez podía caer él mismo en esta crítica; practicaba también lo "politico en primer lugar". Los enfrentamientos individuales que nos contaba oponían a gigantes. Pero al fin y al cabo eran hombres: buenos, malos, inocentes, culpables. Anticipándose al tiempo era la historia televisada, tribunal retrospectivo. No obstante yo adivinaba a veces los telones de fondo de sus mejores representaciones. De hecho, él lo sabia todo sobre el siglo XVIII, sobre el feudalismo agónico, sobre los efectos de una inflación, sobre las bases psicológicas (si no psicoanaliticas) de un Terror, sobre la interpretación l durkeheimiena de los cultos revolucionarios. He sabido más tarde, con Georges Lefevre y Albert Soboul, cómo Mathiez había soñado con "una historia total", una historia de la que ni el juicio ni la "simpatía" estarían ausentes, pero en la cual la "objetividad", que no se encuentra nunca en las almas, sería buscada en las cosas. Un cuarto de siglo después de este tiempo de iniciación, durante los años 50, me pareció (diré por qué) ver más claro dentro del juego sutil entre la subjetividad del historiador y la objetividad de la historia. Un día me invitaron, de forma ocasional y para una revista desconocida, a analizar conjuntamente, para oponerlos, dos trabajos recientes. Uno de ellos era abiertamente partisano -comunista en todo casoy trataba sobre los duros años 1938-1939, sobre Munich y el pacto germano-soviético. El otro daba cuenta de una serie de memorias de personalidades alemanas, publicadas en la atmósfera de la más inmediata postguerra. En el primero, a partir de una posición clara, encontré proclamada una sólida construcción: análisis de la crisis económica de los años 30, los subsiguientes dramas sociales en diversos países, psicología de las clases populares y psicología de las masas (no hay que confundirlas), psicología de las clases dirigentes, expresada de manera diferente por sus diversos "medios" (también en este caso hay que describir con "delicadeza"); a partir de tales observaciones a todos los niveles, los "acontecimientos" y las "decisiones" ocupaban su lugar en una lógica. Nada impedía contestar un comentario, una conclusión. Pero las cosas estaban claras. El otro trabajo, que no se basaba más que en los propios memorialistas, evidentemente preocupados por buscarse coartadas en el seno de la aventura hitleriana, tocaba un gran problema sin planteárselo; este problema era la ambigüedad de las relaciones, en 12 PIERRE VILAR la cúpula del tercer Reich, entre las clases dirigentes tradicionales y la mentalidad del régimen, a menudo de origen plebeyo, ambigüedad que conllevó seguramente dramas íntimos; hacer comprender estos dramas era un hermoso tema de historia; pero alinear unos textos sin comentarlos, con el pretexto de la objetividad, era, de hecho, cubrir los argumentos con una mala conciencia de clase: 1) Al no plantear el problema en sus términos generales, 2) Al disimular las propias simpatías (o encegándose en ellas) el historiador en apariencia más objetivo, engañaba al lector más que representaba el papel de historiador "partidario". Aproveché pues esta confrontación para distinguir, en los historiadores, tres actitudes posibles: l) Llamarse objetivo cuando uno se sabe partidario, es deshonesto. 2) Creerse objetivo cuando se es partidario, es tonto o ingénuo, con diversos grados de ingenuidad. 3) Saberse partidario (porque todo el mundo lo es en mayor o menor grado) y explicar claramente cómo esto ha orientado los análisis, dejando al lector el cuidado de apreciarlos. No renuncio a esta clasificación que podría sernos útil para plantear el problema de las "simpatías". Pero quizás no lo hubiera recordado de no haber sido citado -y además como un peligroen un libro que ha hecho época entre los ensayos de definición "sobre el conocimiento histórico". Se trata del libro así titulado de Henri-Irénée Marrou. Tengo que precisar que Henri Marrou, entre 1 925 y 1929 fue, junto con Alphonse Dupront y Jean Bruhat, mi compañero de estudios y que la diversidad de nuestras cuatro personalidades determinó fuertemente nuestra formación. Creo que no lo hemos olvidado nunca. Por eso en 1954 me sentí a la vez sorprendido, apenado y divertido al encontrar en Sobre el conocimiento histórico la clasificación que acabo de recordar sobre las posibles actitudes del historiador (algo deformada sin embargo) acompañada de la siguiente nota: "defensa inteligente y sincera" pero, por esto mismo (Vilar es un antiguo compañero y he de ser franco con él) aún más deprimente. Salté sobre el teléfono (o la máquina de escribir, ya no me acuerdo) y dije a Marrou: oye, somos lo bastante buenos amigos como para aceptar que si uno de nosotros descubre en el otro una hipocresía o una tontería (¿hay alguien que no cometa nunca alguna?) lo proclame abiertamente, ¡pero no entiendo cómo puede considerarse "deprimente" algo que se estima "inteligente" y 'SinceroJJ simultáneamente! Finalmente nos reímos. Pero el incidente tenía su sentido. Marrou había creído que yo hacía un elogio del historiador partidario cuando en realidad yo denunciaba sobre todo el tomar partido de una manera disimulada o inconsciente. Ahora bien, esto le molestaba porque su libro se unía apasionadamente a todos los subjetivismos extraídos de I RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... 13 las filosofías alemanas de la historia (a pesar de todo su adhesión es menos caricaturesca que la de Raymond Aron, gracias a una verdadera experiencia como historiador). Si se admite la presencia, en el corazón de la historia, de lo existencial del historiador, es muy difícil rechazar el derecho a una crítica existencial de la obra histórica. Yo me había limitado a ejercer esta crítica porque prefería una elección reconocida que una elección disimulada o inconsciente. Y he aquí que Marrou me suponía una "ética de la verdad" que, sin embargo, no podía buscar en un trivial positivismo (igual que yo, él también había reaccionado ante Seignobos). En el fondo teníamos que volvernos a encontrar. En el curso de los años 60. menos apasionados, publiqué Catalunya en la España moderna, que se inicia (verdaderamente no es lo habitual) con sesenta páginas de introducción, y donde por una parte refiero las etapas de mis descubrimientos metodológicos y por otra las del descubrimiento de mi objeto. Había tenido un gran interés en contar la experiencia vivida, que había sido el punto de partida, para remontar luego, en una senda retro-spectiva (me gusta cortar esta palabra para darle todo su sentido) hacia el pasado catalán más lejano. Afirmaba así que el historiador, como cualquier sabio, crea su objeto y por otra parte que el historiador se sitúa en la historia, está completamente dentro de su tiempo y el tiempo está en él. Al decir esto no tengo ninguna pretensión de originalidad. Estas cosas se han dicho a menudo. Pero lo que yo había ofrecido era una aplicación, un caso vivido, de unas afirmaciones a menudo demasiado abstractas. En otra ocasión Marrou se entusiasmó, feliz seguramente por poder conciliar, esta vez, su amistad y su visión de la historia. Citando profusamente las primeras páginas de mi libro, hizo de mí el heraldo (h-e-r-a-1-d-o) de una historia subjetiva, existencial, preocupada por la reflexión sobre ella misma. Y lo hizo en un "homenaje a Raymond Aron", sin que nunca haya posido saber si lo había hecho con una intención humorística. Considero de mayor consecuencia que haya transformado la parte de este artículo que me concierne en apéndice de la sexta edición del libro Sobre el conocimiento histórico. ¿Confesaré que todo esto, a pesar de los pesares, me inquietaba un poco? ¿Había practicado, sin desearlo expresamente, una investigación inspirada por una pura exigencia "e~istencial'~? ¿No era ello contradictorio con el conjunto de métodos que aplicaba: análisis económicos, recurso a un aparato estadístico, frialdad de "un materialismo histórico" al que invocaba sin dudarlo? No temía demasiado las contradicciones en el seno de la obra, porque ha creído en la profunda unidad de los fenómenos vitales, materiales y espirituales, y en que el único peligro estaba en separarlos, si se quería comprenderlos bien. El problema residía en los orígenes de mis pasos y de mi eleccíón: ¿Por qué, de lo que había previsto como punto de partida -una simple descripción concreta de los fenómenos económicos contemporáneoshabía pasado a desear entender el "Hecho catalán", la "personalidad" catalana, a través de la historia clásica y de la larguísima duración? ¿librándome a esta especie de autobiografía intelectual que abría mi libro, habría quizás omitido lo esencial, el porqué íntimo de mi interés? La autobiografía es un tema, no me gusta decirlo, de moda -este término procuro evitarlo porque es simultáneamente demasiado desdeñoso y demasiado seductorque parece preocupar mucho a los crítico~. Digamos que esta preocupación forma parte de nuestra coyuntura intelectual, noción que se usa demasiado poco. Autobiografía de los grandes, Chateaubriand o Rousseau, autobiografía de los humildes, de "los que escriben" autobiografías habladas, reveladas por los medias. ¡Cuántos temas de meditación para los críticos, los lingüistas, los psicoanalistas que se preguntan si "yo soy otro". ¿Puede esto dejar indiferentes a los historiadores, que han practicado siempre una "crítica de testimonio" y que sienten cada vez mayor placer por "la historia oral" y por "la teoría de las neutralidades"? He oído hablar muy poco de autobiografía de historiadores capaces de orientar nuestras reflexiones metodológicas en la medida en que la historiografía refleja la historia. Hace algunos días, en la Sorbona, ha sido defendida una tesis sobre Mariano Moreno, iniciador de la independencia argentina. En principio había desa'consejado el tema, mil veces tratado. Pero la autora, una joven historiadora argentina muy inteligente, me dijo: criticaré la bibliografía. Con esta base ha realizado la mejor historia de la Argentina contemporánea que recuerde haber leído, ya que todos los episodios de esta historia habían ofrecido su visión particular de Moreno. Ocurre que durante mucho tiempo, en Francia, la desaparición del autor ante su tema, se ha considerado como un valor deontológico. Por ello me interrogué, con temor, cuando publiqué Gztalunya ... sobre la acogida que recibiría mi exposición introductoria. Sabía, por ejemplo, que Lucien Febvre detestaba los prefacios largos: trate el tema, solía decir, después ya veremos. Le enseñé, por probar, el manuscrito de mi introducción; su reacción fue muy favorable, lo cual me tranquilizó, en el sentido de que Lucien Febvre, que detestaba la teoría, quería que le plantearan problemas (desgraciadamente no he tenido tiempo de saber su opinión sobre la obra terminada). Pero cuando la obra se publicó, no faltaron colegas que me dijeron (o que me hicieron comprender): si hay que explicar la vida cada vez que se escribe un libro, ¿en qué se convertirá nuestro trabajo? Pues existe el pudor, la desconfianza, la pereza ... Dicho todo esto, ¿en qué medida puedo esperar que mi examen de conciencia de 1962 ilumine el problema que ahora nos planteamos: la relaciones entre simpatía, país e historia? RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... 15 Me vi en la situación, por que me lo pidieron, de releer la recensión que Fernand Braudel hizo de mi libro. Hice bien porque surge, precisamente, la palabra 'kimpatía". Braudel me atribuye "una doble o triple curiosidad; necesidad de saber, movimiento del corazón, simpatía humana...". Y añade: "aplaudo esta última noción". No me ha extrañado en un hombre que, como primera frase de un libro célebre, escogió: "Me ha gustado mucho el Mediterráneo". Pero, jun país es un paisaje? En principio quizás, pero no solamente. LES acaso una región? Braudel, en otro pasaje escribe: Pierre Vilar "se ha vuelto tan ardientemente catalán como Lucien Febvre ha sido del Franco Condado toda su vida". Es verdad -en ocasiones me ha divertidoque el hecho de haber nacido en Franche-Comté, de tener allí su casa, sus raíces ha marcado profundamente la personalidad de Lucien Febvre. Confesaba que si prefería Proudhon a Marx era ¡porque el primero era su compatriota! Y su origen está muy presente en su primera gran obra: Felipe II y el Franco-Condado (Franche-Comté). A menudo Febvre ha utilizado la categoría histórica nacionalidad provincial, que hay que entender como sigue: nación en potencia, fundamento posible de una nación cuya historia confirmará o no la cristalización decisiva, la capacidad de erigirse en Estado. Estas sugerencias me han ayudado mucho. En cambio, en lo que concierne a mis sentimientos personales, jcómo habría podido experimentar por Catalunya un sentimiento de pertenencia, un patriotismo carnal? No soy catalán. No puedo cambiar los hechos. Mi afecto por este país -conservemos por el momento la palabra imprecisaha sido adquirido, es de otra naturaleza. Aún menos puede asimilarse a un efecto "nacional", en el sentido que podria decirse "sentido 1900" o mejor "sentido 1914": la solidaridad experimentada con un estado-nación amenazado, quizás invadido y que forma bloque ante un peligro. Ahora bien, Braudel sugiere esta asimilación, con una comparación que no me honra menos que la hecha con Lucien Febvre, pero que peca igualmente por la naturaleza de los sentimientos que me son atribuídos: "Para Pierre Vilar Catalunya es un universo en sí, como la gloriosa BClgica (incluso demasiado gloriosa por demasiado amada) de Henri Pirenne." Sabemos que Henri Pirenne escribió su Historia de Bélgica en cautividad durante la guerra de 1914. Pero quiero recordar también que, en otra cautividad, yo escribí una "historia". Pero no es ni una "Historia de Catalunya" ni una "Historia de Francia". Es una "Historia de España". Quizás valdrá la pena volver sobre este punto. Pero la comparación con Pirenne no tiene sentido. El tipo de pertenencia no es el mismo. Yo no he servido nunca con el uniforme español. Y no hay ejército catalán. 16 PIERRE VILAR Insisto en las distinciones sobre la naturaleza de las pertenencias. Sucede que se me asimila (no me molesta pero,no se ajusta a la realidad) a los que han emprendido reflexiones sobre Catalunya a partir de su catalanidad. En uno de mis recientes seminarios debió escapárseme una frase demasiado "simpática" hacia la comunidad catalana, y uno de mis oyentes dijo irónicamente: "se ve bien que usted se llama Vilar". Lo fastidioso, para el silogismo, es que mi nombre, si he de creer lo que me decía mi padre, deriva de un error de ortografía bastante reciente, de estado civil. Quizás me ha abierto algunas puertas, pero no se encuentra en el origen de mi vocación. Todo esto me ha llevado a preguntarme si mi ensayo autobiográfico al inicio de Catalunya ... había sido lo suficientemente bien leído como para haber sido útil. Porque yo había sentido sobre mí total ignorancia, en el punto de partida, no sólo de la "cuestión catalana" en política, sino también de la propia Catalunya, de sus paisajes, de sus gentes, de su historia. Vine a Barcelona, en 1927, para una tarea precisa y determinada, de la que espero únicamente haber salido honestamente en los límites de mis capacidades de principiante: evaluar, describir concretamente, a golpe de mapas y de estadísticas, un "polo de desarrollo" industrial, no ya "catalán" sino barcelonés. He de añadir que la elección de una investigación "geográfica" -hoy se diría "económica"- derivaba precisamente de mi rechazo instintivo de una historia demasiado política, demasiado individual e incluso demasiado "nacional7' en el sentido clásico de esta última palabra. Mis pasos excluían por adelantado cualquier noción de "simpatía". Mi maestro Albert Demangeon me había aconsejado: isobre todo evíteme cualquier consideración sobre la "psicología de los pueblos", no venga a decirme que los barceloneses son trabajadores por temperamento! A pesar de ello tuve que reconocer enseguida que quien más influiría sobre la problemática de mi trabajo sería Carles Pi i Sunyer, autor de L 'aptitud economica de Catalunya, afortunadamente no me vi forzado a elegir entre la prudencia del geógrafo y las consideraciones nacionalistas de esta obra, porque tales consideraciones eran muy inteligentes. Sin embargo todo ello me llevó a preguntarme por qué un hombre como Pi i Sunyer, buen economista de su tiempo, muy al día en asuntos económicos debido a su cargo de secretario de un grupo patronal del ramo textil, amante de la acción (lo ha demostrado posteriormente), sentía la necesidad de plantear sus problemas familiares sirviéndose de un vocabulario nacional, personificando "Catalunya" y recorriendo a la historia. Mi propia problemática, a partir del momento de esta pregunta, tomaba una dirección nueva. Dicha problemática la he incluido en el subtítulo de mi obra: investigaciones (esto indica que no pretendo haber concluído mi labor) sobre los fundamentos económicos (esto indica que me he mantenido RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO... 17 fiel a la hipótesis de la primacía de lo económico, no en la jerarquía de los fenómenos, sino en la génesis de los procesos), de las estructuras nacionales (esto significa que mi intención principal no ha sido la de explicar, y aún menos la de justificar, el fenómeno nacional catalán, sino la de situar el hecho catalán como un caso revelador): revelador del desarrollo desigual en el seno de la península Ibérica, revelador de las diferencias de estructura entre el estado español y el francés, revelador de las relaciones entre los diversos tipos de desarrollo económico y las aspiraciones de las diferentes clases sociales. Y que quede claro que esta empresa de historia comparada no significa en absoluto una magnificación hegueliana de los éxitos, una justificación del orden existente; a partir de la constatación "las cosas han cambiado", se puede concluir "las cosas cambian" y en consecuencia "las cosas pueden cambiar". He repetido con frecuencia que este aspecto teórico de mi trabajo -ciertamente inacabadono ha tenido demasiada resonancia en Francia, donde continúan confundiendo alegremente "estado" y "nación", y donde la "Hueva Historia" nos arrastra por Mares y Océanos, y de los "Centros" a las "Periferias", mientras que la etnología es por naturaleza una ciencia que parte de una lógica de las formas. Inversamente, en Catalunya, me han adoptado amablemente, porque no dudaba en plantear "el problema catalán". Y esta oposición de actitudes apunta hacia otro campo de reflexión en torno a la historia: esta vez sobre la recepcidn de la historiografía. Curiosamente Fernand Braudel ha señalado mi razonamiento teórico, aunque sólo de pasada: "ver las etapas del fenómeno-nación ... como una evolución psicológica que se determina según el equilibrio variable entre la pluralidad de clases sociales, las cuales darían su color a la nación, a la vez permanente y cambiante ..." Estoy de acuerdo, a grandes rasgos, en la fórmula. Pero he omitido voluntariamente, en la cita, un incidente que la matiza y que afecta directamente a nuestro problema de hoy: "(ver las etapas del fenómenonación) como cristalizaciones sucesivas, es casi hablar en el mismo tono en que Stendhal definía el amor". 2 Y por qué no? El patriotismo es una pasión, que compete a la psico-sociología e incluso al socio-psicoanálisis. Sin abonar todas las tesis de Wilhelm Reich, recordemos que una canción antimilitarista de Montéhus dice: "la patria es ante todo tu madre, la que te ha dado el pecho ..." Y, en cuanto al historiador extranjero, 'kimpatia", es tal vez, después de todo, una palabra débil. Estoy dispuesto a que mi aventura con Catalunya sea una historia de amor. Pero sólo existe amor hacia las personas. Eso es lo que Braudel ataba sugiriendo, en un pasaje que me siento orgulloso de haber reencontrado tras 15 años de olvido, pues ocupa un lugar destacado, refirién- 24 PIERRE VILAR nio a interpretar. El mejor conocedor de un hombre no es necesariamente él mismo. Lo que me parece más conveniente es la explotación de la noción "com~nión intelectual" (o mejor "espiritual", el término es más amplio). Recientemente intenté realizar un dibujo rápido del marxismo en el espíritu de diversas generaciones de intelectuales (no me referiré al movimiento obrero, que es un problema diferente). Recordé que en 1900 Léon Blum declaraba que la metafísica de Marx era de una pobreza notoria, y que su "doctrina económica" (la palabra "teoría" parece ignorada) se derrumbaba con el tiempo. Sin embargo, al principio de los años 20, la revolución ("este gran resplandor al Este") dio nuevamente al marxismo una excepcional actualidad intelectual. Luego vino un nuevo ensombrecimiento. Silencio organizado. Pero vivimos a lo largo de los años 60, un tiempo en el que Althusser parecía un profeta. No quiero calificar eso como "efecto de moda", pese a que Raymond Barre, personaje importante, haya declarado recientemente que había estudiado a Marx (a través de Sweezy) "porque estaba de moda". Esto me ha parecido irritante. No, más que de "modas", se trata de expresiones sucesivas de los miedos y de las esperanzas colectivas. Los medios intelectuales no quedan al margen de los fantasmas de clase. En 1953, en el episodio llamado de la "guerra fría", al que ya me he referido antes, un ministro francés de asuntos exteriores, como mucho agregado de historia, anunciaba, en un salón, a sus interlocutores (uno de ellos me lo contó) que los rusos estarían antes de 15 días en la frontera de los Pirineos. Eran los tiempos en los que se decía que los optimistas hacían aprender ruso a sus hijos, y los pesimistas chino. Se sucedieron periodos de tranquilidad y nuevas crisis, en ocasiones debidas a sucesos menores, más localizados. El día de la elección de un presidente socialista en Francia, en 198 1, un colega historiador de la Universidad de París (no diré su nombre), declaraba: "como mínimo perderé mi cátedra y acabaré sin duda en gulag". No puedo decirle, sonriendo, que por un tal contrasentido sobre las consecuencias de un suceso, merecería efectivamente perder su cátedra. Pero esta irrupción de lo irracional puede muy bien influir en la historiografía. Lamento con frecuencia no tener el temperamento -y el talentode Josep Fontana cuando denuncia tales errores en el seno de tal escuela histórica. El tono de sus malos humores me recuerda con frecuencia el de Febvre y el de Marx. No es demasiado peligroso, si el lector toma conciencia de ello, que tal o tal estructura del mundo, que tal o tal suceso, aporta un color particular a las obras históricas que le son contemporáneas. Es normal que la visión que el historiador tiene de la realidad pasada esté RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... 2 5 marcada por la visión que tiene de su tiempo. Lo que sí es grave, y puede volverse muy peligroso, es cuando la palabra "visión", que he empleado en el sentido modesto de "manera de apercibir las cosas", de "ángulo de toma" en el sentido cinematográfico de la palabra, corre el riesgo de tomar el sentido patológico de aceptación de lo imaginario. Sucede que algunos historiadores tienen "visiones" a veces. El impacto del inconsciente (en especial del inconsciente de clase) sobre la utilización de las palabras por parte del historiador, es menos amenazador, pero quedá siempre patente, en particular en todo lo referente a asociaciones de palabras. Hace tiempo que hice observar que en el "despotismo ilustrado", algunos apreciaban o refutaban la palabra "despotismo" mientras que otros apreciaban o refutaban (más o menos conscientemente) la palabra "ilustrado". Lo mismo sucede con las palabras de "revolución burguesa". Algunos parecen decir: "burgués" de acuerdo, pero no hablemos demasiado de "revolución". Este último término posee un extraño efecto de rechazo por el conservadurismo instintitvo en la misma medida en que presenta, para otros espíritus, una atracción romántica. Es un fenómeno que he tenido numerosas ocasiones de observar en el curso de los años 60. Pienso en primer lugar en mi amigo añorado, Albert Soboul. Nadie sabía mejor que él que si bien la Revolución Francesa puso en la palestra las tres palabras "Libertad, igualdad, fraternidad", no era posible hacerlo más que en la medida estrecha en que el modo de producción capitalista organiza su aplicación. Es verdad. Esto no implica que estas palabras conserven su fuerza, y han servido, durante el episodio revolucionario, para eliminar opresiones, para abrir nuevos caminos a la sociedad. Es por ello que Soboul eligió estudiar la Revolución Francesa (estas elecciones tienen siempre un sentido), y la llamaba complacido "nuestra madre de todos". El sabía que no se trataba de una "revolución burguesa", y que en aquella fecha no podía surgir ninguna otra revolución. Pero él se sumaba instintivamente a la acción de aquellos que, en el instante histórico en que habían vivido, habían seguido la vía revolucionaria. Por el contrario he asistido, en la siguiente generación de jóvenes historiadores, al fenómeno inverso, al retorno del rechazo burgués de las revoluciones. Tuve ante mí, en los tiempos en los que di las primeras lecciones en la Sorbona, a una brillante promoción de jóvenes historiadores llamados Denis Richet, Francois Furet, Jean Chesneaux, Jacques Ozouf, Jacques Chambaz, Emmanuel Le Roy Ladurie. Y todos -absolutamente todosme habrían obligado de buena gana, en este comienzo de los años 50, a citar a Stalin diez veces por hora. Yo no tenía inconveniente en hacerlo cuando una cita de Stalin podía aclarar algún pun- 26 PIERRE VEAR to. No creo haberlo hecho nunca para satisfacer al imaginario del momento. Sin embargo, en 1956 estos chicos se dieron cuenta de que una revolución es una cosa seria, trágica, sangrienta, y no se impone sin lastimar ciertos intereses y con frecuencia también a los hombres. Y pronto dominó en ellos el reflejo del miedo. Richet y Furet llegaron a decir, en una nueva obra sobre la Revolución Francesa, que este episodio de la Historia de Francia, en el fondo más atroz que glorioso, habría podido evitarse. Es verdad que las guerras y las revoluciones "podrían evitarse" ... si los hombres fueran razonables. Lo triste es que no lo son; en el sentido de que un interks amenazado rechaza por principio aquello que lo amenaza, antes de verse obligado a cederlo por un acto de fuerza. La Revolución Francesa, explican Richet y Furet, empezó bien y acabó mal. En un momento dado de su recorrido, "derrapó", tendió a sobrepasar los límites de una revolución burguesa. "Derrapó".como un vehículo mal conducido. Y, ¿por qué no preguntarnos si el vehículo tenía algun vicio, o si la carretera resbalaba, o estaba deteriorada desde hacía tiempo? Al contrario, en lugar de intentar explicar lo que ocurrió, pretendiendo establecer "lo que habría podido" o "habría debido" suceder, Furet acabó "derrapando" de los inteligentes análisis de Tocqueville, hacia las tonterías reaccionarias de un Augustin Cochin, típicamente "siglo XIX, lo cual no es demasiado "nueva historia". Ante esto me vuelvo hacia mis "viejos maestros", hacia la forma en que Albert Mathiez sabía elegir la frase típica cristalizadora de las angustias, pequeñas y grandes, de una revolución -como la de aquel cura de pueblo que, tras haber votado con entusiasmo (y bajo el efecto del "Gran Miedo") la supresión de la décima, escribía a un amigo: "toda mi euforia se ha transformado en tristeza desde el 4 de agosto". Eso es historia viva; pero no me hace renunciar al rigor de las demostraciones más teóricas, a la obra de un Labrousse capaz de sugerir, estadísticamente, cómo una revuelta de los más pobres puede llegar a imponer soluciones revolucionarias a las luchas de clases combinando las contradicciones coyunturales y las contradicciones estructurales. Eso sí que fue "historia nueva". Y no un retorno a los lamentos de las clases frustradas del siglo pasado, despertadas por el miedo de las clases privilegiadas de hoy. Es posible que el fondo del problema, cuando tratamos de examinar las actitudes profundas de los intelectuales, y por tanto de los historiadores, consista en preguntarse: la aspiración natural al progreso humano, en tal o tal personaje, ¿predomina sobre el miedo a los sacrificios probables que implicaría para él este progreso humano? La noción de "progreso" es frecuentemente acogida, hoy, con escepticismo. Me ha divertido con frecuencia, en la España de los últimos tiempos RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... del franquismo, el calificativo de 'brogreso" irónicamente a veces, pero aplicado benévolamente a una "inteligentsia" de buena voluntad: toda una categoría. Pues en fin, la gente se pregunta cada vez más en España y en el mundo, qué es lo que hay que entender por "izquierda" y por "derecha". Recibí hace algunos años, de parte de una especie de sociedad de pensamiento, entre jóvenes fundada en Madrid, la resención de un coloquio organizado sobre el tema ¿qué es la "izquierda"?, ¿qué es la "derecha"? Y justo al mismo tiempo, la "Sociedad de historia moderna francesa" me invitaba a una conferencia de René Rémond, historiador dedicado a la "politología", que llevaba por título: ''¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Distinción o pura visión del espíritu?". La primera parte de esta conferencia, un estudio histórico, fue excelente (era de esperar de René Rémond, autor de estudios muy buenos sobre "la derecha en Francia"). El análisis de actualidad, que concluía en una casi indistinción, me convenció menos. El viejo maestro Labrousse, siempre tan dinámico, protestó: la distinción, dijo, existe desde siempre; puede perder en ciertos momentos una parte de su sentido en las clasificaciones partidistas; pero permanece como orientación profunda en el sentimiento íntimo de cada hombre: "movimiento" y "resistencia", se decía en el lenguaje del siglo XIX; instintivamente, siguiendo sus orígenes, su formación, su temperamento, más que por su "ideología", un hombre desea ver cambiar las cosas, otro tiene miedo de verlas cambiar. "Izquierda" y "derecha" existen y no son fruto de la imaginación. Otra cosa es el hecho de constatar que muchos hombres son revolucionarios a los 20 años y conservadores a los 30. Simplemente han reencontrado su instinto profundo. Un asunto diferente es tambien observar en qué se convierten, al aplicarlos, los programas que llevan etiquetas. En este punto cabe preguntarse a veces si la cosa más difícil del mundo no es distinguir su izquierda de su derecha. Labrousse tenía razón: en el fondo de las conciencias está la "resistencia" o el "movimiento". Y no sería difícil demostrar que ello conduce a dos historiografías. Dos cuestiones cabe plantearse aún: la historiografía de los que desean "el movimiento", ¿ayuda a dicho movimiento? Fontana, en su última obra, muestra a este respecto un cierto desencanto. Pero creo que eso es pasajero; no se puede renunciar a creer que practicando una historia inteligente, explicativa, por lo menos ilustrativa, se ayuda al progreso de la humanidad, cualesquiera que sean las sorpresas que pueda traer ese movimiento (y salvo que se acabe en catástrofe total). Por el contrario, no creo que sea factible hacerse demasiadas ilusiones sobre la extensión de la influencia de una buena historia razonada. Tal vez es a nivel de la enseñanza donde cabe la esperanza de habituar los espíritus a no ceder ante los minutos, a criticar mejor a la prensa. 2 8 PIERRE VILAR Pero, en el combate por una mejor comprensión de lo que sucede a nuestro alrededor, ¿podemos, conscientemente, utilizar la historia como "arma"? Esta palabra la pronunció Moreno Fraginals, historiador (un gran historiador) cubano, de quien el mismo Fontana ha presentado una recopilación de artículos. La historia es un arma, dice, en el combate social de todos los días, y en el combate nacional de los países oprimidos por los imperialismos. Pienso ante todo que una vez más el artículo de Moreno Fraginals debe ser situado en su contexto: data de los primeros tiempos de la Revolución cubana, no muy lejos de la fecha de Playa Girón, y está dedicado a Che Guevara. Moreno Fraginals critica tres temas clásicos en la historiografía cubana corriente: el antiespañolismo, el soslayamiento del problema de los negros, y la atribución a la burguesía de la creación de la nacionalidad cubana. Es cierto que en la renovacián del pensamiento cubano a partir de la Revolución, la condena crítica de ciertas verdades establecidas está justificada: condenar el imperialismo español cuando la amenaza cotidiana proviene del imperialismo yankee, es una posición retrógrada deformante; no dar a los negros el lugar de primer orden que les corresponde en la historia de Cuba, es una supervivencia racista; en suma, decir que la burguesía creó la nacionalidad cubana no es falso de por sí, pero está desfasado, pues desde las guerras de Independencia de 1868 y 1895, y posteriormente en la última revolución, las capas más humildes de la población han tomado el relevo de la burguesía, siguiendo un esquema marxista que figuraba ya en "el Manifiesto". Este programa crítico es quizá "un arma", pero en realidad es simplemente el arma de la verdad. Substituir una historia mejor pensada a una historia peor pensada (incluso si ha sido justificada en un momento anterior de la evolución), sería sólo realmente un "arma política" en la medida en que esté científicamente mejor elaborada. Al proclamarse "arma política" se expone a ser calificada de "desgraciada" por los seguidores del Marrou de 1954. Pero no creo que diciendo: insista sobre este punto, abandone tal tradición, se quiere decir, como muchos fingirán creer "verdad en este lado del Atlintico, error más allá". Si, en efecto, la lucha contra el imperialismo español, en América Latina, puede constituir un punto demasiado lejano, es posible que España, la glorificación a posteriori de este imperialismo, tenga un significado claramente definido: la nostalgia de los mitos franquistas. Es por eso seguramente por lo que he visto, bajo la pluma de Miquel Izard, una protesta contra la dimensión dada por anticipado al quinto centenario del Descubrimiento. No creo que sea cuestión de subestimar la repercusión mundial de esta gran aventura española: el problema es hacer un análisis razonado de ella, de no ocultar ninguno de sus defectos (corriendo el riesgo de denunciar de paso que los otros impe- RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... 29 rialismos estuvieron aún menos exentos de ellos). Así pues "la historia como arma" puede servirse de argumentos distintos en la Cuba de 1960 y en la España de 1980. Esto me recuerda otro incidente de mi vida profesional, que demuestra cómo, de manera oficial, la historia es considerada como un arsenal que, según los momentos, fuerzas diversas y cambiantes son llamadas a utilizar, o bien a neutralizar. En el curso de los años 1960, tras unos incidentes (historicamente significativos por sí mismos, pero que sería demasiado largo relatar) fui llamado a participar en una comisión franco-española de revisión de los manuales de historia. Desde hacía muchos años, la UNESCO había tomado la iniciativa de reunir comisiones "bilaterales" encargadas de corregir, o de eliminar, los textos nacionales de los manuales de historia susceptibles de sugerir (y en ocasiones de decir claramente) que tal nación vecina (o lejana) estaba compuesta por gentes sin Dios ni ley, peligrosos para sus vecinos, y especialmente para el país al que se da mayor relieve; en definitiva se esperaba reducir así la eficacia de "la historia como arma", en esta ocasión como arma de un grupo contra otro grupo. Se confiaba incluso, a base de indicaciones positivistas, en predisponer al afecto, a la "simpatia" de estos grupos entre sí. En el caso franco-español, como la comisión estaba formada por los mejores historiadores españoles, muchos de ellos amigos míos (Domínguez Ortiz, Artola, Ruiz Martín, etc.) no tenía ninguna dificultad en discutir con ellos; como yo era por el lado francés el único especialista de historia española, los demás me dejaron gustosamente llevar todo el peso de la discusión. El presidente era J.A. Maravall, perfecto interlocutor, pero que, por su situación, tenía que defender ciertas tesis oficiales. El casi-silencio de los manuales franceses sobre la España de los siglos XV y XVI fue puesto de relieve, y no lo encontré menos escandaloso que mis colegas españoles; hay olvidos históricamente absurdos. Cada pais debe ser lógicamente, situado en la perspectiva de cada momento. En cuanto a la colonización española, fueron encontrados, en algunos manuales, restos de "leyenda negra", alusiones a pillajes, masacres, al despoblamiento de las Islas, a los trabajos en las minas. Oficialmente la comisión española pedía la desaparición de estos pasajes. J.A. Maravall insistía, por el contrario, en que la existencia de Las Casas fuese señalada. Me pareció poder decir, con la mayor amabilidad, que era necesario elegir: o no se había producido ningún exceso hacia la población, y en este caso Las Casas estaba loco (después de todo esta era la tesis de D. Ramón Menéndez Pidal) o bien se hablaba de Las Casas como el primer anticolonialista, y eso implicaba reconocer los excesos. Lo único imposible era negar éstos y glorificar a Las Casas al mismo tiempo. Todo está ahí: analizar los fenómenos en todos sus aspectos, medir sus dimensiones, añadir detalles (Las Casas, 30 PIERRE VILAR defensor de los indios, estaba a favor de la esclavitud de los negros, lo cual, en su tiempo, era casi normal). Añadiré que estábamos, en las fechas de este encuentro, en plena guerra de Argelia. A causa de ello, no se me escapaban algunas sonrisas irónicas que se dibujaban. Y dije a mis colegas españoles: de la colonización francesa, escribid lo que queráis en los manuales; no llegaréis nunca a decir más de lo que yo desearía ver en los manuales franceses. En el fondo, si juntásemos lo que los manuales franceses tienen tendencia a decir del colonialismo de los otros y viceversa, tal vez conseguiríamos unos manuales capaces de hacer el bien. Algunos años antes, había formado parte de una comisión parecida, pero franco-alemana. Algunos proponían que se eliminasen los horrores de los ejercitas de Luis XIV en el Palatinado, y en las campañas de Napoleón, y que se hablase únicamente de la amistad de Heine cuando era niño por el tambor Legrand y sus bigotes de veterano. Un joven historiador alemán, el Dr. Peters (a quien debemos la más original presentación "sincronóptica" de la historia universal) se enfadó: ¡vamos! ¡vamos!, decía: "pásame a tu Napoleón y yo te paso a mi Hitler". Le aplaudí. La ocultación de las capacidades destructivas de los conflictos, de las responsabilidades de los hombres, no sirve ni a la historia ni a la paz. ' La mejor regla me parece la dada por Spinoza: intentar comprender. No para "perdonar" los horrores, sino para entender mejor por qué sucedieron. En vistas a ello quisiera enumerar algunas reglas elementales del "espíritu histórico": 1) No olvidar, no deformar nada y no aceptar sin verificación lo que afirma la historia oficial o la opinión mayoritaria. Desconfiar sobre todo de los "todo el mundo sabe...", "nadie ignora...". Dije un día en Toronto, en el curso de una conferencia sobre las crisis alimentarias de antaño, que dichas crisis existian aún en el siglo XX. "Por ejemplo la crisis de 1932 en Rusia", añadí. Un asistente se levantó, bastante agresivo, para decirme: "Pero hombre, todo el mundo sabe que la crisis de 1932 en Rusia fue debida únicamente a la colectivización". No niego que haya existido, entre colectivización e indigencia, efectos reciprocos, pero podemos observar en cualquier anuario estadístico la caída de 2 a 1 de todas las cosechas de trigo, en Polonia, Rumania, Bulgaria, en todo el Este de Europa, creo que debe tenerse en cuenta cuando se habla de Ucrania. Esta realidad no ha impedido el hecho de que, recientemente, en Le Monde, he podido leer: "Todos saben que no hubo durante aquellos años ninguna crisis meteorológica ..." 2) Es pues importante desmontar los mecanismos, conscientes o inconscientes, simples o complejos, por los cuales unos fenómenos naturales, o demográficos, o puramente económicos, se convierten en fenómenos sociales y despues políticos. "La imputación a lo político" RECUERDOS Y REFLEXIONES SOBRE EL OFIUO.. . 3 1 de hechos de otro orden, factor ignorado con demasiada frecuencia, y sobre el cual mi maestro Labrousse ha insistido tanto, es un elemento histórico esencial. El conde de Aranda lo decía ya en 1766: de la mala cosecha, el pueblo atribuye la responsabilidad al gobierno, "lo que es natural". Tras esto se esforzaba en demostrar cuáles eran los deberes de los gobernantes, ya sea para prevenir o para paliar las consecuencias de este doble fenómeno, por una parte natural y por la otra socio-psicológico. Lo mismo sucede frente a numerosos fenómenos; leía recientemente en un periódico francés de gran tirada y de público bastante popular: la mayoría actualmente en el gobierno en Francia, se pasó el tiempo, bajo anteriores gobiernos, negando la crisis general y acusando de ella a los dirigentes del momento. Reproche justificado. Pero el periodista olvidaba que su propio periódico, desde el cambio de mayoría, atribuía a su vez al gobierno todos los males de una crisis, en realidad general. No se trata de eximir a los sucesivos gobiernos de sus respectivas responsabilidades, sino de subrayar, como historiadores, que una "crisis general" debe ser analizada como tal, y -signo curioso de lo que es una actitud colectiva "dominante", "hegemónica"-, los gobiernos de signo opuesto terminan prefiriendo ser atacados como gobernantes, antes que oír condenar esta "abstracción": el capitalismo. 3) Tercer deber: evitar ser superficial en los análisis, o puramente verbal en las definiciones y no desdeñar justificarlas con descripciones concretas. Se ha hablado mucho, y sobre todo desde 1968, de los "aparatos hegemónicos del Estado" y, entre ellos, de la escuela primaria francesa de los primeros tiempos de la Tercera República. El análisis es en muchos casos bueno, y es verdad que esta República, encarnación moderna del estado-nación, se sirvió de un formidable instrumento de modelación de los espíritus. Pero, si quiero penetrar de verdad en este "aparato", nada vale tanto como el libro sin pretensión científica, especie de "album de familia" del francés popular de los años 1880-1900, ''¿Quien ha roto el jarrón de Soissons?" de Gaston Bonheur. Encontraremos ahí todos los textos, todas las imágenes que 40.000 escuelas, de pueblo o de barrio, han introducido en la memoria de los jóvenes franceses entre seis y doce años. iY qué digo de los textos y las imágenes! Añadámosle los poemas, las canciones y hasta la forma de redactar los problemas de aritmetica. Describir, sin duda, no es "explicar". Pero sí es ilustrar, hacer vivir el objeto de análisis. Pensaréis sin duda: Pierre Vilar ha venido a hablarnos de Francia, de su actualidad política y de la historia de sus escuelas, iy lo que nos interesa son las nuestras! Una primera justificación: tengo siempre un cierto miedo, un cierto escrúpulo, de sentirme indiscreto, cuando voy a un país que no es el mío, para hablar a mis amigos extranjeros, de cosas que les son propias. Incluso sin sentirme aquí del todo "extranjero", me horroriza parecer siempre dispuesto a juzgar o a dar lecciones. Recientemente me invitaron a ir a Girona para responder a la pregunta "¿Que és Espanya?" ante españoles. Dirán -y quizás era éste el motivo de la invitaciónque ya había hablado un poco del tema en un Congreso Internacional. Pero ¡cuidado! no iba dirigido a españoles. Se refería a "hispanistas", es decir a hombres cuyo oficio es reflexionar, desde diversos puntos de vista, sobre los problemas de España; yo dí el punto de vista de un historiador. En Girona se trataba claramente de una reflexión de actualidad de españoles sobre España. Podía, por supuesto, asistir, e incluso participar en ella. Pero no podía sin ser indiscreto creerme en el derecho de 'Tesponder a la pregunta". Dicho esto, mis amigos historiadores me han planteado varias preguntas tocantes tanto a su deber de historiadores como a la repercusión política de su actitud: por ejemplo a propósito de esta eventual participación en los actos del quinto centenario del Descubrimiento de America. Es cierto que esta celebración puede ser utilizada con fines ideológicos distintos, que dependen sin duda de la coyuntura del momento. Uno de los episodios más tragi-cómicos de este tipo de utilización tuvo lugar en 1944-45, cuando la exaltación de la comunidad hispano-americana contra los Estados Unidos, inspirada por la alianza alemana, se convirtió de repente, por el curso que tomaron los acontecimientos, en una exaltación de la comunidad "occidental", yankees incluidos. Ante este tipo de giros de opinión, el historiador, con justicia, juega el mejor papel: decir la verdad, analizar, ante los grandes episodios de la historia, lo que representa cada uno de ellos en cuanto a conquistas y progreso para la humanidad, pero también lo que implica de destrucciones, sufrimientos y peligros. He repetido con frecuencia que la educación histórica de los niños, de los jóvenes y de los hombres en general, jugaba un papel más negativo que positivo: por la necesidad de ponerse en guardia contra las presentaciones propagandistas, de luchar contra las falsas imágenes de la prensa y de la televisión (que los representantes de los mass-media no perdonan). Unas últimas palabras, a propósito de la fórmula empleada en la reciente controversia sobre el papel eventual del historiador, iniciada en L 'Avenc, revista a la que me siento orgulloso de rendir homenaje. La fórmula es de mi viejo amigo Josep Termes, que no ha podido estar entre nosotros, y hacia el que quiero expresar públicamente mi amistad. Dijo refiriéndose a los catalanes: "som molt poca cosa". Ante todo, jes eso verdad?, y, sobre todo, ¿tiene tanta importancia? En la historia del catalanismo se puede observar que Rubió i Ors, en plena mitad del siglo anterior, hacía una objeción de este tipo ante toda pretensión política de los catalanes. Inversamente, a final de siglo, Prat de la Riba pedía a los catalanes que fueran "imperialistas", que se considerasen "algo grande"; esto era muy típico de las pretensiones de gran- RECUERDOS Y,REFLEXIONES SOBRE EL OFICIO ... 33 deza de todos los "nacionalismos" de su tiempo. Pero, después de todo, ¿importaba tanto ser "poco" G "mucho"? ¿Como en la sociedad americana, en la que cada familia tiene por única preocupación ser "más" que la familia vecina? No he encontrado más que una comunidad nacionalmente satisfecha de sí misma: la República de San Marino. Por supuesto, eso no lo digo muy en serio, pero jen fin! el hecho de que esta comunidad medieval no haya sido atacada, porque era "poca cosa", ni por Napoleón ni por Hitler, da qué pensar. jLa libertad es mejor que "la importancia"! Cuando era pequeño, me enfadaba cuando leía en un diccionario que Nimes tenía más habitantes que Montpellier. Y si bien admito la importancia, dentro del simbolismo propio de las comunidades, del hecho de que el "Barca" es "més que un club", no creo que el orgullo de ser catalán dependa de sus victorias. Quiero decir que hay que encontrar signos comunitarios que no sean forzosamente evaluaciones por comparación. Hay que centrarse en los valores que lo son por si mismos. Catalunya posee suficientes de ellos para inspirar grandes afectos. Los signos de amistad que acabo de recibir en Lleida me lo confirman. No quiero insistir sobre este tema, para no parecer demasiado sentimental. Pero en fin, vosotros habéis sabido decirme, durante todos estos días, con mucha cordialidad, que os gustaría encontrar en mí algo más que un simple "intelectual". PIERRE VILAR Traducció: Cristina Sol6 i Castells Revisada per: M. Angels Santa i Banyeres