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Claret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma : aspectos de su espiritualidad y apostolado

Yetano, Ana, 1946-

Abstract

Sabido es que Claret ha sido un maestro decisivo en la formación y difusión de una cultura religiosa popular de vigencia permanente durante varias generaciones a lo largo del XIX y del XX, tanto en Catalunya como en el conjunto de España. Pues bien, el marco adecuado para estudiar su figura y las raíces de su concepción religiosa y su sensibilidad espiritual es el catolicismo definido en Trento y consolidado desde el siglo XVII. Sus maestros son directamente la Compañía de Jesús, los oratorianos y san Francisco de Sales. Pero, muy especialmente, su concepción de la misión interior es producto genuino de la reacción contrarreformista.

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Resumen Sabido es que Claret ha sido un maestro decisivo en la formación y difusión de una cultura religiosa popular de vigencia permanente durante varias generaciones a lo largo del XIX y del XX, tanto en Catalunya como en el conjunto de España. Pues bien, el marco adecuado para estudiar su figura y las raíces de su concepción religiosa y su sensibilidad espiritual es el catolicismo definido en Trento y consolidado desde el siglo XVII. Sus maestros son directamente la Compañía de Jesús, los oratorianos y san Francisco de Sales. Pero, muy especialmente, su concepción de la misión interior es producto genuino de la reacción contrarreformista. Palabras Clave: Antonio María Claret, Contrarreforma, catolicismo, época contemporánea. Resum. Claret des de la perspectiva de la història de la Contrareforma. Aspectes de la seva espiritualitat i apostolat De tots és sabut que n’Antoni Maria Claret ha estat un mestre decisiu per a la formació i la difusió d’una cultura religiosa popular de vigència permanent al llarg de diverses generacions durant els segles XIX i XX, tant a Catalunya com en el conjunt d’Espanya. El marc idoni per a estudiar la seva figura i les arrels de la seva concepció religiosa i de la seva sensibilitat espiritual és el catolicisme definit a Trento i consolidat des del segle XVII. Els seus mestres han estat directament la Companyia de Jesús, els oratorians i sant Francesc de Sales. La seva concepció de la missió interior és el producte genuí de la reacció contrareformista. Paraules clau: Antoni Maria Claret, Contrarreforma, catolicisme, època contemporània. Abstract. Claret and the Counter-Reformation. Some Aspects of his Spirituality and Apostolate This article explains the influences of the Counter-Reformation movement — with leading figures as saint Ignatius and saint Francis of Sales — on the thought of the Catalan Catholic activist, archbishop of Cuba, confessor of the Spanish queen Isabel II and saint, Antoni Maria Claret. Key words: Antoni Maria Claret’s thought, Counter-Reformation, archbishop of Cuba, Isabel II’s confessor, nineteenth century. Manuscrits 20, 2002 197-211 Claret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma. Aspectos de su espiritualidad y apostolado Ana Yetano Laguna Universitat Autònoma de Barcelona. Departament d’Història Moderna i Contemporània 08193 Bellaterra (Barcelona) [email protected] Introducción El punto de partida de este artículo es una preocupación fundamentalmente pedagógica. A lo largo de mi propia experiencia docente he podido comprobar los vicios que entraña para un adecuado trabajo con los estudiantes la rígida compartimentación académica que hacemos actualmente de la historia en edades: edad antigua, media, moderna y contemporánea. La gravedad de las consecuencias de esta práctica en orden a la comprensión de los fenómenos históricos estudiados varía en función, fundamentalmente, del ámbito temático en que nos situemos. En el ámbito de la historia religiosa, en sus múltiples dimensiones: social, cultural, espiritual…, son especialmente negativas. El problema para los estudiantes, y es el problema a cuya solución se dirigirán mis reflexiones en este artículo, es que llegan al estudio de la llamada edad contemporánea, que, desde una larga práctica docente y conceptual, consideramos como compresiva de los siglos XIX y XX, en posición inconveniente, «con el pie forzado», si se puede utilizar esta expresión, para acceder a un cuadro lógico y comprensible del acontecer histórico socio-religioso de estos siglos. El marco prefijado ante el que se les sitúa y en el que van a contemplar en funcionamiento los distintos sujetos, temas, problemas del proceso histórico, etc., es el marco político de la ruptura liberal que arranca precisamente del inicio del XIX, el tiempo del principio, también, de la edad contemporánea y del inicio, a veces, de la materia a estudiar o asignatura, pudiendo, por lo tanto, contemplar un proceso relativamente completo y lógico: quiebra del Antiguo Régimen, primer liberalismo, instituciones del nuevo Estado liberal, ajustes, avances, nuevas hegemonías sociales, marginaciones, etc., etc. A lo largo del XIX y XX se va completando en cierto modo una secuencia integrada. Los conceptos, referentes, protagonistas institucionales y personales, el estudiante los ve aparecer y desenvolverse ante sus ojos en coherencia con el marco ante el que están situados desde el principio. A esto hay que añadir que el estudiante participa, en términos generales, de una misma cultura «contemporánea»: individualismo, pluralismo, libertad, democracia, racionalismo secularizador… Pero, por el contrario, aparecen en este cuadro temas que quedan tremendamente mal situados para el estudio y profundamente distorsionados para su comprensión. Se presentan sujetos históricos, problemas, realidades, en un escenario dado en el que tienen un papel casi exclusivamente reactivo — antiliberal, antimoderno, antiprogreso—, lo cual les dota de una carga valorativa previa y no reconocida que lastra incluso la capacidad de significación historiográfica que pudieran tener. Pero, el problema más grave es que esos sujetos históricos, u objetos historiográficos, aparecen sin pasado histórico, y, por lo tanto, fantasmales, sin claves para 198 Manuscrits 20, 2002 Ana Yetano Laguna Sumari Introducción La Reforma católica La figura de Claret Conclusión ser entendidos en su propia lógica, algo imprescindible en el trabajo de historia. Y es que los elementos que los harían comprensibles pertenecen a un espacio diferente, exterior, con el que, en gran parte, se está incomunicado. En el ámbito socioreligioso el efecto distorsionador es evidente. Los objetos de estudio aparecen no sólo desenfocados y borrosos sino absurdos y sin consistencia. La entidad y la problemática propia de una temática como ésta se halla, mínimamente reconocida y legitimada en el área de la que llamamos edad moderna y en las asignaturas correspondientes, pero no en la que llamamos contemporánea que, recordémoslo, se supone que empieza en el principio del siglo XIX, y ¿quién se atrevería a decir que en esta etapa de la historia catalana o española estos temas resultan no digo marginales sino ni siquiera secundarios? Así, en moderna, las horas, las atenciones, la presencia, en una palabra, que tiene garantizada, contrasta con la casi inexistencia en contemporánea. Aún resulta más grave en las fases más característicamente de transición entre moderna y contemporánea que comprenderían, muy especialmente, los dos primeros tercios del siglo XIX. Fases de conflicto abierto, sobre todo mental y cultural, además de político, y en las que sólo muy forzadamente se pueden aplicar referentes de sentido «contemporáneos». Un tipo de reflexión como ésta se hace particularmente necesaria, creo yo, si nos enfrentamos con una figura como la de Antonio M. Claret, a quien nadie discute su importancia histórica en el catolicismo catalán y español del XIX y de quien nadie duda que fue uno de los sujetos históricos que imprimió una más duradera impronta en la religiosidad desde luego, pero también en la mentalidad social y en la cultura popular de la (ahora en el pleno sentido de la palabra, no en el departamental y académico) Catalunya y España contemporáneas. Claret es sin duda una de las figuras claramente perjudicadas, en términos de ubicación conceptual, institucional, cultural, para poder conocerla y valorarla historiográficamente por esa compartimentación académica a la que me estoy refiriendo. Es un hombre que por su enorme actividad, por su personalidad, por el puesto de enorme influencia política que ocupó durante sus 11 años de confesor real, fue determinante en las posiciones que el catolicismo español irá tomando en el ciclo de Revolución burguesa liberal. Pero Claret sigue perteneciendo, por la materia mental de la que está formado y por los criterios de valor por los que se mueve, al mundo del catolicismo que, en sus rasgos fundamentales, queda configurado en la Reforma católica del XVI y XVII. Por ello creo que es bueno presentar aquí estas reflexiones. En una revista en principio «de moderna», como Manuscrits, centrada en unos siglos a los que se supone, o se deja que se suponga, que para el caso es lo mismo, que no pertenece Claret. Las líneas que siguen lo que intentan es, si no demostrar, sí al menos sugerir que esta idea es falsa y, sobre todo, negativa para el estudio de su importante figura para nuestra historia. La Reforma católica inicia un nuevo ciclo en la historia del cristianismo católico. A él pertenece plenamente Claret. Por ello habría que empezar por situar al alumno ante los elementos definitorios de esa Reforma. Claret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma… Manuscrits 20, 2002 199 La Reforma católica Si la figura de Claret queda distorsionada por la compartimentación rígida que utilizamos del proceso histórico, se debe al hecho de que pertenece por derecho propio a un fenómeno todo él forzado por esa misma división: la Reforma católica, o Contrarreforma, como es más comúnmente llamada, que pierde, con dicha división, gran parte de su amplitud cronológica. Efectivamente, la Reforma (tanto protestante como católica) se había ido gestando ya en la descomposición de la sociedad europea medieval y se fue definiendo y empezando a aplicar sus contenidos en el XVI, al principio sólo muy lenta y parcialmente, para confirmarse y desarrollarse más en el XVII, pero continuando en el despliegue de sus contenidos en el XVIII y XIX. En realidad, a efectos de historia del catolicismo, el ciclo de la Contrarreforma sólo con el Concilio Vaticano II de 1962-65 es cuando puede hablarse de final o, al menos, de modificación sustancial de determinados aspectos claves que se habían mantenido intocados. El Concilio Vaticano I, en el que, por cierto, participó activamente Claret, es, en cambio, en gran parte, una culminación de las tareas eclesiásticas emprendidas en Trento. El siglo XVI es, ciertamente, un siglo decisivo en la historia del cristianismo. Es el siglo de la Reforma o, mejor, de las Reformas y el siglo de la división en la Europa occidental entre mundo cristiano protestante y el mundo cristiano católico. Fue el protestantismo con Lutero el primero que planteó la urgencia de una respuesta a las inquietudes y necesidades religiosas presentes en ese tiempo en la Europa occidental, y el primero que planteó unas formas de adaptación a los nuevos retos que la descomposición del viejo mundo medieval y el crecimiento de la modernidad estaban planteando. La respuesta del cristianismo que permaneció fiel a Roma se situó, también, ante esas mismas urgencias pero lo hará ya condicionada por el hecho de tener que definirse, además, frente a los planteamientos protestantes. Por ello la conocemos sobre todo con el nombre de Contrarreforma. Va a ser, en realidad, una de esas paradojas —sólo aparente, por supuesto— de la historia el hecho de que el camino hacia un mundo secularizado y, en consecuencia, el creciente desplazamiento de la Iglesia del lugar central que en el mundo de la cristiandad europea medieval había ocupado durante siglos, tenga una expresión, a nivel de conciencia individual y de mentalidad social, preferentemente en términos de inquietud religiosa, de búsqueda teológica, de sentido crítico del creyente, etc. (aunque sea a nivel de minorías o élites, como sabemos). Serán dos respuestas diferentes que irán alejando entre sí más y más a las dos cristiandades que nacen con ellas, hasta el punto de llegar a quedar prácticamente incomunicadas. Trento insistió en la negación de los principios luteranos y reforzó los aspectos eclesiásticos reactivos y defensivos. Pero ello no debe ocultarnos el aspecto básico de respuesta a problemas situados en el nivel de la conciencia religiosa y espiritual que tiene. Conviene no olvidarlo, pues es esta realidad de base la que explica, en definitiva, que una Reforma o Contrarreforma, ejecutada y manejada desde la dirección política de la Iglesia, es cierto, entrañe, sin embargo, al mismo tiempo, un amplio 200 Manuscrits 20, 2002 Ana Yetano Laguna movimiento de revitalización religiosa. Es esa misma realidad que la historiografía protestante llama revéil significando un despertar o revivir, una sensibilización social o profundización de lo religioso, entendido religioso fundamentalmente en su dimensión de experiencia subjetiva, de algo vivido y sentido. Un revéil católico estará en la base de la gran mística del XVI en España y de las grandes escuelas de la espiritualidad francesa del XVII, por poner algún ejemplo. Pero revéil —si queremos seguir utilizando ese mismo término—, también se detecta en el movimiento religioso al que pertenece Claret en el XIX catalán, el mismo al que, por cierto, pertenece el denso impulso asociativo religioso femenino que fragua en la aparición de multitud de nuevas congregaciones de monjas en esa misma Cataluña, al margen, eso es cierto, de que el movimiento en su conjunto sea estrictamente controlado y encauzado desde la dirección política romana1. El concilio de Trento constituirá, como sabemos, el instrumento esencial de la Reforma católica2. No es que el Concilio consiga una ruptura clara con los comportamientos del pasado; más bien, sus disposiciones y decretos encontrarán dificultades graves para ser aplicados. No olvidemos que, entre otras cosas, esa aplicación dependía, en última instancia, de la voluntad política de los Estados católicos, y en esto habrá posiciones y tiempos variados. Pero Trento será decisivo, en cualquier caso, en la ejecución de la Reforma católica y, en definitiva, en el alumbramiento del catolicismo moderno. De él va a salir una Iglesia caracterizada por su actitud combativa y defensiva frente a la amenaza de nuevas escisiones (herejías). Apostará por ello decididamente por dos políticas prioritarias: una, la centralización eclesiástica y otra, el reforzamiento de la ortodoxia. El primer resultado es que con Trento y desde Trento la estructura jerárquica y, muy especialmente, el incremento de la autoridad pontificia, se consolidan. Si ya desde mitad del XVI se habían ido afirmando las tesis que defendían la primacía y la infalibilidad pontificias frente a las tesis conciliaristas y episcopalistas presentes aún en las sesiones del propio Concilio, ahora, una nueva etapa se abre para la historia del poder del papa, etapa coronada en 1870, en el marco del Concilio Vaticano I, al ser proclamada la supremacía de su autoridad y el dogma de su infalibilidad cuando habla ex cathedra. Es la Iglesia fortaleza que se siente asediada y que refuerza la estructura vertical de su poder con la figura papal, y, al mismo tiempo, con la estricta centralización romana. Esta política de control máximo sobre el conjunto de la Iglesia incluirá una amplia reorganización de la administración central. A las tres congregaciones romanas ya existentes (Santo Oficio, del Indice, y del Concilio), Sixto V (15851590) añadirá doce, de las que seis serán para asuntos espirituales y seis para la administración del Estado pontificio. El Colegio cardenalicio, por su parte, perderá importancia. El consistorio, antes órgano de poder, no será, a partir de ahora, Claret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma… Manuscrits 20, 2002 201 1. Me he ocupado de este tema en el artículo publicado en Analecta Sacra. 2. La ruptura cristiana ya se había producido al abrirse las sesiones del Concilio. No será la unión el objetivo que las presida, sino, más bien, la delimitación de las posiciones católicas frente a las negaciones de los reformadores. Ver para estas cuestiones, DELUMEAU, J. (1973), El catolicismo de Lutero a Voltaire, Barcelona: Nueva Clío, Labor. más que una reunión solemne que dará brillantez a los actos pontificios. Con esta política se blindaba la posición del pastor supremo frente a los regímenes absolutistas de los nuevos Estados secularizados de los tiempos modernos. Con ella, también, la política contrarreformista verá incrementada su eficacia. Una amplia obra de reforma del clero en todos sus estratos sale del concilio. Se ha llamado a Trento, por ello, el concilio de la reforma del clero. Lo cierto es que en su deseo de regenerar al estamento fundamental que había de ser el encargado de llevar a cabo la Reforma y, también, en su deseo de replicar a las tesis protestantes del sacerdocio universal, de la negación de los votos y de la vida consagrada, va a reforzar una mentalidad eminentemente clerical. Los laicos se situarán, en el cuadro eclesial que se irá construyendo poco a poco tras Trento, como objetos pasivos del dogma y la moral. Su política de reconocimiento de las excelencias de la condición clerical entrañará de hecho la de la superioridad del celibato y la virginidad sobre la condición conyugal que vendrá a ser, en cambio, una especie de estado de segundo orden. La reforma del estamento clerical se inicia en el nivel del episcopado. El propósito es garantizar que la obra de renovación de la Iglesia se haga desde el nivel mismo de las diócesis, comprendiendo éstas a sus diferentes parroquias. Para ello, la autoridad del obispo en su diócesis ha de ser completa. El obispo ha de ser en su diócesis verdaderamente el «delegado de la Sede Apostólica». Y, así, su autoridad se va a ver reforzada en varios ámbitos. Serán los obispos, además, los únicos jueces en la admisión de candidatos para el sacerdocio, y verán reducidas las limitaciones existentes que, para el ejercicio de su ministerio, pudieran significar los privilegios de los capítulos o de las órdenes religiosas. Varias disposiciones harán3, por otra parte, la función episcopal más eficaz: la obligación de residencia, la prohibición de acumulación de beneficios, la obligación de recibir la consagración y conferir personalmente las ordenaciones… También para asegurar el nombramiento de obispos dignos y celosos de su ministerio. Además, se les obligará a visitar sus diócesis cada dos años, se regulará la celebración de concilios provinciales cada tres años, de sínodos diocesanos cada año, etc., etc. Uno de los principales objetivos de la restitución de la autoridad episcopal era hacerle posible el control sobre un clero en gran medida relajado y que necesitaba urgentemente ser regenerado. El obispo estará obligado a visitar cada año las distintas parroquias de su diócesis y, a comprobar la residencia de sus párrocos y sacerdotes. Tendrá que vigilar sus conductas y velar por que se observen los aspectos propios de la dignidad sacerdotal. En cuanto al cuidado en el nombramiento de los párrocos, se instituirá el régimen de concurso. Tan prioritaria es la preocupación por mejorar la calidad de la condición sacerdotal que se tomarán directrices claras en el reclutamiento de sacerdotes. En la misma sesión del concilio en que se abordan estos temas, se tomará una de las medidas que luego se revelará una de las más trascendentes para la consecución de la reforma del clero: la creación de seminarios, uno en cada diócesis, «semilleros perpetuos de ministros para el culto de Dios». 202 Manuscrits 20, 2002 Ana Yetano Laguna 3. Mejor, tratarán de hacer, pues muchos de los acuerdos se aplicarán muy lenta y parcialmente. Si la religión iba a ser centralizada y controlada, había de ser más uniforme. Múltiples disposiciones irán encaminadas a este fin, disposiciones que tendrán una enorme repercusión en el futuro de la vida religiosa del cristianismo católico en toda su amplia gama de aspectos formales y no formales. La uniformización irá avanzando imparable en multitud de campos. En el del rito, por ejemplo. Hasta entonces la misa se celebraba en Europa de acuerdo con diversos ritos, especialmente el romano, el milanés, el galicano, el leonés, el dominico, el mozárabe. A partir de ahora se irá imponiendo de manera prácticamente general la llamada misa de San Pio V (1566-1572), que de hecho es la que permanecerá en vigor hasta el Concilio Vaticano II del siglo XX. En la iconografía sucede lo mismo. Los símbolos locales de piedad tenían que ser reemplazados por símbolos universales de la Iglesia. Las costumbres, observancias y devociones, que habían representado creencias diversas y populares, darán paso a aquellas que significarán unidad y doctrina ortodoxa. Otro de los aspectos a recordar en esta obra de los reformadores es el de la restitución y confirmación del marco parroquial como el, si no exclusivo, sí preferente y casi único marco de la vida espiritual, marco supervisado por los curas, responsables a su vez ante sus obispos. Con ello se facilita el control jerárquico y clerical que se pretendía, ciertamente, pero, también, se facilita lo que se quería que fuera al mismo tiempo una nueva y más decorosa forma de espiritualidad. Juzgando necesario acabar con un tipo de cristianismo medieval, los reformadores iniciarán un viraje decisivo en el terreno de la vivencia de la fe. Se quiere convertir la fe en algo individual, una fe personal e interior, y evitar, así, los peligros de la vieja fe más primitiva y grupal4. La confesión se revelará como el instrumento privilegiado para conseguir ese cambio interior del creyente. Especial énfasis pondrá el catolicismo reformador en la necesidad de practicar este sacramento. Las consecuencias de medidas como éstas, aunque no se hagan sentir de manera inmediata, como hemos venido repitiendo, van a entrañar un cambio decisivo en el clima de la religiosidad popular, o en la religión socialmente vivida, consecuencias que, poco a poco, van a ir haciéndose consistentes, y a fijar rasgos que permanecerán durante siglos. Hay otro ámbito fundamental de actuación de la Reforma católica junto con este de la reforma del clero donde aparecerán, también, instituciones emblemáticas del nuevo catolicismo. Es el ámbito de la pastoral y de la predicación. Un nuevo y formidable esfuerzo por enseñar la doctrina de la fe va a iniciarse en este catolicismo. Desde una triple perspectiva. Ante todo cerrar las vías de posible penetración de la «herejía» protestante reconquistando incluso espacios perdiClaret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma… Manuscrits 20, 2002 203 4. Como dice BOSSY, John (mayo 1970), en su conocido trabajo «The Counter-Reformation and the People of Catholic Europe», publicado en Past and Present, nº 47: «[…] la transición de la cristiandad medieval al catolicismo moderno significa, en el ámbito popular, convertir a los cristianos en colectividad en cristianos individuales», aunque para él: «[…] el intento de conseguir esta transición fue muy comúnmente un fracaso, como se vio con el amplio colapso de la religión popular en la Europa católica a la caída del Antiguo Régimen», p. 62. dos frente a ella (como todavía se esperaba al principio), luego, conseguir una expansión de la fe en espacios «infieles» hasta el momento, y, finalmente, y, necesariamente, realizar una tarea de instrucción y formación de los propios fieles católicos, cuyos niveles de cultura y reflexión religiosa eran notoriamente desastrosos. La reforma convierte al catolicismo en una empresa de evangelización y apostolado. En una iglesia de predicadores y misioneros animados de un talante conquistador y expansionista. De apóstoles que creen en su Iglesia, única, universal y eterna. Una Iglesia en misión. La misión («exterior» e «interior») será, sin ninguna duda, una de las creaciones más características de este catolicismo en tensión de conquista. Una actividad específica se define en esta misma Iglesia, reservada concretamente al clero, secular o regular. Una tarea prioritaria de evangelizar, de enseñar el Catecismo, de enseñar la doctrina de la fe a jóvenes y viejos, y muy especialmente a los niños. Ya del mismo concilio salen directrices y criterios muy determinantes sobre ello. Los obispos, a partir de él, tienen que responsabilizarse de que los párrocos de sus diócesis cumplan su nueva obligación de enseñar el Catecismo a los niños de su parroquia en domingos y días festivos por la tarde. En la práctica, y sobre todo en áreas rurales, este mandato irá cumpliéndose muy lentamente5; pero, poco a poco, se irá generalizando y constituyendo una realidad no sólo fundamental en la cristianización de sus poblaciones, sino, igualmente, fundamental en el proceso de su culturización e integración social en los países europeos del área católica. El Catecismo católico será tres cosas todo a la vez, recordémoslo, una institución, una práctica y un manual. En su forma de libro o manual, surgirán los catecismos de la Contrarreforma. Los modelos de la enorme serie de variantes que habrían de publicarse a continuación serán los catecismos del XVI de los jesuitas Canisio y Belarmino (en gran deuda, a su vez, con el de Lutero). Pequeños libros construidos en forma de preguntas y respuestas que los niños aprenden de memoria y que les aportan lo esencial de la fe y la moral católicas. El modelo será de un éxito incomparable en la historia de la escuela y del libro europeo, y perdurará, de hecho, hasta pleno siglo XX. Pero, en su incomparable pervivencia a lo largo del tiempo, hay que observar una significativa evolución. Tras unos primeros intentos más ambiciosos desde el punto de vista de la concepción fundamental de la religión cristiana sobre la que los catecismos se sustentan y que se proponen transmitir, se hace evidente el deslizamiento hacia la elección de fórmulas más incomprensiblemente escolásticas, y de conjuntos de obligaciones morales que debían ser seguidas ciegamente por un cristiano obediente. Incluso ya es posible detectar esa misma evolución, comparando el catecismo de Canisio con el de Belarmino, triunfante éste sobre todo en los países de la Europa mediterránea6. 204 Manuscrits 20, 2002 Ana Yetano Laguna 5. En Francia no es hasta mediados del siglo XVII cuando puede decirse que ya todas las diócesis disponen de la legislación que impone el catecismo como una obligación para el clero parroquial, y, también, para los padres el enviar a sus hijos. 6. Ver la obra de GERMAIN, Elisabeth (1972), Langages de la foi à travers l’histoire, París: FayardMame. Así, se irá afirmando poco a poco una concepción de la eclesiología definida, de forma fundamental, por lo que constituye propiamente su constitución jerárquica. Se irá dibujando, también, sobre todo en el XIX, un cambio que significará rebajar poco a poco la educación de la fe convirtiéndola, más bien, en educación del comportamiento, y la educación de la religión, en educación de la moral7. Pero, en todo caso, el nuevo Catecismo, todos los catecismos, incluso el peor de ellos, iban a significar unas sustanciales modificaciones en la comprensión popular de la religión8. La figura de Claret Sobre un cuadro contrarreformista tal como hemos querido marcar en sus principales coordenadas, la figura de Claret puede, creo, ser mucho mejor comprendida. Y es que, para poder conocer a Claret, es preciso situarlo en el interior del cuadro descrito, de esa organización eclesiástica, de esa concepción de la propia Iglesia, del papel del clero, de la fe, de la moral… También, y, quizás de manera especial, nos interesa situarlo en el interior de ese mismo catolicismo contrarreformista, que fija unas determinadas actitudes de confrontación y que parte en misión, en combate. Me interesa destacar lo que creo que constituye el talante principal de Claret, y que permite explicar, mejor que ningún otro de los rasgos de su personalidad, el conjunto de su actuación religiosa histórica: su verdadera vocación de apóstol y misionero. Es el propio Claret el que lo indicará así en su autobiografía en repetidas ocasiones, y lo demostrará en los hechos. Cuando, tras su ordenación en Vic en 1835, empieza su carrera sacerdotal en su propio pueblo de nacimiento, Sallent, ya tiene claro que «[…] el curato no era el término de mi destino, sentía un deseo muy grande de dejarlo e irme a las misiones para salvar almas, aunque por esto tuviese que pasar mil trabajos, aunque por ello hubiese que sufrir la muerte»9. En sus palabras percibimos lo que en el lenguaje clásico católico se llamaba «celo por la salvación de las almas», lenguaje que era el suyo propio, como lo era igualmente la manera Claret desde la perspectiva de la historia de la Contrarreforma… Manuscrits 20, 2002 205 7. Ver RÉMOND, René, en el prefacio a la obra citada en la nota anterior, quien también añade: «Se ve igualmente cómo la adopción de una división tripartita para la presentación del catecismo —verdades que hay que creer, mandamientos que hay que cumplir, y sacramentos que hay que recibir— desplazando a éstos al tercer lugar, tuvo como consecuencia rebajarlos a la categoría de medios en relación a los deberes que cumplir, haciéndoles perder su significación y haciendo olvidar el papel esencial que les correspondía, en la participación de los hombres en la vida misma de Dios». 8. Bossy, en el art. cit. piensa que, de todas formas, serán una «dudosa introducción a una más completa vida cristiana individual» que se pretendía en la Reforma y añade: «Puede que algo así fuera inevitable», pero, «hay ciertamente algo de paradójico en tratar de promover cristianismo individual por mandato legal, y el catecismo contrarreformista, a fin de cuentas, no pudo hacer mucho más que sobreimponer un automatismo mental sobre los automatismos de conducta del código de prácticas externas», p. 66. 9. CLARET (1985), Autobiografía, p. 76 La versión utilizada es la publicada en Barcelona: Editorial Claret, a cargo de J.M. Viñas y J. Bermejo.