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San Petersburgo, entre el mito y la realidad

Zumin Tartari, Laura

Abstract

Construida desde la nada por el zar Pedro el Grande como parte esencial de su ambicioso proyecto modernizador, San Petersburgo fue durante los siglos XVIII y XIX la capital del Imperio ruso, la «ventana abierta a Europa» y un gran laboratorio cultural. Las circunstancias de su fundación y sus rasgos urbanos ajenos a la tradición rusa la convirtieron enseguida en una ciudad mito y una ciudad símbolo. En estas notas se recorre el proceso de construcción de San Petersburgo bajo la dinastía Romanov y se aportan elementos de interpretación de esta ciudad, que en mayo de 2003 celebra sus trescientos años.

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Resumen Construida desde la nada por el zar Pedro el Grande como parte esencial de su ambicioso proyecto modernizador, San Petersburgo fue durante los siglos XVIII y XIX la capital del Imperio ruso, la «ventana abierta a Europa» y un gran laboratorio cultural. Las circunstancias de su fundación y sus rasgos urbanos ajenos a la tradición rusa la convirtieron enseguida en una ciudad mito y una ciudad símbolo. En estas notas se recorre el proceso de construcción de San Petersburgo bajo la dinastía Romanov y se aportan elementos de interpretación de esta ciudad, que en mayo de 2003 celebra sus trescientos años. Palabras clave: San Petersburgo, Pedro el Grande, modernización, urbanismo europeo, ciudad símbolo, ciudad mito, literatura, historia urbana. Resum. Sant Petersburg, entre el mite i la realitat Construïda des del no-res pel tsar Pere el Gran com a part essencial del seu ambiciós projecte modernitzador, Sant Petersburg fou durant els segles XVIII i XIX la capital de l’Imperi rus, la «finestra oberta a Europa» i un gran laboratori cultural. Les circumstàncies de la seva fundació i els seus trets urbans aliens a la tradició russa la van convertir ben aviat en una ciutat mite i en una ciutat símbol. En aquestes notes es repassa el procés de construcció de Sant Petersburg sota la dinastia Romanov i s’hi aporten elements d’interpretació d’aquesta ciutat, que el maig de 2003 celebra els seus tres-cents anys. Paraules clau: Sant Petersburg, Pere el Gran, modernització, urbanisme europeu, ciutat símbol, ciutat mite, literatura, història urbana. Résumé. Saint-Pétersbourg, entre le mythe et la réalité Construite de toutes pièces par le tsar Pierre le Grand, partie essentielle de son ambitieux projet modernisateur, Saint-Pétersbourg fut pendant les XVIIIe et XIXe siècles la capitale de l’Empire russe, la «fenêtre ouverte sur l’Europe» mais aussi un immense laboratoire culturel. Les circonstances de sa fondation et ses caractéristiques urbaines étrangères à la tradition russe en ont fait rapidement une ville mythe et une ville symbole. Dans ces notes on revoit le processus de la construction de Saint-Pétersbourg sous la dynastie des Romanov 1. El texto que aquí se presenta reproduce las notas de una conferencia pronunciada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, dentro del curso «Sant Petersburg, de Pere el Gran al segle XX» (del 15 de octubre al 17 de diciembre de 2002). Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 131-156 San Petersburgo, entre el mito y la realidad1 Laura Zumin Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Geografia 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain [email protected] Data de recepció: novembre de 2002 Data d’acceptació definitiva: maig de 2003 et l’on apporte des éléments d’interprétation de cette ville, qui a commémoré en mai 2003 son tricentenaire. Mots clé: Saint-Pétersbourg, Pierre le Grand, modernisation, urbanisme européen, ville symbole, ville mythe, littérature, histoire urbaine. Abstract. Saint Petersburg, between Myth and Reality Built from nothing at all by Tsar Peter the Great as an essential part of his ambitious modernising project, Saint Petersburg was the capital of the Russian Empire during the XVIII and XIX centuries, the «window open to Europe» and a great cultural laboratory. The circumstances of its foundation and its urban characteristics alien to Russian tradition converted it at a very early stage into a city myth and city symbol. These notes review the process of the construction of Saint Petersburg under the Romanov dynasty and contribute elements for the interpretation of this city that, in May 2003, celebrated its 300th anniversary. Key words: Saint Petersburg, Peter the Great, modernisation, European urbanism, city symbol, city myth, literature, urban history. —Oh, mi incomprensible ciudad, ¿por qué has surgido sobre un abismo? Alexander Blok —La ciudad era vista por todos como un enigma majestuoso. Valeri Musakanov En 2003, San Petersburgo cumple trescientos años y lo celebra a lo grande. Pocas ciudades tienen una fecha fundacional, y menos aún han sido, como ella, escenario de acontecimientos que han cambiado la historia del mundo. San Petersburgo, bajo cualquiera de sus nombres2, ejerce un singular poder evocador que la ha convertido en una ciudad mito. Para mi generación, el mito 132 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin 2. La ciudad ha cambiado tres veces su nombre. Fue fundada en 1703 con el nombre de San Petersburgo en honor del santo (no de su fundador). Proclamada capital en 1712, el 18 de agosto de 1914 (durante la Primera Guerra Mundial) pasó a llamarse Petrograd, para evitar asonancias alemanas. En 1918 la capital fue trasladada a Moscú por decisión de los Soviet. El 29 de enero de 1924 pasó a llamarse Leningrado (cinco días después de la muerte de Lenin). El 6 de septiembre de 1991 recuperó el nombre original de San Petersburgo. Desde siempre, sus habitantes la han llamado cariñosamente Píter. Sumario Introducción El desarrollo de la ciudad Elementos para una interpretación Ciudad de contrastes Ciudad de mitos La ciudad visible y la ciudad invisible. La ciudad real y la ciudad irreal La visión de los viajeros Bibliografía se identifica con la Revolución de 1917; para los habitantes de la ciudad, el mito comienza con su misma fundación. Estas notas, apuntes más que nada, sobre los dos primeros siglos de la ciudad y lo que ésta significó en aquel tiempo, quieren ser un pequeño homenaje a esta urbe de baja temperatura y alta intensidad voltaica. Introducción Resulta muy agradecido hablar de San Petersburgo, porque es una ciudad que, aunque tiene fama de enigmática (lo que le confiere un atractivo especial), está dotada de poderosas señas de identidad, tanto históricas como urbanas, estéticas y literarias. San Petersburgo nace en 1703 de un proyecto geopolítico, económico y cultural del zar Pedro el Grande (1682-1725), el de modernizar Rusia abriéndola a Europa: San Petersburgo iba a ser «la ventana abierta a Europa»3. Como dice Marshall Berman, «La construcción de San Petersburgo es tal vez el ejemplo más espectacular en la historia mundial de la modernización concebida e impuesta draconianamente desde arriba». En San Petersburgo la historia rusa debía tener un nuevo comienzo, sobre una tabla rasa. Todo lo que allí se construyera debía ser exclusivamente europeo. San Petersburgo es una ciudad creada desde la más absoluta nada. De aquí el mito fundacional. Cada año, el 27 de mayo, celebra su aniversario. Cumplir trescientos años, para una ciudad europea, no son muchos. San Petersburgo es una ciudad joven y antigua a la vez. En el siglo XVIII, las ciudades rusas son pueblos más que ciudades, hechas de madera y escasamente urbanizadas. La impresión de los viajeros europeos era que Rusia era una inmensa aldea. Por eso, San Petersburgo contrastaba aún más. Y contrastaba sobre todo con Moscú. Rusia, se decía, estaba dividida en dos: por un lado, la Tierra y el pueblo con su capital rusa, Moscú; y por el otro, el Estado con su capital «extranjera», San Petersburgo. Moscú encarnaba el «alma rusa», con todos sus siglos de tradición y su aura religiosa; San Petersburgo encarnaba el poder de un zar que llegó a ser identificado como el Anticristo, por su alejamiento de la Iglesia rusa4. Ciudad ordeSan Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 133 3. Afortunada expresión utilizada por primera vez en 1739 por el veneciano Francesco Algarotti en Viaggi di Russia (Parma: Spaggiari, 1991), recogida por Pushkin y ampliamente retomada por los autores rusos. 4. «[…] se dice que Moscú es el verdadero producto natural de la vida rusa, mientras que Petersburgo es la planta artificialmente trasplantada y artificialmente alimentada; que Moscú es necesaria para Rusia, mientras que Rusia es necesaria para Petersburgo; que Petersburgo es un parásito crecido a costa del pueblo […] que, mientras toda Rusia sufre, Petersburgo se lo pasa en grande» (Vsévolod M. Garsin, 1882, en: Romano, 1994). La comparación entre Moscú y San Petersburgo fue tema de una larga controversia entre eslavófilos y occidentalistas. Ver, entre otros: Pietroburgo e Mosca, de Vissarion G. Belinskij (ibídem); Mosca e Pietroburgo, de Aleksandr Herzen (ibídem), y el capítulo «Mosca e Pietroburgo», de Ettore Lo Gatto (1991). nada y de piedra, era lo opuesto de Moscú, desordenada y de madera, ciudad semiasiática, perezosa y somnolienta. Escribe Gógol: Moscú es una vieja ama de casa, que cocina fritangas, mira desde lejos y escucha el relato de lo que pasa en el mundo sin siquiera levantarse del sillón; Petersburgo es un tipo que se divierte, no está nunca en casa, va siempre a la moda y se pavonea ante Europa […] Petersburgo ama ironizar sobre Moscú, sobre su torpeza, su falta de tacto, su falta de gusto; Moscú le reprocha a Petersburgo de ser un hombre calculador y además de no saber hablar ruso5. La ciudad, tanto en su concepción como en su construcción, es obra de la dinastía Romanov. Los sucesores y sucesoras de Pedro I renovaron las orientaciones estéticas, pero mantuvieron la coherencia de la concepción inicial, la de un urbanismo esencialmente racionalista y geométrico. San Petersburgo es ciudad de voluntades urbanas fuertes: primero los zares y después el Estado socialista. San Petersburgo no se ha ido haciendo a sí misma; siempre la han hecho los poderes centrales. San Petersburgo es de las pocas metrópolis que han mantenido inalterado su legado histórico y su conjunto arquitectónico clásico. A buen título puede ser considerada un museo al aire libre y un gran centro cultural europeo. El ex presidente Boris Yeltsin la proclamó capital cultural de Rusia. La cultura y la investigación científica han sido y son las dos grandes bazas de esta ciudad. Debemos estar agradecidos a los habitantes de la ciudad que impidieron, al precio de un millón de muertos, que se cumpliera la famosa orden secreta nº 1a 1601/41, del 4 de septiembre de 1941: «El Führer ha decidido borrar de la faz de la Tierra la ciudad de Leningrado». Y también debemos estar agradecidos a la época socialista que no desfiguró ni transformó el centro de la ciudad, que nos ha llegado deteriorado, sí, pero prácticamente intacto: la UNESCO lo ha declarado Patrimonio de la Humanidad. El desarrollo de la ciudad El agua: los ríos, los canales, los puentes La presencia del agua tiene un papel clave en la topografía, en el paisaje, en el desarrollo urbano y también en el mito de la ciudad. Agua y piedra constituyen la característica más notable de la ciudad. De ahí el apelativo de «Venecia del Norte». Ríos y canales la atraviesan en toda su extensión: hay más de 150, que suman 300 km. También hay muchos espacios verdes. Más de una cuarta parte de la ciudad está compuesta de agua y verde (algo parecido a Berlín). San Petersburgo está atravesada por el ancho cauce del río Neva, que se bifurca dejando una gran isla en el centro y dos grandes masas de edificios a uno y otro lado. El Neva no es un río muy largo; tiene sólo 74 km y de éstos 134 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin 5. Notas petersburguesas del año 1836, en: Romano (1994). cerca de 30 se encuentran en los límites de la ciudad. Pero es muy ancho (alcanza los 1.200 m) y muy caudaloso, pues aboca al golfo de Finlandia tanta agua como el Nilo. Es un río traidor. Desde que la ciudad fue fundada, las aguas se han desbordado unas 250 veces. Las tres inundaciones más terribles fueron todas después de Pedro el Grande: 1725 (después de su muerte); 1824 y 1924 (después de la muerte de Lenin). La más devastadora fue el 7 de noviembre de 1824, la que inspiró el famoso poema El jinete de bronce, de Pushkin, poema que todos los habitantes de San Petersburgo conocen de memoria. Durante el invierno, el Neva, al igual que los canales, se hiela y la gente pasea sobre él, pesca, celebra fiestas y carnavales. La ciudad está tomada por los hielos cinco meses al año (está en el mismo paralelo que Groenlandia). Los puentes han pautado la historia de la ciudad y forman parte inseparable de su estructura urbana. Hoy San Petersburgo cuenta con 800 puentes (más que Venecia), 21 de ellos levadizos. El más ancho es el puente Azul, con 973 m; el más largo, el puente Alexander Nevski, con 905 m. El proceso de construcción de la ciudad San Petersburgo surge en un lugar yermo, insalubre y deshabitado. Todo tenía que ser traído de muy lejos. Su construcción tuvo algo de apocalíptico. Pedro ordenó que todos los albañiles de todo el Imperio ruso se trasladaran al emplazamiento de la nueva construcción, y prohibió construir en piedra en cualquier otro lugar […] En una sociedad de siervos, donde la gran mayoría de las personas eran propiedad de terratenientes nobles o del Estado, Pedro tenía poder absoluto sobre una fuerza de trabajo prácticamente infinita. Obligó a esos cautivos a trabajar sin respiro para abrirse paso a través de la vegetación, desecar los pantanos, dragar el río, excavar canales, levantar diques y presas de tierra, enterrar pilotes en el suelo blando y construir la ciudad a una velocidad vertiginosa. Los sacrificios humanos fueron inmensos: en tres años la nueva ciudad había devorado un ejército de unos 150.000 trabajadores —destrozados físicamente o muertos— y el Estado hubo de acudir constantemente al interior de Rusia en busca de más hombres […] Los terroríficos costes humanos de San Petersburgo, los huesos de los muertos entremezclados en sus monumentos grandiosos, ocuparon de inmediato un lugar central en la mitología de la ciudad, incluso para quienes más la querían. (Berman, 1991) El zar quería una capital que fuera no sólo «una ventana abierta a Europa», sino también una recreación de Europa. Sólo pudieron trabajar en ella aquellos arquitectos rusos que se habían «reciclado» en Europa, pero la inmensa mayoría eran europeos. Pedro prohibió los estilos rusos tradicionales, con paredes de madera y cúpulas bizantinas, e impuso la piedra y el ladrillo. Los buques rusos debían llevar junto a su carga una cuota de piedras; los transportistas, un décimo en piedras y ladrillos, e incluso los visitantes tenían que llevar una piedra. El edicto estuvo vigente desde 1714 hasta 1779. Los San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 135 cimientos de piedra se imponían, a pesar de su precio, a causa de la rápida putrefacción de las vigas en el suelo húmedo. Hubo también que cavar canales por toda la ciudad y bordearlos con parapetos de bloques de granito (como el Moika o el Fontanka). La urbanización fue, pues, lenta y costosa. Nadie podía construir edificios más altos que el Palacio de Invierno, excepto las iglesias. Esta ley establecida por Pedro se mantuvo en vigor durante doscientos años. Los grandes propietarios fueron desplazados autoritariamente a San Petersburgo y obligados a construirse un palacio so pena de perder su título. Según un informe de 1720, «detestan permanecer en San Petersburgo porque los arruina, al tenerlos alejados de sus tierras y de su antigua manera de vivir». Situada en una región pobre, la capital planteaba continuamente problemas de abastecimiento, que la hacían una ciudad cara y en déficit crónico (que se saldaba a expensas del tesoro imperial y de las riquezas de los nobles). La población Durante el siglo XVIII, el flujo de inmigrantes era constante y múltiple: […] funcionarios o nobles en búsqueda de promoción, segundones, oficiales, marinos, soldados, técnicos, profesores, artistas, cómicos, cocineros, precep136 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin Figura 1. Emplazamiento de San Petersburgo (1703). Fuente: www.angelfire.com/pe/sanpetersburgo/historico.htm tores, extranjeros, ayas, y, sobre todo, campesinos que acudían en gran número desde las regiones pobres cercanas a la ciudad. (Braudel, 1984) San Petersburgo era una ciudad de guarnición, de funcionarios y burócratas, de nobles y criados, de hombres jóvenes. En 1790, H. G. Georgi llegó a preguntarse si el habitante de San Petersburgo tenía un carácter definido y propio. Le adjudicaba una inclinación por las novedades, los cambios, los títulos, el bienestar, el lujo y el despilfarro. Traduciendo: gustos de hombres de la capital, modelados de cerca o de lejos por los de la Corte. (Braudel, 1984) Los hombres eran numéricamente el doble de las mujeres. Quizá por eso los rusos se referían a San Petersburgo al masculino, mientras que a Moscú se referían al femenino. Moscú es de género femenino, Petersburgo, masculino. Moscú está llena de novias, Petersburgo, de novios. (Gógol) La estructura urbana San Petersburgo debe la regularidad de su composición a los planes elaborados por diversos arquitectos a requerimiento de Pedro el Grande. La parte central de la ciudad tenía una trama geométrica, muy común en Europa desde el Renacimiento; sin embargo, este tipo de planta rectilínea no tenía precedente en Rusia: «Ha aparecido la geometría, la topografía lo abarca todo. Nada en la tierra escapa a la medición», escribió un oficial del registro. Una red de canales concéntricos completaba el dispositivo geométrico, que permitió en el siglo XVIII la construcción muy rápida de las residencias de la aristocracia rusa. De hecho, San Petersburgo crecía a velocidad vertiginosa: al cabo de una década ya había 35.000 edificios. Este conjunto, muy homogéneo como paisaje urbano, constituye la primera corona de la ciudad, comprendida dentro del canal Fontanka al sur y las islas Vasilev y Petersburgo al norte. En la segunda mitad del siglo XIX, esta corona albergará también muchas fábricas y viviendas obreras; el puerto y la construcción de cuatro estaciones de ferrocarril reafirmarán el papel de la ciudad en tanto que puerta abierta a Europa y atraerán manufacturas y comercios. Más allá de las líneas de ferrocarril que cierran esta corona, después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló una segunda corona cuya función es casi exclusivamente residencial y acoge actualmente al 80% de la población de la ciudad. Más allá de esta segunda corona, que se extiende hasta 15 km desde el centro, la ciudad está en contacto con el campo. Así, el perfil de San Petersburgo es distinto del de muchas ciudades europeas e inverso respecto al de las ciudades norteamericanas: el centro ciudad es bajo (cuatro pisos de San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 137 media), la zona industrial se mantiene en una media de ocho pisos y la periferia residencial culmina en unos diecisiete pisos de media. El siglo XVIII En 1717 Pedro el Grande realiza un viaje a Francia y lleva consigo de regreso al arquitecto Le Blond, al cual encarga un plan general de la ciudad. Pero el plan es olvidado cuando el arquitecto muere, porque resultaba muy caro y no encajaba en la dinámica urbana que ya se había iniciado desde el principio. Según el zar, la ciudad tenía que crecer al mismo tiempo hacia el sur (orilla izquierda) y hacia el norte (orilla derecha) del río. Pero el crecimiento fue desigual: lento en la orilla derecha y rápido en la izquierda, la preferida de todos los nobles. Esta orilla privilegiada, hasta el canal Moika, constituye el corazón de 138 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin Figura 2. Plano de San Petersburgo en 1790. Fuente: Braudel (1984a). la ciudad. Es el sector más hermoso y el único en que todas las casas son de piedra. Aquí se concentran los ministerios y demás edificios públicos, las residencias del zar y de la gente más rica. Los aristócratas vivían de cara al Neva y el palacio Menshikov (gobernador de la ciudad y amigo personal del zar) era la casa más elegante en tiempo de Pedro, el cual vivía más austeramente en el palacio de Verano. En la isla Vasilev (en la Strelka, o sea, «la punta») se encuentran el puerto comercial, el barrio de los comerciantes, la Bolsa y la Aduana. También se crearon doce edificios para albergar organismos gubernamentales que en 1825 serían cedidos a la Universidad (creada en 1819). Hoy la isla Vasilev es el lugar de máxima concentración cultural: la Universidad, institutos de investigación, la Academia de las Ciencias y la de Bellas Artes, el Museo Naval (antigua Bolsa), etc. El puerto militar de San Petersburgo se encontraba alejado de la ciudad, en Kronstadt, donde el Neva desemboca en el mar. Hacia mitad del siglo XVIII, la estructura urbanística de la ciudad ya está claramente definida en sus conjuntos monumentales y en la trama geométrica. En el centro de la ciudad, en la orilla izquierda del Neva, está definido también el sistema en forma de tridente que converge en la torre del Almirantazgo, centro generador de una gran composición radial constituida por las tres avenidas de la Ascensión, del Almirantazgo y la Perspectiva Nevski. En el proceso de construcción de la ciudad se separaron a los ricos de los pobres, enviando también hacia la periferia las actividades molestas (por ejemplo, los carreteros con sus caballos). Estas separaciones obligaban a los habitantes a hacer grandes desplazamientos, pero el propósito se había logrado: los barrios ricos conservaron su carácter oficial y elegante. En el siglo XVIII, únicamente puentes de barcas atraviesan el río y sus brazos. De la rígida geometría de calles y avenidas de San Petersburgo se escapan las islas, que en el delta del Neva eran 101 y quedaron reducidas a 44. En estas islas oscuras y brumosas al otro lado del río viven los trabajadores y los burócratas de bajo rango, es decir, la gente pobre. San Petersburgo fue desde sus inicios una ciudad industrial, pues desde Pedro, el Estado impulsó la expansión de las manufacturas. En tiempos de Pedro el Grande, la arquitectura industrial tenía los mismos derechos que la arquitectura civil y las industrias también ocupaban emplazamientos centrales. El ejemplo más significativo es la proximidad de los astilleros navales del Almirantazgo al Palacio de Invierno. La primera ciudad es la de los palacios nobles, de la monumentalidad y de las perspectivas barrocas. Al mismo tiempo que construía la ciudad, Pedro también construyó las residencias imperiales de Peterhof (con 1.000 ha y siete parques), Strelna y Oranienbaum a unos 20 km de la ciudad. Las cercanías de las grandes ciudades suelen ser feas y caóticas, mientras que a San Petersburgo se la rodeó desde el principio de un anillo de palacios y de parques. Los arquitectos actuales sostienen que fue una genialidad de Pedro, que es una suerte para la ciudad, que hay que respetar este esquema y no construir nada en medio. San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 139 vierte en «periferia ilustrada», a veces olvidada, de la Unión Soviética. Esto hace que la gente, todavía hoy, sienta que su patria es sobre todo su ciudad. Sí, esta ciudad pantanosa, alemana, finlandesa, burocrática, subversiva, forastera, este inútil «centro administrativo» […] es, en mi modesta opinión, la única ciudad rusa capaz de ser una verdadera patria espiritual. (Vsevolod M. Garsin, 1882) Un verdadero leningradense es quien entiende la ciudad como el teatro de su destino y como una amiga personal. (Valeri Musakanov, «Il grande crogiolo», I Meridiani, 5, 1989) El síndrome insular domina también la cultura de San Petersburgo. La ciudad fue un auténtico laboratorio de modernidad, un centro de inteligencia que produjo una nueva cultura civil y laica. Nietzsche, en 1888, le atribuía una receptividad privilegiada; según él, San Petersburgo era una especie de barómetro hipersensible de todo lo que acontecía en el mundo cultural. Sin embargo, era también un enclave en Rusia, donde esa cultura permaneció marginal. San Petersburgo era una ciudad sin estratificación histórica, sin memoria, en la que la gente no tenía puntos de referencia ni un pasado en común. Innokenti Annenski, en el poema Petersburgo (1910, citado en Romano, 1994): En lugar de un relato del pasado sólo tuvimos piedras terribles. Sólo piedras nos dio el mago, y el Neva amarillo oscuro. La ciudad nace como proyecto de futuro y como negación de la historia rusa. Es ciudad del presente, con un futuro incierto. Hablar del presente de Rusia significa hablar de Petersburgo, de esta ciudad sin historia, de la ciudad del presente […] La vida de Petersburgo es sólo en el presente: no tiene que acordarse de nada excepto de Pedro I, su pasado está todo en un siglo, no tiene historia y tampoco tiene un futuro; cada otoño puede llegar una tempestad que la sumerja. (Aleksandr Herzen, 1857) Esto crea inseguridad y neurosis, potenciadas por el propio contexto urbano. En las grandes avenidas de la ciudad, el hombre de la calle percibe su nulidad. Apabullado por el abismo entre su miseria humana y la grandiosidad del escenario en que se mueve, sufre alienación, desdoblamiento de personalidad, manía persecutoria, alucinaciones, pesadillas, hipocondría. Así, los personajes de las novelas viven al límite, en continua tensión. La ciudad ordenada desordena la psique de sus habitantes. Pero también puede ocurrir lo contrario. Andrei Biely escribe en Petersburgo: El trazado regular y simétrico de las calles calmó los nervios del senador, tensados por la vida doméstica irregular y el girar impotente de nuestra rueda 146 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin estatal, […] sólo el amor a la planimetría estatal le ayudaba a encajar en la poliedricidad de un alto cargo. La ciudad sin historia será el lugar donde la historia del siglo XX tendrá una de sus aceleraciones más importantes y de más repercusión mundial. San Petersburgo, escenario literario Resulta imposible hablar de la ciudad sin hablar de su literatura, porque San Petersburgo es una «ciudad de papel», o sea una ciudad que cobra conciencia de sí misma a través de sus escritores. A partir de las obras literarias, Petersburgo se ha sentido como una criatura animada, capaz de influir profundamente en el modo de vivir y en el destino de quienes la habitan. (Valeri Musakanov, op. cit.) La realidad necesita de la ficción para cobrar sentido y ser más vivible. Una vez más, la literatura demuestra su gran capacidad para dotar de alma a lo que parece carecer de ella. Como dice el escritor americano Wallace Stegner, «Hasta que no ha tenido un poeta, un lugar no es un lugar»8. En su corta historia, gracias a sus escritores, casi todos venidos de fuera, San Petersburgo se trasformó de espacio arquitectónico en espacio mental y espiritual. Lo que los habitantes de San Petersburgo produjeron fue una tradición literaria brillante y característica, una tradición que se centró obsesivamente en su ciudad como símbolo de una modernidad torcida y extraña, y que luchó por tomar posesión de esta ciudad imaginativamente, en nombre del tipo peculiar de hombres y mujeres modernos que había producido San Petersburgo. (Berman, 1991) San Petersburgo es una ciudad texto, de lectura reversible. Como dijo Dostoievski en Pequeños cuadros (1877), la propia ciudad es un libro: En estos edificios, igual que en un libro, podéis leer todas las influencias de cada idea y ocurrencia que nos llega regular o improvisamente de Europa. Al mismo tiempo, los lugares hablan de sus escritores y todo San Petersburgo es una secuencia de escenas literarias. Así escribe el poeta Samuíl Marshak: Hace mucho que el Neva habla en verso. La Perspectiva Nevski se extiende como una página de Gógol. Todo el Jardín de Verano es un capítulo de Oneguin. A Blok lo recuerdan las Islas. Y por la calle Razhezzhaia vaga Dostoievski. San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 147 8. Wallace STEGNER, Crossing to safety. Nueva York: Doubleday, 1969, p. 137. Ciudad de contrastes En 1887 Odón de Buen, viajero español, iniciaba así su descripción de San Petersburgo9: En pocos puntos se presenta más palpable el contraste entre lo nuevo y lo viejo, entre las aplicaciones prácticas de la ciencia moderna y las instituciones políticas del pasado como en esta capital de los zares. San Petersburgo era percibida en su tiempo como el moderno aparador de una sociedad feudal. San Petersburgo era la ciudad del progreso (aunque impuesto desde arriba), pero la mayoría de la sociedad estaba excluida de él. La Perspectiva Nevski, la «calle mayor» de la ciudad, era el único lugar no sólo de San Petersburgo, sino de toda Rusia, donde convergían todas las clases sociales. Por eso hay mucha literatura ambientada allí. Por eso la Perspectiva Nevski era el centro de todo, el lugar de los encuentros, de lo imprevisto, el escenario por excelencia de la comedia y del drama humano. En este entorno urbano único, especie de bulevar parisino, símbolo y catalizador de la modernidad de San Petersburgo, Gógol crea uno de los nuevos géneros de la literatura moderna: la novela de la calle urbana, en la que la calle misma es la protagonista. Su cuento La Perspectiva Nevski (1835, 1987) puede ser considerado también como la primera «sinfonía urbana», género que encontrará su expresión más acabada en la cinematografía de vanguardia de las décadas de 1920 y 1930. Tan emblemática ha sido siempre la Perspectiva Nevski que cuando Stalin decidió cambiarle el nombre por otro menos monárquico, los petersburguenses se atrevieron a negarse a ello. Y consiguieron su propósito. San Petersburgo encarna el poder absoluto y autocrático ruso, pero lo hace revistiéndose de las formas y del lenguaje urbano de otros países, de otras culturas. Aunque la sociedad está rígidamente jerarquizada, San Petersburgo es la ciudad de las líneas horizontales, que suelen asociarse a armonía, igualitarismo y democracia. Sólo dos verticales, la aguja de la catedral de Pedro y Pablo y la del Almirantazgo, rompen el dominio de la horizontalidad y actúan de potentes referencias urbanas en toda la ciudad. San Petersburgo era sí la capital de un imperio, pero era una ciudad de campesinos que, como hemos visto, vivían segregados en los márgenes de la ciudad, sin apenas familiaridad con la vida urbana. Éstos llegaron a representar casi el 75% de la población en 1914 (un millón y medio), la mayoría recién llegados. El analfabetismo en la capital superaba el 30%. San Petersburgo es ciudad de fachadas hermosas, pero detrás de ellas se disimula un universo social bien diferente. Debido a que, contrariamente a todo lo demás, el uso del espacio interior no estaba regulado en modo alguno, a medida que la ciudad crecía y se densificaba, unos exteriores imponentes ocultaban auténticos tugurios. Una arquitectura ordenada coexiste con un 148 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin 9. Citado en Revista de Occidente, 155 (1994). mundo desordenado de callejuelas fangosas, de patios interiores y escaleras escuálidos y miserables. En Crimen y castigo (1866) Dostoievski nos muestra cómo las fachadas neoclásicas esconden la quintaesencia de la miseria rusa. San Petersburgo posee un espacio público inmenso sin apenas vida pública. Según Marshall Berman (1991): En las generaciones venideras, la gente corriente de San Petersburgo gradualmente encontrará la forma de hacer sentir su presencia y hacer suyos los grandes espacios y estructuras de la ciudad. Sin embargo, de momento se escabullirá o se mantendrá fuera de la vista —en el subsuelo, en la imagen de Dostoievski— y San Petersburgo seguirá encarnando la paradoja de un espacio público sin vida pública. Afirma Alexander Herzen (1857; citado en Romano, 1994): […] soy incapaz de comprender la vida enigmática de esta ciudad que se basa en contrastes y contradicciones de todo tipo, físicos y morales […] Por otra parte, ésta es una ulterior demostración de su contemporaneidad: toda la vida cotidiana es un enigma […] un caos de fuerzas contrapuestas, de tendencias contradictorias. Ciudad de mitos La ausencia de historia produce el mito; el mito vino a sustituir la historia. El mito nace con su misma fundación y se caracteriza en seguida como dúplice: San Petersburgo es sí símbolo de coraje y valentía, pero es una ciudad maldita porque no es rusa y porque está construida sobre huesos humanos. San Petersburgo es la materialización del sueño modernizador de un zar despótico e iluminado. Un sueño sobre un pantano. Una creación que destruyó miles de vidas. La propia figura de Pedro se vuelve un mito ambiguo, pero omnipresente. En El jinete de bronce (1833)10, primera obra que revela el carácter surrealista de la vida real de San Petersburgo, la estatua de Pedro cobra vida y persigue al protagonista por las calles de la ciudad. Lo mismo ocurre en la novela Petersburgo (1913) de Biely, en la cual, por otra parte, todo acontecimiento guarda alguna conexión con Pedro: La plaza estaba desierta […] la silueta del Jinete se incorporó sobre la grupa del caballo; una espuela tintineante arañó el costado de la cabalgadura. El caballó saltó de la roca. San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 149 10. El título de la obra de Pushkin hace referencia a la imponente estatua ecuestre de Pedro el Grande del escultor francés Etienne Falconet, situada en la plaza de los Decembristas mirando al Neva. Esta estatua de bronce, con una base de granito de Finlandia de 1.600 toneladas, constituye uno de los símbolos de la ciudad. Joseph de Maistre (1966), mirando la estatua de Pedro, dice: Su terrible brazo se halla todavía extendido sobre su posteridad; se le mira y no se sabe si esa mano de bronce protege o amenaza. Para Andrei Biely, desde su visión simbolista11, el auténtico creador de San Petersburgo no puede ser otro que el Holandés Errante. Así escribe en Petersburgo: Llegó volando en sus velas de sombra a Petersburgo el Holandés errante, que venía de los plúmbeos espacios de los mares bálticos y germanos, para levantar aquí sus ilusorias tierras brumosas y dar el nombre de islas a un alud de nubes movedizas. En el mito, la ciudad personifica la lucha entre los elementos y la cultura, que se materializa en la lucha entre el agua y la piedra. La piedra de San Peters150 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin 11. «Para los simbolistas rusos, el mito de la capital sobrepasaba con creces la realidad social y política de Petersburgo. Vyacheslav Ivanov escribió en su ensayo La inspiración del horror: “Petersburgo sólo tiene una existencia condicional: es una entidad de la razón y al mismo tiempo es el punto de encuentro de las fuerzas que producen la diversa y universal delusión rusa”. A través de sutiles descripciones de detalles exteriores e interiores, llegamos a ver la ciudad como un espacio subjetivo» (Peter I. Barta). Figura 4. Inauguración del monumento de Falconet a Pedro el Grande (1782). Grabado de la época. Fuente: Romano (1994). burgo no es símbolo de firmeza, de seguridad, sino el símbolo del origen antinatural de la ciudad, porque esas piedras no estaban allí desde siempre, son piedras desplazadas con enormes sacrificios humanos. Además son piedras sin soporte seguro, puestas ahí por la voluntad de un hombre. La piedra es temporal e ilusoria. El agua, en cambio, existió antes que la piedra y la acabará destruyendo. San Petersburgo no inspiraba confianza, no daba seguridad: sus habitantes vivían en el temor de que un día acabaría hundiéndose en los pantanos de donde había salido. Otro motivo del mito es el contraste insuperable entre la belleza perfecta de la ciudad y la imperfecta naturaleza humana. Pushkin, en El jinete de bronce, proclama: Ciudad fastuosa, ciudad miserable espíritu de esclavitud, hermosa apariencia. En la creación del mito de San Petersburgo tuvo un papel clave la mirada de los escritores, y muy especialmente de los escritores nacidos fuera de ella. Pushkin, Dostoievski y Biely eran de Moscú; otros, de otras ciudades (Gógol, Akhmátova, Goncharov, etc.). Fueron los otros rusos, pues, y sobre todo los moscovitas, los creadores del mito de San Petersburgo. La ciudad visible y la ciudad invisible. La ciudad real y la ciudad irreal San Petersburgo, ciudad moderna por excelencia, ciudad cerebral, símbolo del progreso, se revela como un lugar ambiguo, fantástico, espectral. El misterio y el romanticismo del paisaje hacen de San Petersburgo un lugar propicio para el realismo fantástico. El clima de sortilegio de las noches petersburguesas envuelve a los protagonistas de Las noches blancas (1848) de Dostoievski, donde encontramos la descripción más fascinante del tímido soñador que pasa como una sombra a través de la ciudad. San Petersburgo es percibida como una ciudad muy extraña en la que, detrás de las apariencias cotidianas, se esconden realidades y fuerzas invisibles que deciden el destino humano. Es una ciudad muy visible habitada por seres invisibles. La inusual visibilidad de San Petersburgo es consecuencia directa de sus avenidas amplias, largas y rectas. Esa amplia geometría sin historia se puebla no sólo de mitos, sino también de sombras y de fantasmas. Andrei Biely, en Petersburgo: […] nuestra capital pertenece al país de los sueños; es algo que no suelen tomar en consideración al confeccionar las guías turísticas; el provinciano, que no está al corriente, no se apercibe más que de la administración visible; él carece del salvoconducto para el Petersburgo de las sombras […] Lo trágico está en que nosotros pertenecemos al mundo invisible, al mundo de las sombras. San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 151 Y también: Era una infinitud de fugitivas avenidas cruzadas por una infinitud de fantasmas. Petersburgo es una avenida infinita elevada a la enésima potencia. Más allá de Petersburgo no hay nada. Gógol, en La Perspectiva Nevski: No, no os fiéis de esa avenida Nevski […] Todo es engaño, todo es ilusión, nada es lo que parece. San Petersburgo es una ciudad artificial, contra natura. La conciencia de la artificialidad de la ciudad conlleva asociados otros dos rasgos: el de la fantasmagoría y el de la teatralidad. La idea de fantasmagoría la encontramos muy claramente expresada en una leyenda sobre la fundación de San Petersburgo: Se pusieron a construir la ciudad, pero por mucha piedra que trajeran, toda se la tragaba el pantano. Mientras tanto el zar construyó un barco, salió a mirar todo aquello y vio que su ciudad aún no existía. «No sabéis hacer nada» —dijo a sus gentes— y empezó a poner una piedra sobre otra y a construir en el aire. Así construyó toda la ciudad y la bajó a la tierra. Una ciudad levantada en el aire, sin cimientos. Una ciudad ilusoria, un espejismo. En cuanto al carácter teatral de la ciudad, es la misma arquitectura de San Petersburgo, ciudad construida toda de una vez, la que crea una sensación de simulacro, de decorado teatral. Es el teatro donde los Romanov escenifican su poder, una ciudad de parada, de desfiles, una ciudad escenario que, como tal, necesita la mirada del espectador. En la niebla, que crea la atmósfera especial de San Petersburgo, las líneas de los edificios parecen esfumarse en una visión mágica e irreal, onírica. Según Biely: Todo es real, y sin embargo no del todo real. Dostoievski, en El adolescente (1875): ¿Y si de pronto esta niebla se disipa, y junto con ella esta ciudad putrefacta, resbaladiza se levanta y desaparece como el humo, no quedando en su lugar sino el anterior pantano finlandés y en medio, quizá como adorno, el jinete de bronce sobre un caballo reventado de respiración ardiente? […] Todos se mueven y corren de aquí para allá, y quién sabe, tal vez todo esto sea el sueño de alguien, y no haya aquí una sola persona real y auténtica, una sola acción verdadera. Las personas perciben el espacio entorno suyo como fantasmagórico: el clima produce vapores y nieblas que les impiden ver claro. Es una ciudad desenfocada, evanescente. Esta pérdida de visión clara se encuentra en mucha lite152 Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 Laura Zumin ratura; en las nieblas, los personajes siempre andan buscando algo, incluso su nariz perdida, como en el cuento de Gógol (La nariz, 1836). También el tema de la ciudad doble es recurrente en la literatura y encuentra su motivo en la propia urbe, reflejada y doblada en los ríos y los canales. Se habla incluso del complejo narcisista de San Petersburgo, ciudad que se contempla, complacida, en las aguas. ¡Cómo se ha puesto tieso ese petimetre de San Petersburgo! Y delante de él hay espejos por todas partes: aquí el Neva, allá el golfo de Finlandia. Si se descubre una mota o una pluma, enseguida se la sacude de encima. (Gógol) Cuando alcancé el Neva, me detuve un minuto. Parecía que sobre los antiguos edificios se alzaban otros nuevos, que una nueva ciudad se formaba en el aire. Todo este mundo y sus habitantes eran una visión fantástica, un sueño que se desvanecería elevándose, como el vapor, hacia el cielo azul oscuro. (Dostoievski en Un corazón débil, de 1848) Para Biely es la «cuarta dimensión»: Petersburgo es una cuarta dimensión que los mapas señalan únicamente por medio de un punto. Ese punto es a su vez el lugar de tangencia de la existencia con la superficie esférica de un gigantesco cosmos astral. Según Biely, la cuarta dimensión no está ocupada por la gente, sino por «todos los pensamientos, sensaciones, miedos, deseos e impulsos que sienten los seres humanos». En esta cuarta dimensión, la distinción entre presente y pasado es anulada. San Petersburgo es un punto abstracto, interior, atemporal. Y finalmente, ¿podríamos pensar en la San Petersburgo de los Romanov como en un parque temático ante litteram? Los habitantes de San Petersburgo, y no sólo los recién llegados, experimentaban cierta sensación de extrañamiento, percibían la ciudad como ajena, impersonal, como la reproducción de otros mundos. Podían mirarla con admiración e incluso estupefacción, pero advertían su carencia de espesor humano. Dostoievski, en Pequeños cuadros: La arquitectura de nuestros tiempos me sorprende. Sí, en general toda la arquitectura de Petersburgo, que es extraordinariamente característica y original, siempre me ha asombrado porque desde siempre expresa una absoluta falta de carácter y originalidad […] En los palacios se refleja toda la fragilidad de las ideas, toda la esencia negativa del período petersburgués, desde el inicio hasta el final. En este sentido no hay otra ciudad que se le parezca; en su arquitectura se reflejan todas las arquitecturas del mundo, de todos los períodos y de todas las modas; poco a poco todo ha sido tomado prestado y todo ha sido de alguna manera deformado[…] Allá, en los palacios venecianos o romanos, ya han vivido o están viviendo generaciones enteras de antiguas familias, una tras otra en el transcurso de los siglos. Aquí, en cambio, aunque pretendan mostrar siglos de existencia, los palacios han sido construidos tan sólo durante el último reinado […] Me dolerá leer algún día sobre estos palacios el rótulo de un San Petersburgo, entre el mito y la realidad Doc. Anàl. Geogr. 42, 2003 153 restaurante con anexo parque de diversiones, o el de un hotel francés para extranjeros. Este cúmulo de símbolos, contrastes, mitos y espejismos, a los que hay que añadir una relación de amor y rechazo con Europa12, alimentaron la visión literaria y fueron el sustrato de una vida intelectual extraordinariamente intensa, casi febril, y de una cultura rica y sofisticada. Pocas ciudades dieron tanto en tan poco tiempo. La visión de los viajeros Entre los extranjeros que escribieron sobre San Petersburgo se repite constantemente la imagen de la ciudad como un monumento arquitectónico único; no algo vivo, sino una obra de arte que se ofrece a la contemplación estética. Balzac, comparando la Perspectiva Nevski con los bulevars de París, expone: La Perspectiva se parece a nuestros bulevars como un brillante falso se parece a uno auténtico: le falta aquel vivificante sol del alma que es […] la libertad de mofarse de todo […] Siempre uniformes, siempre penachos, siempre capas! Y nunca un grupito de chismosos! (citado en Romano, 1996, p. 126) San Petersburgo despertó siempre la admiración de los viajeros europeos, que vieron materializada en ella la esencia de la civilización occidental. La ciudad encarnaba la armonía, la belleza, la racionalidad, el progreso, y por lo tanto tenía una dimensión atemporal, universal. El atractivo que Petersburgo ejerció en los extranjeros se debió a que cada uno de ellos, italiano u holandés, siempre la encontró reconocible y entrañable. Cada uno era consciente de que precisamente se diferenciaba de las demás ciudades europeas en que se parecía a todas ellas. (Bagnó, 1993) Bibliografía AA.VV. (2002). «1703-2003. Saint-Pétersbourg, 300 ans de magie». L’Express International, 2685, p. 50-81. ANTSIFEROV, Nicolas (2003). L’âme de Saint-Pétersbourg. París: Bernard Giovanangeli Éditeur (original de 1922). BAGNÓ, Vsévolod (1993). «El mito de Petersburgo». Revista de Occidente, 145, p. 51-64. BARTA, Peter I. (1996). «Knights and unicorns. The walkers of Petersburg». 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