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Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial

Santos Solla, Xosé M.

Abstract

En este artículo se destaca la construcción de disidencias en relación con la producción de espacios de exclusión principalmente en los ámbitos urbanos. En este marco, el estudio discute la producción y uso de espacios urbanos, y en menor medida rurales, por parte de dos grupos significativos: okupas y gays. Ambos hacen de la apropiación de ciertos espacios urbanos una estrategia de empowerment. Se resalta la relación que se establece entre lo privado y lo público, así como la importancia de los procesos de gentrificación a la luz de la perspectiva de estos sectores disidentes. Los límites, a veces muy estrechos, que se establecen entre los significados de inclusión, exclusión y disidencia también son destacados, analizándose tanto la relación de estos grupos con el resto de la sociedad como sus propias contradicciones internas.

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Resumen En este artículo se destaca la construcción de disidencias en relación con la producción de espacios de exclusión principalmente en los ámbitos urbanos. En este marco, el estudio discute la producción y uso de espacios urbanos, y en menor medida rurales, por parte de dos grupos significativos: okupas y gays. Ambos hacen de la apropiación de ciertos espacios urbanos una estrategia de empowerment. Se resalta la relación que se establece entre lo privado y lo público, así como la importancia de los procesos de gentrificación a la luz de la perspectiva de estos sectores disidentes. Los límites, a veces muy estrechos, que se establecen entre los significados de inclusión, exclusión y disidencia también son destacados, analizándose tanto la relación de estos grupos con el resto de la sociedad como sus propias contradicciones internas. Palabras clave: disidencia, geografía, gay, okupa, urbano. Resum. Espais dissidents en els processos d’ordenació territorial En aquest article es destaca la construcció de dissidències en relació amb la producció d’espais d’exclusió principalment en els àmbits urbans. En aquest marc, l’estudi discuteix la producció i ús d’espais urbans, i en menor mesura rurals, per part de dos grups significatius: okupes i gais. Tots dos fan de l’apropiació de certs espais urbans una estratègia d’empowerment. S’hi ressalta la relació que s’estableix entre el privat i el públic, així com la importància dels processos de gentrificació segons la perspectiva d’aquests sectors dissidents. Els límits, a vegades molt estrets, que s’estableixen entre els significats d’inclusió, exclusió i dissidència també són destacats. S’hi analitza tant la relació d’aquests grups amb la resta de la societat com les seves pròpies contradiccions internes. Paraules clau: dissidència, geografia, gai, okupa, urbà. Résumé. Espaces dissidents dans les processus d’aménagement du territoire Cet article envisage la construction de dissidences en rapport avec la production d’espaces d’exclusion, notamment en milieu urbain. Dans ce cadre, cette étude vise la production et l’usage d’espaces urbains —et aussi ruraux, mais moins en détail— de la part de deux groupes significatifs: les squatteurs et les gais. Tous les deux font de l’appropriation de certains espaces urbains une stratégie d’autonomisation. D’ailleurs, on souligne le rapport qui s’établit entre ce qui est privé et publique, de même que l’importance des processus de genDoc. Anàl. Geogr. 40, 2002 69-104 Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Xosé M. Santos Solla Universidade de Santiago de Compostela. Departamento de Xeografía Campus Universitario Norte. 15782 Santiago de Compostela [email protected] Data de recepció: desembre de 2001 Data d’acceptació definitiva: març de 2002 DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 69 trification du point de vue de ces secteurs dissidents. Les limites, parfois trés étroites, que l’on fixe entre les significations d’inclusion, exclusion et dissidence sont aussi mis en relief tout en analysant les relations de ces groupes avec le reste de la société aussi bien que leurs propres contradictions internes. Mots clé: dissidence, géographie, gai, squatteur, urbain. Abstract. Dissident spaces in urban and regional planning processes The present paper aims to highlight the formation of dissident sectors hand in hand with the creation of exclusive spaces in urban environments. Within this general framework, the paper discusses the creation and use of urban spaces, and to a lesser extent rural ones, on the part of two significant groups: the gay and the squatting movements. Both regard the appropriation of certain city areas as a «strategy of empowerment». It also underlines the relation established between public and private property as well as the importance of the gentrification processes from the viewpoint of these dissident sectors. The sometimes very thin boundaries established between the meanings of inclusion, exclusion and dissidence are also pointed out, and both the relationship of these groups with the rest of society and their own internal contradictions are analysed. Key words: dissidence, social, gay, squatter, urban. R.I.P. época de merda Baños de la Facultad de Xeografía e Historia (Universidade de Santiago), noviembre de 2001 Introducción Generalmente la disidencia es un atributo de las personas que sirve para definir a las que se apartan de los caminos ortodoxos o mayoritarios. En la actualidad esa ortodoxia se manifiesta a través de lo que se ha denominado «pensamiento único» que, en palabras de Ramonet, sería la traducción en términos ideológicos con pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional (Zitzania, 2000)1. La vieja disidencia vinculada al binomio dominante capitalismo/comunismo dejó 70 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 1. La definición de este concepto, creado por el propio Ramonet, fue tomada del autor en la introducción del libro colectivo Pensamiento crítico versus pensamiento único, editado en 1998 por Temas de Debate. Sumario Introducción El movimiento okupa Disidencias por sexualidad: la homosexualidad Conclusiones Bibliografía DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 70 de existir para ser sustituida por otra de raíces puramente económicas, por lo menos en apariencia, ya que en ningún caso se puede desligar del control político. Hoy más que nunca el poder político y el económico van de la mano. Sin embargo, cuando hablamos de disidencias se justifica una carga ideológica2 que siempre es un peligro para el sistema. Es por eso que se suelen identificar intencionadamente con la marginación y la exclusión, es decir, con grupos minoritarios que viven fuera de las normas de la sociedad desde posicionamientos destructivos, nunca constructivos. La asociación que se ha hecho entre disidencia y exclusión permite que se puedan aprovechar desde el punto de vista teórico muchas reflexiones en relación con el espacio. En este sentido, Mitchell (1997), en su estudio sobre los sin techo y las leyes que los anulan, nos da algunas claves importantes. Señala este autor la importancia que tiene la imagen de una ciudad para la atracción de capital y de ahí la necesidad de limpiarla3de todo elemento indeseable, en este caso a través de la ley como herramienta que elimina su presencia de la ciudad4: en un mundo donde toda la propiedad es privada, no tener acceso a la misma es simplemente no existir. La regulación del espacio público y de lo que es apropiado hacer o no en el mismo tiende a marginalizar a quien no se adapta a las normas5. Concibe el espacio urbano como un escenario en el que las clases propietarias manifiestan la posesión de la tierra y, consecuentemente, su control sobre las relaciones sociales, reforzando la concepción racionalista y burguesa del mundo. Esto nos lleva directamente a Debord6, para quien Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 71 2. González Placer (1997) señala la necesidad de superar la dicotomía entre izquierdas y derechas para entender a los nuevos movimientos sociales, que se caracterizan por un amplio pluralismo de ideas y valores. La cuestión de identidad es fundamental, puesto que su alteridad se construye sobre la base de la diferencia. 3. La palabra limpiar se usa a veces en el sentido literal. Pinder (2000) nos cuenta el caso de París de los años 1950, en donde para la apropiación del espacio urbano por parte de los grupos dominantes fue utilizado con frecuencia un lenguaje higienista como medio para la exclusión social. Por su parte, F. Smith (1998) nos relata experiencias de punks en la antigua República Democrática Alemana que eran detenidos sólo por su apariencia poco estética, en tanto que los neonazis por su presentación ultralimpia no eran molestados; de hecho, estaban más cerca del concepto de orden y disciplina defendido por el Estado. Koskela (2000) señala que la simple apariencia es una razón de exclusión, porque refleja la capacidad de consumo. Breitbart (1998) en relación con los grafitos, nos habla de las campañas de limpieza multimillonarias, pero sólo cuando aparecen «fuera de lugar». Esta idea se podría complementar con lo que ocurre en el casco histórico de Santiago, en donde las pintadas de contenido político «desaparecen» a las pocas horas, precisamente por estar «fuera de lugar». 4. Amendola (2000) nos habla de la ciudad de los sueños, la ideal en la que queremos zambullirnos, frente a la real que, aunque no siempre es visible, está siempre presente y amenazando a aquélla. En sus mismas palabras, una especie de Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. 5. Koskela (2000) nos trae un tema de gran actualidad como es el de la videovigilancia, que permite, de manera eficaz, controlar y regular el espacio público, sobre todo en términos económicos y, en consecuencia, sociales, ya que se desplazan hacia los barrios menos centrales los elementos «indeseables». 6. Este autor, con su libro La sociedad del espectáculo (1967-2000), fue una de las figuras más significativas de la Internacional Situacionista, movimiento político y artístico creado en 1957 y de gran influencia en los acontecimientos de Mayo de 1968. Desde el punto de DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 71 la gente es más una espectadora, un sujeto contemplador pasivo, con unos roles asignados, que un agente activo (Pinder, 2000). Sobre este escenario en el que tiene lugar el espectáculo, los sin techo, los sin propiedad, los sin tierra, etc. son excluidos. Sin embargo, en muchos casos, habría que hablar de disidentes en el sentido de que su situación fuera de las corrientes aceptables de la sociedad es consciente, y forma parte de su estrategia de lucha. Si Meert, Mistiaen y Kesteloot (1997) nos hablan de las estrategias de supervivencia o inclusión en el sistema de grupos excluidos, en este caso, en relación con la vivienda, también se podría hablar de estrategias de exclusión por parte de grupos que, ya no es que no quieran entrar en el sistema, sino que se organizan para cambiarlo, que conciben la ciudad o el campo como un espacio no sólo de dominación, sino sobre todo de contestación y de lucha política, tal como lo entendían muchos situacionistas (Pinder, 2000). Sin embargo, como nos dice Bell (1995) para la disidencia, entrar en la esfera pública es muy difícil y permanecer fuera significa no existir, no tener derechos. Consideramos muy acertada la idea de que «existe el convencimiento moral de que los derechos de facto de los ciudadanos, frente a los derechos de jure, se reservan a quienes lo merecen o son capaces de disfrutarlos responsablemente» (McDowell, 2000, p. 222), con lo que se convierte en excluyente el concepto de ciudadanía. Marcar hoy a la disidencia no es una tarea fácil, porque frecuentemente está inmersa en la más absoluta invisibilidad. Volviendo a los años anteriores a 1989, disidente era quien renegaba del modelo político-económico en el que le había tocado vivir. Movimientos revolucionarios como el Mayo francés del 68, el Flower Power o la revuelta de Praga eran gérmenes de disidencia, pero que siempre fueron controlados. Como señala Taylor (1994), uno de los objetivos de la Guerra Fría fue reforzar la cohesión interna de cada uno de los bloques a través de la fidelidad de los aliados. Sin embargo, en la actualidad parece mucho más difícil identificar la disidencia. El capitalismo de democracia amable ha comprado y engullido cualquier oposición al régimen: los sindicatos7, las mujeres o los homosexuales, entre otros muchos grupos, han entrado a formar parte de la dinámica general de la sociedad occidental. Las disidencias son tratadas como exclusiones y, como tales, son marginalizadas: «fuera del sistema sólo permanece quien quiere». Hoy parece que los derechos de los trabajadores y de las trabajadoras están consolidados y que la igualdad de las mujeres es una realidad, al igual que la aceptación de la homosexualidad o la integración de los inmigrantes. Sólo pequeños fallos causan problemas puntuales, aunque sin afectar al funcionamiento del conjunto. A quien no acepte las reglas del juego se le excluye, se le margina, se le pasa a la disidencia, es decir, a ser enemigo del régimen convirtiéndole en invisible. En un mundo dominado por la imagen y la (des)información sólo existe quien es visible ante los demás, y eso está 72 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla vista geográfico, nos interesan sobre todo sus críticas al urbanismo y a la ordenación del territorio. 7. Gallin (2001) defiende la necesidad de dotar de nuevo a los sindicatos de contenido político, es decir, regresar a sus orígenes recuperando la capacidad de lucha. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 72 en manos del poder. Aquí se podría importar la idea de Debord (1967-2000) de cómo el espectáculo, la gran herramienta del capital, se va apropiando de todo para su beneficio, incluida la ordenación del territorio. Aunque desde una posición esencialista, no deja de ser interesante la reflexión de una okupa rural llamada Mabel cuando dice «La mayoría de los movimientos que han ido surgiendo han sido asimilados por el sistema precisamente porque están dentro de este margen ideológico que ell@s nos han formulado y que nosotr@s hemos aceptado como revolucionario, pero en el fondo no lo es», es entonces cuando se pasa a ser una persona marginal (Colectividades y Okupación Rural, 1999, p. 116). Ante esta situación no es fácil identificar la disidencia. Incluso su estudio es, de alguna manera, una puerta para su inclusión en el sistema8. Definir a quien está fuera del mismo no es sólo una manera de entenderlo, sino también de interpretarlo, obviamente desde la óptica del sistema, y, consecuentemente, de combatirlo. Phillips (2000) nos da un buen ejemplo de cómo a través de un programa de televisión se acerca a la población un grupo marginado, abriendo un debate sobre los sin techo. Este mismo autor nos dice cómo a través de lecturas se pueden crear o reforzar identidades de grupo, como es por ejemplo el caso de los homosexuales. De cualquier forma, es posible identificar algunas disidencias. El feminismo sigue siendo una de las más evidentes. A pesar de que ciertas reivindicaciones han sido asumidas por el régimen, continúa habiendo una importante crítica que pone en entredicho mucha de esa supuesta igualdad9. Lo mismo ocurre con los homosexuales, entre quienes se manifiesta, eso sí de manera cada vez más minoritaria, no tanto el reconocimiento de unos derechos como la creación de una nueva sociedad en la que valores tradicionales y naturales sean sustituidos por otros. Éstos son solamente dos ejemplos de disidencia que, aunque han sido severamente diezmados en los últimos años por su absorción por parte del sistema, mantienen todavía una importante carga de crítica. ¿Cómo podemos estudiar estas disidencias en relación con el espacio teniendo en cuenta la invisibilidad de muchas de ellas? La tarea resulta interesante. Consideramos que todo proceso social tiene su plasmación espacial10, y decir esto desde la geografía parece una obviedad. Por ejemplo, las reivindicaciones tendentes a conseguir un cambio en la estructura de la sociedad implican repensar los espacios públicos y privados, y esas reivindicaciones están en la base del Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 73 8. Binnie (1997), por ejemplo, muestra una abierta suspicacia sobre la manera cómo el mundo académico en el Reino Unido asimiló los estudios gays y lésbicos. De hecho, recoge una cita de Weeks que es altamente significativa: «Puede ser que realmente nuestro trabajo ya no esté luchando contra la opresión, sino que se haya convertido […] en parte de la lógica de la dominación […]» (Binnie, 1997, p. 233). 9. Young (citada por McDowell, 2000) distingue entre el modelo de distribución igualitaria de la justicia y otro basado en la diferencia, que la exalte y la acepte. 10. Como muy bien nos recuerda Mitchell (1995), todo movimiento social necesita un espacio de representación. Al mismo tiempo, el espacio es un elemento fundamental en la construcción de la identidad (McDowell, 2000). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 73 movimiento feminista y del propio de liberación homosexual; del mismo modo, la manera de pensar y vivir la ciudad que tienen muchos grupos disidentes es radicalmente distinto, como tendremos ocasión de comprobar. Señala Massey (1998) que estamos en un constante esfuerzo de territorialización que implica excluir e incluir a personas y grupos en áreas particulares, formando parte de estrategias de protección y defensa de intereses de esos individuos y de esos grupos y expresión de dominio y control. La plasmación de este trabajo en la disidencia nos llevó a formularnos aquéllas que podrían ser objeto de estudio por nuestra parte. Finalmente hemos seleccionado dos. En primer lugar, nos interesaremos por el movimiento okupa con una hipótesis que lo sitúa claramente del lado disidente. Partimos de esta idea apoyándonos en el supuesto de que representa un ataque a la propiedad privada, uno de los pilares básicos del sistema dominante. Otros de los puntos elementales que definen a los okupas, como son la autogestión o las relaciones horizontales, son igualmente significativos de esa oposición al sistema. En segundo lugar, nos centraremos en las disidencias por sexualidad, fundamentalmente homosexuales, tanto gays como lesbianas. Su lucha contra la forma dominante de heterosexismo y, por tanto, contra el patriarcado11, los sitúa en posición de vanguardia dentro de la disidencia. Sin embargo, y esta es la hipótesis que manejamos, en los últimos años han sido, en buena medida, absorbidos por el sistema. Una cierta tolerancia hacia lo que hasta hace poco era definido como enfermedad12, perversión o, en todo caso, desviación de las reglas de la naturaleza, ha hecho que muchos gays y lesbianas abracen con gusto ese nuevo estatus social renunciando a muchos de los cambios que en su momento estimularon al movimiento homosexual. Hombres y mujeres homosexuales alcanzan destacados puestos en el mundo de la economía y de la política, al tiempo que se aprueban leyes favoreciendo la igualdad; la visibilidad es llevada a casi todos los campos e incluso los barrios gays son admirados como ejemplos de recuperación urbana. Todo esto ha generado un sentimiento de asimilación13 o un proceso de estar en vías de integración que hace que sea complicado mantener la consideración de disidencia. Sin embargo, nosotros trataremos de argumentar que sigue existiendo un significativo componente de disidencia que vale la pena analizar. Como señalan Blunt y Wills (2000), dos de las tareas fundamentales en el estudio sobre la sexualidad son evitar la marginalización y desestabilizar esa heterosexualidad obligatoria que se impone como lo natural. 74 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 11. Según Routledge y Simons (1995), patriarcado, racismo y homofobia forman parte de la misma cara del poder dominante y que intenta silenciar, prohibir o reprimir la disidencia, siendo intolerante con la diferencia. 12. En 1952 la poderosa American Psychiatric Association clasificó formalmente la homosexualidad como una enfermedad y así permaneció hasta 1973. 13. Evidentemente, asimilacionismo y bienestar económico van de la mano. Young (1997) nos dice que el individualismo liberal promueve y propone el ideal asimilacionista. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 74 En definitiva, tanto el movimiento okupa como el centrado en las sexualidades alternativas forman parte de los nuevos movimientos sociales, más alejados de las reivindicaciones del ámbito productivo que caracterizan a los sindicatos, aunque retomando ideas y estrategias usados por éstos, al menos en otros tiempos, como las manifestaciones ilegales o la desobediencia civil como formas de «acción colectiva contenciosa»14 (Herreros, 2000). Nos fijaremos, pues, en dos tipos de movimientos que, con una mayor o menor carga de disidencia, forman parte de los nuevos movimientos sociales que han tomado impulso en los últimos años bajo el amplio paraguas de la antiglobalización. La geografía no puede permanecer al margen del debate antiglobalizador que se está empezando a desarrollar. Si, como dice Neil Smith (2000), los grandes eventos de la política izquierdista del siglo XX (descolonización, socialismo, feminismo o ambientalismo) fueron geográficos, ¿cómo no considerar el más importante del siglo recién inaugurado? La autocrítica que para la geografía anglosajona se hace en el volumen 32(3) de la revista Antipode15 debería, igualmente, ser asumida por nosotros para no caer en esa fábrica de salchichas que el propio Neil Smith (2000) recoge de Marx y que hace que todos, profesorado o alumnado, formemos parte de esa factoría que produce seres alienados y sin capacidad de reacción o crítica, por más lecturas posmodernas16 o estructuralistas que hayamos realizado. No se trata ya tanto de la escasa reflexión teórica que caracteriza a la geografía española como del olvido de ciertos temas o historias poco exitosas (Moulaert, 1996) que desvalorizan nuestro trabajo y nos estigmatizan, pareciendo más propios de las juventudes de la profesión que de las posiciones académicas. Como señalan Routledge y Simons (1995), los espíritus de resistencia son peligrosos para el orden político occidental y son intelectualmente domesticados «mediante la transformación de la poesía de la transgresión en la prosa de la racionalidad» (p. 475), habiendo sido las ciencias sociales una herramienta clave en este proceso de domesticación. Antes de comenzar con el desarrollo de los temas, me gustaría señalar algunas cuestiones referentes a las fuentes y a la bibliografía consultada. Ésta última Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 75 14. Con este nombre se designan las acciones llevadas a cabo por colectivos al margen de la legalidad establecida, como son la insumisión o la desobediencia civil. 15. Ciertamente, éste no es un caso aislado y, de hecho, es relativamente frecuente encontrar en números recientes de revistas anglosajonas autocríticas al papel de la geografía humana. El número 34 (2000) de la revista Documents d’Anàlisi Geogràfica está dedicado a las nuevas geografías culturales y constituye uno de los escasos ejemplos que podemos encontrar en alguna de las lenguas peninsulares (aunque la autoría de muchos artículos sea anglosajona) sobre necesidades, retos y carencias de nuestra disciplina, centrándose, en este caso, en ese giro cultural. 16. Tal vez la escasa influencia del posmodernismo en la geografía española ayude a explicar el pobre tratamiento de ciertos temas teniendo en cuenta que «La legitimidad académica de la idealización de la marginalidad […] nace de la teoría postmoderna, que valora positivamente la conducta proscrita» (Jeffreys, 1996, p. 196) para continuar diciendo que «El postestructuralismo es la “alta” teoría empleada para justificar la transgresión como posibilidad revolucionaria» (p. 197). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 75 en general es bastante abundante y con análisis desde múltiples ópticas. Evidentemente, he procurado acercarme a las lecturas geográficas, fundamentalmente a las anglosajonas, que son las que más y, a mi modo de ver, mejor han producido sobre estas cuestiones hasta el momento; inevitablemente, he tenido que discriminar gran parte de los artículos y libros que han llegado hasta mí, simplemente por falta de tiempo más que por su desinterés. Sin embargo, frente a toda esta descarga intelectual hecha desde publicaciones más o menos académicas, debo reconocer que el trabajo de campo, con numerosas entrevistas, así como revistas o libros generados desde grupos disidentes y con distribuciones alternativas, me han servido para conocer mucho más en profundidad, y sin tanta retórica, el significado, las metas y las inquietudes que muestran estas disidencias. La tan criticada contradicción del uso de Internet por parte de estos grupos también ha sido importante para comprenderlos mejor. El movimiento okupa No hace falta decir que estamos ante un movimiento que no es, ni mucho menos, nuevo, aunque la influencia más reciente está en los acontecimientos del Mayo francés de 196817. Buceando en la historia en busca de antecedentes, podríamos ir mucho más atrás; de hecho, se considera que el squatting británico tiene su precedente en la edad media, cuando había derecho a las okupaciones pacíficas de casas vacías por parte de quien no la tuviese. Hoy constituye una de las disidencias más evidentes y persistentes a pesar de que no atraviesa sus mejores momentos, por lo menos en el Estado español18. De manera muy escueta, se puede decir que la okupación es una respuesta a la política de vivienda que favorece la especulación, lo que hace imposible su acceso a una parte de la población. En la práctica supone «el paso de la lógica del pedir […] a la lógica del tomar» (Herreros, 2000, p. 17), considerando que la okupación en sí misma no es el objetivo final, sino la denuncia de una situación19. De forma 76 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 17. Sobre ello existen bastantes coincidencias, no ya sólo en torno al movimiento okupa, sino también a otras experiencias alternativas. Para Fernández Durán (2001), el Mayo francés de 1968 supuso el desplazamiento del conflicto del espacio de la producción al territorio en su conjunto. 18. Es complicado profundizar, en apenas unas líneas, en el origen del debilitamiento del movimiento. Tal vez habría que hablar de dos etapas recientes. Entre las décadas de 1980 y 1990 en plena crisis de crecimiento del sistema, coincidimos con N. Smith (Papayanis, 2000) en que la ciudad revanchista con su desgentrificación, creó un refuerzo de los valores tradicionales de las clases medias. Por el contrario, una vez superada la crisis, el nuevo modelo urbano, con la recuperación del centro de la ciudad, revalorizó estos espacios y expulsó a muchos de sus habitantes. 19. La letra k representa la transgresión de la norma que, sin embargo, ha creado una nueva norma (Vivienda, 2001). Nos hemos resistido a la tentación de diferenciar entre okupas y ocupas, o autónomos y espontaneistas (ibídem). Éstos últimos harían referencia a ocupaciones más por necesidad que por ideología. Sin embargo, como se verá más adelante, muchas ocupaciones de «familias» tuvieron un fuerte componente ideológico y gran influencia en el movimiento okupa. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 76 explícita es una crítica al urbanismo dominante y, por tanto, al modelo de ciudad (y de sociedad) en el que habitamos. Hay que considerar que «La crítica urbana ha sido uno de los lugares comunes de buena parte de la crítica al sistema capitalista» (Herreros, 2000, p. 16) y que la influyente Internacional Situacionista20 realizó numerosas críticas a la construcción del espacio urbano (Herreros, 2000), llegando a decir el propio Debord (1967-2000, p. 145) que «El urbanismo es la realización moderna de la tarea ininterrumpida que salvaguarda el poder de clase». Con todo, los ataques van mucho más allá de lo que es simplemente la ciudad como construcción física con sus relaciones económicas y se dirigen también a las sociales y de poder. Debemos tener en cuenta que la vivienda es más que un simple techo o abrigo; en ella tienen lugar otras muchas relaciones que sirven para la reproducción social del sistema y, desde el punto de vista espacial, para la conexión con el lugar. Los mecanismos de mercado son los que en gran medida articulan la vivienda con ese sistema social, y los poderes públicos tienen un papel importante en los procesos de formación y diseño de suelo urbano (Page, 1996). Éste, el diseño urbano, no es aséptico, sino que «responde a los intereses de los sistemas de dominación» (Vivienda, 2001, p. 18). Como nos señala McCann, el diseño de los espacios urbanos evita los encuentros incómodos y sirve para mantener las rígidas relaciones de poder existentes. El movimiento okupa ha de llevar, inevitablemente, a reflexionar sobre el modelo de ciudad y sobre la vivienda como un derecho fundamental. No olvidemos que la okupación es una forma de resistencia con su propio espacio de representación en donde (re)construyen su identidad frente al otro21. Anarquistas, autónomos o cualquier otro que sea el movimiento revolucionario que pudo llevar a inspirar la okupación están hoy en crisis, porque entre la juventud existe un creciente «rechazo al encapsulamiento identitario y la negativa a aceptar etiquetas políticas preestablecidas» (Dani, 2000, p. 54). Incluso desde dentro de estos movimientos empieza a haber una crítica al inmovilismo y a la defensa a ultranza de la norma. En este sentido, parece preciso realizar una adaptación ideológica a la nueva situación del mundo que sintonice la teoría con la práctica. Del mismo modo que en su momento Engels critica la teoría supuestamente revolucionaria de Proudhon, autor de influencia en el anarcosindicalismo, de convertir al obrero en propietario (Bernal, 2001). La disidencia del movimiento okupa se evidencia a través de dos frentes muy nítidos. Por una parte, con el ataque a la propiedad privada, una de las Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 77 20. Sobre la Internacional Situacionista se puede consultar Martos, J. (1995). Histoire de l’International Sittuationniste. París: Ivrea. Por su parte, la editorial Literatura Gris ha publicado tres volúmenes en castellano con los artículos aparecidos en la revista International Situationiste, bajos los títulos: Internacional Situacionista, vol. I y II y La práctica de la teoría. Desde una perspectiva más geográfica, creemos interesantes los artículos de Pinder (1996; 2000). 21. Pile (1997) dice que la resistencia es una manera implacable de oposición al poder y hay que entenderla en el contexto en el que tiene lugar más que a través de abstraciones teóricas. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 77 Finalmente, la okupación periurbana, que se puede sintetizar en el significativo grupo madrileño «Bajo el asfalto está la huerta» (BAH)35, ofrece una perspectiva muy interesante y novedosa. Como los movimientos urbanos, centran sus críticas en la especulación y el abandono, pero coinciden con los rurales en la demanda de una agricultura y unos modos de vida más naturales. Sin embargo, se encuentran con una acumulación de todos los problemas que afectan a los otros grupos. La presión inmobiliaria no tiene compasión con sus huertos y la agresividad de estas áreas circundadas por las grandes vías de comunicación, afectadas por enormes proyectos urbanísticos e incluso por la concentración de suelo industrial, aleja cualquier idealismo que pudiera tener relación con el mundo rural. De ahí se deriva una organización particular que en el caso de BAH se realiza a través de una cooperativa de producción y de grupos autogestionados de consumo, así como una asamblea para la autogestión de la finca (Dani, 2000). Disidencias por sexualidad: la homosexualidad En los últimos años ha surgido una abundante bibliografía, incluso desde el campo de la geografía —básicamente de la anglosajona36—, relacionada con la sexualidad que ha servido para desarrollar un debate teórico absolutamente necesario37. En el mismo se entremezclan la sexualidad, el género, las aportaciones de los enfoques feministas, el posmodernismo o el estructuralismo, entre otras. Nosotros trataremos de profundizar algo en estas interesantes discusiones. Nada mejor para comenzar que citando a McDowell (2000) en su insistencia de que «el espacio y el lugar son sexuados y tienen un carácter de género, y las relaciones de género y la sexualidad están espacializadas» (p. 101)38. 84 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 35. Este nombre sin duda está directamente inspirado en una de las frases más utilizadas por los situacionistas en sus pintadas parisinas: «Bajo el empedrado está la playa» (Blunt y Wills, 2000). 36. En la geografía española y en el ámbito de las publicaciones ampliamente difundidas en la profesión, sólo hemos podido encontrar un reciente artículo de García Escalona (2000) sobre el barrio de Chueca, en Madrid. Fuera de ahí, donde resulta mucho más difícil bucear, podemos citar un par de artículos escritos por Santos (1996; 1998). De todas formas, a pesar de la mayor riqueza existente en la geografía anglosajona, sigue habiendo muchas reticencias a investigar sobre sexualidad, como de manera reiterada lo han puesto de manifiesto diferentes autores y autoras. Incluso, a veces, se demuestra una oposición evidente a su estudio, como así lo significaron algunas protestas surgidas a raíz de la publicación en 1990 en el boletín de la AAG, Geographical Magazine, de un artículo de Knopp titulado «Social Consequences of Homosexuality». 37. Binnie y Valentine (1999) hacen un estado de la cuestión de los estudios gays y lesbianos en la revista Progress in Human Geography. Por su parte, Bell y Valentine (1995) coordinan un magnífico libro sobre geografía de las sexualidades. Finalmente, y por citar sólo algunas obras representativas, la publicación multidisciplinaria dirigida por Ingram, Bouthillette y Retter (1997) nos ofrece numerosos artículos de indudable interés geográfico. 38. Mariño (1999), en su estudio sobre las lesbianas en Santiago de Compostela, nos explica, a través de métodos cualitativos, cómo las lesbianas usan y se mueven por la ciudad. Sus informantes señalan continuamente el hecho de ser mujeres y lesbianas para explicar DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 84 Entendemos que es necesario precisar el contenido del mismo concepto de sexualidad, en este caso homosexualidad, para pasar a relacionarlo con el de género. Parece que de una vez por todas hay que superar esa oposición binaria entre homosexualidad y heterosexualidad, igual que la de masculino/femenino. Curiosamente, la homosexualidad es definida, no frente a la heterosexualidad, sino frente a la norma, frente al hombre o mujer normal, quitándole toda acepción sexual39. Así, el hombre o la mujer homosexual aparecen como seres que se definen por sus preferencias (en el caso del constructivismo) o por su orientación (siendo esencialistas)40 sexual, en todo caso por la heterodoxia (i. e. heterosexuales) de su sexualidad. Los que se ajustan a la ortodoxia (i. e. ortosexuales)41 pierden toda connotación relacionada con la sexualidad, y el sexo biológico se convierte en género. Uno de los errores más comunes que los heterosexuales repiten cuando tratan de entender culturalmente la homosexualidad es la asimilación a los distintos roles de género. Por ejemplo, en una pareja de lesbianas se categorizan sus comportamientos para definir quien hace de hombre o de mujer y, consecuentemente, quien es pasiva o activo. La famosa sentencia de ser un hombre o una mujer atrapado en un cuerpo o en una mente distinta a la que le correspondería va en esa línea. Al igual que se hizo desde una parte del feminismo, es importante romper esa oposición binaria y entender que la sexualidad, o incluso el propio sexo biológico, no se puede categorizar o reducir a simples antagonismos. Frente al hombre/mujer, masculino/femenino u homosexual/heterosexual, nos encontramos con personas bisexuales, transexuales o travestidos que evidencian una ruptura con todas esas categorizaciones. Lo que desde la teoría trataron de explicar muchas feministas, abriendo un interesante y fructífero debate, se hizo explícito cuando las disidencias sexuales mostraron su visibilidad. A partir de ese momento ya no podemos negar que la sexualidad y el género muestren dos categorías opuestas y cerradas. Incluso habría que profundizar en la necesidad de eliminar toda categoría de género, puesto que en ella reside el germen de la desigualdad. Jeffreys (1996), desde un posicionamiento radical de feminismo lesbiano, critica con dureza el discurso posmoderno que reduce el género a un mero juego en el que todo el potencial revolucionario es pura perfomance Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 85 sus lógicas diarias en la ciudad. Otros muchos trabajos, sobre todo en el ámbito anglosajón, y muy especialmente los de Valentine, nos ofrecen excelentes estudios en este mismo sentido. 39. Blunt y Wills (2000) dicen que la heterosexualidad es considerada tan natural (la «heterosexualidad obligatoria» de Rich) que paradójicamente aparece como asexuada. Es esa naturalidad lo que ha hecho que apenas se le prestase atención, al menos desde la geografía, ya que se daba por supuesto que el espacio era heterosexual. Sin embargo, cada vez se insiste más en la necesidad de estudiar la heterosexualidad en relación con el espacio, cómo aquélla es negociada y construida. 40. El debate constructivismo-esencialismo es uno de los más reiterativos en los estudios gays y lesbianos. La famosa frase «toda mujer puede ser lesbiana» del feminismo lesbiano choca de frente con las posturas más esencialistas de los hombres homosexuales. Estas dos posiciones tienen su reflejo evidente en sus estrategias ante el sistema. 41. Para saber más sobre este juego semántico, se puede consultar a Guasch (2000). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 85 sin que realmente se produzca un ataque contra él; en definitiva, denuncia el retorno al género más que su eliminación. En cualquier caso, la homosexualidad, así como otras formas de expresar y vivir la sexualidad, se convierte en disidencia al poner en cuestión, por lo menos de entrada, la existencia misma del género y de sus relaciones, y, en consecuencia, algunas de las instituciones sagradas del capitalismo, fundamentalmente el patriarcado. La familia tradicional, que es el ámbito en el que se efectúa la reproducción social42, básica para la supervivencia del sistema, se ve amenazada porque se produce un trastoque completo del papel que le corresponde a cada actor, al tiempo que aparecen nuevas figuras que alteran todavía más el panorama previo. Sin embargo, una de las virtualidades del capitalismo ha sido su constante adaptación a los cambios sociales y económicos que se han venido sucediendo a lo largo de los años. Entre estas adaptaciones está la experimentada por el sistema productivo, pero también por la propia sociedad y por el concepto de familia. En este sentido, se puede afirmar que la homosexualidad ha tratado de ser absorbida y reciclada por el sistema, en el cual nació, para dejar de ser una disidencia y un peligro43. A continuación nos detendremos en este tema y su relación con la organización del territorio. La hipótesis que fue expuesta al inicio de este trabajo señalaba que la homosexualidad ha sido en buena medida absorbida por el sistema, de tal manera que a veces resulta bastante difícil definirla como una disidencia. Sin embargo, también decíamos que en sus bases, en su práctica, mantiene un fuerte desafío a la norma, lo que sigue haciendo que tenga un importante componente disidente, como trataremos de ejemplificar. Siguiendo una lógica argumental, comenzaremos señalando que en la sociedad occidental la homosexualidad pasó de tener una consideración de enfermedad, en el sentido literal de la palabra, con respuestas de exclusión y represión, a otra en la que, en general, se produce una aceptación social, aunque no siempre sin dejar de ser una patología44. La lucha organizada del movimiento homosexual, especialmente a partir de la revuelta de Stonewall, Nueva York 1969, fue fundamental para entender esta transición. Éste es un destacado punto de partida, pero tampoco deberíamos olvidar otras luchas anteriores, a menudo anónimas, que fueron igualmente importantes45. 86 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 42. El hogar es el espacio principal en el que tiene lugar, es el espacio de las relaciones directas (McDowell, 2000), de ahí su importancia y la disidencia explícita de okupas y homosexuales al romper el modelo tradicional de hogar como estructura social. 43. Sólo como un pequeño ejemplo podemos citar la creación de grupos o plataformas en defensa de los homosexuales que existen en el seno de los principales partidos políticos europeos, incluido el Partido Popular español. 44. El persistente esencialismo del discurso gay sin duda favorece esa lectura médica. Al mismo tiempo, esa condición esencial, irremediable, del ser gay empuja a hacer entender la necesidad de la tolerancia. 45. Ciudades como Berlín en las primeras décadas del siglo XX o la propia Nueva York pre-Stonewall tuvieron importantes movimientos homosexuales. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 86 Muchos de los éxitos del movimiento homosexual, particularmente del masculino, se apoyaron en una base territorial que sirvió de plataforma para realizar sus reivindicaciones. Sin duda el ejemplo más claro fue el de San Francisco, estudiado por Castells (1986). En esta ciudad californiana, la concentración y organización de homosexuales en torno al barrio del Castro fue utilizada para fortalecer sus demandas, habiendo conseguido no sólo cambios legislativos, sino también un relativo poder político46 que reflejaba también un creciente poder económico. Otros casos analizados en ciudades de los Estados Unidos nos evidencian la importancia que tuvieron ciertos espacios urbanos en el proceso de reconocimiento social de la homosexualidad. Ahora bien, este reconocimiento estuvo muy ligado a su capacidad económica y, en definitiva, política. Como pusieron en evidencia Castells (1986) o Knopp47, la creación de estos barrios llevaba consigo una importante remodelación urbana que, en algunos casos, fue estudiada como una auténtica gentrificación48. En el caso del Estado español, y salvando las diferencias que hay entre Europa y América, el barrio de Chueca en Madrid podría servir para ejemplificar la transformación que una comunidad gay49 efectúa sobre un espacio urbano degradado hasta convertirlo en una zona habitable. Paris y Anderson (2001) indican que son los hombres homosexuales los que controlan este proceso, a lo que habría que añadirle ciertas características de clase y, en su caso, de raza. En el ejemplo que estudian estas autoras, en la ciudad de Washington, relacionan la recuperación urbana con el carácter religioso de la comunidad al incorporar valores espirituales como el orden o la limpieza, señalando que esta perspectiva genera tensiones futuras con los residentes afroamericanos de menos recursos. Hodge (2000), desde una perspectiva queer50,realiza una Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 87 46. Grésillon (2000) insiste, de manera que no deja lugar a dudas, que en Berlín los homosexuales representan hoy una fuerza política. 47. Knopp insiste en la búsqueda de una teoría que relacione espacio, lugar y sexualidad. Este autor, sólo o en colaboración, tiene importantes artículos que estudian diferentes casos de renovación urbana promovida e incentivada por gays. En la bibliografía reseñamos algunos de los trabajos que nos parecen más interesantes. 48. Hay que indicar que, como señalan Bell y Valentine, los estudios geográficos sobre sexualidad pasaron de interesarse por la localización y definición de barrios gays a preocuparse más por las políticas de identidad en relación con el uso y la producción de espacio (Blunt y Wills, 2000). 49. De origen occitano, la palabra gay suele usarse en la actualidad en relación con un homosexual que se identifica como tal y adopta unas reivindicaciones políticas. Su utilización es bastante flexible, ya que con frecuencia es simplemente sinónima de homosexual, pero es preferida por ser más corta, más internacional y estar libre de connotaciones vinculadas con desórdenes médicos. Sin embargo, en España cada vez más parece identificarse exclusivamente con la homosexualidad masculina. Cuando hablamos de barrios gays somos conscientes del recurso a un término androcentrado, porque, efectivamente, estamos ante espacios básicamente dominados por hombres. 50. En torno a la palabra queer (‘raro, maricón’), en sí misma agresiva, se articula la denominada Teoría Queer, que rechaza el programa asimilacionista de parte del movimiento gay, incluso el propio concepto de comunidad. En su manifiesto político Queers Read This (Nueva York, 1991) se declaran abiertamente antiasimilacionistas y hacen un llamamiento DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 87 dura crítica hacia la gentrificación centrándose en el desplazamiento o la expulsión de otros grupos más empobrecidos, introduciendo así la variable «clase», casi siempre ausente en este tipo de análisis. Por su parte, Bondi (1992), aún admitiendo que la gentrificación ofrece un ámbito nuevo para superar los modelos de familia tradicional, reconoce que no afecta a las relaciones de género y, recogiendo una cita de Chapman, indica que todo cambia pero permanece igual. En relación con el Estado español, parece inevitable, una vez más, referirse al barrio madrileño de Chueca, convertido de un tiempo a esta parte en el auténtico estandarte de la (r)evolución homosexual de este país. En general somos bastante críticos con la visión que desde la sociología o incluso desde la geografía (García Escalona, 2000) se hace de este espacio, y así lo hemos puesto de manifiesto en otro momento (Santos, 1998). Sin entrar ahora a valorar el significado político de Chueca como «otro efecto capitalidad» (García Escalona, 2000, p. 449) frente al debilitamiento de las periferias51, o el marcado carácter comercial incluso de los eventos políticos (Santos, 1998), no podemos dejar de pasar por alto el tema de la renovación urbana. Cuando García Escalona señala cómo se transformó esta zona desde un espacio peligroso y degradado a otro abierto y gentrificado, creemos que está obviando algunos elementos importantes. A pesar de decir que los otros ocupantes (i. e. los no homosexuales) están contentos con el cambio, no hay que olvidar, y ella misma así lo reconoce, que se produce una revalorización del suelo, un proceso especulativo de consecuencias evidentes sobre la población con menos recursos allí asentada. Los ejemplos que esta autora pone del edificio Libertad, promoción de lujo orientada al mercado gay, o el apelativo de calle de oro para la calle Pelayo, no nos parecen los mejores para hablar de ciudad y justicia social. Del mismo modo, en esa concepción de zona abierta casi habría que invertir el sentido, sin olvidar tampoco que los actos de violencia homófoba siguen existiendo y, como muy bien indica, el entorno Chueca figura entre las áreas criminógenas emergentes52 de Madrid. En definitiva, esa ciudad con88 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla a las armas «para la autodefensa queer contra la brutalidad del mundo hétero» (Hodge, 2000, p. 368). Por otra parte, trata de aglutinar a otras disidencias sexuales, incluidos heterosexuales, y postula una política de acción directa, agresiva y radical. Llamas (1998) la traduce, en base a la etimología latina, como Teoría Torcida y señala que lo importante no es definir lo que se es, sino localizar en qué posición marginal de resistencia al régimen se está. Sin embargo, como ya fue dicho, autoras como Jeffreys (1996) reniegan de esta palabra, porque muchas de las prácticas abarcadas «están vinculadas con el fetichismo de género y con el dominio y la sumisión» (p. 200). 51. Este efecto capitalidad creemos que no tiene demasiado que ver con la emigración selectiva de homosexuales, que hace que se concentren en las grandes ciudades. Grésillon (2000) reproduce unos datos que apuntan que cerca de las tres cuartas partes de los homosexuales de Alemania residen en núcleos de más de medio millón de habitantes. 52. El incremento de la homofobia, con violencia desde el exterior, a medida que se crea y se asienta un barrio gay, ya fue puesto en evidencia en otros ejemplos, como en Montreal (Remiggi, 1998). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 88 tenta y esa comunidad satisfecha, como Llamas y Vidarte (2000) definen a Chueca, no es más que un espejismo53. Nos encontramos ante auténticos guetos o espacios de liberación en los que una comunidad, bien a través de un uso residencial, bien social, bien mixto54, se cohesiona, se desarrolla y se identifica frente a los otros. En su estudio sobre jóvenes hispanos en un barrio de San Antonio-Texas, Bauder (2001) nos da algunas pistas de cómo funciona un gueto. Señala este autor que su identidad «étnica» (en nuestro caso en torno a la sexualidad) se define en relación con los que viven fuera del barrio. Del mismo modo, ciertas marcas de identificación (por ejemplo la manera de vestir) que a menudo sirven para mostrar exteriormente la pertenencia a una comunidad55, son las mismas que al cambiar de escala de representación van a servir para excluirlo. Es por eso que escapar de la marginalidad56 supone no sólo cambiar de escala, sino también renunciar a esas etiquetas identificativas, que en el caso de gays y lesbianas implica hacerse pasar por heterosexual. Ésta es una de las principales críticas que se hace a los barrios gays, su escasa capacidad de disidencia al actuar como islas que permiten en paralelo un cambio de escala y de representación. Aliaga y Cortés (1997) nos dicen que el gueto sirve para marcar una frontera entre la vida pública y la privada, que es aquélla que se desarrolla en el gueto57. De aceptar esto, creemos efectivamente que el barrio no es más que un gueto en el sentido que le da George (1985), el refugio de cualquier grupo minoritario. Al contrario, y sin negar todos los elementos positivos del barrio, el ámbito público, que es el de la confrontación, debería ser el de la disidencia y de la resistencia58. El gueto, al ser una forma de segregación, impide que personas diferentes se muevan o crucen fronteras por los vecindarios normales evitando sentimientos de ansiedad, nerviosismo o temor (Sibley, 1995)59. Del mismo modo, el barrio se cierra socialmente a los otros, con lo que tiene un papel Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 89 53. Estos dos autores, aunque consideran el barrio como un laboratorio de nuevas libertades, realizan también una sarcástica pero dura crítica hacia el mismo: entienden que se están reproduciendo unas normas de representación asimilables a una sociedad heterosexual. 54. Desde la sociología, el gueto no se define sólo espacialmente, sino también en cuanto a redes sociales (Guasch, 1995). 55. Asumimos la definición de comunidad que nos da McDowell (2000, p. 151): «red fluida de relaciones sociales que puede estar ligada o no a un territorio». 56. Nótese que hablamos de marginalidad, no de disidencia. 57. Esta idea nos parece contradictoria con la que desarrollan más adelante en relación con el hecho que «El gueto se constituye como uno de los elementos estructurantes básicos de la identidad y la visibilidad gay» (Aliaga y Cortés, 1997, p. 188). Evidentemente, si forma parte del ámbito privado, la visibilidad no parece una de las características más definitorias del mismo. 58. Del mismo modo que McDowell (2000) se expresa sobre los espacios exclusivamente femeninos, nosotros también dudamos sobre si estos barrios efectivamente contribuyen a fortalecer a los homosexuales o si, por el contrario, los atrapan en el gueto bajo la idea de la necesidad de protección. 59. En sentido inverso, McDowell (2000) recapitula investigaciones que señalan «el sentimiento de marginalidad que experimentan gays y lesbianas en los espacios considerados “normales”» (p. 96). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 89 importante la creación de estereotipos60 que ayuda a configurar unos espacios a menudo negativos basados, precisamente, en los elementos de exclusión (Sibley, 1995). Con todo, es necesario y justo atribuir a los barrios gays un importante papel en la creación de una identidad propia, que va más allá de un estilo de vida, así como su influencia en el reconocimiento social de la existencia de sexualidades diferentes61. Como señala Myslik (1996), para individuos gays, alienados y sin poder alguno, sólo el hecho de reclamar un territorio tiene un enorme significado emocional. Como toda comunidad, el barrio tiene una clara tendencia hacia la homogeneización que se va a manifestar en unos perfiles dominados por hombres de clase media. En general, las lesbianas son bastante críticas con los barrios gays porque insisten que en ellos se perpetúan las desigualdades de género, consolidándose valores tradicionales como el patriarcado62. Brickell (2000) indica que con frecuencia los discursos de la homosexualidad son cómplices en la reproducción del heterosexismo. Por otra parte, la revalorización urbana que acostumbra a acompañar la recuperación de espacios urbanos excluye a los homosexuales más pobres, incapaces de salir de su propia pobreza y con problemas muy graves de intolerancia en su entorno social. Esa intolerancia, pero de clase (y también de raza en muchos países), se traslada frecuentemente a los barrios gays, que, como en el caso de las mujeres, repiten los esquemas dominantes del sistema. La famosa imagen del homosexual como un varón económicamente bien situado deriva en buena medida de los estereotipos salidos de los barrios gays americanos63. Esta situación inevitablemente lleva a su inclusión, vía mercado, en el sistema. Como señala Kirby (1995), el espacio no es heterosexual (y por tanto tampoco homosexual) sino capitalista64, y si está creado en esos términos de sexualidad es con el propósito de obtener un retorno de capital. La ordenación del territorio es un instrumento en este sentido65; Pile (1997), por ejem90 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 60. Amendola (2000) nos habla de un manual de autodefensa personal, de amplia difusión en Estados Unidos, en el que se describen, incluso gráficamente, las tipologías de personas potencialmente peligrosas y a las que habría que negar el acceso al vecindario. 61. Como señalamos antes, el paralelismo entre la creación de barrios gays y el aumento de la violencia homófoba es un síntoma de la molestia que generan estos espacios al sistema. 62. Las diferentes lecturas espaciales de gays y lesbianas son muy abundantes, desde el trabajo de Castells hasta otros más recientes, como los efectuados por Valentine. Una autora como Jeffeys (1996) critica, por ejemplo, la aproximación que muchas lesbianas hacen al mundo gay perpetuando así su opresión, e incluso niega que el concepto queer sea incluyente, como así lo creen quienes defienden su uso. 63. En Gluckman y Reed (1997) se pueden encontrar diferentes artículos en torno al tema de la homosexualidad y la economía, con capítulos en los que se muestra tanto la contradicción entre disidencia y asimilación como el falso mito del gay de clase media. 64. Evidentemente, ésta es una perspectiva más, porque desde el punto de vista de la sexualidad, como recoge Binnie (1997) de otros muchos autores, el espacio es activamente producido y (hetero)sexualizado. 65. Nos parece muy indicativo el título del libro de Reguera (1993) Territorio ordenado, territorio dominado. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 90 plo, define la planificación urbana como una de las tecnologías espaciales de dominación, que tiene que estar continuamente tratando de resolver problemas, entre ellos los de inclusión, exclusión, vigilancia y posición. Los homosexuales (algunos) se convierten en objetivo prioritario de consumo apoyados en un supuesto mayor nivel de ingresos y de gastos; la inexistencia de cargas familiares, la preferencia por viajar fuera de temporada alta o su papel de vanguardias de la moda o la música, los convierte en clientes altamente deseados. Una hojeada a algunas revistas gays evidencia hasta qué punto están implicadas algunas grandes trasnacionales. Esta inclusión económica en el sistema implica ciertos comportamientos sociales que suponen normalidad: el matrimonio gay, cada vez más presente en las legislaciones de los países occidentales, normaliza las relaciones e institucionaliza el concepto de fidelidad; la apariencia física masculina restablece el orden en las relaciones de género; y las mari-amigas devuelven al hombre gay su necesario contacto con la mujer heterosexual66. Sin embargo, es bueno recordar que el reconocimiento y la celebración de la diferencia no es suficiente para prevenir la marginalización y las prácticas de exclusión, sino que muchas veces es sólo otra forma de apropiación (Binnie, 1997). Esta adaptación al sistema tiene unas repercusiones claras sobre el movimiento homosexual. Como ya hemos dicho, supone un reforzamiento de las desigualdades de género, de clase y de raza. En este sentido, por ejemplo, los gays y las lesbianas con pluma son discriminados67, del mismo modo que lo son las travestidos o las transexuales. Las lesbianas, por su parte, quedan fuera de la nueva cosmovisión de la homosexualidad (Gimeno, 2000). Más allá del rechazo que, con frecuencia, muestran ante esta nueva situación del gay «libre, feliz y orgulloso», muchas de ellas son madres, por lo que tienen que soportar cargas familiares que se añaden a su condición de mujer y lesbiana, desembocando en situaciones de auténtica precariedad. Las viejas reivindicaciones relacionadas con una manera distinta de ver el mundo se quedan anticuadas. Las manifestaciones del Orgullo Gay no son más que desfiles en los que se reivindica la igualdad, que no es más que una igualdad con el sistema dominante. Por otra parte, la celebración de estos eventos se convierte en una gran oportunidad de negocio, hasta el punto de que en su organización se produce una colaboración activa entre los locales gays, las administraciones públicas y las transnacionales. El dinero rosa que se mueve alrededor del negocio inmobiliario, de algunos destinos turísticos, de la moda, de los medios de comunicación o de la movida nocturna, es uno de los grandes mitos que configuran hoy el mundo homosexual. Recogiendo una frase de Jackson (1995), podríamos Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 91 66. Aunque no deja de ser algo exagerado, tampoco le falta un poco de razón a Guasch (2000) cuando señala que ser gay, especialmente entre las clases medias, es un signo de distinción. 67. Mott (2000), a propósito del ambiente gay de Salvador de Bahía, nos dice «entre los propios homosexuales hay sempre una fuerte censura y rechazo de estos chicos excesivamente alegres […] Sobre todo en los últimos años, con la expansión y gran valorización del nuevo modelo primermundista del gay musculado» (p. 42). DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 91 decir que al eliminar de la sexualidad todo contexto político o social y limitarla a un estilo de vida, estamos aceptando nuevas formas de opresión68. Como él, asumimos la necesidad de que «Sin la reclamación de la base social de nuestra sexualidad, aquellos de nosotros que estamos tratando de vivir nuestra vida “contra corriente” de las normas aceptadas de la jerárquica heterosexualidad seremos incapaces de resistir la mercantilización de nuestras actuales ansiedades de género» (Jackson, 1995, p. 108). Sin embargo, como hemos dicho, la homosexualidad mantiene una gran capacidad de disidencia, incluso la masculina, aun a pesar de los argumentos señalados en los párrafos anteriores. De entrada, podemos decir que es permitida en tanto en cuanto se mantenga en el ámbito de lo privado. Esto significa que muchos espacios públicos ocupados por homosexuales se convierten en privados. Las manifestaciones de afecto o pasión que una persona heterosexual puede mostrar en público, una homosexual las tiene que limitar al ámbito privado, bien al hogar, bien a un espacio cerrado, bien al gueto69, que adquiere así una connotación distinta, de espacio privado en el que se pueden exceder las normas sociales70. Para Lefebvre el derecho a la ciudad implica el derecho a la diferencia (McCann, 1999); por su parte, Mitchell (1995) argumenta que los espacios públicos, cuando son tomados por grupos marginalizados como espacios para la representación, ganan en importancia política71, convirtiéndose en espacios diferenciales o contraespacios que resisten la homogeneización, por usar terminología de Lefevbre, en los que manifiestan su disidencia. Brickell (2000) va más allá al recoger el argumento de Kirby sobre Freud y sus seguidores, que perciben la psique y la mente como espacios o territorios. Señala, además, que ciertos discursos mediáticos en Nueva Zelanda «sugieren que las lesbianas y los gays amenazan con ir más allá de la ocupación del espacio público para invadir el espacio más privado que existe: la mente heterosexual» (p. 166). Es interesante observar cómo muchos homosexuales rechazan estos barrios porque no permiten su inserción en la sociedad. Consideran que son ámbitos de transgresión lo que impide su deseada asimilación en el sistema. En este sentido, nos parece de gran interés el artículo de Paris y Anderson (2001) sobre un área de la ciudad de Washington en pleno proceso de gentri92 Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 Xosé M. Santos Solla 68. Harris (1999) va más lejos al decir, para el caso de los Estados Unidos, que los homosexuales demostraron una capacidad de resistencia a la asimilación muy baja y que, incluso, hubo una especie de invitación a ser asimilados. 69. Como en parte ya hemos visto, tanto en la teoría como en la práctica, los posicionamientos en torno al gueto son muy distintos. Desde quien elabora discursos muy positivos considerándolo como inevitable y necesario, hasta quien lo rechaza en todos sus aspectos. Entre estos dos polos existe una amplia gama de posturas. 70. Brickell (2000), en su estudio de la Gay Parade de Auckland, indica que su traslado en 1996 al barrio gay supuso mucho más que un simple cambio de escenario, ya que implicó pasar de un espacio público (la calle principal de la ciudad) a otro privado (el gueto), con lo que eliminó todo elemento de confrontación con la cultura heterosexista. 71. En este sentido habría que recordar que, mientras los espacios ocupados por la gente normal son considerados en esencia naturales, cuando aparecen las disidencias, los elementos socialmente marcados, esos espacios se construyen como políticos. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 92 ficación y en la que son elementos centrales la sexualidad y la religión; uno de los aspectos que hacen más atractiva esta zona para sus residentes es la escasa presencia de vida gay, que marca una diferencia con los barrios homosexuales tradicionales. Como señala uno de los informantes, «nuestra meta principal es no vivir en un gueto gay, y hacer que nuestras vidas no sean exclusivamente gays» (p. 157), insistiendo sus autoras en que «Ellos se adaptan bien al barrio porque se comportan, la mayor parte del tiemp, como sus vecinos héteros» (Paris y Anderson, 2001, p. 158). Para otros, sin embargo, estos barrios son los que impiden la propia transgresión, en la medida en que son islas que evitan el desafío a la norma. Con este último argumento se explica cómo se producen mutaciones de comportamiento al cruzar la línea de estas zonas. Igualmente, se puede justificar un debilitamiento del movimiento reivindicativo. Éste sería el caso de aquellos homosexuales que, incapaces de enfrentarse a su sexualidad en su entorno habitual, emigran hacia las principales concentraciones de gays. De esta manera, la homosexualidad se mantiene invisible en muchas áreas o se convierte en una cuestión muy minoritaria, dificultando así la visibilidad de los que quedan. En muchos sitios de tamaño medio o pequeño, especialmente en Europa, no existen barrios gays, una realidad muy próxima al mundo anglosajón. En su sustitución aparecen espacios de comunicación de características muy diversas. Tradicionalmente, los parques o los baños públicos eran los lugares más frecuentados por hombres gays. En ellos la socialización acostumbra a ser escasa, porque lo que se busca es fundamentalmente el contacto sexual; además, la presencia de prostitución y de hombres casados, supuestamente heterosexuales, que en absoluto aceptan su homosexualidad, limita el contacto social. De todas maneras es importante darles el valor que tuvieron, y que todavía tienen, puesto que en ambientes muy opresores sirven para mucho más que para expresar la sexualidad, contribuyendo a crear códigos y solidaridades que ayudan a formar comunidad. Por otra parte, la práctica de sexo en un espacio público o la demostración igualmente pública, por muy discreta que sea, de la sexualidad, son actos de pura disidencia. La violencia física que con frecuencia se ejerce en los parques contra estas personas demuestra hasta qué punto es molesta para la sociedad. Recordemos que en el mundo occidental el sexo, fuera de la prostitución, es estrictamente privado72 y la sexualidad no se demuestra. Las lesbianas aparecen excluidas de estos comportamientos en la medida en que los parques son ámbitos públicos y tradicionalmente a ellas se les atribuye el privado; además la noche es también un tiempo masculino. Por eso las redes de comunicación de las lesbianas fueron mucho menos públicas y por eso mismo todavía menos visibles. La violencia (física o psíquica) se convierte en uno de los más graves problemas que afectan a estos grupos de población, lo que da un argumento más para entender el peligro social que suponen. Ésta es más evidente cuando se Espacios disidentes en los procesos de ordenación territorial Doc. Anàl. Geogr. 40, 2002 93 72. Incluso la prostitución está en vías de desaparición en los espacios públicos. DAG 40 001-256 2/1/03 16:20 Página 93 (McCann, 1999). Es la homosexualidad masculina quien mejor se adapta a esta situación al asumir el mensaje esencialista y patriarcal que, con frecuencia, se suma a los de clase y raza. Lesbianas, transexuales, sadomasoquistas u otro tipo de disidencias sexuales normalmente se mantienen fuera de ese discurso, al igual que muchos gays que, rechazando la misma noción de comunidad, desafían abiertamente al sistema. ¿Cuál es el futuro para estas disidencias? Nos atreveríamos a ponerlo en relación con los actuales movimientos antiglobalización. El éxito o el fracaso que tengan en el cambio de escala va a ser fundamental. Cuando las acciones globales que se están llevando a cabo, sobre todo en las grandes cumbres económicas y políticas del sistema, se plasmen en acciones locales, podremos comenzar a hacer valoraciones. La desmovilización general de la sociedad98 no favorece las disidencias y las únicas esperanzas de cambio en este sentido las podemos situar bien en la acción local del movimiento antiglobalización, bien en los movimientos disidentes que se producen en los países del Sur. Desde la geografía debemos asumir el reto de contribuir en el avance de estas alternativas. Como muy bien explica Miller (2000), a pesar de lo poco que nuestra disciplina ha dicho hasta ahora, el espacio es un componente fundamental de los movimientos sociales, en este caso de los disidentes, tanto en las estrategias de actuación como en las concepciones de la sociedad, la cultura y la economía. Bibliografía ADLER, S.; BRENNER, J. (1992). «Gender and Space: Lesbians and Gay Men in the City». International Journal of Urban and Regional Research, 16, p. 24-34. ALIAGA, J.; CORTÉS, J. (1997). Identidad y diferencia. Sobre la cultura gay en España. Madrid, Barcelona: Egales. AMENDOLA, G. (2000). La Ciudad Postmoderna. Madrid: Celeste Ediciones. ANÓNIMO (2000). «El falso enfrentamiento Autónomo-Anarquista». Ekintza, 27, p. 54-57. ASENS, J. (2000). La criminalización del movimiento okupa. En VV.AA. Okupación, represión y movimientos sociales. 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