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Desencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad

Martín-Barbero, Jesús

Abstract

El artículo plantea la cuestión de la identidad en un entorno multicultural y globalizado y la consecuente desmitificación de las tradiciones, que desmorona la ética colectiva. El lugar de la cultura, que se transforma con la globalización, va sustituyendo las costumbres por estilos de vida conformados desde la publicidad y el consumo. La globalización pro-pone un proceso de exclusión/inclusión a escala planetaria que está convirtiendo la cultu-ra en espacio estratégico de emergencia de las tensiones que desgarran y recomponen el «estar juntos», los nuevos sentidos que adquiere el lazo social. En su sentido más denso y desafiante, la idea de multiculturalidad apunta a la configuración de sociedades en las que las dinámicas de la economia y la cultura movilizan no sólo la heterogeneidad de los grupos y su readecuación a las presiones de lo global, sino la coexistencia al interior de una misma sociedad de códigos y narrativas muy diversas, conmocionando, así, la experiencia que hasta ahora teníamos de la identidad. El individuo puede asimilar con facilidad los instrumentos tecnológicos y revestir las imágenes de la modernización, pero sólo muy lenta y dolorosamente recomponer su sistema de valores.

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Resumen El artículo plantea la cuestión de la identidad en un entorno multicultural y globalizado y la consecuente desmitificación de las tradiciones, que desmorona la ética colectiva. El lugar de la cultura, que se transforma con la globalización, va sustituyendo las costumbres por estilos de vida conformados desde la publicidad y el consumo. La globalización propone un proceso de exclusión/inclusión a escala planetaria que está convirtiendo la cultura en espacio estratégico de emergencia de las tensiones que desgarran y recomponen el «estar juntos», los nuevos sentidos que adquiere el lazo social. En su sentido más denso y desafiante, la idea de multiculturalidad apunta a la configuración de sociedades en las que las dinámicas de la economia y la cultura movilizan no sólo la heterogeneidad de los grupos y su readecuación a las presiones de lo global, sino la coexistencia al interior de una misma sociedad de códigos y narrativas muy diversas, conmocionando, así, la experiencia que hasta ahora teníamos de la identidad. El individuo puede asimilar con facilidad los instrumentos tecnológicos y revestir las imágenes de la modernización, pero sólo muy lenta y dolorosamente recomponer su sistema de valores. Paraules clau: tradición, costumbre, identidad, cultura, modernidad, secularización, tecnología, globalización, multiculturalidad. Abstract. Deconstructing society and rediscovering identity The article puts forward the question of identify in a multicultural, globalised environment and the consequent demystification of traditions, which undermines collective ethics. The place of culture, which is transformed with globalisation, replaces customs with ways of life fashioned by publicity and consumerism. Globalisation proposes an process of exclusion/inclusion on a planetary scale which is turning culture into an emergency strategic space for the tensions which tear apart and recompose «being together», the new meanings social ties acquire. At its deepest, most challenging level, the idea of multiculturalism points towards a configuration of societies in which the dynamics of the economy and culture mobilize not just the heterogeneity of groups and their realignment with global pressures but also the coexistence within a single society of very different codes and narratives, thus turning on its end the experience which until now was our identity. The individual can assimilate technological instruments with ease and take in the images of modernization but can only very slowly and somewhat painfully reset his value system. Key words: tradition, custom, identity, culture, modernity, secularisation, technology, globalisation, multiculturalism. Anàlisi 29, 2002 45-62 Desencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Jesús Martín-Barbero ITESO Guadalajara. México Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 45 La desmitificación de las tradiciones y costumbres desde las que, hasta hace bien poco, nuestra sociedades elaboraban sus «contextos de confianza»1, desdibuja el hábitat cultural y desmorona la ética colectiva, pues las gentes pueden con cierta facilidad asimilar los instrumentos tecnológicos y revestir las imágenes de la modernización, pero sólo muy lenta y dolorosamente pueden recomponer su sistema de valores, de normas éticas y virtudes cívicas. Ahí arraigan algunas de nuestras más secretas contradicciones y enconadas violencias. 1. Nuevos contenidos de la diferencia La diferencia en América Latina ha dejado de significar la búsqueda de aquella autenticidad identitaria en que se conserva una forma de ser en su pureza original, para convertirse en la indagación del modo des-viado y des-centrado de nuestra inclusión en la modernidad: el de una diferencia que no puede ser digerida ni expulsada, alteridad que resiste desde dentro al proyecto mismo de universalidad que entraña la (con mayúsculas) Modernidad. A esa tarea están contibuyendo sociólogos y antropólogos que han colocado en el eje del análisis el doble des-centramiento que sufre la modernidad en América Latina: su tener que ver menos con las doctrinas ilustradas y las estéticas letradas que con la masificación de la escuela y la expansión de las industrias culturales, y por lo tanto con la conformación de un mercado cultural, en el que las fuentes de producción de la cultura pasan de la dinámica de las comunidades, o la autoridad de la Iglesia, a la lógica de la industria y los aparatos especializados, sustituyendo las costumbres, las formas tradicionales de vivir, por estilos de vida conformados desde la publicidad y el consumo, secularizando e internacionalizando los mundos simbólicos y segmentando al pueblo en públicos construidos por el mercado. De otro lado, la moderna diferenciación y autonomización de la cultura sufre un segundo des-centramiento: esa autonomía se produce en Latinoamérica cuando el Estado no puede ya ordenar ni movilizar el campo cultural y debe limitarse a asegurar la libertad de sus actores y las oportunidades de acceso a los diversos grupos sociales, dejándole al mercado la coordinación y dinamización de ese campo, y cuando las experiencias culturales han dejado de corresponder lineal y excluyentemente a los ámbitos y repertorios de las etnias o las clases sociales. La experiencia colectiva de las mayorías latinoamericanas da cuenta de la complejidad de hibridaciones entre lo culto y lo popular, entre lo 46 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 1. J.J. BRUNNER, Cartografias de la modernidad, Dolmen, Santiago, 1995, p. 52 y s. Sumario 1. Nuevos contenidos de la diferencia 2. Figuras del desencanto social 3. El reencantamiento de las identidades Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 46 autóctono y lo extranjero, al tiempo que esas categorías y demarcaciones se vuelven incapaces de dar cuenta del ambiguo y complejo movimiento que dinamiza el mundo cultural en unas sociedades en las que «la modernización reubica el arte y el folclor, el saber académico y la cultura industrializada bajo condiciones relativamente semejantes. El trabajo del artista y del artesano se aproximan cuando cada uno experimenta que el orden simbólico específico en que se nutría es redefinido por el mercado, y cada vez pueden sustraerse menos a la información y la iconografía modernas, al desencantamiento de sus mundos autocentrados y al reencantamiento que propicia el espectáculo de los medios»2. Hasta no hace muchos años el mapa cultural de nuestros países era el de miles de comunidades culturalmente homogéneas, fuertemente homogéneas pero aisladas, dispersas, casi incomunicadas entre sí y muy débilmente vinculadas a la nación. Hoy el mapa es otro: América Latina vive un desplazamiento del peso poblacional del campo a la ciudad que no es meramente cuantitativo —en menos de cuarenta años el 70 % que antes habitaba el campo está hoy en ciudades—, sino el indicio de la aparición de una trama cultural urbana heterogénea, esto es formada por una densa multiculturalidad que es heterogeneidad de formas de vivir y de pensar, de estructuras de sentir y de narrar, pero muy fuertemente comunicada, al menos en el sentido de la exposición de cada cultura a todas las demás. Se trata de una multiculturalidad que desafía nuestras nociones de cultura y de nación, los marcos de referencia y comprensión forjados sobre la base de identidades nítidas, de arraigos fuertes y deslindes claros. Pues nuestros países son hoy el ambiguo y opaco escenario de algo no representable ni desde la diferencia excluyente y excluida de lo étnico-autóctono, ni desde la inclusión uniformante y disolvente de lo moderno3. También hasta hace poco creíamos saber con certeza de qué estabamos hablando cuando nombrábamos dicotómicamente lo tradicional y lo moderno,pues mientras la antropología tenía a su cargo las culturas primitivas, la sociología se encargaba de las modernas. Lo que implicó dos ideas opuestas de cultura: si para los antropólogos cultura es todo, pues en el magma primordial que habitan los primitivos tan cultura es el hacha como el mito, la maloca como las relaciones de parentesco, el repertorio de las plantas medicinales como el de las danzas rituales; para los sociólogos, por el contrario, cultura es sólo un especial tipo de actividades y de objetos, de productos y prácticas, casi todos pertenecientes al canon de las artes y las letras. Pero en la tardomodernidad que ahora habitamos, la separación que instauraba aquella doble idea de cultura se ve emborronada, de una parte por el movimiento creciente de especialización comunicativa de lo cultural, ahora «organizado en un sistema de máquinas productoras de bienes simbólicos que son transmitidos a sus públicos consuDesencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Anàlisi 29, 2002 47 2. N. GARCÍA CANCLINI, Culturas híbridas, Grijalbo, México, 1990, p. 18. 3. R. BAYARDO; M. LACARRIEU (comp.), Globalización e identidad cultural, Ciccus, Buenos Aires, 1997. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 47 midores»4: es lo que hace la escuela con sus alumnos, la prensa con sus lectores, la televisión con sus audiencias y hasta la Iglesia con sus fieles. Al mismo tiempo, la cultura vive otro movimiento radicalmente opuesto: se trata de un movimiento de antropologización, mediante el cual la vida social toda deviene, se convierte en cultura. Hoy son sujeto/objeto de cultura tanto el arte como la salud, el trabajo como la violencia, y también hay cultura política, y del narcotráfico, cultura organizacional y cultura urbana, juvenil, de género, profesional, audiovisual, científica, tecnológica, etc. Algo parecido nos pasa con la dicotomía entre lo rural y lo urbano, pues lo urbano era lo contrario de lo rural. Hoy esa dicotomía se está viendo disuelta no sólo en el discurso del análisis, sino también en la experiencia social misma por los procesos de desterritorialización e hibridaciones que ella atraviesa. Lo urbano no se identifica ya hoy únicamente con lo que atañe a la ciudad5, sino que permea con mayor o menor intensidad el mundo campesino, pues urbano es el movimiento que inserta lo local en lo global, ya sea por la acción de la economía o de los medios masivos de comunicación. Aun las culturas más fuertemente locales atraviesan cambios que afectan a los modos de experimentar la pertenencia al territorio y las formas de vivir la identidad. 2. Figuras del desencanto social Lo que estamos viendo no es simplemente otro trazado del mapa cultural —el movimiento de unas pocas fronteras en disputa, el dibujo de algunos pintorescos lagos de montaña—, sino una alteración de los principios mismos del mapeado. No se trata de que no tengamos más convenciones de interpretación, tenemos más que nunca pero construidas para acomodar una situación que al mismo tiempo es fluida, plural, descentrada. Las cuestiones no son ni tan estables ni tan consensuales y no parece que vayan a serlo pronto. El problema más interesante no es cómo arreglar este enredo, sino qué significa todo este fermento. Cliford Geertz 2.1. Des-figuración de las condiciones del trabajo y la identidad del trabajador El trabajo se identificó, durante la primera modernidad, la industrial, con la capacidad de ejecución de tareas fijadas de antemano y delimitadas de una vez para toda la vida, esto es, con pocos cambios a todo lo largo del día y de la vida. En la tardomodernidad que configura la era de la información y la sociedad de mercado se ponen en marcha profundos cambios en el sentido del trabajo y la identidad social del trabajador6. 48 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 4. J.J. BRUNNER, Cartografías de la modernidad, Dolmen, Santiago de Chile, 1996, p. 134. 5. O. MONGUIN, Vers la trisiéme ville?, Hachette, París, 1995, p. 43 y s. 6. C. DUBAR, La crise des identités: interprétation d’une mutation, PUF, París, 2000. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 48 Las condiciones comienzan a erosionar el sentido moderno del trabajo7y del trabajador cuando, a mediados de los años setenta, se cierra el ciclo de los «treinta gloriosos años: 1945-1975» que siguen al fin de la Segunda Guerra Mundial, y, con la crisis del petróleo, hacen su aparición los primeros dos movimientos: el aumento en la terciarización del empleo y de su precariedad. De una sociedad industrial, salarial, manual, conflictual pero solidaria y negociadora se comienza a pasar a otra terciarizada, informatizada y menos conflictual pero fracturada, dual, desregulada y excluyente. De explotado pero incluido en el sistema un buen sector de trabajadores pasa a ser llanamente excluido. Desciende drásticamente el número de trabajadores en los ámbitos de la gran industria tradicional —minería, acerías, metalmecánica, agrícola, etc.—, se crecientan los puestos de trabajo en los campos de la educación, la salud, la seguridad, el comercio, y se abren o potencian otros campos: la informática, la asesoría, la investigación, la gestión. Sólo que los empleos creados en los últimos cuatro campos no pasan a ser ocupados por los desocupados de las industrias tradicionales, ya que se trata de nuevos oficios. La muy ambigua —o mejor tramposa— palabra con la que, desde el ámbito de la gestión empresarial, se denomina a estos cambios, la flexibilidad laboral, junta y confunde dos aspectos radicalmente diferentes del cambio. Uno, eminentemente positivo en principio aunque muy recortado en la práctica: el paso de un trabajo caracterizado por la ejecución mecánica de tareas repetitivas al de un trabajo con un claro componente de iniciativa por parte del trabajador, que desplaza el ejercicio de la predominancia de la mano a la del cerebro: nuevos modos del hacer que exigen un saber-hacer y el despliegue de destrezas con un mayor componente mental. La trampa que el uso de la palabra flexibilidad encierra al ser identificada únicamente con esa dimensión positiva es lo que oculta: primero, que esa capacidad de iniciativa, de innovación y creatividad en el trabajo es férreamente controlada por la lógica de la rentabilidad empresarial que la supedita en todo momento a su «evaluación de los resultados», y, segundo, que la flexibilidad incluye otro componente radicalmente negativo: la precarización del empleo, tanto en términos de la duración del contrato de trabajo como en las prestaciones salariales en salud, pensión, educación, vacaciones, etc. La flexibilidad se convierte así en el dispositivo de enganche del trabajo en las nuevas figuras de empresa. Pues, de un lado, al trabajador o empleado no se le permite la creatividad, no se le deja libre, para que haga lo que quiera y de veras invente, sino sólo para que tenga la posibilidad de competir mejor con sus propios compañeros de trabajo, y, de otro, la competitividad es elevada al rango de condición primera de existencia de las propias empresas. El resultado ya palpable de esos cambios es la mengua o desaparición del vínculo societal —espacial y temporal— entre el trabajador y la empresa, lo que afecta profundamente a la estabilidad psíquica del trabajador: se acabó la posiDesencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Anàlisi 29, 2002 49 7. Dos libros clave a ese respecto: R. SENNET, A corrosao do carácter. Consecuencias pessoais do traballo no novo capitalismo, Record, Rio de Janeiro, 1999; U. BECK, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, Paidós, Barcelona, 2000. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 49 bilidad de hacer proyectos de vida8. La crisis de identidad del trabajador tiene una de sus figuras más expresivas en ese paso del sujeto ejecutor de tareas trazadas por otros a la del individuo obligado a una permanente reconversión de sí mismo, obligado a tener iniciativa, a innovar, justo en un momento en el cual no solamente el mundo del trabajo sino la sociedad en su conjunto hace del individuo un sujeto inseguro, lleno de incertidumbre, con tendencias muy fuertes a la depresión, al estrés afectivo y mental. Al dejar de ser un ámbito clave de comunicación social, del reconocimiento social de sí mismo, el trabajo pierde también su capacidad de ser un lugar central de significación del vivir personal, del sentido de la vida. Y cambian también las figuras del ejercicio profesional, cambio de formas en las que lo desfigurado es el fondo, como lo atestiguan los grupos proyecto, los «círculos de calidad», en los que cada individuo es puesto a competir con otros individuos dentro de grupo proyecto, y cada grupo compite con otros grupos, no sólo fuera sino aun dentro de la misma empresa. En la estructura profesional de la empresa «tradicional» no había dos equipos haciendo lo mismo en situaciones que permitieran evaluar permanentemente cuál de ellos era el más competitivo. Ahora podemos afirmar que la libertad de hacer, la inventiva y la creatividad son incentivadas y a la vez puestas permanentemente a prueba bajo el baremo de la competitividad. Y en condiciones de competitividad cada vez más fuerte, la creatividad se transforma, se traduce, en fragmentación no sólo del oficio, sino también de las comunidades de oficio. El nuevo capitalismo9no puede funcionar con sindicatos fuertes, a los que vuelve no solamente innecesarios, sino también imposibles. ¿Por qué? Porque la verdadera iniciativa ahora otorgada al individuo consiste en responsabilizarlo en cuanto tal de las actividades que antes eran asumidas por la empresa: desde la formación o adquisición de competencias y destrezas hasta de la duración del contrato de trabajo. Al ser puesto a competir con sus propios colegas y perder la seguridad del trabajo indefinido en la empresa, el sentimiento de pertenencia a un gremio, de solidaridad colectiva, sufre una mengua inevitable. Resulta bien significativo que en castellano competencia nos sirva para hablar a la vez de los saberes y las destrezas, y también de la lucha a muerte entre las empresas. Hoy esa con-fusión es aun más significativa, pues sus ingredientes nunca estuvieron tan inextricablemente mezclados. De la nueva enseñanza por competencias se empieza a hablar en la academia justo en el mismo momento en que la empresa ha hecho estallar el oficio de administrador o de ingeniero industrial para transformarlo en un número determinado de actividades desempeñables por competencias individuales. En la actual sociedad de mercado la nueva empresa, organizada por las competencias de los grupos proyecto, hace imposible el largo tiempo, tanto el de la pertenencia a una colectividad empresarial como el de la carrera profesional, dejando sin sentido a la empresa como 50 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 8. A. GIDDENS, Modernidad e identidad del yo, Península, Barcelona, 1997; Z. BAUMAN, O malestar da pos-moderniade, Zahar, Rio de Janeiro, 1999. 9. P. DRUCKER, La sociedad postcapitalista, Sudamericana, Buenos Aires, 1999. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 50 comunidad y a la carrera profesional como temporalidad individual. En Sillicon Valley, que no es nuestra sociedad pero constituye la punta de lanza de los cambios en este campo, el promedio de contratación de profesionales es de ocho meses, y aunque no sea nuestra realidad, sí está ya siendo visto como modelo por no pocas de las empresas transnacionales ubicadas en nuestros países, pues el nivel salarial tiene cada vez menos que ver con los años de trabajo en la empresa. Amigos en Colombia, en España y en Francia, que llevan muchos años en la empresa, están siendo rápidamente desalojados de su puesto de trabajo por jovencitos que acaban de entrar a trabajar y que ganan el doble que ellos. El valor del trabajo se divorcia así también del largo plazo y el largo tiempo de la solidaridad, para ligarse a una creatividad y una flexibilidad unidas a la férrea lógica de la competitividad. 2.2. Secularización del lazo social Para algunos, el «retorno de la ética» remitiría a un reencuentro de nuestras sociedades con lo sagrado, pues el proceso de racionalización parecería estar llegando a su límite con la globalización: después de la economía y la política ahora es el mundo mismo de la vida en sus contextos más cotidianos lo racionalizado. Pero esa secularización está despertando a la vez los más viejos demonios de intolerancia religiosa —con frecuencia asociados a reivindicaciones de lo local—, a la vez que asistimos a un poderoso revivir del pensamiento religioso, o mejor a un inesperado encuentro del pensamiento con lo religioso10. De manera que el vigoroso movimiento de análisis de las peculiaridades que atraviesa el proceso secularizador, tanto en el ámbito de lo público como de la subjetividad, se ve cruzado por una ancha y densa preocupación intelectual por la ausencia de sentido en la ética y la cultura. Para un pensador de fondo, como Lipovetsky, el retorno de la ética marca el punto de llegada del largo proceso de la secularización cuya primera etapa (1700-1950) emancipó a la ética del espíritu de la religión, pero conservando «una de sus figuras clave: la noción de deuda infinita, de deber absoluto»11. Fueron el rigorismo kantiano y el patriotismo republicano los que transfirieron los deberes religiosos al terreno profano de los deberes del hombre y del ciudadano. Pero es sólo a partir de los años cincuenta que una nueva lógica del proceso de secularización conduce a la disolución de «la forma religiosa del deber»: a la entrada en la sociedad del post-deber, que «devalúa el ideal de abnegación, estimulando sistemáticamente los deseos inmediatos, la pasión del ego, la felicidad intimista y materialista»12. El bienestar sustituye al deber Desencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Anàlisi 29, 2002 51 10. Una muestra de publicaciones a ese respecto en los últimos dos años: J. DERRIDA; H.G. GADAMER y otros, La religión, PPC, Madrid, 1996; G. VATTIMO, Creer que se cree, Paidós, Barcelona, 1996; U. ECO; C.M. MARTINI,En qué creen los que no creen, Taurus, Madrid, 1997; Luc FERRI,L’homme-Dieu ou le sens de la vie, Grasset, París, 1996. 11. G. LIPOVETSKY, Le crépuscule du devoir, Gallimard, París, 1992, p. 13. 12. Ibídem, p. 14. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 51 ser reconciliando los imperativos del futuro con la calidad del presente. Y todo ello en nombre de la autenticidad, que estaría arrancando la máscara de hipocresía que velaba el rostro de la sociedad, dejando a la vista el carácter represivo de sus instituciones fundantes: iglesia, sindicato, familia, escuela. Pero he aquí que esa autenticidad tiene un efecto demoledor sobre la democracia13, a la que fragmenta y debilita, mientras refuerza un individualismo que, especialmente en las capas medias y altas, se alía con el integrismo consumista, mientras en los sectores más bajos los guetos, la violencia y la droga son su expresión. El retorno de la ética se desinfla y se transforma en la figura desencantada de un eticismo de la mala conciencia. Al acabarse la fase heroica y austera de la sociedad moderna, tan lúcidamente analizada por D. Bell14, la moral se transforma en comunicación empresarial —que combina generosidad con marketing, ética y seducción— y en humanitarismo teledirigido: la telecaridad, que hace de los espectadores actores fraternales en el Show del Bien. El desencanto ético remite sin duda a la experiencia de sinsentido que vive la conciencia occidental, y que recogen los textos que intentan dar cuenta de la actual crisis cultural en cuanto «ausencia de transcendencia». Analizando el sentimiento actual de decadencia de los códigos de sociabilidad, de desorientación moral y de quiebra de los valores del arte, George Steiner plantea, como desafío clave de este cambio de época, la necesidad de comprender «la singuralidad, la extrañeza asombrosa de la idea monoteísta horadando el psiquismo humano en sus raíces más profundas. Esa herida no cicatrizó […] Pues la ruptura abierta entre existencia secular y escatológica era inconmensurable. Y se rasgaba en una explosión de la conciencia del individuo —Pascal, Kierkegard, Dostoievski— y en un profundo desequilibrio del eje de la cultura occidental, en una acción de corrosión subliminal»15. La conciencia occidental se ha visto permanentemente confrontada a una «ausencia desmedida», al «chantaje de la trascendencia». Hasta el socialismo marxista se alimentó de la escatalogía mesiánica, lo que convirtió a los genocidios europeos en un intento de «suicidio de la civilización occidental». El diagnóstico no puede ser más desencantado: «el epílogo de la creencia y la transformación de la fe religiosa en convención hueca resultan un proceso más peligroso que lo previsto por los ilustrados. Las formas de degradación son tóxicas»16. En países de tradición católica, como los latinoamericanos, el desencantamiento del mundo introducido por la secularizadora modernidad ha producido una polarización ideológica extrema y ha propiciado posiciones esquizofrénicas. De un lado, la modernidad asimilada al triunfo de la razón contra el oscurantismo identifica a la religión con lo irracional, la supervivencia de las supersticiones en la atrasada sociedad rural, y en el peor de los sen52 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 13. X. RUBERT DE VENTÓS, Ética sin atributos, Anagrama, Barcelona, 1996, p. 179 y s. 14. D. BELL, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza, Madrid, 1979. 15. G. STEINER, No castelo do Barba Azul. Algumas notas para a redefiniçao da cultura, Antropos, Lisboa, 1992, p. 46 y 52. 16. Ibídem, p. 63. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 52 tidos a «una cosa de mujeres». Para los que miran desde el otro lado —desde que Pío XI identificó modernidad con ateísmo— la sociedad moderna es aquélla que, abandonada a las fuerzas disolutorias de la evolución natural, es presa de los determinismos que destruyen los valores de la tradición, del humanismo, en suma, todo aquello que hacía posible una comunidad. En ese desgarramiento, en esa polarización maniquea, que oponía ser modernos a creyentes, hemos vivido hasta hace bien poco en América Latina. ¡Qué distinto a lo sucedido en Estados Unidos, donde ser creyente, como recientemente lo ha recordado R. Bellah17, ha sido elemento constitutivo, fundante de su forma de ser modernos! También nuestras concepciones de secularización se escinden radicalmente. Una concepción historicista18, que ve lo específico de la secularidad latinoamericana en la identificación de la historia de estos pueblos con la historia de los estados nacionales, pues en América Latina los textos de historia no han propuesto otro principio de unidad, de comprensión de su proyecto y su trayecto que no sea el Estado nacional. De esa manera, se ha identificado la historia de los pueblos con la historia de los estados, olvidando y ocultando que ha habido otros núcleos, otras síntesis, otros mediadores a través de los cuales los pueblos de América Latina han expresado la riqueza y la tragedia de su propia historia. Ése sería el caso de la Iglesia, por el papel decisivo que ella ha jugado como espacio de encuentro social y de síntesis cultural: ese barroco latinoamericano que sería su síntesis más lograda y espléndida. La otra concepción de secularización en América Latina es la populista19, según la cual la racionalidad moderna en cuanto a profanidad atea, sería algo que sólo ha afectado a las minorías, a las elites de las clases dominantes, mientras las masas populares se han conservado al margen y se han constituido en reserva moral de estos países. Reducida a fenómeno de minorías, de grupos minoritarios de las clases hegemónicas, la secularización no ha podido permear los sectores populares, en los que la religiosidad ha seguido siendo una fuente clave de sentido para la vida y una reserva de entereza moral. No obstante, sé que en los últimos años sectores muy significativos del mundo social latinoamericano se han vuelto sensibles a la mentalidad secular, como los intelectuales, los educadores, y sobre todo los jóvenes, la indiferencia juvenil contendría indicios de una presencia «tardía» de la secularización con la incapacidad manifiesta de las iglesias históricas para hacerse cargo del mundo de los jóvenes. Resulta bien significativo que ambas, tanto la concepción historicista como la populista, dejen de lado, escamoteen, esa otra dimensión fundamental de la secularización que es la autonomía del mundo social y cultural en relación con las iglesias como poder. Justamente ese aspecto decisivo en la historia de la modernidad latinoamericana es desvalorizado a favor de una idea de la secuDesencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Anàlisi 29, 2002 53 17. R. BELLAH, Habits of the Heart, Berkeley, University of California Press, 1985, p. 286. 18. P. MORANDE, Cultura y modernidad en América Latina, Universidad Católica de Chile, Santiago, 1984. 19. M. DÍAZ ÁLVAREZ, Pastoral y secularización en América Latina, Paulinas, Bogotá, 1978. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 53 moderno y rentabilizada por el mercado. La celebración de las identidades débiles tiene una fuerte relación con otra celebración, la de la des-regulación del mercado, exigida por la ideología neoliberal que orienta el actual curso de la globalización, y de la que D. Harvey explicita la paradoja: «cuanto menos decisivas se tornan las barreras espaciales tanto mayor es la sensibilidad del capital hacia las diferencias del lugar y tanto mayor el incentivo para que los lugares se esfuercen por diferenciarse como forma de atraer el capital»35. La identidad local es así conducida a convertirse en una representación de la diferencia que la haga comercializable, es decir, sometida a los maquillajes que refuercen su exoticidad y a las hibridaciones que neutralicen sus ragos más conflictivos. Que es la otra cara de la globalización acelerando las operaciones de desarraigo con que intenta inscribir las identidades en las lógicas de los flujos: dispositivo de traducción de todas las diferencias culturales a la lengua franca del mundo tecnofinanciero y volatilización de las identidades para que floten libremente en el vacío moral y la indiferencia cultural. La complementariedad de movimientos en que se basa esa traidora traducción no puede ser más expresiva: mientras el movimiento de las imágenes y las mercancías va del centro a la periferia, el de los millones de emigrantes objeto de exclusión va de la periferia al centro. Con la consiguiente reidentificación —frecuentemente fundamentalista— de las culturas de origen que se produce en los «enclaves étnicos» que parchean las grandes ciudades de los países del norte. Debemos al movimiento feminista la producción de una perspectiva radicalmente nueva de la identidad que, frente al esencialismo identitario de todo cuño, afirma el carácter dividido y descentrado del sujeto, pero que al mismo tiempo se niega a aceptar una concepción de la identidad infinitamente fluida y maleable36, lo cual permite no sólo inscribir las «políticas de identidad» dentro de la política de emancipación humana, sino también replantear a fondo el sentido mismo de la política, postulando «la creación de un nuevo tipo de sujeto político». Sujeto alumbrado desde que el feminismo subvirtiera el machismo metafísico de las propias izquierdas con «lo personal es político», y que en los últimos años incorpora en el mismo movimiento el sentimiento de daño y victimación y el de reconocimiento y empoderamiento. Sentimiento éste último que recupera para el proceso de construcción identitaria tanto lo que disputa de poder pasa en el ámbito de los imaginarios como lo que se produce en la materialidad de las relaciones sociales. La afirmación de una subjetividad fracturada y descentrada, así como la multiplicidad de identidades en pugna, aparecen entonces en el feminismo no como postulado teórico, sino como resultado de la exploración de la propia experiencia de la opresión. Muy cercano a la perspectiva feminista, enriqueciéndola, se halla la propuesta de políticas del reconocimiento elaborada por Charles Taylor, a partir de 60 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 35. D. HARVEY, «The experience of space and time», en The condition of Postmodernity, Basil Blackwell, Cambridge, 1989, p. 296. 36. Chantal MOUFFE y otros, «Identidades», vol. 14 de Debate feminista, México, 1996; de la misma revista, Luz A. PIMENTEL y otros, «Otredad», vol. 13, México, 1996. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 60 un planteamiento altamente desconcertante: mientras en la antigüedad clásica de griegos y romanos eran las leyes las que dotaban de personalidad a un pueblo, es en la base misma de la modernidad política donde se aloja «la idea de que el pueblo cuenta con una identidad anterior a alguna estructuración política»37. La idea de reconocimiento, desde su formulación hegeliana, está justamente ahí: en la distinción entre el «honor» tradicional como concepto y principio jerárquico y la «dignidad» moderna como principio igualitario. La identidad no es, pues, lo que se le atribuye a alguien por el hecho de estar aglutinado en un grupo —como en la sociedad de castas—, sino la expresión de lo que da sentido y valor a la vida del individuo. Es al tornarse expresiva de un sujeto individual o colectivo que la identidad depende, vive, del reconocimiento de los otros: la identidad se construye en el diálogo y el intercambio, ya que es ahí donde individuos y grupos se sienten despreciados o reconocidos por los demás. Las identidades modernas —al contrario de aquéllas que eran algo atribuido a partir de una estructura preexistente como la nobleza o a la plebe— se construyen en la negociación del reconocimiento por los otros. La relación entre expresividad y reconocimiento de la identidad se hace preciosamente visible en la polisemia castellana del verbo contar cuando nos referimos a los derechos de las culturas, tanto de las minorías como de los pueblos. Pues para que la pluralidad de las culturas del mundo sea políticamente tenida en cuenta, es indispensable que la diversidad de identidades nos pueda ser contada, narrada. La relación de la narración con la identidad es constitutiva: no hay identidad cultural que no sea contada38. Ahí apunta la nueva comprensión de la identidad como una construcción que se relata. Y lo hace en cada uno de los idiomas y al mismo tiempo en el lenguaje multimedial en que hoy se desarrolla el movimiento de las traducciones —de lo oral a lo escrito, a lo audiovisual, a lo informático— y en ese otro aún más complejo y ambiguo: el de las apropiaciones y los mestizajes. En su sentido más denso y desafiante, la idea de multiculturalidad apunta ahí: a la configuración de sociedades en las que las dinámicas de la economía y la cultura como mundo movilizan no sólo la heterogeneidad de los grupos y su readecuación a las presiones de lo global, sino la coexistencia en el interior de una misma sociedad de códigos y narrativas muy diversas, conmocionando así la experiencia que hasta ahora teníamos de identidad. Lo que el multiculturalismo pone en evidencia es que las instituciones liberal-democráticas se han quedado estrechas para acoger a las múltiples figuras de la diversidad cultural que tensionan y desgarran a nuestras sociedades justamente porque no caben en esa institucionalidad. Desgarradura que sólo puede Desencuentros de la socialidad y reencantamientos de la identidad Anàlisi 29, 2002 61 37. Ch. TAYLOR, Multicultualismo.Lotte per il riconoscimento, Feltrinelli, Milán, 1998; ver también N. FRASER, «Redistribución y reconocimiento», en Justitia interrupta. Reflexiones críticas desde la posición postsocialista, Siglo del Hombre, Bogotá, 1998. 38. A ese respecto, véase Homi K. BHABHA (ed.), Nation and narration, Routledge, Londres, 1977; José Miguel MARINAS,«La identidad contada», en Destinos del relato al fin del milenio, Archivos de la Filmoteca, Valencia, 1995, p. 66-73. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 61 ser suturada con una política de extensión de los derechos y valores universales a todos los sectores de la población que han vivido por fuera de la aplicación de esos derechos, sean mujeres o minorías étnicas, evangélicos u homosexuales. Michel Wiewiorka se niega a tener que escoger entre el universalismo heredado de la Ilustración, que dejaba de lado sectores enteros de la población, y un diferencialismo tribal, que se afirma en la exclusión racista y xenófoba, pues esa disyuntiva es mortal para la democracia. Una democracia que se vuelve entonces escenario de la emancipación social y política cuando nos exige sostener la tensión entre nuestra identidad como individuos y como ciudadanos39, pues sólo a partir de esa tensión se hará posible sostener colectivamente la otra, la tensión entre diferencia y equivalencia (igualdad). Y saldremos, entonces, de la ilusoria búsqueda de una reabsorción de la alteridad en un todo unificado. Así como la alteridad es irreductible, la democracia pluralista debe verse como un «bien imposible»40, que sólo existe mientras lo buscamos, sabiendo que no se puede lograr perfectamente. Jesús Martín-Barbero es en la actualidad investigador adscrito al ITESO de Guadalajara, México. Autor de De los medios a las mediaciones (1987), entre otros muchos libros y artículos, ha desarrollado una amplia labor de docencia e investigación acerca de la problemática de la comunicación contemporánea, desde una óptica preponderantemente filosófica, sociológica y antropológica. 62 Anàlisi 29, 2002 Jesús Martín-Barbero 39. M. WIEWIORKA, Une societé fragmentée? Le multiculturalisme en débat,La Decouverte, París, 1997, p. 7 y s. 40. Ch. MOUFFE, «Por una pollítica de la identidad nómada», Debate feminista, vol. 14, México, 1996, p. 3-14. Anàlisi 29 001-260 16/12/02 18:57 Página 62