Resumen Este artículo parte de la mezcla de estados emocionales y reflexivos en la opinión pública, así como de la volatilidad de la misma. Presenta los rasgos fundamentales del modelo de opinión pública en la época burguesa y muestra sus grandes transformaciones en la sociedad de masas de nuestro siglo. A través del artículo aparece la tesis de que ese modelo, el del individuo autónomo que en un proceso de reflexión propia llega a un consenso con los demás, está en vías de desaparición, con la consiguiente crisis de las categorías fundamentales de la democracia. Esto se debe sobre todo a que nuestra sociedad ya no facilita a través del sistema de enseñanza la formación de una personalidad coherente, pues no existe una cultura dotada de valores unitarios. Hoy día la opinión pública es el eco que las líneas de desarrollo proclamadas por los estratos dirigentes y su prensa provocan en el estado de sentimientos y persuasiones vigentes en el respectivo «mundo de la vida». Palabras clave: autonomía, consenso, derechos naturales, democracia, individuo, información, manipulación, mundo de la vida, naturaleza, opinión pública, prensa, privado, público, razonamiento, reflexión, verdad. Abstract. Whose opinion is expressed in public opinion? This article takes as its starting point the mingling of emotional and reflective states in public opinion, as well as the volatile nature of the latter. It presents the fundamental features of the model of public opinion in the bourgeois era and shows the great changes it is undergoing in the present century’s mass society. The article developes the thesis that this model, that of the free individual who, in a process of personal reflection, arrives at a consensus of opinion with others, is gradually disappearing, with the resultant crisis of the fundamental catgories of democracy. This can be attributed mainly to the fact that our society no longer offers the formation of a coherent personality through its educational system, which is as much as to say that a culture of unitary values simply does not exist. Today public opinion is merely the echo which the course of development proclaimed by the directing strata creates in the state of mind and persuasions prevailing in the respective «world of life». Key words: autonomy, consensus, natural rights, democracy, individual, information, manipulation, «the world of life», nature, private, reflection, truth. Anàlisi 26, 2001 169-186 ¿Quién opina en la opinión pública? Raúl Gabás Pallás Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Filosofia 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain
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1. El fenómeno de la opinión Conviven hoy dos tipos de ciudadanos, los que añoran o, por lo menos, recuerdan el concepto de verdad, y los que aceptan sin reparos la noticia del día, los que se ponen el traje que ven en el escaparate. Cuando el barómetro sube o baja, lo atribuimos a la llegada de grandes masas de aire más o menos seco o húmedo. Cuando sube o baja el barómetro de la opinión pública, ¿a qué desplazamientos de masas se debe? Un político con buena figura atrae y provoca adhesión, y si además tiene una retórica brillante puede arrastrar a las masas. Alcibíades en Grecia, César en Roma, Napoleón en Francia, Hitler en Alemania y muchos otros encendieron el entusiasmo en el grueso de la población. En torno a ellos aconteció algo inaudito, el soplo de su bandera empujaba la nave de la historia; a su vera, hasta los esclavos remaban con pasión. Es emocionante haber asistido a las grandes batallas para el que puede contarlas. No tanto para el mutilado en ellas. Con frecuencia los caudillos carismáticos han dejado detrás de sí estelas de cadáveres y pobreza. A la vista de esos fenómenos, que no son una excepción en la historia, no podemos menos de preguntarnos: ¿Quién hace la política, la orgía desenfrenada o la razón? ¿Son la orgía y la razón las dos columnas del palacio real? Ora escuchamos ¡viva la guerra!, ora ¡viva la paz! ¿Qué quiere el pueblo soberano? ¿Sabe lo que quiere? ¿No hay que enseñarle a saber y querer? El querer, sobre todo, se engendra mayormente a través de la opinión pública. El que se adueña de ella tiene en sus manos una parte decisiva del querer de los ciudadanos. Las religiones han sido fábricas de opinión; ahora lo son los partidos políticos y las cadenas de la información. La agitación mediática puede variar en corto espacio de tiempo la valoración de un hecho como justo o como injusto. Un mismo hecho es valorado por los ciudadanos en forma estereotipada según el partido político al que se adhieren. Produce vértigo, por tanto, asomarse al abismo de la opinión pública. Y, sin embargo, estamos ante un concepto que no puede menos de abordarse con toda seriedad, pues afecta a la filosofía, a la sociología, al derecho, a las ciencias de la comunicación, etc. Digamos en general que la vida humana, bien sea en una simple relación bilateral a dos, bien en la estructura de un grupo, o bien en el conjunto de un pueblo, pasa a través de la identidad y las diferencias que se engendran en el flujo y reflujo de la marea de la opinión. ¡Pobre de ti!, si eres pacifista cuando la masa clama por la guerra, y ¡pobre de ti! si eres belicista cuando el pueblo pide paz. El ir y venir, el ascenso y descenso del opinar podría inducirnos a pensar que la conducta de los hombres obedece a una loca inestabilidad. El que hoy crucifica, mañana exalta, el que hoy exalta, mañana crucifica. El esta170 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás Sumario 1. El fenómeno de la opinión 2. Antecedentes históricos 3. La opinión pública en la sociedad de masas Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 170
do de opinión que hace un mes tenía vigencia, hoy está cambiado. Nuevas uniones y desuniones, nuevos intereses y consensos han desplazado a las personas y los enfoques. ¿No es el hombre el más taimado y perverso de todos los seres vivos? Los dioses mismos han tenido sus dudas acerca del hombre, pues, según los relatos de los escritos religiosos, a veces han intentado exterminarlo, y otras veces le han enviado un redentor. Pero más allá de esta dimensión enigmática y negativa de la opinión pública, también hay en ella un medio racional de regulación del torrente vital, que traza su curso a través de clamorosas cascadas y luego se aquieta en remansos aparentemente inmóviles. Las aves enérgicas que en épocas de celo se persiguen a lo largo del amplio cielo, son las mismas que, exánimes e inmóviles, cubren el nido con sus alas. Es posible de igual manera que el zozobrante clamor humano a través de los estados de opinión, aspire en definitiva al despliegue sereno de la vida en un paraje sosegado. Hay muchas costumbres que todos tenemos por intocables incluso en momentos de suma inquietud social: andar a dos pies y no a gatas, vestirse, dormir en casa, utilizar el lenguaje con sus reglas, circular por la derecha… Otro núcleo de usos sociales es mucho más cambiante: la dosificación y distribución de los grados de afecto, la conducta castigada y la permitida, la manera de recaudar impuestos, la estratificación social, la distribución de la producción… En torno a ese núcleo la opinión puede ejercer una amplia actividad, por ejemplo, sugiriendo posibilidades de cambio, de innovación. La inestabilidad se deja sentir en mayor medida todavía cuando se trata de explorar y establecer campos nuevos: la circulación de aviones en el espacio aéreo, la comunicación telefónica, Internet, etc. En tales casos, opinar equivale a discurrir, argumentar, ingeniar, inventar. En cuarto lugar, los cambios de opinión son especialmente perceptibles en lo que se refiere a la aprobación o desaprobación de una situación o de una dirección política en conjunto. Esta esfera es el lugar donde más se hacen sentir los cambios revolucionarios y donde podríamos pensar que se producen explosiones locas de la conducta humana. Pero, en realidad, lo emocional va unido a lo racional. Cada cual según su grado de inteligencia desarrolla una percepción y un juicio relativos a su estar en el mundo. En un quiosco de la ciudad podemos observar que un ciudadano cualquiera le dice al vendedor de periódicos: «Esto va mal». ¿Qué significa «esto»? En tales casos significa el mundo nacional (o europeo, o mundial), sus parámetros fundamentales, su dirección general, su manera de encauzar los ámbitos principales, por ejemplo, el de la economía. Aquí se pasa con frecuencia de la euforia a la depresión en menos de un año, y se producen fuertes enfrentamientos en la manera de captar la situación. Recientemente hemos asistido a las manifestaciones de protesta contra el aumento de precios del carburante. Otras veces se critica el inmovilismo del gobierno. Ambos ejemplos se refieren a la forma de enfocar la marcha de la sociedad en conjunto. Lo que llevamos dicho es suficiente para mostrarnos que la opinión pública es un fenómeno muy complejo. En él se cruzan sobre todo la iluminación de la razón, que busca una articulación lograda del todo, y el engaño de las masas por parte del poder dominante. ¿Quién opina en la opinión pública? Anàlisi 26, 2001 171 Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 171
2. Antecedentes históricos Los escritos de Platón contienen hondas reflexiones sobre la estructura de la sociedad y sobre la enigmática oposición entre la verdad y la apariencia. Se ha inmortalizado particularmente el Mito de la caverna, en el que el autor dramatiza la relación entre la verdadera y la falsa percepción de la realidad. Los que han vivido siempre en la caverna están obstinadamente seguros de que lo percibido por ellos corresponde a la verdadera realidad; solamente el que logra salir de allí llega a ver las cosas tal cual son, pero luego no puede convencer a sus antiguos compañeros. Platón nos deja ante la dificultad, aparentemente insoluble, de mediar entre los diversos puntos de vista. Pero nunca claudica en su empeño de descubrir lo que en sí mismo es verdadero. Cuando habla de la estratificación de las almas, o bien de las clases sociales, concede una indudable primacía al alma racional y a la clase de los guardianes, siempre guiado por la persuasión de que gracias al esfuerzo intelectual es posible abrirse paso a través del confuso bosque de las apariencias y llegar a contemplar la estructura de la comunidad en su verdadera esencia. No puede dudarse del elitarismo platónico, pues nunca estarán en el mismo plano los que no han salido de la caverna y el que ha visto el mundo de la luz, el que está cautivo en los fenómenos sensibles y el amante de la sabiduría que ha llegado a descubrir la unidad esencial que subyace bajo la multiplicidad del mundo sensible y de las opiniones humanas. Posiblemente Platón diría hoy que en la televisión se cumplen perfectamente los rasgos de su caverna. Los que están encadenados a las imágenes no cejan en el esfuerzo de persuadirnos de que no hay otra realidad que la de las proyecciones televisivas. ¿Qué son en sí ciertas personas, más allá de la presentación partidista que de ellas ha hecho la prensa? ¿Hay una prensa objetiva, pegada a lo que las cosas son en sí mismas? Pero, abundando en la duda, ¿soy yo algo en mí mismo? ¿No existo proyectando imágenes de mí mismo? Desde Platón hasta el siglo XIX casi todos los sistemas de pensamiento han afirmado la existencia de la verdad, o de la naturaleza en sí, como un parámetro en el que se miden las formas más o menos acertadas o desfiguradas de la subjetividad humana. De acuerdo con la terminología escolástica, la «opinión» era un estado subjetivo anterior a la certeza. La opinión deja alguna posibilidad de dudar. Los escolásticos distinguían entre la opinión de un solo autor, la opinión que entre los diversos puntos de vista existentes se impone como la «más común», y la «opinión común»: la defendida de manera universal. La opinión es típica en asuntos que pueden verse de diversas maneras. Emerge de las preferencias personales. Por ejemplo: ¿Qué opinas que es mejor, un modelo de economía competitiva o un modelo proteccionista? La certeza es un estado mental que descarta toda duda y, por tanto, no tiene argumentos sólidos en contra. Por ejemplo, es cierto que ha llegado el tren o que ha salido el sol. Cuando se quiere resaltar que la certeza está fundada en la naturaleza objetiva de la cosa, hablamos de «evidencia». Así, yo puedo estar cierto de que hace sol porque me lo ha dicho alguien, y es evi172 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 172
dente que hace sol cuando yo abro la ventana y lo veo. La evidencia nos conduce a la verdad, que consiste precisamente en ver cómo nuestro conocimiento es revelador de la cosa misma. La ontología griega y la escolástica cifraban en la «esencia» el último fundamento de la verdad. Puesto que todo ser tiene esencia, es decir, una estructura o razón por lo que algo es lo que es y no otra cosa, parece obvio suponer que las opiniones tienden a confluir en el conocimiento de la esencia y, por tanto, no parece aceptable que la mayoría se aleje de lo esencial. De ahí la tendencia a argumentar por «el sentir universal de todos los pueblos». Plotino, heredero de Platón, se esfuerza por mostrar que el Uno originario se divide en cognoscente y conocido, y que desde esa base se llega a la división entre naturaleza y espíritu. El proceso de conocimiento es un regreso a la unidad originaria, que así representa el foco de confluencia del opinar humano. En la escolástica, el fundamento último de la naturaleza y de las esencias era la realidad de Dios. Si alguien considerara que todo eso era una mera invención humana, no podría negar por lo menos que allí se desarrolló un esfuerzo intelectual por encontrar alguna base para la comunidad y para la unidad de opinión que la sustenta. A fin de que no se diluyera todo en el mero opinar subjetivo, había que forjar algo que mereciera considerarse como estrato común. Con independencia de las disputas sobre si hay o no una esencia común a todos, no pueden pasarnos desapercibidos ciertos hechos manifiestos, aunque éstos se silencien en épocas nominalistas o en épocas postmodernas. Los nominalistas impugnaban las razones que permiten afirmar una naturaleza común. Los postmodernos cuestionan en un contexto diferente la posibilidad de alcanzar perspectivas universales. Por tanto, es posible establecer una comparación entre nominalismo y postmodernidad. Pero hay hechos, repito, que hacen estallar el marco de explicación nominalista. En virtud de un arraigado sentimiento que emerge espontáneamente de la naturaleza, los padres se entregan incondicionalmente a la protección de la vida de sus hijos; a su vez cada cual está empeñado en conservar la propia vida hasta el límite de sus fuerzas; para ello se requiere un lugar estable donde abrigarse (morada) y una cooperación entre individuos para defender esas exigencias mínimas de seguridad (comunidad estatal, policía, ejército); a través de la comunidad la vida humana se enriquece y abre nuevos horizontes de realización, y estos horizontes implican una distinción clara entre lo que los hace posibles y lo que los imposibilita. El indicado núcleo mínimo, al que podrían añadirse muchos otros aspectos, diseña un campo que es igual para todos los hombres y ofrece base suficiente para hablar de una naturaleza común. Lo vieron los griegos, lo vio la edad media y no pudieron ignorarlo los modernos, entendiendo aquí por «moderno» el mundo que se abre en el renacimiento y culmina en las formulaciones de la Revolución Francesa. Debido al giro antropológico del renacimiento, lo que en Grecia y en la edad media era naturaleza objetiva, en la época moderna pasa a ser subjetividad. Lo que antes era simple naturaleza o esencia, ahora se convierte en naturaleza o esencia de la subjetividad. La fórmula típica de la nueva época fue la ¿Quién opina en la opinión pública? Anàlisi 26, 2001 173 Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 173
acuñada por Kant: la subjetividad trascendental. Antes se hablaba de esencia, ahora, después del giro copernicano que aporta el autor mencionado, se habla de un a priori universal. Trascendental, a priori y universal en el fondo coinciden. Kant insiste en que nuestro acceso a la naturaleza no viene dado por ésta misma, contra lo que pretende la actitud dogmática, sino por el armazón intuitivo y conceptual que va inherente a la peculiar constitución de la subjetividad humana. Una cosa es lo que pueda ser la naturaleza en sí, o la cosa en sí, y otra la mirada que dirigimos a ella. ¿Qué sucede por el hecho de mirar? Este hecho implica el nacimiento de una estructura compleja. Lo mismo que hay una articulación de la retina por la que los miembros de la especie humana ven los colores y las figuras en forma equivalente e incluso idéntica, de igual manera en un estrato más profundo hay intuiciones y formas intelectuales de ordenación que marcan la manera humana de mirar a los objetos de la naturaleza en general. Se dan ciertamente maneras de sentir y percibir que dependen de la manera de ser de cada uno y, como tales, no tienen pretensión de universalidad, no pertenecen a los elementos constitutivos de toda subjetividad, no pertenecen al armazón de un mundo en el que los sujetos puedan comunicarse entre sí. Pero a la vez existen en el hombre elementos constitutivos de la intersubjetividad. En La crítica del juicio Kant trata el problema del gusto como germen de la intersubjetividad o universalidad. El gusto, como cuna del «sentido común estético» y del «sentido común lógico» es un equivalente de la ley moral. Si ésta manda encontrar una norma de conducta que sea válida para todo sujeto humano, el gusto incita a encontrar sentimientos universales, compartidos por todos. El sentimiento paradigmático de este tipo es el de belleza, pues, según Kant, el que afirma que algo es bello pretende que todos los demás estén de acuerdo con él en este juicio. Así, Kant abre un panorama histórico de unidad de la humanidad a través de tres vertientes: unidad del conocimiento (razón teórica), concordancia de los hombres en las normas morales (razón práctica) y unanimidad del gusto estético. Lo que este filósofo formula con tanto esmero intelectual se abre paso en forma más o menos difusa desde el renacimiento. El antropocentrismo inicial acaba convirtiéndose en subjetividad trascendental. Pero el impulso renacentista y el de Kant llevan inherentes la ambigüedad de si la unidad de la razón humana se debe al sustrato de una naturaleza humana que ya existe, o bien a la exigencia de que llegue a constituirse una unificación de la humanidad en tres ámbitos diferenciados. Lo típico de Kant es esto último. El autor comentado es un exponente del movimiento llamado ilustración, que lleva en sí un impulso radical de apelación a la autonomía del hombre, es decir, una invitación a liberarse de todo poder extraño y a regirse exclusivamente por las exigencias de la propia subjetividad o de la propia natruraleza racional, que en el fondo se identifica con la aspiración a crear un mundo de leyes universales dictadas por el hombre mismo. El proyecto ilustrado puede formularse con toda brevedad como una sustitución de la heteronomía por la obediencia a leyes que el hombre se ha dado a sí mismo. La autonomía y el universalismo que respiramos por todas partes en la filosofía de Kant no se 174 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 174
deben a su mera reflexión individual, sino que actúan como motor de toda una época. Mucho antes de la formulación kantiana estaba ya difundida la idea de un razonamiento público que, interpretando las experiencias individuales de cada uno, descubre un contenido humano universalmente válido y, por medio de este contenido, origina una legislación general. Tanto el movimiento democrático de los siglos XVII y XVIII como la filosofía de Kant giran en torno a la idea de un «pensar por sí mismo», que equivale a verbalizar y conceptualizar la propia experiencia interior. Esta experiencia, en tanto se habla y escribe, va dirigida a un público sin límites. La naciente democracia burguesa elabora de mil maneras la idea de la autonomía y experiencia individual, que se despliega en el horizonte de un público sin fronteras. La subjetividad trascendental de Kant es una manera de acuñar y formular esa idea. Aprender a servirse de la razón, a usarla públicamente, equivale a la reflexión sobre el fondo más íntimo de nosotros mismos, para conversar y discutir con los demás a partir de ahí. Por tanto, la opinión pública nace como una onda en la que se expande la intimidad. Cuando los medios de comunicación pública producen ellos mismos la interioridad del hombre, es indudable que se ha invertido el sentido originario de la formación de la opinión. Habermas, en Cambio de estructura de la opinión pública, ha desarrollado una investigación muy detallada de este concepto. Allí nos presenta como punto cardinal del modelo burgués la delimitación de una «esfera privada», que, por una parte, ha de ser autónoma e inviolable, y, por otra, tiene que ser la fuente configuradora del poder público. Lo privado, como esfera exclusiva de cada uno, y el Estado, como la esfera común, se unen entre sí por mediación del «público», que a través de diversas instancias de razonamiento hace emerger un contenido válido para todos y así deslinda el campo de lo legislable. En la obra mencionada, Habermas distingue diversas instancias en el proceso de articulación de la sociedad burguesa: la familia y el mercado (el trabajo y el intercambio de productos), el público literario y el Estado. Ese conjunto de instancias no dejan de recordar la división hegeliana: familia, sociedad civil y Estado. Según el esquema de Habermas, la esfera privada está constituida por la familia y el mercado; y dentro de lo privado la familia constituye la esfera íntima. En la familia nace el foco de vivencias y reflexiones que se desarrollan luego en el público literario. Y ella es el prototipo de una comunidad caracterizada por la libertad, la igualdad, el amor y la formación. El autor mencionado escribe: «La subjetividad, nacida de la intimidad de la pequeña familia, se entiende consigo misma sobre sí misma»1. El público literario y el político están radicados en el ámbito privado, por cuanto se originan en el razonamiento de personas privadas; pero a la vez, como opinión pública, median entre las necesidades de la sociedad y el Estado, que constituye la «esfera pública» en sentido estricto. El Estado burgués, en tanto está mediado por la opinión pública, renuncia al ejercicio del poder, pues ¿Quién opina en la opinión pública? Anàlisi 26, 2001 175 1. HABERMAS, Strukturwandel der Öffentlichkeit. Neuwied y Berlín: Luchterhand, 1971, p. 69. Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 175
se reduce a velar por el cumplimiento de las normas emanadas de dicha opinión, tal como ha tomado cuerpo en el parlamento. El Estado burgués no interviene abiertamente en la sociedad, se reduce a la función de ejecutar (hacer cumplir) las leyes que por mediación de la opinión pública se abren paso en el parlamento y se aprueban allí. En la génesis y articulación de la opinión pública la obra comentada dedica especial atención a los «salones domésticos» y a los «cafés». Allí discute un público que comparte además la asistencia a teatros y conciertos. Este público pretende ser, y en cierto modo es, universal. Por una parte, todos tiene acceso al mercado y a la discusión pública. Se supone solamente la formación y la posesión de bienes, que, según la mentalidad vigente en aquel momento histórico, son accesibles a todos. Los que de hecho acuden a los lugares de discusión son los aristócratas formados, los intelectuales burgueses y todo un sector de la clase media interesado culturalmente. Los congregados en el público literario pueden considerarse como iguales en lo meramente humano. Este público de personas iguales no está cerrado en principio, es universal. Junto con una cierta universalidad de las personas, se da allí también una temática válida para todos, pues los participantes disputan sobre cuestiones accesibles a todos e importantes para todos. La universalidad corre pareja con la autonomía, puesto que lo discutido ya no se funda en la autoridad de la tradición o la revelación, sino en la apropiación personal y la comprensión racional de las obras filosóficas y literarias, así como de los problemas mismos que son objeto de debate. El público acostumbrado a la autonomía artística, a la comprensión de las obras literarias, filosóficas y musicales, extiende la misma exigencia de comprensión propia a las diversas instancias de la vida política. Un producto peculiar en el que se sedimenta la opinión pública es la ley, emanada del razonamiento parlamentario. La burguesía aspira a gobernarse por leyes generales. La universalidad de las leyes guarda relación con su racionalidad, que consiste en acertar con la naturaleza de la cosa. De ahí el principio: «Es la verdad y no la autoridad la que hace la ley». Las constituciones surgidas de la Revolución Francesa, además de reivindicar el carácter público de las sesiones parlamentarias, proclaman la libertad de expresión y opinión, de prensa y de reunión. El afán de salvar la autonomía y la libertad de los ciudadanos bajo la ley y el poder del Estado condujo a la difundida idea de un «contrato» en el origen mismo de la sociedad. Esta figura aparece en Rousseau, en Kant, en Fichte y en tantos otros pensadores. El contrato social implica que todos los ciudadanos quieren la propia libertad junto con la de todos, por lo cual aceptan los límites propios y el poder del Estado como garante de los linderos entre libertad y libertad. El razonamiento universal de los ciudadanos ha de ser capaz de comprender el orden fundamental de la intersubjetividad. La declaración de los derechos del hombre guarda relación con la comprensión de la intersubjetividad que está en la base de la sociedad. Por la proclamación se manifiesta la comprensión racional de las normas fundamentales. Para algunos, por ejemplo, Locke y la Constitución americana, la declaración hace de mediadora entre un derecho 176 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 176
natural preexistente y el derecho positivo. En una línea semejante, para los fisiócratas la declaración de derechos era la traducción de un orden natural a otro orden positivo. En cambio, según Rousseau, la declaración de derechos equivale a la constitución de la voluntad general (contrato), que es la fuente de todo derecho particular. En la voluntad general, y en la comprensión que va inherente a ella, se ejerce intersubjetivamente la autonomía de los ciudadanos. El soporte y la tarea de la opinión pública está en comprender racionalmente lo que funda la voluntad general o lo que va inherente a ella. La voluntad unida en el contrato social crea el orden conjunto de Estado y sociedad, aquel orden del que emanan los derechos básicos de los ciudadanos. En la concepción articulante de la politología burguesa es indudable que la opinión pública ocupa una posición axial. El contenido del contrato o consenso entre ciudadanos exhibe un sustrato común a todos ellos. Sin embargo, no puede pasar desapercibido un cruce entre dos líneas, una que procede de la tradición griega y medieval, y otra que es la típica de la modernidad. La primera tiende a entender la opinión pública como manifestación de una naturaleza o esencia común. La reflexión, el pensamiento, tiene la función de penetrar en el estrato unificante. Por el contrario, la línea típica de la modernidad entiende la función del pensamiento, de la comprensión, como creación de una estructura intersubjetiva que llega a granjearse la aceptación de todos los ciudadanos. En esta pretensión de crear una intersubjetividad universalmente aceptable parece un prodigio el hecho de que, no existiendo una naturaleza vinculante de antemano, la totalidad de los ciudadanos se adhiera a un único y mismo proyecto. ¿No corremos el peligro de una ficción monstruosa? ¿No está de por medio una ideología engañosa que puede hacer pasar por universales el interés y las ideas de un grupo dominante? Pero lo cierto es que, por lo menos a primera vista, se atribuye una importancia primordial a la actividad reflexionante de la opinión. De ahí que en la época constituyente de la democracia burguesa se asignara una función privilegiada al intelectual. Si nos preguntamos por la continuidad entre el presupuesto vigente en la línea del pensamiento democrático que se desarrolla desde el siglo XVII hasta mediados del XIX, por una parte, y la aceptación de un voraginoso sistema de necesidades en nuestro momento actual, por otra parte, no puede pasar desapercibida una diferencia esencial. En el parlamentarismo clásico la línea política se traza en buena medida mediante la actividad del estrato reflexivo de la sociedad. Los contenidos que dan cuerpo a la sociedad nacen de lo que los individuos descubren en sí mismos. Digamos que allí las necesidades, las verdades, los contenidos humanos y las normas sociales emanan de la propia naturaleza de cada uno. Por el contrario, en el mercado actual, los individuos se adaptan a las funciones y necesidades que la febril actividad económica crea. ¿Qué verdad o contenido universal del hombre puede haber en un mundo de neveras, automóviles, aviones, ordenadores, armamentos, etc.? ¿Puede decidirse por razonamiento qué ha de ser el hombre y cómo debe ser el mundo? Experimentamos con infinitas ofertas y con su grado de aceptación. Pero apenas se vislumbra ningún contenido estable que merezca nuestra adhesión firme. ¿Quién opina en la opinión pública? Anàlisi 26, 2001 177 Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 177
de obtener la adhesión de los ciudadanos. Un cristianismo democrático habría de ensalzar las ventajas de la naturaleza caída, sin perder el tiempo en intentos de cambiarla y redimirla. De acuerdo con los usos actuales, los vicios no resultan molestos si son fáciles de programar. Por tanto, ¿ha sido extirpado el razonamiento público? A través de los medios de masas la estructura y la función de la opinión pública han experimentado una transformación muy amplia. Nadie influye ya considerablemente por el rigor de la argumentación lógica. Nuestro conversar y opinar añade o quita fuerza a un movimiento, a una corriente o tendencia, pero apenas es capaz de introducir una posición nueva. Hoy la facticidad es más poderosa que la verdad. Al clima cotidiano de la sociedad en la que de hecho nos encontramos se le ha dado la denominación de «mundo de la vida». En él hay una intersubjetividad en la que todos nos comunicamos y, por tanto, un mínimo de persuasiones y necesidades compartidas, por ejemplo: el sistema democrático es el menos malo de los conocidos; no hay que circular en dirección contraria a la usual; no se admiten pisos sin sanitarios. A su vez se dan allí creencias que se reducen a sectores particulares de la sociedad: confesiones religiosas, partidos políticos, estratos de la población, jóvenes y adultos. Todo eso origina un indetenible y dinámico proceso de acercamiento, diferenciación y oposición. Ese proceso es observado y dirigido desde una cúspide: las jerarquías de las diversas instituciones, atentas siempre a la relación con los súbditos y con los otros jerarcas. Ahí tenemos los hilos fundamentales del armazón político. El mundo de la vida diferenciado a través de las instituciones es suficientemente activo como para engendrar constantes problemas de dirección, que obligan a explorar las líneas principales de las fuerzas sociales, así como la intensidad y dirección de las mismas. Es tarea de la clase dirigente señalar direcciones, establecer temas prioritarios entre la masa de materias que se dan en el cuerpo social, traducir la investigación científica a posibles proyectos evolutivos, sondear el grado de docilidad de la población a las metas propuestas. La opinión pública, procedente en gran medida del mundo fáctico en el que existimos cotidianamente, despliega su dinamismo explícito en la aceptación de las directrices de la clase dirigente o en la resistencia a ellas. De la fricción entre las directrices emanadas del poder y la reacción de la mentalidad fáctica surgen la línea y el ritmo de la evolución. Con mucha frecuencia el mercado mismo marca las líneas evolutivas, y el mensaje de políticos y prensa no hace sino cantar las glorias de las novedades y agitar el hervidero de los deseos. Mientras escribía estas páginas vi un telediario en el que durante unos cinco minutos se transmitió información deportiva de un único escenario. En las vallas del fondo aparecían carteles con el rótulo: «Caja de Madrid». Este hecho tan cotidiano y sencillo sugiere algunas reflexiones: primero, los telediarios seleccionan los puntos de atención de la vida nacional; por eso mismo establecen prioridades y originan valoraciones. Segundo, en el caso que nos ocupa, el poder político, el informativo y el económico muestran preferencia por el espectáculo deportivo. ¿Hay proporción entre los temas que ocupan los espa184 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 184
cios informativos y la totalidad de la vida en el país? España, con todas sus autonomías, es un país católico, y por eso su verdadero interés está cifrado en la «Iglesia triunfante» (en el santoral político), que aleja la atención de la «peregrinante» y paciente. Tercero, puesto que la propaganda está reservada esencialmente a los grandes grupos económicos, es indudable que el tema de la conversación cotidiana y las pautas de la opinión pública emanan de los centros gravitatorios del poder político y económico. Cuando un peñasco se desploma y cae en el agua, seguidamente oímos un ruido estrepitoso. Podría decirse que la opinión pública es la resonancia que la voz del poder produce al chocar sus ondas contra la masa de la población. Naturalmente, la mentalidad fáctica condiciona el tipo de sonido y orienta sobre el camino a seguir. Se evita lo que irrite a la masa. En la sociedad actual prevalecen los movimientos de fuerzas despersonalizadas. Apenas existen cauces para aquella opinión pública que, de acuerdo con la idea latente en la democracia, brota de la actividad de los ciudadanos y se abre paso a través de las diversas modalidades del diálogo intersubjetivo. Como dice Jean Baudrillard: «No hay realmente protagonistas enzarzados con los acontecimientos, ni intelectuales enzarzados con su sentido, sino un torbellino de acontecimienos sin importancia, sin protagonistas verdaderos y sin intérpretes autorizados»4. Esto se nota en formas muy diversas. Una de ellas es la distancia entre la vida del pueblo y la dinámica articuladora de los partidos. Y otro campo en el que eso se hace sentir es la depauperación del derecho general de los ciudadanos frente al derecho de instituciones y grupos colectivos. La desesperación de abogados y ciudadanos ante el sistema general de administración de justicia no despierta tanta resonancia pública como un pequeño agravio a una institución pública. El ciudadano se disuelve en el anonimato de los cuerpos colectivos. Es cierto que nacen muchas asociaciones canalizadoras de las preocupaciones de ciertos grupos de ciudadanos. Pero sus denuncias y protestas a muy duras penas logran abrir las puertas blindadas de los castillos del poder. Sin duda, la prensa, en sus orígenes, fue la institución más cercana a la opinión pública. Pero ahora el periodista normal está a sueldo y servicio de las directrices de su periódico. Queda el residuo testimonial de los artículos de opinión y de las cartas al director. Ahora bien, en los artículos de opinión, lo mismo que en las discusiones de radio, se percibe como un tonillo incestuoso por la complacencia en unos mismos nombres y un mismo ambiente. Una capa de nenúfares cubre la superficie del estanque social y tapa el rostro de las aguas en las que está sumergido el pueblo. Los programas lavan su cara democráticamete. Se transmiten los que tienen audiencia. Es indiscutible que el agrado del espectador vale como un argumento fuerte; pero también se pone de manifiesto la complicidad con lo fáctico, con las cosas tal cual son, a veces ¿Quién opina en la opinión pública? Anàlisi 26, 2001 185 4. Jean BAUDRILLARD, La ilusión del fin. La huelga de los acontecimientos. Barcelona: Anagrama, 1993, p. 28. Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 185
en su gloriosa miseria. Los periódicos más influyentes deben su poderío al hecho de que han logrado captar el mayor número de anuncios económicos en el territorio respectivo. La democracia no ha tenido éxito en su proyecto originario, que era el de eliminar el poder del hombre sobre el hombre y encontrar un espacio de igualdad para todos. En nuestro mundo actual ha triunfado la democracia (mejor, plutocracia) de los dinosaurios, que, simbólicamente, reaparecen en la investigación, en los museos y en los reportajes. También abundan los informativos que presentan la existencia de los depredadores en la selva. ¿Hay en ellos una carga ideológica? Las fábricas y los talleres de la prensa, que producen para la gran masa de la población, han desplazado los pequeños oasis, con nombre propio y personalidad individual, que elevaron la vida en gestos alegres por encima de las capas amorfas y tristes que pululan en el denso estrato de una indiferenciada masa biológica. La vida se interpreta hoy en clave cuantitativa. Las ideas en manos de los que no las han engendrado, ni las entienden, son tan peligrosas como un cortante cuchillo en manos de un chimpancé. Las cosas grandes, entre ellas la idea de libertad e igualdad, siempre fueron promesa antes que realidad. Por eso, el apego a la facticidad es el enemigo mortal de lo humano. Los que han nacido entre montes, defienden el derecho universal del montañero, es decir, el derecho que todo hombre tiene a elevarse a una determinada o indeterminada altura. Las aguas al nacer no están contaminadas. La opinión pública se parece hoy a las aguas cansadas ya y contaminadas en la llanura de la gran ciudad. Mana todavía en muchos ciudadanos un hilito de agua limpia, pero es una fuente sin voz. Se resiste a llegar la época anhelada por Nietzsche: «Ha llegado el tiempo de que nos abstengamos sabiamete de todas las construcciones del proceso mundial o de la historia de la humanidad, un tiempo en el que ya no conteplemos las masas, sino de nuevo a los individuos, que forman una especie de puente sobre el torrente desértico del devenir»5. Raúl Gabás Pallás es catedrático de filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor del libro J. Habermas: dominio técnico y comunidad lingüística (Barcelona: Ariel, 1980), ha desarrollado temas relacionados con la escuela de Frankfurt, la estética de Kant y Hegel (traducida por él al castellano), Heidegger (con traducciones también) y el concepto de razón. 186 Anàlisi 26, 2001 Raúl Gabás Pallás 5. NIETZSCHE, en la «Consideración Intempestiva», Sobre la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. Anàlisi 26 001-260 7/4/2001 11:39 Página 186