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Narratividad, fenomenología y hermenéutica

Ricoeur, Paul

Abstract

El filósofo Paul Ricoeur, considerado como uno de los más importantes pensadores de la segunda mitad del siglo XX, propone en este texto una mirada retrospectiva a sus fecundas contribuciones a la comprensión del papel que la narratividad juega en la vida individual y en la historia colectiva. Se trata, en efecto, de una auténtica recapitulación de sus cruciales aportaciones en este campo, desarrolladas durante décadas a través de varias obras que han devenido clásicas: un lugar de referencia inexcusable para teóricos e investigadores de toda especie. Entre sus numerosas obras pueden destacarse las siguientes: Temps et récit (1983-1985), Le conflit des interprétations (1969) y La méthapore vive (1975).

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DOCUMENTS Q DOCUMENTOS Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 188 Resumen El filósofo Paul Ricœur, considerado como uno de los más importantes pensadores de la segunda mitad del siglo XX, propone en este texto una mirada retrospectiva a sus fecundas contribuciones a la comprensión del papel que la narratividad juega en la vida individual y en la historia colectiva. Se trata, en efecto, de una auténtica recapitulación de sus cruciales aportaciones en este campo, desarrolladas durante décadas a través de varias obras que han devenido clásicas: un lugar de referencia inexcusable para teóricos e investigadores de toda especie. Entre sus numerosas obras pueden destacarse las siguientes: Temps et récit (1983-1985), Le conflit des interprétations (1969) y La méthapore vive (1975). Abstract. Narrative, Phenomenology and Hermeneutics The philosopher Paul Ricoeur, considered one of the most important thinkers of the second half of the twentieth century, offers in this text a retrospective look at his prolific contributions to the understanding of the role played by the narrative in individual lives and in collective history. In fact, it is an authentic recapitulation of his crucial contributions in this field carried out over decades in various works that have become classics: a necessary reference point for all types of theoreticians and researchers. Among his numerous works the following stand out: Temps et récit (1983-85), Le conflit des interprétations (1969), La méthaphore vive (1975). Para dar una idea de los problemas a los que me dedico desde hace treinta años y de la tradición a la que pertenece mi tratamiento de los mismos, me ha parecido que el método más apropiado era partir de mi trabajo actual sobre la función narrativa, luego mostrar la afinidad de este trabajo con mis trabajos * Este texto apareció por primera vez en castellano, con idéntico título, como capítulo final de una obra colectiva en homenaje a Paul Ricoeur: Gabriel ARANZUEQUE (ed.) (1997), Horizontes del relato. Lecturas y conversaciones con Paul Ricoeur, Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, Cuaderno Gris, trad. de G. Aranzueque. Anàlisi. Quaderns de comunicació i cultura agradece al editor y traductor su buena disposición ante nuestra propuesta de republicación del artículo. Anàlisi 25, 2000 189-207 Narratividad, fenomenología y hermenéutica* Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 189 anteriores sobre la metáfora, sobre el psicoanálisis, sobre la simbólica y sobre otros problemas afines, y, por último, dirigirme de estas investigaciones parciales a los supuestos, tanto teóricos como metodológicos, en los que radica el conjunto de mi investigación. Esta progresión a la inversa en mi propia obra me permitirá referirme, al final de mi exposición, a los supuestos de la tradición fenomenológica y hermenéutica a la que pertenezco, mostrando cómo mis análisis, a un tiempo, continúan, corrigen y, en ocasiones, ponen en tela de juicio esa tradición. I. La función narrativa Diré, en primer lugar, algo sobre mis trabajos dedicados a la función narrativa. Aquí aparecen tres preocupaciones principales. Esta investigación sobre el acto de narrar responde, en primer lugar, a una preocupación muy general, que expuse no hace mucho en el primer capítulo de mi libro sobre Freud y la filosofía: la de preservar la amplitud, la diversidad y la irreductibilidad de los usos del lenguaje. Desde un principio, puede constatarse, pues, que me uno a aquellos filósofos analíticos que se resisten a aceptar el reduccionismo según el cual las «lenguas bien hechas» habrían de valorar la pretensión de sentido y de verdad de todos los usos no «lógicos» del lenguaje. Una segunda preocupación completa y, en cierto modo, modera la primera: la de reunir las formas y modalidades dispersas del juego de narrar. En efecto, a lo largo del desarrollo de las culturas de las que somos herederos, el acto de narrar no ha dejado de ramificarse en géneros literarios cada vez más específicos. Esta fragmentación plantea a los filósofos un problema central, dada la importante dicotomía que divide el campo narrativo y que opone tajantemente, por una parte, los relatos que tienen una pretensión de verdad comparable a la de los discursos descriptivos que se usan en las ciencias —pensemos en la historia y los géneros literarios afines a la biografía y a la autobiografía— y, por otra, los relatos de ficción, como la epopeya, el drama, el cuento y la novela, por no decir ya los modos narrativos que emplean un medio distinto al lenguaje: el cine, por ejemplo, y, eventualmente, la pintura y otras artes plásticas. Contra esta interminable división, planteo la hipótesis de que existe una unidad funcional entre los múltiples modos y géneros narrativos. Mi hipótesis básica al respecto es la siguiente: el carácter común de la experiencia humana, señalado, articulado y aclarado por el acto de narrar en todas sus formas, es su carácter temporal. Todo lo que se cuenta sucede en el tiempo, arraiga en el mismo, se desarrolla temporalmente; y lo que se desarrolla en el tiempo puede narrarse. Incluso cabe la posibilidad de que todo proceso temporal sólo se reconozca como tal en la medida en que pueda narrarse de un modo o de otro. Esta supuesta reciprocidad entre narratividad y temporalidad constituye el tema de Tiempo y relato. Por limitado que sea el problema, en comparación con la gran amplitud de los usos reales y potenciales del lenguaje, resulta realmente inmenso. Reúne, en un mismo rótulo, problemas que habitualmente se abordan con títulos diferentes: epistemología 190 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 190 del conocimiento histórico, crítica literaria aplicada a las obras de ficción, teorías del tiempo (dispersas, a su vez, entre la cosmología, la física, la biología, la psicología o la sociología). Al tratar la cualidad temporal de la experiencia como referente común de la historia y de la ficción, uno en un mismo problema ficción, historia y tiempo. En este punto, entra en juego una tercera preocupación, que ofrece la posibilidad de hacer menos inabordable la problemática de la temporalidad y de la narratividad: la de poner a prueba la capacidad de selección y de organización del lenguaje mismo, cuando éste se ordena en esas unidades de discurso más largas que la frase a las que podemos llamar textos. En efecto, si la narratividad ha de señalar, articular y aclarar la experiencia temporal —por retomar los tres verbos usados anteriormente—, hay que buscar en el uso del lenguaje un patrón de medida que satisfaga esa necesidad de delimitación, de ordenación y de explicitación. El hecho de que el texto sea la unidad lingüística buscada y que constituya el medio apropiado entre la vivencia temporal y el acto narrativo puede ser esbozado brevemente del siguiente modo. Como unidad lingüística, un texto es, por una parte, una expansión de la primera unidad de significado actual, de la frase o instancia discursiva en el sentido de Benveniste. Por otra parte, aporta un principio de organización transfrásica del que se beneficia el acto de narrar en todas sus formas. Podemos llamar poética —siguiendo a Aristóteles— a la disciplina que trata de las leyes de la composición que se añaden a la instancia discursiva para dar lugar a un texto, al que se considera un relato, un poema o un ensayo. Se plantea, entonces, el problema de identificar la característica más importante del acto de hacer-relato. Sigo también a Aristóteles para designar la clase de composición verbal que convierte un texto en relato. Aristóteles designa esta composición verbal con el término mˆythos, término que se ha traducido por «fábula» o por «trama»: «llamo aquí mˆythos a la composición (s´ynthesis o, en otros contextos, s´ystasis) de los hechos» (1450 a 5 y 15). Más que una estructura, en el sentido estático de la palabra, Aristóteles usa este término para designar una operación (como indica la terminación -sis de poíesis, s´ynthesis o s´ystasis), a saber, la estructuración que requiere que hablemos de «elaboración de la trama» antes que de trama. La elaboración de la trama consiste, principalmente, en la selección y en la disposición de los acontecimientos y de las acciones narradas, que hacen de la fábula una historia «completa y entera» (1450 b 25), que consta de principio, medio y fin. Con esto queremos decir que ninguna acción es un principio más que en una historia que ella misma inaugura; que ninguna acción es tampoco un medio más que si provoca en la historia narrada un cambio de suerte, un «nudo» a deshacer, una «peripecia» sorprendente, una sucesión de incidentes «lamentables» u «horrorosos»; por último, ninguna acción, considerada en sí misma, es un fin, sino en la medida en que, en la historia narrada, concluye el curso de una acción, deshace un nudo, compensa la peripecia mediante el reconocimiento, sella el destino del héroe mediante un último acontecimiento que aclara toda la acción y produce, en el oyente, la kátharsis de la compasión y del terror. Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 191 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 191 Tomo esta noción como hilo conductor de la investigación, tanto en el orden de la historia de los historiadores (o historiografía) como en el orden de la ficción (desde la epopeya y el cuento popular a la novela moderna). Me limitaré a insistir aquí en el rasgo que confiere, a mi modo de ver, una fecundidad así a la noción de trama, a saber, su inteligibilidad. Podemos mostrar del siguiente modo el carácter inteligible de la trama: la trama es el conjunto de combinaciones mediante las cuales los acontecimientos se transforman en una historia o —correlativamente— una historia se extrae de acontecimientos. La trama es la mediadora entre el acontecimiento y la historia. Lo que significa que nada es un acontecimiento si no contribuye al avance de una historia. Un acontecimiento no es sólo una incidencia, algo que sucede, sino un componente narrativo. Ampliando aún más el ámbito de la trama, diré que la trama es la unidad inteligible que compone las circunstancias, los fines y los medios, las iniciativas y las consecuencias no queridas. Según una expresión que tomo de Louis Mink, es el acto de «ensamblar» —de com-poner— esos ingredientes de la acción humana que, en la experiencia diaria, resultan heterogéneos y discordantes. De este carácter inteligible de la trama se deduce que la capacidad para seguir la historia constituye una forma muy elaborada de comprensión. Diré ahora algo sobre los problemas que plantea la extensión de la noción aristotélica de trama a la historiografía. Citaré tres de estos problemas. El primero se refiere a la relación que existe entre la historia erudita y el relato. Parece, en efecto, una causa perdida pretender que la historia moderna conserve el carácter narrativo que encontramos en las crónicas antiguas y que ha llegado hasta nuestros días a través de la historia política, diplomática o eclesiástica, la cual cuenta batallas, tratados, particiones y, en general, los cambios de fortuna que afectan al ejercicio del poder por parte de individuos determinados. Mi tesis es que el vínculo de la historia con el relato no puede romperse sin que la historia pierda su especificidad entre las ciencias humanas. Diré, en primer lugar, que el error fundamental de aquellos que oponen historia y relato se debe al desconocimiento del carácter inteligible que la trama confiere al relato, algo que Aristóteles había sido el primero en subrayar. Una noción ingenua del relato, como sucesión deshilvanada de acontecimientos, se encuentra siempre en el trasfondo de la crítica al carácter narrativo de la historia. Dicha crítica sólo aprecia el carácter episódico y olvida el carácter configurado, que constituye la base de su inteligibilidad. Al mismo tiempo, se ignora la distancia que establece el relato entre él y la experiencia viva. Entre vivir y narrar existe siempre una separación, por pequeña que sea. La vida se vive, la historia se cuenta. En segundo lugar, el desconocimiento de esta inteligibilidad fundamental del relato, impide comprender cómo se inserta la explicación histórica en la comprensión narrativa, de modo que cuanto más se explique, mejor se narrará. El error de los defensores de los modelos nomológicos no es tanto que se equivoquen respecto a la naturaleza de las leyes que el historiador puede tomar de otras ciencias sociales más avanzadas —demografía, economía, lingüística, sociología, etc.—, cuanto que se equivoquen respecto a su funcionamiento. 192 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 192 No aprecian que estas leyes revisten un significado histórico en la medida en que se insertan en una organización narrativa previa que ya ha calificado los acontecimientos como contribuciones al desarrollo de una trama. En tercer lugar, la historiografía, al alejarse de la historia de los acontecimientos, principalmente de la historia política, se ha alejado menos de la historia narrativa de lo que prenteden los historiadores. Para que la historia llegue a ser una historia de larga duración, convirtiéndose en historia social, económica o cultural, ha de estar vinculada al tiempo y dar cuenta de los cambios que vinculan una situación terminal a una situación inicial. La rapidez del cambio no tiene nada que ver con el asunto. Al estar vinculada al tiempo y al cambio, está ligada a la acción de los hombres que, según Marx, hacen la historia en circunstancias que ellos no han hecho. Directa o indirectamente, la historia es la historia de los hombres, que son los portadores, los agentes y las víctimas del poder, de las instituciones, de las funciones y de las estructuras en las que se insertan. En última instancia, la historia no puede separarse por completo del relato, pues no puede separarse de la acción que implica agentes, fines, circunstancias, interacciones y consecuencias queridas y no queridas. Ahora bien, la trama es la unidad narrativa de base que integra estos ingredientes heterogéneos en una totalidad inteligible. Una segunda serie de problemas atañe a la validez de la noción de trama en el análisis de los relatos de ficción, desde el cuento popular y la epopeya hasta la novela moderna. Esta validez sufre dos ataques de direcciones opuestas, aunque complementarias. Dejaré a un lado el ataque estructuralista contra una interpretación del relato que sobrestima indebidamente, a su modo de ver, la cronología aparente del relato. He discutido en otro lugar la pretensión de sustituir la dinámica de superficie a la que pertenece la trama por una lógica «acrónica», válida en el plano de la gramática profunda del texto narrativo. Prefiero centrarme en un ataque opuesto, aunque complementario. Al contrario que el estructuralismo, cuyos análisis destacan en el dominio del cuento popular o del relato tradicional, varios críticos literarios apelan a la evolución de la novela contemporánea para constatar que en la escritura se da una experimentación que echa por tierra todas las normas, todos los paradigmas recibidos de la tradición y, entre ellos, los tipos de trama heredados de la novela del siglo XIX. La oposición mediante la escritura llega incluso al extremo de que parezca que desaparece toda noción de trama, y de que ésta pierde su valor pertinente en la descripción de los hechos narrativos. A esta objeción, puedo responder que interpreta incorrectamente la relación entre paradigma —cualquiera que sea— y obra singular. Lo que llamamos paradigmas son tipos de elaboración de una trama surgidos de la sedimentación de la propia práctica narrativa. Encontramos aquí un fenómeno fundamental, el de la alternancia entre innovación y sedimentación; este fenómeno es constitutivo de lo que llamamos una tradición y se encuentra directamente implicado en el carácter histórico del esquematismo narrativo. Esta alternancia de innovación y de sedimentación hace posible el fenómeno Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 193 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 193 de desviación al que se refiere la objeción. Pero hay que entender que la propia desviación sólo es posible sobre la base de una cultura tradicional que crea en el lector expectativas que el artista se complace en despertar y defraudar. Ahora bien, esta relación irónica no podría establecerse en un vacío paradigmático total. Confieso que los supuestos sobre los que me extenderé con toda tranquilidad más adelante no me permiten pensar en una anomia radical, sino únicamente en un juego con reglas. Sólo es pensable una imaginación reglada. El tercer problema que quisiera mencionar se refiere a la referencia común de la historia y de la ficción en la base temporal de la experiencia humana. El problema es notablemente difícil. Por un lado, en efecto, sólo la historia parece referirse a lo real, aunque esa realidad haya pasado. Sólo ella parece pretender hablar de acontecimientos que se han producido realmente. El novelista ignora la carga de la prueba material vinculada a la obligación de recurrir a documentos y archivos. Una asimetría irreductible parece oponer lo real histórico y lo irreal de la ficción. No se trata de negar esta asimetría. Al contrario, hay que apoyarse en ella para percibir el cruce o el quiasmo entre los dos modos referenciales de la ficción y de la historia. Por un lado, no es preciso decir que la ficción no haga referencia a nada. Por otro, no es preciso decir que la historia se refiera al pasado histórico en el mismo sentido en que las descripciones empíricas se refieren a la realidad presente. Decir que la ficción no carece de referencia supone desechar una concepción estrecha de la misma que relegaría la ficción a desempeñar un papel puramente emocional. De un modo u otro, todos los sistemas simbólicos contribuyen a configurar la realidad. Muy especialmente, las tramas que inventamos nos ayudan a configurar nuestra experiencia temporal confusa, informe y, en última instancia, muda. «¿Qué es el tiempo? —se preguntaba Agustín—. Si nadie me lo pregunta, lo sé; si alguien me lo pregunta, ya no lo sé.» En la capacidad de la ficción para configurar esta experiencia temporal casi muda, reside la función referencial de la trama. Volvemos a encontrar aquí el vínculo entre mˆythos y mímesis en la Poética de Aristóteles: «La fábula, dice él, es la imitación de la acción» (Poética, 1450 a 2). La fábula imita la acción en la medida en que construye con los únicos recursos de la ficción esquemas inteligibles. El mundo de la ficción es un laboratorio de formas en el que ensayamos configuraciones posibles de la acción para comprobar su coherencia y su verosimilitud. Esta experimentación con los paradigmas depende de lo que antes llamábamos la imaginación creadora. En este estadio, la referencia se mantiene como en suspenso: la acción imitada es una acción sólo imitada, es decir, fingida, inventada. Ficción es fingere y fingere es hacer. El mundo de la ficción, en esta fase de suspensión, sólo es el mundo del texto, una proyección del texto como mundo. Pero la suspensión de la referencia sólo puede ser un momento intermedio entre la comprensión previa del mundo de la acción y la transfiguración de la realidad cotidiana que realiza la propia ficción. El mundo del texto, pues 194 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 194 es un mundo, entra necesariamente en conflicto con el mundo real, para «rehacerlo», ya lo confirme o lo niegue. Pero incluso la relación más irónica del arte respecto a la realidad sería incomprensible si el arte no des-ordenara y re-ordenara nuestra relación con lo real. Si el mundo del texto no tuviera asignada una relación con el mundo real, entonces el lenguaje no sería «peligroso», en el sentido en que lo decía Hölderlin, antes de Nietzsche y Walter Benjamin. Un desarrollo paralelo se impone por parte de la historia. Al igual que la ficción narrativa no carece de referencia, la referencia propia de la historia no deja de tener una afinidad con la referencia «productora» del relato de ficción. No es que el pasado sea irreal, sino que la realidad pasada es, en el sentido propio del término, inverificable. En la medida en que ya no es, el discurso histórico sólo la aborda indirectamente. En este punto, se impone la afinidad con la ficción. La reconstrucción del pasado, como ya había dicho Collingwood enérgicamente, es obra de la imaginación. También el historiador, en virtud de los vínculos a los que antes aludíamos entre la historia y el relato, configura tramas que los documentos permiten o no, pero que en sí mismos nunca contienen. En este sentido, la historia combina la coherencia narrativa y la conformidad con los documentos. Este vínculo complejo caracteriza el estatuto de la historia como interpretación. Se abre, así, una vía a una investigación positiva de todos los cruces entre las modalidades referenciales asimétricas, aunque igualmente indirectas o mediatas, de la ficción y de la historia. Gracias a este juego complejo entre la referencia indirecta al pasado y la referencia productora de la ficción, la experiencia humana, en su dimensión temporal profunda, no deja de ser refigurada. Me propongo ahora situar la investigación de la función narrativa en el marco más amplio de mis trabajos anteriores, antes de exponer los supuestos teóricos y epistemológicos que no han dejado de confirmarse y precisarse a lo largo del tiempo. Las relaciones entre los problemas que plantea la función narrativa y los que abordé en La metáfora viva no son evidentes a primera vista: 1) Mientras parece que el relato ha de incluirse entre los «géneros» literarios, la metáfora parece pertenenecer, en primer lugar, a la categoría de los «tropos», es decir, de las figuras del discurso. 2) Mientras que el relato engloba entre sus variedades un subgénero tan considerable como la historia, que puede pretender ser una ciencia o describir, al menos, acontecimientos reales del pasado, la metáfora parece caracterizar únicamente a la poesía lírica, cuyas pretensiones descriptivas resultan muy débiles, por no decir nulas. La investigación y el descubrimiento de los problemas comunes a ambos campos, a pesar de sus diferencias evidentes, van a conducirnos hacia el horizonte filosófico más amplio de la última parte de este ensayo. Dividiré mis observaciones en dos grupos, en función de las dos objeciones que acabo de esbozar. El primero se refiere a la estructura o, mejor dicho, al «sentido» inmanente a los propios enunciados, ya sean narrativos o metafóricos. El segundo afecta a la «referencia» extralingüística de estos enunciados y, por ello mismo, a la pretensión de verdad de unos y otros. Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 195 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 195 1) Situémonos primero en el nivel del «sentido». a) El vínculo más elemental entre el «género» narrativo y el «tropo» metafórico, en el plano del sentido, está constituido por su pertenencia común al discurso, es decir, a unos usos del lenguaje de igual o mayor dimensión que la frase. Me parece que uno de los primeros logros de la investigación contemporánea de la metáfora es, en efecto, haber desplazado el ámbito del análisis de la esfera de la palabra a la de la frase. Según las definiciones de la retórica clásica, que proceden de la Poética de Aristóteles, la metáfora es la transferencia del nombre usual de una cosa a otra en virtud de su semejanza. Para entender la operación que genera esta extensión, hay que salir del marco de la palabra, elevarse al plano de la frase y hablar de enunciado metafórico y no de metáfora-palabra. Parece, entonces, que la metáfora es una acción que se lleva a cabo sobre el lenguaje, consistente en atribuir a unos sujetos lógicos unos predicados incompatibles con los primeros. Esto quiere decir que, más que de una denominación que se desvía de la norma, la metáfora es una predicación arbitraria, una atribución que destruye la consistencia o, como se ha dicho, la pertinencia semántica de la frase, del modo que determinan los significados usuales, es decir, lexicalizados, de los términos en juego. Si consideramos como hipótesis, pues, que la metáfora es, en primer lugar y principalmente, una atribución impertinente, comprendemos el motivo de la distorsión que sufren las palabras en el enunciado metafórico. Dicha distorsión es «el efecto de sentido» requerido para preservar la pertinencia semántica de la frase. Hay metáfora, entonces, porque percibimos, a través de la nueva pertinencia semántica —y de algún modo por debajo de ella—, la resistencia de las palabras en su uso habitual y, por consiguiente, también su incompatibilidad en el nivel de la interpretación literal de la frase. Esta oposición entre la nueva pertinencia metafórica y la impertinencia literal caracteriza a los enunciados metafóricos entre todos los usos del lenguaje en el nivel de la frase. b) Este análisis de la metáfora en términos de frase y no de palabra o, más exactamente, en términos de predicación arbitraria y no de denominación que se desvía de la norma, abre la vía para una comparación entre la teoría del relato y la teoría de la metáfora. Ambas tienen que ver, en efecto, con los fenómenos de innovación semántica. Bien es cierto que el relato se sitúa, fácilmente, en el nivel del discurso, entendido como una secuencia de frases, mientras que la operación metafórica sólo requiere, estrictamente hablando, el funcionamiento básico de la frase, a saber, la predicación. Pero realmente, en su uso, las frases metafóricas requieren el contexto de un poema entero que entreteja las metáforas. En este sentido, podría decirse, con un crítico literario, que cada metáfora es un poema en miniatura. El paralelismo entre relato y metáfora se restablece, de este modo, no sólo en el nivel del discurso-frase, sino también en el del discurso-secuencia. En el marco de este paralelismo es donde puede apreciarse en toda su amplitud el fenómeno de la innovación semántica. Este fenómeno constituye el pro196 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 196 Las consecuencias filosóficas de esta inversión son considerables. No se perciben si nos limitamos a subrayar la finitud que convierte en algo caduco el ideal de transparencia respecto a sí mismo de un sujeto fundamental. La idea de finitud, en sí misma, sigue siendo banal, incluso trivial. En el mejor de los casos, sólo expresa en términos negativos la renuncia de la reflexión a toda hˆybris, a toda pretensión del sujeto de fundarmentarse en sí mismo. El descubrimiento de la precedencia del ser-en-el-mundo respecto a todo proyecto de fundamentación y a todo intento de justificación última, recupera toda su fuerza cuando extraemos de él las consecuencias positivas que tiene para la epistemología de la nueva ontología de la comprensión. Al extraer estas consecuencias epistemológicas, llevaré mi respuesta de la primera pregunta planteada al inicio de la tercera parte de este ensayo a la segunda. Resumo esta consecuencia epistemológica en la siguiente fórmula: no hay comprensión de sí que no esté mediatizada por signos, símbolos y textos; la comprensión de sí coincide, en última instancia, con la interpretación aplicada a estos términos mediadores. Al pasar de una a otra, la hermenéutica se libera progresivamente del idealismo con el que Husserl había intentado identificar la fenomenología. Sigamos, pues, las fases de esta emancipación. Mediación a través de los signos: con ello se afirma la condición originariamente lingüística de toda experiencia humana. La percepción se dice, el deseo se dice. Hegel lo había demostrado ya en la Fenomenología del espíritu. Freud dedujo de ello otra consecuencia, a saber, que no hay experiencia emocional, por oculta, disimulada o retorcida que sea, que no pueda ser expuesta a la luz del lenguaje para que revele su sentido propio, favoreciendo el acceso del deseo a la esfera del lenguaje. El psicoanálisis, como talkcure, no se basa en otra hipótesis que en esta proximidad entre el deseo y la palabra. Y como la palabra se entiende antes de ser pronunciada, el camino más corto entre mí y yo mismo es la palabra del otro, que me hace recorrer el espacio abierto de los signos. Mediación a través de los símbolos: por este término entiendo las expresiones con doble sentido que las culturas tradicionales han incorporado a la denominación de los «elementos» del cosmos (fuego, agua, viento, tierra, etc.), de sus «dimensiones» (altura y profundidad, etc.) o de sus «aspectos» (luz y tinieblas, etc.). Estas expresiones con doble sentido se escalonan en símbolos universales, en los que son propios de una cultura y, por último. en los que han sido creados por un pensador particular, incluso por una obra singular. En este último caso, el símbolo se confunde con la metáfora viva. Pero, a la inversa, no hay quizás creación simbólica que no esté arraigada, en última instancia, en el acervo simbólico común a toda la humanidad. Hace tiempo, yo mismo esbocé una Simbólica del mal, basada enteramente en este papel mediador de ciertas expresiones con doble sentido, como la mancha, la caída, la desviación, en la reflexión sobre la voluntad malvada. En esa época, había reducido incluso la hermenéutica a la interpretación de los símbolos, es decir, a la explicitación del segundo sentido —a menudo escondido— de estas expresiones con doble sentido. Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 203 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 203 Esta definición de la hermenéutica como interpretación simbólica me parece hoy en día demasiado estrecha, por dos razones que nos conducirán de la mediación a través del símbolo a la mediación a través de los textos. En primer lugar, no parece que un simbolismo tradicional o privado desarrolle sus recursos de multivocidad solamente en contextos apropiados y, por consiguiente, en el nivel de un texto completo, por ejemplo, un poema. Además, el mismo simbolismo da lugar a interpretaciones rivales, incluso polarmente opuestas, dependiendo de que la interpretación pretenda reducir el simbolismo a su base literal, a sus fuentes inconscientes o a sus motivaciones sociales, o ampliarlo en virtud de su potencialidad máxima de tener sentidos múltiples. En un caso, la hermenéutica pretende desmitificar el simbolismo, desenmascarando las fuerzas no declaradas que se ocultan en él. En el otro, la hermenéutica pretende recoger el sentido más rico, el más elevado, el más espiritual. Ahora bien, este conflicto de interpretaciones se produce, igualmente, en el nivel de un texto. De todo ello resulta que la hermenéutica no puede definirse simplemente como la interpretación de símbolos. Sin embargo, debemos mantener esta definición como una etapa entre el reconocimiento generalísimo del carácter lingüístico de la experiencia y la definición más técnica de la hermenéutica como interpretación textual. Además, contribuye a disipar la ilusión de una conciencia intuitiva de uno mismo al imponer a la comprensión de sí el gran rodeo a través del acervo de símbolos transmitidos por las culturas en cuyo seno hemos accedido, al mismo tiempo, a la existencia y a la palabra. Por último, mediación a través de los textos. A primera vista, esta mediación parece más limitada que la mediación a través de los signos y a través de los símbolos, que pueden ser simplemente orales e incluso no verbales. La mediación a través de los textos parece reducir la esfera de la interpretación a la escritura y a la literatura en detrimento de las culturas orales. Esto es cierto. Pero lo que la definición pierde en extensión, lo gana en intensidad. La escritura, en efecto, otorga recursos originales al discurso, tal como lo hemos definido en las primeras páginas de este ensayo. En primer lugar, identificándolo con la frase (alguien dice algo sobre algo a alguien), después, caracterizándolo mediante la composición de series de frases en forma de relato, de poema o de ensayo. Gracias a la escritura, el discurso adquiere una triple autonomía semántica: respecto a la intención del locutor, a la recepción del auditorio primitivo y a las circunstancias económicas, sociales y culturales de su producción. En este sentido, lo escrito se aleja de los límites del diálogo cara a cara y se convierte en la condición del devenir-texto del discurso. Corresponde a la hermenéutica explorar las implicaciones que tiene este devenir-texto para la tarea interpretativa. La consecuencia es que se pone definitivamente punto y final al ideal cartesiano, fichteano y, en cierta medida, también husserliano de la transparencia del sujeto respecto a sí mismo. El rodeo a través de los signos y de los símbolos se amplía y altera a la vez, en virtud de esta mediación a través de los textos que se alejan de la condición intersubjetiva del diálogo. La intención del autor 204 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 204 ya no se da inmediatamente, como pretende darse la del locutor al hablar sincera y directamente. Ha de ser reconstruida a la vez que el significado del propio texto, como el nombre propio que se da al estilo singular de la obra. Por consiguiente, no se trata ya de definir la hermenéutica mediante la coincidencia entre el talento del lector y el talento del autor. La intención del autor, ausente de su texto, se ha convertido en sí misma en un problema hermenéutico. En cuanto a la otra subjetividad, la del lector, es tanto el fruto de la lectura y el don del texto como la portadora de las expectativas con las que ese lector aborda y recibe el texto. Por consiguiente, no se trata tampoco de definir la hermenéutica mediante la primacía de la subjetividad del que lee sobre el texto y, por tanto, mediante una estética de la recepción. No serviría de nada sustituir una «intentional fallacy» por una «affective fallacy». Comprenderse es comprenderse ante el texto y recibir de él las condiciones de un sí mismo distinto al yo que se pone a leer. Ninguna de las dos subjetividades, ni la del autor ni la del lector, tiene, pues, prioridad en el sentido de una presencia originaria de uno ante sí mismo. Una vez liberada de la primacía de la subjetividad, ¿cuál puede ser la primera tarea de la hermenéutica? A mi juicio, buscar en el propio texto, por una parte, la dinámica interna que preside la estructuración de la obra; por otra, la capacidad de la obra para proyectarse fuera de sí misma y dar lugar a un mundo, que sería ciertamente la «cosa» del texto. Dinámica interna y proyección externa constituyen lo que llamo la labor del texto. La tarea de la hermenéutica consiste en reconstruir esta doble labor del texto. Podemos ver el camino recorrido desde el primer supuesto, el de la filosofía como reflexión, a lo largo del segundo, el de la filosofía como fenomenología, hasta el tercero, el de la mediación a través de los signos, después a través de los símbolos y, por último, a través de los textos. Una filosofía hermenéutica es una filosofía que asume todas las exigencias de este largo rodeo y que renuncia al sueño de una mediación total, al final de la cual la reflexión equivaldría, de nuevo, a la intuición intelectual en la autotransparencia de un sujeto absoluto. 2) Puedo ahora tratar de responder a la segunda pregunta que antes planteaba. Si éstos son los supuestos característicos de la tradición a la que pertenecen mis trabajos, ¿cuál es, a mi juicio, su lugar en el desarrollo de esta tradición? Para responder a esta pregunta, me basta con aplicar la última definición que acabo de dar de la tarea de la hermenéutica a las conclusiones a las que llegábamos al final de la segunda parte. La tarea de la hermenéutica, como acabamos de decir, es doble: reconstruir la dinámica interna del texto y restituir la capacidad de la obra para proyectarse al exterior mediante la representación de un mundo habitable. Creo que a la primera tarea corresponden todos los análisis orientados a articular entre sí comprensión y explicación, en el plano de lo que he llamado el «sentido» de la obra. Tanto en mis análisis del relato como en los de la metáfora, lucho en dos frentes: por una parte, rechazo el irracionalismo de la Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 205 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 205 comprensión inmediata, concebida como una extensión al terreno de los textos de la intropatía mediante la cual un sujeto se introduce en una conciencia extraña en la situación del cara a cara íntimo. Esta extensión indebida alimenta la ilusión romántica de un vínculo inmediato de congenialidad entre las dos subjetividades implicadas por la obra, la del autor y la del lector. Pero rechazo con idéntica fuerza un racionalismo de la explicación que extendería al texto el análisis estructural de los sistemas de signos característicos no del discurso, sino de la lengua. Esta extensión igualmente indebida da lugar a la ilusión positiva de una objetividad textual cerrada en sí misma e independiente de la subjetividad del autor o del lector. A estas dos actitudes unilaterales, he opuesto la dialéctica de la comprensión y de la explicación. Entiendo por «comprensión» la capacidad de continuar en uno mismo la labor de estructuración del texto, y por «explicación», la operación de segundo grado que se halla inserta en esta comprensión y que consiste en la actualización de los códigos subyacentes a esta labor de estructuración que el lector acompaña. Este combate en dos frentes, contra una reducción de la comprensión a la intropatía y una reducción de la explicación a una combinatoria abstracta, me lleva a definir la interpretación mediante esta misma dialéctica de la comprensión y de la explicación en el plano del «sentido» inmanente al texto. Este modo específico de responder a la primera tarea de la hermenéutica tiene la gran ventaja, a mi juicio, de preservar el diálogo entre la filosofía y las ciencias humanas; diálogo que rompen, cada uno a su manera, los dos modos contrarios de la comprensión y de la explicación que rechazo. Ésta sería mi primera contribución a la filosofía hermenéutica de la que procedo. En las líneas precedentes, me he ocupado de situar mis análisis del «sentido» de los enunciados metafóricos y del «sentido» de las tramas narrativas en el último plano de la teoría del Verstehen, limitada a su uso epistemológico, en la tradición de Dilthey y de Max Weber. La distinción entre «sentido» y «referencia», aplicada a estos enunciados y a estas tramas, me permite atenerme, provisionalmente, a este logro de la filosofía hermenéutica que no me parece, en modo alguno, que haya quedado abolido por el desarrollo ulterior de esta filosofía con Heidegger y Gadamer, en el sentido de una subordinación de la teoría epistemológica a la teoría ontológica del Verstehen. No quiero olvidar la fase epistemológica, cuya apuesta sigue siendo el diálogo de la filosofía con las ciencias humanas, ni descuidar este desplazamiento de la problemática hermenéutica, que desde ahora pone el acento en el ser-en-el-mundo y en la pertenencia participativa que precede a toda relación de un sujeto con el objeto que tiene delante. En este último plano de la nueva ontología hermenéutica, me gustaría situar mis análisis sobre la «referencia» de los enunciados metafóricos y de las tramas narrativas. Confieso muy gustosamente que estos análisis presuponen continuamente la convicción de que el discurso no es nunca for its own sake, para su propia gloria, sino que quiere, en todos sus usos, llevar al lenguaje una experiencia, un modo de vivir y de estar-en-el-mundo que le precede y pide ser dicho. Esta convicción de la precedencia de un ser que pide ser dicho respec206 Anàlisi 25, 2000 Paul Ricœur Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 206 to a nuestro decir explica mi obstinación por descubrir, en los usos poéticos del lenguaje, el modo referencial apropiado a estos usos, a través del cual el discurso continúa tratando de decir el ser, incluso cuando parece haberse retirado en sí mismo, para celebrarse a sí mismo. Este empeño por romper la clausura del lenguaje en sí mismo lo heredé de Sein und Zeit de Heidegger y de Wahrheit und Method de Gadamer. Aunque me atrevo a pensar que la descripción que propongo de la referencia de los enunciados metafóricos y de los enunciados narrativos añade a ese empeño ontológico la precisión analítica que le falta. Por una parte, en efecto, me ocupo en dar un alcance ontológico a la pretensión referencial de los enunciados metafóricos por influencia de lo que acabo de llamar el empeño ontológico de la teoría del lenguaje: de este modo, me atrevo a decir que ver algo como... es poner de manifiesto el ser-como de la cosa. Pongo el «como» en posición de exponente del verbo ser y hago del «sercomo» el referente último del enunciado metafórico. Esta tesis tiene indiscutiblemente el sello de la ontología postheideggeriana. Pero, por otra parte, la constatación del ser-como... no podría, a mi juicio, separarse de un estudio detallado de los modos referenciales del discurso y requiere un tratamiento propiamente analítico de la referencia indirecta, en base al concepto de «split reference» que he recibido de Roman Jakobson. Mi tesis sobre la mímesis de la obra narrativa y mi distinción de los tres estadios de la mímesis —prefiguración, configuración y transfiguración del mundo de la acción por el poema— expresan el mismo deseo de añadir la precisión del análisis a la atestación ontológica. Este interés que acabo de expresar se une a mi otra preocupación, mencionada anteriormente, de no oponer comprender y explicar en el plano de la dinámica inmanente de los enunciados poéticos. Tomadas conjuntamente, estas dos inquietudes muestran mi deseo de que, al trabajar por el progreso de la filosofía hermenéutica, haya contribuido, por poco que sea, a suscitar un interés por esta filosofía entre los filósofos analíticos. Narratividad, fenomenología y hermenéutica Anàlisi 25, 2000 207 Anàlisi 25 187-207 4/11/2000 19:16 Página 207