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Narración y hospitalidad

Mèlich, Joan-Carles

Abstract

A partir de la lectura de algunos relatos de supervivientes del Holocausto (especialmente de Primo Levi y Elie Wiesel), se estudian en este artículo las condiciones de posiblidad de una ética y de una pedagogía después de Auschwitz. Según el autor, «Auschwitz» es un acontecimiento que rompe la historia y nos obliga a repensar radicalmente todas las categorías filosóficas y pedagógicas: desde la misma idea de «ser humano» hasta la cuestión de la transmisión y la formación humanista. Tomando esta hipótesis como punto de partida, se propone entender la identidad humana no solamente como diferencia, sino como deferencia, como acogida y hospitalidad del otro que, en el caso de los relatos del Holocausto, es una ausencia, una ausencia que, a través de la lectura y el recuerdo, se mantiene viva para evitar que Auschwitz vuelva a repetirse.

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Resumen A partir de la lectura de algunos relatos de supervivientes del Holocausto (especialmente de Primo Levi y Elie Wiesel), se estudian en este artículo las condiciones de posiblidad de una ética y de una pedagogía después de Auschwitz. Según el autor, «Auschwitz» es un acontecimiento que rompe la historia y nos obliga a repensar radicalmente todas las categorías filosóficas y pedagógicas: desde la misma idea de «ser humano» hasta la cuestión de la transmisión y la formación humanista. Tomando esta hipótesis como punto de partida, se propone entender la identidad humana no solamente como diferencia, sino como deferencia, como acogida y hospitalidad del otro que, en el caso de los relatos del Holocausto, es una ausencia, una ausencia que, a través de la lectura y el recuerdo, se mantiene viva para evitar que Auschwitz vuelva a repetirse. Palabras clave: Holocausto, hospitalidad, identidad. Abstract. Narration and Hospitality On the basis of reading some accounts by survivors of the Holocaust (especially Primo Levi and Elie Wiesel), this article examines to what extent ethics and pedagogics are possible in the wake of Auschwitz. According to the author, «Auschwitz» is an event which fractures history, obliging us to radically rethink all our philosophical and pedagogical categories: from the very idea of «human being» to the question of humanist education and transmission. With this hypothesis as starting point, it is proposed to understand human identity not only as difference but as deference, as acceptance and hospitality for the other, which in the case of accounts of the Holocaust is an absence, an absence which, through reading and memory, is kept alive so as to avoid a repetition of Auschwitz. Key words: Holocaust, hospitality, identity. *Este artículo forma parte de un libro en preparación titulado La ausencia del testimonio, que publicará próximamente la editorial Anthropos, Barcelona. Anàlisi 25, 2000 129-142 Narración y hospitalidad* Joan-Carles Mèlich Universitat Autònoma de Barcelona Departament de Pedagogia Sistemàtica i Social Edifici G6. 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 129 A Fernando Bárcena y Jorge Larrosa, por su palabra, por su hospitalidad. Narrar es guerrilla contra el olvido y connivencia con él; si la muerte no existiera, tal vez nadie relataría nada. Claudio Magris, Microcosmos Escribe Christian Delacampagne que el siglo XX «no tendrá que hacer trampas para llevarse, dentro del palmarés de la historia, el gran premio del horror. Sería inútil buscar: ninguna época ha visto perpetrar tantos crímenes a escala planetaria. Crímenes en masa de una insondable perversión del pensamiento —una perversión que quedará simbolizada para siempre en el nombre de Auschwitz»1. En efecto, la experiencia de Auschwitz nos ha llevado a descubrir un nuevo espacio, un espacio desconocido hasta ahora, un espacio moderno: el campo de concentración. Éste se convierte en el espacio de la muerte indiferente, en el espacio indiferente ante la muerte, en el espacio en el que no se vive ni se muere, en el espacio del musulmán, en el espacio biopolítico por excelencia2, en el espacio en el que todo es posible, en el espacio en el que lo inimaginable es posible. De este «espacio», incalificable por el lenguaje que hasta ahora servía para comunicarnos, tratan los relatos del Holocausto. Sus protagonistas no son solamente sus autores, no son simples libros de memorias. Ésta es nuestra hipótesis. Primo Levi la ha formulado con su habitual agudeza: Lo repito, no somos nosotros, los sobrevivientes, los verdaderos testigos. Ésta es una idea incómoda, de la que he adquirido conciencia poco a poco, leyendo las memorias ajenas, y releyendo las mías después de los años. Los sobrevivientes somos una minoría anómala además de exigua: somos aquéllos que por sus prevaricaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo; son ellos, los «musulmanes», los hundidos, los verdaderos testigos, aquéllos cuya declaración habría podido tener un significado general. Ellos son la regla, nosotros, la excepción3. 130 Anàlisi 25, 2000 Joan-Carles Mèlich 1. DELACAMPAGNE, Ch. (1999), Historia de la filosofía en el siglo XX, Barcelona: Península, p. 17. 2. Sobre la cuestión de la biopolítica y del biopoder, véase FOUCAULT, M. (1995), «Droit de mort et pouvoir sur la vie», en La volonté de savoir, Histoire de la sexualité 1, París: Gallimard. Véanse también, AGAMBEN, G. (1998), Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Valencia: Pre-Textos; AGAMBEN, G. (1999), Ce qui reste d’Auschwitz. Homo sacer III, París: Payot & Rivages. 3. LEVI, P. (1989), Los hundidos y los salvados, Barcelona: Muchnik, p. 72-73. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 130 Los relatos del Holocausto son algo más que los recuerdos de los supervivientes. Son relatos de ausencias. Sus protagonistas, sus verdaderos protagonistas, no son sus autores, sino las víctimas que surgen en el relato, y que no han sobrevivido para poder contarlo. Estas víctimas no tienen lenguaje para dar testimonio, no están presentes para decirnos qué pasó, qué les pasó. Ellas, las víctimas, solamente pueden dar testimonio a través de la lengua del autor del relato, sólo pueden dar testimonio a través de las palabras del superviviente. El lenguaje del testimonio, ha escrito Giorgio Agamben, es un lenguaje que no significa más, pero que por su no-significado, se acerca a la sin-lengua hasta recoger otra insignificancia, la del testimonio integral, «aquélla que, por definición, no puede dar testimonio»4. En este artículo trataremos de estos relatos, de estos testimonios. De cómo leerlos, de cómo transmitirlos. Leer los relatos como los que aquí se presentan puede significar (re)vivir ahora y aquí el horror5, el mal radical, porque, como escribió Franz Rosenzweig, «el recuerdo histórico no es ningún punto fijo en el pasado que vaya estando cada año un año más pasado, sino que es un recuerdo siempre igual de cercano, que propiamente no ha pasado, sino que es recuerdo eternamente presente. Cada uno en particular debe ver la salida de Egipto como si él mismo hubiera participado en ella»6. Esta tesis de Rosenzweig, propia de la antropología judía7, aplicada a las narraciones del Holocausto nos permite descubrir que la lectura puede ser capaz de hacernos (re-)vivir en nuestro tiempo y en nuestro espacio la experiencia del otro, respondiendo de él. El lector acoge la tragedia de las víctimas de la Shoah, y es esta hospitalidad del ausente, asimétrica, la que se convierte en el inicio de una ética en un tiempo de barbarie. Hay que insistir en que resulta evidente que esta concepción del recuerdo, de la memoria, es propia del judaísmo8. Como ha escrito Ricardo Foster, «la Narración y hospitalidad Anàlisi 25, 2000 131 4. AGAMBEN, G. (1999), Ce qui reste d’Auschwitz. Homo sacer III, París: Payot & Rivages, p. 48. 5. Escribe Lluís Duch que, desde su punto de vista, que nosotros compartimos plenamente, todo aquello que hay de nuevo, de impactante, en la lectura, en el acto de leer, resulta impactante porque choca con lo que, en nosotros, ya ha tenido lugar, es decir, con nuestra memoria. [DUCH, Ll. (1999), Simbolisme i salut. Antropologia de la vida quotidiana 1, Barcelona: Publicacions de l’Abadia de Montserrat, p. 153.] En este sentido, podríamos decir que la memoria del otro que aparece en el relato choca con la memoria del lector, y este choque provoca un cambio, un traumatismo. Algo parecido a lo que pone de manifiesto George Steiner cuando describe la lectura de La metamorfosis de Kafka. [STEINER, G. (1994), Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Barcelona: Gedisa, p. 32: «Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo puede ser capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta.»] 6. ROSENZWEIG, F. (1997), La estrella de la Redención, Salamanca: Sígueme, p. 361-362. 7. Escribe Ricardo Foster: «No es necesario haber vivido una determinada historia para sentir, en nuestras palabras y en nuestras concepciones, la presencia de lo efectivamente desarrollado en aquel tiempo.» [FOSTER, R. (1996), «Los usos de la memoria», ed. cit., p. 54. 8. «En la tradición judía, —escribe Lluís Duch—, la memoria sirve para poner de relieve la primacía de la libertad y de la historia por medio de un ejercicio ético continuado destinaAnàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 131 memoria en el judaísmo no significa la exaltación de un pasado ejemplar, sino la presencia selectiva de lo impostergable, ayer, hoy y mañana. Continuidad no en un sentido escatológico, como cumplimiento inexorable de un destino o de una promesa, continuidad, más bien, como expresión de lo frágil, de aquello que se puede perder, ejercicio de la rememoración que salva en el presente aquello que de ningún modo tiene garantizada la permanencia, ni en el tiempo ni en el recuerdo de los hombres. En este sentido, lo propiamente judío de la memoria se relaciona con lo amenazado, con lo que permanece en estado de intemperie y que la historia de los vencedores —como decía Benjamin— desplaza hacia el olvido»9. En efecto, en el ensayo titulado «El narrador», Walter Benjamin relaciona la crisis de la narración con la irrupción de una forma de comunicación típicamente burguesa: la información. Ésta no necesita, al igual que la novela, y a diferencia de la narración, de la experiencia. Ahora bien, lo que resulta interesante aquí es darse cuenta de que la narración, la experiencia narrada, vive en un proceso de transmisión. El narrador, dice Benjamin, toma lo que narra de la experencia, la que él mismo ha vivido, o bien la que le han transmitido. Pero, a su vez, hay narración en el momento en que esta experiencia vuelve a ser transmitida. Si la experiencia no fuera comunicable, si no se transmitiera, la narración no sería posible. Pero, advierte Benjamin, esta experiencia del narrador se torna, a su vez, en experiencia para el que escucha, para el oyente10. El que escucha vive otra vez la experiencia. Y en este sentido, podríamos decir que el oyente (el lector) es capaz de recordar lo que no ha vivido, la experiencia que no ha experimentado, pero que le ha sido transmitida en el relato. Desde el punto de vista de la narración, la acción educativa es transmisión de experiencia. El educando es capaz de vivir la experiencia que le ha sido transmitida. En la acción educativa «narrada» se da la experiencia del narrador (educador/maestro) que a su vez es experimentada por el oyente (educando/discípulo), que a continuación vuelve a narrar. Como advierte Benjamin, el que narra es capaz de aconsejar. El filósofo alemán es consciente de que hoy este «aconsejar» está pasado de moda, y que precisamente por esto se vuelve cada vez más difícil la comunicación de la experiencia. Pero, ¿qué es el consejo? Veamos cómo lo define Benjamin: El consejo (Rat) no es tanto la respuesta (Antwort) a una cuestión, como una propuesta (Vorslag) referida a la continuación de una historia en curso11. 132 Anàlisi 25, 2000 Joan-Carles Mèlich do a discernir en cada hic et nunc quién es mi prójimo.» [DUCH, Ll. (1999), Simbolisme i salut. Antropologia de la vida quotidiana 1, op. cit., p. 137-138]. Sobre la memoria judía, véase la obra de HALBWACHS, M. (1994), Les cadres sociaux de la mémoire. Postface de Gérard Namer, París: Albin Michel. 9. FOSTER, R. (1999), El exilio de la palabra. En torno a lo judío, Buenos Aires: Eudeba, p. 8-9. 10. BENJAMIN, W. (1998), «El narrador», en Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV, Madrid: Taurus, p. 115. 11. Ibídem, p. 114. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 132 Para Benjamin, el consejo es sabiduría entretejida con los materiales de la experiencia, de la vida vivida. Si hay una crisis de la narración es porque hay una crisis de experiencia, porque en la modernidad tardía la experiencia ha sido substituida por la experimentación. Dejamos de lado la distinción que realiza Benjamin entre novela y narración, y nos centramos en la diferencia entre narración e información. Según Benjamin, otra de las causas de la crisis de la narración radica en el predominio de la información como resultado del «consolidado dominio de la burguesía, que cuenta con la prensa como uno de los principales instrumentos del capitalismo avanzado»12. A diferencia de la narración, en toda información es necesaria la constante verificabilidad. Además de poder verificarse objetivamente, la información debe cumplir como mínimo otros dos requisitos: ser siempre novedosa, y, por último, resultar efímera. Una información que sea antigua y perenne deja de ser interesante. La narración, en cambio, no necesita de la novedad del día a día, no vive de la moda cotidiana. En la información, la memoria no juega ningún papel. En la narración, en cambio, la memoria es su fuente de vida. La narración necesita de la memoria porque para poder narrar hay que retener la experiencia vivida para seguir contándola, para poder transmitirla de generación en generación, porque sin esta constante transmisión no hay ninguna posibilidad de narración. Introduce aquí Benjamin la cuestión de la escucha. Lo que resulta capital del análisis benjaminiano es, a nuestro juicio, la idea de que la verdadera escucha implica un olvido de sí para prestar atención a lo otro, al Otro. La escucha reclama una deserción de la propia identidad y en esa «deserción» radica la «fidelidad a uno mismo» (Celan otra vez). Sólo deponiéndose de su yo, puede el yo ser verdadero yo. Ésta es una identidad ética13. Aparece entonces el yo-responsable, un yo que no es solamente responsable de lo que ha hecho, sino de lo que no ha hecho. La fragilidad del otro me hace responsable de él14. «Cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído», escribe Walter Benjamin15. Al leer o al escuchar la narración, el oyente escucha al narrador. Esto resulta particularmente claro en el caso de los relatos sobre el Holocausto. La herencia de Kafka y de Proust, en los análisis de Walter Benjamin, están fuera de toda duda. Así, como ha puesto de manifiesto Franco Rella, «Benjamin encontrará en Kafka y en Proust el “modelo” de esta “prosa integral”, la única capaz de construir en un horizonte de sentido y de transmitir “la pluralidad Narración y hospitalidad Anàlisi 25, 2000 133 12. Ibídem, p. 116. 13. Sobre la «identidad ética» a partir de El narrador de Walter Benjamin, véase RICOEUR, P. (1996), Sí mismo como otro, Madrid: Siglo XXI, p. 166 y s.: «Las implicaciones éticas del relato». 14. «El ser frágil cuenta con nosotros, espera nuestro socorro y nuestra ayuda, confía en que cumpliremos nuestra palabra». [RICOEUR, P. (1997), «Poder, fragilidad y responsabilidad», en Horizontes del relato. Cuaderno Gris, núm. 2, Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, p. 76.] 15. BENJAMIN, W. (1998), «El narrador», en Para una crítica de la violencia y otros ensayos, op. cit., p. 118. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 133 de historias” que es “estructuralmente afín a la pluralidad de los lenguajes”»16. La Recherche de Proust da una idea de lo que es la narración, esto es, una figura capaz de transmitir la experiencia. Hoy esta experiencia es la que ha entrado en crisis en la sociedad de la información. La narración hace posible que cada uno sea capaz de descubrir su singularidad, pero no una singularidad autónoma, independiente de los otros, sino una singularidad heterónoma (para decirlo de un modo quizás más próximo a Levinas que a Benjamin). Porque es en la narración que el oyente se da cuenta de que debe «dar cuenta» de la experiencia narrada, porque si es verdadera experiencia narrada es su experiencia. Por la narración hay compasión. Por la narración, la experiencia del sufrimiento del otro se convierte en constitutiva de la identidad del yo. Es en la acción de narrar que el oyente descubre que ya no hay identidad frente al otro, al modo hegeliano de la «dialéctica del amo y del esclavo», sino que la identidad es la alteridad misma, la identidad es respuesta a la alteridad, y esta respuesta es «yo mismo». Desde este punto de vista, la identidad aparece, pues, como una identidad narrativa. Como han señalado Paul Ricoeur y Marc-Alain Ouaknin, es habitual en la historia de la filosofía distinguir dos escuelas en lo referente a la identidad personal17. En primer lugar, la que afirma que el sujeto siempre es idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados (como por ejemplo en Descartes o en Hegel), y la que niega el sujeto (Hume y Nietzsche). Ouaknin propone considerar la identidad al modo «biblioterapéutico». ¿Qué significa esto? Significa que el enraizamiento es la muerte de la identidad. El ser humano es un ser en camino, y la identidad es cambiante. No tiene aquí el término camino un significado espacial. El «camino» es el cambio, el movimiento. Ésta es, pues, nuestra tesis: la identidad del lector frente al relato es una identidad narrativa. La identidad narrativa es apertura al extranjero, a la alteridad radical18. La identidad narrativa es la afirmación de la alteridad, es quedar herido por lo desconocido, por lo inesperado, es dejar libre la dimensión de la estranjeridad, es afirmar que el otro jamás queda atrapado por lo mismo19. Y es a través de la lectura, y en la transmisión del relato (Erzählung), que la identidad se forma (se educa) (Erziehung) en el recuerdo, en la memoria, en la experiencia (Erfahrung). Como escribe Paul Ricoeur al término de su tercer volumen de Tiempo y narración, […] la historia de una vida es refigurada constantemente por todas las historias verídicas o de ficción que un sujeto cuenta sobre sí mismo. Esta refiguración hace de la propia vida un tejido de historias narradas20. 134 Anàlisi 25, 2000 Joan-Carles Mèlich 16. RELLA, F. (1992), El silencio y las palabras. El pensamiento en tiempo de crisis, Barcelona: Paidós, p. 173. 17. Sigo a OUAKNIN, M.-A. (1994), Bibliothérapie. Lire c’est guérir, París: Ed. du Seuil, p. 124. 18. Ibídem, p. 126. 19. Ibídem, p. 130. 20. RICOEUR, P. (1996), Tiempo y narración, Vol. III: El tiempo narrado, México: Siglo XXI, p. 998. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 134 Ricoeur pone como ejemplo a Israel, porque es la comunidad que constituye su identidad narrativamente, esto es, narrando relatos considerados como testimonio de los acontecimientos fundadores de su propia historia21. A partir del Holocausto se descubre que lo humano no se halla ni en la razón ni en el deber, ni en la sociedad, ni en Dios, ni en el yo. Lo humano se halla en el Otro, en el otro ausente en el relato, en la respuesta del lector al Otro, en la relación que el lector establece con el Otro22. Un sujeto, una identidad edificada al margen del Otro, o frente al Otro, o contra el Otro, no es una «identidad humana»23. Este es el giro copernicano que la filosofía «escrita por judíos» ha puesto de manifiesto24. Como dice Reyes Mate, el descubrimiento del Otro como primer principio de la configuración ética de la subjetividad es el punto de inflexión de este nuevo humanismo, de este —para decirlo con Levinas— humanismo del otro hombre. Un humanismo que se basa en una no-prioridad de lo Mismo25. Un humanismo que reconoce a la ética una prioridad sobre la ontología, que convierte a la ética en filosofía primera. La ética es metafísica, es filosofía anterior al conocimiento. La identidad, frente del Holocausto, es una identidad narrativa, una identidad que se encuentra evocada y acusada por el otro, por el otro singular que puede estar presente (cara-a-cara) o ausente (como es el caso de la víctima que aparece en los relatos del Holocausto). Una identidad narrativa no es una identidad estable o sustancial, sino una identidad que se construye en la lectura del relato, en la respuesta, en la acogida del Otro, de la ausencia del testimonio. La identidad narrativa del ser humano es un movimiento constante. Por la lectura y la interpretación, como ha puesto de manifiesto Ouaknin siguiendo a Ricoeur, la identidad no cesa de hacerse, de des-hacerse, de re-hacerse. Escribe Ricoeur: «El frágil vástago, fruto de la unión de la historia y de la ficción, es la asignación a un individuo o a una comunidad de una identidad específica que podemos llamar su identidad narrativa. El término identidad es tomado aquí en el sentido de una categoría de la práctica. Decir la identidad de un individuo o de una comunidad es responder a la pregunta: ¿quién ha hecho esta acción?, ¿quién es su agente, su autor? Hemos respondido a esta pregunta nombrando a alguien, designándolo por su nombre propio. […] Responder a la pregunta “¿quién?”, como lo había dicho con toda energía Hannah Arendt, es contar la historia de una vida. Narración y hospitalidad Anàlisi 25, 2000 135 21. Ibídem, p. 999. 22. Del mismo modo, la identidad no puede afirmarse como identidad si no es abriéndose a la alteridad, a la hospitalidad. [DERRIDA, J. (1998), Aporías, Barcelona: Paidós, p. 27.] 23. «Toda identidad también es horrible porque para existir tiene que trazar una divisoria y rechazar a quien está en la otra parte. Sólo un odio más grande supera a los odios más pequeños, que vuelven a ascender cuando deja de existir un enemigo común.» [MAGRIS, C. (1999), Microcosmos, Barcelona: Anagrama, p. 51.] 24. MATE, R. (1997), Memoria de Occidente. Actualidad de pensadores judíos olvidados, Barcelona: Anthropos, p. 221. 25. Cito por la versión en catalán: LEVINAS, E. (1993), Humanisme de l’altre home, València: Ed. 3i4, p. 55. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 135 La historia narrada dice el quién de la acción. Por lo tanto, la propia identidad del quién no es más que una identidad narrativa»26. De ahí que en la construcción ética de la identidad la memoria, el recuerdo (Eingedenken) desempeñe un papel fundamental27. Por esta razón escribe Paul Ricoeur que en determinadas circunstancias, en particular cuando el historiador es confrontado con lo horrible, figura límite de la historia de las víctimas, la relación de deuda se transforma en el imperativo de no olvidar28. En nuestro caso no se trata del historiador, sino del lector del relato, de todo lector. El testimonio ausente contó con el superviviente, y el superviviente cuenta con el lector. Entre los tres «vive» la memoria: no hay que olvidar. El testimonio, el superviviente, el lector del relato son individuos concretos, seres de carne y hueso, capaces de amar, de vivir, de morir, de llorar. El sujeto que hace frente al Holocausto es un sujeto que es capaz de recordar el residuo olvidado de la historia, es un sujeto que no construye su identidad al margen de lo que ha pasado, sino en la rememoración del pasado para poder anticipar un futuro justo. La identidad, después del Holocausto, se construye en el recuerdo de las víctimas, pero para ello, para recordar a los que no están presentes, hay que leer. La lectura de los relatos del Holocausto se convierte en la experiencia viva del pasado. El lector se da cuenta, entonces, de que el sufrimiento pasado no puede ser el precio que hay que pagar para la felicidad del presente y el futuro. En otras palabras: después del Holocausto sólo hay «identidad humana» en el recuerdo del otro ausente, en la memoria, en la respuesta a la apelación del otro que viven en el relato, en la lectura de la experiencia del sufrimiento de los que ya no están para contarlo. Así, el pasado se convierte en un cuerpo vivo «siempre librando batallas, por más que haya perdido muchas»29. El sujeto verdaderamente «humano» sabe que la humanidad es el telos del progreso, y no el progreso el telos de la humanidad; sabe que la cuestión no es ir en contra del progreso, pero que ningún progreso vale tanto como para negar lo humano. Es un sujeto que sabe que ningún presente puede ser justo cons136 Anàlisi 25, 2000 Joan-Carles Mèlich 26. RICOEUR, P. (1996), Tiempo y narración III: El tiempo narrado, México: Siglo XXI, p. 997. Véase también la interpretación de esta idea de Ricoeur en OUAKNIN, M.-A. (1994), Bibliothérapie. Lire, c’est guérir, París: Seuil, p. 131 y s. No hay una identidad, sino posibilidades de identidad, identidades posibles y contradictorias. [OUAKNIN, M.-A. (1998), Ce por cela qu’on aime les lebellules, París: Calmann-Lévy, p. 179.] 27. MATE, R. (1991), «Razón y memoria. La difícil herencia europea», Claves de razón práctica, núm. 17, noviembre, Madrid, p. 31: «Hay, en efecto, dos maneras de entender la dialéctica olvido-recuerdo: a) como reconducción al concepto —al concepto científico— de lo que queda fuera. Eso que queda fuera del concepto puede ser lo pre-filosófico, las tradiciones, los mitos, etc., o el «mero espíritu», es decir, la consideración meramente espiritual del espíritu, sin referentes materiales que permitan un conocimiento científico. Y b) sentando una diferencia entre recuerdo y ciencia: el recuerdo de lo inasimilable por el conocimiento científico, si bien es vital para el pensamiento, para el pretendido fundamento humano de la praxis». 28. RICOEUR, P. (1996), Sí mismo como otro, Madrid: Siglo XXI, p. 167. 29. MATE, R. (1991), «Razón y memoria. La difícil herencia europea», op. cit., p. 32. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 136 truido al margen del pasado, porque, como escribió Walter Benjamin, todo documento de cultura es también un documento de barbarie30. Nos hallamos ante un sujeto configurado desde la alteridad y no desde la identidad; o, si se quiere, un sujeto que sabe que sólo una identidad genuinamente humana es una identidad desde la alteridad, en la alteridad y para la alteridad. Una identidad que entiende que la diferencia con el otro es deferencia. La subjetividad, entonces, se descubre como responsabilidad ante el Otro, aquél al que no tolera el concepto y, por lo tanto, como una subjetividad que recuerda, que no olvida31. En el relato del Holocausto, la alteridad, tanto la del testimonio como la del superviviente, están presentes como ausencia, como huella. Si lo relacionamos con la teoría de la narración de Walter Benjamin resulta, entonces, que «la huella (Spur) del narrador queda adherida a la narración, como las del alfarero a la superficie de su vasija de barro»32. La propia huella del narrador está a flor de piel en lo narrado, lo que evidentemente no sucede ni en las novelas ni en la información. En la narración, el narrador, incluso en el caso en que no haya vivido lo narrado, es responsable de los hechos que relata. De ahí que Elie Wiesel denuncie el que la historiografía confíe más en los documentos «objetivos» que en los testimonios de las personas que cuentan lo que les ha ocurrido. «El documento número XY, redactado por un desconocido en Berlín o en cualquier otro sitio, tiene más peso que la memoria de una persona»33. Pero, y así lo sostiene Wiesel, los documentos sólo dan cuenta de los hechos, y los hechos son muchas veces contradictorios. La verdad puede hallarse en el testimonio vivo, en la experiencia. Pero hay que remarcar la idea que preside todo este libro: en el relato del Holocausto no solamente se transmite la experiencia del superviviente, del narrador, sino también el testimonio de una ausencia, de un ausente, el verdadero testimonio, la víctima. Lluís Duch ha introducido el concepto de testimonio como una categoría fundamental para la educación en la crisis de la modernidad. Veamos el siguiente texto de Duch, en el que se pone de manifiesto la relación entre la crisis de la palabra y de la narración, por un lado, y la de la educación, por otro: «La crisis actual de las transmisiones permite que nos demos cuenta cabal de que nos encontramos plenamente sumergidos en la cultura del olvido. Queda muy lejos de nosotros aquella cultura anamnética que proponía Walter Benjamin como antídoto contra los estragos de una historia entendida como mera punNarración y hospitalidad Anàlisi 25, 2000 137 30. Para esta cuestión además de ver la tesis núm. 7 de Über den Begriff der Geschichte de Walter Benjamin, es conveniente recordar el poema de Bertolt Brecht, Preguntas de un obrero que lee. 31. «Si muere el recuerdo, el hombre sólo será su propio experimento, un objeto científico». [MATE, R. (1991), «Razón y memoria. La difícil herencia europea», op. cit., p. 34.] 32. BENJAMIN, W. (1998), «El narrador», en Para una crítica de la violencia y otros ensayos, ed. cit., p. 119. 33. WIESEL, E. [y METZ, J.B.] (1996), Esperar a pesar de todo, Madrid: Trotta, p. 94. Anàlisi 25 129-142 4/11/2000 19:13 Página 137