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El «giro lingüístico» y su incidencia en el estudio de la comunicación periodística

Chillón, Albert

Abstract

El artículo plantea la necesidad de que los estudiosos de la comunicación mediática en general y de la comunicación periodística en concreto incorporen a sus reflexiones teóricas y a sus investigaciones aplicadas los decisivos corolarios derivados del llamado giro ling üístico, verdadera revolución copernicana de la filosofía, la hermenéutica y la epistemología contemporáneas, herederas de la consciencia lingüística inaugurada por Humboldt y Nietzsche. Después de exponer los rasgos esenciales de tal giro -identidad sustancial entre pensamiento y lenguaje, naturaleza pragmática, logomítica y retórica del lenguaje, cuestionamiento de las relaciones entre dicción y ficción-, el autor examina su posible incidencia en el replanteamiento de los estudios sobre comunicación periodística, necesitados de urgente revisión crítica.

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Anàlisi 22, 1998 63-98 El «giro lingüístico» y su incidencia en el estudio de la comunicación periodística Albert Chillón Universitat Autònoma de Barcelona Departament de Periodisme i de Ciències de la Comunicació 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain Resumen El artículo plantea la necesidad de que los estudiosos de la comunicación mediática en general y de la comunicación periodística en concreto incorporen a sus reflexiones teóricas y a sus investigaciones aplicadas los decisivos corolarios derivados del llamado giro lin - g ü í s t i c o, verdadera revolución copernicana de la filosofía, la hermenéutica y la epistemología contemporáneas, herederas de la consciencia lingüística inaugurada por Humboldt y Nietzsche. Después de exponer los rasgos esenciales de tal giro —identidad sustancial entre pensamiento y lenguaje, naturaleza pragmática, logomítica y retórica del lenguaje, cuestionamiento de las relaciones entre dicción y ficción—, el autor examina su posible incidencia en el replanteamiento de los estudios sobre comunicación periodística, necesitados de urgente revisión crítica. Palabras clave: lenguaje y comunicación, retórica, pragmática, giro lingüístico. Resum. El «gir lingüístic» i la seva incidència en l'estudi de la comunicació periodística L'article planteja la necessitat que els estudiosos de la comunicació mediàtica en general y de la comunicació periodística en concret incorporin a les seves reflexions teòriques y a les seves investigacions aplicades els corol·laris decisius derivats de l'anomenat gir lin - g ü í s t i c, vertadera revolució copernicana de la filosofia, l'hermenèutica i l'epistemologia contemporànies, hereves de la consciència lingüística inaugurada per Humbold i Nietzsche. Després d'exposar els trets essencials d'aquest gir —identitat substancial entre pensament i llenguatge, natura pragmàtica, logomítica i retòrica del llenguatge, questionament de les relacions entre dicció i ficció—, l'autor examina la seva possible incidència en el replantejament dels estudis sobre comunicació periodística, necessitats d'urgent revisió crítica. Paraules clau: llenguatge i comunicaió, retòrica, pragmàtica, gir lingüístic. Abstract. The «linguistic focus» and its place in the study of journalistic communication This article points to the need to unite the disciplines of «journalistic writing» and «journalism» into a single renewed discipline, «journalistic communication», wich would integrate language sciences and literature into journalism. The renewed focus on linguistics which has existed in philosophy for some time could enrich this new discipline. The arti- 64 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón cle contradicts the pretensions to objectivity of conventional journalistic writing. It evokes the tenets of both classical and modern Rhetoric as a discipline to encourage the production of texts which would be both expressive and denotative. Key words: Journalistic communication, rhetoric, «linguistic focus», objectivity, journalistic style. A la memoria de José María Valverde «Si no hubiera lenguaje, no podría conocerse lo bueno ni lo malo, lo verdadero ni lo falso, lo agradable ni lo desagradable. El lenguaje es el que nos hace entender todo eso. Meditad sobre el lenguaje.» UPANISHADS Desde sus inicios, los estudios sobre periodismo han padecido un notorio re t r a - so con respecto a otras áreas de la investigación comunicativa, en general muy atentas a las contribuciones diversas y enjundiosas procedentes de disciplinas consolidadas como la Sociología, la Historiografía, la Politología, la Se m i o l o g í a y, en menor grado, hasta la Antropología y la Filosofía. Mientras que la incorporación de los enfoques propios de tales disciplinas ha permitido a otras áre a s de la investigación en comunicación avanzar con paso brioso, el campo concret o de los estudios periodísticos exhibe desde hace décadas un andar re n q u eante y reumático, atribuible en buena medida al pertinaz descuido de las a p o rtaciones más significativas provenientes de disciplinas sociales y humanísticas tales como la Lingüística en sus diferentes ramas, la citada Se m i o l o g í a , la Filosofía del Lenguaje, la llamada Nueva Retórica y, en general, el ancho y fecundo campo de los Estudios Literarios, amén de las ciencias sociales antes aludidas. Al menos en Cataluña y en España, el lugar concreto que los estudios periodísticos ocupan dentro de los estudios sobre comunicación se ha ido definiendo de modo titubeante y problemático, tanto en lo que hace a la definición de su objeto de estudio propio como, muy principalmente, en lo re l a t i v o a su misma constitución teórica y metodológica como disciplina de vocación científica. ¿A qué se debe tal precariedad? En primer y destacado lugar, a mi entender, a una improcedente escisión del campo estudiado —y de los enfoques teóricos y metodológicos invo c a d o s — e n t re, por un lado, s a b e res aplicados y, por otro, s a b e res teóricos. Una escisión basada, nótese bien, no en razones de pertinencia y rigor —que son, al cabo, las que a una disciplina científica le corresponde invocar—, sino en la extendida c re e n c i a de que existe una distinción tajante entre los s a b e res aplicados a p ropiados para pensar y enseñar la «práctica periodística» y los s a b e res teóricos El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 65 1 . Repárese bien en que el mismo nombre del Departament de Periodisme i Ciències de la Comunicació de la UAB consagra tal tópico estéril. Hoy sabemos que las palabras nunca son inocentes, y menos aun aquéllas que el rito y el uso convierten en rutinarias. La esterilidad de la escisión entre «saberes prácticos» y «saberes teóricos» a la hora de estudiar la comunicación periodística —considerada como parte de la comunicación mediática en general— fue uno de los puntos básicos de acuerdo surgidos en las «Primeres jornades sobre continguts acadèmics i docència a la llicenciatura de periodisme», organizadas entre el 9 y el 20 de marzo de 1998 por el Departament de Periodisme i Ciències de la Comunicació de la UAB. Digo «mal llamadas ciencias de la comunicación» porque no se trata, de hecho, de «ciencias», sino en todo caso de disciplinas científicas— H i s t o r i a d e la Comunicación, Sociología de la Comunicación, Antropología d e la Comunicación, etcétera— derivadas de ciencias cabalmente consideradas: la Historiografía, la Sociología, la Antropología et alt. 2. Cabe añadir que, aunque nacida hace sólo algunos años, la llamada Periodística se ha ido configurando como una versión maquillada y travestida de la vieja Redacción Periodística, caracterizada en realidad por similares enfoques, carencias y creencias, pero adornada con una terminología en general altisonante y huera, falaz simulacro de cientificidad. Con su ánimo expansivo, que en pocos años ha pretendido incorporar a su jurisdicción enfoques y métodos propios de otras disciplinas sin reconocer las deudas que ha contraído con ellas, la Periodística ha vendido el saco de trigo antes de haberlo cosechado, y ha conseguido apretar mucho menos de lo que pretendía abarcar. de procedencia multidisciplinaria que cultivan las mal llamadas «ciencias de la comunicación»1. Tal desatinada escisión inicial ha sido el embrión a partir del que ha nacido y medrado el actual desconcierto académico. Concebidos como un conjunto de s a b e r es aplicados —esto es, de vocación normativa, práctica e i n s t rumental— los estudios periodísticos han ido siendo absorbidos por la llamada Redacción Periodística, una disciplina pseudocientífica bifronte —su o t ro ro s t ro, nacido hace pocos años, es la denominada Pe r i o d í s t i c a2— que ha ido j i b a r i z a n d o el campo diverso y complejo del periodismo realmente existente hasta dejarlo reducido a mero re p e rtorio acrítico de habilidades p r á c t i - cas encaminadas a la producción seriada de textos periodísticos. En términos generales, parece sensato afirmar que la etiología de los males que aquejan tanto a la Redacción Periodística como a la Periodística hay que buscarla en un abanico de creencias pseudocientíficas sobre la naturaleza del periodismo y de su correspondiente enseñanza. Profesadas a pies juntillas por muchos cultores de la disciplina, tales creencias fueron acuñadas hace ya décadas por sus padres fundadores, y más tarde repetidas hasta el cansancio por varias levas de sucesores confiados. Tales creencias han alimentado, por ejemplo, la hegemonía apenas contestada de los enfoques prescriptivos y preceptivos, empeñados en dictar norm a t i v amente cómo debe ser el periodismo, en vez de analizar y describir por vía i n d u c t i va su compleja diversidad; o la enseñanza universitaria de la comunicación periodística entendida por algunos como mera formación profesional de t e rcer grado, reducida a instrucción acrítica e irre f l e x i v a acerca de un cuerpo de técnicas y prácticas profesionales obedientemente emuladas; o el estupefaciente recelo con que muchos docentes de la Redacción Periodística todavía con- 66 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 3. Véase, al respecto, la obra de Jordi Berrio y Enric Saperas Els intel·lectuals, avui,B a r c e l o n a , Institut d'Estudis Catalans, 1993, passim. A modo de ejemplo, la concepción que un autor como Llorenç Gomis tiene del periodismo como interpretación sucesiva del presente es plenamente congruente con esta vindicación del periodista como profesional intelectual. Como es notorio, tal vindicación ha encontrado su mejor adalid en el profesor Héctor Borrat, quien ha expuesto su posición en diferentes artículos; así, por ejemplo, en el reciente «Comunicación periodística especializada: narración y análisis de la historia inmediata social, política, económica o cultural desde las ciencias sociales», ponencia presentada a las Primeres jornades sobre docència..., ya aludidas. 4. Nótese bien que no decimos que el periodista ideal d e b e r í aintegrar ambas facetas, sino que todo periodista, siempre y necesariamente, ejerce una tarea que aúna idea y ejecución, reflexión y práctica, cultura y técnica. Esto es como decir que todo periodista —y todo medio de comunicación—, al interpretar la realidad y representarla mediante enunciados narrativos y argumentativos de diversa índole, recurre forzosamente a una cierta t e o r í a y una cierta cultura profesional, amén de una visión del mundohecha de ideas más o menos formadas y, sobre todo, de creencias de mero sentido común —que es, a no dudarlo, el más común de los sentidos. Pensar, por ejemplo, que «la realidad» es algo externo y dado, y que el periodista se limita a «reproducirla» mediante el auxilio de habilidades prácticas y técnicas que hacen innecesaria y hasta enojosa su formación crítica y cultural es, mal que nos pese, una difundida creencia profesional que revela premisas teóricas latentes, a menudo desconocidas por el creyente —y por eso mismo profesadas a pies juntillas. templan «la teoría», vista a menudo como una suerte de logomaquia abstracta, abstrusa y yerma, inútil a la hora de formar periodistas «profesionales»; o, en fin, la consiguiente anemia crítica y conceptual que —con algunas honrosas y meritorias excepciones— aqueja a buena parte de las investigaciones re alizadas en este campo. A favor de la Comunicación Periodística En realidad, el conjunto de saberes, habilidades y actividades que integran el campo diverso y complejo del periodismo realmente existente se caracteriza por su tenor re f l e x i v o, cultural y hasta intelectual: el comunicador, el periodista son —deberían ser, cuando menos— p r ofesionales intelectuales que ejercen su cualificada tarea en la denominada industria de la cultura3. Sostenida por toda una tradición de autores de gran fuste crítico —como Max We b e r, Antonio Gr a m s c i , José Ortega y Gasset, Joan Fuster o Manuel Vázquez Montalbán, por citar sólo algunos nombres re l e vantes—, la concepción del periodista como trabajador intelectual de la industria cultural debe movernos a replantear desde la raíz la falaz pero extendida escisión entre teoría y práctica. En vez de definir el periodismo como un «oficio» eminentemente «práctico», caracterizado por el «dominio» de un re p e rtorio de habilidades técnicas aptas para capturar «la realidad» o «lo que pasa en la sociedad» —y luego «re f l e - jarlo objetivamente» en ese nítido «espejo» que supuestamente son los medios de comunicación—, cabe concebirlo como una p ro f e s i ó ni n t e l e c t u a l cuya esencia interpre t a t i va hace inevitable la i n t e g ración dialéctica de la cultura y la capa - cidad de discernimiento crítico, por un lado, y de las habilidades expre s i vas y técnicas, por otro4. El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 67 5. El apelativo Comunicación Periodística surgió hace un lustro, cuando los integrantes de la por entonces denominada Unidad de Redacción Periodística del Departament de Periodisme i CC de la C de la UAB acordaron acuñar una nueva denominación para la unidad. Tal cambio no obedeció, como pudiera pensarse, a un mero prurito terminológico, sino a la convicción de que era y es preciso redefinir el campo entero y diverso de los estudios periodísticos —como parte integrante de los estudios sobre comunicación—, e invocar para su estudio enfoques teóricos y metodológicos multidisciplinarios. 6. Sobre la distinción entre práctica y praxis, véase José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía de bolsillo. Madrid: Alianza Editorial, 1983, p. 633-634. Acerca de la inevitable y deseable vinculación entre teoría y práctica en la ‘praxis’, me remito a la obra clásica de Antonio Gramsci Introducción a la filosofía de la praxis. Barcelona: Península, 1976, passim. Aceptada esta premisa, procede vindicar la constitución de una disciplina científica dedicada a estudiar el campo diverso y complejo del periodismo re a lmente existente, a la que parece pertinente denominar Comunicación Pe r i o d í st i c a5. A modo de esbozo de partida, tal disciplina deberá erigirse sobre las siguientes bases. I. La enseñanza y la investigación universitarias de la Comunicación Pe r i o d í s t i c a realmente existente aconsejan vivamente que la disciplina que denominamos Comunicación Periodística supere las carencias y las creencias obsoletas sobre las que se asientan tanto la Redacción Periodística como la Periodística. El l o supone el abandono de los envejecidos enfoques pre s c r i p t i v os y pre c e p t i vos, en f a vor de una actitud nueva de carácter analítico y descriptivo, semejante a la q u e desde hace décadas pre valece en otros campos de conocimiento. En tanto que disciplina académica, la Comunicación Periodística debe buscar un conocimiento a la vez crítico, cultural y aplicado. Lejos de limitarse a emular los tópicos al uso sobre la naturaleza del periodismo, la Comunicación Pe r i o d í s t i c a debería, en tanto que enseñanza de rango y responsabilidad universitarios, (a) describir y analizar lo que e s , (b) proponer lo que podría ser y (c) —en último pero no menos importante lugar— postular lo que debería ser. I I. A diferencia de la Redacción Periodística y de la Periodística, el objeto de estudio y docencia de la disciplina que propugnamos debe ser el periodismo — esto es, la comunicación periodística en cualesquiera medios, soportes, género s o estilos— considerado como una mediación cultural de elevada complejidad conceptual, expre s i va y técnica. Una mediación cultural esencial entre las que componen las industrias culturales de nuestro tiempo, caracterizada por (a) su naturaleza a un tiempo intelectual y técnica, (b) el tenor colectivo de su producción y de su recepción, (c) su diversidad discursiva, expresiva y estilística, (d) su condición no de mera práctica, sino de p ra x i sque inevitablemente conjuga en un todo inextricable la comprensión y la interpretación con las habilidades expre s i vas y técnicas6y (e) su ineludible responsabilidad social. Lo que se propone es, en síntesis, considerar el periodismo como c u l t u ray no como m e ro k n ow - h owi n s t rumental, reducible a un re p e rtorio de fórmulas, técnicas y recetas «de oficio». 68 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón I I I. Con el fin de abordar tan complejo y diverso objeto de investigación y docencia, la Comunicación Periodística está llamada a invocar saberes críticos y culturales procedentes de disciplinas consolidadas: por un lado, de las llamadas Ciencias Sociales, tales como la Sociología, la Historiografía, la A n t ropología o la Politología; y por otro, del campo extenso y fecundo de las antiguas pero de ningún modo viejas Humanidades, entre las cuales destacan, por su capacidad de iluminar nuestro campo, la Lingüística, la Re t ó r i c a y los Estudios Literarios en sus diferentes ramas, la Semiología y la Fi l o s o f í a del Lenguaje. Si bien se mira, la Comunicación Periodística puede establecer relevantes puentes de unión entre aquellos saberes «sociales» y estos saberes «humanísticos». Así, por ejemplo, las aportaciones procedentes del ‘paradigma sociocom u n i c a t i v o’ son con frecuencia conjugables con otras provenientes de la Lingüística Textual, la Pragmática, la Filosofía del Lenguaje o la Retórica. Al armonizar enfoques y disciplinas en apariencia tan disímiles, la Comunicación Periodística puede jugar cartas genuinamente innovadoras, y hasta desarro l l a r p e r s p e c t i vas y métodos propios enriquecedores para otros campos de re f l e x i ó n e investigación. No se trata, por tanto, de que la disciplina importe sabere s con servil papanatismo, sino de que los incorpore y adapte críticamente a sus propósitos singulares. I V . En tanto que disciplina de vocación científica, la Comunicación Pe r i o d í s t i c a debe erigirse teórica y metodológicamente sobre cimientos firmes. Así, junto a la invocación crítica de saberes procedentes tanto de otras disciplinas comunicológicas cuanto de disciplinas sociales y humanísticas ya aludidas, me parece impresdincible que tal cimentación se nutra muy principalmente de los d e c i s i vos corolarios derivados del llamado ‘g i ro lingüístico’, uno de los hechos cardinales en la Filosofía, las Ciencias Sociales y las Humanidades del presente siglo. En las próximas páginas me propongo, primero, exponer en qué consiste y en qué términos se ha dado en el campo filosófico la denominada ‘toma de consciencia lingüística’ o ‘g i ro lingüístico’, y después, revisar críticamente en qué y de qué modos diversos su plena asunción enriquecería decisivamente la docencia e investigación sobre Comunicación Periodística, en concreto, y sobre el ancho campo de la Comunicación Mediática, en general. I. La toma de consciencia lingüística Desde hace casi doscientos años, la llamada ‘toma de consciencia lingüística’ o ‘giro lingüístico’ ha discurrido como una suerte de tradición relegada, eclipsada por la g r an tra d i c i ó nf o r m a l i s t a - e s t ructuralista que principia con Fe rd i n a n d de Sa u s s u re y los formalistas rusos y checos, y desemboca en buena parte de los lingüistas de nuestros días. Se trata, como se verá, de un tema complejo y El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 69 7. Así, de acuerdo con el argumento con que Wilbur Marshall Urban abre su magna obra Lenguaje y realidad (México, FCE, 1952, p. 13): «El lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico. Esto es verdad, sea que nos acerquemos a la realidad a través de la vida, o a través del intelecto y la ciencia». 8. W.M. Urban, op. cit., p. 20. Sobre el pensamiento de Humboldt y su alargada sombra en el pensamiento posterior, son básicos también, entre otros, Ernst Cassirer, Filosofía de las for - mas simbólicas. I. El lenguaje. México: FCE, 1971; y Hans Georg Gadamer, Verdad y méto - d o . Salamanca: Sígueme, 1993. Dos autores de expresión castellana han hecho contribuciones significativas a esta general «toma de consciencia lingüística»: Octavio Paz, sobre todo en su ensayo El arco y la lira. Madrid: FCE, 1992; y el maestro José María Valverde, a lo largo de su valiosa obra completa. Por su parte, George Steiner ha hecho incursiones sugerentes en el tema que nos ocupa, entre ellas E x t r a t e r r i t o r i a l (Barcelona, Barral, 1973), Después de B a b e l(Madrid, FCE, 1990), Lenguaje y silencio (Barcelona, Gedisa, 1982) y Presencias rea - les (Barcelona, Destino, 1991). Sobre la relación entre la consciencia lingüística y el esclarecimiento de las relaciones entre periodismo y literatura, véase Albert Chillón. Literatura i periodisme. València: Universitats Valencianes, 1993. d e c i s i vo —de hecho, para muchos, el tema más importante de la filosofía7— , que no es posible tratar en su integridad aquí; sí que podemos, no obstante, exponer los términos básicos de la discusión, imprescindible para nuestros propósitos. Si para la tradición dominante el lenguaje se concibe como un instru m e nto —ciertamente complejo, pero herramienta y vehículo al cabo— que permite expresar el p e n s a m i e n t o p revia y autonómamente formado en la mente, la tradición relegada considera que pensamiento yl e n g u a j e , conocimiento ye x p re - s i ó n son esencialmente una y la misma cosa. Tal intuición fundamental la formuló por vez primera el filósofo Wilhem Von Humboldt en 1805, en sus cart a s a Wo l f. En su obra Lenguaje y re a l i d a d, Wilbur Marshall Urban alude así al descubrimiento de Humboldt: Como para Locke, también para Humboldt el lenguaje y el conocimiento son inseparables. Pero lo importante para él está en que el lenguaje no sólo es el medio por el cual la verdad (algo conocido ya sin el instrumento del lenguaje) se expresa más o menos adecuadamente, sino más bien el medio por el cual se descubre lo aún no conocido. Conocimiento y expresión son una y la misma cosa. Esta es la fuente y el supuesto de todas las investigaciones de Humboldt sobre el leng u a j e .8 Así pues, el lenguaje no es meramente el vehículo o la herramienta con que damos cuenta de las ideas previamente formadas en nuestro magín: éstas se forman sólo en la medida en que son verbalizadas. A la sombra de las revolucionarias ideas de Humboldt sobre la identidad entre lenguaje y pensamiento, la o t ra tradición lingüística a que aludíamos líneas antes —proseguida sobre todo por Nietzsche, pero también, en el siglo X X, por autores como Er n s t C a s s i re r, Ma rtin He i d e g g e r, Ludwig Wittgenstein, Ed w a rd Sa p i r, Be n j a m i n Lee-Worf, Mijail Bajtin, Hans Georg Gadamer, George Steiner o José María Va l ve rde, entre otros— ha caído en la cuentade algo esencial: que no hay pen- 70 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 9. VA L V E R D E J.M. (1993).Nietzsche, de filólogo a Anticristo. Barcelona: Planeta, p. 28. Valverde ha sido, sin duda, el pensador que más ha hecho por extender esta consciencia lingüística en nuestra cultura. Sus inquietudes al respecto comenzaron ya con su tesis doctoral G u i l l e r m o de Humboldt y la filosofía del lenguaje. Madrid: Gredos, 1955. 10. Otro romántico, el poeta alemán Heinrich Von Kleist, reflexionó ya acerca de ello en «Sobre la gradual puesta a punto de los pensamientos en el habla» (publicado en Quimera, n. 30, Barcelona, Montesinos, 1982, trad. de José María Valverde). «Empalabrar» y «empalabramiento» son neologismos acuñados por Lluís Duch en sus relevantes reflexiones acerca de la naturaleza logomítica del lenguaje. Véanse, al respecto, Mite i cultura, Barcelona, Publicacions de l'Abadia de Montserrat, 1995; Mite i interpretació, Barcelona: Publicacions de l'Abadia de Montserrat, 1996; y la reciente La educación y la crisis de la modernidad.Barcelona: Paidós, 1997. samiento sin lenguaje, sino pensamiento en el lenguaje; y que, a fin de cuentas, la e x p e r i e n c i aes siempre pensada y sentida lingüísticamente. De acuerdo con Valverde, se trata de [...] algo elemental y perogrullesco para todos una vez que se cae en ello, pero que la cultura no ha empezado a reconocer conscientemente hasta el siglo XIX, en un proceso que todavía está extendiéndose entre pensadores y escritores. Se trata, simplemente, de que toda nuestra actividad mental es lenguaje, es decir, ha de estar en palabras o en busca de palabras. Dicho de otro modo: el lenguaje es la realidad y la realización de nuestra vida mental, a la cual estructura según sus formas —sus sustantivos, adjetivos, verbos, etc.; su sintaxis, tan diversa en cada lengua; sus melodías de fraseo...—. La realidad, entonces, no es que —como se suele suponer entre muchas personas cultas— haya primero un mundo de conceptos fijos, claros, universales, unívocos, y luego tomemos algunos de ellos para comunicarlos encajándolos en sus correspondientes nombres; por el contrario, obtenemos nuestros conceptos a partir del uso del lenguaje. Ciertamente, casi nadie suele ocuparse de ello, porque solemos dar el lenguaje por supuesto, como si fuera natural, lo mismo que el respirar [...].9 Conocemos el mundo, siempre de modo tentativo, a medida quelo designamos con palabras y lo construimos sintácticamente en enunciados, es decir, a medida que lo e m p a l a b ra m o s1 0. Más allá de la percepción sensorial inmediata del entorno o del juego interior con las sensaciones registradas en la memoria, el mundo adquiere s e n t i d o sólo en la medida en que lo traducimos lingüísticamente; de otro modo, sólo sería para nosotros una barahúnda incoh e rente de sensaciones —táctiles, olfativas, visuales, acústicas, gustativa s — suscitadas por el entorno más inmediato aquí y ahora. El lenguaje es, como en la célebre parábola con que Kant da inicio a su Crítica de la razón pura, el aire que el pájaro del pensamiento precisa para elevarse por encima de la mera percepción sensorial de lo inmediato; el pájaro topa con la resistencia del aire, pero es ésta, justamente, la que le permite vo l a r. Pensar, comprender, comunicar quiere decir inevitablemente abstraer y categorizar l i n g ü í s t i c a m e n t e: t ransubstanciar en palabras y enunciados las perc e pciones provenientes de la realidad externa y las sensaciones y emociones El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 71 11. Nietzsche en Valverde, op. cit., p.30-31. Existe una traducción al castellano de este curso de retórica, incluida en NI E T Z S C H E, F.(1974). Libro del filósofo. Madrid: Taurus. Utilizo la traducción del propio Valverde porque es, a mi juicio, muy superior a la de la antología citada. Acerca de la compleja y revolucionaria concepción de Nietzsche sobre el lenguaje, puede leerse el excelente ensayo de Enrique Lynch Dioniso dormido sobre un tigre, Barcelona, Destino, 1993. procedentes de la realidad interna, y en seguida articular esos sonidos significantes en enunciados más complejos. La intuición fundante de Humboldt fue perfilada y ahondada décadas más tarde por Friedrich Nietzsche, quien añadió a la anterior una nueva intuición fundamental: que, además de inseparable del pensamiento, el lenguaje posee una n a t u r a l eza esencialmente retórica; que todas y cada una de las palabras, en vez de coincidir con las «cosas» que pretenden designar, son t ro p o s, es decir, alusiones figuradas, saltos de sentido que traducen en enunciados inteligibles las experiencias sensibles de los sujetos. En los apuntes para el «Curso de Re t ó r i c a » que impartió en 1872-73, Nietzsche escribió: [...] lo que se llama «retórico» como medio de arte consciente, estaba activo como medio de arte inconsciente en el lenguaje y su devenir, más aun, que la retórica es una continuación de los medios artísticos situados en el lenguaje, a la clara luz del entendimiento. No hay ninguna naturalidad no-retórica en el lenguaje, a que se pudiera apelar: el propio lenguaje es el resultado de artes puramente retóricas. La potencia que Aristóteles llama retórica, de encontrar y hacer valer en cada cosa lo que influye y causa impresión, es a la vez la esencia del lenguaje: éste se refiere tan escasamente a la verdad como la retórica; no quiere enseñar, sino transmitir una excitación y percepción subjetivas a otros. El hombre, al formar el lenguaje, no capta cosas o procesos, sino excitaciones: no transmite percepciones, sino copias de percepciones. [...] No son las cosas las que entra en la conciencia, sino la manera c o m o nos relacionamos con ellas, el phitanón. La plena esencia de las cosas no se capta nunca. [...] Como medio artístico más importante de la Retórica valen los tropos, las indicaciones impropias. Todas las palabras, sin embargo, son tropos, en sí y desde el comienzo, en referencia a su significado11. Llegado a este punto, a Nietzsche le fue posible abordar radicalmente el modo en que el lenguaje da cuenta de la llamada «realidad». Eso que alegremente llamamos realidad objetiva no es sino un lugar común, un acuerdo inters u b j e t i v o resultante del pacto entre las realidades subjetivas part i c u l a re s . Instalados en el plácido y ufano sentido común, c o n ve n i m o sen creer y afirmar que existe u n a Realidad objetiva; y en seguida, sentada esa premisa de opinión (dóxa), nos apresuramos a convenir también que es posible conocerla inequívocamente, establecer la «ve rdad». Tal silogismo ve rosímil tiene en nosotro s un efecto indudablemente consolador: separa Objeto de Sujeto, y afirma que éste es capaz de establecer la Ve rdad —con mayúsculas— sobre aquél. Tal es la c reencia común: que ahí afuera existe una Realidad dada, objetiva, externa e i n a m ovible, y aquí adentro unos sujetos capaces de re p roducirla mediante el pensamiento y de comunicarla mediante el lenguaje. 78 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 24. Tal concepción l o g o m í t i c a del lenguaje ha sido elocuentemente expuesta y defendida por Lluís Duch a lo largo de sus obras publicadas en los últimos años, ya citadas. ticos y periodísticos cuenta, así, con un auxiliar de inestimable utilidad, capaz de identificar y de explicar su dinamismo semántico. Un auxiliar, además, capaz de afrontar las diversas dimensiones de tales enunciados: la invención y el hallazgo de los argumentos y de los temas (i n ve n t i o), la disposición de las partes del discurso (dispositio), los sutiles rasgos de estilo y expresión con que éste se encarna (elocutio), los variados modos en que puede ser puesto en juego (m e m o r i a y a c t i o); en fin, nada menos que la entera configuración temática, sintáctica, semántica y pragmática de los enunciados realmente existentes, de esas incontables p a ro l e stan temidas por la plana mayor de los lingüistas y semiólogos de nuestro siglo. I.3. Naturaleza logomítica del lenguaje Conviene señalar que la concepción usual de significado —en última instancia deudora de la carencia de consciencia lingüística— descansa además en una c re e n c i ap r evia muy extendida entre doctos y legos, conve rtida ya en ufano sentido común, acerca de la n a t u raleza lógica del lenguaje: la que piensa la palabra exc l u s i vamente como l o g o s, es decir, como c o n c e p t o abstracto, racional, re f e r encial, asensorial y denotativo. Una creencia que es, como diría Nietzsche con palabras antecitadas, una de esas «ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han desgastado y han quedado sin fuerz a sensorial» a fue de usarse como moneda corriente. En cambio, la idea de sentido que aquí proponemos se apoya en una concepción logomítica del lenguaje, esto es, en la consideración de que la palabra humana, radicalmente y sin remisión, es a la vez l o g o s y m y t h o s: palabra que aúna c o n c e p t oabstracto e i m a g e n sensorial, razón y re p resentación, denotación p recisa y connotación sensible, re f e rencia analítica y alusión sintética, e f e c t i v i - dad y afectividad24. El sentido común suele considerar el lenguaje no sólo como mero ve h í c u l o o instrumento de comunicación capaz de e n c a p s u l a r los pensamientos pre v i a - mente formados en la conciencia, sino como una suerte de articulación lineal y m o n o d i m e n s i o n a lde sonidos abstractos, una especie de cadena formada por eslabones enlazados. Reducido a esta imagen —muy antigua, por cierto, pero re f o r - zada en nuestra época por la hegemonía del paradigma e s t ru c t u ro l ó g i c o— el lenguaje es visto como mero vehículo tra n s p o rtador de conceptos, cual tren de m e rcancías que mediante sus vagones contenedores (s i g n i f i c a n t e s) transport a d i versos contenidos (s i g n i f i c a d o s). La relación que se establece entre tales significantes y significados és lógica, esto es, unívoca y precisa: s í g n i c a. Nótese bien que tal concepción lógica del lenguaje descuida su naturalez a logomítica: el hecho decisivo de que las palabras no son meros signos límpidos y netos, u n í vo c o s, sino antes que nada símbolos a l u s i vos, sugerentes y poli- El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 79 25. Acerca de esta decisiva cuestión, resulta sumamente sugerente la observación que Duch hace a propósito de la palabra con que el idioma alemán expresa la noción de símbolo: ‘Sinnbild,’ vocablo compuesto a partir de ‘Sinn’ («sentido») y ‘Bild’ («imagen»). DU C H L l . , (1996). Mite i interpretació. (1992) op. cit, p. 91. 26. PA Z Octavio. El arco y la lira. op.cit., p. 34. Las citas entrecomilladas por Paz corresponden a la obra citada de W.M. Urban Lenguaje y realidad. 27. Un medio concebido como m e d i o - a m b i e n t e, no, como es habitual, como m e d i o - i n s t r u - mento. sémicos, equívocos. Al concebir el lenguaje como retórico, Nietzsche nos dice no sólo que la palabra es expresión y re p resentación en vez de re p roducción, sino también que tal expresión tiene inevitablemente un carácter f i g u ra l , es decir, metafórico-simbólico: la palabra es siempre tensión entre el concepto unívo c o (l o g o s ) y la imagen equívoca (m y t h o s), expresa siempre de modo f i g u ra d o: imperfecto, incompleto, alusivo, borro s o. Por su naturaleza eminentemente simbólica, el lenguaje a un tiempo revela y oculta, alumbra, insinúa y oscurece: hay una zona de borrosidad y de claroscuro inevitable entre las palabras y su sentido25. En palabras de Octavio Paz: Cualquiera que sea el origen del habla, los especialistas parecen coincidir en la «naturaleza primariamente mítica de todas las palabras y formas del lenguaje...». La ciencia moderna confirma de manera impresionante la idea de Herder y los románticos alemanes: «Parece indudable que desde el principio el lenguaje y el mito permanecen en una inseparable correlación... Ambos son expresiones de una tendencia fundamental a la formación de símbolos: el principio radicalmente metafórico que está en la entraña de toda función de simbolización». Lenguaje y mito son vastas metáforas de la realidad. La esencia del lenguaje es simbólica porque consiste en representar un elemento de la realidad por otro, según ocurre con las metáforas. La ciencia verifica una creencia común a todos los poetas de todos los tiempos: el lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y asimismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de trasmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es un símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.26 Así pues, en tanto que simbólico, el lenguaje no sólo nombra y designa, sino que alude y sugiere. No es sólo concepto racional, sino i m a g e n y s e n s a - c i ó n. Es posible que la terca confusión entre lenguaje y escritura sea la causa de la concepción del lenguaje como mera articulación significante, a modo de esas ristras de palabras que emanan de los personajes pintados en los fre s c o s románicos o en las viñetas del c ó m i c. Pe ro el lenguaje es, en re a l i d a d, algo mucho más complejo y diverso: además de sonidos suscita imágenes, texturas, colores, olores y sabores; no es simple línea acústica monodimensional, sino una suert e de m e d i o sensorial tridimensional2 7 compuesto de estratos lábiles; 80 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 28. Me remito a su obra, ya citada, Filosofía de las formas simbólicas. I. El lenguaje, 1971. 29. Acerca de la distinción entre imagen icónica e imagen mental, es esclarecedor el libro de Román Gubern La mirada opulenta. Barcelona: Gustavo Gili, 1987, cap. 1 y 2. 30. Gran diccionario de la lengua española. Barcelona: Larousse, 1996. no es sólo razón, sino también imagen ysensación: figuración. Más allá de las designaciones precisas, los sentidos que las palabras suscitan tienen una marcada carga sensible e i n t u i t i va, hasta el punto de que en la propia naturalez a logomítica del lenguaje reside toda posibilidad de desplieque de sus dive r s a s facultades y funciones. Siguiendo a Ernst Cassire r2 8, podemos decir que la entraña densa y diversa de las palabras contiene todas las posibilidades de la dicción humana: la ciencia, la filosofía, el sentido común, el arte, la poesía, el mito... Y, siguiendo aquí nuestra propia y vacilante intuición, añadiremos que es en las entretelas mismas del lenguaje donde arraiga y se agazapa la ficción: que toda palabra, toda d i c c i ó nes, siempre y necesariamente, f i c c i ó n inevitable, insoslayable fabulación. I.4. De toda dicción considerada como inevitable ficción Al afirmar que la naturaleza del lenguaje no es sólo lógica sino logomítica, es d e c i r, a un tiempo a b s t ra c t i va y f i g u ra t i v a, estamos reivindicando que las palabras son, amén de designaciones abstractas, imágenes sensoriales: que el lenguaje, por decirlo de modo elocuente, tiene una naturaleza a u d i o - v i s u a l. La Lingüística y la Estilística ort o d oxas suelen re c o n o c e r, a lo sumo, que existe una figura retórica llamada i m a g e n, emparentada con la metáfora y la sinestesia, pero no que las palabras son también imágenes. Repárese, no obstante, en que las palabras no son imágenes icónicas, como las generadas por los medios de comunicación y las tecnologías de nuestro tiempo, sino imágenes mentales2 9. El vocablo ‘imagen’ es, a no dudarlo, menos t r a n s p a rente y más complejo de lo que a primera vista parece: en latín, ‘imago’ significa a la vez /imagen/ e /idea o representación mental/; también en latín, ‘idolum’ vuelve a significar /imagen/; y en griego, ‘idea’ quiere decir /imagen ideal de un objeto/3 0. Aunque no es aceptable el recurso trillado a las etimologías fáciles para desentrañar el asunto que nos ocupa, nos hallamos ante una encrucijada repleta de insinuaciones y sugerencias. Esa ‘imago’ latina que es a un tiempo /imagen/ e /idea o representación/, ¿no nos da acaso la clave para desentrañar la cuestión que tratamos de elucidar? ¿No es cierto acaso que las palabras, por su naturaleza logomítica, por su tensión inevitable entre abstracción y sensorialidad, tienen una dimensión inevitablemente configuradora, imaginaria? ¿Y no se desprende de ahí acaso que al empalabrar la «realidad», los sujetos no hacen sino imaginarla? Este es, a mi juicio, el hecho decisivo, derivado de esa concepción nietzscheana acerca de la naturaleza retórica del lenguaje sobre la que venimos re f l exionando: que al hablar, al decir, los sujetos inevitablemente ideamos, a saber, El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 81 31. Tal restricción de la noción de ‘ficción’, muy extendida y expansiva, ha sido rebatida en las últimas décadas por círculos restringidos de pensadores postestructuralistas, como Thomas Pavel y Lubomir Dolezel, interesados en la reflexión acerca de la llamada f i c c i o n a l i d a d, esto es, acerca de las modalidades ficticias de la dicción humana. Pero no me parece que hayan llevado la reflexión iniciada hasta sus últimas y decisivas consecuencias. Al respecto, véanse las obras de Thomas Pavel, Univers de la fiction. París: Editions du Seuil, 1988; Lubomir Dolezel, «Truth and Authenticity in Narrative», Poetics Today, I, 4, 1980, p. 7-25; y, también, el volumen colectivo de R. Barthes, L. Bersani, Ph. Hamon. M Riffaterre y I. Watt Littérature et réalité. París: Editions du Seuil, 1982. Mucho antes que estos autores, José Ortega y Gasset escribió páginas perspicaces sobre la cuestión en Ideas sobre la novela. Madrid: Revista de Occidente. 32. Es iluminador, al respecto, el ensayo de Constanzo Di Girolamo Teoría crítica de la litera - tura. Barcelona: Crítica, 1985. imaginamos la «realidad» que vivimos, observamos, evocamos o anticipamos; que toda dicción humana es, siempre y en alguna medida y manera variables, también ficción; que no es que uno de los modos posibles de la dicción sea la ficción —junto a la llamada «no ficción» y sus géneros, pongamos por caso—, sino que dicción y ficción son constitutivamente una y la misma cosa; y que, en todo caso, la tarea re f l e x i va y analítica para el estudioso consiste en discernir cuáles son los gradosy las modalidades en que esa ficción constitutiva de toda dicción se da en los intercambios comunicativos. Es necesario, no obstante, aclarar el alcance de la idea de ficción que manejamos, no sea que nuestro razonamiento coseche no sólo incomprensión, sino hasta indeseable y airado re c h a zo. Confinada a los ámbitos de la literatura, por un lado, y de la mentira y el engaño, por otro, la idea de ‘f i c c i ó n’ ha sido maltratada tanto por la teoría literaria ort o d oxa como por el sentido común general: sea relegada al ámbito p o s i t i vode la creación artística, sea al n e g a t i - vo de lo falso3 1. Tales restricciones de la noción de ‘ficción’ han entorpecido considerablemente no ya sólo la reflexión epistemológica y estética relativa a esta cuestión c rucial, sino también, de modo más concreto y palpable, la teoría literaria3 2 , por una parte, y los estudios sobre comunicación, por otra. Pues no basta con decir que existen enunciados literarios y mediáticos, de un lado, y actos de habla engañosos o mentirosos, de otro, caracterizados todos ellos por el cultivo de la ficción; ni es aceptable distinguir paladinamente entre aquellas ficciones «buenas» y estas otras «malas», como suele hacer el ufano sentido común. En vez de echar mano una vez más de los clichés al uso, es preciso re c onocer en primer lugar que, de modo necesario e inevitable, todo acto de dicción es también un acto de ficción; en segundo, que los actos de ficción en que incesantemente incurrimos al hablar nos permiten aprehender y expresar de modo f i g u ra l—esto es: i m a g i n a t i voy re t ó r i c o— todas esas cosas que damos en llamar «realidad»; y por último, que tal convicción no debe movernos a aceptar una suerte de relativismo nihilista, en virtud del cual todo conocimiento sería mera ilusión solipsista, sino a distinguir con esmero los g rados y las maneras en que la ficción empapa nuestros actos de habla. 82 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 33. Según el Gran diccionario de la lengua española(op. cit., 1996), el término castellano «facticio» refiere, en su primera acepción, algo «que está hecho de una manera artificial a imitación de la realidad natural», mientras que para el Diccionari manual Pompeu Fabra (Barcelona, Edhasa, 1987), la palabra catalana «factici» designa algo «que no és una creació natural, no natural, de convenció». Aunque algunos matices de sentido las separan, ambas definiciones coinciden en señalar el carácter artificial y convencional de una imitación res - pecto de la realidad tomada como referencia. A mi juicio, el adjetivo «facticio» podría recibir una acuñación complementaria, como designación de los enunciados de vocación veridicente, y sustituir así con ventaja la falaz y periclitada expresión «no ficción». Nótese que un enunciado «facticio» es una construcción de sentido que no reproduce ni calca la realidad, sino que la representa por medio de convenciones lingüísticas. En lo facticio existe ya, pues, una con-figuración, se da esa inevitable cuota de ficción tácita inherente a todo acto de dicción. Un enunciado «ficticio», en cambio, es aquél en que no existe vocación veridicente, sino fabulación explícita y deliberada —a veces en busca de una verdad esencial que trascienda la mera veracidad de los datos comprobables. Así, aunque no puedo ni quiero desarrollar aquí esta cuestión capital, me p a r ece imprescindible distinguir provisionalmente varias modalidades de enunciación según sean los g ra d o s y m a n e ra sen que los afecte esa insoslayable c u o t a de ficción a que nos referimos. La ordenación de tales modalidades de enunciación dibujaría, de un lado, una banda «ve rtical» imaginaria que iría de la m a yor re f e rencialidad posiblea la m a yor fabulación posible, es decir, consideraría el estatuto gnoseológico de los enunciados pro d u c i d o s; y de otro, una suerte de banda «transversal» que integraría los enunciados según su índole formal y expre - siva, esto es, consideraría su estatuto estético. (a) Enunciación facticia3 3 oficción tácita, propia de los enunciados de vo c a c i ó n ve r i d i c e n t e , en los que la «dosis» de ficción estaría reducida al máximo, es decir, sería aquélla implícitayno intencional, inherente a la condición lingüística de tales enunciados. La enunciación facticia exige, para serlo, un pacto de ve r i - d i c c i ó n e n t re los interlocutores, comprometidos a entablar un interc a m b i o fehaciente. En este tipo de enunciados cabría distinguir, a su vez, dos tipos: (a.1) la enunciación facticia de tenor documental, caracterizada por su ve ra c i d a d y su alta verificabilidad —así, e ve n t u a l m e n t e, en actos de habla como la afirmación y la constatación, o en géneros periodísticos y mediáticos como la información, la crónica, el reportaje y el documental. (a.2) la enunciación facticia de tenor testimonial, caracterizada por su ve ra c i d a dy su escasa ve r i f i c a b i l i d a d . A modo de ejemplo, es el modo de enunciación propio de libros de memorias, dietarios, epistolarios, relatos de viaje, retratos y semblanzas y, en fin, de la gama entera de la llamada literatura testimonial. (b) En u n c i a c i ó n ficticia oficción ex p l í c i t a, característica de los enunciados de vocación fabuladora, en los que la «dosis» de ficción sería e x p l í c i t a e i n t e n c i o - n a l, y estaría presente en grados y maneras variables, más allá de la cuota de ficción inherente a la condición lingüística de tales enunciados. La enunciación ficticia exige, para serlo, un pacto de ‘suspensión de la incre d u l i d a d’ e n t re El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 83 34. Acerca de la crucial cuestión de lo f a l s o y lo v e r d a d e r o en los enunciados lingüísticos, me parece esencial la exposición que George Steiner desarrolla en Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción. op.cit., 1990, en especial el capítulo III «La palabra contra el objeto». La definición de San Agustín está recogida en la página 251 de esta obra. 35. Esta propuesta es todavía, a no dudarlo, precaria y balbuciente. Pretende, sobre todo, poner en entredicho la acomodaticia y falaz división tradicional entre ficción y no ficción, y llamar la atención sobre la necesidad de reformular los conceptos desde la raíz. Para ello, será necesario explorar minuciosamente las contribuciones que a la elucidación de este territorio proceloso brindan la Filosofía del Lenguaje, la Pragmática y el Análisis del Discurso. los interlocutores. En este tipo de enunciados cabría distinguir, a su vez, al menos tres tipos: ( b.1) la enunciación ficticia de tenor re a l i s t a, caracterizada por la búsqueda de una ve rdad esencial destilada por medio del cultivo de la ve rosimilitud re f e - re n c i a l, esto es, por su carácter re p re s e n t a t i vo y mimético respecto de u n mundo posible re c o n o c i b l epara el interlocutor (por ejemplo, el París de la Restauración, o el Chicago de la Gran Depresión). Este sería el caso del relato, la novela y el cine realistas, de Flaubert a Rossellini pasando por Chejov y Hemingway. (b.2)la enunciación ficticia de tenor mitopoético, caracterizada por la búsqueda de una ve rdad esencial destilada por medio del cultivo de la ve ro s i m i l i t u d a u t o r re f e re n c i a l, esto es, no por su carácter re p re s e n t a t i v o y mimético re specto de un mundo posible concreto y reconocible, sino por su apelación a esas o t ras re a l i d a d e si n t e r i o re s, propias de la imaginación, la fantasía, el sueño o el ensueño. Tal sería el caso del mito y la leyenda, así como del relato, la novela y el cine fantásticos, de Poe a Kubrick pasando por Lovecraft y Tolkien. (b.3)la enunciación ficticia de tenor falaz, caracterizada por su búsqueda deliberada de la mentira, el engaño, la tergiversación, el encubrimiento o, en fin, cualquiera de los sutiles matices incluidos en la nutrida gama de la falsedad y la mendacidad, tan bien expresada por San Agustín en De Mendacio: «Una mentira es la enunciación premeditada de una falsedad inteligible»34. Desde un punto de vista no estético sino epistemológico, lo que diferencia la ficción falaz de la ficción artística es que en ésta los i n t e r l o c u t o r es conocen y disfrutan de los términos del intercambio, mientras que en aquélla uno de ellos desconoce que se le da gato por liebre . En la enunciación falaz, por tanto, no se da pacto alguno de suspensión de la incredulidad, sino una explotación deliberada de la credulidad de uno de los interlocutores35. Conviene observa r, antes de pro s e g u i r, que —caso de ser aceptada y afinada— esta propuesta permitiría superar dicotomías obsoletas y oscure c e d o r a s , como la burda pero consoladora distinción clásica entre las categorías de f i c - ción y no ficción, o la todavía más burda distinción entre ficción y re a l i d a d, apoyada en una incomprensible pero extendida confusión entre el plano 84 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 36. STEINER, (1981). op. cit., p. 250. 37. STEINER, George, Presencias reales. op. cit., p. 74 y 75. epistemológico —la ficción— y el plano ontológico —la realidad. Si bien se mira, no nos es dado hablar de «la realidad» más que a través de sus representaciones y expresiones: la cuestión ve rdaderamente crucial estriba, más bien, en dilucidar el carácter de las diversas modalidades de re p resentación y expresión, no en contraponerlas abruptamente a una supuesta «realidad» que, de hecho, no podemos conocer más que a través de ellas. Además, la aceptación de tal propuesta implica no sólo cuestionar la vigente identificación de la idea de ‘f i c c i ó n’ con la idea de ‘f a l s e d a d’, sino re c o n ocer que en la ficción constitutiva de la dicción humana reside esa insólita capacidad generadora de conocimiento que sólo el lenguaje posee; un conocimiento que es, nótese bien, no sólo re p re s e n t a c i ó n (m i m e s i s) sino muy singularmente c re a c i ó n(p o i e s i s). Como razona George Steiner en Después de Ba b e l , El lenguaje es el instrumento privilegiado gracias al cual el hombre se niega a aceptar el mundo tal y como es.Sin ese rechazo, si el espíritu abandonara esa creación incesante de anti-mundos, según modalidades indisociables de la gramática de las formas optativas y subjuntivas, nos veríamos condenados a girar eternamente alrededor de la rueda de molino del tiempo presente. La realidad sería (para usar, tergiversándola, la frase de Wittgenstein) «todos los hechos tal y como son» y nada más. El hombre tiene la facultad, la necesidad de contradecir, de desdecir el mundo, de imaginarlo y hablarlo de otro modo36. Esa capacidad p o i é t i c a del lenguaje, esa facultad no sólo de re p resentar la experiencia, sino de c re a r y hacer sentido está enraizada en la misma entraña de las palabras. En Presencias re a l e s, Steiner elucida así esa decisiva cuestión: El lenguaje mismo posee y es poseído por la dinámica de la ficción. Hablar, bien a uno mismo o a otro, es —en el sentido más desnudo y riguroso de esta insondable banalidad— inventar, reinventar, el ser y el mundo. La verdad expresada es, lógica y ontológicamente, «ficción verdadera», donde la etimología de «ficción» nos remite de forma inmediata a la de «hacer». El lenguaje crea: por virtud de la nominación, como en el poner nombre de Adán a todas las formas y presencias; por virtud de la calificación adjetival, sin la cual no puede haber conceptualización de bien o mal; crea por medio de la predicación, del recuerdo elegido (toda la «historia» se aloja en la gramática del pretérito). Por encima de todo lo demás, el lenguaje es el generador y el mensajero del mañana (y desde el mañana). A diferencia de la hoja, del animal, sólo el hombre puede construir y analizar la gramática de la esperanza. [...] Creo que esta capacidad para decirlo y no decirlo todo, para construir y deconstruir espacio y tiempo, engendrar y decir contrafácticos —«si Napoleón hubiese mandado en Vietnam»— hace hombre al hombre3 7. El lenguaje mismo posee y es poseído por la dinámica de la ficción. ¿Pu e d e acaso decirse mejor? El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 85 38. En la obra de esta corriente sociológica que más influencia ha ejercido en los estudios sobre comunicación, el clásico de Peter L. Berger y Thomas Luckmann The Social Construction of Reality (1966), esta consciencia lingüística es bien palpable, aunque, a mi entender, sus autores no la llevan a sus últimas consecuencias, especialmente por lo que se refiere a la naturaleza retórica del lenguaje. II. Incidencia del giro lingüístico en el estudio de la Comunicación Periodística A mi entender, el aludido ‘giro lingüístico’ ha impregnado ya el estudio de la comunicación mediática, en buena medida gracias a las fecundas contribuciones derivadas de la Sociología del Conocimiento. Pe r o es menester añadir que tal impregnación ha sido parcial e insuficiente: por un lado, porque, a pesar de haber incorporado la consciencia lingüística a su núcleo teórico, los enfoques s o c i o c o g n i t i v os no la han llevado a sus últimas y decisivas consecuencias, especialmente en lo que hace a la comprensión nietzscheanade la naturaleza retórica y logomítica del lenguaje3 8; y por otro, porque tales enfoques han sido poco tenidos en cuenta por los estudiosos de los textos y de los enunciados c o m u n i c a t i v os, más atentos por lo general a concepciones hiperformalistas ajenas a la tradición relegada que en estas páginas vindicamos. Dentro del ancho y diverso territorio de los estudios sobre comunicación mediática, los estudios sobre periodismo han padecido en especial esas carencias y esas creencias. Como decía al principio de este artículo, la hegemonía de los enfoques pre s c r i p t i vos y pre c e p t i vos, la desconfianza de «la teoría», la consiguiente anemia crítica y conceptual y, en fin, la primacía del mero sentido común profesional han lastrado gravemente su desarro l l o. Es sensato afirmar que, salvando contadas excepciones, la toma de consciencia lingüística no ha llegado todavía a ellos, y que tal carencia es uno de los motivos re s p o n s ables de los males que hoy aquejan a este campo. Como ve remos a continuación, la plena asunción del ‘g i ro lingüístico’ por p a rte de inve s t i g a d o res y docentes alumbraría valiosos corolarios, susceptibles, a mi entender, de suscitar un replanteamiento epistemológico, teórico y metodológico de los estudios sobre periodismo, en la línea de la disciplina científica —la Comunicación Periodística— que en este artículo vindicamos. En las páginas que siguen intento esbozar en sus líneas básicas algunos de estos corolarios, plenamente consciente de que son todos los que están —pero ni mucho menos están todos los que son— y de que aun esos pocos que están merecen m a yor y más sutil ahondamiento. Será tarea de los estudiosos de la comunicación periodística —espero— enmendar y completar esta tarea apasionante en los años por venir. II.1. Primer corolario: la ‘retórica de la objetividad’ como ritual expresivo Los formalistas rusos fueron los primeros que, en su búsqueda de un estudio científico de la literatura en concreto y del lenguaje en general, plantearon la 86 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 3 9 . Fue Roman Jakobson quien expresó con precisión este propósito: «El objeto de la ciencia literaria no es la literatura sino la «literariedad» (l i t e r a t u r n o s t), es decir, lo que hace de una obra dada una obra literaria. Sin embargo, hasta ahora se podría comparar a los historiadores de la literatura con un policía que, proponiéndose detener a alguien, hubiera echado mano, al azar, de todo lo que encontró en la habitación y aún de la gente que pasaba por la calle vecina. Los historiadores de la literatura utilizaban todo: la vida personal, la psicología, la política, la filosofía. Se componía un conglomerado de pseudodisciplinas en lugar de una ciencia literaria, como si se hubiera olvidado que cada uno de esos objetos pertenece respectivamente a una ciencia: la historia de la filosofía, la historia de la cultura, la psicología, etc., y que estas últimas pueden utilizar los hechos literarios como documentos defectivos, de segundo orden.» Citado por Tzvetan Todorov, ed., Teoría de la literatura de los formalistas rusos. Buenos Aires. Siglo XXI, 1970, p. 25-26. Acerca de los intentos de definición de la l i t e r a r i e d a d, son iluminadores los ensayos de Constanzo Di Girolamo Teoría crítica de la literatura (op.cit., 1985), de M. Marchescou El concepto de l i t e r a r i e d a d (Madrid, Taurus, 1979) y de Dolors Oller Virtuts textuals (Barcelona, UAB, 1990). Sobre el modo en que este debate afecta el estudio de las relaciones entre periodismo y literatura, puede leerse el capítulo I del libro de A.Chillón Literatura i periodis - m e, op. cit., 1993. 40. MU K A R O V S K Y, J (1932). «Lenguaje standard y lenguaje poético», artículo incluido en E s c r i t o s de estética y semiótica del arte. Barcelona: Gustavo Gili, 1977, p. 314-315. necesidad de reemplazar los criterios de valor que hasta entonces se venían utilizando para estudiar la literatura —de corte normativo e impresionista— por el estudio sistemático de su presunta esencia, más allá de obras, autores, géneros y tendencias concretos: así se inició la búsqueda de la denominada l i t e ra r i e d a d (‘literaturnost’)39. Este propósito llevó a los formalistas a conjeturar la existencia de una diferencia neta entre dos presuntos tipos de lenguaje: el lenguaje poético y el len - guaje práctico. Algunos años después, los estructuralistas agrupados en torno al Círculo Lingüístico de Praga, con Jan Mu k a rovsky en cabeza, formularo n de manera explícita el principio de d e s v i a c i ó nde la lengua litera r i acon re s p e c t o a la lengua estándar 40. El concepto de d e s v i a c i ó n —é c a rt, diría el poeta Paul Va l è ry— ha ejerc i d o una gran influencia en el pensamiento literario del siglo XX; a él se debe, por ejemplo, la concepción de la obra literaria como a rt i f i c i o lingüístico, que ha llevado a tantos investigadores a examinar el artefacto literario en sí, considerado como una modalidad lingüística d e s v i a d a y e l e va d a, sustancialmente distinta a otras manifestaciones de la palabra. Sin embargo, a pesar de su indudable éxito en círculos académicos ort od o xos, el concepto de desviación muestra grietas a poco que se lo someta a revisión teórica: (i) primero, porque no todas las supuestas desviaciones —anacolutos involutarios, por ejemplo— tendrían, caso de existir, carácter l i t e ra r i o ( y, a la inversa, porque algunas obras de inequívoca intención literaria, como las n ovelas de Marguerite Duras o Miguel Delibes, mostrarían un grado de desviación muy bajo, a veces incluso inexistente); El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 87 41. Constanzo DIGI R O L A M O, Teoría crítica de la literatura. op. cit, p. 32. Visto el problema con perspectiva, parece claro que la distinción entre lenguaje práctico y lenguaje estético fue consonante con algunas corrientes ideológicas de signo idealista influyentes en la época en que fue formulada, las cuales consideraban el arte como una esfera autónoma de expresión, desprovista de cualquier función cognoscitiva o representativa: tal era, al fin y al cabo, la doctrina wildeana del arte por el arte, y tales las ideas que animaron varios movimientos de las vanguardias históricas. Cabe añadir que la dicotomía lengua estándar/lengua literaria fue matizada por la llamada teoría de las funciones lingüísticas. Así, las primeras reflexiones sistemáticas sobre las funciones del lenguaje, que Roman Jakobson hizo públicas en 1921, hacían hincapié en la distinción, todavía rudimentaria, entre las funciones r e f e r e n c i a ly e s t é t i c a. Años después, en el clásico «Lingüística y poética», el propio autor mejoró significativamente su propuesta inicial, a la cual incorporó las de Malinowski (1923) sobre la función f á t i c a, Bühler (1950) sobre la función c o n a t i v ay Carnap (1934) sobre la función m e t a l i n g ü í s t i c a. Estamos de acuerdo, sin embargo, con la crítica que Di Girolamo hace a la teoría de las funciones lingüísticas: «El precio de la teoría de Jakobson es la división vertical del corpus de las obras literarias, y, llevada al extremo, la definición de una escala de poeticidad arbitraria e inaceptable» (op. cit., p. 51). Véase JA K O B S O N Roman, (1975). Ensayos de lingüística general. Barcelona: Seix Barral, p. 347395. A este respecto, es importante también la obra clásica de K. Bühler Teoría del Lenguaje. Madrid: Revista de Occidente, 1950. 42. Hoy parece un despropósito hablar de «estilo literario» —¿qué tienen en común, digamos, los estilos de Borges, Azorín, Joyce, Lezama Lima, García Márquez y Beckett?—: sabemos que la actividad literaria cobija y alienta múltiples prácticas expresivas, en última instancia tantas como autores —y hasta obras singulares dentro de cada autor. (ii) después, por el hecho decisivo de que la desviación no sería, en todo caso, patrimonio de los textos de intención literaria, sino que estaría presente, en realidad, en cualquier acto de parole, fuese oral o escrito; (iii)por último, sobre todo, a causa de una objeción capital, sin duda la más i m p o r tante de todas las citadas: ¿cómo determinar un hipotético g rado cero del lenguaje idealmente neutro y estándar, en el que gramática y estilo sean sinónimos? ¿No será, más bien, que el concepto de lengua estándar e s c o nde una idealización platónica, y que la p a ro l ese caracteriza, pre c i s a m e n t e , por su multiplicidad de usos, estilos y re g i s t ros? En la distinción falaz entre lengua estándar y literaria vemos sutilmente reproducida, una vez más, la p r evia dicotomía de Sa u s s u re entre langue y p a ro l e , tan influyente en el e s t ructuralismo del siglo X X. Di Gi r olamo expresa esta re s e rva con pre c i s i ó n y perspicacia41: Nadie creerá que tal lengua (natural) exista, haya existido o pueda existir alguna vez. Más bien se tiene la sensación de que la «lengua estándar» representa una suerte de fantasma instrumental convocado en contraposición a la «lengua literaria». La lengua estándar se define, en suma, como lengua no literaria, pero ni la lengua estándar ni, en consecuencia, la lengua literaria son definidas en ningún momento. Nótese, no obstante, que la falaz distinción entre lenguaje poético olitera - r i o , de un lado, y lenguaje práctico oe s t á n d a r, de otro, no sólo oscurece la cabal consideración del hecho literario4 2, sino que perv i e rte desde la raíz la comprensión de la auténtica naturaleza de la comunicación periodística. 94 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 57. DIGIROLAMO, op. cit., p. 71. 58. Además del libro de Elvira Teruel ya mencionado, una aproximación sugerente desde el llamado análisis del discurso al estudio de la presencia de la metáfora en el discurso perio - d í s t i c o es la de María Luisa Villanueva, «Metáfora y discurso periodístico. Análisis contrastivo de crónicas y reportajes en periódicos franceses y españoles», en Metàfora i creativitat. Castelló de la Plana: Universitat Jaume I, 1994, p. 277-292. Véase, así mismo, la obra de D. Maingueneau, L'Analyse du discours. París: Hachette, 1991. 59. La vindicación de la escritura periodísticaen lugar de la mera Redacción Periodísticaha sido una de las preocupaciones centrales de mis trabajos anteriores: Periodismo informativo de permite demostrar que la connotación es condición de existencia de todas las manifestaciones lingüísticas —incluidas, desde luego, las periodísticas. Ap l i c a d o al estudio del mal llamado lenguaje práctico oe s t á n d a r, el análisis retórico exc l u - ye que pueda existir un uso transparente, neutro del lenguaje. De acuerdo con Di Gi ro l a m o5 7, «la más banal metáfora de uso cotidiano constituye un conn o t a d o r, tanto como la más compleja y trabada construcción del discurso a través de la organización de las partes, etc., en un texto científico, filosófico, político o narrativo». En el terreno propiamente periodístico, la presencia y la ubicuidad de la connotación son patentes. No existe en periodismo designación neta y unívoca, acendradamente denotativa, ni siquiera en aquellos géneros —la noticia y sus variantes— y modalidades expre s i vas —aplicadas a los titulares y c u e r - p o snoticiosos, sobre todo— donde encarna con más fuerza el mito de la objetividad. En primer lugar, porque esa d e s i d e ra t aes lingüísticamente un imposible, como hemos ido viendo; pero también porque el ritual expre s i voi n h e rente a tales modos expre s i vos ha ido sedimentando y haciendo imperceptibles, a fuer de uso y repetición, innumerables figuras y tropos preñados de sentido. En las modalidades usuales de nominación, en las formas habituales de adjetivación, en los verbos y perífrasis verbales más comunes, en las gradaciones sutiles que los adverbios sugieren y hasta en los usos rutinarios de preposiciones y conjunciones se agazapan las nervaduras invisibles del mito de la objetividad. Ese ritual expresivo que libros de estilo profesionales y manuales de redacción dictan con vehemencia es la c o n s a g r ación estilística, nada inocente ni transparente, de un modo de ver y de configurar la realidad social que cabe denominar periodísticamente correcto58. Hipercodificada y estereotipada, trenzada a base de estilemas expresivos y clichés ideológicos, la llamada Redacción Pe r i o d í s t i c ap roscribe al menos tanto como prescribe: contra ella cabe vindicar una e s c r i t u ra periodísticaestética, ética y epistemológicamente consciente, cultivada a partir de la convicción de que las palabras desempeñan un papel crucial —y no meramente instrumental— en la comunicación periodística responsable. Es decir, una e s c r i t u rap e r i o d í s t i c a que contradiga esa opinión infundada pero muy extendida que ve en la atención acuciosa al lenguaje y a la expresión un mero prurito «literario» —donde «literario» significa verboso, ornamental, rebuscado y superf l u o. Es en el trato con las palabras, en realidad, donde se libra la batalla más importante en pos de un periodismo crítico, cívico y éticamente responsable59. El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 95 c r e a c i ó n. Barcelona: Mitre, 1985, Literatura i periodisme.op.cit, 1993, La literatura de fets. Barcelona: Llibres de l'Index, 1994 y «L'estudi de les relacions entre periodisme i literatura per mitjà del Comparatisme Periodístico-Literari», en A n à l i s i, 16, Bellaterra: UAB,1994, p. 123-150. 60. En los últimos años se han escrito importantes aplicaciones de la sociología del conocimiento al estudio del modo en que los medios de comunicación c o n s t r u y e n la realidad. Pienso, por ejemplo, en los estudios ya clásicos de Gaye Tuchman (La producción de la noti - c i a, op. cit., 1984), Mark Fishman (Manufacturing the News. Austin: Univ. Of Texas Press, 1980), Giorgio Grossi («Livelli di mediazione simbolica nell'informazione di massa», en Livolsi, M. Sociologia dei processi culturali. Milán: Angeli, 1983) o Daniel Dayan y Elihu Katz La historia en directo(Barcelona, Gustavo Gili, 1995), entre otros. Debo algunas valiosas sugerencias al respecto a los profesores Lluís Badia, en lo relativo a las aportaciones de la sociología del conocimiento, y Susana Arias, en lo que hace a la configuración narrativa de los acontecimientos. 61. Acerca de la noción de tradición y sus importantes implicaciones para el estudio de la comunicación periodística y mediática, son útiles, entre otras, las siguientes obras: «Tradition», entrada de la Encyclopaedia Universalis, vol.16, p. 228-232; Emilio Lledó, El surco del tiem - p o, Barcelona: Crítica, 1992; Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media Latina. Madrid: FCE, 1995, 2 vol.; Erich Auerbach, M i m e s i s . op. cit., 1983; Northop Frye, A n a t o m í a de la crítica. Caracas: Monte Avila, 1977; o, en lugar destacado, las diversas obras de George Steiner, José María Valverde y Lluís Duch reseñadas a lo largo de estas páginas. II.3. Tercer corolario: deconstrucción de la noción de «realidad» A mi entender, el ‘g i ro lingüístico’ contribuye a poner en entredicho una de las más extendidas creencias en que se asienta el sentido común pro f e s i o n a l : la que separa y hasta contrapone «realidad objetiva», de un lado, y «medios de comunicación», de otro; como si esa supuesta «realidad objetiva» fuese independiente de y preexistente a la existencia de los medios de comunicación, y como si éstos, no formando parte de la misma entraña de tal realidad, se limitasen a apostarse frente a ella para captarla y transmitirla a las audiencias. De hecho, como nos han enseñado la fecunda Sociología del Conocimient o 6 0 y la aún adolescente Historia de la Comunicación, entre «realidad» y «medios» existen relaciones íntimas y activísimas, que no es posible desentrañar aquí. Sí lo es, en cambio, añadir a tales replanteamientos críticos algunas consideraciones derivadas de la consciencia lingüística. Muy en especial, como explicaré a continuación, la convicción de que entre «realidad» y «medios» se entabla una dialéctica de naturaleza esencialmente lingüística, dialéctica mediatizada por un tercer ingrediente que no suele ser tenido en cuenta como es debido: ese complejo y móvil acervo de enunciados —de carácter narrativo , lógico e icónico— que solemos denominar «tradición». La tradición cultural se compone de un variado repertorio de (a) enuncia - dos lingüísticos —narrativos y lógicos—, (b) enunciados icónicosy (c) enuncia - dos de acción —gestos, rituales, etcétera— cuya amalgama actúa a modo de h u m u s del conocimiento y la comunicación posibles en cada momento y lugar. Todo individuo, todo colectivo encaran y constru yen mediatamente sus re sp e c t i v as realidades, y lo hacen, de modo necesario, a través del acervo cognitivo que conforma la tradición61. 96 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 62. De lo inaudito o no oído, en realidad, ya que no son sólo noticia los hechos recién acaecidos, sino también aquéllos ocurridos tiempo ha de los que, sin embargo, se acaba de «tener noticia». 63. Dejo aquí meramente apuntada la cuestión, importantísima a efectos cognitivos y estétiEso que les pasa a individuos y colectivos les ocurre también, a no dudarlo, a los periodistas y a los medios de comunicación. Estos no existen a p a rt e ni se apostan a n t e una supuesta «realidad objetiva», entendida como «cosa» externa, preexistente y dada. Establecen con «ella», más bien, una compleja relación dialéctica en virtud de la cual los m e d i a se alimentan del abigarrado conjunto de enunciados lingüísticos, icónicos y de acción que damos en llamar «realidad», y a su vez generan nuevos enunciados que inciden sobre los ya existentes. De c i r, pues, que los medios de comunicación constru yen la realidad no es decirlo todo: conviene recordar que, al hacerlo, se nutren de enunciados previamente construidos, de modo tal que los medios —la cultura mediática— son también construidos por las realidades vigentes y la tradición o tradiciones h e redadas, en una dialéctica incesante. Los enunciados que los medios tejen no hablan directamente de la realidad —comoquiera que ésta sea— sino de los enunciados previos que forman ese conjunto de re p resentaciones que solemos llamar «realidad». No existe conocimiento inmediato: todo conocimiento, siempre y en todo lugar, es mediato y mediado. Los medios y los comunicadores públicos elaboran sus enunciados lingüísticos, icónicos y de acción en diálogo permanente —aunque a menudo inconsciente— con el ingente acervo de enunciados que heredamos por tra d i - c i ó n. No es aceptable subestimar la importancia de esta dialéctica incesante e n t re lo viejo y lo nuevo, pues sin ella es inconcebible cualquier nueva producción de sentido: el haz de ideas y creencias que forman la visión del mundo de cada comunicador hinca sus raíces en el humus de la cultura, esto es, en la tradición heredada. Otra cosa, muy distinta, es la consciencia que de ello se tenga —y que es, las más de las veces, precaria o errática. En lo que hace concretamente a la llamada «información de actualidad», p rocede constatar que la percepción y comunicación de lo nuevo e inédito por los medios62 son en realidad motivadas por marcos cognitivos preexistentes y por va l o res ideológicos y morales latentes. Es incesante la dialéctica que se entabla entre el «hecho» nuevo que los medios de comunicación configuran y la cultura preexistente, integrada por configuraciones de contenido pre v i amente acuñadas. Cada «hecho» nuevo o inaudito es adscrito a un marco cogn i t i vo ya dado, que le presta inteligibilidad al precio, eso sí, de t i p i f i c a rl o e n medida variable: esto es, de hacer comprensible lo singular poniéndolo en re l ación con una configuración de contenidoconocida y suficientemente genérica. A su vez, al incorporar lo novedoso, tal configuración genérica adquiere una dosis adicional de legitimación. En síntesis, puede decirse que la t i p i f i c a c i ó n de lo nuevo e inaudito permite domeñar ilusoriamente la complejidad de los sucesos y, sobre todo, su temida contingencia 63. El «giro lingüístico» y su incidencia en la comunicación periodística Anàlisi 22, 1998 97 cos, de la tipificación y de sus modalidades: lo arquetípico, lo estereotípico, lo típico y lo singular. Ensayé un tratamiento parcial del asunto, parcial y sin duda insuficiente, en el capítulo «Individus i personatges» del libro La literatura de fets. Barcelona, op.cit., 1994, p. 221-287. Por otra parte, es necesario notar que de esa adscripción de lo nuevo singular a los marcos cognitivos c o n s a b i d o s nacen precisamente los distintos g é n e r o s d i s c u r s i v o s, que no son pues, de ninguna manera, meros dispositivos técnicos y formales, sino ante todo modos de configuración de los contenidos, institucionalizados y relativamente estables. Así, por ejemplo, el género noticia no sería un simple dispositivo compositivo y expresivo, sino un formato de conocimiento retórica y epistemológicamente orientado. 64. Como vemos, al tronco central de nuestra reflexión —la consciencia lingüística y sus corolarios— le va brotando una poderosa rama: la de la consciencia narrativa, uno de los temas clave del pensamiento contemporáneo. Aunque quisiéramos internarnos por ahí, debemos dejarlo para otra ocasión más propicia. En todo caso, a manera de pista inicial, conviene aludir a algunas aportaciones clave para el esclarecimiento de esta cuestión apasionante: Paul Ricoeur, Tiempo y narración (I, II y III). Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987, 3 vol.; Arthur C. Danto, Historia y narración. Barcelona: Paidós, 1989; Frank Kermode, El sen - tido de un final. Barcelona: Gedisa, 1983; Enrique Lynch, La lección de Sheherezade, Barcelona, Anagrama, 1987; Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar. Barcelona: Destino, 1991; y Manuel Cruz, Narratividad: la nueva síntesis. Barcelona: Península, 1986. Ahora bien: lo que los enunciados mediáticos tipifican no son pre s u n t o s hechos «puros y desnudos» —una suerte de porciones de realidad dada ontológicamente independientes de la cognición humana— sino sucesos a menudo ocurridos con arreglo a moldes narrativos preexistentes. No existen acciones i n m o t i vadas; el actuar humano está motivado narrativamente —y hasta teatralmente—: existe una puesta en accióninspirada, a menudo de modo inconsciente, en relatos y representaciones previos, configurados a su vez a partir de acciones anteriores... Y así en una dialéctica interminable, que sólo es factible inmovilizar y separar a efectos de análisis.64 De todo ello se infieren, de momento, dos cosas importantes: primero, que la tradición cultural —en singular o en plural— no es un re p e rtorio fijo de antiguallas, sino una memoria viva que actúa de modo ubicuo e incesante sobre los agentes comunicativo s, con tanta mayor eficacia cuanto más ignorantes son éstos del alcance de su poder; y después, que ese dar cuenta de «la re a l i d a d » que el sentido común suele atribuir a los relatos es más bien, si se piensa con detención, un verdadero dar cuento de ella y a ella. Otros corolarios finales, y una propuesta de continuación El espacio disponible no da para más, de momento: para acabar aquí y ahora esta indagación tentativa, me parece necesario enunciar al menos otros re l evantes corolarios del giro lingüístico. Se trata, como se verá, de señalar algunas líneas de reflexión e investigación sobre las que, a mi juicio, han de discurrir los estudios sobre comunicación periodística. I. El giro lingüístico debe ser el cimiento sobre el que se edifique no sólo una i m p rescindible teoría de los géneros periodísticos, sino una teoría de los 98 Anàlisi 22, 1998 Albert Chillón 65. Así, recientemente se han escrito y publicado relevantes aportaciones al estudio de la oralidad periodística, concebidas desde la Lingüística, la Pragmática, los Estudios Literarios, la Retórica y el ancho campo del llamado Análisis del Discurso. Es el caso de obras como las de H. Casalmiglia y otros, La parla com a espectacle. Bellaterra: UAB/UJ/UV, 1997; Leonor Arfuch, La entrevista, una invención dialógica. Barcelona: Paidós, 1995; o la muy reciente y magnífica tesina de doctorado de David Vidal Castell, La veu de la paraula. Bellaterra: Departament de Periodisme i CC.C., UAB, 1997. El trabajo de Vidal Castell es, a mi juicio, una brillante aplicación del giro lingüístico y sus corolarios retóricos y pragmáticos al estudio analítico y descriptivo de la entrevista periodística. géneros de la comunicación mediática considerada en su conjunto. Tales teorías genológicas deben sustituir sin ambages los enfoques vigentes, de carácter normativo y pre c e p t i vo, por enfoques de tenor analítico y descriptivo, que partan del estudio inductivo de las modalidades realmente existentes —géneros, formatos, estilos y, en fin, los modos diversos de enunciación periodística— teniendo muy presente su sustantiva naturaleza lingüística y retórica. II. El giro lingüístico hace trizas las habituales distinciones de sentido común e n t re periodismo y literatura. No, desde luego, negando sus evidentes diferencias, sino exigiendo un replanteamiento radical de la ya vieja discusión, a la luz de la plena consciencia sobre el papel crucial que las palabras juegan en una y otra actividad. Y, de paso, el giro lingüístico permite plantear preguntas pertinentes pero sumamente incómodas tanto para el sentido común periodístico como para el sentido común literario. III.El giro lingüístico permite replantear sobre bases nuevas la reflexión sobre el estatuto epistemológico de los enunciados periodísticos, es decir, sobre sus complejas y variables relaciones con lo facticio y lo ficticio. I V. El giro lingüístico aconseja vivamente vo l ver la mirada no sólo hacia los estilos de la escritura, sino también hacia aquéllos de la compleja y diversa o ralidad mediática, en general descuidada por los inve s t i g a d o res, a pesar de las notables excepciones recientes65. V. El giro lingüístico permite concebir y postular el periodismo como e s c r i - t u ray no como mera re d a c c i ó n, esto es, como expresión crítica y culta y no como simple recetario instrumental. Una escritura c u l t i va d a , pues, por e s c r i t o re sy no por meros e s c r i b i d o re s que, en su búsqueda de la calidad y de la excelencia comunicativas, posterga tanto el ornamento vano cuanto la anemia expre s i va en beneficio de una re p resentación e l o c u e n t e de «la re a l idad», es decir: precisa e inteligible, desde luego, pero también expresiva y responsable. Continuará.