El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo
Abstract
Los códigos deontológicos del periodismo, que constituyen el mecanismo de autocontrol más común y extendido, están de plena actualidad. Sin embargo sus defensores y detractores casi se reparten por igual y a menudo el tema suscita opiniones encontradas. La discusión sobre las ventajas y las limitaciones de los códigos contribuye a comprender y estimar adecuadamente la función que pueden desempeñar y qué es lo que podemos esperar de ellos. Lo que sigue trata de ser precisamente un repaso al estado actual de ese debate. Un análisis de los códigos deontológicos que regulan la profesión periodística, ante la proliferación, desde 1992, de este tipo de textos a los que se otorgan diversas funciones.
Full text
Resumen Los códigos deontológicos del periodismo, que constituyen el mecanismo de autocontrol más común y extendido, están de plena actualidad. Sin embargo sus defensores y detractores casi se reparten por igual y a menudo el tema suscita opiniones encontradas. La discusión sobre las ventajas y las limitaciones de los códigos contribuye a comprender y estimar adecuadamente la función que pueden desempeñar y qué es lo que podemos esperar de ellos. Lo que sigue trata de ser precisamente un repaso al estado actual de ese debate. Un análisis de los códigos deontológicos que regulan la profesión periodística, ante la proliferación, desde 1992, de este tipo de textos a los que se otorgan diversas funciones. Palabras clave: ética periodística, códigos deontológicos, libertad de expresión. Abstract. The Usefulness of Ethical Codes in Journalism Ethical codes are the most common and extensively used means of self-control in the field of journalism. While these codes are very relevant in today’s world, they have as many supporters as they do detractors, and quite often a discussion of their usefulness leads to a clash of opinions. Since 1992, the number of these codes has increased, and various functions have been attributed to them. A discussion of the advantages and limitations of these codes of ethics can help us to understand them and to form an educated opinion about what they can accomplish and what we can expect from them. The author reviews the current status of this discussion and analyzes the various ethical codes in journalism. Key words: journalism ethics, codes of ethics, freedom of speech. I. Códigos deontológicos Los códigos deontológicos (también llamados códigos de conducta, de práctica o de ética profesional) son documentos que recogen un conjunto más o menos amplio de criterios y normas de comportamiento de carácter moral que for1. Este artículo ha sido realizado dentro del marco del Subproyecto de Investigación Coordinado con núm. de referencia PB93-0534-C06-03 financiado por la DGICYT. Anàlisi 20, 1997 125-144 El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo1 Hugo Aznar Centro de Ciencias de la Información CEU San Pablo, Valencia. Departamento de Ciencias Jurídicas y Ética. Edificio Seminario, s/n 46113 Moncada (Valencia) Rebut: abril/1996 Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 125
mulan y asumen el compromiso de seguir quienes llevan a cabo una determinada actividad profesional. Dada la variedad de códigos deontológicos existentes es poco útil dar una definición más detallada, ya que no existe un modelo único al que deban ajustarse todos ellos y cualquier nota de más que se introduzca en su definición podrá faltar en un caso u otro. A diferencia de los códigos de conducta que a veces regulan los aspectos más formales, concretos y superficiales de un determinado ejercicio laboral (como hábitos de trabajo, trato hacia el cliente, indumentaria, horarios, etc.), los códigos deontológicos abordan los aspectos más sustanciales y fundamentales de un ejercicio profesional, es decir, aquellos que conforman o entrañan su específica dimensión ética. Por ello mismo este tipo de códigos son más necesarios en aquellas actividades sociales y laborales en las que el profesional dispone de un mayor margen de decisión personal al realizar su labor y asume una mayor responsabilidad por la índole de su cometido y los efectos que éste tiene para otras personas: como en el caso de la información y la comunicación. Hace tiempo que las profesiones liberales disponen de estos códigos y cada vez es más frecuente encontrarlos en un mayor número de actividades sociales (códigos de venta directa, de ayuda humanitaria, de enfermería, de franquicias, etc.). Esto se debe a la creciente diferenciación laboral y funcional de nuestras sociedades complejas. Pero quizás ha influido también la ola de corrupción económica y política que han dejado tras de sí los años ochenta. Se ha puesto de relieve la importancia de tener siempre presentes los compromisos éticos que toda actividad pública tiene y esto ha dado gran actualidad al tema de los códigos deontológicos. Harris (1992: 62) comienza su contribución sobre este tema afirmando que «los códigos de conducta están de moda». En su estudio sobre los códigos deontológicos del periodismo en Europa, Laitila (1995: 530) destaca que 21 de los 31 códigos analizados (casi el 70%) han sido redactados o revisados en los 5 primeros años de los 90, si bien algunos de ellos tenían ya más de 25 años. España, con un retraso histórico notable respecto al resto de Europa, ha vivido también en estos primeros años de los 90 una auténtica eclosión de códigos2. El 1 de noviembre de 1992 se aprobaba el código promovido por el Colegio de Periodistas de Cataluña. El 26 de marzo de 1993 firmaban un acuerdo los organismos públicos de educación y 126 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar 2. España ha sido el país de Europa occidental que más ha tardado en disponer de algún código deontológico. En un país no democrático con un régimen de control estatal de la prensa, como fue España durante cuatro décadas, no hubo ocasión para el autocontrol de los medios de comunicación. Y los efectos del régimen franquista se han prolongado incluso durante los primeros años de la democracia. El uso partidista y represivo que se había hecho del control moral de la prensa ha hecho que durante bastante tiempo los profesionales del periodismo se hayan sentido reacios a hablar y plantearse cualquier forma de autocontrol. Han tenido que pasar quince años de democracia para que en España hayan aparecido los primeros códigos. Y lo han hecho de forma muy rápida y numerosa, como reacción frente a una carencia que se prolongaba demasiado tiempo ya. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 126
las televisiones españolas acerca de la programación infantil y juvenil. La FAPE adoptaba un código en su reunión de Sevilla el 27 de noviembre de 1994. El Grupo Correo se sumaba a estas iniciativas publicando su propio código el 3 de mayo de 1994 y el 4 de enero de 1995 lo hacía Canal Sur. Es evidente que los códigos del periodismo constituyen un campo de plena actualidad. Pese a ser el mecanismo de autocontrol más común y extendido, los códigos no están a salvo de las críticas. Sus defensores y detractores casi se reparten por igual y a menudo el tema suscita opiniones encontradas. La discusión sobre las ventajas y las limitaciones de los códigos contribuye a comprender y estimar adecuadamente la función que pueden desempeñar y qué es lo que podemos esperar de ellos. Lo que sigue trata de ser precisamente un balance del estado actual de esa discusión. II. Ventajas y utilidades de los códigos 1. La primera utilidad que conlleva la creación de un código deontológico es que supone el reconocimiento público de la dimensión ética de una profesión o una actividad. En nuestras sociedades capitalistas y tecnológicas los valores del éxito económico y la eficacia técnica tienen una posición social preferente. Los profesionales suelen otorgar a los aspectos técnicos, estratégicos y económicos de su actividad una atención casi exclusiva que hace que los aspectos morales queden relegados a un segundo plano o sean simplemente ignorados. A menudo concebimos el buen profesional como un experto con gran dominio técnico y capacidad para obtener un elevado rendimiento económico de su actividad. La dimensión ética suele estar ausente de esta imagen de lo que debe ser un buen profesional3. Tendemos pues cada vez más a actuar de una forma amoral, al margen de toda cuestión ética. En este sentido básico pero fundamental la redacción y aprobación de un código deontológico supone el reconocimiento por los propios profesionales de que su actividad conlleva e implica una dimensión moral que debe ser tenida en cuenta; lo cual es especialmente valioso en el mundo de la información y la comunicación. El lunes 1 de febrero de 1993 Nieves Herrero fue entrevistada en relación con la histórica emisión el jueves anterior del programa De tú a tú, de Antena 3 Televisión. Todos recordamos el revuelo causado por aquel programa acerca El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 127 3. Esto mismo ha terminado por afectar también al proceso de formación, que por lo general otorga a los problemas éticos una escasa o nula atención. Se considera que un licenciado debe dominar o al menos estar familiarizado con los conocimientos teóricos y las tecnologías asociadas a su actividad laboral o profesional; pero seguramente no se habrá planteado a lo largo de toda su carrera los problemas éticos de esa misma actividad. Los futuros profesionales se forman desconociendo casi por entero las implicaciones éticas de su propia actividad, aquella a la cual van a dedicar en adelante la mayor parte de su tiempo. Y tampoco el entorno laboral y profesional en el que se integran favorece en la mayoría de los casos la toma de conciencia de las implicaciones éticas de su actividad. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 127
de las niñas de Alcàsser. En su entrevista, todavía sorprendida por ese revuelo, Nieves Herrero afirmaba: «No me arrepiento del programa porque he actuado con profesionalidad»4. Sin duda Nieves Herrero revela con sus palabras lo que un gran número de personas suele entender hoy por ser un profesional: ser alguien capaz de hacer algo técnicamente irreprochable pero capaz también de ignorar totalmente la dimensión moral de esa misma acción. El revuelo causado por el programa no fue desde luego por su realización técnica, sino por el aspecto moral que estaba en juego y la sorpresade Nieves Herrero no es sino el más claro testimonio de una concepción de la profesionalidad en la que la ética no ocupa lugar. El periodista es un profesional que cada vez más trabaja en la redacción, rodeado de grandes recursos técnicos y alejado de quienes protagonizan sus noticias o las reciben. El trabajo se hace cada día más técnico y sujeto a rutinas y exigencias económicas que tienden a deshumanizarlo y a hacer perder de vista su dimensión personal. Esta va a ser la primera e importante función de los códigos deontológicos: permiten reconocer y asumir que el ejercicio de una profesión conlleva una serie de valores y obligaciones morales que deben acompañar y guiar su desempeño. A menudo se ha objetado que los códigos deontológicos sólo sirven para mejorar la imagen pública de un determinado colectivo, como un simple ejercicio de relaciones públicas. Y es cierto que en ocasiones se han convertido más en una cuestión de estética que de ética. Pero en este sentido constituyen un arma de doble filo. Quien promulga un código, lo haga sinceramente o no, está reconociendo públicamente que su actuación tiene una dimensión ética. Desde ese momento sabemos que en una determinada actividad hay implicados aspectos morales que reconocen incluso quienes la llevan a cabo. Y al tratarse de una actividad social, ese reconocimiento faculta al resto de la sociedad a reclamar con mayor fuerza si cabe el cumplimiento de ese compromiso moral. Los códigos deontológicos contribuyen pues de manera fundamental a crear y afirmar una conciencia moral colectiva dentro de la profesión. Junto a los conocimientos técnicos, frente a las exigencias económicas, están también las normas y los principios morales de la profesión. A partir de ahora esas normas éticas pueden o no ser cumplidas, pero lo que ya no pueden es ser ignoradas sin más. 2. A esta función de creación de la conciencia moral profesional se une la de proporcionar contenidos y criterios morales concretos. Esta función tiene a su vez tres dimensiones: informativa, argumentativa y de aprendizaje. En nuestras sociedades han crecido las dificultades para que la conciencia moral de los individuos pueda llegar por sí sola a determinar las normas que deben guiar su actividad profesional. Es posible que antes, cuando el nivel de complejidad y especialización era menor, bastase con el sentido común para aplicar los valores y normas morales generales a una esfera de actividad específica. 128 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar 4. El Mundo, 1/02/1993, p. 69. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 128
Pero hoy las cosas no siempre son tan sencillas y puede ser arriesgado dejar estas cuestiones exclusivamente en manos de la conciencia de cada profesional. Del mismo modo que cada vez es más necesario aprender las reglas técnicas de una profesión, necesitamos también poder aprender y conocer sus normas éticas. Los códigos pueden decirnos cuál es la manera correcta de proceder al desempeñar una actividad. De este modo facilitan al profesional información ética. Ahora se podrá disponer de esa información con facilidad y se tendrá así un criterio de referencia con el que poder guiarse en su actividad diaria. Pero no es el profesional individual el único que se beneficia con esta información. También la profesión en su conjunto se beneficia de dos modos distintos. En primer lugar, la existencia de estos contenidos éticos recogidos en los códigos establece las bases sobre las que sostener un debate que profundice progresivamente en esa misma dimensión moral de la profesión. Hacer posible este debate en el entorno de una profesión es una función importante de los códigos. Se puede decir así que los códigos cumplen una función argumentativa, al proveer de referentes para este debate público entre los miembros de su profesión —y no sólo entre ellos5. En segundo lugar, la existencia de los códigos también hace posible el aprendizaje colectivo de la profesión, fruto de la progresiva acumulación de experiencia en ellos. En efecto, si la discusión crítica de los contenidos de los códigos se acumula mediante revisiones periódicas de su contenido, estaremos ante una cierta manifestación de la capacidad de una profesión de madurar y aprender colectivamente desde el punto de vista moral6. Esto se refleja claramente en el contenido de los códigos deontológicos del periodismo: los primeros de ellos, a principios de siglo, apenas contenían cuatro o cinco obligaciones básicas, mientras hoy abordan un número mucho mayor de aspectos y problemas éticos. Los códigos pueden llegar de esta manera a acumular un acervo o patrimonio moral de la profesión, una manifestación de la experiencia y sabiduría moral adquirida a lo largo del tiempo. Cabe hablar así de un progreso moral de las profesiones y no sólo técnico o tecnológico. Finalmente este patrimonio moral servirá para la sensibilización y el aprendizaje morales de los nuevos profesionales, conformará su nueva información ética, cerrándose de este modo el círculo. El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 129 5. Sobre esta función argumentativa de los códigos ha llamado la atención JOHANNESEN: «Por una función argumentativa quiero decir que (los códigos deontológicos) pueden servir como un punto de partida para estimular el escrutinio profesional y público de las cuestiones éticas más complejas de un campo de actividad. Podrían constituir así la base desde la que llevar adelante un debate sobre una práctica comunicativa específica». (1990: 173). Ver también MEYER p. 23-24. 6. Por ello es especialmente importante dejar abierta la posibilidad de la revisión periódica de los códigos. Esta fue una de las recomendaciones de Jones en su estudio de los códigos (1980: 64): «Ningún Código de Ética puede considerarse como definitivo o estático. Un código cambia como una lengua; los significados cambian, las actitudes cambian. Debe haber alguien o algún grupo encargado de su revisión regular, de su evaluación y de recomendar la introducción de nuevas cláusulas para hacer frente a nuevas necesidades». Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 129
3. Otra utilidad esencial de los códigos es que permiten afirmar y defender los criterios internos de la acción de una profesión frente a las presiones externas. Existe una tendencia creciente a que los profesionales desempeñen cada vez más su labor en el interior de grandes organizaciones que a menudo generan sus propios intereses y hábitos de conducta. Esto es especialmente cierto en el caso de la comunicación, donde los periodistas han trabajado siempre o casi siempre en el interior de los medios de comunicación, convertidos por lo general en empresas de gran tamaño con unos objetivos y criterios de acción propios7. Además estos medios han adquirido tal poder e influencia social que constantemente se producen intentos, en particular desde el ámbito político y el económico, por ejercer algún control sobre la información que difunden. El resultado es que los periodistas se ven sujetos a presiones de todo tipo para que elaboren de un modo particular la información. Los códigos ofrecen una importante utilidad a la hora de prevenir este tipo de presiones. Si el profesional tiene que enfrentarse de modo individual a los poderes que le presionan, es difícil que pueda hacer valer su criterio. Pero puede tener más éxito si su posición está avalada por el código de conducta del conjunto de la profesión y si éste prohibe, por ejemplo, el tipo de acción que está siendo presionado para realizar: Los buenos periodistas, como las mejores personas en cualquier profesión, se sienten orgullosos de su integridad y sin duda encontrarán más fácil mantener dicha integridad frente a las presiones de propietarios menos escrupulosos si pueden señalar una cláusula en su código profesional que los avala en su resistencia a ser utilizados de ese modo (Harris, 1992: 70). Ante situaciones de este tipo que se dan hoy en los medios de comunicación —lo cual es bastante frecuente—, contar con algún respaldo colectivo es esencial. Los códigos constituyen una manera de sentir refrendada la propia posición por todo un colectivo profesional, obviamente no por ser la propia de ese colectivo sino por ser la correcta desde el punto de vista del ejercicio honesto del periodismo. Y esto se refleja en el propio contenido de los códigos del periodismo: en su estudio sobre dichos códigos en Europa, Laitila (1995: 527) ha puesto de relieve que «proteger la integridad profesional de los periodistas frente a las presiones externas» es una de sus dos funciones más comunes. Sin duda esta utilidad supone una respuesta a quienes argumentan que los códigos constituyen un límite a la libertad de acción del profesional. Todo 130 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar 7. Y esto hasta el extremo de que esta situación sirve a menudo para negarle al periodismo su carácter mismo de profesión, limitando esta consideración a aquellos casos en los que existe una relación individual y directa con la persona que recibe los servicios del profesional. Esta concepción tradicional resulta demasiado estrecha y algo desfasada respecto a una sociedad como la nuestra donde el predominio de las corporaciones y organizaciones colectivas de todo tipo es bastante evidente. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 130
indica que, para aquellos profesionales comprometidos con el desempeño ético de su actividad, los códigos deontológicos representan una garantía para su libertad de acción y no una cortapisa o una restricción ajena al sentido de su actividad y a los fines que ésta debe perseguir. 4. De la anterior utilidad de los códigos se sigue otra de no poca importancia. El establecimiento de un código deontológico supone, como hemos indicado, el compromiso por parte de un colectivo profesional de guiar su actividad por pautas, criterios y principios morales. Y este reconocimiento no pude sino acrecentar el prestigio y la confianza que la sociedad deposita en ese colectivo profesional. Sobre este beneficio añadido de los códigos existe bastante unanimidad. White, tan crítico con ellos en otros aspectos, es claro en este sentido: «El signo más reconocible de la reivindicación de un statussocial más elevado para el profesional es su compromiso personal de trabajar de acuerdo con un código de ética» (1995: 455). Y lo que vale a nivel individual vale para la profesión en su conjunto. De ello se siguen dos importantes ventajas añadidas. La primera es que este prestigio se constituye en una nueva salvaguardia frente a los intentos de imponer límites desde fuera a la profesión, en este caso desde el poder estatal. Donde existe y se cumple un código deontológico el poder político está especialmente deslegitimado para introducir restricciones a la libertad de acción con la excusa de mejorar moralmente dicha actividad. Como conviene subrayar una y otra vez, el autocontrol es la mejor defensa frente a los intentos de control externos que se amparan bajo un supuesto objetivo ético. Además, en segundo lugar, el compromiso deontológico que supone un código permite discriminar entre quienes defienden verdaderamente los bienes internos y los fines propios de una actividad como el periodismo y quienes sólo la utilizan para obtener un rendimiento económico rápido. El prestigio moral de una profesión sirve así como mecanismo de exclusión —o cuando menos de identificación— de aquellos individuos que sólo quieren sacar provecho de ella. Y esto se convierte en una garantía añadida frente al intrusismo laboral. Así lo expresa White (1995: 455): Elevar el statuscolectivo de la profesión en la sociedad ayuda a levantar los muros de la exclusividad que protegen de la riada de practicantes legos que arrastra a la baja el mercado de la capacitación profesional. La capacitación para ejercer una profesión no es exclusivamente técnica sino que también pasa por la asunción de ciertos compromisos morales. Es más, en el ámbito específico de la comunicación, unido como ésta a la idea de la libertad de expresión como derecho individual universal, debe ser precisamente la deontología profesional de la información la que permita, más que ningún otro requisito formal específico, evitar el elevado intrusismo laboral que se da (en más de un caso debido a que dicho intrusismo facilita el éxito final de las presiones externas). El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 131 Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 131
5. Lo dicho hasta ahora no significa que los códigos se puedan plantear como un mecanismo de defensa de los profesionales. Los códigos no deben servir para reforzar la actitud corporativa de una profesión. Y aún menos en el mundo de la comunicación que debe ser abierto, plural y no restringido. La motivación última de los códigos debe ser el amor o el cuidado de la profesión y de su sentido último, que siempre es el servicio a la sociedad en su conjunto y a quienes reciben los servicios en particular. Hasta ahora hemos mencionado ventajas que podían obtener los profesionales con la promulgación de códigos. Pero son en realidad quienes reciben sus servicios quienes deben obtener el mayor beneficio en la medida en que el código supone un reflejo y una manifestación del compromiso ético de los profesionales por mejorar su desempeño. La sociedad dispone así de un criterio acerca de lo que puede esperar de los profesionales. Y de un aval especialmente importante de lo que les puede exigir y reclamar, ya que se trata en definitiva de las obligaciones que los propios profesionales han reconocido como suyas. Y esto de nuevo es más valioso si cabe en el ámbito de la comunicación donde, al no existir una relación personal profesional-cliente, el público está especialmente desasistido a la hora no sólo de reclamar ciertos mínimos éticos en la conducta de los profesionales, sino incluso de conocer cuáles son estos mínimos. Si la elaboración y promulgación de un código deontológico supone un compromiso moral por parte de los profesionales, es el público quien desde ese mismo momento goza de una posición mejor para saber lo que puede y debe exigir de dichos profesionales8. Si los códigos constituyen, como indicábamos, una fuente de información y de debate moral para el profesional, no menos lo son para el público. Es el público —incluidos también los protagonistas y las fuentes de la noticia— quien debe estar siempre en el punto de mira de la elevación del nivel moral de una profesión ya que es siempre el servicio a los demás lo que da sentido a su actividad de cualquier profesión. Que hagamos figurar en último lugar esta utilidad de los códigos no sirve sino para recalcar que todas las anteriores dependen y tienen su sentido en ésta. III. Críticas y limitaciones Pese a que los códigos deontológicos son, como venimos viendo, el mecanismo de control más extendido, no están al margen de las críticas. Los códigos contribuyen a mejorar la deontología de los profesionales de la información, pero no son la panacea que vaya a resolver definitivamente todos los problemas éticos de la comunicación. La discusión de las críticas que a menudo se les hace nos ayuda a precisar mejor su función y alcance. 132 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar 8. Lo cual plantea el requisito adicional —no siempre adecuadamente cumplido— de que el público conozca y tenga fácil acceso a dichos códigos. Y a ser posible que pueda participar también de alguna manera en su elaboración. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 132
1. La primera crítica es la de quienes consideran que los códigos suponen una restricción a la libertad de expresión. Según estos críticos, con la excusa de la ética y la deontología se acaba introduciendo de forma subrepticia un cierto modelo de actividad profesional, un modelo de periodismo al que todos deben ajustarse en adelante. Flaco favor se hace entonces a la libertad de expresión y de prensa si, después de lo costoso de su conquista frente al poder del estado, los gobiernos, las iglesias, etc., se establecen ahora restricciones por parte de los propios profesionales. Para quienes opinan así es preferible que los códigos no existan. Esta es una crítica que —incluso aunque no fuera acertada— siempre conviene tener presente, ya que la autorregulación nunca debe significar una restricción de la libertad. Para evitarlo debe tenerse siempre presente este riesgo. Pero desde luego no para rechazar de forma absoluta los códigos deontológicos. En este sentido conviene discutir algunos aspectos del argumento. En primer lugar, es cierto que algunos códigos deontológicos han servido en ocasiones como un mecanismo de restricción de la libertad de expresión. En algunos países del Este los códigos deontológicos del periodismo han servido en alguna ocasión como un mecanismo más de control social y político de los medios de comunicación por parte del partido y del gobierno. Prueba de ello es que todosestos códigos han tenido que ser rehechos tras la caída del Muro de Berlín. También ocurrió así en algunos paises del Tercer Mundo donde los códigos fueron redactados y promulgados directamente por organismos públicos del gobierno (Jones, 1980). No se puede discutir que tales códigos han constituido un intento más de restringir o controlar la libertad de expresión y de prensa. Pero sí se puede discutir que puedan ser considerados auténticos códigos deontológicos. Una nota clave de la autorregulación es que nazca de un compromiso libre y voluntario de los propios profesionales; nunca puede tratarse de una imposición externa destinada a cumplir fines y objetivos ajenos a los bienes de la profesión. Y lo mismo podría decirse de cualquier código que fuera impuestopor editores o propietarios deseosos de ejercer un mayor control dentro de sus medios o empresas9. Este argumento valdría pues para aquellos «códigos deontológicos» que sólo lo fueran en apariencia y no para aquellos que hubieran sido creados y promovidos realmente por los propios profesionales como un ejercicio más de su libertad de acción. También es cierto que algunos códigos deontológicos de paises libres se han seguido de presiones de la opinión pública o los poderes públicos. Algunos de los códigos europeos más recientes —como el código británico o los aparecidos en España— han nacido en un ambiente caldeado por acusaciones de falta de ética hacia los medios de comunicación e incluso por amenazas de reforzaEl debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 133 9. En la década de los 70 se extendió en EEUU este tipo de códigos particulares de medios y empresas y no fueron pocas las reacciones en contra de los profesionales al verlos como una forma más de control sobre su labor o al comprobar como los dueños y editores quedaban al margen de su cumplimiento. Sobre esto, con abundantes declaraciones, cfr. SWAIN (1983: 139 y s). Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 133
aceptación voluntaria y por la ausencia de medidas coercitivas fuertes). Es cierto que siempre habrá ‘profesionales’ que aprovechen la ausencia de medidas coercitivas como vía de enriquecimiento o promoción rápidas. Pero esta clase de personas va a existir siempre, existan o no los códigos. De lo que se trata más bien es de que el conjunto de la profesión sea consciente de la necesidad de asumir ciertas responsabilidades morales en su actividad cotidiana, de llevar a cabo una tarea en la que las consideraciones morales tengan un lugar. Si esto ocurre, en la mayoría de los casos será fácil identificar a quien no actúe de este modo y la crítica (y el rechazo cuando sea reincidente) del resto de la profesión y de la opinión pública serán las mejores garantías para que este tipo de procederes contrarios a la ética de la comunicación tiendan a ser lo menos frecuente posible. 4. A las limitaciones que venimos planteando se ha venido a sumar últimamente una nueva crítica acerca del papel que los códigos deontológicos juegan en relación con la propia ética de la comunicación22. Esta crítica va dirigida no tanto contra los códigos como contra quienes reducen la ética de la comunicación sólo a ellos. El núcleo de esta crítica destaca que la promulgación de códigos (junto a la idea de que eso sería suficiente para solventar los problemas de la ética de la comunicación) podría producir una cierta desviación del debate acerca de la moralidad de los medios y de la comunicación en general. A la larga se generaría un modelo, una forma de plantear estos problemas que sería incapaz de abordar las verdaderas cuestiones de fondo implicadas en la ética de la comunicación. En efecto, los códigos deontológicos tienden a concentrarse por lo general de manera casi exclusiva en las obligaciones que deben cumplir los periodistas al llevar a cabo su tarea. De este modo favorecen una percepción individualista de los problemas éticos relacionados con los medios de comunicación, como si todo fuera cuestión de la conducta individual de cada profesional. Sin embargo esta forma de plantear la ética de la comunicación se queda muy limitada a la hora de abordar algunos de los principales problemas de la comunicación. Cuestiones como, por ejemplo, que hoy por hoy esos profesionales son en su mayoría empleados de grandes organizaciones, con sus pautas de conducta, sus valores y sus intereses propios, no pocas veces opuestos incluso a los de los profesionales. Como la concentración a nivel nacional y mundial de los medios de comunicación; el tipo de valores que transmiten en su actividad cotidiana; la participación de los ciudadanos y de las minorías sociales o las culturas más débiles, etc. O como el tema de la democratización interna de las redacciones y los medios. Estas cuestiones difícilmente pueden ni tan siquiera plantearse en un código deontológico. Si se 140 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar 22. WHITE, 1995, dedica su artículo a exponer esta crítica y a sugerir un modo distinto de abordar la ética de la comunicación. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 140
reduce entonces la ética a sus contenidos, entonces resultaría que estamos dejando fuera del debate ético algunas de las cuestiones que hoy tienen mayor relevancia23. Este punto de vista ya fue puesto de relieve por el Informe de la Comisión Internacional de los Problemas de la Comunicación, que sirvió de base al conocido como Informe MacBride de la UNESCO, publicado en 1980. El Informe se hacía eco de lo contraproducente de reducir la ética periodística a las acciones particulares del profesional dejando fuera otras cuestiones esenciales: La ética periodística no puede limitarse a la proclamación de los principios y la exigencia de que los periodistas los respeten. Se requieren esfuerzos constantes para incrementar las oportunidades efectivas para el trabajo libre y responsable en los medios masivos. Una de las condiciones más importantes para esto es sin duda la democratización de las relaciones internas en los medios informativos. La medida en que quienes trabajan en los medios masivos puedan desarrollar su creatividad y afirmar sus cualidades morales y profesionales depende de la forma como se administre la institución, de los recursos financieros de que se disponga, de la política editorial y de muchas otras condiciones concretas (MacBride, 1987: 199). Esta crítica aún puede llevarse más lejos. En efecto, la acentuación de los deberes profesionales percibidos de forma individual y en particular la apelación frecuente a criterios como la objetividad y la neutralidad valorativa y similares, habría podido favorecer incluso la adaptación acrítica de los profesionales al sistema global de los medios de comunicación. Reducir, por ejemplo, el problema de la verdad a la obligación de «decir la verdad», en el sentido de ajustarse objetivamente a lo dado, sería contribuir a obviar cuestiones más trascendentales como la pregunta por la justicia de esa verdad, los valores implícitos en ella o la forma misma de concebirla. Al final una actitud como ésta «refuerza la conformidad con las rutinas de los medios y debilita los interrogantes culturales más amplios» (White, 1995: 443). La ética profesional, que debería suponer siempre un ejercicio crítico con lo dado para procurar su transformación y mejora, acabaría sirviendo para lo contrario al verse reducida a los estrechos límites de muchos de los códigos24. La ética reducida a fórmulas podría terminar convirtiéndose en un mecanismo de adaptación a unos medios de comunicación dominados por una concepción esencialmente funcionalista, instrumental y económica de su actividad. El profesional juzgaría y evaluaría su El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 141 23. Es cierto que algunos códigos contemplan este tipo de obligaciones del profesional, como su compromiso con la participación de toda la sociedad en la medida de lo posible en el flujo de las comunicaciones, su oposición a la concentración empresarial o su esfuerzo en pro de la democratización de las redacciones y los medios. Pero es evidente que después, en la realidad, el margen de maniobra del profesional individual en este aspecto es bastante reducido frente a, por ejemplo, el mercado mundial de la comunicación. 24. Con algunas excepciones, como el código de la UNESCO que aborda en su articulado compromisos morales de los profesionales de la comunicación que no suelen figurar en este tipo de documentos. Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 141
conducta personal, pero no levantaría la mirada para considerar a qué modelo de comunicación social está contribuyendo con su labor. Si se reduce el debate sobre la ética de la comunicación simplemente a familiarizarse con códigos resulta «probable que la instrucción ética que muchos reciben en las escuelas de comunicación prepare a los profesionales de los medios más para la conformidad con estas organizaciones que para llevar a cabo un cuestionamiento creativo» (White, 1995: 456). Con el resultado final de que «los códigos de ética del periodismo pueden llegar a convertirse en una ideología y simplemente justificar y defender el estatuto social ‘asegurado’ de los trabajadores de los medios» (íd.). Esta crítica es importante y debe tenerse en cuenta. Pero con todo hay algo que puede decirse en defensa de los códigos y que sirve para matizar lo anterior. Es cierto que existe este peligro; pero no se deriva de la existencia de los códigos sino de la actitud de quienes reducen las cuestiones de la ética de la comunicación a lo que se dice en ellos. Como listado de los deberes mínimos que todos los profesionales deben cumplir, los códigos cumplen una función ética esencial. Pero ciertamente no cabe reducir todoslos problemas de la ética de la comunicación a esos deberes. No es quizás un código el lugar adecuado para recoger los problemas más amplios de la ética de la comunicación. Pero una vez más esto apunta en la dirección de la necesaria complementación de los códigos con otras formas de autorregulación y otros foros donde plantear cuestiones éticas distintas. El defecto no es de los códigos sino de quienes los redactan y firman y se marchan tranquilos a sus casas pensando que todos los problemas se han resuelto. Los códigos son una contribución, y sin duda esencial, a la mejora de la ética de la comunicación; pero representan un paso en una tarea que debe ser permanente, un aspecto en un ámbito de problemas que tiene frentes muy distintos. IV. Conclusiones Este conjunto de limitaciones de los códigos hacen ver que no resuelven ni pueden resolver por sí solos todos los problemas éticos y deontológicos del mundo de la comunicación. Pero en conjunto las ventajas de su existencia son mayores, siempre que nazcan de un compromiso sincero y voluntario por parte de los profesionales. En cualquier caso, tal y como hemos señalado, estos códigos deben ser complementados. Siempre por la conciencia del profesional como sujeto que tiene que tomar decisiones y asumir responsabilidades. Y a ser posibletambién con otros mecanismos de autocontrol que compensen sus limitaciones. No se trata pues de poner a competir estos mecanismos entre sí, sino más bien de ponerlos a todos a funcionar. Será ese esfuerzo continuo y global el que acabe por dar algún fruto efectivo. Bibliografía AZNAR, Hugo (1994). «Formación moral y medios de comunicación: necesidad de un cambio de planteamientos». En AA.VV.: Televisión: niños y jóvenes. Valencia: Ente Público RTVV, p. 239-254. 142 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 142
BARROSO ASENJO, Porfirio (1984). Códigos deontológicos de los medios de comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas. — (1991a). «Códigos deontológicos de la comunicación». En BENITO, Ángel (dir.). Diccionario de ciencias y técnicas de la comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas, p. 194-218. — (1991b). «Deontología del emisor». En BENITO, Ángel (dir.). Diccionario de ciencias y técnicas de la comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas, p. 316-338. — (1991c). «Ética de la comunicación». En BENITO, Ángel (dir.). Diccionario de ciencias y técnicas de la comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas, p. 560-582. BEL MALLEN, José Ignacio (1991). «Autocontrol». En BENITO, Ángel (dir.). Diccionario de ciencias y técnicas de la comunicación. Madrid: Ediciones Paulinas, p. 109-121. BELSEY, A.; CHADWICK, R. (ed.) (1992). Ethical Issues in Journalism and the Media. Londres y Nueva York: Routledge. — (1995). «Ethics as a Vehicle for Media Quality». European Journal of Communication, vol. 10, núm. 4, p. 461-473. BLÁZQUEZ, Niceto (1994). Ética y medios de comunicación. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. — (1995a). «UNESCO: Principios de ética profesional del periodismo». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 232-251. — (1995b). «La deontología periodística en Latinoamérica». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 280-296. CONSEIL DE L’EUROPE (1993). «L’ethique du journalism». Estrasburgo: Conseil de L’Europe, Doc. núm. 6854. DAY, Louis A. (1991). Ethics in Media Communications: Cases and Controversies. Belmont: Wadsworth. DEBELIUS, Harry (1990). «El periodista y su actuación ante la sociedad». En AA.VV.: La organización de los periodistas en 1993. Madrid: Asociación de la Prensa de Madrid, p. 21-27. DESANTES GUANTER, José María (1988). El deber profesional de informar. Valencia: Fundación Universitaria San Pablo CEU. Ética i comunicació social (1993). III Converses a la Pedrera. Barcelona: Centre d’Investigació de la Comunicació. GONZÁLEZ BEDOYA, J. (1987). Manual de deontología informativa. Madrid: Alhambra. GOODWIN, H. Eugene (1990). A la búsqueda de una ética en el periodismo. Buenos Aires: GEL, (1a ed. en inglés, 1983). HARRIS, Nigel G.E. (1992). «Codes of conduct for journalists». En BELSEY, A.; CHADWICK, R. (ed.) (1992). Ethical Issues in Journalism and the Media. Londres y Nueva York: Routledge, p. 62-77. JOHANNESEN, Richard L. (1990). Ethics in Human Communication. Prospect Heights (Ill.): Waveland Press, 3a ed., (1a ed., 1975). JONES, J.C. (1980). Mass Media Codes of Ethics and Councils. A comparative international study on professional standards. París: UNESCO Press. KLAIDMAN, S.; BEAUCHAMP, T.L. (1987). The Virtuous Journalist. Nueva York: Oxford University Press. LAITILA, Tiina (1995). «Journalistic Codes of Ethics in Europe», European Journal of Communication, vol. 10, núm. 4, p. 527-544. El debate en torno a la utilidad de los códigos deontológicos del periodismo Anàlisi 20, 1997 143 Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 143
LAMBETH, Edmund B. (1992). Periodismo comprometido. Un código de ética para la profesión. México: Limusa, (1a ed. en inglés, 1986). MAC BRIDE, Sean y otros (1987). Un sólo mundo, voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo. México: FCE, 2a ed. abrv., (1a ed. en inglés, 1980). MATELSKI, M.J. (1992). Ética en los informativos de Televisión. Madrid: Instituto Oficial de Radio y Televisión (RTVE). MEYER, Ph. (1987). Ethical Journalism. A Guide for Students, Practioners, and Consumers. Nueva York: University Press of America. NÚÑEZ ENCABO, Manuel (1995a). «Código europeo de deontología del periodismo». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 252-279. PERNAU, Josep (1995). «Código deontológico de los periodistas de Cataluña». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 297-309. PETIT, Antonio (1995). «El compromiso ético del periodista y el código de la FAPE». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 310-331. PRIETO, Juan Antonio (1995). «Código de la Federación Internacional de Periodistas». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 215-231. QUESADA, Eugenio de (1995). «Deontología profesional del periodista especializado y técnico». En BONETE PERALES, Enrique (coord.). Éticas de la información y deontologías del periodismo. Madrid: Técnos, p. 272-279. SWAIN, Bruce M. (1983). Ética periodística. Buenos Aires: Tres Tiempos, (1a ed. en inglés, 1978). WHITE, Robert A. (1995). «A Systemic View of Communication Ethics», European Journal of Communication, vol. 10, núm. 4, p. 441-451. 144 Anàlisi 20, 1997 Hugo Aznar Anˆlisi 20 125-144 21/7/97 11:01 P‡gina 144