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Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo desde una perspectiva de género

Parella Rubio, Sònia

Abstract

Este artículo revisa los principales enfoques teóricos en el estudio del desarrollo desde una perspectiva de género; con el fin de analizar cómo ha ido evolucionando el tratamiento que desde ellos se ha dado a las relaciones de género y cuáles son los instrumentos conceptuales que deben utilizarse para abordar en su globalidad el papel que desempeña la mujer en el desarrollo.

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Papers 69, 2003 31-57 Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo desde una perspectiva de género Sònia Parella Rubio Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Sociologia [email protected] Resumen Este artículo revisa los principales enfoques teóricos en el estudio del desarrollo desde una perspectiva de género; con el fin de analizar cómo ha ido evolucionando el tratamiento que desde ellos se ha dado a las relaciones de género y cuáles son los instrumentos conceptuales que deben utilizarse para abordar en su globalidad el papel que desempeña la mujer en el desarrollo. Palabras clave: género, desarrollo, globalización. Abstract: Revising Participation of Women in Development from a Gender Perspective This article revises the main theoretical approaches in the study of development from a gender perspetive. The author examines how these approaches explain gender relations and which are the suitable conceptual instruments to deal with the role that play women in development. Key words: gender, development, globalization. Introducción El predominio del discurso de la mujer como económicamente inactiva, tanto desde la academia como desde las representaciones sociales, también se ha extendido a las teorías sobre el desarrollo. En la mayor parte de los estudios del desarrollo, y por ende en los programas y proyectos que de ellos se derivan, aun cuando el trabajo y los ingresos de las mujeres resultan indispensables para la supervivencia familiar, sólo se reconoce su rol reproductivo como Sumario Introducción 1. Síntesis de las principales teorías sobre el desarrollo en un contexto histórico 2. Mujeres y desarrollo: una revisión teórica 3. La participación de las mujeres en el desarrollo 4. Conclusiones Bibliografía papers-69 9/11/2004 20.29 Página 31 contribución a la sociedad; mientras que sus actividades productivas permanecen ocultas y no se toma en cuenta la influencia decisiva que ejerce el género en la configuración total de las relaciones de producción. La categoría género es un término esencial para comprender el desarrollo en todas sus dimensiones, ya que revela aspectos básicos en la organización de la producción y en el trabajo, entendido en su acepción más amplia, que incluye tanto el trabajo remunerado como el trabajo doméstico o no remunerado. Las estrategias de desarrollo capitalista a nivel mundial han tenido efectos altamente diferenciados entre hombres y mujeres (Fernández-Kelly, 1991). Poner el acento sobre el papel activo de las mujeres en el desarrollo es el principal objetivo de este artículo. A lo largo de estas páginas se ofrece una breve exposición de los principales enfoques teóricos en el estudio del desarrollo desde una perspectiva de género, con el fin de analizar cómo ha ido evolucionando el tratamiento que desde ellos se ha dado a las relaciones de género y al papel que desempeña la mujer. Dicho recorrido nos conduce a la necesidad de articular las relaciones de producción y de reproducción para comprender el papel activo y específico de las mujeres como agentes de desarrollo. Los estudios sobre el desarrollo deben enmarcarse dentro del proceso globalizador actual, un proceso que da forma y refuerza las dinámicas de desigualdad y dependencia entre los países pobres y ricos a través del sistema de producción capitalista. La globalización tiene un impacto claramente diferenciado según género, de modo que las mujeres de los países pobres o periféricos son las principales perdedoras, resultado de la yuxtaposición de su posición subordinada en el sistema económico mundial y de su condición de mujer, en el contexto de las relaciones patriarcales. Partiendo de este marco teórico, el artículo finaliza con una panorámica que recoge las principales contribuciones de las mujeres al desarrollo, tanto en la esfera reproductiva como productiva; poniendo especial énfasis en el reclutamiento de mujeres como fuerza de trabajo asalariada para las industrias para la exportación en los países periféricos. De dicha contribución se desprende que la mujer tiene un papel cada vez más esencial en las estrategias de supervivencia que despliegan las familias y las comunidades en los países menos desarrollados (Sassen, 2000; Ribas, 2001). 1. Síntesis de las principales teorías sobre el desarrollo en un contexto histórico Los distintos enfoques sobre el desarrollo pretenden dilucidar las causas teóricas de la desigualdad a escala planetaria, así como las estrategias necesarias para reducirlas. Difieren entre sí, principalmente, respecto al carácter exógeno o endógeno de los factores de desarrollo y, en base a este criterio, pueden agruparse en torno a dos grandes enfoques confrontados: el de la modernización y el de la dependencia. El enfoque de la modernización1, como modelo de 32 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 1. A lo largo de estas páginas se utiliza el concepto «modernización» desde la perspectiva económica que se origina en las décadas de 1950 y 1960 y que se basa en la concepción funpapers-69 9/11/2004 20.29 Página 32 desarrollo económico y social, surge en las décadas de 1950 y 1960, cuando el concepto «modernización» es muy popular en el ámbito occidental. Se trata de un enfoque teórico que deriva del paradigma de la economía clásica y de las perspectivas sociológicas funcionalistas. Tal marco teórico sostiene que la desigual distribución de la riqueza en el mundo puede ser explicada en función de los distintos niveles de desarrollo tecnológico que han alcanzado las sociedades. En este sentido, el crecimiento económico se asocia a los procesos de industrialización y urbanización, de modo que las economías de subsistencia (sector «tradicional») deben transformarse en un sistema comercializado de economía nacional («sector capitalista moderno»), hasta llegar a convergir en el modelo occidental de desarrollo. Dicho proceso entraña un progresivo descenso de la fuerza de trabajo ocupada en la agricultura, que es absorbida por la industria y los servicios, una creciente demanda de fuerza de trabajo especializada y una mayor división del trabajo2(Solé, 1998). La migración de mano de obra del campo a las ciudades es el principal mecanismo que permite el crecimiento y el desarrollo. Sin embargo, estas predicciones han sido puestas en entredicho, al constatarse la fuerte concentración de excedente de mano de obra en las ciudades, hacinada en los núcleos urbanos bajo condiciones de extrema pobreza y sobreviviendo en la economía informal (Wood, 1992). Los teóricos de la modernización enfatizaron la necesidad de transferencia de patrones culturales, políticos y económicos de países industrializados a países considerados «subdesarrollados», con la expectativa de que tal transferencia generaría riqueza y prosperidad en los últimos. En definitiva, en tanto que esta perspectiva atribuye las causas teóricas de la desigualdad mundial a factores endógenos, se «culpabiliza» a los países pobres de su situación y se anima a los países ricos a desempeñar un papel fundamental en el proceso de desarrollo económico a escala mundial3. Para la perspectiva de la modernización, las Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 33 cionalista de «modernización» para explicar las causas del desarrollo. Se trata de un planteamiento etnocéntrico, que restringe la «modernización» a las sociedades que siguen el modelo occidental de cambio social. Sin embargo, desde la sociología y la antropología existen otras nociones de «modernización», que en este artículo no se toman en cuenta: la antropológica, la marxista, ecológica, reflexiva, etc. Para un análisis profundo sobre los distintos enfoques teóricos que han utilizado el concepto «modernización» y sobre sus connotaciones ideológicas, véase Solé (1998). 2. Lewis (1969), en su influyente modelo de los dos sectores, postula que en los países en vías de desarrollo coexiste un sector capitalista «moderno» (empresas multinacionales y grandes plantaciones con mano de obra asalariada) junto a un sector «tradicional», compuesto por empresas individuales y familiares y no regido por reglas de funcionamiento económico capitalistas. Para LEWIS, dicho dualismo es positivo y constituye una etapa necesaria dentro del proceso de desarrollo, puesto que el sector «tradicional» cumple la función de fuente inagotable de mano de obra para el sector «moderno». 3. Según estos teóricos, las sociedades ricas contribuyen a aliviar la desigualdad a través de cuatro formas distintas: ayudas para el control demográfico, aumento de la capacidad de producción de alimentos (revolución agrícola), introducción de la tecnología industrial y programas de ayuda al desarrollo (Macionis, Plummer, 2000). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 33 tradiciones culturales constituyen el mayor impedimento al proceso de desarrollo, puesto que éstas pueden constituir un freno a la industrialización y a la penetración de los avances tecnológicos4. Durante las décadas de 1940 y 1950, las teorías de la «modernización» predominaron en los estudios sobre desarrollo y muchos de sus postulados siguen todavía vigentes en la actualidad. Con la llegada de la década de los sesenta se asiste a planteamientos diametralmente opuestos, desde enfoques estructuralistas y neomarxistas. Teóricos como Gunder Frank (1967), Cardoso y Faletto (1969) y Amin (1974) denuncian la falacia que sostiene que los actuales países pobres siempre lo han sido y deben «imitar» a Occidente para alcanzar el desarrollo. Por el contrario, estos autores, conocidos como teóricos de la dependencia, argumentan que muchas sociedades antes prósperas, son ahora subdesarrolladas como resultado de la intervención de los intereses imperialistas en su economía. Los países ricos, lejos de ayudar a resolver el problema de las desigualdades a escala mundial, lo que hacen es reproducirlas; puesto que el imperialismo refuerza la dualidad existente entre sociedades ricas y pobres. Si no se hubiera dado el período de colonización, el despegue económico inicial de Europa no habría sido posible; por lo que la desigualdad en el mundo se debe a pautas históricas de explotación de los países pobres por los países ricos. En contraste con la teoría de la modernización, los teóricos de la dependencia superan el enfoque etnocéntrico que equipara «desarrollo» y occidentalización y desplazan la atención de las características internas de la economía nacional hacia las relaciones estructurales de explotación, históricamente determinadas, en un contexto mundial en mutación (Wood, 1992). Las estructuras económicas y sociales tradicionales, lejos de ser un obstáculo para el desarrollo, tal como propugnan los teóricos de la modernización, se transforman en estructuras «subdesarrolladas» una vez entran en contacto con el sistema económico capitalista (Amin, 1974). El propio subdesarrollo no es la consecuencia del aislamiento de las sociedades con respecto a la expansión del capitalismo, sino que es justamente el resultado de su incorporación en él. Por lo tanto, existe una contradicción interna esencial dentro del capitalismo entre países explotadores y países explotados; de manera que el atraso de ciertas áreas del mundo es el efecto y a la vez la condición del desarrollo en otras partes del mundo. El sistema capitalista, contextualizado a nivel internacional y no como suma de capitalismos nacionales, tiene una estructura de metrópolis-satélites o centro-periferia, en la que se inscriben las economías del sistema (Gunder Frank, 1991). Los países del centro explotan y se apropian del excedente económico de los países periféricos, mediante la inversión de capitales a escala mundial, lo que genera desarrollo en los primeros y subdesarrollo en los últimos. 34 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 4. El ejemplo más claro de la relación entre los valores culturales y el proceso de desarrollo lo constituye el «espíritu calvinista» que favoreció la llegada de la revolución industrial en Europa central. papers-69 9/11/2004 20.29 Página 34 A partir de los años setenta, el enfoque basado en los sistemas mundiales, representado por Wallerstein (1979), da un paso más en la conceptualización del desarrollo y define el «sistema-mundo» como un sistema social formado por regiones geográficas que tienen funciones diferentes y desiguales dentro de la división global del trabajo. De ese modo, la estructura del sistema-mundo capitalista gira en torno a una división social del trabajo que muestra la emergencia de una tensión entre un centro, una semiperiferia y una periferia, basada en el intercambio desigual. Mientras el centro está integrado por las formaciones sociales con un desarrollo capitalista autónomo, articulado y autocentrado, la periferia está constituida por formaciones sociales con un desarrollo capitalista inducido desde fuera —primero por la colonización y más tarde por las multinacionales—. Ello ha dado lugar a sociedades desarticuladas, no diversificadas, que aseguran una tasa de beneficio elevado al capital a través de las exportaciones baratas y la explotación de una mano de obra que recibe salarios muy bajos. De acuerdo con el autor, la economía mundial impone a los países pobres del mundo una relación de dependencia con respecto a los países ricos, situación que refuerza todavía más el endeudamiento externo. El subdesarrollo es visto como el resultado de la expansión de la economía-mundo capitalista —proceso originado en Europa occidental hace quinientos años-— que, a tenor de su lógica intrínsecamente global, va integrando progresiva e ineludiblemente las distintas zonas del planeta. Todo el mundo, sin excepción, opera dentro del marco y las reglas del sistema económico capitalista. La aportación de Wallerstein, a diferencia de los teóricos de la dependencia, deja de lado el Estado-nación y las unidades espaciales diferenciadas y toma como unidad de análisis el sistema mundial5. Finalmente, debe señalarse también otra perspectiva que examina el surgimiento de una nueva división del trabajo a nivel internacional (Fröbel y otros, 1981; Nash y Fernández-Kelly, 1983). Tal enfoque parte de los cambios profundos que han acontecido en el sistema mundial de producción y de la competencia a nivel internacional que ha llevado a las empresas multinacionales a trasladar operaciones manufactureras de países avanzados a países menos desarrollados, con el objeto de reducir costos de producción y socavar los logros de los sindicatos en países industrializados. La nueva división internacional del trabajo ha sido acompañada por una marcada preferencia por la contrataRepensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 35 5. Autores como Zolberg (1983: 9-10) han criticado duramente el enfoque de los sistemas mundiales por subestimar la estructura política y considerar que los estados son meros instrumentos de la dinámica capitalista. De ese modo, es la localización de cada sociedad en cada uno de los segmentos la que determina el tipo de organización política, constituyéndose un estado fuerte en el centro capitalista y débil en la periferia. Según Zolberg, los determinantes económicos y políticos están íntimamente relacionados, ya que desde la aparición del Estado como forma de organización política, éste ha interaccionado con las fuerzas generadas por el capitalismo. En este sentido, el autor constata que la resistencia de una organización política a la entrada del capitalismo —tal como ha ocurrido en los países socialistas— desempeña un rol determinante en la ubicación de una sociedad en el centro o bien en la periferia. papers-69 9/11/2004 20.29 Página 35 ción de mujeres en las líneas de ensamblaje y otras operaciones industriales, tal como se verá más adelante. Las relaciones patriarcales, es decir, los patrones culturales de dominación masculina, son aprovechadas por el capitalismo para lograr una mayor docilidad y un menor coste de la fuerza de trabajo. Durante la primera mitad del siglo XX, la División Internacional del Trabajo (DIT) se articula en Europa, Estados Unidos y Japón (centro capitalista) en torno a la industria de transformación, mientras que en algunos enclaves de América Latina, África y Asia (periferia capitalista) se producen materias primas para la exportación y se vinculan de forma dependiente a la economía mundial. Con el proceso de globalización de las economías y la tendencia a la desaparición de las fronteras económicas entre los países, se asiste a una fuerte movilidad del capital. Ésta se traduce, durante la década de los setenta, en la transferencia de gran parte de la producción industrial de trabajo intensivo (textil, juguetes, confección, electrónica, etc.) desde los países industrializados hacia países de salarios bajos, con escasas e insuficientes regulaciones laborales y productivas y con una abundante oferta de fuerza de trabajo barata. Las etapas del proceso productivo que se transfieren a otros países son las más intensivas en fuerza de trabajo, con procesos productivos estandarizados y repetitivos, muy costosos de mecanizar (Bifani, 1997). Se asiste a una Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT), consistente en la fragmentación del proceso productivo en fases de producción que permiten la «deslocalización industrial» en países periféricos, gracias a la reducción de las barreras naturales y arancelarias al comercio internacional (Groizard, 1996). Los agentes de este nuevo modelo de inversión directa extranjera son las empresas transnacionales (ETN) y sus redes asociadas, por cuanto difunden las relaciones capitalistas por todo el mundo, imponen las orientaciones del cambio tecnológico y organizativo, a la vez que condicionan las políticas económicas de los gobiernos y la actividad competitiva6(Groizard, 1996). La fragmentación y relocalización del proceso industrial permite a las empresas multinacionales beneficiarse de la existencia de mano de obra barata, ya sea creando nuevas sucursales en la periferia, o bien subcontratando a medianas y pequeñas empresas ya existentes, a menudo en el sector informal7. Los procesos de «deslocalización» y de mejora de la competitividad mediante dumping social generan, por lo general, empleos de menor calidad que el empleo industrial que desaparece en los países del centro; al tratarse de puestos de trabajo poco cualificados, escasamente «formalizados» y sin una aplicación intensiva de los avances tecnológicos y los parámetros organizativos propios de las sociedades más avanzadas (Tezanos, 2001). En cualquier caso, el potencial 36 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 6. Las 200 corporaciones más grandes del planeta están controladas por 150 personas y se localizan en su mayor parte en cinco países: EEUU, Alemania, Francia y Reino Unido (Tezanos, 2001: 43). 7. Los procesos de flexibilización y precarización del mercado de trabajo, así como la desregulación de la actividad económica en los países del centro, se enmarcan dentro de la misma tendencia de reducción de costes (Lim, 1983; Benería, 1991; Castells, 1997). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 36 dinamizador de la «deslocalización» en la periferia es mínimo, puesto que se trata de enclaves que no mantienen vínculos con las economías de los países del centro. Son las empresas madre, situadas en el centro, las que comercializan los productos y mantienen un control absoluto sobre el mercado. 2. Mujeres y desarrollo: una revisión teórica La literatura científica sobre género y desarrollo ha evolucionado de manera autónoma, aunque se ha visto directamente condicionada por los planteamientos y por la ignorancia del papel de la mujer en las distintas teorías del desarrollo general (Portes, 1991). A la hora de explicar la ausencia de las mujeres en los estudios sobre desarrollo, deben tenerse en cuenta una serie de factores. En primer lugar, el predominio del discurso de la mujer como económicamente inactiva, tanto desde la academia como desde las representaciones sociales. Otro aspecto a tener en cuenta es el alto nivel de abstracción de los estudios sobre desarrollo socioeconómico y su preferencia por los datos cuantitativos, lo que ha ocultado una serie de diferencias entre hombres y mujeres que sólo pueden ser percibidas a través de la investigación de campo. De hecho, han sido justamente las antropólogas sociales las que han introducido la importancia de las diferencias sexuales en el desarrollo. Por último, el carácter contestatario del feminismo ha provocado que en los círculos conservadores, tanto académicos como políticos, se haya considerado el activismo a favor de las mujeres como una amenaza a las estructuras de poder económico y social establecidas (Fernández-Kelly, 1991). La tesis implícita en las teorías de la modernización es que el cambio social es un proceso neutral respecto de la condición de mujeres y hombres. Las políticas de desarrollo con respecto a las mujeres durante los años cincuenta y sesenta tienen mucha relación con los esfuerzos de los colonizadores occidentales por reforzar la dominación masculina, de manera que se va introduciendo la división entre espacio «masculino» y «femenino» implantada en Europa (Hernández, 1999). Para el paradigma de la modernización se contraponen claramente los procesos de urbanización e industrialización, dominados por los hombres, con la vida rural y el sector privado, considerados espacios propios de las mujeres. Este antagonismo es el responsable de la invisibilidad del papel de la mujer, ya que se la asocia al hogar y, por consiguiente, a los valores tradicionales y conservadores de la familia y de la comunidad. Pero, contrariamente a lo que sostienen los planteamientos de este enfoque, la coexistencia de dos modos de producción —el de subsistencia y el capitalista— no se produce como si se tratara de dos sectores separados e independientes; sino que el sector capitalista depende del de subsistencia para su perpetuación y, en éste último, el papel de las mujeres es esencial (Benería, 1981: 74). Bajo el prisma de las teorías de la modernización, el pionero enfoque del bienestar —que aparece en los años cincuenta y sesenta y sigue todavía hoy vigente en algunos debates— es un fiel reflejo del modelo de industrialización occidental de la época, basado en una división sexual del trabajo que coloRepensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 37 papers-69 9/11/2004 20.29 Página 37 ca al hombre en la esfera productiva y relega a la mujer a su papel de ama de casa. Este enfoque pretende, por un lado, fomentar la capacidad productiva masculina y, por el otro, ayudar a satisfacer las necesidades de las familias, a través de dirigir la ayuda para el bienestar a las mujeres, a modo de «correas de transmisión» hacia el resto de miembros de la familia (alimentación, salud, planificación familiar, etc.)8(Hernández, 1999). Durante este período, los programas de desarrollo identifican acríticamente a la mujer en su rol reproductivo y la convierten en beneficiaria pasiva de los programas asistenciales en calidad de madres, considerando que estas acciones son fundamentales no sólo para la mujer, sino básicamente para el desarrollo económico del conjunto de la sociedad. En este sentido, puede concluirse que el enfoque del bienestar asume que la mujer es receptora pasiva del desarrollo, sin autonomía y derechos, y que su rol principal se sitúa en la esfera reproductiva (Zabala, 1999; Massolo, 1999). La ignorancia del papel activo de la mujer en el Tercer Mundo se supera, en parte, con los análisis de la economista Esther Boserup (1970), con su obra titulada El papel de la mujer en el desarrollo económico. Boserup demuestra que los planificadores del desarrollo habían actuado siempre bajo supuestos estereotipados sobre las mujeres: la subestimación de su rol productivo y la equiparación del trabajo de las mujeres a las tareas de reproducción y cuidados. La autora, aceptando la dinámica de la acumulación capitalista y la necesaria expansión del mercado como algo positivo, argumenta que los procesos de desarrollo han marginado a la mujer de forma sistemática, en base a la división sexual del trabajo. Refiriéndose a la situación de los años sesenta en el Tercer Mundo, concluye que el desarrollo de la gran industria provoca la pérdida de trabajo de las mujeres; puesto que los productos artesanales que ellas fabricaban en el seno de la industria familiar son reemplazados por productos de fábrica que han sido producidos por una mano de obra predominantemente masculina. Ante esta situación, las mujeres sólo pueden recurrir al sector informal —especialmente al servicio doméstico— en las ciudades (Boserup, 1970: 111). Boserup (1970) considera determinante la participación de las mujeres en las actividades económicas para explicar su estatus social; por lo que concluye que la modernización, en la medida que reduce esta participación, ha tenido un efecto perjudicial para la mujer de las zonas rurales. La perspectiva de esta autora se sustenta en la convicción de que las desigualdades sociales de carácter sexual son el resultado de la expulsión de las mujeres del sistema productivo, como consecuencia de las imperfecciones de la implantación del proceso de modernización, responsables de distorsionar los patrones tradicionales de reciprocidad entre hombres y mujeres (Fernández-Kelly, 1991). Boserup ofrece 38 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 8. La propia OIT (Organización Internacional del Trabajo), sin ir más lejos, menciona el papel de las mujeres en la satisfacción de las necesidades básicas y pone de manifiesto la conveniencia de mejorar su capacitación para que contribuyan de manera más eficaz a cumplir con el papel tradicional que les corresponde (González, 2001). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 38 las bases para el enfoque llamado MED9, Mujer en el Desarrollo, movimiento que surge en los años setenta y que plantea abordar el impacto negativo que el desarrollo está teniendo sobre las mujeres. El primer objetivo de esta corriente es lograr la visibilidad de las mujeres como categoría en las investigaciones y en las políticas de desarrollo, con el fin de eliminar su marginación de los procesos de desarrollo en beneficio de los hombres. Por primera vez se afirma que la posición subordinada de la mujer es un obstáculo para el desarrollo, aunque siguen sin cuestionarse los postulados del enfoque de la modernización (Afshar, 1999; Luna, 1999). Sin embargo, siguiendo la tipología que propone Ajamil (1999), los planteamientos del enfoque MED no son estáticos, sino que han ido evolucionando. En un primer momento, como contrapartida al enfoque del bienestar, se da un extraordinario énfasis al logro de la independencia económica de las mujeres como sinónimo de reducción de la desigualdad entre hombres y mujeres —enfoque de la equidad y enfoque de la antipobreza—. El interés se focaliza, por consiguiente, en la participación de las mujeres en la esfera productiva y se deja de lado tanto el trabajo reproductivo como las relaciones entre ambas esferas (Zabala, 1999). Más adelante, en el contexto de crisis económica global y de las medidas de ajuste estructural de la década de los ochenta, aparece una nueva tendencia —enfoque de la eficiencia—, que desplaza el punto de mira hacia el rol reproductivo de las mujeres y la importancia del trabajo gratuito que realizan para el desarrollo del conjunto de la sociedad. Tanto Boserup (1970) como el enfoque MED han recibido duras críticas desde el marxismo feminista. No puede obviarse que los planteamientos de Boserup dan un impulso fundamental al debate acerca de los efectos del desarrollo sobre la mujer en el Tercer Mundo. Sin embargo, la autora sólo toma en consideración las repercusiones que la industrialización y la imposición de cultivos tienen para el estatus de la mujer agricultora en el contexto de las sociedades patriarcales; pero no incluye en su análisis la dimensión de la clase social. En este sentido, no es que la mujer no participe en el proceso de desarrollo, sino que está integrada en él. Por lo tanto, si bien es cierto que con la entrada de capital la mujer pierde control sobre los recursos económicos en calidad de productora artesanal, Boserup no tiene en cuenta la fuerte preferencia que ha tenido el capital por las mujeres jóvenes para que trabajen de asalariadas en las industrias multinacionales, en las escalas más bajas de la estructura ocupacional y en trabajos mal remunerados e inestables (Benería, Sen, 1983). Por lo tanto, el sistema capitalista hace uso de las desigualdades de género existentes y ubica a la mujer en posiciones subordinadas a distintos niveles de interacción entre la clase social y el género. Lo que debe discutirse no es tanto Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 39 9. El enfoque MED tuvo su escenario más visible en la I Conferencia Mundial de la Mujer (México 1975) y desde la década de los setenta ha sido el enfoque más influyente (Luna 1999: 66). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 39 productivo y la oferta del sistema reproductivo22. Tal como sostiene Boserup (1970), el distinto rol que asume la mujer en la esfera productiva en todo el mundo es la variable clave a la hora de explicar las diferencias en su condición social. Sin embargo, sí se detectan una serie de constantes en todas las sociedades, tales como el hecho de que las mujeres sean principalmente segregadas en aquellos espacios de la estructura ocupacional donde el empleo se ve como una extensión de sus responsabilidades domésticas; que se les asignen los empleos de baja productividad y reducidos salarios y que se defina el sueldo femenino como suplemento del ingreso del hombre. Es así como el trabajo remunerado femenino se considera inferior al masculino, no tanto por la tarea en sí misma, sino porque las trabajadoras arrastran su inferioridad de estatus al puesto de trabajo (Moore, 1999). En los países periféricos, tanto la globalización de la economía como los períodos de crisis y el deterioro de las condiciones económicas, obligan a todos los miembros de la familia a buscar nuevas rentas con las que atender las necesidades familiares; por lo que se está produciendo un rápido acceso de las mujeres a los trabajos remunerados, en condiciones de precariedad extrema y marcado por la elevada carga de trabajo reproductivo que deben soportar. A pesar de que, tal como ya se ha apuntado anteriormente, la naturaleza exacta de este trabajo remunerado varía de una cultura a otra, es cada vez más habitual encontrar a la mujer trabajando en las explotaciones agrarias, en tareas artesanales, en la construcción, en los servicios —sobre todo en el servicio doméstico y en los servicios personales—, en sectores marginales o ilegales como la prostitución; sin olvidar las pequeñas industrias tradicionales y las industrias modernas vinculadas al capital internacional, que encuentran en la mujer campesina la fuente más barata de fuerza de trabajo. Aproximadamente la mitad de las mujeres del mundo viven y trabajan en tierras de cultivo en países en desarrollo, llegando a producir entre el 40% y el 80% del total de la producción agrícola23 (Moore, 1999: 60). Puesto que los avances tecnológicos se suelen enunciar en masculino, la mayoría de las actividades agrarias que realizan las mujeres no se han mecanizado —a diferencia de las masculinas—, por lo que su carga de trabajo se incrementa (Pearson, 1999). Sin embargo, no debe asociarse directamente el hombre con la agricultura moderna y la mujer con la agricultura de subsistencia, destinada al consumo doméstico y con tecnologías básicas y tradicionales. La realidad es mucho más compleja. Los estudios de Boserup (1970) ponen de manifiesto que existe una clara relación entre las estructuras agrarias y los roles de la mujer en la esfera productiva, a pesar de que en estos casos resulta difícil separar las 46 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 22. En los países árabes, por ejemplo, la mujer no se emplea en el servicio doméstico o en la hostelería, puesto que se trata de actividades consideradas inadecuadas para ella, simplemente porque entrañan excesivo contacto con personas de sexo masculino (Moore, 1999). 23. Esta realidad contrasta con las bajas tasas de actividad femenina que tienen algunos de estos países (sobre todo los países árabes), lo que pone de manifiesto que el reconocimiento real de la participación de la mujer en la actividad productiva es muy limitado si se hace uso de este tipo de indicadores (López, 1997). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 46 actividades domésticas (esfera reproductiva) de las productivas24. La disponibilidad de tierras colectivas y la baja densidad de población en África sirven para explicar el destacado papel que desempeñan las mujeres africanas en la producción agrícola, tanto de subsistencia como comercial25; mientras que la abundancia de mano de obra masculina en los países asiáticos o el predominio de latifundios en Latinoamérica ha relegado a la mujer al hogar o al cultivo de una agricultura de subsistencia no orientada hacia el mercado. De hecho, en América Latina la modernización de la agricultura ha reducido las alternativas laborales de las mujeres, que deben elegir entre proletarizarse en la industria o bien emigrar hacia las ciudades para emplearse como trabajadoras domésticas. En cambio, los cultivos intensivos de exportación (recolección, selección y empaquetado de frutas y hortalizas y flores) sí optan por reclutar a mujeres como asalariadas —preferentemente jóvenes y sin hijos—, puesto que ello permite a la agroindustria abastecerse de una fuerza de trabajo estacional, usualmente a destajo, con ritmos de trabajo dependientes de las exigencias de la cosecha y con salarios más bajos que los que percibirían los hombres26. Esta realidad contradice, sin lugar a dudas, el tópico de la escasa participación de las mujeres latinoamericanas en el sector agrario27 e ilustra perfectamente de qué manera el capital utiliza en beneficio propio las desigualdades de género (Sabaté y otros, 1995). En lo que se refiere al trabajo de las mujeres en el sector servicios, éste constituye un importante sector de empleo, debido a los procesos de urbanización que están teniendo lugar en las sociedades menos desarrolladas28. Las mujeres desempeñan mayormente actividades en torno principalmente al comercio a pequeña escala y al servicio doméstico. Se trata de ocupaciones consideradas no especializadas y poco o nada reglamentadas, por lo que en ellas predomina la economía informal y la inestabilidad. También es cada vez más frecuente la presencia de mujeres en sectores marginales o ilegales como la prostitución29. Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 47 24. La división entre producción y espacio doméstico o entre esfera productiva y reproductiva no puede ser generalizada y no constituye un marco válido para el análisis de género en todas las culturas, tal como se señala desde la antropología. La separación de la vida social en una esfera «doméstica» y una «pública» no tiene razón de ser en comunidades pequeñas, donde la producción y la administración de la unidad doméstica forman parte, simultáneamente, de la vida pública, económica y política (Moore 1999). 25. Según datos de Naciones Unidas para 1995, en África las mujeres representan el 80% de los productores de alimentos (PNUD, 1995: 46). 26. Véase al respecto un artículo de Bifani (1997) y un interesante estudio de Barrientos (1999) sobre las mujeres en las agroindustrias chilenas. 27. Si bien la obra de Boserup (1970) fue pionera en su momento y sigue siendo de gran utilidad para comprender la situación de las mujeres en el Tercer Mundo, sus análisis no sobrepasan los años sesenta, por lo que deben ser tenidas en cuenta sus limitaciones cronológicas e ideológicas. 28. El sector servicios presenta una importante variabilidad regional; mientras en América Latina y Caribe ocupa al 72% de las mujeres económicamente activas, en Asia comprende un 40% del empleo femenino y en África apenas alcanza el 20% (Sabaté y otros 1995: 109). 29. Muchos campesinos pobres, que se han quedado sin recursos con el desarrollo de la agricultura para la exportación, envían a sus hijas a las ciudades para que se prostituyan. Se estima que, en Brasil, 4,5 millones de chicas menores de veinte años trabajan en la prostitución y que papers-69 9/11/2004 20.29 Página 47 El sector formal, por su parte, se limita a los servicios administrativos y sociales (administración pública, trabajos de oficina, enseñanza, enfermería, etc.), integrados básicamente por mujeres con niveles educativos medio-altos. Estas ocupaciones en el sector formal están siendo cada vez más flexibilizadas, con el fin de aumentar la «eficiencia» en el sector público, lo que se consigue a costa del deterioro de las condiciones de trabajo de las mujeres. La reducción del empleo en el sector público también ha tenido como resultado la incorporación de muchas mujeres en el sector informal como estrategia de supervivencia, a la vez que se convierten en potenciales emigrantes30. Por otra parte, diversos estudios han documentado el papel de la mujer en los procesos de industrialización de muchos países y su participación en la producción para el mercado global31. De la mano de la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo industrial de los países periféricos, se rompe la extendida creencia de que su papel en el desarrollo se reduce a los trabajos de subsistencia y a las pequeñas actividades comerciales; de ese modo, el género se convierte en una dimensión importante dentro de la investigación sobre desarrollo. Tal como reconoce Fernández-Kelly (1991), la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo de las plantas maquiladoras32, tanto en Asia como en América Latina y en otras partes del mundo, permite una mejor comprensión del papel de las mujeres en el desarrollo económico, como parte esencial del proceso de internacionalización económica. Sin lugar a dudas, las maquiladoras ilustran los efectos de una nueva división internacional del trabajo estratificada de acuerdo con la nacionalidad, la clase social y el género. Pero qué duda cabe que la incorporación de grandes contingentes femeninos para reducir los costos de producción en el contexto de la nueva economía transnacional tiene claros precedentes en otros momentos históricos, tales como la Revolución Industrial o la producción de bienes de capital en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Ello demuestra que ante las necesidades del capitalismo se desarrollan estrategias parecidas (a pesar de las diferencias regionales en la construcción social del género), incluso en países o en contextos históricos en los que la participación de la mujer en trabajos remunerados no es socialmente aceptable33 (Benería, 1998, 1999). 48 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio el 50% de los chicos y chicas de Manila ejercen la prostitución infantil. En Tailandia, donde el turismo sexual es una de las principales fuentes de riqueza del país, casi un millón de mujeres son prostitutas (Morokvasic, 1993). 30. Véanse al respecto los estudios de Benería, Sen (1983); Sabaté y otros (1995); PNUD (1995); López (1997); Afshar (1999); Bifani (1999); De la Cruz (1999); Bakker (1999); Moore (1999); Pearson (1999); Zabala (1999); Peña (2001). 31. Lim (1983); Sassen (1984); Benería (1991); FNUAP (1993); Sklair (1995); Luna (1999); Moore (1999). 32. La maquila consiste en la actividad de montaje, a partir de piezas procedentes del exterior, de productos elaborados acabados que se destinan a la exportación. Esta actividad se realiza en las zonas francas de los países periféricos (Vidal Villa, 1995). 33. En países como Bangladesh, por ejemplo, donde las barreras y los prejuicios con respecto al trabajo remunerado de la mujer son bastante rígidos, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha ido acompañada de una campaña ideológica que lo justifica (Benería, 1991). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 48 Según Sassen (1984), en los lugares donde predomina la producción industrial para la exportación, las mujeres que abandonan el campo se dirigen en menor proporción al sector servicios34. Existe una relación sistémica entre la globalización del capitalismo y la feminización de la fuerza de trabajo. Los procesos de «deslocalización» industrial crean empleo femenino mal remunerado y éste es potenciado y apoyado desde las propias políticas estatales, con la finalidad de atraer la inversión extranjera. La confluencia entre la demanda global de mujeres trabajadoras en las industrias periféricas y el declive de las oportunidades económicas de las mujeres en las zonas rurales, provoca intensos flujos migratorios rurales-urbanos de mujeres jóvenes que buscan trabajo en la industria y que constituyen un «nuevo proletariado» a nivel mundial (Willis, Yeoh, 1999; Moore, 1999). Éste es el caso de las zonas francas35 —también llamadas «zonas de procesamiento para la exportación» que se han creado en países del Tercer Mundo y que atraen a muchas trabajadoras no cualificadas a industrias como la electrónica, la confección de ropa, los textiles y la fabricación de juguetes y de calzado (Lim, 1983; Sassen, 1984; FNUAP, 1993). La fuerte presencia de mujeres jóvenes en las industrias maquileras (85%), en la frontera entre México y EUA, o el 84% de mujeres en las zonas francas industriales de la República Dominicana, son un claro ejemplo (Bifani, 1997). Sin embargo, no debe olvidarse que los índices de participación femenina no pueden generalizarse, puesto que los factores que los determinan —al igual que ocurre con la presencia de la mujer en la esfera productiva, en general— son complejos y dinámicos, fruto de la interacción entre los condicionantes del sistema productivo y las relaciones de género36. De ese modo, mientras que la incorporación de las mujeres en la industria es bastante notoria en los países de reciente industrialización de Asia, África del Norte, Caribe y América Latina, apenas existe en el África subsahariana, Oriente Medio o Asia Meridional (Sabaté y otros, 1995: 260). Este «nuevo» proletariado femenino constituye una fuerza de trabajo especialmente flexible, disciplinada y barata. Los salarios son muy bajos y la retribución suele hacerse a destajo, en función de la producción. Las condiciones laborales de estas trabajadoras son sumamente desfavorables y precarias y, generalmente, carecen de la posibilidad de promoción, así como de organizarse a nivel Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 49 34. Esta idea contradice el patrón migratorio que se desprende de la literatura sobre migración femenina de los años cincuenta, sesenta e incluso setenta —personificada en los trabajos de Boserup (1970)—, según la cual la mayoría de mujeres inmigrantes en las ciudades se emplean en el servicio doméstico y el sector informal. 35. Zonas de reducido tamaño dentro de un país, cuyo propósito es atraer empresas industriales orientadas a la exportación y que ofrecen unas condiciones muy atractivas para la inversión. Además, tanto la importación como la exportación desde estas zonas está libre de impuestos. 36. Como principales condicionantes cabría destacar: la estructura de la economía, el nivel de industrialización, las oportunidades educativas para las mujeres, los valores culturales relativos a los roles femeninos, la estructura demográfica, la edad legal para contraer matrimonio y la posición jurídica de la mujer (Moore, 1999: 124). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 49 sindical37 (Benería, 1991; Moore, 1999). Es común que o bien no existan leyes laborales que las protejan, o que éstas no se cumplan, de manera que se enfrentan a prolongadas horas de trabajo y a deficientes condiciones laborales y de vivienda, con importantes riesgos para su salud. Puesto que se trata de actividades sumamente repetitivas, estas empresas optan por la rotación y la sustitución de las trabajadoras, lo que aumenta todavía más su desprotección. La mano de obra femenina resulta más barata que la masculina, aunque realicen la misma actividad, puesto que culturalmente se asume que el salario del hombre debe servir para mantener a la familia, a diferencia del de la mujer. La transnacionalización de la producción se aprovecha de la fragmentación por sexos de la fuerza laboral dentro de un país, lo que posibilita a las multinacionales operar con un coste mucho más reducido que el que tendrían que asumir en los países del centro. Pero, además, según Benería (1991: 30), la fuerza de trabajo femenina ofrece otro tipo de ventajas en función de una serie de cualidades o características de género que se le atribuyen de manera estereotipada y que determinan su ubicación en la producción en un orden jerárquico de subordinación: su mayor sumisión y sometimiento a la disciplina del trabajo; su menor participación en actividades sindicales debido a sus obligaciones domésticas; su mayor delicadeza, destreza manual38 y disciplina, especialmente para actividades que requieran de precisión, cuidado y paciencia; su mayor predisposición a aceptar la flexibilidad laboral y los bajos salarios, etc. (Benería, 1991; Sklair, 1995; Luna, 1999; Moore, 1999). Estas características son vistas como inherentes a la condición femenina y no como resultado de un proceso de socialización específico para las mujeres. Como consecuencia de lo apuntado, las empresas multinacionales, en general, prefieren a mujeres jóvenes —menores de veinticinco años—, solteras y procedentes del ámbito rural, sin cargas familiares que reduzcan su productividad o que las ausente del lugar de trabajo. Además, su extrema juventud y su procedencia rural muchas veces contribuye a que sean mujeres más dóciles, que sustituyen la autoridad paterna por la del empresario39 (Safa, 1984). Cuando se trata de mujeres con cargas familiares, las empresas suelen ofrecerles trabajo informal y a domicilio (putting-out system). Las trabajadoras industriales a domicilio realizan en sus casas las fases peor pagadas de la producción industrial, totalmente aisladas; sin duda, constituyen el último eslabón en los 50 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 37. Sólo a través de episodios dramáticos se dan a conocer estas condiciones de sobreexplotación, como el terremoto ocurrido en Ciudad de México en el año 1985, en el que perecieron unas ocho mil costureras que trabajaban en talleres insalubres. Además, otras cuarenta mil mujeres perdieron su puesto de trabajo, ya que los empresarios optaron por trasladarse a otro país (Sabaté y otros 1995: 268). 38. Muchas de las tareas que desempeñan requieren «dedos de hada», una gran concentración y una atención al detalle (Bifani, 1997). 39. En el caso de la República Dominicana, se constata una preferencia por mujeres jóvenes con cargas familiares, en base a la creencia de que su necesidad de trabajar las convierte en mejores trabajadoras (Martínez Veiga, 1997). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 50 procesos de «deslocalización» industrial. Qué duda cabe que tanto los bajos salarios como la flexibilidad de las mujeres en horario, tiempo y entrada y salida del mercado laboral encajan perfectamente con las necesidades de la nueva economía40 (Castells, 1998: 195). En definitiva, la «feminización» de la fuerza de trabajo en las industrias para la exportación demuestra que la mujer no queda al margen de la esfera productiva, sino que, justamente, la penetración del capitalismo la convierte, en muchos casos, en fuerza de trabajo «preferente». De estas constataciones se desprende que las mujeres de los países periféricos son uno de los colectivos más explotados a nivel mundial, puesto que están sujetas tanto a la explotación imperialista como a la patriarcal. Las empresas multinacionales se aprovechan de la inferior posición de la mujer en el mercado de trabajo y las emplean por inferiores salarios y bajo peores condiciones laborales que las que existen para los hombres en el mismo país, o para las mujeres efectuando las mismas tareas en los países desarrollados, lo que les permite vender sus productos a precios competitivos en los países del centro41. Llegados a este punto, es necesario preguntarse en qué medida este «nuevo» empleo en las industrias para la exportación representa una fuente de emancipación y de autonomía para las mujeres —la mayoría de origen rural—, frente a las distintas instituciones patriarcales propias de cada país, o, por el contrario, una fuente de explotación y de discriminación. Los diferentes estudios que se han llevado a cabo demuestran que ambos efectos no son excluyentes, sino que se dan de manera simultánea (Tienda, Booth, 1991; Phizacklea, 1999). A tenor de los datos de Lim (1983), las condiciones de trabajo y los salarios en las multinacionales son generalmente mejores que en los empleos alternativos para las mujeres (industrias locales, economía informal, servicio doméstico, prostitución), lo que les permite responder al aumento incesante del coste de la vida42. Por otro lado, el trabajo remunerado, a pesar de los bajos salarios, les da la oportunidad de acceder a la sociedad de consumo, abandonar el hogar y ejercer su independencia personal, ya que les otorga una cierta autonomía económica y un cierto grado de emancipación social; aunque sigan todavía subordinadas al núcleo familiar43. Sin embargo, los cambios en las relaciones de género dependen especialmente de la edad o la etapa vital en la que las mujeres se incorporan a la industria. En el caso de los países asiáticos, las transformaciones en las relaciones de género son insignificantes, puesto que Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 51 40. Existe un claro paralelismo entre las condiciones laborales que padecen las mujeres de la periferia y las que tuvieron que soportar las mujeres europeas en las fábricas durante la Revolución Industrial, como por ejemplo las mujeres trabajadoras en las hilaturas de Cataluña. 41. Como señala Afshar: «Era obvio que, si las industrias de electrónica empezaban a emplear a mujeres de color en Gran Bretaña, esto significaba que la industria estaba lista para «marcharse» al Tercer Mundo, donde los salarios son incluso más bajos» (1999: 57). 42. Por lo tanto, según la autora, aunque en términos relativos es mayor la explotación en las multinacionales, no lo es en términos absolutos. 43. Sin embargo, las duras condiciones laborales a las que se enfrentan convierten estas experiencias en «liberadoras», en el sentido más básico del término (Moller, 1996: 197). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 51 las empresas contratan solamente a jóvenes solteras y éstas suelen dejar de trabajar al contraer matrimonio, retomando así los roles tradicionales de esposas y madres. Sin embargo, en los países latinoamericanos, donde es frecuente que las mujeres con hijos a cargo sigan trabajando —y, además, existe un elevado desempleo masculino—, las mujeres se convierten en el principal sostén económico de la familia y ello sí conlleva variaciones importantes en las relaciones de género44. Otro efecto a tener en cuenta es la introducción de pautas de consumo nuevas a las que antes no tenían acceso (Benería, 1991). Autoras como Sassen (1993), Nash yFernández-Kelly (1983), argumentan que la preferencia de mujeres por parte de las multinacionales genera disrupciones en las estructuras familiares tradicionales. En muchas sociedades, el hecho de haber trabajado en la industria conlleva un estigma social, por lo que estas mujeres difícilmente van a ser aceptadas en sus comunidades de origen y pueden incluso perder toda posibilidad de contraer matrimonio (Bifani, 1997). Una vez estas mujeres se ocupan en las fábricas, la precariedad y las duras condiciones de trabajo a las que deben enfrentarse, así como la occidentalización de los estilos de vida que conlleva, las convierte en firmes candidatas a protagonizar las migraciones internacionales (Sassen, 1984, 1998). Por lo tanto, puede afirmarse que las migraciones internas y la asalarización de las mujeres en las industrias de los países de origen están directamente vinculadas al empleo de las mujeres inmigrantes en los servicios mal pagados de los países centrales45. En cualquier caso, la razón principal de estas mujeres para incorporarse al trabajo remunerado es la necesidad de percibir recursos monetarios y, por el momento, no parece que las condiciones en las que se da permitan modificar sustancialmente las bases del patriarcado —de las que el propio capitalismo se sirve— o contribuyan a valorar el trabajo realizado por las mujeres. Al margen de los «beneficios» mencionados en términos de logro de autonomía e independencia, se producen efectos claramente negativos para las mujeres, por cuanto no se produce ninguna modificación en el reparto del trabajo reproductivo entre sexos, y el trabajo asalariado supone para ellas añadir jornadas de trabajo. 52 Papers 69, 2003 Sònia Parella Rubio 44. En algunos de estos países (Jamaica y Puerto Rico, por ejemplo), se asiste a una clara sustitución de fuerza de trabajo masculina por femenina en los sectores de actividad no agrarios. En el caso de Puerto Rico o México, el reclutamiento de mujeres por parte de las empresas multinacionales ha condenado al paro a los hombres, como consecuencia del declive de la ocupación en la agricultura y en la construcción. Esto explica por qué muchos de estos hombres se ven obligados a emigrar a los Estados Unidos si quieren trabajar y por qué muchas mujeres reemplazan a los hombres como «cabezas de familia» (Sabaté y otros, 1995). 45. Fernández-Kelly (1983) constata que, aunque la migración mexicana hacia los Estados Unidos no es un fenómeno nuevo, su incremento coincide con la proliferación de plantas manufactureras orientadas hacia la exportación («maquilas»), subsidiarias de corporaciones multinacionales lo que ha significado una fuerte corriente migratoria desde el interior de México hacia la frontera con los EE.UU. papers-69 9/11/2004 20.29 Página 52 4. Conclusiones La sociedad industrial se ha basado desde sus orígenes en una mercantilización incompleta de la capacidad humana de trabajo y su mantenimiento depende de la situación desigual de hombres y mujeres. Tal como manifiesta Carrasco (1989, 1991)46, el sistema económico necesita de una producción doméstica que sea asumida por la familia —eufemismo de mujer—, que reduzca enormemente el coste de buena parte del proceso de reproducción social, tanto para el capital como para el Estado. De ese modo, el trabajo doméstico beneficia al mismo tiempo al sistema capitalista y a los sujetos varones. El ámbito doméstico es un área de actividad económica que subsidia la acumulación capitalista a través de la reproducción de la fuerza de trabajo y la producción, el procesamiento y el consumo de bienes. A través del trabajo doméstico no remunerado, los grupos capitalistas permanecen exentos de la necesidad de sufragar los costos de reproducción de la fuerza laboral. El trabajo doméstico no remunerado es el que sostiene la incorporación de los individuos a las labores de subsistencia y/o empleo asalariado. Por consiguiente, sólo mediante la introducción de la coordenada de género en los estudios sobre desarrollo pueden vincularse dimensiones complementarias de la economía y del desarrollo, gracias a la identificación de una esfera doméstica donde la fuerza de trabajo se reproduce y adquiere la disciplina necesaria para integrarse al trabajo asalariado. Se trata de un instrumento que permite captar la globalidad de los procesos económicos, políticos y sociales que hay detrás del desarrollo, ya que identifica aspectos del sistema productivo que otros conceptos simplemente no tienen en cuenta o explican de forma muy limitada e insuficiente. Cualquier enfoque sobre desarrollo que se pretenda global, debe partir de una concepción del sistema social integrado por una esfera productiva y una esfera reproductiva que coexisten y se influyen mutuamente en un mismo nivel jerárquico. En este sentido, para comprender la situación de hombres y mujeres en la esfera productiva, es necesario conocer cuál es su relación con la esfera reproductiva, aunque sea en términos de ausencia, como en el caso de los hombres (Borderías, Carrasco, 1994). Pero la participación de las mujeres en el desarrollo no se limita a la asunción de las tareas reproductivas, cuyo volumen crece sin cesar como consecuencia del impacto de la globalización económica en las economías periféricas o en desarrollo. El patriarcado es inherente a las necesidades del capitalismo, de modo que éste último se sirve de la subordinación de las mujeres en beneficio del capital, tanto en la producción doméstica como en la producción capitalista. En otras palabras, el patriarcado es utilizado por sistemas clasistas para ejercer Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo Papers 69, 2003 53 46. A la misma conclusión llega Wallerstein al asegurar que el sexismo se traduce no sólo en la asignación de «un trabajo diferente o incluso menos apreciado a las mujeres»; sino que, al mismo tiempo, «la aportación de trabajo no asalariado compensa el bajo nivel de los ingresos salariales y, por consiguiente, representa en la práctica una subvención indirecta a los empresarios de los asalariados que pertenecen a esas familias» (1991: 58). papers-69 9/11/2004 20.29 Página 53 control sobre poblaciones diferenciadas en base al género (Fernández-Kelly, 1991). Por un lado, el trabajo doméstico permite la reproducción de la mercancía fuerza de trabajo y, en consecuencia, posibilita que los salarios sean más bajos que si fuera menester adquirir todos los bienes y servicios en el mercado. Por el otro, la existencia de un contingente de mujeres relegadas al trabajo doméstico y de cuyas estrategias depende cada vez más la supervivencia de las familias en los países en desarrollo, ofrece la ventaja adicional de disponer de mano de obra barata, flexible y poco conflictiva, susceptible de ser retirada o incorporada al mercado de trabajo según las necesidades de producción. Existe, pues, un claro nexo entre la feminización de las estrategias de supervivencia y la deslocalización industrial (Sassen, 2000; Ribas, 2001). Bibliografía AFSHAR, H. (1999). «Mujeres y desarrollo: una introducción». En: Globalización y género, P. de Villota (ed.). Madrid: Síntesis. AJAMIL, M. (1999). «Enfoques y estrategias sobre género y desarrollo». En: Globalización y género, P. de Villota (ed.). Madrid: Síntesis. BAKKER, I. (1999). «Dotar de género a la reforma de la política macroeconómica en la era de la reestructuración y el ajuste global». En: Mujeres y economía, C. Carrasco (ed.). 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