La Sociología insular : Th. Marshall y el moralismo fabiano
Abstract
Este artículo expone la contribución intelectual de Th. Marshall a la sociología. Catedrático y director del Departamento de Ciencias Sociales en la London School of Economics, pasó cuatro años como director del área de ciencias sociales en la UNESCO y es considerado como el representante más importante de la disciplina en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo Ciudadanía y clase social ha tenido una gran influencia sobre muchos estudios centrados en la estratificación y el estado de bienestar en todo el mundo.
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Resumen Este artículo expone la contribución intelectual de Th. Marshall a la sociología. Catedrático y director del Departamento de Ciencias Sociales en la London School of Economics, pasó cuatro años como director del área de ciencias sociales en la UNESCO y es considerado como el representante más importante de la disciplina en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo Ciudadanía y clase socialha tenido una gran influencia sobre muchos estudios centrados en la estratificación y el estado de bienestar en todo el mundo. Palabras clave: L. Hobhouse, ciudadanía, política social, desigualdades, socialismo ético, derechos civiles, distribución de la renta, Estado de bienestar. Abstract This paper states the substantial contribution that the British sociologist Th. Marshall made to sociology. Professor and head of the Department of Social Science at the London School of Economics he spend four years as Director of Social Sciences at UNESCO. Th. Marshall is taken as representative of the roots of the discipline in United Kingdom in social philosophy and in sociological research. He was one of the most influential scholars in inmediate post-war sociology making important contributions to the study of social stratification and to social policy. His work Citizenship and social class (1950) and the subject of citizenship encompasses and links a number of central themes in the analysis of contemporary society and continues to influence and challenge us. Key words: L. Hobhouse, citizenship, social policy, inequalities, ethical socialism, distribution of income, civil rights, LSE, Welfare State. Papers 68, 2002 9-29 La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano* Josep Picó Universitat de Valènciautònoma de Barcelona. Departament de Sociologia 08193 Bellaterra (Barcelona). Spain Sumario Ciudadanía y clase social El moralismo inglés La crítica Th. Marshall y la sociología * Este artículo forma parte de un libro del mismo autor que se publicará próximamente en Alianza Editorial con el título Los años dorados de la sociología.
Cuando, en 1979, James Callaghan, líder del partido laborista inglés, perdió las elecciones generales frente a su rival Margaret Thatcher, una de las muchas polémicas que surgieron con motivo de las consecuencias de esta derrota gravitó alrededor de la falta de teóricos en el seno del partido. Diversos medios de comunicación, desde el Guardian hasta el New Statement, se lamentaron de que todas las luchas internas, las iniciativas, las controversias y los programas laboristas habían adolecido siempre de ideas claras y nuevas, y figuras como H. Laski o G. D. H. Cole1fueron objeto de polémica, porque algunos los calificaban como intelectuales históricos, mientras que otros sólo los consideraban como divulgadores o meros historiadores de las ideas. Nadie o casi nadie se acordó entonces de Th. Marshall, quizá por su pasado exclusivamente académico, por su lejanía de la política o porque dada su avanzada edad, moriría dos años después, cuando hacía ya tiempo que había desaparecido del escenario social. Sin embargo, a mi parecer, Th. Marshall ha sido hasta la llegada de A. Giddens quien, desde la sociología insular, ha proporcionado a la sociología general algunas de las propuestas teóricas que más han revolucionado y modificado el panorama de las sociedades occidentales modernas. No en vano, R. Moore afirmaba recientemente que «la idea de ciudadanía enunciada por Marshall ha sido una especie de faro para la sociología y la política social desde el final de la guerra, y su importancia no ha dejado de aumentar desde la primera edición de Ciudadanía y clase social,2y, yendo más allá, Lockwood lo califica como el último trabajo de la sociología británica que después de la Segunda Guerra Mundial podía situarse en la tradición de los textos clásicos que están en el origen de la sociología moderna. Pero esta valoración no necesariamente ha de ser compartida por todos, porque el Diccionario de Sociología3recientemente publicado en España, por ejemplo, no incluye ninguna referencia a su figura aunque sí a la de su homónimo, el economista A. Marshall, a quien el sociólogo rindió tributo en el homenaje que le dedicó la Universidad de Cambridge en 1949. Para situar a Th. Marshall en su contexto histórico y social, tendríamos que volver la mirada al período de la segunda posguerra mundial del siglo XX en Inglaterra, una sociedad marcada —como dice Bottomore— «por el vivo recuerdo del desempleo, la pobreza y las desigualdades en materia de sanidad y educación del período anterior a la guerra; por el cambio de las actitudes sociales a raíz del conflicto bélico, gracias, sobre todo, a la creciente influencia del movimiento socialista en el continente; y, en el caso británico, por el compromiso del gobierno laborista para superar los males sociales de la déca1. Para una apreciación de la figura de H. Laski, ver: G. EASTWOOD (1977): Harold Laski. Londres. Mowbray & Co.; I. KRAMNIAK; B. SHEERMAN (1993): Harold Laski: A life on the Left. Londres H. Hamilton. 2. MOORE, R. (1998): «Prefacio», en Th. MARSHALL; T. BOTTOMORE: Ciudadanía y clase social. Madrid. Alianza. 3. GINER, S.; LAMO DE ESPINOSA, E. (1998): Diccionario de Sociología. Madrid. Alianza. 10 Papers 68, 2002 Josep Picó
da de 1930, en parte con medidas socialistas y en parte a través del Estado de bienestar, con el objeto de realizar una transformación radical y por etapas de la economía y del sistema de clases».4Mac Rae afirma que fueron los años de la «revolución social silenciosa» que tuvo lugar en Gran Bretaña entre el Report Beveridge de 1942 y el establecimiento del National Health Service en 1948, y convirtieron a este país en un Estado de bienestar.5 En esos años, Marshall era profesor y director de departamento en la London School of Economics, pero antes de llegar allí su vida se había visto alterada por algunos acontecimientos muy personales que habían afectado a lo que podía haber sido el destino normal de un joven de la clase media inglesa. Él mismo nos lo cuenta en su «A British sociological career», cuando años más tarde fue invitado a poner por escrito algunos de sus recuerdos personales: Nací el 19 de diciembre de 1893 en Londres, y era el cuarto hijo y segundo varón de un arquitecto de éxito. No conocía nada de la vida de la clase obrera, y la gran industria del norte era para mí un lugar de pesadilla y de humo a través del cual tenía que viajar para alcanzar desde Londres el distrito de los Lagos. Mis sentimientos en este tema fueron los habituales, quizá por el hecho de que disfrutaba de una parte, aunque modesta, de la fortuna que mi abuelo había hecho en el mundo de la industria hacía un centenar de años. Posteriormente pasé cuatro años como prisionero de guerra en el campo alemán de Ruhleben, cerca de Berlín. Ésta fue sin duda la experiencia más importante de mis primeros años. Cuando volví de Inglaterra concursé para obtener un fellowship en el Trinity College de Cambridge y fui elegido en octubre de 1919 para incorporarme al mundo académico como historiador profesional. Pero esto no supuso retirarme a un mundo enclaustrado o encerrarme en una torre de marfil. Acepté la invitación para ser candidato laborista en un parlamento profundamente conservador en el distrito Surrey. Aunque la iniciativa local vino sobre todo desde la clase media y media alta, mi campaña para las elecciones generales de 1922 me llevó a trabajar en cooperación con la clase trabajadora y abrió mis ojos a las realidades de los prejuicios de clase; los trabajadores no querían que se supiese que ellos apoyaban al partido laborista por miedo a perder sus puestos de trabajo y mi campaña no hizo mucho para remediar ese miedo, pero no había otra posibilidad de trabajar si quería ganar el escaño. Conseguí solamente cinco mil votos y eso hubiese sido un buen punto de partida si hubiese deseado entrar en política, pero decidí que, aunque mi interés por ella era grande, la política no se adaptaba a mi temperamento y opté por la carrera académica. Mi beca en el Trinity duró unos seis años, durante los cuales preparé un manual popular sobre la historia económica inglesa y escribí una breve biografía sobre James Watt. Por aquel tiempo estaba convencido de que debía irme de Cambridge, al menos un tiempo, y opté al primer puesto que vi publicita4. BOTTOMORE, T. (1998): «Ciudadanía y clase social, cuarenta años después», en Th. MARSHALL: Ciudadanía y clase social. Madrid. Alianza, p. 135. 5. MACRAE, D. G. (1982): «Tom Marshall 1893-1981: a personal memoir». British Journal of Sociology, 33(3), p. 3-7. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 11
do, que era el de tutor de estudiantes de trabajo social en la London School of Economics. Yo no sabía nada acerca del trabajo social, pero Beveridge, el director de la escuela, pensó que yo debería probar esa experiencia y acepté el trabajo. Lo que realmente hice, a parte de enseñar a los aspirantes a trabajadores sociales y a escribir ensayos sobre cuestiones sociales generales, fue dar clases de economía inglesa y de historia constitucional hasta que Hobhouse murió en 1929, entonces Morris Ginsberg, su sucesor como catedrático de sociología, sugirió que yo debería vincularme a su departamento y hacerme cargo de la enseñanza de la materia conocida como Instituciones Sociales Comparadas. Así fue como me convertí en sociólogo. Mis dos intereses primordiales desde entonces han sido la estratificación social y la política social (en el sentido de servicios sociales y del bienestar).6 Marshall permaneció en la London hasta 1956 y entre 1944 y 1949 fue director del departamento de Instituciones Sociales Comparadas, donde dedicó todo su tiempo a la formación de trabajadores sociales y a temas de política social. Fue sustituido por R. Titmuss, que fue quien más tarde lo desarrolló como escuela superior. Lo que no cuenta Marshall, en esta breve apreciación autobiográfica, es que durante su juventud la familia se instaló en el barrio de Bloomsbury, y en ese ambiente eduardiano donde vivía mucha clase media intelectual permanecieron bastante tiempo. En 1914 fue enviado a Weimar para aprender alemán y desde allí ingresó como prisionero en un campo de guerra, donde pasó cuatro años. Esta experiencia fue lo que cambió verdaderamente la dirección de su vida. Halsey comenta que el campo de Ruhleben le forzó a salir de los estrechos confines de una educación burguesa en el seno de la inteligencia inglesa. Un campo de prisioneros no produce una sociedad de clases en el sentido ordinario de la palabra, pero le introdujo en la vida familiar de muchas personas que pertenecían a las subclases sociales. Esta experiencia fue moral e intelectualmente crucial y generó en él una nueva sensibilidad social que le hizo ver más allá de su estilo de vida victoriano en Londres o del eduardiano de Cambridge. 7 El propio Marshall reconoce que en la mayor parte de las cartas que él escribía a su casa desde el campo de concentración se observa la evidencia de una creciente curiosidad sociológica acerca de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Ciudadanía y clase social A pesar de esta experiencia sociológica, y de que la London le ubicase en el área de trabajo social, sus primeros escritos giraron alrededor de aspectos de la revolución industrial, más acordes con su formación de historiador, y a estudios sobre la población, hasta que en 1949 fue invitado por la Universidad de 6. MARSHALL, Th. (1973): «A British sociological career». International Social Science Journal, 25, 1/2, p. 88-100. 7. HALSEY, A. H. (1996): «Th. Marshall and the ethical socialism». En M. BULMER; A. M. REES: Citizenship today. UCL Press, p. 81-101. 12 Papers 68, 2002 Josep Picó
Cambridge para dar una conferencia en honor del economista Alfred Marshall. La conferencia, titulada Ciudadanía y clase social (Citizenship and social class),8se convirtió en un trabajo seminal que inspiraría a muchos otros estudiosos desde Dahrendorf9hasta Giddens10 e influyó también en toda la discusión que se ha producido hasta el momento presente sobre la estructura de clases, el desarrollo del concepto de ciudadanía y las políticas de bienestar en la sociedad capitalista. El concepto que Marshall tenía de ciudadanía y del desarrollo de su evolución es el siguiente: A riesgo de parecer un sociólogo típico, comenzaré proponiendo una división de la ciudadanía en tres partes, pero el análisis no lo impone, en este caso, la lógica, sino la historia. Llamaré a cada una de estas tres partes o elementos, civil, política y social. El elemento civil se compone de los derechos necesarios para la libertad individual: libertad de la persona, de expresión, de pensamiento y religión, derecho a la propiedad y a establecer contratos válidos y derecho a la justicia. Éste último es de índole distinta a los restantes, porque se trata del derecho a defender y hacer valer el conjunto de los derechos de una persona en igualdad con las demás, mediante los debidos procedimientos legales. Esto nos enseña que las instituciones directamente relacionadas con los derechos civiles son los tribunales de justicia. Por elemento político entiendo el derecho a participar en el ejercicio del poder político como miembro de un cuerpo investido de autoridad política, o como elector de sus miembros. Las instituciones correspondientes son el parlamento y las juntas del gobierno local. El elemento social abarca todo el espectro, desde el derecho hasta la seguridad y a un mínimo bienestar económico al de compartir plenamente la herencia social y vivir la vida de un ser civilizado conforme a los estándares predominantes en la sociedad. Las instituciones directamente relacionadas son, en este caso, el sistema educativo y los servicios sociale.11 A cada uno de estos derechos les asigna un período de gestión y formación distinto que coincide también con un siglo distinto pero referido solamente a su desarrollo en Inglaterra. Los derechos civiles aparecieron en primer lugar y se establecieron en su forma moderna antes de que se aprobara en 1832 la primera Reform Act, por tanto, durante el siglo XVIII; los políticos se formalizaron en el siglo XIX, aunque el principio de la ciudadanía política universal no se reconoció hasta 1918, y, por último, los sociales llegaron con el desarrollo de la educación pública elemental y se extendieron más tarde a lo largo del siglo XX a la salud y la jubilación. Para Marshall el concepto de ciudadanía tiene, por tanto, tres componentes: el civil, el político y el social. Los derechos civiles surgieron con el naci8. MARSHALL, Th.; BOTTOMORE, T. (1998): Ciudadanía y clase social. Madrid. Alianza. 9. DAHRENDORF, R. (1962): Las Clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial. Rialp. 10. GIDDENS, A. (1979): La estructura de clases en las sociedades avanzadas. Madrid. Alianza. 11. MARSHALL, Th. (1998): Ciudadanía y clase social, op. cit., p. 22-23. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 13
miento de la burguesía, durante el siglo XVIII, en su lucha contra los privilegios de la aristocracia, y se fraguaron alrededor de la propiedad privada, la igualdad ante la ley, la libertad de comercio y de expresión. Los derechos políticos se alcanzaron a lo largo del siglo XIX con el acceso paulatino al sufragio universal, que reflejó en buena medida las reivindicaciones de la clase trabajadora, y por último, los derechos sociales a la educación, el trabajo, la salud y las pensiones se han ido adquiriendo a lo largo del siglo XX con el desarrollo del Estado de bienestar y la conquista de las reivindicaciones sociales. La extensión de los derechos de ciudadanía ha reducido a su vez ciertas desigualdades sociales, especialmente las que van unidas al mercado, de tal manera que el valor de mercado de los individuos ya no es el determinante de su renta real, porque la redistribución de bienes y servicios a través del Estado ha modificado esa relación. Esto no implica que los derechos de ciudadanía hayan terminado con las diferencias entre las clases sociales o sus conflictos, pero sí que ha contribuido sustancialmente a su modificación. Marshall define así la ciudadanía como un estatus que se ha ido adquiriendo a lo largo de estos últimos siglos y se concede a todos aquéllos que son miembros de pleno derecho de una comunidad y, por tanto, gozarán de los mismos derechos y obligaciones. Pero este modelo igualitario de ciudadanía coincide en el tiempo con el desarrollo del capitalismo, que es un sistema basado en el mercado y por tanto en la desigualdad económica: ¿Cómo se resuelve esta paradójica contradicción entre el desarrollo de la ciudadanía que tiende a la igualdad del estatus y el desarrollo del mercado que tiende hacia la desigualdad de las clases sociales? Para Marshall los derechos de ciudadanía moderan las tendencias a la desigualdad que provoca la economía libre de mercado, sin embargo el mercado y la desigualdad económica son funcionalmente necesarios para la producción de riqueza y la preservación de los derechos civiles. Por eso, igualdad de estatus no equivale a igualdad económica, y los derechos sociales contribuyen a la igualdad de estatus, pero no a la igualdad de rentas, su finalidad es la abolición de la pobreza, pero no la abolición de la desigualdad. Marshall no resuelve el dilema entre estos dos principios opuestos — ciudadanía y clases— porque piensa que ambos han de convivir en la sociedad y son buenos para su funcionamiento. Ahora bien, distingue dos tipos distintos de clases. El primero se basa en una jerarquía de estatus, se expresa en derechos legales y en ciertas costumbres establecidas que tienen un carácter vinculante de ley. Este tipo divide a la sociedad en comunidades hereditarias (patricios-pebleyos) y considera desiguales a los individuos. En el segundo las clases no se establecen por leyes, sino que surgen de la interacción de varios factores relacionados con las instituciones de la propiedad, la educación y la estructura de la economía nacional. En este caso la desigualdad social se considera necesaria y útil, porque proporciona incentivos para el esfuerzo, y estructura la distribución del poder.12 14 Papers 68, 2002 Josep Picó 12. MARSHALL, Th. (1998): op. cit., p. 39.
El concepto de ciudadanía se opone al primer tipo de clase pero no al segundo y su énfasis igualitario ha reducido considerablemente los privilegios hereditarios. Una de las consecuencias de este éxito, dice Lipset13 es la gran confianza que se ha depositado en el sistema educativo como fuente de estatus para alcanzar una ocupación, y el desarrollo de un sistema de estratificación «meritocrático» basado en la inteligencia y el esfuerzo más que en el privilegio o la fortuna. Marshall considera que el desarrollo de la ciudadanía es un proceso lento que ha necesitado mucho tiempo hasta que se ha extendido a los derechos sociales, pero aún así no es un medio para igualar las rentas: «en unos casos puede serlo pero en otros, no [...] lo que importa es que se produzca un enriquecimiento general del contenido concreto de la vida civilizada, una igualación a todos los niveles entre los menos y los mas afortunados. La igualdad del estatus es más importante que la igualdad de rentas». Y más adelante afirma que «el derecho del ciudadano es un derecho a la igualdad de oportunidades, con el objeto de eliminar los privilegios de la herencia. Se trata de un derecho a desarrollar las diferencias; es un derecho igual a ser reconocidos como desiguales. La conclusión es que a través de las relaciones de la educación con la estructura de las ocupaciones, la ciudadanía actúa como un instrumento de estratificación social. Por tanto —concluye— el enriquecimiento del estatus de ciudadanía ha hecho más difícil conservar las desigualdades económicas, porque les deja menos espacio y aumenta las probabilidades de luchar contra ellas, pero no perseguimos la igualdad absoluta, sino eliminar desigualdades que no podemos considerar legítimas».14 Esta aportación de Marshall venía a confirmar y apoyar las políticas que desde la London había lanzado su director W. Beveridge siguiendo las directrices de la economía keneysiana sobre el aumento del gasto del Estado para sostener la demanda agregada y evitar una crisis que hubiese sido fatal después de la Segunda Guerra Mundial. Beveridge había propuesto en su Report on Social Insurance (1942) un nuevo sistema de derechos sociales que daban acceso al seguro de desempleo, la enfermedad y la jubilación. Pero mientras la educación y la sanidad eran financiadas a través de los presupuestos estatales y tenían una cobertura universal, el sistema de jubilación se financiaba a través de las contribuciones obligatorias de los trabajadores, eran proporcionales a su aportación y, por tanto, dependían del pleno empleo. Sus aportaciones posteriores sobre el pleno empleo, «Full Employment in a Free Society» (1944), y la acción voluntaria, «Voluntary Action» (1948), completaron las medidas que tipificaron al Estado de bienestar inglés, que durante muchos años se tomó como modelo por parte de otros países europeos. Todas estas aportaciones se enmarcan en las líneas de pensamiento propias de la London School of Economics, que hasta la guerra se habían caracteriza13. LIPSET, S. M. (1973): «Tom Marshall man of wisdom»: British Journal of Sociology, vol. XXIV, diciembre, p. 414-415. 14. MARSHALL, Th. (1998): op. cit., p. 59, 67, 68, 76. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 15
do por tres grandes postulados: a) la utilización del Estado para ampliar y extender las libertades del individuo; b) el apoyo a la investigación aplicada en ayuda de la reforma social, y c) la lucha contra la pobreza. Tres aspectos importantes de lo que algunos consideran que han sido las líneas principales del moralismo inglés, que en el campo de la sociología convergieron en una amalgama de dos elementos: el evolucionismo de Hobhouse y Ginsberg y la aplicación del surveycomo instrumento de reforma social representado por Webbs, Booth y Rowentree. El moralismo inglés Siguiendo esa tradición, cuando Th. Marshall redacta su Ciudadanía y clase social toma como punto de partida la cuestión formulada por A. Marshall en «El futuro de la clase inglesa (1873)»15 ¿será posible convertir a todos los hombres —al menos por su ocupación— en «caballeros» a través del progreso económico y social? Con esto el economista esperaba que disminuyendo la destrucción espiritual que conlleva el trabajo manual y aumentando las posibilidades educativas y culturales de los seres humanos, los efectos de esa política darían pie a nuevas formas de consenso y cooperación social en una sociedad caracterizada por la división de clases y la economía de libre mercado.16 En la formulación clásica de A. Marshall la transición desde una economía de baja tecnología, con muchas horas de trabajo y salarios bajos, a otra de alta tecnología, con jornada laboral reducida y salarios altos, eliminaría poco a poco a la clase trabajadora convirtiendo a todos sus miembros en gentleman, al menos en lo que se refería al puesto de trabajo. La nueva economía establecería las condiciones para extender la ciudadanía en forma de ocio (tiempo libre) con el fin de perseguir intereses civilizados y contribuir a formar gobiernos responsables en los parlamentos, ayuntamientos, sindicatos y cooperativas de productores. En ese panorama la educación estaba destinada a formar ciudadanos ilustrados y trabajadores eficientes y cualificados. Esta visión utópica de la combinación entre política y economía en una democracia próspera era la que justificaba la interferencia del Estado para forzar la igualdad de oportunidades. La preocupación de A. Marshall se enmarca dentro de lo que ha sido la corriente del moralismo reformista inglés, para el que —según nos comenta Keynes— «la solución de los problemas económicos no era una aplicación del cálculo hedonista, sino una condición previa para el ejercicio de las facultades superiores de la persona, con independencia de lo que se quiera entender por «superior». El economista puede exigir, y esta exigencia es suficiente para sus propósitos, que «el estudio de las causas de la pobreza es al propio tiem15. MARSHALL, A. (1925): «The future of the working class», en PIGOU, A. C. (ed): Memorials of Alfred Marshall. Londres, MacMillan, p. 101-119. 16. PINKER, R. (1981): «Introduction». en Th. MARSHALL: The right to welfare. Londres, Heinemann, p. 9. 16 Papers 68, 2002 Josep Picó
po el estudio de las causas de la degradación de gran parte del género humano». Correspondientemente, la posibilidad del progreso «depende en gran medida de hechos e inferencias que entran dentro de los límites de la economía; y eso es lo que confiere a los estudios económicos su principal y más alto interés». 17 A. Marshall corrobora esta inclinación moralista afirmando que de la metafísica pasó a la ética y de aquí a la economía, porque «tenía dudas sobre la justificación intrínseca de la desigualdad, no tanto de las comodidades materiales cuanto de las oportunidades que se dan a las personas». Él mismo durante las vacaciones visitaba los barrios más pobres de diversas ciudades y recorría las calles mirando los rostros de los más humildes. Según Schumpeter fue uno de los primeros en comprender que la economía es una ciencia evolutiva y que la naturaleza humana, en el aspecto que a él le interesaba, es maleable y cambiante en función de las transformaciones del medio. 18 Su trabajo como economista estuvo marcado por la orientación ética en favor de la clase obrera. Simpatizó con los socialistas y conoció a muchos sindicalistas y dirigentes del movimiento obrero, aunque en ocasiones criticó sus formas de actuar y pensar. No obstante, y a pesar de que el Marshall sociólogo conocía los escritos y las opciones éticas del Marshall economista, para algunos (Pinker, Lockwood...) la influencia más grande que recibió Th. Marshall no vino de aquél sino de L. Hobhouse, porque bajo su dirección en la LSE fue cuando se reconvirtió a la sociología. El propio Th. Marshall se ha referido al uso que hizo de las tres categorías de Hobhouse, familia, autoridad y ciudadanía, como principios básicos del orden social, y de sus trabajos sobre Weber, Durkheim y Mannheim, que constituyeron la base de su formación sociológica y el inicio del que partió para confeccionar su aportación original sobre el tema.19 Sin embargo, otros (Halsey, Giddens...) consideran que esta influencia ha de ser matizada. Halsey está de acuerdo en que Hobhouse propuso los criterios para la gradación comparativa del desarrollo social (escala de organización, eficiencia en el control y la dirección, cooperación en la satisfacción de necesidades mutuas y libertad para el desarrollo personal), y que reivindicó haber sido quien estableció el crecimiento correlacionado en base a estos criterios que él interpretó como expresiones del poder creciente de la mente humana. Pero también es verdad que Hobhouse tenía fe en el impulso último de la mente humana hacia la unidad y la integración social, y que la idea del progreso evolucionista que permeaba sus escritos no se encuentra en Th. Marshall, para quien el progreso no era ni continuo, ni regular y además tenía que beneficiarse de la voluntad del Estado.20 17. KEYNES, J. M. (1992): Ensayos biográficos. Barcelona. Crítica, p. 182. 18. SCHUMPETER, J. A. (1971): Diez grandes economistas de Marx a Keynes. Alianza. Madrid, p. 135. 19. PINKER, R. (1981): «Introducción», op. cit., p. 3. 20. HALSEY, A. H. (1984): Th. Marshall: past and present 1893-1981. Sociology, vol. 18, nº 1, p. 10. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 17
que se identifica con la valoración de los profesionales, es necesaria para garantizar un tratamiento apropiado.34 Ahora bien, desde que Marshall pronunció esta conferencia, el concepto de ciudadanía ha sufrido nuevos análisis y aportaciones. Algunas se han desarrollado como críticas a su tesis enriqueciendo sus deficiencias y contradicciones, y otras han resaltado sus omisiones porque las circunstancias políticas y sociales han cambiado, y esto ha contribuido a producir nuevos desarrollos. Para Dahrendorf 35 todavía quedan pendientes tres grandes temas en la agenda de la ciudadanía y la lucha por los derechos. El primero nace de la constatación de que todavía queda mucho por hacer, aun dentro de las sociedades que forman parte de la OCDE, para asegurar a sus miembros los derechos de ciudadanía. Las viejas luchas de clases aún no se han agotado. Los derechos de las mujeres y las minorías aún no están plenamente reconocidos. En segundo lugar, han aparecido nuevos problemas sociales que afectan a grupos marginales. Situaciones de pobreza persistentes y el desempleo de larga duración son temas que el Estado de bienestar moderno todavía no ha resuelto. Mientras tanto, quienes disfrutan de los derechos tradicionales de ciudadanía descubren nuevos espacios por conquistar, como el derecho al medio ambiente natural y el respeto a la transformación de la naturaleza. Y, por último, un tema de capital importancia es la configuración de una sociedad de ámbito mundial donde los derechos de ciudadanía se reconozcan a todos los seres humanos. La preocupación de Marshall por la contradiccción que se manifiesta entre el desarrollo de las clases sociales y los derechos de ciudadanía le hizo olvidar otros componentes del cambio social moderno como la guerra o los movimientos migratorios. Para Turner,36 por ejemplo, la guerra promueve el cambio social a través de la movilización de masas, la intervención del Estado y el pleno empleo. En la guerra la gente se da cuenta de que si los peligros de un país han de ser compartidos, también los recursos deberían ser compartidos. La emigración también influye en el desarrollo de los derechos de ciudadanía a través de la secularización de las culturas rurales tradicionales, y lo mismo ocurre con la difusión de las ideologías igualitarias. Para Bulmer y Rees37 estas omisiones han sido más patentes a medida que nos hemos ido acercando al siglo XXI, sobre todo en lo que se refiere a las mujeres y la familia,38 los más pobres, las minorías raciales y los grupos étnicos. Los derechos de las mujeres y su segregación económica, los derechos de los niños y de muchos sectores de la población con salarios bajos, han quedado exclui34. REES, A. M. (1995): «The other Th. Marshall». Journal of Social Policy, vol. 24, 3, p. 347. 35. DAHRENDORF, R. (1996): «Citizenship and social class», op. cit., p. 44-45. 36. TURNER, B. S. (1986): Citizenship and capitalisme. Londres. Allen Unwin, p. 67. 37. BULMER, M.; REES, A. M. (1996): Citizenship today,op. cit. 38. VOET, R. (1998): Feminism and citizenship. Londres. Sage. Ver también ISIN, E. F.; WOOD, P. K. (1999): Citizenship and Identity. Londres. Sage; LISTER, R. (1997): Citizenship. Feminist perspectives. Nueva York. N. Y. Univ. Press. 24 Papers 68, 2002 Josep Picó
dos sistemáticamente de las políticas sociales, con el agravante de que son grupos sociales disgregados, sin fuerza reinvidicativa. Lo mismo se puede decir de los grupos étnicos y raciales que se han visto excluidos por las leyes de acogida, cada vez más restrictivas a medida que los movimientos migratorios se hacían más persistentes y los mercados de trabajo se reducían.39 Por tanto, aunque el debate sobre el bienestar es una condición necesaria para el desarrollo de la ciudadanía, otros aspectos están reclamando mayor atención, como los derechos de los homosexuales, los de los niños ante los abusos familiares, el derecho al aborto en condiciones escogidas por las mujeres. A su vez, los últimos cambios estructurales, como la desparición del pleno empleo, la flexibilización del trabajo, la crisis de la familia nuclear, la aparición de nuevas formas de pobreza, la feminización de la pobreza, así como la aparición de subclases étnicas, han puesto en tela de juicio las políticas sociales tradicionales y denuncian la inadecuación de las formas convencionales de pensar acerca de la participación social y los derechos. Esta nueva situación pone de manifiesto que la ciudadanía en el umbral del siglo XXI se ve acechada por un conjunto de relaciones complejas entre los diferentes grupos que conforman la sociedad y que el análisis tradicional sobre la ciudadanía, las clases y los movimientos sociales requiere nuevas lecturas que contemplen todos estos cambios y alteraciones a los que Marshall nunca se enfrentó y que se han producido desde que formulara su teoría hace cincuenta años. Th. Marshall y la sociología Pero la aportación de Marshall no se limitó exclusivamente al desarrollo del concepto de ciudadanía o al análisis del Estado de bienestar, aunque éstas sean sus facetas más conocidas y divulgadas. Uno de los aspectos que se ha pasado siempre por alto en el caso de Marshall, quizá por haberlo considerado irrelevante, ha sido su concepto de la sociología y la sociedad y su relación con la teoría social. Sin embargo, me parece que su forma de trabajar desde el punto de vista metodológico (elaborar datos secundarios de información ya obtenida y formular hipótesis interpretativas de alcance medio), así como su relación con la teoría, inspirada esencialmente por los escritos de Durkheim y Weber, no sólo influyó sobre muchos de los que fueron sus discípulos directos (Dahrendorf, Lockwood...), sino que también informó la sociología inglesa en general (Goldthorpe, Giddens) y se ha convertido en una forma más de hacer sociología, sobre todo en aquéllos que practican la reflexión teórica razonada. Él mismo nos manifiesta en su «A British sociological career»40 que cuando llegó por primera vez a la LSE ignoraba completamente la sociología en el sen39. GARCÍA, S.; LUKES, S. (comp.) (1999): Ciudadanía: justicia social, identidad y participación. Madrid. Siglo XXI. 40. MARSHALL, TH. (1973): op. cit., p. 91. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 25
tido profesional y sólo había desarrollado cierta curiosidad sociológica en el campo de prisioneros de Ruhbelen, con lo cual tuvo que dedicarse a una lectura intensiva sobre la materia, pero no hizo ningún intento sistemático de dominar los clásicos de la teoría sociológica, una equivocación que siempre lamentó desde entonces. Su camino de aproximación a la sociología fue otro. Se dio cuenta de que los estudios ampliamente comparativos, en la tradición aportada por Hobhouse, se deben construir sobre fuentes secundarias y pensó que debía dejar la tarea básica de recogida de datos a otros y concentrarse en la interpretación, valoración, formulación de hipótesis y diseño de conclusiones provisionales que era lo que más atraía a su mente viva e impaciente. Lo que M. Oakeshott, después de leer su ensayo sobre la ciudadanía, calificó como histoire raisonnée. Es decir que lo que más pesó en él en este aspecto fue la manera de trabajar de Hobhouse, impresionado por la forma como manejaba los datos históricos, con métodos que eran al mismo tiempo analíticos y comparativos. Utilizó mucho su triple categorización de familia, autoridad y ciudadanía como principios básicos del orden social. De ahí fue fácil pasar a los estudios más profundos de Weber sobre el mismo tema. La importancia que Hobhouse dio a las instituciones de la justicia como elementos de cambio para preservar no el consenso sino la compatibilidad de las partes de un sistema era parecida al papel vital que Durkheim había dado a la ley y la justicia en la evolución de los sistemas sociales «orgánicos». Estos dos clásicos de la sociología fueron quienes más influyeron en sus ideas. Aunque en los primeros años de posguerra todavía no se sabía exactamente lo que era la sociología como disciplina científica, sin embargo los métodos de coleccionar y clasificar datos así como las técnicas eran cada vez más sofisticadas y sus profesionales estaban cada vez más preparados. Pero según Marshall el peligro de esta joven disciplina era que cayese bajo el dominio de ideales sociales y de finalidades políticas, contra lo cual la única defensa era generar un cuerpo de hipótesis científicas que formulase un sistema de teoría sociológica capaz de explorar los hechos reales de la vida contemporánea, especialmente sus enfermedades y su tratamiento.41 Ahora bien, para Marshall la tarea más importante de la sociología no consistía en idear una teoría general de la sociedad, sino en generar una «disciplina» en el sentido ordinario de la palabra, es decir, crear expertos en identificar, conceptualizar y analizar datos. Formular hipótesis fructíferas para usar un aparato teórico que no sea un sistema teórico general sino proposiciones explicativas menos ambiciosas que él llama «stepping-stones (‘pasos intermedios’) en la media distancia» y que Merton calificó al mismo tiempo como «teorías de alcance medio». Esta manera de entender el método quedó plasmada claramente en las palabras que pronunció con motivo de su lección inaugural en la LSE en 1946:42 41. MARSHALL, TH. (1973): op. cit., p. 97. 42. LIPSET, S. M. (1973): «Tom Marshall man of wisdom», op. cit., p. 416. 26 Papers 68, 2002 Josep Picó
No recomiendo el camino hacia las estrellas. Los sociólogos no deberían gastar sus energías yendo a la búsqueda de grandes generalizaciones, leyes universales y una comprensión total de la sociedad humana. Es más probable que lleguen a esto al final si no lo intentan al principio. No recomiendo tampoco caminar sobre el terreno de hechos que cambian rápidamente y aturden los ojos y los oídos hasta que nada se puede ya ver ni oír. Creo que hay un camino intermedio que discurre por tierra firme [...] La sociología debe trabajar sobre unidades de estudio de tamaño manejable, no sobre la sociedad, el progreso, la moral o la civilización, sino sobre estructuras sociales específicas en las que las funciones y los procesos básicos tienen significados concretos. Este enfoque que él propuso en los momentos iniciales de la andadura académica de la disciplina queda explicitado más tarde en su ensayo «Sociology: the road ahead»,43 en el que declara que el interés más importante de la sociología ha de ser el estudio analítico y explicativo de los sistemas sociales en el que se incluyen tanto fenómenos sociales generales, como la nación, como fenómenos más específicos e institucionales, y esto es posible porque los elementos básicos de todas las sociedades son los mismos aunque estén combinados de manera diferente. Para Marshall el sistema social es un conjunto de actividades interrelacionadas que posibilitan la acción intencional y ordenada de los individuos y aseguran la continuidad y la identidad de la acción. Aunque en todas las sociedades hay elementos que no son significativos para el sistema y otros que son conflictivos, sin embargo su teoría postula un comportamiento social predictivo y altamente cooperativo en el que el conflicto siempre presente puede mejorar o destruir el sistema. Por tanto, si todas las sociedades tienen los mismos elementos básicos, convendrá estudiar la interrelación de estos elementos conformados por el comportamiento individual e institucional a fin de averiguar sus disfunciones y conflictos para resolver los problemas de la sociedad, pero teniendo mucho cuidado de que al hacer esto no prostituyan su profesión. Este último aspecto es muy importante para el estudio de la política social, que implica tanto a los intereses individuales de las personas como a los intereses colectivos de la administración. Esta opción metodológica por las teorías de alcance medio ha oscurecido el conocimiento de su relación con las principales corrientes de la teoría sociológica, sobre todo con los trabajos de Durkheim y Weber, de donde tomó buena parte de su aparato conceptual. Lockwood44 ha tenido un interés especial en subrayar esta vinculación teórica. Este autor, refiriéndose a Citizenship and social class, afirma que aunque este trabajo seminal se puede leer desde diferentes puntos de vista, como historia social, como prolegómeno a la polí43. MARSHALL, TH. (1963): Sociology at the crossroads and other essays. Londres. Heinemann, p. 25-43. 44. LOCKWOOD, D. (1974): «For Th. Marshall», op. cit., p. 363-367. 45. FLORA, P. y otros (eds.)(1986): Growth to limits (vols. I-II). Berlín, Walter de Gruyter. Antes La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 27
tica social, etc., su aportación más importante y en la que ha tenido más consecuencias ha sido en la teoría de la estratificación social. Lo primero que habría que subrayar es que con la aportación de Marshall sobre la ciudadanía se le devolvió importancia y legitimidad a la teoría de la estratificación, rescatándola de la negligencia en la que había caído a manos de los intérpretes americanos del estatus, quienes, trivializando el concepto de Weber, lo habían traducido simplemente por «nivel de prestigio». De esta manera, la sociología típica americana se fijaba en los aspectos más convencionales del estatus y pasaba por alto la estructura legal de los derechos que caracterizan su estructura. Por el contrario el concepto de ciudadanía de Marshall subrayaba que la propiedad distintiva de los sistemas de estatus modernos es que su componente primordial supone ciertas condiciones de igualdad más que de desigualdad. Y además si se quieren entender realmente estos fenómenos, el desarrollo de estos derechos ciudadanos es el contexto en el que se han de situar las relaciones de clase y otras formas de discriminación de estatus. A su vez —prosigue Lockwood—, en una tradición intelectual diferente, el concepto de ciudadanía proporciona la respuesta más clara y convincente a la cuestión formulada pero nunca satisfactoriamente respuesta por Durkheim: ¿cuáles son las bases de la «solidaridad orgánica» en las sociedades modernas? Durkheim quería descubrir estas bases sobre todo en la ordenación moral de las reglas que surgen espontáneamente de la división del trabajo social y, secundariamente, nacen de la débil moralidad colectiva de estas sociedades, en las que «el culto de lo individual» ocupa un lugar central. Uno de los logros del ensayo de Marshall, que no da lugar a dudas, es que la fuente de la solidaridad, cualquiera que sea la que esa sociedad tenga, reside principalmente en la estructura y la ideología de la ciudadanía. Porque a través de la consolidación de los derechos políticos, industriales y sociales se da, aunque de manera incompleta, pero fundamental, una mejora de esa condición de la «obligatoria división del trabajo», que Durkheim identificó como el principal obstáculo para la cohesión social. Esto no implica ni un determinismo legal o ideal ni el supuesto de que la ciudadanía sea puramente integradora en sus consecuencias. Pero el análisis de Marshall sobre la evolución y el desarrollo del estatus de ciudadanía forma parte ahora de la tradición sociológica. La extensión del sufragio universal, la creación de los derechos civiles y el establecimiento de un sistema secundario de ciudadanía industrial, paralelo y complementario al sistema de ciudadanía política, han tenido profundos efectos sobre la estructura de las relaciones de clase, porque han influido en la disminución del poder basado en el mercado, han aumentado el poder de la igualdad de oportunidades en la determinación del estatus y han contribuido a la separación del conflicto político e industrial. Sin embargo, el reconocimiento de Marshall ha sido muy tardío. Las primeras conferencias en memoria de su obra tuvieron lugar en la Universidad de Southampton, en noviembre de 1983, dos años después de su muerte, y fueron publicadas por primera vez en 1996 como contribución al debate aca28 Papers 68, 2002 Josep Picó
démico sobre su trabajo y su recorrido intelectual. Es más, algunos todavía piensan que se ha dado demasiada relevancia a un escrito tan breve como el de «Ciudadanía y clase social», y otros circunscriben su protagonismo al territorio insular y la repercusión que tuvo entre sus alumnos y seguidores. Pero esto no es así, en primer lugar, porque en los años cincuenta la sociología todavía era una asignatura bajo sospecha y en muchos países subversiva. El hecho de que Marshall se pronunciara a favor de su desarrollo y lo hiciera a través del análisis de conceptos como ciudadanía y clases sociales, que en principio no entraban en el vocabulario analítico predominante de la época, abría un espacio de reflexión crítica hacia las estructuras sociales heredadas. Y, en segundo lugar, porque se convertía en acicate e inspiración de todos los trabajos que bien desde la reflexión teórica (Dahrendorf, Rex...) o desde la investigación aplicada (Lockwood, Goldthorpe, Halsey...) iban a protagonizar la mayor parte de la sociología inglesa hasta la década de los setenta. Si consideramos a Marshall como el núcleo germinal que después desarrolló Titmuss en la London School of Economics, y otros muchos investigadores tanto dentro como fuera del Reino Unido, su repercusión hay que referirla no sólo a los análisis sobre clases, estratificación, cambio e integración social, o sobre el desarrollo del concepto de ciudadanía en los diferentes países y la conquista de los derechos humanos y sociales, sino también a la enorme expansión que han experimentado desde entonces todos los estudios sobre el Estado de bienestar y la política social, con lo cual podemos decir que la influencia de Marshall, aunque tardía y poco conocida, ha sido mucho mayor de lo que su modesta figura aparenta. Hasta que en 1986 apareció Growth to limits,45 el primer estudio empírico comparativo de muchos Estados de bienestar de países desarrollados, al menos de todos aquéllos que podían contar con series estadísticas homogéneas para ser comparados, la enorme cantidad de trabajos sobre política social, inspirados en lo que fueron los presupuestos teóricos del desarrollo de los derechos de ciudadanía y las políticas que aplicaron los laboristas ingleses en la posguerra, permitió que muchos países estudiasen sus propias realidades teniendo como modelo de referencia la literatura sajona. Y finalmente, aunque nunca practicó de manera general la sociología aplicada, la originalidad de su trabajo, sobre todo la formulación de teorías de alcance medio, facilitó la vinculación de la disciplina académica con la práctica profesional, y conectó la sociología británica de la posguerra con importantes aspectos teóricos de los clásicos de la disciplina. habían aparecido otros estudios comparativos entre diferentes países, como los de Mommsen, Ashford, Heidenheimer, etc. La sociología insular: Th. Marshall y el moralismo fabiano Papers 68, 2002 29