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Sobre el papel de la política en la comprensión modernista del origen de las naciones : Ernest Gellner frente a Paul Brass

Gayo Cal, Modesto Guillermo

Abstract

Se ha discutido largamente, en la literatura sociológica y politológica, sobre el origen de las naciones y los nacionalismos. Anthony D. Smith decidió agrupar a un amplio conjunto de autores bajo lo que denominó el «paradigma modernista», reuniéndolos por su defensa del origen moderno de los nacionalismos. Este trabajo quiere hacer patente la heterogeneidad presente en su interior, al dedicarse a la exposición de dos lógicas explicativas diferentes incluidas por Smith en el modernismo.

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Resumen Se ha discutido largamente, en la literatura sociológica y politológica, sobre el origen de las naciones y los nacionalismos. Anthony D. Smith decidió agrupar a un amplio conjunto de autores bajo lo que denominó el «paradigma modernista», reuniéndolos por su defensa del origen moderno de los nacionalismos. Este trabajo quiere hacer patente la heterogeneidad presente en su interior, al dedicarse a la exposición de dos lógicas explicativas diferentes incluidas por Smith en el modernismo. Palabras clave: instrumentalismo, nación, nacionalismo, modernismo. Abstract It has been discussed for a long time in sociology and political science about the origins of nations and nationalisms. Anthony D. Smith decided to gather a wide group of authors under what he called the modernist paradigm, united by their defense of the modern origin of nationalisms. This work wants to assert the internal heterogeneity of that paradigm, showing two different explanatory logics that Smith includes in modernism. Key words: instrumentalism, nation, nationalism, modernism. Papers 67, 2002 149-176 Sobre el papel de la política en la comprensión modernista del origen de las naciones: Ernest Gellner frente a Paul Brass Modesto Guillermo Gayo Cal Universidad de Santiago de Compostela Facultad de Ciencias Políticas y de la Administración Campus Universitario Sur, s/n. 15706 Santiago de Compostela [email protected] [email protected] Sumario Introducción Ernest Gellner: la nación económica y la ausencia de la política Paul Brass: la nación como instrumento Conclusiones Bibliografía Introducción Anthony D. Smith ha insistido en dividir la literatura compuesta por todas las aportaciones que se enmarcan dentro de la teoría del nacionalismo en varios paradigmas. Uno de ellos es el modernismo, en el seno del cual se defendería el origen moderno de las naciones y los nacionalismos. Su modernidad significa que no es posible atribuir a un pasado premoderno las razones por las cuales emergen. Es, principalmente, después de la Revolución Francesa de 1789 cuando los movimientos nacionalistas cobrarán sentido a través del surgimiento de una nueva ideología. Antes no pudieron existir, puesto que ni siquiera podían ser pensados. Desde esta perspectiva, se cree firmemente en el profundo impacto que las transformaciones de los siglos XVII y XVIII tuvieron en las sociedades hasta ese momento constituidas, y que empezarían a ser entendidas como sociedades tradicionales. Las sociedades modernas se diferenciarían con claridad de sus predecesoras y darían lugar a nuevos fenómenos, imposibles en contextos previos. Lo que se produce es una ruptura que apenas admite pensar en la continuidad y la supervivencia de lo antiguo. Sin embargo, y ésta es una de las tesis centrales de este trabajo, decir que un autor es modernista no resulta demasiado informativo. Incluso Anthony Smith, consciente y voluntariamente ubicado fuera del modernismo y representante sobresaliente del paradigma etnosimbólico, defenderá la modernidad de las naciones y los nacionalismos desde un punto de vista organizativo e ideológico, lo cual no es poco. El punto que ha de ser resuelto es la determinación de la importancia de las identidades premodernas para la constitución de las identidades nacionales e igualmente la persistencia de las mismas y su moldeabilidad. Los modernistas hablan de las identidades, pero rechazan su inmutabilidad, afirmando la capacidad de las élites para manipularlas casi a su antojo; más bien, se trataría de un instrumento en manos de éstas últimas. Para clasificar a los teóricos del nacionalismo puede haber criterios más relevantes y sustantivos que el recurso a los extraídos de tesis o principios generales comunes a una gran cantidad de investigadores. El que un criterio agrupe a muchos nada quiere decir por su mismo número, si lo que deseamos es construir una tipología que nos ayude a comprender el trabajo realizado en un ámbito de estudio determinado. Es conveniente, en este sentido, recurrir a los mecanismos clave y a las tesis fundamentales, a las lógicas explicativas igual que a las conclusiones. Antes de ello, es necesario hacer un repaso amplio de la literatura científica para poder discriminar cuál o cuáles entre los criterios posibles es o son especialmente significativos. No basta hablar del modernismo, dado que podemos encontrar diferencias igualmente significativas entre Anthony Smith y Ernest Gellner como entre éste último y Paul Brass. Este trabajo lo dedicaré a presentar dos teorías y lógicas explicativas distintas y el papel que la política desarrolla en cada una de ellas como ilustración y conclusión de todo ello. Gellner y Brass son los autores analizados por pasar por ser dos modernistas en sentido estricto, por la relevancia de sus aportaciones y porque éstas permiten observar con gran claridad la heterogeneidad que el modernismo esconde. 150 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal Ernest Gellner: la nación económica y la ausencia de la política Es sorprendente observar cómo uno de los autores a los que más referencia se ha hecho como defensor de un modernismo extremo, asfixiante de toda identidad inmemorial y portador de una teoría que dotaba al nacionalismo con una naturaleza generadora, de naciones, apenas se puede afirmar que haya sido cabalmente comprendido. En realidad, no hay naciones sin nacionalismo, pero la capacidad que el movimiento político nacionalista tiene para activarse es íntimamente dependiente del contexto que le da cobertura. Habría que decir, por tanto, que sin la movilización producto de la actividad de los nacionalistas no surgen las naciones, y, siendo insoslayable esta segunda parte, sin las transformaciones sociales conocidas como «industrialización» no se habrían activado los nacionalismos. Según Gellner, el nacionalismo es un fenómeno de la modernidad. Surge sólo cuando se dan las condiciones necesarias para su existencia, esto es, el nacionalismo es uno de los productos de unas condiciones de existencia muy concretas e históricamente únicas. En términos absolutos, naciones y nacionalismos son accidentales y/o contingentes, pero, dado el desarrollo histórico que se ha producido, han terminado por ser elementos necesarios de un modelo de sociedad en cuyo seno deben satisfacerse determinados requisitos funcionales. Ambos tienen una finalidad social, relacionada con la conservación de la sociedad y, en este sentido, de su economía. En consecuencia, nos encontramos con una explicación que puede ser etiquetada como funcional-estructuralista, en el sentido de que convierte al objeto de análisis en un elemento explicado por su funcionalidad para el funcionamiento óptimo de una estructura situada en un plano de desarrollo diferente y del cual se deriva cualquier explicación posible, puesto que todo fenómeno tiene sus raíces en dicho núcleo material generador de existencia. La premodernidad: una época sin nacionalismos En la obra de Ernest Gellner, la modernidad se asocia con el industrialismo, es decir, con la sociedad industrial, y ésta sería entendida como una de las tres etapas fundamentales en la historia de la humanidad. Las otras dos serían las formas preagraria y agraria1, él centra su preocupación en la segunda. Por tanto, cuando hablo de la premodernidad me estoy refiriendo fundamentalmente a la etapa agraria de la historia de la humanidad. Se puede decir, siguiendo a Gellner, que esta etapa tiene una serie de características destacables: 1. La sociedad preagraria estaría basada en la caza-recolección; la sociedad agraria, en la agricultura, y la sociedad industrial tendría un carácter científico-industrial. Con esta observación tratamos de incorporar la terminología empleada en Nacionalismo (1998). Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 151 1. Se inicia un proceso progresivo de alfabetización2y surge y se consolida un estamento culto3encargado de dirigir ese proceso. La alfabetización permite acumular y centralizar información, pudiendo ser entendida ésta como cultura y conocimiento. Sin embargo, la mayoría de la población, fundamentalmente rural, se mantiene distante de ese proceso alfabetizador, de manera que la socialización de los miembros de la sociedad agraria está canalizada a través de la multitud dispersa de comunidades locales. Los individuos se reproducen más bien a través de la imitación. Esta diferencia entre los alfabetizados y los que se socializan fuera de tal proceso es la distancia que existe entre la «alta cultura» y la «baja cultura», las cuales funcionan como dos polos enormemente distantes, es decir, la discontinuidad entre culturas en el seno de una misma sociedad será un rasgo característico. Sin duda, son las condiciones materiales de existencia las que provocan este abismo, más que la intencionalidad política de las élites dominantes. 2. El poder y la cultura/conocimiento se centralizan: poder y cultura actúan por separado, en el sentido de que no confluyen necesariamente en el escenario político. Las doctrinas y la práctica política no exigen su convergencia. De hecho, en el ámbito social, pero con trascendencia política, la cultura es más un criterio diferenciador de los distintos estratos sociales y sus funciones y/o ocupaciones que un elemento aglutinador del conjunto de los miembros de la comunidad en régimen de igualdad4. La desigualdad de estatus no sólo se admite, sino que es esencial. La división del trabajo y la estructura social5se insertan en este marco cultural caracterizado por ladivi2. Entendida como «el establecimiento de una escritura hasta cierto punto permanente y normalizada» (Gellner, 1988, p. 22). Con ello no se está refiriendo a la alfabetización de la población, a la capacidad de ésta de leer, escribir e incluso comprender la lengua propia normativizada, en mayor o menor medida, sino que centra su atención en la normalización de una lengua a nivel escrito, es decir, en el desarrollo de la escritura y su consolidación. 3. Será habitual que ese grupo considerado intelectualmente superior se identifique o esté relacionado con alguna religión, lo cual lleva a Ernest Gellner a hablar de una «clerecía». 4. En la sociedad agraria, como tipo ideal, el elemento cohesionador es la estructura, por lo que la cultura no tiene ese papel. Ésta refuerza lo que la estructura dicta, pero no constituye nada por sí misma. En consecuencia, cultura y estructura vivirían en armonía: una estructura compleja, consolidada y desigualitaria, se correspondería con una cultura compartimentada y protectora de la diversidad de estatus. Por tanto, no sería necesaria la presencia de una cultura compartida por el conjunto de la población; es más, esto sería contraproducente. La comunicación sería posible por la fortaleza de la estructura, que funcionaría como marco referencial de los mensajes comunicativos. 5. Cuando Ernest Gellner habla de estructura social y de división del trabajo, en la práctica está hablando de lo mismo. Considera que la complejidad de aquéllas es una característica propia tanto de la sociedad agraria (a la que en algunas ocasiones añade el adjetivo de «avanzada») como de la sociedad industrial, dado que la división del trabajo era compleja en ambos casos. Por el contrario, no podemos decir lo mismo de la sociedad preagraria, centrada en la caza y la recolección, en la que la división del trabajo, aun existiendo en alguna medida, estaba menos desarrollada. Otra cosa es el tipo de división del trabajo, su papel en la sociedad (por ejemplo, con respecto a la cohesión de la misma) y la relación que mantiene con la cultura, siempre pensando desde un punto de vista funcional. 152 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal sión de esta índole (cultural). La cultura no define las fronteras políticas, sino que opera en la política bajo el imperio de otros criterios. Lo habitual es que una organización o unidad política incorpore diversas comunidades culturalmente disímiles y/o distantes. Si la cultura y la política no confluyen, si cada una actúa por su lado, difícilmente podría aparecer y mucho menos triunfar el nacionalismo6. 3. La sociedad agraria, como ya he dicho, está internamente dividida desde el punto de vista cultural. El estrato más elevado, la élite7, no sólo se distingue culturalmente, sino que también se esfuerza porque así sea. La diferenciación cultural es beneficiosa para la conservación del poder y la legitimidad de las posiciones de tal índole. Pero la diversidad cultural no se refiere sólo a una dimensión social vertical o estratificadora, sino también a la existencia de múltiples comunidades culturales, las cuales conviven sin grandes problemas ni conflictos en relación con la propia existencia de la diferencia. Por tanto, la complejidad cultural es notoria; al igual que lo es la división del trabajo, también compleja. 4. Generalmente, los mensajes sólo tenían sentido en el seno de las comunidades, esto es, la comunicación requería una referencia a un contexto conocido. El significado está integrado en ese contexto, y apenas va más allá, de manera que se aproxima a la abstracción y la impersonalidad. 5. Las unidades políticas características son las comunidades locales en régimen de autogobierno, los grandes imperios y una combinación de ambas basada en una autoridad central común y autonomía para un conjunto de unidades locales. Su existencia se remonta a cinco mil años atrás. En la etapa agraria apenas se puede hablar de la existencia de naciones, aunque sí hubo estados, por lo que se dio el patriotismo, y no el nacionalismo8. 6. Lo que Ernest Gellner pretende dejar claro es que la función de la cultura cambia de la sociedad agraria a la industrial. En la primera, suscribe y legitima una división social vertical de tareas basada principalmente en la adscripción. En la segunda, la cultura funciona como un criterio trazador de las divisiones horizontales-espaciales, esto es, distinguiendo a la comunidad hacia fuera y cohesionándola hacia dentro. Pero no se trata únicamente del cambio funcional sufrido por la cultura, sino que ambas funciones no podían convivir en el tiempo, eran mutuamente excluyentes: la cultura como nación quiebra la cultura como estatus específico y diferenciado dentro de la sociedad. Visto así, no es difícil colegir la imposibilidad de la explosión nacionalista en la sociedad agraria. 7. En la época agraria no cabe hablar de una élite en términos simples y siempre idénticos. Los estratos superiores varían en los diferentes casos por razones de tamaño, organización, y otros. En este sentido, Ernest Gellner subraya que esta minoría se diferencia según una serie de oposiciones: centralizada/no centralizada, castrada/semental, cerrada/abierta y fusionada/especializada. 8. Ernest Gellner (1988) ha entendido que el nacionalismo es una forma específica de patriotismo, por lo que al hablar del primero estaríamos haciendo referencia a un subtipo del tipo principal, éste último, el patriotismo. Sin embargo, cuando en Cultura, identidad y política (1993a) afirma que en la antigüedad hubo patriotismo y estados pero no naciones, parece darnos a entender que el patriotismo es una forma de afectividad positiva ligada al Estado, y que no se refiere a las naciones. Así, podría colegirse que la forma de afectividad que se liga a las naciones es el nacionalismo como algo distinto. El problema es que para Gellner naciones y estados son Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 153 6) Desde un punto de vista sociopolítico, el dominio está en manos de una minoría guerrera y escriba, de la nobleza y el clero, cuyo dominio y/o control es ejercido sobre una gran mayoría dedicada a la producción agrícola, dispersa en una multitud de unidades locales apenas comunicadas. En este sentido, encaja perfectamente la presencia de un sistema jerárquico de posiciones sociales9. 7) Únicamente la clerecía10 está implicada en alguna forma de política abiertamente cultural. Ésta tenía una pretensión de conservación y transmisión, pero carecía de toda posibilidad de alcanzar la homogeneización, puesto que faltaban los medios que ello exigía. 8) Si consideramos las bases materiales de esta sociedad, según Gellner, podemos decir que «Las sociedades agrarias se basaban en la producción de alimentos y su posterior almacenamiento, así como en una tecnología relativamente estable. Prácticamente ésta es la definición de una sociedad agraria» (Gellner, 1998, p. 39). Dado el práctico estancamiento tecnológico y la escasez de recursos disponibles, la producción encontraba su límite cuantitativo y cualitativo, aunque no así el crecimiento de la población11. La modernidad: las razones del nacionalismo En realidad, para la compresión del nacionalismo y la explicación de su surgimiento, Gellner entiende la modernidad como industrialismo. La época moderna es la era del desarrollo industrial, de la formación de una nueva sociedad con ese carácter, la cual produce un amplio conjunto de fenómenos, entre los que está el nacionalismo. En consecuencia, éste es propio de la modernidad, y será en esta época cuando tendrá sus raíces. Para explicar el nacionalismo no será necesario remontarse al pasado más o menos lejano de las distintas comunidades, sino estrictamente comprender la lógica interna12 de desarrodifícilmente separables, tanto lógica como históricamente. Hay un vínculo de partida, el cual nos permite considerar al nacionalismo una forma de patriotismo que abraza a la nación y al Estado, dado que ambos se imbrican simbióticamente para facilitar su supervivencia. 9. En este sistema jerárquico destaca la adscripción de posiciones sociales en función de la herencia, familiar o relacionada con el parentesco, y de la relación personal con el poder, más que la adquisición individual de las posiciones siguiendo un criterio meritocrático. Como afirma el propio Gellner: «En estas sociedades, la condición social, la posición que se ocupa y los derechos que ésta proporciona son los que determinan el destino de un individuo» (Gellner, 1998, p. 41-42). 10. Entendida como estrato sacerdotal, por lo tanto con vínculos religiosos y/o sagrados. 11. Que el crecimiento de la población pueda dispararse, al mismo tiempo que la capacidad productiva apenas varía, es lo que lleva a Gellner a considerar a la sociedad agraria una sociedad malthusiana. 12. Éste es el sentido que tienen las siguientes palabras de Gellner: «Tenemos que preguntarnos qué clase de estructura es la que conduce a un culto consciente de la cultura, […] y la que conduce a la estandarización compulsiva de la cultura dentro de la unidad política» (Gellner, 1993a, p. 39). El culto de la cultura propia es una forma de referirse al nacionalismo. 154 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal llo y funcionamiento de la sociedad industrial13. Conviene, por tanto, empezar indicando algunos de los rasgos constitutivos de esta sociedad: 1) Triunfa la racionalidad por encima de cualquier otro criterio de pensamiento y acción. La razón, pensada principalmente en términos científicos, ha de ser una guía básica para el desarrollo de la sociedad e impregnar también el nivel individual correspondiente a sus miembros. No en vano, su sistema productivo se basa en la acumulación de ciencia y tecnología. Al mismo tiempo, tanto la sociedad moderna y/o industrial como su organización política necesitan la innovación tecnológica para asegurar su supervivencia. 2) La división del trabajo es compleja y cambiante. La complejidad se refiere fundamentalmente al grado de especialización alcanzado, muy elevado. El cambio tiene un significado de movilidad14 en su seno, lo cual afecta positivamente a la igualdad dentro de la sociedad15, y quiere significar igualmente un crecimiento y un desarrollo permanentes. 3) Existe, o se fomenta la construcción de, un sistema educativo general o universal que incorpora a los miembros a una cultura o a un sistema de ideas determinado16. Aunque sus tareas serán concretas y especializadas, la educación recibida tendrá un carácter general y estandarizado. Así, los individuos son alfabetizados en masa de un modo similar17, lo cual los incor13. El enfoque modernista de Ernest Gellner parte de los supuestos teóricos. El camino contrario, es decir, avanzando desde los datos, es el que Anthony D. Smith trata de recorrer. Arrancar desde la teoría, como un presupuesto, Smith lo considera uno de los rasgos del paradigma modernista considerado como mito. 14. La movilidad se refiere principalmente a la capacidad de los individuos o miembros de la sociedad para cambiar de ocupación a lo largo de su vida; para lo cual se requiere la adquisición de una formación compleja caracterizada por la interiorización de una cultura alfabetizada y desarrollada, que permita la incorporación a un intercambio comunicativo abstracto o no contextualizado de amplitud comunitaria o social (la comunidad o la sociedad pensadas en términos de unidad cultural y/o económica, esto es, lo que será pensado como nacional). 15. La igualdad se refiere, entre otras cosas, a la existencia de un sistema de estratificación continuo, sin cortes radicales o distinciones insuperables. 16. La construcción de un sistema educativo de alcance nacional debe entenderse como un desarrollo necesario y no como una opción entre otras. La lógica de funcionamiento, crecimiento y conservación del sistema económico así lo exige. Por ello, en Thought and Change (1964) concluía que para el funcionamiento de una sociedad industrial era necesario un tamaño mínimo, la nación, puesto que Gellner parece sobrentender que existe un tamaño mínimo de las naciones y que es precisamente a partir de ese umbral que los sistemas económicos que sostienen a las sociedades pueden desarrollarse: las naciones tienen el tamaño funcionalmente necesario para el desenvolvimiento de las sociedades industriales. Curiosa coincidencia teórica, empíricamente falseada o aplastada. 17. El sistema educativo no pretende tan sólo capacitar a los miembros de la comunidad nacional para cumplir con sus tareas en el mundo económico-laboral, sino que busca, además de la pericia técnica y/o el adiestramiento alfabético, su lealtad. Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 155 pora a la «alta cultura»18 alfabetizada de la que previamente se veían excluidos. Es la alfabetización, al mismo tiempo, una exigencia básica para la consecución y el sostenimiento de una ciudadanía completa, esto es, para ser miembro de una comunidad moderna de un modo efectivo19. Además, podríamos incluir como elemento adicional, en línea con lo sostenido por Gellner en Thought and Change (1964), que la alfabetización se realiza en una lengua concreta, lo cual sienta un elemento de diferenciación desde el principio20. Los individuos se incorporan plenamente a una comunidad a través de la internalización de su alta cultura, por lo que su identidad se relacionará con la cultura o, pensado en otros términos, la etnia, es decir, la etnicidad será la principal fuente de identidad, una vez ha sido abandonada definitivamente, al menos de un modo socialmente significativo, la identidad fruto del parentesco, propia de la sociedad agraria. 4. La división del trabajo, fundamentalmente a través del sistema educativo universal, será la encargada de socializar a los miembros de la sociedad, de su reproducción. La socialización es una tarea de la sociedad como un todo, no de sus subcomunidades. Por tanto, el método reproductor es centralizado en su estructura21. 5. Los trabajos desempeñados están más centrados en la manipulación de significados que de objetos. 6. La comunicación sin referencia al contexto es continua y necesaria. Los extraños deben poder comunicarse, y para ello es necesario el aprendizaje generalizado de un código lingüístico-cultural abstracto22 que pueda ser 18. Gellner afirma que esta «alta cultura» debe incorporar una lengua y unas reglas de comportamiento, y posee una marca étnica. 19. EnThought and Change (1964) insiste en que la alfabetización en la lengua favorecida sería la base no sólo de una ciudadanía efectiva, sino también de la identificación y la lealtad. 20. Lo importante, siguiendo lo expresado por Gellner en Cultura, identidad y política (1993a), para el nacionalismo y los nacionalistas no es tanto la diferenciación cultural y/o lingüística como la conciencia difundida de la diferencia y sus implicaciones sociopolíticas (p. e.: el orgullo de pertenencia). La conciencia importa tanto como el hecho, esto es, lo subjetivo y lo objetivo tienen un papel destacado. En este caso, es crucial determinar la relación que entre ambos polos se da y cuál(es) es el elemento de desarrollo sobre el que se asientan, ya sea idéntico en ambos casos, ya divergente. Verdaderamente, decir que lo subjetivo tiene un papel principal en el desarrollo del nacionalismo, y no sólo como pura manifestación de un proceso que se sustantiva o cristaliza en otro lugar, puede quebrar, en parte, la construcción teórica modernista de Gellner, basada en las condiciones socioeconómicas de la sociedad, y elusiva con respecto a la presencia teórica de los mitos, los valores, los sentimientos y los recuerdos que en una determinada comunidad se comparten. Éstos son compartidos, pero por razones que poco tienen que ver con ellos mismos, y son concebidos como in-auténticos, falsos o puramente inventados. El nacionalismo tiene otras raíces, aunque utilice y frecuentemente manipule lo que los individuos como miembros de una comunidad piensan. 21. Obviamente, se está hablando del método educativo, no de la estructura de la sociedad. 22. Ésta es una referencia directa a la necesidad estructural de la alfabetización general de la población para el funcionamiento de la sociedad industrial. 156 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal utilizado para la emisión y la descodificación de mensajes carentes de referencias externas directas. Es tan importante que exista el medio lingüístico estandarizado y generalizado como los medios materiales23 que posibiliten o favorezcan la propia comunicación, aunque es obvio que la existencia de éstos últimos es una condición necesaria para la constitución del primero. En la modernidad se cumplen ambos requisitos. De este modo, puede propagarse cualquier tipo de idea o doctrina, un ejemplo de lo cual fue el surgimiento y la generalización del nacionalismo. 7. El dominio de este código lingüístico abstracto y, en relación con ello, su preparación de carácter general, otorgan a los miembros de la sociedad una flexibilidad y/o una movilidad en la estructura ocupacional necesarias para el propio funcionamiento de la sociedad y su economía. Además, la movilidad favorece la igualdad24 entre aquéllos, a través de sus exigencias educativas25, por lo que la ciudadanía también sale beneficiada26. En consecuencia, en una sociedad en la que la ciencia tiene un papel clave y la 23. Integrados en estos medios materiales encontramos a los grandes medios de comunicación, característicos de la modernidad. 24. El reconocimiento de la igualdad formal no es más que un reflejo de la movilidad ocupacional. De todos modos, la igualación no puede quedarse en el terreno de lo formal, puesto que de lo contrario no se daría la convergencia cultural que el sistema productivo industrial exige. No obstante, la confluencia en una cultura común se restringe al ámbito de la educación no especializada, por lo que no podemos esperar una homogeneización total. La sociedad industrial, por tanto, requiere igualdad y diferencia, pero una diferencia construida a partir del asentamiento de unos mínimos culturales igualadores. 25. Debemos subrayar que este tipo de sociedad exige una adecuación notable entre la formación de los individuos y los trabajos a desarrollar, por lo que la adscripción de individuos a trabajos según un criterio estocástico o azaroso no puede ser entendida más que como una posibilidad residual y en camino de extinción. 26. Gellner afirma que existe un punto de inflexión en la historia humana reciente a partir del cual se ha originado una tendencia imparable hacia el igualitarismo, tras siglos y/o milenios de desigualdad creciente. Para animar esta corriente igualitarista, han surgido una serie de factores de carácter principalmente sociopolítico: 1) La movilidad. 2) La naturaleza de nuestra vida de trabajo. 3) Nuestra vida de hogar. 4) La nueva división cultural del trabajo y los medios de comunicación. 5) Una vulnerabilidad menor. 6) La educación uniforme y la socialización. 7) La índole de la riqueza en la sociedad industrial opulenta. 8) El trabajo ético. 9) La naturaleza del poder. 10) La deliberada igualación desde arriba. 11) El igualitarismo como camuflaje. 12) El talento específico que exigen muchos puestos. 13) El empobrecimiento ideológico. 14) El positivo aval filosófico de la igualdad. Algunos de estos factores han sido incorporados en la descripción de la sociedad industrial, pero aquí únicamente son enumerados, puesto que su análisis nos llevaría más allá de los objetivos de este trabajo. Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 157 entre ellos las diferencias culturales. Con ello, y dada la necesidad de la presencia del Estado moderno centralizado para su desenvolvimiento, la postura de este autor se caracteriza por su modernismo e instrumentalismo. A partir de estas dos ideas generales, que se derivan con facilidad del análisis de su obra, podremos comprender con mayor facilidad el conjunto de sus tesis y, en primer lugar, su argumento central: «ethnic identity and modern nationalism arise out of specific types of interactions between the leaderships of centralizing states and elites from non-dominant ethnic groups, especially but not exclusively on the peripheries of those states» (Brass, 1991a, p. 8-9, y 1994, p. 111). Una vez ubicado al autor dentro de la teoría del nacionalismo y expuestos sus pilares teóricos más genéricos, conviene comenzar la tarea de análisis de su pensamiento para aproximarme a su formulación de un modo más detallado, siendo siempre mi referencia el surgimiento de las naciones y el nacionalismo. En este sentido, Brass propone una serie de tesis o argumentos de carácter teórico, congruentes entre sí, que recorrerán todo su estudio y formarán parte de la columna vertebral del mismo, esto es, configuran su propuesta teórica básica, una vez supuestos los principios teóricos generales anteriormente expuestos, y tienen el siguiente tenor: 1. Las identidades étnicas son variables: no surgen necesariamente a partir de un conjunto de diferencias culturales objetivas y/o permanentes, sino que están insertas en un proceso continuo de formación, y su desembocadura en el nacionalismo no es inevitable y sólo puede ser entendida en función de las circunstancias concretas que la animan. 2. Estas circunstancias, es decir, las condiciones bajo las cuales se produce el tránsito de la identidad étnica al nacionalismo, son las que deben ser estudiadas. Así, dentro de este marco de análisis e interpretación es como deben entenderse dos de las ideas fundamentales en su investigación: a) La teoría de la competición de élites: explica la dinámica en la cual se produce el conflicto étnico en condiciones concretas, siempre producto principalmente de los contextos político y económico, dejando para la esfera cultural un papel muy secundario. b) Las relaciones que mantienen las élites y el Estado son absolutamente cruciales para entender el fenómeno nacionalista en su conjunto. Todos estos elementos teóricos se hallan interconectados en la dinámica sociopolítica y son congruentes entre sí: la fluidez y variabilidad de las identidades étnicas, su estado en permanente proceso constitutivo y/o formativo, permiten concebirlas como un recurso a disposición de aquellas élites que se hallan insertas en una dinámica competitiva incrustada, a su vez, en un marco político presidido por la presencia significativa de un estado moderno centralizado. Pero en este modelo no se parte de las identidades étnicas para proyectarse, sin apenas cambios, en los grupos étnicos que las élites encabezan, representan y/o gobiernan, y desembocar, finalmente, en un estado legitimado étnica y/o culturalmente. La travesía más bien es la inversa. El punto 164 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal de inicio está en las propias élites y sus aspiraciones, y en su capacidad como tales para orientar en su beneficio los procesos políticos. El Estado puede ser concebido como contexto y como actor, pero en todo caso es un elemento activo y muy condicionante del conjunto de los acontecimientos, puesto que la actividad de las élites lo tendrá como referente permanente e ineludible. Por el contrario, la cultura y/o los rasgos étnicos en general deben ser considerados un recurso en manos de las élites, es decir, su valoración insiste en su pasividad. Los estadios étnicos hacia la nacionalidad: la formación de las naciones Las naciones tienen una base étnica, pero en un sentido muy concreto, el cual está lejos de cosificar o inmortalizar el pasado de las distintas comunidades étnicas. En buena medida, son las naciones las que construyen su sustrato étnico, supuestamente objetivo e inmemorial y con trascendencia política. En un sentido más estricto, la actividad desarrollada por las élites políticas, en competencia por conservar o incrementar sus beneficios y posibilidades dentro del Estado o fuera del mismo a través de la secesión y la creación inmediata de un Estado independiente, implica la incorporación y utilización de rasgos culturales encontrados en los grupos étnicos, su deformación e incluso la invención, si ello fuera necesario. De este modo, hablar de estadios étnicos no supone la consideración de un recorrido temporal al modo de una progresión desde el pasado hasta el presente de tal forma que el primero determine o condicione fuertemente al último, aun bajo distintas circunstancias, sino la distinción de fases diferentes entre las cuales no existe una relación de progresión necesaria y en las cuales las circunstancias son tan importantes como el hecho en sí mismo. No en vano, Brass subraya la necesidad de centrar nuestra atención en torno a esas circunstancias generadoras o creadoras, y no meramente activadoras de algo que ya estaba vivo aunque dormido o expectante. Sin embargo, unos estadios deben preceder a los otros, esto es, no es posible el surgimiento de una nación si con anterioridad no ha existido una comunidad étnica, y ésta no es posible sin la presencia de un grupo o categoría étnicos. Otra cosa es el papel que las élites desarrollan para que esto sea realmente así. Dicho de otro modo, sin la intervención de las élites políticas no es factible pensar en la transición entre los diferentes estadios, que pueden ser resumidos en los tres momentos entre los cuales se produce el tránsito innovador: el grupo o categoría étnico, la comunidad étnica y la nación o nacionalidad. En total, esto nos da dos transiciones o fases en el desarrollo de la nacionalidad. 1. Entre la objetividad cultural y la conciencia: de los grupos o categorías étnicos a las comunidades étnicas. La gestación de una comunidad étnica requiere la existencia previa de un grupo étnico, aunque la presencia de éste no asegure en ningún caso la evolución hacia la primera. En realidad, el grupo o categoría étnico posee un amplio conjunto de rasgos culturales objetivos que lo definen y lo personalizan, pero que por sí mismos son políticamente inertes o pasivos. En consecuencia, avanSobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 165 zar hacia la constitución de una comunidad étnica exige la activación de un proceso de concienciación de la existencia del grupo étnico como un ente culturalmente distinto y, por tanto, con aspiraciones políticas también diferentes. Dicho de otro modo, la transición entre los grupos étnicos y las comunidades étnicas es un recorrido que lleva desde el individuo hasta la agudización del valor de las relaciones que éste establece con sus semejantes, es decir, de la comunidad. Esa labor de creación de comunidades étnicas a partir de rasgos culturales dados es desarrollada por las élites políticas en competencia por una serie de beneficios comunitarios y personales dentro de unas circunstancias políticas y económicas determinadas. En primer lugar, las élites seleccionan aquellos rasgos culturales que consideran más adecuados para diferenciar a su grupo étnico de los otros entre una gran variedad de elementos característicos y peculiaridades con potencialidad diferenciadora. En este sentido, no existen criterios de distinción absolutos y de necesaria aparición, presencia o uso, sino que la elección de rasgos vendrá dada por las condiciones de cada uno de los casos. Se eligen lenguas y/o dialectos, ritos, religiones, símbolos, prácticas, y otros, en función de su capacidad movilizadora y cohesionadora, esto es, «the choice of the leading symbol of differentiation depends upon the interests of the elite group that takes up the ethnic cause» (Brass, 1991a, p. 30), y no de razones de perdurabilidad histórica o legitimidad y/o corrección lógica. De este modo, las comunidades étnicas son creadas a partir de la selección políticamente razonada de materiales o rasgos potencialmente diferenciadores propios de los grupos o categorías étnicos de partida, o asignados a los mismos como tales44, ahora transformados en recursos políticos para las élites competidoras; pudiendo existir divergencias en la construcción simbólica y en las concepciones del grupo étnico propuestas por aquéllas. Estamos, pues, ante el proceso de formación de la identidad étnica, en cuya dinámica se verán comprometidos la existencia y la personalidad del grupo o de la categoría étnicos de referencia. En un segundo momento, las elecciones realizadas deben ser transmitidas a los miembros del grupo con el objetivo de crear, consolidar o cristalizar la identidad étnica y/o política que facilite y permita la concienciación sobre la propia existencia y su relevancia y la movilización sociopolítica derivada de ello. En este momento, se produce la competición política entre élites por definir las fronteras y la personalidad del grupo étnico, por delimitar los límites de la solidaridad, y con ello por determinar quiénes son sus representantes legítimos, esto es, quiénes deben alcanzar el poder político. Para ello, las élites deben esforzarse en conseguir, o dar la apariencia de, una congruencia entre la multitud de símbolos del grupo étnico. El hecho de que entre el grupo étnico y la comunidad étnica medie un proceso de selección de atributos, seguido, analíticamente, de una competencia entre élites por el triunfo o éxito de su solución, es coherente con la tesis de 44. La asignación de rasgos espurios, deformados o simplemente inventados, a grupos étnicos bajo una apariencia de naturalidad y/o autenticidad forma parte de la cotidianidad dentro de los procesos de formación de las identidades étnicas y/o políticas. 166 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal la variabilidad de las identidades étnicas, por lo que estamos ante un proceso abierto, no obligatoriamente lineal, cuyos progresos y retrocesos no son más que la demostración de la reversibilidad de la ruta que se ha de recorrer para la consolidación de una comunidad étnica. No obstante, a pesar de la distinción efectuada de dos momentos, el de la selección y el de la competición-movilización, por razones puramente analíticas y expositivas, ambos se fusionan en la realidad y mantienen una relación fluida y continua en las dos direcciones, esto es, las decisiones adoptadas con respecto a la selección afectarán a la dinámica competitiva y a la capacidad para la movilización de los miembros de los grupos étnicos, y, a su vez, la vorágine de la competición o la lucha por el poder político y el bienestar personal y de la comunidad étnica de pertenencia revierten significativamente en la selección de rasgos culturales y en su deformación e invención. Las élites «instrumentalizan» esos rasgos culturales o étnicos, supuestamente propios, para la creación de la identidad étnica y/o política que a ellas conviene. Expresado en los términos del propio autor, «Ethnic identity formation is seen […] as a process created in the dynamics of elite competition within the boundaries determined by political and economic realities» (Brass, 1991, p. 16). Este elemento de constitución de la identidad étnica, o etnicidad, es verdaderamente clave, dado que su adición a, e imbricación con, un grupo o categoría étnicos nos permiten llegar al segundo estadio en el camino hacia la nacionalidad: la presencia de la comunidad étnica. Ésta existe porque un grupo concreto de gente es consciente de la diferencia, cultural o étnica, que lo separa de los otros grupos. El proceso de formación de la identidad étnica supone la manipulación y combinación de un conjunto de símbolos, a los cuales se otorga coherencia, con el objetivo de definir las fronteras de una comunidad étnica y/o nacionalidad. La articulación simbólica que fundamenta la identidad étnica se produce en un contexto de competición entre élites por la aceptación o imposición del conjunto simbólico que les favorece y les acompaña. Por tanto, la lucha está inserta en el proceso de formación de la identidad étnica. De la propuesta de Brass se deriva, más que una expresión política de la etnicidad, la construcción política de la misma, es decir, las identidades étnicas son construidas social y políticamente, están siempre abiertas al cambio y son instrumentalizadas45 por las élites de los grupos étnicos para conseguir definir a éstos del modo más adecuado para sus intereses y obtener el control interno de sus miembros46. Es notable que la competición entre élites, principalmente, clases y grupos de liderazgo que conduce a la creación de la iden45. No en vano, el propio Brass se ubica en lo que denomina la «visión instrumentalista de la formación de la identidad étnica». 46. En este sentido, las formas culturales, los valores y las prácticas del grupo étnico de referencia deben ser considerados recursos políticos en manos de las élites que se hallan inmersas en la dinámica competitiva por la definición del grupo y la defensa paralela de sus propios intereses. De este modo, la construcción simbólica adaptada al contexto del grupo y a sus intereses que las élites promueven buscará la diferenciación y consolidar la solidaridad del grupo, siendo posible fragmentarlo para animar aquélla dentro de cada uno de los fragmentos configurados. Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 167 tidad étnica y, con ello, de la comunidad étnica, está inserta en una dinámica caracterizada por el conflicto surgido de las pérdidas y las ganancias47 que se obtienen en relación con las distintas decisiones que se adoptan en el seno del régimen político. De todo lo anterior se deriva que el tránsito entre el grupo étnico y la comunidad étnica pasa necesariamente por la concienciación del grupo en cuestión, esto es, la aparición de una comunidad étnica está directamente vinculada al proceso, abierto y no necesario, de constitución y/o formación de una identidad étnica. En consecuencia, lo que se debe estudiar son las bases de la formación de estas identidades. No obstante, únicamente bajo ciertas circunstancias los rasgos culturales objetivos se convierten en el soporte de identidades étnicas políticamente significativas. Brass resume estas circunstancias en tres categorías: 1.1. La competición de élite: está en la base del conflicto étnico que se desarrolla bajo determinadas condiciones políticas y económicas. Brass quiere dejar claro que la cultura o los valores culturales de los grupos étnicos tienen un papel menor en la génesis de la dinámica conflictiva, si bien la instrumentalización de los rasgos del grupo étnico se ve limitada por las creencias y los valores de sus miembros. No obstante, la dinámica competitiva y movilizadora contribuye a la simplificación, deformación y selección de tales creencias y valores, bajo un criterio de utilidad política, por lo que pueden sufrir una grave alteración e incluso transformación. En todo caso, la comunidad étnica o la nación naciente en ningún caso es un simple reflejo de lo previamente existente, sino una construcción políticamente orientada que puede mostrar una mayor o menor fidelidad a lo antiguo, con un nuevo sentido bajo un contexto transformado. 1.2. Las relaciones entre élites y Estado. 1.3. La movilización social y la asimilación48. Así, la formación de la identidad étnica es un proceso abierto, y no una mera expresión de un núcleo étnico consolidado históricamente constituido, e influye en la definición del grupo étnico de partida. De hecho, la apertura e indeterminación del proceso permite pensar que el camino desde la identidad étnica hasta el nacionalismo no sólo puede frustrarse, sino que cabe la posibilidad de mostrar el recorrido inverso o de ser considerado reversible, y ello en función de las circunstancias políticas y económicas en las que las élites deban desenvolverse. 47. Éstas, las pérdidas y ganancias, se refieren a cuestiones como la posesión del poder político, el estatus social alcanzado o esperado, los beneficios económicos, y otras similares que puedan resultar relevantes en cada caso concreto. 48. Brass liga, aunque no necesariamente, estas cuestiones a la urbanización y los medios modernos de comunicación de masas. 168 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal 2. El surgimiento de las naciones: de las comunidades étnicas a las nacionalidades. El tránsito hacia la nacionalidad es el camino que lleva hacia la politización de la comunidad étnica, es decir, ésta ve reconocidos derechos propios dentro del sistema político. Alcanza, a través de la acción y la movilización políticas, un estatus peculiar caracterizado por la adquisición de derechos de tipo social, económico y político. Por tanto, las nacionalidades son comunidades étnicas que han trascendido la conciencia puramente cultural de la propia identidad para entrar de lleno en el ámbito político por medio del planteamiento de propuestas que afectan a su propia situación, de la movilización de sus miembros para su obtención y del logro final de sus metas. Una nacionalidad no es tal, o no lo es en un sentido pleno, si sus objetivos políticos no son alcanzados y no consigue un cierto reconocimiento político, dado que es concebida como un estadio o una situación efectiva, siempre reversible, y no como un hecho natural que puede prescindir de los méritos o logros políticos. La transición entre los estadios referidos, la comunidad étnica y la nacionalidad, no se produce de un modo necesario, sino que está cimentada en la actividad de las élites políticas, cuyo éxito, a su vez, está directamente relacionado con cuatro factores clave: 2.1. La consciencia de una distribución de recursos desigual. El nacionalismo, para justificarse, necesita un reparto desigual de los recursos entre los diferentes grupos que componen un estado y la percepción de tal fenómeno por parte de sus miembros, pero por sí mismo el hecho de la desigualdad o de la discriminación no desencadena el desenvolvimiento de la nacionalidad. La conciencia del desplazamiento de los centros de poder y económicos puede favorecer el surgimiento y/o la consolidación de la identidad étnica, pero esto no significa que trascienda inmediatamente a la política en la forma de una lucha abierta por esos recursos que son vedados al grupo étnico en cuestión en una proporción que se considere suficiente. Para crear un movimiento nacionalista es necesaria la presencia de un sentimiento de grupo, lo cual debe ir acompañado por una construcción organizativa que el sentimiento no implica necesariamente. La percepción de la desigualdad genera las bases subjetivas para la articulación organizativa de un movimiento nacionalista, pero las condiciones materiales para su surgimiento y la dinámica política y competitiva general exceden lo puramente sentido, aunque estén directamente relacionadas con el mismo. En todo caso, el sentimiento debe estar presente como condición necesaria, aunque no suficiente, de la nacionalidad, y suele tener sus bases en el intento de miembros de un grupo étnico de acceder a posiciones políticas y/o económicas ocupadas por miembros de otros grupos. Por lo tanto, el viaje hacia la nacionalidad supone un proceso de afirmación étnica y política y la defensa de un conjunto de reivindicaciones que tratan de situar a la comunidad étnica de referencia en una posición de mayor igualdad con respecto a los grupos y/o a las comunidades étnicos dominantes. Son las nuevas condiciones de tipo tecnológico, educativo y administrativo gestadas Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 169 junto al surgimiento del Estado centralizado y la industrialización, y las reivindicaciones de los diferentes grupos movilizados en la lucha contra su desventaja, las que debilitan o quiebran el sistema existente de distribución de los recursos y abren la posibilidad para una competición49 por los mismos en el nuevo marco sociopolítico, es decir, son las condiciones adecuadas para la generación y el desenvolvimiento del nacionalismo. La movilización política de los sentimientos étnicos puede alcanzar una intensidad en sus ambiciones inferior a la del nacionalismo, lo que sería el comunitarismo, que trata de mejorar la capacidad competitiva de la comunidad propia y no supone un desafío tan radical a las bases mismas del reparto del poder y los recursos en la sociedad como el primero. Además, activándose por reacción, los grupos dominantes o privilegiados pueden defender sus intereses también a través de la movilización de sus miembros y del recurso a la etnicidad50. 2.2. La concienciación de la comunidad como recurso organizativo. Si entendemos, como hace Brass, que, por definición, el nacionalismo es un movimiento político, y afirmamos que el éxito de éste depende de la presencia de un liderazgo político hábil, de los recursos necesarios y de una organización política, no es difícil comprender la importancia de valorar la relevancia que ha tenido la aparición y el fomento de un sentimiento de comunidad para el asentamiento de las bases organizativas del movimiento político nacionalista o nacionalismo. En consecuencia, la fase de concienciación es clave para el desarrollo posterior o paralelo de una organización con fines nacionalistas, condición de la creación y aparición de cualquier nacionalidad. No obstante, no debemos pensar únicamente que el sentimiento étnico conduce a la organización y a la movilización, sino que los movimientos nacionalistas influyen decisivamente a su vez en las identidades étnicas de los grupos que pretenden dirigir con exclusividad51. En línea con todo ello, sería importante, para el éxito de un movimiento nacionalista: la disponibilidad de recursos procedentes de la propia comunidad, la exclusividad o el dominio de alguna organización nacionalista en la representación de la comunidad étnica y/o nacional y la continuidad por encima del cambio de liderazgo. 2.3. La respuesta del gobierno a las demandas y reivindicaciones del grupo étnico52. 49. La competición, según Brass, está especialmente relacionada con las esferas educativa (p. e.: las escuelas) y política (instituciones de poder y gobierno). 50. La etnicidad entendida como los sentimientos étnicos. 51. Son guiados por la idea o la intención de llegar a ser los únicos representantes políticos de la comunidad. 52. Posiblemente en este punto sería más adecuado hablar de «comunidad étnica», dado que es el estadio previo a la nacionalidad y también debido a que sólo un grupo consciente de sí mismo, lo que es una comunidad étnica y no un grupo étnico, es capaz de actuar de un modo explícito en la defensa y la promoción de unos intereses que son percibidos como propios de un grupo étnico. 170 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal El gobierno responde a través de las políticas gubernamentales, las cuales tienen la capacidad de influir sobre la actividad, la supervivencia y la definición del grupo étnico. De este modo, las reivindicaciones políticas y económicas defendidas por los movimientos nacionalistas reciben contestación por parte del gobierno, con lo que se mantiene una relación bidireccional que debe ser entendida en el seno de una dinámica política de competencia por la atracción de recursos para cada uno de los grupos étnicos participantes. 2.4. El contexto político general. En el tránsito desde la comunidad étnica hasta la nacionalidad se produce una lucha por el poder entre los diferentes grupos étnicos que participan en la dinámica de la competición, todo lo cual está directamente relacionado con algunos aspectos relevantes del contexto político. En concreto, Brass habla de tres contextos políticos: a) Las posibilidades para el realineamiento de las fuerzas y las organizaciones políticas y sociales. b) La disposición favorable o buena voluntad de las élites de los grupos étnicos dominantes para compartir el poder con los líderes o élites de los grupos étnicos que aspiran a mejorar su situación política. c) La disponibilidad potencial de escenarios políticos alternativos. En este punto es crucial el coste que supone el cambio hacia otro escenario, es decir, el pago que debe realizar el grupo étnico por acceder y/o transitar a la nueva situación53. Todo lo anterior trata de concretar las condiciones bajo las cuales puede surgir el nacionalismo como movimiento político. En este sentido, la selección e instrumentalización54 de rasgos culturales preexistentes con una finalidad diferenciadora y cohesionadora; la competición de la élite por el poder, el estatus y la riqueza; la existencia de los medios necesarios para transmitir o comunicar los símbolos de la propia identidad dentro del grupo étnico, función integradora, y hacia fuera, función disgregadora o particularizante; la presencia de una población receptiva a los mensajes comunicativos, o lo que Brass denomina «población socialmente movilizada», y la ausencia de fracturas (cleavages) sociopolíticas que anulen o debiliten a lo étnico o 53. La situación alternativa de nuevo cuño no tiene que ser necesariamente la independencia y la constitución de un nuevo Estado, sino que puede tratarse, según el caso, de la concreción política o institucional de exigencias de descentralización administrativa, de autonomía política, y en todo caso pueden tener un carácter sectorial caracterizado por la incidencia sobresaliente y casi exclusiva en ámbitos determinados (p. e.: la educación). 54. De lo que se trata, en definitiva, es de animar desde la política un cambio cultural que permita a las élites movilizar a su grupo étnico de referencia, la defensa de sus intereses y la competición con otros grupos y élites. No obstante, a pesar de la instrumentalización característica del activismo político, las élites están limitadas en su actuación por las culturas heredadas, y no cabe el uso de los rasgos seleccionados sin pensar en el conjunto y en sus significados tradicionales. Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 171 nacional55, son las condiciones necesarias y suficientes que sientan las bases de la movilización comunitaria, y operan a modo de precondiciones del desenvolvimiento de cualquier movimiento nacionalista con verdaderas posibilidades de éxito. En consecuencia, debemos considerar dos planos. El primero es la competición entre las élites, que actúa como un activador del nacionalismo. El segundo son los factores políticos adicionales, los cuales orientarán las demandas de los nacionalistas e influirán decisivamente en su éxito. 3. El Estado y la formación de la identidad étnica. El tránsito desde el grupo étnico a la comunidad étnica y posteriormente a la nacionalidad ha venido acompañado e influido de un modo creciente por la presencia del Estado. Es más, el nacionalismo apenas puede ser entendido sin éste, es decir, surge como una reacción ante dinámicas que se desarrollan en su seno. No en vano, el Estado, aunque relativamente autónomo, no es neutral en su configuración y actuación cotidiana56. Más bien, debemos pensar en su inclinación protectora, en un cierto grado, hacia grupos étnicos y clases específicos. En otros términos, el Estado favorece intereses más o menos concretos y discrimina negativamente o perjudica otros. En consecuencia, la competición entre élites, tanto dentro de cada grupo o categoría étnica como entre grupos, se enmarca en un contexto político en el cual el Estado y las políticas que desenvuelve tienen un papel crucial57. La movilización política debe ser entendida dentro de este marco de interrelaciones competitivas, en las que el Estado participa e influye. De hecho, forma parte de la normalidad la presencia de alianzas entre el Estado y los grupos étnicos particulares58. Pero sin aban55. En este punto, Brass insiste sobre todo en la fractura que se deriva de la presencia social y políticamente significativa de las clases sociales. 56. No obstante, Brass apunta que el Estado puede ser neutral en el caso de que exista conflicto entre los distintos grupos. Es significativo que el Estado pueda elegir entre una inclinación hacia la neutralidad o el partidismo, al igual que puede optar entre fomentar el pluralismo o la asimilación. Esta capacidad de elección nos aproxima a ideas como la de autonomía estatal. 57. Debemos observar, siguiendo a Brass, que los cambios en el contexto político, junto a los que afectan al equilibrio de las relaciones entre el centro y la periferia (regiones), tienen una incidencia fundamental en la aparición y el desenvolvimiento de los conflictos étnicos. 58. En este punto, Brass menciona la posibilidad de referirse a la alianza efectiva entre el Estado y subgrupos pertenecientes a clases o grupos étnicos determinados. Con ello, se quiere destacar la presencia de desacuerdos y conflictos dentro de los grupos, al margen de la dinámica competitiva intergrupal y a menudo con un grado de violencia mayor. No obstante, para los objetivos que persigo, considero suficiente la referencia a los grupos étnicos y a la competición que se desata en su interior, marginando u omitiendo las alusiones a las clases sociales, puesto que esto nos llevaría por otros derroteros que nos alejan de lo perseguido. Obviamente, a un nivel puramente intuitivo, no descarto, más bien al contrario, que las clases sociales desarrollen un papel notable en las dinámicas sociales y políticas, en los conflictos de esta índole y en la configuración de las identidades sociopolíticas de los miembros de cualquier sociedad, pero no es el motivo de la investigación que aquí desarrollo, centrada exclusivamente en el origen de las naciones y el nacionalismo y en la aportación de la etnia o la etnicidad a tal proceso de génesis. 172 Papers 67, 2002 Modesto Guillermo Gayo Cal donar la idea de la autonomía relativa del Estado, las élites compiten por la atracción de recursos estatales o por el control del Estado mismo, incorporándose a éste y por tanto capacitándose para orientar sus políticas en direcciones muy concretas y siempre favorables a sus intereses personales y comunitarios. Sin embargo, en el lado opuesto estarían aquellas élites y/o grupos étnicos que se ven excluidos de la participación en el Estado y amenazados por unas políticas públicas con las que no se sienten identificados, no representan sus intereses y sobre las cuales apenas tienen control, si es que algún grado de control poseen. No es extraño, por tanto, el desencadenamiento de conflictos étnicos entre los distintos grupos y las élites que compiten por controlar el aparato estatal. Si el Estado incide sobre la competición entre élites de los distintos grupos étnicos y sobre la movilización política relacionada con ella, y la formación de las identidades étnicas se cimenta en esa dinámica competitiva y movilizadora, está claro que el Estado afecta a las identidades étnicas, e igualmente, considerando la dinámica competitiva como un proceso abierto, parece difícilmente discutible que estamos ante identidades variables o en flujo antes que fijas, políticas antes que culturales, actuales antes que antiguas, sometidas en todo caso a los cambios en las realidades políticas y económicas que las envuelven. Conclusiones ¿Qué es lo que podemos entender cuando se cataloga a un autor como modernista? Según se deriva de mi exposición previa, no demasiado. El modernismo ha incluido a un conjunto heterogéneo de autores que únicamente pueden ser reunidos en torno a la afirmación de la modernidad de naciones y nacionalismos. Sin embargo, en cierto sentido, este criterio también podría hacer referencia a la obra de Anthony D. Smith, a pesar de su intento de huida hacia el etnosimbolismo y de haber puesto una atención permanente en los fenómenos sociales y políticos premodernos como factores susceptibles de contribuir a una explicación cabal de la modernidad. En el fondo, la clave para comprender algunos debates y aproximaciones es entender que los puntos de partida y los intereses intelectuales son diferentes. Si referimos el concepto de nacionalismo básicamente a la ideología que tiene como núcleo duro el concepto de nación y su defensa, estaremos celebrando su modernidad desde el principio, puesto que el empleo actual de esta terminología es reciente. Si abandonamos esta perspectiva nominalista e intentamos investigar todos los fenómenos que, independientemente de su etiqueta, presentan un conjunto similar de características, posiblemente estemos sentando las bases para la discusión de su modernidad, dado que expresiones de defensa de la comunidad de pertenencia, a través de una considerable diversidad de estrategias, a nadie se le escapa que han existido y han sido presenciadas desde el principio de los tiempos. En consecuencia, no estaría de más pensar en crear clasificaciones de los autores ubicados dentro de la teoría del nacionalismo en base Sobre el papel de la política en la comprensión modernista... Papers 67, 2002 173