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El objeto olvidado de la sociología

Parra Luna, Francisco

Abstract

La sociología podría haber olvidado el objeto para el cual comienza estableciéndose como ciencia. A partir del homocentrismo tradicional de la sociología, se conviene en admitir que es la persona humana (la «vieja medida de todas las cosas»), con su complejo vital de necesidades e intereses, significaciones y deseos, expectativas y cálculos, el centro de interés insoslayable de todo estudio sobre lo social. Sin embargo, formalismos como los de Simmel, unidos a la eclosión de las numerosas especialidades a que da origen el acelerado desarrollo institucional de la ciencia y el más que probable mimetismo sociológico por seguirla, han ido minando subrepticiamente el fin primigenio de la sociología (hasta llegar, por ejemplo, a la «sociedad sin hombres» de Luhmann), que no fue otro que el descubrimiento de los principios más estructurantes que determinaban o condicionaban el funcionamiento de la vida social con el fin exclusivo de la mejora de ésta última; lo que es tanto como decir, para beneficio de las personas que la formaban. En este artículo, que enfatiza el falso dilema cualitativo-cuantitativo como perversión del lenguaje sociológico, se pretende recordar que la sociedad no podría ser sólo un compuesto de formas abstractas, sino sobre todo un conjunto interactivo y consciente de personas con necesidades concretas, las cuales viven precisamente en sociedad sólo y exclusivamente para mejor satisfacerlas. Y que la sociología es, o debería ser, ese conocimiento acumulado sobre los fenómenos sociales que coadyuve hacia la mayor satisfacción de estas necesidades.

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El objeto olvidado de la sociología Francisco Parra Luna Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología 28023 Pozuelo de Alarcón (Madrid). Spain [email protected] Resumen La sociología podría haber olvidado el objeto para el cual comienza estableciéndose como ciencia. A partir del homocentrismo tradicional de la sociología, se conviene en admitir que es la persona humana (la «vieja medida de todas las cosas»), con su complejo vital de necesidades e intereses, significaciones y deseos, expectativas y cálculos, el centro de interés insoslayable de todo estudio sobre lo social. Sin embargo, formalismos como los de Simmel, unidos a la eclosión de las numerosas especialidades a que da origen el acelerado desarrollo institucional de la ciencia y el más que probable mimetismo sociológico por seguirla, han ido minando subrepticiamente el fin primigenio de la sociología (hasta llegar, por ejemplo, a la «sociedad sin hombres» de Luhmann), que no fue otro que el descubrimiento de los principios más estructurantes que determinaban o condicionaban el funcionamiento de la vida social con el fin exclusivo de la mejora de ésta última; lo que es tanto como decir, para beneficio de las personas que la formaban. En este artículo, que enfatiza el falso dilema cualitativo-cuantitativo como perversión del lenguaje sociológico, se pretende recordar que la sociedad no podría ser sólo un compuesto de formas abstractas, sino sobre todo un conjunto interactivo y consciente de personas con necesidades concretas, las cuales viven precisamente en sociedad sólo y exclusivamente para mejor satisfacerlas. Y que la sociología es, o debería ser, ese conocimiento acumulado sobre los fenómenos sociales que coadyuve hacia la mayor satisfacción de estas necesidades. Palabras clave: necesidad, fines, medios, eficiencia, transformación, axiología. Abstract. The forgotten object of Sociology Sociology seems to have forgotten the objet for which it was initially created as a science. From the early ethnocentric stream of thought in the founding fathers, human concerns (needs; interests and meanings) wore at the heart of sociological reflection. Later on, under the influence of formalists like Simmel, and the accelerated development of positive natural sciences with their small and numerous specialities, the initial objet of Sociology was increasingly substituted by some secondary aspects of society f.i. «communications» (until reaching Luhmann’s «Society without men»), which are only means used by people for achieving their goals. Thus, Sociology seems to forget progressively to study the concept of goal-setting (the systems of values persued/achieved) for which society (or any type of social organization) was created, since this is the purpose justifying the existence of society. In this paper, which emphasises the spurious qualitative-quantitative Papers 56, 1998 11-30 Nada habría que objetar a que, de aquella primera sociología que nos legaron Ferguson, S. Simon, Comte y demás padres fundadores, hayamos ido saltando a las diferentes sociologías especializadas (de la salud, del trabajo, de la comunicación, etc.) cual ramas que expenden la savia del joven árbol. Sociología, aquella, muy incardinada en los problemas sociales y políticos de la época, comprometida con los problemas de las masas y centrada en la persona como elemento vital y necesario de cualquier hecho social. No hay más que repasar la relación que existió entre los llamados «niveladores» (Lilburne), los «cavadores» (Winstanley) o los fisiócratas (Turgot, Quesnay) con los nuevos científicos sociales (Montesquieu, A. Smith, Saint Simon, Condorcet…), durante los siglos XVI y XVII en la nueva Europa ilustrada. El homocentrismo en sociología queda bien demostrado por Lemert (1979: 1-22). Sí habría que comenzar a objetar algo cuando se constata la amnésica y progresiva desaparición del concepto de necesidad (individual o social) en tanto que inevitable componente axial y vicario de cualquier formación social. Se trata de un deslizamiento suave hacia una abstracción crecientemente descarnada que ya toma visos preocupantes en Simmel (su énfasis en las «formas») y culmina con esa teoría tildada por algunos de «escandalosa», como es la teoría de Luhmann, para quien la persona no existe prácticamente en su enfoque ¿sistémico? de la sociedad. La desventura teórica se concreta así cuando la sociología se despreocupa del conjunto de las necesidades de las personas que componen una organización o sistema mientras permanecen en él, esto es, se desentiende precisamente de aquello para lo cual el sistema nace o se crea. Y a objetar decisivamente, cuando dicho fenómeno amnésico se reproduce en las llamadas sociologías de la organización, de la empresa, o de los sistemas sociales en tanto que unidades globales, por no hablar de la «sociología de la política», centrada/virada casi exclusivamente hacia los estudios electorales 12 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna 1. Breve introducción al dilema cualitativo-cuantitativo o de cómo su exégesis empañaría el entendimiento sociológico 2. Una técnica: el método Delfos 3. ¿Sociología para quién? 4. El objetivo olvidado el «diferencial sinérgico» 5. ¿Y la teoría sistémica? 6. ¿Una hipótesis plausible? Bibliografía dilemma as a perversion of sociological language, I try to remain that society is not composed solely of abstract forms, but mainly of human individuals who live together because, in this way, they satisfy their mutual needs better. Sociology should or could then be the science which offers its cumulated knowledge on social phenomenon to cater for the satisfaction of these needs Key words: need, goals, means, performance, transformation, axiology. Sumario y el comportamiento político versus el sistema empírico de valores producido en beneficio de las poblaciones. Y si bien la sociología no podría dejar de ocuparse de alguna u otra forma de las necesidades humanas, apenas lo hace (al menos no conozco ningún caso) de una manera global, sistemática y cuantificada (científica en suma) de las diferentes unidades sociales, y ello a pesar del importante movimiento de los indicadores sociales, del «Bauer» en EE.UU. a los FOESSA en España, que de alguna manera se preocupan de representar tales unidades. Exceptuando la aportación teórica de este movimiento, el gran resto de la sociología viene oscilando entre un microcuantofrenismo crecientemente acelerado por la facilidad de los ordenadores, y una residualizante sociología parafilosófica o ensayística que entiende de todo lo que le echen. La primera por su numerología desgarbada (teóricamente roma), y la segunda por científica e inverificable (incomunicable, por tanto). Entre las dos han configurado una sociología apenas acumulativa a pesar de los encomiables esfuerzos de Berelson, Steiner y otros, con sus tempranos inventarios de proposiciones. El resultado actual es una sociología paniaguado (una «maría» solían llamarlo los estudiantes de Económicas en España) con dos características básicas: primero, alejada de las preocupaciones diarias de la gente de la calle, y segundo, sin estatus científico respetable. O como reconoció hace varios años un veterano sociólogo español: «¡Esto ni es ciencia ni es nada!». Intentando resumir el estado de la cuestión, podría decirse que la sociología actual, ni se centra en lo relevante, ni lo hace de manera verificable, para presumible gozo y regocijo de algunas élites felices con este tipo de discurrir inocuo. Y ello a pesar de un cierto avance de las teorías de la complejidad, de la proliferación de los datos cuantitativos, del potencial de cálculo de los ordenadores y de sus admirables programas de cálculo rutinizados. Considerando por tanto que el problema se centra en el lenguaje utilizado, permítaseme una especie de rodeo desenfadado por los tres apartados siguientes: 1. La controversia cualitativo-cuantitativo; 2) La descripción de una técnica (Delfos) para pasar de lo primero a lo segundo, y 3) La aplicación de ambas técnicas para mostrar que toda sociedad produce un valor añadido (lo que es su esencia) que puede ser cuantificado y que, sin embargo no es objeto de análisis ni por la sociología ni por ninguna otra ciencia. La amnesia social queda instalada (Jacoby, 1977) y el olvido del concepto motor en la sociología fundadora asumido, al parecer sin ningún tipo de trauma, por los sociólogos practicantes. 1. Breve introducción al dilema cualitativo-cuantitativo o de cómo su exégesis empañaría el entendimiento sociológico Una de las divisiones a las que nos tiene acostumbrados la sociología es la tópica adscripción de los sociólogos a los modos de hacer llamados cualitativos (utilización del lenguaje común como instrumento) y cuantitativos (utilización del lenguaje matemático y las técnicas métricas). Adscripción que conlleva El objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 13 hacia prácticas sociológicas incomunicadas y cuyos autores más parece que se miren de soslayo que contribuyan a un conocimiento común. La polémica como se sabe es vieja. La llamada sociología empírica (bien representado por lo que W. Mills llamó «empiricismo abstracto» americano) suele exhibir la siguiente artillería: «Vds. los sociólogos críticos, los filósofos sociales, los que no medís, y ni siquiera definís operacionalmente los conceptos que utilizáis, no podéis demostrar que vuestros argumentos son ciertos, verificables o replicables; habláis de cosas importantes, cierto, pero nos proporcionáis tantas opiniones como colegas las emiten; no sois científicos, no proporcionáis cumulatividad a vuestro conocimiento, y en suma no hacéis estricta “sociología” (ciencia de la sociedad)». Es la versión popperiana de la ciencia exigiendo el certificado de falsabilidad de toda proposición científica. Pero los «cuitados» no son precisamente mudos y suelen granear su fuego de esta guisa: «Y ustedes los formal-matemáticos, los empiristas redomados, sois precisos (a veces hasta el ridículo) pero en cuestiones irrelevantes o que tienen una significación social escondida. Ignoráis las estructuras sociales o políticas que dominan la producción del pequeño conocimiento que presentáis; no comprendéis nada de los intereses que mueven el mundo; y solamente utilizáis los datos que precisamente reproduce la maraña de intereses sociopolíticos en juego». Es la versión más kuhniana y libre de la ciencia representada por numerosas escuelas críticas (psicoanálisis, Escuela de Francfort, neomarxismo, etc.) o derivada de posiciones fenomenológicas (hermenéutica, etnometodología, interaccionismo simbólico, relativismo cultural, etc.). Diatriba en el fondo más apodíctica que aporética, pero que todavía se mantiene viva. A lo que contribuye la mostrenca e impresentable pedagogía matemática, que se suele utilizar en las escuelas urbi et orbi. ¿Cuál de estas dos posiciones tiene razón? Seguramente ambas. Lo que resulta atrayente y además necesario es intentar integrar ambos enfoques para conseguir: a) hablar de lo social-relevante; y b) de una manera verificable o replicable. Éste fue uno de los desafíos que se planteó Von Bertalanffy con su teoría general de sistemas seguido en ciencias sociales por Easton, Deutsch, Buckley, Van Gigch, Bailey y otros. En esta línea permítaseme adelantar tres observaciones: — Primera, contraponer lo cualitativo a lo cuantitativo viene a carecer de sentido epistemológico, puesto que no parece que pueda existir nada solo cuantitativamente (se refiere a propiedades intensionales) si previamente no se distingue cualitativamente (propiedad extensional). No se puede precisar lo que pesa por ejemplo el bolígrafo que uso (una de sus cualidades mensurables) si no se comienza por distinguir el objeto «bolígrafo» de otros objetos. Enfrentar, como suele hacerse, ambos enfoques metodológicos resulta tan absurdo como intentar demostrar que algo pesa Xsin una referencia cualitativa mínima a dicho «algo». Se puede asegurar por tanto que lo cuantitativo implica forzosamente lo cualitativo, y que la operación cualitativa (de orden semántico) es previa a la operación cuantitativa (de orden 14 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna métrico). La cualidad es anterior y más fundamental que la cantidad, ya que no pueden existir cantidades de la «nada» o de lo que es desconocido o no percibido. — Segunda, si la cualidad resulta fundamental en el origen del conocimiento, la cantidad termina siendo más enriquecedora y definitoria al representar un valor añadido, un conocimiento complementario. «El bolígrafo es ligero» o «El bolígrafo pesa 82 gramos» son operaciones gramaticales donde los predicados «ligero» o «pesa 82 gramos» añaden en cualquier caso un conocimiento que se suma siempre al conocimiento inicial que teníamos del bolígrafo (su estructura y sus funciones). Al presentarse en el proceso del conocimiento en un momento posterior, el enfoque cuantitativo (ya sea adjetivado o cifrado) termina siendo forzosamente superior o complementario al cualitativo. —Y tercera, y en consecuencia con lo dicho, conviene denunciar la generalizada falacia que supone tomar por cualitativo lo que no es más que una operación de cuantificación deficiente. Cuando se dice «Este bolígrafo es ligero» (adjetivando en lenguaje ordinario una cualidad intensional del bolígrafo), dicha proposición puede entonces contraponerse a la expresión «Este bolígrafo pesa 82 gramos» (incorporando al conocimiento que tenemos del bolígrafo como objeto diferencia una propiedad precisa y replicable). Por tanto, el lenguaje adjetivado no puede sino proporcionar una experiencia personal subjetiva, intransferible y no falsable. Se trataría, como sostiene Lachenmeyer (1971) en su crítica a la sociología como ciencia, de un lenguaje ambiguo, vago, opaco y contradictorio, inadecuado para conformar un conocimiento científico. Por el contrario, el lenguaje métrico resulta precisamente lo contrario: claro, preciso, transparente, lógico y replicable. Confundirse no deben, pues, aquellas malas cuantificaciones que llamamos «análisis cualitativo» (Schwartz y Jacobs, 1979) con la inevitable cualificación previa o tipología distintiva entre objetos. Problema distinto es que podamos finalmente cuantificar lo social y en especial lo que vengo llamando «social relevante», esto es, la performance o eficiencia de las organizaciones sociales. 2. Una técnica: el método Delfos ¡Cuantificar lo relevante! Ahí es nada. ¿Y quién dice lo que es relevante? ¿Y qué partes o dimensiones lo son? ¿Y cuánto de relevante para unos y para otros? Y lo que hoy es relevante, ¿lo fue ayer o lo seguirá siendo mañana? Recordemos de nuevo que numerosos colegas de reconocido oficio tienen bien asumido que raramente lo social significativo puede cuantificarse satisfactoriamente. Véase p.e. el magistral y conocido (aunque hoy superado) artículo de C. Moya en los años sesenta sobre su crítica a los indicadores sociales. Por no hablar de la frase que tuve ocasión de oír personalmente a P. Berger «lo social no es matematizable y si se hiciera deshumanizaríamos lo social». Especie de exabrupto analgesizante que puede haber evitado a muchos el a veces terrible dolor del El objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 15 silicio matemático. Trátase además de una especie de aspirina-trampa de inspiración conservadora, ya que contribuye a evitar que se demuestren con precisión verificable las numerosas injusticias que en el mundo son. Negando la posibilidad de cuantificarlas, todo puede quedarse en meras opiniones, tachables además de subjetivas, ideologizadas e imprecisas en cuanto así interese. Qué duda cabe que un análisis comparativo (por referirme a una discriminación capital fáctica) de los porcentajes de mujeres parlamentarias, presidentes ejecutivas de grandes empresas, directoras de periódicos o que han alcanzado el rango que «generalas» o de «obispas», proporcionaría resultados de escandalosa desigualdad en una sociedad que se precia de perseguir la igualdad de oportunidades. El análisis comparativo de estos datos en sociedades diferentes, sus tendencias en el tiempo (lo que permite el ajuste a rectas matemáticas y el conocimiento de los grados exactos de cambio), su puesta en relación con posibles variables explicativas (nivel de educación, estatus socioeconómico de los padres, etc.) proporcionarían sin duda un conocimiento estadístico de estos fenómenos, no sólo más explicativo y exacto, sino también, y sobre todo, más verificable, o al menos falsable, que es lo que hace respetable al conocimiento y permite su cumulatividad. Triste resulta constatar que muchos colegas progresistas y bien intencionados se niegan en redondo, por unos y otros motivos, a la matematización de lo social. El lenguaje, como sabemos desde Whorf y Sapir hasta Giddens, no es un mero reflejo de la realidad social, sino que la estructura y la constituye inapropiada, pues, constitución social contribuiríamos a conseguir con un lenguaje inadecuado. Sin tomar como ejemplo tan apasionantes problemas de desigualdad genérica si deseo referirme al origen del método Delfos, diseñado precisamente para pasar del lenguaje común (en temas complejos y poco medibles) al matemático y cuantificado. Es el problema que se les presenta a ciertas empresas cuando han de decidir, por ejemplo, si conviene montar una planta industrial en el país A o en el B. Sucede que una vez efectuados los correspondientes estudios de rentabilidad económica a corto plazo es preciso también evaluar la seguridad futura de las inversiones en base a aspectos tales como la ideología política del sistema, la estabilidad gubernamental, la presión sindical, la actitud de la Administración, las expectativas futuras u otros aspectos igualmente difusos. Conjeturas ideológicas por el momento aparte, dada la dificultad de concretar y definir con precisión estas situaciones, la empresa suele enviar a un equipo de expertos a observar in situ la situación concreta en cada uno de los países. De vuelta, celebran varias reuniones donde cada uno de los expertos presenta una percepción cuantificada de 0 a 10 traduciendo numéricamente (graduando) los aspectos mentados subjetivos, perceptivos y en definitiva interpretativos y comprensivos de cada uno de los criterios previa e igualmente consensuados. Fruto de una primera reunión entre los ejecutivos y técnicos empresariales es la formación de dos matrices básicas como las siguientes (ejemplos hipotéticos para cuatro criterios y cinco expertos), donde se aprecian las cifras proporcionadas por cada experto para cada uno de los criterios utilizados: 16 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna Tabla 1. País A Criterios Técnico 1 2 3 4 5 Promedio 1 Ideología política 6 5 6 6 7 6 2 Presencia sindical 10 10 8 9 9 9 3 Estabilidad Gobierno 4 4 6 6 5 5 4 Acutación Administración 8 8 6 8 7 7,4 Promedio general 6,8 Tabla 2. País B Criterios Experto 1 2 3 4 5 Promedio 1 Ideología política 6 4 6 5 4 5 2 Presencia sindical 9 8 9 10 9 9 3 Estabilidad Gobierno 2 1 2 3 2 2 4 Actuación Administración 2 2 2 1 1 1,6 Promedio general 4,4 Los vectores de evaluación global (columnas de promedios) señalan ya un primer indicador válido a través de sus promedios sobre las posibilidades relativas de los países A (6,8) y B (4,4). El método se suele perfeccionar con la discusión (autorreflexibilidad sistémica) de cada una de las cifras de las matrices y la asignación sucesiva de probabilidades y expectativas matemáticas, de forma, por ejemplo, que al final se dispone de una sola cifra (entre 0 y 1) para cada país, lo que viene a significar la probabilidad estimada de que el negocio en cuestión tenga éxito. Un país por debajo del 0,5 sería radicalmente desestimado, mientras que uno que supere el 0,75 tiene grandes posibilidades de instalar la planta en su territorio. El método suele clasificar los países candidatos en función de estas condiciones objetivadas a través de un proceso interactivo e iterativo que reduce máximamente las posibilidades de error. Mayor es el número de criterios estimados, más alta la seguridad y fiabilidad del resultado. Enfoque metodológico que igualmente podría aplicarse a cualquier tipo de empresa o acción, por ejemplo revolucionaria, donde un grupo de activistas, en lugar de utilizar la mera intuición o la siempre sospechosa autoridad de un líder, se propusiera objetivizar/consensuar al máximo la decisión definitiva. Los primeros criterios a evaluar entonces podrían ser el grado de vigilancia policial, de apoyo social, el día/hora óptimos, el espacio físico operativo, etc. Esta metodología tiene múltiples aplicaciones y no es raro que hayan sido precisamente científicos sociales los que han desarrollado y perfeccionado (0. Helmer, N. Rescher, B. Brown, N. Dalkey, R. Campbell, y otros). En realidad, viene a suponer una aplicación práctica de lo que Habermas ha defendido como «intersubjetividad» en la conformación de lo teórico social. Pretendo, pues, haber mostrado que es posible y deseable pasar del lenguaje común, impreciso y a menudo repleto de subjetividades espúreas, al lenEl objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 17 guaje matemático/cuantitativo más exacto, criticable y apto para generar acuerdos intersubjetivos (Boudon, 1971). Aparte, claro está, de otras ventajas del lenguaje formalizado como las estenográficas o las deducibles. Véase además como gran parte de los problemas sociológicos de moda como la «reflexibilidad» (los expertos afinan sus cálculos a partir de las iteraciones), el «sujeto autodeterminado» (convertido al menos en actor autodeterminado para el problema concreto) o el «pensamiento de segundo orden» (por el proceso iterativo de asignación de grados), quedan en principio preresueltos, con lo que quiero decir, replanteados para mejorar sus posibles soluciones. El método Delfos alcanza así, de una manera matemático-forzosa y consensuada, una solución sistemáticamente heterodeterminada superadora de la incertidumbre contingente inicial y pábulo además, por otra parte, para el planteamiento de nuevas incertidumbres de superior calado científico y sobre todo humanístico. 3. ¿Sociología para quién? «Sociology for whom?» (McCLung Lee, 1906), or «Knowledge (sociology) for what?» (Lynd, 1939) son ya viejos avisos en pos de una ciencia social humanista, ciencia que en mi opinión debería comenzar formulándose la siguiente pregunta básica: «¿Para qué el hecho social?». Sólo cuando respondamos a esta pregunta, quizás conozcamos el por qué último de la sociología y si en verdad nos estamos olvidando de algo. Resituemos, en una serie de puntos esquemáticos, algunos de los posibles problemas relevantes del análisis sociológico. a) Toda «sociedad» (desde la simple díada de individuos, al Estado-nación o las complejas sociedades supranacionales) busca y produce un cierto «valor añadido» que debe producirse por el mero hecho de la asociación. Si el sistema Sformado por nindividuos es capaz de «producir» más de lo que producirían los nindividuos actuando separadamente, entonces y solo entonces, nace la asociación, y por extensión cualquier tipo de sociedad (natural o artificial). Valor añadido que representa la esencia (origen y fin) de lo social y rasgo único que justifica su existencia. b) Que, a pesar de la axialidad de este rasgo (repito, rasgo único que justifica la existencia de la relación asociativa), ninguna ciencia actual toma como objeto de análisis dicho valor añadido. Si los individuos nos asociamos, o simplemente colaboramos, es siempre para obtener un algo (material o inmaterial); sin embargo, dicho «algo» no es motivo de atención para los científicos sociales. Resulta por ello chocante que nos asociemos sólo para alcanzar unos fines, que ni antes como previsión, ni después como resultado, merecen nuestro análisis en tanto que tal valor añadido global. Se presenta una situación tan absurda como aparentemente paradójica: Hacemos Xcon el fin exclusivo de alcanzar Ypara a continuación olvidarnos de Y seguramente por estar enzarzados en el conocimiento de X. Mas, ¿Cómo 18 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna puede pretenderse el conocimiento de los factores que explican Ysi esta variable es desconocida? ¿Cómo podría calcularse, por ejemplo, en el modelo regresivo Y= a1,X+a2X2+ … anXnla aportación de cada variable independiente X (representada por los coeficientes a), si no conocemos cómo se comporta la variable dependiente Y? ¿Cómo podríamos explicar por qué un número tan bajo de mujeres ocupan un puesto relevante en la sociedad si no conocemos este número? ¿Cómo podemos explicar un fenómeno si no tenemos conciencia del mismo? Dado que metodológicamente el problema tiene una presentación absurda, las preguntas deben ir por otros derroteros. ¿Qué factores mediáticos pueden estar impidiendo el análisis de los objetivos últimos de la actividad asociativa? ¿Cómo puede explicarse tan incongruente proceder? ¿Qué ignotos intereses pueden estar obliterando (¿Hasta cuándo?) el conocimiento de posiblemente lo único (sistema de valores) que interesa a la mayoría de los individuos? c) Este apenas sostenible silencio sociológico sobre los fines de las unidades sociales, aparte los intereses que pueda representar (carácter parahomeostático de los sistemas sociales), se apoya en falacias que, como el teorema de imposibilidad de Arrow (uno de los más distorsionantes y regresivos que conozco), vienen a «demostrar» que no es posible la agregación de intereses individuales en una única función social de utilidad. Holgaría por tanto su construcción y cálculo y consagraría el velado desprecio (nunca asumido por supuesto) que se «merecen» las individuales opiniones, casi siempre «insuficientemente conocedoras» de la realidad o de sus propios intereses. La crítica sistemática al método de la encuesta estadística (quizás el instrumento más válido para agregar las preferencias de colectividades) frente a la defensa del método del grupo de discusión (epistemológicamente estéril para realizar tal agregación), contribuyen a mantener tan intrigante y ominoso silencio. d) Que en la búsqueda de estos fines, los individuos nos organizamos como sistemas de transformación (Piaget, Easton, Deustch, Almond, Bunge) donde perseguimos convertir unos medios (recursos, materiales o no) en fines (sistema de valores). La analogía gráfica Entradas (X) →Transformación (T) →Salidas (Y), representa con bastante exactitud lo que todo grupo realiza en cada acto de su existencia, sea o no (como monsieur Jourdan) consciente de ello. e) Que dicha analogía nos permite conocer la eficiencia global de cualquier sociedad a través de la expresión T= Y/X, esto es, T (la organización) será mayor cuanto mayores son las salidas Y(o sistema de valores producido) y menores las entradas X(o recursos utilizados), por ejemplo, el presente artículo representaría inevitablemente un sistema de transformación donde utilizamos una serie de entradas o medios (principalmente nuestro tiempo) para obtener un sistema de valores (entre los que destaca sin El objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 19 A. Sociologización. La sociedad ha de ser contemplada como interpretada por la totalidad de los individuos que la componen desde la perspectiva sociológica del «hombre de la calle», no meramente desde los despachos universitarios o científicos. El investigador social debe realizar el necesario esfuerzo de interpretación empática para ponerse en el lugar del ciudadano común y analizar cualquier organización social (grande o pequeña) desde lo que los individuos esperan de las mismas para satisfacer sus anhelos, intereses o carencias. La teoría sistémico-social no puede volver a cometer los desatinos que han cometido ilustres colegas que llegaron a definir nada menos que las salidas o realizaciones de los sistemas sociopolíticos como «decisiones» y «acciones» (Easton) o como «elaborar la regla», «ejecutar la regla «vigilarla judicialmente» (Almond) o como el célebre esquema AGIL (Parsons). ¿Podemos acaso criticar a los sistemas políticos utilizando estos conceptos? ¿Acaso no llevan a cabo, absolutamente todos los sistemas sin excepción, eficaces e ineficaces, gran profusión de decisiones, acciones, elaboraciones de reglas, etc. sin que por ello mejore el bienestar de la población? ¿Acaso puede evaluase o compararse una gestión, tanto de un sistema político como de una empresa o cualquier otra organización, en base a tan generales y meramente mediáticos conceptos? Una vez más, lo que el hombre de la calle espera de los sistemas políticos, son «beneficios» aplicables a sus necesidades como salarios, nivel de pensiones, buenas carreteras, seguridad ciudadana, libertades políticas, conservación de la naturaleza, etc., serie de expectativas que llamaré valores-fines y que se estructurarían en un patrón referencial de valores (PRV) de aplicación general. A esta, a mi parecer ineludible, operación de interpretar las salidas de un sistema social desde la óptica carencial del hombre de la calle, es a lo que llamo «sociologización». B. Axiologización. Los valores son tenidos como el reverso de la medalla de la necesidad (Kluckhohn), y dado que el sistema social se forma sólo y únicamente para mejor satisfacer las necesidades individuales, las realizaciones o salidas de los sistemas sólo pueden lógicamente ser expresados en términos de valores. Para ello será preciso separar los valores en dos grandes categorías, a saber: l) los valores específicos y particulares a cada cultura o época (relativismo cultural) y 2) los valores generales o universales comunes a la práctica totalidad de los individuos y pueblos al margen de cualquier contingencia espacio-temporal (teoría objetivista de los valores). En trabajos anteriores, he propuesto para su utilización, en cualquier tipo de sistema social, un patrón referencial de valores que se compone de los nueve siguientes valores: salud, seguridad, conocimiento, libertad, justicia, riqueza material, conservación de la naturaleza, prestigio y calidad de las actividades. No referir, pues, las realizaciones (salidas) de los sistemas sociales a valores concretos que responden a necesidades concretas de personas concretas, podría suponer una mixtificación más o menos velada de la teoría social y un insospechado engaño a las personas que confor26 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna man la sociedad y sostienen económicamente sus instituciones científicas y académicas. C. Cibernetización. Si la cibernética es «la ciencia de la comunicación y el control» (Wiener), o «la ciencia que rinde eficaz la acción» (Couffignal), por cibernetización del sistema hemos de entender la vigilancia que los interesados han de ejercer para que las salidas o los estados finales del sistema se atengan a lo previamente especificado o proyectado. Afortunadamente la teoría de la empresa ha desarrollado procedimientos de control de gestión (previsión/ejecución/desviación) aptos para ser generalizados al resto de los sistemas sociales. La sociocibernética se presenta hoy, pues, como una de las ramas de la teoría de sistemas sociales con más posibilidades de aplicación. Es lo menos que puede esperarse de los responsables de cualquier gestión: vigilar las realizaciones para corregirlas a tiempo si procede. D. Autocrítica. La cibernetización del sistema permite precisamente la autocrítica de su comportamiento, no sólo por el típico análisis de las desviaciones que permite el control de gestión, sino también porque la totalidad de los valores y de los indicadores que los representen, pueden quedar expresados dentro de un intervalo común o estándar que variará de 0 (mínimo, pésimo) hasta 100 (máximo, óptimo), y serán las diferencias entre lo conseguido y lo óptimo (o lo proyectado) lo que conllevará indefectiblemente una crítica radical y comparable de lo que el sistema ha podido hacer y, sin embargo, no ha hecho en cada uno de los objetivos o indicadores. A la teoría sistémico-social más moderna (la que surge de los últimos desarrollos sobre los conceptos de autopoiesis, reflexibilidad, entropía, cibernética de segundo orden, tercera cibernética y otros, que se complementarían con la exigencia de los cuatro requisitos citados, es a lo que llamo enfoque axio-operacional, método que no hace sino intentar interpretar rigurosamente el principio de complejidad de los sistemas sociales y sus derivados de parsimonia y relevancia para separar lo importante de lo secundario, lo esencial de lo que no lo es, lo que busca y lo que no busca el hombre de la calle. Frente a la descarnada visión que del sistema social tienen autores como Luhmann, para quien la persona humana desaparece prácticamente del sistema, véase, por ejemplo, la idea que sostiene la Conferencia de las Naciones Unidas sobre salud y ambiente en el desarrollo humano sostenible: «Se entiende que el desarrollo humano sostenible es un proceso que mejora la suerte de los seres humanos —un proceso que es holístico, integrado e integrador de los elementos que conforman la totalidad ambiental—; un proceso en el cual los elementos y las partes sólo pueden ser evaluados significativamente en su relación con el todo. Los humanos son tanto los actores como los beneficiarios del proceso y su supervivencia y bienestar son su razón de ser» (Jiménez Herrero, 1997: 72). El objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 27 6. ¿Una hipótesis plausible? Podría no existir contradicción ni paradoja alguna en el olvido de Ypor parte de los científicos sociales. Al contrario, resulta lógico que el poder (vía financiación y otros medios) procure velar la parte considerable mayor de Yque percibe, para que no quede constancia (verificable) del hecho. Conocido es el recelo del poder hacia toda transparencia contable. (En el mundo empresarial, por ejemplo, coexisten a veces todavía hasta tres contabilidades: una para el consejo de administración, otra para el fisco y otra para negociar los convenios colectivos.) En los términos exclusivos del valor añadido Y, entendido «como suma cero» (lo que yo tomo tu no), el poder detesta el número; o mejor dicho, detesta la publicidad del número, aunque se regodee, sin duda, en su contemplación privada. De ahí que termine por institucionalizar las cuentas bancarias numeradas (secretas) o la no publicación por parte de los organismos públicos de sus declaraciones (¿sistemáticamente falsas?) de sus rentas. Si hay algo que el poder tema y evite es que se cuantifique lo que realmente toma del añadido sinérgico producido por la relación social. La vieja plusvalía marxista no le suena precisamente a tranquilizante canción de cuna. Esperpéntica presentación de la realidad social en la que no dejan de participar, conscientes o no, los propios científicos sociales. Los medios para conseguir el «silencio cuantitativo» sobre Ypor parte de éstos últimos, son tan variados como sutiles. Comienzan por aprovechar la natural complejidad de Ypara matrimoniarla precipitadamente con la hiperespecialización científica y el desguace o despiece del objeto (la unidad social) al estilo de las llamadas «ciencias duras», pensando quizás que así el trabajo presentado es más científico. Todo ello en un ejercicio de mimetismo acomplejado merecedor de tan acerada crítica como de freudiana interpretación. No importa que a los políticos, a los padres de familia, a los directores de escuela, a los rectores de universidad, a los presidentes de clubes deportivos, e incluso a los empresarios más evolucionados y conscientes, y en general a todos los responsables de unidades sociales en funcionamiento, sólo les preocupe el contenido Yy vivan y trabajen para conocer y mejorar esta variable. Los científicos sociales no se inmutan por ello. Al contrario, al dar vueltas alrededor de los microobjetos que ellos mismos arrancan de la unidad, despojándolos por tanto de sus determinantes estructurales, logran matar dos o tres pájaros de un tiro: «salvan» la complejidad de Y; utilizan el método científico por creerse equipados con dudosos «microscopios» sociales, y de paso dejan intocados ciertos intereses proclives a financiar dichas «investigaciones». La reciente historia de los trabajos sobre el paro en España demuestra esta desagregación artificial, lo que está llevando al fracaso comparativo de su solución. El llamado «pensamiento posmodernista», explicable fruto de la malintegración de una serie concomitante de circunstancias históricas (por ejemplo influencia de los relativistas Einstein, Heisemberg, Godel…; del fracaso de la URSS y su concepto político del todo; la complejidad del nuevo mundo y la sensación de impotencia ante sus problemas, etc.), al parecer convertido en 28 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna una especie de fundamentalismo filosófico como única terapia contra el aburrimiento o la esterilidad, viene renunciando a cualquier intento de validación científica de los hechos: «Más que ningún otro, este fin de siglo al que nos estamos aproximando se caracteriza por la concepción, difundida en todos los ámbitos científicos, de que no hay una racionalidad definitivamente válida o legitimable, sino sólo “paradigmas” locales, válidos en un sentido limitado» (Fisher, 1997: 12). 0, como más escuetamente lo expresó Nietzsche, uno de los padres de este movimiento: «No hay hechos, sino únicamente interpretaciones» (Fisher, 1997: 19). Si la sonrisa de Newton pudo ser leve y condescendiente, las carcajadas de los poderosos debieron oírse en Marte. Y si así comienzan, prosiguen aprovechándose de la escasa sonoridad de las cifras (¡qué aburrimiento!) frente a la combinatoria poética de las palabras, a los que, prestos, añaden la alergia que produce la inadecuada enseñanza de las matemáticas y su correspondiente retahíla de angustias y suspensos académicos. El número, tenido por clarificador y ordenador de la mente, termina enturbiándola. El «tiro al blanco» al símbolo matemático es entonces aprovechado por el poder para explotarlo en las ciencias sociales más molestas o peligrosamente críticas (aquellas, por ejemplo, que se ocupan cuantitativamente del reparto de los sistemas de valores producidos), negando además (y certificándolo) cualquier posibilidad de cuantificar valores y preferencias, sustracciones y provechos. La numerofobia sobre los hechos relevantes se instala de tal forma en la sociología, que terminan siendo mayoría (a pesar de la inicial física social de Quetelet y Comte) los oficiantes de las versiones literaria o hermenéutica, quizás una de las causas de la escasa madurez de la sociología como ciencia (no por joven), y su marginación creciente en los ámbitos universitarios (véase la tendencia de EE.UU.; y en España, lo sucedido en las facultades de económicas, por no mencionar la crisis de la filosofía, antecedente de lo que puede esperarle a la sociología «filosófica»). Pero la sutil penetración antinumérica alcanza cotas preocupantes cuando cabezas tan alertadas como las de nuestros C. Moya o J. Ibáñez, por no hablar del caso Cicourel, terminan donde empezaron: sin llegar a hacer unas cuentas que podrían haber resultado dramáticamente clarificadoras e intersubjetivamente verificables del posible abuso de poder cometido por la punta del iceberg sobre el resto, y como ellos mismos dicen, cuando critican los números «en lugar de las cuentas se presentan cuentos». La faena elitista queda primorosamente redondeada cuando se asume por la tribu sociológica que la emisión de predicados verbales no falseables significa admirativamente «parir palabras», mientras que la emisión de predicados cuantitativo-falsables significa despectivamente «cagar números». En resumen, añadiendo las comprensibles actitudes elitistas a la feble estética del número y su temida y desafortunada enseñanza, explicaríamos en gran parte la numerofobia más típica de la sociología, produciéndose entonces, por parte de escribanos y orates, una lamentable descuantificación de lo relevante y una generalizada amnesia del objeto motivador de lo social. Y en lugar de integrar la palabra con el número, lograríamos a la vez anatematizar el número e invalidar (científicamente) la palabra. Todo vale y nada vale. El objeto olvidado de la sociología Papers 56, 1998 29 30 Papers 56, 1998 Francisco Parra Luna Aunque he de reconocer que, después de treinta años de oficio, ya no sé muy bien si es la sociología quien se olvida de su objeto o soy yo quien no ve ni la sociología. Bibliografía BOUDON, R. (1971). La Crise de la Sociologie. Questions d’épistemologie sociologique. Ginebra: Librairie Droz. CORTÉS, Fernando; PRZEWORSKI, Adam; SPRAGUE, John (1974). 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