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NAGLIS KARDELIS Universidad de Vilnius ORCID id: orcid.org/0000-0002-2179-3754
Áreas de investigación: filosofía del lenguaje, filosofía de la Antigüedad, filosofía medieval, filosofía de la religión.
DOI: doi.org/10.35321/all84-16
LENGUA Y REALIDAD
La relación entre la lengua y la realidad es el problema más interesante y más difícil de resolver de la filosofía del lenguaje. Tiene muchos aspectos, porque la propia realidad también se comprende y se describe de manera diferente en distintos contextos del análisis filosófico.
Por ejemplo, es posible investigar lo que llamaríamos la realidad interna de la propia lengua: la naturaleza inmanente de la lengua, que se manifiesta en los diversos niveles analizados por la ciencia del lenguaje. El mundo de la lengua, que se abre cuando se contempla desde el interior de la lengua como sistema cerrado y se valora mediante las propias medidas internas de la lengua, es completamente diferente del mundo que se abre más allá de los límites de la propia lengua. La realidad inmanente de la lengua no coincide con aquella realidad que se abre más allá de los límites de la propia lengua, a la que la lengua está llamada a dar voz y sobre la cual debe hablar. La verdad de la palabra como «cosa» de la propia lengua es distinta de la verdad de la cosa de la realidad extralingüística: por ejemplo, aunque al esclarecer la etimología de una u otra palabra, que revela una «verdad» lingüística sobre la cosa designada por ella, no llegamos por sí mismos a conocer la verdad sobre la cosa misma, existente más allá de la lengua, la lengua puede proporcionarnos valiosas intuiciones sobre cómo deberíamos pensar acerca de esa cosa.
O bien, he aquí otro ejemplo: aunque en la realidad inmanente de la lengua —en la realidad de las palabras— se traza claramente la distinción entre la cosidad y la procesualidad, que aparece en el nivel de la morfología como distinción entre el sustantivo y el verbo, vista con una mirada cotidiana parece mostrar correctamente la diferencia existente más allá de los límites de la propia lengua entre objetos y procesos; sin embargo, no puede considerarse, por sí misma —sin reservas y correcciones esenciales—, propia de la realidad extralingüística misma, que es mucho más compleja, extraña y enigmática que su superficie abierta por la experiencia cotidiana: pues, como afirmaba el antiguo filósofo griego Parménides, el ser es monolíticamente uno, idéntico a sí mismo, inmóvil e inmutable, y los físicos contemporáneos quizá estarían de acuerdo con él al decir que toda la realidad física es tan unitaria que, en general, resulta imposible hablar de cosas estrictamente localizadas y separadas unas de otras; además, el propio tiempo —y con él también lo que percibimos como acontecimientos que se despliegan en el tiempo
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acontecimientos diferentes— no es más que una ilusión de la experiencia humana cotidiana, aunque muy persuasiva.
Por cierto, este es solo un ejemplo concreto con el que queríamos llamar la atención sobre el hecho de que no deberíamos identificar acríticamente las «verdades» que se revelan en la realidad interna de la propia lengua —en la realidad de las palabras, de sus significados y de las formas morfológicas y sintácticas— con la verdad sobre el mundo existente más allá de los límites de la lengua. Lo que llamaríamos la realidad interna de la propia lengua lo estudia más bien la lingüística que la filosofía (a menos que fuéramos grandes admiradores de Heidegger), mientras que la filosofía está llamada a pensar la relación entre la lengua y la realidad extralingüística —la realidad verdadera—. Es cierto que conviene reconocer que la filosofía del lenguaje también se interesa por cómo se constituye en la lengua la imagen lingüística del mundo y por cómo la lengua refleja y representa la realidad extralingüística en los distintos niveles de su sistema. No obstante, para la filosofía lo más interesante sigue siendo la cuestión misma, planteada radicalmente, de la relación entre la lengua y la realidad.
Al considerar esta cuestión, los filósofos caen a veces en dos extremos, que examinaremos brevemente y cuya crítica presentaremos a continuación.
El primer extremo está relacionado con la opinión de que la realidad extralingüística existe, pero que en la lengua no se refleja en absoluto o que su imagen lingüística está completamente deformada y es inadecuada. Algunos filósofos que profesan esta opinión contemplan la realidad y la lengua como dos recipientes incomunicados. Según la convicción de estos pensadores, no es que el ser humano carezca por completo de acceso a la realidad: tiene la posibilidad de experimentarla mediante los sentidos corporales, ante todo mediante la vista; pero aquello de lo que habla la lengua, especialmente la lengua abstracta, apartada del contenido sensible, no es siquiera una imagen deformada de la realidad extralingüística, sino más bien una pseudorrealidad, una falsificación de la realidad extralingüística. Esta perspectiva obliga inevitablemente a mirar la lengua con sospecha, escepticismo e incluso nihilismo, sin esperar que la lengua pueda alguna vez abrir las profundidades y los misterios de la realidad extralingüística o proporcionar la capacidad de la intuición filosófica. Esta valoración extrema de la lengua como, por así decirlo, filosófica y existencialmente impotente es defectuosa desde el punto de vista lógico, pues tropieza con contradicciones internas insuperables.
Pues si la lengua no es capaz de tocar de ningún modo la realidad, es decir, si en su relación con la realidad aparece como completamente impotente, cabría preguntar cómo podría el filósofo que reflexiona sobre tal impotencia de la lengua llegar a ser capaz tanto de comprenderla él mismo como de comunicarla a otros precisamente por medio de la lengua, teniendo en cuenta que las teorías sobre la impotencia de la lengua se exponen en esta, en tratados filosóficos científicos. Dicho más sencillamente, si la lengua fuera completamente impotente en el sentido mencionado, ni siquiera estaría facultada para transmitir el conocimiento de su propia impotencia. Es evidente que, al formular tales teorías sobre la impotencia de la lengua mediante los recursos de la lengua y del pensamiento lingüístico, es precisamente la lengua —ante todo, el pensamiento lingüístico— la que se convierte en medida de la conmensurabilidad o inconmensurabilidad entre la lengua y la realidad extralingüística y, en la persona del filósofo que piensa y habla en la lengua, en el árbitro que emplea dicha medida. Quien es ciego de nacimiento, al fin y al cabo, no es capaz de comprender ni
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valorar la diferencia entre la visión y la ceguera, del mismo modo que quien no percibe el gusto no puede comprender ni definir en qué se diferencian el gusto y la insipidez.
Al criticar esta interpretación radical de la relación entre la lengua y la realidad también podríamos preguntar de otro modo: si no es la lengua, ¿con qué instrumento precisamente, ya sea sensible o suprasensible, es capaz el filósofo de experimentar la impotencia de la lengua y transmitir a otros el conocimiento de ella? Suponiendo que la lengua y la realidad sean realmente como dos recipientes incomunicados, y suponiendo también que el filósofo, a pesar de la impotencia de la lengua, posea alguna otra vía de acceso a la realidad, por ejemplo, la capacidad de los sentidos o de una intuición no discursiva —no lingüística—, sigue sin estar claro cómo un filósofo que dispone de una lengua tan impotente puede comunicar a otros el conocimiento de la impotencia de la lengua.
Los pensadores que consideran la lengua y la realidad extralingüística como dos recipientes incomunicados se enfrentan a otra contradicción insuperable. Si se sostiene que, a pesar de la incapacidad de la lengua para abrir la realidad, el ser humano tiene, no obstante, acceso sensible a ella, se convierte en una paradoja inexplicable la imaginería de la lengua y su capacidad, en el medio de los signos lingüísticos que mediatiza las impresiones suprasensibles de los sentidos, para representarlas: pues todo poeta y prosista conoce perfectamente la verdad de que en el medio de la lengua es posible imitar las impresiones sensibles directas; en poemas, novelas y dramas es posible pintar imágenes con palabras, difundir sonidos y olores y transmitir experiencias gustativas y táctiles. Pues si se supone que la lengua, como medio supuestamente radicalmente suprasensible, no tiene ninguna medida común con lo sensible, resulta incomprensible cómo en la lengua puede hacerse posible —aunque indirectamente, de manera mediada— transmitir con precisión y sin ambigüedad impresiones sensibles sutiles. Si reconocemos que son precisamente los sentidos los que nos proporcionan acceso a la realidad, al mismo tiempo debemos reconocer inevitablemente que, precisamente en la medida y del modo en que la lengua, como medio que mediatiza simbólicamente las impresiones sensibles, es capaz de imitar lo sensible, ella —junto con los propios sentidos no mediados— también nos proporciona cierto acceso, aunque algo más débil, a la realidad extralingüística.
Por cierto, como problema independiente que surge para los filósofos que separan de manera excesivamente radical los ámbitos de la lengua y la realidad, habría que considerar la cuestión de si las propias impresiones sensibles pueden experimentarse de un modo absolutamente puro, no mediado lingüísticamente. Pues es muy probable —o más bien incluso indudable— que el ser humano experimente las impresiones sensibles de manera tan intensa y rica no solo por la salud y la fuerza de los sentidos en sí mismos, sino también por ese «matiz» o «sabor» suprasensible que, durante la experiencia sensible, la capacidad mediadora del medio lingüístico otorga a dichas impresiones: la experiencia física, vinculada a los recuerdos, a las imágenes engendradas por la imaginación creativa, a las proyecciones del futuro, al juego de las figuras del lenguaje o incluso a ciertos pensamientos abstractos —en otras palabras, vinculada a aquello que se fija, se constituye o simplemente nace espontáneamente en el medio de la lengua—, se vuelve mucho más fuerte que la experiencia física pura, separada de la lengua.
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Aunque no podamos comprobarlo directamente, es muy probable que, debido a la mediación y amplificación suprasensible —simbólica— de las impresiones sensibles proporcionada por la lengua, el ser humano experimente incluso las vivencias sensibles con mayor intensidad, riqueza y expresividad que los seres vivos que no hablan. La lengua y el pensamiento lingüístico nos permiten reflexionar sobre la experiencia sensible y admirar y apreciar la intensidad y riqueza de las impresiones sensibles. Los seres incapaces de hablar y de pensar lingüísticamente no reciben este privilegio. En esta ocasión conviene señalar que incluso aquellos pensadores que menosprecian demasiado la lengua y sobrevaloran considerablemente los sentidos son capaces de transmitir a otros, precisamente mediante la lengua y solo mediante la lengua, y no mediante los sentidos, intuitivamente, telepáticamente o por cualesquiera otros instrumentos del cuerpo o del alma, su propia admiración por el poder de la experiencia sensible —como, por cierto, también el abismo que exageradamente subrayan entre la lengua «impotente» y los sentidos «soberanos y capaces»—.
Es evidente que precisamente la lengua, y no los sentidos por sí mismos, proporciona a los pensadores que niegan la capacidad de la lengua el poder de comprender claramente y reflexionar mediante el pensamiento sobre lo impresionante de la experiencia sensible. Por tanto, en realidad ni siquiera podemos afirmar que el acceso del ser humano a la realidad extralingüística lo proporcione únicamente el sentido puro; sería más correcto afirmar que tal acceso a la realidad, tal como es posible para el ser humano en general, no lo proporcionan tanto los sentidos puros por sí mismos ni la lengua pura por sí misma, sino más bien la lengua y los sentidos juntos, interactuando en la experiencia humana unitaria.
El segundo extremo de la valoración de la relación entre la lengua y la realidad se manifiesta en la opinión de que la realidad «verdadera» no existe en absoluto y que su ilusión se constituye en la lengua, fuera de cuyos límites supuestamente no hay nada. Esta perspectiva suele asociarse con la filosofía posmoderna, sobre la que influyó considerablemente el empeño de estructuralistas y posestructuralistas por analizar la lengua como un sistema cerrado, cuyo cada elemento se define por su relación con los demás elementos y no por aquello que existe —o podría existir— fuera de los límites de ese sistema. Al analizar estructuralmente el funcionamiento de la lengua como sistema unitario y cerrado, no es necesario suponer que exista algo fuera de los límites de este sistema, porque todos los elementos del sistema lingüístico, que funcionan en sus diversos niveles, pueden definirse claramente basándose en las relaciones de esos elementos con los demás elementos del sistema.
Las explicaciones de los lingüistas representantes del estructuralismo sobre cómo, en el sistema de la lengua, se constituyen sobre la base de ciertas oposiciones binarias los elementos de los niveles inferiores de la lengua, como los fonemas, cuya identidad fonológica se define no de manera aislada, sino en relación con otros elementos del mismo nivel, fueron extrapoladas por los posestructuralistas y posmodernistas a niveles mucho más altos del sistema lingüístico, relacionados con la constitución de significados y sentidos. Desde la perspectiva posmoderna, el significado de un signo lingüístico de cualquier nivel, por ejemplo, el de una palabra, se constituye debido a ciertas diferencias diferenciales que definen las relaciones entre los signos dentro del sistema, y no debido a la relación del significante del signo con el significado existente más allá de la lengua —en la realidad «verdadera»—, pues, según afirman los posmodernistas, los significados idénticos a sí mismos que, basándonos en la perspectiva tradicional, consideraríamos
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existentes más allá de la lengua no serían en realidad más que una ilusión provocada por el movimiento de los significantes en el propio medio de la lengua.
Si aceptáramos la interpretación posmoderna de la naturaleza de la lengua, deberíamos comprenderla como un sistema «plano» y estrictamente «horizontal»; dicho de otro modo, como un sistema meramente sintáctico, y deberíamos considerar una mera ilusión lingüística, surgida del movimiento constante de los significantes en el nivel «horizontal» —el de la sintaxis de la lengua—, la realidad del nivel semántico «vertical» de la lengua, experimentado subjetivamente y supuestamente definidor de la relación de la lengua con la realidad situada más allá de sus límites.
Tomemos el ejemplo muy simplificado de cierto sistema lingüístico hipotético compuesto por tres elementos: a, b y c. Según la perspectiva clásica habitual, el significado del elemento lingüístico a en un sistema compuesto por tres elementos estaría determinado por su relación con el correspondiente existente en la realidad extralingüística: A; de manera correspondiente, los significados de los elementos b y c estarían determinados por sus relaciones con sus correspondientes extralingüísticos B y C (para señalar mediante mayúsculas los correspondientes extralingüísticos de los elementos lingüísticos a, b y c, hemos optado por destacar su mayor realidad ontológica en comparación con los elementos existentes en el propio medio de la lengua, señalados mediante minúsculas). Ahora bien, según la perspectiva posmoderna, el significado del elemento lingüístico a estaría definido unívocamente por su relación con los elementos b y c; el significado del elemento b, por su relación con los elementos a y c; y el significado del elemento c, por su relación con los elementos a y b.
Según la convicción de los posmodernistas, precisamente así —circularmente— se constituyen también los significados de las palabras empleadas en la lengua cotidiana habitual (y, en general, en cualquier lengua): por ejemplo, el significado de la palabra «árbol» no se constituye como resultado de la relación de cierto significante sonoro o gráfico con el árbol verdeante más allá de la lengua (como significado), sino como resultado de las relaciones horizontales de la palabra «árbol» con palabras como «campo», «tierra», «cielo», «sol», etc.
Al volver a las reflexiones sobre la relación entre la lengua y la realidad, podríamos preguntar cómo, basándonos en la concepción posmoderna de la naturaleza de la lengua que acabamos de examinar brevemente, se constituye en la lengua el significado de la propia palabra «lengua».
A diferencia de las demás palabras empleadas en la lengua, que en el sistema lingüístico —como conjunto de cierta extensión— existen como elementos singulares, «puntuales», que entran en él, o como subconjuntos de menor extensión, en el caso de la palabra «lengua» este elemento lingüístico —como parte del conjunto de las palabras— coincidiría con todo el conjunto de las palabras. Esto significa que, para definir la lengua «posmodernamente», deberíamos buscar en ella misma —como el mayor conjunto de elementos lingüísticos— otros elementos que posibilitaran definir circularmente el significado de la palabra «lengua». Nos encontraríamos de inmediato con una paradoja irresoluble: tales elementos, al estar más allá de los límites de la palabra «lengua», a la vez tendrían que estar, no obstante, dentro de la lengua como sistema que incluye todos los elementos menores. Es evidente que esto sería imposible: no podríamos encontrar tales elementos dentro del propio sistema de la lengua, como el conjunto mayor que incluye todos los demás elementos
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que lo abarcaría todo: dentro del conjunto, pues el lenguaje ya habría definido e incluido de antemano todo lo que es posible decir en él.
Por tanto, si quisiéramos definir la palabra «lengua» de la manera circular habitual entre los posmodernistas, tendríamos que encontrar algo que existiera no como cierto elemento dentro del propio sistema de la lengua, sino como un elemento independiente existente más allá de ella, que pudiéramos emplear como punto de partida para definir la lengua. Sin embargo, según la premisa fundamental de los posmodernistas —al menos en la versión más radical de esta premisa—, más allá de la lengua no hay ni puede haber nada; por tanto, más allá de la lengua tampoco hay ni puede haber elementos externos que pudieran convertirse para nosotros en puntos de partida al definir circularmente el significado de la palabra «lengua».
Por tanto, según la propia lógica de la argumentación posmodernista, para definir el significado de la palabra «lengua» y, por consiguiente, comprender qué es la lengua, debe existir inevitablemente no solo la lengua, sino también algo más allá de los límites de la propia lengua, independientemente de qué sea y de cómo se denomine. Suponiendo que fuera de los límites de la lengua no haya ya nada, es necesario reconocer que en tal caso ya no sería posible comprender y definir la lengua basándose en su relación con aquello que estaría fuera de sus límites, lo que significaría a la vez que —precisamente según la lógica posmoderna de definición de cualquier significado— ya no sería posible definirla de ningún modo y, por tanto, tampoco sería posible comprender qué es la lengua en general. En tal caso, la lengua sería simplemente todo lo que existe, coincidiría con la realidad y sería la realidad misma; y, por cierto, debido a la coincidencia entre realidad y lengua, esta realidad no sería menos ilusoria, porque sencillamente no existiría el criterio mismo de su realidad o irrealidad.
Como hemos mostrado mediante el argumento que acabamos de exponer, la convicción posmodernista de que fuera de los límites de la lengua no hay nada y de que la propia realidad no es más que una ilusión que surge estáticamente en el medio de la lengua conduce inevitablemente, basándonos precisamente en la propia concepción posmodernista de cómo se constituyen los significados en el sistema lingüístico, a la conclusión de que, si más allá de los límites de la lengua no hay nada que proporcione al menos un punto de partida externo en el que pudiéramos apoyarnos al intentar definir el significado de la palabra «lengua», entonces ya no es posible definir ni comprender la lengua, que coincide con el conjunto mayor de todo cuanto existe, basándonos en la relación de la lengua con aquello que ella no es; entonces debemos reconocer que la lengua es la realidad, porque ella es todo lo que existe.
Así pues, la realidad verdadera, a pesar de la convicción posmodernista de que no es más que una ilusión lingüística, en tal caso tendría que ser reconocida como realmente existente, aunque coincidiera con la lengua, porque la lengua y la realidad serían simplemente dos maneras diferentes de describir el mismo conjunto misterioso e imposible de definir de las cosas existentes.
Lo paradójico es que la negación posmoderna de la realidad de lo real, basada en una concepción peculiar de cómo se constituyen los significados en la lengua, se revela como analíticamente contradictoria y autonegadora: al negar la realidad extralingüística, la propia lengua, que ya no puede definirse ni pensarse de manera clara y determinada basándose en su
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relación con alguna exterioridad existente más allá de sus límites, como contexto más amplio que la propia lengua para su comprensión y definición, necesariamente debe ser pensada como idéntica a la realidad —de hecho, como la única realidad posible. La crítica presentada de ambos extremos de la relación entre la lengua y la realidad debe llenarnos de esperanza. Debemos llegar a la siguiente conclusión: precisamente el hecho de que nosotros —aunque quizá no con plena claridad— comprendamos qué es la lengua, como y el otro hecho importante de que la lengua nos sea necesaria como puente que nos une, a quienes hablamos, no solo entre nosotros, sino también con aquello que se extiende más allá de la lengua, muestra claramente al menos tres cosas: primero, que la lengua y la realidad extralingüística son diferentes entre sí, porque si coincidieran no necesitaríamos la lengua en absoluto: ni siquiera comprenderíamos ni podríamos comprender qué es la lengua; segundo, que la lengua y la realidad, aunque diferentes entre sí, no están completamente separadas, porque si estuvieran completamente separadas, la lengua tampoco nos sería útil como puente que nos une con aquello que está más allá de sus límites; tercero, que la lengua, aunque muy rica, es siempre más pobre que la realidad que se extiende más allá de ella, porque si fuera igual de rica, querríamos permanecer dentro de la lengua y no desearíamos salir de sus límites: tampoco necesitaríamos la lengua como puente por el que quisiéramos avanzar hacia la tierra prometida que nos seduce y que supera a la lengua en ser y riqueza...
Recibido el 17 de mayo de 2021.
NAGLIS KARDELIS Universidad de Vilnius Facultad de Filosofía Universiteto g. 9/1, LT–01513 Vilnius, Lituania [email protected]
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