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Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 25 ZĞƐƵŵĞŶ: El presente trabajo examina la evolución histórica de los partidos políticos modernos y las transformaciones que han experimentado desde el siglo XIX hasta la actualidad. A lo largo del texto se distinguen cuatro modelos fundamentales: el partido de élites, caracterizado por su composición restringida y elitista; el partido de masas, concebido como instrumento de integración política y social; el partido catch-all, definido por la desideologización progresiva y la orientación al pragmatismo electoral; y, finalmente, el partido cártel, marcado por su estrecha interpenetración en el Estado, la profesionalización de sus élites dirigentes y la creciente desvinculación respecto a la ciudadanía. A partir del análisis de estos cuatro modelos, y atendiendo a las trasformaciones principales que se dan en cada uno de ellos, se aborda el debate contemporáneo sobre la denominada “crisis de los partidos”, entendida como la erosión de su función mediadora entre sociedad civil e instituciones. No obstante, más que una crisis terminal, el análisis permite interpretar estas transformaciones como un reajuste funcional que asegura la vigencia de los partidos como ¿Crisis o reajuste de los partidos? Una respuesta desde sus transformaciones contemporáneas Unai Ahedo Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea UPV/EHU KZ/ŚƩƉƐŽƌĐŝĚŽƌŐϬϬϬϬͲϬϬϬϮͲϬϬϲϰͲϲϴϭϵ ZĞĐŝďŝĚŽϭϱƐĞƟĞŵďƌĞϮϬϮϱ ĐĞƉƚĂĚŽϮϵĚŝĐŝĞŵďƌĞϮϬϮϱ ΞhŶĂŝŚĞĚŽWƵďůŝĐĂĚŽĞŶZĞǀŝƐƚĂEŽǀĂƉŽůŝƐEǑϮϲĚŝĐŝĞŵďƌĞϮϬϮϱƉƉϮϱͲϱϭƐƵŶĐŝſŶ ƌĂŶĚƵƌĆĚŝƚŽƌŝĂů/^^EϮϯϬϳͲϴϲϵϯ;ĞŶůşŶĞĂͿLJϮϬϳϳͲϱϭϳϮ Unai Ahedo Doctor en Ciencia Política y Profesor Ayudante Doctor en el departamento de Sociología y Trabajo Social de la UPV/EHU. Sus investigaciones en las temáticas de los populismos, los partidos políticos, los sistemas de partidos, las democracias y la igualdad de género. Actualmente es investigador en el Grupo de Investigación Civersity de la UPV/EHU.
26 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 actores esenciales en el sostenimiento y organización de la democracia representativa en el contexto social, político y económico actual. WĂůĂďƌĂƐ ĐůĂǀĞ partidos; partidos políticos; democracia; representación política ďƐƚƌĂĐƚThis paper examines the historical evolution of modern political parties and the transformations they have undergone from the 19th century to the present. Throughout the text, four fundamental models are distinguished: the elite party, characterized by its restricted and elitist composition; the mass party, conceived as an instrument of political and social integration; the catch-all party, defined by progressive de-ideologization and an orientation toward electoral pragmatism; and, finally, the cartel party, characterized by its close interpenetration with the state, the professionalization of its ruling elites, and its growing disconnection from citizens. Based on the analysis of these four models and focusing on the main transformations occurring in each of them, the paper addresses the contemporary debate on the so-called “crisis of the parties”, understood as the erosion of their mediating function between civil society and institutions. However, rather than a terminal crisis, the analysis allows us to interpret these transformations as a functional readjustment that ensures the validity of parties as essential actors in the maintenance and organization of representative democracy in the current social, political, and economic context. <ĞLJǁŽƌĚƐparties; political parties; democracy; political representation 1. Introducción El estudio de los partidos políticos constituye un eje fundamental dentro de la ciencia política, no solo por el papel central que estas organizaciones han desempeñado en el desarrollo de las democracias representativas, sino también por la capacidad que han mostrado para adaptarse a los cambios políticos, sociales y económicos a lo largo del tiempo. Desde su surgimiento en el siglo XIX, los partidos han atravesado distintas etapas históricas que han dado lugar a formas organizativas específicas, cada una con características, funciones y lógicas de funcionamiento particulares. Si ponemos el foco en la complejidad intrínseca del fenómeno y del concepto en cuestión, podríamos señalar que los partidos políticos y,
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 27 asimismo, el concepto de “partido”, han ido mutando a lo largo del tiempo, en función del contexto histórico y geográfico (Martínez, 2009). Así, ante la diversidad de características, lugares, estructuras organizativas y actividades de los partidos, la labor de conceptualización y clasificación de los investigadores e investigadoras ha sido bastante dificultosa (Oppo, 1983). Tratamos, pues, con un fenómeno complejo y difícil de comprender (Aldrich, 2012), susceptible de ser estudiado desde distintos prismas (Charlot, 1971). Algo que, como acabamos de señalar, dificulta la conceptualización y, a su vez, el establecimiento de algún tipo de clasificación o tipología que nos muestre los elementos sólidos y más volubles del fenómeno. En definitiva, un marco analítico-descriptivo que nos llegue a mostrar las transformaciones sufridas por los partidos políticos modernos desde su aparición con los primeros regímenes parlamentarios. Y es que, si no contamos con ese marco, ¿cómo vamos a comprender dichas transformaciones? ¿Cómo vamos a conocer su magnitud? Aún más, ¿cómo vamos a hablar de “crisis”, “obsolescencia” o “declive” de los partidos políticos como actores clave del sistema democrático? (Mair, 2015; Katz y Mair, 2022). ¿Cómo vamos a saber si los partidos actuales están retomando aspectos típicos de los partidos típicos del primer parlamentarismo? (Von Beyme, 1995; Puhle, 2007). ¿Cómo vamos a ser capaces de vislumbrar el posible retorno de elementos típicos de los antiguos partidos de masas y de los movimientos sociales? (Offe, 1988; Ignazi, 2021). Para poder dar respuesta a estas preguntas, el presente trabajo se propone examinar los cuatro modelos clásicos identificados por Katz y Mair (2004) —el de élites, el de masas, el catch-all y el cártel— complementándolos con las aportaciones de otros autores y autoras. Una tarea que nos permitirá una compresión más amplia de las características del fenómeno, así como de sus transformaciones más allá de los modelos que hoy en día parecen predominar en la mayoría de los regímenes democráticos: el catch-all y el cártel. Para ello, se analizarán de manera sistemática la denominación recibida por cada uno de los modelos, el contexto de su surgimiento y posterior desarrollo, sus características organizativas y las principales funciones que desempeñarían en el marco de sus respectivas etapas históricas. Finalmente, el texto aborda el debate contemporáneo sobre la posible “crisis” de los partidos políticos, vinculada con la erosión de su papel como intermediarios entre la sociedad civil y el Estado. En este punto, se plantea la interrogante de si dicha crisis responde a un fenómeno de obsolescencia de los partidos como instituciones políticas, debido al resultado de las profundas transformaciones que han experimentado desde mediados del
28 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 siglo XX hasta la actualidad. O si, por el contrario, dichas transformaciones obedecen a una adaptación de estas organizaciones a los cambios más profundos que en las últimas décadas han sufrido los sistemas políticos democráticos y representativos. 2. Los cuatro modelos clásicos A lo largo del tiempo, las concepciones sobre las organizaciones partidistas han sido tan diversas y cambiantes como el propio fenómeno. A la multiplicidad de definiciones propuestas por los especialistas se han sumado numerosos modelos, tipologías y clasificaciones. Aunque persisten distintos enfoques sobre la definición de los partidos políticos—como concepto politológico—, Puhle (2007) nos señala que existe un consenso relativo respecto a las fases históricas de los partidos modernos, desde el siglo XIX hasta comienzos del siglo XXI. Una suerte de “generaciones” en la evolución de los partidos en Europa occidental, vinculadas tanto con su dinámica interna como con la competencia política y con los cambios sociales más amplios (Martínez, 1996). Ya durante los siglos XVIII y XIX autores como Hume, Madison o Burke esbozaron algunas tipologías que pretendían distinguir entre distintos modelos “ideales” de partido, que, precisamente, nos pretendían describir las divergencias existentes en aquellas primeras generaciones de partidos, cuando el parlamentarismo y la democracia liberal comenzaban a establecerse en los Estados modernos (Ahedo, 2022). Una tradición que proseguiría a principios del siglo XX en los intentos de Weber o de Marr. Estudios que, grosso modo, ya nos mostraban la existencia de al menos dos tipos de organizaciones partidistas: por un lado, las que estaban ligadas u orientadas a la obtención de cargos políticos y de satisfacción de intereses particulares; y por otro lado, aquellas que estarían guiadas por intereses ideológicos e intereses comunes o generales (Ahedo, 2022). En esta misma línea, durante los años cincuenta del siglo pasado, autores como Neumann (1965) propondrían una distinción similar entre los partidos caracterizados por participación política limitada y actividad concentrada en periodos electorales, y los partidos con vocación de integración, que estarían estrechamente vinculados a grupos sociales concretos y orientados a integrar políticamente a los individuos mediante la participación continua en actividades sociales y políticas. Una distinción que, en aquellos años, seguía presente en las propuestas teóricas y clasificatorias de Duverger (1957). Autor que, más allá de los ob-
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 29 jetivos y orientaciones de los partidos, fue capaz de hacer un análisis sobre otros aspectos elementales como su origen, su estructura y la naturaleza de sus bases sociales. Algo que le llevaría a establecer la clara distinción terminológica y conceptual entre los primigenios “partidos de cuadros” y los modernos “partidos de masas” (Duverger, 1972). Así, desde un punto de vista histórico, las organizaciones de “cuadros” o “representación individual” precedieron a los partidos de “masas” o “integración social”. Sin embargo, estos modelos comenzarían a sufrir profundas transformaciones tras la II Guerra Mundial. Una época de grandes cambios sociales, económicos y políticos, en la que los Estados democráticos terminarían por incorporar a los partidos como actores clave del sistema político. Junto con los cambios en la concepción sobre la economía y el bienestar social, el rol de los partidos dentro del sistema político había cambiado. En este contexto, Kirchheimer (1966, 1980) identificó una mutación en el seno de los anteriores partidos de masas fuertemente ideologizados. Estos partidos mostraban signos de una progresiva desideologización, comenzaban a dejar de lado las funciones de integración y movilización de amplios sectores de la población. Estaba surgiendo un nuevo modelo de partido cuyo objetivo principal era el de la maximización de votos: el “partido atrapalotodo” o “catch-all party”. Una teoría que, años más tarde, sería refrendada por autores como Panebianco (1990), quien en sus teorías confirmó la pérdida de vínculos con grupos sociales, la menor relevancia de los afiliados y el predominio de dirigentes profesionales en los partidos de masas, que se habían conformado en organizaciones “profesional-electorales”. En esta misma línea, ante los cambios acontecidos en los sistemas políticos democráticos occidentales desde la década de 1970, y ante los cambios acontecidos en la relación entre los partidos y el Estado, Katz y Mair (2004, 2007, 2015) hablaron de un nuevo modelo de partido: el “cártel”. Un nuevo tipo que surgía fruto de la idiosincrasia y las dinámicas introducidas por el modelo atrapalotodo o profesional electoral; y que se caracteriza por la desideologización, el consenso con otras fuerzas políticas, la profesionalización de los dirigentes y por un alejamiento progresivo de los afiliados y de la sociedad. Una última transformación de las organizaciones partidistas que, junto con las anteriores, habría generado cierto consenso a la hora de establecer cuatro modelos y fases históricas a la hora de clasificar los partidos políticos: a) de “élites”, b) de “masas”, c) “catch-all” y d) “cártel” (Katz y Mair, 2004, 2007; Koole, 2004; Puhle, 2007: 76-77). Una serie de modelos y fases que no debemos interpretar como compartimentos estancos, sino más bien como momentos de un proceso dialectico en el que cada transformación
30 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 genera nuevas reacciones, que terminan derivando en nuevas configuraciones partidistas (Krouwel, 2006). Además, conviene subrayar que estos son tipos ideales y que, en la realidad, rara vez se presentan de manera pura. Los partidos que podemos encuadrar en cada uno de estos tipos ideales combinarán elementos de distintos modelos y se adaptan al contexto social y político en el que operan (Katz y Mair, 2004: 28; Puhle, 2007: 77; Oppo, 1983: 1187-1188). Por ello, la evolución partidista no debe entenderse como un proceso lineal en el que todas las organizaciones transitan por cada modelo, sino como un fenómeno históricamente situado y condicionado por su contexto específico. 2.1 Liberalismo y desigualdad política: el “partido de élites” Como señalamos anteriormente, este modelo de partido tuvo vigencia entre el siglo XIX y la Primera Guerra Mundial (Puhle, 2007: 76-77). Su aparición e instauración estuvieron estrechamente vinculadas con la formación de los primeros Estados y parlamentos de corte liberal (Katz y Mair, 2007: 102-103). Fue un periodo en el que el Estado se fue consolidando de manera paulatina y en el que los partidos políticos surgieron y se establecieron como parte de su entramado institucional (Cotarelo, 1985: 41-43). En definitiva, estos partidos se afianzaron paralelamente al desarrollo de las instituciones parlamentarias y al perfeccionamiento de sus mecanismos, en un esfuerzo por limitar la arbitrariedad de la que hasta entonces había gozado el poder ejecutivo (Cotarelo, 1985: 41-43). Conviene subrayar que, en esta etapa, los regímenes políticos se caracterizaron por la restricción tanto del sufragio como del acceso a los parlamentos (Katz y Mair, 2007: 102-103). Las limitaciones afectaban tanto al derecho de voto activo como al pasivo, y estaban condicionadas por factores como la propiedad o el nivel de renta. En consecuencia, la participación política popular en la vida pública y en el gobierno quedaba circunscrita a los sectores económicamente privilegiados, es decir, a las élites. Krouwel (2006) define este sistema como “proto-democrático”, dado que el sufragio estaba limitado a una reducida clase de hombres propietarios (Krouwel, 2006: 253). De este modo, el voto y la representación política quedaron reservados a la nobleza y a la burguesía, es decir, a la clase propietaria, mientras que el resto del pueblo carecía de tales derechos. El bien común, en consecuencia, se interpretaba como sinónimo del interés de dichas clases dominantes (Lenk y Neumann, 1980: 18). Prevalecía así una visión burguesa de
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 31 la sociedad, en la que amplias capas quedaban excluidas de los derechos políticos fundamentales y en la que persistía una marcada desigualdad entre ricos y pobres, entre el “trabajo intelectual” y el “trabajo manual”. En esta concepción liberal, la igualdad se restringía a las clases poseedoras e ilustradas, únicas consideradas con derecho a ocuparse de los asuntos estatales, lo que Lenk y Neumann denominan una “semirealización de los principios revolucionarios” (1980: 22). En resumen, nos situamos en un periodo histórico y político en el que el orden tradicional comenzaba a declinar impulsado por el proceso de modernización, al tiempo que los Estados e instituciones modernas de corte liberal se configuraban e implantaban. Se trataba, sin embargo, de un tiempo en el que la participación política seguía reservada a una élite social con amplios recursos, principalmente de carácter económico. 2.1.1 Denominación Siguiendo la propuesta de Katz y Mair (2004; 2007), podemos señalar que el “partido de élites”, o “partido liberal de élites”, fue el primer modelo de partido que surgió en las democracias representativas modernas. Esta segunda denominación, por un lado, subraya la ideología o cosmovisión esencialmente liberal de este tipo de organizaciones, y por otro, alude a su composición social de carácter elitista. No obstante, distintos investigadores e investigadoras han recurrido a otros términos para describir esta misma realidad. Así, Neumann (1965) emplea las expresiones “partido de representación individual” o “partido liberal de representación”. Ambos conceptos remiten, en primer lugar, al tipo de representación que encarnaban estas organizaciones —fundamentalmente individual— y, en segundo lugar, a su vinculación con la ideología liberal y con una concepción igualmente liberal e individualista de la participación política. Por su parte, Kirchheimer (1980) utiliza de manera indistinta los términos “partidos de representación individual”, “partidos burgueses” y “partidos burgueses de representación individual”. Estas expresiones refuerzan las ideas previamente señaladas, pero hacen hincapié, sobre todo, en la composición social de clase burguesa o capitalista de estas organizaciones. En la misma línea, Oppo (1983) resalta su carácter elitista al referirse a ellos como “partidos de notables”. Puhle (2007), en cambio, habla de “partidos de élites” o “partidos de cuadros”. El primer término alude directamente a su restringida composición social, mientras que el segundo se refiere a su frágil estructura organizativa, aspecto también recogido por la denominación “partidos de comité” utilizada por Oppo (1983). A esta
32 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 tipología se suma Krouwel (2006), quien se refiere a ellos como “partidos de élites”, “de cuadros” o “caucus”, este último más vinculado a la tradición organizativa de los Estados Unidos. Finalmente, Marr (1980) prefiere la expresión “partidos de representación”, con la intención de limitar su aplicación a aquellas formaciones políticas que operaban estrictamente en el ámbito parlamentario. Estos partidos renunciaban al uso de la violencia como medio y se servían únicamente de la agitación política (Marr, 1980: 315). Esta característica resulta coherente con el origen institucional o parlamentario de los primeros partidos modernos, tal como lo describiera Duverger (1957). 2.1.2 Características En cuanto a sus características organizativas, este tipo de partidos se distinguían por su debilidad estructural. En la mayoría de los casos carecían de una organización central sólida —cuando existía, era endeble— y su funcionamiento se asemejaba más a un conglomerado de pequeños partidos que a una estructura unificada. Esta configuración respondía a su lógica de actuación, basada fundamentalmente en la cooperación entre organizaciones de ámbito local (Katz y Mair, 2007: 103). Solían formarse en torno a alguna personalidad notable de carácter local y, en general, cobraban vida con motivo de un proceso electoral (Oppo, 1983: 1184-1185). Carecían, además, de una organización vertical definida y de mecanismos de control centralizados (Neumann, 1971: 250). En lo relativo a sus miembros, se trataba de organizaciones con una militancia muy reducida y selectiva, conformada por individuos que destacaban por poseer cualidades personales consideradas de alta calidad (Katz y Mair, 2007: 103). El reclutamiento respondía a la posesión de atributos específicos, y su estructura en comités estaba integrada por personalidades y dirigentes parlamentarios (Vallés, 2012: 362). En esencia, estaban constituidos por diputados organizados en fracciones parlamentarias y notables agrupados en comités electorales locales (Neumann, 1971: 249). A ello se sumaba un fuerte componente de clientelismo y redes de amistad (Katz y Mair, 2007: 103). En consecuencia, los miembros de estos partidos pertenecían de manera casi exclusiva a las clases altas (Krouwel, 2006: 254). La actividad de los miembros se limitaba principalmente al ejercicio de sus derechos electorales y a la organización del partido (Neumann, 1965: 608-609). En este sentido, estos partidos combinaban su carácter de organizaciones de afiliados con el de partidos institucionales, estrechamente ligados a las propias instituciones públicas (Katz y Mair, 2007: 103). Los di-
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 33 putados que enviaban a las cámaras representativas solían ser ellos mismos parte de las élites locales o delegados directos de las mismas (Katz y Mair, 2007: 103). En síntesis: “la esencia del partido de élites es un pequeño núcleo de individuos con acceso personal e independiente a los recursos y con capacidad para situar a uno de los suyos o a sus nominados como representantes del Parlamento” (Katz y Mair, 2007: 103). Los partidos de élites y sus miembros se regían por el principio de libre adscripción y el mandato de sus diputados era considerado libre y absoluto (Neumann, 1965: 608-609). Esto se relacionaba con la libertad económica de sus representantes, que llevaba implícita la autonomía en la toma de decisiones políticas (Neumann, 1971: 250). Tales rasgos se correspondían con la ideología liberal que inspiraba a estos partidos, marcada por una concepción individualista de la política y de la democracia, y por la prevalencia del mandato representativo. Si bien eran sensibles a las fluctuaciones electorales entre las distintas opciones, estas opciones resultaban en la práctica muy similares (Neumann, 1965: 609). Así, incluso con cambios en el electorado, los representantes parlamentarios seguían siendo miembros de las élites económicas y políticas. En cuanto a su ideario, se caracterizaba por su vaguedad, al estar directamente vinculado a los intereses concretos de los grupos que conformaban el partido (Vallés, 2012: 362). De ello derivaba la frecuente asimilación de estos partidos con “facciones” guiadas por intereses particulares, lo cual suscitaba recelos entre muchos políticos y teóricos de la época. Debe recordarse, además, que, bajo el régimen liberal de sufragio censitario, solo los propietarios tenían derecho a participar en la vida política. De este modo, los grupos con poder en la sociedad civil coincidían o estaban estrechamente ligados con quienes ocupaban cargos en el Estado. A ello se sumaba una concepción de la política entendida como la búsqueda de un interés nacional único, que en realidad se identificaba con los intereses de las clases dominantes (Katz y Mair, 2004: 15-16). Estos partidos representaban, pues, a un sector social muy restringido, y sus principales tensiones giraban en torno al grado de centralización del Estado, el nivel de intervención estatal y la autonomía local en el proceso económico (Krouwel, 2006: 254). 2.1.3 Funciones Las principales actividades de estos partidos se desarrollaban en el ámbito parlamentario (Neumann, 1971: 249). A esta función cabe añadir las dos tareas básicas que Ostrogorski atribuye a los antiguos partidos: por un
40 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 objetivo de incrementar su fuerza política a través de la ampliación de su base de electores y de miembros (Grewe, 1980: 353). En esta misma línea, Krouwel (2006) los define como catch-all o “electoralistas”, subrayando su faceta más característica: la orientación a maximizar el número de votos en cada elección. Vallés (2012), por su parte, utiliza las expresiones “partido de electores”, “partido catch-all” y “partido atrapa-todo”, mientras que Oppo (1983) los describe como “partidos electorales de masas”. Asimismo, Abendroth relaciona este modelo con los denominados “partidos de plataforma”, un término ya en uso desde la década de 1920 para designar a aquellas formaciones que habían aceptado el statu quo económico y social, y que, al no necesitar una concepción global de sociedad ni un programa ideológico exhaustivo, centraban su acción en la elaboración de plataformas electorales amplias y oportunistas orientadas a captar el favor del electorado (Lenk y Neumann, 1980: 57-59). Este concepto no solo resalta la dimensión electoralista de los partidos, sino que también permite comprender sus características organizativas e ideológicas. 2.3.2 Características En este modelo, los partidos dejan de ser agentes de la sociedad civil que penetran en el Estado para representar sus intereses (Katz y Mair, 2004: 21-22). Más bien, se convierten en organizaciones asimilables a empresas, que incluso protegen sus propios intereses amparándose en los recursos estatales (Katz y Mair, 2004: 23). Para ello, desarrollan plataformas amplias, flexibles y poco definidas, capaces de dar respuesta a un número mayor de demandas sociales y de atraer apoyos electorales heterogéneos (Oppo, 1983: 1187-1188; Lenk y Neumann, 1980: 57-59). El objetivo central pasa a ser la búsqueda del éxito electoral inmediato (Katz y Mair, 2004: 20-21). La composición de la militancia refleja este cambio: los afiliados provienen de sectores sociales cada vez más diversos (Katz y Mair, 2004: 2021), mientras aumenta el peso de los políticos profesionales, centrados exclusivamente en competir por cargos y posiciones institucionales (Lenk y Neumann, 1980: 57-59). A ello se suma la creciente profesionalización de las direcciones partidarias y la personalización del liderazgo (Vallés, 2012), lo que acentúa el desdibujamiento de las líneas de división social tradicionales y la pérdida de identidades colectivas (Katz y Mair, 2004: 12). Así, se rompe el vínculo entre el partido y un segmento social concreto (Katz y Mair, 2004: 21-22): los ciudadanos dejan de ser “participantes activos” para convertirse en simples “consumidores” de ofertas políticas (Katz y Mair, 2004: 12-13). En este contexto, los medios de comunicación
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 41 de masas y el liderazgo personal cobran un papel central para atraer al electorado en su conjunto (Katz y Mair, 2004: 12-13). El resultado es una desconexión creciente entre los partidos y la sociedad civil, que se traduce en insatisfacción y distanciamiento de los votantes (Puhle, 2007: 78). Desde el punto de vista programático, los partidos adoptan plataformas cada vez menos partidistas y confrontativas (Katz y Mair, 2004: 12-13), con escasas distinciones ideológicas (Katz y Mair, 2004: 20-21). Este proceso implica una progresiva despolitización tanto de los partidos como de la sociedad, debilitando su papel como intermediarios (Lenk y Neumann, 1980: 58). Se observa, además, una tendencia hacia posiciones centristas y una creciente homogeneización entre partidos, lo que reduce el rol de oposición y los acerca a la aceptación del statu quo (Puhle, 2007: 83-85; Krouwel, 2006: 256). Las políticas se subordinan a la maximización de votos y se desdibujan las alternativas ideológicas, lo que favorece el individualismo y la búsqueda de recompensas particulares (Katz y Mair, 2004: 23). Las ideas y programas se vuelven difusos, limitándose a declaraciones de principios generales, orientadas por cálculos estratégicos más que por convicciones ideológicas (Vallés, 2012: 363-365). En este escenario, cobran relevancia los issues concretos frente a las grandes ideologías (Cotarelo, 1985: 244). Finalmente, se configura una nueva concepción de la democracia, en la que las elecciones se reducen a la selección de líderes y no de políticas, mientras que las decisiones sustantivas son tomadas por las élites y no por la militancia. Esto conlleva una disminución del control popular sobre la política, que pasa a ser meramente retrospectivo. El comportamiento electoral deja de estar definido por la pertenencia a un grupo social y se convierte en una elección individual (Katz y Mair, 2004: 13). En consecuencia, se refuerza una concepción pluralista de la democracia, donde predomina la negociación y el encaje de intereses organizados de manera independiente (Katz y Mair, 2004: 22). 2.3.4 Funciones En este modelo de partido no se busca ya la movilización ideológica ni la conversión de los individuos, sino que se pone un mayor énfasis en la generación de lealtades afectivas. Esto, sin embargo, da lugar a la proliferación de los denominados “votantes flotantes” (Katz y Mair, 2004: 13). De este modo, la movilización de electores se limita fundamentalmente al momento de las consultas electorales, constituyendo el primer y principal objetivo de los partidos (Vallés, 2012: 363-365). En este contexto, los partidos políticos actúan como meros intermediarios encargados de agregar y articular demandas sociales, en lugar de desempe-
42 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 ñar una función de integración política más profunda (Katz y Mair, 2004: 21-22). 2.4 El desarrollo de las dinámicas catch-all y el surgimiento del “partido cártel” Este tipo de partidos tuvo su origen en la década de 1970 (Katz y Mair, 2004) y su desarrollo se ha prolongado hasta la actualidad (Vallés, 2012). Sin embargo, conviene señalar que en algunos países —debido a tradiciones de cooperación interpartidista y a fenómenos como la “partitocracia” o el denominado “Estado de partidos”— ya se observaban comportamientos característicos del modelo cártel desde finales de la Segunda Guerra Mundial (Koole, 2004: 55-56). Los cambios en la relación entre partidos y Estado que comenzaron a darse a mediados del sigo XX, así como la disponibilidad de recursos de carácter económico y mediático proporcionados por este último, generaron condiciones idóneas para la consolidación del partido cártel (Katz y Mair, 2004: 24-25). A ello se sumó una progresiva pérdida de poder del Parlamento en favor del Ejecutivo (Krouwel, 2006: 258-259). En este contexto se configura un escenario de interpenetración entre partidos y Estado, acompañado de una cooperación interpartidista orientada a la preservación del statu quo (Katz y Mair, 2004: 27). El Estado aparece así colonizado por partidos que imponen sus propias reglas con el fin de asegurar su supervivencia frente a posibles outsiders (Katz y Mair, 2004: 25). Se establece, en consecuencia, un auténtico cártel entre partidos catch-all, cuya finalidad es excluir a los competidores y marginar a las formaciones más radicales para mantener el control de las instituciones políticas (Krouwel, 2006: 258). A este proceso debe añadirse la crisis del modelo catch-all (Puhle, 2007: 87-88), estrechamente vinculada a transformaciones más amplias como la globalización, la crisis económica y el debilitamiento del Estado del bienestar (Puhle, 2007: 88-89). La ausencia de alternativas políticas claras —tanto en el campo conservador como en el socialdemócrata europeo—, junto con un clima generalizado de falta de liderazgo, carencias de integración y múltiples escándalos de corrupción, contribuyó a acrecentar la desafección ciudadana. El resultado ha sido un incremento de la abstención electoral y un profundo desencanto político (Puhle, 2007: 87-88).
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 43 2.4.1 Denominación El término fue acuñado por Katz y Mair (2004) y ha sido retomado por numerosos autores. Wolinetz (2007) lo emplea en el mismo sentido, mientras que Puhle (2007) introduce la expresión catch-all-plus para describir una evolución del partido atrapalotodo hacia dinámicas de cartelización, aunque él mismo utiliza también la noción de “cártel”. Vallés (2012), por su parte, recurre al concepto de “partido empresa”, aunque igualmente reconoce la existencia de un cártel interpartidista. De forma paralela, Krouwel (2006) ratifica la utilidad de la categoría partido cártel para describir este tipo de organizaciones. La denominación de partido cártel procede de una visión de la política inspirada en los principios del mercado y de la racionalidad instrumental. Desde esta perspectiva, los partidos se conciben como empresas políticas cuyo objetivo principal es maximizar sus votos, cargos y, en última instancia, sus beneficios organizativos. Para lograrlo, adoptan estrategias que, en lugar de fomentar la competencia, promueven la colaboración con sus rivales, conformando así un espacio de cooperación más que de confrontación. 2.4.2 Características La literatura contemporánea sobre partidos políticos ha puesto de relieve un proceso de profunda transformación en su organización, funcionamiento y relación con el Estado y la sociedad. Diversos autores (Katz y Mair, 2004, 2007; Krouwel, 2006; Puhle, 2007; Wolinetz, 2007; Vallés, 2012; Koole, 2004) coinciden en señalar que los partidos han evolucionado hacia una forma particular de organización, conocida como partido cártel, caracterizada por la centralización, la profesionalización y la creciente dependencia de los recursos estatales. En primer lugar, se observa una pérdida de peso de las estructuras locales y una progresiva centralización en la toma de decisiones (Katz y Mair, 2004: 33-34). El predominio del partido se manifiesta, sobre todo, en las instituciones estatales, relegando la dimensión organizativa tradicional (Katz y Mair, 2007: 111-112). Esta mutación se refleja en la transición de los partidos como tutores o representantes de la sociedad, a su configuración como agencias semiestatales, cuya legitimidad y supervivencia dependen fundamentalmente de su posición en el aparato estatal (Katz y Mair, 2004: 25). La financiación pública constituye un rasgo definitorio: los partidos reciben la mayor parte de sus recursos mediante subvenciones y ayudas estatales, a lo que se suma la ocupación de cargos institucionales (Katz y Mair, 2004: 32-33; Katz y Mair, 2007: 112-113). Ello conduce a la progresiva
44 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 disolución de las fronteras entre el partido como organización, las élites políticas y los poderes del Estado (Krouwel, 2006: 259). En este contexto, la militancia tradicional se debilita. Los afiliados dejan de ser protagonistas para convertirse en animadores, mientras las decisiones se toman de arriba abajo (Katz y Mair, 2004: 33). La atomización de la militancia y la pérdida de funciones de control refuerzan la autonomía de los líderes (Katz y Mair, 2004: 34), lo que deriva en la identificación del partido con su dirigente, hasta el punto que ambos se confunden (Katz y Mair, 2007: 115-116). El apoyo electoral se concentra, cada vez más, en la figura del candidato antes que en la organización (Vallés, 2012: 365). La consecuencia es la transformación del partido en agente del Estado antes que en intermediario de la sociedad (Krouwel, 2006: 258-259). Los partidos actúan como corporaciones profesionales, que representan los intereses estatales más que los sociales, alterando la relación originaria entre partido y Estado propia del liberalismo (Puhle, 2007: 86-87; Koole, 2004: 44). Su supervivencia depende de la continuidad del “Estado de partidos” y no de su conexión con la sociedad civil. En el plano interpartidista, se consolida una dinámica de cooperación y colusión más que de competencia. Los partidos tienden a evitar la confrontación, fomentan el consenso en torno a las grandes cuestiones políticas y llegan incluso a regular su propia actividad mediante leyes que excluyen a actores externos (Krouwel, 2006: 258-259). Como señala Koole (2004: 43), esta interpenetración entre partido y Estado se combina con prácticas colusivas que buscan mantener la estabilidad del sistema. De este modo, la democracia se concibe menos como un mecanismo de control ciudadano sobre el poder, y más como un servicio gestionado por el Estado a través de partidos convertidos en máquinas profesionales de maximización electoral (Koole, 2004: 44; Vallés, 2012: 365). Por otra parte, el desgaste de legitimidad obliga a recurrir a mecanismos de democracia interna, como las elecciones primarias, en un intento de compensar la distancia creciente con la ciudadanía (Katz y Mair, 2007: 118). Sin embargo, estos procesos no revierten la tendencia general hacia la desideologización, la profesionalización y la gestión tecnocrática, en la que el objetivo principal no es representar intereses sociales, sino demostrar eficacia y eficiencia en la gestión gubernamental (Katz y Mair, 2004: 29; Katz y Mair, 2007: 123). En definitiva, los partidos contemporáneos configuran un cártel oligopólico que controla recursos estatales, mantiene consensos básicos, limita la
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 45 competencia y opera como un conjunto de corporaciones profesionales más que como asociaciones de ciudadanos. Esta metamorfosis tiene implicaciones tanto en su funcionamiento interno —debilitamiento organizativo, centralización y personalización del liderazgo— como en el sistema político en su conjunto, donde se reduce el pluralismo efectivo y se transforma la concepción misma de la democracia. 2.4.3 Funciones En la literatura contemporánea se ha señalado que los partidos políticos han experimentado una profunda transformación en relación con sus funciones tradicionales. Uno de los cambios más significativos es la pérdida de su papel como intermediarios entre la sociedad civil y el Estado, función que históricamente había definido su existencia y legitimidad. En la actualidad, los partidos han pasado a actuar principalmente como agentes del propio Estado, más orientados a gestionar recursos institucionales que a representar demandas sociales (Wolinetz, 2007: 141). A pesar de esta pérdida de centralidad en el vínculo sociedad-Estado, los partidos siguen desempeñando funciones relevantes en el ámbito políticoinstitucional. En primer lugar, reclutan y forman personal político, nutriendo a las instituciones de cuadros profesionales preparados para ejercer responsabilidades públicas (Vallés, 2012). Asimismo, ejercen un papel de simplificación y agregación de demandas sociales, contribuyendo a traducir la pluralidad de intereses en programas coherentes que puedan ser gestionados en el marco institucional. De igual modo, los partidos cumplen con la tarea de comunicar mensajes entre gobernantes y gobernados, facilitando la transmisión de información y justificando las decisiones políticas ante la ciudadanía. También intervienen en el proceso de encuadrar las preferencias electorales de los ciudadanos, articulando dichas preferencias en opciones políticas concretas y trasladándolas a las instituciones representativas. Finalmente, mantienen un rol central en la organización de la actividad parlamentaria y gubernamental, estructurando la dinámica de las cámaras legislativas, estableciendo la disciplina interna de voto y coordinando la acción de gobierno (Vallés, 2012). En suma, aunque los partidos han dejado de ser actores que median entre sociedad y Estado para convertirse en instrumentos estatales de gestión, su relevancia persiste en tanto que organizan, canalizan y profesionalizan la actividad política en los distintos niveles de gobierno.
46 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 3. ¿Podemos hablar de “crisis” de los partidos? Como señalamos al abordar la definición conceptual de los partidos políticos, estas organizaciones constituyen un elemento indispensable para el funcionamiento de las democracias contemporáneas, en particular por su papel de interlocutores entre gobernantes y gobernados, entre la sociedad civil y el Estado. No obstante, desde hace varias décadas tanto la investigación académica como la percepción pública han instalado la idea de una “crisis” de los partidos. Ahora bien, ¿en qué consiste exactamente dicha crisis? ¿Se relaciona con el papel histórico que desempeñaron en las democracias modernas hasta mediados del siglo XX? ¿Se vincula con su función mediadora entre ciudadanía y Estado, función esencial de toda democracia representativa? Más aún, ¿puede sostenerse que la crisis de los partidos es consecuencia de las transformaciones en sus modelos organizativos a lo largo del tiempo? En esta línea, cabe interrogarse si la desaparición de los partidos de masas y el surgimiento de los modelos catch-all y de partido cártel se encuentran en la raíz del problema. E, incluso, si las causas del problema serían aún más profundas. De manera más precisa, la noción de “crisis” puede vincularse con la erosión de su condición de intermediarios naturales entre instituciones estatales y ciudadanía. En las democracias liberales contemporáneas, dicho rol resulta esencial para garantizar la representatividad política. Si atendemos a los cuatro modelos anteriormente descritos, podremos ver cómo con el desarrollo paulatino de los modelos catch-all y, en mayor medida, con el desarrollo del modelo cártel, esta función de los partidos políticos habría ido desapareciendo. Algo que ha traído distintas consecuencias a la hora de comprender el papel que los partidos políticos juegan en los regímenes democráticos y representativos. Recordemos que, hasta mediados del siglo XX, los partidos políticos permanecieron excluidos del derecho constitucional. Sin embargo, debido a su protagonismo en el trabajo parlamentario y en la organización de las campañas electorales, pronto resultaron ineludibles en las leyes electorales y los reglamentos parlamentarios (Neumann, 1971: 260); así comenzarían a legitimarse las primeras organizaciones partidos por parte de las élites políticas y sociales. Estos partidos habían conseguido representar los intereses de las élites sociales, políticas y económicas de los distintos países. Una legitimación social que, en el caso de los partidos de masas, llegaría mediante su capacidad integradora de amplias capas de la población que estaban excluidas social, económica y políticamente hablando. Los
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 47 partidos de masas consiguieron representar los intereses de amplios sectores sociales ante las instituciones políticas; primero desde fuera, y después operando en el interior de las mismas. Una legitimación de los partidos políticos como actores clave para el funcionamiento de las instituciones democráticas que, como organizaciones activas del proceso político, como mediadores entre sociedad civil y Estado, como articuladores de la voluntad ciudadana que terminaría por certificarse en el contexto postbélico mundial (Lenk y Neumann, 1980). En este marco, Sartori (2005) nos hablaba acerca de dos nociones fundamentales: la de “gobierno responsable” y la de “gobierno que responde”. La primera se refería a la etapa en que los partidos articulaban las relaciones parlamentarias, garantizando la responsabilidad de los ministros ante la cámara. Sin embargo, con la expansión del sufragio, la Revolución Industrial y la presión social ascendente, esta lógica derivó hacia la exigencia de un gobierno no solo responsable ante el Parlamento, sino también ante la ciudadanía. En otras palabras, un gobierno que responde a las demandas sociales (Sartori, 2005: 52-57). Y es que, tal y como nos señalaba Daalder (2007), será a mediados del siglo XX, con la reformulación del concepto de “representación política” y la introducción de la noción de “voto individual”, los partidos adquirieron centralidad como mecanismos capaces de llenar el vacío entre electores y representantes. Una concepción que se ha mantenido vigente hasta nuestros días, puesto que, aún hoy, “los partidos políticos son el núcleo de la democracia” (Puhle, 2007: 71), pues formalmente siguen operando como mediadores clave entre sociedad civil, instituciones y Estado. Sin embargo, como hemos podido observar, la deriva de las organizaciones partidistas y el desarrollo de sus funciones principales han ido mutando en estos últimos años, alejándose por completo de los principios fundamentales del gobierno representante de la ciudadanía y responsable ante la ciudadanía. Más concretamente, el desarrollo de las dinámicas introducidas por el modelo catch-all y proseguidas por el actual modelo predominante, el modelo de partido cártel, han venido ahondando en la difuminación de estas dos funciones que otrora fueron fundamentales para entender el rol y la legitimidad de los partidos en su relación con los sistemas democráticos y representativos. Así las cosas, en la actualidad, según Daalder (2007), existiría una corriente de pensamiento que cuestionaría las funciones contemporáneas de los partidos. Por un lado, hay quien se argumenta que los partidos habrían perdido su razón de ser originaria como representantes de ideologías y
48 NOVAPOLIS, Nº 26 DICIEMBRE 2025 - ISSN 2307-8693 (en línea) y 2077-5172 grupos sociales, debido a la disolución de las grandes corrientes ideológicas y al predominio de un “realismo cínico” que los habría convertido en simples maquinarias orientadas a maximizar votos (Daalder, 2007: 64). Por otro lado, se afirmaría que en las sociedades postmodernas los partidos habrían perdido relevancia. Debido a que las políticas públicas —con el Estado de bienestar como ejemplo paradigmático— no responderían tanto a ideologías partidistas como a las exigencias derivadas de la industrialización y los cambios socioeconómicos, las teorías neocorporatistas presentarían a los partidos como actores secundarios en la elaboración de políticas, desplazados por agencias estatales y grupos de interés. Asimismo, los movimientos de acción colectiva, mediante estrategias de influencia directa sobre la agenda gubernamental, habrían suplantado su rol intermediador (Daalder, 2007: 64-66). Un argumento que nos lleva a plantear la necesidad de ir más allá del análisis exclusivo de las organizaciones partidistas, de sus estructuras, orientaciones y funciones a la hora de poder hablar de su crisis u obsolescencia. Un argumento que nos lleva a mirar más allá de los desafíos y retos que nos plantean los modelos catch-all o cártel en la actualidad. Un argumento que, en definitiva, nos debe hacer mirar también cuáles son las transformaciones sufridas por los países democráticos desde la instauración del citado pacto social-liberal hasta nuestros días, donde las dinámicas neoliberales se han venido internando en los planos económicos, sociales y políticos. Un nuevo contexto al que los partidos políticos han tenido que adaptarse, y al que, seguramente, tratarán de seguir adaptándose para subsistir. 4. Conclusiones El recorrido analítico realizado nos permite sostener que los partidos políticos, lejos de ser entidades inmutables, constituyen organizaciones dinámicas que se han transformado a lo largo de la historia como respuesta a los cambios sociales, económicos y políticos de cada época. Desde los partidos de élites, vinculados a una concepción liberal restringida de la participación política; pasando por los partidos de masas, orientados a la integración de amplios sectores sociales y a la construcción de identidades colectivas; hasta llegar a los modelos catch-all y cártel, caracterizados por la desideologización, la profesionalización y la centralización, se observa un proceso continuo de adaptación a nuevos contextos institucionales y a nuevas formas de mediación política. El análisis comparado de estos modelos nos permite observar que, aunque las funciones y características de los partidos han variado a lo largo del
Ahedo, Unai; ¿Crisis o reajuste de los partidos?, pp. 25-51 49 tiempo, su papel sigue siendo estructural en el funcionamiento de las democracias representativas. La transición desde el modelo de masas hacia los partidos catch-all y posteriormente hacia las dinámicas cártel refleja, por un lado, la pérdida de centralidad de los vínculos ideológicos y, por otro lado, la consolidación de los partidos como agentes semiestatales dependientes de recursos públicos. Sin embargo, este cambio no debe interpretarse como el final de los partidos, sino como una reconfiguración de su rol, de sus funciones. Así las cosas, la denominada “crisis de los partidos” puede entenderse, en este sentido, más como una erosión de su función intermediadora entre sociedad civil y Estado que como una obsolescencia institucional. La creciente distancia con la ciudadanía, el debilitamiento de las identidades políticas tradicionales y la profesionalización de las élites partidistas han generado percepciones de desafección hacia estas organizaciones, y hacia la democracia. Sin embargo, estas tendencias coexisten con la persistencia de funciones centrales: la organización de la competencia electoral, la estructuración de la vida parlamentaria, la selección de élites políticas y la canalización de demandas sociales, aunque éstas se procesen de manera distinta a como lo hacían en etapas previas. En conclusión, los partidos políticos siguen siendo actores indispensables de la democracia contemporánea, aunque en la actualidad se encuentren atravesando un proceso de transición que está redefiniendo por completo sus bases de legitimidad y sus vínculos con la sociedad. Algo que nos llevaría a señalar que más que una crisis terminal, estamos ante un reajuste funcional que los obliga a adaptarse a transformaciones globales como la fragmentación social, la globalización, la emergencia de nuevas formas de participación política y la expansión de dinámicas neoliberales en la gestión estatal; elementos que, desde la ciencia política, debemos analizar pormenorizadamente. Bibliografía Ahedo, Unai (2022). Revisando el concepto de partido político: reconstruyendo, conectando, reclasificando. Barataria. Revista Castellano-Manchega De Ciencias Sociales (32): 1-21. https://doi.org/10.20932/barataria.v0i32.650 Aldrich, John H. (2012). ¿Por qué los partidos políticos? Una segunda mirada. Madrid: Centro de Estudios Sociológicos. Charlot, Jean (1971). Los partidos políticos. Barcelona: A. Redondo. Cotarelo, Ramón G. (1985). Los partidos políticos. Madrid: Editorial Sistema.