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Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021 eISSN: 2659-6881 https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 CARTOGRAFÍAS CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) CARTOGRAPHY OF THE NEW FORMS OF DISAPPEARANCE (OR HOW ABANDONMENT CAN BE RELATED) Gabriel Gatti1 Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea Recibido: 1 de agosto de 2022; Aprobado: 13 de septiembre de 2022 Cómo citar este artículo / Citation: Gatti, Gabriel. 2022. «Cartografía de las nuevas formas de desaparición (o de cómo se puede contar el abandono)». Disparidades. Revista de Antropología 77(2): e021. doi: <https://doi.org/10.3989/dra.2022.021>. RESUMEN: Este trabajo intenta proponer una cartografía útil de y con las categorías desaparición y desaparecido. Rastrea primero el éxito de ambas en varias áreas, acercándose a las razones de la universalización de una acepción históricamente fundada de las dos, que explica tanto ese éxito como algunos de los condicionantes que este impone para quienes las usan, en sede académica y fuera de ella. En un segundo movimiento constata que la acepción más aceptada y consolidada de una y otra ha sido desbordada, ampliamente, centrándose en tres de sus límites más fuertes: los marcos temporales de referencia de ambas (el pasado y la memoria), las presunciones antropológicas que sostienen a las dos (la mala muerte y la (im)posibilidad de su gestión social convencional), los cuadros sociales normativos que ambas toman como «dados por supuesto» (el Estado, la ciudadanía y las formas de agencia política asociadas a ello). Finalmente, el grueso del texto, a partir de lo que algunas experiencias de investigación de campo, desarrolladas en lugares muy distintos y distantes, dicen sobre los usos de unas categorías ya globales, recoge diferentes esfuerzos de problematización teórica que, actualmente, y en distintos campos de la investigación científico-social, hacen de desaparición y desaparecido herramientas para el análisis de las formas sociales del abandono. En el epígrafe final, el trabajo sugiere que ambas son útiles para poder contar lo que no tiene ni cuento, ni registro, ni es cuidado. PALABRAS CLAVE: Nuevas desapariciones; Desaparecidos, Abandono; Memoria; Estado; Descuido; Cuento; Registro; Cuidado. ABSTRACT: This article seeks to map out the categories of «disappearance» and «disappeared», with the aim of proposing a useful cartography. To do that I first trace the success that the two categories have achieved in several areas, exploring the reasons for the universalization of a historically grounded meaning, which explains the success but also some of the constraints imposed on those who use them, both in academia and beyond. I then argue that the most accepted and consolidated meaning of the two categories has been vastly overwhelmed and I focus on how this affects three of their strongest characteristics: the timeframes of reference for both categories (the past and memory); the anthropological assumptions underpinning the two (the bad death and the (im)possibility of its conventional social management); and the normative social frames that both take as “given” (the state, citizenship, and the forms of associated political agency). Finally, in the core part of the article I look at different experiences of field research, conducted in very diverse and distant places, and what these say about the uses of what are now global categories, and I discuss various efforts of theoretical problematization that currently, and in several fields of social science research, turn disappearance and disappeared into tools for analyzing social forms of abandonment. In closing, I suggest that both categories are useful for giving an account of that which has no account, which is not accounted for in any records, and which is not cared for. KEYWORDS: New disappearances; Disappeared; Abandonment; Memory; State; Neglect; Account; Record; Care. Copyright: © 2022 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). 1 Correo electrónico: g.gat[email protected] ORCID iD: <https://orcid.org/0000-0002-0435-5074/>.
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 2 1. MÉXICO, 2018. DÍA DE LOS MUERTOS. AMPLIANDO EL CAMPO DE LA DESAPARICIÓN En los primeros días de noviembre de 2018, en Ciudad de México, tuvo lugar el Foro Mundial de las Migraciones. Aquel era el octavo ya. Estuve allí junto a Ignacio Irazuzta para observar un espacio algo separado del resto del foro, la I Cumbre Mundial de Madres de Migrantes desaparecidos, la primera, un acto fundacional, que las participantes calificarán de histórico. Aunque desarrollada en México, la Cumbre recibe delegaciones de Túnez, Marruecos, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Mauritania, Argelia o Senegal, mujeres la mayoría, todas con la mochila repleta de historias de travesías de desiertos y de mares, de torturas sistemáticas, de trenes que son picadoras de carne, de centros de reclusión, invisibilidad, de trata y más trata, de esclavitud, de deshumanización. Hay en la sala muchos observadores: gente del derecho, activistas mexicanas y españolas, antropólogas forenses, sociólogos, psicólogos. A muchos los he visto antes, a muchas me las encontré en México o en otros lugares hablando, o les leí pensando en cadáveres no identificados, en duelo o en búsquedas, en garantías de no repetición y en políticas de la memoria, o en movimientos sociales y familismo. Las madres de migrantes desaparecidos, con la ayuda de muchos mediadores, necesarios, pues esas mujeres no hablan la misma lengua ni conocen ninguna lengua común a todas, aguantan mesas y mesas, escuchan intervenciones expertas, testimonian de la vida de sus hijos y de las suyas tras la desaparición de las hijas. No se entienden, no al hablar, pero sus historias tienen denominadores comunes que las categorías que las convocan, desaparecido y desaparición, parecen resumir bien. El diálogo se habilita; el contacto se hace posible, también la mirada cómplice cuando una testimonia y la otra escucha, y la indígena guatemalteca que habla se reconoce en la habitante del Sahel, y las mujeres del Atlas marroquí ven historias comunes con las madres de muchachos que huyeron de la mara M18 en El Salvador. El diálogo se amplía incluyendo también a madres y familiares de desaparecidos mexicanas, masa pobre de Guerrero, de Chiapas, de Tabasco, de Baja California, de Tamaulipas. No hay, eso no, quien represente a las viejas desapariciones, esas que tildamos de «políticas», al menos no a las de México. Solo al final aparece la sombra maternal de una veterana Madre de Plaza de Mayo, que por video y desde Buenos Aires alienta a seguir por un camino que ella ya conoce y que las que están aquí congregadas aún no mucho. Parece pensar que es el mismo camino2. Al salir de la reunión algunos comentan con sorpresa que desaparecido y desaparición han ampliado sus áreas de aplicación. Varios cuestionan esa apertura, otros la aplauden. Los argumentos más conservadores piensan que es necesario restringir esa extensión y limitar ambas categorías a algunas formas de violencia de Estado y a las reacciones y movimientos que se organizan allí donde la desaparición, esa desaparición, la forzada, se da. Los más abiertos apuestan por dejar que los nombres lleguen hasta donde puedan y ayuden a iluminar vidas extremadamente vulnerables, como las que se concentran en México en noviembre de 2018. ¿Qué queda de la desaparición originaria (Gatti 2020), de la vieja categoría desaparecido, esa que empezó a usarse en la Argentina de los 80? ¿Y de la de desaparición que consagró el derecho humanitario internacional en 2006 en Ginebra, en la Convención para la Protección de Todas las Personas contra la Desaparición Forzada (UN 2006)? Ambas referían a una forma específica de violencia de Estado, que afectaba a ciudadanos que fueron despojados de las protecciones propias del Estado de derecho. Ambas también señalaban hacia formas de gestionar, habitar y resistir los efectos de esta violencia que eran entonces muy reconocibles ya, y que lo son más ahora, con iconografías, lenguajes, políticas que les son propias. Son categorías muy consolidadas ya, en las que se concreta, además lo que hoy puede considerarse 2 Esta pequeña viñeta nace del trabajo de campo que hice junto a Ignacio Irazuzta dentro del proyecto de investigación «Desapariciones. Estudio en perspectiva transnacional de una categoría para gestionar, habitar y analizar la catástrofe social y la pérdida», financiado por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica de España (código CSO 2015-66318-P, 2016-2020). La viñeta se recoge igualmente en Gatti (2022) y en Gatti e Irazuzta (2019), donde se analiza apuntando, en el primer caso, a cómo desaparecido sirve de refugio para situaciones sin nombre y en el segundo a un cierto sincretismo que ese nombre habilita en México. Sobre este foro, véase también Sánchez Dionis 2018. El resto de las viñetas que contiene este trabajo, a veces meras anécdotas, proceden igualmente de las distintas actividades sobre el terreno que desarrollé solo o en equipo dentro del proyecto citado.
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 3 un considerable saber acumulado, multidisciplinar, globalmente consensuado, con elementos variados. Incluye formas de movilización sostenidas por lemas que ya son globales («Presentes», «Que aparezcan con vida», «Dónde están»), maneras de hacer política con el familismo (Jelin 2007) como señal característica, se asocia también a protocolos de atención al que sufre que tienen sus pilares en unas ciertas lecturas del duelo y del tratamiento de los cuerpos sin nombre, han producido, en fin, una serie de políticas públicas con marca propia, asociadas a la recuperación de la identidad, a la memoria y al reclamo del «Nunca más». Se agrega a eso una iconografía que circula planetariamente (el pañuelo de las madres, la foto de los desaparecidos en las manifestaciones), como lo hacen también ciertos tópicos sobre el duelo de los desaparecidos o sobre la gestión de la mala muerte. Y son muchos los campos del saber —sociología, ciencia política, derecho, antropología social y forense, psicología, arqueología— que han recortado una sección para dedicarla a la desaparición de personas. La desaparición, en efecto, se convirtió en un objeto firme, conocido, asentado. Se hizo cosa estudiable. Cosa cartografiable, como hago ahora. No es poca cosa decir eso cuando hablamos de algo que asociamos sin muchas ayudas a fantasmas, zombis, cuerpos incómodos, malas vidas y malas muertas. Y bien está que sea así, es un indicador de que la mirada científica avanzó, de que acumuló, de que atrapó. Y por eso, sí, en ese amplio espacio social, el que tiene que ver con los desaparecidos, hay tanto material y tanto saber acumulados que toca hacer guías, handbooks, mapas. Todo un campo, bien maduro, el del detenido-desaparecido (Gatti 2008). Pero eso, diría, ha sido hasta hace poco. Era y parecía firme, sólido, estable y hoy, se está tambaleando, superado por la ampliación de los usos de estos términos, cada vez más abiertos, sin control, a veces incómodos incluso, pues rozan en ocasiones lo kitsch, cuando no lo banal: los zombis mostrados como los desaparecidos de la cultura pop, el Alzheimer sugerido como una forma de desaparición neurológica, las desapariciones «felices» de los que se van de la ciudad y se refugian en el campo, desconectados. Y mucho más, todo así. Hacer el mapa de todo eso al que se me invita en este texto cuesta: desaparecido y desaparición se usan ya para cualquier cosa y no hay saber que discipline esos usos, no digo ya los que pululan por los mundos de la cultura y de la academia, sino también —sobre todo— sus muchos usos sociales ¿Tiene sentido hacer un mapa, proponer una clave para dar forma a una cartografía, sugerir un criterio que permita armar un catálogo, algo que nos deje clasificar y comparar? Considerados esos usos en conjunto, no puede sino verse que son muy diferentes a lo que en sus formas originales se designaba con estas dos categorías, que se han ampliado. Siguen nombrando una forma de terror de Estado que tiene por objetivo un ciudadano que es despojado de las protecciones que le da la ley, pero se aplican también a situaciones, cosas, fenómenos donde no hay ni Estado, ni ciudadanía, ni protecciones de la ley. Nombran hechos del pasado reciente, pero también del lejano (pongamos por caso, la España de la Guerra Civil de 1936 o la represión en la Rusia soviética o el Holocausto perpetrado por los nazis), y del presente más rabioso: las guerras en Bosnia o en Afganistán, la larga historia de violencia colombiana, la «guerra contra el terrorismo» en el mundo entero tras en 11 de septiembre, la Patriot Act y la red de campos de detención alegales e ilegales que nació de eso, mujeres en situación de trata en Uruguay, apátridas en el Caribe, muertos indignos en Brasil, niños perdidos en México, vivos invisibles en Brasil, muertos sin identificar en Estados Unidos o los migrantes cuyas madres se reunieron en Ciudad de México en 2018. La lista de ejemplos es larga, y crece; a cada regreso sobre este párrafo pienso en agregar más. Y cuesta ver en ella claves evidentes, denominadores comunes: siguen calificando historias de tonalidad política, historias con olor a Historia con mayúscula y aroma a Derecho Humano. Historias gruesas. Pero ampliaron su alcance, tanto que ahora, y sin control, dan también nombre a historias más ordinarias, de las de hache minúscula, historias de las que se ven tanto que ni se ven: gente perdida, gente que espera, gente que se seca en un desierto, que se ahoga en un mar, gente que vaga por la ciudad, gente que se congela en la noche. No conviene despreciar este exceso ¿Qué significa? ¿En qué nos debe hacer pensar un uso tan global de un nombre tan incómodo? Sobra decir que este texto se hace con la idea de proponer un camino a seguir para poder pensar una respuesta posible para ambas preguntas. En lo que sigue recogeré señales que ayuden a pensar por qué puede afirmarse que así es, que desaparecido y desaparición se usan por doquier, y que sus usos más asentados, cristalizados, académicos, legales siendo útiles válidos, se han visto superados por otros, nuevos. Ese es mi argumento y
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 4 desde él el texto será crítico con los cierres que se le imponen a esos usos, a veces razonables, otras castrantes. Tienen tres caras, muy reconocibles en tres temas de esos que definen revistas, centros de estudio y títulos de especialista, la memoria, lo forense, los crímenes de Estado. Hecho eso, el trabajo acompañará a las categorías de desaparecido y de desaparición en lo que hoy hacen, viajar, y viajar rápido, acercándose con ellas a algunos lugares (las periferias de Montevideo, el interior de las plantaciones de caña de la República Dominicana, fosas comunes de São Paulo, en Brasil, o de maternidades españoles, algunas fronteras de nuestros sures, y México, mucho México) donde ayudan a contar —léase, a narrar, a registrar, a tener en cuenta— lo que no tiene cuento ni cuenta ni cuidado fáciles. En esa parte, el grueso de este artículo, versiones moderadas de la anécdota de campo, la viñeta etnográfica, la mera constatación costumbrista se combinarán con la reseña de diferentes esfuerzos de problematización analítica que, actualmente, y en distintos campos de la investigación científico-social, hacen de desaparición y desaparecido herramientas para entender distintas formas un fenómeno social, más que eso, muy contemporáneo, el abandono. 2. EL ÉXITO DE LA DESAPARICIÓN Y SU DESBORDE Sostengo que la desaparición es una invención latinoamericana (Mignone et al. 2006). Ahí se singularizó con un nombre, que bautizó la practica misma y a la figura que produjo, el desaparecido, es específicamente en el Cono Sur de América Latina de los años setenta y ochenta del siglo XX que el Estado o sus cómplices la perpetraron con la sistematicidad con la que hoy la pensamos, y es ahí también donde empezó a tomar forma el tipo de reacción que se asocia a este delito. Si ahí se originó, desde ahí se extendió adoptando con los años manifestaciones que son ya globales y que se dan ya a muy distintos niveles, desde el antropológico al literario, desde el iconográfico al político, desde el jurídico al sociológico (Gatti 2017. ed.; Mahlke 2017; Dulitzky 2019; Richard 2007; Longoni y Bruzzone 2008). Me diferencio con eso de quienes entienden que ambos fenómenos preexisten a cuando son nombrados, en su manifestación latinoamericana (por ejemplo, Scovazzi y Citroni 2007), o de quienes los analizan como casos de asunto de más amplitud, como el genocidio (Feierstein 2014), o de ciertos tratamientos del cuerpo del enemigo (como fundamenta Anstett 2017). No doy el debate del origen por saldado; de hecho, no lo está. Me parecen justos los argumentos de los que defienden que esta práctica represiva antecede a su sistematización argentina, aunque hasta allí se la nombrase distinto, o no se la nombrase; es razonable defender eso si lo que se quiere es, por ejemplo, trazar una genealogía de los dispositivos con los que gestiona el cuerpo del otro cuando este es enemigo (Calveiro 2022), o alinear distintas manifestaciones históricas del desprecio (Bradley 2019), o profundizar en una historia social del tratamiento del cadáver. También son justos los argumentos de los que afirman que es necesario extender hacia atrás en el tiempo el uso de esos nombres si con ello se haben visibles delitos de extrema gravedad nunca nombrados, ni juzgados (i.e., los abandonados en fosas o cunetas de la Guerra Civil española, o las masacres de comunidades indígenas en Guatemala) o, y son de sentido contrario, los argumentos de quienes defienden que se debe reservar «desaparición forzada de personas» o «detenido-desaparecido» para formas de violencia de Estado sistemáticas. La justicia de esos argumentos reside en los fines que persiguen. Para los de este texto, que se quiere fijar en las derivas actuales de esos nombres, es relevante sostener que figura y fenómeno nacieron de un acto de nominación concreto, histórica y geográficamente localizado, al que siguió un modo de responder local primero, continental después, global finalmente, progresivamente más estandarizado y reconocible, respuesta a la que siguió lo que nombraría, sin ironía alguna, como el éxito de la desaparición y del desaparecido. Ese ciclo, hoy se remata con el desborde de la categoría. Me detengo en el éxito de ambas categorías (Gatti 2017). El que debe marcarse más, por su espectacularidad, es el jurídico: la creación, culminada por la Convención de Naciones Unidas del año 2006, del tipo penal desaparición forzada de personas, que define una modalidad específica de terror de Estado, caracterizada por la ocultación sistemática del paradero de los ciudadanos desaparecidos, por la negación del acceso a información sobre su destino y por, en consecuencia, que esos ciudadanos pierdan las protecciones que corresponden a un Estado de Derecho. No es poca cosa: Estado, ciudadanía,
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 5 protección, que son tomados por la Convención como las figuras y contextos de referencia de un delito que se eleva, por la Convención misma, a las cumbres del derecho humanitario internacional, una altura desde las que las cosas se miden y regulan. Y no solo eso: la Convención lleva aparejado el establecimiento de una serie de estándares para la evaluación y delimitación, y eventualmente juzgamiento de esos hechos, estándares que se aplican (o se han de aplicar) localmente y que circulan globalmente con eficacia, o, al menos, con gran visibilidad (Dulitzky 2019), vehiculados por herramientas muy concretas —como el Working Group on Enforced or Involuntary Disappearances—, procedimientos cada vez más estandarizados —entre otros, los de búsqueda, de identificación de restos—, personajes con fuerte predicamento local y, a veces, alcance planetario —algunos jueces, algunas familiares—, retóricas englobantes que los protegen —como la transicional o la de la memoria (Lefranc 2009; Castillejo Cuéllar 2017). Es una poderosa maquinaria, que evalúa, mide, compara, hace pensable. Es una nueva moral también, la del humanitarismo (Fassin y Rechtman 2009), una «ficción totalitaria» (Agier 2008: 291) que resulta difícil esquivar y tan eficaz que permite que circulen por vías rápidas las figuras, los personajes, los artefactos y los conceptos. Pero el éxito va más allá: es estético, pues al desaparecido se le asocian iconos, lemas, figuras muy reconocibles globalmente (el pañuelo en la cabeza de las madres, las fotos de los familiares en su pecho, el «Nunca más» encabezando las marchas y movilizaciones) (Taylor 2001; Crenzel 2012); es antropológico, pues la desaparición y el desaparecido han alcanzado el rango, si no de arquetipos, sí de ejemplos privilegiados de la mala muerte, de la muerte sin cadáver y sin tumba, de la muerte sin nombre (Azevedo, Sanjurjo y Nadai 2020; Robin y Panizo 2020) y de cómo debe tramitársela y gestionarse el duelo, tan singular, que esa muerte que no es supone (Diéguez 2013; Congram 2016; Gatti y Peris Blanes 2021; Robledo-Silvestre 2017); y es además un éxito en lo que refiere a la forma que adopta la respuesta social a esos hechos, singular en varias materias, de las que destaco dos: el trabajo mismo de invención social de un nombre para calificar al fenómeno (desaparición forzada) y de otro para la figura que produce (desaparecido), hasta entonces no nombrados, y la respuesta política a ese fenómeno y a esa figura, que empujó a la comparecencia al espacio público de un tipo de actor colectivo nuevo por entonces, el familiar de víctima (Fassin 2015; Gatti ed. 2017), y a encontrar en la lucha por la memoria el fundamento de la legitimidad de esos movimientos. Elevadas al rango de tipo social jurídico, estético, antropológico y político, la categoría de desaparición forzada y la figura del desaparecido han viajado por el mundo recorriendo las autopistas morales del humanitarismo. Salieron de su nicho originario latinoamericano, que les dio tono y referencias, sabor y color (Dulitzky 2019), y se han demostrado lo suficientemente flexibles como para adaptarse a muchos de los diferentes contextos sociales (Dulitzky 2019) en los que se descargan y en los que todavía se siguen descargando (Ferrandiz 2010). En ellos, sirven para muchos fines, realmente: proveen de un nombre bajo el que agrupar violencias que hasta su aterrizaje se pensaban de manera dispersa, como en México; proporcionan estándares de protección jurídica, como en Colombia, y en otros casos dan, sin más, reconocimiento y visibilidad en el espacio público a quienes sin ser nombrados por ellos ni existían. Para esto último, nombrar vidas abandonadas, la lista de casos a los que podría acudirse para aportar viñetas, figuras, ejemplos o ilustraciones es enorme: niños perdidos en Europa o América (Luiselli 2019), cuerpos disponibles para la trata, en todo el mundo (Martínez y Aedo Avila 2022), ancianos abandonados en residencias en España (Rubio y Villar, en prensa), mujeres asesinadas en México (Fregoso 2017), o en reservas de Estados Unidos y Canadá (National Inquiry into Missing and Murdered Indigenous Women and Girls 2019). Sin embargo, no todos esos usos se ajustan a lo que las categorías, ya fuertes, ya muy asentadas, nombran: a veces no es el Estado el agente desaparecedor, en otras situaciones no hay agente desaparecedor alguno; en muchas ocasiones quienes desaparecen nunca alcanzaron a ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho; hay ocasiones en las que sí, pero fueron arrojados fuera de la protección del Estado; y se multiplican las situaciones en las que los desaparecidos, aun siendo nombrados así, están vivos (Gatti 2022). Ni Estado, ni ciudadanía, ni colectivos de familiares que resistan en el espacio público. Y sin embargo el nombre se usa, y cada vez más. Desbordó la herencia. En relación con ese desborde, dentro de las ciencias sociales, humanas y jurídicas parecen darse dos movimientos, uno que pone límites a los
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 6 usos ampliados de desaparecido y desaparición, otro que promueve su apertura. 3. TRAS EL DESBORDE, PRIMERA REACCIÓN, LOS LÍMITES: LAS CONFUSIONES FATALES: DESAPARECIDO ES PASADO, MUERTE Y ESTADo El primer movimiento tiene como consecuencia lo que, parafraseando a Robert K. Merton (1968), llamaría «confusiones fatales». Son tres: la asociación de los desaparecidos y la desaparición con el pasado y con su administración, cuando el asunto se despliega en el terreno de las peleas por la memoria; la asociación de los desaparecidos y la desaparición con la muerte y con la gestión de sus consecuencias; la asociación de los desaparecidos y la desaparición con la acción del Estado y con las reacciones sociales a esta. 3.1 Primera confusión: los desaparecidos y la desaparición son cosa del pasado En Tijuana, en diciembre de 2019, recorrí paisajes de varias desapariciones, entre ellos un antiguo criadero de gallos donde un personaje, El Pozolero, disolvía en ácido los cuerpos de personas asesinadas. De eso hace muy poco, no mucho más de cinco años. El barrio donde estaba su casa, el Ejido Maclovio Rojas, sigue igual a cómo estaba entonces: poca gente, casas de lata, alguna más dignificada hecha de material más sólido. A lo lejos se veía una escuela levantada por los vecinos, también digna. Pero era escasa la presencia del Estado, de algo que recordase a «ciudadanía». Mirase por donde mirase, aparecía abandono: unas torres de alta tensión con cables rotos, algunas alcantarillas quebradas y levantadas, una red de saneamiento muy precaria, sin acabar o apenas empezada, pavimento destrozado, una acera a medio construir que hace tiempo se dejó así. Todo en ese estado que tienen las cosas cuando «ya no» y tampoco «todavía». Ahí, rodeados de abandono, de desaparición en vida de ciudadanos que nunca lo fueron, de olor a desagüe y mierda, la gallera. Los que pasaron por ahí no eran muy distintos de los que todavía pasan por las calles cercanas. Que en ese contexto el predio donde trabajó El Pozolero albergase un memorial me sorprendió. Era un sencillo homenaje, un recordatorio, que un grupo de universitarios, de artivistas y de activistas reunidos en la iniciativa RECO ha dispuesto para no olvidar a los desaparecidos, no a aquellos que fueron disueltos por El pozolero, que no se sabe quiénes fueron, sino a los desaparecidos en general. Recordaba a otros muchos memoriales, a esos museos que recogen cosas e historias y caras y piden que no se olviden, que reclaman rehacer su identidad, guardar su memoria, recuperar el pasado. Es algo clásicamente asociado a la desaparición forzada, a la originaria, pero ¿qué sentido tenía aquí? ¿de qué pasado se hablaba? ¿a qué memoria se asocia esta desaparición que se puede conjugar en presente?3 Tiene sentido, quizás, pensando en que la desaparición originaria se conjuga en tiempos pasados y el desaparecido, en sus primeras versiones, es una figura que se asocia a un tiempo anterior. Puede considerarse, en efecto, que la asociación es razonable a tenor de la forma del fenómeno en sus primeras manifestaciones, cuando se carecía incluso de concepto —¿estaban siendo torturados? ¿se habían fugado? ¿estaban presos? ¿muertos?—. Nombrarlos, reaccionar, reivindicar son acciones que los familiares de los afectados directos y los activistas o los profesionales que gestionaron sus consecuencias trabajaron ex post, y orientando entonces su mirada al pasado, cuando sucedió lo que ahora se nombraba. Eso no quiere decir que los estudios sociales de la memoria sean estudios históricos (Jelin 2002), pero sí que se aborda sociológicamente la desaparición como una reacción en presente a hechos del pasado (Guglielmucci 2013). Lo cierto es que, con el tiempo, los reclamos que se asocian a la memoria, desde las políticas culturales a las de reparación, tomaron el centro de esta escena, en especial en ciencias sociales: si sus reacciones son en presente, la desaparición se conjuga en pasado (Aguilar 2020). Pero me preocupa que se asocie «desaparición» con «pasado» y con «memoria». Me preocupa más viendo que se hace especialmente en sede académica. Revela mucho de los límites de nuestra visión. La desaparición originaria fue digerida ex post y con un aparato muy poderoso para hacerlo, lleno 3 Sobre la iniciativa RECO y el lugar que ocupa dentro de las prácticas de memorialización en México pueden leerse Ovalle y Díaz Tovar 2016; Díaz Tovar y Ovalle 2018 o Alonso y Nienass 2021. Castillejo Cuéllar, en 2020, relata su paso por la gallera dentro de una reflexión más amplia, abierta a pensar sobre los sentidos que debe movilizar la antropología para contar la desaparición y sus lugares.
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 7 de narrativas, oficios, militancias, instituciones. Ese aparato trabajó fuerte para evitar el olvido, para recuperar la memoria, para reconstruir el pasado, para recomponer, en fin, las identidades de los que fueron borrados. Fíjense con qué verbos se conjuga la acción de ese aparato, siempre en clave de re-: recuperar, reconstruir, recomponer, recobrar, reconstruir, rehacer, reinstalar. Opera sobre historias, vidas, objetos, identidades. Se manifiesta en museos, en placas, en colectivos. Y se orienta al pasado, donde quedaron los que desaparecieron y a dónde miran los que sobrevivieron. Ese aparato, y bien está, hace lo posible para recobrar aquello o para reinstalar un nuevo equilibrio sin aquello. Y quienes quieren pensar así buscan saber cómo trabaja la memoria4. Pero la desaparición se mueve también en otros tiempos. Tienen sentido, por eso, los ya frecuentes ejercicios de distanciamiento de las políticas de la memoria, algunos paródicos, como el Diario de una princesa montonera (Perez 2012) o la película Los Rubios (Carri 2003), otros irónicos. Ya hace algunos años Isabel Piper me habló del trabajo teatral de Guillermo Calderón en su obra Villa (Calderón 2012), una reflexión en genial tono paródico acerca de los debates sobre la memoria. Así se plantea: dos formas de construir un memorial para los desaparecidos se confrontan: el edificio bonito, blanco, con historias de los que ya no están, con sus cosas, sus novias y novios, sus barrios; el museo ominoso, ruinoso y sucio, conmovedor, que recuerda en un eterno directo la ofensiva fealdad de la eterna muerte. No ofende y hace pensar. Interpela. Nos pone delante de la evidencia de que es tan necesario el homenaje a los ausentes como la prudencia con las rutinas de la memoria. Con otro libreto, el de los estudios culturales, y en otro contexto, el de la Galicia y la España del boom memorialista, trabaja Germán Labrador (Labrador Méndez 2021) en un texto que muestra con enorme habilidad narrativa el riesgo de que la reivindicación de los olvidados por un pasado oprobioso constituya la base para la construcción de 4 Es justo, sin estridencias, el libro de Elizabeth Jelin (2002), que enseña y no es ni demasiado militante ni demasiado analítico. Sobre los excesos de la memoria y de su institucionalización como política y moral, es interesante la consulta del Diccionario de la memoria colectiva (Vinyes dir., 2018), no por su contenido, que sí, sino por el hecho mismo de que un asunto con tanto vidrio y tanta arista haya alcanzado ese estatuto, el de las cosas que son llevadas a diccionario. un discurso homogéneo que oblitere, sin quererlo, otras memorias, que quedan, por eso, en el lugar de lo subalterno. Pero más allá de estas propuestas, que abren la memoria al presente, ¿tiene sentido alojar todavía la desaparición en el pasado? Aun críticamente ¿cabe mirar hacia atrás cuando de lo que hablamos es de desaparecidos de mis cuadros de reconocimiento actuales, de sujetos sin registro ahora, de gente que se ausenta del presente, de lugares infames pero que existen aquí, al lado, en presente, en un presente continuo? La orientación de las sensibilidades académicas y políticas hacia ese tiempo, el anterior, se sostiene con más dificultad observando las que hoy se llaman desapariciones. Los migrantes que se desvanecen en las travesías hacia Europa o hacia la América del norte rica, hayan muerto o no, las mujeres o niños perdidos en redes de trata, los ciudadanos borrados del registro, requieren de acciones que se conjugan en presente continuo. Para el desaparecido actual, el pasado ya no es el tiempo; lo es un presente bizarro. 3.2 Segunda confusión: los desaparecidos y la desaparición ya no son necesariamente muerte Dicen en el EAAF (Equipo Argentino de Antropología Forense) que la desaparición es «un nuevo estado del ser», ambiguo, entre la vida y la muerte (recogido en Gatti 2014): entre una y otra, ni una ni otra. El desaparecido es fantasma, espectro (Gordon 2008; Kwon 2013; Perez 2022; Schindel 2022). En el desaparecido originario esa posición imposible se resolvía empujando hacia la aceptación de lo evidente, la muerte de los que fueron objeto de violencia por parte del Estado. Una mala muerte, muerte inconclusa, sin cuerpo disponible, sin duelo, sin tumba (Da Silva Catela 2001), pero una muerte al fin. Esto abrió la puerta de entrada a lo que se ha llamado el giro forense (Dziuban 2017), y de la mano del conjunto de oficios que protagonizan este giro —antropólogos forenses, psicólogos, arqueólogos, genetistas—, el desaparecido se fue escorando hacia un lado de esa condición ambigua, el de la muerte. Puede explicarse, pues algunas evidencias son tozudas: los desaparecidos originarios, aquellos que fueron objeto de violencia por parte del Estado o fuerzas paraestatales en el contexto de regímenes autocráticos, han muerto. Aunque no se sepa qué fue de ellos ni a dónde los llevaron ni dónde están
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 8 sus cuerpos. Han muerto. Se explica también por las demandas de cierre, las de los familiares, las colectivas. Y a esas demandas y evidencias se respondió desde todos esos oficios, los protagonistas del giro forense, que repensaron sus prácticas para adaptarlas a la necesidad de bregar con un desastre mayúsculo, el de la mala muerte, el de cuerpos disociados de sus nombres (Hattori 2022). Y armaron protocolos que han ido extendiéndose por todo el planeta, que se aplican aquí y allá, para el pasado y para el presente, conducidos por las más poderosas agencias del humanitarismo (Comité Internacional de la Cruz Roja, Naciones Unidas). Sin apenas variaciones locales, trabajan sobre lo que queda —recuerdos, despojos, residuos, polvo, ruinas, ocultación— para devolverle la dignidad que la desaparición les retiró. Y, ya digo, lo hacen siempre igual allí donde haya de estos malos muertos: así em las fosas de la Guerra Civil española, en los restos del genocidio ruandés, en los enterramientos masivos de las guerras de Serbia o en Kosovo, o entre quienes caen hundidos al Mediterráneo cuando buscan atravesarlo. Conviene atender a las consecuencias de este éxito. Sobre ellas, son muchos los análisis que señalan los errores antropológicos serios cometidos en ese recorrido: no se han considerado como se debe las diferencias locales en la lectura del cuerpo muerto o en la gestión de la ausencia, se ha universalizado el tratamiento de las muertes sin cadáver (Ferrandiz y Robben 2015; Anstett y Dreyfuss 2015; Delacroix 2020; Robin 2021), se ha protocolizado la gestión de los cadáveres sin nombre, sin importar ni el dónde ni el cuándo de la desaparición (Garibian, Fournet y Shute 2013). En definitiva, se han naturalizado algunas ideas acerca del cuerpo íntegro, del buen cuerpo, de la buena identidad, del duelo correcto, instancias todas sobre las que se trabaja como si fuesen universales. En efecto, el giro forense ha promovido la institucionalización de un canon sobre la bondad de ciertas relaciones entre cuerpo muerto e identidad. Pero me preocupa más otra de las consecuencias de este giro, que no deja ver que desaparición y muerte no necesariamente correlacionan, que, hoy, desaparición y desaparecido se escoran hacia costados diferentes a los de antes ¿No debemos hacer caso a los que en Melilla, Tenosique, Montevideo, Tijuana o Cúcuta dicen que su muerte es «en vida»? ¿No debemos creer a quienes dicen de sí mismos que son «zombis» o «muertos vivientes»? Aunque la desaparición se mantiene en ese lugar ambiguo, entre la vida y la muerte, ahora parece también balancearse hacia el lado de la vida, aun siendo en formas que parezcan negarla, bizarras (Kobelinsky 2020). 3.3 Tercera confusión: la desaparición se da en el ámbito de las relaciones definidas por el Estado Frente a la extensión de la categoría de desaparición a situaciones alejadas del tipo jurídico, los profesionales del derecho son prudentes, pues si se hace sin cuidado, dicen, se pone en riesgo la calidad de los estándares de justicia que se ha logrado alcanzar, las ganancias obtenidas con una herramienta capaz de medir como pocas el terror de Estado cuando se ejerce contra su propia ciudadanía. Tienen razón haciendo ese recordatorio, y darle forma de mandato («la definición continúa requiriendo una conexión estatal» (Dulitzky 2019: 427)), pues es mucho lo ganado. No es raro, igualmente, que esa, la conexión estatal, sea para muchos de los que trabajan esta cuestión en el campo de las ciencias sociales la condición sine qua non para aplicar con legitimidad la categoría de desaparición, pues en la reacción a la violencia del Estado fue que se constituyeron los movimientos sociales más representativos de este campo, las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, las Buscadoras en México (Irazuzta 2017), las Madres de los casos de falsos positivos en Colombia (Aranguren, Cardona y Agudelo 2021), el familiar, en fin, como actor político y el vínculo de parentesco como lazo que servía y aún sirve para dar legitimidad a la comparecencia al espacio público de un sujeto muy característico de este campo, una verdadera invención (Vecchioli 2013; Sosa 2014; Pallares 2014; Zarrugh 2022). No es cosa solo de los primeros tiempos. Aun hoy, el sujeto político de la desaparición se hace en ese territorio, interpelando a los agentes del poder desaparecedor, el Estado, su maquinaria, la que activa el dispositivo desaparecedor (Calveiro 2019), reclamando ante él derechos y reconocimiento. Sin embargo, ya no es solo de ese modo que sucede y ese límite, hoy, debe ser replanteado. En primer lugar, porque hoy también son agentes desaparecedores poderes privados, de alcance nacional o no, en connivencia a veces con fuerzas del Estado, pero no siempre. Fuera del alcance de
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 9 las protecciones del Estado, son otras soberanías las que someten los cuerpos y las vidas de muchos de a los que hoy se llaman desaparecidos a ejercicios de poder tan devastadores como los que tuvieron, en los orígenes de este término, marca de Estado. Y ya no la tienen, o no necesariamente: soberanías difusas en zonas de no derecho (Gatti e Irazuzta 2019; Brun 2006), formas diversas de necropolítica (Reguillo 2021; Calveiro 2019), prácticas de extractivismo que dibujan un paisaje de desaparición general (Andermann 2021; Robledo-Silvestre y QueralesMendoza 2020), distintas formas de animalización (Giorgi 2014). En segundo lugar, porque la desaparición no es solo efecto de la acción del poder, sea cual sea su origen, sino también de la omisión de acción: cuando no se protege, cuando no se piensa la protección de la ciudadanía como una responsabilidad, cuando se olvida y abandona. Es este un punto especialmente relevante en el giro actual de los estudios sobre la desaparición hacia lugares que se permiten imaginarla disociada de la acción del Estado. En el campo del derecho esta apertura ha tomado forma en los propios informes del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas contra la desaparición forzada e involuntaria, que consideran que dejar a su suerte a quienes se aventuran por rutas migratorias en las que están, de hecho, sometidos al ejercicio de distintos poderes y fuerzas, humanos y no humanos, puede ser considerado desaparición forzada (WGEID 2016), aunque no solamente allí (Alija 2021; Citroni 2017; Duhaime y Thibaut 2017). Fuera del derecho, el desencuentro entre desaparición y acción del Estado es mucho más frecuente, y se encuentra, por ejemplo, en estudios que tratan como políticas desaparecedoras las políticas de la intemperie a las que se somete a los migrantes indocumentados (Schindel 2020) o las arquitecturas urbanas que invisibilizan poblaciones vulnerables (GonzálezRuibal 2020). Y en tercer lugar, y quizás más importante, porque aunque las formas originales del fenómeno pueden entenderse si la observación se aplica solamente a lo que podemos llamar el espacio de la ciudadanía, esto es, el lugar de lo político, allí donde se constituyen como sujetos los ciudadanos, en fin, eso que, con Hannah Arendt, podemos llamar la «esfera pública de aparición» (Tassin 2012; Butler 2015), no puede ya circunscribirse a esa el análisis si lo que interesa comprender son las desapariciones contemporáneas. Estas han desbordado los límites de esa esfera: muchos de quienes hoy desaparecen o bien nunca habían aparecido en ella, pues jamás alcanzaron los reconocimientos propios de la ciudadanía, ni la condición de sujeto en su interpretación liberal (Butler 2015), o bien, si formaron parte de ella, fueron expulsados (Sassen 2014). El Estado, el espacio público, la política liberal, no define sus mundos, ni los sujeta. Esas existencias viven, pero en otro territorio, uno de abandono, para ellas ¿funciona las categorías de desaparición y desaparecido tal cual las entendemos? ¿Son lo suficientemente sensibles? ¿No están, acaso, desbordadas (Martínez y Gatti 2020)? 4. TRAS EL DESBORDE, SEGUNDA REACCIÓN, LA APERTURA: DESAPARECIDO CUENTA LO QUE NO TIENE CUENTO Convengo con Elisabeth Anstett en que es necesario poner bajo sospecha la exportación de las categorías desaparición o desaparecido a contextos históricos, sociales o culturales distintos al de su origen y que es necesario estar alerta ante los riesgos que puede arrastrar ese desplazamiento si se hace sin control. Y concuerdo con su llamado a la prudencia: «Asimilar las víctimas de las juntas militares del Cono Sur con los muertos de la guerra civil española o del conflicto armado guatemalteco, y confundir la suerte de los detenidos-desaparecidos con el destino de las víctimas del franquismo o de los narcotraficantes mexicanos constituye no solo un anacronismo histórico, sino también una confusión que perjudica el reconocimiento de la naturaleza particular de cada contexto» (Anstett, 2017). Es arriesgado, en efecto, y si se hace sin matices, las categorías que nos interesa pensar devienen potencialmente epistemicidas: anulan diferencias, devoran lo que encuentran imponiendo sobre ello los sentidos que arrastran. Sin embargo, entiendo que las ciencias sociales deben ser sensibles al hecho cierto de que los usos de desaparecido y desaparición crecen, que ese crecimiento no se detiene y que su alcance se extiende, mucho más allá de los límites para los que se pensaron. Conviene tomárselo en serio pues da cuenta de la existencia de fenómenos, sujetos, formas de construir identidad, sentido y agencia para los que las categorías disponibles no funcionan y que necesitan nombrarse, formas de construir identidad, sentido y agencia que están demandando, hace tiempo, dejar de usar herramientas heredadas
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 16 si solo se observa lo que cada uno de ellos deja ver. Solo «desaparecido» tampoco sirve. Pero sí si colabora con otras: con la categoría de muerte social de Orlando Patterson (1982), mostrando existencias que rozan la muerte de tan desprovistas de todo lo que da sentido a la vida; con la de colonialidad del ser, de Sylvia Wynter (2003), pues deja acercarse a posiciones de la humanidad distintas de la plena del occidental blanco, a sus «estados ambiguos», sus versiones inacabadas, incómodas (Fregoso, 2019): lo casi humano, lo no humano, lo más y menos que humano; con la del maldito (Fanon 1999) —negro o no—, el indio, alguna variante de gente viscosa, de judío conceptual (Bauman 1997), esta gente, aunque está viva, parecería no haber existido nunca. Es «vida que nunca se reconoce como vivida o muerta» (Bradley 2019). Vida sí, pero descalificada, borrada desde que se gesta, descontada del resto desde el arranque. Desaparecido, trabajando junto a otras categorías, les proporciona un relato posible, precario y frágil, pero ajustado: cuenta estas vidas descalificadas en su lugar, fuera del archivo, sin visibilidad ni relato (Hartman 2019). 6. LO QUE NO SE REGISTRA. LA DESAPARICIÓN DA NÚMERO Y LUGAR A QUIEN NO TIENE CUENTAS México hacia la mitad de la segunda década del siglo XXI estaba lleno de desaparecidos, pero falto todavía de conceptos que hiciesen pensable de algún modo esa masa de cuerpos ausentes y abandonados que desbordaba las páginas de notas rojas de su prensa, llenas de nombres —descabezados, encajuelados, levantones— que el país llevaba regalando años al diccionario. Eran nombres inventados para dar algún lugar en la imaginación a una lista larga de cosas impensables, que no tenían lenguaje en un país que lo agotó: «No debe existir sistema lingüístico alguno capaz de dar cabida a los horrores de la primera década del siglo XXI mexicano» (Juan Villoro, apud. Osorno 2017). No tengo base para afirmar que allí se cometió el lingüicidio que George Steiner (1982) denunció para la Alemania nazi, sí da sin embargo la impresión que cabe aplicar lo que Jean-Luc Nancy dijo del lager alemán: que aplastó la representación misma (2006: 32), disociando las cosas de las palabras. En esa búsqueda de palabras para nombrar lo que ocurría, aterrizaron «desaparecido» y «desaparición» (Gatti e Irazuzta 2019). No es que no estuvieran ya, pero sus usos eran los del viejo desaparecido originario (González Villareal 2012). Ahora la palabra debía trabajar de otro modo, incluyendo otras violencias y nuevos excesos. Algunos activistas hicieron ese trabajo pensando que ese nombre unificaría un campo de acción colectiva hasta entonces fragmentado e inoperante; hubo juristas que buscaron cómo darle a México una acepción propia de desaparición, sin la «maldita palabra» forzada, que no decía bien de lo que allí debía contarse (Naciones Unidas-Comisión Nacional de Derechos Humanos 2015), en la academia se pusieron en diálogo estas viejas palabras con sus hechos mexicanos, como el exceso (Diéguez 2016) o la búsqueda (Irazuzta 2017); mientras los periodistas imaginaban qué textura darle a las crónicas para asociarlas bien a feminicidios, matanzas, trata, ideando para eso los artilugios narrativos necesarios (Periodistas de a Pie 2017; Rea 2017). En dos pequeñas viñetas daré cuenta de dos esfuerzos que acompañan ese aterrizaje mexicano del desaparecido; ambos tienen que ver con lo que (no) se registra, uno en forma de números, otro de mapas. Los dos trabajos usan la desaparición y al desaparecido como herramientas para dar cierta unidad narrativa a formas de violencia que sin estas categorías no la tenían. El proyecto El país de las 2 mil fosas (Quinto Elemento 2017) se inició en México en 2017. Poniendo en el mapa los datos sobre las decenas de fosas comunes y las centenas de cadáveres encontrados en el país en las últimas décadas, buscaban dar forma a una cartografía fiel del nuevo México, uno lleno de desaparecidos. Ubican fosas, sitúan cadáveres sin nombre, emplazan asesinatos sistemáticos. De todo eso hay en todo el país, pero los datos están dispersos: unos Estados los ignoran, otros no saben cómo representarlos, la mayoría no los cuentan. Todo está por unir, las representaciones por hacer, la civilización por levantar, como en los primeros momentos, los de la fundación de naciones y banderas (Anderson, 2006). Con cartografías de colores suaves elaboran mapas estatales, regionales; el nacional deja de un golpe de ojo ver el nuevo México, uno extraño al heredado. Si «un auténtico ‘mapa’ cognoscitivo de la tierra natal (…) es una organización del espacio de la experiencia histórica y de los sentimientos de sus pobladores» (Smith 1998: 66) este que dejan hacer los desaparecidos es el que mejor se ajusta a la experiencia histórica de los mexicanos de hoy. Proliferan mapas, la desaparición los lleva siempre con ella, como la contracara de uno de sus tópicos,
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 17 el «Dónde están» (Gatti 2022). Ocurre en México con los feminicidios, en Brasil con la violencia sexual, en Estados Unidos con las mujeres indígenas asesinadas o desaparecidas en reservas. Algunos son ya proyectos de Estado, como en Argentina, repleta de mapas de fosas, de centros clandestinos de detención, de lugares de exterminio; otros casi, como en España con los mapas que localizan las fosas donde están enterrados los muertos de la Guerra Civil (Ferrandiz 2009, 2014; Etxeberria y Solé 2019), o en Colombia (Mingorance y Arellana Bautista 2019) que significativamente subtitula así su proyecto de cartografiado más ambicioso: «Relato (siempre) incompleto de lo invisibilizado». En una inteligente reinterpretación del concepto de «dispositivo desaparecedor» de Pilar Calveiro (1998), a estos trabajos de cartografiado Jessica Magallón (2020) les llama «aparatos aparecedores»: si la desaparición forzada dispersa, deshace, descuenta, estos aparatos unifican, construyen, cuentan. En la ciudad de Saltillo, Coahuila, al norte de México, una ciudad muy golpeada por formas varias de terror —terror de Estado, terror del narco, terror hacia gente de allí o hacia gente de más allá que pasan por la ciudad yendo hacia el norte, los no muy lejanos Estados Unidos— Ignacio Irazuzta y yo conocimos a Libertad, que trabajaba con números. Libertad se ocupa de un centro de derechos humanos y empodera víctimas, las junta, aunque sean de diferentes causas, y busca constituirlas en comunidad. Para hacerlo las reúne y las contabiliza. Su argumento es poderoso, y se concreta en un cuadro estadístico simple, al que llama «registro ciudadano de los desaparecidos». Sabe que es imposible contarlos a todos, pero haciéndolo se creará, lo sabe también, un modo de contarlos del que la categoría común, desaparecido, será el centro. «Ahorita cada quien tiene su mapa», dice, y eso produce un tremendo problema, el subregistro de las violencias y de los que las sufren que o no se cuentan o se cuentan en listas separadas, que nadie agrega, nadie en todo caso con capacidad de hacerlas «población» y pensarlas como conjunto. Ahora sí, dice Libertad, confiada: feminicidio, profesionistas haciendo trabajos forzados, mujeres en situación de trata, formas diversas de trabajo esclavo, migrantes esfumados en el camino, esclavos, cuerpos decapitados, cuerpos secos en el desierto, migrantes secuestrados, vivos y muertos, políticos y no políticos, resultado de la acción represiva del Estado o de la violencia de agentes privados, aplicada a sujetos que eran parte del espacio público o a otros que nunca lo integraron… serán desaparecidos. Así contarán. El desaparecido, tan invisible, sirve en estos casos como criterio para dotar de coherencia óptica (Latour 1985) a un conjunto que sin él no la tenía: ahora, ese conjunto se ve de un solo golpe, y así se entiende. Es criterio, es clave de bóveda, como lo fue el metro o el kilómetro (Guedj 2000). Es unidad de medida para dar forma al censo y al mapa de estas naciones de desaparecidos (Anderson, 2006). Lo descontado —tremenda paradoja— es lo que ayuda a hacer el trabajo de contabilización. 7. LO QUE NO SE CUIDA. LA DESAPARICIÓN AYUDA A VER LO QUE NOS TIENE SIN CUIDADO Uruguay es un país estable, de clases medias, propenso a la mesura, amortiguador (Real de Azua 1991). Si hay excesos, equilibra; si algo se sale, busca que entre. Un modelo de armonía, excepcional, dicen, en la región. Es cierto que alguna vez hubo desvíos: dictaduras, torturas sistemáticas, y en los años setenta del siglo XX, hasta desapariciones forzadas. Pero fueron desvíos, dicen de nuevo, del plan trazado en el origen (Demasi 1995). En lo esencial, este no varió. Es cierto también que los datos lo desmienten, sean los estadísticos, sean los etnográficos (Merklen y Filardo 2019). Pero otros datos, los de la autorrepresentación de los ciudadanos del lugar confirman que sin embargo ese es su mito, que esa fantástica ficción integradora sigue firme, que el mito de «la sociedad hiperintegrada y amortiguadora» (Morás 2012: 8) es todavía operativo. Hoy, con la cuestión social en retirada, cuando un nuevo relato se impone y la épica de la integración del siglo XX deja paso a la expulsión, ese mecanismo sin freno, el propio del siglo XXI (Sassen 2014), surgen fisuras en esa epopeya, nuevos relatos, más sensibles a la seguridad, propensos a la policialización (Paternain 2022). Pero el discurso integrador es todavía vigoroso, y en parte exitoso: Uruguay es el país de América Latina que registra menos población en situación de pobreza y de extrema pobreza, 2,9% y 0,1%, frente al 27,9% y 11,5% del conjunto del continente, según la CEPAL (2019). Y de eso el operador es un Estado omnipresente, que se quiere cuidador y cuidadoso. La sociedad, esa maravillosa ficción, y el Estado son uno. No es el lugar para analizar esto. Pero el argumento necesitaba ese preámbulo para mostrar algo de la maquinaria uruguaya para la recuperación del que fue y que ya no y el lugar que el nuevo
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 18 desaparecido ocupa en ella. Porque al lado de esa ficción integradora, las cosas siguen su feo curso. Por ejemplo, en el barrio El Tobogán, uno de esos lugares de Montevideo en los ya no existe la vieja sociedad, esos de los que el Estado se ausentó, de donde los viejos aparatos de regulación del orden y el sentido sociales —desde la escuela a la policía— se fueron y ya no entran. A los que quedaron ahí se les cerró la puerta de entrada a lo que permite el reconocimiento (escuela, sanidad, ciudadanía registrada). Y en el Tobogán, como en otras Villas Miseria montevideanas, se recuperó hace poco un viejo personaje nacional, el desaparecido, aunque tiene otro rostro ahora: muchacho asesinado y despedazado por sicarios (Neves 2016; Piris 2016), hijo de vecinos perdido, convertido en «bicho» (Gatti 2022; Rossal 2022). Se les llama así, desaparecidos, como se les llamó antes, en época de militancias y dictaduras; pero son otros, en efecto. Estos son sujetos que salieron de los lugares, de los conceptos, de los sensorios que hacían reconocibles a los ciudadanos. No son pobres de los de antes; aquellos estaban todavía dentro de las redes de seguridad que nos ligaban a lo que nos hace sociales, que nos acercaban a todos a la ficción de las clases medias, a esos lugares comunes. Estos no, no están ya en la esfera pública, en el común. En el mejor de los casos lo que dicen suena a aullido doloroso; en el peor, es grito inaudible (Rossal 2022). Frente a ellos, el Estado gobernado por el Frente Amplio7 operó con el impulso propio de los momentos álgidos del mito nacional, el de la integración: buscó reincorporar al común a los hijos perdidos del Estado (Morás 2012). Lo hizo con números, mapas, registros, con esa vieja y bella racionalidad moderna, que cuenta, anota, archiva, y así cuida. Es grande, omnipresente, sofisticada. Lo mapea todo, quiere ver cada cosa, se acerca a cada rincón, cada esquina, cada pobre. En 2017, dentro del trabajo de campo del proyecto Desapariciones, hablamos con algunos técnicos del aparato de integración social del Estado. Con ninguno salimos a la calle, pero en la sede del Ministerio de Desarrollo Social, el MIDES, que cuenta y contabiliza, algunos de esos funcionarios nos mostraron las pantallas de sus computadoras y sus programas de control de 7 El Frente Amplio, em origen una coalición de partidos de izquierda y centro izquierda, hoy ya partido gobernó Uruguay el país entre 2005 y 2020. población. Uno de ellos, entusiasmado, nos contó cómo mapeaba una realidad llena de problemas y personas que habían quedado sin registro. Hablaba de «tecnología social» que deja ir casa por casa «y alimentar las bases de datos del Estado», de ranquear hogares, de situar a cada uno en su lugar (social), de pensar «cuán pobre es un sujeto desde un punto de vista multidimensional» y, luego, «derivar a esas personas a un conjunto de programas». De mapas, registros, políticas. El sueño moderno. Tiene algo de sorprendente observar cómo el viejo Estado se acerca a sus territorios. Esta eugenesia progresista, acompañada de trabajo de calle, «en el territorio», se piensa allá como un esfuerzo de reciudadanización: hacer que el que dejó de ser o que el que ni siquiera llegó a serlo sea. Registrar para tener en cuenta a los que traían sin cuidado. Y en eso, de nuevo, los desaparecidos, pero unos nuevos: lo que queremos es «hacer reaparecer», dijo ese mismo funcionario: Los aparecimientos [sic] de estos últimos años tienen que ver estrictamente con el papel del Estado […]. Para un país de tres millones de personas han aparecido 300.000 […] ¿Qué haríamos si no estuviera el Estado? Estoy hablando del reconocimiento del Estado, de los aparecimientos. Si ese aparecimiento existe es porque el Estado lo identificó, lo hizo visible, puso una prestación, solucionó algún problema […]. Hicimos aparecer a un montón de invisibles a partir de poder ponerlos con un nombre y un apellido en un mundo… En una coordenada. Los datos parecen decir que esas medidas no funciona (Leopold 2017; Merklen y Filardo 2019), que los proyectos de integración urbanística, las estadísticas, los proyectos de intervención no inciden. « No hemos logrado que la gente se involucre. Lo intentamos. Lo intentamos por todos lados. Fracasó. «No sabemos para quién trabajamos», me dijo una activa militante barrial; no está ya «el sujeto que era portador de una cultura política, ofrecida por el contexto y por el medio. Ese sujeto político vivió, en algún momento, en barrios como [los nuestros]. Ese sujeto desapareció», dice otro. «Son bichos». No es por desprecio que los llaman así; es por marcar una distancia que la abruma. El de «los bichos» es otro mundo, inconmensurable, raro. Las políticas de inclusión no lo alcanzan. Esa gente se sale del mapa. Aun así, insisten: contarlos, decirlos, pensarlos, hacerlos aparecer para integrarlos.
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 19 8. EL ABANDONO, VIDAS SIN CUENTO QUE HOY LA DESAPARICIÓN AYUDA A CARTOGRAFIAR Las viñetas anteriores sirven para dibujar el lugar que ocupan las categorías de desaparición y de desaparecido hoy. Ubicuas, desprolijas, polisémicas, no son ya (solo) el nombre de un problema sino también el de dos instrumentos con los que afrontar una cuestión que urge resolver en ciencias sociales, la de contar. Así es, desaparición y desaparecido ayudan a contar situaciones, fenómenos, personas, existencias que se han quedado sin relato, sin registro y sin cuidado, siendo además que muchas de esas situaciones, fenómenos, personas y existencias no tienen, ni en forma ni en fondo, nada que ver con lo que, en origen, desaparición y desaparecido calificaban. Nada que ver, no viene mal insistir: los desaparecidos de hoy son vidas privadas de derechos y visibilidad, las desapariciones se despliegan en situaciones de violencia que ningún lenguaje contiene, las desaparecidas son existencias expulsadas de los marcos de cognoscibilidad cuyos cuerpos sin embargo habitan, son cuerpos disociados de todo reconocimiento, cuerpos sujetos al arbitrio de cualquier soberanía. Desaparición y desaparecido ayudan a ponerlos en marcos con los que darles palabras ajustadas; el cuento es, en mi hipótesis, la palabra clave con la que pensar esta cartografía. Al afirmar esto, esta propuesta se rodea de poderosos compañeros de argumento, que sostienen una idea que no es nueva en ciencias sociales —la de la muerte del relato científico social (Baudrillard 1978)— pero que hoy renace. Hablo desde mi lugar académico, la sociología, que siempre flirtea con la incertidumbre (Ramos Torres y García Selgas, dirs. 2020), pero creo que lo que digo se podría extender con relativa facilidad a campos cercanos: siguen siendo miradas demasiado ordenadas, esféricas, demasiado redondas, que se ajustan bien a cosas previsibles y que duran, que se nombran fácil y se ven, pero no a este desbarajuste. Hace tiempo José Joaquín Bruner (1998) anunció el crepúsculo de la sociología, cuya «herencia epopéyica […] crea […] una barrera epistemológica insalvable para tratar la contemporaneidad», y reclamó la construcción de otras narrativas. Hace menos, Donna Haraway nos invitó a inventar nuevas maneras de contar (en Terranova, 2019). Hago mía esa apuesta; entiendo que de verdad es necesario repensar cómo las ciencias sociales cuentan, en ese triple sentido en el que insisto: cómo narran, cómo registram, cómo cuidan. En ese sentido me pregunto hasta qué punto la invitación de Disparidades a realizar una cartografía de este asunto se lleva bien con esa apuesta. Es tentador, sin duda, pero es una tentación con trampa, una en la que se cae solo por intentar hacer el mapa de lo que se pide mapear. La cosa, esta cosa en particular, requiere contar las cosas de otro modo. No se trata, descuiden, de hacer una crítica de las artes cartográficas, menos aun de ir más abajo y preguntarse por las posibilidades de la representación científicosocial en un mundo que la desborda. Pero ¿cómo conjugar esos verbos —cartografiar, representar— ante algo, la desaparición, que los rechaza, que es quebrada, móvil, invisible, silenciosa, tartamuda, que es de suyo refractaria a esos ejercicios? Si procedo sin mucho pensar esta cartografía propondría un mapa con tres puntos fuertes: la fundación, la afirmación, la dispersión (Gatti 2017). El primer punto refiere a un momento que implicó brillantes propuestas, creativas, desde literarias a cinematográficas, desde clínicas a analíticas. Entre estas, la desaparición interpelaba: ¿qué es? ¿cómo afecta? ¿qué moviliza? Se propusieron bellezas teóricas y metodológicas que ayudaron a incubar ideas que todavía alimentan líneas de investigación en sociología de la memoria, en antropología de la muerte, en psicología del vacío, metodologías para el silencio y el secreto, nuevas definiciones del cuerpo y de lo humano en antropología física, metodologías creativas en arqueología, propuestas insólitas del derecho cuanto enfrentaba delitos excepcionales… El segundo punto fuerte de ese mapa es el de la consolidación, cuando se matizaron los brillos, pero se endurecieron los conceptos y los métodos, y el del crecimiento, por toda la geografía, por toda la academia y hasta por las sedes de direcciones ubicables de movimientos con vocación de incidencia en la esfera pública. La desaparición llegó entonces a Ginebra, su bautizo como concepto; es Convención (UN 2006). No hay ironía cuando digo que, realmente, la mitad de la primera década de este siglo es la del nacimiento de la desaparecidología, toda una ciencia, casi un campo, también un campo de luchas; tan ciencia es que tiene versiones locales, regionales, culturales, tiene figuras de referencias, centros de estudio, congresos y encuentros. Se puede hacer de ella una cartografía incluso; lo merece.
GABRIEL GATTI Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 20 El tercer punto fuerte de ese mapa es el que refiere a un tercer momento, el de la dispersión; es el actual, y es de él que he hablado en este texto. Desaparición y desaparecido crecen, salen de las casas del saber y de las de la acción política, se multiplican sus usos. Su despliegue es mayúsculo, no tiene control. Devienen categorías viajeras, globales, exitosas. Se usan en diferentes disciplinas, a muchas escalas. También fuera de la academia, con profusión. Si se quiere trazar un mapa de ese conjunto de usos, ¿qué hacer? ¿Cómo cartografiarlo? Un primer plano recogería las definiciones más estrictas, quero decir, las que se acogen a lo que marca el derecho internacional humanitario (forma de terror de estado, violencia aplicada a la ciudadanía, ocultación del paradero de la víctima, negación de información sobre su destino). En ese plano se recogería también lo que han afirmado otras disciplinas distintas a las jurídicas, sobre todo, la antropología inquieta por el estudio de la mala muerte y su gestión y la sociología y la ciencia política atentas a las reacciones (de resistencia, de reclamo, de lucha por la memoria) de las víctimas convertidas en sujetos políticos. En ese mapa veremos cómo las categorías salen de Ginebra, circulan firmes por las autopistas, morales y prácticas, que les ofrece el derecho humanitario y llegan a lugares donde hubo o hay expresiones de ese terror de Estado, parecidas a la que hubo en el referente original argentino. Veremos que cuando aterrizan en esos lugares movilizan intelligentsias locales comprometidas en denunciar complicidades entre poderes, señalan dejadeces de los poderes públicos, marcan cuando el Estado abandona a sus ciudadanos al poder de otras soberanías. Esos movimientos van de Ginebra a España, a Serbia, a Siria, a Ingusetia, a Nepal. Son viajes claros y directos, ordenados. Pero otro plano de ese mapa es más dinámico, más irregular, más disperso. Da cuenta de movimientos que llevan a que desaparición o desaparecido califiquen mucho más que lo que podían calificar en origen. A veces son situaciones que se parecen a la vieja desaparición forzada: porque hay sistematicidad u ocultación (en casos de trata o de feminicidio), porque está presente de algún modo el Estado (en las migraciones masivas, en abandonos, en expulsiones colectivas). Pero muchas veces, las más, no es fácil dar con algo que evoque la desaparición de los primeros tiempos, ni al desaparecido originario: cuando se aplica a menores perdidos, cuando califica población expulsada de un censo, cuando se usa para decir a mujeres indígenas muertas en reservas, cuando adjetiva cadáveres de sin techo o a la población en situación de extrema miseria. No es raro que sean muchos los que quieren las protecciones de desaparecido y desaparición: las necesitan para ser reconocidos, para ser contados como en los reportes anuales de Human Rights Watch o Amnistía Internacional, para ser narrados, como en la literatura humanitaria o en la ficción o en el trabajo del activismo, para ser tenidos en cuenta como lo hacen las instituciones, del tipo que sea, con capacidad de proteger. La diversidad de situaciones que se conjugaban en la escena mexicana con la que comencé este texto invita a considerar que no debe desecharse ni despreciarse ninguno de los dos planos que recoge este mapa de la desaparición contemporánea, que la convivencia entre usos rigurosos con otros menos controlados no es necesariamente un problema, que ese dinamismo es su valor. Desaparecido y desaparición se mueven en un «sistema mundo» (Serres 2015), circulan por redes de poder y saber que los vehiculan, se hacen cargo de ellas experticias y oficios diversos, instituciones y grupos de presión distintos. Los movimientos son a distinta escala, algunos globales, de gran envergadura y alto grado de institucionalización (grandes convenciones, derecho humanitario). Otros juegan en estructuras locales de gran firmeza institucional y larga duración (legislaciones nacionales, luchas nacionales). Y otros no, solo son pequeñas apariciones en vidas ordinarias fuera de las manifestaciones más visibles y espectaculares del mundo global. Es una simultaneidad contradictoria de viajes organizados y desplazamientos inconsistentes, que no necesariamente se anulan mutuamente, sino que pueden colaborar, de hecho, lo hacen, dentro de un tablero global de movimientos muy enredados. No es fácil hacer un mapa de algo que se hizo ya tan imprevisible. Michel Serres (2015) pensó que nuestra época estaba atravesada por «objetos mundo», entidades que circulan a distintas escalas y en redes globales sin perder su forma: el fútbol, el logotipo de Coca Cola, un satélite. Se mueven, aterrizan en algunos lugares y quedan, en otros no cuajan. Desaparición y desaparecido son parte de esos objetos mundo. Se los encuentra donde sea necesario calificar formas de abandono para las que las herramientas heredadas para hacerlo, muchas de ellas (pobre, miserable, marginal, anómico…), han sido desbordadas. Allí, a veces funcionan solas, a veces colaboran con otras categorías que observan fenómenos con características
CARTOGRAFÍA DE LAS NUEVAS FORMAS DE DESAPARICIÓN (O DE CÓMO SE PUEDE CONTAR EL ABANDONO) Disparidades. Revista de Antropología 77(2), julio-diciembre 2022, e021, eISSN: 2659-6881, https://doi.org/10.3989/dra.2022.021 21 similares: muerte civil, vidas sin valor, desamparo, malas muertes, desprotección, vulnerabilidad, descuido… Dados los contextos en los que operan, fragmentarios, precarios, quebrados, refractarios a análisis totalizantes e invisibles para conceptos atrapatodo, contextos que requieren miradas flexibles y capaces de negociar, es alentador observar que en sus usos ordinarios estas categorías se combinan en redes conceptuales de colaboraciones móviles —patchworks en movimiento (Tsing 2015)— que trabajan juntas para entender la vida abandonada. En ciencias sociales hace tiempo que necesitamos herramientas para pensar a los vivos que no tienen vida, para percibirlos. Desaparición y desaparecido, ahora que ya no son explanans —lo a explicar— sino explanandum —lo que explican— parecen servir a ese propósito. Devinieron conceptos, o mejor, nocionesherramienta (Martuccelli 2022), útiles flexibles, que viajan, se mueven, negocian, se adaptan, se retiran si es preciso, que colaboran con otras. Dejan contar el abandono, que todavía no tiene cuento, ni cuentas, ni cuidado. 9. BIBLIOGRAFÍA CITADA Agier, Michel. 2008. Gérer les indésirables. Des camps des réfugiés au gouvernement humanitaire. París: Flammarion. Aguilar, Paloma. 2020. «From Mourning Severed to Mourning Recovered: Tribute and Remembrance Strategies for Families of the Victims of Francoist Repression». Memory Studies, 13(3): 277-294. doi: <https://doi. org/10.1177%2F1750698020914013>. Alexander, Jeffrey, Ron Eyerman, Bernhard Giesen, Neil J. Smelser y Sztompka, Piotr. 2004. Cultural Trauma and Collective Identity. Berkeley: University of California Press. 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