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IMMERWAHR, Daniel, How to Hide an Empire : A History of the Greater United States, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2019, 528 pp.

Saitua Idarraga, Iker

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328 Historia Contemporánea, 2020, 62, 328-330 HC ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 Historia Contemporánea, 2020, 62, 328-330 https://doi.org/10.1387/hc.20769 IMMERWAHR, Daniel, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2019, 528 pp. La visión tradicional que tiene Estados Unidos de sí mismo en el sistema mundial no es la de un imperio, sino la de un estado-nación. Esto conlleva implícitamente la convicción de que Estados Unidos es el líder y guardián de la paz mundial dada su (presunta) superioridad moral, racial y socio-cultural intrínseca. Contrariamente a esta extendida creencia, una lectura crítica del expansionismo estadounidense afirma que Estados Unidos ha sido (y continúa siendo) un imperio. En How to Hide an Empire: A History of the Greater United States, el historiador Daniel Immerwahr, profesor de la Northwestern University y especialista en Global History, hace suya esta idea. Immerwahr documenta cómo a comienzos del siglo x x , tras la Guerra Hispanoamericana (1895-98), el gobierno estadounidense concebía a su país como un imperio y categorizaba explícitamente a los recién adquiridos territorios de ultramar como sus «colonias» (p. 84). Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo x x y Estados Unidos se expandía por todo el mundo, su aparato imperial sería ignorado, ocultado y falseado. Y es precisamente esa continua negación, en palabras de Immerwahr, uno de los «rasgos distintivos del imperio de Estados Unidos» (p. 18; todas las traducciones que utilizo para esta reseña han sido realizadas por mí). El principal objetivo de Daniel Immerwahr es integrar la historia de esas posesiones territoriales de ultramar y bases militares en la historia de Estados Unidos como parte importante que han sido de la configuración de su estado imperial. Para referirse a ese imperio americano compuesto por el mainland (los estados continentales) y las diferentes posesiones de ultramar Immerwahr recupera el concepto de «Gran Estados Unidos» (Greater United States); término utilizado en los años posteriores a 1898 cuando ese país reclamó a España Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, ocupó Cuba, y, aprovechando el momento, anexó los territorios no-españoles de Hawai, la Isla Wake y Samoa Americana. El autor divide la historia del imperio americano en tres actos: el primero se refiere a la expansión continental hacia el Oeste a lo largo del siglo x i x ; el segundo a la expansión de ultramar desde finales del siglo x i x hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; y el tercero a la retirada de la ocupación formal desde la posguerra hasta el presente. Si bien el desenlace de la Guerra Hispanoamericana fue crucial para el devenir del coloso americano, Immerwahr sitúa los comienzos de este imperio ya a finales del siglo x v i i i . Explica con acierto cómo en 1787 el por entonces Congreso de la Confederación, teniendo en cuenta la expansión de la población blanca hacia el Oeste, estableció una política territorial que en cierta medida respondía a una lógica colonial. Con la Ordenanza del Noroeste, se estableció el sistema por el cual un nuevo estado podía ser admitido en la Unión bajo las mismas condi- Reseñas de libros https://doi.org/10.1387/hc.20769 329 ciones que los trece Estados originarios (antiguas colonias). Se creó entonces una nueva demarcación subestatal político-administrativa para la organización territorial e institucional de aquellas zonas de frontera que estaban siendo pobladas por colonos blancos: el «territorio». Para que un territorio pudiese optar a categoría de estado tenía que contar con una población mínima de sesenta mil habitantes sin incluir a las gentes no-blancas y los esclavos. El autor explica que, aun cumpliendo este requisito, la última palabra siempre la tuvo el Congreso decidiendo qué territorio estaba dentro y cuál no. Con la entrada en el siglo x x , una vez conquistado todo el Oeste continental y adquiridos nuevos territorios en ultramar, Estados Unidos se enfrentó al dilema de cómo encajar esos territorios dentro del mapa del país o, en palabras de Immerwahr, al «trilema» del republicanismo, la supremacía blanca y la expansión de ultramar. Según el autor: «En el pasado, el republicanismo y la supremacía blanca se habían sostenido conjuntamente moldeando cuidadosamente las fronteras del país. Pero absorber colonias de poblaciones no-blancas arruinaría todo eso» (p. 80). El autor remarca que a comienzos del siglo x x una serie de casos judiciales —llamados «Casos Insulares» (p. 85)—, que implicaban relaciones comerciales y financieras entre los territorios de ultramar y el mainland, vinieron a redefinir el concepto de territorio dejando patente el colonialismo estadounidense. El Tribunal Supremo negó el reconocimiento de estas colonias como territorios incorporados y de esta manera se les impedía en un futuro convertirse en estados. Con estos casos, quedó reflejada claramente una mentalidad colonial que negaba la capacidad racional de las gentes autóctonas no-blancas que habitaban esos territorios. En gran medida, según Immerwahr, era una cuestión de «raza» (p. 86). Así, Estados Unidos falseó su estado imperial categorizando estas colonias como territorios «no-incorporados» —un concepto más amable quizás para los nuevos tiempos—, pero manteniéndolas bajo su jurisdicción. Entre finales del siglo xix y la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos anexó a su patrimonio la mayor parte de sus posesiones de ultramar: en 1867, Alaska; entre 1898 y 1900, la mayor parte de las posesiones del imperio español en ultramar (Filipinas, Puerto Rico y Guam); al mismo tiempo, Hawai, la Isla Wake y Samoa Americana; en 1917, las Islas vírgenes de los Estados Unidos. A comienzos de los años cuarenta, estas posesiones de ultramar representaban casi un cinco por ciento de todo el territorio de ese Greater United States. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Immerwahr calcula que había más gente viviendo en estos territorios anexionados y países ocupados por los Estados Unidos (incluido Japón y la zona americana de Alemania), que en todo el mainland. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pasó de ser un imperio basado en la expansión territorial a otro basado en la tecnología. Desde entonces, ha venido ejerciendo influencia económica, política y militar preponderante sin necesidad de anexar nuevos territorios. Esta nueva versión globalizadora del imperio americano, vehiculizada a través del acelerado desarrollo tecnológico e in- Reseñas de libros 330 Historia Contemporánea, 2020, 62, 328-330 formático, es lo que Immerwahr califica como el «imperio puntillista» (pointillist empire) (p. 18). En esencia, y tal como argumenta el autor, los nuevos cimientos del entramado imperial americano son las numerosas pequeñas islas inhabitadas y bases esparcidas por todo el mundo (cerca de 800 que todavía hoy opera) que le permiten recabar información sobre otros países, proyectar su poder militar, disuadir e intervenir en cuestiones ajenas. Dicho brevemente: controlar el mundo. Con este interesante estudio, Daniel Immerwahr nos proporciona la lente idónea a través de la cual nos es posible comprender los aspectos más complejos del expansionismo estadounidense. El autor ha revisado multitud de fuentes en los diferentes archivos de esos territorios fuera del mainlad, lo que indica el esfuerzo y la solidez de la investigación. No obstante, se echa en falta el análisis de un mayor número de fuentes primarias en múltiples idiomas, incluido el español, a fin de mostrar una perspectiva más amplia del alcance global del imperio americano. How to Hide an Empire contribuye significativamente al progreso de esa visión crítica y global de la actuación y política exterior de Estados Unidos. Unas aguas profundas que Immerwahr ha sabido explorar con mucha habilidad. Iker Saitua