RIVERA, Antonio, Nunca hubo dos bandos. Violencia política en el País Vasco, 1975-2011, Editorial Comares, Granada, 2019, 226 pp.
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https://doi.org/10.1387/hc.21915 1073 HC ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 Historia Contemporánea, 2020, 62, 1073-1075 https://doi.org/10.1387/hc.21915 RiveRa, antonio, Nunca hubo dos bandos. Violencia política en el País Vasco, 1975-2011, editorial Comares, Granada, 2019, 226 pp. Los relatos sobre los años del terror que en el País vasco tienen las bendiciones oficiales suelen construirse sobre falacias. algunos reparten culpas, imaginando que hubo una guerra, de naturaleza secular a veces, iniciada en las guerras carlistas; o al menos en una guerra civil trasmutada en un enfrentamiento entre euskadi y españa. No hubo así responsabilidades en el terrorismo, todos fuimos víctimas del conflicto histórico. el planteamiento de apariencia equidistante no se resuelve en una suerte de neutralidad intelectual, sino, con frecuencia, en la glorificación del terrorista, el vasco que asumió su obligación de defender al pueblo atacado por españa. Sin romper con la interpretación belicista, avanza la versión que quiere imaginar que el terrorismo nunca existió. Como algo sucedió, suma muertos desde la guerra civil y para decir «asesinatos» escribe «vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco». Del relato caótico surge el silencio, la tentación del olvido. va implícito que mirar hacia otro lado fue la actitud razonable y salta la pretensión (ilusoria) de construir el futuro sobre la desmemoria. al fin y al cabo, en euskadi se vive muy bien, como explicó un lehendakari al hijo de una víctima del terrorismo. en este ambiente, desde hace años han visto la luz numerosas investigaciones que indagan sobre el terrorismo, su origen y sus efectos. No es una historiografía militante ni resistencial, sino que lo estudia con criterios científico. Su escaso eco en los discursos públicos tiene explicaciones diversas, pero no es achacable a su contrastada calidad. «Nunca hubo dos bandos. violencia política en el País vasco, 1975-2011», editado por antonio Rivera, constituye una notable aportación, destinada a convertirse en una obra referencial. analiza el terrorismo como un fenómeno específico, sin perder la perspectiva de otras violencias, pero ofrece más de lo que sugiere el título. Lo enmarca en una visión histórica amplia y estudia elementos conceptuales con influencia decisiva en el desenvolvimiento del terror. «No existieron dos bandos, no existió un magma de violencia del que el terrorismo fuera tan sólo una parte y un actor más». Ruiz Soroa recuerda que tal evidencia no es un juicio político ni se basa en el cotejo de cifras de víctimas. arranca de la naturaleza de eTa, cuyo propósito fue generar terror. La idea de los dos bandos en guerra resultó crucial en la forma en que se legitimó el acoso terrorista. Parte de una concepción comunitarista, negación del pluralismo. ¿Cuál fue la génesis de las nociones identitarias de un pueblo vasco históricamente enfrentado a españa y Francia? «La construcción histórica del Nosotros vasco» queda estudiada de forma solvente por antonio Rivera, desde el fuerismo decimonónico hasta la actualidad pasando por las distintas versio-
Reseñas de libros 1074 Historia Contemporánea, 2020, 64, 1073-1075 nes nacionalistas. La victimización colectiva, que interpreta la historia como una constante agresión a los vascos, adquirió un peso propio durante el franquismo. Sobrevivió entonces una «comunidad de silencio», nacionalista, que dotaba al Nosotros de una imagen de superioridad moral. Serviría para proyectar la idea de un conflicto imaginario al que se acogió la violencia terrorista. Fue también una coartada. Luis Castells aborda el impacto del terrorismo en un periodo crucial, 19751982, cuando su azote alcanzó el mayor grado, tras la muerte de Franco y durante la transición. Adopta una perspectiva novedosa y necesaria, pues analiza las distintas violencias de aquellos años, la de ETA y las de identificación parapolicial «No hubo dos bandos, aunque sí dos violencias, si bien de muy distinta entidad y trayectoria». La naciente democracia hubo de gestionar un Estado frágil, que sufrió el acoso terrorista y en el que se produjeron actuaciones de grupos parapoliciales. El contraste desautoriza cualquier equiparación. La violencia de ETA «fue creciente y se autoalimentó», mientras la parapolicial fue declinante y contestada por el Estado de Derecho. De un lado, el acoso terrorista para lograr cambios políticos. De otro, grupos de origen incierto repudiados por la democracia y progresivamente desmantelados por el Estado. No fueron fenómenos equiparables. 1982-1996 fue el primer periodo de los socialistas en el poder y el del asentamiento autonómico. Lo estudia Fernando Molina. El éxito de narrativas próximas al nacionalismo radical tuvo su importancia en el desenvolvimiento del terror, por ejemplo la tesis del «empate infinito», al que quedaría condenada la sociedad vasca y que forzaría a una negociación, o el concepto de un conflicto de raigambre histórica y lógica bélica. ETA contó con el apoyo de una narrativa nacionalista sin fisuras, asumido por una especie de comunidad doctrinal. No sucedió así con la violencia que la combatía —en este periodo, durante algunos años, se produjo el brote de guerra sucia entorno en torno al gAL—. La peculiar cultura política de la transición influyó en la violencia terrorista y en una precaria respuesta penal, judicial y política: los planteamientos cortoplacistas incluyeron la ausencia de reconocimiento de las víctimas o la indulgencia con respecto a la intolerancia política y el radicalismo identitario. El concepto «conflicto vasco» tuvo su momento de esplendor en el periodo soberanista, cuando se convirtió en omnipresente para explicar múltiples violencias, reclamar transformaciones y aplicar políticas. Raúl López Romo estudia cómo se empleó este mito abertzale entre 1995 y 2011. El nacionalismo radical afirmó con intensidad tal concepto y quiso convencer a sus potenciales aliados de su disposición a dejar las armas a cambio de la autodeterminación. El pacto soberanista acabó siendo compatible con la práctica terrorista, la multiplicación de formas de violencia y la extensión del miedo, una vez que en nombre del conflicto se amplió el ámbito social de la amenaza. Fue el canto del cisne, si vale la expresión, pues ETA acabó derrotada gracias al acoso policial. Su legado no es sólo la memoria de los años del terror ni la influencia que tuvo en las decisiones
Reseñas de libros https://doi.org/10.1387/hc.21915 1075 con que se construyó nuestro sistema político. Está también el discurso del odio, capaz de subsistir año tras año, alimentar homenajes al terrorismo y mantener la fragmentación social. Las víctimas del terrorismo fueron relegadas durante décadas: no existieron públicamente, salvo para los desprecios del «algo habrá hecho» y la desconsideración de las instancias políticas. Sin embargo, han jugado un papel fundamental como freno a la espiral terrorista. Lo analiza María Jiménez, que tiene en cuenta el que les reservaba la estrategia de ETA. La respuesta al terror por parte de sus víctimas, con métodos pacíficos, les convirtió en referentes morales; y, además, constituyeron el mejor desmentido a la especie de que había dos bandos equiparables. ETA se vio obligada a desaparecer, «pero mientras la sociedad vasca no resuelva la cuestión de la historia de ETA y de su terror, y mientras no extraiga las consecuencias derivadas de esa historia, la banda no habrá desaparecido y seguirá condicionando la política y la vida social». La reflexión de Joseba Arregi, descorazonadora pero certera, articula su ensayo sobre el nacimiento y desarrollo de la organización terrorista, imprescindible para entender la evolución de la sociedad vasca durante el último medio siglo. Los distintos estudios que recoge este libro, complementarios, proporcionan un relato histórico necesario y de prioritario interés. También permiten reflexionar sobre los efectos que ha tenido la larga existencia de ETA, con consecuencias políticas, sociales, éticas e institucionales que no cabe superar con interpretaciones sesgadas, comprensivas o indulgentes. Tampoco con el olvido. Manuel Montero