MCKAY, Sinclair, Dresde: 1945. Fuego y oscuridad, Taurus, Madrid, 2020, 415 pp.
Full text
https://doi.org/10.1387/hc.21730 1065 HC ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 MCKAY, Sinclair, Dresde: 1945. Fuego y oscuridad, Taurus, Madrid, 2020, 415 pp. El crítico literario McKay se acerca a uno de los episodios más controvertidos de la SgM, el fatídico bombardeo de la ciudad de Dresde, entre el 13 al 15 de febrero de 1945. Otros autores ya siguieron estos pasos previamente, como el negacionista David Irving, quien realizó el primer estudio sobre la tragedia (exagerando la cifra de muertos) y, más recientemente, el mejor estudio sobre lo sucedido en la hermosa Florencia del norte, Dresde, de Frederick Taylor. McKay no pretende llevar a cabo un análisis histórico al uso, sino que, en un retrato coral, nos va desgranando las experiencias testimoniales de muchos hombres y mujeres dresdedianos y de aviadores británicos. Con una narrativa elegante y poderosa, McKay adopta, eso sí, en algunos momentos, una mirada excesivamente simplista a la hora de dibujar y perfilar el ambiente que se vivía en la época nazi. Parece que en la barroca y elegante ciudad, epicentro de artistas, escritores y científicos, hubiese una línea que separaba nítidamente a nazis y alemanes, olvidándose de traer a colación otros estudios que nos hablan de una población contaminada con el fenómeno nazi… hasta perfila a una todopoderosa gestapo, cuya labor principal era vigilar y controlar a la sociedad. Sin embargo, lo que no recoge es que la policía política tenía ojos y oídos en todas partes gracias a la colaboración de los ciudadanos que creían que estaban cumpliendo con su deber. A pesar de estos deslices, y otras endebles afirmaciones, en que la narración literaria gana la partida a la histórica (estilo Stefan zweig), el fresco que nos muestra sobre la vida en la ciudad es muy preciosista, elegante y lírico. Aunque sus páginas más logradas se hallan en la descripción que realiza de la vorágine de la tormenta de fuego, viviendo, casi en persona, en las mismas calles y sótanos, como los principales edificios del casco histórico, Altstadt, se iban consumiendo envueltos en llamas; como los más afortunados huían de forma desesperada, como los Klemperer, dejando atrás sus inmuebles destruidos (parte de los bienes muebles se salvaron, al ser evacuados antes) y a demasiados seres queridos. Tras describirnos los bellos edificios que componían, y aún lo hacen, su excelso urbanismo (salvo la gran sinagoga destruida por los nazis) y su rica tradición cultural, el autor nos va llevando hasta el momento exacto en el que sonaron las alarmas aéreas. A la primera ola de bombardeos británicos Lancaster, en la noche del 13, le sucedió una segunda. Y McKay capta ese impasse, tras haber pasado el primer gesto de incredulidad de sus habitantes de creer que podrían salvarse de la violencia … para luego encontrarse, resignados, padeciendo una tercera ola, esta vez, producida por bombardeos norteamericanos, que culminaría su vasta destrucción. Porque, aunque Dresde había sido bombardeada con anterioridad, estaba casi indemne en febrero de 1945. Sus habitantes y autoridades minusvaloraron su importancia. Aunque no era centro neurálgico de la maquinaria Historia Contemporánea, 2020, 64, 1065-1066 https://doi.org/10.1387/hc.21730
Reseñas de libros 1066 Historia Contemporánea, 2020, 64, 1065-1066 de guerra germana, la urbe contaba con una industria de aparatos de precisión en la que trabajaban, en condiciones infrahumanas, miles de esclavos. A ello habría que sumar que era un relevante nudo de comunicaciones, pero creyéndolo lugar seguro, confluyeron en ella miles de refugiados procedentes del este y de otras zonas bombardeadas como Colonia, Hamburgo o Berlín. Sin embargo, el avance del ejército soviético hacía de ella un punto neurálgico para el movimiento de tropas y el envío de suministros al frente. Aun así, no contaba con defensas activas y muchos de los refugios antiaéreos se convirtieron, a la postre, en trampas mortales para la población. McKay se adentra en perfilar las duras experiencias de los aviadores aliados, quienes lideraron una ingrata labor, poco o nada reconocida tras la contienda, a pesar de su alto índice de bajas (murieron nada menos que 55.000), a diferencia de otros cuerpos, debido a las características de sus misiones arrasando núcleos de población civil. El autor plantea las diversas teorías que explican la decisión de arrasar Dresde, pero en esto aporta poco a lo que ya conocemos. Con todo, M cKay sí valora, con acierto, las dificultades que trae consigo considerarlo un crimen de guerra, a tenor del contexto bélico, admitiendo que todos los conflictos siempre son terribles. Curiosamente, donde causó un mayor impacto y estupor el alcance de su destrucción no fue en los alemanes (que ya habían padecido ataques tanto o más devastadores en otras ciudades) sino en la sociedad británica, suscitando vivas voces críticas contra esta estrategia. La exageración de las cifras de muertos por parte de la propaganda nazi, goebbels añadió un 0 al cómputo global de víctimas, pasando de 25.000 muertos a 250.000, ayudó a alimentar la controversia. Dresde, en todo caso, es hoy una ciudad símbolo en la que se dieron lugar una serie de circunstancias especiales para singularizarla, como su inmensa riqueza artístico-cultural, la enorme devastación estando tan cerca del final, la ausencia de defensas y, por supuesto, la elevada cifra de muertos civiles. Como punto y final, McKay reserva las últimas páginas para retratar el Dresde de la posguerra y su paulatina vuelta a la vida, recuperando parte de su esplendor perdido, aunque sometida, primero, a la autoridad soviética y, luego, al rígido control de la Stasi. Concluye, deteniéndose, en el momento en el que se culminó, en 2005, la reconstrucción de la iglesia Frauenkirche, tal y como era en su origen en 1726. El edificio se coronó con el orbe y la cruz dorados que se alzaban en su cúpula, donados por una organización benéfica británica —el Dresden Trust—, como muestra de expiación, reconciliación y encuentro entre dos pueblos afectados por una guerra atroz, en la que Dresde ha quedado prendida en la memoria como el horror que jamás debería repetirse. La mayor virtud del libro de McKay reside, por tanto, en privilegiar la mirada y protagonismo de las personas corrientes que padecieron tal horror, en presentar el retrato desde abajo, de un hecho tan dramático. Igor Barrenetxea Marañón