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Mujeres vascas improvisadoras: las bertsolaris del mundo tradicional (siglos XV-XIX)

Ugalde Gorostiza, Ana Isabel,Aristizabal Llorente, María Pilar,Lekue Rodríguez, Pablo,Vizcarra Morales, María Teresa

Abstract

Este trabajo es parte del proyecto de investigación EHU 15/27 Bertsolaritza eta generoa. Bertso-eskolak.

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ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 Mujeres vascas improvisadoras: las bertsolaris del mundo tradicional (siglos xv-xix) * Basque women improvisers: the bertsolaris of the traditional world (xv-xix centuries) Ana Isabel Ugalde, Pilar Aristizabal, Pablo Lekue y María Teresa Vizcarra Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea [email protected] Recibido el 28 de mayo de 2017 Aceptado el 15 de marzo de 2018 BIBLID [1134-6396(2020)27:1; 141-172] http://dx.doi.org/10.30827/arenal.v27i1.5990 RESUMEN Esta investigación tiene por objeto a las mujeres vascas creadoras de bertsos, coplas y otras formas rimadas concebidas para ser cantadas. El objetivo no es el análisis literario de sus composiciones, sino la reivindicación de su autoría, tomando como base fuentes bibliográficas y archivísticas. De la obra conservada atribuible a las mujeres, raramente se conoce a su autora, aunque poco a poco se van conociendo algunos nombres. Los testimonios más antiguos pertenecen al siglo xv y, con el declive del mundo tradicional, desde fines del siglo xix, las mujeres que improvisaban cantando desaparecieron de la esfera pública. Reaparecieron con fuerza en las plazas de Vasconia como bertsolaris, al lado de los hombres, en el último cuarto del siglo xx. Palabras clave: Literatura oral. Canción. Improvisación. Historia de las mujeres. Vasconia. ABSTRACT In this work we aim to visualize Basque women, those who created sung verses, four-line stanzas and other kind of rhymes. The goal is not to make a literary analysis, but on the basis of bibliographic and archive sources, the recognition of those women’s authorship. Most of them are anonymous and we only know some few names. Testimonies about those chanters are known since xv century and with the decay of the traditional world (late xix century), they gradually disappeared. However, those singer women appeared again in the squares of the Basque Country as bertsolari, alongside with men, in the xx century last quarter. Key words: Basque Studies. Improvisation. Women’s Studies. Orality-literacy Studies. * Este trabajo es parte del proyecto de investigación EHU 15/27 Bertsolaritza eta generoa. Bertso-eskolak. ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 142 SUMARIO 1.—Introducción. 2.—Mujeres improvisadoras en los ritos funerarios. 3.—Mujeres autoras de cantares y baladas. 4.—Mujeres censuradoras. 5.—Mujeres bertsolaris del siglo xix. 5.1.—Mujeres autoras y vendedoras de bertsos escritos. 5.2.—Mujeres improvisando en su vida cotidiana. 5.3.—Mujeres bertsolaris compitiendo en los Juegos Florales. 6.—El repliegue. 7.—Conclusiones. 8.—Fuentes y bibliografía. 1.—Introducción En la cultura vasca, tanto al norte como al sur de los Pirineos, la oralidad ha sido trascendental. Paralelamente a los cuentos, proverbios, canciones populares y otras expresiones culturales, perdura la tradición del bertsolarismo (Aulestia, 1990; Amuriza, 1996; Arozamena, 2010; Garzia, 2007). Bertsolaris, si atendemos a la etimología, son quienes crean bertsos, de estrofas enteras, “artistas de la palabra que improvisan poemas a la vez que cantan siguiendo la melodía de una canción que, muy a menudo, todo el mundo conoce... poemas versificados, rimados y ritmados al momento, cualquiera que sea el tema a tratar” (Laborde, 2005: 11). El bertsolarismo improvisado ha sido considerado unánimemente una modalidad o un subgénero de la literatura popular vasca, pero las últimas investigaciones se inclinan por tomarla como “un género retórico de carácter epidíctico, oral, cantado e improvisado”, pues las personas bertsolaris no pretenden inventar textos de valor literario, sino provocar emociones en quienes les escuchan (Garzia et al., 2001: 191). Aun así, en la última antología de la literatura oral vasca Paya (2013) incluye al bertsolarismo entre los ocho géneros en los que la divide: coplas, género épico-lírico, teatro popular, género educativo, géneros cotidianos, géneros rituales y géneros aplicados. Ocho géneros, pero un fondo común en algunos de ellos, en las formas rimadas, la música, la métrica e, incluso, la improvisación. Las manifestaciones actuales del bertsolarismo revisten varias formas: desafíos, sesiones libres, actuaciones dirigidas por una persona que indica los temas y música a tratar, y concursos entre bertsolaris por provincias o para elegir al campeón o campeona de Vasconia (fig. 5). Existe otra modalidad. Son los bertsos escritos, cuyo proceso de creación es similar al de los improvisados. La técnica es la misma, pero el resultado más elaborado, pues el autor o autora no repentiza ante el público (Aulestia, 1990; Paya, 2013). Hace un tiempo se los conocía como bertso paperak (hojas de bertsos), bertso berriak (bertsos nuevos o inéditos) y kanta paperak (hojas de canciones). Solían venderse y gozaban de gran aceptación. La gente se los aprendía de memoria y se transmitían de generación en generación. Escritos o improvisados, los bertsos siempre pueden ser cantados, porque han sido pensados con ese fin. De ahí, que el bertsolari Amuriza los defina así: Neurriz eta errimaz / kantatzea hitza / horra MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 143 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 hor zer kirol mota / den bertsolaritza, es decir, que el bertsolarismo es como un deporte en el que se juega cantando con las palabras medidas y rimadas. A las personas que juegan cantando con las palabras, según el dialecto del euskara, se les denomina bertsolari, bertsulari, bersolari, bersulari, pertsulari, pertsolari, koplakari, koblakari, koplari, koblari. Todas derivan de verso o copla, bertso o kopla en euskara, a las que se añade el sufijo -lari o -ari, denominando al agente o autora de los mismos. Son palabras que a veces se emplean como sinónimos y específicamente las coplas, cuando se distinguen la métrica empleada en la versificación, además de los fines (satíricos, de ronda, de cuestación, de danza) y los espacios en los que se ejercitan (Kalzakorta, 2003). Nosotras, siguiendo a Amuriza (1996), hemos optado por bertsolari, en el sentido más amplio de la palabra, sin distinguir si improvisan o escriben, con preferencia por las producciones populares o cercanas a la literatura popular. Para acercarnos al discurrir de las mujeres bertsolaris a través del tiempo, nos aproximaremos a los autores y estudiosas que han abordado la historia del bertsolarismo. Existen muchas investigaciones parciales de la misma, en las que se evidencia, sobre todo, la particularidad de lo vasco. A un lado, está la idea de que su origen se halla en la cultura neolítica, sin menoscabo de sus analogías con otras culturas (Lekuona, 1978). Al otro, que las primeras menciones del bertsolarismo, tal como lo conocemos ahora, datan del entorno de 1800 y evocan los desafíos entre dos improvisadores (Zavala, 1966). En esa línea, Lekuona (1980) realizó una síntesis de los bertsolaris de los siglos xix y xx. Los criterios utilizados fueron los movimientos culturales y literarios donde se insertaban; discernir si su producción era fruto de la improvisación o no; si eran cultos o sin formación académica; el dialecto en el que se expresaban y finalmente, una selección de los bertsos clásicos de cada período. No incluyó a ninguna mujer. Amuriza (1996) realizó otra clasificación basada en la tradición bertsolarística de cada dialecto, con algunas aportaciones anteriores al siglo xix e incluyendo a mujeres. Para Azurmendi (1980), situar su nacimiento en torno al siglo xix no contribuye más que a empobrecerlo. Limitarlo a los desafíos y concursos, constreñirlo a un campo tan reducido, relega otras formas de bertsolarismo, por mucho que las actuales aparezcan como modalidades ricas y específicas. Atestigua que estaba profundamente enraizado desde el siglo xviii en la sociedad vasca, al norte y al sur de los Pirineos; que la música y los bertsos estaban estrechamente relacionados; que se desarrollaron paralelamente y que quienes los creaban eran tanto hombres como mujeres, personas analfabetas como instruidas. Enríquez (1995) radica su fuerza en el dominio de la comunicación oral del pueblo vasco, poco instruido durante mucho tiempo. A su juicio, lo que conocemos ahora se emparentaría con diversos modos de comunicación, donde ocuparían un lugar preponderante los cantos, las coplas o los bertsos. ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 144 Coincidimos con Azurmendi y Enríquez en la idea de que posiblemente el bertsolarismo no ha sido siempre una sola entidad, uniforme, sin cambios ni transformaciones. No se puede aislar de otros modos de expresión poética similares de entornos cercanos, porque Vasconia jamás ha sido un pueblo aislado. Añadiremos que Urkizu (1991: xviii), al estudiar los bertsos y canciones del País Vasco-Francés, sostiene que los límites entre la poesía popular y la culta son muy difusos y escurridizos, así como lo es la separación entre coplistas y bertsolaris, entre poetas y bertsolaris; y que esa división procede del Romanticismo. Opina que, cuanto más se analizan, resultan más evidentes las dificultades para contraponer la producción de las élites y las clases populares. Larrañaga (1994, 1995, 1997, 2000a, 2000b) ha reivindicado igualmente su complejidad, desde un punto de vista más histórico y sociológico que literario, evidenciando el bertsolarismo femenino desde fines del siglo xix. Ha investigado sus especificidades y ha criticado que se haya relacionado casi exclusivamente con la improvisación, las representaciones públicas y masculinas, sacrificando la diversidad al servicio de la simplicidad. Reconociendo que la oralidad es predominante, al bertsolarismo tampoco le resulta extraña la tradición escrita, al menos a partir del siglo xviii, ya que los bertsos escritos fueron un producto que gozó de gran difusión hasta mediados del siglo xx. Aunque el éxito alcanzado en las últimas décadas puede hacer pensar lo contrario, recuerda la marginalidad de las personas bertsolaris en los últimos dos siglos así como el desprecio de las élites cultivadas, que les llevó a retirarse a las cocinas, bares y sidrerías, lugares en los que las mujeres no estaban bien vistas, si no era para trabajar al otro lado del mostrador, donde aun así continuaron improvisando. El bertsolarismo es un tema complejo, por su carácter oral y popular sobre todo, pues es imposible recabar testimonios si alguien no los ha recogido por escrito o en grabaciones de sonido. Consciente de su fugacidad, Juan Antonio Moguel puso en boca de uno de los protagonistas de Peru Abarka (1802) la petición realizada a un bertsolari, instándole a que repitiera lo que improvisaba, para escribirlo y no olvidarlo (Kalzakorta, 2014). Si no es fácil realizar la historia de los bertsolaris, más difícil es abordar el bertsolarismo femenino, por la invisibilidad a la que ha sometido la Historia a las mujeres (Scott, 1992). Se tiene noticia de endechas improvisadas por mujeres del siglo xv y no se conoce demasiado lo que sucede desde entonces, afirmando que “un dato reseñable, que hasta ahora nadie ha sabido explicar, es cómo y por qué en ese salto del siglo xv al siglo xix la mujer desaparece de la actividad bertsolarística, al menos como sujeto activo de la misma” (Garzia, 2012: 45). Nosotras trataremos de arrojar alguna luz sobre este “fenómeno significativo”. Proponemos una aproximación a ese mundo complejo, mediante una investigación bibliográfica-documental, para recabar los datos que se han ido publicando sobre las mujeres improvisadoras de ese tiempo, con alguna aportación archivística, y ordenarlos según los ámbitos en los que se desarrollaba su actividad. Comenzaremos MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 145 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 con las mujeres improvisadoras que intervenían en los ritos funerarios; después, con las que compusieron cantares y baladas. Continuaremos con las censuradoras, para seguir con las autoras de los villancicos y primeros bertsos escritos conocidos, con las que siguieron improvisando en su vida cotidiana y con las que compitieron en los Juegos Florales. Finalmente, nos detendremos en explicar cuáles pudieron ser las causas de su repliegue, de su retirada de la esfera pública. 2.—Mujeres improvisadoras en los ritos funerarios Las evidencias más antiguas de mujeres improvisadoras que la historiografía del bertsolarismo considera precursoras de las actuales son del siglo xv (Michelena, 1960; Azurmendi, 1980; Lekuona, 1984; Garzia, 2007, 2012; Hernández, 2011, Paya, 2013, Labaka, 2014). Garibay (1854: 176), historiador del siglo xvi, explica que era muy habitual que las mujeres cantaran en los funerales eresiak o “endechas de mujeres que por conservación de esta vejez las he querido referir aquí”. Ofreció dos ejemplos recogidos en Mondragón, donde las mujeres expresaron su dolor. Sancha Ochoa de Ozaeta cantó a su marido, víctima de la guerra de bandos (1464). La hermana y la cuñada de Milia de Lastur, fallecida de parto, establecieron un diálogo entre ambas. La primera mostró el sufrimiento que le produjo que su cuñado estuviera presto a casarse. La hermana del viudo le replicó que la difunta, mientras vivió, gozó de una posición desahogada. Las tres mujeres eran miembros de la nobleza de la época. También lo era la joven de la torre de Alos (Deba), quien cantó a su padre durante el velatorio, explicándole quién era el progenitor del bastardo nacido en su ausencia (Cid, 2008). Estas mujeres y sus actuaciones formaban parte importante del ritual del duelo, donde los gestos jugaban un rol fundamental (Schmitt, 1990). Muñoz (2009) distingue cinco características en estos ritos: su universalidad; su arraigo y perpetuación; su semejanza en unos lugares y otros; el empeño de las autoridades civiles y eclesiásticas por erradicarlos, y el rol principal de las mujeres, aunque tampoco estaban excluidos los hombres. Las encargadas de las ceremonias fúnebres solían ser de la familia o profesionales. Cumplían con el papel central de los ritos, por su eficacia y reconocimiento social, pues, además de mesarse los cabellos, arañarse la cara y sollozar, en sus lamentaciones cantaban la vida del difunto y las causas de su muerte (Schmitt, 1990). Las endechas o elegías vascas que se han conservado dan fe de ello. Existió en Vasconia una modalidad de lamentos dual, donde actuaban dos lamentadoras, una a cada lado del féretro. La de la derecha recitaba las buenas acciones y virtudes de la persona muerta, mientras la otra desgranaba sus vicios y debilidades (Iziz e Iziz, 2016). Las autoridades civiles y religiosas trataron de erradicar la costumbre de mostrar el duelo exageradamente. Por lo que toca al bertsolarismo, desde que ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 146 Azurmendi (1980) lo expresara, se aduce que el Fuero Viejo de Vizcaya de 1452 recogió expresamente prohibir esas exhibiciones (Garzia et al., 2001). Pero no fue en el Fuero Viejo sino en el Nuevo de 1526 (Zugaza, 1976) donde se convirtió en ley que nadie, ni mujer, ni marido, ni hijos, yernos ni nueras actuara escandalosamente, como se acostumbraba en los oficios fúnebres. Mención expresa de la actividad femenina fue que, después de enterrado el difunto, ninguna mujer llanteara públicamente en la iglesia, porque no era honesto que, en lugar de orar y dar limosna, dificultaran los oficios. En otros lugares se adoptaron medidas similares. Como ejemplo, el obispo de Pamplona lo hizo tras su visita a Tolosa (1541) y lo prohibió en toda Navarra (1590). Algunas ordenanzas municipales legislaron al respecto: Bayonne (1298), Oñati (1455-1514), Zestoa (1483), Lekeitio (1486), Orduña (1499-1518) o Bilbao (1477-1520) (Iziz e Iziz, 2016). El efecto de estas prohibiciones fue limitado. Caro Baroja (1972) afirmó que estas actuaciones desaparecieron en el siglo xvi con el aburguesamiento del modo de vida, pero en Errenteria en 1568 las mujeres seguían cantando en los funerales (Aguirre Sorondo, 2002). El jesuita Larramendi (1690-1766) arremetió contra la costumbre de las viudas (Aguirre Sorondo, 2002) e Iturriza (1741-1812) evocó a las que actuaban bajo demanda (Garmendia Larrañaga, 2007). El mismo Caro Baroja en una obra posterior (1977, 2000) recogió testimonios de su existencia en algunas villas vizcaínas a mediados del siglo xix. Todavía en el siglo xx no habían desaparecido de ciertos pueblos de Bizkaia (Madariaga Orbea, 2007). 3.—Mujeres autoras de cantares y baladas Las mujeres vascas parecen estar también en el origen de otras producciones cantadas medievales. El mismo Garibay hablaba de “cantares antiguos del Vasquence” al referirse al que entonó Juana de Butrón a propósito de su matrimonio (1450), imponiendo su criterio al de su madre, que trató de impedir el enlace. Cuenta que “lo que entonces dixo la hija quedo por proverbio y lo suelen aplicar cuando los padres condescienden a los matrimonios que desean los hijos e hijas” (Michelena, 1960: 90). Muchos de estos cantares entroncan con la tradición europea medieval y se han transformado a lo largo del tiempo, como sucede en toda transmisión oral. En este corpus se conservan composiciones muy conocidas, la mayoría anónimas, que tienen como protagonistas a mujeres que cantan en primera persona, razón que permite entrever una autoría femenina, aunque sin absoluta certeza. Se sabe que algunas de las canciones del manuscrito de Juan de Lazarraga (1564-1567), puestas en boca de mujeres, las escribió él mismo, probablemente inspirado en romances de la época (Cid, 2013). A los estudiosos de esta producción apenas ha interesado quién la escribió, a pesar de expresar, por ejemplo, al analizar la balada narrativa Atharratze jau- MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 147 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 regian 1, que “existe una gran variedad y extensa gama de poemas, medievales y posteriores, que tratan de la infelicidad conyugal desde un punto de vista femenino” (Cid, 2010: 165). Urquizu (2005: 36) apunta la posibilidad de que sea una “poetisa” popular, término que él equipara en otro trabajo (2009: 36) a una bertsolari, la creadora de la canción Urrutiko anderia 2, donde se relata un matrimonio desgraciado, basado en hechos acaecidos en el siglo xvi. En la canción Goizian goizik jeiki nündüzün 3 Gabrielle de Lohitéguy perpetua el recuerdo de la muerte de su marido Pierre d’Irigaray el mismo día de su boda en 1633 (Catalán, 1970). Según Orpustan (1996: 12), los testimonios más antiguos ligados a la improvisación cantada, que también fue entre los vascos la expresión literaria social por excelencia, son producciones de una aristocracia guerrera. Los personajes a los que se canta en las elegías o en las baladas más antiguas formaron parte de ella, de la pequeña o mediana nobleza, así como las pocas autoras del siglo xv y posteriores cuyos nombres conocemos. Deduce que, posiblemente, incumbiera a las mujeres la función poética en casos como las conmemoraciones. Y que ésa puede ser la razón del anonimato de la mayoría de las obras, que Garibay rompió parcialmente cuando proporcionó las identidades de unas pocas “poetisas”. Al igual que las autoras de las endechas fúnebres, podemos estimar como precursoras de las bertsolaris actuales a las creadoras de estos cantares y baladas. A nuestro entender, si se da por bueno que las mujeres que cantaron las elegías vascas lo son, también merecerían tal consideración las creadoras de “otros cantares del vasquence” que decía Garibay. 4.—Mujeres censuradoras En la historiografía del bertsolarismo está muy arraigada la idea de que otra de las manifestaciones del femenino la constituyen las profazadas (habladurías, injurias). Se admite sin discusión que el Fuero Viejo de Bizkaia de 1452 (Azurmendi, 1980; Garzia, 2007, 2012; Hernández, 2011; Paya, 2013; Labaka, 2014) recogió explícitamente la existencia de “mujeres que son conocidas por desvergonzadas y revolvedoras de vecindades y ponen coplas y cantares a manera de libello infamatorio (que el Fuero las llama profazadas)”. Queremos realizar alguna precisión sobre las desvergonzadas del Fuero Viejo de Bizkaia. Según Orella (1986), el que se conoce como tal es en realidad el que aprobaron las Juntas en 1463, con el añadido de algunas reformas jurídicas. Y las 1. En el palacio de Tardets. 2. La Dama de Urruti. 3. Me levanté a la mañana temprano. ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 148 profazadas, como delito, se nombraron en este documento, sin ninguna mención a la autoría del mismo (Hidalgo de Cisneros et al., 1986). La atribución de las profazadas a mujeres autoras de coplas y cantares no se hizo en el Fuero Viejo sino en el Nuevo de 1526, profusamente editado (Celaya, 1976). No sabemos si las profazadas, blasfemias o murmuraciones eran atribuidas a las mujeres en el siglo xv o antes. Cierto, a partir del siglo xvi. Pero el proferir injurias mediante el uso de versos no fue exclusivo de las mujeres, ni en Bizkaia ni en otros lugares, pues se conoce más de un caso en el que los autores fueron hombres, bien por haberlos publicado, cantado o realizado en el marco de cencerradas y matracas (Urkizu, 2009; Ruiz, 2011, 2013a, 2013b). Aunque la norma tantas veces mentada sea vizcaína, ha sido en Gipuzkoa donde han visto la luz algunos pleitos en los que las mujeres fueron juzgadas por haber compuesto canciones, coplas o versos ofensivos, para censurar conductas ajenas. Lo hicieron ante testigos, lo que favoreció la divulgación de las injurias (Mantecón, 1997). Afortunadamente para nosotras, se recogieron por escrito, porque eran la prueba del delito. Quienes denunciaban, al parecer, solían ser personas con una posición económica desahogada y las acusadas, de extracción popular. Ignoramos si obedecían a una realidad en la que sólo éstas ofendían a aquéllas o, por el contrario, únicamente llegaban al juez estos casos, porque el resto plausiblemente se dirimiría por otros medios. Conocemos tres procesos, que nos informan de aspectos inherentes a las mentalidades de la época, así como al uso de los bertsos en aquellas sociedades mayormente analfabetas. La tejedora Antonia de Zabala, doncella en cabello, fue encarcelada y juzgada en Éibar en 1668, por una canción con palabras dirigidas a tres doncellas y personas principales, muy honradas, de toda buena fama y reputación, quedando la vecindad escandalizada. Entre los dimes y diretes, surge la figura de un estudiante presto a ordenarse, del que se dice que fue quien le hizo el encargo. Ella negó las acusaciones y expuso que el bachiller se había acercado a su morada, que le había manifestado que tenía una copla y, a la pregunta de contra quién era, le respondió que contra las tres anteriores. En su defensa afirmó que no había cantado ni enseñado dicha copla (Archivo Municipal de Éibar, 1668). En la misma villa de Éibar el boticario Agustín de Ezenarro denunció a Ángela de Armona y su hija Ana María de Gorostieta en 1721, porque habían compuesto coplas contra su honor y el de su familia. Todas las declarantes fueron mujeres analfabetas y en sus testimonios indicaron que cantaban dichas coplas en la cocina y cuando estaban juntas e hilando (Kalzakorta, 2010; Alvarez, 2012). De la misma índole han aparecido en Asteasu (Piá e Irixoa, 2014; Eizagirre, 2015). Teresa Antonia de Beobide, Concepción de Irazuzta, María Magdalena de Lertxundi y María Antonia de Etxeberria fueron requeridas por el juez en 1816 porque, cuando se reunían, cantaban y daban a conocer los amoríos de una pareja. MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 149 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 Los querellantes fueron el padre y las hermanas de la joven, quienes destacaron la efectividad de los versos para propagar los ultrajes: Se agrava la maldad al considerar que la afrenta se ha executado de la manera que recibe una publicidad escandalosa, y difícil de contener su pernicioso vuelo, porque la juventud que en todos los países y no menos en esta provincia se entrega a tomar los versos de memoria para contarlos, se olvida con dificultad de ellos por el frecuente uso que hace de ellos, resultando de aquí la extensión de la mala nota con que se califica mi referida hija (Piá e Irixoa, 2014; Eizagirre, 2015). Pese al tiempo transcurrido entre la primera y última denuncias (148 años), en todas late la dialéctica entre el honor y la honra, trascendentales en las sociedades preindustriales. También la fuerza del rumor ante comportamientos escandalosos en materia sexual. Para Enríquez (1995), las mujeres parecían ser especialmente malvadas en las murmuraciones ligadas al placer, pues estaba en sus manos un arma potentísima para el control social como eran las habladurías, convirtiéndose simultáneamente en víctimas y verdugos. De estos juicios se deduce que los bertsos fueron un instrumento poderoso en aquellas sociedades donde el honor no lo otorgaban las virtudes y la calidad de la persona, sino la opinión que sobre ella y sus actos tenía la sociedad. Una sociedad donde la deshonra era una afrenta personal que se extendía al grupo; un excelente sistema de presión y control social (Gascón, 2008). En los pleitos analizados se juzgó el mismo delito, aunque cambia el nombre de la forma versificada y cantada que constituye la prueba. En 1668 le denominaron canción y copla; copla, en 1721 y en 1816, versos. Esta circunstancia coincide con lo afirmado por la Academia de la Lengua Vasca (s/d), que asegura que koplari se documenta desde el siglo xvii y bertsolari, desde la primera mitad del xix, tanto en la parte francesa como española. Stricto sensu, las autoras de 1668 y 1721 serían copleras o koplaris; las de 1816, bertsolaris. La pervivencia de mujeres difamadoras se recoge en los bertsos anónimos Bankako lau andere 4, obtenidos en Valcarlos y compuestos en 1915. En ellos se critica el daño causado por injurias y calumnias, imposible de reparar, cuando la masa ya las ha hecho suyas (Satrústegui, 1965, 1975). 5.—Mujeres bertsolaris del siglo xix En los capítulos precedentes hemos comprobado que las mujeres vascas practicaron su habilidad improvisadora a lo largo de los siglos en los funerales, crearon 4. Cuatro mujeres de Banka (País Vasco-Francés). ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 156 conectadas con lo que sucedía en el contexto europeo, como eran los romances, fueran cultos o de cordel. Podemos citar algunas canciones —de las que existen diversas variantes—, recogidas en los siglos xix y xx. Tal es el romance de la doncella guerrera 14 (Satrústegui, 1972; Biguri, 1991), la balada de la joven raptada por el marino 15 (Urquizu, 2005) o las canciones satíricas que aluden a matrimonios concertados por la madre y desiguales en edad 16 o cuando la madre rechaza la proposición de un viejo para casarse con su hija 17. Mención especial merecen las coplas en las que la mujer arremete contra un marido violento, la mayor parte de las veces aficionado a la bebida, que la maltrata y la hace desdichada 18. En alguna aconsejan a las jóvenes que no se precipiten al casarse, llegando incluso a afirmar que se separarían del esposo, si pudieran hacerlo (Kalzakorta, 2014). No hay en estas creaciones ningún atisbo de relaciones adúlteras o condescendencia con el proceder de los hombres, ni afán moralizante, como en muchos de los romances que tratan el tema de la malmaridada o la malcasada (Terradas, 2007; Puig, 2008). Son mujeres corrientes, no arquetípicas, que muestran su rabia y desesperación por un matrimonio desgraciado desde un punto de vista femenino, sean ellas o no las autoras de las coplas. Por todo ello, nos preguntamos cómo debemos llamar a quienes crearon estas composiciones, que hasta nosotras han llegado como canciones, coplas o bertsos, generalmente sin distinción. ¿Sus creadoras o creadores fueron copleras, copleros, bertsolaris, modernos juglares o juglaresas? Para los vascoparlantes de la época, serían simplemente koplaris (hacedores o hacedoras de coplas) o bertsolaris (hacedores o hacedoras de bertsos). Atribuir la autoría de las creaciones populares consideradas anónimas resulta un ejercicio casi imposible de realizar. Aun así, deseamos abrir la puerta del “Olimpo literario popular” a aquellas posibles artistas desconocidas que contribuyeron con sus dotes bertsolarísticas a agrandar el acervo cultural vasco. 5.2.—Mujeres improvisando en su vida cotidiana Sobreponiéndose a los profundos cambios provocados por la industrialización o la pérdida de los fueros tras las guerras carlistas, durante el siglo xix el bertsolarismo fue acercándose a las modalidades hoy vigentes. Los bertsolaris en boga eran de origen humilde y se hicieron muy populares, comenzando a cobrar 14. Neska soldadua 15. Brodatzen ari nintzen (Me hallaba bordando). 16. Amak ezkondu ninduen hamabost urtekin (Mi madre me casó a los quince años). 17. Agure zahar zahar batek (Un viejo viejísimo a nuestra madre). 18. Ezkondu damutuaren bertsoak (Los bertsos de la casada arrepentida), Ezkondu nintzanian (Cuando me casé), Ezkondamua (La casada arrepentida) o Nere senarra (Mi marido). MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 157 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 por sus creaciones, fueran escritas o improvisadas. Su “escuela” fue su casa, su entorno más cercano, así como un universo cultural donde las canciones antiguas, las coplas, los cantos de cuestación y otras modalidades populares ocupaban un lugar preponderante (Enríquez, 2004). Obviamente, ni en todos los lugares se organizaban desafíos como espectáculo, ni estaba asegurada la presencia de bertsolaris de fama que lo ofrecieran. La realidad era mucho más sencilla. En 1811, Dominique-Joseph Garat se dirigió a Napoleón en una carta, con el fin de informarle de las costumbres, leyes y juegos vascos, similares al Norte y al Sur de los Pirineos. Tras explicarle los bailes masculinos y femeninos, le expuso que los jóvenes de ambos sexos solían juntarse, mezclando sus voces y haciendo resonar las “melodías de las palabras improvisadas”, es decir, que repentizaban bertsos (Casenave, 2006: 66). En parecidos términos se expresó Mañé y Flaquer (1985: 241-242), después de un viaje que realizó al País Vasco en 1876. Escribió que, a causa de la “facilidad del vascuence para la versificación”, era “infinito el número de improvisadores de ambos sexos” y que “en la mayor parte de las fiestas populares suele darse el espectáculo de una discusión en verso entre dos o más interlocutores que hacen su ingenio y su facilidad en las réplicas”, mencionando la soberbia actuación de Otaño y Elícegui (dos bertsolaris clásicos muy conocidos). Insistió en los “numerosos improvisadores” que había en aldeas, caseríos y montañas, aunque había oído que tenían “poco de poetas”. Quizá por ello pensaba —erróneamente— que la calidad de las elegías más antiguas se debía a que eran obras de “coblakari o bardos de profesión”. El valenciano Blasco Ibáñez habló desdeñosamente de los bertsolaris en su obra El intruso (1904), tras haber visitado Bilbao y otros pueblos vascos el año anterior. Narró la fiesta de Azpeitia, donde actuaron varios hombres de distintas edades. Los equiparó a los trovadores y los trató de vagabundos, analfabetos, ignorantes y sin hermosura alguna. Describió la manera en que se desarrolló su ejercicio, retándose los unos a los otros, y destacó su ingenio satírico y la facilidad en la respuesta, así como sus dotes para la improvisación, pero sin ninguna calidad poética, abismalmente alejada de los artistas de la bohemia ciudadana. El público, que asistía embobado y reía sus gracias, era tan rústico, tosco e ignorante como ellos. Los tres cuadros que pintó el artista sordomudo Valentín de Zubiaurre bajo el título de Versolaris podrían ser el reflejo de la naturalidad con que emprendían aquellos duelos orales, aunque con notables diferencias si se trata de improvisadores del género masculino o femenino. Uno es de 1913 y se conserva en el Museo Reina Sofía de Madrid; y los dos restantes, de 1917 (Museo de Bellas Artes de Bilbao) y 1919 (Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires). El mismo título, pero completamente diferentes. En el primero, las bertsolaris son mujeres y en los dos restantes, hombres. No repararemos en el valor artístico de los cuadros, sí en el contraste entre los protagonistas. Zubiaurre pintó a los ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 158 bertsolaris varones en un ambiente crepuscular, de fiesta o descanso, en un entorno rural, con el público sentado alrededor de mesas cubiertas con manteles. En la obra de Bilbao son pocas personas las que escuchan, de edad variada y predominio de las mujeres. En el de Buenos Aires el público es más numeroso. En ambos cuadros los bertsolaris son de edad avanzada y se presentan como artistas que ofrecen un espectáculo al que asiste la gente para oírlos. También son maduras las bertsolaris del cuadro expuesto en Madrid (fig. 3). Cantan en una villa marinera, al atardecer, ante otras mujeres y hombres. Las mujeres no están ociosas, como sí lo están los hombres que escuchan a la derecha de la escena. La más joven apoya un recipiente metálico en la cadera, las dos más viejas hilan y las dos improvisadoras, aunque cantan, soportan sobre sus cabezas el peso de las herradas. En el suelo, un candelero sin encender. Al contrario que en la actuación de los bertsolaris, no parece tratarse de una función preparada, sino surgida en un ambiente informal. Mostrar a las mujeres bertsolaris como protagonistas de la improvisación ¿es o no es el reflejo de una realidad? Para Castañer (1984) y Esteban (s/d), se trata de una estampa auténtica. Para Iturriotz (2008), un verdadero desatino, porque, a su juicio, a comienzos del siglo xx no existían mujeres que improvisaran ante Fig. 3. Valentín de Zubiaurre (1879-1963), Versolaris, 1913, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. © Valentín de Zubiaurre, VEGAP, Vitoria-Gasteiz, 2016. MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 159 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 la gente o en la plaza, ni las imagina haciéndolo llevando el peso de la herrada sobre su cabeza. Afirma que, si Zubiaurre pintó tres cuadros con el mismo tema, los primeros serían los que tenían como protagonistas a los hombres y el último, como variante, a las mujeres. Y concluye diciendo que no concuerdan el título y la imagen. Los datos no corroboran lo afirmado por Iturriotz. Zubiaurre, pintor costumbrista, compuso lo que veía, porque existían mujeres bertsolaris que repentizaban en la casa, el trabajo, la fuente, el mercado, lugares propios de su socialización, igual que las que hemos llamado censuradoras, incluso en las fiestas y en la fábrica, cuando se incorporaron al trabajo asalariado. Ellas fueron las transmisoras del legado recibido de sus mayores a las nuevas generaciones, que se iniciaron en el arte del bertsolarismo al calor del hogar, como lo manifiestan muchos bertsolaris (Larrañaga, 1995, Aulestia, 1995). Volvamos otra vez al cancionero tradicional, del que extractaremos algunos ejemplos que pueden evocarnos los bertsos creados en la cotidianeidad, sin olvidar otras fuentes de inspiración como pudieran ser los romances vulgares o las hojas de bertsos, que hemos tratado en el capitulo anterior. Si sólo reparamos en las que han llegado hasta la actualidad donde son mujeres las que hablan, dejando de lado las que emplean la segunda o tercera persona, podríamos citar por razones obvias las nanas. No pretendemos hacer una clasificación, según el punto de vista del narrador, de todas las que recogieron distintos autores. Sólo nos centraremos en la que Borda (2016a) menciona como una de las más populares y con variantes en toda Vasconia, la llamada Baionako barraraino 19, con una alusión a un accidente geográfico, como es la barra que se formaba en el estuario del río Adour en Bayonne, dificultando la navegación. En esta canción de cuna la madre se dirige al niño, a la niña, mostrándole su amor incondicional, por encima del abandono o la soledad. Su técnica es propia de las coplas que hunden sus raíces en la Edad Media (Etxebarria y Kalzakorta, 2009). Hubo mujeres que se cantaron a sí mismas como trabajadoras que eran. Lo hizo la que se presentaba como vendedora del pescado que traían del mar los marineros 20, al estilo de la sardinera que cantaba en castellano Desde Santurce a Bilbao. No fueron pocas las que se dedicaron a labores relacionadas con los tejidos, tales eran las que hemos llamado censuradoras, que entonaron los bertsos que les llevaron ante el juez mientras hilaban, tejían o cosían, dado que era costumbre que se reunieran en grupo para trabajar en casa de alguna (Iziz e Iziz, 2016). De la actividad textil, casi exclusivamente femenina, se hizo eco más de una canción vasca. Las hay anónimas y de autor conocido, y se presentan fundamentalmente 19. Hasta la barra del estuario de Bayonne. 20. Ni naiz emakume bat arrain saltzailea (Yo soy una mujer vendedora de pescado), con alguna variante en forma dialogada: Kattalin txiki-txiki (Catalina chiquitina). ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 160 como diálogos en los que se entremezclan las cuestiones amorosas. Descubriremos la llamada Iruten ari nuzu 21, de origen bajo-navarro. En una de las versiones la joven hilandera, con la rueca en la cintura, símbolo de castidad, se dirige llorando al amado que no le corresponde, quien le replica que el tiempo restañará la herida que le pueda causar. La variante que se conservó en Saint-Étienne-de-Baïgorry, en cambio, resulta más subversiva. La hilandera le ordena al pretendiente jinete que se aleje de su ventana y le manifiesta que ella pondrá una vela para iluminar al caminante, y que con su amor protegerá al arrendatario, porque no le ciega la plata del dueño (Borda, 2016b). También han perdurado bastantes canciones en las que el chico y la chica dialogan en torno a la fuente, lugar de encuentro de las parejas 22, al estilo de lo que Eladio Rodríguez (en Cid, 2013: 31) llama, para Galicia, “parrafeos” o “enchoyadas”, que constituían uno de los principales entretenimientos de la juventud aldeana. Eran, normalmente, fruto de la improvisación, mezclándose la pasión amorosa, con el desdén, la ironía o la indiferencia, características extrapolables a las canciones populares vascas de esta guisa. 5.3.—Mujeres bertsolaris compitiendo en los Juegos Florales Aunque hubo otros certámenes en los que los concursos de improvisación fueron un hecho, los Juegos Florales, organizados a partir de 1851 por Antoine d’Abbadie, constituyeron una ocasión ideal para medirse ante el público y convertir los bertsos improvisados en patrimonio de los vascos. Para Laborde (1998), nos hallamos ante la arqueología del bertsolarismo actual, pues se reforzó la improvisación, se cambiaron los lugares para ejercerlo, mudaron en espectáculo, se organizaron los turnos, los criterios para evaluarlos, se fijó el organum literario y la estructura de las representaciones. Al principio, fueron concursos de bertsos creados previamente, que habían de cantarse según una música establecida, pero al cabo de quince años se convirtieron en campeonatos de improvisación. Fueron un intento exitoso de depurar la figura del bertsolari, de la bertsolari, arrancándola de los contextos rituales tradicionales, para llevarlos a escena, en concursos de improvisación refinados (Laborde, 2005). Sobre la participación de las mujeres en dichos Juegos escribió Julien Vinson en una crónica de 1869. Tras destacar la mala calidad literaria, compensada gracias a la música, afirmó que, aunque hubiera mujeres bertsolaris, era difícil que osaran 21. Me encuentro hilando. 22. Maritxu, nora zoaz? (¿Dónde vas, Marichu?), Goizean goiz jeikirik, argia gaberik (A la mañana temprano me levanté, aún sin luz), Katalin errotako (La molinera Catalina). MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 161 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 participar en público; y que era conocida una chica de Hondarribia 23, pero hacía tres años que no concurría (Urkizu, 1997). Un repaso somero al reparto de premios de estos certámenes muestra que las mujeres, aunque en número significativamente menor que los hombres, intervenían junto a ellos. En los concursos de bertsos escritos participó en 1859 Marieder Uthurralt. Como improvisadora destacó la joven Marie Louise Osorio en 1869 y 1875, cuando compartió el primer premio con sendos hombres. Fue tercera en 1884. En 1871 participaron cinco bertsolaris, de los que tres fueron mujeres (Laborde, 1998). Marie Argain (1860-1925) fue otra mujer muy solicitada en cuantas fiestas se organizaran en el País Vasco-Francés. Quedó primera, junto a un hombre, en los Juegos Florales de Cambo-les-Bains de 1888. En los de Hasparren de 1894 fue cuarta y le cedió el primer puesto a Marie Etchegaray (1873-1939). El cronista del diario republicano L’Avenir informó de la victoria de la “sobresaliente improvisadora” Marie Etchegaray, perteneciente al “sexo débil”, que sorprendentemente venció al “sexo fuerte” (Laborde, 1998: 614). Marie Argain superó a dos hombres y volvió a ganar en Espelette en 1895. La revista de cultura vasca Euskal Erria (1895/07: 278) alabó su agudeza y habilidad para abatir al adversario. Al año siguiente compitió junto a Marie Etchegaray y otros hombres. De ambas dijeron que eran sensibles e irónicas a la vez, de réplica fácil y atinada (Euskal Erria, 1896/07: 210). Dos de estas mujeres improvisadoras vieron su nombre impreso en una publicación femenina como vascas de renombre. La esposa del impulsor de los Juegos Florales incluyó a Marie Argain y Anna Etchegoyen en un artículo sobre las mujeres del País Vasco en la revista parisina La Femme (15/01/1896: 12-13). Junto con las consabidas menciones a la facilidad del euskara para la improvisación y explicar cómo se desarrollaban los duelos públicos dirigidos, que calificó de “diversión nacional”, realizó un retrato de ambas, aprovechando que habían alcanzado gran éxito en Hasparren. Argain superaba la treintena, había sido alpargatera, estaba casada y compartía los trabajos del campo con su marido. Se había percatado de su capacidad “espontáneamente”, hacia los 20 años y, a pesar de su analfabetismo, su facilidad para versificar quedaba acreditada por los premios ganados. La firmante del artículo reconocía que Marie Argain era hábil con las rimas y que su “talento” era de “calidad mediana”, pero nadie debía sorprenderse de hallar esos dones en una “obrera iletrada, una simple campesina”. Etchegoyen era más joven, 20 años, soltera y de oficio alpargatera, pero trabajaba a la sazón en un hotel de Cambo-les-Bains. Contrariamente a Argain, estaba escolarizada. Se entrenaba como bertsolari mientras trabajaba en “las suelas de cáñamo de las alpargatas” en compañía de otros hombres y mujeres. Y así, poco 23. Tal vez sea la misma Josepa de Hondarribia que el famoso bertsolari donostiarra Bilintx (1831-1876) mencionó en uno de sus bertsos (Larrañaga, 1999). ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 162 a poco, le tomó gusto a tratar cualquier tema que se le propusiera. Eran simultáneamente rivales y amigas, e indicó que no “había nada de sorprendente” en la participación de las mujeres en dichos duelos. A juicio de Mme. d’Abbadie d’Arrast, la lyonesa Virginie Vincent de SaintBonnet, la inspiración y gusto de Etchegoyen no provenían de los libros que leía, sino que surgía naturalmente, como en Marie Argain. Era “una cuestión de raza, de estilo de vida”, porque en Cambo-les-Bains, donde residían, se decía que “las lenguas eran más rápidas que las escobas”. Se preguntaba si las facultades de las improvisadoras se habrían desarrollado gracias a la costumbre de las mujeres de bajar a las mañanas a la calle y eternizarse en habladurías sin fin. Pese al exabrupto de L’Avenir o la condescendencia simplona de Mme. d’Abbadie d’Arrast, no parece que a las mujeres les incomodara su participación en el espacio público, porque la improvisación, el jugar con las palabras, era usual en su cotidianeidad. En el inicio del siglo xx que hubiera mujeres bertsolaris no resultaba aún excepcional. No tenían ningún reparo, por ejemplo, en polemizar con otros bertsolaris. Lo hizo Joxepa Antoni Aranberri (1867-1947), cuando se enfrentó en 1902 a Enrique Elizetxea por haber publicado unos bertsos satíricos contra las solteronas (Pérez Gaztelu, 2015). Joxepa Antoni Aranberri pertenecía a una familia de larga tradición de hombres y mujeres bertsolaris, los Xenpelar; igual que Plácida Otaño (1867-1954), también conocida porque le respondió con gran agudeza al conocidísimo Txirrita (Zavala, 1993). 6.—El repliegue En pocos años, según avanzaba el siglo xx, las mujeres bertsolaris se hicieron casi invisibles, desaparecieron de la vida pública, hasta que en el último cuarto del siglo pasado volvieron a escena. Son excepcionales Inaxi Etxabe y la monja Justina Aldalur, que ganaron el primero y segundo premio respectivamente en un concurso de bertsos escritos en 1956 en Zarautz en honor a la Virgen de Arantzazu; o Sebastiana Gesalaga, compañera de convento de la segunda (Larrañaga, 1997). La primera, como lo hiciera 5 décadas antes Josepa Antoni Aranberri, también se atrevió a responderle al destacadísimo Basarri, porque publicó en una hoja de la 3.ª Orden Franciscana de Zarautz unos bertsos criticando a las mujeres. Aquél reconoció posteriormente la pertinencia de su réplica (Eizagirre, 2014a). ¿Qué ocurrió? ¿Cuáles fueron los factores que explican su regresión y consecuente declive? Nosotras queremos apuntar que deberían considerarse la industrialización con sus repercusiones socio-culturales, el éxodo del campo a la ciudad, el descrédito del mundo tradicional y la ruralidad, la desaparición de la familia extensa, la progresiva pérdida del euskara, confinada en el interior del hogar y el mundo rural. Tampoco jugaría a su favor la consolidación del ideal de la mujer MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 163 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 burguesa, presa de convenciones y formalismos, retirada de la vida social, en el hogar, a merced de su marido. La escuela también pudo haber jugado un rol trascendental en este fenómeno. Según Puelles (1993), durante el siglo xix y gran parte del siguiente, además de alfabetizadora, la escuela fue un instrumento eficaz para la integración política y el control social. El estado liberal y el sistema educativo se conformaron al unísono. Los sistemas educativos alimentaron el aparato político y administrativo del estado, dotándolo de ideas y coadyuvando a su desarrollo y expansión. A través del control de la educación y la inspección, la escuela ejecutó el objetivo estatal de uniformizar la sociedad. En toda Europa los sistemas educativos cumplieron con la voluntad de las autoridades de transmitir los valores de la burguesía liberal. Entre otros, los efectos de estas políticas de educación de masas se sustanciaron en la conversión del francés y el castellano en lenguas de cultura y relegaron al euskara a funciones subalternas (Ostolaza-Porqueres, 2002; Zalbide, 2007). No sería justo responsabilizar exclusivamente a la escuela en este punto, porque la cuestión es más compleja. También la industrialización y el protagonismo económico y cultural de las ciudades proscribieron el euskara al campesinado y lo descalificaron socialmente. Respecto a cómo se vivía esta polarización en el entorno vizcaíno de comienzos del siglo xx, extrapolable a otras ciudades, tomamos las palabras de Llona (2000: 463): El aldeano y la aldeana de la provincia que hablaban euskera eran denostados en el entorno urbano de las clases medias bilbaínas de tradición liberal. En cierto modo, a la gente de aldea se le consideraba representativa de la tradición y del inmovilismo y era vista en Bilbao como contraria al progreso y a la modernización. La valorización del euskara tampoco fue una prioridad para el primer nacionalismo vasco, urbano y burgués, más ocupado en los logros políticos que en los lingüísticos. Y en lo concerniente al estatus femenino, apenas se distinguió de otros burgueses no nacionalistas (Ugalde, 1993; Aresti, 2014). Con la imposición paulatina de los nuevos valores burgueses a través de la escuela, como afirma Ballarín (1989, 2007), las niñas aprendieron a ser unas mujeres diferentes a las del mundo tradicional, para sostener un orden social con una separación estricta por sexos, y se las educó para contribuir al desarrollo económico desde el gobierno del hogar. En el mundo tradicional rural la vida de las mujeres era muy dura, pero no vivían arrinconadas en el hogar (Segalen, 1984). La fuente, la colada, el trabajo, el mercado eran lugares en los que actuaban con autonomía y, aunque eran casi analfabetas, participaban de unas redes sociales, de solidaridad y conocimientos que las hacían protagonistas de la vida y economía familiar, diferentes de los masculinos, pero no marginales. Eran parte de una estructura familiar compleja, que se comportaba como una unidad de producción en ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 164 lo económico (Franco, 2012). En aquellas sociedades poco monetizadas aportaban unos ingresos regulares a la casa, a la familia, frente a los más excepcionales de los hombres, lo que las convertía en protagonistas fundamentales de la misma (fig. 4). La escolarización femenina se basó en un currículo diferenciado, donde la educación moral era más importante que la instrucción. La masculina estaba destinada para la esfera pública, mientras que la de las niñas lo estaba para la privada, siempre a expensas del varón. Se produjo una redefinición de lo público y privado y el ideal de mujer era el ama de casa abnegada, relegada al trabajo doméstico, trabajo que se devaluó y al que se negó su valor económico y productivo, colocando a la mujer en un nivel de inferioridad y subordinación respecto al hombre (Ballarín, 2007; Franco, 2012). También se le encomendó la superación de la cultura popular. No había lugar para lo vulgar en el mundo nuevo que se estaba forjando y la escuela fue una transmisora eficaz de estos ideales (Ballarín, 2007). Vasconia no fue impermeable a este fenómeno. Es interesante recordar lo que representantes de la élite como Gorosábel o Echegaray pensaban del bertsolarismo, para el que nunca tuvieron una palabra amable. Echegaray en 1901 tildó a los bertsolaris de ordinarios, inmorales, ridículos y groseros (Enríquez, 2004). Fig. 4. Mondragón, mercado en la plaza pública, con predominio absoluto de mujeres vendedoras. Fin del siglo xix. AZE: Fondo Mendía. MUJERES VASCAS IMPROVISADORAS: LAS BERTSOLARIS DEL MUNDO... 165 ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 Si ésta era su opinión sobre el bertsolarismo en general, no sería mejor sobre el de las mujeres en particular. El proceso de ocultación de las mujeres bertsolaris fue vertiginoso. Una muestra de la nueva realidad 24 la podemos personalizar en Matea Josefa Zubeldia y sus hijas. La madre nació en un caserío de Hernani (1867) y, según la costumbre familiar, se trasladó a Madrid a servir en casa de los amos. Allí se casó, pero decidió retornar a su lugar de origen con la familia (1904). Abrió una tienda, que le dio lo suficiente para vivir. Le gustaban los bertsos, los escritos y los improvisados, la poesía, las canciones religiosas y los rezos. Son suyos los veinticuatro bertsos que cantó durante una comida popular, sentada en una silla y subida a una mesa, después de que en Hernani consiguieran que no internaran en la Casa de Beneficencia a los enfermos de viruela de Lasarte (1918). Sus hijas aborrecían que su madre se comportara como los hombres y no, como se esperaba de una mujer: “¡Qué vergüenza para nosotras!, cuando nuestra madre se subió a la mesa para cantar aquellos bertsos”. Dejó muchos bertsos escritos en cuadernos que ella misma cosía y, a su muerte (1947), sus hijas quemaron toda su obra (Eizagirre, 2014b: 14). Podríamos considerarlo como el paradigma de la ruptura de dos concepciones distintas de estar en el mundo. La madre, alfabetizada pero sin remilgos, actuando como una bertsolari del mundo tradicional, para la que lo público y lo privado no lo separaban las gruesas líneas de la nueva mentalidad imperante. Matea Josefa Zubeldia no sentiría que transgredía ninguna norma versificando en la calle, que los nuevos tiempos reservaban sólo a los hombres. Las hijas, en cambio, totalmente imbuidas del ideal de mujer que rechazaba a las que se equiparaban a los varones. Tras un largo paréntesis, hasta muy avanzado el siglo xx no volverán a aparecer las mujeres improvisando ante el público. Su irrupción no se entiende sin las primeras Bertso Eskolak (Escuelas de bertsolaris), que surgieron en la década de 1970 como oferta de actividades de tiempo libre infantiles y juveniles. La buena salud de que goza hoy el bertsolarismo se debe en gran parte a estas Escuelas, que supieron satisfacer una demanda latente en la sociedad y adaptarse a los nuevos tiempos (fig. 5). 24. Llona (2000: 459, 482), al estudiar la figura de Polixene Trabudua (Sondika, 1912-Zeberio, 2003), una oradora destacadísima del nacionalismo vasco que rompió muchos moldes en su época, cuenta dos anécdotas que pueden ilustrar aquella realidad de los años veinte y treinta del siglo xx, cuando “se produjo una reorganización de los espacios público y privado que afectó a la manera en que las mujeres debían entender su relación con ambos mundos”. Refiere que su madre le animó a ir sola al cine a Bilbao, rompiendo el lazo de sumisión hacia su marido, y en otra ocasión le dio el mismo consejo para acercarse a una romería. Sobre la actitud materna, Llona sugiere “que la disconformidad con las actitudes misóginas masculinas, por parte de las mujeres, no nacieron con la generación de Polixene”. Posiblemente. Aunque, quizá, para una aldeana costurera, tal era su progenitora, actuar con independencia no resultara del todo ajeno a su modus vivendi. ARENAL, 27:1; enero-junio 2020, 141-172 ANA ISABEL UGALDE, PILAR ARISTIZABAL, PABLO LEKUE y M.ª TERESA VIZCARRA 172 URKIZU, Patricio (1997): Anton Abbadiaren koplarien guduak (1851-1897), Kronika antzeko hurbiltze saioa. Anton Abbadiaren koplarien guduak : bertso eta aire zenbaiten bilduma 1851-1897. Donostia, Eusko Ikaskuntza. — (2009): “Ziri-bertso eta eska-kopla argitaragabeak (1770, 1827)”. En: Juan Mari Lekuonari omenaldia. Euskaltzaindia, 429-436. 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