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Las escuelas del Este en Santander

Llano Díaz, Ángel

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http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -329Las escuelas del Este en Santander The East schools in Santander Ángel Llano Díaz Centro de Estudios Montañeses (España) Parecía que la ciudad no quería alejarse del mar. No. El mar lo era todo. El comercio, la pesca, el trabajo, las empresas, las gentes, la vida estaba pendiente del mar. La ciudad crecía alargada, rodeando el norte de la bahía. Desde mediados del siglo XIX, nuevas edificaciones venían a ocupar los arenales de lo que años después conformaría Peñaherbosa y Puertochico. Cerca del mar, las fábricas ocupaban los solares de Castelar, San Martín y Juan de la Cosa. Tras estas construcciones y ladera arriba, las casitas humildes de pescadores, de obreros, de mujeres trabajadoras en lo que saliese, formaban un conjunto heterogéneo. Los niños, mal alimentados, http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -330peor vestidos y propensos a toda clase de enfermedades, estaban en todas partes. Los más pasaban el día recorriendo esos andurriales, otros trabajaban y solo unos pocos iban a la escuela. La fotografía que reproducimos recoge la imagen de la zona este de la ciudad de Santander, exactamente Puertochico y Castelar, a principios del siglo XX y en ella aparece el edificio en el que se ubicaron durante algunos años las escuelas públicas de niños y niñas del Este. Pero para llegar a esa escuela pasaron muchas cosas. A finales del siglo XIX, dos escuelas municipales y alguna escuelita pequeña creada por cualquier asociación de señoras católicas preocupadas por el abandono de esos niños, los recogía unas horas y los sacaba de la calle. El desamparo de la infancia era tal que la mala conciencia de los munícipes santanderinos los llevó a actuar: había que hacer una escuela para tantos niños y niñas desperdigados. El Ayuntamiento inauguró el 1 de junio de 1885 un edificio para albergar las escuelas del Este - niños, niñas y párvulosen una de las parcelas del Ensanche, justo en el solar donde años después se construyó el colegio de Peñaherbosa y más tarde aún el edificio de la presidencia del Gobierno de Cantabria. Este fue el primer edificio para escuelas levantado en la ciudad. En este mismo solar hubo un primitivo proyecto del arquitecto Atilano Rodríguez Collado que databa de 1873 y que nunca se construyó. El edificio de 1884 era obra del arquitecto tolano Casimiro Pérez de la Riva, con clara influencia del proyecto anterior. El edificio se elevaba dos plantas y ático. Tuvo problemas desde el principio con la flexión que sufrieron las vigas de hierro que formaban las crujías, dado el tamaño del vano, lo que hizo necesaria la colocación de columnas de hierro. Además de las viviendas de los maestros en los pisos superiores y un salón para biblioteca sin libros, en cada planta había dos grandes salones que servían de aulas, con una capacidad de cien niños cada uno y adecuadas para la utilización del sistema mutuo, entonces vigente en muchas escuelas. Aquí dio clase un insigne maestro, Pedro Berrazueta que, además, dirigía un periódico profesional El Profesorado Montañés. No me resisto a transcribir, por lo descriptivo, el informe del inspector en su visita al centro a finales del siglo XIX: “En la planta baja se halla la escuela de párvulos compuesta de unos 150-160 niños ocupando uno de los salones. En el otro salón, el del este, está destinado a sala de juegos y comedor de aquellos. En el piso principal, el salón de este lo ocupa la escuela de D. José Herrera, que tiene matriculados unos 140 niños y con papeleta de entrada de unos 20 ó 30 más. En el salón oeste se halla instalada la escuela de Dª Adelaida Camino con 202 niñas matriculadas y otras 22 pendientes de recibimiento”. Pero no se piense que así se solucionaba el problema de la escolarización. El absentismo escolar era muy grande. Las tentaciones para no ir a la escuela eran muchas. Bajar a Puertochico, ir a pescar, sacarse unas monedas haciendo algún recado, juntarse con los amigos en el Gurugú, http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -331sentarse al sol junto a cualquier tapia o, simplemente, correrse la escuela. Para muchos, cualquier cosa era mejor que estar allí encerrado con el riesgo de recibir un coscorrón si el maestro te pillaba. En casa no se iban a enterar y el maestro tampoco les iba a echar en falta. Otros, sin embargo, acudían a la escuela con más asiduidad. El motivo principal era el trabajo o las obligaciones de sus madres. La escuela era un buen sitio para dejarlos y así aprendían algo. Aunque todo estaba claro desde el principio: uno, dos, tres años de escuela en el mejor de los casos y no siempre continuos… y a trabajar, a colocarse en lo que fuera. Estudiar era para los ricos. La vida de estas escuelas fue relativamente breve. La mala construcción del edificio obligó a su desalojo a principios del siglo XX. En el libro de actas de la Junta Local de Primera Enseñanza de Santander se recoge, ya en junio de 1910, el estado ruinoso del edificio y la necesidad del traslado urgente de las escuelas allí instaladas, para lo cual se había alquilado un local en la calle Juan de la Cosa. Al mismo tiempo, el plan de construcciones escolares proyectado por el ayuntamiento santanderino en 1910, en tiempos de mayoría municipal republicana, incluyó la construcción de un grupo escolar en Peñaherbosa, para lo cual era necesario demoler el existente. La victoria monárquica en las siguientes elecciones municipales canceló dicho programa de construcciones escolares, por lo que las escuelas continuaron instaladas en Juan de la Cosa. El traslado de Peñaherbosa a un nuevo local, situado en una fábrica abandonada de la calle Juan de la Cosa, se realizó en junio de 1910 y coincidió con la graduación de las escuelas de niños en tres grados. Por el contrario, las escuelas de niñas estaban sin graduar, de tal manera que en el nuevo local se albergaban la Escuela 1ª de Niñas del Este, con dos unitarias, y la Escuela de Párvulos del Este, con otras dos unitarias. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Las pésimas condiciones del nuevo local fueron denunciadas insistentemente por el inspector de primera enseñanza Tomás Romojaro que describía así la situación en las páginas de El Diario Montañés: “es una fábrica vieja y sucia, falta de luz y ventilación y con todas las malas condiciones higiénicas y pedagógicas que pueda tener local alguno en España. Y en estos mal llamados locales de escuela, donde los retretes están en el centro del edificio, deficientemente construidos y sin comunicación exterior, se obligan (…) permanezcan seis horas diarias, que son otras tantas de suplicio y sufrimiento para ellos [los niños y niñas] y los maestros”. Finalmente, las continuas denuncias sociales e incluso la intervención del gobernador civil llevaron al ayuntamiento santanderino a buscar un nuevo local. Se entró en tratos con Juan Manuel Mazarrasa, dueño de unos solares en el Paseo de Canalejas, 8-10, valorados en unas 90.000 ptas., pero no se llegó a ningún acuerdo de compra y, así, en 1916 se produjo un nuevo traslado, a la casa de la fotografía que comentamos, donde estuvieron hasta 1929 las escuelas de niños y hasta http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -3321932 las de niñas y párvulos. La casa era propiedad de Jesús Marco Montón y constaba de dos pisos, ocupándola entera la escuela, aunque aún tenía locales disponibles para instalar más aulas. Años antes se habían ido creando en la zona algunas escuelas municipales, la Escuela 2ª de Niñas del Este, y particulares, como la organizada por el Centro de Enseñanza Integral y Laica de Santander, en la calle Tetuán, n.º 9, 1º, o la que tenía instalada antes de 1905 la maestra doña Casimira Concepción Fernández Falcones, en la calle Peñaherbosa, 27, en dos habitaciones del primer piso que hacía también las funciones de vivienda de la maestra. Nada que ver con el colegio que los Sagrados Corazones de Torrelavega habían abierto, como sucursal en Santander, en el antiguo paseo de la Concepción, luego paseo de Menéndez Pelayo, para la educación de las señoritas. Volviendo a nuestra escuela, en 1926 la situación de la Escuela Nacional de Niños Graduada del Este era la siguiente: Maestros: director interino Pascual Altemir, con 32 alumnos; 2º grado, Adrián Chaparro, con 36 niños y 1º grado, Pedro Solana, con 45 niños. En total: 113 niños. Como siempre ocurría, los grados inferiores tenían muchos más alumnos que los superiores, por el paulatino abandono de la escuela por los niños. El estado de las aulas era regular: “El local del 3º grado, con falta de arreglo en las ventanas; con mesas viejas y muy deterioradas. En el 2º grado, las mesas en peores condiciones aún que las del grado anterior. De las dos únicas ventanas, falta una hoja. Se impone un arreglo. ¡Atención! La sala del 3º grado en el piso alto mirando al mar (mediodía) que regenta el director propietario Vicente Cardenal, necesitará un buen blanqueo, principalmente por haber fallecido este señor tuberculoso y haber estado al frente de su escuela hasta casi la terminación del curso”. Parecido ocurría con las escuelas de niñas, cuyas maestras eran Emilia Castelló y Luisa García, con unas 70-80 niñas en total. El estado era similar a la de niños: “las paredes laterales de este local están bastante estropeadas, necesitan un arreglo de albañilería. Luz eléctrica desarreglada y es necesario que funcione bien, pues las dos únicas ventanas permiten poca luz exterior en tiempo de invierno”. Por su parte, las dos unidades de párvulos, dirigidas por sus maestras Isidora Lozano y María Arandilla, acogían a 148 niños y el redactor del informe municipal señalaba que: “Este local está algo estropeado a causa de humedades que se notan en la techumbre. Los huecos exteriores con falta de 5 cristales. Con falta de mesas para tantos niños como reza en la matrícula de esta escuela: 12 mesas a ser posible, que son las cedidas por estas a los párvulos de la otra clase de la planta baja”. http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -333En total, unos 350 niños eran atendidos en estas escuelas, número muy inferior a la población escolar de la zona. Junto a los maestros y maestras citados, algunos otros han quedado en el recuerdo: Antonio Arce López, Arsenio Sangrador, Melquiades Adrada, Dictinio González Fernández, Jesús Revaque, Avelina Roque, Cecilia Bezanilla, Zoila Camino o María Paz Sánchez, entre muchos otros maestros que pasaron un tiempo más o menos breve en esas escuelas. Hubo que esperar a 1929 para que entrara en funcionamiento el nuevo grupo escolar del Este que sustituiría, en parte, al viejo de Peñaherbosa. El nuevo grupo escolar recibió el nombre de Menéndez Pelayo. Allí se trasladaron las escuelas de niños del Este, a la vez que se ampliaron las unidades. En el edificio de Juan de la Cosa tan solo quedaron las niñas y los párvulos y no por mucho tiempo. La expansión de la burguesía santanderina hacia el este de la ciudad revalorizaba la zona de Castelar y el chalé de las escuelas cedería su solar a una nueva construcción: el edificio Siboney. El más vistoso ejemplo en la ciudad de arquitectura racionalista fue proyectado por el arquitecto José Enrique Marrero Regalado, en 1931. Su construcción obligó al traslado de las escuelas de niñas y párvulos a un nuevo local, esta vez en el paseo de Menéndez Pelayo, n.º 2, propiedad de Alonso Celada. Y aquí acaba la historia de este edificio. Por su parte, el ayuntamiento santanderino intentó durante la Segunda República mejorar la infraestructura escolar de este distrito. Así, en 1933 se aprobó la construcción de dos nuevos grupos escolares de 12 unidades en la zona, uno en la calle del Sol, barrio de San Simón, y otro en Peñaherbosa, en el mismo lugar que ocupó el anterior edificio escolar y que en ese momento estaba ocupado por el Mercadillo de Bonifaz, que hubo de trasladarse a otro solar. Se construyó el edificio y se finalizó con tiempo para iniciar el curso 1936-37; sin embargo, el inició de la Guerra Civil y los posteriores usos que se dieron a ese edificio impidieron que entrase en funcionamiento hasta principios de los años cuarenta. Y allí se trasladaron, ya definitivamente, las escuelas de niñas y párvulos del este. http:// revista.muesca.es. ISSN 1989-5909 | Cabás nº28 diciembre 2022, págs. 329-334 DOI: https://doi.org/10.35072/CABAS.2022.64.57.002 -334-