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Jornadas y Azares

Francesc Costa Oller

Abstract

La mirada inglesa de Edward Thomas. Viajes antiguos de gentes que se pierden por los caminos de España, sus andanzas, lo que vieron. William Beckford, Robert Southey, Alexander Slidell Mackenzie, Samuel Edward Cook, Ramón de Mesonero Romanos, Charles Furne, Stendhal, Francisco Pi y Margall, Francis Chenevix Trench, Francisco de Paula Madrazo, José M. Camper, Pedro Paz Soldán y Unanue.

Full text

Jornadas y Azares Francesc Costa Oller Jornadas y Azares Crónicas de antiguos viajeros por los caminos de España Mataró, 2025 Por caminos históricos El Camí Real de Parpers (2011-2015) Al Vallès i al Maresme per camins antics (2012-2015) Congost, un viatge cultural i històric (2015) El Camí Real de Barcelona a França (2016-2023) El Camí Real de Barcelona a València (2016-2023) Villuga comentado. Reportorio de todos los caminos de España (2018-2024) Viajeros y caminos en la España del Quijote (2018-2024) Los viajeros ilustrados por los caminos reales de España (2019) Llibreta de Camp. Arqueologia Caminera (2020) 1802, Carlos IV recorre España (2021-2025) El Camí Real de França. El projecte de l’any 1786 (2021) Ambrosio Borsano. Discurso General (2022) Conde de Darnius. Guía de los caminos de Cataluña (2022) Bibliotheca Caminera, de algunas cosas del caminar por España (2022) El Paso del Noroeste. Una aventura ártica, siglos XVI-XVII (2023) El pont del Lledoner. Una història de camins reals a l’Ordal (2023) El viaje por mar de Venecia a Constantinopla (siglo XVI) (2024) Jornadas y azares. Escenas de viajes antiguos por España (2024-2025) Montserrat, cròniques de viatgers. Segles XIII al XIX (2024) François de Tours. El viaje de España y Portugal 1699-1700 (2025) William Beckford. Esbozos de España (2025) Robert Semple. Dos viajes por España en 1805 y 1809 (2025) El Camí Real de Barcelona a Vic (2025) Primera edición, 2024 Segunda edición, 2025 https://ub.academia.edu/FrancescCosta https://archive.org/details/@francesc_costa https://zenodo.org/communities/fco/?page=1&size=20 Sumario La Senda y su Rumor El barón en la ciudad 9 En el camino, con Darnius 21 Seguir a Jouvin 37 Indagando Alcocer 51 Salses, su entorno 63 A poc a poc, per Gualba 67 Donde caerse muertos 71 Viaje al absolutismo 81 Caminos que Fueron Bernardín Martín. Viaje a España (1669-1670) 89 Joseph Hager. Viaje de Viena a Madrid (1790) 105 Carl Friedrich Jariges. Por Galicia y Cataluña (1802) 137 Alexander Slidell Mackenzie. El Desierto de Córdoba (1827) 145 Samuel Edward Cook. Por tierras de Asturias (1831-1832) 157 Ramón de Mesonero Romanos. De un diario de viaje (1833) 167 Charles Furne. La aventura de dos amigos (1834) 189 Stendhal. Viaje a Barcelona (1837) 259 Carl Otto Ludwig von Arnim. Entra en España (1841) 267 Francisco Pi y Margall. Paisajes catalanes (1842) 275 Francis Chenevix Trench. Roncesvalles y el Portillón (1844) 285 Jean-Antoine Chanony. Cruzando la sierra del Cadí (1851) 299 Alfonso Pérez Nieva. De León a Oviedo en tren (1855) 317 Francisco de P. Madrazo. Con el ferrocarril a Mataró (1858) 333 José M. Camper. Ruta manchega (1859) 339 Pedro Paz Soldán y Unanue. Un peruano por España (1859) 351 Emilio Castelar. Recuerdos de Elda (1879) 365 Edward Thomas. Sobre caminos y senderos (1913) 381 Documentación 393 La Senda y su Rumor 8 9 El barón en la ciudad Retablo animado de gentes laboriosas que viven cerca del mar, en este siglo amable, confiado, de guerras remotas ya olvidadas y guerras desconocidas en el horizonte; fresco coral del espíritu compartido; sinfonía donde cada nombre —eco de labor, pena, anhelo— resuena en el tapiz temporal de la ciudad; memoria, conciencia alejada de la anécdota. El barón, por calles y recuerdos, el tenue hilo que conecta la trama de una humanidad esforzada y sensible; concurso de vidas que se entrelazan compartiendo la sombra de una vid, el murmullo de una procesión, el crujido de un muro; una identidad común, tejida de humildad y firmeza, de costumbres elevadas a ritos. Late una forma de eternidad en lo invisible de vidas pequeñas, en la mirada que se proyecta en el tiempo. Este retablo es una meditación sobre lo que deja huella, la fragilidad de los vínculos: la mujer que borda con la hija, el carpintero que construye un piano, el correo que cruza los caminos mientras alguien lo espera en la otra punta del día. Y un hombre, testigo del tiempo que se guarda en las voces, en las casas, en los rostros, en los silencios, lo anota todo, para resistir al olvido. La calesa del barón de Maldá se acerca, cansado de las sacudidas de la calzada áspera, cruza a vado una riera intensa, a veces seca, a veces mortal; azul del cielo, olas mediterráneas, vergeles como jardines, tantas naranjas, este huerto de los Llauder, delicioso oasis de palmeras; vida agra- 16 muy acreditada que dirige Ildefonso, el padre, casado con Rosa Lluy, con sus hijos Agustín y José. El barón no se priva de visitarlos para conversar; de hecho, pasa por allí cada día, mientras trabajan, comen o cenan, paciencia tiene esta gente con el noble que los importuna. Ahora vemos al cabeza de familia horneando con una pala de hierro rosquillas y mostachones y otra mercancía de muy buen despacho; a Agustín sudando haciendo girar la piedra para moler el chocolate y en su cara se lee el esfuerzo por lo encendida, y si no era esa faena, la de hornear rosquillas. José, vestía la ropa ordinaria, chaleco rojo con mangas y pedazos amarillos, redecilla negra en la cabeza y gorra roja, calzas largas, pierna desnuda y zapatos en los pies con hebillas redondas de latón. Los hijos, montan mesas en la calle para vender pastas; el barón los encuentra en la plazuela al lado de la parroquia, con dos tableros de bizcochos, rosquillas azucaradas y otras golosinas, género de buen despacho, vendiendo a cuantos tenían ganas de comprar, y muchos cuartos y ochavos, mezclada alguna media peseta. José, ahora compuesto con camisa con botones de plata ochavados y hebillas de plata en los zapatos, le enseña dibujos de algunos barcos, con sus árboles, jarcias, junto a los tres santos reyes pintados. Caminos que llevan a Mariano Moner, el correo oficial, hombre de bella razón y acogedor, vive la familia en la Rambla, frente a la cruz de Ramis, con Teresa y los hijos Feliciana y Miguel. Lo encuentra en la entrada de la casa, con su mujer, que trabaja puntas, como si hiciese cuadrillos o bordase medias de seda blanca; después de un rato de charla, se despide hasta otra ocasión. La pequeña, que también cose, había terminado de tomar baños de nueve 17 días por causa de algún dolor, y ya se encontraba bien, quedando aún el cubo en un rincón de la entrada. Miguel trabaja de dorador, plateando, o mejor dicho, bruñendo unos montantes de cama para un señor militar. Cuando regresa de visita hay novedad, el hijo ha marchado a Veracruz como tantos, o a Montevideo, a la aventura, admiración del barón, estos jóvenes que piensan muy poco en hacer tales viajes en alta mar. Con los Moner vive Rosa Balançó y sus hijas Semproniana y Teresa, que hacen puntas sentadas al lado de su madre, con jubón rojo y manga de camisa; tiene un hijo zapatero en América y la mayor se casa con un marinero llamado Félix Fontanils. Muchos navegantes encontramos en las notas del barón, en esta población donde tantos viven y trabajan de cara al mar, no pudiendo, aunque quieran, gastar alegría hoy en día muchas de estas mujeres casadas, por lo que no ganan, y con el susto de que los ingleses los aborden y les quiten todo, con riesgo de hacerlos prisioneros, en una guerra que no termina. Las caminatas también le acercan a la vida del espíritu; ya de buena mañana a la iglesia de Santa Anna a misa, pero también en los conventos y en Santa María, a rezar; y no ahorra el rosario antes de comer en casa de las buenas viudas, donde a veces pasa la noche. Nos detenemos aquí, donde vive la abuela Josefa Castellar, alma de un grupo de faldas de todas las edades; se casó con el marinero Pedro Costa y tuvieron dos hijos, Olegario y Lorenzo, y a esta familia la hemos visto viviendo de alquiler en distintos sitios: en la Rambla, justo enfrente de la cruz de Ramis, en la calle de San Juan, también en la de la Merced. 18 El hilo invisible de las mujeres que sostiene el día. Los hombres no están en casa: horas en el campo, pescadores lejanos, marineros americanos; ellas, atentas, están aquí, entre paredes y calles, van al mercado, preparan la comida, hacen brillar la ropa, cuidan de los hijos y los defienden del llanto. Las encontramos reunidas, hablando divertidas, cómplices de la vida, de los desvelos; refugio de la amistad, de las enfermedades, un sueldo ganado con el arte de las puntas. Las jóvenes con jubón y manga corta paseándose; cuántas mujeres y muchachas bonitas, agraciadas y feas; cuántas casadas y viudas; cuántas se afanan en los umbrales, en los rincones de las casas, en las calles, bordando, hilvanando el tiempo, cuántas caminan por diligencias, con el peso del mundo, este hilo. Hablo de esta gente, de Josefa, de sus dos hijos, Olegario y Lorenzo, el primero casa con Sibina, y el segundo con Teresa Balançó, marineros que dejarán viudas a sus esposas. De las hijas de Teresa, María Esperanza, que casó con Feliciano Riera, otro hombre de mar que llegó a ser piloto; de Madrona Albiá, que enviudó y sacó adelante a sus tres hijos; de Semproniana, que casó con un calafate; de Francisca, viuda del marinero Pedro Martí; de María Teresa Pou, que perdió a su marido Salvador Andreu, también marinero, y de niña trabajó de cocinera en la casa del barón; y de José, que regresa de un largo viaje a Honduras en las Indias, vestido como los marineros, con su pañuelo blanco en la cabeza, que le hacía parecer aún más moreno, aunque ya de por sí lo era, como muchos que pasan la vida en el mar. Atentos a las historias que se funden en esta representación de vida local; y adiós con Mariana Prat, conocida como la Xargas, nodriza que había sido de la here- 19 dera Cantallops. Seguir las calles, abrir puertas de casas ordenadas, con el limonero en el jardín, donde mi abuela me sonreía; mirada lenta, dilatada, junto al amigo don Rafael, barón curioso, recogiendo fragmentos de vida antigua que guardan para siempre las letras de su retablo. 20 21 En el camino, con Darnius Con el conde, la jornada de Àger a Tremp pasando por el desfiladero de Terradets, si los puentes aguantaran. Hacia las casas de Sant Just, sobre una colina, ahora sólo paredes en medio de la espesura, sendero impreciso. Detengámonos, que aquí hay ruinas, sombras, que todo ha desaparecido, vamos a encontrar tantas en esta tierra postergada, vacía de los que la habitaban, el grande naufragio que se extiende en lo agreste, bajo la maleza que esconde muros desmenuzados, y a veces indagando encuentro los restos del horno, tenacidad del trigo para resistir en lo adverso. Serán puentes, aldeas, hogares, iglesias, bancales abandonados, desoladas laderas de piedras acopiadas con esfuerzo. Hacia Santa Linya deberá ir el viajero, bajando por un arroyo que conduce al lugar, y hacia el puente de Monclús. Nos detenemos, porque el conde se equivoca, le han dado indicaciones erróneas, de hecho no conoce el entorno porque no ha pisado todas las rutas que escribe, y el trayecto no tiene sentido. El arroyo ha de ser el Barrancot, y después toca subir y bajar algunas lomas intensas, que Santa Linya está lejos, pero es que cuando llega tiene que volver atrás hasta encontrar el puente señalado. Ahora, Monclús es un vecindario perdido al este de Sant Joan de Fontdepou, en un valle espeso, bajo la sierra del mismo nombre, frente al embalse de Camarasa, paisaje salvaje, hondonada, aquí la naturaleza decide, y recortes de un castillo de 22 frontera, donde se luchó por la tierra contra las huestes sarracenas, pero las casas las derribó un terremoto el siglo catorce, abandono de gentes a la fortuna. El puente de Monclús para cruzar el Noguera, río de miedo en invierno, de paso obligado, medieval tránsito, que reedificaron en 1724 abonando el coste las aldeas vecinas, con derecho a pontaje, para resarcirse, y ahora piedras bajo el agua. Batallas cuando la guerra de Sucesión y en tiempos carlistas, lugar valioso, clave, cruzarlo hacia el molino del Coix, harina de pan y hacienda pingüe del feudal, quizás quedan restos entre matorrales, solitaria geografía que el viento conoce. El mapa que el conde publica en 1726 señala la parte estrecha del desfiladero de Terradets, camino mínimo entre acantilados, muros y arcos afirmados en las paredes, los soldados de uno en uno, paso a paso, vigilar las caballerías, descalabros, peligros. Darnius, señala los cuatro puentes del desfiladero, uno antes de alcanzar el lugar, el ya nombrado de Monclús, después de Sant Oïsme «pasa el segundo puente, y siguiendo la orilla del río pasa el tercer puente, y se va siguiendo hasta un mesón dicho de Aloy, donde vuelve a pasar el río con otra puente; los puentes de los Terradets son destruidos y eran de madera». Antiguos, de piedra arruinada, se utilizaban los estribos para apoyar tablones arriesgados. Al presente observarás, caminante, restos de los puentes medievales de piedra, de los de madera, ni las astillas. A finales del siglo diecinueve el conde de Saint Saud conoce este lugar anclado en el tiempo, «En aval du pont de Montclus, le rio entre dans une gorge si étroite que l'œil humain ne peut en sonder la profondeur. Il est 3 23 heures quand nous abordons le défilé des Terradets, par où la Noguera s'est frayé un passage entre les rochers du Monsech central ou d'Ager et du Monsech de Rubies. Il nous faut près de deux heures et demie pour le suivre et, réellement, je suis émerveillé de cette fissure qui ne laisse place qu'à la rivière, car le chemin muletier est souvent gagné sur la roche. Au milieu le pont des Terradets fait passer de la rive gauche aval à celle de droite amont, et certainement c'est là la plus belle partie de ce cañon étroit dont les assises calcaires, colorées par un soleil au déclin, revêtent une couleur que la pureté du ciel d'Espagne contribue à faire valoir». A la salida del desfiladero, las casas de Cellers a la izquierda, y el hostal de Eloi, al que llegaban gentes cansadas y asustadas después del trance mineral, ahora las cucharas y los fogones bajo las aguas del pantano de Terradets. Volvemos a detenernos, para presentar a dos personajes que han escrito de caminos, crónica de Ambrosio Borsano, ingeniero militar que visita Cataluña en los años ochenta del siglo diecisiete, también la visita Francisco de Zamora, funcionario real, en los años ochenta, pero del siglo dieciocho, y la crónica del conde de Darnius se sitúa en medio. Los dos personajes también los encontramos en el entorno del río Noguera, y tampoco pueden pasar por el desfiladero de Terradets; seguirán la ruta medieval que cruza el Montsec por el collado de Ares, «empezamos a subir el monte por un camino bien malo y pelado», dice Zamora, hacia San Esteban de la Sarga y Tremp. Otro viajero, Voyer de Paulmy, escribe, «Col d’Arrés trés praticable pour les chevaux se passage est sur le Montsec qui est une montagne fort connuë elle forme une chesne de plus 24 de dix lieues de longueur, le nom de Montsec lui est bien aproprié, elle est fort aride, et l’on ni trouve que tres peu de fontaines». Una de estas fuentes ahora se llama del Hospital, cerca del collado, memoria del asilo medieval de Sant Joan de Jerusalem, desaparecido, piedras, refugio de tantos que padecían el invierno en estas soledades. Seguir a Darnius, a quien hemos abandonado a la Salida del desfiladero, y hacia Tremp, por camino pacífico. La Guardia, pueblo cerrado, tres puertas que nadie atranca de noche, abuelos que cuentan cosas de sus abuelos, calles estrechas, dovelas, casas de señores, aquí todavía se puede apreciar la vida que ha pasado. Puigcercós, en lo alto de una colina, que la naturaleza trágica hundió; un viajero, antes del derrumbe definitivo, explica que «se verifica un extraño fenómeno geológico repítanse con frecuencia palpitaciones del terreno acompañadas de ruidos subterráneos, que han producido grandes hundimientos y amenazan con la ruina del pueblo, porque (según opinan los ingenieros que le han reconocido) “está construido sobre un depósito de gases comprimidos, que pueden estallar de un momento a otro”. La mayor parte de los habitantes continúan en la población por carecer de recursos para sustentarse, y muchas mujeres, durante la noche se dirigen a la inmediata población de Palau, llevándose las ropas más preciadas, y regresan a sus hogares por el día, creyendo sencillamente que sólo de noche existe el peligro». Palau acogía a la gente, altura sobre el barranco del río, cuatro casas cerradas y rezar en San Antolín. Tremp, escribe Zamora, «está rodeada en parte de murallas con torres fuertes que se van ya arruinando». 25 A Balaguer desde Àger, que Borsano conoce «cercada de muralla mui fuerte, con sus torres a la antigua, y tenía un castillo o roca mui bueno». Hacia mediodía el camino es ordenado, salva los Aspres, despoblado medieval y ancha tierra de secano, detenerse en el monasterio de Santa Maria de Bellpuig de les Avellanes, noticia de las primeras paredes del siglo doce, y aquí quisieron ser enterrados los condes de Urgell, «per la humilitat i pobresa de aquest lloc». Escribe Zamora, que «en parte es el antiguo palacio de los condes de Urgell que lo empezaron con magnificencia y no se concluyó». Por el camino a Gerb, casas bajo un peñasco que amenaza con desgajarse, gentes atemorizadas por el peligro. Pero he de subir a la Penya del Espígol, historia de un caballero principal, «lo suelen llamar Ermengaudo de Gerp por un castillo que deste nombre tuvo en frontera junto a Balaguer. Fue muy señalado príncipe y ganó muchos lugares de moros en la ribera de Segre, y entre ellos la ciudad de Balaguer». Adalid que Víctor Balaguer en tiempos románticos imaginó, «Armengol el de Gerp, llenas de tus hazañas corrieron un día las leyendas. De las orillas del Sió y del Segre arrojaste las muslímicas lunas, y en Linyola, en Guisona, en Sanahuja, en las almenas de Gerp y en las murallas de Balaguer, la mora, clavaste tu pendón y dejaste inserito tu nombre para memoria eterna. Armengol el de Gerp, glorioso linaje de águilas montañesas dejaste tu. Siempre siguieron tu ejemplo los tuyos. Siempre a punto, en cualquiera ocasión, a todas horas, el grito de guerra hallaba a los Armengoles con el pié en el estribo, la mano en la espada, y los ojos fijos en la frontera de los sarracenos. Por ti poseyeron los tuyos a Balaguer que ufana 32 El bosque de Comiols, enorme, espeso, cerrado, primigenio, admiración y susto de los que pasaban, leyendas había, aquí también, de un feudal que lo reclama a la bruja de Anya, para encerrar a su hermosa hija, blanca como la nieve, para que el sol no la estropee. No es Birnam, pero también se movió, y para desaparecer. Me inquieta tanta tenacidad arbórea desvanecida, conozco el lugar y busco su memoria en los papeles. En las cárceles del monasterio de Poblet, año 1571, han encerrado al bandolero gascón Joan Bidet, que con su cuadrilla «mataren, nafraren, desafiaren» y «ha comès molts delictes, cadascun d'ells suficient per a pena de mort», y «al bosc de Comiols, ha robat moltes vegades». Es de 1604 el suceso que protagonizó Juan N., «furto viginti palliorum de pastor, et octo solidorum ... in loco dicto lo Bosc de Comiols», lo condenaron «quod fustigaretur, bullatetur et relegaretur in insulam», o sea, a ser desterrado en una isla, pero antes deshonrado y bullatetur, concepto que nos edifica el Glossarium mediae et infimae latinitatis de Domino du Cange, «ferro candenti reos inurere». Honofre Manescal en 1597 habla de los grandes bosques de Catalunya, y entre ellos el de Comiols. Y Estevan de Corbera en 1678 escribe, «Está Cataluña tan llena de varios árboles que toda ella se puede dezir una floresta, pues entre los riscos secos y pelados de los montes los ay en grandíssima abundancia, y con todo tiene algunos bosques que por grandes y ásperos se les da nombre en particular entre los demás. Estos son los bosques de Comiols, de Poblet, de Ancosa, de Conisch, de GravaIosa, de Malatosquera, de Valldaura, de Montalegre, de San Gerónimo, de Valfornés, del Molar, de Tortosa, y otros muchos por 33 extremo provechosos por la madera que dellos se saca para las fábricas de casas y navíos, y por la leña con que cotidianamente se repara la neçessidad común». Desgracia del padre fray Francisco Oliver, «al llegar al bosque de Comiols, le assaltó con tal vigor el mal y dolor de gota a los pies que le derribó al suelo dexándole impossibilitado de tenerse en pie y dar un passo». Y las guerras, batallas en tiempos de la de Sucesión cuando «el general Estaing penetraba el bosque de Comiols», y victoria carlista a mediados del siglo diecinueve, «s’entra en l’abans feréstec bosc de Comiols, lloc cèlebre per la vergonyosa desfeta de la columna d'en López Clarós per lo cabecilla Borges, en temps de la guerra dels matiners, i que avui és un camí relativament segur». En esta página Valentí Almirall ya señala el ocaso del bosque, notas posteriores indican a los carboneros como responsables de su destrucción. Volvamos al recorrido, por la Casa Gran de Folquer, hostal, dueños de la tierra, y Artur Young lo conoce, «bajamos, durante dos horas y media, por una montaña baldía cubierta de arbustos y de robles perennes, y debajo los restos ciertos de bancales que antiguamente se habían cultivado, ahora invadidos por malas hierbas. Hacia Folquer, donde nos detenemos a pasar la noche en un mesón mantenido por un gran campesino, y nos encontramos, en España, con un alojamiento tolerable». Comiols, abandonado en lo alto de una cresta de piedra, balcón, viejas paredes, viejo castillo mínimo, vieja iglesia resucitada. Guarda el aliento de los tiempos de peligro, aquí la villa es cerrada por los acantilados. Voyer de Paulmy escribe, «formant un quarre long, qui est inacecssible presque dans 34 tout son pourtour, et lón ne peut y arriver que par un petit chemin quón a pratiqué». He recorrido estas ruinas, península al viento. La ruta desciende, hacia la Mare de Déu del Bonrepòs, trozos de ermita románica, donde, perdido en el bosque, se durmió un príncipe cazador y la virgen le hizo de almohada. Hospital de viajeros de este camino de tránsito, en esta vida, y en la otra, también. Quan ens tregui, sens demora, la mort d'eixa vall de plors: O Verge de Bon-Repòs, sigueu nostra Protectora. Por caminos de ganado bajo riscos, barrancos y sierras, cruzar arroyos, la llanada del histórico hostal Roig, auxilio de viandantes, extensión del valle de Barcedana amparado por la sierra de los Obacs y el Montsec de Rúbies, por los lugares de Mata-Solana y de la Ferrería, reparo de cabalgaduras. Ya en tierra llana encontraré Conques, y me acerco a Figuerola d’Orcau, gentes de apellido Albert la habitaron, familiares de mi abuela Maria nacieron en este pueblo, Pedro, que a mediados de siglo diecisiete casó con Juana y después de la boda se trasladaron a Vilassar de Dalt. Si paseas por sus calles visita el cementerio donde las piedras fúnebres conservan la memoria de esta estirpe. Cercano Orcau, escribe Arthur Young en 1787, que «es una aldea pobre, y como en todas partes, en el primer piso hay siempre un establo, que se limpia no más de una o dos veces al año, cuando los campos están preparados para recibir el 35 estiércol. Ya se puede pensar, pues, los deliciosos efluvios que llegan al resto de la casa, así, subiendo a la cocina y a las habitaciones, se encuentra una variedad de esencias ofensivas que forman combinaciones suficientes para desconcertar el análisis del más hábil de los filósofos aéreos». Darnius vio pueblos sin esperanza salidos de una guerra devastadora; no sabía que en pocas décadas adelantarían, en trigos, aceite, ganados, siglo dieciocho afortunado que los dinteles de tantas casas recuerdan. Pero ahora en mi viaje por los recorridos que dibuja el conde habita el abandono, en pueblos sin almas, lugares arruinados, renuncia al arado, viaje sin retorno. El final en Montesquiu, un buen lugar, en una colina bajo la sierra de Sant Corneli y el pantano de Sant Antoni en el horizonte. Hoy 25 de mayo no acudirán los vecinos en procesión a la cercana ermita de Sant Serni, decoración barroca de artista aldeano, y bailar tonadas. En la cumbre, donde Jan Antoni, casa de gentes prósperas con molino de aceite, la techumbre resiste frente a la iglesia, espadaña sin campanas y los huesos esparcidos, sepulcros abatidos sin piedad. Calles imposibles, zarzas, maleza de primavera en este año generoso en lluvias, y el horno, donde los vecinos atienden. Pueblos que se han desvanecido y otros en frágil equilibrio. En mis andanzas reconozco estos lugares de casas cerradas, calles decaídas, nadie en lo antiguo, callejones estrechos donde solo sobrevive la historia, los vecinos han huido hacia los arrabales luminosos. En Calaf el diccionario de Pascual Madoz, de mediados de siglo diecinueve, reconoce cien casas recluidas dentro de una muralla con cinco puertas. Ahora sin muralla, soportales en la plaza, dovelas, imagen de San Pedro, entornos de la iglesia, donde 36 lo antiguo se confunde con lo viejo. Quisiera entrar en uno de estos hogares que deshabitan, y por el cristal alcanzo desamparos, la jornada final, lejos de donde suceden las cosas, pero «el mercat de Calaf havia sigut altre temps un dels mercats més importants de Catalunya». Baroja acerca el descalabro de las ciudades medias, «los que han conocido los pueblos españoles después de la emigración de las aldeas y los campos a las grandes urbes no pueden figurarse claramente lo que era una ciudad pequeña a principios del siglo XIX. En nuestro país y en esta época los pueblos chicos se sentían más fuertes que hoy, tenían una vida relativamente más rica que las grandes ciudades». Desde Dusfort observo Calaf, bruma en la distancia. 37 Seguir a Jouvin Va a salir de la gran ciudad, Segovia es destino, cruza la sierra, visita los lugares de placer de los reyes, el Pardo, bosque de gamos que el monarca acecha; la Zarzuela, jardines y agua que fluye; país que riega el Manzanares; «camino del Guadarrama, nieve fina de febrero, y a la orilla de la tarde, el pino verde en el viento»; zona de paso desde tiempos romanos, ruta de comercio, cañada de ganados; con la construcción de palacios en ambos lados de la sierra, nobles personajes conocerán el tránsito abrupto, se ensanchan los caminos y las aldeas mínimas se acomodan a gentes ostentosas. La ruta encuentra los lugares de las Rozas, Torrelodones, Collado Villalba, el pueblo de Guadarrama y al otro lado de la sierra las ciudades de Segovia y Valladolid. Para acortarla y acercarse al Escorial se construye un puente sobre el río Guadarrama, que llamarán Nuevo o de Herrera, por el arquitecto que lo diseñó. Torrelodones se convierte en importante encuentro de caminos donde se asientan grandes mesones, entre ellos el de Baños donde Felipe II descansa antes de llegar a su palacio; y en Galapagar se hizo construir la Veleta, una casa de reposo. En algún momento se volvió a acortar la ruta hacia el Escorial por la Cañada Real de Merinas, las Rozas y Colmenarejo, y cruzar el río Guadarrama por un puente; el de Retamar se construyó el siglo dieciocho sobre las ruinas del anterior. 38 El viajero Albert Jouvin de Rochefor está a las puertas de Madrid, es el año 1670. Por Aravaca, cruza el Manzanares por el puente Verde de piedra, hacia la aldea de las Rozas, entorno labrado, de campesinos esforzados, cerca los restos monumentales –que el francés no vio– de un sueño imposible de Carlos III, el canal para unir los ríos Guadarrama y Manzanares con el Tajo, puerta de Madrid al Atlántico por Lisboa. Pero aquí, de mares son los viñedos, estas extensiones sin fin, esta riqueza primera. Jouvin se dirige a las montañas inmediatas, en el horizonte, y va a encontrar el lugar de Colmenarejo, solo cuatro cobijos, moradas donde de antiguo se refugiaban los pastores que descendían del norte por las cañadas reales y la alta sierra, hacia este país de grandes dehesas, pastos y beneficio de rebaños. El Escorial es pueblo, la senda que vigilan los árboles y conduce al monasterio de San Lorenzo, asombrosa obra que emprendió Felipe II, bosques llenos de animales de cacería de todas clases, para colmar la mesa real. Por el cordel de Valladolid se dirige al pueblo de Guadarrama divisando grandes rebaños de ciervos, muchos caballos, vacas, tantos bueyes, conejos, en un país donde se suceden los manantiales, agua que surge de las montañas. Por el camino encuentra un arriero que le desea larga vida, «viva uste mile annos y más». Acercarse, antes de seguir el paso de Jouvin, a los trayectos que cruzan las cumbres; el árabe de la Tablada, el romano de la Fuenfría. Guadarrama, alto de invierno sólido, sombras y silencio, hilos inciertos entre pinares espectrales, reino de lobos y niebla, el secreto de las edades, y escribe el buen ar- 39 cipreste que consideró su final en el puerto de la Tablada, en día aciago, áspero, cuando las nieves. Ençima del puerto coydé ser muerto de nieve e de frío e d'ese rosío e de grand' elada. Tiempo del rey Alfonso XI. «El monte del puerto de la Tablada et el puerto de la Fuent Fría es todo un monte, et es bueno de oso, et de puerco en ivierno, et aun en verano. Et son las vocerías, la una desde el comienzo del puerto de la Tablada arriba, fasta encima de la cumbre: et la otra desde encima de la cumbre fasta el puerto de la Fuent Fria: et la otra desde encima de la Fuent Fria por el collado Lamienta fasta encina de Peña Caballera, et la otra desde Peña Caballera fasta collado Albo. Et son las armadas, la una en el Guijo, et la otra a los Poyales; et la otra en Nava la Yegua». Es la Tablada camino para carruajes, su trazado permitía el paso de mercancías en las estaciones apacibles; noticia de un viajero que contrata ocho bueyes para tirar de sus carrozas por la senda escabrosa, destino a Segovia. Pero era más popular, si atendemos a las crónicas, el puerto de la Fuenfría. Ascender la montaña entre tantos manantiales de agua, pinos y abetos, frondoso paraje. Una columna con una cruz, rezos para obtener indulgencias, donde se descubría la llanura infinita de Castilla la Vieja. Tras el puerto se encuentra una fuente muy fría, la llama- 40 rán Fonfría, y de su agua bebió siempre el rey Felipe II, por consejo de sus médicos. El arcipreste conoce el lugar. Tornéme para mi tierra donde a tercer día, más non vin por Lozoya, que joyas non traía, cuidé ir por el Puerto que diçen la Fuenfría, herré todo el camino como quien non sabía. Jouvin cruza la sierra de Guadarrama por la Tablada, «en la parte más alta de las montañas hay unas columnas de piedra que marcan el camino y guían a los que pasan por el lugar cuando está cubierto de nieve. La bajada, entre rocas y guijarros, es tan mala que no se puede recorrer mucho camino sin atender al caballo». Nieve, peligro e industria, que se almacena en pozos para llevarla a pueblos y ciudades, a la Corte, para refrescar el vino y otros menesteres. Tránsito de personas y los nobles en verano se dirigen a Segovia por aquí, y los reyes a sus palacios. En la frondosidad y a resguardo del viento, una venta era auxilio de caminantes, donde Cervantes sitúa el nacimiento del pícaro Rinconete, «soy natural de la Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por él de contino pasan». Para allanar el viaje se abrió un nuevo camino al sur del puerto de la Tablada, presidido por la estatua de un león, con este rótulo, «Fernando VI, padre de la patria hizo el camino para ambas Castillas por encima de los montes en el año de nuestra salvación 1749 y IV de su reinado», el puerto del León. Más al norte otro camino, incierto, precario, cruzaba el puerto de Navacerrada, camino de mulas y hospedaje pobre hasta que en el siglo dieciocho, 41 se adecuó una calzada para facilitar a los reyes y la nobleza el acceso de Madrid al palacio de la Granja de San Ildefonso. Ha pasado lo agreste, y debajo de la montaña el viajero va a seguir un cordel y el curso del río Moros que ampara dos ventas, auxilio de los que atraviesan la sierra. De la Campanilla, que aún persiste el nombre del lugar, cuentan que en las noches y días de niebla el sonido de una campana movida por el viento era guía para viajeros desorientados. La venta de Cornejo, cerca de donde la Cañada Real Leonesa encuentra el río Moros, y en medio de un inmenso pinar, es tan antigua que el arcipreste ya conoció el lugar, «lunes antes del alba començé mi camino, fallé çerca el Cornejo, do tajava un pino». Siguiendo cordeles recala en la venta de Herreros, en un entorno de minas y fundiciones que conocieron los romanos; es Ferreros, despoblado y ruinas que Jouvin puede ver cercano a Otero en el viaje a la Losa, recuerdo de una población medieval desaparecida, iglesia románica de San Pedro, y pocas casas situadas al lado del camino de Segovia, de gente que vive del ganado lanar que recorre la Cañada Real Soriana. En sus aledaños, el rey Felipe V mandó construir la famosa Casa de Esquileo, llamada de Santillana, lugar de paso de las ovejas que en este lugar dejaban la lana, la mejor de España, que se reparte por toda Europa. Rebaños que cubren los caminos siguiendo los pastos; en verano, dehesas de las montañas de León, de Cuenca, de Aragón; en invierno, cinco millones de ovejas inician el viaje a lo templado, la Mancha, Extremadura y Andalucía; y se quedaba la sierra triste y oscura, triste y callada. 48 Grande ciudad, bellas casas, mercados, palacios, jardines, y en el del rey una máquina en forma de bomba sube las aguas del río Pisuerga para alimentar el vergel. Cuando el viajero Richard Twiss llega al lugar, «cerca de la puerta por la que entré vi la cabeza de un hombre adherida a un palo, y debajo, clavados, un brazo, el hombro y parte de las costillas. Era pedazos del cuerpo de un asesino, y estaban muy cerca del camino. Era bastante reciente, porque su barba continuaba creciendo, y el conjunto presentaba un espectáculo horrible». A la salida de Valladolid por la Cañada Real Leonesa Oriental una llanura inmensa y arenosa acerca al viajero al pueblo de Cabezón, donde hay un castillo al que los grandes señores solían enviar a sus servidores cuando los querían relegar, y allí eran decapitados. Cruza por un puente de piedra el río Pisuerga y va a seguir el río algunos kilómetros por un ancho valle sin árboles pero bastante bien cultivado, con el inconveniente de tener que cruzar el río varias veces. Sale al encuentro el monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos y pronto la venta Triguera o quizás llamada de Trigueros, al lado de la cañada y a la altura de Cubillas de Santa Marta. Duerme en buena cama pero la cena fue decepcionante porque al ser día de abstinencia tuvo que comer lo que llaman cosa del sábado aunque no son muy escrupulosos y contenía carne. Y por un muy deleitoso bosque de muchas arboledas y lindísimas frescuras por el estío llega a Dueñas, con un castillo desamparado y un bello puente de piedra de seis arcos sobre el Pisuerga, pero hace siglos que desapareció por los cambios de cauce del río, y cubrió su función una barca. 49 Pero Jouvin se dirige al norte y va a cruzar el río Carrión por un puente cercano a la venta y monasterio de San Isidro, pronto un importante cruce de caminos, donde se sitúa desde tiempos la venta de Baños. Sigue hacia Magaz en un entorno de lugares de pasto y viñedos, y por una llanura deshabitada hasta Torquemada, con su gran puente de piedra sobre el Pisuerga, más viñedos y acompañado del río Arlanzón hasta Quintana del Puente, donde lo cruza por el puente que da nombre al lugar. Cerca, la venta del Moral, famosa y lugar poco recomendable porqué aquí se reúnen los ladrones de los alrededores. Situada en la confluencia de los ríos Arlanza y Arlanzón, bajo el cerro del mismo nombre, ahora un despoblado con el monasterio de San Salvador. Más ventas, la de Revilla y la del Pozo o Malfas; encuentra Villanueva de las Carretas y Celada del Camino, cruza un río pequeño, el Hormazuela, cerca de Estépar, por el río Arlanzón sobre un gran puente y lo contorna hacia Buniel. Sigue a Quintanilla de las Carretas y Burgos, antes por el hospital del Rey, refugio de peregrinos de la ruta jacobea, frente al monasterio de las Huelgas; y volverá a cruzar el Arlanzón por el puente de los Malatos, cercano a un hospital de leprosos, con un bello jardín. Burgos, donde se ordena la vieja Castilla, encerrada en una doble muralla, calles estrechas y desordenadas, notable la que conducen al mercado de trigo en la plaza de la Llana y a la huerta del Rey, con una gran alberca y bella fuente. En una plaza porticada residen los grandes mercaderes, y también la adorna una gran alberca, porqué esta es una ciudad de agua en tantos lugares, y hostales en los aledaños de la muralla, con servicio de mulas para Madrid 50 y otros lugares de España. Pero en tiempos azarosos, la señora Holland conoce este mundo que vive de la labor del campo, derrotado, gentes al albur de los dones del cielo. «Los campesinos, antes de los últimos años de escasez, tenían una vida regalada. Su dieta consistía en sopa por la mañana, hecha de pan, aceite, ajo, sal y agua. Pan, cebollas y vino a la mitad del día, y su olla por la noche, en la que ponían cerdo, res y cordero, y según la estación del año, garbanzos, calabazas y repollo». Dejamos a Jouvin en su recorrido por lugares sorprendentes. 51 Indagando Alcocer Escuchar las voces de Miguel Lloret, Nicolás Buades, Jerónima Losano y Blas Pico es imposible, ni sus huesos resisten los seis siglos que han pasado desde mediados del diecisiete cuando vivían en Alcocer, donde el río Albaida besa el Júcar, en el trencall. A estas gentes las encaminaron a un pequeño pueblo de casas vacías para llenarlo de la vida arrebatada por la fuerza a sus antiguos moradores, vecinos seculares, moriscos enviados a morir al otro lado del mar Mediterráneo. La geografía y la insensatez jugó con las gentes que se establecieron en esta llanada aluvial, fértil por el agua y criminal por el agua, donde el río ordena la vida. Casas sin nombre y un día una alquería nacida del trabajo que se llamará el Alcázar en árabe, porqué de esta lengua eran los que la levantaron en la balansiyana tierra. Siglos de recolección y esfuerzo, comer y reír el viernes, en un entorno habitado por la feracidad del suelo y gentes laboriosas. Cercana, en la otra orilla del Júcar, la alquería de Paixarella, otro santuario del trabajo áspero. Hasta que un día se aproximan las huestes de Jaime I, el rey de Aragón. Es a mediados del siglo trece el primer contacto de los aldeanos musulmanes con los inmediatos amos de la tierra, que una cabalgada de ciento treinta caballeros, ciento cincuenta almogávares y mil doscientos peones se acerca por la ribera del río Júcar para acarrear provisiones y prisioneros. Con la sorpresa de la noche y el coraje se 52 hacen con gran cantidad de trigo y gallinas. «Al atravesar por Alcocer, unos doscientos de nuestros acemileros dirigiéronse a esta villa, y a pesar de los sarracenos, nos trajeron botín», cuenta la crónica del rey. Correrías de nobles aragoneses, llegan los feudales, siglo trece de violencias y en 1244 Jaime I creó el señorío y baronía de Alberique, formada por este lugar y los pueblos de Alazquer, Alcocer, Gabarda, territorios ahora propiedad de señores cristianos, el término, la jurisdicción, los vasallos. Acomodo en la paz, y su historia se desvanece en tiempos de trabajo campesino anónimo, y la madera de las montañas que se trasporta por el Júcar hacia Játiva, y por mar a Valencia; en el entorno de Alcocer, término fiscal, se rinde el recuento y se separa la que corresponde al rey. La guerra de las Germanías, año 1522, trastorna este pequeño núcleo rural habitado solo por moriscos, que defendieron a sus feudales contra la sedición y fueron derrotados. Los rebeldes incendian algunas casas, y los agermanados que dirigía el Encubierto, obligan a los musulmanes a bautizarse para incrementar sus tropas, que se rebelan en defensa de su religión. «Estando en Fontinent, paresció al virey mejorar el negocio. En passar el exército a Montesa, llegado a Montesa, supo que los de Algezira movían contra Alberic y Alcocer. El virey passó el río y fue a socorrer y defender aquellas tierras. Estando el virey en esto, muchos soldados, a la fama que papa Adriano estava en Tortosa y quería embarcarse para Roma, se fueron del real y marcharon para Tortosa, a los quales el papa mandó ásperamente despedir, mandándoles bolver a servir al rey y al virey. Y ansí huvieron de tornar, pero no al virey, por miedo que tuvieron, sino que se entraron en Algezira. 53 Entonces los de Xátiva y Algezira acordaron sallir a quemar Alberic y Alcocer, y de hecho quemaron muchas casas y mataron al capitán Ribes, vizcaíno, que el marqués tenía con 600 soldados de guarnición en Alberic. El virey havía sallido de Montosa con 600 infantes y 150 de cavallo para socorrer Alberic. Quando llegó en Alcocer ordenó su gente y los enemigos no lo esperaron. Aposentóse el virey en Alberic donde estuvo algunos días. En este medio, vino a Carlet el arzobispo de Sanctiago, de la familia de Fonseca, el qual hizo saber al virey cómo papa Adriano le embiava para tractar con los de la Germania que se reduizessen a la obediencia del rey y que se assentasse un buen medio de paz en el reino». La guerra ha terminado derrotados los rebeldes, y un tiempo después los inquisidores ordenan a un fraile visitador recorrer el territorio para instruir en la fe cristiana y advertir de lo que no se ajusta a lo prescrito. Señalará la persistencia de las costumbres vedadas: «En el lugar de Alberique e Alcocer e todas esas varonias de al derredor. An sido públicas las carnicerias en dias de viernes y todos los dias vedados por la Santa Madre Yglesia; y en todos estos lugares an trabajado todos los domyngos y fiestas, publycamente. En Alcoçer y Alberique han çircunçidado muchos niños y hecho sus çerimonias morischas. Los que an çircunçidado en Alcocer y Alberich son: Axer Cotrell y el barbero de la valle de Andina». Y llegará el final de una historia de siglos, el 22 de octubre de 1609 los moriscos de Alcocer, de Alberique y de tantos lugares colindantes, son forzados a embarcar en dirección a Orán. Damián Fonseca que lo presenció, explica la desgracia de los expatriados, ya en territorio africano, 54 donde sufrirán persecución y muerte en manos de los alarbes, gentes también musulmanas. Lo leemos en su «Justa expulsión de los moriscos de España. Con la instrucción, apostasía, y traición dellos». «Y aunque el salir de España era forçoso, el ir a Berberia era voluntario, y en mi presencia preguntava el maestre de campo general don Agustín Mexia a los síndicos de los lugares a donde querían que los llevassen, que eligiesen la tierra que más les contentasse, como no fuesse los estados del rey, que a ella los passarían, porque esse era el orden que tenían de su magestad. Y a los de Alberique y Alcocer persuadimos apretadamente que se fuessen a otros estados de príncipes christianos, y no huvo remedio, sino que quisieron passar a Argel. Atestiguaron muchos de los que les vieron desembarcar, que llegados a tierra assi la besavan, como nosotros los umbrales de los templos de San Pedro y San Pablo. Los de Alberique, y Alcocer, entre los quales yva un morisco muy rico llamado Alami Delascar, llegaron à Oran, donde compraron cavallos, y escopetas, y se partieron para Tremecen con alguna gente de guarda, salieron tras ellos los alarves, y por ser estos muchos, y ellos pocos, aunque llevavan algunas armas, se hizieron fuertes en un monte, y juntos en consejo, resolvieron que pues los enemigos solo buscavan el dinero, y que sería posible, que por quitarsele, los matassen; que mejor era dexarlo en aquel monte, como el elefante, que se quiebra los colmillos, y el castor que se quita los genitales con los dientes, y los dexa a los caçadores, que andan tras matarlos por razón dellos. Hizieron pues un hoyo en el monte, en el qual escondieron el dinero que llevavan. No consintió el Alami en este acuerdo, diziendo que quería morir 55 con su dinero, aunque dio la vasija de plata que llevava, por ser de mayor estorvo, la qual echaron en el hoyo con lo demás, y cubriendolo bien de tierra, hizieron fuego encima, para dexar con esto señal del dinero que allí quedava; apenas acabavan de partirse, quando acudieron los alarves, tentando con las lanças en todas partes, y viendo en aquella la tierra movida, cavaron y descubrieron el tesoro que buscavan, pero como tenían noticia que aquellos moriscos eran ricos, no quedaron del todo satisfechos, y corriendo tras ellos los fueron persiguiendo, hasta que se persuadieron que era aquel el depósito común de todos, y así los dexaron pasar, salvando Alami su dinero». Donde Gaspar Escolano vio que «la mucha seda y arroz que lleva todo su campo haze riquísimos igualmente al señor y vasallos», ahora son lugares despoblados, aldeas vacías, campos sin arar, pero pronto llegará un grupo de cristianos a reanudar la vida bajo el duque del Infantado, el feudal a quien el rey Felipe III reparó de sus pérdidas con grandes licencias de derechos y de tierras sobre «todas las tierras cultivadas e incultas, plantadas de árboles, de cualquier género, las que antes de dicha expulsión tenían y poseían y tuvieron y poseyeron los moros, sus súbditos y vasallos, vecinos de dichas baronías de Alberich, Alcocer, Alasquer y Gabarda, hasta el día de la expulsión de ellos en el realengo o términos de su ciudad de Xátiva y de las villas de Alcira y Villanueva de Castellón, con todos sus derechos y pertenencias, cargas y derechos de responder, que al rey y a la Real Curia, después de dicha expulsión en fuerza de la aplicación hecha por el mismo rey, sobrevinieron a la Corona». 56 En 1612 el duque concede carta de población a los lugares de sus baronías. En Alberique a 165 pobladores, 45 en Alasquer, 47 en Alcocer y 26 en Gabarda. «Cada casa pagará al año 50 sueldos en la fiesta de San Juan, 3 dineros por hanegada de regadío y medio dinero por las de secano, y 5 sueldos por las que estuviesen plantadas de forrajes. De los olivos, algarrobos, encinas, nogales, almendros tributaran un cuarto; de la morera, igualmente, un cuarto; de la higuera, un quinto, de la vid, un séptimo, en vino o pasa. De los cereales y legumbres, un quinto si están en tierra de huerta y un octavo en secano; del arroz, un sexto. Previamente, antes de efectuar la partición, deberán separar el diezmo y primicia perteneciente a la Iglesia y el terciodiezmo del señor feudal». Deudas de campesinos, rosegas, que el feudal no perdona, tiempos felices y tiempos de hambrunas, de plagas de langostas, epidemias, bandoleros y jóvenes que abandonan el lugar reclamados por el rey para las guerras. Caerá sobre los lugareños otra guerra, de Sucesión, y los vecinos de Alcocer pasan a Alberique refugio en tiempos aciagos. Vida ignorada, lugar mínimo que poco trasciende, pero un informe del Ayuntamiento de Alberique del año 1771 enumera la religiosidad del lugar, de las cofradías del Santísimo Sacramento, del Rosario, fiestas de San Lorenzo, de la Asunción, de San Roque, del Rosario, populares en las calles en honor a sus patronos, procesiones, ermitas, fuegos de artificio. En el cercano Alcocer todo es exiguo: «En esta iglesia se hace fiesta a San Juan Bautista y el Corpus Christi, a San Andom y San Senent y San Roque, por nombramiento de unos a otros festexos, las quales son voluntarias en hacerse y de pura devoción, 57 que el gasto de cada una de ellas en lo que toca a Iglesia es de una libra quatro sueldos, y en lo que respetta a exterioridades y fuegos artificiales, que solo se hacen en la de San Juan y el Corpus, será su coste de unas quatro a cinco libras, y esto en algunos años». Pero es preciso acercarse a Alcocer desde el agua que la destruyó, angustia que sobrellevaron generaciones, miedo con de la lluvia, Albaida y Júcar, ríos de muerte acechan en este lugar donde nadie sensato alzaría hogares. Desolación y vida precaria, destrucciones de 1328, 1406, 1473, 1517, 1559, 1571, 1632, 1647, 1775, 1785, tantas. Es el año 1517, triste 27 de septiembre, lo cuenta Gaspar Escolano, «el mesmo día vino el río Xucar tan crecido que derribó treynta y una casas del lugar de Sumacarcer, la metad de Gavarde; todo Alcocer (que no dexó en pie sino la casa del Señor, y cosa de siete de los vassallos) y se hundieron muchas en el arraval de Alzira. Ni hizo menos daño el barranco de Algemesí, pues se llevó de solo la villa de Carlete cien casas». Las gentes que resistieron se trasladaron a Alberique y la alquería de Paixarella desapareció para siempre. Recordaba Cavanilles que el río Albaida «en una de sus avenidas arrasó el lugar de Paixarella [1517], cubrió de tierra los cimientos de los edificios que había destruido, y dexó una llanura cultivada de tiempo inmemorial con el nombre de Pla de Paixarella, situada en el ángulo que forma el Xucar con el de Albayda. Así quedaron las cosas hasta 1785, quando saliendo con furia este río, como arrepentido de haber reducido a campos fértiles el antiguo lugar, destruyó 64 fundamente se ve el mar extendido por debajo. Por esto les pareció bien a los escritores griegos y también a los nuestros a causa de ignorar la verdad o por deseo de mentir, siendo conocedores de ella, contar a la posteridad que en esta región los peces se extraen de lo más profundo de la tierra porque, cuando vienen desde el mar hasta aquí, por estos agujeros, por un golpe de los pescadores, son sacados muertos». Ahora, llamada fuente Estramar, es la surgencia principal de las que desaguan la sierra freática de Corbières, habitada de cavidades, un mundo asombroso bajo el agua que aventureros tenaces exploran. Cercana, una obra imponente, el admirable castillo de Salses y una aldea inmediata de una sola calle, con posadas para los viajeros del camino real, que fueron frontera con Francia hasta el Tratado de los Pirineos de 1659, que otorgó el territorio a este país. Planicie española, codiciada por el enemigo francés, y que aparta de la península una sólida muralla de montañas. Ofensiva enraizada en los siglos, que ya conocieron las huestes galas que el papa envió en cruzadas contra Pedro el Grande, rey de Aragón, destruidas y masacradas en el collado de Panissars. Salses, castillo pretérito arrasado en 1496 y pronto colosal fortaleza que se construyó a impulsos del rey Fernando el Católico. Asalto y derrota francesa por la avanzada del imponente ejército español encabezado por el mismo rey. Antoine de Lalaing lo visita acabado de construir, «ubicado sobre pilares debido a los cursos de agua que descienden de las montañas», gruesas murallas, un gran torreón, habitaciones para albergar cien hombres de armas, doscientos jinetes y mil quinientos peones. «Il est sans trayson imprenable, et est indiciblement furny d'artilleries». 65 Capitulación de los franceses, que se rendirán el 6 de enero de 1639, «como estava pactado, salió de la fuerça Mosur de Espenan, su governador con quinientos soldados franceses buenos y trescientos de enfermos, que dijo havían muerto otros tantos y entregó el castillo a los dos generales de España el conde de Santa Coloma, virrey, y al marqués de Espinola de Balbases, y así se recuperó la fortaleza de Salsas por hambre, haviendo durado el sitio de 16 de setiembre hasta 6 de enero. Recuperó el rey las plaças de Cataluña quedando sus armas acreditadas y los catalanes en gran opinión de valerosos y fidelísimos por aver acudido a la defensa de su rey, con tan gran costa de los comunes y particulares, que no se lee que una provincia de sesenta leguas de pays haja levantada tanta gente a su costa». Tres años después, el final. En la pluma de Beaulie se conserva la memoria de la impresionante torre del homenaje, abatida. El viajero Jean Second pasa por el lugar: «Almorzamos cerca del castillo de Salses que los españoles mantienen bien defendido, tanto, que al encontrarse los extranjeros frente a esta fortaleza les produce gran desasosiego. Y si se demoran para contemplar los muros y los fosos, incluso sin mala intención, corren el peligroso riesgo de ser expulsados a golpes de bombarda, o mejor dicho, no solo ser perseguidos sino muertos, y terminar el viaje aquí». Barthelemy Joly escribe que la aldea tiene unas cien casas «y un monasterio de San Benito en el suburbio. Estuvimos alojados muy mal porque sólo hay un hostal, y eso es intencionado, porque no quieren que nadie se detenga». Camino hacia Rivesaltes, donde se franquea el río Agly por un puente medieval que vigilaba una guardia de fron- 66 teras dedicada a inspeccionar a los viajeros, una obra destruida, arrastrada tantas veces por espantosas avenidas. Bronseval conoció el «pons lapideus elegantissimus», pero François Bertaut y otros cruzan el río a vado o en barca. Una pequeña ciudad encerrada tras unas murallas que el rey Alfonso II de Aragón autorizó, donde unas cincuenta familias sufrieron las reiteradas ocupaciones francesas. Callejuelas estrechas recuerdan los tiempos antiguos, restos de cuatro torres, puertas de acceso al núcleo que alberga la iglesia de san Andrés, que en tiempos de Villuga era románica. Y Perpiñán, gran ciudad fortaleza, atravesada por el río Tet, habitada por unas tres mil familias, un puente de piedra que deshacían las avenidas, pórtico noble del Castellet para ingresar, sólidas murallas de cantería, escasos nobles la habitan, señalan los viajeros, lugar de comercio y negocio, antigua ambición francesa. El siglo dieciséis el monje Bronseval escribe, «por un valle llano, devastado por el diluvio, llegamos a la ciudad de Perpiñán, donde tuvimos que mostrar nuestra autorización para pasar a Francia. Fue examinada por los diputados de la villa, comprobando que era buena y la confirmaron con los cuños de sus cargos». Y los Pirineos, que hay que cruzar. 67 A poc a poc, per Gualba Aquí mana l'aigua, quan n'hi ha, que regalima del Montseny, de Santa Fe, daltabaix, gorgs i un salt en aquest país verd. Riera d'arbres llargs i tanta humitat que hi camino, però de viure-hi res de res, que els ossos pateixen en el sot enemic de la llum. L'amic Artur Osona passa un dia d'hivern de l'any 1882, pel «pintoresch poble cobert de verdura y brollant l'aygua per tot arreu», i s'atura a l'hostal d'en Pere de la Taberna, on «nos serviren un suculent dinar, no faltant'hi lo seu cafè». Pel camí de la riera, de tants colors que quan hi passo la primavera o la tardor sembla un altre mon, remor d’aigua i a veure el pont de Can Dragó, una obra de mèrit, sòlida; enrere, camí veí de la carretera dels cotxes, travessar la riera per un altre pont i un camp segat, ample panorama, mirada al Morou, d'esqueis, senda que he caminat cap a una altura decorada d’aquells arbres que no deixen passar la llum del sol. M'atura els passos la imatge lluent, que potser és la que va veure el pintor Mir d'un bonic entorn rural ple de carbasses, treball de pinzells i l'endemà quan hi torna el pagès les havia arrencades, a crits el criminal les va haver de tornar al seu lloc. De seguida el rec de l'Altra Banda, antiga xarxa de regadiu que travessa la contrada des del peu de les muntanyes. L’anirem trobant, i deixo el camí de les Carnisseries i enfilo una pujada suau, una alzina mana la terra i un pi l'acompanya. Al costat d’una caseta d’estiu giro la mirada a llevant, a les muntanyes que amaguen el mar, i a 68 trobar la ruïna de Can Puig, una ampla plana on es treballava quan els pagesos torçaven l'esquena i de tractor no en tenien. Les parets que les herbes decoren, la bassa amagada i baixar cap el torrent de Can Sivina, marges d’arrels a la vista, fresca matinera que ha plogut, i ample camí a la Casa Blanca i ara es diu en plural, arbres magnífics, teulada d'ombra l'estiu, i a tocar el safareig de roba bruta i l’aigua que alimenta el rec esmentat. Seguiré la ruta històrica d’anar a trobar el Camí Real de França, allà on hi la Tordera, entre cases modernes i un gos que em mira. Menjo alguna cosa als bancs de l'ermita de Sant Cristòfol, record medieval, ara anònima, reconstruïda tantes vegades. A dins hi ha enterrat el rector Josep Baborés, contra els gavatxos va lluitar i els liberals el varen matar, «morí fora de casa assassinat per los milicianos constitucionals lo dia 18 de setembre, any 1822», una crònica del temps diu que «fue fusilado el cura párroco de esta por una partida dependiente de la división del general Milans del Bosch». Parets d'un cementiri, als morts els vetllen arquitectures desemparades, enllà l'arbreda que acompanya la riera, m'hi acosto, pont i molí de farina de Can Figueres, ruïna i després fonts malmeses al parc. Toco el poble, acostant-me a la dita casa, medieval, parets sòlides, defensa de bandolers. Resar a l'església de Sant Vicenç pels germans Font, veïns d'aquí, males peces en temps de la carlinada, amagats en aquestes muntanyes sagrades –roures, alzines, pins– no varen estalviar maldats, assaltaven pagesos, els cremaven fins fer-los dir on tenien les unces, «le maltrataron, le tuvieron cosa de un cuarto de hora hasta que lo dejaron por muerto», i varen deixar l'ànima penjats a Barcelona, un dia de sol. Entro en 69 aquesta església de butxaca, a la paret un retaule de fa segles, colors vius, imatges que expliquen que un home parla a un rei que no li agrada el que escolta i el fa matar de mala manera, i tot acaba be perquè uns àngels el porten al cel. Tornaré, he tornat moltes vegades, i ara cap a l'Estanc de la Batllòria, on donen de menjar i m'agrada l'arròs del dimecres, i els fideus a la cassola. I la memòria de les passes d’un jove Francesc Pi i Margall que camina pel Vallès. «La noche se acerca a paso de carga. He llegado a descubrir la llanura de Monseny y en ella he visto sentada la villa de Gualba. Sus casas jalbegadas hasta el techo, su iglesia hasta el remate del campanario, han producido en mi una impresión estraña y fantástica». 70 71 Donde caerse muertos Un clérigo apartado del siglo, aldea en las estribaciones frías del Montseny, se encamina a su ciudad natal, mediterránea y vivaz, afanes marineros, rumor de telares, días de las santas patronas, famosa ocasión, cera ardiendo en los altares, y Manuel Camín Campllonch, vástago de una familia opulenta, altivo, desde el púlpito, altura magnífica sobre los congregados, proclama: «Mi cortedad todavía no versada en esta clase de piezas oratorias no podrá presentaros un discurso digno de vuestro gusto acostumbrado a tartamudear según las leyes de mi profesión con los idiotas del campo, no sabré hablar el idioma de los perfectos». Trabajar con las manos, esta aversión. Seguiré a los gallegos, navegantes de páramos, jornadas de afán, y «a pesar de que los habitantes de Castilla dependen de estas personas para su trabajo anual, los tratan como vagabundos, y los mantienen con el mayor desprecio». Con Alarcón, «el terreno decide del carácter de las razas: aguas y montes demarcan lo que considera su patria cada uno: quien dice montaña, dice frontera: el río se convierte en foso henchido de sangre cuando intenta pasarlo el extranjero: toda batalla tuvo por clave y objetivo la posesión o la conquista de un vado, de un desfiladero, de una eminencia. La historia es esclava de la geografía». Cruzo las parameras frías de Molina, la aridez inmisericorde de los Monegros, la tierra extrema y dura, alquerías, yermos. Escribe Landes que la geografía «enuncia una 72 verdad desagradable, esto es, que la naturaleza, como la vida, es injusta, desigual en sus dones; aún más, que la injusticia de la naturaleza no tiene fácil remedio». Ilustrado Martín Sarmiento, fraile alerta, siglo dieciocho mediado, sabe de otra geografía, que son «mui raros en Galicia los labradores propietarios que cultiven por sí y sus criados las tierras, y mezclándose el laberinto de foros y subforos, etc. los hemos de llamar parceros, o arrendatarios, sugetos antes a que los dueños de las pensiones los despojasen, o les subiesen a voluntad los arrendamientos, trabajan todo el año de Dios arando tierras y extirpando terrones, comiendo mal y viviendo peor, sin tener apenas un palmo de tierra en que caerse muertos». Por la España verde, relente maldito que cae del cielo, ondas do mar, tiempos de cautela, foráneos apresurados por aldeas imperceptibles, hórreos, cruceros, pallozas, y peregrinos con la luz del campo de estrellas vislumbrarán donde la tierra fine, camino de piedad. Tierra del apóstol, alivio de maíz y centeno, desheredados, consuelo de verzas y rezar, débitos, fatigas, y el destino a mediodía, tierras extrañas donde el sol acosa, gavilla rastreando labores y soldada, a estos celtas los vamos a encontrar de camino al trigo. Feijoo escribe que «es justo que cada uno trabaje en su patria hasta donde lleguen sus fuerzas. O los gallegos, que se esparcen por las Castillas, Navarra y Andalucía, tienen que trabajar en su tierra, o no. Si lo primero, trabájenla y no malbaraten el tiempo que consumen en vaguear de una parte a otra. Si lo segundo, hágase una extracción reglada de la gente pobre de Galicia que sobra para el cultivo de sus campos, y fórmense de ella algunas colonias en varias 73 partes de España donde hay grandes pedazos de tierra inculta por falta de labradores. Esto trahería juntamente la conveniencia de impedir en muchos montes y páramos la infestación de los ladrones. Buen exemplo de una y otra utilidad tenemos a la vista en el lugar de la Mudarra, sito entre Rioseco y Valladolid, que no sé porque accidente se formó a la entrada del monte de Torozos, de un puño de gallegos. Opondráseme lo primero que en algunos países no hay bastantes colonos para cultivar la tierra que posseen, y esto hace preciso traher jornaleros de afuera. Lo segundo, que aunque en otros hay jornaleros naturales de la Provincia, estos son más costosos que los gallegos, y cada particular tiene derecho para servirse del que lleva menos estipendio». Feijoo sabe del sufrimiento, azadón, raíces y piedras, tierra áspera que has de vencer, esfuerzo, labor exigua y «no hay gente más hambrienta, ni más desabrigada que los labradores. Cuatro trapos cubren sus carnes; o mejor diré que por las muchas roturas que tienen, las descubren. La habitación está igualmente rota, que el vestido, de modo que el viento y la lluvia se entran en ella como por su casa. Su alimento es un poco de pan negro, acompañado, o de algún lacticinio, o alguna legumbre vil; pero todo en tan escasa cantidad, que hay quienes apenas una vez en la vida se levantan saciados de la mesa». Samuel Johnson, de mirada atenta, recorre Escocia, verdes, lo abrupto, clanes que la espada ha civilizado, y otro paisaje de dolor, de pobreza infinita, «familias consumidas, campesinos laboriosos que viven en cabañas miserables, que les brindan poco más que cobijo de las tormentas, un pueblo analfabeto, cuyo vida es una serie de an- 80 81 Viaje al absolutismo El Trienio Liberal toca a su fin, los franceses van a entrar en España con un ingente ejército, lo llamaran de los Cien Mil Hijos de San Luis, y a su frente el duque de Angulema. Es el día 7 de abril de 1823, poco antes, el 20 de marzo el gobierno y las cortes se trasladan desde Madrid a Sevilla. El rey, obligado, forma parte de la comitiva, y escribe unas notas del viaje de las que reproduzco los lugares de paso. Ya en Cádiz y ante el avance de las tropas francesas el día 1 de octubre Fernando VII suspende la Constitución y declara ilegales todos los actos de gobierno y normas dispuestas por el gobierno liberal. Regresará a Madrid anotando también los lugares de paso, gloria de los serviles, lo de las cadenas, claro. El día 20 de marzo abandona Madrid cruzando los puentes de Segovia y de Toledo, obra barroca sobre el río Manzanares; por Getafe, Valdemoro, la casa de postas de San Juan de Espartinas, ahora un despoblado recuerdo de famosas salinas; Ciempozuelos, por el puente Largo cruza el río Jarama y por un puente de barcas el Tajo, llegando a su palacio de Aranjuez. El día 21 a Ocaña, la ermita del Rosario, cerca al pueblo de Dos Barrios, la Guardia, y noche en Tembleque. El día 22 por la venta de la Cañada de la Higuera, también llamada de Pando, casa de postas y parada de la diligencia, y noche en Madridejos. El día 23, por las famosas ventas de Puerto Lápice, «siguieron el camino 82 del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero», aquí la comitiva se aparta del camino real en dirección a las Labores, y noche en Villarrubia de los Ojos. El día 24 cruza el río Cigüela a vado, Ojos del Guadiana, río enamorado de la ninfa Ruidera, y cuando fue separado de ella, decidió esconderse bajo tierra de la tristeza; retoman el camino real, por la noche en Manzanares. El día 26 cruza el río Azuel por su puente, ermita de la Consolación, una ruina entre trigales, la venta de las Alverturas y su casa de postas, ya memoria, y la noche la pasará en Valdepeñas. El día cruza el río Jabalón por su puente, a Santa Cruz de Mudela, anota el paso por la venta del Judío, ni piedras de este lugar, y en Almuradiel se apartan del camino real para dirigirse al Viso del Marqués, noche en el asombroso palacio de Santa Cruz, «célebre por sus pinturas exquisitas»; aquí, en mitad de la nada, artistas italianos pintaron batallas navales, mapas, galeones y escudos, homenaje al que nunca perdió una batalla. El día 29 regreso al camino real y hacia Almuradiel, y en la Sierra Morena, encontrar la famosa venta de Cárdenas donde los franceses invasores sufrieron lo indecible; cruza el río Magaña por su puente, las Correderas, y a vado el arroyo del Rey; entornos del puerto de Despeñaperros, hacia Santa Elena, la venta Nueva, el lugar de las Navas de Tolosa, descalabro musulmán, gloria de los tres reyes, también llamado el Hospitalillo; la venta de Baeza y de noche a la Carolina. El día 31 por Carboneros, los Ríos, Guarromán, y noche en Bailén, descalabro del francés. 83 El día primero de abril cruza por un puente pequeño el río de las Piedras o de Rumblar, encuentra la Casa del Rey parada de postas y venta en medio de bosques, así llamada porqué Felipe IV se apeó para almorzar el día 16 de febrero de 1624; pernoctará don Fernando en Andújar El día 3 cruza el puente sobre el Guadalquivir, «la grande avenida que hubo en invierno se llevó dos ojos, y estaba compuesto provisionalmente»; lugar de Aldea del Río ahora realzada responde por Villa del Río, a Pedro Abad y noche en el Carpio. El día 4, por las ventas de Alcolea y cruza el Guadalquivir por el puente así llamado, «de 20 arcos, todo de mármol negro», donde su hija Isabel perderá la corona el año 1868, y noche en Córdoba. El día 7, cruza el Guadalquivir por el puente romano, hacia Mangonegro, venta y casa de postas desaparecida; por Aldea Quintana, la venta de la Monja o del Arrecife, también historia que un antiguo grabado recuerda; la Carlota, el puente sobre el río Genil y noche en Écija. El día 8 por la Luisiana, venta de la Monclova, entorno del castillo famoso del duque del Infantado, donde abandona el camino real hacia Fuentes de Andalucía, también llamado Fuentes de la Campana, donde pernocta. El 9 regreso al camino real cerca de la venta Nueva, y a la venta de la Portuguesa, dos lugares tan famosos y ahora olvido, cruza por un puente el río Corbones, larga ruta de la sierra de Ronda al Guadalquivir, y noche en Carmona. El día 10 por el Viso del Alcor, Mairena del Alcor, Alcalá de Guadaira o de los Panaderos, las concurridas ventas de Torre Blanca, y noche en Sevilla. 84 El día 12 de Sevilla a Alcalá de Guadaíra y noche en Utrera. El 13 cruza el río de las Peñuelas por su puente; la torre de Alocaz, restos almohades en un otero, la venta de San Antonio y casa de postas, desaparecida en un cruce de destinos, aquí donde la comitiva deja el camino real y noche en Lebrija. Se acerca el final del viaje, el día 14 regreso al camino real, venta y casa de postas del Cuervo, ahora notable población; Jerez de la Frontera y ascensión al puerto de montaña de Buenavista, un promontorio sobre Cádiz, panorama de la bahía, noche en Puerto de Santa María. El día 15 cruza el río Guadalete por el puente de barcas, el río San Pedro por otro puente de barcas, hacia Puerto Real, la famosa venta del Arrecife y el gran puente de Suazo, sobre el canal Sancti-Petri. El viajero Richard Twiss el año 1772 lo conoce recién reconstruido, de cinco arcos pequeños y aspecto sólido, fortificado y puerta de entrada a la Isla de León o San Fernando, donde gentes curiosas ven al monarca dirigirse Cádiz, su ciudad y prisión. El viaje de regreso a Madrid se dilata treinta y ocho días, de los que dieciséis son de trayecto por el camino real, esta vez sin rodeos, y los otros de estancia en algunas ciudades, singularmente Sevilla, para recibir adhesiones y contento. El 6 de octubre de Cádiz a Lebrija; el 7 a Utrera; el 8 por la venta de Eritaña a Sevilla; el 23 por Alcalá de Guadaíra a Carmona; el 24 por la Luisiana a Écija; el 25 por la Carlota a Córdoba; el 29 por la venta del Carpio a Aldea del Río; el 30 a Andújar; el 3 de noviembre a Bailén; el 4 a la Carolina; el 5 por la venta de Cárdenas a Santa Cruz de Mudela; el 6 a Valdepeñas; el 7 a Manzanares; el 8 por Villarta 85 de San Juan a Madridejos; el 10 a Tembleque; el 11 a Aranjuez; y el día 13, por Valdemoro, Pinto y la iglesia de Nuestra Señora de Atocha llega a Madrid. Viva el Rey. 86 87 Caminos que Fueron El caminante por montañas, ríos, ruinas, siglos de historia, de vidas perdidas, cada puente roto, cada iglesia, senderos de maleza, geografía animada, épica de hombre y paisaje, entre lo fugaz y lo perdurable, el lugar en la memoria del que mira, poética del eco, voces que resuenan habitadas de ausencias. 88 89 Bernardín Martín Viaje a España (1669-1670)1 Ese día [viernes 6 de diciembre de 1669], nos alojamos en Irún, la primera aldea dependiente de los españoles. Cruzamos el rio en este lugar, donde se encuentra la isla de los Faisanes, también conocida como de la Conferencia, actualmente llamada la isla de la Paz, por la que se acordó por parte de Francia con el Cardenal Mazarin y por parte de España con Don Luis de Haro. Desde esa noche comenzamos a experimentar las malas posadas de España, contraste grande y sorprendente de nuestras costumbres. El sábado 7, dejamos San Sebastián y Fuenterrabía a nuestra derecha, que vimos al pasar por caminos muy malos subiendo una montaña terrible llena de rocas. Todo el mundo montó en mulas y me sorprendió no caer cien veces de estos animales. Lo cierto es que si uno cayera en estos pasajes, sería difícil retornar. Después de caminar cuatro leguas por este mal camino, encontramos una aldea pequeña amurallada llamada Hernani, donde comimos. Por la tarde nos dirigimos al monte San Adrián, que es el camino más corto, pero como el carruaje no podía pasar, continuamos por el camino que Felipe IV tomó cuando vino a San Juan de Luz para la boda de su hija con Luís XIV, rey de Francia, lo llaman Camino Real. El resto del 1 Voyages faits en divers temps en Espagne en Portugal, en Allemagne, en France, et ailleurs. Par monsieurs M.*** [Bernardín Martín] (Amsterdam, 1700). 96 Carlos V le gustaba ir allí. Su iglesia catedral es hermosa. El río [Arlanza] pasa por el lugar y crece mucho cuando se derriten las nieves. Su puente está bien construido, pero hay que tener en cuenta que de todos los ríos de este país, excepto el Tajo y el Guadiana, de los que hablaré más adelante, ninguno es importante. Al dejar Burgos, nos encontramos con un terreno bastante malo, lleno de páramos y mucho menos poblado que el que habíamos cruzado. Solo encontramos un bosque de robles verdes bastante agradable, pero muy expuesto a los ladrones, y llegamos a Lerma al final del día. Esta ciudad pertenece al duque de Pastrana, también conocido como el Infantado, que fue nombrado mayordomo mayor de la reina después de la muerte del marqués de Aytona. [...] Volviendo a Lerma, se encuentra un castillo que parece de interés. El corregidor nos trató con mucha cortesía y se ofreció a escoltarnos en un caballo de quinientos escudos, porque recelábamos de los caminos que teníamos que cruzar, diciendo que los ladrones suelen reunirse allí cuando saben que va a pasar algún grupo importante, pero no encontramos a nadie, y hubiera sido necesario mucha gente para enfrentarnos en la disposición en que marchábamos. El domingo, después de haber celebrado la misa, partimos de este pequeño pueblo y pasamos tres leguas de bosques de robles verdes, cedros, enebros y otros tipos de árboles, que a pesar de la densa niebla y el frío, desprendían un gran y dulce olor. Luego entramos en una zona de páramos llenos de tomillo, lavanda, espliego, etc., y al final encontramos un pueblo llamado Mercadero [Gumiel de Mercado], donde comimos en una miserable taberna lo 97 que habíamos traído, ya que si no llevábamos provisiones, podríamos pasarlo mal. El paisaje que atravesamos esta tarde no me pareció mucho mejor que el de la mañana. Llegamos al anochecer a una ciudad bastante grande llamada Aranda, donde pasa el río Duero. Hay dos puentes bastante bien construidos. La posada era una de las mejores del camino, y en este lugar tuvimos que enviar el carruaje por el Camino Real, que es dos días más largo, y empezamos a aburrirnos. El lunes 16, nos pusimos en marcha hacia las ocho de la mañana, y noté que el paisaje estaba bastante cubierto de robles verdes, cedros y otros árboles, y por lo demás el terreno era bastante ingrato. Nos refrescamos de paso en un lugar llamado Honrubia [de la Cuesta], donde nos quedamos poco tiempo, por la tarde caminamos por una zona más cultivada y nos fuimos a dormir a Boceguillas, un pueblo situado en una hermosa llanura, donde la tierra es fértil y buena. Nos hubiéramos alojado mejor si no fuera por un grupo de frailes que al adelantarnos se apoderaron de lo mejor y más cómodo del aposento, ya que en España los religiosos son los amos y prevalecen en todas partes donde se encuentran. El martes 17, caminamos la mayor parte de la mañana por una llanura y luego por un bosque, que desemboca en un pequeño pueblo donde se cruza un hermoso arroyo. Más adelante encontramos la montaña de Somosierra, difícil e incómoda a lo largo de un extenso recorrido. En su salida hay un pueblo que lleva el mismo nombre, donde comimos con gran apetito después del cansancio de la travesía con nuestros mulos. Nunca en mi vida había comido tantos nabos, que los hacen con un sabor excelente, y tie- 98 nen gran reputación. También se dice que no hay ningún español que, al pasar por allí, si no tiene dinero no venda su capa para comer. Por la tarde bajamos la montaña a través de bosques que siguieron hasta Buitrago [de Lozoya], donde nos quedamos a dormir. El acceso a este lugar es detestable, hay que bajar una gran distancia entre rocas y subir de la misma manera para llegar a la posada situada en el suburbio, donde se está bastante bien. Es una ciudad pequeña con cierto grado de defensa, construida sobre la roca, y debajo pasa un arroyo. Está muy bien cerrada y revestida con algunas fortificaciones que podrían resistir durante algún tiempo. El miércoles 18, encontramos aún varias subidas y bajadas para llegar a comer a Cabanillas [de la Sierra], donde se encuentra la posta, de allí nos fuimos a dormir a San Agustín [del Guadalix], donde se está muy mal, aunque se sita a solo seis leguas de Madrid. En este lugar encontramos a una persona que el señor D.G. había enviado en posta desde Vitoria para prepararlo todo antes de su llegada, y que venía a asegurarle que encontraría dispuesta una casa tal como la deseaba. La tarde transcurrió escuchando a este hombre hablar de lo que sabía de Madrid. El jueves 19, el gran deseo que teníamos de llegar a esta capital nos hizo partir temprano. Recorrimos tres leguas por un país bastante estéril pero muy adecuado para la caza, y después encontramos Alcobendas, donde almorzamos para que descansaran nuestras monturas, y por la tarde, después de una hora de camino, divisamos Madrid [...]. Llegamos a Madrid muy contentos de encontrar sábanas blancas y buena comida para reanimarnos después 99 de catorce días de trayecto desde Bayona, que podrían haber aburrido incluso a gente más paciente que nosotros. [Sigue la descripción de Madrid] Regreso de Madrid a Paris. Después de haber vivido en Madrid durante mucho tiempo y haber terminado los asuntos por los que habíamos ido, partimos para regresar a Francia el 10 de septiembre de 1670, alrededor de las dos de la tarde, tomando una ruta diferente a la que habíamos venido, para poder ver el país. Nos alojamos a cuatro leguas de Madrid, en el camino hacia Alcalá de Henares, en un lugar llamado Torrejón [de Ardoz] donde tuvimos un mal alojamiento. También hay que decir que éramos un gran grupo y teníamos mucho equipaje, mulas, caballos, carruajes, sillas de ruedas, y todo eso hacía que no pudiéramos encontrar alojamiento cómodo en muchos lugares, por lo que sufrimos mucho. El 11, hasta Alcalá sigue un país bastante hermoso. Es una de las universidades más famosas de España, y la ciudad me pareció bastante bonita y bien ubicada. El río Henares pasa por allí, y los habitantes están cómodos debido a la cantidad de estudiantes que van a estudiar. No quisimos detenernos, y fuimos a almorzar a tres leguas, a un lugar llamado Marchamalo, después de haber dejado atrás varios pueblos buenos, incluyendo Alovera. Por la tarde continuamos nuevamente por un país hermoso y bueno, y nos alojamos en un pueblo pequeño llamado Yunquera [de Henares], donde nos separamos en varias casas. 100 El 12, fuimos a almorzar a una ciudad pequeña y bonita llamada Jadaraque, situada en un lugar muy agradable. Por la mañana atravesamos un país estéril y malo, y la tarde no fue menos aburrida en dirección a un pueblo malo llamado Rebollosa [de Jadraque] donde pasamos la noche. El 13, fuimos a almorzar a Baraona, que es un pueblo muy triste, y de ahí fuimos a dormir a Paredes [de Sigüenza],2 donde nos alojamos muy mal, aunque el señor del lugar envió algunas botellas de su vino, con mucha cortesía. El 14, caminamos cinco leguas a través de grandes campos despoblados para almorzar en un pueblo llamado Almenar [de Soria], ubicado en una región agrícola y en una llanura muy hermosa, similar a la de Beauce. Estuvimos a punto de ser maltratados por el descuido de la dueña de la posada donde nos hospedamos. Era una mujer astuta que afirmaba haber perdido dos servilletas y que nuestros sirvientes, a quienes siempre hemos estimado como muy leales, debían haberlas tomado. Para terminar la disputa, se le ofreció pagarle más de lo que valían, sin embargo, cuando llegó su bruto esposo dijo que no quería dinero y que quería recuperar sus servilletas, que habían escondido tan bien como si se tratara de un plato de plata, que nuestro oficial encontró. Este bribón, persistiendo en su insolencia, fue golpeado por uno de nuestros compañeros con algunos golpes de puño que lo dejaron en el suelo, dentro de un cuenco lleno de agua helada. Este miserable, 2 El autor confunde la secuencia de los lugares visitados, que ha de ser Paredes de Sigüenza, Baraona, Almazán y Almenar de Soria. 101 corrió inmediatamente a la iglesia para hacer sonar la campana de alarma, y en poco tiempo nos vimos rodeados por todos los habitantes armados, y listos para golpearnos. Pero el alcalde del lugar, al escuchar nuestras razones y la forma en que se había actuado, hizo que la chusma se retirara y reprendió severamente a esa mujer. Si no hubiéramos hablado con firmeza y resolución ante el alcalde, tal vez ninguno de nosotros habría regresado a Francia para contar la historia, ya que la costumbre del país es tocar la campana de parroquia en parroquia hasta que se captura a quienes quieren apresar; por lo tanto, podríamos decir que no tuvimos la desgracia de que todo ocurriera de esa manera. Esa noche llegamos a una ciudad pequeña y muy bonita llamada Almazán, que fue el mejor resguardo y el más agradable de todo el viaje, y tal vez de toda España. El río Duero pasa por allí y la región es muy hermosa. Ese día cruzamos grandes campos y algunos bosques de robles verdes. El conde y señor de ese lugar hace algún tiempo fue asesinado en un duelo frente al palacio de Madrid, a causa de una de las hijas de la reina, a quien cortejaba. Este pueblo me pareció tan acogedor y honesto que lamenté tener que dejarlo. El 15, después de recorrer cinco leguas de campo, nos encontramos con el puerto de Agreda, una pequeña ciudad situada al pie de algunas laderas. Es un paso vigilado, donde se paga la aduana. Esta ruta es más hermosa que la otra y se encuentran pueblos mejores y más poblados. Tuvimos que mostrar nuestros pasaportes al alcalde de este lugar y hacerle un presente para ganar tiempo, del que habría sido necesario emplear en examinarnos rigurosamen- 102 te. Estos señores siempre encuentran alguna oportunidad para sacar algo de los transeúntes, y esto le agradó y nos visitó cortésmente. Incluso nos dio dos guardias a caballo para llevarnos a tres leguas, donde también hay funcionarios que tienen derecho a registrar y que son reputados como gente baja que con este pretexto roban a los pobres pasajeros. En España, llaman puertos a estos lugares cerrados por montañas. Muchos pobres auverneses, que van a Madrid y otros lugares para ganarse la vida transportando agua y cargas, estaban allí para pasar con nosotros y me dieron varios paquetitos de oro para que los guardara hasta nuestra frontera. La tarde transcurrió tratando de salir de caminos bastante malos que se encuentran entre dos montañas y que conducen a Cientrúenigo, donde llegamos al anochecer, un lugar rodeado de olivares y viñedos. El 16, entramos en Navarra, dejando a nuestra izquierda una pequeña ciudad bastante bonita [Alfaro]. Este país me pareció muy hermoso y tiene cierta similitud con nuestras campiñas de Languedoc. Por la mañana, después de recorrer unas cuatro leguas, cruzamos el río Ebro en un lugar llamado Cadreita. Los pasajeros me dijeron que había un puerto a tres leguas de allí. También cruzamos un río bastante hermoso llamado Aragón. A un tiro de mosquete de este paso, nos encontramos con Marcilla, que es una ciudad pequeña bastante bonita donde ese día había una feria. Allí almorzamos y nos entretuvo la cantidad de gente que se veía en sus avenidas, incluso había varios comerciantes franceses haciendo negocios. En este lugar comenzamos a percibir un poco la cercanía de Francia y a ser bien tratados. Continuamos el resto del día a lo largo 103 de cuatro leguas por un camino de páramos y llegamos a Tafalla, que es una ciudad pequeña muy bonita y universidad de Navarra, y se puede ver a muchos jóvenes estudiando. Los españoles, a causa del colegio, la llaman La Flor de Navarra. Antes de entrar a Tafalla, encontramos a la derecha una ciudad pequeña llamada Olite, situada en la orilla del pequeño río Cidacos. Toda esta región es un gran viñedo muy bueno. El 17, fuimos a almorzar a Pamplona, la capital de Navarra. Al llegar, hicimos un cumplido al virrey, que envió a uno de sus oficiales para hacer también sus cortesías, disculpándose por no poder estar presente debido a una indisposición. Esta ciudad es bastante importante y tiene una buena ciudadela con siete baluartes. Observé que desde Madrid hasta Pamplona las mujeres se peinan de diferentes maneras, y en los límites del reino de Aragón por donde pasé, hacen un moño con su cabello en la parte de atrás de la cabeza, como solían hacer las damiselas en Francia. Las mujeres de Navarra tienen una estatura más alta, son más elegantes y están mucho mejor formadas que las de Castilla. Ese día salimos de Pamplona para alojarnos en Ostiz, que está a dos leguas de distancia, donde se encuentra un camino y un alojamiento muy malos. El 18, comenzamos a adentrarnos en montañas muy grandes y espantosas. A pesar de eso, logramos recorrer siete leguas durante la mañana y almorzamos en Elizondo, que está en Vizcaya, donde disfruté mucho viendo saltar a los niños de esa región. Los habitantes son personas ligeras y flexibles, altas, rectas, trabajadores decididos, limpios y cultivan bien sus tierras. Nos alegró acercarnos desde este lugar a nuestra patria. Llegamos bastante tarde al pu- 104 erto Maya, una pequeña ciudad donde hay una brigada que custodia este paso como la puerta de este país y tiene derecho a registrar a los que van y vienen. El camino desde Elizondo a Maya es muy difícil, y aunque solo son tres leguas nunca he hecho un camino tan aburrido. El 19, saliendo de Maya pasamos nuevamente por montañas y caminos muy incómodos y estrechos, con precipicios a un lado y rocas escarpadas por encima, que se extienden hasta donde alcanza la vista. Después de caminar aproximadamente una hora y media, nuestro guía nos mostró en una colina los hitos que marcan la separación entre los reinos de Francia y España [Dancharinea], y después de recorrer tres leguas, llegamos a un pueblo llamado Aïnhoa. Es el primer lugar en Francia viniendo desde España por este lado, y tiene alrededor de doscientas casas. Me informé sobre cómo vivían con sus vecinos, y me dijeron que incluso durante la guerra entre las dos coronas, reinaba la tranquilidad entre ellos y comerciaban juntos de manera pacífica. 105 Joseph Hager Viaje de Viena a Madrid en 17903 Al fin se alcanza la frontera española. Un pequeño riachuelo separa la galante Francia de la devota España. A ambos lados hay guardias: con la escarapela nacional de este lado y con una cinta de color rojo intenso del otro. Aquí está la línea divisoria entre pensar con libertad y el sometimiento inquisitorial, entre el buen humor vivaz y la seriedad rígida, entre la ortodoxia y la burla religiosa. Un paso más. y se encuentran otras costumbres, otros conceptos, otras personas y otro mundo. «¡Su pasaporte, señor!», me preguntó el último francés, con la esperanza de atrapar quizás a algún aristócrata escapado del cadalso o a algún revolucionario culpable de no leer el periódico de la nación. «Aquí lo tiene, señor», y al ver decepcionada su expectativa, escucho su última palabra francesa: «pase». Una pequeña barca, como aquella en la que el viejo Caronte lleva las almas de los difuntos a través de la laguna Estigia, me lleva al país donde viven los Rolando y los Cid, y los Carpio y tantos otros hidalgos, caballeros distinguidos por gestas heroicas y caballerescas: donde nacieron Pizarro, Cortés, Calderón y Cervantes; tierra célebre por Aníbal, Numancia y Sagunto, por visigodos y sarracenos. 3 Joseph Hager, Reise von Wien nach Madrit im Jahre 1790, Berlin, 1792. Crónica del viaje desde su entrada en España. 112 rente. Casas muy sencillas, comunes, sin ningún adorno, a menudo miserables y bajas; en todas las ventanas, sin excepción grandes balcones toscos de hierro, como en Burgos y Valladolid; hombres envueltos en mantos marrones, con la redecilla negra sobre el cabello sin empolvar, y el gran sombrero de tres picos en la cabeza; las mujeres vestidas invariablemente y de manera uniforme, con sayas negras y velos blancos, como monjas; una de cada diez personas es un monje, o un presbítero con larga y sombría vestimenta y cabello negro como la pez; o un guardia de corps vestido de azul de la compañía española, flamenca o italiana. Esta es la fiel imagen de la entrada a Madrid. No se ven ni bonitos fiacres ni magníficos carruajes, solo unos pocos que ahora se están introduciendo; ni aglomeración de los que llegan y se van, ni tiendas brillantes, ni cafés, ni hoteles donde alojarse. Llenan toda la ciudad, coches anticuados enganchados a mulas perezosas; pequeños asnillos, que o bien transportan agua en vasijas de barro, o sobre los cuales un par de señoritas hacen su entrada; viejas calesas de dos ruedas tiradas por una mula, y guiadas lentamente por un español que camina delante; pobres ciegos que rasguean la guitarra desafinada en las esquinas de las calles, y viejas que les acompañan con voz monótona. Me acordé de mi Viena, a trescientas millas de distancia: el Kohlmarkt, el Graben y la Kärntnerstrasse, donde las carrozas doradas y las ruidosas diligencias postales se cruzan señorialmente; donde las lindas modas, y la vestimenta de buen gusto presentan al ojo un cuadro magnífico y siempre cambiante, y donde las tiendas y comercios, provistos en abundancia con todas las comodidades de la vi- 113 da, ¡casi no dejan ningún deseo por cumplir al corazón humano! Y a este pensamiento siguió el deseo de estar pronto de nuevo al otro lado de los Pirineos y los Alpes. Se llama Prado al famoso paseo de Madrid, el lugar favorito de los españoles; una palabra curiosa, pues se dice que ha recibido su nombre del Prater, el lugar favorito de los vieneses; sin embargo, el Prater de Viena es completamente diferente, mientras el español es un bosque extenso, donde uno puede mostrarse en público sin ninguna presión, o bien perderse y esconderse al instante, el Prater lo forman alamedas regulares y elegantes fuentes, que están flanqueadas a ambos lados por casas, a las que se dirigen todas las miradas. En el Prater se pueden conseguir todo tipo de bebidas y refrescos; en el Prado no hay más que agua fresca, para quien guste, a cambio de dinero; y en lugar de las numerosas carpas y bonitos pabellones del Prater, donde los grupos concertados celebran cenas amistosas, juegos y fiestas de placer, en el Prado no hay más que sencillos sillones de paja y bancos de piedra dispuestos para sentarse. Aquí tiene lugar en verano la reunión diaria del beau monde; aquí están las Tullerías españolas, el Park y el Vauxhall de Madrid. Mientras las damas de la nobleza pasean en coches que avanzan lentamente uno tras otro por la ancha alameda central, yendo y viniendo hasta veinte veces, las señoras de la clase media caminan a pie por las alamedas laterales, y tienen la deseada oportunidad de ser vistas por varones de todas las clases. Aquí se muestra la joven belleza española de ojos grandes y negros como el carbón, con una colorida redecilla entretejida con plata y gasa sobre el cabello rizado, y con el pie hermoso, que la 114 corta falda de seda negra descubre intencionadamente, acompañada por un caballero de negro y amarillo, siempre con la espada al costado, y el gran sombrero de tres picos en la cabeza. Su mirada de reojo al que pasa dice que no está para bromas. Allí va un Majo envuelto en su capa en pleno calor, y con la larga redecilla colgando sobre la cabeza; el estilete, que siempre lleva consigo bajo la capa, le asegura la posesión tranquila de su velada muchacha. Príncipes y ministros, oficiales y hombres de estado, el descendiente de Moctezuma y el virrey de México, el ex gobernador de Caracas, y el intrépido jefe de Escuadra se encuentran aquí en vistosa mezcla, entablan conversaciones amistosas y buscan en el Prado descanso de los negocios serios. Aquí es el punto de encuentro de la galantería española; aquí los Sylvios, Lindores y Celestinas, dan material para novelas y relatos cortos que se representan en los escenarios y sirven a otros de entretenimiento.8 Pero pronto se abre otra escena. ¡El rey!, llega el rey. Dos guardias de corps a caballo se acercan al galope; les siguen a corta distancia otros dos, y detrás de ellos un caballerizo mayor; a continuación viene el propio rey, completamente solo, en una calesa abierta de dos asientos, tirada por seiscaballos bayos, que él mismo conduce; junto a él cabalgan dos de los suyos vestidos con ricos uniformes azules con plata y oro. El propio rey, de gran estatura, apuesto y afable, saluda a todos muy amistosamente al pasar; detrás de él sigue una multitud de guardias a caballo, con uniforme azul con plata y bandolera roja, verde o 8 Sylvios, Lindores y Celestinas: Nombres que evocan personajes arquetípicos de la literatura, asociados al amor, la galantería y la intriga. 115 amarilla; tres coches de estilo español antiguo, cada uno tirado por seis mulas, le siguen a toda velocidad, y cierran todo el cortejo. Con el mismo séquito sigue poco después la reina, el joven príncipe de Asturias, la hermana del rey, o las dos jóvenes princesas; cada uno con su propio carruaje y el mismo acompañamiento. A las cuatro de la tarde, pero en los meses de mayor calor a las siete, se abren ambos escenarios españoles, el Coliseo del Príncipe y el Coliseo de la Cruz. Una multitud de gente común, exclusivamente hombres, en su mayoría envueltos en capas marrones con la redecilla negra sobre el cabello negro azabache, llena el patio o platea común; fuman con pipas de tabaco de papel, exhalando humo de papel y tabaco al mismo tiempo; y así obligan, además de porque no hay asientos en el patio, a elegir la luneta o la platea noble. De ambos lugares están excluidas las mujeres, que deben sentarse juntas, solas y tristes, en la galería trasera, completamente abierta, adonde ningún hombre puede entrar, envueltas en velos blancos hasta en tiempo de calor, y vestidas con faldas negras. ¡Es un espectáculo extraño! Se cree, al mirar hacia atrás desde la luneta, ver un convento entero de monjas, de la orden de San Agustín, junto con la venerable madre superiora, reunidas. Ahora se levanta el telón. Pronto aparece un viejo sirviente con el rosario en la mano, reza un poco, se santigua con él y exclama: ¡Jesús o San Antonio o San Pascual!; luego viene un sacristán vestido con largas ropas clericales, con cuello, sobrepelliz y todo lo necesario, se mezcla descaradamente entre las ninfas del teatro y juega con ellas a los más graciosos enredos amorosos. Luego se ve aparecer 116 una joven muchacha animosa, vestida de abate, con el vestido corto y la pequeña capa negra; y como en España está prohibido a las mujeres llevar pantalones, se presenta con una falda negra de mujer desde medio cuerpo, mitad clérigo y mitad mujer. Aquí aparece una actriz, mitad general y mitad mujer, o mitad estadista; con la peluca de estado y el espadín, con el uniforme hasta medio cuerpo y con la falda de mujer en la otra mitad; allí un actor persigue a otro en broma hasta los palcos laterales, o se dirige él mismo a los palcos superiores, y habla y actúa desde allí hacia los demás actores del teatro: y todo esto es recibido con el más ruidoso aplauso. Pero poco después sigue otra escena. Una voz grita: ¡El Señor! El conde Almaviva y Fígaro (se representaba El Barbero de Sevilla), que estaban justo en el escenario, se arrodillaron ambos de cara al público; creí que querían pedir perdón por alguna falta, y en el primer momento quedé muy sorprendido. Pero enseguida noté que en todos los palcos sucedía lo mismo, y que toda la luneta y el patio se postraban de rodillas: rápidamente hice lo mismo; y cuando se abrieron las puertas del teatro, vi que todo esto sucedía porque llevaban la sagrada comunión a un enfermo. Después de algunos minutos, cuando el sacerdote regresó, una voz gritó de nuevo: ¡Dios! y se hizo lo mismo por segunda vez. Pero ahora viene una escena agradable, que también cautiva a los extranjeros. Una vez terminada la obra, a menudo se baila el hermoso fandango español o bolero, acompañado por el toque de la guitarra y el canto. ¡Una escena seductora! Aquí la muchacha española despliega todos los encantos de su figura, de su contorno y de su 117 vestimenta, mientras gira y contonea su esbelto cuerpo en todas las tiernas direcciones. El hermoso pie, que deja ver alternativamente en la danza; los dos brazos levantados, que mueve volátilmente de un lado a otro; las castañuelas repiqueteantes, que acompañan la música y marcan el ritmo con precisión; el amante opuesto, que armoniza con su bella mediante posturas uniformes y apasionadas, y danza y castañuelas, acercándose a ella unas veces, alejándose otras: todo esto compone una visión encantadora, por la que todo espectador se siente arrebatado. Así baila en oriente la joven esclava circasiana en presencia de su despótico sultán; sus encantos se apoderan del viejo; es invitada junto a él en el sofá dorado, y su suerte es envidiada por las demás deidades del harén. Ante la nueva y magnífica puerta de la ciudad, llamada Puerta de Alcalá, se alza a la izquierda un edificio esférico, revestido de tejas por fuera, pero por dentro ensamblado muy pobremente solo con vigas, de forma muy similar al anfiteatro de Viena, aunque más grande y espacioso, pero muy inferior a este en cuanto a comodidad y construcción. Aquí es donde tiene lugar el espectáculo favorito del pueblo español, las corridas de toros, o las corridas; dieciocho en total cada lunes en verano, tanto por la mañana como por la tarde. Una acción digna de verse, por mucho que haya sido denostada. Aquí es donde el coraje español, la destreza adquirida y el desprecio por el peligro se despliegan ante los ojos de una numerosa asamblea. La ceremonia com que se observa, el orden mantenido, el comportamiento del público, todo merece atención. Una vez que todo el pueblo se ha reunido y ha llegado la hora solemne, aparecen dos alguaciles españoles a caba- 118 llo, vestidos con traje español, con la espada antigua, con plumas en el sombrero y con capa corta, vestidos de negro; apartan a la gente que todavía pudiera encontrarse en el ruedo y ordenan a cada uno tomar su asiento. Les siguen dos picadores provistos de picas con grandes sombreros redondos, en vestimenta corta y ligera; a estos les sigue la cuadrilla de toreros, acostumbrados al peligro, todos con ricos trajes, llenos de determinación y actitud valerosa. Cierran la marcha los dos matadores provistos de muletas, los que deben matar a los toros. En este orden hacen el recorrido por todo el anfiteatro, saludan con orgullosa conciencia de su probada fuerza al público que les es favorable, y se inclinan respetuosamente ante el presidente que asiste a la lidia desde el palco principal. Una vez que toda esta comitiva se ha retirado, entran cinco personalidades del magistrado, con varas delgadas en la mano, como signo de su dignidad; se colocan en el centro del anfiteatro y permanecen en el lugar uno al lado del otro; el alguacil mayor se acerca, lee en su presencia el decreto real, que inculca una vez más al público el mantenimiento del buen orden y la calma, y una vez hecho esto, reaparecen los dos lanceros a caballo; el presidente arroja la llave desde el palco; la puerta se abre y aparece el toro andaluz. Todos los ojos están fijos en la bestia resoplante de venganza. El toro, atontado y aturdido, o se queda parado ante el picador que cabalga hacia él, o hace ademán de atacarlo y es rechazado sangrientamente por un fuerte puyazo en el cuello; o se abalanza imparable y con la mayor furia sobre el caballero, lo derriba a tierra, hurga con los cuernos en el vientre del caballo, le arranca con ímpetu las 119 entrañas una tras otra, lo deja muerto en el suelo, y así destroza media docena de caballos en pocos minutos. Esta es la primera escena de la lidia española. Una vez que ha terminado, vienen los toreros a pie, relevan a los picadores por un corto tiempo, y continúan la lidia. Con un tipo de dardos arrojadizos, con arpones, uno en cada mano, se dirigen con audacia hacia el toro que corre de un lado a otro; y en el instante en que baja la cabeza para cornearlos, le clavan ambas banderillas en la nuca; varias están rellenas de pólvora y se encienden mediante una mecha tan pronto como son clavadas; atormentan al toro y lo obligan a saltar como un gato. El toro, así enardecido, corre en el mayor desorden hacia los toreros dispersos alternativamente, salta a menudo sobre la primera barrera, donde se han refugiado, persigue a quien encuentra allí, y los obliga a abandonarla a toda prisa. Finalmente, se abre la última escena. El matador, o aquel que debe matar al toro, avanza en la plaza con la pequeña muleta en la mano izquierda y la espada desnuda en la derecha, se dirige directamente hacia el toro, ahora llevado a la máxima furia, le presenta la muleta ante los ojos con una mano y, mientras el toro inclina la cabeza para defenderse, le clava y hunde la hoja en la nuca con la otra, y lo derriba sin sentido al suelo; luego saca el acero ensangrentado de la nuca del enemigo abatido, hace una reverencia triunfal a todo el público y recibe un glorioso aplauso mediante una ovación general. Tres mulas adornadas con banderines están listas de inmediato para arrastrar a la víctima sacrificada. La sangre se cubre con arena, y por el otro lado aparece ya un nuevo toro para la lidia. 120 ¡Un espectáculo singular! A este caballo le brota la sangre del pecho como un manantial y cae al suelo; y aquel toro tiene todo el lomo cubierto de avena que poco antes estaba en el vientre del caballo, o corre todavía furioso por la plaza con la espada hasta la empuñadura en el cuerpo. Aquí se ve a un picador con la mano herida cabalgar valientemente sobre un caballo que tiene los ojos vendados y que arrastra las entrañas; allí a otro que sufre una fuerte contusión por el caballo que cae sobre él, o se rompe un brazo y una pierna, y ha de ser llevado desde el lugar de diversión al triste hospital. Si se pregunta por la lidia, cómo ha ido, responden: «Bueno; dos toreros heridos; un picador muerto; diez caballos matados». Si no sucede esto, se dice: «no valió nada». La gente se queja de la mala raza de los toros y vuelve a casa insatisfecha. En Madrid, entre los artículos dignos de verse, que despiertan la curiosidad de los extranjeros, se cuenta indiscutiblemente el nuevo palacio real. Aquí está la morada del poderoso rey, a quien pertenecen las minas de oro de Perú y las flotas de plata de la Habana; cuyo dominio se extiende desde Manila hasta California, y desde los Pirineos hasta las cordilleras. Una ancha escalera real, cuyo espacioso y alto techo resplandece con las más valiosas pinturas y oro, tan magnífica como si se ascendiera al cielo, conduce arriba a las habitaciones de este hijo terrenal de los dioses. Las puertas doradas se abren, y sobre un suelo de mármol floreado se entra en las estancias reales. Aquí me mostraron el apartamento del rey, y allí el de la reina o del joven príncipe de Asturias. En estas habitaciones murió Carlos Terce- 121 ro, el padre del rey; y en aquel lado vivió su hija, la actual emperatriz romana. Aquí está el trono sostenido por cuatro leones dorados, bajo el cual el monarca católico concede audiencia a los enviados de todas las potencias. Un sentimiento reverente me invade al contemplarlo. Toda la sala está adornada con bustos antiguos de César, Augusto, Tiberio y otros emperadores romanos; y esta es la mesa sobre la cual se firman con un trazo de pluma favores y sentencias de muerte, declaraciones de guerra y tratados de paz. En lugar de costosos tapices, las pinturas más artísticas adornan las paredes reales. Esta es el (Spasmo) Pasmo del inmortal Rafael, que costó tantos cientos de doblones; y aquella la famosa Natividad del Rafael alemán de nuestros tiempos. Estas pinturas son obras de Tiziano, Jordán, Velázquez, Spagnoletto, y esta imagen de la Virgen fue la última pintura de Mengs, sobre la cual la muerte lo arrebató. ¡Una vista magnífica! que por sí sola merece la pena de emprender un viaje a España. Pero poco después me mostraron uno igualmente magnífico: fui conducido al nuevo gabinete real de historia natural, y se presentó delante de mis ojos una colección que, por su riqueza, sus rarezas y la pulcritud con que se conserva, merece contarse entre las primerísimas de Europa. Una larga serie de grandes salas, donde en brillantes vitrinas y frascos todo se mantiene regiamente en el más hermoso orden. Grandes pepitas de oro de Potosí se encuentran junto a una cantidad de platino raro; numerosos diamantes de Brasil, y cristal español, tan bello como los diamantes; peces marinos exóticos, encontrados en medio de los Pirineos, y lava antiquísima de volcanes españoles extintos; papel de Asturias que no arde, y lienzo que se la- 128 Souci16 aún no están prohibidas, y mientras esto no suceda, pueden permanecer allí sin impedimento. Pero conservar en casa siquiera una obra ya prohibida mediante edictos fijados en todas las puertas de las iglesias es sumamente peligroso, pues si el Santo Tribunal se enterara a través de uno de sus familiares,17 entonces se diría: exurge domine, judica causam tuam; y uno podría trasladarse de su vivienda a la cárcel de la Inquisición. ¡Una estancia terrible! Donde el prisionero permanece sin comunicación alguna, y sus acusadores le son siempre desconocidos.18 Aquí no hay lugar para la apelación; aquí no protege la rectitud ni la buena conducta demostrada durante años: pues el hombre más honrado, si yerra en materia de religión, cae de inmediato en manos del Santo Oficio, al igual que el más vil malhechor. Y mientras que en otros tribunales los parientes o amigos intentan encubrir las faltas cometidas y ayudar al acusado, aquí, mediante el fingido temor de conciencia, se incita a la delación y al juramento arrancado por la fuerza del hijo contra el padre.19 16 Federico el Grande. 17 Nota del autor. Muchas veces, entre los confidentes se encuentran gente de la casa y sirvientes. 18 Nota del autor. Covarrubias, Máximas sobre recursos de fuerza y protección; Madrid 1788, tercera edición: un libro cuya publicación tuvo muchas dificultades y causó mucho revuelo en España. Al final se encuentra la famosa recopilación de las Instrucciones del oficio de la Santa Inquisición, hechas en Toledo en el año 1561. Luego, las disposiciones de José II en materias eclesiásticas. La respuesta del Príncipe Kaunitz al Cardenal Garampi, etc. 19 Nota del autor: Olavide reside en París, Rue Sainte Apolline, en un magnífico hotel, bajo el nombre de Conde de Pilo. Que todavía debe haber protestantes en Sierra Morena lo demuestra un artículo inser- 129 A pesar de todos los obstáculos por parte de la Inquisición, el buen rey y el sabio gobierno no escatiman esfuerzo ni gasto para fomentar cada vez más, tanto Madrid como la monarquía entera. El nuevo jardín botánico tiene pocos iguales en magnificencia exterior y en valor intrínseco bajo la supervisión de Ortega; y mediante los botánicos,20 dispersos a costa real en ambos hemisferios, se enriquece con las plantas más raras de Nueva Granada, Nueva España, Perú y las Filipinas; pronto recibiremos del abad Cavanilles los dibujos de ellas. La casa de aduanas, recién construida por el difunto rey,21 es quizás la más hermosa de Europa, y las nuevas puertas de Alcalá y San Vicente son ornato de la arquitectura:22 al divisarlas se cree ver un par de arcos de triunfo romanos, como los que aún hoy se encuentran no lejos del Capitolio. El Prado, antes sin adorno, tiene ahora, gracias a las estatuas y fuentes instaladas, un aspecto magnífico. Junto a él se elevan bellamente las salas de la futura academia de ciencias; mil manos están ocupadas en levantar el edificio lo antes posible; y con anhelo espera el gran tado en junio de 1790 en el periódico madrileño desde La Carolina, la capital [de las Nuevas Poblaciones], donde se informa que un calvinista llamado Siegen, de 24 años, se ha convertido y ha sido rebautizado bajo condición. 20 Nota del autor. Don Casimiro Ortega, pofesor de botánica; un hombre conocido en Inglaterra, Francia e Italia. Dos de ellos, D. Hipólito Ruiz y D. Josef Pavón, descubrieron no hace mucho que la temida Cuchalagua de Perú, de cuyo género los botánicos estaban ciertamente inseguros, pertenece al género Gentiana. 21 Carlos III. 22 Nota del autor. Las tres obras: Aduana, Puerta de Alcalá, Puerta de San Vicente son de Sabatini. 130 Floridablanca,23 el momento en que su elevado propósito sea ejecutado. Entre la iglesia y la puerta de Atocha se ubicará el nuevo observatorio real: sus cimientos ya están puestos, y su construcción se dirige según los mejores planos que el abad Ximénez trajo recientemente. Para la pintura, arquitectura y escultura se ha provisto un edificio más espacioso, y premios a seis jóvenes que residen en Roma;24 y para el estudio de la numismática, el gabinete real de medallas está abierto a todo estudioso. Allí se pueden ver monedas celtíberas, turdetanas y otras en parte aún desconocidas. Aquí se encuentran las medallas samaritanas, cuya autenticidad Tychsen disputa, mientras que Bayer las defiende con tanto ahínco. Las dos bibliotecas, tanto la del rey como la del colegio, se enriquecen con las actas de las academias extranjeras y con los productos más excelentes de la época. A estas instituciones debemos la valiosa obra botánica de Hernández, y la mayor parte de sus notables escritos, que ya se daban por perdidos. Quien encuentre placer en las antigüedades, hallará descritos en el quinto tomo el gran templo de México, que Hernández vio aún con sus propios ojos, sus 78 partes, el número de sacerdotes y de vírgenes consagradas, sus ceremonias, cánticos y otras rarezas.25 Finalmen23 Conde de Floridablanca (1728-1808), secretario de Estado. 24 Nota del autor. [Francisco] Bayeu y [Mariano Salvador] Maella son los pintores más célebres, [Manuel Francisco] Alvarez el mejor escultor, [Manuel Salvador] Carmona el grabador en cobre más excelente, junto con el recientemente fallecido [Ventura] Rodríguez, además del ya mencionado Villanueva, los arquitectos que más han destacado en España hasta nuestros tiempos. 25 Francisci Hernandi, medici atque historici Philippi II, Matriti, 1790, 4 tomos. 131 te, después de que también las imprentas, esas grandes promotoras de las ciencias y los conocimientos, hayan alcanzado la cumbre más alta gracias al favor real y a la diligencia de Ibarra y Sancha; tampoco el arte de la escritura escapó al cuidado real. Pero no terminaría nunca si quisiera mencionar siquiera aquello que se hace en Madrid para la expansión de las ciencias. Las numerosas inscripciones de visigodos, sarracenos y judíos, que se encontraban en las tumbas, mezquitas y sinagogas del sur de España, han sido recopiladas por la real academia de la historia y preparadas para la imprenta. A partir de los archivos, Palomares elaboró en parte su paleografía hispano-gótica, que se conserva en la real academia, y de la que nada más se espera que los costes de la edición. Las noticias sobre el descubrimiento de América de Las Casas, Cortés y otros contemporáneos, yacían ocultas en los archivos de Simancas, Sevilla y Lisboa, y fue enviado allí el cronista real Don Juan Muñoz, para utilizarlas, y pronto verá Europa con asombro que las crueldades imputadas a los españoles son exageradas, y que las fuentes de las que Robertson y compañía se nutrieron, eran insuficientes.26 Química, cirugía, leyes, filosofía, matemáticas, teología, nada escapa a la atención real. El nuevo laboratorio real, las academias de cirugía y de derecho, el seminario de nobles, la escuela de San Fernando y de San Isidro, donde se 26 William Robertson, The History of America, London, 1777. Nota del autor. El capellán de la embajada, a quien Robertson mencionó en su prólogo, solo recabó noticias de libreros en Madrid, pero no de archivos. 132 enseñan matemáticas, árabe, griego y hebreo, pueden servir aquí de testigos en lugar de tantos otros. Químicos y mineralogistas son enviados a otros países, y llamados a Madrid desde otros países.27 Nuevos estatutos para el colegio de cirujanos y un nuevo código criminal para el de los abogados, redactados por orden real. La confusión peripatética desterrada de todas las escuelas, solo en los conventos de Castilla, Navarra y Aragón conserva aún la supremacía.28 Se ha encargado a Beniro Bails un curso de matemáticas mejorado, y a Cabades un sistema teológico moderno.29 Las obras del erudito Mutis traídas a Europa a costa real;30 y otra obra más, organizada en beneficio del 27 Nota del autor. Los señores Haubichler y Megerle, vieneses, fueron llamados este año a Madrid para el blanqueo de lino de San Ildefonso. Varios jóvenes españoles ya han sido enviados a las ciudades mineras de Hungría. 28 El término peripatético se refiere a la filosofía aristotélica, sinónimo de la escolástica. Durante el siglo XVIII, la Ilustración se expandía por Europa, promoviendo la razón, la ciencia, la educación moderna y la crítica a las autoridades tradicionales, pero en España el avance ilustrado era más lento, y ciertos sectores, como el clero regular de los conventos y órdenes religiosas, se mantenían fieles al pensamiento escolástico. 29 Agustín Cabades, Institutiones theologicae in usum tyronum, Valentiae 1784-1790. Manual vigente poco tiempo porque su autor fue acusado ante el Santo Oficio en 1793 y condenado a prisión, de la que salió después de abjurar del contenido de su obra. 30 Nota del autor. Don José Celestino Mutis, uno de los más grandes botánicos, que recorrió América durante 30 años para recolectar plantas, es autor de diversas obras, especialmente de la Quinología, o tratado sobre la quina peruana, de la cual descubrió varias especies. Recientemente ha encontrado en el Reino de Santa Fe el vegetal que los indígenas de aquellas regiones utilizaban para tocar serpientes sin peligro. 133 arte de la guerra. Las pinturas del palacio real grabadas en cobre y todos los edificios, tanto antiguos como nuevos, de toda España dibujados. En resumen, nada se ha descuidado, nada se ha pasado por alto, que pueda, en alguna medida, hacer florecer las ciencias y las artes en este reino. ¿Y todavía se atreven a acusar a los españoles de pereza? ¿Y no se avergüenzan Tiraboschi y Betinelli de reprochar, aún recientemente, ignorancia a la nación española,31 mientras ella despliega todas sus fuerzas para disipar la niebla de la ignorancia y que en la propia Italia haya casi más eruditos españoles que italianos? 32 Lo que he dicho hasta ahora concierne principalmente al ámbito erudito. Todavía no he mencionado ni con una palabra tantas nuevas ordenanzas e instituciones relativas 31 Nota del autor. Difícilmente se encontrará una nación que conozca tan bien la historia de su país como los españoles. Hablan de Don Pelayo y Alfonso el Sabio, de la Reina Urraca y Doña Isabel, de Don Carlos, Felipe II, y de toda la dinastía Austríaca, como de contemporáneos. A todos sus hombres célebres, Quirós, Céspedes, Núñez, Antonio Pérez, Olivares, o sus eruditos más antiguos, un Nebrija, Vives, Arias Montano, Luis de Granada, no los conocen solo de nombre, sino que saben su biografía y cuentan anécdotas concretas. 32 Nota del autor. Andrés, Arévalo, Arteaga, Clavijero, Eximeno, Gener, Hervás, Isla, Lampillas, Masdeu, Molina, Nuix, Requeno, Terreros, etc., eruditos españoles que se han distinguido por excelentes productos de su ingenio, están en Italia todavía vivos o fallecieron recientemente. Los hombres célebres recientemente fallecidos en España: Buriel, Sarmiento, Feijoo, Flórez, Mayans, Uztáriz, Jorge Juan, Ward, Yriarte, están todavía frescos en la memoria de todos. Por no hablar de tantos eruditos vivos: Azara, Campomanes, Lorenzana, Meléndez, Risco, Capmany, Lardizábal, Fonseca, Forner, Salanova, Ulloa y otros que podría mencionar, y que se encuentran en parte en el Ensayo de Guarinos. 134 al comercio, las manufacturas, las artes comunes y otras ramas. Basta mirar el magnífico edificio de los gremios33 terminado este año, o leer las memorias de Larruga34 recién publicadas, para hacerse una idea de los progresos del comercio y de los frutos de la industria española. Basta visitar la hermosa fábrica de porcelana del Buen Retiro, o la que está ante la puerta de Santa Bárbara, para convencerse ocularmente de la habilidad de esta nación. Aquí vi los poemas de Tasso representados en porcelana tan finamente como lo están en versos italianos; y las pinturas de un Jordans [Luca Giordano] tejidas tan vivamente como están pintadas. Y cuando fui a ver a Alonso, el orfebre real, encontré que trabajaba de la manera más artística el platino, que nadie antes que él había tratado, y que se distingue de todos los demás metales. Pero basta. Me he limitado a la capital, destacando algo como prueba de la actividad española. Si quisiera extenderme aún a todo el país, tendría que hablar de las más recientes obras en el canal de Aragón,35 de las hermosas carreteras y puentes en Castilla, Asturias y Vizcaya,36 de la floreciente universidad de Valencia,37 de los recién estable33 Nota del autor. Esta sociedad mercantil, los Cinco Gremios Mayores, cuyo fondo en el año 1763, cuando empezó, no superaba los 5 millones de reales de vellón, posee hoy en día 30 millones de reales. 34 Eugenio Larruga. Memorias politicas y economicas sobre los frutos, comercio, fabricas y minas de España, Madrid 1787-1800, 8 tomos. 35 Nota del autor. Bajo la dirección del excelente hombre, Don Ramón Pignatelli, canónigo de Zaragoza. 36 Nota del autor. Todo puentes de piedra, como difícilmente se encontrarán en otro lugar en tan gran número. 37 Nota del autor. Don Vicente Blasco, y Don Francisco Pérez Bayer, éste Arcediano, aquél Canónigo de Valencia, han elevado esta alta 135 cidos colegios de marina en Sevilla y en Málaga, de los planos recientemente levantados de Cádiz, Ferrol y Cartagena, de la nueva descripción corográfica de la península,38 y del nuevo atlas hidrográfico de las costas;39 de las academias, sociedades, viajes40 y descubrimientos, en resumen, de temas que me obligarían a exceder ampliamente el espacio de este libro y a cambiar completamente el título de la obra. escuela. Bayer este año ha establecido de nuevo dos premios, cada uno de 100 pesos, para los dos mejores discursos latinos. 38 Nota del autor. España divida en provincias intendencias, etc., Madrid 1789. El gran Diccionario histórico-geográfico de España, que elabora la Academia de la Historia, y consta de 12 tomos en folio, está terminado y aparecerá próximamente [1802]. 39 Nota del autor. Derrotero de las Costas de España &c. 1787-89. Del mismo elabora Tomás López, el Geógrafo Real, un mapa de España más grande y completo, que aparecerá este año 1791 con muchas adiciones y correcciones. Mediante el derrotero se puede, a falta de un mapa geométrico de España, calcular su superficie mediante un cálculo aproximado. De esto resulta que la superficie esférica de España asciende a 15.762 leguas marinas (20 por grado) o 10.891 millas cuadradas, calculando cada milla a 8000 varas españolas, con exclusión de Portugal. 40 Nota del autor. Véase entre otros el Viage al estrecho de Magallanes, Madrid 1788. El Brigadier Don Antonio de Córdoba, enviado allí por segunda vez con dos paquebotes, regresó en mayo de 1789, después de haber explorado de tal manera (sin ver a un patagón) el estrecho de Magallanes, que no queda un palmo de tierra del famoso estrecho de Magallanes por reconocer y observar. Próximamente se publicará también una Relación del archipiélago de Chiloé, en el mar Pacífico, realizada por orden del Conde de Superunda, Virrey del Perú; luego aparecerá un mapa de las 36 islas de las Perlas, en el golfo de Panamá. Del viaje de Gálvez a California y del viaje de Malaspina alrededor del mundo, todavía no se ha sabido nada. 136 A aquel francés que preguntó no hace mucho: ¿qué se le debe a España, y qué ha hecho por Europa desde hace dos o más siglos?41 han respondido Cavanilles, Denina, Masdeu, Lampillas y otros tan competentemente, que no creo que lo pregunte una segunda vez. Incluso el deficiente teatro mejora visiblemente gracias a nuevas y excelentes obras;42 e incluso la suciedad de las calles se reduce poco a poco mediante las ordenanzas de su santísimo padre, mantenidas por Carlos IV, y mediante la vigilancia del corregidor, Don José Armona.43 Incluso el estilo de construcción se perfecciona mediante la introducción de edificios más regulares, escaleras de piedra y pequeños balcones:44 y si aquí y allá todavía hay deficiencias, y cosas que al extranjero le parezcan llamativas o ridículas, permítaseme preguntar: ¿Qué nación es perfecta y qué país carece de defectos? 41 Nota del autor. Encyclopéd[ie] méthod[ique]. Article Espagne. Se reimprimirá en traducción española por Sancha, y se corregirán los artículos concernientes a España. 42 Nota del autor. Don Alejandro Fernández Moratín, un joven español, ya se ha distinguido por varias excelentes obras de teatro, y este año por su El viejo y la niña. Véase la Historia de los Teatros de Napoli Signorelli. 43 Nota del autor. En mayo de este año se volvió a prohibir estrictamente arrojar cosas por las ventanas, mediante un edicto fijado en todas las esquinas. 44 Nota del autor. El Viaje de España de Ponz, para el cual el rey le apoyó generosamente, ha contribuido no poco a la mejora del estilo de construcción en este país; y para proporcionar a los arquitectos una obra clásica, José Ortiz viajó a Italia, a costa real, y preparó su traducción de Vitruvio con las más magníficas anotaciones sobre el arte de la construcción. Los diez libros de architectura de M. Vitruvio Polion, Madrid, 1787. 137 Carl Friedrich Jariges Por Galicia y Cataluña (1802)45 [De la Coruña al Ferrol] Alegre y animada, la Coruña, con sus considerables suburbios cuenta con unos 30.000 habitantes, se presenta de manera bastante agradable con su hermoso, aunque algo desaprovechado, puerto, que se extiende en forma de anfiteatro junto al agua. El puerto es excelente y tan espacioso que permite la entrada y salida de barcos con cualquier viento; el mar se adentra en la tierra como un ancho río en una longitud considerable, proporcionando así la seguridad de un río tranquilo. El pavimento de la ciudad es único: está hecho de grandes sillares. Aquí hay un pequeño arsenal, construido especialmente para los paquebotes que se dirigían a América cada catorce días, pero que ahora (1802) ha sido trasladado al cercano Ferrol y unido al gran arsenal de allí, una medida muy criticada, y con razón, pues los hermosos edificios, así como las numerosas dársenas excavadas en la roca con grandes costes, desde donde se botaban los nuevos barcos, ahora están sin uso. Además, con la nueva organización, el coste de los paquebotes ha aumentado extraordinariamente, ya que se ha incrementado la tripulación, se ha prohibido el comercio 45 Carl Friedrich Jariges. Bruchstücke einer Reise durch das südliche Frankreich, Spanien und Portugal im Jahr 1802 (Leipzig, 1810) 144 145 Alexander Slidell Mackenzie En el Desierto de Córdoba (1827)47 La tarde anterior a mi partida de Córdoba fui a visitar un eremitorio muy famoso, situado a unos cinco kilómetros de la ciudad, en la última extensión de Sierra Morena.48 Un viejo arriero que me había mostrado todas las maravillas de Córdoba iba a ser mi guía hacia el Desierto, pero como no llegó a la hora acordada me impacienté y empecé solo, decidido a preguntar el camino. Al pasar por el hermoso paseo público que está fuera de la puerta, en dirección a la sierra, un grupo de tres o cuatro personas de aspecto criminal ocupaban los bancos de piedra bajo los árboles, y mientras uno de ellos fumaba su cigarrillo, los demás estaban tumbados boca abajo, disfrutando de una siesta bajo la influencia de la sombra y de una suave brisa que soplaba refrescante desde las montañas. Dejando las murallas de la ciudad, me adentré de inmediato en el camino que me habían señalado el día anterior como el que conducía al eremitorio. No había avanzado mucho por los campos de trigo y cebada cuando noté que un hombre de aspecto poco amistoso, el mismo que había visto fumando en un banco, me seguía de cerca. Esta situación me alarmó, ya que el arri47 [Alexander Slidell Mackenzie]. A year in Spain by a young american. Dos vol. (London, 1831). 48 Al oeste de Córdoba, y en las laderas de Sierra Morena, se encuentra el Desierto de Nuestra Señora de Belén, un eremitorio formado por trece ermitas construidas a inicios del siglo XVIII. 146 ero me había contado historias de gente que había sido robada y golpeada en este corto camino, y se había mostrado renuente a guiarme. Me di cuenta de que si el hombre tenía intenciones maliciosas podría saltar sobre mí sin que lo viera, así que, cruzando la carretera, bajé mi ritmo y lo dejé pasar. Sin embargo, él no parecía contento con su nueva posición delante de mí, y se sentó en el lado del camino. Cuando lo volví a pasar continuó caminando detrás de mí, lo que me pareció muy sospechoso, por lo que puse mi mano en un puñal que llevaba conmigo y lo enfrenté. Era joven, tenía una complexión fuerte y atlética, vestía descuidadamente y su cara era tosca y poco atractiva, lo peor que había visto en mucho tiempo. Pasó por segunda vez sin notar mi presencia y cuando llegó al cruce de la carretera, donde una áspera cruz de piedra daba testimonio de algún acto de violencia, tomó un camino diferente al que llevaba al eremitorio. Podría ser que al verme alerta quisiera reunirse con sus compañeros para emboscarme más adelante en un bosque de encinas, o esperar a mi regreso a Córdoba. No me gustó la situación pero como no quería abandonar mi propósito, continué avanzando rápidamente hacia la montaña. Las tierras planas, cubiertas de granos, pastos y huertos frutales, dieron paso a una escarpada y rocosa pendiente, cubierta de zarzas y con una mezcla dispersa de alcornoques y algarrobos, que pronto ocultaron el eremitorio de mi vista. A medida que avanzaba, el agotador camino se ramificaba gradualmente en varios senderos que serpentean entre los árboles. En tales circunstancias era muy fácil perderse, y como últimamente la mala suerte había presidido mis asuntos, temí extraviarme. Así con- 147 fundido, elegí el camino que subía más directo, que me llevó a un lugar llano, donde encontré una pequeña casa de campo rodeada de un huerto. No había nadie en casa, solo un gran mastín que me brindó una destemplada recepción cuando entré en el pórtico, saltando ferozmente hacia mí el largo de su cadena. A su lado, un muchacho tostado por el sol apenas podía oír y responder mis preguntas por los aullidos de su ruidoso asociado. Finalmente encontré respuesta a lo que estaba buscando, y me dijo que el camino hacia el Desierto estaba muy lejos, a la izquierda, y que difícilmente llegaría allí antes del atardecer. Sabía que el chico debía estar equivocado, ya que aún quedaban dos horas de día, y aunque sudaba por el calor, el esfuerzo y la molestia, decidí perseverar. El muchacho no pudo acompañarme todo el camino, pero me lo mostró, y justo antes de dejarme, señaló un ángulo brusco del sendero donde una roca sobresaliente formaba una cueva debajo, y me contó cómo un tal Don José, un rico mayorazgo de Córdoba, asombrándose de que yo nunca hubiera oído hablar de él, había sido saqueado en ese mismo lugar de su caballo, su bolsa y su ropa, hasta su propia camisa, y enviado de vuelta a Córdoba desnudo como cuando su madre lo parió. Esta información de despedida de mi pequeño amigo no era nada consoladora, pero seguí adelante, y después de muchas vueltas y revueltas subiendo por la ladera de la montaña, llegué finalmente a la puerta del eremitorio. Encontré la ermita situada en uno de los salientes más agrestes de la montaña. Está delimitada en los lados sur y este por un precipicio de una profundidad temible, y en todas las demás partes está bien aislado del mundo por 148 una pared irregular que conecta y une las rocas dispersas bruscamente arrojadas allí por la mano de la naturaleza. Después de llamar a la puerta, uno de los ermitaños de rostro pálido y larga barba me examinó a través de una pequeña ventana con rejas. Me preguntó con humildad qué quería. Le dije que había venido a ver el Desierto de Córdoba. Desapareció para pedir permiso al hermano mayor y pronto regresó para permitirme la entrada. Al entrar, me sorprendió gratamente lo que vi. Esperaba encontrar un interior deprimente y sin encanto, apropiado para la morada del austero retraimiento, pero en cambio había quince o veinte pequeñas cabañas blancas encajadas entre las rocas, casi ocultas por la hiedra, los árboles frutales y las flores. La naturaleza aquí era tan salvaje como en la parte exterior del eremitorio. Las rocas y los precipicios eran igual de audaces, pero el hombre había hecho su trabajo y la lluvia y el sol habían ayudado. No había un lugar donde la vegetación fuera más exuberante, y las plantas y las flores eran tan ricas en color y aroma que difícilmente se podrían superar. Al acercarme a la cabaña del hermano mayor o jefe de los hermanos, él salió a la puerta para recibirme, hizo la señal de la cruz sobre mí y me apretó la mano en señal de bienvenida. Como los demás ermitaños, el hermano mayor llevaba una gran prenda de tela marrón gruesa, ceñida alrededor de la cintura con una cuerda y una capucha en la cabeza. El único calzado que llevaba eran unos zapatos de cuero medio curtido. Aun así, había algo en su apariencia que lo hacía destacar de toda la hermandad. Tenía una figura alta y altiva, y rasgos de la forma más noble. No puedo decirle al curioso lector cuán larga era su barba, 149 porque después de descender una distancia razonable a lo largo del pecho, volvía a esconderse en el seno de su hábito. Este hombre era de los que, en cualquier vestimenta o situación, una persona se habría girado para mirarlo una segunda vez, pero ahora estaba delante de mí, y además del efecto de su vestimenta apostólica, su tez y sus ojos tenían una claridad que nadie puede concebir si no está familiarizado con el aspecto de aquellos que han practicado una abstinencia larga y rigurosa de alimentos de origen animal, y de cualquier alimento excitante, que le da un brillo y una inteligencia espiritual al rostro, que tiene algo de santo y divino. El artista audaz que quiera intentar trazar los rasgos del Salvador debería buscar un modelo en algún convento de trapenses o cartujos, o en la región etérea del Desierto de Córdoba. Cuando estábamos sentados en la celda del superior comenzó inmediatamente a hacerme preguntas sobre América, ya que yo había pedido entrar indicando que era ciudadano de los Estados Unidos, al creer que con esta información sería más facil el acceso. Él había estado en un viaje de negocios a México muchos años antes, y se fue al comienzo de la revolución.49 Estaba ansioso por escuchar algo sobre sus circunstancias actuales, que ignoraba, y cuando satisfice su curiosidad y me levanté para irme, me dio una pequeña cruz de madera que había crecido dentro del recinto consagrado y había sido trabajada a mano por los ermitaños. Me dijo que, si alguna vez los problemas y las penas me asaltaban, si me cansaba de las vanidades mundanas, si la carga de la existencia se volvía más pesa49 Hacia 1810, en los albores de la guerra de independencia. 150 da de lo que podía soportar, podía dejarlo todo y venir a su soledad, donde al menos tendría un hogar pacífico y acogedor. Después, ordenando a un hermano que me lo mostrara todo, pronunció una bendición y me dijo: ¡Ve con Dios! Un fraile de buen carácter del convento de San Francisco de Córdoba, que había salido a tomar el aire de la montaña con dos jóvenes muchachos, sus parientes, se despidió al mismo tiempo del hermano mayor y todos paseamos juntos. La capilla la encontramos bajo el mismo techo que la celda principal, y ha sido enriquecida por los piadosos regalos de los fieles y devotos, y hay profusión de plata, oro y piedras preciosas por todas partes. Como el Desierto está dedicado a la Virgen, el altar de la capilla está decorado con una pintura suya que posee una expresión de una dulzura celestial. Me quedé largo tiempo en este lugar consagrado. ¡Qué contraste entre el deslumbrante esplendor de ese altar y el humilde atuendo, y aspecto aún más humilde, de los penitentes que se postraban ante él! De la capilla fuimos a ver las diferentes cabañas de los hermanos. Son muy pequeñas, cada una con una pequeña habitación para dormir, con un tablado ancho, una almohada de paja y dos mantas como todo mobiliario de la cama. Una segunda habitación sirve como taller y cocina. Cada hermano prepara su propia comida, que consiste en leche, frijoles, coles y otros platos vegetales, en general cultivados por ellos mismos en el jardín del eremitorio. Hay un edificio mayor para la instrucción de los novicios, donde pasan un año aprendiendo los deberes de su nueva vida bajo la tutela de un hermano mayor. 151 Bartolomé Vázquez. Nuestra Señora de Belén, patrona de la Congregación de ermitaños de la Sierra de Córdoba, y vista meridional del religioso yermo situado en el cerro de las Hermitas (1795) 152 El hermano nos guió hacia el punto saliente de la cornisa sobre la cual se encuentra el eremitorio, a casi dos mil pies por encima del nivel de la ciudad, y que está limitado por tres lados por un abismo temible. Desde allí se domina una vista amplia de una de las regiones más hermosas de Andalucía. Una roca del lugar ha sido tallada para formar un sillón de piedra justo en la cima. Este sillón de piedra ha sido utilizado por varios personajes importantes, entre ellos el Delfín francés y Fernando VII, que se detuvo aquí para revisar una parte de su reino durante una de sus marchas forzadas hacia Cádiz.50 Sin embargo, la presión augusta que la silla había sentido en ocasiones anteriores no nos impidió sentarnos por turnos y contemplar el espléndido panorama. La vista era realmente impresionante, la hora para contemplarla era muy adecuada porque el sol casi había terminado su curso y estaba a punto de ocultarse –sin nubes y brillante hasta el final– detrás de la perspectiva de Sierra Morena. El país que nos rodeaba era abrupto y salvaje, precipicios y barrancos, rocas y árboles de pequeño tamaño se amontonaban en la mayor confusión, pero debajo, el paisaje era de lo más tranquilo, ya que la campiña se extendía en una suave sucesión de lomas y colinas, cubiertas en todas partes de campos de trigo, viñedos y huertos frutales. El Guadalquivir se deslizaba majestuosamente entre los edificios blancos de Córdoba, ocultándose ocasionalmente en sus meandros mientras serpenteaba alrededor de una colina y emergiendo de nuevo en una sucesión de lagos cristalinos 50 El rey Fernando VII fue obligado por las fuerzas constitucionales a abandonar Madrid y alojarse en Cádiz el año 1823. Ver página 81. 153 que servían como espejos para los rayos del sol. El curso del río, sin embargo, se podía rastrear constantemente por los árboles que lo bordeaban y por una amplia franja de parados que se extendían desde las orillas y que estaban densamente salpicados de ganado. A lo lejos se alzaban las imponentes sierras de Ronda y Nevada, esta última mezclando su cima nevada con las nubes. A sus pies se encuentra Granada, bendecida con una primavera continua y rodeada por esa tierra de promisión que es la favorecida vega sobre la que el Genil y el Darro esparcen siempre fertilidad. Pero la parte más agradable, si no la más interesante, de nuestra caminata, fue cuando llegamos a pasear por el jardín. Estaba dispuesto en terrazas, sin mucha atención a la simetría, donde las rocas dejaban un espacio vacío y nivelado para evitar que la tierra se removiera. Estas terrazas estaban ocupadas por plantaciones de guisantes, lechugas y coliflores, intercaladas con árboles frutales que parecían prosperar admirablemente, mientras que la vid ocupaba pequeños ángulos soleados formados por una conjunción de rocas, entre las que se colgaba en guirnaldas, porque el adorno no se relegaba totalmente en este pequeño aislamiento. En todas partes había setos de las flores más hermosas, que dividían los lechos y trepaban por las rocas, de modo que los perfumes del parterre se añadían a los aromas salvajes de la montaña. Las rosas blancas, anaranjadas y rojas formaban, sin embargo, la principal atracción del lugar, porque tenían una riqueza inigualable de olor y color. Se nos permitió seleccionar algunas de estas hermosas flores, que tienen tal estima en toda Andalucía, que apenas te encuentras con el campesi- 256 que nos descuenta un billete cuyas firmas no conocía. El mal tiempo nos impide llegar a Cádiz; estamos sin dinero, pero un compañero de viaje, nuestro valiente comandante de artillería de marina, pone su bolsa a nuestra disposición. Los vientos del Este nos retienen catorce días en Málaga, y habríamos muerto de aburrimiento de no ser por todas las atenciones que el señor Doré de Nyon tuvo con nosotros. Durante los veintiún días que tuvimos que permanecer a bordo de la Santísima Trinidad, con los elementos y las autoridades españolas conjurados contra nosotros, tuvimos la suerte de encontrar en todos nuestros marineros, desde el patrón hasta el grumete, una dedicación, consideraciones y pequeños cuidados increíbles. Cuando nos veían tristes, nos contaban anécdotas: uno, sus amores; otro, el hermano del patrón (Vicente Broton), imitaba a un monje que visitaba a la joven esposa de un pescador y le anunciaba que, durante la ausencia de su marido, iría por la noche para ahuyentar al diablo de su casa. El patrón, por el contrario, muy religioso, nos contaba con una convicción asombrosa las ceremonias completamente extraordinarias que tienen lugar en Elche los días 14 y 15 de agosto para celebrar la Asunción. […] La mañana del 10 de julio, el capitán nos ordenó abandonar el puerto en dos horas y nos sorprendió con una factura arbitraria de 60 francos. Nueva crisis: el patrón estaba indeciso sobre si dirigirse a Mahón o a Marsella, pero sus papeles lo comprometían a ir a Mahón y se le advirtió que, si cambiaba de rumbo, podía recibir un cañonazo de un barco de la guardia costera. Finalmente, obtuvi- 257 mos un visado para Marsella y a la una en punto zarpamos con nuestras tres velas desplegadas. El primer día avanzamos poco, pero al siguiente, el viento fue más favorable y pasamos rápidamente frente a Barcelona, Mataró y toda esa hermosa costa que habíamos recorrido unos dos meses antes. Al anochecer, nos detuvo un corsario (barco guardacostas); recordamos la amenaza del cañonazo, pero por fortuna nuestros documentos estaban en regla. El 12, por la mañana, nuestros marineros nos gritaron: ¡Costas de Francia!; les respondimos con un viva! y les dimos a cada uno un trago de licor. 258 259 Stendhal Viaje a Barcelona (1837)89 Perpiñán, 20 de septiembre de 1837. Acabo de cometer una imprudencia arrogante, mi negocio iba bien en PortVendre y Perpiñán pero tuve que esperar unos días para terminar y me confié a un español al que pagué bien, y por adelantado, contra todas las reglas comunes, y me fui a pasar veinticuatro horas a Barcelona. Mi guía pensó que tenía muy poco dinero, lo que era cierto, había cosido algunos billetes de banco de Inglaterra en el forro de mi levita. Contemplé con admiración los hermosos bosques de alcornoques y la tonalidad grisácea de los troncos que habían sido recientemente despojados de su valiosa corteza. Los setos de aloe también me gustaron mucho. En realidad, disfruté de todo lo que veía, aunque me pregunté si estaba siendo imprudente. Las casas de los pueblos habían sido recién encaladas, lo que les daba un aire inusual de limpieza y alegría, es decir, un aspecto que lo que no eran. Sin embargo, las hileras de casas blancas en medio de vastas montañas cubiertas de bosques de alcornoques, tenía un encanto especial. 89 Stendhal. Mémoires d'un touriste. Établissement du texte et préface par Henri Martineau (Paris, 1929), pp.296-313. Josep Pla afirma que este viaje es falso, que Stendhal nunca estuvo en España, pero algunos detalles inducen a pensar que es real, y que Pla solo conoció el texto del libro oficial, mucho más escueto. 260 Situado en la costa, a doce metros sobre el nivel del mar, se encuentra Mataró, un pequeño y encantador pueblo con sus casas perfectamente encaladas por dentro y por fuera, que ofrece impresionantes vistas panorámicas. Durante nuestra estancia, tuvimos una cena muy abundante preparada para ocho viajeros, con quince o veinte platos de carne. Sin embargo, todos los platos estaban impregnados de un olor desagradable a aceite rancio, lo que los hacía imposibles de comer, aunque estábamos muriendo de hambre. A pesar de nuestros intentos por lavar las carnes con agua caliente y luego sazonarlas con vinagreta, el olor execrable del aceite rancio persistía y era imposible de quitar. Durante esta triste experiencia, me divirtieron mucho las figuras de las dos sirvientas de la posada. Una de ellas medía al menos cinco pies y seis pulgadas y tenía una forma hermosa, con ojos grandes, pero parecía un poco despistada, bien al contrario de su compañera, admirablemente bien hecha, manos encantadoras, hermosos ojos negros, pero de cuatro pies de altura. Estas robustas españolas nos miraban y no entendían nada de nuestro hacer. Nos tomaron, creo, por judíos miserables, que no querían comer comida preparada por cristianos. No entendíamos una palabra de su idioma, y los arrieros estaban con sus mulas en un establo alejado y como no sabíamos cómo llegar, no pudimos hacernos entender que queríamos huevos. Gesto singular de un abad para pedir leche. Al fin, viendo que devorábamos el pan, las dos sirvientas corrieron a traernos un excelente vino añejo llamado rancio. Uno de nosotros descubrió en la cocina plantas de hinojo que parecen apio, hicimos una ensalada con sal y vinagre, y co- 261 mimos mucho pan remojado en vino, lo que nos hizo muy felices y elocuentes. De repente, el arriero vino corriendo, totalmente asustado. Nos dijo que teníamos que partir al momento, y podíamos oír un gran alboroto en las calles y las tiendas estaban cerrando. Dijo que los carlistas estaban a un cuarto de legua de distancia. Así que partimos rápidamente a trote ligero, montando en mulas resistentes. Después de cinco horas de vivaquear, alrededor del mediodía del día siguiente vimos la ciudadela de Montjuic, que domina Barcelona. A dos leguas del pueblo, alquilamos a un jardinero un pequeño carruaje de llevar verduras, ya que estábamos exhaustos. Fue en este vehículo que llegamos a la Rambla, un hermoso bulevar en el centro de Barcelona. Y finalmente, en la posada de Las Cuatro Naciones, encontramos una cena deliciosa que disfrutamos enormemente. Después de la cena, nos encargamos de renovar la visa de nuestros pasaportes, ya que planeamos partir al día siguiente de regreso a Francia. Mis compañeros, animados, decididos y bastante amables, aunque con modales que me parecían sospechosos, no parecían más interesados que yo en hacer una larga estancia en Barcelona. Al salir de la policía, donde nos recibieron con un silencio inquisitivo y amenazante, fuimos a comprar empanadas. Yo compré una botella de aceite de oliva de Lucca y un trozo de queso parmesano a un comerciante italiano. Y después, despreocupado di un paseo por la ciudad, disfrutando del delicioso placer de ver cosas nuevas. Barcelona es, se dice, la ciudad más bonita de España después de Cádiz, se parece a Milán, pero en lugar de estar situada en medio de una llanura perfectamente plana, está 262 resguardada por Montjuic. Desde la ciudad no se ve el mar que lo ennoblece todo, está oculto por las fortificaciones que hay al final de la Rambla. No me atrevo a repetir las reflexiones políticas que hice durante esta estancia de veinte horas y sin embargo nunca había pensado tanto. Entre las cinco o seis compañías de la Guardia Nacional de Barcelona, hay una compuesta por obreros que asusta a todas las demás. Cuando se acercan los carlistas, se reconcilian con esta compañía que viste blusa y a la que se supone capaz de disparar. Cuando ya no hay miedo de los carlistas, se buscan querellas con la gente en blusas y se les acusa de jacobinismo. La enérgica compañía dice, en su defensa, que sigue los principios del célebre Volney, autor de las Ruinas. Volney, Raynal, Diderot y demás autores algo rimbombantes, de moda en Francia cuando la toma de la Bastilla, son oráculos de España. Hay que señalar, sin embargo, que en Barcelona predican la virtud más pura, el beneficio de todos, y al mismo tiempo desean privilegios, una divertida contradicción. El caso de los catalanes se parece absolutamente al caso de los forjadores de Francia, que quieren leyes justas, con excepción de la ley aduanera, que debe hacerse como les plazca. Los catalanes exigen que cada español que use tela de algodón pague cuatro francos al año, por la sola existencia de Cataluña. El español granadino, malagueño o coruñés no debe comprar telas inglesas de algodón, que son excelentes y que cuestan un franco la yarda, sino usar telas catalanas de algodón, que son muy inferiores, y que cuestan tres francos la yarda. Aparte de eso, estas personas son republicanas de corazón y grandes admiradoras de Jean-Jacques Rousseau y del Contrato Social. Dicen 263 amar lo que es útil para todos y odian las injusticias que benefician a unos pocos, es decir, detestan los privilegios de una nobleza que no tienen, y quieren seguir gozando de los privilegios comerciales que con sus turbulencias habían extorsionado a la monarquía absoluta. Los catalanes comparten una mentalidad liberal similar a la del poeta Alfieri, que era conde y despreciaba a los reyes, pero consideraba sagrados los privilegios de los condes. Por otro lado, los herreros de Berry y Champagne argumentan que si comienzan a importar hierro de alta calidad desde Suecia, sus propios productos perderán valor y las fábricas locales tendrán que cerrar. Además, teniendo en cuenta que una de cada tres décadas suele ser de guerra, ¿qué sucederá cuando ya no sea posible importar hierro de Suecia? La Rambla me encantó, es un bulevar trazado de tal manera que los caminantes están en el medio, entre dos hileras de árboles bastante bonitos. Los coches pasan por ambos lados junto a las casas y están separados de los árboles por dos muros cortos de un metro de altura que los protegen. [...] Tengo una inclinación natural por la nación española, que es lo que me trajo aquí. Gentes que han estado luchando durante veinticinco años para conseguir sus objetivos.90 A pesar de que no son hábiles en la lucha y solo representan una pequeña fracción de la nación, su motivación no es el salario, sino alcanzar una ventaja moral, a diferencia de otros pueblos que luchan por los salarios o las medallas. Además, admiro la originalidad del español y 90 Referencia a los movimientos políticos de cariz constitucional. 264 su estilo único, que no es una imitación de ninguna otra cultura, y que se perfila como el último tipo de su especie en Europa. […] Estaba ansioso por visitar el jardín de Valencia, ya que había escuchado que allí se practican costumbres singulares. Por ejemplo, los artesanos trabajan sentados y cada sábado se pinta el interior de las casas de blanco con cal y los pisos de rojo. Sin embargo, me resulta difícil creer que los españoles estén comenzando a faltarle el respeto a los monjes. En Barcelona, nuestro principal problema era cómo regresar a Francia. Después de hacer todos los cálculos, decidimos llevar un carro enganchado a mulas. Observando a mis siete compañeros, me doy cuenta de que todos somos personas que emigran. Parece que emigrar es la única opción viable, ya que la vida en España es muy desagradable y esta situación puede durar aún otros veinte o treinta años. Algunos de mis compañeros me recuerdan a Don Quijote, con la misma lealtad y falta de sentido común en ciertos temas. Por ejemplo, se niegan a discutir sobre la religión o los privilegios de la nobleza, y constantemente tratan de convencerme con ingenio y vivacidad encantadora de que dichos privilegios son beneficiosos para el pueblo. Lo que me conmueve es que ellos creen en su causa. Uno discutió con los demás cuando me dijo: «En el fondo, el pueblo español no está entusiasmado con el gobierno de las dos cámaras ni con Don Carlos. La prueba es la expedición de Gómez, quien con solo cuatro mil hombres recorrió toda España desde Cádiz hasta Vitoria. Si España hubiera sido verdaderamente liberal, Gómez habría sido 265 derrotado. Pero si España hubiera apoyado a Don Carlos, Gómez habría reunido cien mil hombres». Es este tipo de convicción lo que me hace admirarlos».91 Antes de marchar sugirieron que paráramos en la tienda de un piamontés a tomar chocolate, estaba en una callejuela y casi sentí que me llevaban a conspirar. Como medida preventiva, para no depender de la posada, compré veinte huevos, y ahora tengo pan y chocolate, entre otras cosas. De esta manera, no tendré que limitarme a comer pan empapado en vino con un tercio de aguardiente, que me provoca dolor de estómago. [...] Las mulas españolas son rápidas y tienen nombres como la marquesa o el coronel. El conductor las anima continuamente: «¿Cómo es posible, coronel, que te dejes ganar por la marquesa?» y les arroja pequeñas piedras. Un chico, llamado zagal y ágil como una pluma, corre junto a las mulas para impulsarlas y cuando empiezan a galopar, se cuelga del carro. Es un paseo muy entretenido. De vez en cuando, las mulas tiran de sus collares y galopan juntas, pero luego tienen que detenerse durante cinco minutos para arreglar alguna avería. La forma de viajar característica de los pueblos del sur, aunque puede parecer bárbara, resulta divertida, a diferencia de las diligencias inglesas que me llevaron de Lancaster a Londres en tan solo veintitrés horas, recorriendo ciento cuatro leguas. Aunque se habla mucho de los carlistas, parece ser que se encuentran a más de diez leguas, ha91 Miguel Sancho Gómez Damas (1785-1864) fue un general carlista famoso por su fallida expedición en Andalucía, que fue seguida con gran expectación en toda Europa. A pesar de contar con cuatro mil hombres, no logró sublevar a la población a favor del carlismo. 272 ba Calella, se sirvió una buena comida, y sobre todo, disfruté de un chocolate excelente. Fue en esta posada donde vi por primera vez a los catalanes beber vino de la manera que muestra la ilustración en la portada.93 El catalán no usa vaso, pero tampoco quiere poner los labios en la botella que acaba de usar su vecino, así que la sostiene lejos, como se muestra. La habilidad requerida es comprensible, y conozco extranjeros que, habiendo servido bajo Don Carlos en Cataluña, se acostumbraron a beber agua de esta manera, pues lo contrario se habría considerado una grave falta de educación. Como la diligencia aún no partía, caminamos por el pueblo, donde se fabrican blondas y encajes, y como en todos los países del sur, casi al aire libre, con las puertas abiertas. Las mujeres y niñas parecían saludables y contentas, vestidas con limpieza, y el interior de las casas era decente. Toda la costa, por cierto, está a favor de la reina, o como se dice: Cristina, aunque la reina Cristina ya no está en España. En las puertas nos mostraron algunas fortificaciones hechas contra los carlistas, o como los llaman allí, la facción. Al llegar aquí, vimos por primera vez el mar, que nos acompañó hasta Barcelona. Ahora las casas de campo aumentaban. Ya divisábamos las torres de Barcelona, y a las cuatro habíamos pasado las puertas, recorrido un hermoso paseo y llegado a la plaza del gobernador, donde a la izquierda está el magnífico edificio de la aduana y a la derecha, el palacio real. Luego avanzamos junto a un alto muro 93 La portada del libro reproduce la figura de un hombre bebiendo de un porrón; una imagen reproducida del libro: Robert Semple. A second journey in Spain in the spring of 1809 (Londres, 1809). 273 que se adentra en el puerto, con Montjuic y sus fortificaciones frente a nosotros, giramos a la derecha y de repente estábamos en medio de la ciudad, en la hermosa y ancha avenida llamada Rambla, abarrotada de gente, frente a la oficina de inspección, donde se nos registró por cuarta vez. La mejor posada de Barcelona era Las Cuatro Naciones, así que la elección fue fácil y pronto tuvimos alojamiento. 274 275 Francisco Pi y Margall Paisajes catalanes (1842)94 De Barcelona a San Cucufate del Vallés. […] Que son todos estos bellos caseríos esparcidos acá y acullá en la llanura? estas espaciosas quintas que se estienden junto a la ciudad? estos pueblos inmediatos que todos los días crecen y se ensanchan devorando la campiña? Estas inmensas fábricas de vapor qua vencen a las nuestras en grandeza? Esta es la misma ciudad que no pudiendo romper su valla la saltó, que no pudo caber en el círculo que los hombres la trazaron, y espaciose en el que la metió naturaleza. Naturaleza le dio sus límites; del Besós al Llobregat, del mar al monte. [...] Amaneció y despedime de este país pintoresco. Toda la naturaleza hablaba en torno mío. Cantaban las aves, murmuraban los arroyos, cuchicheaba la brisa con las yerbecillas. Apenas vencía alguna cumbre, ofrecíanse a mi vista campos poblados de labradores y aldeanas que aquí platicaban, allá entonaban alegres y festivos cantos, acullá reñían con aspereza a sus alimañas. En la falda del monte fronterizo había ovejas que balaban, bueyes que mujían, pastores que tañían sus zampoñas recostados muellemente en el tronco de un árbol con el zurrón a un lado y al 94 España. Obra pintoresca en láminas ya sacadas con el daguerreotipo, ya dibujadas del natural, grabadas en acero y en boj por los señores D. Luis Rigalt, D. José Puiggarí, D. Antonio Roca, D. Ramon Alabern, D. Ramon Saez, etc. Y acompañadas de texto por D. Francisco Pi y Margall. Cataluña (Barcelona, 1842). 276 otro su buen galgo. En la profundidad de los bosques sonaba estruendo de armas de fuego, ladridos de perros, voces roncas de fatigados cazadores. Este vago ruido animaba toda la campiña cubierta entonces de una lijera bruma que los rayos del sol iban desvaneciendo. Cosa de una legua andada descubrí un bellísimo paisaje. Abriese bajo mis pies un profundo valle en que el suelo desaparecía bajo las copas de los árboles. Entre el verdor de esta vejetación destacábase en la vertiente del monte un pequeño santuario, en lo profundo del valle una espaciosa alquería gótica recostada en un torreón oscuro roído a trechos por algunas yerbas. Sobre la montaña vecina desplegábanse las casas de S. Felio del Piñó [Sant Feliu de Codines], esparcidas acá y acullá como las tiendas de los árabes en el desierto. La atmósfera estaba ya pura, el horizonte despejado, el sol reflejaba en las aguas de un estanco que había junto al santuario. Subí luego a S. Felio, descendí a Caldas, villa célebre por sus aguas termales ya en tiempo de los romanos [...] a pocas leguas de andadura penetré en Mollet [...] dejé a mi espalda el Moncada y dirijime a Granollers. Villa es esta alegre y populosa, de buenas calles y mejores plazas [...] Atravesé sin detenerme un punto el pueblo de la Garriga, al cual pertenecía la capilla, y vime en breve encerrado en el fragoso Congost. Áspera, cortada, y peligrosa era la senda que seguía, trazada entre opuestas cordilleras de montes altísimos que me traían embargado el pensamiento con la variedad de paisajes que a cada paso me ofrecían. Cosa de tres leguas debe andar aquí el viajero sin ver otra cosa que montes a la derecha y a la izquierda, al frente y a la espalda; mas no creo pueda hacérsele enojosa la vía, ya 277 que no le aquejen temores de que se le despoje de su hacienda por los forajidos que abrigan comúnmente estas asperezas, que no es cosa de buen llevar verse al volver de una esquina frente al frente con la boca de un trabuco. Pasado el Congost, vime pronto en Aiguafreda, donde acertó a detenerse entonces uno de estos galerines que al parecer llevan encomienda de moler los huesos a cuantos pasajeros quepa la mala suerte de meterse en ellos. Veíanse a la portezuela del carruaje empolvados galanes aguardando con ansia el desembarco de las bellas damas que magnetizaron con sus ardientes ojos en las cortas horas de viaje que llevaban, mientras unos se desperezaban con mucho donaire a la puerta de la venta y otros acometían desaforadamente la cocina. Aguijé a mi alimaña y vime luego al pie de la subida de S. Antony [...] Introdújeme en Tona y noté en los dinteles de las puertas entallado el año de fundación de cada casa: vi que algunas databan del siglo XVI, muchas del XVII, las mas del XVIII y las menos del siglo XIX. No quise ascender al castillo de Tona elevado sobre el pico de una montaña, ni penetrar en el gracioso pueblo de Taradell que vi a la derecha puesto sobre una margen escarpada, deseaba ver, lo que alcancé a corto trecho, la ciudad de Vich sentada sobre una riquísima alfombra, que tal puede llamarse su llanura. [...] A cosa de una legua vi bajo mis pies a un caudaloso rio que corría murmurando entre dos pequeños pueblos sitos uno en el monte, otro en el valle. El rio era el Ter, los dos pueblos Roda, un puente unió lo que las aguas separaban. Las casas del monte ofrecen un aspecto pintoresco. Descienden algunas de ellas rompiendo zarzas y matorrales hasta el pié del rio como muchacho atrevido que mira 278 con avidez el juguete que se le cayó en el agua; una hay junto al puente que, bañándose en el rio mismo, mira en la abundosa corriente sus pies de piedra y su cabeza de mampostería, otras se estienden orillas del rio viendo correr sus ondas cristallinas al través de los acebos, tejos y frondosos olmos. Era hermoso el contraste de líneas y variedad de tonos que sus paredones más o menos obscuros ofrecían, y a pesar de ser muy pocos los objetos que sobresalían; el campanario de la iglesia parroquial de S. Pedro, algunas torres y el hasta en que flotaba durante la guerra de sucesión el pabellón nacional se destacaban bellamente en un horizonte sereno, empañado solo por algunas blancas nubecillas que, impelidas por el viento, corrían como espíritus celestes. [...] Apenas asomó el alba, púseme sobre mi alimaña, cabalgué orillas del Ter, y al son de su armoniosa corriente llegué a tiempo que anochecía a vistas de la ciudad, sita orillas del mismo rio y cuesta abajo de un monte [...]. Ciñénla de septentrión a medio día varias alturas cuyas cimas defendían algunas fortalezas ya desmoronadas por el ímpetu de las armas. Allá donde alcanza la ciudad al Ter confluye el Onyà, pequeño rio que corre sosegadamente entre el Mercadal y la población antigua cuyas casas abren graciosamente sobre las aguas su variado ventanaje. Circuyen ambas partes de la ciudad, unidas por un puente de piedra, débiles muros coronados de torreones y baluartes en que se descubren todavía las brechas abiertas por los franceses a principios de nuestro siglo. [...] Asomaba el sol sobre la cumbre de los montes, cuando salí de Gerona. Ansioso de tramontar Monseny, dejé la carrera moderna, y seguí la antigua abierta entre profundos 279 bosques. Al entrar en ella se apoderó de mí una melancolía indefinible. En una piedra en bruto sobre la cual había una pequeña cruz de hierro de recuerdos terribles para todo viajero en cuatro rotos paredones que a corto trecho se descubrían, se me ofreció una historia muy sangrienta. Algunos salteadores de los que abrigaban comúnmente los bosques de estas cercanías depusieron un día las armas, vinieron a fabricar esta casa, e hiciéronla posada. Al salir el viajero de esta casa fatal, caminaba muchas veces a una muerte pronta e irresistible. […] A tres leguas de Girona hallé las Mallorquines, pequeño pueblo sito sobre la cumbre de un monte. En el valle de la derecha está Riudarenes, en el valle de la izquierda la laguna de Sils. Todo respiraba tristeza en torno mío. La laguna reflejaba los rayos del sol como espejo empañado, como ojos velados por densas cataratas, como mar de hielo; el pueblo del valle, triste, silencioso, sin nada en sus alrededores que respirase vida, parecía más que un pueblo un cementerio. La naturaleza estaba en todas partes árida y moribunda; los campos yermos, los árboles sin hojas. La fiebre que devoraba á los habitantes de esta comarca parecía haber estendido su imperio sobre la rica vegetación que cubría en otro tiempo estos frondosos valles. Al salir de las Mallorquines, la naturaleza estaba ya brillante. Apenas tramontaba una colina, descubría vastas llanuras pobladas de ricas alamedas que bordaban la margen de algún arroyo ó riachuelo. En la arroyada, bajo la sombra de los árboles veíanse esparcidos acá y acullá hermosos y manchados bueyes que pacían entre ovejas blancas como la nieve. A menudo interrumpían el silencio del paisage ya el vago sonido del viento que murmullaba entre 280 las hojas de los álamos, ya el hondo mugido del buey que repetía magestuosamente el eco de las montañas del fondo. Solo la frescura que respiraban estas encantadas llanuras podía templar los ardores del sol de agosto que rodaba sobre mi cabeza. Como dos leguas andadas, llegué a Hostalric, villa sentada orillas del Tordera, en la falda de un monte cuya cumbre ocupa una espaciosa fortaleza. A su entrada alzase un torreón altísimo al pié del cual están los restos de su remate, en torno suyo se conservan todavía fragmentos de muralla que reflejan mucha antigüedad en el color sombrío de sus piedras. A trechos están empotradas en la muralla torres ya cuadradas, ya circulares, unas enteras, otras desmoronadas y entre ruinas. Dirigime a Breda. […] Durante el resto de mi jornada Monseny me ofreció un cuadro sencillo y magestuoso. Los rayos del sol apenas podían abrirse paso entre las negras nubes que cerraban el horizonte. La montaña presentaba tonos muy oscuros. Entre ellos destacábase un color vago, trasparente, indefinible, más deslucido que los vapores de un lago, mas subido que el de la vía láctea, color misterioso que escapa a todas las clasificaciones del entendimiento, a todos los caprichos de la fantasía. Un anciano encorvado ya por el peso de sus años y de sus fatigas se me acercó lentamente y me dijo, «estáis viendo la cascada de Gualba. Desgraciado es el día en que amanece sobre ella una pequeña nube. Esta es el trono que escoge a menudo el diablo para arrojar el rayo sobre nuestros bosques, el granizo sobre nuestros campos». [...] La noche se acercaba. Dejé a mi derecha a Campins, sito en la cima de una colina, en medio de una campiña vas- 281 ta y pintoresca. Este pequeño lugar estaba entonces animadísimo. Un numeroso gentío danzaba locamente en él al compás de una música campestre que se confundía con el eco de las montañas, el canto de los arroyos y los febles quejidos de la brisa de la tarde. Tramonté luego una cumbre, y vi en el fondo, al pié de Monseny cuatro o seis casas esparcidas en torno de una pequeña iglesia. Era el pueblo de Muscarolas, término de mi jornada. Al llegar a él, el cielo desplegaba su manto de estrellas, las campanas de la iglesia tocaban a las ánimas, los techos de las casas humeaban, las cimas de los árboles del contorno oscilaban silvando dulcemente. A la mañana siguiente emprendí mi marcha hacia la cumbre más allá de Monseny. Cuando empezé a trepar esta montaña gigantesca, brillaban todavía en el cielo algunas estrellas cuyo resplandor parecía estar en lucha con el de los primeros rayos de la aurora que asomaba a las puertas de oriente envuelta en nubes blanquecinas tocadas ligeramente de un color de rosa. El valle de Muscarolas resonaba con los armoniosos trinos de las aves que cantaban desde lo profundo de los árboles. El monte presentaba una vegetación rica y caprichosa. Al asomar el sol, vi ya coronadas de sus rayos las copas de los árboles entre los cuales caminaba. Su sombra me fallo prontamente. Al paso que iba acercándome a la cima, la vegetación disminuía a maravilla; la senda se presentaba más árida y más triste. Al fin no descubría ya en parte algúna árbol, ni arbusto, ni pequeña hierba, solo grupos de rocas que era preciso salvar para descubrir el vasto cuadro que la naturaleza presenta desde la cumbre de Monseny. 288 interesante para examinar, así que pronto nos despedimos. Seguimos por la empinada y rocosa ladera de un valle cubierto de exuberante follaje de bosques de castaños. En un punto, mi guía señaló un desfiladero donde se libró una batalla y los carlistas fueron derrotados y asesinados. El camino era lo suficientemente bueno para cualquier animal acostumbrado a caminar en terrenos escarpados, aunque a veces había lugares donde la pendiente o la elevación extrema, con solo un lado de una roca resbaladiza como base, hacía prudente desmontar. Después de recorrer la mitad del camino, llegamos a una bifurcación y, debo decir que si hubiera estado solo, como había planeado, probablemente habría tenido que detenerme indefinidamente para adivinar qué camino tomar. La soledad era total y solo había un promedio de un transeúnte por hora. Aquí, mi guía tomó el camino menos transitado, y después descubrí que cruzaba por un paisaje salvaje de rocas, arroyos y arbustos. Al rato, nos internamos en un bosque y el camino se volvió más fácil de transitar, aunque estaba hecho de materiales que no parecían adecuados para la mula. Eran pinos redondos, ásperos, nudosos, colocados transversalmente y muy sueltos. No sé si la mula tenía miedo de que se movieran o de que se le enredara una pata entre ellos, pero siempre que podía avanzar unos centímetros hacia cualquier otro terreno o piedra al costado, lo hacía con entusiasmo, incluso si eso significaba acercarse al precipicio. Mi silla de montar era peculiar, especialmente para alguien de origen inglés. Era un enorme marco de madera, muy alto, y estaba hecho con un montón de telas de saco que, en conjunto, formaban mi asiento a unos dos pies por 289 encima del lomo natural del animal. No tenía estribos y, como freno, una sola cuerda atada a una especie de bocado de hierro fijado en la nariz de la mula. La cima del paso no tenía el carácter distintivo de tantos de estos pasos entre España y Francia que reciben el nombre apropiado de puertas.97 Pronto comenzamos a descender sobre tierras de hierba en pendiente hasta que avistamos el monasterio y el pequeño pueblo de Roncesvalles. El paso que atravesamos fue también recorrido por el mariscal Soult98 durante su memorable descenso a España en 1813. Imagino que debió ser una tarea muy difícil hacer pasar la artillería y la caballería por los caminos escarpados y abruptos del desfiladero. Tal vez se requeriría la intervención de ingenieros para mejorar su accesibilidad, por ejemplo, cortando las rocas muy dentadas con mayor amplitud para adecuarlo a un camino de herradura. En otros tramos, donde el terreno era blando, caminamos sobre los restos desordenados de un camino formado por árboles jóvenes dispuestos transversalmente, pero apenas alisados o allanados. Se dice que Soult empleó trescientos bueyes para ayudar a arrastrar sus armas a través del paso, y su extraordinaria determinación en lugares incómodos y difíciles es ampliamente reconocida por todos los viajeros. En Roncesvalles, la carretera principal atraviesa un arco que forma parte del monasterio. A unas cien yardas más allá se encuentra la posada, que ofrece un alojamiento modesto pero aceptable para jinetes y peatones. Me pa97 En realidad, se les llama puertos. 98 Jean-de-Dieu Soult, mariscal y tres veces primer ministro de Francia, dirigió el ejército durante la guerra de la Independencia española. 290 rece importante mencionar esto, ya que estoy seguro de que todos los que han viajado por estos caminos pueden dar fe de la relativa falta de interés por los lujos, en parte debido a las duras condiciones de la ruta y en parte debido a la profunda apreciación de la comida sencilla y el descanso, lo que rara vez es tan valorado por aquellos que no tienen que trabajar para ganarse el pan, como es el caso en estas circunstancias. Acordé con el cartero que me recogería a las cuatro de la mañana siguiente. Mientras preparaban mi cena, caminé cerca de una milla en dirección a España por un terreno similar a un parque, rodeado de árboles y con un camino muy bueno para carruajes. Aquí, se notaba claramente el cuidado y la atención que se había prestado en la aproximación al monasterio. Era una mezcla de avenida, planicie, césped y plantación, exactamente el tipo de paisaje que a un caballero rural inglés le gustaría tener como acceso a su casa. A mi regreso, encontré una excelente comida de sopa, pescado, chuletas, pollo y frutas, acompañada de café y una taza de chocolate por la mañana. Todo ello por el precio de tres pesetas, es decir, unos dos chelines y nueve peniques. La mirada inquisitiva que recibí cuando entré por primera vez en la cocina de la posada, por parte de dos o tres españoles de aspecto salvaje, que suelen ser bastante desconfiados con los recién llegados que llevan ropa como la mía, para asegurarse de que no fueran aduaneros o algo por el estilo, fue compensada por la especialmente pequeña cantidad que tuve que pagar por una cómoda estancia y una buena cena. 291 Al despertarme entre las tres y las cuatro, me levanté y bajé a la cocina, donde encontré un gran fuego ardiendo en un rincón de la habitación, y mi amigo el cartero disfrutando de su calor. La mañana era hermosa, aunque unas pocas nubes frías y neblinosas pasaron junto a nosotros y nos envolvieron mientras cruzábamos la cresta más alta de la montaña. Poco después, el sol brilló claramente. Cabalgando y a veces caminando, bajo el azul brillante y el verdor de todo tipo que me rodeaba, llegué de nuevo a Saint Jean Pied de Port entre las diez y las once, después de una expedición corta pero muy gratificante. El monasterio de Roncesvalles ahora está completamente vacío, y sus puertas están abiertas para que cualquiera pueda entrar, caminar por sus pasillos y sumergirse en sus apartamentos, sin encontrarse con un solo ocupante. Nunca he estado en un lugar más extraño y sombrío que este, y mucho menos después del anochecer y completamente solo. Con la poca luz que quedaba, apenas era suficiente para guiarme por el lugar. Pregunté en el pueblo si alguien podría mostrarme el lugar, y la respuesta fue Las puertas están abiertas y puede ir a donde quiera. Me dijeron que este antiguo establecimiento se disolvió hace unos seis años, y que entonces había diecisiete canónigos. Afortunadamente, la iglesia sigue en uso para los habitantes vecinos. En mi opinión, sería muy fácil construir un buen camino para carruajes a través de este paso. Incluso ahora, solo hay unas ocho o diez millas intransitables para un carruaje, y no observé ninguna dificultad real para los ingenieros y constructores de caminos, ni nada que pudiera requerir un gasto muy grande. En la actualidad, sólo exis- 292 ten dos caminos para carruajes entre Francia y España, uno en cada extremo de la cadena de los Pirineos.99 Durante mi excursión a Roncesvalles, las damas habían visitado la ciudadela de Saint Jean Pied de Port, una imponente estructura que domina las tres gargantas del vecindario por donde se efectúa la comunicación con España. Pasearon dentro de las puertas sin interrupción, pero al ser observadas, fueron saludadas por un centinela y se dirigieron a su superior para recibir órdenes. Afortunadamente, fueron tratadas con la mayor cortesía. Después caminaron un rato por la elevada y amplia plataforma, y sacaron algunos bocetos del noble paisaje que los rodeaba. Dudé que a un caballero se le hubiera concedido este último privilegio, y es que a menudo he observado que la presencia de una dama en tales escenas desarma las sospechas y proporciona a los hombres una recepción muy diferente de la que obtendrían de otro modo, lo que es muy razonable, dejando de lado la cortesía y la galantería. Un espía, un individuo con propósitos siniestros, o incluso un caballero viajero que tenga a la vista algún objeto que pueda causarle dificultades, no sería acompañado de esta manera. […] Junto al coronel H.B., desde este lugar realicé mi primera excursión a la montaña con destino al puerto de Benasque. Partimos de Luchon a las cinco de la mañana y disfrutamos del mejor clima durante todo el día. La subida ha sido descrita en numerosas ocasiones con gran precisión, por lo que no pretendo añadir ningún detalle nuevo. La 99 Los pasos del Portús y del Bidasoa. 293 guía contiene dos relatos, uno en el texto principal y otro en una nota, y sus valientes autores, el Sr. Paris y el honorable Erskine Murray,100 ofrecen una impresión general del paisaje. Si bien es cierto que describen la excursión en términos algo peligrosos, creo que en cierto modo exageran. Hay algunas dificultades y peligros, pero la dificultad solo se presenta para aquellos cuyos caballos, si montan, o cuyos cuerpos, si caminan, no están a la altura de la tarea, que la mayoría de los caballos locales y hombres sanos pueden realizar. Mientras que el peligro solo afecta a aquellos que actúan de manera descuidada e imprudente o experimentan un accidente inevitable, como una caída o una torcedura de tobillo, que cualquier excursionista puede sufrir en una caminata entre montañas o precipicios. Durante la primera hora y media de camino hacia el Hospicio,101 una pequeña posada al pie del paso, se puede disfrutar de la belleza del bosque, el agua y las vistas a la montaña sin mayores dificultades. Desde el Hospicio, se abre una especie de cuenca montañosa con altos pináculos aparentemente inaccesibles como límite ininterrumpido en la cumbre. Es común sentir asombro y sorpresa al descubrir que esta es la barrera que hay que superar, y la ab100 James Erskine Murray (1810-1844), publicó A Summer in the Pyrennees (London, 1837). 101 Durante el siglo XII, la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén estableció dos hospitales, que en realidad eran posadas, en las laderas norte y sur del paso del Portillón, con el objetivo de brindar ayuda a los peregrinos y viajeros que atravesaban los Pirineos. El hospice de Saint Jean de Jouéou, mencionado en el texto, estaba ubicado en el lado francés, mientras que el hospital de Benasque o de San Salvador se encontraba en el lado español. Actualmente, estos edificios han desaparecido y solo se pueden apreciar los cimientos. 294 soluta incapacidad de imaginar cómo hacerlo. El puerto en sí, o brecha superior, por la que se atraviesa el camino, no es visible desde este lugar, ya que está oculto a la izquierda por una altura que lo sobresale. Esta característica de la escena es común en muchos pasos de montaña, sin embargo, desde abajo, un ojo preciso puede trazar un camino estrecho que serpentea en líneas zigzag hacia el puerto. Aún así, la naturaleza escarpada de la altura, parece hacer el ascenso imposible, pero, tentanda via est, y como sucede en otras cosas, también en esta, pronto se progresa y se alcanza el final. Nos llevó dos horas alcanzar la cumbre desde el Hospicio. Yo caminé todo el camino, mientras que el coronel cabalgó hasta los últimos veinte minutos del ascenso. No voy a detallar los lugares por los que cabalgó, pero debo decir que aunque no me produjeron miedo ni ansiedad, sí me preocupé por él. Sin embargo, continuamos subiendo alegremente, hablando y disfrutando del paisaje, y no olvidaré fácilmente las interesantes conversaciones que tuve con el valiente soldado, no solo en ese momento, sino durante todo el día., sobretodo cuando, en respuesta a mis preguntas, relató varias anécdotas sobre Wellington, Moore y Hope, así como sobre Waterloo y la península. El coronel montaba un caballo bien elegido, el mismo que se había preparado para el duque de Orleans en la misma excursión, y su dueño lo describía como trés décidé, una cualidad muy valiosa en una expedición como la nuestra. Antes de alcanzar la cima, llegamos a una hermosa cuenca semicircular de roca que ofrecía protección contra el viento y estaba bañada por la cálida luz del sol. Allí tomamos el desayuno, y mi amigo había traído una abundante 295 provisión de comida en su mochila. Utilizamos las piedras como asientos, un montículo de hierba como mesa, y para mi sorpresa, pronto nos encontramos disfrutando de pan, mantequilla, pollo, huevos y café recién hecho, en medio de las montañas nevadas. Además, había carne y vino para los guías, mientras los caballos pastaban libremente en el césped cercano a nuestro lugar de descanso. En este momento nos encontrábamos a unos veinte minutos de la brecha en la cima, desde donde se iniciaba el descenso hacia España, y donde se podía ver la gran Maladeta a través de un valle profundo y escarpado. A nuestra izquierda estaba el puerto de la Picada, y a la derecha el pintoresco pueblo español de Benasque. Aunque generalmente hay vientos fuertes en la cumbre, hoy solo había una brisa suave, excepto en el propio puerto donde el aire era frío y fuerte. Según mis mediciones, el paso en sí tenía una longitud de quince yardas y un ancho de cuatro. A tres pasos antes de llegar a este desnivel, del lado francés, no se podía ver ni un centímetro de la Maladeta. Pero al avanzar, la gigantesca montaña se presentaba ante nosotros en toda su vasta y solitaria grandeza. Después de disfrutar del paisaje un buen rato y escuchar las historias interesantes del anciano Lafont, conocido como Príncipe, emprendimos el camino de regreso. Una vez más, tuvimos que atravesar masas de piedra suelta, arroyos (o senderos de agua, según el gusto del viajero) y lo más importante, crestas nevadas extremadamente empinadas. Para evitar resbalar y caer al glaciar que yacía debajo de nosotros, a menudo me agarraba con los dedos de la mano derecha hundidos en la nieve como un gancho. 296 En este punto, grandes lechos de rododendros salvajes estaban en plena floración, y pude recoger varias hermosas flores de montaña por el camino. Muchos ejemplares sólo se encuentran en los senderos más salvajes, y algunos incluso crecen cerca de los fríos glaciares o en fisuras de la roca desolada, y son un regalo para los ojos del viajero. Es impresionante contemplar el contraste que ofrecen estas pequeñas flores silvestres en comparación con las enormes rocas que se elevan por encima de uno. Y al mismo tiempo, no se puede evitar sentir la maravilla de la obra de Dios en cada detalle, desde la pequeña y delicada nomeolvides, hasta la rosa salvaje y la prímula. En el Hospicio, nos encontramos con varios arrieros españoles que tenían mulas excelentes. Estos hombres tenían figuras imponentes, como es habitual en su clase, y llevaban una vestimenta muy pintoresca que incluía un cinturón ancho, ya sea azul o rojo, y un gorro catalán para la cabeza hecho de tela roja gruesa que colgaba como un gorro de dormir inmensamente largo o doblado sobre la coronilla. Después de una excursión muy gratificante en todos los aspectos, cabalgamos rápidamente de regreso a casa mientras yo montaba al lado del guía tratando de descubrir por qué lo llamaban Príncipe. El coronel B. y yo pensábamos que le habían dado el apodo en broma por sus habilidades como guía, pero Lafont nos corrigió al decirnos que el nombre había pertenecido a su familia durante mucho tiempo. Desde luego, no teníamos ninguna razón para contradecirlo. Al día siguiente, acompañé a la Sra. T. a visitar dos cascadas muy hermosas cerca de Luchon, una en Montauban y otra en Juzet. Los habitantes de estos pueblos parecían 297 estar en una situación de pobreza extrema, y tanto los jóvenes como los viejos mendigaban constantemente. Incluso los niños parecían haber aprendido la lección de Donnez-moi un sou como la primera frase de un vocabulario que nunca se olvida. Más tarde, nos enteramos de una mujer joven que vivía en la zona y que había perdido el uso de sus extremidades y había estado confinada en su cama durante mucho tiempo. Fuimos a visitarla y durante la conversación descubrimos que estaba muy familiarizada con el contenido del Nuevo Testamento. Recordaba pasajes como el discurso de Nuestro Señor sobre la venida del Espíritu Santo y varios otros. Tenía un Nuevo Testamento impreso por la Sociedad Bíblica Francesa. Más tarde, alguien que se había interesado en la difusión de la palabra de Dios en la zona, nos contó que el cura del pueblo había promovido con celo la distribución de más de cien copias del Nuevo Testamento, en gran medida bajo sus auspicios, pero que esto no había sido bien recibido por la autoridad eclesiástica superior. Según mi informante, el cura había cambiado su postura y ya no promovía la circulación de la Biblia en la zona. [...] Durante nuestra estancia aquí, experimentamos dos o tres tormentas de montaña que nos resultaron tanto novedosas como sorprendentes. En uno de estos días, el clima había sido agradable sin signos de bochorno o tormenta hasta alrededor de las seis de la tarde, momento en que empezamos a ver nubes espesas, aunque no muy grandes, acumulándose y acercándose desde los tres valles que conducen al pueblo, uno al norte, otro al noroeste y el último al sur. Pronto empezamos a oír el trueno resonando en la distancia y, en cuestión de minutos, las nubes se 304 Una parada en un bosque vecino, me deja pensar y ordenar mis impresiones y recuerdos. El dulce y una buena siesta me devuelven el aliento para la marcha. El camino se vuelve siempre más irregular; se eleva sobre una costa rocosa, árida; atraviesa un bosque donde se reduce a un sendero de mulas y algunas roderas. Hay que subir y bajar mucho mucho. Por fin Manresa aparece a poca distancia; en el flanco izquierdo del valle profundo y estrecho del Cardener, poderoso afluente del Llobregat. Los cultivos cambian, varían. Visto de cerca, el aspecto de Manresa es muy pintoresco: construido en anfiteatro sobre un escarpado, rodeado de fortificaciones antiguas, el río que corre al pie, algunas fábricas que mueve, un puente de madera para los peatones, todo crea un hermoso conjunto. En el centro de Cataluña, rodeado de regiones montañosas, fuerte por su elevada posición, Manresa, foco de guerra contra el extranjero, luego, foco de insurrección y guerra civil, ha sido varias veces saqueada. Las riquezas que la rodean le han devuelto la vida, han borrado todo rastro de desastres; está ocupada por una guarnición numerosa. Una calle empinada conduce al interior, que es feo, sin interés. El tiempo, por el contrario, es bueno; el viento que desciende de las cumbres nevadas de los Pirineos, refresca la temperatura; sigamos adelante. Más allá de Manresa, ya no es el país accidentado, poblado, que me ha traído hasta aquí; son vastos campos de trigo sin población. Y desde entonces, ya no hay camino; ni hay sendero; sólo uno excavado por las aguas pluviales, obstruido por las piedras que arrastran, atraviesa esta llanura que parece interminable. Tiene en efecto tres o cua- 305 tro leguas de extensión; y en ese espacio, ni un pueblo, ni una casa. Llego al final. Hacia la parte baja de una colina, un poco apartado, veo una gran vivienda. Me han dicho que hay una posada por estos alrededores; no puedo dudar que sea ésa. Es un hallazgo oportuno, porque se acerca la noche. Dejo el camino; cruzo varios campos; llego al lugar, pido cenar y alojamiento; ¡nada! No encuentro allí ni cama ni cena, solo un maldito «arriba ne hay». Y ese arriba, es lejano; está en Sallent; a no menos de una legua. Caminemos. A medio camino, reencuentro el Llobregat, que abandoné en Martorell. Es mucho menos poderoso, pero aún hermoso; sobre todo sus bellas riberas. Son elevadas, cultivadas, pobladas; la noche ya extiende sobre ellas sus sombras; tiene la coquetería de levantar aquí y allá su velo semitransparente. Sallent está al otro lado, a la izquierda del río; un arrabal, una especie de cabeza de puente, está a la derecha, por donde llego. Cuando estoy en la puerta, me creo al borde de un precipicio; es… la calle mayor que desciende estrecha, sobre la roca desnuda, quebrada por resaltes, como en un bosque. En la parte baja de esta calle, un puente de piedra conduce a la ciudad, estrecho también, pero transitable por carros. Una población numerosa circula sobre este puente y en las callejuelas donde desemboca; son los obreros que dejan los talleres de varias fábricas alimentadas por las minas de cobre y otros metales, que se encuentran en las cercanías. ¿Dónde buscar alojamiento, en medio de estas tinieblas y este movimiento? Será difícil. A los primeros pasos, un hombre se me acerca y me dice con acento auvernés: «¡Buenos días, amigo! ¿Es usted francés, eh?». Y me lleva 306 a casa de unas buenas personas que conoce, que compensan con su cordialidad lo que no pueden ofrecer en comodidad. [...] Estoy en pie temprano y vuelvo a cruzar el puente. Hay el mismo movimiento que la víspera. Los obreros regresan a sus trabajos; hay además, el aspecto animado de la ciudad; y sobre el río, entre sus bellas riberas, vastas fábricas que él mueve. Plomo, cobre, hierro, estaño, zinc, mercurio, sal gema, hulla, he ahí los tesoros que España puede encontrar en su suelo, bajo los productos más ricos y variados de la agricultura; he ahí los tesoros que tenía para intercambiar por los de sus colonias. Tanto dentro como fuera, todo llamaba a sus puertos, al comercio, las riquezas, las artes de los dos mundos. Está apagada; es pobre; está atrasada en la marcha de las artes; es ignorante; y se dice: ¡Es la riqueza la que la ha empobrecido; es el torrente del comercio y de la actividad, lo que ha sofocado sus energías; es el descubrimiento del Nuevo Mundo, es el resplandor del ingenio y el faro de la ciencia, los que la han sumido en las tinieblas! Las fábricas de Sallent, nuevas en su mayoría, reclamaban otras salidas que los senderos por donde hemos llegado. Una gran carretera va a dar vida a este interesante valle del Alto Llobregat, y a unirlo, por una parte, con Barcelona; por la otra, con Francia, por Puigcerdá. Encuentro sus obras, desde la salida del arrabal cuya pendiente ayer era tan escabrosa. Están completas en una longitud de tres a cuatro mil metros; más allá, los puentes y otras obras de ingeniería están terminados en un espacio de cinco a seis mil. Por todas partes son de gran interés las construcciones de este tipo; pero aquí atraen aún más, por el contraste que ofrecen, con todo lo que las rodea, con todo lo 307 que las ha precedido. Los caminos, son las piernas de una nación; las obras que los preparan, son las primeras pulsaciones de una vida nueva que la penetra. Me paro a menudo para contemplar esta gran obra del arte, que se une allí, a una naturaleza áspera, para suavizarla y fecundarla. […] A medida que avanzo, el país se eleva; las cimas de las altas cadenas hacen sentir su frescor; los pastos suceden a los cultivos; la comarca toma un carácter agreste; está poco poblada. Solo encuentro en ella una pequeña aldea, Casserres, que no tiene nada notable. Son continuas las subidas y bajadas; la última subida me lleva a Berga. Situada en la cima de una saliente alta y escarpada de su sierra, esta ciudad armada de viejos muros, y dominada por una ciudadela medieval, es de un aspecto notable. Las aguas vivas de las montañas proporcionan por todas partes irrigaciones. En cuanto al interior, las callejuelas tienen unas pendientes tan rápidas, que se camina en ellas con pena. Hago una doble prueba; pues cuando, llegado al medio de la ciudad, pregunto por una posada, me devuelven fuera de la puerta por donde he entrado. Una casucha cuya vista me dio lástima cuando pasé delante, representa toda la instalación hospitalaria de Berga. Tendré para cenar, algunos huesos ahumados de cordero. En cuanto al lecho, se reduce a su expresión más pastoral: el establo puede contener siete mulas, pero sólo hay seis en la cama de paja; yo ocupo el lugar de la séptima. La noche es fría y tengo que dividir mi cama de paja en dos, una mitad debajo de mí y la otra encima. A las cuatro, suenan los cascabeles; vienen a equipar a las mulas; yo, que tengo la ventaja de estar ya equipado, me voy. 308 Subo la calle escarpada, larga, estrecha; cruzo la ciudad todavía silenciosa; luego el pequeño istmo que, como el del Bruc de Montserrat, la une a la montaña. Desde el punto de vista pintoresco, este lado de la ciudad no cede en nada, quizás incluso es superior al otro. Un valle desciende a la izquierda, grande como uno de los Alpes, con rocas y bosques en las cumbres, precipicios, torrente, cascadas, murmullo en el fondo. El camino es bastante llano; la pendiente es suave; es un deleite caminar, mirar, relacionar con estas bellas escenas, mis recuerdos de Italia, Suiza y África. Estoy tan concentrado en mirar que paso por alto un sendero a la izquierda y continúo mi descenso. Al cabo de una hora, encuentro un habitante que me informa de que estoy en el camino de Ripoll; que hay que desandar una legua, para tomar el sendero en cuestión. Tengo así la ocasión de ver una segunda vez el bello valle, y confieso que no le encuentro tanto encanto. Vuelvo, subo, encuentro mi sendero; hace falta nada menos que pasar la montaña de la izquierda. Afortunadamente, he aquí una venta; desayunemos. La subida es larga; las rampas más empinadas están pavimentadas, o más bien, erizadas de bloques brutos de granito, ensamblados sin orden. Las espartenas, alpargatas o sandalias hechas de cuerdas, que los españoles llevan en general como único calzado, se aplican sin resbalar sobre estos pavimentos irregulares; pero no ocurre lo mismo con mis botines. La marcha es muy difícil, sobre todo en las bajadas. Obligado como estoy a tantear estos guijarros, tengo menos tiempo libre que hace un momento, para mirar los alrededores. Resbalones y resbalones me llevan a un encantador valle totalmente montañés. Es estrecho, profundo, tapizado de 309 bosques y pastos; regado por fuentes, cascadas y arroyos. Un torrente salta en el fondo; lo franquea el puente de Rabentí, esbelto y atrevido como un gamo; a su alrededor se agrupan algunas casas. Doscientos y trescientos metros más arriba, una posada muestra su enseña. Encuentro allí un huésped y una huésped de modales toscos y grandes risas, como sus barrigas redondas y abultadas; me dan buen vino y buena carne. Son habladores y su vino también. […] La charla, la alegría, el cuartillo de buen vino y las chuletas de carnero, han refrescado y reparado mis fuerzas. Las necesito, porque hay que subir todo lo que he bajado, y luego bajar y resbalar de nuevo. En esta segunda bajada, me encuentro con un hombre joven, de talle esbelto, robusto, de aire salvaje; sube ligero como sus alpargatas. Quiero pedirle información sobre mi camino, sobre la distancia a Bagá; me responde «Dios», y ya está lejos; en un instante desaparece en la montaña. Diez minutos después, mi camino tan solitario se puebla de una veintena de hombres, son miqueletes, o gendarmes catalanes conducidos por un teniente que, cuando me acerco, me dice con tono de benevolencia: «¿Está usted tranquilo?». Yo, que hasta entonces no he demostrado inquietud, al principio no comprendo su pregunta. Añade: «¿No ha encontrado salteadores?». Entonces sí se me ocurre la idea de que el hombre de «Dios» que encontré hace un momento, «salteaba» bastante bien, para merecer ese nombre; pero no puedo desconocer la atención que tuvo de no responderme de otra manera. Aseguro, pues, que he estado «quietísimo». Y el teniente, con aire satisfecho, me cuenta que, hace algún tiempo, no habría sido así. Me mu- 310 estra, muy cerca de allí, una roca donde, once días antes, el santo día de Pascua, hizo fusilar al jefe de una banda que desde hacía mucho tiempo infestaba la comarca. Completa mi satisfacción y la estima que me ha inspirado, negándose a ver mi pasaporte. Nos separamos con un cordial «A Dios». Bagá es una aldea miserable; no tiene nada atractivo en cuanto a posadas; me dicen que hay una a dos leguas más lejos, al pie de la gran montaña. La jornada de mañana será larga y difícil; ganemos tiempo y camino. Este camino, por lo demás, es fácil y agradable, siguiendo el fondo de un valle que toma el carácter de la gran cadena en la que se apoya. La posada prometida es una casucha enclavada entre rocas, cerca de un puente estrecho como una tabla, que se llama «Puente del Fachs». [...] Este paraje de Fachs es salvaje y solitario. Otra vivienda más miserable aún que la primera, está a cien metros más arriba. Alrededor, todo es desnudo, áspero, desgarrado. Dos torrentes saltando, bramando de caída en caída, se encuentran y chocan debajo de la posada.103 Es el estruendo en medio del silencio; la movimiento en medio de la inmovilidad. Mis anfitriones son tan rudos como todo lo que les rodea; tres arrieros que hacen allí un alto son aún más toscos. Cae la noche; estoy solo en medio de estas gentes, como si la casa estuviera desierta. Ni una palabra de acogida, ni siquiera una pregunta de curiosidad. 103 Referencia al puente de Sant Joan y la casa Cerdanyola, antiguo hostal en el camino que cruza la sierra del Cadí por el collado de Pendís. Un paisaje de alta montaña sorprendente. En catalan a la haya se la llama faig, de aquí el nombre ahora olvidado de Fachs. 311 A lo largo de una hora, o hora y media, sólo nos iluminaban los destellos intermitentes de algunas ramas que ardían en el hogar. Hacia las ocho, cuando el arroz está cocido, la anfitriona moja en un cubo de resina un puñado de musgo, que introduce en una grieta entreabierta de la chimenea; enciende algunas briznas; esa será la lámpara de nuestro festín. Anfitrión, arrieros y yo, sentados a la beduina alrededor del cuenco, hundimos en él nuestras cucharas de madera por turnos, siempre sin decir palabra. Se puede uno figurar el aire del interior ahumado de esta especie de tugurio y de nuestro círculo ya bastante negro, todo iluminado por la luz sucia de la resina. Con el cuenco vacío, cada arriero toma su odrecilla, pequeña bota que se echa al gaznate, y va a enrollarse en su manta, en el extremo alto de la habitación, donde se ha hecho cama con algunas gavillas de paja. En cuanto a mí, tengo una detrás de la puerta. Estoy pronto para partir, en cuanto la primera luz del alba, tímida y pálida, me diga: He aquí el día. El puente de Fachs está al pie de la gran cadena que, bajo el nombre de Sierra del Cadí, se separa de los Pirineos en Puigcerdá para atravesar Cataluña y extender sus poderosas curvas hasta la desembocadura del Ebro. El torrente de la derecha desciende por un valle lateral, al que se asciende tan pronto como se ha cruzado el puente. Una cuesta de media hora conduce a una especie de callejón sin salida, a una alta cuenca, semejante a aquellas que se ven habitualmente en las laderas orientales y meridionales. Rodeados de rocas infranqueables, el sendero se acerca a las más altas y escarpadas: ¿por dónde pasar? Una hendidura de cinco o seis metros de ancho y seiscientos u ochocientos de altura las abre parcialmente; por allí 312 se desliza, retorciéndose como una serpiente, el sendero abrupto, entrelazándose con el torrente que se estrella en él; es una escena comparable con los paisajes más salvajes de Saboya, a la que se añade la solemnidad del desierto. En lo alto de las rocas, se atraviesa un bosque, donde varias cuestas en zigzag conducen de terraza en terraza hasta una segunda barrera menos rocosa, pero casi tan escarpada como la primera. El sol cae a plomo sobre este paso estrecho; reflejado por las nieves que cubren las cumbres circundantes, resulta ardiente; no hay ni una brisa en el aire; la marcha es penosa. Me han prometido que encontraré un venterillo hacia lo alto de la montaña. Veo un tejado; ¡he aquí el palacio deseado; descansaremos, almorzaremos! Pero la choza está cerrada; ¡inhabitada! Un leñador que pasa por allí me reconforta al informarme de que el venterillo está a media hora más arriba. En ese mismo instante, un viento violento del noroeste lanza desde la cima de la montaña una masa de nubes que se deshacen en lluvia y nieve. Mis ropas, hasta hace poco empapadas de sudor, están ahora completamente heladas; el aguanieve me azota el rostro y los ojos; hace falta mucha determinación para no dar la espalda al enemigo. Sin embargo, si me detengo, pronto quedaré helado; además, la nieve acabará por borrar por completo cualquier rastro del camino; estaría perdido; sigamos subiendo. Cuatro muros negros y en ruinas; dos ventanas sin cristales, por donde salen torbellinos de humo; un montón de piedras por techo: tal es el venterillo. Por la puerta y las ventanas, el viento sopla dentro con la misma fuerza que fuera. En un rincón, alrededor de un hogar humeante, seis 313 arrieros se apretujan; ninguno se mueve para hacerme sitio. Pido que me sirvan el almuerzo. Tendré que esperar un cuarto de hora antes de que alguien me responda; otro cuarto de hora más antes de que me traigan vino y pan. Para evitar un enfriamiento peligroso, no tengo más recurso que mantener la mochila puesta y andar de un lado a otro de la habitación. Es una manera de descansar que no se parece a muchas otras, sin duda; pero la idea de enfermar en un lugar así, de morir, yo, el «excomulgado de Frances», en esta tierra tan católica, de donde sin duda me enviarían al infierno, también me da fuerza y paciencia. Y me hace falta. Tras dos largas horas, la tormenta ha pasado y el tiempo se aclara. Para mayor alegría, suenan los cascabeles: los arrieros parten hacia Puigcerdá y los sigo. La nieve, en la que el pie se hunde sin encontrar apoyo, hace difícil una ascensión que dura aún más de una hora. Pero en la cima, ¡qué admirable panorama el de las numerosas cadenas de los Pirineos, elevándose unas encima de otras! ¡Qué hermoso es verlas en su silencioso y rígido sueño invernal, bajo su suntuoso manto de hielos y nieves! Durante casi una hora, seguimos una cresta estrecha, que, en sus unmerosas inflexiones, domina alternativamente el norte y el sur, el este y el oeste. Avanzamos con dificultad sobre esta arista resbaladiza; dos mulas caen, pero se levantan sin accidente, aunque con grandes esfuerzos. El descenso, menos rápido y menos accidentado que la subida, tampoco carece de audacia, de sorpresa ni de belleza pintoresca. Las nieves no desaparecen hasta más abajo, al llegar al fondo del valle; sobre ellas hemos caminado durante al menos tres horas. Los arrieros se deti- 320 des abiertos en la roca, picos espantables, un desgajamiento terrible en la peña viva, producido por el barreno, y todo esto salvado por siete u ocho túneles y 14 ó 15 puentes de hierro tendidos sobre la corriente mansa. Es un trayecto corto, diez y siete minutos de ferrocarril, pero diez y siete minutos bravos, feroces, de luz cernida, entre dos paredes que constituyen dos hacinamientos de gigantescos cuarzos, respirando el humo de la máquina que se aploma en el hueco que dejan libre los vagones. La silueta plutoniana pasa pronto, y por Villamanín salimos a un hermoso valle de copiosos pastos para los ganados trashumantes. No es más que un paisaje de respiro. Al frente se ve un gran pueblo, otro en una falda, a la derecha, lejos, dos más en un hacinamiento de caprichosas rocas. Una ermita en una cumbre, un establecimiento terrenal junto a la carretera, y entre túnel y túnel, oleadas de hierba. Pero la verde campiña apenas consigue borrar la impresión causada por el desfiladero. El viajero locuaz lo conoce, y me dice entonces sonriendo con lisura: —¿Ha visto usted la garganta de Ciñera? Pues salvo los panoramas, es la sinfonía del puerto. De Busdongo arriba Tenía razón el viajero lúgubre. El paso del puerto es una cosa tremenda, es una travesía de equilibrista, sin otra red que el abismo. Cada kilómetro que el tren gana es un triunfo conseguido sobre la catástrofe, que tira hacia abajo. Pero lo grandioso del espectáculo bien merece la pena de estrellarse. 321 Como en los Gaitanes, el terrible paso de la Penibética entre Bobadilla y Álora, camino de Málaga, el tren salva estas fragosidades del Pirineo, que defienden la entrada de Asturias como un topo: por dentro de tierra. Empieza a marcarse cada túnel en la guía con una rayita de lápiz para sumarlas luego todas. ¡Imposible! A los diez minutos van tantos, que se pierde la cuenta. El paisaje solo se ve a repentinos deslumbramientos. Casi entera la ascensión de la montaña se realiza en las tinieblas, apenas desvanecida la oscuridad por el reflejo de la lámpara del coche, entre el horrísono martilleo de su trepidación, aumentado por el eco de la bóveda. De pronto se sale a la luz, y atropelladamente se meten en la retina los mil accidentes del terreno: desfiladeros profundísimos que se pierden en lo hondo, valles contemplados a vista de pájaro, pueblecitos de casas liliputienses, trozos de carretera que parecen senderos, y de ríos que la distancia convierte en arroyos, torrenteras, ramblazos, bosques, todo empequeñecido por la altura. Y aún no se han fijado bien los términos del panorama, cuando la locomotora se hunde de nuevo en el seno de la cordillera borrando el cliché. Desde Busdongo es todo cuesta arriba, con intermitencias de descensos. En seguida encuéntrase la vía con el Bernesga, salta sobre él dos veces por dos firmes puentes de hierro, y se entra en el túnel más largo de la línea: en el de La Perruca. No hay ninguno en la Península que le iguale en longitud: 3.000 y pico de metros. Se anda y se anda por él, y no se llega nunca a la salida. Llégase a temer que el tren se haya perdido, que esté uno condenado a no volver a ver la luz. ¡Este, este es el tremendo,—dice el viajero lúgubre;—vamos descendiendo por una pendiente verti- 322 ginosa! ¡Una rueda que flaquee, y a la eternidad! Huele a humo de carbón de piedra y a humedad, y se ven gotear las paredes del subterráneo. Encima tenemos nada menos que los montes de Bombiellos, Verdes, Canto de los Pobres, el Bernesga otra vez, y el Dulcaladueña. Espanta el considerar lo que sucedería si estas montañas que gravitan sobre nosotros se desplomasen, o los ríos que sobre nosotros corren anegaran la galería por donde vamos. ¡Astucia sublime de la ciencia! Ni el agua, ni las rocas saben que un gusanillo que se llama el hombre, las ha horadado las entrañas, y aunque lo supieran, nada podrían contra él. Hay un genio invisible que nos protege: el equilibrio. El agudo silbo de la locomotora repercutiendo de valle en valle ha reemplazado en estas breñas horadadas por el túnel de la Perruca a la caritativa campana. En la cumbre de la montaña que atravesábamos, álzase aún la bizantina colegiata de Arvas, originaria del siglo XII, protegida de los reyes de León, que en ella solían pasar en la meditación y el ayuno los cuarenta días de la Cuaresma, y fundada, como la alpina de San Bernardo, para albergar a los caminantes perdidos entre la nieve. Antaño regían el convento monjes agustinos, y el aquilón piadoso tocaba toda la noche avisando, dando alientos a los extraviados, con el fin de que se orientasen. Hoy cuida solo de la vieja fábrica un pobre cura, bien avenido con sus soledades, con las puertas de su señero albergue abiertas cristianamente a todo el que llega, y el bronce consolador no suena en la sombra. ¡Al fin! Los pulmones comenzaban a pedir misericordia, el espíritu a sentirse invadido por el pánico. ¡Pero aún no había pasado la hora del susto! Apenas fuera de la Pe- 323 rruca, el tren parece que va a precipitarse en un barranco, lo sortea y se mete en otro túnel, y luego se encuentra con otra hondonada, y luego con otro túnel, y luego, ¡qué sé yo! luego se rinde uno, se cierra la inteligencia a la más mínima observación, se deja la mente arrastrada por el vértigo, y no se sabe nada hasta que cesa de súbito todo ruido; el convoy se detiene, la voz de un mozo de estación grita: ¡Pajares!, y en el absoluto silencio que reina de pronto, solo se oye el resuello de las dos máquinas que respiran con el resoplido jadeante del que se ahoga de cansancio mientras apagan su sed cargándose de agua. El balcón de Pajares Dos minutos de parada que convidan a estirar las piernas. La estación hállase enclavada en la cima de un monte, y a un lado del andén desciende una rampa defendida por un pretil con barandilla de hierro. Magnífico balcón que está convidando a asomarse. El espíritu, ansioso de contemplar el paisaje con alguna quietud, se reconcentra por completo en los ojos. Una cadena de altísimas montañas cierra por todas partes el horizonte, y abajo, al pie de la cuesta que sube a la estación, en una hondonada, junto a la carretera, se distingue un montón de agrupadas casitas con sus hórreos, sus bancales de maíz y su iglesita de espadaña. El barranco se prolonga de frente, y allá se van por la angostura el camino y en el fondo su inseparable la corriente de agua. Los estribos de la cordillera negrean; tan espesas son las manchas de arbolado, y dondequiera que se mire, se descubren profundos ramblazos, un oleaje de frondas que 324 la distancia inmoviliza según se aleja, espesuras salvajes y medrosas en las que se adivinan las solitarias guaridas de los osos y los sombríos rincones de los rebecos. La nota del lugar es grandiosa, de una hermosura imponente, pero dulcísima. Tres ó cuatro viajeros contemplamos el paisaje apoyados de pechos en la barandilla del pretil. Con nosotros desciende del vagón una extraña turista que me arranca instintiva exclamación de asombro. Es una mujer arrogante, estatuaria, casi desnuda, apenas cubierta por albos velos, con una cabellera blanca como las azucenas, tendida por la espalda, sin que por eso el terso rostro lleno de juventud revele más allá de los veinticinco años. El contraste entre su fresca cara de rosa y su madeja de pelo, rival de la espuma, es singularísimo. La beldad advierte mi embobamiento, clava en mí unos ojos melancólicos que atraen, y exclama con voz suave: —¿Cómo me has descubierto? Yo soy invisible para todos. Sin duda eres poeta, porque solo los poetas me ven. Ahora no puedo nada, gracias a que me dejan andar de aquí para allá refrescando la atmósfera; el sol, mi eterno enemigo, me domina; pero ven por acá en el invierno, te enseñaré el puerto bajo una lluvia de copos blancos que lo sepulta, y te llevaré a mis palacios que están allí enfrente, en los riscos del Pico de las Nieves. Veráslos entonces. Esas orgullosas locomotoras tan audaces, apagados sus fuegos, vencidas y presas, los trenes cercados por masas infranqueables, las diligencias volcadas, los pueblos hundidos bajo los aludes, los caminos desaparecidos, las alturas niveladas, el ábrego barriendo y bramando, y de que mis hijos los huracanes cesan de so- 325 plar una calma de muerte, un reposo aterrador, todo blanco y mudo, el oso que sale de su guarida hambriento, los buitres que vuelan sobre las casas en ruinas, el cárabo que gime entre las jaras. ¡Esa es mi época grande! —¿Quién eres?—le dije atónito. — ¡El hada de las ventiscas! — ¡Viajeros al tren!—gritó el mozo de la estación. Corro a mi departamento, sin cuidarme de nadie; ya a buen recaudo, me asomo a la ventanilla, y allá lejos, en la lontananza, distingo una cosa blanca que mis camaradas dicen que es un pico de la montaña, y que yo solo advierto que es una mujer de pie sobre una roca. Es el hada que nos ve marchar. Yendo y viniendo Indudablemente los viejos Pirineos no se percataron de las artimañas del ferrocarril hasta que se lo encontraron por las alturas de Pajares, y comprendieron que aquel monstruo negro, cuya cabeza echaba humo, venía a destruir su salvaje independencia, abriendo a todo el mundo el paso. Quisieron entonces impedir que la locomotora continuara, hacerla retroceder, y de aquí el salto atrás que la obligan a dar desde Malvedo, ya tarde, porque cuando menos lo piensa la cordillera, sálese el tren por el primer valle asturiano silbando alegremente al verse libre de los abismos, y dejando con un palmo de narices a la montaña. Si accidentado se ofrece el terreno hasta Pajares, pasada su estación, verdadero nido de águila, es todavía más abrupto. Los trozos libres en que no se camina por las tinieblas de los túneles, son vertientes inmensas con pue- 326 blecillos a lo último, barrancos y cascadas de las que no se ve el término, masas infinitas de hayas y castaños. Es una de las notas más atrayentes del puerto: la amplitud de sus horizontes. No hay nada cortado, todo se ofrece en panorama. Pero lo singular de este trayecto es la ruta vacilante de la vía, que describe mil curvas sin ganar un paso, que tan pronto sigue hacia el Norte como retrocede al Sur, como se va al Oeste, como horada un monte por la cima en una dirección y luego cruza el mismo cerro en dirección opuesta por otro túnel abierto bajo el que atravesó primero. Veinticinco kilómetros avanza hasta llegar a Malvedo, y de pronto se arrepiente, retrograda próximamente dos leguas, desanda lo andado por diverso sitio, y casi torna hasta cerca de Pajares, contemplándose en esta retirada desde el tren los sitios por donde se acaba de pasar. Al cabo, sorteados cuantos obstáculos oponía el terreno, la línea toma en derechura al Noroeste. Esos dos intrépidos carriles de hierro, eternos camaradas que no se separan nunca, que trepan a las mayores alturas, han vencido a la naturaleza, burlándose de sus fieros abismos. Pero no cabe duda, esta empresa no la han realizado los hombres: es obra de titanes. Desde Puente Los Fierros ¡Salve Asturias, rincón sonriente alegrado por el caramillo de Titiro, valles suaves como los de las Geórgicas, campiñas verdes que sois una égloga de Virgilio recitada por la Naturaleza! ¡Yo os saludo desde el compartimiento y abro 327 los poros de la cara a vuestras brisas cargadas de aromas de heno, y el alma toda a vuestra dulce placidez! La decoración ha cambiado por completo. Con Puente Los Fierros se despide uno de la cordillera, de los tajos, del vértigo, y el tren sosegado y tranquilo toma por una vega que es toda ella un huerto que no se acaba nunca. Alguna hondonada, algún túnel de tarde en tarde. Los últimos escondrijos de la montaña, pero rápidos y breves, sin nada de espantoso. Lomas cubiertas de hayas, castaños y robles, limitando siempre los valles que se suceden unos a otros, y un engranaje de praderas naturales cuajadas de tapices de bromos forrajeros a punto de hoz. A primera vista adviértese la subdivisión que por aquí alcanza la propiedad. Multitud de caserías alternan con los pueblos. A cada kilómetro o menos se descubre una casita con su hórreo al lado, erguido sobre postes, sus recuadros de maíz amarillo, y sus copudos manzanos. Algunas viviendas humean; cerca de otras pastan dos o tres vacas que vuelven la cabeza para vernos pasar. Y esta nota se repite y se repite sin agotarse nunca, pero sin que canse. Maíces, manzanos, casitas, todo desperdigado por el terreno, salpicado, sin orden, todo suave, sencillo, patriarcal, de una dulzura suprema. El río y la carretera continúan su viaje juntos, unas veces a la derecha y otras a la izquierda de la vía. Con frecuencia los cruzamos por puentes de hierro. Hemos llegado a Campomanes. He ahí el lugar de la trágica leyenda, de la vieja historia. Un gobernador de una fortaleza, el Conde Fruela Ramírez, una hija suya, la bella Adosinda, prometida de un joven de su familia, García de Valdés y 328 un extranjero que salva la vida del anciano Conde en una cacería. Después el enamoramiento de la doncella, la seducción por parte del extranjero y el abandono, retirándose la deshonrada a una gruta en lo hondo de un monte, quizás en ese que estoy viendo desde la ventanilla. El extranjero era Sancho el Mayor de Navarra. Tiempos después atravesaba estos breñales en peregrinación a Oviedo; siguiendo a un jabalí se mete en una cueva y se encuentra en la que sirvió de retiro a su amada, que en ella duerme el sueño eterno. Su hermano y su desdeñado pretendiente desafían al monarca, ávidos de venganza; el soberano no acepta, los prende, escápase su rival, muere el hermano asaeteado, y tres horas después el mismo rey sucumbe atravesado por una flecha del que logró evadirse, “pagando así en Campomanes el crimen cometido en Pajares”. El Lena. Pola. Desde el coche se distingue sobre una colina la ermita de Santa Cristina, famoso residuo del arte del siglo IX, fundada por Ramiro I. Una garganta sombría y ceñuda: Ujo. Entre los árboles de ambas vertientes asciende algún plano inclinado que trepa por el monte. El terreno desarruga su momentáneo entrecejo y torna a abrirse. A lo lejos suben al cielo columnas de espesísimo humo negro. Es una fundición. Estamos en Mieres. Verde y negro Es un paisaje flamenco, de una singular pastosidad de tonos, de una blandura de color extraordinaria. El follaje de los árboles es de terciopelo, las masas de hierba de las paraderas son de raso. El verde da la nota con una pro- 329 fusión tal, que hasta la mayoría de los troncos hállanse recubiertos por la humedad de una espesa capa de escabro, y no hay un palmo de terreno que no resulte de esmeralda. La humedad: he aquí la gran artista del valle de Mieres. El lugar carece de lontananzas, es largo y estrecho, es una hondura recortada al fondo por colinas que se enlazan, y tan próximas, que se echan encima de la vega. La característica del sitio es el arbolado. Por las lomas trepan ejércitos de robles, de álamos, de hayas; las praderas tienen un verdadero toldo de nogales y castaños; todos los huertos marcan sus lindes con filas de frutales. La luz llega al paraje cernida por entre millares de hojas y tamizada; tal exceso de vegetación mantiene en la atmósfera una bruma continua, y de esta suerte, casi siempre reina aquí una dulce claridad misteriosa. Todo suda, alfombras de mies, copas y cortezas. La calma es tan grande, que el humo de la locomotora se queda flotando e inmóvil, y su pitido suena apagado y sin ecos. Las nubes hállanse muy bajas; algunas se agarran a los árboles más empinados de las colinas. El Caudal, un riachuelo pedregoso y murmurante, cruza el valle, y en ambas orillas se alza el pueblo con sus casas de uno o dos pisos, oscurecidas por las lluvias continuas, preparadas sus espaldas para recibir el embate de los turbiones, tristes y silenciosas. Un ancho puente comunica ambas riberas. Sobre su torso pasan los rieles de un tranvía que se prolonga por un lado. Allí está la fundición. De repente se ve el valle invadido por una cerrazón tremenda que lo envuelve todo, y surgiendo de entre un grupo de grandes naves con techum- 336 blondas para las fábricas de Barcelona, género en cuya elaboración han hecho notorios progresos las hijas de Mataró, y los demás se dedican a la industria fabril que ha levantado allí fábricas de tegidos de colosal importancia. Tratase, pues, de un pueblo donde la mendicidad es un verdadero fenómeno, donde el bienestar está generalmente difundido y donde como consecuencia natural de estas premisas se ven satisfechas, como en una ciudad de primer orden, todas las necesidades de la vida, y hasta podría decir que todos sus caprichos. Así es que se encuentran en Mataró templos magníficos, cafés elegantes, tiendas de lujo, fondas bien servidas, y sobre todo, establecimientos de enseñanza, como no los tienen sino muy pocas capitales de Europa. El colegio de padres escolapios, y el conocido por el Coll de Valldemía, pueden sostener la competencia con los más celebrados de los países estranjeros. Para que puedan Vds. formarse una idea, siquiera imperfecta, de la grandiosidad de este último establecimiento de instrucción que lleva el titulo de su fundador y director el P. Coll de Valdemia, tan apreciado en Cataluña y en España, como escritor y como orador sagrado, me contentaré con decirles que situado en las afueras de la ciudad, y en medio de una fértil y agradable campiña, es un grande y bello palacio rodeado de vastos é inmensos jardines, donde los jóvenes colegiales se dedican a los ejercicios de la gimnasia y a los placeres del campo. Para su construcción se han tenido a la vista los planos de los más célebres colegios de Europa, y su hábil director después de visitarlos., ha logrado reunir en el suyo todas las ventajas y las comodidades de aquellos. 337 No sabe el observador que recorre aquel palacio encantado de la juventud qué admirar más, si las galerías o pabellones donde están los dormitorios de los colegiales, o el lindo y espacioso gabinete donde se lavan, con sus pilas de mármol y sus cristalinas fuentes, o el elegante comedor y el lindísimo oratorio, o las bien acondicionadas clases. Todo es bello, todo es propio y acomodado al objeto a que se destina. La parte moral del colegio, o sea la instrucción y los profesores que la dan, rivalizan en mérito con la parte material. Así el colegio de Valldemía, verdadera Babel de las provincias de España, cuenta entre sus colegiales jóvenes de todos los estremos de la Península y de los puntos más lejanos de Ultramar. La amabilidad sin límites del Sr. Martí y Andreu, dignísimo diputado por Mataró, me sirvió de hilo de Ariadna para recorrer el laberinto de las calles, de las iglesias y de los establecimientos más notables de la ciudad. Y a propósito de esta amable galantería de que el Sr. Martí y Andreu es un tipo perfecto. Debo consignar en esta carta, porque así lo exige la justicia, que sea el que quiera el juicio que se haya formado, con razón o sin ella, sobre el carácter naturalmente serio y desabrido de los catalanes, no hay en España provincia alguna donde sus naturales lleven más allá su amabilidad y galantería con el forastero. Las cartas de recomendación que este lleva en su cartera no son en Cataluña, como en otras partes, un papel mojado, sino una llave mágica, con la cual ve el viajero abiertas ante sí todas las puertas, y pudiera decir, si no temiese que se me tachara de exagerado, que todos los corazones. El catalán acomodado y de la clase fina de la sociedad que recibe una carta de un amigo suyo recomendándole al 338 forastero que se la presenta como credencial, obsequia al desconocido con la misma cordialidad y franqueza que lo haría con el amigo mismo que le recomienda. Desde aquel momento le instalan en la casa como dueño, le brindan con su mesa, le presentan a su familia toda y le hacen partícipe de todas las delicias y de todas las confianzas de ese templo tan velado en otros países, que se llama el hogar doméstico. [...] Llamado por el silbido de la locomotora, apenas tengo el tiempo preciso para subir al tren y llegar ya muy tarde a Arenys de Mar, viaje que se hace desde Mataró en diez minutos. La situación de Arenys es tan bella y tan pintoresca como la de Mataró, y el pueblecito, aunque pequeño, es muy lindo. Le recorrí aceleradamente, visité sus iglesias y sus cafés, y hecha provisión de las famosas y colosales almendras que le dan merecida celebridad, acudí de nuevo al llamamiento de la locomotora, entré en uno de los coches del tren que iba a partir, y cuarenta y cinco minutos después me hallaba ya en la hermosa y animada Barcelona. 339 José M. Camper Ruta manchega (1859)111 El mes de abril terminaba y era llegado el momento de visitar la fértil y hermosa Andalucía, tan llena de recuerdos, tan pintoresca y original en todo. Tomé el ferrocarril de Alicante; paso el tren por Aranjuez, Castillejo y Villasequilla, y a 100 kilómetros de Madrid descendí del wagón, en Tembleque, para tomar asiento en la diligencia que debía conducirme a Granada, atravesando los Montes de Toledo y la Sierra-Morena, y pasando por Jaén. La Mancha había comenzado entre Aranjuez (que pertenece a la provincia de Madrid) y Castillejo, población que corresponde a la de Toledo. Esta provincia y la de Ciudad-Real, separadas en parte por la serranía de los Montes de Toledo, constituyen la región de planicies y montañas desnudas que tenia la denominación antigua de la Mancha. Tembleque es un punto importante en las comunicaciones interiores de España, pues no solo pasa por allí el principal ferrocarril, sino que de ese centro parten las carreteras que conducen por un lado hacia Granada y a Málaga, Córdoba, Sevilla y Cádiz, y por otro a Ciudad Real y Badajoz, por el centro de la hoya del Guadiana. Con un caserío casi miserable, un terreno llano, pobre y pantanoso, y dominado al sur por los cerros de Toledo, Tembleque no ha comenzado a resucitar sino a virtud del ferrocarril de 111 José M. Camper. Viajes de un colombiano en Europa. Primera serie (Paris, 1862). 340 Alicante. Su población alcanza apenas a unos 4.000 habitantes, de vivir estacionario en su mayor número, no obstante la produccion de cereales, vinos, algun ganado lanar y varias fabricas de paños burdos y salitre. Al comenzar mi viaje a la Andalucía quiso la fortuna protegerme. Almorzando en la cantina (o buffet) de la estación de Tembleque, hallé que mis compañeros de diligencia iban a ser dos caballeros franceses que viajaban por placer. No podían hablar ni una palabra en español, y parecían ser sujetos de distinción, capaces de agradar e instruir a un compañero. Su itinerario era igual al mío, y tenían para mí la ventaja de no ser parisienses. Yo deseaba muchísimo conocer en la intimidad el tipo del francés distinguido de provincia, porque en lo general no estaba muy pagado del hombre de mundo parisiense. Quería instruirme también en las cosas relativas a la vida provincial en Francia, viajar asociado a personas inteligentes y observar la manera como los franceses juzgan a España. Quedamos, pues, convenidos en que yo sería su intérprete y en que nos trataríamos como viejos amigos. Ellos correspondieron tan bien a mis deseos, que hoy, al cabo de mucho tiempo veo en ambos dos personas que no me dejaran nunca olvidar cuanto hay en Francia de bueno y honorable. La casa ambulante llamada diligencia partió arrastrada por diez mulas que saltaban como demonios, conduciendo unos 17 huéspedes a discreción de 43 brutos (suponiendo que los conductores merezcan ser clasificados con las mulas). En breve salvamos los Montes de Toledo por una de sus mejores abras, y nos hallamos en plena Mancha, en la grande hoya o planicie que tiene por centro al rio Guadiana, comprendida entre las serranías de Toledo y 341 Morena, y prolongándose por la Estremadura, al occidente, hacia Portugal. Toda esa vasta región que cruzábamos de norte a sur, es más bien una serie de planicies más o menos extensas que una gran planicie o valle. Donde quiera el terreno esta entrecortado, ora por estribos de las serranías laterales, que se avanzan hacia el centro, ora por cordones o grupos aislados de pequeñas colinas que limitan el horizonte. Las serranías que dominan la comarca, desnudas y casi totalmente estériles, la sequedad del terreno, su composición general de aluviones diferentes en la parte llana, las multiplicadas colinas en declive, y la manera como giran los vientos sobre tan vasta fosa encerrada por todos lados entre serranías: todo eso ha determinado no solo la naturaleza de las producciones de la Mancha, sino también el aislamiento, la inmovilidad, las costumbres y el espíritu de las poblaciones manchegas. No he visto jamás soledades más extrañas. Allí se reúnen la idea de la opulencia y la de la desolación, del hambre y la abundancia, de la vida y la muerte. No hay en España una comarca que revele tan claramente como la Mancha la funesta acción de los malos gobiernos españoles, la incapacidad de los partidarios del aislamiento, los vicios de las instituciones monásticas y todo lo que constituyo el pasado de la sociedad española. El suelo de la Mancha, arenoso-arcilloso en lo general (exceptuando las rocas de caliza y granito en las montañas) es un inmenso filtro. Donde quiera que no hay pantanos (y estos son numerosos) la sequedad exterior del terreno es absoluta; las corrientes de agua rarísimas. Las aguas penetran fácilmente la capa exterior arenosa y se detienen en otra más espesa de arcilla, superpuesta a sedi- 342 mentos muy sólidos. De ahí viene que mientras el agua falta casi completamente en la superficie, se la encuentra con facilidad y en abundancia haciendo excavaciones o aljibes, llamados en el país norias. El agua, saturada de las sales aglomeradas en los sedimentos calizos interiores, sale a torrentes (para perderse otra vez si se le da curso) por medio de sogas de cerda sumergidas en los aljibes, unidas a un mecanismo rudimentario que mueve alguna mula vieja volteando sin cesar al derredor del pozo. Es curioso para, el viajero ver en la mitad de una llanura desierta y abandonada uno de esos pozos, que tienen como la forma exterior de un horno, donde la impasible mula da vueltas y vueltas para hacer surgir el agua, sin que nadie la guie. El hábito tiene allí el lugar del hombre, el animal trabaja solo hasta por días enteros. Siendo el terreno tan húmedo en el interior y seco en su capa exterior, y surcado por colinas y planos inclinados, que son como los estribos ondulosos de las serranías, se determinan tres géneros de producción bien demarcados. En los cerros y las colinas ásperas, como en las llanuras estériles, pacen grandes rebaños de ovejas, cuya lana ofrece valores considerables y alimenta algunos telares en las poblaciones en que se fabrican paños y telas muy ordinarias para el consumo mismo de los manchegos. En las bajas colinas y pendientes suaves crecen los ricos y extensos viñedos escalonados frecuentemente en forma de anfiteatros; o se alzan pequeños olivares que aumentan con su tinta gris la melancolía de los paisajes uniformes. Por último, en las llanuras ondulan océanos de trigo, cebada, avena y centeno, que al soplo del viento producen en el vasto horizonte los más bellos reflejos de esmeralda u oro, 343 según el estado de las sementeras. Tal es la Mancha, como país agrícola, en sus principales caracteres. Pero no sin razón he llamado océanos las plantaciones de cereales. La Mancha da la idea del mar por su uniformidad de aspecto, como por su inalterable soledad y su tristeza que acongoja. Ni un canto, ni un relincho, ni un eco en las llanuras! Aquella comarca es un inmenso cementerio, con toda la desolación y la fertilidad de los campos…. de la muerte… El viajero anda leguas y leguas y no ve una casa, ni un ser humano, ni una vaca o animal doméstico. Entre una y otra población no hay más que el desierto. Allí no existen la vida campestre, ni el paisaje sencillo y gracioso de la casa rústica, ni el campesino, en la estricta acepción de la palabra. No hay más que ciudades, villas y campos abandonados. ¿Quién cultiva, pues? ¿Quién cuida de esas interminables plantaciones de cereales y esos olivares y viñedos? La naturaleza. El hombre es un vago u mendigo que duerme o pide limosna; mientras que la naturaleza lo hace todo. Donde quiera reina el silenci0… La tristeza domina en la Mancha aun en las cercanías de las poblaciones, donde esté concentrada toda la vida social. Después de atravesar vastas campiñas donde no se ve un árbol, ni uno solo, ni más que tierra y cielo, al acercarse a una población se comienza a ver por todos lados un enjambre de norias y molinos de viento, dispersos en las llanuras al derredor del caserío; al mismo tiempo que se distinguen en alguna pequeña eminencia vecina multitud dg montículos de tierra, con puertecitas enanas y una especie de cúpula tosca en la parte superior, que tienen el aire de sepulturas de indios (las huacas col0mbianas) 0 de grupos de hornos. Son las bodegas de 344 los vinos manchegos, cavadas en la tierra al aire libre y cielo abierto, que corresponden por su estado primitivo a la vida estacionaria de las poblaciones de la Mancha. Todo se encuentra allí tal como lo halló Don Quijote en sus caballerescas peregrinaciones. Las Maritornes abundan y son las mismas; Sancho asoma la cara por todas partes, siempre conservador, malicioso, bonachón y reacio al movimiento; los molinos de viento se mueven con la misma regularidad que en la época en que el ilustre manchego los apostrofaba y alanceaba sin piedad; los mulos y los asnos, los aparejos, las capas, las mantas, los muebles, cuanto es visible allí, mantiene con fidelidad las tradici0nes reveladas por el inmortal prisionero de Argamasilla.112 Creo que los alcaldes rebuznan hoy en los mismos tonos que los dos que hicieron decir a Cervantes: No rebuznaron en balde El uno y el otro alcalde Los siglos han pasado por encima de la Mancha, sin modificarla en nada, como si el Tiempo se hubiera dicho: «Hay comarcas que es mejor no meneallas». Con excepción de Manzanares, villa de más de 10.000 habitantes; donde, gracias al cercano riachuelo Azuer, hay algunas alamedas vergonzantes que sorprenden al viajero en esas soledades, las demás poblaciones parecen vivir como en el desierto. Donde quiera la mugre, la vetustez, el abandono y la ruina; casas horribles, pesadas y deformes, 112 En Argamasilla de Alba, en la cueva de Medrano, quizás estuvo preso Cervantes y escribió el Quijote, «en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». 345 con portones enormísimos y ventanas microscópicas; calles tortuosas, sin pavimento, con profundos lodazales o montones de piedras en desorden; un silencio sepulcral en todas partes; edificios arruinados y ausencia de artes y comercio; bandas de mendigos hambrientos, en número fabuloso, que vagan per las calles como espectros, espiando con ansia la llegada de una diligencia para caer sobre los viajeros, rodearles en gavilla, oprimirles y acribillarles literalmente, hasta obtener de todos y cada uno algún cuarto u ochavo, un pedazo de pan u otra cosa: todo ac0mpañado del más horrible clamoreo que imaginarse pueda. Cada una de aquellas poblaciones es un término medio entre las ruinas, el cementerio y la cloaca, donde reinan la miseria, la inanición, la estúpida vagancia, la superstición, la envidia y el hambre…. Es doloroso y repugnante ver como se insultan y maltratan mutuamente aquellos innumerables mendigos, de todos sexos y edades, disputándose los viajeros como presas de campaña, medio cubiertos de horribles harapos, cuyo aspecto es doblemente triste por la tinta amarillenta de las telas de lana que sirven de vestido común. ¿Com0 explicar esa espantosa miseria y esa inmovilidad de tantas poblaciones en el seno de vastísimas campañas de una fertilidad prodigiosa? El aislamiento, los malos ejemplos y las malas instituciones lo explican todo. Los conventos, haciendo de la ociosidad y la mendicidad costumbres venerables a los ojos de la muchedumbre ignorante y supersticiosa, han degradado en todos sentidos a esos pueblos tan favorecidos por la naturaleza en algunas cosas. En cuanto al Gobierno, debo repetir la frase que en otro lugar he emitido. «El ha hecho el papel del perro del 352 inglés y el francés y en el conocimiento de esos dos países, el mes pasado en ellos se me había hecho muy largo; así es que con doble regocijo que el finísimo s'il vous plait de los franceses, oía pronunciar a trochemoche con un acento heroico, todo el vocabulario escandaloso español, que es uno de los más ricos. A las diez, y hacia el fin de la carretera, divisé a San Sebastián, situado en una planicie entre varios pintorescos cerros, y a la misma orilla de un mar bello azul y tranquilo, cuyas olas imperceptibles casi como angostas cintas de encaje, se desenvuelven dulcemente en una serena y arenosa playa. San Sebastián me pareció mil veces más lindo que Bayona y Tolosa (de Francia). Aquí almorzamos. Las muchachas o chicas como dicen los españoles, que nos sirvieron a la mesa, parecían escogidas ad hoc por lo guapas que eran, distinguiéndose sobretodo por el vivo color y frescura de su semblante y por la ingenuidad de sus modales. Un francés que ha venido en la berlina interior vocifera horriblemente porque no le sirven merluza. Finalmente suelta la frase sacramental, creyendo que como en Francia va a surtir un gran efecto: «No volveré más a este hotel», «Bien»; contesta una de las muchachas con una espontaneidad muy española. El gabacho se quedó estupefacto, y para reponerse apuró un vaso de vino navarro que tenía al lado. Terminó el almuerzo y continuamos nuestro viaje. [...] La diligencia volaba por la fácil carretera, habiéndose operado además un cambio de pasajeros: mis dos compañeros de berlina quedaron en San Sebastián, pasando a ocupar sus asientos los otros dos españoles de interior, y quedando en lugar de estos, dos viajeras más, españolas, y 353 el francés. Antes de seguir adelante será bueno dar idea al lector peruano de lo que es una diligencia de España. Es un carruaje a la manera de un ómnibus aunque ancho y sólido y con separaciones transversales. El primer coche o compartimento delantero es la berlina, cuyas dos esquinas son los únicos asientos buenos hablando de una manera absoluta. Allí se viaja como en un coupé o trois quarts cualquiera. El asiento del medio es menos bueno, porque el prójimo a quien le toca no puede reclinar la cabeza en la noche con la comodidad que sus dos colaterales. Tras de la berlina viene el interior, con seis u ocho asientos, a tres o cuatro por banda, y sin más vista que las ventanillas de los lados. Los asientos están paralelos o vis a vis, en el mismo orden que los tres de la berlina. Por último: la Rotonda, que es la parte trasera del coche y en la que los asientos están distribuidos en forma semicircular. Él o la Imperial es lo que en un ómnibus sería el pescante. Allí pueden ir tres o cuatro pasajeros de frente, a todo aire y gozando de soberbia vista; por lo que el asiento ese tiene sus partidarios, no obstante ser el más barato de todos. Aunque posee una capucha y un cuero para las piernas, es demasiada intemperie y demasiada altura para una jornada un poco larga, mucho más si llueve o si anochece. El resto del techo del coche sirve para los equipajes, que van cubiertos con un cuero, por lo que tal vez se llama esta parte de la diligencia, la vaca. El pescante va debajo del Imperial y delante del vidrio de la berlina, cuyos pasajeros entran casi siempre en conversación con el mayoral, que es el nombre del cochero. Los tiros de mula son tres o cuatro; y en una de las delanteras va montado un muchacho postillón a quien llaman el delantero. 354 El zagal es un infeliz que se apea a cada paso a picar las mulas, colgándose de las bridas y siguiendo así una vez que emprenden el galope. Su asiento es al lado del mayoral. El francés, que hablaba bastante bien el castellano, se dedicó inmediatamente a requebrar a una de las pasajeras, que lo soportaba con dulce resignación. Nosotros abríamos la ventanilla de comunicación y nos divertíamos con la escena. Llegamos a Tolosa. El francés se apea del coche y bebe cerveza. Seguimos atravesando una multitud de pueblecillos. El camino es todo sumamente quebrado, no lográndose ver ni una fanegada siquiera completamente plana. Y como todo está verde y por todas partes casitas blancas con su tejados rojos, la vista es muy deliciosa y caprichosa. En un pueblecillo cerca de Vergara vi de paso solamente, una mujer joven, tan bella, que me llamó la atención, desde la ventana de piedra gris que le servía de marco, como una Virgen de Murillo en su nicho. Saqué la cabeza por el vidrio y la estuve mirando hasta que fue posible. Sus mejillas parecían hechas de puro carmín, por manoseada que sea la comparación, y sus labios un clavel en botón recién arrancado del tallo. Estaba vestida con aseo y buen gusto. Jamás se hubiera podido aplicar mejor que entonces aquella frase tan común en casos análogos, de perla en muladar, porque la tal hermosura parecía en realidad una fresca y linda rosa en un campo estéril y quemado; como que una vez que se apartaban los ojos de esta mujer, real y sencillamente hermosa como la naturaleza que la rodeaba; todo, inclusive su misma casa, presentaba un aspecto de miseria, de tristeza y de oscuridad. A pesar de todo, su rostro estaba risueño y satisfecho como el de aquel que 355 nada desea, y sus miradas límpidas se paseaban por la angosta y oscura calle de la aldea, donde lo único que se veía era aldeanos sentados en el dintel de su puerta, fumando su pipa, y niños jugueteando. Al fin la perdí de vista, como todos los panoramas rápidos que deleitan a los modernos viajeros, y a las seis de la tarde acompañado de magníficos truenos, de relámpagos y de una gruesa lluvia, llegué a Vergara. Las tempestades ya no me sorprendían porque las veía casi diariamente, y era uno de los espectáculos que más me encantaban. En Villarreal se quedaron mis dos compañeros de berlina, y el francés pasó a mi lado para estar mejor y para consolarse de la ausencia de sus dos Dulcineas, que se apearon entre Tolosa y Villarreal. Conversamos largamente, ya en francés, ya en español, manifestándome su horror de que hubiera dejado París por la Península, a la que sólo debería, me aconsejaba, conceder una permanencia de quince días, instalándome siempre en el hotel francés. En Vergara nos separamos. Este día, 14 de junio de 1859, era el más agradable que pasaba de los dos meses que llevaba en Europa. El hotel de Vergara respiraba soledad, y creo que no había más huésped que yo. Desde mi ventana veía montes verdes y elevados por todas partes, que parecían dispuestos a tragarse la humilde población; vizcaínos con sus boinas generalmente azules, algunos canónigos con su panza infaliblemente muy pronunciada, colegiales con uniforme y en cuadrilla, gente del pueblo, etc. Eran las seis y media de la tarde, y probablemente en Vergara como en todas partes, tal hora correspondía a la del paseo. La noche cayó profundamente silenciosa; no se percibía otro ruido que el de 356 la lluvia y los truenos; y cuando éstos cesaban, el de un pobre riachuelo que corría lentamente a la falda del cerro, una cuadra frente de mi ventana. [...] El 16 a las siete de la mañana salí a Bilbao, en el correo, cochecito en el que pueden caber cuatro personas y en que metieron seis. Siendo todos casi de una misma edad, muchachos, jóvenes, estudiantes, lo pasamos charlando jovialmente, gritando, cantando, todo efecto de las botellas que bebimos, y de la edad que es el verdadero champaña. Era la juventud en viaje... al porvenir. A las dos de la tarde, acompañado fielmente de una tremenda lluvia, llegué a la capital de Vizcaya yendo a hospedarme en una casa de huéspedes llamada Pepa la del Telégrafo, calle del Correo, en la que estuve muy bien. En esta como en otras casas bilbaínas y como en la del jabonero, el que no cae, resbala, porque hay la preciosa costumbre de tener los ladrillos constantemente bruñidos, encerados y almagrados; y hay en ellos que aprender a andar como se aprende a patinar. Como la posada sólo tenía seis cuartos a lo más, andaban los huéspedes de dos en dos, siendo yo tan afortunado, que me tocó por compañero de cuarto un joven español de Lima que me era muy familiar, don José María Zubieta. Fuera de la casa de don Mariano San Ginés, hombre pudiente de la localidad a quien iba yo recomendado, se me ofrecieron algunas, más también por las meras recomendaciones que llevaba; lo que consigno aquí para que se vea lo hospitalaria que nos es España a los hispanoamericanos. Bilbao, especialmente, fue para mí como una sucursal de Lima. Portugalete que dista más de dos leguas de Bilbao y que es como su puerto, fue el objeto de mi primera excursión. 357 Una mañana a las diez nos embarcamos para él en un bote que se empeñó en proporcionarnos un amigo, y con intención de seguir hasta Algorta, en donde, como en Bilbao, tenía interés en visitar familias de españoles de Lima, por todas las cuales fui acogido y agasajado casi con alborozo. Cerca del puente de Luchana viendo que el bote tenía ganas de irse a pique, y que los remeros podrían componerlo muy bien después que se rompiera, mas no salvamos, porque eran oficiales de carpintería y no marineros, saltamos a tierra y seguimos a pie hasta Portugalete, andando más de una legua entre pedregales y atolladeros. [...] En Burgos, adonde pasé en seguida, estuve dos noches. Visité la gran Catedral y continué mi viaje a Valladolid deteniéndome en esa antigua capital de España, un día y una noche. [...] De Valladolid a Madrid pasé una noche en la diligencia. [...] Madrid es una villa hermosísima: por desgracia caía yo en la peor época y estación, en pleno verano, como con razón me lo anunciaban desde París. Era un calor africano el que reinaba, y en las calles brotaba un fuego, como el que puede sentirse en la boca de un horno, y calentaba el cuerpo de tal manera, que su contacto habría bastado para asar un trozo de carne cruda. [...] Partimos para Segovia que sólo dista dos leguas. Todo estaba lleno con la afluencia de veraneantes; y después de andar de ceca en meca y de dar mil vueltas más de dos horas, todo lo que conseguimos fue las cuatro paredes de un cuarto y... el suelo raso, en el cual dormimos, siendo éste para nosotros el único se goza en Segovia. [...] Pocos días después, me hallaba nuevamente en Madrid, y otra 358 vez incomodado por el calor, salí... para Valencia. El viaje se hacía entonces en veinticuatro horas, parte en diligencia, parte en ferrocarril, y parando en miserables y no muy aseados mesones. Valencia es una ciudad fea, sus calles parecen corrales; en cambio nada he visto tan agradable como la campiña que la rodea, denominada La Huerta, y en la cual se embosca el tren desde mucho antes de llegar a la ciudad. Abundan los naranjos, alfalfares y maizales, que me hacían recordar al Perú. A media legua está su puerto, El Grao, y otros dos pueblos más llamados Cabañal y Cañameral, aunque en rigor los tres pueblos no son sino uno partido por dos acequias. [...] El 18 de octubre a las seis de la mañana daba mi adiós a Madrid y partía para Granada, adonde llegué el 20 entre once y doce de la noche después de un viaje muy pesado. Hasta Tembleque, que son quince leguas de Madrid, nuestra diligencia fue montada en un carro del ferrocarril. Allí la apearon, y las tardías mulas sucedieron a la veloz locomotora, mientras el tren continuaba su viaje a Alicante. Se encuentran muchos pueblos, de los que el más notable, por sus recuerdos históricos solamente, es Bailén. Salimos de Tembleque a las once del día, y entre siete y ocho de la noche, cuando aún no nos habíamos apartado dos pasos de un pueblo de la Mancha, que se llama Manzanares, se rompió una rueda del coche y casi volcamos. Nos consolamos viendo que nos sucedía este percance en un pueblo, y no de los peores, y no en un despoblado, lo que habría sido muy crítico, porque la noche era oscurísima, llovía, el camino estaba lleno de lodo y nuestros estómagos vacíos. Aun para volver a la población no sabíamos dónde poner pie, porque todo era un barrizal. 359 Nos encaminamos al mesón (las fondas expiran a esas alturas) y a mí con tres ingleses y un español que venían en el cupé, nos colocaron en una grande y desmantelada sala, cenamos una gran sopa de ajos o gazpacho, sentados alrededor de una mesita de dos palmos de alto, sirviendo los dedos de cubierto y como en Segovia, tuve el regalo de dormir tirado en el suelo. Reinó la mejor armonía entre nosotros, y no salimos de Manzanares hasta el día siguiente a las once en que quedó compuesta la rueda. Comimos en Valdepeñas, célebre por su vino que tomamos allí mismo, y como Manzanares, pueblo también de la Mancha; provincia que atravesé tres veces, y que es la más horrible del mundo y atrozmente miserable; es verdad que sólo en la apariencia, que es de una gran desolación. Sus rasgos característicos son los molinos de viento en el despoblado; y en las poblaciones los enjambres de mendigos que asaltan la diligencia no bien se para, aún cuando esto es general en toda España. Seguimos andando. A la madrugada del día siguiente tomamos chocolate en Bailén; pasamos por Jaén y otros muchos pueblos, y llegamos a Granada a la hora que llevo dicho. Esta ciudad es deliciosísima por su situación y paseos. La ciudad en sí misma es un tanto fea, y hasta dos tantos no muy aseada, con un no sé qué de lóbrego. Sus calles son muy angostas, y algunas en tal extremo, que casi pudieran ir dos amigos de bracero, uno por cada acera. Cuando pasa por ellas un coche particular, parece visto a la distancia un helado compacto o una gelatina que se va desprendiendo del molde suavemente. Los encantos del Generalife y la Alhambra, y otras bellezas pintorescas de Granada, junto con las exquisitas 360 atenciones de la culta familia a quien fui recomendado, me detuvieron sin embargo por varios días. Bajo mis ventanas en la fonda de Minerva, corría el Darro, pobre en aguas, rico en barro, al menos en esos días otoñales que eran los últimos de octubre. Cada vez que me asomaba a ellas, y aún hallándome a mucha altura sobre el suelo, una multitud de mendigos, plaga abundante y enojosa de toda España, comenzaba a gritarme desde la calle: “¡Señorito!” Bajaba la vista sorprendido, y tenía que tirarles alguna moneda o que retirarme de ellos. Llevan como instrumento de apoyo o báculo, aunque yo creo que es por lo que potest contingere, un largo y grueso garrote en la mano. [...] Como el camino recto de Granada a Sevilla es casi intransitable, tomé pasaje hasta Bailén en la diligencia que parte para Madrid,y llegué a la histórica ciudad a las cuatro de la mañana. Esperé una de las diligencias que pasan por allí para Sevilla procedentes de Madrid, y a la una de ese mismo día 19 de noviembre, volví a ponerme en marcha llegando a Córdoba a las cuatro de la madrugada también. Me acosté, a las seis me levanté: tomé asiento en el tren, y a las once del día llegué a la ciudad del Betis, yendo a hospedarme al Hotel de Madrid, en la calle del Naranjo. Sevilla es infinitamente superior a Granada, por ser una verdadera ciudad. Sus calles que me habían ponderado de muy angostas, lo son menos que las de Valencia y Granada, y tiene muchas tan anchas como las de Lima. Son limpias y bien empedradas, y las aceras, aunque no sean muy anchas, llenan su objeto y no parecen meros rebordes o ribetes de los edificios como en Granada. Las 361 paredes y frontis están muy bien blanqueados, y las casas dispuestas como las de Lima, con puerta de calle grande y de dos hojas, y zaguán y patio, aunque mucho más pequeños que los de por acá. La población está alumbrada con gas, y con los varios carruajes, particulares y de alquiler que cruzan por sus calles, resulta una ciudad muy alegre y muy bonita. En todos los patios tienen jardines, y son cuadrados; y en el de la fonda en que me hospedé, que era muy hermoso, había hasta platanares. [...] De Sevilla a Cádiz pasé por el Guadalquivir, río abajo, deliciosa navegación de ocho horas. Cádiz es una población lindísima, muy aseada y alegre, y junto con Sevilla constituye lo mejor de Andalucía, así como Andalucía misma fue lo que más me agradó de cuanto vi de España, siendo la gente andaluza muy amable y muy franca. Presencié el embarque de las tropas que iban a la guerra de África, con O'Donnell a la cabeza. De las iniciales reunidas de los generales expedicionarios salía la palabra PROEZA. Los generales eran: Prim, Ros de Olano, O'Donnell, Echagüe, Zavala y Alcalá Galiano. [...] En Jerez, que es una población sumamente triste, pasamos una noche, charlando agradablemente tirados en dos catres de tijera en un cuarto muy modesto. En las bodegas fuimos muy atendidos; nos hacían recorrer las dilatadas hileras de pipas escanciándonos de cada una de ellas una copita, casi un traguito, y viendo el Jerez en todos sus matices, desde el casi blanco hasta el casi negro; y todo esto por grados, insensiblemente, que era como iba tiñéndose a nuestra vista el exquisito vino. La tarea era entretenida y gustosa... mas al dirigirnos al tren para volver a Cádiz, casi nos caíamos. Durante el trayecto, en 368 amanecer, al toque de la campana que saludaba al alba, entre el coro de las alondras y el grito agudo de los gallos, mezclados con el rumor de los instrumentos de la labranza que iban a fecundar los campos, y el despertar de toda la muchachería que cantaba en competencia con las aves, exhuberantes de vida y embriagados de luz. Recuerdo mi partir, en que el corazón verdaderamente se partía en pedazos. Resistíme como el cordero al cuchillo. Bajé a las bodegas, subí a los desvanes, me encerré en los escondites del lagar y de la almazara, me enterré en los pajares, pues prefiriera convertirme en la piedra del suelo, deshacerme en la ceniza del hogar, evaporarme en el humo de la chimenea, a dejar aquellos sitios, ungidos con tantas lágrimas y consagrados con tantos recuerdos. Cada árbol de mi huertecito mereció un abrazo. Yo le recomendé al azofaifillo que siguiera creciendo para dar al viento con gallardía no usada sus hojas de áureo verde y sus frutas relucientes como granillos de pórfido. Yo les pedí perdón a los albaricoqueros por haberles mil veces arrancado sus albaricoques, antes de madurar, con desapoderada impaciencia. Yo le encargué al membrillero, entre cuyas hojas de color de las lilas brillaban los membrillos del color de los limones, que se apresurara a endulzar la aspereza de sus frutos con la jugosa savia. Yo me subí a la copa con la higuera, sólo para abrazar aquellas ramas, las cuales tantas veces me habían ofrecido sabroso almuerzo, sazonado con el rocío de la mañana. Yo le dije una palabra a cada cepa, a cada arbusto, a cada retoño, como si fueran una legión de amigos. No lo olvidaré. En el rosal de rosas amarillas unos verderones tenían su nido de hierbas secas y motas de lana 369 blanca. Contra las naturales inclinaciones de los niños, habíamoslos respetado y vístolos crecer sin hurgarlos. Si piaban, creíame que hablaban algo, y seguía con ellos una conversación muy tirada, diciéndoles cosas tiernas de su madre y de la mía, y rogándoles pidieran por ella al cielo todas las mañanas en sus primeros píos, pues a mi madre debían, a su caridad inagotable por los seres racionales e irracionales, por los seres animados e inanimados, el haber podido criarse entre la opulencia propia de un rosal amarillo y fuera del alcance de nuestras manos y del torbellino de nuestros juegos. Se habían ido como yo me iba. No puedo decir cuánto me apenó su inesperada ausencia. ¡Pobrecillos! Plegue al cielo que haya sido su suerte superior a la suerte de su compañero. Plegue al cielo que no hayan visto lo infinito sin poder recorrerlo; que no hayan sentido el amor intenso sin poder apagarlo; que no hayan abrigado esperanzas e ilusiones sin poder realizarlas; que no hayan caído en la celada del cazador o en la traición del enemigo, ya que se entregan, como nosotros, a los giros del viento y a los caprichos de la suerte. Partíme por fin; partíme, no sin haber llorado como si el mundo entero se acabase y la familia entera se muriese para mí, tanta era mi desolación, tan grande mi resistencia, casi invencible, a ser trasplantado de aquel suelo, en cuya savia creía yo que se alimentaba, como las raíces de los árboles y de las plantas, las raíces de mi propia vida. No volveré a ver otro paisaje como aquel que ví aquella tarde a través de mis lágrimas. Los olivares se blanqueaban y se oscurecían al soplo del aire, que rizaba sus hojas de doble color; los palmerales vibraban, como si cada una de sus palmas fuese verdadera lira pulsada por el viento; 370 serpenteaba el río entre los viñedos, dando toques argentados al oscuro follaje; los álamos se levantaban sobre los arbustos y las rotondas sobre los álamos, confundiéndose los signos de la religión y los seres de la naturaleza, cual en nuestro ser se confunden e identifican el cuerpo y el alma como si compusieran una sola sustancia. Muchos te habrán visto, tierra predilecta de mi corazón; muchos habrán recogido tu cal para sus huesos, tu fósforo para su cerebro, tu hierro para su sangre, tus moléculas para sus átomos; muchos habrán llorado en tu regazo y habrán nacido o muerto en tu seno; pero nadie te habrá amado como te he amado en mi vida, ni te habrá recordado como te he recordado en mis dolores. Desde aquel punto, hora siniestra para mí, acabáronse las mayores alegrías para el corazón y perdieron su magia las festividades mayores del año. Si las campanas de la ciudad tañían a muerto o repicaban a regocijo, no acertaban a sacudirme con emociones tristes o alegres como las campanas de mi iglesia. Si el tamboril o la dulzaina salían por las calles, no resonaban como aquel tamboril y dulzaina de mi aldea, que en la fiesta de San Antón congregaban todo el pueblo en torno de las hogueras y hacían bailar las parejas a su compás moruno con gravedad que no excluía ni la ligereza ni la gracia. Si las máscaras bromeaban en el carnaval, no podían de ninguna suerte interesarme como aquellas máscaras de mi pueblo; porque, al fin y al cabo, resultaban sus propios rostros de carne y hueso como desconocidas caretas. No acertaría a decir lo que era un carnaval en aquellos tiempos de gozo, en que buscábamos para las comparsas y sus disfraces los arreos de nuestros antepasados, los tricornios mugrientos que habían corrido 371 la tuna, las casacas moradas que habían asistido al recibimiento de la reina María Luisa, las chupas de raso bordadas con guirnaldillas de rositas, los enormes relojes competidores de los que sonaban en las torres, los guardapiés de tisú, las pelucas empolvadas, los mil objetos con que hoy comerciaría un anticuario y que nosotros aderezábamos de pintoresca manera, sin otro consejo que el capricho de nuestra desenfrenada fantasía, ni más fin que divertirnos todos, viéndonos los unos a los otros por las calles en una broma continua. Y no digo nada de los moros y cristianos. La ilusión era completa. El tabernero de la esquina, el mojigato de la vecindad, el cristiano viejo sin un abuelo que oliera a hereje, el sacristán de amén, parecíanos Muza o Tarik, grandes sultanes de serrallo, incapaces de probar el torrezno y de respirar el vino así que vestían los pantalones bombachos de seda amarilla, las fajas multicolores, las chaquetas bordadas de lentejuelas, los turbantes de gasa llenos de alharacas, las babuchas de tunecino tafilete. Una vez disfrazados de esta suerte, ni advertíamos bajo el disfraz su propia condición, ni advertidos la creíamos, pues en la fuerza creadora de nuestra fantasía estaba el fingir, moros hechos y derechos, recién venidos de Mauritania, conquistadores de España, a los cristianos viejos que, por devoción al santo de la festividad, participaban con ardor infantil de aquella mogiganga. Los nuestros solían vestir, no como los caballeros de la Vega, cuyas estatuas vemos bajo las bóvedas de la catedral de Toledo, sino como petimetres del último siglo: que mis paisanos, como los pintores del Renacimiento, reparan poco en cualquier anacronismo. Nada de brocado, de malla, de cota, de pacete; al revés, calzón corto, zapato 372 con argénteas hebillas, medias de seda, casacón antiguo, sombrero apuntado, distinguían a los católicos de los mahometanos. Pero en lo que ambos ejércitos se confundían, era en el estruendo que armaban por cuarenta y ocho horas seguidas cerrando el uno contra el otro con mortal coraje. Diríase que estábamos en plena batalla, y no en sencilla fiesta: tal sonaban los arcabuces, las descargas, los cañonazos, las bombas, las tracas, los morteretes, los petardos, las mil explosiones de la pólvora. El castillo de cartón pintado, parecíanos real y efectiva fortaleza, en cuyos muros los enemigos de nuestra religión oprimían y vejaban a la patria. El embajador cristiano, que iba caballero en su alazán, precedido de heraldos y pajes, acompañado de pomposa comitiva, en requerimiento y demanda de la fortaleza, llevaba consigo nuestros votos, como si de real y no fingida embajada se tratase. El día primero de la fiesta, en que los moros ganaban la batalla, nos íbamos tristes a nuestra casa, como si volviéramos del mismo Guadalete y nos encontráramos la iglesia profanada por los ulemas, y ocupado el hogar por los guerreros, reducidos nosotros a las mazmorras y señaladas las mujeres al serrallo. Más en el día siguiente, cuando entre el humo rojizo de la pólvora, el relampagueo de los fogonazos y de los tiros, el estruendo de las descargas y la gritería universal de los combatientes, trepaban los nuestros por las escalas y combatían cuerpo a cuerpo en las almenas, arrojando moros muertos por los adarbes, y persistiendo hasta poner la bandera española en la más alta cima, el Te Deum que estallaba en nuestro pecho podía confundirse, por lo religioso y lo sincero, con el Te Deum inmortal de las Navas de Tolosa. 373 Yo de mí sé decir que estudiando en aquella sazón la historia patria, representábanse a mis ojos como en relieve los mapas de nuestras grandes batallas, y parecíanme como de carne y hueso los opuestos ejércitos. Sobre todo, dibujábanse a mi vista los incidentes de las Navas. Veía, pues, los altos de Almuradiel pintados de flores por los primaverales meses; el inmenso ejército africano, cuyos alquiceles y alfanjes, moviéndose sobre los lomos de los alazanes del desierto, aseméjanlos a nubes atravesadas por rayos, el Emir de los creyentes, sentado bajo su tienda de riquísimos colores, circuído de sus negros encadenados, que ofrecían viviente muro a su seguridad y resguardo, puesta la mano en la empuñadura de su sable, los ojos en los versículos de su Korán, y el pensamiento en su Alah; mientras de otro lado, reverberando el sol de Andalucía en sus petos y en sus cascos, la cruz al frente, los ejércitos cristianos; el buen don Lope de Haro en la vanguardia con sus fuertes montañeses, que parecían haber robado su vuelo a las águilas, según se movían por los agrios riscos y bajo el peso de las graves armaduras; el rey D. Alfonso VIII en el centro, asistido del arzobispo D. Rodrigo, que peleaba y escribía, soldado e historiador, en aquella hazaña; el rey D. Pedro II de Aragón a un lado, y a otro lado el rey D. Sancho el Fuerte de Navarra, ambos heroicos capitaneando ambos aquellas huestes, que habían vencido al infiel en cien batallas y reconquistado, con la reconquista del Pirineo los seguros eternos de la patria; las órdenes militares con sus hábitos y banderas y divisas de matices diversos; el horror de la batalla, a cuyos incidentes se libró la suerte de Europa; y la alegría de la victoria, cuando a la luz de los astros, después de tantos pro- 374 digiosos esfuerzos, teniendo por templo el espacio inmenso, por altar las cordilleras, entonaron los nuestros un Te Deum que debió resonar desde Covadonga hasta Granada, y conmover desde la vieja Asia hasta la desconocida América, llamadas a llevar más tarde marcado el sello de la nación inmortal que naciera en aquellos épicos e inolvidables combates. ¡Cuánta fuerza tiene la tradición! ¡Cómo avasalla las voluntades y los entendimientos! Seis siglos hace que acabaron las guerras de árabes y españoles en aquellas regiones intermedias entre Castilla, Valencia y Murcia, regiones fronterizas. Seis siglos hace que no ha vuelto a empeñarse ninguna acción ni a verse ningún encuentro. El infiel quedó sometido primero, y después, andando el tiempo, expulsado. Ni sus descendientes pudieron tener un hogar donde él había tenido un trono. Don Alfonso el Sabio, que volvía de tomar a Sevilla, al lado de su padre San Fernando y D. Jaime el Conquistador, que acaba de tomar a Mallorca y a Valencia, repartiéronse aquellas tierras y las poblaron el día que se vieron frente a frente sus mutuas reconquistas, el uno de catalanes, y de castellanos el otro. Desde entonces han corrido en quieta y pacífica posesión de aquellos territorios, sin más dificultades que las corrientes, así en todo estado feudal como en los comienzos y fundación de las monarquías modernas. No queda, pues, ni un átomo del polvo de aquellos combates en el aire, ni un dejo del amargor de aquellos recuerdos en los labios; y no obstante esto, las guerras se empeñan todavía en simulacros y pasan de generación en generación como un sacratísimo legado, sobreviviendo a la muerte de las ideas y de las costumbres y de las instituciones en cuya virtud na- 375 cieron y duraron. ¿Cómo puede ya extrañarnos ninguno de estos grandes y perdurables pensamientos, que corren de tiempo en tiempo y de gente en gente con fuerza capaz de dar calor a muchas sociedades y vida a muchos siglos? La idea platónica del Verbo, casi prevista por los indios y formulada en la Academia, a la sombra de los plátanos del Pireo, al chirrido de las cigarras áticas, halla todavía altares en nuestro corazón y en nuestra Iglesia. El demonio persa, que ha brotado de la religión, mazdea, lucha aún, principio, o por lo menos, agente del mal, con nuestro Dios, no sólo según los sentimientos vulgares, sino también según las más sabias leyendas. Los sitios consagrados a Lucina por los antiguos griegos son los santuarios donde las mujeres en cinta piden hoy a los santos de su devoción un buen parto. Las fiestas de la Candelaria, dedicadas a bendecir los cirios, corresponden a las antiguas fiestas lupercales. Los solsticios de verano y de invierno tienen la velada de San Juan, la Noche Buena, La Misa del Gallo, como en la antigüedad tenían otros festejos, destinados en su mayor parte al dios Adonis. La fiesta de las flores se funda doscientos cuarenta años antes de Cristo, y se reproduce a nuestros ojos en el mes de Mayo, cuando las rosas llenan los altares divinos de María. Como Leandro pasa en las leyendas paganas a nado el Bósforo por recoger la mirada de Hero, un joven cristiano, allá en las leyendas de la Edad Media, pasa a nado el Ródano por recoger la palabra de Marta. El nombre de María de Magdala, que quiere decir “torre” en el antiguo hebreo, guarda tradiciones tales, que se extienden por los templos de Babilonia y por las tierras interiores del Asia. Las virtudes dadas por la Edad Media al número siete, como se ve por 376 los Siete Dolores, por las Siete Partidas, por las Siete Palabras, provienen de la religión sabeísta. Herodes degüella a los inocentes en Judea, como los degolló Cartago para desarmar a sus divinidades en el terrible asedio que le pusiera Agatócles. No acabaríamos nunca si hubiéramos de decir cuánto han perdurado las creencias y cómo se han unido a ellas los pueblos. Así, no extrañaremos que, viviendo todavía divinidades como las divinidades nacidas a las orillas del Ganges en los crepúsculos matutinos de la historia, vivan también las guerras de moros y cristianos en nuestras provincias meridionales. Nosotros, que reproducimos y abreviamos en el compendio de nuestra vida el alma y la vida superior de los pueblos, nosotros tenemos que convertir por fuerza la vista hacia las fiestas de la infancia, dilatándonos cada vez más en los recuerdos, a medida que menos podemos dilatarnos ya en las esperanzas. Felices mil veces los que al fin de tantos combates como traen consigo las mundanas mudanzas, todavía guardan vivas en su corazón aquellas emociones perfumadas por la inocencia. ¡Malhadado el hombre a quien no le cautiva el hogar de su familia, el sepulcro de sus antepasados, el templo de sus primeras oraciones, el sitio bendecido por los primeros amores! Yo recuerdo siempre un Miércoles Santo en la basílica de Roma. Bajo sus grandiosos arcos buscaba una emoción religiosa, oyendo las cadencias de Palestrina o de Allegri, y sólo pude encontrarla en el punto en que salmodiaban los sacerdotes el canto llano, oído tantas veces en la iglesia de mi valle de Elda. ¡Dios mío! ¡Cómo guardo grabada en mi memoria cada una de aquellas festividades, que constituían todo el es- 377 parcimiento y el recreo de una existencia compartida entre la religión y la naturaleza! Paréceme que oigo los trenos de Jeremías, cuyos acentos me daban el escalofrío de lo sublime, y que veo el santuario solitario, el ara desnuda, el velo del templo rasgado, las lámparas extintas en el luctuoso Viernes Santo. Paréceme que asisto aún a la mañana de Pascua, en que el alegre repique de los campanarios y el encuentro de la Virgen con su Divino Hijo, así como devolvían la paz al corazón lacerado, anunciaban que la yema iba a dar el brote, la larva el insecto, la semilla el tallo, y el capullo la flor. Paréceme que las letanías se difunden aún por los aires en las mañanas de Mayo, y que al levantarse la cruz de plata sobre los campos, inclínanse las espigas y alzan sus encendidos cálices las amapolas en señal de mística adoración. Paréceme que oigo las marchas de nuestra música popular, que veo las danzas de nuestros gigantones monstruosos, que asisto al espectáculo de vestir a los niños de ángeles con sus coronas de rosas y sus alitas de talco. Más entre todas las fiestas, ninguna ciertamente como la fiesta consagrada a la Virgen el día de su Natividad, el 8 de Septiembre. Son aquellos días de verdadero reposo para el labrador. Los granos están ya recogidos y almacenados. Las cosechas de otoño, si maduras, no llegan aún al tiempo de la recolección. La mazorca ostenta su sedosa cabellera; la uva se endulza, como apercibiéndose a la vendimia; el higo ya gotea miel; la aceituna se ennegrece y se ablanda; la almendra cae de su encierro, perfumada por las olorosas gomas; el melocotón ofrece, tras la aterciopelada pelusilla, sus ricas carnes; el melón y la sandía convidan con su frescor, en tales términos, que bien puede llamarse el 384 roz fuerza natural en lugar de la lenta marcha de hombres, ganado y caballos de carga. Por lo tanto, el nombre de Holloway, o Holway, es una señal probable de un camino antiguo, y también Sandy Lane, un nombre en el que apenas se esconde el poco afecto de la gente del campo por el camino que una carretera sólida ha reemplazado, y ahora poco usado excepto en los días de buscar nidos de pájaros o de cortejar. Estos caminos antiguos durarán tanto como las calles romanas, aunque hay una gran diferencia entre el camino sin pavimentar, tan tenue como un camino de viento en el mar, y la recta y elevada carretera romana que dio origen al proverbio Llano como la carretera de Dunstable, o El agradable llano de Dunstable, y la calle Watling sigue ancha y recta a través de esa ciudad. Walter Scott tiene uno de estos antiguos caminos fantasmales en Guy Mannering, situado sobre un páramo que tenía como telón de fondo Skiddaw y Saddleback, y lo llama camino ciego: «la huella está tan poco marcada por los pasos de los viajeros que sólo puede ser rastreada por una leve sombra de verdor respecto al brezo más oscuro que lo rodea, y, siendo visible sólo a la vista a cierta distancia, deja de distinguirse cuando el pie lo pisa». La creación de tales carreteras parece ser una de las realizaciones más naturales del hombre, una en la que menos entra en conflicto con la naturaleza y los animales. Si hace carreteras directas y rápidas, para una actividad precisa, pueden desaparecer igual de rápido como las nuevas carreteras de iniciativa japonesa, mientras que sus antiguas predecesoras sobreviven sonriendo ante su ambición. Estas son las carreteras sinuosas que ahora prefieren 385 los versados. «Dame», dice Hazlitt,116 «el cielo azul claro sobre mi cabeza, y la hierba verde debajo de mis pies, una carretera serpenteante delante de mí, y una caminata de tres horas hasta la cena, ¡y luego a pensar!». Estas sinuosidades son creadas por el terreno ondulado y por obstáculos como los de un río, curvas como las de High Street en Oxford, que Wordsworth117 llamó «las sinuosidades de esa gloriosa calle, como las de un arroyo». El menor obstáculo podría provocar una curva, si no más, como incluso una carretera romana se curvó alrededor de Silbury Hill, y como el camino del salvaje australiano se retuerce arbusto tras arbusto como si disfrutara de la interrupción, aunque no pueda murmurar como el río en un meandro. Es posible que estas curvas, además de estar inconscientemente adaptadas a la topografía, fueran, como todavía lo son, agradables y placenteras para el errante con un amor 116 William Hazlitt (1778-1830), ensayista, crítico, pintor y filósofo, uno de los más grandes ensayistas del idioma inglés. 117 William Wordsworth (1770-1850), poeta de la naturaleza, ecos. The day is come when I again repose Here, under this dark sycamore, and view These plots of cottage-ground, these orchard-tufts, Which at this season, with their unripe fruits, Are clad in one green hue, and lose themselves 'Mid groves and copses. Once again I see These hedge-rows, hardly hedge-rows, little lines Of sportive wood run wild: these pastoral farms, Green to the very door; and wreaths of smoke Sent up, in silence, from among the trees! With some uncertain notice, as might seem Of vagrant dwellers in the houseless woods, Or of some Hermit's cave, where by his fire The Hermit sits alone. 386 natural por viajar. ¿Entonces, por qué ir recto? No hay nada al final de cualquier carretera que sea mejor que lo que se puede encontrar a su lado, aunque no habría viajes si los hombres lo creyeran. La carretera recta, excepto sobre terreno llano y abierto, solo puede ser hecha por aquellos en quienes la prisa extrema y la previsión han destruido la energía del placer que se encuentra ya sea al final o en cualquier parte de su curso. Entonces, ¿por qué ir recto? El versado tenía algo del salvaje cuando exigía una carretera sinuosa. Sin embargo, no es al hombre que camina por placer al que acudimos para entender el sentido de los caminos, sino a alguien como Bunyan.118 El Progreso del Peregrino está lleno del sentido de los caminos. Vean a Cristian yendo a casa del señor Legality por un camino de montaña bajo una colina tan amenazante que tiene miedo de aventurarse más lejos, «por temor a que la colina caiga sobre su cabeza». Cuando Goodwill señala el camino estrecho, dice que fue «construido por los patriarcas, profetas, Cristo y sus apóstoles», es decir, dispuesto en un sendero elevado delimitado por zanjas de las que se sacó tierra para formar el terraplén. Cuando Cristian llega a Hill Difficulty, vemos al hombre humilde que decide subir recto, sin girar a la izquierda hacia el camino llamado Danger que lleva a un gran bosque, ni a la derecha hacia Destruction y el «ancho campo lleno de montañas oscuras». Qué lleno de lenguaje sencillo y común es el pasaje donde Hopeful y 118 John Bunyan (1628-1688), en su famosa novela alegórica The Pilgrim's Progress from this world to that which is to come, delivered under the similitude of a dream, relata el viaje de Cristiano en un recorrido espiritual en busca de la salvación. 387 Cristian toman un camino a lo largo del río y luego, cuando se aleja del agua, ven el paso de una cerca que conduce a un camino que continua, como un camino lo haría, a lo largo de la orilla cruzando un prado, pero el río está inundado y deben regresar al paso de la cerca. Este hombre conocía los caminos, y una de sus tentaciones después de la conversión fue poner a prueba su fe pidiendo que los charcos en el camino entre su pueblo y Bedford se secaran. Cervantes tenía sentido de los caminos. Comienza, de hecho, haciendo que Don Quijote «salga al campo» como cualquier hidalgo de la caballería, y tomando el camino elegido por su caballo porque así podrían lograr mejores aventuras, y es sobre un camino que viajan él y la mayoría de sus caballeros, damas y encantadores. El libro de Malory119 tendría menos vitalidad en sus maravillas si no fuera por los caminos, por ejemplo, los tres principales, donde Sir Morgawse, Sir Gawain y Sir Agravain se separan para sus aventuras, cada uno con su dama. Y los caminos salvajes de Sir Lancelot, cuando «cabalgó muchos caminos salvajes, a través de fronteras», hasta que llegó a un valle, y allí un caballero con una espada desnuda perseguía a una dama. Cymbeline, y algunas de las obras históricas de Shakespeare, impresionan por las vastas extensiones de campo atravesadas por caminos de gran relieve y destino. Con frecuencia en los libros nos movemos, como he dicho, de un lugar a otro como en un sueño. Pero es un sue119 Thomas Malory (1416–1471), autor de La mort d'Arthur, versión de la historia del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, basada en leyendas inglesas y francesas. 388 ño que en el Mabinogion120 ofrece una de las escenas más solemnes de viaje. Me refiero al sueño del emperador Macsen,121 que soñó que viajaba por el valle de un río hacia su origen, y subía por la montaña más alta del mundo hasta que vio poderosos ríos descendiendo hacia el mar, y siguió uno de ellos hasta una gran ciudad en su desembocadura y un inmenso castillo en la ciudad. Al final de su viaje, el emperador soñador encontró una chica tan hermosa que cuando despertó no pudo pensar en otra cosa excepto en su belleza. A lo largo de los años envió a exploradores a descubrir el camino de su sueño, y finalmente lo llevaron al castillo y a la misma chica, llamada Helen, sentada en una estancia. Se convirtió en su novia, y le dio tres castillos: uno en Arvon, en el norte de Gales, uno en Caerleon y otro en Carmarthen, en el sur. Entonces, dice el cuento, «Helen pensó en hacer grandes carreteras de un castillo a otro a través de toda la isla de Gran Bretaña. Y se hicieron las carreteras. Y por esta razón se llaman las carreteras de Helen Luyddawc, porque era descendiente de un natural de esta isla, y los hombres de la isla de Gran Bretaña no habrían hecho estas grandes carreteras para nadie más que para ella». Es normal relacionar con esta Helen las grandes carreteras antiguas que conducen hacia el norte y el sur a través de Gales, conocidas como Sarn Helen o Elen. Nada podría ser más noble como nombre de una carretera de 120 Los Mabinogion son las primeras historias en prosa galesa, un conjunto de historias que se compilaron a mediados de los siglos XII y XIII a partir de tradiciones orales anteriores. 121 Breuddwyd Macsen Wledig, historia novelesca acerca del emperador romano Magno Máximo. 389 montaña que Sarn Helen o el Camino de Helen. Sugiere a la mente ordinaria, fantasiosa y no histórica, a la británica Helena, madre del emperador Constantino, y que esto sugiriera hace mucho tiempo es evidente por la antigua identificación de Helen Luyddawc con el único hijo del rey Cole de Colchester. El nombre ha sido explicado más recientemente como Sam y Lleng, o sea el Camino de las Legiones. Sir John Rhys122 insiste en Elen en lugar de Helen, y cree que es una de las diosas paganas del crepúsculo. «Hay», dice, «una cierta propiedad poética en asociar los caminos y carreteras primitivos del país con esta diosa vagabunda del amanecer y del crepúsculo». Estos caminos errantes son para las firmes carreteras blancas lo que el crepúsculo es para el pleno esplendor del día. Tal vez primero los pisoteó la manada salvaje y ya sin su espanto, bien podrían estar protegidos por una especie de Artemisa, diosa de lo inhóspito y de los caminos que divergen, amable tanto con los cazadores humanos como con la presa salvaje. Pertenecen al ocaso del mundo. Sin duda, el sol no reluce más brillante al mediodía de lo que lo hizo entonces en una tierra perfectamente salvaje, con flores que nunca fueron recogidas, con plumajes brillantes que ningún hombre había codiciado. Pero todo el bosque y el pantano de la tierra primordial forman en la imaginación nieblas a las que la falta de historia añade otro velo. A mi parecer, estas nieblas se extienden sobre el mundo exactamente como la niebla blanca del verano, convirtiendo en mar la mayor parte de lo que alguna vez fue ti122 John Rhys, el primer profesor de estudios celtas en la Universidad de Oxford (1840-1915). 390 erra y convirtiendo en islas los bosques de las tierras empinadas y no cultivadas. Las islas que emergen de las nieblas del tiempo son las colinas y montañas, y a lo largo de sus crestas se encuentran los primeros caminos, y cerca de ellos la cuadrícula y los círculos de los primeros hogares, y los montículos de las primeras tumbas solemnes, a veces utilizadas, se cree, como guías para los viajeros. […] Incluso abandonados, estos caminos antiguos los recuerdan muchas señales, porque la hierba se niega a crecer en ambos lados del curso quieto del césped, una línea de árboles de espino sigue su curso, o la cerca o muro que divide dos campos. En general, sobreviven como testimonio importante como límites entre campos, entre fincas, parroquias, hundreds123 y condados. Es uno de los placeres de los aventureros con un buen mapa seguir el posible curso de un camino antiguo ya conocido, o descubrir uno perdido. Una sucesión variada de los senderos, los caminos y las carreteras que cruzan el país, si se corresponden en parte de su trayecto con los límites, es probable que se trate de caminos antiguos. De esta manera, gran parte del trazado de un camino como el Icknield Way, no podría recuperarse si el documento y la tradición no lo hubieran preservado. Hoy, sin estas señales, pocos hombres podrían distinguir entre un camino antiguo y uno nuevo, aunque, de hecho, no hay muchas grandes extensiones de caminos completamente nuevos, excepto en ciudades nuevas y regiones recién drenadas; en otros lugares, los caminos nuevos se han hecho uniendo o mejorando los antiguos. 123 Antigua división administrativa, en su origen el territorio que podía mantener cien hogares. 391 La vida de las ciudades ha destruido la necesidad y capacidad de juzgar la extensión de la tierra bajo nuestros ojos, y pocos, excepto los soldados, educan este arte para desarrollar estas habilidades. Si aprendemos a usar un mapa, es sin un conocimiento elemental, sin la comprensión del salvaje, del soldado o del viajero, deberíamos haber heredado destellos del viejo saber para ayudarnos a una apreciación estética del paisaje.  Edward Thomas por caminos ingleses, emoción del paisaje, poeta de la mirada, de lo que desaparece lento. To the valley and the river small, The cattle, the grass, the bare ash trees, The chickens from the farmsteads, all Elm-hidden, and the tributaries Descending at equal interval. Escribió, Now all roads lead to France and heavy is the tread of the living; but the dead returning lightly dance. Su último camino, que no escribió, muerte en la batalla de Arras, 1917, a los 39 años. 392 393 Documentación En el camino con Darnius Interpretación de capítulos de mi libro: Conde de Darnius. Guia de los caminos mas principales del Principado de Cataluña, asi carreteros, como mas quebrados, por los quales pueden tran sitar exercitos, artilleria, carruajes y destacamentos. Hecho por el coronel conde de Darnius (Mataró, 2022). Seguir a Jouvin Albert Jouvin de Rochefort. Le voyageur d'Europe, ou sont le voyage d'Espagne et de Portugal., T.2 (Paris, 1672). Concepción Bernal Fernández. Traducción al español de 'Le voyageur d’Europe où sont le voyage d’Espagne et de Portugal', de Albert Jouvin de Rochefort acompañada del correspondiente análisis traductológico (Universidad de Murcia, 2016). Indagando Alcocer Martín de Viçiana. Crónica de la ínclita y coronada ciudad de Valencia. Volumen 4º, ff. f.196, 197, 203-205 (Barcelona, 1566). Gaspar Escolano. Segunda parte de la Década Primera de la historia de la insigne, y coronada ciudad y reyno de Valencia (Valencia, 1611). Damián Fonseca. Justa expulsión de los moriscos de España: con la instrucción, apostasía, y trayción dellos (Roma, 1612). Archivo Histórico Nacional. Osuna. CT.149, D.15-16). «Carta del conde de Aranda a la duquesa del Infantado, y respuesta, año 1766». «Cofradías y hermandades de los pueblos pertenecientes a la jurisdicción de la provincia de Valencia» (1771). Archivo Histórico Nacional. Consejos, 7105, Exp.63,N.2.