scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888)

HIGUERAS CASTAÑEDA, EDUARDO

Abstract

Más allá de los gobernantes, de los grandes pensadores y de los líderes de los partidos políticos o de los movimientos sociales, hay una multitud de personas que contribuyen decisivamente al cambio histórico. Sus vidas, casi siempre, pertenecen al olvido y los historiadores, con frecuencia, se refieren a ellas con el equívoco adjetivo de “anónimas” para diluirlas en categorías sociales donde su singularidad se esfuma. Sus biografías, sin embargo, ayudan a comprender la historia a la altura de individuos de carne y hueso que vivieron los retos políticos y sociales sobre los que se construye nuestro presente.Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) apenas fue conocido fuera de los círculos republicanos en los que militó, pero su trayectoria como periodista arroja luz sobre aspectos cruciales en la evolución del movimiento federal. Además de apoyar el derecho al voto de las mujeres, entendió que la democracia debía conjugarse con las nuevas corrientes socialistas para responder a la cuestión social. Fue, al fin y al cabo, el primer traductor de El Capital al castellano. Por todo ello, por lo que su actividad política tuvo de representativa y por lo que se apartó de la norma, merece la pena prestar atención a su biografía.

Full text

La pluma roja de la prensa federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) Eduardo Higueras Castañeda La pluma roja de la prensa federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) Dña. Silvia Tamayo Haya Presidenta. Secretaria General, Universidad de Cantabria D. Vitor Abrantes Facultad de Ingeniería, Universidad de Oporto D. Ramón Agüero Calvo ETS de Ingenieros Industriales y de Telecomunicación, Universidad de Cantabria D. Miguel Ángel Bringas Gutiérrez Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de Cantabria D. Diego Ferreño Blanco ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Universidad de Cantabria D. José Manuel Goñi Pérez Modern Languages Department, Aberystwyth University D. Salvador Moncada Faculty of Biology, Medicine and Health, The University of Manchester D. Agustín Oterino Durán Neurología (HUMV), investigador del IDIVAL D. Luis Quindós Poncela Radiología y Medicina Física, Universidad de Cantabria Dña. Claudia Sagastizábal IMPA (Instituto Nacional de Matemática Pura e Aplicada) Dña. Belmar Gándara Sancho Directora, Editorial Universidad de Cantabria consejo editorial Colección Historia #152 Directora de colección: Ángeles Barrio Alonso La colección Historia ha obtenido, en primera convocatoria en julio de 2017, el sello de calidad en edición académica CEA, promovido por la UNE y avalado por ANECA y FECYT. Y ha sido renovado en julio de 2022. consejo científico D. Enrico Acciai Università degli Studi di Roma «Tor Vergata», Roma Dña. Rosa Cid Universidad de Oviedo D. Igor Goicovic Universidad de Santiago de Chile Dña. Ana Belén Marín Universidad de Cantabria Dña. Rebeca Saavedra Universidad de Cantabria Dña. María José Vilalta Universidad de Lleida La pluma roja de la prensa federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) • • Eduardo Higueras Castañeda PRÓLOGO LA GRANDEZA HISTÓRICA DE CADA PERSONA E ste libro plantea una reflexión que nos concierne a todos por igual: qué papel desempeña cada individuo en la historia. Y la biografía de Pablo Correa, precisamente por desconocida, ofrece, gracias a la rigurosa y ágil investigación de Eduardo Higueras, un repertorio de consideraciones de extraordinaria inteligencia. En primer lugar, sorprende la madurez de análisis y la indudable lección de metodología que subyace en todo el libro. Con estilo claro y resuelto se abordan los ejes del largo debate existente en las ciencias sociales sobre el valor y función de todo individuo en la sociedad y, por tanto, el significado de cada biografía para la historia. Porque, en efecto, la historia es un proceso de cambio constante, resultado de las necesidades, exigencias, intereses, creencias y sentimientos de miríadas de personas que se amasan entre esperanzas, sufrimientos y conflictos tejidos por los distintos poderes de cada sociedad. Ahí se inserta el papel de toda persona como agente histórico. Por encima de las diferentes e incluso opuestas reflexiones al respecto, para la historia social cada vida alberga aquella dialéctica que un joven Karl Marx precisó sobre los individuos «como autores y actores de su propio drama». En consecuencia, en la historia nadie está excluido, se construye por todos y cada uno de los individuos, movidos por cálculos, previsiones, certezas, ambigüedades, fuerzas y posibilidades… En cada presente existe la libertad de elección y decisión en cuyo desenvolvimiento conflictivo nunca cabe prever un desenlace por adelantado. Así se comprueba en aquellos 46 años de vida de Pablo Correa que transcurrieron justo entre la revolución liberal contra los poderes feudales del Antiguo Régimen y el despegue de una revolución democrática impulsada desde las clases desfavorecidas que, declaradas libres, sin embargo, 14 Juan SiSinio Pérez Garzón no alcanzaban la igualdad proclamada. No hay época histórica que sea ni anodina ni adormecida, pero sí que hay momentos de singulares energías sociales como fueron las desplegadas entre 1842 y 1888, las fechas de nacimiento y muerte de nuestro protagonista. Justo para este período Eduardo Higueras aporta datos novedosos y de necesario énfasis sobre tres cuestiones no siempre bien atendidas en los análisis de nuestro pasado. La primera, la intensa y desconocida vida política que se desarrolla en territorios como la provincia de Cuenca, aparentemente alejados de los poderes estatales, que suelen ser los que monopolizan las páginas de las historias escritas, con sus correspondientes individuos de mayor renombre. En segundo lugar, el entramado de conflictos sociales del que emergió el republicanismo español cuyos programas e ideales fueron mucho más allá del simple dilema de una Jefatura del Estado por herencia o por elección. Y, en tercer lugar, el significado del nacimiento y evolución de la prensa como cuarto poder en las sociedades liberales. Son las cuestiones que entretejen la biografía de Pablo Correa y por eso precisamente el método biográfico aporta herramientas imprescindibles para desentrañar el entramado de fuerzas estructurales desde las que se singulariza cada individuo ejerciendo sus capacidades y libertades. Por esta razón, las biografías pueden enriquecer el conocimiento de la complejidad de los cambios que existen en todo período histórico, pues no hay estructuras inamovibles por muy profundas que sean, ni mentalidades colectivas estáticas, ni procesos ciegos e incontrolables, aunque aceche la tentación de pensar que somos marionetas de unas fuerzas inevitables al considerar la persistencia de violencias e injusticias desde los primeros pasos del homo sapiens hasta el presente… En este sentido, la particularidad de cada persona no tanto refleja, sino que más bien refracta con distintas oblicuidades las circunstancias y contextos desde los que se fraguan y desenvuelven sus aspiraciones e ideas. Pablo Correa fue el undécimo hijo de una familia formada por un soldado alistado contra Napoleón. Era un padre con un acomodo propio de liberal propietario, no sabemos si con un nivel de renta con derecho al voto, pero sí el suficiente para que el gobernador civil de la provincia, del partido moderado, lo designara alcalde en 1848. Ahora bien, este alcalde no estuvo en sintonía con la política general de los moderados puesto que se implicó en el pleito que el pueblo sostenía contra el marquesado de Villora para rescatar los bienes comunales que el administrador del aristócrata había usurpado. Eran tierras de señorío que en ese momento estaban adscritas al duque de Híjar, sucesor de quien en 1811 había encabezado la sublevación Prólogo 15 de la aristocracia contra el decreto del 6 de agosto de 1811 sobre la abolición de los señoríos. Baste recordar un dato que con demasiada frecuencia se obvia: el citado decreto de las Cortes de Cádiz constituyó el nudo de la conflictividad social en el campo español desde entonces hasta la reforma agraria de la Segunda República. No es un decreto para el análisis de los eruditos, aunque el enmarañamiento jurídico que abolió y el que su redacción provocó no ha sido un motivo menor para que se esquiven sus consecuencias. El liberalismo subvirtió la estructura de las relaciones sociales en el campo, y España, entonces, no sobra recordarlo, era una sociedad eminentemente agraria. La tierra era el medio de producción que daba alimentación, rentas y comercio, riqueza, en definitiva, a la casi totalidad de la sociedad. Abolir los señoríos fue de las medidas más rotundas de aquellas Cortes reunidas en Cádiz. Contra ese decreto lucharon los aristócratas hasta conseguir, en plena guerra civil con el absolutismo carlista, en 1837, que se reinterpretaran las jurisdicciones territoriales como propiedad legítima de los «señores naturales» de los respectivos pueblos. Desde ese año, los tribunales de justicia se llenaron pleitos de los pueblos por las tierras que cada «señor» había usurpado sin títulos de propiedad. Así ocurrió en La Pesquera cuando, tal y como analiza Eduardo Higueras, el ayuntamiento argumentó que las tierras de propios eran «exclusivas de propiedad de la villa, la cual de inmemorial está la posesión de ellas». Aunque los pleitos se fallaron prácticamente siempre a favor de los «señores», no por eso cejaron en el intento de recuperar sus tierras. Así, en la biografía de Pablo Correa vuelven a salir pleitos de varios pueblos conquenses en 1866, esta vez contra el marqués de Valmediano, otro grande de España, también duque del Infantado y yerno del general unionista Rafael Echagüe. Hacer tanto hincapié en los pleitos por la tierra planteados contra los aristócratas por los pequeños pueblos de una provincia que se mueve en la penumbra de la historia, puede resultar extraño para el prólogo de la biografía de un republicano. Ahora bien, si las ideas circulan y logran adhesiones es porque enlazan con los intereses, expectativas y frustraciones en las que se desenvuelve la vida de personas, clases y pueblos. Ahí radica la necesidad de subrayar el conflicto por la tierra en estos pueblos. Es el sustrato sobre el que se desenvolvió la trayectoria de Pablo Correa y constituye la clave de dos de las grandes aportaciones de este libro. Primero, la tesis de la persistente conflictividad sobre la propiedad de la tierra como factor desencadenante del republicanismo federal y, en segundo lugar, la consiguiente pujanza de 16 Juan SiSinio Pérez Garzón la vida política en territorios habitualmente silenciados, que no silenciosos, en los que pueblo por pueblo se produjo un pleito perseverante sostenido por campesinos que luchaban por su supervivencia. En efecto, el ideario republicano de federalismo social de Pablo Correa no fue ajeno a su crianza en La Pesquera, donde el conflicto por la tierra lo vivió en directo, desde su propia familia, hasta experimentar, con poco más de 20 años, un mes de cárcel por su implicación en la «noche de san Daniel», en abril de 1865, cuando los republicanos organizaron una revuelta popular contra el modo tan fraudulento de privatización de las tierras del patrimonio real realizada por el gobierno de Narváez. Fue su bautismo político. Ya desde 1865 comenzó a destacar como militante del Partido Demócrata y pronto se adhirió a la tendencia que, encabezada por Pi y Margall, hizo de la cuestión social su bandera, esto es, consideró prioritario el reparto de las riquezas agrarias y la revisión de los supuestos títulos de propiedad que la aristocracia nunca presentó. A partir de ese momento Eduardo Higueras revela no solo el entusiasmo militante de Pablo Correa sino también la prácticamente inédita vida política de la provincia de Cuenca. Rescata hechos tan sugestivos como el «camino fallido hacia el cantón manchego» cuando Correa asistió a Valladolid en junio de 1869 como representante por la provincia de Cuenca para suscribir el pacto de organización de la Confederación Castellana dentro del Partido Republicano Democrático Federal que se había creado tras la revolución de septiembre de 1868 como escisión del citado Partido Demócrata. Quisieron replicar en su estructura de partido la del futuro Estado federal en el que pensaban constituir la Federación de Castilla-La Nueva con Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Madrid y Toledo dentro de la que se formaría el Cantón Manchego con las citadas provincias, excepto Guadalajara y Madrid que formarían otro. Lo más importante, Pablo Correa demostró, al organizar el nuevo Partido Republicano Federal en Cuenca y lograr un escaño de diputado, que el ideario de esta organización política contaba con apoyos sociales suficientes dentro de una provincia rotundamente agraria. Además, Correa mantuvo, dentro de su partido, las posiciones más cercanas al socialismo de tal modo que pronto captó, desde aquella Cuenca de no más de 8.000 habitantes, la importancia de la Asociación Internacional de Trabajadores creada hacía solo seis años en Londres. Tal fue su clarividencia y su cercanía al socialismo marxista que, en cuanto tuvo en sus manos la edición francesa del primer volumen de El Capital, decidió traducirlo para publicarlo primero por entregas en el periódico Prólogo 17 La República, órgano del Partido Federal liderado por Pi y Margall, y luego como libro en 1886. Cierto que dicho periódico superaba en poco los mil suscriptores. En todo caso, que esa obra llegase a los potenciales lectores de habla hispana de la mano de un republicano federal expresaba la simbiosis que hubo en esos años entre las primeras militancias del internacionalismo proletario y las consolidadas organizaciones del republicanismo federal. Sin embargo, la vida de Pablo Correa se quedó truncada inesperadamente en 1888 por un infarto en plena faena en la redacción del citado periódico con solo 46 años. Había destacado como militante del republicanismo federal y, además de la abogacía, practicaba el periodismo, actividad imprescindible para expandir las ideas. Muy atinadamente Eduardo Higueras titula su libro «la pluma roja de la prensa republicana». Así fue y ejerció de portavoz de la izquierda del federalismo, leal siempre a Pi y Margall, y el más próximo a un marxismo emergente que, desde la Segunda Internacional, creada al poco tiempo, 1889, organizaría los partidos socialistas que rivalizarían con los republicanos federales por representar a los trabajadores. Para dar una precisa información del ideario de estos republicanos, Eduardo Higueras dedica un capítulo bien sustancioso a lo que define como «socialismo republicano» en cuyas páginas sistematiza con claridad didáctica los contenidos y claves de una ideología desplegada en una larga suma de trabajos publicados por Pablo Correa desde su juventud hasta su temprana muerte. Ahí se encuentra el valor que otorgó al sistema parlamentario, la persistente inquietud por la desigualdad social, el énfasis en el municipio como primer eslabón de la organización del Estado federal, las propuestas catalogables como socialistas y, de modo singular, el respeto con el que abordó la liberación de la mujer que, si bien conservaba ciertos prejuicios sexistas, se adelantó varias décadas a sus correligionarios al defender no solo la educación y el laicismo como soportes para dicha emancipación sino también el derecho al voto. Ahora bien, un prólogo no debe revelar toda la riqueza de contenidos que se presentan en un trabajo tan innovador y completo. Se han señalado algunas de las principales aportaciones, quizás desde la preocupación de quien considera que la historia no la hacen en ningún momento las destacadas individualidades sobre las que se concentran habitualmente los estudios biográficos. Todos los individuos, como seres sociales, desarrollan una concreta magnitud histórica en cuanto que son «autores y actores de su propio drama», pues cada persona, en su espacio vital, es creadora de acciones que, ensambladas y relacionadas con otros miles de vidas, sostienen o impulsan 18 Juan SiSinio Pérez Garzón un determinado proceso social. En este cruce de ilusiones, intereses, victorias y derrotas destacan vidas como las de Pablo Correa y Zafrilla por su empeño en abolir las injusticias que marcaban las vidas de los trabajadores de unos pueblos persistentemente sojuzgados y acallados. Por eso este libro es imprescindible y su autor, como historiador honesto, ha rescatado las aventuras y desventuras de un individuo que luchó por transformar su presente para fundar relaciones de fraternidad universal entre personas, clases y pueblos. Un reto inconcluso cuya vigorosa sustancia persiste en la actualidad. Juan Sisinio Pérez Garzón Universidad de Castilla-La Mancha PRESENTACIÓN1 C orrea y Zafrilla ha ocupado un lugar escueto en numerosas historias de la filosofía o de los movimientos políticos españoles. Es una de esas figuras con las que el lector tropieza de vez en cuando sin dejar por ello de ser un completo desconocido. Sin embargo, que su nombre merezca más o menos espacio en los libros o una mayor atención por parte de los historiadores no es el problema que se plantea en estas páginas. Tampoco lo es discutir si su obra, su personalidad o su trayectoria vital, por desconocida, debe, en lo posible, recuperarse o reivindicarse. No pretendo, en definitiva, reclamar su importancia ni sobrevalorar su aportación a la filosofía política o, en concreto, al pensamiento republicano de izquierdas en España. Mi objetivo es más modesto. Me limitaré a explicar el papel que jugaron un pequeño número de activistas, tan desconocidos como comprometidos con el fin de democratizar su país, a la hora de vertebrar un movimiento de gran calado social, como fue el federalismo español en el último tercio del siglo xix. Entre ellos, Correa y Zafrilla fue uno más. En algunos aspectos de su trayectoria militante, descolló. Fundó y dirigió varios periódicos. Se anticipó a muchos al defender determinadas ideas sociales y contribuyó a que su partido peleara por nuevas causas. Fue representante de su provincia en las Constituyentes de 1873 y escribió trabajos teóricos interesantes. Entre ellos, su libro de 1886, Federación, democracia y socialismo, con el que culminaba una extensa obra intelectual diseminada en numerosos diarios y revistas. Pero la necesidad de escribir su biografía no responde únicamente a los aspectos en los que destacó. También aquellos en los que no lo hizo son relevantes. En sus escritos, Correa aparecía como el arquetipo del militante federal, plenamente identificado con la doctrina de su partido y con su líder, Francisco Pi y Margall. Pero, simultáneamente, 1 Este libro se ha desarrollado en el marco del proyecto de investigación «La construcción del imaginario monárquico. Monarquías y repúblicas en la Europa meridional y América Latina en la época contemporánea (siglos xix y xx)» (ref. PID2019-109627GB-I00). 20 eduardo HiGueraS CaStañeda mostraba matices peculiares que permiten comprobar de qué manera los militantes podían influir en el desenvolvimiento del ideario republicano y ensanchar sus aspiraciones de cambio. Su obra, sin duda, contiene importantes claves para comprender las múltiples conexiones entre la democracia radical y la organización del movimiento obrero durante la segunda mitad del siglo xix. Es significativo que fuera él, cuando formaba parte de la redacción de La República, órgano del Partido Republicano Federal, el primer traductor al castellano del primer libro de El Capital, la principal obra de Karl Marx. Podría, por ello, ser considerado como un puente entre la cultura republicana y el socialismo marxista que, en España, como en el resto del mundo, daba sus primeros pasos2. No fue, desde luego, la única ligadura entre dichos movimientos. De hecho, es difícil comprender el desarrollo del obrerismo español sin atender al papel del republicanismo. La trayectoria de Pablo Correa y Zafrilla, en este sentido, arroja luz sobre algunos de los principales interrogantes que plantean los orígenes de la movilización democrática y la lucha por la construcción de un Estado social en la España contemporánea. Las culturas republicanas articularon una impugnación radical al modo en que se construyó el Estado liberal en España desde los mismos momentos en que comenzaba a desmantelarse el absolutismo3. La monarquía constitucional, tal como se definió a lo largo del siglo xix, como poder permanente e inamovible, representaba simultáneamente la tradición, la centralización como base de la unidad nacional, el principio de autoridad, la propiedad y la herencia. Frente a ella, el movimiento republicano, en sus diferentes articulaciones, pero sobre todo en su versión federal, planteó un contramodelo basado en el reconocimiento de los derechos naturales del individuo, la legitimidad democrática de todos los poderes del Estado, la centralidad del municipio, el reconocimiento de la diversidad cultural de los territorios que conformaban la nación y la necesidad de una reforma social encaminada a la emancipación económica de las clases populares. Todo ello, en la obra de Pablo Correa, adquirió rasgos especialmente avanzados. 2 Stedman JoneS, Gareth, «Los jóvenes hegelianos: Marx y Engels», en Gareth Stedman JoneS y Gregory ClaeyS (eds.), Historia del pensamiento político del siglo xix, Madrid, Akal, 2021, p. 614. 3 duarte, Ángel, «Los significados del republicanismo histórico», en Nicolas BerJoan, Eduardo HiGueraS CaStañeda y Sergio SánCHez CollanteS (eds.), El republicanismo en el espacio ibérico contemporáneo. Recorridos y perspectivas, Madrid, Casa de Velázquez, 2021, pp. 9-23. Presentación 21 Mi interés sobre este personaje ha discurrido en paralelo a los temas de estudio que he desarrollado en los últimos años sobre las tradiciones políticas del progresismo y la democracia histórica. Desde mis primeras investigaciones, en muchas de las fuentes que consulté –sobre todo en las que se centran en el ámbito de Cuenca–, el nombre de Correa y Zafrilla aparecía de manera recurrente. Eran múltiples cabos dispersos y fragmentarios. Considerados por separado, no mostraban un especial interés. Pero en conjunto, dejaban entrever el armazón de un trabajo monográfico. Apuntaban, de entrada, posibilidades para desarrollar algunas líneas de investigación sobre las que avancé más adelante. En la primera de ellas, centrada en los márgenes de afinidad entre el progresismo democrático y el republicanismo en el Sexenio Democrático (1868-1874), recogí algunas conclusiones sobre el proceso de organización del Partido Federal en Cuenca, en el que Pablo Correa tuvo un absoluto protagonismo4. Posteriormente, publiqué una breve aproximación biográfica sobre el personaje, centrada en su labor como publicista en la Restauración. Con ella exploraba los límites existentes para la profesionalización del periodismo en los momentos en que el periódico de empresa comenzaba a prevalecer sobre los medios tradicionales5. El original de este trabajo superaba ampliamente la extensión de la versión que terminó publicándose. Ese primer texto se convirtió en el borrador de esta biografía. Sobre él, ya con la vista puesta en un futuro libro, escribí un segundo capítulo destinado a una compilación de biografías de militantes republicanos, socialistas y librepensadores6. En este caso, se trataba de usar el enfoque biográfico para explorar el terreno compartido, los intercambios y trasvases que, a menudo, se producen entre diferentes campos políticos. Este libro pretende dar coherencia y profundidad a los fragmentos que ya han ido viendo la luz en publicaciones enfocadas, sobre todo, al reducido 4 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Radicales y federales: el ejemplo de Cuenca en el proceso democratizador de 1868-1873», Hispania Nova: Revista de Historia Contemporánea, 12, 2014, pp. 1-29. 5 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Pablo Correa y Zafrilla: periodismo, militancia republicana y ecos obreristas (1842-1888)», en Lucía eSteBan (coord.), martín de la Guardia, Ricardo, y almuiña Fernández, Celso Jesús (dirs.), Perfiles de periodistas contemporáneos, Madrid, Fragua, 2016, pp. 47-64. 6 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888): democracia, federación y marxismo», en HiGueraS CaStañeda, Eduardo; Pérez truJillano, Rubén y Vadillo muñoz, Julián (coords.), Activistas, militantes y propagandistas: biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), Sevilla, Athenaica, 2018, pp. 159-181. 28 eduardo HiGueraS CaStañeda al hilo de sus impresiones sobre esta biografía, me han servido para matizar y aclarar algunos aspectos mejorables de la misma. Por supuesto, también la relectura que he realizado del texto original y de otras fuentes que desconocía o había pasado por alto, me han movido a abordar determinados cambios y aclaraciones. Esta obra, en definitiva, no es idéntica a la primera. Las modificaciones, en cualquier caso, no afectan tanto a las coordenadas básicas de la obra como a la profundidad con que se abordan esos aspectos que entiendo esenciales. Además de responder a las sugerencias indicadas anteriormente, he matizado algunas afirmaciones sobre las que he podido ahondar a lo largo de los últimos dos años. Por supuesto, he reescrito la mayor parte de esta presentación. Asimismo, he actualizado las fuentes bibliográficas con el fin de solventar elusiones importantes e incluir las novedades más significativas que han ido apareciendo desde 2018. Las nuevas búsquedas realizadas para encontrar información en archivos y hemerotecas históricas, por desgracia, no han aportado novedades relevantes. No he logrado encontrar ninguna colección de El Patriota, uno de los periódicos en los que Correa y Zafrilla colaboró a comienzos de la década de 1880. Los números sueltos que se conservan en la hemeroteca del Archivo Municipal de Valencia de La Protesta, donde también figuró como colaborador, no contienen ningún artículo firmado con su nombre, aunque sí algunos que podrían haber salido de su pluma. Por último, el formato de la colección en la que se ofrece ahora el libro me ha permitido recoger en los apéndices una muestra más amplia del trabajo periodístico de Correa y Zafrilla. El criterio básico de esta biografía, no obstante, consiste en hacer una obra sencilla sobre una materia que no siempre lo es. Se trata de sintetizar mejor las tres líneas básicas que se plantean en la misma: la evolución del oficio de periodista en la segunda mitad del siglo xix, las conexiones y solapamientos entre el primer obrerismo y el republicanismo español y el propio desarrollo del movimiento federal, todo ello a la altura de un individuo poco conocido, pero muy significativo en relación a las anteriores temáticas. Debo agradecer también a la profesora Ángeles Barrio, directora de la colección de historia de la Editorial de la Universidad de Cantabria, su decisión de darle una oportunidad a este libro. Oportunidad que, por otra parte, debe mucho al profesor Gonzalo Capellán de Miguel, quien, amablemente, me dio la idea de contactar con la editorial y se ofreció para mediar con la misma tras leer la obra. De sus trabajos sobre el krausismo, la democracia Agradecimientos y notas sobre la edición 29 y el liberalismo social he aprendido muchas de las cuestiones de las que trato aquí. Me alegra que también él haya encontrado suficiente interés en mi investigación como para procurar que esta edición pudiera salir adelante. Esa impresión me refuerza en la convicción de que el oficio de historiador es un trabajo colectivo. Puede que los resultados de la investigación los firmemos de manera individual, pero no por ello se convierten en un monólogo. Es cierto que el diálogo historiográfico no es, ni mucho menos, directo o inmediato. Con frecuencia, las aportaciones de los especialistas tardan en hacerse un hueco entre las interpretaciones de sus colegas. En muchas ocasiones, desafortunadamente, nuevas contribuciones de gran valor no llegan a hacer mella en el discurso dominante sobre determinadas materias y la inercia predomina. No en todas, desde luego, y no indefinidamente. Tengo, en este sentido, la suerte de compartir mi trabajo con un grupo de historiadores que mantienen vivo y animado el debate sobre los orígenes de la democracia en España. Debo reconocer que, de no ser así, mi interés sobre esta temática se habría agotado hace tiempo. Por eso también debo incluir en estos agradecimientos a Sergio Sánchez Collantes, Ángel Duarte, Rubén Pérez Trujillano, Ester García Moscardó, Óscar Anchorena, Noelia Solana, Jon Penche, Unai Belaustegi, Magda Berges, Jesús de Felipe, Jorge de Hoyos, Mónica Burguera y Jesús Movellán, entre otros compañeros. Con Jacob Martínez López, mi deuda y mi gratitud se amplían conforme pasa el tiempo. Comencé a investigar codo con codo junto a él poco antes de finalizar nuestra licenciatura en Humanidades. Durante un par de años, pasamos muchas horas al día compartiendo esfuerzos en el Archivo Municipal de Cuenca. Desde entonces, no ha dejado de permanecer alerta a cualquier documento o referencia que pudiera resultarme de interés. Entre las novedades documentales que incorporo a esta edición se encuentran expedientes que él localizó recientemente. Estoy convencido de que no dejará de buscar otros. Por anticipado, gracias. Me queda, por último, dar las gracias a mi familia y a Isa, a quienes debo todo lo demás, y eso es casi todo. Retrato de Pablo Correa y Zafrilla en Democracia, Federación y Socialismo, 1886 ¿QUIÉN FUE PABLO CORREA Y ZAFRILLA? UN OBRERO DEL PERIODISMO E n 1891, en un artículo publicado en La Ilustración Ibérica, Antonio Sánchez Pérez escribía: «no ya las nueve décimas de mis lectores, los noventa y nueve de cada ciento preguntarán: ¿Quién fue Pablo Correa y Zafrilla?». Secamente, contestaba: «Pablo Correa y Zafrilla fue… otro periodista»1. Solo habían pasado tres años desde su muerte, pero el propagandista conquense era ya casi un completo desconocido para el público. Y lo sigue siendo. Su nombre es una referencia habitual en las notas a pie de página de varios estudios sobre los orígenes del republicanismo español. Más allá de ellas, se desvanece. Los diccionarios enciclopédicos y biográficos que recogen algunos datos sobre su vida son escasos. No es extraño. Como el propio Sánchez Pérez indicaba, la invisibilidad pública era una constante para la mayoría de esos «chicos de la prensa» que, como Correa, contribuían a sostener el debate político desde los periódicos. Ese periodista republicano falleció prematuramente en Madrid legando al pensamiento democrático una extensa obra como polemista y propagandista. Pero más allá de los dos libros que publicó en vida y de su traducción de El Capital, sus escritos se difuminaban en un vasto conjunto de artículos, gacetillas y sueltos, casi siempre anónimos. Su trabajo intelectual, en este sentido, puede entenderse como una pieza de un amplio esfuerzo colectivo al servicio de un movimiento político. No era su nombre, sino el del partido al que representaba, el que debía figurar sobre las líneas publicadas en multitud de diarios y revistas a lo largo de una carrera periodística que le ocupó media vida. «¿No es seductora –se preguntaba, de nuevo, Sánchez Pérez– la 1 SánCHez Pérez, Antonio, «¡Chicos de la prensa!», La Ilustración Ibérica, 48, 1 de agosto de 1891, p. 484. 32 eduardo HiGueraS CaStañeda perspectiva de ese porvenir que se ofrece al periodista? Ese obrero, cuya labor ruda nadie aprecia, ni echa de ver siquiera, y para el que no hay más recompensa que el desdeñoso olvido»2. Sin duda, el autor se veía reflejado en su antiguo compañero Correa y Zafrilla3. El periodismo, en las décadas finales del siglo xix, era un oficio que experimentaba importantes transformaciones. En esos momentos se daban firmes pasos hacia la profesionalización del sector, de la mano de los profundos cambios que estaban operándose en la forma de concebir el negocio periodístico4. La revolución en las técnicas de impresión, la búsqueda de nuevos lectores a través de una renovación temática y visual, la aparición del sensacionalismo o el «amarillismo», eran tendencias que conducían a la consolidación del periodismo de empresa5. Todo ello era impensable sin un marco de libertad de imprenta como el que existió entre 1868 y 1873, o, 2 Ibid. 3 Es cierto, como sostiene Raquel Sánchez, que los «escritores públicos» e intelectuales del siglo xix persiguieron el reconocimiento público y la visibilidad individual a través del ejercicio del periodismo y, por extensión, de la política, pero debe tenerse en cuenta que, por lo general, la literatura política que se publicó en la prensa del xix no llevaba la firma del autor, que quedó casi siempre en el anonimato. SánCHez, Raquel, «How to be a man of letters», en GinGer, Andrew y lawleSS, Geraldine (ed.), Spain in the nineteenth century. New essays on experiences of culture and society, Machester University Press, 2018, pp. 221-223. 4 Acerca de la evolución de la prensa en el contexto finisecular internacional, explican Briggs y Burke: «Lo que sucedió en las décadas de los ochenta y los noventa fue que el ideal de un “público” informado fue dando paso a las realidades del “mercado” en los medios de comunicación (…). Para algunos, la edición era un negocio como cualquier otro», si bien advierten a continuación que esa evolución no fue sincrónica ni idéntica en todos los países occidentales: «Es importante no simplificar excesivamente los procesos que afectan al periodismo y a la ficción ni su secuencia cronológica. Lo mismo que en las secuencias fílmicas, es preciso dar saltos en el tiempo», en BriGGS, Asa y Burke, Peter, De Gutenberg a Internet. Una historia social de los medios de comunicación, Madrid, Taurus, 2002, p. 224. Entiendo que esa última advertencia es especialmente útil para el caso español. No porque las novedades de la prensa de masas llegaran con retraso, sino porque, como se explicará más adelante, las nuevas pautas convivieron durante décadas con formas tradicionales de concebir el periodismo. En este sentido, véase álVarez, Jesús Timoteo, Restauración y prensa de masas. Los engranajes de un sistema (1875-1883), Pamplona, Eunsa, pp. 71 y 199-202, y laGuna Platero, Antonio y martínez GalleGo, Francesc Andreu, El Trust. El periodismo industrial en España (1906-1936), Salamanca, Comunicación Social, 2020, pp. 19-74. 5 Seoane, María Cruz y Saiz, María Dolores, Cuatro siglos de periodismo en España. De los avisos a los periódicos digitales, Madrid, Alianza Editorial, 2010, pp. 129-134. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 33 con menor generosidad, a partir de la Ley de policía de imprenta de 18836. Los avances técnicos, la aparición de nuevas formas de financiación, de agencias de noticias o de compañías que facilitaban la distribución jugaron igualmente un papel clave. Comenzaba, de este modo, a atisbarse un nuevo estatus para los profesionales del periodismo o, por decirlo de otra manera, empezaba a profesionalizarse un oficio que, hasta entonces, se concebía más bien como una modalidad de activismo político7. Lo habitual durante la mayor parte del siglo xix fueron los periódicos financiados por una personalidad política al servicio de una agrupación, de una fracción o incluso de sí misma. Al cabo de unos años, el modelo tradicional del periódico ligado al bolsillo de un líder quedaría desplazado. Cuando Pablo Correa escribía, ese cambio había comenzado, pero estaba lejos de culminar. Es cierto que en el último cuarto de siglo se consolidaron empresas periodísticas que rompían con las pautas de la prensa política tradicional. Pero en torno a 1880 la mayor parte de los periódicos seguían siendo órganos vinculados a un partido. Por ello, la función del periodista, en la mayor parte de los casos, seguía siendo la del intelectual entregado a la propaganda política. Pablo Correa constituye un ejemplo paradigmático de las dificultades de un sector en el que todavía sobrevivían periodistas, como él, que comprendían su oficio como una función inherente a la militancia. Todos los periódicos en los que escribió fueron periódicos de partido. La prensa política y, sobre todo, la democrática, mantenía en la década de 1880 los mayores índices de difusión y lectores8. Pero Zafrilla, al igual que la mayor parte de sus compañeros, no podía vivir exclusivamente de su salario como redactor. En esos años pueden reconocerse dos tipologías de periodista: de un lado, el profesional que busca en la literatura un complemento para poder sobrevivir; de otro, aquél que tiene un oficio principal y dedica el resto de las horas al periodismo. Este último es el caso de Correa, quien, como recordaba Sánchez Pérez: «redactaba por la noche en periódicos de su partido, trabajaba de día 6 marCuello BenediCto, Juan Ignacio, «La libertad de imprenta y su marco legal en la España liberal», Ayer, 34, 1999, pp. 85-88. 7 Al respecto, son interesantes las aclaraciones de Fernández SeBaStián, Javier «Periodismo», en Fernández SeBaStián, Javier y FuenteS, Juan Francisco (dirs.), Diccionario político y social del siglo xix español, Madrid, Alianza Editorial, 2002, pp. 523-531. 8 timoteo álVarez, Jesús, Restauración y prensa…, p. 193; y laGuna Platero, Antonio y martínez GalleGo, Francesc Andreu, El Trust…, pp. 35-39. 34 eduardo HiGueraS CaStañeda en su profesión de abogado, y aún hallaba tiempo [...] para escribir libros de importancia y de estudio»9. A la vista de su actividad periodística, es bastante probable que dedicara más horas al periódico que al bufete. Y, de hecho, como abogado, se especializó en la defensa de los propios medios periodísticos ante la arbitrariedad de los tribunales de imprenta. Su vida giró en torno a la prensa de partido, porque concebía la propaganda democrática como una exigencia moral. En el prólogo de su libro de 1886 Democracia, federación y socialismo, afirmaba haber escrito en La Unión, La Vanguardia, Las Nacionalidades y La República, es decir, en todos los medios «que ha[bía] tenido en Madrid el partido federal desde 1874»10. Sus comienzos como periodista, de hecho, fueron simultáneos al inicio de su militancia en el Partido Demócrata a mediados de la década de 1860. Prensa y activismo fueron dos realidades casi solapadas en unos partidos cuya estructura, en gran medida, se ceñía a las redacciones de sus órganos periodísticos11. Eso fue, ante todo, Pablo Correa y Zafrilla: un activista republicano. Todas las facetas de su vida profesional e, incluso, familiar, estuvieron condicionadas por su militancia democrática y federal. Su caso, en este sentido, ilustra la dificultad de conciliar la profesionalización del periodismo y la militancia política de oposición, sobre todo si se trataba de oposición contra el sistema, sin perspectivas inmediatas de acceder al poder. Frente al régimen monárquico, confesional y oligárquico consolidado en España en las últimas tres décadas del siglo xix, el republicanismo se afirmó como alternativa global de organización social fundamentada en los derechos individuales inherentes a la personalidad humana. En el caso de la vertiente socialista del movimiento federal, el reconocimiento de determinados fines 9 SánCHez Pérez, Antonio, «¡Chicos de la prensa!»… 10 Correa y zaFrilla, Pablo, Democracia, federación y socialismo, Madrid, Librería de Victorino Álvaro Perdiguero, 1886, pp. Vii y Viii. 11 Jaén milla, Santiago, Ni iglesias ni tabernas. Republicanismo y escuelas de ciudadanía en Jaén (1849-1923), Madrid, Biblioteca Nueva, 2016, p. 121; anCHorena moraleS, Óscar, La redacción militante: el papel de los periodistas en el republicanismo madrileño a comienzos de la Restauración (1874-1885), en CaBallero maCHí, José Antonio, et. al. (coords.), Culturas políticas en la contemporaneidad: discursos y prácticas políticas desde los márgenes a las élites, Valencia, Universitat de València-Asociación de Historia Contemporánea, 2015, pp. 79-83; Suárez Cortina, Manuel, «Libertad de prensa, elites republicanas y periodismo», en Suárez Cortina, Manuel, El gorro frigio. Liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, pp. 73-74. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 35 sociales que debían ser garantizados por el Estado facilitó su expansión entre las clases obreras. UN FEDERAL SOCIALISTA Entender los orígenes del movimiento obrero en España sin tener en cuenta el papel protagonista del federalismo es difícil. El republicanismo español, de hecho, cobró forma a partir de diferentes propuestas de impugnación o rechazo al liberalismo triunfante en el tercio central del siglo xix12. La democracia emergió, ante todo, como una respuesta a la implantación de las relaciones económicas capitalistas y al modelo parlamentario que se fundaba en el voto restringido de los propietarios13. La mayor parte de la población, la menos acomodada, quedó fuera de la pequeña esfera de los electores, al igual que permaneció excluida del inmenso proceso de redistribución de la propiedad agraria efectuada mediante las desamortizaciones. Por más que siga siendo habitual la tradicional identificación entre republicanismo y pequeña burguesía, hoy en día son numerosas las investigaciones que han mostrado el importante calado social de un movimiento republicano heterogéneo, pero en cuyo seno siempre tuvo fuerte peso una sensibilidad que se definía abiertamente como socialista14. 12 «El socialismo encontró su primera manifestación en el republicanismo. El movimiento obrero era deudor de esta circunstancia», escribió PiqueraS arenaS, José Antonio, La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión, Madrid, Ministerio de Trabajo y de Seguridad Social, 1992, p. 134. 13 Pérez Garzón, Juan Sisinio, Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la historia de España. De la prehistoria al tiempo presente, Granada, Comares, 2015, pp. 168-176 y Suárez Cortina, Manuel, El león durmiente. Democracia, republicanismo y federalismo en España, 1812-1936, Santander, Ediciones Universidad de Cantabria, 2022, pp. 11-12. 14 Este fuerte calado popular del republicanismo, sobre todo en su sector socialista, es especialmente sensible conforme el foco investigador se aproxima al marco local. En este sentido, sin ánimo de exhaustividad, entre otros trabajos recientes, pueden mencionarse los siguientes: Gutiérrez lloret, Rosa Ana, «Republicanos y obreros en el Alicante del siglo xix. Asociacionismo, propaganda y movilización», en CHuSt, Manuel y BroSeta, Salvador (eds.), La pluma y el yunque. El socialismo en la historia valenciana, Valencia, Universitat de València, 2003, pp. 37-52 y, en especial, p. 47; SánCHez CollanteS, Sergio, «La implicación republicana en el desarrollo del tejido asociativo y en la amovilización de masas. El caso del Gijón decimonónico», en riVera, A. et. al. (eds.), Movimientos sociales en la España Contemporánea, Madrid, Abada editores, 2008, pp. 949-969; Demócratas de antaño. Republicanos y republicanismos en el Gijón decimonónico, Gijón, Trea, 2007, pp. 322-338 y El Pueblo a escena. Republicanismos y tradición democrática en la 36 eduardo HiGueraS CaStañeda Es necesario, para evitar confusiones recurrentes, distinguir entre socialismo y marxismo, sin recurrir a la manida etiqueta de «socialistas utópicos» y «científicos»15. El primer término se usó históricamente como antítesis de individualismo para aludir, en palabras de Eric Hobsbawm, a quienes «creían en la posibilidad o necesidad de una determinada forma de acción social, especialmente en los asuntos públicos»16. Por lo general, se trataba de aquellos que denunciaban las nuevas desigualdades de clase que las revoluciones liberales habían construido tras demoler, a su vez, las viejas diferencias estamentales del absolutismo. Se oponían, por ello, a la concepción liberal del individualismo y al carácter sacrosanto que el Estado otorgaba al concepto de propiedad privada. En consecuencia, defendían la acción del Estado como corrector de desigualdades, para garantizar una aproximación a la igualdad de oportunidades compatible con la autonomía privada frente a los poderes públicos. Durante la mayor parte del siglo xix, los federales representaron el programa más avanzado desde el punto de vista social entre las diferentes familias políticas españolas17. Aunque, como partido, albergó también opciones políticas mucho más moderadas y complacientes con el modelo liberal conservador, su arraigo entre las clases populares fue posible principalmente por la capacidad de adhesión que ofrecía su vertiente socialista y municipalista18. Ese calado popular les permitió convertirse, en el contexto democrático Asturias del siglo xix, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2019, pp. 661-664; miGuel González, Román, La montaña republicana. Culturas políticas y movimientos republicanos en Cantabria (1874-1915), Santander, Ayuntamiento de Santander, 2007, pp. 58-68; Jaén milla, Santiago, Entre tierra y plomo. Historia del republicanismo jiennense (1849-1923), Barcelona, Ediciones Carena, 2014, pp. 560-561; PenCHe González, Jon, Republicanos en Bilbao (1868-1937), Bilbao, UPV, 2010, pp. 87-89. 15 Esta «concepción teleológica» propuesta por Marx y Engels «ya no está justificada», de acuerdo a la argumentación de ClaeyS, Gregory, «El socialismo no marxista», en Stedman JoneS, Gareth y ClaeyS, Gregory (eds.), Historia del pensamiento…, p. 547. El autor considera «historiográficamente (…) más recomendable hablar de socialismo “temprano” que “utópico”», puesto que el término «“socialista” era de definición amplia» en el vocabulario político del siglo xix, Ibid. p. 548. 16 HoBSBawm, Eric J., Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011, Barcelona, Crítica, 2011, p. 48. 17 duarte, Ángel, El republicanismo…, pp. 68-75. 18 «El imaginario municipalista se basa en la convicción de que el municipio es la piedra angular de la comunidad política. Es la unidad política fundamental de la sociedad y significa una realidad social y territorial. Implica una visión comunitaria y geográfica de la construcción del espacio político, en contraste al individualismo, pero también a la clase social del marxismo», indica radCliFF, Pamela, «El discurso municipalista en La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 37 abierto tras la Revolución de Septiembre de 1868, en un claro precedente de los modernos movimientos de masas19. Su arraigo no comenzó a diluirse hasta que la competencia de otras agrupaciones políticas (socialistas, anarquistas, aunque también republicanos radicales, nacionalistas, etcétera), se incrementó en las primeras décadas del siglo xx. Pero incluso la emergencia de las organizaciones de clase tuvo lugar, en gran medida, bajo el paraguas republicano en los años finales del xix. Por ello, también para comprender la penetración del marxismo en España es necesario analizar el papel de los propagandistas republicanos. Que uno de ellos, Correa y Zafrilla, fuera el primer traductor al castellano de El Capital, no es un hecho casual ni irrelevante. Tampoco lo es la circunstancia de que esta traducción apareciera en La República, órgano del Partido Federal. De este modo, reconocer la aportación de Correa como un paso crucial en la difusión del marxismo resulta inevitable. Por eso algunos historiadores del socialismo, como Pedro Ribas o Santiago Castillo, han estudiado su edición de la obra de Karl Marx20. Sin embargo, la traducción de Pablo Correa ha sido caracterizada en ocasiones como un accidente, poco más que una anécdota sin verdadera conexión con desarrollo natural del movimiento obrero21. La historiografía tradicional del movimiento obrero ha interpretado, usando de manera rígida el propio modelo marxista, que el republicanismo era una ideología burguesa con aspiraciones interclasistas y soportes sociales estrictamente mesocráticos. Era, en este sentido, ajena a las verdaderas fuerzas obreras y a sus organizaciones políticas y sindicales. Por ello, solo agrupaciones como el Partido Socialista, la Unión General de Trabajadores o los anarcosindicalistas podían considerarse como legítimos representantes de la cultura política contemporánea de España: una visión largoplacista», documento de trabajo inédito presentado en el Seminario de Historia Santos Juliá el 2 de junio de 2022. 19 Pérez Garzón, Juan Sisinio, Contra el poder…, p. 181. 20 riBaS, Pedro, «La primera traducción castellana de El Capital (1886-1887)», Cuadernos Hispanoamericanos, 420, 1985, pp. 201-210; y Aproximación a la historia del marxismo español (1886-1939), Madrid, Endymion; CaStillo, Santiago, «Marxismo y socialismo en el siglo xix español», en ortiz HeraS, Manuel, ruiz González, David y SánCHez SánCHez, Isidro (coords.), Movimientos sociales y Estado en la España Contemporánea, Cuenca, UCLM, 2001, pp. 149-178. 21 Esa interpretación debe mucho a la valoración que se hizo de la traducción de Correa entre los dirigentes del PSOE. Al respecto, véase Guerrero Jiménez, Diego, «150 años de El Capital de Marx: análisis de su difusión en España (1867-2017), con algunas consideraciones sobre su recepción», Política y Sociedad, 55, 2018, p. 875. 44 eduardo HiGueraS CaStañeda siglo xix no indicaba una gran productividad agraria, al menos si se compara con las de otros municipios de su entorno con una población similar. Solo un tercio de la superficie de su término era apta para el cultivo de viñas, olivos y cereal, al margen de las huertas que existían en la ribera del Cabriel. La irrelevante cantidad que en esos momentos le correspondía pagar al Estado por la contribución industrial –155 reales– reflejaba que la agricultura era prácticamente la única actividad económica en esta población de la Serranía Baja. Pascual Madoz, no obstante, mencionaba el descubrimiento de una mina de carbón que se explotaba «con pocas ventajas por una sociedad»4. Pablo Correa y Zafrilla era uno de los hijos menores de Francisco Antonio Correa Lorente, natural también de la Pesquera, y Margarita Zafrilla, de la Puebla del Salvador, población colindante poco más poblada que la anterior. Era, precisamente, el pueblo del que procedía la mayor parte de su familia. Su padre, al parecer, había combatido como guardia de artillería durante la guerra de Independencia. Un anuncio publicado en la Gaceta de Madrid en 1815 revela que, un año después de finalizar la contienda, todavía no había regresado a su pueblo de origen: «Se desea saber el paradero o existencia del soldado o guardia de artillería Antonio Correa Lorente, que agregado a ella fue hecho prisionero en la toma de Valencia, y conducido a Francia, natural de Pesquera, en la provincia de Cuenca»5. Aunque no es posible verificarlo, puede valorarse, como mera conjetura, que durante su cautiverio entrara en contacto con la masonería, a la que se acogieron numerosos prisioneros españoles en esas fechas6. Este colectivo se convirtió en un importante foco liberal tras su regreso a España. No debió tardar en volver. En 1821 año nació su primer hijo, Juan Francisco. Dos más tarde, lo hizo María de la Encarnación y, en 1826, Hermenegildo. racteres.&cmbTipoBusq=0&textoMunicipio=Pesquera&btnBuscarDenom=Consultar+selecci%C3%B3n [Visto: 12 de noviembre de 2021]. 4 madoz, Pascual, Diccionario geográfico estadístico histórico de España y sus posesiones de Ultramar, t. VIII, Madrid, Imprenta del Diccionario Goegráfico-Estadístico-Histórico de D. Pascual Madoz, 1849, p. 822. 5 Gaceta de Madrid, 125, 5 de octubre de 1815, p. 1154. 6 GarCía-muniCio de luCaS, Ezequiel Ignacio, Militares y Masonería, Madrid, Tesis Doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2017, pp. 115, 136-137 y 199. Se han consultado los listados de militares afiliados a las logias masónicas que se conservan en los Papeles Reservados de Fernando VII, en el Archivo General de Palacio, sin éxito, lo que no significa que pueda descartarse la anterior hipótesis, puesto que dichos listados incluyen únicamente jefes y oficiales del ejército, escalafones a los que no pertenecía Francisco Antonio Correa. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 45 En 1842, cuando Pablo Correa nació, el matrimonio había tenido ya once hijos. Todavía nacería, al menos, uno más, Pedro. Era una amplia familia a la que alimentar para un matrimonio de labradores de mediana fortuna. No obstante, Antonio Correa debió gozar de cierta influencia en el vecindario. En 1848 figuraba como teniente de alcalde del municipio y, en noviembre de ese mismo año, como alcalde primero. En el contexto político de la Década Moderada, su breve paso por el Ayuntamiento podría significar un alineamiento o, al menos, cierta dependencia clientelar con las autoridades conservadoras. A fin y al cabo, el moderantismo dominaba todos los niveles de una administración pública cada vez más centralizada e intervenida desde las instancias superiores del poder, conforme a los parámetros del liberalismo doctrinario 7. No obstante, al nivel de una pequeña población como La Pesquera es difícil admitir adscripciones políticas tan inmediatas. Algunos datos fragmentarios permiten pensar lo contrario. De entrada, la cerrada convicción del moderantismo por controlar desde arriba los resortes del poder local tenía que ver, sobre todo, con la forma en que deseaban cerrar el proceso privatizador iniciado con la abolición del régimen señorial y las desamortizaciones en 1836. Los ayuntamientos se habían convertido en un espacio fundamental en la lucha que libraban los municipios para evitar el despojo de bienes de aprovechamiento común o de titularidad municipal. De igual manera, la influencia en ese espacio de los antiguos señores o los nuevos caciques era crucial para acceder a la titularidad de dichos bienes8. La Pesquera no fue una excepción en esta lucha y el padre de Pablo Correa y Zafrilla tampoco permaneció al margen de ella. Puede, en este sentido, constatarse que participó de los esfuerzos del municipio por lograr el reconocimiento de la titularidad legal de los bienes que consideraba de propios. En 1844, el Ayuntamiento pleiteaba en el juzgado de Requena contra el administrador del marqués de Villora, representante de la condesa de Salvatierra. En realidad, en esos años no había condesa de Salvatierra, puesto que Juana Fernández de Córdoba, su titular, había fallecido en 1808. El título se sumaba en esos momentos a los que acumulaba su hijo, Agustín de Silva y Bernuy, duque de Híjar. Era, seguramente, con él con quien realmente 7 Sobre la construcción del «estado administrativo», véase Pro, Juan, La construcción del Estado en España. Una historia del siglo xix, Madrid, Alianza Editorial, 2019, pp. 290 y ss. 8 lóPez eStudillo, Antonio, «Los montes públicos y las diversas vías de su privatización en el siglo xix», Agricultura y Sociedad, 65, 1992, pp. 68-71. 46 eduardo HiGueraS CaStañeda pleiteaban y, de hecho, no era el único municipio de la provincia que lo hacía. El anterior reclamaba la propiedad «de la mitad de la dehesa que dice llamarse de Fuencaliente, que se reconocen con el nombre de tierras de villa», por pertenecer a «cierto mayorazgo» de su titularidad. El ayuntamiento, sin embargo, entendía que las mismas eran «exclusivas de propiedad de la villa la cual de inmemorial está posesión de ellas, y percibe sus productos hasta que como tales se declaran»9. Aludían al paraje conocido como la Fuencaliente de Mira, una dehesa que había sido objeto de disputa entre Mira, Requena, Iniesta y los marqueses de Salvatierra. Dos años más tarde, Antonio Correa Lorente figuraba en las gestiones del Ayuntamiento para impulsar los pleitos que se seguían «con el señor conde de Mora sobre deslindes y pertenencia de tierras», un proceso que se sustanciaba desde mediados del siglo xVii en la Chancillería de Granada. El título, en esas fechas, le correspondía a José Antonio de Rojas. Pero en 1846, cuando los concejales de La Pesquera trataban de retomar el hilo de la disputa, su titular era María Eugenia Palafox Portocarreño y Kirkpatrick, Eugenia de Montijo. Fueron, por supuesto, pleitos que se fallaron de manera prácticamente sistemática a favor de los antiguos señores y, por tanto, en perjuicio de los municipios. No parece que el ayuntamiento de La Pesquera tuviera, en este sentido, mejor suerte que la que corrieron otros pueblos. Era, en suma, una muestra de cómo la construcción del capitalismo, en el contexto de la definición del Estado liberal, conectó con las viejas luchas antiseñoriales y dio lugar a una extendida realidad de confrontación social. Las viejas desigualdades fueron sustituidas por otras, basadas en el acceso a la propiedad como criterio de exclusión política y dependencia económica. Si la forma en que el gobierno progresista de Juan Álvarez Mendizábal impulsó en 1836 la desamortización eclesiástica y la abolición de los señoríos favoreció la concentración de la propiedad y la conversión de los antiguos señores en grandes propietarios, la administración moderada canceló desde 1844 las oportunidades de redistribución de la tierra. A la vez, blindó las posiciones de la nobleza en sus pugnas por la titularidad de bienes que, en muchos casos, era más que dudosa10. El resultado fue la aparición, en el primer plano de la nueva política, de lo que ya en esos momentos fue definido como la cuestión social. 9 Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Protocolos Notariales, 2072/14, hh.90-91. 26-91844. 10 Fontana, Josep, La época del liberalismo, Madrid, Crítica-Marcial Pons, 2015, pp. 176-183. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 47 LA CONSTRUCCIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL REPUBLICANISMO Merece la pena adelantar la valoración del proceso desamortizador que Correa y Zafrilla esbozó a fines del siglo xix, en la medida en que entroncaba de manera directa con la impugnación que ya en las décadas de 1830 y 1840 planteaban los republicanos: La misma desamortización, practicada más bien atendiendo a lo que al Estado interesaba que a lo que a la justicia convenía, después de haber arrebatado a los pueblos casi toda la fortuna con que hacían frente a sus múltiples obligaciones, no ha hecho sino acumular más la propiedad y llevar a las localidades elementos extraños, causa de perturbación y despotismo [...] Aparte de los escándalos y de los crímenes cometidos en las subastas, tasaciones y deslindes, por cuyos medios ruines se han enriquecido ciertos políticos negociantes, el afán de roturar y los arrendamientos a corto plazo con que hacen alarde de dueños absolutos los nuevos propietarios [...] son causa de la miseria y penuria hasta de los pueblos y de la postración de la agricultura en España11. La edificación del Estado liberal fue, en efecto, simultánea a la expansión del capitalismo. El mercado capitalista y el sistema representativo –el parlamentarismo– eran la expresión de un mismo espacio nacional, en la medida en que solo los propietarios tenían derecho a elegir sus representantes. En el marco de una economía preindustrial como la española, la propiedad agraria se convirtió en la principal puerta de entrada a la estrecha esfera de la ciudadanía. La propiedad de la tierra era, de igual manera, la base de la exclusión política de una inmensa mayoría de la población12. El liberalismo doctrinario equiparaba propiedad con inteligencia y capacidad política, de modo que interpretaba que las masas desposeídas carecían de estos atributos, los únicos que debían tenerse en cuenta a la hora de legislar y gobernar. Las instituciones, conforme a los postulados liberales, debían ser un reflejo de los intereses presentes en una sociedad. Diferentes grupos sociales podían tener y defender intereses distintos. Pero, a la vez, se diferenciaba entre intereses legítimos e intereses ilegítimos. Solo los primeros 11 Correa y zaFrilla, Pablo, Democracia, federación y socialismo…, pp. 231-233. 12 Sobre la articulación del concepto de ciudadanía en las culturas políticas del siglo xix, baste con apuntar las obras de Sierra, María, Peña, María Antonia y zurita, Rafael, Elegidos y elegibles. La representación parlamentaria en la cultura del liberalismo, Madrid, Marcial Pons, 2010; y Pérez ledeSma, Manuel (dir.), De súbditos a ciudadanos. Una historia de la ciudadanía en España, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007. 48 eduardo HiGueraS CaStañeda debían estar representados en las instituciones. Aquellos que eran susceptibles de alterar las jerarquías sociales existentes pidiendo una distribución más justa de la riqueza, debían atajarse. Se consideraban, en otras palabras, antisociales. De este modo, Estado y mercado quedaban a merced del interés de un reducido número de grandes propietarios. La exclusión política era, por ello, el correlato de la dependencia económica que la reforma agraria liberal, lejos de corregir, había agravado. Las alternativas que comenzaban a fraguarse contra este concepto de la nación de propietarios en las reclamaciones del radicalismo liberal y los primeros núcleos republicanos no fueron atendidas. No se trataba, desde la perspectiva democrática, de resistir al avance de la reforma agraria, sino de abordarla de una manera radicalmente diferente: el proceso debía completarse para construir una sociedad igualitaria basada en la expansión de la pequeña propiedad13, el derecho de asociación, la implantación de una fiscalidad redistributiva y en la generalización de la educación primaria. Esa era la garantía para que la universalización de los derechos individuales fuera acompañada por una verdadera emancipación de las clases populares. Sin lograr la independencia económica de los individuos no cabía pensar en su independencia política y, por tanto, en su libertad, entendida como ausencia de dominación. «Las bases democráticas –afirma Àngel Duarte– habían surgido, desde los años 1830 hasta mediada la centuria, marcadas por las contradicciones propias de la industrialización, la urbanización y la desamortización de las tierras de la Iglesia y los bienes comunales»14. Si la democracia republicana era una respuesta a la exclusión política y a los efectos del desarrollo capitalista sobre las clases populares (en términos de creciente precarización del trabajo, pauperismo y dependencia), la universalidad de los derechos que proponían debía redundar en una mayor igualdad de acceso a los recursos económicos. Ese calado social explica que el movimiento republicano temprano fuera permeable a la influencia de los primeros pensadores socialistas, desde Cabet a Fourier o Saint-Simon, y se propusiera la meta de «emancipar al cuarto estado». Lo que más adelante se conoció como «socialismo utópico», 13 Cendrero almodóVar, Vicente, «Los proyectos desamortizadores del primer republicanismo (1839-1874)», en Pérez Garzón, Juan Sisinio (coord.), Experiencias republicanas en la historia de España, Madrid, La Catarata, 2015, p. 69; y Peyrou, Florencia, «Spanish republican discourses…, pp. 256-260. 14 duarte, Àngel, El republicanismo. Una pasión política, Madrid, Cátedra, 2013, p. 68. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 49 en España, se desarrolló en el seno del republicanismo15 y ocupó un espacio importante en el Partido Demócrata. Tras su fundación en 1849, esta agrupación estuvo siempre dividida en un sector demócrata-liberal y otro, cada vez más influyente, que se definía explícitamente como federal y socialista. Los primeros centraban sus objetivos en la consecución de los derechos individuales, pero su crítica no alcanzaba a los fundamentos de la economía política de signo liberal, que asumían como propia. Para los socialistas, por el contrario, la reforma política era inseparable de una transformación económica que allanara la emancipación de las clases subalternas. La economía social formaba parte de su acerbo. Con todo, unos y otros concebían el derecho de asociación, prohibido en el ámbito de las relaciones laborales por los moderados, como una herramienta que, en manos de los trabajadores, facilitaría la mejora de sus condiciones de vida. Por ello, para las clases beneficiadas por la reforma agraria liberal, recelosas de cualquier atisbo de expansión del asociacionismo obrero, unos y otros eran igualmente subversivos. El republicanismo fue decisivo en las primeras formas de organización específicamente obrera. En periodos como el Trienio Esparterista (1840-1843) o el Bienio Progresista (1854-1856), cuando existió una mayor tolerancia a la existencia de sociedades de socorros mutuos y cooperativas, los liberales radicales y, más adelante, los republicanos, pudieron reforzar su influencia sobre las clases trabajadoras16. Pero este influjo, como observa Román Miguel, era «de doble dirección»17. No se trataba de una tutela burguesa sobre el proletariado. Esa experiencia asociativa formaba parte del entramado mismo del movimiento republicano y, simultáneamente, favoreció la toma de conciencia de los trabajadores, no como clase antagónica de la burguesía, sino como 15 GaBriel, Pere, «Movimiento obrero y grupos republicanos y radicales en España, Francia e Italia», en VV.AA., Revolució i socialismo. Col.loqui internacional, v. 1, Barcelona, Fundació Caixa de Catalunya, 1990, pp. 106-109. 16 Jesús de Felipe matiza la influencia republicana, que no fue verdaderamente significativa hasta mediados de la década de 1850. En los años anteriores, fundamentalmente durante el trienio esparterista, fueron los progresistas quienes contaron con el apoyo obrero, dado el reconocimiento tácito del derecho de asociación, en el que las asociaciones de trabajadores cifraban sus expectativas. Los demócratas, en todo caso, no constituían aún un movimiento claramente diferenciable del progresismo en esos momentos, como afirma también FeliPe redondo, Jesús de, Trabajadores. Lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español, Oviedo, Genueve, 2012, p. 237. 17 miGuel González, Román, La pasión revolucionaria. Culturas políticas republicanas y movilización popular en la España del siglo xix, Madrid, CEPC, 2006, p. 101. 50 eduardo HiGueraS CaStañeda ciudadanos18. Ahí se encontraría el germen, por utilizar el término acuñado por el mismo autor, de la «república obrera española»19. Así, desde el Bienio Progresista y en los años inmediatamente posteriores, comenzó a perfilarse esta corriente demosocialista que encontró a su principales impulsores en Fernando Garrido y Pi y Margall: El objetivo de toda gran reforma –escribía el segundo en su libro de 1854 La Reacción y la Revolución– son las clases proletarias, las que no han sido llamadas aún al goce de los placeres que lleva consigo una dignidad no humillada y un trabajo debidamente retribuido20. Todo ello no significa, por supuesto, que existiera una conexión inmediata, mecánica, entre los perjudicados del desarrollo industrial, de la abolición del régimen señorial o de las desamortizaciones y el desarrollo de las convicciones republicanas. Pero es indudable que el republicanismo español se amasó en estas primeras manifestaciones de la cuestión social, que, en el caso español, remitían directamente a la cuestión de la tierra. De hecho, este problema estaba ya presente en las obra de los primeros propagandistas federales y, años después, sería el eje de los escritos de Pablo Correa y Zafrilla. El autor conquense siempre situó en el primer plano de sus críticas a la monarquía el injusto y, a menudo, fraudulento proceso de construcción de la propiedad privada. Para ilustrarlo, no tuvo que acudir a ejemplos remotos. Los que había conocido en su propia comarca le bastaron para apuntalar su crítica. La familia de Pablo Correa Zafrilla, de acuerdo a los datos que recogen las investigaciones de Félix González Marzo21 no participó ni en la desamortización eclesiástica, iniciada en 1836, ni en la desamortización de Madoz, que desde 1856 extendió el proceso privatizador a los bienes de los municipios, así como a los comunales. Lo cierto es que ni en La Pesquera, donde solamente se vendió una finca, ni en los municipios colindantes hubo 18 FeliPe redondo, Jesús de, Trabajadores…, p. 213. 19 miGuel González, Román, «La república obrera: cultura política popular republicana y movimiento obrero en España entre 1834 y 1873», en CaBrero BlanCo, Claudia et. al. (coords.), La escarapela tricolor: el republicanismo en la España contemporánea, Oviedo, KRK, 2008; y, del mismo autor, La pasión revolucionaria… pp. 21-54 y 162-184. 20 Pi y marGall, Francisco, La reacción y la revolución, Barcelona, La Revista Blanca, ¿1926? [1ª ed. 1854], p. 141. 21 González marzo, Félix, La desarmotización de la tierra eclesiástica en la provincia de Cuenca, Cuenca, Diputación Provincial, 1985; y La desamortización de Madoz en la provincia de Cuenca (1855-1866), Cuenca, Diputación Provincial, 1993. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 51 una oferta de tierras importante. No es posible, por tanto, saber si Antonio Correa Lorente estaba o no en condiciones de afrontar una inversión de este tipo. En realidad, no resulta sencillo precisar la posición social de la familia. La revisión de los protocolos notariales relativos a esta población muestra, indirectamente, que contaban con algunas parcelas dispersas en el término de esta población. Cabe, en este sentido, suponer que se trataba de una familia de labradores de pequeña o mediana fortuna. Más allá de esta vaguedad, no es posible pasar. El hecho de que tuvieran la capacidad de afrontar un gasto tan importante como el de los estudios universitarios de uno de sus hijos puede ser una pista falsa sobre la capacidad económica de la familia. Es cierto que el Estado liberal diseñó un sistema de enseñanza que concebía los grados medios y superiores como un privilegio al alcance de muy pocos. La secundaria y, sobre todo, la universidad, funcionaron como mecanismos de reproducción de las élites, pero, a la vez, ofrecieron un escueto margen para la progresión social de las capas medias de la población. De forma excepcional, hubo también alumnos procedentes de las clases populares que lograron abrirse camino gracias al esfuerzo familiar y al favor de parientes. En cualquier caso, cabe señalar que entre todos los hermanos, Pablo Correa fue el único que llegó a cursar estudios superiores. Probablemente fue también el único que demostró una aptitud suficiente como para que su familia se empeñase en ese propósito de progreso social. En 1855 Pablo Correa y Zafrilla dejó su pueblo para ingresar en las Escuelas Pías de Almodóvar del Pinar. Los escolapios llegaron a gozar de cierta simpatía entre los liberales, frente a los centros de enseñanza regentados por jesuitas, aunque lo cierto es que en esa comarca conquense no existían muchas más opciones o, por lo menos, más próximas a La Pesquera. Tiempo atrás, este centro de enseñanza había gozado de considerable prestigio, según las noticias que recogió Torres Mena: «grande fue la fama alcanzada por el Colegio de Almodóvar, en el cual llegaron a reunirse hasta ciento sesenta y ocho alumnos internos de la provincia y de las limítrofes y no pocos del mismo Madrid»22. Cuando Correa ingresó en él, sin embargo, arrastraba varias décadas de decadencia, con apenas una veintena de matriculados por curso. Solo estudió allí el primer año de Latinidad, puesto que en 1856 fue suprimido23. 22 torreS mena, José, Noticias conquenses, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1878, p. 505. 23 Ibid. p. 500. 52 eduardo HiGueraS CaStañeda Ese año, se trasladó al instituto provincial de Albacete. El de Cuenca, al parecer, atravesaba tiempos complicados desde 1850, cuando el obispo forzó su cierre y la enseñanza secundaria quedó limitada a la que se ofrecía en el Seminario. No tardó en reabrir, aunque sí en consolidarse24. En 1860, Correa y Zafrilla regresó a Cuenca para finalizar los estudios de bachiller en artes25. Para entonces, el instituto contaba con unos ciento cuarenta alumnos, lo que significaba un incremento del 16 por 100 respecto al número de matriculados del año anterior. Esa progresión continuó por encima del 10 por 100 hasta 1865, cuando alcanzó los doscientos veinte y dos alumnos26. Era un reflejo de cómo la coyuntura de crecimiento económico implicaba la expansión de las clases medias que, cada vez en mayor número, atravesaban el umbral de la enseñanza secundaria. La siguiente puerta que Correa debía cruzar en su escalada social pasaba, lógicamente, por los estudios superiores. En 1861 se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. Comenzó allí los estudios de Derecho, que continuó en Madrid en el curso de 1863-1864. Llegó, por tanto, a la capital en un momento de intensa agitación política a la que no tardaría en sumarse. LOS PRIMEROS CONTACTOS CON EL PARTIDO DEMÓCRATA Preguntarse por los primeros contactos de Pablo Correa con el movimiento federal resulta interesante, pero responder esta cuestión obliga a tantear un terreno puramente especulativo. Su participación en las algaradas universitarias de la primavera de 1865 en Madrid, cuando contaba veintitrés años, deja intuir su actividad en las movilizaciones democráticas contra el régimen de Isabel II. Pero antes de esa fecha no existe ningún rastro que permita aclarar cómo trabó contacto con la ideología republicana y qué le decidió a militar con los demócratas. A primera vista, parece razonable interpretar que dio esos primeros pasos en la política durante sus años universitarios en Valencia y Madrid, ciudades donde el Partido Demócrata, principal expresión de un republicanismo al que le estaba prohibido definirse abiertamente como tal, contaba con un importante tejido de asociaciones, periódicos y unas amplias bases sociales. 24 Ibid. p. 497. 25 «Acta del grado de Bachiller en Artes, Instituto de Cuenca», Archivo Histórico Nacional, Universidades, leg. 6459, exp. 13 y 19. 26 torreS mena, José, Noticias conquenses…, p. 497. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 53 El único diputado republicano de las Cortes de 1858, Nicolás María Rivero, había sido, precisamente, elegido por Valencia, en un clima de intensa movilización, por el asesinato, en plena campaña electoral, del también demócrata Tomás Bru27. Madrid, por otra parte, era uno de los ejes de la organización del partido a escala nacional. Allí se concentraban las redacciones de sus principales órganos periodísticos y gran parte de los dirigentes nacionales, muchos de los cuales, a la vez, influían sobre los jóvenes universitarios desde sus cátedras. El republicanismo, lógicamente, contaba con un desarrollo en estos espacios urbanos incomparablemente mayor del que podía tener en Cuenca o en Albacete. Pero eso no significa que en estas comarcas no existiera un movimiento democrático estimable, aunque todavía embrionario. Los demócratas, pese a las enormes trabas que encontraban para desplegar su actividad, habían experimentado un notable crecimiento tanto por la vía clandestina –a través de la carbonería– como en la arena pública28. Esa expansión no era, ni mucho menos, ajena a espacios del interior agrario, como el que representan las actuales provincias castellano-manchegas. Más allá del tópico, tan extendido, de la apatía, el apoliticismo y la desmovilización de las sociedades rurales, pueden rastrearse numerosas y relevantes manifestaciones de apoyo a las ideas republicanas, al menos, desde los primeros momentos del Bienio Progresista29. La penetración de la propaganda democrática, en definitiva, superó los límites de las áreas urbanas y 27 moraleS muñoz, Manuel, «La oposición democrática en la génesis revolucionaria (18481868), Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 55, 2020, p. 7. 28 CaStro alFín, Demetrio, «Orígenes y primeras etapas del republicanismo en España», en townSon, Nigel (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994, pp. 33-58. 29 inareJoS muñoz, Juan Antonio, «¿Demócratas en La Mancha? En torno a los orígenes de la cultura política republicana en Castilla-La Mancha (1854-1868)», Espacio, Tiempo y Forma, 18, 2006, pp. 111-134. Es posible retrotraer la eclosión del movimiento republicano en determinados espacios manchegos a la época de la regencia de Espartero. En 1841, en Albacete, apareció El Defensor del Pueblo, un periódico que, según los datos ofrecidos por Isidro Sánchez Sánchez, tomados de Francisco Fuster, alcanzó al menos la tirada de veintún números en marzo de 1842, cuando fue encausado por sus acusaciones al jefe político de la provincia. SánCHez SánCHez, Isidro, Historia y evolución de la prensa albacetense (1833-1939), Albacete, Instituto de Estudios Albacetenses, 1985, p. 100. El conocido periódico radical de Ayguals de Izco, el Guindilla, lo recomendaba como publicación afín a sus ideas democráticas y, quizá, federales, según indica Carrillo, Víctor, «El periódico “Guindilla”(1842-1843) de W. Ayguals de Izco y la evolución de las ideas republicano-federalistas en España», en Gil noValeS, Alberto (ed.), La prensa en la revolución liberal: España, Portugal y América Latina, Madrid, Universidad Complutense 60 eduardo HiGueraS CaStañeda El Saladero, –«cárcel que no llena su objeto, edificio construido para guardar carne de cerdo, y donde jamás se debió encerrar a ningún hombre, por respeto a las leyes de la humanidad y del decoro»49, según Francisco Lastres– era el nombre por el que se conocía la cárcel de la Villa. Se levantaba en la plaza de Santa Bárbara y, en efecto, se trataba de un viejo caserón de la segunda mitad del siglo xViii, trazado por Ventura Rodríguez «para matanza de reses y salazón de tocino»50. Sin apenas reformas, desde 1831 fue utilizado como prisión. A las deplorables condiciones higiénicas del edificio –«inspira lástima y cólera, vergüenza y sentimiento», de acuerdo a la descripción del novelista Rafael del Castillo– se unía el problema del hacinamiento y del propio régimen penitenciario: «nada más repugnante, nada más asqueroso que el espectáculo que ofrece aquel receptáculo del crimen»51. Los espacios en los que se dividía el Saladero no guardaban relación con las penas impuestas a los reclusos, ni con la gravedad o tipología de sus delitos, sino con el dinero que pudieran pagar: «en la cárcel hay cuartos en que se pagan cinco reales diarios, y otros dos en que se pagan tres [...] El desgraciado cuyos recursos son escasos, aunque el delito por que vaya a la cárcel esté lejos de ser criminal, va al patio a unirse con todos los asesinos o ladrones que lo llenan»52. Allí permanecieron durante todo un mes por ofrecer un homenaje al rector destituido, cantar el himno de Riego y silbar a la Guardia Veterana. Su nombre, junto al de sus compañeros de presidio, saltó pronto a las columnas de los periódicos democráticos. Fueron los más próximos al gobierno de Narváez y al grupo neocatólico los que se refirieron a ellos para calificarlos como meros «bandidos» y «presidiarios» entre los que «no había una sola persona decente». La Democracia se apresuró a salir en su defensa. Le bastó ofrecer un listado de los diecisiete prisioneros del Saladero a quienes se aludía. Eran siete estudiantes, dos empleados, un maestro ebanista, un portero, un comerciante y un grabador. Este último era el director de Ateneo Artístico de Madrid y, años más tarde, conocido anarquista, Tomás González Morago53. 49 laStreS, Francisco, «La cárcel de Madrid», La Ilustración Española y Americana, 15 de junio de 1876. 50 laStreS, Francisco, Estudios penitenciarios, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Pedro Núñez, 1887, p. 198. 51 CaStillo, Rafael del, Madrid riendo y Madrid llorando. Novela de costumbres, Madrid, Establecimiento Tipográfico de J. Cañas y Díaz, 1864, p. 154. 52 Ibid. p. 155. 53 La Democracia, 21 de abril de 1865. En el mismo número se publicó también un largo listado de otros prisioneros recluidos en diferentes galerías de la cárcel de Villa. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 61 El castigo, sin embargo, adquirió una dimensión que en términos políticos podría calificarse de iniciática. La opinión pública democrática había convertido en mártires de la lucha contra la dinastía y el trono a los protagonistas de la protesta: «la Universidad en masa, los demás establecimientos docentes, los centros políticos liberales, las redacciones de los periódicos avanzados, todo Madrid, en fin, desfiló por delante de las gloriosas víctimas»54. Esta primera cuestión universitaria, en definitiva, favoreció la politización en sentido democrático de los estudiantes y ayudó a tensar la cuerda entre el régimen y las oposiciones. La caída del ministerio Narváez cerró en falso la crisis. Intentona tras intentona, el ciclo insurreccional progresista-democrático que, cada vez más radicalizado, terminó derrocando a la reina en septiembre de 1868, no dejó de ganar adeptos. Pero al menos, ese intervalo sirvió para que los estudiantes presos pudieran salir en libertad bajo fianza. Su causa terminó siendo sobreseída. LA CUESTIÓN SOCIAL: UNA LÍNEA DE FRACTURA EN EL MOVIMIENTO DEMOCRÁTICO Correa y Zafrilla pasó un mes encarcelado en una celda insalubre y perdió todo un año académico por su implicación en las protestas. A cambio, se le abrieron de par en par las puertas del Partido Demócrata. Castelar, su profesor y para entonces un verdadero icono popular, le ofreció colaborar en su periódico. En La Democracia, Correa publicó sus primeros artículos. En ellos analizaba «desde el punto de vista jurídico» los sucesos de la noche de San Daniel «y las causas que los habían producido»55. Estas contribuciones al periódico republicano fueron esporádicas. No llegó a figurar en la nómina de su redacción. No obstante, para un joven militante como él, acceder a uno de los principales órganos nacionales de la agrupación significaba un importante paso. Debe tenerse presente que, incluso en un partido dotado de una estructura organizativa considerablemente moderna para una época en la que la norma eran las agrupaciones de notables, las redacciones de los periódicos seguían siendo el principal puntal de la vida militante. Correa y Zafrilla se aproximaba, de este modo, al núcleo de uno de los sectores más pujantes del movimiento democrático. En La Democracia, además de Castelar, escribían intelectuales de gran relevancia en la conformación de la cultura republicana. 54 moreno eSPinoSa, Alfonso, «Por silbante»… 55 La República, 24 de abril de 1888. 62 eduardo HiGueraS CaStañeda Los profesores de la Universidad Central Nicolás Salmerón Alonso y José Fernando González, o el influyente propagandista Roque Barcia, figuraban en esos momentos a su redacción56. El Partido Democrático, sin embargo, atravesaba en esos momentos un momento delicado. Las únicas manifestaciones que pueden encontrarse en la obra de Correa sobre la significación política de Castelar son tardías. Están, además, demasiado condicionadas por las tensiones que dividieron al federalismo en 1873. El diario La Unión, con el que colaboraba el conquense en 1878, llegó a negarse a publicar uno de sus artículos por las duras acusaciones que dirigía a su antiguo profesor, que le había facilitado el salto a la política militante en 186557. No es difícil suponer, sin embargo, que en esas fechas su impresión sobre el director de La Democracia debía ser muy diferente. Castelar no era solo una referencia al alza en el Partido Demócrata. Para los jóvenes estudiantes que habían asistido a sus clases en la Universidad Central, que se habían manifestado en su favor en las algaradas de abril, era un símbolo de la lucha contra la monarquía, la referencia indiscutible de las nuevas ideas que comenzaban a abrazar. La Democracia empezó a editarse en enero de 1864 bajo su dirección. Era un nuevo órgano que se sumaba a la propaganda republicana en un momento en el que sus bases militantes crecían considerablemente. Pero esa expansión no ayudaba a mantener la cohesión en un partido que en los años anteriores ya había atravesado fricciones importantes. A las disputas entre el minoritario republicanismo unitario y la corriente federal, se añadía una nueva línea de fractura de mayor relevancia. Con ella se apuntaba la incompatibilidad entre la vertiente demosocialista del partido con un sector liberal, marcadamente individualista, que en esos momentos representaba Castelar. Se trataba, en realidad, de una polémica recurrente desde fines de la década de 1850. Acuerdos como la Declaración de los Treinta, suscrita a fines de 1860, no hacían más que aplazar lo que, en realidad, constituía un importante problema de fondo58. 56 HartzenBuSCH, Eugenio de, Apuntes para un catálogo de periódicos madrileños desde el año 1661 al 1870, Madrid, Establecimiento Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1894, p. 220. 57 La Unión, 25 de agosto de 1878. 58 Peyrou, Florencia, Tribunos del pueblo. Demócratas y republicanos durante el reinado de Isabel II, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2008, pp. 428-462. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 63 Debe remarcarse que el origen de esta polémica no era meramente especulativo, fruto de las elucubraciones teóricas de unos cuantos intelectuales republicanos. Ya se explicó, pero merece la pena subrayarlo: arrancaba del propio origen del movimiento republicano, de la aparición de la cuestión social como resultado del profundo proceso de cambio que entrañaba la construcción del capitalismo y del sistema representativo. Es en los amplios márgenes de exclusión social y política que generó la edificación del estado liberal donde surgieron las primeras alternativas democráticas. Con ellas se aspiraba a la universalización de los derechos individuales y de la propiedad para lograr la emancipación de todas las clases sociales. En este sentido, la aportación de las primeras sociedades obreras, organizadas en el clima de tolerancia a la libertad de asociación de los trabajadores de la Regencia de Espartero, fue crucial. Los trabajadores organizados asimilaron el lenguaje del liberalismo radical y formularon, a través de él, una concepción de la ciudadanía que exigía los derechos políticos como una llave para la emancipación social. De nuevo en un momento de apertura liberal, durante el Bienio Progresista, la libre asociación permitió que proliferaran las sociedades obreras y la formulación de sus exigencias en la esfera pública. Eran reivindicaciones como el derecho a una vida digna, a la igualdad política, a la negociación colectiva o a la posesión de la integridad de los frutos del trabajo que de una manera cada vez más estrecha, se vinculaban a la protesta republicana. No se trataba, como a menudo se plantea, de una alianza instrumental y coyuntural entre clases sociales con intereses divergentes. Los trabajadores no tenían por qué ser aliados de los republicanos, sencillamente podían ser republicanos59. Lejos de la habitual caracterización del republicanismo como la opción política de una pequeña burguesía radicalizada, puede constatarse que se trató de un movimiento interclasista con un fuerte peso de las capas desfavorecidas de la población, que ayudaron a configurar los contornos de la «república obrera»60. Un reflejo de ese radicalismo de raíz popular fue la formulación, de una manera cada vez más precisa y coherente, de un 59 Felipe, Jesús de, «La orientación del movimiento obrero hacia el republicanismo en España en el siglo xix (1840-1860)», Historia y Política, 25, 2011, pp. 119-148. 60 Explica este proceso, desde el punto de vista del análisis del discurso político, miGuel González, Román, La pasión revolucionaria…, pp. 174 y ss. Sobre los perfiles sociales y profesionales del movimiento republicano en el Sexenio, es pertinente el análisis de GaBriel, Pere, «Elite y república. Sobre las elites profesionales y económicas en el republicanismo español del siglo xix», Historia Contemporánea, 23, 2001, 509-521. 64 eduardo HiGueraS CaStañeda proyecto republicano de orientación socialista. La aportación de Fernando Garrido –quien en el futuro sería compañero de redacción de Correa y Zafrilla–, empapado de convicciones cooperativistas, sobre todo tras sus visitas a Rochdale en 1861, fue fundamental61. El asociacionismo obrero aparecía como la llave para la construcción de una sociedad de ciudadanos libres e iguales, organizados en sociedades de producción y consumo, justo en un momento en el que el proceso de proletarización de los antiguos trabajadores agremiados avanzaba a grandes pasos. Ya en 1855, Garrido, inmerso entonces en una concepción fourierista del progreso social, llamaba a las clases trabajadoras a convertirse en artífices de su «emancipación» política. Esa era, en opinión del sector del republicanismo que representaba, la tarea que la democracia debía cumplir para materializar los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Para lograrlo, animaba al «proletariado» a luchar «por su propia cuenta, por sus intereses, por sus derechos»62, que debían alcanzar a través del proyecto federal. Lógicamente, esta corriente reformista atacaba los fundamentos de la economía liberal que el sector individualista del partido demócrata defendía. Por eso, en 1860, José María Orense, el «patriarca» del republicanismo español, denunció en La Discusión que el socialismo no era más que «la absorción del individuo por el Estado», de modo que se anulaba la personalidad humana, por naturaleza, libre. Socialismo y democracia, de este modo, aparecían como términos excluyentes. Garrido respondió en el mismo periódico explicando, en primer lugar, los principios básicos que todos los demócratas aceptaban y que, por ello, definían el dogma democrático. Los resumía en dos: «libertad de pensamiento y libertad de aplicación del pensamiento». De estas premisas, se deducían algunas conclusiones necesarias. Otras, eran discutibles. Sobre las 61 Una aproximación clásica al pensamiento republicano socialista de Garrido en aJa, Eliseo, Democracia y socialismo en el siglo xix español. El pensamiento político de Fernando Garrido, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1976; aBBou FranCéS, Adam, «La monarquía española en el discurso de Fernando Garrido: objetivación y subjetivación», en moreno SeCo, Mónica (coord.), Fernández SirVent, Rafael y Gutiérrez lloret, Rosa Ana (eds.), Asociación de Historia Contemporánea. Actas del XIV Congreso. Del siglo xix al xxi. Tendencias y debates (Alicante, 20-22 de septiembre de 2018), Alicante Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2019, pp. 631-644; y andúGar miñarro, Miguel, «República, Federación y Socialismo en Fernando Garrido», Res publica, 21, 2009, pp. 209-217. 62 Garrido, Fernando, La República Democrática, Federal Universal, Madrid, Cuesta, Monier y Baylliere, 1855, pp. 33 y 41. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 65 atribuciones concretas del Estado y su relación con la iniciativa individual, en efecto, no había unanimidad: Las ideas de los demócratas respecto al modo de interpretar el principio de la asistencia y su aplicación son también diversas. Los hay, como el señor Orense, que piensa que la beneficencia pública es un acto espontáneo de la sociedad, y que el pobre no tiene derecho a reclamarla, en tanto que hay otros, como el Sr. Pi y Margall y yo, que creemos que es un derecho del hombre, y por tanto un deber de la sociedad para con él63. No debe pasarse por alto que esta afirmación delineaba mucho más que una cuestión de matiz, al anticipar la idea del Estado social, pero no consideraba que dejaran de ser demócratas quienes lo negaban. Sin embargo, sí entendía que nadie que se llamara demócrata podía rechazar el principio de asociación voluntaria, del que se derivaba, a su juicio, la definición del socialismo. Se negaba, de este modo, la idea de que el individuo pudiera quedar subsumido o anulado en el Estado. La propia idea de ciudadanía implicaba la incorporación de los individuos al cuerpo social como garantía de sus derechos y libertades, y la propia idea de Estado no significaba otra cosa: así como es demócrata todo el que profesa como credo político los derechos individuales, del mismo modo es socialista todo el que cree que el porvenir de las clases trabajadoras en particular, y de la sociedad en general, está en la práctica del principio de asociación para la producción, el consumo, o para uno solo de estos dos objetos64. La decantación social del republicanismo, por otra parte, entorpecía la alianza con el otro gran partido liberal de oposición al régimen de Isabel II, el progresista. A mediados de la década de 1860, ambas agrupaciones protagonizaban la lucha propagandística y subversiva contra el régimen. Entre ellas existía un cierto margen de afinidad, especialmente intenso entre la derecha individualista del republicanismo y el progresismo «puro», expresión de un liberalismo radicalizado que terminaría situándose en posiciones democráticas65. Castelar había fundado La Democracia como herramienta para reforzar esos vínculos con los progresistas, un propósito que implicaba desprenderse del acento socialista que imperaba en la izquierda de su partido. Por eso, planteó abiertamente la incompatibilidad de la democracia 63 La Discusión, 7 de noviembre de 1860. 64 Ibid. 65 GarCía moSCardó, Ester, Roque Barcia Martí. Auge y caída de un nuevo mesías revolucionario, Granada, Comares, 2021, p. 172. 66 eduardo HiGueraS CaStañeda con el socialismo. Justo en abril de ese año, Pi y Margall se hizo cargo de la dirección de La Discusión para defender que ambos términos no solo eran compatibles, sino que además eran inseparables66. Correa y Zafrilla llegó al periodismo y a la militancia republicana de la mano de Castelar y a través de La Democracia. Pero su pensamiento político se forjó en el marco ideológico del federalismo de izquierdas que, en esos momentos, cobraba forma en La Discusión, bajo la influencia, sobre todo, de Francisco Pi y Margall. El debate entre los dos periódicos ayudó a perfilar su visión del republicanismo socialista, porque en su desarrollo emergieron sus conclusiones más relevantes. En todo caso, conviene subrayar que esa pugna, más allá de las columnas de los periódicos, por encima del choque de conceptos, discursos o imaginarios políticos incompatibles, enraizaba, como ha demostrado Martínez Gallego a través del caso valenciano, en situaciones concretas de lucha laboral de una militancia compuesta en gran medida por trabajadores67. En ella, por tanto, se estaba tomando el pulso de las bases sociales de la agrupación. El punto de partida del periodista catalán fue la crítica de la economía política liberal, al tiempo que esbozaba los rasgos esenciales de «la nueva economía social». Concebía el individualismo como una doctrina fatalista que, en su defensa del principio de la libre concurrencia, conducía a «todas las tiranías y todas las injusticias sociales». El liberalismo individualista, en su declinación democrática, aspiraba a la completa libertad política de todas las clases sociales mediante la universalización de los derechos naturales. A la vez, interpretaba cualquier interferencia estatal en el marco de las relaciones privadas como un gesto de dictadura, esto es, de invasión de la esfera de libertad que debía rodear a los individuos. Las relaciones de trabajo se consideraban una dimensión más de esa autonomía individual. La impugnación socialista, sin embargo, planteaba que no existía una verdadera libertad «para el hombre socialmente esclavo». 66 miGuel González, Román, «Francisco Pi y Margall (1824-1901). La construcción de la Democracia republicana socialista y de la Legalidad democrática españolas», en Serrano GarCía, Rafael (coord.), Figuras de la Gloriosa. Aproximación biográfica al Sexenio Democrático, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2006, pp. 102-103. 67 martínez GalleGo, Françesc Andreu, «El trabajador de oficio y la democracia: el debate entre individualismo y socialismo en el Partido Demócrata español (1860-1864)», en Sanz rozalén, Vicent y PiqueraS arenaS, José A. (eds.), En el nombre del oficio. El trabajador especializado: corporativismo, adaptación y protesta, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005, pp. 173-179. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 67 La emancipación social de las clases subalternas, de lo que ya se definía como proletariado, era un imperativo para construir la democracia. Los individualistas, para lograr ese objetivo, no proporcionaban más receta que el ejercicio de los derechos políticos, desde el sufragio a la libre asociación, aunque también enfatizaban la necesidad de acometer un esfuerzo educativo en beneficio de las clases populares. Desde la perspectiva socialista, ejercer en libertad los derechos políticos era inviable si no se rompían los vínculos de la dependencia económica y cultural. De este modo, se entendía la economía política liberal como «el “sálvese quien pueda” erigido en principio de gobierno», mientras que el socialismo aparecía como la síntesis de las antinomias sociales y la explícita y enérgica condenación de todas las tiranías. La economía política la perpetua servidumbre de las clases jornaleras; el socialismo la emancipación lenta y gradual del proletariado. La economía política, por fin, la guerra entre clase y clase, la lucha perenne, la anarquía de los intereses individuales; el socialismo la justicia en el orden de las relaciones del trabajo68. La libre concurrencia conducía a la concentración de capitales y, por ello, a la consolidación de monopolios que anulaban la libertad de los individuos en el terreno de la pura subsistencia. La consecuencia de esa relación de dominación de unas clases sobre otras se reflejaba, para Pi, en «las nueve décimas partes de la humanidad agonizando en la servidumbre y la miseria». Una sociedad democrática no podía sostenerse sobre esa base. Por eso, concebía la federación como un mecanismo que debía garantizar los derechos naturales del individuo y la justicia social, mediante una intervención correctora del Estado –es decir, de la propia sociedad organizada para salvaguardar la autonomía de los ciudadanos–, en las relaciones económicas. Para la democracia individualista eran dos extremos contradictorios. Acusaban, en este sentido, a los socialistas de proponer la absorción de «la personalidad del hombre» por el Estado. Tanto socialistas como individualistas reconocían que, al lado de la noción de la autonomía de los individuos, existía la sociedad como un ente objetivo. Pero diferían en las conclusiones que se derivaban de ahí. A cada autonomía, defendía La Discusión, le correspondía una esfera de acción específica. La esfera individual constituía el ámbito los derechos naturales, inherentes a la personalidad humana, anteriores y superiores a toda reglamentación. «La constitución del poder público», el Estado, era la primera 68 Pi y marGall, Francisco, «¿Somos socialistas?», La Discusión, 17 de mayo de 1864. 68 eduardo HiGueraS CaStañeda manifestación de la esfera social. La segunda consistía en «la regularización de las fuerzas económicas; o sea la determinación de las relaciones creadas por la propiedad, el trabajo y el cambio; o sea la realización del derecho»69. La lógica del laissez faire implicaba, de este modo, abandonar los derechos sociales frente al egoísmo de los poderosos: La doctrina individualista, no puede negarse, es cómoda por extremo. Para sus apóstoles no hay problemas difíciles ni cuestiones pavorosas. Todas las corta con la espada de un bárbaro egoísmo. En vano les diréis que la miseria consume clases enteras; que la guerra vive en el seno de las sociedades amparada por las leyes; que el capital mantiene en la servidumbre muchedumbres nacidas para ser libres; que la ignorancia hace esclavos de los hombres a los hombres; que es preciso poner remedio a tantos males. Ellos os contestarán encogiéndose de hombros y dejando caer en medio de tan desgarrador espectáculo estas palabras inhumanas: «Perezca la humanidad, perezca la civilización, pero sálvese el individualismo»70. A pesar del ruido, el sector individualista no logró imponerse a sus rivales socialistas. La fractura no se consumó, pero quedaba al descubierto una falla que en los años siguientes ayudaría a decantar dos proyectos republicanos claramente separados. Al igual que había ocurrido con la Declaración de los Treinta en 1860, la solución al conflicto quedó en una tregua artificial entre sectores mal avenidos desde el punto de vista doctrinal, pero vinculados por la meta compartida de instaurar la república o, al menos, avanzar hacia la democracia. Compartir un adversario facilitaba la solidaridad entre correligionarios. A esas alturas, los pasos hacia dicho objetivo se dieron a golpe de sublevación. La de junio de 1866 marcó el punto álgido de la colaboración insurreccional de progresistas y republicanos71. La intentona se saldó con el fracaso de los sublevados y un intenso recrudecimiento de la represión. Correa, todavía un estudiante, vio como quedaban clausurados los periódicos republicanos –incluida, por supuesto, La Democracia72–, así como los centros asociativos liberales y democráticos en los que se organizaba y formaba la militancia antimonárquica. La acción política contra las instituciones quedó, desde esos momentos, completamente recluida al ámbito de la clandestinidad. El repliegue autoritario del régimen no dejó tampoco 69 «A La Democracia», La Discusión, 25 de mayo de 1864. 70 La Discusión, 24 de mayo de 1864. 71 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, Con los Borbones…, pp. 87-90. 72 CaStro alFín, Demetrio, Los males de la imprenta. Política y libertad de prensa en una sociedad dual, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 1998, p. 208. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 69 de percibirse en la Universidad. El neocatólico Manuel Orovio, ministro de Fomento desde julio de 1866, trató de extirpar de las aulas cualquier enseñanza que discrepara con los principios del moderantismo y del catolicismo político. Era, por supuesto, el caso de los intelectuales krausistas. Profesores como Nicolás Salmerón, Fernando de Castro o Sanz del Río fueron expulsados de sus cátedras al negarse a aceptar las imposiciones del gobierno73. La Universidad Central, en la que Correa finalizó sus estudios de Derecho en junio de 1867, parecía entonces muy diferente de la que había conocido al llegar a Madrid tres años antes. 73 uriGüen, Begoña, Orígenes y evolución de la derecha española…, p. 215; Serrano GarCía, Rafael, Fernando de Castro…, pp. 154-173. 76 eduardo HiGueraS CaStañeda firmaban el día 20 de diciembre, aunque su traslado a Cuenca debía haberse producido poco después del nombramiento de la Diputación, a comienzos de octubre. Un empleo como este, solicitado por multitud de aspirantes, era el tipo de premio que las nuevas autoridades progresistas y demócratas reservaban a quienes se habían destacado de alguna manera en el proceso revolucionario. Así lo reconocía el periódico progresista El Eco de Cuenca: «el primer deber de los Diputados era rodearse de personas adictas a la revolución, tan amantes de la libertad como de la provincia, en que tienen sus intereses, sus afecciones, y sobre todo la patriótica obligación impuesta por su conciencia misma, de no transigir con la reacción aun a trueque de ser calificados de parciales»16. Caído el régimen moderado de Isabel II, cambiaban las tornas para quienes, como Correa, habían padecido algún tipo de persecución política. Sobre todo, si podían presumir de haber pasado un mes en el Saladero a raíz de hechos tan señalados en el imaginario de los demócratas como los de abril de 1865. Puede que el marco político que comenzaba a diseñarse desde las Juntas y el gobierno Provisional no fuera plenamente democrático. La democracia, al fin y al cabo, no deja de constituir una constante aspiración hacia una esfera ciudadana que siempre puede ser más inclusiva17. Lo que es indudable es que se abría un periodo en el que las libertades de asociación, de reunión o pensamiento pudieron desarrollarse en unos márgenes de libertad inéditos. Por ellos era posible democratizar la sociedad española18. A ese empeño se entregó Correa y Zafrilla, el principal propagandista republicano de la provincia de Cuenca. «EL ANSIA DE ESCRIBIR» EN UN MARCO DE LIBERTAD El cambio institucional que se produjo en septiembre de 1868 no implicaba inmediatamente la instauración de una democracia. Pero es indudable que sí propició la apertura del marco político, hasta entonces sumamente angosto, apenas documentación anterior a 1874. No hay, por tanto, detalles sobre el cargo que desempeñó y los motivos de su cese. 16 El Eco de Cuenca, 15 de noviembre de 1868. 17 markoFF, John, «La problemática historia de la ciudadanía democrática», Historia constitucional: Revista Electrónica de Historia Constitucional, 6, 2005. 18 Ahonda en esta línea argumental Pérez Garzón, Juan Sisinio, «El Sexenio Democrático en el proceso de modernización de la España contemporánea», Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 55, 2000. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 77 para la participación de nuevos protagonistas sociales que situaron como objetivo prioritario la construcción de un sistema democrático19. El punto de partida para alcanzar esa meta fue la rápida proclamación de la libertad de conciencia, de prensa, del derecho de asociación, reunión y, sobre todo, la introducción del sufragio universal masculino. Se derribaban, de esta manera, los límites censitarios a la participación política para redefinir la esfera de la ciudadanía, antes restringida a los propietarios. Todo ello facilitó el despliegue de nuevas formas de movilización política para canalizar colectivos e intereses sociales que, en el marco de la monarquía isabelina, habían estado excluidos por considerarse «ilegítimos». Eran, por supuesto, aquellos que discutían los principios centralistas, oligárquicos y clericales del régimen moderado, o aspiraban a una redistribución de las oportunidades económicas y las cargas estatales en sentido igualitario. Los efectos de esta apertura política se dejaron notar prácticamente en todas partes de una manera inmediata y con una intensidad que llegó a sorprender a las propias elites revolucionarias. Así lo expresaban, con indisimulado resquemor, los redactores del periódico progresista El Eco de Cuenca: Cuando recordamos el periodo desde julio de 1856 al 29 de septiembre del 68, día del alzamiento en esta capital, y comparamos el entonces con el ahora, no podemos darnos razón de un cambio tan radical en las personas y en tan corto tiempo. Porque, es lo cierto que, en dicho periodo nos contábamos los verdaderos liberales; y, preciso es confesarlo, éramos muy escasos en verdad, pues apenas llegarían a poco más de un centenar, a cuyo número, verificada la unión de las otras fracciones, podría añadirse una veintena entre demócratas y unionistas [...] ¿Cómo es que ahora se cuentan 350 Voluntarios de la Libertad inscritos, cuando entonces solo podríamos haber formado 200?20. Las anteriores afirmaciones deben ser tomadas con cautela, pero pueden valorarse como un índice del grado de politización que se había vivido en Cuenca antes de la Septembrina, y del contraste con los momentos posteriores al derribo del trono de Isabel II. De entrada, no es extraño que aquellos «verdaderos liberales» minimizaran deliberadamente su número en la ciudad para resaltar y reivindicar su sacrificio, su protagonismo y, en consecuencia, el teórico derecho a capitalizar los dividendos del cambio de régimen. Incluso 19 Merece la pena destacar el balance más reciente sobre el Sexenio Democrático, elaborado por Villena eSPinoSa, Rafael y Serrano GarCía, Rafael, «Revolución, democracia y constitución», que sirve de introducción al dosier monográfico que ambos autores coordinan sobre esta etapa en el Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 55, 2020. 20 El Eco de Cuenca, 24 de marzo de 1869. 78 eduardo HiGueraS CaStañeda puede afirmarse que, en una pequeña ciudad como Cuenca, de apenas siete mil habitantes, dominada por la red clientelar que el ministro neocatólico Severo Catalina había tejido con la ayuda del obispo Miguel Payá21, un centenar de liberales podía ser una cantidad muy estimable de opositores. También es lógico que los progresistas minimizaran la dimensión del movimiento republicano en la capital, aunque lo cierto es que no existe constancia de que contaran con una organización verdaderamente significativa. Esos pocos demócratas a los que aludían, junto a quienes, como Correa y Zafrilla, se trasladaron a la capital después de septiembre de 1868, eran más bien el punto de partida sobre el que comenzó a construirse el Partido Republicano Federal. La principal herramienta con la que contaron para ello fue, naturalmente, la prensa. En aquellos momentos, las redacciones de los periódicos constituían el núcleo de las organizaciones partidarias y servían como correa de transmisión entre los militantes y sus dirigentes. Al mismo tiempo, eran, junto al club, el casino o la tertulia, el principal canal de propaganda y proselitismo. El cambio de poder también fue decisivo en la multiplicación de nuevas empresas periodísticas, hasta en las poblaciones de menor tamaño, donde apenas habían sobrevivido periódicos tímidamente políticos en los años anteriores. Un veterano progresista, anclado en los preceptos del primer liberalismo, como Fermín Caballero, manifestó su incredulidad ante la proliferación de nuevas cabeceras que representaban agrupaciones políticas hasta entonces inexistentes en la ciudad. Debe subrayarse que la cultura liberal siempre había vinculado la idea de progreso con el desarrollo de la ilustración y las costumbres políticas de la población por medio de la educación. Por eso, entendían que el progreso político chocaba constantemente contra su límite sociológico. Así explicaba esa convicción al bosquejar la historia de la Imprenta en Cuenca, en la época previa a la Revolución de Septiembre: En todas las capitales de tercer orden ha costado esfuerzos reiterados y perseverantes aclimatar periódicos de localidad. El número de habitantes que saben leer es escaso; de estos no todos tienen afición a la lectura y menos a la política: entre esos pocos, los hay que carecen de medios pecuniarios, y los 21 inareJoS muñoz, Juan Antonio, «Sotanas, escaños y sufragios. Práctica política y soportes sociales del neo-catolicismo en las provincias castellano-manchegas (1854-1868)», Hispania Sacra, 121, 2008, p. 327. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 79 que los tienen prefieren naturalmente periódicos de Madrid, que se ocupan de todo, y que adelantan considerablemente las noticias22. En la década de 1860 solo El Eco de Cuenca, vinculado desde 1864 a las posiciones más avanzadas del Partido Progresista, había logrado consolidar una trayectoria estable23. Para ello, sin embargo, había dejado en un segundo plano la polémica política, disfrazada bajo la defensa de los intereses peculiares de la provincia. Una ciudad atrasada, escasamente poblada, que servía de eje administrativo para una provincia de población considerablemente dispersa y mal comunicada, no daba, en su opinión, para más de un periódico político. Por eso, al publicar su folleto en 1869 se vio obligado a reconocer, de manera implícita, la necesidad de reconsiderar sus convicciones: «desde la última revolución ya parece posible la existencia de más de un diario. [...] Entre cierta clase de gentes –añadía el antiguo alcalde de Madrid–, la lectura periódica es una necesidad como la de la corbata y el reloj»24. Aunque el número de habitantes que sabían leer no hubiera crecido y, obviamente, tampoco lo hubieran hecho las posibilidades pecuniarias de quienes sabían hacerlo, la afición a la política, es decir, el grado de politización de la población, sí era notablemente mayor. Esa «cierta clase de gentes» que necesitaba «la lectura periódica» se extendía en el clima de libertad, de expectativas de modernización y de luchas partidarias del Sexenio: La revolución de setiembre de 1869 ha destapado de tal modo las trabas, que ni señales quedan de cortapisas en la imprenta, ni se ven trazas de que pare en lo justo y racional, si por ella por sí no se contiene. Así es que el ansia de escribir raya en monomanía, y por todas partes brotan periódicos diferentes, aún en poblaciones subalternas. Cuenca ha seguido la corriente, y ha improvisado cuatro periódicos, nada menos: dos republicanos, La Bandera y La Vanguardia, y dos neocatólicos, La Juventud Católica y La Honda de David. Por manera, que hace pocos meses en nuestra ciudad, que no llega a 7400 habitantes, salían al público ocho periódicos a la vez; y si bien han desaparecido La Bandera y La Juventud, aún subsisten seis, con muestras de vitalidad. Los dos casi oficiales y el profesional la tienen 22 CaBallero, Fermín, La imprenta en Cuenca. Datos para la historia del arte tipográfico en España, Cuenca, Imprenta de El Eco de Cuenca, 1869, p. 104. 23 lóPez VillaVerde, Ángel Luis y SánCHez SánCHez, Isidro, Historia y evolución de la prensa conquense, 1811-1939, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1998, p. 78. 24 CaBallero, Fermín, La imprenta…, p. 117. 80 eduardo HiGueraS CaStañeda asegurada; los tres políticos, progresista, republicano y católico dependerán de las circunstancias25. El escepticismo de Caballero no era infundado, pero sí exagerado. Algunos de los periódicos que mencionaba, en los que se reflejaba el importante paso que los conquenses habían dado en términos de politización, desaparecieron en poco tiempo. Surgieron, eso sí, otros nuevos que ampliaron aún más el abanico partidario en la ciudad. Sostener una publicación exigía una inversión de tiempo y dinero que pocos podían asumir. El mercado estaba lógicamente limitado por el analfabetismo y la escasez de medios económicos. Pero no lo estaba tanto por un apoliticismo supuestamente generalizado que, lejos de ser la norma, se veía desmentido por las reñidas pugnas por el voto que el proceso de democratización de 1868 había desencadenado26. Aunque es habitual caracterizar a las élites políticas del Sexenio como periodistas, debe reiterarse que el ejercicio del periodismo no era tanto una profesión como una función de los activistas con cierta formación intelectual. De hecho, no era de esperar que un periódico de ámbito provincial generara ganancias, y sí que sus impulsores asumieran las pérdidas que exigía el esfuerzo de propaganda. Ese debió ser el caso de La Bandera, el primer periódico republicano de la provincia de Cuenca. Apareció a fines de noviembre de 1868, poco después de la llegada de Correa a la capital y no mucho más tarde de la propia fundación del Partido Republicano Democrático Federal, tras la escisión de los demócratas monárquicos que siguieron a Nicolás María Rivero27. Son pocas las noticias que han quedado de este periódico y, en su mayoría, se deben al anteriormente citado folleto de Fermín Caballero. Al parecer, lo redactaban «varios estudiantes» y su director, Juan Rabadán, era uno de ellos28. Este semanario desapareció en mayo de 1869, después de veinte y siete números, pero para entonces ya tenía un relevo, La Vanguardia, fundado y redactado por el propio Rabadán y por Pablo Correa y Zafrilla. Al no conservarse ningún número de estos periódicos, no es fácil 25 Ibid. p. 108. 26 SánCHez SánCHez, Isidro, Castilla-La Mancha en la época contemporánea, 1808-1939, Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, p. 115. 27 El periódico, «que venía sosteniendo los intereses de la revolución», dejó de publicarse a primeros de mayo «por no haber sido correspondido por algunos suscriptores que debían ayudarle en la empresa», según informó El Eco de Cuenca, 16 de mayo de 1869. 28 lóPez VillaVerde, Ángel Luis y Sánchez Sánchez, Isidro, Historia y evolución…, pp. 171172. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 81 interpretar por qué sobrevivió La Bandera hasta mediados de año, si desde el 5 de enero ya existía otro periódico de la misma orientación y en el que coincidía alguno de sus redactores. En cualquier caso, puede considerarse que con el periódico de Pablo Correa, que sobrevivió con seis números al mes hasta 1873, comenzó a cobrar cuerpo el Partido Republicano Federal en la provincia de Cuenca29. UN CAMINO FALLIDO HACIA EL CANTÓN MANCHEGO El otoño de 1869 marca un antes y un después en el desarrollo del movimiento federal en Cuenca. Hasta entonces, en la capital, su organización no se había manifestado de una manera autónoma más que en la cabecera de su periódico, La Vanguardia. Tanto en la milicia ciudadana de los Voluntarios de la Libertad, como en las sucesivas convocatorias electorales a Cortes y ayuntamientos, los republicanos trataron de hacerse notar dentro del más amplio espectro liberal de la ciudad. La importante presencia del integrismo católico en la capital siempre determinó la actitud de las diferentes familias liberales y democráticas, si bien estas alianzas evolucionaron al ritmo de las propias divergencias y rupturas entre los partidos que sostenían al gobierno. Desde su llegada a Cuenca, Pablo Correa se sumergió en la vida política de la ciudad. Enseguida se alistó junto a su compañero Julián Garrido en los Voluntarios de la Libertad30, una institución tradicionalmente vinculada al liberalismo avanzado que, tras la Gloriosa, renacía como garante de las conquistas democráticas y como escuela de ciudadanía31. A través de su propia organización, en la que los voluntarios elegían por sufragio secreto a los mandos, se transmitían y practicaban los principios del sistema representativo. Todo ello conjugado con mecanismos que contribuían a reforzar la identidad política del colectivo liberal, desde la identificación del «otro», de los enemigos de la libertad a quienes había que combatir para preservar 29 La Vanguardia se publicó de manera ininterrumpida hasta 1872 y reapareció en 1873, Ibid. pp. 178-179. En septiembre de 1869, El Eco de Cuenca (15 de septiembre de 1869) afirmaba ignorar «el nombre y número de sus redactores e inspiradores». Seguramente exageraban, pero es difícil saber, además de Rabadán y Correa, quienes completaban la redacción de La Vanguardia. 30 AMCU, leg. 613, exp. 1. 31 Véase al respecto el clásico de Pérez Garzón, Juan Sisinio, Milicia nacional y revolución burguesa: el prototipo madrileño, 1808-1874, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1978. 82 eduardo HiGueraS CaStañeda los derechos ciudadanos, hasta la participación en todo tipo de ceremonias cívicas. Tampoco permaneció ajeno al movimiento electoral de la ciudad. Puede, en este sentido, apreciarse cómo su aprendizaje de la vida política democrática partía desde la base. Participó, de entrada, en las sucesivas reuniones de electores liberales en las que se decidieron no solo qué candidatos debían presentarse a las elecciones a Cortes Constituyentes, sino qué principios debían defender en el Parlamento, por medio de fórmulas de mandato imperativo. En diciembre de 1868 estuvo presente en la junta electoral celebrada por los progresistas, unionistas y demócratas, en la que se debatieron «las bases, condiciones y requisitos que [...] debieran adornar a los candidatos que habían de elegirse, y los principios políticos y económicos que ante la asamblea [Constituyente] debían sostenerse a todo trance»32. Esos principios no fueron explicitados por la prensa, salvo en algún caso, como la exigencia de los electores conquenses a sus representantes de que defendieran la libertad de cultos o la de someterse, tras el desempeño de su mandato en las Cortes, «ante una comisión nombrada al efecto a dar cuenta de sus actos y explicar su conducta»33. Era perceptible la radical ruptura que se estaba produciendo entre las convicciones liberales sobre el sistema representativo, basadas en la simple delegación de los electores a sus representantes, y las nuevas pautas que acompañaban a la democracia, como la del mandato. La representación, desde este punto de vista, se consideraba indelegable y el representante debía limitarse a cumplir el objeto concreto que se le había encomendado por sus electores, depositarios de la soberanía nacional34. De igual manera, Correa, se implicó en las refriegas electorales desde los comicios a Cortes de enero de 1869. Conforme al procedimiento electoral que establecía el Decreto de Sufragio Universal de octubre, el primer día de votación los electores debían elegir a los miembros de las mesas, a las que se atribuían competencias básicas para el desarrollo de la elección, incluido el escrutinio. Este primer día de elección conllevaba, a menudo, una pugna más reñida de la que más adelante reflejaban los resultados finales, ya que ese primer resultado parcial, en cierta medida, servía como un fiable 32 El Eco de Cuenca, 3 de enero de 1869. 33 Ibid. 34 miGuel González, Román, «Las concepciones de la representación política en la democracia republicana española del siglo xix», Ayer, 61, 2006, pp. 139-162. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 83 sondeo del recuento final. Correa presentó su candidatura como secretario escrutador de la mesa del primer colegio de la capital, el que correspondía a su domicilio en la calle Zapaterías. La lista liberal en la que figuraba resultó elegida. Lo hizo, eso sí, en segundo lugar y a una considerable distancia de 92 a 169 frente a la candidatura neocatólica, reflejo del fuerte peso clerical que conservaba la vieja ciudad intramuros35. A comienzos de 1869, Correa, a través de La Vanguardia polemizó de manera frecuente con el periódico progresista El Eco de Cuenca36. Era lógico, puesto que en esos mismos momentos se estaba discutiendo la nueva Constitución. El debate, por supuesto, no quedó restringido a las Cortes. Estaba en juego la materialización de las expectativas abiertas por el proceso revolucionario. Desde luego, la secularización de la sociedad, la forma del Estado, la extensión del sufragio o el derecho de asociación eran cuestiones que preocupaban más allá de la Carrera de San Jerónimo. Además, la eclosión periodística y la apertura de nuevos espacios y formas de sociabilidad hicieron que ciudadanos de todos los rincones del país participaran indirectamente en un debate que les implicaba de lleno. Es evidente que no todos quedaron satisfechos con la Constitución que se aprobó en junio. Los republicanos, que habían librado una intensa batalla parlamentaria frente a la mayoría gubernamental y a las oposiciones ultramontanas, no solo lamentaron la aprobación del artículo 33, que completaba el diseño monárquico del Estado, sino el ambiguo reconocimiento de la libertad religiosa37. La polémica fue intensa y favoreció que las posiciones se delinearan definitivamente en cada uno de los principios discutidos en las Constituyentes. En ese contexto, el republicanismo conquense parecía intentar desmarcarse de las restantes orientaciones liberales de la ciudad, con las que había colaborado en las elecciones a Cortes. Ese esfuerzo culminó después del verano, justo en el momento en el que el partido republicano había sentado las bases para su reorganización a nivel regional y nacional con los pactos federales. 35 AMCU, leg. 620, exp. 4. 36 El Eco de Cuenca, 28 de febrero de 1869, 4 de abril de 1869, 8 de abril de 1869, 15 de abril de 1869. Tras el verano, las polémicas subieron de tono. El Eco de Cuenca protestó en su número del 15 de septiembre de 1869 por «las frecuentes provocaciones personalísimas que viene dirigiéndonos La Vanguardia». 37 Pérez roldán, Carmen, El partido republicano federal, 1868-1874, Madrid, Endymion, 2001, pp. 108-109; Fuente monGe, Gregorio de la, «Monarquía y República en la España revolucionaria (1868-1873)», en lario, Ángeles (ed.), Monarquía y República en la España contemporánea, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, p. 221. 84 eduardo HiGueraS CaStañeda Con ellos, como argumentó C. A. M. Hennessy, «la iniciativa del movimiento pasó del partido parlamentario a los federales de provincias»38, aunque no debe interpretarse por ello que los representantes de la agrupación en las Cortes quedaran al margen o fueran desautorizados en este proceso. Lo más relevante de esta serie de asambleas era que con ellas, de un lado, se apuntalaba la estructura del partido, hasta entonces insuficiente para dar soporte a una militancia que en muchas provincias –especialmente las del litoral mediterráneo y la antigua corona de Aragón– era realmente multitudinaria; y, de otro, se ensayaba y prefiguraba una futura organización del Estado conforme a los principios federales39. Constituían, por tanto, un ensayo para la construcción de abajo a arriba de la España democrática y federal. Por otra parte, muchos federales interpretaban que, al votar la monarquía, las Constituyentes habían traicionado a la revolución de Septiembre y, por ello, la voluntad de la nación, de modo que carecían de la legitimidad que, por el contrario, sí reconocían en los pactos40. Por último, tenían una vocación casi pedagógica: se trataba de expandir entre sus bases los hábitos ciudadanos en su formulación republicana y, lógicamente, federal. Tal como años más tarde explicó el mismo Correa: Los pactos tenían por objeto principalmente acostumbrar al pueblo a ejercer la soberanía que le corresponde, y a indicarle el procedimiento propio para realizar la federación, intimando entre sí a los principales republicanos de las provincias y agrupándolas en grandes regiones que sirvieran de base a los futuros Estados o Cantones, de manera que constituyesen uno las cuatro provincias catalanas, otro las de Aragón y así sucesivamente las de Valencia, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Extremadura, Asturias y Galicia, las Vascongadas, etc. etc.41. El primero de ellos se firmó en Tortosa en mayo. Con él se agrupaban las provincias aragonesas, valencianas y catalanas. A su vez, ofrecía un patrón 38 HenneSSy, C. A. M., La república federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal, 1868-74, Madrid, Aguilar, 1966, p. 115. 39 Fernández SaraSola, Ignacio, Los partidos políticos en el pensamiento español: de la Ilustración a nuestros días, Madrid, Marcial Pons, 2009, pp. 133-135; PiqueraS, José Antonio, El federalismo. La libertad protegida, la convivencia pactada, Madrid, Cátedra, 2014, p. 340. 40 GarCía moSCardó, Ester, Roque Barcia Martí. Auge y caída…, pp. 217-220. 41 Correa y zaFrilla, Pablo, «D. Francisco Pi y Margall», en Pi y marGall, Francisco, La federación. Discurso pronunciado ante el tribunal de imprenta en defensa del periódico federalista La Unión, y otros trabajos acerca del sistema federativo, precedidos de una noticia biográfica del autor, Madrid, Imprenta de Enrique Vicente, 1880, p. 20. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 85 que imitaron los pactos de Córdoba, de Valladolid, de Éibar y La Coruña. Tras el último, por iniciativa de Pi y Margall, se convocó una Asamblea general del partido con la intención de sellar un Pacto Nacional. Para ello fueron convocados tres representantes de cada pacto nacional en calidad de mandatarios. Como modelo para la organización de un partido, el sistema de pactos que pusieron en marcha los federales resultaba sumamente coherente y, sobre todo, original, si se tiene en cuenta la tipología de los partidos existentes hasta esa fecha. Frente a las habituales agrupaciones de notables, el republicanismo apostó por articular una estructura considerablemente compleja, en la que los centros locales conservaban un importante grado de iniciativa y autonomía. Pablo Correa asistió junto a Ramón Castellano a Valladolid en junio de 1869 como representante por la provincia de Cuenca para debatir y suscribir el pacto que dio lugar a la Confederación Castellana42. La reunión comenzó con una manifestación a la que concurrieron en torno a 6.000 republicanos, una importante demostración de fuerza que los representantes interpretaron como un «feliz augurio»43. Fueron diez y siete las provincias representadas. A las de las dos castillas, se unían Santander, Logroño y Albacete. El resultado fue un acuerdo en el que trataba de materializarse la «solidaridad unánimemente convenida y aceptada» entre cada territorio firmante. La mutua aceptación y la solidaridad como fundamentos de todo convenio era, de hecho, la base de la organización democrática bajo el prisma federal. El acuerdo diseñaba la estructura del partido en base a «la formación de las Juntas siguientes: municipal o local. -De distrito o judicial. -Provincial. -De Cantón. -De Estado. -Federal. -Suprema». La novedad, frente a otros pactos, era ese nivel intermedio que aparecía entre el partido judicial y el Estado: el cantón. Alguna pista de su naturaleza la daba el propio documento, al explicar la composición de cada organismo: La Junta Municipal se compondrá de los individuos que elija el partido de cada localidad. La de Distrito, de los representantes de cada Junta municipal. La Provincial, de los representantes de cada Distrito. La de Cantón, de 42 Villena eSPinoSa, Rafael, El Sexenio Democrático en la España Rural. Ciudad Real (18681874), Ciudad Real, Instituto de Estudios Manchegos, 2005, pp. 307-308. 43 La Discusión elevaba la cifra a 10 o 12.000 manifestantes, una cifra, con toda probabilidad, exagerada. No obstante, como señaló Rafael Serrano García, esta reunión pública fue seguramente la mayor celebrada en Valladolid «hasta los actos del primero de mayo en las postrimerías del siglo», Serrano GarCía, Rafael, La Revolución de 1868 en Castilla y León, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1992, p. 153. 92 eduardo HiGueraS CaStañeda gobierno, como suele admitirse, desde luego sirvió en bandeja la oportunidad para alcanzar esa meta61. Pero esta estrategia, en realidad, solo sirvió para erosionar aún más la precaria colaboración entre los unionistas de Serrano y los progresistas de Prim. Desde esas fechas, el desarrollo del federalismo en Cuenca fue considerable, pero solo si se tiene en cuenta que el punto de partida se limitaba a la existencia de unos pocos núcleos dispersos por la provincia. Prueba de ello fueron las elecciones municipales de diciembre de 1868, en las que los federales únicamente obtuvieron victorias parciales en un número muy limitado de pueblos. Cuando el Gobierno Civil de la provincia, con el pretexto de la rebelión republicana del otoño de 1869, decidió destituir los ayuntamientos de Belmonte, Bólliga, Chillarón, Laguna Seca, La Pesquera, Puebla del Salvador y Tres Juncos, además de la separación de algunos concejales en Mota del Cuervo, Villar de Cañas y Villar de la Encina, estaba, indirectamente, ofreciendo en negativo un mapa de la implantación republicana en la provincia62. Que dos de los anteriores municipios –La Pesquera y la Puebla– estuvieran familiarmente vinculados a Correa y Zafrilla, resulta muy significativo. Es un índice más del papel que desarrolló en la expansión del republicanismo en Cuenca. Esta labor de propaganda comenzó a dar fruto a costa de todas aquellas expectativas radicales de cambio que el gobierno provisional de unionistas y progresistas dejaba sin atender, desde la abolición de las quintas a la separación definitiva entre la Iglesia y el Estado. No es, por ello, extraño que una parte de los antiguos progresistas, decepcionados por la colaboración de sus dirigentes con la Unión Liberal, terminara por adherirse al federalismo. Así lo declararon los federales de Cañete en septiembre de 1869: El comité republicano de Cañete desea hagamos público que algunos de los individuos de que aquél se compone han militado hasta hoy en las filas del 61 Serrano GarCía, Rafael, «La Primera República: el reto no cumplido de construir un estado federal en España», en Justo G. Beramendi y Xosé Ramón VeiGa alonSo (coord.), Poder y territorio en la España del siglo xix. De las Cortes de Cádiz a la Restauración, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 2014, p. 262; SánCHez CollanteS, Sergio, Sediciosos y románticos. El papel de Asturias en las insurrecciones contra la Monarquía durante el siglo xix, Gijón, Zahorí Ediciones, 2011, p. 62; Fuente monGe, Gregorio de la, Monarquía y República…, p. 220. Un análisis detenido de «la mayor insurrección civil de la España liberal», en miGuel González, Román, La Pasión revolucionaria…, pp. 302-313. La cita en p. 311. 62 Boletín Oficial de la Provincia de Cuenca, 148, 22 de diciembre de 1869. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 93 partido progresista, pero que vista la actitud anti-revolucionaria del Gobierno y de los prohombres del indicado partido, no han vacilado en abrazarse a nuestra bandera, única que consideran capaz de conducir a España a puerto de salvación63. Debe subrayarse que esa declaración se producía justo en el pueblo en el que Correa Zafrilla había ejercido hasta un año antes como abogado, y donde probablemente había dejado amistades y negocios en pie. Podría ser una mera casualidad o quizá, al menos en parte, el fruto de su labor de propaganda. Más clara es su huella en una de las primeras manifestaciones republicanas que comunicó a la prensa nacional un municipio de Cuenca: La Pesquera. Se trataba, en primer lugar, de una adhesión al manifiesto electoral de los federales madrileños, recientemente publicado y, en segundo lugar, de una protesta contra el manifiesto que había difundido el Gobierno. A la vez, declaraban ver «con sentimiento alejado de las urnas electorales, ese joven elemento representante de una nueva idea, que se encuentra entre los veinte y los veinticinco años»64. La expansión de la esfera de la ciudadanía era, a fin y al cabo, una de las principales aspiraciones del movimiento republicano. Entendían que la única finalidad del Gobierno a la hora de fijar la edad para votar en 25 años era cercenar el potencial electorado de los federales. Por otra parte, el manifiesto finalizaba afirmando que «los demócratas republicanos» de la Pesquera «verían con gusto que el Gobierno, fiel intérprete de la opinión pública, decreta[ra] la absoluta separación de la Iglesia y del Estado», otra de las reivindicaciones democráticas que la Constitución de 1869 había obviado. Eran cerca de doscientos, según los datos que ofrecía la prensa, los pesquereños que suscribían esta declaración al grito de «¡Viva la República federal!». Encabezaban las firmas Juan C. Correa y Victoriano M. Correa. Precisamente el primero de ellos, hermano de Pablo Correa y Zafrilla65, aparecería a mediados de año como presidente del comité republicano de la Pesquera66, en el que el propio Pablo figuraba como presidente honorario. 63 La Discusión, 14 de septiembre de 1869. 64 Ibid. 65 Juan Crisóstomo Correa y Zafrilla era nueve años mayor que su hermano Pablo. Había nacido en enero de 1833, según la partida de bautismo que se conserva el Archivo Diocesano de Cuenca, sig. 74/7. En una escritura notarial de marzo de 1863 en favor de Valentín Pérez Montero, uno de los progresistas más activos de Cuenca, para percibir las rentas vinculadas a las ventas de propios, aparecía como alcalde primero de la villa de La Pesquera, AHPCU, p. 3461-3. 66 La Discusión, 18 de junio de 1869; La Igualdad, 26 de junio de 1869. 94 eduardo HiGueraS CaStañeda Pocos meses más tarde, los federales de este pequeño pueblo enviaron al órgano del partido en Madrid, La Igualdad, una suscripción a favor de los republicanos que permanecían en prisión o en el exilio tras el fracasado movimiento insurreccional que habían protagonizado a fines de 1869. El listado, en el que los firmantes, en ocasiones, mostraban su oficio, o se atribuían calificativos para subrayar su identidad política, ofrece matices interesantes sobre el calado del movimiento federal entre las clases populares. A la vez, permite vislumbrar que la esfera de la política no implicaba únicamente a la población masculina: Pedro Belver, federal, labrador, 2.-Benita Correa, id., 2.-Ángel Belver Correa, de dos años, 2.-Vivencia Belver Correa, de ocho años, 2.-Remedios Belver y Correa, de cuatro años, 2.-Victoriano Monteagudo y Correa, joven republicano a lo catalán, 2.-Tomás Malavia, maestro de niños, federal, 4.-Francisco Martínez Lorente, veterano de Espartero, labrador, federal, 2.-Anselma Martínez, federal, 2.-Juan Antonio Saiz, tendero, federal, 6.-Longinos Giménez, labrador, federal, 2.-Ángel Belver, labrador, federal, 4.-Manuel Ávila, federal, 2.-María Pérez, 1.-Margarita Zafrilla, labradora, 10.-Dionisio Terrades, labrador, federal, 2.-Teodoro Terrades, molinero, 2-Una joven federalista, C.M., 25 cénts.-Francisco Gandía, herrero, 50 cs.-Una joven republicana, R.F., 25 céntimos.-Un matrimonio rojo, jornalero, 1.-Julián Montes, zapatero, federal, 1.-Severiano Coronado, jornalero, federal, 1.-Genaro López, jornalero, federal, 50 cs.-Nicasio Gadea, jornalero, federal, 25 cs.-Francisco Caballero, jornalero, federal, 25 cs.-Pablo Correa y Zafrilla, director de la suprimida Vanguardia, 30.-Total, 8467. Jornaleros, pequeños y medianos labradores, maestros de escuela, mujeres trabajadoras, artesanos, tenderos y jóvenes –la aparición de recién nacidos o niños de corta edad no mostraba, por supuesto, nada más que el afán de sus padres por presumir de entusiasmo político–: era el perfil de un movimiento interclasista con fuerte presencia de las capas subalternas de la población que perfectamente podía calar en las áreas campesinas más apartadas. No parece encajar, de este modo, con la tradicional caracterización, actualmente contestada desde numerosos estudios locales, del republicanismo como la ideología característica de la pequeña burguesía radical, residual por la propia debilidad de las capas medias en la sociedad española, y reducidas al contorno de las ciudades más dinámicas desde el punto de vista económico68. 67 La Igualdad, 30 de marzo de 1870. 68 En ese sentido argumenta Peyrou, Florencia, «Spanish republican discourses on the countryside…», quien acierta al advertir, asimismo, que se trata de una cuestión que todavía requiere un importante esfuerzo investigador. Un estudio paradigmático, en este La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 95 Estos datos, por fragmentarios que sean, reflejan cómo el discurso republicano comenzaba a calar de lleno en áreas en las que, hasta entonces, su difusión no había sido inexistente, pero sí limitada. Las propias redes familiares ayudaron a consolidar estos primeros comités, con los que se iría trabando la organización republicana. Basta comprobar los apellidos del anterior listado, en el que figuraba la madre de Pablo Correa, Margarita Zafrilla, para comprobarlo. En Tébar, era Luis Carvajal y Rueda, hermano del conocido activista federal Froilán Carvajal, quien encabezaba el comité republicano constituido en septiembre de 1869. De acuerdo a la Miscelánea Popular de 1872, en Cuenca existían a esas alturas diez y seis comités federales, concentrados, sobre todo, en el área manchega de la provincia69. Estos datos, sin embargo, no son exactos. Un simple muestreo en la prensa federal de los años anteriores permite verificar la existencia de, al menos, una decena más de comités70. Si se comparan estas cifras con las que, en esos momentos, la agrupación tenía en las provincias del litoral, puede parecer un número escaso, aunque no insignificante. También si la comparación se establece con la organización, mucho más extensa, de los progresista-demócratas o radicales y los carlistas conquenses en las mismas fechas. Pero si, por el contrario, se toman como referencia los antecedentes del Partido Demócrata en la década de 1860, es fácil percibir un avance significativo. A la altura de 1870 contaban con un periódico consolidado, un club republicano en la capital y una junta provincial para coordinar la actividad de los centros locales. El presidente de esta última era el propio Correa y Zafrilla, a quien acompañaba uno de los pocos republicanos veteranos de la ciudad, el procurador Gregorio García Blasco, y antiguos progresistas como el comerciante y concejal del ayuntamiento José Baños71. sentido, es el de Jaén milla, Santiago, Entre tierra y plomo…, referido a la provincia de Jaén, donde el movimiento republicano tuvo una importante implantación desde los años del Sexenio Democrático. 69 miGuel González, Román, La formación de las culturas políticas republicanas españolas, 1833-1900, Tesis Doctoral, Universidad de Cantabria, 2004, pp. 374-377. 70 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Radicales y federales…». 71 Ibid. DEMOCRACIA Y POLARIZACIÓN POLÍTICA BAJO LA MONARQUÍA AMADEÍSTA (1871-1873) INTEGRISMO CATÓLICO Y MOVILIZACIÓN ANTICLERICAL EN CUENCA A mediados de 1871, el obispado de Cuenca impulsó un nuevo periódico bajo la enseña «el catolicismo es la libertad, el liberalismo es la tiranía». Esta divisa constituía el núcleo del pensamiento integrista: si la sociedad liberal abría un camino de progresiva secularización, al separar la esfera política de la sociedad civil, y restringiendo la religión al ámbito de la vida privada, las diferentes familias del antiliberalismo no concebían la política fuera de la esfera religiosa y, por tanto, de la iglesia católica. Esta publicación, editada como suplemento semanal del Boletín Diocesano de Cuenca, se llamó La Verdad. Recogía el testigo de cabeceras anteriores como La Juventud Católica o La Honda de David. Prácticamente al mismo tiempo apareció La Bandera Nacional, periódico dirigido por el secretario del comité carlista de Cuenca, Enrique María Cavero1. De este modo, en la capital de la provincia comenzaba a perfilarse un movimiento antiliberal reorganizado bajo la cobertura del clero catedralicio. El propósito de La Verdad consistía en combatir la propaganda anticlerical de la prensa democrática conquense: «Esta revista comenzó a ver la luz pública el sábado 25 de Agosto de 1871, para contrarrestar las doctrinas erróneas de algunos periódicos de esta capital, y muy principalmente para sostener una polémica con el titulado La Vanguardia»2. Es difícil explicar la urgencia clerical por atajar «las aberraciones de las inteligencias extraviadas»3 sin aceptar que las doctrinas defendidas por La Vanguardia o El Eco de Cuenca 1 lóPez VillaVerde, Ángel Luis y SánCHez SánCHez, Isidro, Historia y evolución…, p. 177. 2 La Verdad, 29 de junio de 1872. 3 La Verdad, 5 de agosto de 1871. 98 eduardo HiGueraS CaStañeda habían cobrado un auge considerable en la provincia. Al menos, así era a ojos de los canónigos y sacerdotes que redactaban La Verdad. Al igual que en la mayor parte del país, la pugna entre secularización y clericalismo determinó la vida política de Cuenca prácticamente desde la propia Revolución de Septiembre4. El destronamiento de la reina Isabel II favoreció la concentración de las diferentes familias antiliberales en torno a un nuevo candidato al trono, Carlos María de Borbón, nieto del antiguo pretendiente Carlos María Isidro. En otras palabras, los antiguos neocatólicos, situados en el extremo absolutista de un descompuesto partido moderado, terminaron incorporándose a las filas carlistas. La principal expresión de ese nuevo espacio político fue la Comunión Católico-Monárquica5, una agrupación que se apoyaba en las oportunidades abiertas por el régimen democrático para derribarlo. Ese proceso, sin embargo, no fue inmediato. En Cuenca, hasta mediados de 1870, el amplio espectro social que respaldaba las posiciones integristas carecía de unidad organizativa. Por ello, ni la vía electoral, ni la insurreccional, llegaron a gozar de verdadero respaldo. Tras la sublevación carlista del verano de 1869, que dio lugar a algunas escaramuzas, sabotajes y detenciones en la provincia, El Eco concluyó: «en Cuenca hay mucho carlista, pero casi podemos asegurar que no es gente de armas»6. Por el momento, tampoco lo era de urnas. Desde la primavera de 1870, sin embargo, se sucedieron las muestras de adhesión a la causa carlista. Diversos factores concurrieron entonces para estructurar un potente movimiento católico antiliberal que favorecería, en el extremo opuesto del arco político, la concentración del republicanismo y el progresismo democrático. 4 Para el marco nacional, véase Serrano GarCía, Rafael, «La cuestión religiosa en el Sexenio democrático», en Rafael Serrano GarCía y Sergio SánCHez CollanteS (eds.), El conflicto religioso…, pp. 75-92; alonSo, Gregorio, La nación en capilla. Ciudadanía católica y cuestión religiosa en España, 1793-1874, Granada, Comares, 2014, pp. 291-325; moliner Prada, Antonio, «Anticlericalismo y revolución liberal (1833-1874)», en Emilio la Parra y Manuel Suárez Cortina (eds.), El anticlericalismo español contemporáneo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, pp. 104-121; CallaHan, William J., Iglesia, poder y sociedad en España, 1750-1874, Madrid, Nerea, 1989, pp. 241-264. Es, asimismo, fundamental la aproximación de mira aBad, Alicia, Secularización y mentalidades: el Sexenio Democrático en Alicante (1868-1875), Alicante, Universidad de Alicante, 2006. 5 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «La participación política carlista durante el Sexenio Democrático: el caso de Cuenca», en Ramon arnaBat i mata y Antoni GaValdà torrentS (eds.), Història local. Recorreguts pel liberalisme i el carlisme: homenatge al doctor Pere Anguera, Barcelona, Afers, 2012, pp. 365-376. 6 El Eco de Cuenca, 28 de julio de 1869. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 99 La declaración que desde la capital se envió a La Regeneración para adherirse a los recientes acuerdos tomados por el pretendiente carlista en la junta de Vevey es muy significativa: la firmaban 150 conquenses y, entre ellos, algunos que habían «servido y comido del presupuesto de gobiernos representativos de la ex reina doña Isabel», tal como constataba El Eco de Cuenca7. De hecho, varios de sus firmantes había pertenecido al Ayuntamiento moderado depuesto por la Septembrina. Era un síntoma de que las antiguas clientelas del ministro neocatólico Severo Catalina comenzaban a cambiar de estrategia, uniéndose a la organización carlista, que aparecía como la mejor oportunidad para reconstruir su influencia desde un campo político cercano. El propio Catalina, aunque no de manera pública, viró hacia la causa de Carlos VII cuando la ex reina renunció a sus derechos al trono en favor de su hijo Alfonso en junio de 18708. En esos momentos, animada por estudiantes del Seminario, se inauguró en Cuenca una sede de la Juventud Católica, una entidad dependiente de la Asociación de Católicos, de orientación carlista, que también contaba con una junta provincial9. Pero, quizá, la mayor muestra de vitalidad del movimiento antiliberal conquense tuvo lugar con el regreso del obispo Miguel Payá y Rico tras participar en el Concilio Vaticano I. El palacio episcopal fue, pese a la postura calculadamente ambigua que adoptó el prelado, el principal núcleo del carlismo en la provincia. Prueba de ello fue la campaña periodística que emprendió La Verdad contra La Vanguardia pocos meses más tarde. Una polémica que mantuvo Correa y Zafrilla casi en solitario, ya que su compañero de redacción, Juan Rabadán, acababa de ser desterrado de la ciudad10. A través de las páginas de La Verdad, a modo de negativo, puede reconstruirse la postura no solo favorable a la libertad religiosa, sino abiertamente laicista, que caracterizó al periódico republicano. Así, ya en su primer número, el semanario clerical afirmaba lo siguiente: «Un tanto obligado por ciertas preguntas que le venimos haciendo [desde el Boletín Eclesiástico] para concretar la cuestión, habíase dado a conocer el periódico republicano como hereje y excomulgado». Esas calificaciones no significaban gran cosa, pese a 7 El Eco de Cuenca, 18 de mayo de 1870. 8 uriGüen, Begoña, Orígenes y evolución de la derecha española…, p. 384. 9 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Radicales contra carlistas: la lucha por el espacio público en Cuenca durante el Sexenio Democrático (1868-1874)», Historia Constitucional: Revista Electrónica de Historia Constitucional, 20, 2019, pp. 68-69. 10 La Verdad, 5 de agosto de 1871. 100 eduardo HiGueraS CaStañeda su aparente dureza: el Syllabus o relación de errores que el papa Pío IX había promulgado en 1864 condenaba como herejía considerar que el catolicismo era compatible con el liberalismo, defender la libertad de cultos o entender que la religión era una cuestión reservada a la conciencia de cada cual. «Entre las importantes y trascendentales verdades que nunca estarán bastantemente encarecidas y suficientemente proclamadas –afirmaba La Verdad en un artículo titulado “El liberalismo, la civilización moderna y el catolicismo”–, descuella por su magnitud la de que el catolicismo no puede conciliarse con el liberalismo y la civilización moderna»11. En un nuevo artículo de igual título publicado el 23 de diciembre de 1871, se definía «el liberalismo» como «racionalismo puro, o sea la rebelión de la razón contra la autoridad de Dios y de la Iglesia». Por ello era «inconciliable con el catolicismo, cuya síntesis es la subordinación de la razón a aquellas, o sea la soberanía de las mismas sobre la razón». Por eso La Vanguardia iba, a ojos de La Verdad más allá de la herejía al declarase «francamente racionalista»12. Lo que denunciaba el periódico integrista era el propio fundamento del pensamiento republicano federal. Para Pi y Margall, tal y como había publicado en su libro de 1854 La Reacción y la Revolución, la razón liberada del dogma era el principio del que se deducían el resto de derechos y libertades del individuo. Por ello sostenía que el catolicismo, en la medida que sujetaba la razón a la fe, y la democracia, eran formas de organización social incompatibles13. Desde la óptica del catolicismo político que tomaba como fundamento doctrinal el Syllabus de Pío IX, esa incompatibilidad era, por motivos diametralmente opuestos, incuestionable: No es ya el criterio de La Vanguardia, ni la revelación, ni la autoridad de la Iglesia católica, ni sus enseñanzas, nada de esto. Para el colega no hay otro criterio que el de la razón autónoma, la razón individual, ni otra religión que la religión de la razón. [...] Está visto; eso que se llama religión de la naturaleza, religión de la razón, eso es lo que agrada a La Vanguardia. La religión revelada está demás [sic], le estorba a nuestro contendiente, y se la quita de encima. «Somos racionalistas, dice nuestro adversario, y como tales consideramos a todas las religiones»14. 11 La Verdad, 9 de diciembre de 1871. 12 Ibid. 13 mira aBad, Alicia, «A la revolución por la secularización. Rupturas y continuidades en los discursos republicanos del Sexenio Democrático», Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 55, 2020, p. 10. 14 La Verdad, 5 de agosto de 1871. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 101 Poco a poco se clarificaban las convicciones anticlericales, materialistas y de vocación radicalmente secularizadora que sostenía Pablo Correa y Zafrilla. Convicciones que cabría identificar con lo que Suárez Cortina define, dentro de los diferentes «laicismos federales», como «laicismo extremo»15, siguiendo la línea panteísta de Pi y Margall o directamente atea de Suñer y Capdevila. No era, por otra parte, la única postura ante la religión dentro del movimiento federal, donde también el catolicismo liberal de Emilio Castelar o el laicismo moderado de los krausistas tenían cabida. Este laicismo extremo recuperaba los argumentos del hegelismo de izquierdas contra las religiones reveladas como manifestaciones de un estadio temprano en la evolución social superado por la razón autónoma. De este modo, «religión y ciencia serían la expresión de dos momentos sucesivos y antagónicos de la vida del hombre»16. Razón y ciencia, entendidas como formas de conocimiento incompatibles con el dogma religioso, constituían, por tanto, dos componentes irrenunciables de la modernidad tal y como Correa y Zafrilla la imaginaba: «¡El fundamento único de toda certeza la razón humana! ¡La razón humana, que, independiente del orden sobrenatural, ni es, ni ha sido, ni podrá ser nunca sino el error, la incertidumbre y la duda!», protestaba La Verdad17. Para Correa, la religión era el principal soporte de la reacción –es decir, de todo aquello que atenazaba el progreso de las sociedades– y casi un sinónimo de superstición. La polémica, sin duda, ayudó a Correa a perfilar sus ideas sobre la razón, como precondición de la libertad humana, y de las religiones, como mero producto de la razón. De hecho, algunos de los argumentos que La Verdad recogió, reaparecieron en su libro Democracia, federación y socialismo, esbozado entre 1874 y 1876. En cualquier caso, la polémica entre La Verdad y la prensa liberal-democrática fue solo uno más entre los escenarios donde se representaba una pugna que alcanzó una intensidad alarmante. Carlistas y progresistas radicales, las dos agrupaciones con una mayor capacidad de arrastre social en Cuenca, fueron los principales polos de una confrontación que también se proyectó sobre el espacio público. Un ejemplo claro fue la bienvenida que los carlistas dispensaron al obispo Payá, senador por Guipúzcoa, a su 15 Suárez Cortina, Manuel, Entre cirios y garrotes. Política y religión en la España Contemporánea, 1808-1936, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha y Universidad de Cantabria, 2014, p. 131. 16 Ibid. p. 133. 17 La Verdad, 19 de agosto de 1871. 108 eduardo HiGueraS CaStañeda de la libertad de conciencia, era una puerta abierta que conducía inevitablemente a la revolución social. Por eso, en el momento en el que comenzó el debate sobre la Internacional, La Verdad publicó una serie de artículos en los que, en tono apocalíptico, explicaba cuáles eran, desde su punto de vista, sus orígenes: «por fin ha aparecido el monstruo», comenzaba el primero de ellos35. El propósito de esta campaña, con la que se continuaba el debate contra La Vanguardia, no era otro que «encender en el corazón de nuestros lectores el odio a la Internacional y a su madre, la civilización moderna»36. La AIT, de acuerdo a la visión integrista, había nacido «al calor del liberalismo», se había criado «a los pechos de la masonería» y se había educado «en las escuelas del más bárbaro y repugnante comunismo»37. Lo que, en resumen, planteaba, es que el proceso de secularización iniciado con el derribo del Antiguo Régimen y la construcción de la sociedad liberal era la causa del desarrollo de las ideas socialistas. Desde luego, la masonería tenía muy poco que ver con la creación de la Internacional, aunque no era extraño que el periódico integrista la incluyera en el banquillo de los acusados. Sobre todo si se tiene en cuenta que en esos momentos, por primera vez, se había creado una logia en Cuenca, la llamada Catoniana, dependiente del Gran Oriente de España38. Era un desafío más a la hegemonía cultural y política del clericalismo en la ciudad. No es mucho lo que se sabe de esta logia. Parece que había sido formada por los dirigentes radicales de la ciudad, al calor de la expansión que la sociedad experimentaba desde que Ruiz Zorrilla, líder de esta agrupación, se convirtió en Gran Maestre del Gran Oriente de España en 1870. Por el testimonio de Miguel Morayta, sabemos que Pablo Correa y Zafrilla alcanzó un grado importante en la masonería39, pero no es posible comprobar si se inició en la Catoniana, o bien lo hizo más adelante en Madrid. Es probable, no obstante, que la organización masónica fuera uno de los vasos 35 La Verdad, 28 de octubre de 1871. 36 La Verdad, 25 de noviembre de 1871. 37 La Verdad, 29 de marzo de 1871. 38 Valle Calzado, Ángel Ramón del, y lóPez VillaVerde, Ángel Luis, «Masonería en La Mancha conquense a fines del siglo xix», en Ferrer Benimeli, José Antonio (coord.), La masonería española y la crisis colonial del 98, v. II, Zaragoza, Centro de Estudios de la Masonería Española,1999: pp. 865-878. 39 morayta, Miguel, Masonería española. Páginas de su historia. Memoria leída en la Asamblea del Grande Oriente Español de 1915, Madrid, Establecimiento tipográfico, 1915, p. 215. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 109 comunicantes entre republicanos y radicales y, quizá, los ataques de La Verdad, directamente dirigidos a La Vanguardia, sean una pista al respecto. Más allá de las artificiosas conexiones del internacionalismo obrero y la masonería, el periódico católico denunciaba que La Vanguardia se había declarado «cariñosamente simpática» a la Internacional. No es mucho lo que puede inferirse de los argumentos que el periódico federal utilizó en su defensa, o de la propaganda internacionalista que desplegó en sus páginas. De hecho, solo puede constatarse que esa campaña había comenzado antes del debate sobre la prohibición de la asociación: Por demás estaba que hiciera La Vanguardia esa declaración de cariño para con La Internacional. Tiempo hace la vemos dar cabida a sus peticiones y estatutos; tiempo hace que la vemos abogar por ella y prohijarla; y, aunque así no fuera, la afinidad de sus principios políticos con los de los Internacionalistas, desde luego nos hubiera hecho sospechar de su amor y cariño hacia la candorosa Internacional40. De este impreciso párrafo pueden sacarse algunas conclusiones. En primer lugar, refuerza la idea de que el obrerismo español, en gran medida, se acunó en el movimiento republicano. Por más que en el Congreso Obrero celebrado en Barcelona en junio de 1870 se acordara el rechazo a toda actividad política (en contra del parecer de algunos federales que participaron en el mismo) no es extraño que sus postulados encontraran un cauce de desarrollo en el seno 40 La Verdad, 4 de noviembre de 1871. No era, desde luego, el único periódico federal que reproducía la propaganda internacionalista. Como ejemplo, puede apuntarse la constante defensa de la Internacional que efectuó La Ilustración Republicana Federal, revista dirigida por Rodríguez Solís, sobre todo a partir del verano de 1871. En su número 6, del 23 de julio, se publicó el artículo de J. Roig Minguet «La Asociación Internacional de los Trabajadores» en el que se afirmaba: «La Internacional no es la asociación el terror; no es una asociación de bandidos, de facinerosos. La internacional es todo lo contrario; es la asociación de los hombres útiles, de los trabajadores, de los productores, de los que sudan, de los que no explotan, de los que cultivan la tierra y comen sus peores frutos, de los que tejen las telas y van peor vestidos, de los que edifican palacios y duermen en chozas. [...] La Internacional representa la aspiración del porvenir». El mismo autor firmó una serie de artículos sobre los principios internacionalistas en la fase final de la publicación, a fines de 1872. Además de las series de trabajos de otros federales socialistas simpatizantes de la AIT, como Fernando Garrido, o miembros de la misma, como Francisco Córdova y López, en el número 10, de 20 de agosto de 1871, se reprodujo también una «Carta-manifiesto del Consejo federal de la Región Española al presidente del Consejo (de la AIT)». Es probable que Correa y Zafrilla reprodujera en La Vanguardia los textos que la prensa federal de Madrid difundía. Sobre las conexiones entre la I Internacional y el movimiento republicano en el Sexenio, baste con referir la aproximación de PiqueraS arenaS, José Antonio, La revolución democrática…, pp. 119-146 110 eduardo HiGueraS CaStañeda del federalismo de izquierdas. Por otra parte, las anteriores referencias sitúan a Pablo Correa y Zafrilla como el introductor de las doctrinas internacionalistas en Cuenca, aunque, al contrario que algunos de sus correligionarios, como el manchego Francisco Córdova, o los catalanes Baldomero Lostau y José Rubau Donadeu, no es probable que llegara a pertenecer a la AIT. Ya antes de que el debate de la Internacional ocupara la atención pública, la cuestión de la propiedad y de la igualdad social, habían sido discutidas en la prensa de la provincia. Así lo muestra la polémica que enzarzó, a mediados de 1870, al colaborador de El Eco de Cuenca, Pedro María Valdés, y al republicano Felipe Plaza. Los dos pertenecían a un estrato social equiparable: eran labradores acomodados que habían invertido cantidades moderadas en la compra de propiedades desamortizadas. El primero de ellos argumentaba lo siguiente: ¿Puede negar mi amigo el señor Plaza que en ciertos periódicos de provincias, incluida la nuestra, y de Madrid, y por algunos diputados republicanos se ha venido defendiendo con insistencia la necesidad de averiguar y clasificar la propiedad en legítima e ilegítima? ¿Que algunos han querido sostener, como el filósofo Solón, de que [sic] era preciso que desaparezca lo tuyo y lo mío y que no hay más riqueza que el trabajo?41 Ese periódico que en la provincia de Cuenca defendía que no había «más riqueza que el trabajo» y discutía no solo la legitimidad o ilegitimidad que emanaba de la reforma agraria liberal, sino el propio concepto liberal de propiedad, no podía, lógicamente, ser otro que La Vanguardia. Desde luego, la crítica a la desamortización, a la concentración de la propiedad agraria o a la manera en que se abordó la abolición del régimen señorial, favorable siempre a los antiguos señores, era una cosa; defender la desaparición de «lo tuyo y lo mío», era otra muy diferente. En lo primero habrían coincidido todos los republicanos y muchos progresistas. De lo segundo, se infería un posicionamiento favorable a la colectivización de la tierra, en la línea que propugnaba la Internacional. Correa y Zafrilla defendería abiertamente esta postura en su obra madura. Pese a que no se han conservado ejemplares de La Vanguardia que permitan probarlo, parece que también lo hizo en sus primeros escarceos periodísticos. 41 «Contestación al ciudadano Plaza», en El Eco de Cuenca, 28 de mayo 1870. La polémica se inicia el 18 de mayo de 1870. Es, asimismo, interesante la respuesta de Plaza en su respuesta «Observaciones a la contestación de don Pedro María Valdés», El Eco de Cuenca, 11 de junio de 1870. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 111 Las investigaciones de Esteban Barahona han mostrado el limitado desarrollo del internacionalismo en la actual región castellano manchega42. Esa debilidad organizativa se debió, ante todo, en la inexistencia «de una infraestructura económica que diera ocupación a un número importante de obreros»43. Un espacio económico preindustrial, de base agraria y artesana no podía ser, desde su perspectiva, el caldo de cultivo para el desarrollo del obrerismo44. Dentro de ese espacio, la provincia de Cuenca era la única que no ofrecía ninguna noticia sobre la implantación de la AIT, más allá de la casi anecdótica visita de la redacción de El Eco de Cuenca a la de El Condenado, periódico internacionalista de Madrid, en marzo de 187245. El mismo autor apunta, por otra parte, la necesidad de situar el foco en el movimiento republicano para calibrar mejor la expansión del pensamiento socialista. Perno se trataría solamente de verificar cómo los primeros propagandistas de la Internacional trataron de atraer a los federales a su organización, sino de comprobar de qué manera asimiló la cultura republicana las novedades que traía la literatura política internacionalista. En este sentido, podría afirmarse que la incidencia del internacionalismo en provincias como Cuenca fue leve si se mide en términos de sociedades adheridas o grupos de afiliados. Pero lo fue algo menos en cuanto a la huella que imprimió en un importante sector del movimiento federal. Pablo Correa y Zafrilla constituye un perfecto ejemplo de ello. LAS CONTIENDAS ELECTORALES DE 1871-1872 El desarrollo del movimiento republicano en Cuenca, como se ha reiterado, fue tardío y débil en comparación con otros puntos de España, aunque no irrelevante. Su evolución puede medirse, en gran medida, en los múltiples procesos electorales que se sucedieron en el periodo democrático. Es cierto 42 «La fuerza de la I Internacional en Castilla-La Mancha, comparada con el resto de España, era minúscula, tanto en número de localidades con federaciones constituidas o en constitución, o en número de adheridos», explica eSteBan BaraHona, Luis E., La I Internacional en Castilla-La Mancha, Madrid, Celeste, 1998, p. 108. 43 Ibid., p. 81. 44 Villena eSPinoSa, Rafael, «¿Obreros poco conscientes? Orígenes del movimiento obrero en Castilla-La Mancha (1868-1900)», en ortiz HeraS, Manuel; ruiz González, David y SánCHez SánCHez, Isidro (coords.), Movimientos sociales y Estado en la España contemporánea, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, p. 504. 45 eSteBan BaraHona, Luis E., La I Internacional…, p. 83. 112 eduardo HiGueraS CaStañeda que el recuento de votos no tiene por qué dar un índice exacto sobre las dimensiones de un movimiento político, más aun si se tiene en cuenta que el fraude electoral tuvo una importante incidencia en las convocatorias electorales de 1871 y marzo de 1872. Aun así, en esos flujos de votos pueden verificarse determinadas tendencias que ayudan a calibrar los apoyos del federalismo, así como el papel de Correa y Zafrilla en la vida política de la provincia. Su nombre, junto los de Ramón Castellano y Agustín Quintero, estuvo presente en prácticamente todas convocatorias electorales desde 1871. No solo es una prueba de su centralidad en el republicanismo conquense, sino de la escasez de candidatos disponibles que adolecían los federales en ese espacio. Debe recordarse que en las elecciones municipales de diciembre de 1868 y en las de enero de 1869, a Cortes Constituyentes, en vez de presentar candidaturas propias, se limitaron a intervenir en las reuniones de electores para designar a los candidatos. Dos años después, sin embargo, contaban ya con una estructura organizativa y propagandística que les permitía jugar sus propias bazas, aunque tuvieran escasas opciones de victoria. Las elecciones a diputados provinciales de febrero de 1871 fueron las primeras de la monarquía de Amadeo de Saboya. Con ellas, se sustituía a los diputados designados por las autoridades revolucionarias en los primeros momentos de la Gloriosa. Para los republicanos conquenses, fue una prueba de toque que deparó unos pobres resultados. Pero, a la vez, revelaban algunos núcleos reseñables de electores. Pablo Correa y Zafrilla fue designado por los distritos de Campillo de Altobuey y Villamayor de Santiago46. En el primero obtuvo poco más del 23 por cien de los votos frente a un rival que, por otra parte, contaba con el decisivo apoyo del gobierno civil. Su hermano, Pedro Correa y Zafrilla, muy próximo a los progresistas radicales, fue vencido en Los Hinojosos por el unionista Isidro Luz y Fonseca. Las candidaturas de Ramón Castellano en Mota del Cuervo y de Felipe Plaza en Villarejo de Fuentes no gozaron de mejor suerte, aunque el primero sí obtuvo un margen algo superior de votos. En la capital, los resultados de Gregorio García Blasco, a quien La Vanguardia definía como «el incansable decano de los republicanos de esta provincia, el austero ciudadano que desde el año 43 viene defendiendo nuestras 46 En Villamayor, obtuvo un paupérrimo 0,5 de los sufragios, una cifra quizá indicativa de un fraude electoral a gran escala. Recibió también algunos votos sueltos en Landete. Los resultados se desglosan en El Eco de Cuenca, 11 de febrero de 1871. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 113 ideas con admirable constancia», fueron aún más discretos, con un 3 por cien de los votos, frente al 42 por cien del radical Francisco Gómez Pérez, y el 54 por cien del progresista disidente Ramón Mochales. Estas cifras, sin embargo, pueden explicarse por el propio desarrollo de las elecciones. En ellas, por primera vez, se habían enfrentado progresistas radicales y conservadores. Los segundos, en Cuenca, recibieron el apoyo de los unionistas, sus aliados naturales, pero también de los carlistas, que había comprendido la ocasión de favorecer la escisión de los liberales. Ese movimiento llevó a los republicanos a retirar su candidatura y apoyar a los radicales. Un movimiento similar se verificó en Huete, donde los federales «siguiendo el consejo de El Pueblo y las indicaciones de La Vanguardia de no prestar auxilio a elementos retrógrados» dieron sus votos al candidato progresista-demócrata, Anselmo de Cuenca47. Es muy probable que lo mismo hubiera sucedido en Cañete, uno de los bastiones del carlismo provincial. A pesar de que los federales habían anunciado la candidatura de Pedro López Arrazola para este distrito, fue el progresista Victoriano Pelegrín quien se enfrentó, seguramente con el apoyo de los votantes republicanos, al candidato carlista. Debe, en cualquier caso, subrayarse la centralidad que el periódico de Correa había adquirido en la provincia, hasta el punto de marcar las pautas electorales de los militantes en poblaciones tan relevantes como Huete. En marzo de ese mismo año se celebraron las elecciones a Cortes. Al contrario de lo ocurrido en los recientes comicios a diputados provinciales, las generales se plantearon como un plebiscito sobre la monarquía democrática. Por ello, ante la más que previsible injerencia ministerial sobre las operaciones electorales, carlistas y republicanos alcanzaron un pacto de coalición. Se trataba, sin duda, de una alianza tan sorprendente como difícil de digerir para la militancia de ambas agrupaciones. De ello dio cuenta la comunicación que los federales de San Clemente hicieron llegar a El Eco de Cuenca: «los republicanos federales de este distrito no deben, no pueden, no se unirán nunca con todo partido no liberal para el logro de sus aspiraciones»48. Al parecer, el comité carlista de Cuenca trató de llegar a un acuerdo electoral con los republicanos de la capital, que se negaron a ello. Correa 47 El Eco de Cuenca, 11 de febrero de 1871. 48 El Eco de Cuenca, 18 de marzo de 1871. 114 eduardo HiGueraS CaStañeda defendió la necesidad de seguir la estrategia nacional del partido y sellar el pacto. Finalmente, se decidieron a presentarse en solitario, a pesar de la severa derrota de las elecciones provinciales. Según el periódico progresista El Eco de Cuenca, lo hacían «por dar señales de vida»49 y sin verdaderas esperanzas de imponerse a la candidatura ministerial. De nuevo, mostraron la incapacidad de postular candidaturas en todos los distritos, lo que reflejaba un déficit en los cuadros dirigentes republicanos conquenses. Afrontar una elección, para el candidato, exigía entre otras cosas contar con recursos patrimoniales –algo de lo que no andaba sobrado un abogado de provincias, sin rentas agrarias, como Correa–, el patrocinio de algún notable o una red de influencias importante. No era el perfil más habitual en las organizaciones republicanas. Desde luego, ninguno de los candidatos conquenses contaba con ese tipo de recursos. Incluso en unas elecciones escasamente intervenidas por las autoridades, era necesario invertir tiempo, contactos y dinero en una cantidad considerable, aunque solo fuera para hacer circular la propaganda en una provincia de población enormemente dispersa, para enviar papeletas impresas a los colegios, para sufragar la estancia en la capital de los compromisarios que enviaban los pueblos con las actas para el escrutinio general o para vigilar, a través de emisarios, el desarrollo normal de la elección. Pero las elecciones de marzo de 1871, además, representaron un importante incremento del fraude electoral a base, sobre todo, de la sistemática intervención del gobierno. En esas condiciones, era natural que los republicanos, desligados del resto de las oposiciones, no aspiraran a mucho más que a «dar señales de vida». Ni Correa, por la capital, ni Agustín Quintero, en el distrito de San Clemente, ni Ramón Castellano, en el de Tarancón, lograron plantar cara al gobierno o a la oposición carlista, allí donde concurrió. Por el contrario, la Comunión Católico-Monárquica sí logró demostrar apoyos significativos en los distritos de San Clemente, Motilla y Cañete. Aunque la junta carlista había decidido también presentar al canónigo lectoral de la Catedral, Juan María Valero, por el distrito de la capital, terminaron retrayéndose. La pugna entre carlistas y demócratas en Cuenca tendría lugar, sin embargo, pocos meses más tarde, en las elecciones municipales celebradas en diciembre50. 49 El Eco de Cuenca, 11 de marzo de 1871. 50 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «La participación política carlista...». La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 115 Aunque la renovación de los ayuntamientos estaba prevista para comienzos de año, el gobierno decidió retrasarla hasta que se verificaran las elecciones a Cortes. La intención era mantener su dominio sobre los poderes municipales y, de este modo, controlar mejor el proceso electoral. En esos momentos, precisamente, se vislumbraba ya una nueva convocatoria general a Cortes. La ruptura del partido progresista-democrático entre sagastinos y radicales terminaba de verificarse. Los primeros ocupaban el poder. Ante la imposibilidad de contar con el apoyo de las Cortes, trataron de asegurarse el decreto de disolución y fabricarse una mayoría favorable. Una nueva demora de las elecciones municipales, en esos momentos, era injustificable. Pero, además, nada garantizaba al gobierno la fidelidad de los ayuntamientos existentes. A pesar de que los progresistas sagastinos tenían el control del ayuntamiento y habían escalado posiciones en la Diputación Provincial, carecían de fuerza para presentarse a las municipales. Por el contrario, aparecieron únicamente dos candidaturas. Según El Eco de Cuenca, «la batalla se [libraba] solo entre radicales y carlistas»51, pero no era del todo cierto. Las listas electorales mostraban que la candidatura radical era, en realidad, de coalición. Continuando una inercia de colaboración electoral que se había iniciado a comienzos de ese año, los republicanos prestaron su apoyo a la agrupación progresista-democrática, cuya implantación en Cuenca era mucho más profunda. En esta ocasión, sin embargo, no se limitaron a dar sus votos a los candidatos radicales, sino que pactaron un reparto de puestos en las listas. Dicho reparto era proporcional al calado de cada una de las agrupaciones en la capital. De los dieciséis puestos a elegir, correspondían dos a los federales. Pablo Correa y Zafrilla se presentaba en el colegio de San Francisco, mientras que su correligionario Pedro López Arrazola, muy próximo a los radicales, lo hacía por el de las Escuelas. Fue, precisamente, el primero de dichos colegios el único en el que la coalición democrática de radicales y republicanos logró vencer a la candidatura católico-monárquica. No obstante, los carlistas presentaron protestas contra la capacidad legal de Correa y Zafrilla, alegando que el candidato republicano no cumplía el requisito de llevar cuatro años empadronado, tal como exigía la Ley electoral de 187052. 51 El Eco de Cuenca, 9 de diciembre de 1871. 52 AMCU, l. 613, exp. 2, hojas 140-159. 116 eduardo HiGueraS CaStañeda Es posible constatar que Pablo Correa había solicitado la vecindad antes del 26 de diciembre de 1868, día en que su solicitud fue admitida, de modo que llevaba residiendo prácticamente cuatro años en Cuenca. No obstante, la Diputación Permanente, encargada de resolver las protestas, decidió anular el acta del periodista republicano. Un progresista radical fue su sustituto al repetirse la elección en enero de 1872. El resultado general no cambiaba gran cosa: por un margen de solo 85 papeletas, los carlistas obtuvieron 11 concejales frente a cuatro de la coalición radical-republicana. El Eco de Cuenca ofreció el siguiente diagnóstico de la derrota: Ha votado todo el clero catedralicio y parroquial, los sacristanes, los acólitos, los músicos, los cantores y familiares, fámulos y seminaristas de San Julián y San Pablo, y todo el que con su sufragio ha tenido a bien ejercitar su derecho, excepto el señor arcediano, el señor abad y el señor obispo, si bien con las influencias propias de su carácter han visitado a todas o la mayor parte de sus humildes ovejas, y mandado recaditos de atención, envueltos con alguno que otro apercibimiento, llevando muchos electores que antes votaron a Catalina, a Coronado y a Flaguera; en una palabra, alfonsinos unos y montpensieristas otros53. En otras palabras, la alianza tácita entre liberales conservadores, alfonsinos y ultracatólicos que había favorecido a los primeros en las elecciones provinciales, se había volcado ahora con la candidatura carlista. El Eco no olvidó manifestar su «sentimiento de gratitud hacia los republicanos que liberal y espontáneamente [habían acudido] en nuestra ayuda en las últimas elecciones». Puede dudarse de esa espontaneidad, dado que les abrieron un hueco en las listas como pago de su apoyo, aunque sí era cierto lo que a continuación reconocía el periódico radical: «en todas las ocasiones en que la reacción apresta sus armas contra la libertad, los federales se ponen al lado nuestro»54. No era extraño que esta coalición entre «elementos afines»55 se reeditara de cara a los siguientes comicios a Cortes. Pero sí lo era que, tras la borrascosa contienda de las municipales de diciembre-enero, el pacto se extendiera a los mismos carlistas. La llamada «coalición nacional» de marzo de 1872 no fue más que un acuerdo coyuntural de las oposiciones contra el gobierno de Sagasta, ante la seguridad de que los medios fraudulentos con los que las autoridades 53 El Eco de Cuenca, 13 de diciembre de 1871. 54 Ibid. 55 El Eco de Cuenca, 3 de enero de 1872. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 117 afrontarían las elecciones serían, como mínimo, igual de graves que en las elecciones de 1871. Radicales, republicanos y carlistas acordaron pactar en cada circunscripción el candidato que, a la vista de anteriores resultados, tuviera mayores opciones de vencer al gobierno. Para el distrito de Cuenca, se decidió presentar al abogado Manuel García Rodrigo, yerno de Cándido Nocedal, líder nacional de la Comunión Católico-Monárquica, quien había obtenido unos resultados relativamente buenos en el distrito de Cañete un año antes56. Era, pese a todo, complicado que la militancia radical y federal prestara su apoyo a un carlista. En cualquier caso, frente a las previsibles maniobras electorales de Sagasta, albergaban pocas esperanzas de victoria. Así lo reflejaba un diálogo entre algunos radicales y Correa y Zafrilla, reproducido por El Eco de Cuenca. El propagandista conquense acababa de regresar de Madrid, donde había asistido a la segunda Asamblea del Partido Republicano Federal como representante de su provincia. No es posible saber si su voto estuvo entre los 83 que aprobaron la participación en las elecciones, o bien se sumó a los 35 que rechazaban la coalición y aposaban por el retraimiento electoral57. Merece la pena reproducirlo en de forma íntegra: —Zafrilla, ¿Qué hay de la Coalición?... V. que en calidad de emisario republicano acaba de llegar de la corte, nos puede contar algo de nuevo y de cierto. —Lo que puedo contar a VV., todos lo saben: el telégrafo y la prensa me han tomado la delantera; sin embargo, por más que en ello repita, diré que la coalición está hecha en buena armonía, y que la lucha está solemnemente declarada. Con las armas podremos vencer al gobierno, con el sufragio él nos vence. ¡Es cosa segura! —Señores: oí el parecer razonado de varios jefes de cada fracción: todos convenían en que de las urnas había de salir, con la bandera del triunfo nuestro, la tempestad votiva de aversiones contra el Gobierno. Uno solo, mesurado y perspicaz, como el que más, sostenía la opinión diversa. Era Figueras, el cual adujo razones contundentes para probar su dictamen en contra. Figueras conocía muy a fondo a Sagasta, y a todos sus compañeros de gabinete, y a todos sus satélites de gobierno; y Figueras, con el aplomo del gran táctico, y con la severidad del crítico profundo y sin dobleces, decía: «Cuando más obtendremos una minoría, que haga imposible la mayoría de reacción». 56 Tuvo 1696 votos frente a los 5009 de Manuel Henao y Muñoz, una cifra discreta si no se tiene en cuenta la importante presión gubernamental para decantar las elecciones en favor del segundo. Los resultados en El Eco de Cuenca, 15 de marzo de 1871. 57 La Igualdad, 4 de marzo de 1872. LAS CORTES CONSTITUYENTES DE LA PRIMERA REPÚBLICA LA PROCLAMACIÓN DE LA PRIMERA REPÚBLICA EN CUENCA L a táctica benevolente resultó más exitosa que las intentonas insurreccionales ensayadas por los republicanos a fines de 1872. Los enfrentamientos entre los propios partidos dinásticos terminaron abriendo las puertas de la República. Fue, sobre todo, el propósito del gobierno radical de abolir la esclavitud en Puerto Rico lo que terminó de tensar la situación. Los conservadores agitaron el pretexto de la unidad territorial, amenazada por la guerra de independencia que se libraba en Cuba desde 1868, para evitar cualquier tipo de alteración en el régimen colonial y preservar, de este modo, el statu quo de los negreros. Su propósito era derribar el gobierno de Ruiz Zorrilla. Dado que por la vía parlamentaria era imposible lograrlo, amenazaron con el pronunciamiento militar, conscientes de que por el camino podían llevarse el trono1. Gran parte de los dirigentes y militantes radicales, a esas alturas, desconfiaban del monarca. Creían que la presión conservadora podía encontrar el respaldo del rey y dar al traste con las leyes que en esos momentos se estaban tramitando en las Cortes. De ahí que vieran con buenos ojos la posibilidad de una república que hiciera imposible el bloqueo conservador, aún a costa de prescindir del trono. Amadeo I, consciente de que se encontraba entre la espada y la pared, se adelantó a las circunstancias y renunció a la corona el 11 de febrero. La andadura de la Primera República comenzaba con el paso marcado por unas Cortes de mayoría radical, presididas por el 1 PiqueraS arenaS, José Antonio, La revolución democrática… pp. 479 y ss., e HiGueraS CaStañeda, Eduardo, Con los Borbones, jamás…, pp. 266 y ss. 126 eduardo HiGueraS CaStañeda demócrata Cristino Martos, y un gobierno de coalición con el líder federal Estanislao Figueras al frente. Aunque en algunos puntos de España, sobre todo en Andalucía, los federales saludaron la República formando Juntas Revolucionarias y destituyendo a las autoridades municipales, puede constatarse que en Cuenca el cambio de régimen fue bienvenido por el ayuntamiento de mayoría radical2, sin que los federales hicieran otra cosa que ofrecer su respaldo para garantizar la normalidad institucional. Su actuación, en este sentido, era coherente con la trayectoria que unos y otros habían mantenido en los meses anteriores. Por eso, también la escala local permite comprobar actitudes muy diferentes a las que siguieron los dirigentes nacionales del Partido Radical. A fines de marzo de 1873 radicales y republicanos celebraron una reunión conjunta en el Círculo Popular de Cuenca. El cambio en el escenario político no había cogido desprevenidos a los primeros, que desde fines de 1871 mostraban de una manera apenas disimulada su simpatía por una república unitaria, ante el desencanto con la monarquía de Amadeo de Saboya. Para los radicales conquenses, la proclamación de la República era la mejor vía para sortear las resistencias conservadoras, tal como manifestaron en la reunión mencionada, y lograr la aprobación de «los liberales y humanitarios proyectos que presentó a las Cortes el gobierno radical, con la abolición de la esclavitud y matrículas de mar». Significativamente, el título del artículo en el que se reseñaba la reunión era «El partido republicano de Cuenca»3, dando a entender que ya no existían diferencias entre federales y progresistas radicales. Aunque en ningún momento se llegó a unificar el movimiento democrático en la ciudad, la conversión republicana de los radicales significaba algo más que una simple maniobra de supervivencia o una demostración de aséptico respeto institucional. Por el contrario, federales y radicales alcanzaron un entendimiento que se reafirmó en las sucesivas crisis de la Primera República. Incluso, cabría apuntar que esa cercanía entre los dos sectores, pese a las profundas diferencias culturales y programáticas, fue una de las claves del movimiento republicano en los años que seguirían al derrumbe 2 Los ayuntamientos se habían renovado en octubre de 1872. En Cuenca, los radicales concurrieron sin oposición ante el retraimiento de los carlistas y los constitucionales, aunque en sus listas figuraban, en minoría, candidatos republicanos como Pedro López Arrazola. AMCU, leg. 613, exp. 3 y El Eco de Cuenca, 1 de junio de 1872. 3 El Eco de Cuenca, 29 de marzo de 1873. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 127 del Sexenio. Era, en cualquier caso, el momento de los federales. Así lo entendieron los dirigentes locales del Partido Radical, que se comprometieron a apoyar las candidaturas a diputados constituyentes de los primeros: Comprendieron los [radicales] que, dado el nuevo sistema o forma de gobierno, corresponde su desenvolvimiento a los últimos, coadyuvando a ello leal y enérgicamente, el antiguo partido radical, como soldados fieles a la causa de la libertad y de las reformas; y aquellos, deferentes con sus nuevos correligionarios de la capital, manifestaron su deseo de fusionarse, y formar comités mixtos electorales, teniendo unos y otros participación en todas las corporaciones populares4. Pablo Correa y Zafrilla habló en representación de los federales para impulsar la fusión entre los republicanos y los radicales a escala provincial. De entrada, consideraba necesario comenzar por la reorganización de la milicia ciudadana, hasta entonces un puntal en la estructura del progresismo-democrático local. En efecto, la proclamación de la República en Cuenca había sido recibida con un importante incremento en el número de Voluntarios de la Libertad, de tendencia unánimemente radical. En este sentido, parecía aconsejable «republicanizar» la institución desde las bases de la proyectada unión radical-republicana. El propio Correa se postulaba para comandar la fuerza ciudadana. No tuvo éxito, pero los 109 votos que obtuvo frente a los 125 de su rival, el progresista Isidoro Arribas, mostraba el avance del republicanismo en la capital5. Debe recordarse que en 1869, los voluntarios que se declararon republicanos apenas pasaban de la decena. Era, por otra parte, la primera vez que se cuestionaba la hasta entonces indiscutible primacía de Arribas sobre una milicia que dirigía desde su organización a fines de 18686. Con el cambio de régimen, los apoyos del republicanismo y del radicalismo se equilibraban. Prueba de ello fue la elección de algunos candidatos federales para los cargos de subcomandante y capitán7. Por otra parte, que Pablo Correa optara a la comandancia de los Voluntarios, no hacía más que subrayar su creciente 4 El Eco de Cuenca, 29 de marzo de 1873. 5 El Eco de Cuenca, 2 de abril de 1873. 6 Barquín armero, Jesús Sinesio, Los voluntarios de la libertad… 7 Por pocos votos, los republicanos José Baños, Gregorio García Blasco y Pedro López Arrazola fueron elegidos segundo comandante, capitán ayudante y capitán de la tercera compañía, respectivamente, según El Eco de Cuenca, 2 de abril de 1873. Los radicales obtuvieron el resto de los mandos, y casi la totalidad de los cargos de menor importancia de acuerdo a El Eco de Cuenca, 9 de abril de 1873. 128 eduardo HiGueraS CaStañeda liderazgo sobre el republicanismo conquense. Su labor como propagandista comenzaba a dar fruto. A ello contribuyó, también, la reaparición en abril de La Vanguardia, que había dejado de publicarse pocos meses antes. El 23 de abril de 1873 significó, a nivel nacional, una cesura en el rumbo de la república. Algunos de los principales dirigentes del Partido Radical, como Cristino Martos, se pusieron de acuerdo con el general Serrano y trataron de hacer prevalecer la Comisión Permanente de la Asamblea Nacional sobre el gobierno federal, utilizando la milicia ciudadana de Madrid como herramienta de presión política. Pi y Margall supo maniobrar con habilidad desde el ministerio de la Gobernación para hacer fracasar el golpe. Desde ese momento, la iniciativa política quedó definitivamente en manos del gobierno y del Partido Republicano Federal, mientras que los radicales quedaron disueltos entre los propósitos insurreccionales de una parte de los dirigentes y la inclinación republicana de un amplio sector de la militancia. Este último fue el caso de Cuenca, donde el golpe solo ayudó a estrechar la colaboración entre federales y radicales: Nosotros –afirmaba El Eco de Cuenca– estamos resueltos a ayudar a la República hasta su consolidación, y no cejaremos un instante en nuestro propósito de aunar y fundir voluntades republicanas. ¿cómo hemos de aceptar hoy como buena y conveniente a la actual situación la actitud de esa fracción del partido radical que adopta el retraimiento, y así desampara a la República, sólo porque algunos de sus hombres en su sentir se hayan extralimitado en el poder? [...] escitamos a todos nuestros correligionarios a que acudan a las urnas a emitir su voto en favor de los republicanos designados previamente por el cuerpo electoral8. Unos y otros concertaron reuniones públicas para subrayar la lealtad a las nuevas instituciones, tal y como informó La Discusión: «Reunidos en Cuenca el partido radical y el republicano han verificado una manifestación numerosa con el mayor orden y tranquilidad, y ofrecen al Gobierno decidido apoyo»9. Justo en esos momentos habían comenzado a sucederse las asambleas de electores conjuntas de las dos agrupaciones para decidir las candidaturas por los diferentes distritos de la provincia. Así, en la «reunión electoral republicana», celebrada en el círculo radical, el presidente local del Partido Progresista Democrático, Isidoro Arribas, se felicitó por «la sincera unión de los elementos del partido republicano, la conveniencia de seguir 8 El Eco de Cuenca, 10 de mayo de 1873. 9 La Discusión, 26 de abril de 1873. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 129 una política francamente republicana conforme a los precedentes sentados por el partido»10. Conforme a lo acordado en anteriores reuniones, los radicales se comprometieron a apoyar a los candidatos federales. En la capital, se postuló el antiguo presidente de la Junta Revolucionaria provincial de Cuenca, Ramón Castellano, compañero de Correa y Zafrilla tanto en los pactos federales como en las asambleas nacionales de su agrupación11. Más dificultades ofreció la designación del propio Correa, que había optado por presentarse en el distrito electoral al que pertenecía su pueblo natal: A la [reunión electoral] de la Motilla [del Palancar], celebrada el miércoles último, no asistieron tampoco más que nueve representantes de treinta y tantos pueblos que comprende el distrito, y no hubo sesión formal: creemos serán nuevamente convocados al efecto para tomar acuerdo definitivo, si bien se nos asegura que está aceptado por la mayoría de los electores de dicha circunscripción Don Pablo Correa y Zafrilla12. Las elecciones se celebraron en mayo. Con 4176 votos a favor de los 4177 emitidos –un voto suelto recayó en el radical Francisco Salmerón– y una abstención que rondaba el 60 por ciento, Pablo Correa, a sus 31 años, se convirtió en diputado Constituyente13. Así culminaba la larga secuencia de reveses que había caracterizado su trayectoria electoral. No debe, en cualquier caso, infravalorarse el resultado de estos comicios. Es cierto que los candidatos republicanos concurrieron sin oposición, pero habían sabido, a través de su acción política en el periodo precedente, asegurarse el apoyo de la militancia radical, a la vez que ensanchaban sus bases. El índice de participación, en aquel contexto, no era tan bajo como podía parecer a primera vista. Carlistas y constitucionales habían apostado a deslegitimar las nuevas Constituyentes con el retraimiento, de modo que el valor de la abstención debe medirse en términos activos. Así lo muestra la información que recogía El Eco de Cuenca: «Las noticias recibidas hasta ahora dan ya a conocer con bastante claridad, que el retraimiento adoptado por los partidos conservadores, se llevó a cabo desgraciadamente en todas partes con admirable exactitud». El periódico progresista, por otra parte, se felicitaba de la limpieza electoral vivida en la provincia: «en ninguna parte 10 El Eco de Cuenca, 10 de mayo de 1873. 11 El Eco de Cuenca, 23 de abril de 1873. 12 El Eco de Cuenca, 19 de abril de 1873. 13 Archivo del Congreso de los Diputados, Serie Documentación Electoral, leg. 74, 17. 130 eduardo HiGueraS CaStañeda que sepamos, se ha cometido el menor exceso ni desafuero, habiendo velado las autoridades constantemente porque el derecho de todos sea respetado, como así ha sucedido en efecto»14. En la anterior convocatoria, Vicente Romero Girón se había impuesto en el mismo distrito a su rival, el unionista Manuel Henao y Muñoz, con 4.604 votos a favor. Correa, a pesar de que se presentaba sin oposición, tuvo únicamente 500 votos menos que su predecesor, un dirigente radical que, al contrario que él, gozaba de una importante influencia económica y familiar en la comarca15. Es cierto que la participación de 1873 no fue elevada –en abril de 1872 se habían registrado casi 8000 votos–, pero representaba a un margen importante de electores que, quizá por primera vez en el periodo democrático, no habían tenido que enfrentarse a las presiones caciquiles o las maniobras gubernamentales para depositar su voto en las urnas. El relevo institucional se completó en julio con la elección de concejales. En esta ocasión, federales y radicales presentaron listas separadas. Pero se trataba, simplemente, de una ficción de rivalidad. El segundo día de votación, los candidatos radicales se retiraron y, a pesar de que hasta ese momento tenían mayoría de sufragios, dejaron la puerta abierta al Partido Federal para hacerse con el control del Ayuntamiento. El análisis de las candidaturas, en este sentido, ofrece algunas conclusiones interesantes a la hora de evaluar las diferencias sociales entre unos y otros. Entre los radicales, predominaban los individuos censados como propietarios. En ocasiones, además de percibir rentas agrarias o urbanas, eran también profesionales, hombres de negocios, industriales y comerciantes. No faltaban, entre ellos, algunos artesanos. Ese perfil prácticamente se invertía en el caso de la candidatura republicana, en la que había una mayoría de comerciantes y artesanos, acompañados de dos agricultores y un único propietario. Igualmente significativa era la diferencia de edad entre la candidatura radical y la federal. Mientras que la primera se situaba en torno a los 51 años, los militantes federales pertenecían a una generación más joven: la media de edad se situaba en los 35 años. Dichos perfiles eran congruentes con las diferencias programáticas de unos y otros, por más que compartieran, como base, la defensa de los 14 «Las elecciones», El Eco de Cuenca, 14 mayo de 1873. 15 Una exposición de los resultados en González CalleJa, Eduardo y moreno luzón, Javier, Elecciones y parlamentarios. Dos siglos de historia en Castilla-La Mancha, Toledo, Cortes de Castilla-La Mancha, 1993, pp. 53-54 y 62-63. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 131 derechos y libertades naturales16. Es, por ello, normal que los radicales acentuaran su concepción sobre la propiedad frente al intervencionismo estatal de una parte de los federales. En cualquier caso, esta doble procedencia, progresista y federal, caracterizaría en las décadas siguientes el movimiento republicano conquense. LA CIUDADANÍA SOCIAL Y LAS CORTES DE LA PRIMERA REPÚBLICA Antes de la proclamación de la República, el federalismo español contaba ya con numerosas propuestas de Constitución. Todas ellas reflejaban los diferentes matices del movimiento republicano, así como su evolución desde el primer esbozo de norma suprema que redactó Ramón Xaudaró en 1832. A la vez, eran el fruto de un empeño especialmente insistente entre los demócratas por precisar un marco político que asegurara el pleno desarrollo de los derechos individuales, preservándolos de toda injerencia externa. En este sentido, como afirmó recientemente Ángel Duarte, «operaban como instrumentos para la movilizacón política de la militancia o para la creación de expectativas y estímulos entre sus bases»17. Quizá, el texto constitucional más relevante dentro de este conjunto fue el que elaboraron Nicolás Salmerón y Eduardo Chao por encargo de la Asamblea nacional del partido en mayo de 187218. Su articulado, de inspiración krausista, aportaba novedades muy significativas respecto a la Constitución de 1869, como el reconocimiento del «derecho a la vida y a la dignidad de la vida» o la «igualdad de ambos sexos en los derechos civiles». Asimismo, se preveía la posibilidad de reclamar ante el Tribunal Supremo cualquier posible vulneración de los derechos individuales, de modo que se garantizaba la primacía de la Constitución sobre la Ley con un control externo al parlamento, algo que carecía de precedentes en la tradición jurídica europea. La preocupación por eliminar todo poder arbitrario, por garantizar los derechos individuales y colectivos (de los municipios o las provincias) mediante la federación y asegurar la tutela judicial 16 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «Radicales y federales …», pp. 24-25. 17 duarte, Ángel, «Los significados del republicanismo…», p. 21. 18 HiGueraS CaStañeda, Eduardo, «El constitucionalismo del Sexenio Democrático: derechos y libertades en las Constituciones de 1869 y 1873», martínez ruS, Ana y SánCHez GarCía, Raquel (coord.), Las dos repúblicas…, pp. 35-36. 132 eduardo HiGueraS CaStañeda era patente. Pero también lo era la intención de elevar a rango constitucional la reforma social19. Este proyecto legó a las Constituyentes de 1873 algunos trazos generales, pero correspondía a las Cortes recién elegidas elaborar un nuevo proyecto para reconstruir el Estado en clave federal. No bastaba, de este modo, con aprobar directamente el anterior proyecto del partido, dado que la Asamblea Constituyente representaba identidades políticas diversas. Las grietas en el federalismo, por otra parte, se habían agravado a lo largo de 1872, no solo entre intransigentes y benévolos, sino entre la derecha liberal que representaba Castelar y la izquierda de acento socialista que lideraba Pi y Margall. De esta manera, se imponía un mayor esfuerzo para lograr un texto de conciliación que ayudara a estrechar distancias y dejara la puerta abierta a la incorporación de otros grupos políticos20. Sin duda, la tarea de las Constituyentes era compleja. No hace falta, en este sentido, subrayar las dificultades que las Cortes republicanas habían heredado de la monarquía democrática. Una herencia que, además, se agravó por el acoso insurreccional de los sectores conservadores que se habían autoexcluido de la lucha política legal desde los últimos meses del reinado de Amadeo I. El recrudecimiento de la guerra carlista o el enquistamiento de la rebelión independentista en Cuba no fueron ajenos a esas maniobras de los partidarios del regreso de los Borbones al trono, de quienes aspiraban a la dictadura del general Serrano o de los grupos radicales que, después del 23 de abril de 1873, se habían aproximado a ellos. Estaba claro que, para los sectores oligárquicos del país, la democracia republicana despertaba todavía mayores temores y prevenciones que la monarquía democrática. Es obvio que todo ello influyó en la desestabilización del régimen republicano. Sin embargo, demasiado a menudo la historia de la Primera República se ha reducido a la enumeración de sus zarandeos institucionales y sociales, al relato de las sucesivas crisis de gobierno y a la constatación de las limitaciones del nuevo régimen a la hora de concretar su ambicioso programa de reformas, como si esta forma de gobierno estuviera de antemano 19 Este proyecto puede consultarse en los números de El Combate del 8, 14 y 15 de mayo de 1872. 20 miGuel González, Román, La Pasión Revolucionaria…, p. 378. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 133 condenada a fracasar21. Por ello, recordar que su abrupto final no tuvo tanto que ver con esa inestabilidad interna –no tan diferente de la que se había vivido en momentos históricos precedentes e incluso posteriores–, sino con la voluntad de determinados sectores sociales de acabar por cualquier medio con un régimen que amenazaba sus intereses, resulta imprescindible22. El golpe de estado del 3 de enero de 1874 acabó con la Primera República. En los once meses que median entre la renuncia al trono de Amadeo de Saboya y la insurrección del general Pavía se concentraron expectativas de cambio radical y avances sociales de indudable relevancia. Como es lógico, esas expectativas estuvieron por encima de las realizaciones. Justo antes de abrirse las Cortes Constituyentes, La Igualdad, órgano nacional del Partido Federal explicitó el programa que el gobierno debía llevar adelante. Todas las prioridades que fijaba –desde la finalización de la guerra carlista al «arreglo de la Hacienda»– estaban subordinadas al propósito de «levantar de su postración al cuarto estado, abrirle la puerta de los nuevos horizontes de la democracia, mejorar las condiciones del obrero»23. Este último punto era el único que marcaba una diferencia visible entre los federales y sus antecesores monárquicos24. Pocos días antes, en el mismo periódico, se había publicado un ambicioso programa de reformas sociales25. Preveía medidas fiscales redistributivas y de protección del trabajo, dentro de las coordenadas demosocialistas de Pi y Margall, que apuntaban un nuevo papel claramente intervencionista del Estado. La limitación de la jornada laboral a nueve horas, el salario mínimo de seis reales, la prohibición del trabajo de los niños, la creación «de asilos para obreros inválidos y para viudas y huérfanos de obreros inutilizados o muertos en el trabajo»; la promoción de vivienda obrera, la universalización de la enseñanza primaria obligatoria a cargo del Estado y la creación de jurados mixtos de obreros, fabricantes y representantes del Gobierno «para 21 Sobre la construcción de una imagen peyorativa de la I República, iniciada ya por los partidarios de la Restauración a fines del siglo xix, es insoslayable el ensayo de JoVer zamora, José María, Realidad y mito de la primera República, Madrid, Espasa, 1991. Retoma su argumentación PiqueraS, José Antonio, El federalismo…, pp. 367 y ss. 22 Una síntesis sobre la I República, alejada del habitual tono catastrofista sobre el periodo, en Pérez Garzón, Juan Sisinio, «El Sexenio Democrático, 1868-1874», en Guerrero latorre, Ana, Pérez Garzón, Sisinio y rueda Hernanz, Germán, Historia política, 1808-1874, Madrid, Istmo, 2004, pp. 395-432. 23 La Igualdad, 2 de junio de 1873. 24 HenneSSy, C. A. M., La República federal en España…, p. 204. 25 La Igualdad, 27 de mayo de 1873. 140 eduardo HiGueraS CaStañeda constitución al organismo u organismos superiores». Esta fórmula planteaba para el municipio y la región el mismo principio que en democracia regía para los individuos. Sus derechos, en efecto, no se agotaban en los que recogía la propia Constitución, sino que se extendía a todo aquello que no estuviera expresamente prohibido por las Leyes. Se garantizaba así la plena autonomía de cada sujeto soberano. Al mismo fin iba dirigida su siguiente enmienda, relativa a los artículos 45 a 49, en los que se diseñaban fórmulas para garantizar el equilibrio entre los diferentes poderes de la Federación. Mientras que el proyecto de Castelar planteaba la existencia de cuatro poderes –legislativo, ejecutivo, judicial y el llamado poder de relación, atribuido al presidente de la República–, Correa proponía la eliminación de este último poder, algo que afectaba directamente al artículo 82 del proyecto, en el que se precisaban los contenidos de ese poder de relación. Entre otras atribuciones, el presidente de la República, como jefe del Estado, se encargaba de las relaciones internacionales, de nombrar al presidente del poder ejecutivo y de vigilar el cumplimiento «de las Constituciones particulares de los Estados». El poder de relación, de esta manera, aparecía como la traducción institucional de la unidad de la nación –lo que implicaba que la unidad del Estado federal precedía a los pactos federales e incluso a la propia Constitución, por lo que no era el resultado de dichos pactos– y participaba del control de constitucionalidad, de modo que poseía competencias directas para intervenir en la esfera de soberanía de cada uno de los estados federados. En este artículo, por tanto, se percibía claramente la impronta demoliberal del proyecto de Castelar. Uno de sus colaboradores, Martín de Olías, lo definió claramente al afirmar: «nosotros no queremos la federación de abajo arriba; la queremos de arriba abajo, tal como está marcada en la Constitución»45. La alternativa de Correa eliminaba la jefatura del Estado. El Presidente de la República se situaba al frente del consejo de ministros y a la cabeza, por tanto, del poder ejecutivo. Por ello, la tercera enmienda al texto constitucional se limitaba a eliminar la iniciativa legislativa de un poder que dejaba de existir. La última consistía en una adición al artículo 66, relacionado con los aforamientos del presidente del ejecutivo y sus ministros, en el que se atribuía al Congreso de los Diputados «el derecho de acusar ante el Senado 45 DSC, núm. 64, 12 de agosto de 1873, p. 1400. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 141 al presidente y a los ministros». El Senado, a su vez, estaba capacitado para tomar o no en consideración «la formación de causa». De ser así, correspondía al Tribunal Supremo entender sobre la causa formada. Correa, en este sentido, sumaba una garantía más, al exigir que los ministros y su presidente debían cesar en el cargo en el mismo momento en que el Senado tomaba en consideración dicha causa. Pero ni esta, ni las restantes enmiendas presentadas, llegaron a ser discutidas. Lo impidió, en primer lugar, la suspensión de las sesiones de las Cortes por el presidente Castelar, dotado por las propias Constituyentes de poderes dictatoriales a raíz del recrudecimiento de la situación militar y la rebelión cantonal46. Las Cortes se reabrieron el 2 de enero de 1874 para que Castelar diera cuenta de su gestión. Ya habían pasado las cinco de la mañana del día 3 cuando se procedió a la votación. Correa fue uno de los ciento veinte diputados que votó contra el gobierno47. Cuando la cámara se disponía a elegir un nuevo presidente, con el que se daba un paso a la izquierda del hemiciclo48, el general Manuel Pavía ejecutó su golpe de Estado. BIENES COMUNALES Y DEMOCRACIA Denunciar los abusos cometidos en el aprovechamiento de los recursos públicos en la provincia de Cuenca fue el segundo eje de las intervenciones parlamentarias de Pablo Correa y Zafrilla. Se trataba, de hecho, de una preocupación compartida por otros diputados de la provincia como Ramón Castellano, Manuel Vicente Quintero o José Toribio Plaza. Esa insistencia tenía que ver, de un lado, con el conflictivo proceso de privatización del comunal de la provincia de Cuenca y, de otro, con la «inmensa riqueza forestal» de la serranía conquense. Baste recordar que, conforme a la Clasificación General de los Montes Públicos editada en 1859, Cuenca era la quinta provincia de España en superficie de montes, con 1.183.394 hectáreas, de las cuales 439.796 correspondían a los 733 montes públicos existentes en ella49. 46 Correa votó contra la concesión de poderes extraordinarios al presidente Castelar. DSC, núm. 96, 18 de septiembre de 1873, p. 2417. 47 DSC, núm. 99, 2 de enero de 1873, p. 2516. 48 toro, Julián, «La república unitaria de 1874: el “acto” del 3 de enero y sus consecuencias políticas», en Rafael Serrano GarCía (dir.), España, 1868-1874…, p. 98. 49 BaSCuñán añoVer, Óscar, «La lucha por los montes. Conflicto y política en la Sierra de Cuenca durante la Restauración», Historia Agraria, 61, 2013, pp. 45-77. 142 eduardo HiGueraS CaStañeda Al margen de las actividades agrícolas, ganaderas y otros aprovechamientos forestales como el carboneo o la extracción de resinas, desde fines de la década de 1850, de la mano del importante impulso de los ferrocarriles, la minería y la construcción, había comenzado a repuntar otro tipo de explotación asociado a los montes: la madera. Sobre todo desde que el empresario valenciano Gil Roger y Duval logró abrir la vía del transporte fluvial desde la Serranía. Las maderadas a través del río Júcar, como explicó Miguel Ángel Troitiño, tuvieron un reseñable impacto en la economía conquense: «los recursos de la madera serán no solo una de las fuentes de ingresos más importantes de las arcas municipales, sino también la base de una considerable actividad comercial»50. Las oportunidades de negocio que se abrieron con esta actividad tuvieron un evidente reflejo en las luchas políticas de la provincia. Algunos ejemplos pueden servir para ilustrar esta dinámica. En 1866, en pleno dominio del grupo neocatólico sobre los ayuntamientos conquenses, Lesmes del Castillo, cuarto mayor propietario urbano de Cuenca, era el alcalde primero de la capital. Su ocupación principal era la administración de los importantes bienes que poseía en la provincia el marqués de Valmediano, Ariza y Estepa, títulos que en ese momento ostentaba Andrés Avelino de Arteaga Lazcano y Silva Carvajal y Téllez Girón, grande de España y sobrino del duque de Osuna51. A todo ello sumaría también el ducado del Infantado. Además, estaba casado con María Belén de Echagüe y Méndez de Vigo, hija del influyente general unionista Rafael Echagüe52. En 1871, el marqués de Valmediano era el décimo contribuyente de la provincia por el impuesto territorial. Al igual que otras grandes casas nobles, Valmediano mantuvo litigios con algunas poblaciones de la provincia por la propiedad de bienes cuya titularidad era, cuanto menos, discutible. Puede constatarse, en este caso, 50 troitiño VinueSa, Miguel Ángel, Cuenca. Evolución y crisis de una vieja ciudad castellana, Madrid, Universidad Complutense, 1984, p. 223. 51 No era el único miembro de la familia que tenía intereses en la provincia. En 1841, su padre, el conde de Corres y Vozmediano, constituyó una compañía de explotación de minas en la Sierra de Cuenca, según apuntó matilla taSCón, Antonio, Catálogo de documentos notariales de nobles, Madrid, Instituto Salazar y Castro, 1987, pp. 497-198. 52 Véase Valle de Juan, María Ángeles, «Andrés Avelino María de Arteaga y Silva», en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, [en línea:] <https:// dbe.rah.es/biografias/50643/andres-avelino-maria-de-arteaga-y-de-silva> [Visto: 22 de noviembre de 2021]. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 143 que los vecinos de Valdecabras le disputaron algunos terrenos, antiguamente integrados en sus dominios señoriales, respecto a los que, de acuerdo a la versión del pueblo, dicha casa nunca había tenido el dominio útil o territorial. Sobre los mismos, únicamente había detentado derechos jurisdiccionales «y sin vínculos ningunos de privada y exclusiva propiedad»53, de modo que debían considerarse bienes del municipio, y no del antiguo señor. En 1871, el ayudante de Montes Julián Zapatero, denunciaba en El Eco de Cuenca «que desde el año de 1868 se corta, labra y conduce a flote por el Júcar […] cuantos pinos aprovechar quiere el Excmo. Sr. Marqués de Valmediano, previa autorización concedida en una real orden, expedida por el ministerio de Fomento»54. Conviene apuntar que el último ministro de Fomento antes de la Gloriosa era el neocatólico conquense Severo Catalina. El marqués de Valmediano carecía de títulos que demostraran la titularidad de esos terrenos55. Esa fue, en realidad, una situación muy habitual en medio de las luchas entre pueblos y señores desde la abolición del régimen señorial. De hecho, la usurpación fue una de las estrategias de acceso a la propiedad de bienes municipales en medio del largo y complejo proceso privatizador que conllevaba la reforma agraria liberal. El poder de la influencia –sobre todo en el nivel local–, el «impreciso conocimiento y control estatal sobre este patrimonio»56, y el interés casi ininterrumpido de 53 «El pleito de Valdecabras», en Consultorio Jurídico-Mercantil, circular núm. 12, 1913. El pleito se agravaba con la ocultación de tierras en los amillaramientos en dicho término por parte del mismo personaje. 54 El Eco de Cuenca, 9 de agosto de 1871. 55 Un redactor de El Eco de Cuenca (9 de agosto de 1871) hacía alusión al «procedimiento criminal incoado y fallado ejecutoriamente en 1864, a instancia del apoderado en esta ciudad del Sr. Marqués de Valmediano, contra Antonio Collado Mora y otros vecinos de Valdecabras […] sobre corta de pinos en aquel pueblo, que suponía pertenecerle, y en el que por falta de dominio alodial, fueron absueltos del cargo, y condenado en todas las costas y gastos el denunciador. En ella fueron presentados los títulos señoriales que tal vez en 1836 a 1839 asegurara en el expediente posesorio, si es que se tramitó, que carecía de ellos». En un nuevo pleito, en esta ocasión entablado a instancia del ganadero y hacendado conquense Juan Cerdán, se reconoció que «la propiedad de los terrenos de Valdecabras que sostenía el marqués, procedía de los títulos señoriales que fueron suprimidos». Seguía, sin embargo, cobrando «los productos y rentas de aquellos terrenos, que se asegura suben a algunos millones». 56 lóPez eStudillo, Antonio, «Los montes públicos…», p. 89. Define el mismo autor las usurpaciones como las «detentaciones con roturación o sin ella que consolidaron su dominio sin pago alguno a las corporaciones propietarias, recurriendo a la inscripción en el registro de la propiedad y, ocasionalmente, a su defensa ante los tribunales apoyándose en la legislación hipotecaria», Ibid. p. 88. 144 eduardo HiGueraS CaStañeda los gobiernos liberales en apoyar o, al menos, en evitar la confrontación con los caciques, favoreció el despojo patrimonial de los ayuntamientos que, por supuesto, pleitearon. El gobierno de la Unión Liberal en 1861 ayudó en gran medida a solucionar el problema en favor de los usurpadores, al posibilitar la inscripción registral de estos bienes con las mínimas garantías que para ello exigía el procedimiento de las informaciones posesorias de la nueva Ley Hipotecaria. Así ocurrió en el caso de Valdecabras. Es difícil no relacionar la elección de Lesmes del Castillo para la alcaldía de la capital durante la época en la que Severo Catalina ejercía su dominio sobre el distrito, y el trato de favor que se esperaba del mismo para su mandatario en todo aquello que afectaba a sus intereses. Dada la gran extensión de los bienes municipales de Cuenca, esos intereses estaban estrechamente vinculados. Existen pruebas evidentes de ello. Por ejemplo, en una sesión del Ayuntamiento de 1866, se recogía la siguiente información: De acuerdo a lo dispuesto en el artículo 41 del Reglamento de diez y siete de mayo de 1865, ha de procederse el día veinte del corriente mes por el ingeniero D. Isidoro Castroviejo a determinar la zona de terreno que prescribe el citado reglamento, en la dehesa llamada de Cotillas perteneciente al señor marqués de Valmediano, Ariza y Estepa para que verifique la corta de pinos solicitada por su administrador D. Lesmes del Castillo57. La Dehesa de Cotillas, a día de hoy, sigue siendo un monte del término municipal de Cuenca «rodeado de montes de utilidad pública con excepción de su límite sureste»58, donde puede suponerse que estaban los terrenos del marqués de Valmediano. El ayuntamiento debía designar un representante para vigilar posibles abusos en la corta en perjuicio del municipio. De modo que el alcalde intervenía directamente en representación tanto del Ayuntamiento como del propietario de la finca para quien trabajaba como administrador económico. El conflicto de intereses era palmario, y sus implicaciones políticas tampoco son difíciles de deducir. De hecho, saltan a la vista si se observan las conexiones familiares de Avelino Arteaga. El hermano del marqués de Valmediano, Fernando de Arteaga, marqués a su vez de Távara y Guadalest, estaba casado con María del Carmen 57 AMCU, Actas de Sesiones del Ayuntamiento, exp. 1, sesión de 14-2-1866. 58 Puede consultarse la descripción y ficha técnica elaborado por el Organismo Autónomo de Parques Nacionales en el siguiente en lace de la web del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación [En línea:] <http://www.mapama.gob.es/es/parques-nacional.esoapn/centros-fincas/cotillas/default.aspx> [Visto: 4 de julio de2018]. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 145 Gutiérrez de la Concha, hija del influyente general y político moderado José Gutiérrez de la Concha, el marqués de la Habana. Además de la capitanía general de Cuba, que desempeñó en diversas ocasiones durante los gobiernos moderados, el general Concha había ocupado los ministerios de Marina, de Guerra y Ultramar, e incluso fue presidente del Gobierno en los estertores del reinado de Isabel II, tomando el relevo de Luis González Bravo justo después de la insurrección de Cádiz en septiembre de 1868. Tras la proclamación de la República en febrero de 1873, tomó el camino del exilio. Permaneció en Francia hasta el 3 de enero de 1874, justo el día en que el general Manuel Pavía disolvió las Cortes Constituyentes republicanas e instauró la dictadura59. Que la Revolución de 1868 afectó a los intereses del marqués de Valmediano es evidente. De entrada, su administrador económico dejó de ser alcalde de la capital. Pero lo más interesante es comprobar cómo el propio Fernando Arteaga se postuló en 1869 como diputado constituyente, en una lista neocatólica que completaban el conde de San Luis, dirigente moderado y tradicional cacique del distrito de Priego; Juan María Valero Nacarino, canónigo lectoral de la catedral conquense y el propio obispo Miguel Payá60. El fracaso de esta candidatura motivó un cambio de estrategia. Significativamente, Lesmes del Castillo firmó en mayo de 1870 un manifiesto en apoyo del pretendiente carlista y aparecería en enero de 1871 como vocal del comité de la Coalición Católico Monárquica de Cuenca61. De los éxitos que cosechó esta agrupación, en la que confluyeron neocatólicos y carlistas, se habló ya en un epígrafe anterior. Quien sí se vio favorecido por el cambio de régimen en 1868 fue Gil Roger y Duval, el empresario valenciano que había impulsado las maderadas en la Serranía62. Procedente de Chelva, había sido agente económico 59 Véase dieGo GarCía, Emilio de y Gutiérrez álVarez, Secundino, «Manuel Gutiérrez de la Concha Masón Irigoyen de la Quintana», en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, [En línea:] https://dbe.rah.es/biografias/11328/manuel-gutierrez-de-la-concha-mason-irigoyen-de-la-quintana [Visto: 22 de noviembre de 2021]. 60 Al hilo de las elecciones de 1869, el propietario de Barajas Florentino Aparicio mencionaba que el candidato «Guadalest» era «el dueño de las Paredes», en referencia al término del actual municipio de Paredes de Melo, en aquel momento parte de un señorío perteneciente a la casa de Ariza. Florentino Aparicio a Fermín Caballero, Barajas de Melo, 17 de enero de 1869, RAH, Archivo Fermín Caballero, Correspondencia, 9/4706. 61 El Eco de Cuenca, 18 de mayo de 1870 y 28 de enero de 1871). 62 Al respecto, puede consultarse el artículo sobre «Las maderadas. Sobre aguas a veces turbulentas», del progresista conquense José Torres Mena, reeditado en la revista Olcades, temas de Cuenca, 1. 146 eduardo HiGueraS CaStañeda del general Prim y representó el distrito que encabezaba esta localidad valenciana en las Cortes de 1871. Después de la escisión de los progresistas conservadores en octubre de ese año, se vinculó a los Constitucionales de Sagasta63. Su actividad empresarial le llevó a reforzar sus lazos con la provincia conquense, donde contaba con importantes propiedades, adquiridas en la desamortización de Madoz, y había establecido almacenes de maderas64. Durante todo este periodo se benefició de las subastas de pinos maderables promovidas por el ayuntamiento de Cuenca, cuyo presupuesto dependía básicamente del producto de sus montes. Podría decirse que el mercado de la madera estuvo dominado por él durante estos años, lo que se manifestó en un evidente influjo sobre las instituciones conquenses. Al caer Sagasta del poder y convocarse las elecciones por los radicales en agosto de 1872, el diputado de Chelva podía tener razones para temer el declive de su negocio. El hecho de que el Gobierno Civil, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento (designado por el propio gobernador sagastino, después de destituir a los concejales carlistas y radicales) dejaran de estar en manos de sus correligionarios era un inconveniente obvio. Es, por ello, significativo, que ese mismo año se instalara en Cuenca el abogado José Manteca y Oria, yerno del propio Gil Roger, aunque vinculado al Partido Radical65. De hecho, fue postulado por esta agrupación como diputado a Cortes en 1871. Después de 1873, Manteca se presentó como republicano. Para entonces, la industria maderera había cobrado un impulso notable que ayudó a dinamizar la actividad comercial en la capital. En 1873 existían 63 PaniaGua, Javier y PiqueraS, Jose A. (dirs.), Diccionario biográfico de políticos valencianos, 1810-2003, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2003, pp. 476-477. 64 Conforme a los datos que recoge González Marzo, invirtió 107.940 reales en casi doscientas hectáreas repartidas en poblaciones de la Serranía como Arcas, Buenache de la Sierra, Cañada del Hoyo o Cañizares. En algún momento, estuvo avecinado en la capital, donde figuraba como almacenista de maderas. González marzo, Félix, La desamortización de Madoz en la provincia de Cuenca (1855/1866), Cuenca, Diputación Provincial, 1993, p. 329. 65 Según el padrón municipal de Cuenca de 1873, Manteca Oria, de orígenes pasiegos, estaba casado con María Roger Vázquez, hija de Gil Roger Duval, AMCU, leg. 919, exp. 3. Tras militar con los radicales de Ruiz Zorrilla y, ya en la Restauración, con los republicanos progresistas que dirigía el anterior, terminó vinculado al Partido Liberal, cuando sucedió a Gil Roger, por entonces senador, como «diputado natural» por el distrito de Chelva. Salmerón Giménez, Francisco Javier, Caciques murcianos: la construcción de una legalidad arbitraria, 1891-1910, Murcia, Universidad de Murcia, 2000, p. 98 y PaniaGua, Javier y PiqueraS, José A. (dirs.), Diccionario…, p. 338. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 147 24 almacenes de madera en las orillas del Júcar66. Es, en este sentido, interesante comprobar cómo tampoco los republicanos eran ajenos a lo que podría interpretarse como la traducción política de la lucha por un mercado al alza, en el que las redes de influencia y las corruptelas estuvieron a la orden del día. El control del poder municipal era una enorme ventaja para prosperar en este negocio o, al menos para no quedar excluido del mismo. Sin ir más lejos, José Baños, presidente del comité local de los federales y alcalde de la ciudad desde julio de 1873, era propietario de uno de esos almacenes de maderas junto a su hermano, el también federal Francisco Baños. Lo mismo ocurría con los concejales de la misma agrupación Pedro López Arrazola y Tiburcio Piñango67. Así, el desarrollo de un sector económico especialmente boyante en el tercio central del siglo aparecía ligado al control de los montes públicos y del proceso de privatización impulsado por las reformas liberales. Ese era, en definitiva, un escenario de disputas sociales y políticas de importancia vital. No es extraño, por ello, que intervenciones como la que protagonizó Correa y Zafrilla en las Constituyentes levantaran verdaderos temores entre nobles, empresarios, grandes propietarios y otros beneficiarios de dicho proceso: Mi amigo el Sr. Plaza68, celoso por los intereses de la provincia de Cuenca, pidió el otro día unos expedientes relativos a la corta de pinos en dicha provincia. Uno de ellos, el de Valdecabras, está sobre la mesa; pero no se ha traído al Congreso el de las Majadas, y yo suplico al Sr. Ministro de Fomento disponga que se remita al Congreso. Al mismo tiempo, como allí se han cometido tantos abusos, que quizá pase de 100 millones lo que se ha robado (yo entiendo que esta es la verdadera palabra) por medio de convenios ilícitos entre los particulares y los pueblos, y también con los medios que les ha dado la ley hipotecaria de las informaciones posesorias; y como quiera que esto es escandaloso y tiene que cortarse alguna vez, para lo cual piensan hacer los Diputados de Cuenca una interpelación, suplico al Sr. Ministro de Fomento se sirva mandar traer los 66 GarCía marCHante, Joaquín Saúl, Cuenca: una economía forestal dominante, Tesis Doctoral, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, p. 47. 67 López Arrazola aparece en el Libro de Actas del Ayuntamiento como comprador de 864 pinos en el distrito de Beamud, AMCU, 20 de abril de 1872. Es probable que Genaro Frías, miembro del comité federal, censado como «negociante», se dedicara a la misma actividad. Al respecto, véase troitiño VinueSa, Miguel Ángel, Cuenca…, p. 224. 68 Puede referirirse al labrador de Villarejo de Fuentes Felipe Plaza, un caracterizado republicano, comprador de algunas propiedades desamortizadas en Alarcón y Landete, según González marzo, Félix, La desamortización de Madoz…, p. 322. Sus polémicas sobre la desamortización y la propiedad privada en la prensa radical conquense con el progresista Pedro María Valdés se reseñaron en páginas anteriores. 148 eduardo HiGueraS CaStañeda expedientes de cortas de pinos de los pueblos de Fuentes, de la Cañada del Hoyo, de Valdemoro de la Sierra, de la Cierva, de Cañete y, en fin, todos los expedientes de las cortas de pinos que se han verificado en la provincia de Cuenca que representamos69. Golpe de Estado del general Pavía el 3 de enero de 1874. Le Monde Illustré, 10-1-1884 En definitiva, las Cortes de la República habían abierto las puertas a representantes políticos que estaban dispuestos a cortar por lo sano con las ilegalidades cometidas a costa de los inmensos bienes de propios de 69 DSC, núm. 95, 17-9-1873, pp. 2336-2337. En su trabajo sobre la desamortización de Madoz en Cuenca, Félix González Marzo afirmaba que «en ningún momento llegó hasta el Parlamento queja o solicitud alguna de pueblos conquenses que se opusieran a la desamortización de sus bienes y tampoco sus diputados se hicieron eco de ello como sucedió con otras localidades españolas», La desamortización de Madoz…, p. 75. Es, obviamente, necesario corregir la anterior afirmación, a la luz de esta intervención de Pablo Correa y las polémicas en la prensa reseñadas anteriormente. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 149 los pueblos de la provincia de Cuenca. Planteaban ni más ni menos que el examen de la totalidad de las cortas que se habían realizado en la misma, sin contar con la revisión de las inscripciones registrales de bienes de titularidad dudosa que los antiguos señores y los nuevos caciques se habían adjudicado a costa de los pueblos. Entre quienes podían sentirse directamente amenazados, sin ir más lejos, se contaban los marqueses de Valmediano y Guadalest, que, como se ha explicado, habían coqueteado con la causa carlista y estaban emparentados con algunos los generales que en esos momentos conspiraban a favor del regreso de los Borbones al trono: Echagüe y el marqués de la Habana. Cualquiera de las dos vías, la de don Carlos y la de don Alfonso, parecía adecuada si se trataba de mantener intactos sus intereses y privilegios. El golpe de estado del general Pavía no respondió a la iniciativa de los alfonsinos, pero favoreció sus expectativas. Lógicamente, estaban deseosos de cerrar la experiencia democrática iniciada en 1868. No tardaron en conseguirlo. La vacilante dictadura republicana que a lo largo de 1874 encabezó el general Serrano allanó el camino de la Restauración al dirigir la represión no solo a los carlistas y a los rebeldes cantonales, sino al conjunto del Partido Republicano Federal. Cuando, a fines de ese año, la posibilidad de un regreso a la normalidad constitucional parecía estar próximo, el general Martínez Campos dio un nuevo golpe de estado que clausuró definitivamente la democracia proclamando rey de España al hijo de Isabel II. Significativamente, en las primeras elecciones de la Restauración, el marqués de Valmediano, antiguo candidato neocatólico, se convirtió en diputado por la circunscripción de Huete. 252 eduardo HiGueraS CaStañeda viejo y achacoso»28, sobrevivía gracias a la caridad en un asilo benéfico–, simbolizaban el propio periodismo, un oficio en el que el éxito profesional no siempre era la garantía de una vida desahogada. La invocación de la miseria como contrapartida del papel del publicista conectaba con la imagen romántica del mártir de la idea o del genio solitario y aislado que se sacrifica para iluminar el camino del progreso humano29. La muerte de Correa y de su familia contribuyó a dar cuerpo a esa imagen. Así la representaba en Las Dominicales del Libre Pensamiento Alfredo Calderón en un tremebundo artículo titulado «Célibes». El autor equiparaba a los aspirantes a periodistas, a los poetas y a los «hombres de ciencia» en una única categoría, caracterizada por la inevitable precariedad, el compromiso con «la verdad» y la vocación de contribuir a la mejora de la humanidad. Escribía, significativamente, en un contexto en el que el mercado periodístico se expandía, por lo que sus palabras deben interpretarse en el marco de una estrategia de negociación con el público y con los editores para reivindicar las contraprestaciones que la labor intelectual de escritores y científicos merecían30. En ese sentido puede leerse su advertencia, dirigida a quienes se encaminaban a ese tipo de profesiones, de que no tenían derecho a formar familia, puesto que su futuro, como el de la mujer y los hijos de Correa y Zafrilla, era inevitablemente la pobreza: Si te tienta el demonio del ideal; si honradamente aspiras a investigar y difundir la verdad, a encarnar en formas sensibles la belleza, a ilustrar y dirigir la opinión; si pretendes figurar en las filas de esa vanguardia de la humanidad a quien corresponden las primicias del honor y del dolor en la gran lucha del progreso […] Cenobita del bien, monje austero de tu vocación, estás condenado a vivir en la soledad tu vida de privaciones […]. Aún fuera tu vida más amarga y más desesperada tu muerte si inconsideradamente hicieres compartir a seres amados la fatalidad de tu destino. ¿Tienes, 28 Ibid. p. 484. 29 Al respecto, véase delPu, Pierre-Marie, L’affaire Poeiro. La fabrique d’un martyr révolutionnaire européen (1850-1860), Paris, CNRS Éditions, 2021. 30 Es cierto, como sostiene Jesús A. Martínez, que «entre 1876 y 1900 el sector editorial no fue muy activo» dada la persistencia de «la naturaleza artesanal del negocio y la escasa capitalización», atrasando la profesionalización de los autores hasta el siglo xx, martínez martín, Jesús A., Vivir de la pluma. La profesionalización del escritor, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2009, p. 45, 147 y ss. Sin embargo, es posible advertir en los años finales del xix las novedades que sentarían las bases del despegue del sector en las primeras décadas del xx, como apuntan, entre otros autores, laGuna Platero, Antonio y martínez GalleGo, Francesc Andreu, El Trust…, pp. 35-36 y 41 y ss. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 253 por ventura, a ello derecho? […] El amor del fin que cultivas, el íntimo y misterioso deleite que es como el salario espiritual de toda labor desinteresada, te alentarán en tus afanes y te sostendrán en tus pruebas. Pero a ti solo […] De todo tu esfuerzo los seres queridos no obtendrán por resultado sino la privación de presente y la miseria en perspectiva. […] Periodista, ¿piensas tú superar a Borrego, Zafrilla, Bofill? […] Todos ellos, al morir, dejaron en la indigencia a los suyos31. Pero la vida de Pablo Correa no solo sirvió a periodistas como Antonio Sánchez Pérez o Alfredo Calderón de pretexto para protestar por la precariedad del periodismo. También reivindicaban el trabajo en la sombra que ejercían los «obreros de la civilización», los publicistas que sostenían la lucha de las ideas. Por eso, al lamentar que «no ya las nueve décimas de [sus] lectores, las noventa y nueve de cada ciento» no pudieran responder a la pregunta «¿quién fue Pablo Correa y Zafrilla?», Sánchez Pérez no se equivocaba. El legado del escritor conquense, aparentemente, había quedado en un completo anonimato. Sin embargo, al escudriñar su obra, ese legado se revela como una pieza importante para comprender que todo movimiento político necesita personas que, sin ser líderes afamados, sirven de anclaje para su existencia, para mantener su vigencia y estimular su expansión. Aunque Correa represente un arquetipo del propagandista federal, no se le puede negar su singularidad, su capacidad para actuar sobre las convicciones del colectivo republicano y proyectarlas hacia nuevos objetivos. Correa, la mayor parte de su vida, fue un activista republicano y, sobre todo, un periodista que día a día, desde su entorno, dio voz al republicanismo federal y contribuyó a profundizar en su orientación socialista. Por ello, su figura refleja que el republicanismo no solo existía en las páginas de los diarios de la capital, en la tribuna del Congreso o en los libros de su máximo dirigente. Ni Pi y Margall ni ningún otro lider demócrata habría tenido la relevancia histórica que se les atribuye sin el peso de los militantes que dieron soporte, cohesión y forma a un programa que perseguía la democratización de la sociedad española, hasta en el último pueblo de la más olvidada provincia. Personas, en definitiva, que desde sus respectivos espacios sociales impulsaron ideas que abrían nuevos caminos para la ciudadanía y, por ello, son también cruciales en la historia. 31 Calderón, Alfredo, «Célibes», Las Dominicales del Libre Pensamiento, 12 de octubre de 1894. SELECCIÓN DE TEXTOS COMUNICADO DE LA JUNTA FEDERAL DE LA PROVINCIA DE CUENCA AL DIRECTORIO DEL PARTIDO REPUBLICANO DEMOCRÁTICO FEDERAL (1872)1 La junta republicana federal de la provincia de Cuenca ha dirigido al Directorio la notable comunicación que sigue y que hemos recibido de dicha junta para su publicación: «Ciudadano director de LA IGUALDAD Con esta fecha se le dice al Directorio central de nuestro partido lo siguiente: Los que suscriben, individuos de la junta republicana federal de esta provincia, atentos solo a la inspiración de su conciencia y al bien de nuestra desgraciada patria, teniendo siempre por norma de su conducta la justicia y el porvenir de la República federal, faltarían a su deber si en estos momentos solemnes, tan críticos para el partido, no dejaran oír su voz, humilde pero honrada, en los consejos generales del mismo. Es preciso poner término a las discordias que nos matan y a las debilidades que desalientan a nuestros mejores prosélitos, y hacer ver a los republicanos todos que la política de intrigas, artera y profundamente inmoral, de los doctrinarios no es la que conviene a un partido que tan honrados principios tiene y que exige una conducta más austera todavía, honradez y austeridad en que principalmente funda sus esperanzas la nación española. Esta junta, extraña completamente a las miserias personales, a las ambiciones que suelen encenagar la política en los grandes centros, con la mira solo puesta en la felicidad de la patria, en el triunfo de la República 1 La Igualdad, 2 de noviembre de 1872. 256 eduardo HiGueraS CaStañeda federal en toda su pureza, que es el triunfo del derecho sobre la iniquidad y el despotismo, estima en mucho las altas dotes de talento y de patriotismo que adornan a los individuos del actual Directorio, sabe que a su elocuencia y a sus virtudes debe el partido republicano su mayor gloria. Y ¿cómo dudar ni por un momento, de la pureza de intenciones del hombre que ha consagrado su vida al estudio y propaganda de la verdad política y social, arrostrando crueles persecuciones y desafiando con noble y franca entereza la saña de los tiranos? Más, porque todo esto es verdad, la junta ha visto con tanta extrañeza como dolor la manifestación del referido ciudadano en el Congreso con motivo de los sucesos del Ferrol y el silencio de los demás diputados de la minoría del Directorio. Bien comprendió el Gobierno la importancia de la manifestación de Pi y Margall, cuando precipitadamente la comunicó a todas las provincias, donde tuvieron buen cuidado de hacerla pública los gobernadores y capitanes generales. La insurrección del Ferrol era formidable y es evidente que no era un simple motín de una población aislada. Las provincias todas, los republicanos todos se regocijaron al saber que nuestra bandera se izaba por buques españoles en el más fuerte arsenal de España, y se preparaban a secundar a los bravos ferrolanos. Las palabras de Pi y Margall cayeron como una bomba en el campo federal, entre el regocijo no disimulado de los monárquicos. Sean quienes fueren, los sublevados del Ferrol jugaban su cabeza por la República, entretanto que el Gobierno y sus individuos están dispuestos, ellos lo aseguran, a jugarla por la monarquía. Ni aquellos, pues, merecían una repulsa ni estos un desagravio, que por desagravio humillante consideraron la manifestación del jefe del partido. ¿Quién sabe si este, tal vez llevado de un celo exagerado, pero seguramente lastimoso, ha dilatado con su manifestación el triunfo de nuestra causa? Esta junta cree que no siempre las insurrecciones son oportunas, pero afirma con profunda convicción que siempre son justas en tanto que la monarquía impere y el hombre no sea reintegrado en sus derechos. No es verdad que hoy goce el ciudadano completa libertad. Nosotros vemos que se denuncia la prensa independiente; vemos que el derecho a la vida no está reconocido en la ley ni respetado por el Gobierno; vemos que el sufragio es una mentira; vemos que el municipio yace esclavo a los pies del más estúpido caciquismo, y las provincias y la nación supeditadas a la avaricia desenfrenada de oligarquías impúdicas; vemos que la Hacienda continúa caminando a una total vergonzosa ruina; vemos que los presupuestos crecen, que la desmoralización cunde, que el despilfarro no tiene fin, que se improvisan fortunas, que el monopolio vive irritante, explotando al trabajador, La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 257 y la usura consumiendo los pequeños capitales, hijos verdaderamente del trabajo honrado; vemos que contra la civilización, contra la humanidad y contra la honra de España hay aún esclavos en Cuba y Puerto Rico, y vemos, finalmente, que todos los derechos se atropellan escandalosamente con el sistema inicuo de las quintas y del servicio militar forzoso, sistema que los radicales prometieron abolir para escalar el poder, y que hoy sin vergüenza continúan como haciendo escarnio de la formalidad y de la hidalguía del pueblo español. Y si esto es verdad ¿qué consideración, qué benevolencia merece ningún gobierno monárquico, llámese como quiera, porque los apellidos políticos suelen ser muchas veces por desgracia pretextos de la ambición? Es indudable que no todo se puede fiar a la fuerza de la espada, y que esta, para ser eficaz, necesita del impulso de la idea; pero si todo se fía a la palabra, la elocuencia corre peligro de convertirse en charlatanería sofística y ridícula, de que los gobiernos hacen ningún caso. En el mundo siempre ha sido la fuerza el medio de realizar las ideas, como lo acredita la historia, porque así es la humana naturaleza. Puede mucho la razón en el terreno pacífico; pero el egoísmo del que resiste al progreso, para no perder sus privilegios, puede, por desgracia, mucho más. De ahí el que la razón necesite de la fuerza para vencer la fuerza del egoísmo, es urgente, por lo tanto, que el partido se organice para la fuerza, y que estudie el medio de allegar los recursos necesarios; pero de una manera eficaz y formal, con el deseo de obtener resultados, y fuera benevolencias que puedan traducirse en debilidades o en prácticas del doctrinarismo corruptor. El partido republicano federal tiene un fin político, tiene un fin social; pero no debemos olvidar que tiene también un fin moral y regenerador, fin que no puede realizar de otro modo que con prácticas políticas austeras, levantando los caracteres, afirmando la voluntad, creando ciudadanos dignos. Si esto no se hace pronto, España no tendrá nada que envidiar al Bajo Imperio. La junta republicana de la provincia de Cuenca ha creído un deber suyo exponer ante la ilustración del Directorio las anteriores consideraciones, a fin de que, constándole, las aprecie en relación con las ideas generales del partido. Salud y República federal. Cuenca, 29 de octubre de 1872.-Presidente, Gregorio García Blasco.-Vicepresidente, José Baños. Vocales: Joaquín Tarín.-Pascual Gallego.-Francisco Baños.-Genaro Frías.-José María Verde.-Ramón Pinós.-Leandro Laso.-Secretario, Pablo Correa y Zafrilla». 258 eduardo HiGueraS CaStañeda LA JUNTA DIRECTIVA DEL CENTRO REPUBLICANO-DEMOCRÁTICO-FEDERAL DE CUENCA A SUS CORRELIGIONARIOS DE LA PROVINCIA2 Ciudadanos: El 11 de Febrero pasado es el principio de una nueva y definitiva época en nuestra vida política, donde termina el tempestuoso período, abierto por los inmortales legisladores de Cádiz, de nuestras revoluciones políticas, creyendo que la depravación y bizantinos escándalos de la última dinastía no habían arrancado del corazón de nuestro pueblo sus antiguas aficiones monárquicas, levantó sobre el voto de las Constituyentes otra nueva dinastía, buscada y encontrada en extranjeras tierras, y en una familia que, conculcando el viejo derecho político europeo, había sabido apropiarse como un elemento de abundante y regeneradora savia, el salvador principio de la soberanía de los pueblos. El descendiente de la casa de Saboya ciñó a su frente la corona de nuestra España, y en sus manos se pusieron el cetro de los derechos individuales y el laurel divino de la democracia, que con aplauso de los unos y con mal encubierto odio de los otros, ha venido descomponiendo nuestros partidos políticos, hasta el punto de hundir los antiguos organismos, abriendo paso a lo único que en este generoso país puede afianzarse por eterno, a la República democrática-federal, aclamada con férvido entusiasmo de la libertad, del orden y de la justicia. Dos años de laboriosa y difícil existencia; dos años contados por amarguras, no por días; dos años en que la masa general de la población ha protestado unas veces en los comicios, otras en los campos de la fratricida lucha, convencieron al país y al príncipe que ocupaba el trono, de que aquí, en esta tierra azotada por tantas razas y por tantos infortunios, era imposible, no ya la monarquía absoluta o parlamentaria, sino también la monarquía democrática, fugaz quimera de nuestros ilustres estadistas. Y esto no ha sucedido en balde; y no consideremos como tiempo perdido los dos años en que el duque de Aosta ha tenido su habitación en el alcázar de los antiguos monarcas, porque hasta los más empedernidos habranse convencido de que la región donde han nacido y muerto por la libertad los Padillas y Maldonados, los Heredias y Lanuzas, los Empecinados y Riegos, los Chapalangarras y Zurbanos, es la región destinada por los altos juicios de Dios a ser la resplandeciente y magnífica tribuna exornada por el buril de la libertad, desde donde caigan sobre todos los pueblos del continente 2 El Eco de Cuenca, 26 de abril de 1873 (copiado de La Vanguardia). La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 259 los robustos e inspirados acentos de la democracia. Desde este ensayo, con tantas esperanzas comenzado y desarrollado con tanta menguada fortuna, se habrá convencido Europa, como se ha convencido también el país, de que la monarquía y la democracia son incompatibles, como incompatibles son y serán siempre el bien y el mal, la conciencia honrada con la negación de la infinita sabiduría. He aquí la razón que nos asiste para afirmar, que no en balde han transcurrido para el porvenir de nuestras instituciones sociales y políticas, los dos años de monarquía democrática. Merced a estas causas que el entendimiento humano no le es posible contrarrestar, merced a la ceguera con que Dios castigó la vanidad de los partidos monárquicos, el 11 de Febrero, fecha inmortal, que nadie borrará de las páginas de nuestra historia, el Congreso y el Senado, reunidos en una sola asamblea, proclamaron la república, no como medida transitoria en tanto se consultara al país, sino como la forma definitiva de nuestro organismo político. Con la proclamación de la república ábrense nuevos y más vastos horizontes a la hambrienta actividad del pueblo español. Más no creáis ni alimentéis la esperanza, que esta esperanza podría perdernos, de que ya está todo hecho y que no nos queda otra cosa por hacer que vestirnos nuestras galas y pasear por ciudades y pueblos, en son de fiesta, la imagen de la República. No; que muchedumbre de enemigos, unos en la oscuridad, otros en pleno día, dirigen a su corazón el aleve acero del traidor y del homicida, y nosotros tenemos que asegurarla y defenderla: asegurarla con nuestros pechos, siquiera el puñal y la bayoneta lo desgarren antes que tolerar inflijan el más pequeño dolor a la República. Este es nuestro deber, ciudadanos, y todos los cumpliremos, si hemos de merecer las bendiciones de nuestros padres, y los nobles e imperecederos aplausos de la historia. Graves, pero de una gravedad aterradora, son los días en que vivimos: de una parte el bando carlista todo puesto en armas, tiñe con sangre republicana los risueños valles de Navarra y Provincias Vascongadas, o las rudas asperezas de las montañas de Cataluña; de otra vémosnos amenazados por la remota probabilidad de una intervención extranjera, que sería el ludibrio eterno de la patria; y por último, las venenosas doctrinas comunistas han emponzoñado la sangre de nuestros hermanos en algunas, por fortuna, pequeñas comarcas: y si a todo esto sumáis el que muchos de los antiguos monárquicos sueñan en dinastías imposibles, no creemos se nos tache de 260 eduardo HiGueraS CaStañeda exagerados al afirmar, como afirmamos, que son graves, pero de gravedad aterradora, los días en que vivimos. Pues bien, ciudadanos; a tantos y tantos como son los enemigos, tenemos que hacer rostro, sin otras armas que las de la libertad y de la justicia, que por completo llenan nuestros corazones republicanos: que tal hicieron nuestros hermanos de la gran república americana luchando contra la soberbia Albión o los suizos contra Carlos el Temerario. Nosotros, y esto entiéndanlo bien nuestros enemigos, nosotros no queremos quitar nada a nadie, porque vivimos de nuestro trabajo; nosotros, entiéndanlo bien nuestros enemigos, no queremos esclavizar a nadie, porque somos libres, nosotros, entiéndanlo bien nuestros enemigos, no atacamos las creencias, porque nuestra obligación social es ilustrar al pueblo; nosotros, y entiéndanlo bien nuestros enemigos, no pretendemos resucitar la política de clases, de razas o de continentes, porque llamamos a todos los hombres, cualquiera que sea su condición y nacionalidad, a comulgar en nuestra compañía con la sacratísima hostia de la igualdad y de la democracia: nada de esto queremos, nada de esto pretendemos; pero si a nuestras generosas intenciones y honrados propósitos responden con calumnias y sarcasmos, si a nuestros esfuerzos por asegurar el orden, la libertad, y la República responden con conspiraciones tenebrosas o batallones armados, ¡ah!, entonces, ciudadanos, inspirándonos todos en los altísimos deberes que la patria y la república nos imponen, desenterraremos la bárbara ley del Talión, y responderemos a golpes con golpes, a víctimas con víctimas, y aunque sea empapado en sangre, llevaremos el estandarte de la República, no ya por España sola, sino por la Europa entera, si tan ciega fuera que nos atacara con sus ejércitos. Esto es, ciudadanos, lo que este centro tiene que deciros: ahora a vosotros toca en vuestras localidades el dar a conocer nuestras intenciones; y tened en cuenta que de cada uno de vosotros depende el afianzamiento de la república federal, única forma de gobierno que levantará a España de su postración, aliviándola de la miseria. Cuenca 25 de Abril de 1873 (Siguen las firmas). La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 261 COMUNICADO DE CORREA Y ZAFRILLA A SUS ELECTORES DE LA PROVINCIA DE CUENCA3 El ciudadano Pablo Correa y Zafrilla nos ha remitido la siguiente carta para su inserción en LA VANGUARDIA; más como esta se halla suspendida por unos días, la publicamos en hoja suelta con el fin de que llegue a conocimiento de los electores de nuestro querido amigo. Dice así: La minoría reformista de la Asamblea se retiró ayer de la representación nacional, después de discutida ampliamente resolución tan grave. Yo, reformista como el que más, he disentido de mis queridos compañeros en este punto y debo una explicación a mi provincia y a mi distrito, franca y leal, como conviene a un Diputado republicano que antes que todo y como tal es un mandatario de sus electores. He votado contra la proposición que autoriza al Gobierno para tomar medidas extraordinarias con el fin de sostener el orden público; he votado la de censura al Gobierno por el bando inexplicable y atroz, dadas nuestras doctrinas, del gobernador de Madrid; estoy conforme con la minoría, creyendo que el orden no debe hacerse por los Gobiernos republicanos de la manera misma que los reaccionarios; estoy en contra del sistema del Gobierno y de la mayoría, que quiere antes que todo orden y que sostiene una legalidad monárquica y el organismo político de la institución que tanto hemos combatido: opino que debemos ser consecuentes, realizando las reformas que hemos prometido al país y a que este tiene derecho: creo que el orden público en las repúblicas es la realización de las aspiraciones del pueblo, es decir, que el orden es el progreso cumplido por los Gobiernos y los representantes de la Nación: creo también que es una contradicción que envuelve una iniquidad el que el Gobierno se empeñe en sostener a todo trance las leyes de la monarquía mientras se atreve a violar insensatamente los derechos democráticos, que hemos colocado siempre sobre todos los poderes y sobre todas las soberanías, derechos que jamás pueden suspenderse por nadie, doctrina sustentada por Salmerón y Chao en el proyecto de Constitución que presentaron a la Asamblea federal de 1872, sustentada por los Diputados de la minoría republicana de la Constituyente el 69, y 3 Agradezco a Jacob Martínez López que me facilitara una copia de este documento, cuyo original encontró en el Archivo Histórico Provincial de Cuenca. 268 eduardo HiGueraS CaStañeda propia, derechos propios? ¿Cómo negar que es libre y su pensamiento la fuerza motriz del progreso, así como su conciencia la fragua en que se forjan todas las ideas y todas las instituciones? No es posible tampoco, por otra parte, desconocer que el aislamiento es la muerte del individuo, y que este necesita, por consecuencia, del amparo de la sociedad y la ayuda de sus semejantes, mediante la reciprocidad en los servicios y en los afectos y el cambio incesante de productos, así como del Estado, esto es, de un órgano que formule y realice en leyes la justicia, a medida que esta idea se desenvuelve en la conciencia humana; porque, en efecto, aparte de la individualidad, aparte de las condiciones particulares de cada hombre, existen, por la unidad de la especie, condiciones comunes e intereses generales que no pueden ser desatendidos. En la concurrencia del pobre con el rico, del ignorante con el sabio, del débil con el fuerte, la razón exige, si no es un nombre vano la justicia, que la sociedad fije las condiciones generales del cambio, que el obrero, por ejemplo, tenga garantido su trabajo, su salud y su vida contra la codicia del capitalista y contra la misma necesidad apremiante de comer; que la mujer no sea tiranizada por el marido ni los hijos por sus padres, ignorantes o desnaturalizados. Y respecto de la propiedad, la tierra es un instrumento común que nadie crea a su antojo, un don espontáneo de la naturaleza, y como tal, no puede pertenecer exclusivamente a ningún hombre, sino que todos tienen el derecho de disfrutarla, interesados en que su explotación se ajuste a reglas de conveniencia general. De aquí el dominio eminente que siempre se ha reservado el Estado y la facultad que ha ejercido de cambiar su organización y sus formas, haciéndola nobiliaria, militar, teocrática o universalizándola como el derecho con la democracia verdadera; es decir, subordinándola a los fines superiores del hombre y a las exigencias del progreso. Socialismo no es comunismo; socialismo es la síntesis de lo común y de lo propio, de lo idéntico y lo diferente, de lo general y particular que distinguimos en el hombre. Elévase a idea, a principio, a sistema el hecho de la sociedad y tendremos el socialismo, el cual no absorbe y destruye al individuo, ni niega, rechaza ni rompe los lazos que unen y deben unir a los hombres entre sí. El Estado y la sociedad son necesarios, pero su misión queda reducida a servir de medio para el perfeccionamiento del hombre en todas las esferas de su vida, para que la libertad sea verdadera y eficaz, para que la razón impere, independiente y soberana. El Estado no es independiente de la sociedad, no está sobre ella, como un ser superior, no es un Dios; la autoridad no existe como principio; se asocia el hombre y crea los poderes públicos para que sirvan a la libertad y reverencien a la razón. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 269 CIENCIA Y LIBERTAD, AUTORIDAD Y MONARQUÍA7 No solo es verdad en el mundo de la Naturaleza el fenómeno del espejismo, sino que este es universal y permanente en el mundo del espíritu. Al mirar el hombre al cielo, suele ver divinidades, infierno y gloria; más estas cosas no son más que reflejos vivos de la tierra, de las ideas, de los deseos y de las desdichas y venturas humanas. Aún en política hay espejismos. Lo que conoce con el pomposo nombre de principio de autoridad, es la libertad misma de todos los hombres, condensada en la soberbia de uno solo. La ignorancia únicamente ha podido consentir en la usurpación cometida por los Dioses y el rey contra la Humanidad. La ciencia se encarga de concluir con tantas preocupaciones, haciendo comprender que sobre el hombre, como sobre la Naturaleza, solo existen fantasmas, sin realidad ni vida propia. «PACTISTAS, NO PACTISTAS Y PACTISTAS A MEDIAS»: LA POLÉMICA SOBRE EL PACTO FEDERAL8 Se habla por Chíes y Figueras del pacto sinalagmático y conmutativo, valiéndose de estas frases de Proudhon, sin duda porque no son inteligibles para la generalidad de oyentes y lectores. El pacto que los federales defendemos no es exactamente el de El Principio federativo del socialista francés, ni siquiera el de Rousseau y demás filósofos de la escuela francesa. Nosotros no deseamos en el pacto una transacción entre la autoridad y la libertad, como el primero, ni creemos en el estado natural, anterior a la sociedad, como los segundos. Creemos, sí, que el hombre es un ser esencialmente político, porque es esencialmente sociable, y al afirmar el pacto como necesaria condición de la constitución racional de los pueblos y como principio jurídico de todas las relaciones humanas, afirmamos la razón y su consecuencia la libertad, como supuestos de toda sociedad y Estado. El pacto de Rousseau con su voluntad general y la infalibilidad del pueblo, ha producido la centralización jacobina, el imperio absoluto de las masas y ese unitarismo feroz, esa igualdad comunista que aspira a la absoluta uniformidad, creando al 7 «La ciencia», artículo de Pablo Correa aparecido en Almería-Orán. Periódico publicado por una Comisión de Periodistas Almerienses a beneficio de las víctimas de los desastres de Saida (nº único, 1881), p. 14. 8 Las Nacionalidades, 9 de abril de 1881. 270 eduardo HiGueraS CaStañeda capricho pueblos y naciones, destruyendo costumbres y borrando diferencias naturales. Nuestro pacto tiene por base las diferentes autonomías de los grupos sociales y políticos, comenzando en la autonomía del individuo. En esto nos apartamos de la política francesa, acercándonos más a la del pueblo inglés y principalmente a la del Norte-americano. Así es que nuestro pacto comienza por suponer la autonomía y concluye, como su fin principal, por garantizarla. El pacto federal y la federación es, como hemos dicho repetidas veces, el complemento necesario de la democracia. Nosotros sentamos esta negación: ninguna nación se halla legítimamente constituida, si no descansa en la libre y espontánea voluntad de los pueblos o entidades que la compongan, y esta afirmación: el pacto es la expresión única de esa voluntad, en cuya virtud los pueblos se asocian entre sí, establecen sus relaciones jurídicas y económicas y constituyen el Estado político sobre la base de la autonomía del individuo, del municipio y de la provincia. Decimos más; decimos que el municipio en cuanto que es autónomo y debe gobernarse interiormente por sí mismo, es un verdadero Estado, como la provincia y como la nación en su respectiva esfera. PATRIA, PAZ Y DEMOCRACIA9 No podemos negar que existe en el corazón humano, palpitante y enérgico, el sentimiento de la patria; pero en los tiempos que corremos en que el doctrinarismo ha conseguido cegar o enturbiar las fuentes más puras, principalmente en España, hay siempre motivos fundados para dudar de que ciertos entusiasmos patrióticos obedezcan solamente al amor desinteresado, racional y noble de la patria. Diciendo que todo debe posponerse al bien de España, ante la moral y ante el derecho se dice realmente un absurdo; pero, además, resultan en último término pospuestas a todo la patria y la justicia. Intereses políticos de una egoísta parcialidad, la realización de planes misteriosos contra la libertad y otros móviles quizá menos nobles, suelen explicar muchos arranques con los que se pretende herir fibras delicadas del hombre, para que los pueblos se apasionen y sirvan quizá a su propia ruina, o a su descrédito, por lo menos. Se barajan, a este fin, el nombre de la patria y el de la religión y unas cuantas fórmulas jurídicas; se habla un 9 Fragmento recuperado del artículo «Arranques patrióticos», La Vanguardia, 13 de julio de 1881. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 271 poco de esos vagos ideales que alucinan, más que guían a los pueblos a la realización de su destino sobre la tierra. Aunque otra cosa no se consiga, se llega a extraviar la opinión pública y adquirir fama de patriotas entre los que tienen el patriotismo por una pura fórmula de los políticos al por menor. [...] De todos modos, esos gritos: Todo para España, España siempre tiene razón, podrán revelar insigne buena fe; pero son gritos subversivos del orden social y humano que hoy solo se comprenden en un patriotismo infantil o por el afán de conseguir notoriedad y atraer sobre el que las pronuncia, ansioso de popularidad, las miradas de un público ligero e inconsciente. Que los franceses dijeran lo mismo respecto de Francia, y los alemanes respecto de Alemania, y los ingleses respecto de Inglaterra, y la guerra universal sería ley suprema de los hombres y su exterminio su único deber. ¿No hay otros principios que regulen la vida de los pueblos? ¿No caben otras concepciones en la conciencia humana ni otros ideales para la actividad del ser racional? Pero he ahí el principio de la política unitaria: el egoísmo y su consecuencia necesaria, la absorción o la guerra, la sumisión o el exterminio. Así se explica el principio de la vieja diplomacia: si vis pacem, para bellum y los resultados de la paz armada y de los grandes ejércitos, mientras perece la libertad y se arruinan y envilecen los pueblos, Cada uno para todos y todos para cada uno: esta es la regla de un política justa, mientras que el unitarismo exclama: todos contra todos. Así se explican ciertos arrebatos que más bien que patrióticos debieran llamarse patrioteros; los cuales tienden evidentemente a concitar las pasiones y exasperar los ánimos entre pueblos que deben aspirar antes que todo a asegurar su libertad respectiva, prestándose mutuo auxilio, y a realizar en la esfera política y económica la fraternidad que su origen y civilización demandan. Por esta razón condenamos la política de algunos de nuestros colegas, no inspirada, ciertamente, en sentimientos de justicia ni de conveniencia general siquiera. 272 eduardo HiGueraS CaStañeda PARLAMENTARISMO Y ELECCIONES EN EL REINADO DE ALFONSO XII10 Aunque nadie lo diría, estamos en pleno periodo electoral. Vamos a asistir a un espectáculo y acaso contribuyamos todos a darle solemnidad y grandeza, como si realmente el pueblo español fuese a decidir sus destinos. Los candidatos se agitan en los distritos procurándose electores, trabajando por remover y poner a su servicio a esa gran masa de indiferentes y egoístas que constituye el núcleo de nuestro cuerpo electoral, apoyo de todos los Gobiernos, instrumento de todos los políticos y pretexto de toda ambición y tiranía. El 21 de Agosto, además, contemplaremos de nuevo dividida a España en señores y esclavos, establecida la inicua ley de castas en cuya virtud solo los afortunados, solo los ricos tienen derecho a intervenir en la cosa pública. Los pobres son eternos desheredados, sin patria ni derechos, con la sumisión por única ley de vida, con el deber pasivo por única regla de voluntad. En el espectáculo que se prepara no tomarán parte, estarán excluidos los que vierten a torrentes su sangre en defensa de la libertad y de la patria y contribuyen a las cargas públicas no ya como los privilegiados, sino con mayor cantidad, por los consumos y demás contribuciones indirectas. El obrero sirve para trabajar y producir, sirve para estar año tras año en los cuarteles, esperando que la libertad o la patria lo llamen al combate y morir oscurecido y sin gloria, envuelto entre el humo de los cañones y el polvo de los campamentos; pero no puede elegir a los legisladores, pero no es elector. El espectáculo electoral será obra principalmente de aquellos a quienes menos importa la política de los Gobiernos, a quienes en último término solo aspiran a vivir en la quietud y les asusta el movimiento de los pueblos libres, ese movimiento grandioso que constituye la civilización y el progreso de la humanidad, como el movimiento de los átomos y de los mundos del espacio constituye la vida del Universo. Son las clases propiamente llamadas conservadoras, que adoran el éxito sin conciencia, sin ideas, esclavas de su conveniencia y del placer de un día, que en su ceguera toman por una eternidad; esas clases indiferentes a todo menos a la satisfacción de un pobre, de un egoísmo miserable. 10 Fragmento recuperado del artículo «Simulacro electoral», La Vanguardia, 14 de julio de 1881. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 273 El Gobierno cuenta, y tiene razón de sobra, cuenta con alcanzar un solemne triunfo, una victoria insigne. ¿Debe vanagloriarse por esto? No tenía menos razón que Cánovas del Castillo y tantos otros que también consiguieron sumisas mayorías. El mérito de Sagasta, lo mismo que el de Cánovas del Castillo, está en el sistema político y administrativo de España, sistema que es una máquina de hacer esclavos de los ciudadanos, y de los esclavos máquinas de hacer diputados y ministros; máquinas ambas movidas por aquel en cuyas manos pone la suerte el Gobernador del país. Esclavos los municipios del gobernador y del jefe económico, y disponiendo de ellos el último escribiente de las oficinas provinciales, y esclavas las provincias de los centros de Madrid, la libertad electoral, como los demás derechos, son pura mitología doctrinaria y pretextos para dominar; […] No está enfermo, como se ha dicho, el Cuerpo electoral. Lo que sí está es preso, magullado, sin fuerza, inánime; estrujado entre las ruedas de la reorganización administrativa y política de España. No bastan a los conservadores los recursos mil que las imprevisiones sociales, que la anarquía económica pone en sus manos; no les basta la influencia del capitalista sobre el obrero, del propietario sobre el colono, del fabricante sobre el trabajador, del sabio sobre el ignorante, del fuerte sobre el débil, no les basta la injusticia de las leyes, sino que aún disponen y aprovechan la fuerza incontrastable de una administración opresora, sin orden y sin moral, en perpetuo desbarajuste, amparo del caciquismo repugnante que nos arruina y nos deshonra. No hay libertad electoral, no puede haberla, y sin libertad electoral, las elecciones son simulacros nada más. Entre nombrar directamente diputados el Gobierno y nombrarlos por medio de unos cuantos electores dóciles y privilegiados, acaso optaríamos nosotros por el primer extremo. De simulacros estamos hartos los españoles y pueden llegar a repugnar, huyendo de ellos como de una tormenta o una peste mortífera aún los más animosos ciudadanos. EL HORRIBLE MONSTRUO DOCTRINARIO: LA BUROCRACIA11 Es indudable que caminamos rápidamente a nuestra regeneración político-social por los cauces abiertos por los doctrinarios; tanto que, como decíamos ayer, nadie fía el triunfo de sus ideas a las pacíficas contiendas electorales 11 «Doctrinarismo y burocracia», en La Vanguardia, 15 de julio de 1881. 274 eduardo HiGueraS CaStañeda ni al poder de la opinión pública, considerando el sufragio, que debiera ser como la síntesis, y a la vez firme garantía de todos los derechos civiles y políticos, como un juego con que los gobiernos entretienen a los pueblos, y más todavía que como un simple juego, como un medio de viciar las costumbres públicas y sembrar por el país el horrible indiferentismo sobre que suelen descansar las más degradantes tiranías. Pero si estas ventajas nos produce el doctrinarismo en la esfera política, en la económica son aquellas todavía más relevantes y dignas de atención. Todo se vuelve entre los doctrinarios hablar de economía, hasta el extremo de pertenecer a esa escuela política la fracción de teóricos ilusos que a sí mismos se llaman economistas. Sin embargo de todas sus brillantes elucubraciones sobre impuestos, sobre proteccionismo o libre cambio, sobre la renta y demás términos, a pesar de sus invenciones sublimes, sobre las maravillas del crédito y de toda baraúnda de títulos, consolidado, diferido, carpetas, bonos, billetes hipotecarios y otros mil que hacen de la Hacienda, del crédito y de la Deuda un confuso e impracticable laberinto, hemos llegado a este resultado: el país está completamente pobre y no puede soportar las cargas públicas; los ciudadanos en su inmensa mayoría, ven escaparse de sus manos el capital de que disponían para el ejercicio de su profesión o industria, resultando de aquí la dolorosa, pero necesaria emigración de los obreros, los municipios, aún los de más recursos, carecen de lo más preciso para atender a sagradas obligaciones como la enseñanza, la beneficencia y otras ciento; las provincias no pueden invertir un céntimo en la construcción y reparación de carreteras, y por todas partes en fin, se ve amenazante y tétrico el espectáculo de la muerte. ¿Está mejor el Estado? ¿Rebosa en las arcas del Tesoro público el dinero? Todo lo acapara el fisco, todo viene al centro universal, dejando en las provincias solamente hambre, miseria, desolación y ruina. Parece natural que el Tesoro nadase en la abundancia, próspero y rico, floreciente y magnífico. Pues no sucede esto que parece natural; por el contrario, sucede que el Tesoro está pobre como el país y la Hacienda nacional en perpetua quiebra. Si los ciudadanos españoles viven apenas a fuerza de trampas, mientras apura el usurero el último escrúpulo de la dignidad o porque el prestamista se reviste de prudencia para no perder el parroquiano y el dinero, el Estado no goza en verdad de más ventura ni tiene más esperanzas, ni cuenta con otros recursos, aparte los últimos vestigios del trabajo y de la propiedad que aún alimentan la hidrópica sed de su codicia. Emisiones sobre emisiones, empréstitos sobre empréstitos, deuda sobre deuda, trampa La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 275 sobre trampa: he aquí la vida del Estado, de ese Estado que ni abre canales, ni hace carreteras, ni fomenta de ningún modo el comercio ni la industria, ni apenas sostiene escuelas, institutos, ni universidades, sabido como es que la primera enseñanza corre a cargo de los municipios y la segunda a cargo de las provincias, y respecto de las universidades y otros establecimientos hay en los presupuestos consignada una insignificante cantidad compensada con los derechos de matrículas y grados; de ese Estado, en fin, que tiene presidios en lugar de establecimientos penales y cloacas inmundas en lugar de canales, y que retribuye con miseria escandalosa la administración de justicia, tan incompleta y tan insuficiente como es por mil conceptos en España. ¿Qué se hace, se dirá, de tantos recursos, de tantos productos del trabajo y del resultado de tantas ruinas? ¿Qué se hace de tantos millones? ¿Qué se hace? La centralización es un monstruo que todo lo consume, y su tesoro, la vasija sin fondo que están condenados a llenar los españoles. El citado monstruo toma, según los casos, diferentes nombres y formas. Unas veces se llama absolutismo y todo lo necesita para el brillo cortesano y para sostener una aristocracia llena de soberbia; otras veces toma el nombre de imperio y todo lo necesita para fascinar y corromper a los pueblos con la ostentación, el fausto y las orgías; en España se llama burocracia, y esta es la forma más repugnante. En España todo se resuelve por los empleos y política, economía, moral, justicia, orden y libertad, solo se reduce al afán de vivir del presupuesto. Y no hablamos de las famosas irregularidades; porque sería cosa de que, penetrando en ese terreno de fango y podredumbre, perdiéramos la prudencia. El doctrinarismo todo lo ha corrompido entre nosotros; rebajando hasta lo indecible los caracteres, y lo corrompe todo, porque su política de intrigas, de transacciones, componendas y trasiegos llega a acabar con toda firme convicción y con toda entereza y con toda dignidad. Nuestros gobiernos suelen hablar de economías y prometerlas; pero siempre al llegar al poder se encuentran con el dogal de nuestro sistema político y administrativo, y con la atmósfera asfixiante en que respira y vive la burocracia, alma de ese mismo sistema. Y entre tanto que esto sucede, en medio de tantas desdichas vemos cómo crecen y se amillonan en la sociedad los usureros, y cómo en las más altas regiones se improvisan fortunas colosales, y cómo los banqueros llegan a la omnipotencia. Perece el industrial, maldice el agricultor de su suerte, se abandona el propietario a la desesperación, huye de su patria el infeliz obrero, y en cambio al lado de tantos infortunios, las acciones del Banco de España se cotizan al cuatrocientos por ciento. ¡Qué de ganancias no supone 276 eduardo HiGueraS CaStañeda esa cifra! ¡Y a qué reflexiones se presta la comparación de esas ganancias con la ruina del comercio y de la industria y con las desdichas de los españoles! ¡Ah! ¡Sí, seríamos ingratos, y más que ingratos, insensatos si no nos diésemos por satisfechos y no contásemos las glorias de la centralización, las excelencias del doctrinarismo y las virtudes de la burocracia! Pedir la federación que fundase la vida nacional sobre sus propios cimientos, esto es, sobre la autonomía de los municipios y provincias, es una verdadera insensatez. Dejad, dejad que se amontonen todas las nubes del cielo sobre esa gran masa, sobre ese centro omnipotente que todo lo absorbe, dejando desiertos los espacios; ¿Porque quién teme a los resultados? «LA AUTONOMÍA Y LA FEDERACIÓN»12 A la manera que la libertad política es la consagración y la garantía de la libertad civil o privada, así la federación es la única garantía de los derechos políticos del hombre; de tal suerte que sin ella, esto es, no descansando la constitución de los pueblos en un pacto federal que obligue igualmente a todos sus miembros o entidades libres, el derecho no puede ser realmente más que una mera concesión, siempre revocable, del poder o autoridad superior, cualquiera que ella fuese. –rey, dinastía, aristocracia, Pontífice, nación, etcétera, etcétera–; de que parta aquel acto generoso; mientras los individuos, los municipios y las provincias, estando a merced de esa suprema autoridad, viven vida precaria, sin derechos propios, sin personalidad, como simples instrumentos obligados a servirla, como esclavos de un gran Estado, heredero de todos los privilegios, de todas las absurdas prerrogativas del antiguo feudalismo y de la monarquía absoluta. Ni el nombre hace variar la naturaleza de las cosas ni la forma es bastante por sí para cambiar su esencia. Se ha discutido largamente sobre el pacto político y nosotros no hemos de insistir. Partiendo nuestro sistema de la razón, ha venido a establecer una serie de autonomías en la organización de los pueblos, que comienza en el individuo y concluye en la humanidad. El principio de la razón es opuesto y contradictorio del principio de autoridad hasta ahora dominante, y por consecuencia, supone distintos y opuestos procedimientos. La autoridad procede de arriba para abajo, como que su asiento está en la divinidad, en el misterio. La razón, por el contrario, procede de abajo arriba, como que 12 Artículo publicado en La Vanguardia, 19 de julio de 1881. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 277 tiene su base en la conciencia, en el hombre. Se ha dicho, se ha gritado contra nuestro principio fundamental, suponiendo que pretendemos fundar el derecho en la inconstancia y fragilidad de la voluntad, como si la voluntad fuese ni más inconstante ni más frágil que la razón. Nada más cierto. Nosotros fundamos, queremos fundar el derecho en algo muy superior a la simple voluntad; en la razón humana, en la naturaleza del hombre; pero entendemos que esa razón o esa naturaleza tiene su órgano propio de manifestación y acción en la voluntad. Esta no es ni puede ser arbitraria: es, por el contrario, como ha dicho un orador, la resultante de nuestro temperamento, de nuestras aptitudes, de nuestro carácter, de nuestras facultades físicas y morales. Sus extravíos son pasajeros, como son puramente relativos los errores de la inteligencia; pero ¿acaso no yerran y se extravían los hombres más sabios? Los que nos combaten bajo este concepto y admiten el derecho como fundado en la naturaleza humana, incurren en una contradicción insigne. O tienen que buscar fuera de la humanidad un intérprete infalible, o reconocer una casta de hombres de privilegiada inteligencia, encargados de mandar y guiar a los demás como rebaños: casta incompatible de todo punto con la libertad e igualdad sobre la que descansan los principios democráticos. Pero no queremos volver sobre cuestiones suficientemente debatidas y brillantemente expuestas. Es hoy otro nuestro propósito. Hay quien a toda costa se llama federal, y quien reconoce sustantividad y derechos propios en el municipio y en la provincia; y sin embargo, o rechazan el pacto como principio y base de toda organización política y social, o lo someten a determinadas condiciones, como si estas condiciones no debieran ser racionales e hijas de la humana voluntad; esto es, hay quienes consideran natural y aun necesaria la autonomía de los municipios y provincias, y sin embargo, rechazan el pacto, subordinando, por consiguiente, la naturaleza y la necesidad a la ley de las mayorías, contrasentido para nosotros inexplicable. Porque son naturales los derechos del individuo, por eso son imprescriptibles e ilegislables, y superiores al Estado, de tal modo, que en derecho, nadie, ni aún las mayorías, ni aún la nación pueden nada contra ellos, según proclama la democracia. Habría sido conveniente que hubiesen dicho qué garantías reservaban a los municipios y provincias, naturalmente, necesariamente autónomas, contra la imposición, contra toda usurpación y tiranía. Nosotros aceptamos la ley de sociabilidad; tenemos la sociedad por natural y necesaria y por natural y necesario el Estado; porque entendemos que los hombres se deben mutuo 284 eduardo HiGueraS CaStañeda ha de culpar de que no siga el triste ejemplo de los que renuncian a pensar, solo por el miedo que les causa la seguridad de que, pensando, matarán sus propios prejuicios, destruirán sus propios errores y disiparán con la luz de la verdad las sombras, las preocupaciones de su espíritu? Tengo entendido que Engel [sic], economista, amigo íntimo, discípulo y colaborador de Carlos Marx, ha publicado recientemente en Alemania la segunda parte de la obra concebida por el maestro; es decir, La Circulación del Capital. No renuncio a traducir también esa segunda parte que comprende la distribución de la riqueza, tan importante por los problemas sociales que también entraña, como la producción. La lentitud con que ha de publicarse la primera, por las condiciones en que se hace, me permitirá traducir poco a poco la segunda. En la traducción he procurado ser fiel al original, simplificando cuanto me ha sido posible el lenguaje, empresa esta difícil y penosa, tratándose de un autor alemán, para cuya traducción no cabe fiarse en las versiones hechas a otras lenguas. Me he propuesto solo dar a conocer el libro, ayudando así al estudio de graves problemas; y con esto, si lo consigo, quedaré completamente satisfecho. EL MUNICIPIO COMO ESTADO14 Por este procedimiento [el federal], con este sistema, se realiza la unidad en la variedad de nuestra especie, y queda asegurada la libertad, como principio y base de toda organización; porque siendo iguales todos los asociados, ninguno tiene necesidad de abdicar ni hace abdicación de ningún género. Cada uno, sea del orden que quiera, es autónomo, libre para regir su vida interior, para gobernarse independientemente, según aconsejen sus especiales intereses y permitan su carácter, sus recursos y su ilustración. La unión es para los intereses generales, para lo que afecta directa e inmediatamente a los asociados todos, no pudiendo nadie intervenir en lo que sea particular y privativo de cada uno de ellos; y es principalmente la unión, para asegurar, 14 Este texto se ha recuperado del capítulo XVII de Democracia, Federación y Socialismo, pp. 136-138. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 285 para afianzar la autonomía de los individuos, grupos, municipios o provincias unidas. En el primer grupo, que podemos llamar municipio, Estado municipal, cada uno de los ciudadanos interviene con su opinión y con su voto en el gobierno de todos y en la administración de los bienes comunes, formando sus presupuestos, autorizando sus empréstitos, imponiendo sus contribuciones en proporción de los gastos y haciéndolas recaudar, abriendo sus comunicaciones, sus caminos, sus canales, sus correos; estableciendo su política, determinando sus servidumbres públicas, el aprovechamiento de las aguas y el modo de adquirir, disfrutar y transmitir los productos del trabajo, las condiciones generales del cambio, y, en fin, los deberes y los derechos sobre la base de la reciprocidad, esto es, de la igualdad; y al mismo tiempo crea la justicia, los tribunales, el gobierno, para decidir en los conflictos que ocurran entre los vecinos legisla, ejecuta y juzga. Ninguno, empero, llega a la vida privada del individuo, para la cual todos se reservan la más completa autonomía. En todo lo que se refiera a los intereses comunes o colectivos, que a todos interesan igualmente, deciden, como es natural, la opinión y la voluntad de los más; pero esta autoridad social halla su límite en la vida peculiar, en lo que es privativo de los ciudadanos, libres para pensar, para creer, para discutir, para enseñar y aprender, para trabajar y disponer de los productos de su trabajo, y hasta para combatir pacíficamente los acuerdos de la mayoría, ganarse las inteligencias y procurar el triunfo de sus ideas. Nadie, pues, tiene derecho a penetrar en la conciencia ni en el hogar doméstico, donde se guarda intacto el tesoro de la razón, de la dignidad y del amor, empleos sagrados en que la personalidad resplandece con toda su grandeza; ni para oponerse al desarrollo de las fuerzas y facultades, naturales medios de cumplir nuestro destino, tan necesarias al hombre, como las alas al pájaro y las garras al león. En la asociación libre nadie se desprende de estos derechos; son estos, por el contrario, un supuesto de toda sociedad y de toda ley. Solo la ceguedad del misticismo puede conducir al hombre a la abdicación de su personalidad; solo la fuerza y la impostura han podido perturbar la conciencia, hasta el extremo de resignarse el hombre a vivir sin esos derechos, a vivir esclavo. 286 eduardo HiGueraS CaStañeda EL SUFRAGIO UNIVERSAL Y LA MUJER15 Los tres Poderes deben tener un mismo origen: el pueblo, mediante el sufragio universal. Por sufragio universal de los municipios, de las regiones o del pueblo todo deben ser también elegidos los que hayan de servir ramos especiales que el grupo respectivo no quiera comprender en ninguno de los tres Poderes, tales, quizá, como la dirección e inspección de la enseñanza, la intervención económica, la regulación de las relaciones del capital con el trabajo, etc., etc. El sufragio es un derecho. Nadie tiene el privilegio de mandar a otro, ni de administrar lo que a todos corresponde. Si no pueden todos intervenir directamente en la formación, ejecución y aplicación de las leyes, todos tienen el derecho de mandato. Para mí, esto es inconcuso; no comprendo cómo el sufragio pueda ser una simple función que el Estado oficial o el pueblo mismo puedan organizar a su antojo. Defendemos, pues, el sufragio universal, esto es, de todas las personas, no solo capaces de derecho, sino que además han de gozar de razón y de libertad; de libertad, porque es el poder de obrar conforme a la primera. Los niños, los locos, todos los sujetos a una obediencia pasiva, como actualmente el ejército, los frailes, el clero, etc., deben ser excluidos. Respecto de la mujer, no hay razón fundamental, como ya sostienen muchos y eminentes escritores de Europa y América, para excluirla del goce de este y de los demás derechos políticos; sobre todo, nadie podrá explicar, por qué no gozan derecho de sufragio las que son cabezas de familia, dirigen una numerosa familia, una casa de labranza, un comercio, una industria cualquiera, todo lo cual supone más capacidad de la que se le atribuye. La emancipación de la mujer es una necesidad política y moral de los tiempos modernos. En América, en algunos Estados de la Unión, gozan del derecho electoral activo y pasivo las mujeres sin ningún tipo de inconveniente. No lo ejercen todas, sino las que se sienten con aptitud y condiciones, como sucede con el sexo fuerte. Es una contradicción que se niegue a la mujer todo derecho político donde puede ser jefa del Estado, sin que tal privilegio pueda explicarse mejor que otras tantas odiosas o ridículas injusticias. 15 Fragmento recuperado del capítulo XII de Democracia, federación y socialismo, pp. 174-175. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 287 LAS FUNCIONES DEL ESTADO16 El Estado es un medio y como tal debe servir con eficacia al fin de la justicia, supliendo con los medios de la colectividad los defectos del individuo, en cuanto esos defectos supongan falta de condiciones necesarias dependientes de los demás hombres. En este concepto, debe el Estado en sus diferentes esferas: 1.º Asegurar en primer término la autonomía del individuo y de todos los grupos u organismos, que espontánea y libremente se constituyen para el cumplimiento de todos los fines humanos, el municipio dentro del municipio, la provincia dentro de la provincia, la nación dentro de la nación. Pero como no basta la libertad de pura forma, se necesita, además, que la colectividad social y el Estado, por consiguiente, cumplan el deber de ayudar al hombre, prestándole los medios de todo punto necesarios al desarrollo físico, intelectual y moral, o sea en la industria, en el arte, en la ciencia, y al efecto, debe asegurar a todos los hombres: 2.º Los medios materiales precisos para la vida física, condición de la intelectual, industrial y moral, y siendo la tierra como la luz, el aire, y como en general la Naturaleza, el medio común indispensable, debe organizarla de modo que su disfrute y aprovechamiento sean universales, armonizando lo necesario con lo libre, lo que pertenece a todos por naturaleza y lo que es propio de cada uno como ser activo e inteligente. 3.º El desarrollo de todas las facultades en un grado tal como es necesario, para que vivan todos dignamente y no sean privilegios odiosos la ciencia, el arte, la industria y la política, despertando en todos esa aptitud, en cada uno especial, que se llama vulgarmente vocación, que tiene su fundamento en la infinita variedad humana. 4.º El derecho de matrimonio y de familia, reformando esta institución hasta emancipar a la mujer y arrancar de la miseria y de la infamia, incompatibles con toda justicia y humanidad, a los hijos ilegítimos, parias todavía en plena civilización cristiana y democrática. 16 Puede encontrarse este texto en el capítulo XXVII sobre «El problema social y la federación-misión del Estado en sus diferentes esferas como preparación para los progresos futuros» de Democracia, federación y socialismo, pp. 209-210. 288 eduardo HiGueraS CaStañeda 5.º La corrección penal o rectificación de la educación, cuando la voluntad de un individuo se aparte tanto de la razón general, que llegue a violar el Estado jurídico, por todos establecido como necesaria condición de vida. 6.º Ciertas condiciones generales en los contratos, garantía de la buena fe y amparo de la debilidad y la ignorancia, puesto que el hombre no tiene el deber de ser universal y entender de todo; haciendo que el cambio sirva a los fines de la asociación y a los particulares que se proponen los contratantes. Principalmente deben fijarse las condiciones del trabajo, creando en el derecho positivo el derecho industrial, a fin de corregir e impedir las funestas consecuencias de un individualismo exagerado que todo lo subordina a la producción y a la ganancia, inclusas la salud, la vida y la dignidad del hombre. LA PROPIEDAD COLECTIVA DE LA TIERRA17 La forma colectiva combina y armoniza el elemento social de la propiedad con el individual y la naturaleza con el trabajo. Este es, en verdad, eminentemente personal y sus efectos lo que pertenece al individuo, la propiedad, si se quiere, inviolable. No somos, pues, comunistas, no queremos que la sociedad absorba al individuo; por el contrario, aspiramos a que este sea tan libre, tan grande, tan autónomo, que solo dependa de sí mismo, de su razón y de su trabajo, colocando su personalidad tan alta, que nadie alcance a subyugarla. Para nosotros todo lo que es personal, toda manifestación del espíritu es sagrada y respetable. El trabajador debe obtener y gozar del producto íntegro de su trabajo y la propiedad colectiva se lo asegura; y aunque esta no resuelve el problema insoluble de la felicidad humana, es, no obstante, un medio poderosísimo, así lo creemos, de mejoramiento y perfección. Establecida la propiedad colectiva de la tierra, la transformación sería pronto completa en todas las esferas sociales. Fácil sería entonces el problema del trabajo en las demás industrias; insensibles, si no imposibles, las crisis obreras; porque la agricultura sería siempre un recurso seguro y por lo tanto un eficaz compensador; resuelto el del crédito gratuito, el de los Bancos agrícolas, el de la enseñanza integral y otros muchos que hoy son tan difíciles e infunden tanto miedo; la renta sustituiría a las contribuciones actuales. Contra la propiedad colectiva de la tierra no hay argumento de 17 Este fragmento puede encontrarse en el capítulo XXXII de Democracia, federación y socialismo, sobre el «Carácter social de la propiedad territorial», pp. 242-243. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 289 verdadera fuerza. Al principal que se aduce, a saber: que mata el interés individual y por consiguiente que sofoca el espíritu de mejora, se contesta con la consideración de lo que acontece en la familia. ¿No trabajan los hijos con interés, aunque ignoran las fincas que les serán adjudicadas al fallecimiento de sus padres? Aquí el interés es común y cada uno ve en su propio trabajo una necesidad correlativa del trabajo de los demás. Así sucedería con la propiedad colectiva. El arrendamiento, además, a largos plazos haría que cada uno cultivase la tierra con esmero, porque para él y su familia habrían de ser los frutos inmediatos, y porque, en todo caso, el municipio haría las veces de actual propietario e impondría condiciones de cultivo, desmontes, plantaciones, desecaciones, etc., etc. CONTRA LA MONARQUÍA, LA CENTRALIZACIÓN Y EL PARLAMENTARISMO18 Correligionarios: No he venido a este banquete en representación de LA REPÚBLICA; la representa mi querido amigo Sr. Castell. Yo he venido como republicano federal; más, puesto que se me ha concedido el uso de la palabra, voy a usar de ella por breves momentos, teniendo en cuenta vuestra impaciencia por oír al presidente del Consejo regional de Cataluña [Vallés y Ribot], y el poco tiempo de que podemos disponer. No soy orador y por esto sin duda no tengo pasión por los discursos. Y ¿qué podría yo deciros respecto de nuestros principios? Son bien conocidos de todos vosotros; los hemos expuesto en larga y tenaz propaganda, y son sencillos y claros, como la luz del mediodía. Tenemos enfrente una trinidad que es la ruina de este país: la monarquía, la centralización y el parlamentarismo, base y fuente de todos los privilegios políticos y sociales la primera; carga insoportable, opresora de los municipios y provincias y foco de inmoralidad, la segunda; fábrica de ambiciosos y eminentemente corruptor, el tercero. Enfrente de esa siniestra trinidad, tenemos, adoramos otra nosotros, trinidad esplendente de justicia: la República, la Democracia y la Federación, 18 Discurso de Correa y Zafrilla pronunciado en el banquete federal celebrado el 26 de febrero de 1886. Es, a su vez, el último texto del autor antes de su fallecimiento. Recuperado de La República, 28 de febrero de 1888. 290 eduardo HiGueraS CaStañeda términos que se completan recíprocamente y que son los principios capitales de nuestro partido, a cuyo triunfo debemos consagrarnos. Pero yo entiendo también que nuestro partido debe hacer más que ocuparse en asuntos puramente políticos. Las cuestiones sociales son de todos los tiempos, pero hoy se presentan en toda Europa con carácter urgente por los obreros, por los trabajadores. Nuestro partido, quiérase o no se quiera, es y tiene que ser eminentemente popular, eminentemente democrático, y no puede menos de atender a esas cuestiones con el mismo interés cuando menos, que a las puramente políticas. No ya solo la más alta representación del partido, la Asamblea, debe estudiar esas cuestiones y formular soluciones prácticas, sí que también la masa del partido debe discutirlas en sus reuniones, en sus círculos, en sus comités. Hoy se van ya formando grupos importantes, tales como el partido obrero, los internacionalistas, los socialistas, etc., etc., independientes de nuestro partido. Debiéramos trabajar por evitarlo con nuestras soluciones sociales al lado de las políticas, no contentándonos con acuerdos y medidas empíricas, porque esos grupos pueden ser mañana, cuando la libertad ayude al progreso, un partido tan poderoso como imponente, de suma gravedad para la República. Voy, también brevemente, a la cuestión de conducta. Nuestro partido está reconstruido; pero yo, que no adulo a nadie, debo decir que se halla debilitado y aun vacilante. ¿Por qué? Por falta de movimiento, por falta de acción. Necesitamos de gran actividad en la masa y de enérgica iniciativa en los centros directores, en su representación ejecutiva. Somos, como antes dije, un partido eminentemente popular, depósito de las ideas democráticas en toda su pureza; por esta razón debemos ser también el partido de más acción. Surgen disidencias con pretextos diversos; todas desaparecerían si acertáramos a dar impulso y poner en movimiento incesante a nuestro partido, impulso, movimiento siempre simpático y arrastraría a los débiles, a los indiferentes y aún a los adversarios de nuestras ideas federales. Después de catorce años, no, no podemos continuar sin herrar ni quitar el banco. Se habla de coalición. Se rompió y bien rota está. De todos modos, no existía tampoco antes de haberse roto. Pero yo entiendo que si nuestro partido tomara por su cuenta las grandes iniciativas, el impulso de que antes hablaba, el espíritu del país y la fuerza serían nuestros y llegaríamos a imponer la coalición o siquiera una inteligencia para los momentos supremos a los demás partidos republicanos, y de todos modos, con coalición o sin ella, estableceríamos en España la República federal. He dicho. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 291 Fecha Cronograma histórico-biográfico BIOGRAFÍA CONTEXTO 1842 Nace Pablo Correa y Zafrilla el día 30 de junio, en La Pesquera (Cuenca). Desde 1840, la regencia del general Espartero impulsa la desamortización eclesiástica aprobada en 1837. La tolerancia de las autoridades permite un primer impulso a las organizaciones obreras mutualistas. 1843 La revolución de 1843 derriba al regente. Se nombra un gobierno progresista que será rápidamente sustituido por los moderados. 1845 La Constitución doctrinaria de 1845 sienta las bases institucionales del régimen moderado. 1849 Fundación del Partido Demócrata español, resultado de la escisión del ala izquierda del progresismo tras el intento revolucionario de 1848. 1854 La revolución de julio derriba el gobierno moderado del conde de San Luis y da paso a un periodo de apertura liberal fundamental para el desarrollo de las sociedades obreras mutualistas y el despliegue de la movilización democrática. 1855 Inicia los estudios de latinidad en las Escuelas Pías de Almodóvar del Pinar. 1856 Se traslada para continuar sus estudios en Albacete. El golpe de Estado del General O’Donnell pone fin a las Cortes Constituyentes y al Bienio Progresista. 1857 Estalla la polémica periodística entre progresistas y demócratas por el rumbo socialista del periódico La Discusión. 1859 Se establece en Cuenca para cursar la enseñanza secundaria. En 1858 el gobierno liberal-conservador de la Unión Liberal activa la Ley de Desamortización Civil aprobada por los progresistas en 1856. 1861 Finaliza la secundaria en Cuenca y se matricula en Derecho en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia. 1863 Traslada la matrícula a la Universidad Central de Madrid. Simultanea estudios de Filosofía y Letras. Retraimiento electoral de progresistas y demócratas contra Isabel II. Se inicia el ciclo subversivo que culmina con la caída de la reina en 1868. 1864 Renace la polémica en el Partido Demócrata entre individualistas y socialistas. La Democracia, de Castelar, representará a los primeros. Pi y Margall, desde La Discusión, a los segundos. El 28 de septiembre se funda la Asociación Internacional de Trabajadores en Londres. 292 eduardo HiGueraS CaStañeda 1865 En abril, ingresa en prisión tras participar en las protestas universitarias que desembocan en la «noche de San Daniel». 1866 Escribe sus primeros artículos para el diario republicano La Democracia. Inicio de la grave crisis económica que generó el derrumbe del crédito, un paro masivo y agravó la crisis de subsistencias provocada por la especulación. 1867 Finaliza los estudios de Derecho. Contrae matrimonio con Adelaida Pardenillas Abre despacho en Cañete (Cuenca). Fracasa la rebelión popular de progresistas y demócratas en Agosto contra la monarquía de Isabel II. Karl Marx publica en Hamburgo el primer libro de El Capital. 1868 Participa en los acontecimientos revolucionarios de septiembre. Se traslada a Cuenca para trabajar en la Diputación Provincial. Se instala como abogado en la capital. Revolución de Septiembre, movimiento juntista de orientación progresista-democrática. Exilio de la reina Isabel II. El gobierno provisional de Serrano y Prim promulga las libertades democráticas de voto (universal, directo y masculino), asociación, expresión, enseñanza, etc. Fundación del Partido Republicano Democrático Federal. 1869 Comienza a publicar el semanario republicano La Vanguardia junto a Juan Rabadán. Se da de baja en la milicia nacional tras la sublevación federal de octubre. Suscribe, en representación del federalismo conquense, el Pacto Federal Castellano firmado en Valladolid. Participa en la Junta de Representantes del Partido Republicano Federal en Madrid. Se elige el comité provincial del Partido Federal de Cuenca, dirigido por Correa, José Baños, Gregorio García Blasco y Ramón Castellano. Fundación de la Sección Española de la Asociación Internacional de Trabajadores. En junio, las Cortes aprueban la Constitución monárquica y democrática de 1869. Revuelta carlista en agosto, como respuesta a la aprobación de la libertad religiosa. Sublevación republicana en octubre, en respuesta al desarme de la Milicia Nacional. La Federación, periódico republicano de Barcelona, publica el Manifiesto Inaugural de la Primera Internacional. 1871 Asiste a Madrid como representante de Cuenca en la Asamblea Republicana Democrática-Federal. Comienza el reinado de Amadeo I de Saboya. La Comuna de París. Comienza en el Congreso de los Diputados el debate sobre la prohibición de la AIT. Fundación de la Asociación del Arte de Imprimir, de orientación socialista. La pluma roja de la prensa federal. Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888) 293 1872 Es elegido concejal en coalición con el Partido Radical. Su acta es anulada. Participa en la Asamblea Republicana Federal como representante por Cuenca. Deja de publicarse La Vanguardia a finales de año. Inicio de la rebelión que deriva en la segunda guerra carlista. El gobierno radical de Ruiz Zorrilla promueve la abolición de la esclavitud en Puerto Rico. Respuesta de los esclavistas a través de los Centros Ultramarinos. Se publica la primera edición francesa de El Capital. En Julio, se constituye la Nueva Federación Madrileña de la Internacional. La Emancipación reproduce fragmentos de El Capital y de Miseria de la Filosofía; una traducción completa de La Guerra Civil en Francia, así como el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels. 1873 Es elegido Diputado a Cortes Constituyentes de la República por la circunscripción de Motilla del Palancar. Reaparece el periódico republicano conquense La Vanguardia. El 11 de febrero se proclama la I República. Inicio de la rebelión cantonal para construir la Federación desde la iniciativa municipal. Se aprueba la legislación social del ministro Benot, durante el gobierno de Pi y Margall. 1874 Junto a los exdiputados Fuente Alcázar, Romero Girón, Rubio y Gimeno, forma parte de la comisión nombrada en el ministerio de la Gobernación para gestionar el socorro las víctimas del saqueo de Cuenca por los carlistas. El 3 de enero, el general Pavía cierra las Cortes Constituyentes y se inicia una dictadura republicana dirigida por el general Serrano. El 17 de julio, las tropas carlistas saquean Cuenca. Persecución del republicanismo de izquierdas desde el ministerio de la Gobernación. 1875 Comienza el reinado de Alfonso XII bajo la dictadura de Cánovas del Castillo. 1876 Redacta el borrador de Democracia, Federación y Socialismo. Tras unas elecciones por sufragio universal, pero sin libertad de partidos ni de prensa, se aprueba la constitución liberal-doctrinaria de 1876. 1877 Se publica Las Nacionalidades, de Francisco Pi y Margall. 1878 Comienza a firmar artículos en el periódico de coalición republicana La Unión. 300 eduardo HiGueraS CaStañeda Diario de Sesiones de las Cortes (1872-1873) La Discusión (1869-1887) Las Dominicales del Libre Pensamiento (1894) El Eco de Cuenca (1868-1873) El Eco del Pueblo (1897-1898) Gaceta de Madrid (1815 y 1875) El Globo (1877-1883) El Imparcial (1874-1877) La Igualdad (1869-1873) La Ilustración Republicana Federal (1872) La Justicia (1888-1893) El Liberal, Cuenca (1911) El Motín (1884) El Mundo Moderno (1881) Las Nacionalidades (1880-1881) El Nuevo Régimen (1913) El Porvenir, Barcelona (1876-1877) La República (1883-1888) El Solfeo (1876-1877) La Unión (1877-1880) La Vanguardia, Madrid (1871-1872) La Verdad (1871-1872) FUENTES IMPRESAS azCárate, Gumersindo de, El régimen parlamentario en la práctica, Madrid, Imprenta de Fortanet, 1885. CaBallero, Fermín, La imprenta en Cuenca. Datos para la historia del arte tipográfico en España, Cuenca, Imprenta de El Eco de Cuenca, 1869. CaStillo, Rafael del, Madrid riendo y Madrid llorando. Novela de costumbres, Madrid, Establecimiento Tipográfico de J. Cañas y Díaz, 1864. Correa y zaFrilla, Pablo, «D. Francisco Pi y Margall», en Pi y marGall, Francisco, La Federación. Discurso pronunciado ante el tribunal de imprenta en defensa del periódico federalista La Unión, y otros trabajos acerca del sistema federativo, precedidos de una noticia biográfica del autor, Madrid, Imprenta de Enrique Vicente, 1880. [Document text truncated for crawler view.]