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Estado oligárquico y protesta popular en Chile (1810-1891) Igor Goicovic Donoso
Estado oligárquico y protesta popular en Chile (1810-1891)
Colección Historia #151 Directora de colección: Ángeles Barrio Alonso consejo editorial consejo científico La colección Historia ha obtenido, en primera convocatoriia en julio de 2017, el sello de calidad en edición académica CEA, promovido por la UNE y avalado por ANECA y FECYT. Y ha sido renovado en julio de 2022. D. Enrico Acciai Università degli Studi di Roma «Tor Vergata», Roma Dña. Rosa Cid Universidad de Oviedo Dña. Ana Belén Marín Universidad de Cantabria Dña. Rebeca Saavedra Universidad de Cantabria Dña. María José Vilalta Universidad de Lleida Dña. Silvia Tamayo Haya Presidenta. Secretaria General, Universidad de Cantabria D. Vitor Abrantes Facultad de Ingeniería, Universidad de Oporto D. Ramón Agüero Calvo ETS de Ingenieros Industriales y de Telecomunicación, Universidad de Cantabria D. Miguel Ángel Bringas Gutiérrez Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de Cantabria D. Diego Ferreño Blanco ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Universidad de Cantabria Dña. Aurora Garrido Martín Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Cantabria D. José Manuel Goñi Pérez Modern Languages Department, Aberystwyth University D. Carlos Marichal Salinas Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México D. Salvador Moncada Faculty of Biology, Medicine and Health, The University of Manchester D. Agustín Oterino Durán Neurología (HUMV), investigador del IDIVAL D. Luis Quindós Poncela Radiología y Medicina Física, Universidad de Cantabria D. Marcelo Norberto Rougier Historia Económica y Social Argentina, UBA y CONICET (IIEP) Dña. Claudia Sagastizábal IMPA (Instituto Nacional de Matemática Pura e Aplicada) Dña. Belmar Gándara Sancho Directora. Editorial de la Universidad de Cantabria
Estado oligárquico y protesta popular en Chile (1810 -1891) Igor Goicovic Donoso
THEMA: NH, JP, JHBA, 3MN, 1KLSH Esta edición es propiedad de la Editorial dE la UnivErsidad dE Cantabria, cualquier forma de reproducción, distribución, traducción, comunicación pública o transformación sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Esta obra ha sido sometida a evaluación externa, aprobada por el Comité Científico y ratificada por el Consejo Editorial de acuerdo con el Reglamento de la Editorial de la Universidad de Cantabria. © Imagen de cubierta: Chile, trabajadores en el ... campo, autor desconocido. [Entre 1908 y 1919]. Biblioteca del Congreso [https://www.loc.gov/item/2016821166/]. © Cátedra Eulalio Ferrer © Igor Goicovic Donoso (Universidad de Santiago de Chile) ORCID: 0000-0003-2183-7195 © Editorial de la Universidad de Cantabria Avda. de los Castros, 52 | 39005 Santander Tel. y Fax 942 201 087 ISNI: 0000000506860180 www.editorial.unican.es ISBN: 978-84-19024-18-3 (Rústica) ISBN: 978-84-19024-19-0 (PDF) DOI: https://doi.org/10.22429/Euc2022.035 Hecho en España | Made in Spain Santander, 2022 Goicovic Donoso, Igor Alexis, autor Estado oligárquico y protesta popular en Chile (1810-1891) / Igor Goicovic Donoso. – Santander : Editorial de la Universidad de Cantabria, 2022 198 páginas. – (Historia ; 151) ISBN 978-84-19024-19-0 1. Chile-Política y gobierno-S. XIX. 2. Chile-Historia-S. XIX. 3. Movimientos socialesChile-S. XIX. 32(83)"18" 94(83)"18" 323.23(83)"18" © Editorial Ámerica en Movimiento Blanco 1065 Valparaíso, Chile www.americaenmovimiento.cl ISBN: 978-956-9645-69-3
Sumario Introducción ............................................................... 9 I. La construcción del estado oligárquico (1810-1831) ........................................ 15 II. El peso de la noche (1831-1871) ............................ 41 III. Sociedad, guerra y protesta (1871-1885)................. 73 IV. La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) ........................................ 123 Epílogo ....................................................................... 165 Fuentes y bibliografía .................................................. 169
Introducción Hasta el mes de octubre de 2019 muchos analistas y no pocas personas, tanto en Chile como en el exterior, asumían sin mayores objeciones el discurso público que rotulaba a Chile como un «oasis» en un contexto latinoamericano marcado por la inestabilidad y la violencia1. Esta condición paradisiaca, de acuerdo con los dichos del Presidente de la República de la época (Sebastián Piñera Echeñique), se había alcanzado gracias a la capacidad demostrada por nuestras élites para construir una democracia estable y una economía en permanente crecimiento. Pero este no fue un exabrupto del gobernante. Todos los Jefes de Estado del país entre 1990 y 2019, independiente de su orientación política, reivindicaron y divulgaron, con más o menos énfasis, esta misma imagen. No es extraño, entonces, que quienes observaban la situación política de Chile coincidieran con este diagnóstico. Es más, durante el proceso de transición a la democracia, en especial a partir del Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (1991), todos los sectores políticos, tanto de gobierno como de oposición, así como las organizaciones patronales, de trabajadores e incluso de derechos humanos, enfatizaron que el ciclo dictatorial, liderado por Augusto Pinochet 1 Piñera, Sebastián, Presidente de Chile (2018-2022), «Presidente Piñera: Chile es un verdadero oasis en una América Latina convulsionada», El Diario de Cooperativa / Cooperativa, 9 de octubre de 2019. Link: https://www. cooperativa.cl/noticias/pais/presidente-pinera/presidente-pinera-chile-esun-verdadero-oasis-en-una-america-latina/2019-10-09/063956.html.
16 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) a la captura y cautiverio del Rey Fernando VII. Para esta élite resultaba inquietante tanto el vacío de poder que conllevaba el cautiverio del rey, como la eventualidad de un levantamiento popular que arrasara a sangre y fuego los privilegios de las clases dirigentes. No es extraño, en consecuencia, que la élite concurriera masiva y activamente a los espacios de poder local (cabildos), a discutir (en ocasiones acaloradamente), el destino de la gobernación y la mejor administración del poder. El proyEcto oligárquico, la guErra dE indEpEndEncia y las clasEs popularEs Durante el siglo XVIII la expansión de las actividades económicas, especialmente cupríferas y trigueras, y el subsecuente crecimiento de la población, coincidieron en el tiempo con el impulso dado por la Corona española a la política de fundación de villas en Indias. De esta manera, durante la centuria del setecientos se llevaron a cabo 24 proyectos de creación de ciudades al norte y al sur de la ciudad de Santiago de Chile2. El objetivo fundamental de la política borbónica era intervenir en la conformación del espacio urbano y social, racionalizándolo y regulando a sus ocupantes. Las nuevas villas (San Rafael de Rozas, Santa Ana de Briviesca, San Felipe del Real, entre muchas otras), se convirtieron en la punta de lanza de la política borbónica, en su objetivo de reponer la autoridad estatal al interior de una sociedad, eminentemente rural, férreamente controlada por la oligarquía latifundaria3. 2 Lorenzo, Santiago, Origen de las ciudades chilenas. Las fundaciones del siglo XVIII, Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2013, pp. 17-34 y Cobos, María Teresa, La división político-administrativa de Chile, 1541-1811, Valparaíso: Universidad Católica de Valparaíso, 1989, pp. 33-113. 3 Salinas, René y Goicovic, Igor, «Las reformas borbónicas y la construcción de sociabilidad en las villas coloniales del Chile tradicional (1750-1810)»,
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 17 Efectivamente, la ruralidad se configuraba como una compleja trama de relaciones sociales en las cuales las élites terratenientes ejercían no sólo el control sobre los procesos productivos, sino que, además, detentaban una evidente tuición sobre la población, sus quehaceres cotidianos, sus prácticas sociales y sus representaciones culturales4. Pero este control extendido sobre la vida social no tenía correlato en el ámbito de la vida política. Las instituciones del Estado colonial se encontraban, en general, copadas por sujetos provenientes de la península ibérica o de las cabeceras virreinales de Nueva España o Perú, situación que generaba descontento y, circunstancialmente, manifestaciones de malestar o resistencia5. Pero la desaparición de la autoridad real trastocó profundamente las relaciones de poder en Indias. Las élites locales percibieron rápidamente la constitución de una oportunidad política que les permitiera alcanzar las estructuras del poder que hasta ese momento se encontraban vedadas. No es extraño, por lo tanto, que el proceso independentista (1810-1818) haya partido como una demanda de autonomía y haya concluido, exclusivamente, como revolución política, sin alterar o modificar de forma sustantiva la estructura de clases y, por lo tanto, las Lombardo, Sonia (coord.), El Impacto de las reformas borbónicas en la estructura de las ciudades. Un enfoque comparativo, México: Gobierno de la Ciudad de México, Vocalía Ejecutiva, 2000, pp. 355-380. 4 Ver al respecto los trabajos recientes de, Armijo, Andrea, «Entre el clientelismo y el reforzamiento de vínculos familiares: El compadrazgo en las familias indígenas del valle de Melipilla (Chile, 17890-1810)», Fronteras de la Historia, 25: 1 (2020), pp. 122-146 y «Compadrazgo, movilidad social y relaciones de poder de mulatos libres. Villa de San José de Logroño, Chile, 1780-1810», Revista de Indias, 80: 278 (2020), pp. 163-197. 5 El antecedente más destacado en la historiografía es la denominada «Conspiración de los Tres Antonios» de 1780. Sobre este tema, Villalobos, Sergio, Tradición y reforma en 1810, Santiago de Chile: Universidad de Chile, 1961, pp. 113-153 y Amunategui, Miguel y Amunategui, Gregorio, Una conspiración en 1780, Santiago de Chile: Imprenta del Congreso, 1853, pp. 91-120.
18 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) relaciones de dominación impuestas por las élites terratenientes y mercantiles6. Es más, la radicalidad que adquirió el proceso desde el punto de vista político, fue la consecuencia del carácter represivo que asumió la restauración de la autoridad colonial entre 1814 y 1817. Efectivamente, fueron las medidas de confiscación de bienes que afectaron a la oligarquía criolla, por una parte, y las violentas represalias políticas contra el sector más radicalizado del grupo patriota, por otra, las que precipitaron al conjunto del dividido bando criollo a las filas del separatismo7. Efectivamente, los acontecimientos se fueron desarrollando de forma ascendente. Las noticias referidas al cautiverio del Rey Fernando VII y al ascenso al trono en España de José Bonaparte activaron el debate político respecto del vacío de poder. Las élites locales, articuladas en torno a los cabildos, comenzaron a reivindicar el retorno de la soberanía política al pueblo a objeto de asumir la conducción del proceso político interno8. No 6 Al respecto ver, Vitale, Luis, Interpretación marxista de la historia de Chile. La independencia política, la rebelión de las provincias y los decenios de la burguesía comercial y terrateniente, vol. 3, Santiago de Chile: Prensa Latinoamericana, 1973, pp. 7-87; Collier, Simon, Ideas y política de la independencia chilena: 1808-1833, Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1977, pp. 22-67; y Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840), Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2009, pp. 21-64. 7 Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, ¿Chilenos todos?(…), pp. 95-101. Las políticas represivas, encuadradas en un contexto de guerra, son matizadas por Guerrero Lira, Cristian, la contrarrevolución de la independencia en Chile, Santiago de Chile: Editorial Sudamericana – DIBAM, 2002, pp. 21-42. 8 Para Ricardo Krebs esto fue el resultado la temprana formación de la idea de «patria» entre las élites criollas (ver, Krebs, Ricardo, «Orígenes de la conciencia nacional chilena», en Cid, Gabriel y San Francisco, Alejandro (eds.), Nación y nacionalismo en Chile. Siglo XIX, Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2009, pp. 3-22), mientras que, para Gabriel Salazar, por el contrario, fue el resultado de la apropiación realizada por la élite terrateniente y mercantil de los espacios de poder «ciudadanos» (ver, Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile (1800-1837). Democracia de los pueblos,
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 19 obstante, los sucesivos pronunciamientos políticos, como el del cabildo abierto del 18 de septiembre de 1810 en Santiago o el Reglamento Constitucional de 1812, enfatizaron que los gobiernos locales se constituían a efectos de administrar la gobernación de Chile mientras durase la prisión del Rey al cual continuaban reconociendo como el legítimo soberano9. No obstante, los enfrentamientos se acentuaron a partir del momento en que el virrey del Perú, Fernando de Abascal, determinó restablecer la soberanía peninsular en los territorios de Chile enviado una pequeña expedición militar al mando del almirante Antonio Pareja. Esta expedición desembarcó en Chiloé a fines de 1812 y se puso a la tarea de reclutar adeptos entre los hacendados y trabajadores de la zona sur de Chile, gestión que le permitió disponer, a mediados de 1813, de un ejército de aproximadamente 5.000 soldados. Tras la muerte de Pareja (en mayo de 1813), los ejércitos realistas fueron liderados por Juan Francisco Sánchez, Gabino Gainza y Mariano Osorio, logrando este último imponerse a las tropas patriotas en la batalla de Rancagua (1 y 2 de octubre de 1814). Los patriotas, fuertemente fracturados por las profundas diferencias políticas y personales que enfrentaban a sus dos más emblemáticos líderes, Bernardo O’Higgins (conservador) y José Miguel Carrera (radical), partieron al exilio dejando en la más absoluta indefensión a los derrotados10. El retorno de las autoridades peninsulares a los cargos de poder en Chile no solo supuso el afianzamiento de la autoridad realista en el país, lo cual se vio acentuado por la reposición en el trono de España de Fernando VII (marzo de 1814), sino que militarismo ciudadano, golpismo oligárquico, Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 2005, pp. 79-93. 9 Archivo Histórico Nacional (AHN), Acta de la Primera Junta Nacional de Gobierno. Santiago de Chile. 18 de septiembre de 1810 y AHN, Reglamento Constitucional Provisorio de 1812 (sancionado el 26 de octubre de 1812). 10 Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, ¿Chilenos todos?(…), pp. 90-92.
20 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) conllevo, además, la ejecución de una serie de represalias en contra de los criollos más significados en el bando patriota, como el confinamiento en el Archipiélago de Juan Fernández, el secuestro de bienes o la imposición de fuertes cargas pecuniarias11. No obstante, para los sectores populares el cambio de autoridades no supuso una modificación sustantiva de su condición social o política, por el contrario, la llegada de los peninsulares acentuó el control social sobre la peonada vagabunda y estimuló la prédica religiosa realista en los campos, a la par que se mantenía la exclusión política que también practicaron los patriotas12. Por ello, la llegada del Ejército Libertador a Chacabuco en febrero de 1817 fue vista con indiferencia por una parte importante del mundo popular, que no percibía en el enfrentamiento interoligárquico una causa propia. Por el contrario, la devastación de las economías campesinas y las sucesivas levas forzosas practicadas por ambos ejércitos eran concebidas como amenazas a la subsistencia, frente a las cuales se ejercían diferentes tipos de acciones de resistencia, desde el ocultamiento de recursos, hasta la formación de montoneras. Efectivamente, el escenario principal de los enfrentamientos armados entre patriotas y realistas fue la zona centrosur del país (Santiago-Concepción), la que sufrió, sistemáticamente, los estragos de las sucesivas campañas militares. La requisición de alimentos, la leva forzosa de los trabajadores agrícolas y el saqueo de bienes, equipamiento y herramientas, desarticulo rápidamente la estructura productiva y comercial del principal núcleo agrícola del país. A contrapelo de lo anterior, el Norte 11 Cárdenas, Mario, «Secuestro de bienes durante la independencia de Chile», Cuadernos de Historia, 24 (2005), pp. 89-105. 12 Araya, Alejandra, Ociosos, vagabundos y malentretenidos en Chile colonial, Santiago de Chile: DIBAM – LOM Ediciones, 1999, pp. 67-90; y Cavieres, Eduardo, «La iglesia y la independencia de Chile. Políticas de Estado, doctrina y patrimonio eclesial», Cuadernos de Historia, 33 (2010), pp. 37-61.
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 21 Chico, que prácticamente no sufrió los avatares del enfrentamiento armado, se transformó en el más importante centro productivo de la emergente república meridional. Al respecto José Bengoa señala, La guerra de la Independencia desordenó el Reino y la sociedad. La relación entre criollos y pueblo se relajó y se desdibujó la autoridad. Las guerras sirvieron para que muchos sectores se levantaran, usando como pretexto estar de un bando o de otro. Muchos de estos sectores fueron reclutados por ambos ejércitos13. Producto de esta situación, los lazos de subordinación que vinculaban estrechamente a patrones y trabajadores, experimentaron una notable distensión. Los peones abandonaron los campos, se echaron al monte, ya sea huyendo de la recluta o para convertirse en montoneros. De esta forma la vieja estrategia de subsistencia de la trashumancia, se revistió de un carácter político, al dar origen al bandolerismo social14. Pero, por otra parte, el abandono en que quedaron las tierras del valle central, al asumir sus propietarios roles protagónicos en el conflicto político-militar, facilitó la ocupación de hecho de las tierras por parte de los trabajadores que desertaban o por los que, al finalizar el conflicto, buscaron un lugar en el cual arraigarse. De esta forma se inició, a mediados de la década de 1810 un sostenido proceso de campesinización, que revirtió, diez años más tarde, la crisis del sector agropecuario15. 13 Bengoa, José, Historia social de la agricultura. El poder y la subordinación, vol. 1, Santiago de Chile: Ediciones SUR, 1988, p. 106. 14 Los viajeros europeos que visitaron Chile en el marco de la guerra de independencia se refirieron ampliamente a estos fenómenos. Al respecto ver, Graham, María, Diario de mi residencia en Chile durante el año de 1822, Madrid: Editorial América, 1916 y Poeppig, Eduard, Un testigo en la alborada de Chile, Santiago de Chile: Editorial Zigzag, 1960. 15 Salazar, Gabriel, Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX, Santiago de Chile: Ediciones SUR, 1989, pp. 37-74.
22 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) No cabe duda, en todo caso, que la estabilidad del mundo colonial y en particular de las economías campesinas, se vio severamente alterada por la guerra de independencia, a la vez que las movilizaciones y enfrentamientos político-militares del período, relajaron la autoridad estatal y hacendal y permitieron la organización armada del campesinado16. En este proceso uno de los rasgos distintivos fue la indiferencia inicial que los sectores populares manifestaron frente al conflicto político. Su relación con los distintos bandos estuvo marcada por su adscripción clientelar, es decir, su movilización política o militar estaba condicionada por los vínculos sociales y laborales que los unían a la élite hacendal y mercantil17. No obstante, el carácter cooptativo que adquirió el proceso, los sectores populares privilegiaron la defensa y resguardo de sus propios intereses18. Este fenómeno fue tempranamente percibido por Marcelo Segall, quien sostuvo: «La investigación 16 Un enfoque general sobre la relación entre revueltas y revoluciones en, Tenenti, Alberto, De las revueltas a las revoluciones, Barcelona: Editorial Crítica, 1999, pp. 17-38. Los movimientos populares premodernos han sido estudiados por: Rudé, George, Revolución industrial y revuelta agraria. El capitán Swing, Madrid: Siglo XXI Editores, 2009; Hobsbawm, Eric, Rebeldes Primitivos. Estudio de las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, Barcelona: Editorial Crítica, 2001; y Thompson, Edward Palmer, Tradición, revuelta y conciencia de clase, Barcelona: Editorial Crítica, 1984. Para el caso latinoamericano ver, Slatta, Richard, Bandidos. The varieties of latin american banditry, New York: Greenwood, 1987; para el caso argentino disponemos del excelente estudio de Fradkin, Raúl, La historia de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826, Buenos Aires: Siglo XXI, 2006. 17 El grueso de las tropas que formaron en Chile el ejército realista eran de origen hispano-criollo. Muchos de ellos chilotes y habitantes de las regiones de Valdivia y Concepción. Ello fue tempranamente acreditado por Campos Harriet, Fernando, Los defensores del Rey, Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1976. Un enfoque similar en Luqui-Lagleze, Julio, «El ejército real de Chile en la guerra de la Independencia 1810-1818», Anuario de la Universidad Internacional SEK, 6 (2000), pp. 69-76. 18 La indiferencia de los sectores populares frente al proyecto de Estado y de nación elaborado por la élite criolla, en Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, ¿Chilenos todos? (…), pp. 120-144.
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 23 objetiva en los archivos y periódicos nos entrega a las clases inferiores de Chile actuando en ambos lados, el patriota y el realista, en favor de sus intereses directos, inmediatos o lejanos, como lucha de clases»19. La retórica patriota independentista no logró seducir de manera amplia y sistemática a las clases subalternas. En algunas circunstancias, como es el caso de la población afro descendiente, la promesa de emancipación favoreció el reclutamiento de cuadros de este origen para las milicias antimonárquicas. No obstante, como sostiene Marixa Lasso, ello no supuso, necesariamente, avanzar hacia la configuración de una sociedad fundada en la igualdad racial20. Pero, de igual forma, los grupos subalternos, como en este caso la población de origen negro, vio en la guerra de independencia una posibilidad de movilidad social ascendente. Esta fue la situación de los artesanos mulatos que formaron en Chile el Batallón de Infantes de la Patria (una unidad militar segregada), que jugó un rol destacado en las campañas militares de 1817 y 181821. Su aspiración, no siempre concretada, fue alcanzar reconocimiento por su contribución a la lucha por la 19 Segall, Marcelo, «Las luchas de clases en las primeras décadas de la República de Chile, 1810-1846», Anales de la Universidad de Chile, 125 (1962), p. 5. 20 Lasso, Marixa, «Un mito republicano de armonía racial: Raza y patriotismo en Colombia1810-1812», Revista de Estudios Sociales, 27 (2007), pp. 32-45. Para el caso de la población cubana de color, enrolada en el «ejército mambi» durante la independencia de ese país, ver el trabajo de Helg, Aline, «Sentido e impacto de la participación negra en la guerra de independencia de Cuba», Revista de Indias, 58: 212, (1998), pp. 47-63. Una postura similar se encuentra en el trabajo de Hébrard, Veronique, «¿Patricio o saldado: Qué «uniforme» para el ciudadano? El hombre en armas en la construcción de la nación (Venezuela, 1ª mitad del siglo XIX)», Revista de Indias, 62: 225 (2002), pp. 429-462, a propósito de los «soldados-ciudadanos» en Venezuela, en el contexto del proceso de independencia y de la posterior constitución de la sociedad política. 21 Cf. Contreras, Hugo, «Artesanos mulatos y soldados beneméritos. El Batallón Infantes de la Patria, en la guerra de Independencia de Chile, 17951820», Historia, 44: 1 (2011), pp. 51-89. y Vivanco, Claudio, «La actuación
24 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) independencia y, además, acceder a una condición social y jurídica de mayor equidad. El caso de los mapuche fue muy diferente. La situación de los pueblos al sur del río Bio Bío se encontraba regulada por los parlamentos que la corona española había suscrito con las comunidades aborígenes. Efectivamente, en el parlamento de Quilín, realizado en 1641, los españoles reconocieron la frontera del río Bio Bío y la independencia del territorio mapuche ubicado entre este cauce y el río Toltén. Los parlamentos posteriores, especialmente los verificados en el paraje de Negrete en 1726, 1771 y 1793, ratificaron este acuerdo22. De esta manera la condición de autonomía política y territorial de los mapuche en los espacios que habitaban se encontraba jurídicamente garantizada. Por ello la política patriota de subsumir al conjunto de estos grupos bajo la denominación genérica de chilenos y, a partir de ello, los esfuerzos por reducir la condición de autonomía de los indígenas, estimulo el espíritu de revuelta y, junto con ello, la incorporación masiva de los mapuche a las guerrillas y montoneras realistas23. del Batallón Infantes de la Patria durante la Patria Vieja, 1810-1814», Cuadernos de Historia Militar, 6 (2010), pp. 7-28. 22 Al respecto ver, Bengoa, José, Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2000, pp. 37-40. 23 El discurso y la política integradora del Estado chileno en Casanova, Holdenis, «Entre la ideología y la realidad: La inclusión de los mapuche en la nación chilena (1810-1830)», Revista de Historia Indígena, 4 (1999), pp. 9-48. En los territorios al sur del Bio Bío las guerrillas realistas, compuestas por pehuenches e hispano-criollos, fueron organizadas y lideradas por sacerdotes de la orden de San Francisco. Al respecto ver, Valenzuela, Jaime, «Los franciscanos de Chillán y la Independencia: Avatares de una comunidad monarquista», Historia, 38: 1 (2005), pp. 113-148. Para el caso de México el trabajo de Mengus, Margarita, «La tradición indígena frente a los cambios liberales», Revista de Indias, 69: 247 (2009): 137-156, sobre la región mixteca, ha establecido que los indígenas repudiaban tanto el bando patriota como el realista, «(…) pues ambos exigían contribuciones extraordinarias y provisorias para sostener la guerra». El contrapunto a este enfoque en Tutino, John, «The revolution in mexican Independence: Insurgency and
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 25 Miles de mapuche y de hispano-criollos pasaron a engrosar las filas de las guerrillas realistas, colocando en jaque la soberanía del naciente Estado chileno en la zona sur del territorio24. Pero los sectores populares, sumidos en la pobreza y la exclusión, no eran ajenos a los escenarios de conflictividad y violencia. No obstante, su relación con ellas se encontraba asociada a las condiciones en las cuales se desenvolvía su existencia material (relaciones sociales de producción) y a los entramados culturales en los cuales se configuraban sus identidades colectivas. Efectivamente, el pueblo se constituía en sus propios reductos de cotidianeidad, siendo los más recurrentes las fiestas religiosas y luego las fiestas cívicas, la plaza y las alamedas, y evidentemente los espacios de expendio y consumo de alcohol (chinganas, tabernas, pulperías, etc.)25. En ellos desplegaban costumbres y formas de vida particulares, en muchos casos asociadas a la vagancia, la trashumancia y el accionar delictual. Se trataba de sujetos atrevidos, irreverentes y violentos que preservaban celosamente su independencia. the renegotiation of property, production and patriarchy in the Bajío, 18001855», Hispanic American Historical Review, 78: 3 (1998): 367-418, quien da cuenta de la activa participación popular e indígena en los procesos revolucionarios del siglo XIX. 24 Los rasgos distintivos de la adhesión a la causa del Rey en la zona de Concepción en Cartes, Armando y Puigmal, Patrick, De la Alsacia al Bio Bío. El oficial napoleónico Fredéric de Brandsen en las campañas de la Independencia de Chile (1815-1819), Concepción: Universidad de Los Lagos – Universidad de San Sebastián, 2008, pp. 55-77. Una buena caracterización de la zona y de la formación de élites locales durante este período en Mazzei, Leonardo, La red familiar de los Urrejola de Concepción en el siglo XIX, Santiago de Chile: DIBAM, 2004. 25 La fiesta y la violencia como diada fundante de las identidades populares en, Godoy, Milton, «Fiestas, construcción de Estado nacional y resignificación del espacio público en Chile: Norte Chico, 1800-1840», Cuadernos de Historia, 37 (2012), pp. 51-73 y «¡Cuándo el siglo se sacará la máscara! Fiesta, carnaval y disciplinamiento cultural en el Norte Chico. Copiapó, 1840-1900», Historia, 40: 1 (2007), pp. 5-34.
32 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) señala que se trataba de un sujeto «feroz», motivado en sus acciones por el ánimo de venganza por antiguos agravios recibidos de los patriotas. No obstante, este autor no pone en duda el apoyo social con el cual operó este guerrillero realista, ni su capacidad para desestabilizar el nuevo orden político y militar40. Vicuña Mackenna, por su parte, no sólo dio cuenta de la brutalidad del enfrentamiento armado en la zona sur, sino que, además, estableció que dicho conflicto formaba parte de la «guerra civil» que afectó a la sociedad hispano criolla de la época y que se expresó como ruptura territorial. El reino de Chile, hallábase ciertamente dividido al acometer la empresa de su Independencia, i por las influencias combinadas de la política i de la milicia, de la sociabilidad i de la historia, en dos reinos diferentes, apartados, casi hostiles. Uno de esos reinos era Chile, el nombre tradicional de las comarcas del Maipo al Aconcagua, i se estendía del Maule al Paposo [Actualmente de Talca a Taltal]. El otro reino era el fuerte Penco [Concepción], el reino de la espada, como Santiago era de la toga i la cogulla. I tan cierto era esto que los altivos pobladores de la raya fronteriza (…) llamaron siempre Chile únicamente al primero de aquellos territorios; i así continúanlo llamando las jentes de aquellas comarcas que obedecen, sin apercibirse de ello, a una tradición inevitable41. Resulta evidente que durante la guerra de Independencia la noción simbólico-política de Chile aún no se encontraba debidamente desarrollada. Las lealtades que operaban al interior de la sociedad referían, fundamentalmente, a los vínculos clientelares que los sujetos construían con sus patrones y con los caciques locales. Ello incidió, de manera importante, en la formación de las 40 Barros Arana, Diego, Estudios históricos sobre Vicente Benavides y las campañas del sur: 1818-1822, Santiago de Chile: Imprenta de Julio Belín y compañía, 1850, pp. 13-38. 41 Vicuña Mackenna, Benjamín, La guerra a muerte (…), pp. XX-XXI.
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 33 unidades militares y en la construcción de las lealtades políticas al interior del pueblo. Un factor que complejizó aún más los enfrentamientos fue el de la participación mapuche. Para José Bengoa la guerra de independencia fue un fenómeno ajeno a los mapuche y éstos se vieron involucrados en la misma cuando el teatro de operaciones militares se trasladó al sur de Chile42. Los mapuche no eran parte de la sociedad hispano-criolla y, por lo tanto, percibieron la independencia como un hecho externo y ajeno. No obstante, tras la derrota realista en Maipú (1818) y el subsecuente repliegue de las tropas del Rey al sur del país, una parte importante de las comunidades mapuche se integraron a las bandas armadas que desplegaron en el sur de Chile una estrategia de guerrillas para impedir la instauración del nuevo régimen. Como señalamos previamente, no se trató de una guerra regular entre ejércitos convencionales fue, por el contrario, un enfrentamiento brutal entre un Estado en proceso de consolidación, por lo tanto precariamente constituido y débilmente asentado y grupos armados irregulares (montoneras), compuestas mayoritariamente por indígenas y campesinos hispano-criollos, que utilizaron como método preferente de combate la emboscada y la sorpresa, y que recurrieron al pillaje, el robo y el saqueo para recabar recursos y subsistir. Por su parte Jorge Pinto sostiene que los mapuche, y en general la sociedad regional, no miró con simpatía el proceso emancipador. Ello por cuanto desde el período colonial se había producido un proceso de integración regional fundado en la complementariedad de las redes indígenas con las redes capitalistas. 42 Bengoa, Historia del pueblo mapuche (…), pp. 139-152. Los disensos al interior de las comunidades mapuche entre «realistas» y «patriotas», han sido analizados por Téllez, Eduardo, «Espacios geoétnicos y confederaciones territoriales de la Araucanía en tiempos de la Guerra a Muerte», Revista de Historia Indígena, 3 (1998), pp. 53-76.
34 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Este proceso que no sólo reportaba autonomía política, sino que también otorgaba autonomía económico-social, se veía amenazado por un proyecto independentista planificado y dirigido por la élite santiaguina. De esta manera, la guerra de montoneras del período fue el resultado de la política de resistencia al cambio desplegado por esta comunidad regional43. A su vez Ana María Contador establece una diferencia entre las fuerzas que conformaban el bando monárquico. Por una parte identifica a las tropas del ya mencionado caudillo Vicente Benavides, compuestas por soldados e indígenas, pero que fueron expresión de continuidad del ejército realista; mientras que, por otro lado, se encontraban las montoneras autonomizadas, formadas por campesinos, desertores, vagabundos, delincuentes y prisioneros fugados, que si bien se asumían en la causa del Rey, respondían a sus propios intereses y liderazgos44. La historiografía mapuche, por su parte, ha sostenido que esta fase es expresión de la etapa más álgida en la defensa de la autonomía territorial y cultural del pueblo-nación mapuche pero que es, también, el punto de inflexión para la etapa posterior de incorporación forzada al Estado chileno45. Por último, Leonardo León indica que en las montoneras formadas a partir de 1818 se agruparon «los elementos más díscolos e insubordinados de la gente con los últimos remanentes del ejército de Rey» y que este contingente contó con el apoyo del 43 Pinto, Jorge, La formación del Estado y la nación y el pueblo mapuche. De la inclusión a la exclusión, Santiago de Chile: DIBAM, 2003, pp. 64-78. 44 Contador, Ana María, Los Pincheira (…), pp. 115-116. 45 Al respecto ver, Marimán, Pablo et al, ¡Escucha winka! Cuatro ensayos de historia nacional mapuche y un epílogo sobre el futuro, Santiago de Chile: LOM, 2004, pp. 53-127. Una interpretación diametralmente diferente entrega Villalobos, Sergio, «Guerra y paz en la Araucanía: Periodificación», VV.AA., Araucanía. Temas de historia fronteriza, Temuco: Ediciones Universidad de la Frontera, 1989, p. 24, que sostiene que los mapuche sólo participaron de la lucha «bajo la tentación del pillaje».
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 35 grueso de la población mapuche de la región. Ellos fueron los que constituyeron las partidas armadas de Vicente Benavides y de los hermanos Pincheira, inaugurando la denominada «Guerra a Muerte» que asoló los territorios del sur hasta 183246. Pero este fenómeno presenta rasgos distintivos en las diferentes regiones del país. En la zona norte y central de Chile la resistencia frente al reclutamiento forzoso y las compulsiones militares se expresaron tanto a través de levantamientos generales, como por la vía de las deserciones47. Mientras que en la zona sur y sur-austral, como indicamos previamente, se expresó por la vía de la formación de ejércitos montoneros que desafiaron, y en ocasiones neutralizaron, la soberanía política del naciente Estado chileno48. Cuando en abril de 1818 se produjo la derrota del ejército realista en la batalla de Maipú y, junto con ella, el reembarque de su comandante en jefe, Mariano Osorio, con los remanentes 46 Leonardo León ha sido el historiador chileno que ha estudiado más sistemáticamente estos fenómenos; al respecto ver León, Leonardo, «La deserción durante la guerra de Independencia en Chile, 1818-1820», Cuadernos de Historia Militar, 5 (2009), pp. 75-101; «Montoneras populares durante la gestación de la República, Chile: 1810-1820», Anuario de Estudios Americanos, 68: 2 (2011), pp. 483-510; y Ni patriotas ni realistas. El bajo pueblo durante la Independencia de Chile, 1810-1822, Santiago de Chile: DIBAM, 2012, pp. 35 y ss. Esta temática ha sido ampliamente tratada para América Latina, ver al respecto: Roselly, Diana, «Blandengues desertores: Dinámicas sociales de frontera en Buenos Aires a finales del siglo XVIII», Fronteras de la Historia 25: 2 (2020), pp. 94-118. 47 Dos episodios documentados son, el levantamiento de Chalinga (1818), en Goicovic, Igor, «Conflictividad social y violencia colectiva en Chile tradicional. El levantamiento indígena y popular de Chalinga (1818)», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 4 (2000), pp. 51-86 y la sublevación de la tropa de Vallenar (1824), en Morales, Luis, Historia del Huasco, Valparaíso: Imprenta de la Librería del Mercurio, 1896, pp. 116-117. 48 En este acápite analizaremos los principales acontecimientos político-militares del ciclo 1818-1824, para tratar sobre su posterior declinación, entre 1824 y 1832, en el capítulo 2.
36 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) de su ejército hacia Lima, las autoridades patriotas consideraron que el conflicto armado en Chile había concluido. No obstante, en los territorios al sur del río Maule (Chillán, Concepción, Los Ángeles y la Araucanía), se mantenían en armas unos 3.300 hombres leales al Rey. Minimizando la envergadura y cohesión de esta fuerza el gobierno de O’Higgins dispuso recuperar el control de los territorios del sur para lo cual se formó una tropa de 400 soldados al mando del coronel José Matías Zapiola quien, debido a su inercia, fue rápidamente reemplazado por el general Ramón Freire. Éste, a su vez, fue reemplazado por el brigadier Antonio González Balcarce, quien formó un ejército de 4.000 hombres con los cuales tomó el control de las principales ciudades y villas entre el Maule y el Bio Bío durante los primeros meses de 181949. Pero las unidades realistas no sólo estaban formadas por soldados profesionales, también contaban con milicianos precariamente armados, montoneros y bandidos que se sumaban y huían con frecuencia de los campamentos. A ellos habría sumar los civiles (hombres, mujeres y niños), de Talca, Chillán y Concepción que escapaban de las represalias que regularmente aplicaban los patriotas al ingresar a villas y ciudades. En este conflicto se hizo habitual que a medida que las tropas patriotas avanzaban y ocupaban los nuevos territorios y pueblos, quienes escapaban saqueaban las propiedades de los patriotas, mientras que las tropas de la patria, al ocupar estos mismos poblados, sometían a pillaje los bienes de los realistas. A fines de febrero de 1819 las guerrillas realistas se encontraban diezmadas, los enfrentamientos armados les habían resultado desfavorables y las deserciones se habían incrementado. Uno de sus líderes, el coronel Juan Francisco Sánchez se replegó 49 López, María Paz, «La Guerra a Muerte: las campañas de consolidación de la independencia en el sur de Chile, 1819-1832», Revista de Historia Militar, 18 (2019), pp. 20-25.
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 37 con el grueso de la tropa regular sobre Valdivia, quedando unas pocas unidades, especialmente de guerrilleros, bajo el mando del caudillo criollo Vicente Benavides50. El nuevo líder organizó tres columnas guerrilleras: la oriental operó sobre la Cordillera de Los Andes y estaba dirigida por los hermanos Pincheira, la occidental quedó bajo la conducción del sacerdote Juan Antonio Ferrebú, mientras que el propio Benavides se hizo cargo de las tropas que operaban en el valle central. Desplegados de esta manera los guerrilleros asolaron y saquearon los poblados de Santa Juana, Nascimiento, Rere y Tucapel. En todos y cada uno de estos lugares asesinaron a los varones, secuestraron a las mujeres y niños y se apropiaron de sus bienes. Es importante consignar que el botín proveniente del saqueo constituía la base de la paga que percibían los miliciano51. Uno de los enfrentamientos más emblemáticos de esta campaña se produjo en el vado de Tarpellanca a orillas del río Laja, el 26 de septiembre de 1820. En esa oportunidad una columna de 500 soldados patriotas, encabezados por el mariscal de campo Pedro Andrés de Alcázar, que se dirigían desde la abandonada ciudad de Los Ángeles hacia Chillán, fueron emboscados por la guerrilla de Benavides. Incapaz de contener el ataque de la montonera Alcázar rindió sus armas bajo la promesa de clemencia. Pero una vez que los soldados patriotas se rindieron Benavides ordenó que sus oficiales fueran ejecutados, incluido Alcázar, mientras que a la tropa se le ofreció salvar la vida si se integraban a la guerrilla52. Entre septiembre de 1820 y octubre de 1821, Benavides asoló la región llegando incluso a ocupar la ciudad de Concepción en octubre de 1820. Pero el resultado dispar de los diferentes 50 Barros Arana, Diego, Estudios históricos sobre Vicente Benavides (…), pp. 8-12. 51 Barros Arana, Diego, Estudios históricos sobre Vicente Benavides (…), pp. 15-36. 52 Barros Arana, Diego, Historia general de Chile, tomo 13, Santiago de Chile: Rafael Jover Editor, 1894, pp. 14-19.
38 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) enfrentamientos armados, así como las dificultades para mantener la disciplina entre su tropa y asegurar la lealtad de los lonkos mapuche, fueron debilitando la capacidad militar de su montonera y erosionando el liderazgo político de Benavides. En octubre de 1821 sus tropas fueron cercadas y aplastadas por el ejército patriota, liderado por José Joaquín Prieto y Manuel Bulnes, en el sector de las Vegas de Saldías, en las proximidades de Chillán53. Benavides y un reducido grupo de sus adeptos escapó, llegó hasta la costa y se embarcó con rumbo a Perú, pero a la altura de Topocalma fue desembarcado y entregado a las autoridades chilenas que lo condujeron hasta Santiago donde fue sumariamente procesado, condenado a muerte y ahorcado. Su cuerpo fue descuartizado y sus partes trasladadas hasta la región de la Araucanía donde fueron exhibidos públicamente para escarmiento de la población rebelde54. El jueves 21 se le puso finalmente en capilla para ser ejecutado el 23 de febrero. Llegóse el día i hora prefijados i salió de la cárcel del modo que indicaba la sentencia. La plaza principal de Santiago estaba llena de jente: todos deseaban ver morir al feroz caudillo que por tanto tiempo había sido el terror de los habitantes de la provincia de Concepción. En su cara no se notaba la más pequeña señal de temor, i cuando llegó al pie de la horca, se le vio dejar con serenidad el ceron en que se le había conducido i subir con paso firme la escala fatal. Allí solo pidió la ayuda del verdugo para darse vuelta (movimiento que le impedían 1os grillos) i encararse con la cuerda. Todo el mundo miraba estaciado aquella firmeza de ánimo, i solo cuando perdió todo movimiento se comenzó a retirar la concurrencia que había asistido a su ejecución55. La muerte de Benavides y la derrota de su montonera desmoralizó a sus adherentes, muchos de los cuales se rindieron, 53 Vicuña Mackenna, La guerra a muerte (…), pp. 319-357. 54 Vicuña Mackenna, La guerra a muerte (…), pp. 359-383. 55 Barros Arana, Estudios históricos sobre Vicente Benavides (…), p. 38.
La construcción del estado oligárquico (1810-1831) | 39 acogiéndose a la amnistía ofrecida por el gobierno patriota, mientras que otros sencillamente desertaban y regresaban a sus lugares de origen; solo unos pocos, liderados por el sacerdote Juan Antonio Ferrebú y por el comerciante Juan Manuel Picó, mantuvieron en alto los emblemas del Rey y continuaron con las acciones guerrilleras en la zona de la Araucanía. Este primer ciclo montonero se cerró en 1824 cuando el cura Ferrebú fue capturado y fusilado y Juan Manuel Picó, acorralado por el ejército patriota, murió alevosamente asesinado en una emboscada56. No obstante, la derrota de los insurrectos no supuso una descompresión de la conflictividad al interior de las élites dirigentes, por el contrario, el conflicto político interno se acentuó. La llegada al poder de Ramón Freire (1823-1826), conllevó la promulgación de un nuevo ensayo constitucional (la Constitución Política de 1823), la cual al poco tiempo (1824), fue dejada sin efecto por su impracticabilidad57. Pero este nuevo fracaso institucional agudizó las críticas de conservadores, e incluso de los liberales, a la gestión de los militares. Freire, si bien había sido un reconocido opositor a la gestión de O’Higgins, se encontraba significado como un miembro del bando militar, lo cual lo identificaba como un sujeto ajeno a la clase y al control de la élite conservadora, mientras que para los liberales su condición de Director Supremo lo hacía propenso a conductas autoritarias, por último, para las élites regionales federalistas Freire aparecía como un empedernido centralista58. Indiferente a las críticas y a las conspiraciones que amenazaban la estabilidad de su gobierno Freiré se dedicó a la organización de la campaña militar que debía expulsar a los realistas 56 Vicuña Mackenna, La guerra a muerte (…), pp. 489-513. 57 Chile, Constitución Política del Estado de Chile Promulgada en 29 de diciembre de 1823, Santiago de Chile: Imprenta Nacional, 1823. 58 Cf. Vitale, Luis, Interpretación marxista de la historia de Chile (…), vol. 3, pp. 89-133 y Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile (…), pp. 491-517.
40 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) del archipiélago de Chiloé. En noviembre de 1825 comandó personalmente las unidades militares que en las batallas de Pudeto y Bellavista (enero de 1826), se impusieron a las últimas armas regulares del Rey en Sudamérica. Tras esta victoria y con la región insular incorporada al territorio nacional Freire regreso a la zona central para reasumir sus funciones como jefe de Estado. No obstante, entre febrero y junio de 1826 la crítica y las presiones oligárquicas se multiplicaron, logrando socavar la base fundamental de poder de Freire, el ejército. Al perder el apoyo de sus pares y huérfano de respaldo político, Freire renunció al cargo de Director Supremo en julio de 182659. No obstante, las aguas políticas no se aquietaron. Entre julio de 1826 (renuncia de Freire) y abril de 1830 (batalla de Lircay), se sucedieron 11 administraciones, 9 de ellas de signo liberal, pero carentes de un sólido respaldo político y militar. La aplastante derrota de Freire y del ejército liberal en la batalla de Lircay (abril de 1830), eliminó al liberalismo como alternativa política hasta comienzos de la década de 1850, pero también liquidó a las restantes fracciones políticas, como o’higginistas y federalistas, a la par que instalaba en el poder a la fracción más conservadora de la élite terrateniente y mercantil60. 59 Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile (…), pp. 315-356. 60 Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile (…), pp. 529-540. Los pormenores del brutal enfrentamiento armado de Lircay (17 de abril de 1830), en Barros Arana, Diego, Historia general de Chile, Tomo 15, Santiago de Chile: Josefina M. de Palacios Editora, 1897, pp. 557-571.
III El peso de la noche (1831-1871) Tras los desajustes político-institucionales producidos por la guerra civil, los gobiernos de la llamada «era portaliana» (18311861), encabezados por Joaquín Prieto, Manuel Bulnes y Manuel Montt, llevaron a cabo una reestructuración global de la institucionalidad política, intentando funcionalizar el modelo de organización de la sociedad a los intereses de la burguesía comercial y terrateniente, que se constituyó como grupo de poder. Para ello se organizó un sistema político cuyos rasgos distintivos fueron, la formación de un ejecutivo fuerte y centralizado, orientado a garantizar el orden social y a facilitar la expansión de la economía primario exportadora1. Las voces disonantes frente al sistema político centralizado fueron sistemáticamente acalladas por el peso de la noche2. De hecho el movimiento de oposición liberal que comenzó a 1 Vitale, Luis, Interpretación marxista de la historia de Chile (...), vol. 3, pp. 200207; Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile (…), pp. 348-403 y Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, ¿Chilenos todos? (…), pp. 207-259. 2 La frase «el peso de la noche» se encuentra registrada en una carta que Diego Portales le dirigiera al dirigente político conservador, Joaquín Tocornal en 1832. En esa misiva Portales sostiene: «El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública». El documento se encuentra en Vicuña, Carmen (ed.), Epistolario de don Diego Portales, vol. 1, Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2007. Sobre este punto ver Gazmuri, Cristián, El 48 chileno. Igualitarios, reformistas, radicales, masones y bomberos, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1999, pp. 21-22.
48 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) barrio, ocupación, etc., la transformaban en una constante de las relaciones sociales19. En esta conflictiva sociedad tradicional la mayoría de los actos violentos se dirigían sobre las personas, más que sobre el patrimonio. Ello se relaciona con la fuerte internalización que la sociedad popular realizaba de dos elementos fundamentales. Por una parte, que los conflictos interpersonales correspondían y se resolvían en el ámbito de lo privado y, por otro lado, que siendo fenómenos que afectaban regularmente la honorabilidad y la masculinidad, correspondía el ejercicio de la vindicación violenta. De esta manera la violencia se convertía en la forma extrema de agresión, siendo su punto culminante el homicidio. Los hombres y mujeres de la sociedad tradicional vivían en condiciones materiales y psicológicas extremadamente duras, marcadas por la inseguridad20. Miedo, angustia y muerte amagaban la vida del individuo que reaccionaba tomando medidas de defensa para asegurar su propia existencia. Concordante con ello es posible sostener que estamos en presencia de una sociabilidad de la violencia. En un mundo difícil y peligroso, donde cada uno hacía lo imposible por mantener su posición, se recurría a la violencia como medio de restaurar el lugar de cada cual en la comunidad21. No es aventurado, entonces, aseverar que, en esa perspectiva, la violencia fue un fenómeno cultural22. 19 Salinas, René, «Violencias sexuales e interpersonales en Chile tradicional», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 4 (2000), pp. 13-49. 20 Cáceres, Juan, «Crecimiento económico, delitos y delincuentes en una sociedad en transformación. Santiago en la segunda mitad del siglo XIX», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 4 (2000), pp. 87-103. 21 Undurraga, Verónica, «Cuando las afrentas se lavaban con sangre (…)», pp. 165-188. 22 Al respecto ver nuestro trabajo, «Amor, violencia y pasión en el Chile tradicional, 1700-1850», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 24 (1997), pp. 237-268 y de Pinto, Jorge, «La violencia en el corregimiento de Coquimbo durante el siglo XVIII», Cuadernos de Historia, 8 (1988), pp. 73-97.
El peso de la noche (1831-1871) | 49 La sociedad tradicional fue un mundo muy complejo, muy codificado, en el que cada uno defendía su reputación, su honor y sus bienes sin prescindir de la violencia, la venganza o la calumnia23. Se trataba de una sociedad impulsiva, irascible, pasional; una sociedad que se dejaba llevar por las emociones que pudo haber generado un tono de vida dualista: por un lado, excesivamente violento y, por otro, excesivamente alegre y piadoso. Y esta violencia no sólo se expresaba en las relaciones interpersonales, sino que también era colectiva, ligada a la conflictividad social24. El precario mundo urbano de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, facilitó la eclosión de las identidades rurales, en pleno desarrollo, y las compulsiones modernizantes provenientes de las reformas ilustradas impulsadas por la corona borbónica primero y por las autoridades republicanas después. De esta eclosión, de profundo impacto en la sociedad de la época, surgió la sociedad urbana que sólo en la segunda mitad de la centuria del XIX logró consolidarse. Junto con ella es posible observar un lento pero sostenido proceso de legitimación de la autoridad estatal y, a partir de esto, la definitiva apropiación por parte del poder público del ejercicio monopólico de la violencia. A partir de esto las condiciones fundamentales para el ejercicio pleno del disciplinamiento social quedaron aseguradas. 23 Undurraga, Verónica, «La élite en entredicho: Escándalos familiares, honor, difamación y deshonor en Santiago de Chile en el ocaso del siglo XIX», Revista de Historia y Geografía, 40 (2019), pp. 17-42. 24 Goicovic, Igor y Vassallo, Jaqueline, «Introducción. Relaciones de poder y violencia en América Latina», en Goicovic, Igor y Vassallo, Jacqueline (comps.), América Latina: Violencia en la historia, Valparaíso, Editorial América en Movimiento, 2018, pp. 9-17 y Undurraga, Verónica, «Valentones, alcaldes de barrio y paradigmas de civilidad. Conflictos y acomodaciones en Santiago de Chile, siglo XVIII», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 14: 2 (2010), pp. 35-71.
50 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) la guErra por la hEgEmonía En El pacífico sur La formación y estabilización del régimen oligárquico en Chile enfrentó, durante la década de 1830, una serie de vicisitudes. Algunas de ellas derivadas de la incapacidad del Estado de imponer de forma efectiva su control social y político sobre la población, otras vinculadas a las conspiraciones civiles y militares del derrotado bando liberal y, por último, la amenaza externa surgida con la llegada al poder en Bolivia del mariscal Andrés de Santa Cruz (1829). Efectivamente, el escenario regional hacia comienzos de la década de 1830 estaba caracterizado por la inestabilidad. Diferentes bandos, con distintos intereses, se encontraban enfrascados en violentas disputas por el control del aparato del Estado. En algunos casos la conflictividad derivaba de las resistencias que aún ejercían los residuos de los ejércitos realistas, mientras que en otros eran las disputas entre caudillos y milicias locales o las diferentes concepciones ideológicas respecto del Estado y del régimen político las que provocaban el conflicto. El proyecto regional que portaba el líder independentista boliviano Andrés de Santa Cruz delineó un escenario particularmente complejo, no solo para Bolivia, sino que también para los Estados vecinos: Argentina, Ecuador, Chile, y especialmente Perú. En este proyecto se reivindicaba la recuperación de la unidad política del mundo andino, a través de un régimen político confederal, que potenciara la prosperidad colectiva, favoreciera la paz interior y exterior de los Estados y fortaleciera las relaciones de fraternidad entre los pueblos25. Pero así como el proyecto generaba la simpatía e incluso la adhesión entre algunos sectores de la élite política, en otros, por el contrario, provocaba aprehensión y franco rechazo. 25 Perú, Ley fundamental de la Confederación Perú-Boliviana (1837). Publicado en: https://leyes.congreso.gob.pe/Documentos/constituciones_ordenado/ CONSTIT_1837/Lcpb1837.pdf.
El peso de la noche (1831-1871) | 51 Este último fue el caso de Felipe Salaverry, Agustín Gamarra y Ramón Castilla en el Perú y de José Joaquín Prieto y Diego Portales en Chile. No es extraño, en consecuencia, que la formación de la Confederación Perú-Boliviana, en octubre de 1836, agudizara los enfrentamientos civiles en Perú y provocara la molestia del gobierno chileno el que optó por participar del conflicto, apoyando a la disidencia peruana. Consecuente con ello el gobierno chileno le declaró la guerra a la Confederación, en diciembre de 1836, y con el apoyo de los exiliados peruanos radicados en el país organizó un Ejército Restaurador, cuyo objetivo era vencer a Santa Cruz y provocar la disolución de la Confederación26. Paralelamente Santa Cruz le entregó al general chileno Ramón Freire, exiliado en Perú junto a una parte importante de la disidencia liberal, su apoyo para llevar a cabo una expedición militar a Chile a efectos de derrocar a la administración de Prieto. La guerra se extendió por tres años (1836-1839), y su desenlace puso fin al experimento de Santa Cruz. Efectivamente, tras la derrota del ejército confederado en la batalla de Yungay, en enero de 1839, la unidad política entre Perú y Bolivia fue disuelta por el presidente peruano Agustín Gamarra en agosto de ese mismo año. Pero la conclusión de la guerra no les devolvió la estabilidad a los países andinos, por el contrario, tanto en Perú como en Bolivia se sucedieron una serie de conflictos interoligárquicos que amagaron la gobernabilidad de los mismos hasta fines del siglo XIX. En Chile, a su vez, la exitosa campaña del 26 La guerra contra la Confederación Perú-Boliviana ha sido ampliamente analizada. Ver al respecto: Serrano, Gonzalo, Chile contra la Confederación. La guerra en provincias: 1836-1839, Santiago de Chile: RIL Editores, 2017. Un mayor énfasis en las operaciones militares en Bulnes, Gonzalo, Historia de la campaña en el Perú en 1838, Santiago de Chile: Imprenta de Los Tiempo, 1878. Una perspectiva que coloca el acento en las proyecciones políticas y culturales del fenómeno en Cid, Gabriel, La guerra contra la Confederación: Imaginario nacionalista y memoria colectiva en el siglo XIX chileno, Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2013.
52 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Ejército Restaurador en el Perú y el debilitamiento de las clases dirigentes peruana y boliviana, permitió que la élite mercantil asentada en el puerto de Valparaíso ejerciera, sin competencia, el control sobre las rutas comerciales en el Pacífico sur. Las casas de consignación y las empresas navieras instaladas en Valparaíso, como Anthony Gibbs and Sons, Alsop and Company y Pacific Steam Navegation Company, adquirieron el control del comercio exterior de Chile, a la vez que monopolizaban el abastecimiento de las embarcaciones que realizaban el tráfico comercial entre el Atlántico y el Pacífico. Esta posición hegemónica le permitiría a la emergente burguesía comercial chileno-británica expandir sus negocios, diversificar sus inversiones, incursionar en el emergente mercado financiero y transformarse, a la larga, en el sector más dinámico de la economía chilena27. De la misma manera, la exitosa campaña militar en el Perú le permitió a la élite oligárquica conservadora, liderada por Prieto y Portales, neutralizar a sus adversarios políticos exiliados en Lima28. Tras su desastrosa incursión en el Archipiélago de Chiloé (1836), Ramón Freire fue capturado, sometido a juicio político y desterrado a Polinesia. Su regreso al país, en 1842, marcaría su retiro definitivo de la política. Por su parte, el líder de la independencia, Bernardo O´Higgins, quien no tomo bando en los enfrentamientos, intento mediar en el conflicto a objeto de evitar 27 Ver, Martland, Samuel, Construir Valparaíso. Tecnología, municipalidad y Estado, 1820-1920, Santiago de Chile: DIBAM, 2017, pp. 35-46; López, Elvira, El proceso de construcción estatal en Chile. Hacienda pública y burocracia (1817-1860), Santiago de Chile: DIBAM, 2014, pp. 85-93; Cavieres, Eduardo, Comercio chileno y comerciantes ingleses, 1820-1880: (Un ciclo de historia económica), Valparaíso: Universidad Católica de Valparaíso, 1988, pp. 103139; y Garreaud, Jacqueline, «La formación de un mercado de tránsito. Valparaíso: 1817-1848», Nueva Historia, 3: 11 (1984), pp. 177-185. 28 La represión contra la disidencia liberal en Lastarria, José Victorino, Don Diego Portales. Juicio histórico, Santiago de Chile: Imprenta i Oficina de la Democracia, 1896, pp. 82-91.
El peso de la noche (1831-1871) | 53 que la guerra amenazara la independencia de los nóveles Estados. Al sustraerse de todo protagonismo en el conflicto logró eludir eventuales represalias y, junto con ello, recuperar los grados militares que le habían sido retirados tras su derrocamiento en 1823. Sin adversarios políticos, internos y externos, que amagaran la estabilidad del régimen el gobierno de José Joaquín Prieto y, junto con él, la élite hacendal y mercantil, consolidaron sus posiciones de poder, sancionando un sistema político fundado en el autoritarismo y la exclusión. Pero el costo fue alto. El descontento contra el régimen se había acentuado durante el conflicto, a la vez que los residuos de la fracción liberal al interior del ejército y entre las élites de Santiago y regiones conspiraban contra el gobierno. A mediados de 1837 el batallón Maipo, acantonado en la ciudad de Quillota y bajo el mando del coronel José Antonio Vidaurre, se sublevó contra el gobierno, tomó preso al ministro Diego Portales, que se encontraba de visita en la unidad, para luego ejecutarlo en las inmediaciones de Valparaíso29. La muerte de Portales supuso un duro golpe para la administración de Prieto, ya que perdía al conductor fundamental del Estado, pero su desaparición, a contrapelo de lo que pensaron los conspiradores, no supuso ni la caída del gobierno y mucho menos el desmantelamiento del modelo. Por el contrario, la represión desatada en los días inmediatamente posteriores al crimen del ministro, que supuso entre otras cosas el ajusticiamiento de los sublevados, terminó 29 La captura y ejecución de Diego Portales fue descrita por Eujenio Necochea, quien acompañaba al ministro en si visita a las tropas acantonadas en Quillota. Ver, Necochea, Eujenio, Memoria sobre el asesinato del ministro Portales, Santiago de Chile: Imprenta de El Ferrocarril, 1874. La memoria fue escrita el 16 de julio de 1837 y publicada 37 años más tarde. El martirologio de Portales y su transformación en un «mito republicano» en, Arellano, Juan, «La invención del mito de Diego Portales: La muerte y el rito fúnebre en la tradición republicana chilena», Atenea, 503 (2011), pp. 147-163.
54 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) por aplastar toda forma de resistencia al régimen30. La muerte de Portales, a la larga, terminó por consolidar el «peso de la noche». Pero ¿qué características presentó la protesta popular durante este período? Al igual que durante la Guerra de Independencia los sectores populares permanecieron relativamente indiferentes frente a los conflictos internos y externos que protagonizaba la élite oligárquica31. No obstante, las manifestaciones de protesta más recurrentes fueron las deserciones, la formación de montoneras y los amotinamientos. Como lo señalan los cronistas chilenos que estudiaron la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, las deserciones eran un fenómeno frecuente tanto en el Ejercito de la Confederación como en el Ejercito Restaurador. Ello obligaba a los oficiales a mantener un estricto control sobre la tropa y a implementar 30 El líder de la sublevación y principal responsable de la muerte de Portales, el coronel, José Antonio Vidaurre Garretón, fue capturado después de eludir por cuatro meses a sus perseguidores, fue procesado por un tribunal militar, condenado a muerte y ejecutado públicamente en la ciudad de Valparaíso. Sus verdugos optaron por exponer su cabeza clavada en una pica, como una muestra de revancha y escarmiento. La aplicación de la pena de muerte a los adversarios políticos del régimen en, Correa, Antonio, El último suplicio: Ejecuciones públicas en la formación republicana de Chile, 1810-1843, Tesis de Licenciatura en Historia, Santiago de Chile, Universidad de Chile, 2005, pp. 80-110. 31 No es menos efectivo que la élite oligárquica logró movilizar, en especial durante la Guerra contra la Confederación, a un segmento relevante de los sectores populares. En especial pobres urbanos y trabajadores de minas de las regiones de Atacama y Coquimbo. Pero otra parte de la población, en especial los pequeños productores agrícolas y los trabajadores sin tierra resistieron las levas que se implementaron. La relevancia que adquirió la movilización del pueblo en dicha guerra fue simbolizada en la figura del «Roto Chileno». Este ícono de la representación elitaria del pueblo fue analizado por Hernández, Roberto, El roto chileno. Bosquejo histórico de actualidad, Valparaíso: Imprenta San Rafael, 1929. Una perspectiva que destaca al «roto», en la relación entre mestizaje y construcción de identidad nacional, en Gutiérrez, Horacio, «Exaltación del mestizo. La invención de roto chileno», Universum, 25: 1 (2010), pp. 123-139.
El peso de la noche (1831-1871) | 55 severos castigos contra aquellos que abandonaban sus puestos de combate32. Así lo ejemplifica Bulnes a propósito de la campaña en el norte de Perú, Salas regreso a Lima, poco tiempo después, donde se reunió con el Ejército Restaurador, que preparaba ya su movimiento hacia el norte. A pesar de sus esfuerzos, no había conseguido desempeñar sino a medias su comisión, pues el batallón que llevaba encargo de formar, volvía trayendo en todo, 150 reclutas, de fidelidad tan dudosa, que el general Castilla solicitó de Bulnes que fuesen embarcados en un buque de guerra, para impedir su deserción33. La frecuencia del fenómeno, la envergadura del mismo y la imposibilidad de ejercer sanciones efectivas sobre el conjunto de sus protagonistas, obligó a las autoridades chilenas a promulgar, en los últimos meses de la contienda, un decreto ley mediante el cual se concedía indulto a todos aquellos soldados del ejército y de la armada que «hubiesen desertado hasta la fecha», lo cual los facultaba para «restituirse libremente a sus hogares»34. No obstante, el desarrollo del conflicto armado en tierras peruanas tuvo, normalmente, el carácter de una guerra irregular. Los diferentes bandos en conflicto, ya sea el Confederado o el Ejército Restaurador, avalaron la formación de montoneras que, a través de la guerra guerrillas, desarticulaban las líneas de abastecimiento y las comunicaciones del adversario. En este tipo de enfrentamientos el pillaje y el saqueo se convirtieron en el principal estímulo para la incorporación de la población a estas bandas 32 Sotomayor, Ramón, Campaña del ejército chileno contra la Confederación PerúBoliviana en 1837, Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1896, pp. 253, 267, 281-282 y 301-303 y Bulnes, Gonzalo, Historia de la campaña del Perú (…), pp. 169, 192, 226-227, 337 y 347. 33 Bulnes, Gonzalo, Historia de la campaña del Perú (…), p. 151. 34 Chile, Boletín de sesiones del Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Sesión Ordinaria del 31 de agosto de 1839, p. 420.
56 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) armadas, así como las ejecuciones sumarias y la aplicación extendida de la pena de azotes, operaban como disuasivos35. Pero fueron los amotinamientos de diferentes connotación, envergadura y proyecciones los que alarmaron más frecuentemente a las élites y al Estado. Uno de ellos fue el levantamiento de los presos, hombres y mujeres, recluidos en la isla Robinson Crusoe del archipiélago de Juan Fernández, que se inició el 19 de diciembre de 1831. En esa fecha, un centenar de presos, comunes y políticos, descontentos con el régimen de explotación a que eran sometidos por el concesionario en la explotación del archipiélago (el empresario José Joaquín Larraín), redujeron a la guardia, posteriormente se apoderaron de una embarcación norteamericana que se abastecía de agua en la isla y se dirigieron en ella hasta la región de Atacama en el norte del país. El 1 de enero de 1832 los fugados, bajo la conducción del capitán de ejército Domingo Tenorio ocuparon la plaza de Copiapó y sus tropas, «compuesta casi en su totalidad de facinerosos de la peor especie», procedieron a saquear la ciudad, entregándose «a todas las violencias que pueden suponerse». Una parte importante del grupo de evadidos logró traspasar la Cordillera de Los Andes y encontró refugió en Argentina, mientras que otra parte, que se escindió de la columna principal se dispersó por los valles de Atacama y Coquimbo, siendo mayoritariamente capturados y algunos de ellos fusilados36. Una suerte similar corrió el líder montonero Pablo Pincheira, capturado y fusilado en la zona Ñuble el 14 de enero de 1832. La muerte de Pablo Pincheira debilitó la lucha montonera en la región y precipitó la rendición de su hermano José Antonio, quien 35 Sotomayor, Ramón, Campaña del ejército chileno (…), pp. 187, 192, 217, 263266, 288 y Bulnes, Gonzalo, Historia de la campaña del Perú (…), pp. 7, 106, 126, 132-133, 141-142, 147, 144 y 302. 36 Barros Arana, Diego, Historia general de Chile, Tomo 16, Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1902, pp. 86-94.
El peso de la noche (1831-1871) | 57 se entregó a las tropas capitaneadas por Manuel Bulnes en marzo de ese año. De esta manera se puso fin no solo a la banda de los Pincheira, sino que, a su vez, la lucha montonera que había desafiado al orden oligárquico desde la instalación de la República37. De la misma manera, las sucesivas conspiraciones liberales que pretendieron revertir la victoria conservadora en Lircay (1830), fracasaron estrepitosamente. La más bullada de todas, fue la encabezada por el coronel José Antonio Pérez Cotapos, que sirvió bajo las órdenes de José Miguel Carrera durante la Guerra de Independencia. Pérez Cotapos y un grupo de militares de orientación liberal intentó llevar a cabo un golpe de Estado, en julio de 1833, pero su pretensión de tomar el control de las unidades militares de Santiago y poner fin a la administración de Joaquín Prieto, no prosperó. Una incursión fortuita del cuerpo de serenos de la ciudad puso al descubierto el arsenal y junto con ello se dio inicio a una interminable cadena de delaciones que puso al descubierto la conspiración y a sus protagonistas. La mayoría de ellos terminó en prisión, a la vez que el régimen exacerbaba su estrategia represiva y de control social38. El ciclo se cierra en 1841, al igual que en su apertura en diciembre de 1831, con un amotinamiento de presos. En esta oportunidad los reos condenados a purgar sus delitos a través del trabajo forzoso en las obras públicas y escarnecidos públicamente en los carromatos del presidio ambulante, se encargaron de protagonizar una violenta asonada. La mañana del 14 marzo de 1841 los reclusos se encontraban realizando trabajos de reparación del camino que conducía desde Santiago hacia Valparaíso en las inmediaciones del paraje de Peñuelas, y aprovechando una 37 Contador, Ana María, Los Pincheira (…), pp. 183-186 y Barros Arana, Diego, Historia jeneral de Chile, Tomo 16, pp. 103-117. 38 Cid, Gabriel, «Terminar la revolución. El debate político-constitucional en Chile, 1829-1833», Revista de Estudios Políticos, 176 (2017), pp. 36-42 y Sotomayor, Emilio, Historia de Chile bajo el gobierno (…), pp. 283-310.
64 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) condiciones laborales en las cuales se desarrollaba la actividad minera. El régimen laboral resultaba extenuante y la retribución del mismo insuficiente51. Por otro lado, los trabajadores de la zona desplegaban una estrecha y fluida sociabilidad, articulada en torno a ámbitos de solidaridad y camaradería que reforzaban los vínculos de lealtad y, junto con ello, las demostraciones de arrojo y valentía. Los códigos de la masculinidad, que predominaban ampliamente en estos espacios, enaltecían la reivindicación de la libertad, el coraje y la osadía, convirtiéndose, de esta manera, en un estímulo para la participación en la revuelta52. Por último, destacar que en ciudades como La Serena, Copiapó, Ovalle e Illapel, existían élites ilustradas, de inspiración liberal, que resistían el centralismo político de la élite terrateniente de la zona central y que aspiraban a un mayor reconocimiento de sus demandas y, en particular, respecto de las decisiones políticas que afectaban a la zona y sus recursos53. En el mineral de Chañarcillo (región de Atacama), por ejemplo, los mineros y pobladores de la localidad de Juan Godoy, se amotinaron en octubre de 1851, se apoderaron del cuartel, sometieron a la guarnición y saquearon los comercios de la localidad. Los informes de las autoridades que posteriormente recuperaron el control de la zona indicaban que, (…), jamás ha sufrido ninguna población de Chile un saqueo más completo, más profundo. Los ladrones, en número de mil por lo menos, despedazaron y arruinaron cuanto no pudieron esconder 51 Illanes, María Angélica, «Azote, salario y ley (…)», pp. 98-115. 52 Goicovic, Igor, Relaciones de solidaridad y estrategias de reproducción social en la familia popular del Chile tradicional (1750-1860), Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2006, pp. 133-153. 53 Toro, Carlos, «Revolución de 1851: Contexto nacional, regional y el valle de Elqui», en VV.AA., El sitio de La Serena y la revolución de los libres. A las glorias del pueblo de Atacama y Coquimbo, La Serena: Ediciones Volantines, 2013, pp. 63-99.
El peso de la noche (1831-1871) | 65 o llevar consigo, y si no llega tan pronto el auxilio habrían sido incendiados los edificios del pueblo y de las minas, cuyo actual beneficio ofrecían cebo a aquellas bandas de salvajes54. Este fue el preludio del levantamiento popular de Copiapó del 26 de diciembre de 1851, que transfirió el poder político local a la plebe armada, bajo el liderazgo del comerciante Bernardino Barahona. Efectivamente, entre el 26 de diciembre de 1851 y el combate de Linderos del 8 de enero de 1852, los revolucionarios atacameños tomaron el control del aparato del Estado, formaron nuevas unidades milicianas, recluyeron a sus adversarios políticos y aplicaron fuertes exacciones pecuniarias a los miembros de la burguesía local. La «Revolución de los Libres» en Atacama adquirió el carácter de una guerra de clases, lo cual la transformó en un fenómeno aberrante a ojos de la oligarquía y, por ende, en objeto de severos castigos una vez concluido el conflicto55. En el sur, por el contrario, el movimiento expresaba los intereses de las élites oligárquicas terratenientes de Concepción, lideradas por el general José María de la Cruz, de manera que su compromiso con el ideario liberal era más bien feble. No obstante, si expresaba el rechazo de dichas élites al centralismo político de los hacendados y mercaderes de Santiago56. Por ello el movimiento en el sur no generó ni una amplia adhesión entre los sectores populares, ni un programa político que objetara, en 54 Archivo Nacional, Intendencia de Atacama, vol. 647, Comunicación del Intendente al Ministerio del Interior, Copiapó, 2 de noviembre de 1851. 55 Pérez, Claudio, Pérez, Claudio, «Conflicto patricio y violencia popular en Copiapó (…)», pp. 105-150 y Baros, Nélida, «La revolución de Bernardino Barahona», en El sitio de La Serena (…), pp. 163-183. 56 Joaquín Fernández indica que la principal aspiración de la élite penquista era generar una asamblea constituyente que modificara el texto constitucional vigente, a objeto de representar mejor los intereses de las provincias. Fernández, Joaquín, «Las guerras civiles en Chile», en Ossa, Juan (ed.), Historia política de Chile, 1810-2010, Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica – Universidad Adolfo Ibáñez, 2017, p. 57.
66 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) lo principal, el régimen de dominación oligárquico. Más bien se centró en la forma y en los protagonismos que se pretendían alterar. De ahí que el fenómeno montonero, que había sido amplio y extendido hasta la década de 1830, careciera de envergadura y de incidencia en el desarrollo de este conflicto. A su vez, la participación de las comunidades mapuche en la guerra civil fue también menor, respecto de guerras anteriores, manteniéndose las mismas expectantes frente al desenlace de la de guerra huinka57. Mención aparte merece el levantamiento armado de reos y celadores en la colonia penal de Punta Arenas, desarrollado entre noviembre de 1851 y enero de 1852. Este movimiento que evidentemente se inscribe en el proceso revolucionario de 1851, tuvo como principal protagonista al teniente de artillería Miguel Cambiaso Tapia. Un militar, de fuerte ascendiente en la tropa, que se encontraba bajo arresto debido a múltiples actos de indisciplina. Cambiaso sublevó a la tropa en la plaza de Punta Arenas, liberó a las personas que se encontraban desterradas por el gobierno y se proclamó gobernador de la localidad en representación del general Cruz. Los sublevados saquearon las casas de la élite local, a la vez que Cambiaso ordenó el fusilamiento del gobernador titular Benjamín Muñoz Gamero y de sus principales ayudantes civiles y militares. Posteriormente la partida de insurrectos se embarcó con destino al norte a objeto de apoyar el proceso revolucionario que se extinguía, siendo capturados en Chiloé por tropas leales al gobierno. Cambiaso fue conducido hasta Valparaíso donde fue sumariamente juzgado y ejecutado públicamente junto con siete de sus compañeros de ruta58. A ob57 Edwards, Alberto, El gobierno de don Manuel Montt (…), pp. 88-91. 58 Este episodio se encuentra descrito en Vicuña Mackenna, Benjamín, Cambiaso. Relación de los acontecimientos i de los crímenes de Magallanes en 1851 escrita sobre numerosos documentos inéditos, Santiago de Chile: Imprenta de la Librería del Mercurio, 1877, pp. 69-216. Una versión más reciente de estos acontecimientos, acompañada de un profuso material documental
El peso de la noche (1831-1871) | 67 jeto de borrar de la memoria el paso insurrecto de Cambiaso las autoridades determinaron que el cuerpo fuera descuartizado y sus restos expuesto públicamente. Seguía Cambiaso, de esta manera, la suerte de otros rebeldes (Benavides en 1822 y Florín en 1837), que, en su momento se alzaron contra el poder establecido, pagaron con sus vidas sus desacatos y ofrecieron sus cuerpos al escarmiento público de la plebe. La derrota de los liberales en el norte, de los regionalistas conservadores en el sur y de los amotinados plebeyos en diferentes lugares del país, no supuso, necesariamente, un restablecimiento de la estabilidad. Las duras sanciones aplicadas contra los vencidos (ejecuciones sumarias, encarcelamiento, exilio, expulsión de las filas del ejército y de la administración pública), mantuvieron crispado el escenario político y prepararon las condiciones para una nueva revuelta. la guErra civil dE 1859 Los problemas surgidos hacia comienzos de la década de 1850 no habían sido resueltos al concluir la misma. Por el contrario, algunos de ellos se habían acentuado como resultado de la fractura experimentada al interior del bloque en el poder. Efectivamente, en 1857 una fracción del movimiento conservador (ultramontanos), fuertemente ligados a la Iglesia Católica abandonaron el gobierno de Manuel Montt, al que acusaban de patronalista, y dieron forma a una nueva alianza opositora que paso a denominarse fusión liberal-conservadora59. A partir de este momento la en, Vega Carabelo, Carlos, Vega Delgado, Carlos y Vega Carabelos, Alejandro, El juicio de Cambiazo, Punta Arenas: Talleres de Comercial Ateli, FONDART, 2004. 59 Fernández, Joaquín, «Las guerras civiles en Chile», pp. 57-58. Uno de los episodios que releva el tensionamiento político de la época fue el motín urbano que se verificó en Santiago el 28 y 29 de marzo de 1858 y que
68 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) oposición adquirió un creciente grado de beligerancia, objetando todas las decisiones de la administración de Montt, en especial aquellas que marcaban el derrotero de la sucesión gubernamental que, todos suponían, recaería en su Ministro del Interior, Antonio Varas de la Barra. Estos cuestionamientos eran aún más radicales en el extremo norte del país, en particular en la región de Atacama, donde la élite liberal, fuertemente ligada a la burguesía minera de la zona, bajo el liderazgo de Pedro León Gallo, reivindicaba un proyecto político autonomista que buscaba asegurar para la burguesía de la región los réditos de la acumulación minera60. Mirado desde esta perspectiva el movimiento gestado en 1859 se orientó, preferentemente, a salvaguardar los intereses económicos de las élites regionales. A juicio de Joaquín Fernández, fuera liderado por dirigentes conservadores. En este motín la turba demandó elecciones de parlamentarios transparentes e informadas, pero en el transcurso de las manifestaciones, saqueó establecimientos comerciales, se enfrentó con la policía y provocó destrozos en el equipamiento urbano. Ver al respecto, Salinas, René, «Espacio urbano y revueltas populares. El motín de Santiago de 1858», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 7 (2003), pp, 13-39. 60 Ortega, Luis y Rubio, Pablo, «La guerra civil de 1859 y los límites de la modernización en Atacama y Coquimbo», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 10: 2 (2006), pp. 11-39 y Fernández, Joaquín, «Guerra, militarización y caudillismo en el norte chileno: El caso de Copiapó en la guerra civil de 1859», Economía y Política, 2: 2 (2015), pp. 44-45. Este proyecto escandalizaba a las élites regionales, incluso a los dignatarios de la Iglesia, que los consideraban como un fenómeno aún más peligroso que la propia administración de Montt. El arzobispo de La Serena, Justo Donoso Vivanco, le manifestaba al Presidente Manuel Montt, en enero de 1859, que los revolucionarios de Copiapó estaban inspirados por «bajas y ruines pasiones» y tenía la convicción que, a través de la acción punitiva del gobierno, la Providencia «nos preserva de los tumores de la anarquía (…)». Carta de Justo Donoso a Manuel Montt, La Serena 21 de enero de 1859, en León, Marco y Aranguiz, Santiago, (recs.), Cartas a Manuel Montt: Un registro para la historia social de Chile (1836-1869), Santiago de Chile: DIBAM, 2001, p. 189.
El peso de la noche (1831-1871) | 69 (…) la guerra reforzó el poder de las familias de magnates mineros, quienes aumentaron su dominio mediante el empleo de redes clientelísticas generadas gracias a su disponibilidad de recursos económicos e influencia social. De este modo, la capacidad económica de formar y mantener unidades militares, sumada a la posibilidad de movilizar a sus trabajadores dependientes, reforzó el predominio de familias de notables locales, como fue el caso de los Gallo, los Matta y los Carvallo, y dejó en un segundo plano a sectores mesocráticos que habían tenido una amplia figuración en el movimiento opositor previo a la guerra61. A lo anterior se deben sumar los efectos de la crisis económica de 1858-1861, la que se vio precipitada por la caída en la producción de plata y por la pérdida de los mercados de California y Australia para el trigo chileno. Ambos fenómenos tuvieron severas repercusiones en el proceso de acumulación que la burguesía venía desarrollando sostenidamente desde la década de 1830, pero también sobre las rentas del Estado y, en general, sobre los trabajadores y sus familias. No es extraño, en consecuencia, que hacia fines de 1858 la situación política del país fuera particularmente inestable62. Para la burguesía minera de Copiapó la eventual llegada al gobierno de Antonio Varas suponía una acentuación de las políticas represivas y centralistas del Estado, en consecuencia, su disposición a la revuelta y al cambio violento del escenario político era mucho mayor. Sus principales dirigentes, Pedro León Gallo y Manuel Antonio Matta, se abocaron a la tarea de preparar un levantamiento que impidiera la candidatura de Varas, depusiera al gobierno y diera inicio a un nuevo proceso constituyente63. 61 Fernández, Joaquín, «Guerra, militarización y caudillismo (…)», p. 46. 62 Figueroa, Pedro, Historia de la revolución constituyente (1858-1859), Santiago de Chile: Imprenta Victoria, 1889, pp. 19-219. 63 La estructura sobre la cual operó el movimiento insurgente fue el de las redes clientelares que construyeron las familias notables de la región. Ver, al
70 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) A comienzos de enero de 1859 la conspiración ya había construido redes en diferentes regiones del país, de manera que entre 5 y el 28 de enero de ese año se levantaron en armas unidades militares, apoyadas por civiles liberales, en Copiapó, San Felipe, Valparaíso, Concepción, sumándose, posteriormente, las montoneras que asolaron las regiones de Talca y Chillán. En general la revuelta fue rápidamente controlada por las fuerzas del gobierno, con excepción de Copiapó, donde los revolucionarios lograron tomar el control de la ciudad, luego de la región, para extender, posteriormente, el movimiento hacia La Serena, Ovalle e Illapel. La asamblea ciudadana constituida en Copiapó proclamó a Pedro León Gallo como intendente de la Provincia de Atacama, a la vez que acuñaba su moneda, diseñaba la bandera del movimiento (que es hoy día la bandera de la Región de Atacama) y utilizaba los establecimientos de fundición de la minería para fabricar su propio armamento64. Pese a sus primeros éxitos militares, como la toma del puerto de Caldera (18 de enero) y la derrota del ejército gobiernista en la batalla de Los Loros (14 de marzo), el aislamiento del movimiento en la zona de Atacama, la rápida deserción de los liberales de la zona central y la temprana derrota de las montoneras populares en la zona centro-sur, redundó en el debilitamiento del campo político revolucionario, y en su posterior derrota en las batallas de Cerro Grande (29 de abril) y de Copiapó (12 de mayo). Como en la revolución de 1851, los líderes liberales de la revuelta escaparon fuera del país, a la vez que la represión se ensañaba con los vencidos, en especial con aquellos de extracción popular. Ejemplo de ello fue el brutal castigo que afectó a los cívicos de Santiago que intentaron rebelarse contra el gobierno, el 13 de febrero de 1859. Un registro contemporáneo de respecto, Molina, Jorge, «La familia Gallo de Copiapó y su poder durante la primera mitad del siglo XIX», Tiempo y Espacio, 19: 22 (2009), pp. 55-73. 64 Fernández, Joaquín, «Guerra, militarización y caudillismo (…)», p. 42.
El peso de la noche (1831-1871) | 71 los acontecimientos destaca que los milicianos capturados por el ejército del gobierno. Fueron amarrados desnudos a los postes de los caballos, i los soldados aplicaron a cada uno de los presos doscientos o trescientos azotes, según era la resistencia que cada cual manifestaba para soportar tan atroz castigo. Se dijo entonces que un infeliz muchacho de catorce a diez i seis años espiro en aquel horrible tormento. Los gritos de las víctimas se oían en la plazuela i en la calles vecinas; i Montt i su familia los escuchaban como el eco de su venganza contra los que habían osado protestar contra su gobierno65. No obstante, las fuerzas del gobierno también quedaron debilitadas. Tras el cese de las hostilidades Antonio Varas declinó su candidatura presidencial, obligando al gobierno de Manuel Montt a buscar una salida política a la crisis a través de un «pacto de transición» con la fusión liberal-conservadora. Ese pacto llevó a la Presidencia de la República, por dos períodos consecutivos (1861-1871), al político conservador José Joaquín Pérez Mascayano quien, no obstante, dio inicio a una fase de creciente liberalización de la política, en especial a través de la libertad de prensa y de opinión. Ello, a su vez, se tradujo en una rápida amnistía para los vencidos en las revoluciones de 1851 y 1859, así como en la formación del Partido Radical (1863), organizado en Copiapó por los líderes de la revuelta de 185966. La tendencia a la liberalización de la política se acentuó a partir de 1863, cuando el Presidente Pérez, convocó a connotados liberales, como José Victorino Lastarria, Federico Errázuriz 65 VV.AA., Cuadro histórico de la administración de Manuel Montt, escrito según sus propios documentos, Valparaíso: Imprenta y Librería del Mercurio, 1861, p. 165. 66 Loveman, Brian y Lira, Elizabeth, Las suaves cenizas del olvido. Vía chilena de reconciliación política, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 1999, pp. 175193 y Faúndez, Julio, Democratización, desarrollo y legalidad. Chile, 1831-1973, Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2011, pp. 52-54.
72 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Zañartu y Álvaro Covarrubias Ortúzar, a asumir diferentes carteras ministeriales en el gobierno, a la par que introducía en el debate político la reforma a la Constitución de 1833, la cual se materializó en 1871, con la limitación de la elección presidencial a un período67. Pero la estabilidad política por arriba no conllevó la desaparición de la protesta popular. Por el contrario, la misma comenzó a presentar nuevos rasgos. Algunos de ellos se expresaron como levantamientos indígenas en los territorios al sur del río Bio Bío, derivados del arribo de colonos que, con el aval del Estado, se comenzaron a establecer en la región. En las ciudades y villas, por su parte, el creciente grado de concentración de la población, y las precarias condiciones de habitabilidad y trabajo en la que se desenvolvía la existencia de los sectores más humildes, hicieron irrumpir con fuerza el motín urbano. Mientras que en el Norte Chico y en el Valle Central el fenómeno del bandolerismo rural adquiría crecientes proporciones. 67 Las reivindicaciones políticas del liberalismo se encuentran contenidas en un documento publicado en 1868 por José Victorino Lastarria. Ver, Lastarria, José, La reforma política, única salvación de la república. La semecracia o el gobierno de sí mismo, Santiago de Chile: Imprenta de la Libertad, 1868.
III Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) La relativa estabilidad política alcanzada durante el gobierno de José Joaquín Pérez Mascayano (1861-1871), permitió neutralizar los conatos de subversión por arriba. No obstante, las tensiones históricas entre quienes aspiraban a preservar el «espíritu» del Régimen Portaliano, autoritario y centralista, y quienes pretendían modificarlos en aras de un sistema político y económico más descentralizado, se mantuvieron. A ese efecto, los actores políticos se fueron incrementando, y a los tradicionales partidos Conservador (1836) y Liberal (1849), se sumaron, el Partido Nacional (1857), el Partido Radical (1863) y, posteriormente, el Partido Demócrata (1887). Pero el ámbito en el cual se recluyó la disputa política fue el hemiciclo del Congreso de la República, transformando las extensas y floridas intervenciones de los honorables en la expresión más tangible de dicha conflictividad1. Pero no solo el sistema político experimentó cambios durante este período. Las aceleradas transformaciones económicas iniciadas hacia la década de 1830, condujeron al país a un creciente 1 Los debates, y posteriores reformas, se centraron en la reducción del período presidencial, la limitación de las facultades extraordinarias del Presidente, se modificó la organización y composición del Congreso Nacional y se estableció el voto universal masculino, para aquellos varones que supieran leer y escribir. Ver al respecto, Meynet, Alfredo, Estudio histórico de las reformas constitucionales de la administración Errázuriz Zañartu (1871-1876), Padre Las Casas: Imprenta y Editorial San Francisco, 1946, pp. 13-26.
80 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) regularmente a las inundaciones derivadas de la saturación de las acequias9. Los rancheríos, al expandirse, se unieron entre sí formando extensos arrabales. De esta manera, la práctica acumulativa del patriciado se volvió contra ellos mismos al no ser capaces de contener o encausar urbanísticamente el asentamiento precario en las ciudades. El arribo masivo de los sectores populares a la ciudad patricia colonial y su asentamiento precario en las mismas generó deplorables condiciones de vida en los arrabales suburbanos: alimentación deficitaria, altos consumos de alcohol, precariedad y mala conformación de la vivienda, recurrencia de enfermedades y epidemias, que desembocan en una serie de conductas sociales cuestionadas y combatidas por las clases dominantes: desaseo, abandono, violencia, ilegitimidad, hacinamiento, promiscuidad y desorganización familiar10. Cabe destacar que un segmento importante del peonaje urbano se encontraba sometido a un enganche compulsivo para los trabajos de obras públicas, el servicio doméstico, el ejército o en las cuadrillas de presidiarios. Mientras que otro núcleo del mismo se concentraba en las actividades propias del comercio regatón o minorista. Este tipo de comercio se asentaba en la expansión continua de la ciudad popular, y por ende en el mercado fraterno y exclusivo que allí se les presentaba. Inicialmente el 9 De Ramón, Armando, «Estudio de una periferia urbana: Santiago de Chile, 1850-1900», Historia, 20 (1985), pp. 210-216. Ver, también, Cavieres, Eduardo, «Valparaíso en la segunda mitad del siglo XIX. Historia urbana y aproximaciones demográficas», en Valenzuela, Jaime (ed.), Historias urbanas. Homenaje a Armando De Ramón, Santiago de Chile: Ediciones Universidad católica de Chile, 2007, pp. 123-140 e Hidalgo, Rodrigo y Camus, Pablo, «La difusión de las ideas urbanísticas modernas en Chile: Desde la transformación de ciudades a la ciudad lineal», Historias urbanas (…), pp. 241-262. 10 Romero, Luis Alberto, «Urbanización y sectores populares: Santiago de Chile, 1830-1875», EURE. Revista de Estudios Urbanos y Regionales, 11: 31 (1984), pp. 62-63.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 81 comercio regatón fue avalado por los mercaderes urbanos (subastador de abastos), que se beneficiaban de su institucionalización relativa (pequeñas contribuciones y coimas), al punto que, hacia 1840, los regatones dominaban las calles de las ciudades más importantes11. Por su parte las mujeres populares se volcaron principalmente a las actividades del pequeño comercio y al entretenimiento popular, convirtiéndose en amasanderas, lavanderas, cocineras, fritangueras y en administradoras de chinganas12. En este contexto sus relaciones de pareja fueron muy liberales. Las residencias de las mujeres populares se convirtieron en lugares de aposentamiento transitorio, refugio y albergue para el peonaje masculino, determinando con ello el que las autoridades civiles y eclesiásticas las persiguieran con ahínco por transgresoras e inmorales. 11 En relación con el comercio popular urbano ver, Gabriel Salazar, «Empresariado popular e industrialización (…)», pp. 180-231. 12 Las «chinganas» fueron el centro recreativo cultural de los sectores populares. Eran regidos, generalmente, por una mujer sola y en ellos se vendían bebidas alcohólicas, frituras y comidas de todo tipo. Se transformaron, además, en sitios en los cuales se practicaba regularmente la prostitución y su funcionamiento podía ser legal o clandestino. Ver al respecto, Rico, Sebastián, «De lo popular a lo nacional en el Chile decimonónico: la chingana como un espacio de encuentro y diferenciación en torno a la nación», en Cid, Gabriel y San Francisco, Alejandro (eds.), Nación y nacionalismo en Chile. Siglo XIX, vol. 2, Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2009, pp. 233-261; Donoso, Karen, «Fue famosa la chingana. Diversión popular y cultura nacional en Santiago de Chile, 1820-1840», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 13: 1 (2009), pp. 87-119; y Purcell, Fernando, «Una aproximación a las diversiones populares en el Norte Chico. Las chinganas en Copiapó, 1850-1860», Revista Chilena de Historia y Geografía, 164 (1998), pp. 127-156. Un muy interesante enfoque históricoantropológico sobre este tema en, Spencer, Christian, «La chingana como canon cultural. Hacia una crítica de los espacios festivos tradicionales en la musicología e historiografías chilena del siglo XIX», Diálogo Andino, 63 (2020), pp. 161-171.
82 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Como señalamos previamente los desplazamientos de población de la segunda mitad del siglo XIX y el asentamiento de los sectores populares en la periferia urbana de las grandes ciudades y villas hicieron colapsar definitivamente la ciudad colonial. Ello porque la sociedad chilena tradicional si bien era una sociedad escindida, porque se dividía claramente en dos clases (patricios y rotos), también era integrada, porque ambos sectores se reconocían como pertenecientes a un mismo ámbito, a un universo común, en el cual podían vivir juntos. Pero las presiones modernizadoras impuestas por la expansión de la economía y por la transformación de las relaciones de producción en sentido capitalista, segregó definitivamente los ámbitos de sociabilidad. Esto se evidencia en el gradual proceso de erradicación de los sectores populares desde la zona céntrica de las ciudades y su traslado a los extramuros13. Con ello la desintegración de la ciudad colonial se completó y la exclusión modificó sustancialmente las formas de relacionarse entre la élite y los sectores populares, introduciendo, con ello, nuevos criterios de articulación identitarios14. De esta manera la expansión permanente de ciudades como Santiago de Chile, Valparaíso, o Concepción, desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante, y el subsecuente desencadenamiento 13 La segregación social en Santiago de Chile, como parte de una iniciativa política, deviene en gran medida del programa de remodelación urbana implementado por el Intendente de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna, entre 1872 y 1875. La remodelación de Vicuña Mackenna, consideraba tres aspectos: modificación del plano y de la traza urbana, establecimiento y ampliación de los servicios urbanos y saneamiento de los barrios populares. Esto pasaba por la destrucción de los rancheríos de la «ciudad bárbara» y por el levantamiento de un «camino cintura» que la escindiera respecto de la «ciudad propia». De Ramón, Armando, «Estudio de una periferia urbana (…)», pp. 200-205. 14 Romero, Luis Alberto, «Urbanización y sectores populares (…)», pp. 63-65. Respecto del tema de la identidad urbano-popular ver, del mismo autor, «Los sectores populares en las ciudades latinoamericanas del siglo XIX: la cuestión de la identidad», Desarrollo Económico, 27: 106, (1987), pp. 201-222.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 83 de problemas urbanos y sociales, derivó en el levantamiento de un cerco, los denominados «caminos de cintura», que separaban, en palabras del intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackenna, «la ciudad decente del Cairo infecto»15. Las comunidades urbano-populares construían redes de sociabilidad en las cuales se combinan permanentemente conflictos y solidaridades, de tal manera que la pasión, el odio, el amor, la amistad, los intereses, se entrecruzaban permanentemente exacerbando una conflictividad que se manifestaba a flor de piel16. De esta manera, las relaciones asentaban un tipo de sociabilidad que canalizaba y controlaba tensiones potenciales que se sucedían cotidianamente. Así, involucrarse y participar en las redes de relaciones callejeras se convertía en un principio organizativo de la comunidad, capaz de resguardar o eventualmente restablecer el equilibrio interno de la sociedad. La información que allí se transaba en los circuitos de la cotidianeidad constituía la referencia válida y verdadera del grado de compromiso del individuo con la escala de valores éticos socialmente reconocidos y compartidos o, a la inversa, con el grado de marginalidad en que se situaba quien contravenía la norma17. En este contexto la violencia fue una constante en las relaciones interpersonales. Ello se explica por la existencia de una agresividad marcada por la propia dinámica de las relaciones 15 Romero, Luis Alberto, ¿Qué hacer con los pobres? Élites y sectores populares en Santiago de Chile, 1840-1895, Santiago de Chile: Ariadna Ediciones, 2007, pp. 218-223. 16 Salinas, René, «Espacio doméstico, solidaridades y redes de sociabilidad aldeana en Chile tradicional, 1750-1880», Contribuciones Científicas y Tecnológicas, 118 (1998), pp. 1-19 y Goicovic, Igor, «Ámbitos de sociabilidad y conflictividad social en Chile tradicional. Siglos XVIII y XIX», Revista Escuela de Historia, 4: 1 (2005), pp. 23-50. 17 Al respecto, Salinas, René, «La transgresión delictiva de la moral tradicional y sexual y su represión en Chile tradicional», Contribuciones Científicas y Tecnológicas, 114 (1996), pp. 1-23.
84 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) sociales establecidas a nivel de calle, de barrio, profesión o de gobierno político18. La historia de la violencia y de la criminalidad, por lo tanto, es una historia de las relaciones entre el poder, la sociedad y los sujetos a través de la mediación del derecho, como norma y como práctica. Es precisamente en el complejo sistema de los valores y sus contrarios donde radica el origen de la violencia individual e institucional, las que se proyectan de tres maneras: contra los cuerpos (aborto, tormento, riña, duelo, violación, rapto, suicidio, homicidio, asesinato, ejecución de la pena de muerte), contra la propiedad (hurtos, asaltos, robos, falsificaciones, fraudes, corrupción) y contra el pensamiento (la más difusa de todas: censura, índice de libros prohibidos, expurgatorios)19. Los espacios o ámbitos en los cuales se despliega la violencia son los propios del quehacer cotidiano. La calle, en cuanto lugar de exposición de las diferentes formas de interrelación social y como escenario en el cual el poder organiza, articula y vigila, sobre todo de noche, las conductas de los sujetos. En las zonas rurales el teatro de la violencia se focaliza en las orillas frecuentadas de los ríos y en los caminos abiertos. La cárcel, concebida como espacio especializado en la tortura, la reyerta, el juego y la corrupción. Y, por último, la Iglesia, en cuanto reducto de represión de las desviaciones ideológicas20. 18 Goicovic, Igor, «Sociabilidad popular y mecanismos de control social (…)», pp. 179-189. 19 Rodríguez, Ángel, «La historia de la violencia: espacios y formas en los siglos XVI y XVII», en Barros, Carlos (ed.), Historia a debate. Retorno del sujeto, vol. 2, Santiago de Compostela: Historia a Debate, 1995, pp. 117-118 y Goicovic, Igor «Los modelos interpretativos en el estudio de la violencia», en Goicovic, Igor et al (comps.), Escrita con sangre, Historia de la violencia en América Latina. Siglos XIX y XX, Santiago de Chile: Ceibo, Universidad de Santiago de Chile, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, 2013, pp. 7-22. 20 Goicovic, Igor, «Los escenarios de la violencia popular (…)», pp. 75-80.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 85 En las villas y ciudades chilenas de la segunda mitad del siglo XIX, las condiciones de vida y de seguridad de la población eran muy precarias. La violencia era un fenómeno recurrente y el temor a las acciones delictuales o violentas constituía una preocupación permanente para las autoridades y las clases dominantes. Los arrabales y las poblaciones periféricas de las ciudades eran percibidas como refugio y guarida de todo tipo de bandoleros, transgresores, prostitutas y mal avenidos. La difícil convivencia vecinal, la alarma y el terror permanentes, la ebriedad y el crimen eran, en estos sectores urbanos, el pan de cada día21. Se trataba, además de una sociedad que experimentaba importantes avances culturales. Las tasas de alfabetización se incrementaron sustantivamente, pasando de un 13,6 %, sobre el total en 1854 a un 40,0 % en 190722. Ello fue expresión tanto de las política pública en materia educativa, que amplió sus coberturas en educación preparatoria, pero también de los procesos formativos desplegados por los trabajadores organizados a través de la prensa y de los ateneos obreros23. 21 De Ramón, Armando, «Estudio de una periferia urbana (...)», pp. 225-231. 22 Chile, XI Censo de Población (1940), Santiago de Chile: Dirección de Estadísticas y Censos – CELADE, 1972, p. 12. 23 Los procesos educativos han sido estudiados por Serrano, Sol, Ponce de León, Macarena y Rengifo, Francisca, Historia de la educación en Chile. Aprender a leer y a escribir, Tomo I, Santiago de Chile: Editorial Aguilar, 2013 e Illanes, María Angélica, Ausente señorita. El niño chileno, la escuela para pobres y el auxilio. Chile, 1890-1990. (Hacia una historia social del siglo XX en Chile), Santiago de Chile: JUNAEB, 1991, pp. 19-58. La educación popular en su época temprana se puede estudiar a través de los trabajos de Godoy, Milton, «Mutualismo y educación. Las escuelas nocturnas de artesanos, 1860-1880», Última Década, 2: 2 (1994), pp. 42-53 y Bravo, Pedro, Cultura y teatro obreros en Chile (Norte Grande, 1880-1930), Madrid: Libros Meridión, 1986.
86 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Tabla n° 3. Fuerza de Trabajo de acuerdo a Oficio y Género, 1875 Oficio Hombre Mujer Total Gañanes 187.564 966 188.530 Agricultores 167.760 5.986 173.746 Sastres y costureras 3.599 112.847 116.446 Lavanderas 844.026 44.034 Hilanderos y tejedores 178 37.040 37.218 Artesanos (*) 32.066 4.167 36.233 Cocineros 945 31.200 32.145 Mineros 28.950 55 29.005 Comerciantes 21.210 4.586 25.796 Propietarios 6.073 11.915 17.988 Zapateros 13.048 1.285 14.333 Labradores 13.384 58 13.442 Empleados particulares 10.539 318 10.857 Jornaleros 4.288 -4.288 Arrieros 3.907 -3.907 Empleados públicos 2.459 39 2.498 Bordadores 22.600 2.602 Cocheros 2.020 -2.020 Fleteros y lancheros 1.631 61.637 Otros oficios 70.968 49.052 120.020 Total 570.599 306.146 876.745 La categoría Artesanos (*), incluye albañiles, alfareros, armeros, barnizadores, bronceros, caldereros, canasteros y escoberos, carpinteros, cigarreros, herreros y panaderos. Fuente: Chile, Quinto Censo Jeneral de la Población de Chile, 1875, Santiago de Chile: Oficina Central de Estadísticas, 1876. Si bien los trabajadores agrícolas (agricultoras, gañanes, labradores y jornaleros), continuaban representando sobre un 43 % de la fuerza de trabajo, la estacionalidad de sus oficios y la precariedad de los empleos en el agro hacía que muchos de
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 87 ellos se desplazaran con frecuencia a las ciudades y pueblos, para desempeñar actividades relacionadas con las obras públicas o de apoyo a los oficios artesanales. Las mujeres, por su parte, representaban cerca de un 35 % de la fuerza de trabajo y sus oficios, regularmente vinculados al sector servicios (costureras, lavanderas, cocineras, comerciantes), se desarrollaban de forma preferente en las aldeas, villas y ciudades. Hacia fines del siglo XIX, no solo estamos en presencia de una sociedad que tiende a desarrollarse preferentemente en los centros urbanos, también se trata de una sociedad con mayores niveles de articulación identitaria (cultura obrera) y con mayores niveles de formación educativa. No es extraño, en consecuencia, que la demanda y la movilización obrera hayan comenzado a adquirir mayor influencia en la protesta popular24. Como sostiene Sergio Grez, le correspondió a los artesanos, nucleados en torno a las actividades manufactureras desarrolladas en los centros urbanos, la tarea de transformarse en la «vanguardia ilustrada» que abrió camino a los procesos de politización de los trabajadores y el pueblo. Constituido por una verdadera élite popular, el artesanado buscó la articulación de sus organizaciones en el espacio permitido por una institucionalidad republicana que se abría a nuevos grupos sociales y experimentaba conflictos en torno a las bases de su legitimidad. El artesanado construyó grados de coordinación corporativa frente al Estado, asumiendo las lógicas de integración social y política de esa forma estatal, pero participando, a su vez, de las movilizaciones populares callejeras y de la movilización política y electoral liderada por la élite liberal25. Las diferentes fracciones de la élite, en especial aquellas 24 Grez, Sergio, «Transición en las formas de lucha: Motines peonales y huelgas obreras en Chile (1891-1907)», Historia, 33 (2000), pp. 141-225. 25 Corvalán, Nicolás y Goicovic, Igor, «Crisis económica y respuesta social: El movimiento urbano artesanal. Chile, 1873-1878», Última Década, 1 (1993), pp, 141-188.
88 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) que aspiraban a incrementar su adhesión electoral, vieron en el artesanado un sector político emergente que podía sumarse a su base clientelar. En el caso de la élite conservadora el discurso era cooptador y moralizador, ofreciendo escaso margen al desarrollo autónomo de la organización artesanal. El dirigente conservador Abdón Cifuentes, en sus «Memorias», da cuenta de las gestiones emprendidas por su sector en la década de los setenta, en torno a la organización de los obreros. Cifuentes constata que el sector que representa se encuentra «condenado al ostracismo político» por la élite liberal gobernante, lo que, a su juicio, hace necesario preocuparse por la organización de los sectores sociales que les eran proclives. De ahí que sugiera a la alta jerarquía de la Iglesia Católica la iniciativa de organizar «Círculos Obreros», ya que para él era «(…) urgente llevar nuestra acción y nuestra influencia a esas masas populares, tan poderosas por el número y tan expuestas a la seducción de las malas doctrinas por su falta absoluta de preparación para resistir a ellas»26. Los conservadores veían a los Círculos Obreros no sólo como una base de apoyo electoral para recuperar los espacios de poder perdidos, sino que también como instancias de moralización que evitaran la «corrupción» política de los trabajadores. La integración obrera a los Círculos Católicos, se orientaba más bien por un afán utilitario que por una adscripción doctrinaria, de ahí su eventualidad y falta de cohesión. Los límites al desarrollo autónomo de los obreros, el escaso apoyo a sus demandas y las relaciones paternalistas y clientelizadoras que caracterizaban el vínculo entre conservadores y artesanos, alejaban rápidamente a éstos de los Círculos, cerrando el paso, de esta forma, a la constitución de sujetos funcionales a los intereses de los conservadores. 26 Cifuentes, Abdón, Memorias, Santiago de Chile: Editorial Nascimiento, 1936, p. 149.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 89 Para el mundo liberal, por su parte, la campaña presidencial de 1876 develó la existencia de los trabajadores y, junto con ello, desencadenó el interés por organizarlos y politizarlos. En particular el sector «liberal progresista», liderado por el tribuno Benjamín Vicuña Mackenna, estimuló la participación de los artesanos en los clubes liberales a la vez que patrocinó la presentación de artesanos a la elección de cargos municipales en Santiago y Valparaíso. La campaña presidencial de Vicuña Mackenna, que puede ser identificada como la primera movilización política de masas, recurrió profusamente a los mítines, desfiles, afiches, proclamas y a las publicaciones en la prensa proselitista, a objeto de convocar el apoyo de los trabajadores. Los liberales, en consecuencia, convirtieron a los artesanos en un sector prioritario en su difusión política. Un lugar destacado en la campaña lo ocupó la edición del periódico político y literario El Pueblo. La convocatoria inicial a los obreros de Santiago establecía dos contenidos fundamentales, que resultaban coherentes con las aspiraciones largamente sostenidas por los artesanos: la promoción social y política de los trabajadores y la protección frente al obrero emigrante llegado al país y frente a la producción extranjera. La promoción social y política del artesanado se sostenía en una visión del «obrero virtuoso» y la necesidad de su integración al sistema republicano, en su doble condición de ciudadano y trabajador. En este contexto, El Pueblo convocaba a integrarse en la lucha política liberal (…) a los artesanos de Santiago, que trabajan por conquistarse el puesto que la honradez i su patriotismo les tiene asignados en el banquete de la igualdad social. A los obreros de la República, esos hombres que dan al país honra i provecho, gloria i progreso, y que han vivido hasta ayer alejados de la cosa pública, repudiados por los poderosos i los señores (…)27. 27 El Pueblo, Santiago de Chile, 24 de enero de 1876. Las voces liberales al efecto eran contradictorias. Para la misma época el liberalismo tradicional publicaba El Guía del Pueblo, un periódico que convocaba a los
96 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Fue, también, una acción de venganza social que expresaba, en la violencia contra los sujetos de la élite todos los resentimientos del antagonismo de clases acumulados históricamente. Los motines urbanos, como los verificados en Santiago de Chile en 1858, 1878 y 1888, están normalmente asociados a una manifestación pública convocada por un sector de la élite dirigente, que suele ser desbordada por la movilización popular35. Hacia 1878 se encontraba en su punto más alto la disputa chileno-argentina por la Patagonia austral. En ese contexto visitó Chile Manuel Bilbao, hermano del fallecido tribuno liberal Francisco Bilbao, quien dio varias conferencias de prensa y publicó algunos artículos en el periódico santiaguino El Ferrocarril, respaldando la demanda de Argentina a un mejor derecho sobre dichos territorios. Esta posición fue duramente impugnada por diferentes sectores políticos de la oligarquía, que defendiendo «los intereses superiores de la patria», determinaron organizar una manifestación pública contra Bilbao. Esa manifestación, que se verificó en el centro de Santiago, el día lunes 7 de octubre, al atardecer, derivó en una serie de incidentes: enfrentamientos con la policía, apedreamiento de lugares públicos, intentos de saqueo al comercio y a las viviendas del sector, etc. Al día siguiente (martes 8), los incidentes se repitieron, pero con una mayor carga de violencia social. La convocatoria realizada por la élite política, destinada a protestar contra Bilbao, fue clara y definitivamente desbordada por los sujetos populares que se apropiaron de la convocatoria y le dieron un carácter radicalmente distinto: motín del bajo pueblo. 35 Salinas, René, «Espacio urbano y revueltas populares (…)», pp, 16-27; Goicovic, Igor, «La insurrección del arrabal. Espacio urbano y violencia colectiva. Santiago de Chile, 1878», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 6 (2002), pp. 52-65; y Grez, Sergio, «Una mirada al movimiento popular desde dos asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905)», Prohistoria, 4 (2000), pp. 62-68.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 97 El día 7, y de acuerdo con la nota informativa enviada por el Ministro del Interior al Juez del Crimen de Santiago, los desórdenes comenzaron en el portal del Gran Hotel Inglés, y fueron encabezados por los dirigentes políticos Ramón Belisario Briseño y Nicolás Luco. Estos individuos, cuyo número sería como de 1.500, entusiasmaron con el objeto de introducirse al hotel, porque creían que allí estaba el señor Bilbao i como supieron que ya se había retirado, se dirijieron a la Imprenta del Ferrocarril, donde hicieron pedazos a pedradas [los ventanales], marchándose enseguida a la estatua de Buenos Aires de la que fue destruida a pedradas la reja, parte del pedestal, las lámparas i cañería de gas36. De acuerdo a las observaciones realizadas en terreno por la prensa santiaguina se trataba de una «numerosa masa de pueblo de diversas condiciones», que portaban pequeñas banderas nacionales y un gran número de campanillas, pitos y tarros de lata, con los cuales aumentaban el ruido, «que ya se percibía a muchas cuadras de distancia». Este grupo inicial, encabezado por estudiantes de militancia liberal, se vio engrosado con centenares de curiosos que acudían desde todas partes37. Al día siguiente los desórdenes se repitieron, pero en esta oportunidad la violencia adquirió ribetes aún más graves. Los manifestantes se desplegaron por todo el centro cívico de la ciudad de Santiago. De tal manera que después de ser repelidos de la Alameda, se trasladaron en tumulto hacia la Plaza de Armas. Tomaron por calle Bandera, doblaron por Huérfanos y luego se fueron por Ahumada, hacia la Plaza de Armas. En ese lugar comenzaron a arrancar algunos postes de madera que resguardaban los árboles del costado del Portal Fernández Concha 36 Los Tiempos, Santiago de Chile, 9 de octubre de 1878. 37 Los Tiempos, Santiago de Chile, 8 de octubre de 1878.
98 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) y a extraer piedras del pavimento para agredir a la policía38. Las autoridades y la fuerza pública desplegada en el centro de la ciudad se encontraba desconcertada. Es por ello que los oficiales encargados de resguardar el orden público, al observar que los sucesos habían tomado proporciones alarmantes «ordenó perseguirlos y dispersarlos, pero en esos instantes toda la jente se batía en retirada hacia la estatua de Buenos Aires, gritando la mayoría de los individuos que ya formaban cerca de 4.000, marchar a la Plaza de Armas»39. En esos momentos, como afluyera a la plaza un contingente de policías los manifestantes comenzaron a arrancar los escaños que rodeaban el paseo y a formarse con ellos trincheras de defensa en previsión de un ataque. Rompieron asimismo algunos escaños para armarse con las tablas y barrotes de fierro. Después de estos ataques, la poblada regresó sobre la avenida central de la Alameda en dirección a la estatua de Buenos Aires, derribando a su paso los escaños de fierro con los cuales iban formando barricadas para impedir las cargas que pudiera darle la caballería y destrozando los bancos de piedras para proveerse de proyectiles40. La paciencia de la tropa y de la policía se agotó. El oficial a cargo de los operativos de seguridad reorganizó sus fuerzas y ordenó una carga definitiva. Indispensable se hizo entonces defender las vidas amenazadas de los individuos del cuerpo de mi mando i con ese objeto ordené cargar sobre ese pueblo desordenado que, no satisfecho con haber herido a tantos guardianes del orden i destrozado monumentos i objetos públicos, pedir a grandes voces la desaparición de la policía i el asesinato de los jefes i oficiales... Merced al ataque i avance de la tropa sobre la poblada, que se contaba por más de 5.000 individuos, logrose, después de desesperados i enérjicos esfuerzos, dispersar a 38 Ibídem. 39 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 40 El Estandarte Católico, Santiago de Chile, 9 de octubre de 1878.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 99 los promotores i acompañantes de la asonada, los que huyeron en distintas direcciones gritando i alborotando a la ciudad41. Sólo a las once de la noche, y tras varias cargas de la caballería y de la infantería, la poblada logró ser dispersada y se restableció el orden. Pero cuál fue el origen de este motín. Como señalamos previamente, la manifestación en cuestión había surgido de la convocatoria realizada por algunas personalidades que impugnaban las gestiones realizadas por Bilbao en torno a los mejores derechos que asistían a la República Argentina en la demanda de soberanía sobre la Patagonia austral. En ese contexto, para la prensa liberal, la manifestación no sólo era legítima, sino que además necesaria42. Pero los excesos cometidos por los sectores populares fueron rápidamente execrados: «Todos los hombres honrados y laboriosos, todos los ciudadanos dignos e intelijentes, todo el pueblo ilustrado y verdaderamente patriota, reprueba la violencia y abusos cometidos»43. Es más, si los acontecimientos del día 7 ya merecían algún tipo de reparo, en cuanto no se ajustaban estrictamente a los términos impuestos a la protesta política contra la visita de Bilbao, la manifestación del día 8 escapaban a toda compresión, ya que el tumulto de ese día no tenía el mismo carácter ni perseguía los mismos propósitos que la protesta del 7. Con brutal claridad la editorial del periódico El Ferrocarril puso de manifiesto el carácter real de la manifestación Si el tumulto del lunes podía revestirse de cierto velo de exaltación patriótica, el segundo es absolutamente injustificable (...) Las proclamas anónimas e incendiarias, la destrucción de un monumento que es un símbolo de gratitud para con un pueblo hermano que confundió su sangre con la nuestra para darnos libertad, el 41 Ibídem. 42 Las Novedades, Santiago de Chile, 8 de octubre de 1878 y Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 43 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878.
100 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) asalto a mano armada contra la propiedad indefensa; las manifestaciones que buscan las sombras de la noche para darse a la luz; todo eso no es el fruto ni del patriotismo ni de la dignidad; son las armas vergonzosas y traidoras de los que buscan las tinieblas para esparcir el terror y la alarma44. Incluso uno de los promotores de la protesta, el dirigente nacionalista Ramón Belisario Briseño manifestó compungido que él «excitó a la juventud a dar una cencerrada a Bilbao», pero que luego se empeñó «en contener al pueblo»45. Incluso el periódico Las Novedades, que en un comienzo respaldó la cencerrada contra Bilbao, dio un brusco viraje a su línea editorial condenando ácidamente las repercusiones de los hechos de violencia del día 8 de octubre, calificando el motín de un hecho «bárbaro, estúpido e inconsciente»46. Los aspectos que más preocupaban a la élite dominante y a sus medios de comunicación social, no tenían que ver con la protesta pacífica convocada por un sector de la élite dirigente contra la presencia en Chile de un portavoz de los intereses territoriales de Argentina. La preocupación real la constituían los sectores populares y sus formas de intervención violenta contra la propiedad pública y privada y contra el aparato de seguridad del Estado. Era dicha conducta violenta la que amagaba la estabilidad social y proyectaba situaciones de desorden institucional que era necesario contener. Pero sin lugar a dudas que las acciones de violencia ejecutadas en contra de la policía y de la tropa del ejército desplegada en el centro de la ciudad, era los que más preocupaba a las autoridades y a la clase dominante. El parte oficial del comandante de policía de Santiago pone de manifiesto el desconcierto y preocupación del encargado de la seguridad en la capital. 44 El Ferrocarril, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 45 El Independiente, Santiago de Chile, 11 de octubre de 1878. 46 Las Novedades, Santiago de Chile, 9 de octubre de 1878.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 101 Sin más antecedentes y a los gritos sediciosos de ¡Abajo la policía! Mueran los pacos!, empezó el pueblo a arrojar piedras, pedazos de fierro, palos y otros objetos sobre el jefe nombrado y la fuerza de policía que acudió inmediatamente (...) Cuatro soldados fueron heridos de gravedad, los que han sido remitidos al hospital, i 33 contusos47. El carácter violento que adquirió la revuelta tuvo su contraparte en el despliegue policial y militar llevado a cabo por las autoridades en el centro de la ciudad. A medida que el desborde del motín popular se hacía más evidente, las fuerzas represivas se multiplicaban. De esta manera, al contingente de policías municipales convocados inicialmente para contener a los manifestantes, se sumó posteriormente un destacamento de cazadores a caballo y un contingente de 200 infantes del regimiento 4° de línea48. Frente a este despliegue militar se levantaban cerca de 4.000 manifestantes premunidos de garrotes, piedras, trozos de fierro, manoplas, e incluso de algunas armas de fuego. A medida que los enfrentamientos se generalizaban por las calles, los amotinados destruyeron parte del equipamientos urbano (escaños, estatuas y rejas de fierro), con los cuales levantaron barricadas en las principales arterias49. La violencia popular no había respetado ni siquiera la jerarquía de los mandos militares y policiales. Muy por el contrario, los documentos oficiales revelan que las turbas se habían ensañado especialmente con quienes detentaban el mando del accionar represivo. Al respecto es interesante observar el parte oficial del Comandante Chacón al Intendente de la Provincia de Santiago. 47 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 48 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 49 Los Tiempos, Santiago de Chile, 9 y 10 de octubre de 1878 y El Estandarte Católico, Santiago de Chile, 9 de octubre de 1878.
102 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) El mayor que suscribe tiene el sentimiento de dar parte a Ud. que, como a las 8 de la noche de ayer, el teniente don José R. Lira, que se encontraba de servicio, recorría la calle de Ahumada y al entrar a la plaza de Armas, recibió una pedrada en la cabeza, la que le causó una herida de alguna gravedad (...) En un estado exánime fue conducido a la botica de los señores Barrios, en donde le prestaron los ausilios del caso y en seguida se condujo a este cuartel, ignorándose hasta ahora quien sea el autor de este hecho por la mucha aglomeración de jente que allí había50. Llamaba la atención de los observadores el que en esta manifestación sólo participaran los grupos sociales más pobres de la sociedad capitalina. Los trabajadores urbanos, el artesanado, no habían sido parte del motín. Atmósfera de desorden, de convulsión popular se sentía allí, pesada, desagradable. Desde luego el paseo se hallaba transformado, disfrazado por decirlo así. Una multitud mal encarada, grupos harapientos, compuestos de hombres de mirada torva por la mala conciencia o embotada por la torpeza que da el licor, ocupaban gran parte de los asientos que aún quedaban en pié… Artesanos, las clases acomodadas del pueblo no se dejaban ver; si uno que otro circulaba por allí lo hacía en calidad de curioso. No era la clase obrera la que estaba en la Alameda; era la hez del arrabal… Pero en medio de toda aquella jente que había abandonado su guarida, so protesto de una causa que no entiende i sirviendo a intereses que no sospecha, se paseaban muchísimas personas deseosas de conocer los estragos de la noche anterior… A medida que la tarde va avanzando, los grupos se hacen más i más numerosos; pero siempre la misma actitud reservada i silenciosa51. El balance realizado por las autoridades respecto de la asonada arrojó deplorables resultados. Daños de consideración a la propiedad pública y privada, por efectos del apedreamiento del 50 Los Tiempos, Santiago de Chile, 11 de octubre de 1878. 51 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 103 Palacio de La Moneda, de la imprenta del periódico El Ferrocarril y por el saqueo de los locales comerciales, destrucción del alumbrado público, destrozos en las estatuas del paseo de la Alameda y en los escaños de dicho lugar y en los ubicados en la Plaza de Armas. Se calculó, además, que los heridos en las diferentes refriegas ascendían a 68, de los cuales 18 eran agentes de la policía y militares y 50 eran civiles que, al parecer, habían participado de los disturbios52. Por su parte, el balance político puso de manifiesto la emergencia de una serie de problemas políticos y sociales, que habrían de tensionar, a partir de este momento, a las autoridades públicas y a la élite dominante. Un nuevo actor social, los pobres urbanos en proceso de proletarización, se asentaba en la ciudad y comenzaba a cuestionar violentamente los mecanismos y la simbología del poder. La explicación más recurrente que la élite y sus representantes políticos encontraron para esta revuelta, se relacionaba con la situación de pobreza y las subsecuentes condiciones miserables de vida que afectaban a los trabajadores urbanos. Era la pobreza el caldo de cultivo para la masificación de las conductas levantiscas, por ello se hacía necesario intervenir dicha condición estructural53. Con total claridad Nicolás Peña diagnosticaba en Los Tiempos, que la pobreza, el hambre y la ignorancia eran el motor de la revuelta popular. Frente a esta situación aparecía como urgente desplegar iniciativas tendientes a la «regeneración moral del pueblo» y, para ello, se podía contar con los artesanos, es decir, con el segmento ilustrado de la clase trabajadora que se había negado a participar del motín. A juicio 52 El Estandarte Católico, Santiago de Chile, 8, 9 y 10 de octubre de 1878. Los Tiempos, Santiago de Chile, 8, 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1878. Las Novedades, Santiago de Chile, 9 y 10 de octubre de 1878. 53 La situación material de los trabajadores y sus familias para este período ha sido analizada por Rodríguez, Javier, Desarrollo y desigualdad en Chile (1850-2009). Historia de su economía política, Santiago de Chile: DIBAM, 2017, pp. 117-150.
104 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) de Peña, «el artesano honrado es, pues, el contrapeso que debe oponerse a la torpeza de las últimas capas sociales y ahí debe encaminarse el esfuerzo común»54. Pero también se hacía necesario redoblar las medidas de control social. Vigilar de manera permanente los nichos urbanos en los cuales se recluían los pobres a objeto de contener y reprimir in situ los eventuales desbordes del arrabal. No llama la atención, por lo tanto, que tras el motín, algunas partidas de policía recorrieran por la noche los barrios periféricos de la población, como Chuchunco, la Alameda de los Padres, el Matadero y la Acequia Grande «con el objeto de mantener la tranquilidad, si a alguien se le ocurriera alterarla»55. En esta misma lógica represiva se inscribe la dictación del Bando nº 1.575, del Intendente de la Provincia de Santiago, en el cual se establecía que en virtud de los deplorables desórdenes ocurridos en las noches del 7 y 8 de octubre, que habían llevado la alarma a la población, se prohibía el agrupamiento tumultuoso en las calles y, frente a la eventualidad del amotinamiento, se facultaba a la fuerza pública para hacer uso de sus armas de fuego56. Para algunos, la gravedad de los hechos del 7 y 8 de octubre ameritaba incluso suspender la campaña militar contra los mapuches en la zona de la Araucanía, a objeto de concentrar a las fuerzas militares en los centros urbanos y, de esta manera, «defender las principales ciudades del asesinato, del pillaje y del tumulto, y la honra del país de menoscabo y baldón»57. Las profundas repercusiones de los bochornosos sucesos se hicieron sentir incluso en la sala del Senado de la República, tribuna desde la cual el prestigioso político liberal, Benjamín Vicuña Mackenna, 54 Los Tiempos, Santiago de Chile, 12 de octubre de 1878. 55 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878. 56 Los Tiempos, Santiago de Chile, 10 de octubre de 1878 y Los Tiempos, Santiago de Chile, 13 de octubre de 1878. 57 La Patria, Santiago de Chile, 11 de octubre de 1878.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 105 demandó a las autoridades de gobierno que hicieran esfuerzos a objeto de evitar «las asonadas y tumultos de las masas populares que perturban a la sociedad y traen el temor, la desmoralización y el pillaje a las ciudades». Era imprescindible, a juicio de Vicuña Mackenna, que se castigara «toda costa a los culpables», para lo cual exigía la pronta captura y enjuiciamiento de los responsables58. Probablemente el juicio político más premonitorio respecto del motín urbano de octubre sea el que emitió Justo Artega Alemparte, cuatro días después de finalizados los sucesos. En su columna de opinión en el periódico Los Tiempos, Arteaga, señalaba que, Comprenderíamos las escenas de Santiago como un motivo de alarma, si ellas hubieran sido orijinadas como un ataque a cualquiera de nuestras libertades o hubieran producido desastres capaces de ser una amenaza seria, inmediata, temible contra los hogares honrados y pacíficos. Pero cuando esas escenas no son nada de eso, cuando esas escenas son tan sólo una advertencia para los dichosos, todo lo que en justicia podríamos temer, es que la advertencia fuera desdeñada, y hasta tenemos confianza en que no lo será (...) confiamos en que el Senado sabrá borrarla, cuidando mui próximamente de restablecer la paz entre el trabajo y el capital, que es la paz en el interior y es la grandeza, la respetabilidad y la fuerza en el exterior59. La asonada del 7 y 8 de octubre se convertía, de esta manera, en el prolegómeno de los futuros enfrentamientos sociales entre el Estado y los trabajadores, enfrentamientos que tendrían en el escenario urbano del siglo siguiente su espacio privilegiado de desarrollo. 58 Chile, Congreso Nacional, Boletín de Sesiones del Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Sesión Extraordinaria del 11 de octubre de 1878, Interpelación de Benjamín Vicuña Mackenna. 59 Los Tiempos, Santiago de Chile, 13 de octubre de 1878.
112 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) vencidos. No era extraño, en consecuencia, que las tropas chilenas una vez conquistados los parapetos del enemigo, asesinaran a quienes intentaban rendirse73. Algo similar ocurrió en las diferentes operaciones militares que se produjeron en territorio peruano entre 1880 y 188374. Efectivamente, la destrucción de ejército y la desintegración del Estado peruano permitieron que tanto los desertores, la población local de los territorios ocupados y las tropas chilenas, llevaran a cabo acciones de saqueo sobre las propiedades y bienes de las clases dirigentes. Es más, el Estado de Chile facultó a los mandos de tropa a aplicar a la burguesía peruana fuertes contribuciones de guerra a objeto de forzar a la élite dirigente a alcanzar un acuerdo de paz con Chile, bajo las condiciones impuestas por el vencedor. La negativa de la élite al acuerdo y al pago de las contribuciones derivaba, habitualmente, en la confiscación de las propiedades o en su saqueo y desmantelamiento75. 73 Rivera, Patricio, «Fantasmas de rojo y azul. Los saqueos de las tropas chilenas en la Guerra del Pacífico», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 43: 1 (2016), pp. 267-275. 74 En la localidad de Mollendo, ubicada a 950 kilómetros al sur de Lima, las tropas chilenas que ocuparon la ciudad entre el 9 y el 12 de marzo de 1880, se apropiaron de los expendios de alcohol, se emborracharon, y procedieron a saquear casas y comercios, para luego incendiar la oficina de adunas y la iglesia. Tras el reembarque de la tropa, cerca de un centenar de soldados desertaron, se constituyeron como montonera y continuaron asolando la región. Ver, Bulnes, Gonzalo, Guerra del Pacífico (…), vol. 2, pp. 149-151. Estos acontecimientos fueron inicialmente encubiertos por los oficiales al mando y por la prensa de Chile. Ver, al respecto, Fernández, Sergio, Izquierdo, Guillermo y Fuenzalida, Rodrigo (comps.), Boletín de la Guerra del Pacífico, 1879-1881, Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1979, pp. 602-603. 75 Un claro ejemplo de ello fue la expedición de Patricio Lynch al norte del Perú entre septiembre y noviembre de 1880. En el marco de dicha expedición atacó y ocupó los puertos de Chimbote, Supe, Paita, Eten y Trujillo, obligando a los hacendados de los ingenios azucareros de la zona a pagar fuertes impuestos, bajo la amenaza de amparar el saqueo de sus bienes.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 113 La desaparición del Estado en Perú dio origen a una compleja situación política. Mientras una parte del territorio permaneció bajo el control del ejército de ocupación chileno, para lo cual contó con el apoyo de una franja de la élite oligárquica peruana, otro sector optó por negociar el retiro de las tropas de ocupación, pero sin ceder territorios al adversario, mientras que en varias zonas del país y en especial en las estribaciones precordilleranas se formaron guerrillas y montoneras, bajo el liderazgo de Andrés Avelino Cáceres, que se enfrentaron tanto contra el ejército chileno, como contra las diferentes fracciones de la élite oligárquica local. Estos enfrentamientos, que se desarrollaron entre 1881 y 1883, fueron particularmente cruentos y derivaron en una combinación de enfrentamientos de clase y de castas. Una parte importante de los enfrentamientos armados del período y de la creciente adhesión a la revuelta derivó de las severas condiciones económicas que impusieron los vencedores a los vencidos. Efectivamente, la manutención de ejército de ocupación corría por cuenta de las respectivas comunidades, situación que se tornaba especialmente penosa en las regiones andinas, afectadas regularmente por las inclemencias climáticas, por la pobreza de los suelos y por el gamonalismo. Pero a esta situación, de por sí gravosa para las comunidades, se debe sumar el abuso que muchos oficiales y soldados chilenos cometían en contra de la población, ya sea depredando los bienes de los campesinos o Ver, Barros Arana, Diego, Historia de la Guerra del Pacífico (…), Tomo II, pp. 97-135. Por otra parte, el Estado chileno se apropió de una serie de bienes materiales y culturales de Perú (maquinarias, mercancías, estatuas, pinturas, libros, etc.), los cuales fueron remitidos a Chile y posteriormente depositados en inmuebles públicos y privados. Godoy, Milton, «Ha traído hasta nosotros desde territorio enemigo, el alud de la guerra. Confiscación de maquinarias y apropiación de bienes culturales durante la ocupación de Lima, 1881-1883», Historia, 44: 2 (2011), pp. 287-327. Las acciones de pillaje que protagonizó la tropa chilena en Rivera, Patricio, «Fantasmas de rojo y azul (…)», pp. 275-291.
114 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) humillando a los trabajadores y sus familias. Ello hacía que las comunidades campesinas ocultaran sus animales o los productos de sus cosechas y que, ante la presencia de los piquetes de requisa, reaccionaran con hostilidad y en muchos casos con violencia. Estas reacciones, a su vez, que derivaban en soldados muertos o heridos, estimulaban la aplicación de duras represalias contra la población, las cuales redundaban en nuevas manifestaciones de rechazo a los ocupantes. De esta manera, el conflicto no solo no cauterizaba, sino que habría nuevas y profundas heridas76. Uno de los episodios más violentos de la campaña de la sierra se produjo en la denominada expedición al departamento de Junín, que lideró el coronel Ambrosio Letelier entre abril y julio de 1881. El objetivo inicial de la expedición era someter a los restos del ejército peruano, derrotado en Chorrillos y Miraflores, que se había replegado hasta el departamento de Junín y que, desde sus serranías, desarrollaba una guerra de montoneras contra unidades del ejército chileno. No obstante, la campaña se transformó en un despojo sistemático de las comunidades andinas, a las cuales se les aplicaron fuertes contribuciones de guerra, las que regularmente se cancelaban con su ganado de subsistencia o con sus cosechas. A medida que las columnas de Letelier avanzaban en su campaña de saqueo las comunidades ocultaban sus bienes u ofrecían activa resistencia. Pero incapaces de oponerse con palos y piedras a un ejército profesional y bien armado, las comunidades indígenas fueron masacradas en combates desiguales. Sobre estos enfrentamientos Gonzalo Bulnes señaló (…) pero más que combates fueron matanzas de los que se ponían al alcance de sus rifles o sables. Letelier se empeñó por dar una significación heroica a esos encuentros sin importancia, i exajeró en tal forma la desproporción de los contendores que en su parte oficial de la campaña refiere que cerca de Huanuco 80 hombres 76 Bulnes, Gonzalo, Guerra del Pacífico (…), vol. 3, pp. 275-278.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 115 lucharon tres días completos contra 5.000 haciéndoles más de 1.500 bajas i que los chilenos tuvieron dos heridos leves77. Al concluir el conflicto muchos veteranos de la Guerra del Pacífico se enrolaron como trabajadores en las explotaciones salitreras recientemente incorporadas por el país, otros, regresaron hasta el valle central incorporándose a las emergentes actividades industriales o las explotaciones agrícolas y una parte no menor de los mismos continuó al servicio del Estado participando activamente en el aplastamiento de la resistencia mapuche en el sur de Chile. No obstante, la gran mayoría de ellos continuó arrastrando la vida precaria y miserable que ostentaban hasta antes del conflicto, expuesto a la pobreza material y el desamparo público. Pero no fueron pocos los que enrolados en las filas de la clase obrera se organizaron en sociedades de socorros mutuos y exigieron del Estado la compensación de los servicios prestados78. la guErra contra El puEblo mapuchE (1861-1885) La violencia en la región de la Araucanía tiene una antigua data. Durante la fase de conquista (siglo XVI) se desplegaron las primeras manifestaciones de resistencia frente a la hueste española, que se expresaron como defensa de los territorios y comunidades de la zona centro sur del país79. Luego, en el período colonial (si77 Bulnes, Gonzalo, Guerra del Pacífico (…), vol. 3, p. 38. 78 Méndez, Carlos, Héroes del silencio. Los veteranos de la Guerra del Pacífico, Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2009, pp. 15-20 y Donoso, Carlos y Couyoumdjiam Juan, «De soldado orgulloso a veterano indigente (…)», pp. 265-269. 79 Ver al respecto, las contribuciones recientes de Zavala, José y Dillehay, Tom, «El “Estado de Arauco” frente a la conquista española: Estructuración sociopolítica y ritual de los araucano-mapuche en los valles nahuelbutanos durante los siglos XVI y XVII», Chungará. Revista de Antropología Chilena, 42: 2 (2010), pp. 433-450 y Goicovich, Francis, «La etapa de conquista
116 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) glos XVII-XVIII), la autodefensa mapuche, operó como resguardo de los acuerdos suscritos con los españoles en sucesivos parlamentos80. Más tarde, durante la Guerra de Independencia y en la fase de organización del Estado de Chile (1810-1832), los mapuche se sumaron a la defensa de la «causa del Rey», que en este caso suponía, en estricto rigor, la defensa del espacio fronterizo y, a partir de ello, de la condición de autonomía sancionada en los parlamentos81. No obstante, durante la fase de expansión del Estado oligárquico chileno, en la segunda mitad del siglo XIX, se produjo un recrudecimiento de la violencia. Efectivamente, la arremetida militar de la oligarquía, sumada a la usurpación de las tierras ancestrales, estimularon los levantamientos indígenas de 1869 y 1881, sofocados a sangre y fuego por las tropas del ejército de línea. Esta fase de la historia contemporánea del pueblo mapuche puede ser rotulada como de Guerra de Resistencia. De acuerdo a lo establecido por Jorge Pinto la denominada «pacificación de la Araucanía», arrancó con la creación de la Provincia de Arauco, en 1852, que estableció las condiciones jurídicas y administrativas que debían legitimar la ocupación del territorio mapuche. De esta manera la subsecuente ocupación político-militar, iniciada en 1869, constituyó para el Estado chileno, para las élites políticas en el poder y para los intelectuales que les dieron su respaldo, un acto legítimo de toma de posesión de (1536-1598). Origen y desarrollo del “Estado indómito”», Cuadernos de Historia, 22 (2002), pp. 53-110. 80 La importancia de los parlamentos en la estrategia política mapuche ha sido señalada por Boccara, Guilaume, «Etnogénesis mapuche. Resistencia y reestructuración entre los indígenas del centro-sur de Chile (siglos XVIXVIII)», The Hispanic American Historical Review, 79:3 (1999), pp. 425-461. 81 Pinto, Jorge, «La Araucanía y el Norte Chico. Historia, memoria e identidades regionales», en Cortés, Hernán y Godoy, Milton (editores), XII Jornadas Nacionales de Historia Regional de Chile. La historia en el pasado presente, La Serena: Universidad de La Serena, 2007, pp. 97-140.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 117 un territorio históricamente chileno82. Pero fue, también, un acto de justicia, ya que de acuerdo con la ideología predominante en la época (el positivismo y su vertiente dominante, el darwinismo social), se trataba de tierras ocupadas por salvajes incapaces de hacerlas producir. Así lo dejó de manifiesto el comandante José Manuel Pinto, en una extensa memoria que presentó al gobierno en 1869. En dicho documento señalaba que «el carácter de los indios exije, para que la paz sea duradera, imponerles condiciones que solo aceptaran cuando se vean reducidos a la impotencia». Es decir, el proyecto de transformación capitalista de la región de la Araucanía y su plena incorporación al Estado de Chile requería del aplastamiento de toda forma de resistencia. Solo de esa manera se podía «integrar» a la población aborigen a la sociedad chilena. Consiguiéndose ajustar la paz bajo estas bases, no dudo que sería duradera, i al cabo de algún tiempo la prudencia con que los jefes de frontera procurarán asimilar las costumbres de los araucanos a las nuestras, merced a sus acertadas medidas para disipar poco a poco sus preocupaciones i ponerlos en estado de aceptar nuestras leyes sin restricción, concluirá por morijerar las costumbres belicosas de los salvajes i traerlos a la vida civilizada. Este sistema ofrece dificultades solo al tiempo de su instalación, porque más adelante i una vez extinguida la práctica que tienen los indios de vivir del robo, les sería necesario trabajar; i el estado de propiedad que traería consigo este nuevo método de vida, no podría menos de 82 Pinto, Jorge. La formación del Estado (…), pp. 185-207 y, del mismo autor, «El Estado chileno en la frontera mapuche, 1850-1940», Estudos de História, 13: 2 (2006), pp. 31-66. Ver, además, Donoso, Ricardo y Velasco, Fanor, Historia de la constitución de la propiedad austral, Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1928, pp. 33-81. Este proceso se dio de forma similar y simultánea en la Argentina, a partir de la denominada «Campaña de Roca al Desierto», iniciada en 1878. Ver al respecto, Bandieri, Susana, Historia de la Patagonia, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2005 y Mandrini, Raúl, La Argentina aborigen. De los primeros pobladores a 1910, Buenos Aires; Siglo XXI Editores, 2008.
118 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) producir en las tribus del norte del Cautín, las más revoltosas, los mismos resultados que he observado lijerarnente ocupándome de los huilliches, i aumentaría las garantías de orden indicadas anteriormente con este nuevo i poderoso aliciente i las seguridades de que la paz no sería interrumpida83. De ahí entonces que junto con la invasión militar se llevó a cabo un proceso sistemático de expropiación de tierras indígenas, posteriormente transferidas a los colonos que las cercaron y pusieron en explotación84. De esta manera el Estado generó las condiciones políticas necesarias para la expansión del capital agrario en el sur de Chile85. Cabe señalar, además, que el proceso estuvo caracterizado por el uso masivo y desproporcionado de la violencia. Las tropas del ejército de Chile, al mando de los generales José Manuel Pinto y Cornelio Saavedra (campaña de 1869 a1871), llevaron a cabo lo que Bengoa denominó como 83 Pinto, José Manuel, Memoria del general en jefe de operaciones de la alta frontera pasada al Supremo Gobierno, Santiago de Chile: Imprenta Nacional, 1869, pp. 28-29. Una postura similar sostenía en el Congreso Nacional el tribuno liberal Benjamín Vicuña Mackenna, quien indicaba que para «civilizar a las tribus bárbaras» era necesario «reducirlos y someterlos». Ver, Vicuña Mackenna, Benjamín, La conquista de Arauco. Discurso pronunciado en la Cámara de Diputados en su sesión de 10 de agosto, Santiago de Chile: Imprenta del Ferrocarril, 1868, p. 7. 84 El plan de ocupación entregado al gobierno por Cornelio Saavedra contemplaba: «1° en avanzar la línea de frontera hasta el rio Malleco; 2° en subdividir i enajenar los terrenos del estado comprendidos entre el Malleco i el Biobío; i 3° en colonizar los mas a propósito para este objeto. Proponía, por último, la prórroga del réjimen especial que estableció por cuatro años la lei de creación de la provincia de Arauco, 2 de julio de 1852, i que había caducado en 1856». Guevara, Tomás, Historia de la civilización de la Araucanía, Tomo 3, Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1898-1902, p. 293. 85 La formación del mercado de la tierra en la Araucanía ha sido descrita por, Sepúlveda Rivera, Mónica, Producción, mercado e integración indígena en la economía agroganadera del territorio fronterizo de Angol. Problemas asociados al crédito, 1862-1900, Tesis de Título y Grado, Carrera de Pedagogía en Historia, geografía y Educación Cívica, Temuco: Universidad de La Frontera, 2006, pp. 28-43.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 119 una «guerra de exterminio»: Los soldados incendiaban las rucas, asesinaban y retenían como rehenes a las mujeres y a los niños, arreaban los animales y quemaban las sementeras86. En su relato sobre estos acontecimiento el lonko Pascual Coña señala, También oí decir que en Nehuentúe, al otro lado del río Cautín, había un chileno de nombre Patricio Rojas. Ese monstruo tomó presos a los mapuches, los encerró en una ruca y la atrancó. Luego prendió fuego a la ruca y esterminó a los indígenas en las llamas. Tal era la marcha del malón en la región costanera [1881]. Los desgraciados mapuches fueron de mal en peor. Ellos no habían ocupado muchos bienes de los chilenos, mientras que una parte de los últimos se enriquecieron, gracias a los animales saqueados a los mapuches87. No obstante, las operaciones militares del ejército chileno enfrentaron la decidida resistencia de los arribanos que bajo la conducción de José Santos Quilapán, mantuvieron en jaque a las tropas chilenas hasta 1871. Los mapuche desarrollaron dos tipos de maniobras militares88. Por una parte, amagaron las líneas 86 Bengoa, José, Historia del pueblo mapuche (…), pp. 205-248. En el enfoque de Leonardo León la violencia desencadenada en la Araucanía no remite de manera fundamental a la presencia del Estado, sino más bien a la ausencia o debilidad de éste. En este esquema estamos más bien en presencia de una violencia horizontal que enfrentó a los mapuche con colonos pobres y a mapuche entre sí; ver León, Leonardo. Araucanía: La violencia mestiza y el mito de la «pacificación», 1850-1900, Santiago de Chile: Universidad Arcis, 2005. Un enfoque condescendiente con las operaciones militares chilenas en la Araucanía en, Sánchez Aguilera, Víctor, Angol. Ciudad de los confines, Angol: Imprenta Atenea, 1953, pp. 231-247. 87 Wilhelm de Moesbach, Ernesto, Vida y costumbres de los indígenas araucanos en la segunda mitad del siglo XIX: Presentadas en la autobiografía del indígena Pascual Coña, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1930, p. 287. 88 Los estudios sobre conflictos armados son muy numerosos. No obstante, la guerra irregular cuenta con menos referencias. Sus aspectos teóricos han sido analizados por Smith, M.L.R. «Guerrillas in the mist: Reassessing strategy and low intensity warfare», Review of International Studies, 29: 1 (2003), pp. 19-37 y Wucherpfennig, Julian et al., «Ethnicity, the State, and the duration of civil war», World Politics, 64: 1 (2012), pp. 79-115. Para el
120 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) de suministros de las tropas chilenas, atacando las caravanas de transporte y los depósitos de municiones y alimentos (especialmente el ganado); y por otro lado concentraron guerreros en las inmediaciones de las líneas más débiles del adversario (fuertes y poblados), para descargar sobre ellos ataques por sorpresa. Se trató, mayoritariamente, de una guerra de movimientos que perseguía debilitar al enemigo para provocar el abandono por parte del Estado chileno de la política de ocupación. Por ello no es extraño que junto a las acciones militares los mapuches recurrieran también, de forma sistemática, a los parlamentos y embajadas a objeto de distender las relaciones con las autoridades de gobierno89. Como en otras campañas colonialistas, tanto en África como en Asia, la introducción de las armas de repetición, en este caso la carabina Spencer, supuso una ventaja significativa para las tropas chilenas. El arma en cuestión aportaba una cadencia de fuego de 20 tiros por minuto (frente a los 2 tiros por minuto de su predecesora, la carabina Minié); el cartucho, con vaina de metal, soportaba de mejor forma las inclemencias climáticas del sur de Chile; y la efectividad del impacto a 200 metros decidía dramáticamente los enfrentamientos a campo abierto90. La posterior consolidación de la frontera en el río Malleco (1871-1880) despliegue y tácticas de los guerreros mapuche ver, Guevara, Tomás, Historia de la civilización de la Araucanía (…), pp. 340-378. 89 Bengoa, José, Historia del pueblo mapuche (…), pp. 205-325. No obstante, esta política de «parlamentos» era rechazada por las autoridades militares destacadas en la zona. A l respecto comandante José Manuel Pinto, jefe de las operaciones militares en la Araucanía, señalaba en 1868: «(…) creo que no debe entrarse en negociaciones por conducto de intermediarios i ajustar con ellos una paz que los salvajes con su probada mala fe violarían, apenas lograran reponerse de los males traídos por sus recientes quebrantos». En Saavedra, Cornelio (comp.), Documentos relativos a la ocupación de Arauco que contienen los trabajos practicados desde 1851 hasta la fecha, Santiago de Chile: Imprenta de la Libertad, 1870, p. 144. 90 Parra Urzúa, Abdón, «Nuestros fusiles y carabinas. Sus municiones», Memorial del Ejército de Chile (marzo-abril de 1937), pp. 209-236.
Sociedad, guerra y protesta (1871-1885) | 121 permitió la ocupación definitiva de Arauco y de la zona de Traiguén. La modernidad capitalista, embarcada en los vagones del ferrocarril e informada a través del telégrafo, fluyó sobre las tierras mapuche modificando en profundidad el espacio económico y la vida social. Diez años después de culminada la primera etapa de la «pacificación de la Araucanía», un nuevo contingente militar se desplazó sobre el territorio mapuche. Se trataba en esta oportunidad del ejército triunfante en la Guerra del Pacífico, dotado ahora de nuevos recursos bélicos, como la artillería pesada, la ametralladora Gatling, el fusil de repetición Comblain y la carabina Winchester. Era, a su vez, un ejército veterano, fogueado en decenas de combates y con un mayor grado de internalización de la disciplina. Sus mandos, a su vez, habían sido encuadrados por el gobierno en la política de ocupación total del territorio. Frente a ellos se erigía una sociedad mapuche fuertemente golpeada por la campaña anterior y tensionada internamente por las desavenencias entre sus lonkos, tanto entre arribanos y abajinos, como al interior de cada una de estas agrupaciones. La insurrección mapuche, iniciada en el verano de 1881, tuvo su punto más alto de desarrollo en el levantamiento general de noviembre de ese año. Los ataques a Lumaco, Temuco e Imperial, concitaron la preocupación de las autoridades que enviaron nuevos refuerzos militares a la zona. Hacia el 15 de noviembre el levantamiento ya había sido sofocado. Durante 1882 el ejército procedió a bloquear los pasos cordilleranos a objeto de reducir la maniobrabilidad estratégica de los guerreros mapuche y luego, en enero de 1883, tomo el control de Villarrica, su último bastión de resistencia militar91. 91 Bengoa, José, Historia del pueblo mapuche (…), pp. 249-325; Guevara, Tomás, Historia de la civilización de la Araucanía (…), pp. 461-480; y Vera, Robustiano, La pacificación de Arauco, 1852-1883, Santiago de Chile: Imprenta El Debate, 1905, pp. 95-105.
128 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) exportaciones agropecuarias, pero ello no significó que la agricultura entrara en crisis, ya que, paralelamente, aumentó la producción agrícola destinada al mercado interno, especialmente hacia las ciudades fabriles y a la zona salitrera. En este mismo período, se produjo un aumento de las actividades ganaderas, especialmente de la explotación de ganado ovino en la zona austral del país, lo que generó una gran concentración de la tierra, amparada por el Estado, en Aisén y Magallanes7. Lo anterior determinó que en Chile coexistieran las modernas estancias ganaderas y haciendas agrícolas, de la zona austral y sur de Chile, asentadas en relaciones de producción fundadas en el salariado, con el latifundio, fundado en relaciones de producción precapitalistas y con una clase terrateniente que desviaba sus capitales hacia otras áreas de interés, como los consumos suntuarios, los viajes al extranjero y las actividades especulativas8. En el contexto de estos cambios, y como consecuencia directa de la primera conflagración mundial se puede observar un cambio significativo en la correlación de fuerzas a nivel internacional y en la composición del bloque dominante en Chile. El eje decimonónico constituido por la oligarquía terrateniente aliada al capital británico, fue gradualmente desplazada de las posiciones hegemónicas por una nueva alianza, aquella que formaron el empresariado norteamericano y la emergente burguesía industrial9. Esta modernización de las actividades productivas 7 Robles, Claudio, «La producción agropecuaria chilena en la era del salitre (1880-1930)», América Latina en la Historia Económica, 32 (2009), pp. 113134. 8 Las inconsistencias del sistema de hacienda en Bengoa, José, Historia social de la agricultura chilena. Haciendas y campesinos, vol. 2, Santiago de Chile: Ediciones SUR, 1990, pp. 209-217. 9 La punta de lanza de este proceso fue la apropiación por parte de compañías norteamericanas de los principales yacimientos de cobre de baja ley del país (Chuquicamata, El Teniente y Potrerillos), desde comienzos del siglo XX. La aplicación de moderna tecnología a la explotación de estos
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 129 y las readecuaciones que experimentó el régimen de dominación, derivó a su vez en cambios sustantivos en la estructura de clases del país. Así, la penetración británica y norteamericana en la actividad minera apresuró la crisis y posterior extinción de la burguesía minera nacional. Sólo una fracción bastante debilitada de la misma logró mantener algunas posiciones en la pequeña y mediana minería, pero con escaso poder económico y político10. Por otra parte, la penetración de las modernas relaciones de producción capitalistas en algunas áreas de la agricultura (particularmente en las haciendas vitivinícolas de la zona central y en las trigueras y molineras de la Frontera), favorecieron la transformación de un sector de los terratenientes en burguesía agraria, mientras que otros persistieron en la utilización de formas precapitalistas de producción, perpetuando el atraso del campo chileno. Para la antigua oligarquía terrateniente esto derivó en un desmedró gradual de su influencia política y económica y, por extensión, en una pérdida de posiciones al interior del bloque dominante11. yacimientos le permitió a la economía chilena paliar los efectos del colapso de las exportaciones de nitrato, llegando a convertirse el país, a partir de la década de 1940, en el segundo productor a nivel mundial de este recurso. Bravo, Juan, «Inversiones norteamericanas en Chile: 1904-1907», Revista Mexicana de Sociología, 43: 2 (1981), pp. 775-818; Przeworsky, Joanne Fox, The decline of the copper (…), pp. 288-297; y Vayssiere, Pierre, «La division internationale du travail et la dénationalisation du cuivre chilien», Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien, 20 (1973). pp. 7-29. 10 Ortega, Luis, «La minería del cobre del Norte Chico (tradicional) y los medianos y pequeños productores en perspectiva histórica», Si Somos Americanos. Revista de Estudios Transfronterizos, 10: 2 (2010), pp. 37-59 y del mismo autor, «La crisis de la minería del cobre en el norte tradicional (Norte Chico, Chile) en la primera mitad del siglo XX y la decadencia de la región de Coquimbo», Tiempo Histórico, 4 (2012), pp. 43-66. 11 Pese a lo anterior los terratenientes continuaron ejerciendo una importante influencia política y social en la zona central del país, hasta mediados de la década de 1960. Controlaban el juzgado de letras local, situación que les permitía ganar todos los pleitos y condenar a los campesinos que
130 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) También es posible reconocer la emergencia de una burguesía industrial que se consolidó como clase en este ciclo histórico. Entre estos sectores emergentes, que despuntan en la escena política, en especial a partir de la década de 1880, se encuentra la pequeña burguesía, compuesta por modestos propietarios de algún medio de producción, generalmente dueños de talleres artesanales, establecimientos comerciales o inmuebles urbanos, que se expandió al compás del crecimiento de las ciudades y las capas medias, compuestas por aquellos sectores sociales que vendían su fuerza de trabajo por un sueldo. Precisamente el crecimiento del sector terciario y de la burocracia funcionaria contribuyó a la consolidación de este último sector social12. El crecimiento de estos sectores, que a partir de una base reivindicativa tienden a negociar su integración al sistema, fue percibido por la burguesía que las convirtió en su clientela electoral y, a partir de ello, en base de sustentación del nuevo régimen de dominación, especialmente en las fases de mayor agudización de los enfrentamientos de clase. Como señalamos previamente el proletariado, surgido en el siglo XVIII en las explotaciones mineras del Norte Chico, se afianzó en el siglo XIX y se desarrolló a escala nacional en las reclamaban. En lo político, obligaban a los campesinos a votar por el candidato de los latifundistas, que generalmente era del Partido Conservador o del Partido Liberal, mientras que en lo económico-contractual, compraban la cosecha «en verde», es decir, adelantaban dinero en invierno a los campesinos a cuenta de la próxima cosecha, la que en definitiva terminaban pagando a precios muy bajos. Ver, Bauer, Arnold, «Rural society and politics in comparative perspective», en Kay, Cristobal y Silva, Patricio (eds.), Development and social change in the Chilean countryside. Fron the preland reform period to the democratic transition, Amsterdam: CEDLA, 1992, pp. 19-31 y Loveman, Brian, «Rural unionization and party politics», en Development and social change (…), pp. 55-74. 12 Barría, Diego, «Empleados públicos y clase media, Chile 1880-1920: Un análisis exploratorio a partir de cifras oficiales», Revista de Historia y Geografía, 32 (2015), pp. 77-100.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 131 primeras décadas del siglo XX, producto de la generalización de las relaciones sociales de producción capitalistas en casi todas las áreas de la economía, especialmente en la minería (salitrera y cuprífera), pero también en la industria y en algunas actividades agrícolas. Además, es posible observar su presencia en varios servicios, como los tranvías, ferrocarriles, puertos y en general en las actividades terciarias. En la mayoría de estas áreas de la economía imperaban las más brutales condiciones de explotación sobre la mano de obra trabajadora: Jornadas laborales de doce horas, pago de las remuneraciones en fichas canjeables en las pulperías de las oficinas salitreras o de las haciendas, recurrencia de accidentes del trabajo, a lo cual habría que agregar la mala calidad de las viviendas obreras, el hacinamiento y la insalubridad13. La consolidación de las actividades salitrera e industrial desplazó a la agricultura, en especial a la cerealera, y a la minería artesanal del cobre, del centro de los procesos económicos. Junto con ello se verificó un reordenamiento de las élites de poder, mediado por la cruenta Guerra Civil de 1891. A partir de este momento el viejo grupo dominante, compuesto por mercaderes y latifundistas, se sostuvo precariamente en escalones secundarios de la pirámide económica y se vio obligado a cohabitar con nuevos actores en el ejercicio del poder político14. Concurrieron 13 Garcés, Mario, Crisis social y motines populares en el 1900, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2003, pp. 79-95; Bastías, Manuel, «Intervención del Estado y derechos sociales. Transformaciones en el pensamiento jurídico chileno en la era de la cuestión social, 1880-1925», Historia, 48: 1 (2015), pp. 11-42; Mardones, Rodolfo, Fierro, Catriel y Salas, Gonzalo, «Cuestión social en Chile: Discursos sociales y sus referencias a los saberes psi (1880-1930)», Revista de Historia de la psicología, 37 (2016), pp. 8-15; y Urbina, Ximena, Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920. Fisonomía y percepción de una vivienda popular urbana, Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2011, pp. 157-198. 14 Fernández, Enrique, Estado y sociedad en Chile, 1891-1931: El Estado excluyente, la lógica estatal oligárquica y la formación de la sociedad, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2003, pp. 67-112.
132 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) al mismo, un poderoso conjunto de compañías extranjeras que dominaban el eje exportador (salitrero) y el comercio de importación, fuertemente ligada al mismo, se constituyó una poderosa burguesía financiera y emergió con fuerza la burguesía industrial. Este último sector creció, especialmente, en los rubros textil, cuero y calzado, alimentario y metal-mecánico. Como señalamos previamente, la formación y desarrollo del capitalismo también dio origen al proceso de proletarización y, junto con él, a la formación del movimiento obrero en Chile. Dada las características de la transición chilena al capitalismo, el proceso de proletarización de la mano de obra se verificó primero en la minería15. Este proceso, inaugurado hacia fines del siglo XVIII en la minería del cobre de Atacama y Coquimbo, terminó de madurar en la minería del salitre y se multiplicó con el fortalecimiento del sector industrial. Este proceso de proletarización rompió con las relaciones personales y de dependencia que caracterizaron al peonaje de Chile central y, en el marco de dicha ruptura, puso fin, también, a la relación clientelar fundada en la lealtad. Por otra parte, la mecanización del trabajo, ampliamente extendida al interior del sistema capitalista, despojó al trabajador de las habilidades personales que lo distinguían al interior de las faenas agropecuarias o cupríferas, pero lo adscribió a colectivos laborales con similares daños y carencias, fortaleciendo sus proyecciones políticas. La tendencia general de los procesos laborales en el sector salitrero apuntó a la funcionalización capitalista 15 Ver, al respecto, Venegas, Hernán, «De peón a proletario. La minería de la plata y el primer ensayo de proletarización. Atacama a mediados del siglo XIX», en Pinto, Julio (ed.), Episodios de historia minera. Estudios de historia social y económica de la minería chilena, siglos XVIII-XIX, Santiago de Chile: Editorial Universidad de Santiago, 1997, pp. 231-289 y Pinto, Julio, «La transición laboral en el norte salitrero: la provincia de Tarapacá y los orígenes del proletariado en Chile 1870-1890», en Trabajos y rebeldías en la pampa salitrera, Santiago de Chile: Editorial Universidad de Santiago, 1998, pp. 23-54.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 133 de los trabajadores, pese a la supervivencia de mecanismos laborales de cuño tradicional, como el trabajo a destajo, en el caso de las faenas de extracción. Este proceso de modernización chocó con una resistencia obrera a la proletarización, de tipo intuitiva, como la huida, la cangalla y el motín. No existían, además, niveles de arraigo significativos en los campamentos mineros, ni en las oficinas salitreras y, por ende, tampoco de lealtad personal. Este tipo de relaciones se hacían aún más impersonales si consideramos el carácter de sociedad anónima de muchas de las empresas mineras y el hecho de que su administración era responsabilidad de técnicos extranjeros. En la mayoría de las áreas de la economía, y en particular en la minería, imperaban las más brutales condiciones de explotación sobre la mano de obra trabajadora: Jornadas laborales de doce horas, pago de las remuneraciones en fichas canjeables en las pulperías de las oficinas salitreras o de las haciendas, recurrencia de accidentes del trabajo, a lo cual habría que agregar la mala calidad de las viviendas obreras, el hacinamiento y la insalubridad16. 16 Las condiciones materiales de vida y de trabajo de los obreros chilenos han sido un tema ampliamente tratado por la historiografía. Una perspectiva general sobre la desigualdad social en el período en, Durán, Gonzalo, «Desigualdad y salarios en perspectiva histórica, siglos XIX y XX», en Jaksic, Iván (ed.), Historia política de Chile, 1810-2010. Problemas económicos, Tomo III, Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica – Universidad Adolfo Ibáñez, pp. 249-251. Entre otros importantes trabajos monográficos ver, Torres, Isabel, «Los conventillos en Santiago (1900-1930)», Cuadernos de Historia, 6 (1986), pp. 67-85; Illanes, María Angélica, Ausente señorita (…), pp. 19-102; Illanes, María Angélica, En el nombre del pueblo, del Estado y de la ciencia (…) Historia social de la salud pública. Chile, 1880-1973. (Hacia una historia social del siglo XX), Santiago de Chile: Colectivo de Atención Primaria, 1993, pp. 19-136; León, Marco, «Entorno a una pequeña ciudad de pobres, la realidad del conventillo en la Literatura Chilena 1900-1940», Mapocho, 37 (1995), pp. 113-133; Rojas, Jorge, Los niños cristaleros: Trabajo infantil de la industria. Chile, 1880-1950, Santiago de Chile: DIBAM, 1996, pp. 35-39; Urbina, María Ximena, Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920. Fisonomía y percepción de una vivienda popular urbana, Valparaíso: Ediciones
134 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) Las actividades mineras, dieron origen a un complejo y abigarrado mundo social. En él compartían ámbitos laborales, operarios, barreteros, chancadores, trabajadores de cancha, molineros, junto con administradores, fundidores y capataces. Si bien la adscripción de los sujetos a un oficio específico, involucraba un acceso diferenciado al salario, los espacios comunes compartidos por los trabajadores, como los campamentos, faenas y cantinas, hacían que las comunidades mineras se integraran en ámbitos de sociabilidad eminentemente populares y masculinos. En los ámbitos festivos la competencia por el liderazgo o por el acceso a las mujeres, como parte de los ritos iniciáticos de masculinidad, se desplegaban ampliamente y aparecían directamente relacionados con el alto consumo de alcohol y con el desarrollo de la prostitución17. De acuerdo con las descripciones de la época, el minero era un sujeto bullicioso, pendenciero y muy alegre, especialmente si había bebido. También era rotulado como Universitarias de Valparaíso, 2011; e Hidalgo, Rodrigo, La vivienda social en Chile La construcción del espacio urbano en el Santiago del siglo XX, Santiago de Chile: DIBAM, 2005, pp. 25-32. 17 Sobre la sociabilidad popular ver, Henríquez, Rodrigo, «La jarana del desierto. Burdeles, prostitutas y pampinos en Tarapacá 1890-1910», en VV.AA., Arriba quemando el sol. Estudios de historia social chilena: Experiencias populares de trabajo, revuelta y autonomía (1830-1940), Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2004, pp. 111-135 y Kublock, Thomas, «Hombres y mujeres en El Teniente (La construcción de género y clase en la minería chilena del cobre, 1904-1951)», en Godoy, Lorena et al., Disciplina y desacato (Construcción de identidad en Chile, siglos XIX y XX), Santiago de Chile: SUR-CEDEM, 1995, pp. 223-253. La temática de la prostitución y la sociabilidad desarrollada en los burdeles ha sido analizada por Kalazich, Fernanda, «Para estudiar la prostitución en las pampas salitreras. Apuntes desde los estudios subalternos y la arqueología industrial», Revista Chilena Antropología, 37 (2018), pp. 131-142 y Gálvez, Ana, «Lupanares, burdeles y casas de tolerancia: tensiones entre las prácticas sociales y la reglamentación de la prostitución en Santiago de Chile: 1896-1940», Revista Tiempo Histórico, 5: 8 (2014), pp. 73-92.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 135 desprendido, abnegado, servicial, leal y generoso18. Estas peculiares condiciones de sociabilización, unidas a las precariedades propias de un trabajo extenuante y mal remunerado, hacían que los principios morales que portaban y exteriorizaban los mineros, difirieran de, manera importante, de aquellos patrocinados y difundidos por la élite y sus instituciones. Fue en estos espacios de sociabilidad segmentados por clase en los cuales los trabajadores mascullaron sus dolores y articularon sus primeros gritos de rebeldía. Efectivamente, la chingana, la camaradería, los vínculos de compadrazgo y la profusa ingesta etílica, desarrollados al interior de las faenas y de las chinganas, contribuyeron a detonar los primeros alzamientos contra la autoridad pública. Más tarde, los trabajadores más diestros en el manejo de las herramientas, los más fuertes o resistentes en la faena y aquellos que sabían leer y escribir, comenzaron a adquirir una creciente influencia entre sus pares. Así, el espontaneismo visceral comenzó a ceder terreno frente a la organización y al despliegue colectivo y mancomunado. la huElga obrEra El movimiento obrero en Chile se estructuró orgánicamente hacia fines del siglo XIX y fue beneficiario de la influencia del movimiento obrero mundial, en particular de sus vertientes anarquistas, socialistas y del llamado liberalismo plebeyo o jacobino19. Surgieron, entonces, las primeras organizaciones obreras: Las sociedades en resistencia de orientación anarquista, 18 Chouteau, Eugenio, Informe sobre la provincia de Coquimbo, 1887, Santiago de Chile: Imprenta Nacional, 1887, p. 165. 19 Ver, Grez, Sergio, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de la idea en Chile (1893-1915), Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2007, pp. 25-65; De Shazo, Peter, Trabajadores urbanos y sindicatos en Chile: 1902-1927, Santiago de Chile: DIBAM, 2007, pp. 141-192; y Pinto, Julio, «Socialismo y
136 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) que se desplegaron especialmente en torno a los centros urbanos fabriles y las mancomunales obreras, que se organizaron especialmente en el norte de Chile, en torno a las actividades salitreras y portuarias, y en las cuales ejercieron mayor influencia demócratas y socialistas. En esta etapa formativa, la clase obrera recurrió de manera regular a la huelga como forma principal de lucha. La paralización de las actividades productivas y la denuncia pública (mitin) de las precariedades laborales y materiales de los trabajadores, operaron como los referentes fundamentales de sus movilizaciones20. Pero convocados y congregados masivamente en los espacios públicos los trabajadores y los sectores populares que los acompañaban subvirtieron rápidamente el orden oligárquico. No es extraño, entonces, que la mayoría de sus manifestaciones se vieran acompañadas de saqueos de establecimientos comerciales, enfrentamientos con las fuerzas de orden y destrucción del equipamiento urbano. En ese sentido, las huelgas de fines del siglo XIX y de comienzos del siglo XX, fueron expresión de continuidad de los motines urbanos que habían afectado a las principales urbes de Chile durante la segunda mitad del siglo XIX. Por su parte la élite oligárquica se mostró incapaz de reconocer los problemas materiales y laborales que afectaban a las clases populares. Por el contrario, la demanda y protesta obrera fueron leídas en clave portaliana, en consecuencia, como una amenaza a la propiedad privada, como una subversión del orden público y como una desestabilización de la patria. Por ello se salitre: Recabarren, Tarapacá y la formación del Partido Obrero Socialista», Historia, 32 (1999), pp. 315-366. 20 Sobre la huelga obrera ver, Angell, Alan, Partidos políticos y movimiento obrero en Chile, México: ERA, 1974, pp. 22-50; Pizarro, Crisóstomo, La huelga obrera en Chile: 1890-1970, Santiago de Chile: Ediciones SUR, 1986, pp. 1931; Grez, Sergio, «Una mirada al movimiento popular (…)», pp. 59-93; y Ortiz, Fernando, El movimiento obrero en Chile (1891-1919), Madrid: Ediciones Michay, 1985, pp. 131-197.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 137 recurrió de manera sistemática a la represión, a objeto de contener las protestas y el desborde popular. Tanto la policía como las fuerzas armadas, convocadas a restablecer el orden oligárquico dispararon regularmente y de manera artera, contra trabajadores desarmados o mal armados. Se sucedieron entonces las matanzas: Valparaíso (mayo de 1903), Santiago (octubre de 1905), Antofagasta (febrero de 1906) e Iquique (diciembre de 1907)21. Tras esta fase de articulación temprana, que se cerró con la matanza de la Escuela Domingo Santa María en Iquique, en diciembre de 1907, se produjo un período de reflujo que se prolongó hasta 1917. En esta etapa los trabajadores construyeron nuevas formas de organización política y social. El 6 de junio de 1912 fue fundado el Partido Obrero Socialista (POS), precursor del Partido Comunista de Chile (creado el 2 de enero de 1922), que se convirtió en el primer referente marxista de la clase obrera. De la misma manera, las antiguas mancomunales y sociedades en resistencia concurrieron a la III Convención Nacional de la Gran Federación Obrera de Chile (1919), a objeto de transformarla en el referente social y clasista de los trabajadores organizados. La organización, fundada en 1909 en la vieja tradición de las sociedades de socorros mutuos, pasó a denominarse Federación Obrera de Chile (FOCH), y bajo el liderazgo de Luis Emilio Recabarren adoptó un programa revolucionario que se 21 La protesta popular y la represión estatal en, Gonzáles, Sergio, Ofrenda a una masacre. Claves e indicios históricos de la emancipación pampina de 1907, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2007, pp. 203-232; Devés, Eduardo, Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre. Escuela Santa María de Iquique, 1907, Santiago de Chile: Ediciones Documentas, 1989, pp. 196-199; Garcés Durán, Mario, Crisis social y motines populares en el 1900, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2003, pp. 79-95; Izquierdo, Gonzalo, «Octubre de 1905: Un episodio en la historia social chilena», Historia, 13 (1976), pp. 55-96; y Goicovic, Igor, Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón. Chile, 1914, Universidad de Los lagos, Osorno, 2005, pp. 27-39.
144 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) tenga los elementos para dominar la situación y hacer respetar la vida y la propiedad. El comercio nacional y extranjero que suscribe pide a V.E. se digne tomar las medidas que salven la situación y hagan respetar los cuantiosos capitales comprometidos en esta provincia bajo las garantías de la ley30. Cabe señalar que la huelga se inscribe en un contexto de aguda crisis del sistema institucional. Efectivamente, desde su llegada al gobierno en 1886, José Manuel Balmaceda, enfrentó la virulenta resistencia de una amplia franja de la élite oligárquica, en particular de aquella vinculada a la administración de las finanzas y a la explotación de las salitreras. La confrontación política se agudizó a lo largo del año 1890, cuando la oposición, compuesta de liberales, nacionales y conservadores, alcanzó el control del Congreso Nacional. No es extraño, en consecuencia, que la huelga obrera de 1890 se convirtiera en un factor de profundización de la crisis interoligárquica, en especial cuando la oposición responsabilizó al gobierno de estimular a los obreros a la revuelta antipatronal31. Para el 7 de julio la movilización popular había alcanzado su punto más alto en adhesión y radicalidad32. A los trabajadores portuarios y obreros salitreros, se habían sumado los panaderos, ferroviarios, cocheros, carreteros, cargadores, carpinteros y trabajadores de comercio. De la misma manera, la huelga se había extendido a la localidad de Pisagua y a la totalidad de los cantones salitreros de Tarapacá, llegando incluso hasta la vecina provincia de Antofagasta33. En las salitreras los trabajadores des30 El Mercurio, Valparaíso, 5 de julio de 1890. 31 Grez, Sergio, De la «regeneración del pueblo» (…), pp. 714-717. 32 Pinto, Julio, «1890: Un año de crisis (…)», pp. 80-83. 33 Entre el 17 y el 25 de julio el movimiento se extendió al puerto de Valparaíso y a las vecinas ciudades de Viña del Mar y Quillota. El motor del movimiento fueron los obreros portuarios, pero a ellos se sumaron la mayoría de los trabajadores de las industrias alimentarias, textiles y metalmecánicas
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 145 truyeron maquinaria, sustrajeron herramientas y asaltaron los establecimientos comerciales (pulperías), saquearon sus bienes y, en muchas ocasiones, quemaron los recintos. La negativa inicial del gobierno a reprimir la movilización obligó a las asociaciones patronales a negociar con los comités de huelga, a conceder algunas de las demandas de los trabajadores y, de esta manera, a resolver el conflicto. Entre el 10 y el 14 de julio se verificaron las negociaciones y junto con ellas declinaron las huelgas34. Si bien, muchas de las demandas asociadas al pago de remuneraciones en metálico y al aumento de los salarios fueron concedidas, una vez que la huelga concluyó y el estado de movilización se atenuó, los patrones burlaron los acuerdos, despidieron y expulsaron de la región a los cabecillas del movimiento y restablecieron las condiciones laborales y de remuneración preexistentes. La fuerte militarización de la región y los controles rigurosos que se establecieron tanto en las faenas como en la circulación de los obreros, sumado al desencanto por la frustración de los objetivos alcanzados, derivaron en la derrota de la movilización popular35. El gEnocidio En magallanEs Hasta la década de 1870 la región de Magallanes se encontraba precariamente integrada a la soberanía nacional. Sólo la ciudadpresidio de Punta Arenas aseguraba el control sobre el Estrecho de Magallanes y el Paso de Drake y, de esta forma, sobre la principal ruta de navegación entre los océanos Atlántico y Pacífico36. existentes en la zona. Grez, Sergio, De la «regeneración del pueblo» (…), pp. 734-744. 34 Pinto, Julio, «1890: Un año de crisis (…)», pp. 84-85 y Zolezzi, Mario ««La gran huelga de julio (…)», pp. 14-15. 35 Grez, Sergio, De la «regeneración del pueblo» (…), pp. 727-730 36 Harambour, Alberto, «Monopolizar la violencia en una frontera colonial. Policías y militares en Patagonia austral (Argentina y Chile, 1870-1922)»,
146 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) No obstante, habitaban la zona tres comunidades indígenas: Los selk’nam, que ocupaban la isla de Tierra del Fuego y que se dedicaban predominantemente a la caza del guanaco; los kaweskar, que habitaban la zona de fiordos entre el Golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes, dedicados a la recolección de mariscos y a la caza de huemules y lobos marinos; y los yamana, que ocupaban el área litoral sur de la isla de Tierra del Fuego, dedicándose, al igual que los kaweskar, a la caza de lobos marinos y a la recolección de mariscos37. Las estimaciones de los misioneros salesianos, que se establecieron en la región hacia 1887, indican que estas tres comunidades contaban con aproximadamente 6.000 personas. Hacia la década de 1930 los indígenas selk’nam, yamana y kawaskar, prácticamente habían desaparecido38. Este verdadero genocidio se originó con el descubrimiento de oro en Tierra del Fuego, a fines de la década de 1870. Miles de aventureros, tanto chilenos como extranjeros comenzaron a arribar a la región con la pretensión de explotar los lavaderos Quinto Sol, 20: 1 (2016), pp. 1-3 y 12-18. 37 Ver, al respecto, Emperarire, Joseph, Los nómades del mar, Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2002; Vairo, Carlos, Los yamana: Nuestra única tradición marítima autóctona, Buenos Aires: Zagier & Urruty Publications, 1995; y Chapman, Anne, Fin de un mundo. Los selk’nam de Tierra del Fuego, Santiago de Chile: Pehuen Editores, 2007. 38 De Agostini, Alberto, Treinta años en Tierra del Fuego, Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1956, pp. 281-330. La historiografía actual sostiene que la población indígena no fue reducida a un régimen de explotación, como ocurrió con los pueblos aborígenes de América Latina a partir del siglo XVI. En esta oportunidad el capital pastoril que ocupó las tierras de los pueblos originales «removió» a la población autóctona, en muchos casos exterminándola. «Esta lógica de eliminación y no explotación se ha plasmado historiográfica y patrimonialmente en la noción de extinción indígena, naturalizando el exterminio y el despojo como condición de posibilidad del progreso». Ver, Harambour, Alberto y Barrena, José, «Barbarie o justicia en la Patagonia occidental: las violencias coloniales en el ocaso del pueblo kawésqar, finales del siglo XIX e inicios del siglo XX», Historia Crítica, 71 (2019), p. 27.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 147 auríferos de la zona. La llegada de estos aventureros y la depredación que hicieron del guanaco, principal recurso de subsistencia de los aborígenes, precipitó la reacción de los indígenas, que atacaban sus campamentos y robaban su ganado39. Un observador de la época, el ingeniero argentino Carlos R. Gallardo, ponía de relieve la tensión que se gestaba entre la modernidad capitalista en expansión y las comunidades de recolectores y cazadores, Sus ataques a las majadas de propiedad particular, son la consecuencia del progreso que obligó al hombre civilizado a quitar poco a poco al ona la tierra de sus antepasados, disminuyendo así la extensión de los campos en que antes pastaban las tropillas de guanacos que la naturaleza había creado para servirles de alimento. Hoy ese mismo hombre civilizado ha puesto ovejas en los prados, reemplazando a los guanacos, es decir, ha desterrado a1 ganado del ona para dar pastaje al suyo, sin preocuparse para nada si a ese hombre, primitivo dueño de la tierra y del guanaco, le queda algo para comer o si se muere de hambre. Muchas veces me pregunto, como hombre civilizado, ¿tenemos derecho para proceder en esa forma? y desde lo más íntimo de mi ser sale un grito que me dice que nada de condenable tiene el que el ona se apropie las ovejas, cuando nosotros ignoramos nuestros deberes para con los indios, es decir, para con esos seres humanos que por la antigüedad de la raza y por la pureza de la sangre, son la más pura expresión del protógonos argentino40. Hacia mediados de la década de 1880 las actividades auríferas ya se encontraban en declinación, pero muchos de los antiguos buscadores de oro se habían transformado en colonos y 39 Algunos de estos enfrentamientos fueron relatados por el estanciero Lucas Bridges, hijo del reverendo anglicano Thomas Bridges, que predicó entre las comunidades indígenas de la zona en el último tercio del siglo XIX. Ver, Bridges, Lucas, El último confín de la tierra, Buenos Aires: EMECE Editores, 1952, pp. 206-213. 40 Gallardo, Carlos R., Tierra del Fuego. Los onas, Buenos Aires: Cabaut y Cia. Editores, 1910, pp. 125-126.
148 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) habían solicitado, tanto del Estado argentino como del chileno, la concesión de tierras de colonización a efectos de constituir estancias destinadas a la explotación del ganado ovino. Las tierras de la región fueron entregadas generosamente a estos colonizadores, siempre en desmedro de los aborígenes, los que comenzaron a ser expulsados de los territorios que ocupaban. La oferta de tierras y de trabajo aceleró el flujo de inmigrantes, tanto internos como internacionales, muchos de los cuales pasaron a integrar las guardias armadas que los estancieros crearon a objeto de proteger sus bienes y privilegios. Entre ellos destacó la figura del ingeniero rumano Julio Popper, quien organizó una guardia armada que se dedicó al asesinato sistemático de la población aborigen41. Pero a este peculiar personaje se le deben sumar muchos más, como el oficial del ejército argentino, Ramón Lista, o los inmigrantes Alexander McLennan, Alexander A. Cameron o Samuel Hyslop42. La persecución y exterminio de la población aborigen se desarrolló con mayor intensidad entre 1881 y 1901. Para este ciclo José Luis Alonso reconoce tres etapas. Una fase inicial, inaugurada en 1881, liderada por exploradores, mineros y unos pocos estancieros, que culmina hacia 1885. A partir de este momento se desarrolla una segunda fase, que coincide con la instalación de primeas estancias ganaderas, las que se propusieron despejar de indígenas los campos de la Patagonia. La última fase, iniciada hacia 1893, donde los principales protagonistas de las matanzas fueron las bandas armadas al servicio de la Sociedad explotadora 41 Alonso, José Luis, Selk’nam. Genocidio y resistencia, Santiago de Chile: Editorial Catalonia, 2019, 98-102. 42 Las persecuciones y matanzas que afectaron a los indígenas de la zona de Magallanes fueron expuestas, entre muchos otros observadores, por el sacerdote Alberto de Agostini. Ver, De Agostini, Alberto, Treinta años en Tierra del Fuego (…), pp. 286-290.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 149 de Tierra del Fue43. La violencia contra la población aborigen se dirigió de manera preferente contra los varones, en especial a los mayores de 16 años, es decir contra aquellos que estaban en condiciones de combatir el proceso de ocupación que llevaban a cabo los estancieros. Pero a las mujeres en edad fértil se les reclutaba, tanto para el servicio doméstico en las estancias, como para servir de concubinas de los colonos y del peonaje nacional y extranjero que llegaba a la zona44. Los sujetos que integraban estas bandas armadas eran, regularmente, sujetos jóvenes. Los de origen británico provenían de las clases subalternas y, en su mayoría, habían desarrollado el oficio de ovejeros o esquiladores en Escocia, Gales, Australia, Nueva Zelanda o Malvinas. A pesar de su origen humilde, eran portadores del ideario civilizatorio y colonialista británico, en consecuencia, aspiraban a transformar su existencia material y su condición social deprivada y, para ello, se manifestaban dispuestos a eliminar los obstáculos que les imponía la sociedad salvaje45. Al accionar brutal de las bandas armadas, que diezmó a la población indígena, se deben sumar las enfermedades introducidas por los inmigrantes, en particular la viruela y la tuberculosis, 43 Alonso, José Luis, Selk’nam. Genocidio y resistencia (…), pp. 182-253. 44 Boscopé, Joaquín, «Antes de la ley. Salvajismo y comercio sexual en Tierra del Fuego y Patagonia Austral, 1884-1920», en Pavez, Jorge y Kraushaar, Lilith (eds.), Capitalismo y pornología. La producción de los cuerpos sexuados, San Pedro de Atacama: Universidad Católica del Norte, 2011, pp. 180-216. 45 El perfil de estos sujetos ha sido trabajado, en base a relatos de vida, por Harambour, Alberto, «El ovejero y el bandido. Trayectorias, cruces y genocidio en dos relatos de viaje británicos en Tierra del Fuego (Década de 1890)», Anales de Literatura Chilena, 16: 24 (2015), pp. 163-182. El mismo autor aporta una notable caracterización de este proceso en, «There Cannot be civilisation and barbarism on the island: Civilian-driven violence and the genocide of the selk’nam people of Tierra del Fuego», en Adhikari, Mohamed (ed.), Civilian-driven violence and the genocide of indigenous peoples in settler societies, Cape Town: UCT Press, 2019, pp. 165-187.
150 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) y el confinamiento del cual fueron objeto en la isla Dawson46. El confinamiento en condiciones de encierro, concentración y de déficit alimentario, debilitaron los sistemas inmunológicos de los aborígenes, favoreciendo la propagación de las enfermedades. La destrucción de sus sitios de caza, de sus centros ceremoniales y su evangelización forzosa, terminaron por aniquilar su cultura y, junto con ello, su condición de pueblo originario47. Las tradiciones, hábitos y costumbres de los pueblos de la zona austral de Chile fueron estudiadas (entre 1918 y 1924) y posteriormente divulgadas por el sacerdote y etnólogo alemán, Martín Gusinde. En sus observaciones sobre los selk’nam, Gusinde apuntó, Es natural que los fueguinos refieran su concepto de la propiedad al propietario de todas las criaturas, esto es, al Ser Supremo, porque todos los animales pertenecen a quien los cede al hombre para su sustento; actúa contra dicho derecho y tiene que esperar su castigo quien da muerte a más animales de los que necesita o quien deja que se echen a perder los animales muertos sin sacarles provecho alguno48. 46 Casali, Romina, Conquistando el fin del mundo. La misión La Candelaria y la salud de la población selk’nam. Tierra del Fuego, 1895-1931, Rosario: Prohistoria Ediciones, 2013, pp. 20-31. 47 Los estudios referidos a las comunidades salesianas que se instalaron en la región a fines del siglo XIX, destacan que estos sacerdotes protegieron a los indígenas que eran acosados por los estancieros y sus bandas armadas. No obstante, las condiciones de encierro y concentración a las que quedaron sujetos en las reducciones favorecieron la proliferación de enfermedades que, a la larga, también contribuyeron a su extinción. Ver, Nicoletti, María Andrea, «Los misioneros salesianos y la polémica sobre la extinción de los selk’nam de Tierra del Fuego», Anthropologica, 24 (2006), pp. 153-177. 48 Gusinde, Martín, Hombres primitivos en la Tierra del Fuego (de investigador a compañero de tribu), Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1951, p. 329. La compleja trama de relaciones sociales de estas comunidades y sus representaciones y símbolos también se encuentran contenidas en el texto de Chapman, Anne, Fin de un mundo (...), pp. 119-153.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 151 No es extraño, en consecuencia, que los indígenas reaccionaran violentamente contra los invasores que depredaban sus recursos y que esto, a su vez, diera origen a despiadadas represalias. Así lo acreditan los hallazgos recogidos por una expedición sueca, dirigida por el geólogo y geógrafo Otto Nordenskjold, que visitó Magallanes entre 1895 y 1897. Los restos óseos de un grupo de tres indígenas selk’nam, analizados por los expedicionarios acreditaban que estos habían sido asesinados de un tiro en la nuca, percutado a corta distancia49. Ello constituía un procedimientos habitual para las bandas de mercenarios al servicio de los estancieros, los que ejecutaban sumariamente a los indígenas que eran sorprendidos faenando ovejas. De esta manera la burguesía agraria de Magallanes eliminó el principal obstáculo que enfrentaba el capital estanciero en expansión. La rápida caída de la población aborigen, la permisividad de los Estados oligárquicos de Argentina y Chile con las políticas aniquilacionistas de las bandas armadas y la vertiginosa expansión de la estancia ganadera, permitieron, a su vez, la consolidación de las relaciones capitalistas de producción50. Efectivamente, inmigrantes como José Nogueira, José Menéndez Menéndez y Mauricio Braun, lograron concentrar grandes extensiones de tierras las que fueron destinadas al apacentamiento, esquila y procesamiento del ganado ovino. La invención, hacia mediados de la década de 1870, del sistema de refrigeración en seco, estimuló, además, el desarrollo del mercado carneo, de manera tal que las concesiones estancieras en Tierra del Fuego se transformaron en 49 Martinic, Mateo, «El genocidio selk’nam: Nuevos antecedentes», Anales del Instituto de la Patagonia, 19 (1989-1990), pp. 24-25. 50 Bandieri, Susana, «Ampliando las fronteras: La ocupación de la Patagonia», en Lobato, Mirta Zaida (dir.), Nueva historia argentina. El progreso, la modernización y sus límites (1880-1916), Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2000, pp. 127-142 y Martinic, Mateo, «La participación de capitales británicos en el desarrollo económico del territorio de Magallanes (18801920)», Historia, 35 (2002), pp. 301-311.
152 | Estado oligárquico y protEsta popular En chilE (1810-1891) un negocio particularmente lucrativo. Hacia la década de 1890, la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, de la cual eran accionistas principales Braun y Menéndez, controlaba buena parte de los terrenos en la isla de Tierra del Fuego, a la vez que monopolizaba las exportaciones de carne y de lana de la región. El relato empresarial de la época exaltaba los atributos y tesón de los ganaderos. El éxito de esta Sociedad, sobre todo en los primeros tiempos, se debió a la idoneidad, perseverancia y laboriosidad de sus primeros gerentes y administradores. Los señores Francisco Valdés Vergara y Mauricio Braun como gerentes fueron secundados hábilmente por el Administrador General señor Alejandro Cameron, lograron colocar a la Sociedad en el estado floreciente en que se halla. El actual Administrador General, señor Burbury, fue hasta poco antes que se le encomendase la administración general, uno de esos administradores de estancias, verdaderos domadores de campos que han tenido que luchar a brazo partido con el clima de estas regiones, sin embargo ha sido de los triunfadores, gracias a su competencia y tesonera perseverancia51. Pero esta imagen idealizada no se compadecía con la realidad. La prosperidad de las empresas ganaderas y la de muchos de sus inversionistas se había logrado, preferentemente, merced al genocidio de la población aborigen52. Hoy día, los descendientes 51 Díaz, Contardi y Compañía (Editores), Ganadería, industrias y comercio del territorio de Magallanes desde sus principios hasta la actual época. Año 1919, Santiago de Chile: Imprenta, Litografía y Encuadernación Universo, 1920, Pp. 85-86. 52 No obstante, la violencia contra las clases subalterna no cesó con el exterminio de la población aborigen. Los trabajadores que migraron a la zona, provenientes de la isla de Chiloé y de los territorios al sur del río Bio Bío, quedaron sujetos a las estrictas medidas de control social y político que imponía la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Ver, al respecto, Gómez, Nicolás, «Vigilancia, represión y disciplina laboral en la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego (1910-1919)», Izquierdas, 49 (2020), pp. 123-140.
La protesta popular en la transición al capitalismo (1885-1891) | 153 de los antiguos estancieros continúan constituyendo la élite económica y política de la región de Magallanes, mientras que la población selk’nam se encuentra extinguida, y los pueblos yamana y kaweskar superan levemente las 5.000 personas53. la guErra intEroligárquica dE 1891 En 1886 accedió al gobierno, apoyado por una alianza de liberales, radicales y nacionales, el dirigente liberal José Manuel Balmaceda. Al momento de ser electo para el cargo Balmaceda contaba con 48 años de edad y, pese a su juventud, poseía una dilatada trayectoria política: Había sido embajador en Argentina y ministro de Estado en el gobierno de su predecesor, el también liberal Domingo Santa María. No es extraño, entonces, que una de las preocupaciones fundamentales de la nueva administración fuera invertir los recursos fiscales, derivados de los derechos que gravaban a las exportaciones de salitre, en un ambicioso plan de obras públicas, que contemplaba la extensión del tendido telegráfico, la canalización del río Mapocho, la construcción de nuevas líneas férreas, de un dique en Talcahuano y de nuevos puentes en sobre los ríos Malleco, Bio Bío, Laja y Ñuble, y la habilitación de nuevos caminos y obras de infraestructura para la minería y la agricultura54. Lo anterior coincidió con una importante ampliación de las coberturas educacionales, especialmente de aquellas relacionadas con la formación en oficios manuales y con una ampliación de la infraestructura y equipamiento industrial. No obstante, el nuevo gobierno no modificó el régimen de tenencia de la tierra, ni alteró las bases sobre las cuales se habían asentado 53 Instituto Nacional de Estadísticas (INE), Síntesis de resultados Censo 2017, Santiago de Chile: INE, 2018, p. 16. 54 Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo, La historia económica de Chile (…), pp. 43-48 y Ramírez, Hernán, Balmaceda y la contrarrevolución de 1891, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1972, pp. 113-163.