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Andrés Miguel COSIALLS UBACH Entre los moralistas de la Antigüedad, Séneca ocupa un lugar de excepción al analizar con una claridad acerada la potencia destructiva de la ira. En su tratado De ira, concebido como un manual de filosofía práctica, advierte que la ira no es un afecto inevitable ni un movimiento espontáneo del ánimo, sino una desviación deliberada de la razón, un consentimiento del alma a la pasión que la desordena. “Nunca cesará de irritarse el sabio si una vez comienza”, escribe con crudeza, subrayando que, una vez abierta la compuerta, el torrente de la ira no conoce freno: “Lleno está todo de crímenes y vicios, y se cometen muchos más de los que pueden corregirse con la coerción. Trabada esta empeñada lucha de maldad, diariamente aumenta el apetito del mal y va siendo menor la vergüenza. Desterrando todo respeto de lo honesto y lo justo, la pasión se precipita a su capricho, y ya no se ocultan los crímenes en la sombra, sino que caminan a la vista: la depravación se ha hecho tan común, y de tal manera domina en los corazones, que la inocencia no es escasa ya sino nula. ¿Acaso son pocos y raros los que violan la ley? Por todas partes, y como a señal dada, precipítanse todos para confundir el bien y el mal”. La cita no es sólo un juicio sobre la corrupción de costumbres en Roma; constituye también una advertencia universal sobre el riesgo de que la ira, una vez instalada en el espacio público, corroa los fundamentos mismos de la legalidad. Aplicada a la guerra, esta reflexión adquiere un dramatismo singular. Allí donde el conflicto armado se desata, la ira se convierte en tentación permanente: impulsa represalias indiscriminadas, fomenta la deshumanización del adversario y degrada la disciplina militar en mera violencia desatada. Para Séneca, el sabio es aquel que sabe resistirse al primer impulso, pues si consiente en la ira una sola vez, queda atrapado en un círculo vicioso que lo arrastra hacia la repetición incesante del exceso. De igual modo, un ejército o un Estado que justifica un primer acto de venganza corre el riesgo de hacer de la excepción la norma y de convertir la violencia legítima en hábito. El derecho internacional humanitario surge precisamente como respuesta a esta deriva: intenta cerrar la brecha entre el impulso pasional y la conducta regulada, erigiendo normas que impidan a las comunidades políticas entregarse a la inercia de la ira colectiva. A diferencia de otras pasiones que pueden servir de acicate a la virtud —el temor como prudencia, la esperanza como estímulo—, la ira es para Séneca absolutamente corrosiva, pues destruye la medida racional que preserva la comunidad. Esta intuición estoica encuentra eco en la arquitectura jurídica que regula la guerra: el principio de proporcionalidad, la prohibición de ataques contra la población civil o la obligación de trato humano a los prisioneros de guerra son intentos normativos de impedir que la ira dicte la conducta militar. En otras palabras, el ius in bello no hace sino repetir en clave jurídica el imperativo senequiano de resistir al primer impulso de la pasión, pues, una vez cedido, el torrente de la violencia se hace incontenible. La actualidad de esta reflexión es evidente. En los conflictos contemporáneos, la ira no se expresa ya sólo en el campo de batalla, sino también en la retórica política, en la propaganda y en el discurso digital que exacerba el odio colectivo. La “empeñada lucha de maldad” de la que hablaba Séneca se refleja hoy en la difusión de desinformación, en la glorificación de la violencia y en la pérdida de todo pudor ante crímenes transmitidos en tiempo real. Allí donde la ira se normaliza, la inocencia deja de ser rara para convertirse en inexistente, y la distinción entre lo lícito y lo ilícito se difumina bajo el imperio de la fuerza. Allí donde se permite que la ira se adueñe de las decisiones estratégicas, los ejércitos corren el riesgo de perder la disciplina que garantiza su eficacia, las instituciones militares se convierten en instrumentos de venganza y la política de defensa se degrada en mera reacción pasional. la violencia sin freno no sólo destruye al enemigo, sino que corroe la legitimidad propia y erosiona la cohesión social que sostiene el esfuerzo bélico. En este sentido, la contención de la ira no es un ideal filosófico abstracto, sino una exigencia estratégica concreta: la disciplina interior de los combatientes, la subordinación de la fuerza a la norma jurídica y la educación en valores de respeto al adversario se convierten en condiciones sine qua non para preservar la eficacia operativa y la legitimidad del Estado en un entorno de conflicto. El derecho es el muro que se opone al desbordamiento pasional, la contención que preserva la humanidad en medio de la violencia. Y, sin embargo, como advierte Séneca, ninguna norma es suficiente si se permite al primer impulso de la ira penetrar en el cuerpo político: la clave está en la vigilancia interior, en la disciplina del ánimo, en el reconocimiento de que el enemigo sigue siendo un hombre. Solo así puede evitarse que la guerra, además de destruir ciudades y ejércitos, aniquile la propia racionalidad de las comunidades que la sostienen. La ira en la guerra: una lectura de Séneca para la seguridad y la defensa PÁGINA 57 BOLETÍN CODESEL VOLUMEN 1, Nº 5 La primera línea frente a la barbarie no está únicamente en los muros ni en las armas, sino en la capacidad de resistir al embrujo de la ira para mantener la seguridad, garantizar la defensa y preservar la dignidad humana, incluso, en la guerra. PÁGINA 57 BOLETÍN CODESEL VOLUMEN 1, Nº 5 ISSN-e: 3045-7750. ISSN-e: 3045-7750. Octubre 2025 Octubre 2025