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El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 1 Referencia Completa Paramio Salcines, J.L. (2002) El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad, en Devis, J. (comp.) La Educación Física, el Deporte y la Salud en el Siglo XXI, Ed. Marfil, Valencia, 229-244. ISBN. 84-268-1122-1. Introducción Si bien el deporte ha sido instrumentalizado por algunos gobiernos durante la primera mitad del siglo XX como forma de control social y de propaganda de ciertos ideales políticos, especialmente desde la Olimpiada de Berlín de 1936, hasta la década de los años 60 no se convierte en claro elemento de atención para la mayoría de los países occidentales (Barbero, 1993; Cazorla, 1979; Henry, 1993; Houlihan, 1996). Ha sido el rápido crecimiento económico y el Estado del Bienestar derivado de ello, lo que permitió su gradual integración entre las necesidades básicas de los ciudadanos. Sin embargo, en las dos últimas décadas del siglo XX, con la rápida extensión del ‘capitalismo desregularizado’ a lo largo y ancho del mundo (Luttwak, 2000), se asiste a un cambio cualitativo y cuantitativo en la configuración social del deporte, con un número elevado de ciudades occidentales compitiendo por establecerse como nuevos centros de consumo y entretenimiento por medio de la atracción de proyectos emblemáticos en el campo del deporte, la cultura y el ocio a sus núcleos urbanos. Mientras un número reducido de ciudades occidentales ‘globales’, entre las que se encuentran Tokio, Los Angeles, Nueva York o Londres, controlan, en gran medida, los procesos económicos y financieros de la era postmoderna, los líderes urbanos de otras ciudades occidentales de menor rango como Atenas, Barcelona, Birmingham, Manchester, Madrid, Sevilla, Sydney o Sheffield conciben los proyectos deportivos de élite, especialmente aquellos que gozan de una gran difusión global, como nuevos elementos facilitadores del desarrollo económico local, así como una vía para promover una nueva imagen de la ciudad hacia el exterior. Los antecedentes de esta situación los encontramos en las soluciones que adoptaron las ciudades norteamericanas de mitad del siglo XX ante los problemas urbanos, económicos y sociales iniciados por entonces. Estas ciudades, al igual que sus homólogas europeas occidentales, estuvieron expuestas a una intensa rivalidad para atraer inversiones, tanto privadas como públicas, puestos de trabajo y visitantes, así como para proyectar una nueva y positiva imagen de la ciudad hacia el exterior. Para conseguir dichos fines, las ciudades norteamericanas optaron por la construcción de grandes estadios deportivos asociados a la tenencia de equipos profesionales de las principales Ligas y por la celebración de acontecimientos deportivos de gran nivel. Aunque no existe un modelo común de regeneración urbana, las políticas de estas ciudades hacían gran hincapié en la resolución de los problemas sociales. Durante las dos últimas décadas, para dar respuesta a la magnitud de cambios socioeconómicos que están afectando actualmente a las urbes norteamericanas, las políticas urbanas de corte neoliberal están primando fundamentalmente los aspectos físicoeconómicos que generan un clima propicio para los intereses privados con una clara
2 marginación de los asuntos sociales. Este modelo americano de regeneración urbana de corte neoliberal, con el deporte entre sus principales estrategias, ha ido reproduciéndose ‘en serie’, como afirma David Harvey (1990), en numerosas ciudades europeas occidentales. Las teorías urbanas de la década de los años 70 (p. ej. teoría de la regulación, de los regímenes urbanos o de la nueva derecha) que surgen con el declive del capitalismo regulado, coinciden en afirmar el mayor protagonismo de los gobiernos locales en la reestructuración de la economía de lo que era tradicional hasta entonces (Amin, 1994; Harding y LeGales, 1997; Stoker, 1995; Stone, 1989; Logan y Molotch, 1987). Este postulado responde a la ideología neoliberal imperante que considera que los gobiernos locales contemporáneos se deben caracterizar, cada vez más, por su papel como facilitadores del desarrollo económico local (descrito en la terminología anglosajona como ‘enabler’) (ver entre otros autores, Hall y Hubbard, 1998; Cochrane, 1991; Osborne y Gaebler, 1992) con un menor enfásis en su tradicional papel como proveedores y gestores de servicios colectivos básicos del modelo socialdemócrata anterior. No obstante, este mayor protagonismo de los gobiernos locales actuales en las políticas urbanas no está exento de tensiones administrativas y políticas en la mayoría de los países occidentales. Del mismo modo, la falta de poder y los escasos recursos de que gozan la mayoría de los gobiernos locales para formular y llevar a la práctica políticas urbanas influyentes, ha provocado que diversos autores justifiquen la formación de diferentes tipos de coaliciones urbanas entre los líderes políticos locales, destacados miembros del sector privado y otros miembros de las comunidades locales, entre los que se encuentran los propietarios de equipos profesionales, con el objeto de liderar los procesos de regeneración (Stone, 1989; Logan y Molotch, 1987; Molotch, 1976). Dentro de un paradigma político-económico, las teorías de los ‘regímenes urbanos’ y la ‘de la coalición del crecimiento’ coinciden en afirmar que las coaliciones público-privadas ejercen un control importante sobre los contenidos de la agenda política local. Al mismo tiempo, ambas teorías consideran que el sector privado debe limitarse a colaborar con el sector privado y por el contrario, el sector privado debe ser el que ejerza el liderazgo en los en los procesos urbanos actuales. Inevitablemente, este trasvase de poder a los intereses económicos privados reduce el control democrático. Estos postulados, con marcadas diferencias con respecto al ámbito norteamericano, se han extendido también a la mayoría de las políticas urbanas de países occidentales, incluyendo Gran Bretaña y España (Harding y LeGales, 1997). Por ello, en este capítulo exploraré, a la luz de las dos teorías anteriores, cómo y con qué fines las diferentes élites políticas y económicas que constituyen las coaliciones públicoprivadas controlan los procesos políticos urbanos. Dentro de estos procesos, las élites urbanas valoran y utilizan el deporte como un importante mecanismo para conseguir sus objetivos dentro de los procesos de regeneración urbana actuales. Asimismo, también analizaré y compararé los beneficios y costes inherentes en la utilización de proyectos deportivos elitistas en algunas ciudades norteamericanas y europeas. La regeneración urbana de las grandes ciudades
El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 3 Desde la segunda mitad del siglo XX, numerosas e importantes ciudades industriales norteamericanas, entre otras, Baltimore, Boston, Detroit, Indianapolis, Los Angeles o Philadelphia han reestructurado sus espacios urbanos tradicionales con la incorporación de nuevos usos terciarios con los objetivos de: a) recuperarse del declive industrial y comercial de sus centros urbanos, así como regenerar la base de sus economías; b) dar respuesta al gradual deterioro y degradación de dichas áreas centrales, con un aumento significativo de las desigualdades sociales y espaciales; y finalmente c) aumentar su atractivo y competitividad tanto a nivel nacional como internacional (Logan y Molotch, 1987; Stone, 1989, 1993; Wassmer, 2000). Estos problemas económicos, sociales y físicos no sólo han sido patrimonio exclusivo de las ciudades norteamericanas, puesto que también se han observado posteriormente, con mayor o menor amplitud, en otras ciudades europeas. En todas ellas, el deporte, la cultura, el ocio y el turismo han tomado un papel central dentro de las propuestas adoptadas por parte de los líderes locales para dar respuesta a los problemas urbanos. Durante los años 60 y 70, las ciudades norteamericanas competían por atraer a sus núcleos urbanos proyectos arquitectónicos emblemáticos, ya fuera en forma de instalaciones y eventos deportivos de primer nivel o en forma de museos de cualquier índole, marinas, parques temáticos, centros de negocios o de convenciones, hoteles, exposiciones, así como áreas comerciales que se situaron por aquella época en los suburbios de las ciudades (Hall y Hubbard, 1998; Harvey, 1990). La magnitud y celeridad de los cambios socioeconómicos que están afectando sobremanera a las ciudades contemporáneas desde la década de los setenta también ha propiciado el cambio en la naturaleza de las políticas urbanas adoptadas por muchas naciones europeas occidentales. Así, Gran Bretaña ha sido uno de los países europeos pioneros en la implantación de políticas urbanas similares a las adoptadas previamente en el ámbito norteamericano para hacer frente al deterioro y degradación de sus principales centros urbanos (ver entre otros, Atkinson y Moon, 1994; Gifreu, 1997; Lawless, 1988; Parkinson, 1989; Rydin, 1993). Las políticas urbanas de los años 60 y 70, tanto de los gobiernos conservadores como laboristas, centradas en resolver las desigualdades sociales y en ayudar a los grupos más desfavorecidos por la pobreza, cambiaron con la llegada al poder de los Conservadores en 1979. Las políticas urbanas de los gobiernos de Margaret Thatcher y de John Major consideraron prioritaria la regeneración físico-económica de las ciudades y que fuese el sector privado el que liderase los procesos de regeneración urbana emprendidos por sus ciudades, al igual que ocurría en EEUU. En cuanto al deporte, las ciudades norteamericanas han mostrado tradicionalmente un interés especial por tener equipos profesionales de las principales Ligas profesionales (p. ej. béisbol, fútbol americano, baloncesto, hockey) y por la construcción de grandes estadios deportivos o por la celebración de acontecimientos deportivos de alto nivel. Dentro de los programas de desarrollo económico, las ciudades, y en particular los principales actores de las coaliciones urbanas, valoran el enorme potencial económico de dichas manifestaciones deportivas elitistas pueden suponer para sus intereses particulares (Baade y Dye, 1988; Chapin, 1996; Crompton, 1995; Logan y Molotch, 1987; Sack y Johnson, 1996; Shropshire, 1995). Estas coaliciones urbanas están formadas principalmente por políticos
4 locales y poderosos grupos económicos. Entre estos últimos se encuentran bancos, periódicos locales, constructores y propietarios de equipos profesionales asentados en la ciudad. De la misma forma, las coaliciones urbanas no sólo están unidas por el potencial económico que puede representar determinados proyectos deportivos elitistas como un importante elemento para dinamizar la economía local sino también como un elemento simbólico para aumentar el atractivo y la competitividad de las ciudades e identificar a los ciudadanos con sus equipos profesionales locales. Esto le sirve a Shropshire (1995) para calificar como ciudades que se encuentran dentro de la ‘big league’ a aquellas, y sólo aquellas, que disponen al menos de la franquicia de un equipo profesional en las principales Ligas deportivas profesionales del país, un gran estadio deportivo y un pabellón cubierto capaz de albergar grandes eventos deportivos. La utilización del deporte como estrategia de regeneración urbana a la que nos referimos en el contexto norteamericano se ha extendido recientemente ‘en serie’, como afirma Harvey, a otras muchas ciudades europeas occidentales, con algunas diferencias que han usado o están actualmente usando el deporte como mecanismo facilitador de la regeneración físicoeconómica de sus centros urbanos. Así, ejemplos de esta tendencia global, pueden encontrarse en ciudades con diferentes indicadores urbanos y que compiten por albergar acontecimientos deportivos elitistas, como Atenas (JJ. OO. del 2004), Barcelona (JJ. OO. de 1992), Birmingham (dos intentos fallidos por albergar los JJ.OO. de 1992 y 1996), Madrid (candidata a albergar los JJ. OO. del 2012), Manchester (después de dos intentos fallidos por albergar los JJ.OO. de 1992 y 1996, albergará los Juegos de la Commonwealth del 2002), Sevilla (autodenominada como ‘Ciudad del Deporte’ y que continúa aspirando a albergar unos Juegos Olímpicos), Sydney (JJ. OO. del 2000) o Sheffield (nominada como ‘Ciudad del Deporte’ y que albergó la Universiada de 1991). Según diferentes autores, todas estas ciudades, independientemente de la ideología política reinante en dichos ayuntamientos, se inspiran en el modelo norteamericano de regeneración urbana para intentar resolver sus problemas urbanos (Bianchini y Parkinson, 1993; Brunet, 1994; Cochrane et al., 1996; Hill, 1992; Loftman y Nevin, 1996; Roche, 1992; Rodriguez, 2000; Williams, 1997). Esta situación ha llevado a Harvey (1990) a describir a las ciudades contemporáneas como “centros de acumulación de espectáculos”. Estas estrategias de promoción nacional e internacional ponen el énfasis en la diferenciación de sus ofertas ante la creciente competitividad entre ciudades. En este sentido, algunas ciudades norteamericanas (e.g. Indianápolis), británicas (Sheffield, Birmingham o Glasgow) y españolas (Sevilla) se autodenominan dentro de sus campañas publicitarias como ´Ciudades del Deporte’. Este dualismo (universalización y singularidad) forma parte de la cultura empresarial adoptada por la mayoría de los gobiernos locales de ciudades occidentales para la solución de sus problemas urbanos y marca una tendencia global en las dos últimas décadas (ver Hall y Hubbard, 1998; Robertson, 1996). El deporte en los procesos de regeneración urbana
El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 5 Aunque en los últimos años han empezado a aparecer algunos estudios que analizan la efectividad del deporte como mecanismo de regeneración físico-económica en ciudades europeas (ver Brunet, 1994; Dobson y Gratton, 1995; Heinemann, 1998; Williams, 1997), la mayor parte de los datos aportados en esta revisión bibliográfica provienen del contexto norteamericano donde el potencial económico del deporte y su papel como mecanismo de regeneración urbana ha sido investigado sistemáticamente desde hace bastante tiempo (Bale, 1989; Noll, 1974; Noll y Zimbalist, 1997). Tal y como Chapin (1996) nos indica, entre 1960 y 1976 veintidós grandes estadios deportivos fueron construidos en la periferia de las ciudades dentro de ambiciosos procesos de regeneración urbana. En una etapa posterior, entre 1977 y 1990, este boom en infraestructuras deportivas para el deporte profesional y para el deporte-espectáculo decreció significativamente con la construcción de sólo seis nuevos estadios deportivos. Sin embargo, la década de los noventa (proceso que continuará en las próximas décadas) nos muestra de nuevo un incremento significativo en esta tendencia con la finalización de más de veintiséis nuevos estadios (con un coste medio de 200 millones de dólares) en importantes ciudades como Baltimore, Chicago, St. Louis, San Francisco o Washington, mientras otras ciudades como Boston, Nueva York o Pittsburgh están pendientes de la finalización de nuevos estadios en los próximos años. En la feroz competencia por mantener o hacerse con la franquicia de algún equipo profesional no sólo se encuentran grandes ciudades sino también otras ciudades como Nashville, Memphis, Jacksonville o St. Petersburg (Florida), que a pesar de no tener todavía la franquicia de ningún equipo profesional, esperan atraer alguno de ellos después de la construcción de un gran estadio deportivo (Baade, 1996; Chapin, 1996; Norton, 1993; Robinson-Barnes y Wright, 1996). Al mismo tiempo se observa un espectacular aumento en la financiación pública de dichas instalaciones deportivas que servirán fundamentalmente para albergar equipos profesionales (Baade y Dye, 1988; Baade, 1996; Chapin, 1996; Rosentraub, 1997). Sorprende sobremanera este último dato en una economía de mercado como la norteamericana. A pesar de que los gobiernos locales han estado sufriendo importantes recortes presupuestarios en las aportaciones económicas por parte del gobierno federal durante los mandatos de Ronald Reagan y George Bush, Noll y Zimbalist (2000) señalan que entre el año 1997 y el 2006 las ciudades con la ayuda tanto del gobierno federal como de los Estados destinarán más de siete billones de dólares para la construcción de modernas instalaciones deportivas capaces de albergar equipos profesionales de las diferentes Ligas profesionales. Lo cual demuestra que una cosa es la ideología y otra la economía. Más allá de esta competencia, en el ámbito norteamericano la ciudad de Indianapolis representa un ejemplo paradigmático de la utilización del deporte como una estrategia clave en el proceso de regeneración físico-económica de su centro urbano, así como para cambiar su imagen. Para corroborar este hecho, desde 1977, ocho de los treinta proyectos urbanos desarrollados en la ciudad han estado directamente relacionados con el deporte con un desembolso de 172 millones de dólares (la ciudad disfruta tanto de la franquicia de equipos profesionales como los Indiana Pacers de la NBA), así como de equipos de universidades locales de cierto prestigio) (Rosentraub et al, 1994; Rosentraub, 1997).
6 Estos ejemplos resultan suficientemente ilustrativos para hacernos comprender la enorme transcendencia que el deporte profesional y el deporte-espectáculo ocupan dentro de la cultura norteamericana (similar proceso se observa actualmente en la cultura europea occidental) que desde comienzos del siglo pasado se considera una parte de la industria del entretenimiento (Bale, 1989; Baade y Dye, 1988; Chema, 1996; Coakley, 1990). Dentro de esta vasta industria se incluyen otros factores como son: el papel de monopolio de que disfrutan las Ligas profesionales, la fuerte financiación pública de proyectos deportivos elitistas, la cobertura de los medios de comunicación, la extensa comercialización del deporte en forma de productos deportivos, derechos televisivos y apuestas deportivas, etc. Como veremos en el siguiente apartado, la importancia económica del deporte profesional norteamericano ha contribuido a que los miembros de las coaliciones urbanas se interesen por la atracción de nuevos equipos profesionales o la permanencia de equipos profesionales ya asentados en la ciudad, la construcción de grandes estadios y la celebración de ciertos acontecimientos deportivos. Deporte y regeneración urbana: las teorías de ‘los regímenes urbanos’ y de la ‘coalición’ No es de extrañar que, ante la importancia económica del deporte profesional en el contexto norteamericano, los propietarios de equipos profesionales de las principales Ligas profesionales suelan formar parte de las coaliciones urbanas, tal y como sugieren Logan y Molotch (1987). Este interés en formar parte de las coaliciones deportivas se basa en la creencia de que cualquier crecimiento económico local, por pequeño que éste sea, contribuirá a incrementar el valor económico de sus propiedades. El carácter ‘apolítico’ y poco conflictivo del deporte también puede contribuir a aglutinar a diferentes élites dentro de las coaliciones urbanas. En cualquier caso, los propietarios de equipos profesionales suelen estar normalmente asociados a los principales grupos locales o están ya integrados dentro de las coaliciones urbanas. Basándose en su estudio sobre la ciudad de Atlanta, Stone (1989) considera que tanto los políticos locales como del Estado y las diferentes élites locales, entre las que se encuentran los propietarios de equipos profesionales y organizadores de acontecimientos deportivos, serán miembros potenciales de cualquier coalición urbana. Dichos miembros suelen mostrar un interés significativo en la promoción de proyectos deportivos elitistas como mecanismo de regeneración urbana en algunas ciudades norteamericanas. Normalmente, los miembros de las coaliciones urbanas justifican la financiación pública de proyectos deportivos elitistas basándose en argumentos similares a estos: a) dichos proyectos deportivos aportarán beneficios económicos substanciales a las ciudades; b) estos proyectos deportivos servirán para atraer un número elevado de turistas y nuevas compañías a la ciudad; c) todos los residentes locales se verán directa o indirectamente beneficiados por estos proyectos deportivos (entendido como ‘trickle down effect’); y d) la financiación pública será mínima en comparación con la aportación que se espera realicen tanto el sector privado como otros fondos públicos provenientes de otros niveles de gobierno. En este último apartado, las coaliciones urbanas suelen argumentar que el gasto
El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 7 que acarrea la construcción de un nuevo estadio y las infraestructuras urbanas necesarias para su uso, se autofinanciarán, entre otros mecanismos, por los ingresos conseguidos por la venta de entradas, por el incremento en los impuestos pagados por los concesionarios, y por los impuestos que gravan la propiedad de la zona donde se ubica el estadio (Noll y Zimbalist, 2000). Por otro lado, también se espera por parte de dichas coaliciones urbanas que la tenencia de la franquicia de un equipo profesional genere un importante impacto psicológico en la ciudad, bien como parte del proceso de identificación del ciudadano con su ciudad y como mecanismo que potencie el prestigio de la ciudad en el exterior (Baade y Dye, 1988; Baade, 1996; Rosentraub et al, 1994; Shropshire, 1995; Terol Gómez, 1998). En un ámbito más amplio que el norteamericano se pueden encontrar numerosos casos de lugares pequeños, ciudades e incluso naciones que han llegado a ser conocidos mundialmente por medio de los éxitos deportivos de determinados individuos, equipos profesionales o selecciones nacionales (Bale, 1989). El deporte ha sido utilizado, y continúa siéndolo, para exacerbar sentimientos locales, regionales y nacionales. Por ello, la combinación tanto de beneficios económicos, psicológicos, políticos (como se enunciarán más tarde) y socioculturales que el deporte profesional conlleva, forman parte de lo que las teorías urbanas mencionadas argumentan como mecanismos generadores de un clima favorable a los intereses del sector privado. Es por ello que el proceso de atraer o retener, por parte de las élites urbanas, franquicias de equipos profesionales de cualquier Liga profesional o eventos deportivos de cierta magnitud, forma parte del interés de estudio de ambas teorías. Como hemos visto anteriormente la adquisición de una franquicia de las Ligas profesionales suele estar unida, entre otros factores, a la construcción de un gran estadio deportivo. La evolución sufrida, en estas últimas décadas, por la localización de los grandes estadios, muestra cómo se ha pasado de la periferia (criterios descentralizadores de los años 60 y 70) a las zonas centrales de las principales ciudades norteamericanas. Esta centralización urbana de los estadios y de otros proyectos culturales o de ocio forma parte de una estrategia global de regeneración de las ciudades cuya finalidad consiste en retener y atraer residentes con altos ingresos, así como un número elevado de visitantes (Bale, 1989; Friedman, 1998). Estos grupos tienen un interés especial por el deporte, la cultura y el ocio, actividades que pueden ser encontradas regularmente en la mayoría en los centros urbanos contemporáneos. Chapin (1996), por ejemplo, ha empleado estas teorías urbanas para analizar cómo las coaliciones han influido en el proceso de construcción de un nuevo estadio deportivo y su localización en zonas centrales de las ciudades de Seattle y Atlanta (ver también Euchner, 1993; Robinson-Barnes y Wright, 1996). Sin embargo, estos proyectos deportivos no están exentos de controversias. Así en el contexto norteamericano es normal encontrar un amplio debate sobre la conveniencia o no de utilizar el deporte profesional como parte de los procesos de regeneración urbana, tanto en aquellas ciudades que han construido nuevas instalaciones deportivas, así como también en otras que están considerando tal posibilidad. Inicialmente, los propietarios de las franquicias de equipos profesionales y los líderes urbanos, anteriormente citados como parte integrante de cualquier coalición urbana, suelen encargar a firmas de consultoría un estudio del impacto económico que dichas actividades deportivas pueden generar y que a
8 su vez sirva para justificar la adquisición o retención de un equipo profesional o la construcción de un nuevo estadio (Crompton, 1995; Turco et al., 1996). No es de extrañar que estos trabajos favorezcan normalmente los intereses de aquellos que han encargado dichos estudios económicos. Asimismo, después de elegir el factor multiplicador adecuado que mejor se adapte a sus intereses, los estudios de impacto económico normalmente justifican la inversión en actividades deportivas elitistas, basándose en un incremento significativo de ingresos y de empleos para la ciudad (Baade y Dye, 1988; Chapin, 1996; Crompton, 1995; Norton, 1993). Es de destacar la forma en la cual los propietarios de los equipos profesionales explotan esas cifras económicas favorables, así como el enorme poder sistemático que les confiere el tener la franquicia de un equipo profesional en un contexto como el norteamericano, donde las Ligas profesionales son competiciones cerradas en cuanto al número de equipos participantes. Con una creciente competencia entre ciudades, aquellas que albergan algún equipo profesional se ven cada cierto tiempo obligadas a hacer importantes concesiones para mantener dichos equipos en sus ciudades como, por ejemplo, construir nuevos estadios con mayor capacidad e infraestructuras, ofrecer importantes ventajas fiscales e incluso algunos gobiernos locales participan en el capital social de los clubes profesionales (ver Noll y Zimbalist, 2000; Terol Gómez, 1998). Aparte de las buenas condiciones ofertadas por los gobiernos locales a los propietarios de equipos profesionales por el arrendamiento del estadio deportivo, éstos también obtienen cada vez más unos substanciales beneficios adicionales por el alquiler y la venta de palcos de lujo, por el gran número de servicios de restauración e incluso por el alquiler de apartamentos dentro del mismo estadio (Chapin, 1996; Turco et al., 1996). Más allá de estas substanciales ventajas, algunas ciudades norteamericanas también ofrecen a los equipos profesionales un porcentaje de los impuestos relacionados con el turismo que cargan los moteles y hoteles locales a los visitantes. A estos beneficios se suman las grandes aportaciones filantrópicas y privadas que se dan en el contexto norteamericano a proyectos relacionados con el deporte. Por citar sólo un ejemplo, Rosentraub et al. (1994) comentan que en la ciudad de Indianapolis más del 56 por ciento de los fondos invertidos en deporte provienen de aportaciones privadas. Ante los datos aportados anteriormente, Noll y Zimbalist (2000) consideran que un mayor número de ciudades entran en el proceso de competición basándose en la idea de que el deporte y los nuevos estadios y equipos deportivos profesionales repercuten positivamente en la economía de las ciudades a través de las actividades que generan. De esta manera, las Ligas profesionales norteamericanas gozan de una posición de monopolio al controlar el número de franquicias así como su localización. Esta privilegiada posición de las Ligas se debe a que el número de franquicias es actualmente insuficiente para satisfacer la gran demanda de equipos profesionales por parte de ciudades norteamericanas. En este sentido, Terol Gómez (1998) afirma que son las Ligas profesionales, y no las ciudades norteamericanas, las que deciden dónde y en qué circunstancias se ubica, cambia de lugar o se otorga una franquicia para un determinado equipo miembro de cualquiera de las Ligas profesionales. Pero siempre, y esto es algo marcadamente diferente al contexto europeo, atendiendo a estrictos criterios de mercado.
El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 9 Aunque Estados Unidos posee una de las leyes antimonopolio más estrictas del mundo (ver el caso reciente de la empresa Microsoft), las Ligas profesionales han acentuado su posición dominante en las dos últimas décadas. Este inmenso poder se refleja en su capacidad para: a) establecer la duración y el calendario de la competición; b) regular el mercado de jugadores para hacer las ligas más competitivas; c) contratar los derechos de retransmisión de los encuentros; y d) establecer las fórmulas adecuadas para un reparto equitativo de los beneficios obtenidos entre los equipos profesionales. Este proceso ha sido posible gracias al crecimiento desmesurado de la cobertura de los medios audiovisuales, con la televisión como el medio deportivo por excelencia, lo cual ha conducido a que se produzca una fuerte relación simbiótica entre las principales cadenas de televisión y el deporte profesional. Por ejemplo, en una Liga profesional como la del fútbol americano (NFL), Houlihan (1997) señala que más del 60% de los ingresos totales provienen de la venta de los derechos televisivos a las grandes cadenas de televisión que operan en los Estados Unidos, junto a la comercialización de dichos encuentros en el extranjero. Así, sólo en 1990, la NFL recaudó casi 950 millones de dólares por la venta de los derechos televisivos (Terol Gómez, 1998). Este fenómeno también es válido para el fútbol profesional en toda Europa (p. ej. Liga de Campeones). En el contexto norteamericano se argumenta que la posible pérdida de la franquicia de equipos profesionales ya asentados en ciudades pueda tener un coste político elevado para los líderes locales. Ante una posible pérdida de popularidad, la mayor parte de los políticos terminan por acceder a las demandas de los propietarios de los equipos profesionales (Baade y Dye, 1988; Euchner, 1993; Robinson-Barnes y Wright, 1996; Rosentraub et al., 1994). De cualquier forma, no siempre las autoridades locales están dispuestas a satisfacer todas las demandas de los propietarios de los equipos profesionales. Así, veintidós equipos profesionales fueron recolocados en otras ciudades norteamericanas y canadienses entre 1970 y 1985, después de que otras ciudades ofreciesen a estos equipos mejores condiciones económicas, incluyendo la construcción de nuevos estadios (Baim, 1992; Rosentraub, 1997; Turco et al., 1996). Estos movimientos de equipos a otras ciudades (no necesariamente ciudades grandes) continúan produciéndose en la década de los noventa incluso después de que algunas ciudades con equipos profesionales asentados e identificados con la ciudad hubiesen realizado inversiones cuantiosas. Por citar uno de estos ejemplos, en 1995 el equipo de fútbol americano de los Rams se movió de California a St. Louis (ver Phares, 1996). Ante esta situación de indefensión, algunas ciudades llevan realizando presiones al Congreso y al Senado norteamericano, sin éxito hasta ahora, para reducir el poder de monopolio de las Ligas profesionales, así como para conseguir una legislación que proteja mejor sus intereses. No es de extrañar que, a pesar de la falta de representación y participación ciudadana que se aprecia en los actuales procesos urbanos de la mayoría de los países occidentales (Alabart et al., 1994), ciertas ciudades norteamericanas han utilizado consultas populares periódicas para conocer la opinión de sus conciudadanos sobre la conveniencia de financiar públicamente algunos de estos proyectos deportivos elitistas. Después de estas consultas, algunos de estos proyectos deportivos han sido temporalmente rechazados en ciudades
16 A pesar de que la efectividad del deporte, bien como estrategia de desarrollo económico o como parte de la regeneración urbana, no está claramente demostrada, muchas ciudades norteamericanas continúan construyendo grandes estadios deportivos y compitiendo con otras para albergar grandes acontecimientos deportivos y atraer equipos profesionales. De la misma forma, un número creciente de ciudades europeas occidentales, siguiendo la experiencia americana e independientemente de la ideología política que gobierna dichas ciudades, están actualmente utilizando estrategias similares relacionadas con el deporte como forma de impulsar políticas de desarrollo económico dentro de los actuales procesos de regeneración urbana. Estos proyectos deportivos, tal y como hemos visto en algunos casos, no están exentos de un considerable debate sobre los beneficios y costes inherentes, tanto para la ciudad como para sus ciudadanos. En algunos casos, la oposición de los ciudadanos a ciertos proyectos deportivos ha conseguido paralizar la utilización de proyectos deportivos emblemáticos. Sin embargo, las coaliciones urbanas ejercen su poder sistemático para dirigir la ciudad hacia estrategias de desarrollo económico, en los cuales el deporte juega un papel importante. Como parte de algunos procedimientos que normalmente utilizan las coaliciones urbanas para justificar la financiación pública de proyectos deportivos elitistas se encuentran, entre otros, las cifras favorables de los estudios de impacto económico, la divulgación de los beneficios directos e indirectos que dichos proyectos traerán a la ciudad y a sus residentes (en este aspecto los periódicos locales juegan un papel importante), y las figuras deportivas locales. Sin embargo, la bibliografía nos muestra que los estudios de impacto económico no son cotejados longitudinalmente (ver el caso de los Juegos Mundiales Universitarios en Sheffield). De la misma forma y siguiendo el estudio de la ciudad de Indianapolis, Rosentraub et al (1994) concluye que aunque la estrategia de regeneración basada en el deporte puede haber ayudado en el cambio de imagen de la ciudad y las elites urbanas constituyeron una coalición urbana público-privada con un gran aporte económico privado, la realidad nos muestra que no han existido cambios significativos en los procesos de desarrollo económico local. En este sentido, la experiencia de Indianapolis en el contexto norteamericano y de Sheffield en el europeo nos sugiere que el deporte por sí solo no genera las expectativas económicas que las élites urbanas proclaman. Centrándonos exclusivamente en el ámbito económico, el deporte parece que juega un papel reducido en la actividad económica de muchas ciudades contemporáneas. En cualquier caso, diferentes autores como Chema (1996) y Baade (1996) (uno de los más críticos con la financiación pública de estadios deportivos y equipos profesionales) coinciden a la hora de sugerir que las ciudades podrán conseguir mayores beneficios si los proyectos deportivos elitistas se integran y se complementan con otros proyectos dentro de la infraestructura del centro de la ciudad. Finalmente, con este capítulo he querido incidir en la necesidad de estudiar estos procesos urbanos contemporáneos en el contexto español. Especialmente importante es la evaluación de estos procesos, originalmente norteamericanos, que están aumentando en las ciudades españolas y utilizan las diversas manifestaciones del deporte de élite como
El Deporte como Mecanismo de Regeneración Urbana en Ciudades de la Alta Modernidad 17 elementos centrales de regeneración urbana (el caso más reciente se ha producido con la competencia entre Madrid y Sevilla por ser candidatas a albergar los Juegos Olímpicos del 2012).
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