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Trabajadores. Lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español

de Felipe-Redondo, Jesús

Abstract

416 págs. Ciencias Sociales y Humanidades, 5.

Full text

Trabajadores Lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español Jesús de Felipe Redondo Colección Ciencias Sociales y Humanidades, 5 Trabajadores. Lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español Trabajadores. Lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español Jesús de Felipe Redondo 2012 Director de la colección: Ciencias Sociales y Humanidades Javier Moreno Luzón Consejo científico Antonio Aparicio Pérez Isidoro Reguera M.ª Begoña Arrúe Ugarte Juan Ignacio Palacio Morena Jaume Roselló Manuel Suárez Cortina Leonardo Romero Tobar Diseño de la colección y de la cubierta: Genueve Ediciones por J. A. Perona Digitalización: emeaov © Jesús de Felipe Redondo © de esta edición: Genueve Ediciones I.S.B.N.: 978-84-8317-926-0 (PDF) I.S.B.N.: 978-84-938557-7-2 (RÚSTICA) D.L.: AS 400-2012 https://doi.org/10.5281/zenodo.14855495 Hecho en España (U. E.) - Made in Spain FELIPE REDONDO, Jesús de Trabajadores: lenguaje y experiencia en la formación del movimiento obrero español / Jesús de Felipe Redondo. – [Oviedo, etc.]: Genueve Ediciones, 2012. 416 p.; 24 cm – (Ciencias Sociales y Humanidades; 5) ISBN: 978-84-8317-926-0 (pdf) ISBN: 78-84-938557-7-2 (rústica) 1. Trabajadores. 2. Identidad colectiva. 3. Lenguaje. 4. Movimiento obrero. 5. Historia. 6. España. 7. Siglos XIX-XX. I. Título. II. Serie 327.321“18/19” HBJD – IBIC 1.1 1DSE – IBIC 1.1 3JH – IBIC 1.1 3JJ – IBIC 1.1 Licencia Creative Commons Atribución/ReconocimientoNoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 7 Índice Agradecimientos ................................................................................................ 9 Introducción ....................................................................................................... 11 Primera Parte EL SURGIMIENTO DEL MOVIMIENTO OBRERO Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo .................... 19 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo ............................................................. 49 Capítulo 3. Resistencia ...................................................................................... 109 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia .............................. 137 Capítulo 5. La comunidad de ciudadanos productores ..................................... 163 Segunda Parte LAS LUCHAS OBRERAS EN LA DÉCADA MODERADA Y EL BIENIO PROGRESISTA Capítulo 6. Las relaciones entre el movimiento obrero y las corrientes políticas liberales ................................................................................ 199 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras ...... 245 8 Jesús de Felipe Redondo Tercera Parte EL MOVIMIENTO OBRERO ENTRE EL BIENIO Y EL SEXENIO DEMOCRÁTICO Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio ............................. 285 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino ................... 303 Capítulo 10. Cooperativismo y colectivismo ...................................................... 331 Conclusiones ...................................................................................................... 363 Referencias bibliográficas .................................................................................. 371 Índice temático ................................................................................................... 405 9 Agradecimientos He podido realizar este trabajo gracias a la colaboración de un amplio grupo de personas. Mi director de tesis, Miguel Ángel Cabrera, realizó un arduo y paciente trabajo de crítica y asesoramiento y me ayudó a reforzar mis argumentos. Jorge Sánchez y Elisa Bonnet me animaron constantemente. Patricia Arroyo, Inmaculada Blasco y Blanca Divassón me hicieron útiles recomendaciones. Roberto González Zalacaín me ayudó con la bibliografía y Ana Belén Vera, Verónica Gómez y Juan Evaristo Fernández tuvieron la amabilidad de leer y corregir la redacción. Asimismo, recibí la inestimable ayuda de Manuel Pérez Ledesma, Jordi Canal, Maria de Fátima Sá, Genís Barnosell, Juan Pro, Jesús Izquierdo, Florencia Peyrou, Darina Martykánová y otros investigadores del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid. Los posibles aciertos de este trabajo se deben a los sugerentes comentarios de estas personas, mientras que los errores son de mi exclusiva responsabilidad. Quisiera reconocer también la ayuda proporcionada en la fase de investigación por varios historiadores e instituciones académicas que me abrieron sus puertas: Angel Smith, Richard Cleminson y sus colegas del Department of Spanish, Portuguese and Latin American Studies; Rafael Cruz y el Departamento de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense de Madrid, y Javier Laviña y el Departamento de Antropología Social e Historia de América y África de la Universitat de Barcelona. Además, sin el respaldo 16 Jesús de Felipe Redondo los salarios y las mejoras en las condiciones laborales, la libertad de asociación, la creación de jurados mixtos y la extensión de las sociedades de resistencia. Dedico la segunda al estudio de estas luchas entre finales de la década de 1840 y el Bienio Progresista (1854-56), así como de las relaciones cambiantes entre el movimiento obrero y las corrientes políticas liberales. La tercera parte abarca desde los años finales de la década de 1850 hasta el Sexenio Democrático (1868-74). En ella analizo el surgimiento de nuevas demandas laborales relacionadas con la regulación y limitación del trabajo femenino, así como la penetración y el impacto en el movimiento obrero de las nuevas corrientes socialistas europeas. Las implicaciones teóricas generales que puedan servir para formular las bases de una nueva explicación del movimiento obrero se exponen en las conclusiones finales. PRIMERA PARTE EL SURGIMIENTO DEL MOVIMIENTO OBRERO 19 Capítulo 1 Transformaciones materiales y lenguaje corporativo Para explicar la aparición del movimiento obrero es necesario considerar previamente dos asuntos: en primer lugar, la evolución de las condiciones y relaciones laborales en las ciudades hispanas en el tránsito a la sociedad contemporánea, y en segundo lugar, la manera en que las concibieron los individuos que laboraban antes de que se identificaran como trabajadores. Abordaré ambas cuestiones con el objetivo de iniciar la discusión de una cuestión clave que se tratará en los capítulos siguientes: la relación entre las condiciones materiales de vida y trabajo y los significados que estas adquieren para los individuos. I. La sItuacIón LaboraL de Los trabajadores urbanos en eL tránsIto aL mundo contemporáneo Siguiendo las líneas interpretativas existentes en otros países, en los trabajos de investigación realizados entre las décadas de 1960 y 1980, que influyeron poderosamente en la mayor parte de los estudios posteriores, el movimiento obrero español se concibió y explicó como la consecuencia de la aparición de un grupo social específico: la clase obrera. Los historiadores señalaron que dicha clase emergió de la progresiva separación entre el trabajo y la propiedad de los medios de producción, derivada de la implantación de la economía de mercado capitalista y el desarrollo de los procesos de industrialización y 20 Jesús de Felipe Redondo proletarización4. El movimiento obrero era la expresión reivindicativa de los intereses de esta nueva clase social, pues dicho movimiento se manifestaba «cuando el género de producción capitalista (que es el que crea la clase obrera) se ha desarrollado en un país» e implicaba necesariamente la «existencia de un proletariado cuyo único o fundamental medio de vida es la venta de su fuerza de trabajo; que ese proletariado tenga conciencia de clase […]; que esa conciencia se manifieste […] en una lucha por mejorar o transformar la sociedad»5. Este vínculo causal entre capitalismo, clase obrera y movimiento obrero se anudó de una manera tan sólida que la aparición del último se convirtió en la prueba de la necesaria existencia de los dos anteriores. Así, se ha supuesto que el movimiento obrero entraña, forzosamente, el proceso de proletarización creador de la clase obrera. Los historiadores que detectaron fenómenos habitualmente relacionados con el movimiento obrero en el siglo xix —entre ellos, la realización de huelgas que movilizan a empleados de oficios distintos; la aparición de los sindicatos; la expresión pública de los conflictos laborales a través de órganos de prensa y manifestaciones, o la lucha por los derechos políticos—, los explicaron remitiéndose al impacto de la proletarización y la industrialización, a pesar de la escasa importancia que estos procesos tuvieron en el mundo hispano de los siglos xviii y xix. De ahí que se afirmase que «negar la revolución industrial sería negar la aparición del proletariado, y por consiguiente, del movimiento obrero»6. Como este último no podía negarse, su constatación empírica se convirtió en la prueba del desarrollo de la industrialización y la proletarización, considerados sus factores causales. Esta interpretación conlleva una concepción específica de la relación entre las condiciones materiales de vida y trabajo y las acciones de los individuos, según la cual las condiciones y relaciones sociales conforman 4 Tuñón de Lara 1977, 9. 5 La primera cita en Tuñón de Lara 1966, 10 (mi traducción); la segunda en Calero 1974, 15. 6 Sanz 1996, 321-22. 21 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo la realidad objetiva, es decir, una estructura de relaciones materiales (socioeconómicas) dotada de significados propios e independientes, los cuales determinan o condicionan causalmente las identidades, las experiencias y los intereses de los individuos y encaminan sus acciones. Desde este punto de vista, el sujeto del movimiento obrero es, forzosamente, la clase obrera, es decir, aquel grupo social distinguido por su posición en la estructura de las relaciones de producción. Así, Manuel Tuñón de Lara consideró el hecho de no poseer los medios de producción y trabajar por cuenta ajena como la esencia de la «naturaleza obrera», lo que lo llevó a excluir del movimiento obrero a quienes trabajaban por cuenta propia o ejercían algún control sobre los medios y el proceso de producción, como los campesinos y los artesanos7. De esta concepción se extrae una consecuencia fundamental para la explicación de la formación de los sujetos históricos: esa «naturaleza obrera» no solo es algo independiente de la manera en que el operario se concibe a sí mismo, sino que, en última instancia, acababa determinando esa concepción. La aparición de la identidad de trabajador se explicó como el resultado de un proceso de toma de conciencia de esta naturaleza obrera. Únicamente cuando «el obrero se siente como tal», es decir, como «perteneciente a una clase intereses y fines propios», es cuando se organiza con otros de su clase para «el logro de todos esos fines»8. Dicho de otra manera, la aparición y evolución del movimiento obrero español era la consecuencia de un doble proceso: la progresiva formación de la clase obrera en la estructura social, que dotaba a los obreros de unos intereses propios, y la paulatina adquisición de conciencia de estos intereses a través de las experiencias cotidianas derivadas del proceso anterior. Ello nunca implicó suponer que esta determinación causal fuera directa o automática. En palabras de Tuñón, había factores culturales y subjetivos que mediaban en la relación entre el «condicionamiento material» y la 7 Tuñón de Lara 1977, 10-11. 8 Ibídem. Subrayado mío. 22 Jesús de Felipe Redondo conciencia9. Esta idea, que Tuñón y otros autores de las décadas de 1970 y 1980 apenas aplicaron a la investigación empírica, se exploró y desarrolló prolijamente en algunos trabajos publicados en las décadas de 1990 y 2000, en los que la aparición del movimiento obrero se concibe como un complejo proceso de formación de una identidad en el que intervienen factores subjetivos y culturales. Sin embargo, en las nuevas investigaciones el condicionamiento material continúa siendo el factor causal fundamental del movimiento obrero. En los capítulos siguientes expondré con más detalle las dificultades que, desde mi punto de vista, tiene esta última interpretación cultural o sociocultural. Pero ahora es necesario señalar que los pilares fundamentales de esta interpretación comenzaron a resquebrajarse a finales de la década de 1970, a partir de los nuevos trabajos realizados sobre las relaciones laborales y la industrialización en España y otros países como Gran Bretaña, Francia o Alemania. En ellos se mostró que los procesos de industrialización y proletarización de los siglos xviii y xix no solo habían sido más débiles de lo que se había pensado, sino que no habían creado una clase obrera industrial, proletarizada y homogénea. Dichos trabajos no negaban que no se produjeran cambios en las condiciones y relaciones laborales, pero estos no fueron tan amplios y profundos ni conllevaron las consecuencias laborales que se habían supuesto. A finales del siglo xix, las masas trabajadoras españolas conformaban un grupo social heterogéneo y complejo que difícilmente puede calificarse como «proletariado industrial», como ocurría en otros países. Por tanto, el perfil de quienes participaron en el movimiento obrero español no se ajustaba al del proletario fabril. En vez de ello, se trataba de operarios que tenían una amplia autonomía laboral y que controlaban cuestiones clave del proceso productivo, como el ritmo de trabajo, la cuantía de sus salarios y la contratación de nuevos operarios. Incluso un 9 Según Tuñón, «la ecuación condición de vida obrera-conflictividad es falsa por esquematismo, ya que todo posible condicionamiento se realiza por mediación y no directamente; se realiza a través del hombre como protagonista de la historia (el trabajador en este caso)» (Ibíd., 14-15. Subrayado en el original). 23 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo pequeño sector de ellos poseía parte de los medios de producción10. Esto implicaba, a su vez, que los términos en que se entendía la relación entre las transformaciones socioeconómicas y las luchas obreras debían ser objeto de una nueva reflexión. La explicación de la génesis del movimiento obrero que se expone en este trabajo surgió inicialmente como un fruto de esta necesidad historiográfica. Para que el lector pueda hacerse una idea de las condiciones laborales en España en este periodo, a continuación expongo brevemente su evolución y características. La industrialización de la economía española se desarrolló a un ritmo muy lento en comparación con otros países occidentales y durante mucho tiempo solo afectó a ramas productivas específicas11. A principios del siglo xx, el sector predominante de la población activa era el primario, que englobaba dos terceras partes de los operarios. En las ciudades, la mayor parte de los empleados trabajaba en talleres de pequeñas dimensiones, en oficios artesanos cuyas técnicas y formas de organización seguían pautas similares a las de periodos anteriores. Según un censo oficial de 1887, carpinteros, ebanistas, cajistas de imprenta, zapateros, sastres y costureras y operarios del sector de la alimentación representaban a más de 820 000 individuos frente a los 243000 operarios industriales y de la minería12. La situación laboral de estos operarios no varió sustancialmente entre los siglos xviii y xix, si bien hubo cambios notables en el marco legal que regulaba su trabajo. Así, en la década de 1830 las normas corporativas que habían regido las relaciones laborales en el Antiguo Régimen, y que analizaré en el apartado siguiente, fueron abolidas y sustituidas por la libertad de industria13. A este respecto, la transición al régimen liberal permitió a los dueños de taller (también a los trabajadores) romper el con10 Pérez Ledesma 1997, 202-4; Juliá 1981-82. 11 Nadal 1975, 23; Carreras y Tafunell 2004, 123-76. 12 Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en 31 de diciembre de 1887, Madrid, 1891-92. Citado en Morales Muñoz 2005, 215, n. 2. 13 Véase Romero 1999, 282, y los trabajos recogidos en López Barahona y Nieto 1996. 24 Jesús de Felipe Redondo trol comunitario tradicional sobre la producción e imponer nuevas formas de organización laboral basadas en criterios de mayor productividad para responder al aumento de la competencia que comportaba el libre mercado. Sin embargo, en términos generales los dueños no fundaron talleres más grandes, ni contrataron más oficiales ni transformaron de forma radical los procesos laborales. En determinadas ciudades y profesiones, un sector significativo de ellos procuró aumentar la producción mediante la contratación de operarios a domicilio, aunque dicho recurso se trataba de una práctica habitual en ciertos oficios antes del siglo xix. El proceso y el ritmo de producción no se transformaron radicalmente, sino de manera lenta y paulatina. En la mayoría de las profesiones, el taller de pequeñas dimensiones y de carácter familiar, sin mecanizar o escasamente mecanizado y con un número pequeño de empleados, fue la unidad productiva más extendida y fue capaz de resistir la competencia de talleres más grandes y fábricas. Estos pequeños talleres incluso crecieron en número para satisfacer la demanda generada por el aumento de la población urbana. Así, en Barcelona, la ciudad fabril más importante del país, el número de los pequeños talleres de oficio pasó de 1500 en 1823 a 2000 en 186014. Esta situación se explica en parte por el comportamiento y las aspiraciones de los propios propietarios, que no se ajustan al modelo ideal del capitalista emprendedor. Los más ricos dueños de taller de Barcelona, por ejemplo, no invertían sus capitales en el engrandecimiento de sus establecimientos, la compra de nueva maquinaria o la contratación de más empleados. En lugar de intentar aumentar la productividad de sus talleres, destinaban sus beneficios a operaciones especulativas como la compra de bienes inmuebles urbanos, los pequeños préstamos, las compañías aseguradoras y el negocio del ferrocarril15. Ello explica, en parte, hechos como que la mecanización de los oficios urbanos tradicionales se desarrollase de 14 Romero 2005, 44, 62-63 y 206. El crecimiento de talleres de artesanos se dio en otras ciudades del país que experimentaron un notable crecimiento. Véase Ruzafa 1998, 46-50 y 248; Buisiné 2001, 508. 15 Romero 2005, 91, 206-07 y 284-92. 25 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo forma muy lenta hasta la llegada de la energía eléctrica a finales del siglo xix16. Para algunos historiadores, esta conducta se explica por el mantenimiento y la recreación en el nuevo contexto liberal de los antiguos mecanismos de regulación comunitaria del oficio, y por tanto, por la importancia que mantuvo esta concepción en los sectores laborales17. Asimismo, en la medida en que la destreza manual siguió siendo esencial para la organización productiva, los operarios conservaron una importante cuota de control del proceso productivo, lo que les permitió oponerse con éxito a algunos de los cambios que pretendían realizar diversos patronos. Como consecuencia, la organización laboral tradicional y el carácter especializado y manual del trabajo continuaron siendo fundamentales en estos oficios. A mediados del siglo xix, el proceso de industrialización solo se había desarrollado con cierta fuerza en el sector de la producción textil, particularmente en la industria algodonera de Cataluña. En la segunda mitad del siglo xviii, el tisaje y la hilatura del algodón se consolidaron en varias poblaciones catalanas y la producción fue aumentando progresivamente, llegando a representar aproximadamente una sexta parte de la producción algodonera inglesa de esos años18. La abolición de la regulación gremial en el sector, la consolidación de un débil mercado interno, la competencia en este y la legislación proteccionista fueron factores que espolearon el aumento del número de talleres y fábricas. El crecimiento productivo se frenó con la invasión francesa a principios del siglo xix, se recuperó en la década de 1830 y aumentó a un ritmo del 8% anual que se mantuvo, jalonado por pequeñas crisis periódicas, hasta la depresión de la década de 186019. 16 Para la mecanización de los sectores de imprenta y zapatería véase Elorza 1898, 39 y Nieto 1998, 413. Para el uso de la electricidad, Romero 1999, 282 y Smith 2007, 28-29. 17 Sobre estas cuestiones véase Romero 2005. 18 Nadal 1975, 189 y Vilar 1974, 15. 19 Carreras y Tafunell 2004, 27, 172 y 181-83; Fontana 1988, 384-98. 32 Jesús de Felipe Redondo medio de un operario urbano de Barcelona oscilaba entre los 7 y 10 reales a mediados del siglo xix, los tejedores varones ganaban entre 7 y 15 y los hiladores varones de 10,50 a 15. Pocos obreros recibían un jornal más elevado, como los calafates y carpinteros de ribera, los grabadores, los escultores de mármol y los músicos. Las operarias textiles, por su parte, ganaban de dos a tres veces más salario que otras como las zapateras o las costureras46. Los datos sobre los salarios deben analizarse en relación con la evolución de los precios de los artículos de consumo en el siglo xix. Hasta hace poco se pensaba que en ese periodo se había producido una progresiva pauperización de la situación económica de los obreros españoles. Sin embargo, trabajos recientes han puesto en cuestión esa idea al mostrar la estabilidad de precios que predominó entre 1830 y 1913, con la excepción de cortos periodos de recesión económica como la Guerra de Crimea (1853-54) o la crisis de la década de 1860. Estos nuevos estudios se basan en análisis de nuevas fuentes empíricas relativas a los precios de mercado, y no en los escritos de observadores del siglo xix. Como afirma Maluquer, la sensibilidad de la opinión pública ante cualquier alza de precios ha podido confundir a los historiadores que «dieron por segura la existencia de importantes movimientos inflacionistas en España durante las décadas de mayor estabilidad de precios» de la historia contemporánea española. En esta contexto, y en términos generales, los salarios se mantuvieron estables e incluso crecieron moderadamente en relación a los precios47. A este respecto, nuevos estudios sobre la economía de las familias obreras industriales han señalado que aunque estas eran pobres, sus condiciones de vida no eran tan miserables como se había pensado. El periodo vital de dichas familias pasaba por distintas fases, y en algunas de ellas existía 46 Cerdá 1867, 629 y 640. Trabajos recientes han mostrado que la cuantía de los salarios de los trabajadores (especialmente de los varones) también dependía de otros factores, como el número de años de permanencia en una misma fábrica. Véase Camps 1995. 47 Maluquer 2005; Maluquer y Llonch 2005. 33 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo una moderada capacidad de ahorro gracias al trabajo simultáneo de los cónyuges y los hijos en edad de trabajar48. Incluso teniendo en cuenta las dificultades para el cálculo salarial mencionadas anteriormente, algunos trabajos han señalado que en ciertos oficios se constata una tendencia a la disminución salarial a largo plazo, como en el tisaje algodonero. No obstante, esta tendencia no solo se rompió en algunos periodos, sino que, paradójicamente, se invirtió en momentos de elevada conflictividad laboral en los que surgieron las asociaciones de resistencia. Así, parece que en los años que discurren entre 1835 y 1840, los tejedores barceloneses que comenzaron a crear dichas organizaciones vieron aumentar sus salarios. Si estos datos son correctos, contribuirían a consolidar la impresión de que estas asociaciones no fueron una respuesta al empobrecimiento de los trabajadores y, por tanto, se debieron a otras causas49. La situación descrita se reflejaba en las formas de vida de los operarios fabriles. Un observador de la época, el economista José María Sanromá, describió al tejedor catalán, «de sobrenombre pinxo o chulo de fábrica», como un operario que se distinguía «a la legua de otros trabajadores de más humilde estofa» por su forma de vestir y su conducta50. Los obreros industriales se consideraban operarios especializados con la capacidad de controlar sus condiciones laborales y de ganar unos salarios estables y relativamente elevados. Fueron estos operarios, junto a los oficiales de oficios urbanos, quienes protagonizaron las luchas laborales más importantes del periodo, y no los obreros más pobres y menos especializados51. De ahí que pueda compartirse la aseveración de Maluquer de que el movimiento obrero «no nació en un ambiente de sobreexplotación y de miseria, sino de 48 Borderías 2002, 278-80. 49 Barnosell 1997, 185-86. 50 Sanromá 1887, vol. I, 232. Testimonios similares de finales del siglo xix en Enrech 2000, 321-22. 51 Así se ha constatado también en países como Francia. Sewell 1992b; Jones 1989, 24-71. 34 Jesús de Felipe Redondo cierta ventaja comparativa en relación con la mayor parte de los estratos populares»52. De las cuestiones señaladas se deduce que la industrialización y la proletarización no crearon una clase obrera proletarizada y homogénea en la España del siglo xix. Pero es que, además, estos procesos no provocaron la aparición de una clase de estas características en ningún sitio, ni siquiera en los países más industrializados del siglo xix53. Si los historiadores han mantenido lo contrario se debe a que, como argumenta William Sewell, han empleado de manera habitual los conceptos «industrialización» y «proletarización» para designar un conjunto de procesos que tuvieron un carácter más heterogéneo y unas consecuencias más diversas e incluso opuestas a lo que se había pensado54. De todo ello puede deducirse que el movimiento obrero no se deriva de la proletarización ni la industrialización. De hecho, no parece existir un vínculo causal entre ellos, y así lo han demostrado investigaciones recientes realizadas en otros países. Como señala Margaret Somers, en algunos sitios el movimiento obrero precede a esos procesos o surge cuando no han tenido efectos notorios, como en el caso francés55. En lugares en los que la industrialización fue casi inexistente, como Egipto, se consolidaron federaciones sindicales a principios del siglo xx, mientras que en otros donde las transformaciones económicas fueron muy rápidas y radicales, como Japón a finales del siglo xix, el movimiento obrero destacó por su ausencia y por su carácter tardío y su raquitismo56. Tampoco puede establecerse una correspondencia entre la «naturaleza obrera» objetiva y la «conciencia obrera» de las que hablaba Tuñón. En países donde la industrialización se desarrolló de forma más prematura y con mayor profundidad, como 52 Maluquer 1981, 778. 53 Para el caso de Inglaterra véase Thompson 1968, 210-13. 54 Sewell 1995, 174-80. Para una reconsideración general del impacto de la revolución industrial en los países occidentales véase Berg y Hudson 1992. 55 Somers 1996, 196-97. 56 Para el caso egipcio véase las obras de Lockman 1994a y 1994b. Para una introducción al caso japonés véase Allison 1999, 169-76. 35 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo Inglaterra o Estados Unidos, el movimiento obrero se orientó hacia objetivos reformistas, mientras que en otros donde la industrialización fue más tardía y paulatina, como Francia, el movimiento obrero adoptó un programa revolucionario. Ante esta situación, varios historiadores han formulado hipótesis ad hoc para mantener la explicación basada en la causalidad material. En la medida en que la evolución histórica de ningún movimiento obrero nacional se ajusta a la norma establecida por la teoría de la clase, estos historiadores han interpretado cada caso como «desviaciones» motivadas por la influencia de factores diversos de índole político y cultural57. Algunos investigadores han hecho hincapié en la composición heterogénea y de trabajadores cualificados de la clase obrera para afirmar el carácter «artesano» del movimiento obrero del siglo xix, carácter que iría desapareciendo a medida que se consolidase la clase obrera58. Otros han reintroducido la interpretación revisionista de que la mayor consolidación de la clase obrera por el desarrollo industrial no conllevó unas luchas radicales y revolucionarias, sino moderadas y de carácter reformista59. Un tercer grupo de historiadores ha afirmado que la clase obrera es, por naturaleza, conservadora, y que son los ideólogos socialistas los que «inoculan» en ella las ideas de lucha y enfrentamiento social60. Estas diversas perspectivas de análisis siguen partiendo de la misma premisa de que el movimiento obrero es el resultado de la formación de la clase obrera. Por esta razón, la clase sigue siendo un elemento teórico central en sus análisis. Como señala Somers, la constatación de la ausencia de la clase no ha puesto en cuestión la premisa teórica de que existe un vínculo causal entre los cambios sociales y económicos y la emergencia de una «conciencia obrera». De hecho, dicha ausencia, en vez de convertirse 57 Para un análisis de estas interpretaciones véase Somers 1989 y 1992. 58 Rule 1985; Prothero 1997; Lenger 1991; Magraw, 1999. Para el caso español, Piqueras y Sanz 2005. 59 Véase la obra clásica de Calhoun (1982). Para una interpretación revisionista del caso español véase Paramio, 1988. 60 Véase especialmente Olábarri 1978. 36 Jesús de Felipe Redondo en motivo de reflexión teórica sobre la utilidad de la clase como categoría analítica central, ha sido empleada por los historiadores para reafirmar su supuesto papel explicativo. Así, la ausencia de una clase obrera homogénea y proletarizada, resultado del lento y escaso desarrollo del capitalismo en España explicaría las supuestas muestras de «inmadurez» del movimiento obrero español del siglo. La clase, por su presencia o su ausencia, sigue determinando la explicación61. Pero, como señala Somers, estas interpretaciones siguen sin demostrar empíricamente el vínculo causal objetivista, y, por tanto, han fracasado en su intento de dar una definición más analítica que normativa de los orígenes del movimiento obrero. Ello hace que los peligros del esencialismo y el teleologismo de clase sigan presentes en estas explicaciones62. Una explicación que aspire a superar dichas dificultades y abrir nuevos campos de investigación y debate no puede dar por supuesto esta premisa teórica, puesto que es precisamente la que necesita ser explicada en primer lugar. Para ello, es necesario reexaminar el proceso histórico de formación del movimiento obrero. Esto trae consigo una primera cuestión fundamental: por qué unos sujetos se convirtieron en otros, o, dicho de otra manera, por qué unos individuos que concebían el mundo y a sí mismos de una determinada manera empezaron a hacerlo de otra forma. Este análisis, que se irá desgranando en los capítulos siguientes, tiene un punto de partida fundamental: los individuos que trabajaban y que no se concebían como «trabajadores» en el Antiguo Régimen. II. La concepcIón de trabajo y eL Lenguaje corporatIvo en eL antIguo régImen La existencia de individuos que realizan una actividad laboral no es algo nuevo de la sociedad contemporánea. La novedad del siglo xix fue que una parte de ellos se identificó como «trabajadores» y dedujo de esto 61 Esto es lo que Somers [1992, 594-96] denomina «epistemología de la ausencia». 62 Somers 1997. 37 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo una serie de intereses y aspiraciones que los llevó a realizar nuevas acciones. La clave para explicar este cambio radica en las formas históricamente específicas de concebir la actividad laboral y las personas que se dedicaban a ella. En el Antiguo Régimen, quienes realizaban un trabajo en el ámbito urbano se consideraban miembros de comunidades de oficios definidas de una forma históricamente singular: como cuerpos. Antes de que a principios del siglo xix se popularizaran las palabras «trabajador» y «jornalero», los términos más habituales para referirse a estos individuos eran «oficial», «mancebo» y los referidos a ocupaciones laborales específicas («tejedor», «zapatero», «albañil», etcétera)63. Este hecho, que en apariencia puede resultar una mera diferencia de vocabulario para aludir a unos mismos sujetos, constituye la expresión de una distinción mucho más profunda entre formas radicalmente distintas de concebir el trabajo y su práctica. En primer lugar, porque los términos oficial y mancebo refieren a la situación que un individuo ocupa en una comunidad corporativa y jerarquizada en la que se establecen diferencias de índole jurídica entre sus miembros. Como se verá a continuación, la condición de oficial no se derivaba de la mera práctica laboral, sino del estatus particular de un individuo dentro del cuerpo de oficio. En segundo lugar, y como resultado de lo anterior, porque el hecho de que los individuos que trabajaban fueran designados por sus oficios y que no hubiera un concepto común para definirlos a todos revela que el trabajo no era concebido como una actividad general de la que pudiera extraerse un principio de diferenciación y de identidad. En vez de ello, la actividad laboral era una práctica que resultaba indistinguible e inseparable de una profesión o «arte mecánica» particular. Los recientes estudios de historiadores medievalistas y modernistas europeos y españoles han aclarado el funcionamiento y las relaciones que 63 Molas 1970, 128. Según Garcia Balañà [2004, 331 y 337], el registro civil de Cataluña a principios de 1840 «todavía» distinguía a los individuos que trabajaban por el nombre de sus oficios, siendo esta denominación sustituida en los años siguientes por vocablos como «trabajador», «jornalero» u «operario». 38 Jesús de Felipe Redondo se establecían dentro de las comunidades de oficio64. Los miembros de un oficio, con independencia de la situación que ocuparan en el mismo (regentando un taller, trabajando para otros, aprendiendo la profesión), se sentían pertenecientes a una misma comunidad hermética, dotada de normas de funcionamiento, conocimientos («misterios») y formas propias de entender su profesión. Esto no quiere decir que las relaciones entre sus componentes fueran armónicas, lo que no ocurrió, sino que consideraban tener un horizonte de intereses comunes. Esta idea se reflejaba en sus luchas intestinas y con los otros oficios. En los conflictos laborales, los artesanos de un oficio no se identificaron ni realizaron acciones junto a individuos de otras profesiones, a pesar de que sus luchas tenían características y objetivos similares o idénticos, como la defensa del aprendizaje, de las normas gremiales respecto al trabajo de los oficiales, del acceso a la maestría, etcétera65. De hecho, las relaciones entre miembros de oficios diferentes podían ser muy conflictivas, ya que cada comunidad luchaba por mantener y, a veces, extender sus prerrogativas para controlar de manera exclusiva su ámbito productivo a costa de otras. Se ha documentado cómo varias comunidades pretendieron o lograron monopolizar el acceso a las materias primas utilizadas en otros oficios, como el cuero, la piel o la madera, e incluso pugnaron por controlar el trabajo y el precio de los artículos producidos por otros cuerpos. Algunos oficios lograron imponer limitaciones a los privilegios de otros, y, a veces, engulleron otras comunidades de oficio66. Cada cuerpo de oficio se estructuraba de forma jerárquica en función de la especialización laboral. Sus integrantes se dividían en aprendices, oficiales o mancebos y maestros, cada uno con derechos y obligaciones propias y distintas. Los aprendices vivían en las casas de los maestros y pa64 Kaplan 2002; Sonenscher 1987; López y Nieto 1993. Otras obras relevantes se irán citando a continuación. 65 Sánchez León e Izquierdo 2002, 23-34; Díez 1990, 131 y 161-69; Elorza 1968; Sewell 1992a, 37-68 y 97-135. 66 Collantes 1993, 120; Nieto 2006, 196, n. 2; Molas 1970, 61; Torras 1996a, 1996b y 2001, 321-24. Véase también Sewell 1992a, 53. 39 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo saban en ellas trabajando varios años hasta ser reconocidos como oficiales. Los oficiales formaban el grueso de la mano de obra y tenían sus propios derechos y obligaciones con respecto a los maestros. Era habitual que fueran moviéndose de taller en taller para aprender nuevas técnicas laborales y adquirir experiencia laboral67. Tras un periodo de trabajo en condiciones laborales y de remuneración variables según el oficio y el lugar, los oficiales podían convertirse en maestros, objetivo final de la vida del artesano, si superaban un examen de maestría evaluado por los maestros de su oficio de una localidad concreta. Los maestros eran reconocidos como los representantes y dirigentes de la comunidad laboral entendida como un cuerpo más de la sociedad corporativa del Antiguo Régimen. Ellos eran la «cabeza del oficio» y tenían privilegios como instalar y regentar taller propio o participar en la ordenación del proceso productivo y velar por su cumplimiento. Es el caso de los maestros sastres madrileños de mediados del siglo xviii, que se presentaban ante las autoridades como las «cabezas que componen el gremio» porque habían demostrado su dominio de las técnicas de su profesión68. Esta condición los convertía en los representantes legales de los aprendices y oficiales sujetos a su autoridad, lo que fue sancionado por las autoridades que los reconocieron como «cabezas de familia»69. Los maestros no solo ocupaban la cúspide del cuerpo de oficio, sino que eran los miembros de pleno derecho de los gremios de oficio70. El gremio constituía la proyección institucional de una corporación 67 Sobre los oficiales véase Truant 1996. 68 Capítulo 1.º de las Ordenanzas del Gremio de Sastres de Madrid. Archivo Histórico Nacional (AHN). Consejos, leg. 490, exp. 2. 69 A los maestros se les concedieron privilegios de los «cabezas de familia», como estar exentos del servicio militar. Véase Rodríguez de Campomanes 1978 [1775], 146. Sobre la autoridad del maestro en otras regiones europeas véase Truant 1996, 206 y Sewell, 1992a, 57-58. 70 Sobre la aparición del término «gremio» y su relación con el de «cofradía» en los reinos hispánicos véase Iradiel 1993, 258-59; Sesma 1993, 24-26; Riera 1993, 293; Molas 1970, 50-53. 40 Jesús de Felipe Redondo de oficio a escala local e implicaba el reconocimiento jurídico, bajo la forma de prerrogativas, del conjunto de normas consuetudinarias que regía su funcionamiento71. Estas prerrogativas se plasmaban en las ordenanzas gremiales, que establecían y regulaban el acceso privilegiado de la comunidad de oficio a las materias primas y las condiciones de fabricación y comercialización de los productos. Las ordenanzas fijaban el número de aprendices y oficiales en cada taller, las características del aprendizaje y las condiciones de acceso a la oficialía y la maestría, lo que permitía al gremio mantener bajo control el mercado de trabajo. Las ordenanzas también aseguraban la supervivencia de los miembros más desfavorecidos del oficio, como los maestros pobres (a quienes se les permitía un acceso privilegiado a los recursos comunitarios del gremio) o los oficiales (estableciéndose un jornal suficiente para su supervivencia)72. Por tanto, las ordenanzas eran el arma jurídica con que contaban las comunidades de oficio para defender su modo de vida y su independencia económica73. La idea de que la comunidad de oficio era un cuerpo fue aceptada como algo natural por todos los artesanos, pero esto no significa que no existiesen conflictos internos en cada comunidad, contrariamente a como han interpretado algunos historiadores. Michael Sonenscher, por ejemplo, rechaza la imagen armónica que parece desprenderse del lenguaje corporativo porque, según él, las relaciones de maestros y oficiales «no eran ni automáticamente armoniosas ni particularmente íntimas». Según dicho autor, este lenguaje corporativo era un lenguaje público que no guardaba relación con la organización laboral concreta, y maestros y oficiales lo habrían percibido y utilizado de maneras distintas en función de sus diferentes intereses74. 71 Díez 1990, 13 y 35; Nieto y López Barahona 2001, 344. 72 Soto 1995, 699-700. 73 Nieto 1998, 258. 74 Sonenscher 1984, 312-13. 41 Capítulo 1. Transformaciones materiales y lenguaje corporativo Desde mi punto de vista, esta interpretación se enfrenta a una doble dificultad. En primer lugar, Sonenscher (y otros autores que lo siguen) da por supuesto que las formas «armónicas» de concebir las relaciones laborales niegan el conflicto, pero esta tesis es el resultado de una interpretación incorrecta. La concepción corporativa del oficio como comunidad de intereses no impidió la confrontación entre sus miembros, sino que estableció los cauces por los que esta se produjo. De hecho, los conflictos fueron el resultado de la aplicación del lenguaje corporativo, es decir, fue este lenguaje el que los constituyó como tales conflictos. Como se verá más adelante, los miembros de un oficio estaban dispuestos a luchar con otros cuando percibían que estos últimos habían alterado el orden del oficio al incumplir con sus obligaciones corporativas. De esta manera, fue la aspiración de mantener el orden comunitario que se creía ultrajado lo que dio lugar a la aparición de luchas laborales en las comunidades de oficio. En segundo lugar, Sonenscher no se interroga acerca del origen de los intereses divergentes de maestros y oficiales. Para él, esos intereses seoriginan en el distinto lugar que unos y otros ocupan en las relaciones de producción. Pero los intereses de maestros y oficiales son el resultado de la aplicación de este mismo lenguaje corporativo en la que medida en que dota de un sentido específico a las situaciones de unos y otros. Es decir, fue este lenguaje el que formó las aspiraciones e identidades de los artesanos en función de la posición que ocupaban en el seno del cuerpo de oficio. El lenguaje corporativo constituyó a esos sujetos, sus aspiraciones y sus expectativas en el mundo gremial. Estas dos circunstancias explican por qué maestros, oficiales y aprendices nunca pusieron en cuestión las responsabilidades corporativas que cada uno de ellos tenía dentro orden jerárquico. El conflicto sobrevenía cuando se pensaba que algún miembro de la comunidad no estaba cumpliendo sus funciones corporativas. Así, en las luchas entre oficiales y maestros, los primeros no rechazaron que los segundos fueran las «cabezas dirigentes» de su comunidad, sino la manera en que cumplían con sus responsabilidades. Desde la Edad Media, oficiales de diversos oficios (sastres, carpinteros, zapateros, peluque- 48 Jesús de Felipe Redondo españolas puede entenderse como otra muestra del mantenimiento de esta concepción comunitaria. Todo ello implica una cuestión fundamental: la aparición del sujeto trabajador a mediados del siglo xix, que movilizó a operarios de comunidades profesionales distintas bajo una misma identidad en una lucha por unos objetivos comunes, conllevó una profunda transformación en la manera histórica de concebir la actividad laboral y el mundo —si bien las nuevas concepciones convivieron y se relacionaron y mezclaron con la antiguas de diversas maneras que han de investigarse—. Los siguientes capítulos se dedican a analizar cómo se produjo y cuáles fueron las consecuencias de este cambio. 49 Capítulo 2 Los ciudadanos del trabajo A partir de 1840 se constata una transformación esencial en el carácter de los conflictos laborales en España. En la provincia de Barcelona, varios grupos de operarios urbanos comenzaron a formular nuevas demandas y a realizar nuevas acciones, entre ellas la creación de las primeras sociedades de resistencia laboral entre 1840 y 1843, coincidiendo con el periodo del Trienio Progresista. Su objetivo fundamental era luchar contra las disminuciones salariales. Sin embargo, estos descensos habían existido con anterioridad y, aunque habían originado conflictos, no habían motivado estas respuestas de los operarios. Los capítulos que quedan de esta primera parte se centran en analizar este cambio. En este segundo capítulo estudiaré con mayor detalle el caso de los tejedores de algodón de Barcelona, que fundaron las primeras y más importantes de estas asociaciones, mientras que en los capítulos siguientes abordaré la extensión de esta transformación en otros oficios y lugares. I. Los súbdItos productores A finales del Antiguo Régimen, la mayor parte de los tejedores de algodón laboraba en sus casas, en talleres de dimensiones familiares y en fábricas de tamaño pequeño o mediano. Sus patronos, comerciantes ytejedores enriquecidos, les pagaban por el número y las dimensiones de las piezas que tejían semanalmente. Para incrementar la productividad, 50 Jesús de Felipe Redondo algunos fabricantes exigieron a sus empleados la elaboración de piezas de mayor longitud (o tiro) sin aumentar el precio que pagaban por ellas al menos desde finales del siglo xviii, cuando la industria algodonera estaba ya consolidada. Esta práctica era motivo de disputa con sus empleados, aunque no era nueva en el mundo laboral ni exclusiva del sector algodonero. En los siglos xvii y xviii, los tejedores de lana y los pelaires catalanes se enfrentaron por una cuestión similar. Los pelaires, que proporcionaban la materia prima a los gremios de tejedores y se encargaban de las labores preliminares y de acabado de los productos (como el tinte), pretendieron disminuir el precio de las telas manufacturadas por los tejedores. Esto se oponía a las ordenanzas de los gremios de tejedores, y fue defendiéndolas como los tejedores lograron que las autoridades obligaran a los pelaires a respetarlas1. Sin embargo, a finales del siglo xviii las reformas ilustradas dejaron sin validez la regulación gremial en el sector textil. En 1789, una real cédula proclamó la «absoluta libertad» de los fabricantes para decidir el ancho y número de hilos de los tejidos, pudiendo «inventarlos, imitarlos y variarlos libremente sin sujeción a cuenta, marca ni peso». Los fabricantes algodoneros aprovecharon esta nueva legislación para ampliar la longitud de las telas, lo que se aprecia de manera indirecta en las nuevas medidas adoptadas por las autoridades para evitar el empobrecimiento de la calidad de los artículos textiles. A este respecto, los tejedores, para mantener su nivel de ingresos, se vieron obligados a trabajar más rápido y, por tanto, con menos cuidado, lo que repercutía en el producto final. Para evitar el descenso en la calidad de las telas, en 1795 la Junta General de Comercio hizo saber a los fabricantes que no estaban autorizados a engañar a los compradores rebajando la excelencia de los tejidos y urgió a las autoridades locales a evitar «los perjudiciales excesos de tiro, y demás vicios substanciales y opuestos a la bondad esencial de las ropas»2. 1 Molas 1970, 375; Vicente 1994, 81. No obstante, en el siglo xviii los gremios de pelaires de Cataluña consiguieron influir en la organización interna de los gremios detejedores de lana. Véase Torras 1996. 2 Novísima Recopilación de las Leyes de España, 1805, Libro VIII, Título XXIV, Ley X y n. 9. 51 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo Esto no frenó a los fabricantes, que en los años siguientes continuaron ampliando la longitud de las telas. Sus empleados siguieron protestando y crearon comisiones de representantes para pedir a las autoridades la regulación de los precios de los productos que realizaban. En 1820, tras el paréntesis productivo de la guerra contra los franceses, un grupo de tejedores pidió a la Junta de Fábricas (que agrupaba a todos los fabricantes barceloneses, posteriormente llamada Comisión de Fábricas) y la Diputación de Barcelona que mediaran entre ellos y sus patronos para conseguir un acuerdo en los precios y la longitud de las piezas tejidas. Las protestas se reanudaron en 1827, repitiéndose casi anualmente entre 1830 y 18403. En estas protestas, los tejedores se quejaban de que los fabricantes estaban rompiendo las costumbres y pactos que habían regido en el oficio hasta ese momento. El cronista de la Comisión de Fábricas, Guillermo Graell, reconoció que los tejedores tenían «una parte de razón», pues la longitud de las telas empesas, el principal artículo comercializado, había sido tradicionalmente de 30 canas, pero los fabricantes estaban aumentándolo a 35 o más canas. Los dueños intentaban aprovechar el desarrollo técnico de las primeras décadas del siglo xix, que había abaratado el coste de las operaciones de blanqueo y tinte de las piezas de 35 o más canas al nivel de las de 30. Para aprovechar al máximo esta rebaja, los fabricantes pidieron a sus tejedores telas mayores sin aumentar su retribución4. Todo ello implica una cuestión fundamental: para los fabricantes algodoneros de principios del siglo xix, la disminución de los costes y la intensificación de la productividad eran asuntos más importantes que el mantenimiento de los viejos acuerdos que regían la retribución salarial. Ello se debe, en buena medida, a las condiciones particulares de desarrollo de la industria algodonera. La anulación de las disposiciones gremiales, 3 Barnosell 1999, 67; Carrera Pujal 1957, vol. III, 32. 4 Graell 1911, 81-83. Graell fue secretario de la organización patronal barcelonesa Fomento del Trabajo Nacional, heredera de la Comisión de Fábricas de Barcelona que representaba los intereses de los fabricantes textiles. Por otro lado, las empesas eran sencillas piezas lisas de algodón crudo que tenían una amplia demanda y la cana catalana equivalía a 0,835 metros (Sayró 1842, 33). 52 Jesús de Felipe Redondo el crecimiento de la demanda y el desarrollo productivo a finales del siglo xviii habían conllevado el incremento de la competencia entre los talleres textiles. Esta mayor competencia llevó a los dueños a aumentar la productividad intensificando el trabajo de sus empleados. Los tejedores percibieron este cambio como una amenaza directa a su modo tradicional de trabajo. Pero no solo eso. Desde su punto de vista, los fabricantes atentaban contra la racionalidad que regulaba las relaciones laborales. De hecho, para ellos la acción de los fabricantes resultaba, sencillamente, irracional. En 1833, una comisión de tejedores de Barcelona expuso a las autoridades que era imposible «hacerles [a los fabricantes] entrar en la más mínima reflexión», pues sus imposiciones en materia salarial no se ajustaban a las formas tradicionales de establecer los salarios5. La conducta de los fabricantes resultaba incomprensible para los tejedores y, en todo caso, la consideraban un atentado a los principios que regían la comunidad laboral. Esta racionalidad a la que apelaban los tejedores se basaba, en buena medida, en los supuestos corporativos analizados en el capítulo anterior. Entre ellos, destacaba, como se verá, la noción del pacto entre el monarca y sus súbditos por el que el primero garantizaba a los segundos la posibilidad de vivir de su trabajo. Ahora bien, los términos de este pacto se habían redefinido parcialmente en el últimos siglo de la Edad Moderna como resultado de un proceso que autores como Francisco Vázquez han definido como el nacimiento de la población como objeto de gobierno. Resulta, pues, esencial conocer las claves de este proceso para entender las demandas de los tejedores. En la Edad Media, el conjunto de los súbditos de un reino se había considerado un don otorgado por Dios al soberano para aprovechar los recursos de sus dominios. La política interna de los reinos medievales se explica, en buena medida, por esta concepción. Con la irrupción del mercantilismo en el siglo xvii, la población comenzó a percibirse como un recurso en sí mismo que el soberano debía ampliar mediante políticas 5 Acerca [de] un recurso de varios jóvenes fabricantes, 1833. BNC. Junta de Comerç, leg. LVIII, exp. 26. 53 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo dirigidas a aumentar la fortaleza económica y la potencia militar del reino. Pero en el siglo xviii, los pensadores y políticos ilustrados afirmaron que la cuestión relevante para el buen gobierno no era la cantidad de pobladores, sino su calidad. Para los ilustrados, las autoridades debían garantizar las condiciones necesarias para que una población fuera «robusta», viviera más y mejor y, como consecuencia, pudiera también trabajar más y mejor y contribuir, así, a la «felicidad pública». De ahí que hablaran de la «felicidad de los súbditos» como el objetivo primordial de la administración política de la población. Una felicidad concebida en términos de una aspiración general de todos los individuos a buscar el placer y la satisfacción de sus necesidades vitales. Esta felicidad individual se instituyó en el objetivo fundamental del buen gobierno a finales del siglo xviii y es precisamente la que permite entender las quejas y acciones de los tejedores barceloneses ante las instituciones6. Desde la perspectiva de los tejedores, la disminución de los salarios constituía un atentado contra la vida y la felicidad de los súbditos productores que las autoridades debían atajar. Como expresaron ante el capitán general de Cataluña en 1833, el descenso de sus jornales y los despidos significaban la imposición de una carga «injusta» que les impedía vivir «felizmente»: […] algunos amos fabricantes han tratado de oprimir a sus trabajadores ya despachándoles de sus talleres, ya mandando alargar las piezas[,] sellando todas estas vejaciones con bajar el jornal en términos de dejarlo a cero. Semejante comportamiento acarrea la infelicidad de numerosas familias y robustos jóvenes expuestos por sus miserias a todos los horrores de la desesperación […]7. 6 Para un análisis más profundo de estas cuestiones véase Vázquez 2009, 21-22 y 31-35. Para la noción ilustrada de felicidad véase Roger 1998. 7 Acerca [de] un recurso de varios jóvenes fabricantes. Subrayado en el original. «Fabricante» y «amo» fueron los apelativos empleados para referirse a los dueños de los talleres y fábricas algodoneras desde, al menos, principios del siglo xix (Molas 1970, 128). 54 Jesús de Felipe Redondo Al identificarse como «robustos jóvenes», los tejedores se presentaban como los súbditos productores que mantenían el reino y que esperaban, a cambio, que su vida (su felicidad individual) les fuera garantizada. Si las autoridades atendieron las súplicas de los tejedores se debió a que suscribían este pacto entre monarca y súbditos. Hasta principios de la década de 1830, las instituciones actuaron según el modelo corporativo del Antiguo Régimen. Ante las protestas de los tejedores, forzaron a los fabricantes a acordar y fijar con ellos las dimensiones y la retribución de las telas. En 1831, el regente de la Real Audiencia y subdelegado de Policía en Barcelona obligó a la Comisión de Fábricas a establecer los precios y las medidas de los artículos textiles que debían respetarse en todos los talleres y fábricas8. Así, la abolición de las ordenanzas gremiales a finales del siglo xviii no había conllevado la implantación de la libertad de industria hasta sus últimas consecuencias, ya que las autoridades continuaban regulando las condiciones laborales y atendían las quejas de los tejedores cuando consideraban que sus derechos como súbditos productores estaban siendo afectados. II. Las consecuencIas de La transIcIón aL régImen LIberaL Esta situación cambió con las primeras medidas de carácter liberal que se aprobaron en los últimos años del reinado de Fernando VII y, sobre todo, con el periodo revolucionario que se abrió tras la muerte del monarca absolutista a finales de 1833. La consolidación del régimen liberal acarreó la implantación de un nuevo marco legal asentado en los principios de libertad e igualdad de derechos entre los individuos, lo que trajo consigo dos profundas consecuencias para las relaciones laborales9. 8 Graell 1911, 81-3. 9 En esta obra uso el término «liberal» como gubermentalidad, es decir, con él no me refiero a una ideología política particular, sino a la matriz conceptual a partir de la que se establecieron las distintas ideologías y proyectos políticos de la época contemporánea. En palabras de Colin Gordon [1991, 14], el liberalismo así entendido es una «forma de racionalidad», «no es una simple doctrina o conjunto de doctrinas de teoría económica y política, sino un estilo de pensamiento preocupado con el arte de gobernar». 55 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo En primer lugar, el contrato laboral fue definido como un contrato libre entre individuos jurídicamente iguales sin la mediación de ninguna institución. Así quedó dispuesto en el Código de Comercio de 1829, en el que el contrato laboral se reguló como un intercambio de servicios entre individuos libres e iguales10. Esta nueva concepción llevó a muchos fabricantes a seguir disminuyendo los salarios. Entre 1831 y 1834, la Comisión de Fábricas rechazó las demandas de los tejedores y la intervención de la autoridad en los conflictos laborales escudándose en el principio de la libertad individual11. Para la Comisión, las autoridades practicaban una injustificable «intervención» en el ámbito de las relaciones privadas entre individuos iguales. Si las condiciones de trabajo eran el resultado de un libre «ajuste o convenio» entre el trabajador y el fabricante, entonces estos podían «ponerse mutuamente las condiciones que gusten, las que si no acomodan a alguna de las partes, no puede obligarse a ninguna de ellas a verificar el contrato, quedando así libre el fabricante para dar el trabajo como el obrero para aceptarlo»12. De modo que lo que ocurría no era que los fabricantes actuaran de forma irracional, como afirmaban los tejedores, sino que estaban aplicando unos principios de racionalidad laboral diferentes a los del mundo corporativo. La segunda consecuencia fue que a partir de 1833 las instituciones empezaron a defender los nuevos principios liberales, lo que las llevó a adoptar una nueva postura ante las peticiones de los operarios. En 1835, el jefe político de Barcelona fijó en un bando el límite de 33 canas para la longitud de las telas, una solución intermedia entre las 30 canas solicitadas por los obreros y las 35 demandadas por la mayoría de los fabricantes. Sin embargo, también estableció que las empesas, el artículo principal de las 10 El Código de Comercio de 1829 reguló las relaciones laborales en la industria textil desde su promulgación, y en los oficios agremiados desde la abolición de las ordenanzas gremiales en 1834-36, hasta finales del siglo xix. Barnosell 1997a, 179; Carreras y Tafunell 2004, 112; Maluquer y Llonch 2005, 1159; Martín Valverde 1987, xviii-xix; Velasco 2004. 11 Graell 1911, 81-83. 12 Reventós 1987 [1925], 28-29. 56 Jesús de Felipe Redondo disputas laborales, tendrían «el tiro que mejor convenga al fabricante». Este cambio fue ratificado y ampliado en 1840, cuando un nuevo bando proclamó que todos los tejidos serían de la longitud «que más acomode al director o dueño de la fábrica». Las dos medidas establecieron que el precio de cada artículo debía fijarse por escrito «a razón de tanto por cana, previo particular ajuste» entre el fabricante y el operario13. Según estas nuevas condiciones, fabricantes y trabajadores negociaban sus contratos laborales de manera libre e individual, mientras que el Estado se limitaba a proporcionarles fuerza legal y penar su incumplimiento. En 1835 el jefe político de Barcelona creó la Comisión Inspectora de Fábricas, encargada de vigilar el mantenimiento de los contratos14. Como resultado de estas dos consecuencias, las anteriores formas de abordar y resolver los conflictos laborales quedaron públicamente deslegitimadas y, como corolario, las demandas de los tejedores perdieron su efectividad. Las comisiones de los tejedores se convirtieron en sospechosas de ser «coaliciones» o «coligaciones» de individuos que pretendían limitar el libre mercado al imponer condiciones colectivas a los contratos laborales individuales. Desde la perspectiva liberal, esas organizaciones encarnaban la amenaza del retorno de los monopolios, los privilegios y las desigualdades del Antiguo Régimen. Por eso las autoridades las prohibieron en 1835, estableciendo que los obreros podían exponer sus quejas individualmente ante la Comisión Inspectora de Fábricas15. Ante esta situación, las reacciones de los tejedores fueron diversas. Una parte de ellos siguió insistiendo en las antiguas soluciones, considerando la nueva actitud de las autoridades como una irresponsable dejadez en sus obligaciones. Desde su perspectiva, el antiguo pacto establecido entre los 13 Ibíd., 26-27 y «Bando de D. José María de Gispert», Diario de Barcelona, 149, 28/V/1840. 14 La Comisión Inspectora de Fábricas tenía atribuciones similares a los Conseils des Prudhommes creados en los distritos algodoneros franceses a principios del siglo xix. Ambos organismos constituyeron los primeros intentos de regulación de las relaciones laborales en el marco de la libre concurrencia. Véase Reddy 1984, 72 y 121. 15 El Barón de Meer, jefe político de Barcelona entre 1837 y 1839, prohibió a los tejedores crear comisiones. Carrera Pujal 1957, vol. III, 188-89; Izard 1973, 93-94. 57 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo súbditos y el Estado se estaba resquebrajando, y la prueba de ello era que las nuevas medidas no resolvían sus problemas. En la segunda mitad de la década de 1830, y a pesar de las prohibiciones legales, estos tejedores siguieron formando comisiones para protestar ante las autoridades16. Algunos de ellos mostraron públicamente su recelo frente al nuevo orden liberal e insistieron en la necesidad de que se cumplieran las moderadas limitaciones del bando de 1835, que muchos fabricantes ignoraban. En 1836, un autor identificado como «F. V. Tejedor» publicó un escrito en el Diario Mercantil de Barcelona en el que se preguntaba, con desconfianza, si la constitución que se estaba negociando en aquel momento (la futura Constitución de 1837) anularía la orden del capitán general de 1835, porque algunos fabricantes «no la cumplen, y bien lejos están de cumplirla; porque prosperan con la sangre del trabajador»17. La Comisión de Fábricas respondió en el mismo periódico indicando a F. V. Tejedor que si tenía alguna queja, debía exponerla ante la Comisión Inspectora de Fábricas, pues se trataba de un asunto privado que solo les concernía a él y su patrono18. Pero F. V. Tejedor replicó que esa acción podía «comprometerle», es decir, exponerlo a la venganza de su patrono19. Para los tejedores la Comisión Inspectora de Fábricas no evitaba que los fabricantes siguieran disminuyendo sus jornales y que sus derechos como súbditos productores siguieran siendo lesionados. Estas quejas suponen una continuación de las luchas anteriores, si bien la exposición de las quejas en un periódico ante la opinión pública es ya una novedad. Los tejedores seguían esperando la intervención decisiva de la autoridad para imponer el «buen orden» en sus oficios. Siguiendo esta lógica, cuando las autoridades renunciaban a cumplir con esta obligación, a los tejedores no les quedaba otra solución que aceptar las condiciones de los fabricantes —lo que no excluía el mantenimiento del 16 Giralt, Balcells y Termes 1967, 48. 17 F. V. Tejedor, Diario Mercantil, 20/IX/1836. Citado en Ollé 1994, 30-31. 18 Diario Mercantil, 26/IX/1836. Citado en Ollé 1994, 31-2. 19 Diario Mercantil, 28/IX/1836. Citado en Ollé 1994, 31-2. 64 Jesús de Felipe Redondo Esta identidad también se expresó en la nueva demanda de «independencia» y «emancipación» que comenzaron a formular los tejedores asociados en 1840 y que más tarde sería reivindicada por todas las sociedades obreras. En 1841, el director de la ATB proclamó ante los tejedores que del trabajo de los operarios dependían «el bienestar de vuestras familias» y «la independencia o la servidumbre de vuestras existencias»30. La independencia del tejedor era su capacidad de sostener a sus familiares31. De ahí que pueda hablarse de la aparición de un nuevo interés entre los tejedores asociados: que su salario fuera suficiente para mantener a sus familias. Por esta razón, los dirigentes de la ATB denunciaron que la «desgracia» de los tejedores se debía a que los fabricantes, al reducirles sus salarios, les impedían ejercer su capacidad (natural) de mantener dignamente a sus familias32. Por otro lado, la afirmación de la existencia de estas necesidades y capacidades conllevaba una profunda redefinición del significado que se había otorgado a situaciones existentes, como la pobreza de los operarios y las disminuciones salariales. La denuncia de que el jornal «apenas bastaba para satisfacer las necesidades de la vida», que no era nueva en las luchas de los tejedores, adquirió entonces un nuevo significado33. Si los tejedores que se asociaron se veían investidos del derecho natural a vivir del fruto de su trabajo y el salario que recibían no era suficiente para satisfacer sus necesidades, entonces los bajos salarios constituían un atentado contra sus supuestas capacidades naturales. Estos operarios empezaron a experimentar una situación que había existido con anterioridad (los descensos salariales y las bajas retribuciones) como una experiencia de negación de sus atribuidos derechos naturales, a la cual denominaron «opresión» y «explotación». 30 «Continúan las gestiones», El Huracán, 322, 25/II/1841. 31 Sucedió igual en países como Gran Bretaña y Francia. Véase McClelland 1987, 206 y Scott 1999, 93-112. Sobre el significado de la «independencia» y la «emancipación» de los obreros véase el capítulo siguiente. 32 «Manifiesto que el director de la Asociación». 33 Ibíd. 65 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo Para entender la aparición de esta nueva manera de experimentar el mundo, es necesario analizar más detenidamente otras implicaciones de la noción de naturaleza humana. En primer lugar, el derecho a vivir del fruto de su trabajo se convirtió en un factor esencial para el cálculo salarial. Según los tejedores, el salario no podía ser una simple «compensación del trabajo calculada a tanto por hora», como se desprendía de las declaraciones de algunos fabricantes y economistas, pues el salario era «la renta del pobre» con la que «hemos de vivir, hemos de gozar, con él hemos de pasar los días de descanso y los que en las enfermedades o el contrabando nos obliguen a una inacción forzada»34. Desde este punto de vista, el salario no era una retribución cualquiera porque su trabajo tampoco era un producto cualquiera que pudiera intercambiarse en el mercado como los demás productos. El trabajo era el ejercicio de la capacidad natural que les permitía satisfacer sus necesidades y los convertía en «hombres», por lo que su compra y venta debía basarse en el respeto de esa «condición humana». Esta idea condujo a los tejedores a rechazar la postura que los fabricantes y las autoridades mantenían respecto a las disminuciones salariales desde el decenio de 1830. En 1834, la Comisión de Fábricas había invocado el principio de la libre concurrencia para explicar la reducción de los jornales. Según la lógica del libre mercado, «la alta o baja de todo salario depende de la mayor o menor cantidad del consumo», por lo que cuando el fabricante «busca mayor número de brazos para la creación de productos», los obreros procuran «levantar el precio de su jornal», obligando a los fabricantes a satisfacer las demandas obreras «so pena de quedar ociosos sus talleres». De la misma manera, según la Comisión, los obreros debían aceptar los recortes salariales «cuando la disminución del mercado no pudiendo dar salida a los productos sino con baja considerable de su precio natural» llevara al fabricante a «nivelar en lo posible el valor de 34 Ibíd. La referencia al contrabando se debe a que este se consideraba una de las causas principales del aumento de la competencia que, a su vez, provocaba la disminución de los salarios. 66 Jesús de Felipe Redondo sus manufacturas rebajando el coste de la mano de obra»35. En 1840, los tejedores respondieron a ese argumento arguyendo que las leyes del mercado tenían un límite: la subsistencia del trabajador, es decir, el derecho natural de todo hombre a la vida. Por eso declararon que sus salarios y sus vidas eran sus principales «propiedades» de las que los fabricantes no podía apropiarse en ningún caso36. Todo esto trae consigo una cuestión que no debe pasar desapercibida: estos tejedores, al contrario de lo que había ocurrido en los años anteriores, aceptaban la ley de la libre concurrencia, pero querían que esta tuviera en cuenta sus derechos naturales, y, por tanto, reconociera su trabajo como un producto no sujeto a las leyes del mercado de la misma manera que otros, pues era una capacidad natural humana. Como escribió posteriormente el líder cooperativista y demócrata barcelonés Antonio Gusart, había que acabar con la idea de que el precio de la mano de obra estaba sujeto «a los vaivenes de la concurrencia». Según Gusart, los operarios «no pretendemos poner trabas a la contratación; pero tampoco podemos consentir que el trabajador sea considerado como una mercancía cualquiera», pues la retribución del trabajo resultaba fundamental para ejercer el derecho a la vida37. Ello permite entender por qué conseguir un «salario digno», es decir, suficiente para cubrir las necesidades vitales, se convirtió en objetivo principal de las luchas de las asociaciones de resistencia desde 184038. Esto también explica que los tejedores comenzaran a denunciar una situación que también existía previamente, pero que en esos años comenzó a considerarse un hecho contradictorio: que los trabajadores fueran pobres, esto es, estuvieran en una situación de «dependencia» que hiciera peligrar 35 Al Excmo. Sr. Capitán General… Biblioteca Nacional de Catalunya (BNC). Junta de Comerç, leg. LVIII, exp. 26. 36 «Manifiesto que el director de la Asociación». 37 Gusart, Antonio, «La asociación productiva», El Obrero, 17, 25/XII/1864. 38 El mantenimiento de los salarios fue el objetivo principal de las luchas de los tejedores durante el Trienio Progresista. De los 27 conflictos documentados en ese periodo, 20 estuvieron directamente relacionados con la cuantía de los salarios. De los 7 restantes, 3 se debían a despidos de trabajadores, 1 al boicot contra los tejedores no asociados y 3 resultan desconocidos. Véase Barnosell 1999, 260-61. 67 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo sus vidas en cada momento de crisis. ¿Cómo era posible, comenzaron a plantearse estos operarios, que quienes trabajaban duramente durante largas jornadas no pudieran apartar a sus familias y a sí mismos de la miseria, o en sus propias palabras, «emanciparse»? En una copla popular de 1841, dedicada a los tejedores asociados, se decía que «el jornalero/ trabaja todo el día,/ sin reposo ni porfía/ por lograr un buen jornal», y sin embargo «eran vanos sus esfuerzos, pues lo que el pobre cobraba,/ ¡infeliz!, aún no bastaba./ Y moría… ¡[en el] hospital!»39. La pobreza se convirtió así en una situación problemática y, en el caso de los trabajadores, enigmática. ¿Cómo explicar que quien trabajaba diariamente para cubrir sus necesidades naturales tuviera estas insatisfechas y permaneciera en una situación sumamente precaria? Nuevamente, se aprecia aquí el surgimiento de un problema que no existía con anterioridad. En el Antiguo Régimen, los artesanos urbanos y los campesinos subrayaban su condición de «pobres» en sus peticiones a las autoridades no para denunciarla, sino para recordar al monarca que debía velar por la supervivencia de sus súbditos40. En ese periodo, la pobreza no era una circunstancia negativa, sino inherente a determinados cuerpos sociales, y por esta razón los operarios, incluidos los tejedores barceloneses, no se quejaron de su pobreza. Pero a partir de 1840, vivir en la miseria se transformó en una situación negativa porque no correspondía a la nueva manera de concebir el mundo de los tejedores. Si el tejedor trabajaba, entonces se suponía que ejercía su capacidad natural para satisfacer sus necesidades también naturales. Pero la pobreza implicaba que estas necesidades no estaban satisfechas, y que, por tanto, existía un obstáculo que impedía a los tejedores ejercer sus capacidades naturales. 39 «Sociedad de Tejedores, o sea, la Asociación…», El Corresponsal, 25/IV/1841. Reproducido en Elorza 1972, 213. 40 Para las comunidades campesinas véase Sánchez Morales 2005; para las hermandades de ayuda mutua, Sánchez de Madariaga 1996, 281, y para la protección de los súbditos pobres con la tasación del precio del grano y la creación de pósitos, Díez 1990, 170-71. 68 Jesús de Felipe Redondo De ahí el significado político que adquirió el término «proletario». La identificación del operario como pobre o proletario que aparece en los escritos de los obreros asociados a partir de esta fecha no corresponde a una toma de conciencia de una situación material determinada (la pobreza de los productores), sino a una nueva manera de concebir dicha situación. Cuando los tejedores se identificaron de esta manera, lo hicieron para denunciar lo que comenzaron a percibir como una injusticia. En este sentido, para ellos un proletario era un trabajador pobre que no debería serlo, y que debía luchar para evitarlo. No era un término que describiera simplemente la realidad tal y como era, sino que la constituía políticamente basándose en esta noción de la pobreza del trabajador como situación problemática. La definición de esta nueva cuestión adquiría una mayor relevancia en la medida en que los tejedores también afirmaron que los trabajadores eran los que producían toda la riqueza social, incluida la que poseían los patronos. Aunque los tejedores admitieron que el fabricante ponía los medios necesarios para organizar la producción a mayor escala, este no podía «producir sus riquezas» sin el esfuerzo de los operarios41. Según los tejedores asociados de Badalona, «todo el oro» de los fabricantes resultaba «infructuoso sin el sudor de nuestros rostros»42. En 1841, los dirigentes de la ATV declararon que el trabajo de los operarios permitía a los dueños acumular sus fortunas43. Los tejedores asociados de Olot (Gerona) declararon que eran «sus brazos» los que «sacaban de la miseria» a los patronos, y no a la inversa44. Según los tejedores barceloneses, era necesario demostrar «a los que aparentan creer y querían hacernos entender que dispensaban favor proporcionando trabajo, que somos algo en la cadena social, que ellos tienen todavía más que agradecernos a nosotros»45. 41 «Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 770, 10/V/1841. 42 «Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Algodón de Badalona», El Constitucional, 20/X/1842. Reproducido en Ollé 1973, 264-66. 43 «Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 964, 31/X/1841. 44 Junta directiva, Olot, 7/IX/1842. AMV. Documentos i papers de l’ATV. 45 «Sociedad de protección mutua », Diario de Barcelona, 9/V/1842. Subrayado mío. 69 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo Por todo ello, los tejedores que crearon asociaciones de resistencia empezaron a decir que el salario no era una simple «ayuda» o «limosna» concedida por los fabricantes a los obreros para sobrevivir, como afirmaban algunos de ellos que veían en el pago del salario una forma de dar seguridad económica a los trabajadores46. Para estos operarios, el salario era el justo pago de sus esfuerzos, los mismos que permitían a los obreros emanciparse y generar la riqueza social, y un pago justo no era lo mismo que una limosna. Desde este punto de vista, y como se verá en el siguiente apartado, era posible pensar que el salario debía elevarse más allá del límite estricto de la subsistencia para estar en consonancia con el trabajo realizado. Cuando los tejedores y otros operarios se plantearon estas cuestiones en 1840, llegaron a la conclusión de que si no podían emanciparse mediante su trabajo y, por tanto, permanecían pobres, se debía a que alguien les impedía disfrutar de sus derechos naturales y se aprovechaba de sus capacidades para enriquecerse a su costa. Fue así como las diferencias de riqueza entre los fabricantes y los operarios aparecieron, por primera vez, como la evidencia de una injusticia social. Aunque para entender mejor esta situación, es necesario tener en cuenta otra nueva demanda que los tejedores formularon en estos años y que se combinó con su derecho natural a la vida: su atribuido derecho natural a la propiedad del fruto del trabajo. III.2. El derecho natural a la propiedad En 1840, los síndicos del Ayuntamiento de Barcelona, alarmados ante la inminente formación de la ATB, se entrevistaron con una delegación de tejedores para conocer sus motivos e intenciones. Los tejedores les 46 «Compañeros. Una orden…», Diario de Barcelona, 20, 20/I/1842. El director de la ATB declaró que, antes de crear la asociación, «el salario se nos daba como por limosnas» («Manifiesto que el director de la Asociación». Subrayado en el original). Según la Comisión de Fábricas, los fabricantes «ayudaban» a los operarios adelantándoles una cantidad de su dinero en concepto de salario y permitiéndoles sobrevivir (Al Excmo. Sr. Capitán General). Esta perspectiva predominó en los tratados de economía política. Véase Flórez Estrada 1980 [18354], 431-22; del Valle 1842, 95; Martín 1875, 30. 70 Jesús de Felipe Redondo explicaron que su asociación pretendía resolver una cuestión crucial: la de que mientras ellos trabajaban y permanecían en la miseria, «algunos fabricantes hacían en poco tiempo fortunas colosales». Para ellos, esta desigualdad económica era una expresión del desorden que reinaba en la sociedad y que derivaba del escaso respeto a sus derechos47. Operarios de otras profesiones realizaron la misma crítica casi simultáneamente. A finales de ese año, una comisión de hiladores barceloneses expuso a las autoridades que no solo era «muy duro y sensible» que los operarios «con el sudor de su frente no puedan aún sustentarse parcamente con sus desgraciadas familias», sino que resultaba «aún más horrendo» que «a fuerza de su miseria y extenuación, nutran, prosperen, lucren y progresen sus amos tan extraordinariamente que estremece a la ley y a la razón»48. Nunca antes los operarios habían denunciado las diferencias económicas entre ellos y los fabricantes. Quienes formularon esa queja en 1840 concebían de una manera diferente la relación que existía entre su actividad laboral y los productos que fabricaban. Según dicha concepción, entre trabajo y producto se establecía una relación de propiedad: un producto creado era propiedad de quien lo producía mediante su trabajo. De ahí que los tejedores comenzaran a referirse a su «justo salario» como la «propiedad del pobre»49. A partir de esta idea, estos obreros pidieron que sus salarios se calcularan conforme a su participación en el proceso productivo. Su aspiración fundamental era «que cada uno sea pagado a [sic] proporción de su trabajo», es decir, en función de su contribución a la elaboración del producto y, por tanto, de su valor final50. Desde esta perspectiva, el trabajo se consideraba una forma de «capital» que los obreros invertían en el proceso productivo, de manera similar al capital de los propietarios. Como a cada inversión de 47 «Con esta fecha…», Diario de Barcelona, 363, 28/XII/1840. 48 Los infrascritos comisionados de los jornaleros de hilados…, Barcelona, 14/X/1840. Citado en Ollé 1973, 203. 49 «Compañeros. Una orden». 50 «Breve reseña», El Huracán, 316, 18/VI/1841. 71 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo capital correspondía luego un beneficio, los tejedores solicitaron que los fabricantes respetaran sus «ganancias» que cobraban forma en sus salarios. En otras palabras: el salario se convirtió, para estos trabajadores, en el resultado de la inversión de su trabajo en tanto que capital individual. En 1841, los representantes de la ATB proclamaron que los tejedores habían demostrado a los patronos que «nosotros también poseemos un capital, que [es] el sudor de nuestros brazos, […] y este capital queremos que lo reconozcan [los fabricantes]». Con ello subrayaban que el trabajo era tan importante para la producción como el capital, lo que debía reflejarse en sus salarios como si estos expresaran un reparto equitativo y proporcional de beneficios. De ahí que empezaran a pedir a los patronos el pago del «interés que le compete» a su trabajo51. Puede verse que los tejedores se consideraban los únicos propietarios del producto que realizaban. Según ellos, los fabricantes también tenían derecho a la parte del valor total del producto derivaba de la inversión de su capital, pero esta se calculaba a partir de los beneficios resultantes de la venta del producto. En 1841, el director de la ATB afirmó que los dueños de los talleres desempeñaban un papel igual de esencial que el trabajador en el proceso productivo, y de ahí que pudieran enriquecerse «con las ganancias que le rindan sus productos» en el mercado52. De este modo, consideraba al fabricante un intermediario entre el productor directo (el trabajador) y el mercado, por lo que el beneficio empresarial se verificaba en la esfera del intercambio comercial y no en la extracción de plusvalor en el proceso productivo53. Para los tejedores, el fabricante podía enriquecerse de manera legítima en el mercado, pero no imponiendo descensos salariales que atentaran contra sus supuestos derechos naturales54. 51 «Sociedad de Protección Mutua de tejedores», El Constitucional, 770, 10/V/1841. 52 «Manifiesto que el director de la Asociación». 53 Pérez Ledesma 1991, 82-83. 54 En una copla popular sobre los tejedores y sus asociaciones se decía: «que el amo haga fortuna/ cosa es de desear/ pero los jornaleros/ no han de ir al hospital». Coplas del Bueno va, sin fecha (principios de la década de 1840). Citado en Barnosell 1999, 183. 72 Jesús de Felipe Redondo El resultado de todo esto fue que los tejedores empezaron a experimentar los descensos salariales y el aumento de las diferencias de riqueza entre ellos y sus patronos como un robo de su legítima propiedad. En 1841, el director de la ATB declaró que los fabricantes «no debían aumentar» sus ganancias «con lo que perdía el jornalero», esto es, «con lo que le escatimaban de su justo salario»55. Los operarios asociados comenzaron entonces a llamar a los fabricantes que reducían sus salarios «especuladores» y «monopolizadores» de su trabajo, es decir, personas que restringían y limitaban injustamente los derechos de los empleados56. Estos obreros estaban experimentando la relación salarial a través de los supuestos liberales sobre los que fundamentaba el libre mercado. Téngase en cuenta que esta relación entre el trabajo y la propiedad del producto no existía o funcionaba de manera diferente en periodos anteriores. Durante el Antiguo Régimen, el trabajo no entrañaba necesariamente el establecimiento de un vínculo de propiedad con lo producido. En los oficios urbanos, los maestros artesanos recibían el pago del comprador y luego lo repartían entre sus oficiales de acuerdo a criterios que no tenían relación necesaria con el valor del producto ni con su precio final. Las ordenanzas gremiales establecían la cuantía de los jornales en función de dos criterios diferentes. El primer criterio se guiaba por los precios de los alimentos, como se estipuló en una ley castellana de 1373 que se mantuvo vigente hasta principios del siglo xix57. La tasación de los salarios mediante las ordenanzas garantizaba la vida a los súbditos productores, siguiendo una lógica similar a la tasa del grano58. 55 «Manifiesto que el director de la Asociación». 56 Por ejemplo, los dirigentes de la ATB afirmaron que su intención era enfrentarse a «los desmanes de los especuladores que nos oprimían» («Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 770, 10/V/1841). 57 Novísima Recopilación, Libro VIII, Título XXVI, Ley IV. En el siglo xvii, las autoridades madrileñas fijaban los salarios de los oficiales. Véase Nieto 2006, 174-76. 58 Por lo general, las ordenanzas gremiales fijaban el salario de los trabajadores desde la Edad Media. Véase Sesma 1993, 26 y Nieto 2006, 175. 73 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo El segundo criterio establecía que los oficiales podían recibir una cantidad del precio final del producto, o bien, si trataban directamente con el comprador, debían entregar una parte de sus ingresos a sus maestros. Los oficiales tejedores de lana de Zaragoza en el siglo xvi cobraban una cuarta parte de los productos que manufacturaban y que los maestros vendían. Los maestros cirujanos de la misma ciudad entregaban a sus oficiales la mitad de sus ingresos por sangrar y afeitar barbas en el siglo xviii59. El propietario legal de la obra no era el oficial que la producía, sino su maestro (cabeza y representante del cuerpo de oficio) o, directamente, el comprador. Según una Pragmática de 1511 referida a las ordenanzas de los fabricantes de paños de lana, si los obreros dañaban «alguna obra de las que son a su cargo de hacer», tenían la obligación «de pagar el daño que hicieren en las dichas obras a sus amos», es decir, a los maestros que supervisaban su labor, «y sus amos a [los] dueños de las tales obras», esto es, a los compradores60. A mediados del siglo xviii, los maestros y los oficiales sastres madrileños se referían a los compradores como los «dueños de las obras»61. Este hecho se debe a la concepción corporativa del oficio que regía la fabricación de la obra en todas sus fases, sus características y su precio. John Rule ha mostrado que, en el mundo artesano del Antiguo Régimen, la propiedad del trabajo no era un derecho individual, sino uno adscrito a la comunidad de oficio62. Era a los maestros a quienes correspondía establecer el precio de los productos en el mercado de acuerdo a determinadas tradiciones. Los maestros distribuían los jornales (cuando pagaban en metálico) en función del estatus que cada trabajador tenía dentro del oficio. Esto implica que el jornal de los oficiales no dependía forzosamente de su participación en la producción, sino de su nivel de destreza reconocido 59 Peiró 2002, 130-31. 60 Novísima Recopilación, Libro VIII, Título XXIII, Ley II. 61 AHN. Consejos, leg. 490, exp. 2. 62 Rule 1987, 111 Esto se aplicaba también a los talleres y los medios de producción. Véase Sewell 1992a, 196-201; Romero 2007, 44. 80 Jesús de Felipe Redondo sociedades de resistencia, los tejedores negociarían libremente los contratos laborales con los patronos en condición de igualdad. Cuando la ATB apareció en 1840, una comisión de tejedores expuso ante el Ayuntamiento de Barcelona que su principal objetivo era garantizar «la conservación del orden público y de la tranquilidad» impidiendo los atentados contra los derechos naturales de los trabajadores que cometían los fabricantes79. Desde su perspectiva, los conflictos laborales cesarían solo cuando los patronos les proporcionaran un trato acorde a su condición de ciudadanos libres e iguales. Precisamente, el objetivo esencial de la ATB era garantizar que «no sean en lo sucesivo tenidos como hasta aquí los trabajadores a manera de esclavos, y sí como ciudadanos iguales a [los patronos]»80. Ahora bien, los obreros se identificaron como ciudadanos no solo en virtud de sus derechos naturales. Existía para ellos otra razón fundamental: sus ocupaciones y acciones correspondían a lo que se esperaba de los ciudadanos en la sociedad liberal. Ello se aprecia de forma específica en dos circunstancias: el trabajo y la defensa de la sociedad. En lo que refiere a la primera, los operarios trabajaban, es decir, eran miembros productivos de la comunidad que la mantenían mediante su esfuerzo. Se ha visto que los tejedores en 1840 empezaron a declarar que el trabajo era la fuente de toda riqueza social. El hecho de trabajar era lo que los convertía en «algo [esencial] en la cadena social»81. En la medida en que la actividad laboral se había convertido en la base del progreso social, podía deducirse que quienes trabajaban eran los «miembros útiles» o pertenecían a las «clases útiles» de la sociedad. Era esta utilidad la que los convertía en ciudadanos de pleno derecho. Los tejedores asociados de Vich declararon en 1841 que «la clase de tejedores por lo mismo de ser menesterosa» estaba integrada por individuos «tan ciudadanos como los capitalistas que tratan de 79 «Con esta fecha». 80 Reglamento de la Sociedad de Mutua Protección, reimpreso en Vich por Felipe Tolosa. AMV. Documentos i papers de l’ATV. 81 «Sociedad de protección mutua», Diario de Barcelona, 9/V/1842. 81 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo oprimirles»82. De la misma manera, los pelaires de Olot afirmaron que, al formar parte de una clase «menesterosa y trabajadora», los trabajadores pertenecían al «nervio del Estado»83. En segundo lugar, los trabajadores participaron en la defensa de la sociedad frente a quienes querían destruir los derechos y libertades individuales. A partir de 1840, los tejedores asociados dieron una nueva interpretación de sus acciones anteriores en defensa de la «causa de la libertad» durante la Primera Guerra Carlista (1833-39), en la que muchos de ellos apoyaron el bando liberal contra los defensores del Antiguo Régimen. Los operarios pudieron ingresar en las filas de la Milicia Nacional cuando esta abrió sus puertas a los estratos más pobres de la población en 1834-35. El incremento en el número de efectivos permitió al ejército liberal derrotar a los defensores del absolutismo y consolidar el nuevo régimen político84. El bando carlista también recibió el apoyo de grupos trabajadores, si bien este hecho quedó oculto en la reinterpretación de la historia realizada por los obreros asociados —si bien no para los enemigos de sus sociedades, que denunciaron la presencia de obreros carlistas en ellas como prueba de su carácter reaccionario—. Aunque dicha guerra duró entre 1833 y 1839, solo fue más tarde, a partir de 1840, cuando los trabajadores que formaron las asociaciones afirmaron que su participación en la Milicia constituía la prueba irrefutable de su condición de «ciudadanos» comprometidos con la «causa de la libertad»85. Señalaron entonces con orgullo que al «primer grito de la patria abandonaron cajas, lanzaderas y herramientas, presentaron sus pechos allí donde la defensa de la libertad los necesitaba»86. Así lo expusieron 82 Exposición de la Asociación de Tejedores de Vich, 3/VII/1841. 83 «Sociedad de protección mutua de pelaires», El Constitucional, 1020, 26/XII/1841. 84 Ollé 1973, 16, 70, 76 y 84; Ollé 1994, 174-76 y 282-84; García i Rovira 1989, 62-63, 79 y 370. Sobre la Milicia Nacional véase Pérez Garzón 1977, 369-425. 85 Para progresistas y demócratas, la Milicia Nacional era la encarnación de la ciudadanía defensora de sus libertades y derechos. Véase Rivera 2006, 22 y 148-51. 86 Las clases trabajadoras asociadas 1841. 82 Jesús de Felipe Redondo los miembros de la Asociación de Tejedores de Igualada ante el general Espartero, regente y jefe del gobierno, en 1841: Cuando la pasada guerra civil casi todos [los trabajadores] volamos al combate para sellar con nuestra sangre el amor a la sacrosanta causa de la libertad: íbamos a la vanguardia de vuestros soldados […]. Por nosotros reina Isabel II, con nuestro esfuerzo se levanta frondoso al pie del trono el árbol de la libertad regado con sangre proletaria87. Estos trabajadores percibieron sus enfrentamientos previos contra el carlismo como otra dimensión de su lucha contra el privilegio y la desigualdad en la sociedad. De ahí que establecieran vínculos entre aquellos y sus acciones en los talleres, pues para ellos se trataba de una misma lucha desarrollada en frentes distintos. Así, los tejedores asociados de Barcelona se reunían en los locales de la Milicia88, y los batallones populares de la Milicia (formados por obreros) honraban y protegían las asociaciones obreras. En 1841, los tejedores asociados de Vich recibieron a los dirigentes de la ATB con la música del batallón miliciano (integrado mayoritariamente por ellos), y, al son del liberal (y progresista) Himno de Riego, vitorearon la libertad, la independencia, al ayuntamiento, las Cortes y el «pueblo soberano»89. A los tejedores les pareció incluso de sentido común que los operarios milicianos apoyaran en las elecciones a oficial de milicia a los candidatos que se reconocieran por ser «liberales» comprometidos y que defendieran los derechos ciudadanos y, como parte de ellos, las asociaciones obreras. En 1841, los dirigentes de la ATB recomendaron a los socios milicianos que eligieran como oficiales a «hombres de bien, 87 «La asociación de tejedores de algodón de la villa de Igualada», El Constitucional, 1000, 6/XII/1841. 88 En diciembre de 1840, los comisionados de la ATB se reunieron en un local de la Milicia Nacional. Órdenes propuestas y acordadas en la reunión general de comisionados de la Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Barcelona, celebrada en el ex Convento de Trinitarios, sito en la Rambla, el 8 de diciembre de 1840. Reproducido en Ollé 1973, 166-67. 89 Terradas 1841. 83 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo honrados ciudadanos que tengan dadas pruebas de amor a la libertad, que tengan compromisos para ella; que sean francos, inteligentes y que no sean contrarios a nuestra sociedad»90. En suma, los tejedores que se asociaron no solo dejaron de invocar a las autoridades para que interviniesen en los conflictos laborales, sino que rechazaron toda posible vuelta al Antiguo Régimen y, por tanto, los fundamentos en que se habían basado sus luchas laborales en los años anteriores. Ello implica que los tejedores y otros operarios que decidieron asociarse en 1840 podían ser las mismas personas que lucharon contra los descensos salariales en los años anteriores y vivir y trabajar en condiciones idénticas o muy similares, y, sin embargo, experimentaban estas mismas situaciones de una forma distinta, tenían nuevos intereses, luchaban por objetivos que nunca antes habían demandado, realizaban acciones diferentes y creaban organizaciones nuevas para conseguirlos. Eran los mismos individuos, pero las nuevas concepciones que tenían de su trabajo y su papel en la sociedad los transformaron en sujetos distintos, con nuevos intereses y formas de experimentar sus situaciones laborales y vitales. Iv. La expLIcacIón de Los cambIos Los historiadores han explicado las transformaciones descritas anteriormente de dos maneras distintas. La primera explicación, que es la predominante, las interpreta como el resultado de una progresiva toma de conciencia obrera de la realidad objetiva. Desde esta perspectiva, los trabajadores pidieron respeto a sus derechos naturales porque se dieron cuenta de que tenían una naturaleza humana. A partir de este descubrimiento, los obreros habrían deducido que eran individuos libres y dotados de los mismos derechos que otros individuos; que, como no disfrutaban de esos 90 Carta de la ATB a los directores de la Sociedad de Vich, 25/VIII/1841. Un año después, los dirigentes de la ATB insistieron en esta cuestión: «lo que falta deciros es que de un modo muy prudente y reservado intervenís [sic] en el nombramiento de oficiales de la M[ilicia] N[acional], escoged hombres adictos y favorables a la libertad y la sociedad» (Carta de la ATB a los directores de la ATV, 16/VIII/1842). Ambas cartas en AMV. Documentos i papers de l’ATV. 84 Jesús de Felipe Redondo derechos, tenían que luchar por ellos; que, al hacer esto, comprenderían que formaban una clase social explotada por otra, la clase propietaria, cuyos intereses eran contrarios a los suyos, y, por último, que cuando vencieran la oposición de la clase propietaria (y las instituciones del Estado controladas por ella), podrían disfrutar de sus ansiadas libertades. La segunda explicación afirma que los operarios, partiendo de sus tradiciones laborales anteriores, utilizaron las categorías liberales de libertad, igualdad, derecho, ciudadanía, etcétera para expresar sus intereses y experiencias de clase. La aparición de las nuevas identidades y conductas no habría sido la consecuencia de una toma de conciencia, sino el resultado de una construcción simbólica de las experiencias de explotación y los intereses de la clase obrera mediante el vocabulario proporcionado por las tradiciones laborales y políticas. En esta interpretación, el lenguaje se considera un medio en el que se plasman los intereses y las aspiraciones forjadas en las relaciones sociales de producción. De ahí que se afirme que los operarios emplearon el vocabulario liberal para «crear» e «imaginar» un lenguaje propio (un lenguaje de clase), en el que se reflejarían sus intereses y experiencias de clase, utilizando para ello el vocabulario de sus opresores —una versión de la conocida tesis de la reutilización de la ideología dominante por los dominados—. Desde esta perspectiva se asume que la clase es un sujeto histórico que existe objetivamente y que determina, aunque en última instancia, el uso de los recursos culturales (como el vocabulario disponible) que hacen los obreros91. No obstante, los acontecimientos que he descrito no pueden explicarse por estas interpretaciones. Y no solo porque la situación material y laboral de los operarios no había cambiado significativamente (la clase en sí no surgió en estos años), sino también porque los obreros se asociaron para defender intereses distintos y, a veces, incompatibles con los que habían defendido con anterioridad. De modo que las nuevas acciones no comportaron una continuación de las luchas salariales anteriores, sino una transformación profunda del significado de los salarios. Dichas acciones 91 Los principales y, por otra parte, excelentes trabajos en los que se ha aplicado esta interpretación son los de Pérez Ledesma 1997 y Barnosell 1999 y 2002. 85 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo no eran una nueva representación histórica del permanente conflicto entre propietarios y proletarios, pues los protagonistas de esta lucha (sus intereses, sus experiencias, sus tácticas y acciones) fueron redefinidos por completo. No es que las tradiciones laborales y las luchas previas dejaran de influir en la conducta de los obreros o desaparecieran, pero se rearticularon en torno a nuevos elementos y su importancia e influencia en la concepción del mundo de los operarios cambiaron. Los tejedores que se asociaron estaban concibiendo y experimentando su mundo y sus posibilidades de actuar en él de una forma distinta a las anteriores. Y, siguiendo el análisis que vengo realizando, la clave de esta transformación radica en la utilización de una serie de nuevas categorías para dotar de sentido a sus situaciones concretas. No se trata de meros «términos» o de un simple «vocabulario» mediante el que los operarios expresaron sus intereses y experiencias, pues, de ser así, no se entendería el surgimiento de nuevas demandas y experiencias y la desaparición de otras antiguas. En este sentido, lo que ocurrió no fue que los operarios se convirtieran en ciudadanos para tener voz pública (algo que nunca antes habían pedido). Más bien, fue el hecho de dotar de un nuevo significado las acciones cotidianas que venían realizando en los años anteriores, como el trabajo en tanto que deber social y fundamento de la riqueza, lo que los convirtió en sujetos legitimados para exponer sus públicamente sus demandas. Por eso, más que términos, estas categorías son conceptos, aprehensiones significativas del mundo que lo dotan de significado y, al hacerlo, se convierten en los supuestos fundamentales que constituyen las experiencias, las expectativas, los intereses y las identidades de los individuos que trabajan92. Esto se aprecia con claridad en una cuestión clave: la transformación de una situación particular que existía previamente, los descensos salariales, en una experiencia de opresión o explotación. Esta cuestión es esencial si 92 Otros historiadores han vislumbrado y articulado en sus análisis una concepción similar del lenguaje como factor histórico constitutivo. Véase Scott 1989, 82; Cabrera 2004, 43-60; Taylor 2006, 37-45 y 212; Poovey 2006, 146-55; Somers y Gibson 1994; Joyce 1994, 10-14. 86 Jesús de Felipe Redondo se tiene en cuenta que fue el hecho de sentirse oprimidos lo que llevó a los tejedores y otros operarios a crear asociaciones de resistencia. De ahí que a continuación centre mi análisis en ella. Como se señaló anteriormente, a partir de 1840 los tejedores empezaron a afirmar que los fabricantes atentaban contra su dignidad humana cuando reducían sus jornales, sometiéndolos a la «tiranía», la «opresión» y la «esclavitud», situación que juzgaron intolerable93. La utilización de estos términos no era nueva en las demandas de los operarios. Los oficiales del Antiguo Régimen las empleaban habitualmente para denunciar los ataques a su estatus gremial, que solían estar causados por el incumplimiento de las ordenanzas. Así, en 1753 los oficiales sastres madrileños se quejaron de que sus maestros pretendían «esclavizarlos» cuando les obligaban a pagar una nueva contribución gremial y les impedían seguir con la tradición de llevarse el trabajo a sus casas94. En 1808, un centenar de oficiales ebanistas madrileños protestaron ante la Junta de Comercio y Moneda de que sus maestros trataban de «oprimirles, y esclavizarles hasta lo sumo» porque les impedían trabajar como era costumbre y elevaban los requisitos para acceder a la maestría95. En ambos casos, la experiencia de sentirse «esclavizados» y «oprimidos» era la consecuencia de percibir esas situaciones laborales como un atentado a su posición en el cuerpo del oficio y a las prerrogativas particulares derivadas de ella. A este respecto, en el Antiguo Régimen el término «opresión» se usaba para designar un acto de «agravio, vejación y molestia» que alguien con autoridad cometía sobre los que gobernaba para obtener un beneficio personal96. El verbo «oprimir» y sus derivados tenían el significado del con93 «Manifiesto que el director de la Asociación»; «Compañeros. Una orden», y «Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 979, 15/XI/1843. 94 AHN. Consejos, leg. 490, exp. 2. 95 Archivo General de Simancas. CSH, JC y M, leg. 322, exp. 35. Citado en Nieto 2006, 449. 96 RAE 1991 [1780], 666. Este fue el significado que comenzaron a usarse términos como «opresor», «oprimido» y «opresión», aparecidos en el siglo xviii. En los diccionarios cas- 87 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo cepto político de «tiranía» utilizado en los tratados sobre el buen gobierno de la Edad Moderna. Para el tratadista jesuita Juan de Mariana, un «rey tirano» era el que dominaba a sus súbditos «como a esclavos» en su beneficio, sin respetar las antiguas leyes y costumbres: «invertir a su arbitrio las leyes y referir todo lo que hiciera a su provecho y voluntad, sin respetar las insinuaciones y costumbres patrias, es propio de todos los tiranos»97. La experiencia de «opresión» tenía el mismo significado para los oficiales en la medida en que entrañaba la imposibilidad de ejercer sus prerrogativas por culpa de la acción de los maestros. Dicho significado también se aprecia en la denuncia de la comisión de tejedores barceloneses en 1833 frente a los fabricantes que habían «tratado de oprimir a sus trabajadores» reduciendo sus jornales. Al distanciarse de las costumbres y tradiciones que regían la cuantía de sus salarios, estos fabricantes se habían convertido en «opresores»98. Los tejedores que se asociaron en 1840 se refirieron a su opresión de una manera distinta. Para ellos, la opresión no derivaba tanto de la ruptura de los antiguos pactos y tradiciones como de la destrucción de su condición humana. La disminución salarial, por ejemplo, fue experimentada como un acto «violento» contra la «humanidad» de los empleados, pues significaba la negación de los derechos universales que se dedujeron de la condición humana. De ahí que los tejedores asociados percibieran como contradictorio la proclamación de los derechos individuales por los gobiernos liberales al mismo tiempo que sus jornales disminuían, y por esta razón se decidieran a actuar para resolver esta contradicción: tellanos, la acción de oprimir se ilustró con ejemplos de mal gobierno de las autoridades sobre los súbditos o vasallos. Véase RAE 1969 [1737], vol. V, 43-44; Alonso 1958, 3052. 97 Mariana, Juan de, Del rey y de la institución de la dignidad real, 1845 [1598], Madrid, Imprenta de la Sociedad Literaria y Tipográfica, libro I, caps. V y IX, 58 y 101. Citado en Mackay 2008, 31-32. 98 Acerca [de] un recurso de varios jóvenes fabricantes. 88 Jesús de Felipe Redondo Esclavas desde hace mucho tiempo de la tiranía de los amos, las clases jornaleras yacían abyectas y degradadas […]. En vano los pueblos, sacudiendo su servidumbre, se daban códigos distintos para mejorar su posición; la luz de las instituciones no penetraba en los talleres de los proletarios, y estos permanecían como ilotas en medio de una sociedad que se creía emancipada […]. Los proletarios conocieron el rigor de su situación, sintieron el peso de su servidumbre a medida que crecía la libertad y se desarrollaba en las demás clases, porque el contraste era cada vez más manifiesto e irritante, la distancia que les separaba del resto de los hombres era cada vez mayor. Ellos echaron de ver, comparándose con los demás, que la posición que ocupaban era violenta, que no era la suya propia: conocieron que eran ellos los únicos que no gozaban de ningún derecho99. En la medida en que estos operarios otorgaron un nuevo sentido a las disminuciones salariales, las experimentaron de una forma distinta. A partir de 1840, los tejedores asociados declararon que un «trabajador oprimido» no era un hombre libre e igual en derechos a los demás hombres, sino un «esclavo», un «ilota», un «siervo» o un «paria», es decir, un hombre demediado, incompleto, sin libertades ni derechos100. Estos obreros no sentían lesionados sus intereses corporativos, a los que no volvieron a referirse jamás. Más bien, se quejaban por sentir la violación de sus derechos humanos. Por esta razón experimentaron la disminución salarial como la imposición de una desigualdad intolerable entre individuos libres e iguales. De ahí también que comenzaran a denominar «tiranos» y «déspotas» a los patronos que disminuían los salarios, empleando la misma crítica que los liberales de principios del siglo xix hacían a los regímenes absolutistas que no reconocían los derechos del hombre, pero 99 «Sociedad Protectora de los Tejedores». 100 Los operarios asociados emplearon con frecuencia estos términos desde 1840 para referirse a la situación del trabajador oprimido. Por citar algunos ejemplos, para «esclavo» véase «Manifiesto que el director de la Asociación»; para «ilota», «Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Algodón de Badalona»; para «siervo», «Sociedad de protección mutua», Diario de Barcelona, 9/V/1842, y para «paria», Exposición de la clase jornalera española a las Cortes, 1855. Archivo de las Cortes Españolas (ACE). Leg. 106, exp. 3. 89 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo dirigiéndola contra los fabricantes que no respetaban dichos derechos en sus empleados101. Aunque los tejedores se referían habitualmente a estas experiencias como «opresión», también hablaron de ellas como «explotación». Al hacer esto, estaban adaptando un concepto preexistente para dotar de significado su situación laboral. A principios del siglo xix, el vocablo «explotación» se empleaba para hablar del aprovechamiento humano de los recursos naturales con fines productivos102. A partir de 1840, los tejedores lo utilizaron para denunciar lo que consideraron un «trato deshumanizador» dispensado por los fabricantes. Según estos operarios, los fabricantes que no respetaban la condición humana de los operarios los trataban exactamente igual que a las máquinas, los animales y otros objetos y recursos que los individuos podían «explotar» (aprovecharse de ellos) en su beneficio. Para los tejedores asociados barceloneses, los patronos que disminuían los salarios les «trataban con la misma indiferencia que a las bestias de trabajo»103. En 1841, los directores de la ATB pidieron a sus socios que no se dejaran amenazar por los fabricantes que pretendían «continuar la explotación del hombre por el hombre, para servirse de vosotros como una bestia de carga, para trataros peor que al perro que recoge las migajas caídas de la mesa del potentado»104. Desde esta perspectiva, un trabajador explotado era un hombre cuya naturaleza humana no era reconocida por el patrono. Esta era la cuestión crucial para los tejedores asociados: ellos se concebían como «hombres y ciudadanos libres e iguales», y, sin embargo, no recibían un trato acorde a esta condición debido al «egoísmo» de los patronos que se consideraban 101 «Sociedad Protectora de los Tejedores». 102 Pérez Ledesma 1997, 221. Sobre el significado del término explotación en los siglos xviii y xix véase Alonso 1958, vol. II, 1935. En países como Francia dicho concepto comenzó a emplearse pocos años antes, por lo que es posible que fuera difundido en España por los escritos franceses. Véase Sewell 1992a, 279. 103 «Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 770, 10/V/1841 y «Sociedad de Protección Mutua», El Constitucional, 964, 31/X/1841. 104 «Sociedad Protectora de los Tejedores». Subrayado mío. 96 Jesús de Felipe Redondo «servicios» con otros. Estas facultades fueron reconocidas como «derechos naturales»117. La importancia de esta cuestión reside en que la defensa de los «derechos naturales» realizada por los trabajadores solo puede efectuarse cuando se parte de esta concepción de la naturaleza. De este modo, el sujeto que reivindica sus derechos naturales es, necesariamente, un sujeto liberal, es decir, un sujeto que parte del supuesto liberal de naturaleza humana. Si los trabajadores se asociaron para defender dichos derechos y concibieron su asociación como el ejercicio de sus libertades fue porque habían incorporado a su concepción del mundo dicho supuesto y lo estaban aplicando para dotar de sentido las relaciones que entablaban con los patronos en los centros de trabajo. Sin esta noción, el movimiento obrero no hubiera existido. Antes de pasar a analizar la relación existente entre esta concepción del sujeto de derechos naturales y el trabajo, es necesario explorar una cuestión estrechamente relacionada con este asunto: la «diferencia sexual» como componente esencial de dicha idea de naturaleza. Aunque esto implica desviarnos un poco del análisis que viene llevándose a cabo, resulta imprescindible abordarla ahora, incluso de manera sucinta, para entender por qué los trabajadores asociados consideraron como uno de sus derechos naturales la capacidad de mantener a sus familiares a través de su trabajo. El nacimiento de la noción liberal de naturaleza humana vino acompañado de una nueva manera de concebir el cuerpo humano, plasmada en los estudios médicos que se desarrollaron en los siglos xviii y xix. Esta nueva concepción se basó en el supuesto de que todos los seres humanos se dividían en dos sexos distintos e irreductibles entre sí, diferenciados por sus respectivas funciones en el proceso reproductivo. Dicho de otra manera, la naturaleza humana era doble: masculina y la femenina118. 117 Rivera 2006, 36-37 y 52. 118 No pretendo realizar un análisis de la aparición de la moderna diferencia sexual, sino de las consecuencias que esta conllevó cuando fue incorporada a la concepción del mundo de los individuos. De ahí que las referencias a su génesis histórica sean forzosamente breves e, incluso, simplificadoras. 97 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo Esta concepción se distinguía de la anterior concepción de un único sexo, el masculino, creado a imagen y semejanza del Dios cristiano. Como se ha mostrado en diversos estudios, en el Antiguo Régimen, el sujeto «mujer» era considerado un «hombre imperfecto», y era este grado de imperfección lo que la convertía en un sujeto subordinado a otros en la concepción jerárquica corporativa. No obstante, en los siglos xvii y xviii, los estudios médicos basados en la idea de una naturaleza humana ordenada y regulada que se plasmaba en el cuerpo humano y que podía observarse y analizarse establecieron la distinción entre dos sexos centrándose en las diferencias fisiológicas, de manera especial (aunque no exclusiva) en los órganos reproductivos119. Estas diferencias físicas fueron convirtiéndose en la evidencia de la existencia de dos sexos distintos, los cuales se supuso que determinaban la identidad y las disposiciones sociales de los individuos120. Como consecuencia, los términos «hombre» y «mujer» y la relación que se establecía entre ambos adquirieron un nuevo significado. «Hombres» y «mujeres» se constituyeron como individuos con necesidades y capacidades distintas «por naturaleza» que les predisponían a llevar a cabo actividades sociales diferentes. A la mujer, a raíz del papel que desempeñaba el cuerpo femenino en la gestación de la vida y partiendo de la distinción anterior que la consideraba como miembro del «sexo débil», se le asignaron las funciones de la crianza de los hijos y el cuidado del hogar. Mientras tanto, el hombre fue considerado como el sujeto sexualmente activo —la mujer, desde esta perspectiva, era el sujeto pasivo en cuyo cuerpo germinaba la semilla del varón— y, a partir también de su consideración anterior como miembro del «sexo fuerte», se le consideró el individuo productivo por excelencia, a diferencia de la mujer —a la que aunque se le reconocía su capacidad para trabajar, era considerada «improductiva» por naturaleza—. 119 Esto es lo que se ha denominado «modelo anatómico» de la diferencia sexual. Sobre la «sexualización» de los cuerpos y la configuración de los modelos biológicos de masculinidad y feminidad véase Cleminson y Vázquez 2009. 120 Foucault 1992; Laqueur 1994, 257-266; Davidson 2005, 77-129; desde una perspectiva filosófica, Butler 2007. Para los debates en torno a la diferencia sexual en el siglo xviii véase Bolufer 2003, 33-38. Para la articulación política de la diferencia sexual en los inicios de la revolución liberal española véase Burguera 2008, 128-29. 98 Jesús de Felipe Redondo De ahí que el trabajo (especialmente el que se realizaba fuera del hogar) y la participación en el ámbito público se concibieran como actividades inherentes al «sexo masculino». Ello explica, asimismo, que al hombre se le atribuyera la necesidad natural de mantener a sus familiares (mujer e hijos) mediante su trabajo y de representarlos ante la sociedad. Dicha atribución determinó los supuestos sobre los que se realizaron los estudios sociales en el siglo xix. A mediados del siglo xix, Ildefonso Cerdá, autor de un estudio estadístico sobre la población obrera barcelonesa, escribió que el obrero casado adquiría la obligación de «cuidar y atender a su esposa e hijos, que forman con él una sola familia, una misma entidad moral y social». Mientras tanto, la mujer, aunque trabajaba, no tenía las mismas responsabilidades, pues «los embarazos y partos y los consiguientes cuidados domésticos impiden que la mujer del obrero pueda coadyuvarle en el sostén de la familia»121. En este sentido, comenzó a pensarse que las «mujeres» tenían responsabilidades familiares propias y que, aunque podían trabajar, su trabajo era de una calidad inferior o bien una actividad que no generaba valor económico122. El trabajo femenino era más una «ayuda» al «padre de familia». Ello se reflejó en la propia organización industrial y en las declaraciones y políticas de las instituciones del siglo xix. Como manifestó la Junta de Comercio de Barcelona en 1832, la «clase menesterosa» estaba siempre «auxiliada con la labor de [las] mujeres». Es decir, la clase menesterosa (obrera, trabajadora) estaba implícitamente compuesta por varones adultos ayudados por mujeres (esposas, hermanas, hijas) que realizaban labores «compatibles con las fuerzas y el decoro de su sexo»123. De ahí que los salarios femeninos fueran inferiores a los masculinos y que las actividades laborales femeninas se asociaran a la consideración de trabajo no cualificado. Solo el hombre, por su supuesta naturaleza masculina, era el individuo productor y solo él representaba a su familia ante la sociedad. Es decir, 121 Cerdá 1867, 581-83. 122 Scott 1999, 144-46. 123 Junta de Comercio. Legajo s/n, caja 38. Citado en Romero 2007, 55. 99 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo era el sujeto público por excelencia, y de ahí que fuera a él a quien se dirigieron los escritos de la prensa liberal. Entre las necesidades naturales del hombre enumeradas en dicha prensa estaba la de establecer relaciones con los demás y fundar una familia: «el hombre no puede vivir aislado; necesita tener una compañera, una familia, unos amigos»124. El objetivo vital del hombre era convertirse en «padre de familia» porque así lo determinaba su naturaleza sexual. De este modo, la identificación entre «trabajador» y «hombres» que hacían los obreros organizados no era una constatación empírica —que resultaría engañosa teniendo en cuenta que el número de obreras era similar al de los obreros varones—, sino el resultado de la utilización de la noción de diferencia sexual. Los primeros llamamientos liberales a los operarios fueron los primeros que se basaron en esta concepción de los trabajadores como seres sexuados (varones). En 1837, el periódico barcelonés El Vapor alertó a los «jornaleros» que se manifestaban en las calles de Barcelona de que, si no respetaban el orden, «el hacendado o capitalista» dejaría de darles trabajo, sumiéndolos «con vuestros padres, esposa e hijos en la más horrorosa miseria y vosotros mismos tendríais la culpa por haber dado oídos a los especuladores de asonadas»125. Ello quiere decir que en la medida en que los obreros varones fueron concebidos como los responsables del bienestar de sus familias, pudieron ser culpados de las dificultades que estas tenían para sobrevivir. Ahora bien, también podía decirse que si los patronos bajaban el salario a los trabajadores, les privaban del derecho a mantener a sus familiares mediante su trabajo. Precisamente este fue uno de los argumentos que dio lugar a la formación de las asociaciones de resistencia, como se verá en el capítulo 3. Todo ello permite entender que el obrero varón fuera el sujeto por excelencia de las luchas obreras. La participación de obreras en las asociaciones no pone en cuestión esta idea, pues esta se basaba en la concepción de dichas trabajadoras como «ayudantes» de los varones, y de ahí que ocuparan 124 «Legislación de los derechos del hombre». 125 «A los jornaleros», El Vapor, 89, 23/I/1837. 100 Jesús de Felipe Redondo siempre una posición subordinada. Esto implica, asimismo, que las obreras que participaron en el movimiento obrero lo hicieron en defensa de los derechos de los trabajadores varones, pues suponían que la emancipación de estos traía consigo la suya como sus familiares. Retomando el análisis anterior, la noción liberal de naturaleza humana estaba estrechamente vinculada con una nueva manera de dotar de sentido a la actividad laboral. Esta surgió en los mismos debates europeos sobre la naturaleza humana que se produjeron en el transcurso de los siglos xvii y xviii126. Como se ha señalado, la concepción dualista del mundo del Antiguo Régimen fue siendo sustituida por otra en la que la realidad se componía por un único reino natural dotado de un orden intrínseco. En esta concepción, el individuo pasaba a considerarse como un «ser sensible» capaz de captar las leyes de funcionamiento de la naturaleza y reflexionar sobre ellas para aprovecharlas en su beneficio127. Asimismo, la actividad laboral dejó de significar un mecanismo de imposición de orden a la naturaleza, como se vio en el capítulo 1. Ahora el trabajo debía basarse en el conocimiento del orden natural para cumplir un nuevo objetivo: transformar los recursos naturales en «bienes útiles» que satisficieran las necesidades humanas y enriquecieran a los individuos128. En el siglo xix, los diccionarios castellanos recogieron una nueva acepción de trabajo como «esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza»129. Esta noción estaba muy presente en los escritos liberales. En la Revista Industrial, una de las principales publicaciones empresariales españolas de esa centuria, se subrayaba que el trabajo, al «poner las cosas [naturales] en estado de satisfacer las necesidades del hombre, crea su valor». Las «cosas con valor» tenían la cualidad de ser «demandadas» y de 126 Para su génesis véase Díez 2001. 127 Para la importancia de esta idea de naturaleza ordenada en el pensamiento ilustrado véase Starobinski 1998, 101-02. La concepción de individuo como ser sensible se encuentra presente en las obras de ilustrados españoles como Jovellanos 1952 [1782-92], vol. 46, 102-03. 128 Sewell 1992a, 108. 129 Alonso 1958, vol. III, 4000. 101 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo poder «permutarse por otras equivalentes»130. El trabajo se convirtió en la fuente de toda riqueza y valor. Según economistas españoles comoEusebio María del Valle, la «verdadera medida del valor» de un producto dependía de «la cantidad de trabajo» necesaria para su fabricación, por lo que el «trabajo material del hombre» era el «fundamento primordial» de la prosperidad de la sociedad131. Como escribió Álvaro Flórez Estrada, «el trabajo humano es el único origen de la riqueza»132. Todo ello explica por qué la actividad laboral se convirtió en el eje de la organización social con la implantación del régimen liberal133. Desde la década de 1820, los liberales españoles hablaron del trabajo como el único recurso «que puede sacarnos de la miseria», «ponernos al nivel de las instituciones que hemos adoptado», «reparar las pérdidas de nuestras ricas colonias» y «hacernos sociables, tolerantes, pacíficos, ilustrados, independientes y verdaderamente libres»134. El trabajo fue reconocido como la principal capacidad natural del hombre y se instituyó en el factor aglutinante de la unión social de los individuos, o, en palabras del economista social Ramón de la Sagra, en el «germen de la asociación»135. El trabajo se convirtió entonces en el «derecho supremo» y «deber absoluto» de todo individuo, pues «nada subsiste sin el trabajo»: «todo lo produce la mano del hombre, y la naturaleza misma ostenta su fecundidad a favor de la acción y de los esfuerzos combinados de la ciencia y de la mecánica, obra todo y resultado del trabajo humano»136. 130 «El trabajo», Revista Industrial, 77, 25/VI/1857. 131 Valle 1842, 35-36. Valle seguía en este punto a Adam Smith. 132 Flórez Estrada 1980 [18354], 313-14, nota *. 133 Díez 2001, 25-27 y 2006, 77. 134 «El trabajo considerado como manantial de las ciencias, de las artes y de todos los ramos de la industria», El Censor, XV, 1822. Citado en Fernández y Fuentes 2002, 671-72. 135 Sagra 1842, 261-62. Acerca de la relación entre las nociones modernas de trabajo y sociedad véase Fernández y Fuentes 2002, 671. 136 «El trabajo», La Tribuna del Pueblo, 26, 1/X/1851. 102 Jesús de Felipe Redondo Ello trajo consigo dos consecuencias. En primer lugar, la concepción habitual del Antiguo Régimen de la actividad laboral como una práctica vil quedó deslegitimada. En 1857, la Revista Industrial publicó que quien «desdeñaba» al trabajo se oponía «a los designios de Dios y no cumple su destino en la tierra», pues ningún hombre podía dejar de trabajar y «contribuir con su parte» a la producción sin «pecar» contra «la ley del progreso, a que está sujeta la humanidad»137. En segundo lugar, y debido a lo anterior, quienes se dedicaban al trabajo pasaron a considerarse miembros útiles de la sociedad, inicialmente no por ellos mismos138. Comenzó a hablarse de las «clases útiles» y «productivas», integradas por los que intervenían en el proceso productivo —incluyendo tanto a trabajadores como a propietarios de capital—139. A principios del siglo xix, Flórez Estrada englobó dentro de una misma «clase productiva» a todos los individuos que participaban en el proceso de producción con su capital o trabajo, oponiéndola a la «clase improductiva» que vivía a expensas de los productores. Medio siglo más tarde, el industrial y economista Joan Güell y Ferrer afirmó que las clases «del capital» y «del trabajo» formaban parte de la misma «clase productora» de la sociedad140. Puede apreciarse que este uso del término «clase» no era un reflejo de la aparición de la estructura social de clases, sino de la aplicación de la nueva noción de trabajo. Fue esta categoría y las otras nociones a las que definía y por las que era definida, como la de naturaleza humana, las que llevaron a sustituir los criterios corporativos de clasificación social por los basados en la utilidad productiva141. De este modo, la aparición del vocablo «clase» como categoría de clasificación social de los individuos en razón de su 137 «El trabajo», Revista Industrial, 77, 25/VI/1857. Para la denuncia liberal de la consideración del trabajo como una ocupación vil véase Abad de Santillán 19744, 15 y 26. 138 Valle 1842, 35-36. 139 Sobre la relación de la noción de «clases productoras» con los conceptos liberales de «trabajo» y «utilidad» véase Díez 2001, 49-50. 140 Flórez Estrada 1980 [18354], 313-14; Güell y Ferrer 1880 [1856], 276. 141 Poovey 1994. 103 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo actividad productiva —que luego se transformaría en una identidad— fue consecuencia del nuevo significado otorgado a la práctica laboral142. Ello implica que si los operarios españoles se presentaron e interpelaron como miembros de las «clases productivas y útiles» no se debió a que cobraran conciencia de su situación objetiva, o a que crearan o idearan una identidad acorde a sus intereses y experiencias de clase, como defendería una interpretación subjetivista. Más bien, fue el hecho de empezar a utilizar la nueva noción de trabajo lo que los llevó a concebirse como individuos útiles de la sociedad. En la medida en que dicha noción hacía del trabajo la actividad más útil y la fuente de la riqueza, comenzaron a afirmar que los obreros eran los individuos más útiles de la sociedad y que este hecho debía ser reconocido por patronos y autoridades143. Si este análisis es correcto, la aparición del «trabajador» (y de la «clase trabajadora») como sujeto de acción colectiva en 1840 fue una consecuencia de la incorporación de la categoría moderna de trabajo a la concepción del mundo de los individuos que trabajaban. IV.2. La aparición del trabajador De lo anterior se deduce que los tejedores catalanes emprendieron nuevas acciones porque estaban aplicando las nociones liberales naturaleza humana y trabajo para dotar de sentido a sus situaciones concretas. Hasta aquí he intentado reconstruir el contexto de significados en el que estos operarios estaba inmerso. Sin embargo, falta explicar una cuestión fundamental: la de por qué lo hicieron. No parece que la respuesta a esta cuestión radique en las transformaciones que pudieron producirse en las condiciones laborales en el sector 142 Téngase en cuenta que el término «clase» se había empleado en el siglo xviii como sinómino de estamento. Así, Antonio de Capmany [1949 (1778), 13-15] se refirió al estamento del pueblo llano como una «clase». 143 De ahí que Sewell [1992a, 200] afirme que la categoría liberal de propiedad no comportó una mera «redefinición burguesa» de la relación de propiedad, pues, al estar fundamentada en la noción de «trabajo», contenía una ambigüedad que hacía posible el ataque al orden basado en la propiedad que quisieron imponer los fabricantes. 104 Jesús de Felipe Redondo textil, pues estas seguían siendo esencialmente las mismas que en las décadas anteriores. Sin embargo, en la década de 1830 se había producido un cambio trascendental: como se vio anteriormente, a partir de 1834 las autoridades reconocieron los descensos salariales y los despidos que los patronos comenzaban a realizar en nombre del libre mercado. Hasta ese momento, los tejedores habían considerado «irracional» esta conducta y habían conseguido el respaldo de las instituciones y de una parte de los fabricantes. Cuando las instituciones dejaron de atender sus demandas y empezaron a perseguir a sus comisiones, los tejedores comprobaron que sus reivindicaciones dejaban de ser efectivas. Esta pérdida de efectividad conllevó que la concepción del mundo que engendraba dichas demandas perdiera parte de su capacidad para explicar convincentemente el funcionamiento de las relaciones laborales. Al perder esta capacidad, algunos tejedores se mostraron abiertos a reconsiderar sus supuestos de partida, a buscar una nueva explicación de lo que estaba ocurriendo, o, al menos, a incorporar nuevos elementos a su interpretación de la realidad. Antes de continuar, es necesario aclarar dos cuestiones sobre este proceso. La primera es que la nueva concepción liberal de las relaciones laborales que abrazaron esos tejedores no comportaba una representación más fiel de la supuesta realidad objetiva. Si se fue extiendo en un sector de los trabajadores se debe a que se basaba en el mismo conjunto de nociones y principios que guiaba la conducta de patronos e instituciones, y, por tanto, permitía a los operarios explicar las posturas y acciones de aquellos en términos de una nueva racionalidad, no como sucedía con anterioridad. Elloabría también la posibilidad de que los operarios realizaran nuevas acciones basadas en esa misma racionalidad. Esto no significa que los tejedores estuvieran reutilizando el vocabulario liberal para defender sus intereses, pues, como se ha visto en los primeros apartados, estos intereses se transformaron desde el momento en que empezaron a utilizar este lenguaje. La nueva racionalidad implícita en las categorías liberales reestructuró profundamente sus intereses, objetivos, expectativas y experiencias y los transformó en nuevos sujetos. 105 Capítulo 2. Los ciudadanos del trabajo La segunda cuestión es que la concepción anterior pudo ser desplazada por la generada por las nuevas categorías, pero no desapareció. Ello explica que los tejedores lucharan por mantener algunas costumbres y tradiciones laborales previas144. Para muchos operarios estas costumbres no perdieron su vigencia y siguieron dotando de sentido a sus vidas. Ellopodría explicar situaciones como que la mayoría de los tejedores no formara parte de las asociaciones de resistencia, o incluso que una pequeña parte de ellos defendiera al Antiguo Régimen, alistándose a las partidas carlistas que deambulaban por Cataluña en las décadas de 1830 y 1840145. Desde esta perspectiva, la no afiliación de una parte importante de los operarios en las nuevas organizaciones no es el reflejo de su «incultura» o su «irresponsabilidad», como denunciaron los tejedores asociados, sino de la existencia de una forma distinta de concebir las relaciones y conflictos laborales. Los tejedores que crearon las asociaciones de resistencia habían percibido los cambios implantados desde 1834 como una crisis de legitimidad de su concepción del mundo anterior. Esta crisis los condujo a utilizar las categorías y supuestos liberales sobre los que se fundamentaba el nuevo régimen liberal. Esta explicación es similar a la planteada por Laclau para interpretar el surgimiento de nuevos sujetos históricos. Según Laclau, la falta de convicción de una explicación ofrecida por una concepción del mundo es la que permite a otras ocupar su lugar. Dicha falta de convicción no es la expresión de una escasa adecuación entre la realidad tomada como entidad objetiva y un lenguaje, considerado como vocabulario, que aspira a representar dicha realidad. Más bien, se trata de la relación de significado 144 Para la pervivencia de tradiciones laborales anteriores en la organización productiva textil véase el capítulo 1 y Barnosell 2002. No obstante, el significado de estas prácticas anteriores se transformó al entrar en contacto con las nuevas nociones. Véase el capítulo 4. 145 La participación de trabajadores catalanes en el bando carlista fue denunciada y empleada como un arma política contra las asociaciones obreras por los políticos que las consideraban organizaciones defensoras de privilegios del Antiguo Régimen. Estas asociaciones rechazaron expresamente todo vínculo con los defensores del absolutismo. Véase Garcia Balañà 2004, 447; Martínez de Presno 1993, 47. Para trabajadores de otras regiones, especialmente el País Vasco, véase Ruzafa 1998, 44 y 85-91 y Sesmero, 2000. 112 Jesús de Felipe Redondo de los intereses de los fuertes sobre los derechos de los débiles y traía, como consecuencia, la desigualdad. Se trataba de «un sistema que, con muy raras excepciones, nunca mejora la condición, ni siquiera doméstica de los operarios» al mismo tiempo que «por vías mágicas se reproducen con celeridad asombrosa las cantidades en metálico, se ensanchan y engrandecen los establecimientos de todas las clases de industria»7. Los operarios asociados propusieron abandonar esos «principios erróneos», para implantar un sistema en el que todos los individuos pudieran ejercer sus libertades. Ello hizo que dichos obreros entraran de lleno en el debate de cuestiones que aparecieron con la consolidación del nuevo régimen, en particular la de cómo establecer una organización social que garantizara la libertad y los derechos a todos los individuos. En especial, se plantearon el problema que discutían los intelectuales liberales de este periodo: cómo defender las libertades de un individuo sin oprimir las de otro. Las soluciones que propusieron a esta cuestión llevada el ámbito de las relaciones laborales se basaron en los principios racionales emanados del marco conceptual liberal. En concreto, se basaron en un aspecto fundamental de la noción liberal de libertad: la de que el único límite legítimo de la libertad de un individuo era la libertad de otro. Se trata del principio de que la libertad se limita a sí misma, subrayado en diversos manifiestos liberales: «cada hombre no debe encontrar en el ejercicio de sus derechos otros límites que los que aseguren a sus socios el goce de estos mismos derechos»8. Cuando estos límites se traspasaban, la igualdad se desvirtuaba y la opresión se manifestaba. Partiendo de este supuesto, los tejedores que se asociaron en 1840 comenzaron a denunciar que los derechos y libertades de los fabricantes «no llegaban hasta esclavizar a sus operarios», es decir, que las libertades de unos no podían imponerse a las de los demás9. Una década más tarde, 7 Las clases trabajadoras asociadas 1841. 8 «Legislación de los derechos del hombre y del ciudadano», El Propagador de la Libertad, 1835, t. 1. 9 «Manifiesto que el director de la Asociación». 113 Capítulo 3. Resistencia los representantes obreros de Cataluña afirmaron que «la libertad no necesita de limitaciones[,] se limita a sí misma. Halla límite la del uno en la libertad del otro; la del obrero en la del fabricante, y la del fabricante en la del obrero»10. Las formas de resistencia colectiva que estos trabajadores emprendieron en esos años son una consecuencia directa de esta concepción. Su fundamento se deducía de su identidad como ciudadanos libres: si la dependencia de los operarios les impedía hacer valer sus libertades individuales frente a los empresarios, cada vez que «obraban aisladamente, sin conexión recíproca» en la negociación individual con los patronos, sus acciones resultaban «infructuosas». Para no gastar «inútilmente [la] eficacia» de sus esfuerzos, los tejedores propusieron concentrarlos en una acción «convergente» mediante el ejercicio colectivo de sus libertades individuales11. Este fue el origen de las huelgas y las asociaciones de resistencia. II. Los abandonos coLectIvos de Las fábrIcas Las primeras referencias concretas de abandonos colectivos de los talleres textiles algodoneros son de mediados de la década de 1830. La Comisión de Fábricas de Barcelona describió dichas acciones como una «especie de complot para pedir alza de jornal u otra cosa [...] por medio de una especie de asonada»12. Ahora bien, estas acciones no era algo nuevo en el mundo laboral previo. En el Antiguo Régimen se produjeron en numerosas ocasiones, aunque tenían un significado distinto. Los oficiales abandonaban los talleres de los maestros que incumplían las ordenanzas gremiales o los pactos colectivos que regían las relaciones laborales. En los siglos xvii y xviii, los oficiales zapateros madrileños demandaron a sus maestros que les pagaran una cantidad fija por cada par de zapatos que hicieran. Cuando algún maestro se negaba, los oficiales se «conjuraban 10 Molar y Alsina 1855, 5. 11 «Sociedad Protectora de los Tejedores». 12 Citado sin referencia de fuente en Maluquer 1981, 781. 114 Jesús de Felipe Redondo contra ellos» abandonando su taller por otro o marchándose de la ciudad13. La negativa a trabajar era un castigo hacia los maestros que incumplían las ordenanzas gremiales, lo que ha sido documentado en otros lugares de Europa14. Los abandonos del trabajo que emprendieron los tejedores asociados de forma recurrente y sistemática desde 1840 tuvieron un carácter distinto. En primer lugar, porque su intención no era hacer cumplir a sus patronos unos pactos previos (los tejedores incluso dejaron de reivindicar el bando de 1835 que limitaba la longitud de las piezas tejidas), sino defender sus derechos naturales. Cuando en estos años se produjeron huelgas de tejedores asociados en Barcelona, los dirigentes de la ATB explicaron que la desocupación colectiva de las fábricas era el «único medio que hemos considerado útil para acallar el orgullo de nuestros amos» y obligarles a respetar su condición «humana»15. En segundo lugar, porque las nuevas acciones se concibieron como una capacidad «natural». Si un operario podía dejar un trabajo cuando no convenía sus intereses, podía hacerlo junto a otros. Esto era reconocido e incluso aceptado por algunos intelectuales liberales, pues resultaba una acción basada en los principios que estructuraban el libre mercado. En 1842, el economista social Ramón de la Sagra escribió que los trabajadores tenían tanto derecho a «prestar sus fuerzas en cambio de un jornal, más o menos crecido según les parezca», como «para interrumpir su trabajo en una fábrica, para ejercerle en otra, para reducir el tiempo de su duración, para negarse absolutamente a ejercerle»16. Lo que 13 Nieto 2006, 238. En otras ocasiones, gremios enteros se negaban a trabajar para comerciantes o individuos de otros gremios. En 1626 y 1684-89, los tejedores de lana de Barcelona se negaron a trabajar para los pelaires debido a que estos no respetaban las ordenanzas de su gremio, pagándoles las obras a un precio menor del estipulado en las mismas (Molas 1970, 375-76). 14 Reddy [1984, 128-29] ha mostrado que los oficiales que abandonaban los talleres en la Francia del Antiguo Régimen lo hacían para establecer una prohibición o condena sobre uno o varios maestros que no respetaban las normas comunitarias, marchando a trabajar a otro lugar. 15 Carta de los directores de la ATB a los directores de la ATV, 3/XI/1841. AMV. Documentos i papers de l’ATB. 16 Sagra 1842, 215-16. 115 Capítulo 3. Resistencia hicieron los trabajadores asociados fue practicar este derecho de manera colectiva. En tercer lugar, porque era una acción legítima en el marco del libre mercado. Si el precio de los salarios derivaba de la relación entre la oferta y demanda de trabajo, entonces los operarios podían acrecentar sus jornales limitando la demanda (es decir, dejando de trabajar). En el transcurso de un conflicto laboral en 1841, los miembros de la Asociación de Tejedores de Mataró (Barcelona) abandonaron las fábricas para obligar a los amos a «blandirse a las razones naturales para la salida que tienen todos los géneros», es decir, restringieron la oferta de mano de obra para obligar a los fabricantes a pagarles unos salarios más elevados siguiendo las «leyes naturales» del mercado (a menos demanda y más oferta de trabajo, mayor salario)17. Los tejedores se refirieron a estas acciones como «retirarse», «separarse», «dejar», «desocupar» o «abandonar» los talleres, y, a partir de la década de 1860, como «huelga»18. No se trataba de medidas de castigo gremial, sino instrumentos de presión en el marco de una negociación laboral regida por las reglas del libre mercado. De ahí que estas acciones solo aparecieran cuando los operarios comenzaron a identificarse como individuos que participaban libremente en dicho mercado. Así, la aparición de las modernas huelgas no fue la respuesta más lógica o natural de los operarios frente a los cambios en el sistema productivo, sino el resultado de la transformación de su concepción del mundo19. 17 Carta de la Asociación de Protección Mutua de Mataró a los directores de la ATV, 7/IV/1841. AMV. Documentos i papers de l’ATV. 18 Carta de la Sociedad de Protección Mutua de la Sociedad de Tejedores de Manlleu a los directores de la ATV, 2/XII/1841; Carta de la Asociación de Protección Mutua de Mataró a los directores de la ATV, 7/IV/1841, y Carta de la ATB a los directores de la ATV, 21/IV/1841, todas en AMV. Documentos i papers de l’ATV. Véase también «Estatutos de la Sociedad de mutua protección…», El Constitucional, 331, 19/V/1840 y «Con esta fecha…», Diario de Barcelona, 363, 28/XII/1840. Los trabajadores asociados denominaron estas acciones «huelgas» o «paros» desde la década de 1860, como ocurrió en Alemania o Inglaterra. Véase Biernacki 1995 445-46; Reddy 1984, 28-29 y 128-29. 19 En este sentido, las huelgas no son anteriores al concepto de huelga. Pérez Ledesma 1988-89, 13. 116 Jesús de Felipe Redondo III. eL nacImIento de Las socIedades de resIstencIa III. 1. Las implicaciones del vínculo societario Las acciones huelguísticas eran la expresión práctica de la nueva identidad. Estaban dotadas de un carácter, unas maneras de realizarlas y unos objetivos propios y diferentes a otras acciones y requerían, a su vez, nuevas formas de organización. Las asociaciones de resistencia nacieron para organizarlas y dotarlas de soporte económico. Por eso ambos fenómenos surgieron de forma simultánea en 1840-4320. Desde 1840, los comisionados tejedores de Barcelona defendieron abiertamente la unión de los trabajadores para crear una «masa compacta» que les permitiera «resistir la tiranía de los amos» mediante acciones dotadas de una organización y una estrategia nuevas21. Los reglamentos de las sociedades de tejedores especificaban con detalle la conducta que debían seguir los socios en caso de conflicto. Los operarios dejarían el trabajo en el mismo momento en el que el fabricante disminuyera sus jornales22. Un representante de la asociación, «con humildad y sin alborotos», comunicaría al fabricante la decisión de los tejedores, y estos abandonarían la fábrica de manera pacífica, ordenada y sin atentar contra la persona o las propiedades de los dueños. Para asegurar su éxito, los tejedores harían «todos sus esfuerzos (sin violencia) para que el telar desocupado por un socio […] no sea ocupado por ningún trabajador»23. Estas instrucciones son relevantes porque implican el intento consciente de moldear la identidad de los trabajadores a través de sus actos. Esto quiere decir que lo que se ha analizado hasta aquí no constituye la 20 Barnosell 1999, 260-61. 21 «Sociedad Protectora de los Tejedores». 22 El reglamento de la ATB decía que los socios debían dejar el trabajo ante el intento del fabricante de reducir sus salarios, «aunque solo sea un ochavo» («Estatutos de la Sociedad de mutua protección»). Los estatutos de la ATV estipularon que los socios harían saber a los dueños su disposición a «abandonar el taller si se rebajase un solo maravedí» (Carner 1971, 14). 23 «Estatutos de la Sociedad de mutua protección». 117 Capítulo 3. Resistencia «esfera mental» o la «mentalidad» de los obreros, más o menos autónoma de sus prácticas. Más bien, la concepción del mundo y la identidad de quienes se identificaron como «trabajadores» conformó su conducta de manera activa y consciente. Las huelgas eran una forma de demostrar el carácter eminentemente ciudadano de las protestas obreras, y por eso resultaba crucial que los operarios se comportaran en ellas como verdaderos ciudadanos. Así, el énfasis puesto en el orden correspondía al intento de los trabajadores de mostrarse como ciudadanos responsables y honrados que luchaban pacíficamente por sus derechos. Resistencia e identidad están indisolublemente unidas, siendo la primera la puesta en práctica de la segunda. Los tejedores consideraron la creación de las asociaciones de resistencia como la expresión de la «toma de conciencia» de la opresión de su condición humana y ciudadana: Aquella época de opresión y tiranía [los años anteriores a la creación de las asociaciones] no podía ser duradera, porque era violenta. Apenas pudimos demostrar nuestros quebrantos y considerar cuanto habíamos padecido, […] nos asociamos. En la mutua protección de nuestras vidas e intereses encontramos la tabla de salvación que no pudimos esperar de los que nos oprimieran ni de un Gobierno que entrado a las cuestiones políticas apenas pone atención en las sociales24. De esta manera, el complejo proceso de constitución del sujeto trabajador quedaba ocultado por esta apariencia de naturalidad con que se describe todo acto de descubrimiento. Para los trabajadores asociados, asociarse era descubrir la condición humana que llevaban dentro. Haciendo un guiño a determinadas explicaciones históricas que siguen el mismo esquema explicativo (solo que en vez de la naturaleza humana hablan de la clase obrera), podría decirse que lo que estos operarios consideraban «objetivo» era su condición de hombres libres e iguales, y la reafirmación de dicha identidad era una forma de desvelar (tomar consciencia de) esta realidad oculta. Dicho de otra manera: el uso las nociones liberales de 24 «Manifiesto que el director de la Asociación». Subrayado en el original. 118 Jesús de Felipe Redondo naturaleza humana y trabajo había conllevado la objetivización de las condiciones de trabajo de los operarios en esta vía histórica concreta. Por esta razón, para estos operarios la asociación era el resultado visible de la toma de conciencia de una realidad preexistente, más que la consecuencia de la utilización de unas determinadas nociones históricas para concebir sus situaciones reales. Cabría preguntarse por qué eligieron precisamente la asociación y no otra forma de organización. Veamos cómo la justificaron. Para los tejedores, la ventaja principal de la asociación era que les permitía defender los «derechos que la misma naturaleza» les otorgaba sin lesionar los de los demás individuos, patronos incluidos25: Solamente para el socorro y [la] mutua protección se han asociado los tejedores […]. No se han juntado para vejar a persona ni clase alguna; no para imponer una ley arbitraria y caprichosa, no para prestarse a ser ciegos instrumentos de ambiciones ajenas, sino para obtener una equitativa reparación en la parte material de los trabajo de su oficio. Es un insulto que rechazamos con indignación el de que los asociados sean capaces de abrigar proyectos distintos […]26. Esto significa que los tejedores se asociaban para defender sus derechos, no para limitar los de otros. Al ser la propia asociación la expresión de un derecho individual, los tejedores la vislumbraron como un medio lícito de frenar las pretensiones de los fabricantes sin reducir artificialmente las libertades de estos, limitando la libertad con la libertad. La legitimidad de la asociación radicaba en que los mismos fabricantes también se asociaban para defender sus intereses. Todos los individuos, por tanto, podían asociarse con el mismo motivo sin lesionar los derechos de los demás. Como se expuso en 1855 en un manifiesto firmado por decenas de miles 25 La cita es de los tejedores asociados de Vich en 1842 (En fin, ha llegado el día…, Vich, 10/VIII/1842. AMV. Documentos i papers de l’ATV). 26 «Al público. Contestación…», El Popular, 250, 6/II/1841. 119 Capítulo 3. Resistencia de trabajadores, la libertad de asociación de los obreros «no queda, a buen seguro, violada porque otros la ejerzan, no. Ni la suya ni la de nadie»27. El reconocimiento del derecho a la asociación pasó a constituirse en el eje fundamental de las luchas obreras desde 1840, estrechamente vinculado con la lucha por la libertad28. A este respecto, el significado de la asociación se cimentaba en el supuesto liberal de naturaleza humana, pues el vínculo asociativo implicaba la unión de individuos libres e iguales para conseguir su felicidad. De hecho, este era el fundamento de la propia concepción liberal de sociedad. De ahí que el nuevo régimen reconociera, aunque parcialmente, la libertad de asociación en la Real Orden de 1839 para que los individuos pudieran «auxiliarse mutuamente en sus desgracias». Dicha disposición solo autorizaba las asociaciones destinadas a proporcionar una asistencia económica en casos de enfermedad, crisis económica y muerte, no para defender demandas salariales —por las razones que se expondrán más adelante—29. Pero los tejedores interpretaron esta capacidad de ayudarse de una manera más amplia. Pues si la asociación permitía a los individuos ayudarse «en sus desgracias», entonces podía utilizarse para resolver todas sus dificultades, incluyendo las laborales, lo que debía reconocer el Gobierno: «desde nuestra regeneración política [desde la implantación del régimen liberal] ha revivido la libertad natural de juntarse para socorrerse; libertad que no ha reconocido explícitamente el Gobierno»30. 27 Exposición de la clase jornalera española a las Cortes, 1855. ACE. Leg. 106, exp. 3. 28 Los tejedores asociados aclamaron al mismo tiempo la asociación y la libertad, pues para ellos ambas se implicaban mutuamente: «[¡]Compañeros! [¡V]iva la unión, viva la libertad […]!» («Continúan las gestiones», El Huracán, 322, 25/II/1841). 29 La libre asociación se consolidó también en otros ámbitos, como el de las relaciones comerciales y empresariales. Véase Ollé 1973, 369; Barnosell 1999, 26; Alarcón 1975, 41 y 79-80; Elorza 1972, 125-26; Maza 1997, 85; Gómez Ochoa 2004, 607. 30 «Sermo. Sr. Los infrascritos…», Diario de Barcelona, 21/I/1842. Reproducido en Ollé 1973, 258-60. 120 Jesús de Felipe Redondo Las asociaciones de resistencia se diferenciaban claramente en su organización y funcionamiento de las sociedades de socorro mutuo31. Sin embargo, ambos tipos de organización partían de un mismo supuesto: la libertad de todo individuo de unirse a otros para alcanzar su bien común. La aceptación de dicho principio llevó a los trabajadores a rechazar la distinción hecha por las autoridades entre asociaciones de ayuda mutua y de resistencia (denominadas «coligaciones» o «coaliciones» en el vocabulario jurídico)32. Para ellos, ambas organizaciones se estructuraban a partir del mismo vínculo societario, y, por tanto, eran igualmente legítimas. Por esta razón, cuando afirmaron que el fin que «jamás han desmentido» de sus sociedades de resistencia era «auxiliarse mutuamente», no lo hicieron para ocultar dichas organizaciones bajo la forma asistencial, sino para reivindicar que los dos tipos de asociaciones eran legítimos y no podían prohibirse ni limitarse: El prohibir asociaciones para socorrerse mutuamente en las desgracias o en las necesidades futuras, sobre ser contrario a todo sentimiento de humanidad, sería cometer un atentado contra los intereses de los socios; sería privar a estos de hacer uso de su propiedad para el noble y piadoso fin de socorrer a sus semejantes y a sí mismos; sería negarles la libertad de hacer bien y lo que no prohíbe la ley […]33. Para los operarios asociados, los dos tipos de ayuda mutua constituían formas distintas y compatibles de ejercer un mismo derecho, lo que explica la habitual combinación de asistencia y resistencia en las sociedades obreras españolas del siglo xix34. La Sociedad de Beneficencia Mutua de la Villa de Igualada, integrada por tejedores, estableció en sus estatutos de 31 Barnosell 2005b, 3-4. Entre estas diferencias destacaban el perfil de los afiliados (las asociaciones de resistencia estaban integradas por operarios de un mismo oficio mientras que las de socorro podían incluir a obreros de varias profesiones) y la menor atención prestada a los socorros por enfermedad en el caso de las sociedades de resistencia. 32 Barnosell 1999, 75. 33 «Sermo. Sr. Los infrascritos». 34 Así ocurrió también en Inglaterra y Francia. Chase 2000, 2 y 107; Reddy 1984, 193. 121 Capítulo 3. Resistencia 1842 que sus ayudas se dedicarían tanto a los obreros enfermos como a los que se retiraban de las fábricas por oponerse a los descensos salariales35. La sociedad que los tejedores de Olot querían reorganizar ese año se ocuparía de la «protección y socorro a los socios que tengan falta de trabajo por cualquiera causa de que no se hayan hecho culpables»36. Por la forma en que estaba redactado, este punto refería tanto a los periodos de invalidez de los asociados como al abandono de las fábricas. Años más tarde, en 1856, el reglamento de la ATB seguía estableciendo ambiguamente el socorro a los socios que «por causas independientes a su voluntad queden sin trabajo»37. Junto a todo ello, los tejedores empezaron a criticar como una muestra intolerable de desigualdad jurídica el que la autoridad persiguiera sus sociedades de resistencia y tolerara, en cambio, las organizaciones de fabricantes. Según ellos, mientras los españoles más ricos, es decir, los «menos necesitados de socorros, y menos sujetos a la prepotencia de otros», podían asociarse, a los más pobres se les privaba de los «derechos comunes a los restantes ciudadanos»38. Los comisionados tejedores expusieron en 1840 que mientras los fabricantes podían «mancomunarse en un convite en la fonda de Gracia u otra parte por razón de su reducido número, arrastrando su opinión la de los demás», los tejedores veían sus reuniones prohibidas y sus organizaciones perseguidas. Los tejedores no pidieron la prohibición de las reuniones de fabricantes, pues las consideraban legítimas. En vez de ello, solicitaron poder reunirse y organizarse al igual que los fabricantes39. 35 Carner 1971, 14. 36 «Compañeros», El Constitucional, 1226, 7/IX/1842. 37 El Eco de la Clase Obrera, 23, 13/I/1856, arts. 13.º y 14.º De igual manera sucedió en otros sectores profesionales a lo largo del siglo xix. Véase Ralle 1984, 16. 38 «Sermo. Sr. Los infrascritos». 39 «Con esta fecha». Los tejedores se quejaron de que los fabricantes se unían secretamente para imponer sus condiciones (Carta de los directores de la Sociedad de Mutua Protección de Canet de Mar a los directores de la ATV, 27/XI/1841. AMV. Documentos i papers de l’ATV). 128 Jesús de Felipe Redondo Asociándose […] [los trabajadores] han ejercido un derecho que les concedió la naturaleza; han usado de la facultad virtualmente consignada en la Constitución política de la monarquía; han hecho lo que tienen libertad de hacer, porque no hay ley vigente que se lo prohíba; han obrado conforme a las circulares y declaraciones mismas del Gobierno; y han obtenido de este, aunque sin necesidad, la sanción de un acto consumado y que les era facultativo. ¿Cómo pudieran por consiguiente renunciar los tejedores unos derechos tan preciosos? ¿Cómo consentir una resolución que es un privilegio odioso contra ellos? Por tanto, los tejedores asociados experimentaron la ilegalización de sus asociaciones de la misma manera que los patronos y las autoridades habían concebido la aparición de dichas organizaciones, es decir: como la consagración de la desigualdad y del «privilegio». La prohibición de la ATB resultaba ser un «precepto arbitrario» que atentaba contra «la libertad civil que están obligados a respetar gobernantes y gobernados» y, por tanto, era una medida ilegítima. Así se lo hicieron saber los tejedores al propio jefe de Gobierno, Espartero: V[uestra] A[alteza] conocerá toda la amargura de que deben hallarse poseídos todos los tejedores asociados: […] se persuadirá de que no es fácil darles una razón convincente de no ser ilegal la orden de disolución que les priva de derechos comunes a los restantes ciudadanos. No es posible disuadirles de que dicha medida es contraria a la libertad natural y civil, ni de que es un abuso de poder […]. Quítese de sus ordenanzas [de la ATB] lo que pueda ser contrario a las leyes; […] pero privar un acto legítimo y no prohibido por la ley, por temor de que se abuse del mismo, no está en el círculo de las atribuciones del Gobierno59. Los tejedores habían reorientado hacia el Gobierno la crítica que los liberales dirigían al Antiguo Régimen como un «tiranía» basada en la «desigualdad». En la prensa liberal barcelonesa de la década de 1830 se afirmó con rotundidad que si los Gobiernos eran «odiosos y tiránicos» se debía a 59 Para esta cita y la anterior véase «Sermo. Sr. Los infrascritos». 129 Capítulo 3. Resistencia que habían «menospreciado y pisado» los derechos individuales. De este modo, «cuando la ley es general y no exceptúa ni prefiere a nadie[,] el voto de la igualdad está realizado»; pero cuando la libertad es atacada por la ley, es decir, «cuando la ley dice al ciudadano: “yo impongo tales límites a tus derechos”», entonces «el ciudadano revestido de la dignidad de hombre dice a la ley: “he aquí los límites que mis derechos te prohíben pasar”»60. En la medida en que los tejedores experimentaron la ilegalización de la ATB como una opresión de sus derechos naturales, se vieron legítimamente impulsados a oponerse, e, incluso, a recordar a las instituciones sus funciones en un régimen liberal. Los tejedores asociados advirtieron a Espartero que, «si quería ser obedecido», debía «mandar dentro del círculo de sus propias atribuciones», es decir, proteger los derechos de los ciudadanos, no negarlos61. Los trabajadores asociados recordaron oportunamente a las autoridades que ya habían luchado por las libertades en la guerra contra los carlistas y que volverían a hacerlo si era necesario: nosotros y el pueblo entero han [sic] calificado la tal orden [la «que manda disolver las asociaciones de socorros mutuos»] de capciosa y arbitraria, siendo así que el derecho de socorrerse es un deber natural que por más que se oponga el Gobierno no podrá destruir jamás. Considerándonos, pues, en el ejercicio de nuestros derechos por los cuales hemos combatido y triunfado después de siete años de guerra, nos proponemos de nuevo arrostrar todos cuantos peligros nos rodeen en defensa de nuestra filantrópica sociedad, único consuelo de los pobres jornaleros […]62. En estos conflictos puede apreciarse que la idea de que poseían derechos naturales se había convertido en una realidad incontrovertible para los trabajadores. Por esta razón, para ellos la actuación de las autoridades solo podía explicarse bien porque los gobernantes no eran conscientes de dicha 60 «Legislación de los derechos del hombre». Subrayado en el original. 61 «Sermo. Sr. Los infrascritos». 62 «Asociación de Tejedores», El Popular, 289, 4/I/1842. Subrayado mío. Los «siete años de guerra» corresponden a la Primera Guerra Carlista (1833-39). 130 Jesús de Felipe Redondo realidad, bien porque no eran verdaderamente liberales. Inicialmente, los operarios asociados siguieron la primera explicación y se empeñaron en «demostrar» al Gobierno el «grave error» que había cometido al abolir sus asociaciones, causado por el engaño de los fabricantes63. En una circular de la ATB de 1841, la Junta Directiva informó a sus socios que «nuestros adversarios [los patronos], sin tener valor de echarnos sus tiros inicuos por medio de la prensa periódica de esta capital [Barcelona], se han dirigido rastreramente a la de la Corte», retratando las asociaciones obreras como «la ruina de la industria catalana y de nosotros mismos»64. Los tejedores de la ATB pensaron que, para evitar su ilegalización, debían, simplemente, descubrir este engaño. De ahí que enviaran una comisión de representantes a Madrid con el objeto de exponer al Gobierno «todo lo que pasa en general, y desvanecerle las ideas que tal vez le hayan imbuido»65. Podría pensarse que los trabajadores asociados rehuían el conflicto y adoptaban una postura ingenua. Sin embargo, esta interpretación es del todo insatisfactoria. En primer lugar, por su carácter teleológico: desde el presente, parece fácil demostrar que los trabajadores se hallaban equivocados. Pero los tejedores crearon sus asociaciones en un periodo revolucionario en el que los liberales (incluidos los propios trabajadores) luchaban entre sí por establecer un nuevo régimen todavía inestable y en el que parecía posible que el Gobierno progresista de Espartero (1840-43) aceptara sus demandas, pues veían en él la encarnación del «verdadero régimen liberal». En segundo lugar, porque la postura de los tejedores era un arma de doble filo. Si el Gobierno no atendía las demandas obreras, 63 «La conducta que hemos guardado nos autoriza para que podamos acudir al primer jefe del Estado, al Regente del reino, y demostrarle el grave error que cometió su gabinete» («Compañeros. Una orden…», Diario de Barcelona, 20, 20/I/1842). 64 Esos «adversarios» eran «los mismos que con el sudor de nuestra frente han elevado sus fortunas». Véase «Comunicación de la Junta Directiva de la Sociedad de Protección Mutua de los Tejedores de Algodón», El Corresponsal, 17/III/1841. Reproducido en Elorza 1972, 211-12. 65 Carta de la ATB a los directores de la ATV, 2/VI/1841. AMV. Documentos i papers de l’ATV. He cambiado la data del documento siguiendo a Ollé 1973, 311. 131 Capítulo 3. Resistencia entonces los tejedores asociados las defenderían ellos mismos y contra el propio Gobierno: Nuestra voz penetrará, si es posible, hasta el palacio de la Reina, y esperamos ver apoyados nuestros derechos por los representantes del pueblo. […] Empero si desgraciadamente nuestros gobernantes desconocieran la importancia y trascendencia de la cuestión social que vamos a someterles, entonces, Compañeros, triste sería el porvenir industrial de nuestra patria, y más que en el Gobierno debíamos confiar en el principio de fraternidad, de unión y de asociación moral que es indestructible, que no pueden derribar los embates de todos los Gobiernos posibles, y que nos haría fuertes, porque entonces brillaría más radiante la justicia de nuestra causa66. De este modo, la identidad ciudadana había generado entre los tejedores una nueva expectativa mediante la que interpretaban los acontecimientos: la de que el Gobierno, en tanto que institución liberal, debía reconocer sus sociedades. Si no actuaba así, entonces no era verdaderamente liberal, y, en tal caso, no había razones para obedecer sus leyes. Esta expectativa marcó las respuestas y acciones de los tejedores asociados en los meses siguientes a la ilegalización de la ATB a finales de 1841. Cuando la comisión que los tejedores enviaron a Madrid obtuvo el éxito y la orden de prohibición fue suspendida en marzo de 1842, los tejedores lo interpretaron como si el Gobierno hubiera satisfecho sus «fundadas esperanzas»: «la voz de la razón y la justicia» había sido «escuchada» y las autoridades tendían a los trabajadores la «mano de protección» que esperaban. Algo que, desde su punto de vista, parecía completamente lógico, puesto que el objetivo «humanitario y filantrópico» de la sociedad obrera «no podía menos de hallar acogida en los hombres encargados de regir los destinos de la Nación»67. Cuando las autoridades ilegalizaron nuevamente la ATB en 1843 y de forma más dura en los años siguientes, los tejedores, retando las leyes del Gobierno, decidieron mantener clandestinamente sus asociaciones por66 «Compañeros. Una orden». 67 «Con mucho gusto insertamos…», El Constitucional, 1131, 17/IV/1842. 132 Jesús de Felipe Redondo que, para ellos, sus asociaciones no eran antiliberales, a diferencia de las leyes que las prohibían. Iv. Las aLIanzas poLítIcas e InstItucIonaLes de La atb A pesar de lo dicho anteriormente, la postura de las autoridades no fue homogénea ni unívoca. Siempre vigilaron atentamente la ATB, pero esta también se granjeó un cierto respaldo de algunas instituciones y grupos políticos. Así, los tejedores asociados consiguió el apoyo del capitán general, el jefe político y los alcaldes constitucionales de Barcelona en algunos conflictos laborales68. La sociedad de tejedores incluso recibió dinero del Ayuntamiento de Barcelona para la creación de una fábrica propia para dar trabajo a los obreros parados69. Frente a su ilegalización, la ATB recibió el respaldo del Ayuntamiento de Barcelona, los diputados y los senadores catalanes, que calificaron la prohibición como «injusta y arbitraria en lo que toca a los socorros mutuos»70. La primera orden de ilegalización del gobierno dictada a principios de 1841 no fue acatada inmediatamente por el gobernador civil de Barcelona, a pesar de las protestas de los fabricantes, y cuando finalmente fue ejecutada, no conllevó la disolución de la ATB. Da la impresión de que el gobernador civil daba tiempo a la asociación obrera para resolver los conflictos negociando con los patronos, como ha señalado 68 Carta de la ATB al Alcalde 1.º constitucional de la ciudad de Vich, 22/V/1841. AMV. Documentos i papers de l’ATV. También el General Zurbano apoyó a los operarios asociados de Olot en 1842 (Carta de Juan Muns a los directores de la ATV, 2/IX/1842. AMV. Documentos i papers de l’ATV). 69 El Ayuntamiento de Barcelona concedió un préstamo de 140 000 reales que sirvió a la ATB para crear una fábrica propia y que nunca fue devuelto. La fábrica de la ATB, denominada «Compañía Fabril», tenía capacidad para dar trabajo a cerca de 200 trabajadores y sobrevivió hasta 1848. Véase Izard 1973, 99; Fontana y Maluquer 1972, 468; Ollé 1973, 97; Reventós 1960, 54. 70 «Noticia importante», El Constitucional, 1043 (por error figura 1042), 18/I/1842; «Correspondencia de la Corte», El Constitucional, 1103, 19/III/1842 y 1105, 21/III/1842. Los representantes de la ATB agradecieron dichas gestiones («Con mucho gusto insertamos»; «Ilustres señores diputados…» e «Ilustres señores senadores…», ambos en El Constitucional, 1137, 23/IV/1842). 133 Capítulo 3. Resistencia José M.ª Ollé. Asimismo, varios capitanes generales de Cataluña, que supuestamente perseguían las sociedades obreras, pusieron a disposición de la ATB parte de las tropas de la Milicia Nacional para que participara en los actos conmemorativos del aniversario de su fundación. En 1843, los propios alcaldes constitucionales formaron parte de estos actos a pesar de que la ATB estaba entonces oficialmente disuelta. En julio de ese año, la ATB fue reconocida como organización legítima por la Junta Suprema de Barcelona en un intento de dicha institución de atraerse el apoyo popular durante la fallida revolución progresista de la Jamancia71. La prensa demócrata madrileña y barcelonesa apoyó sin reservas la legalidad de la ATB, como también algunos periódicos progresistas de Barcelona. En el progresista El Constitucional se utilizaron exactamente los mismos argumentos empleados por los tejedores: el Gobierno no tenía «ninguna facultad para privar a una masa de ciudadanos el que se socorran mutuamente en sus necesidades más perentorias, y el que se eviten […] con el sudor de su rostro los rigores y abyección de la miseria». La ATB fue defendida como una organización «pacífica» de «ciudadanos beneméritos que han prestado grandes servicios a la patria» que no mirarían «con indiferencia como se les arrebata de una manera violenta el único recurso que tenían para no perecer de hambre el día en que sus brazos queden ociosos por falta de material que elaborar, o por capricho de un amo»72. En ocasiones, este respaldo a la ATB vino acompañado de un intento de controlar las acciones de resistencia y convertirla en una organización puramente asistencial. La prensa progresista barcelonesa y las autoridades subrayaron la faceta asistencial de la sociedad obrera y procuraron convencer a los tejedores asociados de que eliminasen de su reglamento las pretensiones de impedir las reducciones de jornal, para que «ninguno de ellos atropelle con vías de hecho, o exigencias simultaneas, a ningún otro 71 Ollé 1973, 78 y 92-93 y Elorza 1972, 144-48. 72 «Sociedad de Tejedores», El Constitucional, 1041, 16/I/1842. Las «veinte mil personas» incluían los miembros de las familias de los asociados a la ATB. 134 Jesús de Felipe Redondo trabajador asociado o no asociado y a ningún amo»73. No obstante, la resistencia no fue rechazada de manera unánime. En ocasiones la prensa progresista también afirmó que la ayuda mutua abarcaba el desempleo motivado por el «capricho de un amo», coincidiendo con la noción amplia de ayuda mutua de los operarios74. En 1843, los progresistas barceloneses afirmaron que la ATB aseguraba el «natural equilibrio entre el salario de los obreros y las ganancias de los fabricantes»75. Este apoyo a la ATB se debía a que los supuestos liberales sobre los que se elevaban las aspiraciones obreras otorgaban a estas un carácter legítimo. El hecho de que acudieran a los mismos argumentos y reivindicaciones formuladas por los obreros asociados indica que los comprendían y que, a partir de dicha comprensión, podían llegar a aceptarlos total o parcialmente. La prohibición de la asociación para la resistencia causaba dudas entre sectores de políticos y pensadores liberales, pues, en la medida en que los argumentos de los tejedores se basaban en los supuestos liberales y adquirían sentido en el debate sobre la institucionalización del régimen liberal, no podían obviarlos. No había ocurrido así a mediados de la década de 1830, cuando las peticiones de los tejedores de la intervención del Estado recibieron tan solo reproches, correcciones y amenazas. Pero en 1840, los trabajadores fundamentaban sus organizaciones y reivindicaciones en los mismos supuestos liberales en los que se asentaba el nuevo régimen, y esto es lo que explica el apoyo, parcial o decidido, de una parte de las autoridades y la opinión pública. La fundamentación liberal de las demandas obreras les otorgó una cierta autoridad y eficacia, pues estas fueron formuladas en el discurso común en el que se fundamentaba la concepción del mundo de sus oponentes. Y, como señala Joan Scott, en la medida en que los supuestos en que se basan sus reivindicaciones 73 «Todavía hay esperanzas», El Constitucional, 1043 (por error figura 1042), 18/I/1842. 74 «Sociedad de Tejedores», El Constitucional, 1041, 16/I/1842. 75 «Sociedad de Tejedores de Algodón. (Continuación)», El Constitucional, 1352, 21/I/1843. 135 Capítulo 3. Resistencia son compartidos por sus oponentes, estos no pueden dejar de tomarlas en consideración, incluso aunque sea para rechazarlas76. Ello contribuye a corroborar la interpretación fundamental que se ha expuesto con anterioridad: en la medida en que los tejedores se constituyeron como sujetos liberales, sus objetivos y formas de lucha (lo que era posible y legítimo hacer y lo que no) se definieron y estructuraron en el marco conceptual liberal. Al ser sus reivindicaciones una consecuencia de la aplicación de los conceptos liberales para dotar de sentido sus situaciones, se convirtieron en una contribución directa a los debates liberales que podía ser entendida por los que participaban en ellos, en particular en la discusión sobre la definición, el reconocimiento y el alcance legal de las libertades individuales en el nuevo régimen. 76 Scott 1996, X; Cabrera 2006, 253-54. 137 Capítulo 4 La extensión de las asociaciones de resistencia Además de las sociedades de tejedores, desde 1840 aparecieron asociaciones obreras de resistencia de otros oficios en Barcelona y diversas poblaciones catalanas (y, más tardíamente, en otras ciudades españolas España). Los operarios que las crearon trabajaban en condiciones muy diferentes. En algunos casos se trataba de profesionales de ramas industrializadas, en otros de oficios en los que la industrialización había tenido un escaso o nulo impacto. Este capítulo trata de explicar el proceso que dio lugar a la aparición de una misma conducta entre obreros tan diferentes y de una identidad que aspiraba a englobarlos a todos y unirlos en la acción colectiva. I. Las asocIacIones de resIstencIa en barceLona I.1. La aparición de sociedades de resistencia en otros oficios industrializados Diversos historiadores, tanto en España como otros países, han interpretado la aparición de las sociedades de resistencia como una continuación histórica de las luchas anteriores de los oficiales artesanos. Desde este punto de vista, las nuevas sociedades serían el resultado de la adaptación de las organizaciones previas (hermandades o gremios de oficiales) al 144 Jesús de Felipe Redondo para este fin en el Trienio Progresista89. Por otro lado, hay otros gremios de oficiales que participaron activamente en los conflictos laborales de la década de 1830, como el de los sastres, y, sin embargo, se disolvieron y no se transformaron en asociaciones en el Trienio. De este modo, algunos de los más combativos gremios de oficiales no crearon nuevas asociaciones y otros, aunque las crearon, no continuaron con las luchas previas. Pero es que incluso en el único caso de oficiales con gremio propio que crearon una asociación para la lucha laboral, el de los zapateros (y alpargateros), no se puede hablar de continuidad, pues la finalidad que estos dieron a su nueva organización difería de sus anteriores luchas. La asociación que fundaron se encargaba de gestionar dos talleres colectivos que empleaban a los oficiales que se negaban a trabajar para los maestros que disminuían sus jornales90. Es decir, no organizaba huelgas, sino que daba cobertura a los zapateros que abandonaban los talleres de los maestros que no aceptaban negociar las condiciones salariales y laborales. Este tipo de asociación no fue exclusivo de los zapateros: también fue adoptado por operarios que carecían de organizaciones anteriores, como los cesteros91. Podría pensarse que la asociación de los zapateros era una adaptación de anteriores formas de lucha (el castigo contra los maestros que no respetaban las normas comunitarias). Sin embargo, esta interpretación oculta que su objetivo era nuevo, pues trataba de negociar colectivamente la cuantía de sus salarios con los maestros en el marco del libre mercado. Por otro lado, este tipo de organización (el taller colectivo) eran impensable en el Antiguo Régimen, cuando tener un taller era una prerrogativa de los maestros —algo que los oficiales nunca pusieron en cuestión—. Su creación entrañaba, por tanto, un cambio profundo en 89 Véase el capítulo 1. La Sociedad de Protección Mutua de Mancebos Carpinteros legalizó su reglamento en 1842, aunque se desconocen sus actividades (si las tuvo) en el Trienio Progresista. 90 «Sociedad protectora de oficiales zapateros», El Constitucional, 648, 17/I/1841 y «Sociedad de oficiales zapateros», El Constitucional, 1019, 25/XII/1841. 91 El Májico [sic], «Los cesteros», El Constitucional, 358, 15/VI/1840. 145 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia la concepción previa del oficio en la medida en que reconocía a maestros y oficiales como individuos iguales. Para los zapateros asociados, los maestros habían dejado de ser la «cabeza» del oficio y, de hecho, se habían convertido en figuras prescindibles, pues los oficiales afirmaban tener el mismo derecho que ellos a regentar sus propios talleres. La prensa progresista barcelonesa así lo constató en 1840, refiriéndose a las asociaciones de zapateros: la asociación industrial puede mejorar la suerte de las clases productoras, o a lo menos facilitar gradualmente su honrosa independencia. Supuesto que el capital ha de seguir teniendo un predominio injusto, reúnanse unos cuantos capitales pequeños y fórmese uno regular. Por esta simple operación gana también la industria, porque hay más estímulo para el trabajo, y mayor perfección de los artefactos92. De todo ello se desprende que las asociaciones de resistencia no eran las continuadoras de los gremios de oficiales, pues, aunque pudieran estar compuestas por los mismos operarios, implicaban una forma distinta de concebir las relaciones y los conflictos laborales, a los individuos que trabajaban y las acciones que podían llevar a cabo. La asociación conllevaba la transformación y el desplazamiento de la concepción corporativa y jerárquica del oficio por la noción liberal de la comunidad de individuos libres e iguales en derechos. Con ello no pretendo negar la persistencia de algunas demandas antiguas entre los operarios asociados, aunque, como señalé antes, estas adquirieron nuevos significados al entrar en contacto con el nuevo marco significativo que estaba rearticulando la concepción del mundo de los operarios. Así se aprecia en el caso de los tintoreros de algodón barceloneses, un oficio artesano vinculado al desarrollo de la industria textil. A principios de la década de 1840, los tintoreros, que no habían tenido gremio de oficiales, fundaron una asociación de resistencia. Dicha sociedad defendió que cada dueño tuviera un único aprendiz por taller, una condición que, 92 Ibíd. Subrayado en el original. 146 Jesús de Felipe Redondo según Barnosell, aparecía en las antiguas ordenanzas del Gremio de Tintoreros (aunque no de algodón, sino de lana)93. Así expuesto, da la impresión de que estos operarios procuraron mantener algunas normas que habían regulado el mercado laboral en el Antiguo Régimen. Ahora bien, el sentido de esta antigua demanda sufrió una importante alteración al entrar en relación con las categorías liberales que los tintoreros comenzaron a emplear. Los tintoreros reclamaron que su asociación fuera reconocida como una organización legítima de trabajadores, excluyendo por primera vez a los maestros. Ello quiere decir que los antiguos lazos corporativos del oficio (los mismos que legitimaban el sentido original de las ordenanzas defendidas por los operarios) habían desaparecido o se habían reformulado en términos diferentes. Los tintoreros, como los zapateros (y al igual que trabajadores industriales como los tejedores y los hiladores), demandaron la negociación colectiva de las condiciones laborales con los dueños de taller. Según ellos, esta negociación resultaba imprescindible para alcanzar «la buena armonía que para utilidad de todos debe reinar entre los amos de los tintes y sus mancebos»94. Una armonía basada no en el respeto al cuerpo del oficio, sino a la libertad y los derechos naturales de los tintoreros. Esto hizo que antiguas demandas como la limitación del número de aprendices adquirieran un sentido diferente al vincularse a una nueva lucha: la defensa de la «dignidad humana» de los tintoreros. Lo que significa que, aunque tanto los oficiales de los gremios como los «trabajadores» de las asociaciones querían controlar el mercado laboral limitando el número de aprendices, para los segundos este control ya no se dirigía a garantizar 93 Barnosell 2005a, 41, n. 65. Aunque no existió un gremio de tintoreros de algodón, algunos de estos habían sido tintoreros de lana a principios del siglo xix (Molas 1970, 530). La limitación del número de aprendices en este oficio se mantuvo en las décadas siguientes. En el congreso obrero de 1870, el representante de la Sociedad de Tintoreros de Reus informó de que existía un máximo de dos aprendices por dueño de taller. Véase «Discurso de Antonio Garriga» en Arbeloa 1972, 158. 94 Archivo Administrativo de Barcelona. Secretaría, G-1-D-1 (1010); 23-93-34 (11); 23-9237 (508). Citado en Barnosell 2005a, 27. 147 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia la autonomía y el control del cuerpo del oficio, sino su independencia como «hombres libres e iguales». A este respecto, los tintoreros expusieron que estaban percibiendo su situación laboral como «opresión», es decir, como un «mísero estado» impuesto por los amos de los tintes que los trataban «con gran rigor poseídos de la ambición que les domina». En un llamamiento a los tintoreros de bermejo en 1843 se afirmó que «el único medio» para acabar con esa opresión era «asociarnos todos; así pues, cuando un amo nos trate con rigor o nos rebaje el jornal, nos podremos retirar socorriéndonos unos a otros y huir de la tiranía»95. Dichos operarios se inspiraron en los reglamentos de la ATB para crear su asociación y establecieron la misma forma ordenada y apropiada de los «ciudadanos responsables» de abandonar los talleres cuando los patronos rebajaban los salarios96. Si esta interpretación es correcta, entonces los miembros de los gremios de oficiales y de las asociaciones de resistencia podían ser los mismos individuos, pero concebían su mundo, sus intereses y sus aspiraciones de maneras radicalmente distintas. Eran sujetos históricos distintos. Y por tanto, la creación de asociaciones obreras no fue una adaptación del nuevo lenguaje liberal a los intereses previos de los operarios, pues conllevó la transformación de la identidad y los intereses de esos individuos. Por esta misma razón, resulta problemático afirmar que la participación en los gremios de oficiales fue una experiencia que facilitó a los trabajadores la creación de asociaciones de resistencia97. En la medida en que el significado de pertenecer a una organización u otra era diferente, también era distinta la experiencia que generaba. De ahí que ninguna sociedad de 95 «A la clase de tintoreros de bermejo», El Constitucional, 1480, 5/VI/1843. 96 «Cuando el amo de cualquier tinte quisiese rebajar el jornal a los mancebos, estos lo harán presente al comisionado de su respectivo tinte, quien se presentará al amo haciéndole las reflexiones que crea oportunas para conseguir que no se verifique la rebaja». Si esto no disuadía al patrono, entonces el comisionado debía informar al director de la sociedad y, previo permiso de este, «los mancebos abandonarán el taller». Citado en Barnosell 2005a, 26-27. 97 El valor de las «experiencias previas» es defendido, entre otros, en Barnosell 2005a, 45 y 1997, 303-18. 148 Jesús de Felipe Redondo resistencia que tuviera su origen en un gremio de oficiales presentara sus antecedentes organizativos como algo relevante para sus luchas. Ninguna se identificó con las acciones de los gremios de oficio. Los objetivos y métodos de las luchas anteriores habían perdido su antiguo sentido. Y por esta razón, la constatación de una misma reivindicación en dos periodos históricos, como un número máximo de aprendices, no implica necesariamente una continuidad histórica, pues dicha demanda puede tener significados y objetivos distintos. I.3. La extensión del sujeto trabajador A pesar de que la mayoría de las asociaciones fundadas por oficiales barceloneses en 1840-43 no intervino en las luchas laborales, sí que participó activamente en la defensa del derecho de asociación junto a la ATB. De hecho, esta lucha desempeñó un papel fundamental para la extensión de las nociones liberales entre la población obrera y, en especial, sirvió para difundir el ejemplo de la ATB como un caso práctico de lo que comportaban dichos conceptos. En la medida en que los tejedores lograron consolidar su asociación y coordinarse con éxito para la defensa de sus salarios, su concepción liberal del mundo se volvió cada vez más convincente para explicar la situación de todos los individuos que trabajaban en el nuevo régimen. Esto no quiere decir que la extensión de las asociaciones se fundamentara en un proceso de elección racional por parte de sujetos racionales autónomos. Simplemente, afirmo que la nueva concepción podía ser asumida por más operarios porque mostraba su capacidad de explicar situaciones que las antiguas tradiciones de oficio no podían explicar de forma plenamente satisfactoria. Los tejedores asociados encabezaron una serie de iniciativas que se basaban en la interpelación de todos los individuos que trabajaban como potenciales compañeros de lucha. Estas iniciativas se orientaron a la defensa de los supuestos derechos naturales de todos los operarios y conllevaban el fomento de la creación de asociaciones obreras y el establecimiento de vínculos entre ellas. Este llamamiento general se debe a que, como se vio en el capítulo 2, la identidad de «trabajador» se desprendía de la noción de 149 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia naturaleza humana, la cual afectaba a todos los individuos que trabajaban con independencia de su oficio. Los tejedores asociados consideraron la participación de los operarios en esta lucha como una toma de conciencia de esta realidad para ellos evidente (u objetiva). Los dirigentes de la ATB confiaban en que la extensión de las asociaciones haría «despertar» a «los pueblos […] del profundo letargo, que se levanten en masa contra toda especie de tropelías»98. Los trabajadores que no se unían a esta lucha renunciaban «para siempre a la dignidad de hombres libres» y a extraer de dicha dignidad «todas las consecuencias». Desde esta perspectiva, los obreros que no se asociaban quedaban «embrutecidos», condenados a «recibir como por limosna el miserable jornal que al fabricante le plazca daros» y a vivir bajo «el peso de las cadenas de la más odiosa esclavitud» para morir «en la miseria». Así se dirigieron los tejedores asociados de Olot a los no asociados en 1842: Si estáis dispuestos a pasar por tantas humillaciones: si tenéis tan poco amor de vosotros mismos: si tampoco estimáis a vuestras familias; si en nada tenéis el ser libres después de haber merecido el nombre de muy leales [título de la villa de Olot] defendiendo, con las armas en la mano, la sacrosanta libertad que nos conceden nuestras instituciones, si en fin y en una palabra, sois tan cobardes para aguantar tanto ultraje; no hay más que decirlo francamente99. De este modo, se llegó a suponer que el trabajador que no se asociaba lo hacía por «desconocer» sus derechos. Pues, según los operarios asociados, la resistencia surgía del conocimiento de la «verdad» de su condición humana que se adquiría a pesar de (o precisamente por) la opresión laboral. El director de la ATB afirmó en 1841 que «nuestros enemigos creen que estas verdades [la condición humana de los operarios], cuya demostración es siempre terrible para nosotros, no han llegado a nuestro alcance por98 Carta de la ATB a los directores de la ATV, 16/VIII/1842. 99 Para esta cita y las anteriores «Compañeros», El Constitucional, 1226, 7/IX/1842. El comentario de la defensa de la libertad «con las armas en la mano» era una alusión a la participación de los trabajadores en la milicia nacional en la guerra contra los carlistas. 150 Jesús de Felipe Redondo que tratándonos como esclavos, nos han negado la instrucción que podía darlas a conocer»100. La idea de que todos los hombres que trabajaban eran ciudadanos productivos dotados de derechos y libertades naturales se convirtió así en un supuesto incuestionable, en una verdad natural y ahistórica de la que se podía deducir que todos los que trabajaban manualmente tenían los mismos intereses, con independencia del oficio que ejercieran. Como consecuencia, las divisiones corporativas que habían distinguido a los operarios en distintas comunidades de oficio durante siglos, haciendo que su movilización colectiva resultara impensable, se resquebrajaron. Todos los operarios resultaban ser «trabajadores», hombres productivos dotados de derechos naturales, y todos tenían el deber de conocer dichos derechos y luchar para preservarlos. Ello no quiere decir que las diferencias entre oficios (y las identidades de oficio) desaparecieran. Simplemente, pasaron a un plano secundario con respecto a este nuevo supuesto fundamental. El análisis de un conocido documento posterior sirve para aclarar esta cuestión. En 1856, los hiladores asociados de Barcelona afirmaron que tanto ellos como los oficiales eran igualmente «obreros» dotados de derechos. Lo que los distinguía no eran sus diferentes profesiones, sino el grado de opresión en el que vivían según el distinto trato que recibían de los patronos: El obrero artesano, en general, comparte su trabajo con el maestro; hay entre ellos relaciones de igualdad, algunas veces, son amigos; su trabajo, tal vez de más difícil ejecución que el nuestro, tiene el aliciente de la variedad y el atractivo de la aprobación de los demás. Nuestro trabajo se verifica bajo opuestas condiciones. […] Para nosotros lejos de ser el fabricante nuestro igual, es el ojo vigilante y espía de nuestras acciones: nunca trabajamos bastante; siempre descontento de nosotros, no podemos menos de ver en él nuestro tirano101. 100 «Manifiesto que el director de la Asociación…», El Constitucional, 878, 6/VIII/1841. 101 Contestación a los fabricantes dada por los obreros hiladores de algodón como motivo del remitido inserto en el periódico «El Centro Parlamentario» del 23 del actual, 26/VII/1856. Inserto en la carta del cónsul francés Baradère al ministro francés de asuntos extranjeros del 151 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia Este fragmento ha sido citado habitualmente para destacar la diferenciación entre los trabajadores fabriles y los obreros de oficio, así como para subrayar la aparición de una conciencia de clase que habría distinguido a los obreros fabriles de los demás artesanos102. Sin embargo, en él pueden apreciarse otras cosas. En primer lugar, que los hiladores estaban idealizando las relaciones en los talleres artesanos, donde las relaciones entre patronos y empleados no eran igualitarias ni lo habían sido nunca. En segundo lugar, si se analiza cuidadosamente la distinción que hacen los hiladores asociados, puede comprobarse que esta se basaba en un supuesto subyacente fundamental: el de que oficiales y operarios industriales eran «obreros». Así, se refirieron a los trabajadores de oficio como «obreros artesanos». En lo que se distinguían era en la intensidad de la explotación que experimentaban. Pero se trataba de una diferencia de grado, no de cualidad. Los hiladores denunciaron que, a diferencia de lo que (ellos creían que) ocurría en los oficios urbanos, en las fábricas textiles el respeto mutuo que debía orientar las relaciones entre patronos y trabajadores era inexistente. Pero si imaginaron las relaciones laborales en los talleres artesanos como mejores que las suyas fue porque supusieron que en ellas se respetaba la «igualdad» entre ciudadanos. De ahí que su aspiración fuera lograr que esta igualdad se difundiera también en las fábricas textiles. Por tanto, aunque los operarios trabajasen en condiciones distintas, desde esta perspectiva eran concebidos como «trabajadores» iguales. La prensa obrera de la década de 1850 negó que hubiera diferencias sustanciales entre los operarios de diferentes oficios. Si existían distintas profesiones era porque la necesidad social del trabajo había dividido a «los hombres en grupos y en clases» con el único fin de facilitar la producción. Pero «estas clases no difieren entre sí más que en el objeto a que aplican sus fuerzas; y de ninguna manera existen entre ellas diferencias esenciales, porque no 28/VI/1855. Archives du Ministère des Affaires Étrangères (París). Correspondance politique des consuls: Espagne, vol. 52, folios 263-4 v. Reproducido en Benet y Martí 1976, vol. II, 403-11. 102 Romero 2005, 59-60. 152 Jesús de Felipe Redondo puede ser esencial lo que es producto de un accidente»103. La profesión se había convertido en lo accidental; el ser «trabajador» era lo esencial. Esto fue lo que condujo a los tejedores asociados del Trienio Progresista a explicar los conflictos en otras ramas laborales por las mismas causas que atribuían a los suyos. Para ellos, todos los operarios, por el mero hecho de trabajar, formaban parte de las clases útiles y productivas del Estado, y, por tanto, debían aliarse contra su común opresión de su dignidad humana. En un manifiesto dirigido a la opinión pública, los dirigentes de la ATB afirmaron que los trabajadores formaban «una parte muy esencial del Estado». Todos ellos debían considerarse parte de «una misma familia», y de ahí que debieran unir «todas sus fuerzas» para rechazar «las inculpaciones e injusticias que les dirijan» y mostrar que su «posición social no es tan débil como en otro tiempo en que por fuerza habían de callar y sujetarse a la ley del capricho» de los patronos104. Esto implica que los tejedores, al dotar de sentido a las diferentes situaciones en que vivían y trabajaban los operarios a través de las categorías de naturaleza humana y trabajo, concibieron dichas condiciones como experiencias equivalentes, es decir, situaciones con el mismo significado105. De ahí que en 1840 interpelaran a todos los trabajadores del país para que lucharan codo a codo para poner fin a dichas experiencias mediante la creación de asociaciones que lograrían la defensa de la condición ciudadana que les atribuyeron de forma general: nuestro anhelo es que se propaguen rápidamente las ideas sociales [de creación de asociaciones] por todos los ángulos de la provincia [de Barcelona] y si puede ser por toda España, a fin de que todos los ciudadanos puedan de esta suerte hacerse valer sus derechos como la ley los concede, como igualmente también cumplir con sus deberes106. 103 G. M., «De las desigualdades sociales», El Eco de la Clase Obrera, 11, 14/X/1855. 104 «Al público», El Constitucional, 13/VII/1842. 105 Para la noción de la equivalencia véase Laclau y Mouffe 1987 y Laclau 2007, 53-55. 106 Carta de la ATB a los directores de la ATV, 1/IV/1842. AMV. Documentos i papers de l’ATV. 153 Capítulo 4. La extensión de las asociaciones de resistencia En la medida en que la identidad de «trabajador» tenía un carácter universal, la lucha por la emancipación de todos los que podían identificarse y ser identificados de esta manera articuló un nuevo movimiento social cuyo objetivo era conseguir la igualdad en el disfrute de los derechos y libertades naturales. Dicha igualdad solo se lograría cuando ningún operario estuviera sometido a la opresión. Los directores de la ATB afirmaron que los tejedores no estaban «contentos con ser ellos felices» por haberse asociado, pues además «quieren que los demás pueblos también lo sean y hasta lograrlo no estarán contentos»107. Por esta razón, los tejedores de la ATB pensaron que ellos y los demás trabajadores tenían los mismos derechos e intereses (aunque no todos los hubieran «descubierto») y no titubearon en invocarlos para que defendieran la libertad de asociación, amenazada por las prohibiciones gubernamentales dictadas contra las sociedades de resistencia catalanas: nosotros […] estamos apoyados en el derecho natural [a la asociación] que nos basta […]. Esperamos que nuestros hermanos de la Capital [Madrid] y demás pueblos [de España] serán de igual sentido, y que defenderán la asociación como defendieron a su tiempo la Constitución del Estado; ofreciéndonos nosotros unánimemente a ocupar el sitio más peligroso […]108. Los tejedores asociados hicieron propaganda y respaldaron la creación de asociaciones en otras profesiones y de otras poblaciones e intentaron unirlas entre sí. Esas campañas se intensificaron cuando las autoridades intentaron prohibir la ATB. Frente a las órdenes de ilegalización, los tejedores redoblaron sus esfuerzos por vincular en un único frente a las asociaciones que estaban surgiendo en Barcelona y Cataluña. A finales de 1840 se documentan los primeros intentos de crear una «asociación de trabajadores» que agruparía todas las sociedades obreras. El director de la 107 Carta de la ATB a los directores de la ATV, 16/VIII/1842. AMV. Documentos i papers de l’ATV. 108 «Asociación de Tejedores», El Popular, 278, 3/I/1842. 256 Jesús de Felipe Redondo mujeres», algunos fabricantes comenzaron a sustituir a los hiladores varones por hiladoras y niños y a disminuir los salarios de manera que estos correspondieran a las necesidades de individuos que no eran «padres de familia». Esta es la razón que explica el estancamiento de los jornales de los hiladores varones en el decenio de 185027. Los hiladores asociados se opusieron a estos cambios, pero de una forma que solo se comprende si se parte de su identidad y concepción del mundo. Dichos operarios no negaron las ventajas productivas de la nueva máquina. Así, no pusieron en cuestión la idea defendida por los fabricantes y los periódicos liberales de que la selfactina beneficiaba el desarrollo industrial y, por tanto, la prosperidad de la nación. En julio de 1854, los comisionados de las sociedades de hiladores de Barcelona reconocieron que la selfactina constituía «un adelanto patente para la industria algodonera por el ahorro de tiempo y fuerza del hombre». En agosto, los hiladores asociados de Sallent declararon estar «bien convencidos» de que «los adelantos en maquinaria son útiles y debemos conservarlos»28. Para estos trabajadores, la cuestión esencial era otra: radicaba en determinar si una mejora técnica beneficiaba a todos los individuos que participaban en el desarrollo industrial o servía para reforzar la opresión de sus derechos. Los hiladores expusieron que el argumento de los fabricantes de que las selfactinas producían una obra «más perfecta» era falso, pues estas se empleaban para producir el mismo tipo de hilo que se realizaba con las jennies29. Los hiladores asociados de Sallent declararon que las selfactinas hilaban «la misma clase de hilo que ya se hilaba, en las máquinas mogenis [mule jennies]» con las que «el trabajador ganaba su sustento y el de su familia»30. La Sociedad de Hiladores de Barcelona señaló que esta práctica hacía que las supuestas ventajas económicas de la 27 La evolución de los salarios de los hiladores en este periodo en Garcia Balañà, 320-23. 28 El Constitucional, 23, 13/VIII/1854. 29 Diario de Barcelona, 211, 30/VII/1854. Reproducido en Benet y Martí 1976, vol. I, 375-77. 30 El Constitucional, 23, 13/VIII/1854. El escrito estaba firmado por 103 operarios varones y 8 mujeres. Véase Garcia Balañà, 353. 257 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras selfactina no «compensaran» los «perjuicios evidentes y palpables que de pronto irrogan a la numerosa clase de hiladores que antes de su establecimiento se ocupaban en las otras máquinas mogenis», pues la producción del mismo tipo de hilo se saldaba con el despedido de hiladores varones y la disminución generalizada de sus salarios. Por tanto, los hiladores rechazaron la nueva máquina porque sus presuntas ventajas no justificaban que los «trabajadores» (varones) y sus familias fueran condenados a «un funesto y negro porvenir»31. Desde esta perspectiva, la introducción de la selfactina no se explicaba por razones productivas, sino por la «ambición» y el «egoísmo» de los fabricantes que pretendían conseguir mayores ganancias a costa de los derechos de los obreros. Ya en 1848 los trabajadores textiles de Igualada denunciaron que «la maquinaria no ha sido buena sino para el fabricante, cuya riqueza ha apresurado, sin que de ello resultase para el trabajador otra cosa que condenar sus brazos al ocio»32. Estas protestas fueron escasas hasta el Bienio, cuando se multiplicaron. En 1854, los hiladores barceloneses se quejaron de que los fabricantes que compraban las selfactinas pretendían ahorrarse «los brazos del trabajador» al tiempo que «ganar el 99 por ciento al capital del fabricante», «haciendo estas fortunas rápidas que Barcelona y la nación entera han visto horrorizados» y «lanzando a la miseria a los padres de familia»33. Los hiladores asociados destacaron que la selfactina había permitido triunfar al «egoísmo de la mayor parte de los fabricantes» que habían despedido a numerosos «padres de familia», poniendo en su lugar niños y mujeres que con una mezquindad de salario les satisfacen, y que [los niños] […] llegando a mayor edad, como serán mayores sus necesidades [pues se convertirán en padres de familia], no será extraño que sean despedidos al pedir aumento de precio, para reemplazarlos por otros de menor edad, que con menos salario podrán trabajar por ser menos sus necesidades, quedando en la miseria y en la 31 Diario de Barcelona, 211, 30/VII/1854. 32 «Condición de nuestros trabajadores», La Organización del Trabajo, 9, 29/III/1848. 33 Diario de Barcelona, 216, 4/VIII/1854. 258 Jesús de Felipe Redondo desesperación los que antes ocupaban sus puestos, como ya han quedado ahora la mayor parte de los hiladores que trabajaban en las máquinas mogenis […]34. Para los trabajadores asociados, había que asegurar que la introducción de la nueva máquina no condenaba al trabajador a la «nueva servidumbre» del «hombre explotado por el hombre»35. En un escrito dirigido al gobernador civil en marzo de 1855, los hiladores barceloneses afirmaban que si bien las selfactinas eran «un adelanto para la industria», no podían «considerar justo que con él se perjudique a los más [a la mayoría obrera] hasta el extremo de no dejarles subsistir, y que todo el adelanto, todo el beneficio ceda a favor de los dueños, porque tuvieron la fortuna de llegar a ser ricos»36. Los hiladores concibieron la introducción de las selfactinas como un efecto del «egoísmo tan patente» de «esas inmensas fortunas levantadas en cuatro años por hombres que la mayor parte eran unos miserables, y que no temen en sacrificar al trabajador a su mayor ganancia». Por eso actuaron contra los fabricantes que adquirían las selfactinas «mientras los guíe ese espíritu de egoísmo y ambición de riquezas, sin atender a la cosa más sagrada, como es el salario bien retribuido del trabajador»37. El objetivo principal de sus quejas no era la introducción de las selfactinas, sino cómo llevarla a cabo de una manera que no perjudicara a los ciudadanos pobres de la nación. La nueva maquinaria debía incorporarse mediante un sistema que garantizara la «armonía» de intereses de fabricantes y trabajadores: La cuestión, pues, […] no es ya sobre la existencia de las mencionadas máquinas: funcionen enhorabuena, pero concíliense al propio tiempo los recíprocos intereses de fabricantes y trabajadores; fíjese al trabajo una retribución modesta pero que alcance a cubrir nuestras absolutas necesi34 El Constitucional, 23, 13/VIII/1854. 35 M. G. M., «De la asociación, II», El Eco de la Clase Obrera, 19, 16/XII/1855. 36 «Excmo. Sr.: Pablo Balaguer…», El Constitucional, 237, 16/III/1855. 37 Para esta cita y la anterior, El Constitucional, 23, 13/VIII/1854. 259 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras dades sin detrimento de las ganancias que exigen los capitales invertidos; conténtese los fabricantes con un lucro razonable, ya que los obreros se conforman con lo más preciso; y he aquí el solo medio a propósito para que borrando inveteradas reyertas, formemos todos una gran familia38. De todo ello se deduce que los hiladores experimentaron la utilización de las nuevas máquinas como una nueva situación de explotación de sus derechos naturales. Fue su identidad de ciudadanos y hombres libres e iguales en derechos la que los condujo a interpretar de esta forma concreta los cambios en las relaciones de producción, y también a actuar en consecuencia. En el contexto de las revueltas urbanas en apoyo a la Revolución de 1854, las asociaciones de hiladores barceloneses pidieron la limitación del uso de las selfactinas a patronos y autoridades. Lo solicitaron a los patronos porque, en la medida en que percibían las relaciones laborales como relaciones entre ciudadanos cuyos intereses particulares debían subordinarse al bien de la comunidad, pensaban que los fabricantes tenían la obligación de respetar sus derechos y dejar de utilizar sus selfactinas o reconvertirlas en mule jennies. Los trabajadores afirmaban reconocer que la limitación o transformación de las selfactinas perjudicaba el interés de los fabricantes de obtener más ganancias, pero, para aquellos, este perjuicio era lícito porque evitaba un mal mayor. Al inutilizar las selfactinas, los patronos facilitarían «el alimento a los padres de familia, cuyos brazos habían dejado inactivos, y sin ninguna esperanza por de pronto para ser debidamente empleados en otras industrias análogas». Los hiladores consideraron la satisfacción de esta demanda como el criterio para diferenciar a los fabricantes «egoístas» y «explotadores» de los «honrados» que se interesaban por el bienestar de sus conciudadanos, y en sus escritos condenaron a los primeros y ensalzaron a los segundos, citando sus nombres39. Asimismo, los hiladores pidieron a las autoridades la inutilización de las selfactinas porque, desde su punto de vista, estas debían hacer compatibles los «adelantos industriales» con el bienestar de todos los ciudadanos, 38 Ibíd. 39 Diario de Barcelona, 211, 30/VII/1854. 260 Jesús de Felipe Redondo permitiendo «asegurar el sustento de la clase» de hiladores40. Por ello, demandaron al capitán general «la prohibición de las infernales máquinas selfactinas que ya les ha dejado sin oficio y sin medios para poder ganar honradamente su subsistencia y la de su familia»41. Acompañando a estas peticiones, desde el 14 de julio de 1854 se produjeron ocasionales actos de destrucción de máquinas e instalaciones y los hiladores asociados realizaron un abandono colectivo de fábricas de varias semanas42. Los hiladores no eran los primeros operarios que se enfrentaban al peligro de despidos masivos y su sustitución por operarias y niños, pero su conducta se diferencia radicalmente de otros casos acontecidos en años anteriores. Véase, a este respecto, el ejemplo de los cigarreros sevillanos entre las décadas de 1810 y 1830. En el Antiguo Régimen, los cigarreros varones se habían ocupado de la manufactura del tabaco en la Fábrica Real de Sevilla. Cuando dicha fábrica reabrió sus puertas en 1813, tras la guerra contra los franceses, se contrataron las primeras cigarreras. El Gobierno lo justificó con el argumento ilustrado de que era necesario racionalizar el uso de la mano de obra para recuperar la economía del país, destinando a las mujeres a los trabajos más sencillos y sedentarios y a los hombres a labores más complejas y duras. Las contrataciones de cigarreras aumentaron en los años posteriores. En el decenio de 1830, la mayoría de los operarios estaba compuesta por mujeres. Miles de antiguos cigarreros varones, que no volvieron a ser contratados, protagonizaron entonces diversas revueltas. Los cigarreros elevaron una exposición al rey argumentando que el objetivo de contratar a mujeres para «dejar los brazos robustos de los hombres expeditos para la Agricultura y otras Artes» había tenido sentido en el contexto de la «devastación que había sufrido la Península por la invasión de las tropas de Buonaparte [sic]». Sin embargo, en la década de 1830 «aquellas circuns40 Ibíd. 41 Diario de Barcelona, 216, 4/VIII/1854. 42 Los tejedores de telares mecánicos volvieron al trabajo poco después del 14 de julio tras lograr el aumento de sus salarios y la formación de comisiones mixtas. Véase Benet y Martí 1976, vol. I, 374. 261 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras tancias han desaparecido, y es seguro que hoy abundan más los hombres aptos para el trabajo, que el trabajo mismo». Además, afirmaron que si las cigarreras realizaban una labor «más bien acabada y perfecta que la de los hombres», como defendía el Gobierno, se debía a que se les proporcionaba las mejores materias primas, «principalmente de los Tabacos superiores», mientras que «de todo se priva a los hombres»43. La noción que fundamentaba las protestas de los cigarreros varones era su identificación como individuos del «sexo fuerte». Es decir, partían de la noción ilustrada que relacionaba al trabajo con el esfuerzo físico y a este con una capacidad masculina. Desde su punto de vista, las obreras debían ocuparse «del arreglo doméstico» y «las labores a que parece estas destinada tanta delicadeza de su sexo», mientras que los hombres tenían que ocuparse en «aquellas otras clases de trabajo en que deben emplear su sudor», entre las que incluían la manufactura del tabaco44. Parece, por tanto, que los hiladores asociados compartían con los cigarreros la idea de que el trabajo intenso en términos de fuerza física era una actividad masculina. A este respecto, en las décadas centrales del siglo xix los hiladores varones se negaban a enseñar a las mujeres a trabajar con las selfactinas, argumentando que el empleo de la mano de obra femenina conllevaría el empobrecimiento de la calidad del producto final y la ruina de la industria45. Aunque, por otro lado, en este punto se constata una diferencia crucial: los cigarreros admitían que el trabajo de las cigarreras podía ser de igual calidad que el de ellos si se les proporcionaba la materia prima adecuada. Desde la perspectiva de la diferencia sexual por la fortaleza física, los cigarreros llegaron a aceptar que la elaboración de cigarros podía ser realizada por mujeres. Los hiladores, por su parte, afirmaban otra cosa: que la actividad laboral en sí misma era una actividad masculina. Para ellos, no se trataba de que existieran oficios de mujeres y de hombres, sino de que el trabajo era esencialmente una práctica masculina. Y que, 43 Documento reproducido sin referencia de fuente en Gálvez 2000, 72-73. 44 Ibíd. 45 Izard 1973, 79; Garcia Balañà 2004, 41 y ss. 262 Jesús de Felipe Redondo por tanto, los hiladores varones trabajaban mejor que las hiladoras por el mero hecho de ser «hombres». En estrecha relación con esta cuestión se constata otra diferencia con los cigarreros: los hiladores se concebían como «padres de familia» dotados del derecho natural de trabajar para satisfacer las necesidades propias y de sus familiares, y los cigarreros no. Ello explica sus distintos comportamientos. Cuando las revueltas de los cigarreros fracasaron y sus peticiones a la Corona no obtuvieron resultado, la mayoría de ellos abandonó el oficio o se dedicó a trabajar para el contrabando46. El fin de su trabajo no los condujo a crear asociaciones de resistencia, sino a emigrar, trabajar clandestinamente o aprender un nuevo oficio. Pero en la medida en que los hiladores concibieron sus despidos como atentados a sus derechos naturales, no cesaron de luchar y crearon asociaciones. Los hiladores estaban «firmemente persuadidos» de que «el público de esta capital [Barcelona] y la nación entera» se convencerían de las razones, fundamento y justicia que nos han asistido y nos asisten para ser amparados y protegidos en nuestros derechos que son principalmente el ser atendidos en nuestro trabajo, que es el único patrimonio con que contamos para alimentarnos honestamente con nuestras familias47. Los hiladores asociados, entre los que se incluían hiladoras que compartían el objetivo de las luchas de los operarios varones, consiguieron frenar la introducción de selfactinas y obligar a los fabricantes a negociar con ellos. En julio de 1854 constataron que algunos dueños se habían apresurado «a inutilizar el movimiento propio y mecánico de las [selfactinas] para que quedasen así convertidas en mogenis y pudiesen tener empleo en sus funciones los mismos brazos que antes les daban 46 Algunos cigarreros se reincorporaron a la fábrica, pero cobrando los mismos salarios que las cigarreras (que eran inferiores a los que ellos habían cobrado con anterioridad). A partir de la década de 1830 no se contrataron más cigarreros. Gálvez 2000, 74. 47 «Sr. redactor…», Diario de Barcelona, 30/VII/1854. 263 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras movimiento»48. A finales de ese mes consiguieron que el capitán general de Cataluña prohibiera las selfactinas, quien justificó la medida arguyendo que «varios fabricantes, conociendo los perjuicios y calamidades» que conllevaba la selfactina para la clase obrera, «de propia voluntad y sin excitación alguna, se decidieron a tomar este partido»49. Parece que muchos fabricantes estaban dispuestos a ceder a las demandas obreras a cambio de una mayor estabilidad laboral. En agosto de 1854, los fabricantes acordaron con los obreros no emplear selfactinas y aumentar el salario50. Poco después, las selfactinas volvieron a emplearse, pero esta vez su introducción y uso se reguló mediante acuerdos entre fabricantes y asociaciones obreras. En noviembre de 1854 fabricantes y sociedades de hiladores pactaron la utilización de las nuevas máquinas antes incluso de que el Gobierno revocara la prohibición del capitán general en 1855. Los operarios asociados consiguieron que la selfactina se dedicara a la producción exclusiva de determinados hilos que no podían realizarse con las jennies e, incluso, consiguieron que los trabajadores varones fueran contratados para trabajar con las selfactinas cobrando salarios superiores51. En los años siguientes, los hiladores varones continuaron trabajando con selfactinasy su trabajo adquirió un cierto valor de cualificación laboral. A finales del siglo xix estas máquinas se reservaban para los hiladores varones que ganaban salarios más elevados que las hiladoras de máquinas continuas (ring frames)52. Los historiadores han explicado la prohibición de las selfactinas como un intento del capitán general La Rocha de suavizar los conflictos labo48 Ibíd. 49 Diario de Barcelona, 211, 30/VII/1854. 50 Benet y Martí 1976, vol. I, 358-59, 487-93. 51 Uno de los acuerdos colectivos firmados en 1855 limitó el uso de las selfactinas a la producción de los hilos más finos (y mejor pagados) sin que ello conllevara el despido de los hiladores varones. Véase «Excmo. Sr.: Pablo Balaguer». 52 Balcells 1972, 156. 264 Jesús de Felipe Redondo rales que debilitaban su autoridad tras la Revolución de 185453. Aunque esto hubiera sido así, La Rocha no hubiera atendido las demandas obreras si estas no estuvieran basadas en la noción liberal de que las instituciones públicas debían garantizar el bienestar y los derechos de los ciudadanos. Los hiladores lograron el respaldo de las autoridades y de una parte de los fabricantes no solo por una cuestión coyuntural, sino porque sus demandas se fundamentaban en los mismos supuestos que legitimaban la organización política y laboral en el régimen liberal. Esto hizo que sus reivindicaciones fueran tenidas en cuenta, debatidas e incluso aceptadas por autoridades y fabricantes como coherentes y compatibles con dicho régimen. Por tanto, trabajadores, autoridades y fabricantes no hablaban «lenguajes distintos» que «correspondían a las respectivas mentalidades e intereses» de las distintas clases sociales, como interpretaron Benet y Martí, sino que compartían un mismo discurso, es decir, unos mismos supuestos acerca del mundo y la organización de las relaciones humanas54. Este discurso compartido explica también que los hiladores asociados, junto a otros obreros, se dirigieran a la opinión pública a través de la prensa, continuando con una práctica que habían comenzado con el surgimiento de las asociaciones de resistencia quince años antes. Los investigadores han señalado como un rasgo de arcaísmo (cuando no de ingenuidad) el que los obreros creyeran que podían influir en la opinión pública para que esta obligara a las autoridades a resolver sus dificultades, aunque no han explicado qué los llevó a sustentar tal creencia55. La apelación a la opinión pública era otra consecuencia de la aplicación de la concepción liberal del mundo de estos trabajadores, según la cual dicha opinión pública desempeñaba un papel esencial como expresión de los intereses de la nación, considerados el fundamento último de la organización política. Como se ha visto en otros capítulos, el que los derechos individuales no estuvieran garantizados en los centros de trabajo por las instituciones sociales se 53 Benet y Martí 1976, vol. I, 374-77. 54 Ibíd., 418. Para la noción de discurso compartido véase Cabrera 2008. 55 Véase, por ejemplo, Benet y Martí 1976, vol. I, 375, 381, 406 y 493. 265 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras convirtió para los operarios en un asunto de interés público que obligaba a las autoridades a actuar. Este fue el supuesto que llevó a las asociaciones obreras catalanas a publicar manifiestos dirigidos «al público» para que reconociera la «injusticia» de su situación56. III. La Lucha por La fIjacIón y La LImItacIón de La jornada LaboraL En la década de 1850, las asociaciones de hiladores y tejedores de telares mecánicos formularon una nueva demanda: la fijación y la reducción de la jornada laboral. Habitualmente, esta reivindicación se ha interpretado como la respuesta más lógica ante la intensificación del trabajo y el alargamiento de la jornada laboral que se produjeron en las profesiones industriales a raíz de la progresiva incorporación de las máquinas a vapor57. Desde 1840, los hiladores asociados se habían quejado de que «las máquinas de vapor apenas dejan tiempo intermedio para el descanso, conforme lo facilitan las demás»58. Sin embargo, estos trabajadores no pidieron que se redujera su jornada laboral, solo que se respetaran sus horas de recuperación y alimento. La demanda obrera de fijar, primero, y reducir, después, las largas (de más de 12 horas) e intensas jornadas laborales solo apareció en la década de 1850 y se reflejó en las negociaciones colectivas con los patronos59. En octubre de 1854, los representantes de fabricantes e hiladores de Barcelona acordaron la jornada de 12 horas y establecieron las horas de comida y 56 Por citar un caso entre muchos, véase «La clase de hiladores de algodón al público», LaAsociación, 96, 25/VI/1856. Los primeros escritos de obreros en la prensa denunciando sus dificultades y conflictos laborales datan de 1836, multiplicándose desde 1840. 57 Para estas cuestiones véase Garcia Balañà 2004 y Reddy 1984. 58 Carta de B. Beltran y Ramón Mercader, comisionados hiladores, 14/X/1840. Archivo Municipal Administrativo de Barcelona. Comisión especial para atender a las reclamaciones de los jornaleros de las fábricas. Governació, sèrie A, exp. 1115. Citado en Garcia Balañà 2004, 275. 59 Véase, por ejemplo, «Discurso pronunciado…», El Eco de la Clase Obrera, 18, 9/XII/1855; «Apuntes para el proyecto de ley…», El Eco de la Clase Obrera, 3, 19/VIII/1855; «A los operarios»; S., «Armonía entre el capital y el trabajo, II», El Eco de la Clase Obrera, 2, 12/VIII/1855. 272 Jesús de Felipe Redondo 17 fabricantes de hilo barceloneses exigieron a sus obreros trabajar media hora más el sábado de las semanas en las que había algún día festivo, dejando las labores de limpieza de la maquinaria (que también ocupaban aproximadamente media hora) para después del trabajo. Los hiladores asociados denunciaron esta exigencia como una ruptura de los compromisos alcanzados en las negociaciones colectivas de finales de 1854, en donde se había fijado 69 horas de trabajo semanal. Los trabajadores se quejaron de que los patronos les imponían esta nueva condición porque querían rentabilizar el salario que pagaban a otros obreros que, a diferencia de los hiladores, eran contratados a jornal: […] los 17 fabricantes quieren que en las semanas que por razón de una fiesta no hay más que cinco días laborales se trabaje media hora más en el día del sábado; mas ¿por qué no las 12 horas que faltan, si el compromiso es de 69? Ya que por razón de un día festivo de más en la semana no pueden trabajarse las 69 horas ¿por qué 57 y ½ en lugar de 57? El porqué está en que para los fabricantes media hora más de trabajo equivale a un aumento de riqueza, producida por la ganancia que le da la explotación del hilador a destajo, y del beneficio que le resulta de percibir sin costarle nada el producto de los operarios y demás empleados que están a jornal por un salario estipulado. Al fin de año estos granos forman un montón80. La Sociedad de Hiladores de Barcelona denunció, además, que algunos fabricantes se habían aprovechado de la abolición de los convenios colectivos a mediados de 1855 para obligar a los operarios a trabajar 3 horas más de las convenidas. En respuesta a esta situación, los hiladores asociados abandonaron los talleres y se inició un inédito intercambio de declaraciones y contestaciones entre obreros y fabricantes a través de la prensa. Ambos bandos pugnaban por atraerse el apoyo de la opinión pública. Los fabricantes llamaron «vagos» a los hiladores que no querían trabajar más horas. Según ellos, los «artesanos» de otros oficios se congratulaban por tener trabajo durante el fin de semana con el que ganar un salario supe80 Contestación a los fabricantes. 273 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras rior81. Los hiladores arguyeron que su negativa a trabajar no se debía a su vagancia, sino a que el trabajo acababa con ellos «física y moralmente»: No comparéis nuestro trabajo con el de la generalidad de los artesanos, porque [el de estos] ni es tan monótono, ni tan pesado, ni se verifica bajo unas condiciones tan poco higiénicas y tan repugnantes como el nuestro. Nuestro trabajo nos acaba física y moralmente. […] Metidos en grandes cuadras donde impera una severa disciplina, parecemos un rebaño de esclavos sujetos a la vara del señor; colocados junto a las máquinas, somos servidores de estas; desde las cinco de la mañana hasta las siete y ½ de la tarde siempre hacemos lo mismo82. Los hiladores asociados se refirieron a los fabricantes que imponían jornadas largas de la misma manera como lo hacían de los que reducían el jornal o imponían el uso de las selfactinas sin negociar con los trabajadores, es decir, como individuos «codiciosos» y sin conciencia, «sedientos de lucro» y «faltos de todo sentimiento humano». Según estos obreros, el único objetivo de estos fabricantes era «enriquecerse en pocos años» a costa de los derechos y la salud de los trabajadores. De este modo, el aumento de la jornada laboral se equiparó a la reducción salarial como experiencia de explotación83. De ahí que la lucha por limitar la jornada se vinculara a la defensa de la «dignidad humana» de los trabajadores: Nos resistimos a esa exigencia, porque conocemos a los fabricantes: porque a esta media hora seguiría otra media, y otra; y se vendrían después exigencias de otro género, hasta reducirnos a la triste condición de los obreros de ciertos puntos de Cataluña en que se trabaja de 14 a 15 horas diarias y se duerme en los mismos talleres […]. El fabricante es insaciable, lo devora todo, pasa por encima de lo más sagrado: poco le im81 «¡Cuántos y cuántos son los artesanos en sus distintos oficios que se tienen por muy felices cuando el trabajo del sábado les alcanza hasta la mitad de la noche, y tal vez hasta la mañana del domingo! Porque saben que cuanto más trabajan más ganan» («A continuación insertamos…», Revista Industrial, 27, 3/VII/1856). 82 Contestación a los fabricantes. 83 «La clase de hiladores de algodón al público». 274 Jesús de Felipe Redondo porta que los obreros mueran fatigados, ¡siempre encuentra desgraciados que ocupan las vacantes de los que mueren trabajando! Desde esta perspectiva, media hora más de trabajo suponía un intolerable desgaste de las «facultades naturales» del operario del que solo se beneficiaba el fabricante: doce horas trabajamos por día, sin tregua, ni descanso, gastando en demasía nuestras fuerzas, y en la perspectiva de una vejez prematura. Doce horas largas como el martirio, y por eso nos resistimos a media hora de trabajo, siquiera se nos pague. Nos resistimos, porque sentimos en el alma que a costa de nuestras fatigas se enriquezca el fabricante84. Por tanto, la experimentación de las largas jornadas laborales como «explotación» no derivó de su duración en sí, sino que fue el producto de una construcción discursiva e histórica. Los trabajadores que concibieron el mundo y a sí mismos a partir de la categoría de naturaleza humana comenzaron a enfrentarse a los mismos problemas que debatían los intelectuales liberales de diversa índole, a seguir sus discusiones y a aplicar los argumentos que se generaban en ellos a sus propias situaciones, lo que produjo nuevas luchas. Estas luchas no eran un resultado no previsto ni querido por los higienistas y economistas sociales, pero, a pesar de ello, se desprendía de los conceptos que ellos mismos utilizaban en sus debates y se abría cuando los operarios los empleaban para concebir sus situaciones. Iv. La hIgIene en Los taLLeres y eL trabajo InfantIL La incorporación de esta noción de salud trajo consigo la aparición de otras dos demandas obreras que, aunque tuvieron una importancia secundaria en su programa reivindicativo, es necesario explicar, pues adquirieron una mayor importancia en las décadas siguientes: la preservación de las condiciones higiénicas y la limitación del trabajo infantil en las fábricas. 84 Para esta cita y la anterior, Contestación a los fabricantes. 275 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras De manera similar a como ocurrió con la jornada laboral, donde primero se solicitaron estas cuestiones fue en los escritos higienistas de finales de la década de 1840. Los higienistas pretendían moralizar a los trabajadores actuando sobre el entorno laboral, prohibiendo o modificando las condiciones de trabajo que podían potenciar sus vicios y malos hábitos. Al explicar la pobreza de los trabajadores como una consecuencia del vicio y la inmoralidad, estos analistas se centraron en sus condiciones de vida y trabajo para erradicar las «insanas» costumbres. Así, comenzaron a pedir a los fabricantes que dispusieran de un lugar de trabajo limpio y ventilado que permitiera evitar los efectos nocivos para la salud derivados de las condiciones de trabajo, como las altas temperaturas, los vaporesy la impureza del aire. Además, les pidieron que velaran por que sus empleados no utilizaran un lenguaje soez, por separar a los trabajadores por sexos, por evitar que los niños empleados estuviesen en contacto con adultos que no fueran de su familia, etcétera85. Para algunos higienistas, como Monlau, el Estado podía inspeccionar los talleres y garantizar sus óptimas condiciones higiénicas86. Las propuestas higienistas ejercieron una cierta influencia en el Gobierno del Bienio Progresista. El artículo 12.º del Proyecto de Ley sobre industria manufacturera dispuso que los establecimientos industriales tuvieran la obligación de respetar unas «condiciones de capacidad y salubridad» mínimas. Las sociedades obreras catalanas aprobaron con satisfacción dicho artículo. De hecho, fue de las pocas cosas que alabaron del Proyecto87. Ello se debe a que a mediados de 1855 estas organizaciones habían comenzado a quejarse de las condiciones «insalubres» de trabajo por considerarlas perjudiciales para sus vidas. Ahora bien, y como ocurrió 85 Salarich 1858, 209. En 1856, el periodista conservador Juan Mañé y Flaquer escribió que para acabar con la «cuestión obrera» era necesario evitar «amontonar sexos y edades en las fábricas», contribuyendo así su «moralización». Mañé y Flaquer, Juan, Colección de Artículos, Barcelona, artículo de noviembre de 1856 publicado en El Criterio, 452-53. Citado en Benet y Martí 1976, vol. I, 201-02. 86 Monlau 1858, 71. 87 Molar y Alsina 1855, 15. 276 Jesús de Felipe Redondo con la disminución de la jornada, los trabajadores incorporaron las ideas higienistas partiendo de su identidad e intereses de ciudadanos honrados, cuya pobreza no era el resultado de su inmoralidad (como defendían los higienistas), sino de su opresión a manos de los fabricantes. Por esta razón, los trabajadores experimentaron la insalubridad como una situación de explotación causada por el desinterés de los patronos en proporcionarles un trabajo digno. En El Eco de la Clase Obrera se denunció a los patronos con talleres en malas condiciones por atentar contra la «condición humana» de los obreros88. Los trabajadores asociados agregaron esta demanda a su programa contra la opresión, el cual se iba ampliando a medida que más situaciones iban concibiéndose de esta manera. En el manifiesto de mayo de 1855 que dirigieron las asociaciones obreras catalanas al Gobierno en defensa de su derecho a la asociación pidieron también «salud para el cuerpo y tranquilidad para el terrible mañana inmediato, con la fijación de un máximo de horas de trabajo [e] inspección higiénica de los locales de los talleres»89. Junto a todo ello, los trabajadores asociados comenzaron a pedir «más salud y más inteligencia para el futuro trabajo en los hijos de los obreros» mediante la «prohibición de que trabajen en los talleres antes de los diez años de edad»90. En asuntos como este se aprecia la gran transformación que estaba produciéndose en la concepción del mundo de estos trabajadores. El trabajo de jóvenes y niños no era nuevo a mediados del siglo xix. En las fábricas textiles del siglo xviii, los niños constituían el 25% de los operarios, una proporción que no disminuyó en el siglo siguiente91. Los patronos no eran los únicos responsables de esta situación. Téngase en cuenta que, en los talleres y las fábricas textiles, los niños eran contratados en calidad de ayudantes y peones por los propios operarios adultos 88 Los redactores del periódico obrero confiaban en que cayera «el rigor de la ley y la maldición de la humanidad entera» sobre los fabricantes que atentaban de esta manera contra la salud de sus operarios («Apuntes para el proyecto de ley»). 89 Tresserra 1855, 30-33. 90 Ibíd. 91 Thomson 1990, 175-76. 277 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras que, en muchas ocasiones, eran sus propios padres o familiares. En 1869, Pi y Margall escribió que la causa del trabajo infantil radicaba tanto en el egoísmo de los fabricantes como en el de muchos trabajadores que eran «padres tan desnaturalizados, tan altamente criminales, que por el egoísmo de unos cuantos reales a la semana especulan con su familia»92. En 1897, el médico Emili Bové i Piqué denunció que, entre las «malas costumbres» de los hiladores de Sallent, destacaba la de dar trabajo a sus hijos y otros niños como mecheros y anudadores93. Esta práctica se explica porque el trabajo de los niños se concebía de forma positiva hasta mediados del siglo xix. En 1841, el Instituto Industrial de España estimaba el trabajo de los niños de 5 a 15 años como muy «provechoso» y «productivo» para «el estado en general y para el individuo en particular», pues permitía a estos contribuir al mantenimiento de su familia y formarse en los buenos valores del trabajo. En su informe, el Instituto subrayaba con satisfacción que, en los pueblos industriales, los niños comenzaran a adiestrarse en un oficio a una edad temprana, con lo que se evitaba que los padres los abandonaran o los obligaran a ejercer la mendicidad94. Recuérdese que la práctica del trabajo era concebida en estos años como la mejor garantía contra la inmoralidad pública. De ahí que fuera considerada beneficiosa para los niños, a quienes tampoco se concebía desde una perspectiva similar a la actual, es decir, como humanos en proceso de crecimiento y formación que necesitan de un tratamiento particular. A finales del decenio de 1840, en diversas obras influidas por las nuevas tesis higienistas comenzó a denunciarse el trabajo infantil como uno de los factores causantes de la «degeneración» de la sociedad95. En 1848, un 92 P[i] M[argall] 1869, 9-10. 93 Bové i Piqué, Emili, «Topografía médica de Sallent», L’Esparver, 83, 1989 [Barcelona, 1897]. Citado en Garcia Balañà 2004, 414. 94 «Dictamen de la Comisión del Instituto Industrial de España» al Proyecto de propagación 1841, 6. 95 La petición de limitación del trabajo infantil apareció en los escritos de los higienistas y los economistas sociales españoles antes que en los escritos obreros, como ocurrió en Francia. Véase Reddy 1984, 169-71. 278 Jesús de Felipe Redondo desconocido «J. G. B.» escribió que era necesario poner a los niños «bajo el amparo de las leyes y de los magistrados para librarles de un exceso de fatiga y de trabajo». Según el autor, la legislación sobre el trabajo infantil había sido rechazada en el pasado, pues entonces los niños trabajaban en del entorno familiar, «a la vista de los padres». Pero con la «introducción de ciertas artes y sobre todo desde la invención de las máquinas en que hay tantos niños empleados» y alejados de la supervisión de sus padres, se hacía necesario garantizar la salud y el desarrollo moral de las jóvenes generaciones. Esta idea era la base de la propuesta higienista de que el Gobierno debía limitar el trabajo infantil (y, por tanto, intervenir en las relaciones familiares, ámbito privado por excelencia) en interés de la sociedad: La imprevisión de los padres y la avidez de los amos no tienen derecho a condenarle [al niño] a una completa ignorancia comprometiendo su porvenir. Si la paternidad tiene derecho sobre los hijos, la sociedad lo tiene también; este derecho es preservar al hombre del más cruel azote que le puede afligir: el embrutecimiento intelectual y moral96. De manera similar a como se ha visto en el caso de otras demandas, para la mayoría de los higienistas el trabajo infantil era el resultado de la desmoralización de los operarios adultos. Según Monlau, la «codicia» de los trabajadores pobres hacía que estos se aprovecharan de sus propios hijos, imponiéndoles un trabajo «desproporcionado» para sus fuerzas. Los higienistas se dirigieron a los fabricantes y las autoridades (no a los obreros, objetos pasivos de sus planes de reforma) para que pusieran fin a esta conducta inmoral y proporcionaran una instrucción mínima a las nuevas generaciones97. Nuevamente, los trabajadores compartieron la crítica al trabajo infantil, pero la explicaron de otra manera. En la medida en que se concibieron como ciudadanos honrados, los operarios asociados consideraron que si sus hijos trabajaban era porque los fabricantes querían contratarlos por ba96 J. G. B. 1848, 58-59. 97 Monlau 1856, 91-92 y 100-01. 279 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras jos salarios para realizar labores de adultos y ahorrarse así una parte de su dinero, aunque eso conllevara la deformación física y moral de las futuras generaciones de productores. Desde esta perspectiva, la culpa no era de los operarios, sino de los fabricantes inmorales. De esta manera lo expusieron los comisionados obreros catalanes en sus Observaciones al Proyecto de ley sobre industria manufacturera: Se abusa de los niños, se los sacrifica a trabajos prematuros. Se impide el desarrollo de sus fuerzas y el de su inteligencia. Aparecen así en el teatro de la vida social generaciones cada vez más embrutecidas y raquíticas. Con esto los intereses del trabajo sufren. Sufre la moralidad. Sufre el progreso material e intelectual de las naciones. […] ¿Cuándo están, sin embargo, más asediados por enfermedades de muerte? ¿Cuándo son más susceptibles de adquirir esos conocimientos que hacen del hombre un ciudadano útil para el Estado, un padre útil para su familia y un agente útil para los adelantos de las artes?98 Puede observarse que esta denuncia conllevaba una dificultad para la imagen de ciudadanos honrados con la que se presentaban los trabajadores asociados, pues eran muchos de estos ciudadanos los que enviaban a sus hijos a los talleres. De ahí que empezaran a plantearse que no bastaba con prohibir a los fabricantes contratar a los jóvenes. Era preciso, además, evitar que los trabajadores los mandaran a trabajar o incluso los contrataran en las fábricas. En mayo de 1855, las sociedades obreras catalanas solicitaron al Gobierno que prohibiera a los padres de los niños que les pongan a trabajar antes de la edad de diez años, ya que se evitarían de este modo las harto frecuentes desgracias de su debilidad e inexperiencia en sus talleres, lograrían mejor desarrollo físico, y podrían aprovechar las escuelas industriales, ofreciendo para el porvenir más y mejor producto en igualdad de tiempo99. 98 Molar y Alsina 1855, 10. 99 Tresserra 1855, 30-33. 280 Jesús de Felipe Redondo Los trabajadores asociados explicaron este comportamiento no tanto por su atribuida «avaricia», sino por su explotación. Si los trabajadores enviaban a sus hijos a trabajar en las fábricas se debía a que sus salarios eran insuficientes para mantenerlos en sus casas. Como escribieron los comisionados obreros catalanes en Madrid en 1855, si había «padres que materialmente inmolan a sus niños» no solo lo hacían «en aras de la codicia», sino también, y sobre todo, «de la necesidad»100. Para estos obreros, la explotación les impedía ejercer su papel de «padres de familia». Losrepresentantes de las asociaciones obreras de Barcelona expusieron en mayo de 1855 que los obreros pasaban toda la jornada ocupados en un trabajo absorbente, viéndose «en la necesidad de tenerlos [a los hijos] casi todo el día abandonados a los peligros físicos y morales de su poca edad»; unos peligros a los que se exponían en las propias fábricas cuando debían trabajar a las órdenes de personas ajenas a sus familias101. El trabajo infantil se convirtió era así en otra experiencia más de la opresión de los obreros adultos. Para los trabajadores asociados, como para los higienistas, la única manera de resolver esta situación era que el Gobierno limitara por ley el trabajo infantil. Sus representantes demandaron que se ampliasen las medidas previstas en el Proyecto de ley sobre industria manufacturera, según las que se estipulaba que los jóvenes de 10 a 18 años podrían trabajar hasta un máximo de 10 horas (los menores de 10 años podían trabajar hasta 8 horas). Los representantes obreros propusieron fijar la jornada de los menores de 10 años en 4 horas continuas, para que tuvieran tiempo para su educación; de los menores de 18 años en 8 horas, y de los adultos en 10 horas y media102. Ahora bien, la limitación del trabajo infantil dependía de otros factores, pues implicaba un cambio fundamental en la organización laboral de las familias obreras. La mayor parte de los operarios textiles continuó 100 Molar y Alsina 1855, 10. 101 Tresserra 1855, 30-33. 102 Molar y Alsina 1855, 12. 281 Capítulo 7. Los conflictos laborales y las nuevas reivindicaciones obreras empleando a sus hijos en la segunda mitad del siglo xix, pues su trabajo resultaba fundamental para mantener la economía familiar. Pero si esto era así, cabría preguntarse por qué las asociaciones obreras defendían su restricción. La respuesta a esta cuestión reside en que los operarios que a finales del siglo xix demandaron con más insistencia la prohibición del trabajo infantil también reivindicaron salarios más elevados para mantener a sus hijos en sus casas. Limitación del trabajo infantil y ascenso salarial de los adultos son dos reivindicaciones relacionadas. Por tanto, esta demanda es indisociable de la aparición, a finales del siglo xix, de la noción del llamado «salario familiar» del trabajador varón que se concebía como «ganapán» o único mantenedor de toda la familia103. Aunque esta demanda se inició tímidamente en la década de 1850, no alcanzó su mayor desarrollo hasta finales del siglo xix. Ello pone de manifiesto que, al menos hasta las décadas centrales del siglo, la identidad de «padre de familia» era compatible con el trabajo de los hijos, aunque fuera moderado. Lo analizado en este último apartado tiene una implicación fundamental para la explicación de la aparición de los nuevos intereses obreros. Dichos intereses no nacieron como consecuencia de una toma de conciencia del carácter intrínsecamente «injusto» de las largas jornadas de trabajo, de las insalubres condiciones de trabajo o del trabajo infantil. Esas situaciones existían con anterioridad, pero los trabajadores nunca las habían experimentado como un atentado a su «dignidad humana». Si comenzaron a hacerlo, fue en la medida en que incorporaron a sus demandas las nuevas peticiones higienistas. Y si pudieron incorporarlas se debió a que su identidad se basaba en los mismos supuestos liberales de los que partían los análisis higienistas. En lo que se diferenciaron fue, en todo caso, en la explicación de estas situaciones. Ello se debe a que los operarios asociados, en la medida en que se identificaron como ciudadanos, se percibieron como sujetos activos de cambio, mientras que los higienistas y otros analistas los percibían como individuos pasivos debido a que no habían escapado de la pobreza. 103 Arbaiza 2003. 288 Jesús de Felipe Redondo trabajadores con el objetivo de «la consagración de un derecho, la libertad de asociación; demanda genuina de la ilustración y cultura de la clase proletaria, y merecida honra de la nación española»13. Desde este punto de vista, las interpretaciones que asumen que el surgimiento de una estructura organizativa obrera es un síntoma del desarrollo de la conciencia de clase son insatisfactorias. Historiadores como Antonio Elorza explicaron el nacimiento de la federación mencionada anteriormente partiendo de la premisa teórica de que la organización obrera era un reflejo de la conciencia de clase. Este autor habló del choque entre «la finalidad armonista y de subordinación en el plano estrictamente ideológico» y «las perspectivas revolucionarias de clase, apuntadas solo por el momento y por un cauce utópico, desde la esfera organizativa». El enfrentamiento entre estos niveles organizativo e ideológico se habría resuelto en 1869 con la aparición del internacionalismo, identificado con la conciencia de clase14. Sin embargo, no existe ningún documento que demuestre esta interpretación. De hecho, las fuentes existentes indican que lo que motivó la creación de esta federación fue la misma concepción del mundo que había llevado a los trabajadores a fundar asociaciones de resistencia en las décadas anteriores. Lo que ocurría no era que la lucha de clases plasmada en el ámbito de la organización obrera se fuera imponiendo a una ideología «anclada» en una identidad ciudadana previa. Más bien, fue esta identidad ciudadana la que dio lugar al ensayo de nuevas formas organizativas. Así, la creación de federaciones obreras fue un intento de hacer más eficaz la resistencia laboral y la cooperación de los ciudadanos trabajadores. De esta manera lo justificó Gusart, uno de los principales organizadores del congreso de 1865: 13 «Publicamos hoy la exposición...», El Obrero, 71, 7/I/1866. La postura de las autoridades moderadas fue cambiando paulatinamente. A mediados de la década de 1860, el Gobierno elaboró un proyecto de ley en el que se preveía la legalización del derecho de asociación, aunque no se aprobó. Alarcón 1975, 335. 14 Trías y Elorza 1975, 320 y 326-27. Por lo que conozco, este asunto concreto no ha sido objeto de ninguna reconsideración crítica desde la década de 1970. 289 Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio Para lograr la resolución del problema social, es indispensable que todas las sociedades obreras se [sic] hagan mutuamente solidarios sus intereses por un lazo moral que las una, pues si van aisladas, si cada una pretende cumplir su misión regeneradora sin el apoyo de las demás, todas sucumbirán en la impotencia, pues impotentes son por fuerza y poder que tenga cada una, para oponerse a la marcha progresiva de los siglos15. La extensión de la identidad ciudadana entre los operarios y la consecuente proliferación de asociaciones obreras permitió a estos trabajadores llevar a cabo proyectos societarios más ambiciosos para conseguir los mismos objetivos por los que habían luchado en las décadas anteriores. Los años siguientes fueron testigos de los intentos de plasmación real de dichos proyectos. II. La revoLucIón de 1868 y La resIstencIa obrera La Revolución progresista-demócrata de 1868 conllevó una serie de transformaciones políticas que satisficieron algunas de las principales demandas de los obreros asociados, como la proclamación de las libertades de reunión y asociación. Asimismo, puso de manifiesto la influencia alcanzada por el movimiento demócrata entre los obreros asociados. Desde finales de la década de 1850, un nutrido y creciente número de trabajadores se había aproximado a esta corriente política con la confianza de que su triunfo pondría las condiciones legales y políticas necesarias para llevar a cabo la organización del trabajo. Por esta razón, la Revolución de 1868 produjo en estos trabajadores un efecto similar al de la Revolución de 1854. La Revolución de 1868 llevó a muchos trabajadores a compartir las esperanzas de organización del trabajo de los obreros que habían mantenido con vida la llama de la asociación en los años anteriores. Ello se expresó en la participación masiva de trabajadores en el levantamiento y en diversos actos después de este. Tras el triunfo revolucionario en septiembre de 1868, una multitud de operarios urbanos se manifestaron para 15 Gusart, «El Proletariado, II». 290 Jesús de Felipe Redondo reivindicar sus derechos naturales a la asociación, la vida y la propiedad de su trabajo. Muchos de ellos se alistaron en los batallones de Voluntarios de la Libertad (herederos de la anterior Milicia Nacional) o encabezaron revueltas populares en apoyo al nuevo sistema político, como ocurrió en Alcoy (Valencia)16. No obstante, la proclamación de las libertades individuales que habían demandado en los años anteriores no les hizo bajar la guardia. Conociendo lo que había ocurrido en la Revolución de 1854, los obreros asociados se mostraron dispuestos a defender sus libertades incluso contra el propio Gobierno. Más numerosos y organizados que nunca, estos trabajadores presionaron a las autoridades y los patronos para que sus libertades individuales fueran aseguradas desde el principio: Desde la Revolución de setiembre [de 1868] viene efectuándose en España un notable movimiento entre los obreros todos; pues vanse [sic] formando asociaciones numerosas en las principales poblaciones. Los obreros necesitamos para ello el tener aseguradas las libertades individuales, de las que somos los primeros partidarios; y por lo tanto protestaremos siempre de todo atentado que tiende a mermarlos, ya sea de parte del Gobierno, ya sea de parte de aquellos individuos que, hasta perteneciendo a la misma clase obrera, se introducen entre ella para difundir la perturbación y el escándalo17. Lo anterior explica que en el Sexenio se produjera un aumento sin precedentes del número de sociedades obreras y de conflictos laborales, pudiéndose hablar de la primera ola huelguística a escala nacional, cuyas dimensiones solo fueron superadas más tarde por la que hubo entre 1898 y 1902. En Cataluña, las asociaciones clandestinas salieron a la luz pública y se crearon nuevas sociedades. Según los representantes obreros, en 1868 16 «El alzamiento de Alcoy», La Discusión, 3, 8/X/1868. En poblaciones como Madrid, más del 70% de los voluntarios alistados eran jornaleros y artesanos. Véase Pérez Garzón 1977, 511. 17 «Desde la Revolución de Septiembre…», La Federación, 3, 15/VIII/1869. 291 Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio había 195 sociedades con más de 25 000 miembros solo en esa región18. En las que existían previamente se detectó un aumento notable en el número de sus afiliados19. El representante del Centro Federal de Asociaciones Obreras de Barcelona, que agrupaba a la mayoría de las sociedades obreras de dicha localidad, expuso en el Congreso de Basilea de la AIT (septiembre de 1869) «los efectos bienhechores de la libertad han dado una gran solidaridad y una gran fuerza a las sociedades poco numerosas, que han sabido resistir a este largo período de opresión»20. Desde 1868, las asociaciones obreras de resistencia, las reclamaciones de negociación colectiva y el abandono del trabajo como principal instrumento de presión laboral se extendieron por poblaciones en las que habían sido inexistentes o se fortalecieron en las que el movimiento asociativo era pequeño o minúsculo, como Madrid, Sevilla, Valencia, Alicante, Málaga, Almería, Cádiz, Palma de Mallorca, La Coruña, Béjar, Sevilla, Toledo, Valladolid o Zaragoza, entre otras. Los protagonistas de los conflictos laborales fueron obreros de ramas profesionales muy diversas: operarios de la industria textil, papeleros, impresores, tipógrafos, portuarios, carpinteros, toneleros, curtidores, cerrajeros, albañiles, fundidores, herradores y trabajadores del hierro y el cobre, lampistas y hojalateros, guarnicioneros, aserradores, sombrereros, canteros, confiteros, panaderos, zapateros, alpargateros, forradores de vidrio, naiperos, carteros, constructores del ferrocarril, maquinistas y fogoneros ferroviarios, etcétera. La prensa obrera informó que cerca de 20 000 obreros participaron en los conflictos laborales entre 1870 y 1873, aunque probablemente fueran 18 Informe de los delegados del Centro Federal de Sociedades Obreras al Congreso de la AIT en Bruselas, 1868. Citado en Tuñón de Lara 1977, 165-66. 19 La Sociedad de Tejedores de Velos de Barcelona pasó de 80 a 800 socios en los meses que siguieron a la revolución, según relataron sus representantes. La Asociación de Tejedores de Lana de Sabadell contaba en 1870 con 600 socios y sus directores esperaban que esta cifra creciera en los meses siguientes. Véase «Discurso de Antonio Illa», y «Discurso de Pablo Sampere», ambos en Arbeloa 1972, 141 y 152. 20 Informe de los delegados del Centro Federal. 292 Jesús de Felipe Redondo más21. El Consejo Federal de la Federación Regional Española (FRE) de la AIT registró 115 huelgas entre septiembre de 1872 y agosto de 1873 en Barcelona, Cádiz y Valencia, muchas de ellas victoriosas. Todas estas acciones tenían, en general, los mismos objetivos: el reconocimiento de las asociaciones obreras por los fabricantes, la negociación colectiva de tarifas y el respeto a la «dignidad humana» de los operarios. Los trabajadores textiles de Cataluña fueron los que más huelgas realizaron, incluyendo algunas de las más largas y con mayor número de huelguistas, llegando a movilizar a varios miles de obreros22. También destacaron los impresores madrileños por sus paros en demanda de subidas salariales, a pesar de que sus salarios ya estaban creciendo a causa del auge de la producción impresa23. Otros operarios realizaron huelgas de largas duración, como los trabajadores textiles malagueños o los obreros metalúrgicos de San Martí de Provençals. Asimismo, trabajadores de distintos oficios participaron en disturbios públicos en Málaga, Granada y, sobre todo, Alcoy, donde protagonizaron una importante revuelta en 187324. El periodo más conflictivo de todo el Sexenio coincidió con su fase más radical: la implantación de la I República. En las semanas siguientes a su instauración en febrero de 1873, asociaciones y federaciones obreras expresaron su apoyo al régimen republicano al tiempo que intensificaron sus luchas laborales, en las que se incluía la jornada de 10 horas, las condiciones higiénicas mínimas en los talleres, la limitación del trabajo infantil y el establecimiento de la enseñanza obligatoria y gratuita para todos los ciudadanos pobres25. A este respecto, téngase en cuenta que muchos trabajadores asociados, en buena medida debido a su proximidad o a su militancia en el Partido Demócrata Republicano, identificaron el objetivo 21 En estas fuentes no se incluyen las huelgas realizadas durante los años 1868-69 y es posible que durante los años 1870-73 hubiera muchas más. Véase Flaquer 1977, 77. 22 Tuñón de Lara 1977, 210-11. Véase también Termes 2000 [19651], 188-251. 23 Nieto 1988, 418-19; Bahamonde 1980, 172; Frías 1992, 145-46. 24 Para el caso de Alcoy véase Aracil y García Bonafé 1978; Cerdà 1980. 25 Tuñón de Lara 1977, 193-204. 293 Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio de la Revolución de 1868 con la implantación de la igualdad jurídica entre los individuos, la cual se representaba simbólicamente en el fin de la monarquía borbónica que habían sostenido moderados y progresistas: «aprovechando un movimiento militar, el pueblo ha derribado el trono, que siempre oprime las fuerzas vivas del trabajo»26. Muchos de estos operarios participaron o vieron con buenos ojos el intento de revolución republicana que fracasó en 1869, tras la proclamación de la monarquía constitucional en la nueva constitución, y saludaron la posterior implantación del régimen republicano en 1873. Asimismo, aparecieron federaciones que coordinaban las acciones de las asociaciones obreras a escala regional e incluso nacional. Un mes después de la Revolución se creó en Barcelona el Centro Federal de Sociedades Obreras27. Dicha organización mantuvo relaciones con asociaciones obreras de Madrid, Sevilla o Málaga, consolidando los contactos regionales que se habían iniciado en el Bienio Progresista e impulsando la creación de nuevas asociaciones con la colaboración de los grupos demócratas locales, de cuyo seno surgieron los fundadores de muchas de estas organizaciones y cuyos periódicos reprodujeron los manifiestos del Centro Federal barcelonés. Aparecieron así federaciones obreras que siguieron el modelo barcelonés y adoptaron el nombre de «centro federal», como ocurrió en Sabadell, Palma de Mallorca, Sevilla, Cádiz, Valencia o Cartagena28. La participación de los demócratas (muchos de ellos trabajadores) en la creación de estas asociaciones resultó crucial, incluso en las que podría pensarse que tuvieron más importancia los grupos socialistas internacionalistas, como las afiliadas a la AIT. El Centro Federal de Palma de 26 Informe de los delegados del Centro Federal. 27 Originalmente llamado Dirección Central de Sociedades Obreras, cambió su nombre en 1869. Contaba aproximadamente con 34 sociedades y con 7000 socios a principios de 1869. Véase Tuñón de Lara 1977, 162. 28 «Discurso de José Rosell» en Arbeloa 1972, 116; «El Centro Federal de las Sociedades de Tejedores…», La Federación, 1, 1/VIII/1869; Vilar 1986, 370; Gabriel 1975, 96-99; Fernández-Cordero 1994, 331-35; Morales Muñoz 2001, 340-41. 294 Jesús de Felipe Redondo Mallorca, según sus delegados en el congreso obrero de 1870, pareció surgir «por obra de encantamiento», porque «apenas hace siete meses que en Mallorca no había ningún internacional»: «apenas vimos sus Estatutos [los de la AIT] en La Federación de [Barcelona], todos los que éramos republicanos federales comprendimos los grandes beneficios, las grandes ideas que encerraba la Asociación Internacional de Trabajadores»29. En otras ciudades, como Santa Cruz de Tenerife, fueron directamente los grupos de republicanos los que fundaron secciones locales de la AIT30. La formación de este entramado de federaciones obreras locales y regionales permitió a los trabajadores asociados plantear y organizar la primera federación obrera a escala nacional en 1870, la Federación Regional Española (FRE). En su momento de mayor auge, dicha organización agrupaba a cerca de 30 000 afiliados en 162 federaciones locales, 454 secciones de oficio y 77 de oficios varios31. La mayor parte de los afiliados trabajaba en la industria textil, la construcción, el calzado, la industria papelera y la fabricación de toneles32. La FRE facilitó y potenció el intercambio de información, la solidaridad y la coordinación entre las asociaciones afiliadas33. Además, aparecieron las primeras federaciones de resistencia de trabajadores de un mismo ramo industrial, como las Tres Clases de Vapor (que agrupaba a tejedores, hiladores y jornaleros de fábrica que trabajaban con máquinas a vapor), el Centro Federal de Sociedades de tejedores a la 29 «Discurso de Francisco Tomás» en Arbeloa 1972, 134. Subrayado mío. Véase también Gabriel 1975. 30 Felipe 2004, 250-52. En Cádiz, los obreros que se afiliaron a la AIT estaban estrechamente vinculados al republicanismo y así lo declararon. Véase «Discurso de Antonio González García Meneses» en Arbeloa 1972, 118-19. En otras regiones el peso del republicanismo fue fundamental, como ocurrió en Galicia (Moreno 1980). Como se verá más adelante, la mayor parte de los obreros de la FRE era partidaria del republicanismo, aunque separaran la organización obrera de la lucha política. 31 Abad de Santillán 19744, 125. 32 Piqueras 1999, 174. 33 Así, la huelga de los cerrajeros de Barcelona en 1870 fue sostenida gracias a la ayuda de los cerrajeros de Sabadell y de Valencia (La Solidaridad, 43, 5/XI/1870). A partir de esta colaboración, los cerrajeros de Barcelona intentaron crear una federación de su oficio a escala nacional. 295 Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio mano y de velos de Cataluña y la Unión Manufacturera de Cataluña (que reunía a todos los trabajadores textiles)34. La interpretación historiográfica dominante sostiene que el nacimiento de estas organizaciones fue el resultado de la aparición de la conciencia de clase entre los trabajadores españoles. Sin embargo, los trabajadores crearon federaciones para conseguir los mismos objetivos que habían defendido con anterioridad. El Centro Federal comunicó a la AIT que las asociaciones que se habían creado y coordinado en toda España lo habían hecho «para cooperar al mismo propósito»: acabar con la opresión de las libertades de los obreros35. En 1869, esta federación propuso la unión de todas las sociedades obreras, nacionales y de otros países, para hacer desaparecer «los privilegios y monopolios de esta corrompida sociedad». Los trabajadores asociados concebían el desigual reconocimiento de los derechos individuales como la causa fundamental de que no pudiera alcanzarse la armonía de intereses entre los miembros de la sociedad: He aquí, pues, que la armonía de intereses no exigida sino pedida por los obreros, conviene a ambas partes [a trabajadores y patronos] […]. Procúrese pronto una armonía de intereses, entre los obreros y fabricantes; mientras que nosotros amparados por la ciencia, demostraremos al mundo cuán injusta es la organización de lo que hoy ella cree sagrado, inviolable y hasta ilegislable, haremos entrar a la Sociedad por la fuerza de la razón en el grande y fecundo campo de la iguales y de la justicia36. Esta «ciencia» de la que hablaban los operarios era la ya conocida «organización del trabajo», basada en la negociación colectiva y libre de las condiciones laborales por parte de sus asociaciones y las de los fabricantes37. 34 Abad de Santillán 1974, 132; Izard 1973, 55, 111-17 y 145-51; Lida 1973, 216. 35 Informe de los delegados del Centro Federal. 36 Para esta cita y la anterior, «Nuestra conducta ante el paro», La Federación, 4, 22/VIII/1869. Mayúsculas en el original. Subrayado mío. 37 Véase el capítulo 3. 296 Jesús de Felipe Redondo Otra de las continuidades con los años anteriores es que los trabajadores asociados siguieron proponiendo la creación de jurados mixtos para resolver los conflictos laborales. En el ramo textil algodonero catalán se tiene constancia de negociaciones colectivas entre representantes obreros y fabricantes desde finales de 1868, los cuales se prolongaron en los años siguientes y se formalizaron en jurados mixtos para «armonizar los intereses de ambas partes». Para los dirigentes del Centro Federal de Barcelona, la implantación de jurados mixtos era el mejor medio de defender sus derechos y establecer la «protección al trabajo»38. En 1873, la Unión Manufacturera, en nombre de 40 000 operarios afiliados (aunque con la aspiración de representar los intereses de todos los trabajadores del país), demandó al Gobierno republicano una ley de jurados mixtos para «nivelar los precios de los diversos géneros que se elaboran, como igualmente para graduar la fatiga y el salario a los varios trabajos que se efectúan en todo el ámbito de la Península Ibérica»39. Como había ocurrido anteriormente, los jurados mixtos implicaban tanto el supuesto de que patronos y empleados eran ciudadanos iguales y, por tanto, tenían un horizonte de intereses comunes, como la no intervención del Gobierno en las negociaciones privadas entre dichos ciudadanos, sino la garantía de que estas podían desarrollarse libremente. Así, los tejedores manuales y de velos de Cataluña declararon que no deseaban que las autoridades les concedieran «un privilegio de protección», sino que estas, «haciendo lo que sea factible dentro de la ley, sepan y entiendan, que deben asegurar, respetar y fomentar nuestra propiedad que es el trabajo, librándolo de todo ataque anárquico como es el del capital desalmado»40. Asimismo, si los trabajadores asociados mostraron interés por difundir la asociación entre los no asociados fue porque los percibían como com38 «Las Sociedades obreras…», La Federación, 3, 15/VIII/1869. Las negociaciones colectivas desde finales de 1868 son mencionadas en «El Centro Federal de las Sociedades de Tejedores». 39 A las Cortes de la nación española, 27/II/1873. ACE, leg. 173, exp. 12. 40 «Memoria que dirige al Excmo. Sr. Presidente», La Federación, 8, 19/IX/1869. 297 Capítulo 8. Las luchas obreras desde 1857 hasta el Sexenio pañeros de una misma lucha41. Los trabajadores asociados concebían los conflictos laborales en todos los oficios como la consecuencia de una misma causa: la negación de la supuesta dignidad humana de los obreros. De ahí que debieran unirse para luchar por el objetivo común de acabar con dicha negación. Así interpretó la prensa obrera las luchas de los operarios textiles malagueños en 1871: Persuádanse por completo [los obreros de] que, si queremos ser hombres, sostener nuestra dignidad y nuestros derechos y llegar al día de nuestra emancipación, debemos formar aparte de nuestros verdugos. El capital es el que nos tiene sumidos en la ignorancia y en la miseria, porque así conviene a su interés, de perpetuar la explotación del hombre por el hombre42. III. Las Luchas obreras durante eL sexenIo democrátIco La extensión de las asociaciones obreras de resistencia comportó una transformación del significado de las situaciones laborales en las que trabajaban obreros de muy diversos oficios. Dichas situaciones adquirieron entonces el significado de «explotación», convirtiéndose en experiencias equivalentes que llevaban a los obreros a engrosar un formar un frente común de lucha. Por ejemplo, los papeleros catalanes denunciaron que los patronos que imponían reducciones salariales cometían una «injusticia moral y material»: Moral[,] porque desdice de la alta misión del trabajador; porque nos roba las dulces afecciones de la familia; porque nos sostiene en la triste situación de parias, cuando debiéramos manifestarnos tal cual somos, es decir, […] agentes activos e inteligentes del trabajo y del progreso; material[,] porque miserablemente nos escatiman el fruto de nuestros 41 Es el caso de los 2000 trabajadores del hierro de Madrid que hicieron una huelga en 1872-73 y fueron interpelados por la prensa obrera para crear una asociación de resistencia. Véase «Huelga de los obreros en hierro de Madrid», El Condenado, 34, 19/XII/1872, 2 y 36, 2/I/1873. 42 «En el número anterior…», La Federación, 79, 19/II/1871. 304 Jesús de Felipe Redondo el trabajo femenino se convirtió en un problema social. Más aun, desde entonces trabajadores varones de otros oficios que no estaban amenazados por la contratación de obreras también exigieron a patronos y autoridades que adoptaran las medidas para que las mujeres, especialmente las casadas, pasaran el menor tiempo posible en las fábricas para ocuparse de sus casas. Así, en la década de 1880 el representante de la Sociedad de Canteros de Madrid, una profesión eminentemente masculina, declaró ante una comisión de investigación de los conflictos laborales (la futura Comisión de Reformas Sociales) que «la mujer casada debe estar perenne [sic] en su casa para atender a las necesidades de su familia, porque en otro caso tiene uno que llevar el pantalón roto»3. Con esto pretendo mostrar que la sustitución de trabajadores varones por obreras no fue una razón suficiente para explicar el surgimiento de esta reivindicación. Esto no quiere decir que dicho proceso no fuera importante, pero por sí mismo no explica la nueva postura de las asociaciones. Centrémonos en el caso del tisaje. De manera similar a como ocurría en la hilatura algodonera, los fabricantes catalanes empezaron a contratar a más tejedoras debido a que el tisaje empezó a concebirse como una ocupación «apta para mujeres», ya que no requería de un gran esfuerzo físico (condición que se consideraba necesaria para el trabajo femenino) y a que el grado de especialización laboral requerido, que nunca había sido muy elevado, fue perdiéndose a medida que aparecieron nuevos telares mecánicos a mediados del siglo xix. En consecuencia, muchos propietarios comenzaron a reducir los salarios de los tejedores para ajustarlos a lo que pensaban que era una labor femenina. Los tejedores varones rechazaron este proceso empleando los mismos argumentos utilizados por los hiladores de la década de 1850. En 1868, la Sociedad de Tejedores de Igualada culpó al sistema de la libre concurrencia por tolerar el comportamiento «egoísta» de los fabricantes que querían enriquecerse a costa de los derechos de los operarios. Para estos tejedores 3 Castillo 1985, vol. I, 107. 305 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino asociados, la inmoralidad de los fabricantes perjudicaba la calidad del producto final: […] la competencia y rivalidad entre los fabricantes mismos, entre los fabricantes que se valen de operarios y de los que se valen de mujeres para los tejidos con respecto al precio y valor de los mismos, inconvenientes que deben apartar y solventar los propios señores fabricantes si no quieren salir perjudicados en la elaboración y salida de sus géneros4. Esta queja se basaba en el supuesto de que las «mujeres» (nótese que no las denominaban «trabajadoras») podían tejer tan bien como los «operarios» (es decir, los tejedores varones), pero no eran «tejedoras», es decir, no eran verdaderos individuos productivos. De ahí que se pensara que el producto que realizaban no era de la misma calidad que el de los obreros varones, o directamente «obreros», pues, como se vio en el capítulo 2, un obrero era, por definición, un «hombre», es decir, un individuo productivo por su naturaleza sexual. Esto llevó a los tejedores asociados a interpretar su sustitución por mujeres como una suplantación ilícita hecha por el fabricante que estaba dispuesto a arrebatarles «sus» puestos de trabajo para ahorrar su dinero y aumentar sus beneficios. En 1870, la Sociedad de Tejedores de Velos de Barcelona denunció a los fabricantes por contratar a «criaturas, niñas, mujeres, todo lo que se les presenta» —es decir, individuos que aparecían retratados como «débiles», incapaces de negociar sus contratos con los fabricantes en pie de igualdad— para ocupar «los talleres que nosotros deberíamos ocupar»5. No obstante, y he aquí la novedad, los tejedores comenzaron a combinar estos argumentos con una serie de nuevas nociones acerca de la función familiar que se suponía adscrita a la «naturaleza sexual» de hombres y mujeres. Para los tejedores asociados de Igualada, los descensos salariales 4 Escrito dirigido por los trabajadores igualadinos al presidente de la Junta Provisional Revolucionaria de Igualada. AHMI. Leg. 1868, letra A, carpeta 4, «Clase obrera». Citado en Martínez de Presno 1993, 250-52. 5 «Discurso de Antonio Illa» en Arbeloa 1972, 141. Subrayado mío. 306 Jesús de Felipe Redondo y su sustitución por mujeres provocaban tres graves inconvenientes. Los dos primeros eran habituales en las quejas anteriores de las asociaciones de trabajadores. En primer lugar, la peor renumeración del trabajo obligaría a los operarios a producir más rápido y con menos cuidado para ganar lo suficiente para vivir, perjudicando así la calidad del producto que elaboraban. En segundo lugar, y como habían denunciado los hiladores de mule jennies en 1854, los tejedores se quejaron de que su sustitución por mujeres dejaba en la miseria a numerosos «padres de familia», pues «habiéndose estos dedicado desde la niñez a aprender esta clase de oficio o trabajo y no a otro, y en el que habían fijado la esperanza de su porvenir, se ven ahora privados de ella» y, por tanto, obligados a aprender un nuevo oficio o a mendigar6. La tercera consecuencia constituía una novedad en la reflexión de los trabajadores asociados. Los tejedores igualadinos percibieron «otro inconveniente aún más marcado y más deplorable» que los anteriores que derivaba de una supuesta desorganización de las familias obreras, en particular de la puesta en cuestión de la autoridad del «padre de familia» que no podía cumplir con su obligación de mantener a sus familiares: […] que estas mujeres puestas y preferidas en el lugar de los operarios, bien se las considere esposas, hermanas o hijas, es fácil ver desde luego su orgullo y predominio con respecto a sus padres, maridos o hermanos y de aquí los insultos, las injurias, los desprecios, los dictados de gandules y vagos contra las personas que en otro caso amarían y respetarían, imposibilitando a estos, en tan triste situación, de poder reprender a aquellas sus defectos y deslices, y dando este inconveniente la precisa consecuencia de la discordia e inmoralidad de las familias de los operarios, que insensiblemente se hará trascendental a las demás de esta población. La sustitución de las tejedoras producía la desorganización de sus familias y, como fatal consecuencia, su «desmoralización». Los tejedores subrayaron que dicha desmoralización amenazaba al conjunto de la sociedad, ya 6 Escrito dirigido por los trabajadores igualadinos. Sobre estas demandas, véase el capítulo 7. 307 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino que se transmitía a la siguiente generación obrera. Ello se debía a que las mujeres que trabajaban no podían ejercer su función «natural» de cuidar y educar a los hijos, pues el trabajo las fatigaba y les impedía permanecer en sus hogares. Como consecuencia, los hijos de los obreros caían en el vicio y la corrupción que les impedían emanciparse. Por tanto, la causa principal de esta desmoralización se derivaba del hecho de que la mujer trabajadora no podía cumplir con su deber de «madre de familia» y privaba al trabajador varón de realizar el suyo. Los tejedores asociados comenzaron a proclamar que el trabajo las [sic] perjudica [a las mujeres] su salud y las de sus hijos porque se empeñan y se las obliga a faenas que son propias de la naturaleza y fuerza de varones y no de hembras y a estas se las ha considerado siempre moral y físicamente por un sexo débil y como a tales exentas y excluidas de los cargos, oficios, faenas y trabajos propios de los hombres. Esta anomalía [es] tan denigrante y despreciativa al sexo varonil y tan perjudicial al sexo femenino pues a cierto número de años lo convierte de débil a raquítico y hace antes partícipe de ello a sus sucesores […]7. En este manifiesto la diferenciación ilustrada entre «sexo débil» y «sexo fuerte» ha adquirido un nuevo matiz. En los años anteriores, esta distinción no significaba que la mujer no pudiera trabajar, sino que existían trabajos propios de su sexo. Pero ahora se estaba afirmando que el trabajo desvirtuaba la supuesta naturaleza de la mujer, lo que afectaba a las funciones sociales que se le atribuían a este sujeto, es decir: el cuidado del hogar y los hijos. Aunque en el texto se especifica que esto ocurría cuando las mujeres se ocupaban en «trabajos propios de los hombres», no debe obviarse que, como se aclaró más arriba, muchas mujeres llevaban laborando en el tisaje en las décadas anteriores sin que ello se considerara un problema. Los hiladores de la década de 1850 ya habían basado sus reivindicaciones en esta idea, pero los tejedores del decenio de 1860 estaban yendo un paso más allá y pidiendo la exclusión o limitación del trabajo femenino para 7 Para esta cita y la anterior, véase Ibíd. 308 Jesús de Felipe Redondo proteger la «naturaleza femenina» y, con ello, toda la sociedad. En este sentido, la reivindicación de estos tejedores tenía un carácter diferente a las anteriores. Por primera vez se establecía un vínculo causal entre la práctica del trabajo y la corrupción de la «naturaleza sexual» femenina, el cual se relacionaba con otras demandas como la limitación del trabajo infantil y el aumento de los salarios de los varones para mantener a sus familias en sus casas. Analizaré estas cuestiones con mayor detalle a continuación. II. eL trabajo femenIno como probLema socIaL Estos trabajadores asociados estaban empleando un nuevo argumento que había surgido en el debate de la cuestión social a finales de la década de 1850. Antes de explicar por qué lo mantuvieron, expondré dónde apareció. En la segunda mitad del siglo xix se produjo un cambio fundamental en el debate de la cuestión social, que se centraba en explicar las causas y poner remedio a la miseria en que vivía la mayor parte de la población trabajadora. En la medida en que dicho problema se mantenía en el tiempo y a pesar de las soluciones que comenzaban a adoptarse, aparecían nuevos estudios que identificaban nuevos objetos de análisis y proponían nuevas soluciones. Como se vio en el capítulo 7, los distintos trabajos de los higienistas y los economistas sociales de las décadas de 1830 y 1850 se basaban en la idea de que la inmoralidad impedía a los trabajadores escapar de la pobreza. Algunos autores consideraron que la industrialización agravaba el estado de corrupción que reinaba en las clases trabajadoras. Desde esta perspectiva, la industrialización causaba la desestructuración de las familias obreras y su descomposición moral. A principios de la década de 1840, Ramón de la Sagra interpretó en la feminización de la mano de obra industrial en Europa como una ruptura de la organización familiar obrera. Este economista social partió de la idea de que el hombre, en tanto que individuo productor por naturaleza, tenía el deber de trabajar para mantener a su familia, mientras que la mujer era una «consumidora» natural con la responsabilidad de cuidar de los hijos 309 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino y del ámbito doméstico. Para Sagra, la contratación de mujeres en las fábricas alteraba dramáticamente los principios del orden moral sobre los que se basaba esta organización «natural», pues la mujer que trabajaba no solo dejaba sin trabajo al hombre, sino que, además, estaba expuesta a los peligros morales derivados de estar en contacto con y bajo la supervisión de otros hombres que no eran de su familia8. Ello fue lo que llevó a este y otros autores a describir a la trabajadora como una prostituta, la imagen opuesta a la honrosa «madre». Según Sagra, el contacto frecuente de la trabajadora con obreros varones en las fábricas, su presunto «vicio natural» de destacar acudiendo a todo tipo de medios, la falta de educación y la ignorancia eran situaciones que la empujaban a vender su cuerpo y, con ello, su dignidad9. Los intelectuales que en esos años escribían sobre la cuestión social pensaban que la combinación de trabajo y pobreza generaba vicios particulares según el sexo del operario. En 1855, Monlau escribió que el exceso de trabajo, la falta de higiene y la mezcla de hombres y mujeres en los talleres potenciaba en los hombres la embriaguez, la gula, la pasión por el juego, el libertinaje y la pereza, y en las mujeres la estafa y la prostitución10. La prostitución era la última consecuencia de la liberación de las «pasiones» femeninas cuando las mujeres vivían y trabajaban fuera de casa11. Ahora bien, en las décadas de 1840 y 1850 la obrera desmoralizada era solo un símbolo entre los muchos con los que los economistas sociales identificaron la degradación moral de las clases trabajadoras, como el trabajador borracho, el obrero que perdía en el juego su salario, el niño sucio y demacrado sin educación ni ansias de jugar a juegos infantiles, etcétera. No fue hasta la década de 1860 que la cuestión del trabajo femenino en8 Sagra, Ramón de la, Lecciones de Economía Social, Madrid, Imprenta de Ferrer y Compañía, 1840, 118-25 e «Ideas generales sobre la beneficencia pública», en Discursos pronunciados en el Ateneo Científico y Literario de Madrid, París, Imprenta de Maulde y Renou, 1838. Citados en Burguera 2008, 102-04. 9 Sagra, Lecciones de Economía social, 139-40 y 171-2. 10 Monlau 1856, 68-70. 11 Scott 1999, 142-43 y 113-38; Burguera 2008, 114-15 y 133-34. 310 Jesús de Felipe Redondo cauzó el debate sobre la cuestión social. A partir de entonces, se constata una creciente preocupación en los medios intelectuales sobre los efectos negativos del trabajo para la mujer. Con anterioridad, la mayoría de las obras sobre la cuestión social se centraban en los inconvenientes físicos y morales que las malas condiciones de trabajo tenían en los adultos y, sobre todo, los niños. Pero se decía poco acerca del papel maternal de la mujer y de cómo el trabajo repercutía negativamente en él. En 1855, Monlau propuso la prohibición o limitación del trabajo infantil sin hacer referencia a la atribuida función «natural» de la mujer en la educación de sus hijos12. En 1857, de un extenso estudio sobre la cuestión social Salarich dedicó solo unos escasos párrafos a los efectos de la desmoralización sobre las mujeres con respecto al cuidado de los hijos. Sus propuestas se limitaron a pedir a los fabricantes que mantuvieran ocupadas a las mujeres en momentos de crisis para impedir que recurrieran a la prostitución, así como que evitaran en lo posible la mezcla con los varones13. Aunque Salarich denunció el abandono de los hijos de las familias obreras por sus progenitores, no planteó adoptar medidas para que estos tuvieran más tiempo para dedicarse a la crianza14. Todo esto cambió en la década de 1860. A partir de entonces, los higienistas, los economistas sociales y los socialistas empezaron a hacer hincapié en la idea de que el trabajo de la mujer constituía una amenaza a la salud pública y a la reproducción de la sociedad. Los autores españoles se inspiraban en los análisis que se estaban realizando en otros países, sobre todo en Francia, desde finales del decenio de 1850. En ellos se hacía hincapié en la «misión natural» de la mujer en la sociedad en tanto que «madre» y educadora de las jóvenes generaciones15. Asimismo, se proponían medidas para facilitar la regeneración moral de los trabajadores 12 Monlau 1856, 91-92. 13 Salarich 1858, 210-11. Los economistas sociales franceses propusieron medidas similares. Véase Scott 1999, 150. 14 Salarich 1858, 251. 15 Scott 1999, 140. Para un análisis de la economía social francesa véase Procacci 1993. Para el impacto de esta heterogénea corriente en el pensamiento español sobre la cuestión 311 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino basadas en la reafirmación de la división sexual de las funciones sociales en las familias obreras. Como ha mostrado Scott, esta transformación se desarrolló a partir de los estudios previos. En dichas obras, la ausencia de distinción entre los sexos en los talleres se percibió como uno más de los múltiples factores que causaban los desórdenes morales y sociales. En los años siguientes, los estudiosos convirtieron esta situación en la cuestión clave y planearon reformas que reforzaran la división sexual de tareas16. En este cambio tuvo un peso decisivo el interés higienista de buscar medios para evitar que los vicios de los trabajadores se transmitieran a las nuevas generaciones. La mujer se constituyó en el objeto de las reformas, pues a ella se le atribuía el papel clave en la educación de los hijos, y, por tanto, era ella quien podía frenar la extensión de la corrupción moral en las masas de trabajadores. Así, el conocido problema de la «degradación de la raza» planteado por los higienistas de mediados del siglo xix se vinculó a la imposibilidad de las operarias de ejercer como «madres» por culpa de un trabajo extenuante y fatigoso y de las corruptoras influencias que recibían en los talleres. En 1864, el demócrata socialista Ramón Cartañá escribió que la explotación laboral de las mujeres las incapacitaba para actuar como madres: «encerradas por espacio de catorce horas al día, agotando por instantes su fuerza física, ¡cómo es posible que comprendan el valor que representa, lo grande que es, por ley superior a la de los hombres, cada uno de los seres que componen la raza humana!»17. «J. E.», otro demócrata que escribía en un periódico obrero, señalaba que «las madres de nuestros sucesores, de cuya educación pende el porvenir de la patria» eran «esas pobres muchachas que envejecen prematuramente en los telares y en los trabajos del campo». Este autor se preguntaba «cuál será la educación si la madre que la lega a social y una muestra de las obras que se publicaron en la década de 1860 véase Burguera 2008, 87 y ss. y 144, n. 97. 16 Scott 1999, 149 y 151-52. 17 Cartañá, Ramón, «Las hijas del trabajo», El Obrero, 6, 9/X/1864. 312 Jesús de Felipe Redondo sus hijos no la tiene, y como podrán tener amor a sus semejantes, si su madre solo ha conocido el peso de un azadón o las evoluciones de una rueda, que más de una vez ha mutilado sus miembros»18. Años más tarde, en la década de 1880, en un escrito del Ateneo de la Clase Obrera de Igualada se expuso que si la mujer se hubiera dedicado «únicamente a los trabajos propios de su sexo», el «ángel del hogar» no se habría convertido en un «monstruoso ser, sin educación y sin conciencia», y, como consecuencia, «la moral no sufriría frecuentes y horribles decepciones, la higiene no sería tan a menudo una palabra vana en el hogar del obrero y la estadística no registraría una espantosa mortalidad de niños»: En contacto siempre con el hombre, la niña pierde su rubor, se acostumbra a las expresiones poco cultas de sus compañeros de taller y acaba por identificarse con estos, resultando al poco tiempo un ser informe con todos los defectos del hombre y con la debilidad propia de la mujer, mucho más peligrosa en una persona sin educación. Y si la mujer es [sic] casada entonces los efectos de semejante vida son mucho más horribles, mucho más trascendentales; porque afectan a toda una familia. Debiendo permanecer constantemente en el taller, no puede de manera alguna desempeñar su delicado cometido en el hogar, del que desaparecen el orden y la limpieza y no reina la salud. Por otra parte la mala condición de los alimentos, preparados siempre con demasiada precipitación a causa del poco tiempo que a la mujer le queda, y la atmósfera malsana del taller influye también en la salud de los tiernos niños que la operaria debe amamantar, y de aquí la desproporcionada mortalidad de estos infelices19. En estos textos no se abogaba por la exclusión de la mujer de toda actividad laboral. Se suponía que, aunque la mujer no era un individuo productivo por naturaleza, era un individuo, y, por tanto, tenía el derecho de trabajar para satisfacer sus necesidades vitales. Quienes defendieron que el lugar natural de esparcimiento y actividad de la mujer era el hogar 18 J. E., «El amor», El Obrero, 15, 11/XII/1864. 19 La Democracia [Igualada], 18, 26/X/1884. Citado en Martínez de Presno 1993, 224-26. 313 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino también afirmaron que trabajar era un derecho de todos los individuos, con independencia de su sexo. Así, en 1876 el economista Sanromá escribió que el derecho y el deber de trabajar constituían «leyes naturales de la humanidad, y no [un] atributo especial del sexo masculino»20. No obstante, incluso estos autores coincidieron en que la actividad productiva en sí misma no era propia de la naturaleza femenina y que, por tanto, acarreaba consecuencias negativas sobre las mujeres y sus familias. Según Sanromá, era generalmente aceptado que el trabajo extradoméstico de la mujer suponía una serie de inconvenientes tanto para ella como para su familia. En primer lugar, su competencia con los trabajadores varones hacía que los salarios de estos disminuyeran, y, en segundo lugar, su ausencia del hogar afectaba negativamente a la economía familiar: Dicen que la competencia que [la trabajadora] hace al trabajo del hombre acaba por envilecer el salario de este: que el trabajo de las operarias en las fábricas hace menos productivo el de las que trabajan aisladamente, y que mientras la mujer gana salario en una fabrica, pierde un valor igual o superior al que obtendría cuidando a su familia. Esto no necesita mucha demostración. […] Convengo con un docto economista en que el destino económico de la mujer en la sociedad, no tanto consiste en proporcionar directamente un trabajo productivo, cuanto en saber utilizar acertadamente el producto del trabajo de su marido. Si por ganar salario en una fábrica tiene que abandonar los deberes de la familia y exponerse además a que el jornal del marido se distraiga de su objeto, ¿cuánto más no aprovechará quedándose a gobernar la casa, preparando la educación moral y física de los hijos, y juntando a esto, si es posible, alguna pequeña ocupación lucrativa en su propio domicilio? Desde esta perspectiva, la mujer tenía derecho a trabajar, pero cuando lo hacía fuera del ámbito doméstico al que estaba destinada por su propia «naturaleza», el ejercicio de este derecho traía consecuencias nefastas para su familia. Según Sanromá, para evitar dichos inconvenientes era necesario que los fabricantes y las instituciones realizaran reformas higiénicas 20 Sanromá 1876, 74. 320 Jesús de Felipe Redondo familiares pudieran permanecer en sus casas. En 1869, el periódico obrero La Federación justificó el aumento salarial solicitado por los operarios textiles catalanes como un medio esencial de evitar «en su familia el penoso trabajo de su débil mujer y de sus tiernos hijos»35. De esta manera, la demanda de la regulación del trabajo femenino vino acompañada de otra nueva reivindicación: la de que el obrero varón pudiera mantener por sí solo a toda su familia. Este es el fundamento de la idea del «salario familiar» que se convirtió en objetivo de las luchas sindicales a finales del siglo xix36. Ello implica que en España la concepción del trabajador como «ganador del pan» (el denominado breadwinner) apareció en las décadas de 1860 y 1870, de forma paralela al surgimiento de la obrera como «madre de familia» y «ángel del hogar». Por tanto, estas identidades y demandas no se originaron en las tradiciones artesanas previas ni estaban presentes en las luchas obreras de la primera mitad del siglo xix, como a veces se ha interpretado37. En lugar de ello, se trata de un fenómeno histórico nuevo que fue causado, a su vez, por los cambios en la matriz discursiva mediante la que los operarios asociados dotaban de sentido su realidad. De lo que se deduce que no fue la sustitución de los varones por las operarias, en sí misma, la que llevó a aquellos a intentar excluir a estas del mundo laboral, sino la manera histórica concreta de dotar de sentido esa situación. Iv. La reIvIndIcacIón de La IguaLdad saLarIaL A partir de esta nueva demanda de regulación del trabajo de las mujeres, las asociaciones obreras se enfrentaron a una nueva cuestión. Se ha visto que, para los trabajadores asociados, las esposas e hijas dependían de 35 «Nuestra conducta ante el paro». 36 Enrech 2007, 127-62. 37 En muchos trabajos se asume la idea de que el «salario familiar» y la figura del «ganapán» existían desde las décadas de 1830 y 1840, cuando en esta asunción se extrapolan fenómenos de finales de este siglo a los decenios anteriores. Véase, por ejemplo, Nash 1993. Para la aparición de esta identidad en otros países a partir de mediados del siglo xix véase Clark 1995, 267-68. 321 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino los obreros varones. Pero también había viudas y jóvenes huérfanas o sin casarse que necesitaban trabajar para vivir por su cuenta, o incluso para mantener sus hijos. El portavoz de la Sociedad de Canteros de Madrid que en el decenio de 1880 afirmó que las mujeres casadas debían estar en sus casas para cuidar de sus hogares dijo también que admitía «que la mujer soltera trabaje», pues esta tenía sus necesidades que atender38. De este modo, los trabajadores asociados no negaban el derecho individual de las mujeres a mantenerse mediante su trabajo. Pero, si esto era así, entonces la regulación del trabajo femenino podía constituir un atentado contra sus derechos. Además, en los sectores laborales donde el trabajo femenino estaba muy extendido, como en el textil, la prohibición total del trabajo femenino era imposible de conseguir. Aunque algunos fabricantes accedían a negociar con las sociedades obreras las condiciones de los contratos laborales de las operarias, no podían prescindir de estas para mantener sus fábricas. Ello llevó a algunos obreros asociados, especialmente de la rama textil, a seguir aceptando a las operarias como compañeras de trabajo y de lucha. Ahora bien, esto no significa que renunciaran a su pretensión de «devolver» a la mujer al hogar, pues propusieron nuevas vías para regular el trabajo femenino sin prohibirlo. Es el caso de la demanda de la igualdad salarial entre hombres y mujeres, que analizaré a continuación. Los tejedores asociados catalanes exigieron en el Sexenio que en las labores que realizaban con las mujeres, como la producción de los tejidos de calidad media o baja, la retribución salarial fuera la misma que para los varones. En la tarifa de 1868, por la que los tejedores asociados de Igualada obligaron a los fabricantes a excluir a las obreras de las fábricas, se estableció que cuando las mujeres trabajaran en sus casas lo hicieran «al precio de la tarifa», esto es, cobrando el mismo salario de los obreros varones39. 38 Castillo 1985, vol. I, 107. 39 AHMI. Leg. 1868, letra A, carpeta 4, «Orden público». 322 Jesús de Felipe Redondo Por paradójico que pueda parecer, esta petición de la igualdad salarial implicaba el reconocimiento del derecho de la mujer a trabajar para vivir, pero también de la necesidad de conciliar su trabajo con sus funciones domésticas «naturales». Así se puso de manifiesto cuando dicha demanda apareció en la década de 186040. En 1865, en el marco de los conflictos por la contratación masiva de operarias en el sector textil, Gusart denunció en El Obrero las diferencias salariales entre obreros y obreras textiles: «es el prurito de los fabricantes ocupar [a] la mujer en los trabajos industriales, muy particularmente en la fabricación de tejidos, y este deseo sube de punto, porque a ella se le obliga a trabajar a más reducido precio que al hombre». Según él, esta situación era injusta porque hombres y mujeres hacían el mismo trabajo y, en última instancia, los hombres finalmente veían reducidos sus salarios al nivel de los de las mujeres. Para solucionar esta situación, Gusart demandó la igualación del salario femenino con el masculino basándose en dos argumentos. En primer lugar, combatió la idea asumida de que el hombre recibía un mayor salario porque sus necesidades físicas eran mayores que las de la mujer. Según el líder obrero y demócrata, si la trabajadora pertenecía al «sexo débil» tenía entonces necesidades tanto o más apremiantes que las del hombre, por lo que su retribución debía ser superior a la que percibía habitualmente: «las mismas necesidades corporales sentirán esta [la mujer] que aquel [el hombre], y aun podríamos añadir, que siendo la mujer de más endeble naturaleza, tendrá necesidad de mejores alimentos y por consiguiente de más crecido jornal»41. Gusart estaba considerando a la trabajadora como un sujeto con necesidades «naturales» propias y dotado del derecho a trabajar para satisfacerlas. Asimismo, negaba haber encontrado «ningún precepto en la ciencia 40 Parece que esta demanda se formuló por primera vez en los escritos de Margarita Pérez de Celis, una fourierista gaditana de finales de la década de 1850, aunque su repercusión en los medios obreros fue nula. Véase Elorza 1975b, 59. 41 Para esta cita y las anteriores, Gusart, «La mujer y la industria», El Obrero, 50, 13/VIII/1865. 323 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino económica» que fuera contrario a esta afirmación42. A este respecto, los economistas políticos habían afirmado que las necesidades del hombre eran superiores a las de la mujer por dos razones. En primer lugar, el hombre tenía mayores necesidades porque se suponía que era «padre de familia» y, por tanto, debía sostener a su esposa e hijos. Como se vio en el capítulo2, esta noción justificaba las diferencias salariales. En segundo lugar, en la medida en que el hombre pertenecía al «sexo fuerte», el mantenimiento de su robustez necesitaba más recursos. Como señaló Sanromá, existía un «equilibrio» proporcional a los gastos «entre los jornales de ambos sexos», pues «si la mujer gana menos, gasta menos también»43. Al defender Gusart la igualación de necesidades, la fortaleza o debilidad del sexo pasaba a un segundo plano, deduciéndose así la igualdad de salarios. Ahora bien, esto no significaba para Gusart que hombres y mujeres se convirtieran en individuos productores iguales. Podían recibir el mismo salario por el mismo trabajo y tener el mismo derecho a satisfacer sus necesidades trabajando, pero ello no convertía a las obreras en seres productores «por naturaleza». De hecho, la demanda de la igualdad salarial seguía basándose en esta supuesta desigualdad «natural» por razones de la noción de diferencia sexual. Antes de ver cómo se recogió esto en la reivindicación de Gusart, veamos cómo fue plasmado en las obras de otros intelectuales que apoyaron dicha reivindicación, incluso desde fuera del movimiento obrero. Es el caso de la feminista Concepción Arenal. En 1891, Arenal, que no era trabajadora manual ni estaba vinculada a las asociaciones obreras, defendió la igualdad salarial como solución a la «cuestión del trabajo femenino». Dicha autora argumentó que las necesidades de las mujeres eran mayores que las reconocidas por los economistas liberales porque el ser «madres» las convertía en responsables de sus familias, en especial cuando el «padre de familia» no existía o no ganaba un salario suficiente. Para Arenal, la «madre» de familia tenía funciones distintas a las del «padre», relacionadas con la educación de los 42 Ibíd. 43 Sanromá 1876, 66-67. 324 Jesús de Felipe Redondo hijos y el cuidado del hogar, pero en momentos de necesidad arriesgaba sus «virtudes naturales» trabajando fuera del hogar. Arenal se centró en estas situaciones de necesidad en que la mujer no podía ocuparse de sus supuestas funciones domésticas: «para que [la mujer] no necesitase salir de [la casa] con el objeto de allegar recursos», que sería la situación idónea según esta autora, «sería menester que el hombre le diera los suficientes para el sostenimiento de la familia y que hubiera hombre que los allegara: condiciones que no se cumplen en muchos casos». La obrera (la mujer obligada a trabajar) era la expresión de esta necesidad, y en ella se mezclaban «las circunstancias especiales de la mujer trabajadora y madre»44. Desde esta perspectiva, el aumento del salario de la obrera tenía el objetivo de que esta pudiera pasar más tiempo en casa para cumplir con sus supuestas responsabilidades domésticas. Ganando más salario en menos tiempo podría trabajar menos y, así, dedicarse a sus labores: La mujer ha trabajado siempre fuera del hogar; trabajará, es preciso que trabaje, y para que esté el menor tiempo posible fuera de él, no hay más medio que mejorar su educación y las condiciones de ese trabajo: si ganara en seis horas lo que gana en doce, podría estar dieciocho en casa. En este sentido, a finales del siglo xix la igualdad salarial era un elemento clave en la conciliación del trabajo de las obreras «con los cuidados de la maternidad y de la casa»45. Esta era la misma perspectiva de Gusart y las sociedades obreras. Gusart habló de las trabajadoras como sujetos con iguales necesidades que los «padres de familia» porque las concibió como «madres» que, en situaciones concretas, tenían la necesidad de sostener a sus familias y a sí mismas con su trabajo. La aparición de esta concepción de 44 Según Arenal, este era el caso de las mujeres casadas cuyos maridos no tenían jornales elevados, las abandonadas por sus maridos o viudas y las solteras. Para las citas de este párrafo véase Arenal 1974 [1891], 86-87 y 90. 45 Para esta cita y la anterior véase Ibíd., 86-87 y 90. Subrayado mío. Este fue el argumento empleado por las organizaciones obreras impulsadas por los reformistas católicos de finales del siglo xix para reivindicar la igualdad salarial, como el Sindicato de la Aguja de Valencia. Véase Nash 1983, 56-57 y 367-68. 325 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino la obrera como «madre» es la clave para entender por qué los trabajadores no demandaran la igualdad salarial con anterioridad46. Por otro lado, la demanda de la igualdad salarial no solo se basaba en la equiparación de necesidades «naturales» entre las «madres» y los «padres» de familia. También lo hacía en el valor de lo producido. Desde esta perspectiva, el trabajo era una sustancia abstracta que generaba un valor que no dependía de las características sexuales del sujeto que lo realizaba. Aquí el derecho a la propiedad de lo producido se imponía al derecho a vivir del trabajo. Gusart llegó a afirmar que el salario dependía únicamente del tipo y la cantidad de trabajo realizado, no de las necesidades de los sujetos: «como los trabajos se retribuyen según la importancia de los mismos, jamás por las mayores o menores necesidades del operario, creemos […] que no hay razón alguna en retribuir menos la mano de obra cuando es una mujer la que se ocupa en ella»47. Esta idea también era nueva. Como se ha visto, la economía política había justificado, tácita o explícitamente, las diferencias salariales en razón del sexo, y aunque había sostenido la noción expuesta en el párrafo anterior, fundamento de la idea de trabajo como mercancía, no la había aplicado de la misma manera a hombres y a mujeres48. Sin embargo, en la medida en que este concepto liberal hacía del trabajo una actividad independiente del sujeto que lo practicaba y solo calibrada por el valor de lo que producía, podía aplicarse por igual a la actividad laboral de hombres y mujeres. Ahora bien, diversos historiadores han subrayado una cuestión que tampoco se les escapaba a los trabajadores asociados: que, a igual salario, los patronos preferían contratar hombres porque estos disponían de más tiempo para el trabajo al no tener que atender las labores domésticas. Esto ha llevado a pensar que la igualdad salarial era solo una forma de man46 En otros países, la reivindicación de la igualdad salarial apareció acompañando a la exaltación de la obrera como «madre de familia». Así ocurrió en Gran Bretaña entre 1820-40. Véase Clark 1995, 197-219. 47 Gusart, «La mujer y la industria». 48 Sobre esta cuestión véase Scott 1999, 139-63; Domínguez 2000. 326 Jesús de Felipe Redondo tener a las mujeres en una situación dependiente que se añadía a las que ya existían desde el Antiguo Régimen49. No obstante, esta interpretación no explica por qué los operarios no la reivindicaron con anterioridad. Es decir, esta demanda, más que un recurso masculino en la lucha por subyugar a las mujeres, parece ser la evidencia de que las identidades «hombre» y «mujer» no son fijas ni naturales, sino históricas y están en permanente transformación. Por lo que se ha visto, la reivindicación de la igualdad salarial puede considerarse una manera de reafirmar la diferenciación entre sujetos sexuados en la organización interna de las familias obreras y en la división del trabajo. De ahí la confianza de Gusart en que dicha igualdad aseguraría el empleo de los trabajadores varones y podría «devolver a la mujer sus ocupaciones naturales, pues hay diferentes trabajos propios para ella», es decir, ocupaciones en las que las mujeres no competían con los «padres de familia» por los mismos puestos de trabajo. Aunque Gusart compartiera también la noción ilustrada de que la mujer que sintiese «inclinación atrabajos más fuertes, que reciba la misma retribución que los trabajadores del sexo fuerte», consideraba que este caso era una excepción a la regla50. Los argumentos de Gusart fueron los mismos que fundamentaron las demandas de los trabajadores asociados. En 1870, la Sociedad de Tejedores de Velos de Barcelona denunció de este modo a un fabricante (el «Sr. Reig») que contrataba mujeres: El Sr. Reig no repara en explotar al trabajador tanto como puede, sin tener consideración alguna a las circunstancias, a la edad y al sexo, supuesto que […] hace una verdadera guerra al salario del obrero con la introducción en grande escala de obreras al oficio, a las cuales paga el mismo trabajo que hacen los hombres con excesiva rebaja51. 49 Enrech 2007, 129. 50 Gusart, «La muger y la industria». 51 «Sociedad de Tejedores de Velos», La Solidaridad, 41, 22/X/1870. Subrayado en el original. 327 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino Esta queja se refería a los supuestos efectos negativos que el trabajo producía en las mujeres —se decía que el patrono no tenía consideración con el sexo de sus empleados, una advertencia que no tenía sentido en el caso de los operarios varones— y a lo injusto de la diferencia salarial entre ellas y los hombres. A este respecto, los tejedores de velos denunciaron como un símbolo de su explotación la contratación de mujeres: «para explotarnos […] han ido aumentando el número de mujeres, mientras que antes en el oficio de velería no se contaba ninguna». La respuesta de la asociación obrera no fue la exclusión de las tejedoras, sino la petición de una tarifa igual para los trabajos de hombres y mujeres. Si hombres y mujeres trabajaban por el mismo salario «no habría competencia, pues todos venderían el género igual»52. Otro ejemplo es el de los hiladores de lana de Sallent, que en 1870 propusieron negociar una tarifa en la que se obligara a los fabricantes a pagar a las operarias y a los jóvenes el mismo jornal que recibían los hombres: «hemos considerado oportuno prescindir de la distinción entre hombres y mujeres, de grandes y pequeños, y solo aspiramos a que todos puedan ganar decorosamente la subsistencia»53. Para las sociedades obreras, la tarifa común tenía una importancia esencial para evitar la explotación tanto de hombres como de mujeres. Esto entraña que, por primera vez, los miembros (hombres y mujeres) de las asociaciones de trabajadores concebían a las operarias como sujetos distintos a los «trabajadores padres de familia», con intereses propios (derivados de su condición de «compañeras del hombre») pero también comunes a los de los operarios varones. En este sentido, la «obrera» se constituyó como sujeto activo que podía contribuir con sus propias fuerzas a la lucha obrera contra la explotación. De ahí que aparecieran los primeros llamamientos específicamente dirigidos a las operarias para que se afiliasen a 52 «Discurso de Antonio Illa». 53 «Discurso de José Rosell» en Arbeloa 1972, 116. Asimismo, la Unión Manufacturera pidió al Gobierno la igualdad salarial entre operarios varones y operarias en 1873 (La Revista Social, 48, 10/VII/1873. Citado en Izard 1973, 119). Los delegados de las asociaciones obreras catalanas afiliadas a la AIT presentaron a la FRE la propuesta de alcanzar dicha igualdad. Véase Termes 2000 [19651], 161; López González y García Lasaosa 1982, 245-46. 328 Jesús de Felipe Redondo las asociaciones de resistencia. En 1865, Gusart afirmó que la desigualdad salarial ocasionaba «un mal que las sociedades trabajadoras han de prevenir con tiempo procurando asociar a las trabajadoras lo mismo que asocia al operario»54. Como se dijo en el capítulo 2, en estas sociedades ya había obreras afiliadas, pero nunca antes se las había invitado a formar parte de ellas de forma específica en tanto que «mujeres obreras» —ni, por lo que he investigado, tampoco estas habían demandado este tratamiento particular—. En la década de 1860, la «obrera» apareció como un sujeto con voluntad y libertad propias a la que había que mostrar sus intereses comunes con los trabajadores varones. A finales de la década de 1860, los tejedores de velos de Barcelona convocaron varias reuniones «de mujeres para que se adhiriesen a la sociedad», y varias decenas de tejedoras dieron este paso. Pero los fabricantes se negaron a aceptar una tarifa común y la mayoría de las tejedoras acabó abandonando la asociación55. En 1870, los tejedores de velos emprendieron una nueva campaña de propaganda dirigida a las operarias. Da la impresión de que un grupo de tejedoras se mostraba reacio a formar parte de estas organizaciones por miedo a ser sustituidas en sus trabajos por hombres. Un miedo que tenía fundamento si se tiene en cuenta lo que había pasado en Igualada en 1868, cuando los operarios asociados habían logrado prohibir a las operarias trabajar en los talleres. Sin embargo, los tejedores barceloneses adujeron que no pretendían negar el derecho al trabajo de las mujeres en tanto que individuos libres y con derechos: Una de las insinuaciones que os hacen para alejaros de la Sociedad, es la de que los hombres quieren invadir el puesto de las mujeres hasta arrojarlas de sus telares; falsa suposición que negamos formalmente; suposición contra la cual hay el amor de hermanos que os debemos y el derecho que todo ser viviente tiene a la vida y al trabajo56. 54 Gusart, «La mujer y la industria». 55 «Discurso de Antonio Illa», 141-42. 56 «La sociedad de tejedores de velos a sus hermanas de trabajo y a los padres, tutores, superiores y maridos de las mismas», La Federación, 55, 4/IX/1870. 329 Capítulo 9. Las luchas obreras y la cuestión del trabajo femenino En vez de prohibir el trabajo femenino, estos tejedores asociados pretendían crear un frente común para evitar la explotación de todos. Una explotación que, según ellos, perjudicaba gravemente a las tejedoras porque atentaba contra su «dignidad de madres», su «cariño de hijas» y «amor de hermanas», argumento que emplearon para intentar convencer a las tejedoras indecisas o contrarias a la asociación: Asociaos, porque en la Sociedad está vuestra salvación: si os negáis a ello, continuaréis siendo indignamente explotadas: veréis mermar vuestras pocas fuerzas ante el egoísmo corruptor que os amarra a su voluntad inicua para devoraros, […] y tendréis que doblar, desesperadas, vuestra frente a la violencia que hacéis a vuestro sexo, a vuestra dignidad de madres, a vuestro cariño de hijas y a vuestro amor de hermanas; obligadas por una paga mezquina que irá disminuyendo cada día y se anulará por completo, cuando vuestro amo haya realizado sus maquiavélicas intenciones. Por tanto, esta interpelación a las «trabajadoras» se basaba en su concepción de «compañeras del hombre». De ahí que la consecución de la igualdad salarial estuviera estrechamente relacionada con su atribuido papel familiar. Los tejedores asociados señalaron que de la misma manera que los trabajadores varones aspiraban a ser respetados por los capitalistas por su condición de hombres, las obreras eran «acreedoras» del mismo «respeto» y las mismas «consideraciones» que las mujeres de los fabricantes: «la Sociedad es la garantía de vuestro respeto y de vuestras consideraciones a las que sois tan acreedoras como la mujer del más poderoso capitalista»57. En última instancia, los trabajadores asociados confiaban en que la asociación permitiría a las mujeres ejercer su supuesta función dentro de la familia: […] la Sociedad [de tejedores de velos] lo que quiere de vosotras, hermanas nuestras, es que dejéis de enriquecer a quien ya de sobras tiene lo suficiente para burlarse de vuestra desgracia […] y que, además de todo, 57 Para estas citas y la del párrafo anterior véase «La sociedad de tejedores de velos a sus hermanas de trabajo, no asociadas», La Federación, 33, 13/III/1870. 336 Jesús de Felipe Redondo Las cooperativas obreras habían servido de referente organizativo para pensadores socialistas, pero el cooperativismo puede considerarse una corriente parcialmente autónoma. El punto común que unía a los cooperativistas era la idea socialista de que los trabajadores eran los únicos individuos productivos de la sociedad. Esta idea no implicaba necesariamente que el capital fuera innecesario para la producción. Según los cooperativistas, una cosa era el capital que hacía posible y mejoraba la producción mediante su inversión en instalaciones, máquinas y materias primas, y otra el capitalista, es decir, la persona física o jurídica que invertía el capital acumulado y administraba su empresa para rentabilizar su inversión —un objetivo que le impulsaba a «explotar» a sus empleados—. Para los cooperativistas, el capital era imprescindible, pero el capitalista no, pues el capital podía ser gestionado por las asociaciones obreras. Los cooperativistas identificaron el sistema salarial como el instrumento del que se valían los capitalistas para apropiarse del fruto del trabajo del obrero. Por ello, no criticaron los descensos salariales ni lucharon contra ellos como hacían las sociedades de resistencia, sino el salario en sí mismo. Pensaban que la extensión de las cooperativas obreras eliminaría paulatinamente el contrato salarial que negaba los derechos de los trabajadores y acabar con la explotación y los capitalistas. Así lo expusieron en 1869 los cooperativistas barceloneses de La Federación: nosotros creemos que el salario es una infamia social, una eterna injusticia que se hace al digno, al honrado trabajo, nosotros queremos que el trabajo esté muy por encima del refinado egoísmo, de la usura de esos parásitos [los capitalistas], mejor dicho de esos [i]neptos para el bien, que no se ocupan en otra cosa que en calcular como más podrán enriquecerse, como mejor podrán explotar desoyendo completamente a su conciencia, si la tienen. Nosotros estamos firmemente convencidos que no habrá equidad y bienestar hasta que en el mundo no se cumpla el gran principio social de que El Trabajo ha de ser propiedad de los trabajadores… Por esto nosotros somos contrarios al salario; […] por esto nosotros somos partidarios del sistema cooperativo, porque […] tiende a hermanar el trabajo y el capital, no haciendo como hoy que el mal llamado orden social se divida en una clase de capitalistas y en otra de asalariados[,] sino haciendo que el obrero, [Document text truncated for crawler view.]