La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación en historia indígena contemporánea
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133 La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación en historia indígena contemporánea Andrés Felipe Pabón Lara1 introducción El desarrollo historiográfico contemporáneo relativo al estudio de los pueblos indígenas en el continente americano no se limita a una periodización circunscrita a los llamados períodos de conquista y colonización adelantados por las monarquías europeas desde finales del siglo XV. Es esa, desde luego, una parte muy relevante del proceso de transformaciones que modificó sustancialmente a las sociedades originarias del continente, pero que no significó la desaparición absoluta de tales pueblos. Por el contrario, el desarrollo histórico de los procesos de relacionamiento interétnico que en aquel entonces se inauguraron siguió desplegándose; presentando variadas facetas y disimiles consecuencias. Así, se toma como punto de partida para el abordaje que acá presento, una perspectiva que no implica negar ni relativizar el conocido efecto devastador que tuvo sobre la población originaria americana aquella invasión europea de los siglos XVI, XVII y XVIII, sino que asume en paralelo una mirada crítica sobre las características de lo que bien puede reconocerse como formas de continuidad o complementariedad de dicho proceso, manifiestas en la formación de los Estados nacionales modernos a partir del siglo XIX. Una continuidad o complementariedad que no desconoce 1 Instituto de profesorado Alfredo L. Palacios, Buenos Aires, Argentina. Licencia Creative Commons Atribución/ReconocimientoNoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional https://doi.org/10.5281/zenodo.14892575
Andrés Felipe Pabón Lara 134 interrupciones, variaciones y retrocesos, y que en no pocos casos implicó la profundización del citado efecto devastador sobre los pueblos indígenas, en el sentido de evidenciar un perfeccionamiento de dispositivos de intervención precedentes que impactaron sobre los pueblos indígenas con mayor fuerza. Se trató de una dinámica usualmente formulada bajo el discurso igualitario de la ciudadanización o nacionalización de los componentes indígenas de las naciones en ciernes, que hasta ese entonces habían sido tratados como sectores diferenciados dentro del antiguo régimen colonial (Bernand, 2016: 286). Sin embargo, más allá de dicha retórica de igualación ciudadana, ciertos pueblos indígenas, muchas veces considerados dentro de las legislaciones de los distintos países como salvajes, recibieron un trato normativamente desigual y socialmente discriminador. En este orden de ideas, puede afirmarse que el encadenamiento histórico entre las formas de penetración coloniales y republicanas sobre los pueblos indígenas expresa la lógica común (aunque no idénticamente desarrollada) de construir un estatuto de dominación basado en la diferenciación de cierto sector poblacional que resulta definido, y tratado, como una otredad, sujeta a ser regulada, controlada o gobernada, siendo incluso esto presentado como un beneficio para esa población sometida (Bonfil Batalla, 1990: 101-111). Sabemos por otra parte que dentro del estudio de los procesos de formación estatal en Latinoamérica resulta mayormente aceptado el reconocimiento de que solo para finales del siglo XIX, tras una compleja y conflictiva dinámica, resultó posible distinguir la sedimentación de cierta estabilidad política y centralización del poder, necesarias para referir una organización estatal de tipo moderno (Pérez Rivera, 2007: 17-29). Siguiendo este argumento, puede concebirse que el siglo XIX fue un período de transición dentro del proceso de construcción estatal caracterizado por la ocurrencia de extensas y complejas conflictividades políticas, en las que paralelamente se tejió el proceso común de introducción de las economías latinoamericanas dentro del esquema del mercado mundial. La dinámica capitalista de producción y el accionar de los Estados europeos fijó un lugar periférico a los países latinoamericanos como proveedores de materias primas y consumidores de la producción de las potencias industrializadas o en vías de industrialización, lo cual marcó la generación de los mercados internos, signando la especifi-
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 135 cidad de los intereses de las elites regionales y el direccionamiento de sus políticas locales2. Esto generó, principalmente, la expansión de los territorios explotables en agricultura, ganadería y minería de exportación, y con ello el choque frente a los distintos sectores que habitaban esas tierras, muchos de los cuales no habían resultado plenamente integrados al esquema de dominio monárquico durante los siglos de su desarrollo. Desde esta perspectiva, es posible reafirmar el ya citado argumento sobre la concepción del proceso de construcción del Estado moderno como un desarrollo histórico que no solo guarda evidentes visos de continuidad en relación al proceso de ordenamiento de tipo colonial, sino además como un ejercicio de intervención de los intereses de ciertos sectores sociales frente a los de otros, es decir, como una relación que enfrentó intenciones de sometimiento a formas de resistencia, ligadas ambas a intereses concretos y territorios específicos3. Desde este enfoque, se toma distancia frente a aquellas interpretaciones que tienden a presentar la formación de la estatalidad moderna como la consolidación de un proyecto de las elites, más o menos dificultoso en su implementación (Laguado Duca, 2004). En distinto sentido, interesa acá proponer una mirada que apunte a reconocer el carácter conflictivo, desordenado y heterogéneo de la formulación estatal, y con ello, se abona también al reconocimiento del necesario sentido permanente de tal formulación del modelo de control estatal, ya que la búsqueda de acumulación de poder centralizado precisó (y aún lo hace) de ser recreada de forma continua y cotidiana, como condición para su pervivencia, al tiempo que resultó desafiada debiendo reactualizarse constantemente. En otras palabras, creo posible vincular los argumentos sobre las continuidades coloniales ya no solo para analizar el siglo XIX latinoamericano, sino como una dinámica en la que el ethos colonial de dominación basada en la diferenciación de vastos sectores de la población encontró asidero como parte del proceso de expansión 2 Se trata de un proceso que, en síntesis, podría reconocerse bajo lo que ha sido denominado por Tulio Halperin Donghi (1968) como neocolonialismo. 3 Un destacado referente conceptual para abordar el proceso de construcción estatal evidenciando la perspectiva del conflicto y la violencia que le resulta inherente es Charles Tilly (1992), en su clásico libro Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990.
Andrés Felipe Pabón Lara 136 estatal incluso durante el siglo XX. Esta puede ser, en síntesis, la hipótesis a desarrollar en lo que sigue. La estatización como categoría anaLítica En referencia al proceso de formación estatal, como dinámica permanente, inacabada y conflictiva, y que para el caso de vastas regiones del continente americano ha implicado la penetración sobre formas de ordenamiento social nativas, es sabido que muchas de dichas poblaciones indígenas asentadas en distintas zonas del subcontinente resistieron activa y exitosamente a la opresión y asimilación colonial, y que fue solo dentro del modelo estado-nacional que resultaron mayormente intervenidas por dispositivos y prácticas de penetración que pretendieron, en últimas, idéntico resultado de asimilación al orden occidental (Bernand, 2016: 15-27). Se trata de procesos de penetración multiformes y permanentes que, más allá del objetivo de control sobre los pueblos indígenas, se vieron condicionados por dinámicas propias de cambiantes contextos a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que va del presente. La centralización de la autoridad estatal, relacionada con la imposición de un esquema de mercado volcado sobre la exportación de materias primas destinada a los circuitos de producción de la industria principalmente europea, no dejó a la suerte el posicionamiento de las elites en los lugares de dirección del orden político, pues solo así podría garantizarse la satisfacción de sus intereses. De esta forma, y tal como lo sintetiza Julio Arias, «los proyectos de unificación, de construir una unidad abstracta y abarcadora, deben pensarse como formas de dar sentido y justificar, o más bien hacer incuestionables, el ejercicio de dominación de un territorio y de una población, que reclaman como suyo las elites asociadas a la formación del Estado moderno» (Arias, 2005: 3), y puede añadirse, al sistema de producción capitalista. Así, se evidencia como parte estructural de la construcción de estatalidad, la contradictoria simultaneidad entre la formulación teórica de homogeneidad y la reformulación de los esquemas de jerarquización social que auspiciaban la diferencia, como una preocupación constante de las elites, necesaria para asegurar su privilegiado lugar político, económico y cultural; esto es, la disposición de una unidad basada en la diferenciación. De esto se puede
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 137 concluir que la intervención sobre las regiones y los distintos sectores sociales no estaba encaminada a lograr la superación del esquema de jerarquización social (de herencia colonial) sino a la generación de un tipo social homogéneo, reconocible y controlable, que fungiera como agente subordinado del renovado orden estatal (Larson, 2002: 176-179). Esta aspiración confrontó directamente con las formas tradicionales de existencia de las comunidades originarias, en especial, aquellas que no habían resultado subsumidas dentro del antiguo esquema colonial. De tal forma, se desarrollaron procesos que han sido generalmente interpretados utilizando la conceptualización de incorporación de pueblos indígenas dentro de los marcos regulatorios de los distintos Estados nacionales. Según una posible definición, por incorporación podemos entender el desarrollo de procesos a través de los cuales los pueblos indígenas resultan integrados coactivamente a sistemas de ordenamiento modernos, y que implican esencialmente la pérdida de su autonomía política, lo cual alcanza en no pocos casos la destrucción de su unidad étnica o su carácter comunitario (Colombres, 2019: 50). Esta dimensión también ha sido conceptualizada como ciudadanización, y resulta verificada en la mayoría de cuerpos normativos del siglo XIX latinoamericano (Escobar Ohmstede, 2016). En paralelo, es pertinente remarcar que la formación de la estatalidad moderna implicó entonces un proceso histórico de reestructuración sociocultural, esto es, la construcción de sujetos basada en la actualización de los parámetros de la conducta individual y los principios de la interacción social, para que fueran acordes a los modelos de producción económica y de dominación política. La formación estatal requirió la introducción de nuevos contenidos culturales dentro de las relaciones sociales, lo que implicó una novedosa intervención del renovado orden central (o que aspiraba a constituirse como tal) dentro de los esquemas tradicionales de poblaciones, como las indígenas, que mantenían parámetros de interacción social autónomos y/o autóctonos (Pabón Lara, 2022). En otras palabras, formar el Estado fue al mismo tiempo definir formas aceptables del comportamiento social y de la identidad individual y colectiva; formas que no pusieran en peligro su constitución, sino que, por el contrario, aseguraran su pervivencia. Procesos de aculturación o de asimilación han sido identificados como el resultado de esta dimensión de la formación estatal, en el sentido de identificar los cambios emergidos del
Andrés Felipe Pabón Lara 138 contacto con culturas distintas, lo que puede potencialmente conducir a la pérdida de patrones de identidad autóctona (Colombres, 2019: 50-53). No obstante, los procesos históricos evidencian que la pretendida incorporación de los pueblos indígenas dentro del formato de ordenamiento del Estado moderno en su versión republicana decimonónica no resultó en un ejercicio de dominación siempre consumado. Distintas formas de resistencias activas a dicha pretensión se repitieron a lo largo y ancho del continente. Y eso que fue una constante desde el siglo XIX y durante el convulsionado siglo XX se cerró con lo que José Bengoa ha dado en llamar la «emergencia indígena», en el sentido de comprender, más que la situación de peligro a que refiere el término emergencia, la acción de emerger, en su acepción de brotar o salir a la superficie. Dicha emergencia está relacionada, según este autor, con las particulares dificultades que para los sectores rurales trajo consigo la imposición de políticas neoliberales propia de las décadas del ‘80 y ‘90 del siglo pasado y su entrecruzamiento con el escenario de conmemoraciones del quinto centenario del desembarco conquistador europeo realizado en 1992, que propició espacios de articulación y organización de pueblos indígenas normalmente fragmentados, así como su reposicionamiento dentro del aparato mediático y la opinión pública tanto latinoamericana como mundial, prueba de lo cual puede ser el reconocimiento global que ha adquirido la movilización neozapatista tras su irrupción pública en 1994, así como los posteriores procesos de participación política en Ecuador y Bolivia, al igual que las luchas del pueblo mapuche en el sur de Chile y Argentina, por solo mencionar algunos ejemplos de la actualidad (Bengoa, 2007: 13-25). Por todo esto, sin pretender controvertir ni negar la relevancia de los modelos interpretativos que han permitido dar cuenta del accionar colonial sobre los pueblos indígenas, y de las formas que asumió la avanzada de penetración sobre dichas poblaciones durante el siglo XIX, sino más bien con la intención de establecer un diálogo de complementación que permita dar cuenta de la continuidad de ciertas dinámicas del relacionamiento interétnico para la segunda mitad del siglo XX y lo que va corrido del XXI, parece pertinente vincular al examen especifico de las relaciones entre los pueblos indígenas y los Estados nacionales, nuevas miradas interpretativas, en especial, atendiendo a problematizar la concepción de procesos de incorporación
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 139 o de integración como modelo conceptual para evaluar dichas relaciones (Quijada, 1999), así como el proceso de construcción del Estado en general. Esto, atendiendo especialmente a dos aspectos. Por una parte, la amplitud interpretativa que puede colegirse de la influencia del concepto de hegemonía como parte del análisis de las formas de control propias del sistema estatal4. Bajo esa perspectiva resulta difícil evadir el carácter procesual y permanente de la construcción de la dominación como formulación conflictiva del orden estatal, aspecto de verificación empírica tan evidente como actual. Por otro lado, y vinculado con el proceso inacabado de construcción de la hegemonía, aparece como dato verificable la ya mencionada continuidad de la resistencia de gran cantidad de pueblos indígenas a lo largo y ancho del continente, con lo cual se tensionan los andamiajes interpretativos basados en las formulaciones de incorporación, aculturación o asimilación. Desde luego, la sumatoria de estos dos aspectos no me lleva a concluir en la identificación de una autonomía indígena absoluta ni en la derrota del Estado en su empeño de control. La idea, un tanto simplista, de interpretar estas dinámicas como formas de relacionamiento interétnico, en el sentido de vinculación entre grupos culturalmente diversos, termina posicionando lo cultural como un eje que no solo se privilegia de forma abstracta sino que se aísla de manera artificial de las dimensiones económicas y políticas imprescindiblemente imbricadas en esos procesos (Jameson, 1998). Por otro lado, el relacionamiento interétnico, asumido sin una contextualización histórica concreta, puede generar la falsa idea del equilibrio entre los actores intervi4 Antonio Gramsci entiende que en las sociedades occidentales contemporáneas la dominación política no se ejerce principalmente por el uso de la violencia, sino por incorporación ideológica. Para él, la ideología es el factor que legitima la dominación y asegura el mantenimiento de un tipo de relaciones sociales, es decir, asegura la reproducción del orden vigente. La ideología permite pasar de una coerción violenta a una suerte de convencimiento o auto-coerción. La pertinencia de la perspectiva gramsciana en relación a la importancia de la ideología como sostén de un tipo de relaciones sociales que garantizan la satisfacción de los intereses de las clases dominantes se sintetiza en el concepto de hegemonía, el cual ha sido ampliamente reconocido para explicar por qué, por ejemplo, las mayorías poblacionales suelen, a través del tipo de participación política que disponen los sistemas democráticos, legitimar ese ejercicio de poder que significa su explotación. La hegemonía puede definirse como la construcción de una ideología dominante, aceptada e interiorizada por los sectores dominados, y que para Gramsci constituye la forma más eficaz y económica de opresión.
Andrés Felipe Pabón Lara 140 nientes, desconociendo la marcada desigualdad que caracteriza la relación entre Estados modernos y pueblos indígenas, y el sentido unidireccional que siempre asumen las formas de penetración e intervención entre estos dos tipos sociales (Pabón Lara, 2022). Muy por el contrario, la propuesta que intentaré desarrollar en relación con lo que podría enmarcarse dentro de una agenda investigativa de historia reciente de los pueblos indígenas, guarda la intención de poner en discusión otras categorías que intenten dar cuenta de las renovadas dinámicas de la fase actual de un proceso que, entiendo, es permanente, inacabado y conflictivo. En este sentido, resulta pertinente vincular al examen específico de las relaciones entre los pueblos indígenas y los Estados modernos, nuevas miradas interpretativas sobre el Estado, en especial, atendiendo a problematizar la ya mencionada concepción de procesos de incorporación como modelo conceptual para evaluar dichas relaciones. De este modo, propongo realizar una revisión de ciertos autores que aportan visiones renovadas sobre la concepción misma del Estado, asumiéndolo como una función social de ejercicio continuo y permanente, y como una pretensión de regulación que no se agota en los aparatos de coerción, sino que se manifiesta como una transformación cultural (Joseph y Nugent, 2002: 47-50). Más que de Estado, podría hablarse entonces de estatización. La forma en la que esta revisión del concepto de Estado se vincula analíticamente con los mecanismos de control dispuestos hacia los pueblos indígenas puede identificarse, entre otros conceptos, con el de etnificación. Lo étnico, en este sentido, no es entendido como una esencia o limitado a una dimensión cultural (Wade, 2000: 48), sino que se entiende como parte del ejercicio permanente de estatización; es dinámico y, además, no se manifiesta por fuera del campo de conflictividad y tensión que caracteriza dicha estatización. Las etnias pueden ser entendidas como formulaciones artificiales para organizar, dividiendo, a la población (Balibar y Wallerstein, 1988: 22). Pero, igualmente, llegan a asumir un rol relevante en la construcción de identidades que potencialmente articulan formas de oposición y resistencia frente al ejercicio de regulación estatizada (Gros, 2012: 68-70). Igualmente, ese ejercicio continuo, conflictivo e inacabado de etnificación, como parte de la estatización, se concreta, y resulta condicionado,
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 141 dentro de marcos espaciales específicos. El territorio tampoco puede ser entendido como realidad estática y, por ello, vincular las perspectivas de desterritorialización y re-territorialización permite integrar otra dimensión para captar la complejidad de los procesos de estatización. En el marco temporal de desenvolvimiento de las formas estado-nacionales en Latinoamérica, dicha dinámica de re-territorialización se expresa concretamente como aspecto esencial del proceso de expansión del modo capitalista de producción sobre territorialidades definidas por formas no capitalistas (Harambour, 2019). Ese vínculo, sin embargo, no puede ser únicamente leído como una destrucción o reemplazo, sino que asume prácticas mucho más complejas de cooptación que hacen también a las dinámicas de relación entre los pueblos indígenas y la función estatal moderna5. En síntesis, la propuesta se encamina hacia la identificación de los aportes potenciales que las categorías de estatización, etnificación y re-territorialización pueden brindar para la investigación sobre los procesos de relacionamiento entre los Estados latinoamericanos contemporáneos y algunos pueblos indígenas, como procesos de larga duración, de carácter continuo, inacabado y conflictivo. Esta propuesta intenta asumir una perspectiva de escala amplia, y explícitamente no hace referencia a ningún país en particular, pensando más bien en establecer diálogos potenciales entre realidades empíricas de distintas regiones de Latinoamérica. Abonando a una concepción del Estado que trascienda cualquier perspectiva de tipo estática6, autores como Philip Corrigan y Derek Sayer asumen al 5 Un ejemplo que refiere a la idea de cooptación amparada por la estatalidad moderna de formas de producción no capitalistas en territorios indígenas, ha sido desarrollado por Claude Meillassoux, quien menciona idea de la «extracción continua de valor» que se realizaría mediante la preservación y no la destrucción de un modo de producción no capitalista por parte del capitalismo, lo que posibilitaría una transferencia de valores del primero al segundo. Desde luego, esa preservación solo es posible sobre la base de un proceso de transformación tras el cual la organización social no capitalista resulta adaptada a los intereses y en beneficio de la acumulación de tipo capitalista, que debe entenderse en un momento histórico determinado, como modo de producción dominante (Meillassoux, 1989: 131-140). 6 En este sentido, pueden entenderse las concepciones generalmente reconocidas como parte del ideario político liberal clásico desarrollado desde el siglo XVIII (Molina, 1991: 35-41), que han permeado la perspectiva que acá reconozco como de reificación del Es-
Andrés Felipe Pabón Lara 148 de la identidad indígena, pero contemplada usualmente de forma abstracta, ahistórica y enfatizando la dimensión de la cultura tradicional. Así, más que una negación o incorporación forzosa, entendiendo dentro de este último término el sometimiento de los indígenas al modelo de organización social determinado por un patrón capitalista de ejercicio del poder, la etnificación contemporánea incluye formas específicas de ordenamiento político, producción económica y concepción cultural, definidas desde la institucionalidad estatal o algún actor privado, a las cuales deben adecuarse los indígenas abandonando sus lógicas de organización, usos y costumbres previos (Colombres, 2019: 167-183). Esto es lo que pretendo referir como proceso de etnificación vinculado estrechamente al (y como una expresión concreta del) ejercicio de estatalidad. La creación de oficinas públicas encargadas de los asuntos indígenas y el establecimiento de trámites burocráticos tendientes a la obtención de ciertos derechos ciudadanos (por ejemplo, la regulación de sus organizaciones comunitarias bajo la forma de asociaciones civiles con sus personerías jurídicas) son expresiones de este tipo de intervención. Este fenómeno ha sido concebido por Christian Gros como un «patentamiento» de lo indígena por parte del Estado, en el sentido de que sus agentes terminan abrogándose la facultad de definir quiénes son y quienes no serían indígenas y, simultáneamente, instrumentalizar esa identidad en el sentido de los intereses gubernativos (Gros, 2012: 69). Es necesario, sin embargo, tener en cuenta que este proceso de imposición de las formas propias del sistema capitalista, en su dimensión política, económica y cultural, se perfeccionó en la medida en que el mismo implicó paralelamente, dentro del ejercicio de estatalidad, la cooptación de dinámicas autóctonas que, sin desaparecer necesariamente del todo, fueron insertadas funcionalmente a la lógica que se fue constituyendo en dominante. En ese sentido, la categoría de etnificación podría articularse también con los conceptos de campesinización o proletarización, como conceptos bajo los cuales se acentúa el análisis sobre los procesos de captación de la mano de obra indígena para la producción capitalista y valorización y mercantilización del suelo (Iñigo Carrera, 1998; Bartra, 2010; Bernand, 2016). Sin embargo, algunos pueblos indígenas americanos no resultaron vinculados de forma asalariada a ninguna empresa productiva desarrollada en su territorio. No
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 149 obstante, su vinculación con el Estado se fundó prioritariamente en el cambio de uso de vastas extensiones de su territorio, progresivamente destinadas a la explotación para el mercado. Así, los aspectos económicos son absolutamente relevantes en el proceso, aunque sus características no permitan enmarcarlo plenamente en los conceptos de campesinización o proletarización que enfatizan esa dimensión. Sin embargo, la etnificación como parte de la estatización, suele basarse en la reducción o delimitación de los elementos propios de definición de la identidad colectiva dentro del marco de lo cultural (como una herencia cultural inmutable). Con esto se ignora, o se pretende invisibilizar, que las identidades colectivas se construyen históricamente, insertas en dinámicas de relación y distanciamiento en relación con otros significantes o grupos. La idea estatizada de lo étnico como esencia cultural remite a un imaginario propio de la pretensión de homogeneidad nacionalista, dentro de la cual lo indígena, por heterogéneo, y en tal sentido difícil de vincular o integrar activamente dentro de la identidad nacional que interesa perfilar desde el poder público, no encuentra más lugar que ser un pasado lejano; esto es, una referencia para ciertas tradiciones o una presencia toponímica, pero con lo cual se disuade la atención pública sobre la problemática existencia actual del componente indígena de prácticamente todos los Estados latinoamericanos. Es en este sentido que se cuestiona la etnificación como parte de la estatización, en cuanto dispositivo de discriminación9. 9 En relación con la contradicción existente entre homogeneización nacionalista de la heterogeneidad indígena, Aníbal Quijano sostiene que «la homogeneización nacional de la población, según el modelo eurocéntrico de nación, solo hubiera podido ser alcanzada a través de un proceso radical y global de democratización de la sociedad y del Estado. Primero que nada, esa democratización hubiera implicado, y aún debe implicar, el proceso de la descolonización de las relaciones sociales, políticas y culturales entre las razas, o más propiamente entre grupos y elementos de existencia social europeos y no europeos. No obstante, la estructura de poder fue y aún sigue estando organizada sobre y alrededor del eje colonial. La construcción de la nación y sobre todo del Estado-nación han sido conceptualizadas y trabajadas en contra de la mayoría de la población, en este caso, de los indígenas, negros y mestizos. La colonialidad del poder aun ejerce su dominio, en la mayor parte de América Latina, en contra de la democracia, la ciudadanía, la nación y el Estado-nación moderno» (Quijano, 2005: 237).
Andrés Felipe Pabón Lara 150 La re-territoriaLización como Parte de La estatización La dimensión territorial de concreción de las prácticas sociales propias del proceso de estatización puede entenderse bajo la concepción del territorio como dimensión que es paralelamente determinante y resulta determinada por las prácticas de ejercicio del poder. Tal concepción del espacio geográfico,plenamente ligado a los procesos sociales, tiene al territorio como parte del proceso histórico de construcción de los distintos ordenamientos sociales, y es actualmente concebido trascendiendo una primaria interpretación bajo la cual el espacio geográfico se estimó como soporte o escenario sobre el cual se efectuaban dichos procesos. De tal modo, se pensó que el espacio no ejercía influencia alguna sobre las relaciones sociales que en él se daban, y se asumió como una dimensión independiente; previamente definida y delimitada. Sin embargo, más adelante, la disciplina geográfica avanzó hacia una valoración del espacio como producto de las relaciones sociales, sosteniendo una idea de causa y efecto entre prácticas sociales y espacio geográfico. El espacio se entendió como producto de éstas; como su reflejo. La visión más actualizada, que no sustituye a las anteriores sino que las complejiza, tiene al espacio geográfico como un condicionante de los procesos sociales, el cual es, al mismo tiempo y en relación dialéctica, un producto o resultante de éstos. En otras palabras, el espacio es productor y producto de determinado tipo de prácticas sociales (Blanco, 2007). Llegados a este punto, puede sostenerse que la categoría de territorio es un gran aporte teórico para concebir la realidad social en general, potencialmente aplicable a las dinámicas específicas de los pueblos indígenas en particular, en atención a su carácter complejo y dinámico. Esta categoría implica de suyo que lo espacial no es autónomo de lo social y que, al mismo tiempo, la forma espacial es constitutiva de los procesos sociales10. En principio, la concepción del territorio vincula lo espacial y lo social partiendo de su acepción básica, ligada a lo jurídico: un ámbito terrestre delimitado de ejercicio excluyente del poder. Esto permite reconocer la di10 Uno de los más destacados aportes historiográficos que dan cuenta de la relevancia de abordar la relación entre las formaciones sociales del pasado y la estructura geográfica que las sustenta, como una relación dinámica y mutuamente constitutiva, es Fernand Braudel (1953) con su clásico trabajo: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de FelipeII.
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 151 mensión espacial y la relación de dominio y control, socialmente establecida, sobre dicho espacio. Pero, trascender esta primera mirada jurídica ayuda a reconocer que la proyección social hacia un espacio determinado no se limita al ejercicio de la propiedad o el dominio. Si bien esto suele ser fundamental, el concepto de territorio se robustece en tanto y en cuanto permite identificar la proyección sobre un espacio de la vasta estructura de necesidades, formas de organización del trabajo, de relaciones de poder, de formas culturales, entre otros muchos aspectos de la sociabilidad, que se efectúa más allá del ámbito político o estatal de apropiación en sentido jurídico. Con todo esto, puede alcanzarse un reconocimiento de la relevancia del territorio como manifestación concreta, empírica e histórica de la noción abstracta de espacio geográfico (García, 1976: 25-28). A través de la categoría de territorio, relacionada a la identificación de la dimensión espacial de los procesos de producción y reproducción de la vida, se pueden identificar aspectos tales como la articulación entre los actores sociales y las escalas de intervención de los mismos, las sucesivas transformaciones de la naturaleza, las mediaciones entre la sociedad y su entorno, el proceso de trabajo como resultante de estas mediaciones, el uso de las técnicas, el carácter de las normas y regulaciones en el territorio, el establecimiento de redes y de dinámicas de fijación y movilidad. Todos estos aspectos hacen a la pretensión de interpretar con mayor claridad los procesos contemporáneos de relacionamiento interétnico a partir de su complejización y su análisis crítico; nada de lo cual podría lograrse con categorías idealizadas, simplistas o descontextualizadas. En este orden de ideas, el carácter procesual y dinámico de la transformación del territorio nos aproxima a la idea de territorialización, entendida como la implementación organizada en una superficie de terreno de distintasestrategias de apropiación y dominio sobre dicha extensión, comprendiendo entonces una acción política correlativa al despliegue de relaciones de poder en dicho espacio (Harvey, 1998: 250). En otras palabras, territorializarse implica una relación de poder incorporada en el espacio, esto es, un control del espacio, y a través de ese control, el control de los procesos sociales. En términos contemporáneos, la territorialización dominante en prácticamente cualquier espacio geográfico está vinculada al Estado, entendiendo que el ejercicio de estatalidad implica de suyo la promoción de una territorialidad
Andrés Felipe Pabón Lara 152 especifica manifiesta en particulares modos de acceso, control, uso, y representación sobre el espacio (Manzanal, 2007). Si bien, puede entenderse desde una perspectiva más tradicional que el control propio de la territorialización se realiza sobre áreas o zonas que son demarcadas a través de un límite o frontera, ya sea que se encuentren estos límites más o menos definidos, no es menos cierto que el concepto geográfico de territorialización, se historiza de forma concreta en procesos que asumen continuamente dinámicas de des-territorialización y re-territorialización, en el sentido de comprender procesos históricos de avance del Estado moderno sobre las sociedades no capitalistas o sin Estado (Deleuze y Guattari, 1974: 265-267). Esto quiere decir que la estatalidad refiere simultáneamente al proceso de transformación de las formas del entramado territorial previo (desterritorialización) y a la construcción de unas nuevas (re-territorialización). Tal como propone Rogério Haesbaert, el desarrollo de las formas de producción propias de la estatalidad moderna ha implicado una transformación no solo en los términos de organización de las relaciones políticas, sino también, necesariamente, en relación con la dimensión espacial concreta de desenvolvimiento de esas nuevas relaciones. En ese sentido, la des-territorialización es inherente a la expansión del Estado, es decir, que las prácticas sociales preexistentes en las formas de organización son necesariamente transformadas a partir de la asunción de nuevas prácticas. Por lo cual, el devenir de las relaciones de poder estatales es un proceso continuo de des-territorialización y re-territorialización, es decir, un proceso generador de nuevas territorialidades (Haesbaert, 2011). Des-territorializar podría significar, entonces, disminuir o debilitar el control sobre esos espacios o fronteras, lo que, en paralelo, se logra al propiciar un aumento de la dinámica de intercambios, la fluidez en la movilidad, tanto de personas, bienes materiales, capital o informaciones, esto es, re-territorializando. La re-territorialización implica la unificación del espacio, que ya no sería limitado ni ordenado por sociedades exteriores al Estado, operando, en ese sentido, como una transformación/destrucción de dinámicas preexistentes. Al hablar de des-territorialización no se hace únicamente referencia a procesos de desplazamiento poblacional o despojo de espacios habitados por pueblos indígenas, aunque en ocasiones esos procesos implican tales fenó-
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 153 menos. La lógica del continuo des-territorialización y re-territorialización como una dinámica compuesta, implica fundamentalmente aspectos relativos al control sobre las formas de relacionamiento social, o de producción y reproducción de la vida, dadas en espacios determinados. Así, más que la ubicación concreta en un espacio geográfico determinado, la pertinencia de estas categorías está dada por su capacidad para iluminar los cambios en los términos de las relaciones sociales bajo las cuales se pugna por la capacidad de control de las dinámicas inherentes a un territorio: la capacidad de tomade decisión sobre lo que se produce y la forma en la que se produce, sobre las formas que moldean la autoridad y la subordinación, o los valores y símbolos que se privilegian o se repudian, hacen parte de la mencionada territorialidad de los colectivos poblacionales (Haesbaert, 2011: 214). Des-territorialización y re-territorialización son entonces categorías netamente políticas útiles para apreciar el ejercicio de estatización11. La capacidad de control inmersa en el continuo des-territorialización y re-territorialización permite distinguir entre formas de dominio concreto de un territorio y formas de apropiación simbólica del mismo. Frente al primer aspecto, nos encontramos ante el fenómeno ligado a la transformación y funcionalización del espacio en beneficio de las lógicas estatales y en detrimento de los habitantes previamente allí situados. Mientras que por apropiación podemos entender un proceso a través del cual, sin implicar un dominio o control consolidado, se desarrollan distintos dispositivos de mediación que tienden a modificar los referentes simbólicos que se construyen socialmente sobre el espacio vivido, alterando la formulación identitaria y la tradición cultural (Haesbaert, 2011: 289). Con esta última distinción, es posible concebir que dentro de ciertos contextos actuales la estatización vincula a algunos pueblos indígenas, ya no a través del despojo o desplazamiento territorial, sino que se manifiesta en la 11 Al respecto, el citado Rogério Haesbaert señala que, «como toda relación de poder. La territorialización se distribuye en forma desigual entre sus sujetos y clases sociales, y, en consecuencia, hay también ganadores y perdedores, controladores y controlados, territorializados que desterritorializan mediante una reterritorialización bajo su mando, y desterritorializados en busca de otra reterritorialización, de resistencia y, por tanto, diferente de la impuesta por sus desterritorializadores» (2011: 214).
Andrés Felipe Pabón Lara 154 concreción de espacios geográficos delimitados, bajo supuesto control de las comunidades y con amparo legal bajo distintas formas jurídicas. Sin embargo, estas formas de re-territorialización se complementan con una renovada imposición de la jurisdicción estatal manifiesta en las formas de parques naturales, zonas de preservación natural o reservas ambientales, o emprendimientos turísticos dentro de los cuales, gradualmente, se van desincentivando las formas de producción nativas en favor de usos comerciales del suelo, y dinámicas de relacionamiento social ajustadas a las formas estatalmente legitimadas. Esto significa que, sin perder el dominio nominal del territorio, se van generando gradualmente procesos de transformación que afectan los flujos de movilidad tradicionales, las relaciones de trabajo y producción preexistentes y los parámetros culturales. Este reconocimiento de la dimensión espacial de la intervención estatal sobre los pueblos indígenas puede verosímilmente vincularse con las formas de expresión que en épocas precedentes pueden reconocerse de tal aspecto. Buen ejemplo de ello resulta el señalamiento sobre la construcción de fronteras coloniales, como espacios que pretendían demarcar el límite de avanzada de la capacidad de regulación de la administración colonial sobre el territorio nativo, y que constituían a su vez espacios de conexión en los cuales la interacción estaba más marcada por el sostenimiento de una capacidad de negociación por parte de los indígenas que por el sometimiento o disciplinamiento absoluto de sus prácticas (Mandrini y Paz, 2003; Weber, 2007). En idéntico sentido, se ha expuesto también en abundantes trabajos de análisis histórico las posibilidades de continuidad que esas fronteras alcanzaron a lo largo del republicano siglo XIX, sin dejar de ser cierto también que fue en esa misma época que los distintos Estados modernos reforzaron los procesos de avanzada y destrucción de esas fronteras (Langer, 2003). Aunque puedan existir ejemplos en el temprano siglo XX de la capacidad indígena por mantener sus autonomías territoriales, o el desinterés estatal por avanzar sobre estas (Bengoa, 2007; Le Bot, 2013; López y Rivas, 2014), entiendo de mayor potencialidad analítica entroncar esas expresiones precedentes como antecedentes necesarios de lo que puede reconocerse dentro del continuo de des-territorilización y re-territorialización. Ya se dijo que tal aspecto de la estatización permite incluir las formas actuales de manteni-
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 155 miento nominal de territorios indígenas como resguardos o reservas, pero sin significar ello una renuncia estatal a la expansión espacial de su soberanía. De tal suerte, la re-territorialización se presenta, por un lado, como sumamente irregular y no como un avance claro sobre un límite fronterizo supuestamente identificable, y por otro en su dimensión de avance sutil o aparentemente imperceptible, si se piensa en aquellos pueblos que no son desplazados de su territorio, pero no por ello resultan por fuera de la re-territorialización estatizante (Pabón Lara, 2022). Al mismo tiempo, la intervención territorial puede presentarse encabezada por actores particulares o no oficialmente estatales. Pero ello no implica que no resulte su acción en la misma imposición de sentidos sobre las formas de apropiación territorial definidas desde intereses externos. La fluidez del continuo des-territorializador y re-territorializador cuestiona la vigencia actual sobre las lecturas que suponen concebir la idea de la ausencia de los Estados, o su incapacidad para actuar en los territorios que conciben como propios. Esa caracterización afín a algunas interpretaciones sobre el Estado moderno en Latinoamérica, también suele suponer que aquellas anteriormente mencionadas fronteras, como márgenes o periferias dentro de los entramados modernos de la centralización estatal, son lugares de excepción o irrelevancia (Serje, 2011). Sin embargo, la experiencia histórica de los pueblos indígenas que han chocado con el avance estatal muestra que la expansión estatal y del capital son paralelas y mutuamente dependientes (Harambour, 2019; Pabón Lara, 2022) y, en ese sentido, que la re-territorialización estatizante apunta a la integración dentro del sistema capitalista globalizado de las economías de tales periferias; fenómeno de ninguna manera residual sino absolutamente central para los modelos estatales latinoamericanos y los intereses económicos de sus élites dirigentes. En síntesis, como afirma Haesbaert, la des-territorialización y re-territorialización puede aplicarse a «los grupos socialmente más excluidos o profundamente segregados y, como tales, imposibilitados de hecho de construir y ejercer un control efectivo sobre sus territorios, tanto en el sentido de la dominación político-económica como en el de la apropiación simbólico-cultural» (2011: 258), teniendo en cuenta que esa segregación o exclusión es un efecto y no una causa de la intervención estatizante.
Andrés Felipe Pabón Lara 156 a modo de concLusión La estatización que acá propongo se asume como categoría que pretende dar cuenta de los aspectos económicos, políticos y culturales del proceso de intervención estatal sobre los pueblos indígenas12. Se evidencia, asimismo, como una parte sustantiva del proceso mismo de formación estatal ya que hace eje en las dinámicas que apuntan a generar una sujeción estable de un sector de la población a una estructura mayor de tipo hegemónica, garantizando las condiciones de reproducción de la cultura, el modelo político y las formas de producción económica de esa estructura o, al menos, difiriendo la posibilidad de que estas sean puestas en peligro. De esa manera, resulta como una de sus características el hecho de producir efectos no solo sobre la población objeto de la intervención, sino sobre el conjunto de la población en general. Igualmente, se identifica que esos efectos van siendo distinguidos en atención a expectativas a futuro, y no se agotan en una aspiración de tipo inmediata. La estatización se manifiesta como la articulación de agencias portadores de un interés que las aglutina, es decir, que no es preciso que respondan todas estrictamente a una filiación de institucionalidad pública. En consecuencia, la estatización no solo es desarrollada por el Estado reconocible como tal, sino que pueden ser agentes activos del proceso de estatización distintos actores del ámbito particular o privado. Tal interés aglutinador guarda como uno de sus principales resortes el despliegue y expansión de las formas de producción y comercio de tipo capitalista (Wallerstein, 1998: 179-265). Esto se hace mucho más evidente al vincular la estatización con las poblaciones indígenas subsistentes en el siglo XX; comunidades asentadas en espacios geográficos cuyos recursos iban siendo paulatinamente insertados en las lógicas propias de la producción y mercantilización capitalistas. 12 Las formas en las que se presentan mancomunadamente los aspectos económicos, políticos y culturales, constitutivos de los procesos sociales, no pueden ser totalmente captadas si se pretende privilegiar una sola de estas dimensiones. La separación analítica, si bien puede brindar ciertos aportes para la mayor clarificación, es insuficiente (e inverosímil) si no se conjuga con el ejercicio interpretativo holístico que apunte a dar cuenta de las formas de interacción entre esas dimensiones.
La estatización de los pueblos indígenas: una propuesta conceptual para la investigación… 157 Si bien, la categoría de incorporación suele ser ampliamente aceptada para concebir el resultado de la imposición estatal sobre los pueblos indígenas, entiendo que esta categoría hace eje sobre el aspecto político del proceso de vincu lación legal de los nativos al modelo estatal como ciudadanos, incluyendo el reconocimiento sobre el carácter ambiguo de esa vinculación legal, basada en la igualación abstracta y el reforzamiento de la desigualdad material. Sin embargo, parece impreciso en algunos casos referir a la mencionada incorporación cuando la imposición estatal no apela principalmente a estrategias de integración coactiva tendientes a la asimilación como fundamento de la integración. Asimismo, parece insuficiente cuando se reconoce que estos procesos sostienen un carácter permanente e inacabado. Así, en contextos contemporáneos, es posible encontrar estrategias de intervención estatal basadas en lo que podría definirse como un reconocimiento regulado de la identidad y la territorialidad indígenas, que puede definirse como construcción de sujetos (Bengoa 2007; Le Bot, 2013) y reorganización de territorios (López y Rivas, 2014; Pabón Lara, 2022). En la inmensa mayoría de países latinoamericanos se han desarrollado cuerpos normativos en los que expresamente se postula el reconocimiento de territorialidades ancestrales, que suponen ser susceptibles de tenencia comunal y estar protegidas por el Estado ante la avanzada privatizadora de los no indígenas13. En paralelo, es posible identificar normas legales que regulen los procedimientos y requisitos para el reconocimiento estatal de las comunidades indígenas como tales, así como la estipulación de entes públicos encargados de tales trámites. En no pocos casos, ese reconocimiento ha sido alcanzado tras la generación de formas de construcción de consensos en los cuales los propios indígenas, o alguna parte de los propios pueblos, adoptan el modelo estatal como propio, transformando la coacción reguladora en autocoacción. Como muestra de este proceso más reciente se evidencia que, si bien las formas específicas en que se han desarrollado las interacciones indígenas con los Estados modernos aparecen definidas más visiblemente por su etnicidad, ello no oculta que, al mismo tiempo, tal etnicidad o diferencia cultural no se 13 Los casos de Brasil y Colombia son paradigmáticos en cuanto a la relevante extensión de superficie que alcanzan las territorialidades indígenas estatalmente reconocidas.
Andrés Felipe Pabón Lara 164 entenderse como un proceso de definición y redefinición permanente y conflictivo de una matriz de interacciones específicas, desarrolladas entre los sectores que impulsan el modelo político-cultural propio del Estado moderno y las formas socio-económicas capitalistas a las que responde, por un lado, y ciertos pueblos indígenas latinoamericanos, por el otro. Se trata entonces de una categoría analítica que podría llegar a abonar a la construcción del conocimiento sobre la realidad contemporánea de dichos pueblos a nivel general y de los procesos de relacionamiento interétnico en escala subcontinental, bajo la intención de participar en un diálogo con otras categorías que logren captar con mayor precisión las particularidades específicas de los distintos casos locales, tal cual se vienen desarrollando por un número plural de especialistas que reavivan y fortalecen el muy valioso campo de estudio histórico sobre los pueblos indígenas contemporáneos. referencias bibLiográficas Almond, Gabriel Abraham y G. Bingham Powell (1972): Política comparada, Paidós, Buenos Aires. Arias Vanegas, Julio (2005): Nación y diferencia en el siglo XIX colombiano: orden nacional, racialismo y taxonomías poblacionales, Universidad de los Andes, Bogotá. Balibar, Étienne e Immanuel Wallerstein (1988): Raza, nación y clase. Las identidades ambiguas, IEPALA, Madrid. Bari, María Cristina (2002): «La cuestión étnica: Aproximación a los conceptos de grupo étnico, identidad étnica, etnicidad y relaciones interétnicas», Cuadernos de Antropología Social, 16, pp. 149-163. Bartolomé , Miguel Alberto (2003): «Los pobladores del ‘desierto’. Genocidio, etnocidio y etnogénesis en la Argentina», Cuadernos de Antropología Social, 17, pp.162-189. Bartra, Armando (2010): Campesindígenas. Aproximaciones a los campesinos de un continente colonizado, CIDES/Universidad Mayor de San Andrés, La Paz. Bengoa, José (2007): La emergencia indígena en América Latina, Fondo de Cultura Económica, México. Bernand, Carmen (2016): Los indígenas y la construcción del Estado-Nación. Argentina y México, 1810-1920: historia y antropología de un enfrentamiento, Prometeo, Buenos Aires.
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