Huellas, indicios y fuentes: hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos, siglo XIX
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235 Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos, siglo XIX Anna Guiteras Mombiola1 introducción2 El estudio de las sociedades amazónicas desde el ámbito disciplinario de la historia ha sido muy descuidado por la historiografía, más centrada en el mundo andino y urbano. La Amazonía persiste en el imaginario colectivo como un «lugar sin historia» (Barclay, 2001). Y los Llanos de Mojos, en la Amazonía boliviana, no son una excepción. Objeto tradicional de investigación de arqueólogos, antropólogos, lingüistas y sociólogos, su historia decimonónica ha permanecido en manos de la crónica local3. Con contadas excepciones4, tan solamente en las últimas dos décadas algunos investigadores se han interesado por profundizar en el pasado de las poblaciones indígenas de esta región, haciendo de ellas protagonistas de la historia y no meros actores 1 Universidad Complutense de Madrid, Madrid, España. 2 Este ensayo contó con el apoyo de la Fundación Gerda Henkel (AZ 37/F/21) y se inscribe en los proyectos de investigación I+D+i PID2019-103879GB-I00 y PID2020113099GB-I00/AEI/10.13039/501100011033, ambos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España. 3 Los trabajos más representativos han sido compilados recientemente en Carvalho Urey, 2007. 4 Ver Parejas, 1976 y Macera, 1988. Licencia Creative Commons Atribución/ReconocimientoNoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional https://doi.org/10.5281/zenodo.14892731
Anna Guiteras Mombiola 236 secundarios sobre los que trataron de actuar los agentes coloniales, luego republicanos5. Este vacío en la literatura científica responde a una aparente falta de fondos documentales para este período. Las fuentes producidas en los Llanos de Mojos desde la expulsión de la Compañía de Jesús hasta poco antes de la ruptura definitiva de la dominación colonial española fueron destruidas en un incendio que asoló la casa de gobierno de la antigua capital de la región, en 1822. La documentación generada durante la época republicana se vio diezmada ya en la década de 1870, al remitirse una parte de esta a la jefatura del Estado; y poco más de un siglo más tarde, la «falta de espacio» para el trabajo administrativo en la institución prefectural provocó que muchas fuentes relativas a la acción del gobierno, anteriores a la década de 1980, fueran pasto de las llamas (Lijerón, 2000: 452; Vincenti, 2003: 2; Limpias Saucedo, 2005 [1942]: 176). Hechos que durante años han dado a entender que el patrimonio documental de Mojos había desaparecido, siendo las únicas fuentes existentes las de carácter oficial (informes, reglamentos, cartas, visitas, inventarios) enviadas al gobierno central, y en las que la presencia indígena se limitaba a los aspectos tributarios y, ocasionalmente, al relato de actos de carácter considerado subversivo. Rastrear la historia indígena decimonónica de Mojos no es, sin embargo, una quimera. Exige abandonar las cómodas sillas del Archivo Nacional y recorrer la geografía nacional, localizando ricos fondos documentales que han pasado desapercibidos para la mayoría de los investigadores ya sea por su dispersión, por su mala conservación e inexistente organización, o por hallarse en manos privadas. Mi trabajo de archivo ha dado por resultado el rescate del olvido académico e institucional de archivos históricos de indudable valor e incomparable singularidad, como son el fondo documental del gobierno y el fondo notarial de la región, así como el hallazgo de documentación de relevancia en bibliotecas personales de intelectuales y familias de renombre locales y repositorios de varias entidades vinculadas con los Llanos 5 Sobre el proceso de socialización misional ver Cortés, 2005; Saito, 2007 y Diez Gálvez, 2017; sobre su participación en el desarrollo regional y la economía capitalista ver Vallvé, 2010, Van Valen, 2013 y Guiteras Mombiola y Córdoba, 2021.
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 237 de Mojos en el pasado. Colecciones que incluyen fuentes primarias únicas y, naturalmente, inéditas, entre las que se encuentran solicitudes de tierras, relaciones nominales, registros cívicos, testamentos, fianzas, contratos, censos, correspondencia y anotaciones personales. El trabajo con estas fuentes junto aquellas ya conocidas (bautismos, padrones de contribución) es esencial para comprender de forma integral los procesos históricos de las sociedades indígenas de Mojos en el siglo XIX. Hilvanar varios aspectos del pasado de una sociedad indígena, además, requiere de la lectura y estudio de la documentación de archivo desde una ‘sensibilidad etnográfica’, esto es, adoptar una perspectiva interdisciplinaria que use préstamos teóricos de la antropología (que puede ser identificada como etnohistoria o etnografía en el archivo). Una mirada que permite acercarnos, directa o indirectamente, a las motivaciones (epistemológicas, pero también políticas, jurídicas, fiscales, censales) de quienes las elaboraron y que, a su vez, son reflejo de relaciones de poder en las que unos dominan y otros son dominados6. El cotejo y análisis cruzado de los datos y los acontecimientos descritos o aludidos en fuentes nos revela información valiosa de las dinámicas sociales de los grupos étnicos a nivel local y regional, permitiéndonos entrever la mentalidad, las actitudes y las estrategias, individuales y/o colectivas, de aquellos sujetos usualmente excluidos del relato histórico. La lectura ‘etnográfica’ de documentos de distinta naturaleza hallados a lo largo de mis investigaciones me ha permitido revelar parte de la historia indígena decimonónica de los Llanos de Mojos. Tomando el caso del pueblo mojeño trinitario y a partir de mis investigaciones previas, en las próximas páginas me propongo poner de relieve la capacidad de acción y las opciones relacionales7 desplegadas por los miembros de esta sociedad indígena para conciliar el desarrollo regional con sus garantías constitucionales y su organización social tradicional en su proceso de inserción al orden liberal a lo largo del siglo XIX. 6 Ver Stoler, 2009, y Coello y Mateo, 2016: 125-138. 7 Ver al respecto De Vito, 2019.
Anna Guiteras Mombiola 238 eL revés de La narrativa oficiaL: ProPiedad y ciudadanía en mojos El espacio amazónico que se adjudicaba Bolivia en el siglo XIX se extendía hacia los ríos septentrionales, cuyas aguas bañaban una serie de bosques tropicales de los cuales se tenía un vago sino nulo conocimiento, y hacia las extensas llanuras meridionales comúnmente conocidas como Llanos de Mojos. La región era habitada por diversos grupos etnolingüísticos que en el siglo anterior habían pasado por el tamiz de la socialización misional de la Compañía de Jesús. Durante este período, en el caso de las misiones de Loreto, San Ignacio, San Javier y Trinidad, sus pobladores pasaron a identificarse como mojeños loretanos, mojeños ignacianos, mojeños javerianos y, en lo que nos aquí interesa, mojeños trinitarios (Lehm, 2002: 10, 158, 247; Saito, 2017: 511, 519-521). Bajo el régimen misional, sus sistemas de organización nativos se reelaboraron al mezclarse con usos y costumbres de origen europeo, constituyendo una «cultural reduccional» o «memoria misional» caracterizada por la adopción de nuevas prácticas productivas, el ordenamiento urbano, el culto y la praxis católica, la instrucción en artes y oficios de cuño europeo y la lectura y escritura (Block, 1997; Saito, 2009; Wilde, 2019). La impronta de esta herencia misional entre los nativos de Mojos se mantuvo prácticamente intacto en el período tardo-colonial (Saito, 2007: 462-467), propiciando que concluido el proceso independentista se considerara que estas poblaciones estaban suficientemente preparadas para unirse a la sociedad republicana. El Ejecutivo boliviano se interesó por equipararlas al resto de habitantes del país, adecuando su modelo misional a la vida republicana y conjugando los ideales liberales con el interés económico del área. Se fomentó el trabajo agrícola y artesanal y la actividad comercial y se instauraron órganos de gobierno que abrieron tímidamente el acceso indígena a la esfera pública en la región (Diez Gálvez, 2017: 207-210). Tras varias tentativas fallidas, distintas normativas sancionadas en 1842 dieron lugar a la creación del departamento del Beni, organizado alrededor de la explotación y la comercialización de sus recursos naturales y cuya capitalidad recayó de facto en Trinidad, antigua misión jesuita y hogar de la etnia mojeña (Groff Greever, 1987: 8-112; Guiteras Mombiola, 2012: 22-31, 277-308). Entre estas normas destaca el decreto de 6 de agosto que elevó a todos los habitantes
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 239 de Mojos a «la clase de ciudadanos bolivianos y como tales capaces de los derechos de igualdad, libertad y propiedad que las leyes garantizan a los bolivianos»; de forma similar, se los declaró «propietarios con pleno dominio» de las casas que ocupaban y de los terrenos de sembradío y pastoreo que se repartirían entre todos aquellos que quisieran adquirirlos, quienes quedaron sujetos al pago de una contribución anual8. Estas regulaciones fueron estimadas como ‘papel mojado’ por la historiografía regional. Según unos autores, el nuevo estatus jurídico no trajo ningún cambio relevante ni tuvo ningún resultado práctico para las sociedades autóctonas; en opinión de otros, los derechos adquiridos solo propiciaron su entrada al mercado laboral, su sobreexplotación y la expropiación de las tierras que habían ocupado desde el período jesuita (Groff Greever, 1987; Lehm, 1987, 1999: 39-40; Block, 1997: 214-215; Gamarra, 2010; Pinto y Lijerón, 2011: 90-92). Felizmente, mientras visitaba la biblioteca de una entidad cultural privada de Trinidad, su responsable me hizo partícipe de la existencia de unos «papeles viejos y envenenados» almacenados en un armario de sus instalaciones. Cuál no fue mi sorpresa al percatarme de que se trataba de una porción del fondo documental del gobierno que, por circunstancias diversas, se había librado de la destrucción. El fondo, a pesar de su fragmentación, contenía variada documentación relativa a la administración de la región y, en particular, de su capital9. Su hallazgo puso sobre la mesa nuevas y originales fuentes, cuya lectura y análisis me permitieron desmentir ideas fuertemente establecidas en la narrativa oficial sobre el accionar de la población indígena. Particularmente iluminadores fueron los registros de escrituras y expedientes de solicitudes y adjudicaciones de predios rústicos y lotes urbanos tramitadas desde inicios de la década de 1840. Y cuyos datos complementé con los registros de títulos de tierras que en esa misma época y tras un largo proceso de catalogación fueron puestos a disposición del público por parte del Archivo Nacional. Estas fuentes desvelan un número nada desdeñable de mojeños entre sus solicitantes, quienes mostraron la voluntad de adquirir una escritura pública de propiedad sobre las tierras que ocupaban. Para ello 8 Decreto reproducido en Limpias Saucedo, 2005 [1942]: 3-4. 9 Para mayor detalle ver Guiteras Mombiola, 2017a.
Anna Guiteras Mombiola 240 se reconocieron «hijos» y «naturales» de ese departamento y miembros de la «porción de bolivianos» y esgrimieron como argumento fundamental el decreto de 1842, demostrando ser conocedores de sus derechos y de los mecanismos jurídicos establecidos por la administración pública10. Cabe recordar que la nueva constitucionalidad liberal establecía que bolivianos eran todos aquellos nacidos en el territorio nacional, entre los cuales se encontraban los ciudadanos. Estos últimos, en la práctica –que no en el papel– se dividían entre aquellos que ostentaban derechos civiles y los que, además, eran titulares de derechos políticos. Se trataba, así, de una ciudadanía capacitada, limitada a los varones que supieran leer y escribir, pagaran impuestos y tuvieran una renta mínima proveniente del producto de sus propiedades (Barragán, 1999: 23-28, 2005: 286-292; Irurozqui, 2004, 2008). En este sentido, la condición ciudadana otorgada a los indígenas de Mojos respondió a su naturaleza censitaria y el carácter local de su reconocimiento. El analfabetismo generalizado de la sociedad boliviana de entonces favoreció que los juzgara capacitados para entender la ley y actuar con independencia de juicio. Paralelamente certificaba su condición de ciudadanos la adquisiciónde terrenos que harían producir por sí mismos, así como también lo hacía el correspondiente pago de impuestos que al mismo tiempo acreditaba su calidad de propietarios. En el caso particular de Trinidad, el estudio de los expedientes de tierras evidencia que estas escrituras de propiedad fueron obtenidas, primero, por personas que tenían medios para sufragar su compra y que subrayaron su rango social, alegando los cargos ejercidos y autodefiniéndose ciudadanos; y, a partir de la década de 1860, por mojeños de toda condición que querían asegurar sus hogares frente la creciente demanda de tierras por parte de los colonos criollos. No obstante, muchos indígenas prefirieron seguir vinculados al acceso comunitario a la tierra u optaron por vender las casas y terrenos que les habían sido repartidos en la década de 1840 (Guiteras Mombiola, 2012: 166-185, 328-331). 10 Esta documentación se encuentra actualmente en el Archivo de la Casa de la Cultura del Beni (ACCB), Fondo de la prefectura, Registro de Escrituras, 1864-1876 [sin signatura ni catalogación], y el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB), Instituto Nacional de Colonización.
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 241 El acceso diferencial a la tierra estaba vinculado al orden social heredado del período jesuita, que dividía la población en dos grandes categorías funcionales: pueblo y familia. La primera la integraban las personas que realizaban tareas de subsistencia y transporte, y la segunda incluía los nativos hábiles en trabajos artesanales –carpintería, herrería, tejeduría–, aquellos que ayudaban en actividades litúrgicas –músicos, sacristanes– y la élite política, cuyos miembros eran conocidos como «indígenas principales» (Block, 1997: 136-154). Desde la época colonial, la élite nativa era gratificada con una parte mayor de los productos que las autoridades –jesuitas primero, españolas después– repartían de forma periódica entre la comunidad y que funcionaban como pago a su trabajo, de acuerdo con el tipo de actividad (artesanal, litúrgica o productiva) y el rango social (Diez Gálvez, 2017: 109-113, 125-127). La persistencia de este orden interno durante el siglo XIX queda acreditada en otras fuentes. Las relaciones nominales de propietarios registran el patrimonio agropecuario poseído por cada familia, así como la distribución de reses bovinas y plantas de cacao, caña de azúcar y algodón entre la población establecidas según las normativas de 1842 y con las que quería fomentar los principios liberales vinculados a la posesión individual de la tierra11. Todos estos documentos identifican la categoría a la que pertenecía cada familia y permiten observar que, mientras los cultivos de algodón se asignaron a las «familias más pobres», es decir, integrantes del pueblo, el ganado y los cultivos económicamente más significativos, como el cacao y la caña de azúcar, fueron distribuidos entre los mojeños «más laboriosos», siendo agraciadas mayoritariamente personas integrantes de la familia (Limpias Saucedo, 2005 [1942]: 43-48). De ahí que, aunque las normas sancionadas en 1842 favorecieron un acceso uniforme a la extensión de tierra cultivada en Mojos, es obvio que estos repartos encumbraron a los «indígenas principales», a una posición económica superior, permitiéndolos obtener la propiedad legal de la tierra –y, por ende, ejercer su ciudadanía– antes que el resto de la población. 11 Estas relaciones nominales, inéditas hasta la fecha en su gran mayoría, fueron halladas en La Paz, en la Biblioteca privada de la familia Vázquez (BV) y en el Archivo Histórico de La Paz (ALP), Sociedad Geográfica de La Paz (SGL).
Anna Guiteras Mombiola 242 etnografía en eL archivo: La dimensión jerárquica de La sociedad mojeña Las relaciones sociales asimétricas heredadas del período colonial fueron un factor diferencial de gran importancia en Mojos. Los miembros del pueblo y la familia, a su vez, se organizaban en «parcialidades étnicas» y «parcialidades de oficio» respectivamente12. La «parcialidad» era un concepto hispánico que identificaba las estructuras sociales autóctonas y que se usaba como dispositivo de control. En la misión, las parcialidades constituían espacios netamente indígenas donde los religiosos operaban mediante los líderes nativos, siendo muy poco lo que se sabe de ellas. Cada parcialidad ocupaba un espacio determinado al interior de los pueblos; organización que aparentemente se impuso también sobre terrenos de cultivo, bosques y lagunas situados en los alrededores de los centros misionales. La instrucción en artes y oficios de los neófitos que entraban al servicio de los misioneros cristalizó, a la larga, en una diferenciación entre la familia y el pueblo, entre las «parcialidades de oficio» y «parcialidades étnicas» (Van Valen, 2013: 15, 48-52; Saito, 2017). Todo parece indicar que el nuevo orden liberal impuesto en Mojos consolidó la dimensión jerárquica que articulaba las relaciones entre las parcialidades, y al interior de aquellas. Así lo refleja documentación oficial como son los padrones elaborados para efectos de la contribución indigenal, en la que se consignaban todos los miembros de cada familia debido a su naturaleza fiscal (Grishaber, 1995). La información contenida en los padrones levantados en los Llanos de Mojos se organizó hasta la década de 1860 según la parcialidad 12 Según Cortés (2005: 10, 25, 64), los jesuitas encontraron una multitud de pequeñas «parcialidades», cada una con un nombre diferente tomado de sus divinidades protectoras. Muchos de estos nombres coinciden con las categorías que dividieron estos grupos hasta mediados del siglo XIX. En Trinidad, las parcialidades étnicas eran: Apereono, Moyoniono, Cojocureono, Chuchineono, Siyabocono, Achubocono y Japimuono; la parcialidad Tapacunano dejó de ser registrada en 1805. Las parcialidades de oficio eran: Músicos, Sacristanes, Carpinteros, Herreros, Tejedores y Sastres; la parcialidad de Torneros desapareció de los registros en 1804 y en la década de 1840 aparecieron las parcialidades de Pintores, Canasteros, Loceros y Tejeros. Ver Compañía de Jesús, Lenguas Vernáculas, Misiones de Mojos, 1799, 0048; 1805 0193; 1812 0196; ALP, SGL, 1844, 3/38 y 3/40; ABNB, Tribunal Nacional de Cuentas-Revisitas (TNC-Rv), Mojos 9, 1849.
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 243 de las personas consignadas y la importancia de aquélla al interior de cada categoría funcional. Así, primero, se anotaban las «parcialidades de oficio», luego las «parcialidades étnicas» y finalmente, los vaqueros, que vivían en estancias en los alrededores de Trinidad. Se seguía siempre un mismo orden de anotación, encabezado por las parcialidades de Músicos, Sacristanes, Carpinteros, y siguientes, y en el que la relevancia de las familias al interior de la sociedad mojeña y, por lo tanto, su reconocimiento como «indígenas principales» o del común, determinaba su posición en el listado13. De hecho, en Trinidad, la mayoría de los «indígenas principales» jugaron un papel de relevancia en la definición de la nueva sociedad local bajo la égida liberal. La mayoría ocupó cargos en el cabildo indigenal, institución política de origen colonial encargada de velar por el orden social, económico, moral y espiritual de la comunidad. Su liderazgo recaía en el cacique, su máxima autoridad política, y el resto de los jueces del cabildo (intendentes, capitanes, alcaldes, fiscales), responsables del orden en sus respectivas parcialidades. Su organigrama, sin embargo, fue ligeramente modificado para integrarlo al nuevo sistema institucional. El gobierno indígena pasó a depender de la municipalidad, lo que significó la pérdida de autonomía de los cabildantes y su desplazamiento de sus funciones de mediación (Limpias Saucedo, 2005 [1942]: 134-136, 148). Tal lugar fue ocupado por la figura del corregidor, agente inmediato del gobierno en el ámbito local, entre cuyos cometidos estaba la comunicación de órdenes a los cabildantes y para el que, en Trinidad, frecuentemente se eligió a «indígenas principales» para ocuparlo (Limpias Saucedo, 2005 [1942]: 132-133)14. La superioridad demográfica nativa explica en parte este hecho15. Pero es evidente, también, que el cumplimiento de los requisitos legales para in13 ABNB, TNC-Rv, Mojos 9, 1849; Mojos 10, 1853-1854; Beni 2, 1858-1859. Ver nota anterior sobre el orden de anotación. 14 La existencia de corregidores indígenas no fue usual en otros pueblos de Mojos donde este cargo recayó la mayoría de las veces en manos de individuos criollos. Ver ABNB, Ministerio del Interior, Prefectura del Beni (PB-MI), 96/48, 10 de octubre de 1843 y 155/38, 5 de julio de 1855. 15 En 1848, se consignaron 218 criollos –empleados públicos y colonos– y 4.173 nativos en Trinidad. ABNB, TNC-Rv, Mojos 9, 1849, ff. 1-35.
Anna Guiteras Mombiola 250 fotografías antiguas permiten inferir la que podía ser, para entonces, su mancha urbana27. Por otro lado, el registro del nombre completo de cada persona censada, la ‘raza’ en la que fue categorizada –distinguiendo entre blanca, mestiza, indígena y negra– y su estado civil, edad aproximada, lugar de procedencia y de residencia, profesión ejercida y nivel de instrucción nos proporciona una «suerte de radiografía etnográfica» del lugar al cierre del siglo XIX28. El cotejo de quién vivía en qué calle y en qué manzana constata aquello que daban a entrever las escrituras de compraventa de los años anteriores: los mojeños fueron desalojados del centro de la ciudad, espacio que habían habitado en los últimos doscientos años. En las manzanas en torno a la plaza fue registrada únicamente población calificada «blanca», mientras que los «indígenas» se encontraban distribuidos en manzanas más alejadas, situadas en la periferia de la ciudad. El análisis cruzado de los datos censales con los catastros de fincas rústicas y urbanas fechados en las décadas de 1880 y 1900, muestra que la mayoría de los indígenas que habían vendido sus casas en el pasado se establecieron en rancheríos en los alrededores de Trinidad. Más aún, revela que las familias con residencia en el área urbana eran aquellas que pertenecían a las antiguas «parcialidades de oficio», posición que les habría permitido alcanzar un nivel económico relativamente holgado, evitando que se vieran forzadas a deshacerse de parte o todas sus propiedades y, con ello, seguir viviendo de forma independiente y con sus más allegados29. Por el contrario, quienes perdieron su acceso a la tierra se vieron obligados a convivir bien con otros mojeños con los que no mantenían vínculos consanguíneos ni 27 Los textos y el mapa están recogidos en Pinto y Lijerón, 2011: 109-112, 176. Las fotografías son fruto del trabajo de archivo, algunas se encuentran en el álbum «Trinidad de antaño» accesible en la red en <https://www.facebook.com/media/set/?vanity=laguia. trinidad&set=a.2325103346752> (último acceso 10 de abril de 2022). 28 Tomo el concepto de Giraudo, 2008: 93. 29 Los catastros registraban las propiedades individuales, sus respectivos dueños y el valor estimado de su renta anual, y sustituyeron a partir de la década de 1880 a los padrones de contribución, tratándose de una información fiscal de gran importancia para el Estado boliviano. Ver ALP, SGL, 1881, 3/62 y ACCB, Fondo de la prefectura, Registro de Escrituras, 1885-1903 [sin signatura ni catalogación].
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 251 ascendencia común alguna, bien con población «blanca» con escasos recursos económicos30. La presencia de población criolla en la ciudad comportó la aparición de espacios laborales nuevos en los que se insertó la población mojeña. Emerge la figura de la empleada doméstica, antes prácticamente inexistente, ejercida por mujeres solteras que abandonaron sus hogares para vivir y trabajar bajo el mismo techo que sus empleadores, pero también niñas –y algunos niños– entregadas en calidad de sirvientas por sus empobrecidas familias por un tiempo determinado o hasta su mayoría de edad a familias notables criollas que se comprometían a cuidarlas y darles una profesión31. Muchas mujeres que vivían en sus propios hogares siguieron dedicándose a la hilandería, la costura y la tejeduría, labores que venían desempeñando desde la época colonial32, mientras que otras adoptaron oficios como el de lavandera, planchadora o cocinera, tareas que realizaban en sus propios hogares pero que probablemente convirtieron en su profesión ante la demanda de dichos servicios por parte de las familias más adineradas. No solo los medios de subsistencia de la población nativa femenina variaron, también lo hicieron los masculinos. La gran mayoría de los hombres fueron registrados labradores, siendo muy reducido el número de artesanos y especialistas litúrgicos; estos últimos eran ejercidos por varones cuyos antepasados integraban las «parcialidades de oficio» y, además, formaban parte de la mayoría de las familias nativas propietarias, mientras que aquellos que se dedicaban a tareas agrícolas procedían de ambas parcialidades y en bastantes ocasiones compartían domicilio con otros. En fin, a las puertas del siglo XX, las dos categorías funcionales de la sociedad mojeña, la familia y el pueblo, así como la multiplicidad de parcialidades a ellas aparejadas, dejaron de cumplir su función jerárquica y organizadora 30 Desarrollo en detalle del análisis «etnográfico» del censo en estos párrafos en Guiteras Mombiola, 2019. 31 Este proceso se ve corroborado por la aparición de los primeros contratos de tutela desde la década de 1880, en ANT, Registros de Escrituras, 1882-1900 [sin signatura ni catalogación]. 32 Así lo muestran las ilustraciones de Ribera, 1989 [1786-1794]: 399-100 y Mercado, 1991 [1841-1869]: 128, 152.
Anna Guiteras Mombiola 252 de la comunidad, desvaneciéndose para dar paso un nuevo ordenamiento socioeconómico más acorde al desarrollo regional. hueLLas, indicios y fuentes de historias inconcLusas La impronta de la herencia misional en el ordenamiento social, económico y político de los nativos de Mojos determinó la participación indígena en la conformación de la región a lo largo del siglo XIX. La legislación liberal conllevó que los mojeños trinitarios, del mismo modo que los otros grupos de la antigua provincia jesuita, dejaran de ser individuos tutelados para devenir sujetos de pleno derecho, y que asumieran de forma progresiva, y con intereses disímiles, las posibilidades que brindada la condición de ciudadanos. La nueva situación jurídica propició su interiorización de los principios liberales, en un proceso compatible con el corporativismo y la dimensión jerárquica que organizaba la sociedad nativa y que articulaba las relaciones entre el pueblo y la familia, y entre las «parcialidades étnicas» y las «parcialidades de oficio». A partir de la década de 1870, sin embargo, el despliegue de la economía de mercado, la fuerte demanda de mano de obra y la criminalización del colectivo indígena y su consiguiente descalificación ciudadana llevaron a que el orden social misional se desdibujara. Ello, no obstante, no significó la desaparición de la gradación social al interior de la comunidad, sino su traslación a las relaciones fundadas en la desigualdad de raíz colonial dominadas por los sectores criollos. ¿Y con ello está todo dicho? Indudablemente no. Queda aún por revelar las relaciones y dinámicas internas de la sociedad nativa. Esto exige no solo la caracterización de los miembros de la élite política nativa, sino también de sus redes familiares. También la identificación de reciprocidades del padrinazgo entre familias y de alianzas matrimoniales estratégicas, precisadas para el ascenso en el ámbito social, económico o político al interior de la comunidad. Acciones en las que las mujeres jugaron un rol protagónico, que por ahora ignoramos, y que los padrones y bautismos pueden iluminar. Las fricciones entre individuos o parcialidades presentes en los informes y visitas pastorales pueden ilustrar el desarrollo del liderazgo y su acomodación a los valores de la sociedad dominante. Las partituras y catecismos copiados por
Huellas, indicios y fuentes. Hilvanando la historia indígena de los Llanos de Mojos… 253 personas letradas pueden ofrecer indicios sobre quién integraba el cabildo ‘menor’, encargado de la vida ritual y festiva de la comunidad, totalmente desconocido para esta época. En definitiva, hilvanar la historia indígena de los Llanos de Mojos es una tarea ardua a la par que fascinante por los muchos interrogantes que aún quedan por responder y las muchas fuentes que aún quedan por desempolvar. Aunque estos años de investigaciones han permitido revelar parte de sus entresijos, lo cierto es que aún queda mucho por escarbar. referencias bibLiográficas Arze, Eulogio (1890): Informe de la Prefectura del Beni en el año 1890, Imprenta de Francisco Suárez & Hnos, Trinidad. Barclay, Federica (2001): «Olvido de una historia. Reflexiones acerca de la historiografía andino-amazónica», Revista de Indias, 61 (223), pp. 493-511. Barragán, Rossana (2005): «Ciudadanía y elecciones, convenciones y debates», en Rossana Barragán y José Luis Roca: Una historia de pactos y disputas. Regiones y poder constituyente en Bolivia, PNUD (Cuaderno de Futuro 21), La Paz, pp. 275-448. Barragán, Rossana (1999): Indígenas, mujeres y ciudadanos. Legislación y ejercicio de la ciudadanía en Bolivia (siglo XIX), Fundación Diálogo/Embajada del Reino de Dinamarca en Bolivia, La Paz. Block, David (1997): La cultural reduccional de los llanos de Mojos, Historia Boliviana, Sucre. Carvalho Urey, Antonio (2007): Obras, Fundación Nova, Santa Cruz de la Sierra. Coello, Alexandre y Josep Lluís Mateo (2016): Elogio de la antropología histórica. Enfoques, métodos y aplicaciones al estudio del poder y del colonialismo, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza. Cortés, Jorge (2005): Caciques y hechiceros. Huellas en la historia de Mojos, Plural, La Paz. Cortés, Jorge (1989): «Transcripción y notas al diario del P. Gumercindo Gómez e Arteche», en JHS Misión de los PP Astraín, Mansanedo y Arteche c.a. 1888, CIDDEBENI, Trinidad, pp. 34-44. De Vito, Christian (2019): «History without scale: the micro-spatial perspective», Past & Present, 242 (14), pp. 348-372. Diez Galvéz, María José (2017): Las misiones de Mojos: el barroco en la frontera, vol. II, ILAMIS, Cochabamba.
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