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1 U N I V E R S I D A D A N Á H U A C FACULTAD DE BIOÉTICA CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS OTORGADO POR DECRETO PRESIDENCIAL PUBLICADO EN EL D.O.F. DEL 26 DE NOVIEMBRE DE 1982 Influencia de las Redes Sociales en la Percepción de los Usuarios Durante la Pandemia de COVID-19: Un Análisis Bioético de la Comunicación Digital TESIS DOCTORAL DOCTORADO EN BIOÉTICA APLICADA P R E S E N T A Rossana Nieto Vera ASESORES DE TESIS Dr. Héctor Romo Parra COASESORA Dra. Yael Zonenszain Laiter HUIXQUILUCAN, EDO. DE MÉXICO. AGOSTO, 2025
2 A Dios, por darme la oportunidad de vivir este camino y acompañarme en todo momento. A mis papás, por hacerlo posible desde el principio: por el apoyo constante de mi papá, que nunca dejó de impulsarme a terminar, y por las porras incansables de mi mamá, que me sostuvieron más veces de las que puedo contar. A mi tutor Héctor, por su guía y ayuda incondicional durante estos años, y por todas las veces que me hizo respirar, pensar, reír y seguir. A mis profesores, especialmente Elvira, Yael y Juan Manuel, por su guía y confianza. A Marce, mi amiga y compañera del doctorado, por compartir el camino con tanto ánimo y paciencia. A mis alumnos, que siempre me inspiran a seguir aprendiendo y creciendo. Y a Luis, por distraerme del caos doctoral con nuestra boda, y celebrar cada logro de la mano conmigo.
3 Índice 1. RESUMEN 7 2. INTRODUCCIÓN 9 3. ANTECEDENTES 11 3.1 ANTROPOLOGÍA Y BIOÉTICA EN LA COMUNICACIÓN DIGITAL DURANTE COVID-19. 12 3.2 EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA Y EL IMPACTO BIOÉTICO EN LA COMUNICACIÓN DURANTE COVID-19 14 3.3 EL PAPEL DE LA COMUNICACIÓN DIGITAL DURANTE LA PANDEMIA DE COVID-19 17 3.4 RETOS BIOÉTICOS DE LA COMUNICACIÓN DIGITAL DURANTE COVID-19 20 3.5 PRINCIPIOS BIOÉTICOS AFECTADOS DURANTE LA PANDEMIA DE COVID-19 22 4. JUSTIFICACIÓN 25 5. PROBLEMA 26 6. PREGUNTA DE INVESTIGACIÓN 27 7. HIPÓTESIS 27 8. OBJETIVOS 27 8.1 OBJETIVO GENERAL 27 8.2 OBJETIVOS ESPECÍFICOS 28 9. METODOLOGÍA 28 9.1 DISEÑO DEL ESTUDIO 28 9.2 FASE DOCUMENTAL 29 9.3 FASE EMPÍRICA 30 9.3.1 INSTRUMENTO DE RECOLECCIÓN DE DATOS 30 9.3.2 OPERACIONALIZACIÓN DE LAS VARIABLES 32 9.3.3 POBLACIÓN Y MUESTRA 32 9.3.4 VALIDACIÓN DEL INSTRUMENTO 33 9.3.5 PROCEDIMIENTO 33 9.3.6 ANÁLISIS DE DATOS 34 10. RESULTADOS FASE DOCUMENTAL 35 10.1 CAPÍTULO UNO: RESPETO A LA AUTONOMÍA, JUSTICIA Y VERACIDAD 35
4 10.1.1 EL PRINCIPIO DE RESPETO A LA AUTONOMÍA 37 10.1.2 EL PRINCIPIO DE JUSTICIA 42 10.1.3 LA VIRTUD DE LA VERACIDAD 46 10.1.4 CONCLUSIÓN CAPÍTULO UNO 48 10.2 CAPÍTULO DOS: REDES SOCIALES E INTERACCIÓN DIGITAL 49 10.2.1 PANORAMA DIGITAL GLOBAL Y NACIONAL 50 10.2.1.1 PANORAMA NACIONAL: MÉXICO 54 10.2.2 EMPATÍA, COMUNIDADES E INFLUENCIA DIGITAL 56 10.2.3 REDES SOCIALES DURANTE LA PANDEMIA DE COVID-19 58 10.2.4 REDES SOCIALES Y LA TRANSFORMACIÓN DEL LENGUAJE Y LA COMUNICACIÓN DIGITAL 60 10.2.5 CONCLUSIÓN CAPÍTULO DOS 64 10.3 CAPÍTULO TRES: ARQUITECTURA, PERSUASIÓN Y REGULACIÓN DE REDES SOCIALES 66 10.3.1 MODELOS ESTRUCTURALES Y FUNCIONAMIENTO DE LOS ALGORITMOS 67 10.3.2 PERSONALIZACIÓN DE CONTENIDO: BURBUJAS DE FILTRO Y CÁMARAS DE ECO 73 10.3.3.1 REGULACIÓN DE INFLUENCERS Y ALGORITMOS 80 10.3.3.2 LEY DE SERVICIOS DIGITALES 82 10.3.4 CONCLUSIÓN CAPÍTULO TRES 84 10.4 CAPÍTULO CUATRO: PERCEPCIÓN DE LOS USUARIOS DURANTE LA PANDEMIA 86 10.4.1 FACTORES CLAVE EN LA PERCEPCIÓN DE LA INFORMACIÓN DIGITAL 87 10.4.2 DINÁMICAS DE LA INFORMACIÓN Y SUS IMPLICACIONES SOCIALES 95 10.4.3 CAMBIOS EN LA PERCEPCIÓN DEL RIESGO DEBIDO A COVID-19 99 10.4.5 CONCLUSIÓN CAPÍTULO CUATRO 106 11. RESULTADOS FASE EMPÍRICA 108 11.1 CARACTERÍSTICAS DEMOGRÁFICAS DE LOS ENCUESTADOS 108 11.2 PERCEPCIÓN DEL RIESGO DE COVID-19 110 ESTA DISMINUCIÓN PUEDE ESTAR ASOCIADA A UNA MAYOR FAMILIARIZACIÓN CON EL VIRUS, AL AVANCE EN LA COBERTURA DE VACUNACIÓN Y A UN CAMBIO EN LA PERCEPCIÓN COLECTIVA DEL RIESGO, COMO SE EXPLORÓ EN EL CAPÍTULO ANTERIOR. 110 11.3 PERCEPCIÓN SOBRE FUTURAS VARIANTES DEL VIRUS 111 11.4 INFLUENCIA DE LAS REDES SOCIALES EN LA TOMA DE DECISIONES 112 12. ANÁLISIS DE RESULTADOS 113 12.1 ANÁLISIS FASE EXPERIMENTAL 113 12.1.2 LIMITACIONES DE FASE EMPÍRICA 116
5 12.2.1 DILEMAS BIOÉTICOS DE LA PERCEPCIÓN DE INFORMACIÓN EN LA PANDEMIA DE COVID-19 117 12.2.1.1 CAMPAÑAS DE DESINFORMACIÓN 117 12.2.1.2 ESTRATEGIAS PARA ENFRENTAR LA DESINFORMACIÓN Y LA MANIPULACIÓN ALGORÍTMICA 120 12.2.1.3 TEORÍAS CONSPIRATIVAS 122 12.2.2 RESPETO A LA AUTONOMÍA EN REDES SOCIALES: ¿ES PERSUASIÓN O MANIPULACIÓN? 124 12.2.2.1 CAPITALISMO DE VIGILANCIA Y CONTROL DE LA INFORMACIÓN 127 12.2.2.2 DEL MANEJO DE DATOS PERSONALES A LA VIGILANCIA MASIVA 130 12.2.3 VERACIDAD FRENTE A LA DESINFORMACIÓN: EL DERECHO A INFORMACIÓN CONFIABLE 132 12.2.3.1 IMPACTO DE LA DESINFORMACIÓN EN LA TOMA DE DECISIONES DE SALUD PÚBLICA 132 12.2.3.2 LIMITACIONES AL PENSAMIENTO CRÍTICO 134 12.2.3.3 REGULACIÓN ÉTICA Y PROTECCIÓN DE LA AUTONOMÍA COGNITIVA 135 13. CONCLUSIONES 138 13.1 LIMITACIONES DEL ESTUDIO Y LÍNEAS FUTURAS DE INVESTIGACIÓN 140 14. SUGERENCIAS 143 14.1 MARCO BIOÉTICO Y REGULATORIO PARA LA GOBERNANZA DIGITAL 143 14.1.1 INTERVENCIÓN GUBERNAMENTAL VIABLE DESDE UNA PERSPECTIVA BIOÉTICA 146 14.2 ESTRATEGIAS NACIONALES PARA COMBATIR LA DESINFORMACIÓN EN SALUD PÚBLICA 148 14.3 EDUCACIÓN EN SALUD COMO ESTRATEGIA PARA LA PREVENCIÓN DE CRISIS SANITARIAS 151 14.4 DOCTOR ZITO: PROGRAMA DE ALFABETIZACIÓN EN SALUD DIGITAL CON ENFOQUE BIOÉTICO 152 14.5 IMPACTO ESPERADO Y APLICABILIDAD BIOÉTICA 155 14 ANEXOS 156 ENCUESTA SOBRE LA PERCEPCIÓN DE RIESGO DE COVID-19 EN REDES SOCIALES 156 15 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 163
6 Figuras Diagrama de Venn sobre Intersección de los Principios Bioéticos en la Comunicación Digital ____ 37 Comparación del Crecimiento de Usuarios en Redes Sociales (2019-2024) ___________________ 53 Proceso Algorítmico y su Impacto Bioético en la Comunicación Digital ______________________ 77 Factores que Influyeron en la Percepción del Riesgo en Diferentes Etapas de la Pandemia _____ 100 Gráfica 1: Distribución de los encuestados por edades ____________________________ 109 Gráfica 2: Nivel de escolaridad de los encuestados _____________________________________ 109 Gráfica 3: Distribución de los encuestados por sexos ______________________________ 109 Tabla 1: Nacionalidades de los encuestados __________________________________________ 109 Tabla 2: Comparación de la percepción de COVID-19 como problema serio de salud __________ 110 Tabla 3: Comparación del miedo a enfermar de COVID-19 2020 vs 2023 ___________________ 110 Gráfica 4: Percepción sobre el peligro de cualquier futura variante de COVID-19 _____________ 111 Tabla 4: Uso de algún remedio casero para COVID-19 visto en redes sociales _______________ 112 Tabla 5: Uso de alguna medida alternativa para COVID-19 ______________________________ 112 Tabla 6: Comparación sobre interés en recibir actualizaciones epidemiológicas a través de redes sociales. ______________________________________________________________________ 113
7 1. Resumen El uso de redes sociales se ha consolidado como un fenómeno global con un impacto significativo en múltiples esferas de la vida, incluída la salud pública. Durante la pandemia de COVID-19, las plataformas digitales jugaron un papel central en la difusión de información sobre la enfermedad, sus medidas preventivas y tratamientos. Sin embargo, también facilitaron la propagación de desinformación, generando desafíos éticos y bioéticos relacionados con el respeto a la autonomía, la veracidad y la justicia digital, al influir en la toma de decisiones informadas. Esta tesis analiza, desde la perspectiva de la bioética, la percepción de los usuarios de redes sociales sobre la comunicación digital de contenidos relacionados con COVID-19, y su impacto en las decisiones en salud. Se examina la evolución de la comunicación digital, el auge de las redes sociales, su funcionamiento algorítmico y el papel del capitalismo de vigilancia en la experiencia informativa. También se abordan los aspectos legales y éticos implicados, como la privacidad, la moderación de contenido y la discriminación algorítmica. El estudio empleó una metodología mixta, que combinó una revisión documental con un estudio empírico basado en encuestas. La fase documental incluyó literatura académica sobre bioética, comunicación digital y desinformación. En la parte empírica se aplicaron dos levantamientos: un cuestionario exploratorio en 2020 (n = 539), utilizado de manera contextual para orientar el desarrollo del instrumento final, y una encuesta principal en 2023 (n = 423), centrada en evaluar la percepción de los usuarios sobre la influencia de las redes sociales en decisiones relacionadas con la pandemia de COVID-19. Los datos de esta segunda encuesta fueron analizados mediante estadística descriptiva e inferencial para identificar patrones y asociaciones relevantes. Los resultados mostraron que la mayoría de los encuestados reconocieron la influencia de las redes sociales en su percepción de la pandemia, así como en decisiones sobre medidas preventivas y tratamientos. Se evidenció que la
8 personalización algorítmica favoreció la formación de burbujas informativas, limitando el acceso a perspectivas diversas. Asimismo, se identificó una fuerte asociación entre exposición a información digital y adopción de medidas no validadas científicamente, como el uso de remedios caseros o tratamientos alternativos sin evidencia. Desde una perspectiva bioética, estos hallazgos revelan la vulneración de principios fundamentales como la autonomía y la justicia, así como de la virtud de la veracidad. La falta de regulación efectiva y de estrategias sólidas de alfabetización digital en salud ha intensificado los riesgos asociados a la desinformación, afectando especialmente a poblaciones con menor acceso a fuentes confiables. En este sentido, la tesis subraya la urgencia de políticas públicas que fortalezcan la alfabetización digital, promuevan la transparencia algorítmica y establezcan marcos bioéticos para la moderación de contenidos. En conclusión, la comunicación digital en salud debe abordarse desde una perspectiva bioética que garantice el acceso equitativo a información veraz y proteja la autonomía de los usuarios. La pandemia de COVID-19 evidenció la necesidad urgente de generar estrategias para contrarrestar la desinformación y fomentar una cultura digital crítica y responsable. Se plantea así un llamado a una mayor responsabilidad por parte de las plataformas digitales y al desarrollo de iniciativas educativas que empoderen a los usuarios en la evaluación de la información en línea. Solo mediante un enfoque interdisciplinario y bioético será posible construir un ecosistema digital más seguro para la comunicación en salud.
9 2. Introducción En la actualidad, las redes sociales han dejado de ser simples herramientas de interacción para convertirse en uno de los principales medios de comunicación e influencia global. Estas plataformas no solo permiten la circulación acelerada de información, sino que también configuran las percepciones, los comportamientos y las decisiones de los usuarios mediante algoritmos diseñados para maximizar la interacción y personalizar el contenido. Esta capacidad de moldear el entorno informativo plantea interrogantes éticos y bioéticos cruciales, especialmente en contextos donde la información impacta directamente la salud y el bienestar de las personas. La pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión en la relación entre redes sociales y sociedad, al evidenciar su doble capacidad: informar y desinformar. Durante este periodo, millones de personas recurrieron a estas plataformas para obtener datos sobre prevención, tratamiento y evolución de la enfermedad. Sin embargo, también estuvieron expuestas a contenidos erróneos o manipulados que, en muchos casos, condicionaron sus decisiones. Este fenómeno, conocido como infodemia, representa un desafío bioético, pues compromete principios fundamentales como la autonomía, la justicia y la veracidad. En este marco, la presente tesis propone un análisis desde la bioética de los factores que intervinieron en la comunicación digital de las redes sociales durante la pandemia. En particular, se examina cómo dichos factores influyeron en la percepción y toma de decisiones de los usuarios, considerando el papel de los algoritmos, la personalización de contenidos y los intereses económicos subyacentes. Para ello, se emplea una metodología mixta que combina investigación documental, análisis descriptivo y herramientas cualitativas y cuantitativas, con el objetivo de ofrecer una comprensión integral del fenómeno. El propósito final de este estudio es contribuir al diseño de estrategias que favorezcan un uso bioético de las redes sociales en contextos de salud pública. A
16 también facilitaron la propagación de desinformación, lo cual evidencia la necesidad urgente de marcos bioéticos que regulen su uso responsable (Razzano, 2024). Históricamente, las tecnologías de comunicación han planteado dilemas éticos significativos. Medios como la radio y la televisión fueron utilizados para fines ideológicos y políticos: líderes como Joseph Goebbels o Franklin D. Roosevelt demostraron su capacidad para influir en la opinión pública a través de discursos cuidadosamente diseñados (Norbert & U, 2004). Estos antecedentes ya señalaban problemas como la manipulación, la censura o el control de la información, que hoy se reeditan en entornos digitales (Penney, 2013). En la actualidad, tecnologías emergentes como la realidad aumentada, la realidad virtual y otras interfaces inmersivas presentan nuevos desafíos relacionados con la identidad, la libertad, la autenticidad y la autodeterminación informativa. Estas herramientas reconfiguran la experiencia humana y plantean interrogantes sobre los límites de la autonomía y el consentimiento en espacios digitales (Harborth, 2022). La bioética debe adaptarse a estas complejidades para salvaguardar los derechos fundamentales en entornos tecnológicos cada vez más sofisticados. En el contexto mexicano, el acceso a internet ha crecido de manera sostenida. Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI, 2021), el 74% de la población hace uso de internet, siendo los teléfonos inteligentes el principal medio de conexión (INEGI/IFT, 2021). Sin embargo, este avance ha sido desigual. La pandemia de COVID-19 agravó las brechas digitales existentes, afectando especialmente a mujeres, comunidades indígenas y hogares de bajos ingresos (Cohen & Mata-Sánchez, 2021; Manrique de Lara & De Jesús Medina Arellano, 2020). En zonas rurales y marginadas, la falta de conectividad dificultó el acceso a servicios educativos, de salud e información. Factores como las condiciones socioeconómicas, el nivel de habilidades digitales y la disponibilidad de dispositivos adecuados influyeron directamente en la posibilidad de ejercer la autonomía
17 informativa, sobre todo en el caso de niños en edad escolar (Alcalá, 2020; MartínezDomínguez & Fierros-González, 2021). Diversas iniciativas públicas han buscado reducir la brecha digital, como los programas “México Conectado” y “Red Compartida”, destinados a llevar conectividad a comunidades históricamente desatendidas (Murillo-González et al., 2021). No obstante, estos esfuerzos enfrentaron múltiples desafíos, entre ellos, cobertura limitada, falta de infraestructura sostenible y deficiente capacitación técnica para los usuarios (Mariscal & Ramon Gil-García, 2011). Desde una perspectiva bioética, la evolución tecnológica en contextos de emergencia sanitaria pone en primer plano la necesidad de políticas públicas orientadas a la equidad digital, el acceso universal y la protección de la autonomía informativa. Garantizar una comunicación ética en el entorno digital requiere no solo de infraestructura tecnológica, sino también de principios orientadores que aseguren la justicia, la veracidad y el respeto a la dignidad humana en la circulación de la información. 3.3 El papel de la comunicación digital durante la pandemia de COVID-19 Tras analizar el impacto de la evolución tecnológica y su vínculo con la bioética, es imprescindible examinar el papel que jugó la comunicación digital durante la pandemia de COVID-19, un evento que puso a prueba la infraestructura tecnológica, las capacidades sociales y los marcos éticos globales. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) fueron fundamentales para la difusión de información de emergencia, el fomento del distanciamiento social y la implementación de medidas como las pruebas tempranas y el rastreo de contactos (Muhammad, 2021). Más allá de su utilidad sanitaria, estas tecnologías también contribuyeron al bienestar emocional y social durante el aislamiento, al facilitar la expresión emocional en línea, el apoyo social a distancia y el mantenimiento de vínculos familiares y laborales (Natale et al., 2020).
18 La pandemia reactivó debates bioéticos sobre el uso de tecnologías digitales en salud. Se intensificaron dilemas como la priorización de pacientes, la distribución de recursos médicos y el uso de datos personales, resaltando la tensión entre el respeto a la autonomía individual y el interés colectivo (Ruhl & Hohman, 2020; Seth, 2020; Ruiz-Hornillos et al., 2021; Saberi Isfeedvajani et al., 2020). Estos desafíos requirieron aplicar principios bioéticos fundamentales de forma práctica y urgente. La crisis también permitió reflexionar sobre cómo las herramientas digitales pueden ser utilizadas desde un enfoque bioético más incluyente. Maxwell et al. (2021) y Ramasawmy et al. (2021) subrayan la importancia de mejorar la comunicación, la recolección de datos y la evaluación de impacto, particularmente en comunidades vulnerables. Los medios digitales y las plataformas sociales fueron clave en la divulgación de campañas de salud pública, actualizaciones científicas y estrategias de prevención (González-Padilla & Tortolero-Blanco, 2020; Tomlinson et al., 2020). No obstante, su capacidad para amplificar desinformación también los convirtió en espacios donde se gestó la infodemia (Concha V et al., 2020), afectando la percepción pública y generando vacilación frente a las recomendaciones sanitarias. Frente a esta dualidad, surgió la necesidad de promover un uso responsable de la información. La bioética digital adquirió protagonismo, exigiendo que tanto profesionales de la salud como plataformas tecnológicas garanticen la precisión y la veracidad de lo compartido (Anthony, 2024; Seth, 2020; Ćurković et al., 2021). Durante la pandemia se propusieron soluciones como herramientas automatizadas de verificación de hechos, supervisión humana y campañas educativas colaborativas (Anthony, 2024). También se impulsó el uso de inteligencia artificial (IA) para la detección temprana de casos, la elección de tratamientos y la gestión social (von Struensee, 2021). No obstante, estas tecnologías plantearon inquietudes bioéticas sobre privacidad, justicia, sesgos y rendición de cuentas (Goodman et al., 2020; Tzachor et al., 2020; Kathleen et al., 2020).
19 La IA puede contribuir a mejorar la eficiencia y precisión en salud, pero también amenaza valores fundamentales como el consentimiento informado y la autonomía si no hay supervisión humana suficiente (Goodman et al., 2020). Estos dilemas se agudizan en contextos de crisis, donde las decisiones automatizadas pueden tener consecuencias irreversibles. Además, las preocupaciones sobre privacidad, sesgos algorítmicos y protección de datos en plataformas impulsadas por IA también se manifestaron en redes sociales y sistemas de rastreo (Calvo et al., 2022; Panadés Zafra et al., 2024). La rápida implementación de aplicaciones de rastreo sin transparencia ni supervisión ética generó dudas sobre su legitimidad (Lucivero et al., 2020). El impacto de las redes sociales sobre la confianza pública fue ambivalente: mientras facilitaron campañas de vacunación, también promovieron narrativas falsas que erosionaron la credibilidad institucional (Echeverría & Mani, 2020; Razzano, 2024). Las estrategias más eficaces para contrarrestar la desinformación incluyeron infografías, alfabetización mediática3 y la participación activa de profesionales de la salud en redes (Ali et al., 2021; Vraga & Bode, 2021). La tecnología también ha reconfigurado las relaciones humanas al generar una nueva identidad digital4. Este fenómeno plantea interrogantes sobre privacidad, toma de decisiones y construcción comunitaria (Warburton & Hatzipanagos, 2012). Para abordar estos retos, se han implementado iniciativas de alfabetización digital que promueven el acceso equitativo y el pensamiento crítico (Chima Abimbola et al., 2024). 3 La alfabetización mediática digital implica no solo la habilidad para interpretar críticamente los mensajes, sino también comprender los mecanismos algorítmicos que influyen en la visibilidad del contenido en redes sociales (Gell et al., 2023; González-Díaz & Quintas-Froufe, 2024). 4 El concepto de identidad digital se refiere a la representación de un individuo en entornos virtuales, construida a partir de datos personales, interacciones y contenidos compartidos en línea (Warburton & Hatzipanagos, 2012).
20 En México, proyectos como “Punto México Conectado”5 y talleres comunitarios han evidenciado cómo la capacitación tecnológica puede fomentar la inclusión digital (Guerrero Tejero, 2019; Gutiérrez Diez et al., 2020). En el Reino Unido, experiencias como las “cryptofiestas”6 en bibliotecas públicas buscan formar a la ciudadanía en privacidad digital (Pryal-Regnault, 2018). Estas acciones muestran que el uso ético de la tecnología no es solo una cuestión técnica, sino también cultural y pedagógica. En este contexto, la sección siguiente se enfoca en los desafíos éticos más críticos que surgieron durante la pandemia en torno a la comunicación digital. A partir de los problemas detectados —como la propagación de desinformación, la influencia algorítmica y las estrategias de moderación de contenidos—, se delinean los principales retos bioéticos que emergieron en el ecosistema informativo digital. 3.4 Retos bioéticos de la comunicación digital durante COVID-19 La pandemia de COVID-19 no solo representó un desafío sanitario sin precedentes, sino también un escenario que puso a prueba los principios bioéticos en el ámbito de la comunicación digital. La velocidad con la que circuló la información, así como la forma en que se estructuró y moderó su difusión, revelaron tensiones profundas entre valores como la autonomía, la justicia, la responsabilidad y la libertad de expresión. Durante este periodo, los algoritmos de las plataformas digitales jugaron un papel crucial al priorizar ciertos tipos de contenido. Aunque estos sistemas 5 Punto México Conectado fue un programa del gobierno mexicano que ofrecía espacios físicos con acceso a internet gratuito, así como talleres de capacitación tecnológica para promover la inclusión digital (Guerrero Tejero, 2019; Gutiérrez Diez et al., 2020). 6 Una cryptoparty (o cryptofiesta) es un evento comunitario y gratuito donde se enseñan herramientas prácticas para proteger la privacidad digital y la seguridad de la información. Estos encuentros, generalmente organizados por activistas, bibliotecas o colectivos ciudadanos, promueven el uso de tecnologías como el cifrado de correos electrónicos, navegadores seguros y comunicación anónima en línea. Su objetivo es empoderar a los usuarios para que comprendan y ejerzan sus derechos digitales en entornos cada vez más vigilados (Pryal-Regnault, 2018).
21 permitieron la difusión rápida de información confiable, también amplificaron la propagación de desinformación y contenido polarizante. Por ejemplo, estudios revelaron que plataformas como Facebook y X/Twitter priorizaron contenido emocional —particularmente aquel que provocaba indignación o miedo— lo que exacerbó la polarización social (Milli et al., 2023). En el caso de YouTube, los algoritmos de recomendación7 promovieron videos con desinformación médica, dificultando el acceso a fuentes verificadas (Vincent et al., 2022). Además, los sesgos algorítmicos en los sistemas de recomendación facilitaron la difusión de teorías conspirativas y tratamientos no probados, como el uso de medicamentos como la ivermectina y la hidroxicloroquina (Douglas-Durham et al., 2024). La falta de transparencia en los criterios de moderación automatizada y en las decisiones tomadas por inteligencia artificial planteó preguntas bioéticas fundamentales sobre la equidad, la rendición de cuentas y la posibilidad de daño indirecto a poblaciones vulnerables (Fernandez et al., 2024). En respuesta, plataformas como Facebook, X y YouTube implementaron políticas de moderación mediante el etiquetado de contenido, la reducción de visibilidad de publicaciones dudosas y, en casos extremos, la eliminación directa de contenidos falsos. Sin embargo, estas medidas no estuvieron exentas de críticas. La aplicación inconsistente de etiquetas de advertencia, así como la automatización excesiva en la toma de decisiones, generaron debates sobre los límites de la censura digital y el respeto a la libertad de expresión (Papakyriakopoulos et al., 2020). Aunque las plataformas lograron reducir la visibilidad de contenido problemático, estas estrategias no siempre fueron efectivas para cambiar las percepciones de los usuarios (Smith et al., 2023). En algunos casos, estas acciones incluso reforzaron la desconfianza hacia las instituciones digitales y científicas. Las figuras públicas y los líderes de opinión también desempeñaron un papel crucial en la amplificación de mensajes relacionados con COVID-19. Si bien algunos 7 Los algoritmos de recomendación son sistemas automatizados que seleccionan y priorizan contenidos según el comportamiento previo del usuario, con el fin de maximizar la interacción (Vincent et al., 2022).
22 contribuyeron a la difusión de mensajes responsables, otros difundieron información errónea, como tratamientos no probados o teorías conspirativas, lo que afectó negativamente la percepción pública y debilitó la confianza en las instituciones de salud (Shah & Shah 2023; White et al., 2023). Tal fue el caso de las declaraciones de Donald Trump, entonces presidente de Estados Unidos, sobre el uso de desinfectantes (Hatcher, 2020), y las posturas del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al minimizar la gravedad del virus (Piña López et al., 2024). Ambos ejemplos ilustran cómo el discurso de las autoridades puede tener consecuencias directas sobre la salud pública, generando confusión y alimentando la desinformación. En contraposición, la sociedad civil y diversas iniciativas comunitarias desempeñaron un papel fundamental en el combate contra la desinformación. Organizaciones sociales, colectivos ciudadanos y voluntarios impulsaron campañas de alfabetización mediática, promovieron el pensamiento crítico y establecieron alianzas con plataformas digitales para contrarrestar narrativas falsas (Vraga & Bode, 2021). Estas acciones evidencian que la participación ciudadana puede ser una herramienta poderosa para mitigar los impactos éticos negativos de la comunicación digital. En conjunto, estos retos subrayan la necesidad de pensar la comunicación digital no solo como un medio neutro de transmisión de datos, sino como un espacio éticamente cargado, donde las decisiones algorítmicas, humanas e institucionales afectan directamente los derechos, la salud y la confianza pública. Por ello, es indispensable articular una mirada bioética que guíe los principios normativos frente a futuras crisis sanitarias y digitales. 3.5 Principios bioéticos afectados durante la pandemia de COVID-19 En un mundo donde la información fluye de manera constante y las crisis sanitarias generan niveles significativos de incertidumbre, los principios
23 fundamentales de la bioética emergen como una guía crucial para afrontar los desafíos éticos contemporáneos. Estos principios no solo proporcionan un marco teórico para reflexionar sobre las implicaciones bioéticas de la comunicación digital en tiempos de emergencia, sino que también orientan hacia prácticas que respeten los derechos humanos, promuevan la transparencia y refuercen la confianza pública en las instituciones. Durante la pandemia de COVID-19, la aplicación de estos principios fue puesta a prueba en múltiples niveles. La sobreabundancia de información, la circulación de narrativas contradictorias y la rapidez de las decisiones políticas y sanitarias plantearon dilemas éticos complejos que afectaron tanto a profesionales como a ciudadanos. En este contexto, la bioética no se limitó al ámbito clínico, sino que se extendió al terreno de la comunicación, la tecnología y la gobernanza. Uno de los principios más comprometidos fue el respeto a la autonomía, entendido como la capacidad y el derecho de cada persona a tomar decisiones informadas sobre su propia vida y cuidados de salud. Este principio implica que las personas reciban información clara, suficiente y veraz, de manera que puedan elegir libremente, sin presiones ni coacciones externas. Además, la autonomía no se reduce a la simple ausencia de interferencias, sino que requiere condiciones materiales y sociales que permitan ejercerla plenamente (Beauchamp & Childress, 2019; Rodríguez Soriano, 2018). Durante la pandemia, la autonomía se vio afectada en varios frentes. Uno de los más evidentes fue el entorno digital, donde la sobrecarga informativa, la desinformación y las campañas de miedo dificultaron el acceso a información confiable. También se comprometió en las decisiones relacionadas con la vacunación. Aunque las campañas se estructuraron en torno al consentimiento informado, la difusión de narrativas antivacunas, promovidas tanto por figuras públicas como por algoritmos que priorizaban contenido emocional o sensacionalista, debilitó la confianza en la ciencia y en las instituciones sanitarias (Douglas-Durham et al., 2024; Vraga & Bode, 2021). En algunos casos, esto llevó a
24 decisiones médicas contraproducentes, como el uso de tratamientos no aprobados o peligrosos, impulsados por la viralidad digital (Ostrovsky & Parikh, 2022). Otro principio particularmente vulnerado fue el de justicia, que exige la distribución equitativa de beneficios y cargas, tanto en el plano individual como colectivo. La justicia bioética se expresa en dimensiones como la justicia social — orientada a corregir desigualdades estructurales— y la justicia distributiva, centrada en la asignación equitativa de recursos sanitarios (Beauchamp & Childress, 2019). Durante la pandemia, ambos planos se vieron afectados, especialmente por la brecha digital. Las comunidades rurales, indígenas y de bajos ingresos enfrentaron dificultades tanto en el acceso a la información como a las tecnologías necesarias para participar en estrategias de prevención y atención médica (Manrique de Lara & Medina Arellano, 2020). Un ejemplo claro de estas desigualdades se observó en el acceso a la información sobre las vacunas. Mientras que en zonas urbanas se utilizaron redes sociales y plataformas digitales para agendar citas y difundir mensajes sanitarios, en comunidades marginadas esta estrategia resultó poco efectiva debido a la falta de conectividad, infraestructura y alfabetización digital. Estas brechas acentuaron la exclusión y reforzaron la necesidad de adaptar las estrategias comunicativas a los contextos locales (Vraga & Jacobsen, 2020). De igual forma, la distribución de vacunas y tratamientos generó debates éticos sobre prioridad y equidad, al evidenciar cómo las herramientas digitales, si bien útiles para coordinar recursos, también pueden reproducir desigualdades ya existentes (Silva, 2024). En tercer lugar, la veracidad aunada a la transparencia se revelaron como virtudes esenciales para sostener la confianza pública. Durante la pandemia, ambas se vieron constantemente en tensión. Desde la falta de claridad en los mensajes oficiales hasta las contradicciones entre autoridades sanitarias y científicas, la coherencia comunicativa fue interrumpida, generando desconcierto en la ciudadanía. Las plataformas digitales tuvieron un papel ambivalente: por un lado, colaboraron con organismos internacionales como la OMS para difundir información
25 verificada; por otro, sus algoritmos priorizaron contenido viral antes que preciso, favoreciendo la circulación de desinformación (Tasnim et al., 2020; Walsh et al., 2023). La transparencia en el uso de datos también suscitó preocupaciones bioéticas significativas. Aplicaciones de rastreo y plataformas de salud digital no siempre informaron con claridad a los usuarios sobre los fines, la duración y el manejo de los datos personales que recopilaban. Esta opacidad, sumada a la falta de normativas claras y mecanismos de supervisión efectivos, erosionó la confianza en las tecnologías digitales aplicadas a la salud (Ienca & Vayena, 2020). En muchos casos, la ausencia de transparencia limitó el ejercicio de una autonomía informada y elevó el riesgo de abusos, sobre todo entre grupos vulnerables. En conjunto, estos principios y virtud —autonomía, justicia y veracidad— no solo fueron conceptos abstractos durante la pandemia, sino ejes concretos de conflicto y análisis. Al repasar su afectación en el ecosistema digital, se hace evidente que una bioética aplicada a la comunicación no puede obviar los entornos tecnológicos ni las desigualdades estructurales que los atraviesan. Reforzar estos principios en futuros escenarios de crisis será esencial para construir una gobernanza informativa más justa, transparente y respetuosa de la dignidad humana. 4. Justificación El avance tecnológico y la masificación de las redes sociales han transformado la manera en que las personas se relacionan con la información y toman decisiones. En este nuevo paradigma digital, las redes sociales no solo actúan como vehículos de comunicación, sino también como agentes moldeadores del pensamiento colectivo, capaces de influir en creencias, actitudes y comportamientos. Durante la pandemia de COVID-19, estas plataformas se convirtieron en un campo crítico donde convergieron información científica, noticias falsas, opiniones personales, y estrategias de mercadotecnia.
32 9.3.2 Operacionalización de las variables Dimensión Indicadores Ítems de la encuesta Tipo de Medición Comentarios Percepción de la información Grado de confiabilidad en la información recibida Preguntas relacionadas con la confianza en redes sociales y fuentes de información sobre COVID-19 Escala tipo Likert Evalúa cómo los usuarios valoran la veracidad de la información. Influencia en la toma de decisiones Cambios en comportamiento preventivo Preguntas sobre acciones tomadas basadas en información de redes sociales Escala tipo Likert Mide la relación entre la información recibida y las decisiones de salud. Satisfacción con las redes sociales Percepción de utilidad de las plataformas Preguntas sobre la utilidad de redes como TikTok, Instagram, y Facebook Escala tipo Likert Explora cómo las plataformas cumplen las expectativas de los usuarios. Impacto bioético Principios de autonomía y veracidad Preguntas abiertas sobre manipulación o influencia percibida Análisis cualitativo Analiza aspectos éticos relacionados con la percepción del control sobre decisiones. 9.3.3 Población y muestra En 2020 se aplicó una primera encuesta exploratoria (n = 539), cuyos resultados preliminares sirvieron para orientar el diseño y la depuración del instrumento final. Sin embargo, debido a la evolución de los objetivos de la investigación, esa encuesta no constituye la base del presente análisis, sino únicamente un antecedente contextual. La encuesta principal se llevó a cabo en 2023, con un total de 423 participantes. La muestra se obtuvo de manera no probabilística, mediante el método de “bola de nieve” y difusión abierta en redes sociales (@dr.zito_ y @gigitips en TikTok, Instagram y Facebook), durante el periodo del 21 de julio al 14 de agosto de 2023.
33 Los criterios de inclusión fueron: ser usuario activo de redes sociales, hablar español y contar con acceso a internet. Los menores de edad fueron excluidos del análisis final para garantizar la pertinencia ética. Se aseguró el anonimato de los participantes y se obtuvo consentimiento informado antes de responder el cuestionario. 9.3.4 Validación del instrumento El instrumento fue validado para garantizar confiabilidad y validez: 1. Confiabilidad interna: Evaluada mediante el Alfa de Cronbach para la cual se separaron los reactivos de respuesta dicotómica de los reactivos tipo Likert obteniendo los siguientes resultados: o Reactivos tipo Likert: 0.740 (adecuado). o Respuestas dicotómicas: 0.635 (aceptable). 2. Validez de contenido: Se realizó una correlación de los reactivos con la media del instrumento. El análisis indicó que el 56.5% de los reactivos tipo Likert superaron el umbral de 0.4, lo que significa que estos reactivos tienen una relación moderada o aceptable con el constructo general que se mide en el cuestionario. Este resultado refuerza la coherencia del instrumento, ya que una proporción significativa (56.5%) de los ítems contribuye de manera significativa al objetivo principal del estudio: evaluar la percepción de los usuarios sobre la influencia de las redes sociales en la pandemia de COVID19. 9.3.5 Procedimiento 1. Difusión de la encuesta: La encuesta fue difundida mediante publicaciones y enlaces en redes sociales durante un periodo de cuatro semanas. 2. Recolección de datos: Los participantes respondieron el cuestionario de forma anónima a través de un formulario en línea. 3. Análisis de datos:
34 • Los datos cuantitativos se analizaron con el software Prism GraphPad v10.0.0, utilizando estadística descriptiva e inferencial. • Los datos cualitativos se examinaron mediante un análisis de codificación temática inductiva, identificando patrones y categorías emergentes en las respuestas abiertas. 9.3.6 Análisis de Datos 1. Estadística descriptiva: Se calcularon frecuencias, porcentajes y promedios para describir el perfil de los participantes y resumir sus respuestas generales. 2. Estadística inferencial: Se aplicó la prueba de Chi-cuadrada para evaluar la existencia de relaciones significativas entre variables categóricas (por ejemplo, género y percepción sobre el uso de redes sociales). Esta técnica estadística permitió identificar asociaciones relevantes en torno a la influencia de las redes sociales en las decisiones relacionadas con la pandemia de COVID-19. 3. Análisis cualitativo: Las respuestas abiertas se categorizaron y analizaron mediante codificación temática, con el objetivo de identificar patrones y temas emergentes vinculados con la percepción bioética del uso de redes sociales durante la pandemia. En el siguiente capítulo se presentan los resultados obtenidos en ambas fases de esta investigación.
35 10. Resultados Fase Documental 10.1 Capítulo Uno: Respeto a la Autonomía, Justicia y Veracidad La bioética, como disciplina, ha evolucionado desde su enfoque inicial en dilemas éticos relacionados con la atención sanitaria y la investigación médica, hacia el abordaje de nuevos desafíos en la era contemporánea. Esto se debe a que las tecnologías digitales han introducido contextos y dilemas interdisciplinarios que requieren un análisis más profundo y actualizado. Este capítulo examina los principios bioéticos tradicionales —el respeto a la autonomía, la justicia y la virtud de la veracidad— dentro de un contexto tecnológico que amplifica las tensiones entre derechos individuales y responsabilidades colectivas. Este enfoque constituye un punto de partida necesario, ya que ofrece un marco conceptual sólido para analizar los impactos éticos y sociales de la comunicación digital. La pandemia de COVID-19 se configuró como un momento crítico que acentuó la relevancia de estos principios, al poner de relieve tensiones fundamentales, como la necesidad de proteger la autonomía informativa de los usuarios frente a la urgencia de salvaguardar el bienestar colectivo. Este tipo de tensiones evidenció la importancia de un análisis bioético adaptado a los tiempos digitales. En este sentido, el primer capítulo no solo introduce los fundamentos bioéticos relevantes, sino que también los contextualiza en la era digital, sirviendo como puente conceptual hacia el segundo capítulo, el cual explorará cómo las plataformas digitales estructuran y personalizan la experiencia del usuario mediante algoritmos y modelos de vigilancia. El análisis bioético de la comunicación digital en el contexto de la pandemia de COVID-19 exige una mirada crítica a los desafíos fundamentales que enfrentaron los usuarios al interactuar con información en redes sociales. La naturaleza de esta
36 comunicación, mediada por algoritmos y reforzada por dinámicas de viralización, plantea riesgos específicos en términos de autonomía, justicia y veracidad. Estos principios resultan esenciales para evaluar éticamente la influencia de la tecnología en la toma de decisiones, tanto a nivel individual como colectivo. En conjunto, estos tres principios y virtud bioéticos ofrecen un marco analítico pertinente para comprender los retos éticos vinculados con la comunicación digital en tiempos de crisis sanitaria. Cabe señalar que se excluyeron otros principios del Principialismo8, como la beneficencia o la no maleficencia, no porque resulten irrelevantes, sino porque su aplicación habría desplazado el foco hacia los emisores de información o los diseñadores de sistemas. Este estudio se propone, en cambio, poner énfasis en la experiencia y vulnerabilidad del usuario frente al ecosistema digital. De igual forma, no se adoptó un enfoque Personalista9, debido a que — aunque su énfasis en la dignidad e integralidad del ser humano es valioso— no aborda con el mismo nivel de especificidad los problemas estructurales derivados del diseño y funcionamiento de las plataformas digitales. 8 El Principialismo, propuesto por Beauchamp y Childress, constituye una de las corrientes más influyentes en la bioética contemporánea. Se basa en cuatro principios fundamentales: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia (Beauchamp & Childress, 2019). 9 El enfoque personalista de la bioética destaca la centralidad de la dignidad humana y la integridad de la persona, siendo más común en tradiciones filosóficas influenciadas por la antropología cristiana (Rodríguez Soriano, 2018).
37 Diagrama de Venn sobre Intersección de los Principios Bioéticos en la Comunicación Digital 10.1.1 El Principio de Respeto a la Autonomía En primer lugar, resulta necesario profundizar en el principio de respeto a la autonomía, para lo cual es fundamental comprender el concepto y sus diferentes definiciones. La autonomía en bioética es un concepto complejo con interpretaciones variadas. Beauchamp y Childress (2019) definen la autonomía en la ética médica como el respeto por las elecciones individuales de los pacientes y a la autonomía del individuo como la capacidad de actuar libremente de acuerdo con un plan elegido por uno mismo. Los autores fundamentan su enfoque en la teoría de la moralidad común, lo que implica que los principios bioéticos deben ser universalmente aplicables (Beauchamp & Childress, 2019). En contraste, mencionan que una persona con la autonomía disminuida es aquella controlada por otros, lo cual reduce su capacidad de decisión.
38 Existen dos condiciones esenciales para que exista autonomía: la libertad, que puede definirse como la independencia de influencias de control externo, y la agencia o autodeterminación, entendida como la capacidad de realizar acciones intencionadas (Feinberg, 1987). Es importante destacar que una persona considerada como autónoma podría no necesariamente tomar una decisión autónoma. La autonomía puede dividirse en dos tipos: la autonomía personal, que se refiere al individuo en sí y a su capacidad para tomar decisiones basadas en sus valores, creencias y deseos fundamentales; y la autonomía de acción, que se enfoca en la capacidad de ejecutar una decisión sin interferencias externas (Beauchamp & Childress, 2019). Algunos filósofos definen la autonomía de una forma más compleja. Las reflexiones sobre la autonomía de Gerald Dworkin, por ejemplo, han ejercido una influencia significativa en la filosofía contemporánea (Dworkin, 1988). Dworkin introdujo una concepción jerárquica, diferenciando entre las motivaciones y las actitudes que una persona tiene hacia esas motivaciones. Según su enfoque, las acciones autónomas surgen de deseos que el individuo aprueba y acepta como motivos válidos para actuar. Su concepción de la autonomía, de carácter neutral en cuanto al contenido, sostiene que cualquier deseo, independientemente de su naturaleza, podría potencialmente ser actuado de manera autónoma si la persona lo acepta como válido. Aun así, menciona que las personas pueden decidir no actuar en consecuencia de sus deseos más básicos después de reflexionar sobre ellos, y tomar una decisión de más elevado nivel de preferencia (Dworkin, 1988). Por ejemplo, una persona alcohólica que desea tomar alcohol (nivel primario) pero no lo hace porque su deseo más elevado es dejar de hacerlo (nivel secundario). El problema con esta teoría de Dworkin es que, en este mismo ejemplo de adicción, la persona pudiera decidir sí ingerir alcohol a pesar de su deseo de no hacerlo, por lo que es difícil distinguir la autonomía de la no autonomía (Jaworska, 2008).
39 Existe también otra teoría que menciona tres condiciones necesarias para que una acción sea autónoma (Beauchamp & Childress, 2019): 1. Intencionalidad: la persona debe haber concebido la idea de actuar intencionadamente, aunque las consecuencias no sean las planeadas inicialmente y aunque haya arrepentimiento posterior a realizar la acción (Bratman, 2005). 2. Entendimiento o comprensión: una acción deja de ser autónoma si la persona que la realiza no la comprende adecuadamente. Algunos factores que pueden afectar el entendimiento son la enfermedad, la irracionalidad, la inmadurez, la deficiencia en la comunicación, entre otros. Esta condición es crucial para el análisis de esta tesis. 3. No-control: se refiere a que la persona debe ser libre de controles tanto externos como internos. No todas las influencias externas conducen al control, pero algunas pueden derivar en coerción o manipulación que sí anulan la autonomía. Dependiendo de la intencionalidad, el grado de entendimiento y el grado de influencia, existirán entonces distintos niveles de autonomía. ¿Cómo se puede entonces afirmar si una decisión es autónoma o no? Esto se determina a través de las consecuencias del acto, el grado de comprensión del mismo y el análisis de las influencias externas. Estos criterios no son sencillos de establecer ni de analizar, y deben formularse específicamente para cada contexto. En el contexto hospitalario, por ejemplo, durante la toma de decisiones clínicas, el respeto a la autonomía es un principio central (Bhanji, 2013). Implica el respeto por las decisiones intencionales de los pacientes, siempre que estas se tomen con comprensión y sin influencias externas indebidas (Marceta, 2020). Sin embargo, su aplicación en la práctica puede ser compleja, ya que se enfrentan múltiples retos en el manejo de pacientes (Soofi, 2022). Podría parecer que las autoridades gubernamentales, institucionales o religiosas limitan la autonomía de una persona. En estos casos, es la persona quien
40 decide de forma autónoma aceptar tradiciones, reglas, instituciones o comunidades que vea como una fuente legítima de influencia y dirección (Kuflik, 1984). Las diferencias culturales también influyen en la interpretación y percepción de la autonomía; por ejemplo, en varios países de Asia Oriental se favorece la determinación familiar por encima del individualismo occidental (Fan, 1997). A pesar de su complejidad, el respeto a la autonomía sigue siendo un principio central en la bioética, aunque su definición y aplicación continúan siendo debatidas (Nordenfelt, 2000). Ahora bien, el respeto de este principio implica reconocer el valor y los derechos en la toma de decisiones de las personas, y este respeto debe ser libre de condiciones. Las excepciones que se dan cuando existe potencial daño a otros no cuestionan el principio en sí, sino las especificaciones del mismo (Herman, 1984). El respeto a la autonomía compite con otras consideraciones morales importantes, como decisiones autónomas que ponen en riesgo la salud pública o dañan a terceros. En estos casos, la autoridad puede legítimamente restringir el ejercicio de la autonomía (Beauchamp & Childress, 2019). El respeto a la autonomía está vinculado a otras normas morales, como decir la verdad, respetar la privacidad, proteger la confidencialidad, obtener consentimiento informado y ayudar en la toma de decisiones si se solicita. Respecto al consentimiento en una acción autónoma, es importante tener presente que las creencias y decisiones pueden cambiar con el tiempo. Una decisión actual puede contradecir una decisión tomada previamente por la misma persona. La competencia o capacidad para dar su consentimiento no se limita a ejecutar dicha tarea, sino que depende también de factores psicológicos, cognitivos y legales, siendo ejemplo de este último la mayoría de edad (Sadoff, 1999). Como los factores psicológicos y cognitivos pueden variar a lo largo de la vida, también lo hace el nivel de competencia de una persona para tomar decisiones autónomas. En el contexto digital, el respeto a la autonomía enfrenta desafíos particulares que no necesariamente se viven en el ámbito hospitalario, como la influencia
41 algorítmica, que ha demostrado limitar la capacidad de los usuarios para tomar decisiones correctamente informadas y libres. Las tendencias recientes en la investigación sobre respeto a la autonomía en el entorno digital destacan otros dilemas éticos relacionados, como el acceso equitativo a tecnologías de salud y la evolución del consentimiento informado en entornos digitales (Rezaei et al., 2021). Un ejemplo significativo fue el cambio en las políticas de privacidad de WhatsApp en 2021, que permitió el intercambio de datos con Facebook. Este evento generó un debate intenso sobre el respeto a la autonomía de los usuarios y la privacidad, subrayando cómo las plataformas digitales pueden afectar a los usuarios mediante el uso indebido de sus datos personales (Bhardwaj & Rana, 2021; Griggio et al., 2022). Las políticas de privacidad y los algoritmos utilizados por las plataformas digitales pueden también restringir la autonomía al manipular el comportamiento del usuario. Esta manipulación ocurre de diversas maneras: los algoritmos recopilan y analizan datos personales para ofrecer contenido personalizado que, aunque mejora la experiencia del usuario, puede limitar sus opciones percibidas y orientar sus decisiones hacia intereses de la plataforma o de terceros. Además, se emplean técnicas como opciones predeterminadas o notificaciones estratégicas que influyen sutilmente en el comportamiento del usuario. Estas prácticas, combinadas con el desconocimiento general sobre cómo se utilizan los datos, debilitan la capacidad de tomar decisiones informadas y verdaderamente autónomas (Rubel et al., 2021). Esto da lugar a la “paradoja de la autonomía”, donde los usuarios, aunque perciben mayor control sobre sus decisiones, están sujetos a restricciones invisibles impuestas por sistemas opacos (Liu et al., 2021; Peterson-Salahuddin & Diakopoulos, 2020). Además, las llamadas “burbujas de filtro” y la priorización algorítmica afectan la capacidad de los usuarios para acceder a información diversa, reduciendo su margen para tomar decisiones realmente autónomas (Kraemer et al., 2011).
48 prevalencia de desinformación y noticias falsas genera incertidumbre, debilita la credibilidad de las fuentes y obstaculiza la toma de decisiones informadas. Las plataformas digitales, al priorizar contenido emocional y polarizante, fomentan la difusión de información falsa a través de algoritmos (Aswani et al., 2019). Factores psicológicos, como la exposición repetida y el contenido emocionalmente cargado, aumentan la viralidad de dichas narrativas (Berger & Milkman, 2012; Effron & Raj, 2019). El análisis de estos principios fundamentales —autonomía, justicia y veracidad— ofrece un marco bioético robusto para abordar los desafíos de la era digital. A medida que las tecnologías transforman las dinámicas sociales, se vuelve urgente replantear cómo estos principios deben resguardarse en contextos de comunicación mediados por plataformas digitales. 10.1.4 Conclusión Capítulo Uno Este capítulo ha sentado las bases para comprender la evolución de la bioética en la era digital, integrando y adaptando principios tradicionales a contextos contemporáneos. Se analizó cómo el respeto a la autonomía, la justicia y la virtud de la veracidad enfrentan nuevos desafíos frente a la influencia de la tecnología y la comunicación mediada por algoritmos. En el ámbito de la autonomía, se evidenció la paradoja según la cual, a pesar de la percepción de libertad, las dinámicas digitales restringen las opciones informadas de los usuarios, comprometiendo su capacidad de autodeterminación. La justicia se abordó desde la perspectiva de una distribución equitativa de recursos y oportunidades, destacando cómo las vulnerabilidades estructurales acentúan las desigualdades en el acceso a la tecnología y a la información. Por último, la veracidad se estableció como un pilar indispensable para la confianza pública, aunque se ve comprometida en entornos saturados de desinformación, manipulación y ambigüedad informativa.
49 En conjunto, el capítulo no solo ilumina las tensiones éticas y bioéticas propias del contexto digital, sino que también traza un puente conceptual hacia los siguientes capítulos, donde se profundizará en el impacto de las plataformas digitales en la experiencia del usuario y en los mecanismos que condicionan su toma de decisiones. Esta reflexión inicial invita a repensar y adaptar los marcos bioéticos tradicionales ante las demandas y complejidades emergentes de la sociedad digital contemporánea. 10.2 Capítulo Dos: Redes sociales e interacción digital Tras haber examinado en el capítulo anterior cómo los principios bioéticos fundamentales —autonomía, justicia y veracidad— se ven tensados por las dinámicas digitales contemporáneas, este capítulo se adentra en el análisis de uno de los entornos más influyentes en dichas tensiones: las redes sociales. Estas plataformas constituyen no solo herramientas de interacción, sino también espacios donde se redefine la comunicación, la percepción del conocimiento y la experiencia colectiva de los usuarios. Las redes sociales han transformado radicalmente la manera en que las personas interactúan, acceden a la información y participan en la vida pública. En las últimas dos décadas, el auge de estas plataformas digitales ha reconfigurado las dinámicas de comunicación, facilitando la conexión global, pero también introduciendo desafíos sin precedentes en términos de privacidad, desinformación y justicia digital. Su creciente impacto en la sociedad es innegable: más del 60 % de la población mundial utiliza redes sociales, y se espera que su uso continúe en aumento en los próximos años. Este capítulo examina el fenómeno de las redes sociales desde una perspectiva bioética, considerando tanto su influencia en la autonomía de los usuarios como sus implicaciones en la construcción del conocimiento y en la interacción social. Se analizarán datos recientes sobre su penetración global, la
50 evolución de sus funciones y el papel que desempeñan en distintos ámbitos, desde la educación y la salud hasta el comercio y la política. Asimismo, se abordarán los efectos positivos y negativos de su uso, incluyendo la generación de comunidades de apoyo, la amplificación de la polarización y el impacto en la salud mental de los usuarios. En el contexto de la pandemia de COVID-19, las redes sociales demostraron su doble naturaleza: por un lado, fueron fundamentales para la comunicación, el trabajo remoto y el acceso a información sanitaria; por otro, también facilitaron la propagación de desinformación y teorías conspirativas. Esta dicotomía ha reavivado el debate sobre la responsabilidad de las plataformas digitales y la necesidad de una regulación ética que proteja a los usuarios sin comprometer la libertad de expresión. A medida que las redes sociales evolucionan, también lo hacen las preguntas éticas y bioéticas asociadas a su uso. En este capítulo, se explorará cómo estas plataformas no solo reflejan las dinámicas sociales actuales, sino que también las modelan activamente, influyendo en la percepción de la realidad, en la toma de decisiones y en la manera en que se construyen identidades y comunidades en el entorno digital. Con ello, se busca establecer un marco analítico que permita comprender los desafíos y oportunidades que surgen en la interacción digital contemporánea. 10.2.1 Panorama digital global y nacional Las redes sociales son plataformas digitales diseñadas para facilitar la comunicación, la conexión global y el intercambio de información entre los usuarios Su crecimiento exponencial ha transformado profundamente la manera en que las personas y organizaciones interactúan. Por ejemplo, Facebook reportó más de 850 millones de usuarios en todo el mundo ya en 2012 (Heidemann et al., 2012). Según datos más recientes, para 2023 aproximadamente el 58 % de la población global
51 utilizaba redes sociales, dedicando en promedio más de dos horas diarias a estas plataformas (Bandera-Quijano, 2024). Plataformas como Facebook, YouTube, X (antes Twitter), Instagram y LinkedIn han acumulado cientos de millones de usuarios activos mensuales, satisfaciendo necesidades diversas que van desde la interacción personal hasta el la creación de una red profesional que incluye usos comerciales (Tiganoaia et al., 2017). De acuerdo con el informe “Digital 2024” de We Are Social, en enero de 2024 el número de usuarios de redes sociales a nivel mundial superó los 5 mil millones, lo que equivale al 62.3 % de la población global. Facebook lidera con aproximadamente 3 mil millones de usuarios activos mensuales (Bertran, 2024); le siguen YouTube (2.5 mil millones), WhatsApp e Instagram (2 mil millones cada una) y TikTok, que ha experimentado un crecimiento notable, alcanzando 1.5 mil millones de usuarios (Sefici, 2024). Estas cifras reflejan una penetración significativa en la vida cotidiana global. Diversos estudios recientes han evidenciado cómo las redes sociales han evolucionado desde su función comunicativa inicial hacia modelos híbridos, combinando elementos de los medios tradicionales con formatos digitales (LópezRabadán, 2021; Storey et al., 2014). Esta transición ha modificado las formas de socialización, dando lugar a fenómenos como la “socialización por compañía”10 y a una aceleración notable de las interacciones (Lv & Zhang, 2024). Larsson (2015) identificó varios modos de comunicación en redes sociales, incluyendo la difusión masiva, la redistribución, la interacción directa y el reconocimiento de contenido. En mercadotecnia, el auge de estas plataformas ha incrementado la dependencia de modelos de interacción digital (Sood & Pattinson, 2012). Además, las personas tienden a organizar su entorno digital en función de sus estilos de vida, gestionando el uso de la tecnología para preservar la intimidad y establecer límites (Ozenc & Farnham, 2011). 10 La ‘socialización por compañía’ se refiere a interacciones digitales que no persiguen un fin comunicativo explícito, sino el acompañamiento simbólico entre usuarios conectados simultáneamente (Lv & Zhang, 2024).
52 El uso global de redes sociales continúa en ascenso. Se estima que Facebook podría alcanzar los 10 mil millones de usuarios para 2025, seguido de LinkedIn con 1.5 mil millones y Twitter con 750 millones (Jayaram et al., 2020), impulsado por una creciente accesibilidad a internet en todo el mundo (Meshi et al., 2015). En este contexto, estas plataformas también han asumido el rol de principal fuente de noticias, lo que ha incrementado tanto los presupuestos publicitarios como la participación de diversos sectores sociales (Studen & Tiberius, 2020). No obstante, persisten preocupaciones sobre adicción, efectos en la salud mental y uso problemático, particularmente entre adolescentes (Pellegrino et al., 2022). Estudios recientes han demostrado que las redes sociales pueden amplificar tanto comportamientos positivos como negativos, dependiendo del entorno, la intención y el contenido (Van Bavel et al., 2024). En este sentido, se anticipa que su evolución tendrá un impacto significativo sobre los individuos, las instituciones y el conocimiento mismo. En el siguiente gráfico se muestra el crecimiento de usuarios en redes sociales entre 2019 y 2024 (Silverio, 2025).
53 Comparación del Crecimiento de Usuarios en Redes Sociales (2019-2024) El patrón de uso de redes sociales varía según los grupos demográficos. Por ejemplo, los jóvenes tienden a pasar más tiempo conectados y adoptan una actitud más pasiva frente al contenido que los adultos mayores (Bonsaksen et al., 2024). Las mujeres, los adultos jóvenes y quienes tienen mayores niveles educativos o ingresos suelen ser más activos en redes sociales. Sin embargo, estas diferencias por edad son menos marcadas en regiones como América del Norte y Europa del Norte (Gil-Clavel & Zagheni, 2019). Las motivaciones también cambian con la edad: los jóvenes buscan entretenimiento y socialización, mientras que los adultos mayores priorizan la búsqueda de información (Koiranen et al., 2019). Algunos estudios incluso sugieren que la edad no influye significativamente en los fines generales del uso de estas plataformas (Parihar & Rai, 2020). Comprender estos patrones es fundamental para desarrollar estrategias digitales responsables y campañas de marketing éticamente informadas (Gambo & Özad, 2020; Jha et al., 2016). Desde una perspectiva económica, las redes sociales han reconfigurado los mercados digitales al mejorar la visibilidad de las marcas,
54 aumentar la participación del consumidor y facilitar la expansión hacia nuevos sectores. Se han convertido en un instrumento clave para impulsar ventas, fortalecer la lealtad de marca y dinamizar economías locales mediante el estímulo del gasto y la creación de empleo (Babatunde et al., 2023). Otro factor que ha favorecido la expansión es la penetración de dispositivos móviles. El uso de smartphones ha facilitado una conectividad constante y acceso intuitivo, lo que mejora la experiencia del usuario (Kim et al., 2013). Aun así, persisten barreras de accesibilidad, sobre todo en personas adultas mayores (Hafez et al., 2017). También existen diferencias entre el uso en zonas urbanas y rurales. En áreas rurales, los usuarios tienden a tener menos contactos en línea y más cercanos geográficamente; también usan de forma distinta las funciones de privacidad (Gilbert et al., 2010). Paradójicamente, la insatisfacción con la vida derivada del uso de redes sociales es mayor en zonas urbanas que en rurales (Shair et al., 2024). En conjunto, estos datos reflejan cómo las redes sociales se han consolidado como parte estructural de la vida contemporánea. Su constante evolución exige un análisis ético y bioético que permita entender su impacto sobre las decisiones individuales y colectivas. 10.2.1.1 Panorama nacional: México En México, el uso de redes sociales también ha crecido significativamente. Para enero de 2024, se contabilizaban alrededor de 90.2 millones de usuarios activos, lo que equivale al 70% de la población nacional (Kemp, 2024). A pesar de las oportunidades de conexión e innovación, el país enfrenta desafíos importantes en torno a la privacidad, la seguridad digital y la protección de datos (Seppä, 2008; Tiganoaia et al., 2017). La adopción tecnológica en México está influida por diversos factores. En el sector privado, muchas empresas consideran clave el uso de redes como Facebook
55 y WhatsApp, aunque su adopción puede verse limitada por falta de conocimiento o resistencia al cambio (Muñoz-Chávez et al., 2021). En el sector público, la implementación tecnológica ha seguido patrones de difusión de innovaciones, con diferencias entre regiones (Sandoval-Almazán & Valle-Cruz, 2021). Factores como actitud positiva hacia la tecnología, motivación y recursos disponibles impulsan su adopción; en cambio, la falta de infraestructura representa una barrera crítica (Erguera Guerreo, 2023). Los patrones de uso también presentan una dimensión socioeconómica: los jóvenes, especialmente los millennials11, son los principales usuarios, mientras que el nivel socioeconómico más alto se asocia con mayor acceso a internet y mayor diversidad de usos en redes sociales (Mulvey et al., 2019; Wang et al., 2015; Yates & Lockley, 2018). En cuanto a los desafíos éticos, la regulación en México enfrenta dificultades relacionadas con privacidad, inclusión, accesibilidad y gobernanza digital (Bertot et al., 2012). La rápida adopción de redes sociales ha desbordado los marcos regulatorios existentes, lo cual exige nuevas estrategias (Obar & Wildman, 2015). El acceso desigual a internet sigue siendo una barrera para la equidad digital. Las zonas rurales, especialmente en el sur del país, presentan menor conectividad debido a la carencia de infraestructura de telecomunicaciones (García-Mora & MoraRivera, 2021). Además, la brecha en habilidades digitales complica aún más la participación plena en entornos digitales (Van Deursen & Van Dijk, 2018). La pandemia de COVID-19 evidenció la urgencia de fortalecer tanto la alfabetización digital como el acceso a tecnología en comunidades marginadas (Camacho-Zúñiga et al., 2023). 11 Se considera "generación millennial" a las personas nacidas entre 1981 y 1996, quienes crecieron en la transición hacia la era digital y suelen ser más afines al uso de tecnologías de la información y redes sociales (Mulvey et al., 2019).
56 10.2.2 Empatía, comunidades e influencia digital Como se expuso en el apartado anterior, el crecimiento y penetración de las redes sociales han transformado la forma en que las personas se relacionan con la información, pero también con los demás. Este fenómeno tiene implicaciones directas sobre procesos cognitivos, emocionales y comunitarios que merecen un análisis bioético riguroso. Los investigadores han comenzado a explorar los procesos cognitivos y neuronales subyacentes asociados al uso de redes sociales. Estudios sugieren que estas plataformas pueden influir en la cognición social, alterando potencialmente la manera en que los individuos perciben e interactúan con su entorno (Meshi et al., 2015). A medida que las redes sociales continúan evolucionando, su papel dual como facilitadoras de conexiones y fuentes de desafíos éticos y bioéticos requiere atención constante. La investigación sobre el impacto de las redes sociales en la inteligencia emocional (IE) y la empatía ha arrojado resultados mixtos. Algunos estudios indican que un menor nivel de IE se asocia con un uso problemático de estas plataformas, especialmente entre adolescentes, quienes pueden presentar dificultades para regular emociones y mantener relaciones interpersonales saludables en entornos digitales. Sin embargo, otras investigaciones muestran que el uso de redes sociales puede correlacionarse positivamente con el desarrollo de la empatía, facilitando la mejora tanto de la empatía cognitiva como afectiva a lo largo del tiempo (Piccerillo & Digennaro, 2024; Süral et al., 2018). En contextos educativos, por ejemplo, las redes sociales pueden ser utilizadas estratégicamente para fortalecer habilidades empáticas, promoviendo la comprensión de perspectivas diversas y el pensamiento crítico ante situaciones sociales complejas (Anksorus & Bradley, 2020). El impacto de la tecnología digital en la sociabilidad es, sin embargo, complejo y matizado: para algunas personas, estas plataformas complementan y enriquecen sus relaciones presenciales; para otras, las sustituyen, reduciendo la interacción cara a cara y afectando la generación
57 de vínculos emocionales profundos (Waytz & Gray, 2018). En este sentido, los efectos de las redes sociales sobre la inteligencia emocional y la empatía dependen de múltiples factores, incluyendo los patrones de uso, las motivaciones personales y las características individuales de los usuarios (Gayatri & Kusumajati, 2024; Janani & Evan, 2024). Las comunidades digitales también han mostrado su potencial transformador al ofrecer espacios de apoyo, empoderamiento y visibilidad para poblaciones marginadas, como personas con enfermedades crónicas o que enfrentan desigualdades sociales (Bender et al., 2013; Dym et al., 2019). Un ejemplo significativo es PatientsLikeMe, una plataforma para personas con enfermedades como esclerosis múltiple o Parkinson, que promueve el intercambio de experiencias, el acceso a información relevante y el apoyo emocional (Lustria et al., 2009; Wicks et al., 2010, 2018). Estas comunidades fomentan la resiliencia frente a desafíos estructurales y culturales. No obstante, las mismas dinámicas que generan redes solidarias pueden también derivar en tribalismo digital y polarización, reforzando divisiones ideológicas y exclusión (Kaylor, 2019; Otieno, 2024). Estrategias como la moderación activa y el diseño de entornos de aprendizaje colaborativo han demostrado ser efectivas para fortalecer comunidades digitales inclusivas. Herramientas como blogs, wikis y foros en línea promueven la participación activa y el intercambio respetuoso de ideas, subrayando la importancia de un diseño reflexivo que priorice la inclusión y el respeto mutuo (Anderson & Lin, 2009; Doolan, 2006). En este ecosistema digital, los influencers12 se han convertido en actores clave. Se trata de individuos con una capacidad por encima del promedio para modelar percepciones y comportamientos, influyendo en ámbitos como la salud, la política y el consumo (Yefanov, 2022; Cornwell & Katz, 2020). Durante la pandemia, 12 El término influencer suele referirse a personas que, mediante su presencia activa y continua en redes sociales, logran influir en las opiniones, decisiones o comportamientos de sus audiencias. Esta influencia puede extenderse a temas como el consumo, la salud o la política, y está mediada por algoritmos que amplifican su visibilidad (González-Díaz & Quintas-Froufe, 2024; Laestadius et al., 2024).
64 2018). Esto evidencia que las normas digitales pueden ser herramientas poderosas de persuasión, con profundas implicaciones éticas. Finalmente, las plataformas emergentes están reformulando las dinámicas de interacción. BeReal16, por ejemplo, privilegia la autenticidad sobre la curaduría de imagen, mientras que el metaverso abre nuevas posibilidades para la socialización inmersiva. Estas transformaciones han generado un equilibrio delicado entre conexión colectiva y privacidad individual (Johnson & Kane, 2015; Sahlin, 2015). Aunque permiten una difusión ágil de información y fortalecen el apoyo social (Hajli et al., 2014), también han sido señaladas por facilitar la circulación de contenido poco confiable. Facebook, en particular, ha mostrado menor credibilidad frente a medios tradicionales, aunque esta percepción puede cambiar cuando el contenido incluye enlaces a fuentes verificables (Karlsen & Aalberg, 2021; Halbach et al., 2023; Fišer & Držanič, 2021). Así, el análisis de estas dinámicas sienta las bases para el siguiente capítulo, en el que se abordará la arquitectura algorítmica y los mecanismos de persuasión en redes sociales, fundamentales para comprender la experiencia digital contemporánea desde una perspectiva bioética. 10.2.5 Conclusión Capítulo Dos Este capítulo ha permitido comprender la profunda transformación que las redes sociales han generado en la interacción digital y en la construcción del conocimiento en la sociedad contemporánea. A lo largo del texto, se ha destacado cómo estas plataformas han facilitado la conectividad global, pero también han 16 BeReal es una red social que propone un modelo alternativo al de plataformas tradicionales: invita a los usuarios a publicar una foto diaria sin filtros, en un momento aleatorio, promoviendo contenido espontáneo y sin edición (Halbach et al., 2023).
65 introducido desafíos bioéticos significativos, particularmente en términos de autonomía, credibilidad de la información y equidad en el acceso a los datos. Se evidenció que las redes sociales operan como un espacio híbrido donde convergen tanto oportunidades de participación ciudadana como riesgos asociados a la desinformación, la manipulación algorítmica y la pérdida de privacidad. La evolución de estas plataformas ha puesto de manifiesto una tensión entre la autonomía del usuario y las dinámicas de control ejercidas por los algoritmos de personalización de contenido. Este fenómeno no solo influye en las decisiones individuales, sino que también incide en la polarización del discurso público y en la fragmentación del conocimiento. Asimismo, se analizó el papel de las redes sociales en la construcción de comunidades digitales, destacando su potencial para generar vínculos de empatía, apoyo emocional y pertenencia, especialmente entre grupos históricamente vulnerados. La interacción constante mediante microacciones —como los "me gusta", los comentarios y las comparticiones— ha transformado la forma en que las personas validan socialmente sus ideas e identidades en línea, creando nuevas formas de reciprocidad y cohesión digital. Sin embargo, también se reconocieron los riesgos de estas dinámicas, como la presión por la aprobación, la comparación social y la exposición a discursos polarizantes. Además, se abordó cómo las redes sociales han modificado el lenguaje digital y las formas de comunicación cotidiana, permitiendo expresiones más visuales, emocionales y fragmentadas, con implicaciones éticas sobre la autenticidad, la privacidad y la representación. Figuras como los influencers, por su parte, han adquirido un poder significativo en la configuración de percepciones y decisiones colectivas, planteando nuevos retos bioéticos relacionados con la responsabilidad, la veracidad y la regulación de sus contenidos. La comprensión de estas problemáticas no solo es relevante en el análisis del impacto de las redes sociales, sino que también sienta las bases para el siguiente capítulo, donde se profundizará en la arquitectura algorítmica y los
66 mecanismos de persuasión en plataformas digitales. Este puente conceptual permitirá entender cómo los algoritmos modelan las percepciones, decisiones y comportamientos de los usuarios en la esfera digital, ampliando la discusión sobre los desafíos bioéticos en la era de la inteligencia artificial y la automatización del contenido. 10.3 Capítulo Tres: Arquitectura, Persuasión y Regulación de Redes Sociales Como continuación del análisis sobre el impacto de las redes sociales en la interacción digital y la construcción del conocimiento, este capítulo se adentra en las estructuras invisibles que modelan la experiencia del usuario en plataformas digitales: los algoritmos. Lejos de ser meras herramientas neutrales para la organización de contenidos, los algoritmos operan como mecanismos activos de influencia que moldean percepciones, decisiones y comportamientos. Dinámicas como las burbujas de filtro, las cámaras de eco y los bucles de retroalimentación no solo afectan la diversidad informativa, sino que también refuerzan sesgos preexistentes, comprometiendo la autonomía y la pluralidad del pensamiento. Estas estructuras invisibles generan implicaciones éticas y bioéticas profundas. La opacidad algorítmica —es decir, la falta de comprensión sobre cómo operan y deciden estos sistemas— plantea interrogantes en torno a la transparencia, la equidad, la responsabilidad y la confianza en los entornos digitales. A su vez, las prácticas persuasivas utilizadas por las plataformas, tanto explícitas como implícitas, abren un debate sobre los límites entre la recomendación personalizada y la manipulación encubierta. Este capítulo tiene como objetivo esclarecer las complejidades de la arquitectura digital contemporánea, abordando tanto sus fundamentos técnicos como sus efectos en los valores bioéticos tradicionales. Asimismo, se analizan los
67 esfuerzos actuales de regulación y gobernanza ética, considerando los dilemas que emergen entre la protección del usuario, la libertad de expresión y los intereses comerciales de las plataformas. Con ello, se establece un puente conceptual hacia el capítulo siguiente, centrado en la percepción de los usuarios frente a estas tecnologías y en cómo interpretan, resisten o interiorizan sus efectos en contextos como la pandemia de COVID-19. 10.3.1 Modelos estructurales y funcionamiento de los algoritmos Para comprender cómo las redes sociales influyen en la percepción y el comportamiento de los usuarios, es necesario explorar primero los modelos estructurales que sustentan su funcionamiento. Los algoritmos de recomendación, piedra angular de estas plataformas, utilizan diversas estrategias para ofrecer contenido personalizado. Por ejemplo, plataformas como Netflix emplean sistemas de filtrado colaborativo y basado en contenido para recomendar películas y series en función del historial de visualización de los usuarios y las preferencias de otros con gustos similares (Chinivar, 2022; Nair & Trehan, 2024). Spotify utiliza modelos de aprendizaje automático para sugerir listas de reproducción personalizadas, adaptándose a los cambios en las preferencias musicales a lo largo del tiempo (Nair & Trehan, 2024). En el caso de Amazon, los algoritmos analizan patrones de compra y navegación para presentar productos relevantes, optimizando así la experiencia del usuario y promoviendo ventas adicionales (Blake, 2017; Linden et al., 2003). Estas aplicaciones prácticas muestran cómo diferentes enfoques algorítmicos convergen para mejorar la personalización y el compromiso del usuario en diversos contextos digitales. El filtrado basado en contenido de las redes sociales analiza la actividad y preferencias del usuario para sugerir elementos coincidentes, permitiendo a las
68 plataformas anticipar los intereses individuales basándose en el historial de navegación y comportamiento (Hashim & Waden, 2023). Por otro lado, el filtrado colaborativo se basa en similitudes entre usuarios y relaciones entre elementos, con enfoques basados en usuarios y en elementos ampliamente utilizados (Dou et al., 2016). Esta metodología es eficaz para aprovechar patrones colectivos, aunque puede fallar en la personalización extrema, que se refiere a situaciones donde los algoritmos intentan adaptar las recomendaciones de manera demasiado específica, lo que puede limitar su efectividad. Por ejemplo, en casos donde las preferencias de un usuario son únicas y no coinciden con las de otros, o cuando los algoritmos se ajustan demasiado a patrones específicos, sacrificando diversidad y relevancia (Chinivar, 2022). Los sistemas de recomendación social, por otro lado, incorporan información de redes sociales considerando relaciones y comportamientos de los usuarios (Wang et al., 2012; Zafarani et al., 2014). Esta integración permite mejorar las recomendaciones al basarse en redes de confianza. Además, se emplean algoritmos basados en confianza para abordar problemas de “inicio frío”, es decir, situaciones en las que no hay suficiente información sobre un usuario o elemento nuevo para generar recomendaciones precisas. Aunque efectivos en ciertos casos, estos algoritmos dependen en gran medida de la calidad de los datos disponibles (Kasaraneni & Suresh, 2023). Además, los enfoques basados en cyber-amigos (o amigos digitales), utilizan las conexiones entre los usuarios para generar recomendaciones personalizadas, mientras que técnicas avanzadas como la factorización de matrices y el aprendizaje profundo ayudan a identificar patrones más complejos en los datos. La factorización de matrices descompone grandes conjuntos de datos en componentes más pequeños, permitiendo descubrir relaciones ocultas entre usuarios y elementos. Por su parte, el aprendizaje profundo utiliza modelos avanzados de análisis de datos para procesar grandes volúmenes de información y hacer predicciones más precisas, adaptándose incluso a escenarios cambiantes. Estas técnicas han demostrado ser efectivas para aumentar la precisión y relevancia de las
69 recomendaciones (Tang et al., 2014). Estos sistemas enfrentan desafíos como la escasez de datos y la escalabilidad, pero evolucionan constantemente para mejorar la experiencia y el compromiso de los usuarios (Sperlì et al., 2018). Como se mencionó previamente, los sistemas de recomendación en plataformas de redes sociales funcionan en un ciclo continuo, conocido como “bucles de retroalimentación”17. En este proceso, las recomendaciones influyen en las elecciones de los usuarios, y estas elecciones, a su vez, afectan las futuras recomendaciones. Esto puede generar sesgos como la promoción excesiva de contenido popular o la formación de "cámaras de eco”18 que limitan la diversidad de opciones (Jiang et al., 2019; Mansoury et al., 2020). Para solucionar estos problemas, se han desarrollado técnicas que rompen estos ciclos y corrigen los sesgos para mejorar la calidad de las recomendaciones (Krauth et al., 2022; Pan et al., 2021). Comprender las preferencias de los usuarios y representarlas con precisión es esencial para optimizar los sistemas de recomendación (Jawaheer et al., 2014) y para crear modelos que reflejen fielmente los intereses y necesidades del usuario. El uso de algoritmos en redes sociales presenta retos éticos al implicar decisiones automatizadas que pueden afectar la autonomía de los usuarios. Estos sistemas influyen en diversos aspectos de las interacciones en línea, desde la personalización del contenido hasta la distribución de noticias (Rubel et al., 2021). Aunque los usuarios demuestran cierta conciencia sobre el funcionamiento de los algoritmos, su percepción del impacto en su autonomía personal varía significativamente (Dogruel et al., 2020). Este contexto plantea dilemas éticos, como la reducción de la capacidad de los usuarios para tomar decisiones independientes y el refuerzo de dinámicas de manipulación (Delacroix, 2020). Tales desafíos 17 Los bucles de retroalimentación algorítmica se refieren a dinámicas en las que los sistemas de recomendación influyen en las elecciones de los usuarios, y esas elecciones, a su vez, refuerzan las recomendaciones futuras, reduciendo la diversidad de contenidos y profundizando los sesgos. (Mansoury et al., 2020). 18 Las cámaras de eco son entornos informativos donde los usuarios están expuestos predominantemente a opiniones que refuerzan sus creencias previas, lo que reduce la diversidad de perspectivas y puede contribuir a la polarización. Véase Jiang et al. (2019).
70 subrayan la necesidad de medidas regulatorias y de investigación adicional para proteger la autonomía de los usuarios en un entorno digital crecientemente algorítmico. En este contexto, la opacidad algorítmica 19en los sistemas de moderación de contenido y personalización presenta uno de los desafíos bioéticos más complejos. Esta condición —caracterizada por la falta de comprensión, acceso o auditabilidad de los procesos internos de los algoritmos— limita la transparencia, obstaculiza la rendición de cuentas y dificulta el control ético sobre sistemas automatizados (Eslami et al., 2019; Naher & Kim, 2020). Diversos autores han identificado al menos tres formas de opacidad: la secrecía intencional por parte de los diseñadores, la falta de alfabetización técnica entre los usuarios y la complejidad intrínseca de los modelos avanzados, como los de aprendizaje profundo20 (Burrell, 2016). Estas formas de opacidad tienen implicaciones éticas profundas en relación con la equidad, la responsabilidad y la gobernanza digital (Gorwa et al., 2020). Además, se ha observado que estos sistemas pueden amplificar sesgos, reforzar discriminaciones preexistentes y consolidar relaciones de poder asimétricas entre plataformas y usuarios (Lepri et al., 2017). La percepción que los usuarios tienen de esta opacidad está mediada por su nivel de alfabetización digital, el grado de participación en las plataformas y los beneficios que perciben al utilizar estos sistemas (Eslami et al., 2019). Frente a estos riesgos, se han propuesto mecanismos como la auditoría algorítmica21 19 La opacidad algorítmica es la condición en la que los procesos internos de un algoritmo no son comprensibles, accesibles ni auditables por los usuarios o incluso los desarrolladores. Esta puede deberse a decisiones estratégicas de secretismo, a la falta de alfabetización técnica del público o a la complejidad propia de los modelos avanzados, como el aprendizaje profundo (Burrell, 2016). 20 El aprendizaje profundo es una rama del aprendizaje automático que utiliza redes neuronales con múltiples capas para detectar patrones complejos en grandes volúmenes de datos. Su creciente uso en algoritmos de recomendación permite personalizaciones más precisas, aunque también incrementa la opacidad algorítmica (Tang et al. 2014). 21 La auditoría algorítmica consiste en la evaluación sistemática de algoritmos para identificar sesgos, fallos o impactos sociales no deseados, y busca garantizar que su funcionamiento sea justo, transparente y alineado con principios éticos (Mittelstadt, 2016)
71 (Mittelstadt, 2016), el desarrollo de sistemas explicables y la implementación de marcos de decisión más equitativos. Sin embargo, algunos expertos advierten que la transparencia total en ciertos modelos, como los basados en aprendizaje profundo, podría ser técnicamente inalcanzable (Chesterman, 2020). Por ello, se enfatiza la necesidad de modelos de rendición de cuentas que reconozcan dichas limitaciones estructurales y promuevan enfoques inclusivos (Ananny & Crawford, 2016). Ejemplos recientes reflejan la relevancia de este problema. En Instagram, algunos usuarios reportaron sentirse excluidos o manipulados por algoritmos que priorizaban ciertos contenidos sin explicación aparente, lo que generó desconfianza hacia la plataforma (Friedersdorf, 2024). En YouTube, los algoritmos de recomendación privilegiaron contenido extremo por su capacidad de capturar atención y prolongar el tiempo de visualización. Este diseño algorítmico favoreció la polarización, exponiendo a los usuarios a perspectivas cada vez más sesgadas y afectando negativamente su experiencia informativa (Tufekci, 2018). Otro desafío ético emergente es la personalización dinámica, definida como el ajuste en tiempo real del contenido o servicios digitales con base en los comportamientos y preferencias actualizadas del usuario (Malheiro et al., 2011; Ragnhild et al., 2023). Aunque esta práctica busca optimizar la experiencia de navegación, también plantea riesgos importantes: disminución de la autonomía, manipulación conductual, generación de burbujas de filtro y afectación a la privacidad (Parfeniuk, 2024; Reviglio Della Venaria, 2021). Particularmente preocupante es el hecho de que estos sistemas pueden recolectar e inferir datos sensibles sin consentimiento informado, e incluso identificar a los usuarios a través de patrones únicos de comportamiento, como la ubicación o los horarios de actividad (Kumar & Nanda, 2019). Además, los algoritmos pueden reproducir sesgos históricos al optimizar sus resultados, lo que conduce a discriminaciones indirectas en campañas publicitarias, oportunidades laborales o educativas, profundizando desigualdades ya existentes.
72 La falta de transparencia en los criterios de selección, organización y priorización de contenidos también genera tensiones con principios como la privacidad, la equidad y la libertad de información. Este dilema ha impulsado propuestas para que las plataformas adopten códigos éticos y asuman una mayor responsabilidad editorial (Koene et al., 2017). En el ámbito del periodismo, este fenómeno cuestiona la noción tradicional de ofrecer contenido uniforme y plantea la necesidad de nuevas estrategias de distribución responsable (Rydenfelt et al., 2022). Diseñar interfaces algorítmicas transparentes y comprensibles es, por tanto, un desafío clave. El equilibrio entre accesibilidad y profundidad técnica es delicado: demasiada información técnica puede alienar al usuario, mientras que la falta de información erosiona la confianza. Una propuesta para resolver este problema es la experimentación lúdica, que mediante tutoriales interactivos, simulaciones o herramientas de ajuste permite al usuario explorar los efectos del algoritmo sobre su contenido (Showkat, 2021). Este enfoque fortalece la comprensión, fomenta la participación activa y mejora la percepción de control. Otras estrategias relevantes son la transparencia multinivel —que distingue entre explicabilidad para usuarios y auditabilidad para terceros— (Springer & Whittaker, 2019), y la divulgación progresiva, que ofrece explicaciones sencillas al principio y, si es necesario, información técnica más detallada (Springer & Whittaker, 2018). También se ha planteado el concepto de “experiencia algorítmica”, donde la percepción de justicia y comprensión se vuelve esencial para la aceptación de los sistemas (Shin et al., 2020). Sin embargo, todas estas propuestas enfrentan barreras en el ámbito corporativo. Las empresas argumentan que una mayor transparencia puede poner en riesgo la propiedad intelectual de sus modelos o afectar la rentabilidad. Esta tensión entre apertura informativa y protección comercial representa uno de los dilemas éticos más apremiantes en la regulación de algoritmos (Pasquale, 2015).
73 Finalmente, estudios empíricos han demostrado que la transparencia equilibrada influye significativamente en la confianza del usuario. La explicabilidad, por ejemplo, tiene mayor impacto que la mera accesibilidad a los datos técnicos (Grimmelikhuijsen, 2022), y el exceso o la escasez de información puede disminuir la credibilidad del sistema (Kizilcec, 2016). En contextos como las aplicaciones de rastreo de contactos, la transparencia ha demostrado aumentar su adopción y eficacia (Bitzer et al., 2021), y en plataformas de búsqueda o moderación de contenido, mejora la percepción de utilidad y equidad (Shin, 2020). No obstante, la forma en que los usuarios responden a estos niveles de transparencia depende en gran medida de su interacción previa con la plataforma y del valor que perciben al usarla (Eslami et al., 2019). 10.3.2 Personalización de contenido: burbujas de filtro y cámaras de eco La noción de burbujas de filtro y cámaras de eco plantea que los algoritmos de las plataformas digitales priorizan contenidos alineados con las creencias del usuario, limitando la exposición a perspectivas diversas (Brugnoli et al., 2019; Lim, 2020). Esta hipótesis, sin embargo, ha sido matizada por estudios que subrayan el rol activo del comportamiento del usuario. Flaxman, Goel y Rao (2016), por ejemplo, encontraron que, aunque las plataformas digitales amplían el acceso a información variada, las personas tienden a consumir contenidos acordes a sus preferencias ideológicas. De forma complementaria, Ross Arguedas et al. (2022) sostienen que los efectos polarizantes no dependen únicamente del diseño algorítmico, sino de la interacción entre la arquitectura digital y las decisiones individuales. Este enfoque, más empírico y complejo, permite un análisis bioético más equilibrado al reconocer que los riesgos de polarización surgen de la ecología digital en su conjunto. Las burbujas de filtro y cámaras de eco se consolidan cuando los algoritmos refuerzan las creencias previas de los usuarios, reduciendo así su exposición a puntos de vista distintos (Brugnoli et al., 2019). Un ejemplo representativo se observa en plataformas como Facebook, donde los algoritmos priorizan
80 implicaciones éticas de la IA en contextos de bajos ingresos y en sistemas de salud desiguales (Ho & Malpani, 2022). Las herramientas algorítmicas aplicadas a la atención médica enfrentan desafíos importantes en términos de privacidad, equidad y resultados justos. La integración de sistemas de IA plantea dilemas sobre la autonomía de los pacientes, la integridad de los datos clínicos y la posible reproducción de desigualdades en diagnóstico y tratamiento (Williamson & Prybutok, 2024). Los sesgos algorítmicos en modelos clínicos pueden amplificar las brechas preexistentes en distintos grupos poblacionales (Chen et al., 2023). Para mitigar estos efectos, se ha recomendado aplicar principios éticos a lo largo de todo el ciclo de vida de los algoritmos, incluyendo mecanismos de auditoría, participación comunitaria y obligaciones claras de responsabilidad (Chin et al., 2023). 10.3.3.1 Regulación de influencers y algoritmos En este panorama regulatorio aún en construcción, un aspecto que ha ganado creciente relevancia es el papel de los influencers y su visibilidad amplificada por algoritmos en redes sociales. Particularmente en temas de salud, esta amplificación no solo plantea desafíos en términos de veracidad y responsabilidad, sino que también revela vacíos normativos que dificultan la supervisión de contenidos con potencial impacto en la salud pública. Por ello, resulta indispensable examinar cómo las regulaciones actuales —o su ausencia— abordan la interacción entre algoritmos e influencers, así como las implicaciones éticas de dicha relación. A nivel internacional, la regulación sobre la amplificación algorítmica23 del contenido generado por influencers, especialmente en temas de salud, sigue siendo limitada y fragmentada. Si bien algunos países han emitido guías o promovido esquemas de autorregulación que fomentan la transparencia en la publicidad 23 La amplificación algorítmica se refiere al proceso mediante el cual los algoritmos priorizan la visibilidad de ciertos contenidos, como los de influencers, en función de su potencial de interacción, lo cual puede potenciar efectos de polarización o desinformación si no se regula adecuadamente (Laestadius et al., 2024; Gell et al., 2023).
81 realizada por influencers (González-Díaz & Quintas-Froufe, 2024), persiste la ausencia de una legislación integral que contemple específicamente los mecanismos algorítmicos que amplifican sus contenidos. Entre los principales desafíos se encuentran la falta de una definición estándar de influencer, la dificultad para identificar contenido comercial disfrazado de contenido orgánico y la necesidad de acuerdos regulatorios transfronterizos (Riefa & Tolnov Clausen, 2019). Particularmente en el ámbito de la salud, se han manifestado preocupaciones respecto a la difusión de consejos inexactos o potencialmente perjudiciales por parte de influencers sin formación profesional en medicina o ciencias de la salud, sobre todo en temas como nutrición y fertilidad (Laestadius et al., 2024). Frente a estos riesgos, se han propuesto estrategias como fortalecer la alfabetización mediática del público y adaptar los marcos normativos a las especificidades de las redes sociales digitales (Gell et al., 2023). En el caso de México, la amplificación algorítmica de contenidos generados por influencers en salud plantea implicaciones legales y éticas relevantes. Durante la pandemia de COVID-19, se documentaron campañas organizadas en redes sociales para influir en la opinión pública mediante estrategias de comunicación digital no siempre transparentes (Piña-García & Espinoza, 2022). Además, la promoción de servicios de salud por parte de influencers ha suscitado cuestionamientos por posibles conflictos de interés y por la falta de cumplimiento de las regulaciones publicitarias aplicables (Polyakov et al., 2023). Un fenómeno relevante en este contexto es que, en plataformas como Instagram, el contenido relacionado con salud tiende a privilegiar valores estéticos por encima de enfoques preventivos basados en evidencia científica (PicazoSánchez et al., 2022). Esta estetización de la salud puede distorsionar la percepción colectiva, al vincular el bienestar con ideales de belleza inalcanzables, en detrimento de mensajes de promoción de la salud pública. Como resultado, se limita la eficacia de las campañas preventivas al desplazar la atención hacia narrativas aspiracionales que no responden a criterios biomédicos. En este escenario, se hace
82 necesaria la actualización de los marcos jurídicos y la elaboración de lineamientos éticos específicos que regulen la comunicación digital en salud dentro del ecosistema de redes sociales. 10.3.3.2 Ley de Servicios Digitales Como parte de los esfuerzos regulatorios recientes para enfrentar los desafíos planteados por los algoritmos en entornos digitales, la Ley de Servicios Digitales (DSA, por sus siglas en inglés) es una regulación integral de la Unión Europea (UE) que busca garantizar la equidad, la confianza y la seguridad en el entorno digital (Husovec & Roche Laguna, 2022). Se aplica a diversos intermediarios en línea, incluídas las plataformas de redes sociales, los mercados digitales y los motores de búsqueda (Wilman et al., 2024). La DSA mantiene las exenciones de responsabilidad para los intermediarios, pero introduce obligaciones de diligencia debida, particularmente para las plataformas muy grandes (Husovec & Roche Laguna, 2022). Aborda contenido ilegal, transparencia y prácticas publicitarias (Pehlivan & Church, 2023). La DSA forma parte de un paquete de reformas digitales más amplio, que incluye la Ley de Mercados Digitales (DMA, por sus siglas en inglés), orientada a las “plataformas guardianas24" (Chiarella, 2022). Estas plataformas guardianas son aquellas que actúan como intermediarios clave en los ecosistemas digitales, controlando puntos de acceso esenciales entre los usuarios y los servicios en línea. Ejemplos incluyen grandes motores de búsqueda (como Google), redes sociales dominantes (como Facebook Meta) y mercados globales que concentran gran parte del tráfico en línea. La DMA busca garantizar que estas plataformas no abusen de su posición dominante, promoviendo una competencia más justa y una mayor transparencia. Si bien la DSA busca proteger los derechos fundamentales y promover la soberanía digital, entendida como la capacidad de un país o región para 24 El término “plataformas guardianas” son entidades digitales que ejercen influencia estructural sobre la circulación de información digital. Esta categoría ha sido reconocida en los marcos regulatorios europeos como la Ley de Mercados Digitales (DMA), en un intento por limitar prácticas abusivas y promover competencia justa (Chiarella, 2022; Ponce, 2020a).
83 ejercer control y autonomía sobre sus recursos digitales, infraestructura tecnológica y datos, ha enfrentado interpretaciones contrastantes por parte de los actores involucrados (Turillazzi et al., 2023). Se espera que esta ley tenga un impacto significativo en la gobernanza de Internet a nivel global (Ponce, 2020a). La DSA requiere que las plataformas presenten Declaraciones de Motivos (SoRs, por sus siglas en inglés) a una Base de Datos Centralizada de Transparencia para cada acción de moderación tomada en la Unión Europea (Drolsbach & Pröllochs). Esta base de datos permite un análisis de las prácticas de moderación de contenido de las plataformas (Trujillo et al., 2023). La DSA mantiene exenciones de responsabilidad para los intermediarios en línea, pero introduce obligaciones de diligencia centradas en el proceso y el diseño más que en el contenido, basadas en el tamaño de la plataforma y su relevancia social (Husovec & Roche Laguna, 2022), y destaca la necesidad de una transparencia comprensible y adaptada a la audiencia (Kosters & Gstrein, 2024). Sin embargo, el cumplimiento sigue siendo problemático, ya que las plataformas muestran diferencias sustanciales en sus acciones de moderación e informes (Peguera, 2022; Trujillo et al., 2023). La DSA presenta también desafíos significativos para las empresas que buscan cumplir con sus requisitos. Las plataformas más pequeñas enfrentan preocupaciones de cumplimiento, particularmente en cuanto a la evaluación y mitigación de riesgos (Griffin & Vander Maelen, 2023). Las empresas fuera de la UE, especialmente las originarias de China, enfrentan obstáculos adicionales en el cumplimiento de la DSA (Schledt & Wegmann, 2024). Esto se debe a varias razones, incluyendo las diferencias en los marcos regulatorios y estándares entre regiones, lo que genera barreras de adaptación. Estas empresas deben ajustar sus prácticas para cumplir con normativas estrictas y específicas, distintas a las de sus países de origen. Además, los requisitos de transparencia y acceso a datos impuestos por la DSA pueden entrar en conflicto con las políticas locales de privacidad y regulación, como sucede en China. Por otro lado, el costo y la complejidad de implementar auditorías independientes, realizar evaluaciones de riesgos y garantizar la interoperabilidad tecnológica representan desafíos
84 significativos. Estos factores colocan a las empresas no europeas en una posición de desventaja competitiva frente a sus homólogos europeos. La ley busca abordar problemas como la discriminación algorítmica, la protección de datos y los derechos del consumidor (Argelich-Comelles, 2023). Para implementar la DSA de manera efectiva, es necesario superar las restricciones de acceso a los datos (Nonnecke & Carlton, 2022), un tema especialmente delicado en contextos transnacionales. Las soluciones propuestas incluyen el seguimiento de códigos de conducta para guiar la interpretación e implementación de las normas (Griffin & Vander Maelen, 2023), así como el desarrollo de una API (Interfaz de Programación de Aplicaciones) de cumplimiento legal (Goanta et al., 2022). Esta herramienta tecnológica permitiría automatizar procesos como la presentación de informes, la verificación del cumplimiento normativo y el acceso a datos relevantes, facilitando la aplicación de las disposiciones legales. Junto con la DMA, la DSA representa un paso significativo en la regulación de plataformas digitales dentro de la UE, y se proyecta como un modelo de referencia para otras jurisdicciones (Wagner et al., 2021). Los principios establecidos por esta legislación podrían ser valiosos para regiones como América Latina, donde ya se han emulado marcos europeos como el RGPD (Carrillo & Jackson, 2022). Aunque persisten interpretaciones encontradas (Turillazzi et al., 2023), el objetivo de la DSA de promover soberanía digital y proteger derechos fundamentales podría inspirar políticas similares en México y otros países de la región (Ponce, 2020b; Husovec, 2023). 10.3.4 Conclusión Capítulo Tres Este capítulo ha evidenciado el papel estructurante que desempeñan los algoritmos en las dinámicas de interacción en redes sociales. A través del análisis de la personalización de contenidos, las burbujas de filtro y las cámaras de eco, se ha mostrado cómo estas tecnologías no solo organizan el flujo de información, sino
85 que también moldean activamente las percepciones, emociones y decisiones de los usuarios, afectando su autonomía informativa y su capacidad crítica. Tal como se abordó en las secciones previas, la opacidad algorítmica representa un obstáculo clave para la rendición de cuentas y el escrutinio público. Esta falta de transparencia, especialmente en sistemas automatizados que deciden qué contenidos mostrar o suprimir, limita la posibilidad de los usuarios de comprender, cuestionar o resistir las lógicas de clasificación y priorización de información. En consecuencia, se reproducen sesgos, se refuerzan dinámicas de persuasión y se amplifican fenómenos como la polarización y la desinformación. Desde una perspectiva bioética, se ha destacado la urgencia de articular principios como la justicia informacional, la equidad algorítmica y la autonomía digital en los marcos regulatorios que buscan gobernar estas tecnologías. La revisión de marcos normativos como la Ley de Servicios Digitales (DSA) y el debate sobre la regulación de influencers y contenidos de salud, ilustran la creciente preocupación global por garantizar una gobernanza ética de los entornos digitales. Estos hallazgos no solo son relevantes en abstracto, sino que adquieren una especial densidad cuando se observan bajo condiciones críticas como las de una emergencia sanitaria. Por ello, el siguiente capítulo se enfocará en la percepción de los usuarios durante la pandemia de COVID-19, analizando cómo los marcos algorítmicos inciden en la forma en que las personas accedieron, procesaron y confiaron en la información disponible. Este análisis permitirá explorar con mayor profundidad las implicaciones éticas y cognitivas de la comunicación digital en contextos de incertidumbre colectiva.
86 10.4 Capítulo Cuatro: Percepción de los Usuarios Durante la Pandemia Tras haber examinado en el capítulo anterior cómo la arquitectura algorítmica de las redes sociales influye en la distribución de contenidos y en la configuración de entornos digitales persuasivos, este capítulo se centra en el modo en que los usuarios percibieron y procesaron esa información en un contexto crítico: la pandemia de COVID-19. Se exploran aquí los factores psicológicos, cognitivos y contextuales que moldearon la interpretación y propagación de contenidos digitales, con especial atención a cómo esta percepción afectó la toma de decisiones en temas sensibles como la vacunación y las medidas de prevención. La pandemia representó un punto de inflexión en el consumo de información, generando una sobrecarga de datos que dificultó la distinción entre contenido verificado y desinformación. En este escenario, las redes sociales se convirtieron en la principal fuente informativa para millones de personas, moldeando actitudes, decisiones y comportamientos en torno a la crisis sanitaria. No obstante, este acceso masivo a la información también exacerbó fenómenos como la infodemia, la polarización y la viralización de datos engañosos, lo que pudo afectar la percepción de los usuarios, y, por lo tanto, la toma de decisiones individuales y colectivas en temas críticos como la vacunación y las medidas de prevención. Desde una perspectiva bioética, comprender la percepción del usuario es esencial para evaluar el impacto de la tecnología en la autonomía informativa y la capacidad de discernimiento. Este capítulo analiza la interacción entre sesgos cognitivos, emociones y confianza en las fuentes digitales, considerando cómo estos elementos influyeron en la aceptación o rechazo de información durante la pandemia. Además, se examinan las implicaciones sociales de la infodemia y las desigualdades en el acceso a información confiable.
87 10.4.1 Factores clave en la percepción de la información digital Los sesgos cognitivos son errores sistemáticos en el juicio humano que ocurren cuando las personas procesan información de manera automática e intuitiva, sin un análisis completamente racional. Estos sesgos afectan la forma en que interpretamos, recordamos y reaccionamos ante la información digital, especialmente en contextos de alta incertidumbre, como durante la pandemia de COVID-19. Aunque son mecanismos que simplifican la toma de decisiones, también pueden conducir a interpretaciones erróneas de la realidad (Pronin, 2007). Un ejemplo claro es el sesgo de confirmación, que describe la tendencia a buscar, interpretar y recordar información que confirma creencias preexistentes, mientras se ignora o descarta evidencia contraria (Ling, 2020). Por ejemplo, una persona que desconfía de las vacunas tenderá a buscar publicaciones en redes sociales que respalden esa postura, ignorando estudios científicos que validen su eficacia. Este sesgo contribuye a la creación de "cámaras de eco" digitales, descritas en el capítulo anterior, donde los usuarios están expuestos solo a información que reafirma su perspectiva (Klebba & Winter, 2023; Modgil et al., 2021). Para contrarrestar este fenómeno, se han propuesto estrategias como etiquetas de advertencia en contenidos tendenciosos y la promoción de la exposición a información diversa (Rieger et al., 2023). Otro sesgo relevante es el de disponibilidad, que ocurre cuando se emiten juicios basados en información más accesible o fácil de recordar, sin considerar datos representativos (Elston, 2023; Taylor, 1982). En redes sociales, esto puede llevar a sobreestimar eventos negativos, como efectos secundarios de vacunas, simplemente por su mayor presencia o viralidad. Los algoritmos exacerban el problema al priorizar contenido emocional o controvertido, amplificando la desinformación (Tversky & Kahneman, 1973; Zollo, 2019). La exposición repetida a información errónea también puede aumentar la percepción de su prevalencia (Okoro et al., 2024).
88 La disonancia cognitiva también desempeña un rol clave. Se refiere al malestar que surge cuando una persona enfrenta información que contradice sus creencias o acciones previas. Durante la pandemia, individuos que inicialmente rechazaban medidas preventivas como mascarillas o vacunas, justificaron su postura buscando información que desacreditara esas medidas, en lugar de reconsiderar su posición a la luz de la evidencia (Athaya, 2022; Muneer et al., 2024). Estos sesgos no actúan de forma aislada; interactúan entre sí y con factores externos como los algoritmos. Por ejemplo, el sesgo de confirmación puede intensificarse cuando se combina con el de disponibilidad, generando ciclos de retroalimentación que refuerzan ideas preconcebidas y profundizan divisiones sociales (Baer, 2019; McLoughlin & Brady, 2024). Para mitigar estos efectos, se han propuesto estrategias como diseñar algoritmos que prioricen diversidad en recomendaciones, usar gráficos de conocimiento que presenten datos balanceados y desarrollar intervenciones educativas centradas en la alfabetización digital y el reconocimiento de sesgos. Juegos digitales también se han mostrado efectivos al ofrecer un enfoque interactivo para entrenar habilidades críticas (Shaw et al., 2018; Silverman, 1992). Desde una óptica bioética, el diseño de plataformas que explotan limitaciones cognitivas para maximizar la interacción, plantea preocupaciones sobre la autonomía y capacidad crítica del usuario (Kozyreva et al., 2020). Por ello, se requiere colaboración interdisciplinaria entre desarrolladores, profesionales de salud pública, bioeticistas y educadores, a fin de construir entornos digitales más responsables y éticamente sólidos. Como parte del análisis sobre la percepción de los usuarios durante la pandemia, resulta fundamental examinar el papel de las emociones en la manera en que se procesa y comprende la información digital. Las emociones tienen un impacto significativo en cómo se percibe y procesa la información digital. Diversos estudios han demostrado que emociones como el miedo y la incertidumbre, por ejemplo, influyen directamente en cómo las personas procesan información en
89 entornos digitales. Estas emociones generan un enfoque más detallado y minucioso al evaluar datos, promoviendo una revisión más exhaustiva de la información presentada. Este proceso implica analizar un mayor volumen de datos y dedicar más tiempo a evaluar cuidadosamente su contenido, ya que el cerebro busca reducir la incertidumbre y responder a las amenazas percibidas (Ferrer et al., 2016; Frey et al., 2014; Tiedens & Linton, 2001). Sin embargo, este procesamiento sistemático también puede hacer que los usuarios se enfoquen excesivamente en ciertos aspectos o mensajes que refuercen sus preocupaciones, lo cual puede distorsionar su interpretación global de la realidad. Por el contrario, emociones que brindan una sensación de certeza, como la alegría o la ira, tienden a desencadenar un procesamiento mental más simple. Esto significa que las personas, en lugar de analizar la información de manera exhaustiva, utilizan generalizaciones o atajos mentales. Este tipo de procesamiento, conocido como heurístico, facilita decisiones rápidas pero puede llevar a interpretaciones sesgadas de la realidad (Tiedens & Linton, 2001). Durante situaciones de crisis, emociones como el miedo y la ansiedad no solo afectan los procesos de atención, sino también la interpretación en los canales de comunicación, percibiéndolos como más significativos de lo que realmente son (Xu & Yue, 2022). Este fenómeno subraya la compleja interacción entre las emociones, el procesamiento de la información y la toma de decisiones en contextos digitales (Nabi, 2002; Powell et al., 2007). En el caso específico del COVID-19, las emociones negativas, como el miedo, la ansiedad y la ira, influyeron de manera significativa en la percepción del riesgo, los comportamientos preventivos y la búsqueda de información (Kim et al., 2020; Muis et al., 2022; Turner et al., 2024). Estas emociones mediaron la relación entre la percepción de amenazas y el apoyo a políticas públicas, así como acciones políticas individuales de cada país (Renström & Bäck, 2021). Sin embargo, también se observó que emociones positivas, como la esperanza, impactaron en el comportamiento informativo, generando una dinámica emocional compleja y diversa
96 fuentes oficiales. Durante la pandemia de COVID-19, estudios reportaron un incremento en la ansiedad relacionada con la información de salud, exacerbado por la viralización de contenidos alarmistas en redes sociales (Safy, 2024). Este fenómeno afectó la manera en que las personas percibieron los riesgos, llevándolas a decisiones precipitadas o a evitar información importante por fatiga cognitiva. A nivel individual y colectivo, existen estrategias para gestionar la sobrecarga informativa (Bin Naeem & Kamel Boulos, 2021). Entre las medidas recomendadas se encuentran la diversificación de fuentes informativas, el uso de herramientas de verificación y la adopción de hábitos de consumo informativo consciente, como establecer límites en el tiempo de exposición a noticias y evitar la lectura impulsiva de titulares sensacionalistas (Bawden & Robinson, 2020). Es fundamental que tanto los consumidores de información como los diseñadores de plataformas trabajen en conjunto para crear entornos digitales que minimicen la sobrecarga informativa y promuevan un consumo más crítico de la información. La colaboración entre expertos en comunicación, psicólogos y tecnólogos puede ayudar a desarrollar herramientas más efectivas para gestionar la infodemia y reducir su impacto en la sociedad. Las diferencias culturales también influyen significativamente en la confianza de los individuos en las fuentes de información digital, afectando la percepción de la calidad de la información, la credibilidad de la fuente y la predisposición a aceptar información en línea. La confianza se ve moldeada por factores como la calidad percibida de la información presentada. Investigaciones indican que personas de distintos orígenes culturales evalúan la calidad informativa de manera diversa, lo que impacta sus niveles de confianza. Por ejemplo, la información en salud adaptada culturalmente puede fortalecer la confianza en los proveedores en línea (Khosrowjerdi, 2019; Helmi, 2024). La relación entre cultura y confianza también se refleja en la búsqueda de información en salud. Estudios sugieren que personas de culturas colectivistas tienden a confiar más en fuentes familiares o comunitarias para obtener información
97 sanitaria, lo que influye en su confianza en fuentes digitales (Khosrowjerdi & Sundqvist, 2017). Esta tendencia se ve reforzada por investigaciones que demuestran cómo las creencias culturales afectan el compromiso con recursos de salud en línea (Usman, 2024). Además, la dimensión cultural de individualismo vs. colectivismo juega un papel clave en la forma de validar la información: mientras las culturas individualistas tienden a evaluarla de manera crítica e independiente, las colectivistas se apoyan en la validación comunitaria antes de compartirla o aceptarla (Li et al., 2014). La cultura influye de manera significativa en la interpretación y difusión de la información digital, afectando la confianza en las fuentes, la percepción de credibilidad y la propagación de desinformación. Comprender estas diferencias culturales es crucial para diseñar estrategias efectivas que promuevan la alfabetización mediática y el consumo crítico de información digital. Las diferencias generacionales también influyen significativamente en la manera en que los distintos grupos etarios consumen, procesan y confían en la información digital. Investigaciones han demostrado que los jóvenes, particularmente aquellos considerados "nativos digitales", tienden a confiar más en los contenidos generados por usuarios y en presentaciones de realidad aumentada (Elmalech et al., 2024; Herrando et al., 2019). Por otro lado, los adultos mayores suelen confiar menos en la información en línea, especialmente en temas de salud, y son menos propensos a utilizar internet para la búsqueda de este tipo de contenido (Miller & Bell, 2012; Seçkin, 2024). No obstante, la confianza no depende exclusivamente de la edad, sino también de la experiencia con tecnología y la actitud general hacia su uso (Blank & Dutton, 2011). Los distintos grupos etarios también presentan preferencias divergentes en cuanto a las plataformas digitales que utilizan para consumir información. Mientras los jóvenes tienden a estar más activos en redes sociales (Warwas et al., 2021), los adultos mayores suelen emplear fuentes tradicionales o buscadores especializados. Factores como la familiaridad con la tecnología, el dominio del entorno digital y la
98 fiabilidad percibida influyen en la confianza que cada generación deposita en la automatización y los servicios en línea (Hoffmann et al., 2014; Pak et al., 2017). En cuanto a las diferencias cognitivas, los adultos mayores tienden a adoptar estrategias de búsqueda de información más metódicas, seleccionando palabras clave con precisión y procesando los resultados de manera secuencial (Youmans et al., 2013). Estos usuarios visitan menos páginas, tardan más tiempo en completar tareas y revisitan fuentes con mayor frecuencia (Fairweather, 2008). Asimismo, la flexibilidad cognitiva disminuye con la edad, lo que puede afectar la capacidad para reformular búsquedas y superar barreras informativas (Dommes et al., 2010). Sin embargo, este declive puede ser compensado con la experiencia y el conocimiento previo, especialmente en tareas de evaluación de credibilidad (Chin et al., 2009). En la búsqueda de información en salud, mientras que los adultos mayores muestran menor discriminación entre argumentos sólidos y débiles (Liao, 2010), los jóvenes, a pesar de su fluidez digital, tampoco están exentos de dificultades en la evaluación crítica de la información. El uso de redes sociales también varía entre generaciones y tiene un impacto directo en la exposición informativa. Las generaciones jóvenes, como los Millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) (Kaplan, 2020; Munsch, 2021), utilizan con mayor frecuencia las redes sociales para diversos propósitos, incluyendo educación, entretenimiento y comercio electrónico (Mude & Undale, 2023). Los adultos mayores, aunque han incrementado su participación en estas plataformas, suelen utilizarlas principalmente para comunicarse con familiares y amigos (Fietkiewicz, 2017). Esto influye en la forma en que acceden a la información, con los jóvenes dependiendo más de las redes sociales para obtener noticias y mantenerse informados (Holt et al., 2013; Roy & Haque, 2020). Para abordar estos retos, los programas de alfabetización digital deben adaptarse a las necesidades de cada grupo etario. Mientras que los jóvenes pueden beneficiarse de estrategias que fomenten el pensamiento crítico y la evaluación de fuentes, los adultos mayores requieren capacitación en habilidades técnicas para
99 mejorar su confianza en entornos digitales (Eshet-Alkalai & Chajut, 2009). Iniciativas de educación mediática, combinadas con metodologías interactivas y participación comunitaria, pueden ayudar a reducir la vulnerabilidad de ambos grupos frente a la desinformación y mejorar sus habilidades de navegación en la era digital. 10.4.3 Cambios en la Percepción del riesgo debido a COVID19 Tras explorar cómo las dinámicas informativas y los factores socioculturales configuran la manera en que las personas acceden, procesan y confían en la información digital, resulta pertinente examinar un aspecto estrechamente vinculado: la evolución de la percepción del riesgo durante la pandemia de COVID19. Esta percepción, lejos de ser homogénea o estable, se transformó a lo largo del tiempo en función de múltiples dimensiones —psicológicas, sociales, tecnológicas y políticas— que influyeron directamente en las decisiones individuales y colectivas. La percepción del riesgo asociado a la pandemia de COVID-19 experimentó una evolución compleja y dinámica a lo largo del tiempo. En las primeras etapas de la crisis sanitaria, muchas personas subestimaron su vulnerabilidad en comparación con la población general (Kuper-Smith et al., 2021; Wise et al., 2020). Sin embargo, conforme avanzó la pandemia, el temor al contagio aumentó progresivamente, alcanzando su punto más alto entre 2020 y mediados de 2021 (Johnson et al., 2023). Este incremento fue influenciado por múltiples factores, incluyendo la exposición a los medios de comunicación, la proximidad social y temporal a los contagios y las afiliaciones políticas (Sepucha et al., 2024). La relación entre la percepción de riesgo y la adopción de medidas preventivas también varió con el tiempo. Mientras algunos estudios encontraron una correlación positiva entre la preocupación por el contagio y el cumplimiento de medidas como el uso de mascarillas y el distanciamiento social (Wise et al., 2020), otros indicaron que esta asociación no siempre fue fuerte ni consistente (KuperSmith et al., 2021). Un punto de inflexión en la percepción del riesgo ocurrió con la
100 introducción de las vacunas en 2021, lo que llevó a una disminución gradual de la percepción de peligro (Sepucha et al., 2024). No obstante, se identificaron subgrupos de individuos que mantuvieron una baja percepción del riesgo y una menor adherencia a comportamientos de protección (Wise et al., 2020), lo que evidencia la diversidad en la respuesta social ante la pandemia. La figura siguiente muestra una representación gráfica elaborada con base en el análisis desarrollado en esta tesis. Resume cinco factores clave que influyeron en la percepción del riesgo durante la pandemia: el sesgo de confirmación, las emociones negativas, la confianza en fuentes oficiales, la desinformación y la fatiga pandémica. En el gráfico, la extensión de cada área refleja la intensidad relativa de estos factores en tres momentos específicos: el inicio de la pandemia en 2020, la introducción de las vacunas en 2021 y la etapa pospandémica en 2023-2024. Como puede observarse, mientras la desinformación y el miedo predominaron al inicio, con el tiempo aumentó la confianza en fuentes oficiales y se intensificó la fatiga pandémica, lo que transformó la percepción del riesgo y las decisiones individuales sobre las medidas de prevención. Factores que Influyeron en la Percepción del Riesgo en Diferentes Etapas de la Pandemia
101 Las experiencias personales con el virus influyeron de forma significativa en la percepción del riesgo. Aquellas personas que contrajeron la enfermedad, fueron hospitalizadas o perdieron a seres queridos reportaron niveles de preocupación más elevados (Bell-Martin & Díaz Domínguez, 2021; Schulte-Mecklenbeck et al., 2024). Asimismo, variables sociodemográficas como la edad avanzada, la presencia de condiciones de salud preexistentes y niveles elevados de ansiedad se asociaron con una mayor percepción de vulnerabilidad (Sepucha et al., 2024). Sin embargo, el llamado sesgo de “optimismo comparativo” —la tendencia a percibir el propio riesgo como menor al de los demás— se mantuvo relativamente constante a lo largo del tiempo (Kuper-Smith et al., 2021). La confianza en las instituciones gubernamentales y sanitarias desempeñó un papel crucial en la configuración de la percepción del riesgo y en la adhesión a las medidas preventivas. Diversos estudios han señalado que una mayor confianza en el gobierno se correlacionó con una mejor aceptación de las recomendaciones sanitarias (Bulut & Samuel, 2023; Campbell, 2023; Scandurra et al., 2021). No obstante, esta relación no fue uniforme en todos los contextos: en algunas sociedades, la desconfianza hacia las autoridades derivó en una menor percepción del peligro y en un incumplimiento más frecuente de las medidas de contención (Dai et al., 2022). Factores como la polarización política, la influencia de los medios y la fatiga pandémica también influyeron en la confianza institucional, impactando de manera directa en la percepción del riesgo (Geisterfer-Black et al., 2022). Las diferencias demográficas también delinearon patrones específicos en la percepción del riesgo. La evidencia sugiere que las mujeres, las personas con mayor nivel educativo y quienes pertenecían a estratos socioeconómicos más altos tendieron a percibir un mayor riesgo y adoptaron medidas preventivas con mayor frecuencia (Linden et al., 2023; Mondal et al., 2021). A su vez, los adultos mayores manifestaron una creciente preocupación por su salud conforme avanzaba la pandemia y mostraron mayor disposición a seguir las recomendaciones sanitarias (Bechard et al., 2021).
102 Por otro lado, el auge del rastreo digital y la implementación de pasaportes sanitarios generó amplias preocupaciones respecto a la privacidad y el manejo de datos personales. Las aplicaciones de rastreo de contactos requerían la recopilación de información sensible —como ubicación y estado de salud— lo cual provocó inquietudes sobre posibles usos indebidos de estos datos (Belligoni, 2023). En particular, el uso de tecnologías Bluetooth, que emiten señales de baja energía para detectar la proximidad entre dispositivos, acentuó el temor a una exposición involuntaria de información personal (Abid et al., 2021). La introducción de pasaportes sanitarios digitales intensificó el debate sobre la vigilancia gubernamental y la protección de los registros médicos. Algunos estudios señalan que muchos ciudadanos los percibieron como una posible amenaza a sus libertades individuales, debido al potencial abuso de la información recopilada por las autoridades (Arakpogun et al., 2022; Morley et al., 2020). La flexibilización de regulaciones de privacidad para facilitar el rastreo de contactos también suscitó preocupación sobre el destino de esos datos una vez superada la crisis sanitaria (Hendricks-Sturrup & Lu, 2023). Asimismo, el tránsito hacia el teletrabajo, la educación a distancia y la socialización en línea transformó las percepciones sobre la privacidad digital. El uso intensivo de plataformas digitales expuso a los usuarios a riesgos asociados con la gestión de datos personales y con una vigilancia creciente sobre su actividad en línea (Curran, 2020; Gundu, 2024). En consecuencia, aumentó la conciencia sobre la importancia de proteger la información personal, así como la cautela frente a las condiciones de uso de servicios digitales (Herath & Herath, 2020; Hodder, 2020). Las medidas obligatorias de vigilancia digital, como el rastreo de ubicación y el uso de códigos QR (Quick Response Code), modificaron la disposición de las personas a compartir datos personales. Aunque en un inicio estas prácticas despertaron una fuerte desconfianza, con el avance de la pandemia más del 75 % de quienes se oponían a ellas terminaron aceptándolas como una medida necesaria para la seguridad pública (Garett & Young, 2022). No obstante, persistieron dudas
103 sobre su posible permanencia y uso con fines distintos a los sanitarios (Hewitt, 2023). La pandemia también transformó profundamente el papel de las redes sociales en la vida cotidiana, especialmente en el acceso a información, la construcción de confianza en las instituciones y el impacto en la salud mental (Schoultz et al., 2023). Ante las restricciones de movilidad, estas plataformas se convirtieron en espacios fundamentales para mantenerse informado y socialmente conectado. En las primeras etapas, el uso de redes sociales aumentó como respuesta a la necesidad de obtener noticias sobre la pandemia y mantenerse en contacto con familiares y amistades (Karhu et al., 2021). Sin embargo, esta dependencia también expuso a los usuarios a la desinformación, lo cual afectó su percepción del riesgo y su respuesta a las medidas de protección (Schoultz et al., 2023). Si bien muchos usuarios desconfiaban de estos entornos, el contenido compartido por profesionales de la salud tendió a generar mayor credibilidad (Tayal & Bharathi, 2021). Las redes sociales desempeñaron así un rol ambivalente en la construcción de confianza institucional. Por un lado, plataformas como X (antes Twitter) y Facebook actuaron como fuentes alternativas de información (Kim et al., 2023), pero también facilitaron la circulación de narrativas falsas que debilitaron la confianza en autoridades gubernamentales y medios tradicionales (van Dijck & Alinejad, 2020). Por otro lado, cuando se utilizaron de forma estratégica, estas plataformas también sirvieron para aumentar la percepción del riesgo y fomentar la aceptación de medidas sanitarias (Hassan et al., 2021). La transparencia en la comunicación, el uso de información clara y la participación activa de expertos se asociaron con una mayor disposición a cumplir recomendaciones oficiales (Lee & Li, 2021; Ngai et al., 2022). Con el tiempo, el uso de redes sociales evolucionó hacia un enfoque más orientado al entretenimiento y la evasión emocional. Como se ha mencionado previamente, plataformas como Facebook, Instagram y X (Twitter) fueron relevantes
104 para informarse, mientras que TikTok se consolidó como un espacio de distracción y alivio emocional (Masambuka-Kanchewa et al., 2024). Este cambio refleja una adaptación al contexto pandémico prolongado, en el que la sobrecarga informativa y la fatiga emocional impulsaron un consumo más pasivo de contenido. La llamada "infodemia" potenció la polarización social y política, dificultando la distinción entre información veraz y engañosa (Mahlous, 2024). No obstante, los usuarios desarrollaron ciertas estrategias de afrontamiento, como verificar fuentes y preferir contenido compartido por expertos, para mitigar el efecto de la desinformación (Hadlington et al., 2023). Desde una perspectiva demográfica, la percepción sobre la credibilidad de las redes sociales varió según la edad y el nivel educativo. Mientras que los adultos mayores tendieron a confiar más en medios tradicionales, los jóvenes y adultos jóvenes se informaron mayoritariamente a través de redes sociales. Además, las mujeres reportaron mayor preocupación por la calidad de la información y una tendencia más marcada a confiar en fuentes oficiales de salud (Leigh et al., 2022). El impacto emocional del uso intensivo de redes sociales durante la pandemia ha sido ampliamente documentado. Si bien estas plataformas permitieron mantener la conexión social y ofrecer apoyo emocional, también se vincularon con mayores niveles de ansiedad y estrés, sobre todo por la exposición constante a noticias alarmantes (Adewale et al., 2021; Marciano et al., 2022). Un fenómeno clave en este contexto fue el doomscrolling, término en inglés que describe la conducta compulsiva de consumir noticias negativas, lo cual intensificó el malestar emocional (Price et al., 2021). Sin embargo, el uso constructivo de las redes —como la participación en comunidades de apoyo y la difusión de mensajes positivos— ayudó a contrarrestar algunos efectos adversos (Liang et al., 2023; Wong et al., 2022). A largo plazo, el aumento en el uso de redes sociales dejó huellas persistentes en los hábitos digitales de la población. La dependencia de estas plataformas para informarse y socializar continúa como una tendencia en la etapa
105 pospandémica, transformando la forma en que se accede a la información y se configuran las relaciones interpersonales (Mason et al., 2021; Moro et al., 2022). Sin embargo, también emergió una mayor conciencia sobre los riesgos asociados a su uso excesivo, lo que ha motivado esfuerzos por fomentar un consumo más crítico, consciente y saludable de estos entornos digitales (Mertz et al., 2023). La experiencia de la pandemia redefinió el papel de las redes sociales en la sociedad contemporánea, evidenciando su doble cara: como espacios necesarios para la información y el vínculo social, pero también como entornos que pueden amplificar la desinformación y el agotamiento emocional. Esta dualidad deja una enseñanza clave sobre la necesidad de fomentar un uso más equilibrado y responsable de estas herramientas en el futuro. 10.4.4 Regulación, discurso digital y libertad de expresión: una tensión bioética persistente La expansión de los entornos digitales ha intensificado el debate sobre los límites éticos y normativos de la libertad de expresión en contextos mediados por algoritmos. Aunque la protección de este derecho fundamental constituye un pilar de toda sociedad democrática, su ejercicio en plataformas digitales plantea desafíos particulares que requieren un análisis bioético riguroso. A diferencia del espacio público tradicional, las plataformas digitales no solo amplifican voces, sino que también las jerarquizan, moderan o silencian mediante sistemas algorítmicos cuyas lógicas de funcionamiento son en gran medida opacas, generando una simetría desequilibrada en el acceso y difusión de la palabra. Como se ha discutido a lo largo del capítulo, los mecanismos de moderación algorítmica pueden contribuir a frenar la propagación de desinformación y reducir la exposición a contenidos dañinos. Sin embargo, también pueden derivar en prácticas de censura selectiva, remoción injustificada de contenidos o invisibilización de discursos minoritarios, especialmente aquellos que no se ajustan a las narrativas dominantes o a las métricas de viralidad de las plataformas. Esta doble condición
112 11.4 Influencia de las redes sociales en la toma de decisiones Uso de remedios caseros y medidas alternativas Tabla 4: Uso de algún remedio casero para COVID-19 visto en redes sociales Tabla 5: Uso de alguna medida alternativa para COVID-19 El 36% de los encuestados indicó haber utilizado remedios caseros vistos en redes sociales como medida preventiva o terapéutica frente al COVID-19. Asimismo, un 9% afirmó haber usado medidas alternativas como imanes, dióxido de cloro, agua de mar o tarjetas sanitizantes. Aunque solo un 9% de los participantes reportó haber recurrido a medidas alternativas sin respaldo científico —como imanes o dióxido de cloro—, más de un tercio sí adoptó remedios caseros promovidos en redes sociales. Esta diferencia sugiere que los usuarios pueden establecer distinciones subjetivas entre prácticas “naturales” y otras percibidas como más extremas, lo cual plantea retos bioéticos en torno a la regulación del contenido, la construcción de confianza en las fuentes digitales y la responsabilidad de los emisores de información en entornos de alta incertidumbre.
113 Interés en recibir información sobre enfermedades El 81% de los encuestados manifestó interés en recibir noticias sobre enfermedades a través de redes sociales (χ² = 168.8, p < 0.0001). Tabla 6: Comparación sobre interés en recibir actualizaciones epidemiológicas a través de redes sociales. En conjunto, los resultados evidencian una interacción compleja entre percepción del riesgo, exposición a redes sociales y comportamiento sanitario durante la pandemia. La alta exposición a información digital no siempre se tradujo en comportamientos basados en evidencia, lo cual reafirma la necesidad de políticas de alfabetización mediática y regulación ética de los entornos digitales, especialmente en contextos de emergencia sanitaria. 12. Análisis de Resultados 12.1 Análisis Fase Experimental La fase experimental de esta investigación permite comprender con mayor profundidad la relación entre la comunicación digital en redes sociales y la percepción del riesgo durante la pandemia de COVID-19. Si bien los datos reflejan tendencias claras en la forma en que los usuarios procesaron la información y tomaron decisiones sobre su salud, su interpretación revela dilemas bioéticos fundamentales que deben ser considerados en el marco de la comunicación en crisis sanitarias.
114 Uno de los hallazgos más relevantes fue la reducción significativa en la percepción del COVID-19 como un problema grave de salud entre 2020 y 2023, acompañada de una disminución en el miedo al contagio. Este cambio puede atribuirse a múltiples factores, entre ellos, el avance en las campañas de vacunación, la mayor disponibilidad de tratamientos y la progresiva adaptación de la población a la convivencia con el virus. Además, como señalan Hassan et al. (2021), la exposición constante a información sanitaria puede generar lo que se conoce como fatiga del riesgo, un fenómeno observado también en pandemias previas como la de influenza H1N1, donde la percepción de amenaza disminuye con el tiempo (Wong & Sam, 2010). Asimismo, la saturación informativa y la desconfianza en fuentes oficiales pudieron haber contribuido a este descenso en la preocupación, ya que una sobrecarga de mensajes contradictorios tiende a erosionar la credibilidad institucional (Schoultz et al., 2023; Dai et al., 2022). Si bien la encuesta no preguntó de forma directa sobre la influencia de las redes sociales en la percepción del riesgo, los datos empíricos sugieren una correlación plausible que amerita futuras investigaciones, sobre todo al considerar que el 81% de los encuestados manifestó interés en recibir información sobre enfermedades a través de estas plataformas. Por otro lado, el uso de redes sociales como fuente de información sobre COVID-19 se tradujo en comportamientos concretos, como el uso de remedios caseros o medidas alternativas no validadas científicamente. Este hallazgo resulta preocupante desde una óptica bioética, ya que compromete los principios de autonomía y veracidad. Como se ha señalado previamente, el diseño algorítmico de estas plataformas prioriza el la permanencia de los usuarios en la red social, sobre la calidad de la información que se presenta (Koene et al., 2017), lo que puede reforzar la exposición a contenidos imprecisos o engañosos. Además, la personalización algorítmica pudiera haber favorecido la formación de burbujas informativas que limitaron la diversidad de perspectivas, reduciendo así la posibilidad de un juicio autónomo informado. Esta limitación es
115 crítica desde el punto de vista bioético, ya que no basta con tener acceso a información: es necesario garantizar condiciones de pluralidad, comprensión y deliberación (Reviglio della Venaria, 2021). Las emociones también desempeñaron un papel determinante. Como sugieren los datos de las Tablas 2 y 3, el miedo inicial al contagio fue un motor importante para la adopción de medidas preventivas. Sin embargo, este efecto emocional puede ser ambivalente: mientras que en un primer momento impulsó comportamientos protectores, con el tiempo también pudo derivar en agotamiento psicológico, ansiedad o desinterés informativo (Marciano et al., 2022; Liang et al., 2023). La difusión de desinformación a través de redes sociales, evidenciada por el reconocimiento de muchos participantes de haber sido influenciados por estos contenidos, refuerza la necesidad de repensar la responsabilidad de las plataformas digitales. Si bien estas empresas no son actores sanitarios, su papel como mediadores de la información pública implica una responsabilidad indirecta en la toma de decisiones colectivas, particularmente en contextos de emergencia. Desde una perspectiva bioética, los hallazgos plantean interrogantes cruciales sobre el equilibrio entre la libertad de expresión, el interés público y la protección de la autonomía cognitiva 26. La falta de intervención efectiva para frenar la propagación de información errónea —a pesar de su impacto documentado— puede considerarse una omisión que vulnera el derecho de los usuarios a tomar decisiones fundamentadas sobre su salud. En síntesis, los resultados de esta fase experimental refuerzan la idea de que las redes sociales no actuaron como canales neutrales de comunicación durante la pandemia, sino como agentes activos en la configuración de la percepción del 26 La autonomía cognitiva se refiere a la capacidad de los individuos para tomar decisiones informadas sin influencias indebidas que distorsionen su juicio (Deniz, 2022; Müller, 2012).
116 riesgo, los comportamientos sanitarios y la confianza institucional. Esto subraya la urgencia de generar marcos de regulación, alfabetización digital y diseño algorítmico ético que garanticen entornos informativos más justos, transparentes y orientados al bien común. 12.1.2 Limitaciones de Fase Empírica El estudio realizado en la fase empírica presenta algunas limitaciones metodológicas que es importante considerar. En primer lugar, la muestra fue obtenida mediante un muestreo no probabilístico por bola de nieve, lo que introduce sesgos de autoselección y restringe la posibilidad de generalizar los resultados a toda la población de usuarios de redes sociales. En segundo lugar, aunque en 2020 se aplicó una encuesta exploratoria (n = 539), esta se utilizó únicamente como antecedente para orientar el diseño del cuestionario final, y no forma parte del análisis empírico presentado en esta tesis. Por lo tanto, el estudio se basa exclusivamente en los datos recabados en 2023 (n = 423). Finalmente, aunque se excluyó a los menores de edad del análisis final, su participación inicial evidencia la necesidad de reforzar criterios de inclusión más estrictos en futuras investigaciones. 12.2 Análisis Bioético Fase Documental En un entorno cada vez más mediado por tecnologías digitales, donde la información circula de forma constante y sin fronteras claras, emergen preguntas bioéticas urgentes sobre el respeto a la autonomía, la veracidad y la justicia en la comunicación. Como se abordó en los capítulos previos, fenómenos como la desinformación, la personalización algorítmica y la vigilancia digital han transformado la forma en que los individuos acceden, interpretan y comparten información, especialmente en contextos de crisis sanitaria como la pandemia de COVID-19. Este apartado retoma los hallazgos escritos en esta tesis, para profundizar en las implicaciones bioéticas de dichos fenómenos. A partir de los principios de
117 respeto a la autonomía, justicia y veracidad, se examinan los dilemas asociados a la moderación de contenidos, la desigualdad informativa y las nuevas formas de coerción digital que limitan el juicio autónomo de los usuarios. Se presta especial atención a las condiciones estructurales que configuran la percepción del riesgo, la toma de decisiones sanitarias y la participación ciudadana en entornos digitales polarizados. Asimismo, se reflexiona sobre el papel ético que deben asumir tanto las plataformas digitales como los gobiernos y la sociedad civil, en la construcción de un ecosistema informativo más equitativo. Esta reflexión culmina con una pregunta clave: ¿cómo puede la bioética contribuir a la creación de un entorno digital que promueva el pensamiento crítico, respete la diversidad y garantice el acceso justo a información veraz, sin comprometer la libertad de expresión ni el desarrollo tecnológico? 12.2.1 Dilemas Bioéticos de la percepción de información en la Pandemia de COVID-19 La pandemia de COVID-19 no solo representó un reto sanitario sin precedentes, sino también una crisis informativa con profundas implicaciones bioéticas. La forma en que los individuos percibieron la información sobre el virus, las vacunas, los tratamientos y las medidas de prevención estuvo mediada por factores tecnológicos, emocionales y cognitivos que condicionaron su capacidad de tomar decisiones autónomas. En este contexto, emergieron dilemas bioéticos relevantes vinculados a la desinformación, la opacidad algorítmica, la moderación de contenidos y las desigualdades en el acceso a información confiable. Esta sección analiza dichos dilemas, comenzando por las campañas de desinformación que moldearon la percepción pública durante la pandemia. 12.2.1.1 Campañas de desinformación La desinformación en tiempos de crisis sanitarias, como la pandemia de COVID-19, se consolidó como un fenómeno de profundo impacto social, político y
118 bioético. La velocidad con la que se propagó la información en entornos digitales facilitó la difusión masiva de contenidos falsos o engañosos, lo que llevó a la Organización Mundial de la Salud a calificar esta situación como una infodemia (Leng et al., 2021). Este entorno de sobresaturación informativa afectó no solo la percepción pública sobre la gravedad del virus o la efectividad de las vacunas, sino también la confianza en las instituciones sanitarias y la toma de decisiones individuales y colectivas. La comunicación digital transformó la forma de producir y consumir información, propiciando la proliferación de narrativas desinformativas con consecuencias éticas considerables. Las campañas de desinformación durante la pandemia se caracterizaron por su rápida circulación a través de plataformas digitales (Bin Naeem & Kamel Boulos, 2021; Clemente-Suárez et al., 2022). Entre sus estrategias más comunes destacaron: el uso de anécdotas en lugar de evidencia científica (Peng et al., 2022), la politización de temas sanitarios, la desconfianza hacia autoridades gubernamentales (Bin Naeem & Kamel Boulos, 2021) y la explotación de la incertidumbre científica. Estas narrativas, frecuentemente amplificadas por algoritmos que privilegiaron la viralidad por encima de la veracidad (Ahmed & Rasul, 2022; Evanega et al., 2020), reforzaron sesgos preexistentes y facilitaron la polarización social. Figuras públicas y actores políticos también desempeñaron un papel clave en esta diseminación, como lo ejemplifica el caso del entonces presidente Donald Trump (Evanega et al., 2020). Desde una perspectiva bioética, estos fenómenos vulneraron de forma directa el principio de autonomía, ya que muchas decisiones en salud se basaron en información inexacta o manipulada. La desinformación, además, exacerbó la ansiedad, la desconfianza y la desafección institucional (Mauk & Grömping, 2023; Nela & Parruca, 2023), así como la normalización de prácticas engañosas incluso entre personas críticas de las fuentes que las emitían (Benaissa Pedriza, 2023). A nivel colectivo, este entorno afectó la deliberación democrática y la implementación de políticas públicas basadas en evidencia.
119 Particularmente relevante fue la desinformación en torno a las vacunas. Narrativas como la vinculación de las vacunas con experimentos biológicos o planes de control poblacional (Kovacheva, 2023; Sharma et al., 2021), teorías conspirativas sobre su desarrollo, y la exageración de efectos secundarios poco frecuentes (Skafle et al., 2022) alimentaron la vacilación vacunal y minaron la confianza en la salud pública (Jennings et al., 2021; Pierri et al., 2021). Factores como la edad, nivel educativo, ideología política y condiciones psicológicas influyeron en la predisposición a creer y compartir este tipo de contenidos (Zhao et al., 2022), lo que refuerza la importancia de una alfabetización mediática diferenciada por audiencias. Las plataformas digitales jugaron un rol crucial en esta dinámica. Algoritmos de recomendación promovieron contenido sensacionalista por encima del informativo (Yousefinaghani et al., 2023), creando un entorno propicio para la propagación de información errónea. Esto plantea un dilema ético sobre la responsabilidad de las tecnológicas y la necesidad de regular sus prácticas sin atentar contra la libertad de expresión (Sellnow-Richmond & Sellnow-Richmond, 2023). Estrategias como la "inoculación cognitiva", que expone a los usuarios a técnicas desinformativas antes de enfrentarse a ellas, han mostrado resultados prometedores para reducir la vulnerabilidad ante noticias falsas (Sun & Lu, 2022). Otra dimensión crítica fue la promoción de tratamientos no comprobados. Afirmaciones sobre el uso de la hidroxicloroquina, pese a la falta de evidencia robusta y los riesgos documentados (Sahni et al., 2021; Perlis et al., 2023), circularon ampliamente junto con consejos dietéticos o remedios caseros (Bastani & Bahrami, 2020; Chen et al., 2021). Estos contenidos no solo desviaron a la población de las recomendaciones oficiales, sino que también socavaron la confianza en los profesionales de la salud y en la medicina basada en evidencia (Coman et al., 2022; Khamar et al., 2022). Desde el punto de vista ético, el fomento de tratamientos sin respaldo científico expone a los pacientes a riesgos innecesarios y puede comprometer el consentimiento informado (Borysowski et al., 2019). Además, estas prácticas
120 tienden a dirigirse a poblaciones vulnerables, ampliando las desigualdades en salud y alejando a los usuarios de intervenciones seguras y eficaces (Ogbogu et al., 2018; Snyder & Cohen, 2019). La falta de supervisión estricta de estas prácticas, en ocasiones motivadas por intereses comerciales, refuerza la urgencia de marcos regulatorios más robustos que protejan a los consumidores (Master et al., 2017; Rovira & Raffio, 2017). En conjunto, los efectos de la desinformación durante la pandemia constituyen uno de los principales desafíos bioéticos del entorno digital. Su abordaje requiere no solo intervenciones técnicas y regulatorias, sino también una profunda reflexión sobre la justicia informativa, la transparencia tecnológica y la protección de la autonomía en tiempos de incertidumbre. 12.2.1.2 Estrategias para enfrentar la desinformación y la manipulación algorítmica Si bien el análisis bioético de las campañas de desinformación ha puesto en evidencia tensiones éticas sustanciales —en torno a la autonomía, la veracidad y la justicia—, resulta igualmente relevante examinar las estrategias que actualmente se proponen para mitigar estos efectos, en particular aquellos relacionados con el funcionamiento algorítmico de las plataformas digitales. La preocupación no se limita al contenido falso en sí, sino a las dinámicas estructurales que amplifican su alcance y restringen la pluralidad informativa. En este sentido, diversas propuestas desde el ámbito tecnológico, educativo y normativo han buscado contrarrestar los efectos de las burbujas informativas y cámaras de eco, promoviendo una mayor protección de la autonomía cognitiva en entornos digitales. Uno de los dilemas centrales en la bioética digital es el impacto de los algoritmos de personalización en la fragmentación del entorno informativo. Estos algoritmos, diseñados para maximizar la permanencia de los usuarios, tienden a reforzar patrones previos de consumo, generando entornos en los que los usuarios quedan expuestos principalmente a información afín a sus creencias. Este fenómeno, ampliamente ya analizado, compromete el acceso a una deliberación
121 plural y sesga la toma de decisiones. No obstante, existen propuestas que buscan intervenir estos sistemas desde diversas dimensiones. Desde el diseño algorítmico, algunas investigaciones han sugerido la incorporación de métricas de diversidad y civilidad en los sistemas de recomendación, de forma que el contenido sugerido no solo represente puntos de vista distintos, sino que también promueva un tono constructivo que facilite la apertura a puntos de vista distintos (Stray, 2022). Asimismo, algunos modelos utilizan estructuras que relacionan conceptos entre sí para hacer recomendaciones más equilibradas y variadas y han mostrado potencial para generar recomendaciones menos dependientes de sesgos previos (Donkers & Ziegler, 2021). Otra estrategia consiste en reorganizar el contenido a partir de preferencias de comunidades cercanas, permitiendo una exposición gradual a nuevas perspectivas sin generar rechazo abrupto (Grossetti et al., 2021). Desde el enfoque educativo y cognitivo, se ha demostrado que fomentar la alfabetización digital crítica puede fortalecer la autonomía de los usuarios. La exposición anticipada a técnicas comunes de desinformación —conocida como “inoculación cognitiva27”— y la promoción de hábitos de verificación activa han sido eficaces para reducir la credulidad frente a contenido engañoso (Roozenbeek et al., 2023). En esta línea, los modelos de “soberanía algorítmica”, que permiten a los usuarios modificar sus propios parámetros de personalización, también refuerzan la agencia y el control sobre su experiencia informativa (Yom-Tov et al., 2013). A nivel estructural, se ha propuesto que las plataformas digitales asuman una mayor responsabilidad ética mediante la revisión de sus sistemas de monetización. El incentivo actual basado en clics y permanencia favorece contenidos polarizantes, emocionales y sensacionalistas. Reformar estas lógicas puede contribuir a reducir la diseminación de desinformación y fomentar entornos más deliberativos (Chitra & Musco, 2020). Simulaciones computacionales han evidenciado que priorizar 27 La inoculación cognitiva consiste en exponer a las personas a versiones débiles de desinformación, junto con su refutación, para fortalecer su resistencia a futuros engaños (Roozenbeek et al., 2023).
128 vigilancia a lo largo de toda la vida (Ball, 2023). Estos datos son perfilados y transformados en predicciones conductuales con valor económico (Kienscherf, 2022; Ochs et al., 2020). Este modelo también profundiza las desigualdades sociales. Factores como el ingreso, la educación o el origen étnico determinan los patrones de acceso a la información y de protección de la privacidad (Ragnedda & Muschert, 2013; Shafer, 2004). Las personas con menores recursos suelen depender más de dispositivos móviles y emplean menos herramientas para proteger su privacidad (Madden et al., 2017), mientras que los algoritmos pueden reproducir sesgos discriminatorios en ámbitos como el empleo, la educación o la justicia (Lebovits, 2018). Las empresas justifican la extracción masiva de datos argumentando que mejora la experiencia del usuario mediante recomendaciones personalizadas y optimización de interfaces (Liu et al., 2024). No obstante, suelen emplear estrategias engañosas como los "patrones oscuros", diseñadas para inducir decisiones que favorecen la cesión de datos sin un consentimiento plenamente informado (Nouwens et al., 2020). Estas estrategias explotan sesgos cognitivos, como el de conveniencia, que nos lleva a elegir la opción más fácil o inmediata, aunque no sea la más adecuada lo cual limita la capacidad del usuario para reflexionar y decidir libremente, dificultando que los usuarios ejerzan su autonomía (Haselton et al., 2015; Gunawan et al., 2022). El desequilibrio de poder entre usuarios y corporaciones plantea dilemas éticos sobre el consentimiento, la equidad y la dignidad humana. Además, se ha evidenciado que la tecnología de vigilancia tiende a reproducir patrones de discriminación racial, de género y de clase, lo cual refuerza desigualdades estructurales29 (Henne et al., 2021). 29 Las desigualdades estructurales hacen referencia a las condiciones sociales, económicas y culturales que perpetúan la exclusión o el acceso limitado a recursos clave, como la información, la privacidad o la participación digital. En el contexto del capitalismo de vigilancia, estas brechas se ven acentuadas por el diseño de tecnologías que tienden a reproducir sesgos existentes relacionados con clase social, raza y género (Ragnedda & Muschert, 2013; Lebovits, 2018; Henne et al., 2021).
129 Durante la pandemia de COVID-19, estas prácticas se intensificaron con el argumento de proteger la salud pública. Aplicaciones de rastreo y monitoreo de síntomas generaron tensiones entre seguridad y privacidad (Couch et al., 2020; Kitchin, 2020), y su aceptación dependió en gran medida de la confianza ciudadana en las autoridades (Cosgrove et al., 2020; Ioannou & Tussyadiah, 2021). La inteligencia artificial (IA) ha facilitado el análisis masivo de datos para predecir y modificar comportamientos, lo que ha suscitado preocupaciones sobre privacidad y manipulación (Saura et al., 2022; Flonk, 2020). Si bien algunos advierten que estas capacidades amenazan la democracia (Zuboff, 2015), otros sostienen que su eficacia puede estar sobreestimada debido a la complejidad del comportamiento humano (Meireles, 2021). El periodismo de investigación y las denuncias de informantes han sido esenciales para visibilizar estos riesgos. Las revelaciones de Edward Snowden30 en 2013 sobre los programas de vigilancia masiva de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA, por sus siglas en inglés) fueron clave para abrir el debate sobre privacidad (Andregg, 2016; Greenwald, 2014). Sin embargo, muchos medios siguen normalizando estas prácticas bajo el discurso de la seguridad nacional (Hintz et al., 2016), y los periodistas enfrentan riesgos importantes en su labor de exigir rendición de cuentas (Spence, 2021). Cultural y psicológicamente, se ha documentado un fenómeno de "apatía de vigilancia", donde las personas aceptan como inevitable la recolección de datos, incluso en el ámbito familiar, a través de aplicaciones de crianza o juguetes conectados (Ellis, 2019; Mascheroni, 2018). Además, ha emergido la figura del "consumidor vigilante", que usa tecnologías de vigilancia para controlar a otros (Stark & Levy, 2018). 30 Edward Snowden, excontratista de la NSA, filtró en 2013 información clasificada que revelaba programas de vigilancia masiva utilizados por el gobierno de Estados Unidos para recolectar datos personales a nivel global, lo cual desató un debate internacional sobre privacidad y derechos civiles (Andregg, 2016; Greenwald, 2014).
130 Frente a este panorama, diversas estrategias buscan equilibrar los intereses comerciales con la protección ética de los datos. Entre ellas se incluyen: diseñar tecnologías que prioricen la privacidad desde su concepción, realizar evaluaciones de riesgo en torno a la privacidad, y permitir una participación activa de los usuarios en la gestión de sus datos (Castelnovo, 2021). 12.2.2.2 Del manejo de datos personales a la vigilancia masiva En el contexto de estas transformaciones digitales aceleradas, la pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión al consolidar prácticas de vigilancia que antes parecían excepcionales. Durante la crisis epidemiológica se aceleró la adopción global de tecnologías de vigilancia masiva, inicialmente justificadas por la necesidad de rastrear contagios y gestionar la crisis sanitaria. No obstante, estas medidas plantearon serios dilemas bioéticos, especialmente en relación con la privacidad, los derechos civiles y la normalización de prácticas de monitoreo que podrían persistir por mucho tiempo en la era post-pandémica (Findlay et al., 2020; McCall et al., 2021). Gobiernos y empresas privadas implementaron tecnologías basadas en inteligencia artificial (IA), aplicaciones de rastreo y análisis de datos masivos para contener la propagación del virus (Bernard et al., 2020; Couch et al., 2020). Aunque estas herramientas contribuyeron a la gestión de emergencias, también sentaron las bases de una infraestructura de vigilancia con el potencial de extenderse más allá del contexto sanitario, generando preocupaciones éticas de largo alcance (Barriga et al., 2020; Couch et al., 2020). Durante la pandemia, la recolección de datos no se limitó a propósitos de salud pública: también se utilizó con fines económicos, sociales y políticos. Por ejemplo, algunos gobiernos recurrieron a datos de movilidad para diseñar políticas de subsidios o focalizar recursos; otros analizaron patrones de consumo para anticipar movimientos del mercado. Asimismo, plataformas digitales compartieron datos agregados con autoridades para mapear el cumplimiento de medidas de confinamiento. Incluso se documentaron casos en los que dicha información fue
131 usada para vigilar protestas sociales o perfilar poblaciones con fines migratorios o de seguridad nacional (Monteiro et al., 2021; Muhammad & Kautsar, 2023). Este proceso permitió al capitalismo de vigilancia consolidar aún más su alcance, integrando herramientas de monitoreo en la vida cotidiana (Seberger & Patil, 2021). Plataformas como el Integrated Infodemic Surveillance System (IISS) en Corea del Sur o PANDEM-Source31 en Europa han trascendido la crisis sanitaria, estableciendo precedentes para la recopilación de datos a gran escala (Orchard, 2024; Park et al., 2021). Los riesgos derivados de esta expansión incluyen la posible reutilización de estos sistemas con fines de vigilancia estatal, discriminación algorítmica o control poblacional, sin contar con marcos éticos sólidos ni supervisión transparente (Arriagada-Bruneau et al., 2020; O’Doherty et al., 2016). Aunque se han planteado salvaguardas como el consentimiento informado y la anonimización de datos, múltiples estudios advierten que estas medidas resultan insuficientes para enfrentar las implicaciones políticas y sociales de estas prácticas (O’Doherty et al., 2016). Frente a este escenario, el desarrollo de marcos regulatorios responsables y transparentes se vuelve indispensable. Diversos autores subrayan la necesidad de modelos de gobernanza de datos que equilibren la recolección de información útil para la gestión de crisis sanitarias con la protección de los derechos fundamentales (Almeida et al., 2020). Finalmente, la falta de un debate bioético integral sobre el uso sostenido de estas tecnologías representa una amenaza a los principios democráticos y a la autodeterminación digital de las personas. El riesgo de que la vigilancia masiva se normalice sin oposición crítica exige el fortalecimiento de regulaciones y la promoción de una reflexión bioética que garantice la protección de la privacidad, la 31 PANDEM-Source es una plataforma europea creada para integrar datos de distintas fuentes —como redes sociales, vigilancia epidemiológica y registros sanitarios— con el fin de mejorar la respuesta ante pandemias y apoyar la toma de decisiones en salud pública (Orchard, 2024).
132 dignidad humana y las libertades individuales en la era digital post-pandemia (Vardanyan & Stehlík, 2020). 12.2.3 Veracidad frente a la desinformación: El derecho a información confiable En un entorno digital marcado por la recopilación masiva de datos y el uso intensivo de tecnologías de vigilancia, garantizar el acceso a información veraz se vuelve una prioridad ética. La desinformación no solo atenta contra el respeto a la autonomía, sino que debilita la confianza pública en las instituciones democráticas y afecta directamente la salud colectiva. Por ello, el análisis de este fenómeno desde una perspectiva bioética y de derechos resulta fundamental para comprender sus implicaciones sobre la toma de decisiones y la regulación de contenidos en el ecosistema digital contemporáneo. 12.2.3.1 Impacto de la desinformación en la toma de decisiones de salud pública Desde una mirada bioética, la propagación de desinformación plantea tensiones entre el respeto a la libertad de expresión y la necesidad de proteger la salud pública. Tanto los gobiernos como los medios de comunicación enfrentan el deber ético de contrarrestar la desinformación sin vulnerar los derechos fundamentales de los ciudadanos. Entre las estrategias más recomendadas se encuentran el fomento de la alfabetización científica y digital, la regulación de contenidos en plataformas digitales y la difusión de información validada por organismos oficiales (Chowdhury et al., 2021; van der Meer & Jin, 2019). No obstante, estas medidas deben implementarse con cautela, buscando siempre un equilibrio entre el control de contenidos y la prevención de prácticas de censura que podrían erosionar aún más la confianza institucional (Freiling et al., 2023). Uno de los debates más relevantes gira en torno a la posibilidad de sancionar a quienes difunden información falsa. Mientras algunos sostienen que las sanciones son necesarias para evitar daños graves a la salud pública, otros advierten sobre
133 los riesgos de restringir excesivamente el discurso, especialmente en contextos donde las regulaciones pueden ser utilizadas con fines políticos o ideológicos (Ranney & Gostin, 2024; Saver, 2023). Ante este dilema, se hace necesaria una regulación proporcional, que delimite con claridad qué constituye desinformación y que garantice salvaguardas contra el uso indebido de estas normativas. Las plataformas digitales desempeñan un papel crucial tanto en la difusión como en el control de la desinformación. Durante la pandemia, compañías como Facebook, X (antes Twitter) y YouTube adoptaron diversas medidas para moderar el contenido relacionado con la COVID-19, tales como eliminar publicaciones engañosas, etiquetar mensajes dudosos o reducir la visibilidad de contenidos potencialmente dañinos (Artime et al., 2020; Chen et al., 2022). Sin embargo, estas acciones también han dado lugar a preocupaciones bioéticas sobre transparencia, equidad y censura. Si bien existe consenso en que es necesario actuar frente a la desinformación, la automatización de los procesos de moderación, junto con la escasa rendición de cuentas de estas plataformas, ha generado cuestionamientos sobre su legitimidad como reguladores del discurso público (Gorwa et al., 2020; Klonick, 2017). Además, el hecho de que empresas privadas asuman funciones de moderación sin supervisión externa plantea interrogantes sobre el poder concentrado en sus manos y la ausencia de mecanismos democráticos de control (Balkin, 2017). En este contexto, se propone que la moderación de contenidos en redes sociales se rija por principios éticos claros: proporcionalidad, transparencia y equidad. Esto implica establecer procedimientos claros, evitar decisiones arbitrarias, y asegurar que los criterios aplicados no respondan a intereses corporativos o políticos (Flew et al., 2019; Perel & Elkin-Koren, 2019). También se ha planteado la necesidad de crear órganos independientes de supervisión que realicen auditorías externas y velen por el cumplimiento de principios éticos en los procesos de moderación (Velásquez et al., 2021).
134 El derecho a la información confiable constituye un elemento esencial tanto para la salud pública como para el ejercicio de una ciudadanía informada. Garantizarlo requiere una respuesta coordinada entre gobiernos, plataformas digitales y sociedad civil, que combine la defensa de la libertad de expresión con mecanismos eficaces para mitigar la desinformación. En este esfuerzo, la bioética ofrece un marco invaluable para reflexionar sobre los límites, responsabilidades y principios que deben guiar la gobernanza informativa en entornos digitales. 12.2.3.2 Limitaciones al Pensamiento Crítico La preocupación por el derecho a la información confiable no puede desligarse de los mecanismos que condicionan el acceso y procesamiento de dicha información. En los entornos digitales actuales, este derecho se ve amenazado por estructuras algorítmicas que filtran y priorizan contenidos, moldeando de forma significativa la manera en que los individuos perciben la realidad y construyen sus juicios. Como se ha señalado previamente, la manipulación digital y los sesgos algorítmicos pueden restringir la autonomía cognitiva al reforzar creencias preexistentes y reducir el contacto con perspectivas divergentes. Esta situación afecta directamente el ejercicio del pensamiento crítico, pues limita la capacidad de cuestionar y contrastar información, elementos fundamentales en la toma de decisiones informadas (Deniz, 2022; Müller, 2012). Sin embargo, en el ecosistema digital, esta capacidad se ve afectada por algoritmos opacos que personalizan los contenidos con base en comportamientos pasados, creando burbujas de filtro y cámaras de eco que restringen la diversidad informativa (Reviglio Della Venaria, 2021). Desde una perspectiva bioética, esta reducción del horizonte cognitivo plantea interrogantes sobre el grado real de autodeterminación intelectual que conservan los usuarios (Susser et al., 2019). Esta preocupación se acentúa cuando las estrategias algorítmicas, bajo la lógica de la economía de la atención, utilizan tácticas que aprovechan
135 vulnerabilidades cognitivas32. Lo que podría considerarse persuasión digital aceptable se convierte en coerción cuando las decisiones del usuario son moldeadas sin su conocimiento ni consentimiento (Kozyreva et al., 2020). Así, surge una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto nuestras decisiones digitales son propias, y cuándo comienzan a ser dirigidas? Los llamados patrones oscuros representan un claro ejemplo de esta frontera difusa. Estas técnicas —como generar urgencia artificial, dificultar la cancelación de servicios o manipular la presentación de opciones— buscan influir en las decisiones de manera que prioriza los intereses de las plataformas, no los del usuario (Fagan, 2024). Desde una mirada bioética, esta frontera entre persuasión y coerción debe definirse a partir de la transparencia de las estrategias utilizadas y del respeto al grado de autonomía que se preserva en las decisiones del individuo (Susser et al., 2018). 12.2.3.3 Regulación ética y protección de la autonomía cognitiva A la luz de los desafíos previamente expuestos —como la difusión de desinformación, la manipulación digital y la limitación al pensamiento crítico—, se hace necesario explorar los marcos regulatorios que buscan proteger la autonomía cognitiva sin menoscabar los derechos fundamentales. El desafío de regular la manipulación algorítmica sin infringir la libertad de expresión ha llevado al desarrollo de distintos marcos regulatorios en el ámbito global. La Unión Europea ha adoptado una estrategia basada en la transparencia y la rendición de cuentas para las plataformas digitales, exigiendo explicaciones sobre el funcionamiento de sus algoritmos y limitando el uso de sistemas de recomendación que puedan resultar perjudiciales para la democracia (Cai, 2023). En contraste, Estados Unidos ha mantenido un enfoque más permisivo, confiando 32 Las vulnerabilidades cognitivas son formas en las que nuestra mente puede ser influida sin que nos demos cuenta, como cuando tomamos decisiones rápidas por costumbre o por lo que parece más fácil. Estas debilidades pueden ser aprovechadas por plataformas digitales para guiarnos hacia ciertas decisiones (Haselton et al., 2015; Susser et al., 2018).
136 en la autorregulación de las plataformas bajo el argumento de proteger la libertad de expresión (Petersen, 2022). Desde una perspectiva bioética, la regulación de la manipulación digital debe equilibrar la preservación del derecho a la información con la protección de la autonomía cognitiva. Como se mencionó previamente, este concepto hace referencia a la capacidad de las personas para pensar, reflexionar, tomar decisiones y sostener creencias de manera libre, sin que su proceso mental esté condicionado por influencias encubiertas. La autonomía cognitiva no implica solo la ausencia de coerción directa, sino también un entorno informativo plural, transparente y justo que permita al individuo deliberar con criterio propio. En el entorno digital, esta autonomía se ve comprometida cuando los algoritmos moldean imperceptiblemente el acceso a la información, influyendo en pensamientos, emociones y decisiones sin que el usuario sea plenamente consciente de ello. Así, mecanismos como la personalización opaca, la sobrecarga informativa y las cámaras de eco afectan progresivamente la capacidad crítica de los usuarios, restringiendo su autodeterminación intelectual. Proteger la autonomía cognitiva, en este sentido, supone garantizar no solo el acceso libre a la información, sino también evitar formas de manipulación tecnológica que debiliten el pensamiento autónomo y la deliberación racional (Ienca, 2023; Ienca & Andorno, 2017). Las políticas públicas deben enfocarse en promover la transparencia algorítmica y dotar a los usuarios de herramientas para comprender y gestionar su exposición a contenidos personalizados (Marcellis-Warin et al., 2022). La implementación de auditorías externas y la creación de derechos digitales específicos, como los Neuroderechos33, se han propuesto como vías para proteger la integridad mental de las personas frente a tecnologías cada vez más intrusivas, 33 Los Neuroderechos son una propuesta de nuevos derechos humanos orientados a proteger la integridad mental frente a tecnologías que interactúan directamente con el cerebro, como las interfaces cerebro-máquina y los algoritmos de personalización cognitiva. Buscan salvaguardar la autonomía, la privacidad mental y la identidad personal (Vidal, 2022).
137 como las interfaces cerebro-máquina y los sistemas de personalización cognitiva (Vidal, 2022). La comunicación digital, como se ha mostrado a lo largo de esta investigación, no debe analizarse únicamente desde una perspectiva tecnológica o legal, sino también ética y bioética. Los impactos sobre el respeto a la autonomía, la justicia digital e informativa y la autodeterminación cognitiva demandan una reflexión bioética que oriente las respuestas regulatorias. En ese sentido, el análisis de la desinformación ha revelado que no basta con frenar la propagación de noticias falsas; es imprescindible fortalecer una cultura de alfabetización digital que empodere a los usuarios para identificar sesgos y evaluar críticamente la información. La bioética, en este contexto, no solo ayuda a diagnosticar los riesgos, sino que también puede ofrecer marcos de acción que equilibren la necesidad de regulación con el respeto a los derechos fundamentales. Desde la perspectiva de esta tesis, aplicar principios como el respeto a la autonomía implica reconocer el derecho de los usuarios a acceder a información veraz y a no ser manipulados sin su conocimiento. Este principio ha guiado el análisis de los dilemas bioéticos vinculados a la comunicación digital durante la pandemia de COVID-19, en particular aquellos relacionados con la desinformación, la manipulación algorítmica y la opacidad de las plataformas. Esto permite responder de forma directa a la pregunta de investigación: ¿cómo influyó la comunicación digital en redes sociales durante la pandemia de COVID-19 en la percepción de los usuarios y en la posible vulneración de principios fundamentales como el respeto a la autonomía, la justicia y la virtud de veracidad? La tesis demuestra que esta influencia fue significativa, y se ejerció a través de mecanismos como la amplificación de contenidos emocionales y polarizantes, la creación de burbujas informativas, y la diseminación de narrativas engañosas que desplazaron el conocimiento científico. Con ello, se contribuyó a la distorsión de la percepción del riesgo, afectando la toma de decisiones en salud pública y vulnerando principios bioéticos fundamentales,
144 • Protección de datos y privacidad: enmarcada por legislaciones como el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) de la Unión Europea, que consagra derechos fundamentales como el consentimiento informado, el acceso, rectificación, olvido, portabilidad de datos y la notificación obligatoria de incidentes de seguridad. Este reglamento ha inspirado normativas similares en Brasil (LGPD), Estados Unidos (CCPA) y México (LFPDPPP), y contempla sanciones severas por incumplimiento. • Rendición de cuentas: exigir a las empresas tecnológicas responsabilidad activa sobre el impacto social y ético de sus plataformas. • Enfoque centrado en el ser humano: asegurar que el diseño y funcionamiento de las tecnologías digitales priorice el bienestar y el respeto a la autonomía de las personas (Ashok et al., 2022). Sin embargo, la aplicación de estos principios enfrenta desafíos considerables, como la falta de armonización entre sistemas regulatorios y la urgencia de establecer marcos de acción coordinados a nivel global (Ortega et al., 2023). En el ámbito internacional, organismos como la ONU, la OMS y la UNESCO han puesto en marcha iniciativas dirigidas a responder a los desafíos éticos de la era digital, especialmente en contextos de crisis sanitarias como la pandemia de COVID-19 (Budd et al., 2020; Stephenson, 2020). Por ejemplo, la UNESCO ha promovido debates sobre la ética de la información mediante conferencias como INFOethics34, enfocadas en el impacto social de las tecnologías (Pohle, 2013). El tránsito de una ética digital hacia una bioética digital resulta especialmente relevante ante la creciente intersección entre tecnologías digitales, salud y comunicación. Mientras que la ética digital suele centrarse en principios 34 INFOethics es una iniciativa de la UNESCO que se ha concretado en una serie de conferencias internacionales desde los años noventa, enfocadas en los desafíos éticos, legales y sociales de la sociedad de la información, como la privacidad, el acceso equitativo al conocimiento y la libertad de expresión (Pohle, 2013).
145 generales de responsabilidad tecnológica, la bioética digital amplía esta mirada, permitiendo examinar problemáticas específicas relacionadas con la equidad en salud, la autonomía informativa y la protección de datos sensibles (Salloch & Ursin, 2022; Karabekmez, 2021). Además, esta perspectiva favorece el análisis empírico del discurso público sobre temas bioéticos mediante herramientas provenientes de la ciencia de datos (Schneider et al., 2021). A diferencia de una visión ética generalista, la bioética digital reconoce los desafíos singulares de la interconexión humano-tecnología, y propone enfoques sociotécnicos para examinar los impactos de la innovación sobre principios como la veracidad, la autonomía y la justicia (Lupton, 2020; Shaw & Donia, 2021). La Unión Europea y la UNESCO también han promovido marcos de educación digital orientados a fortalecer la alfabetización digital e informacional y contrarrestar la desinformación. Sin embargo, algunas críticas señalan que estos enfoques tienden a centrarse en competencias orientadas al mercado, descuidando el enfoque de derechos humanos en entornos digitales (Janetzko, 2017). El modelo de co-regulación35 adoptado por algunos países europeos constituye una vía intermedia entre la intervención estatal directa y la autorregulación privada. Este enfoque promueve la colaboración entre gobiernos, plataformas tecnológicas y sociedad civil para establecer mecanismos de control más flexibles y efectivos (Durach et al., 2020). A su vez, han proliferado las iniciativas de verificación de información como herramienta clave para mitigar la desinformación (López-García et al., 2019). En un plano más amplio, la iniciativa de Cooperación Digital de la ONU ha buscado abordar las brechas regulatorias del entorno digital, tomando como 35 El modelo de co-regulación es una forma de gobernanza en la que el gobierno establece reglas generales, pero permite que las plataformas digitales desarrollen sus propios mecanismos para cumplirlas. Así, se busca compartir responsabilidades sin que todo dependa solo del Estado o solo de las empresas (Husovec & Roche Laguna, 2022; Griffin & Vander Maelen, 2023).
146 referencia otras áreas como la protección ambiental, para desarrollar principios compartidos de gobernanza global (Gritsenko, 2024). La efectividad de estas políticas ha sido evaluada en estudios que muestran, por ejemplo, que la digitalización de la administración pública ha incrementado la transparencia y reducido la corrupción (Darusalam, 2023). Asimismo, se ha documentado que el uso ético de tecnologías digitales puede fortalecer la capacidad institucional para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Engvall & Flak, 2022), por lo que resulta indispensable que estas estrategias continúen evolucionando a la par del avance tecnológico. Finalmente, uno de los aspectos más debatidos en torno a la regulación de la desinformación es la tensión entre garantizar información confiable y proteger la libertad de expresión. Estudios recientes han mostrado que medidas como la verificación de cuentas y la eliminación de contenidos falsos pueden reducir la difusión de información errónea, siempre que se implementen con mecanismos éticos, democráticos y de alcance internacional (Ang, 2023; Gabarrón et al., 2021). 14.1.1 Intervención gubernamental viable desde una perspectiva bioética En continuidad con los marcos regulatorios y éticos previamente abordados, resulta necesario considerar cómo puede articularse una intervención gubernamental legítima desde una perspectiva bioética. Esta intervención no debe entenderse como un ejercicio autoritario de control, sino como una respuesta ética ante la vulneración de principios fundamentales como la autonomía, la justicia y la veracidad. La experiencia durante la pandemia de COVID-19 evidenció que la autorregulación de las plataformas digitales fue insuficiente para contener la propagación masiva de desinformación en salud, lo cual afectó directamente la toma de decisiones informadas de la población y deterioró la confianza en las instituciones sanitarias (Bin Naeem & Kamel Boulos, 2021; Clemente-Suárez et al.,
147 2022). Frente a este panorama, el Estado tiene la responsabilidad ética —y no solo política— de garantizar condiciones estructurales para un ecosistema informativo transparente y justo, en el que se promueva el pensamiento crítico y el acceso equitativo a información confiable (Beauchamp & Childress, 2019; Akram et al., 2022). Una estrategia viable desde la bioética es el modelo de co-regulación, ya adoptado en contextos como la Unión Europea a través de marcos como la Ley de Servicios Digitales (Husovec & Roche Laguna, 2022; Griffin & Vander Maelen, 2023). Este modelo busca equilibrar la intervención estatal con la autorregulación empresarial, promoviendo la colaboración entre gobiernos, plataformas tecnológicas y sociedad civil. En este esquema, el Estado no impone un discurso único, sino que establece principios rectores como la transparencia algorítmica, la protección de la autonomía cognitiva, la equidad en el acceso a la información y la rendición de cuentas por parte de las plataformas digitales (Koene et al., 2017; Reviglio della Venaria & Urbano, 2020). Estos principios pueden ser adaptados a contextos regionales como el latinoamericano, con el objetivo de prevenir la desinformación sin incurrir en riesgos de censura arbitraria (Chenou & Rodríguez Valenzuela, 2021; Medina, 2015). Asimismo, una intervención gubernamental éticamente fundamentada debe incluir programas públicos de alfabetización digital crítica, acceso a herramientas de verificación de información y mecanismos transparentes de moderación de contenido, en coordinación con organismos de salud pública y expertos en bioética (Ali et al., 2021; Vraga & Bode, 2021). Más que proponer un enfoque punitivo o censor, esta propuesta apunta hacia una gobernanza ética de la comunicación digital, anclada en principios como la subsidiariedad, el bien común y la justicia distributiva (Beauchamp & Childress, 2019; Rodríguez Soriano, 2018). Esto implica reconocer que la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero que debe ser protegido activamente frente a riesgos contemporáneos como la manipulación
148 algorítmica, la microsegmentación y el capitalismo de vigilancia (Rubel et al., 2021; Zuboff, 2019). 14.2 Estrategias Nacionales para Combatir la Desinformación en Salud Pública A partir del análisis del modelo de co-regulación y de la necesidad de una gobernanza digital éticamente fundamentada, es posible identificar múltiples estrategias que distintos gobiernos han adoptado para enfrentar uno de los retos más urgentes del ecosistema informativo actual: la desinformación en salud pública. Esta problemática, intensificada durante la pandemia de COVID-19, ha puesto en evidencia las debilidades estructurales tanto de las plataformas digitales como de los marcos regulatorios nacionales para garantizar un acceso equitativo y confiable a la información. La desinformación en salud representa un desafío crítico en el entorno digital contemporáneo, especialmente en plataformas de redes sociales donde los usuarios acceden y comparten contenidos con gran rapidez. En respuesta, distintos gobiernos han desarrollado estrategias orientadas a mitigar la difusión de noticias falsas y teorías conspirativas que comprometen la salud pública y debilitan la confianza ciudadana. Estas estrategias incluyen regulaciones gubernamentales, intervenciones tecnológicas y programas de alfabetización digital para fortalecer la capacidad crítica de los usuarios ante contenidos engañosos. A nivel internacional, se observan enfoques diversos. La Unión Europea, por ejemplo, ha implementado un modelo regulador robusto mediante instrumentos como el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) y la Ley de Servicios Digitales, los cuales obligan a las plataformas a adoptar medidas contra la desinformación y a garantizar mayor transparencia en sus procesos de moderación de contenido (Saurwein & Spencer-Smith, 2020). Este enfoque ha servido de referencia para otros países al establecer estándares de rendición de cuentas para las empresas tecnológicas.
149 En contraste, Estados Unidos ha optado por un modelo más permisivo, basado en la autorregulación de las plataformas, protegido por la Sección 230 del Acta de Decencia en las Comunicaciones (Razak, 2023). Aunque esta postura privilegia la libertad de expresión, ha sido objeto de críticas por su limitada efectividad frente a la propagación de desinformación en crisis sanitarias. En América Latina, el panorama es más heterogéneo. En México, por ejemplo, no existe una política nacional específica para regular la desinformación en redes sociales. Sin embargo, durante la pandemia se desarrollaron iniciativas de verificación impulsadas por la sociedad civil (Flores-Saviaga & Savage, 2020). A pesar de ello, investigaciones sugieren que aplicaciones como WhatsApp —con menor supervisión de contenido— pueden facilitar la difusión de información errónea (Echeverría & Rodríguez Cano, 2023). Ante esta situación, se ha propuesto combinar validación científica, redes de expertos confiables y transparencia en la identificación de contenido falso como pilares para mitigar estos riesgos (Kyza et al., 2020). Las plataformas digitales, por su capacidad de amplificación, tienen un rol fundamental en la lucha contra la desinformación. Diversos estudios coinciden en que las políticas de moderación deben considerar dos objetivos clave: identificar contenido falso y preservar al mismo tiempo los derechos fundamentales, en particular la libertad de expresión (Brown et al., 2021; Medeiros & Singh, 2020). Entre las estrategias más destacadas se encuentran:Las estrategias más recomendadas incluyen: • Implementación de mecanismos de verificación de hechos: plataformas como Facebook, X (antes Twitter) y YouTube han desarrollado alianzas con organizaciones independientes de verificación, aunque su efectividad depende de la velocidad de respuesta y la amplitud del monitoreo (Guriev et al., 2023). • Reducción de visibilidad de contenido engañoso: mediante algoritmos que disminuyen el alcance de publicaciones dudosas. No obstante, esta medida
150 puede generar migraciones hacia espacios menos regulados, como canales cerrados o redes descentralizadas (Mudambi et al., 2024). • Promoción de la alfabetización digital: fortalecer las competencias críticas de los usuarios permite enfrentar la desinformación de forma más sostenible. Programas diseñados para audiencias específicas han mostrado buenos resultados en la reducción de creencias erróneas (Medeiros & Singh, 2020). • Transparencia en la moderación de contenido: inspiradas por el modelo europeo, diversas organizaciones han propuesto que las plataformas informen sobre sus criterios de moderación y justifiquen la eliminación o etiquetado de contenido (Saurwein & Spencer-Smith, 2020). • Colaboración con organismos de salud y expertos en bioética: especialmente en contextos de emergencia, como la pandemia, esta colaboración permite priorizar contenido basado en evidencia científica y principios éticos (Fridman et al., 2020). Desde una perspectiva bioética, el abordaje de la desinformación debe equilibrar la protección del usuario con el respeto a sus derechos. La bioética digital, como campo emergente, ofrece marcos normativos que integran la reflexión filosófica con herramientas empíricas para evaluar estos desafíos (Schneider et al., 2021). En este contexto, se han propuesto principios clave para guiar la gobernanza digital: el respeto a la autonomía, entendida como el derecho a acceder a información veraz y libre de manipulación; la justicia, que exige evitar medidas que discriminen o excluyan a ciertos grupos y la transparencia, para asegurar claridad en los procesos de moderación (Eke & Stahl, 2024; Floridi, 2018). En suma, la regulación nacional de las plataformas digitales enfrenta múltiples desafíos. Sin embargo, mediante una acción coordinada entre gobiernos, empresas tecnológicas y sociedad civil, es posible avanzar hacia un ecosistema informativo más justo y saludable. La bioética digital no solo permite evaluar críticamente estas estrategias, sino también ofrecer propuestas orientadas al respeto por la dignidad humana, la equidad y la integridad del conocimiento en el espacio digital.
151 14.3 Educación en Salud como Estrategia para la Prevención de Crisis Sanitarias La prevención de futuras crisis sanitarias exige un enfoque integral en la educación en salud, concebida no solo como una herramienta informativa, sino como una estrategia bioética que fortalece la autonomía, promueve la equidad y contribuye al bienestar colectivo. En este contexto, las intervenciones educativas deben centrarse en la colaboración interdisciplinaria (Okoro et al., 2024), el desarrollo de plataformas digitales accesibles que garanticen un acceso equitativo a la información (Jhala et al., 2022), y la implementación de iniciativas comunitarias sostenibles (Suprianto, 2024). La educación en salud y las estrategias de salud pública requieren una justificación bioética, dado su carácter potencialmente intrusivo y la legitimación del poder estatal para su implementación (Cole, 1995). Adoptar una perspectiva bioética a nivel poblacional implica reconocer y abordar las desigualdades estructurales que condicionan la distribución de la salud (Goldberg, 2012; Merritt & Hyder, 2019). Priorizar la educación en salud no solo refuerza la autonomía individual, sino que actúa como un instrumento de justicia social, contribuyendo a reducir inequidades de manera más eficaz que las intervenciones centradas únicamente en el individuo (Breton, 2013; Buchanan, 2008). Asimismo, la educación en salud cumple un papel crucial en la preparación y respuesta ante crisis sanitarias, ya que facilita la adopción de estilos de vida saludables (Braun & Fischer, 2024), fortalece las capacidades de liderazgo en contextos de emergencia (Deitchman, 2013), y promueve la conciencia colectiva sobre medidas preventivas, mejorando la calidad de vida y limitando la propagación de enfermedades (Gitirana et al., 2021). Frente a crisis complejas, se requiere una estrategia integrada que combine saberes de distintas disciplinas (Blanco et al., 2020). En un sentido más amplio, la educación en salud se vuelve esencial para la preparación ante emergencias humanitarias y desafíos globales (Burkle Jr, 2019). En este marco, los gobiernos y
152 las instituciones tienen la responsabilidad bioética de garantizar el acceso público y equitativo a contenidos educativos en salud, lo cual exige evaluar los niveles de alfabetización sanitaria y adaptar las estrategias de comunicación a las características socioculturales de cada población (Zolkefli & Hj Mahmud, 2023). Este deber del Estado se fundamenta en principios de derechos humanos y responsabilidad colectiva (Padela, 2016). Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en el Estado: también es social, e involucra a distintos sectores como el sistema educativo, las instituciones sanitarias y la comunidad en general. Esto incluye la promoción de la educación en salud desde edades tempranas, con una base ética que reconozca su papel en la formación ciudadana (Semplici, 2014; León Correa, 2008). La educación en salud, por tanto, debe evolucionar hacia un modelo integral, guiado por principios bioéticos, que promueva la equidad y asegure un acceso inclusivo. Un enfoque interdisciplinario permitirá no solo mejorar la preparación ante pandemias futuras, sino también fortalecer la justicia sanitaria y combatir la desinformación. Invertir en infraestructura educativa, desarrollar programas adaptados a diversos contextos sociales y fomentar la colaboración entre sectores serán elementos clave para construir sistemas de salud resilientes y sociedades mejor informadas. En definitiva, la educación en salud no solo favorece la autonomía individual, sino que constituye un pilar ético y estratégico para la estabilidad, la prevención y el bienestar social global. 14.4 Doctor Zito: Programa de Alfabetización en Salud Digital con Enfoque Bioético DoctorZito es una iniciativa creada en México en 2020 por la autora de esta tesis, en el contexto de la pandemia de COVID-19 y de forma paralela al inicio de su formación doctoral en bioética aplicada. Su origen se encuentra en la apertura de una cuenta en la plataforma TikTok, con el objetivo inicial de compartir contenido dinámico y entretenido sobre las experiencias que enfrentan los estudiantes de
153 medicina durante su formación, narradas a través del personaje ficticio “Zito”, cuyas anécdotas estaban basadas en vivencias mayormente reales. Con el paso del tiempo, la comunidad de seguidores comenzó a mostrar un creciente interés por contenidos educativos en salud, evidenciando la necesidad de contar con información accesible, confiable y en español sobre estos temas. A partir de esta demanda, surgió la idea de consolidar DoctorZito como un programa de alfabetización en salud digital con enfoque bioético, orientado a combatir la desinformación y promover el pensamiento crítico en entornos digitales. Las plataformas digitales han demostrado ser herramientas clave para mejorar la educación en salud y facilitar el acceso a información médica validada. Diversas estrategias digitales han sido desarrolladas con el objetivo de acercar contenidos confiables a la población, entre ellas campañas de alfabetización mediática, plataformas de autoevaluación y aprendizaje adaptativo (Axelsson et al., 2021; Wang & Liao, 2024). En este contexto, DoctorZito se consolidó como una multiplataforma que ofrece videoclases a través del sitio web www.doctorzito.com, contenidos audiovisuales en redes sociales como TikTok, YouTube, Facebook e Instagram, así como el pódcast educativo DoctorZitos al Aire. Uno de los elementos distintivos de esta iniciativa es su enfoque pedagógico accesible e innovador. Entre sus estrategias metodológicas destacan: • Narrativa educativa: Uso de historias y ejemplos cotidianos para facilitar la comprensión de conceptos complejos. • Diseño interactivo y atractivo: Incorporación de recursos como cuestionarios y dinámicas en formatos visuales amigables. • Entrevistas con expertos: A través del pódcast se brinda acceso directo a profesionales de la salud, fomentando el pensamiento crítico con base en evidencia científica. • Microaprendizaje: Distribución de contenidos breves y accesibles en redes sociales, pensados para optimizar la retención de conocimiento.