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La luz del último gran árbol

Orellana-Mondol, Andrea

Abstract

En este cuento corto de esperanza y resiliencia, se visualiza el rol de los hongos en la naturaleza como gestores de vida y como sostén de las potencialidades humanas. Los árboles no viven solos sino que tienen un vínculo fuerte con los hongos, que a su vez pueden ser indicadores ambientales y cuya importancia en la conservación ambiental debería de ser imperativa.

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ISSN 2953-741X Funga Latina 3 (2025) V3A8 https://doi.org/10.5281/zenodo.17882670 1 © 2025 Fungalatina.com La luz del último gran árbol The light of the last great tree Andrea Orellana-Mondol1 1 Funga Conservation, Costa Rica. E-mail: [email protected] Received: 3 December 2025 Accepted for publication: 5 December 2025 Published: 8 December 2025 Editor: Nataly Gómez-Montoya Resumen: En este cuento corto de esperanza y resiliencia, se visualiza el rol de los hongos en la naturaleza como gestores de vida y como sostén de las potencialidades humanas. Los árboles no viven solos sino que tienen un vínculo fuerte con los hongos, que a su vez pueden ser indicadores ambientales y cuya importancia en la conservación ambiental debería de ser imperativa. Palabras clave: bioluminiscencia, desarrollo urbano, educación ambiental, Fungi. Abstract: This short story of hope and resilience illustrates the role of fungi in nature as sustainers of life and pillars of human potential. Trees do not live in isolation but have a strong link with fungi, which in turn can be environmental indicators and whose importance in environmental conservation should be imperative. Keywords: bioluminiscence, environmental education, Fungi, urban development. This work is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 International License Dedicado a Ceshia Ubau, Ali García y Juan Pablo Chaverri quienes con su sensibilidad me inspiraron para escribir este cuento y también a esa niñez curiosa y transformadora que habita en los más pequeños y los más grandes. La noche comenzaba lentamente a descender junto con el cantar de las chicharras y un breve aroma a tierra mojada delataba los aconteceres de la tarde. El viento vacilaba junto con las ramas como para darle entender a las aves que su plumaje no siempre debía parecer suaves hebras que se deslizan por su cuerpo. Un árbol de guarumo, cuyas hojas se extendían como manos abiertas al cielo, conforme la luz se iba Funga Latina 3 (2025) V3A8 Orellana Mondol 2 apartando, cerraba sus dedos, tal como un niño que juega a atrapar mariposas que titilan sus alas, imitando las estrellas. La niña, sentada a las faldas del árbol, soñaba. Soñaba con el verdor de las montañas, en el río caudaloso que partía en dos la geografía, soñaba con la lluvia, los bosques, los animales. Y en las faldas de ese gran árbol, el último gran árbol de su ciudad, soñaba y sus sueños cayeron como lágrimas. El árbol era como una pequeña isla en la ciudad. Todo alrededor era hostil. El viento se sentía seco al pasar por las mejillas, las nubes de polvo se levantaban siempre por su camino y el sol era una bola incandescente que atrapaba la ciudad con su calor. El gran árbol, era el único lugar seguro y durante el día los pájaros iban a refugiarse en él. Los escarabajos hacían pequeños huecos en su corteza, las hormigas lo defendían a capa y espada y algunas veces al año, en las noches húmedas de luna nueva, un raro evento acontecía. Este evento era muy difícil de observar, porque las luces de la ciudad opacaban todo alrededor. Pero esa noche, la niña se quedó dormida entre las ramas del árbol y sus sueños comenzaron a caer al suelo formando una pequeña laguna. La laguna comenzó a crecer e inundó gran parte de la ciudad, produciendo un corto circuito. Y conforme las luces se fueron apagando, la oscuridad imperó. Los carros dejaron de circular, los aparatos electrónicos colapsaron, la gente comenzó a salir de sus casas y trabajos muy asustadas para ver lo que pasaba. Todo estaba en un profundo silencio. Una lechuza que se encontraba en el gran árbol comenzó a cantar, lo que llamó la atención de la gente. Hacía mucho que no escuchaban ese tipo de sonidos. Las niñas y los niños sorprendidos corrieron al árbol para ver qué era eso tan raro. Detrás, los siguieron sus familias asustadas, seguidos por los vecinos y amigos que querían entender qué estaba pasando, hasta que la pequeña isla en medio de esa gran ciudad se llenó de gente. Hacía años que nadie caminaba por ese sitio, solo los camiones llegaban a dejar basura y arrasar la tierra. El árbol majestuoso de guarumo, con sus largas ramas movió sus hojas como dando la bienvenida. Al principio sentían incertidumbre, pero poco a poco sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, comenzaron a percibir algo distinto. Debajo de ese gran árbol, observaron como las ramas y hojas caídas se iluminaban con un manto verde. Todos sorprendidos comenzaron a preguntarse qué era eso tan extraño. Una voz se levantó en medio de la muchedumbre y dijo: -Son hongos bioluminiscenteslo decía con mucha calma la mujer más sabia de la ciudad. Era una mujer muy mayor, que tenía su cuerpecito ya curvado y el tiempo se veía reflejado en su dulce rostro. -Cuando era niña, este lugar era un gran bosque, yo corría con mis amigos hasta cansarme, jugábamos en un río que pasaba cerca y que ahora está entubado. Y al caer la tarde, veníamos aquí a este gran árbol para subirnos en sus ramas, para contemplar el atardecer. Siempre esperábamos con ansias la noche para ver si los troncos en el suelo se iluminaban, y cuando sucedía, agarrábamos algunos como lámparas para volver a nuestras casas-. Funga Latina 3 (2025) V3A8 Orellana Mondol 3 De pronto, entre la oscuridad las luciérnagas comenzaron a brillar, la gente impresionada, se sentó a disfrutar de ese espectáculo. Pasaron horas contando historias, riendo, sintiéndose cómodos con la oscuridad, iluminados únicamente por el micelio incandescente. El viento corría por las ramas de los árboles y una leve melodía se escuchaba sutilmente. El ambiente se puso tan íntimo que se sentía como si el tiempo se detuviera por instantes, realmente se sentían seguros ahí. Al volver a sus casas, sintieron la diferencia del aire entre la ciudad con respecto a cómo se sentía debajo del gran árbol. La ciudad se volvió insoportable: El ruido, el calor, el olor, la rapidez con que se movía todo. Descubrieron que eso les producía una gran ansiedad. -Esto tiene que cambiardecían. -¿Cómo pudimos permitir que desapareciera el bosque? - Se preguntaron -¿Si desaparece ese árbol que pasará con esos hongos bioluminiscentes? Comenzaron a buscar apoyo, hablaron con sus vecinos, amigos, organizaciones, científicos, universidades, gobiernos, empresas y les fueron relatando la historia del último gran árbol de su ciudad. Cuando las personas mostraban resistencia o los veían dudar, con mucho amor, las llevaban a ese último árbol para que vieran la bioluminiscencia detrás de esa oscuridad. Comenzaron a visitar otros pueblos a los alrededores para buscar árboles nativos. Hicieron almácigos con semillas e involucraron a las personas en el proceso de siembra y cuido de los arbolitos. Permitieron que se fueran formando diversos tipos de ecosistemas dentro de la ciudad para mejorar la biodiversidad. A su paso, aprovecharon para contarle a los pobladores lo que habían vivido para que no cometieran el mismo error que ellos habían hecho al destruir el bosque y replicar la experiencia. Anduvieron muchos kilómetros, hasta que poco a poco comenzaron a volver verde su ciudad. Era todo un corredor biológico pensado para darle un hogar a los hongos, los animales, los microorganismos que vivían en esa pequeña isla del último gran árbol. Todas las tardes, la niña jugaba entre los pequeños arbolitos que crecían por su casa, el viento ya no era tan seco y podía respirar un aire más limpio. La niña feliz soñaba con que la ciudad cambiaría, que un día aprenderían a vivir en armonía con la naturaleza y así, en las noches húmedas de luna nueva poder observar las luces del bosque en su ciudad.