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Para citar esta obra, use el siguiente formato: Ochoa Siguencia, L. (2025). Aman-Yupanqui, el niño del pacto: Ingapirca, donde el Sol aprendió a escuchar al Agua. Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE). hps://doi.org/10.5281/zenodo.17937234
AMAN-YUPANQUI, EL NIÑO DEL PACTO Ingapirca, donde el Sol aprendió a escuchar al Agua Luis Ochoa Siguencia
AMAN-YUPANQUI, EL NIÑO DEL PACTO Luis Ochoa Siguencia Copyright © 2025, Luis Ochoa Siguencia Copyright © 2025, Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE) Proyecto de portada y acuarelas: Renata OchoaDąderska ISBN: 978-83-978248-5-0 DOI: 10.5281/zenodo.17937234 Publicado por: Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE) Licencia: Distribuido bajo la licencia Creave Commons BY-NC-SA (Atribución – No Comercial – Comparr Igual). Se permite la traducción y adaptación de la obra siempre que se cite al autor, no se haga con nes comerciales y las versiones resultantes se distribuyan bajo la misma licencia. Obra de cción literaria inspirada en las cosmovisiones andinas. No pretende una reconstrucción histórica literal. Impreso en: Częstochowa, Polonia Año de publicación: 2025
DEDICATORIA A la erra del Cañar, donde las piedras saben nombres que el empo no ha querido olvidar. A la familia Ochoa y a la familia Siguencia, dos ramas anguas que supieron crecer juntas para seguir dando fruto. De ese encuentro nace este libro, como nacen las cosas que duran: sin ruido, sin prisa, con memoria. Que camine ahora como caminan las historias verdaderas: de boca en boca, de corazón en corazón, hasta volver a la erra.
Toda historia verdadera empieza escuchando.
7 CAPÍTULO I La mujer que caminaba sin hacer ruido Antes de que alguien aprendiera a nombrar el mundo, la erra ya estaba escuchando. Mucho antes de que el nombre de Ecuador exisera, mucho antes de que alguien trazara fronteras sobre los mapas, los Cañaris ya caminaban estas montañas. Sabían escuchar a la lluvia. Sabían leer el rumbo del viento en las plumas de los colibríes. Sabían que una laguna no es un hueco lleno de agua, sino un ojo de la erra que nos observa. En aquellos empos, la gente decía
8 que el Cañar no era un lugar: era un modo de mirar. Entre todos, había una mujer que parecía hecha de amanecer. La llamaban Cañar-Aman: Cañar por su pueblo, Aman por la primera luz que nace antes de que el Sol se atreva a asomarse. Cañar-Aman era protectora de las lagunas sagradas. Conocía cada espejo de agua como otros conocen las habitaciones de su casa: la laguna donde dormían las estrellas en época seca, la que se enfurecía cuando alguien se miraba en ella con soberbia,
9 la que tragaba silenciosamente las menras. Vivía cerca de Culebrillas, donde el agua se enrosca como una serpiente de vidrio entre piedras altas. Su casa no tenía murallas, sino humaredas de fogón y cuerdas de maíz secándose al sol. Los perros la seguían como si supieran que ella pertenecía más al viento que al suelo. Dicen que cuando Cañar-Aman caminaba sobre la erra húmeda, ésta no sonaba. No por ser ligera, sino porque la erra la reconocía como hija
16 CAPÍTULO III El primer encuentro Cuando las mujeres depositaron al herido sobre el piso de erra bada, Cañar-Aman se acercó sin apuro. El hombre respiraba con el dolor de quien no está acostumbrado a senrlo. En el pecho llevaba colgando un disco dorado con la forma del Sol. En la frente, el golpe aún laa. Cañar-Aman no vio a un invasor. No vio a un Inca. Vio a alguien al borde de su desno. Tomó una hoja de achiote, la machacó entre los dedos y dejó que el rojo vivo se mezclara con agua de hierbas calientes.
17 Lavó la herida sin palabras. Yupanqui abrió los ojos un instante. Lo primero que vio fue un techo de casa cañari: palos, paja, humo ascendiendo hacia las rendijas. Y, entre todo ello, el rostro de la mujer. La miró como se mira un paisaje que uno sabe que no le pertenece. —¿Dónde estoy? —susurró, en quechua. Cañar-Aman no respondió. No porque no entendiera, sino porque en su pueblo el primer idioma no era ni el quechua ni el cañari.
18 Era el silencio. En el silencio se decidía si la vida connuaba o no. Lo observó largo rato. Vio en su mirada no solo el brillo del Sol, sino el cansancio de quien ha visto demasiado poder y ya no sabe en qué dirección usarlo. Finalmente dijo, en voz baja pero rme: —Estás donde el agua recuerda. No pronunció su nombre. No preguntó el de él. Le colocó en la boca una infusión amarga de hojas de montaña. —Bebe. Si estás dispuesto a seguir, el agua te aceptará.
19 Si no, te devolverá al camino por donde viniste. Yupanqui bebió. El líquido bajó como un relámpago verde por su garganta. Sinó un fuego frío correrle por las venas. Después, solo oscuridad. Durante tres días y tres noches, entre ebre y delirios, escuchó voces que no sabía si nacían dentro o fuera de su cabeza. Vio lagunas que respiraban. Serpientes de agua trepando
20 por paredes de piedra. Un niño sin rostro que lo tomaba de la mano y le mostraba un templo sin techo donde el Sol entraba de costado. Cuando abrió los ojos otra vez, la niebla se había rerado un poco de su mente. La primera gura nída fue la de Cañar-Aman, sentada frente a él, trenzando un hilo de lana, como si el empo fuera algo que pudiera enredarse entre los dedos.
21 CAPÍTULO IV Lo que aprendió el hijo del Sol En los días que siguieron, el hijo del Sol quiso hablar de mapas, de ejércitos, de rutas. Ella le habló de nubes. Quiso saber quién dominaba esas erras, cuántos hombres podrían reunirse, cuánta comida ofrecerían las cosechas. Cañar-Aman respondió mostrándole la uña manchada de erra. —Aquí nadie domina —dijo. Aquí se acompaña. Le mostró cómo los Cañaris sembraban maíz alto como niños, frejoles que trepaban las varas como si buscaran el cielo,
22 calabazas que dormían con la redondez tranquila de la luna. Le mostró los tejidos: mantas donde habían bordado colibríes con las alas abiertas, serpientes escalonadas, caracoles que guardaban en su espiral el ruido del mar lejano. Le enseñó que cada color tenía una palabra, y que cada palabra guardaba un recuerdo. Le mostró la laguna sagrada, donde las abuelas iban a dejar sus penas como quien deja piedras en el fondo de una olla. —Aquí traen sus sueños rotos —dijo—. El agua sabe qué hacer con ellos. Le habló de las estas donde nadie comía solo, de las noches de historias
23 alrededor del fogón, de cómo los niños aprendían primero a escuchar y después a preguntar. Yupanqui escuchaba, al principio, con la paciencia de quien espera que terminen las ceremonias para empezar la verdadera conversación. Pero con el paso de los días, descubrió que la verdadera conversación ya estaba ocurriendo: la de su corazón con cosas que nunca había considerado importantes. Aprendió que los Cañaris no temían desaparecer, porque sabían que mientras alguien
24 recordara su nombre, seguirían exisendo en las piedras, en el agua, en las trenzas de las hijas. Una madrugada, al ver el Sol asomarse detrás de un cerro, Yupanqui susurró, sin pensarlo: —El Sol no manda aquí. Solo visita. Cañar-Aman sonrió. Y en ese gesto mínimo, el mundo se movió un poco.
25 CAPÍTULO V El pacto en la orilla de la laguna La noche en que la luna se volvió delgada como una hoja de obsidiana, Cañar-Aman llevó a Yupanqui hasta una roca que asomaba sobre la laguna como un respaldo anguo. Se sentaron sin hablar. El cielo estaba tan claro que las estrellas parecían tambos encendidos en la altura del mundo, esperando viajeros. Después de un largo rato, ella dijo: —Tu pueblo mira hacia arriba. El mío, hacia adentro. —El mío avanza —respondió él—. El tuyo permanece.
32 Los Incas decían que cuando el niño dormía, el Sol demoraba un instante más en irse, como si quisiera vigilar su sueño. Aman-Yupanqui creció escuchando dos músicas: el quechua, rme como piedra tallada; el cañari, suave como lluvia de la mañana. Aprendió a comer mote junto a las abuelas, y a escuchar historias del Cuzco junto a su padre. Caminaba descalzo sobre las piedras y nunca se cortaba. Corría entre guerreros y tejedoras, con la naturalidad de quien aún no sabe de bandos.
33 Algunos decían que era mitad Sol, mitad Agua. Otros murmuraban que no pertenecía del todo a ninguno de los dos pueblos. Y que esa era, precisamente, su fuerza.
34 CAPÍTULO VII El templo elípco Mientras el niño crecía, en lo alto de la colina que hoy llamamos Ingapirca, las manos de dos mundos empezaron a ordenar un sueño. Los Cañaris trajeron piedras grandes y locales, rugosas, atravesadas por vetas verdes y grises. Sabían cuáles rocas se dejaban mover y cuáles preferían seguir siendo cerro. Los Incas aportaron el arte de cortar y pulir la piedra hasta que las juntas se tocaran sin mortero, como si siempre hubieran estado desnadas a encajar.
35 Tras muchas discusiones, decidieron que el templo no tendría la forma de siempre. No sería cuadrado. No sería rectangular. Sería elípco. —Como un ojo abierto —dijeron las abuelas. —Como la órbita del Sol alrededor de la vida —dijeron los astrónomos. —Como dos mundos aprendiendo a abrazarse —susurró Cañar-Aman. Cada piedra colocada llevaba dos memorias: la del cantero cañari que la arrancaba de la montaña, y la del maestro Inca que la hacía encajar en el muro. Nadie escribía esas historias. Pero la piedra las recordaba. El templo se alzó poco a poco.
36 En ciertas épocas del año, cuando el Sol aparecía con el ángulo exacto, un rayo entraba oblicuo y recorría el interior como una mano de fuego. El día en que esa mano llegó al centro, Cañar-Aman y Yupanqui entraron juntos. El templo no tenía techo. Era un abrazo de piedra abierto al cielo. Aman-Yupanqui, aún pequeño, trotaba detrás de ellos. Los ancianos Cañaris y los sabios Incas formaron un círculo. No hubo tambores. No hubo autas. Solo viento. Cañar-Aman habló:
37 —Este templo no es una casa para dioses. Es un espejo para que puedan mirarse sin romperse. Yupanqui añadió: —Aquí, quienes vengan después recordarán que hubo un empo en que el Sol aprendió a escuchar al Agua, y el Agua aceptó mirarse en la luz del Sol. El viento cruzó el recinto elípco, levantando polvo y oraciones. En el centro, Aman-Yupanqui alzó las manos, como si tocara algo que solo él podía ver.
38 CAPÍTULO VIII Cuando el equilibrio empieza a doler El pacto había sido sellado. El templo se alzaba. El niño crecía. Y, sin embargo, el mundo seguía moviéndose. Los mensajeros llegaron desde el sur con los pies cansados y las palabras tensas. Hablaban de nuevos planes, de rutas que debían asegurarse, de un imperio que no sabía cómo detener su propio avance. Decían que el Sol no podía quedarse demasiado empo mirándose en el agua. Yupanqui escuchaba con el ceño fruncido. Había aprendido a callar, pero no a olvidar quién había sido.
39 En las noches, se sentaba solo a la orilla de la laguna. Miraba su reejo temblar en el agua y no siempre sabía a quién estaba viendo. Cañar-Aman lo observaba desde lejos. Sabía que ningún pacto vive solo de palabras anguas. Sabía que todo equilibrio exige cuidado cada día. —El mundo vuelve a empujar —le dijo una vez. Siempre lo hace. —No sé cómo detenerlo —respondió él—. Ni siquiera sé si debo hacerlo. Aman-Yupanqui jugaba cerca, trazando líneas en la arena que el agua borraba una y otra vez. Reía cada vez
40 que el dibujo desaparecía, como si entendiera algo que los adultos aún no podían aceptar. Entre los Cañaris, algunos murmuraban que el templo era frágil, que ningún abrazo dura si uno de los cuerpos sigue creciendo sin medida. Entre los Incas, otros decían que el niño era peligroso, que quien pertenece a dos mundos puede terminar obedeciendo a ninguno. Nadie lo decía en voz alta, pero el aire había cambiado. El viento ya no pasaba limpio entre las piedras. Una madrugada, Cañar-Aman llevó a su hijo hasta el centro del templo. No para pedir, sino para escuchar.
41 —Habrá días —le susurró— en que querrán que elijas. Recuerda esto: no siempre elegir un lado es la forma más valiente de estar. Aman-Yupanqui no respondió. Apoyó la palma en la piedra fría y cerró los ojos. El Sol apareció como cada mañana, entrando de costado por el arco del templo. Pero esa vez, el rayo tembló un instante, como si dudara antes de tocar el centro. Y en ese temblor leve, casi invisible, el pacto sinó por primera vez dolor.
48 te golpee el rostro, tal vez sientas algo. Tal vez el amanecer del nombre de Cañar-Aman. Tal vez el peso liviano de la mano del hombre que aprendió a escuchar. Tal vez el rastro invisible de Aman-Yupanqui, cruzando entre dos mundos como un mensaje que todavía no terminamos de comprender. Porque esta historia no pertenece solo al pasado. Es un espejo que incomoda. Nos recuerda que ningún pueblo es pequeño cuando sabe de dónde viene.
49 Que ninguna cultura desaparece mientras alguien pronuncie su nombre sin miedo. Que ninguna piedra es solo piedra cuando guarda un perdón que aún respira. Por eso, cuando la neblina baja sobre el Cañar y cubre casas, chacras y caminos, la gente se recoge alrededor del fuego y las abuelas vuelven a decir: —Dicen que en el corazón de estas piedras vive un niño que no quiso elegir
50 entre su padre y su madre. Y que, por él, esta erra sigue siendo un lugar donde el Sol y el Agua todavía enen la oportunidad de mirarse sin herirse. Y mientras alguien, en el Cañar o en la Costa salobre, la Sierra que respira alto, la Amazonía que no se deene o las islas donde la vida aprendió a empezar de nuevo, en cualquier rincón del mundo, lea o escuche esta historia y pronuncie en voz baja nombres anguos
51 como quien toca una piedra caliente, las piedras seguirán respirando. Porque la memoria no duerme. Solo espera ser llamada. Y el Ecuador entero —desde la sal de los manglares hasta los páramos que rozan el cielo, desde los ríos verdes que nunca se repiten hasta las islas vivas— sabrá que en un pliegue de su corazón de montaña hubo, y sigue habiendo, un templo donde dos mundos se atrevieron a imaginarse juntos.
NOTA CULTURAL La presente obra es una creación literaria de carácter simbólico y narravo, inspirada en elementos históricos, culturales y espirituales del mundo andino. Los pueblos Cañaris y el ámbito incaico mencionados en el relato corresponden a realidades históricas documentadas; sin embargo, los personajes, situaciones y diálogos que aparecen en esta obra no deben interpretarse como una reconstrucción histórica ni como una descripción antropológica, sino como recursos narravos al servicio de una reexión literaria sobre la idendad, la convivencia cultural y la memoria colecva. El sio de Ingapirca, espacio arqueológico real y de alto valor patrimonial, es presentado en el texto tanto como lugar sico como símbolo de encuentro entre disntas visiones del mundo. El templo elípco y el pacto que arcula la narración constuyen una metáfora literaria, orientada a representar procesos de diálogo, negociación y coexistencia cultural, y no un acontecimiento histórico vericable. Las referencias a elementos de la cosmovisión andina —como el Sol, el Agua, la Tierra, el Silencio o la memoria de la piedra— se integran en el relato desde una perspecva poéca y simbólica, con nes educavos
y reexivos. Estas referencias buscan fomentar el respeto por la diversidad cultural y el patrimonio ancestral, sin pretender establecer deniciones cerradas ni interpretaciones doctrinales. Esta obra puede ser ulizada en contextos educavos como recurso literario y cultural, especialmente en áreas vinculadas a la lectura, la formación éca, la interculturalidad y la educación patrimonial. Su lectura invita a reconocer el valor del diálogo entre culturas y a comprender la historia como un espacio donde conviven hechos, memorias y signicados simbólicos. Aman-Yupanqui, el Niño del Pacto, propone desde la literatura, una aproximación respetuosa a las culturas originarias del Ecuador, entendiendo la creación arsca como un medio para preservar, valorar y reexionar sobre la herencia cultural comparda.
Mucho antes de que las montañas tuvieran fronteras, en el corazón del Cañar, dos mundos se atrevieron a escucharse. De un pacto sellado junto al agua nació Aman-Yupanqui, un niño que no pertenecía del todo a ninguno y por eso mismo, aprendió a unirlos. Esta es la leyenda de una erra que recuerda, de un templo levantado no para imponer dioses, sino para aprender a mirarse sin miedo. Un relato sobre origen, memoria y la posibilidad —siempre frágil— de imaginarse juntos.